Oldcivilizations's Blog

Antiguas civilizaciones y enigmas

La vida en la Tierra a través de las glaciaciones, los cataclismos y las eras geológicas


La práctica totalidad de especies animales y vegetales que han vivido en la Tierra están actualmente extinguidas y parece que la extinción es el destino final de todas las especies. Estas extinciones han tenido lugar continuamente a lo largo de las eras geológicas.  La extinción del Cretácico-Terciario, durante la cual se extinguieron los dinosaurios, es la más conocida, pero la anterior extinción Permo-Triásica, entre el periodo Pérmico de la era Paleozoica y el periodo Triásico de la era Mesozoica, fue aún más catastrófica, causando la extinción de casi el 96% de las especies. Pero la extinción del Holoceno es una extinción que todavía está en marcha y que está asociada con la expansión de la humanidad. El ritmo de extinción actual es de 100 a 1.000 veces mayor que el ritmo medio, y hasta un 30% de las especies pueden estar extintas a mediados del siglo XXI. Las actividades humanas son actualmente la causa principal de esta extinción, que aún continúa, y es posible que el calentamiento global la acelere aún más en el futuro. Cuando el Dr. Immanuel Velikovsky, en su famoso libro Mundos en Colisión, propuso una evolución cataclísmica y no gradual, con el consecuente pánico de los evolucionistas darwinianos que vieron venirse abajo parte de las bases de sus teorías, e incluso un eminente profesor de la Universidad de Harvard trató de impedir la publicación de sus libros sin ningún éxito. Los argumentos utilizados por Velikovsky exponen con claridad cómo, cuándo sobreviene un cataclismo de origen cósmico, las especies, a fin de sobrevivir, tienen que presentar modificaciones genéticas, casi inmediatas, en la siguiente generación o de lo contrario perecen. Algunos eslabones que faltan nunca se encuentran en los registros fósiles. Y la razón, según Velikovsky, es que nunca existieron.

Cómo seguramente muchos de los lectores no conocen, o han olvidado, algunos conceptos básicos sobre los eones y eras geológicas oficiales, que no tienen por qué ser verdades absolutas sino solamente una de las teorías más generalmente aceptadas, antes vamos a refrescar algunos conocimientos básicos al respecto. En millones de años se ha ido formando la corteza terrestre, que ha experimentado cambios profundos por la elevación o hundimiento de las masas continentales y la formación de plegamientos o cadenas de montañas. En un momento determinado aparecieron las primeras formas de vida que fueron evolucionando. Estos procesos nos permiten distinguir las llamadas eras geológicas de la Tierra. Pero antes aclaremos que un eón agrupa varias eras, que a su vez agrupan varios periodos, que a su vez agrupan varias épocas. Los eones equivalen a mil millones de años. Como sabemos el estudio del planeta tierra es ciertamente complejo porque la entidad en observación lo es. Por ello los expertos y estudiosos en la materia utilizan diversas herramientas estructuradas para que sea más asequible su conocimiento. Y en este camino es que aparece el concepto de eones. Porque los eones son cada período en el que los geólogos han determinado dividir la historia de nuestro planeta tierra. Más precisamente son tres. Es decir, el eón es la máxima división de tiempo que existe y se utiliza en la escala temporal geológica, que es el único marco de referencia con el que los humanos contamos para poder representar de manera ordenada y cronológica los diversos acontecimientos que tuvieron lugar en la historia del planeta. Ahora bien, a la hora de comprender porque empieza o termina un eón, debemos decir que esta situación de comienzo o de final estará determinada por aquellos cambios sustanciales e importantes en lo que respecta a la evolución de los seres vivientes. También es importante que aclaremos que un eón no implica una cantidad de años concreta para ser definida como tal, aunque se puede hablar de un número de años. La idea de su uso es para indicar que el tiempo implicado en un eón es importante. Para comprender mejor esta estratificación que realiza la geología para conocer el planeta que habitamos debemos indicar que la división que antecede a la de eón es la del supereón, mientras que las que continúan como subdivisiones son las famosas eras: cenozoica, paleozoica, mesozoica, entre otras.

 

Y esos cuatro eones son el Hádico, Arcaico, Proterozoico y Fanerozoico. Los tres primeros a veces se consideran agrupados en un único supereón, el Precámbrico. El eón Hádico, una división informal de la escala temporal geológica, es la primera división del supereón Precámbrico. Comienza en el momento en que se supone se formó la Tierra hace unos 4567 millones de años y termina hace 4000 millones de años, durando unos 567 millones de años, cuando comienza el eón Arcaico. Etimológicamente, la palabra Hádico proviene de la palabra griega Hades que denominaba al inframundo griego, probablemente porque se lo relaciona con una etapa de calor y confusión. Durante este período probablemente el Sistema Solar se estaba formando dentro de una gran nube de gas y polvo. La Tierra se formó cuando parte de esta materia incandescente se transformó en un cuerpo sólido. Este es el período durante el cual se formó la corteza terrestre. Esta corteza sufrió muchos cambios, debido a las numerosas erupciones volcánicas. Las rocas más antiguas que se conocen tienen una antigüedad de aproximadamente 4400 millones de años y se encuentran en Canadá y Australia, mientras que las formaciones rocosas más antiguas son las de 3800 millones de años de Groenlandia. Durante este eón se produjo un bombardeo intenso tardío, que afectó a los planetas interiores del Sistema Solar, hace entre 3800 y 4000 millones de años. El eón Arcaico, anteriormente conocido como Arqueozoico, es una división de la escala temporal geológica y la segunda división geológica del supereón Precámbrico. Comienza hace 4000 millones de años, después del eón Hádico, y finaliza hace 2500 millones de años, cuando comienza el eón Proterozoico, teniendo una duración de unos 1500 millones de años. Las fechas se definen cronométricamente, en lugar de estar basadas en la estratigrafía, estudio de la disposición y las características de las rocas sedimentarias y los estratos. El límite inferior no ha sido oficialmente establecido por la Comisión Internacional de Estratigrafía. En la literatura antigua, el Hádico se incluye como parte de Arcaico. El nombre arcaico proviene del griego antiguo y significa «origen». En este período se produce una evolución de la corteza terrestre, por lo cual tuvo que haber una tectónica de placas, o movimiento de placas, y una estructura interna terrestre similar a la que conocemos hoy en día, aunque la diferenciaba el exceso de calor. Se calcula que había más actividad tectónica debido a la mayor velocidad con que se produce la litosfera, por lo cual también cabría esperar que hubiese mayor actividad en las dorsales y un mayor número de ellas, así como mayor actividad en las zonas de subducción y mayor número de placas, evidentemente más pequeñas.

 

En 1908 un geólogo aficionado estadounidense, llamado Frank Bursley Taylor, que procedía de una familia acaudalada y que disponía de medios, por lo que podía emprender vías de investigación heterodoxas. Era uno de los sorprendidos por la similitud de forma entre los litorales opuestos de África y de Suramérica y dedujo, a partir de esta observación, que los continentes habían estado en movimiento en otros tiempos. Propuso  que el choque de los continentes podría haber hecho surgir las cadenas montañosas del planeta. Sin embargo, no consiguió aportar pruebas y la teoría se consideró demasiado aventurada para merecer una atención seria. Pero un teórico alemán, Alfred Wegener; tomó la idea do Taylor y prácticamente se la apropió. Wegener era un meteorólogo de la Universidad de Marburg e investigó numerosas muestras de plantas y animales fósiles, que no encajaban en el modelo oficial de la historia de la Tierra. Y comprendió que tenía muy poco sentido si se interpretaba de forma convencional. Los fósiles de animales aparecían repetidamente en orillas opuestas de océanos que eran demasiado grandes para cruzarlos a nado. ¿Cómo habían viajado, se preguntó, los marsupiales desde Suramérica hasta Australia? ¿Cómo aparecían caracoles idénticos en Escandinavia y en Nueva Inglaterra? Y, puestos a preguntar, ¿cómo se explicaban las vetas carboníferas y demás restos semitropicales en lugares tan gélidos como Spitsbergen, más de 600 kilómetros al norte de Noruega, si no habían emigrado allí de algún modo desde climas más cálidos? Wegener elaboró la teoría de que los continentes del mundo habían sido en tiempos una sola masa terrestre que denominó Pangea, donde flora y fauna habían podido convivir, antes de dispersarse y acabar llegando a sus emplazamientos actuales. Expuso la teoría en un libro titulado El origen de los continentes y los océanos, publicado en 1912. La teoría de Wegener no despertó al principio mucha atención debido a la primera guerra mundial. Pero, en 1920, publicó una edición revisada y ampliada que se convirtió enseguida en tema de debate. Todo el mundo aceptaba que los continentes se movían, pero hacia arriba y hacia abajo, no hacia los lados. El proceso del movimiento vertical, conocido como isostasia, fue artículo de fe en geología durante generaciones, aunque nadie disponía de teorías sólidas que explicasen cómo y por qué se producía.

 

Una idea que persistió en los libros de texto era la de la «manzana asada», propuesta por Eduard Suess, un geólogo británico experto en la geografía de los Alpes. Es el responsable del descubrimiento de dos significantes características geográficas ya perdidas, el supercontinente Gondwana (propuesto en 1861) y el Océano Tethys. Suess afirmaba que, cuando la Tierra fundida se había enfriado, se había quedado arrugada igual que una manzana asada, formándose así las cuencas oceánicas y las cadenas de montañas. No importaba que James Hutton hubiese demostrado hacía mucho tiempo que cualquier disposición estática de este género desembocaría en un esferoide sin rasgos en cuanto la erosión alisase los salientes y rellenase los huecos. Estaba también el problema, planteado por Rutherford y Soddy, de que los elementos térreos contenían inmensas reservas de calor, demasiado para que fuese posible el tipo de enfriamiento y arrugamiento que proponía Suess. Y, de todos modos, si la teoría de Suess fuese correcta, las montañas estarían distribuidas de modo uniforme en la superficie de la Tierra, lo que claramente no era así; y serían todas más o menos de la misma edad. Sin embargo, a principios de la década de 1900, ya era evidente que algunas cordilleras, como los Urales y los Apalaches, eran cientos de millones de años más antiguas que otras, como los Alpes y las Rocosas. Es indudable que todo estaba a punto para una nueva teoría. Por desgracia, Alfred Wegener no era el hombre que los geólogos querían que la proporcionase. En primer lugar, sus ideas radicales ponían en entredicho las bases de la disciplina, lo que no suele ser un medio eficaz de generar simpatía entre el público interesado. Un reto de ese tipo habría sido bastante doloroso procediendo de un geólogo, pero Wegener no tenía un historial en geología, sino que era meteorólogo. Eran defectos que no tenían remedio. Así que los geólogos se esforzaron todo lo posible por refutar sus pruebas y menospreciar sus propuestas. Para eludir los problemas que planteaba la distribución de los fósiles, postularon «puentes de tierra» antiguos siempre que fuesen necesarios. Cuando se descubrió que un caballo antiguo llamado Hipparion había vivido en Francia y en Florida al mismo tiempo, se tendió un puente de tierra que cruzaba el Atlántico. Cuando se llegó a la conclusión de que habían existido simultáneamente tapires antiguos en Suramérica y en el sureste asiático, se tendió otro puente de tierra.

 

Los mapas de los mares prehistóricos no tardaron en ser casi sólidos debido a los puentes de tierra hipotéticos que iban desde Norteamérica a Europa, de Brasil a África, del sureste asiático a Australia, desde Australia a la Antártida. Estos puentes no sólo habían aparecido oportunamente siempre que hacía falta trasladar un organismo vivo de una masa continental a otra, sino que luego se habían esfumado misteriosamente sin dejar rastro de su antigua existencia. Constituyó, sin embargo, la ortodoxia geológica durante casi medio siglo. Ni siquiera los puentes de tierra podían explicar algunas cosas. Se descubrió que una especie de trilobite, muy conocida en Europa, había vivido también en Terranova, pero solo en una zona concreta. Nadie podía explicar convincentemente cómo se las había arreglado para cruzar 3.000 kilómetros de océano hostil y no había sido capaz después de abrirse paso por el extremo de una isla de 300 kilómetros de anchura. Resultaba más embarazosa aún la anomalía que planteaba otra especie de trilobite hallada en Europa y en la costa noroeste del Pacífico de América, pero en ningún otro lugar intermedio, que habría exigido un paso elevado más que un puente de tierra como explicación. Todavía en 1964, cuando la Enciclopedia Británica analizó las distintas teorías, fue la de Wegener la que se consideró llena de «numerosos y graves problemas teóricos». Wegener cometió errores, por supuesto. Aseguró que Groenlandia se estaba desplazando hacia el oeste a razón de 1,6 kilómetros por año, un error evidente, ya que el desplazamiento es de 1 cm por año. Sobre todo no pudo ofrecer ninguna explicación convincente de cómo se movían las masas continentales. Para creer en su teoría había que aceptar que continentes enormes se habían desplazado por la corteza sólida como un arado por la tierra, pero sin dejar surcos a su paso.  Nada que se conociese entonces podía explicar de forma razonable cuál era el motor de aquellos movimientos gigantescos. En 1964, se celebró en Londres, bajo los auspicios de la Real Sociedad, un simposio en el que participaron muchas de las personalidades científicas más importantes del campo, y pareció de pronto que todo el mundo científico se había convertido a la nueva teoría. La Tierra, convinieron todos, era un mosaico de segmentos interconectados cuyos formidables y diversos empujes explicaban gran parte de la conducta de la superficie del planeta.

 

La expresión «deriva continental» se desechó con bastante rapidez cuando se llegó a la conclusión de que estaba en movimiento toda la corteza y no sólo los continentes, pero llevó tiempo ponerse de acuerdo en una denominación para los segmentos individuales. Se les llamó al principio «bloques de corteza» o, a veces, «adoquines». Hasta finales de 1968, con la publicación de un artículo de tres sismólogos estadounidenses en el Journal of Geophysical Research, no recibieron los segmentos el nombre por el que se los conoce desde entonces: placas. El mismo artículo denominaba la nueva ciencia tectónica de placas. Pero las viejas ideas se resisten a morir y no todo el mundo se apresuró a abrazar la nueva teoría. Todavía bien entrados los años setenta uno de los manuales de geología más populares e influyentes, The Earth, del venerable Harold Jeffreys, insistía tenazmente en que la tectónica de placas era una imposibilidad física, lo mismo que lo había hecho en la primera edición que se remontaba a 1924. El manual desdeñaba también las ideas de convección y de ensanchamiento del lecho marino. Y John McPhee comentaba en Basín and Range (Cuenca y cordillera), publicado en 1980, que, incluso entonces, un geólogo estadounidense de cada ocho no creía aún en la tectónica de placas. Hoy sabemos que la superficie terrestre está formada por entre ocho y doce grandes placas y unas veinte más pequeñas, y que todas se mueven en direcciones y a velocidades distintas. Unas placas son grandes y relativamente inactivas; otras, pequeñas y dinámicas. Sólo mantienen una relación incidental con las masas de tierra que se asientan sobre ellas. La placa norteamericana, por ejemplo, es mucho mayor que el continente con el que se la asocia. Sigue aproximadamente el perfil de la costa occidental del continente. Ese es el motivo de que la zona sea sísmicamente tan activa, debido al choque y la presión de la frontera de la placa, pero ignora por completo el litoral oriental y, en vez de alinearse con él, se extiende por el Atlántico hasta la cordillera de la zona central de éste. Sorprendentemente, Islandia está escindida por el medio, lo que hace que sea tectónicamente mitad americana y mitad europea. Nueva Zelanda, por su parte, se halla en la inmensa placa del océano Índico, a pesar de encontrarse bastante lejos de él. Y lo mismo sucede con la mayoría de las placas. Se descubrió también que las conexiones entre las masas continentales modernas y las del pasado son infinitamente más complejas de lo que nadie había supuesto. Resulta, aunque parezca increíble, que Kazajstán, que es un país euroasiático, con la mayor parte de su territorio situada en Asia Central, y una pequeña porción en Europa, estuvo en tiempos unido a Noruega y a Nueva Inglaterra, en Estados Unidos. Una esquina de State Island, en Nueva York, (pero sólo una esquina) es europea. También lo es una parte de Terranova. El pariente más próximo de una piedra de una playa de Massachusetts se encuentra actualmente en África. Las Highlands escocesas y buena parte de Escandinavia son sustancialmente americanas. Se cree que parte de la cordillera Shackleton, de la Antártida, quizá perteneciera en tiempos a los Apalaches del este de Estados Unidos.

 

El eón Proterozoico es una división de la escala temporal geológica, antes también conocida como Algónquico o Eozoico. Es un eón geológico perteneciente al supereón Precámbrico, que abarca desde hace 2500 millones de años hasta hace 542 millones de años, durando unos 1958. Se caracteriza por la presencia de grandes cratones que darán lugar a las plataformas continentales. Un cratón es una masa continental llegada a tal estado de rigidez en un lejano pasado geológico que, desde entonces, no ha sufrido fragmentaciones o deformaciones, al no haber sido afectadas por los movimientos orogénicos. Las cordilleras generadas en este eón sufrieron los mismos procesos que los fanerozoicos. La intensidad del metamorfismo disminuyó en este momento geológico. La Tierra sufre sus primeras glaciaciones y se registra una gran cantidad de estromatolitos, estructuras minerales y bioconstrucciones finamente estratificadas. Sin duda, supusieron un importante cambio en la biota terrestre. El período Ediacárico de finales del Proterozoico se caracteriza por la evolución de abundantes organismos pluricelulares de cuerpo blando. El eón Fanerozoico es una división de la escala temporal geológica que se extiende desde hace 542 millones de años hasta nuestros días. Sucede al supereón Precámbrico, que abarca el tiempo restante desde la formación de la Tierra. Su nombre significa “vida visible“, refiriéndose al tamaño de los organismos que surgen en esta época. Mucho antes de este eón ya existía vida en la Tierra, sin embargo es durante este período cuando los organismos vivientes ya toman formas complejas, evolucionan y se diversifican ampliamente. Geológicamente, el Fanerozoico se inicia poco después de la desintegración del antiquísimo supercontinente Pannotia. Con el tiempo, los continentes se vuelven a agrupar en otro supercontinente, Pangea. Por último, este se disgrega originando los continentes actuales. La era Cenozoica pertenece a el eon Fanerozoico.

Pero aquí nos centramos en las eras y subdivisiones inferiores. Inicialmente tenemos la era Azoica, que significa “sin vida”, y que es la más antigua y que vendría desde la formación de la Tierra. En ella no aparecen fósiles de plantas ni de animales, aunque ello no necesariamente tiene que decir que no hubiesen. Luego tenemos la era Agnostozoica, que abarcaría desde la era Azoica hasta hace unos 570 millones de años. Se divide en los periodos Arcaico y Precambrico. En ella se produjeron grandes plegamientos y cataclismos que dieron origen a algunas de las principales cadenas de montañas. La actividad volcánica fue muy intensa en América, y surgieron las cordilleras en lo que actualmente es Canadá. Los científicos creen que al final de este período aparecieron las primeras bacterias y algas en el mar. Hasta aquí hemos visto las eras menos conocidas. La era Primaria o Paleozoica significa “vida antigua”. En los primeros tiempos la vida estaba limitada al mar. Dominaban los invertebrados y también las medusas, gusanos, moluscos, caracoles y corales. Hace aproximadamente 350 millones de años aparecieron los primeros vertebrados: se trataba de peces cuyo cuerpo estaba cubierto por una coraza ósea. En este período brotaron los primeros vegetales terrestres, helechos, coníferas y aparecieron los insectos, los primeros animales que abandonaban el mar, así como los anfibios o batracios.

 

Esta era tiene varios períodos: Período Cámbrico, que se desarrolla entre los 570 a 500 millones de años antes de nuestra era. Al principio de este período una misteriosa explosión de vida pobló los mares, pero la tierra firme permanecía estéril y la vida animal estaba confinada por completo en los mares. Período Ordovicico, que comenzó hace unos 500 millones de años. Los mares se retiraron, dejando grandes áreas descubiertas. Los continentes de esa época se acercaban unos a otros. Se produjo una intensa actividad volcánica y se elevaron las montañas. El clima fue bastante uniforme y tibio en toda la Tierra. Período Silúrico, que se inicia hace 430 millones de años. El nivel de los mares tiende a variar y  se produjeron grandes plegamientos de la corteza terrestre. El clima fue templado y muy seco en algunas zonas. La vida vegetal se extendió en la tierra bajo la forma de plantas simples llamadas psilofitas, que tenían un sistema vascular, o de tejidos que transportan el alimento, para la circulación del agua. Período Devónico, que se conoce también como la edad de los peces, por la abundancia de sus fósiles. Se desarrolla entre los 400 y los 350 millones de años antes de nuestra era. Fue una época de gran actividad volcánica y formación de montañas. El clima era cálido y había abundantes  lluvias. Período Carbonífero, que comenzó hace unos 350 millones de años. Hubo fuertes movimientos de la corteza terrestre. Se alzó el fondo de los mares y se originaron cadenas de montañas por el plegamiento de las capas externas de la corteza, mientras que otras áreas se sumergieron. Período Pérmico, que comenzó hace 270 millones de años. Las zonas de tierra se unieron en un único continente llamado Pangea, y en la región que correspondía con América del Norte se formaron los montes Apalaches. Se completo la formación de grandes cadenas montañosas en Asia, Europa y América. Emergió la parte central de la cordillera andina. El clima era árido y cálido en el hemisferio sur, y glacial en el hemisferio norte. Se fueron marcando las diferencias estacionales.

 

La era Secundaria o Mesozoica es la edad de los dinosaurios, que se extiende desde unos 200 millones hasta 70 millones de años antes de nuestros días. Comenzó con una intensa actividad volcánica y se formaron los bosques petrificados de Arizona. Luego Europa fue invadida por los océanos, lo mismo que grandes extensiones de América y África. Aparecen los primeros reptiles, que en esta edad alcanzaron extraordinario desarrollo y tamaño gigantesco, como los dinosaurios. Algunos reptiles aprendieron a volar, corno el ranforrinco, que era semejante al murciélago. Al final de esta era evolucionaron las plantas con flores, llamadas angiospermas, y se diversificaron por todo el mundo. Se extinguieron los dinosaurios y comenzó la gran diversificación de los mamíferos. Esta era tiene los siguientes períodos: Período Triásico, que se inicia hace 245 millones de años. El clima era cálido y seco por lo que se detuvo la proliferación de especies. El principio de este periodo quedó marcado por la reaparición de Gondwana cuando Pangea se dividió en los supercontinentes del Norte (Laurasia) y del Sur (Gondwana). Período Jurásico, que empezó hace 200 millones de años y parece que fue dominado por los grandes dinosaurios. Nuevamente avanzaron los mares. Se extendieron las selvas o llanuras pantanosas, con grandes lagos y ríos. Predominaban los climas suaves, subtropicales. Período Cretácico, que duró 65 millones de años. Se distinguió por una intensa actividad orogénica (de formación de montañas), como las Rocallosas de América del Norte y algunas partes de los Andes, así como por el crecimiento de abundante vegetación. En Australia y el sur de América, en cambio, los territorios estaban cubiertos de glaciares

 

La era Terciaria o Cenozoica, o edad de los mamíferos, se extiende desde hace unos 65 millones de años hasta un millón de años antes de nuestros días. La intensa actividad orogénica parece que dio origen a cordilleras tan importantes como los Andes, los Alpes y el Himalaya. Es la edad de los mamíferos, que si bien aparecieron en la era anterior, adquirieron en ésta mayor relevancia y una gran área de dispersión. También surgieron los tipos actuales de árboles. Esta era tiene los siguientes períodos: El período Terciario, que es el primer periodo de la era cenozoica. Las formas de vida en la tierra y en los mares se hicieron más parecidas a las existentes actualmente. Se desarrollaron nuevos grupos de mamíferos, como los caballos pequeños, los rinocerontes, los tapires, los rumiantes, las ballenas y los ancestros de los elefantes. A su vez, este período se divide en cinco épocas que son: El Paleoceno, en que, al extinguirse los dinosaurios y muchos otros reptiles, comienzan a dominar los mamíferos. Prevalecen los marsupiales primitivos, evolucionan los carnívoros primitivos y surgen las aves modernas. Comienzan a dominar las plantas con flor. El Eoceno, en que las plantas con flores dominaban en la vegetación. Se producen adaptaciones de las plantas a los cambios climáticos. El Oligoceno, en que se produce la evolución de diversos pastos y, como consecuencia de ello, la de mamíferos herbívoros. El Mioceno, en que tiene lugar la formación de cadenas montañosas como los Himalayas y los Alpes. El Plioceno, en que los continentes y océanos comenzaron a configurar sus formas actuales.

 

La era Cuaternaria es la actual. Los glaciares cubrieron la cuarta parte de la superficie terrestre, y el clima era muy frío. En esta era se supone que aparece el hombre, que convivió con animales feroces y corpulentos como el mamut, el mastodonte, el tigre de dientes afilados, entre otros. Su aspecto era semejante a los simios, así lo demuestran las mandíbulas y otros restos encontrados. En la fase final de la última glaciación, hace unos 30.000 años, apareció el hombre de Cro-Magnon u Homo Sapiens, que habitaba en cuevas y que lenta pero constantemente va creando su cultura e imponiéndose al medio quo le rodea. Cinco mil millones de años e infinitos acontecimientos que ningún mortal puede abarcar constituyen la maravillosa historia terrestre. Se divide en dos épocas: Época del Pleistoceno que comenzó hace un millón de años. Mantos de hielo cubrían grandes extensiones. Profundos cambios de clima ocasionaron la desaparición de muchas especies de plantas y animales. En los periodos glaciares vivían en Europa bisontes, el buey almizclero, las gamuzas, el mamut y el oso de las cavernas, mientras que en los periodos interglaciares había jirafas, hipopótamos y elefantes, es decir, animales de la fauna africana. Época del Holoceno comenzó hace unos diez mil años y vivimos actualmente en esta época. Termina la última glaciación y continúa la retirada de los hielos. La topografía era semejante a la actual. Los climas se fueron equilibrando, se volvieron cálidos y se produjo una mayor sequedad en el ambiente terrestre.

 

Existieron grandes cambios geológicos y climatológicos hacia los comienzos y finales de cada era, en donde las especies animales y vegetales se vieron afectadas. La extinción de los dinosaurios se debió a uno de esos cambios, hace unos 65 millones de años, con el supuesto impacto sobre la península de Yucatán de un aerolito enorme, cuyo cráter formó lo que es hoy día es conocido como el golfo de México. Las probabilidades son que tengamos un impacto planetario cada millón de años. Los científicos especulan si el más antiguo de los períodos glaciales fue hace 600 millones de años, o si hubo alguno otro antes que ese. La verdad es que la respuesta todavía elude a la ciencia. Las “pruebas erráticas”, cuando aparecen, de nuevo lanzan al suelo todas las teorías. Esparcidos por todo el mundo se van encontrando vestigios que se supone no deberían pertenecer al período de tiempo en el cual fueron encontradas. Pero la realidad es tozuda y se van hallando pruebas de civilizaciones con una aparente avanzada tecnología que existieron millones de años antes de las fechas en que se supone que la humanidad evolucionó en la Tierra. No podemos garantizar que todas las evidencias estén datadas acertadamente, pero creemos que en bastantes casos la información es fiable. Todo parece indicar que la Tierra fue visitada o habitada por seres inteligentes que usaban tecnología avanzada mucho antes de la aparición, tal como es explicado por la historia oficial, de los primeros humanos. La visión científica aceptada de la evolución en este planeta es a través de las distintas eras geológicas. Según esta visión, los seres humanos aparecieron en la Tierra hace pocos millones de años, pero una verdadera civilización humana solamente apareció hace pocos miles de años. Sin embargo, utilizando métodos científicos aceptados, se ha podido constatar que hay numerosos hallazgos que muestran pruebas concluyentes de que existieron civilizaciones avanzadas mucho antes de lo que se considera como posible. ¿De dónde vinieron estas avanzadas civilizaciones que visitaron nuestro planeta antes de que el hombre apareciera en la Tierra? Curiosamente, a medida e vamos retrocediendo en el tiempo a través de diferentes eras, pude verse que las evidencias continúan creciendo, mostrando pruebas de seres inteligentes, con moderna tecnología, en un remoto pasado.

 

Como ejemplo de hallazgo relativamente reciente, pero de cualquier manera sorprendente, si nos atenemos a lo oficialmente admitido, nos encontramos con una enigmática estatua, la Venus de Willendorf, que es una estatuilla antropomorfa femenina datada entre el 28.000 y el 25.000 a. C. La estatua lleva el nombre de un pueblo junto al Danubio, donde fue descubierta en 1908 por un equipo dirigido por el arqueólogo austriaco Josef Szombathy. Es una figura obesa, de vientre abultado y enormes senos. Esta imagen de la mujer gorda que está completamente desnuda también era usual en las esculturas egipcias, griegas y babilónicas del período Neolítico. Es la más conocida de las Venus paleolíticas. ¿Quién creó esta estatua hace casi 30.000 años? La era Cenozoica comenzó hace aproximadamente unos 65 millones de años. Sigue al período Cretáceo de la era Mesozoica. La era Cenozoica está subdividido en el período Terciario, que a su vez se subdivide en el Paleoceno, Eocénico, Oligoceno, Mioceno y Plioceno. La visión científica aceptada de la evolución en la era Cenozoica muestra a los seres humanos apareciendo en la Tierra hace pocos millones de años, pero oficialmente se supone no alcanzaron un cierto nivel de civilización hasta hace unos cuantos miles de años. No obstante, una serie de hallazgos científicos muestran una historia distinta. En la época Pleistocena de la era Cuaternaria se han encontrado diversos objetos “imposibles” para aquel tiempo. Entre ellos podemos destacar una moneda de cobre, encontrada en Illinois, Estados Unidos, con más de 200.000 años de antigüedad. Muestra un objeto parecido a una moneda, que fue hallado en una excavación cerca de Lawn Ridge, Illinois, a una profundidad de unos 35 metros. Según la información dada por geólogos del Estado de Illinois, los depósitos conteniendo la moneda tienen entre 200.000 y 400.000 años de antigüedad. ¿Quién pudo dejar allí esta moneda hace cientos de miles de años?

Otra extraña evidencia es el esqueleto de un ser humano con características modernas, encontrado en Tanzania, con más de un millón de años de antigüedad. En 1913, el Profesor Hans Reck, de la Universidad de Berlín, efectuó excavaciones arqueológicas en Olduvai, Tanzania, donde encontró un esqueleto de un misterioso ser humano con características modernas, que sigue creando una fuerte controversia. Este cráneo moderno es de un esqueleto humano entero encontrado en aquella zona. Los restos humanos, incluyendo su cráneo completo, estaban cementados en la roca y tuvieron que ser extraídos de la piedra con martillos y cinceles. Fue encontrado en el extremo superior de un grupo de rocas datado en más de un millón de años. ¿Cómo puede ser que  existiese este humano aparentemente moderno hace 1 millón de años? En 1921, el British Museum recibió un cráneo humano, al que se llamó el “hombre de Broken Hill”, que fue hallado en curiosas circunstancias. Cuando los trabajadores de una mina de cinc de Zambia se dedicaban a terraplenar una colina llamada Broken Hill, encontraron una galería obstruida que desembocaba en una caverna. La cueva estaba llena de restos humanos y daba la impresión de ser un lugar de enterramientos prehistóricos. Pero no se tuvo gran cuidado en la recuperación de los huesos y, entre los pocos que llegaron a manos de los paleontólogos, se encontraba un enorme cráneo humano de frente huidiza, grandes arcos superciliares y una estructura facial primitiva, de tipo netamente Neanderthal. Pese a que no se pudo establecer una estratigrafía precisa, la antigüedad de los restos óseos era evidente. Los paleontólogos colocaron al “hombre de Broken Hill” u “hombre de Rhodesia” en la estirpe filogenética humana, y le llamaron “el Neanderthal africano“. Pero estudiando el cráneo vieron dos cosas, una de ellas aparentemente inexplicable: aquel ser, que había vivido quizá hacía un millón de años, había sufrido una enfermedad dental. Y a ambos lados del cráneo presentaba dos orificios de igual diámetro, que dejaron perplejos a los expertos. A juicio del profesor Mair, de Berlín, parecían los orificios de entrada y salida que dejaría una bala moderna. El enigma que esto planteaba sigue sin encontrar una solución que no sea la de considerar que en aquella época había seres con armas sofisticadas. En 1896, unos trabajadores que estaban excavando en un muelle seco en Buenos Aires encontraron un moderno cráneo humano. El estrato en el cual fue encontrado el cráneo de Buenos Aires tiene más de 1 millón de años de antigüedad. ¿Por qué llegaron a Buenos Aires humanos modernos hace más de 1 millón de años?

 

En la época Pliocena también tenemos una serie de hallazgos sorprendentes. Uno de ellos lo constituyen los Figurines de Nampa, encontrados en Idaho, de hace aproximadamente unos 2 millones de años. Una pequeña imagen humana, hábilmente formada en arcilla fue encontrada en 1889 en Nampa, Idaho. La figurilla se encontró a una profundidad de 92 metros durante la excavación de un pozo y está datada en la época Pliocena, hace unos 2 millones de años. La imagen es de aproximadamente una pulgada y media de largo, y es muy notable por la perfección con la que representa la forma humana femenina. El profesor F.W. Putnam, que la inspeccionó, dirigió la atención al carácter de las incrustaciones de hierro sobre la superficie, como indicativo de una muestra de considerable antigüedad. Se supone que los seres humanos aún no habían evolucionado en esta planeta hace unos dos millones de años. ¿Quien creó esta figura? En Italia fue encontrado un cráneo de un humano moderno, de más de 3 millones de años de antigüedad. En 1860, el Profesor Giuseppe Ragazzoni, un geólogo del Instituto Técnico de Brescia, viajó al cercano Castenedolo, a unos 10 kilómetros al sureste de Brescia, para recoger conchas fósiles en los estratos Pliocenos, en una colina baja en la Colle de Vento. Allí descubrió un notable y anatómicamente moderno cráneo humano. El estrato del que se extrajo corresponde a la etapa Astiana del Plioceno, que pertenece el Medio Plioceno, lo cual daría al cráneo una antigüedad de entre 3 y 4 millones de años. ¿Por qué este humano moderno visitó Italia en aquella época? En Inglaterra se encontró una concha tallada, en Red Crag, con una antigüedad de más de 2 millones de años. En un informe entregado el año 1881 a la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, H. Stopes, de la Sociedad Geológica, describió una concha, cuya superficie llevaba grabada una cara humana. La concha tallada fue encontrada en los depósitos estratificados de Red Crag, datados en el tardío Plioceno, hace más de 2 millones de años. Este hallazgo colocaría a seres inteligentes en Inglaterra en esta remota época. ¿Qué visitante del remoto pasado talló y dejó esta concha?

 

Para poner un ejemplo de civilización antigua desaparecida a consecuencia de grandes catástrofes, podemos hacer referencia a la leyenda sobre Hiperbórea, “Última Thule“, que habría sido la capital del primer continente colonizado por los arios. Éste se llamaba Hiperbórea y habría sido más antiguo que Lemuria y la Atlántida, continentes sumergidos, habitados antaño por grandes civilizaciones. Existe en Escandinava una leyenda con respecto a “Última Thule”, un país maravilloso en el Gran Norte donde el Sol no se pone jamás, y donde vivirían los ancestros de la raza aria. El continente “hiperbóreo” habría estado situado en el mar del Norte y habría desaparecido bajo las aguas con ocasión de una era glacial. Se supone que sus habitantes habían venido antaño del sistema solar de Aldebarán, que es el astro principal de la constelación de Tauro, y medirían cerca de cuatro metros de alto y tendrían la piel blanca. No conocían las guerras, eran vegetarianos y habrían tenido una tecnología muy avanzada. Pareciera que la verdad quisiera escapársele a quien cree tener completo el rompecabezas de la historia. Algunas de las piezas que los científicos pretenden encajar basándose en mediciones paleo-magnéticas, muestran otro período glacial hace unos 435 millones de años, cuando el Polo Sur quedaba al oeste de África. ¿Qué fauna y flora existieron durante esos períodos antiguos? La respuesta es sorprendente: ¡Aunque conocemos algunos rastros, no lo sabemos con certeza! En el relato del Critias de Platón, los sacerdotes de Sais le explican a Solón: “Mil destrucciones de hombres se han verificado de mil maneras y volverán a suceder: las mayores por el fuego y el agua y las menores por una infinidad de otras causas. Lo que también se refiere en nuestro país (Grecia), que Faetón, hijo del Sol, colocó un día los arreos a los caballos de su padre y los enganchó al carro y no pudiendo conducirlos por la misma vía (órbita), incendió todo lo existente sobre la tierra y él mismo pereció abrazado por el rayo. Esta historia tiene el carácter de una fábula; pero lo que sí es verdad es el cambio de movimiento de los cuerpos celestes alrededor de la Tierra y en el cielo, así como la destrucción por el fuego de todo lo existente sobre ella, lo que ocurre después de largos intervalos de tiempo. Cuando se presentan estas circunstancias, sucumben los habitantes de las montañas y en general de los lugares elevados antes que los que residen a orillas de los ríos o del mar. A nosotros nos salvó de esta calamidad el Nilo, nuestro protector de siempre, desbordándose”.

 

En Bolivia podemos encontrar fósiles de la familia de los trilobites, algunos de los cuales aparecieron durante el período Carbonífero, hace unos 350 millones de años, y tal vez durante el periodo Devoniano, entre hace unos 400 y 350 millones de años. Estos fósiles son un testimonio vivo de la historia. Por ejemplo, la cola partida de algunos de los fósiles es un mudo testimonio de cómo el animal había muerto por el impacto sufrido por causa de algún material o animal marino, o por una ola gigante o tsunami que debió arrastrarlo cientos o miles de metros y que, al estrellarlo contra alguna roca, le fracturó su espina dorsal. Si la extinción de los trilobites coincidió con la de los dinosaurios, estos fósiles tendrían unos 65 millones de años. Por otra parte, los trilobites estaban contando otra historia del altiplano boliviano, en donde deben existir grandes depósitos de petróleo, de gas y de carbón. Pero lo más extraordinario de todo fue comprender que en algún pasado lejano estos trilobites habían caído al fondo del mar y fue allí donde tuvo lugar su proceso de fosilización. ¡Sin embargo, el altiplano boliviano se encuentra a casi 4000 metros de altura! Esto retrotrae la edad de las misteriosas ruinas de Tiahuanaco, pues tanto los trilobites como las ruinas de la antigua ciudad tenían una explicación para estar allí: o la tierra había subido empujada por inmensas fuerzas hasta esa altura, o el mar se había ido retirando en forma gradual. Cualquiera que sea la verdadera razón, si la primera teoría no es la verdadera, las ruinas de Tiahuanaco continuarán siendo un verdadero misterio.

 

Si bien es cierto que la abundante vegetación y fauna marina del período Carbonífero resultaron en grandes depósitos de material orgánico, no podemos descartar la teoría expuesta por Velikovsky de que parte de los grandes depósitos de petróleo en ciertas zonas, como Irak, se deben al paso de uno o más grandes cometas en el pasado. Estos cuerpos celestes, según Velikovsky, depositaron a su paso grandes cantidades de rocas y gravilla, así como polvo de granito o de arcilla; y un líquido, al que los egipcios en el papiro Ipuwer, que se conserva en el Museo de Berlín, llamaron nafta. Si las grandes cantidades de óxido de hierro que tiñen de rojo las rocas de Catskill en Inglaterra o las que pueden observarse al noroeste de Nueva York,  son producto de la descomposición de material orgánico o del polvo producido por el paso de un cometa, está por demostrarse. Lo que sí conocemos, de acuerdo con el relato de Platón, es que la Atlántida estaba construida con rocas de color blanco, rojo y negro. Esta herencia fue pasada a los egipcios. La tercera pirámide, de Menekaura o Mikerinos, se encontraba dividida en su línea media, de tal manera que su parte inferior era de granito rojo y la superior de mármol blanco. Desde lejos, la parte inferior, de acuerdo con lo que nos relata el historiador griego Diodoros, se veía negra debido a la refracción de la intensa luz que se observa en el desierto. Los egipcios gustaban particularmente de estos efectos visuales de brillo y contrastes de luz. Esta mezcla de colores es todavía guardada por algunos pueblos que acostumbran decorar ciertos edificios importantes con estas franjas de color. Los pueblos árabes han heredado estos usos. Basta recordar los colores de la mezquita de Córdoba.

 

Una extinción masiva es un acontecimiento en el cual desaparece un número muy grande de especies. Desde que se supone la vida empezó en la Tierra se han detectado seis momentos de extinción masiva. Existe la teoría que atribuye todas, o casi todas, las grandes extinciones a impactos de grandes meteoritos. Estadísticamente se considera que cada 100 millones de años impacta contra la Tierra un gran asteroide. Las otras posibles causas atribuidas a glaciaciones globales o a erupciones masivas se consideran los efectos secundarios que un gran impacto podría producir. Otras causas apuntan a las fluctuaciones del campo magnético terrestre, mediante una sucesión de cambios de polaridad, que provocan una fuerte disminución de la protección de la Tierra frente a la fuerte radiación cósmica. Si se tiene en cuenta que la vida pluricelular en la Tierra se considera que existe desde hace unos 600 millones de años, deberían haber habido 5 o 6 grandes extinciones desde entonces, que es lo que realmente puede comprobarse que ha ocurrido. También se considera como causa probable de extinciones las explosiones de supernovas cercanas. De hecho existe otra teoría que dice que dado que cada 25 millones de años aproximadamente, la Tierra entra en la zona densa de la galaxia, ésta se ve sometida a un mayor riesgo de explosiones violentas o al azote de vientos estelares intensos. Así mismo, la nube de Oort tiene un mayor riesgo de verse deformada y perturbada por el paso de estrellas cercanas, con el consiguiente envío de cometas y asteroides hacia el sistema solar interior, como refleja la hipótesis Shiva, que es un modelo astro-geológico que trata de explicar la aparente periodicidad de las extinciones masivas en el registro geológico y toma su nombre del dios de la destrucción hindú. La hipótesis la formuló Michael Rampino, de la Universidad de Nueva York, y mantiene que las extinciones masivas se producen de acuerdo a unos ciclos originados por el movimiento del Sistema Solar al cruzar el plano medio galáctico (más denso) cada 30 millones de años, provocando una mayor probabilidad de inestabilidad en las nubes de Oort y el cinturón de Kuiper. Este fenómeno podría desviar cometas hacía el interior del sistema solar, provocando un impacto sobre la Tierra, que originaría un cataclismo.

 

Una glaciación o edad de hielo es un periodo de larga duración en el cual baja la temperatura global de la Tierra, dando como resultado una expansión del hielo continental en los casquetes polares y los glaciares. Las glaciaciones se subdividen en periodos glaciales, siendo el período Würm en Europa (o Wisconsin en América) el último que hubo. Y como el  término glaciación se refiere a un periodo con casquetes glaciares tanto en el hemisferio norte como el sur, ello implica que formalmente todavía nos encontramos en una glaciación, ya que todavía hay casquetes polares en Groenlandia y la Antártida. Cuando se habla de los últimos millones de años, se utiliza «glaciación» para referirse a periodos más fríos, con extensos casquetes glaciares en Norteamérica y Eurasia. Y, según esta definición, la glaciación más reciente acabó hace unos 10.000 años. Parece ser que las glaciaciones periódicas de los últimos 2,5 millones de años fueron causadas por cambios en el eje de rotación de la Tierra y no por la acumulación de dióxido de carbono, tal como indica la revista Science. Peter Clark, profesor de geociencias de la Universidad de Oregón, afirmó lo siguiente: “La radiación solar fue el desencadenante que comenzó el deshielo. También hubo cambios en los niveles de CO2 atmosférico y de la circulación oceánica, pero eso ocurrió después y aumentó un proceso que ya se había iniciado”. Ese cambio modificó los niveles de radiación solar, tal como ocurrió en la última glaciación que comenzó hace unos 26.000 años y se prolongó por más de siete milenios. Los científicos aseguran en su informe que el descubrimiento es importante, porque ayudará a comprender la forma en que ocurre la reducción de las capas de hielo ante los mecanismos de radiación. Según Clark: “Ahora sabemos con mayor certeza cómo respondieron las capas de hielo a la radiación solar y eso será muy útil para comprender lo que nos depara el futuro“.

Los científicos analizaron seis mil plataformas de hielo con el fin de definir cuándo comenzaron a descongelarse, y con ello confirmaron la teoría planteada, hace más de 50 años, de que las glaciaciones fueron causadas por los cambios en la rotación terrestre. Tal como ha dicho Clark, “esas modificaciones que alteran el ángulo de la radiación solar se deben a la influencia gravitatoria de planetas mayores como Júpiter y Saturno sobre la Tierra”. De acuerdo con los científicos, en algún momento del actual período interglaciar en el que nos encontramos, volverán a producirse las condiciones que llevaron a la última glaciación. Clark manifiesta que ese lentísimo proceso se ha acelerado debido a la presencia de los gases invernadero en la atmósfera, y que lo que ha ocurrido en los últimos 200 años habría ocurrido varios milenios antes. Y Clark añade: “Una de las grandes preocupaciones ahora es la forma en que responderán las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida ante el calentamiento global y cómo aumentarán los niveles oceánicos“. En los últimos 430.000 años, el porcentaje de tiempo en el que el clima ha sido tan cálido como en la actualidad es realmente muy pequeño, entre el 5% y el 10%. Esta es una de las primeras conclusiones del estudio de una muestra de hielo de 740.000 años recuperado por los científicos del Proyecto Europeo de Extracción de Muestras de Hielo en la Antártica (EPICA), que revela que, entre la desaparición del “Homo antecessor” de Atapuerca hasta la actualidad, la Tierra ha sufrido ocho glaciaciones. El “Homo antecessor” es una especie fósil perteneciente al género Homo, considerada la especie homínida más antigua de Europa y que tiene más de un millón de años de antigüedad.

 

Esta muestra de hielo es un cilindro de diez centímetros de diámetro que se extrae del subsuelo en fragmentos de unos tres metros de largo. Estas muestras sirven para saber cómo era el clima en la época en la que el hielo se formó, dado que en él quedan atrapados gases y partículas. La muestra recuperada por los investigadores europeos se remonta a hace 740.000 años y esta muestra permitirá saber cómo evolucionó el clima durante milenios, mucho antes de que el hombre empezara a lanzar a la atmósfera gases de efecto invernadero, ya que todo lo que sucede en la Tierra y produce cambios en la atmósfera se registra en el hielo. Las muestras de hielo informan a los científicos de las concentraciones en la atmósfera de gases de efecto invernadero, polvo y cenizas volcánicas, así como acerca de las temperaturas y precipitaciones. Así, saben que en los últimos 800.000 años los periodos cálidos, entre glaciaciones, han sido mucho más cortos que las edades de hielo. Según James White, geólogo de la Universidad de Colorado: “los periodos cálidos interglaciares han durado una media de 6.000 años, con la excepción del actual, que comenzó hace 12.000 años, y de uno que alcanzó los 28.000 años hace más de 450.000“. La muestra de hielo antes comentada puede ayudar a determinar cuáles son los primeros signos de una glaciación y predecir la futura evolución del clima. De momento, según los investigadores, sin influencia humana, la próxima edad de hielo no llegaría antes de 15.000 años. Los científicos procedentes de los diez países europeos del proyecto EPICA han realizado, en los últimos años, dos perforaciones profundas en la Antártida para investigar las relaciones existentes entre la química atmosférica y los cambios climáticos ocurridos en los últimos 740.000 años.

 

Antiguas tradiciones afirman que cuando el Sol pasó por los 16º del signo zodiacal de Leo en el año 9.792 a.C., una luz abrasadora proveniente de nuestra estrella alcanzó la Tierra y el cielo pareció desmoronarse, ya que la Tierra se inclinó sobre su eje. A consecuencia de ello, al sufrir la corteza terrestre un desplazamiento, los continentes cambiaron de posición. Y cuando el Sol volvió a salir por el horizonte era de hecho un nuevo horizonte, ya que la Tierra se había dado la vuelta. Los egipcios lo simbolizaron agregando una cruz de asa, que es el símbolo de la vida eterna. Se supone que el Sol se mantendría en este nuevo horizonte hasta el día del siguiente cataclismo, en un ciclo de continúas destrucciones y renacimientos. En Alaska aún pueden verse los restos de esta gran catástrofe de hace unos doce mil años. Todos los seres vivientes, tanto animales como plantas se congelaron repentinamente, en pocos segundos, produciendo la extinción de todos los grandes animales y marcando el fin de una era. Pero, ¿qué causó la extinción de tantos millones de animales? La muerte tuvo tan colosales proporciones que todavía impresionan sus rastros. En el valle del Yukón, junto al río del mismo nombre, puede verse un claro registro de esta súbita extinción. También se encuentran evidencias de que hubo alteraciones atmosféricas de una enorme violencia. Por ejemplo, los gigantescos mamuts y los bisontes fueron destrozados y retorcidos como por una mano gigante. Se encuentran restos de animales desgarrados y desparramados por todo el paisaje. Mezclados con las pilas de huesos se encuentran los restos de árboles, también retorcidos, destrozados y apilados. Y todo esto cubierto por una fina capa de estiércol que, al congelarse, se solidificó. Los antiguos textos coinciden en que una luz incandescente alcanzó la Tierra. Todo parece indicar que desde el interior del Sol se liberaron unas enormes fuerzas electromagnéticas y se produjeron  en el Sol gigantescas llamaradas que enviaron una descomunal onda de partículas a la Tierra.

 

Las partículas expulsadas por el Sol produjeron que la atmósfera de la Tierra apareciera como en llamas, afectando dramáticamente al cinturón de Van Allen, que son zonas de la magnetosfera terrestre donde se concentran las partículas cargadas. Debido al continuo flujo electromagnético,  el campo magnético de la Tierra se sobrecargó y billones de partículas llegaron a los polos y se generaron gigantescas fuerzas eléctricas. Cuando los polos se llenaron de auroras formadas por las partículas que caían, el campo electromagnético del interior de la Tierra se sobrecargó y estalló, produciendo un impresionante cortocircuito. Al perder su protección magnética, toda la atmósfera del planeta fue bombardeada por las partículas que caían. En situaciones normales, el campo magnético de la Tierra funciona para protegernos, dirigiendo las partículas electromagnéticas hacia los polos. Pero al perderse esta protección  las partículas penetraron en la Tierra desde todas direcciones generando una intensa radiación, tanto en luminosidad como en radioactividad. Los que todavía viviesen podrían contemplar el cielo como si ardiera con toda intensidad, tal como se dice en textos antiguos: “la luz de las luces se encuentra alrededor del mundo, ahora”. Y esto solo fue el aperitivo del verdadero cataclismo. El núcleo de hierro de la Tierra es magnético y, debido al desplazamiento del núcleo magnético, la Tierra comenzó a inclinarse. Como una directa consecuencia de este volteo, la corteza terrestre se desgajó y quedó flotando y la Tierra se inclinó varios miles de kilómetros en muy poco rato. Cualquier testigo del fenómeno observó como si el cielo se viniese abajo, que es la explicación que se ofrece en los textos antiguos. Luego se produjeron gigantescos seísmos, las capas terrestres se movieron, Se elevaron nuevas montañas, la tierra se agrietó y abrió, se desmoronaron las montañas existentes, los continentes e islas se hundieron en los océanos y los volcanes entraron en erupción por todas partes. ¡Un verdadero infierno! ¡Y los astrónomos se preguntan si este acontecimiento podría volver a ocurrir y cuantas veces ha ocurrido en el pasado!

 

Los supervolcanes podrían entrar en erupción mucho mas rápido de lo que pensaban los geólogos. Según los geólogos, un supervolcán puede entrar en erupción “cada 100.000 años después de haberse formado”, o pueden hacerlo “después de 200.000 años”. Pero un estudio realizado por la Universidad de Vanderbit les hizo cambiar de parecer. El estudio señala que algunos de estos supervolcanes podrían activarse durante los próximos 100 años. Una súper erupción causaría que el mundo “se cubriese de tinieblas por varias décadas, logrando que las cenizas llegasen a todos los continentes; el clima tendría un cambio drástico, sometiendo al mundo bajo el frío, este frío sería suficiente para exterminar una gran parte de la población global”, según los expertos. La explosión o erupción de un supervolcán también contribuiría a que piedras volcánicas salieran disparadas, convirtiéndolas en peligrosas bolas de fuego que se precipitarían a tierra, logrando impactar sobre gran parte de la población. La humanidad solamente podría ser espectadora, sin poder hacer nada. Los geólogos han ofrecido diversas perspectivas sobre lo que un supervolcán es capaz de hacer. La profecía bíblica, en Mateo 24, indica que llegará un periodo, llamado Gran Tribulación, en donde el Sol y la Luna no darán más su resplandor a los habitantes de la tierra, ingresando en un periodo de obscuridad, en donde el mundo será cubierto por tinieblas. Tras unos años de obscuridad, será el momento en el que Cristo aparece en su segunda venida junto con los santos arrebatados, para establecer su reino. Cristo acabaría completamente con la obscuridad, que probablemente habría sido causada por “erupciones de los supervolcanes”, apareciendo ante la vista de todo el mundo y trayendo la paz a los que vivan en ese tiempo. Un supervolcán equivale a la potencia de 8 volcanes en erupción. Una explosión de un supervolcán puede superar los 1000 kilómetros cúbicos. Los geólogos creen que la última erupción de un supervolcán ocurrió “hace mas de 74.000 años en Sumatra”. Cuando se refieren a que uno de estos volcanes podría entrar en erupción durante los próximos 100 años, es porque en cualquier momento, a partir de hoy, uno de estos supervolcanes puede despertar. Se cree que, por lo menos, existen 10 supervolcanes alrededor del mundo. Aunque no existe un criterio científico preciso para calificar a un volcán como supervolcán, la palabra se utiliza comúnmente para describir un volcán que puede poner en peligro la civilización global. Un volcán puede ser considerado un supervolcán cuando en una sola erupción expulsa más de 50 veces la cantidad de material que expulsó el volcán Krakatoa.

 

La erupción de un supervolcán es el único fenómeno natural que se produce en la Tierra y que tiene tal poder destructivo que rivaliza con los cometas y los asteroides como amenaza a la que debemos temer. Los supervolcanes tienden a permanecer activos durante millones de años y sus erupciones se producen con menos frecuencia que las de otros volcanes, si bien cuando se producen son mucho más intensas y violentas. Son bastante difíciles de rastrear en la historia moderna, y sólo conocemos de su existencia en el pasado, a través de las pistas geológicas que nos dejaron. Si bien no hay nada que sugiera que una civilización antigua como la maya hubiera sido capaz de predecir las erupciones volcánicas que se producirían miles de años más tarde, los defensores de la teoría de los supervolcanes apuntan al cambio de los polos magnéticos como el posible detonante de estos eventos. Los mayores supervolcanes tienen un Índice de Explosividad Volcánica de 8 (IEV=8), lo que significa que han expulsado, por lo menos, 1.000 km³ de roca densa. El nivel de eyección es el criterio más importante en términos de riesgo para la supervivencia de nuestra especie. Desastres locales no afectarían a nuestra existencia, pero el nivel de ceniza en la atmósfera resultante de este tipo de erupciones pondría en serias dificultades a todos los habitantes del planeta. Entre las mayores erupciones de supervolcanes, podemos señalar: hace 26.500 de años, Lago Taupo, Nueva Zelanda, unos 1.170 km³ de magma; hace 39.000 años, en Campos Flégreos, Nápoles, Italia, unos 500 km3; hace 74.000 de años, Lago Toba, Sumatra, unos 2.800 km³; hace 254.000 de años, Whakamaru, Nueva Zelanda, entre 1.200 y 2.000 km ³; hace 640.000 de años, Yellowstone, EE.UU., unos 1.000 km ³; hace 2,1 millones de años, Yellowstone , EE.UU., unos 2.500 km ³; hace 2,5 millones de años, Cerro Galán, Argentina, 1.050 km ³; hace 4 millones de años, Atana Ignimbrita, Chile, unos 2.500 km ³; hace 4,5 millones de años, Yellowstone, EE.UU., unos 1.800 km ³; hace 6,6 millones de años, Yellowstone, EE.UU., unos 1.500 km ³; hace 27,8 millones de años, La Caldera Garita, EE.UU., unos 5.000 km ³; hace 29,5 millones años, Sam Ignimbrita, Yemen, unos 5.550 km ³. Como referencia de la magnitud de estas supererupciones, cabe señalar que en la erupción del monte Santa Helena, en el estado de Washington, en la región del Pacífico Noroccidental de Estados Unidos, ocurrida en 1980, el volumen de material expulsado fue de 1,2 km ³, y en el Krakatoa, en el estrecho de Sonda, entre Java y Sumatra, ocurrido en 1883, el material expulsado fue de 25 km³.

 

A pesar de que el material expulsado por el volcán Krakatoa fue muy inferior a los supervolcanes antes indicados, los efectos combinados de flujos piroclásticos, cenizas volcánicas y tsunamis tuvieron resultados desastrosos en toda la región. No hubo ningún superviviente entre los 3000 habitantes de la isla de Sebesi, a unos 13 kilómetros de Krakatoa. Los flujos piroclásticos que viajaron sobre la superficie del agua a 300 km/h mataron alrededor de 1000 personas en Ketimbang, en la costa Sumatra, a unos 40 km al norte de Krakatoa. El recuento oficial de víctimas mortales registrado por las autoridades holandesas, que dominaban Indonesia en aquella época, fue de 36.417 y muchos asentamientos fueron asolados, incluyendo Teluk Betung y Ketimbang, en Sumatra, y Sirik y Semarang, en Java. Las áreas de Banten de Java y el Lampong de Sumatra fueron devastadas. Hay numerosos informes documentados de grupos de esqueletos humanos encontrados sobre balsas de piedra pómez volcánica flotando sobre el océano Índico, que llegaron hasta la costa oriental de África, incluso un año después de la erupción. Algunas regiones de Java nunca fueron repobladas, volvieron a convertirse en selva y ahora constituyen el Parque Nacional de Ujung Kulon. Incluso en lugares tan distantes como Sudáfrica, los barcos se mecieron por los remanentes de los tsunamis y se encontraron cuerpos de víctimas flotando en el océano durante semanas después del acontecimiento. El tsunami que acompañó la mayor de las erupciones fue supuestamente provocado por los flujos piroclásticos gigantescos que entraron en el mar. Cada una de las cuatro grandes explosiones estuvo acompañada de flujos piroclásticos masivos, resultado del derrumbamiento gravitacional de la columna de erupción. Nuevas teorías afirman que fue consecuencia del colapso de la caldera magmática. Como consecuencia, varios kilómetros cúbicos de material volcánico entraron en el mar, desplazando igual volumen de agua de mar.

 

Los flujos piroclásticos alcanzaron la costa de Sumatra, a una distancia de 40 kilómetros, tras desplazarse por encima del agua sobre un «cojín» de vapor sobrecalentado. A su vez, hay indicios de flujos piroclásticos submarinos que llegaron a 15 km del volcán. En un documental, un equipo de investigación alemán realizó pruebas de flujos piroclásticos sobre el agua, revelando que la ceniza caliente viajó sobre el agua en una nube de vapor a 400 ℃, causando un fatal y devastador tsunami. Tras estas explosiones, la isla quedó completamente destruida y soterrada bajo el mar. Se llama piroclasto (“fuego” y “roto“) o tefra (“ceniza“), a cualquier fragmento sólido de material volcánico expulsado a través de la columna eruptiva arrojado al aire durante una erupción volcánica. Petrológicamente, los piroclastos son fragmentos de roca ígnea volcánica solidificados en algún momento de la erupción, más frecuentemente durante su recorrido aéreo. En sentido estricto, el término tefra alude a un conjunto de tamaños de fragmento (ceniza y lapilli). Se distingue así, por ejemplo, una bomba volcánica de la tefra, aun cuando en sentido amplio una bomba volcánica es un tamaño de tefra. La tefra volcánica consiste en una extensa variedad de partículas de roca volcánica, incluyendo cristales de distintos minerales, rocas de todo tipo, piedra pómez, etc. Se trata de magma que se fragmenta, se expulsa y distribuye por el viento en forma de material suelto. A estos fragmentos, sueltos o compactados, de los que se compone se les denomina, propiamente, piroclastos, que, cuando su tamaño es mínimo, se convierten en ceniza. En erupciones violentas, la tefra puede ser llevada a las altas capas de la atmósfera siendo transportadas por el viento y depositándose a miles de kilómetros. La lluvia de tefra constituye el peligro directo de mayor alcance derivado de la erupciones volcánicas. Puede provocar casos de enterramientos, formación de una suspensión de partículas de grano fino en el agua y aire, transporte de gases nocivos, ácidos, sales y, en las cercanías, calor, e incendios. Las partículas que están en suspensión pueden entrar a las turbinas de los aviones en vuelo generando accidentes.

Se conoce la existencia de alrededor de 50 supervolcanes en el pasado, la mayoría de los cuales hoy en día están extintos. Otros se cree que están inactivos, y por último unos pocos se encontrarían activos. Entre ellos tenemos a Toba, en Sumatra, Indonesia. Su supererupción, hace unos 74.000 años, es considerada la mayor erupción volcánica en de la Tierra en los últimos 25 millones de años. La mayoría de los seres humanos perecieron por esta erupción, y se cree que pudo causar un cuello de botella genético en la humanidad, que pudo haber contribuido a nuestra evolución. Otro supervolcán es el de Yellowstone, Estados Unidos. Su última erupción se produjo hace 630.000 años. Se ha especulado que la fuerza de una nueva erupción de Yellowstone sería el equivalente a mil bombas de Hiroshima explotando por segundo. Otro caso es el de Long Valley, California, EE.UU. Su última erupción fue hace 760.000 años, con unos 600 km ³ de material expulsado. También tenemos el supervolcán de Caldera Valles, en Nuevo México, EE.UU.. Su última erupción se produjo hace 1,15 millones años, con unos 600 km ³ de material expulsado. Luego tenemos el caso de Lago Taupo, Nueva Zelanda. La última supererupción se produjo hace sólo 26.500 años. Ha entrado en erupción aproximadamente cada mil años, siendo la más reciente hace 1.800 años. Está considerado uno de los supervolcanes más grande de la historia, 100 veces más grande que la del monte Santa Helena. Afortunadamente, en aquellos momentos, Nueva Zelanda aún no había sido colonizada por los seres humanos. También tenemos el supervolcán de Campos Flégreos (Campi Flegrei), en Nápoles, Italia. Esta supererupción, ocurrida hace 39.000 años, provocó 500 km ³ de material expulsado. según algunos investigadores, y del cual podría haber una gran erupción en las próximas décadas. Asimismo tenemos otros supervolcanes activos de menor magnitud. Uno de ellos es el Caldera Kikai, Japón. Tuvo una supererupción hace 6.300 años. Sigue activo, con erupciones menores que han ocurrido en fechas tan recientes como en 2004. Otro caso es el de Laacher See, Alemania. Potencialmente aún es activo y se sabe que entró en erupción hace 12.900 años, coincidiendo con la desglaciación. También tenemos el supervolcán de Monte Tambora, en Sumbawa, Indonesia. Su última erupción fue en 1815, matando al menos a 71.000 personas. El supervolcán de Aira, Japón, entró en erupción hace 22.000 años y expulsó 400 km ³ de material, pero aún sigue siendo muy activo. En 1914 una erupción causó la evacuación de 23.000 personas. La ciudad de japonesa de Kagoshima está muy cerca de este supervolcán.

 

Tenemos el eón Arcaico, también conocido como eón Arqueozoico, y que abarca desde hace 4.000 millones de años hasta hace 2.500 millones de años, y que es el segundo eón en que está dividido el Precámbrico. Su nombre proviene del griego “arca“, que significa “origen”, puesto que su límite inferior estaba establecido en el supuesto origen de la Tierra. Los principales eventos de este eón fueron: la formación de la Tierra; la formación de la primera atmosfera, aún sin oxigeno; un gran bombardeo de meteoritos; la formación de la Luna; la formación de los océanos primitivos; la formación de la litosfera; y la formación de las primeras rocas. La alta concentración de gases invernadero, que calentaban las capas bajas de la atmósfera, mantuvo la Tierra deshelada, a pesar de que la luminosidad del Sol era bastante más baja que la actual. Como aclaración a lo indicado antes debemos añadir que, en geología, los eones y eras son los períodos en los que se encuentra dividida la historia de la Tierra desde el punto de vista geológico y paleontológico. Pero con la paulatina reducción de los gases de efecto invernadero se abrió la posibilidad, en el Proterozoico, de que se produjesen glaciaciones. A este respecto es conveniente saber que el supereón Precámbrico es la primera y más larga etapa de la Historia de la Tierra y engloba los eones Hádico, Arcaico o Arqueozoico y Proterozoico. Comienza cuando se supone que la Tierra se formó, hace 4.600 millones de años, y termina hace aproximadamente 570 millones de años, durando 4.030 millones de años aproximadamente y dejando paso al periodo Cámbrico. A pesar de ser una etapa tan larga y en la que debieron ocurrir muchos sucesos, los geólogos casi no tienen datos sobre ella, ya que las rocas formadas durante el supereón Precámbrico han sido erosionadas y enterradas. Ocupa el 87% de la escala temporal geológica. Las rocas precámbricas son principalmente ígneas y metamórficas. En África y en Groenlandia se encuentran las rocas terrestres más antiguas.

 

Las primeras evidencias que tenemos de glaciaciones en los continentes primitivos datan del período huroniano, en la transición del eón Arqueozoico al Proterozoico, en el intervalo entre 2700 y 2300 millones de años. Estas glaciaciones, pues al parecer hubo al menos tres fases muy frías, fueron terribles. Afectó a gran parte de la Tierra y se habría debido al efecto del oxígeno, creado por las cianobacterias, sobre el metano, que por su alta concentración habría sido hasta entonces el principal gas invernadero. Y la concentración de metano en la atmósfera hace 2300 millones de años pudo ser 1000 veces superior a la actual. Hay señales geológicas de la glaciación huroniana especialmente en estratos rocosos de la región del Lago Hurón, en Canadá, y también en Sudáfrica. De aquella época se han encontrado tillitas, rocas sedimentarias que agrupan materiales de tamaño muy diferente y que proceden de la cementación de antiguas morrenas glaciales. También han aparecido en estratos geológicos huronianos superficies con estrías, provocadas por la abrasión de la enorme masa de hielo que se movía por encima. Tras las glaciaciones huronianas el clima pasó de nuevo a ser muy cálido, sin que se sepa aún cómo explicar la razón del cambio. Por encima de los estratos glaciales canadienses aparecen algunos tipos de roca, como la caolinita, que se forman en ambientes tropicales. Y durante un largo intervalo de casi mil quinientos millones de años, es decir, durante casi todo el eón Proterozoico, no se encuentran indicios de más glaciaciones. Pero al final del Proterozoico, más concretamente el conocido como Neoproterozoico, que sería la última era geológica de las tres que componen el eón Proterozoico, y que abarca desde hace 1000 millones de años hasta hace 542 millones de años, en rocas datadas entre hace unos 750 y 580 millones de años, se observan señales de nuevas glaciaciones. Y no fueron unas glaciaciones normales, sino probablemente las más intensas que ha habido nunca.

 

Estas glaciaciones fueron probablemente varias y duraron varios millones de años cada una. Hubo probablemente tres episodios glaciales importantes: Sturtiense, hace unos 710 millones de años; Marinoense, hace unos 635 millones de años; y Varangiense, hace unos 600 millones de años. Existen pruebas geológicas de que afectaron a todos los continentes, de tal forma que las regiones heladas se extendieron hasta latitudes tropicales. Lo que está aún en debate es si durante su transcurso la superficie del mar se heló por completo, o casi por completo. Durante estas terribles glaciaciones del Neoproterozoico el planeta casi dejó de ser apto para la vida. En muchas series sedimentarias de localidades situadas entonces en los trópicos aparecen estratos con depósitos glaciales correspondientes a una fase tan fría que hace pensar que cesó la actividad biológica marina. Los análisis muestran que el carbono de esos estratos glaciales es muy pobre en carbono-13, lo que indica falta de actividad biológica marina. Ocurre que los organismos fotosínteticos oceánicos prefieren absorber menos carbono-13 y más carbono-12, por lo que, cuando la vida es prolífica, suelen hacer que en el agua sea alta la concentración isotópica del carbono-13, y consecuentemente que suba también la concentración de ese isótopo en los carbonatos inorgánicos precipitados, que se forman a partir del carbono disuelto en el océano. Por eso, la concentración baja de carbono-13 en los sedimentos carbonatados de las últimas fases de las glaciaciones neoproterozoicas indican que la actividad fotosintética marina fue entonces mínima. Otra segunda huella de las glaciaciones del Neoproterozoico son las formaciones masivas de minerales de hierro que aparecen en los estratos geológicos de aquella época. Estas formaciones se presentan en forma de arcillas ferruginosas bandeadas, en las que se superponen capas grises de sílex y otras de material rojo, rico en hierro.

 

Y volviendo a evidencias de vida inteligente en tiempos remotos, tenemos que en la época Eocénica también tenemos evidencias, aún más sorprendentes. Una de ellas es una bola de tiza, encontrada cerca de Lyon, en Francia, con la increíble antigüedad de 45 a 55 millones de años de antigüedad. Esta bola de tiza fue descubierta en una capa de lignito del Temprano Eocénico. En base a su posición estratigráfica, le fue asignada una antigüedad de entre 45 y 55 millones de años. Según Maximilien Melleville, vicepresidente de la Societe Academique de Lyon, no hay posibilidad que la bola de tiza fuera una falsificación: “Realmente está cubierta, a cuatro-quintos de su altura, por un color negro bituminoso que se combina en la parte superior con un círculo amarillo, y que es evidentemente debido al contacto con el lignito en el cual ha estado empotrado tanto tiempo. La parte superior, con la que está en contacto la base de la concha, por el contrario, ha preservado su color natural – el blanco pálido de la tiza. En cuanto a la roca en la cual fue encontrado, puedo afirmar que está perfectamente virgen y no presenta ningún rastro de explotación alguna”. La evidencia asociada a este hallazgo sugiere que fueron humanos quienes hicieron la bola, que deben haber vivido en la antigua zona de Francia hace más de 45 millones de años. ¿Quién hizo esta bola de tiza en esta época tan remota? Otro enigmático vestigio lo constituye un mortero hallado en California, de una antigüedad de, tal vez, unos 55 millones de años. En 1877, J. H. Neale, superintendente de la Compañía de Túneles Montezuma, vio, a unos 430 metros de la boca del túnel y bajo 92 metros de lava sólida, varias puntas de lanza en algunas rocas oscuras. Explorando más allá, encontró un pequeño mortero de tres a cuatro pulgadas de diámetro y de forma irregular. Luego encontró un mortero grande y bastante uniforme. El Sr. Neale declara que es completamente imposible que estos restos puedan haber alcanzado la posición en la que fueron encontrados después de que se formara la capa de lava. La situación de los restos indica que podían llegar a tener unos 55 millones de años de antigüedad. ¿Quien dejó estos vestigios en California hace más de 50 millones de años?

 

En Bramford, Inglaterra, se encontró una piedra de honda de tal vez unos 50 millones de años de antigüedad. Esta piedra de honda se encontró en el fondo de una capa de detritus, debajo de Red Crag, en Bramford, Inglaterra. El margen de error en este caso es importante, pero se considera que la piedra tiene por lo menos 5 millones de años y posiblemente podría llegar hasta unos 50 millones de años de antigüedad. Al examinarla, era obvio que la piedra había sido formada por la mano del hombre, ya que toda la superficie había sido raspada con un pedernal. La raspadura cubre toda la superficie de la piedra y penetra hasta sus irregularidades. La era Mesozoica también nos ha dejado múltiples evidencias. Esta es una de las principales eras en la historia geológica, siguiendo a la era Paleozoica y precediendo la era Cenozoica. La era Mesozoica, que duró desde aproximadamente hace unos 200 millones de años hasta hace 70 millones de años, la podríamos considerar como la verdadera era de los reptiles, ya que su mayor desarrollo ocurrió durante esta era. Los primeros pájaros y mamíferos y las primeras plantas con flores también aparecieron en esta época. La era Mesozoica está dividida en tres períodos de tiempo: el Triasico, el Jurásico y el Cretáceo. Al movernos hacia atrás en el tiempo, entramos al período en la era Mesozoica que comenzó con los primeros dinosaurios apareciendo en la tierra y terminando con el desarrollo de plantas con flores. Oficialmente, los humanos no evolucionarían hasta por lo menos unos 136 millones de años más tarde. Sin embargo, hay una serie los hallazgos científicos que  sugieren que civilizaciones avanzadas estuvieron visitando la Tierra cuando los dinosaurios dominaban el planeta. Si consideramos que el último dinosaurio se supone desapareció hace unos 65 millones de años, y que los hombres u homínidos (que se sepa) habitaron la Tierra desde hace unos 4 millones de años, entonces parece imposible que un hombre jamás hubiera visto un dinosaurio. Sin embargo, hay evidencias de que realmente los hombres y los dinosaurios vivieron juntos en el pasado. Y esto solo se puede explicar con dos alternativas: o el hombre ha estado en la Tierra hace más de 65 millones de años o han existido dinosaurios hasta épocas mucho más recientes de lo que pensamos.

Se han encontrado dibujos en cuevas, en la región del Gran Cañón del Colorado y otros lugares, que parecen mostrar dinosaurios, mamuts y otros animales extintos. Asimismo, hay una cantidad de leyendas que parecen relatos de encuentros entre hombres y dragones, una versión mitológica de los reptiles gigantes. En la epopeya de Gilgamesh (3000 a.C.) se dice que mató a un dragón gigante que devoraba árboles y otras plantas. En dos capítulos del libro de Daniel en la Biblia hay un recuento de un dragón que los babilonios adoraban. Alejandro Magno y su ejército dijeron que encontraron un dragón que estimaron tener una largura de 33 metros, un una cueva en la India. En China hay una gran cantidad de leyendas y dibujos que indican que reptiles gigantes vivieron allá en el pasado. Incluso mencionaban que una familia real usó algunos reptiles grandes para tirar de su carruaje. También la gente de los países nórdicos construyó sus barcos con representaciones de dragones marinos. Se habla de un tipo de dragón que tenía grandes patas traseras y patas delanteras cortas, igual como sabemos que existieron por los huesos fosilizados. De relatos más recientes tenemos recuentos de héroes que mataron dragones. Se dice que Beowulf y San Jorge mataron dragones y sus descripciones corresponden de manera notable con las reconstrucciones modernas de varios tipos de dinosaurios. Del el siglo X d.C. nos llega un relato irlandés en que hay una descripción de un estegosaurio. Nerluc, en Francia, debe su nombre de un hombre que mató un dragón cuya descripción es muy parecida a esa de un triceratops. Libros de ciencia y escritos de naturalistas del siglo XIV indican que los dragones eran aún animales vivientes, aunque ya casi extinguidos. Hay varios recuentos de reptiles voladores en la historia. Herodoto describió correctamente las características de un reptil reconocido por restos fósiles en tiempos modernos. La tribu de los Sioux se refiere a un pájaro de trueno. Su descripción y dibujos coinciden con ese dinosaurio volador que hoy llamamos teranodon. En Inglaterra se reportó un  reptil volador durante el siglo XV.

 

También actualmente hay informes de testigos que han visto algunos tipos de reptiles gigantes, caminando, nadando o volando, en Australia y en África, cerca de bosques tropicales, en varios lagos del mundo y en el mar. El más famoso lugar es Loch Ness, donde miles de personas han visto y fotografiado un monstruo, que parece un tipo de Plesiosauro. Pero, no es el único lugar, y hay miles de testigos que han visto reptiles gigantes en otras partes del mundo. Pero todos estos descubrimientos y relatos han quedado empequeñecidos, aunque la ciencia oficial los ignora, por los descubrimientos efectuados hace unos cuantos años en un lugar de Perú, situado en un desierto blanco y pedregoso del Departamento de Ica, por el doctor Javier Cabrera. Ica es un departamento que está ubicado al oeste del Océano Pacífico  y al norte de la región de Nazca, lugar famoso por sus enigmáticas pistas  El doctor Cabrera habría descubierto la más sorprendente prueba de la existencia de otra civilización que pobló el planeta posiblemente hace millones de años, ¡en la época de los Dinosaurios! A diferencia de los restos antes mencionados a los que se aplican una serie de teorías y conjeturas sobre la existencia de homínidos remotos, esta vez se trataba de múltiples pruebas materiales. El doctor Cabrera había logrado reunir en su casa de la ciudad de Ica hasta un total de 11.000 piedras en las que aparece grabado el más antiguo mensaje del que tenemos noticia. Son once mil piedras de todos los tamaños en donde una remota civilización recopiló sus conocimientos. Hay desde algunas muy pequeñas, de apenas 50 ó 100 gramos, hasta otras de 40 o más kilos. Y en ellas pueden verse grabados con conocimientos en astronomía, zoología, medicina, biología, etc…  Y viéndolas se tiene la impresión de que la vida en el planeta probablemente llegó del espacio. Las piedras de Ica describen una civilización que al parecer habría llegado a convivir con los dinosaurios. En una de las piedras se muestran  grandes saurios prehistóricos. Allí se explica, por ejemplo, la manera de destruir al stegosaurus, un saurio prehistórico perteneciente a la rama de los dinosaurios blindados y que vivió en el período Jurásico.

 

En el período Cretaceo hay evidencias como la de un tubo metálico en Saint-Jean de Livet, Francia, con más de 65 millones de años de antigüedad. Y. Druet y H. Salfati anunciaron en 1968 el descubrimiento de varios tubos metálicos semiovoides de idéntica forma, pero de distinto tamaño, en un yacimiento de tiza cretácea. La capa de tiza se encontró en una mina en Saint-Jean de Livet, Francia, y se estima que tiene más de 65 millones de años de antigüedad. Habiendo considerado y eliminado varias hipótesis, Druet y Salfati concluyeron que seres inteligentes habían construido aquellos tubos, por lo que habrían vivido en aquella región en aquellas remotas fechas. ¿Quien construyó estos tubos metálicos en Francia hace más de 65 millones de años? En el período Triásico hay evidencias tan sorprendentes como una suela de zapato, en Nevada, datada en una increíble antigüedad de entre 213 y 248 millones de años. El 18 de octubre de 1922, la sección American Weekly del periódico New York Sunday American publicó una noticia titulada “Misterio de la suela de zapato petrificada”, por el Dr. W. H. Ballou, que decía: “Hace algún tiempo, mientras estaba buscando fósiles en Nevada, John T, Reid, un distinguido ingeniero minero y geólogo vio, con asombro, una roca cerca de sus pies. Allí, parte de la roca misma, era lo que parecía ser una huella de pie humano”.  Una inspección más detallada mostró que no era una marca de un pie desnudo, sino que era, aparentemente, una suela de zapato que había sido convertida en piedra. Faltaba una parte, pero estaba el delineado de por lo menos dos terceras partes de la suela, y alrededor de este contorno corría un muy bien definido hilo cosido, el cual, según parecía, ataba el zapato a la suela. Además, había otra línea de costura, y en el centro, donde el pie habría descansado si el objeto realmente hubiera sido una suela de zapato, estaba una muesca, exactamente como si hubiera sido hecha por el hueso del talón rozando y desgastando el material del que había sido hecha la suela. Reid consiguió un químico analista del Instituto Rockefeller, quien hizo fotos y análisis del espécimen. Los análisis eliminaron cualquier duda de que la suela de zapato había sido fosilizada en la época Triásica. Las ampliaciones de la microfotografía son veinte veces más grandes que el espécimen mismo, mostrando hasta el último detalle de las vueltas de hilo y doblado, demostrando que la suela de zapato es estrictamente el resultado del trabajo manual de un hombre. Incluso a simple vista los hilos pueden verse claramente, junto con los contornos definitivamente simétricos de la suela del zapato. Dentro de este borde y corriendo paralela puede verse una línea que parece haber sido regularmente perforada para las puntadas. La roca triásica que lleva el fósil de la suela del zapato ha sido datada en un período entre 213 y 248 millones de años. Un zapato obviamente moderno, con puntadas y grabado en el tiempo en la antigua roca triásica. ¿Estaba el misterioso visitante caminando en esta región hace más de 213 millones de años, antes de la era de los dinosaurios?

 

La era Paleozoica es una importante era geológica, precedido por la era Precámbrica y seguido por la era Mesozoica, incluyendo los períodos Cámbrico, Ordoviciano, Siluriano, Devoniano, Carbonífero y Pérmico. La era Paleozoica comenzó aproximadamente hace 570 millones de años y finalizó aproximadamente hace 200 millones de años. Al movernos más atrás en el tiempo entramos a este período de la era Paleozoica, donde la vida estaba evolucionando desde formas primitivas multicelulares, que flotaban libremente en los océanos, hasta especies más evolucionadas en la tierra. Las formas de vida más avanzadas al final de este período eran anfibios, insectos, bosques de helechos y pequeños reptiles. Y oficialmente los humanos no evolucionarían hasta casi 300 millones de años más tarde. De nuevo, los hallazgos científicos sugieren que seres inteligentes, con tecnología avanzada, estuvieron visitando la Tierra y caminando sobre ella cuando las primeras formas de vida estaban solamente comenzando a emerger en nuestro planeta. En el período Carbonifero hay evidencias como las de una cadena de oro, de entre 320 y 360 millones de años de antigüedad. La edición de Junio de 1891 del periódico Morrisonville Times, de Morrisonville,  Illinois, presentaba un artículo que se refería a una cadena de oro descubierta dentro de una pieza sólida de carbón. La cadena fue descubierta por la esposa del editor del periódico, cuando estaba rompiendo un trozo de carbón. De acuerdo al Departamento de Investigación Geológica de Illinois, el carbón que contenía la cadena era del período Carbonífero, de más de 300 millones de años de antigüedad. El Dr. A.W. Medd, del Centro Británico de Medición Geológica, escribió en 1985 que esta piedra es del Carbonífero Temprano, entre 320 y 360 millones de años de antigüedad. ¿Quien dejó caer esta cadena de oro en los antiguos bosques de helechos, cuando las más avanzadas formas de vida en el planeta eran anfibios e insectos? En 1897, un minero de carbón trabajando en una mina cerca de Webster, Iowa, encontró una extraña inscripción en una pieza de piedra. El Daily News de Omaha, Nebraska (2 de Abril de 1897), publicó: “La piedra es de un color gris oscuro, con dos pies de longitud, un pie de ancho y cuatro de espesor. Sobre la superficie de la piedra, la cual es muy dura, fueron dibujadas líneas con ángulos formando diamantes perfectos. El centro de cada diamante es apreciablemente el rostro de un hombre anciano…”. Fue una piedra tallada por un viajero en el tiempo que había llegado hasta aquella época de la Tierra?

 

Otra interesante evidencia es una taza de hierro encontrada en una mina de carbón, en Oklahoma, de 312 millones de años de antigüedad. El 27 de noviembre de 1948, Frank J. Kenwood afirmó: “Mientras yo trabajaba en la Planta Eléctrica Municipal, en Thomas, Oklahoma, en 1912, me tropecé con un sólido trozo de carbón, el cual era demasiado grande para poder ser usado. Lo quebré con un martillo de trineo. Del centro de esta pieza de carbón cayó esta taza de hierro, dejando la impresión de la taza en el pedazo de carbón”. Jim Stall, un empleado de la compañía, atestiguó la rotura del trozo de carbón y que vio caer la taza. Robert O. Fay, de la Oficina de Medición Geológica de Oklahoma, confirmó que la mina Wilburton de carbón tiene 312 millones de años de antigüedad. ¿Qué avanzada civilización estaba usando tazas de hierro hace más de 300 millones de años? También en otra mina de Oklahoma se encontró una pared de, por lo menos, 286 millones de años de antigüedad. W.W. McCormick, de Abilene, en Texas, informó de una pared formada por un bloque de piedra, que fue encontrada en el fondo de una mina de carbón: “En el año 1928 yo, Atlas Almon Mathis, estaba trabajando en la mina de carbón No. 5, ubicada dos millas al norte de Heavener, Oklahoma. Esta era una mina de cajón, y nos contaron que tenía dos millas de profundidad. La mina era tan profunda que nos hicieron bajar a ella en un elevador. Ellos bombearon aire hacia nosotros abajo, tan profundo era”. Un atardecer, Mathis estaba haciendo estallar el carbón para desprenderlo, con explosivos. “La siguiente mañana”, dijo Mathis, “había varios bloques tirados en el suelo. Estos bloques eran cubos de 12 pulgadas y eran tan lisos y pulidos en el exterior que todas las seis caras podían servir de espejos. Aunque estaban llenos de grava, porque yo piqué uno de éstos con mi pico”. Mathis agregó: “Cuando comencé a quitar los escombros en el sitio, se abrió más y apenas pude escapar. Cuando regresé después de este hundimiento,  vi que había quedado expuesta una pared sólida de éstos bloques pulidos. Como a unas 100 a 150 yardas más abajo de nuestro núcleo de aire, otro minero golpeó esta misma pared, u otra muy similar”. El carbón en la mina era del Carbonífero, lo cual significaría que la pared era de por lo menos 286 millones de años. Según Mathis, los oficiales de la compañía minera inmediatamente sacaron a los hombres de la mina y les prohibieron hablar acerca de lo que habían visto. Mathis dijo que los mineros de Wilburton también contaron que encontraron “un bloque sólido de plata en la forma de un barril” en un área de carbón datada entre 280 y 320 millones de años. ¿Qué civilización avanzada construyó esta pared?

 

En otra mina de carbón, en Ohio, se encontraron jeroglíficos de 260 millones de años de antigüedad. James Parsons y sus dos hijos descubrieron una pared alineada en una mina de carbón en Hammondville, Ohio, en 1868. Era una pared lisa y grande, descubierta cuando una gran masa de carbón se rompió. Y en su superficie, talladas en alto relieve, estaban varias líneas de jeroglíficos. ¿Quién talló estos jeroglíficos hace 250 millones de años? En el período Devoniano también se han encontrado evidencias, tales como un clavo en la piedra caliza, de entre 360 y 408 millones de años de antigüedad. En 1844, Sir David Brewster reportó que un clavo había sido descubierto firmemente empotrado en un bloque de piedra caliza en la mina de Kingoodie (Mylnfield) en el norte de Gran Bretaña. El Dr. A.W. Medd, del Centro Geológico Británico, indicó que esta piedra arenisca es del Devoniano, de entre 360 y 408 millones de años de antigüedad. Brewster afirmó:“El bloque en el que fue encontrado el clavo era de nueve pulgadas de grosor, y al proceder a limpiar la roca, el clavo fue encontrado proyectándose como media pulgada y bastante comido por el óxido. Y el resto del clavo yacía a lo largo de la superficie de la piedra hasta casi una pulgada de la cabeza, la cual estaba empotrada en la piedra”. El hecho de que la cabeza del clavo estuviese enterrada en el bloque de piedra arenisca pareciera descartar totalmente la posibilidad de que el clavo hubiese sido martilleado dentro de la roca después de ser extraído. Y ello sucedió en una época cuando se supone que los anfibios e insectos eran la única forma de vida dominante en nuestro planeta. Así pues, ¿quién colocó este clavo para que haya sido preservado en la roca durante más de 350 millones de años? Y el período Cámbrico no se queda atrás en lo que se refiere a evidencias. Una de ellas es la de una huella de zapato, en Utah, de 500 a 570 millones de años de antigüedad. En 1968, William J. Meister, un dibujante y colector aficionado de trilobites reportó haber encontrado la huella de un zapato en el Esquisto Wheeler, cerca de Antelope Spring, Utah. Esta muesca parecida a un zapato y su molde fueron revelados cuando Meister abrió un bloque del esquisto. Claramente visible dentro de la impresión del zapato  estaban los restos de trilobites, extintos artrópodos marinos. La cáscara que sostenía la impresión y los fósiles de trilobites son del período Cámbrico, por lo cual tendrían de 500 a 570 millones de años de antigüedad. Meister describió la antigua huella como de zapato en un artículo que apareció en un periódico: “La huella del talón estaba marcado en la roca como a un octavo de pulgada más que la suela. La huella de pie era claramente del pie derecho, porque la sandalia estaba bastante usada en el lado derecho del talón”. En esta época de la historia de nuestro planeta se supone que no había plantas ni animales terrestres, e incluso los tipos más tempranos de peces todavía no habían evolucionado.

 

Y seguimos retrocediendo en el tiempo hacia nuestro pasado más remoto. Y llegamos al período Precámbrico. Y a pesar de la mareante antigüedad  todavía seguimos encontrando evidencias, tales como un florero metálico, de más de 500 millones de años de antigüedad. En la revista Científica Americana del 5 de junio de 1852, aparecía la siguiente noticia titulada “Una reliquia de una Edad Pasada”, y que decía lo siguiente: “Hace algunos días, fue provocada una poderosa explosión en la roca en la Meeting House Hill, en Dorchester, a poca distancia, al sur, de la casa comunal del Reverendo Sr. Hall. La explosión rompió una inmensa masa de roca, algunas de cuyos trozos pesaban varias toneladas, con fragmentos esparcidos en todas direcciones. Entre ellos fue recogido un florero metálico, roto por la explosión. Al juntar de nuevo las partes formó un florero en forma de campana, de 4½ pulgadas de alto, de 6½ pulgadas en la base, 2½ pulgadas arriba y como un octavo de pulgada en grosor. El cuerpo de este florero parece de color zinc, o de un compuesto de metales, en lo cual hay una considerable porción de plata. Al lado hay seis figuras de una flor, o ramillete, bellamente incrustado en pura plata, y alrededor de la parte más baja del florero una parra, o guirnalda, también incrustado con plata. El cincelado, tallado e incrustado están exquisitamente hechos por algún hábil artesano. Este curioso y desconocido recipiente fue extraído desde quince pies debajo de la superficie de la roca sólida por la explosión”. Según un mapa reciente del Centro de Medición Geológica estadounidense del área de Boston-Dorchester, la piedra, ahora llamada el conglomerado Roxbury, es de una edad precámbrica, de más de 600 años de antigüedad. Según la geología oficial la vida estaba solamente comenzando a formarse en este planeta. Pero en el florero de Dorchester tenemos evidencias indicando la presencia de trabajadores artísticos del metal en América del Norte, más de 600 millones de años antes de Leif Erikson, explorador vikingo, considerado como uno de los primeros europeos que llegó a América del Norte. En este tiempo de la historia de nuestro planeta, se supone que no existía vida en la tierra, ni de plantas ni de animales. La forma de vida más avanzada en este árido tiempo en la historia de nuestro planeta era una simple alga flotando en los mares. Sin embarco, de alguna forma, a través del tiempo, este bellísimo trabajo de arte fue traído y eventualmente enterrado y preservado en la antigua roca. ¿Será que algún viajero en el tiempo dejó este objeto con la esperanza de su descubrimiento más tarde, con la intención de asegurarse que la verdad acerca del viaje en el tiempo sea revelada algún día?

Otra evidencia sorprendente es una esfera acanalada, en Sudáfrica, de nada menos que ¡2.800 millones de Años de Antigüedad! Realmente mareante. En el trascurso de varias décadas, mineros surafricanos han encontrado cientos de esferas metálicas, de la cual por lo menos una tiene tres canales paralelos corriendo alrededor de su ecuador. Las esferas son de dos tipos, “una de un sólido metal azulado con manchas blancas, y otra es una bola hueca, llena de un núcleo blanco esponjoso”. Roelf Marx, del museo de Klerksdorp, en Sudáfrica, donde hay algunas de las esferas, dice: “Las esferas son un completo misterio. Se ven como hechas por el hombre, y sin embargo provienen de un tiempo en la historia de la Tierra cuando llegaron a descansar en esta roca, cuando no existía todavía vida inteligente”. Se encuentran en capas de pirofilita, cerca del pequeño pueblo de Ottosdal, en Transvaal. Esta pirofilita es un mineral bastante blando, que fue formado por sedimentación hace unos 2800 millones de años. Por otra parte, las esferas son muy duras e incluso resisten al acero. La esfera con los tres surcos paralelos a su alrededor es demasiado perfecta para que no consideremos que ha sido hecha artificialmente. Los depósitos de mineral precámbrico donde se encontraron las esferas data de por lo menos 2800 millones de años. En ese tiempo, se supone que simples células microscópicas eran todo lo que existía en la tierra. Pero esto, aparentemente, no es verdad. ¿Quién creó y abandonó allí éstas magníficas esferas, más duras que el acero, y obviamente hechas por seres inteligentes? y, ¿cuál era su propósito? Y, aunque sea difícil establecer su datación, hay otras evidencias sorprendentes. El conde de Bournon, en su libro Mineralogía, registró un intrigante descubrimiento que fue hecho por trabajadores franceses a finales del siglo dieciocho. Bournon escribió: “Durante los años 1786, 1787, y 1788, ellos estaban trabajando cerca de Aix En Provence, en Francia, sacando piedras para la reconstrucción del Palacio de Justicia. La piedra era una piedra caliza de un profundo gris, y de la clase que es blanda cuando acaba de salir de la mina, pero que se endurece con la exposición al aire. Los estratos estaban separados unos de otros por una capa de arena mezclada con arcilla, más o menos calcárea. Las primeras, que eran labradas, no presentaron ningún aspecto de cuerpos extraños, pero, después de que los trabajadores quitaron las primeras capas, se asombraron cuando, al quitar el undécimo, encontraron su superficie inferior, a una profundidad de cuarenta o cincuenta pies, cubierta con conchas”.

 

Continuando con su descripción, Bournon afirmó “Al ser removida la piedra de esta capa, al estar quitando un estrato de arena arcillosa, que separaba la décimo primera capa de la décimo segunda, encontraron tocones de columnas y fragmentos de piedra medio labrada, y la piedra era exactamente similar a aquella de la mina. Encontraron más monedas, mangos de martillos y otras herramientas o fragmentos de herramientas en madera. Pero aquella que principalmente llamó su atención fue un tablero de aproximadamente una pulgada de grosor y de siete u ocho pies de longitud; estaba quebrada en muchos pedazos, de los cuales ninguno faltaba, y fue posible unirlos de nuevo unos con otros, y restaurar el tablero o placa a su forma original, el cual era aquel de los tableros de la misma clase, usados por los masones y hombres de minas: estaba gastado de la misma manera, redondeado y ondulante en sus bordes”. Y aún añadió: ”Las piedras que eran completa o parcialmente labradas, no habían cambiado para nada en su naturaleza, pero los fragmentos en el tablero, y los instrumentos y piezas de instrumentos de madera se habían cambiado a ágatas, las cuales eran muy finas y de agradables colores. Aquí, entonces, tenemos rastros de un trabajo ejecutado por la mano del hombre, colocado a una profundidad de cincuenta pies y cubierto con once capas de piedra caliza compacta“.  Todo tendía a probar que este trabajo había sido ejecutado sobre el mismo lugar donde estaban los rastros en tiempos remotos. La presencia del hombre había, entonces, precedido a la formación de esta piedra. En 1830, unas formas como de letras fueron descubiertas dentro de un bloque sólido de mármol, en una mina situada 12 millas al noroeste de Filadelfia. El bloque de mármol fue encontrado a una profundidad de 60 a 70 pies. Según el Periódico Americano de Ciencia los trabajadores de la mina quitaron capas de un tipo de pizarra de mica, pizarra talcosa y pizarras de arcilla primitiva antes de llegar a la capa desde donde fue cortado el bloque que contenía formas como letras. Mientras estaban cortando un bloque, los trabajadores notaron una muesca rectangular, de 1.5 pulgadas de ancho por 625 pulgadas de alto, mostrando dos caracteres en relieve. Algunos respetables caballeros de Norristown, Pensilvania, fueron llamados para inspeccionar el objeto. Dedujeron que no se podía explicar la formación de los caracteres por procesos físicos naturales. Esto sugiere que los caracteres fueron hechos por seres inteligentes en un remoto pasado.

 

Mientras que la teoría de Milankovitch predice que los cambios cíclicos de la órbita solar pueden quedar grabados en el registro glacial, faltan explicaciones sobre el papel que juegan los ciclos en la alternancia glacial-interglaciar. De hecho, durante los últimos 800.000 años, el período de alternancia glacial-interglaciar ha sido de 100.000 años, cosa que se corresponde con los cambios en la excentricidad e inclinación orbitales. Durante el periodo entre hace 3 y 0,8 millones de años, el patrón dominante de glaciación se correspondía con el periodo de 41.000 años de los cambios en la oblicuidad de la Tierra (la inclinación de su eje). Las razones del dominio de una frecuencia sobre otra todavía no se comprenden bien y están siendo investigadas, pero es probable que la respuesta esté relacionada con la complejidad del sistema climático terrestre. La teoría tradicional no llega a explicar el dominio del ciclo de cien mil años durante los últimos ocho ciclos. Richard A. Muller, Gordon J. MacDonald y otros han indicado que estos cálculos son aptos para un modelo bidimensional de la órbita terrestre, pero que la órbita tridimensional también tiene un ciclo de variación de la oblicuidad que dura cien mil años. Han propuesto que estas variaciones de la oblicuidad pueden conducir a variaciones en la insolación. Aun cuando pone en juego un mecanismo diferente al del concepto tradicional, los periodos predichos a lo largo de los últimos 400.000 años son prácticamente los mismos. William Ruddiman sugiere un modelo que explica el ciclo de cien mil años modulando la excentricidad sobre la precisión, combinado con el efecto de los gases de efecto invernadero. Peter Huybers propone otra teoría, argumentando que el ciclo dominante siempre ha sido el de 41.000 años, pero que la Tierra tiene actualmente un comportamiento climático en que sólo tiene lugar una edad glacial cada dos o tres ciclos. Esto implicaría que el periodo de cien mil años no es más que una ilusión creada haciendo la media de ciclos que duran 80.000 y 120.000 años. Esta teoría se corresponde con la incertidumbre de las dataciones, pero no ha recibido demasiado apoyo.

 

Hay al menos dos tipos de variación en la actividad solar: 1) A muy largo término, los astrofísicos calculan que el Sol libera un 10% más de energía cada 109 años. De aquí a dentro de mil millones de años, el 10% añadido será suficiente como por causar un efecto invernadero irreversible en la Tierra. El aumento de la temperatura produce más vapor, el vapor funciona como un gas de efecto invernadero más potente que el CO2, la temperatura aumenta, se produce más vapor, etc.; 2) Variaciones a corto término. Puesto que el Sol posee un gran tamaño, los efectos de sus desequilibrios internos y los procesos de retroalimentación negativa tardan mucho tiempo en propagarse, de forma que estos procesos se potencian y producen todavía más desequilibrios. En este contexto, “mucho tiempo” quiere decir miles o millones de años. El aumento a largo plazo de la emisión de energía del Sol no puede ser la causa de las edades glaciales. Las variaciones a corto plazo mejor conocidas son los ciclos de las manchas solares, especialmente el mínimo de Maunder, que está relacionado con la parte más fría de la pequeña edad de hielo. Como los ciclos de Milankovitch, los efectos de los ciclos de las manchas solares son demasiado débiles y frecuentes para explicar el comienzo y el fin de las edades glaciales pero es muy probable que sean la razón de las variaciones de temperatura dentro de las edades glaciales. Los episodios volcánicos más grandes conocidos, las erupciones que crearon las traps siberianas (que son una de las mayores y más enigmáticas emisiones de basalto del mundo) y del Decán (la meseta del Decán se extiende por la mayor parte del territorio centro-sur del subcontinente indio) y que jugaron un papel importante durante las extinciones en masa, no tienen nada a ver con las edades glaciales. A simple vista, parece que esto pueda implicar que el vulcanismo no puede producir glaciaciones. Aun así, el 70% de la superficie de la Tierra está cubierto de agua, y la teoría de las placas tectónicas predice que la corteza oceánica de la Tierra se renueva completamente cada 200 millones de años. Por lo tanto, es imposible encontrar indicios de llanuras submarinas o de otros grandes episodios volcánicos de más de 200 millones de años de antigüedad, y los indicios de episodios volcánicos más antiguos posiblemente ya han sido erosionados. En otras palabras, que no se hayan encontrado pruebas de otros acontecimientos volcánicos a gran escala no significa que no hayan tenido lugar.

 

En teoría, es posible que los volcanes submarinos pudieran poner fin a una edad glacial, creando un calentamiento global. Una explicación propuesta del máximo térmico del Paleoceno-Eoceno es que los volcanes submarinos liberaran metano atrapado en clatratos, causando un gran y rápido incremento del efecto invernadero. No parece haber indicios geológicos de estas erupciones en este periodo, pero esto no implica que no tuvieron lugar. Es más difícil ver qué papel podría tener el vulcanismo en empezar una edad glacial, puesto que los efectos que lo frenen deberán ser más débiles y a más corto plazo que los efectos que lo produzcan. Esto exigiría polos y nubes de aerosoles que permanecieran en la atmósfera superior, bloquearan la luz solar durante miles de años, cosa que parece muy improbable. Los volcanes submarinos no podrían producir este efecto puesto que el polvo y los aerosoles serian absorbidos por la mar antes de que llegaran a la atmósfera. No obstante, esta hipótesis se baraja como plausible en el caso de la Pequeña Edad del Hielo. Dos glaciaciones han sido especialmente dramáticas en la historia de la Tierra: la Tierra Bola de Nieve, que se inició a finales del Proterozoico, hace aproximadamente unos 700 millones de años, y la glaciación Wisconsiense o de Würm, acaecida a finales del Pleistoceno, y que comenzó hace 110.000 años y finalizó hacia el 10.000 a.C., dando paso al Holoceno o periodo post glacial, en el que nos encontramos en la actualidad. Otra edad glacial de especial impacto en nuestra historia reciente fue la Pequeña Edad de Hielo, que abarcó desde comienzos del siglo XIV hasta mediados del XIX. La hipótesis Tierra Bola de Nieve hace referencia a los efectos que una gigantesca glaciación provocó sobre todo el planeta, la mayor de las acaecidas en la Tierra, según los registros de datos disponibles. La glaciación se inició a finales del Proterozoico, hace aproximadamente unos 700 millones de años. Esta teoría intenta dar explicación a los depósitos de sedimentos glaciales encontrados en latitudes tropicales y que se acumularon durante el período Criogénico (hace 850 a 630 millones de años), así como otros enfriamientos enigmáticos que se han encontrado en el registro geológico del período Criogénico.

 

Según las teorías actuales, la causa de esta gran glaciación se encuentra en la formación de un supercontinente, Rodinia, situado en la zona ecuatorial. Rodinia fue un supercontinente que existió hace 1.100 millones de años, durante la era Neoproterozoica, y que reunía gran parte de la tierra emergida del planeta. Empezó a fracturarse hace 800 millones de años debido a movimientos magmáticos en la corteza terrestre, acompañados por una fuerte actividad volcánica. La existencia de Rodinia se basa en pruebas de paleomagnetismo que permite obtener la paleo-latitud de los fragmentos, pero no a su longitud, que los geólogos han determinado mediante la comparación de estratos similares, actualmente muy dispersos. Una configuración tropical de los continentes es, quizás sorprendentemente, necesaria para desencadenar una Tierra Bola de Nieve. Los continentes tropicales reflejan más luz que el océano abierto, de forma que absorben menos calor del Sol; la mayoría de la absorción de energía solar a la Tierra tiene lugar actualmente a los océanos tropicales. Además, los continentes tropicales reciben más precipitaciones, cosa que incrementa el caudal y la erosión. Cuando se las expone en el aire, los silicatos sufren reacciones erosivas que extraen dióxido de carbono de la atmósfera terrestre. Los cationes de calcio liberados reaccionan con el bicarbonato disuelto en los océanos para formar carbonato de calcio como roca sedimentaria. Esto transfiere dióxido de carbono, un gas de efecto invernadero, del aire a la geosfera y, en un estado de equilibrio a escala geológica, contrarrestando el dióxido de carbono que liberan los volcanes a la atmósfera. La escasez de sedimentos apropiados para analizarlos hace que sea difícil establecer con precisión la distribución continental durante el Neoproterozoico. Algunos modelos sugieren una configuración polar de los continentes, una característica de todas las otras glaciaciones importantes, puesto que representan un punto en que se puede acumular el hielo. Cambios en la circulación oceánica podrían haber desencadenado la Tierra Bola de Nieve.

 

La glaciación de Würm es el periodo glacial más reciente dentro de la edad glacial actual, y tuvo lugar durante el periodo Pleistoceno. Tal como ya hemos dicho, empezó hace aproximadamente cien mil años y se acabó entre hace 10.000 y 15.000 años. Durante este periodo hubo diferentes variaciones entre adelanto y retroceso de los glaciares. El punto máximo de esta glaciación fue hace aproximadamente dieciocho mil años. Mientras que el proceso general de enfriamiento global y avance de los glaciares fue similar, las diferencias locales en el desarrollo y retroceso de los glaciares hace difícil comparar los detalles de un continente al otro. La última glaciación se concentró en las enormes capas de hielo de Norteamérica y Eurasia. Vastas regiones de los Alpes, la Himalaya y los Andes estaban cubiertas de hielo, y la Antártida permaneció helada. Canadá estaba casi cubierto de hielo, así como el norte de los Estados Unidos, ambos cubiertos por el inmenso casquete de hielo Lauréntido. Alaska permaneció en parte libre de hielo debido a condiciones climáticas áridas. Hubo glaciaciones locales en las Montañas Rocosas. En Gran Bretaña, Europa continental y el noroeste de Asia, la capa de hielo Escandinava volvió a llegar hasta el norte de las islas Británicas, Alemania, Polonia y Rusia, llegando tan al este como la península de Taimyr al oeste de Siberia. El punto máximo de la glaciación al oeste de Siberia fue hace aproximadamente 18.000 y 17.000 años; más tarde que en Europa (entre hace 22.000 y 18.000 años). El nordeste de Siberia no estaba cubierto de hielo. El océano Ártico, situado entre las dos vastas capas de hielo de América y Eurasia, no estaba completamente helado, sino que, como en la actualidad, estaba cubierto con hielo relativamente poco grueso, susceptible a los cambios estacionales y lleno de icebergs generados en los casquetes de hielo aledaños.

 

Según la composición de los sedimentos marinos estudiados, incluso habría habido épocas en las que las aguas quedaban libres de hielo. La glaciación del hemisferio sur fue menos importante debido a la configuración actual de los continentes. Había casquetes de hielo en los Andes, donde se conocen seis avances de glaciares entre el 31.500 a.C. y el 11.900 a.C. en los Andes de Chile. La Antártida estaba completamente helada, como hoy en día, pero el casquete polar no dejó ninguna parte sin cubrir. El continente australiano sólo estaba helado en una zona muy pequeña cerca del Monte Kosciuszko, mientras que la glaciación estaba más extendida en Tasmania. En Nueva Zelanda hubo glaciación en sus Alpes Neozelandeses, de donde se conocen al menos tres avances glaciares. Hubo casquetes de hielo locales en Irian Jaya, Indonesia, donde todavía se conservan restos de los glaciares del Pleistoceno en tres zonas diferentes. La glaciación de Würm es la parte mejor conocida de la edad glacial actual, y ha sido intensamente investigada en Norteamérica, Eurasia septentrional, Himalaya y otras regiones antiguamente heladas del mundo. Las glaciaciones que tuvieron lugar durante este periodo cubrieron muchas áreas, principalmente al hemisferio norte, y en menor medida al hemisferio sur.

Son numerosos los comentarios de Helena Blavatsky, fundadora de la ‎Sociedad Teosófica y autora de la Doctrina Secreta, referidos a la historia natural de la Tierra en relación con antiguos continentes desaparecidos, con arcaicas formas de vida y otros aspectos de cambios geológicos acaecidos durante millones de años. Todo ello le acarreó críticas a pesar de que, ya entonces, estaba suficientemente claro que la Tierra tenía bastante más antigüedad que los cuatro mil años bíblicos y que los debíamos contar por millones. Los nuevos sistemas de datación desarrollados durante el siglo XX ampliaron tanto los tiempos, que empezamos a hablar de cientos de millones. Se conoció mejor la antigua fauna y flora de pasadas eras geológicas y la historia de nuestro planeta abrió algo más la espesa niebla que ocultaba su desconocido pasado. Sólo el ser humano y su origen se estancaron en esta carrera. Se le asignaron algunos cientos de miles de años más y sigue pendiente de un supuesto mono que evolucionó vertiginosamente, de modo misterioso, en medio de una imponente glaciación y que, no conforme con vivir en zona cálida, irrumpió entre los hielos, habitó en cuevas, se hizo carnívoro y aprendió a dibujar excelentemente. También, de misteriosa manera, su laringe comenzó a articular palabras, la columna se enderezó y sus manos se convirtieron en delicados instrumentos de precisión. La historia oficial de las Eras Geológicas nos dice que en millones de años se ha ido formando la corteza terrestre, que ha experimentado cambios profundos por la elevación o hundimiento de las masas continentales y la formación de plegamientos o cadenas de montañas. En un momento determinado aparecieron las primeras formas de vida que fueron evolucionando. La práctica totalidad de especies animales y vegetales que han vivido en la Tierra están actualmente extinguidas y parece que la extinción es el destino final de todas las especies. Tal como ya hemos dicho, estas extinciones han tenido lugar continuamente a lo largo de las eras geológicas.

 

Cuando Helena Blavatsky escribió la Doctrina Secreta a finales del siglo XIX, muchas de sus afirmaciones resultaban sorprendentes al oído de la pujante ciencia moderna de su época. Ha pasado algo más de un siglo y desde entonces la misma ciencia ha evolucionado de manera tal, que ha modificado sus esquemas y mentalidad en la rápida marcha de los nuevos descubrimientos. Algunos de ellos reivindicaron afirmaciones vertidas en los escritos de la Doctrina Secreta. Y puede que otros, más recientes y futuros, lo hagan igualmente con otras de aquellas enseñanzas defendidas por la que fuera considerada como una de las grandes esotéricas de su época. Esta evolución del hombre se produjo en un tiempo récord de pocos millones de años. No obstante, el concepto sobre nuestro planeta ha variado considerablemente en los últimos años. No solamente el estudio de ecosistemas biológicos nos hablan de la Tierra como de un ente vivo que mantiene su propio equilibrio vital, sino que también los ritmos periódicos que se suceden en ella manifiestan el latir constante de un ser vivo. Momentos de intensa actividad geológica y etapas en que parece reposar plácidamente, se suceden a lo largo de prolongados periodos geológicos. Sabemos de antiquísimos y remotos tiempos donde continentes, mares, montañas y llanuras se distribuían de forma muy diferente a la actual. También los climas, la flora y la fauna han variado considerablemente a lo largo de la evolución del planeta. Uno de los aspectos del latir vital de nuestro planeta son precisamente estas etapas rítmicas de desgaste y renovación que experimenta periódicamente la corteza terrestre. La piel de la Tierra sufre renovaciones periódicas al igual que la de sus criaturas. Nos dice Helena Blavatsky en la Doctrina Secreta: “Así como la tierra necesita reposo y renovación, nuevas fuerzas y un cambio de suelo, lo mismo le sucede al agua. De aquí se origina una nueva distribución periódica de la tierra y el agua, cambios de climas, etc., acarreado todo por revoluciones geológicas y terminando por un cambio final en el eje de la Tierra”. Estos procesos permiten distinguir, según la ciencia oficial, las llamadas eras geológicas de la Tierra.

 

Hace 488 millones de años ocurrieron una serie de extinciones masivas del Cámbrico-Ordovícico. Durante ese evento desaparecieron muchos braquiópodos y conodontes, así como también se redujo significativamente el número de especies de trilobites. Tuvo lugar a principios de la era Paleozoica. En aquella época la vida se concentraba enteramente en el mar, lo que explica que los seres marinos fueran los únicos afectados por dicha extinción de causa imprecisa. Existen pruebas que afirman que esta extinción estuvo dividida en cuatro partes. La primera causó la desaparición de los trilobitas más antiguos y los arqueociátidos. El resto de las extinciones afectaron a los demás trilobitas, a los braquiópodos y a los conodontes. Actualmente los científicos creen que el causante del exterminio del 95% de las especies marinas puede ser un período glacial o la reducción de la cantidad de oxígeno disponible. Las dos hipótesis más aceptadas sobre las causas de estas extinciones son la llegada de un período glacial y el enfriamiento del agua, unido a una reducción en la cantidad de oxígeno disponible. Hacia fines del período Cretáceo, tras unos 150 años de evolución, proliferaban los dinosaurios, de los cuales existían numerosos tipos, variados y exitosos. Pero diez millones de años después habían desaparecido, como consecuencia de una crisis que se produjo a fines del Cretáceo, una catástrofe biológica de grandes proporciones, que ocurrió hace unos 65 millones de años, dando término a la era Mesozoica. ¿Cómo pudo extinguirse un grupo como el de los dinosaurios, que había dominado la Tierra durante 165 millones de años? Esta crisis no solamente afectó a los dinosaurios, sino que también se extinguieron otros grupos importantes, como los reptiles voladores (pterosaurios), los reptiles marinos (plesiosaurios, mosasaurios, cocodrilos marinos e ictiosaurios), un gran número de organismos planctónicos, entre ellos la mayoría de los foraminíferos (protozoos marinos provistos de complejos exoesqueletos) y moluscos como los ammonitoideos, belemnites y rudistas (bivalvos formadores de arrecifes).

 

Desde que a principios del siglo XIX fueron identificados por primera vez sus restos, los dinosaurios no sólo han apasionado a los científicos sino que han logrado fascinar al gran público. Pero, realmente, ¿qué sabemos de estos animales que, tras dominar durante 165 millones de años la vida de nuestro planeta, desaparecieron hace ahora unos 65 millones de años, al parecer de «muerte súbita»? Para que pudiera nacer la Paleontología, primero fue necesario que se admitiera que la Tierra era lo suficientemente antigua como para que, durante su existencia, hubieran podido aparecer y desaparecer especies de las que el hombre nunca tuvo noticia directa. Las reconstrucciones realizadas a partir de los primeros fósiles de dinosaurios presentaban a unos enormes y pesados lagartos, provistos de unas extremidades posteriores desproporcionadas que les daban, vistos desde atrás, la apariencia de gigantescas ranas. Pero la multiplicación de los hallazgos y los avances de la investigación fueron permitiendo a los científicos aproximarse a una realidad plural. Como es lógico, a lo largo de 165 millones de años de existencia, los dinosaurios evolucionaron, se diversificaron y se adaptaron a condiciones ambientales cambiantes. Existieron especies enanas y otras gigantescas. Animales bípedos y cuadrúpedos. Herbívoros, insectívoros y carnívoros. Algunas familias estaban provistas de plumas, aunque no volaban, y otras volaban, pero no poseían plumas. Ágiles y veloces a pesar de su soberbia envergadura, algunas especies debían tener necesariamente sangre caliente. El gran enigma de los dinosaurios es su final. Hay algunas hipótesis que mantienen que no hubo una extinción total, sino una evolución hacia formas mejor adaptadas, como las aves. Después de la hegemonía de las teorías gradualistas para explicar los cambios geológicos, climáticos y biológicos producidos en la Tierra, descubrimientos de origen diverso volvieron a poner de actualidad, desde mediados de la década de los sesenta, las teorías catastrofistas. Una familia de científicos, los Álvarez, se dedicaron a la búsqueda de pruebas que avalaran su hipótesis de que un asteroide chocó con la Tierra, hace unos 65 millones de años, provocando, entre otras catástrofes, la extinción de los dinosaurios. Como intrigante curiosidad debemos hacer referencias a las imágenes de un supuesto esqueleto de lo que parece ser un dinosaurio que la nave Curiosity ha fotografiado en la superficie del planeta Marte.

 

Cinco mil millones de años e infinitos acontecimientos que ningún mortal puede abarcar constituyen la maravillosa historia terrestre. Durante el Terciario y el Cuaternario tenemos el Paleolítico, que significa Edad de piedra antigua, término creado por el arqueólogo John Lubbock en 1865 en contraposición al de Neolítico (Edad moderna de la piedra). Es el período más largo de la supuesta historia del ser humano (de hecho abarca un 99% de la misma) y se extiende desde hace unos 2,85 millones de años (en África) hasta hace unos 10.000 años. Constituye, junto con el Mesolítico/Epipaleolítico y el Neolítico, la llamada Edad de Piedra, denominada así porque la elaboración de utensilios líticos ha servido a los arqueólogos para caracterizarla, en oposición a la posterior Edad de los Metales. Tradicionalmente el Paleolítico se ha dividido en tres períodos: Paleolítico Inferior, hasta hace 127.000 años  abarcando los Pleistocenos Inferior y Medio; Paleolítico Medio, hasta los 40.000 a 30.000 años antes del presente, lo que supone casi todo el Pleistoceno Superior; Paleolítico Superior, hasta alrededor del 10.000 a. C. Además habría que añadir un período de transición con el Neolítico, denominado Mesolítico o Epipaleolítico, en función de las escuelas de investigadores y de las circunstancias en que se desarrolla. Aunque esta etapa se identifica con el uso de útiles de piedra tallada, también se usaron otras materias primas orgánicas para construir diversos artefactos, como hueso, asta, madera, cuero, fibras vegetales, etc. Durante la mayor parte del Paleolítico Inferior las herramientas líticas eran gruesas, pesadas, toscas y difíciles de manejar, pero a lo largo del tiempo fueron haciéndose cada vez más ligeras, pequeñas y eficientes. Se cree que el hombre del Paleolítico era nómada, es decir, se establecía en un lugar y se quedaba en él hasta agotar los recursos naturales. Pero, las Eras Geológicas que nos presenta la ciencia oficial, ¿nos indican la auténtica realidad? Recordando a los antiguos filósofos estoicos, que a su vez lo recogieron de enseñanzas más antiguas, todo suceso responde a las leyes de finalidad y necesidad. Suceden por algo y para algo. Las enseñanzas tradicionales, considerando a la Tierra como un ser vivo y en evolución junto a todas sus criaturas, nos hablan de una necesidad de renovación periódica en la Tierra, que es una de las causas a las que se deben sus diferentes transformaciones geológicas.

 

Es una apreciación general y bastante evidente que los periodos glaciales tienen una coincidencia con los movimientos orogénicos que levantan cadenas montañosas y elevan antiguos fondos marinos. Sabemos de la existencia de cuatro grandes movimientos orogénicos: Huroniano, acaecido en el Precámbrico; Caledoniano, en el Silúrico; Herciniano, en el Pérmico; y Alpino, en el Pleistoceno. También sabemos de la existencia de cuatro grandes periodos glaciales sucedidos al final de cada uno de los movimientos orogénicos. Es decir, cuatro etapas de grandes transformaciones que terminan con un periodo glacial. Cada una de estas etapas ha estado marcada por un cambio evolutivo en la fauna y flora del planeta que ampliamente lo pobló en los periodos cálidos y tranquilos. Si bien hay especies, sobre todo los insectos, que han sobrevivido sin evolución a lo largo de las edades, la mayoría han sufrido fuertes modificaciones o han desaparecido para dar paso a otras nuevas. ¿Debemos dar la razón a la Doctrina Secreta cuando afirma que “El globo entero entra periódicamente en convulsiones, habiendo sufrido cuatro”? Evidentemente, sí. La Teoría de la Tectónica de Placas puede darnos aceptables razones sobre los plegamientos. Pero ninguna teoría, hasta ahora, ha dado con la causa de los grandes periodos glaciales, que se han sucedido en el planeta. Una glaciación o edad de hielo es un periodo de larga duración en el cual baja la temperatura global de la Tierra, dando como resultado una expansión del hielo continental en los casquetes polares y los glaciares. Según la versión oficial, las glaciaciones se subdividen en periodos glaciales, siendo el período Würm, en Europa (o Wisconsin, en América) el último que hubo. Y como el término glaciación se refiere a un periodo con casquetes glaciares tanto en el hemisferio norte como el sur, ello implica que formalmente todavía nos encontramos en una glaciación, ya que todavía hay casquetes polares en Groenlandia y la Antártida. Cuando se habla de los últimos millones de años, se utiliza «glaciación» para referirse a periodos más fríos, con extensos casquetes glaciares en Norteamérica y Eurasia. Y, según esta definición, la glaciación más reciente acabó hace 10.000 años.

 

La orogénesis es la formación o rejuvenecimiento de montañas y cordilleras, causada por la deformación compresiva de regiones más o menos extensas de litosfera continental. El desarrollo y aceptación de la teoría de la Tectónica de Placas a partir de la década de 1960 ofreció un nuevo marco teórico para la comprensión de este enigma. Hasta entonces se consideraba que las grandes cordilleras se levantan sobre todo con materiales sedimentarios acumulados en grandes cuencas marginales a los continentes, a las que se llama geosinclinales. Se observa precisamente en el carácter sedimentario pero deformado de las formaciones rocosas de las más altas cumbres montañosas. Lo que faltaba en esas teorías tectónicas era una explicación satisfactoria del origen de las inmensas fuerzas de compresión necesarias para convertir un geosinclinal en un orógeno, o zona en continuo movimiento. La Teoría de la Tectónica de Placas explica el levantamiento como un efecto derivado de la convergencia de placas litosféricas. La convergencia arranca cuando la litosfera oceánica se rompe, generalmente junto al margen continental, en el lado externo de un geosinclinal. Consiste durante mucho tiempo en la subducción de esa litosfera oceánica bajo el margen continental, para terminar frecuentemente con una fase en la que la convergencia termina dando lugar a la colisión de dos fragmentos continentales. Mientras se trata de subducción, la orogénesis produce cordilleras ricas en fenómenos volcánicos, como es el caso de los Andes. Cuando se alcanza, si es que ocurre, la fase de colisión, los orógenos que se forman son muy extensos y abruptos, con escasa actividad volcánica, tal como sucede con el Himalaya o los Alpes. Desde finales de la década de 1990 se ha desarrollado la idea de que el crecimiento del orógeno y su deformación interna es sensible a la distribución superficial de la erosión, controlada por el clima. Pero no existe aún consenso sobre la relevancia de este efecto. La litosfera que subduce es invariablemente de tipo oceánico y arrastra y deforma los materiales acumulados en un geosinclinal, los cuáles subducen en parte con la litosfera oceánica, inyectando además, en el manto, agua, carbonatos y otros materiales que contribuyen a mantener su estado relativamente fluido. En el límite entre las dos placas se encontrará normalmente una fosa oceánica. En la otra placa la litosfera puede ser inicialmente oceánica o directamente continental, y de ello dependen las dos modalidades de orógenos. Uno de ellos son los arcos de islas, que son archipiélagos en arco rodeados, en el lado convexo, por una fosa que marca el límite entre las dos placas. Están formados por islas volcánicas.

Las Antillas, o las Aleutianas, son ejemplos nítidos de esta estructura. Otro caso son las cordilleras marginales. La subducción puede arrancar cuando la compresión rompe la litosfera oceánica junto al borde de un continente, poniendo en marcha una convergencia y una subducción que levantan una cordillera en el borde del continente. El caso más típico aparece representado ahora por los Andes. Las costas de Sudamérica aparecen bordeadas, donde son contiguas a la placa de Nazca, por una extensa fosa oceánica: la fosa del Perú. La orogénesis paratectónica ocurre cuando el movimiento convergente de dos placas tectónicas arrastra un fragmento continental contra otro. Las fuerzas y movimientos predominantes son horizontales (patatectónicos) y de origen propiamente tectónico, con muy pequeña participación de procesos específicamente volcánicos o, más generalmente, magmáticos. Se llama orógenos de colisión a los que se forman por este mecanismo. La orogénesis de tipo paratectónico ha producido el relieve más importante del planeta, el formado por los Himalayas y la meseta del Tibet, que se han levantado por el choque de la placa que ahora forma la India, después de que se separara de África Oriental, con el continente eurasiático. En el proceso desapareció el mar de Tetis, del cual el mar Mediterráneo, el mar Negro, el mar Caspio, el mar de Aral o el mar Lop Nor son sus restos. El océano Tetis, o mar de Tetis, era un océano de la era Mesozoica que existió entre los continentes de Gondwana y Laurasia, previamente a la aparición del océano Índico. En 1893, utilizando registros fósiles hallados de los Alpes, África y el Himalaya, el geólogo Eduard Suess propuso la existencia de un mar interior entre los primitivos continentes de Laurasia y Gondwana. Los fósiles, hallados en zonas muy montañosas, eran de criaturas marinas, por lo que era necesaria la existencia de una gran masa de agua que el científico bautizó como mar de Tetis, aludiendo a la diosa griega del mar, Tetis. Más tarde, la teoría de la tectónica de placas refutó gran parte de las proposiciones de Suess. No obstante, determinó la existencia de una gran masa de agua, en época más temprana que la que calculó el científico, pero ocupando la misma zona. Esta extensión fue bautizada como océano Tetis en la moderna teoría de la tectónica de placas, en honor a Suess, cuyos conceptos eran aproximados pero visionarios. Hace aproximadamente 250 millones de años, a finales del Pérmico, un nuevo océano comenzó a formarse en el extremo sur de otro océano anterior denominado Paleo-Tetis. Una falla se formó a lo largo del norte de la placa de Cimmeria, al sur de Pangea. A lo largo de los 60 millones de años, esa placa se fue desplazando hacia el norte, empujando el suelo del océano Paleo-Tetis debajo de la superficie de extremo este de Pangea (Laurasia).

 

El resultado fue la formación del océano Tetis, directamente sobre el lugar que ocupaba su antecesor, el océano Paleo-Tetis. Cimmeria es un antiguo continente que, antes de separarse, formaba parte del supercontinente de Pangea. Fue una placa tectónica que comprendía partes de los actuales territorios de Turquía, Irán, Afganistán, Tíbet y de las regiones de Indochina y Malasia. Pangea era un supercontinente con forma de “C” mirando hacia el Este. Y dentro de la “C” estaba el océano Paleo-Tetis. Dos microcontinentes, que forman parte de la actual China, radicaban en el noreste bordeando el océano Paleo-Tetis. Hace alrededor de 300 millones de años, se inició una dislocación en el Este que separó un delgado arco de la parte interior del brazo sur de Pangea. El nuevo microcontinente, que se denominó Cimmeria, incluía lo que a día de hoy es Australia, Antártida, India y África-Arabia. Detrás de este nuevo microcontinente se comenzó a formar un nuevo océano, Tetis. Conforme el océano Tetis se fue ampliando, Cimmeria fue desplazándose al norte hacia Laurasia y el océano Paleo-Tetis disminuyendo. Durante el Jurásico, hace unos 150 millones de años, Cimmeria, finalmente colisionó con Laurasia. Como resultado, el suelo oceánico se combó bajo esta segunda placa, en un proceso de subducción, formando la fosa de Tetis. Al mismo tiempo los niveles de agua subieron, cubriendo grandes partes de Europa con mares poco profundos. En aquella época también se produjo la división de las dos masas de tierra que formaban Pangea, como Laurasia y Gondwana, formándose el océano. Ello creó la distribución de los continentes hace 90 millones de años, durante el Cretácico Superior. El océano Atlántico continúa abriéndose. La India se alejaba de África y conforme se desplaza al norte iba cerrando el océano Tetis y abriendo el océano Índico. Hace unos 100 millones de años, Gondwana comenzó a romperse, empujando África e India hacia el norte, a través del océano de Tetis. Como resultado, el océano se empequeñeció, por lo que su denominación para este período es mar de Tetis. Éste existió hasta hace 15 millones de años. Actualmente, India, Indonesia y el océano Índico cubren la mayor parte de la superficie que ocupó este mar y Turquía, Irak y el Tíbet se asientan en Cimmeria. El mar Negro, el Caspio y el Aral son vestigios del mismo. La mayor parte del fondo del océano Tetis desapareció bajo Cimmeria y Laurasia. A medida que la teoría de la deriva continental ha ido siendo ampliada y mejorada, se ha extendido el nombre de Tetis a otros océanos que le precedieron. El océano Paleo-Tetis, antes mencionado, existió desde el Silúrico, hace 440 millones de años, hasta el Jurásico. A este le precedió el océano Proto-Tetis, formado hace 600 millones de años.

 

Las primeras evidencias que tenemos de glaciaciones en los continentes primitivos datan del período huroniano, en la transición del eón Arqueozoico al Proterozoico, entre hace unos 2.700 y 2.300 millones de años. Para algunos, esta glaciación —o glaciaciones, pues al parecer hubo al menos tres fases muy frías—, fue tremenda. Afectó a gran parte de la Tierra y se habría debido al efecto depredador del oxígeno —creado por las cianobacterias— sobre el metano, que por su alta concentración habría sido hasta entonces el principal gas invernadero. Curiosamente, el metano es lo que domina actualmente en el satélite de Saturno, Titán. Según Kasting, la concentración de metano en la atmósfera hace 2.300 millones de años pudo ser 1.000 veces superior a la actual. Hay señales geológicas de la glaciación huroniana especialmente en estratos rocosos de la región del Lago Hurón, en Canadá, y también en Sudáfrica. De aquella época se han encontrado tillitas, rocas sedimentarias que agrupan materiales de tamaño muy diferente y que proceden de la cementación de antiguas morrenas glaciales. También han aparecido en estratos geológicos huronianos superficies con estrías, provocadas por la abrasión de la enorme masa de hielo que se movía por encima. Tras las glaciaciones huronianas el clima pasó de nuevo a ser muy cálido, sin que se sepa aún cómo explicar la razón del cambio. Por encima de los estratos glaciales canadienses aparecen algunos tipos de roca, como la caolinita, que se forman en ambientes tropicales. Y durante un largo intervalo de casi mil quinientos millones de años, es decir, durante casi todo el eón Proterozoico, no se encuentran indicios de más glaciaciones. Veamos qué nos dice la Doctrina Secreta al respecto: “… los periodos glaciales se deben a la perturbación del eje”. Asociando esta última afirmación con esta otra: “…acarreado todo por revoluciones geológicas terminando por un cambio final en el eje de la Tierra”, observamos que esta perturbación del eje que se dice ocurrir al final de los grandes movimientos sería la causa de que, al acabar el proceso, sucediera una glaciación. Se supone que previamente a un levantamiento orogénico se producen rupturas, hundimientos, movimientos de las placas, etc. Es decir, el preludio está compuesto de fuertes cataclismos y rupturas que cicatrizan posteriormente. Al final de los trabajos y esfuerzos de la crisis geológica, un silencio de hielo se extiende por el planeta, que reposa. ¿Existe algún dato aportado por la ciencia actual que permita asociar el movimiento del eje con las glaciaciones? La respuesta es afirmativa. De las tres primeras glaciaciones sabemos poco debido a su enorme antigüedad. Se considera que las tres sucedieron en el hemisferio Sur. Sus restos están repartidos por Sudáfrica, Brasil, Australia, India y la Antártida. De la que podemos hablar es de la última conocida, la cuarta, que por su proximidad nos puede aportar mayores datos. Durante un periodo de más de millón y medio de años, los hielos manifestaron un ritmo regular de avances y retrocesos. Esto sugirió la idea al yugoslavo Milutin Milankovich, en 1920, de relacionar los ciclos de la última glaciación con ciertos movimientos de la Tierra, construyendo una teoría matemática de dichos ciclos.

 

Según esta teoría, el movimiento de precesión del eje terrestre, que tiene un periodo de entre 19 y 23 mil años, alternadamente, se debe al cabeceo del eje que, como si fuera una peonza, describe un círculo sobre el polo, de manera que el norte geográfico va cambiando sucesivamente hasta volver de nuevo a la posición primitiva. En realidad, debido a este movimiento, la estrella polar va cambiando con el largo periodo del ciclo. Dentro de catorce mil años, por ejemplo, la estrella polar será la estrella Vega, de la constelación de Lira. La velocidad de rotación del eje influiría directamente en la duración del ciclo de precesión. Si disminuye esta velocidad, el cabeceo aumenta. Por otro lado, se produce el movimiento de inclinación del eje respecto a la eclíptica, con un ritmo calculado de cuarenta y un mil años, donde cambia la inclinación de 22º a 24,5º. Se entiende por eclíptica el plano por el que la Tierra se mueve alrededor del Sol, es decir, el plano de la órbita terrestre. El eje de rotación está más o menos vertical respecto a este plano. Actualmente describe un ángulo de 23,5º. Otro elemento a considerar es la excentricidad de la órbita terrestre, es decir, cambio de la órbita terrestre de más circular a más elíptica con ciclos de entre noventa y cien mil años. Parece que nuestro planeta cambia periódicamente la forma de su órbita. Tal vez también lo hagan los demás planetas. Esto repercute en la mayor o menor cercanía al Sol durante el ciclo anual. Milankovich concluyó que la combinación de estos tres movimientos habría producido los periodos de avances y retrocesos de los hielos en la cuarta glaciación. Tiempo después, el descubrimiento de las pruebas del oxígeno isotópico, permitió descubrir en los fósiles unos ritmos glaciales muy semejantes: cien mil, cuarenta y tres mil y diecinueve mil años; ritmos en que los hielos se extendían para volver a disminuir produciendo etapas de deshielo interglacial, más cálidas, aun dentro de la misma glaciación. Nos resulta evidente la característica cíclica del fenómeno; no sólo en cuanto a la ritmicidad de los grandes periodos glaciales, sino también dentro de los mismos, donde se establecen otros pequeños ritmos. Como el último deshielo se produjo hace más o menos entre doce y diez mil años, nos encontramos actualmente en una época interglacial. Pero no sabemos si acabó la cuarta glaciación o nos encontramos sólo en uno de sus periodos cálidos. Esta ignorancia resulta del desconocimiento del comportamiento  de una glaciación, ya que no sabemos cuántos periodos interglaciales contendría y de qué tipo sería cada uno. Sea como fuere, existen bastantes evidencias de la relación de las etapas glaciales con los movimientos del eje terrestre, por lo que otra vez hemos de dar la razón a lo que dice la Doctrina Secreta. No obstante, quedan sin explicar las razones que desencadenaron las grandes glaciaciones. Pero siguiendo las sugerencias de las enseñanzas antiguas, tal vez deberíamos indagar en otros movimientos más significativos del eje terrestre.

 

Tal vez haya ciclos mayores en los movimientos del eje que desencadenen los grandes periodos glaciales. Como no puede descartarse la existencia de estos otros ritmos mayores, desconocidos aún para nosotros, es mucho lo que no sabemos. Pero, respecto a los pequeños ciclos dentro de una glaciación, tenemos una constatación bastante evidente de que la Tierra pasa por etapas sucesivas periódicamente, y que este aspecto de su vida repercute significativamente en los cambios y periodos geológicos. Y ahora veamos lo que nos dice Antón Uriarte Cantolla, geógrafo español, nacido y residente en San Sebastián, especializado en climatología. Doctor en geografía por la Universidad de Zaragoza, miembro de FRMetS (Fellow Royal Meteorological Society). Ha sido catedrático en la Universidad del País Vasco y es especialmente conocido por su posición escéptica respecto a la influencia antropogénica, procesos que son el resultado de actividades humanas, sobre el clima. Antón Uriarte afirma que existe un cambio climático. Sin embargo mantiene posiciones relativamente contrarias a la influencia que tiene el ser humano en ese cambio. Afirma que tal influencia es irrelevante, y que el principal causante del aumento de temperaturas no es el dióxido de carbono, e incluso no considera que el CO2 sea un contaminante, ya que no es tóxico,  sino al contrario, un fertilizante necesario para la vida vegetal, por lo que una mayor cantidad favorecerá el crecimiento de las plantas. Critica al IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) por diversos motivos, como errores en los modelos o valorar incorrectamente los efectos del cambio de usos del suelo en el clima. Considera que los medios de comunicación están actuando de forma alarmista, exagerando los posibles problemas que pueda traer el cambio climático, no diciendo las incertidumbres, no comentando noticias buenas ni aquellas que parezcan contradecir la idea de que la Tierra se está calentando, como la existencia de olas de frío o la no disminución de la banquisa de hielo antártica. También duda de la honestidad de aquellos que mantienen posturas catastrofistas, ya que en algunos casos tienen intereses en ello. Antón Uriarte es crítico con las energías renovables por la gran cantidad de espacio que ocupan y su impredecibilidad, así como con la energía nuclear por su peligrosidad, mientras que muestra sus simpatías por el carbón por ser barato y abundante. Considera que el aumento de gases de efecto invernadero en la atmósfera va a amortiguar la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos y que no existen pruebas de que existan más huracanes ni los vaya a haber. Es más, considera que un clima cálido será mejor para la vida en la Tierra no sólo porque el calor favorece la vida sino también porque en una Tierra más cálida llueve más.

 

Respecto al protocolo de Kioto, le parece que se trata, sobre todo, de una medida publicitaria, ya que gran parte de los países de la Unión Europea ya lo tenían cumplido de antemano gracias al uso de la energía nuclear, como es el caso de Francia, al cierre de la industria pesada, como en Alemania, y al abandono del carbón, como en Gran Bretaña. Se trata, según él, de un tratado poco útil. Además considera que, aunque se hable mucho de las energías renovables para cumplirlo, el protocolo tiene como objetivo relanzar la energía nuclear. Antón Uriarte afirma que la reforestación puede tener medidas contraproducentes para el calentamiento, ya que los bosques tienen un albedo muy bajo, por lo que absorben bien la luz del Sol. Entre sus obras, podemos resaltar: Historia del Clima de la Tierra, Ozono: la catástrofe que no llega, y El régimen de precipitaciones en la costa NW y N de la península Ibérica. Parece ser que las glaciaciones periódicas de los últimos 2,5 millones de años fueron causadas por cambios en el eje de rotación de la Tierra y no por la acumulación de dióxido de carbono, tal como indica la revista Science. Al respecto de glaciaciones debemos decir que, recientemente, un equipo de la Universidad de Colonia, que utilizó el Telescopio Espacial Hubble de la NASA, confirmó que Ganímedes, la luna más grande de Júpiter y de todo el Sistema Solar, tiene un océano subterráneo con más cantidad de agua salada que toda la que se encuentra en la superficie de la Tierra. En la búsqueda de la vida tal como la conocemos, la presencia de agua es crucial, señaló la NASA. La idea de que en el pasado los glaciares fueron más extensos era un conocimiento popular en algunas regiones alpinas de Europa. En 1821, un ingeniero suizo, Ignaz Venetz, presentó un artículo en el que sugería la presencia de rasgos de paisaje glaciar a distancias considerables de los glaciares existentes en los Alpes. Esto era indicativo de que los glaciares fueron mayores en el pasado y que ocuparon posiciones valle abajo. Entre 1825 y 1833, Charpentier reunió pruebas para apoyar esta idea. En 1836, Charpentier y Venetz convencieron a Louis Agassiz de su teoría, y Agassiz la publicó en su libro Estudio sobre los glaciares.

 

Charpentier y Venetz rechazaron las ideas de Agassiz, quien había ampliado el trabajo de éstos, afirmando que la mayoría de los continentes habían estado cubiertos de hielo en tiempos remotos. Agassiz presentó como prueba de la teoría glaciar un ejemplo clásico del uniformitarismo. Es decir, puesto que las estructuras observadas no podían ser explicadas de un modo ajeno a la actividad glaciar, los investigadores reconstruyeron la extensión de los glaciares en el pasado, ahora desaparecidos, en función de la presencia de características propias de zonas sometidas a la acción de los glaciares fuera de la situación actual de éstos. En la época de Agassiz lo que se estudiaba eran los periodos glaciales de los últimos centenares de miles de años. Todavía no se sospechaba la existencia de antiguas edades glaciales. No obstante, a principios del siglo XX se estableció que la orografía terrestre mostraba características sólo explicables por la sucesión de varios eventos glaciales. De hecho, se dividió el periodo glacial cuaternario para Europa y Norteamérica en cuatro elementos, basados fundamentalmente en los depósitos glaciales. En orden de aparición, Nebrasquiense, Kansaniense, Illinoiense y Wisconsiense. Estas divisiones tradicionales fueron sustituidas a finales del siglo XX cuando los sondeos de sedimentos del fondo marino revelaron ser un registro mucho más completo sobre el clima del periodo glacial cuaternario. Hay tres tipos principales de efectos de las glaciaciones que han sido empleadas como pruebas de su pasada existencia: geológicas, químicas y paleontológicas. Las pruebas geológicas se encuentran en varias formas, como las rocas erosionadas, ya por arranque, en fases iniciales, ya por abrasión y generación de estrías glaciares, ya por pulverización y formación de harina de roca, valles glaciares, aristas glaciares, lagos en las llanuras y fiordos en las costas, entre otras foraciones. Es decir, las condiciones del clima propio de una época glacial provocan la aparición de las fisonomías antes descritas en la orografía.

Las glaciaciones sucesivas tienden a distorsionar y eliminar las pruebas geológicas, haciendo que sean difíciles de interpretar. Las pruebas químicas consisten principalmente en variaciones en la proporción de isótopos en rocas sedimentarias, núcleos sedimentarios oceánicos y, para los periodos glaciales más recientes, núcleos de hielo, normalmente situados en las llamadas nieves perpetuas. Puesto que el agua con isótopos más pesados tiene una temperatura de evaporación más alta, su cantidad se reduce cuando las condiciones son más frías; esto permitió la elaboración de un registro térmico. Aun así, estas pruebas pueden estar adulteradas por otros factores que cambian la proporción de isótopos. Por ejemplo, una extinción en masa incrementa la proporción de isótopos ligeros en los sedimentos y en el hielo porque los procesos biológicos tienden a preferir estos últimos. Por lo tanto, una reducción en los procesos biológicos libera más isótopos ligeros, que pueden depositarse en los sedimentos. Las pruebas paleontológicas se basan en los cambios en la distribución geográfica de los fósiles. Durante un periodo de glaciación los organismos adaptados al frío migran hacia latitudes más bajas, y los organismos que prefieren un clima más cálido se extinguen o viven en zonas más ecuatoriales. Esto da lugar a la aparición de refugios glaciales y movimientos biogeográficos de retorno. También es difícil interpretar estos indicios, puesto que precisan de: secuencias de sedimentos que representen un largo período, diferentes latitudes y que se puedan correlacionar fácilmente. También si tenemos organismos primitivos presentes durante amplios periodos con caracteres lo suficientemente homogéneos como para poder atribuirlos a un mismo taxón, y de los cuales se conozca el clima ideal, por lo que puedan emplearse como marcadores. Asimismo el descubrimientos de fósiles adecuados, cosa que depende mucho del azar.

 

La Teoría de la Tectónica de Placas y la deriva continental dan explicación sobre el por qué la persistencia de los hielos en el hemisferio sur en las tres glaciaciones anteriores. Aunque parte de estos datos indican que los continentes se situaban bastante más hacia el sur, de manera que los territorios de la futura Norteamérica, Europa y el norte de Asia eran ecuatoriales. Sólo después de la deriva hacia el norte, estos continentes pudieron helarse. Y esta sería la razón de que los hielos sólo estuvieran presentes en el hemisferio norte desde hace unos diez millones de años. Hasta aquí todo parece encajar, pero se presentan algunos problemas. Por ejemplo, los restos fósiles encontrados en la Antártida, vestigios del listrosaurio, reptil semejante a un hipopótamo, o los restos del laberintodonte, anfibio extinguido semejante a un cocodrilo, que se supone sólo vivía en zonas cálidas o, al menos, templadas. Pero se encontraron los restos de este último a sólo 525 Km del Polo Sur. Tendríamos que pensar que, en una época remota, la Antártida se encontraba, no sólo libre de hielos, sino con clima cálido.  A este respecto es interesante hacer una referencia a los famosos mapas del almirante turco Piri Reis (1470 – 1554), que ejerció la navegación al servicio del Sultán Selim I. Su gran pasión fue la cartografía, llegando a publicar un libro donde recogía más de 210 mapas de todos los mares del mundo, el Kitabi Bahriye, una gran recopilación de antiguos mapas copiados por él y obtenidos de sus saqueos marítimos o comprados a comerciantes en los muchos puertos donde desembarcó. Entre estos mapas destacaron uno hecho en 1513 y otro en el 1528, donde se podían apreciar todo el océano Atlántico y sus costas americanas, africanas, europeas, árticas y antárticas. Toda su colección de mapas fue regalada al Sultán, perdiéndose desde ese momento la pista a esta colección única. En 1960, el teniente coronel de los Estados Unidos Harold Z. Ohlmeyer, especialista en cartografía, estudió estos mapas y admitió en sus conclusiones que la costa antártica que aparece en el mapa de 1513 tuvo que ser forzosamente cartografiada antes de que hubiera sido cubierta por la capa de hielo que presenta en la actualidad. Es decir, dentro de un período que posiblemente se sitúa alrededor del 10.000 a.C., o de más antigüedad, mucho antes del conocimiento de nuestra historia escrita

 

Pero observando un hipotético mapa del antiguo supercontinente de Pangea, la Antártida estaría situada demasiado al sur para poder tener un clima cálido. No vemos que la sola deriva continental, sin considerar fuertes cambios en la posición del eje, pueda explicar convenientemente los grandes cambios climáticos. En realidad, ¿cómo se desencadenan los grandes movimientos geológicos? La Doctrina Secreta nos habla de una disminución en la velocidad de la Tierra como causante directa de los cataclismos. Al respecto existe una antigua teoría, hoy poco difundida y menos aceptada, que cree que es éste el motivo de las orogénesis. Se trata de una corrección sobre la teoría de contracciones, formulada por J. Dana en 1847, que establece la posibilidad de que los plegamientos se efectúen por variaciones en la forma terrestre desde menos esférica a más. Como se sabe, una esfera contiene el mayor volumen en la mínima superficie. Si el volumen no cambia, como así parece haber sucedido, al hacerse la Tierra más esférica, la superficie disminuye y por tanto se arruga, produciéndose a la vez hundimientos en otras partes. Hoy día los científicos creen que la Tierra ha cambiado su velocidad de rotación, disminuyendo desde tiempos antiguos. Hubo épocas en que el día duraba poco más de cinco horas, otras en que el día duraba aproximadamente veintidós horas y parece que sigue disminuyendo, alargándose los días una milésima de segundo por siglo. Este hecho se piensa que pudo variar la forma de la esfera, más abultada antiguamente en el Ecuador y achatada en los polos, de manera que tenía forma más elipsoide. Hoy en día es menos achatada y más esférica. De manera que podría ocurrir que la velocidad de la Tierra esté relacionada con las variaciones en su forma y que esto último afecte a la corteza. Como toda teoría, no podemos garantizar su certeza. Y la tectónica de placas da una aceptable explicación a la orogénesis y a los movimientos en la corteza. Las teorías suelen ser fraccionarias y solo dan explicaciones parciales del enigma. Tal vez exista una tectónica de placas, junto con otros muchos movimientos en nuestro planeta que afectan conjuntamente para producir los cambios geológicos. En los seres vivos que conocemos, el crecimiento se produce en los extremos de los huesos, de la piel, etc.., que están cercanos a las articulaciones o uniones, que son relativamente cartilaginosos en la infancia, pero que van endureciéndose posteriormente, cuando se detiene el crecimiento.

 

Estableciendo una cierta semejanza, la Tierra, que también parece crecer, tiene zonas de crecimiento en su superficie externa. Zonas donde se produce nuevo suelo y que responden a grandes grietas situadas en algunas dorsales oceánicas como la Atlántica, lugares que manifiestan una actividad de expansión de la corteza terrestre. También existen otras grietas donde el suelo desaparece, se funde y se renueva, eliminando océanos y cicatrizando posteriormente la grieta con plegamientos montañosos. Pareciera que esta piel de la Tierra está en continuo reciclaje y transformación por las fuerzas ígneas e internas del planeta. Ello explicaría que cuando más retrocedemos en el tiempo, menos restos tenemos de posible vida, más o menos inteligente, en la Tierra. De manera que las rocas tienen un larguísimo ciclo que las lleva de la erosión y sedimentación, pasando por transformaciones diversas, a una renovación por el fuego. Como la mayor parte de este proceso sucede en el fondo de los océanos, éstos son más jóvenes que muchas de las tierras emergidas. El proceso es continuo, pero parece actuar con mucha mayor fuerza por empujes periódicos, en etapas de febril actividad renovadora. ¿Sería posible que en largos periodos se sumergiesen ciertas tierras precisamente para ser renovadas, emergiendo las que ya han cumplido el proceso? Si añadiéramos a esto un cambio también en la inclinación del planeta, podríamos explicarnos las revoluciones geológicas junto a los cambios climáticos por los que parecen haber pasado distintos continentes. Según Helena Blavatsky, así como la tierra necesita reposo y renovación, nuevas fuerzas y un cambio de suelo, lo mismo le sucede al agua. De aquí se origina una nueva distribución periódica de la tierra y el agua, cambios de climas, etc. Acarreado todo por revoluciones geológicas y terminando por un cambio final en el eje de la Tierra. La vida de nuestro planeta aún nos reserva muchos enigmas sin resolver. No sabemos, por ejemplo, a qué responden las inversiones del campo magnético que se han dado a lo largo de su historia, un cambio del sentido de la polaridad del norte al sur y viceversa, o los constantes y rítmicos desplazamientos menores del eje magnético. Tampoco por qué este eje magnético y el de rotación no coinciden. ¿Se relaciona el magnetismo terrestre con los cambios geológicos? Los especialistas del futuro tienen en qué ocuparse del tema y creemos que la nueva ciencia desarrollará formas apropiadas para acercarnos a un mejor conocimiento de la vida de nuestra Tierra.

 

Los egipcios y caldeos atribuían el principio de sus Dinastías Divinas a aquel período en que la Tierra creadora se hallaba en sus dolores postreros, para dar a luz a sus cordilleras prehistóricas, que después han desaparecido, a sus mares y continentes. Su rostro se hallaba cubierto de “profundas Tinieblas, y en aquel Caos (durante el Secundario) estaba el principio de todas las cosas” que más adelante se desarrollaron en el planeta. Nuestros geólogos han confirmado ahora que hubo tal cataclismo terrestre en los períodos geológicos primitivos, hace algunos cientos de millones de años. En cuanto a la tradición misma, la tienen todos los países y naciones, cada uno bajo su mitología respectiva. Millones de años se han hundido en el Leteo sin dejar otro recuerdo en la memoria del profano que los pocos milenios de la cronología ortodoxa occidental acerca del origen del ser humano y de la historia de las razas primitivas.  Según la teosofía de Blavatsky, influenciada por el gnosticismo, las razas raíces son las etapas por las que pasa una especie a lo largo de su historia. El número siete, según los esotéricos, es un número misterioso y mágico. Desde tiempos inmemoriales se ha creído que muchos aspectos de la vida del hombre son regidos por este número. Son siete días los que tiene la semana, los mismos que ocupó a Dios formar la Tierra. Son siete los mares del planeta. Los hindúes han descubierto siete chacras o puntos de energía en el cuerpo, también tenemos siete maravillas del mundo, siete pecados capitales, siete calamidades, etc… En su libro La Doctrina Secreta, Helena Blavatsky habló por primera vez de las razas raíces. Cada planeta debe tener siete razas hasta llegar a su fin. Es preciso señalar, no obstante, que las razas raíces de Blavatsky, no se corresponden con nuestro concepto habitual de raza, ya que la primera raza raíz sólo habría existido en el plano astral. La primera raza raíz habría sido la protoplasmática, con individuos divinos, dotados de cuerpos etéreos. Ellos habrían vivido en el antiguo continente de Thule, ubicado en donde actualmente se encuentra el Polo Norte. La segunda raza raíz sería la hiperbórea, que habrían sido los habitantes originales de Europa. La tercera raza raíz la constituirían los habitantes del continente de Lemuria, también conocido como Mu. Con esta raza el hombre fue un ser completamente físico por primera vez. La cuarta raza raíz estaba formada por los habitantes de la Atlántida, otro hipotético continente perdido. Se dice que eran muy altos y ya estaban divididos en dos sexos. Su avanzada civilización habría dado origen a las conocidas por nosotros. La quinta raza raíz es la humanidad actual, subdividida en las razas humanas que conocemos. La sexta y séptima razas raíces representan estados futuros de la actual raza raíz y que, según los teósofos, serán de nuevo más etéreas.

 

Volviendo a la geología, tenemos que la era Cenozoica, Cenozoico, o era Terciaria, una división de la escala temporal geológica, es la era geológica que se inició hace unos 65,5 millones de años y que se extiende hasta la actualidad. Es la tercera y última era del eón Fanerozoico y sigue a la era Mesozoica. Su nombre procede del idioma griego y significa “animales nuevos“. El Período Terciario comprendía la era Cenozoica, excepto los últimos 2.5 millones de años, cuando se inicia el período Cuaternario. Durante la era Cenozoica, la India colisionó con Asia hace más de 45 millones de años, y Arabia colisionó con Eurasia, cerrando el mar de Tetis hace unos 35 millones de años. Como consecuencia de ello, se produce el gran plegamiento alpino que formó las principales cordilleras del Sur de Europa y Asia, como los Pirineos, Alpes e Himalayas. Al Cenozoico también se le llama era de los mamíferos que, al extinguirse los dinosaurios a finales del Cretácico, pasaron a ser la fauna dominante. Hace unos 30 millones de años surgieron los primeros primates superiores, aunque los más primitivos estaban ya presentes hace 65 millones de años, pero el Homo Sapiens no apareció oficialmente hasta hace unos doscientos mil años, aunque cada vez se descubren homínidos más antiguos. Todo depende de las pruebas que se han encontrado de la antigüedad de la raza humana. Si el aun debatido hombre del período Plioceno, o siquiera del Mioceno, fuese el Homo primigenius, entonces la Ciencia tendría razón en fundar su antropología actual, en cuando a la época y origen del Homo Sapiens, en la teoría darwinista. Pero si se encontrasen algún día esqueletos de hombres en las capas eocenas, sin descubrir ningún mono fósil, se probaría de este modo que la existencia del hombre es anterior a la del antropoide. Ahora mismo se están presentando muchas pruebas que demuestran que las épocas asignadas a las fundaciones de ciudades, civilizaciones y otros varios sucesos históricos son mucho más antiguas de lo estimado.

El paleontólogo y geólogo francés Edouard Lartet escribe:”No se encuentra en el Génesis ninguna fecha que determine el tiempo al nacimiento de la humanidad primitiva. Pero los cronólogos, durante quince siglos, han tratado de obligar a los hechos de la Biblia a estar de acuerdo con sus sistemas. De este modo se han formado no menos de ciento cuarenta opiniones diferentes acerca de la sola fecha de la Creación”. En los últimos años, los arqueólogos han tenido que hacer retroceder los comienzos de la civilización babilónica, en cerca de 3.000 años. El asiriólogo Archibald Henry Sayce observaba en sus disquisiciones sobre “El Origen y desarrollo de la Religión, según lo que demuestra la de los Antiguos Babilonios”, que: “Las dificultades para buscar sistemáticamente el origen e historia de la religión babilónica eran considerables. Las fuentes de nuestro conocimiento en el asunto eran todas monumentales, siendo muy poca la ayuda que nos proporcionaban los escritores clásicos u orientales. Verdaderamente, era un hecho innegable que el clero babilónico envolvió intencionalmente el estudio de los textos religiosos de un modo tan laberíntico, que presentaba dificultades casi insuperables. Que ellos confundieron las fechas y especialmente el orden de los sucesos ‘intencionalmente’, es indudable, y por una razón muy buena: sus escritos y anales eran todos esotéricos. Los sacerdotes babilónicos hicieron lo mismo que los sacerdotes de otras naciones. Sus anales eran sólo para los Iniciados y sus discípulos, y únicamente a estos últimos se les daba la clave del verdadero significado”. Pero en sus observaciones, el profesor Sayce explica las dificultades: “La biblioteca de Nínive contenía, sobre todo, copias de textos babilónicos más antiguos, y los copistas tomaron de tales tablillas sólo lo que era de interés especial para los  conquistadores asirios, perteneciente a una época comparativamente reciente, lo cual ha aumentado mucho la mayor de nuestras dificultades, a saber: el estar tan frecuentemente a oscuras respecto del tiempo de nuestras pruebas documentales, y el valor preciso de nuestros materiales históricos. De modo que tenemos el derecho de deducir que nuevos descubrimientos pueden obligar a que retrocedan los tiempos babilónicos tan lejos de los 4.000 años antes de Cristo, que lleguen a parecer pre-cósmicos con arreglo a la opinión de todos los adoradores de la Biblia. Si no fuera por un diluvio. ¿Cómo se explica que en la cumbre del Everest se encuentren restos de peces fosilizados o que en el monte Ararat haya depósitos de sales marinas? En algún momento del pasado, este planeta estuvo cubierto por el agua. Algunos piensan que fue hace 5.000 años y otros creen que fue mucho antes. Son tantas y tan variadas las versiones del diluvio en las distintas culturas que incluso en la Biblia se da el caso de dos relatos de la catástrofe”. Este gran cataclismo tuvo que producir importantes cambios geológicos.

 

Se supone, dada la coincidencia del protagonista (Noé), que se trata de un mismo hecho, en que la tradición oral se fue puliendo con el transcurso de los años y que los primeros copistas decidieron entremezclar sus relatos. La versión más antigua data del siglo VIII antes de Cristo. Se lee en el Génesis: “Viendo Yavé la maldad de los hombres, se arrepintió de haber creado al hombre sobre la tierra. Dice Yavé “Exterminaré de sobre la faz de la tierra al hombre que he formado; hombres y animales, reptiles y aves del cielo, todo lo exterminaré; pues me pesa el haberlos creado”. También, en el Génesis, dijo Yavé a Noé: “Entra en el Arca con toda tu familia, porque solo tú has sido hallado justo en medio de esta generación. De todos los animales puros tomarás siete parejas de cada especie, machos y hembras; también de las aves del cielo siete pares de cada especie, a fin de conservar la especie sobre la tierra”. De esta forma encontramos en la Biblia la odisea de Noé. Pero a continuación vamos a ver como el relato bíblico de Noé y su odisea no son únicos. Y, tal vez, ni siquiera sea el original, ya que hay evidencias que llevan a pensar que fue tomado de otras culturas y adaptado. A mediados del siglo XIX, se iniciaron las excavaciones en Nínive, Y, de allí, más de 25.000 tablillas de arcilla fueron llevadas al Museo de Londres. Pero en el camino se rompieron y mezclaron, por lo que descifrarlas parecía una tarea imposible, teniendo en cuenta que el lenguaje asirio-babilónico (o sumerio) en el que estaban escritas fue descifrado tiempo después. La solución la encontró George Smith, un diseñador de billetes,  quien, tras ardua labor, asombró al mundo con su obra El relato caldeo del diluvio, publicado en 1872. Se había logrado extraer de Nínive la enorme biblioteca del rey de Babilonia Asurbanipal, que vivió en el siglo VII a.C. y que hizo que sus escribas dejasen para la posteridad las mejores obras de la cultura mesopotámica. Entre lo hallado estaba la Tablilla XI, de 326 líneas, de las cuales más de 200 hablan del diluvio. Encontramos así la epopeya de Gilgamés. Se refiere a un antepasado que ha alcanzado la inmortalidad y que le refiere su aventura. Uta-Napishtim, que es el nombre de este ser inmortal, cuenta a Gilgamés que los dioses Anu (padre de todos los dioses), Enlil, su consejero Ninurta, Ennugi y Ea (Enki), deciden exterminar al género humano. Pero ven virtuoso solo a Uta-Napishtim, a quien ordenan construir una nave, renunciar a sus riquezas y salvar su vida. “Construye -le dicen- una nave de dimensiones proporcionadas, con la misma anchura y altura y mete dentro semilla de toda vida existente”.

 

También en Asia quedan vestigios del diluvio universal. En el Vishnu Purana hindú se dice que el Samvartaka volverá a destruir el universo, como ya ocurrió en épocas pasadas; haciendo caer lluvias torrenciales por un período de doce años, hasta que se sumerja toda la Tierra y muera así toda la humanidad. Luego vendrá un resurgimiento del cielo y, con ello, nuevamente la vida en el planeta. El Shatapatha Brahmana cuenta como a Manú, se supone que el primer hombre, un pez agradecido por las caricias que le había dispensado le avisa que se avecina un gran diluvio que terminará con la vida en el planeta. Manú, siguiendo las indicaciones del pez, construyó una embarcación, dentro de la cual esperó a que finalizará la lluvia. Una vez terminado el diluvio la nave se encontraba en la cima de una montaña. Cuando bajaron las aguas, Manú realizó un sacrificio en honor a los dioses, vertiendo manteca y crema agria sobre las aguas. Y al cabo de un año emergió una mujer, conocida como la Hija de Manú, con la que se unió para dar origen a la nueva generación humana. En la cultura china, el agua siempre ha estado en relación con el nacimiento de la humanidad. Fue el gran héroe Yü (el domador de las aguas) quien consiguió que la masa líquida se retirara hacia el mar, logrando tierras aptas para el cultivo. De los distintos relatos del diluvio se encuentra el de Fah-le, que fue ocasionado por las crecidas de los ríos en el 2300 a.C. Pero la más antigua de las tradiciones, cuenta que Nu-wah se salvó junto a su mujer, sus tres hijos y las esposas de éstos, en una embarcación donde dieron cabida a una pareja de cada animal conocido. Tan importante es esta leyenda de Nu-wah que hoy en día se escribe la palabra “nave” en chino, representada por una barca con ocho bocas dentro, en alusión a los ocho seres que se salvaron de la catástrofe. Probablemente, la doctrina de la destrucción del mundo (pralaya) era ya conocida en los tiempos védicos (Atharva Veda). La conflagración universal (ragnarök), seguida de una nueva creación, forma parte de la mitología germánica. Estos hechos parecen indicar que los indoeuropeos no ignoraban el mito del Fin del Mundo. El historiador de religiones sueco Stig Wikander ha indicado la existencia de un mito germánico sobre una batalla en todo similar a los relatos paralelos indios e iranios. Pero a partir de los Brâhmanas y, sobre todo, en los Purânas, los indios desarrollaron laboriosamente la doctrina de las cuatro yugas, las cuatro Edades del Mundo. Lo esencial de esta teoría es la creación y destrucción cíclica del Mundo —y la creencia en la «perfección de los comienzos»—.

 

Los acadios, babilónicos y sumerios coinciden en que el arca llegó al Monte Ararat (al igual que el Noé bíblico). Las demás religiones siempre se refieren a un monte local. Así es que los griegos hablan del monte Parnaso, los hindúes del Himalaya y los indios americanos del norte, del monte Keddi Peak, en California. Prácticamente todas las razas y pueblos cuentan entre sus leyendas con la del hombre (por lo general junto a su familia) que, por gracia divina, se salva de un castigo en forma de diluvio que termina con los hombres y los animales. En la mayoría de los casos, salva una pareja de cada especie animal y junto a sus familiares conforma la nueva generación de la raza humana. Se puede decir que es el único acontecimiento que toda la humanidad ha compartido casi al mismo tiempo. Se sabe que más del 75% de la tierra está formada por depósitos sedimentarios. En la India encontramos depósitos sedimentarios de hasta 20 km. de profundidad. Y hay un dato sorprendente: los geólogos han encontrado, entre los depósitos sedimentarios, cantidades de fósiles en los que aparecen restos humanos, animales, plantas y utensilios, todo mezclado. Se ha llegado a la conclusión que para que se produjese este hecho fue necesaria la presencia de un medio aglutinante, que moviera todo en la misma dirección y que todo quedara en un lugar, para ser sepultado por el aluvión. Los yacimientos petrolíferos, formados por materia orgánica, son otra prueba de esta aglomeración de restos orgánicos. Incluso se han encontrado fósiles de insectos, en los que no hay huellas de desintegración, lo que habla de una muerte súbita y de un enterramiento casi instantáneo. Esto es característico de un acontecimiento ocasionado por una gran ola de agua, seguida por un asentamiento de todas las partículas en flotación. Quizás la gran prueba de esta catástrofe sería encontrar la nave que salvó a una familia y a un grupo de animales. La famosa Arca, que dicen las crónicas se encontraría atrapada en la cumbre del Monte Ararat. Esa es, sin duda, la prueba tangible de la existencia de esta leyenda universal que es el diluvio. Todos estos relatos demuestran que, aunque cambien los nombres, probablemente estamos hablando de la misma persona o distintos supervivientes de la catástrofe. Xisutros sería el Ziusudra sumerio, lo mismo que el Atrahasis asirio, el Noé bíblico, el pastor Inca, el Manú hindú, el Nu-wah chino y el Uta-Napishtim babilónico. Quizás todos hacen referencia a un único relato, tal vez muy relacionado con sobrevivientes de la Atlántida, Lemuria o alguna de las civilizaciones sepultadas por las aguas, allá en los comienzos olvidados de nuestra historia o, para mejor decirlo, de una de nuestras historias.

 

¿Cuánto habría aprendido la Paleontología si no hubiesen sido destruidas millones de obras? Hablamos de la Biblioteca de Alejandría, que ha sido destruida tres veces. Una, por Julio César, el 48 antes de Cristo; otra, el 390 después de Cristo; y una tercera en el año 640 después de Cristo, por un general del Califa Omar. Pero, ¿qué es esto en comparación con las obras y anales destruidos en las primitivas bibliotecas Atlantes, que se dice estaban grabados sobre pieles curtidas de gigantescos monstruos antediluvianos? ¿O bien en comparación de la destrucción de los innumerables libros chinos por orden del fundador de la dinastía imperial Tsin, Tsin Shi Hwang-ti, el 213 antes de Cristo? Seguramente las tablillas de barro de la Biblioteca Imperial Babilónica y los inapreciables tesoros de las colecciones chinas no han podido contener jamás datos semejantes a los que hubiera proporcionado al mundo una de las mencionadas pieles grabadas atlantes. Pero, aun con la escasez de datos de que se dispone, la Ciencia ha podido ver la necesidad de hacer retroceder casi todas las épocas babilónicas. Sabemos por el profesor Sayce que hasta a las estatuas arcaicas de Tel-Ioh, en la baja Babilonia, les ha sido atribuida una fecha contemporánea a la cuarta dinastía de Egipto. Desgraciadamente, las dinastías y las pirámides comparten el destino de los períodos geológicos. Sus fechas son arbitrarias y dependen de la fantasía de los respectivos hombres de ciencia. Los arqueólogos saben ahora que las mencionadas estatuas están construidas con diorita verde, que sólo puede encontrarse en la Península del Sinaí. Y concuerdan, en el estilo del arte y en el sistema de medidas empleado, con las estatuas de diorita de los constructores de pirámides de la tercera y cuarta dinastías de Egipto. Por otra parte, la única época posible de una ocupación babilónica de las canteras del Sinaí tiene que establecerse poco después de la terminación de la época en que fueron construidas las pirámides. Y sólo de este modo podemos comprender cómo el nombre de Sinaí pudo haberse derivado del de Sin, el dios lunar babilónico primitivo. Esto es muy lógico, pero, ¿cuál es la fecha asignada a estas dinastías? Las tablas sincrónicas de Sanchoniathon y de Manethon, o lo que quiera que quede de ellas, después que el santo Eusebio pudo manipularlas, han sido rechazadas.

 

Hay una ciudad sobre la faz de la Tierra a la que se conceden, por lo menos, 6.000 años, y es Eridu. La geología lo ha descubierto. Igualmente, según el profesor Sayce, ahora se tiene el tiempo necesario para la obstrucción del extremo del Golfo Pérsico, que exige un transcurso de 5.000 ó 6.000 años desde el período en que Eridu, que ahora está a veinticinco millas al interior, era el puerto de la desembocadura del Éufrates y el asiento del comercio babilónico con la Arabia del Sur y de la India. La nueva cronología da el tiempo para la larga serie de eclipses registrada en la gran obra astronómica llamada “Las Observaciones de Bel”. Asimismo podemos comprender el cambio en la posición del equinoccio vernal, de otro modo inexplicable, que ha ocurrido desde que nuestros presentes signos zodiacales fueron mencionados por los primeros astrónomos babilónicos. Cuando el calendario acadio fue arreglado y nombrados los meses acadios, el Sol, en el equinoccio vernal, no estaba, como ahora, en Piscis, ni aun en Aries, sino en Tauro. Siendo conocida la marcha de la precesión de los equinoccios, se nos dice que en el equinoccio vernal el Sol estaba en Tauro hace cosa de 4.700 años antes de Cristo, y de este modo obtenemos límites astronómicos de fechas que no pueden impugnarse. La nomenclatura de Sir Charles Lyell para las edades y períodos, así como las eras Secundaria y Terciaria, de los períodos Eoceno, Mioceno y Plioceno, sirven para hacer estos hechos más comprensibles. Charles Lyell (1797-1875), fue un abogado y geólogo británico y uno de los fundadores de la Geología moderna. Lyell fue uno de los representantes más destacados del uniformismo y el gradualismo geológico. No se han concedido a estas edades y períodos duraciones fijas y determinadas, habiéndose asignado en diferentes ocasiones a una misma edad (como la era Terciaria) entre dos millones y medio y quince millones de años. Las Enseñanzas Esotéricas pueden mantenerse al margen de si la aparición del hombre se produjo en la era Secundaria o en la Terciaria. Si a esta última se le pueden conceder siquiera sean quince millones de años de duración, tanto mejor; pues la Doctrina Secreta, al paso que reserva celosamente sus cifras verdaderas y exactas en lo que concierne a la primera, segunda y dos terceras partes de la tercera raza raíz, presenta datos claros únicamente sobre el tiempo de la humanidad del actual Manu Vaivasvata. Otra afirmación definida es que, durante el llamado período Eoceno, el continente al que pertenecía la cuarta raza, la gran Atlántida, mostró los primeros síntomas de hundimiento, y que en la edad Miocena fue finalmente destruido, a excepción de la pequeña isla mencionada por Platón. Estos puntos tienen ahora que ser comprobados por los datos científicos.

 

 

Acerca de las antiguas razas y sus orígenes, la Ciencia apenas sabe nada. Asimismo, excepto Flammarion y unos cuantos astrónomos esotéricos, la mayor parte niega la habitabilidad de otros planetas. Sin embargo, parece que los hombres científicos de las antiguas razas sabían que había vida en Marte y Venus. Los antiguos científicos nos aseguran que todos los cataclismos geológicos, desde el levantamiento de los océanos, los diluvios, y las alteraciones de continentes, hasta los actuales ciclones, huracanes, terremotos, erupciones volcánicas, las olas de las mareas, y hasta el cambio de estaciones, que tienen perplejos a los científicos actuales, son debidos y dependen de la Luna y los planetas. Más aún, hasta las constelaciones más modestas tienen una influencia en los cambios meteorológicos y cósmicos  de nuestra Tierra. En todo caso, parece posible calcular la aproximada duración de los períodos geológicos, con los datos combinados de la ciencia y del ocultismo. La Geología, por supuesto, puede determinar casi con certeza el espesor de los diversos depósitos sedimentarios. Ahora bien, es sabido que el tiempo requerido para la deposición de un estrato en un fondo marino tiene que estar en estricta proporción con el espesor de la masa así formada. Sin duda alguna que la cuantía de la erosión de la tierra y de la aglomeración de la materia en los lechos oceánicos ha variado de una edad a otra, y que los cambios debidos a cataclismos de diferentes clases han roto la uniformidad de los procesos geológicos ordinarios. Así, pues, con tal que tengamos algunas bases numéricas definidas en que fundarnos, la tarea se hace menos dificultosa de lo que a primera vista aparece. El profesor Lefèvre nos presenta las cifras relativas que resumen el tiempo geológico. No intenta calcular los años transcurridos desde que se depositó el primer lecho de rocas laurentianas, pero representando a ese tiempo como X, nos presenta las proporciones relativas en que se hallan los diversos períodos respecto de él. La divisoria Laurentiana o divisoria del Norte es una de las grandes divisorias continentales de Norteamérica. Una divisoria que separa, a un lado, las aguas que fluyen hacia el este y el sur de Canadá y, al otro, las que discurren por el norte del Medio Oeste de Estados Unidos. Las aguas al norte de los altos de la divisoria fluyen hacia el océano Ártico a través de los ríos que desaguan en la bahía de Hudson o directamente en el Ártico. Las aguas al sur de la divisoria, a su vez, se abren paso por una variedad de sistemas de drenaje hasta el océano Atlántico, incluidos los sistemas de los Grandes Lagos y el río San Lorenzo, al este, o el del río Misisipí, que acaba en el golfo de México, al sur.

 

Algunas fuentes consideran que la bahía de Hudson forma parte del océano Atlántico, no del Ártico, lo que haría de la divisoria Laurentiana una divisoria menor entre mares y no entre océanos. El antropólogo inglés Edward Clodd (1840 – 1930), refiriéndose a la obra de M. de Mortillet,  Matériaux pour  l’Histoire de l’Homme, que coloca al hombre en la mitad del período Mioceno, observa que:  “Sería contrario a todo lo que enseña la doctrina de la evolución, sin que además se adquiriera el apoyo de los creyentes en una creación especial y en la invariabilidad de las especies, el buscar un mamífero tan altamente especializado como el hombre, en un período primitivo de la historia de la vida del globo”. A esto se podría contestar que la doctrina de la evolución, según Darwin y otros evolucionistas posteriores, no solamente no es infalible, sino que fue desechada por varios grandes hombres de ciencia, como De Quatrefages en Francia, el Dr. Weismann, un ex evolucionista, en Alemania, y muchos otros, que engrosaron las filas de los no darwinistas. Charles Gould, en su obra Mythical Monsters (“Monstruos mitológicos”), dice lo siguiente:  “Los hombres paleolíticos no conocían la alfarería ni el arte de tejer, y aparentemente carecían de animales domésticos y de sistemas de cultivo; pero los moradores neolíticos de los lagos de Suiza tenían telares, alfarería, cereales, ganados, caballos, etcétera. Ambas razas usaban utensilios de cuerno, de hueso y de madera; pero los de la más antigua se distinguen con frecuencia por estar esculpidos con gran habilidad o adornados con grabados animados representando varios animales existentes entonces; mientras que por parte del hombre neolítico aparece una ausencia marcada de semejantes habilidades artísticas”. No hay restos fósiles que prueben la especialización gradual progresiva desde tipos más primitivo a tipos más modernos. Además, con respecto a las llamadas hachas paleolíticas, si se las coloca al lado de las formas más toscas de hachas de piedra, usadas en el siglo XIX por los aborígenes australianos y otras tribus salvajes, no muestran apenas diferencias. Esto prueba que ha habido salvajes en todos los tiempos. Y la deducción debiera ser que ha podido haber también gente civilizada en aquellos tiempos, o sea, civilizaciones cultas contemporáneas de aquellos toscos salvajes. Una cosa semejante vimos en Egipto hace unos 7.000 años. Por otro lado, si el hombre no fuese más antiguo que en el período paleolítico, entonces no sería posible que hubiese tenido el tiempo necesario para su evolución desde un hipotético “eslabón perdido”. Pero todo indica que existió una especie humana superior a muchas de las razas que hoy existen. El hombre primitivo era, en algunos respectos, superior al actual. En cambio, el mono más antiguo conocido, el lemur, era menos antropoide que las especies pitecoides, con forma de simio, modernas.

La tosca hechura de los utensilios paleolíticos no prueba nada en contra de la idea de que, al lado de los que los fabricaron, existieron culturas altamente civilizadas. Se nos dice que sólo se ha explorado una parte muy pequeña de la superficie de la Tierra y, de ésta, una parte muy reducida consiste en superficies de tierras antiguas o formaciones de aguas recientes, en donde únicamente puede esperarse encontrar las huellas de las formas superiores de vida animal. Y aun éstas han sido exploradas tan imperfectamente, que donde ahora encontramos indudables restos humanos casi bajo nuestros pies, hace sólo pocos decenios que empezó a sospecharse su existencia. Es también relevante que, juntamente con las toscas hachas de los salvajes, los exploradores encuentran ejemplares de trabajos tan artísticos, que a duras penas podrían encontrarse entre los modernos campesinos de un país europeo, más que en casos excepcionales. Hemos tenido los más grandes pintores europeos coexistiendo con los esquimales modernos, que al igual que sus antecesores paleolíticos estaban dibujando bosquejos de animales y escenas de la caza con la punta de sus cuchillos. ¿Por qué no pudo pasar lo mismo en aquellos tiempos? Todo ello muestra de qué modo se trata de amoldar cada nuevo descubrimiento geológico a las teorías corrientes, en lugar de hacer que las teorías se adapten a los descubrimientos. Pero, ¿de dónde vino el primer germen de vida, si se rechazan tanto la generación espontánea como la intervención de fuerzas externas? El científico británico Sir William Thompson nos decía que los gérmenes de la vida orgánica vinieron a nuestra Tierra en algún meteoro. El profesor Thomas Huxley dice: “Si la doctrina del desarrollo progresivo es correcta en alguna de sus formas, tenemos que extender por largas épocas los cálculos más avanzados que hasta ahora se han hecho de la antigüedad del hombre”. La disputa entre los partidarios de la generación espontánea y sus adversarios terminó con la victoria provisional de los adversarios. Pero aun estos se ven forzados a admitir, como admiten Büchner, Tyndall y Huxley, que la generación espontánea tuvo que ocurrir una vez bajo ciertas “condiciones especiales”. Los hombres de ciencia esperan descubrir algún “eslabón perdido” pitecoide, con un cráneo mayor que el del mono, y con una capacidad craneal menor que la del hombre actual. Los dibujos hechos por supuestos salvajes paleolíticos, que se supone fueron tan salvaje como los animales con quienes vivía, no tiene nada que envidiar a un dibujo semejante hecho por cualquier escolar actual que no haya estudiado dibujo. En sus bosquejos vemos una representación correcta de las luces y sombras, que el artista copió directamente de la naturaleza, mostrando así un gran conocimiento de la anatomía y de la proporción. Se nos quiere hacer creer que el artista que grabó estos dibujos perteneció a los salvajes primitivos, contemporáneos del mamut y del rinoceronte lanudo, que algunos evolucionistas quisieron describirnos como un hipotético “hombre pitecoide”.

 

Estos grabados prueban que la evolución de las razas humanas ha tenido una serie de elevaciones  y caídas. Y que el hombre es, quizá, tan antiguo como la Tierra, una vez solidificada. Y que, si podemos llamar “hombre” a su antecesor “divino”, entonces es aún mucho más antiguo. Hasta el mismo Gabriel de Mortillet (1821 – 1898), arqueólogo y antropólogo francés, que en 1898 había establecido la sucesión cultural del hombre en las fases Achelense, Musteriense, Solutrense y Magdaleniense, y que experimentaba una vaga desconfianza en las conclusiones de los arqueólogos, escribe:  “Lo prehistórico es una nueva ciencia que está lejos, muy lejos de haber dicho su última palabra”. Según Charles Lyell (1797 – 1875), geólogo británico y uno de los fundadores de la Geología moderna:  “La constante expectación de llegar a encontrar un tipo inferior de cráneo humano, mientras más antigua sea la formación en que el hecho ocurra,  está basada en la teoría del desarrollo progresivo, la cual puede resultar cierta; sin embargo, debemos recordar que hasta hoy no tenemos ninguna prueba geológica clara de que la aparición de lo que se llaman las razas inferiores de la humanidad haya precedido siempre en el orden cronológico a la de las razas superiores”. Sin embargo, semejante prueba no ha sido encontrada hasta hoy. Esta opinión de Lyell coincide con lo que dice el filólogo, mitólogo y orientalista alemán Max Müller, contrario a la antropología darwinista. ¿Qué sabemos de las tribus salvajes aparte del último capítulo de su historia? Compárese esto con la opinión esotérica acerca de los australianos, de los bosquimanos, así como del hombre paleolítico europeo, como restos de una cultura perdida que prosperaba cuando la raza atlante estaba en su apogeo. ¿Podremos conocer alguna vez sus antecedentes? Su lenguaje prueba, en verdad, que estos llamados paganos, con sus complicados sistemas de mitología y sus costumbres no son criaturas de hoy ni de ayer. Tienen que ser mucho más antiguos o tan antiguos como los indos, los griegos y los romanos. Pueden haber pasado por tantas vicisitudes como aquéllos, y lo que consideramos como primitivo, pudiera ser, por lo que sabemos, una recaída en el estado salvaje. George Rawlinson, historiador inglés del siglo XIX, observa que: “El salvaje primitivo es un término familiar en la literatura moderna, pero no hay prueba alguna de que haya existido jamás. Más bien todo prueba lo  contrario”. En su obra Origen de las Naciones, añade: “Las tradiciones míticas de casi todas las naciones colocan al principio de la historia de la humanidad un tiempo de dicha y perfección, una Edad de Oro que no tiene rasgo alguno de salvajismo o barbarie, sino muchos de civilización y refinamiento”.

 

Los restos encontrados en la cueva de Devon (Inglaterra), ¿prueban que no hubiera entonces razas contemporáneas altamente civilizadas? Cuando la población actual en la Tierra haya desaparecido, y algunos arqueólogos de una hipotética raza futura desentierren los utensilios domésticos de una de nuestras tribus de la selva amazónica ¿estará justificado que saquen la conclusión de que la humanidad del siglo XX estaba “saliendo de la edad de piedra”? Otra inconsecuencia extraña de las teorías científicas es que al hombre neolítico se le muestre como un salvaje mucho más primitivo que el paleolítico. Recordamos que el Neolítico, nueva Edad de Piedra, junto al Paleolítico, antigua Edad de Piedra, es uno de los periodos en que se considera dividida la Edad de Piedra. El término fue acuñado por John Lubbock en su obra de 1865, que lleva por título Prehistoric Times. Inicialmente se le dio este nombre en razón de los hallazgos de herramientas de piedra pulimentada que parecían acompañar al desarrollo y expansión de la agricultura. Hoy en día se define el Neolítico precisamente en razón del conocimiento y uso de la agricultura o de la ganadería. Normalmente, pero no necesariamente, va acompañado por el trabajo en alfarería. La etapa de transición entre el Paleolítico y el Neolítico se conoce como Mesolítico, mientras que las fases del Paleolítico tardío, contemporáneas con el Neolítico y el Mesolítico en otras regiones del planeta, se conocen como Epipaleolítico. Se denomina Subneolítico a un pueblo o comunidad de economía cazadora-recolectora que recibe algún influjo de tipo neolítico, típicamente la alfarería, de sus vecinos agricultores. Aunque Neolítico se traduce literalmente como ‘Nueva edad de Piedra’, quizás sería más apropiado llamarlo ‘Edad de la Piedra Pulimentada’; sin olvidar que la principal característica que define actualmente este período no es otra que una nueva forma de vida basada en la producción de alimentos a partir de especies vegetales y animales domesticadas. Abarca distintos períodos temporales según los lugares. Se sitúa entre el 7000 a. C. y el 4000 a. C. aproximadamente. Este período se inició en el Kurdistán hacia el 8000 a. C. y se difundió lentamente, sin que en Europa pueda hablarse de Neolítico hasta fechas posteriores al 5000 a. C. A medida que retrocedemos desde el hombre neolítico al paleolítico, los utensilios de piedra se convierten en toscas y pesadas herramientas, en lugar de instrumentos pulimentados de formas primorosas. La alfarería y otras artes útiles desaparecen a medida que descendemos en la escala. Y sin embargo, los paleolíticos podían grabar impresionantes dibujos.

 

El hombre paleolítico vivía en cuevas que compartía con hienas y leones, mientras que el hombre neolítico vivía en aldeas y edificios lacustres. Todos los que han seguido, aunque no sea sino superficialmente, los descubrimientos geológicos de nuestros días, saben que se encuentra un progreso gradual en las obras de arte, desde las primeras toscas hachas paleolíticas, a las relativamente primorosas hachas de piedra de aquella parte del período Neolítico que precedió inmediatamente al uso de los metales. Pero esto es en Europa, de la que sólo unas pocas áreas se acababan de levantar sobre las aguas en los días finales de la civilización atlante. Entonces, lo mismo que ahora, coexistían rudos salvajes y pueblos altamente civilizados. Si dentro de 50.000 años se desenterrasen los restos de pueblos bosquimanos pigmeos, en alguna caverna del África, juntamente con elefantes pigmeos mucho más antiguos, tales como los que se encontraron en las cuevas de Malta por parte de Milne Edwards, ¿sería esa una razón para sostener que en nuestra época todos los hombres y todos los elefantes eran pigmeos? O si se encontrasen las armas de los pueblos Veddas del siglo XIX, en Sri Lanka (antes Ceilán), ¿estaría justificado clasificarnos a todos como salvajes paleolíticos? Todos los descubrimientos que los geólogos desentierran en Europa pueden no ser anteriores al período Eoceno, puesto que muchas tierras de Europa estaban bajo las aguas antes de aquel período. Tampoco es válido decir que aquellos esmerados dibujos de animales y hombres fueron hechos por el hombre paleolítico hacia el final del período rengífero, pues esta explicación sería muy dudosa, dada la ignorancia existente sobre la verdadera duración de los períodos. Los Vedas no promueven los ídolos, pero sí todos los escritos indos modernos.  En las primeras tumbas de Egipto y en los restos de las ciudades prehistóricas desenterradas por el doctor Schliemann, se encuentran en abundancia imágenes de diosas con cabezas de lechuzas y de bueyes, y otras figuras simbólicas o ídolos. Pero cuando nos remontamos a los tiempos neolíticos, ya no se encuentran tales ídolos, o, si se encuentran, es tan raramente, que los arqueólogos discuten todavía su existencia. Los únicos que parece que han sido ídolos son los descubiertos en algunas cuevas artificiales del período Neolítico, que parecían representar figuras de mujer al tamaño natural, aunque pueden haber sido sencillamente estatuas.

 

De todos modos, todo esto es una de las muchas pruebas de la elevación y caída cíclicas de las civilizaciones y de las religiones. El hecho de que oficialmente no se hayan encontrado hasta ahora vestigios de restos humanos o esqueletos antes de las épocas Terciaria o Cuaternaria, aunque los pedernales descubiertos por el Abate Bourgeois puedan servir de aviso, parece indicar la verdad de la siguiente declaración esotérica: “Busca los restos de sus antepasados en los sitios elevados. Los valles se han convertido en montañas, y las montañas se han hundido en el fondo de los mares”. La humanidad atlante, reducida a una tercera parte de su población después del último cataclismo, en lugar de establecerse en los nuevos continentes e islas que volvían a aparecer, mientras que las tierras precedentes formaban los lechos de nuevos océanos, abandonaron lo que hoy es Europa y partes del Asia y África, por las cúspides de montañas gigantescas. Los mares que rodeaban algunas de éstas, se retiraron, dando lugar a las planicies del Asia Central. El ejemplo más interesante de esta marcha progresiva lo proporciona quizá la célebre caverna de Kent, en Torquay, suroeste de Inglaterra. En aquel extraño lugar, socavado por el agua en la piedra caliza devoniana, vemos uno de los anales más curiosos conservados para nosotros en las memorias geológicas de la Tierra. Bajo los bloques calizos amontonados en el suelo de la caverna, se descubrieron, enterrados en un depósito de tierra negra, muchos utensilios del período Neolítico de una ejecución excelente, con unos cuantos fragmentos de alfarería, que posiblemente podían atribuirse a la era de la colonización romana, salvo por el hecho de estar un una zona neolítica. No existe allí rastro alguno del hombre paleolítico; ningún pedernal ni rastro de los animales extinguidos del Cuaternario. Sin embargo, cuando se profundiza a través de la densa capa de estalagmitas en la tierra roja que se halla bajo la negra, y que, por supuesto, constituyó una vez el suelo de aquel lugar, las cosas toman un aspecto muy distinto. No se ve ningún utensilio capaz de sufrir comparación con las armas finamente cortadas que se encuentran en las capas superiores. Sólo una porción de pequeñas hachas toscas amontonadas, con las que tenemos que creer que los monstruosos gigantes del mundo animal eran domados y muertos por el hombre pigmeo, y de raspadores de la edad Paleolítica, mezclados confusamente con huesos de especies que se han extinguido o emigraron impulsadas por el cambio de clima. Y se dice que el artífice de estas toscas hachas que vemos es el mismo que esculpió los magníficos dibujos.

 

En todos los casos nos encontramos con el mismo testimonio, que desde el hombre histórico al neolítico y del neolítico al paleolítico, el estado de cosas se desliza en retroceso desde los rudimentos de la civilización a la barbarie más completa, siempre en Europa. Se nos presenta igualmente la “edad del mamut”, en el extremo de la primera división de la edad Paleolítica, en la cual la extrema tosquedad de los instrumentos llega a su máximum, y en que la apariencia  brutal de los cráneos contemporáneos, tales como el de Neanderthal, señala aparentemente un tipo inferior de humanidad. Pero ellos pueden señalar tal vez una especie de hombres completamente distinta de nuestra Humanidad actual. El antropólogo Isaac de La Perèyre publicó la llamada teoría Preadamita, según la cual Adam no había sido el primer hombre, y el gran diluvio universal habría sido apenas un evento local. Hoy en día, la teoría Preadamita no escandalizaría ni a sectores religiosos, pero en esa época fue una novedad. Los primeros tasmanos se asentaron en la zona hace al menos 35.000 años. Aunque inicialmente debieron poseer una tecnología similar a los australianos del sur, las condiciones ecológicas de Tasmania hicieron que se abandonaran algunas tecnologías, con lo cual hacia 1642, cuando fueron visitados por primera vez por los europeos, claramente estaban menos avanzados que los aborígenes continentales, que pulían piedras para utilizarlas como armas. Probablemente en el siglo XVII eran uno de los grupos humanos con la cultura material más simple que se conoce. La información que existe sobre los tasmanos parte de los primeros colonos y estudiosos franceses e ingleses que se establecieron en la isla. Según estas fuentes los aborígenes eran poco agraciados y de estatura baja, con una media de 1,60 metros. Andaban desnudos y llevaban el cuerpo cubierto de cicatrices simétricas. Su forma de vida nómada no incluía la domesticación de animales y no conocían el uso de la agricultura. Y ni siquiera los tasmanos de la costa se alimentaban de pescado, ya que no sabían pescar. Su sociedad no conocía rangos jerárquicos y los hombres más valientes en la guerra o caza se convertían en jefes. Practicaban la poligamia y sus refugios consistían en refugios de ramas. El científico norteamericano Jared Diamond explica que el retraso tecnológico de los tasmanos fue una consecuencia del aislamiento. De hecho, algunas islas más pequeñas al norte de Tasmania, como la isla Flinders que también estuvo poblada hace unos 35.000 años, albergó presencia humana hasta al menos hace 4.500 años, cuando algún tipo de cataclismo acabó por extinguir a la población y nunca más fue habitada. Tasmania, al ser más grande, presentaba mejores ventajas de adaptación. Y Australia, aún mucho mayor, permitió una cultura material substancialmente más compleja.

 

Como quiera que sea, el hombre fósil de Europa no puede probar ni impugnar la antigüedad del hombre en esta Tierra, ni la edad de sus primeras civilizaciones. En cuanto a la prueba de la antigüedad que los esotéricos asignan al hombre, tienen de su parte al mismo Darwin y a Lyell. Este último confiesa que los naturalistas han obtenido ya pruebas de la existencia del hombre en un período tan remoto, que ha habido tiempo para que muchos mamíferos, que fueron sus contemporáneos, se hayan extinguido. A pesar del largo transcurso de las edades prehistóricas, durante las cuales el hombre ha debido habitar la tierra, no hay  pruebas de cambio alguno perceptible en su estructura corporal. Por lo tanto, si ha divergido alguna vez de un sucesor bruto irracional, tenemos que suponer que ha existido en una época mucho más distante, probablemente en algunos continentes o islas sumergidos ahora bajo el Océano. Así, pues, se sospecha la desaparición periódica de continentes. Que los mundos y también las razas o especies son destruidos periódicamente por el fuego, mediante volcanes y terremotos, y el agua, y se renuevan periódicamente, es una doctrina tan vieja como el hombre. Manu, Hermes, los caldeos, toda la antigüedad, creían en esto. Se supone que por dos veces ha cambiado por el fuego la faz de la Tierra, y dos por el agua, desde que el hombre apareció en ella. Así como la tierra necesita reposo y renovación, nuevas fuerzas y un cambio de su superficie, lo mismo sucede con el agua. De aquí se origina una nueva distribución periódica de la tierra y del agua, cambio de climas, etc., acarreado todo por revoluciones geológicas, y terminando por un cambio final en el eje de la Tierra. Los astrónomos pueden encogerse de hombros ante la idea de un cambio periódico en el eje de la Tierra, aunque ahora ya se empieza a aceptar. Para ello es ilustrativa la conversación que se lee en el misterioso Libro de Enoc, entre Noé y su abuelo Enoc: “En esos días Noé vio que la tierra estaba amenazada de ruina y que su destrucción era inminente; y partió de allí y fue hasta los extremos de la tierra; le gritó fuerte a su abuelo Enoc y le dijo tres veces con voz amargada: ¡Escúchame, escúchame, escúchame! Yo le dije: Dime, ¿Qué es lo que está pasando sobre la tierra para que sufra tan grave apuro y tiemble? Quizá yo pereceré con ella. Tras esto hubo una gran sacudida sobre la tierra y luego una voz se hizo oír desde el cielo y yo caí sobre mi rostro. Y Enoc, mi abuelo, vino, se mantuvo cerca de mí y me dijo: ¿Por qué me has gritado con amargura y llanto?. Después fue expedida un orden desde la presencia del Señor de los espíritus sobre los que viven en la tierra, para que se cumpliera su ruina, porque todos han conocido los misterios de los Vigilantes, toda la violencia de los Satanes, todos sus poderes secretos, el poder de los maleficios, el poder de los hechiceros y el poder de quienes funden artículos de metal para toda la tierra: cómo la plata se produce del polvo de la tierra, cómo el estaño se origina en la tierra, pero el plomo y el bronce no son producidos por la tierra como la primera, sino que una fuente los produce y hay un ángel prominente que permanece allí. Luego, mi abuelo Enoc me tomó por la mano, me levantó y me dijo: Vete, porque le he preguntado al Señor de los espíritus sobre esta sacudida de la tierra”.

 

La alegoría es, sin embargo, un hecho astronómico y geológico comprobable. Existe un cambio secular en la inclinación del eje de la Tierra, y su periodicidad se halla registrada en uno de los grandes Ciclos Secretos. Lo mismo que en muchas otras cuestiones, la Ciencia marcha gradualmente hacia el modo de pensar de los ocultistas. El doctor Henry Wodwaord  escribió en Popular Science Review: “Si fuera necesario recurrir a causas extraordinarias para explicar el gran aumento del hielo en este período glacial, preferiría la teoría expuesta por el doctor Robert Hooke, en 1688; después por Sir Richard Phillips y otros; y últimamente por Mr. Thomas Belt. A saber: un ligero aumento en la presente oblicuidad de la eclíptica, proposición que está en perfecto acuerdo con otros hechos astronómicos conocidos, y cuya introducción no envuelve perturbación alguna de la armonía esencial a nuestro estado cósmico, como unidad en el gran sistema solar”. En una conferencia de William Pengelly, geólogo y arqueólogo aficionado británico, dada en marzo de 1885, sobre “El Lago Extinguido de Bovery Tracey”, muestra la vacilación, frente a todos los testimonios, en favor de la Atlántida: “Higueras siempre verdes, laureles, palmeras y helechos con gigantescos rizomas, tienen sus existentes congéneres  en un clima subtropical, semejante indudablemente al que había en el Devonshire en los tiempos Miocenos y, por tanto, deben ponernos en guardia, siempre que el clima actual de alguna región se considere normal. Por otra parte, cuando se encuentran plantas miocenas en la Isla Disco, costa occidental de la Groenlandia, entre los 69º 20’ y 70º 30’ lat. N.; cuando sabemos que entre ellas había dos especies que se encuentran también en Bovey (Sequoia couttsiae, Quercus lyelli); cuando citando al profesor Heer, vemos que la espléndida siempreviva (Magnolia inglefieldi) maduraba sus frutos tan lejos hacia el Norte como el paralelo de 70 º. Cuando vemos también que el número, variedad y exuberancia de las plantas miocenas de la Groenlandia han sido tales, que si la tierra hubiese llegado al Polo hubieran florecido allí mismo algunas de ellas, según toda probabilidad. El problema de los cambios de clima se presenta claramente a la vista, aunque sólo para ser desechado, al parecer, con el sentimiento de que el tiempo de su solución no ha llegado aún”. Parece ser que todos admiten que las plantas miocenas de Europa tienen sus análogas, las más parecidas y más numerosas que existen, en la América del Norte; y de aquí se origina la pregunta: ¿cómo se efectuó la migración desde un área a la otra?

 

¿Hubo una Atlántida, como algunos creen, que ocupaba el área del Atlántico del Norte? Dado, como declaran los geólogos, que “los Alpes han adquirido 4.000 pies y en algunos sitios más de 10.000 de su presente altitud desde el principio del período Eoceno”, una depresión posterior al mioceno pudo haber hundido la hipotética Atlántida en profundidades casi insondables. Pero una Atlántida es aparentemente innecesaria y fuera de lugar. Según el profesor Oliver: “Subsiste una estrecha y curiosa analogía entre la flora de la Europa Central Terciaria y las Floras recientes de los Estados de América y de la región japonesa; analogía mucho más estrecha e íntima que la que se encuentra entre la Flora Terciaria y la reciente en Europa”. Vemos que el elemento terciario del Antiguo Mundo es más preponderante hacia su margen oriental, en rasgos que dan especialmente un carácter a la flora fósil. En las islas del Japón, este acceso del elemento terciario es más bien gradual y no repentino. Aunque allí alcanza un máximo, podemos seguir su huella en el Mediterráneo, Levante, Cáucaso y Persia; luego a lo largo del Himalaya y a través de la China. Se nos dice también que durante la época Terciaria crecían en el Noroeste de América duplicados de los géneros miocenos de la Europa Central. Observamos, además, que la flora presente de las islas atlánticas no presenta pruebas substanciales de una comunicación directa anterior con el continente del Nuevo Mundo. La consideración de estos hechos hace suponer que las pruebas de la Botánica no favorecen la hipótesis de una Atlántida. Por otra parte, apoya la opinión de que, en algún período de la época Terciaria, el Nordeste de Asia estaba unido al Noroeste de América, quizá por la línea que marca en la actualidad la cadena de las islas Aleutianas. Pero nada que no sea un hombre pitecoide satisfará a los buscadores del hipotético “eslabón perdido”. Sin embargo, si bajo los vastos lechos del Atlántico, desde el Pico de Tenerife a Gibraltar, antiguo emplazamiento de la perdida Atlántida, se registrasen a millas de profundidad todas las capas submarinas, no se encontraría un cráneo tal que satisficiese a los darwinistas. Según observa el doctor C. R. Bree: “no habiéndose descubierto ningún eslabón perdido entre el hombre y el mono, en formaciones sobre las capas terciarias, si estas formas se han hundido con los continentes cubiertos hoy por el mar, podrían todavía encontrarse-en aquellos lechos de capas geológicas contemporáneas que no se han hundido en el fondo del mar”.

 

En su obra Fallacies of Darwinism, el doctor C. R. Bree dice: “Mr. Darwin dice justamente que la diferencia física, y más especialmente la mental, entre la forma más ínfima del hombre y el mono antropomorfo superior, es enorme. Por tanto, el tiempo, que en la evolución darwinista debe ser casi inconcebiblemente lento, tuvo que haber sido enorme también durante el desenvolvimiento del hombre desde el mono. Así, pues, las probabilidades de que se hallen algunas de estas variedades en las diversas formaciones de aguas dulces sobre las capas terciarias, deben ser muchas. ¡Y, sin embargo, ni una sola variedad, ni un solo ejemplar de un ser intermedio entre el hombre y el mono, se ha encontrado jamás! Ni en los bancos de arcilla, ni en los lechos de las aguas dulces, ni en sus arenas y bancos, ni en las capas terciarias o debajo de ellas, se han descubierto jamás restos de individuos de las familias que faltan entre el hombre y el mono que, según Charles Darwin, se  supone que han existido. ¿Es que se han hundido con la depresión de la superficie de la tierra, y se hallan ahora cubiertos por el mar? Si es así, hay toda probabilidad de que se encuentren también en aquellos lechos de capas geológicas contemporáneas, que no se han hundido en el fondo del mar; siendo aún más improbable que algunas porciones no sean extraídas de los lechos del Océano, como los restos del mamut y del rinoceronte, que se encuentra también en los lechos de aguas dulces y en los acarreos y bancos. El famoso cráneo de Neanderthal, acerca del cual se ha hablado tanto, pertenece, según se ha dicho, a este remoto período (edades del bronce y de piedra) y, sin embargo, presenta inmensas diferencias con el mono antropomorfo más elevado conocido”. Pasando nuestro planeta por periódicas convulsiones, cada vez que vuelve a despertar para un nuevo período de actividad, parece completamente imposible que se encuentren fósiles pertenecientes a épocas anteriores, ni en sus capas geológicas más antiguas, ni en las más recientes. Cada nuevo Manvántara, una era de Manu y una medida de tiempo astronómico hindú, trae consigo la renovación de las formas, tipos y especies. Todos los tipos de las formas orgánicas precedentes, vegetales, animales y humanos, cambian y se perfeccionan en la siguiente, hasta el mineral mismo, que ha recibido su opacidad y dureza últimas. Sus partes más blandas formaron la vegetación presente y los restos astrales de la vegetación y fauna anteriores fueron utilizados en la formación de los animales inferiores y en determinar la estructura de los tipos raíces primitivos de los mamíferos más elevados.

 

Fuentes:

 

  • Artículo de este Blog: Eras Geológicas de la Tierra
  • Artículo de este Blog: ¿Qué sabemos realmente sobre la antigüedad de la Tierra y de los seres humanos?
  • Artículo de este Blog: Las edades glaciales en la Tierra
  • H.P. Blavatsky – La Doctrina Secreta
  • Edward J. Tarbuck – Ciencias de la Tierra
  • Gorshkov – Geología General
  • Hugo Rivera Mantilla – Geología General
  • Santiago Escuain – La Edad de las Formaciones Geológicas
  • Antón Uriarte Cantolla – Historia del Clima de la Tierra
  • Jean Louis Rodolphe Agassiz – Études sur les glaciers
  • William McGuire “Bill” Bryson – Una breve historia de casi todo

noviembre 18, 2018 - Posted by | Ciencia, Civilizaciones Perdidas, enigmas en general

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