Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

La historia oculta de las civilizaciones olvidadas


Helena Blavatsky, también conocida como Madame Blavatsky, cuyo nombre de soltera era Helena von Hahn y luego de casada Helena Petrovna Blavátskaya, (1831 – 1891), fue una escritora, ocultista y teósofa rusa. Fue también una de las fundadoras de la Sociedad Teosófica y contribuyó a la difusión de la Teosofía moderna. Sus libros más importantes son Isis sin velo y La Doctrina Secreta, escritos en 1875 y 1888, respectivamente. En sus escritos, de gran erudición, se refirió a una serie de civilizaciones antiguas, algunas de ellas perdidas, que han servido de inspiración a escritores posteriores que han tratado estos temas. Me he basado en algunos de sus escritos para redactar este artículo. En 1983, el tibetólogo David Reigle relacionó la obra las Estancias de Dzyan con los secretos libros de Kiu-Te, que en la actualidad han sido positivamente identificados y que los estudiosos de fines del siglo XIX atribuían a la imaginación de Helena Blavatsky. Se dice que las Estancias de Dzyan son el primer volumen de los comentarios sobre los Libros secretos de Kiu-te y, al mismo tiempo, es un glosario de los Libros públicos de Kiu-te, los cuales son obras altamente ocultas, pues, toda la tradición budista tibetana las considera como la encarnación de las enseñanzas secretas del Buda.

La Doctrina Secreta habla de siete folios secretos de Kiu-te y 14 volúmenes secretos de comentarios al respecto, el primero de los cuales es el Libro de Dzyan. Según se dice, ciertos grandes maestros,  como Aryasanga,  tuvieron acceso a estos libros y algunos escribieron comentarios citándolos. La Doctrina Secreta sostiene que una tradición de sabiduría universal es la herencia para toda la humanidad. Sin embargo, gran parte desapareció gradualmente de la vista pública al transcurrir el Kali-Yuga, la Edad Oscura. Aparentemente se permitió que ciertas obras esotéricas circularan públicamente por ser impenetrable su simbolismo, impidiendo su uso a quienes no estaban preparados. La Doctrina Secreta dice: “Los Brahmanas […] son obras preeminentemente ocultas y por eso se usan, intencionalmente, como velos. Se permitió que sobrevivieran para el uso y como propiedad pública sólo por ser absolutamente ininteligibles a las masas. De otra manera hubieran desaparecido de la circulación desde los días del emperador Akbar.” . En algunos casos las obras esotéricas fueron sintetizadas pero sus expresiones permanecían inalteradas. Según dice Blavatsky: “Los Brhamanes […] sintetizaron, sin alterar una palabra, los textos de los Upanishads que, originalmente, contenían tres veces el material colectivo de los Vedas y los Brahmanas.”.

Hay que leer entre líneas las antiguas leyendas y mitos; y hasta la misma  Biblia. Los antecesores antediluvianos del elefante y del lagarto actuales fueron, quizá, el mamut y el plesiosauro; ¿por qué no habrían de ser los progenitores de nuestra  raza humana los gigantes de los  Vedas , el  Volüspa y el  Génesis? Si bien es verdaderamente difícil creer que la transformación de las especies ha tenido lugar con arreglo a las opiniones más materialistas de los evolucionistas, es natural pensar que cada género, principiando con los moluscos y terminando con el hombre-mono, se ha modificado con respecto a su forma primordial.  Tratando de explicar la comunidad de leyendas que tienen los chinos, los caldeos, los egipcios, los indos y los griegos en la remota antigüedad, y la ausencia de vestigios seguros de una civilización más antigua que 5.000 años, Charles Gould, el autor de  Mythical Monsters  observa que:   “No debe sorprendernos no descubrir en seguida los vestigios de la gente de hace diez, quince o veinte mil años, Con una arquitectura efímera… (como en China), los sitios que han ocupado las grandes ciudades pueden haber sido completamente olvidados en unos cuantos miles de años por decaimiento y ruina naturales, y mucho más si han intervenido cataclismos menores, tales como inundaciones locales, terremotos, aglomeraciones de cenizas volcánicas, el avance de arenas del desierto, la destrucción de  las vidas por pestes mortíferas, …”.

Quien no ha escuchado las interminables leyendas de pueblos perdidos, valles poblados por dinosaurios o continentes tragados por el mar, como la Atlántida. Se cree que los mitos y leyendas están basados en hechos y personajes reales. Por ejemplo, el continente o isla legendaria  conocido como Hiperbórea, que, de haber existido, habría ocupado una parte de las regiones árticas actuales antes de la modificación del eje terrestre, que implicó la segunda glaciación universal. Groenlandia, Islandia y las islas de Spitzberg serían los vestigios geológicos de ese fabuloso continente hiperbóreo, que disfrutaba de un clima tropical, con una vegetación extraordinaria. Los importantes yacimientos de carbón fósil bajo el hielo de estas islas, demuestran que ahí se desarrollo una exuberante vegetación. Irónicamente, Groenlandia significa literalmente “tierra verde“, una prueba más de que tuvo un clima que permitía la vegetación, algo que hoy es imposible debido a su baja temperatura. Esta civilización debió florecer hace más de 60 mil años durante el último período interglaciar. Cuando las alteraciones climáticas la fueron convirtiendo en una región inhóspita, sus habitantes emigraron hacia el Sur, poblando las diversas regiones del planeta. En el siglo XVI, el escritor  francés Guillaume Postel afirmaba que el Paraíso se encontraba bajo los hielos del ártico. En la tradición germánica el Edén nórdico se llama Asgard, que fue asolado por cataclismos de nieve, viento y hielo, y al que denominaron Ragnarók, el “ocaso de los dioses“. En tanto que en las tradiciones de la India se menciona Shveta-dvipa, la “Isla blanca” situada en el Norte. Isla luminosa y sede de Vishnú, cuyo emblema es la esvástica.

Los griegos conservaron el recuerdo de esta “Tierra del Sol Eterno” que se extendía “más allá del dios Bóreas“, señor del frío y de las tempestades. Piteas de Marsella, intrépido navegante y renombrado sabio del siglo V a. C. llegó a una tierra que lindaba con el círculo ártico. Los habitantes de esas islas le declararon que si navegaba un día entero hacia el Norte, encontraría “el mar sólido“. Aquella isla a donde había arribado Piteas se llamaba Thule y las noches duraban casi 24 horas en el período del solsticio de verano, mientras que lo contrario ocurría en el solsticio de invierno. Se supone que Thule era la actual Islandia, donde vivían aún, en plena época clásica griega, un pueblo de raza blanca emparentada con los helenos. El historiador griego Diodoro de Sicilia los llama hiperbóreos y les asigna como dominio una isla de “una extensión igual a la de Sicilia“, lo cual puede aplicarse perfectamente a Islandia. Y decía: “El suelo de esta isla es excelente, y tan noble por su fertilidad que produce dos cosechas al año“. También escribió que allí nació Latona o Leto, la madre de Artemisa y Apolo. Es por este motivo que sus habitantes veneraban particularmente a Apolo. Su ciudad estaba consagrada al dios Apolo y el gobierno de Hiperbórea estaba a cargo de reyes llamados Boréadas, los descendientes y sucesores de Bóreas. Éste era el dios de los vientos del Norte, hijo del titán Astreo y de la diosa Aurora. Los aztecas hablan en sus leyendas de Tula, una isla maravillosa que existió en el Atlántico. Los celtas consideraban a los habitantes de la isla de Thule como seres sagrados, de raza blanca que poseían temibles conocimientos mágicos.

Esta semejanza de nombres se debe a la costumbre de bautizar una región o ciudad con el nombre del centro originario, constituyendo estas regiones a imagen y semejanza del original. En la costa atlántica de México está la ciudad de Tula y también hay un río con el mismo nombre. Hay una Tulúa en Colombia, otra Tula al sur de Moscú, etc… Sin embargo, es necesario distinguir entre ellas. Evidentemente, cuando cambió el eje de rotación de la Tierra, los polos se desplazaron de lugar y el clima se tornó hostil. La maravillosa Hiperbórea se hizo inhabitable, quedando completamente cubierta por glaciares. Los hiperbóreos sobrevivientes se establecieron en Islandia y en otras islas más pequeñas, y al parecer consiguieron adaptarse a la glaciación del período cuaternario. Estos hiperbóreos mantuvieron relaciones con los pueblos de la Antigüedad, ya que Tule, la “isla de Saturno” era conocida por los fenicios, cartagineses, griegos y romanos. Hoy creemos que es la actual Islandia. Pero, ¿qué sucedió con sus habitantes?. Cuando los monjes irlandeses llegaron a Islandia en el año 795, y luego los vikingos en el año 874, encontraron la isla absolutamente desierta. La explicación más aceptable a esta desaparición es que una tremenda erupción volcánica o un terremoto aniquilaron a toda la población. El monte Hecla, es el principal volcán de Islandia, mide 1510 metros de altura y pudo ser el causante de la desaparición de los últimos hiperbóreos, que ante los constantes temblores de tierra que sufre la isla, tal vez  migraron al norte de Europa. Esto son hipótesis, algunas basadas en registros, otras en investigaciones y algunas más en el eco que dejan las leyendas de los pueblos extintos.

 

La destrucción de la gran Atlántida se produjo hace 850.000 años, después de lo cual ya no volvió a haber ninguna gran inundación hasta los días de la Atlántida de Platón, o Poseidonis, que era conocida de los egipcios sólo porque aconteció en tiempos relativamente recientes. La sumersión de la remota gran Atlántida es la más interesante. Ese es el cataclismo del cual los anales antiguos,  tales como el  Libro de Enoch , dicen: “los extremos de la Tierra se aflojaron”, y sobre el cual se han construido las leyendas y alegorías de Vaivasvata, Xisuthros, Noé, Deucalion y todos los  múltiples elegidos por los dioses para ser salvados. Como la tradición no tiene en cuenta la diferencia entre los fenómenos siderales y los geológicos, llama a ambos hechos “Diluvios”, sin distinguirlos. Sin embargo, hay una gran diferencia. El cataclismo que destruyó el enorme Continente, del cual Australia es la mayor reliquia, fue debido a una serie de convulsiones subterráneas y a la ruptura del lecho de los mares. El que destruyó a su sucesor, el Cuarto Continente, fue ocasionado por disturbios sucesivos de la rotación del eje. Principió durante los primeros períodos Terciarios, y continuando durante largas edades, se llevó sucesivamente los últimos vestigios de la Atlántida, con la excepción, quizás, de Ceilán y una pequeña parte de lo que es ahora el África. Cambió la faz del globo, sin que haya quedado memoria alguna de sus florecientes continentes e islas, de su civilización y ciencias, en los anales de la historia, excepto en los Anales Sagrados del Oriente

En el Antiguo Egipto, el templo es el centro fundamental de aprendizaje. Los sacerdotes enseñaban dos tipos de escritura: la sagrada (jeroglífica o hierática) y la común o demótica; también la geometría y aritmética eran importantes para la vida cotidiana y en el ejercicio de un cargo en los niveles más bajos de la administración local. Los egipcios fueron muy aficionados a la Astronomía y los artistas e inventores gozaban de favor especial de Osiris e Isis. La investigación académica y la erudición estaban en estrecha relación con la religión y la vida del templo, siendo éste el principal receptáculo del conocimiento donde los sacerdotes conservaban los anales sagrados y cada templo disponía en su recinto de una biblioteca. En los periodos helenístico y romano los templos egipcios continuaron teniendo bibliotecas (el Serapeum, el Cesareum, …). Los palacios reales tenían también sus archivos y bibliotecas privadas, como ocurre con otras civilizaciones antiguas de Oriente Medio y así mismo en Europa (descubrimientos de tablillas de la Edad del Bronce en Grecia).

 

La Ciencia Moderna relega la existencia de la Atlántida al mundo de las leyendas. En todo caso, el período asignado al hundimiento de la Atlántida no parece estar muy en desacuerdo con los cálculos de la Ciencia Moderna, la cual, sin embargo, llama “Lemuria” a la Atlántida, siempre que admite tal Continente sumergido.  También son dignas de mención las Dinastías  divinas , que los egipcios, caldeos, griegos, etc., han pretendido que precedieron a sus Reyes  humanos . En ellos creen todavía los indos modernos y están enumeradas en sus libros sagrados. Lo que queda por indicar es que nuestros geólogos modernos se inclinan hoy a admitir la existencia demostrable de continentes sumergidos. Pero  confesar la existencia de los continentes es una cosa muy diferente a admitir que hubiera hombres en ellos durante los primeros períodos geológicos. Más aún, hombres y naciones civilizados, no sólo salvajes Paleolíticos, los cuales, bajo la dirección de sus  divinos  Regentes, construyeron grandes ciudades, cultivaron artes y ciencias, y conocieron la Astronomía, la Arquitectura y las Matemáticas a la perfección. La civilización primitiva de los Lemures no siguió inmediatamente, como pudiera creerse, a su transformación fisiológica. Entre la evolución fisiológica final y la primera ciudad construida, pasaron muchos cientos de miles de años.

 

Sin embargo, encontramos a los Lemures construyendo sus primeras ciudades de rocas, con piedras y lava. Una de estas grandes ciudades de estructura primitiva fue construida completamente de lava, a unas treinta millas al Oeste de donde la Isla de Pascua extiende ahora su estrecha tira de suelo estéril. Y fue destruida por completo por una serie  de erupciones volcánicas. Los restos más antiguos de las construcciones Ciclópeas fueron todas obra de las últimas subrazas de los Lemures. Por tanto, no es sorprendente saber que las reliquias de piedra encontradas en el pequeño trozo de tierra llamado Isla de Pascua por el capitán Cook, son muy parecidas a las paredes del templo de Pachacamac o a las ruinas de Tiahuanaco, en el Perú. Y también ellas son de  estilo Ciclópeo. Las primeras grandes ciudades, sin embargo, fueron construidas en  esa región del Continente conocida ahora como isla de Madagascar. En aquellos tiempos, lo mismo que hoy, había gentes civilizadas y salvajes. Las naciones arias pueden trazar su ascendencia desde los Atlantes y desde las razas de los Lemures, en quienes encarnaron los “Hijos de la Sabiduría”. Con el advenimiento de las Dinastías divinas principiaron las primeras civilizaciones. Y mientras en algunas regiones de la Tierra, una parte de la humanidad prefería llevar una vida nómada y patriarcal, en otras el hombre salvaje apenas iba aprendiendo a hacer fuego y a protegerse contra los elementos, mientras que otros construyeron ciudades y cultivaron las Artes y las Ciencias.

Luego vinieron los Atlantes, los gigantes que alcanzaron su apogeo. Los últimos supervivientes de los habitantes de la Isla Blanca (la primitiva Shveta-dvipa), habían perecido mucho antes. Sus elegidos de Lemuria se habían refugiado en la Isla Sagrada, actualmente la misteriosa Shamballah  en el desierto de Gobi, al paso que algunos grupos, separándose del tronco principal, vivían entonces en las selvas y bajo tierra, como “hombres de las cavernas”.  De polo a polo la Tierra había cambiado su faz por tercera vez, y no estaba ya habitada por los Hijos de Shveta-dvipa, la bendita, y de Adbhitanya (“aquello que es creado fuera del agua”).  Los Semidioses habían cedido el sitio a los Semidemonios de la nueva raza. Shveta-dvipa, la Isla Blanca, había velado su faz. Sus hijos vivían ahora en la Tierra Negra, en donde, más adelante, los Daityas del séptimo Dvipa (Pushkara) y los Râkshasas, reemplazaron a los Sâdhus y Ascetas de la antigüedad, que habían descendido a ellos de regiones más elevadas (¿tal vez del espacio?).  

Las arcanas leyendas Atlantes nos narran que el rey Thevetat, al mando de los Daityas y los diablos Râkshasas, que controlaban el continente de Kusha, luchó cruel y encarnizadamente contra los Âdityas y los Sâdhus, o sabios guías de la Raza Atlante, liderados por Roth, el príncipe adyta que guiaba a las fuerzas intraterrenas y a los habitantes del continente de Lemuria o Mú. Las terribles consecuencias de la devastadora guerra concluyeron con el segundo y definitivo diluvio Atlante. Este diluvio, acabó con las últimas grandes civilizaciones Atlantes situadas en las penínsulas de Ruta y Daitya, dejando únicamente un remanente organizado de la cultura Atlante en la isla de Poseidonis, la cual sería destruida algunos miles de años después como consecuencia de las acciones geológicas que habían fragmentado los últimos restos del gigantesco continente Atlante de Kusha, y sumergió  el continente de Lemuria o Mú después del segundo gran diluvio Atlante. Helena Petrovna Blavatsky, nos habla también de ello: “Los Daityas y Dânavas son los Titanes, los Demonios y Gigantes que vemos en La Biblia (Génesis), la progenie de los “Hijos de Dios” y de las “Hijas de los Hombres”. Su nombre genérico muestra su pretendido carácter, y pone en claro al mismo tiempo el ‘animus’ secreto de los brâhmanes; pues ellos son los Kratu-dvishas, los “enemigos de los sacrificios” o simulacros exotéricos. Estas son las “Huestes” que combatieron contra Brihaspati, la representación de las religiones exotéricas populares y nacionales; y contra Indra, el Dios del Cielo visible, el Firmamento, que, en el Veda primitivo, es el Dios más elevado del Cielo cósmico, la morada propia de un Dios extra-cósmico y personal, sobre el cual no puede nunca remontarse ningún culto exotérico”.

 

Los hinduistas creen que el recopilador de los Puranas fue el mítico escritor Viasa, el narrador del Majábharata. Aparentemente los  Purânas no muestran más que un cuento de hadas. Y si se leyeran los primeros tres capítulos del libro II del  Vishnu Purâna y se aceptara al pie de la letra la geografía, geodesia y etnología en el relato de los siete hijos de Priyavrata, entre quienes su padre divide las siete Dvipas (Islas o Continentes). Si se prosiguiera luego con el estudio de cómo su hijo mayor, Agnîdhra, el Rey de Jambu-dvipa, dividió Jambudvipa entre sus nueve hijos; y después, cómo Nâbhi, su hijo, tuvo cien hijos y dividió tierras a su vez entre todos ellos, es casi seguro que se le consideraría como un libro de ficción.  Pero cuando se escribieron los Purânas, se hizo esto intencionalmente, de modo que su verdadero significado sólo fuese claro para los brahmanes iniciados; y por eso  los compiladores escribieron estas obras alegóricamente y no quisieron informar de  toda la verdad a los no iniciados. El hundimiento y reaparición periódicos de los antiguos Continentes, llamados Atlántida y Lemuria, no es una ficción,  ya que las obras más arcaicas sánscritas y tamiles rebosan de referencias a ambos Continentes. Las siete islas sagradas (Dvipas) se mencionan en el  Sûrya Siddhânta, la obra astronómica más antigua conocida, así como en las obras de Asura Maya, el Astrónomo Atlante que el profesor Weber “reencarnó” en Ptolomeo. Sin embargo, es un error llamar Atlantes a estas “Islas Sagradas”, pues, como sucede con todo lo que se halla en los Libros Sagrados indos, se refieren a  varias cosas. La herencia que Priyavrata, el Hijo del Manu Svâyambhuva, legó a sus siete hijos, no fue la Atlántida, aun cuando una o dos de estas islas sobrevivieron a la sumersión de sus compañeras, y ofreció amparo, milenios más tarde, a los Atlantes, cuyo Continente había sido sumergido a su vez.

 

Cuando Parashará, padre del sabio Viasa (el sabio más importante del hinduismo), hijo de Shakti Muni, quien era hijo del sabio Vásishtha, menciona las siete Dvipas (Islas o Continentes)por primera vez en el Vishnu Purâna, las siete se refieren a una doctrina esotérica. De todas las siete Islas, Jambu-dvipa (nuestro Globo) es el único que es terrestre. En los Purânas, todas las referencias acerca del Norte del Meru están relacionadas con aquel Eldorado Primitivo, ahora región del Polo Norte, que, era un continente cuando la magnolia florecía en donde ahora vemos un desierto de hielo sin fin e inexplorado. La Ciencia habla de un “antiguo continente” que se extendía desde Spitzbergen al estrecho de Dover o paso de Calais, que es la porción de mar que separa el Canal de la Mancha del mar del Norte. En los primeros períodos geológicos, estas regiones constituían un continente en forma de herradura, uno de cuyos extremos, el Oriental, mucho más al Norte que el Cornwall del Norte, incluía Groenlandia, y el otro contenía el Estrecho de Behring como un trozo de tierra interior, y descendía al Sur en su orientación natural hasta las Islas Británicas, que deben de haber estado en aquellos días precisamente debajo de la curva inferior del semicírculo. Este Continente se elevó simultáneamente con la sumersión de la parte ecuatorial de la Lemuria. Mucho más tarde reaparecieron algunos restos de Lemuria sobre la superficie de los mares. Por tanto, aun cuando puede decirse, sin apartarse de la verdad, que la Atlántida está incluida en los siete grandes Continentes Insulares, puesto que la raza Atlante llegó a poseer algunos de los restos de la Lemuria y, estableciéndose en las islas, las incluyeron entre  sus  tierras y continentes. Sin embargo, algunos Atlantes tomaron también posesión de la Isla de Pascua. Y, habiendo escapado al cataclismo de su propio país, se establecieron en este resto de la Lemuria, pero sólo para perecer posteriormente al ser destruida, en un día, por  fuegos y lavas volcánicas. Esto puede que sea considerado como una ficción por ciertos geógrafos y geólogos; pero es historia.

Hasta la aparición de un mapa, publicado en Basilea en 1522, en donde aparece por primera vez el nombre de América,  esta última se creía que era parte de la India.  La ciencia rehusa también sancionar la extraña hipótesis de que hubo un tiempo en que la península India, en un extremo de la línea, y Sudamérica en el otro extremo, se enlazaban por medio de un cinturón de islas y continentes. Aunque parezca increíble, la India de las edades prehistóricas estaba doblemente unida con las dos Américas. Las tierras de los antecesores de aquellos a quienes Amiano Marcelino (Ammianus Marcellinus), historiador romano que vivió y relató el proceso de decadencia y descomposición del Imperio romano durante el siglo IV,  llama los “brahmanes de la India Superior”, se extendían desde Cachemira hasta muy adentro en los (ahora) desiertos de Shamo. Así, pues, un hombre a pie partiendo desde el Norte podía llegar, sin casi mojarse los pies, a la Península de Alaska, por la Manchuria, a través del  futuro Golfo de Tartaria, las Islas Kuriles y Aleutianas; mientras que otro viajero, provisto de una canoa y partiendo del Sur, podía haber ido desde Siam, cruzando las Islas Polinesias, y penetrar caminando en cualquier parte del continente de Sudamérica.  Esto fue escrito tomado de las palabras de un Maestro, y corroborado por el biólogo y filósofo alemán Ernst Haeckel: “Parece  que la región de la superficie de la tierra en donde tuvo lugar la evolución de estos hombres primitivos, partiendo desde la  estrecha relación con los monos catarrinos, tiene que buscarse, sea en el Asia Meridional o el África Oriental (que, dicho sea de paso, ni existía aún cuando florecía la Tercera Raza) o en la Lemuria. La Lemuria es un antiguo continente sumergido hoy bajo las aguas del Océano Índico, que, hallándose al Sur del Asia actual, se extendía por una parte al Este hasta la India superior y las islas de la Sonda, y de otra al Oeste, hasta Madagascar y África”. 

 

En la época de que estamos tratando, el Continente de la Lemuria se había subdividido, formando nuevos continentes separados. Sin embargo, ni África ni las Américas, y menos aún Europa, existían en aquellos días; pues dormían todas ellas todavía en el fondo de los mares. Ni tampoco había mucho del Asia actual; pues las regiones Cishimaláyicas estaban cubiertas  por los mares, y más allá de ellos se extendían las “hojas de loto” de Shveta-dvipa, los países llamados ahora Groenlandia, Siberia Oriental y Occidental, etc. El inmenso Continente que una vez reinó sobre los Océanos Índico, Atlántico y Pacífico consistía entonces en enormes islas que desaparecieron gradualmente una tras otra, hasta que la última convulsión se tragó los restos. La Isla de Pascua, por ejemplo, pertenece a la primera civilización de Lemuria. Un levantamiento volcánico repentino del fondo de los mares hizo reaparecer esta pequeña reliquia de las Edades Arcaicas, después de haber estado sumergida con las demás,  intacta, con su volcán y estatuas, durante la época Champlain de la sumersión polar del Norte, como testigo presente de la existencia de Lemuria. Dícese que algunas de las tribus Australianas son los últimos restos de los últimos descendientes de la tercera raza. Esto lo corrobora también en cierto grado Ernst Haeckel, que al hablar de la raza de color oscuro o Malaya de Blumenbach y de los australianos y papúes, observa:  “Hay mucho parecido entre estos últimos y los aborígenes de Polinesia, aquella inmensa isla australiana  que parece haber sido una vez un continente gigantesco y continuo”.  

 

Ciertamente fue “un continente gigantesco y continuo”, pues durante la época de la civilización de Lemuria, se extendía al Este y Oeste, hasta donde las dos Américas se encuentran ahora. La Australia actual sólo era una parte de este continente. Y,  además, hay unas cuantas islas supervivientes esparcidas aquí y allá sobre la faz del Pacífico. Y una larga tira de California perteneció al mismo continente. Ernst Haeckel, en su obra  Pedigree of Man, considere que:   “Los australianos de hoy, como descendientes directos, casi inalterables  de esa  segunda rama de la raza humana primitiva… que se extendió hacia el Norte primeramente, sobre todo en Asia, desde el hogar de la infancia del hombre, y parece haber sido la madre de todas las demás razas de hombres de pelo lacio… La  de pelo lanudo emigró en parte hacia el Oeste (esto es, a África y al Este a Nueva Guinea, cuyos países no existían todavía, como se ha dicho)… La otra, de pelo lacio, se desenvolvió más lejos, al Norte, en Asia y… pobló la Australia”. Y según un  Maestro: “Contemplad los restos de lo que fue en un tiempo una gran nación (la Lemuria de la tercera raza) en  algunos  de los aborígenes de cabeza achatada de vuestra Australia”. En este período es donde debemos buscar la primera aparición de los antecesores de aquellos a quienes podemos denominar los pueblos más antiguos del mundo, que se llaman hoy, respectivamente, los arios indos, los egipcios y los persas más antiguos, por una parte, y los caldeos y fenicios, por otra. Ellos fueron gobernados por las Dinastías Divinas, esto es, por Reyes y Regentes que sólo tenían del hombre mortal la apariencia física.  Pero que eran seres venidos del espacio.

 

Si consideramos a la segunda porción de la civilización lémur como los primeros representantes de la  raza verdaderamente humana, entonces la suposición de Haeckel de que “la evolución de los hombres primitivos se verificó…  ya sea en el Asia Meridional o en… la Lemuria”, no incluyendo el África, ya sea Oriental u Occidental,  es bastante exacta. Para ser exacto, sin embargo, hay que decir que así como la evolución de los Pitris tuvo lugar en siete regiones separadas y distintas, en el Polo Ártico de la (entonces) única tierra, así también se verificó la última transformación de la tercera raza. Principió en aquellas regiones árticas que  se acaban de describir, que incluían el Estrecho de Behring y lo que entonces existía de tierra seca en Asia Central, cuando el clima era semitropical hasta en las regiones árticas y excelentemente adaptado a las necesidades primitivas del naciente hombre físico. Esa región, sin embargo, ha sido más de una vez una zona cubierta de hielo o tropical, de manera alternativa, desde la aparición del hombre. Los Pitris, o Pitaras en Sánscrito, son los antecesores o creadores de la humanidad. Son de siete clases, tres de las cuales son incorpóreas y cuatro corpóreas. En la teología popular se dice que fueron creados del costado de Brahmâ. En relación a su genealogía, varían las opiniones. En Isis sin velo se dice de ellos: “Créese ordinariamente que este término indo significa los espíritus de nuestros antecesores, de personas desencarnadas, y de ahí el argumento de algunos espiritistas de que los faquires (y yoguis) y otros hacedores de prodigios del Oriente son médium.  Esto es erróneo en más de un concepto. Los Pitris no son los antecesores de los actuales hombres vivientes, sino los de la especie humana o de las razas adámicas; los espíritus de razas humanas, que en la gran escala de la evolución descendente precedieron a nuestras razas de hombres”.

 

¿Cómo se han conservado estos anales sagrados?  Así como los Zodíacos egipcios conservan pruebas irrefutables de anales que abarcan más de tres años y medio siderales, o unos 87.000 años actuales,  los cálculos indos abrazan cerca de treinta y tres de tales años siderales, u 850.000 años. Los sacerdotes egipcios aseguraron a Herodoto que el Polo de la Tierra y el Polo de la Eclíptica habían coincidido anteriormente. Pero, según ha observado Arnold Mackey, autor de  Sphinxiad:   “Estos  indos  tienen registrados conocimientos astronómicos que comprenden diez veces 25.000 años desde la Inundación (local última en Asia), o edad del Horror.  Y poseen observaciones registradas desde el tiempo de la primera Gran Inundación que se conserva en la memoria  histórica Aria, la Inundación que sumergió las últimas partes de la Atlántida hace 850.000 años. Las inundaciones precedentes son, por supuesto, más tradicionales que históricas.   El hundimiento y transformación de la Lemuria principió cerca del Círculo Ártico (Noruega), y la Tercera Raza terminó su carrera en Lankâ, o más bien en lo que se convirtió en Lankâ entre los Atlantes. El pequeño resto conocido ahora por Ceilán es la tierra montañosa Septentrional de la antigua Lankâ, mientras que la enorme isla de ese nombre era, en el período Lemuro, el gigantesco continente ya descrito”.

 

Según dice un Maestro:  ¿Por qué no han de tener presente vuestros geólogos que bajo los continentes explorados y sondeados por ellos… pueden existir ocultos, en lo profundo de los insondables, o más bien no sondeados lechos de los mares, otros continentes mucho más antiguos, cuyas capas jamás han sido exploradas geológicamente; y que pudieran algún día echar completamente por tierra sus presentes teorías? ¿Por qué no se ha de admitir que nuestros continentes actuales han sido ya, como la Lemuria y la Atlántida, sumergidos varias veces, y han tenido el tiempo de reaparecer otra vez y sostener sus nuevos grupos de humanidad y civilizaciones; y que al primer gran levantamiento geológico en el próximo cataclismo, de la serie que ocurre desde el principio al fin de cada Ronda, nuestros continentes que ya han sufrido la autopsia, se sumergirán, reapareciendo las Lemurias y Atlántidas otra vez?”.  No exactamente los  mismos  continentes, por supuesto. Pero en  este punto hace falta una explicación. No hay que crearse confusiones acerca del postulado de una Lemuria Septentrional. La prolongación de aquel gran continente en el Océano Atlántico del Norte no destruye, en modo alguno, las opiniones tan extendidas acerca del sitio de la perdida Atlántida, y lo uno corrobora a lo otro. Hay que observar que Lemuria no sólo abarcaba una vasta área en el Océano Pacífico e Índico, sino que se extendía en forma de herradura más allá de Madagascar, por toda el “África Meridional” (entonces un mero fragmento en proceso de formación), a través del Atlántico hasta Noruega. El gran depósito de agua dulce inglés, llamado el Wealden  -que todos los geólogos consideran como desembocadura de un anterior gran río- es el lecho de la corriente principal que desaguaba a la Lemuria Septentrional en la edad Secundaria. 

Durante el Cretácico temprano, el primitivo Lago Wealden cubría la mayor parte de lo que ahora es el norte de Europa. Las llanuras aluvionales y los deltas de los ríos que discurrían por las tierras más altas de lo que ahora es Londres desembocaban aquí. El Baryonyx fue descubierto en estos antiguos deltas. En 1983, un “cazador de fósiles” aficionado, William Walker, encontró una enorme garra que sobresalía de un pozo de arcilla en Surrey. Con la ayuda de otras personas, procedió a extraer el resto del espécimen, que se encontraba prácticamente intacto. El esqueleto fue cedido para que realizaran la excavación a Alan J. Charig y Angela C. Milner, doctores del Museo de Historia Natural de Londres. Éstos publicaron su descripción del espécimen-tipo en 1986 y le dieron el nombre de Baryonyx walkeri a la nueva especie en honor de Walker. Se recuperó alrededor del 70% del esqueleto, incluido el cráneo. Esto permite a los paleontólogos realizar numerosas deducciones sobre Baryonyx a partir de este ejemplar. El esqueleto se encuentra en exhibición en el Museo de Historia Natural de Londres. Algunos años después del descubrimiento inglés se encontró un cráneo parcial y varios dientes y huesos de la muñeca del Baryonyx en el yacimiento de Salas de los Infantes, situado en la provincia de Burgos, al norte de España.

 

La existencia real de este río en otro tiempo es un hecho científico; ¿reconocerán sus partidarios la necesidad de aceptar la Lemuria Septentrional de la edad Secundaria, exigida por sus datos? El profesor Berthold Seemann no sólo admitió la realidad de tan enorme continente, sino que consideraba a  Australia y Europa como partes, en otro tiempo, de un mismo continente , corroborando así toda la doctrina de la “herradura”, ya enunciada. No puede darse una confirmación más sorprendente de estos asertos que el hecho de que la  elevada cordillera sumergida en la cuenca del Atlántico, de 9.000 pies de altura, que se extiende por unas dos o tres millas al Sur desde un punto próximo a las Islas Británicas, tuerce primeramente hacia la América del Sur, y luego  cambia casi en ángulo recto para continuar en una dirección  Sudeste hacia la costa africana, desde donde se lanza hacia el Sur, a Tristán de Acuña. Esta cordillera es resto de un continente Atlántico, y si se pudiese seguir más su dirección establecería la realidad de la unión de una herradura submarina con un continente de tiempos pasados en el Océano Índico. La  parte Atlántica de Lemuria fue la base geológica de lo que se conoce generalmente por Atlántida, pero que debe más bien considerarse como un desarrollo de la prolongación Atlántica de la Lemuria, que como una masa de tierra completamente nueva. Lo mismo que sucede en la evolución de una raza, ocurre en los cambios sucesivos de las masas continentales, sin que se pueda trazar una línea bien determinada en donde uno termina y otro principia. La continuidad en los procesos naturales no se interrumpe nunca. Así, la raza Atlante se desarrolló a partir de un núcleo de hombres de la raza de Lemuria Septentrional, concentrado, por decirlo así, en un punto de lo que ahora es el Océano Atlántico medio. Su continente se formó por la unión de muchas islas y penínsulas que se levantaron en el transcurso del tiempo y posteriormente se convirtió en la verdadera morada de la civilización Atlante .

 

Lemuria no debe confundirse más con el Continente Atlántico, como Europa no se confunde con América. Nuevos descubrimientos en esta dirección vindicarán las pretensiones de los filósofos asiáticos, de que las ciencias (la geología, la etnología e incluso la historia) eran seguidas por las naciones antediluvianas que vivieron en tiempos remotos. Futuros “hallazgos” justificarán la exactitud de las observaciones de H. A. Taine y Renán. El primero indica que las civilizaciones de las naciones arcaicas, tales como los egipcios, los arios de la India, los caldeos, chinos y asirios, son el resultado de civilizaciones anteriores que duraron “miríadas  de siglos”. Y el último señala el hecho de que:  “Egipto, desde un principio, aparece maduro, viejo y sin edades míticas y heroicas, como si el país jamás hubiese conocido la juventud. Su civilización no tiene infancia, y sus artes ningún período arcaico. La civilización de la Vieja Monarquía no principió con la infancia. Estaba ya madura”. A esto añade el profesor R. Owen que: “Según los anales, Egipto ha sido una comunidad civilizada y gobernada  antes  del tiempo de Menes”. Y el profesor Winchell declara que:  “En la época de Menes, los egipcios eran ya un pueblo numeroso y civilizado. Manethon nos dice que Athotis, hijo del primer rey Menes, construyó el palacio de Menfis; que era médico y que dejó  libros de anatomía”. 

 

Esto es perfectamente natural si hemos de creer los relatos de Herodoto, que afirma en  su obra Euterpe, que la historia escrita de los sacerdotes egipcios databa de unos 12.000 años antes de su tiempo. Pero, ¿qué son 12.000, ni aún 120.000 años, comparados con los millones de años que han transcurrido desde los tiempos de Lemuria? Esta última, sin embargo, no ha quedado sin testimonios, a pesar de su tremenda antigüedad. En los Anales Secretos se conserva la historia completa del crecimiento, desarrollo, vida social y hasta política de los Lemures. Desgraciadamente, pocos son los que pueden leerlos; y los que pudieran, serían incapaces de comprender su lenguaje y de conocer las siete claves de su simbolismo. Así, pues, Vaivasvata, Xisuthros, Deucalion, Noé, etcétera, todas las figuras principales de los Diluvios del Mundo, tanto universales como parciales, astronómicos o geológicos, todos proporcionan en sus mismos nombres los anales de las causas y efectos que condujeron  al suceso. Todos esos Diluvios están basados en sucesos que ocurrieron en la Naturaleza y están, por tanto, presentes, como anales históricos, ya fuesen siderales, geológicos o simplemente alegóricos.  Hablar de una raza de nueve  yatis o veintisiete pies de alto (1 pie = 0,3048 metros), en una obra que pretenda un carácter científico, es un procedimiento bastante  raro. ¿Dónde están las pruebas?  En la historia y en la tradición, es la  respuesta. Las tradiciones de una raza de gigantes en los tiempos remotos, son universales y existen en doctrinas orales y escritas (ver artículo “Los gigantes de la antigüedad, ¿existieron realmente?”). La India ha tenido sus Dânavas y Daityas; Ceilán sus Râkshasas; Grecia sus Titanes; Egipto sus Héroes colosales; Caldea sus Izdubars (Nimrod); y los judíos sus  Emims de la tierra de Moab, con los famosos gigantes Anakim.

  

Moisés habla de Og, un rey cuyo “lecho” tenía nueve codos de largo (15 pies y 4 pulgadas) y cuatro de ancho; y Goliat tenía “seis codos y un palmo de alto” (o 10 pies y 7 pulgadas). La única diferencia que se encuentra entre la “escritura revelada” y las pruebas que nos han proporcionado Hesiodo, Diodoro de Sicilia, Homero, Plinio, Plutarco, Filostrato, etc., es la siguiente: Mientras los paganos mencionan solamente  esqueletos de gigantes, muertos en edades remotas, reliquias que algunos de ellos habían visto personalmente, los intérpretes de la Biblia exigen sin rubor que la Geología y la Arqueología deban creer que algunos países estaban habitados por tales gigantes en los días de Moisés; gigantes ante los cuales los judíos eran como langostas, y los cuales existían todavía en los días de Josué y David. Desgraciadamente, su propia cronología se opone a ello. Hay que renunciar a esta última o a los gigantes. Aún quedan en pie algunos testimonios de los Continentes sumergidos y de los hombres colosales que los habitaron. La Arqueología afirma la existencia de varios restos de gigantes; aunque fuera de admirarse y preguntarse “lo que podrán ser”, nunca ha intentado seriamente descubrir el misterio. Sin hablar de las estatuas de la Isla de Pascua ya mencionada, ¿a qué época pertenecen las estatuas colosales de los Buddhas, todavía en pie e intactas antes de que las destruyeran los talibanes, descubiertas cerca de Bamiyan? La Arqueología, como de costumbre, las atribuye a los primeros siglos del Cristianismo y yerra en esto como en otras muchas especulaciones.

 

Teapi, Rapa-nui, o Isla de Pascua, es un punto aislado a casi 2.000 millas de la costa sudamericana. Tiene de largo unas doce millas y cuatro de ancho y hay allí, en su centro, un cráter extinguido de 1.050 pies de altura. La isla abunda en cráteres que hace tanto tiempo que se han extinguido, pero no queda tradición alguna de su actividad. Pero ¿quién hizo las grandes imágenes de piedra que son ahora el atractivo principal de la Isla para los visitantes?  Nadie lo sabe. Es más que probable que estuviesen allí cuando los actuales habitantes polinesios llegaron. Su construcción artística  es de un orden superior y se cree que la civilización que las hizo se comunicaba con los indígenas del Perú y otras partes de la América del Sur. Aún en  tiempo de la visita de Cook, algunas de las estatuas, que median veintisiete pies de alto y ocho de hombro a hombro, yacían derribadas por tierra, mientras que otras, aun en pie, parecían mucho mayores. Una de estas últimas era tan alta que su sombra ponía a cubierto de los rayos del sol a un grupo de treinta personas. Los pedestales en que descansaban estas imágenes colosales tenían, por término medio, de treinta a cuarenta pies de largo y de doce a dieciséis de ancho, todos construidos de piedras labradas al estilo ciclópeo, muy parecidos a las paredes del templo de Pachacámac o a las ruinas de Tiahuanaco, en el Perú. Se dice que no hay razón para creer que ninguna de las estatuas haya sido construida con andamios levantados a su alrededor. Pero no se explica de  qué modo pudieron ser construidas de otra manera, a menos que hayan sido hechas por gigantes de la misma altura que las estatuas o por seres que poseyeran una alta tecnología. Dos de las mejores entre estas estatuas colosales se hallan ahora en el Museo Británico.

 

Las estatuas de Ronororaca, en la Isla de Pascua, son cuatro: tres profundamente enterradas en el suelo, y una descansando de espaldas como un hombre dormido. Sus tipos, aunque todas de cabeza larga, son distintos; siendo evidente que representan retratos, pues las narices, bocas y barbilla difieren mucho en la forma; mientras que una especie de gorro chato, con un aditamento para cubrir la parte posterior de la cabeza, demuestra que los originales no eran salvajes de  la edad de piedra. En verdad que podemos preguntarnos quién las ha construido. Pero no es la Arqueología ni tampoco la Geología la que contestará, aunque esta última reconoce la isla como parte de un continente sumergido.    Pero, ¿quién talló las estatuas aún más colosales de Bamiyan, las más altas y gigantescas del mundo entero? Porque la “Estatua de la Libertad” de Bartholdi, ahora en Nueva York,  es enana comparada con la mayor de las cinco estatuas. Burnes y varios sabios jesuitas que han visitado el lugar hablan  de una montaña “toda acribillada a modo de panal de celdas gigantescas”, con dos gigantes inmensos tallados en la roca. Se refiere a los Miaotse modernos, los últimos testigos supervivientes de los Miaotse que “turbaron la tierra”. Habitaban en otro tiempo la llanura, principalmente en los alrededores de los lagos Tung-ting y Poyang.

El nombre de miaotse significa, según los mejores orientalistas, los autóctonos. Según los más recientes viajeros, se diferencian notablemente de los chinos en que su color es más obscuro, menos oblicuos los ojos y mas recta y saliente la nariz. Teniendo en cuenta estas circunstancias, y uniéndolas a la creencia tradicional, muchos autores ven en los miaotse los descendientes de aquella raza primitiva del Asia oriental, cuyos restos se encuentran desde Java hasta las Kuriles, y cuyos rasgos casi caucásicos difieren notablemente de los de los orientales.  Los chinos los perseguían sin cesar y, en algunas partes, hasta les negaban la calidad de hombres, poniéndolos al nivel de los monos, de tal manera que, entre muchos chinos, corre como muy cierta la especie de que los miaotse tienen cola como los monos, aunque más corta. Verdaderamente, la persecución incesante de que eran víctimas aceleró su regreso a la vida  salvaje. Las diferentes tribus, cada vez más aisladas unas de otras, acabaron por refugiarse en las cavernas. Tal era la situación, en muchas partes, de un pueblo que tuvo sin duda su cultura especial, como lo prueban sus libros sagrados escritos en lenguaje y caracteres propios, y cuya clave han perdido los miaotse actuales, si bien conservan hacia ellos gran veneración. El origen de los miaotse sigue siendo un problema étnico por resolver.

Los jesuitas tienen razón, y los arqueólogos que ven Buddhas en las más grandes de estas estatuas se equivocan. Pues todas estas innumerables ruinas gigantescas que se descubren unas tras otras en nuestros días, todas esas inmensas avenidas de ruinas colosales que cruzan la América del Norte a lo largo y más allá de las Montañas Rocosas, son obra de los Cíclopes, los Gigantes de antaño. “Masas de huesos humanos enormes” se han encontrado en América, cerca de Munte, nos dice un viajero, precisamente en el sitio señalado por la tradición local como el lugar donde desembarcaron aquellos gigantes que invadieron América cuando apenas acababa de levantarse sobre las aguas.  Las tradiciones del Asia Central dicen lo mismo de las estatuas de Bamiyan. ¿Qué representan y qué es el sitio en donde han estado por tiempo inmemorial, desafiando (hasta hace poco)  los cataclismos a su alrededor, y hasta la mano del hombre y los vándalos guerreros de Nadir Shah? Bamiyan es una pequeña ciudad, miserable, medio arruinada, en Afganishtan,  a medio camino entre Kabul y Balkh, al pie del Koh-i-baba, cordillera del Indo-Kush, a unos 8.500 pies sobre el nivel del mar. En los viejos tiempos, Bamiyan era parte de la antigua ciudad de Djooljool, arruinada y destruida, hasta la última piedra, por Gengis-Kan en el siglo XIII. Todo el valle está cercado por rocas colosales, llenas de cuevas y grutas, en parte naturales y en parte artificiales, que fueron una vez las moradas de monjes buddhistas que habían establecido en ellas sus Vihâras (monasterios). Tales Vihâras se encuentran en profusión, hasta hoy, en los templos cortados en la roca de la India, y en los valles de Jelalabad. Frente a algunas de estas cuevas se han descubierto cinco estatuas enormes -que se consideran como de Buddha- o más bien han sido  redescubiertas  en nuestro siglo, pues el famoso viajero chino Hiouen Thsang habla de haberlas visto cuando visitó Bamiyan en el siglo VII. 

La afirmación de que no existen estatuas mayores conocidas se prueba fácilmente con el testimonio de todos los viajeros que las han examinado y medido. Así resulta que la mayor tiene 173 pies de alto, o sea  setenta pies más que la “Estatua de la Libertad” de Nueva York; toda vez que esta última sólo mide 105 pies o 34 metros de altura. El mismo famoso coloso de Rodas, entre cuyas piernas pasaban con facilidad los mayores barcos de entonces, sólo tenía de 120 a 130 pies de alto. La segunda gran estatua, que como la primera está tallada en la roca, tiene solamente 120 pies, o sean quince más que la mencionada de la “Libertad”. La tercera estatua sólo tiene 60 pies, y las otras dos son aún más pequeñas, siendo la última un poco más alta que el término medio de los hombres altos de nuestra raza actual. El primero y más grande de los colosos representa a un hombre envuelto en una especie de “toga”; M. de Nadeylac cree que la apariencia general de la figura, las líneas de la cabeza, el ropaje, y especialmente las grandes orejas colgantes, son indicaciones innegables de que se pretendía representar a Buddha. Pero realmente ellas no prueban nada. A pesar del hecho de que la mayoría de las figuras que hoy existen de Buddha, representado  en la postura de Samâdhi, tienen grandes orejas colgantes, ésta es una innovación posterior.

 

Gautama Buddha era un indo-ario, y sólo entre los birmanos y siameses mogoles, que, como en Cochin, se desfiguran las orejas, es donde se ve algo que se parezca a aquellas orejas. Los monjes buddhistas, que transformaron las grutas de los Miaotse en celdas y Vihâras, entraron en el Asia Central en el primer siglo de la Era cristiana. Por esto Hiouen Thsang, hablando de la estatua colosal, dice que “el brillo de los ornamentos de oro que cubrían a la estatua” cuando él la vio, “deslumbraba la vista”. Pero de tales dorados no se ven ni vestigios en los tiempos modernos. El ropaje, en contraste con la figura misma, que está labrada en la roca, está hecho de yeso y moldeado sobre la imagen de piedra. Talbot, que hizo un examen de lo más minucioso, averiguó que este ropaje pertenecía a una época muy posterior. Por consiguiente, hay que señalar a la estatua misma un tiempo muy anterior al Buddhismo. En tal caso nos tenemos que preguntar: ¿A quién representa?   Otra tradición, que se halla corroborada por anales escritos, contesta a la pregunta y explica el misterio. Los Arhats y Ascetas buddhistas encontraron las cinco estatuas, y muchas más que ahora están destruidas. Tres de ellas, que estaban de pie en nichos colosales a la entrada de sus moradas futuras, fueron cubiertas con yeso, y, sobre las estatuas antiguas, modelaron otras nuevas que representaran al Señor Tathâgata. Las paredes interiores de los nichos están cubiertas hasta hoy día con pinturas brillantes de figuras humanas, y la imagen sagrada de Buddha está reproducida en todos los grupos. Estos frescos y ornamentos, que hacen recordar el estilo de pintura bizantino, son todos debidos a la piedad de los monjes ascetas, así como también otras figuras menores y adornos labrados en la roca. Pero las cinco estatuas son obra de los Iniciados Atlantes, quienes, después de la sumersión de su continente, se refugiaron en los desiertos y en las cumbres de las montañas del Asia Central.

La estatua más grande representa la primera raza humana, cuyo cuerpo semi-etérico o semi-físico, está así conmemorado en la dura piedra imperecedera, para instrucción de las generaciones futuras; pues de otro modo su recuerdo no hubiera jamás sobrevivido al Diluvio Atlántico. La segunda, de 120 pies de alto, representa con entera claridad al nacido del sudor, la raza Hiperbórea. La tercera mide 60 pies e inmortaliza a la raza lémur, que habito en el Continente Mu o Lemuria situado en el Océano Pacífico; sus últimos descendientes se hallan representados en las famosas estatuas encontradas en la Isla de Pascua. La cuarta raza, representada por la correspondiente estatua, vivió en el continente Atlante y fue aún más pequeña aunque gigantesca en comparación con nuestra actual raza. La última de estas cinco imágenes resulta siendo un poco más alta que el término medio de los hombres altos de nuestra raza actual. Parece que esa estatua personifica a la humanidad aria que habita en los continentes actuales.    Estos son, pues los “Gigantes” de la antigüedad,  los Gibborim ante y postdiluvianos de la  Biblia . Vivieron y florecieron ellos hace un millón de años, y no tres o cuatro mil solamente. Los Anakim de Josué, cuyas huestes eran como “langostas” en comparación de los judíos parece  que pueda referirse a una antigüedad y un origen en el período Eoceno, o cuando menos Mioceno, y cambien los milenios de su cronología en millones de años.  

 

De Mirville (que trata de justificar a la  Biblia ) pregunta muy pertinentemente por qué las enormes piedras de Stonehenge eran llamadas antiguamente  chior-gaur o el “baile de los gigantes” (de  côr  “baile” y de  gaur “gigante”). Pero los autores de obras como  Voyage dans le Comte de Cornouailles, sur les Traces des Géants , y de varias obras eruditas sobre las ruinas de Stonehenge, Carnac y West Hoadley, dan informes más completos y de más confianza sobre este asunto. En esas regiones  -verdaderos bosques de rocas – se encuentran inmensos monolitos, “pesando algunos más de 500.000 kilogramos”. Estas “piedras suspendidas” de Salisbury Plain se cree que son los restos de un templo druídico. Pero los druidas eran hombres históricos, y no cíclopes ni gigantes. ¿Quiénes pues,  a no ser gigantes, pudieron un día levantar esas moles, especialmente las de Carnac y de West Hoadley, colocarlas en orden tan simétrico que pudiesen representar el planisferio, y asentarlas en tal maravilloso equilibrio que parece que apenas tocan el suelo?   Ahora bien; si dijésemos que la mayor parte de estas piedras son reliquias de los últimos Atlantes, se nos contestaría que todos los geólogos pretenden que tienen un origen natural; que una roca, al perder capa tras capa de su substancia bajo las influencias atmosféricas, toma esta forma y que los “tors” en el Oeste de Inglaterra exhiben formas curiosas producidas también por esta causa. Y así, los hombres de ciencia consideran las “piedras oscilantes como de origen puramente natural, puesto que el viento, las lluvias, etc., causan la desintegración de las rocas por capas”.

Muchas veces estas moles gigantescas son completamente extrañas a las zonas en donde hoy se encuentran y sus equivalentes geológicos pertenecen muchas veces a estratos desconocidos en aquellos países. A veces se encuentran muy lejos, más allá de los mares. William Tooke, especulando sobre los bloques enormes de granito esparcidos sobre la Rusia Meridional y Siberia, dice que donde ahora se encuentran no hay rocas ni montañas y que han debido de ser traídos “desde distancias inmensas y por esfuerzos prodigiosos” (o mediante tecnologías avanzadas). Charton habla de un ejemplar de tales rocas en Irlanda, que había sido sometido al análisis de un eminente geólogo inglés, quien lo había atribuido a origen extranjero, “quizás africano”.    Ésta es una  coincidencia extraña , pues la tradición irlandesa atribuye el origen de sus piedras circulares a un brujo que las trajo de África. De Mirville ve en este brujo a un “Camita maldito”. Nosotros vemos en él a un oscuro Atlante, o aun quizás a algún Lemur anterior, que hubiese sobrevivido hasta el nacimiento de las Islas Británicas; y, en todo caso, a un gigante.

 

La sabiduría legendaria no podía desfigurar los hechos de tal modo que no pudiesen ser reconocidos. Entre las tradiciones de Egipto y Grecia por una parte y de Persia por otra  (país siempre en guerra con los primeros), hay demasiada semejanza de símblos y de números, para poder admitir que semejante  coincidencia sea debida a pura casualidad. Detengámonos un momento a considerar esas tradiciones, para comparar mejor las de los magos persas con las llamadas “fábulas” griegas.   Esas leyendas han pasado a ser ahora cuentos populares, así como las tradiciones de Persia. Los relatos del Rey Arturo y de sus Caballeros de la Tabla Redonda son también cuentos de hadas a juzgar por las apariencias. Y, sin embargo, están basados en hechos reales y pertenecen a la historia de Inglaterra. ¿Por qué, pues, la tradición de Persia (Irán) no ha de ser parte constitutiva de la historia y de los sucesos prehistóricos de la Atlántida? Esa tradición dice lo siguiente:  “Antes de la creación de Adán, vivieron en la tierra dos razas sucesivas: los Devs, que reinaron 7.000 años, y los Peris (los Izeds), que sólo reinaron 2.000, existiendo todavía los primeros. Los Devs eran gigantes, fuertes y malvados; los Peris eran más pequeños de estatura, pero más sabios y bondadosos”.   En esto reconocemos a los Gigantes atlantes,  a los Arios o los Râkshasas del  Râmâyana, a los hijos de Bhârata-varsha de la India o a los antediluvianos y los postdiluvianos de la Biblia. Gyân (o Gnan, Jnâna, el Conocimiento Verdadero o Sabiduría Oculta), llamado también Gian ben-Gian (o la Sabiduría, hijo de la Sabiduría), fue Rey de los Peris. Tenía un escudo tan famoso como el de Aquiles, héroe de la Guerra de Troya, y uno de los principales protagonistas y más grandes guerreros de la Ilíada de Homero. Sólo que en lugar de servir contra un enemigo en la guerra, servía de protección contra la magia siniestra y la brujería de los Devs, Gian-ben-Gian había reinado 2.000 años cuando a Iblis, el Demonio, le fue permitido por Dios derrotar a los Peris y arrojarlos al otro extremo del mundo. Ni aún el escudo mágico, que fue construido con arreglo a principios astrológicos, destruía los hechizos y encantamientos. También se dice que fue el constructor de las Pirámides. Gian-ben-Gian pudo vencer a Iblis, que era un agente del Destino, o Karma. Cuentan que había hasta diez reyes en su última metrópoli llamada Khanoom, y el décimo rey dicen que fue Kaimurath, idéntico al Adán hebreo. Estos reyes se corresponden con las diez generaciones antediluvianas de reyes, según las presenta Beroso, sacerdote de Babilonia en el siglo III a. C. 

  

A pesar de las modificaciones introducidas en estas leyendas a lo largo del tiempo, uno no pueden dejarse de identificar con las tradiciones caldeas, egipcias, griegas y hasta con las hebreas. Pues el mito judío, aunque desdeñando hablar de las naciones preadámicas, permite, sin embargo, que éstas puedan inferirse claramente, al enviar a Caín,  uno de los dos únicos hombres que se supone existían en la Tierra, al país de Nod, en donde se casa y construye una ciudad (ver artículo “¿Dónde estaba ubicada la “tierra de Nod”, el reino perdido de Caín?”).    Ahora bien; si comparamos los 9.000 años mencionados por los cuentos persas, con los 9.000 años que Platón declara habían pasado desde el hundimiento de la última Atlántida, se hace aparente un hecho muy extraño. El astrónomo Jean Bailly observó este hecho, pero lo desfiguró con su interpretación. Pero podemos devolver a los números su verdadero significado. Leemos en el  Critias: “En primer término debemos recordar que han pasado 9.000 años  desde la guerra de las naciones  que vivían encima y fuera de las Columnas de Hércules, y las que poblaban la tierra por este lado”.  En el  Timaeus, Platón dice lo mismo. Pero como la mayor parte de los últimos insulares atlantes perecieron en el intervalo entre hace 850.000 y 700.000 años y los arios tenían ya una antigüedad de 200.000 años cuando la primera gran Isla o Continente fue sumergido, parece que no hay posibilidad de reconciliar estos números. Pero realmente ello es posible. Siendo Platón un iniciado, tenía que usar un lenguaje velado. Y lo mismo les sucedía a  los Magos de Caldea y de Persia, por medio de cuyas revelaciones exotéricas fueron preservadas las leyendas persas que pasaron a la posteridad. Del mismo modo, vemos que los hebreos dan a la semana “siete días”, y hablan de una “semana de años”, cuando cada uno de sus días representa 360 años solares. Y, de hecho, toda la “semana” tiene 2.520 años. Tenían ellos una semana sabática, un año sabático, etc.; y su sábado duraba indiferentemente 24 horas o 24.000 años en sus cálculos secretos.

 

Nosotros, en la época presente, llamamos siglo a una centuria. Los del tiempo de Platón, o por lo menos los escritores iniciados, significaban por un milenio, no 1.000 años, sino 100.000. Mientras que los indos, más independientes que nadie, no han ocultado nunca su cronología. Así, por 9.000 años, los iniciados leen 900.000. Durante este tiempo, desde la primera aparición de la raza Aria, cuando las partes pliocenas (en la era Terciaria, hasta hace 1 millón de años) de la que fue la gran Atlántida empezaron a sumergirse gradualmente y otros  continentes a aparecer en la superficie, hasta la desaparición final de la pequeña isla Atlántida de Platón, las razas Arias no habían cesado nunca de luchar contra los descendientes de las primeras razas de gigantes. Esta guerra duró hasta cerca del fin de la edad que precedió al Kali Yuga, y fue la gran batalla representada en el Mahâbhârata, tan famosa en la mitología india. Tal mezcla de sucesos y épocas, y la reducción de cientos de miles de años a miles, no contradice el número de años transcurridos, con arreglo a la  declaración que hicieron los sacerdotes egipcios a Solón, desde la destrucción del último resto de la Atlántida. La cifra de 9.000 años era exacta, pues este último suceso nunca había sido secreto, sino que se había borrado de la memoria de los griegos. Los egipcios conservaban sus anales completos, a causa de su aislamiento; pues estando rodeados por el mar y el desierto, no habían sido inquietados por otras naciones hasta unos cuantos milenios antes de nuestra Era.  La historia obtiene sus primeras pistas de Egipto y de sus grandes Misterios, por medio de Herodoto, a pesar de extraña cronología de la  Biblia. Y cuán poco nos  podía decir Herodoto, lo confiesa él mismo, cuando, al hablar de la tumba misteriosa de un Iniciado en Saïs, en el sagrado recinto de Minerva, dice:  “Detrás de la capilla… está la tumba de Uno,  cuyo nombre considero impío divulgar … En el recinto hay grandes obeliscos, y cerca hay un lago rodeado de un muro de piedra en forma de  círculo … En este lago ejecutan por la noche aquellas aventuras personales que los egipcios llaman Misterios; sin embargo, sobre estos asuntos, aunque conozco perfectamente sus detalles,  tengo que guardar un discreto silencio”.  

 

Por otra parte, es bien sabido que ningún secreto era tan bien guardado y tan sagrado para los Antiguos como el de sus ciclos y cómputos. Desde los egipcios hasta los judíos, se consideraba como el mayor de los pecados el divulgar todo lo que perteneciera a la medida exacta del tiempo. Por divulgar  los secretos de los Dioses  fue Tántalo precipitado en las regiones infernales. Los guardianes de los sagrados Libros Sibilinos, libros mitológicos y proféticos de la antigua Roma, tenían pena de muerte si revelaban una palabra de los mismos. En todos los templos, especialmente en los de Isis y Serapis, había Sigaliones o imágenes de Harpócrates, que tenían un dedo sobre los labios. Y los hebreos enseñaban que el divulgar los secretos de la Cábala hebrea, después de la iniciación en los Misterios Rabínicos, era lo mismo que comer del fruto del Árbol del Conocimiento y merecía pena  de muerte. Y, sin embargo, los europeos han aceptado la cronología exotérica de los judíos. Las tradiciones persas, por tanto, están llenas de dos razas o naciones que algunos creen completamente extinguidas ahora. Pero no es así, pues sólo están transformadas. Las tradiciones persas hablan constantemente de las Montañas de Kaf, en Kafaristân, en donde se encuentra una galería construida por el gigante Argeak, que guarda las estatuas de los hombres antiguos en todas sus formas. Las denominan Sulimanes o los sabios reyes del Oriente y se cuentan hasta setenta y dos reyes con  este nombre. Tres de entre ellos reinaron 1.000 años cada uno. Según dijo un derviche, miembro de una cofradía religiosa musulmana de carácter ascético o místico (sufí): “En el centro de la montaña de Kaf, del Kafaristân, allí donde por dentro y por fuera habitan los genn, los mareds y los efrites, se halla la ciudad que buscas y para la que, después de viajar un día y una noche, hay tres únicos caminos. Si tomas el camino de la izquierda, que es el mejor, sufrirás grandes molestias y vejaciones; si el de la derecha, te arrepentirás acaso de seguirle, y si el del centro, algo muy espantoso te acontecerá. –Y cogiendo un puñado de polvo añadió: –¡Que me vea yo reducido a polvo si tú llegas a la meta ansiada!”.

 

Siamek, el hijo querido de Kaimurath (Adán), su primer rey, fue asesinado por su gigantesco hermano (se supone que Caín). Su padre hacía conservar un fuego perpetuo en la tumba que contenía sus cenizas; ¡de aquí el origen del culto del fuego, como creen algunos orientalistas!  Luego vino Huschenk, el prudente y el sabio. Su Dinastía fue la que volvió a descubrir los metales y piedras preciosas, después que fueron escondidos por los Devs, o Gigantes, en las entrañas de la Tierra, así como también el modo de hacer trabajos con el bronce, abrir canales y mejorar la agricultura. Se atribuye también a Huschenk el haber escrito la obra llamada  Sabiduría Eterna  y hasta la construcción de las ciudades de Babilonia e Ispahan, aunque en realidad fueron construidas mucho tiempo después. Pero, así como el Delhi moderno (o la antigua Troya) están construido sobre otras ciudades más antiguas, del  mismo modo estas ciudades pueden estar construidas en el emplazamiento de otras de inmensa antigüedad. En cuanto a su época, sólo puede inferirse de otra leyenda. En la misma tradición se atribuye a este sabio príncipe el haber hecho la guerra a los Gigantes en un sorprendente caballo con doce patas, cuyo nacimiento se atribuye a los extraños amores  de un cocodrilo con un hipopótamo hembra. Este Dodecápedo se encontró en la “isla seca” o nuevo continente y fue necesaria mucha fuerza y astucia para apoderarse del maravilloso animal. Pero tan pronto como Huschenk lo montó, derrotó a toda clase de enemigos. Ningún Gigante podía hacer frente a su tremendo poder. Finalmente, sin embargo, este rey de reyes fue muerto por una roca enorme que los Gigantes le tiraron desde las altas montañas de Damavend.  Tahmurath fue el tercer rey de Persia, el San Jordi (George) del Irán, el caballero que siempre venció al Dragón y que finalmente le mata. Es el gran enemigo de los Devs, que, en su tiempo, habitaban en las Montañas de Kaf, y que de vez en cuando atacaban a los Peris. “Una Peri es, según las leyendas de Persia, una hada cuya cualidad es, en primer lugar, la misericordia, pues nunca desampara a las almas necesitadas, pero además está dotada de una belleza perfecta, casi infinita. Como las Peris tienen alas, viajan al mundo de las estrellas y hablan con los seres que en ellas moran. Se alimentan del perfume de las flores, de las luces del sol y de la luna”.

  

Las antiguas tradiciones populares persas llaman Dev-bend, el vencedor de los Gigantes. A él también se le atribuye la fundación de Babilonia, Nínive, Diarbek, etc. Lo mismo que su abuelo Huschenk, Thamurath (Taimuraz) tenía su montura, pero mucho más rara y rápida: una terrorífica ave llamada Simorgh-Anke. Un extraño pájaro, inteligente, poliglota y hasta muy religioso. ¿Tal vez una nave volante? ¿Y qué es lo que dice este Ave Fénix persa? Se lamenta de su vejez, pues nació ciclos y ciclos antes de los días de Adán (Kaimurath). Ha presenciado las revoluciones de largos siglos. Ha visto el principio y el fin de doce ciclos de 7.000 años cada uno, los cuales, multiplicados esotéricamente, nos darán de nuevo  840.000 años. Simorgh nació en el último Diluvio de los Pre-Adamitas, dice el “Romance de Simorgh y el buen Khalif”. ¿Qué dice el Libro de los Números? Esotéricamente, Adam Rishoon es el Espíritu Lunar (Jehovah, en un sentido, o los Pitris), y sus tres hijos, Ka-yin, Habel y Seth, representan las tres razas. Noé-Xisuthros representa a su vez (en la clave cosmo-geológica) la tercera raza lémur separada, y sus tres hijos sus últimas tres razas; Cam, además, simboliza la raza que descubrió la “desnudez” de la raza padre, y de los “Sin-mente”, esto es, que pecó.   Tahmurath visita en su montura alada las Montañas de Koh-kaf o Kaph. Allí encuentra a los Peris maltratados por los Gigantes, y mata a Argenk y al gigante Demrusch. Luego pone en libertad a la buena Peri, Mergiana, a quien Demrusch había tenido prisionera, y la lleva a la “tierra seca”, esto es, al nuevo continente de Europa. Después de él vino Glamschid, que construyó Esikekar, o Persépolis. Este rey reina 700 años, y en su gran orgullo se cree inmortal, y exige honores divinos. El destino le castiga; vaga errante durante 100 años por el mundo bajo el nombre de Dhulkarnayan, el de “dos cuernos”. Los de los “dos cuernos” es el epíteto que se da en Asia  a los conquistadores que han dominado el mundo de Oriente a Occidente. 

 

Luego viene el usurpador Zohac. Pero Feridan, uno de los héroes persas, le vence y lo encierra en las montañas de Damavend, un majestuoso volcán extinguido que posee una altura de 5671 metros y que está ubicado en la zona central de la cordillera Elburz,  a unos 80 Km al noreste de la capital de Irán. A estos siguen muchos otros, hasta llegar a Kaikobâd, que fundó una nueva Dinastía. Tal es la historia legendaria de Persia que tenemos que analizar. En primer término ¿qué son las Montañas de Kaf?  Sean lo que sean en su aspecto geográfico, ya sean las montañas caucásicas o las del Asia Central, la leyenda coloca a los Devs y los Peris mucho más allá de estas montañas, al Norte, pues los Peris son los antecesores remotos de los Parsis o Farsis. La tradicón oriental se refiere siempre a un mar sombrío, glacial, desconocido, y a una oscura región, en la cual, sin embargo, están situadas las “Islas Afortunadas”, en donde, desde el principio de la vida sobre la tierra, corre la  Fuente de Vida. La leyenda asegura, además, que una parte de la primera “isla  seca” (continente) se desprendió del cuerpo principal y ha permanecido desde entonces más allá de las Montañas de Koh-kaf, “el cinturón de piedra que rodea al mundo”. Un viaje de siete meses de duración llevará al que posea el “Anillo de Sulimán” a aquella “Fuente”, si viaja directamente hacia el Norte tan recto como vuela el pájaro (véanse las coincidencias con las obras de Tolkien). Por tanto, viajando desde Persia  en derechura hacia el Norte, llegando al grado sesenta de longitud al Oeste, hacia Nueva Zembla. Y desde el Cáucaso se llegará a los hielos eternos más allá del Círculo Ártico, entre los sesenta y cuarenta y cinco grados de longitud, o entre Nueva Zembla y Spitzbergen. Esto, por supuesto, si uno tiene el increíble caballo dodecápedo de Huschenk o el Simorgh alado de Tahmurath, para poder cruzar por encima del Océano Ártico.  Sin embargo, los trovadores nómadas de Persia y del Cáucaso sostendrán, aun hoy, que mucho más allá de las nevadas crestas del Kaf o Cáucaso,  hay un gran continente oculto ahora para todos, al que llegan aquellos que pueden servirse del  caballo dodecápedo, cuyas patas se convierten a voluntad en doce  alas (¿Una nave?). O para aquellos que tengan la paciencia de esperar a que Simorh-Anke quiera cumplir la promesa que hizo de que antes de morir revelaría a  todo el mundo la ubicación del continente oculto y lo haría de nuevo visible y de fácil acceso por medio de un puente que los Devs del Océano construirán entre esta parte de la “tierra seca” y sus partes disgregadas.

 

Es muy curioso que Cosme Indicoplesta, que vivió en el siglo VI d. C., haya sostenido siempre que el hombre nació y habitó primeramente en un país “más allá del Océano”, de cuyo aserto le había dado prueba en la India un sabio caldeo. Dice Cosme Indicoplesta: “Las tierras en que vivimos están rodeadas por el Océano, pero más allá de este Océano hay otro país que toca a las paredes del firmamento; y en esta tierra fue donde el hombre fue creado y vivió en el Paraíso. Durante el Diluvio, Noé fue llevado en su arca a la tierra en que ahora habita su posteridad”. El caballo de doce patas de Huschenk fue encontrado en el continente llamado la “isla seca”. En la “Topografía Cristiana”, Cosme Indicoplesta repite una tradición universal, la cual, por otra parte, ha sido ahora corroborada por los hechos. Todos los viajeros árticos sospechan la existencia de un continente o “tierra seca” más allá de la línea de los hielos eternos (ver artículos  “La Tierra, ¿es hueca y alberga un reino subterráneo?”) . Quizás sea ahora más comprensible el significado del siguiente pasaje de uno de los Comentarios de las Estancias de Dzyan: “En los primeros comienzos de la vida (humana), la única tierra seca estaba en el extremo de la derecha de la Esfera, en donde está inmóvil el (Globo). Toda la tierra era un vasto desierto de agua, y el agua era tibia… Allí nació el hombre, en las siete zonas del lugar inmortal e indestructible, del Manvántara. Existía allí una primavera eterna en la obscuridad. Pero lo que es obscuridad para el hombre de hoy, era luz para el hombre en su aurora.

 

Allí reposaban los Dioses y allí Fohat reina desde entonces. Fohat (en tibetano) es un término místico, equivalente al sánscrito Daiviprakriti, que significa naturaleza divina o primordial. Según dicen las Estancias de Dzyan: “Por esto dicen los sabios Padres que el hombre nació en la cabeza de su Madre (la Tierra), y que sus pies (de la tierra) en el extremo de la izquierda generaron (engendraron) los vientos perniciosos que soplan de la boca del Dragón inferior… Entre la primera y la segunda razas la (Tierra) Central Eterna fue dividida por el agua de la Vida.    Ésta fluye alrededor de su cuerpo (el de la Madre Tierra) y lo anima. Uno de sus extremos surge de su cabeza; a sus pies (el Polo Sur) se vuelve impura. Se purifica (a su vuelta) en su corazón, que late bajo el pie de la sagrada Shamballah, que no había nacido entonces (en el principio). Pues en el cinturón de la morada del hombre (la Tierra) es donde se encuentra oculta la vida y la salud de todo el que vive y alienta  Durante la primera y segunda raza el cinturón estaba cubierto por las grandes aguas. Pero la gran Madre trabajaba bajo las olas, y una nueva tierra se unió a la primera, que nuestros sabios llaman la cofia (el gorro). Trabajó aún más para la tercera raza y su cintura y ombligo aparecieron sobre el agua. Era el cinturón, el sagrado Himavat, que se extiende alrededor del Mundo. Rompióse hacia el Sol poniente, desde su cuello abajo (hacia el Sudoeste) en muchas tierras e islas, pero la Tierra Eterna (el gorro) no se rompió. Tierras secas cubrieron la faz de las aguas silenciosas en los cuatro lados del Mundo. Todas éstas perecieron (a su vez). Luego apareció la mansión de los malvados (la Atlántida). La Tierra Eterna estaba entonces oculta, pues las aguas se solidificaron (se helaron) bajo el aliento de sus narices y los malos vientos de  la boca del Dragón, etc.   Esto indica que el Asia Septentrional es tan antigua como la segunda raza. Puede decirse hasta que el Asia es contemporánea del hombre, puesto que desde el principio mismo de la vida humana existía ya su Continente Fundamental, por decirlo así, y la parte del mundo conocida ahora por Asia sólo fue separada de él en tiempos posteriores, y dividida por las aguas glaciales”.

 

Por tanto, si entendemos correctamente la enseñanza, el primer Continente cubrió todo el Polo Norte como una corteza continua, y así sigue hasta hoy, más allá de aquel mar interior que parecía como un espejismo inalcanzable a los pocos viajeros árticos que lo percibieron.    Durante la segunda raza surgieron más tierras de debajo de las aguas, como una continuación. Principiando en ambos hemisferios, en la línea por encima de la parte más al Norte del Spitzbergen, en la proyección del cartógrafo flamenco del siglo XVI, Mercator, hacia nuestro lado europeo, pudo haber incluido por el lado de América las localidades que ahora están ocupadas por la Bahía de Baffin y las islas y promontorios vecinos.  La bahía de Baffin es un brazo de agua del océano Ártico flanqueado por la isla de Baffin, al oeste, Groenlandia, al este, y la isla de Ellesmere, al norte. Conecta con el océano Atlántico por el estrecho de Davis y con el océano Ártico a través de varios canales del estrecho de Nares. Es una extensión del noroeste del océano Atlántico Norte y el mar de Labrador. Allí , apenas alcanzó el grado setenta de latitud, hacia el Sur, formó el continente en forma de herradura del que habla el Comentario, de las Estancias de Dzyan, de cuyos dos extremos, uno incluía la Groenlandia con una prolongación que cruzaba el grado cincuenta un poco al Sudoeste, y el otro Kamschatka, estando unidos los dos extremos por lo que ahora es la franja Norte de las costas de la Siberia oriental y occidental. Esto rompióse en pedazos y desapareció. En los primeros tiempos de la tercera raza se formó la Lemuria. Cuando, a su vez, fue destruida, apareció la Atlántida. Seguro es que Europa fue precedida no sólo por la última isla de la Atlántida de que habla Platón, sino también por un gran continente, que primero se dividió, y finalmente se subdividió en siete penínsulas e islas llamadas Dvipas. Cubría las regiones del Atlánticas del Norte y del Sur, así como partes del Pacífico, del Norte y Sur, y tenía islas hasta en el Océano Índico (restos de Lemuria). Este aserto está corroborado por los  Purânas  indios, por escritores griegos y por tradiciones persas, asiáticas y mahometanas. El Coronel Wilford, a pesar de que confunde las leyendas indas y musulmanas, lo muestra claramente. Sus hechos y citas de los  Purânas  presentan una evidencia concluyente de que los indos Arios y otras antiguas naciones fueron navegantes antes que los fenicios, a quienes se atribuye ahora el haber sido los primeros marinos que aparecieron en los tiempos postdiluvianos.

  

He aquí lo que leemos en  Asiatic Researches:  “En su desesperación, los pocos indígenas que quedaron (en la guerra entre los Devatâs y Daityas) elevaron sus manos y su corazón a Bhagavân, y exclamaron: “Que el que nos liberte… sea nuestro rey”; y usaron la palabra ÎT (un término  mágico que Wilfordno entendió) que tuvo eco en todo el país.   Entonces estalla una violenta tempestad; las aguas del Kâli se agitan de un modo extraño, “y aparece sobre las olas… un hombre, llamado después ÎT, a la cabeza de un ejército numeroso, diciendo abhayan, o no hay temor”; y derrotó al enemigo”. “El Rey ÎT  –explica Wilford– es una encarnación subordinada a Mrira (Mrida, ¿una forma de Rudra probablemente?) quien restableció la paz y prosperidad en todo el Shamkha-dvipa, por medio de Barbaradêsa, Misrast’hân y Arva -st’hân, o Arabia”.  En la religión védica más antigua, la única deidad destructora era Rudra (‘terrible’), pero posteriormente en el hinduismo se volvió usual darle a ese dios el nombre eufemístico de Shivá, ‘auspicioso’ (así como en Grecia a las Furias se las terminó llamando Euménides, ‘las Gracias’). En su calidad de destructor, a veces se le llama Kāla (‘negro’), y es entonces identificado con el tiempo, aunque su función destructiva activa es entonces asignada a su esposa, bajo el nombre de Kali. Como deidad de la reproducción (concomitante a la destrucción), el símbolo de Shivá es un monolito de piedra o de mármol llamado lingam. Seguramente, si los  Purânas  indos dan una descripción de guerras en continentes e islas situados más allá del África Occidental, en el Océano Atlántico; si sus escritores hablan de Barbaras y otras gentes como los Árabes (que nunca se ha sabido que hayan navegado ni cruzado el Kâlapâni, las Negras Aguas del Océano, en los días de la  navegación fenicia), entonces estos  Purânas  tienen que ser más antiguos que los fenicios, a los cuales se les asigna la época de 2.000 a 3.000 años antes de Cristo. En todo caso, sus tradiciones tienen que ser más antiguas, pues un adepto escribe:  “En el relato anterior, los indos hablan de esta isla como existiendo, y con gran poderío; por tanto, tiene que haber sido hace más de once mil años”.

 

Pero puede aducirse otra prueba de la gran antigüedad de estos indos arios que describieron la última isla superviviente de la Atlántida, o más bien de aquel resto de la parte oriental, del Continente que pereció poco después del levantamiento de las dos Américas, los dos Varshas de Pushkara. Y describieron lo que conocían, porque habían morado una vez en él. Esto puede demostrarse, además, con un cálculo astronómico de un adepto que criticó  a Wilford. Recordando lo que este orientalista había manifestado respecto del Monte Ashburj, “a cuyo pie se pone el sol”, donde ocurrió la guerra entre los Devatâs y los Daityas, dice: ”Consideraremos, pues, la latitud y longitud de la perdida isla y del Monte Ashburj que ha quedado. Fue en el séptimo grado el mundo, esto es, en el séptimo clima (el cual está entre la latitud de 24 a 28 grados Norte) …Esta isla, hija del Océano, se ha descrito muchas veces como estando al Oeste; y al sol se le presenta como poniéndose al pie de su montaña (Ashburj, Atlas, Tenerife o Nilâ, no importa el nombre), y luchando con el Demonio Blanco de la “Isla Blanca”. En La Doctrina Secreta se postulan tres proposiciones nuevas que se hallan en contradicción directa con la ciencia moderna, lo mismo que con los dogmas religiosos corrientes. Enseña la evolución simultánea de siete grupos humanos en siete distintas partes de nuestro globo; el nacimiento del cuerpo  astral , antes que el  físico , siendo el primero un modelo del último; y que el hombre precedió a todos los mamíferos -incluso los antropoides – en el reino animal.    Pero no es sólo la Doctrina Secreta la que habla del Hombre primitivo nacido simultáneamente en las siete divisiones de nuestro Globo.

 

En el  Divino Pymander, de Hermes Trismegisto, encontramos los mismos siete Hombres primitivos desarrollándose en la Naturaleza. Y del Hombre Celeste, en el sentido colectivo de la palabra, a saber, de los Espíritus Creadores. Y en los fragmentos de las tablas Caldeas, coleccionados por George Smith, en los que está inscrita la Leyenda Babilónica de la Creación, en la primera columna de la tabla  Cutha, se mencionan siete Seres humanos “con caras de cuervos”, esto es, de tez negra, a quienes “crearon los (siete) Grandes Dioses”. O, según se explica:  “ En medio de la tierra crecieron y se hicieron grandes. Y aumentaron en número,  Siete reyes, hermanos de la misma familia.  Estos son los siete Reyes de Edom a quienes se hace referencia en la  Kabalah ; la primera raza, que era imperfecta , esto es, nació antes de que existiese la “balanza” (sexos), y que, por lo tanto, fue destruida. Aparecieron siete Reyes hermanos y tuvieron hijos; el número de sus gentes era 6.000. El Dios Nergas (la muerte) los destruyó. “¿Cómo los destruyó?” Poniendo en equilibrio (balanza) a los que no existían todavía. Fueron “destruidos”, como raza, por transfusión en su propia progenie (por exudación); es decir, la Raza sin sexo reencarnó en la (potencialmente) bisexual; esta última en los andróginos, y estos, a su vez, en la sexual, o sea período de la más reciente Tercera Raza.  Si las tablas estuviesen menos mutiladas, se vería que contienen, palabra por palabra, la misma relación que se da en los Anales Arcaicos y en Hermes, al menos en lo que concierne a los hechos fundamentales, ya que no en lo que respecta a los detalles minuciosos; pues Hermes ha sido bastante desfigurado por malas traducciones.

Todas las tradiciones de la especie humana que colocan a las familias primitivas en la región en que nacieron nos las presentan agrupadas alrededor de los países en donde la tradición judía coloca el Jardín del Edén y donde los Arios (Zoroastrianos) establecieron su Airyana Vaéjô o el monte sagrado Meru. Hállanse limitados al Norte con los países que se juntan en el lago Aral, y al Sur con el Baltistán, o Pequeño Tibet, región al norte de Kashmir (Cachemira), que lindera con la región autónoma de Xinjiang, en la China. Se encuentra en las montañas Karakoram, al sur del K2, la segunda montaña más alta del mundo. Todo concurre a probar que allí se encontraba la morada de esa humanidad primitiva de la cual debemos proceder.  Esa “humanidad primitiva” se hallaba en su quinta raza, cuando el “Dragón de Cuatro bocas”, el lago del cual quedan muy pocas señales, era la morada de los “Hijos de la Sabiduría”, los primeros Hijos nacidos de la Mente de la tercera raza. Era el  Paradesha , la tierra montañosa de la primera gente que habló el sánscrito. Era el  Hedone,  el país de las  delicias de los griegos. Pero no era la “Glorieta de la Voluptuosidad” de los caldeos, pues esta última sólo fue su reminiscencia. Ni fue allí donde ocurrió la  Caída del Hombre después de la “separación”.

 

El Edén de los judíos fue  copiado de la copia caldea. Que la Caída del Hombre ocurrió durante el primer período de lo que la Ciencia llama los tiempos mesozoicos, o la época de los reptiles, está evidenciado por la fraseología  de la Biblia acerca de la serpiente, la naturaleza de la cual se halla explicada en el  Zohar. La era secundaria o mesozoicaes la edad de los dinosaurios y se extiende desde unos 200 millones hasta 70 millones de años antes de nuestros días (ver artículo “Evidencias de civilizaciones perdidas – ¿hallazgos en eras geológicas imposibles?”). La cuestión no es si el incidente de Eva con el reptil tentador es alegórico o textual, sino demostrar la antigüedad del simbolismo y que no era una idea judaica, sino universal.   Ahora bien, en el  Zohar vemos un aserto muy extraño, que parece hecho para provocar la risa del lector por lo absurdo y ridículo. Nos dice que la serpiente usada por Shamael, el supuesto Satán, para seducir a Eva, era una especie de “camello volador” (?). Un “camello volador” es verdaderamente demasiado hasta para los académicos más liberales. Sin embargo, el  Zohar tenía razón en su descripción, pues vemos que en los antiguos manuscritos zoroastrianos se le llama Aschmogh, que en el  Avesta se halla representado como habiendo perdido, después de la Caída, su  naturaleza  y su nombre. Y se le describe como una enorme serpiente con cuello de camello. 

 

Eusebe Salverte asegura que:   “No hay serpientes aladas ni verdaderos dragones… Los griegos llaman aún a los cigarrones(un tipo de saltamontes)  serpientes aladas , y esta metáfora puede haber dado origen a diversas narraciones sobre la existencia de serpientes aladas”.  Actualmente no hay ninguna; pero no hay razón para que no hubiesen existido en la Edad Mosozoica. Y el naturalista francés Georges Cuvier, que ha reconstruido sus esqueletos, es un testigo de los “camellos voladores”. El gran naturalista, después de encontrar los simples fósiles de ciertos saurios, ya había escrito que:  “Si algo pueden justificar las hidras y otros monstruos, cuyas figuras eran tan a menudo repetidas por historiadores de la Edad Media, es, incontestablemente, el plesiosauro”. Los plesiosauros son un orden de saurópsidos (reptiles) sauropterigios que aparecieron a finales del período Triásico y duraron hasta la extinción K-T al final del Cretácico, habitando en todos los mares. Con frecuencia se los identifica erróneamente como “dinosaurios marinos“. Después de su descubrimiento, se decía humorísticamente que se parecían a “una tortuga con una serpiente ensartada a través de su cuerpo“, aunque carecían de caparazón. Se argumenta, de vez en cuando, que los plesiosaurios no están extintos y que viven en algunos lagos (como el lago Ness), aunque no hay ninguna evidencia científica para esta creencia.

 

De este modo fue cómo los primeros Atlantes, nacidos en el Continente Lemur, se separaron, desde sus primeras tribus, en buenos y en malos; en los que adoraban al Espíritu invisible de la Naturaleza o Panteístas, cuyo rayo siente el hombre dentro de sí mismo, y en los que rendían un culto fanático a los Espíritus de la Tierra, los Poderes antropomórficos, cósmicos y tenebrosos, con quienes se aliaron. Estos fueron los primeros Gibborim, los “hombres poderosos y famosos” en aquellos días, que en la quinta raza son los Kabirim, o Kabiri para los egipcios y fenicios, Titanes, para los griegos y Râkshasas y Daityas para los indos.   De acuerdo a la tradición rabínica, los Anakim (anaquitas), Refaim (refaitas), Gibborim, Zamzummim, y Emim (emitas), son de la misma raza Nefilim, y todos son nombres que se traducen por “gigantes” (ver artículo “Los gigantes de la antigüedad, ¿existieron realmente?”). Tal fue el origen secreto y misterioso de todas las subsiguientes y modernas religiones, especialmente del culto de los hebreos ulteriores a su dios de tribu. Al mismo tiempo, esta religión estaba estrechamente relacionada con los fenómenos astronómicos, sobre los cuales se basaba, y con los que, por decirlo así, se confundía. Los Lemures gravitaron hacia el Polo Norte o el Cielo de sus Progenitores, el Continente Hiperbóreo. Los Atlantes hacia el Polo Sur, el “Abismo”  cósmico y terrestre, de donde soplan las pasiones ardientes convertidas en huracanes por los Elementales: Dragones y Serpientes. De ahí proviene la idea de los Dragones y Serpientes buenos y malos, y también los nombres dados a los “Hijos de Dios”  (Hijos del Espíritu y de la Materia), o los Magos buenos y malos. Éste es el origen de la naturaleza doble y triple del hombre. La leyenda de los “Ángeles Caídos”, en su significado esotérico, contiene la clave de las múltiples contradicciones del carácter humano; señalando el  secreto de que la conciencia del hombre es el eje en que gira todo un Ciclo de vida, la historia de su evolución y desarrollo. 

 

La Geología ha demostrado que mientras más antiguos son los esqueletos encontrado en excavaciones, tanto más grande, más alta y más poderosa es su estructura. Federico Reougemont, que, aunque cree en la  Biblia y en el Arca de Noé, no es por eso menos científico, escribe:  “Todos esos huesos encontrados en los Departamentos de Gard, en Austria, en Lieja, etc.; esos cráneos que recuerdan todos el tipo del negro… y que por razón de su tipo pudieran tomarse equivocadamente por animales, han pertenecido todos a hombres de  alta estatura”.   Lo mismo dice Lartet, autoridad que atribuye una “alta estatura” a los que fueron sumergidos en el Diluvio (no necesariamente el de Noé) y una estatura más pequeña a las razas que vivieron posteriormente. En cuanto a la evidencia que proporcionaban los escritores antiguos, tenemos la de Tertuliano, que nos asegura que en su tiempo había en Cartago cierto número de gigantes.  Podemos, sin embargo, referirnos a los periódicos de 1858, que hablan de un “sarcófago de gigante” encontrado en el citado año en el sitio ocupado por aquella ciudad. En cuanto a los antiguos escritores paganos, tenemos el testimonio de Filostrato, que habla de un esqueleto de gigante de 22 codos de largo (1 codo = 52,36 cm.), así como también de otro de 12 codos, vistos por él mismo en el promontorio de Sigeo. Este esqueleto puede quizás no haber pertenecido, como creía Protesilas, al gigante muerto por Apolo en el sitio de Troya. Sin embargo, era de un gigante, como lo era aquel otro descubierto por Messecrates de Stira, en Lemnos, “horrible de contemplar”, según Filostrato.

 

Plinio el Viejo, escritor, científico, naturalista y militar romano, habla de un gigante en quien creyó reconocer a Orión, u Oto,  el hermano del gigante Ephialtes, que se rebeló contra los dioses. Apolo le disparó en el ojo izquierdo y Heracles en el derecho. Plutarco declara que Sertorio vio la tumba de Anteo, el Gigante; y Pausanias atestigua la existencia real de las tumbas de Asterio y de Gerion, o de Hilo, hijo de Hércules, todos Gigantes, Titanes y hombres poderosos. Finalmente, el Abate Pegues afirma, en su curiosa obra  Les Volcans de la Grèce, que:  “En la vecindad de los volcanes de la isla de Tera se encontraron gigantes con cráneos enormes, que yacían bajo piedras colosales, cuya erección, en todos los sitios, ha debido de exigir el uso de fuerzas titánicas, y que la tradición asocia, en todos los países, con las ideas sobre los gigantes, los volcanes y la magia”. En la misma obra antes citada, el autor se pregunta la razón por la que en la  Biblia y en la tradición, los Gibborim, los gigantes o “poderosos”, los Rephaim, espectros o “fantasmas”; los Nephilim, los “caídos”,  se nos presentan como idénticos, aunque son “todos  hombres”, puesto que la  Biblia los llama los primitivos y los poderosos Nimrod, nombre de un monarca legendario de Mesopotamia, mencionado en el capítulo 10 del libro de Génesis, que además figura en numerosas leyendas.  La Doctrina Secreta explica el misterio. Estos nombres, que pertenecen de derecho sólo a las cuatro razas precedentes y a los primeros principios de la quinta raza, aluden muy claramente a las primeras dos razas  astrales, a la raza “caída”, la tercera raza, y a los Gigantes Atlantes, la cuarta raza, después de la cual “principiaron los hombres a decrecer en estatura”.   

Los ocultistas saben que las tradiciones de la Filosofía Esotérica deben ser las verdaderas, sencillamente porque son las más lógicas y reconcilian todas las contradicciones. Por otra parte, tenemos los  Libros de Thoth y el  Libro de los Muertos  egipcios, los  Purânas  indos con sus siete Manus, así como las narraciones caldeo-asirias, cuyas tablillas mencionan siete Hombres primitivos o Adanes, pudiéndose averiguar, por medio de la  Cábala, el verdadero significado de este nombre. Los que saben algo de los Misterios de Samotracia recordarán también que el nombre genérico de los Kabiri era los “Santos Fuegos”, que crearon en siete localidades de la isla de Electria o Samotracia, al “Kabir nacido de la Santa Lemnos”, la isla consagrada a Vulcano. Los misterios de Samotracia, como religión, fue uno de los más importantes de la Grecia antigua, el cual adquirió especial relieve en época helenística. El mundo griego fue escenario de una notable floración de religiones mistéricas, especialmente en época helenística. Muchas de ellas procedían de Oriente, pero hubo misterios de origen griego que en un principio habrían constituido la religión de una ciudad o santuario, para convertirse con el tiempo en una secta más o menos accesible. Existe una evidente afinidad entre la naturaleza de las religiones mistéricas y el carácter telúrico de la religión prehelénica, anterior a la llegada de gentes indoeuropeas a suelo griego, con su religión luminosa del cielo, de la luz, de la distancia. Es de notar que los rasgos fundamentales de aquella religión indígena con respecto a la Tierra Madre y a lo ultraterreno, perduran casi siempre con más fuerza que la religión actual y lo hacen en forma de misterios, en que el individuo encuentra un sistema de dogmas y esperanza, y, en definitiva, un cauce a sus necesidades espirituales.

A juzgar por las inscripciones encontradas en la isla de Samotracia, predominaban los lacedemonios (originarios de Esparta, la capital de Laconia, una región de la antigua Grecia, y a su nombre primigenio y también alternativo Lacedemón) entre los iniciados. Y, en efecto, parece ser que los misterios de Samotracia estuvieron vinculados a la oposición política de Atenas, ciudad afín, en cambio, a los misterios de Eleusis. Oposición que si en un momento determinado había sido Esparta, fue más tarde Macedonia. Cuenta Plutarco que Filipo II de Macedonia marchó a Samotracia con objeto de ser iniciado en los misterios y coincidió allí con una princesa epirota llegada con la misma intención; y que este encuentro fue el precedente de su boda. Sea o no verídica la anécdota, no deja de ser sintomática. Y no hay que olvidar, por otra parte, el interés de Filipo por sustraer Samotracia a la esfera política ateniense. Alejandro Magno siguió en este sentido la actitud de su padre, mostrándose devoto de estos misterios que, con sus conquistas, alcanzaron notable difusión en el mundo helenístico. Bajo el imperio romano el ascendiente de Samotracia y sus misterios no experimentó descenso alguno. Los dioses de los misterios de Samotracia son los llamados Cabiros y se sitúan en el ámbito de la religión de la Tracia, región donde pueden detectarse una serie de elementos agrarios y telúricos de fondo naturalístico, que trasplantados al ambiente cerrado de las islas habrían determinado el carácter mistérico de los mismos. En ellos es característica la presencia de una pareja divina acompañada de un dios-hijo y el consiguiente cortejo de genios homónimos. Estos mismos elementos también aparecen, por lo demás, en las islas adyacentes a la costa tracia y vecinas de Samotracia: Lemnos, Imbros y Tasos.

 

Según Píndaro, este Kabir, cuyo nombre era Adamas, fue, en las tradiciones de Lemnos, el tipo de hombre primitivo nacido del seno de la Tierra. Era el arquetipo de los primeros hombres en el orden de la generación y uno de los siete autóctonos antecesores o progenitores de la Humanidad. A ello tenemos que añadir el hecho de que Samotracia fue colonizada por los fenicios, y antes de ellos por los misteriosos Pelasgos, pueblos predecesores de los helenos como habitantes de Grecia y que vinieron de Oriente. Si recordamos también la identidad de los Dioses del Misterio de los fenicios, caldeos e israelitas, será fácil descubrir de dónde vino la confusa relación del Diluvio de Noé. Últimamente se ha visto que es innegable que los judíos, que obtuvieron de Moisés (que las tenía de los egipcios) sus ideas primitivas acerca de la creación, compilaron su Génesis y sus primeras tradiciones cosmogónicas, cuando fueron recopiladas por Ezra y otros, tomándolas del relato acadio-caldeo. Por lo tanto basta examinar las inscripciones cuneiformes babilónicas, asirias y otras, para encontrar también en ellas, esparcidas aquí y allá, no sólo el significado original del nombre de Adam, Admi o Adami, sino también la creación de siete Adanes o raíces de Hombres, nacidos físicamente de la Madre Tierra, y espiritual o astralmente (¿alma?) del Fuego Divino de los Progenitores. No podía esperarse de los asiriólogos, ignorantes de las enseñanzas esotéricas, que prestasen mayor atención al misterioso y constantemente repetido número  siete de los cilindros babilónicos, que la que le prestan al encontrarlos en el Génesis  y en el resto de la  Biblia . Sin embargo, los números de los espíritus antecesores, y sus siete grupos de progenie humana, se hallan en los cilindros a pesar del estado deteriorado de los fragmentos, y se les encuentra tan claramente como en el Divino Pymander, de Hermes Trismegisto, en el  Libro del Misterio Oculto, raíz, base y fundamento del Zohar, y la Cábala hebrea. En el último Adam Kadmon es el Árbol Sephirothal, como también es el “Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal” del Génesis. Y este misterioso Árbol “tiene a su alrededor siete columnas” o palacios de los siete Ángeles creadores, operando en las Esferas de los siete Planetas sobre nuestro Globo. Así como Adam Kadmon es un nombre  colectivo, también lo es el nombre de Adán hombre.

 

George Smith dice en su  Chaldean Account of Genesis: “La palabra Adán, aplicada en esas leyendas al primer ser humano,  no es evidentemente un nombre propio, sino que sólo se usa como un término que significa la Humanidad”. Adam aparece como nombre propio en el  Génesis, pero seguramente en algunos pasajes sólo se emplea en el mismo sentido que la equivalente palabra asiria.  Por otra parte, ni el Diluvio caldeo ni el bíblico, con sus mitos de Nisuthros y de Noé, están basados en el Diluvio universal, ni  aun en los de los Atlantes, registrados en la alegoría inda del Manu Vaivasvata. Son aquéllos alegorías exotéricas basadas en los Misterios Esotéricos  de Samotracia. Si los caldeos más antiguos conocían la verdad esotérica, oculta en las leyendas puránicas, las otras naciones sólo conocían el Misterio Samotracio y lo alegorizaban. Lo adaptaron a sus nociones astronómicas y antropológicas, o más bien fálicas. Históricamente se sabe que Samotracia ha sido célebre en la antigüedad por un diluvio que sumergió  el país y alcanzó la cima de las más altas montañas; suceso que tuvo lugar antes del tiempo de los argonautas, los héroes que acompañaron a Jasón en su búsqueda del vellocino de oro. Se inundó rápidamente por las aguas del Euxino, que hasta entonces había sido considerado como un lago. Pero, además, los israelitas tenían otra tradición en que basar su alegoría: la leyenda del Diluvio, que transformó el actual desierto de Gobi  por última vez  en un mar, hace 10.000 ó  12.000 años, y que echó a las montañas vecinas a muchos Noés y sus familias. Los relatos babilónicos han sido recientemente deducidos de cientos de miles de fragmentos de tablillas. Sólo en el terraplén de Kouyunjik se han descubierto, desde las excavaciones de Sir Austen Henry Layard, más de 20.000 fragmentos con inscripciones.Las pruebas que aquí se citan, aunque relativamente escasas, corroboran lo que decimos.

 

Por lo menos hay tres evidencias. La primera raza era una raza obscura que llamábanla Adamu o raza Obscura. Los babilonios reconocían dos razas principales en el tiempo de la Caída, habiendo precedido a esas dos la Raza de los Dioses, los Dobles Etéreos de los Pitris. Tal es la opinión de Sir H. Rawlinson. Estas razas son nuestras segunda y tercera razas raíces. Se considera que el ser humano no dispone solamente de un cuerpo o vehículo para su existencia, sino de varios para el desarrollo de nuestra existencia en los diferentes planos de la misma. Cada plano de la existencia requiere del uso de un determinado cuerpo para desenvolvernos con propiedad en el plano que se trate. El cuerpo llamado doble etéreo está rodeando el cuerpo físico, pero es tan sutil materia que no resulta visible al ojo ordinario. Esa materia sutil, esa sustancia, es de suma importancia para el ser humano, pues por ella fluyen las corrientes vitales que mantienen vivo el cuerpo y sirve de puente para transferir las ondulaciones del pensamiento y la emoción desde el cuerpo astral al cuerpo físico. Sin ese puente, el Ego no podría utilizar las células de su cerebro. Quien puede ver el doble etéreo lo describe de esta manera: Una neblina de color gris violáceo débilmente luminosa que interpenetra el cuerpo físico y lo rodea en toda su superficie,  extendiéndose un poco más al exterior. Es como si el cuerpo físico estuviese rebozado en esa luminosidad. Sobre la superficie de este cuerpo es donde actúan y pueden ser vistos los chakras.

 

Estos siete Dioses, cada uno de los cuales creó un Hombre o Grupo de hombres, eran “los  Dioses aprisionados o encarnados”. Estos Dioses eran: el Dios Zi; el Dios Zi -ku (vida noble); el Dios Mir-ku (corona noble), llamado “Salvador de la muerte de los Dioses aprisionados” y “Creador de las razas obscuras que su mano hizo”; el Dios Libzu, “sabio entre los Dioses”; el Dios Nissi; el Dios Suhhab; y Hea o Sa, “el Dios de la Sabiduría y del Océano”, identificado con Oannes -Dagon, que, en el tiempo de la Caída fue llamadoel Demiurgo o Creador.   Hay en los fragmentos babilónicos dos llamadas “Creaciones”, y como el  Génesis se ha adherido a esta idea, vemos que sus dos primeros capítulos se diferencian en Creación Elohítica y Jehovática. Su orden propio, sin embargo, no se conserva en estos relatos ni en otros relacionados. Ahora bien, estas “Creaciones”, según las Enseñanzas Ocultas, se refieren respectivamente a la formación de los siete Hombres primordiales por los Progenitores: los Pitris o Elohim, y a la de los Grupos humanos después de la Caída.  Ahora convendría ponerse de acuerdo respecto de los nombres de los Continentes en donde las cuatro grandes razas, que precedieron a nuestra raza Adámica, nacieron, vivieron y murieron. Sus nombres arcaicos y esotéricos eran muchos, y variaban según el lenguaje de la nación que  los mencionaba en sus anales y escrituras. Por ejemplo, lo que en el  libro del Avesta, Vendidâd,se llama Airyana Vaêjô donde nació el Zoroastro original, que es llamado en la literatura puránica Shveta Dvipa, Monte Meru o la Mansión de Vishnu. Y en la Doctrina Secreta se llama simplemente la “Tierra de los Dioses”, gobernada por los “Espíritus de este Planeta”.    El primer Continente, o más bien la primera  tierra firme, donde fue evolucionada la primera raza por los Progenitores divinos, fue llamada   La Isla Sagrada e Imperecedera

 

La razón de este nombre es que, según se afirma, esta “Isla Sagrada e Imperecedera”, nunca ha participado de la suerte de los otros Continentes, por ser la única cuyo destino es durar desde el principio hasta el fin del Manvántara, pasando por cada ronda. Es la cuna del primer hombre y la morada del último mortal  divino , escogido como un Shishta para la semilla futura de la Humanidad. Muy poco puede decirse de esta tierra misteriosa y sagrada, excepto, quizás, según una poética expresión de uno de los Comentarios, que la “ Estrella Polar fija en ella su vigilante mirada, desde la aurora hasta la terminación del crepúsculo de un Día del Gran Aliento”.   Un Manvántara comprende 71 majá-iugá, que equivalen a una catorceava parte de la vida del dios Brahmā, 12.000 años de los dioses, o 4.320.000 años de los humanos. Cada uno de esos periodos es presidido por un Manu especial. Según el hinduismo, ya han pasado seis de tales Manvántaras; el actual es el séptimo, y es presidido por el Manu Vaivasvata. Faltan siete Manvántaras para completar los 14 que conforman una vida completa de Brahmá. Curiosamente, si dividimos los años de los humanos por los años de los dioses, nos da como resultado 360.  Desde el tercer milenio antes de Cristo los pueblos que habitaron entre los ríos Tigris y Eúfrates nos han dejado miles de tablillas de arcilla. En más de 500 de ellas aparecen inscripciones matemáticas que nos han permitido descubrir desde su sistema de numeración, de base 60, hasta sus conocimientos sobre el teorema de Pitágoras. De su afición a las observaciones astronómicas sobre las posiciones de los planetas observables a simple vista: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, conservamos en la actualidad dos vestigios muy populares. Uno de ellos es el horóscopo. Como eran excelentes astrólogos, bautizaron las doce constelaciones del zodíaco, dividiendo cada una de ellas en 30 partes iguales. Es decir, dividieron el círculo zodiacal en 12 x 30 = 360 partes. De ellos hemos heredado la división de la circunferencia en 360 grados y la de cada grado en 60 minutos y cada minuto en 60 segundos. Y el origen conocido de nuestra manera de contar el tiempo también es suya.

 

El segundo Continente es el llamado Hiperbórea, la tierra que extendía sus promontorios al Sur y al Este desde el Polo Norte, para recibir la segunda raza. Y comprendía también todo lo que se conoce como Asia del Norte. Tal fue el nombre dado por los griegos más antiguos a la lejana y misteriosa región adonde su tradición hacía viajar cada año al dios Apolo, el Hiperbóreo.  Astronómicamente Apolo es el Sol, que, abandonando sus santuarios helénicos, gustaba visitar su lejano país, donde se decía que el Sol nunca se ponía durante la mitad del año.   Pero  históricamente , o mejor dicho, etnológica y geológicamente, el significado difiere. La tierra de los Hiperbóreos, el país que se extendía más allá de Bóreas, el Dios de corazón helado y de nieves y huracanes, que gustaba dormitar pesadamente en la cordillera de los Montes Rifeos, no era un país de leyenda como suponen los mitólogos, ni una tierra vecina de la Escitia y del Danubio. Era un Continente real, una tierra  que no conocía el invierno en aquellos días primitivos, y cuyos tristes restos no tienen ahora más que un día y una noche durante el año. Las sombras nocturnas nunca se  extienden en ella, dicen los griegos; pues es la “Tierra de los Dioses”, la mansión favorita de Apolo, el Dios de la luz, y sus habitantes son sus sacerdotes y servidores queridos. Esto puede considerarse ahora como una  ficción poética; pero entonces era una  verdad poetizada.  

 

Al tercer Continente lo llamamos Lemuria.  De todos modos este nombre es una invención o una idea de P. L. Sclater, quien, entre 1850 y 1860, confirmó con fundamentos zoológicos la existencia real, en tiempos prehistóricos, de un Continente que demostró se extendía desde Madagascar a Ceilán y Sumatra. Incluía algunas partes de lo que ahora se llama África; pero, por lo demás, este gigantesco Continente, que se extendía desde el Océano Índico hasta la Australia, ha desaparecido por completo bajo las aguas del Pacífico, dejando aquí y allá solamente algunas de las cumbres de sus montes más elevados, que en la actualidad son islas. Según escribe  el naturalista  A. R. Wallace:   “Extiende la Australia de los períodos terciarios a Nueva Guinea y a las Islas de Salomón, y quizás a Fiji, y de sus tipos marsupiales infiere una conexión con el Continente del Norte durante el período Secundario”. Al cuarto Continente lo llamamos Atlántida. Sería la primera tierra histórica si se prestase más atención de lo que se ha hecho hasta ahora a las tradiciones de los antiguos. La famosa isla llamada así por Platón era sólo un fragmento de aquel gran Continente. 

 

El quinto Continente era América; pero, como está situado en sus antípodas, los ocultistas indoarios mencionan generalmente a Europa y al Asia Menor, casi contemporáneos de aquél, como el quinto. Si su enseñanza siguiese la aparición de los Continentes en su orden geológico y geográfico, entonces esta clasificación tendría que alterarse. Pero como el orden sucesivo de los Continentes se hace que siga al orden de la evolución de las razas, desde la primera a la quinta, la raza llamada Aria, Europa tiene que llamarse el quinto gran Continente. La Doctrina Secreta no toma en cuenta islas y penínsulas, ni sigue tampoco la distribución geográfica moderna de la tierra y el mar. Desde el tiempo de sus primitivas enseñanzas y de la destrucción de la gran Atlántida, la faz de la Tierra ha cambiado  más de una vez. Hubo un tiempo en que el delta del Nilo, en Egipto, y el África del Norte pertenecían a Europa, antes de la formación del Estrecho de Gibraltar, y de que un ulterior levantamiento del Continente cambiase por completo la faz del mapa de Europa. El último cambio notable se verificó hace unos 12.000 años y fue seguido por la sumersión de la pequeña isla Atlante remanente del antiguo continente, explicado por Platón, que él llamó Atlántida, como su continente original (ver artículos ”La Tierra, ¿es un planeta peligroso?”). La Geografía era, en la antigüedad, una parte de los Misterios. El Zohar dice:  “Estos secretos (de la tierra y del mar) fueron comunicados a los  hombres de la ciencia secreta , pero no a los geógrafos”. 

 

La afirmación de que el hombre físico era originariamente un gigante colosal pre-terciario, y de que existió hace 18 millones de años, tiene que parecer absurda a los seguidores de la ciencia moderna, que rechaza la idea de la existencia de este Titán de la tercera raza en la Edad Secundaria, un ser apto para luchar con éxito con los entonces gigantescos monstruos del aire, del mar y de la tierra,  así como sus antepasados, los prototipos etéreos del Atlante. El antropólogo moderno puede rechazar estos Titanes como lo que se refiere al Adán bíblico.  Pero la Cronología Esotérica no debería asustar a nadie. Los sabios de la sociedad científica divagan con respecto a la  duración de los períodos geológicos, que pueden hacerlos oscilar  desde un millón a quinientos millones de años con la mayor facilidad.    Tomemos un ejemplo: según los cálculos del Dr. James Croll, 2.500.000 años representan el tiempo desde el principio de la Edad Terciaria o período Eoceno. Según la Doctrina Secreta, podemos estimar entre cuatro y cinco millones de años desde la evolución incipiente y el final de la cuarta raza en los Continentes Lemuro-Atlánticos, 1 millón de años desde la parición de la quinta raza Aria, y unos 850.000 desde la sumersión de la última gran Atlántida. Todo esto puede haber tenido lugar fácilmente dentro de los 15 millones de años de la Edad Terciaria.

 

Pero, cronológicamente hablando, la duración del período es de importancia secundaria, puesto que después de todo tenemos ciertos hombres de ciencia en que apoyarnos. Estos científicos sostienen  que el hombre ha existido desde una edad tan remota como la Secundaria. Han encontrado huellas humanas en rocas de aquella formación; y, además, M. de Quatrefages no ve ninguna razón científica válida de por qué el hombre no haya podido existir durante la Edad Secundaria (ver artículo “Evidencias de civilizaciones perdidas – ¿hallazgos en eras geológicas imposibles?”).    Las Edades y períodos en la Geología son términos puramente convencionales, puesto que están aún apenas delineados. Y, además, no hay dos geólogos o naturalistas que estén de acuerdo acerca de las cifras. T. Mekllard Read, en un escrito sobre “La piedra caliza como Indicador del Tiempo Geológico”, que leyó en 1878 ante la Sociedad Real, pretende que el  mínimo requerido para la formación de las capas sedimentarias y la eliminación de la materia calcárea es, en números redondos, 600 millones de años. ¿O deberemos pedir ayuda para nuestra cronología a las obras de Charles Darwin, en donde, según su teoría, asigna a las transformaciones orgánicas entre 300 y  500 millones de años? Sir Charles Lyell y el profesor Houghton se contentaban con colocar el principio de la Edad Cambriana a entre unos 200 a 240 millones de años de nuestra época.

 

 

Pero el punto principal no está en el acuerdo o desacuerdo de los naturalistas acerca de la duración de los períodos geológicos, sino más bien en su acuerdo en un punto muy importante. Convienen todos en que durante la Edad Miocena  -ya haga uno o diez millones de años – Groenlandia y hasta el Spitzbergen, restos de nuestro segundo Continente, el Hiperbóreo, “tenían casi un clima tropical”. Ahora bien; los griegos prehoméricos habían conservado una tradición vívida de esta “Tierra del Sol Eterno”, adonde su dios Apolo viajaba todos los años. La Ciencia nos dice que: “ …durante la Edad Miocena, Groenlandia (a 70º latitud Norte) desarrolló gran abundancia de árboles tales como el tejo, el árbol rojo, un sequoia aliado a las especies de California, hayas, plátanos, sauces, encinas, álamos y nogales, así como también una clase de magnolias y de zamias”.   En una palabra: Groenlandia tenía plantas tropicales desconocidas en las regiones del Norte.   Ello nos plantea esta pregunta: Los griegos, en los días de Homero, ¿conocían una tierra Hiperbórea, una tierra más allá del alcance de Bóreas, el Dios del invierno y del huracán?  Una región que los últimos griegos y sus escritores han tratado de colocar más allá de la Escitia, un país donde las noches eran cortas y los días largos y, más allá, una tierra donde el Sol nunca se ponía y donde las palmeras crecían. Si conocían todo esto, ¿quién les habló de ello? En su tiempo, y durante muchos milenios, Groenlandia debió ciertamente haber estado ya cubierta de nieves y hielos perpetuos, lo mismo que ahora. Todo tiende a demostrar que la tierra de las noches cortas y de los días largos era Noruega o Escandinavia, más allá de la cual se hallaba la tierra bendita de la luz y del verano eternos.

 

Para que los griegos conocieran esto, la tradición debió haberles llegado de un pueblo más antiguo que ellos, que conocía aquellos detalles de un clima acerca del cual los griegos mismos nada podían saber. Aun en nuestros días, se sospecha que más allá de los mares polares, en el círculo mismo del Polo Ártico, existe un mar que nunca se hiela y un continente siempre verde (ver artículos “La Tierra, ¿es hueca y alberga un reino subterráneo?”). Las Enseñanzas Arcaicas y también los  Purânas indos contienen las mismas afirmaciones. Para nosotros nos basta la gran probabilidad de que durante el período mioceno, en un tiempo en que Groenlandia era casi una tierra tropical, existió allí un pueblo ahora desconocido. Las lenguas semíticas son descendientes del primitivo sánscrito, pero la Doctrina Oculta no admite divisiones como la aria y la semítica, y hasta acepta la lengua turania con grandes reservas. Los semitas, especialmene los árabes y hebreos, son arios posteriores. Los hebreos son una tribu descendiente de los Chandâlas de la India que, refugiados en Caldea, Scinde y Aria (Irán), nacieron efectivamente de su padre A-Bram (en realidad No-brahmán), unos 8.000 años antes de Cristo. Los otros, los árabes, son descendientes de aquellos arios que no quisieron ir a la India cuando la dispersión de las naciones, algunos de los cuales permanecieron en las fronteras de la misma, en el Afganistán y Kabul, y a lo largo del Oxus, mientras que otros penetraron en Arabia y la invadieron. Pero esto fue cuando el África ya se había levantado como continente. Una de las más  antiguas  leyendas de la India, que se conserva en los templos por tradición oral y escrita, refiere que  hace  cientos de miles de años  se  dilataba por el Océano  Pacífico un vastísimo continente que destruyó un sacudimiento sísmico,  y cuyos restos  han de buscarse en Madagascar, Ceilán, Sumatra, Java, Borneo y las principales islas de la Polinesia.

 

Según  esta  hipótesis, las elevadas mesetas  del Asia hubieran sido en aquella remotísima época extensas islas adyacentes al continente central.  Afirman los brahmanes que  este  país había llegado a un muy alto nivel de civilización, continuada después por las  tradiciones de la península  indostánica,  que en la época  del  gran  cataclismo  quedó  ensanchada  por la separación de las aguas.  De  aquel continente equinoccial se derivó el lenguaje sánscrito. La tradición indo–helénica, conservada por el pueblo más culto que  emigró de las llanuras de la India, alude también a la existencia de un continente llamado Atlántida, habitado por los atlantes, cuya situación  fija en la parte del  actual océano Atlántico, correspondiente a la zona septentrional de los trópicos. Los griegos no se atrevieron jamás a trasponer las columnas de  Hércules  por el temor que les infundía el  misterioso  océano, y además, aparecieron demasiado tarde en la historia para suponer que la referencia de Platón no sea eco de las tradiciones indas, a  pesar  de  que la existencia del  prehistórico continente en aquellas latitudes está insinuada geográficamente por los vestigios que se encuentran en  las volcánicas islas de los Azores, Canarias y Cabo  Verde.  Por  otra  parte,  del  examen  del  planisferio terrestre se infiere, al ver el gran número de islas é  islotes  diseminados  entre el archipiélago malayo y la Polinesia, desde el estrecho de  la Sonda a la isla de Pascuas, que en aquellas latitudes existió el continente más vasto de cuantos precedieron al nuestro.

 

Una tradición religiosa común a Malaca y  Polinesia,  esto  es, a los dos extremos opuestos de Oceanía, afirma que todas las islas de esta parte del mundo  formaron en otro tiempo dos vastísimos territorios habitados respectivamente por hombres  amarillos y hombres negros, que estuvieron  constantemente en guerra, hasta que  cansados los dioses de sus  contiendas,  ordenaron al océano que los pusiera en paz, lo cual  cumplió tragándose ambos continentes  con  todos  sus  habitantes.  Tan  sólo se  libraron  de  la inundación los  picachos  y  mesetas de las  montañas  gracias a la influencia de los dioses, que  advirtieron demasiado tarde el error cometido.Sea cual fuere el valor de estas tradiciones,  y  doquiera  haya  evolucionado  una  civilización precedente a  las de la India, Egipto, Grecia y Roma, no cabe duda de que  existió  dicha  civilización, y la ciencia debería seguir sus huellas, por débiles é imperceptibles que sean. La tradición religiosa de Malaca  y  Polinesia,  traducida por Jacolliot del original en sánscrito, corrobora aquella otra tomada de los Anales de la Doctrina Secreta, según la cual  lucharon  los “hijos de Dios” (hombres amarillos)  con los “hijos de los gigantes” (hombres negros), o sea, los magos atlantes. Jacolliot, que visitó personalmente  todas  las  islas de la Polinesia, y durante años se dedicó al estudio de la religión, idioma y tradiciones de casi todos aquellos pueblos, dice en conclusión:  “Son tan evidentes las pruebas de que la actual Polinesia fue un continente  desaparecido a consecuencia de un cataclismo gealógico, que ya no es posible dudar por más tiempo de su existencia”.

 

Las tres mayores islas remanentes de este continente, que son las islas Sandwich, Nueva Zelanda  e  isla de Pascua,  distan  una de otra de 1.500 a 1.800 leguas (1 legua = 5,55 Km.), y los intermedios archipiélagos de Viti, Sarnoa, Tonga,  Futuna,  Uvea, Marquesas, Tahití, Pumuton y Gambieres,  distan a su vez de dichos extremos entre 700 y 1000 leguas.Todos los navegantes convienen en que, dada la actual situación geográfica, los isleños de  los extremos no hubieran podido comunicarse con los del centro por la insuficiencia de  medios  de  que  disponían,  pues era materialmente  imposible recorrer tan  dilatadas  distancias en canoa, sin brújula ni provisiones bastantes para una travesía de muchos meses.Por otra parte, los aborígenes de las islas Sandwich, Viti, Nueva Zelanda, Samoa, Tahití, etc., no se habían conocido unos a otros ni habían oído hablar unos de otros antes de la llegada de los  europeos.  No obstante, en todas las islas subsistía la tradición de haber formado en otro tiempo  parte de un vasto continente, que se extendía  hacia Occidente por el lado de Asia. Además, todos los isleños polinesios hablan el mismo idioma,  tienen  las  mismas  costumbres,  profesan la misma  religión, y cuando se les pregunta donde está la cuna de su raza, señalan con la mano hacia poniente.   

 

Las ruinas de  que  está  sembrado  el  suelo  americano y muchas  islas adyacentes a la India occidental fueron obra de los sumergidos atlantes. Así como los hierofantes del continente antiguo podían  comunicarse  submarinamente con el nuevo, así también los magos atlantes dispusieron de análogas comunicaciones.  A propósito de estas misteriosas  catacumbas,  referiremos  una curiosa narración  oída de labios de un misterios peruano. Trata la narración de los famosos tesoros del último inca, y dice básicamente que desde el asesinato  perpetrado por Pizarro en la persona del último inca, todos los indios conocían el  paraje  donde estaba escondido el tesoro, pero no así los mestizos, en quienes  era  imposible  confiar. Al caer  prisionero el rey inca,  ofreció su esposa en rescate todo el oro que cupiese en una sala hasta  la  altura donde alcanzase el conquistador, debiendo efectuarse  la entrega antes de la puesta de sol del tercer día. La esposa del inca cumplió su palabra, pero Pizarro faltó a ella, porque maravillado a la vista de tan enorme  riqueza, declaró que en modo  alguno devolvería la libertad al prisionero, sino que le quitaría la vida,  a menos que la reina revelase la procedencia del tesoro.  Había oído decir Pizarro que  los  incas  guardaban incalculables  riquezas en un túnel o galería subterránea de muchas  millas de largo. La infortunada reina pidió una prórroga y fue a consultar el oráculo. Durante el sacrificio, el sacerdote mayor le mostró en un sagrado espejo negro la inevitable muerte  de  su  esposo, tanto si entregaba como  sí  no  a  Pizarro los tesoros de la corona. Entonces, la reina mandó tapiar la entrada del subterráneo que se abría en la rocosa margen de un barranco.

 

El sacerdote inca y los magos,  después de tapiar la abertura, llenaron  el barranco de enormes piedras sobre las que extendieron una capa de tierra  para  disimular  la obra. Los españoles asesinaron al inca y la desdichada reina se suicidó,  burlando así la codicia de los  conquistadores,  sin que nadie, excepto unos  cuantos  peruanos fieles, tuviese noticia del paraje donde el tesoro quedaba oculto. A  consecuencia de algunas indiscreciones, los gobiernos de distintos países enviaron agentes en busca del tesoro bajo pretexto de exploraciones científicas, pero no tuvieron éxito alguno en su propósito. Los  informes de Tschuddi y otros  historiadores del Perú confirman  esta  narración, aunque hay algunos pormenores desconocidos del público. Algo de verdad ha de haber en esta narración, puesto que, posteriormente,  la confirmó un viajero italiano  que  había visto el paraje en cuestión,  aunque  por falta de medios y de tiempo  sólo  pudo comprobar en parte la referencia. El  italiano recibió la noticia de un viejo sacerdote al que un indio peruano se la  había  revelado en secreto de confesión. Conviene advertir  que el sacerdote quebrantó el secreto mientras se hallaba dominado por la influencia hipnótica del italiano. Estos  “espejos  mágicos”,  generalmente negros, son otra prueba de la universalidad  de  unas  mismas creencias, pues se preparan o fabrican en la provincia  india de Agra, en el Tíbet, en la China y también en Egipto, de donde, según el historiador  indígena  citado  por  Brasseur de Bourboutg, los introdujeron  en Méjico los antecesores de los quichés.

 

En  Arica, Perú, hay una enorme y solitaria roca cortada casi a  pico  y  sin  visible  enlace con la cordillera de los Andes. Era la tumba de los  incas. Con el auxilio de unos gemelos, a los reflejos  del sol poniente, pueden distinguirse algunos curiosos jeroglíficos grabados en la superficie de la roca volcánica. En Cuzco, capital del  Perú,  se  alzaba  el  templo  del Sol,  famoso en todo  el país por su magnificencia. Techo, paredes y cornisas estaban revestidos de planchas de  oro,  y  en el  muro occidental habían practicado los arquitectos una abertura dispuesta de tal modo, que enfocaba los rayos  solares hacia el interior  del edificio, en donde se difundían como una dorada cadena alrededor de las paredes  e  iluminaban los ídolos y  descubrían ciertos  signos  místicos,  de  ordinario  invisibles, en que se cifraba el secreto de las entradas a la galería  subterránea. Una de estas entradas  se  abre  en  las inmediaciones  del  Cuzco y da  acceso a  un largísimo subterráneo  que conduce a Lima, y de esta ciudad tuerce hacia el Sur hasta Bolivia. En cierto  punto del túnel hay  un sepulcro regio a cuya cámara dan acceso dos puertas  ingeniosamente  dispuestas, o mejor  dicho, dos enormes  losas, que al girar sobre sus goznes cierran con tan perfecto ajuste, que sólo  por  medio  de  ciertas  señales secretas los fieles guardianes pueden descubrir  las junturas. Una de  estas  losas  intercepta  la  galería  por la parte de Lima, y la otra por la de Bolivia. Esta última rama se dirige  hacia el Sur y pasa por Trapaca y Cobijo, porque Arica no está muy lejos del riachuelo Payquina, que separa Perú de Bolivia. Dicen los historiadores  que al desembarcar los españoles, el rey de los quichés ordenó a sus sacerdotes que consultaran el  espejo para inquirir el destino del país, y que el  demonio  reflejó en él lo presente y lo futuro.  

  

Payquina o Payaquina debe su nombre a que arrastra  pepitas de oro. No lejos de allí se yerguen tres picachos andinos, distanciados en forma  de  triángulo. Según la tradición, en uno de estos  picos se abre la única entrada expedita de la galería que va al Norte, pero todavía no son conocidos  los  puntos de referencia  que encaminan a la entrada. Pero seria en vano que un ejército de titanes apartara las rocas con la intención  de  descubrirla.  Y aun suponiendo  que  alguien  diese con ella y llegara  por la galería  hasta la losa que cierra la cámara sepulcral, resuelto a derribarla, nada conseguiría, porque las  rocas  de  la bóveda  están asentadas de modo que,  en  tal  caso,  cegarían la tumba  con  todos sus tesoros. El  misterioso peruano nos  decía  que aunque se empeñasen en el intento mil soldados,  quedarían envueltos en las ruinas del derrumbamiento. La cámara de Arica no tiene  otra entrada que la abierta en la montaña inmediata al río Payquina. A lo largo de la galería que desde el Cuzco  pasa  por  Lima hasta  llegar a Bolivia, hay pequeños escondrijos, donde durante muchas generaciones acumularon los incas incalculables riquezas en oro y piedras preciosas . Pero aunque se tuviese un plano exacto de la galería con la situación de la cámara sepulcral, habría que superar los obstáculos materiales. Por de pronto, costaría no poco trabajo  renovar la mefítica atmósfera de la galería en que nadie ha  entrado desde hace  siglos. De todos modos, allí está el tesoro, y allí estará, según  tradición,  hasta que en ambas Américas se borre todo vestigio  de la dominación española.

 

Los tesoros descubiertos en las excavaciones de Micenas por Schliemann despertaron la codicia de los aventureros, que  desde entonces ponen la mira en  las ruinas donde sospechan ha de haber criptas  o  cuevas  subterráneas  con escondidos tesoros. No hay paraje alguno, ni siquiera el Perú, del que se  refieran  tantas  tradiciones como del desierto de Gobi, en Asia central.  Esta desolada extensión de movediza  arena  fue, si la voz popular no miente, uno de los más poderosos  imperios del mundo.  Se dice que  el subsuelo  esconde oro,  joyas,  estatuas,  armas,  utensilios y cuanto supone civilización, lujo y arte en cantidad y  calidad  superior  a  lo  que  pueda hoy hallarse en cualquier capital actual. Las arenas del desierto de  Gobi  se mueven  regularmente de Este a Oeste, impelidas por el huracanado viento que sopla de manera continua. De cuando en cuando, dejan las arenas al  descubierto parte de los tesoros ocultos, pero ningún indígena se atreve a echarles mano porque le herirían de muerte los  bahti,  espantosos  gnomos a cuya  fidelidad está confiada la custodia de aquellas riquezas, en espera de que la sucesión de los períodos cíclicos  permita  revelar la existencia de aquel pueblo prehistórico, para enseñanza de la humanidad.

noviembre 3, 2011 - Posted by | Atlántida, Biblia, Grecia, Historia oculta, India, India, Lemuria, Mu, Otras ant. civil., Otros, Otros

10 comentarios »

  1. excelente, sigue así

    Comentario por Martín | noviembre 18, 2011 | Responder

  2. Excelente relato, la atlantida y las razas que existieron son un tema que me gusta muchas gracias

    Comentario por xx | enero 30, 2012 | Responder

  3. un comentario ja ja no que chimva bacanisimo exelente hace tiempo tiempo buscaba algo asi si es verdad a un queda algo de mistico en el mundo alejandro pirobo los q se tragaron alejandria

    Comentario por erikson hernandes martinez | febrero 23, 2012 | Responder

  4. BLAVATSKY jamás a nombrado a hombres venidos del espacio.La página no deja de tener un intenso “sabor” a extraterrestres, entendidos éstos como seres biológicos venidos de otros lugares del universo.Las entidades de BLAVATSKY (entiendan por favor)no son aliens.

    Comentario por andoni | enero 17, 2013 | Responder

    • Sí que los nombra, en Antropogénesis, les llama seres de otras “esferas” que trajeron la civilización a la tierra.

      Comentario por María | noviembre 21, 2016 | Responder

  5. Reblogueó esto en virgiliotovar.

    Comentario por virgiliotovar | junio 29, 2013 | Responder

  6. …que buen trabajo investigativo. Te felicito

    Comentario por Nathan Elias Olivar | mayo 8, 2014 | Responder

  7. Todo este caudal de informacion es muy importante. Pero nada de esto se ha perdido ni se perdera jamas. El tremendo error es creer que todo esto pertenece al mundo visible, al mundo grotesco. Todo esto pertenece al plano astral (yugas), de alli los planos elementales en sus diferentes sintonis mentales. Todo lo que es Kali Yuga es lo mismo que el elemento Tierra y los mismo que la “noche” pertenece todo al bardo Todol o mundo de la materia negra que deja dormido al hombre con su infinidad de shankaras emocionales. Hay diferentes astrales (yugas) y eso esta relacionado con la sintonia mental que las personas pueden alcanzar o no. Es un error llamarlas civilizaicones perdidas porque siguen estando y estaran en el mundo astral y se las puede visitar.-

    Comentario por Arekiana | abril 5, 2015 | Responder

  8. CUANTO mas conocemos y cuanto mas sabemos, mas patetico el sentimiento de impotencia que sentimos, al darnos cuenta de cuan lejos
    nos han dejado de esas realidades la cultura actual.

    Comentario por ruben castell | marzo 8, 2016 | Responder


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