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Antiguas civilizaciones y enigmas

La caída de la Compañía Británica de las Indias Orientales


La rebelión de la India de 1857 comenzó como un motín de los cipayos, los soldados indios del ejército de la Compañía Británica de las Indias Orientales (BEIC o British East India Company), el 10 de mayo de 1857, en el acuartelamiento de la localidad de Meerut. Muy pronto se produjo una escalada del conflicto con el estallido de otros motines y revueltas civiles a lo largo de la llanura del Ganges y del centro de India. Los enfrentamientos principales se produjeron en zonas de los actuales estados indios de Uttar Pradesh, Bihar, el norte de Madhya Pradesh y en la región de Delhi. Esta rebelión suponía una amenaza considerable para el poder de la Compañía Británica de las Indias Orientales en toda la región y no fue sofocada hasta la caída del reino de Gwalior el 20 de junio de 1858. Gwalior debe su nombre a un sabio. Suraj Sen, un príncipe del clan Kachhwaha del siglo VIII, que se dice había perdido su camino en la selva. En una colina aislada se encontró con un hombre viejo, el sabio Gwalipa, cuya influencia fue grande. Al preguntarle al sabio por un poco de agua fue llevado a un estanque. Con las aguas no sólo sació su sed, sino que curó la lepra. En agradecimiento, el príncipe quiso ofrecer al sabio algo a cambio, y el sabio le pidió construir un muro en la colina con el fin de proteger a los otros sabios de animales salvajes que a menudo los perturbaba. Suraj Sen más tarde construyó un palacio en el interior de la fortaleza, que había sido nombrada Gwalior. La rebelión de los cipayos también es conocida por algunos historiadores indios como Primera Guerra de la Independencia de la India. En el año 1600 se funda la Compañía Británica de las Indias Orientales para gestionar el comercio con Asia y fomentar las expediciones coloniales a expensas del Estado, hasta el punto de convertirse en el máximo exponente del sistema colonial inglés en India. La decadencia del Imperio mongol y las luchas internas entre musulmanes e hindúes facilitaron la instalación de nuevas bases comerciales europeas en el subcontinente. Con un capital de 30.000 libras y el beneplácito de Isabel I, esta asociación mercantil empezó a establecerse en India con la intención de monopolizar todo el flujo de comercio, bajo la supervisión y protección gubernamental.

El botín era muy valioso y consistía en seda, algodón, té, índigo, sal o especias. Pero conseguirlo no iba a ser fácil. Siempre en competencia con la poderos Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, la Compañía Británica vio cómo su dominio crecía hasta el punto de convertirse en un poder fáctico que hacía las veces de gobierno en su área de influencia oriental. Sin perder de vista los intereses de Londres, Madrás, Bombay y Calcuta fueron las bases de operaciones de esta unión comercial, que llenó Europa de productos de las colonias. Sin olvidar el intenso tráfico de esclavos, que fue una de las piedras angulares de su riqueza. A lo largo del siglo XVII, el despegue de los ingleses fue espectacular, ya que consiguieron instaurar industrias, afianzar el poder en los puertos y, a mediados de siglo, ya fletaban una media de veinticinco barcos al año. No obstante, con tanta competencia, incluida la de la piratería, no era fácil mantener el ritmo sin ser ferozmente atacados. Por este motivo, el monarca Carlos II les otorgó la potestad de tener su propio ejército, los Casacas Rojas. Carlos II (1630 – 1685) fue rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda desde el 29 de mayo de 1660 hasta su muerte. Su padre, Carlos I, fue ejecutado en 1649 tras la Guerra Civil Inglesa. La monarquía fue entonces abolida y el país se convirtió en una república bajo el mando de Oliver Cromwell, el «Lord Protector». En 1660, dos años después de la muerte de Cromwell, se restauró la monarquía bajo Carlos II. A diferencia de su padre, Carlos II fue hábil en su relación con el Parlamento. Fue durante su reinado cuando se desarrollaron los partidos Whig (liberal) y Tory (conservador). Se hizo célebre por sus numerosos hijos ilegítimos, de los que reconoció a catorce. Conocido como «el Alegre Monarca», Carlos II favoreció las artes y fue menos restrictivo que sus predecesores. Al abrazar el catolicismo en su lecho de muerte, Carlos II se convirtió en el primer católico que reinaba en Inglaterra desde la muerte de María I en 1558, y en Escocia desde la deposición de María, reina de los Escoceses, en 1567. Tras la victoria de Inglaterra en sus enfrentamientos con Holanda, Portugal y Francia por la hegemonía en el océano Índico, Inglaterra se vio reforzada y con ello la supremacía de la Compañía Británica. Era la época dorada de la Compañía Británica de las Indias Orientales, con una práctica dominación de casi la totalidad de India, llegando a Birmania, Singapur o Hong Kong.

 

La legendaria Compañía Británica de las Indias Orientales comenzó su participación en el mundo del narcotráfico abriendo una oficina en Cantón, China. Cuando Inglaterra convirtió la región de India llamada Bengala, hoy Bangladesh, en una más de sus colonias, el negocio del opio producido allí comenzó a inundar China a través de la oficina distribuidora de Cantón. La BEIC no había reportado grandes beneficios a la Corona hasta que en 1783 lord Shelbourne tomó a su cargo a la BEIC y al propio Gobierno de Inglaterra, consiguiendo que funcionaran como una sola unidad de negocio que explotaba el tráfico de la droga y producía ingentes recursos para la Corona. Cosa que desde luego consiguió ampliamente. Lord Shelbourne concertó alianzas con banqueros, entre ellos con el anglo-holandés Francis Baring, de la firma que le prestaría una fortuna al dictador argentino Juan Manuel de Rosas (1793 – 1877), y que al no poder devolverlo, intentó pagarle a la Banca Baring con las islas Malvinas, propuesta que los ingleses declinaron gentilmente aduciendo que las Falklands (Malvinas) ya eran suyas. Para que Inglaterra recuperase su antigua grandeza, lord Shelbourne propuso ampliar el comercio de opio y volver a someter a los recién independizados Estados Unidos bajo la bandera del libre comercio. Esto permitiría a los británicos volver a hacerse con las riendas del poder en las trece colonias norteamericanas. A fin de cuentas, los comerciantes de ambos lados del Atlántico se habían peleado por una cuestión de aranceles e impuestos sobre el té, no por ninguna causa patriótica. El primer objetivo tuvo un gran éxito en la guerra del opio en China, mientras que el segundo no triunfó completamente hasta el siglo XX. El tráfico de opio fue la política oficial de la Corona británica, siendo la compañía Jardine Matheson la principal encargada de dicho comercio. La propia Corona fundó en Shanghái el Hong Kong Bank of Commerce para canalizar hacia Inglaterra las enormes ganancias por el tráfico del opio. El banco mantuvo sus siglas HSBC hasta el día de hoy, convirtiéndose en el blanqueador del dinero procedente del narcotráfico.

 

El comercio marítimo directo entre Europa y el Imperio chino comenzó en el siglo XVI, después de que los portugueses establecieran la colonia de Goa en la India, y poco después la de Macao en el sur de China. Después de la adquisición española de las Filipinas, el ritmo del intercambio entre China y Occidente se aceleró drásticamente. Los galeones de Manila trajeron más plata a China que la Ruta de la Seda. La Ruta de la Seda fue una red de rutas comerciales organizadas a partir del negocio de la seda china desde el siglo I a. C., que se extendía por todo el continente asiático, conectando a China con Mongolia, el subcontinente indio, Persia, Arabia, Siria, Turquía, Europa y África. Sus diversas rutas comenzaban en la ciudad de Chang’an (actualmente Xi’an), en China, pasando entre otras por Karakórum (Mongolia), el Paso de Khunjerab (China/Pakistán), Susa (Persia), el Valle de Fergana (Tayikistán), Samarcanda (Uzbekistán), Taxila (Pakistán), Antioquía (Siria), Alejandría (Egipto), Kazán (Rusia) y Constantinopla (la actual Estambul, Turquía), a las puertas de Europa, llegando hasta los distintos reinos hispánicos en el siglo XV, en los confines de Europa y a Somalia y Etiopía en el África oriental. El término “Ruta de la Seda” fue creado por el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen, quien lo introdujo en su obra Viejas y nuevas aproximaciones a la Ruta de la Seda, en 1877. Debe su nombre a la mercancía más prestigiosa que circulaba por ella, la seda, cuya elaboración era un secreto que solo los chinos conocían. Los romanos, especialmente las mujeres de la aristocracia, se convirtieron en grandes aficionados de este tejido, tras conocerlo a través de los partos, habitantes de Partia, un antiguo imperio en el territorio del actual Irán, quienes se dedicaban a su comercio. Muchos productos transitaban estas rutas, tales como piedras y metales preciosos (diamantes de Golconda, rubíes de Birmania, jade de China, perlas del golfo Pérsico), telas de lana o de lino, ámbar, marfil, laca, especias, porcelana, vidrio, materiales manufacturados, coral, etc. Desde China se intentó limitar el contacto con el mundo exterior a un mínimo. Los chinos solo permitieron el comercio por el puerto de Cantón. Se establecieron monopolios y trámites rigurosos para restringir el flujo del comercio, teniendo como resultado altos precios de venta para los artículos importados y una demanda limitada.

 

El Imperio mogol empezó a vender opio a los chinos hasta que fue sucedido por la implantación de la Compañía Británica de las Indias Orientales en Bengala, que monopolizó el comercio. Desde Indonesia, a través de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, ese país había favorecido a su vez este comercio hacia China, siendo realmente el modelo del tráfico exitoso del opio lo que sirvió para compensar el enorme déficit comercial con China. A causa de la alta demanda de té, seda y porcelana en el Reino Unido y la baja demanda de mercancías británicas en China, Reino Unido tenía un gran déficit comercial con China y debía pagar estos artículos con plata. En el siglo XVIII el Reino Unido comenzó a exportar ilegalmente opio a China desde la India Británica para contrarrestar su déficit. El comercio del opio creció rápidamente, y el flujo de plata comenzó a reducirse. El emperador Daoguang prohibió la venta y el consumo de opio en 1829 a causa del gran número de adictos. La disputa se desató debido al comercio del opio, el cual se veía desde ambos lados de maneras muy distintas. El emperador censuró el opio en China debido al efecto negativo que causaba en la población. Los británicos en cambio, veían al opio como el mercado ideal que los ayudaría a compensar el gran déficit comercial con China. Estas guerras y los subsiguientes tratados firmados entre las potencias dieron como resultado que varios puertos de China se abrieran al comercio con Occidente, lo que condujo en parte a la caída de la economía china. Estas guerras se consideran la primera guerra relacionada con drogas. A la dinastía imperial china la asediaban cada vez con más insistencia las potencias extranjeras, que demandaban un mayor comercio bilateral con China, tras una gran caída a principios del siglo XIX. Los europeos compraban porcelana, seda, condimentos y té chinos, pero eran incapaces de vender algún producto de interés para China. En lugar de eso, se veían obligados a pagar con plata, lo cual significaba un gran esfuerzo para las ya apretadas finanzas europeas, especialmente después de las guerras napoleónicas. El opio era producido en China desde el siglo XV. Se mezclaba con tabaco en un proceso inventado por los españoles, que luego fue dominado por los neerlandeses en el siglo XVII y generalizado de forma masiva por los británicos en el XVIII. Al observar los problemas de salud y sociales vinculados con su consumo, el gobierno imperial chino lo prohibió en 1829.

 

Los británicos comenzaron la producción de opio en cantidades significativas a mediados del siglo XVIII en la India. Aprendieron el arte de los mogoles, quienes comerciaban con esa sustancia al menos desde el reino de Akbar (1556-1605), e iniciaron su intercambio por plata en el sur de China. Yalaluddin Muhammad Akbar (1542 – 1605), más conocido como Akbar, grande en lengua árabe, fue un gobernante del Imperio mogol desde 1556 hasta 1605. Se le considera el mayor de los emperadores mogoles. Akbar nació en Urmakot. Era hijo de Humayun y de Hamida Begun. Su padre fue expulsado del trono de la India tras una serie de decisivas batallas contra el afgano Sher Shah Suri. Después de más de 12 años de exilio, Humayun recobró el trono aunque fue unos meses antes de su muerte en 1556. Akbar le sucedió el mismo año, bajo la regencia de Bairam Khan, un noble que se dedicó a repeler a los diferentes pretendientes al trono y que supo mantener el orden y la disciplina dentro del ejército. Una vez estuvo restablecido el orden, Akbar tomó las riendas del gobierno en marzo de 1560. Algunos historiadores especulan que Bairan Khan intentó destronar o asesinar a Akbar cuando este alcanzó la mayoría de edad. Tal vez por eso, Akbar, que sospechaba de las ambiciones de Khan, le sugirió que realizara una peregrinación a La Meca y ordenó que le asesinaran. El 5 de noviembre de 1556 el ejército mogol derrotó a las fuerzas del general hindú Hemu, en la segunda batalla de Panipat, lo que aseguró el trono para Akbar. Cuando subió al trono sólo una pequeña parte de lo que antiguamente constituía el imperio mogol estaba todavía bajo su control. Akbar se propuso recuperar el territorio perdido. Expandió el imperio mogol incluyendo Malwa (1562), Guyarat (1572), Bengala (1574), Kabul (1581) y Kandesh (1601). Akbar instaló gobernadores en las provincias conquistadas que quedaron bajo su autoridad. En 1568 se produjo el asedio de Chitor. Akbar no quiso que su corte estuviera demasiado cerca de la ciudad de Delhi. Ordenó que se trasladara a la ciudad de Fatehpur Sikri, cerca de Agra, pero este emplazamiento se convirtió en inviable por falta de agua.

Los británicos observaron las grandes ganancias que potencialmente traería ese mercado del opio, mercado previamente dominado por Yakarta, entonces una colonia de los Países Bajos, al invadir Bengala en 1764. Las ganancias se acercaban al 400% y la plnta de la amapola, de la que surge el opio, crecía casi en todas partes. Las exportaciones de opio de los británicos crecieron vertiginosamente, de aproximadamente 15 toneladas en 1730 a 75 toneladas en 1773. Se transportaba el opio cultivado en el Imperio otomano, Persia y la India al Imperio chino. Entonces se pagaban con opio las porcelanas, sedas y té. Estos productos se llevaban a la Costa Este de los Estados Unidos y al Reino Unido, en donde se cobraban, y con lo obtenido se iba a Turquía y la India para comprar más opio. En la primavera de 1830, ante el alarmante y desenfrenado abuso del comercio del opio en China, el Emperador Daoguang ordenó a Lin Hse Tsu que combatiera rápidamente esta plaga, y éste respondió atajando la corrupción del funcionariado imperial y ordenando la destrucción de más de 20.000 cajas de opio. En 1839 Lin Hse Tsu envió una carta a la Reina Victoria pidiéndole que respetara las reglas del comercio internacional y no comerciara con sustancias tóxicas. En la carta Lin Hse Tsu decía: “Pero existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho. (…)ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente (…) Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy severas a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio.(…) Todo opio que se descubre en China se echa en aceite hirviendo y se destruye. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado (…)”.  En el año 1865 se crea el banco Hong Kong Bank of Commerce (HSBC) para administrar las ganancias generadas por el tráfico de opio.

 

Daoguang (1782 – 1850) fue el octavo emperador de la dinastía manchú Qing y el sexto Qing que gobernó en China, entre 1820 y 1850. Nació en la ciudad prohibida en Pekín y se le dio el nombre de Mianning. En septiembre de 1820, a la edad de 38 años, Mianning subió al trono cuando su padre, el emperador Jiaqing, murió repentinamente por causas desconocidas, y cambió su nombre a Daoguang. Heredó un imperio en decadencia con los imperios occidentales invadiendo las fronteras de China. Durante su reinado China experimentó grandes problemas con el opio, importado al país por los comerciantes británicos. El opio había comenzado a llegar a China durante el reinado de su bisabuelo, el emperador Yongzheng, pero se limitó a cerca de 200 cofres al año. En la época del emperador Qianlong esta cantidad había aumentado a 1.000 cofres, 4.000 en la de Jiaqing y más de 30.000 durante el reinado de Daoguang. Publicó muchos edictos contra el opio en los años 1820 y 1830, que fueron aplicados por el Comisionado Lin Zexu, que se esforzó en detener la propagación del opio en China, lo que condujo directamente a la Primera Guerra del Opio. Como consecuencia de la guerra, Lin Zexu fue tomado como chivo expiatorio y el emperador Daoguang lo desterró. Tecnológica y militarmente inferiores a las potencias europeas, China perdió la guerra y se vio obligada a entregar Hong Kong mediante el Tratado de Nanking, en agosto de 1842. El emperador de China intentó oponerse a aquel comercio del opio, que estaba convirtiendo a sus súbditos en esclavos drogodependientes de los británicos, pero Inglaterra le ganó la guerra de inmediato y le obligó a firmar un tratado de paz por el cual China cedía el puerto de Hong Kong como puerto franco. La Primera Guerra del Opio o la primera guerra anglo-china fue un conflicto armado librado entre el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, por un lado, y China, entre 1839 y 1842, por diferencias en relación al comercio con opio en la China continental. El Reino Unido buscaba la apertura del tráfico de opio, mientras que el gobierno imperial de la China intentaba prohibirlo.

 

Pero el comercio con China lo era con un país aislacionista, que veía las ideas de occidente como problemáticas para el estado actual de China, pues las naciones occidentales no poseían nada de valor para intercambiar. Por ello se empezaron a buscar distintos métodos, entre ellos la venta de drogas a la población. Para 1839, el opio surtido por Estados Unidos, Reino Unido y Francia había alcanzado a los campesinos chinos y los obreros chinos gastaban gran parte de  de sus ganancias en mantener su adicción. Ante esto, el emperador chino prohibió el opio y expulsó a los comerciantes británicos, que al llegar a Londres se quejaron ante el gobierno británico, el cual decidió atacar a China con su poderosa flota para obligarla a comprar el opio cultivado en la India británica. Las tropas chinas no pudieron hacer frente a los británicos, se rindieron ante ellos, y China tuvo que aceptar la rendición con la firma del Tratado de Nankín. El tratado se firmó el año 1842 y estipulaba el fin de la Primera guerra del Opio. En el tratado China cedía la isla de Hong Kong al Reino Unido y aceptaba la apertura de sus puertos al comercio internacional. El 1 de julio de 1997 Hong Kong fue devuelto a China, 155 años después de la firma del tratado. Inglaterra se hizo así con el control del puerto franco de Hong Kong, que fue desde entonces la capital mundial del tráfico de drogas controlado por la propia Corona británica. La política oficial de Inglaterra era usar la droga como poder destructivo de la voluntad a fin de mejorar su comercio. Ello fue idea de lord Palmerston, quien la propuso en 1841 en un memorando al gobernador de la India: “…debemos intentar sin pausa, encontrar en otras partes del mundo nuevas aperturas para nuestra industria (opio)… Si nuestra misión en Asia tiene éxito, Abisinia, Arabia, India y los nuevos mercados de China permitirán en un futuro no muy lejano la ampliación de nuestro comercio exterior”.

 

Durante la segunda guerra del Opio se repitió el proceso y en octubre de 1860 los ingleses y los franceses sitiaron Pequín. Una vez ganada esta guerra, los bancos y las compañías inglesas establecieron que el banco HSBC actuase como cámara de compensación en todas las transacciones económicas del Lejano Oriente vinculadas con el tráfico de opio y de su derivado, la heroína. Los ingleses habían logrado controlar así siete octavos del comercio del opio en China y operaban transformando en adicta a la población, a fin de debilitar la salud del país elegido. Utilizaban a la Marina, cuando era necesario, para instalar y proteger el comercio marítimo de la droga. Invertían las ganancias para financiar nuevas infraestructuras que permitiesen seguir desarrollando y aumentando el comercio. Los banqueros ingleses crearon rápidamente vínculos con los banqueros norteamericanos, cuyo Ejército les había ayudado en 1900 durante la última guerra contra los nacionalistas chinos, los Bóxers, junto con portugueses, alemanes, franceses, italianos y japoneses. Para cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, existía un plan convenientemente acordado entre todas esas potencias, las mismas que protagonizaron el conflicto, para desmembrar China y repartirse diversas áreas de influencia. No obstante la mejor parte quedaba para Gran Bretaña y Estados Unidos. Uno de los motivos por los que en 1898 la escuadra norteamericana atacó a la española en Filipinas, fue que el Gobierno de Madrid jamás había demostrado interés por desarrollar el negocio del opio en sus colonias de Asia. El plan inglés de introducir la droga en Estados Unidos como medio de subvertir a su antigua colonia comenzó hacia 1840, con la introducción en la costa oeste de los coolies chinos, que eran transportados por las mismas compañías inglesas que comerciaban con esclavos desde África. Sólo en 1846 entraron en Estados Unidos casi 120.000 coolies chinos, auténticos esclavos, y en su gran mayoría adictos al opio. En 1862 Lincoln prohibió el tráfico de coolies chinos, pero la práctica continuó, al menos, hasta bien entrado el primer cuarto del siglo XX. En 1875 ya había alrededor de 150.000 norteamericanos adictos al opio, además de una cantidad similar de coolies chinos. Cuando los países de Occidente se dieron cuenta de que el problema del opio se había convertido en algo incontrolable y de tremenda gravedad para la sociedad, se intentó poner fin, o limitar al menos, el comercio del opio, cosa a la que Gran Bretaña se opuso con vehemencia.

 

Volviendo al tema de la rebelión de los cipayos en India, tenemos que otras regiones controladas por la Compañía Británica de las Indias Orientales, como Bengala y las presidencias de Bombay y Madrás, permanecieron mayormente en calma. En el Punyab, los príncipes sijs apoyaron a la Compañía Británica con el envío de tropas y suministros. Los principados de Hyderabad, Mysore, Travancore y Cachemira, así como los pequeños dominios de Rajputana, no se sumaron a la rebelión. En la zona de Oudh, el alzamiento tomó el cariz de una revuelta patriótica contra la presencia europea. Los líderes marathas, como Rani Lakshmibai, se convirtieron un siglo después en héroes populares del movimiento de independencia indio, aunque ellos mismos «no generaron una ideología coherente» para un nuevo orden. El Imperio maratha, también conocido como Confederación maratha, fue una organización estatal que existió en el subcontinente indio entre 1674 y 1818. El imperio fue fundado por Shivaji en 1674 cuando se instauró una zona independiente maratha alrededor de Pune desde el sultanato de Bijapur. Tras un periodo de revueltas y guerras de guerrillas con el emperador mogol Aurangzeb, Shivaji murió en 1680, dejando un reino maratha grande y estratégicamente situado. La invasión mogola se inició sobre 1680 y duró hasta 1707, y durante estos años, los marathas lucharon en la mayor de las batallas de la historia humana. Finalmente, derrotaron a los mogoles, quienes fueron forzados a retirarse de las posesiones maratha. Shanu, un nieto de Shivaji, se convirtió en Chatrapati, y permaneció hasta su muerte en 1749 como el núcleo del poder maratha. Tras su muerte, el poder pasó a manos de los peshwa. La tercera batalla de Panipat en 1761 desmembró el imperio, corroyendo el poder de los peshwa para siempre. En ese momento, la Confederación Maratha se convirtió en la verdadera autoridad en el poder, con un rey y un primer ministro. El último Peshwa, Baji Rao II, fue derrotado por las tropas británicas en la Tercera guerra anglo-maratha, pero la memoria de Shivaji dejó las heridas abiertas, y a finales del siglo XIX, una ola de revoluciones socio-políticas provocaron la transformación completa del Estado y futura República de la India.

La rebelión de los cipayos llevó a la disolución de la Compañía Británica de las Indias Orientales en 1858 y obligó a los británicos a reorganizar su ejército, su sistema financiero y la administración de India. El país pasó a continuación a ser gobernado directamente por la Corona británica con el nombre de Raj británico. La Rebelión de 1857 es conocida también como “El Motín de los Cipayos”, porque comenzó a causa de un motín de los cipayos, pero inmediatamente se extendió a una rebelión en toda regla. Esta rebelión, que comenzó de forma violenta y fue severamente aplastada, supuso una amenaza considerable para el poder británico en toda la región, y su fin supuso grandes cambios políticos para la India. La Compañía Británica de las Indias Orientales creó un imperio en la India entre el siglo XVIII y el XIX, vagamente sometido a la autoridad suprema del Rey de Inglaterra. En varias victoriosas campañas los ejércitos de la Compañía Británica, decisivamente reforzados por sus Cipayos y los Regimientos del Rey, obtuvieron el control sobre el Sind, el reino Sij del Punyab, y la mayor parte de Bengala. Todo este inmenso dominio estaba sometido a la autoridad de un Gobernador General, elegido en un equilibrio de consenso entre el gobierno británico y la compañía. El Imperio sij fue un reino entre los años 1799 y 1849, con capital en Gujranwala (entre 1799 y 1802) y en Lahore (entre 1802 y 1849). Fue el primer estado que tuvo al sijismo como religión oficial. Los sijes se independizaron del Imperio durrani y crearon el suyo propio. La Compañía Británica de las Indias Orientales quiso conquistar el imperio, lo que supuso una serie de batallas que desmembraron el imperio, produciéndose el fin de este en el año 1849, pasando a manos de los británicos. En los archivos oficiales se siguió utilizando el persa, pero la lengua más hablada era el panyabí y la religión era el sijismo, aunque también se practicaba el islamismo. El sijismo es una religión india fundada por Gurú Nanak (1469-1539), que se desarrolló en el contexto del conflicto entre las doctrinas del hinduismo y del islam durante los siglos XVI y XVII. A los seguidores del sijismo se les llama sijes. Es la novena religión del mundo por número de creyentes.

 

La Compañía Británica de las Indias Orientales había sido creada por un conjunto de mercaderes ingleses durante el siglo XVI, a fin de emprender un comercio regular de especias entre Europa y las Indias Orientales (Indonesia y Malasia). Pero debido a la ocupación holandesa de la zona se habían visto obligados a establecerse en la India, un territorio aún libre. Aunque el comercio había sido su vocación principal, pronto habían entrado de lleno en un proceso de consolidación territorial que les había proporcionado ventajas económicas alternativas mucho más interesantes, en forma de impuestos y explotación de materias primas. Igualmente, habían suprimido todas las limitaciones a la importación de productos británicos, convirtiendo sus territorios en un mercado cautivo para Inglaterra. La India suponía una fuente enorme de grandes ingresos, y para sostener los mismos, aparte de los regimientos europeos, la compañía contrató unas masivas fuerzas armadas de más de 200.000 cipayos nativos, encuadrada por unos 40.000 oficiales, suboficiales y especialistas europeos. Este ejército, y su coste económico, había hecho que la compañía entrase en una dinámica de dominio: Disponiendo de semejante fuerza armada a su cargo, la compañía estaba dispuesta a emplearlo en aumentar sus territorios, y por tanto, sus ingresos. James Andrew Broun Ramsay. 10º Conde y luego primer Marqués de Dalhousie, era un miembro de la más rancia aristocracia escocesa, con un escaño en la Cámara de los Comunes a los 25 años, y a los 35 años fue elegido el Gobernador General más joven de la India británica. Dalhousie era un hombre joven, instruido, y que mantuvo su cargo durante casi 10 años, en los que trató de cambiar la India Británica en todo lo que estuvo a su alcance. Dalhousie estuvo al mando durante dos campañas coloniales plenamente exitosas para los británicos. Se trató de las guerras sij y la segunda guerra Birmana, que supusieron no solo grandes anexiones sino también un rico botín. En Birmania se trató de una campaña de castigo, que terminó con la anexión de la zona de Rangún.

 

El gobierno de Dalhousie estuvo marcado tanto por un continuado progreso económico y cultural, como por una política de anexión de los principados sin herederos directos. Con el tiempo se acusaría a esta política el haber sido una de las causantes de la inquietud en la India y que condujo al motín. Esta acusación se veía reforzada por el hecho de que Lord Dalhouise muriese en 1860 y no pudiese defenderse, pero aparentemente carece de base. Los principales componentes de los motines eran cipayos con largos periodos de servicio a sus espaldas, a los que el cambio de liderazgo en algunos principados debió afectar bastante poco. Dalhousie fué un gobernador ampliamente interesado en la mejora de las condiciones de vida de los nativos, e incluso trató, infructuosamente, de que la Compañía Británica le autorizase a incluir a los nativos en las altas estructuras del gobierno. Aunque los fakires lo denominaron “demonio cristiano”, el ferrocarril que Dalhousie empezó a introducir en la India fue el primer paso para facilitar una distribución rápida de alimentos, lo cual terminó con las hambrunas crónicas del subcontinente. La compañía dividía sus actuaciones en tres zonas concretas: Bombay, Madrás y Bengala, siendo esta última la más importante y extensa, y la que empleaba a la mayor cantidad de soldados nativos. En 1857, la Compañía Británica ya tenía bajo sus órdenes a 233.000 cipayos, una cantidad de tropas descomunal, frente a solo unos 33.000 europeos. Las campañas de Crimea y de China habían obligado a ocupar muchas posiciones solo con soldados nativos, pero se consideraban tropas fiables, encuadradas por oficiales europeos, casi todos británicos, que recibían formación en una academia privada en Inglaterra al margen del ejército de la Reina. El reclutamiento de cipayos se producía entre todos los habitantes nativos de la india, y se veía facilitada por la existencia de castas de origen religioso, como los brahmanes, que solo podían subsistir dedicándose a la guerra o a la religión. Servir como cipayos era su única alternativa a la inanición, pero estaban sometidos a muchas limitaciones de tipo religioso: Durante la guerra contra Birmania, varios regimientos formados por brahmanes tuvieron que ser disueltos debido a la prohibición absoluta de la casta brahmánica de atravesar los mares abiertos.

 

No obstante, fue un suceso considerado sin relevancia, ya que la compañía también reclutaba sijs, musulmanes y budistas nepalíes, que no dieron ningún problema de ese tipo. Durante el conflicto, musulmanes e hindúes formarían las fuerzas rebeldes, mientras que los sijs y los gurkhas combatirían del lado británico. El sur de la india, dominado por príncipes hindúes, no mostró ningún interés en alterar el status quo. Por ello serían generosamente compensados por los británicos tras la pacificación. El 12 de mayo de 1857 el comandante en jefe de las fuerzas británicas en Bengala, el general Georges Anson, acompañado de su estado mayor estaban reunidos en Simla, una zona privilegiada con un aire puro y templado, que permitía huir de la caldera que era la llanura del río Ganges. Allí se llevaba una vida como en un balneario, con oficiales en pantalón corto y servidores hindúes con turbante. El general Anson ofrecía una cena de veinticinco cubiertos en su residencia de Barnés Court, en un ambiente cómodo y tranquilo. Uno de los invitados se dio cuenta de que, durante la comida, un militar había llevado un telegrama que el general Anson había colocadoo bajo su plato sin echarle siquiera una ojeada. El telegrama, sin embargo, es muy importante. Cuando las damas se han retirado y se encuentra sólo entre sus hombres, el general Anson abre el telegrama que le han traído hace un rato. El mensaje en efecto le comunica que el ejército, del que es responsable y cuya mayor parte está formado por unidades indígenas, se ha rebelado y que los amotinados se han apoderado de Delhi, la antigua capital de los emperadores mongoles, situada a trescientos kilómetros más al sur. El telegrama ha sido transmitido por la tarde, pero los hilos telegráficos no llegan hasta Simla y no pasan más allá de Ambala, a unos doscientos kilómetros de Delhi. Han sido, pues, necesarias más de veinticuatro horas para que el mensaje llegue hasta el comandante en jefe, termine con su tranquilidad y rompa su aislamiento. Las circunstancias imponían una mayor vigilancia: desde hacía varias semanas, y en particular en la cuenca del Ganges, donde ejercía su mando el general Anson, mostraban señales alarmantes.

 

El 26 de febrero, un regimiento de cipayos, el 19 Native Infantry, se haía rebelado en Berhampur, seguido, el 29 de marzo, por otro regimiento indígena, el 34 Native Infantry, en Barrackpur. Por otra parte no era la primera vez que los regimientos de cipayos habían producido problemas a los británicos, en 1806, y luego en 1852, en que haían tenido lugar levantamientos duramente reprimidos. Pero, ¿quiénes eran los cipayos? Para responder a esta pregunta es preciso describir rápidamente lo que era el ejército de las Indias en esta mitad del siglo XIX, en la época en que la reina Victoria reinaba sobre Inglaterra. De hecho había en las Indias dos ejércitos distintos: el de la Compañía Británica de las Indias Orientales, que había tenido siempre el privilegio de tener sus propias tropas, y el de Su Majestad la Reina. Pero las unidades que pertenecían a la Reina estaban bajo la responsabilidad de la poderosa Compañía Británica, East India Company, que aseguraba su mantenimiento. En 1857, los efectivos del ejército regular británico, estacionado en las Indias, habían disminuido considerablemente, a causa sobre todo de la guerra de Crimea. Nno quedaban mis que cuatro regimientos de caballería y veintidós batallones de infantería, con exclusión de toda unidad del cuerpo de ingenieros o de artillería. Esta aparente falta de compromiso oficial británico se había efectuado simultáneamente con un sensible debilitamiento del otro ejército, el más importante, el de la Compañía Británica. La disciplina se había relajado y las relaciones de confianza o de autoridad entre los soldados indígenas y sus cuadros de mando británicos no eran tan estrechas y satisfactorias como a comienzos de siglo. Los oficiales ingleses vivían más apartados de sus hombres que antes, ya que se habían aburguesado y convertido, en cierta forma, en funcionarios. Y, en muchos casos, la presencia de sus familias y en particular de sus esposas había contribuido a modificar las relaciones entre los jefes y sus tropas. Estaba también el problema de los ascensos, ya que los soldados indígenas veían grandes obstáculos para todo acceso a grados superiores a los de suboficiales. En los primeros tiempos de la creación de este ejército «privado» de la Compañía Británico de las Indias Orientales, esto no planteaba problemas ya que los soldados indígenas eran reclutados principalmente entre las castas más bajas de la India o entre los mercenarios de origen afgano o turco.

Pero con vistas a dar una base nacional al ejército de las Indias, el reclutamiento se había dirigido, cada vez más, a los miembros de la casta de los brahmanes u otras castas elevadas, que eran hombres más difíciles de manejar por ser más susceptibles o más ambiciosos. Ya se había producido una medida que les había disgustado. En septiembre de 1856 se había decretado que los cipayos podrían ser utilizados en sitios distintos de las Indias. Pero el hecho de franquear un océano privaba a un brahmán de su casta y este temor había provocado una importante inquietud entre los cipayos. En una sociedad altamente jerarquizada y encerrada en sí misma que es el hinduismo, perder su casta es una tragedia a la vez social, religiosa y metafísica. La pertenencia a una casta va más allá de la duración efímera de la vida del hombre, ya que marca la progresión o la regresión de un alma bajo la perspectiva de la eternidad. Privar a un hombre de su casta es degradar su alma y comprometer en cierta forma su más allá. En 1807, los cipayos se habían rebelado en Vellore porque los ingleses querían imponerles un tipo nuevo de turbantes y prohibirles las marcas distintivas de las castas hindúes. Mucho antes de que estallase la insurrección de mayo de 1857, los hindúes habían tenido la sensación de que los británicos proyectaban romper el orden social y religioso de la India y cristianizar su población. La actitud, a menudo desprovista de tacto, de los misioneros no contribuía precisamente a quitarles esta idea. En esta India confrontada cada vez más con un choque entre dos civilizaciones, existían otros temas inquietantes. Estos afectaban menos a las creencias y a las supersticiones que a los intereses materiales y, en particular, a los de las familias reinantes. En menos de diez años, lord Dalhousie, apropiándose de territorios cuyos dueños al morir no dejaban herederos directos, había expropiado más de seiscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados, una superficie mayor que la de Francia. Y esta política había provocado entre los señores feudales, pequeños o grandes, una ola de descontento cuyos ecos se encontraban en la prensa local, como el Hindú Patriot, que, recordando en cierta ocasión que el gobernador general de la India era un empleado de la Compañía Británica, escribía en tono vengador: «Un gobernador general hindú está encargado de aniquilar las dinastías con unos trazos de su pluma».

 

Todo ello agitaba a este enorme continente indio, donde cuarenta mil soldados de origen británico y sus familias se encontraban sumergidos en la masa de más de trescientos mil soldados indios. Para que la explosión se produjese no faltaba más que una chispa; y ésta vino con el famoso asunto de los cartuchos. Es lo que había provocado ya los motines, rápidamente reprimidos, de 1856. Los ingleses habían decidido reequipar a las unidades indígenas con un nuevo fusil, el fusil Enfield, que reemplazaba a un mosquetón, el Brown Bess, ya pasado de moda y pesado, del que los cipayos estaban provistos hasta entonces. Pero el nuevo fusil, cuyo uso aprendían varias unidades cipayas reunidas en el campo de entrenamiento de Dum-Dum, en los alrededores de Calcuta, tenía la particularidad de utilizar un cartucho grasoso que había que desgarrar con los dientes para volcar el contenido en el cañón. Se había extendido  entre los cipayos el rumor de que la grasa utilizada para confeccionar los cartuchos era una mezcla de grasa de buey y grasa de cerdo. Esta era una afirmación explosiva, siendo el buey un animal sagrado para los hindúes y el cerdo un animal tabú para los musulmanes. Nunca se ha sabido, exactamente, quién había tenido la idea de hacer correr este bulo entre los cipayos, pero se puede afirmar que era el medio más simple y más eficaz para hacer estallar el ejército de las Indias y levantar a toda la población contra los ingleses. Cuatro años antes, un general inglés, el general Tucker, jefe de estado mayor del ejército de las Indias, había presentido el peligro y había subrayado el inconveniente que habría en utilizar grasas animales en la confección de cartuchos. A lord Canning también le había conmovido el asunto, pero el general Anson había dado pruebas de una actitud intransigente, al declarar a todo el que quería oírle que él no se dejaría influenciar por «prejuicios estúpidos». Pero el rumor que corría por los campos, Dum-Dum primero, después Ambala y Sialkot, ¿era solamente un bulo como el que decía que las viudas británicas de la guerra de Crimea iban a ser casadas con príncipes hindúes para hacerles niños cristianos? Los análisis efectuados por orden de las autoridades británicas probaron que sólo había sido utilizada grasa de oveja para fabricar los cartuchos de los fusiles Enfield. La oveja es un animal que ofrece la ventaja de no tener nada de ofensivo ni para los hindúes ni para los musulmanes. Pero, según algunos testigos británicos, es probable que algunos lotes de cartuchos hubieran sido fabricados con grasas de buey y de cerdo.

 

Sea como sea y a pesar de las declaraciones británicas desmintiendo el rumor, los cipayos, alocados, rechazaban sistemáticamente tocar los cartuchos. Era inevitable un incidente. Ocurrió el 23 de abril. Aquel día, el coronel George Carmichael Smyth, que mandaba en Meerut una importante guarnición situada a ochenta kilómetros al nordeste de Delhi, entre el Jumna y el Ganges, al volver del permiso, se enteró, encolerizado, de que su regimiento, el tercer regimiento de caballería ligera, se negaba a manipular los cartuchos «intocables». Hizo reunir enseguida a sus hombres y les ordenó tomar los cartuchos. Smyth recorrió personalmente las filas para exhortar a sus hombres. Ante su confusión y su cólera, ochenta y cinco cipayos se negaron a obedecerle. Furioso, redactó en el mismo campo un informe para su inmediato superior, el general Hewitt, un viejo y obeso general que había luchado en las guerras napoleónicas, pidiendo el juicio de los rebeldes por una corte marcial. Desde entonces, había comenzado un proceso irreversible y, por la decisión del coronel Smyth, los ingleses habían caído en la trampa que los provocadores les habían tendido a través del terror sencillo y sagrado que habían hecho nacer entre los cipayos. Un juicio aparente, en el que tuvieron que participar quince suboficiales indígenas, nueve hindúes y seis musulmanes, tuvo lugar el 8 de mayo en Meerut. Los acusados ni siquiera tuvieron derecho a hablar. Todos fueron condenados a diez años de prisión y, lo que era más grave aún, privación de la pensión a la que tenían derecho después de largos años de buenos y leales servicios. A la provocación, las autoridades británicas respondían con otra provocación. Pero hicieron todavía algo más. El general Hewitt, sintiendo bruscamente un gusto por la represión, ordenó, cosa que no estaba prevista en el reglamento, que los condenados fueran encadenados delante de las tropas. Ello era una humillación suplementaria que tendría graves consecuencias. En efecto, durante toda esta actuación, que duró varias horas, los prisioneros, entregados a los herradores, no cesaron de pedir ayuda a sus compañeros que asistían, llorando a menudo, al tratamiento ignominioso infligido a los ochenta y cinco rebeldes.

 

El día siguiente era domingo. Profundamente conmovidos por la escena de la víspera, los cipayos se movían por las calles recalentadas de Meerut. Los ingleses acababan de terminar su siesta en los bungalows. Se preparaban para la misa de tarde en la iglesia de Saint John. Era un domingo tranquilo y triste en Meerut. Al atardecer, una orquesta dirigida por un maestro alemán iba a dar un concierto en Meerut. Entonces estalló la rebelión. En varios lugares a la vez, como un incendio con varios focos. Ya por la tarde se habían visto en la ciudad grupos de forasteros que parecían esperar una señal. En la prisión, hacia la que se había lanzado un grupo de varios centenares de hombres, se liberó a los prisioneros de la víspera y también a los otros: más de quinientos presos comunes que fueron a engrosar las filas de los cipayos rebeldes. Los asesinatos y los pillajes comenzaron y los británicos se vieron sorprendidos. El adormecimiento de la vida de guarnición en este clima bochornoso, una confianza exagerada en el temor que inspiraban a los indígenas, la dispersión de las viviendas, todo retardó su reacción, mientras aquí y allá se mataba y se martirizaba a los británicos. El sargento mayor del 60 de fusileros, cuyos hombres asistían a los servicios religiosos, mandó a sus soldados que fuesen al cuartel para cambiarse el uniforme de algodón blanco, que no era conveniente, según él, para los combates callejeros. La carnicería se generalizó y una parte de la ciudad ardió. Los oficiales y sus familias fueron sorprendidas y muertas por los asesinos. Las mujeres fueron destripadas con increíbles refinamientos de crueldad. La inercia británica parece tanto más inexplicable cuanto que la guarnición de Meerut contaba con más de dos mil europeos y era la única de todas las guarniciones de Bengala que poseía en esta época igualdad entre los efectivos europeos y los indígenas. Además, los británicos disponían de veinte cañones mientras que los cipayos no tenían artillería. Durante la noche, los cipayos, asombrados de su propia audacia y de la falta de reacción de los ingleses, dejaron la ensangrentada ciudad entregada a los ladrones llegados como buitres de los alrededores. Esperaban que Hewitt enviase sus tropas tras ellos. Durante este tiempo, los cipayos huyeron hacia Delhi, donde se ponen bajo la protección del viejo Emperador mongol y de las gruesas murallas del Fuerte Rojo, donde, desde hace años, habita el último heredero de los antiguos señores de la India. Tiene ochenta años y, sin poderes reales. Este descendiente del famoso Gran Mogol y de la familia de Tamerlán vivía de una pensión de ciento veinte mil libras que le pagaba el gobierno británico. Se le llamaba «Luz del mundo».

 

Esta huida desordenada de los cipayos que, sin ser molestados en absoluto por los británicos creían ser perseguidos, recorrieron los ochenta kilómetros que separan Meerut de Delhi, donde propagaron la rebelión a una velocidad récord. Habiendo partido de Meerut por la noche, más de dos mil se presentan el 11 de mayo por la mañana ante las puertas de Delhi. En Delhi, donde todo el mundo ignora completamente lo que ha pasado en Meerut, esta horda de cipayos que atraviesa el río por el único puente, sorprende tanto al anciano Emperador como a los ingleses. A excepción del capitán Douglas, que manda la guardia indígena que la Compañía Británica de las Indias Orientales ha puesto a disposición del Emperador, y de algunos funcionarios que están en el palacio, el resto se encuentra en sus acantonamientos situados a tres kilómetros de la residencia del soberano. Así pues, los rebeldes llegan al palacio, logran que se les unan los guardias, y matan a Douglas y a los europeos que encuentran. El anciano soberano no tiene más recurso que ceder y conceder solemnemente su apoyo a una rebelión, que aunque le desagrada, queda endulzada cuando los cipayos le proclaman rey. En el momento en que se desarrollan estos acontecimientos Hewitt mantiene todavía sus tropas en Meerut. Únicamente la indolencia y la enfermedad del viejo general pueden explicar esta actitud. Pero mucho más tarde, en el curso de una encuesta sobre este período, William Hewitt haya pretendido que se había limitado a seguir el reglamento del ejército de Bengala, que prohíbía al responsable de una guarnición, la división de Meerut, comprometer su seguridad saliendo de su posición. Pero la pregunta a hacerse era quién amenazaba la posición del general Hewitt después de la salida de los cipayos para Delhi. En Delhi, las escenas de horror comienzan de nuevo, como en Meerut, Se organiza la caza del inglés. Familias enteras son exterminadas. Algunas son llevadas delante del rey, quien, al pedirle órdenes los rebeldes, contesta: «Haced lo que queráis», por lo que son asesinadas ante los ojos del soberano. Varias familias británicas logran felizmente llegar a Flagstaff Tower, un edificio de unos cincuenta metros de altura, situado sobre una colina rocosa a tres kilómetros al norte de la ciudad. Allí, los oficiales de la guarnición y algunos cipayos que habían permanecido fieles, organizan un largo éxodo que permitirá a estas familias escapar de la matanza.

De pronto, en el río resuena una fuerte explosión del polvorín. Asaltado por todas partes por centenares de rebeldes, un pequeño grupo de oficiales británicos ha preferido incendiar el polvorín antes que rendirse. Gracias a este acto de valor, las municiones y las piezas de artillería no podrán caer en manos de los rebeldes. A esta hora, el telegrafista de servicio en Delhi instalado a mitad de camino entre la ciudad y el Flagstaff Tower, cursa un mensaje, el último y el único. Este mensaje informará al mundo de la rebelión de los cipayos y, veinticuatro horas más tarde, llegará a la mesa del general Anson, en Simla, tal como antes ya hemos indicado. Este último mensaje, que valdrá a su autor, William Brendish, la fama y una pensión vitalicia de doscientas cuarenta libras anuales, está redactado así: «Tenemos que dejar la oficina, todos los bungalows están ardiendo, incendiados por los cipayos de Meerut. Han llegado esta mañana. Creemos que el señor Todd ha muerto. Se ha marchado esta mañana y no ha vuelto. Nos hemos enterado de que nueve europeos han sido muertos. Nos vamos. Adiós». En Simla, el general Anson se pregunta qué puede hacer. Una ojeada sobre el plano y sus listas de efectivos le muestra que la situación no es precisamente buena. El inmenso país que tiene a su cargo y que se extiende desde Ambala hasta Calcuta, sobre mil quinientos kilómetros, corre el riesgo de incendiarse de un momento a otro. Para hacer frente a este peligro, débiles guarniciones europeas, dispersas, en este inmenso país. En Calcuta, por ejemplo, donde reside el gobernador general, no hay más que un solo batallón de infantería. Un regimiento está estacionado en Agra, otro en Lucknow, la capital del reino de Aoud. Pero estas unidades se encuentran, en la mayor parte de los casos, rodeadas de unidades indígenas más importantes y, además, Anson no dispone ya, una vez cortado el telégrafo, de medios de enlace que le permitan coordinar su acción. Se verán pues reducidas a sus propios medios y privadas de órdenes e informaciones, por lo que no tomarán conciencia de la situación más que cuando se vean atacadas y aniquiladas una a una por los rebeldes. Esta situación estratégica está agravada por el alejamiento de los dos responsables del orden: el general Anson que se encuentra en Simla, y el gobernador general, lord Canning, instalado a mil quinientos kilómetros de allí. No puede siquiera comunicarse con el comandante en jefe de las fuerzas de Bengala. La debilidad de las guarniciones europeas en Bengala en el curso de este sangriento mes de mayo de 1857 va a ser el origen, después de Meerut, donde la situación era realmente una excepción, de numerosas tragedias. Pero probablemente eso fue una suerte que permitió a los ingleses restablecer la situación.

 

En efecto, numerosas unidades europeas se encontraban, en el momento en que estalló la rebelión de los cipayos, en la provincia de Penjab. Son los que constituirán el futuro núcleo del cuerpo expedicionario que emprenderá la represión de la rebelión. Estos mismos regimientos, de haber estado dispersos, como acostumbraban, a través del país, hubieran sido ahogados por los cipayos. Anson llega a Bengala el 15 de mayo, donde se ha reunido una pequeña fuerza que comprende dos unidades de artillería, el 9.° regimiento de lanceros y el 75 regimiento de infantería, todas ellas tropas regulares del ejército británico, a las cuales hay que añadir el 1.° y 2.° de fusileros de Bengala. Unidades indígenas completan esta fuerza, pero pronto deberán ser desarmadas. De todas formas, de momento se evita un movimiento sobre Delhi. Anson, que ha encontrado en Ambala unos telegramas exhortándole a volver a tomar Delhi tan rápidamente como sea posible, falto de municiones, debe esperar a que lleguen las municiones que espera procedentes del norte. También está falto de medios de transporte. A pesar de esto una vanguardia alcanza Kamaul el 17 de mayo, aproximadamente a mitad de camino de Delhi. Allí efectuó Anson la concentración de sus tropas, pero se produjó un nuevo golpe de mala suerte para los ingleses. Alcanzado por el cólera el 26 de mayo, el general Anson muere el 27, dejando el mando a sir Henry Barnard, su adjunto, que ha servido recientemente en Crimea como jefe de estado mayor de Lord Raglan. Henry Barnard va a entablar, el 30 y el 31 de mayo, dos combates con los rebeldes de Delhi, a orillas del río Hindon. Eel resultado victorioso será dejar cinco cañones en manos de los británicos. El 7 de junio, Henry Barnard se une a las tropas de Meerut, conducidas por el general Wilson, a unos quince kilómetros. Al día siguiente, las fuerzas británicas expulsan a los cipayos de las fortificaciones que ocupaban, unos treinta mil hombres y treinta cañones, en la posición llamada Badli-ki-Serai, una especie de cresta rocosa, que domina la antigua ciudad que se extiende allí, a los pies de los británicos, expulsados hace ya casi un mes.

 

Pero Delhi va a resistir durante largas semanas. Al menos, el largo asedio, que terminará el 16 de septiembre con la toma de la ciudad, permite inmovilizar importantes contingentes de cipayos, a los que los británicos ven desfilar con las banderas al viento y a los sones de músicas militares que no son otras que las del ejército británico, las únicas que les han enseñado y que continúan tocando mientras combaten contra los ingleses. Así pues, se trata para los ingleses de mantener a Delhi fuera de combate, como lord Canning hace en su aislamiento de Calcuta, donde el 25 de mayo, en el aniversario de la reina, ha dado un baile en su residencia, como si nada estuviera pasando y nada temiera en especial acerca de la amenaza que hace pesar sobre Calcuta la brigada indígena estacionada en Barrackpur, veinticinco kilómetros más al norte. Cuando empujaban a los rebeldes hasta las murallas de Delhi, los británicos tenían la sensación de que pronto terminarían con sus adversarios. Pero su optimismo se convierte rápidamente en pesimismo. Las entradas a Delhi son difíciles, ya que las fortificaciones de la ciudad, restauradas en 1804 por los ingenieros militares británicos, son sólidas y la ciudad está bien flanqueada al este por el río Jumna. Además, los rebeldes tienen una fuerte artillería bien protegida. Eso no impide que Barnard intente organizar un asalto el 13 de junio, luego aplazado al 15, y finalmente aplazado nuevamente sine die. Los rebeldes se muestran atrevidos y efectúan numerosos golpes de mano contra los puestos avanzados del ejército británico. Pero lo que más perjudica a los ingleses es el cólera, cuya epidemia se extiende. Eel 5 de junio Barnard muere como su predecesor Anson. El general Reed, que le sucede, muere también quince días después. El mando vuelve entonces al general Wilson, con cuarenta años de servicio en Oriente. Y este anciano, cuyas cualidades militares son poco evidentes y cuya capacidad de decisión ha fracasado anteriormente, debe asumir sobre sus espaldas la pesada tarea de apoderarse de Delhi. Un hecho extraordinario, que continuará siendo en parte inexplicable, domina este período del comienzo de la insurrección. Con excepción de Meerut y de Delhi, la India no se mueve. Al menos, durante un largo período de tiempo que llega hasta finales de mayo. Son tres semanas de suspense, durante las cuales las otras guarniciones de cipayos continúan inmóviles, como si esperaran una orden o simplemente como si no se atrevieran todavía.

 

Se especula que la insurrección general estaba prevista para finales de mayo y que la rebelión de Meerut se había adelantado a los acontecimientos. Pero para hablar de un levantamiento generalizado, habría sido preciso encontrar las pruebas de un complot e identificar a los jefes. No obstante hemos visto cómo la rebelión de Meerut era la respuesta a un acontecimiento muy preciso del que los británicos eran los instigadores. Se trataba del castigo infligido a los ochenta y cinco culpables de rechazar la utiliza de los famosos cartuchos de grasa. Hemos visto también que luego han ido a pedir apoyo y patrocinio al Emperador en Delhi. También se ha sospechado de Rusia, que, creando dificultades a los ingleses, se vengaba así de la derrota sufrida en Crimea a manos de las tropas de la coalición anglo-franco-turca. Sea como sea, en el momento de la insurrección los ingleses disponían de numerosas tropas en la zona oriental, que podían ser dirigidas contra las Indias, como ocurrió con un cuerpo expedicionario de quince mil hombres, que, bajo el mando de sir James Outram, había sido transportado rápidamente a Bombay. Otro cuerpo expedicionario que se dirigía a China pudo ser desviado de su ruta ante la petición de lord Canning. Hicieron escala en Ceilán y fueron enviados a Calcuta, en el otro extremo de la zona sensible de la depresión del Ganges. Estos dos ejércitos formarán las partes de una tenaza que permitirá pacificar el norte de la India. Este período será aprovechado por los ingleses. Termina el 30 de mayo en Lucknow, un importante puesto británico, situado en la provincia de Apud, a cuatrocientos kilómetros al sudeste de Delhi y a ciento cincuenta kilómetros de la frontera de Nepal. El «jefe comisionado» residente en Aoud, sir Henry Lawrence no se vio sorprendido por la rebelión de los contingentes cipayos que estalló ese día. Conociendo a fondo el país y bien informado sobre lo que pasaba, sir Henry Lawrence preveía desde hacía algún tiempo lo peor. De hecho sus telegramas a Calcuta lo atestiguan. En su zona el residente ha tomado medidas de precaución. Se ha visto tanto más obligado a hacerlo, cuanto que, una semana antes de Meerut, un regimiento cipayo, el 7.° regimiento de Aoud, se había rebelado por el mismo asunto de los cartuchos. El regimiento ha podido ser desarmado y sir Henry ha preparado una eventual resistencia acumulando stocks de víveres. Dispone, por otra parte, de un regimiento europeo, el 32 de infantería, en una buena posición alrededor de un viejo fuerte sij y de la residencia en donde, desde la primera señal de alarma, se han refugiado los setecientos civiles británicos, entre ellos quinientas mujeres y niños.

 

Pero todo lo que puede esperar sir Henry Lawrence, brigadier general desde el 30 de mayo, cosa que le confiere plenos poderes civiles y militares, es mantenerse, en espera de ayuda. Porque inmediatamente en todo el país la rebelión es general y se propaga a través de Aoud y de Rohilkland. Desde el 31 de mayo al 14 de junio, una docena de guarniciones se rebelan. Por todas partes se produce la matanza de los ingleses. Algunas veces, sin embargo, la intervención de un potentado local salva la vida de los civiles británicos, como es el caso de Azamgarth y de Nowgong. En Benarés, la ciudad santa a orillas del Ganges, doscientos cincuenta ingleses logran desarmar a dos mil cipayos, pero estos triunfos son escasos. Por todas partes, la marea cipaya se impone a los británicos. En Allahabad, el pequeño contingente inglés, que ocupa este importante nudo de comunicaciones, logra atrincherarse en el fuerte. Será liberado diez días más tarde por refuerzos llegados de Calcuta. El 3 de junio, el regimiento 41 de la Native Infantry se amotina en Sitapur. Los escasos supervivientes europeos se refugian en Lucknow. Cinco días después, el 8 de junio, Faizabad y Sultampur caen en manos de los rebeldes. Sir Henry Lawrence escribe: «Me temo que cada puesto avanzado ha sucumbido y que nosotros debemos esperar ser asediados por los amotinados y sus aliados». Durante este período sir Henry Lawrence parece haber sido el único que se ha dado cuenta de lo que se tramaba. El coronel Inglis, que se encontraba a la cabeza del regimiento de Lucknow, contará más tarde que Lawrence había sido prevenido por un indígena de que el motín estallaría a las nueve de la noche y que, encontrándose sentado a la mesa, como todas las noches a esa hora, oyendo sacar el cañón a las nueve como de costumbre, se volvió hacia el indígena y le dijo riendo: «Vuestros amigos no son puntuales a la cita». Inglis dice: «Apenas había respondido yo, cuando oímos una descarga de fusil que venía del sido de los acantonamientos. Pedimos inmediatamente los caballos y recuerdo que sir Henry, esperando su caballo, se mantenía derecho sobre la escalinata de la residencia, iluminada su silueta por la claridad de la luna. Esa noche, un destacamento compuesto de unos sesenta cipayos se encontraban de guardia en la residencia bajo el mando de un oficial indígena. Desde que se había dado la alarma, el oficial en cuestión, un subadar, puso a sus hombres en fila a una decena de metros de nosotros y, saludando, preguntó si se les debía ordenar que cargaran las armas. La pregunta iba dirigida a mí y yo la repetí a sir Henry, quien asintió. Di orden de cargar los fusiles y, en el silencio de la noche, alterado sólo por los disparos lejanos y dispersos que nos habían alarmado, oí el ruido característico de las armas al cargarlas. Pienso que sir Henry fue el único de entre nosotros cuyo corazón no aceleró los latidos. Entonces les dijo mientras que las armas de los cipayos parecían dirigidas contra nosotros: “Voy a ir a echar fuera a esos alborotadores. Os quedaréis en vuestro puesto e impediréis que nadie arme gresca aquí; si no, cuando vuelva, os colgaré”».

Y el coronel Inglis añadirá: «No sé si fue por la arenga de sir Henry, pero debo decir que la guardia se quedó en su puesto y que, mientras por todas partes ardían los bungalows, nadie pudo entrar en la casa y que la residencia de sir Henry fue la única que aquella noche no fue depredada o incendiada». Toda la atención del mundo entero, en aquella época y durante varias semanas, va a estar centrada en aquella parte de la India, donde Lucknow y otro puesto británico, situado a menos de ochenta kilómetros de allí, van a convertirse en los símbolos de esta rebelión de los cipayos. Se trata de Cawnpore. La insurrección estalla en Cawnpore el 5 de junio. Desde hace una semana sir Henry Lawrence se encuentra asediado en Lucknow por los cipayos rebeldes. Así pues, no podrá hacer nada por Cawnpore aunque la guarnición que se encuentra allí no esté demasiado alejada de él. Cawnpore es una ciudad de sesenta mil habitantes situada en la orilla sur del río Ganges. Hay en ella una gran mayoría de indígenas en relación con la débil guarnición británica y todos están bajo las órdenes de un anciano general, sir Hugh Wheeler. Este ha tomado sus precauciones. Desde el 11 de mayo ha fortificado un cuartel que se encuentra en medio de los acantonamientos. Allí, durante varias semanas, el general Wheeler, sus tropas y numerosos civiles, muchos de ellos venidos de los alrededores, incluso de Lucknow, hasta un total de ochocientos o novecientos británicos, van a sufrir los incesantes ataques de tres o cuatro mil rebeldes. La única superioridad de los ingleses es la artillería, porque disponen de una decena de cañones contra tres o cuatro que tienen los cipayos. Pero las condiciones de ludia son terribles, ya que el calor es sofocante, las instalaciones son precarias y no aseguran más que una débil protección. Por otra parte no se puede esperar ningún socorro del exterior, ya que sir Henry Lawrence no puede moverse de Lucknow en donde resiste como puede a la marea desencadenada de los cipayos, y la única guarnición que podría intervenir, la de Allahabad, está a doscientos kilómetros y se encuentra también en plena crisis, al menos hasta el 18 de junio en que se logrará levantar el asedio.

 

La resistencia de Cawnpore va a durar veintiún días. Son días de sufrimiento que van a costar la vida a doscientos cincuenta británicos, mientras que los cuatrocientos civiles, entre ellos ciento veinticinco mujeres y niños, padecerán incontables sufrimientos. El martirio que les espera luego va a ser todavía más horrible. La tragedia de Cawnpore marcó todo el resto de la lucha. Dicha tragedia está dominada sobre todo por una extraña figura cuyo nombre pertenece tanto a la leyenda como a la historia. Se trata de Nana Sahib. Dhondu Pant es el nombre verdadero de aquél a quien llaman Nana Sahib, el hijo adoptivo de Badjee Rao, el último señor de esta población que ocupa Aoud y el Rohilkland. A la muerte de Badjee Rao, los británicos, aplicando la política definida por lord Dalhousie, cortaron los víveres a Nana Sahib, negándole el derecho a tocar la pensión que se concedía a su padre adoptivo. Nana Sahib intentó hacer valer su causa ante los británicos y envió con esta finalidad a un personaje que luego será visto a su lado muy a menudo, Azim-Oolah-Khan, de religión musulmana, mientras que el Nana, como se le llama a menudo, es un brahmán. Azim-Oolah-Khan, medio abogado, medio encargado de relaciones públicas, se quedará algún tiempo en Inglaterra, donde su prestancia y su charla le valdrán numerosos triunfos femeninos, pero su misión terminará en un fracaso, al igual que las tentativas del residente británico en Bithour, la capital de Nana Sahib, quien se esforzará vanamente en convencer a sus compatriotas para que se arrepientan de una decisión de cuyos peligros se había dado cuenta. Exteriormente Nana Sahib, que ha sido profundamente herido por la actitud de los ingleses, guarda una serenidad perfecta e incluso un aparente abandono que engaña a los que le rodean y da seguridad a los ingleses. Pero, desde esta época, comienza para él una actividad febril que va a llevarle a tomar contacto con numerosos feudales ante las barbas de los ingleses, que no parecen asombrarse de que el señor de Bithour viaje de esta forma, cosa que entonces era poco acostumbrada para un hombre de su rango en la India. De esta forma, Nana Sahib visitó Delhi, Lucknow y encontró una favorable acogida por parte de numerosos señores feudales que, después de la aplicación de la «doctrina Dalhousie», se encontraban en el mismo estado de frustración y rebeldía. Este peregrinaje de Nana Sahib, aunque todavía sea difícil seguir todas sus peripecias, fue bastante fructuoso y ganó a su causa a numerosos príncipes y jefes de diferentes castas y dinastías.

 

Los más entusiastas fueron, como se preveía, las otras dos dinastías de Maharajás: la del rajá de Boensla y la del de Sattarah, que tenían los mismos problemas que él. También ellos habían intentado luchar por su causa en Inglaterra y habían fracasado, por lo que también ellos habían comenzado a hacer agitación. La anexión del reino de Aoud decidió a uno y otro a unirse a Nana Sahib que se convirtió así en el jefe del complot, antes de ser el símbolo de la rebelión. Un jefe del que los británicos ni siquiera sospechaban y que iba a hacerles pagar caros su descuido e iniquidad. La confianza de los ingleses en Nana Sahib era tal, que cuando la situación se puso tensa en Cawnpore, le pidieron que les prestase su apoyo provisionalmente. Eel recaudador de las finanzas en Cawnpore pone su casa a su disposición y les ruega que se instale en ella con sus hombres, para asegurar la guardia del arsenal donde están encerradas las ciento setenta mil libras del Tesoro. El 4 de junio, el motín estalla en Cawnpore. El primer gesto de Nana Sahib es apoderarse del dinero que los ingleses le han confiado tan imprudentemente para que lo guardara. Y como los amotinados quieren dirigirse hacia Delhi, Nana Sahib les reúne, se pone a su cabeza, y les lanza el día 6 hacia la ciudad. Ha sonado la hora de los pillajes y los incendios. Nana Sahib se ha levantado la máscara que le cubría y Cawnpore va a ser su venganza. «Matad a todos los ingleses y os daré a cada uno un brazalete de oro y todo el botín». Tal es la promesa que Nana Sahib parece haber hecho a los cipayos de Cawnpore. La minúscula guarnición del general Wheeler y el grupo de civiles van a asfixiarse progresivamente y una semana después del comienzo del sitio, el 14 de junio, Wheeler siente ya que no podrá mantenerse durante mucho tiempo: «Estamos sitiados desde el 6 de junio por Nana Sahib y todas las tropas indígenas que se han sublevado el 4 por la mañana. El enemigo posee varios cañones del veinticuatro y varios otros. Nosotros no tenemos más que ocho piezas del nueve. Nuestra resistencia ha sido magnífica y las pérdidas crueles. ¡Pedimos socorro, socorro!». Esta llamada, escrita por la propia mano de Wheeler, llegará a Lucknow gracias a un mensajero indio que conseguirá franquear sin obstáculos los ochenta kilómetros que separan Cawnpore de la guarnición de sir Henry Lawrence.

 

Pero sir Henry Lawrence debe escoger entre echar una mano a Wheeler, que pide ayuda, y correr al mismo tiempo el peligro de debilitar sus fuerzas, comprometiendo la precaria seguridad de los europeos asediados en Lucknow, o hacerse el sordo a la petición de ayuda de Wheeler. Al final decide esto último, a pesar de las objeciones de sus propios consejeros. Desde entonces la suerte de Cawnpore está decidida. Cada día el pequeño reducto, al que quedará unido indefinidamente el nombre de Wheeler, es sometido a un bombardeo implacable que derriba poco a poco las murallas tras de las cuales se abriga la guarnición. Es un infierno y el aire tórrido está impregnado de polvo. Los víveres, y el agua sobre todo, se hacen escasos. Ya no se tiene con qué cuidar a los heridos para evitar la epidemia. los muertos, entre los cuales hay a menudo mujeres y niños, son arrojados a un pozo, el famoso pozo de Cawnpore, que todavía no ha terminado de desempeñar su triste papel. Se comen caballos y perros. Los niños, que no comprenden lo que pasa, son los más desgraciados. Tras tres semanas Cawnpore ya no puede más. Nana Sahib, que está perfectamente al corriente de la situación del general Wheeler y los suyos, lanza un ataque general el 23 de junio, aniversario de la conquista de Plasey, que aseguró la conquista de Bengala por los ingleses. Pero en su agonía, la guarnición de Cawnpore encuentra todavía suficientes fuerzas para rechazar el asalto. Entonces Nana va a intentar otra cosa. El 25 de junio, una mujer que agita una bandera blanca se presenta ante las fortificaciones británicas. Esta mujer, una eurasiàtica, es llevada a presencia del general Wheeler al que entrega un mensaje con esta inscripción: «A los representantes de Su Muy Graciosa Majestad, la Reina Victoria» La mensajera explica que los rebeldes retienen a sus hijos como rehenes y que, si su misión fracasa, corren peligro de pagarlo con su vida. Es una propuesta de rendición: «Todos aquéllos que no tengan ninguna relación con las acciones de lord Dalhousie y que quieran deponer las armas, podrán dirigirse con total seguridad a Allahabad...». La oferta es tentadora. Sin embargo, Wheeler se huele la trampa. Sus oficiales le hacen ver que ya no quedan víveres más que para tres días. Durante todo el día, sin embargo, Wheeler se reserva su decisión y no la acepta más que a la caída de la tarde. El contacto con los rebeldes se toma inmediatamente. Se ponen finalmente de acuerdo sobre los términos de la rendición: Toda la guarnición será evacuada. Los cañones y el tesoro serán entregados. Los hombres conservarán sus armas individuales de sesenta disparos. Unos barcos llevarán a la guarnición hasta Allahabad, descendiendo el Ganges. La evacuación está prevista para la mañana del 27. Parece el final de esta pesadilla.

 

Al principio todo parece ir bien y muchos apenas pueden creerlo. Del fuerte al embarcadero hay algo más de un kilómetro, a lo largo del cual se alinea el cortejo con sus carros tirados por bueyes, y elefantes. Los heridos son llevados sobre parihuelas. En el río comienza el embarque. La actitud de los rebeldes no parece alarmante, aunque se hayan producido uno o dos incidentes a la salida, en especial cuando varios cipayos han intentado apoderarse de las joyas de algunas mujeres inglesas. Son las nueve de la mañana. Los ingleses están embarcados y de repente todo ocurre. Algunos han oído un toque de corneta, otros un disparo, que nadie sabe de dónde ha partido. Este simple disparo, cuyo eco ha retumbado en la montaña que domina el río, provoca entre los británicos el efecto que sus nervios a flor de piel no podían dejar de sentir. Entonces se ponen a tirar en todas direcciones. Se produce el drama y el ataque de los cipayos, que matan sin piedad. Únicamente cuatro británicos, a bordo de uno de los barcos, consiguen escapar. Todos los demás, incluido el general Wheeler, mueren. Más de cien mujeres y niños son capturados y son llevados en cautividad a Cawnpore, donde serán desde entonces rehenes de Nana Sahib. Esta matanza se produce el 27 de junio. La víspera, el 26, han llegado a Londres las primeras noticias de la rebelión de los cipayos: cosa que demuestra hasta qué punto estaban desplazados en el tiempo los acontecimientos en esta mitad del siglo XIX, debido a la lentitud de las transmisiones. El 29 de junio el Parlamento británico se reúne para examinar las medidas a tomar con el fin de paliar la insurrección de Meerut y la toma de Delhi. En el mismo momento, sir Henry Lawrence, en Lucknow, y pese a la proximidad de Cawnpore, ignora absolutamente lo que acaba de ocurrir allí, se ve amenazado por un ataque de los rebeldes. Un fuerte contingente de cipayos ha sido observado en Chinhut, a unos quince kilómetros de Lucknow. Según los informes, son unos quinientos, con cincuenta caballos y un cañón de pequeño calibre. En realidad son más de cinco mil hombres, ochocientos hombres a caballo, y su artillería comprende diez cañones y un mortero arrastrado por un elefante. Sir Henry, creyendo en los informes que le han llegado, decide ir al encuentro del enemigo y entablar combate.

Los ingleses se ven pronto en dificultades y sir Henry no tiene tiempo más que de batirse en retirada y ganar de nuevo su reducto de resistencia, que ahora se arrepiente de haber abandonado. Lawrence, en una carta que dirige a Calcuta, escribe: «Esta mañana hemos salido en dirección a Chinhut, hemos perdido cinco cañones a causa de la actitud de los artilleros indígenas muchos de los cuales han desertado. El enemigo nos ha perseguido y asediado. El enemigo es muy atrevido, en tanto que entre los europeos la moral es baja. Considero que nuestra posición es diez veces peor que ayer; realmente es muy crítica. Hemos tenido que abandonar una gran cantidad de víveres y hemos consumido mucha pólvora. A menos que seamos socorridos, digamos que antes de quince o veinte días nos costará trabajo mantenernos. Hemos perdido tres oficiales que han sido muertos esta mañana, varios han sido heridos». Toda la resistencia de sir Henry se concentraba sobre su reducto de resistencia, que ya hemos mencionado, y que estaba formada en realidad por una especie de meseta sobre la cual estaban construidos los diferentes edificios de la administración británica, entre los cuales el más importante era un imponente edificio de tres pisos con una especie de torre. Unas tres mil personas aproximadamente, la mitad de ellas combatientes, formaban la población de este reducto asediado como Cawnpore. Se encontraban rodeados no solamente por un pequeño ejército, sino de hecho por un país entero, en medio del cual se encontraba aislado. La situación, ya precaria, se ve agravada por la muerte del animador de la resistencia, sir Henry Lawrence, herido el 2 de julio por un obús. Muere dos días después. En Calcuta el 17 de junio llegan refuerzos de Madras a bordo del vapor Fire Queen, perteneciente a la Compañía Británica de las Indias Orientales. Con ellos llega el hombre que va a ser el verdadero actor en el restablecimiento de la situación. Se trata del general de brigada Henry Havelock. Capitán a los cuarenta y tres años, había alcanzado ya los sesenta y dos sin haber ejercido nunca el mando. Su origen llano y su carácter difícil explican sin duda el relativo apartamiento en el que se le había mantenido hasta entonces. Esto ocurrió también con muchos de los grandes generales, como Joffre y Montgomery. El general Havelock tenía fama de intratable puritano. Se contaba sobre él que una gran dama de la sociedad de Madras, donde estaba en la guarnición, que no había conseguido invitarle a una de sus reuniones, le dijo un día: «Al menos puedo esperar que una mañana me haga el favor de venir a tomar un baño helado conmigo».

 

Havelock acababa de tomar parte en la expedición en Persia. Desde su llegada a Calcuta, se dirigió a Allahabad, que acababa de ser «pacificada» en condiciones bastante particulares por el teniente coronel James Neill, del regimiento de los fusileros de Madras, un hombre brutal e implacable. Al llegar a Allahabad, Havelock se enteró del plan que el coronel Neill había concebido a fin de ayudar a Cawnpore y a Lucknow. Tenía a su disposición cuatro batallones, los fusileros de Madras, el 84 de Infantería, el 64 de Infantería y el 78 regimiento escocés de Highlanders. Pero era preciso esperar algún tiempo antes de concentrar estas tropas, por lo que hasta el 7 de julio no pudo ponerse en marcha la columna. En esta fecha, Cawnpore había sucumbido desde hacía ya una semana y en Lucknow sir Henry Lawrence había muerto hacía tres días. El 2 de junio, por otra parte, Havelock recibió un mensaje de Lucknow informándole de que Wheeler había sucumbido. El 7 de junio Havelock estaba preparado. Hasta el último momento se había retrasado por cuestiones de intendencia, como le ocurriera en otro tiempo a Anson. Finalmente  la columna Havelock se pone en marcha con mil hombres en total: «La columna más pequeña que haya tenido nunca la ocasión de salvar un imperio», como se ha escrito más tarde. Después de tres días de marcha, Havelock se une al destacamento de vanguardia, situado a las órdenes del mayor Renaud. Setecientos hombres en total, entre ellos trescientos sijs. Apenas han realizado la unión, cuando sufriero el ataque de un fuerte destacamento de rebeldes que, creyendo no tener que enfrentarse más que con la columna Renaud, tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse frente a frente con un cuerpo de ejército mucho más importante. Havelock informó: «Debo decir que el asunto fue solucionado en diez minutos, porque en este corto lapso de tiempo, la moral del enemigo cayó por los suelos. Fue especialmente a consecuencia del fuego de los mosquetones, que les segó a una distancia que no se esperaban». Doce cañones fueron tomados al enemigo. Las pérdidas por parte británica fueron ligeras. Una docena de soldados ingleses afectados de insolación.

 

Havelock y Renaud no pudieron, sin embargo, explotar su triunfo, ya que el escuadrón de caballería indígena, que formaba parte de su pequeña fuerza, se negó a marchar y fue preciso desarmarlo al día siguiente. Después de esto, la columna Havelock ocupó Fatehpur tras de haber derrotado a la vanguardia de Nana Sahib. El 14 de julio, Havelock deja Fatehpur y el 16 no se encuentra más que a algunos kilómetros de Cawnpore. En nueve días, bajo una lluvia incesante y con un calor y una humedad terribles, ha recorrido doscientos kilómetros. Uno de los oficiales que le acompaña, escribe: «La carretera de Allahabad a Cawnpore era una escena de desolación». Todos los bungalows habían sido objeto de pillaje y luego quemados a ras del suelo por los indígenas. En represalia todos los pueblos eran incendiados y los rebeldes colgaban de los árboles en grupos de seis. El 15 de julio llegaron casi a la meta. El ejército del general Havelock no se encontraba más que a cuarenta y cinco kilómetros de Cawnpore y se apoderó del pueblo de Aong, ocupado por los rebeldes. Entre Havelock y Cawnpore quedaban todavía dos obstáculos importantes, el río Panda Nudi, crecido por las últimas lluvias, y el ejército de Nana Sahib. En este momento estalló el segundo drama de Cawnpore, mucho más bárbaro aún que el del 27 de junio. Nana Sahib se enteró de que Havelock no estaba lejos. Según las últimas noticias, había logrado incluso franquear el Panda Nudi por el único puente que lo atravesaba y que los rebeldes no haían podido hacer saltar. Iba a ser preciso evacuar Cawnpore. Pero, qué hacer de los rehenes, niños y mujeres. Sobre todo, de esas mujeres que Nana y sus compañeros habían utilizado para las orgías que daban todas las noches en su residencia, un antiguo hotel pintado en amarillo azafrán, a pocos metros del Bibighar, donde los rehenes estaban encerrados. Este período, del 27 de junio a este día, había sido la gran revancha de Nana Sahib, que había experimentado la sensación de que su poder era ilimitado allí en Cawnpore, donde había derrotado a los ingleses y tenía a su disposición a las más bonitas mujeres de sus enemigos. El 28 de junio se había hecho proclamar rey de los Maharajás, el título más precioso que los ingleses querían arrebatarle a él, el hijo adoptivo del último soberano de su raza. Pero esta columna de Havelock lo cambiaba todo a su paso. Era precisos marcharse, pero se da la orden de matar a todos los rehenes. Por la tarde, cinco hombres armados con afilados sables penetran en el reducto, donde desde hace tres semanas viven como bestias encadenadas las mujeres y sus niños. Entre estos hombres hay dos carniceros musulmanes. La matanza duró varias horas. Durante este tiempo, la prisión de Cawnpore se transforma en un matadero, donde son asesinados ciento dieciocho mujeres y noventa y dos niños.

 

El 16 de julio Havelock está prácticamente a las puertas de la ciudad y él y Nana Sahib van a librar el primer gran combate que se produce desde que estalló el motín en Meerut. Las fuerzas de Nana Sahib, cinco mil hombres y ocho cañones, son instaladas en una posición muy favorable, a unos doce kilómetros de Cawnpore, dominando la carretera imperial que va desde Calcuta hasta Delhi, y por la que cree que van a venir Havelock y sus hombres. Pero el general inglés, que corriendo un gran riesgo ha dejado detrás su tren de avituallamiento, comienza un movimiento envolvente y consigue desorganizar pronto el dispositivo enemigo; Nana Sahib se encuentra en dificultades. Havelock da ejemplo personalmente y recorre sin cesar las filas a fin de animar a los soldados. A pesar de la llegada de refuerzos, las tropas de Nana Sahib se ven obligadas a retroceder y pronto se desencadena la huida general. Al día siguiente, los soldados de Havelock, rendidos de fatiga, penetran en Cawnpore. Allí les espera un horrible espectáculo. Los primeros testigos se sentirán estremecidos de horror por lo que van a descubrir. A la entrada de la prisión, donde durante dos semanas habían estado encerrados los rehenes, dos mujeres semidesnudas atadas a unos pilares tienen la cabeza cortada. Por todas partes cadáveres de mujeres y de niños, sobre los que revolotean grandes moscas azules. Todos los cuerpos están cortados, el suelo está inundado de sangre. En las paredes, huellas de manos, pedazos de cerebro. En el suelo, mezclados con la sangre, vestidos, calzados, canastillas. Un niño de corta edad está colgado por la garganta mediante un gancho fijado en la pared, como un buey en una carnicería. A algunos metros, en un patio, hay un pozo de quince metros de profundidad que está lleno de cuerpos ensangrentados y cabezas cortadas. Los soldados no pueden más y vomitan.

 

Se detuvo a algunos hindúes que no habían logrado huir. Se les colgó acto seguido en una horca que los hombres de Nana Sahib habían instalado allí. En cuanto a Nana Sahib, que había huido hacia su castillo de Bithor, Havelock lanzó un destacamento en su persecución. Pero el castillo de Bithor estaba vacío. Nana había huído con el dinero del arsenal de Lucknow. Mientras se efectuaba esta persecución, las tropas de Havelock recuperaban sus fuerzas. La repugnancia por lo que habían visto, la sensación de vivir en una especie de infierno, del que quizá no pudiesen escapar, así como la fatiga, todo ello daba al ejército una especie de enorme desaliento, que el descubrimiento de un depósito de alcohol convirtió en juerga. Durante cuarenta y ocho horas, la columna Havelock no sale de la embriaguez a pesar de las medidas disciplinarias decretadas por su jefe. Escandalizado por lo que acaba de ver en Cawnpore, Havelock no piensa más que en liberar a Lucknow, si todavía se estaba a tiempo. Mientras esperaban, la represión y la venganza seguían su camino. Se ahorcaba, se azotaba y se obligaba a varios prisioneros a lamer el suelo, recubierto por la sangre de las víctimas de la prisión de los rehenes de Cawnpore. La represión fue tan fuerte que el general Neill, comandante del 1.° de fusileros de Madras, sería objeto de reprobación general. «Cada hombre debe morir en su puesto, que nadie se rinda. Que se tenga piedad de estas pobres mujeres y niños». Estas son las últimas palabras que había pronunciado sir Lawrence al morir en la mañana del 4 de julio. Desde su desaparición, Lucknow sufría un bombardeo intensivo, ya que veinticinco cañones de grueso calibre golpeaban sin cesar las posiciones británicas. «Manteneos, no negociad; es preferible que perezcáis con las armas en la mano». Este mensaje es el que Havelock envía a la guarnición asediada. El 28 de junio, Havelock se pone en camino y atraviesa el Ganges transportando a sus hombres en un pequeño vapor que había traído algunos refuerzos de Allahabad. La región que debe atravesar para llegar hasta Lucknow está infestada de enemigos. La marcha es lenta, dificultada por las lluvias y por el terreno pantanoso. Un fuerte ataque de los rebeldes de Gnao es rechazado, pero con graves pérdidas, ya que causa ochenta y ocho muertos y heridos. Algunos hombres de Havelock sufren, además de la fatiga, insolación, y también se declaran casos de cólera.

 

La cosa comenzó muy mal y al cabo de tres días la columna de Havelock no había avanzado. Se había replegado sobre Manghavar, una localidad situada en la orilla derecha del río Ganges, que Havelock había alcanzado desde el 28 de junio. Sea como sea, desde el 31 de junio, el general Havelock había renunciado prácticamente a marchar sobre Lucknow y, en espera de refuerzos, se contentó con establecer una cabeza de puente en la otra orilla del río, frente a Cawnpore. Pero los refuerzos no van a llegar a Cawnpore hasta el 15 de septiembre. Se trató de mil setecientos europeos a las órdenes del general James Outram, del cual había sabido Havelock que había sido nombrado comandante en jefe y que él estaba, por tanto, a sus órdenes. Pero cuando llega a Cawnpore, el general Outram va a hacer algo que pocos militares, en su caso, hubieran tenido el valor de hacer. En presencia de Havelock, va a comunicarle que le deja su mando. Y lo que es más, se coloca voluntariamente a sus órdenes y reivindica el honor de servir como un simple oficial en las filas de su ejército. La llegada de sir James Outram es tanto mejor acogida cuanto que la posición de Havelock había llegado a ser crítica, a pesar de algunas expediciones que habían logrado mantener el respeto del enemigo. Teniendo en cuenta los refuerzos traídos por Outram, las fuerzas británicas en Cawnpore contaban exactamente tres mil ciento setenta y nueve hombres, de los cuales dos mil trescientos ochenta y ocho eran infantes. La caballería era poco numerosa, incluyendo ciento sesenta y ocho hombres. A la fuerza inicial de los regimientos de infantería 64, 78, y 84, de los fusileros de Madras y de los sijs se sumaban el joven regimiento de fusileros y el 9.° regimiento de infantería ligera. Este pequeño ejército estaba dividido en dos brigadas, una situada bajo el mando de Neill, que había sido nombrado general, y la otra bajo las órdenes del brigadier general Hamilton.

Al día siguiente de la llegada de Outram y sus hombres, un mensajero de Lucknow llega del cuartel general británico. Se trataba de un mensaje del coronel Inglis, que desde la muerte de Lawrence había asumido el mando en Lucknow. Inglis describe incesantes ataques de los rebeldes y sobre todo una penuria casi total de víveres. Es preciso actuar rápido. El 18 de septiembre, Havelock franquea de nuevo el río Ganges, pero esta vez la marcha hacia Lucknow va a ser muy rápida. El 23 por la noche la columna de socorro está ya en las proximidades de la fortaleza asediada. Llega a Allumbagh, llamada también «el jardín de Oriente», una especie de parque exuberante habitado por los soberanos de Aoud. Lucknow ya no estaba más que a seis kilómetros de distancia. Desde allí se oían los cañones de los rebeldes que bombardean la ciudad. Para hacer saber a Inglis su llegada, Havelock hizo disparar una salva real. El 25 de septiembre se desencadena un asalto después de un reconocimiento de los puntos débiles del enemigo. Los consejos del general Outram han sido muy valiosos, ya que, antes del motín. Outram había sido comandante en jefe y residente en Lucknow. La batalla va a durar todo el día, en que Outram es herido en un brazo. Havelock escribe: «Al final nos encontramos delante de las puertas de la residencia y penetramos. Era de noche. Una noche iluminada por nuestro triunfo». De las casas en ruinas, de las trincheras, y de todas partes, surgían las aclamaciones y los gritos de alegría. Los innumerables heridos del hospital se arrastraban por el suelo para saludar a sus liberadores. Los highlanders, regimientos de las Tierras Altas de Escocia, eran los más aclamados. Las mujeres les tendían sus niños, que estos gigantes barbudos y vestidos con faldas mantenían en vilo y abrazaban. Después de cinco meses de asedio y angustia, Lucknow era al fin liberada, en un momento en que ya no lo esperaba. El ataque de la jornada se había cobrado numerosas víctimas entre los británicos: treinta y un oficiales y quinientos cuatro hombres de los dos mil que habían participado en el asalto.

 

Esta guerra de los cipayos es una maraña de acontecimientos, un drama en el que la inmensidad del territorio indio y la ausencia de verdaderas comunicaciones entre lugares a veces cercanos, como Cawnpore y Lucknow por ejemplo, destruyen toda homogeneidad y lógica. Delhi, por ejemplo, está a cuatrocientos kilómetros de Cawnpore y de Lucknow, y, sin embargo, no existe ninguna relación entre los acontecimientos militares que se desarrollan allí y en las ciudades del antiguo reino de Aoud. El contraataque de los ingleses se había traducido en un asedio, que dura desde el 8 de junio hasta mediados de septiembre, tres meses durante los cuales no se sabe exactamente quién asedia al otro. Los ingleses que ocupan las pequeñas elevaciones en Delhi que dominan la antigua ciudad, no saben cómo pasar el tiempo. Además, el terrible calor y el cólera atacan brutalmente. De esta forma han desaparecido Anson y Barnard. Su sucesor es alcanzado también por el cólera y debe dejar su mando a un cuarto general, el brigadier-general Wilson. Se efectúan varios asaltos. Uno se produce el 14 de junio, la víspera de la matanza de Cawnpore, en que son los ingleses los que atacan. El 2 de agosto, los rebeldes pasan a la ofensiva. Pero el 12 de agosto, la iniciativa la vuelven a tomar los ingleses, y así repetidamente. A comienzos de septiembre llega a Delhi artillería pesada que procede de los parques de artillería de Penjab. Esto va a permitir a los ingleses apoderarse al fin de la ciudad. A las 3 de la mañana, el 14 de septiembre, en que en Cawnpore es la víspera de la llegada de los refuerzos y del general Outram, tres mil soldados se lanzan al asalto de la antigua ciudadela. Los últimos islotes de resistencia no serán eliminados más que una semana después. El soberano mogol se rinde con dos de sus hijos y su nieto. Serán asesinados al día siguiente por un oficial británico a quien el soberano había entregado su espada. La ciudad se entregó al pillaje. Así pues, cuatro días después de la toma de Delhi, se unen Havelock y Outram con los defensores de Lucknow. Pero para ellos la partida está todavía lejos de ser ganada.

 

Apenas se había instalado en Lucknow, cuando la columna de Havelock se encontró a su vez rodeada. El círculo de los rebeldes se había vuelto a cerrar sobre la residencia, que se encontraba de nuevo aislada del exterior, como lo había estado desde el comienzo de la insurrección. Pero, como aspecto positivo, se ensancha y mejora el perímetro de defensa. Además, el calor ha remitido. Pero sigue el grave problema de la escasez de víveres. Tal es el aislamiento de la guarnición, que el general Outram se ve obligado a instalar un telégrafo óptico para comunicarse con las tropas que se encuentran en Alumbagh. La principal actividad militar en Lucknow durante este período será una forma de guerra que hará su aparición a gran escala durante la Primera Guerra Mundial de 1914-1918, también llamada de las trincheras. Se trata de la utilización de minas y contraminas. Cavando subterráneos que serpentean bajo los puntos de resistencia británicos, los rebeldes lograrán colocar una veintena de bombas, pero solamente tres de ellas llegarán a provocar muertos entre los británicos. Los zapadores del general Outram hicieron fracasar varias durante las expediciones subterráneas que dieron lugar a luchas cuerpo a cuerpo y a numerosas emboscadas. En la primera semana de noviembre el general Outram se entera de que una nueva columna de refuerzos se aproxima a Lucknow. A su cabeza esta sir Colin Campbell, un verdadero personaje en el ejército británico, gran cruz de la orden militar del Baño (Bain), ayuda de campo de la reina y cubierto todavía de los laureles que ha conseguido en Crimea, Alma y Balaklava. El 7 de noviembre llega a Cawnpore y el 14 ataca a los rebeldes de Lucknow atrincherados en una propiedad llamada La Martiniére, porque había sido habitada en otro tiempo por un francés llamado Martin, que había hecho fortuna en las Indias en el comercio de diamantes. Cinco días después, tras cinco días de un combate encarnizado que causa más de dos mil muertos entre los rebeldes, la victoria es total y Lucknow queda esta vez completamente liberada, al precio de la muerte de cuarenta y cinco oficiales británicos y cuatrocientos noventa y seis hombres, es decir, la décima parte de los efectivos de la columna de socorro. Pero, como escribía un oficial de la guarnición, «quedaba por realizar la tarea más difícil y peligrosa: era preciso ahora evacuar la guarnición, sus mujeres, y sus heridos, así como los cañones y las municiones. Y hacer esto en presencia de una numerosa fuerza enemiga no era una misión agradable».

 

En efecto, la única carretera por la que se podría realizar el repliegue precisaba, para estar al abrigo de los ataques, de una línea de protección que absorbería numerosos efectivos. Sir Colin Campbell decidió concentrar en Allumbagh sus fuerzas ya que, quedándose en la residencia, dominarían más fácilmente la carretera de Cawnpore. La evacuación de mujeres y niños comenzó inmediatamente, a partir del 19 de noviembre. Después de una semana parados en Allumbagh, continuaron marchando el 27, con destino a Cawnpore, a donde Campbell, que acompañaba al convoy de los rescatados en Lucknow, llegó el 29 de noviembre. La primera preocupación del comandante en jefe fue hacer evacuar a los civiles de Allahabad. Una vez librado de esta preocupación, para que no se repitiera otro Cawnpore, sir Collins, acompañado de cinco mil seiscientos hombres y de treinta cañones, tomó de nuevo la carretera de Lucknow. Por primera vez, después de la explosión de Meerut, en mayo, ninguna amenaza, salvo algunos casos aislados, pendía sobre las mujeres y los niños británicos. Además la relación de fuerzas había cambiado. Los refuerzos ingleses llegaban y el mando estaba asegurado por un militar enérgico, como sir Colin Campbell. El 6 de diciembre, en los alrededores de Cawnpore, los británicos entablan batalla con un fuerte ejército enemigo formado por lo que se ha convenido en llamar “el contingente de Gwalieor”. El ejército rebelde está bajo las órdenes directas de Nana Sahib. Lo que no impide que sea derrotado, abandonando cañones y gran parte del equipamiento. Nana Sahib, cuyo castillo de Bithour ha sido visitado y saqueado por los ingleses, huye hada el oeste. La victoria no es definitiva, pero es importante y permite a Campbell limpiar una parte considerable del territorio. En la primera semana de enero, otro acontecimiento va a contribuir a inclinar más aún la situación en favor de los británicos: Campbell, que ha remontado el río Ganges más arriba de Cawnpore, hasta Fatehgarth, se reagrupa con una fuerza venida de Delhi bajo el mando del general Seaton, que trae a Campbell lo que más le hace falta, como son víveres y municiones.

 

El plan de Campbell es emprender la pacificación de Rohilkland y del nordeste con prioridad a las demás regiones. Pero lord Canning no está de acuerdo, ya que piensa que las tropas inglesas deben reconquistar el antiguo reino de Aoud en primer lugar y aprovechar la estación de invierno para hacerlo, con el fin de que todo esté terminado antes de la vuelta de los grandes calores. El gobernador cree que Aoud es la verdadera cuna de la rebelión y que allí es donde hay que aplastarla. Las instrucciones ordenan a sir Colín Campbell que desande el camino recorrido, que vuelva a descender hasta Cawnpore y espere allí a tener los medios suficientes para lanzar una ofensiva contra los rebeldes que no paran de atacar a Outram en Alumbagh. En efecto, seis asaltos han sido lanzados por los rebeldes contra las tropas de Outram. El más fuerte tuvo lugar el 12 de enero, en que treinta mil rebeldes tomaron parte en él. Pero, contrariamente a lo que había pasado a los anteriores defensores de la residencia Outram, ahora pueden recibir refuerzos que les permitan compensar sus fuerzas. El 1 de febrero, Campbell deja Fatehgarth en dirección a Cawnpore. Los cien kilómetros que separan las dos ciudades son recorridos en tres días. Lucknow va a ser una vez más el objetivo de los ingleses. Campbell dispone de diecisiete batallones de infantería, en que todos son británicos excepto dos, de veintiocho escuadrones de caballería, de ellos cuatro completamente británicos, con un total de veinte mil hombres. Este ejército lleva consigo unas sesenta piezas de artillería pesada y un centenar de otros cañones de calibre más pequeño. El ejército de Campbell ha vuelto a tomar la carretera de Cawnpore. Llega a Allumbagh el 1 de marzo. El comandante en jefe decide entonces franquear el río Gumti, a fin de tomar al enemigo por la espalda, abordando las defensas de Lucknow por el norte. Las operaciones van a reducirse entonces a un lento retroceso de las fronteras rebeldes. El escenario de esta lucha es un laberinto de casas, de patios, de jardines, de donde no es fácil desalojar a los rebeldes. La limpieza no termina hasta el 21 de marzo. En los días siguientes, varias concentraciones rebeldes son dispersadas por los ingleses. Con la toma definitiva de Lucknow, la reconquista del antiguo reino de Aoud parece asegurada y sir Colin Campbell va a poder ejecutar la segunda parte de su plan: la pacificación de Rohilkland, región situada en el noroeste del estado indio de Uttar Pradesh. Mientras lord Canning, cuyo valor no se puede negar en las circunstancias que siguieron a la revuelta de Meerut, aislado en su despacho de Calcuta no está en contacto con la realidad. Por ello publica una declaración poco inspirada que decreta la confiscación de los bienes de los que se han rebelado contra la corona británica.

Pero esta poco adecuada proclamación fue cancelada por el gobernador. Pero el mal ya estaba hecho y toda posibilidad de acuerdo fue cortada por esta amenaza de confiscación. Va a ser necesario, pues, luchar duramente. A partir de Lucknow, el comandante en jefe va a lanzar una importante operación contra Bareilly, la capital de Rohilkland, doscientos kilómetros al noroeste. Simultáneamente van a tener lugar operaciones secundarias. Una de estas operaciones está dirigida con la finalidad de capturar al principal lugarteniente de Nana Sahib, el famoso Tantia Topee que se ha separado de Nana Sahib al día siguiente de la derrota que les infligió sir Colín Campbell, el 6 de diciembre, en las proximidades de Cawnpore. Mientras que Nana Sahib parece haber desaparecido hacia el norte, Tantia Topee se ha dirigido hacia el sur. Se le encuentra el 14 de abril, delante de Jhansi, asediada por los ingleses que están mandados por sir Hugh Rose, jefe de la Central India Column. A pesar de la potencia de sus efectivos, consistentes en unos veinte mil hombres, Tantia Topee es derrotado. Pero escapa de los ingleses para presentar combate nuevamente, el 16 de junio, cerca de Gwalior. Nueva derrota y nueva huida. Esta terminará un año después, el 7 de abril de 1859, con la captura de Tantia Topee y su ejecución en la horca por los ingleses. Sir Colin Campbell va a llevar su campaña a través del Rohilkland con infinitas precauciones, a través de unos territorios donde ningún inglés se había aventurado desde el comienzo de la rebelión. El 5 de mayo, después de un mes de marcha por un país hostil, los ingleses vuelven otra vez a la región de Aoud, donde no van a terminar la limpieza hasta enero de 1859. Es la época de la represión, llevada duramente y sin piedad por hombres a los cuales les viene constantemente a la cabeza el recuerdo de la matanza de Cawnpore. En efecto, los trágicos acontecimientos de Cawnpore y de Lucknow no deben hacer olvidar, como ha ocurrido a veces, que la rebelión de los cipayos había afectado a otra región de la India: la de la Central India Agency.

 

La Central India Agency se trata de la región situada al sur del río Ganges y que, bajo este nombre agrupaba una media docena de estados, los llamados Estados maharattas, es decir formalmente independientes, pero de hecho administrados por los ingleses que estaban representados por un agente. El agente británico, sir Henry Durand, tiene su residencia en Indore, a unos setecientos kilómetros al sur de Delhi. Su autoridad se ejerce sobre esta vasta región, donde, desde junio de 1857, es decir algunos días después de la rebelión de Meerut, estallan motines. En Jhamsi los incidentes estallan el 5 de junio, el mismo día que en Cawnpore, y en Gwalior, una semana después, el 14 de junio. Para hacer frente a esta situación, sir Henry Durand no dispone más que de novecientos cincuenta soldados europeos y setecientos cipayos fieles. Un caso como el de Cawnpore, aunque de dimensiones menores,  ha tenido lugar en Jhamsi, donde reinaba una mujer, la Rani Lakshmi Bai de Jhamsi, viuda del último soberano de este estado. En efecto, cuando la guarnición, que se componía de una unidad de artillería indígena, de un regimiento de caballería y otro de infantería, se ha amotinado, los pocos ingleses que se encontraban en Jhamsi han podido refugiarse en la fortaleza. Pero serán asesinados tres días después, cuando, bajo promesa de la reina, habían obtenido la seguridad de que podrían evacuar su refugio y dejar la ciudad sanos y salvos. La rebelión de los Estados maharattas se caracteriza por dos hechos. Al contrario de lo que ocurre más al norte, en Aoud, los primeros socorros británicos no vendrán del norte o de Calcuta, sino de Bombay. Por otra parte, esta región se convertirá, cuando los ingleses logren enderezar la situación en Aoud y en Rohilkland, en refugio de los jefes de la rebelión y en particular de Tantia Topee. Allí se enfrentarán con la Central India Column, mandada por sir Hugh Rose, que entra en acción a partir de enero de 1858. Sir Hugh Rose es un jefe enérgico y un táctico consumado, formado además en la administración y la diplomacia. Ha hecho la mayor parte de su carrera en Oriente y ha participado, en 1841, en la guerra turco-egipcia. Ha sido nombrado general en Siria, secretario de embajada en Constantinopla y oficial de enlace en el cuartel general francés durante la guerra de Crimea. Con una fuerza de unos cuatro mil quinientos hombres, dividida en dos brigadas, Rose designa a Jhamsi como primer objetivo.

 

Llega allí el 20 de febrero, después de haber realizado un recorrido de ochocientos kilómetros y liberado Sagar, donde se encontraban bloqueados numerosos europeos que acogen con entusiasmo la llegada del regimiento 14 de dragones de la reina y de la artillería tirada por elefantes. En la carretera de Jhamsi ha debido apoderarse igualmente de un fuerte situado en Gathakat, construido en otro tiempo por ingenieros franceses, y que, cuarenta años antes, una importante fuerza británica compuesta de once mil hombres y noventa y ocho cañones no había logrado conquistar. Ante Jhamsi, sir Hugh Rose espera una columna de refuerzo mandada por el general Witlock, que viene de Madrás. Pero el que llega es el rebelde Tantia Topee, con veinte mil hombres. Es interceptado y derrotado, el 14 de abril, por una pequeña fuerza de mil quinientos hombres que sir Hugh ha enviado a su encuentro. Algunos días después, la reina abandona la capital y se une a Tantia Topee. Los dos juntos se apoderan de Gwalior y echan al maharajá. Pero son alcanzados por sir Hugh Rose que entabla batalla con ellos el 16 de junio y les derrota. El 20 de junio, Gwalior está en las manos de los ingleses que reponen de nuevo al maharajá. Habrá que esperar, sin embargo, un año para capturar a Tantia Topee; los ingleses se apoderarán de él el 7 de abril de 1859 y le enviarán a la metrópoli. Tantia Topee, que había sido traicionado por uno de los suyos, se encontraba solo cuando fue capturado. Sus dos últimos compañeros le habían abandonado poco antes. No se encontraba junto a él más que un sable y un cuchillo, tres brazaletes de oro y un centenar de monedas de oro. La captura y la muerte del principal lugarteniente de Nana Sahib marcan realmente el fin de la rebelión.

 

Pero la pista de Nana Sahib no se encontrará nunca. La última manifestación de su existencia es una carta que llega a manos de los ingleses en el mes de mayo. En este supuesto mensaje, quién encarnó la rebelión de los cipayos y que fue el responsable, junto con Tantia Topee, de la matanza de Cawnpore, lanza un último grito de odio contra los ingleses y les niega el derecho a establecerse en la India. Pero es difícil hacer remontar el origen del nacionalismo indio en el mensaje de Nana Sahib. La idea de la independencia de la India nació después de la Primera Guerra Mundial, bajo el impulso de Gandhi y de Nehru. Entre 1859, que vio el fin de esta terrible rebelión de los cipayos, y la década de 1930, la India va a experimentar un reforzamiento del poder británico. El final de la rebelión es anunciada oficialmente en julio de 1859. La proclamación de lord Canning declaraba: «La guerra ha terminado; la rebelión ha sido aplastada. El estrépito de las armas ha cesado allí donde los enemigos del estado llevaban a cabo su último combate, la presencia de las fuerzas del orden en la campaña ha dejado de ser necesaria. El orden ha sido restablecido». Desde el 2 de agosto de 1858, la reina Victoria había firmado el acta en virtud de la cual la administración de la India dejaba de pertenecer a la antigua Compañía Británica de las Indias Orientales y se transfería a la Corona británica. La proclamación de esta acta fue hecha en diciembre, simultáneamente a la de una amnistía que comprendía a todos aquellos que habían entrado en rebelión contra la Compañía Británica de las Indias Orientales, a excepción de los que habían cometido crímenes en la persona de ciudadanos británicos. La hora de la reconciliación y de la reconstrucción había llegado. Los rajas que se habían situado a favor de los británicos o que simplemente habían permanecido neutrales, no tenían ya que temer las anexiones que, bajo el impulso de lord Dalhousie, habían sido uno de los factores de la rebelión. La proclamación de la reina Victoria daba garantías en el terreno religioso, apaciguando así a los que temían una «cristianización» de la India, que había sido otro de los factores de la explosión de 1857. La guerra de los cipayos, que se inserta entre la guerra de Crimea y la que Napoleón III va a emprender con los austríacos en Italia, representó dos mil treinta y cuatro bajas a los contingentes británicos, muertos en combate o a consecuencia de las heridas recibidas. Pero el cólera y las insolaciones hicieron más víctimas todavía. Hasta ocho mil novecientos ochenta y siete oficiales y soldados británicos perecieron por enfermedad.

 

La rebelión de las tropas indígenas en la India fue reprimida con terrible contundencia por los ingleses. La represión y los castigos subsecuentes fueron brutales. Al margen de otras prácticas, la que más afectó a los indios fue la conocida como viento del Diablo. Los prisioneros rebeldes eran atados a la boca de un cañón que era disparado, despedazando el cuerpo del ajusticiado y lanzándolo en todas direcciones. Y fue la peor, no sólo por el modo macabro en sí mismo, sino porque la destrucción prácticamente total del cuerpo hacía imposible la reencarnación según la doctrina del hinduismo, condenando a la víctima al desprecio divino. La colonización inglesa de la India fue peculiar, pues se trataba de una empresa privada. No ejercía la autoridad el Gobierno de Londres, sino la Compañía Británica de las Indias Orientales. Con ejércitos de mercenarios nativos, llamados cipayos, soldado en lengua persa, y apoyándose en las rencillas de los príncipes indios, la Compañía se había ido haciendo con el control de territorios entre mediados del siglo XVIII y del XIX, hasta dominar casi todo el subcontinente para 1857. La principal consecuencia política del motín fue que el Gobierno de Londres disolvió la Compañía Británica y se hizo cargo directo de la India.

 

Fuentes:

  • Claude Couband – La rebelión de los cipayos
  • Domínguez – Los cipayos y la insurrección de la India
  • K.L.Srivastava – Biografía de Nana Sahib
  • Bayly, Chistopher Alan – Indian Society and the Making of the British Empire
  • Hibbert, Christopher – The Great Mutiny: India 1857
  • Spear, Percival – A History of India
  • Jackson, William – History of India
  • Michel Morineau – Les Grandes Compagnies des Indes Orientales
  • Philippe Haudrère – Les Compagnies des Indes orientales: Trois siècles de rencontre entre Orientaux et Occidentaux

octubre 28, 2017 - Posted by | Historia, India, India

3 comentarios »

  1. Impressionant, Manel. Cada post és una enciclopèdia. Téns un secret que no el vols compartir… com ho fas???

    Reconec que no me l’he arribat a llegit completament, però tot i així goso plantejar una qüestió, en el marc de la crítica a la cronologia oficial. Si la història de la Companyia Anglesa comença el 1600, i es dediquen a ocupar la Índia, el tresor Mongol d’un poble digne i lluitador, per què es lluita contra l’Imperi Britànic a l’any 1857? i no abans?

    És una reflexió, la resposta de la història oficial ja la sabem.

    Nota: a la segona meitat del segle XVIII és quan anglesos i francesos comencen a flirtejar amb els indis, que encara són i es consideren independents. Aleshores la Companyia deuria començar aleshores, i per això el pols pel control d’Egipte i el projecte del Canal de Suez té lloc al segle XIX, i no abans. Aquesta hipòtesi és una via més que ofereix l’equivalència 1600+185=1785. Així ho veig.

    Salut, A.

    Comentario por AMP | octubre 28, 2017 | Responder

    • Gracies per el teu interessant comentari. De moment m’he basat en la cronologia oficial. Però sempre estic obert a re considerar-ho tot. Salutacions

      Comentario por oldcivilizations | octubre 28, 2017 | Responder

  2. Reblogueó esto en Zangolotino.

    Comentario por zangolotinoblog | octubre 28, 2017 | Responder


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