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¿Qué sabemos sobre los cambios climáticos en la Tierra? – El Cuaternario  2 de 2


Antes se recomienda leer el artículo ¿Qué sabemos sobre los cambios climáticos en la Tierra? – El Cuaternario  1 de 2

 

Tal como dijimos en el anterior artículo, ahora que todo el mundo habla del cambio climático hay que revisar la historia del clima en la Tierra a fin de entender mejor lo que ha sucedido y puede suceder, así como verlo todo con una perspectiva más objetiva. Entre otras polémicas, hay una fuerte controversia entre quienes niegan la influencia humana en el previsible cambio climático en que estamos inmersos y los que defienden la intervención humana en el cambio climático, aunque difieran en el porcentaje de afectación humana en el clima. En este articulo continuamos lo relatado en el anterior artículo sobre el clima durante el Cuaternario, y lo centramos especialmente desde los inicios de la llamada Edad Media, al final del Imperio Romano, hasta mediados del siglo XIX, más o menos el final de la edad Moderna. En un siguiente artículo nos referiremos a la edad Contemporánea y haremos algunas prospecciones del futuro. Los científicos saben que la cronología de los cambios climáticos puede tener un cierto margen de error, ya que depende del tipo de «testigos» que se utilicen, como los núcleos de hielo, los sedimentos, los restos de polen, los anillos de árboles, etc…. Uno de los más conocidos paleo-climatólogos, Brian Fagan, ya mencionado en el anterior artículo y autor de los interesantes libros Cromañón – De cómo la Edad de Hielo dio paso a los humanos modernos y La pequeña edad de hielo: Cómo el clima afectó a la historia de Europa 1300-1850, se refiere a todo el periodo que va desde el inicio del Holoceno a nuestros días, analizando el Periodo Cálido Medieval, que fue un periodo de clima extraordinariamente caluroso en la región del Atlántico norte, que duró desde el siglo IX o X hasta el siglo XIV, en pleno Medievo europeo, momento en el que disminuyó la temperatura global, dando entrada a la Pequeña Edad de Hielo. Las principales investigaciones sobre el Óptimo Climático Medieval y sobre la posterior Pequeña Edad de Hielo se realizaron básicamente en Europa, donde el fenómeno fue muy evidente y estuvo muy bien documentado. Durante el Óptimo Climático Medieval el cultivo de la vid y la producción de vino crecieron tanto en el norte de Europa como en el sur de las islas Británicas. Asimismo, los vikingos se aprovecharon de la desaparición del hielo en los mares para colonizar Groenlandia y otras tierras del norte canadiense.

Pero el Óptimo Climático Medieval fue seguido por la Pequeña Edad de Hielo, un período más frío que duró hasta mediados del siglo XIX. En la bahía de Chesapeake, Maryland, en el este de Estados Unidos, los investigadores encontraron altas temperaturas durante el Óptimo Climático Medieval y bajas durante la Pequeña Edad de Hielo, posiblemente relacionadas con los cambios en la fuerza de la circulación oceánica en el Atlántico Norte. Los sedimentos demuestran que el pantano de Piermont, el más bajo del Valle de Hudson, estaba seco durante este período del Óptimo Climático Medieval. Las prolongadas sequías afectaron muchas partes del occidente de Estados Unidos y especialmente la parte oriental de California y el occidente del Parque Nacional de la Gran Cuenca (Great Basin), que es un parque nacional de los Estados Unidos desde 1986, localizado en el centro oriental del estado de Nevada, cerca del límite con Utah. Su nombre proviene de la Gran Cuenca, región seca y montañosa entre la Sierra Nevada y los montes Wasatch. El parque contiene 312.3 km² de tierra. Es conocido por sus arboledas de pinos antiguos y por las cavernas de Lehman, en la base del pico Wheeler. El parque está en una región árida y recibe muy pocas precipitaciones durante la mayor parte del año. Por otro lado, la datación mediante radiocarbono en el mar de los Sargazos muestra que la temperatura media en la superficie del mar hace unos 1000 años, durante el Óptimo Climático Medieval, era aproximadamente 1°C más cálida que actualmente, mientras que era  aproximadamente 1°C menos que actualmente hace aproximadamente 400 años, durante la Pequeña Edad de Hielo. El mar de los Sargazos una gran área del océano Atlántico que recibió su nombre por albergar una gran cantidad de algas del género sargassum, que a menudo flotan en la superficie gracias a unas vejigas llenas de gas. De forma ovalada, el mar de los Sargazos se localiza en el Atlántico norte. Al oeste se encuentra la Corriente del Golfo, al este la corriente de Canarias y al sur la Corriente Ecuatorial del Sur. De otras áreas del mundo tenemos menos referencias sobre esta época. El clima en el este ecuatorial de África ha ido alternándose periódicamente entre la sequedad de hoy en día y épocas relativamente más húmedas. Pero el clima más seco tuvo lugar durante el Óptimo Climático Medieval. Una perforación de hielo al este de Bransfield Basin, en la Península Antártica, identifica claramente los sucesos del Óptimo Climático Medieval y la Pequeña Edad de Hielo. La perforación muestra un período claramente frío alrededor del 1000 al 1100 d.C., ilustrando el hecho de que durante el Óptimo Climático Medieval, a nivel global, había áreas con períodos de calor moderado e incluso de frío. Los corales tropicales del océano Pacífico muestran que las condiciones relativamente frías y secas pueden persistir con el fenómeno de El Niño y de La Niña, contrapartida de El Niño.

 

Aunque se dispone de muy pocos datos de Australia sobre el Óptimo Climático Medieval y la Pequeña Edad de Hielo, hay evidencias en los sedimentos del lago Eyre, el lago más grande de Australia, de que durante los siglos IX y X estuvo a su máximo nivel de agua, aunque con variaciones en su nivel. La investigación de sedimentos en el lago Nakatsuna, en el centro de Japón, realizada por los investigadores Adhikari y Kumon en 2001, ha verificado que allí también experimentaron el Óptimo Climático Medieval y la Pequeña Edad de Hielo. Las temperaturas obtenidas a partir del perfil del oxígeno-18 y oxígeno-16, extraídos de una estalagmita de una cueva de Nueva Zelanda, sugieren que el Óptimo Climático Medieval ocurrió allí entre 1050 y 1400 d.C., y que fue como media 0,75°C más cálido que el período cálido actual. También se han hallado evidencias del Óptimo Climático Medieval en los anillos de un árbol de unos 1100 años. El Óptimo Climático Medieval es utilizado como ejemplo en las discusiones sobre el calentamiento global y el efecto invernadero. Inicialmente se creyó que los cambios de temperatura afectaban de una manera global a todo el planeta. Sin embargo, esta visión se ha puesto en cuestión, ya que el informe del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) de 2001 se indica lo siguiente: «(…) la evidencia actual no apoya períodos globalmente sincronizados de frío anómalo o calor moderado, y los términos Pequeña Edad de Hielo y Óptimo Climático Medieval parecen tener una limitada utilidad como descripción de tendencias de cambios en la temperatura media global o de hemisferios en siglos pasados». Pero yo personalmente pongo en duda está opinión del IPCC, ya que los registros de temperaturas globales obtenidos a partir de bloques de hielo, anillos de árboles y depósitos sedimentarios en lagos muestran que la Tierra, a nivel global puede incluso haber tenido una temperatura ligeramente más fría que la actual, de unos 0,03 grados centígrados, durante el Óptimo Climático Medieval.

 

Pero, ya que hablamos de la Edad Media, ¿cómo fue la vida de la gente durante aquella época? En la época Medieval la vida estaba condicionada por la interacción con la naturaleza y, debido al cristianismo, las personas y todo lo que les rodea se consideraban resultado de la creación de Dios. Pero las personas de todas las clases sociales sufrían la dureza del medio físico con el que se relacionaban. Tanto los nobles como los humildes tenían que recurrir al fuego para combatir el frío, cuando era más intenso. La  estrecha vinculación de la población con la naturaleza hacía que la afectación de grandes catástrofes, tales como los incendios, las pestes, las inundaciones y sequías, afectasen enormemente a las poblaciones. Los incendios, por ejemplo, eran habituales en esta época, que además se propagaban fácilmente debido a que las casas de los campesinos estaban hechas de madera. Asimismo, las malas condiciones sanitarias e higiénicas de la población favorecían la fácil difusión y mortandad de epidemias y pestes. Ello puede explicarse a partir de la gran cantidad de gente que ya se concentraba en las ciudades, donde las ratas se encargaban de propagar las enfermedades. Tan grandes eran las epidemias, como la peste llamada Muerte Negra en el siglo XIV, que muchos las consideraban como anuncio del fin del mundo. Algo similar ocurría con las periódicas inundaciones que causaban la destrucción de tierras de cultivo e innumerables muertes. Se cuenta que, en diciembre de 1143 d.C., en tierras gallegas, en el noroeste de la Península Ibérica, las aguas destruyeron casas, puentes y muchos árboles; sumergieron animales domésticos, rebaños e incluso seres humanos. Para la gente de la Alta Edad Media el tiempo tenía tres referentes fundamentales: el Sol, que los guiaba durante el día, la Luna y las estrellas, que les orientaban por la noche, así como el sonido de las campanas de la iglesia. La religión cristiana actuaba como intermediaria entre Dios y los seres humanos, acaparando todas las esferas de la vida humana. La salida del Sol era la señal del comienzo del día y su puesta el final. Las velas de cera estaban reservadas a las iglesias y a los laicos que detentaban el poder. Los campesinos sólo poseían velas fabricadas con la grasa de oveja o antorchas elaboradas con leña resinosa, en especial astillas de pino. En las ciudades las campanas de las iglesias ejercían un papel determinante, como elemento guía de las actividades humanas. Las campanas, con sus vigías, alertaban de peligros, como incendios o ataques, y marcaban el paso del tiempo. Para estas gentes, el tiempo carecía del sentido que tiene actualmente, si no estaba marcado por efemérides eclesiásticas o por la sucesión de fenómenos de la naturaleza.

 

En los pueblos el toque del Angelus al mediodía señalaba un punto alrededor del que se estructuraban los quehaceres diarios. Las horas canónicas eran una división del tiempo empleada durante la Edad Media en la mayoría de las regiones cristianas de Europa, y que seguía el ritmo de los rezos religiosos de los monasterios. Cada una de las horas indica una parte del Oficio divino, es decir, el conjunto de oraciones pertinente a esa parte del día. La jornada se dividía, desde esa óptica, de acuerdo con las horas canónicas, que continuaron muy arraigadas durante la Baja Edad Media. Cada tres horas las campanas de las iglesias monásticas anunciaban el rezo correspondiente. Esta división de la jornada diaria ha pervivido aún en pleno siglo XX para diversas órdenes religiosas. Pero no era rígida y se amoldaba a las estaciones, particularmente al verano y al invierno. Queda claro que el centro de la civilización era el Occidente cristiano, pero se tenían noticias de que existía un poderoso reino cristiano del Preste Juan, cercano al paraíso, quizás en Oriente, quizás en Etiopía. Conocer el mundo, viajar, era ir al encuentro de la maravilla, la aventura y el prodigio. Tan importante como los distintos relatos legendarios que circulaban, otro mito ocupó el pensamiento occidental desde los siglos oscuros de la Edad Media, la fantástica historia del Preste Juan de las Indias, un rey que, en tiempos pasados, fue tan famoso e importante como el rey británico Arturo. El Preste Juan fue un personaje muy popular en la Europa de los siglos XII a XVII. Se dice que era un patriarca, de ahí su título de Preste y rey cristiano que dirigía una nación cristiana en Oriente, aislada entre musulmanes y paganos. Los anales escritos de este reinado consisten en colecciones de fantasía popular medieval. Supuestamente descendía de los tres Reyes Magos y era un mandatario generoso, así como un hombre virtuoso, que regía un territorio lleno de riquezas y extraños tesoros, donde se encontraba el Patriarcado de Santo Tomás. Su reino contenía maravillas tales como un espejo a través del cual podía ver todo su territorio y de cuya fábula original derivó la “literatura especular” de la Baja Edad Media y el Renacimiento. En ella, los reinos de cada príncipe eran censados y fijados sus deberes. La primera vez que se menciona a este personaje es en la crónica del obispo alemán Otto de Freising. Inicialmente, se creía que el reino del Preste Juan se hallaba en la India. Corría por entonces la creencia muy divulgada de que los cristianos nestorianos habían tenido éxito en evangelizar esas tierras, y estaban regidos por un sacerdote-rey llamado Juan.

 

El Speculum Princeps, o espejo para príncipes, es un tema recurrente en la literatura de la Edad Media. Se define como un manual de enseñanza política y diplomática para reyes, príncipes o cualquier miembro de la nobleza. Un libro que funcione como speculum princeps es especialmente utilizado para explicar el ascenso de algún gran rey o para dar consejos a la aristocracia de la época, debido a que la mayoría de los escritos, en esta época, están dirigidos a este sector de la población. En efecto, en la Edad Media, muchas de las obras literarias estaban dirigidas a la nobleza para educar o simplemente entretener. Éstas se basaban en consejos y guías en temas como la guerra, la política y la religión. Así pues, los nobles tenían una educación basada tanto en deberes como en virtudes. Siempre siguiendo como ejemplo el comportamiento de los personajes en las historias, que comúnmente eran reyes, príncipes, algún caballero de la mesa redonda o bien doncellas ejemplares cuyo carácter había que imitar. La literatura especular de la Edad Media o literatura de speculum princeps es muy extensa. En esta categoría se encuentran obras en todos los idiomas y todos los reinos, como The Book of Vices and Virues, en inglés, o en francés el Somme le Roi, éste último escrito por Lorens D’Orléans. Ambas obras presentan las siete virtudes que se contraponen a los siete pecados capitales y que, a su vez, se basan en la fe cristiana: sabiduría, entendimiento, consejo, fuerza, conocimiento, compasión y temor a Dios. En castellano, de entre las obras que se tienen bajo el concepto de Speculum Princeps tenemos el Libro del Conde Lucanor y también el Libro de Alexandre, un texto que versa sobre la vida de Alejandro Magno, pero con tintes medievales. Tales obras incluyen consejos propios del Speculum Princeps, como consejos de guerra, política, amistad, etc. Ambas obras están relacionadas entre sí debido a la estructura similar que tienen. Las dos obras tienen un personaje principal, el cual es miembro de la nobleza, así como un consejero sabio que los guía a encontrar la mejor solución a sus problemas. Varias misivas, escritas por un personaje que se hacía llamar Preste Juan de las Indias, llegaron a manos de importantes líderes políticos y espirituales en el 1165 d.C., entre los que se incluían el emperador de Sacro Imperio Germánico, Federico Barbarroja, el emperador bizantino de Constantinopla, Manuel Comneno, Luis VII, rey de Francia, el monarca luso Alfonso Enriques y el Papa Alejandro III de Roma. El misterioso documento, cuyo remitente aseguraba que vivía en alguna parte de la difuminada geografía de Oriente, aludía a las enormes riquezas y gran poder que ostentaba su autor, el Preste.

 

Este rex et sacerdos (rey y sacerdote) se confesaba cristiano, aunque algunos creyeron que pertenecía en realidad a la herejía de los nestorianos. Los receptores de la carta vieron en el poderoso rey cristiano a un excelente aliado para luchar contra los musulmanes. La respuesta de Alejandro III a la misiva del Preste se demoró casi cinco años, pero contó con un mensajero de lujo: su médico personal, un tal Phillipus. Nada se sabe del resultado de este viaje. La espesa niebla del tiempo ocultó este curioso episodio. La misiva, en la versión destinada al emperador de Constantinopla, empezaba así: «El Preste Juan, por virtud y la gracia de Cristo Jesús, rey de todos los reyes cristianos y señor de todos los hombres de la Tierra, salud y gran amor envía al muy gentil Emperador, defensor de Constantinopla. Sabed que le desea salud para que prevalezca y conquiste grandes riquezas (…) Soy Señor de los Señores y supero en toda suerte de riquezas a las que hay bajo el cielo, así como en virtud y en poder a todos los reyes del universo mundo. Setenta y dos reyes son tributarios nuestros. Cristiano devoto soy y a los cristianos pobres que, en cualquier parte se hallan bajo el imperio de Nuestra Clemencia, los protejo». Más adelante, el documento aludía a los habitantes del enigmático reino: las míticas mujeres amazonas, los pueblos condenados de Gog y Magog y a hombres salvajes, además de centauros, unicornios y dragones adiestrados por sus súbditos. La carta del Preste Juan estaba pergeñado de términos alquímicos, lapidarios medievales y, quizá, un mensaje críptico dirigido a la cristiandad. Es posible que parte del mito del Preste Juan se gestase en la India. Sus habitantes creían en la estrecha relación entre el oro y la longevidad, un asunto que parecía interesarle al Preste especialmente. Los hindúes desarrollaron una «alquimia de la medicina», disciplina centrada en el estudio de la inmortalidad y del espíritu. Precisamente, en los dominios del rex et sacerdos existiría una fuente de la eterna juventud. La versión de la carta alude a un «palacio de la inmortalidad», perteneciente al Preste Juan, que una misteriosa voz ordenó construir a su padre. Vemos que, durante la Edad Media, el cristianismo era la religión mayoritaria en Europa, y contribuyó en gran medida a formar una civilización común, conocida como la Cristiandad. La Iglesia tenía un gran poder social y económico, ya que cobraba rentas a sus siervos como cualquier otro señor. Pero, además, todos los campesinos debían pagarle el diezmo, que era la décima parte de sus cosechas.

 

Los paleo-climatólogos Thomas Crowley y Thomas S. Lowery, en su libro How warm was the Medieval Warm Period?, observaron que «no hay documentación suficiente de su existencia en el hemisferio austral», en el hemisferio sur. Una conclusión frecuente basada en el estudio de registros individuales del llamado Óptimo Climático Medieval es que el calor actual del siglo XX no es tan raro como nos lo plantean y, por lo tanto, no puede ser un argumento indicativo de un cambio climático forzado por efecto invernadero, como el debido a las emisiones de CO2. Hay que revisar la controversia incorporando series de tiempo adicionales que no se usaron en análisis anteriores. Otra diferencia es que la reconstrucción actual utiliza registros de solo 900 a 1000 años de duración, evitando así el problema potencial de incertidumbres introducidas al usar diferentes registros en diferentes momentos de la historia. A pesar de la clara evidencia del mayor calor durante gran parte de la época medieval, en algunas zonas, como Europa, fue mayor que actualmente en algunos registros geográficos. Todo indica que el calor medieval máximo se restringió a dos o tres intervalos de 20 a 30 años, cada uno, cuyos valores son comparables al intervalo de tiempo cálido de mediados del siglo XX. La incapacidad de corroborar una temperatura en un hemisferio que sea mayor que la actual ocurre porque hay compensaciones significativas en el tiempo de calentamiento en diferentes regiones. Ignorar estas compensaciones puede conducir a errores relacionados con la magnitud del calor medieval y su relevancia para la interpretación del calentamiento de finales del siglo XX. El último milenio, en el que grandes cantidades de documentos históricos están disponibles, brinda la oportunidad de explorar variaciones en la temperatura en diferentes escalas de tiempo. De acuerdo con las reconstrucciones de temperatura, como las efectuadas por Thomas Crowley, hubo dos períodos anómalos climáticos típicos durante el último milenio: el cálido Óptimo Climático Medieval y el frío Pequeña Edad de Hielo. Las simulaciones efectuadas cubren un lapso de tiempo desde el año 850 al 1850 d.C., y están principalmente relacionadas con la irradiación solar total, las erupciones volcánicas, el uso del suelo para fines agrícolas, y los gases de efecto invernadero. En Europa se caracterizó por condiciones relativamente estables y cálidas durante los meses de verano y durante la cosecha agrícola. La comparación con el clima en el resto del mundo ha identificado tres períodos de aproximadamente 30 años cada uno de condiciones atmosféricas notablemente más cálidas, que corresponderían a los períodos 1010 a 1040 d.C., 1070 a 1105 d.C. y 1155 a 1190 d.C. En general, las temperaturas oscilaron entre 1º y 2° C por encima de las temperaturas de mediados del siglo XX, con promedios más altos en latitudes más altas y variaciones más bajas en latitudes más bajas.

 

La anomalía climática del Óptimo Climático Medieval es particularmente adecuada para un mapeo paleo-climático, ya que es una época de perturbaciones climáticas globalmente bien documentado, con una amplitud de cambio climático que generalmente está bien registrado. En general, se acepta hoy que el período central del Óptimo Climático Medieval comprende alrededor del período entre los años 1000 y 1200 d.C., en que comienza la expansión histórica del pino. Fuentes históricas locales sugieren un creciente impacto humano en la cubierta forestal en los siglos VII y VIII d.C.. Sin embargo, la deforestación aumentó principalmente durante los siglos X-XI d.C. Algunos sucesos del Óptimo Climático Medieval son eventos lluviosos o eventos fríos en lugar de eventos claramente cálidos, particularmente en la región Antártica central, donde se han observado patrones climáticos opuestos a los del Atlántico Norte. El Óptimo Climático Medieval coincide además, aunque sea parcialmente, con el máximo en la actividad solar, denominado Máximo Medieval, entre los años 1100 y 1250 d.C. En términos galácticos, el Sol es una estrella bastante constante. Mientras que algunas estrellas experimentan enormes pulsaciones, y como consecuencia varían mucho en tamaño y brillo, e incluso explotan ocasionalmente, la luminosidad de nuestro Sol varía apenas un 0,1% a lo largo de su ciclo solar de 11 años. Sin embargo, algunos investigadores creen que estas aparentemente pequeñas variaciones pueden tener un efecto significativo sobre el clima de la Tierra. Un informe publicado por el National Research Council, de Estados Unidos, titulado Los Efectos de la Variabilidad Solar sobre el Clima Terrestre, expone algunos complejos mecanismos mediante los cuales la actividad solar puede afectar a nuestro planeta. A ello nos referiremos más adelante.

 

Paleo-climatólogos como Pascal Acot, o investigadores como D’Arrigo, C. Silveri, H. Lamb, Sallie Baliunas y otros, aunque no coinciden en todos los aspectos, contribuyen a darnos una idea bastante clara del calentamiento que se produjo a partir del año 800 d.C. y que alcanzó su máximo entre los años 1000 y 1100 d.C., prácticamente 1 siglo completo. El legendario año mil, final del primer milenio, que se utiliza para señalar el paso de la Alta a la Baja Edad Media, en realidad tan solo es una cifra para el cómputo de la era cristiana, que no era de universal utilización. Los musulmanes utilizaban su propio calendario islámico lunar que comienza en la Hégira (622 d.C.), mientras en algunas partes de la Cristiandad se utilizaban eras locales, como la era hispánica, que cuenta desde el 38 a. C. Pero ciertamente, el milenarismo y los pronósticos del final de los tiempos estaban presentes. Incluso interesó al propio Papa Silvestre II, el francés Gerberto de Aurillac, que durante el cambio de milenio estaba interesado en todo tipo de conocimientos y se ganó una reputación esotérica. Lo que parece evidente es que era un gran inventor y matemático. La astrología siempre pudo encontrar fenómenos celestes extraordinarios en los que apoyar su prestigio, como sucedía con los eclipses. Pero otros eventos de la época estuvieron entre los más espectaculares de la historia, tales como el cometa Halley, que se acerca a la Tierra periódicamente cada 80 años, que alcanzó su brillo máximo en su llegada del 837 d.C., despidió el primer milenio en el año 989 d.C., y llegó a ser muy visible durante la batalla de Hastings en 1066 d.C., en que combatieron el ejército franco-normando del duque Guillermo II de Normandía y el ejército anglosajón del rey Haroldo II. Fue el comienzo de la conquista normanda de Inglaterra. También tenemos las supernovas SN 1006 y SN 1054, que reciben el número del año en que se registraron, que fueron más detalladamente reflejadas en fuentes chinas, árabes e incluso indoamericanas que en las europeas, a pesar de que la de 1054 d.C. coincidió con la batalla de Atapuerca, entre Fernando I, rey de León y conde de Castilla, y su hermano García Sánchez III «el de Nájera», rey de Navarra, hijos ambos de Sancho III el Mayor.

 

Todo el siglo X puede considerarse parte de una época oscura, pesimista, insegura y presidida por el miedo a todo tipo de peligros, reales e imaginarios, naturales y sobrenaturales. Se tenía miedo al mar, al bosque, a las brujas y a los demonios y a todo lo que quedaba relegado a lo inexplicable y maravilloso, atribuido a seres como dragones, duendes, hadas, unicornios, etc…. Pero mil años más tarde, al final del siglo XX también surgieron otros miedos, como al holocausto nuclear o al cambio climático, i actualmente a las pandemias, como el Covid-19. Durante la Edad Media se creía firmemente que todas las cosas en el universo tenían un significado sobrenatural, y que el destino estaba escrito por la mano de Dios. Todos los animales, piedras o hiervas tenían un significado místico, lo que dio lugar a los bestiarios, los lapidarios y los herbarios. También se atribuían significados positivos o negativos a los colores.. Para el simbolismo medieval una cosa podía incluso tener significados opuestos según el contexto en el que se estuviese. En la coyuntura histórica del año mil, las estructuras políticas más fuertes del periodo anterior se estaban debilitando, por lo que el Islam se descompuso en distintos califatos, como los de Bagdad o Córdoba, que para el año 1000 d.C. se estaban demostrando incapaces de contener a los reinos cristianos en la Península Ibérica y al Imperio bizantino en el Mediterráneo Oriental. También el Imperio búlgaro sufrió la expansión bizantina, siendo destruido. Asimismo empezaron a delinearse fronteras nacionales en nuevos países como Francia, Polonia o Hungría. En cambio, el Imperio carolingio se había disuelto en principados feudales. Durante los siglos IX y X el crecimiento de las temperaturas fue progresivo y duradero. Pero Fagan no cree que el calor haya sido un episodio perjudicial, sino todo lo contrario: «En Europa, el clima relativamente estable del Periodo Cálido Medieval fue una gran bendición para los pequeños granjeros y los campesinos». Y reconoce que la temperatura fue en aquella época entre medio y un grado más alta que la temperatura media durante el siglo XX. No obstante, hay otros investigadores que creen que en Europa central la temperatura fue 1,4 grados más alta. Y, recientemente, un grupo de climatólogos gallegos, estudiando depósitos en turberas, han señalado una media de calentamiento de 1,5°, y hasta un periodo de unos 80 años en que pudo alcanzar valores de 3° superior a la media durante el siglo XX. Este último dato obedece a una estimación puntual, y es de suponer que muchos puedan calificarla de improbable por excesiva; Pero el dato del registro está ahí.

Pero, ¿qué sucedía durante estas épocas de los siglos IX y X? El siglo IX d.C. comenzó el 1 de enero del año 801 y terminó el 31 de diciembre del año 900. Es llamado el «Siglo de los Normandos», pero en Europa es el siglo de la unión política del cristianismo en torno a la figura de Carlomagno, el rey de los francos. Así, el día de Navidad del año 800, Carlomagno, una vez lograda la unificación de toda la Galia, Lombardía, Sajonia, Frisia y parte de Catalunya, fue coronado emperador por el papa León III. Se trataba de uno más de los gestos llevados a cabo por el papado para definir los papeles de autoridad papal y potestad imperial; así como para considerarle como sucesor de los emperadores romanos. Era la primera vez desde la caída del Imperio Romano que alguien volvía a usar este título en Occidente, pero este nuevo Imperio distaba mucho de ser una monarquía universal, pues pronto aconteció el punto de partida del proceso que conduciría hacia la formación del feudalismo europeo. Esto originó una serie de disputas con los bizantinos por la legitimidad de dicho título, pero finalmente, en el 812 d.C., el emperador bizantino Miguel I Rangabé reconoció a Carlomagno como emperador, pero no como emperador de los romanos, título que se reservó el emperador bizantino como el verdadero sucesor de los emperadores romanos. El siglo IX destaca por sufrir Europa los ataques de los piratas normandos y vikingos, que asolaron las costas de Gran Bretaña, Irlanda y Francia. Conocido por luchar contra dichos ataques es el rey Alfredo el Grande, rey de Wessex, uno de los reinos que tiempo después serían la base del reino de Inglaterra. Alfredo detuvo a los vikingos en la batalla de Ethandun, restableciendo el orden en los territorios anglosajones. Durante la Edad Media, la primera unión política duradera se realizó con Carlomagno, quien además conquistó otras tierras formando un Imperio, que luego sus nietos dividieron. En el periodo carolingio se produjo un notable desarrollo de las artes y las letras, que se conoce como el «Renacimiento carolingio». Carlomagno tuvo varios hijos, pero sólo uno le sobrevivió, Ludovico Pío, quien sucedió a su padre en el 814 d.C. al frente del territorio del imperio. Tras tres guerras civiles, Ludovico murió en el 840 d.C., y sus tres hijos supervivientes, antes mencionados, decidieron repartirse el territorio en el Tratado de Verdún, en el 843. d.C. A Lotario I, emperador desde el año 817, le correspondieron los territorios centrales con las capitales imperiales de Aquisgrán y Roma; territorios que se subdividieron entre sus hijos en Lotaringia, Borgoña e Italia septentrional. Luis el Germánico, pasó a ser rey de los francos del este, mientras que Carlos el Calvo pasó a ser rey de los francos del oeste, en lucha contra su sobrino Pipino, rey de Aquitania.

 

Más tarde, mediante el tratado de Mersen (870 d.C.) y Ribemont (880 d.C.) se realizó una nueva división de los territorios. El auge del islam azotó el sur de Europa, especialmente la Península Ibérica, que fueron víctimas de ataques desde el norte de África. Gran Bretaña experimentó una gran afluencia de los pueblos vikingos en el siglo IX conocido como la época vikinga. Los reinos de la Heptarquía anglosajona poco a poco fueron conquistados por los daneses, lo que creó gobernantes títeres anglosajones en cada reino. Esta invasión fue alcanzada por una enorme fuerza militar, conocida como el Gran ejército pagano, que conquistó gran parte de la isla. Irlanda también fue afectada por la expansión vikinga a través del mar del Norte. Se llevaron a cabo extensas incursiones a lo largo de la costa y finalmente se establecieron asentamientos permanentes. El siglo X, conocido como el siglo de Hierro, comprende los años 901 – 1000 d.C. Es un período donde se vislumbra el fin de la Edad Oscura, ya que la cultura florece sobre todo en el mundo árabe, especialmente en Al-Ándalus, donde su capital, Córdoba, se convierte en una de las más influyentes e importantes de todo el mundo. En Europa, el Imperio bizantino y el Primer Imperio búlgaro pugnan por los territorios en los Balcanes. En China, se produce un período de anarquía política, en que se divide en distintos reinos, e incluso se data entonces el inicio del uso de la pólvora como arma. El feudalismo acaba imponiéndose en los antiguos dominios carolingios, especialmente en las regiones septentrionales y occidentales del Imperio a partir del reinado de Carlos el Calvo. En la sociedad civil, la antigua aristocracia vinculada a la corte ya ha desaparecido. Los antiguos funcionarios del Imperio, como los senescales, chambelanes, mariscales, y en especial los responsables de las marcas, van perdiendo contacto con la autoridad central. Y los responsables de todas estas marcas, los marqueses o condes, altos representantes o directos vasallos del emperador, se van independizando con relativa facilidad. Así es como nacen nuevos países con un persistente espíritu de marca o de frontera, pero también con una nueva organización feudal, viva y pujante. Es el caso, por ejemplo, de Bohemia y Carintia, en territorio eslavo, de Normandía y Bretaña, en la costa occidental francesa, o de Catalunya, al sur de los Pirineos orientales. Todas estas demarcaciones fueron obra de Carlomagno, pero ya liberadas de él y de sus sucesores, comenzarán a mostrar caminos y objetivos propios en el oscuro siglo X. La disolución del Imperio carolingio significó en la Alta Edad Media el final del intento de restauración del Imperio romano, cuyo recuerdo seguía vivo. Muerto Carlomagno, acabó por imponerse el sistema feudal en gran parte de Europa. Allá donde logró consolidarse, especialmente en la Galia septentrional, persistiría tres largos siglos.

 

Volviendo al clima, Ray G. Richards opina que el calentamiento fue en líneas generales benéfico y no estuvo plagado de catástrofes provocadas por el mal tiempo, como lo estaría siglos más tarde durante la llamada Pequeña Edad del Hielo. Se sabe que en muchos valles de Europa, donde hoy es casi imposible, se producían dos cosechas anuales, y se explotaban minas en el Hohe Tauern, los Alpes salvajes de Austria, que hasta hace poco estuvieron cubiertas por el hielo. Hace no muchos años, gracias al calentamiento actual, se encontró debajo de un glaciar en Austria una capilla del siglo XI. Existen motivos bastante razonables para suponer que cuando se construyó esa capilla el clima tenía que ser similar o un poco más cálido que el de ahora. El historiador de la ciencia francés Pascal Acot deduce, del estudio de restos vegetales, que grandes extensiones de bosque llano y pantanoso de Europa Central fueron transformadas, gracias al cambio climático, en tierras de cultivo. Se vio así un paisaje distinto, en que alternaban el bosque abierto y los campos cultivados. Resultaba más fácil trazar caminos, por lo que mejoraron los intercambios comerciales, y tal vez como consecuencia de todo ello, apunta Acot, hubo un notable desarrollo demográfico, bien visible sobre todo desde el año 1000 d.C. No parece cierto que en el año 1000 d.C. hubiese un sentimiento de pánico ante el cambio de siglo y luego de alegría, al comprobarse que el mundo seguía su camino, sin que hubiese acontecido el anunciado fin del mundo. Al menos no constan testimonios de la época en este sentido; pero sí está constatado un incremento demográfico, que se prolongaría hasta el siglo XIII, que parece indicar una era de prosperidad y de abundancia de recursos. Según se estima, la población de Europa pasó, entre el año 1000 y 1347 d.C., de 35 a 80 millones de habitantes. Un incremento demográfico tan fuerte no es fácilmente imaginable en plena Edad Media, y hay que suponer que obedece a un optimismo desbordado o a unas condiciones muy favorables para la vida humana. No hay en aquella época noticias de heladas en mayo, tan dañinas para la agricultura, de las cuales sí se hablaría frecuentemente en los siglos más fríos que siguieron. El viñedo se cultivó en el sur de Gran Bretaña, e incluso en el centro. La astrofísica norteamericana Sallie Baliunas encuentra vestigios de viñedo, sorprendentemente, hasta en Escocia. El historiador medieval inglés del siglo XII Guillermo de Malmesbury alaba los viñedos de Gloucester, de uva dulce y vinos casi tan buenos como los franceses. También se afirma que el límite de las viñas en Alemania se encontraba 500 kilómetros más al Norte. Hay referencias, por ejemplo, de viñedos en Prusia Oriental y hasta en el sur de Suecia.

 

Por los restos de árboles se ha averiguado que determinadas especies arbóreas crecían en los Alpes en zonas donde hoy no existen. El Mediterráneo occidental era más lluvioso que ahora, mientras que parece que el Mediterráneo oriental era más seco. Y el nivel del mar era en Holanda medio metro más alto que en la actualidad. Uno de los posibles  inconveniente de una época más cálida son las mareas más crecidas y la consiguiente rotura de diques, sobre todo en un país como Holanda, que está en gran parte bajo el nivel del mar. Fue lo que los holandeses siguen llamando Grote Mandrenke, o Gran Inundación. Así llegó a formarse el pequeño mar Zuiderzee, hoy casi por completo rellenado otra vez con la aportación de tierras y la construcción de diques más altos. En suma, existen testimonios más que suficientes para confirmar una época de calentamiento, aunque debemos distinguir entre el clima y el tiempo atmosférico, en que pueden registrarse inviernos fríos y fuertes nevadas en algún lugar concreto. En el curso caprichoso de los vaivenes del tiempo atmosférico hay siempre excepciones en un punto determinado o en un momento determinado. Pero que las temperaturas fueron durante varios siglos de la Edad Media más elevadas que antes y después, parece un hecho incontrovertible. Pero, esto es lo que se sabe de Europa. No obstante, nos tenemos que preguntar si fue un fenómeno general. Al respecto hay datos contradictorios, aunque nada impide que esos datos puedan ser aceptables sólo en el lugar de referencia. Evidentemente se calentaron Islandia, Groenlandia y la península de Labrador. En Alaska se han detectado tres pulsaciones cálidas entre los años 890 y 1200 d.C., intercaladas entre otros periodos más fríos. El frío y la sequía fueron evidentes en el Oeste de Estados Unidos, y especialmente en California. En cambio, hubo lluvias veraniegas en lo que hoy son Texas y Nuevo México. Ello casi seguro fue una «oscilación» relacionada con el fenómeno de El Niño, y esto parece indicar más calor. Sin duda hubo fuertes fluctuaciones durante aquella época. El paleo-climatólogo norteamericano Scott Stine ha encontrado indicios de que el lago Owens era por el año 1100 d.C. más extenso que ahora. El lago Owens es un lago mayormente seco en el valle de Owens en el lado este de Sierra Nevada, en California. El lago Owens mantuvo una cantidad considerable de agua hasta 1913, cuando gran parte del río Owens se desvió hacia el acueducto de Los Ángeles, causando que el lago Owens se desecara en 1926. Se cree que a fines del Pleistoceno, hace unos 12,000 años, el Lago Owens era aún más grande, ya que cubría casi 520 km2 y alcanzaba una profundidad de 61 metros. El aumento de la afluencia del río Owens, debido al derretimiento de los glaciares de Sierra Nevada posterior a la última edad glacial, hizo que el lago Owens se desbordara hacia el sur a través del Valle de las Rosas hacia el lago China, ahora seco, en el valle de Indian Wells, cerca de Ridgecrest, California. Después de que los glaciares se derritieron, las aguas del lago retrocedieron. Esto se aceleró con la explotación humana del lago, incluso antes de que se construyera el acueducto de Los Ángeles.

 

Sin duda llovía con frecuencia en aquella región, ahora seca. Los japoneses también han creído detectar una temperatura más alta en su país alrededor de los siglos X y XI. Por ejemplo, son característicos los estudios sobre sedimentos en el lago Nakatasuna, un lago en la prefectura de Ōmachi Nagano, Japón, realizados por los paleo-climatólogos Danda Pani Adhikari y Fujio Kumon. En Sudamérica parecen haber sido más frecuentes los episodios de sequía y probablemente de frío. Ello no impidió el desarrollo de la interesante cultura de Tiahuanaco, hacia el año 650 d.C., con la construcción de obras de irrigación en las altiplanicies cercanas al lago Titicaca, entre Perú y Bolivia, donde parece haber existido una abundante población. Pero mis hipótesis sobre Tiahuanaco van por otro lado. En efecto, si debemos el estudio de Tiahuanaco a alguna persona, es sin duda a Arthur Posnansky. Este arqueólogo ha dedicado gran parte de su vida al estudio de esta ciudad, y la pregunta que él se hizo y que nos hacemos nosotros es: ¿cuándo fue construida Tiahuanaco? Basándonos en los cálculos matemáticos / astronómicos del profesor Arthur Posnansky, de la Universidad de la Paz, y el profesor Rolf Muller, llegamos a unas fechas que podrían explicar mejor los cambios producidos en la región. Estos investigadores sitúan la fase principal de la construcción de Tiahuanaco en el año 15.000 a.C. Tras la construcción de esta ciudad sobrevinieron una serie de cambios geológicos, con fechas marcadas en torno al 11.000 a.C. que comenzaron a separar cada vez más la ciudad del lago Titicaca. Arthur Posnansky, en Tiahuanaco, la cuna del hombre americano, cree que la ultima civilización de Tiahuanaco apareció hace unos 16.000 años y que, en algún lejano momento, se produjo un fenómeno geológico de proporciones dantescas que fraccionó la cordillera de los Andes. Posteriormente se produjo una elevación de la región del lago Titicaca hace unos diez mil años, tras un hundimiento de amplias regiones de tierra, seguramente la Atlántida y tal vez Lemuria o Mu, todo ello tal vez relacionado con los fenómenos de glaciaciones Dryas. Los aymaras y los kollas, que componen la mayor parte de los habitantes de la región, podrían ser los descendientes de los más antiguos pobladores de la zona, llegados de una tierra a la que llaman Uru. Dicen que significa «los de antaño»; pero, ¿no se llamarán así porque vinieron de la capital sumeria, Ur? Según Posnansky, los urus hablan de cinco deidades: Pacani-Malku, que significa Señor de Antaño; Malku, que significa Señor;  así como los dioses de la Tierra, de las Aguas y del Sol. El término malku tiene su origen en Oriente Próximo, donde significaba rey, y sigue teniendo el mismo significado en los idiomas hebreo y árabe. W. La Barre, en uno de los estudios que se han hecho sobre los urus, dice que sus mitos cuentan que «nosotros, la gente del lago, somos los más antiguos en la Tierra. Estamos aquí desde hace mucho tiempo, desde antes de que el Sol se escondiera. Antes de que el Sol se ocultara, nosotros ya llevábamos mucho tiempo aquí. Después vinieron los kollas. Ellos utilizaban nuestros cuerpos para los sacrificios cuando hacían los cimientos de sus templos. Tiahuanaco se construyó antes del tiempo de la oscuridad».

 

¿Hubo un desarrollo a pesar del clima, gracias al clima o independientemente del clima? Esta es una pregunta que hemos de formularnos una y otra vez. África aporta los más diversos testimonios. Marruecos parece haber disfrutado de un clima propicio, similar al del Mediterráneo occidental. El lago Tanganica es el segundo lago más grande del mundo en volumen, y el segundo lago más profundo, después del lago Baikal en Siberia. También es el lago de agua dulce más largo del mundo. El lago está dividido entre cuatro países: la República Democrática del Congo, Tanzania, Burundi y Zambia, siendo Tanzania y la República Democrática del Congo los que poseen la mayor parte del lago. El agua fluye hacia el río Congo y finalmente al océano Atlántico. Los depósitos en el lago Tanganica parecen reflejar un periodo cálido entre los años 1100 y 1400 d.C., es decir, algo más tardío que en Europa, y los glaciares del monte Kenya experimentaron un máximo por los años 650-850 d.C. y 1350-1550 d.C., de lo que se infiere que en el periodo intermedio las temperaturas fueron más altas. Estudios sobre sedimentos en la zona del lago Tchad, así como de pólenes fósiles, revelan que en los siglos IX y X el clima fue de nuevo lo suficientemente húmedo en el Sahel africano como para que aumentaran los pastizales, la población, y la ganadería. No fue un periodo tan próspero como en la edad cálida de hace unos 6000 años, que convirtió gran parte del Sahara en una pradera. Pero, una vez más, se demostró que un incremento del calor acompañado de humedad puede tener un efecto beneficioso en países que hoy tienen que sufrir una continuada sequía. No obstante, el Sahel volvería a ser una región seca y difícil a partir del año 1100 d.C.. Egipto sufrió entre los años 700 y 1000 d.C., ya que durante ese periodo de 300 años hubo más de cien en que la crecida del Nilo fue insuficiente. Nunca se había conocido una serie tan larga de falta de agua. El drama no fue tan espantoso como hace unos 4100 años, que quizá no volvió a repetirse; pero en cambio fue más duradero. Al mismo tiempo se sabe que hubo una escasa incidencia del monzón en la India, con sus no menos trágicas consecuencias. Todo ello está relacionado, sin duda con el fenómeno de El Niño. Es probable que todos estos fenómenos tengan algo o bastante que ver con el que se llama Periodo Cálido Medieval, registrado en Europa. Lo que en unas partes del mundo puede considerarse beneficioso, en otras provoca consecuencias mucho menos favorables.

 

La Edad Media fue una etapa en la que la religión era muy importante. Por eso, casi todas las muestras de arte que tenemos de esa época tienen un carácter religioso. En Europa se sucedieron dos estilos artísticos: el Románico y el Gótico. En el año 1000 d.C. la población europea se supone que estaba aterrorizada por el miedo al fin del mundo. En el Apocalipsis de San Juan se decía que mil años después de Jesucristo, el diablo, bajo la apariencia de un dragón, saldría del abismo en el que le había encerrado un ángel, causando la desolación en la Tierra. En aquella época, muchos interpretaron que la segunda oleada de invasiones que asolaron el continente europeo, las epidemias y otros fenómenos extraordinarios, como eclipses y cometas, que se estaban produciendo por aquellos años, anunciaban que el fin del mundo y el juicio final estaban próximos. Pasado el año 1000 d.C. sin haberse producido el temido Fin del mundo, los cristianos lo interpretaron como una segunda oportunidad que les concedía Dios para salvarse. Como agradecimiento a esa segunda oportunidad se empezaron a construir iglesias y catedrales de gran belleza por toda Europa Occidental. El Románico surge en la región francesa de Borgoña, a finales del siglo X, como una forma de construir y hacer obras de arte de la Orden Benedictina, que tenía su casa madre en la abadía de Cluny, en Francia. Este nuevo estilo se extendió a través de los caminos de peregrinación, especialmente el de Roma y el Camino de Santiago. Se le llamó Románico por que nos recuerda al arte Romano. El Románico se extendió durante los siglos XI al XIII, es decir hacia el final de la Alta Edad Media. Durante los siglos XII y XIII el mundo medieval empezó a experimentar una serie de cambios. Empezó a apreciarse un incremento de la población como consecuencia de un notable aumento de la producción agrícola, debido principalmente a la roturación de nuevas tierras y a la aparición del arado de vertedera en sustitución del antiguo arado romano, a que comenzó a utilizarse el caballo como animal de tiro en sustitución de los bueyes, a que se produjo la invención de nuevas herramientas agrícolas, como la guadaña, la collera y la herradura de clavos, y al hecho de haberse perfeccionado los molinos de agua y viento. También se efectuaron mejoras en las técnicas de regadío, introducidas principalmente por los árabes, como las norias y las acequias. Asimismo, se introdujeron nuevos cultivos como los cítricos, azafrán, berenjenas, caña de azúcar, etc., la mayoría de ellos traídos por los árabes, al mismo tiempo que se produjo una mejor adecuación de los sistemas de cultivo. La rotación bienal dejó paso a la rotación trienal, en la cual la tierra se dividía en tres zonas de cultivo, en una se sembraba cereal, en otra legumbres y otra se dejaba de barbecho. En esta última que no se cultivaba, se dejaba pastar al ganado para que, con sus excrementos, abonara la tierra.

 

Como consecuencia de esta mayor producción, aparecieron los primeros excedentes agrícolas, que empezaron a comercializarse, posibilitando el acercamiento entre el campo y la ciudad. Esto hizo posible el resurgimiento de antiguas ciudades y la creación de otras nuevas. Otras causas por la que hubo un fuerte desplazamiento del campo a la ciudad, fueron el rechazo del servilismo al que se veían sometidos los campesinos por parte del señor feudal, así como la aspiración de aprender un oficio. Pero también jugó un papel importante el deseo de los reyes de ampliar sus territorios y su autoridad, fundando villas reales, con el asentamiento de gentes de toda condición, que dependían directamente del rey, que les liberaba del yugo feudal y les concedía franquicias. A estas nuevas ciudades se las llamó burgos y a sus moradores burgueses. Los burgos solían estar rodeados de una muralla defensiva, dotada de torres de vigilancia y puentes levadizos en sus puertas, que impedían el paso hacia el interior. Celebraban en su interior ferias y mercados donde se llevaban a cabo diversas transacciones comerciales. Los mercados se celebraban una o varias veces a la semana y se comerciaba principalmente con productos agrícolas. En cambio las ferias generalmente eran anuales, con fecha fija, y en ellas se comerciaba con ganado y distintos tipos de herramientas. Hubo ferias que alcanzaron fama internacional por la importancia de sus intercambios. En el siglo IX fueron famosas las ferias francesas de Cambrai y Compiegne, mientras que en el siglo X brillaron las ferias de Troyes, Champagne y Lagny-Sur-Magne, también en Francia. Los reyes y los concejos de las ciudades intentaban proteger a los mercaderes poniendo graves sanciones a los delitos cometidos en los mercados y ferias. Por ello estaba prohibido el uso de armas en los mercados. El movimiento de mercancías favoreció la aparición de rutas comerciales, tanto terrestres como marítimas, así como de agrupaciones de mercaderes y negociantes, como fue el caso de la Liga Hanseática en el Norte y Centro de Europa, que protegía y controlaba los negocios de sus asociados. Las expediciones comerciales, así como las razias y la piratería eran ya frecuentes en el Báltico desde la era vikinga. Por ejemplo, los marineros de la isla de Gotland habían llegado remontando ríos hasta la ciudad rusa de Nóvgorod, pero las dimensiones de la actividad económica en la zona se fueron reduciendo debido al pirateo, hasta el ascenso de la Liga Hanseática. Asimismo, para favorecer los intercambios comerciales, la Banca creó dos nuevos sistemas de financiación: la venta a crédito y la letra de cambio.

 

Entre los siglos XI y XII tuvo lugar una renovación de la vida cultural, ya que los monasterios dejaron de ser los únicos centros de cultura y parte de la población urbana también accedió a ella. En las ciudades se crearon escuelas urbanas y, más tarde, las universidades. Las escuelas urbanas podían depender de los obispos o de los ayuntamientos. Las que dependían de los obispos recibían el nombre de escuelas catedralicias o capitulares, mientras que las escuelas creadas por los ayuntamientos eran las escuelas municipales y estaban dirigidas especialmente a los hijos de los burgueses. Las universidades surgieron de las escuelas catedralicias, en que asociaciones de profesores y alumnos buscaban librarse de la intolerancia de las escuelas catedralicias, en las que la Iglesia imponía sus criterios. Las universidades más antiguas son las de Bolonia, en Italia, París, en Francia, ambas fundadas en el siglo XII, mientras que en la Península Ibérica se crearon las de Palencia y Salamanca en el siglo XIII. En este tiempo empezaron a afianzarse las lenguas romances que los escritores emplearían en adelante en su producción literaria, abandonando de modo progresivo el latín. En la Edad Media, los artesanos de un mismo oficio se agrupaban en corporaciones llamadas gremios, que establecían los precios, salarios, horarios de trabajo, calendario laboral, etc. Había una jerarquía establecida formada por el maestro, el oficial y el aprendiz, de la que se derivó la Masonería. El maestro era el dueño del taller, de los materiales y de las herramientas. Tenía bajo su protección a uno o varios aprendices, que no recibían sueldo alguno por su trabajo, y que tras varios años aprendiendo el oficio, el maestro les ascendía a la categoría de oficial. El oficial recibía un sueldo por su trabajo y si quería montar su propio taller debía ascender a la categoría de maestro. Para ello debería superar un examen ante los maestros de su oficio. Normalmente los artesanos de un mismo oficio se instalaban en la misma calle. Los miembros de cada gremio formaban una cofradía, que era una asociación de carácter benéfico y religioso, y se encargaba, entre otras cosas, de amparar a las viudas de los miembros del gremio. Cada gremio tenía un santo protector. Así, por ejemplo, San José era el patrón de los carpinteros, San Pedro de los panaderos y San Marcos de los zapateros.

 

A partir del siglo XII van a desarrollarse dos grandes rutas comerciales: La Ruta del Mediterráneo, que unía los puertos españoles e italianos con puertos musulmanes y del Imperio Bizantino. Comerciaban principalmente con productos de lujo, como seda, perfumes, porcelanas, etc…, a cambio de armas y tejidos. La Ruta del Atlántico y del Báltico, controlada por la Liga Hanseática; comunicaba los puertos portugueses, ingleses y escandinavos, con puertos alemanes, franceses, holandeses y nórdicos. Comerciaban principalmente con lanas, vinos, cereales, maderas, pieles, etc. Tal como ya hemos dicho, destacaron dos grandes novedades bancarias: la venta a crédito y la letra de cambio. La venta a crédito era el pago aplazado de la mercancía comprada. Normalmente el total del pago se realizaba en tres pagos: a 30, 60 y 90 días. La letra de cambio o pagaré era un documento oficial firmado por un particular en el que se comprometía a pagar lo comprado en una Feria. También se llama “Pagaré” porque el documento empezaba con esas palabras. Se establecieron principalmente para evitar los robos en los viajes camino de las ferias. En el pagaré se especifica la cantidad a pagar, el lugar y la fecha. Hacia el siglo XIII aparecieron nuevas órdenes religiosas, como las mendicantes (carmelitas, franciscanos, dominicos, …), cuya regla imponía pobreza no sólo a sus miembros, sino también al convento. Estas órdenes, ya integradas en los núcleos urbanos, obtenían lo necesario para su supervivencia a través de la limosna. Destacaron figuras tan importantes como las de santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, y san Francisco de Asís, inspirador de la orden de los franciscanos. Ellsworth Huntington (1876 – 1947) fue profesor de geografía en la Universidad de Yale a principios del siglo XX, conocido por sus estudios sobre la controvertida ciencia del determinismo ambiental y determinismo climático, crecimiento económico y geografía económica. Fue Presidente de la Sociedad Ecológica de América en 1917, la Asociación de Geógrafos Americanos en 1923 y de la Junta de Directores de la Sociedad de Biodemografía y Biología Social de 1934 a 1938. Afirma Huntington en un libro, Civilization and climate, que la progresiva aridez de Arabia movió a Mahoma a promover la conquista de nuevas tierras más fértiles. Pero la expansión árabe puede ser explicada por motivos muy diversos. Es cierto que Arabia, en otro tiempo relativamente fértil, era ya en el siglo VII un territorio desértico, donde la vida sedentaria era solo posible en algunas zonas en las que se encontraba agua suficiente. Se sabe que muchos árabes practicaban una vida nómada, llevando a cabo actividades comerciales, acompañando a las caravanas de camellos, o participando en la navegación por el mar Rojo o el mar de Oman, una actividad en que fueron durante siglos muy hábiles.

La afirmación de Huntington no es rechazable de un modo absoluto, aunque no parece ser la causa principal de la impresionante expansión árabe en la segunda mitad del siglo VII y durante todo el VIII. En el espacio de solo tres generaciones, los árabes, como despertados de un sueño por el islamismo, ocuparon territorios inmensos, desde la India hasta la Península Ibérica, y tal vez hubieran mantenido su meteórica expansión si Carlos Martel, fundador de la dinastía Carolingia, que reinó en Francia y Alemania entre los siglos VIII y X, no los hubiera detenido en Poitiers el año 732 d.C. Entre los años 650 y 730 d.C., aproximadamente, conquistaron toda Arabia, la costa oriental mediterránea, Mesopotamia, el Norte de África, la Península Ibérica, Persia, el Cáucaso, Sicilia y otras tierras. El fervor islámico, que prendió en un pueblo guerrero, les inspiró la idea de la conquista del mundo. Quizá más que por obra de Mahoma, seguramente fue por la de sus inmediatos sucesores, sobre todo Omar. Asimismo se aprovecharon de la decadencia de otros imperios, como el persa y el bizantino, que resistió la embestida durante casi ochocientos años; después de haber perdido todos sus territorios en África y gran parte en Oriente Próximo. En ningún punto encontraron los árabes una resistencia fuerte y organizada, y bien sabido es que la ocupación de la Península Ibérica estuvo favorecida por una guerra civil entre distintas facciones de los visigodos. Es curioso que la fulgurante expansión del islamismo se produjese por una región del mundo situada al sur de lo que había sido el imperio romano y que, por tanto, se supone  significó una huida de las regiones más cálidas y secas del mundo de entonces. Sí conviene tal vez recordar que la llamada cultura árabe tomo mucho prestado de los pueblos conquistados. El cristal y el alfabeto los tomaron de los fenicios; la astronomía de los mesopotámicos y los persas, el cero aritmético de los hindúes, la brújula y la pólvora de los chinos, la filosofía, como un saber estructurado y lógico, de los griegos. Los árabes, refundieron todas estas aportaciones en un magnífico conglomerado cultural y, en algunos casos, lo perfeccionaron. Pero, sobre todo, lo propagaron hacia el Occidente cristiano, que se aprovecharía de aquel legado de culturas antiguas difundido por los árabes y lo perfeccionaría.

 

Es posible que el movimiento de los pueblos eslavos, como los húngaros, emparentados con los hunos, así como de los checos, los moravos, los jázaros, los búlgaros y los ávaros, que recorrían distintas partes de Europa y se establecieron sobre todo durante el siglo IX, para conformar el mapa étnico y cultural del la zona oriental del continente. tuviesen que ver, de alguna manera, con la evolución del clima. Pero esta relación con el clima es casi tan difícil de demostrar como la relación con el clima durante la expansión árabe. Puestos a buscar coincidencias, es posible que la grandeza de los francos a partir de la victoria merovingia, que tal vez salvó a Europa de la conquista árabe, hasta el imperio de Carlomagno, a partir del año 800 d.C., el primer gran imperio europeo después del romano, tenga algo que ver con una mayor calidez del clima. Pero hay un caso que tiene una clara relación con el cambio climático, y que es demostrable históricamente. Se trata de la expansión de los pueblos vikingos por las tierras de Islandia, Groenlandia, la península de Labrador y, probablemente, otras tierras de América. Fue aquella una aventura que no hubiera sido posible sin un calentamiento del clima. Los vikingos, también llamados normandos u hombres del Norte, se expandieron por otros lugares con climas más acogedores, como Francia, Inglaterra o las islas mediterráneas, como Sicilia, que conquistaron a los árabes. Pero, por descontado, no todo tiene que ver con el clima. El historiador Lucien Musset en su libro Las invasiones, el segundo asalto, considera tres posibles causas de la expansión vikinga: a) un fenómeno de superpoblación en Escandinavia; b) la mejora de las técnicas náuticas, ya que los barcos vikingos fueron de los primeros en ser construidos con sólidas quillas, que ayudan a sortear los vientos, y poseían extraordinarias condiciones marineras; c) una mejora del clima en las tierras y los mares del Norte. Aquí tenemos bastante información sobre sus aventuras árticas, que hoy podemos conocer por las sagas o cantares nórdicos, algunas crónicas breves y los restos que aún hoy se conservan en tierras que durante siglos se han considerado inhabitables. A Islandia, que los romanos llamaban Thule, en honor a la antigua mítica capital de Hiperbórea, reino de los Dioses,  llegaron primero, hacia el año 700 d.C., los monjes irlandeses, o celtas, que procedían de las islas Feroe.

 

De aquella época viene la leyenda de la Isla de san Brandán, una isla mítica situada en algún lugar del océano Atlántico y relacionada con los viajes del monje irlandés san Brandán el Navegante en busca del paraíso terrenal. Según la leyenda, recogida en la Navigatio Sancti Brandani, compuesta hacia el siglo X-XI y conocida por numerosos manuscritos, san Brandán, monje irlandés del siglo VI y abad de Clonfert, en Galway, a petición de Barinto, un monje que ya había visitado el lugar para buscar a un hijo suyo, inició, con otros catorce monjes, un largo viaje en una pequeña embarcación. En su vagar de siete años por el océano, Brandán encontró numerosas islas y se enfrentó a algunos monstruos marinos. Finalmente, tras atravesar un mar escondido entre densas nieblas, que impedía el retorno a quienes no iban en nombre de Dios, alcanzó la isla del paraíso terrenal. Aunque son numerosas las islas mencionadas en la Navigatio Sancti Brandani, la tradición se ha centrado en la isla-pez, completamente desprovista de vegetación, que aparece y desaparece. En ella san Brandán y sus compañeros celebraron la misa de Pascua, pero al encender el fuego para asar un cordero la isla despertó, dándose cuenta entonces de que en realidad se trataba del pez gigante Jasconius, que más adelante, obediente a Brandán, le conducirá hasta las proximidades del Paraíso. Esta sería la posteriormente identificada como Isla de San Brandán, que como el pez Jasconius aparece y desaparece, ocultándose a los ojos de quienes buscaban la isla. La leyenda se mantuvo hasta los tiempos del Renacimiento, y parece haber influido en Cristóbal Colón. Lo cierto es que los monjes irlandeses fundaron nuevos conventos en Islandia, conforme las expediciones eran más frecuentes y el clima se iba haciendo más agradable. Sobre el año 775 d.C. llegaron los vikingos Islandia, cuando los hielos apenas alcanzaban la costa Norte; y algunos llegaron a navegar hasta 100 km al norte de la isla. El año 825 d.C., el monje y geógrafo irlandés Dicuil navegó más allá, sin encontrar hielos, viaje que relata en una breve crónica titulada Mensura de Orbis Terrae, la primera historia en latín de los mares glaciales. En el 870 d.C., un aventurero vikingo llamado Jarl Ottar llegó a 200 kilómetros por encima del círculo polar ártico, dio la vuelta al cabo Norte, en el Ártico de Noruega, y encontró la península de Kola, una península que se encuentra en el norte de Rusia, en la zona de Múrmansk. Limita al norte con el mar de Barents, y al este y al sur con el mar Blanco. Queda claro que el peligro de los hielos iba retrocediendo. Y así fue como Erik el Rojo, aventurero y gran navegante vikingo, tuvo que huir de la justicia por haber matado a un hombre, y alrededor del 982 d.C. se lanzó a navegar, con un pequeño grupo de amigos, por mares de los que se decía que bañaban tierras desconocidas. Y encontró una isla enorme, en realidad un continente, al que bautizó como Grünland, Groenlandia, o Tierra Verde.

 

Actualmente las costas occidentales de Groenlandia están surcadas por una corriente fría, la corriente de Groenlandia Occidental, con el ascenso de aguas profundas en la costa occidental de Groenlandia, que mantienen el mar y las costas libres de hielo al tener una temperatura superior a los 4 °C. Más al norte, entre la isla de Ellesmere y la propia Groenlandia, ya comienza a estar el mar cubierto por el hielo de la banquisa ártica y comienzan a verse grandes icebergs desprendidos del gran glaciar continental de Groenlandia, el cual se va fragmentando al llegar al estrecho que separa a Groenlandia de la isla de Ellesmere y de otras islas árticas. El mecanismo hidrológico u oceanográfico de esta corriente es distinto al de las otras corrientes frías que están ubicadas en unas latitudes mucho menores, próximas a los trópicos, como sucede en las costas occidentales de los continentes en las latitudes medias. Las aguas se dirigen, en la superficie, de este a oeste por los vientos predominantes del este, debidos a la rotación terrestre, y a la menor fuerza centrípeta de las aguas superficiales, menor que la de las aguas de mayor profundidad, por estar más alejadas del centro de la Tierra. Sin embargo, en el caso de la corriente del Labrador, el agua en la superficie queda canalizada y procede del océano Glacial Ártico en dirección sureste hasta la isla de Terranova, donde queda cortada abruptamente por la corriente cálida del Golfo que se dirige hacia el noreste. Es dicha corriente del Labrador la que explica la presencia de icebergs en unas latitudes inferiores que en otras partes del hemisferio norte. El naufragio del Titanic es un buen ejemplo de esta lucha entre las dos corrientes. La corriente fría de Groenlandia Occidental es la razón de que la zona más poblada y libre de hielos sea, precisamente, la costa occidental. Con un clima polar, posee apenas unas pequeñas zonas costeras donde la temperatura durante el verano supera los 10 °C, por lo que su vegetación es de tundra y la agricultura actualmente inexistente, cosa que contrasta con la época de Eric el Rojo, mucho más cálida. Entre 1989 y 1993, investigadores norteamericanos y europeos cavaron en la cima de la capa de hielo de Groenlandia, obteniendo un par de núcleos gigantes de hielo de hasta 3,9 km. de espesor. El análisis de la composición química de las capas de estos núcleos ha provocado un novedoso y sorprendente registro acerca del cambio de clima en el hemisferio norte, producido alrededor de hace 100.000 años, y ha podido demostrar que el clima y la temperatura del planeta, con frecuencia, han cambiado rápidamente desde un estado aparentemente estable a otro, con consecuencias globales. La temperatura media de Nuuk, actualmente la capital y ciudad más poblada del territorio autónomo danés de Groenlandia, varía desde los -9 °C hasta los 7 °C. Dado que actualmente, y desde hace milenios, la mayor parte de la superficie de Groenlandia se encuentra, en promedio, a mucha mayor altura que las zonas costeras de esta gran isla polar, suele entonces ocurrir que soplen vientos desde el interior de la isla que, al llegar a las costas, son relativamente cálidos debido al efecto föhn, un viento «secante» y muy caliente. Este fenómeno llamó mucho la atención a los climatólogos y exploradores hasta inicios del siglo XX, época en la cual aún se llegaba a conjeturar que el centro de Groenlandia poseía un clima templado o mucho más cálido que el de sus regiones costeras.

 

En aquel territorio existían en aquella época tierras habitables y cultivables, según se pudo comprobar. Erik regresó a su país en cuanto pudo, logró que le perdonaran, y hacia el año 985 d.C. organizó una expedición de más de veinte barcos, pequeños y muy ágiles en alta mar, como los que sabían construir los vikingos, dispuesto a colonizar las nuevas tierras. Dos días y tres noches bastaban, según los relatos, para llegar de Islandia a Groenlandia. Siglos más tarde la aventura hubiera sido imposible debido a los hielos. Tengamos en cuenta que en 1912, en latitudes mucho más bajas, se hundió el transatlántico Titanic al chocar con un iceberg. Erik el Rojo, de todas formas, no se estableció en la costa Este de Groenlandia, bañada por la llamada corriente fría de Groenlandia, sino en la Oeste, más protegida del frío y con un clima mucho más acogedor. Nuevos viajes llevaron hasta Groenlandia a varios miles de colonos, que subsistieron y se reprodujeron durante unos tres siglos. Hay que recordar que Groenlandia estuvo habitada anteriormente en épocas de clima más cálido, la última de ellas coincidiendo con el periodo cálido romano, la llamada cultura Dorset, que precedió a la cultura Inuit en el Ártico norteamericano. Las leyendas inuit mencionan a los tuniit o sivullirmiut (“primeros habitantes“), quienes fueron desplazados por los inuit. Según la leyenda, eran gigantes, gente más alta y más fuerte que los inuit, pero eran atemorizados con facilidad por el avance inuit. Los Dorset fueron llamados Skræling por los nórdicos que visitaron el área. Tenían una gran comprensión de su medio ambiente local, que podrían haber compartido con los recién llegados inuit, pero poseyendo una tecnología inferior. En efecto, los Dorset no disponían de trineos tirados por perros, así como de embarcaciones sofisticadas o de arpones evolucionados, con dos puntas en lugar de una, pero se habrían adaptado al severo clima de finales del primer milenio. Los Dorset no conocían la tecnología del arco y las flechas y podrían haberse desarrollado a partir de las culturas previas, los Saqqaq. Estas primitivas culturas tenían arcos y flechas, pero probablemente a causa del cambio de la caza terrestre a la acuática, se perdería la habilidad para su uso. La pieza final de tecnología que se ha perdido de los Dorset son los taladros. Curiosamente, no aparecen agujeros en nada relativo a ellos. En vez de ello, los Dorset hacían orificios lenticulares poco precisos. Por ejemplo, las agujas de hueso son comunes en los yacimientos Dorset, pero tienen orificios largos y estrechos fabricados con poca precisión. Tanto los pueblos anteriores a los Dorset como los Inuit (Thule) usaban taladros.

 

Las características tecnológicas de la cultura Dorset incluyen hojas pequeñas y triangulares, las cuales eran utilizadas en las cabezas de los arpones. Estos arpones eran utilizados principalmente para cazar focas, pero existen evidencias de la explotación de recursos derivados de mamíferos marinos de mayor envergadura. El talco era utilizado en la construcción de lámparas, las cuales calentaban las viviendas Dorset durante los meses de invierno. El combustible para dichos fuegos era la grasa de las focas. Un tercer distintivo de su cultura era los cinceles. Estos cinceles eran piezas trabajadas de piedra, de las cuales podían sacarse pequeños piezas desconchadas que se usaban para tallar. Estas herramientas eran usadas por grupos anteriores a los Dorset y tenían la forma distintiva de manopla. Los Dorset fueron muy homogéneos en el ártico canadiense, pero hubo variaciones importantes en Groenlandia y las regiones de Terranova y Labrador. La cultura Dorset se podía dividir en varios periodos: Primitivo, Medio, Tardío y Terminal. La fase Terminal pudo tener lugar cuando los Inuit (Thule) entraron en el ártico canadiense al emigrar desde Alaska. Esta fase final también tuvo lugar cuando el clima se estaba calentando. Con el clima más cálido el mar de hielo era más impredecible y esto aisló el Alto Ártico. Los Dorset seguieron al hielo y concentraron sus asentamientos en el Alto Ártico durante los períodos Tardío y Terminal. No parece existir conexión genética entre los Dorset y los Inuit (Thule). Existe, sin embargo, alguna evidencia arqueológica que apoya la interacción Inuit-Dorset. Por ejemplo, los Inuit se dedicaban a la caza de la foca mediante agujeros en el hielo, lo cual no era conocido en Alaska. Sólo los Dorset usaban esta técnica de caza, que probablemente requiere un aprendizaje previo. Además, la velocidad y la dirección de la migración Inuit puede implicar conexiones Dorset-Inuit. Los Inuit hicieron una migración casi directa a través de tierras desconocidas, directamente a Groenlandia, en el espacio de una o dos generaciones. Para los Inuit este evento puede haber requerido una dirección y asistencia, las cuales podrían haber facilitado los Dorset. Unas de las preguntas principales, sin embargo, son si los Inuit y los Dorset interactuaron, si los Inuit trajeron enfermedades con ellos, si lucharon entre ellos, si socializaron y se casaron entre ellos, o si sus encuentros fueron muy limitados. No obstante, según la arqueología, parece ser que los Dorset estaba declinando cuando llegaron los Inuit,.

 

El antropólogo Diamond Jenness recibió, en 1925, algunos extraños artefactos de Cape Dorset, Nunavut, los cuales parecían derivar de un antiguo estilo de vida diferente al de los Inuit. Jenness nombró a la cultura por el lugar del hallazgo de los objetos. Sus descubrimientos mostraron un patrón cultural consistente y diferente, que incluía arte sofisticado que incluía, por ejemplo, largos peinados para las mujeres y parcas sin capucha, con largos cuellos para ambos sexos. Un experto en el campo de los estudios sobre los Dorset es Robert McGhee, quien ha escrito numerosos libros acerca de esta cultura y sobre la transición a la tradición Inuit (Thule). El poeta canadiense Al Purdy escribió un poema titulado Lament for the Dorsets, el cual empieza con estas frases “Huesos animales y musgosos anillos de tiendas, todos los restos de los gigantes Dorset, quienes hicieron volver a los Vikingos a sus barcos“. Este poema lamenta la pérdida de su cultura y los describe a ellos y a su final. Desde mucho tiempo antes de que llegara Erik el Rojo, Groenlandia parece que ya estaba deshabitada. Sin embargo, a partir del siglo X resultaba perfectamente habitable. No era tan inhóspita como hoy podemos imaginárnosla. Había praderas con pastos y pequeños bosques de abedules. Asimismo, se podía cazar y pescar. Los vikingos llevaron consigo una buena cantidad de vacas y ovejas, que utilizaron para obtener carne, leche y cueros. Los colonos no se enriquecieron precisamente, pero pudieron llevar una vida soportable, comerciando con Islandia e incluso con Escandinavia. Enviaban cueros, aceite de foca, marfil de morsa y lana de oveja. Las vacas se multiplicaron: hasta llegar a haber más vacas que colonos, aunque los restos que hoy se conservan hacen ver que aquellas vacas eran más pequeñas que las actuales. Se han encontrado muchos corrales, uno de los cuales estaba acondicionado para unas 400 vacas. El cristianismo llegó pronto a Groenlandia, donde se establecieron parroquias y un obispado. Se construyó luego una catedral, todo lo modesta que se quiera, pero con una campana de bronce, que aún se conserva, y ventanas adornadas con vidrieras de colores.

 

Más o menos en el año 1000 d.C., el hijo de Erik el Rojo, Leif Eriksson, navegó hacia el Oeste, en busca de nuevas tierras, ya que, a veces, desde las costas occidentales de Groenlandia se divisaban lejanas manchas que parecían pertenecer a una tierra firme. Y Leif Eriksson encontró la península de Labrador, en el noreste del Canadá, a la que puso el nombre de Markland, o país boscoso. Era la primera tierra americana a la que se supone llegaba algún europeo. Más tarde, el mismo Leif, o tal vez Thorsin Karlsefni, un explorador islandés, llegaron a otra tierra, a la que llamaron Vinland, que quiere decir «tierra de viñas». Pero ni siquiera en las zonas más templadas del Nuevo Mundo existían viñas que hubiesen llevado europeos. Hay quien pretende que los colonos encontraron arbustos que recordaban a viñas silvestres. Lo cierto es que la tierra de Vinland parece corresponder al golfo de San Lorenzo, un vasto golfo del este de Canadá que comunica con el océano Atlántico. Este golfo drena una gran cuenca hidrográfica que comprende los Grandes Lagos norteamericanos. El río San Lorenzo nace en el lago Ontario y desemboca en este golfo, a través del estuario más grande del mundo. Es posible que los vikingos se adentraran por el gran río San Lorenzo, sin llegar a los Grandes Lagos. Las sagas nórdicas nos hablan de un pueblo indígena, los Skraelinger (extranjeros), que les hostilizaban continuamente y les hacían muy difícil la vida. Recientemente, Jette Arneborg, del Museo Nacional de Dinamarca, y J. Berglund, en un libro titulado Norse Greenland: Viking Peasants in the Arctic, explican que han desenterrado la que llaman «la Pompeya del Norte», un poblado vikingo en Groenlandia, en el cual se han encontrado casas de piedra. Curiosamente durante mucho tiempo se dijo que las casas eran siempre de madera, y solo las iglesias se construían de piedra. También encontraron fragmentos de telares que estaban en pleno funcionamiento, tejidos diversos, cuchillos de hierro, un peine y otros objetos domésticos de uso común, que han hecho pensar en una huida precipitada. Pero, ¿qué es lo que obligó a los colonos a abandonar su poblado, e incluso sus armas? ¿Tal vez un ataque por sorpresa de los Skraelinger o por alguna catástrofe de origen desconocido? Lo que es evidente es que aquel poblado no fue abandonado poco a poco, como los demás que se conocen.

 

En el año 2008, Knut Espen Solberg ha encontrado un puerto construido con grandes piedras, capaz para varios barcos, y situado mucho más al Norte que todas las ruinas vikingas hasta ahora conocidas. Ruinas recientemente descubiertas en Groenlandia podrían ser el puesto de caza de los vikingos, ubicado más al norte de la isla helada, dijo un investigador. Solberg, líder del proyecto “The Melting Arctic”, que monitorea los cambios climáticos en el norte, dijo que los restos descubiertos en el oeste de Groenlandia podrían ser una nueva evidencia de que el clima era menos frío hace 1.000 años atrás. “Encontramos algo que seguramente fue un puerto, fabricado con rocas, para barcos grandes, de hasta 20 ó 30 metros de largo”, dijo Solberg, que añadió que se necesitaban nuevos estudios y una medición con carbono-14 para determinar la antigüedad del sitio. Los relatos de vikingos hablan sobre estaciones para cazar morsas, focas y osos polares en el oeste de Groenlandia. “Este es el extremo más al norte de Groenlandia en el que encontramos evidencia de actividad vikinga”, dijo Solberg acerca de los descubrimientos en un área llamada Nuussuaq. “En el momento en que vivieron los vikingos, el clima era más cálido que ahora”, señaló Solberg. En el Período Cálido Medieval crecieron árboles y cultivos en algunas partes de Groenlandia. Los vikingos desaparecieron de allí en el siglo XIV, coincidiendo con un enfriamiento del clima, época de la que no existe mucha información. Solberg dijo que su expedición, ligada a institutos noruegos de investigación del clima, entre los que se encuentra un arqueólogo, reconoció que el puerto probablemente fue construido por los vikingos, porque los esquimales sólo usaban kayaks pequeños y no tenían necesidad de fabricar muelles. El equipo, que descubrió las ruinas durante la expedición, también encontró restos de varias construcciones de piedra. Tanto los esquimales como los vikingos tenían estilos similares de construcción. Parece que fue utilizado para el servicio de un puesto de caza. Según Solberg: «Si esto es así, el clima tenía que ser todavía más cálido de lo que hasta ahora suponíamos». La presencia de los pueblos escandinavos en Groenlandia se fue reduciendo conforme las condiciones climáticas se hacían más inhóspitas. Las temperaturas a fines del siglo XIII descendieron, y la navegación se hacía más dificultosa, a causa de los temporales y los hielos, de suerte que el comercio con la metrópoli disminuía progresivamente. Llegó un momento en que los colonos hubieron de mantenerse con sus propios recursos, y se encontraron sin hierro e imposibilitados de fabricar armas e instrumentos de trabajo, e incluso de construir barcos. Por lo tanto, su aislamiento se hacía cada vez más angustioso. Por si fuera poco, los Skraelinger, en este caso probablemente los Inuit, esquimales, emigraron, tal vez empujados por el mismo frío, e invadieron el Sur de Groenlandia, sin que los escandinavos que habitaban aquella zona tuvieran apenas medios para defenderse. No poseemos noticias de que regresaran a sus países de origen, pero la población se iba reduciendo sin remedio. En el siglo XIV, con el inicio de la llamada Pequeña Edad del Hielo, vino el colapso definitivo. Cuando en 1345 el navegante Ivar Bardasen, sorteando dificultosamente los hielos flotantes y dando un largo rodeo por el sur, consiguió llegar a una de las colonias del Oeste de Groenlandia, solo encontró cadáveres, pocas ovejas y restos de vacas. Algunas de ellas parecían haber sido comidas por los famélicos habitantes, que no habían tenido otra cosa que llevarse a la boca. Aquella tierra helada no volvió a tener población de origen europeo hasta que los daneses crearon algunos establecimientos en el siglo XVIII.

 

Sobre la sorprendente y misteriosa civilización maya se ha escrito mucho, siendo uno de los mayores exponentes de la cultura en la América precolombina. Quizás más que cualquier antigua cultura de las que conocemos, los mayas estaban obsesionados con la Astronomía. No sólo eran capaces de proyectar sus cálculos astronómicos miles de años adelante y atrás en el tiempo, sino que desarrollaron un preciso y enigmático calendario de Venus, así como una tabla de eclipses que todavía funciona hoy. Es realmente enigmático su interés y conocimiento de Venus, de donde decían venían sus dioses. Las investigaciones actuales afirman que la temperatura en la superficie de Venus es tan alta que impide la vida. Pero podría haber sido distinto en el pasado. Y aquí entra en escena Brian Desborough, que nació en el condado de Dorset, en el sur de Inglaterra, y fue Director de Investigación y Desarrollo de varias compañías norteamericanas de alta tecnología. También ha sido consultor en compañías dedicadas a la industria aeroespacial. Además de diversos artículos, ha escrito varios libros entre los que destacan They cast no shadows y A blueprint for a better world. Desborough afirma que hace unos 7000 años, Venus, antes de convertirse en un planeta, habría sido un tipo de cometa cubierto de hielo, que se habría desintegrado parcialmente cuando se acercó a la Tierra y llegó a un punto conocido como el límite de Roche, que es un dispositivo de seguridad vibracional. Cuando dos cuerpos están a punto de colisionar, el de menor masa empieza a desintegrarse en el límite de Roche. En este caso, el hielo habría sido proyectado de la superficie de Venus hacia la Tierra. También, cuando entró en el cinturón de Van Allen, que absorbe gran parte de la radiación peligrosa del Sol, el hielo habría sido ionizado y, por lo tanto, atraído hacia los polos magnéticos de la Tierra. Miles de millones de toneladas de hielo, enfriado a -273 grados centígrados, se habrían posado en las regiones polares, congelándolo todo en poco más de un instante. Esto explicaría el misterio de los mamuts encontrados en Siberia congelados repentinamente. El mamut, contrariamente a la creencia generalizada, no era un animal de regiones frías, sino que vivía en templados prados. De algún modo, esas regiones templadas fueron congeladas instantáneamente. Esto queda probado por el hecho de haberse encontrado mamuts congelados con las hiervas que comían, perfectamente conservadas, en su estomago. Si este hielo ionizado hubiese caído procedente  de Venus, la mayor concentración habría estado en la zona de los polos magnéticos, porque es donde habría habido la fuerza de atracción más fuerte. Y, en efecto, la masa de hielo en las regiones polares es mayor en los polos que en la periferia. Esto podría explicase mediante la teoría de Venus de Desborough.

Los mayas también calcularon exactamente el año solar hasta con cuatro cifras decimales. Para lograr estos impresionantes cómputos crearon un sistema matemático sofisticado que utiliza el concepto del cero. Y todo ello mientras Europa todavía estaba inmersa  en una época oscura. Recientemente se han descubierto las impresionantes ruinas mayas, escondidas bajo la jungla de Guatemala, utilizando una nueva tecnología láser. La ciudad maya de Tikal estaba rodeada por una compleja red de estructuras y calzadas que no habían sido descubiertas. El hallazgo incluye más de 60.000 ruinas mayas escondidas en la jungla de Guatemala. Descrito como un importante descubrimiento arqueológico, para la investigación se utilizó tecnología de escaneo láser que permitía analizar digitalmente por debajo del dosel forestal. Se piensa que las estructuras, que se ubican cerca de ciudades mayas ya conocidas, eran el hogar de millones de personas, algo que ya se había sugerido en otros estudios. Los investigadores mapearon más de 2100 km2 en Petén, en el norte de Guatemala. No se conocen muy bien los orígenes de los mayas, sobre todo por la sistemática destrucción de sus documentos por parte de los conquistadores españoles, pero se sabe que ya por el año 1000 a.C. poblaban la península de Yucatán, al sureste de México, y territorios que hoy son Guatemala u Honduras. Sobre todo llegaron a un gran esplendor entre el 200 a.C. y el 800 d.C.. Construyeron grandes edificios, como los majestuosos templos de pirámides escalonadas en Tikal, Copán, Palenque, o Chichen-Itzá, así como grandes palacios, obras de irrigación y fortalezas. Pero, extrañamente, apenas se conservan ruinas de casas, que debieron ser más endebles, aunque se sabe que constituyeron una población muy numerosa. Sabemos también que tuvieron una escritura muy avanzada para lo que era usual en la América de entonces, así como que fueron formidables arquitectos, astrónomos y calculistas. Su calendario figura entre los más perfectos logrados por el hombre hasta la reforma gregoriana realizada en el mundo cristiano en 1583. Pero esta perfección en el cálculo estaba reservada a los sacerdotes y clases privilegiadas.

 

La inmensa mayoría de los mayas no sabían escribir, ya que eran simples campesinos que trabajaban la tierra, a costa de un gran esfuerzo. En efecto, el Yucatán es una zona de tierras de escasa profundidad, en que enseguida se encuentra una placa de caliza poco fecunda. Para encontrar agua era preciso excavar profundos pozos, en cuya tarea los mayas fueron excelentes maestros. La perfecta orientación de acuerdo con los puntos por donde sale y se pone Venus, la belleza de sus esculturas, pinturas murales, así como un especial refinamiento de su arte, han magnificado la leyenda de los mayas como un pueblo altamente civilizado. Sin embargo, no parece que creasen un gran imperio, sino una serie de ciudades-estado interrelacionadas. Aunque los descubrimientos con laser, antes mencionado, parecen contradecir esta idea. Asimismo, no se tiene constancia que fuesen un pueblo conquistador. La decadencia de los mayas a partir del siglo VIII d.C. fue y sigue siendo un misterio. Se habla de guerras civiles, de revoluciones, de invasiones extranjeras, de un excesivo aumento de la población en un espacio cuya agricultura no podía sostener a mucha gente, o bien de un afán por aumentar la producción de maíz, que en parte se exportaba: de una forma u otra, y, como consecuencia, esta sobreexplotación agotó la tierra. Yucatán es una zona en que resulta necesaria la rotación de cultivos, dejando descansar el terreno durante temporadas. Cuando esto dejó de hacerse, el rendimiento de las cosechas habría disminuido. También se habla de largas sequías que redujeron la producción de la tierra y causaron grandes hambrunas: y esto tendría que ver más claramente con el clima. Actualmente en Yucatán llueve con frecuencia, aunque las lluvias son más bien estacionales. Si las lluvias no vienen a tiempo, escasea el agua, porque la tierra caliza se la traga fácilmente. Parece que la sequía se trasladó del Sur al Norte, tal vez porque en la región septentrional de aquella península la capa freática está más cerca de la superficie y es más fácil obtener agua mediante pozos. Sabemos que Palenque fue abandonada por el año 810 d.C., en 860 d.C. lo fue Copán, en el 900 d.C. lo fue Tikal; Chichen-Itzá aguantó más tiempo, aunque ya en plena decadencia maya, hasta cerca del 1200 d.C.. Hoy las ruinas de todos aquellos prodigiosos templos, sus palacios, sus lugares ceremoniales, hasta los espacios en que se practicaba el curioso y mortal juego de la pelota, en los que el que perdía también perdía la vida, solo son visitados por turistas.

 

David Hodell, Director del Laboratorio Godwin para la investigación paleo-climática, el paleo-climatólogo Gerald H Haug, y el arqueólogo de la NASA Tom Sever, han aclarado algunos puntos, aunque el misterio de la desaparición de la civilización maya todavía continúa sin resolver. Los científicos citados hablan de una oscilación de la corriente de El Niño, que dejó al Yucatán fuera de las lluvias monzónicas habituales y a merced de los vientos alisios, vientos que parten de zonas subtropicales de alta presión con rumbo a regiones ecuatoriales de baja presión, debido a la rotación del planeta. También se ha especulado con un desplazamiento de la Zona de Convergencia Intertropical, región del globo terrestre donde convergen los vientos alisios del hemisferio norte con los del hemisferio sur. Los vientos alisios son vientos secos, pero allí donde convergen entre sí, al Norte o al Sur del ecuador, según las estaciones, provocan una elevación del aire, que al ganar altura se enfría, y con ello se forman nubes que descargan frecuentes lluvias. En las fotos de satélite se ven fácilmente estas grandes franjas nubosas, como anillos que circundan gran parte de la Tierra, al norte del ecuador en mayo-septiembre, y al sur en noviembre-marzo. Pero la zona de convergencia del verano septentrional, es decir, la que favorecía al Yucatán, se habría desplazado entonces más al Sur, hacia América central. Por su parte, los vientos alisios pueden hacer llover cuando el viento se encuentra con una tierra que obliga al aire a elevarse, como sucede en las zonas montañosas, como en la propia América Central, en donde las principales montañas son el volcán Tajamulco, el volcán Tacaná, el volcán Acatenango y el cerro Chirripó, todas ellas superando  los 3500 metros de altura y básicamente ubicadas en Guatemala y Costa Rica. Pero, en cambio, el Yucatán es una tierra llana, donde los vientos alisios no se ven obligados a elevarse, resultando en sequedad, de suerte que solo llovía en abundancia durante la época de las tormentas tropicales. Tom Sever ha destacado también la posibilidad de un cambio climático provocado por la deforestación masiva del Yucatán, para incrementar el área de cultivos. Debido a ello aumentó la sequía, provocando  temporadas de hasta diez años secos consecutivos. Fue, dice Tom Sever, «el suicidio inconsciente de un pueblo». La sequía parece ser que arruinó a los mayas. Más tarde volvería a llover, con lo que el pueblo sobrevivió, pero su cultura no.

 

Simultáneamente, o quizá un poco antes, durante los siglos VI-VII d.C., se vino abajo la cultura mochica, o moche, que había florecido en la costa de Perú, y con aquella caída cambió la historia. Los mochicas habitaban la costa del norte de Perú, que era muy seca, más o menos donde se ubica la actual ciudad de Trujillo, y alcanzaron gran esplendor entre los años 100 a 800 d.C.. Cultivaban los valles fluviales con el agua, no abundante, pero suficiente, que descendía de los Andes. Realizaron obras de irrigación, para llevar el agua a donde la necesitaban, con canales y pequeñas presas. Producían algodón de buena calidad, y fueron excelentes tejedores, muy por encima de otras culturas sudamericanas. También practicaban la alfarería. Elaboraron magníficas piezas, especialmente los huacos, recipientes cerrados de agua, similares a los botijos, pintados y vidriados de vivos colores, que al mismo tiempo que cumplían su función de conservar el agua fresca, eran verdaderas obras de arte, en que representaban caras o animales con una perfección que jamás alcanzó otra cultura americana. Especialmente famosos son los huaco-retratos, de un realismo sorprendente, que casi recuerda a la escultura romana. Los mochicas eran también buenos pescadores, en una zona en que gracias a la corriente de Humboldt abundan los peces. La corriente de Humboldt, también llamada corriente del Perú, es una corriente oceánica originada por el ascenso de aguas profundas y, por lo tanto, muy frías, que se produce en las costas occidentales de América del Sur. Fue descrita por el naturalista alemán Alexander von Humboldt en su obra Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, escrita en 1807 en colaboración con Aimé Bonpland. La corriente de Humboldt es una de las corrientes de aguas frías más importantes del mundo y es una causa de la aridez relacionada con la surgencia, o ascenso de masas profundas de agua, desde la zona abisal del océano hacia la superficie en las zonas de la plataforma continental. Estas aguas son frías, por lo que limitan la evaporación y se dejan sentir notablemente en las costas centrales y septentrionales de Chile, así como en casi la totalidad de las costas del Perú. La velocidad de la corriente de Humboldt es de unos 28 km por día de sur a norte, desde la parte central de las costas chilenas hasta el ecuador terrestre. Volviendo a los mochicas, en ciudades como Sipan los jefes hacían construir magníficas pirámides en donde adoraban a sus dioses. La cultura mochica pudo ser el eje del desarrollo de Perú, hasta que por el año 800 d.C. comenzó a decaer. Los jefes decidieron trasladar la capital aguas arriba para buscar zonas donde las lluvias fuesen más frecuentes, pero la persistencia de la sequía provocó el ocaso de una civilización altamente organizada y jerárquica.

 

Esta vez parece claro que la prolongada sequía inducida por el fenómeno La Niña fue mucho más operativa históricamente que las inundaciones esporádicas, pero sin las desastrosas consecuencias propias de El Niño. La falta angustiosa de agua provocó la casi total desaparición de la cultura mochica, convertida en un lánguido subsistir de pequeñas sociedades incapaces de mantener su antigua civilización. Luego vendrían a edificar la futura grandeza de Perú otros pueblos venidos del sur. Cuando unos pescadores de las costas del norte de Perú, en Sudamérica, se dieron cuenta de la temperatura inusualmente cálida que las aguas del océano Pacífico adquirían alrededor de diciembre, nombraron al fenómeno El Niño, en memoria de la época navideña y del niño Jesús. Con este nombre se sigue conociendo un evento particular que sucede en América del Sur, pero que puede tener efectos sobre otras regiones del mundo. La Niña es el evento opuesto al Niño. El Niño y La Niña forman parte de la Oscilación del Sur de El Niño (ENSO), un término científico usado para referirse al conjunto de cambios en los patrones de temperatura de viento y mar que propician temperaturas superficiales del océano anormalmente frías o cálidas, durante períodos largos que abarcan desde unos pocos meses hasta poco más de un año. De acuerdo con la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, los episodios del Niño y la Niña ocurren cada 3-5 años, pero con variaciones. La superficie de los océanos se enfría y se calienta de acuerdo con la fuerza de los vientos alisios, que son aquellos vientos superficiales que soplan entre los trópicos, desde el noreste hacia el suroeste en el hemisferio norte, y desde el sureste hacia el noroeste en el hemisferio sur, permitiendo que el Pacífico central se mantenga relativamente fresco. Es la temperatura del océano la que establece el clima, los patrones de lluvia y los patrones de viento que afectan a la tierra. Mientras menos cantidad de agua se evapora, menos lluvia cae. El Niño es resultado de vientos alisios más débiles de lo que suelen ser. Entonces, el agua cálida se acumula a lo largo de las zonas ecuatoriales y se mueve hacia el este, justo en la zona oriental, cercana a Perú, del océano Pacífico. Como la superficie del agua es más caliente de lo normal, la atmósfera también se calienta, hecho que ocasiona que el aire húmedo se eleve, forme nubes y se produzcan tormentas. La Niña es todo lo contrario. Dado que los vientos alisios se fortalecen, el agua fría se acumula en la región ecuatorial del Pacífico oriental. En consecuencia, la atmósfera se enfría por el contacto con las frías aguas superficiales del océano, y a falta de calidez, el agua no se evapora y el aire no se eleva, así que el nivel de lluvias y tormentas disminuye de forma anómala.

 

De acuerdo con la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), los episodios del Niño y la Niña ocurren cada 3-5 años, pero este período puede variar. El ciclo de Oscilación del Sur de El Niño (ENSO) puede producirse cada 3-7 años, según el Observatorio de la Tierra de la NASA, y no es raro que después de El Niño ocurra La Niña. Las características de El Niño son: Los vientos alisios se debilitan; la temperatura superficial del océano se eleva; se presenta mayor nubosidad; se produce abundancia de precipitaciones; ocurre a intervalos de 2-7 años, con una duración de 9 meses a 2 años. Los efectos de El Niño son que, en general, las condiciones climáticas del Pacífico se modifican, pero Sudamérica recibe los efectos de manera más directa. En Perú y Ecuador se experimenta un clima muy cálido y húmedo de abril a octubre, y las lluvias frecuentes pueden ocasionar graves inundaciones. En las costas sudamericanas disminuye el nivel de nutrientes pues el agua fría es más rica en estos, por lo que muchos peces pueden morir. Esta disminución de especies daña la industria pesquera. En invierno, el noroeste del Pacífico, en Estados Unidos, recibe menos precipitaciones, mientras que el sur de California y la costa del Golfo del mismo país reciben más lluvias y tormentas. Australia, el sur de África y Brasil experimentan sequías. En México y el sureste de Estados Unidos se producen menos lluvias, mientras se elevan las probabilidades de tifones en el océano Pacífico. En el océano Atlántico se forman menos huracanes. Por otro lado, las características de La Niña son: Los vientos alisios se fortalecen; la temperatura del océano es inusualmente fría; se percibe una escasez de precipitaciones; puede ocurrir cada 3-5 años en promedio, pero según los registros históricos el intervalo entre cada evento varía de 2 a 7 años; sus condiciones duran entre 9 y 12 meses, pero los episodios pueden durar hasta 2 años; asimismo, se produce con menos frecuencia que El Niño. Los efectos de La Niña son que, en invierno, las temperaturas son más cálidas en el sureste y más frías en el noreste; Australia e Indonesia experimentan más humedad en el ambiente; el centro-este del Pacífico ecuatorial percibe períodos de temperaturas de la superficie del mar por debajo del promedio; entre diciembre y febrero, la zona norte de Brasil es más húmeda de lo normal; en el centro de los Andes aumentan las lluvias, lo que ocasiona fuertes inundaciones.

 

Fue una época que vio surgir algunos movimientos tan importantes como los de los cátaros y los templarios. El catarismo es la doctrina de los cátaros o albigenses, un movimiento religioso de carácter gnóstico que se propagó por la Europa Occidental a mediados del siglo XI y logró arraigar hacia el siglo XII entre los habitantes del Mediodía francés, especialmente en el Languedoc, donde contaba con la protección de algunos señores feudales, vasallos de Catalunya y Aragón. Las raíces de la creencia cátara proceden del gnosticismo y del maniqueísmo. En consecuencia, su teología era dualista radical, basada en la creencia de que el universo estaba compuesto por dos mundos en conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material forjado por Satán. Los cátaros creían que el mundo físico había sido creado por Satán, a semejanza de los gnósticos que hablaban del Demiurgo. Sin embargo, los gnósticos del siglo I no identificaban al Demiurgo con el Diablo, probablemente porque el concepto del Diablo no era popular en aquella época, en tanto que se fue haciendo más y más popular durante la Edad Media. Según la comprensión cátara, el Reino de Dios no es de este mundo. Dios creó cielos y almas, mientras que el Diablo creó el mundo material, las guerras y la Iglesia católica. Esta, con su realidad terrena y la difusión de la fe en la encarnación de Cristo, era según los cátaros una herramienta de corrupción. Para los cátaros, los hombres son una realidad transitoria, una «vestidura» de la simiente angélica. Afirmaban que el pecado se produjo en el cielo y que se ha perpetuado en la carne. Para los católicos, la fe en Dios redime, mientras que para los cátaros exigía un conocimiento (gnosis) del estado anterior del espíritu para purgar su existencia mundana. No existía para el catarismo aceptación de lo dado, de la materia, considerada un sofisma tenebroso que obstaculizaba la salvación. Los cátaros también creían en la reencarnación. Las almas se reencarnarían hasta que fuesen capaces de un autoconocimiento que les llevaría a la visión de la divinidad y así poder escapar del mundo material para elevarse al paraíso inmaterial. La forma de escapar del ciclo era vivir una vida ascética sin ser corrompido por el mundo. Aquellos que seguían estas normas eran conocidos como Perfectos, que se consideraban herederos de los apóstoles, con facultades para anular los pecados y los vínculos con el mundo material de las personas. Negaban el bautismo por la implicación del agua, elemento material y por tanto impuro, y por ser una institución de Juan Bautista y no de Cristo. Asimismo se oponían radicalmente al matrimonio con fines de procreación, ya que consideraban un error traer un alma pura al mundo material y aprisionarla en un cuerpo. Rechazaban comer alimentos como los huevos, la carne y la leche, pero sí el pescado, ya que entonces era considerado un “fruto” espontáneo del mar. Y predicaba la salvación mediante el ascetismo y el estricto rechazo del mundo material, percibido por los cátaros como obra demoníaca. En respuesta, la Iglesia católica consideró sus doctrinas heréticas. Tras una tentativa misionera, y frente a su creciente influencia y extensión, la Iglesia terminó por invocar el apoyo de la corona de Francia para lograr su erradicación violenta a partir de 1209 mediante la Cruzada albigense, que causo miles de muertes, muchas de ellas en la hoguera. A finales del siglo XIII el movimiento, debilitado, entró en la clandestinidad y se extinguió poco a poco.

 

Por otro lado surgió la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, también llamada la Orden del Temple, cuyos miembros fueron conocidos como caballeros templarios, siendo una de las más poderosas órdenes militares cristianas de la Edad Media. Se mantuvo activa durante algo menos de dos siglos. Fue fundada en el siglo XII, concretamente en el año 1118 o 1119, por nueve caballeros franceses liderados por Hugo de Payns, tras la primera cruzada. Su propósito original era proteger las vidas de los cristianos que peregrinaban a Jerusalén, tras su conquista. La orden fue reconocida por el patriarca latino de Jerusalén Garmond de Picquigny, que le impuso como regla la de los canónigos agustinos del Santo Sepulcro. Aprobada oficialmente por la Iglesia católica en 1129, durante el Concilio de Troyes, la Orden del Temple creció rápidamente en tamaño y poder. Los caballeros templarios tenían como distintivo un manto blanco con una cruz paté roja dibujada en él. El 24 de abril de 1147, el papa Eugenio III les concedió el derecho a llevar permanentemente la cruz paté, que simbolizaba el martirio de Cristo, de color rojo, porque el rojo era el símbolo de la sangre vertida por Cristo, pero también de la vida. La cruz estaba colocada en su manto sobre el hombro izquierdo, encima del corazón. Militarmente sus miembros se encontraban entre las unidades mejor entrenadas que participaron en las cruzadas. Los miembros no combatientes de la orden gestionaron una compleja estructura económica dentro del mundo cristiano. Crearon, incluso, nuevas técnicas financieras que constituyeron una forma primitiva de la moderna Banca. La orden, además, edificó una serie de fortificaciones por todo el mar Mediterráneo y Tierra Santa, e intervinieron en la construcción de las catedrales góticas. El éxito de los templarios se vincula estrechamente a las cruzadas. La pérdida de Tierra Santa derivó en la desaparición de los apoyos a la orden. Además, los rumores generados en torno a la secreta ceremonia de iniciación de los templarios crearon una gran desconfianza. Felipe IV de Francia, fuertemente endeudado con la orden y atemorizado por su creciente poder, comenzó a presionar al papa Clemente V con el objeto de que tomara medidas contra sus integrantes. En 1307, un gran número de templarios fueron apresados, inducidos a confesar bajo tortura y quemados en la hoguera. En 1312, Clemente V cedió a las presiones de Felipe IV y disolvió la orden. Su abrupta erradicación dio lugar a especulaciones y leyendas que han mantenido vivo hasta nuestros días el nombre de los caballeros templarios.

 

El Santo Grial se supone fue el recipiente usado por Jesucristo en la Última Cena. La relación entre el Grial, el Cáliz y José de Arimatea procede de la obra de Robert de Boron Joseph d’Arimathie, publicada en el siglo XII. Según este relato, Jesús, ya resucitado, se aparece a José para entregarle el Grial y ordenarle que lo lleve a la isla de Britania. El primer autor en mencionar al Grial es el poeta Chrétien de Troyes, en el siglo XII, entre 1181 y 1191, en su narración Perceval, también llamada Le Conte du Graal. La obra de Chrétien de Troyes marcaría el comienzo de la leyenda sobre el Santo Grial, pero serían Robert de Boron y Wolfram von Eschenbach quienes la desarrollarían de la manera que la conoció la Europa medieval. Robert de Boron, en Joseph d’Arimathie y Estoire del San Graal, es el responsable de transformar el «grial» de Chrétien en «El Santo Grial». Este autor inglés espiritualiza lo mencionado por el francés y lo convierte en la copa de la Última Cena, la misma que, según sostenían las leyendas, José de Arimatea usó después para recoger la sangre de las heridas durante la crucifixión de Cristo. De Boron es también el primero en afirmar que José y su familia llevaron el Grial a partes no especificadas de Britania. A partir de este momento, los textos se concentran en dos historias diferentes. Por un lado, las relacionadas con la búsqueda del Santo Grial, emprendidas por los caballeros del Rey Arturo, y, por el otro, las que relatan la propia historia del Grial desde los tiempos de José de Arimatea. El Parsifal de Eschenbach refleja la tradición alemana que luego inspiraría la ópera de Richard Wagner. La historia presenta grandes paralelismos con la tradición francesa, aunque tiene elementos específicos de la misma: la más importante de los cuales es la identificación del Grial con una piedra preciosa «del más puro origen». Según algunos estudiosos, Wolfram von Eschenbach se inspiró para esta descripción en el pasaje del Apocalipsis en el cual se habla de «una piedra blanca» entregada por el Señor a su elegido. La abadesa y mística Hildegard von Bingen, en el siglo XII, lo relaciona con la lapis exillis, piedra desprendida de la corona de Lucifer en el momento de su rebelión contra Dios. El catedrático de germanística de la Universidad de Salamanca, Feliciano Pérez Varas, sostuvo que von Eschenbach habría codificado topónimos y antropónimos mediante unos complejos anagramas. En la interpretación de Pérez Varas, el sabio y astrónomo que el autor llama Flegetanis sería el astrónomo andalusí al-Bitrūyī, conocido como Alpetragio, y su traductor, Kyot, el poeta Miguel Escoto quien residía en Toledo. Concluye, pues, que la fuente primigenia de la leyenda de Grial, sería un texto árabe de astronomía proveniente de la Escuela de Traductores de Toledo. Algunos estudiosos vinculados al esoterismo, como Malcolm Godwin, quieren identificar la pérdida del Grial con hechos reales acaecidos a finales del Neolítico, cuando supuestamente existían en Europa diversas tribus matriarcales asentadas y pacíficas, cuya forma de vida se vio violentamente alterada por oleadas de tribus guerreras y violentas provenientes de Asia. Estos sucesos, que no cuentan con testimonios históricos o arqueológicos, habrían quedado en una posible memoria colectiva y adquirido una dimensión simbólica en la mitología celta hasta que, finalmente, fueron cristianizados por autores como Chrétien de Troyes, Wolfram von Eschenbach y otros.

 

Más tarde, durante los siglos XIII o XIV, los incas descenderían de las montañas y crearían una avanzada civilización. En dos siglos de meteorología anormal cayeron cuatro imperios: el romano, el persa sasánida, el maya y el mochica. ¿Simple casualidad? A finales del siglo XII y durante todo el XIII, se crearon nuevas ciudades y perdió importancia la estricta organización monástica de la época anterior, con sus poderosos abades, sus monjes estudiosos y sus siervos agrícolas encerrados en comunidades. La sociedad y la economía cambiaron radicalmente. También se transformó la actividad religiosa y los monjes cistercienses construyeron monasterios modestos, con paredes encaladas y con amplios ventanales para recibir la luz del sol. Comenzaba el arte gótico, destinado a tener una importancia decisiva en las grandes ciudades, especialmente del Norte de Europa, donde la luz escasea y los muros gruesos del románico chocaban con el nuevo espíritu religioso. Se apostaba por templos altos, con ventanales a los lados, recubiertos de vidrieras y con grandes rosetones en las fachadas que dejasen pasar la luz del Sol desde su salida hasta el ocaso. Se impusieron el arco ojival y la complicada bóveda de crucería, en sustitución del arco de medio punto, y la bóveda de cañón, que permitían elevar la altura de los templos. Una sabia disposición de columnas, pilares y bóvedas, conseguían que el peso del edificio no recayera de modo uniforme en toda la extensión de los muros laterales, sino sólo en algunos puntos de los mismos, convenientemente reforzados mediante contrafuertes y arbotantes. Así, aquellos antiguos muros del románico, bajos, macizos y compactos, podían elevarse y aligerarse, admitiendo grandes aberturas para dar paso a la luz del exterior. El término gótico apareció en el Renacimiento. Fue empleado por primera vez en el siglo XVI por el historiador Giorgio Vasari, para definir un arte a su juicio muy inferior al de la Antigüedad clásica, un arte propio de godos, es decir, de «bárbaros». Fue en el siglo XIX cuando el Gótico fue revalorizado por los movimientos nacionalistas y románticos europeos, y en la actualidad se considera universalmente como uno de los períodos más brillantes del mundo occidental desde el punto de vista artístico. El gótico surgió en Francia hacia el siglo XII y desde allí se extendió por toda Europa Occidental. Fue el arte predominante en Europa desde los siglos XIII al XV. Fue un arte fundamentalmente urbano, propio de una sociedad que estaba rompiendo con el feudalismo. El edificio más representativo del gótico es la catedral, que se va a convertir en el símbolo de poder y riqueza de la ciudad, además de incorporar una importante simbología alquímica. Otros tres edificios representativos del gótico fueron las lonjas, los ayuntamientos y los palacios. Las iglesias necesitaron mayores espacios para acoger mayor número de fieles; por eso se multiplicaron las catedrales.

Aunque existen importantes catedrales románicas, el esplendor de la arquitectura catedralicia llegó con el estilo gótico, fruto del resurgir de la vida ciudadana. Las grandes catedrales góticas fueron costeadas generalmente por la nueva clase social, la burguesía y los templarios, para su gloria y la de su ciudad. Los comerciantes necesitaron edificios en los que reunirse para valorar las mercancías, intercambiarlas y venderlas al por mayor: las lonjas. El municipio necesitó un lugar apropiado para sus reuniones y desde donde dirigir la vida de la ciudad: el ayuntamiento. Y los nobles y ricos burgueses construyeron palacios donde vivir. Así, los cuatro tipos de edificios más importantes en una ciudad medieval eran la catedral, la lonja, el ayuntamiento y los palacios. A partir del siglo XIII, Europa se llenó de catedrales. El resurgir de las ciudades junto con un espíritu religiosos más abierto, fomentó la construcción de edificios más altos y luminosos. Los habitantes de las ciudades deseaban iglesias más altas, con grandes ventanales y rosetones, que dejaran pasar la luz. Obispos, reyes, nobles, templarios y burgueses, así como muchos fieles que deseaban purgar sus faltas a cambio de una donación a la iglesia, patrocinaron la construcción de estas grandes catedrales. Los picapedreros, que fueron el núcleo de la masonería, y que fueron los artistas de la piedra artífices de las portadas románicas, siguieron trabajando en los edificios góticos, incluso con más entusiasmo y eficacia. Las fachadas góticas exigían aún más conocimientos técnicos. El invento de las gárgolas, fantásticas figuras de piedra en los puntos de desagüe del tejado, permitió el desarrollo de la imaginación y la creatividad de los escultores. Y mientras los pintores murales, ya sin espacio para sus frescos, perdían importancia a favor de los pintores de retablos, surgían nuevas profesiones artesanales o se desarrollaban otras ya existentes, debilitadas por falta de pedidos y actividad. Es el caso de los vidrieros, en especial los venecianos, que se ocupaban de todo lo relativo a los vidrios de colores, montados sobre estructuras reticulares de plomo y destinados a cubrir, sin cegarlas, las aberturas de los rosetones y grandes ventanales. Otros oficios revalorizados entonces fueron los de los herreros expertos en artísticas rejas metálicas para limitar el coro y determinados altares; los de los carpentarius, talladores de la madera, artífices de las sillerías del coro, de los baldaquines y las puertas de entrada; los de los imagineros, autores de los crucifijos y de las estatuas de vírgenes y santos que presidían los altares; los de los orfebres, que elaboraban con metales nobles y piedras preciosas los cálices, sagrarios y relicarios; los de los fundidores del bronce, responsables de grandes campanas, como el famosísimo Bourdon parisiense, que desde las altas torres de los templos, ordenaban la vida social de la comunidad. Así surgieron en Francia, entre otras, las grandes catedrales góticas de Laon, París, Chartres, Reims, Amiens y Estrasburgo. En Alemania, las de Magdeburgo, Friburgo y Colonia, así como espectaculares ayuntamientos como el Rathaus de Munich. En Inglaterra, las catedrales de Canterbury, Lincoln y York.

 

En la Europa meridional, el clima y otras condiciones geográficas no facilitaron una reacción tan intensa contra el arte románico. La luz no hacía tanta falta en el interior de los templos. Pero, aunque concluidas más tarde, se construyeron también grandes catedrales góticas en Italia, destacando la de Milán, y en España, Burgos, León, Toledo, Barcelona, Sevilla, Salamanca, Palma de Mallorca, son buenos ejemplos. En la catedral de Chartres, en Francia, cada 21 de junio, día en el que empieza el solsticio de verano, un rayo de sol atraviesa un estratégico hueco en una vidriera para ir a caer sobre una losa blanca precisa, distinta a las demás. En esa piedra blanca hay incrustada una espiga dorada. Una espiga de oro era venerada en el templo de Eleusis en la Grecia Antigua, en honor de Ceres, diosa de la agricultura. Conviene saber que la estrella Spica (espiga) al aparecer en el horizonte, marcaba el momento de la cosecha del cereal. La estrella Spica está en la constelación Virgo y la Virgen es el símbolo por antonomasia de las catedrales góticas, la mayoría de ellas consagradas a Nuestra Señora, como Notre Dame de París, cuya figura domina a menudo el parteluz de los pórticos góticos. Hubo un tiempo en que todo parecía marchar bien en Europa, como si hubiese advenido una era feliz, llena de belleza y encanto. Pero si pudiéramos viajar virtualmente a los siglos XII o XIII, la realidad no nos presentaría en todo caso unos paises de leyenda, en que los reyes son santos, las ciudades se hermosean con nobles edificios, en el prado hermosas pastoras de cabellos rubios cuidan los rebaños, o tras los ventanales góticos las dueñas hilan entre dulces canciones. Siempre hubo pobreza, hambre, enfermedad, desigualdades, guerras y pestes. La historia, por hermosa que parezca, siempre nos presenta lunares. Pero por más que no haya existido, al parecer, un sentimiento general de júbilo por la superación del temido año 1000 d.C., lo cierto es que a partir de entonces la población aumentó a un ritmo mucho más rápido que en los siglos anteriores, y especialmente en el XI, el XII y el XIII alcanzó niveles de ascenso desconocidos hasta aquel momento. Los historiadores hablan del perfeccionamiento de las técnicas de cultivo, de un nuevo equilibrio social, de una mayor facilidad en los aprovisionamientos, de la posibilidad de mutuos auxilios en un mundo menos rural, y todo eso es cierto.

 

También cabe hablar de una cultura más extendida, de la mejora de las comunicaciones, de la formación de reinos más estables, de la disminución de guerras y epidemias. No parece que se pueda hablar de un clima más agradable que el de los siglos IX y X. En todo caso, lo que se registra es, dentro de unos valores que no parecen haber cambiado demasiado, un descenso suave de las temperaturas, provocando que se disfrutase de suaves primaveras y tibios veranos. De modo que, con respecto a las condiciones climáticas, la época que abre la Baja Edad Media nos ofrece a su vez un panorama agradable y equilibrado, al menos si la comparamos con los siglos que la precedieron y que la siguieron. Los burgueses tenían buen cuidado de que, al menos, un hijo suyo se ilustrara en la Universidad y llegara a ser jurista, médico o escribano. La clase media vivió así un ambiente cultural que produciría profesiones libres o cubrirían los puestos de funcionarios. Uno de aquellos maestros de la Universidad, Alberto de Bollstadt, más conocido como Alberto Magno (1193-1280) cultivó todas las ciencias, como lógica, teología, botánica, geografía, astronomía, astrología, mineralogía, alquimia, zoología, fisiología, frenología, justicia y derecho. Según la leyenda, se dice que Alberto Magno, en sus estudios alquímicos, descubrió la piedra filosofal y se la pasó a su alumno Tomás de Aquino, poco antes de su muerte. Alberto Magno no confirmó que descubriese la piedra filosofal en sus escritos, pero sí registró que fue testigo de la creación de oro por transmutación. Dado que Tomás de Aquino murió seis años antes de la muerte de Alberto, ello quedo en leyenda. Alberto Magno también se preocupó por los fenómenos atmosféricos. Uno de sus tratados más interesantes en la materia es «Sobre los meteoros». En este tratado trata de explicarse un hecho que siempre le llamó la atención. En efecto, las montañas europeas están cubiertas de nieve y en las cordilleras, como los Alpes, la nieve se mantiene en las cumbres todo el año, incluso bajo el Sol ardiente. Si las montañas están más cerca del Sol que los valles y las extensas llanuras ¿cómo puede suceder que nieve en las montañas? Alberto Magno acierta bastante con la explicación, ya que nos dice que el Sol está enormemente lejos y una distancia de miles de metros de distancia, más o menos, no influye para nada en la cantidad de luz y calor que reciben las tierras. Lo que ocurre es que el Sol calienta las tierras y el aire, en gran parte, es calentado por el contacto de esas mismas tierras. Conforme subimos, la influencia del suelo en el aire es cada vez menor y las temperaturas bajan. Las montañas están rodeadas de aire que circula más alto y, por consiguiente, más frío. De aquí que las montañas también sean más frías. Particularmente ingeniosas son sus reflexiones sobre los vientos y las fuerzas que los provocan, y cómo los vientos arrastran las nubes que se forman en lugares húmedos para enviar la lluvia a otros lugares, tal vez lejanos y más secos.

 

En sus escritos se advierte la lectura de Aristóteles y de Teofrasto, pero Alberto Magno también supo obtener sus propias deducciones, uniendo una lógica impecable con una detenida y curiosa observación. Tanto interesaban sus lecciones, que en París se llenaban sus aulas, hasta el punto de que Alberto Magno hubo de enseñar al aire libre, ante un auditorio numeroso en la que hoy se llama Place Maubert, muy cerca de la universidad de La Sorbona. Brian Fagan, al que ya nos hemos referido, es un historiador del clima que casi siempre nos cuenta catástrofes y calamidades: Pero cuando llega a los siglos XI, XII y XIII, apenas comenta más que esto: «comparados con los anteriores y los posteriores, estos siglos fueron una edad dorada en lo que a clima se refiere». La falta de testimonios sobre cambios climáticos remarcables, en una época en que ya abundan los cronistas, transmite una cierta sensación de normalidad. Existen testimonios de algunos veranos calurosos, primaveras lluviosas, o inviernos más fríos, es decir, lo normal, como sucede actualmente. Pero los testimonios son aislados y de ellos no puede deducirse una tendencia continuada a más calor, más frío, a lluvias excesivas o a una larga sequía, repetida año tras año. Las evidencias y testimonios indican que el máximo térmico medieval se alcanzó en el siglo X, más o menos, y a partir de entonces comenzó a declinar lentamente: pero que no degeneró hasta un frío remarcable hasta el siglo XIV. Los análisis de los anillos de los árboles nos indican que los árboles se extendieron hacia el norte de Europa más o menos hasta el 1150 d.C., y luego empezaron a retroceder. Por lo que se refiere a la Península Ibérica también hubieron ciertas oscilaciones climáticas, ya que puede deducirse que los años 1204 a 1223 d.C. fueron algo más fríos que lo normal, después hubo una tendencia a más calor, entre 1224 y 1272 d.C., y de nuevo una tendencia a más frío entre 1273 y 1300 d.C.. Todo indica que el año 1258 d.C., en que los mongoles saquearon e incendiaron Bagdad, poniendo fin de la dinastía Abasida de los califas en el Islam clásico, se produjo un bajón brusco en las temperaturas, provocado probablemente por una erupción volcánica en algún lugar lejano. En efecto, gracias a la lectura de algunas crónicas de la Edad Media, se conoció un extraño fenómeno ocurrido en el año 1258, en el que Europa fue víctima de un verano inusualmente frío, con consecuencias bastante extremas en Inglaterra. Estudios recientes han confirmado que en ese año tuvo lugar una enorme erupción volcánica que pudo haber afectado el clima del planeta entero. El año de 1258 fue conocido como “el año sin verano” en toda Europa. Fue un año con pocas cosechas que fueron devastadas por innumerables inundaciones y fue extremadamente frío. Asimismo, ese año hubo un creciente número de muertes en Londres, quizás debido al mal clima y la falta de alimentos. Lo que han revelado las investigaciones es que la posible razón detrás de este hecho fue la erupción masiva de un volcán que pudo haber arrojado hasta 40 kilómetros cúbicos de polvo y rocas, creando una fumarola que pudo haber alcanzado hasta 40 kilómetros de altura, que habría bloqueado por cierto tiempo los rayos solares, generando un efecto de enfriamiento global. Pero más allá del tamaño de la explosión, los científicos no sabían en dónde se encontraba el volcán que provocara tal fenómeno.

 

Sin embargo, un nuevo estudio identificó el volcán que causó aquel año sin verano. Se trataba del volcán Samalas, situado en el complejo volcánico del monte Rinjani, en la isla Lombok, en Indonesia. Este anillo volcánico contiene cerca del 75% de los volcanes activos del mundo. Además, las dos explosiones masivas más recientes se dieron en esta zona. En 1815 el volcán Tambora y en 1883 el volcán Krakatoa. En un principio se pensó que pudo haber sido el volcán Quilotoa, de Ecuador, pero las huellas geoquímicas no concordaban. La explosión del Tambora en 1815 también ocasionó un año sin verano en gran parte del mundo, pero, según los especialistas, la explosión del volcán Samalas fue de una intensidad, por lo menos, el doble de potente que la del Tambora. Antiguas crónicas indonesias hablan de una erupción en la isla de Lombok que destruyó la ciudad de Pamatan, capital del Antiguo Imperio, el Imperio mayapajit, que fue un estado javanés que se extendió por una amplia región. Probablemente los restos de dicha ciudad se encuentren bajo los escombros de la erupción, como sucedió con la histórica ciudad de Pompeya. Pero este dramático evento se superó y volvieron años de normalidad. De todas maneras, la tendencia lenta, pero progresiva, hacia el frío se mantuvo en términos generales, provocada ya sea por fenómenos cósmicos, ya sea por oscilaciones de masas de aire o de corrientes marinas. Se sabe que el frío fue aumentando en Groenlandia y hay noticias, en la segunda mitad del siglo XIII, de malas cosechas en Polonia y Rusia, causadas, se supone, por la sequía. Pero el clima, en líneas generales, se mantuvo en niveles de normalidad en la mayor parte de Europa, hasta que las tempestades y el frío se desencadenaron en el umbral del siglo XIV. Ya en la segunda mitad del siglo XIII se constata una tendencia al frío en muchas zonas, y no faltan crónicas de ello. Pero el verdadero mal tiempo se desató a comienzos del siglo XIV y ya no había de cesar, en forma de fríos pertinaces, de lluvias inoportunas o de otras calamidades naturales, a lo largo de todo el siglo. El invierno 1309-1310 fue extraordinariamente frío, por lo menos en casi toda Europa. Como ejemplo, tenemos el sitio de Algeciras de 1309, que fue una empresa militar desarrollada por el rey de Castilla, Fernando IV, en el marco de la reconquista de Al-Ándalus y con el objetivo de tomar la ciudad de Al-Yazírat al-Jadra. El asedio se extendería durante seis meses, entre los meses de julio de 1309 y enero de 1310, durante los cuales los castellanos tomaron la vecina ciudad de Gibraltar. Finalmente las tropas cristianas debieron abandonar el asedio debido a las fuertes defensas de la ciudad, a las malas condiciones climáticas, a la epidemia que asoló el campamento cristiano, y a la deserción del infante Juan de Castilla el de Tarifa y de don Juan Manuel, quienes abandonaron el asedio junto con otros quinientos caballeros.

 

Sabemos que en aquella época se congeló el Támesis, que se podía atravesar a pie y sin necesidad de utilizar los puentes. También se heló el mar Báltico, haciendo por unos meses imposible la navegación, e incluso aparecieron peligrosos bloques de hielo en el más templado mar del Norte, frente a las costas británicas y alemanas. Todo indica que las heladas del Báltico se produjeron ya en 1303, y se repitieron en 1306 y 1307. El frío y las heladas perdurarían por mucho tiempo, junto con temporadas de grandes lluvias, lo que no es frecuente en épocas frías. El tiempo atmosférico parecía haberse vuelto loco. Después de un invierno frío y seco, la primavera y el verano de 1315 fueron muy lluviosos. Las aguas torrenciales cayeron en abril, y siguió lloviendo en mayo, junio y julio de 1315, solo con pequeñas pausas. La gente estaba asustada, ya que campos y calles se vieron anegados, y el cereal apenas creció, o se echó a perder por el exceso de agua. No fue mejor el año 1316, con un invierno de gran crudeza y fuertes lluvias en verano, cuando menos falta hacían. La gente empezó a pasar hambre, por la escasez de subsistencias, y la situación se hizo difícilmente sostenible en la primavera de 1317, cuando se vio que la cosecha se perdía y hubo que sacrificar animales para el sustento humano, así como guardar el poco grano que quedaba para la siembra del año siguiente. La gran hambruna de 1315-1317, datada en ocasiones entre 1315 y 1322, es la denominación historiográfica de una hambruna generalizada en Europa del Norte, y en menor medida el norte de Italia, que dio inicio a la crisis general conocida como crisis del siglo XIV. Marcó el fin del período de expansión económica y demográfica, que se había vivido entre los siglos XI y XIII, denominado también óptimo cálido medieval. Se inició en la primavera de 1315 con la pérdida de las cosechas debido al mal tiempo, fue agravándose en el invierno 1315-1316 y duró hasta el verano de 1317, aunque la situación ya era mala desde 1314 y el restablecimiento de una relativa normalidad agrícola no llegó hasta 1320 o 1322 en Inglaterra. El invierno de 1317-1318 fue devastador para los rebaños, muriendo numerosas cabezas de ganado. Para complicarlo aún más en 1318 estalló una peste bovina que no cesó hasta 1320. En 1319 hubo una buena cosecha, pero durante 1320-1322 las condiciones climáticas volvieron a ser adversas, sin embargo, los años de la década de 1320 fueron algo mejores que la década anterior. De todos modos, las pequeñas hambrunas localizadas fueron frecuentes en la Edad Media, pero esta hambruna superó a todas las demás en extensión, duración y mortandad. La escasez condujo a la carestía y, además de consecuencias demográficas, debido a los millones de muertos, desencadenó todo tipo de conflictos sociales e incrementó la criminalidad. Se produjeron incluso brotes de canibalismo e infanticidio. Las consecuencias, a más largo plazo, se mezclarían con las de la terrible peste de 1348.

 

Una hambruna en la Europa de la Edad Media implicaba la mortandad masiva por inanición. Eran sucesos dramáticos, pero relativamente frecuentes en la época. Para la mayor parte de la población lo habitual era que no hubiera suficiente comida y la esperanza de vida fuese relativamente corta por la alta mortalidad infantil. Incluso entre las clases altas, que no tenían por qué verse afectadas directamente por el hambre, sus efectos indirectos también provocaron, en 1232, un aumento de la mortalidad: los registros de la familia real británica recogen una esperanza media de vida de 35,28 años en el 1276. Entre 1301 y 1325, periodo en el que se incluye la gran hambruna, la esperanza de vida cayó hasta los 29,84 años. Entre 1348-1375, periodo en el que se incluye la horrible peste Muerte Negra, continuó el descenso de la esperanza de vida hasta solo los 17,33 años. Evidentemente fueron unos años terroríficos. Pero la gran hambruna estuvo limitada principalmente en Europa del Norte, incluyendo las Islas Británicas, el norte de Francia, los Países Bajos, Escandinavia, Alemania y Polonia occidental. Afectó también a algunos de los Países Bálticos, aunque en la zona oriental del Báltico el efecto fue muy tenue. En cambio, la hambruna quedó limitada al sur por los Alpes y los Pirineos. Durante el período cálido medieval anterior al 1300, la población de Europa había crecido a un ritmo no demasiado elevado comparado con la posterior explosión demográfica de la Revolución Industrial, pero se había mantenido durante varios siglos. En algunas zonas se alcanzaron niveles que no serían igualados hasta el siglo XIX. De hecho hay zonas en Francia donde la población actual es inferior a la existente a comienzos del siglo XIV. Por otro lado, los rendimientos de la producción de trigo estaban descendiendo desde el año 1280, por lo que los efectos de la ley de rendimientos decrecientes eran inevitables, dado que el incremento de la población empujaba al cultivo de zonas cada vez más marginales, y no se producía una mejora tecnológica que pudiera compensarlo. A causa de todo ello se produjo un alza de los precios. Entre 1310 y 1330 Europa vivió alguno de los peores y más duraderos periodos de mal tiempo de toda la Edad Media, con inviernos muy fríos y veranos fríos y lluviosos. La conjunción de un cambio climático con una población que había aumentado debido al crecimiento demográfico mantenido durante varios siglos, produjo una situación extraordinariamente vulnerable. Incluso cosechas ligeramente inferiores a la media implicaban el incremento masivo del hambre. El escaso margen de actuación para la previsión o para la disminución de los efectos de la hambruna, no se encontraba al alcance de las instituciones de entonces, dado el nivel de desarrollo social y político de la época.

 

Los períodos de sequía, alternados con fuertes y catastróficas lluvias, entre 1309 y 1315, causaron una gran crisis en la producción agrícola de vastas áreas del norte de Italia, como Piamonte, Lombardía y Emilia. En la primavera de 1315, un periodo de lluvias muy intenso azotó gran parte de Europa. A lo largo de la primavera y el verano, las precipitaciones continuaron, mientras que las temperaturas permanecieron frías. Estas condiciones causaron la pérdida de la mayor parte de la cosecha. Para empeorar las cosas, el año anterior había habido una cosecha pobre. La paja y el heno para el ganado no pudo secarse y, por lo tanto, no hubo forraje para los animales. A consecuencia de todo ello el precio de la comida comenzó a subir. Los precios en Inglaterra se doblaron entre la primavera y mediados del verano. La sal, el único medio para conservar la carne, era difícil de obtener, porque el agua se evapora mucho peor en un clima húmedo, por lo que su precio pasó de 30 a 40 chelines. En Lorena, Francia, los precios del trigo se incrementaron en un 320% y la gran mayoría de los campesinos no podían adquirir pan. Los almacenes de grano para emergencias quedaron limitados a la nobleza. La gente comenzó a recolectar raíces, plantas, frutos secos y cereales silvestres. Numerosos documentos de la época dejan constancia de la extensión de la hambruna. Eduardo II de Inglaterra se detuvo en St Albans en agosto de 1315 sin que se pudieran encontrar pan que darle, ni a él ni a su séquito. Que el rey de Inglaterra no pudiera comer fue un acontecimiento extraño. Luis X de Francia intentó invadir Flandes, pero los campos estaban inundados y el ejército era incapaz de avanzar, ya que continuamente se atascaban en el barro. Finalmente tuvieron que retirarse y abandonar todos sus suministros, incapaces de llevarlos consigo. En la primavera de 1316 continuaba lloviendo sobre una población privada de energía y reservas para mantenerse. Todas las clases sociales se veían afectadas, pero especialmente los campesinos, que representaban el 95% de la población y no tenían reservas de comida. Para intentar aliviar la situación se sacrificaron animales de tiro y se destinó a la alimentación el grano reservado para la siembra, mientras que los niños eran abandonados a su suerte, tal como representa el cuento Hansel y Gretel, y algunos ancianos renunciaban voluntariamente a la comida para que la nueva generación pudiera salir adelante. Los cronistas de la época relatan muchos incidentes de canibalismo. El momento más duro de la hambruna se alcanzó en 1317, mientras se mantenía un clima húmedo. Finalmente, durante el verano, el clima regresó a sus patrones habituales.

 

Sin embargo, la gente estaba tan debilitada por el hambre y las enfermedades, como neumonía, bronquitis y tuberculosis, y se había consumido tanta semilla de siembra, que habría que esperar hasta 1325 para que la producción de alimentos regresara a un nivel normal y la población volviera a crecer. Los historiadores estiman que entre un 10 y un 25% de la población de ciudades y pueblos falleció durante la hambruna. Aunque la Peste Negra o Muerte Negra (1347-1353) mató a mucha más gente, su presencia en una zona se limitaba a unos meses, mientras que la gran hambruna se prolongó durante años, con el consiguiente sufrimiento del pueblo. Estos excepcionales patrones climáticos fueron hasta cierto punto similares a los que aparecen tras erupciones volcánicas, como sucedió más tarde con la del volcán Tambora de 1815 que causó el “año sin verano” de 1816. Esta gran hambruna recibió su nombre no sólo por el número de muertos, por la extensa área geográfica afectada o por su duración, sino también por sus consecuencias a largo plazo. Esta hambruna produjo la pérdida de prestigio de la Iglesia católica. En una sociedad donde la religión era el principal recurso ante una crisis, las oraciones no surtieron efecto contra las circunstancias, lo que debilitó el prestigio y la autoridad de la institución. Esto contribuyó a generar el clima apropiado para la aparición de movimientos posteriormente condenados como heréticos por la Iglesia, ya que se oponían al Papado y culpaban a la corrupción de la iglesia de las catástrofes ocurridas. También se incrementó la actividad criminal. En la Europa del siglo XIII las violaciones y los asesinatos eran mucho más frecuentes que en la época actual. Con la hambruna, incluso aquellos individuos poco proclives al crimen, recurrían a cualquier medio para sobrevivir. Después de la hambruna, Europa se volvió más violenta, convirtiéndose en un lugar incluso más hostil que durante los siglos precedentes. Este efecto puede verse en todos los estamentos de la sociedad, quizás de forma más evidente en la forma en que se desarrollaban los combates bélicos. Asimismo se produjo un fracaso de los gobiernos medievales a la hora de gestionar la crisis. Del mismo modo que Dios parecía no escuchar las plegarias de sus fieles, los poderes terrenales se mostraron igualmente inoperantes, lo que debilitó su poder y autoridad. Finalizó el constante crecimiento demográfico. Aunque este crecimiento parecía haberse ralentizado en las décadas precedentes, no hay duda de que los años entre 1315 y 1317 acabaron definitivamente con este proceso. El debilitamiento general de la población facilitaría la propagación de plagas entre la población, como la Peste Negra de mediados de siglo. Llovía sobre mojado.

 

Las crónicas explican que en Francia las familias tuvieron que comer perros y gatos, cuando ya no quedaba otra carne que consumir. Y en Inglaterra relatan las crónicas que algunas aldeas fueron abandonadas por los campesinos indigentes, que hubieron de pedir limosnas por los caminos o emigrar a otros lugares. El invierno de 1317-18 acabó con el poco pienso que quedaba, las bestias fueron soltadas de sus establos, para que buscaran en los campos abiertos su sustento. Pero sometidas a la intemperie, murieron de hambre o de frío. Por si fuera poco, en el verano de 1318 de desató una peste bovina que causó estragos y no finalizó hasta 1320. Las crónicas cuentan también que muchos hambrientos cometieron atracos, y que hasta se vieron escenas de canibalismo. Es preciso mantener un poco de precaución ante estos relatos espantosos, porque hay cronistas propensos a exagerar, pero la coincidencia de todas las versiones en su afán de contarnos males por las mismas fechas nos aconseja creer que el frío y el mal tiempo fueron frecuentes en la mayor parte de Europa. En 1319 hubo una buena cosecha, pero alrededor de 1320-22 volvieron las adversas circunstancias meteorológicas. Con todo, parece que la década 1320-1330 fue mejor que la anterior, a veces con veranos cálidos y secos, e inviernos muy ventosos y crudos, pero siempre con un clima soportable. Tampoco la Península Ibérica se libró de la mala racha. La Crónica de los Reyes de Castilla nos cuenta de 1301: «este año fue en toda la tierra muy grande hambre, y los hombres se morían por las plazas e por las calles de hambre, y fue tan grande la mortandad en la gente que bien temieron que muriera toda la gente de la tierra…». Todos los testimonios de Castilla de la primera mitad del siglo XIV hablan de malas cosechas y de hielos. Hacia 1325 hubo otra gran hambruna. Y las Cortes de Burgos de 1345 se quejan de «una simiente muy tardía, por muy fuerte temporal y grandes nieves e hielos». Muchas viñas tuvieron que ser abandonadas después de varios años de miserables cosechas. De acuerdo con la documentación conservada en el obispado de Winchester, Inglaterra, por 1335-36 el clima volvió a ser seco o muy seco, con los consiguientes fríos y malas cosechas. Nieves y hielos en el norte y centro de Europa, con sequías y frío, alternando con grandes inundaciones en el Mediterráneo. Todo ello nos sugiere una «oscilación atlántica» con el anticiclón muy al Norte y vientos helados del este o nordeste, con entrada de borrascas por latitudes más bajas, desde las Azores o las Canarias. En Italia se quejaban lo mismo de hielos que de inundaciones. Sobre todo en la cuenca del río Po fueron muy frecuentes y algunas terribles, ya que varias veces se habló de «la inundación del siglo». Todavía en 1407-1408 Florencia se vio cubierta por la nieve durante mes y medio, un episodio que hoy consideraríamos imposible.

Pero esta mala época no solo aconteció en Europa. Tenemos noticias de que en 1331-1332 se registraron excepcionales inundaciones en los dos grandes ríos de China, que provocaron, se dice, siete millones de muertos. Y también a mediados del siglo XIV, en 1344 y 1345, se produjo una ausencia anormal del monzón en la India y lo que hoy es Pakistán, con la consiguiente incidencia de terribles hambrunas, que pudieron causar también millones de víctimas. Ya es sabido que el monzón de verano, que produce abundantes lluvias en tierras sedientas, es en la India una absoluta necesidad. Como es sabido, el clima frío afectó también, a Groenlandia. Tal como hemos dicho, en 1340 se organizó una expedición destinada a socorrer a los colonos vikingos, que se sabía estaban en penosas condiciones. Los navíos hubieron de costear muy al Sur, para evitar los hielos, dando un gran rodeo hasta encontrar una vía posible hacia el sudoeste de Groenlandia, donde estaban defendiéndose a duras penas las antiguas colonias; y encontraron un campo de ruinas. Quedaron unos cuantos colonos, hasta que en 1347 los marinos nórdicos decidieron abandonar Groenlandia definitivamente. Por los datos que se tienen, la población de Islandia se redujo en el siglo XIV aproximadamente a la mitad. Los cultivos hubieron de ser abandonados, y los isleños tuvieron que dedicarse casi exclusivamente a la pesca. Son justamente los hielos de Groenlandia los que mejor han permitido hoy una reconstrucción de la ofensiva del frío en el siglo XIV. Las muestras recogidas por el geólogo estadounidense Richard B. Alley indican que se produjo una formación de masas glaciales como no había ocurrido desde fines del siglo VII. Analizando glaciares alpinos se encontraron señales de un mínimo térmico entre 1370 y 1400. Estas fechas son un poco posteriores a los picos fríos que señalan los investigadores del hielo ártico, pero hay que tener en cuenta que los glaciares tardan en adquirir su máximo caudal, y siguen fluyendo abundantemente, si no hace un calor excesivo, bastantes años después del mayor enfriamiento. Hay investigadores que opinan que fue a mediados del siglo XIV cuando se produjo el «Mínimo de Wolf» (1280 – 1350), la primera parte de la Pequeña Edad del Hielo. Pero la datación exacta de este primer mínimo es muy dudosa por el momento. Lo único claro es que el siglo XIV fue más frío que los anteriores.

 

En general puede afirmarse que aquella época sufrió inviernos especialmente crudos, y veranos cortos y muy frescos, aunque no dejaron de tenerse también veranos calurosos. Hay motivos para pensar que el clima fue más extremado de lo normal, con una alternancia de largas sequías y riadas torrenciales que erosionaron la tierra. Probablemente no es esta degradación de la tierra la causa exclusiva de las hambrunas de la época, pero seguramente es uno de los factores que causaron las malas cosechas de aquel siglo. Existe un factor que podría ayudar a explicar el cambio climático del siglo XIV. Sabemos que hubo un crecimiento demográfico sorprendente en el periodo que transcurre entre el año 1000 y el 1300. Solo en este último año parecen haberse iniciado las calamidades, por lo que parece probable que la tendencia a la despoblación se produjese ya desde el mismo comienzo del siglo, antes de llegar a los estragos de la peste. Es posible que el aumento de la población exigiese un aumento de la producción alimentaria, que no pudo soportar este aumento de la demanda, al no haber suficientes terrenos de cultivo de calidad. Es lo que se llama ley de los rendimientos decrecientes. Pero hasta entonces la sociedad había conseguido soportar bien el crecimiento demográfico, sin experimentar los síntomas de una grave crisis, con sus hambrunas y demás desgracias, casi justo en el inicio del siglo XIV. Un brusco cambio climático también nos ofrecería una explicación satisfactoria. Sabemos que la roturación de nuevas tierras significa arrancar superficies enormes al bosque. Actualmente se cree que entre los años 1000 y 1300, los bosques europeos quedaron reducidos a menos de la mitad, por la necesidad de nuevos cultivos o por el mismo desarrollo de la ganadería. Pero la desaparición de bosques, capaces de absorber una buena parte de la radiación solar, y la existencia de áreas cada vez mayores con un albedo, o reflexión, más alto, pudo ayudar a producir un fenómeno de enfriamiento. Empezó con lluvias y terminó con un descenso térmico generalizado. Lo ocurrido en Europa en el siglo XIV seguramente está relacionado con lo ocurrido pocos siglos antes con la decadencia de los mayas, a la que antes nos referimos. También en América del Norte hay noticias de sequías y fríos, desaparición de zonas arboladas, y emigración de los pueblos nativos hacia otras regiones menos afectadas por el clima. Pero en el dramático siglo XIV, en amplias regiones de Europa y Asia vino una nueva calamidad, la terrible Muerte Negra, una de las pestes más terribles que recuerda la historia. Según la mayor parte de los historiadores, la peste se inició en las mesetas del Asia Central, alrededor del 1337-1338. Aunque era una zona poco poblada, era frecuentada por caravanas de mercaderes que la llevaron de Oriente a Occidente. Primero asoló la India y China alrededor del 1346, causando una enorme cantidad de víctimas. Tal vez no hubiera alcanzado las tierras de Occidente si no se hubiera producido un hecho provocado por la Horda de Oro.

 

La Horda de Oro fue un estado mongol que abarcó parte de las actuales Rusia, Ucrania y Kazajistán tras la ruptura del Imperio mongol en la década de 1240. Antes de morir, Gengis Kan dividió el Imperio mongol entre sus cuatro hijos. Jochi, el mayor, había fallecido, así que la porción que le tocaba, sur de la actual Rusia, se repartió entre sus hijos Batú, jefe de la Horda Azul (este), y Orda, jefe de la Horda Blanca (oeste). Pero la Horda de Oro perdió rápidamente su carácter exclusivamente mongol. Los descendientes de los guerreros de Batú Kan formaban la clase dirigente, mientras la mayoría de la población estaba compuesta por cumanos, tártaros, búlgaros, kirguises y otros pueblos túrquicos. En 1347 los tártaros de la Horda de Oro asediaban la ciudad de Kaffa, en Crimea, colonia genovesa. La historia dice que los tártaros lanzaban con sus catapultas cadáveres infestados por encima de las murallas, con las graves consecuencias de que la peste se extendió por la ciudad sitiada. Los genoveses, ya enfermos, la evacuaron, y con sus naves, en medio de la dificultad, trataron de regresar a Italia. A causa de ello se dieron los primeros contagios en Messina y Génova. De Génova navegaron los gérmenes a Marsella, y por tierra viajaron a París; en tanto que de Messina la epidemia se trasladó pronto a toda la península italiana. Todo ello sucedió en 1347. Luego un barco con vino de Burdeos lo transportó a Londres. De Francia pasó a la Península Ibérica entre 1348 y 1349. También la sufrieron en los Países Bajos y Alemania. La peste pasó a Rusia entre 1350 y 1351, pero ya algo disminuida, ya fuera por haber perdido su mayor virulencia o por la más difícil transmisión en espacios poco poblados. En 1351, Giovanni Boccaccio, en su libro Decamerón, nos dice: “Y había muchos que morían en la calle de día o de noche, y otros, aunque morían en casa, notificaban a sus vecinos su muerte con el olor de sus cuerpos corrompidos”. Tal como hemos dicho, la Muerte Negra comenzó en Asia y pronto se extendió por Europa donde dio muerte a más de 25 millones de personas, aproximadamente un tercio de la población total de Europa en aquella época, y ello en menos de cuatro años. Algunos historiadores colocan la cifra de víctimas más cercana a los 35 o 40 millones de personas, es decir, aproximadamente la mitad de todos los europeos. Al principio la epidemia se extendió por Europa entre los años de 1347 y 1350. Pero la peste bubónica continuó golpeando a Europa con mortalidad decreciente, cada diez y veinte años, en brotes de corta duración a lo largo del tiempo, hasta el siglo XVIII. Aunque es difícil calcular el número de muertes durante este largo período de 400 años, se cree que más de 100 millones de personas murieron por causa de la peste. Se cree que fueron dos tipos de peste los que causaron la Muerte Negra. La primera fue de tipo “bubónica”, que es la más común.

 

La forma bubónica de la peste se caracteriza por inflamación de los ganglios linfáticos, en que la inflamación se llama bubón. Los bubones son acompañados por vómito, fiebre y muerte si no se trata en  pocos días. Este tipo de peste no es contagiosa entre los seres humanos, sino que requiere un portador activo, como una pulga. Por esta razón muchos historiadores creen que roedores infestados con pulgas fueron los que causaron la peste bubónica. Un número de registros abarcando los años entre el 1347 y finales del 1600 hablan de infecciones por roedores previas a varios brotes de la Muerte Negra, aportando credibilidad a la teoría de los roedores. La segunda forma que contribuyó a la Muerte Negra es un tipo altamente contagioso conocido como peste “neumónica”. Se presenta con escalofríos, respiración acelerada y tos con sangre. La  temperatura del cuerpo es muy alta y con frecuencia se produce la muerte a los dos o tres días posteriores después de haber contraído la enfermedad. Este segundo tipo de la peste es casi siempre fatal y se transmite más fácilmente en sitios de clima frío y pobre ventilación. Hoy día, algunos médicos creen que fue la segunda forma, la peste neumónica, la responsable por la mayoría de las víctimas fatales de la Muerte Negra, mayormente debido a la promiscuidad, el hacinamiento y las pobres condiciones higiénicas que prevalecían entonces en Europa. Normalmente daríamos gracias a la medicina moderna por haber desarrollado curas para esa terrible enfermedad. No obstante, aun persiste el enigma del mal provocado por la Muerte Negra. En efecto, muchos de los brotes ocurrieron en regiones despobladas durante el clima caluroso del verano. No todos los brotes de la peste bubónica estuvieron precedidos de invasión anormal de roedores infectados. Es más, sólo una minoría de casos parecía tener relación con el incremento de la presencia de estos animales. El más grande acertijo en relación a la Muerte Negra es cuando nos preguntamos cómo es  posible contagiar poblaciones enteras aisladas y sin contacto con áreas anteriormente infectadas. Además, las epidemias tendían a desaparecer abruptamente. Para resolver esos acertijos, un historiador normalmente buscaría el registro de los años de la peste para ver lo que la gente estaba informando al respecto. Cuando lo hace así, encuentra historias tan alucinantes e increíbles que posiblemente las rechaza considerándolas fantasías y supersticiones de mentes altamente fantasiosas. Una gran cantidad de gente por toda Europa y otras regiones del mundo que fueron tocadas por la peste, informaban que los brotes eran ocasionados por una “niebla” de olor nauseabundo. Esa niebla llegaba con frecuencia después de la aparición de extrañas luces brillantes en el cielo. Igual que había sucedido con la peste de Justiniano pocos siglos antes.

 

Los historiadores se dieron cuenta rápidamente que una enigmática niebla y luces brillantes eran reportadas con mucha regularidad y en muchas más localidades de las que se señalaban como infectadas por roedores. Los años de la peste eran, de hecho, períodos de fuerte actividad de apariciones misteriosas. Entonces, ¿qué cosa era esa niebla misteriosa? Hay otra forma muy importante en que hoy día puede ser transmitida una peste: por medio de armas bacteriológicas. Aunque parezca ridículo pensar en ello durante aquella época, es una de las posibilidades dados los testimonios. Actualmente varios países poseen almacenes repletos de armas biológicas que contienen peste bubónica y otras plagas epidémicas. Los gérmenes se mantienen vivos en proyectiles que rociarían el aire con la peste en forma de niebla espesa artificial, frecuentemente visible. Cualquiera que inhale aire contaminado con la niebla contraería la enfermedad. Hay armas biológicas en suficiente cantidad en el mundo actual como para barrer una buena parte de la humanidad. Los informes sobre una niebla similar, inductora de la enfermedad en los años de la peste, sugieren la posibilidad, aparentemente increíble, de que la Muerte Negra fuese causada por algún tipo de guerra bacteriológica. Al primer brote de la peste en Europa siguió una serie de acontecimientos extraños. Entre los años 1298 y1314 fueron vistos sobre Europa siete grandes “cometas”, uno de los cuales fue de una “oscuridad impresionante”. Un año antes del primer brote de la peste en el continente europeo, se informó de “una columna de fuego” divisada sobre el palacio del Papa, en Avignón, Francia. Este fue un segundo Papa, no oficial, que subió al trono como resultado de un cisma dentro de la iglesia católica. Al principio del año de la peste fue observada una “bola de fuego” sobre París y, según se dice, ésta permaneció visible para los observadores por algún tiempo. Para la gente de Europa, esas visiones presagiaban la aparición de la peste y, en efecto, así sucedía. Es cierto que algunos de los “cometas” anunciados eran realmente cometas. Otros también pueden haber sido pequeños meteoros o bolas de fuego. En siglos pasados la gente en general era mucho más supersticiosa que en la actualidad y los meteoros y fenómenos similares frecuentemente eran reportados como precursores de futuros desastres, aunque no tuvieran ninguna relación con acontecimientos de la vida real. Por otra parte, es importante destacar que casi todos los objetos extraños observados en el cielo eran considerados “cometas”. Un buen ejemplo se encuentra en el famoso libro editado en 1557, Una Cronología de Prodigios y Portentos, de Conrad Lycosthenes (1518 – 1561), también llamado Conrad Wolffhart, que fue un humanista y enciclopedista alsaciano. El título completo lleva esta sorprendente descripción: ”Una cronología de los prodigios y portentos que han ocurrido más allá del orden correcto, operación y trabajo de la naturaleza, en ambas, las regiones más altas y más bajas de la Tierra, desde el comienzo del mundo hasta estos tiempos presentes

 

En aquel extraño libro leemos la información sobre un “cometa” observado en el año 1479 : “Un cometa fue visto en Arabia con la forma de un rayo de madera puntiagudo…..” La ilustración que lo acompaña estuvo basada en descripciones de testigos oculares, y señala lo que claramente parece ser la mitad frontal de un cohete escondido entre las nubes. El objeto descrito parece poseer muchas ventanillas. Hoy día llamaríamos a ese objeto un ovni y no un cometa. Esto nos conduce a preguntarnos cuántos de los muchos antiguos cometas no eran realmente objetos en forma de cohete. Cuando confrontamos un antiguo reporte de un cometa en realidad no sabemos con qué clase de cosa estamos tratando, a menos que se cuente con una descripción completa. Un reporte de un repentino incremento del fenómeno celeste “cometa” o similares, puede, de hecho, significar un incremento de la actividad ovni. La conexión entre el extraño fenómeno aéreo y la Muerte Negra fue inmediatamente establecido cuando ocurrió el primer brote de la peste en Asia. Como lo narra el historiador: “Las primeras informaciones sobre la peste llegaron del Este. Ellas eran confusas, exageradas, temibles, cuando informan desde este cuarto del mundo, en muchas descripciones, de tempestades y terremotos, de meteoros y cometas arrastrando gases nocivos que matan los árboles y destruyen la fertilidad de la tierra….”. El pasaje anterior indica que los extraños objetos voladores estaban haciendo mucho más que esparcir enfermedades, ya que aparentemente estaban rociando desfoliantes químicos o biológicos desde el aire. El párrafo anterior repite lo mismo que las antiguas tabletas mesopotámicas, las cuales describen cómo los antiguos “dioses” Custodios desfoliaban el paisaje. Muchas de las pérdidas humanas durante la Muerte Negra pueden haber sido causada por tales desfoliantes. La conexión entre los fenómenos aéreos y la peste había comenzado siglos antes de la Muerte Negra. Ya hemos visto ejemplos de la anterior peste de Justiniano. En otra fuente se habla de una gran peste que había brotado en el año 1117, casi 200 años antes de la Muerte Negra. La peste también fue precedida por un extraño fenómeno celeste: “En el año de 1117, en Enero, pasó un cometa como un ejército encendido desde el Norte hasta el Oriente; la Luna estaba cubierta por una nube de color azul rojiza como en un eclipse; un año más tarde apareció una luz más brillante que el Sol. Esto fue seguido de un gran frío, de hambre y de peste, de la cual se dijo que había ocasionado la muerte en un tercio de la humanidad”.

 

Una vez que la Muerte Negra medieval hubo comenzado, los fenómenos aéreos dignos de mención continuaron acompañando a las terribles epidemias. Informes de muchos de esos fenómenos fueron reunidos por el escritor alemán Johannes Nohl y publicados en su libro La Muerte Negra, una crónica de la peste (1926). Según escribe, por lo menos 26 “cometas” fueron reportados entre 1500 y 1543, lo cual es prácticamente imposible. Quince o dieciséis fueron vistos entre 1556 y 1597. En el año 1618 fueron observados ocho o nueve. Johannes Nohl pone énfasis en la conexión que la gente percibía entre los “cometas” y las subsecuentes epidemias: “En el año 1606 fue visto un cometa, después de lo cual atravesó el mundo una peste general. En 1582 un cometa trajo una peste tan violenta sobre Majo, Praga, Turingia y Holanda y otros lugares, que sólo en Turingia arrasó con 37.000 personas y en Holanda con 46.415”. De Viena, Austria, obtuvimos la siguiente descripción de un suceso acaecido en el año 1568. Aquí vemos la conexión entre  un brote de peste y un objeto descrito de una forma notablemente similar a un cigarro moderno o un ovni en forma de rayo: “Cuando en  el Sol y la luz de la Luna, un hermoso arco iris y un rayo encendido fueron vistos por encima de la iglesia de Santa Estefanía, todo esto fue seguido por una violenta epidemia en Austria, Swaboa. Augsberg, Wuertemberg, Nuremberg y otros lugares, arrasando con seres humanos y rebaños”. Las observaciones de los fenómenos extraños en el cielo normalmente ocurrieron antes de que brotara la peste. Puede que sea casualidad o que miremos más al cielo. Lo cierto es que durante el confinamiento mundial a causa de la pandemia del coronavirus Covid-19, las redes sociales se han llenado de fotografías y vídeos que muestran luces inexplicables en los cielos. Donde no hubo una observación determinada y la siguiente llegada de la peste, se reportaba algunas veces un segundo fenómeno: la aparición de figuras horribles de aspecto humano y vestidas de negro. En muchas ocasiones fueron vistas esas figuras bordeando las aldeas y ciudades y su  presencia era la señal de un inmediato brote de epidemia. En un resumen escrito en el año 1682 se habla de una visita así un siglo antes: “En Brandenburgo, Alemania, aparecieron en 1559 unos hombres horribles, de los cuales fueron vistos primero unos quince y más tarde veinte. Los primeros tenían sus pequeñas cabezas colocadas por el lado posterior, y los otros  tenían espantosas caras y llevaban largas guadañas con las que cortaban la avena, así que el crujido de las guadañas fuera oído a gran distancia; pero la avena quedaba en pie. Cuando se le acercaban algunas personas, al verlos se iban corriendo con sus segadoras”. La visita de esos hombres extraños a los campos de avena fue seguida por un severo brote de peste en Brandenburgo.

 

Este incidente hizo surgir importantes preguntas: ¿Quiénes eran esas  misteriosas figuras? ¿Qué eran esos largos instrumentos parecidos a las guadañas que portaban y que emitían un sonido similar al del segador? Parece que esas “guadañas” pueden haber sido grandes instrumentos diseñados para rociar veneno  o gas con carga bacteriológica, similares a los aparatos aspersores agrícolas. Esto significaría que los pobladores malinterpretaban el movimiento de las “guadañas” como un intento de cortar la avena cuando, de hecho, los movimientos eran acciones para rociar a las ciudades y campos. Hombres similares vestidos de negro fueron reportados en Hungría: “… en el año de Cristo de 1571 fue visto en Cremnitz, en los pueblos montañeses de Hungría, por el día de la Ascensión en la tarde, una muy grande perturbación, la más grande de todas, cuando sobre Schuelesberg, allí apareció tanto jinete negro que prevalecía la opinión de que los turcos estaban haciendo una invasión secreta, pero quienes rápidamente desaparecieron otra vez; y llegado a este punto se desató una terrible peste en el vecindario”. Los extraños hombres vestidos de negro, los “demonios” y  otras figuras horribles fueron vistas en otras comunidades europeas. Las terribles criaturas fueron con frecuencia observadas portando grandes “escobas”, “guadañas” o “espadas”, que usaban para “barrer” o “tocar” las puertas de los hogares de la gente. Los habitantes de esas casas caían enfermos por la peste después de esto. Es a partir de estos incidentes que la gente creó la imagen popular de la “muerte” representada por un esqueleto o demonio cargando una guadaña. La guadaña vino a simbolizar el acto de la “muerte” segando a las personas como se corta el grano. Cuando miramos esta imagen obsesionante de la muerte podemos de hecho estar en presencia de un fenómeno ovni. De todos los fenómenos relacionados con la Muerte Negra, el que con más frecuencia aparece en las crónicas es la mención de una extraña y nociva “niebla” o vapor, aunque no apareciesen los demás fenómenos que acompañaban la peste. Johannes Nohl dice que esta bruma húmeda y pestilente constituía una “característica que precedía a la epidemia y se mantenía a través de su curso total”. Una gran cantidad de médicos de la  época decían en su diagnóstico que la niebla era la causante de la peste. Esta conexión fue establecida desde el mismo comienzo de la Muerte Negra, como lo dice el señor Nohl: “El origen de la peste cae en China; se dice que allí comenzó la tormenta ya en el año de 1333, después de una terrible niebla que emitía un horrible hedor e infestaba el aire”.

 

Otra narración resalta que la peste no se contagiaba de persona a persona sino que se contraía por la respiración cuando se inhalaba el aire mortalmente hediondo: “Durante todo el año de 1382 no hubo viento, en consecuencia de lo cual el aire se volvió putrefacto; así que brotó la epidemia y la peste no pasó de un hombre a otro sino que cada uno de los que murió por ella la tomó directamente del aire”. Informaciones sobre la “bruma” letal y la “niebla” pestilente llegaron de todas partes del mundo infestado por la peste. “Una crónica de Praga describe la epidemia en China, la India y Persia; y el historiador florentino Matteo Villani, quien se tomó el trabajo de su hermano Giovanni después que este murió de peste en Florencia, repite la historia de los terremotos y bruma pestilente de un viajero por Asia…”. El mismo historiador continua: “Un incidente similar con terremoto y bruma pestilente fue reportado desde Chipre y se creyó que el viento había sido tan venenoso que los hombres caían fulminados y morían de eso”. Y añade: “Los cuentos alemanes hablan de una niebla pesada de hedor horrible, la cual avanzaba desde el Este y se esparcía por sí misma sobre la Italia”. El autor establece que en otros países: ”…la gente estaba convencida de que los que contraían la enfermedad de la peste, lo hacían de la misma manera como era común descrita, o sea, realmente, cuando esta llegaba desde las calles como una bruma pálida”. El historiador resume, bastante dramáticamente: “La Tierra misma parecía estar en un estado de convulsión, sacudiéndose y escupiendo, trayendo viento muy pesado y venenoso que destruía animales y  plantas y llenaba a los pantanos de insectos que ayudaban a completar la destrucción”. Sucesos similares son repetidos por otros escritores. Un diario de 1680 refiere este insólito incidente: “Que entre Eisenberg y Dornberg treinta ataúdes fúnebres todos cubiertos con ropas negras fueron vistos a plena luz del día, entre ellos y sobre un ataúd un hombre negro estaba de pie con una cruz blanca. Cuando todo esto hubo desaparecido, llegó un gran calor que la gente en este lugar difícilmente lo soportaban. Pero cuando el sol se puso, ellos percibieron un dulce perfume como si ellos estuvieran en un jardín de rosas. Por este tiempo estaban todos ellos sumidos en una perturbación. Después de esto la epidemia se instaló en Turingia en muchos lugares”.

 

Más al Sur, en Viena, encontramos esta crónica: “… y niebla mal oliente son los culpables, como indicativos de la  peste, y de esos, por supuesto, fueron observados varios el pasado otoño”. Directo desde la ciudad de Eisleben asolada por la peste, tomamos esta crónica  del 1 de Septiembre de 1682: “En el cementerio de Eisleben en el corriente mes a la sexta hora de la noche se notó el siguiente incidente: cuando durante la noche los enterradores estaban afanados en  el trabajo de cavar trincheras, porque en muchos días entre ochenta y noventa habían muerto; repentinamente ellos observaron que la iglesia del cementerio, más específicamente el púlpito, estaba iluminado por una fuerte luz brillante. Pero cuando iban hacia ella se puso oscura y negra, llegó una espesa niebla sobre el cementerio que les hacía difícil verse unos a otros, espantosos espíritus malignos se veían asustando a la gente, duendes burlones e insultantes, así como también muchos espectros y fantasmas blancos…”. Más tarde añade: “Cuando el maestro Hardte expiró en su agonía, un humo azul se vio salir de su garganta y esto en presencia del cura; lo mismo había sido observado en el caso de otros expirando. De igual forma un humo azul ha sido observado saliendo de las casas de todos los habitantes que han muerto en Eisleben. En la iglesia de San Pedro ha  sido observado el humo azul cerca del techo; sobre este relato la iglesia ha rehuido, sobre todo cuando la parroquia ha sido exterminada…”. La “niebla” o peste venenosa era suficientemente espesa como para mezclarse con la humedad normal del aire y formar parte del rocío matutino. La gente estaba alarmada como para tomar la siguiente precaución: “Si el pan recién horneado es colocado por la noche en el extremo de un poste y en la mañana amanece mohoso y por dentro crecido y amarillo o verde, e incomible; y cuando de manera igual las aves de corral beben el rocío matinal y mueren en consecuencia, es que el veneno de la peste está cerca de la mano”. Como hemos visto antes, la “niebla” letal estaba directamente asociada con las luces brillantes moviéndose en el cielo. Forestus Alcmarianos escribió sobre una “ballena” enorme que él encontró, la cual tenía las siguientes medidas: “28 ells (32 metros) de largo y 14 ells (10 metros) de ancho. La ballena había sido lanzada encima de la  playa de Egemont por grandes olas y quedó varada al aire libre, la cual volvió luego a la mar y  produjo tan grande malignidad y fetidez del aire que muy pronto estalló una gran epidemia en Egemont y lugares vecinos”. Es una lástima que el señor Alcmarianos no dé una descripción más detallada de la gran mortandad que produjo la “ballena”, porque puede haber sido una nave similar a un ovni moderno, los cuales han sido observados entrando y saliendo de los mares.

Es significativo que la niebla putrefacta y el aire maligno sean declarados por muchos pueblos como causantes de la producción de epidemias a lo largo de la historia. En la antigua Roma durante una  peste, el famoso médico griego Hipócrates (460 – 337 a.C.) estableció que la enfermedad fue causada por perturbaciones del cuerpo ocasionadas por cambios producidos en la atmósfera. Para remediar esto, el célebre Hipócrates hizo que la gente lanzara grandes fuegos públicos. El creía que los grandes incendios podían corregir el aire. El consejo de Hipócrates fue seguido siglos más tarde por los médicos durante la peste medieval. Sin embargo, los doctores modernos tienen una visión poco favorable del consejo de Hipócrates sobre esta materia, en la creencia de que Hipócrates era ignorante de las verdaderas causas de la peste. En realidad, enormes piras de fuego en las afueras era la única defensa concebible contra la peste si esta era causada por la aspersión de niebla saturada de gérmenes. No se había inventado la vacuna para combatir la peste y por lo tanto, la única esperanza que tenía la gente era quemar la “niebla” mortal con grandes incendios en los descampados. Hipócrates y aquellos que siguieron sus consejos realmente lograron salvar algunas vidas. Significativamente, las pestes neumónica y bubónica no eran las únicas infecciones mortales de la historia que eran producidas por una extraña niebla letal. La mortal enfermedad intestinal llamada cólera es otra: “Cuando el cólera brotó a bordo del barco Britania de su Majestad la reina de Inglaterra, navegando en el Mar Negro en el año 1854, varios de los oficiales y marineros afirmaron positivamente lo siguiente: inmediatamente antes del brote, se extendió una curiosa niebla oscura por sobre el mar y pasó por encima del barco. Apenas había salido el navío de la niebla cuando se anunció el primer caso de la enfermedad”. Una niebla azul también fue reportada en conexión con el brote de cólera en Inglaterra en el año 1832 y entre los años 1848 y 1849. Como se mencionó antes, las plagas tenían un significado religioso muy marcado en la antigüedad. En la Biblia se dice que eran las plagas el método utilizado por Jehová para castigar a la gente por sus  pecados. Los presagios que precedieron a los brotes de la Muerte Negra se parecen mucho a los relatados en la Biblia:Los hombres enfrentados al terror de la Muerte Negra estaban impresionados por la cadena de acontecimientos sufridos hasta el final de la peste, y por los relatos de la llegada de la pestilencia en el siglo XIV, caso que fue seleccionado como ejemplo de los acontecimientos de mal agüero entre los que deben haber ocurrido en los años precedentes al brote epidémico de 1348, el cual se pareció bastante a las diez plagas de los faraones: trastornos en la atmósfera, tormentas, extrañas invasiones de insectos y fenómenos celestes”.

 

Además, la forma bubónica de la peste era muy parecida, si no idéntica, a algunos de los castigos impuestos por Jehovah, y relatados en el Antiguo Testamento (Samuel): “Pero la mano del Señor fue puesta con fuerza sobre el pueblo de Ashdod (una ciudad filistea) y la destruyó y  los mató con dolorosos tumores … la mano del Señor fue contra la ciudad (Gath, otra ciudad filistea), con una muy grande destrucción; y él mató a los hombres de la ciudad incluso jóvenes y viejos, y ellos tenían bubas en sus partes secretas … había una mortal destrucción a través de toda la ciudad; la mano de Dios era muy dura con ella. Y los hombres que sobrevivieron fueron afectados con tumores; y los gritos desde la ciudad llegaban a los cielos”. El aspecto religioso de la Muerte Negra medieval fue incrementado por los informes de sonidos atronadores en conexión con los brotes de la peste. Los sonidos eran similares a los descritos en la Biblia como acompañantes de la aparición de Jehovah. Extrañamente, son ellos también los sonidos comunes en algunos de los testimonios de los observadores de ovnis: “Durante la peste de 1565 en Italia, rugidos de truenos se oían día y noche, como en la guerra, junto con un alboroto y el ruido como de un ejército enorme. En Alemania, en muchos lugares se oyó un ruido como si una carroza fúnebre estuviera pasando por la calle…”. Ruidos similares acompañaban extraños fenómenos aéreos en la extraordinaria visión con relación a la peste en Inglaterra. Los objetos descritos en las citas que se relatan, permanecieron visibles por más de una semana y parecían ser un verdadero cometa o planeta como Venus, no obstante que algunos de los otros objetos pudieran ser etiquetados como “no identificados”. El historiador Walter George Bell lo resume así: “Tarde, en las oscuras noches de Diciembre del año 1664, los ciudadanos de Londres se sentaron a mirar una nueva estrella brillante, con enorme ruido sobre todo. El rey Carlos II y la reina la observaban fijamente desde la ventana en Whitehall. La estrella salió más o menos por el Este no alcanzando una gran altitud y hundiéndose debajo del horizonte por el Sureste, entre las dos y tres de la madrugada. En una semana o dos, desapareció y luego llegaron cartas de Viena notificando la visión de la luz brillante como un cometa, y en el aire la aparición de un objeto como un ataúd, lo cual ocasionó gran ansiedad de pensamiento entre la población. Erfurt vio, con ésta, otras terribles apariciones y algunos oyeron ruidos en el aire como de fuegos artificiales o sonidos de cañones y tiros de mosquetas (arma de fuego antigua más pesada que el arcabuz). Se corrió el rumor que una noche en el siguiente febrero cientos de personas habían visto llamas de fuego durante una hora completa, las cuales parecían estar desde Whitehall hasta St. James y luego regresaba otra vez a Whitehall, y posteriormente desapareció. En Marzo apareció en el cielo el más brillante cometa visible durante dos horas después de la medianoche, y continuó así hasta el amanecer. Con tales portentos llegó acompañada la más terrible y gran peste en Londres.”

 

Otros “presagios” menos frecuentes fueron reportados también en conexión con la Muerte Negra. Algunos de aquellos fenómenos obviamente eran ficción. Pero las citas precedentes proporcionan evidencia de que posibles ovnis bombardearon a la raza humana con enfermedades mortales. La Muerte Negra no sólo mató a una gran cantidad de gente, sino que también causó profundos daños sociales y psicológicos. En el pasado la gente estaba convencida que las epidemias eran un castigo de Dios por los pecados, y esto causaba una profunda introversión. Era natural que la gente se acusase a sí misma o a sus convecinos de maldad, y para remediar lo que habían hecho debían merecer su castigo. Después de todo, los efectos de la peste produjeron la miseria y el desespero generado por la muerte masiva, que trajo como consecuencia una extensa decadencia ética. En un ambiente agonizante, mucha gente no se cuida de si sus acciones son correctas o erradas, ya que de todas formas ellos van a morir. En el clima espantoso de la peste medieval, los valores espirituales declinaron notablemente y los problemas mentales se incrementaron enormemente. Los mismos resultados se observan durante una guerra. Aunque la Biblia y otras obras religiosas pueden predicar que las plagas y las guerras son creadas por “Dios” para terminar de hacer más virtuosa a la raza humana y espiritualmente más avanzada, pero el efecto siempre es el opuesto. La naturaleza cataclísmica de la Muerte Negra eclipsó otras actividades desastrosas de los años de la peste, como lo fue el intento cristiano para exterminar a los judíos. Circulaban falsas acusaciones de que los judíos eran los culpables o causantes de la peste al envenenar los pozos de agua. Esos rumores provocaban un odio espantoso contra los judíos dentro de aquellas comunidades cristianas que estaban siendo afectadas por la epidemia. Muchos cristianos participaban en los genocidios, los cuales produjeron más muertes como los crímenes cometidos por los nazis contra los judíos en el siglo XX. De acuerdo a la Enciclopedia Colliers: “Este país (Alemania) figuró como el sitio de brutales masacres en la más extensa escala posible, los cuales barrían el país de punta a punta periódicamente. Aquellas culminaron en el tiempo de la terrible peste de 1348 – 1349  conocida como la Muerte Negra. Quizás porque sus conocimientos médicos y sus higiénicas formas de vida hizo a ellos un poco menos susceptibles que a otros, los judíos eran absurdamente acusados de haber deliberadamente propagado la peste, y cientos de comunidades judías, grandes y  pequeñas, fueron borradas de la existencia o reducidas a la insignificancia. Después de esto, sólo un vestigio de ruina quedó en el país, especialmente en los mezquinos señoríos  donde se protegían y  hasta se estimulaba para su  propio bien por las ventajas financieras que ellos traían. Sólo unas pocas comunidades judías alemanas de gran tamaño, tales como la de  Frankfort-am-Main o Warms, lograban mantener una existencia sólida desde los tiempos medievales en adelante.”

 

Los genocidios con frecuencia eran instigados por los gremios de comerciantes alemanes que no aceptaban a los judíos. Muchos de aquellos gremios eran herederos directos de antiguas logias masónicas. De hecho, los miembros en las organizaciones masónicas y en los gremios de comerciantes europeos se superponían durante el siglo XIV liderando las logias, las cuales comúnmente eran dirigidas por miembros de otras organizaciones masónicas. Alemania no fue la única nación con un montón de asesinatos judíos. Lo mismo ocurrió en España. En 1391, una masacre de judíos fue ejecutada en muchas partes de la península ibérica. Aunque eran asustados cristianos los que proporcionaban la mano de obra para esos terribles genocidios, sus actividades no siempre eran respaldadas por el papado. Pero Clemente VI, que ejerció el papado desde 1342 hasta 1352, trató de proteger casi inmediatamente a los judíos. Clemente VI emitió dos bulas papales declarando a los judíos inocentes de los cargos que se les atribuía. Las bulas hacían un llamado a los cristianos para que cesaran sus persecuciones. Clemente VI no tuvo éxito total porque en esos tiempos muchas de las logias secretas de comerciantes habían logrado fundirse en facciones dedicadas a actividades antipapales. El Papa Clemente no desmanteló a la Inquisición y la Inquisición hizo mucho por crear un clima general de opresión en el cual tales masacres podían ocurrir. La combinación de la peste, la Inquisición y el genocidio proporcionó todos los ingredientes necesarios para cumplir la profecía apocalíptica. La iglesia católica estaba al borde del colapso a causa de que muchos clérigos perecieron con la peste y también por la pérdida de la fe popular en que la iglesia podía lograr el fin de la “enfermedad de Dios”. Una gran cantidad de gente proclamaba que los días finales estaban llegando. Cierto para la profecía fue que de esta confusión surgieron nuevos “mensajeros de Dios” con la promesa de una inminente utopía. Las enseñanzas y las proclamas de esos nuevos Mesías tuvieron un efecto poderoso sobre los destrozados europeos y trajeron un acontecimiento de la mayor importancia: la Reforma Protestante. Y en el Apocalipsis se hace referencia a los siete ángeles con las siete plagas, en un futuro indeterminado: ”Vi en el cielo otra señal, grande y admirable: siete ángeles que tenían las siete plagas postreras; porque en ellas se consumaba la ira de Dios. Vi  también como un mar de vidrio mezclado con fuego; y a los que habían alcanzado la victoria sobre la bestia y su imagen, y su marca y el número de su nombre, en pie sobre el mar de vidrio, con las arpas de Dios. Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos. ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre?, pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios han manifestado. Después de estas cosas miré, y he aquí fue abierto en el cielo el templo del tabernáculo del testimonio; y del templo salieron los siete ángeles que tenían las siete plagas, vestidos de lino limpio y resplandeciente, y ceñidos alrededor del pecho con cintos de oro. Y uno de los cuatro seres vivientes dio a los siete ángeles siete copas de oro, llenas de la ira de Dios, que vive por los siglos de los siglos. Y el templo se llenó de humo por la gloria de Dios, y por su poder; y nadie podía entrar en el templo hasta que se hubiesen cumplido las siete plagas de los siete ángeles”.

 

Un hecho comprobado es que la peste se agravaba todos los veranos, para remitir en invierno, hecho que se puede comprobar tanto en Inglaterra como en Francia. Sabemos que el verano es la época de mayor proliferación de mosquitos, por lo que podrían haber sido uno de los causantes de haber expandido los contagios. La transmisión de una epidemia es más fácil en veranos suaves, con máximas que raramente superan los veinte grados, tan propios de la época, como parece ocurre con el actual Covid19. Nos basta saber que la peste de 1347-1351 fue tal vez la mayor catástrofe conocida que ha sufrido el ser humano a causa de una epidemia. Jean Froissart, uno de los más importantes cronistas de la Francia medieval, en sus Crónicas nos cuenta que en aquel desastre murió la tercera parte de la humanidad. Durante un tiempo se consideró aquella afirmación como exagerada, pero trabajos realizados en Francia y Gran Bretaña sobre datos bien documentados, muestran una mortandad del 35% y en algunos casos mayor. Las consecuencias de la Muerte Negra, al menos en Occidente, fueron tremendas, lo mismo en los ámbitos político, social y económico, como en el espiritual. Algunos paleo-climatólogos relacionan la peste con el frío. Pero esta hipótesis solo puede aceptarse con ciertas reservas y, tal vez, de manera indirecta. Los largos y helados inviernos pudieron entorpecer la siembra, mientras que las malas primaveras y veranos echaron a perder las cosechas. A causa de las malas cosechas se generó hambre, que, a su vez, debilito la capacidad inmunológica de los seres humanos. La debilidad no es causa de una epidemia, pero puede ayudar a su más fácil propagación y al aumento de la tasa de víctimas mortales. Si admitimos la teoría sobre la más fácil propagación de la peste en los veranos frescos y húmedos, tendremos otro dato digno de tenerse en cuenta. Una vez más, y no fue la primera ni la última, el hambre precedió a la peste, y no al contrario. La Muerte Negra tuvo inmensas e inesperadas consecuencias. Y lo malo es que se repitió, aunque mitigada, gracias al mayor número de personas inmunizadas, varias veces en aquel desgraciado y trágico siglo XIV.

 

El término Pequeña Edad del Hielo se debe al glaciólogo François Émile Matthes, que trabajó preferentemente en Estados Unidos, investigando la Sierra Nevada de California y otras cordilleras contiguas. Allí encontró huellas de glaciares que se habían expandido durante los siglos XV, XVI, XVII, XVIII, e incluso un poco más, y aplicó este apelativo de Pequeña Edad de Hielo a la época que estamos acostumbrados a denominar Edad Moderna, hasta los comienzos de la Edad Contemporánea en el siglo XIX. Es decir, que aquella edad fría transcurre aproximadamente desde 1450 a 1850. Es cierto que Matthes emplea el término sin intención de generalizar, y la fama de este apelativo la tienen algunos historiadores del clima a quienes este apelativo resultó sugestivo. Pero, ¿existió realmente una «Pequeña Edad del Hielo»? Y, ¿se trata realmente de una edad muy fría, o de diversas etapas de frío separadas por otras más normales? Si comparamos lo que sabemos sobre las temperaturas medias de los siglos IX, X, XI y XII, y las comparamos con las de los siglos XIV, XV, XVI, XVII y XVIII, encontramos que el segundo periodo tiende visiblemente más al frío que el primero. Por otra parte, ese segundo periodo registra unas temperaturas más bajas que las que ya se han medido en muchos países desarrollados, que se registraron en la segunda mitad del siglo XIX, el siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI. Hay, por tanto, un largo periodo frío, flanqueado por otros dos más cálidos, en uno de los cuales nos encontramos actualmente. Ahora bien, no podemos asegurar al 100% que se tratase de una época fría en todo su recorrido. Todo indica que hubo periodos intermedios más templados, aunque no encontramos una época particularmente calurosa de cierta duración. Los expertos en la actividad solar han señalado unos cuantos «mínimos solares». Un “mínimo solar” es un estado caracterizado por una baja actividad solar. El Sol presenta un bajo campo magnético y muy pocas, o ninguna, manchas solares. También se sabe que sucede aproximadamente cada 11 años. Máximos y mínimos solares se van alternando en el tiempo. Durante un mínimo solar y, particularmente, en un «Gran Mínimo Solar», los rayos cósmicos entran más en la atmósfera de la Tierra. Estas partículas de alta velocidad, principalmente protones, chocan con los átomos atmosféricos y se disocian en una cascada de partículas subatómicas más pequeñas. Estas partículas actúan por ionización como núcleos de condensación y generan la formación de nubes de bajo nivel. Algunas partículas pueden alcanzar la superficie de la Tierra e incluso penetrarla. De esta manera, hay más rayos cósmicos que aceleran la formación de tormentas, aguaceros erráticos, tormentas de nieve, granizo, inundaciones locales y, a largo plazo, un enfriamiento global.

 

Debemos añadir a esto terremotos, volcanes, rayos y otros eventos eléctricos, así como un mayor riesgo de una erupción solar que puede afectar en incluso interrumpir nuestra actual red eléctrica. Pero, de forma algo contradictoria, los Grandes Mínimos Solares, o las fases más frías, tienden históricamente a ser más secos. También, debido a las perturbaciones de la corriente de chorro, flujo de aire rápido y estrecho que se encuentra en las atmósferas de algunos planetas, incluyendo la Tierra, aumentan las olas de calor y los incendios forestales. Son principalmente las inestabilidades y el clima errático o extremo, más que la caída real de la temperatura, lo que inicialmente perturba la agricultura y la civilización. Durante la Pequeña Edad de Hielo, las temperaturas promedio en el hemisferio Norte disminuyeron en sólo 0,6°C en relación con la temperatura promedio entre los años 1000 y 2000 de nuestra era. Sin embargo, los eventos de heladas y nieve, así como las pérdidas de las cosechas fueron devastadores. Un «Gran Mínimo Solar» normalmente se manifiesta inicialmente, no tanto como una mini edad de hielo sino en lo que podría llamarse más apropiadamente una edad de mal clima, con fuertes extremos de tiempo atmosférico. A la inversa, un máximo solar no garantiza directamente un clima cálido. Por ejemplo, durante la alta actividad solar alrededor del año 1600, el clima se estabilizó en cierta medida, pero las temperaturas se mantuvieron muy bajas. Esto se produjo en el punto álgido de la Pequeña Edad de Hielo. Entre los mínimos registrados tenemos el «mínimo de Oort», entre los años 800 y 1200, el «mínimo de Wolf», entre 1280 y 1350, el «mínimo de Spörer», entre 1450 y 1550, el «mínimo de Maunder», entre 1645 y 1715, y el «mínimo de Dalton», entre 1790 y 1820. Existen motivos para aceptar esos mínimos en la actividad del Sol, pero las repercusiones de esa actividad en las manifestaciones del tiempo atmosférico y en los cambios del clima, es una cuestión que está todavía en fase de investigación. Sabemos que la actividad solar influye en el clima de la Tierra, pero aún no sabemos exactamente cómo y en qué grado. También contamos con muy buena información sobre la actividad solar durante los siglos XIX, XX, y XXI, y una cierta idea para el siglo XVIII, en que se inventó el telescopio, pero las observaciones solares fueron poco continuadas. Para épocas anteriores, se han recogido datos, que no son muchos, de observación de manchas solares a simple vista, especialmente de los anales chinos, que recogen unas cuantas versiones de «agujeros en el Sol», o referencias de auroras polares, que se hacen más frecuentes y espectaculares en momentos de máxima actividad en el Sol. Una aurora polar es un fenómeno tan impresionante, que normalmente figura en distintos relatos en Suecia, en Rusia, en Gran Bretaña, en el norte de Alemania, e incluso desde Francia o desde China.

 

Sabemos que los chinos nos han dejado registros, desde hace miles de años, de todos los fenómenos anómalos que vieron en el cielo. De acuerdo con estos registros se ha hablado de un «mínimo de Oort», que coincide justamente con el periodo del máximo cálido medieval. Pero no parece que esa supuesta inactividad del Sol esté relacionada con un periodo de enfriamiento, siquiera transitorio, sino más bien con todo lo contrario. Luego viene el mínimo de Spörer, entre 1450 y 1550, años que pudieron ser más fríos, aunque los testimonios de la época no sean unánimes. El mínimo de Maunder, entre los años 1645 y 1715, es, en lo que se refiere a la actividad solar, un fenómeno ya suficientemente bien documentado a través de observaciones astronómicas. Aquel periodo fue, sorprendentemente, una época de muy escasa o nula actividad solar, y en este caso sí que coincide con un periodo claramente frío. Y finalmente se habla del mínimo de Dalton, entre 1790 y 1820, que se sabe coincidió con fríos bien documentados, pero no circunscritos únicamente a esas fechas. Vemos, pues, que hay periodos de inactividad solar, que no siempre coinciden con épocas más frías, ni se extienden cronológicamente durante las mismas fechas, pero no podemos negar la influencia del Sol sobre el clima, que es evidente. Estos mínimos solares pudieron influir de alguna manera aún no descifrada . Pero, tal vez, los indicios históricos de que disponemos son poco indicativos, y habría que resituarlos cronológicamente. Si se hubiesen tenido telescopios desde diez siglos antes de Galileo, tendríamos informaciones más precisas. El mínimo de Maunder es del que tenemos más información. Expertos de la NASA han señalado picos de frío en años bastante parecidos a los citados: alrededor de 1650, 1770 y 1850. Quizá sean más ajustados a los testimonios históricos los periodos que nos da el glaciólogo Holzhauer, tras sus estudios en los hielos de los Alpes. Nos dice que hubo sobre todo tres picos fríos: uno a fines del siglo XIV, en torno a 1370, otro de 1670 a 1700, y un tercero por 1850-1860. Teniendo en cuenta el retraso con que retroceden o avanzan los glaciares, las fechas parecen bastante correctas. Entonces… podemos suponer que todo el lapso que transcurrió entre el siglo XIV y mediados del XIX tendió al frío; pero hubo por lo menos tres picos de máximo frío en esa época.

 

De lo que no cabe duda es de que durante el largo periodo que va del año 1300 al 1850 son abundantes los episodios fríos, algunos de ellos bastante duraderos. Pero los contrastes raras veces llegan a extremos espectaculares, por lo que no podemos compararlos con otros periodos de larguísima duración, como por ejemplo, fueron los de las glaciaciones, como la última de Würm. Se habla de Pequeña Edad de Hielo siguiendo la expresión de Matthes, pero entre los siglos XIV y XIX no parece que las temperaturas hayan sido más bajas que durante el «frío homérico» o de la Edad del Hierro, entre los siglos IX a V a.C., o las temperaturas frías durante la caída del imperio romano. Pero lo que es evidente es que la Pequeña Edad de Hielo, en su conjunto, fue más fría que la que le precedió y la que le ha seguido, la época actual, aunque con oscilaciones, y sin que faltaran algunos episodios de calor. El climatólogo alemán Christian Pfister, que utiliza documentos de la época, afirma que la Pequeña Edad de Hielo se caracterizó por inviernos muy fríos, no tanto por veranos frescos, puesto que algunos de ellos fueron bastante calurosos. Ya hemos observado algo de esto para el fatídico siglo XIV. Hubo frío, pero no durante todo el año ni a lo largo de todos los años. Es posible que la Pequeña Edad de Hielo se caracterizase por episodios fríos de varios años más que por la media de todos los siglos que duró. Lo que queda claro es que hubo un periodo relativamente frío, en ocasiones bastante frío, entre los siglos XIV y XIX. Es evidente que desde el final de la Edad Media hasta casi acabado el siglo XIX, la Tierra pasó por un largo período de enfriamiento que los científicos denominan Pequeña Edad de Hielo, una época en la que pueblos alpinos quedaron arrasados por el avance imparable de los glaciares y los ciudadanos londinenses podían patinar sobre el Támesis. El origen de esta abrupta y larga temporada de disminución de temperaturas ha sido siempre un misterio envuelto en especulaciones. Pero ahora, un equipo internacional, dirigido por investigadores de la Universidad de Colorado, en Boulder, Estados Unidos, cree tener la respuesta al enigma. Este frío intenso fue causado, según la revista Geophysical Research Letters, por unas gigantescas erupciones volcánicas en el trópico que iniciaron una cadena de efectos sobre el clima. Según la nueva investigación, la Pequeña Edad de Hielo comenzó repentinamente entre los años 1275 y 1300 d.C., tras sucederse cuatro erupciones volcánicas masivas en el trópico. Unos episodios que duraron unos cincuenta años. La persistencia de veranos fríos tras las erupciones se explica por la posterior expansión del hielo marino y un debilitamiento de las corrientes del Atlántico, según las simulaciones realizadas para el estudio, que también analizó patrones de vegetación muerta y datos tomados del hielo y de sedimentos.

 

Los científicos han teorizado que la Pequeña Edad de Hielo fue causada por la disminución de la radiación solar del verano, debido a volcanes en erupción que enfriaron el planeta al emitir sulfatos y otras partículas, como un aerosol que reflejaban la luz solar hacia el espacio o por una combinación de ambas causas. Según Gifford Miller, investigador de la Universidad de Colorado y autor principal del estudio: «Esta es la primera vez que alguien ha identificado claramente el inicio específico de los tiempos de frío que marcaron la Pequeña Edad de Hielo. También hemos explicado cómo este período frío pudo mantenerse durante tanto tiempo. Si el sistema climático es golpeado una y otra vez por el frío durante un período relativamente corto, en este caso por erupciones de origen volcánico, parece que hay un efecto de enfriamiento acumulativo». Según Bette Otto-Bliesner, científico del Centro Nacional para la Investigación Atmosférica (NCAR) y coautor del estudio: «Nuestras simulaciones mostraron que las erupciones volcánicas pueden haber tenido un efecto de enfriamiento profundo. Las erupciones podrían haber provocado una reacción en cadena, afectando al hielo y a las corrientes oceánicas de una manera que disminuyó las temperaturas durante siglos». No hace mucho tiempo se supo que frente a un descenso de unos pocos grados en las temperaturas no se podía hacer nada. Los científicos lo denominan la Pequeña Edad de Hielo, pero su impacto fue todo menos pequeño. De 1300 a 1850 tuvo lugar un periodo frío que causó estragos, Asoló las colonias vikingas en Groenlandia, aceleró la peste negra en Europa, diezmó a la Armada Invencible española y ayudó a que se desencadenase la Revolución Francesa. La Pequeña Edad de Hielo alteró el planeta de una forma que ahora nos parece fruto de la fantasía. El puerto de Nueva York se congeló y la gente podía caminar desde Manhattan a Staten Island, los esquimales navegaron en kayaks hacia el Sur, hasta Escocia, y la nieve alcanzó los 60 cm de altura en Nueva Inglaterra entre junio y julio de 1816, el “año sin verano“. ¿Podría ocurrir otra ola de frío catastrófica en el siglo XXI? La Pequeña Edad de Hielo fue un período frío que abarcó desde comienzos del siglo XIV hasta mediados del XIX y puso fin a una era extraordinariamente calurosa llamada óptimo climático medieval. Inicialmente se pensó que era un fenómeno global, pero posteriormente fue desmentido. Bradley y Jones (1993), Hughes y Díaz (1994) y Crowley y Lowery (2000), describen la Pequeña Edad de Hielo como «una época donde el hemisferio norte tuvo un modesto enfriamiento de menos de 1°C».

El previo Óptimo Climático Medieval fue un período de calentamiento climático, sobre todo en Europa, que provocó una bonanza en la agricultura, incrementando la demografía. Sin embargo este período fue seguido por otro cambio climático, pero este en sentido inverso. Este repunte del frío supuso la bajada de la temperatura media en un grado. Los expertos señalan varias causas para este enfriamiento. Una sería la actividad solar, ya que el mínimo de actividad solar coincidió con las mínimas temperaturas, lo cual sugiere algún tipo de conexión, si bien esta no se ha podido establecer científicamente. Otra causa pudo ser la actividad volcánica, que durante la Pequeña Edad de Hielo fue bastante alta. Las erupciones volcánicas emiten una gran cantidad de partículas y cenizas a la atmósfera. Estas partículas impiden que una parte de la radiación solar, que hubiera llegado en condiciones normales, llegue a la tierra, y ello provoca una disminución de la temperatura. El impacto de una erupción importante puede extenderse hasta 2 años después. La nieve y el hielo reflejan hasta el 90% de la luz que reciben, mucho más que la tierra sin nieve. Lo cual hace que cuando comienza un proceso de enfriamiento, la acumulación de nieve y hielo que este conlleva puede hacer que se perpetúe, ya que al absorber la tierra aún menos luz se enfría aún más. Durante este período fue constante el avance de los glaciares y fue bastante común que casas y pueblos de las montañas fueran tragados por ellos. Los glaciares engullían pueblos, ocupaban las tierras de cultivo y muchas veces causaban inundaciones. Era incluso habitual pedir la bendición de los campos para evitar el avance de glaciares. Algunos estudios que han analizado pinturas de la época, han llegado a la conclusión que la luminosidad atmosférica disminuyó, a la vez que la nubosidad creció. De hecho en 1816, el llamado año sin verano, hay constancias escritas que muchos europeos pasaron el verano al lado del fuego. Pieter Brueghel, llamado el Viejo, (1525 – 1569) fue un pintor y grabador y es considerado uno de los grandes maestros del siglo XVI, y el más importante pintor holandés de ese siglo. Con Jan van Eyck, Hieronymus Bosch, el Bosco, y Peter Paul Rubens, está considerado como una de las cuatro grandes figuras de la pintura flamenca. Brueghel es conocido por sus paisajes, género en el que alcanzó una notable importancia. Se le suele considerar como el primer artista occidental que pintó paisajes por sí mismos, en lugar de como telón de fondo de alegorías religiosas. En la naturaleza encontró Brueghel su mayor inspiración, siendo identificado como un maestro de los paisajes. Se caracterizan por una amplia panorámica vista desde lo alto. Así se aprecia en obras como Combate naval en el puerto de Nápoles, Camino del Calvario o la serie de las Estaciones. Creaba una historia, al parecer combinando varias escenas en una sola pintura. Sus paisajes del invierno de 1565, como Los cazadores en la nieve, corroboran la dureza de los inviernos durante la Pequeña Edad de Hielo. Cuando cruzó los Alpes en su viaje a Italia, dibujó numerosos paisajes. Le resultaron muy importantes para su carrera, pues a su regreso los desarrolló en grabados que se difundieron por toda Europa.

 

Para explicar estas oscilaciones del clima no parece que se pueda recurrir a los ciclos de Milankovich, porque los intervalos que éstos suponen son más largos, por lo general de miles de años. Y es más, si atendemos a esos ciclos debiéramos estar sufriendo desde hace cuarenta o cincuenta siglos un periodo de enfriamiento, como ha dejado en claro W. F. Ruddiman. Pero no es esto lo que actualmente está aconteciendo. Hemos visto que hemos tenido, desde los tiempos de los caldeos y de los faraones egipcios, siglos cálidos y siglos fríos. Una sucesión tan rápida de oscilaciones climáticas a escala geológica tiene que deberse a algunas causas. En cambio, los ciclos solares, de aproximadamente once años de duración, parecen demasiado cortos para explicar estas oscilaciones. Pero hay otro ciclo solar, llamado de Gleissberg, que es una de las variaciones periódicas que experimenta la radiación solar percibida desde la Tierra. Se le atribuye un periodo cercano a los 85 años (±15) y fue descubierto por Wolfgang Gleissberg (1903 – 1986). El último máximo de actividad para el ciclo de Gleissberg ocurrió en 1960, lo que indicaría que el próximo se produciría alrededor del 2045. Una causa posible es el efecto gravitatorio de los planetas exteriores, como Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, ya que los máximos del ciclo se corresponden con alineaciones de estos planetas en oposición a la posición de la Tierra. Al ciclo de Glessberg se atribuye, por ejemplo, el «Mínimo de Maunder». Pero necesitaríamos encontrar un ciclo de unos pocos siglos para explicarnos lo que pudo ocurrir. Recientemente el climatólogo Theodor Landscheidt ha teorizado sobre la posibilidad de que exista un ciclo solar de algo más de 200 años. Si fuese así, ello ayudaría a entender algunas oscilaciones que duran varios siglos. Sabemos que hay ciclos en el Sol, como los hay en la naturaleza, pero todavía ignoramos mucho sobre ellos. Actualmente tiende a darse cada vez más importancia a las llamadas oscilaciones. Sabemos que, de vez en cuando, sobre todo durante el invierno, el anticiclón ocupa el lugar de las borrascas, y éstas encuentran vía libre para acceder al lugar que antes había ocupado el anticiclón. En lo que va del siglo XXI ya hemos presenciado dos oscilaciones del Atlántico Norte (NAO), durante el invierno del 2009-2010 y durante la primera mitad del 2010-2011. En Europa hemos tenido vientos fríos y buena parte del continente ha estado cubierto durante buenas temporadas por una espesa capa de nieve. En cambio las borrascas, formadas en la zona de Terranova-Labrador, eran empujadas por la corriente fría hasta muy al Sur, y se deslizaban por las Azores, Canarias, Madeira, hasta entrar por el sur de España, donde provocaron frecuentes inundaciones.

 

Estas oscilaciones son un fenómeno que se ha repetido muchas veces en la historia, y si se prolongan durante un buen número de años podríamos hablar de un pequeño cambio climático. Las oscilaciones del Atlántico Norte (NAO) afectan a Europa y al Este de Estados Unidos, donde las consecuencias han sido también evidentes en los últimos años. La oscilación del Atlántico Norte (NAO) no es la única oscilación posible. También existe la oscilación del Pacífico Norte, que afecta especialmente a California y Oregón, pero no tanto a las costas japonesas, muy protegidas por la corriente de Kuroshio (“corriente negra“), también conocida como Kuro-Shivo. Es una fuerte corriente oceánica en el océano Pacífico noroccidental. Comienza frente a la costa oriental de Taiwán y fluye hacia el noreste, pasando por Japón, donde se funde con la deriva oriental de la corriente del Pacífico Norte. Es análoga a la corriente del Golfo en el océano Atlántico, que transporta agua tropical cálida hacia el norte, dirigiéndose a la región polar. A veces también se la conoce como el Río Negro, en alusión al azul oscuro de su agua, y también como “corriente del Japón“. Este color azul oscuro característico se debe a que, por su temperatura relativamente elevada, provoca pobreza en nutrientes y de ahí la escasez de vida marina, a lo que debe su nombre de corriente negra. Se trata de una corriente no muy ancha, de aguas veloces y cálidas. El camino del Kuro Shio al sur de Japón se registra cada día. Sus contrapartes son la corriente del Pacífico Norte, al norte, la corriente de California, al este, y la corriente Ecuatorial del Norte, al sur. Las aguas cálidas de la corriente de Kuroshio sostienen los arrecifes de coral de Japón, los arrecifes coralinos más al norte en el mundo. La corriente de Japón también es responsable del suave tiempo que se experimenta alrededor de la costa meridional de Alaska y en la Columbia Británica.

 

La corriente de El Niño es también una forma de oscilación, de dimensiones casi planetarias por la enorme masa de agua y de humedad atmosférica que mueve, así como por la importancia que tiene en el régimen monzónico del sur y sureste de Asia. Si algo queda claro en los primeros años del siglo XXI es que hemos tenido importantes oscilaciones del Atlántico Norte, y en cambio ha faltado a la cita El Niño, mientras que sí predomina La Niña, que es por su naturaleza el fenómeno normal, aunque el fuerte monzón haya provocado tremendas inundaciones en parte de la India y Pakistán, o a comienzos de 2011 en la zona noreste de Australia. Cuando se da una oscilación, no se da la otra. Nos podemos preguntar si hay un fenómeno cósmico de mayor amplitud que rija estas oscilaciones. De todo esto deberíamos saber un poco más para explicarnos cómo fue la Pequeña Edad de Hielo y que impacto tuvo en el clima terrestre. Sabemos que afectó a Europa, América del Norte y China, así como que hubo una oscilación atlántica. Los fríos se abatieron especialmente sobre Islandia, las Islas Británicas, Alemania, Francia del Norte y los Países Bajos. Según el geólogo estadounidense Richard Alley, los canales de Holanda estaban helados casi la mitad del año, de tal manera que se podía caminar y patinar por ellos. Se alude también al pintor Brueghel el Viejo (siglo XVI), tan aficionado a pintar paisajes nevados y a gente que se movía por ellos como si fuese algo habitual. En los mismos países tenemos testimonios en los anillos de los árboles y conocemos, gracias al historiador francés Emmanuel Le Roy Ladurie, que tuvieron fechas de vendimias tardías, o que se produjo retraso en la floración de los cerezos. El mismo Le Roy Ladurie, tan reacio a admitir ciclos climáticos, confiesa que fueron aquellos «unos siglos particularmente fríos». Para el caso de la Península Ibérica, tenemos referencias de que el río Ebro se heló ocho veces entre 1505 y 1789, siendo la helada del invierno 1788-89 la más prolongada de todas, ya que duró quince días. El cuadro típico de una oscilación del Atlántico Norte implica un anticiclón en latitudes altas, luego un endurecimiento de gradientes de temperatura horizontales que producen frentes atacando desde la corriente fría de Groenlandia, y más adelante las borrascas abriéndose paso en latitudes más bajas. Incluso hay estudios sobre lluvias en Canarias durante la Pequeña Edad de Hielo. No fue aquella una glaciación, ni mucho menos, pero en algunas partes tuvo mucho de glacial, como en la canadiense bahía de Baffin, un mar entre los océanos Atlántico y Ártico, que, según el paleo-climatólogo William Ruddiman permaneció helada la mayor parte del año.

 

Pero, la Pequeña Edad de Hielo, ¿ocurrió solo en Europa y Norteamérica? El paleo-climatólogo C. Wang estima que en aquella época los monzones se debilitaron y, como consecuencia de ello, hubo sequías y vientos fríos en el sur de Asia y China. Parece que se produjo un fenómeno de El Niño, en que las corrientes tropicales se movieron hacia el este y dificultaron el paso del agua oceánica y del aire cálido a la zona del Índico. También podemos deducirlo a partir de testigos de polen y restos de plancton en el mar de Oman, un amplio golfo marino de Asia, localizado entre Emiratos Árabes Unidos, Omán, Irán y Pakistán. Incluso existen indicios sobre una época de frío en las antípodas, como Nueva Zelanda. Ello puede indicar, contra lo que algunos piensan, un fenómeno global. Mientras que el estado del océano tropical afecta la atmósfera, esta última ejerce cierta influencia sobre el océano. De hecho, la interacción de la atmósfera y el océano es una parte esencial de El Niño y La Niña. Durante un período de El Niño la presión del nivel del mar tiende a ser más baja en el Pacífico oriental, cerca de las costas americanas, y más alta en el Pacífico occidental, mientras que lo contrario tiende a  ocurrir durante La Niña. Esta alternancia en la presión atmosférica entre el Pacífico tropical oriental y occidental se llama Oscilación Sur, abreviada a menudo como simplemente SO. Una medida estándar de la oscilación meridional es la diferencia en la presión a nivel del mar entre Tahití y Darwin, Australia. Dado que El Niño y la Oscilación Sur están relacionados, los dos términos se combinan a menudo en una sola frase, El Niño Oscilación Sur, o ENSO. La fase caliente del ENSO se utiliza a menudo para describir a El Niño y la fase fría de ENSO para describir a La Niña. Un fallo en el mecanismo de los monzones está íntimamente relacionado con el fenómeno ENSO, es decir, con el Pacífico Sur y el movimiento de la «Gran Piscina Caliente» del Pacífico, hacia el este o hacia el oeste. Pero todo indica que allí, en el Pacífico, la incidencia fue menos decisiva que en el Atlántico, y se piensa que se desarrolló con más intermitencias, aunque no dejó de registrarse. Algunos científicos, como Thomas Crowley y K. J. Kreuz, confirman esta presencia del frío en el hemisferio sur, idea que también acepta Brian Fagan. Todo parece indicar que una perturbación importante en la circulación atmosférica en una zona del globo influye de alguna forma en otras zonas.

 

Una cosa es clara, gran parte de la Pequeña Edad de Hielo coincide con la llamada  Edad Moderna, que es el tercero de los periodos históricos en los que se divide convencionalmente la historia universal, comprendida entre los siglos XV y XVIII. Y podemos ver que el mayor frío general no fue obstáculo para un importante desarrollo de la sociedad en diversos ámbitos, incluyendo la literatura, la pintura, la música, etc…  Cronológicamente alberga un periodo cuyo inicio puede fijarse, según los historiadores, en la caída de Constantinopla, en 1453, o en el redescubrimiento de América por Colón, en 1492, y cuyo final puede situarse en la Revolución francesa, en 1789, o en el fin de la década previa, tras la independencia de los Estados Unidos, en 1776. Según esta convención, la Edad Moderna se corresponde con el período en que se destacan los valores de la modernidad, con el progreso, la comunicación y la razón, frente al período anterior, la Edad Media, que es generalmente identificado como una edad oscura. A finales del siglo XVIII se añadió una cuarta edad a la historia de la humanidad, la denominada como Edad Contemporánea, en la cual no solo no se aparta, sino que también se intensifica extraordinariamente la tendencia a la modernización, ya que sus características son sensiblemente diferentes, fundamentalmente porque significa el momento de éxito y desarrollo espectacular de las fuerzas económicas, tecnológicas y sociales que durante la Edad Moderna se iban gestando lentamente, tales como el capitalismo y la burguesía, así como las entidades políticas que lo hacen de forma paralela, como la idea de nación y de Estado. En la Edad Moderna se relacionaron los dos mundos que habían permanecido casi mutuamente ignorados desde la Prehistoria, como fueron el Nuevo Mundo de América y el Viejo Mundo, representado por Europa, Asia y África. Con la exploración europea de Australia se habló del Novísimo Mundo. La Edad Moderna coincide con la Era de los descubrimientos. La fecha de inicio para la Edad Moderna más aceptada por los historiadores es la toma de Constantinopla y la caída definitiva de todo vestigio de la antigüedad. Esta ciudad fue destruida y tomada por los otomanos en el año 1453, coincidente con el comienzo del uso masivo de la imprenta de tipos móviles y con el desarrollo del Humanismo y el Renacimiento, que se dieron en parte gracias a la llegada a Italia de exiliados bizantinos y de textos clásicos griegos. Pero también se toma el redescubrimiento de América, en 1492, porque está considerado como uno de los hitos más significativos de la historia de la humanidad y el inicio de la globalización.

 

En cuanto al final de la Edad Moderna, algunos historiadores anglosajones defienden que no se ha producido y que todavía estamos en la Edad Moderna, mientras que las historiografías de influencia francesa denominan al periodo posterior a la Revolución francesa, en 1789, como Edad Contemporánea. Como hito de separación también se han propuesto otros hechos, como la independencia de los Estados Unidos, en 1776, la Guerra de Independencia Española, en 1808, o las guerras de independencia hispanoamericanas, 1809-1824. Pero todo ello es meramente indicativo, ya que no hubo un paso brusco de un período histórico a otro, sino una transición gradual y por etapas, aunque la coincidencia de cambios bruscos, violentos y decisivos en las décadas finales del siglo XVIII y primeras del XIX también permite hablar de la Era de la Revolución. El Taj Mahal, construido entre 1631 y 1654 por el emperador musulmán Shah Jahan, de la dinastía mogol, en honor de su esposa favorita, Arjumand Banu Begum, prueba tanto la pervivencia de civilizaciones distintas a la europea como la gran comunicación que había a nivel mundial. Su bellísima estética integra elementos de orígenes asiáticos, hindúes, árabes, persas, turcos e incluso europeos. A la Edad Moderna los historiadores la han definido como una sucesión cíclica, que algunos han intentado identificar con ciclos económicos similares a los descritos por el economista francés Joseph Clément Juglar y el economista ruso Nikolái Kondrátiev, pero más amplios, con fases de expansión y de recesión secular. La revolución agrícola ya se estaba produciendo y la industrial la siguió. En Inglaterra, los comerciantes y financieros de la City londinense, los propietarios rurales y los primeros industriales fabriles no tenían idénticos intereses de clase, pero eran claramente aspectos de una misma clase dominante, a la que podemos denominar burguesía, tal como la había categorizado Carl Marx como propietaria de los medios de producción. Los campesinos, desposeídos y desarraigados del campo por la política de cercamientos y de las leyes de pobres, llenaban de proletariado las ciudades industriales. En el siglo XVI, tras la recuperación de la crisis de la Baja Edad Media, en economía se produjo lo que se denomina Revolución de los Precios, coincidente con la Era de los Descubrimientos, que permitió una expansión europea, posibilitada en parte por los adelantos tecnológicos y de organización social que surgieron.

 

Pocos hechos cambiaron tanto la historia del mundo como la llegada de los españoles a América y la posterior conquista del continente, así como la apertura de las rutas oceánicas que españoles y portugueses llevaron a cabo en torno al 1500. Pero el choque cultural y el contagio de epidemias supuso el colapso de las civilizaciones precolombinas. Paulatinamente, el océano Atlántico ganó protagonismo frente al Mediterráneo, cuya cuenca presenció un reajuste de civilizaciones. Si en la Edad Media se dividió entre un norte cristiano y un sur islámico, con una frontera que cruzaba al-Ándalus, Sicilia y Tierra Santa, desde finales del siglo XV el eje se invierte, quedando el Mediterráneo Occidental, incluyendo las ciudades costeras clave de África del Norte, hegemonizado por la monarquía hispánica, que desde 1580 incluía a Portugal, mientras que en Europa oriental el Imperio otomano alcanza su máxima expansión. Las civilizaciones orientales de carácter milenario, como India, China y Japón, recibieron, en algunas ciudades costeras, una presencia puntual portuguesa, como Goa, Ceilán, Malaca, Macao, Nagasaki, con misiones de san Francisco Javier. Pero, tras unos primeros contactos, se mantuvieron poco conectados a los cambios de Occidente. Las islas de las especias, como  Indonesia y Filipinas, serían objeto de una dominación colonial europea más intensa. Los principales cambios sociales se concentraron en los vértices del llamado comercio triangular, con Europa, donde comienzan a divergir un noroeste burgués y un este y sur en proceso de volver al feudalismo, así como en América con la colonización, y en África con el esclavismo. El crecimiento de la población en Europa probablemente no compensó el descenso en aquellos otros continentes, sobre todo en América, en que alcanzó proporciones catastróficas y ha sido considerado como el mayor desastre demográfico de la Historia Universal. Varios investigadores han estimado que nada menos que más del 90 % de la población americana murió en el primer siglo posterior a la llegada de los europeos, representando entre 40 y 112 millones de personas, según diversas estimaciones. Las convulsiones políticas y militares eran asimismo frecuentes. En la mítica Tombuctú, Askia Mohamed I, el Grande, también llamado Mohamed Ture (1442 – 1538) fue un rey soninké del Imperio Songhai. Fortaleció su país y lo convirtió en el más extenso de África Occidental. Bajo su mandato el Imperio Songhai reunió los estados hausa hasta Kano, en la actualidad Nigeria, y gran parte del territorio que había pertenecido al Imperio de Malí en el oeste. Su política exterior logró una rápida expansión comercial con Europa y Asia. Creó muchas escuelas e hizo del Islam una parte integral del Imperio. Peregrinó a la Meca en 1495-97 y fue depuesto por sus propios hijos bajo el liderazgo de Askia Musa (1528).

 

Son tiempos en que el Renacimiento da paso a los enfrentamientos de la Reforma y las guerras de religión. La expansión ideológica en Europa se manifiesta con el avance del cristianismo por todo el mundo, excepto en los Balcanes, donde retrocede frente al islam, entrando también en contacto con Extremo Oriente, tras dar la vuelta al globo. Hay una escultura azteca que representa a un hombre portando el fruto del cacao, considerado alimento de los dioses, que fue usado como moneda en época precolombina. Su consumo fue rápidamente adoptado en Europa, como el del tabaco. Pero más lenta fue la incorporación de otros cultivos americanos, como el del maíz, el tomate o la patata. Es también el tiempo en que el Don Quijote cervantino carga contra un rebaño de ovejas y contra un molino de viento. El equilibrio de la ganadería ovina con la agricultura cerealista y con la industria textil fue un asunto de vital importancia para Castilla, que se encontraba dominada por la Mesta, una de las agrupaciones corporativas o gremios más importantes de Europa de la Edad Media y el primer gremio ganadero. También lo fue para sus clientes en Flandes, verdadera metrópolis comercial de sus materias primas, como la lana y los metales preciosos, así como también para América, donde puede afirmarse que «las ovejas se comieron a los hombres». Esta expresión se aplicó también en Inglaterra, que desde un paisaje similar al de Castilla en la Baja Edad Media, optó por el desarrollo agrícola e industrial. En el siglo XVII la humanidad presenció posiblemente una crisis general, quizá provocada por un momento álgido en la Pequeña Edad del Hielo, que se conoce como crisis del siglo XVII, que además del descenso de población, debido a ciclos de hambres, guerras, y epidemias, así como el descenso de precios y de la llegada de metales de América, fue muy desigual en la forma de afectar a los distintos países, incluso en Europa. Fue catastrófica para la monarquía hispánica, con la crisis de 1640, y Alemania, por la guerra de los Treinta Años. Pero, en cambio, fue benéfica para Francia e Inglaterra, una vez resueltos sus problemas internos, como la Fronda francesa, un conjunto de movimientos de insurrección ocurridos en Francia durante la regencia de Ana de Austria, y la minoría de edad de Luis XIV, entre 1648 y 1653, así como las guerras civiles Inglesas, una serie de conflictos armados y maquinaciones políticas que tuvieron lugar entre los realistas y los parlamentarios desde 1642 hasta 1651, y particularmente la primera guerra civil (1642 – 1645) y la segunda (1648 – 1649), entre los seguidores del rey Carlos I de Inglaterra y los que apoyaban al Parlamento, y la infructuosa campaña emprendida por Carlos II de Inglaterra, que concluyó con su derrota en la batalla de Worcester el 3 de septiembre de 1651, en que Oliver Cromwell y los parlamentarios derrotaron a las fuerzas monárquicas.

 

Durante este período se produjeron en Europa del Este numerosas guerras entre Polonia, Rusia y Turquía, y después también Suecia. Durante el período comprendido entre 1612 y 1613 el ejército polaco ocupó Moscú, y hasta mediados del siglo XVII Polonia continuó dominando dicha parte de Europa. La época dorada del imperio polaco finalizó después de dos hechos acaecidos. El primer hecho, la rebelión de Jmelnytsky, fue una insurrección de los territorios de la actual Ucrania que tuvo lugar entre 1648 y 1654. Bajo el mando del atamán Bohdán Jmelnytsky, los cosacos de Zaporozhia, aliados con los tártaros de Crimea, así como los campesinos locales ucranianos, libraron varias batallas contra los ejércitos y la desorganizada milicia szlachtiana de la Mancomunidad Polaco-Lituana, y erradicaron el control de la szlachta polaca, los sacerdotes católico-romanos y sus intermediarios judíos, arrendadores en la zona. El segundo hecho fue el llamado el Diluvio, un periodo conflictivo de la historia polaca que comenzó en 1655 y al cual se puso fin formalmente con la paz de Oliva en 1660, que coincidió con la Segunda Guerra del Norte (1655-1660). En 1655 el ejército sueco invadió Polonia, que se encontraba debilitada por la guerra con los cosacos y Rusia, y ocupó casi todo el país. Mientras, rusos y cosacos invadieron los territorios orientales. El punto de inflexión en la guerra se dio en la defensa del monasterio de Jasna Góra. Los suecos fueron derrotados, pero la guerra y la ocupación de casi todo el país por una inundación de tropas suecas causó grandes daños a la Mancomunidad Polaco-Lituana, incluida la muerte de una parte significativa de la población debida a las hostilidades, al hambre y a las enfermedades. También se produjo el saqueo de tesoros culturales polacos por el ejército sueco; y, finalmente, la pérdida de la soberanía polaca sobre Prusia. El Tratado de Bromberg-Wehlau, firmado entre el rey polaco Juan II Casimiro Vasa y el elector Federico Guillermo I, en 1657, permitió el fortalecimiento del estado de Brandeburgo en la política europea. El final del Diluvio marcó asimismo el fin de la época dorada de la República de las Dos Naciones (Polonia y Lituania). Un cuarto de la población del país pereció a consecuencia de él y de las plagas que azotaron al país durante el conflicto, mientras la economía del país también quedó muy maltrecha. El Imperio otomano perdió, en la batalla de Viena, su última oportunidad de expandirse en Europa, y comenzó un lento declive, en parte para el beneficio de una Polonia que enseguida pasaría el relevo al gigantesco Imperio ruso. En su frente oriental, resurgió el Imperio persa con la dinastía safávida que llevó a un breve apogeo del Sah Abbas I el Grande, que convirtió a Isfahán en una de las ciudades más bellas del mundo. Al mismo tiempo, en la India, que mantuvo la presencia colonial europea en la costa, se levantó un gran imperio continental mogol, que comenzó a desmembrarse con Aurangzeb, emperador del Imperio mogol entre 1658 y 1707. Todos estos movimientos tienen que ver con el vacío geoestratégico que se había formado en el Asia Central, que los kanatos herederos de Horda de Oro fueron incapaces de ocupar.

En China los antiguos ciclos dinásticos se renovaron con el acceso de la dinastía manchú de los Qing. Japón expulsó a los portugueses, pero no a los holandeses, y se cerró en un relativo aislamiento durante el período Edo o Tokugawa, que es un periodo que delimita el gobierno del Shogunato Tokugawa o Edo, que estableció oficialmente en 1603 el primer shōgun Tokugawa, Tokugawa Ieyasu. El periodo Edo terminó en 1868 con la restauración del gobierno imperial por parte del decimoquinto y último shōgun, Tokugawa Yoshinobu. El fin del periodo Edo marcó también el comienzo del período imperial. Durante este período se llevó a cabo el exterminio de los cristianos, que posiblemente fuese un factor que evitararía que la sociedad japonesa fuese colonizada y permitió un desarrollo endógeno, que en el siglo XIX la hará irrumpir abruptamente en la modernización. En este período, las embarcaciones pertenecientes al Imperio español transitaban en menor medida por los océanos, en beneficio de las embarcaciones holandesas y británicas. Es un período en que proliferaba la piratería, que provocaba el auge de un modo de vida violento, pero percibido como una utopía libre en el Caribe, como sucedió con la isla de la Tortuga. La pimienta, objeto de lujo en la Edad Media, provocó la búsqueda de rutas hacia las Islas de las especias. El siglo XVIII posibilitó la Revolución científica newtoniana, la Ilustración, la crisis del antiguo régimen y la que propiamente puede llamarse Era de las Revoluciones, en que podemos distinguir la Revolución industrial, con el desarrollo de las fuerzas productivas, tecnológicas y económicas, incluyendo el triunfo del capitalismo. También tenemos la Revolución burguesa en lo social, con la conversión de la burguesía en nueva clase dominante y la aparición de su nuevo antagonista, el proletariado, así como la Revolución liberal en lo político-ideológico, de la que forman parte la Revolución francesa y las revoluciones de independencia americanas. Pero el desarrollo de esos procesos, que pueden considerarse como consecuencias de los cambios desarrollados desde el fin de la Edad Media, también pondrán fin a la Edad Moderna. Europa se ve inmersa en un nuevo ascenso demográfico, una vez superadas las mortalidades catastróficas, con la última peste Muerte Negra en Europa Occidental, en Marsella, en 1720, que parece se extinguió gracias a la presencia de la rata parda, que sustituyó biológicamente a la pestífera rata negra, así como gracias a la vacuna del investigador y médico rural inglés Edward Jenner, llamado “el padre de la inmunología“. Pero el hambre no desapareció y durante el siglo XVIII ocurrieron numerosos motines de subsistencia, pero que en las zonas en que se desarrollaba precozmente una agricultura capitalista y un sistema de transportes modernizado pudieron salvarse, como pasó en Inglaterra, Francia y Holanda, con su sistema de canales fluviales. En otras continuó habiendo hambre hasta bien entrado el siglo XIX, como en España, en que se sufrió la hambruna de 1812, cuando se recurrió al consumo masivo de la tóxica almorta, o guija, que planteaba problemas neurotóxicos en las personas, y que por las mismas fechas también fue detectado por los ingleses en la India. También el hambre alcanzó a Irlanda, donde el monocultivo de la patata llevaría a la hambruna irlandesa de 1845 y a una emigración masiva.

 

Los investigadores han descubierto una disminución de la tasa de CO2 en la atmósfera durante la segunda mitad del siglo XIV, e incluso en siglos siguientes, lo que confirmaría que el aumento o disminución de CO2 vienen después de un aumento o disminución de las temperaturas y no al revés, como actualmente se arguye. Pero parece lógico que una disminución en el dióxido de carbono suponga una disminución del efecto invernadero y, por consiguiente, una época más fría. Si damos por supuesto que el incremento del CO2 es producto de la presencia humana, podríamos considerar que la causa de la Pequeña Edad de Hielo fue la tremenda peste de 1347 – 1351, que produjo millones de muertes. Es decir, se podría deducir que hubo más frío porque hubo menos seres humanos que produjesen CO2. Pero esta tesis no es demostrable, ya que los periodos más cálidos de la historia de este planeta se produjeron mucho antes de la aparición de la especie humana. Y no podría explicar que si en el siglo XVIII y la primera mitad del silgo XIX aumentó espectacularmente la población, ¿cómo puede ser que se mantuviese el frío? Lo que no quiere decir que una parte del calentamiento actual no sea debida a la acción humana. Parece claro que en el siglo XV, después de un relativo calentamiento inicial, se volvió a un nuevo pico de frío. El astrónomo norteamericano John A. Eddy, basándose en datos sobre la falta de auroras polares, dedujo que ese pico de frío se operó entre los años 1420 y 1480. El análisis de los anillos de los árboles, aunque no coincide en todas las regiones, hace pensar en un periodo frío a mediados del siglo XV. Ello no impidió la prosperidad del Renacimiento flamenco, que incluye desde los seguidores del Bosco y el manierismo de Amberes de comienzos del siglo XVI hasta los manieristas tardíos del Norte, como Hendrik Goltzius y Joachim Wtewael, que llegan hasta comienzos del siglo XVII. Se basan a la vez en las innovaciones de la pintura italiana y en tradiciones locales. Tampoco afectó a la navegación por el Báltico, ni la recuperación británica después de la guerra de los Cien Años, entre los reinos de Francia e Inglaterra, ni la consagración del principado de Moscú, declarado por el monje ruso Filoféi de Pskov en 1510 como «la Tercera Roma», en una carta al gran duque Basilio III. No habían sino transcurrido unas pocas décadas desde la caída de Constantinopla a manos de Mehmed II, del Imperio Otomano, al año 1453, cuando ya algunos nominaban a Moscú como la “Tercera Roma“. Las raíces de este sentimiento comenzaron a gestarse durante el reinado del gran duque de Moscú Iván III, que había contraído matrimonio con Sofía Paleóloga, sobrina de Constantino XI, el último soberano de Bizancio, por lo que Iván podía reclamar ser el heredero del derrumbado Imperio Bizantino o Imperio Romano de Oriente.

 

Lo cierto es que se detecta una ofensiva del frío alrededor de 1430 y que los viñedos franceses se helaron en el invierno 1432-1433, con las pérdidas consiguientes. También consta que durante aquellos años se produjo un retraso frecuente de la época de la vendimia. Si el viñedo británico se había rehecho en parte, desapareció definitivamente entre los años 1430 y 1440. El análisis de los anillos de los árboles en Inglaterra revela inviernos muy fríos y primaveras también frías por lo menos entre 1420 y 1440. Durante aquella época los irlandeses aseguraron haber visto inuits o esquimales remando en canoas cerca de las costas de su isla. Esto podría indicar un clima más frío que haya llevado a los inuits a buscar zonas menos frías. Un marino llamado Cristóbal Colón, al cual entonces casi nadie conocía, navegó por aquellas aguas y recaló en el puerto irlandés de Galway, donde se contaban historias extraordinarias sobre aquellos hombres del norte que navegaban en piraguas. El futuro descubridor tuvo la creencia de que aquellos navegantes no eran esquimales, sino habitantes de Catay, en China, que Colón situaba en la otra orilla del Atlántico, y no demasiado lejos. Catay es el nombre que se dio en los relatos de Marco Polo a la región asiática que comprendía los territorios situados en las cuencas de los ríos Yangtsé y Amarillo, en la actualidad parte de China. Deriva del nombre de los khitan o kitán, grupo que dominaba el norte de China durante la época en la que, según su relato, Marco Polo habría visitado China. Actualmente es considerado como un nombre arcaico y literario de China. La equivocada identificación de aquellos extranjeros probablemente sería una de las razones que iban a conducirle a su empresa descubridora. Aunque también hay quienes opinan que Colón sabía perfectamente a donde se dirigiría. En efecto, Henricus Martellus, un cartógrafo alemán del siglo XV, afincado en Florencia, produjo un mapa muy detallado del mundo conocido. Cristóbal Colón lo estudió y le influyó para descubrir América. El mapa, que data de alrededor de 1491 y representa la superficie de la Tierra desde el Atlántico hasta Japón, está salpicado de descripciones de diferentes regiones y pueblos. Un cuadro de texto visible sobre el norte de Asia describe el pueblo de Balor que vive sin vino o trigo y subsiste con carne de venado. Los estudiosos de la Universidad de Yale argumentaron que podría proporcionar un eslabón perdido en el registro cartográfico en los albores de la era de los descubrimientos. Sin embargo, cinco siglos de deterioro habían borrado mucho texto del mapa y dejado otros detalles ilegibles o invisibles, limitando su valor para la investigación.

 

Un equipo de investigadores y especialistas en imágenes ha recuperado la información perdida a través de un proyecto de formación de imágenes multi-espectrales. Su trabajo está dando descubrimientos sobre cómo se veía el mundo hace más de 500 años. “Hemos recuperado más información de la que nos atrevimos a esperar“, dice Chet Van Duzer, un historiador de mapas que lidera el proyecto. Van Duzer dice que las nuevas imágenes revelan muchas de estas descripciones. Por ejemplo, el texto descubierto en el sur de Asia describe el pueblo Panoti por tener las orejas tan grandes que podrían utilizarlas como sacos de dormir. Vamos, como las orejas de las esculturas de la isla de Pascua o de las imágenes de los Budas. Este texto recién revelado sobre el este de Asia está tomado de Los viajes de Marco Polo. A partir de las discrepancias en la redacción, Van Duzer ha determinado que Martellus utiliza una versión manuscrita de la crónica del viaje, no la única edición impresa en latín que existía en ese momento. Quizás las revelaciones más interesantes, dicen los investigadores, conciernen al África meridional. Mediante el estudio de los sistemas fluviales visibles y topónimos legibles, Van Duzer había determinado previamente que Martellus basa su representación de la región en el mapa Egyptus Novelo, que puede verse en tres manuscritos de la Geografía de Ptolomeo. El mapa Egyptus Novelo utiliza datos geográficos de nativos africanos, no de exploradores europeos. Se cree que el mapa se basa en la información compartida por tres delegados etíopes en el Concilio de Florencia en 1441. Las nuevas imágenes muestran que la representación del mapa de Martellus del sur de África se extiende más hacia el este que las versiones conocidas del Egyptus Novelo, lo que sugiere que el cartógrafo alemán estaba trabajando desde una versión más completa del mapa, que mostraba los confines orientales del continente. “Es un documento fundamental y tremendamente importante de la cartografía de África hecha por los pueblos de África, en este caso preservado por una fuente occidental“, dice Van Duzer. Las nuevas imágenes también han ayudado a Van Duzer a determinar cómo el mapa Martellus influyó en cartógrafos posteriores. El mapa es similar a un mapa del mundo dibujado por el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller en 1507, que fue el primer mapa en aplicar el nombre “América” para el Nuevo Mundo.

 

Escritos del hijo de Colón indican que el explorador esperaba encontrar Japón donde Martellus lo representaba, y con la misma orientación, lejos de la costa asiática, y con su eje principal corriendo de norte a sur. “No hay otros mapas de la época que muestren a Japón con esa configuración“, dice Van Duzer. Además, el diario de uno de los miembros de la tripulación de Colón, que creía que la expedición estaba navegando a lo largo de cadenas de islas en el sur de Asia, describe la región tal como se representa en el mapa Martellus. La revelación de los detalles descoloridos del mapa proporciona una imagen más completa de la percepción de Colón de la geografía. “Siempre es interesante saber cómo las personas conciben el mundo en ese período de la historia“, dice Van Duzer. Los mismos viajes de Colón, a fines del siglo XV y comienzos del XVI, permiten deducir algunas consideraciones climáticas. En su primera aventura pudo navegar en popa más tiempo del normal debido una elevación del anticiclón de las Azores, que se mantuvo en su posición típica de verano más tiempo de lo corriente, y solo llegó a la zona de las calmas bastante más allá de donde se las hubiera encontrado en un clima como el del siglo XX. A su regreso sufrió borrascas muy duras a la altura de las Azores y Madeira, como si se hubiera registrado una nueva oscilación del Atlántico Norte. En el tercer viaje supo prever una tormenta tropical, y en el cuarto se vio sorprendido por una serie ininterrumpida de tormentas en América Central, que parecen haber sido un evento anormal para aquellas fechas. Por lo que se refiere al siglo XVI, los historiadores encuentran noticias de que en Francia parece que sufrieron un invierno gélido en 1506, hasta el punto de que algunas crónicas dicen que el mar se heló en las cercanías de Marsella, una circunstancia que, de ser cierta, nos obligaría a creer en un clima mediterráneo absolutamente anómalo. En 1540 se habló de heladas que echaron a perder todas las viñas en el sur de Francia. El Ródano se heló cerca de Arles en 1571, 1573 y 1575, incluso llegando hasta la mar, un hecho sorprendente e incluso el fenómeno se repitió en 1590. El historiador francés Le Roy Ladurie cree poder deducir «un largo periodo glaciar» a partir de 1590, pero con excepciones, y sin que esta tendencia fría se haya prolongado durante muchos inviernos seguidos, nunca más de una década. Pero es evidente que en aquellas épocas «no hay épocas prolongadas de calor». Los japoneses tienen registros de que el lago Suwa, un lago en las montañas de Kiso, en la región central de la prefectura de Nagano, Japón, se helaba todos los años entre 1560 y 1680. No obstante, desde aquel momento las heladas se hicieron mucho menos frecuentes.

 

En la batalla de Lepanto, que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571, se enfrentaron la armada del Imperio otomano contra la de una coalición católica, llamada Liga Santa, formada por el Imperio Español, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de Malta, la República de Génova y el Ducado de Saboya. Sabemos que el retraso de la batalla de Lepanto se debe en parte a la complejidad enorme de aquella operación, pero en parte también a una serie temprana de temporales que se desataron en el Mediterráneo en septiembre de 1571. Pero el hecho no es extraño, porque otoño es la estación más inestable en el Mediterráneo. La batalla se libró al fin un poco más tarde, el 7 de octubre. Fue una colosal victoria de las naves cristianas en un momento en que los turcos habían desembarcado en Chipre y amenazaban dominar todo el Mediterráneo, con las consecuencias que ello hubiera acarreado.  La batalla de Lepanto fue decisiva. Don Juan de Austria quiso lanzarse al asalto de Constantinopla, pero los entendidos le aconsejaron desistir y retirarse cuanto antes, porque se aproximaba una nueva tempestad. Y acertaron. Las naves salieron a zona abierta, más segura que en las angosturas del golfo de Corinto, pero aun así el temporal fue tan fuerte que, según Cabrera de Córdoba, «los soldados temieron más a los vientos desatados que antes a la artillería de los turcos». También ha tratado de explicarse el fracaso de la Armada Invencible española por el borrascoso verano de 1588. Ya frente a las costas de Galicia tuvieron los barcos que detenerse ante una fuerte borrasca. Muchos de ellos se refugiaron en La Coruña. Luego la armada sufrió otra galerna en el Cantábrico, que dispersó a los navíos, que tardaron varios días en poder reagruparse. Cuando finalmente llegaron frente a las costas británicas, hubieron de sufrir continuos temporales, en que tampoco los ingleses pudieron zarpar a tiempo de Plymouth, y los combates se desarrollaron sin apenas avistarse los navíos de ambos contendientes en el canal de La Mancha, entre nubes y cortinas de agua. Un climatólogo británico, Hubert Lamb, calcula que hubo una sucesión de siete borrascas distintas en el plazo de un mes, un hecho que representaría un régimen de circulación atmosférica francamente anormal, especialmente para el ritmo del verano.

 

Se sabe que el propósito de la Armada española era, más que un combate naval, el transporte de los Tercios de Flandes de las costas de los Países Bajos a las de la Gran Bretaña, en una travesía rápida. Una vez en tierra, las tropas españolas tenían serias posibilidades de conseguir la victoria. Pero durante los días en que los navíos estaban frente a las costas de Flandes, hostigados de lejos por los ingleses, se registraban «mareas muertas», que impedían a los buques pesados, encargados de transportar a los 40.000 hombres del ejército de Alejandro Farnesio, duque de Parma, sobrino de Felipe II y de Juan de Austria, franquear las barras de los puertos flamencos. Sin aquellas tropas no era posible invadir Inglaterra. Y la expedición no tenía otra finalidad. Cuando el régimen de mareas mejoró, los galeones españoles habían sido arrojados por los vientos hacia el mar del Norte. El plan, desde entonces, se había hecho inviable. Pero el tiempo atmosférico, con un régimen anormal de borrascas, no lo explica todo. No sabemos si aquel régimen de borrascas tuvo alguna relación con el estado de oscilación atlántica propio de la Pequeña Edad del Hielo. Pero esta anécdota histórica no deja de tener un cierto interés, pero no nos proporciona datos generales acerca de la evolución del clima. Y podemos preguntarnos si el siglo XVI, un siglo de plenitud en casi todas partes y de largos viajes por el mundo, fue realmente una época en que abundó el mal tiempo. Se sabe que una temporada en que no se registran eventos catastróficos, como sequías, malas cosechas o heladas, no pasa a la historia. Resulta muy probable que el siglo XVI forme parte de esa larga época que comúnmente se conoce como Pequeña Edad de Hielo. Pero nada nos demuestra que el siglo XVI fuese excepcionalmente tempestuoso y frío, aunque en ocasiones se hayan registrado tempestades fuera de serie y fríos excepcionales. Quizá si un verano fue francamente caluroso, los cronistas no se sintieron obligados a reflejarlo, como en cambio sí nos dieron a conocer las heladas en algún puerto mediterráneo o las tempestades que perjudicaron gravemente la navegación. Probablemente el siglo XVI fue un poco más frío que el siglo XX. No obstante, el frío propio de parte del siglo XIV y el XV volvería en el siglo XVII, y, quizá con menos fuerza, en el XVIII.

 

El mínimo de Maunder es el nombre dado al período de 1645 a 1715, cuando las manchas solares prácticamente desaparecieron de la superficie del Sol, tal como observaron los astrónomos de la época. Recibe el nombre del astrónomo Edward Maunder, quien descubrió la escasez de manchas solares durante ese período estudiando los archivos de esos años. Durante un período de 30 años, dentro del mínimo de Maunder, los astrónomos observaron aproximadamente 50 manchas solares, mientras que lo típico sería observar entre unas 40.000 y 50.000 manchas. Edward Maunder (1881 – 1928) fue un astrónomo especializado en heliofísica, o física del Sol, que trabajó en el observatorio de Greenwich. Conoció la teoría de Siegfried L. Spörer sobre la existencia de épocas en que, inesperadamente, faltan manchas en el Sol, y se propuso investigar sobre el asunto. Ya en 1843 un astrónomo aficionado, Heinrich Schwabe, había descubierto que la actividad solar oscilaba entre épocas de máximo y de mínimo, en un periodo aproximado de 11 años. En los mínimos escaseaban las manchas, pero raras veces transcurrían más de dos meses en que no fuese visible ninguna. En los máximos se pueden observar muchísimas manchas, a veces enormes, capaces de distinguirse a simple vista. Y Maunder llegó a unas conclusiones que le parecieron sorprendentes. Es curioso que en la década de1610-1620, la primera en que se pudo disponer de telescopios, hubiera una referencia a diez manchas distintas. El número de manchas, sin embargo, fue disminuyendo, conforme se multiplicaban los medios de observación, hasta disminuir a 2 o 3 en la mitad del siglo XVII. Y en la década de 1660, pese al trabajo de los más importantes astrónomos de entonces, no se pudo encontrar ninguna mancha. Era extraño, ya que incluso en las épocas en que se esperaba un máximo de actividad solar no aparecían manchas. Astrónomos como Domenico Cassini o Jean Picard reflejaron en 1671 su alegría por haber visto una mancha en el Sol por primera vez en veinte años. John Flamsteed, astrónomo real en Greenwich, expresaba su extrañeza por no conseguir distinguir ni una sola mancha durante más de diez años. Tampoco los chinos vieron ninguna por entonces. Asimismo, tampoco hay noticias de auroras boreales, tan frecuentes en épocas de gran actividad solar. El astrónomo, matemático y físico inglés, Edmund Halley, describe una mancha en 1710, como si fuera un hecho absolutamente insólito. Solo a partir de 1720 empezaron a verse más manchas, aunque su frecuencia no se normalizó hasta 1730 o 1740. El fenómeno, conocido como Mínimo de Maunder, fue un fenómeno extraordinario, que nadie hasta ahora ha conseguido explicar. El trabajo de Maunder pasó casi completamente inadvertido durante cerca de un siglo. Lo dio a conocer el astrónomo John A. Eddy en 1976, y solo más tarde se empezó a relacionar la extraña ausencia de manchas solares con la Pequeña Edad de Hielo.

 

Desde tiempo antes se había relacionado la actividad del Sol con manifestaciones meteorológicas, especialmente la frecuencia de borrascas o temporales importantes; y hasta con indicadores climáticos, como el florecimiento de los cerezos en Alemania, e incluso se estableció una relación entre la curva de actividad solar y las variaciones de nivel del lago Victoria, en África. A mediados del siglo XX se tenía la seguridad de que a mayor actividad solar, más calor y más lluvias, mientras que a menor actividad solar, más frío y un clima más seco. Pero aunque no hay duda de la relación entre la tasa de energía liberada por el Sol y las variaciones climáticas, no conocemos el mecanismo ni el grado de influencia que opera la actividad solar a lo largo del tiempo. Sabemos que la actividad solar oscila en un periodo de unos once años, aproximadamente; pero ese periodo es demasiado corto para influir sobre el clima terrestre. Se necesitaría conocer oscilaciones que tuviesen ciclos mucho más largos. El Mínimo de Maunder trata de una ausencia de manchas solares, no de actividad solar, que duró aproximadamente ochenta años. Por lo tanto fue un fenómeno de larga duración, como no hemos conocido otro en los últimos siglos. Pudo haber tenido consecuencias importantes en el clima de la Tierra; pero todavía no sabemos cuáles fueron. Lo que sí sabemos es que casi coincidió con el pico de frío más importante de la Pequeña Edad de Hielo, Pero el frío empezó antes y terminó después del Mínimo de Maunder. Si hubo una influencia directa en un enfriamiento, no parece que haya sido la única. El descenso de las temperaturas se operó ya a comienzos del siglo XVII, por un fenómeno no propiamente climático. De nuevo, como en muchos otros casos, se trató de un volcán. El Huaynaputina es un estratovolcán de la cordillera de los Andes localizado en el departamento de Moquegua, al sur del Perú. Este volcán fue la fuente de la mayor explosión registrada en la historia de América del Sur, la cual aconteció el 19 de febrero de 1600, después de los terremotos que comenzaron el día 15, con los primeros signos de erupción inminente en 1599 e inicialmente atribuidos al volcán Misti, en el sur de Perú, considerado como uno de los 10 volcanes activos o potencialmente activos de esta parte de la cordillera de los Andes. El volcán Huaynaputina no tiene un perfil topográfico prominente, pero tiene la forma de un gran cráter volcánico que se halla situado en una meseta con una altitud promedio de 4.200 metros, aunque su punto más elevado alcanza una altitud de 4.850 metros.

 

Cuando este volcán entró en erupción en el año 1600 produjo cerca de 30 kilómetros cúbicos de piroclasto, y los flujos piroclásticos viajaron 13 kilómetros al este y sureste. La erupción causó daños severos a las ciudades peruanas de Arequipa y Moquegua. Según un estudio de la Universidad de California, las consecuencias de la explosión del volcán pudieron haber tenido repercusiones mundiales, siendo la posible causa de la hambruna que azotó Rusia entre 1601 y 1603. En 1615 Guamán Poma, cronista amerindio de ascendencia incaica, escribió: “La ciudad de Arequipa: Reventó el volcán y cubrió de ceniza y arena la ciudad y su jurisdicción. En; treinta días no se vio el Sol ni la Luna, ni las estrellas. Con la ayuda de Dios y de la virgen Santa María cesó y se aplacó“. La explosión fue tan fuerte, que destruyó materialmente la montaña. Treinta kilómetros cúbicos de piedras fueron lanzados a la atmósfera, aparte de las cenizas y humos que cubrieron los cielos. Días más tarde se produjo una segunda explosión, que abrió una brecha enorme en la falda oriental del volcán. Murieron millares de personas, a pesar de que la comarca, excepto la propia Arequipa y Moquegua, no era muy poblada, y perecieron también una buena cantidad de cabezas de ganado, en tanto una enorme nube de polvo y cenizas cubría una extensión casi tan grande como la Península Ibérica. El cronista Guamán Poma relata que la nube «cubrió más de doscientas leguas», y llegaron a caer cenizas hasta en Chuquisaca, hoy Sucre, Bolivia. La ciudad de Arequipa permaneció en una tenebrosa semioscuridad durante treinta días. También se oscurecieron Lima, La Paz, Arica y otras ciudades. En la mar, algunos barcos fueron alcanzados por piedras de unos dos kilos de peso. Como consecuencia de los temblores de tierra, se desbordó el río Tambo, e inundó vastas regiones. El polvo se extendió, aunque menos denso, por todas las regiones del mundo. En la Antártida se han recogido muestras de polvo volcánico que ha sido posible fechar entre 1599 y 1604, lo que lo sitúa en la época de erupción del volcán peruano. En Europa, aunque no hay testimonios de lluvias de ceniza, se registraron fenómenos de oscurecimiento, con crónicas que afirmaban que «el sol casi no brillaba», aunque no supiesen  las causas. También hay crónicas que hablan del oscurecimiento de la luz solar en China. Las temperaturas bajaron como no lo habían hecho desde el año 1400, y el invierno fue particularmente frío en Escandinavia. Los efectos de este enfriamiento han sido estudiados por el profesor Andreas Thompson, que ha detectado fríos extremos en Europa, especialmente en el norte de Europa, en Suiza, y en Rusia, donde tuvieron tres inviernos terribles y una hambruna continuada entre 1601 y1603. En China también se registró un episodio de frío muy superior al normal, y en Japón los estudios sobre el lago Suwa demuestran que en aquella época las aguas permanecieron heladas más tiempo que en los 500 años anteriores o en los 400 años posteriores.

Aparte de lo provocado por la erupción de un volcán, hay noticias de lluvias y fríos desde comienzos del siglo XVII. Le Roy Ladurie detecta dos periodos de vendimias tardías hacia el año 1602 y otro en los años 1639-1644. Los estudios realizados en los glaciares de los Alpes demuestran que una gran parte de los valles que hoy están habitados quedaron cubiertos por hielos, lo que provocó que muchos pueblos hubieran de ser abandonados. Los relatos de viajeros de aquel tiempo nos hablan de los rodeos que tenían que dar para evitar glaciares como el de Furka o el de Aletsch, ambos en los Alpes suizos, entonces unos glaciares muy extensos. Varias aldeas del valle de Chamonix, en la actual región de Auvernia-Ródano-Alpes, Francia, quedaron cubiertas por el hielo y tuvieron que suspender los cultivos. En el Gründenwald, un impresionante valle cercano a Interlaken, en Suiza, la capilla de Santa Petronila quedó sepultada por los aludes de nieve y las crónicas aseguran que durante mucho tiempo continuó siendo visible a través del hielo. Como yo vivo en Catalunya, me he interesado por el clima en esta tierra en aquella época. En 1617 se heló el río Ebro, y en Catalunya la gente se quejaba de que había llegado «el año del diluvio». Entre el 30 de Octubre y el 2 de Noviembre de 1617 una depresión mediterránea desencadenó lo que Mariano Barriendos, profesor del Departamento de Geografía Física, de la Universidad de Barcelona, en su libro El temps a Catalunya dia a dia, denomina como el año del diluvio en Catalunya, y nos dice así: “Todas las condiciones climáticas y meteorológicas fueron favorables para que durante la primera semana de Noviembre de 1617 las lluvias provocaran el desbordamiento con efectos catastróficos en casi todos los cursos fluviales principales de Catalunya. Es una tragedia de la que se guarda una escasa memoria pero que en un contexto de cambio climático podemos pensar que se puede volver a dar“. Los daños provocados por los ríos fueren generales y graves. Las referencias que encontramos en los archivos son explícitas y se refieren a numerosas poblaciones catalanas. La lista de localidades afectadas es tan larga que no acabaríamos. Seguramente fue el episodio de lluvias más importante del siglo XVII y uno de los más destructivos del último milenio en Catalunya.

 

Hay registros que nos indican que durante el año 1607 los hielos permanecieron en el lago Superior. actualmente entre Estados Unidos y Canadá, hasta el 8 de junio, una anomalía como hasta entonces no se recordaba. A mediados de siglo XVII se produjo una nueva oleada de frío. En efecto, alrededor de los años 1646-1650, los inviernos fueron muy crudos en Francia, llegando las temperaturas a ser verdaderamente glaciales. Por otro lado, las primaveras registraban heladas tardías y los veranos eran muy lluviosos, lo que dificultaba la recogida de unas cosechas que ya habían quedado maltrechas por las heladas de unos meses antes. Las hambrunas fueron frecuentes, desde la tan temida del 1643, y por aquel periodo se registraron saqueos y revueltas. Podemos destacar la gran hambruna de Kan’ei, que afectó a Japón durante el reinado de la Emperatriz Meisho en el período Edo. El shogun gobernante durante la hambruna fue Tokugawa Iemitsu. Se calcula que el número estimado de muertes por inanición fue de entre 50.000 y 100.000. Generalmente se considera que la hambruna comenzó en 1640 y duró hasta 1643. De Inglaterra o de Alemania también se tienen noticias terribles. Todos los inviernos, durante un buen número de años, se helaba el Támesis en Londres. Primero la gente atravesaba el río sin necesidad de utilizar los puentes, luego empezaron a patinar por las aguas heladas, y más tarde incluso se instalaron tenderetes y se organizaron fiestas sobre el hielo. Hay crónicas que dicen que también se transportaban mercancías en trineos sobre el mismo lugar en que anteriormente surcaban barcos. Al mismo tiempo, los cronistas hacen referencia a que bandadas de lobos procedentes de Escandinavia atravesaban el Báltico helado y asolaban los campos de Alemania, causando gran temor en las gentes y estragos en los rebaños. Las crónicas explican que nunca se recordaba un frío como aquél. Pero ¿cuál fue la causa de aquel cambio climático? En el siglo XVII los japoneses vieron con frecuencia un cielo enrojecido producido por potentes erupciones volcánicas que arrojaron enormes cantidades de ceniza a la atmósfera. Aquel velo desvió parte de la radiación solar, lo cual enfrió las temperaturas de buena parte del planeta. En 1640, los volcanes Villarica (Chile) y Parker (Filipinas) agravaron la situación. La fabulosa concentración de ceniza emitida por las doce erupciones volcánicas que hubo en el Pacífico entre 1638 y 1644 coincidió con el mínimo de manchas solares, lo que pudo haber colaborado a enfriar el clima. El monje italiano Francesco Voersio describió en 1631 los efectos de aquella mini glaciación: “Las generaciones futuras no creerán las penalidades, el dolor y la miseria que estamos sufriendo“.

 

El término de Paz de Westfalia se refiere a los dos tratados de paz de Osnabrück y Münster, firmados el 24 de octubre de 1648, este último en la Sala de la Paz del ayuntamiento de Münster, en la región histórica de Westfalia, con los cuales finalizó la guerra de los Treinta Años en Alemania y la guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos. En estos tratados participaron el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Fernando III de Habsburgo, la monarquía hispánica, los reinos de Francia y Suecia, las Provincias Unidas (Países Bajos) y sus respectivos aliados entre los príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico. La Paz de Westfalia dio lugar al primer congreso diplomático moderno e inició un nuevo orden en Europa central basado en el concepto de soberanía nacional. Varios historiadores asignan una importancia capital a este acto, pues en Westfalia se estableció el principio de que la integridad territorial es el fundamento de la existencia de los estados, frente a la concepción feudal, de que territorios y pueblos constituían un patrimonio hereditario. Por esta razón, marcó el nacimiento del Estado nación. El equilibrio europeo iniciado en el Tratado de Westfalia, en1648, se recompuso con el Tratado de Utrecht, un conjunto de tratados firmados por los estados antagonistas en la Guerra de Sucesión Española, entre los años 1713 y 1715, en la ciudad neerlandesa de Utrecht y en la alemana de Rastatt. Los tratados pusieron fin a la guerra, aunque posteriormente a su firma continuaron las hostilidades en territorio español hasta julio de 1715, momento en que el marqués de Asfeld tomó la isla de Mallorca. En este tratado Europa cambió su mapa político. Una vez iniciadas las negociaciones en Utrecht la reina Ana de Inglaterra, quien, según Joaquim Albareda, “por motivos de honor y de conciencia, se sentía obligada a reclamar todos los derechos de que gozaban los catalanes cuando les incitaron a ponerse bajo el dominio de la Casa de Austria“, hizo gestiones a través de su embajador en la corte de Madrid, cuando aún no se había firmado ningún tratado, para que Felipe V concediera una amnistía general a los partidarios de la casa de Austria, singularmente a los catalanes, que además pedían conservar sus Constituciones. Pero la respuesta de Felipe V fue negativa y le comunicó al embajador británico «que la paz os es tan necesaria como a nosotros y no la querréis romper por una bagatela». El 6 de marzo de 1714 se firmaba el tratado de Rastatt por el que el Imperio Austríaco se incorporaba a la paz de Utrecht, sin conseguir el compromiso de Felipe V sobre el mantenimiento de las leyes e instituciones propias del Principado de Cataluña y del reino de Mallorca que seguían sin ser sometidos a su autoridad. El embajador catalán Felip Ferrán de Sacirera fue recibido en audiencia el 18 de septiembre por el rey Jorge I de Inglaterra, que se encontraba en La Haya camino de Londres para ser coronado, en la que le prometió que haría lo posible por Catalunya, pero temía que fuera demasiado tarde. En efecto, unos días después se conocía la noticia de que el 11 de septiembre de 1714 Barcelona había capitulado, después de una larga y heroica resistencia.

 

En el Asia Central se asistía a una carrera por la ocupación del espacio geoestratégico que había entre Rusia y China, mientras que la colonización de Australia era iniciada por Inglaterra sin apenas oposición. El carácter más trascendental de la Edad Moderna es lo que Ruggiero Romano y Alberto Tenenti, en su monumental obra Los fundamentos del mundo moderno: Edad Media tardía. Renacimiento. Reforma (Historia Universal), denominan «la primera unidad del mundo». En efecto, En 1531, al abrirse la nueva Bolsa de Amberes, una inscripción advertía que era para uso de los hombres de negocios de cualquier nación y lengua. Se iniciaba una globalización del capitalismo, en que las técnicas circulaban rápidamente, los productos y los tipos de alimentación se difundían por todas partes, como el trigo y el carnero, y llegaban a Europa el maíz, la patata, el chocolate y los pavos. En los Balcanes, las bebidas turcas y la manera turca de prepararlas se consolidaban. Por todas partes, los paisajes cambiaban. En América, muchos de los templos de las religiones precolombinas eran derribados y en su lugar se construían iglesias cristianas. La rueda, supuestamente desconocida en América, era introducida en el Nuevo Mundo. Los famosos pintores italianos llegaban a las cortes de los sultanes y el pintor cuatrocentista italiano Gentile Bellini terminaba, en 1480, el retrato del sultán turco Mohamed II el Conquistador. La economía mundial extendía sus hilos alrededor de todo el mundo, llevando incluso el comercio hasta el Extremo Oriente, para adquirir especias, sedas, porcelanas y perlas. La modernidad de esta época se afirmaba, precisamente, en esta llamada primera unidad del mundo. Pero si las líneas de navegación enlazaban ya con gran regularidad los distintos continentes, la piratería o las dificultades técnicas de la navegación rompían aquella regularidad. Si los anhelos imperiales de un Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico parecían hacerse realidad a raíz de sus victorias, se desmontaban rápidamente con las derrotas, así como con las grandes escisiones internas que aparecieron en Europa en el plano religioso o en los gérmenes del nacionalismo. Pero no hubo un paso brusco de la Edad Media a la Edad Moderna, sino una transición. Los principales fenómenos históricos asociados a la modernidad, como el capitalismo, el humanismo, los estados nacionales, etc., se venían preparando desde mucho antes, aunque fue en el paso de los siglos XV a XVI en donde confluyeron. Estos cambios se produjeron en varias áreas distintas. En lo referente a lo económico con el desarrollo del capitalismo, en lo político con el surgimiento de los estados nacionales y de los primeros imperios ultramarinos, mientras que en lo bélico, con los cambios en la estrategia militar derivados del uso de la pólvora. En el plano artístico con el Renacimiento, en el plano religioso con la Reforma Protestante; en el filosófico con el Humanismo y el surgimiento de una filosofía que reemplazó a la Escolástica medieval y proporcionó un nuevo concepto del hombre y la sociedad. En el plano científico con el desarrollo de la investigación empírica de la ciencia moderna, que a largo plazo se interconectará con la tecnología de la Revolución industrial. En el siglo XVII estas fuerzas ya habían cambiado la faz de Europa, sobre todo en su parte noroccidental, aunque estaban todavía lejos de relegar a los actores sociales tradicionales de la Edad Media, como el clero y la nobleza, al papel de meros comparsas de los nuevos protagonistas, el Estado moderno y la burguesía.

 

Probablemente las ofensivas del frío en aquella época fueron tres. Durante la década de 1680 volvemos a tener referencias al río Támesis helado, como puede verse en una pintura de Abraham Hondius, pintor y grabador perteneciente a la Edad de Oro holandesa, en 1676, en una escena en que se ven cazadores bien abrigados, armados de escopetas y acompañados por perros, que se deslizan sobre la superficie sólida del río Támesis. Brian Fagan recoge crónicas que indican que en el siglo XVII en Inglaterra se registraban de 20 a 30 días de nieve, cuando en el siglo XX solo ocurrieron de 2 a 10 días, según los inviernos. Es evidente que entonces el clima era claramente más frío. También se registraron informes de láminas de hielo en las aguas del litoral de Francia y los hielos flotantes llegaban durante los inviernos hasta las costas holandesas. En 1695 Islandia quedó totalmente aislada por el hielo durante nueve meses, algo que no se recordaba desde bastantes siglos antes. Durante años se vio nieve permanente en las montañas de Escocia, otro hecho del que no se conocen precedentes históricos. Y según Le Roy Ladurie, los retrasos en la recogida de la uva batieron todos los registros en Francia, en que hubo años en que no pudo hacerse la vendimia hasta noviembre. Asimismo, Le Roy Ladurie ha encontrado crónicas de inviernos largos, con retrasos en las faenas de la siembra por culpa de los hielos. En 1693 el trigo solo germinó en agosto y hubo que recogerlo en otoño, con los consiguientes problemas. En las regiones del sur de la Península Ibérica, como siempre que se produce una oscilación del Atlántico Norte, alternaron los fríos con lluvias torrenciales. Otro testimonio claro del frío lo encontramos en que en aquella época eran muy buscados los helados o granizados con zumo de frutas. El hielo se traía de pozos excavados en zonas frías, donde se conservaba hasta el verano. Se tienen noticias de Sevilla en que la nieve se traía de la Serranía de Ronda, a unos 2000 metros de altura. La nieve era transportada a Sevilla en carros cubiertos de paja y a su vez se depositaba en otros pozos para conservarla todo lo posible. Pues bien, a fines del siglo XVII ya no hacía falta traerla de Ronda, sino de Cazalla y Constantina, mucho más cerca de Sevilla y a solo 800 metros de altitud. En la actualidad no nieva casi nunca en Constantina y apenas cuaja. En la zona de Valencia y Alicante, J. Cruz Orozco y J. M. Segura han localizado hasta 290 «pozos de nieve» situados entre 600 y 1400 metros de altura. Un negocio fructífero que se podía practicar en el siglo XVII y aun durante el siglo XVIII.

 

En 1677 se heló el estrecho del Bósforo, el punto más estrecho del paso marítimo entre el mar Negro y el Mediterráneo, de tal modo que se podía caminar por el estrecho que separa a Europa de Asía. El frío de fines del siglo XVII afectó también a los glaciares del Himalaya, que se expandieron y que están siendo estudiados hoy, especialmente por los chinos. También afectó a los glaciares de los Alpes, con los resultados de abandono de tierras a causa de su expansión. La lucha entre el hielo y el hombre se resolvió en aquella época siempre a favor del hielo. Si en el paleolítico nuestros ancestros eran capaces de cazar en campos helados y refugiarse en las cuevas, en los tiempos en que se vivía de la agricultura y la ganadería, no era posible vivir sin la cosecha y sin el alimento que nos proporcionan los animales. A mayor desarrollo, mayores son las necesidades y más difícil resulta la adaptación a las circunstancias. Esta es una lección que nos podemos aplicar en la actualidad. El historiador británico Geoffey Parker cree que «aquel cambio climático tuvo la mayor importancia histórica». Parker ha estudiado el auge y la decadencia de los grandes imperios, entre ellos el español, y opina que los auges y las decadencias tienen lugar por una serie de circunstancias históricas, entre las cuales figura el clima, aunque no se pueden explicar solamente por el clima. El geólogo español, especialista en vulcanismo y planetología, o estudio de los sistemas planetarios, Francisco Anguita, en referencia al Mínimo de Maunder comenta que: «si hoy se repitiese el mismo fenómeno, la actual densidad de población lo convertiría automáticamente en una catástrofe global: una larga serie de inviernos rigurosos cambiaría la historia del planeta». Pero es evidente que en el periodo del Mínimo de Maunder no se produjeron largas series de años con inviernos rigurosos. En efecto, hubo inviernos muy fríos, primaveras tardías y veranos lluviosos, pero no siempre. Pero aquellos fenómenos de frío y lluvias alternaron con años relativamente normales, en ocasiones incluso calurosos. Aunque se registraron excepciones, en el siglo XVII y en algunos momentos del siglo XVIII y hasta mediados del siglo XIX se sufrieron episodios de fríos terribles. No obstante, el Mínimo de Maunder no terminó con el siglo XVII, ya que las observaciones de la actividad solar no mostraron una tendencia a la normalidad hasta el año 1730, ya en pleno siglo XVIII. Tanto para Le Roy Ladurie como para Pascal Acot, autor de Historia del clima – desde el Big Bang a las catástrofes climáticas, los últimos años del siglo XVII y los treinta primeros del siglo XVIII fueron particularmente fríos y los glaciares alpinos se extendieron más que nunca.

 

Para Brian Fagan el pico del frío se registró precisamente entre los años 1680 y 1730. Una de las pistas es el desplazamiento de los bancos de pesca. El arenque, que recogían los escandinavos cerca de las costas noruegas, se desplazó hacia el sur, al mar del Norte, para beneficio de los británicos. Y lo mismo ocurrió con el bacalao, que emigró de la zona de Terranova e Islandia a las islas Feroe e incluso más al sur. Fagan cree que un enfriamiento de las aguas habría provocado una emigración de los peces. Asimismo, los análisis de restos orgánicos encontraron un mínimo en la tasa del Carbono-14 alrededor del año 1700, y concretamente entre 1690 y 1710. Los franceses registraron un invierno extraordinariamente frío en 1708, con tantas nieves que los pájaros no encontraban alimento «y caían en pleno vuelo». Hay más noticias similares por aquellos tiempos, que señalan que aquellos años tal vez hayan sido los más frío de todos, probablemente correspondientes al último período del Mínimo de Maunder propiamente dicho. Todo el siglo XVII tuvo temperaturas más bajas que en el siglo XX, por más que pudiera haber tenido años templados e, incluso, algún verano caluroso. Pero, en este siglo XVII de temperaturas predominantemente bajas, pueden distinguirse tres ofensivas del frío. Lla primera a comienzos de siglo XVII, la segunda entre los años 1640 y 1650, y la tercera fue una larga temporada invernal que se extiende desde los años 1680 hasta entrado el siglo XVIII. El historiador español Antonio Domínguez Ortiz se refiere a las tres ofensivas del frío como las «tres ofensivas de la muerte», en referencia a las epidemias que justo por los mismos años asolaron básicamente la cuenca mediterránea y principalmente la Península Ibérica. La más terrible fue la de 1648-1650. Aunque la parte peor de los episodios de peste ya había pasado, no obstante hubo nuevas epidemias de peste en las décadas de 1640 y 1650. Las regiones más perjudicadas fueron Andalucía y Levante, si bien también afectó a algunas localidades aragonesas, como Calatayud, Monreal del Campo o La Almunia. En 1647 fallecieron en el área de Valencia unas 16.000 personas. En 1649 la epidemia provino de Cádiz y no se atajó a tiempo al no cortarse la comunicación con Sevilla. Los arrieros que ese año transportaban 2.800 quintales de azogue desde Almadén, hubieron de descargarlo en Alcalá del Río al no poder acceder a Sevilla por la peste. Además se dio orden de no enviar más azogue por impedirlo las autoridades de los pueblos por los que pasaba el camino, a pesar de dar garantía de que Alcalá del Río estaba libre de la enfermedad. El resultado de la epidemia fue el fallecimiento de 60.000 personas.

También hubo otras pestes en el norte y centro de Europa, no siempre en esas mismas fechas. La más terrible fue la peste de Londres, o «Gran Plaga». La gran peste de Londres, que duró de 1665 a 1666, fue la última gran epidemia de peste bubónica en Inglaterra. Sucedió en el contexto de la segunda pandemia en Europa, un período de epidemias intermitentes de peste bubónica, que se originó en China en 1331, primer año de la peste negra, un brote que incluyó otras formas como la peste neumónica, y que duró hasta 1750. Es curioso que la mayor parte de las epidemias han venido de China, incluida la actual Covid-19. La epidemia mató a unas 100.000 personas, casi una cuarta parte de la población de Londres, en dieciocho meses. La peste era causada por la bacteria Yersinia pestis, no un virus, que generalmente se transmite a través de la picadura de una pulga de rata infectada. La epidemia de 1665-1666 fue a una escala mucho menor que la anterior pandemia de peste negra: De todo modos, más tarde fue recordada como la «Gran Plaga», principalmente porque fue el último brote generalizado de peste bubónica en Inglaterra durante la segunda pandemia en cuatrocientos años. Y por si no tuviesen suficiente con la pandemia, pocas semanas después, el 2 de setiembre de1666, estalló un espantoso incendio que devastó Londres y obligó a reconstruir la gran ciudad. De hecho hay quienes creen, con bastante lógica, que el incendio terminó con la peste. Nos podemos preguntar si existe alguna relación entre la inclemencia climática y un brote epidémico. Algunos historiadores han buscado alguna forma de relación, sin obtener respuestas concluyentes. Y otra pregunta que surge es si el Mínimo de Maunder fue un fenómeno que afectó solo a Europa o afectó al resto del mundo. Entre los investigadores la opinión más generalizada es que afectó tan solo a Europa, pero también hay testimonios que indican un ámbito de afectación más amplio, incluso a nivel mundial, aunque tal vez no tan intenso como en Europa. Roberto G. Herrera y María del Rosario Prieto, en su libro Naos, clima y glaciares en el Estrecho de Magallanes durante el siglo XVI, utilizando datos de los navegantes españoles de la época, creen que hubo un clima muy frío en Sudamérica y especialmente en la zona cercana al estrecho de Magallanes, ya que pueden encontrarse numerosas referencias de glaciares y hielos flotantes en lugares donde en la actualidad no son habituales.

 

También en la India faltaron los monzones durante dos años consecutivos, 1629 y 1630. Si el primer verano sin apenas lluvias ya fue una catástrofe, el segundo, cuando falló de nuevo la cosecha, representó una catástrofe aún mayor. El hambre se generalizó, hasta el punto de que, según Fagan, «regiones enteras quedaron despobladas». También murieron millones de cabezas de ganado. La ausencia del monzón, un hecho anómalo que raras veces ocurre, se debe normalmente a una oscilación oceánica y atmosférica generalmente asociada con El Niño, que supone una falta del calentamiento necesario en verano para producir los monzones. Otra gran sequía, aunque tal vez no de la misma proporción, se registró en el bienio 1685-1686. También sabemos que en los siglos XVII y XVIII el glaciar Franz Josef, ubicado en el Parque Nacional Westland, en la costa oeste de la Isla Sur de Nueva Zelanda, llegaba casi al mar. Pero desde el siglo XIX, en que comenzó el calentamiento actual, se queda a bastantes kilómetros de la orilla. Hay registros de que en Perú tuvieron por lo menos cinco episodios fríos en el siglo XVII. Las formaciones de estalactitas en algunas cuevas de Sudáfrica también indican un enfriamiento en aquella época. Y por si fuera poco, estudios del paleo-oceanógrafo Boo-Keun Khim y sus colaboradores en los hielos de la Antártida, han llegado a la conclusión de que, por la misma época, hubieron episodios más fríos de lo normal, aunque alternados con otros más templados, reveladores de unas oscilaciones inestables. Estas investigaciones han sido confirmadas más tarde por el geólogo K. J. Kreutz y colaboradores, que a través del Proyecto GISP2 llevó los métodos e instrumentos desde Groenlandia a la Antártida. Kreutz cree haber probador que la Pequeña Edad de Hielo, con distintas alternativas según la ubicación geográfica, tuvo un carácter de fenómeno global. Entonces surge la pregunta de si fue por causas cósmicas. Si tuviese alguna relación con la ausencia de manchas solares, la globalidad sería lo esperable. También el examen de la formación de corales en los atolones del Pacifico ha estimado que hubo un pico del frío a mediados del siglo XVII. Pero el fenómeno es más evidente en el área del Atlántico, aunque en aquella época también dejó rastros visibles en todas las regiones del mundo. Ahora bien, sabemos que el Mínimo de Maunder, en relación a las manchas solares observables, terminó hacia el año 1730. Sin embargo, los episodios de frío duraron bastante más, por lo menos hasta el año 1750. No obstante, algunos estudios indican que en el Pacífico Tropical las temperaturas del agua en el siglo XVIII eran superiores a las del siglo XX. Pero el frío volvió a presentarse a fines del siglo XVIII y a comienzos del XIX, cuando el ciclo solar estaba completamente normalizado. Por ello es complicado relacionar el fenómeno solar con el fenómeno climático. Una de las explicaciones con más posibilidades es la de que un clima, una vez establecido, sufre una suerte de inercia, que le hace perdurar más que la causa que lo ha provocado. Luego las temperaturas se recuperaron, y hubo más o menos una generación con algo más de bonanza climática. Pero el frío aún tuvo nuevas apariciones.

 

Tal como estamos viendo, la Pequeña Edad de Hielo duró varios siglos, pero no todos los años, ni siquiera todos los decenios, fueron igual de fríos, ya que también hubo tiempos relativamente cálidos. De todos modos, durante aquella época las temperaturas pocas veces llegaron a niveles cálidos similares a los de fines del siglo XX o comienzos del XXI. A mediados del siglo XVIII, aproximadamente entre los años 1740 y 1780, el clima fue en líneas generales benigno, con incidencias en el comportamiento atmosférico, pero con cierta normalidad, que debió hacer de aquellos años una época más agradable. Pero los agricultores vivían pendientes de los temporales de lluvia, de las tormentas de primavera, de los calores y los fríos, o por las cosechas perdidas por las lluvias tardías. Aquellos agricultores entendían más de nubes y de vientos que muchas personas de hoy. Por todo ello, aunque en el siglo XVIII aumentó el interés de las gentes en registrar los estados del tiempo, es perfectamente explicable que tengamos muchas más noticias de sucesos adversos que de sucesos favorables. No hay tormenta, inundación, sequía prolongada, o mala cosecha de la que no se hable. No obstante, tenemos que ser prudentes a la hora de determinar la marcha de los eventos atmosféricos solo por las referencias que han llegado hasta nosotros. Parece que por los años 1735-1740, después de una serie de años de buena temperatura, en 1740, año glacial, fatal y crucial, se registró la última ofensiva de frío, ya que hubo inviernos helados, primaveras tardías, veranos frescos y otoños prematuros. La cosecha de cereales no iba bien y la de los viñedos se retrasaba o tenía un rendimiento bajo. Las crónicas hablan de muchas personas que murieron de frío en el norte y centro de Europa. Pero hay muchas más referencias de sequías pertinaces que de lluvias copiosas. Los glaciares se expandían de nuevo por los valles de Suiza, Austria y Francia. Pero cuando llovía lo hacía de forma torrencial, por lo que se registraron frecuentes inundaciones. Alrededor de 1740 es significativo estudiar los incrementos en las extensiones de los glaciares en Europa durante aquella época. Las malas noticias llegaban sobre todo de Francia y Países Bajos, pero las crónicas de la época indican que el tiempo irregular y predominantemente frío azotó a la mayor parte de Europa. Tal vez hubo una influencia volcánica en el frío de 1740. John Dexter Post, en su libro Food Shortage, Climatic Variability, and Epidemic Disease in Preindustrial Europe: The Mortality Peak in the Early 1740s, se refiere a las fuertes erupciones volcánicas en la península de Kamchatka, en el extremo oriental de Siberia, en 1737. En efecto, en agosto de 1737 las fuertes explosiones de este tipo en el volcán Aváchinski, en la península de Kamchatka, con una expulsión masiva de materiales y gases, envolvieron todo el planeta. Agreguemos otra erupción el 27 de agosto de 1737 del volcán de Fuego, en Guatemala. Teniendo en cuenta este doble acontecimiento volcánico, el velo de polvo expulsado pudo desempeñar un papel el año siguiente, 1738, con una fecha de vendimia razonable, pero ya más tardía que en 1736 y que en 1737. Seguramente también jugaron un papel cada vez más grande a partir de 1739, si se tienen en cuenta las estadísticas termométricas de John D. Post. En efecto, los primeros verdaderos fríos se hicieron sentir de modo todavía discreto ya desde julio de 1739, hasta intensificarse en 1740.

 

A partir de 1740 escasean las noticias de desastres meteorológicos, y cabe suponer que durante varias décadas el tiempo se hizo más benigno. Hubo, como siempre, veranos calurosos o inviernos fríos, pero cada evento se ajustaba, más o menos, a su tiempo, y las buenas o simplemente regulares cosechas no daban grandes motivos de lamentaciones. Incluso hay más referencias de calores veraniegos, aunque su rigor no parece haber sido excesivo. Las décadas de1740, 1750 y 1760 del siglo XVIII parecen haber sido de temperaturas tan benignas que se identifican con los años dorados de la Ilustración. Parece que el tiempo no fue noticia hasta la década de 1780, en que el frío atacó de nuevo, con ímpetu inusitado. La primera referencia concreta nos llega de América y procede del propio año 1780. El puerto de Nueva York se heló, hasta el punto de que se podía caminar sin dificultad desde Manhattan a Staten Island. Entonces no existían ferris, pero aquel invierno tampoco hubieran hecho falta. En 1766, la Royal Society contrató a James Cook, navegante, explorador, cartógrafo y capitán de la Marina Real británica, para viajar al océano Pacífico, con objetivo de observar y documentar el tránsito de Venus sobre el Sol. Las exploraciones de James Cook y la ocupación de Oceanía concluyen la era de los grandes descubrimientos geográficos. La integración mundial avanzaba y surgen las primeras guerras que podríamos considerar mundiales, ya que los imperios coloniales europeos se repartieron territorios distantes, como India o Canadá, al tiempo que se dirimían otros repartos en Europa, como el de Polonia. Las posesiones europeas llegaron a su máxima expansión en América antes de la Independencia de Estados Unidos en 1776 y de la emancipación latinoamericana de España, entre 1808 y 1824, anticipada por la Revolución de los Comuneros, un movimiento armado gestado en el Virreinato de la Nueva Granada, formado por las actuales Colombia, Venezuela, Ecuador, Panamá y Guayana. en marzo de 1781, en el marco de las múltiples respuestas que se generaron al avance de las Reformas borbónicas en América durante el gobierno de Carlos III, así como por la rebelión de Túpac Amaru II, que fue un levantamiento que acontecido entre 1780 y 1783, y que tuvo lugar en el virreinato del Perú, en la región del Cuzco, como reacción a la imposición de las Reformas borbónicas. 1776 es un año muy importante ya que tendrá significativas repercusiones en el devenir del mundo. El 9 de marzo en Londres se publica La riqueza de las Naciones, de Adam Smith, fundamento teórico del capitalismo y que supone el nacimiento de la ciencia económica moderna. El 1 de mayo se fundan los Illuminati, u Orden de los Iluminados. Históricamente se refiere a la organización Illuminati de Baviera, una sociedad secreta de la época de la Ilustración, fundada el 1 de mayo de 1776, la cual manifestaba oponerse a la influencia religiosa y los abusos de poder del Estado. Con el apoyo de la Iglesia católica, el gobierno de Baviera prohibió la organización de los Illuminati, junto con otras sociedades secretas, y esta se disolvió en 1785. En los años siguientes, el grupo fue vilipendiado por críticos, que afirmaban que los miembros de los Illuminati de Baviera se reagruparon y fueron los responsables de la Revolución Francesa y probablemente de la Independencia de Estados Unidos. El 4 de julio de1776 se produjo la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, aprobada por delegaciones de las 13 colonias británicas en el Congreso Continental en Filadelfia, Pensilvania. Las colonias dieron origen a los Estados Unidos. Dicha Declaración redactada por Thomas Jefferson fue la primera formulación de los derechos del ser humano.

 

La Ilustración fue un movimiento cultural e intelectual, primordialmente europeo, que nació a mediados del siglo XVIII y duró hasta los primeros años del siglo XIX. Fue especialmente activa en Francia, Inglaterra y Alemania, inspirando profundos cambios culturales y sociales, siendo uno de los más trascendentales la propia Revolución francesa. Se denominó Ilustración por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la ignorancia de la humanidad mediante las luces del conocimiento y la razón. El siglo XVIII es conocido, por este motivo, como el Siglo de las Luces y de la fe en el progreso. Los pensadores de la Ilustración sostenían que el conocimiento humano podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor. La Ilustración tuvo una gran influencia en aspectos científicos, económicos, políticos y sociales de la época. Este tipo de pensamiento se expandió entre la burguesía y entre una parte de la aristocracia, a través de nuevos medios de publicación y difusión, así como mediante reuniones realizadas en casa de gente adinerada o de los aristócratas, en las que participaban intelectuales y políticos, a fin de exponer y debatir acerca de ciencia, filosofía, política o literatura. Madame de La Fayette, Lady Mary Wortley Montagu, Olympe de Gouges y Mary Chudleigh fueron escritoras y activistas que trataron de extender los cambios que la Ilustración promovía en relación a la situación de la mujer. Socialmente la Ilustración se halla inscrita en el ámbito de la burguesía ascendente, pero sus animadores no fueron ni todas las capas burguesas, ni solamente estas. Por un lado, tuvo sus adversarios en determinados sectores de la alta burguesía comercial, como, por ejemplo, el dedicado al tráfico de esclavos, un negocio muy lucrativo, y, por otra parte, ciertos elementos del bajo clero o de la nobleza cortesana, como el conde de Aranda en España, o de los Argenson en Francia. E incluso el propio aparato estatal de despotismo ilustrado, en los casos de Federico II el Grande, de Prusia, Catalina II de Rusia y José II de Austria, del Sacro Imperio Romano Germánico, que  apoyaron la Ilustración, aunque muchas veces como simple arma de política internacional. Los medios de que se valió el movimiento para su difusión fueron múltiples. Entre otros las sociedades secretas, como la masonería, pero, en primer lugar hay que señalar las sociedades de pensamiento, específicas de la época, como las academias y los salones, como el influyente salón de los que Napoleón llamó Sociedad de Auteuil. Otros vehículos de enorme importancia fueron la prensa periódica y la internacionalización de las ediciones. Por otra parte, la independencia económica del profesional de las letras, antes sujeto al mecenazgo, dio mayor autonomía a su pensamiento.

 

El astrónomo francés Camille Flammarion (1842 – 1925), en su libro L’Atmosphere: Météorologie Populaire, nos habla de los dos inviernos más memorables por la intensidad del frío que padeció buena parte de Europa, que hemos elegido entre otros muchos que describe en su obra. Se trata de los períodos de 1788-1789 y 1879-1880. Flammarion nos dice que, después de 1776, llegamos al invierno de 1788-89, precursor de la revolución francesa. Este invierno fue uno de los más rigurosos y largos de cuantos hayan afligido a  Europa. El frío empezó en París el 25 de noviembre de1788 y duró 50 días consecutivos. El deshielo comenzó el 13 de enero de 1789, habiéndose medido un espesor de nieve en París de 0,65 metros. El hielo llegó a 0,60 metros de espesor en el gran canal de Versalles, en los estanques y en muchos ríos. El agua se congeló también en numerosos pozos muy profundos y el vino se heló en las bodegas. El Sena empezó a helarse el 25 de noviembre de 1788 y durante muchos días se interrumpió su curso, no efectuándose el deshielo hasta el 20 de enero de 1789. La temperatura más baja observada en París fue la de –21,8ºC el 31 de diciembre de 1788. El frío no fue menos intenso en los demás puntos de Francia y en toda Europa. Como ejemplo tenemos que en Berlín, Prusia, el 28 de diciembre de1788 se alcanzaron los –28,8ºC. El río Ródano se congeló completamente en Lyon, el Garona en Tolosa, y en Marsella se cubrieron de hielo las orillas de la bahía. En las costas del Océano Atlántico el mar se heló en una extensión de muchas leguas. En el río Rin fue tan espeso el hielo que pudieron atravesar el río carros cargados. El río Elba quedó completamente congelado, soportando el paso de carretas de transporte. Otro tanto le sucedió al puerto de Ostende, en Bélgica, por el cual se pudo pasar a pie y a caballo, habiéndose helado el mar hasta a cuatro leguas de distancia de las fortificaciones exteriores de dicha plaza, a la que no pudo acercarse ningún buque. El río Támesis quedó helado hasta Gravesend, a unos 29 km. de Londres, y durante las fiestas de Navidad se establecieron tiendas y barracas sobre el río en Londres y sus inmediaciones. El frío de este invierno fue muy funesto para los hombres y los animales, alcanzando sus malos efectos también a los vegetales. En la comarca de Tolosa, Francia, el pan se heló en casi todas las casas, no siendo posible cortarlo sino después de haberlo calentado un poco. Muchos viajeros quedaron sepultados en las nieves y en Lemberg, en la región de Lorena, en tan solo tres días se encontraron treinta y siete personas muertas a finales de diciembre. Las aves que viven generalmente en el Norte aparecieron en muchas provincias francesas. Mientras tanto, murieron los peces en casi todos los estanques a causa de la profundidad a que llegó el hielo.

 

La Revolución francesa fue un conflicto social y político, con diversos periodos de violencia, que convulsionó Francia y a otras zonas de Europa, que enfrentaban a partidarios y opositores del Antiguo Régimen o a la monarquía absoluta de Luis XVI, así como otras monarquías. Parece que fue impulsada por la masonería y especialmente por los Illuminati de Baviera. Se inició con la autoproclamación del Tercer Estado como Asamblea Nacional en 1789 y finalizó con el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte en 1799. Después que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, la organización política de Francia durante el siglo XIX osciló entre república, imperio y monarquía constitucional. Lo cierto es que la revolución marcó el final definitivo del feudalismo y del absolutismo en ese país y dio a luz a un nuevo régimen, donde la burguesía, apoyada en ocasiones por las masas populares, se convirtió en la fuerza política dominante en el país. La revolución socavó las bases del sistema monárquico, en la medida en que lo derrocó con un discurso que lo convirtió en ilegítimo. Según la historiografía clásica, la Revolución francesa marca el inicio de la Edad Contemporánea al sentar las bases de la democracia moderna. Abrió nuevos horizontes políticos basados en el principio de la soberanía popular, que será el motor de otras revoluciones, como la de 1830, unas jornadas revolucionarias de París que llevaron al trono a Luis Felipe I de Francia y abrieron el periodo conocido como Monarquía de Julio. También la revolución de 1848, una oleada revolucionaria que acabó con la Europa de la Restauración, en que había habido el predominio del absolutismo en el continente europeo desde el Congreso de Viena de 1814-1815. Por último, la revolución de 1871, la de la Comuna de París, que fue un movimiento insurreccional, desde el 18 de marzo al 28 de mayo de 1871, que gobernó brevemente la ciudad de París, instaurando un proyecto político popular socialista autogestionario. Los escritores ilustrados del siglo XVIII, filósofos, politólogos, científicos y economistas, y a partir de 1751 los enciclopedistas, contribuyeron a minar las bases del derecho considerado divino de los reyes. La filosofía de la Ilustración ha desempeñado un papel significativo en el giro que tomaron los eventos históricos, pero su influencia debe relativizarse, ya que los preceptos filosóficos nacidos durante ese siglo se revelaría como carentes de fidelidad historiográfica. La corriente de pensamiento vigente en Francia era la Ilustración, cuyos principios se basaban en la razón, la igualdad y la libertad. Asimismo, la Ilustración, junto con la masonería, había servido de impulso a las Trece Colonias norteamericanas para su independencia de Gran Bretaña.

Tanto la influencia de la Ilustración como la independencia de los Estados Unidos sirvieron de base ideológica para el inicio de la revolución en Francia. En términos generales fueron varios los factores que influyeron en la Revolución. Uno fue un régimen monárquico que sucumbiría ante su propia rigidez en relación a un mundo cambiante y que, tras varios intentos de adoptar medidas destinadas a atajar la crisis política y económica, capituló ante la violenta reacción de la nobleza y de algunos parlamentos provinciales, como el de Grenoble. Otro factor fue una aristocracia formada por la nobleza y el alto clero, que se había aferrado a sus privilegios feudales, bloqueando todas las reformas estructurales que se intentaron implantar desde la Corte. Un tercer factor fue el auge de una clase burguesa nacida siglos atrás, que había alcanzado un gran poder en el terreno económico y que ahora empezaba a introducirse en el poder político. Su riqueza y su cultura la había elevado al primer puesto en la sociedad, posición que estaba en contradicción con la existencia de otros estamentos privilegiados, como la nobleza y el clero. Un cuarto factor fue la exasperación de las clases populares urbanas y del campesinado, empobrecidos por la subida de los precios, en particular de los cereales y del pan, que era la base de su alimentación, así como por el incremento continuo de los impuestos y derechos señoriales y reales. El diezmo que cobraba el clero apenas servía para mantener el culto y socorrer a los pobres. El campesinado protestaba, además, por el origen de la propiedad de los derechos y las servidumbres feudales, que les parecían abusivos e injustos. Un quinto factor era la expansión de las nuevas ideas ilustradas. Un sexto factor era la regresión económica y las crisis agrícolas cíclicas, especialmente la que estalló en 1788, a causa de la fuerte bajada de temperaturas, que fue la más violenta de todo el siglo XVIII, agravados por las malas cosechas en los años que precedieron a la Revolución. Un séptimo factor fue la quiebra financiera provocada por la desigualdad de los impuestos, los gastos de la Corte, los costes de las guerras, y por los graves problemas económicos causados por el apoyo militar a la guerra de Independencia de los Estados Unidos. Esta intervención militar se convertiría en arma de doble filo, pues, pese a ganar la coalición franco-estadounidense la guerra contra Gran Bretaña y resarcirse así de la anterior derrota en la guerra de los Siete Años, su economía quedó en bancarrota y con una importante deuda externa. Los problemas fiscales de la monarquía, junto al ejemplo de democracia del nuevo Estado norteamericano emancipado precipitaron los acontecimientos.

 

Correspondientes a la misma época son las referencias que nos cuentan que Islandia, durante varios meses, quedó rodeada totalmente por los hielos, de tal manera que no se podía llegar a ella, ni tampoco los habitantes de la isla podían comunicarse con el resto del mundo. Además de todo esto, en 1783 se produjo una catástrofe terrestre de consecuencias incalculables. Fue, una vez más, la erupción explosiva de un volcán, en este caso el Laki, en Islandia. que es una fisura volcánica situada en el sur de Islandia, cerca del cañón del Eldgjá y el pequeño pueblo de Kirkjubæjarklaustur, en el Parque Nacional de Skaftafell. Es parte de un sistema volcánico en el que se incluyen los volcanes Grímsvötn y Thórdarhyrna. Se encuentra entre los glaciares de Mýrdalsjökull y Vatnajökull, en una zona recorrida por fisuras desde el suroeste al norte. El volcán surgió de una fisura en el volcán Grímsvötn, durante una erupción que comenzó el 8 de junio de 1783 y duró ocho meses, hasta 1784. Esta erupción expulsó unos 14 kilómetros cúbicos de lava basáltica y nubes tóxicas de ácido fluorhídrico y dióxido de azufre que acabaron con la vida de 9000 islandeses y más del 50 % del ganado de la isla. La nube que generó produjo una hambruna de tres años en todo el mundo, que mató aproximadamente a seis millones de personas. Se ha descrito como «una de las mayores catástrofes medioambientales en la historia europea». El 8 de junio de 1783 se produjo una fisura con 130 cráteres abiertos con explosiones freato-magmáticas, debido a la interacción del agua subterránea con el magma basáltico que se estaba elevando. Durante unos pocos días las erupciones se hicieron menos explosivas, con alta proporción de efusión de lava. Este acontecimiento está considerado como IEV 6 en el Índice de Explosividad Volcánica, pero la emisión a lo largo de ocho meses de aerosoles sulfúricos dieron como resultado uno de los acontecimientos climáticos más importantes y con mayores repercusiones sociales del último milenio. La erupción, también conocida como Skaftáreldar (‘Fuegos de Skaftá’) o Síðueldur, produjo unos 14 km³ de lava basáltica, y el volumen total de piroclasto emitido fue de 0,91 km³. Se calcula que las fuentes de lava alcanzaron alturas de 800 a 1400 metros. En el Reino Unido, el verano de 1783 fue conocido como el sand-summer (‘verano de arena’), debido a la caída de cenizas. Los gases fueron llevados por la columna de erupción convectiva a altitudes de alrededor de 15 km. Asimismo, se apunta a esta erupción para explicar el bajo nivel de agua en el río Nilo en 1783, lo que produjo que muchos terrenos no pudieran ser sembrados, lo que llevó a una hambruna que redujo en un sexto la población del valle del Nilo. La erupción continuó hasta el 7 de febrero de 1784, pero la mayor parte de la lava se lanzó en los primeros cinco meses. El volcán Grímsvötn, desde el que parte la fisura de Laki, también estaba en erupción entre 1783 hasta 1785. El lanzamiento de gases, incluyendo aproximadamente 8 millones de toneladas de fluoruro de hidrógeno y aproximadamente 120 millones de toneladas de dióxido de azufre, suscitó lo que se ha conocido como la «bruma de Laki» por toda Europa. Millones de toneladas de gases, humo y polvo fueron lanzadas a la atmósfera, nublando parcialmente el Sol y provocaron el consiguiente enfriamiento.

 

Siempre se ha considerado que explosiones de volcanes de esta clase alteran el clima y provocan una fase de frío espectacular; pero su duración parece ser breve, porque el efecto desaparece en cuanto la nube de humo y cenizas desciende y los restos se depositan sobre la tierra. La coincidencia entre explosiones volcánicas y fases prolongadas de frío puede ser una casualidad, pero son varias las ocasiones en que esta relación se repite. Tal vez no sea del todo casualidad. Richard Keen, profesor de Ciencias Atmosféricas y Oceanográficas de la Universidad de Colorado, afirma que cuando las nubes de una erupción volcánica muy violenta traspasan las fronteras de la estratosfera, permanecen allí muchos años y, aunque no podamos verlas, detienen una pequeña parte de la radiación solar, que no llega así a la superficie de nuestro planeta. Son por otra parte nubes de partículas muy ligeras, capaces de permanecer en suspensión mucho tiempo. La Luna normalmente presenta una coloración de grises claros y oscuros, a los que llamamos tierras y mares, cuando aún no se conocía la composición de nuestro satélite. Los supuestos mares son llanuras de polvo lunar, los montes son rocas más claras y prominentes. A veces la Luna, sobre todo cuando está a poca altura sobre el horizonte, puede parecernos anaranjada y hasta rojiza. Este efecto es frecuente en verano, y se debe al polvo atmosférico, e incluso al vapor de agua en capas altas. Ello nos muestra que respiramos polvo, sobre todo en las regiones secas o en las ciudades contaminadas. Solo en la montaña o en alta mar estamos casi libres de polvo. Pero cuando ocurre una erupción volcánica de gran potencia, el polvo traspasa el límite entre la troposfera y la estratosfera, a doce o quince kilómetros de altura, e invade capas más altas. Entonces podemos ver una Luna azulada. El año 1883 la vieron muchas personas y en años sucesivos, después de la explosión del volcán Krakatoa, e incluso un buen número pudieron presenciar el espectáculo en 1991, tras la tremenda erupción del volcán Pinatubo. Los gases volcánicos y las partículas muy finas de polvo pueden provocar ese curioso efecto.

 

Richard Keen supone que el color aparentemente azul de la Luna puede desvanecerse al cabo de pocos años, pero se sigue observando durante los eclipses lunares. Un eclipse de Luna es menos espectacular que un eclipse de Sol, pero se ve con relativa frecuencia ya que es visible en regiones muy extensas de la Tierra, concretamente allí donde es de noche, siempre que las nubes nos permitan ver el fenómeno. La atmósfera de la Tierra refracta los rayos solares, de modo que un astronauta en la Luna vería alrededor de la oscura mancha de la Tierra una cenefa coloreada, amarillenta, anaranjada o rojiza, la misma que nosotros vemos en un crepúsculo. Hay eclipses de Luna muy rojizos, a los que se llama Luna de sangre, y ese tono depende de las condiciones de la atmósfera. Pero cuando hay polvo volcánico en la estratosfera, trasciende también el tono azulado, y así es como se producen los llamados «eclipses azules», que indican que las altas capas del aire siguen conteniendo polvo. De este modo, Keen cree que el efecto enfriamiento provocado por intensas erupciones volcánicas puede perdurar muchos años, más de lo que hasta ahora se pensaba. Si ello fuese así, sería posible que una erupción volcánica de tipo explosivo pudiese durar un tiempo suficiente como para que pudiese hablarse de un cambio climático, aunque sea corto. Todavía no tenemos suficientes registros para asegurarlo, pero debemos estar atentos a la acción de los volcanes: sobre todo cuando se operan dos o más grandes erupciones consecutivas separadas por unos pocos años. Seguramente es infundado atribuir a un fenómeno volcánico una larga era glacial, a no ser que esta erupción se repita durante muchos siglos, debido a alguna inestabilidad en la corteza terrestre. En pasadas épocas geológicas existió esa inestabilidad y es seguro que entonces la continuada acción de gigantescos volcanes o de fisuras en la superficie de la Tierra modificaron el clima. Ahora no parece que pueda registrarse ninguna catástrofe de semejante magnitud. De todas formas estemos atentos ante la posibilidad de que en algún momento nos sorprenda el espectáculo de una Luna azulada.

 

Volvamos de nuevo a la ofensiva del frío de la década de1780. No cabe duda de que influyó, aunque tal vez no fuera la única causa, aquella enorme masa de humo eyectada por el volcán Laki, tal como ya hemos comentado. Sabemos que el oscurecimiento de la luz solar fue apreciado también en Japón, donde se produjo un fenómeno de hambre, provocado por la sequía. En efecto, Japón tuvo una tasa de crecimiento de prácticamente cero entre las décadas de 1720 y 1820, lo cual es generalmente atribuido a baja tasa natal como consecuencia de la hambruna. También se acusó en la India, donde apenas llegó el monzón de 1784. Benjamin Franklin, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, masón e inventor del pararrayos, que en aquellos momentos se encontraba en Francia, habla de «crepúsculos rojizos» y «frescos veraniegos»; y nos cuenta que «durante el verano de 1783, cuando los rayos del sol deberían alcanzar su máxima potencia en estas regiones, una constante niebla se cernió sobre Europa y parte de Norteamérica. Era una niebla seca y los rayos del sol no tenían potencia para disiparla: tanto, que cuando se recogían en el foco de una lente, no llegaban a quemar un papel. Su efecto provocó el frío en aquel verano y el invierno de 1783-84 fue el más riguroso que se recordaba en mucho tiempo. Las primeras nieves cayeron pronto y por culpa de las continuas heladas ya no se fundieron...». Y sugiere que la nube seca que debilita los rayos del sol procede de un volcán, «como el Hekla, en Islandia, u otro que parece haber surgido del mar». Franklin es el primero que establece públicamente una relación entre las nubes volcánicas y la baja temperatura reinante. Y termina advirtiendo que vale la pena seguir estudiando el fenómeno cada vez que un gran volcán entre en actividad. La coincidencia del polvo procedente del volcán Laki con una nueva época fría no ofrece actualmente la menor duda. Pero probablemente no sea esta la única causa. Hacia el año 1791 se ha detectado una oscilación de El Niño (ENSO) sin precedentes. El periodo comprendido aproximadamente entre los años 1789 y 1793 fue de grandes alteraciones en el clima mundial y que correspondió a un evento cálido de la oscilación de El Niño, al que no escapó la costa norperuana. Vemos que estos eventos de gran magnitud y duración no son exclusivos de las últimas décadas. El de 1791 tuvo una magnitud tal que constituyó un Mega-Niño. Gobernaba el Perú desde 1790, en representación de Carlos IV, el virrey don Francisco Gil de Taboada y Lemos, capitán general de la Real Armada. Fue un clásico representante del despotismo ilustrado en el complejo siglo XVIII borbónico. El 2 de enero de 1791, precisamente el año de las fuertes lluvias en la costa norperuana, empezó a publicarse el Mercurio Peruano, impulsado por jóvenes intelectuales que habían constituido la Sociedad Académica de Amantes de Lima, con el propósito de hacer más conocido el Perú. Prueba de ello es que en sus páginas se trató el tema de la ruina de Lambayeque, ocurrida como consecuencia de las fuertes lluvias de 1791.

 

Existe abundante información acerca de las graves alteraciones del clima mundial que se produjeron entre los años 1789 y 1793, asociadas a un fenómeno ENSO. Algunos investigadores piensan, con suficiente fundamento, que el fenómeno tuvo características de Mega-Niño y que fue “muy severo”, de magnitud tan fuerte como los de 1982-83 y 1997-98. La existencia y conocimiento de los alcances de este fenómeno resultan indispensables para explicar mejor el origen de las lluvias ocurridas en la costa norperuana. Recordemos que una de las características del evento cálido ENSO es que en algunas partes del planeta se producen severas sequías, como Australia, India, varias partes de Asia, Brasil, etc., y, en otras, abundantes lluvias, como en el sur de Ecuador, costa norperuana, parte de Bolivia y Chile, etc.. Y no faltan climatólogos que opinan que, por la misma época, se operó una oscilación del Atlántico Norte, que pudo provocar parecidas consecuencias. A veces se dan estas coincidencias, como si pretendieran obligarnos a admitir que un fenómeno conocido tuvo causas diversas. En lo que se refiere a las causas de un fenómeno determinado, pueden confluir varias causas de distinta especie que provoquen la misma consecuencia. Suponer que un cambio climático está determinado por varios factores tampoco se opone a ninguna tesis. Otra cosa es comprender la interrelación de los factores. Tal vez una erupción volcánica puede poner en marcha otros mecanismos capaces de alterar el clima, como la distinta proporción de los componentes de la atmósfera, las corrientes de aire, las oscilaciones de los centros de acción, etc… Más arriesgado parece extraer consecuencias históricas de las incidencias climáticas. Cada vez que un climatólogo aventura que un cambio en las condiciones del tiempo, puede provocar migraciones de pueblos, auges o decadencias de civilizaciones, revoluciones o guerras, es tachado de determinista. Pero insinuar que un determinado proceso climatológico fue «una de las posibles causas» de un hecho histórico no tiene por qué ser un disparate. Lo que es cierto es que, entre 1782 y 1788, se produjeron en Europa varios inviernos extraordinariamente fríos, seguidos de heladas tardías, que redujeron el rendimiento de las cosechas. Hubo más hambre que en años anteriores, y el problema agrícola influyó también en otras formas de producción, al encarecerse el precio de los artículos de primera necesidad. El dinero que una persona hubiera destinado a comprarse unos zapatos hubo de emplearlo en adquirir pan. Lo sintieron los zapateros, y así sucesivamente. En Francia, el verano de 1788, poco antes de la revolución, fue extraordinariamente seco y las cosechas se secaron antes de tiempo. El invierno de 1788-89, ya a punto de estallar la revolución en julio del 1789, fue crudo como pocos. Las crónicas de Tortosa, en Catalunya, explican que el río Ebro permaneció helado durante quince días. El río se había helado por lo menos ocho veces durante los siglos XVI, XVII y XVIII; pero nunca pudo imaginarse que permaneciera helado durante medio mes. También nevó en París en noviembre, diciembre de 1788, y en enero, febrero, incluso en varios días de marzo de 1789. El río Sena también se heló.

¿Cómo fue el invierno de 1788 a 1789 en Barcelona, la ciudad donde vivo? Este invierno vino marcado sin duda por la intensa y duradera ola de frío que comienza poco antes de la Navidad de 1788 y llegó hasta el 10 de Enero de 1789. Pero el frío esta temporada comenzó en pleno otoño, que fue una estación especialmente lluviosa: “La estación fue más fría de lo que acostumbra, y en extremo húmeda”, según el médico, físico y meteorólogo catalán Dr. Francesc Salvà i Campillo (1751 – 1828), que habla de perjuicios para la vendimia y los campos sembrados. A pesar del frío no hubo heladas ni en Noviembre ni en Diciembre de 1788, hasta que unos días antes de Navidad llegó una intensa ola de frío. En palabras del Dr. Salvà podemos imaginar la magnitud de la situación meteorológica: “En el 23 heló en los parajes expuestos al aire pero deshelaba al medio día, no así desde el 28 hasta el 31, no obstante que los días fueron claros y serenos, pues en parajes que no tocaba el sol helaba a todas horas y en los días 30 y 31 llegaron a helarse las olas del mar al retirarse de la arena, cosa que los más ancianos de la ciudad no se acuerdan haber visto ni oído decir que hubiese sucedido entre nosotros; igualmente el que se helase el agua en las piezas de dormir”. Para poder evaluar con datos concretos nos dice que “mi termómetro regular llegó á bajar 2 grados del punto del hielo, pero otro más expuesto al aire, y que coloqué en paraje más elevado, bajó un grado más en aquellos días al salir el Sol, punto que no había visto en el año 1765, que fue muy frío, según consta de las observaciones que entonces hacía nuestro difunto socio Dr. Pablo Balmes”. A continuación, en un estudio del Dr. Mariano Barriendos sobre esta ola de frío, se pueden ver los efectos devastadores en muchos lugares de Europa. Es importante matizar que entonces no habían aún termómetros de mínima y estos datos corresponden al momento de la observación, 7 de la mañana en hora solar actual, y también hay que añadir que el observatorio se encontraba en la azotea de su casa en la calle Petritxol, en Barcelona. Extrapolando estos datos podríamos pensar que las mínimas en Barcelona estuvieron alrededor de los -5ºC y el episodio de frío puede ser comparable al vivido en Febrero de 1956 con casi -7ºC en la misma línea de la costa de Barcelona.

 

Los efectos de aquel frío eran propios de una ola de frío siberiana: “Lo grueso del hielo dentro de la ciudad no pasó de una pulgada y media, pero fue mucho mayor en varias partes del Principado (de Catalunya) en que se helaron los ríos, sobre cuyos hielos pasaban los carruajes sin romperlos. Los efectos de este frío sobre la vegetación fueron abrasar o quemar todas las verduras, y echar á perder todas las naranjas dulces y limones”. La verdad es que los daños a los vegetales fueron muy considerables, especialmente porque no se tomaron medidas para protegerlos, debido a que “como acá no acostumbra a sucedernos esto, la gente no tomó esta precaución. Esta fue la primera parte de la ola de frío que continuó, incluso acentuándose alrededor del día de Reyes, en este caso también con nieve. El día 5 de Enero de 1789 nevó por la mañana aunque no pareció una gran nevada. El día de Reyes, al anochecer, el cielo se fue tapando con un ambiente muy frío, y de noche ya nevaba. Siguen cayendo copos gran parte de la madrugada y la mañana del 7 de Enero, en un día muy frío pues apenas llegan a los 2ºC a las 2 de la tarde con cielo encapotado. El espesor era considerable y el frío ayudaba a mantener la nieve“. Según una crónica del Arxiu Històric de Barcelona: “Este año de 1789 fue un año muy frío, en que se helaron las aguas del claustro de la catedral y el día 6 de enero del presente cayó nieve, que el día 7, cuando se dispersó la gente, se vieron dos palmos de nieve por las calles. También se helaron las aguas del claustro de la catedral”. Esta nevada sería el epílogo de la ola de frío, como explica el Dr. Francesc Salvà: “Las tablas evidencian que desde el primero de enero hasta el cinco el frío fue menguando y aunque del 5 al 7 amenazaba volver al grado del diciembre a causa de la nieve que cayó aquellos días, no obstante con los vientos meridionales y lluvias que sobrevinieron á ella se nos templó la estación y siguió así en lo sucesivo”. A partir de aquí el mes de Enero de 1789 fue muy suave y no volvió a refrescar hasta mediados de Febrero en que “llovió el día 12, que fue nieve en los montes vecinos”, Cabe suponer que este “montes vecinos” se refiere al monte Tibidabo o las montañas del Montseny, en Catalunya. También hacia el 11 de Marzo llovió en Barcelona y nevó en las montañas vecinas. Aquí termina este memorable invierno, donde hay que reseñar que entre Navidad y la noche de Fin de Año también cayó la nevada más importante del siglo XVIII en Mallorca y una de las más grandes de las que se tiene noticia en las islas Baleares.

 

Muchas veces los historiadores han debatido sobre la influencia del clima y la meteorología en los eventos sociales, pues este año de 1789 tenemos un destacado ejemplo, como fue la Revolución Francesa, que el pintor y litógrafo francés Eugène Delacroix nos reflejaba con la pintura La Liberté guidant le peuple. En Barcelona no llegaron los aires de cambio del país vecino, pero debido igualmente a las malas cosechas se vivieron unos disturbios marcados por el aumento del precio del pan. La revuelta ocurrida en Barcelona los días 28 de febrero, así como el 1 y 2 de marzo de 1789, con repercusiones en las poblaciones de Vic y Mataró, fue motivada por el reiterado encarecimiento del pan. Las malas cosechas de 1787 y del 1788 habían provocado una fuerte subida del precio del trigo durante los meses de enero y febrero de 1789, al tiempo que las variedades más económicas de pan, como el pan moreno, escaseaban y eran de mala calidad. Al anunciarse un nuevo aumento de precio a partir del día 1 de marzo, hubo un tumulto popular en Barcelona la noche antes, en que una multitud descontenta asaltó las fabricas de pan y las incendió en buena parte, al tiempo que se apoderaba del pan, de la pasta para cocer y del dinero. Al mismo tiempo prendieron fuego a las barracas de venta de pan y asaltaron las casas de los arrendadores de la fabricación de pan. El capitán general de Catalunya, Francisco González y de Bassecourt, conde del Asalto, que después de la caída de Barcelona en 1714 ante Felipe V, era la máxima autoridad en Catalunya, envió tropas para reducir los amotinados, pero estos las apedrearon y él tuvo que refugiarse en la Ciudadela ante la actitud amenazadora de la gente, que sólo fue disuadida de quemar la Capitanía General por la presencia de la tropa. La orden de los capuchinos intentó apaciguar el tumulto, pero sólo tuvo éxito en parte y mediante la entrega de dinero a los amotinados. Al día siguiente, 1 de marzo de 1789, domingo, se reprodujeron los incidentes. Una multitud se presentó en el Pla de Palau, la plaza principal de la Barcelona comercial, debido a que era la puerta de entrada de todo aquello que venía a través del mar, y reclamaron la rebaja del precio del pan, lo que obtuvieron por escrito, así como la libertad de los detenidos de la noche anterior. Los disturbios se reprodujeron por la tarde, con la exigencia de que fueran rebajados los precios de la carne, del vino y del aceite.

 

Ante la negativa, un grupo numeroso penetró en la catedral por la fuerza, con insultos al obispo, que tocó a rebato. Las autoridades prometieron la reducción de los precios y el obispo renunció a una parte de sus derechos, que encarecían la entrada de trigo en la ciudad. Mientras los concejales, la nobleza y los representantes gremiales organizaron patrullas que disolvieron los grupos de la ciudad y detuvieron algunos amotinados, mientras desde la Ciudadela los cañones eran encarados contra la ciudad. El 2 de marzo de 1789 hubo todavía disturbios aislados, pero las patrullas evitaron nuevos incidentes y obligaron a los comerciantes a abrir sus establecimientos. Las campanas de las iglesias fueron privadas de sus badajos durante una semana, para evitar nuevos toques de rebato. La nobleza y los gremios se hicieron cargo del coste de mantener el precio del pan y de mejorar su calidad. La represión del gobierno del rey español Carlos IV fue muy dura. El capitán general fue destituido y sustituido por el conde de Lacy, que impuso penas capitales en Barcelona, en Vic y Mataró, mientras otros amotinados fueron deportados. La dureza de la represión suscitó la repulsa de la ciudad, que pidió el indulto de los condenados a muerte, sin obtenerlo. Muchos barceloneses abandonaron la ciudad el día de la ejecución en señal de desaprobación, lo que desmentiría el carácter exclusivamente plebeyo del alboroto. La ciudad permaneció militarmente ocupada durante varios meses. Se ha remarcado el origen común de las revueltas del pan con la Revolución Francesa del mismo año, favorecida por la crisis agraria de los años 1787 y 1788, común a todo el occidente europeo. Como consecuencia de la conjunción entre el frío y la sequía, hubo una crisis económica en gran parte de Europa, y la falta de subsistencias se hizo evidente en Francia, que era entonces el país más poblado del continente y con un nivel de producción de artículos de primera necesidad que no se había incrementado en los últimos años. En un ambiente agitado como pocas veces, se registraron varias revueltas en París, algunas tan sangrientas como la de Reveillon, en abril de 1789, provocada por una bajada de salarios, de la que resultaron 300 muertos. Aparecieron bandas de saqueadores en los campos, que obligaron a los campesinos a armarse y que meses más tarde, según el historiador francés Jacques Godechot, utilizarían aquellas armas contra los nobles.

 

Ernest Labrousse, historiador francés especializado en la historia económica y social, calculó que el precio del pan alcanzó, en la primera quincena de julio de 1789, el precio más alto de todo el siglo. El 14 de julio finalmente estalló la Revolución francesa. Pero no podemos suponer que esta revolución, que tanto influyó en el destino del mundo, fuese provocada únicamente por un cambio climático. La Revolución francesa admite muchísimas causas. El clima o la carestía del pan pueden formar parte de dichas causas, aunque no precisamente en primer lugar. Pero tal vez no sería, aunque pueda parecerlo, un disparate incluir entre esos motivos un desconocido volcán de Islandia, el Laki. El último de los mínimos de actividad solar es el conocido como «mínimo de Dalton», que tiene su epicentro hacia el año 1810. No fue tan impresionante como el de Maunder, ni tampoco tan duradero. Pero de aquellos años conservamos un número suficiente de observaciones solares para que no podamos dudar de su existencia. Las manchas del Sol no desaparecieron, pero fueron mucho menos frecuentes que de ordinario, incluso en los periodos en que debieran alcanzar un máximo. El Mínimo de Dalton coincide también con otra época fría. La temperatura había marcado valores más o menos normales hacia el límite de los siglos XVIII y XIX, pero volvió a enfriarse antes de que concluyese la primera década de este último siglo XIX. No hay inconveniente en hablar de un «frío napoleónico», en el mismo sentido que se emplea para hablar del, en su época, «frío homérico». Es evidente que el frío no tenía nada que ver con Homero ni Napoleón, aunque la historia nos dice que el segundo lo aprovechó y lo sufrió de un modo especial. Cuando menos en una ocasión histórica, Napoleón se valió de las bajas temperaturas en la batalla de Austerlitz, el 2 de diciembre de 1805, que se libró sobre un paisaje nevado. La batalla de Austerlitz, también conocida como la batalla de los Tres Emperadores, enfrentó el 2 de diciembre de 1805 a un ejército francés, comandado por el emperador Napoleón I contra las fuerzas combinadas ruso-austríacas del zar ruso Alejandro I y el emperador austríaco Francisco I, en el contexto de las Guerras Napoleónicas. Fue una de las mayores victorias de Napoleón, pues el Primer Imperio francés aplastó definitivamente a la Tercera Coalición tras casi nueve horas de difícil combate. La batalla tuvo lugar cerca de Austerlitz, a unos 10 km al sureste de Brno, en Moravia, entonces parte del Imperio austríaco y hoy en la República Checa. Austerlitz puso fin rápido a la guerra de la Tercera Coalición y pocas semanas después se firmó el Tratado de Presburgo. La batalla es considerada una obra maestra táctica de Napoleón, a la altura de las batallas de Cannas, con la victoria del cartaginés Aníbal Barca sobre los romanos. Napoleón descuidó intencionadamente su flanco derecho, para atacar por la izquierda. Los rusos quisieron aprovechar su superioridad por aquel lado y su caballería se lanzó a todo galope sobre el lago helado. El francés, que ya lo tenía previsto, hizo bombardear el lago con su artillería, el hielo se fragmentó y los jinetes moscovitas se ahogaron en aquel tremendo laberinto de témpanos blancos llenos de agujeros y canales. Fue un recurso genial, aunque podemos pensar que cruel, con toda la crueldad que suele existir en una guerra, en que el corso aprovechó una coyuntura climática para obtener la más famosa de sus victorias. En la época del mínimo de Dalton era normal que las aguas permaneciesen heladas a comienzos de diciembre.

 

En cambio, Napoleón se equivocó trágicamente en el invierno de 1812. Muchas veces se ha relacionado la campaña de Rusia con millares de soldados que murieron atrapados por la nieve en una de las retiradas más trágicas de la historia. Es cierto que el invierno 1812-1813 no solo llegó anticipado, sino que fue particularmente duro, incluso dado el bajo nivel de temperaturas propio de la época. Pero el desastre napoleónico tuvo que ver más con una operación mal calculada que con una oscilación climática concreta. La invasión de la gigantesca Rusia con un ejército multinacional numerosísimo, de unos 750.000 hombres, pero heterogéneo, mal unido y muy difícil de mover, era una temeridad. El emperador francés quiso hacer de la campaña de Rusia un símbolo de una Europa unida que lucha contra los peligros que la amenazaban por el Este. Pero la colaboración que encontró fue poco entusiasta, y acabaría volviéndose contra él. La mayor parte de las bajas se produjeron por las interminables marchas, las deserciones, por un pésimo abastecimiento, por la hostilidad del pueblo ruso, que practicó la táctica de la tierra quemada, y la astucia del zar Alejandro y el mariscal Kutuzov, que no rechazaron el combate en casos aislados, pero evitando un encuentro a campo abierto. En la derrota tuvo más que ver las enormes distancias a recorrer y la falta de buenas comunicaciones que el clima. Pero la principal erosión de fuerzas se produjo antes del invierno, cuando Napoleón, desalentado por el incendio de Moscú y por la imposibilidad de llegar a una batalla decisiva, ordenó la retirada, en que le siguieron menos de 200.000 soldados. El resto andaban dispersos o habían desaparecido. El llamado «General Invierno» ruso pudo segar 50.000 vidas más, pero la derrota ya se veía venir desde antes. La épica y desastrosa retirada fue un cuadro que sedujo a muchos narradores y a muchos pintores, pero la relación de la campaña de Rusia con el clima fue menos importante de lo que se ha relatado. El frío de verdad llegó cuando Napoleón ya se encontraba, derrotado, humillado y enfermo, en la tropical y templada isla de Santa Elena. El de 1816 fue conocido como «el año sin verano». El estío de 1816 fue un prolongado invierno que dejó tras de sí nieves y cosechas arruinadas. El 5 y el 10 de abril de 1815, el monte Tambora, un volcán situado en Sumbawa, en el archipiélago indonesio, entró repentinamente en erupción. El estallido arrojó inmensas nubes de polvo y cenizas a la atmósfera. Más de 12.000 personas murieron en las primeras 24 horas, sobre todo por la lluvia de ceniza y los flujos piroclásticos. Otras 75.000 personas murieron de hambre y enfermedad después de la mayor erupción en más de 2.000 años. Millones de toneladas de cenizas volcánicas y 55 millones de toneladas de dióxido de azufre se elevaron a más de 32 kilómetros en la atmósfera. Las fuertes corrientes de viento arrastraron hacia el oeste las nubes de gotas en dispersión, de forma que dieron la vuelta a la Tierra en dos semanas. Dos meses más tarde estaban en el Polo Norte y el Polo Sur. Las finísimas partículas de azufre permanecieron suspendidas en el aire durante años. En el verano de 1815-1816, un velo casi invisible de cenizas cubría el planeta. El manto traslúcido reflejó la luz del Sol, enfrió las temperaturas y causó estragos climáticos en todo el mundo. Así nació el tristemente famoso “año sin verano” de 1816.

 

Ya hemos visto varias veces que la erupción de un volcán puede provocar que el clima se enfríe varios grados durante años. La plena repercusión del enfriamiento de todo el planeta derivado del cataclismo del Tambora no se notó hasta un año después. La nube de gotas en dispersión en la estratosfera redujo la cantidad de energía solar que llegaba a la tierra. El aire, la tierra y después los océanos bajaron su temperatura. Los anillos de crecimiento de los robles europeos nos dicen que 1816 fue el segundo año más frío en el hemisferio norte desde 1400. A medida que se extendía durante el verano y el otoño de 1815, la nube engendró espectaculares atardeceres rojos, morados y naranjas en Londres. En la primavera de 1816 seguía habiendo nieve en el noreste de Estados Unidos y en Canadá, y el frío llegó hasta Tennessee. El tiempo helado duró hasta el mes de junio, hasta el punto de que en New Hampshire fue prácticamente imposible arar la tierra. Todavía en ese mes, un aire frío e impropio de la estación soplaba hacia el sur, hasta las islas Carolinas. El 6 de junio cayó una tremenda tormenta sobre Quebec. Las aves murieron congeladas en las calles dos semanas antes del solsticio de verano. En Maine, las cosechas se marchitaron en los campos por “una helada muy severa“. Rebaños enteros de ovejas perecieron de frío. En una época en la que todavía no existía una ciencia meteorológica seria, los devotos dijeron que las tormentas llevaban “la misma letra de Dios” y eran un símbolo de la ira divina. Europa también sufrió un intenso frío durante aquella primavera húmeda y más fría de lo normal. Se reprodujeron disturbios en Francia por el elevado precio del pan. Mary Wollstonecraft Godwin, la amante del poeta inglés Percy Bysshe Shelley, viajó en primavera a través de los montes Jura hacia el sur, a Ginebra. El viaje en coche de caballos fue terriblemente frío, con “grandes copos de nieve, espesos y veloces“. Mary y su amante se instalaron en una villa solitaria en la orilla sur del lago de Ginebra, donde recibieron al joven poeta Lord Byron. Su estancia fue deprimente. Hubo algunos días preciosos, pero la mayor parte del tiempo llovió. “Los truenos estallaban de forma aterradora sobre nuestras cabezas“, anotó Mary. Las temperaturas en toda Europa occidental estaban muy por debajo de la media, soplaban fuertes vientos y llovía. Las tensiones entre los residentes en la casa fueron en aumento, mitigadas solo por los paseos en barca alrededor del lago en las ocasiones en que hacía buena tarde. Se reunían en la villa alquilada por Byron y discutían “la naturaleza del principio vital“. Luego se apiñaban en torno a un fuego y contaban historias de fantasmas. Algunas de las historias llenaban al grupo de “un alegre deseo de imitación“. Byron y los Shelley acordaron escribir cada uno un relato “basado en alguna experiencia sobrenatural“. Esa noche, en su dormitorio, Mary Shelley pensó en una criatura “fabricada, ensamblada y dotada de calor vital“. El resultado, años después, fue una figura inmortal de la ficción y las películas de terror: nada menos que Frankenstein.

 

Mientras tanto, un frío brutal, unido a la sequía, arrasaba las cosechas de heno y maíz en el este de Estados Unidos. “Tenemos un aire de octubre, más que de agosto“, escribió un neoyorquino en ese mes de 1816. Europa también sufría el mal clima, con lluvias constantes y fuertes nevadas en las montañas suizas. Los ríos y torrentes se desbordaban. Las campesinas luchaban para salvar sus hortalizas y los hombres transportaban el heno empapado en barcas. La escritora Mary Shelley pasaba casi todo su tiempo en su casa suiza, escribiendo. En Alemania, las patatas se pudrían en la tierra y las tormentas arruinaron un tercio de la cosecha de cereal, mientras que las uvas no maduraban en las viñas. En Copenhague, Dinamarca, llovió casi todos los días durante cinco semanas. El diario The Times de Londres dijo sutilmente que el tiempo era “poco amable“. En París, las autoridades eclesiásticas ordenaron plegarias especiales durante nueve días, por lo que una inmensa congregación de fieles llenó las iglesias. En previsión de malas cosechas, los comerciantes de toda Europa subieron los precios, mientras la penuria de los pobres alcanzaba niveles alarmantes. También en la Península Ibérica persistió el frío, con un promedio de temperaturas dos o tres grados por debajo de lo normal. Las precipitaciones fueron excepcionalmente abundantes en agosto, un mes normalmente seco, mientras que el frío y la humedad dañaron las cosechas. Un observador meteorológico señaló que en todo julio no hubo más que tres días sin nubes. Las heladas mataron las frutas, en especial las uvas en los viñedos, por lo que sólo maduró una pequeña proporción de la cosecha, lo cual produjo un vino de mala calidad. Los olivos, sensibles al frío y faltos de calor, tampoco produjeron frutos de calidad. En la isla de Mallorca cayeron granizadas. Asimismo, la cosecha de trigo tardó más de lo habitual y durante la trilla hubo que separar, con dificultades, el cereal seco y maduro de las semillas verdes. Los precios del pan subieron. En Londres, el embajador de Estados Unidos, John Quincy Adams, que llegó a ser el sexto presidente de los Estados Unidos (1825-1829), se quejó de que las noches estivales eran tan frías que no había podido dormir ningún día sin utilizar una manta. En la época de la cosecha nevó al norte de la ciudad de Londres, algo insólito. En septiembre se produjeron violentos vendavales que arrancaron los árboles y arrasaron los campos. The Times escribió: “El país se encuentra en un estado catastrófico“. En Suiza llovió o nevó nada menos que 132 de 152 días. El precio del pan subió a más del doble, hasta el punto de que en las cenas se pedía a los invitados que trajeran sus propios panecillos. Algunas sectas religiosas extremistas proclamaron que estaba llegando el fin del mundo. Los pobres sufrían penalidades en todas partes. Ello provocó que la emigración de Irlanda a Estados Unidos creciese de forma notable. Muchos inmigrantes llegaban muertos de hambre, en un momento en el que las cosechas norteamericanas también estaban siendo muy malas. Muchas familias campesinas de Nueva Inglaterra viajaron con todas sus posesiones hacia el oeste norteamericano para huir del frío.

 

El siglo XIX para los Estados Unidos tiene dos hechos fundamentales que han marcado su historia. En primer lugar, estaría la guerra civil, de la que hablaremos en el siguiente artículo, y, en segundo, pero quizás de mayor importancia, hablaríamos de una expansión territorial, demográfica y económica de primera magnitud. Para entenderlo debemos, en primer lugar, intentar comprender sus causas. El crecimiento demográfico fue vertiginoso, especialmente por la masiva inmigración europea, además de por una alta natalidad debida a la juventud de los inmigrantes. Si en 1790 había cuatro millones de habitantes, cuarenta años más tarde la población ascendía ya a trece millones y a cuarenta en 1870. Al comenzar el siglo XX, Estados Unidos contaba con unos setenta y cinco millones de habitantes. Es evidente que el crecimiento demográfico norteamericano fue fruto de la transición demográfica europea y, especialmente de la británica. El crecimiento demográfico de la antigua metrópoli no pudo ser absorbido por la misma. El éxodo rural tenía un límite y la población que no encontraba oportunidades en la industria y en las ciudades inglesas emigró a los Estados Unidos. El caso irlandés fue distinto. Las escasas posibilidades económicas de la población y el hambre que asoló al país a mediados del siglo XIX provocaron el éxodo masivo hacia Norteamérica. Posteriormente, se incorporaron contingentes de inmigrantes de otros orígenes europeos del norte, centro y este. En estrecha relación con la inmigración estaría la expansión territorial. Gracias a los aportes demográficos europeos se pudo emprender la conquista del Oeste. Pero esta expansión tuvo una grave consecuencia demográfica, ya que supuso el declive de las poblaciones indígenas, recluidas en reservas, tras una duro y cruel enfrentamiento. Por otro lado, la población negra creció durante el siglo XIX, aunque no en términos relativos, ya que en el total de la población el porcentaje de esta población decreció por su inferior nivel de vida, que provocó una mayor tasa de mortalidad. La marcha de colonos hacia el Oeste tuvo mucho que ver, además, con el descubrimiento de riquezas, como lo atestiguan la famosa fiebre del oro de California o la necesidad de espacios para el ganado o la agricultura. La rapidez de la colonización se debe, además, a la expansión del ferrocarril. Se construyeron tres grandes líneas transcontinentales. En el norte estaba la Northern, que unió Chicago con Astoria en el Pacífico. En el centro estaba la Kansas, que unió Chicago con Sacramento y San Francisco en California. Por fin, al sur se tendió la línea de la Southern Pacific, que terminaba en Los Ángeles.

La conquista del Oeste es un hecho histórico fundamental en el nacimiento y desarrollo de los Estados Unidos. Algunos historiadores consideran que estaría detrás del acusado individualismo de los norteamericanos, ya que era una empresa que obligaba a hacer frente a situaciones muy difíciles y extremas. Por otro lado, fue una válvula de seguridad o escape ante los excedentes de población que se iban generando en la costa este, evitando tensiones sociales. Estas tesis han sido matizadas, pero parece evidente que el ideal de frontera ha estado presente siempre en la historia de Estados Unidos. Al completar la conquista del Oeste, los norteamericanos buscarían nuevas fronteras y desarrollarían un interés imperialista. La expansión hacia el Oeste no fue fruto de un plan establecido previamente. Se dieron varias formas. En primer lugar, hubo compra de territorios, como serían los casos de Luisiana, adquirida a los franceses en 1803, de Florida a España en 1819 y, por fin, de Alaska a los rusos en 1867. La guerra fue otro procedimiento empleado, como ocurrió con Texas. Este territorio era codiciado por los plantadores sudistas que buscaban nuevas tierras para sus plantaciones. Esto provocó una emigración y colonización de población anglosajona. En 1835, esta población solicitó la incorporación a la Unión pero no fue aceptada, ya que los estados del Norte temían incorporar un estado esclavista tan grande. Al final, el proceso desembocó en una guerra contra México. Por el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, México tuvo que ceder no sólo Texas, sino, además la parte continental de California y Nuevo México. Por fin, estaría el modelo de poblamiento. Se trataría de territorios semivacíos aunque con población india, a la que se expulsó después de intensos enfrentamientos. Con la llegada de colonos terminaron por convertirse en estados que se fueron incorporando a la Unión. Fueron los casos de la mayoría de los estados del medio-oeste y del oeste.

 

El otoño de 1816 trajo más sufrimiento a Europa, en que algunas zonas de Alemania tuvieron la peor cosecha en cuatro siglos. En Gran Bretaña estalló la agitación social cuando subieron los precios del pan y la leche. En noviembre, una gran helada agravó los problemas. Hubo disturbios y manifestaciones y los amotinados saquearon almacenes y se apoderaron en los ríos de cargamentos de cereal. Miles de campesinos suizos vagaban mendigando. El velo de gotas de azufre procedente de la erupción del volcán Tambora siguió alterando el clima durante dos años más. Las temperaturas veraniegas a ambos lados del Atlántico no recuperaron la normalidad hasta 1818. La ciencia moderna ha demostrado que no es una venganza divina, sino las grandes erupciones volcánicas lo que causa que el clima mundial se enfríe varios grados durante dos o tres años. Y la historia nos indica que habrá otra gran erupción o explosión volcánica que volverá a engendrar un año sin verano. Solo es cuestión de tiempo. El Tambora ha mostrado indicios de actividad recientemente, pero los expertos creen que no hay muchas probabilidades de que vuelva a provocar un gran cataclismo. Sin embargo, nunca debemos olvidar que esa misma montaña es la que estalló en una erupción apocalíptica hace 73.000 años. Y también tenemos algunos supervolcanes, como Yellowstone, amenazándonos. Las cenizas se extendieron por todas partes, pero, por suerte, aquel mundo de hace 73.000 años tenía aún poca población. Hoy somos miles de millones de personas y llenamos ciudades abarrotadas, por lo que las posibilidades de daños mucho peores son inmensas, a pesar de la economía globalizada y la mejora en las comunicaciones. No hay la menor duda de que esa catástrofe llegará, como llegará un gran terremoto, el que los californianos llaman The Big One. Este 1816, el año sin verano, está olvidado, pero sigue siendo una llamada de atención para un mundo más densamente poblado. Y nos dejó un legado importante y premonitorio: la novela Frankenstein de Mary Shelley.

 

Justamente durante aquel verano que no lo fue se reunieron los esposos Shelley con Byron y su médico, el doctor Polidori. El ambiente era sombrío, el cielo parecía cubierto de una bruma anaranjada, el Sol lucía débilmente y los anocheceres parecían teñidos de sangre. Lloviznaba con frecuencia y los vientos eran desapacibles, tanto que parecía vivirse un invierno fuera de tiempo. Influidos por aquella atmósfera tan especial, como si todos se encontraran en un planeta distinto, los cuatro poetas reunidos se invitaron mutuamente a escribir relatos lúgubres de indefinibles misterios. Byron compuso un sugestivo poema titulado Oscuridad: «tuve un sueño que no fue un sueño. El sol se había apagado, y las estrellas yacían oscuras en el espacio eterno, llegó el alba sin traer el día y el hombre olvidó sus pasiones en el abismo de la desolación…». Otras situaciones atmosféricas similares habían provocado que la gente se preguntara si había llegado el fin del mundo. Byron supo expresar este sentimiento con toda su potencia poética, mientras que el doctor Polidori compuso un relato fantástico y tétrico, El Vampiro, precursor de Drácula, una novela publicada en 1897 por el irlandés Bram Stoker. Por su parte, Mary Shelley creó un personaje siniestro, casi demoniaco, Frankestein, destinado a pasar a la historia. El primer relato sobre Frankestein fue publicado en Londres en 1818. Pero no serían los reunidos en Suiza los únicos en reflejar los lúgubres sentimientos del «año sin verano». Un gran pintor inglés especializado en paisajes, William Turner, quedó tan impresionado por aquella atmósfera sombría, que durante el resto de su vida pintaría paisajes de nubes extrañas y cielos amenazadores, teñidos de una suerte de media luz irreal y fantasmagórica. Turner fue así otro genial testigo de aquel fenómeno que tanto afectó a sus contemporáneos. Otra forma de arte, la música, quedó también implicada por el brusco enfriamiento. Hay una anécdota, aunque casi nadie la relaciona con el fenómeno atmosférico. Las bajas temperaturas inutilizaron el órgano de la iglesia de san Nicolás en Oberndorf, Austria.  Cuando llegó la Navidad, nadie había querido ir a las montañas nevadas del este de Salzburgo para reparar el instrumento, de modo que el párroco, Josef Mohr, escribió un villancico y recurrió a su amigo Franz Xaver Gruber para que le pusiera música, capaz de ser cantada sin acompañamiento por un coro. Así nació Stille Nacht, que nosotros conocemos como «Noche de Paz», sin duda la canción de Navidad más conocida en el mundo entero. Lo que casi nadie sabe es que también fue consecuencia de aquel frío extraordinario.

 

Benjamin Franklin, científico, masón y uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, había supuesto con aguda intuición que el oscuro verano de 1783 fue el resultado de una inmensa erupción volcánica. Lo que poca gente sabe es que, unos años antes de la Independencia de Estados Unidos, Franklin se encontraba en Inglaterra donde conoció el Hellfire Club. Este lugar era enigmático porque allí se reunían los IIluminati de Adam Weishaupt. El héroe estadounidense conoció allí al barón Le Despencer y escribió con él gran parte de su pensamiento político. Uno de sus pilares era algo que se conoce como el “nuevo orden por los siglos”, sueño masón que está representado en el ojo que aparecería luego en el billete de un dólar. Volviendo a 1816, nadie llegó a saber entonces por qué este año fue un año sin verano, seguido de un crudísimo invierno. Hoy conocemos muy bien cuál fue la causa, aunque el hecho se fue descubriendo poco a poco, excepto por parte de sus víctimas más directas, en Indonesia. En efecto, el volcán Tambora, en la isla de Sumbawa, al este de Java, estaba inactivo desde hacía cinco mil años. Nadie podía suponer que llegara a provocar una gran catástrofe. En febrero de 1815 comenzó a salir de su cráter una larga columna de humo, pero durante dos meses la erupción no causó daño alguno. El 5 de abril se iniciaron las explosiones, que fueron espantosas a partir del 11 de abril. Pero la gran catástrofe se produjo el día 14 de abril, cuando la enorme caldera de casi diez kilómetros de diámetro reventó con un ruido espantoso, que fue ensordecedor en una extensión de cientos de kilómetros. Luego se averiguó que el sonido fue percibido a 4.000 kilómetros de distancia. La montaña, de más de 4.100 metros de altura, fue cercenada, y hoy solo tiene 2.800 metros, con un enorme cráter de 8.500 metros de diámetro y kilómetro y medio de profundidad. Hoy se piensa que fue la mayor explosión volcánica sucedida jamás en tiempos históricos. La isla de Sumbawa quedó desolada, muriendo todos sus habitantes, y las piedras lanzadas a la atmósfera cayeron en un ámbito tan extenso como la Península Ibérica. Hoy existen pequeñas islas en el archipiélago de La Sonda, formadas por acumulación de aquellas piedras volcánicas. En la zona se formaron enormes depósitos de cenizas de hasta tres metros de espesor. Bajo aquellas cenizas quedó sepultada la ciudad de Tambora. Actualmente se la conoce como «la Pompeya de Oriente», después de que una expedición de la universidad de Rhode Island, en 2004, consiguiera desenterrarla.

 

Desapareció la población de la isla de Sumbawa, primero por la explosión, luego por los depósitos de ceniza que hicieron infecunda la tierra. Pasarían muchos años antes de que pudiera ser de nuevo habitada. Perecieron también muchos pobladores de Lombok, de Bali y de la misma Java, no por la explosión en sí, sino por culpa de aquella gruesa capa de cenizas, que hizo infecunda la tierra. En el resto del mundo es difícil evaluar el número de víctimas, puesto que no sufrieron directamente los efectos de la explosión, pero pudo haberlas por la caída de cenizas, ya que en Francia se midieron espesores de un centímetro, el frío, el hambre provocada por las malas cosechas u otras calamidades atribuibles directa o indirectamente a aquella catástrofe. Las evaluaciones que estiman un total de 88.000 muertos no parecen del todo desacertadas, aunque la cifra exacta no se sabrá jamás. Sí parece que fue la de Tambora la explosión volcánica más destructiva por lo menos de los últimos 8.000 años. El tremendo suceso se produjo en la primavera y verano del año 1815. Sin embargo, es bien sabido que el «año sin verano» fue el de 1816, y que los fríos, tanto en Europa como en América, no se produjeron sino con posterioridad. Fue un retraso difícil de explicar, pero la diferencia entre la catástrofe y sus más visibles consecuencias, en los países de que tenemos las referencias más concretas, es de un año o más. Existen varias teorías para explicar ese retraso. Una de ellas pretende que el monzón de verano no permitió la llegada de la nube a Europa hasta meses más tarde, mientras que el monzón de invierno, con vientos del este, habría de arrastrarla hasta occidente. Otra suposición es la de que la verdadera trascendencia atmosférica de alcance global la provocó la nube estratosférica, formada fundamentalmente por sulfatos capaces de retener parcialmente la radiación solar. Hoy se calcula que la tremenda explosión alcanzó unos 40 kilómetros de altura, de modo que buena parte de los gases quedaron en la estratosfera. Nada menos que 200 millones de toneladas de dióxido de azufre habrían quedado alojadas en las capas superiores. Esta nube habría formado el primer año una banda que rodearía la Tierra en latitudes cercanas al ecuador, ya que la isla de Sumbawa está casi en la línea ecuatorial. Solo en 1816 se habría duplicado y extendido a latitudes propias de climas templados, al mismo tiempo que iría descendiendo lentamente a la troposfera. El hecho es que en Europa y el este de Norteamérica se hizo notar desde mediados de 1816. El Sol se oscureció, y pareció que la tierra se sumía en un continuo crepúsculo.

 

El fenómeno que había impresionado a Benjamin Franklin en 1783 se repitió el 1816, el «año sin verano», pero de forma mucho más espectacular, puesto que la explosión del volcán Tambora fue mucho más potente que la del volcán Laki. El cielo parecía anaranjado incluso en horas del mediodía, y más aún en los momentos del crepúsculo. A diferencia de otros periodos fríos, caracterizados por prolongadas sequías, en esta ocasión las lluvias fueron más copiosas de lo normal en la mayor parte del Viejo Continente, y muy frecuentes las granizadas, siempre en medio de un ambiente oscurecido. En Hungría precipitó nieve de color oscuro, un fenómeno que las gentes no supieron explicarse. También tenemos noticias de nieve roja en Toronto, Canadá, lo mismo que en regiones de Maryland, Estados Unidos. En Groenlandia se han encontrado hielos que contienen partículas sulfurosas, que corresponden también a las mismas fechas. El frío fue crudo en toda Europa. Se calcula que en 1816 la temperatura fue en promedio dos grados inferior a la normal, con mínimas puntuales de cinco o más grados menos; y en 1817 siguió siendo en promedio un grado más fría. Solo a partir de 1818 empezó a templarse la temperatura, aunque aún tardaron en llegar los años calurosos. El dendrólogo, experto en anillos de árboles, Carl Oppenheimer, afirmó que los anillos de los árboles apenas se desarrollaron en 1816, hasta el punto de que una incidencia similar no se registró ni en los peores años de la Pequeña Edad de Hielo, ni con el mínimo de Maunder. Considera que tuvo que ser un año terrible. También se han encontrado depósitos de cenizas volcánicas correspondientes a esa fecha, traídos al parecer más por las lluvias sucias que por la caída natural de las cenizas: lo cual demuestra cuánto tiempo perduró la nube volcánica y hasta qué regiones fue transportada por las corrientes de la atmósfera. En París la temperatura media registrada por los termómetros fue en julio de 3,5 grados inferior a la normal, y en agosto de 3 grados. En algunas regiones se habla incluso de nevadas veraniegas. El rey Luis XVIII «el Deseado» se preocupó seriamente por lo ocurrido y recomendó preces para pedir que pasara pronto la temible anormalidad. Luis XVIII fue el primer monarca de la restauración borbónica en Francia, con excepción del periodo conocido como los «Cien Días» en que Napoleón I recuperó brevemente el poder. Su hermano, el conde de Artois, le sucedió como Carlos X. Esta fue la única sucesión de poder normal en la jefatura del estado de Francia en todo el siglo XIX. Carlos X y Luis Felipe fueron derrocados por dos insurrecciones revolucionarias respectivamente. Con la caída de este último se formó la Segunda República la cual terminó con un autogolpe de Estado orquestado por Napoleón III, quien se auto proclamó emperador estableciendo el Segundo Imperio francés. Napoleón III cayó vencido en la guerra franco-prusiana lo que condujo a la proclamación de la Tercera República por la asamblea.

 

En Irlanda se perdió la cosecha de patata, con el hambre consiguiente, en una isla en que ese tubérculo era entonces la base de su alimentación. En Gran Bretaña hubo también hambre, provocada por las pésimas cosechas, y se realizaron cuestaciones para recoger medios con que auxiliar a los indigentes. En todas partes reinaba una extraña confusión, sobre todo por la inexistencia de verano. El mal clima se registró también en el Mediterráneo y se sabe que también tuvo que sufrir el frío y una etapa de dura sequía que recortó las cosechas del imperio turco. Quizá en España el clima no se mostró tan inclemente, aunque la verdad es que disponemos de muy pocos datos. De todas formas, un trabajo de la meteoróloga Carmen Gonzalo de Andrés sobre la región de  Cantabria revela que la cosecha fue mala, se perdió en algunas comarcas, y en la mayoría de ellas hubo que recogerla en octubre. El verano fue más fresco que de costumbre y se registraron fríos anormales y frecuentes lluvias. Sorprende la enorme incidencia del frío que se registró en los Pirineos, Picos de Europa y Sierra Nevada durante el siglo XIX, y su contraste con las temperaturas que ahora se registran, a juzgar por la extensión que entonces alcanzaban los glaciares, hoy casi totalmente desaparecidos. Antonio Gómez Ortiz y J. A. Plana Castellví, de la Universidad de Barcelona, han estudiado las descripciones que los viajeros hacían de los largos glaciares de Sierra Nevada, y el manto blanco que se mantenía en gran parte de la montaña durante todo el año. J. J. González Trueba ha recogido datos sobre los glaciares de los Picos de Europa, que descendían hasta niveles que hoy hubiéramos juzgado imposibles. Y hay trabajos de varios investigadores de la Universidad de Zaragoza, o los realizados por M. Martínez de Pisón, que nos llaman la atención sobre la longitud que hace no más de 130 años alcanzaron en los Pirineos los glaciares permanentes. Un estudio indica que los bosques centenarios de las montañas de los Pirineos aún conservan rastros químicos de erupciones volcánicas lejanas, como la del volcán Timanfaya, en la isla canaria de Lanzarote, en 1730, o la del volcán Tambora, en Indonesia, en 1815. En este estudio, que revela el registro químico del cambio climático y de episodios globales en los bosques de la Península Ibérica, ha participado la profesora de la Facultad de Biología de la Universidad de Barcelona, Emilia Gutiérrez. El trabajo, publicado por la revista Science of the Total Environment, revela que el rastro químico de los gases que liberaron a la atmósfera estas erupciones volcánicas se puede identificar hoy en día en los bosques más antiguos de coníferas de los Pirineos.

En concreto, erupciones como las de Timanfaya, en Lanzarote, una de las más poderosas por su duración, hasta el 1736, y por el volumen de materiales expulsados, y la del Tambora, uno de los episodios volcánicos más grandes que ha habido, que condujo al ‘año sin verano’ de 1816, desprendieron cantidades enormes de hierro que modificaron la composición química de los anillos anuales de crecimiento de los árboles pirenaicos. El estudio del registro de los anillos de crecimiento de los árboles, llamado dendrocronología, podría ayudar a conocer la frecuencia y la intensidad de los fenómenos volcánicos en la era moderna. El estudio, dirigido por la experta Andrea Hevia, investigadora del Centro Tecnológico Forestal y de la Madera de Asturias, ha analizado los cambios temporales de la composición química en los anillos anuales de crecimiento de los árboles centenarios de los Pirineos, en especial los de los bosques subalpinos de pino negro en los parques nacionales de Ordesa, Monte Perdido, Aigüestortes y lago de Sant Maurici. En la investigación también han participado Julio Camarero, del Instituto Pirenaico de Ecología, Zaragoza, Raúl Sánchez Salguero, de la Universidad Pablo de Olavide, Sevilla, y Allan Buras, de la Universidad Técnica de Münich, Alemania, entre otros expertos. Según ha explicado Emilia Gutiérrez, por primera vez esta investigación ha permitido analizar los efectos del cambio climático sobre los ciclos de nutrientes en los bosques, y ha confirmado que los bosques pirenaicos pueden registrar la huella química de episodios a escala global, como las erupciones volcánicas en lugares remotos, y los efectos de las emisiones de gases a la atmósfera desde la Revolución Industrial. “La información registrada por estos árboles que crecen a altitudes superiores a los 2.000 metros es representativa de los cambios globales, ya que su crecimiento no está influenciado por los efectos de las actividades humanas locales“, ha señalado Gutiérrez. Los expertos han aplicado una nueva metodología, que analiza los cambios atmosféricos en los últimos 700 años, con resolución anual e incluso estacional, a partir del análisis de los anillos de crecimiento de los árboles. Entre otros resultados, el estudio revela un incremento del contenido en elementos como el fósforo, el azufre y el cloro a partir del 1850, cuando se inicia la Revolución Industrial en Europa. También han analizado datos de elementos químicos esenciales en el desarrollo de la madera, como el calcio. “La fijación de estos elementos en los anillos de crecimiento de la madera se ha visto además favorecida por el aumento de las temperaturas a escala global“, ha remarcado Andrea Hevia.

 

La incidencia del fenómeno Tambora en el nordeste de los Estados Unidos fue si cabe más sorprendente aún. El frío llegó de repente cuando menos se esperaba. El verano de 1816 parecía llegar con ímpetu. En Williamston, Massachusetts, el 5 de junio los termómetros llegaron a 26,7 grados, pero el 6 de junio bajaron de repente a 7 grados. El 7 de julio nevó en Plymouth, Connecticut, y desde entonces ya no dejó de hacer un frío anormal. Se perdió la cosecha. Aunque mejoró algo el tiempo en agosto y se resembró el terreno, empezó a nevar en septiembre y se malogró la ocasión de segar lo poco que pudiera haberse recogido. Todo parece indicar que el frío llegó en varias embestidas, según los movimientos de la nube de polvo empujada por las corrientes de la alta atmósfera. La noticia más extraña es que en julio y agosto se heló un río en Pensilvania. De China sabemos muy poco, aunque hay noticias de que hizo mucho frío y se registraron muchas inundaciones. Los chinos se quejan especialmente de la muerte de sus ganados. Pero la gran nube que oscurecía, ¿alcanzó el hemisferio sur? Cierto que también se han encontrado muestras sulfurosas en los hielos de la Antártida, correspondientes a principios del siglo XIX, pero las referencias a la oscuridad y el frío son mucho menos numerosas en el hemisferio sur. Las consecuencias del desastre de Tambora se fueron paliando progresivamente, pero el frío propio del mínimo de Dalton se mantuvo por lo menos durante diez años más, por causa del volcán o por obra de otros factores que probablemente ya habían intervenido en el enfriamiento antes de 1816. En cambio, el verano de 1826 fue muy caluroso y recogió las primeras quejas por altas temperaturas a lo largo del siglo XIX. Pero el frío volvió, aunque parece que ya no en un régimen continuado. En 1829 se registró un verano muy fresco, especialmente en el mes de agosto. La gente, que suele tener muy mala memoria para las inclemencias atmosféricas, decía que no se recordaba un agosto tan gélido en muchísimos años. Los registros termométricos acusan, en efecto, bajas temperaturas veraniegas, sin alcanzar nunca los niveles de doce o trece años antes. Sin embargo, nos sorprende saber que en el invierno de 1829-1830 se congeló el lago Constanza, en Suiza, que suele disfrutar de un clima benigno. Un pequeño monumento recuerda aquella extraña helada. El último invierno glacial fue el de 1837-1838, en que se registró otro hecho nada corriente, en que Noruega y Dinamarca quedaron unidas por el hielo. Naturalmente, se hizo imposible el acceso al Báltico o la navegación por aquel mar. La década de 1940 fue todavía fría, aunque sin alcanzar niveles muy remarcables. De todas formas, un verano muy fresco y lluvioso azotó Europa en 1845. Se perdió la patata irlandesa y el hambre se prolongó hasta 1848, otro año difícil en la mayor parte del continente europeo, que fue azotado también por una revolución que alcanzó simultáneamente a más países que nunca, de Prusia a España, una oleada revolucionaria que acabó con la Europa de la Restauración y con el predominio del absolutismo en el continente europeo. La década de 1850 registró temperaturas mucho más templadas, que trajeron una notable prosperidad. Y a partir de 1860 los termómetros tendieron a un ascenso casi continuado, que prácticamente, con variaciones, no han dejado de subir hasta la actualidad.

 

Continuará ……………………………………

 

Fuentes:

  • José Luis Comellas – Historia de los Cambios Climáticos
  • Antón Uriarte Cantolla – Historia del Clima de la Tierra
  • Brian Fagan – Cromañón – De cómo la Edad de Hielo dio paso a los humanos modernos
  • Brian Fagan – La pequeña edad de hielo: Cómo el clima afectó a la historia de Europa 1300-1850
  • Emmanuel Le Roy Ladurie – Historia humana y comparada del clima
  • José Fernando Isaza Delgado, Diógenes Campos Romero – Cambio Climático. Glaciaciones y calentamiento global
  • Romano, Ruggiero y Tenenti, Alberto – Los fundamentos del mundo moderno. Edad Media tardía, Renacimiento, Reforma
  • Régine Pernoud – ¿Qué es la Edad Media?
  • Immanuel Wallerstein – El moderno sistema mundial La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI
  • Fernand Braudel – Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII
  • David Wallace-Wells – El planeta inhóspito: La vida después del calentamiento
  • Mario Molina, José Sarukhán – El cambio climático. Causas, efectos y soluciones
  • Tim Flannery – La amenaza del cambio climático
  • Edward J. Tarbuck – Ciencias de la Tierra
  • Gorshkov – Geología General
  • Santiago Escuain – La Edad de las Formaciones Geológicas
  • Artículo de este Blog: Eras Geológicas de la Tierra
  • Edward Gibbon – Historia de la decadencia y caída del Imperio romano
  • Joseph H. Reichoff – Historia natural del último milenio
  • Immanuel Velikovski – Mundos en Colisión
  • Lawrence Solomon – Historia de la temperatura
  • Amanda Laoupi – Arqueología de desastres. la ciencia de los archeodisasters
  • David Keys – Catástrofe: En busca de los orígenes del mundo moderno
  • Samuel Noah Kramer – La historia empieza en Sumer
  • Niels Schrøder, L. H. Pedersen, R. Joll – 10.000 Years of Climate Change and Human Impact on the Environment in the Area Surrounding Lejre
  • Carole L. Crumley y William H. Marquardt – Historical Approaches to the Assessment of Global Climate Change Impacts
  • John R. Gribbin – Ice Age: The Theory That Came In From The Cold!
  • William J. Borroughs – A Guide to Weather
  • Schmidt, C. Kamenik y M. Roth – The Archaeology of Mediterranean Landscapes: Human-Environment Interaction
  • Mc Dermott –Centennial-scale Holocene climate variability
  • Gerard. C. Bond- Iceberg Discharge into the North Atlantic on Millennial Time Scales during the Last Glaciation
  • John Imbrie – Ice Ages: Solving the Mystery
  • Camille Flammarion – L’Atmosphere: Météorologie Populaire
  • John Dexter Post – Food Shortage, Climatic Variability, and Epidemic Disease in Preindustrial Europe: The Mortality Peak in the Early 1740s

mayo 3, 2020 - Posted by | Ciencia, enigmas en general, Historia

4 comentarios »

  1. La Pequeña Edad de Hielo de la Edad Media. Ahí fue cuando apareció el principal brote de la Peste Bubónica, parece que la Plaga de Justiniano fue el primer brote que hubo de la Peste Negra, también dentro de una Pequeña Edad de Hielo que duró menos, pero fue también devastadora (la caída del Imperio Romano entre otras calamidades). Pero ambas, por muy crueles que fueron y la población que diezmaron (la de la Edad Media se ha llegado a computar en el libro de Oleg Benedictow “La Peste Negra” que se llevó por delante entre el 60/65 % de la población mundial de media, casi nada), no se pueden comparar con Younger Dryas (ocurrida entre hace 12.800 años y 11.600 años). Has citado la erupción del Laki entre 1783-1785 (dejamos de lado que ahí está también el Katla, volcán bastante más peligroso y que parece que ya le toca). Santiago Niño Becerra die que la crisis que ya está empezando actualmente solo tiene una comparación: la que empezó en 1785. Esa desembocó años después en 1789 en la Revolución Francesa y en 26 años de Guerras Napoleónicas. No tiene porqué suceder lo mismo a nivel bélico, pero eso fue el final del sistema económico anterior (Mercantilismo) y el nacimiento en 1820 del actual Sistema Capitalista (al cual le queda de vida hasta 2060 como mucho…o entre 2050-2060 según SNB). Las comparaciones son odiosas, pero si SNB compara esto con aquello a nivel económico la verdad es que estamos hablando del principio del declive de nuestro sistema actual y su transición hacia otro…dominado por las Corporaciones Tecnológicas (y la IA).
    También he leído que parece que estamos empezando otra Pequeña Edad de Hielo, no sé si será verdad pero de serlo eso sí que es preocupante de verdad.Muy buen artículo. Un saludo.

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    Comentario por David | mayo 3, 2020 | Responder

    • Gracias por el comentario. De hecho en el siguiente articulo, basado en la Edad Contemporanea y con una prospección del futuro, ya trataré sobre esta posible nueva pequeña edad de hielo, ya que hay algunos indicios preocupantes, como el debilitamiento de la corriente del Golfo

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      Comentario por oldcivilizations | mayo 3, 2020 | Responder

      • Sí, he leído algo al respecto. También leí que cada vez más cuerpos celestes se van acercando, y las famosas Táuridas (cometa Encke, Oljiato y uno de mayor tamaño) que vendrán en torno a 2030. Parece que la segunda mitad de este siglo o a partir de esta próxima década lo vamos a notar bastante. Eso va a dejar empequeñecido lo que está pasando ahora, sinceramente. No sé si conocerás la “novela” El Martillo de lUcifer de Larry Niven y Jerry Pournelle (ambos científicos y astrónomos, por cierto, o al menos Larry Niven) pero es brutal, la caída de un cometa en la Tierra y su causa: un “Gigante Negro” más allá de Plutón que perturba las órbitas de los cometas, hasta quien descubre todo eso es del CalTech de California (sí, como lo del Planeta 9 en 2016, solo que la novela fue escrita en 1977). Creo que iban a estrenar un filme en torno a eso llamado “Greenland” con Gerard Butler que podría estar inspirado en parte en esa “novela”.
        Llevo leyendo cosas acerca de Edades de Hielo desde poco antes de del año 2000, de ahí que ya supiera cosas de la Peste Negra y la Plaga de Justiniano sucedidas ambas en períodos así (Edades de Hielo). Un saludo.

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        Comentario por David | mayo 3, 2020

  2. Reblogueó esto en .

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    Comentario por audazytaktiko | mayo 4, 2020 | Responder


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