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Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

Marco Polo y la Ruta de la Seda


La Ruta de la Seda se convirtió en ruta comercial en el siglo 3 a.C. y persistió hasta el siglo 16 d.C., siendo uno de los logros más significativos en la historia de la civilización mundial. Las rutas de las caravanas cruzaban Europa y Asia, hasta llegar a China, y en épocas antiguas sirvió como medio importante en las relaciones comerciales y en los intercambios culturales entre el Oriente y Occidente. La legendaria ruta de la seda fue durante muchos siglos la principal conexión comercial ante Asia y Europa. Entre Constantinopla (actual Estambul) y la ciudad china de Chang’an (hoy Xi’an) su recorrido cubría ocho mil kilómetros, pasando por cordilleras, desiertos y elevadas mesetas. No hay que imaginarla, sin embargo, como un camino único y lineal. De hecho, nadie la recorrió entera antes del siglo XIII, cuando el establecimiento del imperio mongol de Gengis Khan hizo posible el viaje, entre otros, de Marco Polo. La ruta constituía más bien una suma de etapas cortas entre los múltiples enclaves comerciales que la jalonaban. La seda fue sin duda el «producto estrella» desde que en el siglo I a.C. los chinos comenzaran a utilizarla para sus intercambios con pueblos próximos, por ejemplo con el valle de Ferghana (en el actual Uzbekistán), donde crecían afamados caballos. Los romanos la descubrieron al conquistar Partia en el siglo I a.C., y quedaron encandilados de inmediato.

La Ruta de la Seda corre del este al oeste de Asia como un largo collar, enhebrando ciudades que brillan por su historia o su belleza natural. En Xian comienza la Ruta de la Seda. Xian fue un gran centro comercial del mundo antiguo. En esta ciudad china, llamada la capital de la seda, se pueden ver monumentos históricos, como el Mausoleo del Primer Emperador Qin, con su ejército de guerreros de terracota, así como la mezquita.  Lanzhou, llamada “ciudad dorada”, fue fundada a orillas del río Amarillo, en China. Además de su importancia en el comercio del oro, fue un centro de desarrollo del budismo y el taoísmo, que desde aquí se extendieron a todo el mundo. También se distingue Dunhuang, en donde se encuentran las mayores dunas de toda China. Las Grutas de Mogao, donde se instalaron los primeros monjes budistas. Kashgar, entre las montañas de Tian Shan y el desierto de Taklamakan, es un oasis que unía a varias ramificaciones de la Ruta de la Seda. Ciudad musulmana, cuenta con la mezquita más grande de China y monumentos y bazares centenarios. Jiayuguan, con su pintoresco fuerte, es el punto final de la GranMuralla China.  Samarcanda, que fue declarada Patrimonio histórico de la humanidad, tiene más de 2.500 años. Situada en Uzbekistán, fue la antigua capital del país de Sogdiana, que era la lengua franca usada para el comercio en la Ruta de la Seda y muy rica en restos arqueológicos. Taskent, antiguo centro económico, hoy es la capital de Uzbekistán. La ciudad uzbeka de Bukhara, rica en tesoros históricos, fue un centro capital del Imperio Persa y de la cultura del Islam. Conserva cientos de monumentos de su época dorada durante el Imperio de Tamerlán.

Si viajamos a  Uzbekistán, debemos conocer la ciudad de Khiva, ejemplo de arquitectura musulmana de Asia Central. Es remarcable el barrio amurallado de Itchan-Kala, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1990. Ashgabad, la capital actual de Turkmenistán, en un antiguo mapa de la Ruta de la Seda la encontramos nombrada como Konjikala, y luego como Nisa. Se encuentra en un oasis del desierto de Karakum, o “desierto negro”. De la antigua ciudad de Merv sólo quedan ruinas, cuando en el siglo XII fue la más poblada del mundo. Su trazado en la Turkmenistán actual tiene interesantes estatuas de Buda. Teherán, capital de Irán, hoy es una bonita y vital ciudad de quince millones de habitantes que vale la pena conocer. Mosul, ubicada en Irak, fue una de las capitales económicas y políticas de la Ruta de la Seda. Lugar de reunión e intercambio comercial de árabes, cristianos y kurdos, en la región se encuentran monasterios, bazares y mezquitas que recuerdan mucho la época dorada. Ankara, ubicada en la meseta de Anatolia, es la actual capital de Turquía. Cerca de la ciudad, se puede visitar la región de Capadocia, una formación geológica única en el mundo. Estambul, punto de llegada de la Ruta de la Seda, esta ciudad turca es una de las grandes capitales históricas del mundo. Antiguamente se llamó Constantinopla, y después, Bizancio. Es el puente que une a Europa con Asia. Ciudad esplendorosa y muy rica en monumentos históricos, con una gran vida cultural, social y turística.

La dinastía arsácida de Partia (o Parthia) fue la dinastía de reyes partos que reinaron en el antiguo Irán y formaron el Imperio parto. Fundada en 250 a. C. por Arsaces I, conservó el trono hasta el 224 a.C, año en el que fue reemplazada por la de los sasánidas. El último arsácida que reinó sobre los partos fue Artabano IV, que fue vencido por Ardacher I, hijo de Papak. Estaban emparentados con la dinastía arsácida de Armenia y con los reyes arsácidas de Atropatene. Después de la conquista del Imperio persa por Alejandro Magno, rey de Macedonia, Persia estuvo constantemente debatida entre las viejas tradiciones persas y el nuevo modo de vida del periodo helenístico, que los dirigentes helenos al final no fueron capaces de resolver. Finalmente, los griegos y su cultura «ciudadana», no jugaron más que un papel secundario frente a los modelos anteriores a la conquista que hicieron su reaparición con fuerza, tales como el empleo persistente del arameo en la administración y el comercio. El Imperio seléucida reinó sobre las tierras helenas de Asia después de la muerte de Alejandro. Territorio estirado hasta el extremo que descuidó sus posesiones persas por su preferencia por Anatolia y Siria. Los parnos, tribu nómada irania, sacó provecho de esta situación, que creció con la desintegración del Imperio seléucida, seguido de unas querellas de sucesión tras la muerte de Antíoco IV Epífanes en 164 a. C. El otro reino helenístico en tierras irania e india, el Reino Grecobactriano, sufrió la misma suerte, barrido por las migraciones de los nómadas yuezhi y el ascenso del Imperio Kushān. El siglo I a. C. vio desmoronarse los últimos restos de los reinos helenísticos y la emergencia de los que acabarían siendo enemigos mortales de los partos: los romanos y los Kushān, después de varias guerras y conflictos.

En 247 a. C., dos hermanos, Arsaces I (Aršak) y Tirídates, de la tribu nómada irania de los parnos, provenientes de las riberas del rio Amu Daria, ocuparon la satrapía seléucida parta del territorio de Tejen, y mataron a su gobernador Andrágoras. Esto prefiguró las grandes dificultades y sinsabores que conocería Seleuco II antes de perder el control de Bactriana, cuyo sátrapa griego Diodoto dirigió la rebelión (futuro Diodoto I). Los partos estuvieron a la defensiva durante casi un siglo, durante el cual la escena mundial se transformó radicalmente. En 190 a. C., el rey seléucida Antíoco III el Grande sufrió una derrota aplastante por parte de los romanos en la Batalla de Magnesia, en Magnesia del Sipilo, lo que marcó el inexorable declive de su reino. Tras la muerte de Antíoco IV en 164 a. C., estallaron luchas intestinas en el seno de la dinastía real, dejando la vía libre a las campañas de Mitrídates I de Partia durante su largo reinado de 171 a 138 a. C. Mitrídates I, anexionó las provincias de Media, Susiana, Persis, Caracene, Babilonia, Asiria, al oeste, y las de Gedrosia y Sistán, al este. Se apoderó también de Seleucia del Tigris, que era la segunda ciudad más grande del Asia occidental. Los partos respetaron la autonomía y las instituciones griegas de Seleucia, y fundaron, enfrente, en la orilla izquierda del Tigris, la ciudad de Ctesifonte, la nueva capital del nuevo imperio. Durante el reinado de Demetrio II Nicátor, los seléucidas intentaron reconquistar los territorios perdidos, pero en 139 a. C., el rey perdió frente a la caballería parta y fue hecho prisionero por Mitrídates I, quien le trató bien, incluso le dio a su hija en matrimonio, no obstante, le mantuvo en cautividad en Hircania hasta su muerte.

La red de caminos comúnmente conocida como la “Ruta de la Seda” fue el resultado de la expansión de los intercambios comerciales y culturales entre China y la cuenca del Tarim. A finales del siglo XIX, Ferdinand von Richthofen denominó “Ruta de la Seda” (Seidenstraße) a los numerosos itinerarios comerciales y culturales por tierra, tanto primarios como secundarios, que aseguraron los intercambios dentro de Asia Central. Desde los Han a los Tang, las rutas alrededor del desierto del Taklamakan, en la cuenca del Tarim, conectaban las capitales chinas de Chang’an (el moderno Xi’an) y Luoyang con las fronteras occidentales. En Dunhuang las rutas se bifurcaban en las ramificaciones norte, sur y central, alrededor de la cuenca del Tarim.  La ruta norte empezaba en la Puerta de Jade, a las afueras de Dunhuang, y proseguía hacia el oasis de Turfán, cerca del complejo de cuevas budistas de Bezeklik. Desde Turfán, esta ruta continuaba por las estribaciones del Tianshan hacia Karashahr y Shorchuk (cerca de la moderna Korla) antes de llegar a Kucha, un oasis rodeado de cuevas budistas como Kyzil y Kumtura. La ruta norte continuaba por Aksu, una encrucijada de las rutas del Tianshan, y por Maralbashi, cerca de las cuevas budistas de Tumshuk, hasta Kashgar, donde volvía a conectar con la ruta sur.

La ruta sur empezaba en la puerta de Yangguan en las afueras de Dunhuang y continuaba por los oasis que bordeaban por el sur el desierto de Taklamakan, entre los cuales se encontraban Miran, Charklik, Cherchen, Endere, y Niya. Esta ruta seguía la ladera norte del Kunlum hacia Khotan y Kashgar. Una ruta intermedia se dirigía desde Dunhuang hacia la guarnición militar de Loulan en el lago Lop-nor, donde se bifurcaba hacia Miran, en la ruta sur, y Karashahr, en la ruta norte. Los itinerarios de los viajeros alrededor de la cuenca del Tarim dependían de sus objetivos y destinos, el entorno físico y político, y las condiciones económicas.  En su sentido más amplio, las rutas de la seda se extendían hasta el Mediterráneo a lo largo de un itinerario descrito en las Mansiones Parthicae de Isidoro de Charax en el siglo I. Las rutas terrestres partían del Mediterráneo a través de Siria hacia Mesopotamia, el antiguo Irán y la Margiana (Merv), en el oeste de Asia Central. Las rutas desde la Margiana llegaban a Bactria, en el valle del Oxus, o se bifurcaban al norte hacia la Sogdiana y continuaban a través del valle de Ferghana y la cordillera Alai hacia Kashgar. A través de las montañas del Karakorum, rutas capilares unían directamente las rutas de la seda de Asia Central oriental con las arterias mayores del subcontinente indio. La “ruta norte” (Uttarapatha) que se extendía desde la Bactria hasta el norte de India estaba conectada con la “ruta sur” (Dakshinapatha) en la meseta de Decán y los puertos marítimos de la costa oeste de India. El Periplus Maris Erythraei describe el próspero comercio marítimo entre el oeste y el sur de la India, Arabia, Egipto y el Imperio Romano durante el siglo I de nuestra era.

Muchos son los artefactos que dan pruebas de conexiones comerciales a larga distancia y de transmisión cultural entre China, Khotan en la ruta de la seda sur, y las fronteras noroccidentales del subcontinente indio. Los fragmentos de finos tejidos de seda chino reflejan el comercio a larga distancia o las relaciones tributarias con Khotan durante el siglo III y principios del IV de nuestra era. Monedas de los gobernantes indo-escitas (Saka) y Kushan y un manuscrito incompleto de una versión Gandhari del Dharmapada fueron encontrados cerca de Khotan. Otros objetos importados a Khotan desde el noroeste del subcontinente indio incluyen pequeñas esculturas de piedra de Gandhara y figuras modeladas en terracota. El comercio a larga distancia de objetos budistas de gran valor (como manuscritos, pequeñas esculturas, estupas en miniatura y posiblemente reliquias) prefiguró las posteriores conexiones entre las comunidades budistas en Khotan y Gilgit. Khotan no fue sólo un centro comercial y religioso del suroeste de la cuenca del Tarim, sino que funcionó también como punto de conexión entre China, India, el oeste de Asia Central e Irán.  El reino de Shanshan, que floreció en la ruta de la seda sur, entre Niya y Loulan hasta el siglo IV dC, se benefició del comercio a larga distancia entre China y el este de Asia Central. La seda china fue probablemente usada en transacciones comerciales a cambio de objetos de lujo de estas regiones, ya que la seda era preferida como moneda a las piezas de cobre.

La prosperidad económica de los oasis agrícolas y los centros comerciales de la ruta sur permitieron a las comunidades budistas establecer estupas y monasterios. Como Marilyn Rhie señala en Early Buddhist Art of China & Central Asia, las esculturas budistas de Miran y Khotan guardan muchas similitudes con las tradiciones artísticas de Gandhara, Swat, y Cachemira en el noroeste del subcontinente indio. Las pinturas murales de Miran reflejan lazos tanto con el arte del oeste de Asia Central como con el noroeste de India. Los documentos administrativos encontrados en Niya, Endere, y Loulan escritos en lengua gandhari y kharoshti demuestran los lazos lingüísticos y culturales entre los oasis de la ruta sur y el noroeste del subcontinente indio en los siglos III y IV d.C. Las rutas intermedias a través de Karashahr y las rutas norte a través de Turfan eclipsaron probablemente la ruta sur hacia el siglo V. La mayoría de yacimientos arqueológicos de importancia de la ruta norte están situados alrededor de Kucha y del oasis de Turfán. Las pinturas murales en las cuevas-monasterio, la arquitectura de las estupas, los artefactos y otros restos de aproximadamente los siglos III-VII d. C. en los yacimientos alrededor de Kucha muestran más afinidades estilísticas con el noroeste del subcontinente indio, el oeste de Asia Central y Irán, que con China. Los yacimientos situados más al este a lo largo de la ruta norte, pertenecientes a fechas relativamente más tardías, en los siglos VII-X d.C., revelan elementos más chinos y turcos.

Las pinturas murales de las cuevas-monasterio de Kyzil demuestran continuidades entre el arte de la parte oeste de las rutas norte y las tradiciones artísticas de Swat, Gandhara y Persia Sasánida a mediados del primer milenio. Monjes y mercaderes que viajaban por las rutas norte y sur fueron los responsables de los contactos comerciales, religiosos y culturales entre India, Asia Central y China. Los restos materiales de los yacimientos situados a lo largo de las rutas de la seda reflejan las estrechas relaciones entre el comercio a larga distancia y los patrones de transmisión cultural y religiosa. La demanda de seda china y objetos de lujo, de gran valor pero poco volumen, estimuló el comercio. Objetos valiosos como el lapislázuli, los rubíes y otras piedras preciosas de las montañas de Afganistán, Pakistán y Cachemira provocaron probablemente que los viajeros se aventuraran por estas difíciles regiones. Algunos de estos productos fueron objetos preferentes de las donaciones budistas, tal y como atestiguan las referencias literarias budistas a las “siete joyas” (saptaratna) y a los depósitos de reliquias. Ver Xinru Liu, Ancient India and Ancient China. El comercio a larga distancia de objetos de lujo, que estaban relacionados con la transmisión del budismo,  provocó un incremento de la interacción cultural entre Asia del Sur, Asia Central y China.

La historia siempre ha estado repleta de incógnitas y continúan siendo notables las lagunas que nos restan por completar. Así que, en plena región china de pretensiones ardientemente separatistas y recientes circunstancias sangrientas, los tocarios, hace unos cuantos siglos ya, fueron una asombrosa excepción cuya rareza podría poseer la clave del pasado de Eurasia. Provincia de Xinjiang, la más occidental de la República Popular China. Situada entre Mongolia y el Tíbet, paso obligatorio y privilegiado de la antigua Ruta de la Seda. Perenne encrucijada ­histórica de pueblos y culturas, lo que siempre favoreció que fuese una zona conflictiva, tanto en el pasado como en el presente. Ajena y sin vinculación a nuestro mundo, el del bautizado como Viejo Continente. Es allí, en el Turkestán oriental, en la cuenca del río Tarim, donde a finales del siglo XIX se encontraron en un monasterio budista una serie de manuscritos –siglos V-VIII d. C.– que contenían, aparte de las esperadas ­lenguas afines a la zona –chino, mongol, sánscrito y variedades iranias–, dos completamente desconocidas. Tras varias expediciones internacionales posteriores y los consiguientes hallazgos de más manuscritos, en 1908 los alemanes Emil Sieg y Wilhelm Siegling lograron descifrar esas dos lenguas y, lo más extraordinario, establecieron que su carácter era indudablemente ­indoeuropeo.

Dos lenguas indoeuropeas totalmente ­aisladas, rodeadas de un océano de variedades chino-tibetanas y uralo-altaicas. Y lo que es más desconcertante, estas dos lenguas nuevas poseían rasgos que las vinculaban con las del tronco indoeuropeo del oeste de Europa –itálico, germánico, celta–, no con las más próximas geográficamente de Oriente –indoiranio–. Las dos nuevas lenguas, que comenzaron denominándose kuchita y turfanés, por las ciudades donde fueron halladas, Kucha y Turfán, eran ininteligibles entre sí. No obstante, se descubrió que una de ellas era una variedad muchísimo más arcaica, y ambas procedentes a su vez de una lengua común, probablemente del primer milenio antes de Cristo. ¿Quiénes hablaron estas lenguas? ¿De dónde vinieron? ¿Cuándo llegaron, desaparecieron y por qué? Aún hoy no tenemos respuestas infalibles a estas cuestiones. Los problemas sociales, económicos y políticos que a lo largo del siglo XX sacudieron la región, impidieron y ralentizaron las investigaciones. Sin embargo, aunque todavía se tiene poca información, son suficientes para otear un panorama donde las piezas del puzzle pueden ir encajando poco a poco. El lingüista Friedrich W. K. Müller propuso llamar a las lenguas y pueblo recién descubiertos, tocarios. Parecía además corresponderse con aquellos a los que las fuentes chinas llamaban tu-ho-lo y las indias tukharas. Pero se trató de un error de interpretación en el pie de texto de un manuscrito y, a pesar del equívoco, el término se impuso irremediablemente.

Finalmente, quedaron bautizados como tocarios, y a las variedades lingüísticas se las llamó tocario A y tocario B. Este desliz inicial, aunque proveyó de un nombre al nuevo hallazgo, no esclareció ni mucho menos la identidad de este pueblo. Y en el presente se siguen manteniendo bastantes hipótesis al respecto. Las fuentes en su mayoría son externas, relatos legendarios y textos de otros pueblos como chinos, hindúes o greco-romanos. Existen diversas fuentes occidentales que se han relacionado posterior y necesariamente con los tocarios y que nos muestran la existencia del país de los Serica, “país de la seda”, ubicado en Asia Central. Ptolomeo y Plinio el Viejo, por ejemplo, lo sitúan con Escitia al oeste, la India al sur y los sinae –chinos– al este. Plinio el Viejo hizo además una elocuente descripción de los Serica, que siempre se había considerado incongruente, pero que en el nuevo paisaje tocario adquirió un sentido clarificador: “Esta gente (…) excede la estatura ordinaria humana, posee cabellos del color del lino, ojos azules y hacen una especie de ruido tosco al hablar, no tienen una lengua apropiada para el comercio”. Obviamente, se refería a un pueblo caucasoide, indoeuropeo, y el historiador y ­geógrafo griego Pausanias también compartía esa visión. El Imperio romano, aparentemente y según sus registros, no llegó a contactar directamente con el pueblo chino, sino más bien con los habitantes de diversas ciudades-estado sitas en la Ruta de la Seda. Pero el hecho de que estos individuos sí mantuvieran relaciones comerciales con los sinae, suponía un adelanto de varios milenios en los cálculos que se conjeturaban sobre los primeros intercambios culturales entre indoeuropeos y poblaciones chinas.

Pero la seda no fue el único producto: también destacaron el lapislázuli y las piedras preciosas. A cambio, de Europa llegaba un flujo monetario vital para la economía china. El término “Ruta de la seda” fue creado por el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen, quien lo introdujo en su obra “Viejas y nuevas aproximaciones a la Ruta de la seda”, en 1877. Debe su nombre a la mercancía más prestigiosa que circulaba en ella, la seda, cuya elaboración era un secreto que sólo los chinos conocían. Los romanos se convirtieron en grandes aficionados de este tejido, tras conocerlo antes del comienzo de nuestra era a través de los partos, quienes controlaban su comercio. Muchos productos transitaban estas rutas: piedras y metales preciosos, telas de lana o de lino, ámbar, marfil, laca, especias, vidrio, materiales manufacturados, coral, etc. Se cuenta que el Emperador Wu de la Dinastía Han decidió en 138 a. C. fraguar alianzas con los reinos del oeste y del noroeste, enemigos de las tribus Xiang-Nu, ya que sufrían invasiones cada vez más frecuentes, más violentas y menos contenibles, protagonizadas por tribus nómadas situadas al noroeste de sus fronteras, los Hunos. Eran unas tribus cuya superioridad militar era una consecuencia directa del hábil manejo de una caballería fuerte, esbelta y ligera, más apta para la guerra que la china, cuyos caballos eran absolutamente inadecuados para toda actividad que exigiera rapidez de movimientos. Y por tal motivo, encomendó al general Zhang Qian esta misión, otorgándole cien de sus mejores guerreros y presentes de incalculable valor para sellar esta alianza militar y política.

Trece años después, habiendo sido hostigado durante diez años por los hunos, el General Zhang Qian regresa a la Corte Imperial Han con sólo un miembro de la partida. Aunque no había logrado establecer ni una sola de las alianzas militares de su misión, el general Zhang informó a la corte de la existencia de treinta y seis reinos, verdaderas potencias comerciales, en las fronteras occidentales de China. En realidad, cuando el emperador Wu Di estaba cautivo consiguió mucha información de las tribus de Asia Central y países como Nag-Si (Persia), Tiaozhi (Caldea) y Li- Qian (el Imperio romano). En el 126 a. C., volvió a la capital china Chang’an y en el 119 lanzó una ofensiva contra los hunos y se establecieron contactos entre la dinastía Han y los países de la región. Así, el general Zhang contó de los magníficos caballos de las llanuras del Valle de Ferghana en Asia Central (hoy Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán), mucho más fuertes y veloces que los caballos chinos, con los que la caballería del Imperio Han podría enfrentarse a los hunos en mejores condiciones. Posteriormente, las misiones diplomáticas y comerciales con los reinos del Valle de Ferghana no pudieron garantizar la seguridad ni afianzar el comercio, por lo que China preparó una invasión a gran escala, aunque fue en la segunda embestida en el año 102 a. C. que China logró conquistar todas las tierras entre sus propias fronteras y los Reinos del Valle de Ferghana. Así, los chinos no sólo consiguieron asegurarse la importación de los famosos caballos de las estepas, sino que establecieron sus propios productos en los mercados de estos reinos. Además, el emperador Zhang Qian obtuvo información sobre Roma y se encontraron en algunos relatos, como la “historia de los Han” de Hou Hanshu, los de Sima Qian y Ban Gu y documentos enviados al emperador Wu Di.

Cincuenta años más tarde, cuando Marco Licinio Craso cruzó el Éufrates para conquistar Parthia en el año 53 a. C., se asombró al ver un brillante, suave y maravilloso nuevo tejido. El emperador Wu Di envió una delegación al rey Mitrídates II en el 110 a. C. y fue entonces cuando se inició la Ruta de la Seda. Unas décadas más tarde, las más acaudaladas familias de Roma estaban maravilladas de vestirse con el más preciado tejido: la seda.  Marco Polo (1254 –1324) fue un mercader y explorador veneciano que, junto con su padre y su tío, estuvo entre los primeros occidentales que viajaron por la ruta de la seda a China. Se dice que introdujo la pólvora en Europa, aunque la primera vez que se utilizó en Occidente acaeció en la batalla de Niebla (Huelva) en 1262. Los Polo (Marco, su padre y su tío) vivieron allí supuestamente durante diecisiete años antes de volver a Venecia. Tras su regreso, Marco Polo contaba a la sazón 41 años y comandaba una galera veneciana el día en que se libró, ante los muros de Korcula, una batalla naval contra la gran rival de Venecia, la República de Génova, en 1298. Los genoveses apresaron a Marco Polo, lo llevaron a Génova y allí, en la prisión, Polo dictó a un tal Rustichello de Pisa las memorias de su viaje fabuloso hasta Catai (China) y el regreso por Malaca, Ceilán, la India y Persia. Rustichello redactó en un dialecto franco-véneto el libro conocido como Il Milione (“El millón” o «Los viajes de Marco Polo») acerca de sus viajes. El libro se llamó originalmente “Divisament du monde” (“Descripción del mundo“), pero se popularizó como Libro de las maravillas del mundo y, más tarde, como Il Milione. Es creencia general que tal nombre vino de la tendencia del autor a referirse a grandes cantidades; “millones“, pero es más probable que derivase de su propio nombre “Emilione“, abreviado en Milione. No habría, pues, en esta denominación ninguna alusión a su exageración. Marco Polo está considerado como uno de los grandes exploradores, e insigne narrador de literatura de viajes.
Más allá de la actividad comercial, la ruta de la seda ha constituido un foco civilizador de excepcional importancia en la historia. Los chinos desde el este, los budistas desde la cuenca del Ganges, los cristianos nestorianos huidos de Bizancio, el imperio musulmán surgido en Arabia o los diversos pueblos nómadas o sedentarios del Asia Central, todos contribuyeron a crear un espacio de encuentro e intercambio que constituyó un verdadero crisol de la historia euroasiática. El arte nos ha dejado abundantes muestras de las múltiples fusiones culturales sucedidas, desde la escultura helenística del estilo Gandhara a los budas gigantes de Afganistán o la soberbia arquitectura de Bujara y Samarkanda. Durante siglos el lento pero incansable ir y venir de las caravanas de camellos mantuvo en contacto varios mundos (el chino, el indio, el persa, el mediterráneo) separados por barreras naturales y culturales a primera vista infranqueables. El relevo lo tomarían las rutas marítimas, primero de chinos y musulmanes, luego de los europeos desde la llegada de Vasco da Gama a la India. Los viajes de Marco Polo, conocido también como El libro de las Maravillas o El Libro del Millón. El cuarto libro trata de las guerras que mantuvieron poco antes entre sí los mongoles, y describe también algunas regiones bastante más al norte, como Rusia. El libro alcanzó un éxito nada frecuente en la época anterior a la invención de la imprenta. Se tradujo a varias lenguas europeas ya en vida de su autor, pero los manuscritos originales se han perdido. Puede decirse sin duda, que es un documento importante, cuya lectura nos introduce de facto a la mentalidad predominante en el occidente cristiano medieval. El libro está más allá de la simple anécdota, una multiplicidad de significados lo rodea. En principio el libro es una especie de estudio de mercado, en donde se nos señalan distancias, precauciones, consejos sobre productos y mercaderías, así como las previsiones que el comerciante debe tomar antes de adentrarse en determinada ciudad. Como toda exploración es imperfecta, antes bien es una guía rudimentaria para aquellos aventureros que decidieran establecer algún tipo de intercambio con el oriente.

Michel Mollat en este sentido dice: “(…) el libro de Marco Polo ha sido comparado con todos esos manuales de mercaderes que, en el curso del siglo XIV, puso en gran boga la Practica della mercatura, de Pegoloti. De hecho, más de la mitad de la Descripción du monde [como le llama Mollat] indica las distancias entre las ciudades en jornadas y en millas, proporciona consejos prácticos para el viaje, enumera los objetos del comercio, anota los pesos y medidas, las formas de pago, en metálico y en papel moneda”. Cabe aquí recordar a dos precursores del viajero que realizaron su viaje hacia oriente con una misión análoga. Por un lado tenemos al discípulo de San Francisco de Asís, Jean de Plancarpín (o Giovani di Pian Carpino), que recibió del Papa Inocencio IV la orden de ir hacia los dominios tártaros con el objeto de “examinarlos con todo cuidado”. Así como ordena a otro fraile alcanzar al gran kan, sucesor de Gengis Kan, en su residencia ambulante, dondequiera que se encuentre, para entregarle los mensajes del Papa y del rey de Francia.  Plancarpín partirá de Kiev en el invierno de 1246. El padre y el tío de Marco Polo (Nicolo y Mafeo) salen de Venecia hacia Constantinopla en el año de 1260, y de hecho su viaje se cruza con el del segundo religioso en cierto momento, aunque no existen datos sobre si éstos se llegaron a encontrar. Los hermanos Polo asumen una misión similar, aunque en sentido inverso, a la de los monjes en su segundo viaje, en el que los acompañará el joven Marco. Durante el viaje obtienen la encomienda por parte del Gran Khan, de contactar al señor de los tártaros con el Papa, señor de la cristiandad con miras a establecer una posible alianza en contra del área musulmana. Tiene en definitiva aires de cruzada. Y es aquí en donde Marco Polo asumirá un papel fundamental, ya que al ganarse la confianza del emperador mongol. Y al ser nombrado embajador por éste, no dejará escapar oportunidad para señalar las convergencias entre ambas civilizaciones.

Gengis Kan (1162 – 1227) fue un aristócrata mongol que unificó a las tribus nómadas de esta etnia del norte de Asia, fundando el primer Imperio mongol, el imperio contiguo más extenso de la Historia. Bajo su liderazgo como Gran Kan, los mongoles comenzaron una oleada de conquistas que extendió su dominio a un vasto territorio, desde Europa Oriental hasta el océano Pacífico, y desde Siberia hasta Mesopotamia, la India e Indochina. En la primera fase de esta expansión, las hordas mongolas conquistaron importantes reinos de Asia, como el Imperio jin del norte de China (1211-1216), el Imperio tanguta, el Kanato de Kara-Kitai y el Imperio corasmio. Su verdadero nombre era Temuyín (o Temüdyin) que significa ‘el mejor acero’. La versión china es T’ie mou jen, que significa, ‘hombre supremo en la tierra‘. Gengis Kan es el nombre que recibió tras ser entronizado como emperador de los mongoles en 1206. En español la grafía tradicional es Gengis Kan, aunque también se encuentra escrito como Gengis Khan, Genghis Khan, Gengis Jan, Cingiz Jan, etc. La transliteración de su nombre mongol al español moderno sería Chenguis Jaan o Yenguis Jaan. En otras lenguas europeas, como el inglés o el francés, la ortografía más habitual es “Genghis Khan“, ya que en estos idiomas no existe el sonido “j” /χ/, y se representa con kh, que tiene valor fonético de /k/ en esas lenguas. El nombre Chinguis procede probablemente de la raíz mongola chin, con el significado de “fuerte, firme, inconmovible“; el término “kan” etimológicamente significa “príncipe” en persa mientras que la palabra Chinguis significa “océano” o “universal“, esto es: Príncipe Universal.

En la época se pensaba que la tierra era una vasta llanura rodeada de agua, por lo que también se le denomina como “señor de todos los océanos“. En alusión a este título, la ciudad de Pekín fue conocida fuera de China por el nombre de Cambaluc (o Janbalic) en la época de dominio mongol. Gengis Kan nació en un ambiente aristocrático, en una sociedad profundamente feudal. Pertenecía al poderoso clan Borjigin y era hijo de Yesugei y nieto de Qabul, un noble que había hostilizado las fronteras de la China yurchen y recibido de ellos el título de kan. Pudo haber nacido el 16 de abril de 1162.Como descendientes de Qabul Kan, el clan de Temuyín tenía un alto rango, aunque no parece haber ejercido un poder muy amplio, debido a que los mongoles no eran uno de los pueblos más poderosos en la estepa. Sin embargo, la favorable situación de Temuyín y de su clan se vio truncada por la muerte de Yesugei, envenenado por los tártaros, y el consecuente abandono de los clanes que apoyaban a Yesugei, debido a que por aquel entonces el heredero no tendría más de diez años. A partir de este momento la familia de Temuyín se vieron abocados a vivir en la indigencia, alimentándose de la recolección agrícola y de la pesca, agravado esto por la persecución a la que se vieron sometidos por los clanes rivales, especialmente el de los taichi´ut, que aspiraba al posible janato dejado vacante por la muerte de Yesugei. En este período, mediante la participación en razzias y pequeñas incursiones, así como en otras actividades, comenzó a adquirir fidelidades de otros individuos jóvenes, muchas veces en su misma situación, que se unieron a él. Su más fiel compañero, Boghurtschi, cabalgó con él en su juventud ayudándole a arrancar a los bandidos tai-eschutos sus ocho caballos, la única fortuna que tenía en ese momento.

Cabe destacar también un personaje de bastante importancia, que fue Jamuga, un joven de sangre noble que realizó juramento de anda o “hermano jurado”, al igual que Boghurtschi, con Temuyín. Parece ser que la posición de Jamuga ayudó en cierta medida a su anda a subir posiciones en la carrera hacia el poder, aunque más tarde, celoso de su amigo de la infancia, se volvió en su contra. Así se comenzó a formar el núcleo de lo que en un futuro sería su guardia imperial. Pero más importante que el apoyo de Yamuja fue el de un antiguo aliado de su padre que había sido anda de éste: Togrhul, kan de los keraitas, que le aceptó como un jefe de segunda fila. Su posición ahora favorable, unida al propio magnetismo personal de Temuyín, le proporcionó la adhesión voluntaria de más hombres a sus filas. En este momento se produce un incidente que va a afianzar aún más el poder de Temuyín: su mujer Borte es raptada por un clan merkita, pero ya entonces Temuyín está en condiciones de pedir apoyo militar y Yamuja se suma con su clan a una ofensiva, tras la cual el clan merkita es derrotado y la posición del futuro Gengis Kan se afianza. Disputas y rivalidades por el poder llevaron a la separación de Yamuja y su anda, de tal forma que el primero intentó retirar el apoyo a Temuyín, pero por motivos de linaje, de carisma personal o de mejor posición, muchos clanes bajo el mando de Yamuja se separaron de él para ponerse voluntariamente bajo el mando de Temuyín.

Al final del siglo XII los yurchen,  en China, promovieron una campaña contra los tártaros, a quienes habían utilizado anteriormente para eliminar a Qabul Kan, y que ahora se habían vuelto demasiado fuertes, empezando a resultar una amenaza. Para ello propusieron a los clanes keraitas, bajo el mando de Togril, luchar contra sus vecinos por el oeste mientras los propios yurchen atacarían por el sur. Al lado de su aliado lucharían Temuyín y sus hombres. Cuando la campaña terminó, los tártaros habían dejado de ser un pueblo independiente y habían sido sometidos al poder de ambos clanes. Los chinos otorgaron títulos a sus aliados, pero en estos se reflejaba una subordinación de Temuyín a Togril, que recibió el título de Wang (rey). Después de esta importante victoria ambos aliados siguieron sometiendo a una serie de tribus vecinas y ampliando aún más su poder. Y Yamuja, viendo semejante ascensión, reunió una coalición de todas las tribus descontentas o resentidas con Temuyín y su aliado. El Wang-Heang Togril, quizás también asustado por el creciente aumento de poder de Temuyín, ahora su anda, o debido a su avanzada edad, comenzó a desarrollar una actitud reacia a colaborar, hasta que acabó significando la ruptura. Concretamente, el desencadenante fue la negativa del Togril a dar a su hija en matrimonio a Jochi, hijo mayor de Temuyín. Esto provocó la ruptura y el preludio para la guerra entre ambas facciones. El Wang-Kan se alió con Yamuja y le puso al frente de su ejército. Cuando se produjo el enfrentamiento, las divisiones internas entre la facción de Yamuja y Togril les llevaron a la derrota, así como el abandono de muchos clanes que luchaban a su lado para adherirse voluntariamente a la causa de Temuyín, bajo la que veían mejores posibilidades de futuro.

Se produjo de esta manera la caída de los keraitas y el final de su existencia como clan independiente. Ahora el poder que más directamente competía con el futuro kan eran los naimanos, bajo cuya protección se habían refugiado Yamuja y sus seguidores. Los naimanos no tardaron en ser derrotados y sometidos, aunque bastantes sectores lo hicieron de nuevo de forma voluntaria. Según la Historia secreta de los mongoles, poco después dos generales de Yamuja lo entregaron a Gengis Kan, pero éste considero que como habían traicionado a su anterior líder, nada impedía que lo hicieran con él y los mando ejecutar. Gengis le ofreció a Yamuja el perdón por ser su hermano de sangre, pero éste le contesto que como había un solo sol en el cielo solo podía haber un Señor de la Tierra y le pidió que le diera una muerte noble, sin sangre. Gengis Kan cumplió el último deseo de su hermano de sangre e hizo que le rompieran la columna vertebral. Los restos del clan merkita, que habían sido aliados de los naimanos fueron derrotados por Subotai, miembro de la guardia personal de Temuyin y personaje que llegaría a ser el más brillante comandante al servicio del Kan. En el año 1206 se celebra una juriltai, a las orillas del río Onon, que tradicionalmente se señala como el punto decisivo en la vida política de Temuyín. En este momento toma el título de khaqan y el nombre de Gengis Kan. Gengis significa “océano”, con lo que quería significar una soberanía tan amplia como el mar que circundaba la tierra, algo así como kan universal. También es en este momento cuando todas las tribus que formaban parte de la confederación pasan a denominarse mongoles y es bastante posible que la Yassa se promulgase en esta juriltai.

Por lo anterior el libro de Marco Polo no puede dejar de verse como la crónica de un diplomático, es decir, como una descripción de las singularidades de los múltiples territorios y pueblos, bajo dominio mongol. Marco Polo, según su compañero de celda y redactor del libro —maese Rustichello de Pisa—, se ganó el agrado del Gran Khan, gracias a sus habilidades narrativas, que desarrolló mientras estuvo como funcionario al servicio de la corte. Había Marco oído que cuando el Gran Khan enviaba embajadores por las diversas partes del mundo, y éstos no sabían, a su vuelta, hablarle más que de la misión que para cumplir la cual habían sido designados, él los trataba de necios e ignorantes. Le agradaba más que le hablasen de las costumbres y particularidades de las cortes extranjeras que de lo referente al pretexto que escogía para enseñarles. Y Marco Polo lo hizo con tal sagacidad y soltura que el Gran Khan quedó maravillado. Podemos imaginar, tal y como lo hizo Italo Calvino en su libro Las ciudades invisibles, la estrecha relación que sostienen el soberano conquistador y su embajador, quien con “maestría y soltura” entretenía a un emperador que se mostraba incapaz de conocer por sí mismo la inmensidad de sus dominios. Podemos suponer, de igual manera, que con esa misma maestría y soltura, le fue transmitida en un segundo momento al compañero de celda de Marco Polo, Rustichello, la crónica de viajes y leyendas vistas y oídas por el veneciano. Así, es también, en tanto que narración de “particularidades y costumbres”, una especie de reportaje de carácter etnográfico en el que se observan claramente los prejuicios y la mentalidad del occidente medieval, siendo a la luz de los conceptos cristianos y grecolatinos, que se someten y explican mundos distintos y distantes. Es una mirada desde la perspectiva  del occidente cristiano medieval, hacia aquellos que “por ignorancia“, como es el caso de los “pueblos salvajes“, así como del mismo Gran Khan, o la “perversidad” de los musulmanes, que estaban a su parecer, situados en un más allá, en un afuera.

Con todo, Marco Polo está lejos de ser un dogmático, lo que podemos corroborar leyendo su comparación entre “Sergamoni Bochán” (Buda) con Jesucristo, así como el elogio que hace de los abramayanes hindús, debido a su vida saludable y de abstinencia, lo que a su parecer les acercaba a la santidad. Dichas posturas vistas desde una posición cristiana ortodoxa, podrían haber sido consideradas como una herejía. Marco Polo salió de Venecia a los quince años, mantuvo relaciones durante veinte con los diversos mundos de “idólatras”, lo que lo predispuso a escudriñar de vez en vez las similitudes que estos mundos tenían con su herencia cristiano-medieval. En tanto que narración de lo maravilloso, el libro de Marco Polo es un espacio en donde y desde donde se observan la vida y costumbres de seres que no están sometidos a los rigores de una ética cristiana. Es un espacio aparte, en el que el pecado, frecuentemente el de la lujuria, no es considerado como tal. Es como una proyección de los temores, pero también de los deseos, de ciertas libertades negadas al occidente cristiano-medieval, antes que una descripción de los rasgos principales de las distintas culturas de oriente. Asimismo, es una descripción de algunos “oasis cristianos”, en medio de un espacio hostil, lleno de sarracenos. Basta ver algunos milagros que se relatan en él, como el de los cristianos que con sus oraciones mueven una montaña ante los ojos estupefactos del Califa de Bagdad para salvarse de la muerte, así como la referencia continua al reino cristiano del Preste Juan, acosado siempre por infieles.

 

La leyenda de Preste Juan y su reino capturó la imaginación de Occidente desde el siglo XII hasta el XVII. Durante ese tiempo los europeos lo buscaron con gran ahínco y dedicación en los confines de Asia, India y más tarde, Etiopía. Se dice que era un reino perdido, de devotos cristianos, que había quedado aislado del resto de la cristiandad y rodeado de paganos y sarracenos. Era un reino lleno de maravillas y riquezas, casi un paraíso en la Tierra, dirigido por un hombre sabio, presbítero y rey a la vez, descendiente de uno de los Reyes Magos. La leyenda de Preste Juan aparece a principios del siglo XII.  Es en fin, un anecdotario de magias, hechizos, encantamientos y sortilegios, que lindan con lo diabólico, y que vendrían a ser algo así como la contraparte a los milagros realizados ante los mencionados “oasis cristianos”, con ayuda del demonio y por tanto asociados a lo idolátrico, perverso y cruel. Así se tiene que lo maravilloso, de origen precristiano, puede verse como una forma de resistencia cultural a la ideología oficial del cristianismo. Lo milagroso, como una “normalización” de lo sobrenatural, puesto que se realiza mediante la intervención divina que banaliza la maravilla. Y lo mágico, como lo que se debe excluir y combatir, ya que está profundamente ligado a lo demoniaco, lo tenebroso, y peligroso. Todo esto moviéndose en el libro, no con fronteras rígidas, sino como fenómenos mentales que se entrecruzan y mantienen lazos muy permeables entre sí. En la época de Marco Polo, el comercio en Europa seguía un sistema triangular, en el que los productos de lujo procedentes de Oriente (seda, especias) ocupaban un importante lugar.

Éstos, en la conocida como Ruta de la Seda,  atravesaban Asia Central y las tierras controladas por los sarracenos, siendo comprados por comerciantes italianos (venecianos, genoveses, pisanos,…), que obtenían grandes beneficios al revenderlos luego por Europa. Es por ello por lo que Venecia y otros puertos italianos ganaron en importancia y comenzaron una política comercial agresiva para explotar estas rutas comerciales. Durante la Baja Edad Media, la República de Venecia comenzó a convertirse en una potencia mediterránea. Al control del interior y de la costa de Dalmacia, se unió una extensa actividad mercantil con Oriente, que le llevó a establecer consulados y colonias de comerciantes por todo el Mediterráneo Oriental. Apoyó a los cruzados como manera de contrarrestar al Islam y mantuvo un largo conflicto con Génova por el predominio comercial. Durante la Cuarta Cruzada, por sugerencia veneciana, los cruzados saquearon Constantinopla, decapitando el Imperio bizantino y conquistando numerosos territorios. Aunque el subsiguiente Imperio Latino fue pronto reconquistado por los griegos, Venecia siguió controlando varias islas y ciudades, y siendo una de las principales potencias mercantiles.

El Imperio Mongol fue instituido por Genghis Khan en 1206. Éste, tras largas luchas internas, unificó a las diversas tribus mongolas bajo su mando, involucrándolas en una expansión que les llevaría a conquistar China, Asia Central, Rusia y llegar hasta Irak, Siria y Anatolia. A su muerte le sucedió su hijo Ogodei, quien continuó con esta expansión y consolidó la jerarquía del Gran Khan sobre los diversos reinos mongoles. En tiempos de Marco Polo este Gran Khan era Kublai Khan. El mundo conocido por los europeos no iba mucho más allá del actual Oriente Medio. Las pocas noticias que se tenían de lo que estaba más allá eran generalmente confusas y muy mitificadas. Es de destacar la leyenda del Preste Juan, un mítico rey cristiano que se suponía existía rodeado de infieles en Asia Central. Los intercambios comerciales se encontraban casi siempre mediatizados por persas y árabes. La expansión del imperio mongol les llevó a las mismas puertas de Europa tras atravesar las estepas rusas y amenazar Polonia, aunque pronto se retiraron. Más al sur, sin embargo, los mongoles saquearon Bagdad (Iraq) y sometieron a reinos musulmanes que se habían enfrentado en las cruzadas con los cristianos. Es así como se despierta el interés por los mongoles en Europa. A la curiosidad por esos bárbaros, tenidos hasta entonces como seres casi mitológicos, se le suma en lo político la posibilidad de obtener un aliado contra el enemigo islámico, una forma más ventajosa de negociar con Oriente en lo económico, y un deseo evangelizador, dada la gran tolerancia religiosa de los mongoles. Antes de Marco Polo, varios misioneros, como Giovanni da Pian del Carpine, viajaron como embajadores a Oriente, aunque sin conseguir resultados concretos. Se hace referencia a los contactos entre romanos y el Imperio Chino, pero éste también estableció contacto con los romanos con anterioridad a la Ruta de la Seda.

Uno de los primeros contactos que tuvo China con Roma fue cuando el emperador Ban Chao hizo una campaña contra los nómadas de Asia Central y envió a uno de sus colaboradores, Ga Yin, que viajó hacia occidente visitando los establecimientos comerciales romanos de la costa oriental del Mar Negro. Por tanto, el contacto entre Roma y China era recíproco, pese a que Roma tenía más información sobre China gracias a la multitud de viajes que se habían hecho hacia aquella zona. Cronistas posteriores a Marco Polo rastrearon sus orígenes hasta la “isla de Curzola” en el Mar Adriático, actualmente Curzola, en Croacia, donde incluso se sigue conservando una vieja casa en la que se dice que nació. Sin embargo, la historiografía moderna tiene serias dudas de este origen, pues el apellido Polo, de origen veneciano, aparece mencionado varias veces en ciudades del norte de Italia. No obstante, hay quienes afirman que su verdadero nombre y apellido eran Marc Pol, apellido que, efectivamente, tuvo su primera aparición en Dalmacia. Esta última afirmación es dada en base a los registros aparecidos en el anuario veneciano Chronicon Iustiniani (1358). El escudo familiar de los Pol contiene tres pájaros de agua, aves que recibían el nombre de “pol” en Dalmacia del Sur, mientras que en Venecia se les llamaban “pola“, palabra de la cual se cree se derivaron los apellidos “Polo” y “Pollo” en Italia. En la familia Polo hubo otros exploradores además de Marco. Su padre Nicolás (o Niccolò en veneciano) y su tío Mateo (o Maffeo, también en veneciano) eran prósperos mercaderes dedicados al comercio con Oriente. Ambos partieron hacia Asia en 1255 y alcanzaron China en 1266, llegando a Khanbaliq o Cambaluc (actual Pekín). Volvieron de China como enviados del Kublai Khan con una carta para el Papa en la que pedía que enviase a gente ilustrada que enseñase en su imperio, para informar a los mongoles sobre su forma de vida.

Mateo y Nicolás Polo partieron en un segundo viaje, con la respuesta del Papa a Kublai Khan, en 1271. Esta vez Nicolás se llevó a su hijo Marco, quien pronto se ganó el favor de Kublai Khan, haciéndole su consejero. Poco después Marco pasó a ser emisario del Khan, quien le daría diversos destinos a lo largo de los años. En sus diecisiete años de servicio al Khan, Marco Polo llegó a conocer las vastas regiones de China y los numerosos logros de la civilización china, muchos de los cuales eran más avanzados que los contemporáneos europeos. Cuando una embajada del rey de Persia le solicita a Kublai Khan una princesa para el rey, los Polo la acompañan, decidiendo regresar a Venecia.  A su regreso de China en 1295, escoltando a una princesa china llamada Kokacín, la familia de Marco Polo se estableció en Venecia donde se convirtió en una sensación y atrajo a multitud de oyentes, que a duras penas creían sus historias sobre la lejana China.  Su impaciente carácter llevó a Marco Polo a tomar parte en la batalla naval de Curzola (Kórchula) entre Génova y Venecia en 1298. Fue capturado y pasó los pocos meses de su encierro dictando un detallado relato de sus viajes por las entonces desconocidas regiones del Lejano Oriente. Su libro, Il Milione (‘El Millón’, conocido en castellano como Los viajes de Marco Polo o Libro de las Maravillas) fue escrito en provenzal y traducido pronto a muchas lenguas europeas. El original se ha perdido y se conservan varias versiones, con frecuencia contradictorias, de las traducciones. El libro se convirtió de inmediato en un éxito. En su lecho de muerte, su familia pidió a Marco que confesase que había mentido en sus historias. Marco se negó, insistiendo: «¡Sólo he contado la mitad de lo que vi!». Mientras la mayoría de los historiadores creen que Marco Polo efectivamente llegó a China, recientemente algunos han propuesto que no llegó tan lejos, y que simplemente contó la información que oía de otros.

Estos escépticos señalan que, entre otras omisiones, su relato falla al no mencionar la escritura china, los palillos, el té, el vendado de pies ni la Gran Muralla. Pero Marco Polo sólo estuvo en la región norte de China, concretamente en el Palacio del Gran Khan. Durante la dinastía Ming, desde 1368 hasta 1644, fue cuando más se amplió la muralla. Es decir, que en la época del viaje de Marco Polo no estaba la edificación defensiva construida en su totalidad, lo cual explica la ausencia de menciones a ésta. El té entra en contacto con los europeos por primera vez en la India, cuando los portugueses llegan a ella en 1497, ya que en la India el uso del té estaba muy extendido. Es fácil deducir que antes no tuvo importancia en las mesas europeas. Más todavía, debe tenerse presente que las descripciones de Marco Polo se centran en miembros de la élite gobernante mongola, la cual no consumía masivamente el té a diferencia de sus súbditos chinos. Por el contrario, Marco Polo sí hace alusión a las bebidas preparadas a base de leche que son típicamente mongolas.  Similar es la cuestión respecto a la práctica de los pies vendados de las niñas, costumbre de la aristocracia china pero no mongola. Se debe advertir, además, que las niñas sujetas a esta práctica permanecían recluidas en sus casas y no a la vista de los extranjeros. No reviste mucha trascendencia que no mencione la escritura china, pues ya muchos europeos la conocían debido a que en ese tiempo ya llegaban viajeros chinos a Europa. No obstante, los archivos chinos de la época no le mencionan, a pesar de que él afirmaba haber servido como emisario especial del Kublai Khan, lo que resulta insólito dado el celo con el que se llevaban los archivos en China en aquel tiempo. Pero otros estudios concluyen que Marco Polo sí es mencionado en archivos chinos con el nombre de “Po-Lo“.

Por otra parte, Marco describe otros aspectos de la vida en el Lejano Oriente con mucho detalle: el papel moneda, el Gran Canal, la estructura del ejército mongol, los tigres y el sistema postal imperial. También se refiere a Japón por su nombre chino, Zipang o Cipango. Se considera normalmente ésta como la primera mención del Japón en la literatura occidental. También se cree que Marco Polo describió un puente donde sucedió el incidente del Puente Marco Polo, una batalla que marcó el comienzo de la invasión japonesa del norte de China en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Aunque los Polo no fueron en forma alguna los primeros europeos en llegar a China por tierra, gracias al libro de Marco su viaje fue el primero en conocerse ampliamente y el mejor documentado hasta entonces. La leyenda cuenta que Marco Polo introdujo en Italia algunos productos de China, entre ellos los helados, la piñata y la pasta, especialmente los espaguetis. Sin embargo, esta leyenda está muy cuestionada. Por ejemplo, hay pruebas de que la pasta era conocida en Grecia e Italia desde la antigüedad. En la España árabe hay referencias escritas acerca de los fideos, llamados entonces aletría, desde el siglo XII. El libro escrito por Marco Polo, a pesar de que muchas de sus aseveraciones, en su época, se pusieron en duda, inspiró a muchos viajeros y exploradores. El mismo Cristóbal Colón tenía una copia en su viaje de 1492.

Era muy común el uso de animales en la Ruta, especialmente el camello y el elefante. Los antiguos del desierto del Sahara ya habían importado animales domesticados de Asia entre el 7500 a. C. y el 4000 a. C. Objetos datados del V milenio a. C., encontrados en la época badariense del Egipto prédinástico, indican relaciones con lugares distantes, como Siria. Desde el comienzo del IV milenio a. C., los antiguos egipcios de Maadi importan cerámica y maderas para la construcción de Canaán. El comercio de lapislázuli proviene de una única fuente conocida en el mundo antiguo, Badahšan, localizada en el noroeste de Afganistán, localidad distante de las grandes culturas, como la Mesopotámica y Egipcia. A partir del III milenio a. C., el comercio de lapislázuli se extendió hasta Harappa y Mohenjo-daro, ambos en el Valle del Indo. La denominación Ruta de la Seda fue adoptada, a mediados del siglo XIX, por el geólogo austriaco barón Ferdinand von Richthofen. El chino Zhang Qian puede considerarse como el primer viajero de la Ruta, cuando le enviaron en misión diplomática a las regiones occidentales durante la dinastía Han (206 a.C.-220). La Ruta de la Seda fue durante siglos el principal medio de difusión de información, ya que servía como canal no solamente para las mercancías sino también para la transmisión del conocimiento y de las ideas entre el este y el oeste. La Ruta de la Seda empezó a servir en el siglo II a.C. para propósitos militares y políticos, más que para el comercio. Con objeto de buscar aliados contra las repetidas invasiones de los Xiongnu, un funcionario de la corte llamado Zhang Qian fue enviado por el emperador Han Wudi a las regiones occidentales de China.

Sin embargo en el camino Zhang fue capturado por los Xiongnu y retenido durante diez años. Fugado de la prisión de los Xiongnu, Zhang Qian continuó su viaje al Asia Central. Pero en aquella época, los gobernantes locales estaban satisfechos con su estado y rechazaron aliarse con el imperio Han. Aunque la misión fracasó en su propósito original, la información que Zhang Qian proporcionó a China sobre Asia Central, sirvió para fomentar el comercio entre ambas regiones. La seda, apreciada por persas y romanos, inaugura el comercio a lo largo de la Ruta. Sin embargo en las primeras épocas, la seda no era la principal mercancía de la ruta. La dinastía Han sacó muy poco provecho de ella hasta que los romanos se convirtieron casi en fanáticos de la seda, lo que se tradujo en grandes beneficios. Tanto la apreciaban los romanos que incluso la intercambiaban por su peso en oro. Durante la dinastía Tang, la seda acaparaba el treinta por ciento del comercio en la Ruta. A pesar de la prosperidad que mantenía -o quizá debido a ello- el comercio en la Ruta de la Seda siempre fue muy sensible a los avatares políticos. Un estado estable podría asegurar un comercio tranquilo en la Ruta, mientras que los conflictos lo perjudicaban. Cuando Zhang Qian abrió ese camino, la dinastía de Han y el imperio parto en Persia acababan de alcanzar sus respectivas edades de oro, lo que proporcionó ayudas financieras y el tranquilo desarrollo de esta ruta.

La caída de la dinastía Han, al inicio del siglo III, hizo declinar el comercio en la Ruta. Sin embargo, la subida de la dinastía Tang en el siglo VII lo restableció y a mediados del siglo VIII, la Ruta alcanzó su máximo esplendor. Su prosperidad se debe a muchas razones. Tomando ejemplo del pasado, la dinastía Tang cuidó especialmente la estabilidad interna y el desarrollo económico. Realizó una política favorable al estímulo del comercio entre el este y el oeste, lo que condujo a la ampliación del mercado y al rápido desarrollo del comercio en la Ruta. Al mismo tiempo, con la expansión de varias religiones en esta parte del mundo, numerosos misioneros alcanzaron el este a través de la Ruta. Con la Ruta de la Seda actuando como lo que hoy llamaríamos autopista de la información, el intercambio de ideas alcanzó una mayor intensidad que nunca. Y consecuentemente, la dinastía Tang proporcionó el mayor período de prosperidad a la Ruta de la Seda. La caída de los Tang, al inicio del siglo X, fue un duro golpe para el comercio en la Ruta, que declinó de forma imparable hasta en el siglo XIII, cuando las conquistas de los mongoles condujeron a una época de frecuentes y extensos contactos entre el este y el oeste. Este contacto creciente creó demanda para las mercancías asiáticas en Europa, una demanda que a su vez provocó la búsqueda de una ruta alternativa hacia Asia por mar. El establecimiento de una ruta por mar de Europa a Asia a finales del siglo XV fue el golpe mortal para el comercio por la Ruta terrestre. Con menor coste y peligro, muchas mercancías y materiales que la Ruta de la Seda no podría transportar fueron llevados por la ruta del mar. Por otra parte, para entonces los persas habían dominado el arte de la sericultura y la importación de seda del este se redujo. La otrora próspera Ruta de la Seda estaba en su definitivo declive. Las bulliciosas calles, las ricas ciudades y las sólidas fortalezas quedaron sumergidas en el desierto inacabable, y hoy, solo podemos rememorar aquella espléndida historia en sus innumerables ruinas y tesoros enterrados.

El descubrimiento del navío chino Nanhai I prueba la existencia de una Ruta marina de la seda que se habría originado 200 años antes que la ruta terrestre. Más que un itinerario único, la Ruta de la Seda es una amplísima red de caminos extendidos por Asia y nacidos a partir de antiguas vías comerciales. Fue en 1877 cuando el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen la bautizó con su evocador nombre. Lo hizo concretamente en el primer tomo de su libro China y en una conferencia titulada Las rutas de la Seda de Asia central. De este modo, von Richthofen acuñaba un término que iba a inspirar la fantasía de sus congéneres y que fue traducido a numerosos idiomas. Incluso los chinos lo adoptaron. Desde entonces, esta ruta de muchas ramificaciones ha estado rodeada de increíbles historias de aventuras; de maravillas y tesoros, como seda, jade, pieles, alfombras, alfarería, cornamentas de ciervos, caballos y piedras preciosas. Y lo que no hay que olvidar que la Ruta de la Seda también fue una importante vía de propagación de las grandes religiones. En el 327 a.C., durante su campaña militar hacia la frontera oriental del mundo habitado, Alejandro Magno cruza el río Indo. Ha conquistado Persia, Sogdia (actual Uzbekistán) y Bactria (norte de Afganistán). Un motín de sus tropas le obliga a regresar, pero la cultura griega ha dejado ya huellas imborrables en Oriente. En el 139 a.C., el emisario chino Zhang Qian parte hacia el oeste en busca de aliados contra los Xiongnu. Una y otra vez, los jinetes de este poderoso pueblo estepario penetran en China desde el norte y el oeste y sólo pueden ser aplacados con generosos regalos: seda, joyas y princesas núbiles. La Gran Muralla, comenzada bajo el primer emperador (221 y 210 a.C.), no consigue contenerlos. El emisario Zhang Qian no logra cumplir su misión, pero ofrece al emperador valiosos datos sobre regiones occidentales muy poco conocidas hasta entonces. Los chinos deciden enviar allí nuevos exploradores para entablar contactos comerciales.

Alrededor del año del nacimiento de Cristo, grandes cantidades de seda china son exportadas hacia el oeste asiático. De ahí que Zhang Qian sea considerado por los chinos como el “padre de la ruta de la Seda”. Siglo I después de Cristo. “La seda sólo sirve para que nuestras mujeres muestren en público lo mismo que enseñan a los adúlteros en la alcoba”. El pensador cordobés Séneca expresa así su indignación ante un nuevo tejido que pueblos lejanos están introduciendo en Roma a cambio de enormes sumas de dinero. Se sabe poco de su origen. No es transportada por una sola caravana, sino que pasa de unas manos a otras, como en una carrera de relevos. Con cada intermediario sube el precio y aumenta el número de monstruos que acechan en la ruta. Crecen las leyendas sobre cómo salió el tejido de su región de origen. Dicen que una princesa china sacó gusanos de seda fuera del país bajo su alto peinado. Desde la Temprana Edad Media, la seda también se elabora en el oeste de Asia. El 629 d.C., el monje chino Xuanzang emprende la ruta de la Seda hacia India, donde quiere estudiar las escrituras sagradas del budismo. Su camino sigue, en sentido contrario, la vía por la que esta fe se propagó a partir del siglo I. Cuando vuelve a Dunhuang después de 16 años de estudios en India, lleva en su equipaje más de 600 manuscritos. Parte de tan valiosa carga la regala a una biblioteca en las Cuevas de los Mil Budas, conjunto de 492 grutas cerca de la mencionada ciudad china, antes de volver a casa. Como otros oasis en la Ruta de la Seda, Dunhuang experimenta un auge cultural. Aquí se encuentran budistas, maniqueos, zoroastrianos, cristianos y judíos, y pronto llegan mercaderes musulmanes. Mahoma ha fundado en el siglo VII una nueva religión en la lejana Medina. Ejércitos árabes toman Bujara y Samarcanda, y en el 751 d.C. vencen a los chinos en el río Talas, actual Kazajastán. Otros pueblos de Asia central adoptan la nueva religión, dando la espalda a la “idolatría” budista.

En 1275, Marco Polo afirma haber llegado a la corte del monarca mongol Kublai Kan. Desde Asia Central, los mongoles han conquistado amplios territorios creando el reino más vasto de la historia. Kublai, nieto de Gengis Kan, ha sometido el sur de China y ha trasladado su residencia a Janbaliq (Beijing). Bajo su gobierno, el Imperio empieza a desmoronarse. Pero esto no perjudica la estabilidad que ha llegado a Asia con la Pax Mongolica: las caravanas avanzan por la Ruta de la Seda con gran rapidez y seguridad. Una densa red de albergues abastece a los viajeros con provisiones y caballos, como relata Marco Polo, que viajó por el Imperio en calidad de emisario especial del Gran Kan. Cuando vuelve a casa por vía marítima 17 años después, cae prisionero durante una batalla. En la cárcel narra su viaje a un preso. En su Descripción del mundo, bastantes detalles parecen basarse en rumores, ser fruto de exageraciones o adornos añadidos por los traductores. No obstante, o quizá precisamente por ello, los relatos de Marco Polo se convierten en uno de los libros más leídos del Medievo. Alrededor de 1370. El caudillo Tamerlán entra en Samarcanda y la elige como ciudad principal de su sultanato. Timur el Cojo, como los persas lo apodan debido a una minusvalía, se considera el heredero islámico de Gengis Kan. Feroz guerrero, conquista casi todo el mundo musulmán. Sus jinetes saquean, torturan y apilan las calaveras en pirámides. A los artistas, Tamerlán les perdona la vida. Los lleva a Samarcanda para que conviertan la villa en una de las ciudades más esplendorosas de Asia. Su imperio, sin embargo, se desmorona igual de rápido que lo conquistó. A bordo de decenas de juncos, el almirante chino Zheng He navega por las costas de India y la península Arábiga hasta África. Las expediciones imperiales hacen que florezca el comercio marítimo chino: un golpe duro para la Ruta de la Seda. Ya desde la caída de los mongoles en China, en 1367, el tráfico de largo recorrido se ha ido trasladando a la ruta de la Seda por mar. La creciente inseguridad en los caminos de caravanas, y quizá también la propagación de la peste, amilanan a muchos mercaderes. En 1498, el portugués Vasco da Gama da la puntilla a la Ruta de la Seda al descubrir la vía marítima entre Europa e India.

A 12 de marzo de 1907, después de una arriesgada travesía por el desierto de Takla Makan, el arqueólogo Marc Aurel Stein llega a Dunhuang. A comienzos del siglo XX, diversos exploradores viajan por la región, entre ellos espías de Rusia y Gran Bretaña, las dos potencias coloniales que luchan por el predominio de Asia central en lo que llaman el Gran Juego. Aurel Stein, nacido en Hungría, va a la caza de tesoros artísticos budistas. Sus fabulosos hallazgos son recompensados en Inglaterra, donde le conceden incluso un título nobiliario. Para los chinos, sin embargo, Stein y otros exploradores como él, que llegan a arrancar paredes enteras de los templos para llevarse las pinturas, son sencillamente ladrones.  En octubre de 1924, los rusos trazan unas fronteras arbitrarias por las regiones orientales del mar Caspio, creando las nuevas repúblicas soviéticas de Kirguizistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán. La agricultura es nacionalizada, en las escuelas y la administración se impone la lengua rusa y los nómadas han de hacerse sedentarios. Ante el miedo de un movimiento panislámico o el resurgir de viejas etnias, Moscú fomenta nuevas identidades nacionales a lo largo de las fronteras lingüísticas. De hecho, cuando las repúblicas se independizan en 1991, se mantienen las fronteras trazadas por los soviéticos. A 6 de julio de 2006, en las cumbres del Himalaya, entre India y China, se vuelve a abrir al tráfico el paso de Nathu-La, antaño parada de uno de los ramales de la Ruta de la Seda. Durante siglos, los antiguos caminos comerciales han estado cortados, pero desde la caída de la Unión Soviética, muchos se esfuerzan por resucitarlas. También la Unión Europea, que en el marco del proyecto Transport Corridor Europe Caucasus Asia ha invertido desde 1993 más de 150 millones de euros en el saneamiento de carreteras e infraestructuras. El transporte de mercancías por la “nueva ruta de la Seda” promete así ser más rápido que la ruta por mar. La mítica vía parece que experimentará un nuevo auge.

A pesar de que el Barón von Richthofen bautizara, en 1870, a esta red comercial importantísima como (en alemán) Seidenstrasse, o Ruta de la Seda, es importante aclarar que la seda no era el único bien que se comerciaba a lo largo y ancho de la misma. China importaba, principalmente, oro, plata, piedras preciosas, marfil, cristal, perfumes, tintes y otros textiles provenientes de Europa y de los reinos por donde transitaba la ruta y de otros aledaños que tenían sus propias rutas comerciales que engarzaban, en algún punto, con la misma Ruta de la Seda. El Imperio del Centro (China) exportaba mayormente seda, pieles, cerámica, porcelana, especias, jade, bronce, laca y hierro. No era común que los comerciantes atravesaran la Ruta de la Seda en todo su largo y ancho. Los mercaderes intentaban buscar el mejor precio a través de los mercados de su propio territorio o aventurándose en las fronteras de otros países, donde vendían sus mercancías, y los compradores, a su vez, extendían los bienes por su propio reino, o llevándolos a las fronteras de los más próximos en busca de mejores beneficios. Este canje, obedeciendo a leyes de mercado, hacía llegar las mercancías y bienes desde Chang’an (actual Xi’an) hasta Antioquía, en Siria, y de allí hasta Constantinopla, donde esperaban los navíos venecianos que llevarían esta inmensa cantidad de bienes y riqueza, no sólo proveniente de China, sino también de todos los países asiáticos y medio-orientales. El eje Roma-Chang’an marcaba el principio y el final de una gran cadena de intercambios, cuyos eslabones enlazaban a territorios que hoy corresponden a Turquía con Siria, a Irak con Persia, al Cáucaso con las fronteras de la India y China; y cuyos centros comerciales, en los que se realizaban las últimas y las primeras transacciones, dependiendo si se avanzaba hacia Changan o hacia el Caspio, eran las ciudades próximas al valle de Fergana (Bukhara, Khiva y Samarkanda) o las situadas en el inhóspito desierto de Takla-Makan, cuyos oasis eran bien conocidos por los conductores de las caravanas; especialmente los de las ciudades de Tashkurgán, Kashgar, Yarkand y Hotan (o Jotán) en las que, por imperativos del clima, estaban obligadas a detenerse durante un período de tiempo siempre incierto hasta alcanzar el límite oeste de la verdadera China de entonces: la Puerta de Loulan.

Kashgar (la actual Kashi), punto de encuentro de las caravanas procedentes de la India, Afganistán, Tayikistán y Kirguisistán, era el otro extremo de la Ruta de la Seda en el territorio chino y, por tanto, el primer encuentro directo para las mercancías, las ideas y las religiones entre China, Occidente y el sur de Asia. La ciudad de Yarkand, visitada por Marco Polo en dos ocasiones (en 1271 y en 1275), sigue siendo uno de los enclaves comerciales más importantes de la región autónoma de Xinjiang y uno de los centros musulmanes de mayor importancia en la República Popular China. Por la Ruta de la Seda no circulaban solamente mercaderes con bienes de todos los reinos, sino también asaltadores, ladrones y pilluelos, por lo que los caminos no eran totalmente seguros. Así, lo peor que les podía pasar, era que por aquellos desfiladeros y glaciares se despeñara un camello, perdieran al animal y a su preciada carga, y además su estiércol, que utilizaban como combustible. Y aún era peor si el camello perdido transportaba comestibles. Casi en el 80 % de la Ruta no hay árboles; sólo hielo, nieve y glaciares. Algunas caravanas no llegaron nunca a su destino. Unas eran asaltadas por bandas feroces de asesinos, que para hacerse con las mercancías no dudaban en matar, y otras veces, morían los caravaneros víctimas de accidentes o enfermedades. En cada localidad que paraban para descansar, debían proveerse de comida para un mes, por lo menos. No es de extrañar, que Plinio el Viejo dijese que la seda china era muy cara (“gastos inmensos”). La Ruta de la Seda también fue una vía por la que el Budismo se extendió por toda Asia. Misioneros budistas de la India llevaron las enseñanzas del Buda desde la India a Taxila, de Taxila al Tíbet, del Tibet a Dunhuang, donde penetró en China. Los conocimientos más avanzados de la época, propios de las Universidades Budistas de Nalanda, Vikramasila, Odantapuri, Vilabhi y Ratnagiri, entre otras, circularon asimismo de un país a otro junto con los peregrinos, monjes, maestros y discípulos que viajaban en busca de conocimientos o a llevar sabiduría a los monasterios del Tibet, de Dunghuang o al complejo de monasterios en las Grutas de Mogao, en China. Igualmente, monjes de todos los países iban de peregrinaje a la India en misiones para encontrar manuscritos y textos budistas originales para traducirlos a las lenguas vernáculas de sus propias regiones y traer conocimientos nuevos en los campos de la filosofía budista, la medicina o la astronomía.

Paralelamente a los monjes budistas, también recorrieron esta ruta hacia el siglo V los monjes y misioneros cristianos nestorianos, quienes fundaron varias misiones en el trayecto, logrando un especial éxito entre los mongoles Khitan, e incluso una misión en la capital occidental de la China, la ya citada Xi’an, y los misioneros maniqueos que convirtieron a los turcos uigures de Turfán. Más tarde, con el apogeo del Islam bajo la Dinastía Omeya (661-750), que quería controlar las más importantes líneas comerciales a China, tomó la mitad occidental de la Ruta de la Seda, y esta se vio interrumpida, ahogando el comercio de otras naciones con precios elevados y altas tasas. Este fue el principio del fin. El aspecto más importante del entramado comercial de esta ruta es el papel de intermediarios que ejercían los comerciantes islámicos. Éstos, conscientes de los beneficios económicos que dejaba este trasiego comercial, no permitieron la entrada de comerciantes europeos o asiáticos en la ruta, convirtiéndose en los elementos que hacían funcionar el sistema. Las caravanas procedentes de Siria y Mesopotamia cruzaban todo el continente asiático para adquirir -a bajo precio- los productos que después venderían -a precios desorbitados- a los comerciantes o intermediarios europeos. Para ello, las caravanas hacían uso de una red de albergues llamados caravansarays para pernoctar, protegerse y proveerse. Para el mundo islámico, la Ruta supuso una excelente fuente de ingresos que se convirtió en la base de su economía. Para Europa, una sangría económica irrenunciable, ya que los productos eran insustituibles. Como respuesta a este hecho, Europa se lanzo a buscar nuevas rutas marítimas, originando la era de los descubrimientos.

Una nueva situación política en China, protagonizada por las dinastías Tang, Song y Yuan desde el siglo VII hasta mediados del siglo XIV, y una nueva realidad económica y cultural en Occidente, hicieron posible el restablecimiento de nuevas relaciones entre los dos mundos gracias a que, junto a las mercancías, empezaron a intercambiarse también las ideas, los conocimientos artísticos, los idiomas y las religiones. Desde entonces, las Rutas de la Seda dejaron de ser caminos exclusivos de los comerciantes y de los militares, y empezaron a ser transitados cada vez con más frecuencia por intelectuales y por monjes de las principales religiones del mundo, que supieron también, como si fueran ávidos comerciantes del espíritu, intercambiarse entre ellos las enseñanzas de Buda, Confucio, Jesucristo y Mahoma. Oriente y Occidente comenzaban así a necesitarse el uno al otro, a pesar de que el enemigo acechaba siempre desde el norte; en esta ocasión, desde Mongolia. Y aunque la intensidad del comercio aumentaba incesantemente desde el siglo VIII, también crecían en igual o mayor proporción los asaltos, los saqueos, las confiscaciones y los asesinatos masivos perpetrados por las hordas nómadas del norte. Tribus que, después de ser unificadas por Genghis Khan a principios del siglo XIII, demostraron que eran invencibles. Hacia el siglo XV, con el auge de la navegación y las nuevas rutas marítimas comerciales, así como el apogeo de los Imperios árabe, Imperio mongol y turco (selyúcidas y otomanos, ambos por igual en períodos distintos de tiempo) fue languideciendo lentamente la importancia de la Ruta de la Seda como principal arteria comercial entre Oriente y Occidente, y algunas de las más florecientes e imponentes ciudades a lo largo de su recorrido fueron perdiendo importancia e influencia y, olvidados por el mundo exterior, se convirtieron en una vaga sombra de lo que fueron.

En esa época se destacan los viajes de los europeos Giovanni da Pian del Carpine y Marco Polo. Marco Polo no fue el primer europeo en recorrer la ruta, pues al menos Mateo Polo y Nicoló Polo (tío y padre de Marco, respectivamente) habían realizado un viaje similar antes de invitar a Marco Polo a tomar parte en la segunda expedición al khanato de China. La celebridad de este viajero no se debe a su novedad, sino a la descripción del viaje y las maravillas narradas en su libro “Il Milione” (El millón), más conocido como Los viajes de Marco Polo o Libro de las maravillas. Varios misioneros viajaron con anterioridad a Marco Polo. En 1245, Giovanni de Pian Carpine, acompañado por Esteban de Bohemia, viajaron hasta el Volga y llegaron a entrevistarse con Genghis Khan. Cuando llegaron a Karakorum presentaron al nuevo Khan la carta que les había dado el Papa para que se convirtieran al cristianismo e hicieran frente común ante el Islam. También, en 1254, Rubruquis, junto con Bartolomé de Cremona, fueron al centro de Asia por orden del rey de Francia, San Luis IX, con la misión de convertir a los mongoles. Llegaron hasta Karakorum en 1254. Durante el Renacimiento, otros europeos viajaron con posterioridad a Marco Polo al Imperio chino, a la corte del Hijo del Cielo. Jorge Pires llegó en 1513 a las islas Lintín y Ferno Pires (mercader) hizo la primera factoría comercial europea en el estuario de Zhujiang. La Compañía de Jesús, en cambio, fue para evangelizar y ganarse el favor del monarca y las clases privilegiadas. El primer enviado fue el célebre Mateo Ricci en 1583. Existen discrepancias entre los historiadores sobre cuál fue realmente el punto de origen de la peste medieval, aunque la mayoría coincide en aceptar que pudo partir de la región de Yunnan, en el sudeste de China, transmitida a través de las caravanas asiáticas que recorrían el Imperio mongol en parte de la Ruta de la Seda. En 1387, millones de personas estaban muriendo en China, la India y en gran parte de las tierras del Islam.

A Europa llegaban rumores sobre una terrible enfermedad acompañados de descripciones apocalípticas sobre el origen de la epidemia, como lluvias de ranas y serpientes, tormentas con fuertes granizadas y rayos y finalmente un humo hediondo y truenos espantosos. Ese mismo año, el mal debió de entrar en contacto con los europeos en el puerto de Caffa –hoy Teodosia–, entonces colonia de Génova en el Mar Negro, hacia donde acudían las numerosas caravanas. Poco después, la ciudad fue asediada por el khan tártaro Djani Beck, quien se vio obligado a levantar el sitio cuando una misteriosa plaga –la temible peste negra– comenzó a matar sin miramientos a sus tropas. Al general se le ocurrió entonces la brillante y terrible idea de lanzar al interior de la ciudad mediante catapultas los cadáveres pestilentes de centenares de sus soldados, treta mediante la cual pretendía “envenenar a los cristianos” y, como si de una pionera guerra bacteriológica se tratara, logró que la muerte negra penetrara en Caffa. Después, doce galeras ocupadas por genoveses que habían contraído la enfermedad arribaron al puerto de Mesina (Italia) en octubre de 1387 y propagaron la peste de forma increíblemente rápida, mientras otros barcos, también infectados, llegaban desde Oriente a Génova y Venecia. Cuando las autoridades genovesas reaccionaron ya era demasiado tarde. Nada ni nadie podía detener ya a la peste.

julio 21, 2012 - Posted by | Historia, Otras ant. civil., Otros

8 comentarios »

  1. Muy interesante, pero muy largo. Claro que se puede imprimir. Pero muy completo.

    Comentario por Luz Marina | julio 23, 2012 | Responder

  2. Muy Buenoo ! Pero demaaaaciiiiaado largo ! :/ Pero muy bueno ! =)

    Comentario por luz | octubre 14, 2012 | Responder

  3. Se ve muy interesante, pero toca imprimirlo para poderlo leer con detenimiento. Ojalá sigan enviando historias así de interesantes. Mil gracias.

    Comentario por Luz Marina | octubre 15, 2012 | Responder

    • bastante largo pero lo lei a todo me gusto estaria mejor uno mas corto XD

      Comentario por sergiio | noviembre 1, 2012 | Responder

  4. [...] Marco Polo y la Ruta de la Seda [...]

    Pingback por ¡ 2 millones de visitas desde agosto 2010 ¡ « Oldcivilizations's Blog | abril 15, 2013 | Responder

  5. Interesante nivel de relaciones. Excelente narración histórica.
    Beatriz Lora

    Comentario por Beatriz Lora | mayo 26, 2013 | Responder

  6. […] la Ruta de la Seda y contaría mis anécdotas en un libro, pero antes de que Marco Polo se adelantara a vivir tan […]

    Pingback por Entrevista a Diana Melo de líneasviajeras.com : "Me considero una viajera en tanto que para serlo, sólo se necesita amar viajar ." | Blog de Turismo, Viajes y Vacaciones | UniversalPlaces | noviembre 11, 2013 | Responder

  7. itresante pero muy largo

    Comentario por melina | septiembre 5, 2014 | Responder


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