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Antiguas civilizaciones y enigmas

La alquimia, una visión holística del conocimiento


Roger Bacon (1214 – 1294), filósofo, científico y teólogo escolástico inglés, de la orden franciscana, nos dice que, en sus escritos, los filósofos se han expresado de muchas maneras diferentes pero siempre enigmáticas. Nos han legado una ciencia noble entre todas, pero completamente velada para la gente común por su lenguaje nebuloso, enteramente oculta bajo un impenetrable velo. Y, sin embargo, han tenido razón para obrar así. En algunos manuscritos antiguos se encuentran varias definiciones de este arte. Hermes dice: “La Alquimia es la ciencia inmutable que trabaja sobre los cuerpos con ayuda de la teoría y de la experiencia, y que, por una conjunción natural, los transforma en una especie superior más preciosa”. Otro filósofo ha dicho: “La Alquimia enseña a transmutar toda especie de metal en otra, esto con ayuda de una Medicina particular, como puede verse por los numerosos escritos de los filósofos“. Por eso Roger Bacon nos dice: “La Alquimia es la ciencia que enseña a preparar una cierta Medicina o elixir, la cual, proyectada sobre los metales imperfectos, les da la perfección en el instante mismo de la proyección”. Los principios de los metales son el Mercurio y el Azufre. Estos dos principios han dado nacimiento a todos los metales y a todos los minerales, de los que existe un gran número de especies diferentes. La naturaleza tuvo siempre por fin llegar a la perfección, al oro. Pero a consecuencia de diversos accidentes que dificultan su marcha, nacen las variedades metálicas, como lo han expuesto claramente varios filósofos. Roger Bacon nos explica que, según la pureza o impureza de los dos principios componentes, es decir, del Azufre y del Mercurio, se producen metales perfectos o imperfectos: oro, plata, estaño, plomo, cobre, hierro. El Oro es un cuerpo perfecto, compuesto de un Mercurio puro, fijo, brillante, rojo, y de un Azufre puro, fijo, rojo y no combustible. El Oro es perfecto. La Plata es un cuerpo puro, casi perfecto, compuesto de un Mercurio puro, casi fijo, brillante, y blanco. Su Azufre tiene las mismas cualidades. No le falta a la Plata sino un poco más de fijeza, de color y de peso. El Estaño es un cuerpo puro, imperfecto, compuesto de un Mercurio puro, fijo y volátil, brillante, blanco en el exterior, rojo en el interior. Su Azufre tiene las mismas cualidades. Sólo le falta al estaño ser un poco más cocido y digerido. El Plomo es un cuerpo impuro e imperfecto, compuesto de un Mercurio impuro, inestable, terrestre, pulverulento, ligeramente blanco al exterior, rojo al interior. Su Azufre es semejante y además combustible. Al plomo le falta la pureza, la fijeza y el color; no está bastante cocido.

El termino Alquimia deriva del árabe “Alkimiya“. Pero tenemos una segunda parte de definición, que se remonta a la raíz egipcia “kmm” que significa negro. Alquimia viene a ser pues “Arte Negro“. Otra interpretación se basa en el hecho de que el plomo negro es una materia prima muy importante en los procedimientos alquímicos. Todas las fuentes de que se disponen nos llevan a que la alquimia tiene su punto de partida posiblemente en Egipto y Mesopotamia. El conocimiento hermético del que eran depositarios los egipcios fue recogido por los hebreos. Numerosos pasajes de la Biblia, sobre todo el Pentateuco de Moisés, nos permiten adivinarlo. Por otra parte, también los griegos se nutrieron de la sabiduría egipcia, adecuándola a su civilización y a sus divinidades y sirviendo de transmisores de sus misterios. Más tarde, bebiendo tanto de las fuentes griegas como de las egipcias, los sabios doctores del Islam volvieron a actualizar y transmitieron de nuevo el conocimiento hermético. Fue, finalmente, a través de estos tres, hebreos, griegos y árabes, como llegó a tierras europeas, donde volvemos a encontrarlo entre los alquimistas medievales, más o menos intacto, hasta finales del siglo XVIII. No es tampoco despreciable el papel ejercido por algunos padres de la Iglesia en esta misteriosa transmisión. Durante la Edad Media aparecerán una serie de alquimistas cristianos que compararán la Gran Obra con la vida de Cristo. Con todo, los elementos más importantes de la filosofía hermética proceden en su mayoría de los griegos y de los egipcios. Varios mitos egipcios y griegos nos refieren que toda una serie de usos, enseñanzas y costumbres fueron transmitidos al pueblo egipcio por Thot, dios que recibiría entre los griegos los nombres de Hermes y de Mercurio. La raza negra que sucedió a la raza roja austral en la dominación de mundo, hizo del alto Egipto su principal santuario. El nombre de Hermes/Thot, ese misterioso y primer iniciador del Egipto en las doctrinas sagradas, se relaciona sin duda con una primera y pacífica mezcla de la raza blanca y de la raza negra en las regiones de la Etiopía y del alto Egipto, largo tiempo antes de la época aria.

 

Hermes es un nombre genérico como Manú y Buddha, pues designa a la vez a un hombre, a una casta y a un Dios. Como hombre, Hermes es el primero, el gran iniciador del Egipto; como casta, es el sacerdocio depositario de las tradiciones ocultas. Como dios, es equivalente al planeta Mercurio, asimilado con su esfera a una categoría determinada de espíritus y de iniciadores divinos. En una palabra, Hermes preside a la región supra-terrena de la iniciación celeste. En el nivel espiritual del mundo, todas esas cosas están ligadas por secretas afinidades como por un hilo invisible. El nombre de Hermes es un talismán que las resume, un sonido mágico que las evoca. De ahí su prestigio. Los griegos, discípulos de los egipcios, le llamaron Hermes Trismegisto o tres veces grande, porque era considerado como rey, legislador y sacerdote. Él caracteriza a una época en que el sacerdocio, la magistratura y la monarquía se encontraban reunidos en un solo cuerpo gobernante. La cronología egipcia de Manetón llama a esa época el reino de los dioses. No había entonces ni papiros ni escritura fonética, pero la ideografía ya existía, la ciencia del sacerdocio estaba inscrita en jeroglíficos sobre las columnas y los muros de las criptas. Considerablemente aumentada, pasó más tarde a las bibliotecas de los templos. Los egipcios atribuían a Hermes cuarenta y dos libros sobre la ciencia oculta. El libro griego conocido por el nombre de Hermes Trismegisto encierra ciertamente restos alterados, pero infinitamente preciosos, de la antigua teogonía, que es de donde Moisés y Orfeo recibieron sus primeros rayos. La doctrina del Fuego Principio y del Verbo Luz, encerrada en la visión de Hermes, será como la cúspide y el centro de la iniciación egipcia. Encontraremos esta visión en los maestros, en la rosa mística que se abre en la noche del santuario y en el arcano de las grandes religiones. Ciertas palabras de Hermes, impregnadas de sabiduría antigua, son propias para prepararnos a ello. Hermes habla del Dios desconocido, en el pórtico de las criptas, a su discípulo Asklepios: “Ninguno de nuestros pensamientos puede concebir a Dios, ni lengua alguna puede definirle. Lo que es incorpóreo, invisible, sin forma, no puede ser percibido por nuestros sentidos; lo que es eterno, no puede ser medido por la corta regla del tiempo: Dios es, pues, inefable. Dios puede, es verdad, comunicar a algunos elegidos la facultad de elevarse sobre las cosas naturales para percibir alguna radiación de su perfección suprema; pero esos elegidos no encuentran palabra para traducir en lenguaje vulgar la Visión inmaterial que les ha hecho estremecer. Ellos pueden explicar a la humanidad las causas secundarias de las creaciones que pasan bajo sus ojos como imágenes de la vida universal, pero la causa primera queda velada y no llegaríamos a comprenderla más que atravesando la muerte”.

 

Los discípulos de Hermes, que penetraban con él en sus profundidades, aprendían a conocerle como ser viviente. Según Gaston Camille Charles Maspero (1846 — 1916), egiptólogo francés: “La teología sabia, esotérica es monoteísta desde los tiempos del antiguo Imperio. La afirmación de la unidad fundamental del ser divino, se lee expresada en términos formales y de una gran energía en los textos que se remontan a aquella época. Dios es el Uno único, el que existe por esencia, el solo que vive en substancia, el solo generador en el cielo y en la tierra que no haya sido engendrado. A la vez Padre, Madre e Hijo, él engendra, concibe y es perpetuamente; y esas tres personas, lejos de dividir la unidad de la naturaleza divina, concurren a su infinita perfección. Sus atributos son: la inmensidad, la eternidad, la independencia, la voluntad todopoderosa, la bondad sin límites“. “Él crea sus propios miembros que son los dioses”, dicen los viejos textos. Cada uno de esos dioses secundarios, considerados como idénticos al Dios Uno, puede formar un tipo nuevo de donde emanan, a su vez y por el mismo procedimiento, otros tipos inferiores”. El libro habla de su muerte como de la partida de un dios. “Hermes vio el conjunto de las cosas, y habiendo visto, comprendió, y habiendo comprendido, tenía el poder de manifestar y de revelar. Lo que pensó lo escribió; lo que escribió lo ocultó en gran parte, callándose con prudencia y hablando a la vez, a fin de que toda la duración del mundo por venir buscase esas cosas. Y así, habiendo ordenado a los dioses sus hermanos que le sirvieran de cortejo, subió a las estrellas”. Se puede, en rigor, aislar la historia política de los pueblos, mas no así su historia religiosa. Las religiones de Asiria, Egipto, Judea y Grecia no se comprenden más que cuando se vislumbra su punto de unión con la antigua religión indoaria. Tomadas aparte, son otros tantos enigmas vistos en conjunto y desde arriba, con una soberbia evolución donde se domina y se explica recíprocamente. En una palabra, la historia de una religión será siempre estrecha, supersticiosa y falsa. Sólo hay verdad en la historia religiosa de la humanidad. Desde tal altura no se sienten más que las corrientes que dan la vuelta al mundo. El pueblo egipcio, el más independiente y el más cerrado de todos a las influencias exteriores, no pudo substraerse a esta ley universal. Cinco mil años antes de nuestra era, la luz del dios hindú Rama, avatar) de Visnú, que nació en la India para librarla del yugo del demonio Rávana, encendida en el Irán, irradió sobre el Egipto y vino a ser la ley de Ammón-Rá, el dios solar de Thebas.

 

Lo que exotéricamente se entiende por tradición, nos narra la leyenda que fue transmitido al pueblo egipcio por Thot-Hermes. El filósofo árabe Alkendi se refiere a él en estos términos «En tiempos de Abraham vivía en Egipto Hermes o Idris segundo, que la paz sea con él, y fue apodado Trismegisto, porque era poeta, rey y filósofo. Enseñó el Arte de los metales, la Alquimia, al Astrología, la Magia, la Ciencia de los espíritus… ». Con ello vemos que Thot o Hermes fue también el transmisor del esoterismo. Dom Pernety (1716 – 1796), alquimista, bibliotecario, escritor y monje benedictino francés, afirmaba que se consideraba a Mercurio/Hermes como el inventor de las artes y de los caracteres jeroglíficos, porque Hermes los inventó a propósito del mercurio filosófico, uno de los arcanos de la Alquimia. La helenización del nombre de  Thot como Hermes Trismegisto, fue el Mercurio de los romanos, considerado como el padre de la Alquimia y que ha tomado de Hermes el nombre de «filosofía hermética». Todos los alquimistas medievales estaban de acuerdo en ello y se llamaban a sí mismos «filósofos herméticos», para diferenciarse de los filósofos «profanos». Entre los escritos de los filósofos herméticos, aquellos en los que se hace alguna alusión directa a la mitología egipcia son muy numerosos, por lo que resultaría poco menos que imposible citarlos a todos. Muchos de ellos no han sido traducidos nunca ni del latín ni del griego originales, y bastantes se conservan únicamente en forma de manuscrito. Entre los autores señalaremos cuatro, que parecen los más representativos: Michael Maier, médico y alquimista alemán del siglo XVII y prolífico escritor; Dom Pernety, benedictino de la congregación de St. Maure,antes mencionado, y autor de un Diccionario Mito-Hermético en el siglo XVIII, de obligada referencia; Saint Baque de Buford, filósofo del siglo XVIII, autor de Concordancia mito-físico-cábalo-hermética, probablemente relacionado con Dom Pernety o con el círculo hermético que éste presidía. En su obra, Saint Baque de Buford describe Las fábulas y los mitos del antiguo Egipto, las leyendas griegas y latinas, las enseñanzas de los druidas, la sabiduría hebrea y los escritos de los Filósofos Herméticos, que no nos hablan más que de una sola y única cosa: la Ciencia de la Naturaleza o Ciencia Alquímica, la llave de oro que abre el secreto tradicional que permite la regeneración de toda la creación caída; también tenemos un filósofo anónimo que se ocultaba bajo el nombre de Filovita o Uranicus, autor de una Instrucción introductoria a una de las obras de Esprit Gobineau de Montluisant.

Parece extraño ver relacionada la alquimia europea con la antigua mitología egipcia. Memorizábamos nombres de dioses, de diosas y de personajes mitológicos, pero no nos enterábamos ni de su simbolismo ni de su sentido profundo; dicho de otro modo: no sabíamos a qué se referían y, lo que sin duda es peor, no intuíamos que posiblemente eran símbolos y no mitos ni personajes reales de carne y hueso. Pero para los verdaderos alquimistas no existía este problema, ya que todo lo que los dioses y las fábulas egipcias representaban ya era conocido por ellos, y no les era difícil reconocer los principios y operaciones de su arte en las leyendas que nos han transmitido Plutarco, Diodoro de Sicilia o Porfirio. Comentando el texto que aparecía en una columna egipcia, transcrito por Antoine Banier (1673 – 1741), eclesiástico, mitógrafo y traductor francés, en su Mitología, Dom Pernety afirmaba que «si se comparaban estas expresiones con las de los Filósofos Herméticos, se las encontrará tan conformes que se estará, por así decirlo obligado a convenir que el autor de estas Inscripciones contemplaba el mismo objeto que los Filósofos», y más adelante dice: «los Sacerdotes instruidos por Hermes tenían otro objetivo que el de la historia, con la que no podrán conciliarse las diferentes cualidades de madre e hijo, de esposo y esposa, de hermano y hermana, de padre e hija que se encuentran en las distintas historias de Isis y Osiris, pero que convienen muy bien a la Obra Hermética, cuando se toma su única materia bajo todos los puntos de vista». El mismo autor nos dice: «Basta con un solo libro de los Filósofos Herméticos para ver que han utilizado el mismo método que los Egipcios para hablar de la Piedra Filosofal: han utilizado los mismo jeroglíficos y las mismas fábulas». Así pues, vemos que los filósofos herméticos y los egipcios no sólo hablaban de lo mismo, sino que empleaban un mismo lenguaje. Para el profano resultan tan jeroglíficos los textos de los papiros como la mayoría de los tratados de los alquimistas, y en ello reside la dificultad de traducción de los unos, tal como dicen los egiptólogos, como de comprensión de los otros.

 

El personaje central de la mitología egipcia es Osiris, y lo que éste simboliza parece ser también el tema central en los libros de muchos alquimistas. En el Discurso XXIV» de su libro de emblemas sobre alquimia La fuga de Atalanta o Atalanta fugiens, Michael Maier declara: «La alegoría de Osiris ha sido llevada por nosotros a su verdadero origen, que es químico, y explicaba de manera completa en otro lugar…(Osiris) es el sol, pero el sol filosófico, y este nombre, que le encontramos atribuido aquí y allá en los libros, ha sido interpretado como el sol exterior por el vulgo que no conoce otra luz que la luz de este mundo. El sol de los filósofos recibe su nombre del sol del mundo porque contiene todas las propiedades naturales que descienden de este sol celeste o que le convienen». Contrariamente a lo que pudiera parecer, los egipcios no adoraban en realidad a una pluralidad de divinidades, sino a un solo Dios en todas las cosas, como nos lo demuestran por una parte Plutarco y por otra Dom Pernety: «Léanse con atención los himnos de Orfeo, particularmente el de Saturno, donde se dice que este dios está extendido por todas las partes que componen el Universo y que no ha sido engendrado; que se reflexione en Asklepios de Hermes, en las palabras de Parménides el Pitagórico, en las obras del mismo Pitágoras; en todas las partes se hallarán expresiones que manifiestan su sentimiento sobre la unidad de un Dios, principio de todo, él mismo sin principio, y que todos los dioses mencionados no son sino diferentes denominaciones, ya sean atributos, ya sean operaciones de la Naturaleza. Sólo Jámblico es capaz de convencernos con lo que dice a propósito de los misterios de los egipcios. Hermes y los otros sabios sólo presentaron a los pueblos las figuras de las cosas como dioses, para manifestarles un solo y único Dios en todas las cosas: ya que aquel que ve la Sabiduría, la Providencia y el Amor de Dios manifestados en este mundo, ve a Dios mismo: ya que todas las criaturas no son más que espejos que reflejan sobre nosotros los rayos de la sabiduría divina». Volviendo al sentido alquímico de las fábulas egipcias, vemos que, según los alquimistas, dos dificultades principales se presentan a aquel que quiere realizar la Obra. La primera es la determinación de qué materia ha de utilizarse y la segunda de cómo manipularla. Saint Baque de Buford nos explica que: «Los Filósofos Herméticos, en los escritos que nos han dejado, han hablado muy poco de la primera materia (…) se han extendido mucho, aunque con mucha ambigüedad, sobre los diversos principios del arte y sobre las formas progresivas que toma la materia en la segunda operación, pero han cubierto de un velo impenetrable al primer agente ostensible, los primeros procesos y todo el desarrollo de la primera operación… El Antiguo Testamento, la teología egipcia, griega y la de los druidas, al contrario, casi no hablan de la segunda operación, pero se extienden tan prolijamente y de un modo tan variado sobre la primera que, a fuerza de envolverla con parábolas, enigmas y ficciones, han formado un laberinto en el cual es casi imposible no extraviarse».

 

El proceso de la Obra alquímica consta de diversos pasos que aparecen representados en la iconografía hermética. Uno de los pasos de esta misteriosísima obra recibía el nombre de «conjunción». Se trata de la unión del «fijo y del volátil, del hermano y de la hermana, del Sol y de la Luna». Quién esté familiarizado con la leyenda de Isis y Osiris comprenderá, con Dom Pernety, que: «los egipcios entendían por Isis y Osiris tanto la substancia volátil y la substancia fija de la materia de la obra, como el color blanco y el rojo que toma en sus operaciones». En cuanto a Isis se refiere, citemos la opinión del filósofo Filovita: «La diosa Isis era el húmedo radical universal, influido por la Luna al que miraban como la madre original de toda generación y conservación. Las estatuas de Isis tenían todos los símbolos de la Luna, incluso los del cielo astral y de la región celeste, a la que se consideraba hacía tanto bien. Estaba vestida de negro para señalar la vía de la corrupción y de la muerte, comienzo de toda generación natural. La ropa negra que se daba a Isis muestra también que la Luna, o la Naturaleza, o también el Mercurio Filosófico que es su diminutivo y su substancia operativa en todas las generaciones, o tiene luz por sí mismo, al ser un cuerpo opaco, pero que este cuerpo esencial la ha recibido de otro, esto es, del Sol y de su propio espíritu vivificante que está infuso en él y que es su agente. Llevaba una ropa negra, blanca, amarilla y roja para significar los cuatro colores principales o grados hacia la perfección de la generación o de la obra secreta de los Sabios, de la que también es el sujeto, el objeto y la imagen. A menudo Isis estaba acompañada por una vaca negra y blanca, para dar a entender el trabajo asiduo con el que debe ser observado el culto filosófico, y que debe ser seguido en la operación del negro y del blanco perfecto que es engendrado por la Medicina Universal Lunar Hermética. Según Apuleyo, Isis hablaba así en su fiesta: Mi religión comenzará mañana para durar eternamente. O sea que la Ciencia religiosa de la Naturaleza y la Obra de su simiente primera, origen de toda producción y de las maravillas del mundo, tiene tanta duración como el Universo y se observa y practica cada día».

 

Y el filósofo Filovita añade que: «Cuando las Tempestades del Invierno sean apaciguadas, que el mar conmovido, alterado y tempestuoso sea calmado, apaciguado y hecho navegable, mis sacerdotes me ofrecerán una barquilla, como demostración de mi paso por el mar de Egipto, bajo la guía de Mercurio, mandado por Júpiter. Esta es la clave del gran Secreto filosófico para la extracción de la materia de los Sabios y del huevo en el que deben encerrarla y operar en el atanor de torre, comenzando por el régimen de la Saturnia Egipcia, que es la corrupción del buen augurio, para la generación del Hijo real filosófico, que de allí debe nacer al final de los siglos, o de las circulaciones requeridas». El texto de Apuleyo que Filovita citaba y comentaba gozó de gran estima entre los otros filósofos. Dom Pernety, por su parte, nos lo explica de este modo: «Isis pasaba por ser la Luna, la Tierra y la Naturaleza. Su corona, formada por un globo brillante como la Luna, la anuncia a todo el mundo. Las dos espigas que salen indican que la materia del Arte Hermético es la misma que la que emplea la Naturaleza para hacerlo vegetar todo en el Universo. Los colores que esta materia va tomando durante las operaciones, ¿no son exactamente nombrados en la enumeración de los vestidos de Isis?». Y más adelante Dom Pernety dice: «Parece que Apuleyo haya querido decirnos que todos estos colores nacen los unos de los otros; que el blanco está contenido en el negro, el amarillo en el blanco y el rojo en el amarillo; por ello el negro cubre a todos los demás». Para Saint Baque de Buford: «No hay ningún pasaje de los tratados que los Filósofos herméticos han escrito que sea tan claro, tan verdadero y tan instructivo para el comienzo de la obra hermética como aquel que Apuleyo ha referido a propósito de la fiesta de Isis. Isis era, en efecto, la madre de todas las cosas, porque unida a Osiris componen juntos el fluido luminoso que da la vida a todos los seres; era la dueña de los elementos, porque unida a Osiris, constituían los elementos simples que elementan a los cuatro elementos». He aquí lo que Dom Pernety explicaba a propósito de la historia mítica de Isis y de Osiris: «Esta misteriosa historia, o mejor dicho, esta ficción, se convirtió en lo sucesivo en el fundamento de la Teología Egipcia… Osiris era para los ignorantes el Sol o el Astro del día e Isis la Luna; los Sacerdotes veían en ellos a los dos principios de la Naturaleza y del Arte Hermético. Algunos, como Plutarco, pretendían que Osiris significaba muy santo, otros, como Diodoro, Horus-Apolo; Eusebio y Macrobio decían que quería decir que tiene muchos ojos, aquel que ve claro. Pero los Filósofos veían en el nombre de este Dios al Sol terrestre, el fuego escondido de la Naturaleza (25), el principio ígneo, fijo y radical que lo anima todo…Para los Sacerdotes, Isis era la Naturaleza misma, el principio material y pasivo de todo. Herodoto nos enseña que los Egipcios la tomaban también por Ceres, creyendo que Apolo y Diana eran sus hijos.  Hemos dicho que Osiris era el principio ígneo, suave y generador que la Naturaleza emplea en la formación de los mixtos, y que Isis era el húmedo radical; por los tanto no hay que confundir al uno con el otro, porque difieren entre sí como el humo y la llama, la luz y el aire, el azufre y el mercurio. El humor radical es en los mixtos el asiento y el alimento del cálido ígneo o del fuego natural y celeste».

Para los filósofos herméticos: «Las dos obras que son el objeto de este Arte están comprendidas, la primera, en la expedición de Osiris, la segunda, en su muerte y apoteosis. Por la primera se hace la Piedra, por la segunda se forma el Elixir. Osiris, en su viaje, recorre Etiopía, luego las Indias, Europa y regresa a Egipto por el mar Rojo para gozar de la gloria que ha adquirido, pero halla la muerte. Es como si dijéramos: en la primera obra, la materia pasa al principio por el color negro, luego por colores variados, el gris, el blanco y finalmente aparece el rojo, que es la perfección de la primera obra y la de la piedra o azufre filosófico. La segunda obra está muy bien representada en el tipo de muerte de Osiris y los honores que se le rindieron. Siendo esta segunda operación semejante a la primera, su clave es la solución de la materia o la división de los miembros de Osiris en muchas partes. El cofre en el que ha sido encerrado este Príncipe, es el vaso filosófico, cerrado herméticamente. Tifón y sus cómplices son los agentes de la disolución. La dispersión de los miembros del cuerpo de Osiris es la volatilización del oro Filosófico y la reunión de estos indica la fijación. Se hace gracias a los cuidados de Isis o la Tierra, que, como un imán, dicen los filósofos, atrae a sí las partes volatilizadas». En su obra La fuga de Atalanta, Michael Maier dedica un emblema a Osiris. Representa el asesinato de este dios por Tifón. Escritores helenísticos identificaron a Tifón con el dios egipcio Seth. Sabemos por Plutarco, que Tifón era hermano de Osiris y fue su destructor, ya que Osiris representa a la «Palabra» sagrada cuya restauración pertinente fue llevada a cabo por Isis. Numerosos autores opinan que la muerte o el desmembramiento de Osiris en la tradición egipcia es equivalente a la caída de Adán en la tradición judeo-cristiana. El culpable de la caída, según los hebreos, es Samael, que se relacionará con Tifón. Veamos qué nos enseñaban los alquimistas a propósito de este hermano de Osiris: «Decían que Tifón y Osiris eran hermanos y que este último le hacía siempre la guerra al primero. Osiris era el buen principio o el humor radical, la base del mixto y su parte pura y homogénea; Tifón era el mal principio o las partes heterogéneas, accidentales; principio de destrucción y de muerte, como Osiris lo era de vida y de conservación Tifón nació de la tierra, pero de la tierra grosera, siendo el principio de la corrupción. Fue el causante de la muerte de Osiris… El fuego que saca por la boca indica su aspereza corrosiva y designa su pretendida fraternidad con Osiris, porque éste es un fuego escondido, natural y vivificante; el otro es un fuego tiránico y destructivo. Por eso d’Espagnet le llama el Tirano de Natura y el fratricida del fuego natural».

 

Para Saint-Baque de Buford, Tifón es el flogisto, y su nombre en latín Typhon es el anagrama de Python, la serpiente que nació del barro, idea que nos vuelve a recordar algunas tradiciones judías. Saint-Baque de Buford escribe: «Cuando los dos principios que constituyen la materia pura del arte hermético han sido llevados por las manipulaciones del artista a este grado de pureza, ya no son llamados o conocidos por los nombres de Isis y Osiris o primera materia caótica, sino que en este estado son la materia de los Sabios designada bajo el nombre de Horus, el que mató a Tifón. Dicho de otro modo, Isis y Osiris, que son los principios de toda vida y de los cuales es formado Horus, son desembarazados de los principios de destrucción y de muerte, Tifón, el flogisto o los vapores de la tierra que los habían condensado». Isis y Osiris son pues los dioses principales de los Egipcios, junto con Horus que reinó en último lugar y que, para los alquimistas, simbolizaba el «resultado del Arte Sacerdotal». Por ello se le confundía con Harpócrates, el dios del secreto, pues Horus, o el Sol de los Sabios, es el gran secreto de la Filosofía Hermética. Según cierta tradición, Horus: «Era considerado por ellos (los druidas) como el hijo de Isis y de Osiris, o sea de la Naturaleza y del fuego solar, al que llamamos húmedo radical y calor natural, que nos son enviados desde lo más alto de los Cielos por el Espíritu eterno de vida. Horus pasaba por ser la luz en calidad de hijo de Osiris, representando al Sol, y llevaba también algunos atributos de Apolo, hijo también del Sol y dios de la luz según la Fábula; por lo que estaban representados a sus lados, detrás de él y siguiéndole, veinticuatro pequeños ancianos que significaban las veinticuatro horas que antiguamente dividían al día y a la noche en veinticuatro partes». Es interesante tener en cuenta las palabras de dos clásicos de la filosofía hermética. El primero de ellos , con un lenguaje actual, expresa en dos versículos el misterio de Isis y de Osiris, o el del agua y el fuego: «Os adoramos, Agua, madre de las aguas, pues el fuego vivo está en vuestro centro, y sois excelente sobre todas las demás luces. El sol es vuestra producción magnífica. Santa Madre del fuego, socorrednos ahora y en la hora del paso difícil. ¡Que así sea! ¡Oh, fuego que fluye, que disuelve y coagula, nuestro Señor fecundador!» El segundo apunta, siempre bajo el discreto velo del símbolo, cuál es el objetivo de la ciencia hermética, la recompensa del viajero que, abandonando la tierra de exilio, regresa a la Patria original: «Es este Horus o Apolo por quien Osiris emprendió un viaje tan largo y pasó tantos trabajos y fatigas. Es el tesoro de los Filósofos, el de los Sacerdotes, el de los Reyes de Egipto: el niño filosófico nacido de Isis y Osiris».

 

El lenguaje que emplearon los antiguos químicos, es decir, los alquimistas, era simbólico, como lo ha sido siempre el de todas las religiones. Todo lo existente en el mundo de los efectos tiene tres atributos, o sea una triple síntesis de los siete principios. Esto resultará quizás más claro, diciendo que todo cuanto existe en el mundo está construido sobre tres principios y cuatro aspectos.  Así como el hombre es una unidad, compuesta de un cuerpo, un alma racional y un Espíritu Inmortal, así cada objeto en la Naturaleza tiene una forma objetiva, un alma vital y una Chispa Divina, puramente espiritual y subjetiva. Ciertos metales, ciertas plantas y algunas drogas poseen poderes, inherentes a ellos, capaces de producir efectos determinados en los organismos dotados de vida, como lo demuestra la práctica diaria de la ciencia oficial. En cuanto a la presencia de una quintaesencia absoluta en cada átomo, el Anima Mundi, sólo es negada por el materialismo. Antes existía la Alquimia como una ciencia, en la que la quintaesencia actuaba, a la vez, en todos los planos de la Naturaleza y en todas sus correlaciones. Pero cuando alguien que trata de reproducir alguno de estos efectos por un esfuerzo de su voluntad, se ve obligado a desarrollar en sí mismo una cierta facultad o poder, latente en la constitución humana, llamada Kriyâshakti en terminología oculta. Es ésta una facultad creadora, y es así simplemente porque no es más que el agente en un plano objetivo del primer Principio Creador. Es algo así como un radiante conductor que da una dirección definida y concreta a la creadora quintaesencia en su descenso a los planos inferiores. Pero no debe olvidarse que el intelecto humano, considerado como canal por donde se vierte esta enorme radiación, está constituido con arreglo a un plan predeterminado. De este conocimiento fundamental nacieron la Alquimia, la Magia magnética y las demás ramas de la Ciencia Oculta. Cuando mediante el transcurso del tiempo fueron saturándose los pueblos de egoísmo y vanidad, llegando a considerarse superiores a cuanto les rodeaba y a cuanto les precedió; cuando el desarrollo del Kriyâshakti se hizo difícil y la divina facultad desapareció de la Tierra, fueron olvidando poco a poco la sabiduría de sus antepasados. Entonces fue negada hasta la existencia del hombre antediluviano y con ella huyó el espíritu y el alma contenida en la más antigua de todas las ciencias. De los tres grandes atributos de la Naturaleza se ha aceptado solamente uno, la materia, y aun así, en su más ilusorio aspecto, por más que se presienta la existencia de una materia real o sustancia. Y, verdaderamente, al hablar así, tienen razón los materialistas, por más que sea muy vaga la concepción que de ella tienen. De este aspecto particular nació la nueva ciencia de la Química. El cambio es el constante efecto de la evolución cíclica. El principio creador, emanado de la raíz de existencia absoluta, sin fin posible y cuyo símbolo es la serpiente, o movimiento perpetuo (perpetuum mobile), mordiéndose la cola, no puede ser bien aprehendido, tal como ocurría con el ázoe (nitrógeno) de los alquimistas medioevales.

 

El nitrógeno se considera que fue descubierto formalmente por Daniel Rutherford (1749 – 1819), médico, químico, y botánico escocés, en 1772, al dar a conocer algunas de sus propiedades. El nitrógeno es un gas tan inerte que Lavoisier se refería a él como azote (ázoe), que significa sin vida. O tal vez lo llamó así por no ser apto para respirar. Se clasificó entre los gases permanentes, sobre todo desde que Faraday no consiguiera verlo líquido a 50 atm y -110 °C, hasta los experimentos de Pictet y Cailletet, que en 1877 consiguieron licuarlo. Los compuestos de nitrógeno ya se conocían en la Edad Media. Así, los alquimistas llamaban aqua fortis al ácido nítrico y aqua regia (agua regia) a la mezcla de ácido nítrico y clorhídrico, conocida por su capacidad de disolver el oro y el platino. Volviendo al círculo simbólico, vemos que se convierte en un triángulo, compenetrándose ambos mutuamente, como Minerva salió de la cabeza de Júpiter. Este círculo simboliza el Absoluto.  Todo cuanto existe tiende a transformarse, y por ende a desaparecer, ya que la eternidad de las cosas es una quimera. El discípulo de los antiguos filósofos aprende a encontrar lo verdadero bajo las sutiles apariencias que lo encubren y sabe que la materia es como unl vestido con que se oculta la Naturaleza, la cual sólo se muestra a quien sabe sacrificar la forma en aras del conocimiento superior. Las modernas investigaciones apenas han hecho otra cosa sino otear el verdadero vestido de la Naturaleza, creyendo que en él está la verdadera Ciencia. Se consuelan en su ignorancia, imaginando que con poner nuevos nombres a las cosas viejas, explican su esencia o han realizado verdaderos descubrimientos. Según ellos, la nigromancia de Moisés no es más que Espiritismo; la Ciencia de los iniciados en los antiguos templos es, si acaso, el magnetismo de los gimnósofos (magos) indos; mientras que el mesmerismo de Esculapio queda reducido a hipnotismo o Magia negra.  Para los materialistas modernos, la Alquimia, con su transmutación de los metales en plata y oro, no fue más que hábil charlatanismo. Los fundamentos son, según ellos, una superstición y no una ciencia, y todos cuantos creían o decían creer en ella eran engañados o impostores. Existen algunos científicos que no desesperan de poder llegar a reducir los elementos a su estado primitivo y de éstos nadie se atreve a decir que  están locos. Se admite generalmente la teoría ígnea en la formación de la Tierra, es decir, una masa homogénea primitiva de la que se derivaron los diferentes estados de materia, y no se quiere conceder que sea posible volver, mediante transmutaciones sucesivas, cualquier elemento a su estado original. Naturalmente hablamos en el terreno de las posibilidades, pues la cuestión es tan ardua que resolverla sería hallar la clave de los procedimientos naturales.

 

Por otra parte los químicos, y entre ellos el químico inglés Sir William Crookes (1832 – 1919), han probado que la relación que existe entre los metales proviene de su generación idéntica. Por lo tanto, estaban en lo cierto los alquimistas que buscaban un estado superior o sublimado en las cosas. Y así se prueba en La Síntesis, de el naturalista y médico alemán Arnold Adolph Berthold (1803 – 1861), uno de los químicos más profundamente versados en la materia. Michel Eugéne Chevreul (1786 – 1889) fue un químico francés que valoraba mucho la utilidad práctica de los trabajos alquímicos El hecho es que este padre de la química moderna encontró y legó a la posteridad los numerosos trabajos que existían sobre la alquimia. Entre sus papeles se han encontrado grandes ideas alquímicas que este hombre de ciencia se complacía en consignar. Pero los libros herméticos tienen una clave, lo cual explica la dificultad para interpretarlos. La sabiduría que contienen no está al alcance de la mayoría de la gente. Tal como ya hemos dicho, toda ciencia tiene tres aspectos y toda la simbología tiene siete interpretaciones diferentes, siendo tres las que aclaran los reinos de lo físico, lo psíquico y lo Espiritual, por lo cual sólo los grandes iniciados son capaces de descifrar correctamente el lenguaje críptico en que están escritas las obras de los filósofos herméticos. Kenneth Robert Henderson Mackenzie (1833 –1886), lingüista y orientalista inglés, en su obra Royal Masonic Cyclopaedia, cuando habla de las sociedades herméticas, nos dice lo siguiente: “Para el alquimista práctico todo está comprendido en la producción de oro según las reglas peculiares de su Arte, siendo de importancia secundarla la evolución de la filosofía mística que, por otra parte, refiere a un sistema completo de teosofía; pero el sabio que ha alcanzado un plano superior de contemplación metafísica, desdeña sus estudios porque encontró allí la completa realización de sus aspiraciones”. Es evidente que la simbología dada como guía para alcanzar la transmutación de los metales, constituye el núcleo de lo que llamamos Química. No es posible ya considerar como impostores a hombres de la talla intelectual de Paracelso, Van Helmont, Roger Bacon, Boerhaave y tantos otros. Los académicos franceses se burlaron tanto de la Kábala como de los alquimistas De hecho, la sabiduría oriental no brilló jamás en Occidente y se la llamó Magia. Sin embargo, los alquimistas que llegaron a comprender algo de su Arte, bebieron directamente en las fuentes del Oriente. Algunos pretenden que este movimiento ocultista no fue sino la última evolución de la Magia caldea, pero la Alquimia se remonta en su origen mucho más atrás en el tiempo.

Ole Borch (1626 – 1690), o Olaus Borrichius, científico, físico y poeta danés, dice que la Alquimia es anterior a Egipto. Pero, ¿cuándo se originó la Alquimia? Ningún escritor moderno puede decirlo con exactitud. Unos hacen de Adán el primer adepto, otros se refieren al pasaje: “los hijos de Dios, viendo que las hijas de los hombres eran hermosas, las tomaron por mujeres”, como el nacimiento de este Arte. Moisés y Salomón fueron los últimos adeptos conocidos de esta Ciencia, en la que se vieron precedidos por Abraham, el cual, a su vez, fue iniciado por Hermes. Avicena dice que la Tabla Esmeraldina fue encontrada en el sarcófago de Hermes, el cual había sido enterrado en Hebrón por Sarah, mujer de Abraham. Sin embargo, Hermes no es el nombre de un hombre, sino un título genérico, como los que después tuvieron los neo–platónicos y hoy los teósofos. ¿Qué sabemos de Hermes Trimegisto? Más o menos lo que se sabe de Abraham, de su mujer Sarah y de su concubina Agar, que San Pablo dice que son una alegoría. En tiempos de Platón, Hermes era identificado con el dios Thot entre los egipcios. Pero la palabra Thot no significa solamente inteligencia, sino también asamblea o escuela. Realmente Thot – Hermes no es más que la personificación de la clase sacerdotal egipcia, de donde viene el título de Gran Hierofante. Aun cuando sepamos que este estado de cosas es posterior al tiempo en que la gran raza sacerdotal florecía en tierra de Chemi (Egipto), no habremos adelantado gran cosa en la resolución del problema. La antigua China, aunque no en tan gran escala como Egipto, tiene la reputación de ser la patria de la Alquimia trascendental, y probablemente así es. William Alexander Parsons Martin (1827 – 1916), que fue un misionero presbiteriano en Pekín, la llama la cuna de la Alquimia. Ciertamente el Imperio Celeste puede considerarse como una de las naciones en que las antiguas escuelas de la Ciencia Oculta tuvieron un cierto auge. En cierta ocasión la Alquimia penetró en Europa desde China. En chino la alquimia se denomina el arte del amarillo y el blanco. Y se remonta de forma demostrable a la época que va desde el 400 al 225 a.C. Pero incluso existen datos que nos podrían remontar hasta el siglo VI a.C. La meta de la Alquimia China es la fabricación del “Chin Tan“, que se trataba de un medicamento que prolongaba la vida.

 

En la primera época de la alquimia china, se confiaba en encontrar ese medicamento en una de las islas de la Inmortalidad. Existían tres de estas islas, las cuales recibían los nombres de P´en-Lai, Fang Chang y Jenchou. Los primeros indicios los encontramos en el libro llamado Shih Chi (Notas Históricas) redactado por Su-Ma Ch´ien, que vivió alrededor de los años 163 a 85 a.C. Durante el periodo de la Dinastía Han (Siglo I a.C.) la alquimia estaba muy extendida en China. Y en dicha disciplina además de la transformación de metales no preciosos en oro y plata, también se estimaba y trataban todas las formas de magia. Fuentes de cronistas de la época, nos cuentan que los alquimistas pretendían ser capaces de reconocer emisiones gaseosas del cuerpo humano, con las cuales podían adivinar el futuro. El tratado taoísta del siglo II d. C. denominado Wei P´o-yang se considera la obra mas antigua de la alquimia china. Este libro trata los secretos de la alquimia, además de ocuparse del “Elixir de la Inmortalidad“. El alquimista chino mas conocido es Ko Hung (284 – 361 d.C.) el cual utilizaba el seudónimo Pao-P´u-tzu y que publicó una extraña obra con este mismo nombre. En ella expuso de manera extensa y exhaustiva la transformación de metales, como por ejemplo la transformación del plomo blanco en uno rojizo, o viceversa, así como la fabricación del “Elixir de la Vida“. También mencionó una tintura dorada a la que denominó Chin-Ye, que se podía comparar con la tintura auri utilizada en la alquimia occidental. Durante las Dinastias T´ang (618 – 907) y la Sung (960 – 1279), la alquimia gozó de protección y aprecio por parte de los distintos Emperadores. El alquimista mas conocido en ese periodo fue Chang Po-tuan (984 – 1082) el cual redactó un libro con el título de Wu-chen p´in (Tratado sobre la Alquimia) en el que comentaba muy extensamente el secreto arcano de lo que llamaba “El Elixir Interno y Externo“. Al empezar la Dinastía Yuan (1279 – 1368) bajó la reputación de la Alquimia y los alquimistas se limitaron a comentar los escritos difíciles de comprender. A partir de la Dinastía Ming, los alquimistas desaparecen de la corte del Emperador y se refugian en las montañas. La alquimia china se basa en el efecto del cambio de los principios opuestos Yin y Yang, tan significativos para el orden cósmico. Además contiene la teoría o sistema denominado De los 5 elementos, es decir, madera, fuego, tierra, metal y agua, que puede pasar del uno al otro en un movimiento rotatorio.

 

Un misionero, llamado Hood, asegura solemnemente que la Alquimia nació en un jardín “que estuvo en el Edén, situado en Oriente”. Según él, es la producción de Satán, quien tentó a Eva bajo la forma de una serpiente. Pero el hombre olvidó seguir sus consejos y se quedó sólo. Serpiente, en hebreo, es Nahah (plural Nahashim), siendo, pues, de la sílaba shim de la que se derivó el nombre de la Alquimia y de la química. Las más notables personalidades en los estudios sobre las ciencias arcaicas, y entre ellas William Godwin (1756 – 1836), han llegado a la conclusión de que la Alquimia se cultivaba en casi todos los pueblos de la antigüedad, mucho tiempo antes de nuestra Era, siendo los griegos los últimos que, al aparecer el cristianismo, empezaron a estudiarla, haciéndola célebre mucho tiempo después. Esto en cuanto a su estudio en general, pues los Adeptos de los templos de Grecia la conocían desde el tiempo de los Argonautas. El origen europeo de la Alquimia es, pues, de esta época, como se desprende de la alegoría del Vellocino de Oro. La Suda, una gran enciclopedia bizantina de carácter histórico, dedicada al mundo mediterráneo antiguo, habla de la expedición de Jasón y los Argonautas para conseguir el Vellocino de Oro. Parten hacia el Mar Negro con la ayuda de Medea, hermana de Eetes. En la mitología griega, Eetes era un rey de la Cólquida (actual Georgia). Era hijo de Helios y de la ninfa Perseis y hermano de Circe y Pasífae. De su primera esposa, la ninfa Idía, Eetes tuvo dos hijas: Medea y Calcíope, y con la ninfa Asterodea a su hijo Apsirto. Pero en vez de apoderarse de aquello a que se refieren los poetas, Los Argonautas se posesionaron de un tratado escrito sobre piel,  donde se explicaba la manera de hacer oro, valiéndose de procedimientos alquímicos. Los contemporáneos llamaron a esta piel el Vellocino de Oro, probablemente a causa del gran valor que para ellos tenían las instrucciones allí escritas. Esta explicación es mucho más sencilla y más probable, sobre todo, que las elucubraciones de los mitólogos modernos. Y, de este modo, la Cólquida de los griegos será la moderna Meretia, en el Mar Negro. El Rion, el río que corre por esta región, es el antiguo rio Phasis, en el que aún hoy se encuentran yacimientos auríferos. Por otro lado, las tradiciones y leyendas de los pueblos aborígenes, mingrelianos, abhacianos y meretianos, están llenas de reminiscencias y recuerdos del famoso Vellocino de Oro. Sus antecesores decían que poseían el Arte transmutatorio que hoy llamamos Alquimia, y se daban a sí mismos el nombre de hacedores de oro.

Pero los griegos ignoraron las ciencias herméticas hasta la época de los neoplatónicos, entre los siglos IV y V, con la sola excepción de los Iniciados, pues la verdadera Alquimia del antiguo Egipto no fue divulgada hasta mas tarde. Hacia el siglo III nos encontramos con el famoso edicto del emperador romano Dioclecíano mandando buscar en Egipto los libros e inscripciones que tratasen de la fabricación de oro, a fin de hacer de ellos un auto de fe público. Diocleciano (244 – 311 d.C.) fue emperador de Roma desde el 284 hasta el 305. Nacido en una familia iliria de bajo estatus social, fue escalando puestos en la jerarquía militar hasta convertirse en el comandante de la caballería del emperador Caro. Tras la muerte de Caro y de su hijo Numeriano en campaña en Persia, Diocleciano fue aclamado emperador por el ejército. Consiguió acceder al trono tras un breve enfrentamiento con Carino, el otro hijo del emperador Caro, en la batalla del Margus, y su llegada al poder puso fin a la crisis del siglo III. William Godwin (1756 – 1836), político y escritor británico, nos dice que después de la publicación de este decreto de Diocleciano, y durante dos siglos, no se encontró ni se oyó hablar de trabajos alquímicos en el antiguo reino de los faraones. Añade también que la mayor parte de estas obras habían sido enterradas con las momias. El verdadero secreto de estos libros no podía ser descubierto, así como el del Vellocino de Oro, por cualquier buscador superficial de las tradiciones faraónicas. La Sabiduría Secreta, encubierta bajo las alegorías de los papiros, no llegó a Europa con las ciencias herméticas. La Historia nos dice que la Alquimia se estudiaba en China más de dieciséis siglos antes de la Era cristiana, y que florecía en sus primeras centurias. Y fue hacia el final del siglo IV, cuando China abrió sus puertas al comercio, el momento en que la Alquimia penetró en Europa; Alejandría y Bizancio. Los dos centros principales de este comercio, estaban poco tiempo después llenas de obras sobre transmutación. Comparando el sistema chino con la llamada ciencia hermética, vemos que el doble objetivo que persiguen ambas escuelas es idéntico: hacer oro, prolongar la vida humana y rejuvenecer por medio del menstruum universale, y de la lapis philosophorum. Pero todos los Adeptos iniciados despreciaban el oro y tenían una profunda indiferencia por la vida, que consideraban como muy irrelevante para hacerla objeto de sus desvelos. Ambas escuelas reconocen la existencia de dos elixires. El uso del segundo elixir en el plano físico transmuta los metales y rejuvenece. El gran elixir, que no es tal elixir sino algo simbólico, confiere la completa posesión de todo cuanto existe, o sea, la inmortal unión del Espíritu y la conciencia, lo que sería el Nirvana, como consecuencia de una precedente evolución, o el Paranirvana, o Absoluta Unión con la Esencia Única.

 

Los principios básicos de ambos sistemas son también idénticos, ya que se trata de unir en un germen reproductor la naturaleza de los metales y sus emanaciones. La letra tsing del alfabeto chino (germen) y t´ai (matriz), constituyen el fundamento general del vocabulario alquimista chino, el cual es la raíz de muchas palabras de uso frecuente entre los estudiosos herméticos. El mercurio, el plomo y el azufre se usan lo mismo en Oriente que en Occidente, añadiéndoles diversas materias que ambas escuelas aceptan bajo un triple significado, aunque el tercero no ha sido comprendido nunca por los alquimistas europeos. Los alquimistas aceptan conjuntamente la teoría de un ciclo transmutatorio, durante el cual los metales preciosos pasan a los elementos básicos. Las dos escuelas de Alquimia mantienen estrechas relaciones con la Astrología y la Magia. El Dr. William Alexander Parsons Martin, autor de Studies of Alchemy in China, demuestra que el lenguaje de los alquimistas occidentales imita perfectamente la fraseología metafórica de los chinos, hecho que demuestra que el origen de la Alquimia europea hay que buscarlo en Oriente. No debemos dejarnos llevar del prejuicio con respecto a la palabra Magia, puesto que la Alquimia tiene relación con ella y con la Astrología. Magia es un antiguo término persa que significa conocimiento, y abraza cuanto se refiere a todas las ciencias, tanto físicas como metafísicas, que se estudiaban en aquel tiempo. La sabia casta sacerdotal de los caldeos cultivó la Magia, de donde andando el tiempo vino el magismo y el gnosticismo. Los magos caldeos que practicaban las ciencias ocultas tenían dos tipos de magia. Una era la Magia blanca, que formaba parte del culto, para la cual se comunicaban los magos con los espíritus superiores. Otra era la Magia negra, condenada por la religión, hecha por los hechiceros que explotaban las malas pasiones. Abraham no fue considerado un caldeo. Y el israelita José hablaba de matemáticas o ciencias esotéricas, incluyendo la Ciencia de las Estrellas. Es decir, era un profesor de magismo y, por lo tanto, un astrólogo.

 

Pero sería erróneo confundir la Alquimia de la Edad Media con la de los tiempos antediluvianos. La Alquimia obraba mediante tres agentes principales: la piedra filosofal para la transmutación de los metales; el alkahest, o disolvente universal, y el elixir vitae, que tenía la propiedad de prolongar indefinidamente la vida humana. Pero ningún verdadero filósofo o iniciado se ocupó jamás del elixir vitae. Los tres agentes forman la Trinidad una e indivisible. Y la casta sacerdotal lo dividió erróneamente en tres personas que formaban dicha Trinidad. El filósofo e investigador italiano Giambattista della Porta (1535 – 1615) dice claramente en su Magie Naturelle: “Yo no os prometo montes de oro, ni la piedra filosofal, ni el divino licor que hace inmortal al hombre. Todo eso es ilusión; cuanto existe en el mundo está sujeto al cambio, y todo lo que ha nacido ha de ser aniquilado”. Abu Mūsa Ŷābir ibn Hayyan (721 – 815), conocido también como Geber, es considerado el máximo alquimista de origen árabe por haber sido el primero en estudiar la alquimia de forma científica, cambiando así el significado de esta práctica. Abu Musa Yabir Alsufi Hayyan es aun más explícito. Escribió las palabras que siguen con un espíritu verdaderamente profético: “Si te he ocultado algo, tú, hijo de la ciencia, no te sorprendas, pues no lo he ocultado precisamente por ti, sino que he empleado el lenguaje que oculta la verdad a cualquiera, para que los hombres que son injustos e innobles no la comprendan. Pero tú, hijo de la Verdad, busca y encontrarás el más preciso de todos los dones. Vosotros, hijos del placer, de la impiedad y de las obras profanas, cesad en vuestro afán de penetrar los secretos de esta ciencia; pues ellos os destruirán y os precipitarán en la mayor miseria”. Vemos, pues, que otros alquimistas son de la misma opinión. Pensaron que la Alquimia no era, en suma, más que una filosofía o metafísica basada en las ciencias físicas y declaraban consiguientemente que la transmutación de los metales era una alegoría o forma de expresión de la transformación humana, la cual va poco a poco haciendo desaparecer cuantas enfermedades y causas de dolor existen en el cuerpo, conforme el hombre se va acercando a Dios. Esto en cuanto se refiere a la síntesis de la Alquimia trascendental y a su principal objetivo. Pero esto no es todo. Aristóteles dijo en Alejandría que “la piedra filosofal no es solamente una piedra; cada hombre la posee en sí mismo y en todo tiempo ha sido llamada el Alma por los filósofos”. En la primera de estas afirmaciones Aristóteles parece que se equivocó, pero no así en la segunda. En el plano físico el secreto del alkahest produce una sustancia que ha recibido el nombre de piedra filosofal. Pero, como dice Alexander Wilder (1823 – 1908), médico, escritor, teósofo y rosacruz norteamericano, no es otra cosa que el allgeist, el espíritu divino que disuelve la materia más dura. El elixir vitae es, según William Godwin (1756 – 1836), político y escritor británico, el agua de vida, “la medicina universal que tiene el poder de rejuvenecer al hombre y prolongar indefinidamente su existencia”.

 

El químico alemán Hermann Franz Moritz Kopp (1817 – 1892) publicó Historia de la Química. Cuando habla de la Alquimia, que reconoce ser el origen de la química moderna: “Si sustituimos la palabra Mundo por el Microcosmos representado por el hombre, la dificultad más grave desaparece en la interpretación de las obras de Alquimia”.  Ireneo Filaleteo, alquimista inglés del siglo XVII, declara que “la piedra filosofal representa el Gran Universo (Macrocosmos) y encierra todos los poderes del gran sistema, intensificados en ella. Su poder magnético está en correlación perfecta con el del Universo. Es la virtud celestial del pensamiento creador, pero reducida a su más mínima expresión, a fin de que pueda tener cabida en el hombre”. El alquimista Alipile dice en una de sus obras: “Cuando conocemos el Microcosmos no podemos ignorar por mucho tiempo el Macrocosmos”. Esta verdad fue expresada por los egipcios, grandes investigadores de la Naturaleza, con la célebre sentencia: “Hombre, conócete a ti mismo”. Ireneo Filaleteo, el autor hermético, escribía en 1659 acerca de los que pretendían lograr el conocimiento de esta filosofía: “Algunos principiantes creen que se trata de una materia fácil de asimilar, otros se preocupan por ello con exceso; pero mirando muy alto, ambicionando los tres objetos ofrecidos por la Alquimia, caminaremos con enorme velocidad y alcanzaremos el más alto”. Y, realmente, a esto aspiran los alquimistas. Según Alexander Wilder, viviendo en una época en la que las divergencias religiosas estaban tan acentuadas, en la que fácilmente se acusaba de herejía y se proscribía a las gentes, cuando caía sobre la Alquimia el estigma de la hechicería, el hombre que la cultivaba se colocaba fuera de la ley, e inventaba un lenguaje simbólico que únicamente podía ser comprendido por los demás alquimistas. Alexander Wilder nos recuerda la alegoría en la que Krishna pidió a su madre adoptiva Yasoda que observase su boca. Cuando Krishna abrió su boca Yasoda vio el Universo entero. Esto concuerda con la enseñanza cabalística, que sostiene que el Microcosmos es únicamente la reflexión del Macrocosmos, o, como dice Cornelio Agripa, el más conocido de todos los alquimistas: “Es una cosa creada que une los Cielos y la Tierra. Es un compuesto de los reinos animal, vegetal y mineral. Es el fundamento esencial, conocido de muy pocos, los cuales le han llamado por su nombre verdadero que no es ningún nombre; El está enterrado bajo los números, los signos, los enigmas sin cuento que ha de descifrar el alquimista o el mago antes de alcanzar la perfección”.

Ello es evidente cuando se lee cierto pasaje del Enquiridión de los Alquimistas (1672), de León III, Papa nº 96 de la Iglesia católica del 795 al 816: “Ahora, quiero hacerte comprender la naturaleza esencial de la piedra filosofal, encubierta bajo un triple velo; piedra que descubre todos los secretos, maravilla en la Naturaleza que a muy pocos es dado conocer. observa bien lo que te comunico y acuérdate de que se encubre bajo un triple nombre: el Cuerpo, el Alma y el Espíritu“. En otras palabras, esta piedra filosofal contiene el secreto de la transmutación de los metales, el elixir de larga vida y de la inmortalidad consciente. Este último secreto es el que los antiguos filósofos pretendían descifrar, pero no puede afirmarse que se haya descubierto. Esta sería la Palabra que Moisés dice que no es necesario para ver a distancia, “porque la Palabra no es para ti; ella está en vuestra boca y en vuestra cabeza”. Ireneo Filaleteo, el alquimista inglés, dice lo mismo con distintas palabras: “Nuestros escritores se sirven de sus propias palabras como de una espada de dos filos, con la que pretenden herir a sus ignorantes adversarios. En realidad esta conducta no puede censurarse, puesto que al fin tratan de velar por la pureza de la más elevada de las filosofías. Pero nosotros no seguimos su procedimiento aunque se nos censure; bien o mal escribimos en inglés y pensamos que harto mejor es para nuestros fines pedagógicos, que acudir al griego como ellos, aun sin estar muy fuertes en el; nos da esto mucha menos ocasión de error”. Jean d’Espagnet (1564 – 1637), magistrado y alquimista francés, recomienda a los estudiantes de la Naturaleza poca lectura y mucha meditación, basándolo todo en la intuición. Añade que el pensamiento sólo vive en la obscuridad. Los filósofos herméticos nunca están más lejos de decir la verdad, como cuando hablan con claridad: “cuanto más obscuros son sus conceptos, tanta más probabilidad existe de que en el fondo lata una enseñanza“. La Verdad no puede ser dada al público, tal como indica la recomendación a los Apóstoles de que no echasen las perlas a los cerdos.  Estos fragmentos de la literatura alquímica prueban que ninguna de las escuelas de Adeptos, no asequibles para los estudiantes occidentales, ha publicado jamás ni una sola palabra de Ocultismo, ni mucho menos de Alquimia. Los tratados que de una manera clara tratan esta ciencia como si fuese una de las ciencias físicas, no son dignos de mención, pues se ocupan de una cosa que no es Alquimia. Las obras de algún Adepto antiguo o moderno, tienen seguramente en su fondo grandes enseñanzas, pero su lenguaje es totalmente incomprensible para aquellos que no sean iniciados.

 

Únicamente aquel que va hacia el Verdadero Conocimiento es capaz de empezar a descifrar su oscuro significado. ¿A qué se debe el silencio de los Iniciados? Las Ciencias Ocultas, o la clave para descifrar el idioma en que están escritas, no puede publicarse. Un rosacruz decía de un viejo adagio de los filósofos herméticos: “La Ciencia de los Dioses se domina por la violencia, puede ser conquistada, pero jamás será del que la pida”. Esto concuerda exactamente con las palabras de Pedro a Simón el Mago en los Hechos de los Apóstoles: “Piensa que el don de Dios no puede ser comprado”. Simón el Mago, llamado también Siimón de Gitta fue un líder religioso samaritano, inicialmente gnóstico, mencionado en la literatura cristiana primitiva. Se encuentran referencias a Simón el Mago en los Hechos de los Apóstoles, en las obras patrísticas de Justino Mártir, Ireneo de Lyon e Hipólito, en los Hechos apócrifos de Pedro y en la llamada “literatura clementina“. No está claro si todas estas fuentes se refieren a un solo personaje o a varios personajes distintos. La referencias más conocida a Simón Mago se encuentra en el capítulo 8 de los Hechos de los Apóstoles. En él se relata que Simón, un mago de Samaria, fue convertido al cristianismo por Felipe el Evangelista. Cuando Pedro y Juan fueron enviados a Samaria, Simón les ofreció dinero a cambio del poder de transmitir el Espíritu Santo, proposición que ambos apóstoles rechazaron escandalizados. De esta propuesta de Simón Mago deriva la palabra “simonía“, que designa el pecado consistente en pagar por obtener prebendas o beneficios eclesiásticos. En el texto cristiano apócrifo de los Hechos de Pedro se narra una de las leyendas más conocidas acerca de Simón el Mago. Cuando exhibía sus poderes mágicos en Roma, volando ante el emperador romano Nerón en el Foro Romano, para probar su condición divina, los apóstoles Pedro y Pablo rogaron a Dios que detuviese su vuelo. Simón paró en seco y cayó a tierra, donde fue apedreado. Cirilo de Jerusalén da otra versión de este incidente en el prefacio de su Historia de los maniqueos. Según explica, Simón el Mago viajaba por el aire en un carro tirado por demonios, cuando Pedro y Pablo oraron, y sus oraciones lograron que cayera al suelo, ya cadáver. Para el simonianismo, antigua secta gnóstica, Simón Mago era dios en forma humana. La Sabiduría Oculta jamás podrá ser comprada con dinero para ser empleada en fines impuros. Únicamente en casos de excepcional importancia, cuando quizá la vida de un pueblo entero esté amenazada, puede hacerse uso de los conocimientos ocultos. Todo lo demás es Magia negra. Por esto no es posible divulgar ningún secreto de Alquimia, ya que es demasiado grande la pasión por el oro.

 

Podemos comprender a Adeptos como Paracelso y Roger Bacon. Teofrasto Paracelso (1493 – 1541) fue un alquimista, médico y astrólogo suizo. Fue conocido porque se creía que había logrado la transmutación del plomo en oro mediante procedimientos alquímicos y por haberle dado al cinc su nombre, llamándolo zincum. Se trata de una de las figuras más contradictorias e interesantes de la historia de la medicina. Su incesante búsqueda de lo nuevo y su oposición a la tradición y los remedios heredados de tiempos antiguos le postulan como un médico moderno, adelantado a sus contemporáneos. En cambio, en su concepción del misticismo y la astrología se podría decir que mantuvo una postura inmovilista sobre los conceptos más arcaicos. Roger Bacon (1214 – 1294) fue un filósofo, científico y teólogo escolástico inglés, de la orden franciscana. Es conocido por el sobrenombre de Doctor Mirabilis. Inspirado en las obras de Aristóteles y en autores árabes posteriores. como Alhacén (965 – 1040), matemático, físico y astrónomo musulmán, puso considerable énfasis en el empirismo y ha sido presentado como uno de los primeros pensadores que propusieron el moderno método científico. Paracelso fue uno de los grandes precursores de la química moderna, y Roger Bacon de la física. Roger Bacon, en su Tratado de las admirables fuerzas del Arte y de la Naturaleza, nos muestra el fundamento de las ciencias. Habla del poder del cañón y predice el uso y aprovechamiento del vapor, describe la prensa hidráulica, la campana de buzo y el calidoscopio, así como profetiza la invención de máquinas voladoras. Bacon defiende a los alquimistas con las siguientes palabras: “La razón que existe para mantener en el secreto la Sabiduría, es la general indiferencia con que la masa de todas las naciones mira aquellos conocimientos de los que no puede obtener una utilidad inmediata sin tratar de profundizar y extenderse en ellos; pero cuando se les prueba su trascendental importancia y provecho, es tal el ansia con que se abalanzan a ello, que mucho de temer sería por la seguridad de los más si se dejase aprender a los no puros”. De aquí las precauciones puestas en juego por los alquimistas para guardar sus enseñanzas bajo una incomprensible criptografía. Este género de criptografía fue usado por los judíos, caldeos, sirios, árabes, griegos, y en los manuscritos hebreos del Pentateuco. Pero no sucede lo mismo con los demás libros que conserva la Iglesia Católica.

 

La clave cabalista, conocida de muy antiguo en Europa, no sirve para confirmar el Nuevo y Viejo Testamento. Según los cabalistas, el Zóhar no es sino un libro de profecías modernas, hecho especialmente para confirmar los dogmas de la Iglesia católica. Pero teemos que tener en cuenta que, tanto en los Evangelios como en la Biblia, cada nombre es simbólico y cada historia, alegórica. Parece claro que la Alquimia vino a Europa desde China. Y a causa del alejamiento de su origen, no era ya la pura Alquimia, así como también la Astrología, que se enseñaba en las escuelas del Thot Hermes de la primera dinastía. El Zóhar conocido en Europa no es el Zóhar de Simeón Ben Yojai (siglo II), sino una compilación de algunos pasajes y de algunas tradiciones, hecha por Moisés de León, de Córdoba, en el siglo XIII, que ha seguido las interpretaciones de los gnósticos y cristianos de Caldea y Siria. Moisés de León (1240 –1305) fue un rabino y filósofo sefardí castellano, autor del Libro del Esplendor o Zóhar, libro central en la Cábala. Desde joven se interesó por la filosofía y ya con 24 años de edad, mientras seguía sus estudios religiosos, recibió una copia de la Guía de perplejos de Maimónides. A partir de entonces empezó a interesarse por la Cábala y dedicó varios años de su vida a contactar con cabalistas de toda la Corona de Castilla, llegando a entablar relación con un ya anciano Nahmánides, y a difundir la doctrina cabalista ante el aumento de la influencia racionalista del judaísmo. Establecido en Guadalajara, realiza alrededor de veinticuatro escritos sobre la Cábala y en 1286 ya tenía concluido gran parte del Zóhar, incluyendo una versión distinta del Midrash, un método de exégesis de un texto bíblico. Aunque para escribir el Zóhar afirmaba basarse en antiguos manuscritos del místico Simeón Ben Yojai, nunca pudo llegar a demostrarse, pues entonces era muy común entre los escritores judíos atribuir sus libros a autores clásicos. Del verdadero Zóhar, al que alude el libro caldeo de los Números, no quedan más que tres copias incompletas que poseen Iniciados judíos. Uno de ellos vivió en Polonia y destruyó su ejemplar en 1817; el otro pertenecía a un rabí de Palestina que desapareció de Jaffa. De los libros herméticos, sólo resta un fragmento conocido con el nombre de Tabla Esmeraldina, pues todos los demás que contenían doctrinas ocultas fueron quemados por orden del Emperador romano Dioclecíano en el siglo III de nuestra Era.

 

Los Maestros de la Edad Media se llevaron a la tumba la clave para la interpretación de sus obras. Esta clave parece que únicamente podía ser encontrada en Oriente. Pero la única clave del esoterismo de la Sabiduría Antigua está en que el hombre estudie por sí mismo las verdades primitivas. Los egipcios, por ejemplo, desarrollaron conocimientos químicos prácticos en la fabricación de colores y perfumes, necesarios para su culto a los dioses. Además, debido a la fuerte demanda de metales y minerales preciosos, se descubrieron procedimientos que permitían transformar aparentemente materiales de poco valor para asemejarlos a los materiales preciosos.  En papiros egipcios del siglo III se enumeran cientos de formulas para el ennoblecimiento o falsificación de metales. En las paredes del templo de la ciudad de Edfu, en el Alto Egipto, están grabadas muchísimas recetas sobre la fabricación de perfumes, hecho que hace suponer que en ciertas partes del templo debían haber laboratorios en donde trabajarían los sacerdotes. Ellos mantuvieron en secreto la fabricación, que era considerada como conocimiento religioso, y solo los transmitían a un pequeño numero de elegidos. Pero estos conocimientos eran ofrecidos a los muertos para que los utilizaran posteriormente en el “Mas Allá“, y por ello se encontraron en los papiros hallados, nombres secretos, alegorías y plegarias e invocaciones a los dioses. Tenemos un ejemplo en el famoso “Libro Egipcio de los Muertos“. Originalmente la alquimia no es solo un arte aplicado, que ennoblece metales y fabrica colores, sino que también posee un componente religioso y de cosmovisión. Y así tanto la parte aplicada como la esotérica se nos presentan con mayor o menor fuerza en la historia de la alquimia y en los diversos pueblos. El punto de partida de la alquimia histórica se sitúa en la Alejandría helénica, en el siglo I a.C., donde un elevado numero de aplicaciones químicas se fundieron con la filosofía griega y las religiones orientales. El primer documento escrito de esta época, que ya trata de la transformación de los metales, es Physica et Mystica, que se atribuyó a Demócrito. El antepasado divino de esta ciencia es Toth, dios de la sabiduría, la escritura, la música, los conjuros, el dominio de sueños, el tiempo, hechizos mágicos y símbolo de la Luna en la antigua mitología egipcia, o su equivalente helénico Hermes Trimegisto, bajo cuya protección se encuentran las Ciencias Ocultas.

La alquimia posterior se basa en Moisés o en la legendaria Maria la Judía. Una influencia decisiva en el desarrollo posterior de la alquimia la tuvo el encuentro con las corrientes religioso-filosóficas de la gnosis, del hermetismo y del neoplatonismo. María la Judía fue la primera mujer alquimista. Vivió entre el siglo I y el siglo III d.C. en Alejandría. Es considerada como la «fundadora de la alquimia» y una gran contribuidora a la ciencia práctica. Igual que sucedió con la mayoría de los adeptos o iniciados, la identidad de María la Judía ha llegado un tanto oscurecida. Algunos la asociaban con María Magdalena. Los alquimistas del pasado creían que era Miriam, la hermana de Moisés y del profeta Aarón, pero las pruebas que apoyan esta opción son escasas. La referencia más concreta de su existencia se da gracias a Zósimo de Panópolis, erudito alquimista de Alejandría que en el siglo IV d.C. recopiló las enseñanzas de muchos iniciados anteriores para formar lo que llegó a ser una enciclopedia del arte hermético. En sus escritos es en dónde cita a María casi siempre en pasado, mencionándola como uno de los “sabios antiguos”, y también describe varios de sus experimentos e instrumentos. Georges de Syncelles, cronista bizantino del siglo VIII, presenta a María como maestra de Demócrito a quien conoció en Menfis (Egipto) en la época de Pericles. El enciclopedista árabe Al-Nadim la cita en su catálogo del Año 879 d.C. entre los cincuenta y dos alquimistas más famosos, por conocer la preparación del caput mortum. El filósofo romano Morieno la llama “María la Profetisa” y los árabes la conocieron como la “Hija de Platón”, nombre que en los textos alquímicos occidentales estaba reservado para el azufre blanco. María pasa así a ser identificada con la materia que trabaja. También se piensa que María la Judía, además de un ser personaje real, podría haber sido el nombre simbólico empleado por uno o varios alquimistas hebreos anteriores a Zóstimo. Se sabe que María escribió varios textos sobre alquimia, aunque ninguno de sus escritos han sobrevivido en su forma original. Sin embargo, sus enseñanzas fueron ampliamente citadas por hermetistas posteriores. Su principal obra conocida es Extractos hechos por un filósofo cristiano anónimo, también conocida como Diálogo de María y Aros, en donde están descritas y nombradas las operaciones que después serían la base de la alquimia, tales como la leucosis (blanqueo) y la xantosis (amarilleo), en que una se hacía por trituración y la otra por calcinación. En esta obra se describe por primera vez el ácido de la sal marina y otro oxys (ácido) que se pueden identificar con el ácido acético. También aparecen varias recetas para hacer oro, incluso a partir de raíces vegetales como la de la mandrágora. María era una respetada trabajadora de laboratorio que inventó complicados aparatos destinados a la destilación y la sublimación de materias químicas, así como el famoso Baño María.

 

En uno de sus trabajos sobre el arte de la alquimia, el barón francés Emmanuel d’Hooghvorst (1914 – 1999), en su obra El Hilo de Penélope, escribió lo siguiente: «Antaño era una locura para la mayoría de los hombres; en nuestros días es un absurdo. Esta ciencia ha caído en un descrédito tal, que casi todos ignoramos tanto su finalidad como sus medios». Pero estamos convencidos de que la locura de los antiguos alquimistas escondía una enseñanza que, a principios del siglo XXI, merece ser estudiada cuidadosamente por los filósofos y los historiadores de las religiones, de las artes y de las ciencias actuales. Tal fue la original propuesta del barón D’Hooghvorst. Desde el Romanticismo se ha venido repitiendo con frecuencia y con cierta razón que «Los locos de hoy dan forma a la visión de los hombres de mañana». Así pues, podríamos preguntarnos cuál fue la locura de los alquimistas. Los estudios recientes sobre la tradición alquímica advierten de la diferencia entre lo que se denominaba alquimia antes del siglo  XV y lo que se la consideró después. Si nos ceñimos a la cultura occidental, la alquimia antigua, islámica o medieval, estaba básicamente unida al devenir de las ciencias, mientras que, desde el Renacimiento, y en especial a partir de las enseñanzas de Teofrasto Paracelso, la alquimia también se implicó en otros niveles de la realidad del pensamiento y del espíritu de los hombres de manera muy explícita y directa. Bruce T. Moran, en su libro Distilling Knowledge: Alchemy, Chemistry, and the Scientific Revolution, escribió lo siguiente sobre el paracelsismo: “Dependiendo del punto de vista intelectual original, el paracelsismo podía significar una filosofía química o incluso una práctica de una medicina química“. Sin embargo, otra lectura de Paracelso, especialmente basada en sus escritos teológicos, inspiró una definición mucho más mística. Esta interpretación fue muy conveniente para religiosos radicales como Valentin Weigel (1533 – 1588 ) y para sus seguidores, así como para el rosacruz alemán Adam Halsmayr (1560 – 1630). Para Halsmayr, Christian Rosenkreutz, legendario fundador de la Orden Rosacruz, y Paracelso prometieron la libertad evangélica para el mundo futuro, y él, de acuerdo con esta idea, instituyó una nueva religión, la theophrastia sancta , concebida como una especie de religión perenne practicada en círculos ocultos hasta que Paracelso proclamó públicamente su significado. Con el inicio de la Europa moderna, y con el paracelsismo, se reveló el sentido interior de la alquimia y su relación con la religión, o, más concretamente, con cierta voluntad reformadora de la religión cristiana.

 

Johann Valentin Andreae, a quien se le supone la paternidad del texto fundacional de los rosacruces, la  Fama fraternitatis, lo recuerda en el párrafo siguiente: “Así, testimoniamos abiertamente que esto es falso en lo que respecta a los filósofos verdaderos; para ellos, la fabricación de oro es una cosa de poca importancia y únicamente un trabajo secundario“. En general suele opinarse que la Alquimia es un arte cuyo propósito es fabricar oro de manera artificial. En la Edad Media ello llevó a mucha gente crédula a la ruina. En primer lugar nos debemos plantear cómo hay que considerar a la Alquimia desde el punto de vista de la Ciencia Oculta. Para ello nos referiremos únicamente a aquellos que consideran a los alquimistas como maestros en su ciencia. Por ejemplo, tomemos la obra de Raimundo Lulio, que expone nada más que las reglas de este arte especial, considerado como la única preocupación de los alquimistas.  Ramon Llull (1232 – 1316), fue un laico próximo a los franciscanos, filósofo, poeta, místico, teólogo y misionero mallorquín. Se le atribuye la invención de la rosa de los vientos y del nocturlabio. Seguidor, como buen franciscano, del pensamiento de Roger Bacon y San Buenaventura, Llull introdujo una gran innovación al incluir el pensamiento moral caballeresco dentro de la filosofía y la teología de su tiempo. Por ello Llull se embarcó también en una cruzada en pro del pensamiento místico y caballeresco en contra del racionalismo a ultranza representado por el pensador cordobés Averroes. Ramon Llull insistió en la doctrina de la Inmaculada Concepción de María, contra la opinión, entonces ortodoxa, de Santo Tomás de Aquino. La esencia divina había de tomar una primera materia perfecta para poder formar el cuerpo de Jesús. Ello era impensable si María misma había nacido sujeta al pecado original, por lo que ella tenía que haber sido concebida sin pecado. Estas ideas llevaron al Inquisidor Nicolás Aymerich a perseguir póstumamente las obras de Ramon Llull. Sin embargo, el rey Pedro el Ceremonioso protegió la memoria del beato y expulsó al Inquisidor de la Corona de Aragón, y, finalmente, la Iglesia católica terminó por establecer la opinión de Llull como dogma. A pesar de ser un misionero cristiano, Llull amaba y comprendía el pensamiento árabe y respetaba en gran medida sus avanzados sistemas. Así, en su primer libro utiliza la lógica de los científicos árabes, su simbología, su álgebra y sus razonamientos. Escribió, entre otras obras, El libro de los secretos de la naturaleza o quinta esencia, uno de los principales tratados de alquimia de todos los tiempos, tanto por su complejidad como por su erudita composición.

 

La filosofía hermética es una filosofía profunda que tiene, como punto de partida, la teoría de la evolución y la teoría de la unidad. De ahí viene el axioma alquímico que dice: “Todo está en todo”. Asimismo encontramos una aplicación de los principios de la Cábala hebrea, vinculados con la tradición egipcia y gnóstica. También encontramos numerosas prácticas de carácter físico, químico y biológico que apoyan esas teorías. Por tales circunstancias, cuando lo único que se quiere ver en la Alquimia son prácticas de naturaleza química, lo que se hace es limitar su enseñanza completa. Un verdadero alquimista era, pues, al mismo tiempo, médico, astrónomo y astrólogo, filósofo, cabalista y químico, una real visión holística. Asimismo, los estudios eran serios y prolongados, y eran transmitidos, mediante iniciación, por un maestro, ocultándose cuidadosamente a los profanos. Junto con aquellos sabios herméticos aparecieron los charlatanes, que lo único que hicieron fue desacreditar a la Alquimia. Hemos hablado de la alquimia como una ciencia hermética. Pero también se habla de otra alquimia, la alquimia del espíritu y su desarrollo alquímico. Los Rosacruces mantienen, en diversas formas, diversos principios que van mas allá de lo puramente material. En el Evangelio de Juan se describe que Cristo alimentó a la multitud con panes y peces, que multiplicó milagrosamente. Esto simboliza la doctrina mística que sirvió para los dos mil años siguientes, ya que durante ese espacio de tiempo, el sol, debido a la precesión equinoccial, pasaba por el signo de Piscis.  La alquimia también puede ser tomada como el desarrollo y el perfeccionamiento personal y espiritual de cada persona. Pero, ¿cómo se transmitió esta tradición desde Egipto hacia Occidente?  Parece que los esenios, por una parte, y los gnósticos por la otra, fueron los únicos que guardaron las claves de la Ciencia Oculta. Gnóstico es un adjetivo que puede emplearse para referirse a algo que es perteneciente o relativo al gnosticismo, o bien para aludir a la persona que es seguidora de esta doctrina. La palabra gnósis significa ‘conocimiento’. El gnosticismo, como tal, es una doctrina con fundamentos en la filosofía y la religión, que mezcla las creencias cristiana y judaica con elementos de las tradiciones religiosas de Oriente, al mismo tiempo que comparte postulados esenciales del pensamiento filosófico de Platón. De allí que, por ejemplo, para los gnósticos, el bien se asocia al espíritu, mientras que la materia es el principio del mal.

 

Los esenios, asentados en Palestina y apartados de toda actividad política, fundaron sociedades secretas. En cambio, los gnósticos procuraron difundir sus enseñanzas abiertamente. Tras la libertad concedida para que se divulgaran las enseñanzas esotéricas, fueron escritos muchos tratados de Ciencia Oculta según las tradiciones de la Universidad egipcia. Estos tratados, que se remontan al siglo II de nuestra era, tenían como finalidad fundamentar la retentiva y ayudar a la transmisión oral. Había dos grandes clases de tratados:  Los que se ocupaban del mundo invisible, del alma y sus poderes, o sea de la Psicurgia; y los que se ocupaban de la aplicación de los poderes del alma a la Naturaleza, o sea, de la Teurgia y la Alquimia. De los primeros, que son principalmente filosóficos, poseemos algunos fragmentos, de cuya traducción se ocupó enteramente el escritor y poeta francés Louis Ménard (1822 – 1901). De los segundos, poseemos una enorme cantidad de tratados a los que puede denominarse propiamente obras de Alquimia. Se cree, de manera general, que la parte práctica del Ocultismo llegó a Europa a través de los árabes. Estos últimos introdujeron en Europa las ciencias, que ellos habían recibido de los gnósticos que quedaban en Egipto, mucho tiempo después de predicarse la Gnosis en Europa. Ahora bien, la Gnosis abarcaba una parte mágica. Recuérdense los milagros de Apolonio de Tiana, de Simón el Mago y de otros gnósticos célebres. La Alquimia representa, pues, la vía de transmisión de la Ciencia Oculta a través de Occidente. Apolonio de Tiana (3 a.C. – 971 d.C.) fue un filósofo, matemático y místico griego neopitagórico. Jacques Bergier, en su libro Los libros malditos (1971), dice esto: “El lector podría preguntarme de dónde he sacado la idea de que obras pertenecientes a civilizaciones muy antiguas se encuentren en la India. Esta idea no es nueva; fue introducida en Occidente por un personaje tan fantástico como Apolonio de Tiana […] Apolonio de Tiana impresionó mucho a sus contemporáneos y a la posteridad. Se atribuyen a Apolonio poderes sobrenaturales, que él mismo niega con la mayor energía. Es indudable que viajó a la India. Murió a una edad muy avanzada, más de cien años… Lo cierto es que Apolonio de Tiana afirmaba que existieron en su época, o sea en el siglo I d. C., en la India, libros extraordinarios y muy antiguos que contenían una sabiduría procedente de edades extinguidas, de un pasado muy remoto. Al parecer, Apolonio de Tiana trajo de la India alguno de estos libros, y conviene observar que, gracias a él, encontramos en la literatura hermética pasajes enteros de los Upanishads y de la Bhagavad-guita. […] Damis habla, en lo que nos queda de sus notas, de reuniones secretas, de las que él era excluido, entre Apolonio y los sabios hinduistas… También parece que estos recibieron a Apolonio como un igual, que le instruyeron y que le enseñaron más de lo que jamás habían enseñado a ningún occidental“.

 

La Alquimia constituye un importante aspecto de la Historia de la Ciencia, representativa de una cosmovisión holística, en la que la materia constituiría el reflejo de la manifestación del espíritu divino. La Alquimia representa un sueño quimérico expresado mediante bellos grabados, metáforas, simbolismos y alegorías, con sus peculiares jeroglíficos, que dieron lugar a una sorprendente variedad de riqueza pictográfica y literaria, que ha sido perpetuada por los más famosos pintores y escritores en todas las épocas. La Alquimia puede ser considerada como una memoria humanística de la Química, que se ha ido perdiendo por la acumulación de una serie de circunstancias y hechos. Lla alquimia constituye el puente de conexión más adecuado entre las Ciencias y las Humanidades. La dificultad histórica para comprender el significado de la Alquimia la atestigua el gran número de actitudes en pro y en contra de los alquimistas. La Alquimia y la Química representan dos temas bien diferenciados, aunque tienen muchas conexiones históricas, especialmente por lo que se refiere al estudio de la materia en la Naturaleza. Aunque está claro qué es la Química científica, no es posible establecer una delimitación clara entre la Alquimia y la Química, ya que ambas estuvieron entremezcladas durante siglos. El aspecto exotérico de la Alquimia es claramente una protoquímica cualitativa, aunque no es la única raíz de la Química, que ha de buscarse en las artesanías neolíticas y en la antigua Medicina y Metalurgia. Para una correcta interpretación de las vinculaciones entre la Alquimia y la Química resulta indispensable tener en cuenta la evolución histórica de la actividad y del pensamiento humano, según la ley de los tres estadios, de Auguste Comte, así como de los pilares sobre los que se sustenta la evolución de la Química y las proyecciones fundamentales de la Alquimia. La Ley de los tres estados es una teoría concebida por Auguste Comte en su obra Curso de filosofía positiva (1830 – 1842). Se afirma que la sociedad en su conjunto pasa por tres estados teóricos diferentes: el estado teológico, o ficticio; el estado metafísico, o abstracto; y, por último el estado científico, o positivo. El primero es un punto de partida necesario para la inteligencia humana; el segundo está destinado únicamente a servir como etapa de transición; y el tercero es su estadio fijo y definitivo;

 

La alquimia, tal y como se conformó a partir del Renacimiento, sirvió para un conocimiento y desarrollo espiritual que debería convertirse en el núcleo de la tradición cristiana. Sin embargo, a causa de diversas circunstancias, la alquimia acabó convirtiéndose en algo separado de la religión exotérica, como si lo interior y lo exterior trataran de realidades espirituales distintas. La alquimia se relacionó con la magia, la cábala, la mitología, la astrología, el tarot, el simbolismo, la numerología, las mancias (quiromancia, cartomancia, geomancia…), las videncias etc… Se la incluyó, en definitiva, como esoterismo y como algo completamente diferente de la religión. La Fama fraternitatis, publicado en el año 1617 por la Orden de la Rosacruz, y otros textos alquímicos del siglo XVII, se consideran como tratados próximos a las ciencias ocultas. Cuando el devenir de los descubrimientos científicos tomó un gran impulso, las enseñanzas de la alquimia se desvirtuaron y cayeron rápidamente en manos de falsos iluminados. Tanto fue así que el propio Johannes Valentinus Andreae (1586 – 1654), teólogo luterano alemán, que siguió los pasos de Johann Arndt (1555 – 1621), teólogo luterano alemán, y estuvo vivamente interesado en la alquimia, el misticismo y el teatro a lo largo de toda su vida. se desdijo de lo que había escrito. Con los manifiestos rosacruces y la edición de muchos de los textos de los grandes adeptos en el arte de la alquimia, se hizo público algo que debía ser secreto. La alquimia, tal como la concibió Teofrasto Paracelso (1493 – 1541), alquimista, médico y astrólogo suizo, asumió y ordenó un conjunto de conocimientos que eran ocultos. Muchos buscadores, ávidos de esoterismo, clasifican la alquimia, o arte de las transmutaciones, entre las ciencias ocultas, al mismo nivel que la astrología, la magia, la medicina, las artes adivinatorias, etc. En realidad la alquimia no es una de las ramas del esoterismo, sino su piedra angular. Teofrasto Paracelso y sus seguidores rosacruces emprendieron una reforma de la religión, utilizando la alquimia como referente principal. Pero, paradójicamente, no siempre se produjo el efecto deseado y, en muchos casos, la filosofía alquímica sólo sirvió para crear más confusión, pues muchos tomaron al pie de la letra y de modo exotérico lo que debía ser esotérico y secreto.

 

A principios del siglo  XVII la alquimia se proclamó universal. En la obra Fama fraternitatis se dice: «nuestra filosofía no es nueva, coincide con la que heredó Adán después de la caída y que practicaron Moisés y Salomón». Esta universalidad debería justificarse por el conocimiento de algo que la alquimia custodiaba y que era considerado como una sustancia universal. El traductor al inglés de la  Fama fraternitatis, Thomas Vaughan, también llamado Eugenius Philalethes, escribió mucho acerca de este algo que daría sentido a la alquimia y lo definió como sigue: «En términos claros, es esa sustancia que llamamos comúnmente la Primera Materia». La importancia que adquirió la alquimia en ciertos círculos intelectuales y espirituales de la época residía en la conciencia inequívoca de que el misterio de Dios, del hombre y la creación, no podía separarse del misterio de la Primera Materia. O dicho de otra manera, del lugar misterioso destinado a acoger este algo que constituía el núcleo secreto de la alquimia. Como otros muchos alquimistas, Eugenius Philalethes también lo avala: «No obstante, esta naturaleza cambiante de la que se habla, es la primera sustancia visible tangible que Dios ha hecho. En verdad es algo como la plata viva vulgar, aunque de un brillo trascendente celeste que no tiene parecido con nada en la Tierra. Esta sustancia excelente, es la hija de los elementos y es la virgen más dulce y pura, pues nada se ha generado de ella todavía». Los alquimistas, que recogieron el saber transmitido a lo largo de la historia, buscaban preservar este  algo que no puede ser exotérico. Conocer y, aún más, poseer la Primera Materia significaba experimentar lo santo y, por lo tanto, reformar una religión que estaba anquilosada en las formas externas. Podría decirse que para los seguidores de Paracelso la experiencia de lo santo se basaba en el conocimiento experimental del lugar interior y secreto donde se manifestaba ese algo o Primera Materia. El famoso oro resultante de la operación alquímica no era un oro vulgar sino santo, nacido en el lugar puro y oculto, tal como profetizó Isaías: «El mismo Señor os dará la señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emmanuel». La palabra hebrea que se traduce por virgen, almah , proviene de una raíz verbal que significa «estar oculto» o «estar velado». El mismo san Jerónimo lo confirma: «La palabra hebrea almah es ambigua: en efecto, significa “adolescente”, pero también “oculta”, es decir, “secreta”».

Los alquimistas denominaron nada a su Primera Materia, pues en ella todavía «nada ha nacido», aunque sea el origen de todos los nacimientos. Philalethes escribió: “Creo en Ramon Llull y, en la medida de mi fe, me preocupo por mi salvación. No quiero desvelar nada para que no pueda ser condenado. Pero si esto no te satisface, tú, quienquiera que seas, permíteme que te murmure unas palabras al oído, luego, lo pregonarás a bombo y platillo. ¿Sabes de quién y cómo procede este esperma o esta simiente que los hombres, a falta de otro nombre más adecuado, llaman Primera Materia?“. Un iluminado, que fue en su tiempo un miembro de esta Sociedad, escribió lo siguiente: «Dios incomparablemente bueno y grande creó algo de la nada, pero de este algo fue hecha una cosa en la que todas las demás fueron contenidas, tanto las criaturas celestes como las terrestres». Este primer «algo» fue una clase especial de nube condensada en agua, y esta agua es esa «cosa» única en la que todas las cosas están contenidas. Pero, ¿qué era esa «nada» de la que el primer algo fue creado. Es esa esencia trascendente cuya teología es negativa aunque fue conocida por la Iglesia primitiva, pero que ya ha sido olvidada hoy. Es aquella nada de Cornelio Agrippa, y cuando se encontraba cansado de las ciencias humanas, en esa nada tomaba finalmente reposo. Decía: «Conocer nada es la vida más feliz». Conocer esa nada constituye la vida eterna. Aprende pues a comprender este axioma mágico: «Lo visible fue hecho de lo invisible». A partir de los textos alquímicos clásicos podría deducirse que existen dos interpretaciones del oro: la de los alquimistas y la vulgar. La primera sería el producto de un conocimiento original mientras que la segunda lo sería del engaño. El ejemplo utilizado tradicionalmente para explicar la naturaleza del oro vulgar se basa en la leyenda del Rey Midas de Frigia, que gobernó en el período entre el 740 y el 696 a. C. Este personaje quería que todo cuanto tocara se convirtiera en oro y, gracias a que acogió al viejo sátiro Sileno, el preceptor de Dionisio, dios del vino, le fue concedido su deseo. Así, todo lo que tocaba, incluso la comida o la bebida, se convertía en oro, y éste fue precisamente el castigo a su codicia. El oro de los avaros sería un oro muerto, mientras que el de los alquimistas sería un oro vivo, como la savia que fluye en el interior de los árboles. Pero ese oro que fluye no puede mantenerse en vida y a la vez mostrarse al exterior. Su vitalidad es su interioridad o su santidad. Basilio Valentin, alquimista alsaciano del siglo XV, que según Philalethes fue el más excelente de los rosacruces y quien más penetró en los secretos de la naturaleza, tituló una de sus obras con el nombre de Azoth, o el medio para hacer el oro oculto de los filósofos. La palabra azoth designa el algo de la alquimia, que también es su nada.

 

Después de la publicación de manifiestos rosacruces, las propuestas de los seguidores de Paracelso se vieron desplazadas por las de las ciencias experimentales. Al mismo tiempo, la mayoría de quienes se consideraban continuadores de las enseñanzas originales de los rosacruces se perdieron en esoterismos extravagantes. El auge de la filosofía rosacruz y alquímica de principios del siglo XVII nació con el Renacimiento del siglo XV, pero se agotó pronto, cuando Europa apostó por otras vías. Las sociedades secretas, cuyo fin era la transmisión de algo de maestro a discípulo, se vieron convertidas en sociedades ritualistas, sin nada real para transmitir, con lo que el conocimiento de la Primera Materia quedó reducido a la repetición de unas imágenes simbólicas, sin ningún valor efectivo. Las aportaciones de Carl Gustav Jung (1875 – 1961), médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, procuraron encontrar un fundamento científico al conocimiento del espíritu, al margen del desorden del esoterismo ocultista del siglo XIX. En su búsqueda, Jung utilizó la alquimia, puesto que, según él, era la ciencia que unía sus descubrimientos psicológicos con la Antigüedad, pudiendo prescindir así del esoterismo decimonónico. Al comentar el vínculo entre su psicología de las profundidades y los primeros textos alquímicos, escribió lo siguiente: “Mi encuentro con la alquimia fue decisivo para mí, porque me proporcionó la base histórica de la que había carecido hasta entonces. Por lo que pude ver, la tradición que podría haber conectado la gnosis con el presente parecía haberse cortado, y durante mucho tiempo resultaba imposible encontrar algún puente que condujera desde el gnosticismo –o el neoplatonismo– al mundo contemporáneo. Pero cuando comencé a comprender la alquimia, me di cuenta de que representaba el vínculo histórico con el gnosticismo y de que, por consiguiente, existía una continuidad entre pasado y presente“.

 

Cuando Jung constató que existían relaciones persistentes entre las metamorfosis descritas en los libros de alquimia y los sueños de sus pacientes, dedujo que los símbolos de la Gran Obra eran una proyección sobre la materia de los arquetipos y de los procesos del inconsciente colectivo. Este descubrimiento confirmó su psicología de las profundidades, pero también sirvió para explicar ciertos fenómenos espirituales y, en definitiva, fue el inicio de un método de estudio de la relación entre alquimia y religión. Mircea Eliade (1907 – 1986), filósofo, historiador de las religiones y novelista rumano, quien utilizó las conclusiones de Jung para explicar el sentido del fenómeno religioso universal, escribió lo siguiente: “C. G. Jung ha demostrado que el simbolismo de los procesos alquímicos se reactualiza en ciertos sueños y fabulaciones de sujetos que lo ignoran todo sobre la alquimia; sus observaciones no interesan únicamente a la psicología de las profundidades, sino que confirman indirectamente la función soteriológica que parece constitutiva de la alquimia“. Es importante el conjunto de aportaciones de Jung, no solamente a partir de la obra de Eliade, sino también y de forma más explícita con la obra de Henry Corbin (1903 – 1978), islamólogo y filósofo francés, relevante por haber sido el introductor del filósofo Heidegger en Francia. El conocimiento hermético del que eran depositarios los egipcios fue recogido por los hebreos. Numerosos pasajes de la Biblia, sobre todo el Pentateuco de Moisés, lo atestiguan. Por otra parte, también los griegos se nutrieron de la sabiduría egipcia, adecuándola a su civilización y a sus divinidades y sirviendo de transmisores de sus misterios. Más tarde, basados en las fuentes griegas y en las egipcias, los sabios doctores del Islam volvieron a actualizar y transmitieron de nuevo el conocimiento hermético. Fue, finalmente, a través de los hebreos, griegos y árabes, como llegó a tierras europeas, donde volvemos a encontrarlo entre los alquimistas medievales, más o menos intacto, hasta finales del siglo XVIII. No es tampoco desdeñable el papel ejercido por algunos padres de la Iglesia en esta misteriosa transmisión. Durante la Edad Media aparecerán una serie de alquimistas cristianos que compararán la Gran Obra con la vida de Jesucristo. Con todo, los elementos más importantes de la filosofía hermética proceden, en su mayoría, de los griegos y de los egipcios.

 

Nos encontramos con que existen pocos datos de los comienzos de la alquimia india y, además, están poco claros. Pero el estar poco claros no quiere decir que no existiera una larga tradición. También podemos interpretarlo como una tradición tratada con sigilo a través de las generaciones. El Artha-shastra es un antiguo tratado indio acerca del arte de gobernar, la política económica y la estrategia militar. Fue escrito en el siglo IV a. C. por Kautilia o Visnú Gupta, que tradicionalmente se identifica con Chanakia Pandit (350 – 283 a. C.), que era un erudito pakistaní de Taksila y más tarde fue primer ministro del Imperio mauria. Nos encontramos que en el Artha-shastra ya se describen con precisión y de forma muy extensa los trucos de los falsificadores de oro. Existe una afirmación de que la alquimia llegó a la India a raíz de los contactos que se establecieron con la cultura árabe, después de las expediciones de conquista a partir del siglo VIII. Pero los estudiosos afirman que mas bien hay que pensar en influencias chinas. El viajero árabe Al-Biruni (siglo XI) menciona como alquimistas indios mas importantes a Vyadi y a Nagarjuna. De modo parecido a la alquimia china, la meta de la alquimia india es la fabricación de drogas que proporcionen la Vida Eterna y de remedios milagrosos contra las enfermedades. Entre los materiales utilizados por los alquimistas, el mercurio (en sánscrito, “Rasa“) ocupa un lugar muy especial. Se le denomina “príncipe de los jugos“, y según los alquimistas indios su ingesta limpiaba y purificaba el cuerpo. La base de la alquimia india es la teoría de los elementos: aire, fuego, agua y tierra, a los cuales se les añade como quinto elemento el éter. Estos elementos estaban disponibles, según ellos, desde un buen principio o se habían formado progresivamente a partir de lo que ellos denominaban el protoespiritu o Atman, o de la protomateria o prakriti. El proceso de creación se plantea como la formación de los elementos materiales a partir de elementos etéreos. Todas las materias existentes, resultado de las mezclas de estos elementos, se clasifican según el elemento dominante. Así los minerales, sales, etc. son sustancias de agua; el humo sustancia de fuego; y los gases sustancias de aire. El éter es el considerado como el vacío de un cuerpo en el que se mueven las partes o partículas mas pequeñas de los elementos.

 

En la antigua Alejandría, uno de los centros mas importantes de la alquimia griega, había muchos judíos que trabajaban como orfebres y plateros. Zósimo, historiador griego pagano de finales del siglo V d. C. y primeros del VI, cuenta que muchos de ellos se dedicaban a la magia y la demonología. A una alquimista judía muy conocida, llamada Maria la Juadia, de la que ya hemos hablado, y que parece vivió en el siglo I d.C., aparece citada muy a menudo en la literatura y textos alquímicos. Se le atribuyen entre otras cosas descubrimientos importantes, tales como por ejemplo un horno, con cuya ayuda se podía hacer pasar cuerpos sólidos al estado liquido y separar las partes volátiles de las que no lo son. Entre la Alquimia y la Cábala, términos casi sinónimos desde el siglo XVII, no existe realmente ningún tipo de relación. La alquimia aplicada se dedica a la transmutación de metales innobles en oro, que representa la alquimia especulativa y el símbolo de la transmutación interna y la ultima perfección. En la Cábala el símbolo del estado de perfección es la plata, que simboliza el lado derecho, de lo masculino y del amor, mientras que el oro simboliza el lado izquierdo, lo femenino, y el rigor. Por esta razón, resulta comprensible que en círculos cabalísticos, nunca se practicara la alquimia. Tampoco se encuentran en los libros y manuscritos hebreos, instrucciones y practicas relacionadas con la famosa y arcana Obra Magna. Aunque si se encuentran esporádicamente símbolos y motivos alquímicos en los textos cabalísticos, cuya interpretación correcta, demuestra la incompatibilidad mas absoluta entre la Cábala y la Alquimia. Concretamente en el conocido libro del Zohar encontramos este texto: “El oro supremo es el que brilla y reluce en los ojos; y quien se une a el, cuando viene al mundo inferior, lo esconde dentro de si, y por eso, también es el oro escondido; el oro de la tierra, es el oro inferior, y es mas fácil de percibir“. El interés de la alquimia se vio incrementado durante las Cruzadas, cuando Occidente al contactar con el Oriente, se familiarizó con un gran numero de materias oloríferas procedentes del Lejano Oriente, para cuya elaboración eran necesarios conocimientos alquímicos. De esta manera podríamos decir que llegamos a lo que los estudiosos consideran la Alquimia Medieval, que tuvo un gran desarrollo y un gran auge.

 

En la Alquimia Medieval podemos distinguir tres fases. El Primer Periodo (1200 – 1300) se basó en un tiempo en que la alquimia era una actividad manual que demostraba su utilidad a través de la coloración de metales, haciendo creer que se trataba de transmutaciones. La parte teórica de la transmutación de metales se trataba de manera extensa en un libro singular denominado Mineralogía, atribuido a Alberto Magno (1193 – 1280), sacerdote, obispo y doctor de la Iglesia, así como un destacado teólogo, geógrafo, filósofo y figura representativa de la química y, en general, de la ciencia medieval.. En este libro casi mágico en aquellos tiempos, se trataba, de manera exhaustiva, toda clase de procedimientos que maravillaban a la gente instruida, y en ningún momento estos conocimientos llegaron al gran público, ignorante e inculto. El Segundo Periodo (1300 – 1600) se caracterizó por un gran auge de personas cultas que se interesaron por la Alquimia y sus grandes perspectivas. Así Basilius Valentinus, alquimista del siglo XV, nacido en Alsacia, y Thomas Norton (1433 – 1513), alquimista y poeta inglés, se destacaron en la tarea alquímica, tanto teórica como prácticamente. El trabajo se basaba y centraba en la obtención de la Piedra Filosofal, con cuya ayuda se esperaba poder fabricar el maravilloso y singular oro, materia muy deseada por los Príncipes. También la búsqueda de una medicina universal que no solo curara enfermedades, sino que también diera la Vida Eterna, puso a la Alquimia en estrecho contacto con la Medicina. El representante mas importante de ese grupo de hombres fue Paracelso. Significativa para la fase final de este periodo es la situación que vive la Alquimia por la incorporación del simbolismo cristiano. Ya que a partir de entonces se entra en un periodo en que la totalidad de la doctrina cristiana se interpretara en función de la Alquimia o se utilizara como símbolo para los procesos y manifestaciones alquímicas. Incluso se llegó a identificar la Piedra Filosofal con Jesucristo, el cual salvó y cambió al mundo con su muerte.

 

El Tercer Periodo (siglo XVII y posteriores) se basó en la famosa revolución científica del siglo XVII, merced a la cual se separó de manera definitiva la alquimia aplicada de la teórico- especulativa. Este siglo tiene una especial significación con la aparición de los Rosacruces, los que en sus herméticos círculos, continuaron con el estudio y desarrollo de la forma esotérica de la Alquimia. El Corpus Hermeticum es una colección de 24 textos sagrados escritos en lengua griega que contienen los principales axiomas y creencias de las tendencias herméticas. En ellos se trata de temas como la naturaleza de lo divino, el surgimiento del Cosmos, la caída del Hombre del paraíso, así como las nociones de Verdad, de Bien y de Belleza. Según la tradición, el Corpus fue redactado por Hermes Trismegisto. El Corpus Hermeticum traducido al latín por Marsilio Ficino (1433 – 1499), sacerdote católico, filólogo, médico y filósofo renacentista italiano, influyó muchísimo en la alquimia en sus comienzos. En realidad contenía modelos para superar la filosofía natural cristiano-escolástica, y de forma progresiva, el racionalismo y el experimentalismo se desembarazaron de los elementos ocultos contenidos en estos modelos conceptuales. A mediados del siglo XIX, la Alquimia tuvo una corta época de esplendor en la medicina cuando médicos famosos y doctos como Johann Gottfried Rademacher (1772 – 1850) y Gottlieb Latz (1818 – 1880), buscaron un medio de curación universal, apoyándose en la famosa tradición paracelsica. Die Alchemie (La Alquimia), escrita en 1869 por Gottlieb Latz, es una de las ultimas obras de la alquimia especulativa y contiene una interpretación abismal de la famosa y hermética Tabula Smaradigna (Tabla de Esmeralda). La Tabla de Esmeralda es un texto breve, de carácter críptico, atribuido al mítico Hermes Trismegisto, cuyo propósito es revelar el secreto de la sustancia primordial y sus transmutaciones. Aquí llegamos ya a uno de los supuestos últimos activistas alquímicos, como el pintor francés Julien Champagne, que se cree es quien se esconde detrás del misterioso nombre de Fulcanelli, que dio mucho que hablar a raíz de sus intrigantes obras, en especial a la construcción y génesis de las catedrales. Jacques Bergier, en su libro El retorno de los brujos, menciona que Fulcanelli y otro alquimista se dedicaron a visitar a los más conocidos físicos nucleares entre las dos Guerras Mundiales. Ambos describieron somera pero muy gráficamente en qué consistía un reactor nuclear y advirtieron de los peligros de las sustancias subproductos de las reacciones. Esto pasó sin mayores atenciones respecto de los científicos hasta que Fermi logró la primera reacción en cadena. Alguno de los visitados recordó, entonces, la conversación mantenida con alguno de los dos supuestos alquimistas y comunicó la historia a los servicios de inteligencia correspondientes. Inmediatamente los servicios aliados comenzaron la búsqueda de ambos personajes, sin éxito.

 

En Alemania, el alquimista Franz Tausend (1884 – 1942) llegó a afirmar en la década de 1920 que podía fabricar oro. Y escribió un famoso libro alquímico: 180 elementos, su peso atómico y su clasificación en el Sistema Armónico-Periódico, publicado en 1922. Incluso consiguió fabricar 1 gramo de oro en la Casa de la Moneda Bavara, bajo control y vigilancia rigurosos. A raíz de ello se le condenó por fraude y según parece fue asesinado después de su excarcelación, supuestamente debido a sus contactos con dirigentes nazis. Pero hay dudas sobre si fue verdaderamente asesinado o se le hizo continuar sus estudios por parte de Hitler y los nazis. En el concepto de gnosis se parte de la hipótesis de que el hombre posee un núcleo divino, rodeado por un envoltorio material, es decir la materia, y que aspira a la salvación. El hombre es a la vez un dios que puede salvarse a si mismo. El principal deseo de la Alquimia Medieval, la transformación del hombre y su ennoblecimiento tienen origen gnóstico. Así los numerosos hallazgos de textos originales gnósticos que no fueron redactados por autores cristianos, por ejemplo los famosos Manuscritos de Nag Hammadi, son un claro indicio de que la alquimia era un tipo de curación gnóstica, cuya tradición prosiguió de manera ininterrumpida hasta la época moderna. Los Manuscritos de Nag Hammadi, también conocidos como los Evangelios Gnósticos, son una colección de textos, en su mayor parte adscritos al Cristianismo Gnóstico Primitivo, descubiertos cerca de la localidad de Nag Hammadi, a unos 100 km de Luxor, en el Alto Egipto, en diciembre de 1945. Doce códices de papiro encuadernados en piel, y los restos de un décimo tercero, cuidadosamente guardados en una jarra de cerámica sellada y escondidos en unas grutas próximas, en el macizo montañoso de Jabal al-Tarif, fueron encontrados casualmente por un campesino llamado Muhammad Alí al-Samman. Fueron escritos en copto entre los siglos III y IV. El más conocido de los manuscritos, el Evangelio de Tomás, contiene traducciones de textos que ya estaban presentes en el Papiro 1 de Oxirrinco, fechado en el año 250. El hallazgo de la Biblioteca de Nag Hammadi en 1945 constituye, junto con los Manuscritos de Qumrán, el más grande descubrimiento de textos antiguos de la Edad Contemporánea. Los códices de Nag Hammadi se encuentran en la actualidad en el Museo Copto de El Cairo, Egipto. Junto con la gnosis, el hermetismo también dejó huella en la alquimia. Esta corriente se basa en misteriosos escritos, como los Corpus Hermeticum, posiblemente inspirados en Hermes Trimegisto, el considerado “Tres Veces Grande“. Contienen conocimientos ocultos sobre astrología, magia, mística, etc.

Estos escritos, algunos de los cuales se remontan al Siglo I a.C., son los que han creado un estrecho vinculo entre la alquimia y la astrología, la magia y el simbolismo secreto. Y es que ante todo, se le atribuye al hermetismo, sobre todo a la Tabla de Esmeralda, el que se resuma la totalidad de conocimientos sobre la Alquimia. En realidad estos textos están considerados como los textos básicos de la alquimia esotérica. La edición de la Tabla de Esmeralda que se conoce actualmente se basa en una muestra árabe del siglo XII, la cual se entronca y se basa a la vez en fuentes greco-alejandrinas de los primeros siglos después de Jesucristo. El máximo representante de esta alquimia, Zósimo de Panópolis, alquimista griego de finales del siglo III y comienzos del IV, describe la idea interior del ennoblecimiento de la alquimia como una visión en la que el cuerpo, liberado de la carne, se convierte en espíritu y se asocia gradualmente con el alma de Dios. Los alquimistas griegos posteriores se dedicaron principalmente a dar realce teórico a estos principios alquímicos. La Alquimia, aun muy débil en su parte practica, obtuvo nuevos impulsos después de la conquista de Egipto por los Árabes en el siglo VIII. Los árabes se interesaron especialmente por la parte útil de la Alquimia, mejorando las técnicas de laboratorio, como por ejemplo el proceso de destilación, inventando entonces el alambique, que era un medio de destilación precursor de la retorta. Esta nueva técnica pudo utilizarse para la fabricación de aceites esenciales. Los conocimientos teóricos de los árabes sobre alquimia se han transmitido en un compendio de obras desde Jabir Ibn Hayyan. Abu Mūsa Ŷābir ibn Hayyan (721 – 815), conocido también como Geber, es considerado el máximo alquimista de origen árabe por haber sido el primero en estudiar la alquimia de forma científica, cambiando así el significado de esta práctica. A pesar de conocer la existencia de los elementos químicos, Ŷabir ibn Hayyan prefería clasificarlos como “sustancias“. Esto se debe a que a la vez apoyaba la teoría de los Cuatro Elementos (Agua, Fuego, Tierra y Aire). Ŷabir adopta inicialmente la existencia de cuatro naturalezas : el calor, la humedad, la frialdad y la sequedad. Dichas naturalezas se unen con la sustancia y de esta unión nacen los compuestos de 1° Grado, es decir lo caliente, lo húmedo, lo frío, y lo seco. A su vez, estos compuestos van a producir los elementos. Este hombre vivió en el siglo VIII y se le considera miembro de una secta mística islámica. Posteriormente la Alquimia se extendió a Europa a través de España.

 

En la transmutación de los metales, objetivo primordial de todo alquimista y en general de los Ocultistas, el objetivo primordial es el “perfeccionamiento”. Y así, a través de los libros ocultistas, junto al hallazgo de la Piedra Filosofal, la transmutación de los metales, y muy particularmente la conversión de un metal en oro o plata, es lo que mas distingue a los objetivos de todas las sociedades mas o menos secretas. Los principios de la alquimia entre los Rosacruces se refieren en primer lugar a la naturaleza de los metales. Los metales, según estos principios, no son en sí mismos sino fósforo ligado a una tierra compactada, análoga al talco, que es el mas blando de los minerales. Cuanto mas fósforo contenga un metal, tanto mas noble será. El oro, la plata y el platino contienen un máximo de fósforo y su tierra es la que encierra un máximo de fuerza compactante. La diversidad de metales depende de la diversidad de la cantidad de fósforo que contenga cada uno y la forma y el color se deben asimismo a esta condensación. Por esto, el fósforo puede ser simplemente el único disolvente de los metales por ser la parte vinculada a los mismos, y por su mediación todos los metales pueden ser disociados y otra vez reconstituidos. Todos los metales poseen los mismos elementos fundamentales, sin que se diferencien mas que por la proporción de los mismos. Y las sustancias pueden transformarse por medio del cambio de las proporciones de sus elementos constitutivos. Aunque para esa transformación se precisa una disolución radical. Llega un momento en que se produce lo que se denomina Disolución Radical, que consiste en la interpenetración, es decir que tanto la sustancia constitutiva como el agente de la solución penetren bien al objeto a disolver. Si esta penetración no es perfecta no hay Disolución Radical. Y así se llega a la disolución del oro. Toda la transmutación de los Antiguos consistía en que la tierra pura, el alma, lo interno, atrajera al fósforo, bañándose en ese metal puro, uniéndose a lo puro y rechazando lo impuro.

 

Dentro de las cosas se considera que existe una sustancia pura, ígnea, sulfúrica e incombustible que, siendo fija se llama Luz de Fuego, que es bastante irregular en su comportamiento. En realidad, es una sal interna que posee una fuerza que “cambia” las formas, coloreándolas y penetrándolas. Esta fuerza penetra a todos los metales, los forma radicalmente, se une a los mismos indisolublemente y los transforma en otro metal, y así incluso los mismísimos diamantes son fundidos como el agua por esta sal. A esta sal se la denomina “El verdadero Bálsamo de Azufre“. Esta sal, en todos los pueblos de la tierra y en todas las religiones, se considera sagrada. Pero la descalificación generalizada de la Alquimia en relación con la Química experimental se inicia en el período de mediados de los siglos XVII-XVIII, con  los químicos Robert Boyle, Étienne François Geoffroy, Hilaire-Marie Rouelle, Nicolás Lemery, etc.,  fue continuada por la mayoría de los químicos del siglo XIX. Fue denostada como pseudociencia, propia de embaucadores y charlatanes. En el siglo XIX aparecen diversas  interpretaciones espiritualistas de la Alquimia, que presta atención secundaria al aspecto experimental de la misma, despreciando su vinculación con el estudio de la materia, único aspecto que presenta especial importancia en relación con la Química. El estudio riguroso de la Alquimia comenzó hacia mediados del siglo XIX, a través de las importantes monografías de Ferdinand Hoefer, Hermann Franz Moritz Kopp, Marcellin Berthelot, manteniendo en general, con excepción de Hoefer, una actitud peyorativa, esencialmente positivista, hacia la Alquimia en relación con la Química. Habría que esperar hasta el primer tercio del siglo XX para que se produjese un cambio sustancial en el enjuiciamiento de la Alquimia, cuya dimensión holística ha sido debidamente comprendida y valorada gracias a la atención creciente que dicha temática ha recibido por parte de un gran número de investigadores, utilizando metodologías historiográficas rigurosas y analizando minuciosamente el contenido de un gran número de textos alquímicos tradicionales, A partir de Paracelso y hasta finales del siglo XVIII, las  definiciones de alquimia y química son prácticamente coincidentes, según se desprende de investigaciones recientes. En el confusionismo derivado del empleo indiscriminado de ambos términos radica una de las mayores dificultades que impiden diferenciar claramente entre Alquimia  y Química. En opinión de  Newman antes del siglo XVII ambos términos eran sinónimos. Sólo a partir del siglo XVIII la alquimia transmutatoria comenzó a segregarse claramente de la química experimental,  sin perjuicio de que se mantuviese con frecuencia un cierto solapamiento entre ambas.

 

Una nítida separación entre ambas materias se produce al final del siglo XVIII, con el advenimiento de la revolución química protagonizada por Lavoisier, que marca un claro punto de inflexión de la acelerada decadencia de la Alquimia junto con la aurora de la química científica. Antoine-Laurent de Lavoisier (1743 – 1794) fue un químico, biólogo y economista francés, considerado el creador de la química moderna por sus estudios sobre la oxidación de los cuerpos, el fenómeno de la respiración animal, el análisis del aire, la ley de conservación de la masa o ley Lomonósov-Lavoisier, la teoría calórica y la combustión, y sus estudios sobre la fotosíntesis. Se ha prestado mucha atención a la  decadencia de la Alquimia y al significado  integral de la revolución química, en base a la interpretación de una  serie de factores determinantes, tanto de tipo metodológico como filosófico, habiéndose formulado muchas opiniones al respecto. Según Paracelso la finalidad de la Alquimia la constituía la aceleración y el perfeccionamiento de la Naturaleza, la purificación de sustancias, la extracción de principios activos y la preparación de medicamentos. La idea de imitar, perfeccionar y acelerar procesos naturales a través de la práctica alquímica constituye un objetivo común de la Alquimia en los dos siglos siguientes, planteándose interesantes discusiones de tipo filosófico en relación con los productos naturales y artificiales. Para Daniel Sennert (1572 – 1637), físico, químico y alquimista alemán, la Alquimia sería un arte práctico, no una disciplina teórica, que implicaría la  habilidad de combinar y separar sustancias para la preparación de medicamentos y para llevar a cabo la transmutación metálica. Significativamente, a partir del siglo XVIII, prácticamente todas las definiciones de la Química se centran en el análisis y síntesis de sustancias. Al igual que en la Filosofía, la Religión, la Ética y la Medicina, también en la  Alquimia y en la Química tiene especial importancia una dialéctica dualística de oposiciones o contrarios, con  las  debidas salvedades conceptuales.

 

La transmutación metálica constituye un aspecto fundamental de la Alquimia en toda época. Es común a todas las culturas y uno de los temas más fascinantes y sugestivos en la Historia de la Ciencia, que fue muy positivo a través de los siglos para incrementar el conocimiento empírico de la materia y que, al mismo tiempo, constituyó el mayor obstáculo para la introducción de la Alquimia como enseñanza universitaria desde tiempos escolásticos. También constituyó el argumento fundamental para su descalificación sistemática a partir del siglo XIX en los medios académicos, de donde se derivó la generalizada, peyorativa y simplicista apreciación de la Alquimia, que ha prevalecido hasta épocas recientes. La base doctrinal de la transmutación metálica está íntimamente relacionada con diversas teorías místicas, metafísicas, astrológicas y vitalistas de los metales sobre las que se basaron los intentos experimentales. El atractivo de tal empresa, íntimamente ligada a la búsqueda del disolvente universal y de la Piedra Filosofal, fue de tal magnitud que incluso reputados científicos del siglo XVII, de la talla de  van Helmont, Boyle, Newton, Lémery, Homberg , etc. se afanaron durante décadas en su búsqueda, llevando a cabo abundante experimentación de laboratorio, mantenida en secreto por razones de prestigio científico. La búsqueda por el hombre de la transmutación metálica se remonta a épocas mesopotámicas, védicas, alejandrinas y de la antigua China, en que ya se manifestó la intención de elaborar elixires transmutatorios de diverso tipo, tanto herbóreos como metálicos, que posteriormente cristalizó en uno de los sueños de la Alquimia, la crisopeya, que es el arte con que se pretendía convertir los metales en oro en la antigüedad. Curiosamente, este empeño no desapareció totalmente a lo largo del siglo XIX, pródigo en el descubrimiento de nuevos elementos químicos. Incluso en el siglo XX resultaba aún posible hallar a alquimistas.  Sin embargo, sería necesario esperar hasta mediados del siglo XX a que, como consecuencia de los progresos de la Física de Altas Energías o de partículas, dicho empeño llegase  a materializarse. La búsqueda de una “teoría final”, que explique con una gran ecuación todos los fenómenos del Universo, ha ocupado la mente de muchísimos físicos, entre ellos, Albert Einstein. La Física de altas energías explora los bordes del conocimiento buscando nuevas ideas y hechos experimentales que nos encaminen hacia ese objetivo. La física de partículas es la rama de la física que estudia los componentes elementales de la materia y las interacciones entre ellos. Las partículas fundamentales se subdividen en bosones, que son las responsables de transmitir las fuerzas fundamentales de la naturaleza, y fermiones, otro de los dos tipos básicos de partículas elementales que existen en la naturaleza. Se conoce a esta rama también como física de altas energías, debido a que a muchas de estas partículas solo se les puede ver en grandes colisiones provocadas en los aceleradores de partículas.

 

Fuentes:

  • H.P. Blavatsky – La Alquimia en el Siglo XIX
  • Roger Bacon – Espejo de Alquimia
  • J.A. Pérez-Bustamante – Alquimia
  • Gérard Anaclet Vincent Encausse (Papus) – Alquimia
  • Guillermina Martín Reyes – Alquimia y Química
  • Guillermina Martín Reyes – Breve historia de la alquimia
  • Serge Hutin – Historia de la alquimia
  • Eugene Canseliet – La alquimia explicada
  • Jolivet Castelot – Teorias modernas de la alquimia
  • Saulo Ruiz Moreno – El rastro del dragón. La naturaleza tras el símbolo en Alquimia, Mitología y Cristianismo
  • José Ignacio Velasco Montes – Magia, alquimia y medicina en el Antiguo Egipto
  • Luis Enrique Iñigo Fernández – Breve historia de la alquimia
  • Raimon Arola – Alquimia y Religión: Los símbolos herméticos del siglo XVII
  • Marcelin P. E. Berthelot – Los orígenes de la alquimia
  • Juan Ignacio Cuesta Millán – El secreto de los alquimistas
  • Miguel López Pérez – Historia del oro potable: La búsqueda alquímica de la vida eterna
  • Luis Silva – Alquimia. Tras la piedra filosofal
  • Robert Ambelain – Alquimia espiritual
  • Alexander Roob – Alquimia Y Mística
  • Valentín Andreae – Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz
  • Fulcanelli – El misterio de las catedrales
  • Arash Arjomandi – La alquimia filosofal: En busca de una teoría unificada de la verdad
  • Siro Arribas Jimeno – La fascinante historia de la alquimia descrita por un científico moderno
  • Jack Lindsay – The Origins of Alchemy in Graeco-Roman Egypt
  • Ethan Allen Hitchcock – Remarks Upon Alchemy and the Alchemists
  • Titus Burckhardt – Alchemy: Science of the Cosmos, Science of the Soul
  • Lawrence Principe – The Secrets of Alchemy

febrero 28, 2018 - Posted by | Ciencia, Egipto, Historia oculta, India, Metafísica, Otras ant. civil.

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