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Antiguas civilizaciones y enigmas

Los virus, este misterioso enemigo invisible


El sorprendente descubrimiento del ADN del virus de la viruela en el cuerpo momificado de un niño, que murió en el siglo XVII, podría ayudar a los científicos a rastrear la misteriosa historia de este agente patógeno mortal. Especímenes de este virus existen solamente en congeladores protegidos en algunos laboratorios secretos, después de la erradicación de la imagen-2infección a fines de la década de 1970. Pero los orígenes de este virus permanecen desconocidos, por lo que el descubrimiento del ADN viral en la piel de un cuerpo momificado, encontrado en una cripta bajo una iglesia de Lituania, podría ayudar a conocer los orígenes de esta enfermedad infecciosa. Este hallazgo fue publicado en la revista científica estadounidense Current Biology, que es una revista científica que cubre todas las áreas de la biología, especialmente biología molecular, biología celular, genética, neurobiología, ecología y biología evolutiva. La secuencia del ADN de este antiguo agente patógeno indicaría, entre otras cosas, que la infección apareció entre los humanos más recientemente de lo que se pensaba, además de revelar también que ese virus ha sufrido varias mutaciones. “Hay indicios de que momias egipcias de 3.000 a 4.000 años de antigüedad tenían marcas que parecían de pieles dañadas, interpretadas como resultantes de pústulas características de la viruela. Este último descubrimiento cuestiona verdaderamente esta interpretación y hace pensar que la historia de la viruela en poblaciones humanas podría ser inexacta“, explicó la bióloga y doctora en genética evolutiva, Ana T. Duggan, de la Universidad McMaster, de Canadá, principal autora del trabajo.

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Unos científicos reconstituyeron el genoma completo de la cepa encontrada en el cuerpo momificado y lo compararon con aquellas muestras del virus de la viruela que datan de mediados del siglo XIX, así como con el periodo precedente a la erradicación de la infección, a fines de la década de 1970. Los científicos concluyeron que estos virus tenían un ancestro viral común que apareció entre 1588 y 1645, lo que coincide con un periodo de viajes de exploración, de migraciones y de colonización, que podrían haber contribuido a la propagación de la viruela en el mundo. Por lo tanto, según los científicos, los egipcios de la época de Ramsés quizás no sufrieron la viruela, sino solamente la varicela o el sarampión. Además, la reconstitución del genoma de este antiguo virus del siglo XVII aportó una datación más precisa para la evolución de la enfermedad. Los investigadores pudieron, de este modo, identificar distintos periodos de evolución del virus. De este modo, citan un ejemplo claro que se produjo hacia la época en que Edward Jenner (1749 – 1823), físico y científico inglés, que fue el pionero de la vacuna contra la viruela, produjo la primera vacuna del mundo. Creó su vacuna contra la viruela en el siglo XVIII. Durante ese periodo, el virus aparentemente se dividió en dos cepas, lo que sugiere que la vacunación pudo ejercer una presión sobre el agente patógeno, a fin de que pudiera adaptarse.

¿Podrían los microorganismos como virus o bacterias ser inteligencias extraterrestres? Si fuera así, ellos serían realmente los que gobernarían la Tierra. El investigador en inteligencia artificial, Hugo De Garis, ha planteado que, tal vez, antiguas civilizaciones de otros mundos pudieron haber aprovechado los poderes computacionales de la materia subatómica diseminándose en los elementos para formar una compleja red de tecnología viviente, la cual sería mucho más eficiente que una hipotética colonización de planetas usando naves espaciales. A esta idea, De Garis la describe como “tecnología extraterrestre atómica” y piensa que es una solución a la llamada Paradoja de Fermi sobre dónde están todas las civilizaciones no-humanas. La Paradoja de Fermi es la aparente contradicción que hay entre las estimaciones que afirman que hay una alta probabilidad de que existan otras civilizaciones inteligentes en el universo observable, y la ausencia de evidencia de dichas civilizaciones. Según De Garis es posible que los alienígenas no estén viviendo en planetas, sino en el interior de los átomos: “Tal vez deberíamos de estar buscando dentro de las partículas elementales, ya que estas criaturas activadas a estas escalas diminutas operarían mucho más rápido, con mayor densidad y con niveles de desempeño superiores. Quizás necesitamos cambiar de paradigma, del espacio exterior al espacio interior. Las hiperinteligencias que tienen miles de millones de años más que nosotros en nuestro universo, probablemente se han reducido para alcanzar mayores niveles de rendimiento. Civilizaciones enteras podrían estar viviendo dentro de volúmenes del tamaño de un nucleón o más pequeños”. Nuestra actual nanotecnología tal vez nos muestra lo que hicieron seres extraterrestres en otro tiempo. Y los virus podrían ser un ejemplo de ello.

El origen de los virus que provocan algunas terribles epidemias podría estar en el espacio exterior. Ésta es la original hipótesis que plantearon dos prestigiosos astrónomos, el británico Fred Hoyle y el británico de origen cingalés Chandra Wickramasinghe. Se basaba en la más que curiosa coincidencia entre los ciclos solares, que duran once años, y la aparición de algunas epidemias víricas. Según estos investigadores, las epidemias más fuertes de gripe se producen tras los momentos de mayor actividad solar. La explicación a esta aparentemente absurda correlación sería, a juicio de Hoyle y Wickramasinghe, que en torno a la Tierra se concentran restos procedentes de los cometas, entre los que habría compuestos orgánicos, incluidos los propios virus. En los momentos de mayor actividad del Sol, la radiación de partículas cargadas procedentes del mismo, el llamado viento solar, sería mas intensa y arrastraría hasta las capas altas de la atmósfera terrestre ese polvo cósmico, cargado de virus. Los autores de esta singular teoría, que sigue suscitando controversia entre los científicos, aventuran que la famosa epidemia de gripe de 1918 podía ser un buen ejemplo de esta lluvia cósmica, pues los primeros casos aparecieron de forma prácticamente simultánea en lugares tan alejados como la India y Boston, en Estados Unidos.

Samuel Sánchez, investigador catalán del instituto Max Planck, nos dice: “Hemos creado nanorobots que podrían combatir el cáncer desde dentro del cuerpo. Los nanorobots son diminutos artilugios que se mueven por sí mismos en un fluido, que pueden reaccionar a estímulos, que podemos dirigir, pero que una vez que lleguen donde tengan que llegar la idea es que puedan hacer algo provechoso, porque si no, no servirían de nada. Ahora mismo podemos, in vitro, dirigirlos a células cancerígenas, podemos mover otro tipo de células y sacarlas de donde estén, mover fármacos. Hemos creado nanorobots que podrían combatir el cáncer desde dentro del cuerpo…. Personalmente, creo que en 3 ó 5 años deberíamos empezar a hacer estudios, no todavía en humanos, pero sí en, por ejemplo, animales, algo más real. Pero si hablamos de cuánto tarda un producto farmacéutico en llegar al mercado, pues son veinte años mínimo. Hay que tener paciencia…. Los nanorobots son tan pequeños como las bacterias, miden entre cinco y diez micras. Ahora estamos haciendo algunos tan diminutos como los virus, que son del tamaño de decenas de nanómetros. Para hacer los de tamaño de micras, utilizamos fotolitografía, deposición de capas finas y una técnica que llamamos enrollado de capas finas“. Si nosotros ya estamos iniciando la investigación de nanorobots del tamaño de un virus, ¿no podemos pensar que inteligencias mucho más evolucionadas no pudieron en el pasado haber creado los virus? Tal vez los mismos que crearon a los seres vivos, entre los que nos contamos. Quizás sirve como un mecanismo a activar cuando se desee controlar la vida en la Tierra.

En el mundo de los microorganismos, los virus se cuentan entre los especímenes más interesantes, pues existen en el límite entre la que consideramos materia viva y la materia no viva. Estos virus son autosuficientes sólo parcialmente y están vivos sólo en un sentido limitado. Uno de los misterios más interesantes en nuestro mundo tienen que ver con el surgimiento de la vida y la capacidad de un espécimen, antes inerte, de comenzar un proceso de replicación acelerada que, mediante la evolución, llevaría a las características actuales del mundo. Pero, ¿qué entendemos por vida? El término vida, desde el punto de vista biológico, hace referencia a aquello que distingue a los reinos animal, vegetal, hongos, protistas, arqueas y bacterias del resto de realidades naturales. Implica las capacidades de nacer, crecer, metabolizar, responder a estímulos externos, reproducirse y morir. Pero existen innumerables cantidades de especímenes a medio camino entre lo que llamaríamos “vida” y los minerales inertes. Y estas entidades, pese a presentar algunas características “vivas”, parecen más bien una especie de robots, de máquinas inertes pensadas para cumplir una función determinada, para luego desaparecer. Los principales exponentes de esta extraña categoría son los virus, que consisten en un paquete de información genética, rodeado una proteína, que no “vive” en el sentido ordinario de la palabra, ya que no se mueve, no respira, y no metaboliza. Es más bien una misteriosa partícula de polvo flotando en el aire, esperando la oportunidad para despertar.

No se comprenden del todo las causas por las que los virus despiertan de su letargo. Pese a no tener organelos, como las bacterias, algo les permite detectar cuando han entrado en un huésped viable y entonces comienzan su labor. Un organelo es una unidad que forma parte de un organismo unicelular o de una célula. Dichas unidades cumplen diversas funciones y confieren de una cierta estructura al organismo en cuestión. Los organelos se hallan dentro del citoplasma y son más frecuentes en las células eucariotas que en las procariotas. La capa proteica del virus, hasta entonces inerte, activa algunos receptores que asocian el virus a la célula. Su material genético entra entonces en contacto con el del huésped y, mediante un proceso desconocido, lo “manipula” para generar réplicas de sí mismo, las cuales a su vez se liberan en el torrente sanguíneo e infectan. Aquellos que abandonan el cuerpo, continúan con su vida nómada, como motas inertes esperando que un nuevo huésped les abra la puerta. Los virus son un ejemplo interesante, pero no el más dramático, de esta existencia automatizada, que incluso  podríamos decir “inexistente”, en espera de un huésped viable. Los llamados viroides son un buen ejemplo de ello. Al igual que los virus, poseen algo de material genético, en este caso ARN,  pero no tienen proteínas, lípidos ni otras sustancias complejas. Es decir, son literalmente pedazos de material genético que van por ahí, esperando una célula en la cual puedan replicarse. Y al igual que en el caso de los virus, no “realizan” ninguna actividad a lo largo de su vida, pues es la célula infectada la que le permite replicarse.

Según el National Geographic, un equipo de científicos de la Universidad de Marsella, en Francia, descubrió un virus, en Siberia, que había permanecido 30.000 años bajo el permafrost, parte profunda y permanentemente helada de las regiones frías. El virus estaba en buen estado, algo de por sí ya sorprendente. Pero el equipo de científicos no se quedó ahí, sino que intentó revivirlo, y lo consiguió. El nuevo, aunque antiguo, virus se conoce por el nombre científico de Pithovirus sibericum, y su lugar de procedencia no es su única característica destacable. Para empezar, se trata de un virus gigante con respecto al resto de virus. Los pandora virus eran hasta ahora los mas grandes conocidos y solo miden 1 micrómetro de largo y 0.5 micrómetros de ancho, mientras que el Pithovirus sibericum mide 1.5 micrómetros de largo y 0.5 micrómetros de ancho. Por tanto es posible verlo con un microscopio óptico tradicional. También es mas complejo en su estructura genética, con 500 genes. Como referencia tenemos que el virus del VIH cuenta con solo 12 genes. Estas características han posibilitado que el virus sobreviva a las duras condiciones siberianas durante miles de años, y que fuese revivido por los científicos que lo usaron para infectar amebas y probar sus efectos. Afortunadamente el Pithovirus sibericum parece que no afecta a animales, incluidos los seres humanos, así que aparentemente no corremos peligro de epidemia. Sin embargo, este descubrimiento sí que es un recordatorio de que en los glaciares se encuentran virus y bacterias muy antiguos que podrían volver a ser una amenaza que pudiese proliferar gracias al calentamiento global.

Como si se tratase del argumento de una película de ciencia ficción, ha sido descubierto un nuevo virus que podría tratarse del virus más grande encontrado en la Tierra. Este misterioso virus ha sido apodado como Pandora virus, y solamente el 6% de sus genes tiene algo en común con el resto de la vida de este planeta, lo que ha llevado a los investigadores a creer que ha permanecido en su estado original desde hace millones de años, o incluso que es de origen extraterrestre. Según publicó el medio de comunicación Daily Mail, el Pandora virus es de un micrómetro de longitud, por lo que es 10 veces más grande que cualquier otro virus conocido, lo que puede ser claramente visible bajo un microscopio común. Pero el misterio no acaba aquí, el virus ha sido descubierto en dos lugares diferentes hasta el momento, en la costa de Chile y en un estanque en Australia. “Creemos que estos nuevos Pandora virus han surgido de un tipo nuevo de célula ancestral que ya no existe”, dijo el Dr. Jean-Michel Claverie, de la Universidad Aix-Marsella, a los medios de comunicación. El Dr. Claverie también dijo que inicialmente confundió el virus con una pequeña bacteria, debido a su forma única. Se cree que el Pandora virus es diferente en la forma que cualquier otro virus conocido y cuenta con un código genético dos veces superior al tamaño de la Megavirus, el virus más grande conocido previamente, con un tamaño de 440 nanómetros. Algunos expertos han afirmado que este descubrimiento es un verdadero peligro para la humanidad, ya que sus efectos podrían ser realmente devastadores. Sin embargo, los científicos responsables de los descubrimientos se han apresurado a advertir que el nuevo virus no representa ninguna amenaza para la humanidad. “Este virus no va a causar ningún tipo de enfermedad, epidemia o algo generalizado y agudo”, dijo Eugene Koonin, especialista en virus y biólogo evolutivo del Instituto Nacional de Salud.

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La búsqueda de los Pandora virus comenzó después de que los científicos tomaron diversas muestras en localidades de Chile y Australia. Estos se mezclaron con antibióticos para eliminar las bacterias y las muestras restantes fueron expuestas a las amebas. Los experimentos dieron lugar a las amebas infectadas que, a su vez, dieron lugar al Pandora virus. Hasta el momento los científicos no tienen conocimiento alguno sobre el origen de este virus, lo que ha abierto la posibilidad de que el virus sea de origen extraterrestre. Es a partir de este momento donde se abren multitud de posibles explicaciones, que incluyen la evolución de una forma celular como parte de una estrategia de supervivencia y desarrollo tangencial, después de recoger el material genético de huéspedes desconocidos. Lo primero que los científicos quieren hacer es identificar la función de este virus en la naturaleza. Actualmente el virus se encuentra en ecosistemas de agua dulce y salada, lo que significa que podría ser un catalizador de origen desconocido. Cuando las enfermedades como el síndrome respiratorio agudo grave (SARS), la enfermedad de las vacas locas y la viruela del simio infectan masivamente a los seres humanos, aparecen en las portadas de los medios de comunicación. Es de suponer el efecto que se produciría si se encontraran patógenos potencialmente infecciosos de origen desconocido en la Tierra. Una de las preguntas que podemos plantearnos es si estos virus supuestamente extraterrestres podrían infectar a la humanidad causando grabes estragos. Christopher F. Chyba, profesor de ciencias astrofísicas y asuntos internacionales en la Universidad de Princeton, además de experto en el Estudio de la Vida en el Universo en el Instituto SETI, dice que hay dos tipos de potenciales de patógenos extraterrestres: los tóxicos y los infecciosos. Los patógenos tóxicos actúan como un veneno en otros organismos, mientras que los patógenos infecciosos son virus o bacterias que se transmiten entre organismos, causando la enfermedad.

Algunos virus y microbios están especializados en sistemas biológicos específicos con el fin de replicar e infectar a su huésped, por lo que no todos los agentes patógenos afectan a todos los organismos de la misma manera. Podría darse el caso que un virus extraterrestre pudiese penetrar en el cuerpo humano, pero probablemente sería neutralizado al no ser compatible con la fisiología humana. Pero los patógenos infecciosos evolucionarían en base a las reacciones de sus anfitriones. Como el anfitrión desarrollaría defensas contra un patógeno depredador, el patógeno tendrá que idear nuevos medios para su propio sustento en el huésped, a riesgo de su propia extinción. Hay teorías que sugieren que la vida en la Tierra y la vida extraterrestre podría estar estrechamente relacionada, ya que la vida original presumiblemente habría evolucionado. Pero el ataque de un virus de origen desconocido podría llegar a afectar a toda la vida en la Tierra, teniendo graves repercusiones para la salud y el medio ambiente de nuestro planeta. Los astro biólogos están especialmente preocupados por este tema, ya que una pandemia de origen extraterrestre tal vez representaría el fin de nuestra civilización.

Algunas de las maldiciones más famosas relacionadas con antiguas momias tienen que ver con los virus. Las momias han estado, desde tiempos inmemoriales, rodeadas de misterio y de leyendas. Desde la maldición de la tumba de Tutankamón hasta las historias peruanas sobre los fardos funerarios, grandes bultos formados por muchas piezas textiles que envuelven a una persona o en algunos casos a dos, un adulto y un niño en posición fetal, las momias dejan a su paso un reguero de miedo y muerte. Howard Carter fue aquel arqueólogo inglés que, en noviembre de 1922, halló la momia del joven faraón Tutankamon y sus tesoros intactos en el Valle de los Reyes. Fue un acontecimiento que cautivó al mundo. En 1935 la cifra total de muertos relacionados con Tutankamón sumaba veintiuno. En las décadas posteriores, más personas relacionadas de manera distinta con la momia, murieron o sufrieron accidentes en circunstancias extrañas. Un egiptólogo afirmó, por aquel entonces, haber descifrado la inscripción que había sobre la entrada de la tumba: “La muerte vendrá con alas ligeras sobre todo aquel que se atreva a violar esta tumba”. La famosa inscripción jamás pudo ser encontrada nuevamente, ya que los trabajadores de Carter destruyeron la pared en la que se supone estaba escrita. En un principio, todos estos fatales desenlaces se fueron relacionando con el hallazgo de la tumba y con una posible maldición del joven faraón Tutankamon. Pero con el tiempo esta teoría sobrenatural de la maldición de Tuntakamón ha quedado en la leyenda. No hay aparente explicación científica para las misteriosas muertes que azotaron a los relacionados con el descubrimiento de la tumba de Tutankamon.  Sin embargo, en 1962 aparecía publicado que: “Un profesor de medicina y biología de la Universidad de El Cairo, el Dr. Ezzedine Taha, convocó el 3 de noviembre de 1962 a un grupo de periodistas para decirles que había resuelto el enigma de la maldición faraónica. Había caído en la cuenta de que gran parte de los arqueólogos y empleados del Museo de El Cairo sufrían trastornos respiratorios ocasionales, acompañados de fiebre. Descubrió que las inflamaciones eran producidas por cierto hongo llamado ”Aspergillus niger”, que posee extraordinarias propiedades, como poder sobrevivir a las condiciones más adversas, durante siglos y hasta milenios, en el interior de las tumbas y en el cuerpo de los faraones momificados. Pero poco después de hacer estas declaraciones, el Dr. Ezzedine Taha moría en extrañas circunstancias en un accidente con su automóvil”.

La momia de Ramsés V había sido descubierta en 1898, más de 3000 años después de su sepelio. Podría ser que su tío y sucesor Ramsés VI hubiera urdido un control para destronarlo. Pero tal vez la súbita aparición de la viruela hizo innecesario el complot. Porque el examen inicial de la momia pronto habían evidenciado las señales de una enfermedad cutánea parecida a la viruela. Según el Dr. C.W. Dixon: “Ramsés había muerto de una enfermedad aguda a los 40 años de edad“. El patólogo y bacteriólogo anglo-alemán Marc Armand Ruffer y A. R. Ferguson ya habían diagnosticado viruela en otra momia, y encontraron que las lesiones eran idénticas en el examen de la momia de Ramsés V. Posteriormente se han realizado diversos estudios con el microscopio electrónico en momias egipcias, que han suministrado valiosos datos paleo-patológicos. En 1989, un permiso especial del presidente Anuar El Sadat autorizó a un equipo, encabezado por el Dr. Donald R. Hopkins a comprobar si las lesiones de la piel de Ramsés V eran propiamente de viruela. Pero se trataba de una de las momias mejor conservadas y no se permitió tomar una muestra directamente de la piel de la momia, sino solamente analizar los fragmentos de piel que habían quedado adheridos al vendaje. Por este motivo no pudieron detectarse virus, pero los datos histológicos que arrojó su estudio, parecen demostrar que efectivamente la enfermedad que afectó al faraón fue la viruela. El primer caso conocido de una enfermedad que oficialmente se erradicó del planeta en 1977. Un virus de 3000 años de edad, y que es totalmente diferente al que se combatió en generaciones anteriores, podría generar una pandemia para la que no estamos preparados.

En momias indígenas del norte de Chile, a las que se calculan más de mil años de edad, se encontraron virus semejantes a los que en la actualidad afectan a muchos japoneses. Todo hace suponer que estos virus asociados con cuadros de leucemia y linfomas, habrían llegado al Nuevo Mundo junto con los primeros habitantes, que viniendo del norte de Asia cruzaron el estrecho de Bering, hace unos 12.000 o más años. Se trata de los virus humanos de las células T-linfotrópicas tipo 1 (HTLV-1), que causa leucemias en el 3% de los infectados. Estos virus son frecuentes en el sur del Japón, donde en la actualidad infectan al 4% de la población. También han sido aislados en muestras tomadas de la población de Colombia y Chile. Pero en este último caso no se sabe si son los que llegaron con los primeros habitantes de América, o si fueron traídos por los conquistadores españoles. Un equipo de investigadores japoneses y chilenos, liderados por el epidemiólogo Hasuo Tajima, del Aichi Cancer Center Research Instituto, en Kanokoden, Japón, examinaron 104 momias, enterradas y muy bien preservadas durante unos 1500 años, debido a la gran sequedad del desierto de Atacama. Según Nature Genetics, en dos de ellas pudieron obtener una muestra de su ADN, encontrando en los huesos de una momia algunos fragmentos del virus HTLV-1. La secuenciación de este fragmento coincidía perfectamente con la del virus HTLV-1, que actualmente infecta a algunos japoneses. “Este hallazgo confirma que estos virus, originarios de Asia, llegaron a América antes que llegaran los españoles“, señala Kenneth Kidd de la Universidad de Yale.

Este virus muy antiguo ha sido el hilo del que han tirado unos investigadores japoneses para intentar determinar de dónde salieron los primeros pobladores de la América andina. Su conclusión apoya la tesis de que los habitantes andinos tienen origen mongoloide, ya que pobladores de Asia migraron a América hace unos 20.000 años, aunque todavía no se conoce si hubo una o varias rutas y una o varias migraciones. El retrovirus HTLV-1, del mismo tipo que el virus del sida, está asociado a un tipo de leucemia y a otra enfermedad, y está demostrado que estas dolencias se dan sobre todo en una zona concreta de Japón y en América del Sur. Por eso los japoneses decidieron estudiar el virus en 104 momias de hace unos 1500 años, desenterradas en diversos yacimientos del norte de Chile, fronterizo con Perú, para ver si este virus ya estaba allí hace tanto tiempo y cómo ha evolucionado desde entonces. Los investigadores japoneses consiguieron encontrar material genético del virus antes de desarrollarse (el provirus) en la médula ósea de dos de las momias y pudieron interpretarlo  a partir de una de ellas. Publicaron en la revista Nature Genetics sus conclusiones, y éstas revelan que los antiguos pobladores de Mongolia se llevaron consigo a América el virus, que sigue siendo casi el mismo en las momias chilenas, en los japoneses actuales y en los pobladores andinos actuales. Existe otro virus similar, el HTLV-2, denominado del Orinoco, que también se encuentra en América, pero en otras zonas. Pero una misma persona no puede ser infectada por los dos virus. Así, los japoneses han resuelto un problema, pero les queda saber con qué pobladores llegó a América el otro virus.

A este respecto debemos anotar que la Cultura Paracas fue una importante sociedad en la historia del Perú muy conocidos por su arte textil, sus momias y por la trepanación craneana, se supone que a fin de poder curar fracturas y tumores en el cráneo. Surgieron aproximadamente entre el 700 a.C. y el 200 d.C., con un amplio conocimiento en cuestiones de riego y gestión del agua. La mayor parte de nuestra información sobre la vida de los habitantes de la Cultura Paracas proviene de las excavaciones en la necrópolis de Paracas, inicialmente investigados por el arqueólogo peruano Julio C. Tello durante la década de 1920. La necrópolis de Wari Kayan, que emplazado en la falda norte del Cerro Colorado, consistía en una multitud de grandes cámaras funerarias subterráneas, con una capacidad media de unas cuarenta momias. Se sugiere que cada cámara grande podría haber sido propiedad de una familia o de un clan específico, que eran utilizados para varias generaciones. Cada momia era atada con cable para mantenerla en su lugar, y luego envuelta en varias capas de tejidos ornamentales. Estos tejidos son ahora conocidos como algunos de los mejores jamás producidos por las sociedades precolombinas andinas, y son las principales obras de arte por las que la cultura Paracas es conocida. Las tumbas de esta cultura se encontraron en el Cerro Colorado, lugar situado a 18 kilómetros al sur de Pisco. Las cavernas están bajo la arena, a dos metros de profundidad, y tienen la forma de una copa invertida. Allí se hallaron momias envueltas con fardos, hechas con telas que eran rodeadas de ofrendas constituidas por alimentos, como maíz, yuca, frijoles, pallares, etc. La población de la zona se supone que fueron agricultores, guerreros y religiosos.

Las momias estudiadas por los investigadores japoneses están en los museos de San Miguel, en el valle de Azapa, y en el del Padre Le Paige, en el desierto de Atacama, y proceden de antiguos cementerios. La edad de cada momia fue determinada mediante datación con carbono 14 y su superficie fue estudiada detalladamente para excluir la contaminación de la momia. Se extrajeron muestras de médula ósea del fémur y el húmero de cada momia y se siguieron reglas de rigurosa asepsia para evitar la contaminación de las muestras antes de su estudio. El origen y el tiempo de llegada de los primeros pobladores de América se ha convertido en un tema de gran actualidad, porque nuevos estudios han echado por tierra la hipótesis de los arqueólogos estadounidenses, durante gran parte del siglo XX, según la cual los primeros habitantes fueron los de América del Norte, ya que llegaron y procedentes de Asia por el estrecho de Bering, que hace unos 11.500 años era transitable. Es decir, según estos arqueólogos norteamericanos, los primeros pobladores fueron los de Alaska y la primera cultura americana fue la de los indios de Clovis, en Nuevo México. Para explicar la presencia de restos en zonas muy distantes, los arqueólogos habían deducido que los Clovis se movieron rapidísimamente y en sólo 1.000 años colonizaron toda América. Sin embargo, hace ya varios años que las evidencias científicas han despojado a los Clovis de su etiqueta de cultura única y a los arqueólogos de su hipótesis. La colonización de América se presenta mucho más compleja.

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Es probable que hubiera varias olas migratorias a lo largo de varias decenas de miles de años y que el origen no fuera siempre Asia, sino que también llegara gente de Europa, de Australia, o de las legendarias Atlántida y Mu. La navegación por el Pacífico, con las técnicas existentes hace miles de años, se ha demostrado viable mediante varias expediciones, entre ellas la famosa Kon-tiki de Thor Heyerdhal. Pero el descubrimiento que más ha aportado es el del yacimiento de Monte Verde, en Chile. Excavado por arqueólogos chilenos y estadounidenses, las dataciones de los restos indicaron reiteradamente que su antigüedad era de unos 12.500 años. Mucho tuvieron que correr los mongoles para llegar tan lejos tan pronto, ya que el corredor de las Rocosas, el camino de paso entre glaciares, no se abrió hasta hace unos 13.000 años. La cultura de Monte Verde, por otra parte, es muy distinta de la de Clovis. Y un nuevo dato se ha venido a sumar a la polémica. Lucía, el esqueleto de una mujer, encontrado en Brasil, que supuestamente data de hace 11.500 años, presenta rasgos negroides. Su origen podría ser Australia. En toda esta variedad arqueológica, la genética, con virus o sin ellos, tiene mucho que decir. Muchas de las momias son un caldo de cultivo de hongos y virus latentes que, de no trabajar con la debida precaución, pueden resultar mortales para los investigadores. Por ejemplo, el cuerpo de Ramsés II se radió en 1974 para matar las más de 370 colonias de hongos que habitaban en su cuerpo. Por otra parte, la maldición de un rey polaco está contrastada por los médicos. El rey Casimiro, cuyos restos descansan en Cracovia, mató a 12 de los 14 investigadores que estuvieron en contacto con esos huesos, por intoxicaciones. Una mutación del hongo que vivía entre los restos del rey Casimiro fue la causante de tantas muertes, pero no es la única. Esas momias, cápsulas del tiempo, guardan en su interior historias, leyendas, y también peligros reales.

En biología, un virus («toxina» o «veneno») es un agente infeccioso microscópico acelular, o sin células, que solo puede multiplicarse dentro de las células de otros organismos. Los virus infectan todos los tipos de organismos, desde animales y plantas, hasta bacterias y arqueas, un grupo de microorganismos unicelulares, pero distintos a las bacterias. También infectan a otros virus, en cuyo caso reciben el nombre de virófagos. Los virus son demasiado pequeños para poder ser observados con la ayuda de un microscopio óptico, por lo que se dice que son sub microscópicos, aunque existen excepciones entre los virus núcleo citoplasmáticos, con ADN de gran tamaño, tales como el Megavirus chilensis, que es posible ver a través de u microscopio óptico. El primer virus conocido, el virus del mosaico del tabaco, fue descubierto por Martinus Beijerinck en 1899, y actualmente se han descrito más de 5000 virus, si bien algunos autores opinan que podrían existir millones de tipos diferentes. Los virus se hallan en casi todos los ecosistemas de la Tierra y son el tipo de entidad biológica más abundante. El estudio de los virus recibe el nombre de virología, una rama de la microbiología. A diferencia de los priones y viroides, los virus se componen de material genético, que porta la información hereditaria, que puede ser ADN o ARN, así como una cubierta proteica que protege a estos genes, llamada cápside,y en algunos también se puede encontrar una bicapa lipídica que los rodea cuando se encuentran fuera de la célula, denominada envoltura vírica. Los virus varían en su forma, desde simples helicoides o icosaedros hasta estructuras más complejas. El origen evolutivo de los virus aún es incierto. Algunos podrían haber evolucionado a partir de plásmidos, o fragmentos de ADN que se mueven entre las células, mientras que otros podrían haberse originado a partir de bacterias. Además, desde el punto de vista de la evolución de otras especies, los virus son un medio importante de transferencia horizontal de genes, lo cual incrementa la diversidad genética.

Los virus se diseminan de muchas maneras diferentes y cada tipo de virus tiene un método distinto de transmisión. Entre estos métodos se encuentran los vectores de transmisión, que son otros organismos que los transmiten entre portadores. Los virus vegetales se propagan frecuentemente mediante insectos que se alimentan de su savia, mientras que los virus animales se suelen propagar por medio de insectos hematófagos. Por otro lado, otros virus no precisan de vectores, como el virus de la gripe o el resfriado común, sino que se propagan por el aire a través de los estornudos y la tos, así como los norovirus, que son transmitidos por vía fecal-oral, o a través de las manos, alimentos y agua contaminados. Los rotavirus se extienden a menudo por contacto directo con niños infectados. El VIH es uno de los muchos virus que se transmiten por contacto sexual o por exposición a sangre infectada. No todos los virus provocan enfermedades, ya que muchos virus se reproducen sin causar ningún daño al organismo infectado. Algunos virus, como el VIH, pueden producir infecciones permanentes o crónicas cuando el virus continúa multiplicándose en el cuerpo evadiendo los mecanismos de defensa del huésped. En los animales, sin embargo, es frecuente que las infecciones víricas produzcan una respuesta inmunitaria que confiere una inmunidad permanente a la infección. Los microorganismos, como las bacterias, también poseen defensas contra las infecciones víricas, conocidas como sistemas de restricción-modificación. Los antibióticos no tienen efecto sobre los virus, pero se han desarrollado medicamentos antivirales para tratar infecciones potencialmente mortales.

La Tierra no orbita por el espacio dentro de una burbuja hermética, sino que convive con otros cuerpos celestes, cuya capacidad para contener vida aún no conocemos con exactitud. Planetas, meteoritos y cometas, podrían cobijar microorganismos cuyo contacto con los seres humanos causaría enfermedades infecciosas de fatales consecuencias. Para algunos investigadores, estos impactos exobiológicos, además de ser una amenaza real, ya habrían provocado en el pasado algunas de las epidemias más mortíferas para la humanidad, como la peste negra, peste bubónica o muerte negra, que se refiere a la pandemia de peste más devastadora en la historia de la humanidad. Afectó a Europa en el siglo XIV y que alcanzó un punto máximo entre 1346 y 1361, matando a un tercio de la población continental. La escritora estadounidense Diane Zahler va más allá y estima que la mortalidad superó quizás el 60 % de los europeos, lo que implicaría que hubiesen muerto 50 de los 80 millones de habitantes europeos. Se estima que también fue causa de la muerte de aproximadamente 50 a 75 millones de personas entre Mongolia (1328) y la Rusia Europea (1353). Afectó devastadoramente Europa, China, India, Medio Oriente y el Norte de África. Pero no afectó el África subsahariana ni al continente americano. La teoría aceptada sobre el origen de la peste explica que fue un brote causado por una variante de la bacteria Yersinia pestis. Apareció hacia 1320 en el desierto de Gobi y en 1331-1334 llegó a China, un año después de que grandes inundaciones devastaran extensas regiones del país. Ello sucedió después de arrasar Birmania en 1330, llegando a India en 1342, a algunas regiones de la actual Rusia en 1338, y a Europa en 1346. Según crónicas de 1353, desde 1331 murió un tercio de la población china, y entre esa fecha y 1393 su población cayó de 125 a 90 millones. Es común que la palabra «peste» se utilice como sinónimo de «muerte negra», aún cuando aquella deriva del latín «pestis», es decir, «epidemia», y no del agente patógeno.

De acuerdo con el conocimiento actual, la pandemia irrumpió en primer lugar en Asia, para después llegar a Europa, a través de las rutas comerciales. Introducida por marinos, la epidemia dio comienzo en Mesina. Mientras que algunas áreas quedaron despobladas, otras permanecieron libres de la enfermedad o solo fueron afectadas ligeramente. En Florencia, solamente sobrevivió un quinto de sus pobladores. En el territorio de la actual Alemania se estima que uno de cada diez habitantes perdió la vida a causa de la peste negra. Hamburgo, Colonia y Bremen fueron las ciudades en donde murió una mayor proporción de la población. No obstante, el número de muertes en el este de Alemania fue mucho menor. Las consecuencias sociales de la muerte negra llegaron muy lejos. Rápidamente se acusó a los judíos como los causantes de la epidemia por medio de la intoxicación y el envenenamiento de los pozos de agua. En consecuencia, en muchos lugares de Europa se iniciaron pogromos judíos y una extinción local de las comunidades judías. Aun cuando las autoridades trataron de impedir esta situación, la falta de autoridad debido a la agitación social, que a su vez era consecuencia de la gravedad de la epidemia, no pudieron evitarlo.

Michael Crichton, en su famosa novela titulada La amenaza de Andrómeda, nos explica que los militares norteamericanos desvían de su órbita un satélite militar, hasta precipitarlo contra la superficie terrestre. Es el procedimiento habitual, porque se trata de vehículos de análisis que toman muestras del aire existente en la atmósfera superior. El impacto tiene lugar cerca de una pequeña localidad de Nuevo México, donde a raíz del suceso, y en menos de 48 horas, fallece toda la población víctima de una misteriosa dolencia. Cuando llegan los expertos biológicos del ejército, enseguida comprenden que aquella sonda espacial portaba un desconocido microorganismo que resulta mortífero al contacto con los seres humanos. La epidemia comienza a extenderse con singular virulencia y los científicos no saben a lo que se enfrentan. Únicamente tienen la certeza de que aquella forma de vida microscópica no es terrestre. Flotaba libremente en el espacio cuando, por casualidad, fue atrapada como una muestra más por el satélite. Sin embargo, ¿se trata solo de ciencia-ficción? O, por el contrario, ¿puede algún agente patógeno extraterrestre provocar infecciones letales en nuestro mundo?  Desde hace varias décadas, numerosos científicos vienen defendiendo la posibilidad de que la «semilla» que dio origen a la vida en la Tierra pudiera provenir del espacio exterior. Esta hipótesis ha cobrado forma bajo el nombre de panspermia y, en alguna de sus variantes, plantea la idea de que unas cuantas bacterias extraterrestres podrían haber llegado a nuestro planeta transportadas por un meteorito. La pregunta entonces resulta obvia. Si la vida pudo introducirse en nuestro mundo por esa vía, ¿también podría hacerlo una epidemia causada por virus?

La atmósfera no sería un escudo suficiente para impedir su paso, porque, de hecho, se ha comprobado la supervivencia de microorganismos en sus capas más altas. En 2003, un equipo de astrobiólogos de las universidades de Cardiff y Sheffield recogieron muestras de aire a una altitud entre 20 y 41 km, con la ayuda de un globo aerostático. Así detectaron la presencia de células vivas a diferentes alturas y, aunque estos microorganismos presumiblemente eran de origen terrestre, lo cierto es que el estudio demostró la viabilidad de esta minúscula forma de vida en puntos extremos de nuestra estratosfera. También existen un buen número de bacterias denominadas extremófilas, capaces de sobrevivir en entornos muy exigentes a muy alta o muy baja temperatura. O bien en un medio pobre de recursos, donde el resto de los organismos vivos fracasan. Otra opción sería que esos gérmenes patógenos pudieran venir adheridos a la cola de un cometa. La futura misión de la NASA para transportar seres humanos hasta Marte está llevando a la agencia espacial estadounidense a considerar aspectos como qué hacer si un astronauta se pone enfermo durante el viaje de regreso y no se conoce si la infección se ha producido en el planeta rojo. Los expertos plantean que un virus extraterrestre pueden ser realmente peligroso, ya que podría desencadenar una plaga en la Tierra.

Por el momento, la NASA se plantea monitorizar meticulosamente la salud de los astronautas durante todas las fases de la misión con el fin de “poder justificar ante los habitantes de la Tierra que si un astronauta llega enfermo no se trata de algo desconocido de origen marciano, sino algo totalmente normal dentro de lo previsible“, indicó Cassie Conley, de la Oficina de Protección Planetaria en la NASA. Por ejemplo, ya se sabe que estar confinados en ambientes pequeños durante cientos de día provoca congestión nasal y erupciones en la piel. Además, la NASA también trabaja en hacer todo lo posible para reducir al mínimo las posibilidades de que los astronautas puedan enfermar durante la misión. Por ejemplo, los exploradores humanos tendrán que alejarse de áreas en las que las condiciones permitirían a los microbios terrestres sobrevivir y reproducirse. Y tampoco van a poner un pie en un escenario marciano que no haya sido visitado y explorado en primer lugar por un robot. Estas y otras directrices forman parte de un protocolo de protección planetaria elaborado en 2008 por el Comité de Investigaciones Espaciales (COSPAR), integrado en el Consejo Internacional para la Ciencia. Tanto la NASA como la Agencia Espacial Europea (ESA) se han comprometido a seguir este protocolo, cuya máxima prioridad es proteger a la Tierra de cualquier posible “contaminación posterior” de Marte.

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A mediados del siglo XIX, Louis Pasteur propuso la teoría germinal de las enfermedades, en la cual explicaba que todas las enfermedades eran causadas y propagadas por algún «tipo de vida diminuta» que se multiplicaba en el organismo enfermo, pasaba de éste a otro y lo hacía enfermar. Pasteur, sin embargo, se encontraba trabajando con la rabia, y descubrió que, aunque la enfermedad fuera contagiosa y ésta se contrajera por el mordisco de un animal rabioso, no se veía el germen por ningún lado. Pasteur concluyó que el germen sí se encontraba ahí, pero era demasiado pequeño como para poder observarse. En 1884, el microbiólogo francés Charles Chamberland inventó un filtro que tiene poros de tamaño inferior al de una bacteria. Así pues, podía hacer pasar por el filtro una solución con bacterias y eliminarlas completamente de ella. El biólogo ruso Dimitri Ivanovski utilizó este filtro para estudiar lo que actualmente se conoce como virus del mosaico del tabaco. Sus experimentos demostraron que los extractos de hojas molidas, de plantas infectadas de tabaco, seguían siendo infecciosos después de filtrarlos. Ivanovski sugirió que la infección podría ser causada por una toxina producida por las bacterias, pero no continuó apoyando esta idea. En aquella época se pensaba que todos los agentes infecciosos podían ser retenidos por filtros y, además, que podían ser cultivados en un medio con nutrientes. En 1899, el microbiólogo neerlandés Martinus Beijerinck repitió los experimentos de Ivanovski y quedó convencido de que se trataba de una nueva forma de agente infeccioso. Observó que el agente solo se multiplicaba dentro de células vivas en división. Pero como sus experimentos no mostraban que estuviera compuesto de partículas, lo llamó «germen viviente soluble», y reintrodujo el término «virus». Beijerinck mantenía que los virus eran de naturaleza líquida, una teoría más tarde descartada por Wendell Stanley, que demostró que eran particulados. En ese mismo año, en 1899, Friedrich Loeffler y Frosch pasaron el agente de la fiebre aftosa, el aftovirus, por un filtro similar y descartaron la posibilidad de que se tratara de una toxina, debido a la baja concentración, y llegaron a la conclusión de que el agente se podía multiplicar.

A principios del siglo XX, el bacteriólogo inglés Frederick Twort descubrió los virus que infectaban bacterias, que actualmente se denominan bacteriófagos. Por su lado, el microbiólogo franco Félix de Herelle describió un virus que, cuando se los añadía a bacterias cultivadas en agar, sustancia gelatinosa no animal de origen marino, producían zonas de bacterias muertas. Diluyó con precisión una suspensión de estos virus y descubrió que las diluciones más altas, en lugar de matar todas las bacterias, formaban zonas discretas de organismos muertos. Contando estas zonas, y multiplicándolas por el factor de dilución, Félix de Herelle pudo calcular el número de virus en dicha zona. A finales del siglo XIX, los virus se definían en función de su capacidad de infección, su capacidad de filtraje, y su necesidad de huéspedes vivientes. Los virus solo habían sido cultivados en plantas y animales. En 1906, Ross Granville Harrison inventó un método para cultivar tejidos en linfa, y, en 1913, E. Steinhardt y sus colaboradores utilizaron este método para cultivar el virus vaccinia en fragmentos de córnea de cobaya. En 1928, H. B. Maitland y M. C. Maitland cultivaron el mismo virus en suspensiones de riñones de gallina picados. Su método no fue adoptado ampliamente hasta 1950, cuando se empezó a cultivar poliovirus a gran escala para la producción de vacunas. Otro avance se produjo en 1931, cuando el patólogo estadounidense Ernest William Goodpasture cultivó el virus de la gripe y otros virus en huevos fertilizados de gallina. En 1949, John Franklin Enders, Thomas Weller y Frederick Robbins cultivaron virus de la polio en células cultivadas de embriones humanos, y ésta fue la primera vez que se cultivó un virus sin utilizar tejidos animales sólidos o huevos. Este trabajo permitió a Jonas Salk crear una vacuna efectiva contra la polio.

Con la invención de la microscopía electrónica en 1931 por parte de los ingenieros alemanes Ernst Ruska y Max Knoll, se obtuvieron las primeras imágenes de un virus. En 1935, el bioquímico y virólogo estadounidense Wendell Stanley examinó el virus del mosaico del tabaco y descubrió que estaba compuesto principalmente de proteínas. Poco tiempo después, el virus fue separado en sus partes de proteínas y de ARN. El virus del mosaico del tabaco fue uno de los primeros en ser cristalizados y, por tanto, la primera estructura que pudo ser observada en detalle. Las primeras imágenes por difracción de rayos X del virus cristalizado las obtuvieron los físicos ingleses J. D. Bernal and I. Fankuchen en 1941. Basándose en sus imágenes, la química y cristalógrafa inglesa Rosalind Franklin descubrió la estructura completa del virus en 1955. Este mismo año, el bioquímico Heinz Fraenkel-Conrat y el biofísico Robley Williams demostraron que el ARN purificado del virus del mosaico del tabaco y sus proteínas de envoltura pueden reproducirse por sí solos, formando virus funcionales, y sugirieron que éste debía de ser el modo en que los virus se reproducían en las células huéspedes. La segunda mitad del siglo XX fue la edad dorada de los descubrimientos de nuevos virus, y la mayoría de las 2000 especies reconocidas de virus animales, vegetales y bacterianos se descubrieron durante estos años. En 1957, se descubrieron el arterivirus equino y la causa de la diarrea vírica bovina, un pestivirus. En 1963 Baruch Blumberg, científico estadounidense que obtuvo el Premio Nobel en Medicina en 1976 por sus hallazgos sobre “el origen y diseminación de las enfermedades infecciosas“, descubrió el virus de la hepatitis B, y en 1965 el genetista estadounidense Howard Temin describió el primer retrovirus. La transcriptasa inversa, enzima clave que utilizan los retrovirus para convertir su ARN en ADN, fue descrita originalmente en 1970, de manera independiente por Howard Temin y David Baltimore, biólogo estadounidense y Premio Nobel de Fisiología o Medicina. En 1983, el equipo de Luc Montagnier, del Instituto Pasteur de Francia, aisló por primera vez el retrovirus, actualmente llamado VIH.

Muchos son los templos y tumbas egipcias descubiertas a partir del siglo XIX. Sus paredes, no observadas por ojos humanos durante tanto tiempo, aún conservan vívidas imágenes que cuentan las costumbres, vida y testimonio de esta civilización. Entre ellas, se podrían hallar las bases de la medicina moderna. Figuras de perfil representando a médicos que examinan, diagnostican y dan remedios a sus pacientes se multiplican en las cámaras funerarias, pero los papiros y los análisis de las momias también dan fe de las enfermedades. En el Antiguo Egipto, como explica la egiptóloga Lisa Schwappach-Shirriff,, enfermedades infecciosas, cardiovasculares, respiratorias, óseas, etc. se extendían desde los esclavos hasta los nobles, incluidos los faraones. Éstas dejaron una huella que, todavía hoy, se oculta bajo los vendajes de las momias. Pero a las patologías hay que sumarles el hambre, como ha descubierto el equipo de investigación de la universidad de Jaén, dirigido por el profesor Miguel Botella López y con la ayuda del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, a través del proyecto Quubet El-Hawa. Centrados en el análisis de las momias de esta necrópolis, han descubierto que los hijos de Ra, desde gobernantes hasta esclavos, sufrían allí acechaban. En consecuencia, la esperanza de vida se situaba entre los 28 y los 30 años debido a un cúmulo de hambre, malnutrición y enfermedades, sobre todo las inducidas por la contaminación del agua del Nilo. Aparentemente el Nilo era la mayor fortuna de esta civilización, ya que con sus crecidas convertía en fértiles sus tierras. Pero en sus aguas también crecían multitud de organismos infecciosos responsables de una alta mortalidad infantil, que normalmente causaban virulentas fiebres y cólicos.

Dos ejemplos de enfermedades serían la esquistosomiasis o paludismo. La esquistosomiasis es una plaga existente en el sur de Egipto, aproximadamente desde el año 3000 a.C., causada por un gusano que atraviesa la piel del bañista y viaja por las arterias hasta los pulmones, donde se establece y reproduce. Provocaba altas fiebres, sudores y dolores musculares durante 3 o 4 semanas que, o bien les producía la muerte, o bien se convertía en una enfermedad crónica hasta que el intestino, hígado y pulmones dejaban de soportar al huésped y a su descendencia. El paludismo, más conocido como la malaria, llegaba con los mosquitos que aparecían después de cada crecida del río Nilo, provocando fiebres agudas cada 48 o 72 horas. Sin embargo, también podía transmitirse, a través de la sangre de madres infectadas, a sus hijos durante el embarazo, la mitad de los cuales no llegaban a cumplir los 5 años. Destaca el caso del joven faraón Tutankamón, cuyo análisis de ADN, realizado en 2010 bajo la dirección del egiptólogo Zahi Hawass, reveló tal dolencia. Además, también le fueron diagnosticadas otras relacionadas con la genética, ya que el faraón fue fruto de la relación entre su padre y su hermana. Éstas eran la enfermedad de Kröler, una osteopatía degenerativa que causa necrosis en el pie, y la oligodactilia, una enfermedad genética por la cual su pie derecho tenía cuatro dedos y el izquierdo estaba deformado. De esta manera, se entiende que en su ajuar funerario su familia incluyera 130 bastones que le ayudaran a andar en su otra vida. Sin embargo, no fue el único afectado de la familia real. La princesa Ahmose-Meryet-Amon padeció una enfermedad coronaria, concretamente arteriosclerosis, que se la llevó cuando tenía 40 años. Esta enfermedad, que se creía, como señala el egiptólogo Gregory Thomas: “propia del estilo de vida moderno”, también era muy común hace 3500 años, según muestran también las otras 52 momias de nobles adultos analizadas en su estudio en la región de Luxor. Consiste en una obstrucción de las venas por altos niveles en sangre de grasas saturadas y colesterol, que se cree que pudo venir por gran ingesta de carne en el círculo real y la conservación de los alimentos en sal. La calcificación que dicha dolencia dejó en sus huesos pudo detectarse en su momia a través de una tomografía computerizada, una exploración radiológica por secciones del cuerpo, realizada en mayo de 2011.

La tuberculosis pulmonar también estaba muy presente en aquella época, conocida por las representaciones de los templos y por la descripción de los síntomas en el Papiro de Ebers, sino encontrada también en la médula espinal de nobles momificados, como es el caso del Nesparehan, sacerdote de Amón durante la XXI dinastía. El Papiro de Ebers es uno de los más antiguos tratados médicos conocidos. Fue redactado en el antiguo Egipto, cerca del año 1500 antes de nuestra era. Está fechado en el octavo año del reinado de Amenhotep I, de la dinastía XVIII. Descubierto entre los restos de una momia en la tumba de Assasif, en Luxor, por Edwin Smith en 1862, fue comprado a continuación por el egiptólogo alemán Georg Ebers, al que debe su nombre y su traducción. Se conserva actualmente en la biblioteca universitaria de Leipzig. Es también uno de los más largos documentos escritos encontrados del antiguo Egipto. Mide más de veinte metros de longitud y unos treinta centímetros de alto, y contiene 877 apartados que describen numerosas enfermedades en varios campos de la medicina, como la oftalmología, la ginecología, la gastroenterología, así como las correspondientes prescripciones, incluyendo un primer esbozo de depresión clínica respecto al campo de la psicología. La farmacopea egipcia de la época recurría a más de 700 sustancias, extraídas en su mayor parte del reino vegetal: azafrán, mirra, áloes, hojas de ricino, loto azul, extracto de lirio, jugo de amapola, resina, incienso, cáñamo, etc. El papiro también incluye varios remedios obtenidos de insectos y arañas. Resulta de gran importancia para la paleopatología, rama de la ciencia que estudia las enfermedades en la historia, ya que explica los recursos, metodología y tratamientos curativos que practicaban los médicos egipcios, denominados Sum-Un. Este papiro también proporciona información, entre otras dolencias, sobre el tumor de Khonsu, cuya descripción coincide sospechosamente con la lepra: “Es algo terrible y tiene muchas tumefacciones. Algo ha aparecido dentro de él como si estuviese lleno aire. Puedes entonces decir: es un tumor de Khonsu. No se puede hacer nada contra esto”.

Sin embargo, no se han encontrado restos en momias. Lo más probable, como señaló el antropólogo checo Eugen Strouhal al descubrir los cráneos enterrados en las regiones de Balat y Dajla, es que existiese una patología altamente contagiosa, como la lepra, por la cual no se arriesgaran al embalsamamiento de estos enfermos por miedo a contraerla. La viruela también era otra de las enfermedades existentes en aquella época, como así lo prueban las marcas del cuerpo momificado del faraón Ramsés V, fallecido en el 1157 a.C. Los bultos y pústulas, derivados de esta enfermedad, provocaban a su vez otras disfunciones del cuerpo humano, como la esterilidad o la ceguera. Respecto a las enfermedades oculares, en Egipto eran muy comunes debido a los pequeños sedimentos arenosos de roca caliza que viajaban por el aire, además de la exposición continuada al sol. Las infecciones oculares y cegueras se intentaban prevenir mediante su característico maquillaje. En este sentido, la línea negra que marcaba el rostro de esta civilización, estaba hecha con plomo, un antibiótico natural que protegía de algunas de estas infecciones. La más común de todas estas infecciones oculares era el tracoma, que acababa causando ceguera y afectaba sobre todo a los niños más pequeños. También había otro tipo de cegueras derivadas del déficit de vitamina A, que era común debido a las fuertes diarreas que producía beber el agua del Nilo. Dichos cólicos eran muy severos y contribuían en gran medida, como indica el antropólogo español Miguel Botella, a la mortalidad infantil de la época. Muchos han sido los cuerpos de niños momificados cuya ausencia de marcas en los huesos indica un fallecimiento por infección aguda. El viento arenoso y la climatología característica de la zona, por otro lado, también fueron causa de enfermedades respiratorias, como neumonías, fibrosis y neumoniosis. Mientras la fibrosis causa dolor y pérdida de la capacidad pulmonar, la neumoniosis provocaba grandes daños a los pulmones como resultado del exceso de roca caliza almacenada en ellos por la respiración, especialmente en los constructores de pirámides. En la mesa del faraón se podían ver vegetales, pescado sazonado y carne de algunas aves, mientras que en la de los pobres se reducía a cereales, pescado y leche de cabra. Sin embargo, las caries y demás enfermedades dentales son reseñables tanto en las clases privilegiadas como en las pobres, aunque las primeras comiesen más carne que las segundas. Ambos comían su comida en el mismo clima, factor que afectaba a todos los alimentos.

Los sedimentos del aire también se posaban en los alimentos, lo cual producía una erosión más acusada en sus dentaduras. Debido a ello, las caries eran frecuentes y era extraño que cualquier adulto que sobrepasara la edad de 30 años conservara más de un par de muelas. Sin embargo, se piensa que fueron los primeros en poner prótesis que taparan esos agujeros, como también lo fueron en fabricar pequeñas piezas que sustituían a los dedos del pie. A todo lo anterior habría que añadir la escasez de alimentos que tenían, sobre todo con las continuas sequías, y una ingesta elevada de otros de mala calidad. Además, sus dietas encerraban un consumo excesivo de cereales y una acusada falta de proteínas, como ha descubierto el equipo dirigido por Miguel Botella en el proyecto Quubet El-Hawa. De ese régimen nutricional se derivan otras enfermedades específicas como la brucelosis o fiebre de malta, consecuencia de un alto consumo de leche de cabra sin hervir, además del cólera, expandido también por las aguas del Nilo. Estas enfermedades, que no dejan marcas en los huesos, sí se han encontrado en el ADN de algunas momias. Muchas de las momias descubiertas eran de niños que apenas llegaban a superar los 6 años de edad, pero no sólo era cosa de esta zona. En Luxor, región perteneciente a la antigua Tebas, el egiptólogo español José Manuel Galán, miembro del CSIC, también ha descubierto una mayoría de niños en las momias que ha investigado. Él y su equipo, establecidos en Djehuty, encontraron también sarcófagos infantiles en las pirámides que cobijan a las antiguas familias reales egipcias, lo que demuestra que no sólo eran enfermedades que afectaran a las clases más bajas. El más importante es el de un príncipe de 5 años que murió hace 3.500 años y que, según el propio Galán: “Puede aportar gran cantidad de información sobre una época de la historia del antiguo Egipto sobre la que aún se sabe muy poco”.

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Esta malnutrición no responde a ninguna razón estética sino al déficit en sus despensas. No es que prefiriesen bañarse en leche a beberla, como la famosa Cleopatra, sino que simplemente no disponían de ella. Si bien el abundante lino que crecía en la zona les abastecía sin problemas para la confección de su vestimenta, vendajes de momias y papiros, no sucedía lo mismo con la comida. Los gobernadores de Asuán, región fronteriza con Sudán, pasaban largas temporadas sin probar apenas bocado, razón por la cual han sido allí encontradas momias de personajes importantes de la época, de renombre y fallecidos con tan sólo 17 años. Afecciones como la anemia sí pueden observarse a través de marcas en los huesos, como explica el arqueólogo Miguel Botella. Por ejemplo, a causa de una anemia crónica, la médula ósea, que es la productora de los glóbulos rojos de la sangre, se hincha por un aumento de trabajo para intentar compensar ese déficit. Su parte esponjosa aparece así dilatada e hipertrófica, con un claro rastro de porosidad fácil de detectar. También se pueden detectar las hambrunas en los dientes, especialmente de niños, puesto que éstas detienen el crecimiento de los huesos y dejan rayas transversales en los caninos, que permiten incluso calcular la época en que se produjeron. Los descubrimientos en las 60 tumbas exploradas revelan este tipo de carencias físicas que sufría la mayoría de la población, además de aportar datos sobre sus condiciones de vida. Aunque los papiros e inscripciones dan fe del nivel cultural extraordinario que se cultivaba en la época, el profesor Botella afirma que “la clase social más alta estaba en condiciones de salud muy precarias, muchas veces rozando incluso el límite de la supervivencia”. En consecuencia, la esperanza de vida era muy corta, incluida la familia del faraón, donde los más longevos llegaban a edades entre los 45 y los 50 años. Éstos solían tener más problemas coronarios y dentales, mientras los más jóvenes sufrían más los trastornos gastrointestinales agudos. Estas infecciones constituían la principal causa de muerte entre niños y adolescentes, superando incluso a las derivadas de la guerra, como podría pensarse debido a que se trataba de una región fronteriza, expuesta continuamente a ataques foráneos.

Tanto en el caso de los virus como de los viroides tenemos entidades extremadamente sencillas, que no son más que un pedazo de material genético flotando en el aire, sin posibilidades de realizar ninguna de las labores que, de ordinario, caracterizan a las entidades vivas. Sin embargo, el material genético, ADN o ARN, es de por sí el origen de todas estas actividades, por lo que podría afirmarse que este material, de alguna manera, está “vivo” en un sentido extremadamente básico. Pero resulta que las cosas no son tan sencillas y existen entidades aún más simples que son capaces de infectar y enfermar plantas y animales. Estas entidades, en la base de la cadena “viva”, se denominan priones y aparentemente no son más que un trozo de proteína defectuosa. La existencia misma de estas entidades no se descubrió hasta 1982, y la investigación al respecto no nos ha brindado herramientas para atacarlas con eficiencia, por lo que la mayoría de enfermedades priónicas son incurables. Estas entidades resultan extremadamente sencillas pero, aun así, son capaces de replicarse rápidamente y de infectar a un animal complejo. La enfermedad más famosa transmitida por priones es la llamada enfermedad de las vacas locas, la cual se caracteriza por destruir el cerebro de los bovinos y convertirlo en una especie de masa esponjosa. Los priones son el último eslabón de una cadena de entes aparentemente inertes que, aun así, son capaces de replicarse con la ayuda de un ser vivo, destruyéndolo durante el proceso. Resulta extremadamente complejo explicar evolutivamente la existencia de los priones, pues ni siquiera tienen material genético. Si o fuera por sus huéspedes pasarían completamente inadvertidos. Son, en toda la categoría, entidades inertes, pero su existencia misma siembra dudas sobre las características de la vida.

Existen otros seres que podrían cuestionar lo que hoy llamamos vida. Se trata de las llamadas bacterias matusalén, que tienen metabolismos tan lentos que pueden vivir por miles de años y apenas si se notan cambios en su composición. Tal vez hay fenómenos vivos tan lentos que a nuestros ojos parezcan inertes, mientras que podrían haber otros tan rápidos que no podamos detectarlos con los medios actuales. Definir la vida ha sido uno de los grandes desafíos de la ciencia moderna, y en muchos sentidos parece haberse quedado corta, dados los nuevos descubrimientos. Por ello nos preguntamos si están vivos los priones. O tal vez no son más que autómatas, pedazos de material biológico que van por ahí asemejándose más a una toxina que a una bacteria. Pero de nuevo volvemos a la pregunta de cómo logran replicarse. Estos misterios siguen presentes en la mente de los filósofos y los científicos. Sabemos realmente si existen otros tipos de vida, distintos a los que conocemos. Los virus pueden funcionar y multiplicarse sólo en el interior de una célula viva. Son mucho más simples que cualquier microorganismo, y los más simples están formados solamente de un ácido nucleico, el ADN o el ARN. De hecho, los virus no existen aparentemente fuera de las células. Son simplemente substancias químicas con una estructura molecular altamente compleja, pero completamente regular. En algunos casos, en los laboratorios, se ha logrado hasta descomponer un virus, purificar sus componentes y luego reunirlos, sin destruir su capacidad de funcionar. A pesar de que las partículas aisladas de un virus no son más que una aglomeración de substancias químicas, los virus están formados por substancias químicas muy especiales, tales como las proteínas y los ácidos nucleicos, que, a su vez, son los constituyentes esenciales de la materia viviente. En los virus estas substancias pueden ser estudiadas separadamente. Y fueron estos estudios los que llevaron a los biólogos moleculares a realizar varios de sus más importantes descubrimientos en los años cincuenta y sesenta del siglo XX.

Los ácidos nucleicos son macromoléculas en forma de cadenas que transportan la información necesaria para la auto replicación y para la síntesis de las proteínas. Cuando un virus entra en una célula viva puede utilizar el mecanismo bioquímico de la célula para construir nuevas partículas virales, según las instrucciones codificadas en su ADN o en su ARN. Por consiguiente, un virus no es un simple parásito que se apropie de las substancias nutritivas del organismo huésped para mantenerse con vida y reproducirse. Al ser esencialmente un mensaje químico, no tiene un metabolismo propio ni tampoco puede realizar muchas de las funciones típicas de los organismos vivientes. Su única función es la de hacerse cargo del mecanismo de repetición de la célula y usarlo para crear nuevas partículas virales. Esta actividad ocurre a una velocidad frenética. En una hora, una célula afectada por un virus puede producir miles de nuevos virus, y en muchos casos la célula quedará destruida en el proceso. Puesto que una sola célula produce una cantidad tan grande de partículas virales, una infección viral en un organismo multicelular puede destruir rápidamente un gran número de células y, por consiguiente, dar origen a una enfermedad. Pese a que la estructura y el funcionamiento de los virus se conoce hoy perfectamente, su naturaleza básica sigue siendo todavía u enigma. Fuera de las células vivas, una partícula viral no puede considerarse un organismo viviente. Pero dentro de una célula forma un sistema viviente junto con la célula misma, pero se trata de un sistema viviente muy particular. El virus tiene la capacidad de organizarse a sí mismo, pero el objetivo de su organización no es la estabilidad y la supervivencia de todo el sistema conjunto virus-célula. Por el contrario, su único fin es la producción de nuevos virus que pasarán a formar sistemas vivientes de este tipo en los ambientes proporcionados por otras células.

La historia social de los virus describe la influencia de los virus y las infecciones virales en la historia de la humanidad. Las epidemias causadas por los virus parece que comenzaron cuando la conducta del ser humano cambió durante el periodo Neolítico, hace unos 12.000 años, después de un supuesto cataclismo, cuando los seres humanos desarrollaron comunidades agrícolas más densamente pobladas. Esto permitió que los virus se propagaran rápidamente para convertirse posteriormente en un problema de salud endémico. Los virus de las plantas y el ganado también aumentaron. Y como los seres humanos se volvieron dependientes de la agricultura y de la ganadería, enfermedades tales como el mosaico severo de la patata, causado por el Potato Virus Y, y la peste bovina del ganado, tuvieron consecuencias devastadoras. Los virus de la viruela y el sarampión se encuentran entre los virus más antiguos conocidos que infectan a los seres humanos. Habiendo evolucionado a partir de los virus que infectaban a otros animales, estos virus aparecieron por primera vez en seres humanos en Europa y el Norte de África hace miles de años. Posteriormente los virus fueron llevados al Nuevo Mundo por los europeos durante la época de las conquistas españolas. Como los indígenas no tenían resistencia natural a estos virus, millones de indígenas murieron durante las epidemias. Desde 1580 se han registrado pandemias de gripe, y en los siglos posteriores han acontecido con más frecuencia. La pandemia de 1918-1919, conocida como la gripe española, provocó la muerte de 40 a 50 millones de personas en menos de un año, y es considerada una de las más devastadoras en la historia. Louis Pasteur y Edward Jenner fueron los primeros en desarrollar vacunas para protección contra las infecciones virales. La naturaleza de los virus no se conocía hasta la invención del microscopio electrónico en la década de 1930. Fue entonces cuando la ciencia de la virología cobró un gran impulso. En el siglo XX se descubrió que muchas enfermedades antiguas y nuevas eran causadas por virus. Había epidemias de poliomielitis que sólo pudieron ser controladas gracias al desarrollo de una vacuna en la década de 1950. El virus de VIH es uno de los nuevos virus más patógenos que han surgido en los últimos tiempos. Aunque el interés científico en los virus surgió a raíz de las enfermedades que causan, hay que reconocer que la mayoría de ellos son beneficiosos. Los virus beneficiosos inducen a impulsar la evolución mediante la transferencia de genes entre especies y juegan un papel importante en los ecosistemas, siendo esenciales para la vida.

En los últimos miles de años, debido al incremento de la población de hombres modernos y su dispersión por todo el mundo, surgieron nuevas enfermedades infecciosas, incluyendo aquellas causadas por virus. Antes se supone que los humanos vivían en comunidades pequeñas y aisladas, por lo que no existían la mayoría de las enfermedades epidémicas. La viruela, la infección viral más letal y devastadora de la historia, apareció por primera vez entre las comunidades agrícolas de la India hace aproximadamente unos 11.000 años. El virus, que afecta sólo a seres humanos, probablemente descendía del virus de la viruela de los roedores.  Los seres humanos seguramente entraron en contacto con estos roedores y algunas personas se infectaron con el virus que ellos portaban. Cuando los virus cruzan la llamada “barrera de las especies”, sus efectos pueden ser graves, y los seres humanos pueden haber tenido poca resistencia natural al virus. Los seres humanos contemporáneos vivían en pequeñas comunidades y aquellos que se infectaban morían o desarrollaban inmunidad. Esta inmunidad adquirida sólo se transmite temporalmente de padres a hijos por los anticuerpos presentes en la leche materna y por otros anticuerpos que atraviesan la placenta desde la sangre de la madre al feto. Por consiguiente, los brotes esporádicos ocurrieron probablemente en cada generación. Alrededor del año 9000 a.C. mucha gente comenzó a establecerse en las llanuras aluviales fértiles del río Nilo, por lo que la densidad de población llegó a ser lo suficientemente alta para que el virus se mantuviera presente debido a la alta concentración de personas susceptibles a la infección. Otras epidemias de enfermedades virales que necesitan de grandes concentraciones de personas, como las paperas, la rubeola y la poliomielitis, aparecieron también por primera vez en esa época. El Neolítico, que comenzó en el Medio Oriente aproximadamente en el año 9500 a.C., fue la época en que los humanos se convirtieron en agricultores. Esta revolución agrícola abarcó el desarrollo de monocultivos y dio oportunidad a la rápida propagación de varias especies de virus de plantas. La divergencia y dispersión del virus del mosaico del frijol del sur data de esta época. La propagación de los Potato Virus Y de la patata, y otras frutas y vegetales comenzó hace unos 6600 años.

Hace unos 10.000 años los seres humanos que habitaban las tierras alrededor de la cuenca del Mediterráneo comenzaron a domesticar animales salvajes. Por esta razón, cerdos, vacas, cabras, ovejas, caballos, camellos, perros y gatos fueron mantenidos y criados en cautiverio. Estos animales pudieron haber sido los portadores de virus. La transmisión de virus de animales a seres humanos es posible, pero este tipo de infecciones son raras y la posterior transmisión de humano a humano de virus de animales es aún más rara, aunque hay notables excepciones como la gripe. La mayoría de los virus son específicos de cada especie y no deberían haber sido una amenaza para los humanos. Las raras epidemias de enfermedades virales procedentes de animales habrían sido de corta duración, debido a que los virus no se adaptan totalmente a los seres humanos y las poblaciones humanas. Otros virus más antiguos han resultado ser una amenaza menor. Como ejemplo tenemos que los virus del herpes infectaron a los ancestros de los humanos modernos hace más de 80 millones de años. Los seres humanos han desarrollado una tolerancia a estos virus y la mayoría se infectan con al menos una especie. Los registros de estas infecciones por virus más leves son escasos, pero es probable que los primeros homínidos hayan padecido de resfriados, gripe y diarrea causados por virus, igual que los humanos de hoy en día. Recientemente son los virus que evolucionaron los causantes de las epidemias y pandemias y éstas son las que quedan registradas en la historia. El virus de la gripe es el que parece haber cruzado la barrera de las especies, de cerdos a patos y aves acuáticas, y de aquí a los seres humanos. Es posible que una plaga mortal registrada en el Medio Oriente durante de la última fase de la dinastía XVIII en Amarna, Egipto, esté asociada con esta transmisión.

Entre los primeros registros de una infección viral se encuentra una estela egipcia que representa a un sacerdote egipcio de la dinastía XVIII (1580-1350 a.C.). Se le ve con una deformidad de pie caído, característica de una infección por poliovirus. La momia de Siptah, un gobernante durante la dinastía XIX, muestra signos de poliomielitis, y la de Ramsés V y algunas otras momias egipcias, enterradas hace más de 3000 años, muestran evidencias de viruela. En el año 430 a.C. hubo una epidemia de viruela en Atenas en la que, a causa de esta infección, murieron una cuarta parte del ejército ateniense y muchos civiles. El sarampión también es una enfermedad antigua, pero no fue hasta el siglo X que el médico persa Al-Razi, (865 – 925), más conocido como Rhazes, lo identificó por primera vez. Rhazes fue un sabio persa, médico, filósofo, y académico que realizó aportes fundamentales y duraderos a la medicina, la química y la física, escribiendo más de 184 libros y artículos científicos. Era un gran conocedor de la medicina griega a la que realizó aportes sustanciales a partir de sus propias observaciones. Rhazes es reconocido por haber descubierto el ácido sulfúrico, verdadera “locomotora” de la química moderna y la química industrial. También descubrió el etanol así como su refinamiento y uso en medicina. A él se atribuye la invención del alambique y la primera destilación del petróleo para la obtención de queroseno y otros destilados. Ha sido indiscutiblemente uno de los grandes pensadores del Islam, y su influencia en la medicina y la ciencia europea fue enorme. Rhazes utilizó el nombre árabe hasba para el sarampión. Pero ha tenido muchos otros nombres, como rubeola, derivado de la palabra latina rubeus (“rojo”), y también morbilli, que significa “pequeña plaga”. Las estrechas similitudes entre el virus del sarampión, el virus del moquillo canino y el virus de la peste bovina, han dado lugar a la especulación de que el sarampión fue primeramente transmitido a los humanos por perros o ganado domesticado. El virus del sarampión parece haber divergido completamente del virus de la peste bovina, que se extendía en el siglo XII de forma generalizada.

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Una infección de sarampión confiere inmunidad de por vida. Por consiguiente, el virus requiere de una alta densidad de población para que se desarrolle una enfermedad endémica, y esto probablemente no sucedió en el Neolítico. Después aparecer en el Oriente Medio, el virus se extendió hasta la India aproximadamente en el 2500 a.C. El sarampión en los niños era tan común en esa época que no se percibía como una enfermedad. En los jeroglíficos egipcios fue descrito como una etapa normal del desarrollo humano. Una de las primeras descripciones de una planta infectada por un virus se puede encontrar en un poema escrito por la emperatriz japonesa Kōken Tennō (718 – 770) , en el cual describe una planta de verano con hojas amarillentas. La planta, identificada posteriormente como Eupatorium lindleyanum, se infecta a menudo con el virus del rizado amarillo del tomate o el virus de la cuchara. El rápido crecimiento de la población de Europa y las crecientes concentraciones de personas en pueblos y ciudades se convirtió en terreno fértil para muchas enfermedades infecciosas y contagiosas, de las cuales la peste negra, una infección bacteriana, es probablemente la más conocida. A excepción de la viruela y la gripe, los brotes de infecciones documentadas, que actualmente se sabe que son causadas por virus, eran contados. La rabia, una enfermedad conocida por más de 4 000 años, era algo común en Europa,y continuó siéndolo hasta que Louis Pasteur desarrolló una vacuna en 1886. El promedio de esperanza de vida en Europa durante la Edad Media era de 35 años; el 60% de los niños moría antes de cumplir 16 años, muchos de ellos durante los primeros 6 años de vida. Los médicos, los pocos que había, confiaban tanto en la astrología como en sus limitados conocimientos médicos. Algunos tratamientos para las infecciones consistían en ungüentos preparados a partir de gatos que habían sido asados con grasa de erizo. Las enfermedades que causaban mayor cantidad de muertes en la niñez eran el sarampión, la gripe y la viruela. Las Cruzadas y las conquistas musulmanas favorecieron la propagación de la viruela, que fue la causa de frecuentes epidemias en Europa tras su introducción en dicho continente entre los siglos V y VII. El sarampión era una enfermedad endémica en los países densamente poblados de Europa, norte de África y Oriente Medio. En Inglaterra, esta enfermedad, llamada por aquel entonces “mezils”, fue descrita por primera vez en el siglo XIII, y fue probablemente una de las 49 plagas que acontecieron entre el año 526 y el 1087.

La peste bovina, que es causada por un virus estrechamente relacionado con el virus del sarampión, es una enfermedad del ganado que era conocida desde la época romana. Esta enfermedad, que tuvo su origen en Asia, fue traída a Europa primeramente durante la invasión de los Hunos en el año 370. Invasiones posteriores de los mongoles, dirigidos por Gengis Kan y su ejército, dieron inicio a las pandemias en Europa en 1222, 1233 y 1238. Posteriormente llegó la infección a Inglaterra debido a la importación de ganado del continente. En esa época la peste bovina era una enfermedad devastadora, con una tasa de mortalidad del 80-90%. La consiguiente pérdida de ganado trajo consigo la hambruna. Poco tiempo después de la victoria de Enrique VII de Inglaterra en la batalla de Bosworth, batalla decisiva de la larga disputa por el trono de Inglaterra entre las casas de York y de Lancaster, conocida también como la guerra de las Dos Rosas, que tuvo lugar el 22 de agosto de 1485, su ejército repentinamente enfermó del sudor inglés, algo que los observadores contemporáneos describieron como una nueva enfermedad. La enfermedad, insólita puesto que afectaba principalmente a los ricos, podría haberse originado en Francia, donde Enrique VII había reclutado soldados para su ejército. Otra epidemia azotó Londres en el caluroso verano de 1508. Las víctimas se enfermaban y morían el mismo día y había muertes por toda la ciudad. Las calles estaban desiertas y solo circulaban las carretas que transportaban los cuerpos de los fallecidos. El rey Enrique VII decretó que nadie podía entrar o salir de la ciudad excepto los médicos y boticarios. El último brote fue en 1556. La enfermedad, que mató a decenas de miles de personas, fue probablemente la gripe o una infección viral similar. Sin embargo, los registros de esta época, en que la medicina no era una ciencia, no son confiables. Al convertirse la medicina en una ciencia, las descripciones de las enfermedades empezaron a ser más precisas. Aunque la medicina poco podía hacer para aliviar el sufrimiento de los enfermos, se tomaron medidas para controlar la propagación de enfermedades. Se implementaron restricciones al comercio y a los viajes, mientras que las familias afectadas fueron aisladas en sus comunidades, los edificios fueron fumigados y se sacrificó al ganado infectado.

Se tienen registros de datos de infecciones por gripe a finales del siglo XV y principios del XVI, pero las infecciones casi seguro que ocurrieron mucho antes. En 1173, tuvo lugar una epidemia que posiblemente fue la primera conocida en Europa, y en 1943, un brote, de lo que actualmente se piensa fue gripe porcina, que golpeó a los nativos americanos de La Española, una isla del mar Caribe que acoge a dos estados actuales, Haití y la República Dominicana, y primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo, tras ser descubierta por Cristóbal Colón en su primer viaje en 1492. Existe cierta evidencia que sugiere que la fuente de la infección fueron los cerdos que llevaba Cristóbal Colón en sus barcos. Durante una epidemia de gripe que se produjo en Inglaterra entre 1557 y 1559, el cinco por ciento de la población, unas 150.000 personas, murió a causa de la infección. La tasa de mortalidad fue casi cinco veces mayor que la de la pandemia de 1918-19. La primera pandemia registrada de forma fiable, comenzó en julio de 1580 y se extendió por Europa, África y Asia. La tasa de mortalidad fue alta, ya que unas 8000 personas murieron en Roma. Las siguientes tres pandemias de gripe ocurrieron en el siglo XVIII, incluyendo la pandemia de 1781-82, que fue probablemente la más devastadora en la historia. Se inició en noviembre de 1781 en China y llegó a Moscú en diciembre. En febrero de 1782 golpeó San Petersburgo y en mayo llegó a Dinamarca. En un plazo de seis semanas, el 75% de la población británica estaba infectada y la pandemia pronto se extendió a las Américas.  Las Américas y Australia permanecieron libres de sarampión y viruela hasta la llegada de los colonizadores europeos entre los siglos XV y XVIII. La viruela, junto con el sarampión y la gripe, fue llevada a América por los españoles. La viruela era endémica en España, habiendo sido introducida desde África. En 1519 una epidemia de viruela tuvo lugar en la capital azteca de México, Tenochtitlán. Empezó dentro del ejército de Pánfilo de Narváez, quién siguió a Hernán Cortés desde Cuba y tenía un esclavo africano a bordo de su nave que sufría de viruela. Cuando finalmente los españoles entraron en la capital azteca en el verano de 1521, vieron la ciudad llena de cuerpos de víctimas de la viruela. Esta epidemia, junto con las que siguieron durante los años de 1545 a 1548 y 1576 a 1581, provocó finalmente la muerte a más de la mitad de la población nativa.

La mayor parte de los españoles eran inmunes a la enfermedad. Con un ejército de menos de 900 hombres, no hubiera sido posible que Cortés derrotara a los aztecas y conquistase México sin la ayuda de la viruela. Muchas poblaciones nativas americanas fueron devastadas después de la inesperada propagación de las enfermedades introducidas por los europeos. En los 150 años que siguieron a la llegada de Colón en 1492, la población indígena de América del Norte se redujo en un 80% a causa de enfermedades como el sarampión, la viruela y la gripe. El daño causado por estos virus ayudó significativamente a los intentos de los europeos de conquistar y desplazar a la población nativa. En el siglo XVIII la viruela era endémica en Europa. Hubo cinco epidemias en Londres entre 1719 y 1746, y grandes brotes se produjeron en otras importantes ciudades europeas. A finales del siglo XVIII, unos 400.000 europeos morían cada año por esta enfermedad. Llegó a Sudáfrica en 1713, transportada en los barcos que procedían de la India, y en 1789 la enfermedad golpeó Australia. En el siglo XIX, la viruela se convirtió en la causa más importante de muerte entre los aborígenes australianos. En 1546 Girolamo Fracastoro (1478-1553) dio una descripción clásica del sarampión. Él pensó que la causa de la enfermedad era unas “semillas” que se transmitían de persona a persona. En 1670, una epidemia de sarampión golpeó Londres, según un registro por Thomas Sydenham (1624-1689), quién pensó que era causada por los vapores tóxicos que emanaban de la tierra. Su teoría era errónea. Pero, sin embargo, fue un talentoso observador y sus registros fueron muy meticulosos. La fiebre amarilla es una enfermedad a menudo mortal causada por un flavivirus, virus cuyo material genético reside en una única cadena de ARN de polaridad positiva. El virus se transmite a los humanos a través del mosquito Aedes aegypti y apareció por primera vez hace más de 3000 años. En 1647, la primera epidemia registrada tuvo lugar en Barbados y fue llamada “El moquillo Barbados” por John Winthrop, que era el gobernador de la isla en aquel tiempo. Para proteger a la población, Winthrop aprobó leyes de cuarentena, que fueron las primeras leyes de esta índole en América del Norte. Nuevas epidemias de esta enfermedad se produjeron en América del Norte durante los siglos XVII, XVIII y XIX. Los primeros casos conocidos de la fiebre del dengue tuvieron lugar en Indonesia y Egipto en 1779. Los barcos comerciales trajeron la enfermedad a los Estados Unidos, donde se produjo la primera epidemia en Filadelfia en 1780.

En los museos europeos se pueden encontrar muchas pinturas que representan tulipanes con rayas de atractivos colores. La mayoría, como los estudios de la naturaleza muerta del pintor flamenco Johannes Bosschaert, fueron pintadas durante el siglo XVII. Estas flores fueron particularmente populares y muy buscadas por aquellos que podían pagarlas. En aquel momento no se sabía que las rayas eran causadas por un virus transferido accidentalmente por los seres humanos a los tulipanes. Pero, debilitadas por el virus, las plantas resultaron ser una mala inversión, ya que sólo algunos bulbos producían flores con las características atractivas de la planta madre. Hasta la gran hambruna irlandesa de 1845-1852, la causa más común de la enfermedad en las patatas no era el moho que causa el tizón de la patata sino un virus. La enfermedad es causada por el virus del enrollamiento de la hoja de la patata y fue difundido en Inglaterra en la década de 1770, donde destruyó el 75% de la cosecha. Se denomina gran hambruna irlandesa a la situación de falta de alimentos ocurrida en Irlanda entre los años 1845 y 1849, causada entre otros motivos por la escasez de patata, por lo que también es conocida como la Irish Potato Famine. Se generó por la ineficiente política económica del Reino Unido, los métodos inadecuados de cultivo y, como determinante, la desafortunada aparición de una plaga de tizón tardío, también llamada rancha, roya o mildiú de la patata, provocada por el Phytophthora infestans, el cual destruía rápidamente la hortaliza, que era uno de los alimentos más importantes de la época. La importancia de este tubérculo, originario de América, en la alimentación de los europeos queda patente al considerarse tradicionalmente que su cultivo en Europa consiguió eliminar el hambre en el continente.

Lady Mary Wortley Montagu (1689-1762) fue una aristócrata, viajera, escritora, científica y feminista británica, así como esposa de Edward Wortley Montagu, miembro del Parlamento del Reino Unido. En 1716, su marido fue nombrado embajador británico en Estambul. Del Imperio otomano, Lady Mary, que en su propia piel mostraba las cicatrices de la viruela, y había visto morir a su hermano por ella, trajo a su vuelta a Inglaterra la práctica de la inoculación como profilaxis contra la enfermedad. Hizo inocular a sus propios hijos, y se enfrentó a los poderosos prejuicios que había contra tal práctica. No quería que su hijo Edward, de cinco años, padeciera esta enfermedad y, con gran determinación, le ordenó al cirujano de la embajada, Charles Maitland, que le aplicara la técnica de la inoculación. A su regreso a Londres le pidió a Maitland que le aplicara la inoculación a su hija de cuatro años en presencia de los médicos del rey. Más tarde, Montagu persuadió al rey Jorge II de Gran Bretaña y Hannover para que patrocinara una demostración pública de este procedimiento. Se les ofreció el indulto total a seis presos que habían sido condenados a muerte y estaban en espera de su ejecución en la prisión de Newgate, si se prestaban a ser los sujetos del experimento. Ellos aceptaron y fueron inoculados en 1721. Los seis presos se recuperaron satisfactoriamente. Para probar el efecto protector del procedimiento, a uno de los presos, una mujer de 19 años de edad, se le ordenó dormir en la misma cama con un niño de 10 años enfermo de viruela por seis semanas. Y ella no contrajo la enfermedad. El experimento se repitió con once niños huérfanos, los cuales sobrevivieron a la terrible experiencia. Pero el procedimiento no era del todo seguro y había una probabilidad de muerte de uno de cada cincuenta inoculados. Este procedimiento era caro; algunos médicos cobraban entre 5 y 10 libras y algunos vendieron el método a otros profesionales por honorarios de 50 a 100 libras, o por la mitad de las ganancias. Pero la inoculación se mantuvo fuera del alcance de muchos hasta finales de la década de 1770. En ese tiempo nada se sabía acerca de los virus o del sistema inmune, y nadie sabía por qué este procedimiento proporcionaba protección.

Edward Jenner (1749-1823), un médico rural británico, fue inoculado cuando era niño. Aunque sufrió mucho durante el proceso, sobrevivió y quedó completamente protegido de la viruela. Jenner conocía una creencia local con respecto a que los trabajadores que trabajaban con las vacas a veces se contagiaban de la llamada “viruela de las vacas”, que era una enfermedad de carácter relativamente benigno. Posteriormente estas personas eran inmunes a la viruela humana. Por ello decidió poner a prueba esta teoría. El 14 de mayo de 1796 seleccionó a un niño sano de unos 8 años con el propósito de inocularle la viruela de las vacas. El niño, que se llamaba James Phipps (1788-1853), sobrevivió a la inoculación experimental de la viruela y sólo presentó una fiebre leve. El 1 de julio de 1796, Jenner tomó una sustancia que producía la viruela, probablemente pus infectado, y lo inoculó varias veces en los brazos de Phipps. El niño sobrevivió y fue posteriormente inoculado más de 20 veces con la viruela sin sucumbir a la enfermedad. Se había inventado la vacunación, palabra que se deriva de vaca. Pronto se demostró que el método de Jenner era más seguro que la inoculación, y hacia el año 1801 más de 100.000 personas habían sido vacunadas. A pesar de las protestas de los profesionales de la medicina, que aún practicaban la inoculación y que previeron un descenso en sus ingresos, en 1840 se introdujo en el Reino Unido la vacunación gratuita de la población con pocos recursos económicos. En el mismo año, y debido a las muertes asociadas a ella, la práctica de la inoculación fue declarada ilegal. La vacunación se hizo obligatoria en Inglaterra y Gales por la Ley de Vacunación de 1853, y los padres que no vacunaran a sus hijos antes de los tres meses de edad podrían ser multados a pagar una libra. Esta ley no fue aplicada adecuadamente, y el sistema para proporcionar vacunas, que no había cambiado desde 1840, fue ineficaz. Al principio la población se apegó a la nueva ley, pero al final resultó que sólo una pequeña parte se había vacunado. La vacunación obligatoria no fue bien recibida y tras las protestas se formaron, en 1866, la Liga Anti-Vacunación y la Liga Anti-Obligatoria de la Vacunación. Tras la campaña de anti-vacunación tuvo lugar un grave brote de viruela en Gloucester en 1895, en la que murieron 434 personas, de las cuales 281 eran niños. A pesar de este suceso, el gobierno británico cedió ante las protestas y la Ley de Vacunación de 1898 abolió las multas y tomó medidas para poner una cláusula “objetora de conciencia”, la primera vez que se usaba este término, para los padres que no creían en la vacunación. Durante el año siguiente se aceptaron 250.000 objeciones y para 1912 menos de la mitad de la población de recién nacidos estaba vacunada. En 1948, la vacunación contra la viruela ya no era obligatoria en el Reino Unido.

La rabia es una enfermedad, a menudo mortal, causada por la infección de mamíferos con el virus de la rabia. En el actual siglo XXI la rabia es principalmente una enfermedad que afecta a mamíferos silvestres como zorros y murciélagos. Sin embargo nos estamos refiriendo a una de las enfermedades víricas más antigua que se conocen. La palabra rabia es una palabra de origen sánscrito (rabhas) que data del año 3000 a.C. Podemos encontrar descripciones de la rabia en textos mesopotámicos, y los antiguos griegos la llamaban “lyssa”, que significa locura. Referencias a la rabia pueden encontrarse en las Leyes de Ešnunna, que datan del año 2300 a.C. Aristóteles (384-322 a.C.) hizo una de las primeras descripciones de la enfermedad explicando cómo se transmitía a los seres humanos. Celso, en el siglo I d.C., registró por primera vez el síntoma llamado hidrofobia y sugirió que la saliva de los animales y humanos infectados contenía un limo o veneno, y para describir esta sustancia empleó la palabra “virus”. La rabia no causa epidemias pero era una enfermedad muy temida por sus terribles síntomas, que incluyen demencia, hidrofobia y muerte. En Francia, durante la época de Louis Pasteur (1822 – 1895), se registraban cada año solo unos pocos cientos de personas infectados de rabia. Sin embargo la cura se buscaba con desesperación. Consciente del posible riesgo, Pasteur empezó a buscar el “microbio” en perros rabiosos. Pasteur demostró que cuando se inyectaban en perros sanos médulas espinales deshidratadas y trituradas de perros que habían muerto a causa de la rabia, aquellos no se infectaban. Repitió el experimento varias veces con el mismo perro, utilizando tejido de médula infectada que había sido puesto a secar, cada vez durante menos días, hasta comprobar que el perro había sobrevivido, incluso después de haberle inyectado por última vez tejido fresco de médula infectada. Pasteur había inmunizado a este perro contra la rabia como hizo más tarde con cincuenta virus más.

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Aunque Pasteur tenía una pequeña idea de cómo había funcionado su método, decidió probarlo en un niño, Joseph Meister (1876 – 1940), quien fue llevado a Pasteur por su madre el 6 de julio de 1885. Estaba lleno de mordeduras producidas por el ataque de un perro rabioso. La madre del niño rogó a Pasteur que ayudara a su hijo. Pasteur era un científico, no un médico, y estaba consciente de las consecuencias, si las cosas no resultaban bien. Sin embargo, decidió ayudar al niño. Pasteur le fue inyectando, durante diez días, tejido espinal de conejo infectado con la rabia con dosis cada vez más virulentas. Más tarde Pasteur escribió: “como la muerte de este niño parecía inevitable, decidí, después de meditarlo muy bien y con gran inquietud […] probar en Joseph Meister el procedimiento que había utilizado de forma consistente en los perros”. Meister se recuperó y regresó a casa con su madre el 27 de julio. Pasteur trató con éxito a otro niño en octubre del mismo año, Jean-Baptiste Jupille, un joven pastor de 15 años de edad que había sido severamente mordido mientras trataba de proteger a otros niños de un perro rabioso. El método de Pasteur se mantuvo en uso durante más de 50 años. Poco se sabía acerca de la causa de la enfermedad hasta 1903, cuando el patólogo y microbiólogo italiano Adelchi Negri (1876 – 1912) observó por primera vez lesiones microscópicas, actualmente denominados cuerpos de Negri, en los cerebros de los animales rabiosos. Erróneamente pensó que se trataba de parásitos protozoarios. Pero el biólogo francés Paul Remlinger (1871-1964) demostró mediante experimentos de filtración que estos cuerpos de Negri eran mucho más pequeños que los protozoos, y aún más pequeños que las bacterias. Treinta años más tarde, se demostró que los cuerpos de Negri eran acumulaciones de partículas de 100 a 150 nanómetros de longitud. Ahora se sabe que son del tamaño de las partículas de los rhabdoviridae, el virus que causa la rabia.

La evidencia de la existencia de los virus se obtuvo a partir de experimentos con filtros que tenían los poros demasiado pequeños para que las bacterias pudieran pasar a través de ellos. Se empleó el término “virus filtrable” para describirlos. Hasta la década de 1930 la mayoría de los científicos creía que los virus eran bacterias pequeñas. Pero después de la invención del microscopio electrónico, en 1931, se demostró que eran completamente diferentes, hasta el punto que algunos científicos pensaban que eran acumulaciones de proteínas tóxicas. La situación cambió radicalmente cuando se descubrió que los virus contienen material genético en forma de ADN o ARN. Una vez que fueron reconocidos como entidades biológicas distintas se mostraron como los causantes de numerosas infecciones de plantas, animales e incluso bacterias. De las muchas enfermedades de los seres humanos que, en el siglo XX, se descubrió estaban causadas por los virus, una, la viruela, ha sido erradicada. Otras enfermedades causadas por los virus tales como el VIH y la gripe son mucho más difíciles de controlar. Las enfermedades causadas por arbovirus, conjunto de virus transmitidos todos por artrópodos, como insectos o arácnidos, están presentando nuevos retos. Así como los seres humanos han cambiado su comportamiento a lo largo de la historia, también lo han hecho los virus. En la antigüedad, la población humana era demasiado reducida para que se produjeran pandemias, y en el caso de los virus, demasiado escasa para que pudieran sobrevivir. En los siglos XX y XXI, el incremento de la densidad de población, los cambios revolucionarios en la agricultura y métodos de cultivo, así como los rápidos medios de comunicación, han contribuido a la propagación de nuevos virus y a la reaparición de los antiguos. Al igual que ocurrió con la viruela, algunas enfermedades virales podrán ser vencidas, pero otras nuevas como el síndrome respiratorio severo agudo (SARS), seguirán surgiendo. Aunque las vacunas siguen siendo el arma más poderosa contra los virus, en las últimas décadas se han desarrollado medicamentos antivirales dirigidos específicamente a los virus conforme se van replicando en sus huéspedes. La pandemia de gripe en el año 2009 mostró la rapidez con que siguen propagándose nuevas cepas de virus en todo el mundo, a pesar de los esfuerzos que se hacen por contenerlas.

Se siguen realizando avances en la detección y control de los virus. En el año 2001 se descubrió el metapneumovirus humano, que es una de las causas de las infecciones respiratorias, incluida la neumonía. Entre el 2002 y el 2006 se desarrolló una vacuna para los virus del papiloma humano que causan el cáncer cervical. En el 2005 se descubrieron los virus linfotrópicos humanos de células T tipo 3 y tipo 4. En el 2008, la OMS volvió a lanzar la Iniciativa para la Erradicación Mundial de la Polio con el fin de erradicar la poliomielites para el año 2015. En el 2010 se descubrió el Megavirus chilensis, el virus más grande encontrado a la fecha, que infecta a amebas. Estos virus gigantes han renovado el interés en los virus, teniendo en cuenta  la función que desempeñan en la evolución y su posición en el árbol de la vida. Hay una frase que dice que “los pueblos que olvidan su Prehistoria están condenados a repetirla“. Este es el mensaje que parece enviarnos la Tierra desde los hielos milenarios. La causa más evidente es que el descongelamiento de los glaciares se produce por el cambio climático. Pero hay otro peligro. La noticia surgió recientemente: “Científicos reviven un virus congelado durante 30.000 años“. El mensaje es digno de la más inquietante película de ciencia ficción. Tres virus prehistóricos que acabaron con nuestros últimos ancestros neandertales, que convivieron con los mamuts y que siguen activos eternamente, se han encontrado en Siberia y en el Ártico. Sus nombres son: “Mollivirus“, “Pandoravirus” y “Phitovirus Sibericum“. A este último le llaman “virus gigante” porque tiene el tamaño de una pequeña bacteria, con 1,5 micrómetros de largo. Es el más grande jamás encontrado y tiene forma de óvalo con una pared gruesa abierta en un extremo Y su material genético multiplica por 50, por ejemplo, al del virus del VIH. Los científicos de un equipo multidisciplinar de la Universidad de Aux Marseille dieron con este virus gigante en el año 2000 en Chukotka, al noreste de Rusia. Lo encontraron a 30 metros de profundidad entre las capas heladas de la tundra siberiana, conocidas como permafrost, y alejados de la luz y del oxígeno. Y en el año 2014, tras mantenerlo una década a buen recaudo, probaron a revivirlo. Lo hicieron con amebas, un organismo unicelular, para comprobar si todavía podía comportarse con normalidad. !Y lo hizo! “Durante las 12 horas siguientes a su reactivación, el virus se introdujo en la ameba y se multiplicó cientos de veces. La ameba murió por rotura [denominado ciclo lítico] y apareció una nueva generación de virus», aseguró Chantal Abergel, la investigadora francesa de la Universidad de Marsella y coautora del estudio que se publicó en la revista Procedings of the National Academy of Sciences y que supuso la comunicación oficial del descubrimiento.

A pesar de la alarma que para los profanos supone este tipo de noticias, los expertos se han apresurado a explicar que no afectan a los humanos, sino a las amebas. Pero ello solo es verdad para este virus e concreto. Sin embargo, con el descubrimiento queda claro que una enfermedad que hoy creemos desaparecida podría no estar ausente del todo en nuestro mundo. Ningún científico se ha atrevido a afirmar categóricamente lo contrario. Siempre cabe la posibilidad de que un cuerpo humano congelado traiga un virus helado contra el que nuestra sociedad carezca de defensas. Sobre todo si los hielos se derriten, como está sucediendo a gran escala, especialmente en el Ártico. “Basta con una simple descongelación y unas condiciones climáticas favorables, para que este tipo de virus vuelva a la vida. Si los viriones (virus aislados que no se encuentran infectando ningún organismo) permanecen en esas capas y se activan, se podría producir un cóctel para el desastre“, asegura Chantal Abergel. El cambio climático en el Ártico ruso es más evidente que en muchas otras regiones del mundo. Mientras que la temperatura mundial ha aumentado 0,7°C en el último siglo, allí ha subido 3°C. En el siglo XX, el permafrost del hemisferio norte ha disminuido en un 7%. Esto sin duda implica una gran liberación de microorganismos de los suelos previamente congelados. Los ricos recursos minerales y las reservas de petróleo de las regiones árticas están bajo una creciente presión para su explotación industrial, lo que implica minería y perforaciones a gran profundidad. Ahora con la nueva presidencia norteamericana de Donald Trump. que niega el cambio climático, y con un Secretario de Estado que fue presiente de una importante petrolera con fuertes intereses en la Rusia de Putin, está explotación se Siberia puede intensificarse

En 1918, coincidiendo con el final de la Primera Guerra Mundial, la mayor pandemia de la historia conocida de la Humanidad, llamada gripe española, causó casi más muertos en todo el planeta, 50 millones, que la propia contienda. Un ejemplo de lo que supuso la propagación de ese virus lo tenemos en un pequeño pueblo de Alaska, Brevig Mission, junto al Círculo Polar Ártico. En invierno la temperatura desciende a -30º. En aquel año, la localidad tenía 80 habitantes de la etnia Inuit, los conocidos como esquimales. Cinco días después de la llegada del virus sólo quedaban ocho. En 1950, un médico sueco de 25 años, Johan Hultin, estaba buscando un tema para su doctorado cuando oyó decir a un virólogo que la única forma de resolver el misterio de la pandemia de 1918 era recuperar el virus de una víctima que hubiese quedado sepultada en el permafrost. El joven médico vio el cielo abierto y se fue a Brevig Mission, en Alaska, donde encontró lo que buscaba en el pequeño cementerio comunal, debajo de una gran cruz que destacaba sobre todas las demás. Contenía los restos de los 72 esquimales a los que la gripe mató en apenas unas horas. En junio de 1951 Hultin exhumó cuatro cadáveres con signos evidentes de muerte por hemorragia pulmonar. De regreso a Iowa, usó extractos de las muestras para infectar a cobayas de laboratorio. Pero el virus no despertó y los animales salieron indemnes del experimento. Tuvieron que pasar 46 años para que Hultin se encontrase otra vez con su pasado. En 1997, la revista Science publicó un artículo sobre un experimento realizado por científicos del Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas en Washington, que consiguió recuperar el ADN del virus extraído de los pulmones de dos soldados muertos en septiembre de 1918. El artículo acababa con los lamentos del director del experimento, el doctor Jeffrey K. Taubenberger, por haber agotado todo el material disponible. Si no encontraba más muestras que conservaran al patógeno vivo, la investigación habría terminado. La alianza era inevitable porque Hultin sí sabía dónde encontrar más muestras del virus. Tras entrar en contacto con Jeffrey K. Taubenberger, a sus 73 años voló de nuevo a Brevig Mission donde volvió a remover la lápida bajo aquella enorme cruz del cementerio comunal. Esta vez encontró los restos congelados de una mujer obesa. Extrajo de entre la grasa algunas muestras y voló directamente a Washington para entregárselas a Taubenberger que consiguió, esta vez sí, revivirlas. Siete años más tarde, Nature y Science publicaron conjuntamente el gran hito científico del año: la reconstrucción completa del virus de la gripe española. Gracias a los descendientes de esa mujer, hoy en día se tiene toda la secuencia genética del virus y, lo más importante, se sabe que el virus procede de las aves y que había mutado para infectar a los humanos.

En el verano de 2004 otra expedición de arqueólogos franceses y rusos, que trabajaba en los yacimientos de Churapcha, una región del noreste de Siberia, a unos cientos de kilómetros del Círculo Polar Ártico, encontró varias tumbas de madera llenas de cadáveres congelados. Llevaban muertos más de 200 años. De aquella fosa se llevaron cinco momias: dos mujeres, un hombre y dos niños. La autopsia reveló que una de las mujeres, de unos 23 años, había sufrido dolores de cabeza y fiebre de hasta 40 grados durante tres días. Tenía la lengua, la boca y todo el cuerpo lleno de llagas y pústulas. Y los pulmones encharcados. Los síntomas eran evidentes. Había muerto a causa del virus culpable de la única enfermedad erradicada de la faz de la Tierra gracias a una campaña de vacunación de dos siglos. Se trataba de la viruela, que sólo en el siglo XX acabó con la vida de 300 millones personas. Hace unos años, un equipo de científicos dirigidos por el virólogo Philippe Biagini anunció en la revista The New England Journal of Medicine que en el tejido pulmonar de la momia hay fragmentos del ADN del virus mortal. Son inofensivos, pero advierten de un riesgo improbable, pero teóricamente posible, que el virus reaparezca con capacidad infecciosa en una momia congelada y provoque una plaga. Una advertencia que llega casi medio siglo después del último caso de viruela en el mundo, el del somalí Ali Maow Maalin. El virólogo español Antonio Alcami, es uno de los dos miembros españoles del Comité Asesor de la OMS en Investigaciones sobre el virus de la viruela. Además, Alcami es uno de los pocos científicos del CSIC que han tenido en las manos fragmentos de ADN del virus de la viruela. Ante la pregunta de si es posible que un virus tan mortífero como el de la viruela reaparezca espontáneamente, Alcami se mostró cauteloso: “Creo que es prácticamente imposible que un virus se estabilice en un cadáver, porque acabaría degradándose también”. El científico español asegura que, desde que se comenzó a estudiar los efectos del deshielo, se han encontrado tantos virus de todo tipo que no nos ha dado tiempo ni a ponerles nombre“.

Los Centros de Prevención de Enfermedades (CDC), en Atlanta, Estados Unidos, son lo más parecido a una “caja de Pandora” de nuestra civilización. En la mitología griega, la curiosidad llevó a Pandora, cuñada de Prometeo, a abrir un recipiente que albergaba todos los males del mundo. Y se escaparon sin remedio. En los CDC esos males se llaman ébola, botulismo, viruela, etc… Los laboratorios forman parte de un programa secreto llamado Bioshield (“Bioescudo“). Su objetivo es estudiar estos virus y crear antídotos para proteger al mundo de una posible pandemia. O de un ataque bioterrorista. Pero, ¿qué pasaría si esas muestras se escapasen sin control? En el CDC de Atlanta se guardan la mitad de las muestras de viruela que quedan en el mundo. La otra mitad están en el Centro Estatal de Investigaciones en Virología y Biotecnología, un asentamiento de bloques de hormigón levantado en Siberia para las investigaciones de científicos. Los rusos afirman haber destruido por su cuenta unas 200 muestras, pero ningún observador independiente lo ha verificado. También se sospecha que puede haber stocks no declarados en laboratorios de China. Los dos centros son los únicos autorizados por la Organización Mundial de la Salud, OMS, para guardarlas. Y el máximo organismo internacional de salud volvió a posponer, el año pasado y por enésima vez, la decisión de destruirlas a pesar de declararla como oficialmente erradicada en 1980. Las posibilidades de ser usados en una posible guerra bacteriológica son evidentes. Las muestras de los virus permanecen en cámaras frigoríficas, a 80 grados bajo cero o en nitrógeno líquido, inmersas en un suero protector y estrechamente vigiladas. Pero ello no tiene nada que ver con las condiciones de un cadáver humano, conteniendo virus, enterrado desde hace siglos en el permafrost. Las muestras no están tan descontroladas como se cree. Hay un listado específico sometido a revisiones continuas“, asegura Antonio Alcami. El problema añadido, según el científico español, es el bioterrorismo: “Ha aparecido otro factor en escena: la biología sintética que presenta la posibilidad de reconstruir un virus en laboratorio. Los terroristas podrían hacerlo. No hace falta irse a un cementerio siberiano para obtenerlas. No es imposible como se ha demostrado con el de la gripe española. De todas formas, aunque el genoma del virus se pueda sintetizar en un laboratorio, su ADN por sí solo no es infeccioso porque necesita de las proteínas para desarrollarse“.

Desde su erradicación ya no se vacuna a nadie, por lo que la inmunidad de la mayoría de la población contra la viruela es casi nula. Los expertos no se ponen de acuerdo. Unos piensan que, bien guardadas, las cepas pueden servir para estudiar posibles mutaciones y antídotos ante una casual reaparición de la enfermedad. Otros opinan que las dos superpotencias las guardan con el mismo objetivo que sus bombas nucleares. Para una hipotética guerra bacteriológica o para intimidar a otros países. La guerra biológica o bacteriológica es una forma singular de combate, en la cual se emplean armas de diferentes tipos que contienen virus o bacterias capaces de infligir daño masivo sobre fuerzas militares y/o civiles. El uso de armas biológicas está terminantemente prohibido por las Naciones Unidas. Pero esto es teórico, ya que muchos países cuentan con este tipo de arsenal en forma no sólo de bombas sino de otro tipo de agentes de esparcimiento bacteriológico menos convencionales. Pero, en realidad, el uso de armas biológicas ha sido practicado a través de la historia. Antes del siglo XX, el uso de agentes biológicos tomó tres formas principales. Uno era el envenenamiento deliberado de comida y agua con material infeccioso. Otro era el uso de microorganismos, toxinas o animales, vivos o muertos, como armas. Un tercero era el uso de productos inoculados biológicamente. Las armas biológicas son tan letales que un gramo de toxina botulínica pura puede matar a 10 millones de personas. La toxina botulínica  es una neurotoxina elaborada por una bacteria denominada Clostridium botulinum. Se trata de uno de los venenos más poderosos que existen. Es unos 3 millones de veces más letal que el gas sarín.

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El incidente documentado más antiguo con respecto a la intención de usar armas biológicas está registrado en textos hititas durante el período entre el 1500 y el 1200 a.C., en el que víctimas de la peste fueron conducidas hacia tierras enemigas. De todos modos, aunque los asirios conocían el cornezuelo, un hongo parásito del centeno que produce ergotismo cuando se ingiere, no hay evidencia de que envenenaran fuentes enemigas con este hongo, como algunas fuentes han afirmado. De acuerdo con los poemas épicos de Homero sobre la legendaria Guerra de Troya, la Iliada y la Odisea, las lanzas y flechas eran untadas con veneno. Durante la Primera Guerra Sagrada en Grecia, hacia el 590 a.C., Atenas y la Liga Anfictiónica, una liga, originalmente religiosa, de tribus griegas, envenenaron el suministro de agua del asediado pueblo de Crisa, cerca de Delfos, con la planta tóxica llamada eléboro. Alrededor del 130 a. C. el oficial romano Manio Aquilio envenenó los pozos de las ciudades enemigas asediadas. Durante el siglo IV a.C. los arqueros escitas untaban las puntas de sus flechas con veneno de serpiente, sangre humana y heces de animales, a fin de causar heridas que se infectaban. Hay otros varios ejemplos del uso de toxinas de plantas, venenos y otras sustancias tóxicas para crear armas biológicas en la antigüedad. En el 184 a.C., Aníbal de Cartago utilizaba recipientes de arcilla con serpientes venenosas e instruía a sus soldados para lanzar los recipientes en las cubiertas de los barcos romanos. Aproximadamente en el 198 d.C., la ciudad de Hatra, cerca de Mosul, Irak, alejó al ejército romano liderado por Septimio Severo lanzándoles jarrones de arcilla con escorpiones vivos dentro. Cuando el Imperio Mongol estableció conexiones comerciales y políticas entre Oriente y Occidente, su ejército y las caravanas mercantes mongoles probablemente inadvertidamente trajeron la peste bubónica desde Asia central al Medio Oriente y a Europa. La terrible Peste Negra arrasó Europa a través de Eurasia, matando aproximadamente entre un tercio y la mitad de la población y cambiando el curso de la historia de Asia y Europa. Durante la Edad Media, víctimas de la peste bubónica fueron usadas para efectuar ataques biológicos, a menudo arrojando cadáveres y excrementos por encima de los muros de los castillos, mediante el uso de catapultas.

En 1346, los cadáveres de guerreros mongoles de la Horda Dorada que murieron de peste fueron lanzados sobre las paredes de la ciudad de Kaffa, hoy Teodosia. La Horda Dorada fue un estado mongol que abarcó parte de las actuales Rusia, Ucrania y Kazajistán tras la ruptura del Imperio mongol en la década de 1240. Se ha especulado que esta operación puede haber sido responsable de la llegada de la Peste Negra a Europa. En el asalto de Thun l’Evêque, en 1340, durante la Guerra de los Cien Años, conflicto entre los reinos de Francia e Inglaterra, los atacantes catapultaban animales en descomposición en el área asaltada. En 1422, durante el asalto del castillo de Karlstein, en Bohemia, atacantes husitas, movimiento reformador y revolucionario surgido en Bohemia en el siglo XV, usaron catapultas para arrojar cadáveres, no infectados con peste, y 2000 cargas de estiércol por encima de los muros. El último conflicto en que se utilizaron cadáveres con peste como arma biológica ocurrió en 1710, cuando fuerzas rusas atacaron a los suecos arrojando cadáveres infectados con peste por encima de los muros de la ciudad de Reval, actual Tallin. Aunque no usado para la guerra, en tiempos antiguos, hacia el 1 d. C., una forma de tortura era atar un cadáver a una persona viva. La persona que cargaba el cadáver era rechazada por la población y moría de enfermedad en pocos días. En el siglo XVIII la población nativa americana era diezmada, después del contacto con personas del Viejo Mundo, debido a la introducción de muchas y diferentes enfermedades letales. Hay dos casos documentados de presuntas guerras con gérmenes. Uno fue el Sitio de Fort Pitt, que tuvo lugar durante junio y julio de 1763 en lo que ahora es la ciudad de Pittsburgh , Pennsylvania , Estados Unidos. El asedio era una parte de la guerra de Pontiac, un esfuerzo de los nativos americanos para quitar a los británicos del país de Ohio y de la meseta de Allegheny, después de que rechazaron honrar sus promesas y los tratados después de la derrota de los franceses. En última instancia, los esfuerzos de la diplomacia y el asedio de los nativos americanos para eliminar a los británicos de Fort Pitt fracasaron. Este evento es más conocido por con el virus de la viruela como regalo a los emisarios nativos americanos, con la esperanza de propagar esta enfermedad mortal entre las tribus de la zona.

El comandante Lord Jeffrey Amherst escribió el 16 de julio de 1763: “Hará bien en intentar inocular a los indios por medio de cobijas (ropa de abrigo), así como intentar cualquier otro método que pueda servir para extirpar esa execrable raza. Debería yo estar muy orgulloso de que su esquema para cazarlos con perros surtiera efecto“. El Coronel Henry Bouquet contesta el 26 de julio de 1763: “Recibí ayer las cartas de su Excelencia del 16 de julio con sus inclusas. La señal para los mensajeros indios, y todas sus direcciones serán observadas”. Pero la viruela transmitida a las tribus nativas americanas pudo haber ocurrido debido a la transferencia de la enfermedad a las cobijas durante el transporte. Los historiadores no fueron capaces de establecer si este plan de infección mediante el virus de la viruela fue intencionado o no, particularmente a la luz del hecho que la viruela ya estaba presente en la región, y que el conocimiento científico de la enfermedad en ese tiempo aún era muy débil. Las raíces de las enfermedades que mataron a millones de indígenas en América pueden ser encontradas en los eurasiáticos que vivieron durante milenios en contacto con animales domésticos. Sin haber tenido previamente un largo contacto con animales domésticos, los indígenas americanos no eran inmunes a la peste, sarampión, tuberculosis, viruela o la mayoría de las cepas de la gripe. En 1834 Richard Henry Dana, escritor y abogado estadounidense, visitó San Francisco en un barco mercante. Su barco comerció con diversos productos, incluyendo mantas, con mexicanos y rusos que se habían establecido en el lado norte de la bahía de San Francisco. Historias locales documentan que la epidemia de viruela de California empezó en el área rusa justo después el barco se marchó. Las mantas produjeron la propagación de la enfermedad. Durante la Guerra de Secesión estadounidense, el general Sherman reportó que las fuerzas Confederadas lanzaron animales de granja en estanques que la Unión utilizaba para abastecerse de agua. Esto habría convertido el agua en no potable, aunque los verdaderos riesgos para la salud, provenientes de cadáveres humanos o de animales que no murieron de enfermedad son mínimos. El escritor estadounidense Jack London describe una expedición europea punitiva a una isla del Pacífico, en que se expuso deliberadamente a la población polinesia al sarampión, provocando múltiples muertes.

Más recientemente, durante la Primera Guerra Mundial, Alemania desarrolló un ambicioso programa de guerra biológica. Usando bolsas y correos diplomáticos, el general alemán Staff suministró pequeños equipos de saboteadores en el ducado ruso de Finlandia, y en los entonces neutrales países de Rumania, Estados Unidos y Argentina. En Finlandia, luchadores por la libertad escandinavos montados en renos pusieron ampollas de ántrax en establos de caballos rusos en 1916. Fue suministrado ántrax al agregado del ejército alemán en Bucarest, para ser empleado contra el ganado destinado los aliados. El Dr. Anton Casimir Dilger fue médico alemán- estadounidense y el principal proponente del programa alemán de sabotaje mediante guerra biológica durante la Primera Guerra Mundial. Cuando empezó la Primera Guerra Mundial, Dilger estaba en Alemania, pero volvió a Estados Unidos en 1915 con cultivos de ántrax y muermo, a fin de efectuar sabotaje biológico. Estados Unidos era neutral, pero Alemania quería evitar que los países neutrales suministraran ganado a las fuerzas aliadas. Y el hecho de que Dilger tuviera un pasaporte estadounidense a partir de 1908 le facilitaba el viaje hacia y desde América. Junto con su hermano Carl, Dilger estableció un laboratorio en el distrito de Chevy Chase, al norte de Washington, en el que se efectuaron cultivos de ántrax y muermo. Un informe de 1941 revela que las bacterias debían ser inoculadas en las fosas nasales de los caballos. En Estados Unidos, algunos estibadores de Baltimore fueron reclutados por oficiales alemanes, con el objetivo de colocar artefactos incendiarios en los barcos y los muelles. Pero luego recibieron botellas con cultivo de ántrax con la finalidad de inocularlo en caballos cerca del parque Van Cortland. Se estima que el programa de sabotaje biológico de Estados Unidos terminó a finales de 1916, después de lo cual Dilger regresó a Alemania. A su regreso a América, Dilger se encontró con que estaba bajo la sospecha de ser un agente alemán, por lo que huyó a México, donde usaría el apellido de Delmar. Las razones por las que huyó a México siguen siendo poco claras. Una posible hipótesis es que él quería convencer al gobierno mexicano de entablar una guerra con los Estados Unidos. En Argentina, agentes alemanes también emplearon muermo en el puerto de Buenos Aires e incluso trataron de arruinar cosechas de trigo con un hongo destructivo.

El Protocolo de Ginebra de 1925 prohibió el uso de armas químicas y biológicas, pero no decía nada sobre su producción, compra-venta o transferencia. De todos modos, tratados posteriores cubrieron estos aspectos. Pero los avances del siglo XX en microbiología permitieron el desarrollo de los primeros agentes biológicos puros durante la Segunda Guerra Mundial. Hubo un periodo de desarrollo bacteriológico por parte de muchos países, y el Escuadrón 731 del ejército japonés, con base en Pingfan, en una China ocupada, y comandada por Shirō Ishii, realizó investigaciones con armas biológicas, que condujo a experimentos con seres humanos forzados, a menudo fatales, utilizando prisioneros. Shirō Ishii fue un microbiólogo japonés al mando del Escuadrón 731 del Ejército Imperial Japonés, culpable de efectuar experimentos con humanos y de crímenes de guerra durante la Segunda guerra sino-japonesa. Ello proveyó a Japón con armas biológicas para realizar ataques en China. Durante la Guerra Chino-Japonesa (1937-1945) y la Segunda Guerra Mundial, el Escuadrón 731 del Ejército Imperial Japonés llevó a cabo experimentos con seres humanos, la mayoría prisioneros chinos, rusos y estadounidenses. En las campañas militares, el ejército japonés usó armas biológicas contra soldados y civiles chinos. Por ejemplo, en 1940, el Ejército Imperial Japonés bombardeó Ningbo con bombas de cerámica llenas de pulgas cargadas con la peste bubónica. Una película mostrando esta operación fue vista por los príncipes imperiales Tsuneyoshi Takeda y Takahito Mikasa durante una escenografía ideada por Shiro Ishii. Sin embargo, algunas operaciones fueron inefectivas debido a los ineficientes sistemas de entrega, ya que se efectuó empleando insectos portadores de enfermedades más que dispersando el agente mediante una nube de aerosol. Se estima que 400.000 chinos murieron como resultado directo de las pruebas con armas biológicas efectuadas por los japoneses. Durante los juicios por crímenes de guerra de Jabárovsk, los acusados, tales como el General japonés Kiyashi Kawashima, testificaron que desde 1941 unos 40 miembros del Escuadrón 731 arrojaron pulgas contaminadas con peste desde el aire, en Changde. Estas operaciones causaron brotes epidémicos de peste en China.

También hay testimonios de civiles japoneses infectados mediante la distribución de víveres, tales como bolas de masa guisada y vegetales, que fueron contaminados con peste. Hay incluso reportes de suministros de agua contaminados. Tres veteranos del Escuadrón 731 testificaron, en una entrevista efectuada en 1989, que ellos fueron parte de una misión para contaminar el río Horustein con fiebre tifoidea cerca de donde se hallaban las tropas soviéticas durante la batalla de Jaljin Gol. En respuesta a las armas biológicas desarrolladas por Japón, y probablemente por Alemania, los Estados Unidos, el Reino Unido y Canadá iniciaron un programa de desarrollo de armas biológicas en 1941, que resultaron en la producción de tularemia, ántrax, brucelosis, y la toxina del botulismo. Desde 1943 el centro de la investigación sobre armas biológicas por parte del Ejercito de los Estados Unidos se ubicó en Fort Detrick, Maryland, donde el Instituto de Investigaciones Médicas en Enfermedades Infecciosas (USAMRIID) tiene actualmente su base. Su primer director fue el ejecutivo de la industria farmacéutica George Merck. Algunas investigaciones y pruebas de armas biológicas y químicas se llevaron a cabo en diversos lugares de Estados Unidos. Muchas de las investigaciones británicas se llevaron a cabo en Porton Down. Las pruebas llevadas a cabo en el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial dejaron la isla Gruinard, en Escocia, contaminada con ántrax durante muchos años. Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos utilizaron a personas como sujetos de prueba con agentes biológicos en un programa conocido como Operación Whitecoat. Investigaciones al respecto fueron realizadas por los Estados Unidos, la Unión Soviética, y probablemente otras naciones, durante la Guerra Fría, aunque generalmente se cree que las armas biológicas nunca fueron utilizadas después de la Segunda Guerra Mundial. Ello fue negado por China y Corea del Norte, que acusaron a los Estados Unidos de efectuar pruebas a gran escala de armas biológicas, incluyendo el uso de insectos portadores de enfermedades durante la Guerra de Corea (1950-1953). Cuba también acusó a los Estados Unidos de esparcir enfermedades en la isla.

Se dice que en la época de la Guerra de Corea, los Estados Unidos utilizaron la bomba bacteriológica M114. Había también otras armas bacteriológicas parecidas a las armas japonesas usadas contra los chinos durante la Segunda Guerra Mundial, desarrolladas por el Escuadrón 731. Algunos miembros del Escuadrón 731 fueron hechos prisioneros por los soviéticos, y habrían sido una fuente potencial de información para los soviéticos. A Shiro Ishii se le garantizó inmunidad en la persecución por crímenes de guerra a cambio de proveer información a los Estados Unidos. La Guerra de Corea acrecentó el uso de vectores de enfermedades, tales como pulgas, como legado de los japoneses en la guerra biológica. Los Estados Unidos iniciaron sus esfuerzos con armas productoras de enfermedades en 1953, mediante el uso de pulgas con peste, mosquitos con fiebre amarilla, etc… La Fuerza Aérea de los Estados Unidos no quedó satisfecha con la bomba biológica M114 y cambió sus planes  en la búsqueda de entes biológicos letales. Las fuerzas especiales de los Estados Unidos y la CIA también tuvieron n interés en la guerra biológica, y fueron creadas una serie de municiones especiales para sus operaciones. Las armas encubiertas desarrolladas por la milicia fueron teóricamente destruidas de acuerdo con la orden ejecutiva del presidente Nixon. Pero la CIA mantuvo su colección de agentes biológicos en 1975. En 1972, los Estados Unidos firmaron la Convención de Armas Tóxicas y Biológicas, que prohibieron el “desarrollo, producción y acumulación de microbios o sus productos venenosos excepto en cantidades necesarias para protección y exploración pacífica”. Para 1996, 137 países firmaron el tratado. Sin embargo, se cree que desde la firma de la convención el número de países capaces de producir tales armas ha aumentado. La Unión Soviética continuó la investigación y producción de armas biológicas ofensivas en un programa llamado Biopreparat, a pesar de haber firmado la convención. Después de la Guerra del Golfo de 1991, Irak admitió al equipo de inspección de las Naciones Unidas haber producido la toxina botulinum concentrada. Actualmente se cree que hay armas bacteriológicas repartidas por todo el mundo y que, tal vez, podrían caer en manos terroristas. Y a imagen y semejanza de los virus biológicos, se están extendiendo los llamados virus informáticos, que son ya un terrible enemigo para la sobrevivencia de nuestra sociedad  tecnológica.

Fuentes:

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  • Miguel C. Botella; Inmaculada Alemán; Sylvia A. Jiménez – Los huesos humanos, manipulación y alteraciones
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  • Claverie JM, Abergel C – Giant viruses: update, enigmas, controversies and perspectives
  • López-Bueno, A. Rastrojo, R. Peiró, M. Arenasand y A. Alcami – Ecological connectivity shapes quasispecies structure of RNA viruses in an Antarctic lake
  • Leslie Collier; Albert Balows; Max Sussman – Topley and Wilson’s Microbiology and Microbial Infections
  • N.J. Dimmock; Andrew J. Easton; Keith Leppard – Introduction to Modern Virology
  • Teri Shors – Understanding Viruses
  • Witzany – Viruses: Essential Agents of Life

enero 30, 2017 - Posted by | Ciencia, enigmas en general

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