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Algunas pinceladas históricas sobre la Masonería


Hay dos versiones distintas sobre la masonería. Una los presenta como una organización cuyo objetivo es detentar el poder y gobernar nuestro mundo para el beneficio de las élites. La otra versión es la que presenta a la masonería como una organización que pretende ayudar al crecimiento en el conocimiento por parte de sus miembros, así como para ayudar al crecimiento de Imagen 28la Humanidad. Tal vez ambas versiones tienen su parte de verdad. En 1979 la Real Academia Española de la Lengua definió la masonería como una «asociación secreta de personas que profesan principios de fraternidad mutua, usan emblemas y signos especiales y se agrupan en entidades llamadas logias». Pero, la masonería ¿es una organización secreta? y ¿cuál es su verdadero impacto en la historia? Se habla poco de la masonería medieval operativa y constructora de catedrales, mientras que se habla mucho sobre la nueva masonería especulativa o filosófica nacida en 1717. Se habla de la vinculación masónica de los principales actores en la independencia de la América española, en especial la de Simón Bolívar, o en la independencia de Estados Unidos. También se habla de la penetración de la masonería en la curia romana e incluso en algunos Papas. La masonería cuenta actualmente en todo el mundo con más de cinco millones de miembros. A ella han pertenecido y pertenecen grandes figuras del campo de la política, de la milicia o de la ciencia. Pero sigue siendo algo desconocido y misterioso. Frente a quienes consideran la masonería una asociación iniciática, filantrópica y cultural, hay quienes la consideran como un tipo de materialización de los poderes de las tinieblas, algo demoníaco e infernal. Joseph Ernest Renan (1823 – 1892), escritor, filólogo, filósofo e historiador francés, en Oración en la Acrópolis, nos dice: “¡Oh nobleza, oh belleza simple y verdadera cuyo culto significa razón y sabiduría, tú, cuyo templo es una lección eterna de conciencia y de sinceridad!”. La masonería operativa viene de tiempos más remotos, desde los constructores de las pirámides a los constructores de las catedrales, pasando por los collegia grecorromanos y las cofradías medievales. La masonería operativa ha estado siempre dirigida por misteriosos filósofos, que tienen la tarea de transmitir lo esencial de una técnica iniciática muy precisa. Según René Guénon, en su obra El reino de la cantidad y los signos de los tiempos: “La contrainiciación se afana por introducir sus agentes en organizaciones pseudoiniciáticas, a las que éstos inspiran sin que lo adviertan sus miembros ordinarios“. Hay muchas opiniones diversas sobre el origen de la masonería. Desde las que hacen fundadores de la misma a Adán, Noé, Enoc, Moisés, Alejandro Magno, Zoroastro, Confucio, etc., hasta los que atribuyen dicha paternidad a los templarios, los jesuitas, los rosacruces, los judíos, los magos, los albigenses, los esenios, o los terapeutas.

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Los constructores primitivos constituyen la base de la cual, en algún momento, surgieron interpretaciones éticas a partir de los utensilios de la construcción, el desarrollo de conocimientos científico-tecnológicos considerados reservados para la generalidad, una organización gradual con propósitos formativos, y todos los demás elementos que devinieron en lo que, con el tiempo, llegó a denominarse francmasonería. Elementos encontrados en las ruinas de Pompeya resultan coincidentes con la simbología masónica. Asimismo, leyendas de la masonería mencionan la existencia de gremios de constructores durante la Antigua Roma, en la construcción del templo de Salomón en Jerusalén y en el Antiguo Egipto. Por otra parte, elementos doctrinarios que se encuentran en la masonería tienen una gran correspondencia con los de las culturas griega y judía antiguas. Sin embargo, es difícil afirmar categóricamente que en todos estos países y éstas épocas existió ya la francmasonería. Pero tampoco podemos desconocer que las pistas y elementos que se acumulan podrían dar cuenta de la gestación de una pre masonería operativa, es decir de agrupaciones de constructores que, fruto de un proceso gradual de evolución y desarrollo, puedan haber constituido los antecesores de aquellos gremios de constructores medievales conocidos con el nombre de masonería operativa. De lo que ya no hay duda es de que las catedrales góticas construidas en Europa durante la Edad Media fueron obra de masones agrupados gremialmente en logias, en lo que se ha denominado como Masonería Operativa. Estos masones utilizaban los instrumentos de construcción para el uso normal a que estaban destinados, pero les daban una interpretación simbólica de carácter esotérica, moral, ética y espiritual. Estos gremios operativos tenían una organización gradual, y manejaban conocimientos científicos y tecnológicos avanzados, que guardaban en el mayor secreto. Tenían medios de reconocimiento igualmente secretos, practicaban la fraternidad y mantenían reuniones reservadas en las logias, en las que ejercían la libertad de pensamiento y expresión. No todos los gremios de masones operativos eran iguales, ya que el país en que vivían influía fuertemente en sus características particulares y diferenciadoras. Esto hizo que, desde la propia Edad Media, se fuese gestando un desarrollo diferente de lo que posteriormente serían los distintos ritos y costumbres masónicas de la llamada masonería especulativa.

 

Con la evolución de la sociedad, algunas logias y gremios de la masonería operativa dejaron poco a poco de ejecutar obras materiales, pero subsistieron como organizaciones fraternales, mientras otros continuaron como organizaciones de trabajadores, conservando sus usos y costumbres tradicionales, entre los que destacan sus reuniones rituales que permitían la libre especulación y la interpretación ética o moral de los utensilios de la construcción. Estas logias de masonería operativa, más que incorporar miembros aceptados, subsistieron gracias a la transmisión del oficio, generalmente de padres a hijos, o capacitando aprendices. En 1716, Sir Christopher Wren, arquitecto de la catedral de San Pablo, en Londres, era el Gran Maestro de la “Muy Antigua y Honorable Fraternidad de Masones Libres y Aceptados”; y, en 1717, la inmemorial Logia de York se constituyó en Gran Logia de toda Inglaterra. En la misma Inglaterra, hasta mediados del siglo XX se tienen datos de la existencia de la “Venerable Sociedad de Francmasones, Albañiles de Obra Maestra, Edificadores de Muros, Pizarreros, Pavimentadores, Yeseros y Ladrilleros”, conocidos comúnmente como The Operatives. Por su parte, en la actualidad, en Francia, tiene plena vigencia la “Union Compagnonnique des Compagnons du Tour de France des Devoirs Unis”. Se ha denominado masonería especulativa a la que ya no tiene como objetivo la construcción de templos materiales, sino más bien templos ideales o espirituales, es decir, el perfeccionamiento individual y de la humanidad; para lo cual ya no son necesarios como miembros, exclusivamente obreros especializados en el arte de la construcción, sino que puede serlo cualquier persona en capacidad de utilizar su intelecto y esfuerzo para tales propósitos. El proceso de transformación de masonería operativa en masonería especulativa, y su correspondiente desarrollo, se produce de al menos tres formas o líneas de filiación diferentes y en países y épocas distintas. A partir de 1314, y luego de disuelta la Orden del Temple, se produce en Escocia el ingreso de templarios en los gremios masónicos, como medio de protección frente a persecuciones. Esto hace que la masonería operativa escocesa asuma características especiales, influenciada por las concepciones caballerescas templarias, y paulatinamente, a lo largo de siglos, vaya dejando su carácter operativo y asumiendo cada vez más un carácter especulativo. Hasta que, en 1737, William Sinclair de Rosslyn, descendiente de caballeros templarios, renunció al privilegio tradicional hereditario de su familia de dirigir la masonería escocesa, para que se produjera la elección del primer Gran Maestro de la nueva Gran Logia de Escocia, de carácter enteramente especulativo, dignidad que recayó en el propio Sinclair. Pero durante el último siglo anterior a la creación de la Gran Logia de Escocia, y concretamente durante el exilio en Francia de Carlos II de Inglaterra Estuardo, de 1649 a 1660, se gestó la que posteriormente sería conocida como “masonería jacobita”, originada en la masonería operativo-especulativa escocesa de influencia templaria, la cual actuaba como un partido político en apoyo de la Casa de los Estuardos y de su pretensión de restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia.

 

A partir de 1688 es llamada masonería jacobita, caracterizándose por ser eminentemente aristocrática y mayoritariamente católica. Pervivió debidamente estructurada hasta 1746 y apoyó la oposición a la Gran Logia de Londres en 1752. Además, dio origen a los altos grados escoceses y caballerescos, desde el discurso de Ramsay en 1736. Andrew Michael Ramsay nació en 1686 en Ayr, Escocia, y murió en Saint-Germain-en-Laye, Francia, en 1743. Fue preceptor de grandes familias, como los Wemyss, Sassenage, Estuardo, Château-Thierry y Bouillon. Nombrado en 1723 Caballero de San Lázaro por el duque de Orleáns, regente de Francia y Gran Maestre de esa Orden. Escritor, es autor, entre otras obras, de The Philosophical principles of natural and revealed religion unfolded in geometrical order, en 1748. Gran Orador de la Orden en Francia, su Discurso es un testimonio sobre el pensamiento esotérico presente en los “altos grados” del “Escocismo“, o Rito Escocés Antiguo y Aceptado, discurso al que se ha llegado a atribuir el origen de éstos, y no sólo el ser expresión de una corriente ya existente. El primero fue pronunciado en la logia parisina Saint Thomas nº 1, la primera logia fundada en Francia, en 1725, por nobles ingleses, dos de los cuales serían, después del duque de Wharton, los primeros Grandes Maestres de la Masonería en dicho país. El segundo se produjo ante una asamblea general de la Orden francesa. De acuerdo al Diccionario de D. Ligou, “es sobre todo el Discurso de Ramsay el que hace de él una de las columnas de la Masonería francesa“. A partir de una serie de altos grados surgidos por influencia de la masonería jacobita, se van configurando los ritos llamados escoceses y, principalmente por la vía del Capítulo de Clermont de 1754 y de otros, se conforma el moderno Rito Escocés Antiguo y Aceptado, manteniendo, aunque sea en forma opacada, la tradición y doctrina de la masonería escocesa. Su posición actual es deísta, con preocupación por asuntos esotéricos y filosóficos. El deísmo es la postura filosófica que acepta el conocimiento de la existencia y la naturaleza de Dios a través de la razón y la experiencia personal, en lugar de hacerlo a través de los elementos comunes de las religiones teístas, como la revelación directa, la fe o la tradición. Dios es un creador u organizador del universo, es la primera causa. Dentro de esta línea de filiación surgen también otros ritos. Los conocimientos e interpretaciones sobre la historia y tradiciones de este tipo de masonería han sufrido cambios a lo largo del tiempo. Se sostenía su origen templario, luego se negó y en los últimos años, sobre todo a raíz de las investigaciones en torno a la Capilla de Rosslyn, han aparecido más datos que dan cuenta de la relación templario-escocesa. Otro tema de discusión es la importancia que se da a la filiación orgánica o la filiación doctrinal para determinar las vinculaciones entre distintos grados, ritos y agrupaciones. Por consiguiente, subsisten distintas opiniones sobre estos y otros asuntos relativos a la masonería escocesa.

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En 1823 la Gran Logia Unida de Inglaterra constituye la Emulation Lodge of Improvement, que unifica los rituales transmitidos oralmente y se imprime el Ritual de Emulación. Por este motivo, el rito practicado por la Gran Logia Unida de Inglaterra y otras obediencias y logias que lo siguen, se denomina Rito de Emulación, aunque también suele denominarse, principalmente en Estados Unidos, Rito de York. En 1929 la Gran Logia Unida de Inglaterra emite unos principios en los que establece que sólo dará reconocimiento masónico y mantendrá relaciones formales con grandes logias que cumplan con ellos. Estos principios incluyen la no aceptación de mujeres, la prohibición de mantener discusiones de carácter religioso o político partidista y el reconocimiento del Ser Supremo. La Ley Sagrada, la Escuadra y el Compás deberán estar siempre presentes cuando la Gran Logia o sus logias subordinadas estén trabajando. Entre 1726 y 1728 la masonería inglesa se establece en Francia. En 1732 se funda la primera Logia francesa en París, recibiendo patente de la Gran Logia de Londres. Muy rápidamente se crean otras Logias francesas y en 1738 se constituye la primera Gran Logia de Francia. En 1773 la primera Gran Logia se reestructura como una federación de ritos, pasando a denominarse el Gran Oriente de Francia. En vísperas de la Revolución francesa, aglutina a varias decenas de millares de Francmasones. En 1877 el Gran Oriente de Francia decide retirar de su Constitución las menciones de carácter religioso, considerando que corresponden al fuero interno de sus miembros, lo que tuvo como resultado la aceptación tanto de creyentes como de ateos entre sus miembros. Esto generó que las grandes logias del mundo, surgidas a partir de la creación de la Gran Logia de Londres, se dividan entre las que siguen la línea de la Gran Logia Unida de Inglaterra, y las que adoptaron la línea del Gran Oriente de Francia. La masonería laica que practica el Gran Oriente de Francia y otras obediencias y logias, se caracteriza por su defensa de la libertad de conciencia, su preocupación por asuntos sociales y el debate libre en las Logias sobre cuestiones filosóficas, espirituales o políticas, siempre desde una perspectiva no partidista. En 1894 se crea la Gran Logia de Francia, a partir del Supremo Consejo de Francia del Rito Escocés Antiguo y Aceptado existente desde 1804. Esta Gran Logia, considera elementos fundamentales de la masonería la invocación del “Gran Arquitecto del Universo” y la presencia de la Biblia. Los masones de una y otra jurisdicción mantienen relaciones fraternales, el Gran Oriente de Francia y la Gran Logia de Francia, las dos Obediencias con más miembros en este país, forman parte conjuntamente del espacio denominado “Masonería Francesa” constituido para la cooperación y el trabajo conjunto de las Obediencias masónicas y que pretende anteponer el criterio de fraternidad mutua al de los diferentes puntos de vista que las separan.

 

En 1913 se funda la Gran Logia Nacional de Francia a partir de miembros del Gran Oriente de Francia deseosos de volver a una masonería en la que el Gran Arquitecto del Universo es Dios. Esta Obediencia es reconocida por la Gran Logia Unida de Inglaterra y por la generalidad de las Logias reconocidas por ésta. La Gran Logia Nacional de Francia no forma parte del espacio “Masonería Francesa“. En 1961 el Gran Oriente de Francia y otras obediencias masónicas, emitieron el Llamamiento de Estrasburgo para que los masones “se integren en la Cadena de Unión basada en una total libertad de conciencia y en una perfecta tolerancia mutua”, para lo cual constituyeron CLIPSAS (Centro de Enlace y de Información de las Potencias masónicas firmantes del Llamamiento de Estrasburgo). En 1962 definieron lo que debe considerarse como logia masónica, según su concepción, reafirmando la libertad de conciencia y la admisión de mujeres. Un tema relacionado con la masonería es la leyenda de Hiram. Charles Marie René Leconte de Lisle (1818 – 1894) es un poeta francés, principal exponente del parnasianismo, movimiento literario francés de la segunda mitad del siglo XIX, creado como reacción contra el romanticismo de Víctor Hugo, el subjetivismo y el socialismo artístico. En su obra Poésies barbaresCaín, nos dice: “Con los flancos y los pies desnudos, mi madre Eva se hunde en la áspera soledad donde se yergue el hambre. Moribunda, desgreñada, sucumbe por fin y, con un grito de horro, pare sobre las zarzas. ¡Tu víctima, Yaveh, el que fue Caín!”. Esta leyenda de Hiram constituye el alma de la francmasonería desde el siglo XVIII. Todo grupo humano unido por una mística particular posee una leyenda. La caballería medieval tuvo la Canción de Roland o la Búsqueda del Santo Grial, los cruzados, o la reconquista de Jerusalén, como referentes. Tampoco las diversas religiones escapan a esta regla: el hinduismo, con el bosque sin caminos, el judaísmo, con sus libros sapienciales, o el cristianismo, con los numerosos libros apócrifos. La francmasonería tiene la leyenda de Hiram, que no apareció hasta el siglo XVIII. Salomón, tercer y último monarca del reino unido de Israel e hijo de David, recibe de Dios la misión de construir un templo siguiendo las instrucciones del profeta Natán, al que el Señor había dado en sueños las indicaciones necesarias. Natán (alrededor del 1000 a.C.) fue un profeta hebreo que, según el texto bíblico, vivió durante el reinado de David. Posiblemente perteneció a la tribu de Leví. Cuando el rey le reveló a Natán su deseo de edificar un templo para la adoración de Dios, el profeta contestó: “Todo lo que esté en tu corazón anda y hazlo”. Sin embargo, aquella noche Dios informó a Natán que en vez de ser David quien le construyera un templo, le edificaría a David un reino estable hasta tiempo indefinido, y que más tarde sería el descendiente de David, Salomón, quien edificaría la casa de Dios. De modo que por medio de Natán, Dios le anunció a David un pacto para un reino “hasta tiempo indefinido” que no se apartaría de su línea.

 

Más tarde, Dios envió a Natán para que señalara a David la gravedad del pecado que había cometido contra Urías el hitita con respecto a Batsabé y la pena divina que se le imponía por ello. Urías el hitita es presentado como el marido de Betsabé. Fue un soldado del ejército del rey David, uno de los llamados “valientes de David“. Tras negarse Urías a visitar a su propia esposa, contrariando así los designios de David, que buscaba disimular su adulterio con Betsabé, el rey lo mandó a la muerte, ordenando a los soldados que se apartaran de él en la batalla para exponerlo al enemigo. Urías pasó a la posteridad como un arquetipo de la víctima a causa de un adulterio, a quien su propia rectitud condenó a ser víctima de un crimen mayor. Urías pertenecía a la minoría étnica hitita residente en Israel que había estado en la región, antes conocida como “la tierra de Canaán”, desde el derrumbe del reino hitita en siglos anteriores, antes del establecimiento de la nación de Israel. A pesar de la orden divina de exterminar a los habitantes nativos, algunos lograron evitarlo, y los que se convirtieron a la religión de Israel fueron aceptados como israelitas. Tal fue probablemente el caso de Urías, debido a su nombre, que en hebreo significa “mi luz es Yahvé”, y a su posición como oficial en el ejército personal del rey. Según el Segundo Libro de Samuel, de la Biblia, el rey David vio desde la azotea del palacio a una hermosa mujer bañándose. Mandó David para informarse sobre la mujer y le dijeron que se trataba de Betsabé, hija de Eriám y mujer de Urías el hitita. David envió gente que se la trajese a sus habitaciones y tuvo relaciones con ella, a raíz de las cuales ella quedó encinta. Informado David de la situación, pidió a Joab, capitán de David desde la batalla contra Isbaal, hijo de Saúl, que mandase llamar a Urías. Urías participaba entonces de la segunda campaña contra los amonitas. David sugirió a Urías que bajara a su casa, implicando que atendiera a su esposa, pero Urías no lo hizo. Cuando posteriormente David preguntó a Urías sus razones, Urías hizo referencia a un código de honor. Él no entraría a su casa para comer, beber y acostarse con su mujer mientras el arca de la Alianza, Israel y Judá habitaran en tiendas, y mientras Joab y sus guerreros compañeros acamparan en el suelo. En efecto, era común que, en la preparación para pelear, los guerreros se abstuvieran de tener relaciones sexuales, como práctica de la disciplina. Después de que se reiterara la negativa de Urías a ver a su esposa Betsabé, David mandó a Joab a que pusiera a Urías en el frente de la batalla y que ordenara a los soldados que se apartaran de él de modo que el enemigo lo matara fácilmente.

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Muerto Urías, fue avisado David y Betsabé hizo duelo por él. Pasado el luto, David envió por Betsabé y la recibió en su casa. El Segundo Libro de Samuel especifica que ella dio a luz un hijo, pero la acción de David desagradó a Yahvé. Poco después, el profeta Natán, enviado por Yahvé, reprendió a David por el asesinato planeado de Urías, contándole primero la presunta historia de un hombre rico y otro pobre. El rico tenía muchas ovejas mientras que el pobre sólo tenía una, a la que quería mucho. Un viajero visitó al rico pidiéndole de comer. El rico tomó la oveja del pobre y se la preparó para ofrecérsela al viajero. Al oír esta historia, David se enojó y contestó: “¡Tan cierto como que Yahvé vive, que quien hizo esto merece la muerte! ,¿Cómo pudo hacer algo tan ruin? ¡Ahora pagará cuatro veces el valor de la oveja por haber hecho semejante cosa y por no haber tenido compasión!”.  Natán le respondió: “¡Tú eres ese hombre! Así dice Yahvé, Dios de Israel: Yo te ungí como rey sobre Israel, y te libré del poder de Saúl. Te di el palacio de tu amo, y puse sus mujeres en tus brazos. También te permití gobernar a Israel y a Judá. Y por si esto hubiera sido poco, te habría dado mucho más. ¿Por qué, entonces, despreciaste la palabra de Yahvé haciendo lo que le desagrada? ¡Asesinaste a Urías el hitita para apoderarte de su esposa! ¡Lo mataste con la espada de los amonitas! Por eso la espada jamás se apartará de tu familia, pues me despreciaste al tomar la esposa de Urías el hitita para hacerla tu mujer”. David se arrepintió profundamente de su pecado. Aun así, Natán profetizó que su hijo, ya nacido de la relación con Betsabé, moriría, lo que sucedió siete días después, no obstante el ayuno guardado por David. David y Betsabé engendraron más tarde a Salomón, quien sucedería a David en el trono. Pero, tal cual había anunciado el profeta Natán, la espada jamás se apartaría de la casa de David. Absalón, hijo de David, asesinaría a su propio hermano y se convertiría en personaje central del gran drama de la familia davídica, resultando en una serie de crisis políticas que llegarían a comprometer el futuro del reino. Tal como hemos dicho, Betsabé le dio a David un segundo hijo, llamado Salomón. Dios amó a ese hijo, por lo que envió a su profeta Natán, quien “por causa de Dios” llamó al niño Jedidías, que significa “Amado de Jah”. Cuando Adonías intentó apoderarse del trono, al final de la vida de David, Natán tomó las medidas necesarias para que este lo supiera. Luego tomó parte en ungir y entronizar a Salomón. Al parecer Natán y Gad aconsejaron a David sobre el uso de los instrumentos musicales que se empleaban en el santuario, y debieron ser quienes registraron la información de los capítulos de conclusión del Primer Libro de Samuel y todo el Segundo Libro de Samuel. Entre las palabras de Natán el profeta también se incluyeron “los asuntos de Salomón”. Posiblemente Natán haya sido el padre de Azarías y Zabud, quienes ocuparon responsabilidades importantes durante el reinado de Salomón. Azarías fue un príncipe que supervisaba el trabajo de los diputados, mientras que Zabud, amigo y consejero del rey, era sacerdote.

 

Hiram, rey de Tiro, le aporta su ayuda en materiales y, sobre todo, en obreros. Le envía, por ejemplo, a Hiram el Fundidor, Hiram Abif, que es una figura alegórica del ritual masónico que delinea al maestro constructor del Templo de Salomón, construido alrededor del año 988 a. C. Un día, Hiram Abif último se dispone a efectuar el vaciado de la fundición de bronce para el Templo en presencia de Salomón y de Balkis, reina de Saba, a la que Salomón quiere seducir, a fin de casarse con ella. El pueblo de Israel asistirá al vaciado. Benoni, ayudante y fiel discípulo del maestro de obras, ha sorprendido a la caída de la noche a tres obreros, Fanor el sirio, albañil, Anru el fenicio, carpintero, y Metusael el judío, minero, saboteando el molde del futuro bronce. Benoni advierte a Salomón de la traición de los tres cómplices. Pero el rey, celoso de la admiración que Balkis siente ya por Hiram Abif, deja que prosigan los preparativos. Al ponerse el sol, Hiram da la orden de proceder al vaciado. Y el gigantesco molde en que debe fundirse el bronce, y que ha sido manipulado, se agrieta. El metal en fusión surge bruscamente y salpica a la horrorizada multitud. Benoni, desesperado por no haber advertido personalmente a Hiram, se arroja entre la ardiente lava. Poco después, solo, abandonado de todos, Hiram Abif sueña ante su obra destruida. De pronto, de la fundición que brilla enrojecida en las tinieblas de la noche se alza una sombra luminosa. El fantasma avanza hacia Hiram, que lo contempla con estupor. Su busto gigantesco está revestido por una dalmática sin mangas; aros de hierro adornan sus brazos desnudos; su cabeza bronceada, enmarcada por una barba cuadrada, trenzada y rizada en varias filas, va cubierta de una mitra de corladura (plata dorada). Sostiene en la mano un martillo de herrero. Sus ojos, grandes y brillantes, se posan con dulzura en Hiram y, con una voz que parece arrancada a las entrañas del bronce, le dice: “Reanima tu alma, levántate, hijo mío. Ven, sígueme. He visto los males que abruman a mi raza y me he compadecido de ella“. Hiram pregunta: “Espíritu, ¿quién eres?” El espíritu le dice: “La sombra de todos tus padres, el antepasado de aquellos que trabajan y que sufren. ¡Ven! Cuando mi mano se deslice sobre tu frente, respirarás en la llama. No temas nada. Nunca te has mostrado débil“. Hiram vuelve a preguntar: “¿Dónde estoy? ¿Cuál es tu nombre? ¿Adónde me llevas?“. Y la respuesta del espíritu es: “Al centro de la Tierra, en el alma del mundo habitado. Allí se alza el palacio subterráneo de Enoc, nuestro padre, al que Egipto llama Hermes y que Arabia honra con el nombre de Edris“. “¡Potencias inmortales! –exclama Hiram-. ¿Entonces es verdad? ¿Tú eres …?“. El espíritu le dice: “Tu antepasado, hombre, artista …, tu amo y tu patrono. Yo fui Tubal Caín“. Llevándole como en un sueño a las profundidades de la Tierra, Tubal Caín instruye a Hiram en lo esencial de la tradición de los cainitas, los herreros, dueños del fuego.

 

En el seno de la Tierra, Tubal Caín muestra a Hiram la larga serie de sus padres: Enoc, que enseñó a los hombres a construir edificios, a unirse en sociedad, a tallar la piedra; Hirad, que supo antaño aprisionar las fuentes y conducir las aguas fecundas; Maviel, que enseñó el arte de trabajar el cedro y todas las maderas; Matusael, que imaginó los caracteres de la escritura; Jabel, que levantó la primera tienda y enseñó a los hombres a coser la piel de los camellos; Jubal, el primero en tender las cuerdas del cinnor y del arpa, extrayendo de ellos sones armoniosos … Y por último, el propio Tubal Caín, que enseñó a los hombres las artes de la paz y de la guerra, la ciencia de reducir los metales, de martillear el bronce, de encender las forjas y soplar sobre los hornillos.  Y transmitió a Hiram Abif la tradición luciferina. Al comienzo de los tiempos, dos dioses se reparten el universo. Existe un gran paralelismo con los dioses sumerios Enlil y Enki. Uno de los dos dioses, Adonai, es el amo de la materia y del elemento Tierra; el otro, Iblis, es el amo del Espíritu y del elemento Fuego. Adonai es uno de los nombres en hebreo de Dios. Se usa más de 300 veces en el Tanaj como una designación para el Creador. Sin embargo no es el Nombre Divino en sí mismo sino una designación genérica. Ya que pronunciar Yhwh está prohibido en la lectura de la Biblia Hebrea, en el siglo VI a. C., se añadieron las vocales de Adonai, para recordar al lector que debía pronunciar ese título. Curiosamente Iblis, en el islam, es el nombre de un genio maligno y este nombre significa “privado de toda bondad“. Él se negó a inclinarse ante Adán y se apartó de Alá. El personaje es más conocido, sin embargo, como Shaytán, parecido al nombre Satán o Satanás, palabra aramea que significa “adversario” Con este último nombre aparece citado 87 veces en el Corán, mientras que el nombre de Iblís se cita únicamente nueve veces. Se le llama también al-waswās, esto es, “El murmurador“, porque inocula con sus murmuraciones la tentación en el corazón de la gente. Adonai crea al Primer Hombre del barro y lo anima. Movido a compasión por el bruto que Adonai quiere convertir en su esclavo y su juguete, Iblis y los Elohim, los dioses secundarios, despiertan su espíritu, y le dan la inteligencia y la comprensión. Mientras Lilith, la hermana de Iblis, se convertía en la amante oculta de Adán, el Primer Hombre, y le enseñaba el arte del pensamiento, Iblis seducía a Eva, surgida del Primer Hombre, la fecundaba y, junto con el germen de Caín, deslizaba en su seno una chispa divina. En efecto, según las tradiciones talmúdicas, Caín nació de los amores de Eva e Iblis, mientras que Abel nacerá de la unión de Eva y Adán. Más tarde, Adán no sentirá más que desprecio y odio por Caín, que no es su verdadero hijo. Aclinia, hermana de Caín, que la ama, será entregada como esposa a Abel. Y a pesar de ello, Caín dedica su inteligencia inventiva, que le viene de los Elohim, a mejorar las condiciones de vida de su familia, expulsada del Edén y errante por la tierra. Pero un día, cansado de ver la ingratitud y la injusticia responder a sus esfuerzos, se rebelará y matará a su hermano Abel.

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Para justificarse, Caín responde personalmente a Hiram Abif. Insiste sobre lo doloroso de su suerte. Sólo él trabajaba la tierra, arando, sembrando, recolectando, efectuando todas las labores penosas, bajo el nombre de Samael, “veneno supremo”, mientras que Abel, cómodamente echado bajo los árboles, vigilaba sin esfuerzo los rebaños. Cuando les tocaba ofrecer los sacrificios prescritos a Adonai, amo exterior de la esfera terrestre, Caín elegía una ofrenda incruenta, tal como frutos o haces de trigo. Abel, por el contrario, ofrecía en holocausto a los primogénitos de sus rebaños. Y, presagio funesto, el humo del sacrificio de Abel subía recto y orgulloso en el espacio, mientras que el del fuego de Caín caía hacia el suelo, mostrándose el rechazo de Adonai. Caín explica entonces a Hiram que, en el curso de las edades, los hijos nacidos de él, hijos de los Elohim,  trabajarán sin cesar por mejorar la suerte de los hombres, y que Adonai, lleno de celos, tras intentar aniquilar a la raza humana mediante el Diluvio, verá fracasar su plan gracias a Noé, advertido en sueños por los Hijos del Fuego sobre la inminente catástrofe. Al devolver a Hiram a los límites del mundo tangible, Tubal Caín le revela que Balkis, la Reina de Saba, pertenece también al linaje de Caín y que es la esposa que le está destinada desde toda la eternidad. La reina de Saba es un personaje legendario, presentado en los libros de Reyes y en Crónicas (en la Biblia), en el Corán y en la historia de Etiopía. Fue la gobernante del Reino de Saba, un antiguo país que la arqueología presume que estaba localizado en los actuales territorios de Etiopía y Yemen. En los textos bíblicos, la reina no es nombrada explícitamente por su nombre. En la tradición etíope es llamada Makeda, mientras que en la tradición islámica, aunque no en el Corán, es conocida como Bilqis o Balkis. Otros nombres asociados a ella son Nikaule o Nicaula. Según especulan algunos autores, la reina de Saba tenía origen búlgaro, una teoría poco o nada probable, ya que la reina Makeda pertenecía a una genealogía árabe. Era hija de Yashrea, hijo de Al-Hareth, hijo de Qais, hijo de Saifi, hijo de Saba. De acuerdo con estudios bíblicos, el libro Cantar de los cantares, un canto que el rey Salomón dedica a una mujer, podría estar dirigido a una mujer negra etíope, quien podría ser la reina de Saba. De allí que se vinculen las promesas divinas del dios en el que creían los judíos con ese pueblo. Después, antes de la partida de Balkis, la reina, hacia Saba, Hiram y Balkis se unirán en secreto, a pesar de la celosa vigilancia de Salomón.

 

Hiram, descendiente de las Inteligencias del Fuego, y Balkis, descendiente de las Inteligencias del Aire, no podrán, sin embargo, permanecer unidos. Hiram será asesinado por tres Compañeros, deseosos de conocer indebidamente la contraseña de los Maestros, con objeto de percibir el mismo salario que ellos. El crimen tendrá lugar dentro del templo de Jerusalén en construcción, desierto en ese momento. Y Balkis, al regresar al país de Saba, sin haber sido nunca la esposa de Salomón, se cruzará, sin verlos, con los tres asesinos, que se llevan el cadáver de Hiram para enterrarlo en secreto. Sólo se estremecerá en su seno el niño que va a nacer de sus amores fugitivos con el Hiram Abif. Este niño que será más adelante el primero de los hijos de Balkis. Tal es la leyenda de Hiram, que no hará su aparición en el seno de la francmasonería especulativa hasta alrededor de 1723. la francmasonería especulativa de los siglos anteriores la ignoraba. Hasta ese momento, Hiram no gozaba de mayor importancia en los relatos iniciáticos que Nemrod, Noé, Abraham o Moisés. Eso puede comprenderse fácilmente, ya que en la Biblia Hiram queda reducido a su papel de fundidor, sin que se le presente en ningún momento como el arquitecto del templo de Jerusalén. Si se quiere precisar la verdadera identidad de ese arquitecto, hay que atenerse al relato bíblico, según el cual fue el mismo Dios quien comunicó los planes a David, por mediación del profeta Natán, durante una visión o un sueño. Como se ve, la leyenda de Hiram, procedente de las tradiciones propias de los herreros cainitas de los alrededores del Sinaí, está emparentada con una vía próxima a las tradiciones tántricas indias, es decir, proviene de la mano izquierda, por utilizar el lenguaje del esoterismo. Con ella se asocian otras tradiciones, como la de Prometeo, la rebelión de los Titanes, o el descenso de los ángeles caídos al monte Hermón, narradas en el libro de Enoc. Según se dice, todos ellos enseñaron a los hombres conocimientos tan diversos como nuevos, pero susceptibles de causar su perdición. Para conocer en detalle la leyenda de Hiram, recomendamos leer Viaje a Oriente, de Gérard de Nerval, que la oyó en Estambul, en el barrio de los joyeros y los fundidores, en boca de un narrador de cuentos populares.

 

Hay algunos investigadores que defienden la versión que relaciona la masonería con los poderes que rigen el mundo. Esto es lo que vamos a tratar en los siguientes párrafos. Al igual que con los grados azules de la Masonería moderna, los iniciados druidas eran divididos en tres grupos. Las enseñanzas dadas a cada nivel en las arboledas del bosque de los tiempos antiguos y los templos Masónicos de hoy son virtualmente las mismas. Al igual que el león y el “agarre de la garra del león“, equivalente al apretón de manos secreto, en el grado Maestre de la Masonería se utiliza esta misma corriente de simbolismo de la escuela de misterios. Los iniciados en los ritos de Mithra eran llamados leones y eran marcados en sus frentes con la cruz egipcia. Los iniciados en primer grado tenían una corona de oro puesta sobre sus cabezas, representando su ser espiritual. Y esta corona, simbolizando los rayos del Sol, puede ser encontrada sobre la Estatua de la Libertad en el Puerto de Nueva York. El color negro se ha convertido en el color asociado con la autoridad y con la muerte. Es también el color tradicional de la profesión de la enseñanza con el traje negro y el sombrero negro llamado birrete, que es el símbolo del círculo y cuadrado de la Masonería. La Universidad Romana de Arquitectos estaba relacionada con la Orden de Comacini, que se expandió rápidamente bajo los reinos de Constantino y Teodosio, cuando el Cristianismo se estaba volviendo la religión dominante del Imperio Romano. La Orden de Comacini tenía su base en la isla de Comacini, situada en el lago Como, en la Italia del Norte. El lago Como es un centro muy importante para la Hermandad Babilónica. Dos de sus miembros británicos, el Príncipe Philip y su mentor, Lord Mountbatten, asistieron a una reunión del Grupo Bilderberg de la Hermandad en el lago Como en 1965. La Orden de Comacini fue dividida en logias dirigidas por los Grandes Maestres, que usaban guantes y mandiles blancos y se comunicaban a través de señales y apretones de manos secretos. Y todo esto ya estaba ocurriendo más de mil años antes de la creación oficial de la Masonería. Recibieron el patrocinio del rey de Lombardía y fueron hechos los maestros de todos los mamposteros y arquitectos en Italia. Fue esta orden secreta, los sucesores de los arquitectos de la Hermandad más tempranos, los Arquitectos Dionisianos, los que proveyeron el puente entre aquellos que construyeron los templos paganos antiguos y sus hermanos, que construirían las grandes catedrales Cristianas de Europa. La misma Hermandad construyó ambos tipos de templos. Los templos antiguos eran santuarios para los dioses paganos, y las catedrales Cristianas eran también santuarios para los dioses paganos. La única diferencia era que, con las últimas, el público pensaba que fueron construidas para venerar a Jesucristo.

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San Bernardo de Claraval nació en Fontaines (Francia) en el seno de una ilustre familia y fue fundador de la célebre abadía cisterciense de Claraval (Clairvaux). Además, predicó en Francia la Segunda Cruzada. En el cisma entre Inocencio II y Anacleto II, se declaró a favor del primero y le hizo triunfar. Dejó “Cartas” muy notables y excelentes “Tratados de Teología“. Asimismo, consiguió poder y prestigio para la Orden de los Caballeros del Temple. San Bernardo definió a Dios como “largo, ancho, alto y profundidad” porque comprendía el efecto de geometría y números sobre los campos de energía. Pitágoras también dijo que: “el número es todo“. El poder del patrón, los números, la geometría y la proporción, son algunos de los “grandes misterios” que han sido negados la mayoría de la gente. Venecia fue durante siglos un centro de la Nobleza Negra, que se expandió en el Lejano Oriente a través de los viajes del veneciano Marco Polo. Las familias reales supervivientes en Europa son el linaje de esta Nobleza Negra, incluyendo la Casa de Windsor de Gran Bretaña. Esta es la razón de que estas casas reales, incluyendo los Windsor, estén fundamentalmente relacionadas con la Masonería y otras sociedades secretas de la Élite. La Nobleza Negra estableció relaciones íntimas con las familias de linaje de Gran Bretaña y estaba detrás de la invasión de Inglaterra en 1066 por otra rama de su familia, los Normandos de Guillermo el Conquistador y los escoceses St Clairs, una familia de descendencia vikinga. Guillermo I de Inglaterra (1028 – 1087), más conocido como Guillermo el Conquistador, fue el primer rey de Inglaterra de origen normando, con un reinado que se extendió desde 1066 hasta su muerte en 1087. Descendiente de vikingos, desde 1035 fue duque de Normandía con el nombre de Guillermo II. Tras una larga lucha por afianzar su poder, hacia 1060 su dominio sobre Normandía estaba consolidado y por ello comenzó a planear la conquista de Inglaterra, que inició en 1066. El resto de su vida estuvo marcada por incesantes luchas por el mantenimiento de sus posesiones, tanto en Inglaterra como en el norte de Francia, y por las dificultades con su hijo primogénito. La Nobleza Negra se unió a las familias aristocráticas británicas, se otorgaron títulos, o los inventaron. Dos familias fueron especialmente importantes en la conquista de Gran Bretaña por la Nobleza Negra, los Savoya y los Estes. Los Savoya gobernaron Italia de 1146 a 1945 y los Estes gobernaron la región llamada Ferrara desde el 1100 hasta el 1860, cuando Italia se convirtió en un país. Hay ejemplos incontables de cómo la Nobleza Negra se infiltró y tomó el poder en Gran Bretaña. La Nobleza Negra ha estado controlando la Iglesia de Inglaterra durante siglos. De hecho desde el comienzo. Actualmente uno de sus representantes más activos, la Reina Elizabeth II, todavía es la cabeza oficial de la iglesia de Inglaterra. Los linajes de la Nobleza Negra se apoderaron de las riendas del poder en Europa para llevar a cabo su programa.

 

La constitución de los Caballeros Templarios se produjo aproximadamente al mismo tiempo, en 1118. Inicialmente fueron conocidos como los Soldados de Cristo. Los Templarios están rodeados de misterio y contradicción, pero se sabe que dedicaron la orden a la Madre de Dios. Los Caballeros Templarios se promovieron como cristianos y por lo tanto la Madre de Dios se consideró que era María, la madre de Jesús. Pero para las sociedades secretas la Madre de Dios es una imagen simbólica de Isis, la virgen madre del Hijo de Dios egipcio, Horus, y la esposa del dios del Sol, Osiris, según la mitología egipcia. Isis, a su vez, es otro nombre para la Reina Semíramis. Isis / Semíramis también es conocida por otros nombres, como Barati, Diana, Rea, Minerva, Afrodita, Venus, Hécate, Juno, Ceres, Luna y muchos otros. Se dice que son simbólicos de la Luna, la energía femenina en sus varias formas. Las oficinas centrales de la Gran Logia Madre de la Masonería inglesa están ubicadas en la Calle Gran Reina en Londres, en representación de la Gran Reina Semíramis / Isis. Al final todos los nombres fueron inspirados por la diosa sumeria Ninkharsag, la “Diosa Madre” anunnaki. Los dioses antiguos como Nimrod / Osiris y los otros interminables nombres bajo los que es conocido, representan el poder del Sol, lo masculino. Éste era el conocimiento sobre el que los Templarios fueron fundados y su inspiración puede ser vista en su símbolo, la cruz roja sobre un fondo blanco, la cruz de fuego o símbolo del Sol de los fenicios y símbolo de los linajes. También es la bandera de Inglaterra. La Corona y las familias de la Hermandad en Gran Bretaña también controlan las sociedades secretas ubicadas en Temple Bar, en Londres, las anteriores tierras templarias y el centro de la abogacía británica. La Gran Logia de la Masonería inglesa ha controlado la mayoría de la Masonería a través del mundo desde que fue constituida en 1717. La Élite de Londres decide. Pero también hay una conexión francesa. Londres y París son los centros de operaciones principales para la Hermandad. Muchas veces las facciones francesa e inglesa han luchado por la supremacía, pero todavía son dos lados de la misma moneda. La Revolución Francesa de 1789, el año en que George Washington se convirtió en el primer presidente de los Estados Unidos, fue completamente tramada por los francmasones y los Illuminati bávaros.

 

En el pasado se advierte la existencia de una iniciación, vinculada a los oficios, o métiers en francés. La palabra viene del término latino ministerium, que significa “oficio” o “ministerio”. Mucho antes de que diese nacimiento a la masonería especulativa, su gran hermana contemporánea, la masonería operativa, había creado, ya en la Edad Media, un lenguaje simbólico. Pero en nuestros días, cada vez se pone más en duda la importancia de la parte de herencia operativa conservada por la masonería especulativa. La francmasonería, en su conjunto, siguió el mismo descenso evolutivo que la Iglesia. El materialismo invadió los templos. La mentalidad moderna es el producto de una sugestión colectiva, ejercida de modo continuado durante cerca de cuatrocientos años en todos los campos, tanto religioso, como político, familiar e individual, y tendente a cortar los lazos entre el hombre y sus raíces espirituales. Las grandes religiones exotéricas, como el judaísmo, el cristianismo, y el Islam, tienen su parte de responsabilidad en esta decadencia. Y a las corrientes revolucionarias les resultó fácil sacar partido del materialismo de las clases dirigentes. Las Constituciones de Anderson son el inicio de la moderna masonería especulativa. Redactadas por el pastor James Anderson y Jean Théophile Désaguliers, fueron aprobadas y publicadas en 1723. Las Constituciones de Anderson es la acepción más común a las constituciones en las que se refleja por primera vez la condición de los masones especulativos tras la tradición de los masones operativos de siglos anteriores. El nombre con el que se publicó es “Constitución de los Francmasones“. El documento original será modificado posteriormente en 1738 y 1813. José Schlosser, en su libro Orígenes de la Masonería, nos dice: “En el Londres de 1717, cuatro logias de entre las muchas existentes estaban ya integradas por muy pocos constructores y muchos hermanos aceptados“. Por aceptado se entendía admitido o adepto, dentro de las logias de masones operativos, sin ser del oficio. En estos “talleres” encontraban refugio lícito para comer bien, brindar mejor e intercambiar sus ideas liberales. El filósofo y médico inglés John Locke (1632-1704), con su “Ensayo sobre el entendimiento humano“, publicado unos cincuenta años antes de la fundación de la Gran Logia de Londres, abre las puertas a una nueva forma de considerar al hombre, ya no como un elemento del régimen patriarcal de la Edad Media.

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Son los albores de La Ilustración y comienza a imponerse una concepción antropocentrista. El hombre vale como individuo y no como integrante de una familia o un gremio. El célebre filósofo, político, abogado y escritor inglés Francis Bacon (1561-1626) proclamó la preeminencia de la investigación científica. René Descartes (1596-1650), filósofo, matemático y físico francés, lanza su revolucionario “pienso, luego existo“. Se formó una Gran Logia, cuyo primer Gran Maestre fue Anthony Sayer que logró integrar otras dos Logias. Le sucedió George Payne, que era un activo y emprendedor anticuario, que dio a los trabajos un ritmo extraordinario, amplió el número de miembros, y se dedicó a reunir y compilar documentos y manuscritos referidos a la historia, usos y reglamentos de la antigua masonería operativa. Cabe pensar que en la elección de James Anderson no influyeron solamente sus virtudes intelectuales y su título de Doctor en Filosofía, sino también su calidad de predicador presbiteriano, que le permitía un diálogo adecuado con los masones católicos irlandeses, los anglicanos ingleses y los presbiterianos escoceses, temerosos de las reformas que se proponían. Corría el año 1721, y el duque de Montagú encarga las “Constituciones” al pastor Anderson, para que modificase lo recopilado por Payne en los dos años anteriores, en los que además fue Gran Maestre. Al parecer Anderson era hijo de un miembro de la logia de Aberdeen. La base del trabajo de Anderson lo constituyen los manuscritos Regius (1399) y Cooke (1410), además de los documentos recopilados por Payne y pertenecientes a los masones de las logias de Londres. Payne entregó a Anderson las Constituciones Góticas, el conjunto de más de un centenar de pergaminos y libros de diversos países de Europa, como Italia, Francia, Alemania, Escocia, e Inglaterra. Payne redactó inicialmente las treinta y nueve Ordenanzas Generales. Él fue quien le entregó a James Anderson sus notas para la revisión de sus trabajos, con el fin de que aquellas Antiguas Ordenanzas se adecuaran a la nueva organización. Anderson terminó el trabajo en el mismo año 1721 y presentó su informe en la reunión del equinoccio de otoño (23 de septiembre de 1721), que inmediatamente fue sometido a estudio por una Comisión formada por 14 miembros de la Gran Logia. Esta Comisión expidió sus conclusiones en la Asamblea del equinoccio de primavera (25 de marzo de 1722), aconsejando su aprobación con algunas pequeñas modificaciones. El informe de la Comisión fue aprobado por unanimidad de las 24 Logias presentes en esa Asamblea. Las Constituciones definitivas se presentan en el año 1723, siendo firmadas por el Gran Maestre, el duque de Wharton, y el Gran Maestre Diputado, el propio Anderson.

 

De una forma simbólica se hace constar en las Constituciones que a partir de entonces ya no será la catedral un templo de piedra a construir, sino que el edificio que habrá de levantarse será la catedral del Universo, es decir, la misma Humanidad. El trabajo sobre la piedra bruta, destinada a convertirse en cúbica, es decir, apta a las exigencias constructivas, será el hombre, quien habrá de irse puliendo en contacto con sus semejantes a través de una enseñanza en gran parte simbólica. Cada útil o herramienta de los picapedreros recibirá un sentido simbólico. La escuadra, para regular las acciones; el compás, para mantenerse en los límites con todos los hombres, especialmente con los hermanos masones. El delantal, símbolo del trabajo, que con su blancura indica el candor de las costumbres y la igualdad; los guantes blancos que recuerdan al francmasón que no debe jamás mancharse las manos con la iniquidad, etc. La Masonería se convertía, pues, en el lugar de encuentro de hombres de cierta cultura, con inquietudes intelectuales, interesados por el humanismo como fraternidad, por encima de las separaciones y de las oposiciones sectarias, que tantos sufrimientos habían acarreado a Europa, la Reforma, por una parte, y la Contrarreforma, por otra. Les animaba un espíritu universalista y el deseo de encontrarse en una atmósfera de tolerancia y fraternidad. El artículo fundamental de las Constituciones de 1723 lo subraya claramente al afirmar que “Aun cuando en los tiempos antiguos los masones estaban obligados a practicar la religión que se observaba en los países donde habitaban, hoy se ha creído más oportuno no imponerle otra religión que aquella en que todos los hombres están de acuerdo, y dejarles completa libertad respecto a sus opiniones personales. Esta religión consiste en ser hombres buenos y leales, es decir, hombres de honor y de probidad, cualquiera que sea la diferencia de sus nombres o de sus convicciones“. Otro artículo precisa que cuando los trabajos están cerrados y los hermanos se hallan reunidos fuera de la logia, pueden dedicarse a placeres inocentes, evitando los excesos de todo género, y sobre todo absteniéndose de decir y de hacer cosa alguna que pudiere herir o romper la buena armonía que entre todos debe reinar siempre. Por esta razón, no deben llevarse a estas reuniones odios privados, ni motivo alguno de discordia y, sobre todo, deben evitarse en absoluto las discusiones sobre religión y política, o sobre nacionalidad, puesto que los masones no profesan otra religión que la universal, que pertenece a todos los pueblos y a todas las lenguas.

 

En el Libro de las Constituciones de 1723, podemos leer: “Un masón está obligado, por su misma condición, a obedecer a la ley moral. Y si entiende exactamente el Arte, no será nunca un ateo estúpido, ni un libertino irreligioso“. Estas Constituciones implicaron el nacimiento de la francmasonería que conocemos, y a la que pertenecen más de cinco millones y medio de hombres en el mundo entero. Pero sus orígenes siguen siendo misteriosos y en parte legendarios. Se puede admitir que los tres primeros grados de la masonería simbólica, que agrupa los tres primeros grados, Aprendiz, Compañero y Maestro, nacieron, en efecto, por cooptación honorífica de miembros no operativos, pero aceptados, de las corporaciones tradicionales de canteros y carpinteros. Sin embargo, es más lógico admitir que los altos grados, al menos un buen número de ellos, derivan de las órdenes de caballería entonces existentes y de otras ya desaparecidas, como los templarios, los teutónicos, los del Santo Sepulcro, etc. En la práctica la masonería se nos presenta hoy en día como una sociedad de pensamiento, relativamente secreta, extendida por el mundo entero. Basada en la libertad de pensamiento y la tolerancia, se fija como objetivo la búsqueda de la verdad en todos los campos, así como en el perfeccionamiento material y moral de la humanidad. Sus adherentes se agrupan en logias, capítulos o areópagos, según los grados de la jerarquía, reunidos y constituyendo obediencias, tales como Grandes Logias, Supremos Consejos, Soberanos Santuarios. Sus diversas formaciones difieren por los ritos practicados, expresados en rituales. Las diferencias entre los ritos están subrayadas por las diferencias entre sus diversas insignias, llamadas «decoraciones», es decir, los mandiles de piel de cordero, seda o satén, y las bandas o collares, con sus joyas, símbolos metálicos, plateados o dorados, que expresan un rango o una función. Las bandas y collares provienen de los que utilizaban ciertas órdenes honoríficas civiles históricas o ciertas órdenes militares. Diversas tradiciones hacen remontar la francmasonería a la construcción de las pirámides, a la construcción del templo de Salomón, en Jerusalén, o a los antiguos misterios de Egipto y Grecia. Se la puede razonablemente vincular a las corporaciones de constructores, desde los collegia grecorromanos a los constructores de las catedrales medievales. No cabe duda de que los nueve útiles simbólicos de la francmasonería actual, la importancia dada a la geometría, el uso del mandil, la exhibición del compás y la escuadra en las diversas ceremonias, así como todo el lenguaje convencional utilizado en los rituales se relaciona con el arte de construir de las corporaciones medievales y con sus símbolos. Como todas las asociaciones profesionales, esas corporaciones poseían secretos del oficio que transmitían a sus miembros, secretos sobre operaciones manuales, habilidades y distintas sutilezas.

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A esto se añadía para los maestros de obras todo el arte de la Geometría y el conocimiento de la resistencia de los materiales. En los lugares en que iniciaban una obra para trabajar en ella, los albañiles (o los maçons) encontraban alumnos, los aprendices, formados en la logia del lugar, que no se limitaba a ser un taller, sino que servía también como emplazamiento para el descanso, la enseñanza, y el intercambio de ideas. Cuando llego el tiempo en que las corporaciones de albañiles perdieron su principal razón de ser a causa de las transformaciones económicas y sociales, admitieron para subsistir, a miembros honorarios, llamados en inglés Accepted Masons, o sea, masones aceptados, por oposición a los albañiles o masones profesionales, llamados Operative Masons, es decir, masones operativos.            Fue en Gran Bretaña, en el siglo XVII, donde las corporaciones de albañiles, que tenían una importancia particular desde la Edad Media, empezaron a recibir miembros no pertenecientes a la profesión. Ya en 1600 aparece inscrito en la logia de Edimburgo (Escocia) un escocés perteneciente a la nobleza, John Boswell, lord Auchinleck. El 16 de octubre de 1646, Elie Ashmole, el miembro más activo del Círculo Católico de Londres, fue recibido como masón aceptado en la logia de Warrington, al mismo tiempo que su cuñado, el coronel Henri Mainwarieg de Kerthingham. Ambos fueron apadrinados por Richard Penket, guardián del grado de los Fellow-Craft. Ashmole encontró allí al escritor británico Thomas Warton, al poeta británico George Warton, al matemático William Oughteed, a los doctores en teología John Herwitt y John Prarson y al astrólogo del rey Carlos I, William Lilly. Poco a poco, a través de una lenta evolución, las logias operativas se transformaron en sociedad de pensamiento, y las ceremonias iniciáticas transfirieron su simbolismo del plano material al plano intelectual. No obstante, durante todo el siglo XVII, los ritos continuaron invariables, “sencillos pero eficaces, teniendo en cuenta la importancia absoluta que un hombre honorable daba a su palabra y a su juramento”. Fue en el siglo XVIII cuando se produjo el cambio, debido al escepticismo y al materialismo que invadía los salones, sobre todo en Francia. Esta perversión alcanzó a los medios masónicos, con mayor o menos intensidad, de acuerdo con la naturaleza de las logias. Para ponerle remedio, se alargaron las ceremonias y ritos, las pruebas y los juramentos. Asimismo, se completaron los tres grados de la masonería primitiva con los primeros grados para castigar al posible traidor. Personas como Helvecio, Voltaire, Marmontel, Montesquieu, D’Holbach, todos ellos masones, todos ellos celebridades del Siglo de las Luces y redactores de la Enciclopedia, tienen su parte de responsabilidad en la degradación espiritual de la francmasonería del siglo XVII.

 

«Todo el mundo pertenece a ella …», escribirá María Antonieta a su madre, la emperatriz de Austria. En verdad que en aquel tiempo toda la élite pertenece a la masonería. Y el cuadro de los Grandes Oficiales del Grande Oriente de Francia correspondiente al año 1773 resulta impresionante. Desde el Gran Maestre Luis José Felipe de Orleáns, duque de Chartres y príncipe de sangre real, hasta el modesto Gran Limosnero de la Orden, el Muy Respetable Hermano marqués de Briqueville, mariscal de los Campamentos y Ejércitos del Rey. También se incluyen dieciocho nombres pertenecientes a las familias más encumbradas de la aristocracia de Versalles, a los que siguen cuarenta y seis nombres de muy buena nobleza para las diversas cámaras de la Orden. Ello significa que los ritos tendrán que acomodarse a una vida mundana y donde la beneficencia y las obras de caridad ocupan el mayor lugar, sin más. Lo mismo ocurre actualmente en ciertas obediencias, en las que un vago humanismo, incluso a veces sin contacto con la realidad, no hace más que encubrir un plan político extraño a la verdadera masonería, cuando no se opone abiertamente a ella. Generalmente se considera el inicio de la francmasonería moderna el 24 de junio de 1717, fecha de la fundación de la Gran Logia de Londres, para lo cual se reunieron cuatro logias londinenses en la posada de El Manzano, en Covent Garden. Por mayoría de votos se eligió como Gran Maestre a Anthony Sayer. Se desconoce si era o no gentilhombre ( gentleman). Ahora bien, a partir de 1721 la masonería escogerá a sus Grandes Maestres entre la alta aristocracia, empezando con el duque de Montagu. La obligación de creer en Dios, Gran Arquitecto del Universo,  se extendió a todas las confesiones y, a partir de 1723, la masonería inglesa admitió en su seno a los judíos. Entre ellos destacaría el célebre Falk-Scheck, resh galutha (“cabeza del exilio”) de toda la Diáspora. Como reacción, la logia de York se alarmó ante esta creación y se constituyó en seguida en Gran Logia de toda Inglaterra. Pero la Gran Logia de Londres extendió poco a poco su influencia sobre toda la Gran Bretaña. En 1717 su jurisdicción abarcaba cuatro logias, sesenta y tres en 1725, ciento veintiséis en 1733. En 1725 se fundó la Gran Logia de Irlanda y en 1736 la Gran Logia de Escocia. Durante la década de 1730 la masonería pasó a las Indias británicas, a las Antillas y a las colonias inglesas de América del Norte. Pero no toda la masonería había seguido este camino. Seguían existiendo muchas logias independientes, al estilo antiguo, formadas sin ninguna autorización de cualquier Gran Logia. Había también las logias militares, fundadas en el seno de los regimientos militares. Mientras que las logias civiles se denominaban «al oriente de …» (la ciudad en que funcionaban), las logias militares se nombraban «al oriente de tal regimiento». Comprendían a los oficiales y a los suboficiales de esos regimientos.

 

Fueron esas logias militares las que introdujeron la masonería en Francia, con la llegada del rey Jacobo (James) II de Inglaterra, exiliado en Saint-Germain-en-Laye, y los regimientos fieles que le siguieron, compuestos de escoceses e irlandeses, tanto católicos como protestantes o anglicanos, todos unidos por su juramento de fidelidad al soberano. En aquellos tiempos, este juramento de fidelidad tenía importancia. Jacobo (James) II de Inglaterra y VII de Escocia (1633 – 1701) fue rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda desde el 6 de febrero de 1685 hasta su deposición en 1688. Fue el último monarca católico en reinar sobre lo que sería el Reino Unido. Algunos de sus súbditos sintieron gran desconfianza por sus políticas religiosas y alegaron que había caído en el despotismo. Se constituyó un grupo que lo acabaría deponiendo en la Revolución Gloriosa. Durante su exilio en Francia a Jacobo le fue permitido vivir en el castillo real de Saint-Germain-en-Laye. No fue sustituido por su hijo católico, Jacobo Francisco Eduardo, sino por su hija mayor y yerno protestantes, María II y Guillermo III, que fueron proclamados reyes. Jacobo II, además, fue el último soberano de Escocia en utilizar el título de Rey de los Escoceses, que había sido utilizado desde la unificación del reino en el año 843 por Kenneth I MacAlpin. Sus herederos pretendientes al trono tomaron el nombre de Jacobitas y durante muchos años lucharon por la restauración dinástica, sin lograrlo. Más tarde, la masonería francesa se particulariza. Se hablará de logias estuardistas o jacobitas, nacidas de las logias militares de Saint-Germain-en-Laye. La primera se funda en París, en 1725. La Gran Logia de Francia se constituirá en 1732. La actual Gran Logia de Francia, fundada en 1897, no tiene ninguna filiación con la de 1732. El 7 de noviembre de 1894 el Supremo Consejo del Rito Escocés concedió la autonomía a sus logias «azules», o simbólicas, que trabajaban en los tres primeros grados, y autorizó su fusión con la Gran Logia Simbólica Escocesa, cuyas treinta y seis logias se habían separado con anterioridad. Con las sesenta logias «azules» que permanecieron fieles al Rito Escocés, el efectivo de la recién nacida Gran Logia de Francia se elevaba a noventa y seis talleres «azules». Volviendo al siglo XVIII y a Francia, en 1773 se crea la Orden Real de la Francmasonería, que toma el nombre de Grande Oriente de Francia. Representa entonces a cerca de cuatrocientas logias. Su Gran Maestre era el duque de Chartres, Felipe de Orleáns, el futuro Felipe Igualdad. Los nombres más ilustres de la aristocracia francesa ocupan las funciones de «Grandes Oficiales». Y la Orden vivirá hasta nuestros días su vida histórica, sin misterio, aunque no sin ciertas persecuciones, bajo la Revolución y bajo el Gobierno de Vichy, ocupado por la Alemania nazi.

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En aquel tiempo las tabernas inglesas eran lujosos restaurantes y cervecerías, con habitaciones, salas de reuniones, salón de lectura y peluquería. Después de la tenida ritual, los masones celebraban en ellas su banquete, también ritual. Ofrecían alojamiento «a pie y a caballo», según la expresión de la época. En el curso de los siglos aparecerán nuevas obediencias, fruto del deseo de los hombres de reunirse de acuerdo con sus afinidades, sus teologías y sus preferencias en materia de ritualismo. Se producirán a veces fricciones entre esas obediencias, pero nunca entre los masones que las constituyen. Y que una obediencia reconozca y reciba a otra o bien la niegue y la rechace no cambia en nada la fraternidad que une a los miembros de ambas. La existencia de las «fraternales profesiones» así lo demuestra. Cuando se le veía aparecer a veces en los campos de batalla, ese sentimiento sobrepasaba las fronteras de los Estados. La masonería consiguió lo que la Iglesia no ha conseguido nunca entre sus fieles de nacionalidades diversas, hacer que se amasen, a pesar de intereses en ocasiones divergentes, a pesar de creencias diferentes, o de opiniones políticas opuestas. No siempre resulta fácil. Pero cuando el masón se da cuenta de que se desvía, recuerda su juramento de Aprendiz: «Consideraré a todos los francmasones como mis Hermanos». Y obedece. Desgraciadamente, ese sentimiento, tan meritorio en sí, conduce a ciertos miembros de la masonería a confundir fraternidad con complicidad. En ciertas obediencias, los Reglamentos generales y las Constituciones prevén que todo masón acusado sea juzgado por un tribunal mantiene el derecho de apelación. Las sentencias consisten en suspensiones de actividad durante cierto tiempo o en una exclusión. Hacemos referencia a los acontecimientos que se desarrollaron en Francia del 3 de enero al 6 de febrero de 1934, a causa de los cuales estuvo a punto de caer la República. Se trata del escándalo Stavisky, descubierto por el ministerio francés de Hacienda. En lugar de permitir que la justicia siguiera su curso, los masones comprometidos fueron protegidos por otros masones bien situados. El suicidio del estafador Stavisky en el momento de su detención, y el asesinato del juez Albert Prince, encargado de la instrucción del caso, asesinato cometido por el policía Bony, que más tarde se pasó a la Gestapo nazi, dieron lugar a que el 6 de febrero de 1934 doscientas mil personas e manifestasen en la plaza de la Concorde, dispuestas a pasar el puente de la Concorde e invadir el Palais-Bourbon. La guardia móvil abrió fuego y hubo numerosos muertos y heridos. Esta situación provenía de una fraternidad, que lo había convertido en complicidad.  Hubiera bastado que algunos se acordasen de lo que precisaban las Constituciones de Anderson en el siglo XVIII: «Un masón está obligado, por su propia condición, a obedecer a la ley moral. (…) Es decir, a ser gente de bien, leal, hombres de honor y de probidad».

 

Los adversarios de la francmasonería aprovecharon también la derrota francesa ante la Alemania nazi, en junio de 1940, para satisfacer su venganza apoyándose en sus protectores alemanes. Los milicianos del Gobierno de Vichy se abatieron sobre los templos masónicos, llegando a veces incluso a destrozar los suelos y los techos, como en el templo más que centenario de la calle La Condamine de París, esperando así encontrar los esqueletos de las «víctimas» de los ritos masónicos, pues habían tomado las calaveras que figuran en las «salas de reflexiones» por las de dichas «víctimas». Maurice Magre (1877 – 1941) fue un escritor, poeta y dramaturgo francés. Era un ardiente partidario del occitano e hizo mucho para dar a conocer el martirio de los cátaros en el siglo XIII. Por sus novelas históricas sobre los cátaros. Compuso sus primeros poemas a la edad de catorce años. Sus primeras colecciones de versos se publicó en 1895. A partir de 1898 publicó, en París, cuatro libros de poemas. Durante la primera parte de su vida llevó una vida bohemia y de libertinaje, e incluso se convirtió en un adicto al opio. Experimentó todos los placeres y buscó el éxtasis. Pero, a pesar de su mala reputación, se convirtió en un autor famoso y popular. Con motivo de la publicación de uno de sus libros en 1924, Le Figaro escribió, “Magre es un anarquista, un individualista, un sádico, un adicto al opio. Cuenta con todos los defectos. Pero es un muy buen escritor. Hay que leer su obra“. En la segunda parte de su vida, se interesó en el esoterismo y por una búsqueda espiritual, pero no por ello deja de publicar numerosas obras, como lo demuestra la lista de sus obras. En 1919 descubrió la Doctrina Secreta, la principal obra de Madame Blavatsky , cofundadora de la Sociedad Teosófica. En 1935 , a pesar de que estaba enfermo, viajó a la India para conocer Sri Aurobindo en su ashram en Pondicherry, en la búsqueda de la sabiduría. A 26 de de julio de 1937 fundó, con Francis Rolt-Wheeler, la “Sociedad de Amigos de Montsegur y el Santo Grial“. En su poema Lucifer, escribió: “Apofis, la serpiente que personifica las Tinieblas en el Libro de los Muertos de los egipcios, la serpiente que el Génesis llama Nahash, el principio mismo del Mal eterno“. Un eminente historiador, Robert Eisler, nos lo cuenta en su libro Die Kenitischen Weihinschriften, dedicado a los forjadores y los mineros del Sinaí, que dichos forjadores y mineros trabajaban en las minas de turquesas y de cobre de este macizo desde la III Dinastía, o sea, desde poco más o menos el año 2800 antes de Cristo. En esa época Egipto era una monarquía teocrática que practicaba un tipo de socialismo de Estado. La propiedad privada desaparece poco a poco, y el funcionariado de los escribas gobierna en nombre de un rey-sacerdote, a la vez dios y hombre, sin olvidar la influencia de los sacerdotes.

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Los mineros del Sinaí trabajaban para los faraones, bajo la dirección de funcionarios egipcios. Pero esos mineros eran realmente esclavos, en su mayoría antiguos prisioneros de guerra o pertenecientes a una población deportada después de haber sido vencida. Pero no sólo ellos ocupaban la región. Gracias al desciframiento de las inscripciones que figuran en el templo de Hator-Astarté, la diosa de la piedra verde, templo situado en Serabit, en el corazón del distrito minero, Robert Eisler ha podido demostrar que en aquella época el nombre de «kainitas» se aplicaba en estas regiones a una casta nómada de forjadores. Los tuballimadura de cobre o de metal»), llamados también tubal-kainitas, cuyo nombre aparece incluso en el centro de Arabia, constituían una rama especializada dentro de la casta de los forjadores. Se trataba de los fundidores de cobre o de bronce. El primitivo templo de Serabit estaba excavado en la montaña. Bajo la XII Dinastía, hacia el año 1900 antes de Cristo, se erigió otro templo, un templo completo, con columnatas. Hay que decir que había dos poblaciones bien delimitadas: los mineros, sin la menor duda esclavos, y los forjadores, libres y formando una casta muy cerrada. En su Atlas bíblico, el padre Luc H. Grollengerg recuerda que los cinco primeros libros de la Biblia no pudieron ser escritos por el propio Moisés, puesto que, ya en el Renacimiento, se descubrieron en ellos diferencias de estilo, repeticiones y contradicciones: «En realidad, estos libros se escribieron muchos siglos después de él. Por regla general, se admite que el texto, tal como aparece en nuestras Biblias, no se fijó hasta el siglo V». Recordemos que, según el Éxodo, el faraón ordeno que matasen a todos los recién nacidos de sexo masculino, y que solo Moisés pudo ser «salvado de las aguas» gracias a un subterfugio de su madre. Sin embargo, se habla de «sus hermanos de Egipto», de «su hermano Aaron», y de que el número de israelitas que salieron de Egipto se elevaba a seiscientos mil hombres. Encontraremos la clave de la leyenda de Hiram en la huída de Moisés al desierto del Sinaí, después de haber matado a un egipcio que maltrataba a un israelita. Flavio Josefo, historiador judío fariseo, descendiente de familia de sacerdotes, en Historia antigua de los judíos, nos recuerda que en aquella época la gran llanura situada en el centro del macizo del Sinaí era fértil y que los rebaños pastaban en ella holgadamente. Pero añade también que «… los otros pastores no iban a ella, a causa de la santidad del lugar, donde se decía que moraba Dios».  Probablemente la región estaba desierta debido a que a veces ocurrían en ella fenómenos incomprensibles. Es similar al caso de la célebre Garett-el-Djenun, la montaña de los genios, situada en el Tenezruf, o el «país del miedo», en el Sahara.

 

Moisés se casará en el Sinaí con Séfora, una de las siete hijas de un sacerdote de la religión de Madián, pueblo ubicado en el noreste de la península de Sinaí y jefe de una pequeña tribu de forjadores y fundidores del Sinaí. Tiene varios nombres, como Ragüel o Reuel, el Amigo de Dios, Jetro o Jether, el Superior o el Rico, Hobab, el Amado, el Oculto, o Keni, el Fundidor u Orfebre. Se observara también que Hobab se emparenta con haba, que significa en hebreo «oculto, ocultarse». De ahí puede deducirse que el hombre se hallaba en posesión de secretos, probablemente relacionados con la magia, por su papel de sacerdote de la religión de Madián y por su papel de forjador. Dado que keni significa «fundidor u orfebre», keinitas significaría «una familia que desciende de un fundidor o de un orfebre». He aquí una cita que lo demuestra: «Heber, el keniano, se había separado de los otros kenianos, de los hijos de Hobab, suegro de Moisés, y había levantado su tienda junto al roble de Tsaannaim, cerca de Kedesh». Kedesh no es otra que Kades-Barnea, en territorio madianita. El término keniano seguirá designando una parte de Madián: «Pero el keniano será expulsado cuando el asirio te lleve cautivo…». Los forjadores y fundidores  del Sinaí que encuentra Moisés, y con los cuales vivirá bastante tiempo tras casarse con la hija de su jefe, de la que tendrá hijos, constituyen una secta, una casta, que vive aparte entre los madianitas, a causa de la desconfianza de sus contemporáneos. Que hayan tomado el nombre de kainitas demuestra que conocen la leyenda de Caín. Esta gente trabaja el cobre y el bronce. Y he aquí las diversas analogías del nombre de este metal que se encuentran en el vocabulario hebreo, en función de las diferentes puntuaciones de las mismas consonantes: nâhash: bronce, cobre; nahash: serpiente; nahaash: observar las serpientes y prever el porvenir; nêhasheth: lo que está debajo; nahashon: conjurador; nehustha: nombre de la serpiente de bronce que Moisés erigió en el desierto para curar a los israelitas de los ataques de las serpientes; trasladada luego al templo de Salomón, y que será hecha pedazos por Ezequías. Se observará también, en Éxodo, que la vara del poder se transforma milagrosamente en serpiente y vuelve milagrosamente a ser varita mágica. En realidad, los hechiceros de la zona repiten el prodigio paralizando una serpiente de determinado género mediante presión en un punto concreto cerca de la cabeza y actuando a la inversa para liberarla. Sin embargo, no se puede eliminar el enigma de ese parentesco entre el cobre, el bronce, la serpiente, los sortilegios, los fundidores y forjadores y su nombre de kainitas, que los vincula a un antepasado más o menos mítico, Caín, verdadero tronco del clan.

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En cuanto al parentesco entre el oficio de forjador y fundidor y ciertos tipos particulares de cánticos rituales, se advertirá que aparece muy marcado en el vocabulario semítico, ya que el árabe está emparentado con los términos hebreo, sirio y etíope que designan la acción de «cantar o entonar una lamentación fúnebre». Es muy posible que el hebreo kinah, con que se denomina este tipo de cántico de lamentación, designe primero un canto de trabajo, en forma de encantamiento, que evocaba el papel de los antepasados y solicitaba la asistencia oculta del jefe del linaje, Caín. e incluso de su misterioso progenitor, Samael, la Serpiente del Edén, según el Zohar. Esta filiación mística se perpetuó mucho mas allá de los tiempos bíblicos. La secta de los cainitas, que perduró hasta los primeros siglos de nuestra era, veneraba a Caín, adversario del dios de este mundo material, Adonai, y a Judas Iscariote, que fue, según ellos, un instrumento de la Redención, al provocar la muerte sacrificial de Jesús. Hipólito de Roma, en sus Philosophumena, cita a Eufrates de Pera (Cilicia), quien nos dice: “Caín es aquel cuyo sacrificio no aceptó el dios de este mundo, que aceptó en cambio el sacrificio sangriento de Abel, pues el dios de este mundo ama la sangre”. En la antigüedad comprobamos la presencia de sectas que se llaman a sí mismas naasenas (de nahash,  serpiente) o bien ofitas (del griego ophis, serpiente). Sus fieles adoran a Nahash, la Serpiente del jardín del Edén, porque, dicen, gracias a ella el Hombre y la Mujer pudieron abrir los ojos a la realidad, distinguir entre el Bien y el Mal, y manifestar su libre albedrío. Y, según el Génesis, si Adonai, el dios-amo del jardín del Edén, no se lo hubiera impedido, habrían probado también el fruto del Árbol de la Vida Eterna y habrían sido divinizados para siempre, al convertirse en sus iguales. Autores antiguos, como Ireneo y Epifanio, asocian entre sí a ofitas, cainitas, naasenos y sethianos, que constituyen para ellos una misma familia herética. En cuanto a los forjadores y fundidores del Sinaí, su orientación mágico-religiosa sigue siendo un misterio por lo que se refiere a sus orígenes, perdidos en la noche de los tiempos. Pero uno de sus sacerdotes y señores fue el iniciador de Moisés en una buena parte de las tradiciones que éste dejó a Israel, el pueblo que el forjó, porque se había convertido a su vez en forjador y fundidor de hombres. Los cainitas del Sinaí se dispersaron después por el mundo antiguo. Porfirio, en su Vida de Plotino, da ciertos detalles sobre los gnósticos. Carl Schmidt fue el primero en poner de manifiesto y demostrar la importancia histórica de esos textos de Porfirio en su obra Plotins Stellung zum Gnosticismus and kirchlichen Christentum. En su opinión, la secta existente en Roma hacia mediados del siglo III formaba parte del «vasto grupo al que se llamó antaño los ofitas». Tenían su origen en Siria, se habían multiplicado en Egipto y, finalmente, se habían extendido incluso a Roma.

 

Toda la cuenca del Mediterráneo oriental, teniendo como centro la Alejandría de los Ptolomeos, había constituido su centro de irradiación. Algunas de sus ramas se habían cristianizado. Para ellas, el Caduceo de Hermes Trimegisto reflejaba una enseñanza. Una de las dos Serpientes era el Principio del Mal; la otra, el Principio del Bien, que se había encarnado en Jesús. Por eso los judíos, sectarios de Adonai, habían tratado de ahogar su mensaje haciendo que los romanos lo crucificasen. La tradición de Samael (o Iblis), arcángel rebelde, padre de Caín y antepasado de Tubal Caín, llegó a las corporaciones romanas partiendo del desierto de Sinaí y, desde éstas, se extendió como tradición secreta, de siglo en siglo, a través de los diversos gremios. La respuesta la dará la historia misma del cristianismo primitivo. Durante los primeros siglos, la nueva religión se extendió sobre todo entre las masas obreras, entre la clase servil, para utilizar la terminología de aquel tiempo. Y Celso lo demostró en su terrible Discurso de verdad: contra los cristianos: «Hay una nueva raza de hombres nacidos de ayer, sin patria ni tradiciones, aliados contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, tachados universalmente de infames, pero que se vanaglorian de la excreción común: los cristianos. Mientras que las sociedades autorizadas se reúnen abiertamente a la luz del día, ellos celebran reuniones secretas e ilícitas para enseñar y propagar sus doctrinas. Se unen por un compromiso más sagrado que un juramento, con vistas a conspirar con mayor seguridad contra las leyes y resistir más fácilmente a los peligros y los suplicios que les amenazan. El poder que parecen poseer les viene de nombres misteriosos y de la invocación de ciertos daimones. Todo lo que pareció asombroso en los actos de su maestro provenía de la magia. En resumen, su doctrina es una doctrina secreta. Ponen una constancia indomable en conservarla, y no puedo reprocharles su firmeza». No cabe la menor duda de que esta descripción no corresponde a lo que sabemos acerca del cristiano de la época, humilde, servil, ignorante e ingenuo. En realidad, Celso censura aquí a los gnósticos extremistas. Y los naasenos, los ofitas, los sethianos corresponden perfectamente a la descripción. Ahora bien, forjadores, fundidores, canteros y carpinteros pertenecen a esta clase servil. Y se considera que su profesión está impregnada de prácticas mágicas, más o menos negras. Pero también ellos prefieren el secreto y la seguridad. Gérard de Nerval, en Viaje a Oriente, dice: “Hijo de Kaín, sufre tu destino, llévalo con frente imperturbable. Cuando ya no estés sobre la tierra, la milicia infatigable de los obreros se unirá bajo tu nombre, y la falange de los trabajadores, de los pensadores, abatirá un día el poderío ciego de los reyes, esos ministros despóticos de Adonai. Ve, hijo mío, cumple tu destino“.

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En los medios órficos, el alma, llegada a una encrucijada del camino que siguen los difuntos, debe elegir entre dos vías. Una, la de la izquierda, conduce a un ciprés blanco, o muerte, que da sombra a un manantial del que brota el agua del Olvido. Se ha advertido por adelantando al participante que no debe acercarse a él. Al contrario, debe tomar el camino de la derecha, el que lleva al agua fresca del lago de la memoria. Tal es, descrito por la poesía helénica, el postulado de partida del taoísmo, con sus dos Principios, el Yin y el Yang, en perpetua oposición, en este mundo, de la dualidad que es la Creación. Las diversas religiones exotéricas los conocen con nombres místicos. Y resulta muy curioso ver que la mayoría de ellas han dado a su Principio del Mal denominaciones muy próximas. En efecto, en el Egipto antiguo se llama Typhon-Seth, mientras que en el corpus judeocristiano su nombre es Satán. En la religión musulmana, Shitane y en el taoísmo Satshi. Y los imagineros medievales lo representaron en el tímpano de nuestras catedrales bajo el aspecto de una serpiente, enroscada alrededor de un árbol que se ensancha en dos ramas principales. También aquí encontramos la S y la T. A veces, el simbolismo masónico de la segunda mitad del siglo XVIII representó el sudario de Cristo enroscado como una serpiente en torno a una cruz en forma de tau (S y T), como la Serpiente de bronce que Moisés erigió en el desierto. Más tarde, el mismo simbolismo enroscará un tallo de rosa en torno a la misma cruz en tau, abriéndose la rosa en el cruce superior de la tau. Ahora bien, la rosa es la flor de Venus. Y Venus rige el cobre. El cobre se llama nahash en hebreo, y nahash significa también “serpiente”. En la metafísica de la doctrina platónica, todo postulado geométrico tiene su significación. Por ejemplo, en la definición de las líneas paralelas se escribe: “Se dice que dos líneas rectas situadas en el mismo plano son paralelas cuando, prolongadas hasta el infinito, no llegan a cortarse”. O dicho de otra manera: “Dos principios de la misma naturaleza, prolongados hasta el infinito, no se identifican jamás”. Lactancio, que vivió entre el año 240 y el 320, fue discípulo de Arnobio, se convirtió al cristianismo hacia el 300, y fue más tarde preceptor del hijo del emperador Constantino. En sus Divinae Institutiones, habla de una tradición oral que recibió Lactancio y de la que dio testimonio. Se basa en una tradición propia del judaísmo y que deriva del profeta Ezequiel, quien vivió desde el año 689 al 5790 antes de nuestra era. La recibió durante la cautividad de Babilonia, bajo los efectos de alucinógenos que utilizaban los tradicionales nabis (videntes) de Israel para recibir sus comunicaciones mediúmnicas. He aquí el texto: “La palabra del Eterno me fue dirigida en estos términos: Hijo del hombre, pronuncia una elegía sobre el rey de Tiro. Tú le dirás: Así habla el Señor, el Eterno: Ponías el sello de la perfección; estabas lleno de sabiduría, eras perfecto de belleza; habitabas en el Edén, el jardín de Dios. Ibas cubierto con toda clase de piedras preciosas: sardónica, topacio, diamante, crisolito, ónice, jaspe, zafiro, carbunclo, esmeralda y oro. Tus tamboriles y tus flautas estaban a tu servicio, preparados para el día en que fuiste creado. Eras un querubín protector, con las alas desplegadas. Yo te había colocado y estabas en el santo monte de Dios. Andabas en medio de piedras resplandecientes. Fuiste íntegro en tus caminos desde el día en que fuiste creado hasta el día en que fue hallada en ti la iniquidad. A causa de la grandeza de tu papel, te llenaste de violencia y has pecado. Por ello, te precipito del monte de Dios y te hago desaparecer, Querubín protector, de en medio de las piedras resplandecientes. Tu corazón se volvió soberbio a causa de tu belleza y has corrompido tu sabiduría con tu orgullo”.

 

Los cabalistas están de acuerdo en ver en esto el Metatrón. Y en las nueve piedras preciosas y el oro final, los diez sephiroth de la Cábala que lo forman. Pero tenemos que recurrir al Eclesiastés, libro del Antiguo Testamento, escrito en hebreo hacia el año 200 antes de nuestra era por Ben Sira y traducido al griego por su nieto. Figura en las Biblias de la Iglesia católica, de los protestantes y del judaísmo. Suele atribuirse erróneamente a Salomón. Dice lo siguiente: “He visto a todos los hombres vivos que marchan bajo el sol, y también al segundo adolescente, que debe alzarse en lugar del otro”. Queda así desmentido lo indicado por Lactancio. La rivalidad entre los dos hermanos divinos era ya conocida por los antiguos egipcios, con Typhon-Seth, raíz eterna del Mal, asesino y más tarde vencido, de su hermano Osiris Unnefer, principio eterno del Bien. En su prólogo a la sexta edición de L’homme à la découverte, de C.G. Jung, el doctor Roland Cahen dice así: “Uno de los horizontes más importantes que nos abre esta obra es el de las proyecciones.  Se llama proyección al fenómeno por el cual un individuo imprime sobre un objeto o un ser del mundo ambiente un contenido y una tonalidad psíquica que son, real y verdaderamente, un rasgo de su vida interior. La proyección ha demostrado tener una importancia tan grande como la percepción.  En la actualidad, hay que decir que el individuo está unido al mundo por dos lazos: la percepción y la proyección. Y esos dos lazos no por ejercerse en dirección inversa dejan de revestir la misma importancia y manifestar la misma irracionalidad”. Más adelante, Cahen precisa la naturaleza de los arquetipos estudiados por Jung: “Los arquetipos son, en el plano de las estructuras mentales y las representaciones, los corolarios dinámicos de lo que son los instintos en el plano biológico, es decir, modelos de acción y comportamiento”. Podemos examinar el ritual de la maestría masónica bajo el aspecto que ésta ha revestido a partir de 1723. La antigua masonería operativa y la masonería especulativa, aceptada en las logias de la primera antes de 1717, que es una encrucijada esencial en la historia de la francmasonería, ignoraban el ritual de la muerte de Hiram. Ahora bien, ese ritual ha orientado a los masones, convertidos exclusivamente en especulativos, hacia una vía distinta de la antigua. Dicha vía conduce al masón instruido, la minoría, a estudiar la genealogía atribuida a Hiram, filiación que, una vez admitida, le lleva a un concepto derivado inevitablemente del mito, el concepto de la Rebelión-Principio, volviendo con ello a la leyenda de Samael, la entidad que se rebeló contra Dios, como cuenta el Sepher-ha-Zohar.

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Ahora bien, si el Zohar nos relata la leyenda de la caída de Samael, el querubín visto por Ezequiel, y el Corán nos relata la de Iblis, el Génesis nos da la filiación de Hiram. Y esta filiación expresa sin ningún género de dudas un tema luciferino. En la Biblia, Hiram no es en modo alguno un arquitecto, sino sencillamente un fundidor. Y los fundidores, obreros del fuego, han llevado siempre una existencia separada en las naciones del Oriente Medio. Por el rito de la recepción en la Maestría masónica, Hiram renace en el nuevo Maestro, cuando éste se alza de la tumba simbólica, bajo el paño negro con franjas de plata. Entonces recibe verdaderamente el Espíritu masónico, espíritu de tolerancia, espíritu no dogmático, sin ningún vínculo con una espiritualidad precisa. Los forjadores y los fundidores tuvieron siempre una reputación particular, tanto en los países del Oriente medio como en todo el mundo asiático antiguo. En su libro El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, René Guénon (1886 – 1951), matemático, masón, filósofo y esotérico francés, hace hincapié en la desconfianza que los fundidores y forjadores de metales inspiraban a los pobladores de estas regiones: “En muchos países ha existido y existe todavía una especie de exclusión parcial de la comunidad, o al menos una ‘distanciación’ de los obreros que trabajan los metales, sobre todo los herreros, cuyo oficio, por lo demás, se asocia a menudo con la práctica de una magia inferior y peligrosa, degenerada finalmente, en la mayoría de los casos, en pura brujería”. Una nota al pie de página subraya esta observación: “En lo que respecta a la relación con el ‘fuego subterráneo’, el parecido manifiesto del nombre de Vulcano con el del Tubal Caín bíblico resulta particularmente significativo. Por lo demás, se representa a ambos como herreros. Y añadiremos precisamente, a propósito de los herreros, que esta asociación con el ‘mundo infernal’ explica de modo suficiente lo que dijimos más arriba sobre el lado ‘siniestro’ de su oficio”. René Guénon utiliza aquí los términos “fuego subterráneo” y “mundo infernal” en sentido estricto, no en el del vocabulario cristiano. En su estudio Forgerons et alchimistes, Mircea Eliade coincide con René Guénon. En zonas tan alejadas unas de otras, como Japón y el África negra, el dios de la forja y de la fundición,  es a la vez tuerto y cojo, lo mismo que el Vulcano de la mitología. En siglos anteriores las masonerías operativa y especulativa rechazaban a los tuertos y los cojos, además de los bizcos, los jorobados y los bribones. En todo el mundo antiguo encontramos la sacralización de la fragua mediante un sacrificio sangriento. En los tiempos antiguos se sacrificaba a una criatura humana. Luego, gracias al progreso moral y religioso, fue sustituida, según las zonas, por un animal o por un feto humano, aunque en este último caso se obtenía mediante un aborto provocado. Es posible que el sacrificio de los primogénitos haya estado a veces asociado a esta noción de animación oculta de la fragua, puesto que se perpetuó la expresión de “hacer pasar a los primogénitos por el fuego”.

 

En todas partes se consideraba la fusión del metal como una obra siniestra ( sinistra, izquierda”), que requería el sacrificio de una vida humana o, por lo menos, de un feto humano. De ahí el carácter “demoníaco” que presentaban los trabajos metalúrgicos en los tiempos babilónicos. A lo que hay que añadir que la metalurgia moderna se ha puesto muchas veces a la cabeza de corrientes revolucionarias. La Iglesia ha tomado sus precauciones contra los ritos perpetuados por forjadores y fundidores. Desde el siglo VI las campanas de sus templos señalaron los grandes momentos de la liturgia, las horas en que hay que reza. Sin embargo, de manera general, las vibraciones sonoras emanadas de las campanas, tal como irradian las ondas al ir propagándose, estuvieron destinadas a expulsar de la atmósfera los malos espíritus que, según San Pablo, moran en ella. La Iglesia elaboró incluso un ritual especial de bendición para paliar las influencias maléficas que hubieras podido quedar registradas en la campana durante su fundición. En efecto, además de sus funciones prácticas, la campana debe actuar como una defensa contra el rayo, las tempestades, los huracanes y las epidemias. Así se deduce del texto del ritual de su consagración y su animación, porque, a su vez, la Iglesia intenta animar la campana y orientarla en una dirección distinta de la que hayan podido imponerle los fundidores. Para ello, la ceremonia, llevada a cabo por el propio obispo, comprende el recitado de los siete Salmos de la penitencia. Sigue después la ablutio, es decir, la purificación. A continuación se la somete a siete unciones exteriores con el óleo de los enfermos, a fin de curarla de su enfermedad física pasada, y a cuatro unciones ulteriores con el santo crisma, el óleo utilizado en las sacralizaciones sacerdotales. Por último, se coloca bajo el badajo un incensario lleno de brasas e incienso litúrgico bendito y, mientras el humo sube hacia su interior, el obispo pide a Dios en su oración que “haga descender al Espíritu Santo sobre los creyentes cuando suene esta campana, como descendió en otro tiempo sobre Saúl a los sones del arpa que vibraba bajo los dedos de David”. Después se da un nombre a la campana, el nombre de un santo o una santa. Como se ve, en los siglos pasados la Iglesia no ignoraba nada de los ritos secretos de los fundidores y los forjadores. Ahora bien, la leyenda de Hiram nos dice que cuando éste dio la señal de romper la greda calcinada que taponaba el orificio por el que iba a salir el metal fundido y éste brotó y se desparramó, un hombre se arrojó al canal por el que el mismo se vertía y desapareció en el mar de fuego. Este hombre, llamado Benoni en la leyenda, era el hijo espiritual de Hiram, el “primogénito” en su ciencia. Gérard de Nerval deforma el nombre. En realidad se llamaba Ben Onam, lo cual significa en hebreo “hijo del dolor”. Se trata de la posteridad de Esaú y de los hijos de Edom, y el simbolismo resulta muy claro.

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El rechazo desconfiado del forjador de metales por parte de las poblaciones ordinarias se acentúa más aún cuando se trata de artesanos especializados en la fabricación de armas blancas, como los que hacen los célebres kriss de Malaysia. Dichos obreros se imponen un régimen severo de vida, se abstienen de relaciones sexuales durante ciertas fases de la fabricación y repiten fórmulas durante el trabajo. Por último, la hoja llameante será sumergida, siguiendo un verdadero ritual mágico, en un baño compuesto de determinados ingredientes, destinado a conferirle una especie de vida oculta. Por lo demás, hay kriss que no salen nunca de la casa de su fabricante y son objeto de un verdadero culto familiar de propiciación. Durante las cruzadas, los caballeros francos se enteraron de que algunas ricas espadas o cimitarras, pertenecientes a grandes personajes árabes o turcos, habían recibido su temple final al hundirlas, una vez calentadas al rojo, en el corazón de un esclavo sacrificado para la ocasión. Se les ocurrió entonces la idea de utilizar sangre de animales, y comprobaron que se obtenían los mismos resultados. Evidentemente, este rito sangriento está emparentado con los sacrificios realizados al poner los cimientos de los edificios. Desde este punto de vista, el papel de los forjadores se emparentaba también con el de los fundidores. El Libro de los Jueces incluye el relato de la fabricación de una pareja de teraphim, pequeños ídolos domésticos utilizados para la adivinación y que los indígenas de Kamchatka, península volcánica situada en Siberia, conservaban aún secretamente en el siglo XIX, a pesar de las severas prohibiciones de la Iglesia ortodoxa. En el Libro de los Jueces se dice: “Su madre tomó doscientos siclos de plata. Y dio este dinero al fundidor, que hizo con él una imagen tallada y una imagen fundida…”. La imagen tallada es el original; la imagen fundida deriva de este modelo, a través de un molde de barro que sirve para la fundición final. El rito se inspira en el mito de la creación de Eva, extraída del cuerpo de Adán, que sirvió como original. Como se ve, tanto los forjadores como los fundidores estaban iniciados en una cierta tradición oculta, perteneciente, si no a la pura brujería, al menos a una magia inferior. Ahora bien, el Hiram bíblico, cuya alma se traslada de iniciado en iniciado según el rito masónico aparecido en 1723, es a la vez forjador y fundidor, hijo de un forjador y fundidor llamado Ur . Y su genealogía es todavía más asombrosa, de creer al Génesis y al Sepher-ha-Zohar. No hay que extrañarse de que el nuevo ritual para el grado de Maestro suscitase protestas tan pronto como apareció. Había motivos, puesto que las antiguas tradiciones operativas no concedían mayor importancia a Hiram Abif que a Hiram, rey de Tiro, a Nemrod o a Noé, personajes citados, entre otros muchos, en los relatos con pretensiones históricas que precedían a los artículos de los reglamentos masónicos.

 

Un francmasón disidente, Samuel Pritchard, denunció en 1724, en una carta, unas innovaciones que le parecían chocantes: “Mis Hermanos culpables han desarrollado la superstición y las charlatanerías inútiles en las logias, por sus prácticas y sus debilidades recientes. Informes alarmantes, historias de malos espíritus, brujas, escalas, lazos, espadas sacadas de la vaina y cámaras oscuras han sembrado el terror. He decidido no volver a poner los pies en una logia, a menos que el Gran Maestre ponga fin a estos procedimientos mediante una orden pronta y perentoria a toda la Fraternidad”. Más adelante, nos dice en una de las cartas anexas: “Cuentan extrañas e ingenuas historias acerca de un árbol que, según dicen, nació de la tumba de Hiram, con hojas maravillosas y un fruto de calidad monstruosa, aunque al mismo tiempo no saben ni cuándo ni dónde murió, y no conocen más sobre su tumba que sobre la de Pompeyo”. Esta manifestación de hostilidad por parte de los elementos tradicionalistas de la antigua francmasonería se reproduciría alrededor de 1730. Se trata de la creación de una nueva obediencia, la Orden Real de Escocia (Royal Order of Scotland). Henri-John Ostiak, miembro de la de la logia Villar de Honnecourt, perteneciente a la Gran Logia Nacional Francesa, revela que la Orden Real de Escocia no tiene de real ni de escocesa más que el nombre. No debe su origen ni a Francia ni a Escocia, sino a Inglaterra, puesto que nació en Londres. Sin embargo, los masones ingleses dicen “que se remonta a una época perdida para la memoria a causa de su antigüedad”. Henri-John Ostiak dice: “A principios del siglo XVIII, nuestros hermanos ingleses juzgaron necesario crear una obediencia de Altos Grados independientes, en realidad la más antigua del mundo, para contrarrestar la descristianización introducida por las Constituciones de Anderson. Esta contrapartida cristiana y trinitaria ha llegado hasta nosotros prácticamente intacta. Descubrimos tal reacción en los mismos rituales, donde se precisa con toda claridad que el Royal Heredom fue fundado para corregir los errores y las prácticas abusivas. Los rituales son auténticamente ingleses, y se han conservado hasta nuestros días en su pureza original gracias a Francia“. Pero la orden no desapareció por completo. En 1845 formaba todavía parte integrante del Supremo Consejo de los Ritos Confederados, con sede en Edimburgo, y de la rama francesa de este último.

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Si bien la antigua masonería operativa había utilizado en las tradiciones todo lo relativo al arca de Noé, la torre de Babel, los nombres de Lamec, Nemrod, Hermes, Euclides, etc., mencionando a veces a Salomón, a Hiram, rey de Tiro, y a Hiram Abif, el fundidor de las columnas del templo, nunca se había hablado de la muerte de este último y mucho menos de la complicidad de Salomón, ni de su breve unión con Balkis, la reina de Saba. Hay que esperar a la introducción de elementos judaicos en la nueva masonería para ver surgir la leyenda, hacia 1723-1725. En efecto, entre las publicaciones de la célebre logia inglesa Los Cuatro Coronados, en el tomo I de los años 1886-1888, aparece un estudio del profesor Hayter Lewis, en el que señala una antigua versión de la leyenda de Hiram, incluida en un manuscrito en lengua árabe, aunque transcrito en caracteres hebraicos, y que data del siglo XIV. Según Lewis, dicho manuscrito incluye en el relato una palabra clave de tres letras, que constituyen la abreviatura de una frase con el significado siguiente: “Nuestro maestro Hiram ha sido encontrado”. No cabe la menor duda de que los elementos judaicos admitidos en la francmasonería inglesa, derivaban de judíos eruditos, tal vez incluso rabinos. El protestantismo ha mostrado siempre cierta inclinación hacia el Antiguo Testamento. Ahora bien, la Cábala se basa en tres procedimientos de descifrado del Pentateuco: guematria: evaluación del valor numeral de una palabra; todas las palabras del mismo valor tienen, desde el punto de vista esotérico, un parentesco próximo. Notarikon, o acrología, son las letras que componen una palabra, que se convierten en las correspondientes iniciales de las palabras que forman una frase completa; themurah o ziruf: transposiciones de las letras de una palabra con ayuda de alfabetos convencionales, basados en claves determinadas. En el caso citado, las tres letras iniciales (guimel-nun-tau) constituyen la palabra Guineth, que significa en hebreo “jardín”. Por eso se identifica la Cábala con un “jardín místico”. La palabra clave de tres letras es evocada en una manuscrito del siglo XVIII, que reproduce un ritual de Maestro Escocés y de Caballero de San Andrés, ritual que corresponde al siglo XVII. Escrita en caracteres jeroglíficos, tomados de un alfabeto convencional utilizado por la masonería jacobita durante el siglo XVIII, dicha palabra se compone de las letras I, H, S, que coincide con la sigla cristiana evocadora de Jesucristo. Pero el manuscrito está en lengua árabe y transcrito en caracteres hebraicos n. Se puede pensar también en una lectura de derecha a izquierda, como en hebreo, o sea, S, H, I. De todos modos, la sigla procede con toda certeza de la fórmula del notarikon, y sus letras son las iniciales de las tres palabras de una frase que permanece desconocida.

 

Lo que hay que retener desde el punto de vista histórico es que el rito de la muerte de Hiram, asesinado en el templo de Salomón por tres malos compañeros, ante la indiferencia cómplice del rey, era desconocido antes de la fecha aproximada de 1723-1724. aparece oficializado por primera vez en los archivos de una logia el 16 de noviembre de 1732. Este día la logia parisiense Saint-Thomas au Louis d’Argent admite con ell grado de Maestro al conde Axel Ericson Wreede-Sparre, quien fundará tres años más tarde la primera logia sueca. En su libro L’occultisme et la franc-maç onnerie écossaise, René Le Forestier (1868-1951), ensayista francés especializado en el estudio de la relación entre la masonería y el ocultismo en Francia, dice a propósito de ese ritual: “Sus autores, que nos son desconocidos, apelaron a todos los recursos de su imaginación y a una erudición tan vasta como incoherente para crear un monstruo enigmático, cuyos orígenes no han logrado descubrir las investigaciones más concienzudas”. Tuvieron una gran influencia Théophile Désaguliers, Diputado Gran Maestre de la nueva masonería inglesa orangista y protestante acérrimo, y del pastor James Anderson, de la secta presbiteriana de Escocia, capellán del conde escocés David de Buchan a partir de 1720. Las relaciones con rabinos eruditos hicieron el resto. Sin embargo, el carácter indiscutiblemente oculto hasta el más alto grado del nuevo rito de la maestría masónica desencadenaría una tempestad. Y las ligeras censuras anteriores fueron sucedidas por la excomunión solemne, pronunciada ex cátedra desde San Pedro de Roma por el papa Clemente XII. Esta condenación no era desinteresada en el aspecto político. Pero la frase con que termina la bula original, conservada en el Vaticano, da qué pensar: “Y por otros motivos, que sólo Nos conocemos”. El nuevo rito lanzaría a la masonería por una vía nueva, la de la política, en la que iban a aliarse las mejores nociones de progreso y evolución, pero también, desgraciadamente, ideas nuevas, desconocidas por los antiguos masones, que tenderían a minar poco a poco ciertos valores de los que depende la dignidad del hombre, por medio del ateísmo, el materialismo, o el laxismo, que conducen al amoralismo disgregador. René Guénon ya advierte: “Ese estado de cosas se inició tan pronto como el estudio y el manejo de ciertas influencias psíquicas cayeron, por decirlo así, en el campo de lo profano, lo que señala en cierto modo el comienzo de la fase más propiamente ‘disolvente’ de la desviación moderna. En suma, se la puede hacer remontar al siglo XVIII”. Quizá sorprenda la agresividad de René Guénon, primero francmasón, luego martinista, neotemplario, obispo gnóstico, hinduista según el Vedanta, y más tarde musulmán de observancia estricta. Sin duda hay que deplorar su lamentable muerte en un barrio miserable de El Cairo. Pero su obra sigue siendo, imperiosa, indiscutible, el último baluarte de la resistencia espiritual de Occidente.

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Bertrand, Gran Maestre adjunto del Grande Oriente de Francia, dice lo siguiente: “Las logias se reclutaron por mediación de aquellos a los que una deplorable facilidad había dejado penetrar en ellas y para los cuales la masonería no significa más que un cebo para su curiosidad o una esperanza de asistencia más o menos cercana“. Tal es la observación desencantada de tan alto dignatario en su informe del 14 de abril de 1844 ante la asamblea de los grandes Oficiales de esta antigua obediencia francesa. Viene a añadirse a las reflexiones de René Guénon. Pero el clima desviacionista se agravará todavía más en Francia con lo que se denomina a veces la corriente “del cuarenta y ocho”, nacida de las teorías de tendencia comunista de François-Noël Babeuf y de Philippe-Michel Buonarotti, más anarquista que comunista. Babeuf, comisario del catastro bajo la monarquía y oponente de extrema izquierda de Robespierre, fue un revolucionario particularmente exaltado. Su propuesta, en enero de 1793, de dividir el cadáver de Luis XVI en ochenta y tres trozos y enviar uno de los a cada uno de los ochenta y tres departamentos franceses supone una clara muestra de su estado de espíritu. Cuando su evolución política desembocó en el comunismo absoluto, preparó la Conjuración de los Iguales contra el Directorio, por lo cual fue juzgado y condenado a muerte en Vendôme, el 26 de mayo de 1797. Babeuf no pertenecía a la masonería, pues se había rechazado su solicitud. El segundo, Buonarotti, nacido en Pisa en 1761, de origen italiano y perteneciente a la pequeña nobleza, asociado con Babeuf en dicho complot, sí era masón. Y a ese detalle debió el que sólo se le condenase a la deportación. Fue él quien orientó hacia la izquierda a Louis-Claude de Saint-Martin en su célebre Lettre sur la Révolution française. Más tarde, Buonarotti se convirtió en el inspirador del pensamiento de Auguste Blanqui. Había sido recibido como masón en Ginebra, en la logia Les Amis Sincères. Con estos personajes todo el contexto social de entonces lleva el agua al molino materialista. La clase obrera vive en una gran miseria. La Revolución de 1789, el Directorio, el Consulado y el Primer Imperio han hecho subir al poder a una burguesía volteriana, compuesta en su mayor parte de advenedizos, ferozmente egoístas y avaros, que no conservan ni el valor, ni la generosidad, ni el desinterés de la antigua nobleza, pero sí han tomado de ella el orgullo y el espíritu de casta. Las reacciones son, por lo tanto, violentas. Las revoluciones de 1830 y 1848, así como los gravísimos motines que se producen entre esas dos fechas, la odiosa represión de la rebelión de los canuts, y los tejedores de seda de Lyon, en 1831, dieron celebridad a los nombres de ciertos masones, los cuales atrajeron a las logias del Grande Oriente, el Rito de Misraim e incluso el Rito Escocés, a numerosos partidarios de sus ideales revolucionarios, sobre todo a ateos.

 

La revuelta de los obreros de la seda de Lyon en noviembre de 1831, mientras Luis Felipe I era rey de los franceses, fue reprimida implacablemente por el duque de Orleáns, Fernando, primogénito de dicho rey, asistido por Soult, ex mariscal del Imperio, duque de Dalmacia y par de Francia. Gran Oficial del Grande Oriente de Francia, no vaciló, como buen cortesano de Luis XVIII y cuando era ministro de la Guerra, en prohibir la frecuentación de las logias por parte de los oficiales, por temor “al contagio republicano o bonapartista”. La revuelta de los obreros de la seda se debió a una baja constante de los salarios, justificada en parte por una fuerte competencia extranjera. El canut, nombre con que se conocía a estos obreros, que ganaba durante el Imperio de 20 a 30 francos diarios, recibía la veinticincoava parte de su salario en 1831, dieciséis años más tarde. En la misma época se hacía trabajar doce horas diarias en las hilaturas a niños de diez años, y en las minas de carbón, a niños que no llegaban a los diez. Su baja estatura les permitía meterse por corredores estrechos en los que no podía entrar un adulto. En cuanto al servicio doméstico, mientras que los servidores de los nobles de antaño formaban parte de la familia, los de la burguesía “advenediza” del siglo XIX nunca fueron tan despreciados ni tan desdichados. A título de ejemplo de este estado de cosas, reproducimos en la página contigua el Reglamento interno de una empresa del oeste de Francia en 1830. Un oficinista que llevase más de quince años en la casa podía ganar 14,50 francos a la semana, por un trabajo semanal de sesenta y seis horas. Se comprende así la importancia que el pan y la sopa revestían a los ojos del pueblo humilde. Sólo el Compagnon, el miembro de las fraternidades del Tour de France, supo conservar algunos de sus antiguos privilegios. Solo algunos, ya que Napoleón I, al crear el carnet de trabajo que debía acompañar al obrero durante toda su carrera con las notas adjudicadas por los patronos, los había disminuido en bastante grado. El Tour de France fue una institución tradicional de aprendizaje y formación en artes, oficios y manuales técnicos, que consistía en un viaje que hacia el compañero aspirante entre los maestros de su oficio de los que recibía el conocimiento y la experiencia. También tenemos los escándalos que conmueven a la opinión pública y que salpican a la burguesía y a los dirigentes civiles y militares del régimen. Por ejemplo, el escándalo de las pruebas aportadas por el proceso contra Luis Felipe por la verdadera hija de Felipe Igualdad, María Estela de Orleáns, y que demuestran que el rey ciudadano no es más que el hijo de un cierto Chiappini, carcelero jefe de la prisión de Faenza, en Italia. Luis Felipe II de Orleans (1747 – 1793) fue duque de Orleans desde 1785. Era un miembro de la rama menor de la Casa de Borbón, la dinastía gobernante en Francia. Partidario de la Revolución francesa, fue conocido por los revolucionarios como Felipe Igualdad. Murió guillotinado en 1793 durante el Reinado del Terror. Su hijo Luis Felipe I llegó a ser Rey de los Franceses después de la Revolución de julio de 1830. Como resultante de su carrera, el término Orleanismo llegará a ser equivalente a partidario del movimiento en Francia que favorecía la monarquía constitucional.

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Los propietarios reconocen y aceptan la generosidad de las nuevas leyes de trabajo, pero esperan del personal un gran incremento en el rendimiento, como compensación de unas nuevas condiciones casi utópicas. La revolución marcha así viento en popa, gracias a las campañas de exaltados propagandistas y a la difusión de sus ideas, heredadas de las exageraciones de la Revolución de 1789. Ideas generosas, cierto, pero también extraordinariamente utópicas y peligrosas, ya que no tienen en cuenta al hombre ordinario, que no cambia ni varía jamás. Una opinión puede ser generosa y al mismo tiempo no preocuparse de la realidad. De hecho, los doctrinarios del cambio no conceden valor a la realidad. Están completamente entregados a sus utopías, las cuales colaborarán, sin embargo, en la consecución de un progreso social indiscutible. Uno de dichos doctrinarios es Auguste Blanqui, iniciado en la masonería durante su exilio en Londres, en la logia misraimita Los Filadelfos. Es comunista, discípulo ferviente de Babeuf y Buonarotti, y tomó como divisa “¡Ni Dios ni amo!”. Otro doctrinario es Joseph Proudhon, iniciado en Besançon en 1847, en la logia Sincérité et Parfaite Union. Ante el estupor de los miembros del taller, respondió así a la pregunta de orden que precedió a su iniciación como Aprendiz, “¿Cuáles son los deberes del hombre con respecto a Dios?”: “Combatirle”. Otros fueron Élie, Elisée y Paul Reclus, iniciados en París en las logias La Renaissance y Les Élus d’Hiram. Los tres eran anarquistas y socialistas revolucionarios. También tenemos a Francois Raspail, iniciado en 1822 en la logia Les Amis Bienfaisants. Fue republicano de izquierdas y socialista. Tales son los masones franceses de aquella época, y su paso por la Orden masónica orientará a ésta resueltamente hacia la política, censurando la antigua concepción de la francmasonería. Pero hay algunasoposiciones. Durante el invierno de 1847-1848 se manifiesta una corriente espiritualista en el seno del Grande Oriente de Francia. Una moción sugiere “devolver a la masonería el carácter religioso que le es propio”, moción que induce a la asamblea a proceder a una votación y a hacer adoptar una nueva redacción del artículo 3 de los estatutos del Grande Oriente de Francia: “La masonería reconoce y proclama, como punto de sus investigaciones filosóficas y como hechos por encima de toda contestación, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma”. Gracias a ello, la Iglesia de Francia demostrará por algún tiempo una benévola neutralidad. Pero llegará 1877 y a propuesta del pastor Frédéric Desmons, iniciado el 8 de marzo de 1861, en Nimes, en la logia L’Écho du Grand Orient, esta obediencia retirará de sus membretes y de sus rituales la fórmula secular: “A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo”. No obstante hemos de señalar que no siempre figuró en los sacramentales masónicos de la primera mitad del siglo XVII, aunque sí estaba sobreentendida, ya que nunca se hubiera admitido a un candidato ateo.

 

Una vez dado el impulso, ya no se detuvo. En una serie de artículos publicados en L’Idée Libre en 1954, Jean Bossu, estudiando la historia del librepensamiento, describe con gran detalle el trabajo de infiltración de ciertos elementos revolucionarios en las logias a finales del Segundo Imperio. De 1860 a 1870 el Grande Oriente de Francia y el Rito Escocés Antiguo y Aceptado se vieron sometidos a una infiltración sistemática por parte de militantes del socialismo inspirado en Proudhon, los cuales propagaron en el seno de las logias una corriente filosófica y política que poseía quizá cierto valor en el plano de la idea pura pero que, por su sectarismo implacable, su materialismo total, y su hostilidad sistemática a toda candidatura tradicional, demostraba que sus autores eran totalmente extraños a la auténtica tradición masónica. Y sucedió lo que era de prever. El domingo 12 de febrero de 1880 treinta y seis logias del Rito Escocés Antiguo y Aceptado se declararon disidentes, rechazando la autoridad del Supremo Consejo y de los altos grados y formando la Gran Logia Simbólica Escocesa, que incluyó en la redacción del artículo 2 de sus Constituciones la famosa formula: “El masón libre en la logia libre”. Aquello fue un error fundamental,  ya que un masón está necesariamente sometido al reglamento interno de su taller, si éste posee uno. En segundo lugar, está sometido a los Reglamentos y Constituciones de su obediencia, que a su vez, y a pesar de todo, está basado en las tradiciones y usos de la francmasonería universal. Pero para algunos no basta siquiera con esta divisa, donde se transparenta discretamente el anarquismo del «¡Ni Dios ni amo!” de Auguste Blanqui. La Gran Logia Simbólica Escocesa sufre a su vez un cisma interior. Un pequeño número de masones decide ir más lejos. Y la escisión da lugar al demasiado famoso Grand Lunaire (G.L.). Celebraron primero sus reuniones en locales subterráneos del barrio Poissonniere, respetando la forma masónica. Después, rechazaron ésta y tomaron el aspecto que se dio a conocer en 1925, gracias al reportaje publicado en Le Petit Journal por Maurice Pelletier, es decir, un tantrismo de la “mano izquierda” y un satanismo puro y simple, con profanación ritual de hostias, ritos de magia sexual, etc. En el siglo XX se hizo manifiesta la influencia de Aleister Crowley. Edward Alexander Crowley (1875 – 1947), más conocido como Aleister Crowley, cuyo apodo era Frater Perdurabo y The Great Beast 666 (La Gran Bestia), fue un influyente ocultista, místico, alquimista y mago ceremonial inglés, que fundó la filosofía religiosa de Thelema. Fue miembro de la organización esotérica Hermetic Order of the Golden Dawn, además de cofundador de la Astrum Argentum y, finalmente, líder de la Ordo Templi Orientis (O.T.O.). Hoy en día es conocido por sus escritos sobre magia, especialmente por El Libro de la Ley, el libro sagrado de Thelema, aunque también escribió profusamente sobre otros temas y géneros, como ficción y poesía.

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Sabemos los detalles antes indicados gracias a Jules Boucher, que perteneció al Grand Lunaire durante varios años. Le costó mucho trabajo apartarse de Grand Lunaire sin peligro, y tuvo que hacerse exorcizar por Jean Bricaud, patriarca de la Iglesia gnóstica de Lyon. También el alquimista Eugene Canceliet formo parte del Grand Lunaire. Pero desde comienzos del siglo XX esta sociedad secreta mixta estuvo totalmente separada de la corriente masónica. Sus afiliados no eran miembros de la Orden, según afirmó Jules Boucher. De todos modos, es importante señalar que nació del cisma que en 1880 sufrió el Rito Escocés Antiguo y Aceptado y del que se produjo más tarde en la Gran Logia Simbólica Escocesa. Porque cuanto más apartada de la corriente tradicional ritual y apolítica se sitúa una obediencia masónica, más sometida se halla a los cismas diversos, nacidos de las contestaciones ideológicas internas. Es el precio que hay que pagar por la regla anarquizante: “El masón libre en la logia libre”. Sin embargo, conviene no exagerar y no ver más que el aspecto negativo de esta masonería un poco marginal. El antimilitarismo de estos masones les hizo reducir lo más posible el presupuesto anual del ejército francés. Y como éste debía asegurar en primer término la renovación del armamento, durante el período de 1924-1939 los soldados del contingente francés estuvieron peor vestidos y alimentados que nunca. En la religión católica, durante la transmisión de las órdenes mayores, exactamente la del diaconado, los ordenados se prosternan ante el altar, con el rostro contra el suelo. Dado que toda iglesia debe estar orientada de este a oeste, los impetrantes quedan así echados en el suelo, con los pies hacia el poniente y la cabeza hacia el oriente, frente al altar mayor. Lo mismo sucede en la inhumación de los cristianos. Según la tradición, Cristo glorioso reaparecerá en el oriente del último día. Por lo tanto, las tumbas deben estar orientadas de oeste a este, puesto que el muerto se levantará frente a la aparición. Mircea Eliade, en Lo sagrado y lo profano, nos dice: “El acceso a la vida espiritual conlleva siempre la muerte a la condición profana, seguida de un nuevo nacimiento“. En la Edad Media, los condenados a muerte por un crimen particularmente odioso eran arrastrados por el suelo sobre un cañizo, un trenzado de mimbre de mallas anchas, hasta el lugar de su ejecución. En ciertos casos, se les ataba de cara al suelo. A los excomulgados se les enterraba con el rostro contra el suelo, sin ataúd ni placas de corteza aislante, con la cabeza hacia el oeste y los pies hacia el este. En todos esos detalles se observa el uso y el conocimiento inicial, más o menos perdido, de una corriente magnética aprovechada en uno u otro sentido. Volvemos a encontrar esta enseñanza en la masonería, pero observaremos que la posición decúbito no apareció en el ritualismo masónico hasta el ritual de la Maestría de 1723. Anteriormente, los Compañeros que accedían al grado de Maestro de logia se sometían al ritual de pie, ya que lo esencial era entonces el juramento que debían pronunciar.

 

El ritual de la Maestría masónica suscitaron las burlas de los adversarios de la masonería, en los días de la Ocupación nazi y el Gobierno de Vichy. Se bromeaba estúpidamente sobre esos ritos “tomados de pueblos todavía en estado salvaje”, sin pensar siquiera en que tal vez hubieran sido plagiados del Pontifical romano, del capítulo Ordenación del diaconado.           Pero hay un aspecto de este uso que requiere una investigación más a fondo. El mundo antiguo conocía a Ouroboros, la serpiente enroscada en círculo que se muerde la cola. En el Bestiaire du Christ, de L. Charbonneau-Lassay, se incluye un estudio muy completo de los diversos aspectos del simbolismo de esa serpiente en el campo de lo sagrado. Pero hay uno que no ha sido abordado nunca, el de Ouroboros como imagen de una corriente oculta que rodea nuestro globo. El magnetismo terrestre, campo magnético bastante regular al nivel de la superficie de la Tierra y cuyo polo magnético norte varía lentamente de año en año, podría expresarlo muy bien. Por otra parte, la “serpiente” del Génesis recibe el nombre de Nahash, palabra que designa asimismo el “cobre”, el metal que los hermetistas asignan al planeta Venus y que es, después de la plata, metal asignado a la Luna, el mejor conductor de la electricidad. En la ceremonia de la Maestría masónica la misma corriente magnética recorre al individuo, aunque vibrando en una octava diferente, la del intelecto, no la de la sexualidad. Léon Daudet, Valentín Bresles y otros muchos autores han subrayado la importancia de la sensualidad creadora. Y en la muerte voluntaria del Compañero que aspira a levantarse como Maestro masón, la clave de su transmutación espiritual futura se encuentra probablemente en el hecho de recibir la iniciación principal acostado en el suelo, bajo un decorado fúnebre que lo recubre, orientado de oeste a este, en un silencio roto tan sólo por el lento martilleo de la marcha ritual de los nueve Maestros en torno al pseudo cadáver, en la penumbra, mientras vibran únicamente las llamas de quince cirios y se eleva el olor grave de la mirra, el perfume de los funerales antiguos, entre el humo azulado que surge del pebetero de barro situado detrás de él. Es un prestigioso ritual, que hace honor a quienes lo crearon por sus conocimientos en diversos dominios, en particular el de la psicología. Pero ritual que puede también resultar peligroso en cuanto a la transmutación espiritual del postulante, sobre todo si se halla en contacto con un esqueleto, una calavera real o un paño maculado con sangre animal, como sucede en el ritual de 1752 de la Madre Logia Escocesa de Marsella.

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No fueron ni Anderson ni Désaguliers, pastores protestantes con una fe rígida, quienes lo imaginaron. Sólo un ocultista era capaz de concebir un psicodrama de tal profundidad. Y aquí plantearemos la cuestión de si no habrá sido deseada esta orientación hacia la muerte, hacia la negrura, hacia lo mórbido. En cambio no se ha conservado la “recepción” de la antigua masonería operativa, en que, con la mano alzada para un juramento infrangible, el recipiendario, de pie, comprometía su honor. Gérard de Nerval, en Viaje a Oriente, nos dice: “Pero dejémonos de símbolos. No pretendía otra cosa que arrojar un poco de luz sobre la parte mágica de la leyenda que acabo de contar. Sin embargo, es como el rayo de luz extraviado entre las sombras que, según la expresión de Milton, sólo sirve para hacer visibles las tinieblas“. En la leyenda relatada por Gérard de Nerval, el asesinato de Hiram, al que llama Adoniram, sigue con gran exactitud el ritual que se desarrollaba para la admisión al grado de Maestro en la francmasonería del siglo XVIII. Desconocida en los antiguos deberes operativos, fue publicada por primera vez en Masonry Dissected (la masonería analizada), de Samuel Pritchard (1730). El 13 de octubre de ese mismo año Pritchard declaró bajo juramente que había sido iniciado regularmente. Por lo demás, un pariente próximo y homónimo suyo era también masón por la misma época. Tras la publicación de su panfleto, motivado por su rechazo del ritualismo, la masonería negó que hubiera sido iniciado nunca. El relato de Nerval, recogido en el barrio de los fundidores y los orfebres del antiguo Estambul, es evidentemente un tema luciferino. Debió de llenar de gozo a los gnósticos, si llegaron a conocerlo. Hiram, como hemos dicho, no era en modo alguno un arquitecto, sino simplemente un fundidor. Por el rito de la recepción en la Maestría masónica, renace en el nuevo Maestro cuando éste se levanta de la tumba simbólica. Se juzga entonces que ha recibido verdaderamente el Espíritu masónico, espíritu de tolerancia y espíritu no dogmático. En efecto, la religión que preconizan las Constituciones de Anderson, publicadas en 1723, consiste en un simple comportamiento moral, común a todas las familias humanas. Ningún fiel, sea judío o cristiano o, en nuestros días, musulmán, podría admitirla. De ahí la rebelión de ciertos masones tradicionalistas. La pregunta sería, ¿quién es entonces ese Hiram que se introduce en la psiquis del nuevo Maestro? Antes de la segunda guerra mundial, dos jesuitas afiliados con fines de espionaje a una logia perteneciente a una gran obediencia francesa se convirtieron en tres años en perfectos masones. Hiram les había transmutado como quien da la vuelta a un guante. Hiram, el fundidor de Tiro, era hijo de una viuda de la tribu de Neftalí o de Dan. Pero poco importa, ya que Dan y Neftalí son dos tribus que volvieron definitivamente al culto del Becerro de Oro y renunciaron al elaborado por Moisés en el Sinaí. Un hecho digno de mención.

 

Hiram tuvo por padre a un tirio, también fundidor, llamado Ur. En hebreo, esa palabra significa “Luz”. Hiram es, pues, el primer “hijo de la Luz”. Según Flavio Josefo, en Antigüedades judías: “Un obrero admirable, llamado Hiram, al que había hecho venir de Tiro y cuyo padre, llamado Ur, aunque habitante de Tiro, descendía de los israelitas, y cuya madre era de la tribu de Neftalí”. A destacar que el hombre de Hiram tiene la misma raíz trilítera en hebreo que las palabras que significan noble y libre. Un hombre libre no tiene amo. Que sea “libre y de buenas costumbres”, exige el ritual de Aprendiz. Ahora bien, un verdadero católico, un protestante, un judío piadoso están sometidos a dogmas, ritos y costumbres. No son libres. Un francmasón sincero aprecia las cosas en función de su conciencia, y a los demás en función de lo que acabamos de indicar. Por otra parte, la leyenda de Hiram nos cuenta que fue instruido, durante un descenso al centro de la Tierra, por Tubal Caín, su antepasado. Y Tubal Caín sirve como clave en ciertos grados de la francmasonería. Significa en hebreo “Posesión del Mundo”. Pero ¿quién es Tubal Caín en el Génesis? Un fundidor, el primer fundidor del bronce y del hierro, considerado impuro en todas las tradiciones: “Tsilla parió a Tubal Caín, forjador de todos los instrumentos de bronce y de hierro. La hermana de Tubal Caín era Naema”. Recordemos que el Génesis nos transmite un relato mítico, que por lo tanto debe ser descifrado. Tubal Caín tuvo como padre a Lamec, hijo de Metusael, hijo de Mehujael, hijo de Irad, hijo de Enoc, hijo de Caín. En total, siete generaciones. ¿Y quién fue el padre de Caín, antepasado de Hiram? He aquí algo que hará temblar a ciertos francmasones cándidos, que identifican a Hiram con Cristo, ya que si bien este último resucita en la tradición cristiana, Hiram no resucita en modo alguno en la leyenda masónica. Es su espíritu el que encarna en el nuevo Maestro. En los antiguos rituales jacobitas de Maestro Escocés, sólo se encontraban sus huesos. Con respecto al padre de Caín, el Sepher-ha-Zohar nos dice lo siguiente: “Con la expresión hijos de Elohim, la escritura designa a los hijos de Caín, pues cuando Samael cohabitó con Eva, le comunicó su corrupción, de la que quedó encinta. Fue entonces cuando dio a luz a Caín, cuyo rostro no se parecía en absoluto al de los demás hombres, y todos los que descendieron de su estirpe no fueron llamados de otro modo que hijos de Elohim. ¿Qué significan las palabras de la Escritura: “Y la hermana de Tubal Caín era Naema, nombre que quiere decir dulzura“? Quiere indicarnos que sedujo a hombres, incluso a Espíritus. El rabí Simeón Bar Iochai, a quien se atribuye la tradición del Zohar, nos dice: “Era la madre de todos los demonios, porque procedía del lado de Caín”. En el Amtahath Biniamin, Naema (Na’amah) se convierte en un demonio hembra, encargado de satisfacer todos los deseos impúdicos. Tiende a hacer perecer a la parturienta o al recién nacido. De ahí los pergaminos colocados a la cabecera de la cama de las parturientas y que llevan esta abjuración en un hebreo recargado: “No nos atormentes, Lilith, aléjate, Naema”.

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Ahora bien, siempre según el Zohar, Naema es hermana de Lilith, otro demonio femenino, que contaminó a Adán, al copular con él por medio de sus fantasmas, lo mismo que Samael copuló con Eva. Se trata de íncubos o súcubos, creencias presentes en todas las tradiciones primitivas y a las que la Iglesia dio su confirmación de manera totalmente oficial en el curso de la historia. De modo que Naema es hermana de Lilith, lo mismo que Isis es hermana de Nefthys. Naema es hermana y esposa de Tubal Caín, lo mismo que Isis es esposa y hermana de Osirir Unnefer. Y en esta extraña familia, Naema y Lilith son tías lejanas de Hiram. De ahí su árbol genealógico: “El Dios Supremo y Desconocido, Samael y Eva, Caín y Lebuda, Enoc y N…, Irad y N…, Mehujael y N…, Metusael y N…, Lamec y Tsilla,           Tubal Caín y Naema“. Tubal Caín constituye, por lo tanto, la séptima generación nacida de Samael y Eva. El lector familiarizado con la Cábala y con su árbol sefirótico podrá proyectar en él esta filiación. Y se enterará de muchas cosas. Por consiguiente, Hiram desciende por su padre, Ur, de Tubal Caín y, a través de éste, en línea directa de Caín y de Samael. En la tradición judía, Samael es el Ángel Rebelde, el Tentador, el Ángel de la Muerte. La masonería del siglo XVIII sacraliza lo profano mediante una muerte ritual, aceptada. Según el Zohar, al final de los tiempos Samael volverá a ocupar su lugar, una vez cumplida su tarea y expiado su error. Pero entretanto … De esta extraña tradición nació un hábito, el de denominar valle al lugar en que se reúnen ciertos altos grados de la masonería. En hebreo la palabra se traduce por gehenna, término que designa el plano infernal en la religión judía. Un grupo del siglo XVIII llevó el nombre de Hijos del Valle. En uno de los altos grados masónicos, en que los miembros se reúnen en un “valle”, el presidente del capítulo ostenta el título de “Muy Sabio Athersatha”. Ocupa el lugar de Eliaz Athersatha, el Elías Artista de los hermetistas rosacrucianos. Y ese nombre, traducido al hebreo, significa “Prodigioso Fundidor del Dios Fuerte”. En la tradición islámica, el Infierno se denomina la Fundición. Y el profeta Isaías nos dice también, a propósito del misterioso “Fundidor del Dios Fuerte”: “Soy Yo quien ha creado al Obrero que sopla sobre los carbones ardientes que necesita para su obra, soy Yo quien ha creado al Asesino que sólo piensa en destruirlo todo”. El lector racionalista experimentará, claro está, ciertas dificultades en admitir esta leyenda relatada por el Sepher-ha-Zohar. Y es evidente que no se puede basar una conclusión racional en un relato mítico, sin raíces históricas demostradas, por tradicional y antiguo que sea. Sólo los creyentes de las tres religiones de Abraham, judía, cristiana e islámica, no discutirán lo bien fundado de la misma.

 

En las Constituciones de Anderson de 1723 podemos leer: “En consecuencia, el príncipe Edwin convocó a todos los masones de su reino para que se uniesen a él en York, en una confederación. Ellos respondieron a su llamada y constituyeron una logia general, de la que él fue el Gran Maestre“. El príncipe Edwin, hijo menor del rey Atelstan y nieto del rey Alfredo el Grande, que vivió de 895 a 941, aparece citado en un documento de 1475, utilizado por James Anderson para la Introducción a sus Constituciones. Da la impresión de existir en este caso un error histórico, una confusión con Edwin, príncipe de Northumberland, conocido por haber construido iglesias en York, de 627 a 633, y por haber reunido en 627, igualmente en York, un Parlamento que redactó leyes y concedió cartas. Pero esta tradición, aún siendo ligeramente errónea, tiene su valor, ya que nos aporta un primer testimonio sobre los soberanos que, mucho antes que los reyes franceses Luis XV, Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X, no desdeñaron recibir la iniciación masónica. Volviendo a Escocia e Inglaterra, cuna de la masonería actual, es importante estudiar rápidamente a los reyes Estuardo de los siglos XVII y XVIII. Descendientes de Alan Fitzfiaald, vikingo muerto en 1114, uno de ellos tomó el nombre de su función, Stewart, que designaba entonces, en el seno de la nobleza, el cargo de senescal. La forma francesa Stuart fue adoptada en 1562 por María Estuardo a su regreso a Escocia. El descendiente de Alan Fitzfiaald, que tomó el nombre de su cargo, se llamaba Walter Estuardo. Fue compañero de armas del rey de Escocia Robert Bruce y se distinguió en la batalla de Bannockburn, que tuvo lugar el 24 de junio de 1314, donde fue vencido Eduardo II, rey de Inglaterra y yerno de Felipe el Hermoso de Francia. Walter Estuardo se casó al año siguiente con Marjorie, hija de Robert Bruce, y sucedió a éste como soberano de Escocia. Robert Bruce descendía de un homónimo, Robert de Bruis, alias Bruce, del nombre de una tierra situada cerca de Cherburgo, compañero de Guillermo el Conquistador. Su biznieto se casó, antes de 1245, con Isabel, sobrina del rey de Escocia Guillermo el León, cuyo sobrenombre se perpetúa en el blasón de Escocia: “De oro, con león de oro en un trechor de lo mismo”. Llegamos así al siglo XVIII. Pero antes hemos de señalar un pequeño hecho, que quizá tenga su importancia. En 1614 se imprimió un manifiesto célebre, la Fama Fraternitatis de los rosacrucianos, que afirmaban ser “Rosa Cruces”. Entre ellos figura un nombre, el de Johannes Valentinus Andrae, nacido en Herrenberg en 1586, de una familia de pastores. Ahora bien, Valentín Andrae no era noble. Pero como todo plebeyo al que su profesión o cultura eleva por encima de las masas, posee un blasón. Porta como armas las de los Estuardo de Lennox: “De plata, con sotuer de gules, acompañado de cuatro rosas de lo mismo”. Y los Estuardo de Lennox descienden igualmente de los Plantagenet. ¿Por qué privilegio se le permite a Valentín Andrae arbolar este blasón? Es curioso ver que las armas de los Estuardo de Lennox aparecen en el mandil masónico de los Maestros Escoceses del Early Grand Scottish Rite (Rito Escocés Primitivo), y que este grado se convirtió después en el del Caballero Rosa Cruz.

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Se impone tratar sobre las relaciones, muy estrechas, entre los Estuardo y la francmasonería operativa de su época. Nada más normal que el hecho de que algunos soberanos hayan sido recibidos y elevados al cargo supremo de Gran Maestre. Pero los representantes actuales de la francmasonería que se llama a sí misma “escocesa” rechazan toda posibilidad de iniciaciones femeninas. La Guilda de los Carpinteros de Norwich, que data de 1375, a la que pertenecían también los albañiles de York, recuerda que: “Todos los años, el sábado siguiente a la Ascensión, los Hermanos y las Hermanas se reunirán en un lugar determinado para recitar oraciones en honor de la Santa Trinidad y a favor de la Santa Iglesia, por la paz y la unión del país y por el reposo del alma de los difuntos, no sólo los Hermanos y las Hermanas, sino también los amigos y todos los cristianos. Si muere algún miembro de la guilda, sus Hermanos y Hermanas deben rezar por él y hacer celebrar una misa por el reposo de su alma”. Y en los archivos de la York Lodge número 236, que perteneció a la antigua Gran Logia de toda Inglaterra, al oriente de York y de origen inmemorial, hay un manuscrito de 1693, transcrito en un pergamino y ligeramente mutilado. Por él nos enteramos de que durante una recepción en el siglo XVII: “Uno de los antiguos toma el Libro, y aquel o aquella que debe ser hecho masón posa las manos sobre el Libro y entonces le son dadas las instrucciones”. Otro dato viene a contradecir la exagerada misoginia de ciertas obediencias masónicas. Hay un gran nombre femenino entre los de esos “constructores de catedrales” de los que tantos se vanaglorian de descender, tales como el de Sabine de Pierrefonds, hija de Hervé de Pierrefonds, más conocido por la forma germánica de su nombre, Erwin de Steinbach, que le fue dado por su participación en la construcción de la catedral de Estrasburgo. Sabine esculpió algunas de las estatuas de Notre Dame de París. Fue Charles Gérard quien encontró el verdadero nombre de esta familia de masones. Claro que obras como catedrales, que duraron tres o cuatro siglos, necesitaron más de un maestro de obras, y es muy probable que Sabine de Pierrefonds no fuese la única mujer que trabajase en esas obras. En las Antiguas Constituciones de los masones francos y aceptados, tomadas de un manuscrito escrito hace quinientos años, por J. Roberts, Warwick-Lane, en1722, podemos leer que entre las posibles recepciones femeninas, tal como las relatan los antiguos Deberes medievales, se puede pensar en las de las esposas de los Maestros, ya que esos reglamentos mencionan invariablemente a los dos: “No revelaréis los secretos o los proyectos de vuestro Maestro o de vuestra Maestra”. Y en lo que respecta a la Maestra evocada, se puede admitir que Sabine de Pierrefonds, escultora de estatuas, tuvo a su vez que formar Aprendices y Compañeros. Esta iniciación femenina a la francmasonería aceptada se extendió a una soberana, en lugar de un soberano. Se trata de la reina Ana Estuardo, hija de Jacobo II, que reinó de 1702 a 1714.

 

Tenemos pues a los reyes francmasones de los siglos XVI y XVII, que reinaron sobre toda Inglaterra, ya que eran también reyes de Escocia y de Irlanda. Jacobo (James) I (y VI de Escocia), nacido en Edimburgo el 19 de junio de 1566, 30 de junio en el calendario gregoriano, y muerto en Theobald Park el 27 de marzo de 1625, era hijo de María Estuardo y de Enrique Estuardo de Lennox, lord Darnley, su primo. Jacobo I se casó con Ana de Dinamarca (1574 – 1619), matrimonio del que nació Carlos I, rey de Inglaterra después de Isabel I, anglicano devoto, que persiguió por igual a los católicos y a los protestantes de la secta presbiteriana. No obstante, se convirtió a un cierto esoterismo y favoreció secretamente las asambleas rosacrucianas de la taberna de La Sirena de Londres. En 1590 se embarcó rumbo a Scania, al norte de Suecia, para ponerse en contacto con Tycho Brahe en su observatorio de Uranienborg. Tycho Brahe, astrónomo y astrólogo, muy aficionado a la magia, fue el autor del “Calendario mágico” que lleva su nombre. Tycho Brahe (1546 – 1601) fue un astrónomo danés, considerado el más grande observador del cielo en el período anterior a la invención del telescopio. Hizo que se construyera Uranienborg, un palacio que se convertiría en el primer instituto de investigación astronómica. Los instrumentos diseñados por Brahe le permitieron medir las posiciones de las estrellas y los planetas con una precisión muy superior a la de la época. Atraído por la fama de Brahe, Johannes Kepler aceptó una invitación que le hizo para trabajar junto a él en Praga. Tycho pensaba que el progreso en astronomía no podía conseguirse por la observación ocasional e investigaciones puntuales sino que se necesitaban medidas sistemáticas, noche tras noche, utilizando los instrumentos más precisos posibles. Tras la muerte de Brahe las medidas sobre la posición de los planetas pasaron a posesión de Kepler, y las medidas del movimiento de Marte, en particular de su movimiento retrógrado, fueron esenciales para que pudiera formular las tres leyes que rigen el movimiento de los planetas. Posteriormente, estas leyes sirvieron de base a la ley de la gravitación universal de Newton. Al volver de Uranienborg, Jacobo I se detuvo para visitar a Guillermo IV el Sabio, landgrave de Hesse-Cassel, protector de Tycho Brahe y relacionado con los rosacrucianos de la época. De regreso a Inglaterra, publicó su obra capital: Daemonologiae hoc est adversus incantationem sive magia institutio, auctore serenissime potentissimioque principe. Por último, en 1593 creó la Rosa Cruz Real, con treinta y dos caballeros de la Orden de San Andrés del Cardo, fundada en 1314 por Robert Bruce y restablecida por su padre, Jacobo V de Escocia, en 1540. Convertido en 1603 en rey de Inglaterra, a la muerte de Isabel I, reinó sobre Inglaterra y Escocia con el nombre de Jacobo I. Los masones operativos escoceses tendrán desde entonces derecho a elegir a su Gran Maestre, ya que Jacobo I será desde entonces miembro de los masones operativos ingleses. William Sinclair de Roslin le sucederá en Escocia a la cabeza de las logias operativas.

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Carlos I, nacido en Dunferline, Escocia, el 19 de noviembre de 1600, y muerto en Londres el 30 de enero de 1649, hijo de Jacobo I y de Ana de Dinamarca, se casó en 1625 con Enriqueta de Francia, hermana de Luis XIII e hija de Enrique IV. Gran señor, cortés, liberal, dividido entre el catolicismo militante de su esposa y su papel de jefe de la Iglesia anglicana, religión de Estado a partir de Eduardo VIII, Carlos I era un místico. Durante su reinado, en 1645, se constituyó en Londres el Colegio Invisible, nacido de la Rosae Vía de 1610. El Colegio Invisible fue un precursor de la Royal Society del Reino Unido. Se trataba de un grupo de filósofos de la naturaleza, entre ellos Robert Boyle, John Wilkins, John Wallis, John Evelyn, Robert Hooke, Christopher Wren, y William Petty. En las cartas de 1646 y 1647, Boyle se refiere a “nuestro colegio invisible” o “nuestra universidad filosófica“. El tema común de la sociedad fue la adquisición de conocimientos a través de la investigación experimental. A su vez, los “Hartlibianos”, un círculo de personas en torno a Samuel Hartlib , fueron los precursores del Colegio Invisible. Sir Cheney Culpeper y Benjamin Worsley se interesaron por la alquimia, pero también por temas agrícolas. La idea de un colegio invisible se volvió influyente en Europa en el siglo XVII, en particular, en la forma de una red de intercambio de ideas entre sabios o intelectuales. Se trata de un modelo alternativo al de la revista erudita, dominante en el siglo XIX. La idea de colegio invisible se ejemplifica con la red de astrónomos, profesores, matemáticos y filósofos de la naturaleza del siglo XVI en Europa. Hombres como Johannes Kepler, Georg Joachim Rheticus, John Dee y Tycho Brahe compartieron información e ideas entre sí en un colegio invisible. Uno de los métodos más comunes utilizados para comunicarse era a través de los márgenes del libro, con anotaciones escritas en las copias personales de los libros. Un año más tarde Carlos I envió a Jean Sparow a Alemania a recoger las enseñanzas de Jacob Boehme, místico y teósofo luterano, pensando en su publicación. El odio de los presbiterianos suscitará la revolución de 1649, y Cromwell le hará decapitar. Fue también este soberano quien en 1633 ordenó a John Milne, su maestro de obras, construir con la colaboración de John Bartonn, en el jardín del palacio de Holyrod, en Edimburgo, el misterioso “reloj solar” que describe Fulcanelli en sus Moradas Filosofales. En realidad, este icosaedro emblemático de la Gran Obra, vinculado por su decoración no sólo a Carlos I, su esposa Enriqueta de Francia y su joven hijo, el futuro Carlos II, sino también a la Orden de San Andrés del Cardo, revela a la vez la marcha del Sol de los Sabios, el Sello de Sabiduría de los alquimistas, de ahí su exoterismo de reloj solar, y lo que fue en realidad el misterioso Baphomet de los caballeros del Temple. Baphomet es un supuesto ídolo o deidad cuyo culto se le atribuye a los Caballeros de la Orden del Temple. Su nombre apareció por primera vez cuando los templarios fueron enjuiciados por herejes. Durante el proceso muchos de los caballeros de la orden fueron sometidos a tortura, y confesaron numerosos actos heréticos. Entre ellos se incluyó la adoración a un ídolo de este nombre. Se entiende que aquellos que buscan destacar esta imagen son contrarios al cristianismo.

 

Los de Escocia se habían convertido en la Orden de San Andrés del Cardo el 24 de junio de 1314, tras la victoria de Bannockburn, trascendental victoria escocesa contra los ingleses en las Guerras de independencia de Escocia. Carlos II, primogénito de Carlos I, se convierte en rey de derecho, exiliado con su madre Enriqueta de Francia y su hermana Enriqueta de Inglaterra, futura esposa de Felipe de Orleáns, Monsieur, hermano de Luis XIV. En 1658 muere Cromwell. Al año siguiente el general Monck, jefe del ejército escocés, miembro de la Gran Logia Operativa de Edimburgo como masón aceptado, es hecho caballero de San Andrés. En el seno de la masonería operativa anglo escocesa se forma la Orden de los Maestros Escoceses de San Andrés, que agrupa a los partidarios de los Estuardo que han sido recibidos como masones aceptados, núcleo que se mantendrá prácticamente secreto, pero que será el foco del que irradiarán las futuras logias militares de Saint-Germain-en-Laye, bajo Jacobo II. En 1660 Carlos II sube al trono de Inglaterra gracias al golpe de Estado del general Monck. En 1662 asegura la publicación de las obras de Jacob Boehme que se había propuesto su padre. Crea después la Royal Society, derivada del Colegio Invisible. Jacobo II, su hermano, anteriormente duque de York, nació en Londres el 14 de octubre de 1633 y murió en Saint-Germain-en-Laye el 5 de septiembre de 1701. en 1673 se casó con María de Módena. Capturado en 1646 por las tropas de Cromwell, consiguió escapar y huir a Holanda. De 1648 hasta 1600, fecha de la restauración de los Estuardo, vivió en Francia. Nombrado gran almirante, se distinguió en la lucha contra los holandeses, a los cuales arrebató Nueva Amsterdam, bautizada después Nueva York en recuerdo de su victoria. Convertido al catolicismo en 1672, un año antes de su matrimonio con María de Módena, condición impuesta para este matrimonio, se atrajo la hostilidad de los whigs, antiguo nombre del Partido Liberal británico, pero el Parlamento fracasó en sus tentativas de excluirle de la sucesión al trono. Durante su exilio en Francia, en Saint-Germain-en-Laye, los oficiales y suboficiales de los regimientos escoceses e irlandeses que le habían seguido fielmente crean las primeras logias militares, fuente de la francmasonería francesa. Será la célebre masonería jacobita o masonería estuardista. En esta pequeña corte, gentileshombres ya afiliados a la Orden de los Maestros Escoceses, constituida en Londres en 1659, fundan, bajo el patronato real, la Orden de San Andrés del Cardo. El ritual, de doble sentido, simboliza la reconstrucción del templo de Jerusalén por Zorobabel, pero también la restauración de los Estuardo.

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Ana Estuardo, hija de Jacobo II, entonces duque de York, y de su primera esposa, Ana Hyde, nació en Londres el 6 de febrero de 1665 y murió, también en Londres, el 12 de agosto de 1714. Fue reina de Gran Bretaña y de Irlanda de 1702 a 1714. Se había casado en 1683 con el príncipe Jorge de Dinamarca, muerto en 1708. Tuvieron diecisiete hijos, que murieron todos a temprana edad. La sucedió Jorge I de Hannover (1600-1727), rey de facto, que no se interesó por los asuntos de su reino, ignoró la lengua inglesa y vivió en Alemania con la mayor frecuencia que pudo. Jacobo III Estuardo (Jacobo Francisco Eduardo), llamado el “Caballero de San Jorge”, fue rey de derecho de 1701 a 1766. nacido en Londres el 10 de junio de 1688 y muerto en Roma el 2 de enero de 1766, el papa Clemente XI y el rey Luis XIV de Francia le reconocieron como soberano de Gran Bretaña a la muerte de su padre Jacobo II (1701). En 1719 se casó, en Roma, con la princesa Sobieska. Excluido del trono por el Acta de Establecimiento, siguió siendo pretendiente al mismo, con el apoyo de Francia, y participó formando parte de las filas francesas en la batalla de Malplaquet. Sus partidarios se sublevaron en Escocia, bajo la dirección del conde del Mar. Desembarcó allí en 1715, pero fue rechazado hasta el mar. Dado que el Tratado de Utrecht le impedía residir en Francia, se retiró a Italia, donde se casó, como hemos dicho, con la bella princesa Sobieska. Más tarde la abandonó por la condesa de Inverness, escocesa como él, lo que explica esta separación. Discípulo de Fénelon, del que fue amigo, había heredado la afabilidad y la complacencia de su abuelo Carlos I. Carlos Eduardo, Carlos III, llamado el “Pretendiente”, conde de Albany, nació en Roma el 31 de diciembre de 1720 y murió en Roma el 31 de enero de 1788. Ya desde muy joven demostró excelentes condiciones militares. Con la ayuda francesa desembarcó en Escocia en agosto de 1745. El 17 se septiembre consiguió la victoria sobre las tropas enemigas y se apoderó de Edimburgo. Volvió a vencer a sus adversarios en Prestompans, avanzó hasta Derby y venció una vez más en Falkirk, Escocia, en enero de 1746, pero fue aplastado en Culloden por el duque de Cumberland (16 de abril de 1746), a causa de la indisciplina de algunas de sus tropas. Al quedarle prohibida Francia por la Paz de Aquisgrán, se exilió a Italia bajo el nombre de conde de Albany y se casó en 1772 con la bella condesa de Stolberg, una alemana, hija del príncipe Gustavo Adolfo de Stolberg, que le engañó rápidamente con el poeta Alfieri. Desalentado por sus fracasos y desolado por sus penas conyugales, ese príncipe valiente y caballeroso se dejó arrastrar al etilismo.

 

Tenemos que algunos de los descendientes de Robert Bruce, que fueron reyes de Escocia o de Inglaterra, pertenecieron a la francmasonería especulativa de su época como masones aceptados y que, con toda seguridad, ocuparon el cargo de Gran Maestre, que toda logia consideraba un honor ofrecerles, para poder denominarse Logia Real. En 1874 un masón erudito, el señor de Loucelles, publicó un opúsculo. En su estudio, basándose probablemente en documentos de archivo y en tradiciones orales conservadas entonces en el seno de esta Logia Real, afirma que Jacobo I, Carlos II y Jacobo II fueron Grandes Maestres de la francmasonería operativa. En 1672 Carlos II promulgó un edicto concediendo la libertad de conciencia. En 1687 Jacobo II firmó la Declaración llamada de la indulgencia y, en 1693, promulgó el Edicto de tolerancia. Recordando el interés prestado por Carlos I a los místicos heterodoxos y su búsqueda de los escritos de Jacob Boehme, se puede considerar como posible su afiliación a la misma francmasonería operativa y su título de Gran Maestre. En cuanto a Jacobo III, no sabemos nada, salvo que al parecer prohibió a su hijo Carlos Estuardo adherirse a ella. Pero como padre e hijo vivían entonces en Roma, y el papa Clemente XII había excomulgado a los francmasones y sus sucesores pagaban a los Estuardo una pequeña pensión, esa repudiación fue quizá tan sólo aparente. En el mes de octubre de 1688 su rival Guillermo de Orange publicó en Inglaterra el Edicto de tolerancia para los no conformistas y el Edicto de libertad de conciencia para los católicos. Y en 1692 firmó la Declaración de hostilidad a toda persecución religiosa. También él fue miembro de la francmasonería operativa. Y esta tradición continuó, puesto que el uso quiere que los soberanos de Gran Bretaña sean los Grandes Maestres de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Como la reina Isabel II no puede ser iniciada, ya que la Gran Logia se muestra acerbamente opuesta a las “recepciones femeninas”, es el duque de Kent, Eduardo de Windsor, nieto del rey Jorge V, y nacido en 1935, el que asume la gran maestría. Después de él, será el actual príncipe Carlos, heredero de la corona británica, el que asumirá el cargo de Gran Maestre de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Sin embargo, en 1985 todavía no estaba iniciado, y ciertos rumores dan a entender que no se siente nada atraído por este cargo, que su abuelo el rey Jorge VI asumió con celo y fidelidad. Parece sorprendente la pertenencia de los soberanos de Escocia y de Inglaterra a la masonería, primero operativa y luego mixta (operativo-especulativa), mientras que no se señala nada semejante en cuanto a los reyes de Francia. Se trata sólo de una carencia de documentación histórica, ya sea que la enseñanza estatal, entonces más o menos impregnada de clericalismo, ocultase voluntariamente el detalle, ya sea que los elementos masónicos, bastante inclinados a la izquierda desde finales del siglo XIX, hayan considerado útil el disimularlo. Como ejemplo tenemos que a los Estuardo se los ha presentado como dominados por la Compañía de Jesús.

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De todos modos, hubo reyes de Francia afiliados a la masonería especulativa. Incluso, antes que ella, a los gremios, a pesar de la condenación de la Iglesia. En efecto, ya en el siglo XVI, el rey Francisco I se afilió a la corporación de leñadores y carboneros. En el siglo XVII, que marcó con su largo reino, Luis XIV no siguió el camino de su cuñado y su primo, los reyes Carlos I y Carlos II. Sin embargo, su nieto, el Bien Amado, no desdeñó ser recibido en la francmasonería de su tiempo. Luis XV de Francia (1710 – 1774), llamado El Bien Amado (Le Bien-Aimé), fue rey de Francia y de Navarra entre los años 1715 y 1774. Además, fue copríncipe de Andorra y duque de Anjou. Heredado el trono de su bisabuelo Luis XIV a la edad de cinco años, pasó sus primeros años de reinado en relativa tranquilidad, rodeado de preceptores que le proveyeron una gran cultura, mientras que el poder efectivo fue entregado a varios regentes. Al alcanzar la mayoría de edad le confió el gobierno al cardenal Fleury, su antiguo preceptor. A diferencia de Luis XIV no tuvo contacto directo con la vida política de su país. Se reunía con poca frecuencia con sus ministros y actuó en contra de sus expectativas, tramando una red de diplomáticos y espías. Su desinterés por la política y la constante sucesión de ministros que debilitaban el poder de Francia en Europa contribuyeron en sentar las bases para la Revolución Francesa. Al inicio de su reinado fue amado por el pueblo, que rápidamente le apodó como El Bien Amado. Con los años, su debilidad en la toma de decisiones y la constante e intrigante presencia de sus amantes dinamitó su popularidad, produciéndose algunas celebraciones a su muerte en París. Por ello, hubo de celebrarse en secreto su funeral, para evitar que se produjeran burlas públicas ante su ataúd, tal y como ocurrió con su predecesor. Bajo su reinado, Francia logró grandes éxitos militares, como la anexión del Ducado de Lorena y Córcega. Sin embargo, perdió gran parte de su imperio colonial a manos de Gran Bretaña. “Resulta singular comprobar, por otra parte – escribe G. Bord en su libro La FrancMaçonnerie en France -, la actitud de la F. M.·frente a la persona del rey. Leyendo sus panegíricos, se creería que fue ella quien le dio el sobrenombre de Bien Amado. Le considera el mejor, el más virtuoso de los príncipes; bajo su reinado, se ve renacer la edad de oro”. Los cantos masónicos de la época lo alaban sin medida: “Bajo el augusto Luis, cuyas virtudes corona el amor más tierno, todo puede esperarse. En él la humanidad, prodigando sus tesoros, abre, por el Espíritu Santo, la entrada en el siglo de oro”. Cuando Luis XV pone la primera piedra de la iglesia Sainte-Geneviève-du-Mont, convertida más tarde en el Panteón, el abate Pingré compone este cuarteto en su honor: “Cuando, cetro en mano, Luis dicta sus leyes, un francés ve en su amo a un tierno padre; si, para fundar un  templo, toma en mano la escuadra, un masón ve en su hermano al más grande de los reyes”.  

 

Hay una poesía en latín que pone bien de relieve la cualidad masónica de Luis XV, que el abate Pingré subraya intencionadamente: “¡Oh, vos, por quien nuestro Arte verdaderamente Real debe, tras haber disipado las tinieblas, irradiar una luz  siempre nueva sobre la posteridad más remota, vivid largo tiempo, y que vuestros años multiplicados estén siempre marcados con el sello de la felicidad! Vivid para vuestros pueblos; no pueden ser felices sin vos. Al afirmar los tratados de una paz deseada, hacéis florecer las ciencias; las artes no sólo imitan, sino que superan a la naturaleza; el comerciante, seguro bajo vuestros auspicios, vuela sin temor a los extremos del universo. Gracias a vos, la religión conserva todo su esplendor; bajo vuestras leyes, Themis ajusta todo a los pesos de una balanza firme y equitativa; la piedad y la fe se atreven a mostrar su frente augusta; una justa venganza es el precio de ciertos crímenes. ¡Oh, el mejor de los reyes, por quien los franceses ven renacer el siglo de oro! Ojalá pudierais vivir feliz durante un número de siglos igual al de los cañones que los masones han disparado en vuestro honor en toda la extensión del universo, al de los elogios que la reunión de todas las virtudes os ha merecido, al de los ciudadanos cuya tranquilidad está necesariamente unida a la conservación del verdadero Padre de la Patria”. En 1737 las molestias policíacas suscitadas por ciertos funcionarios celosos tropezaron con el hecho de que la francmasonería tenía entonces como Gran Maestre a Louis de Pardaillan de Gondrin, duque de Antin. Y cuando el teniente de policía Hérault pretendió penetrar en la logia reunida en la Râpée y que presidía el duque de Antin, a fin de prohibir la tenida, el duque echó mano a la espada, y Hérault tuvo que batirse en retirada. Se cuenta que Luis XV comentó: “Si Antin se obstina en tener logia, le enviaré a tenerla en la Bastilla”. Antin se obstinó, y no le sucedió nada. El rey sólo estaba bromeando. Su sucesor como Gran Maestre fue Luis de Borbón-Condé, conde de Clermont, príncipe de sangre real y nieto de Luis XIV. Con él, la francmasonería francesa no tuyo ya nada que temer, y el modo en que se desarrolló muestra con claridad que ninguna medida grave de la policía se opuso a ese desarrollo. Volviendo a Luis XV, podemos precisar que recibió los tres grados masónicos durante la misma velada, pero sin pasar por las pruebas rituales, en la logia La Chambre du Roi, logia que agrupaba a los gentileshombres nombrados para un oficio y que formaba el servicio del mismo nombre. Y cuando Luis XV ennobleció a Voltaire, nombrándole “gentilhombre ordinario de la Cámara del Rey”, el filósofo, historiógrafo del rey, y miembro de la Academia francesa, frecuentó con toda certeza esa logia, antes de la tumultuosa recepción del 7 de abril de 1778 en la logia Les Neuf Soeurs, donde se limitaron a entregarle el mandil masónico de Helvecio.

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Claude-Adrien Helvétius (París, Francia, 26 de febrero de 1715 – París,1 26 de diciembre de 1771) fue un filósofo francés. Su apellido puede castellanizarse y escribirse “Helvecio” (véase por ejemplo la voz correspondiente en el Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora, 4 volúmenes, Barcelona, Ariel, 1.ª edición revisada, 1994). Descendía de una familia de médicos y su nombre original era Schweitzer, latinizado como Helvétius. Su abuelo introdujo el uso medicinal de la ipecacuana; su padre fue primer médico de la reina María Leszczynska de Francia. Estudió con los jesuitas y fue preparado para una carrera financiera, pero ocupaba el tiempo haciendo versos. Leyó el Ensayo sobre el intelecto humano de John Locke y adoptó teorías muy parecidas a las de Condillac. Según Helvecio, todas las ideas tienen su origen en sensaciones y estas son simplemente afecciones de los sentidos. Sus ideas son sólo un punto de partida para una doctrina ética y política, ya que quería aplicar el empirismo de Locke al campo moral y social. Participó además en la Enciclopedia de Denis Diderot y D’Alembert. Como presupuesto general afirma el valor supremo del interés, que puede ser definido como un impulso hacia la obtención del placer y la eliminación del dolor y que procura los placeres más grandes y elevados, es decir la mayor felicidad. Este interés es en el individuo tan fuerte que sin él no puede entenderse ninguno de sus actos. Y no es algo espiritual, sino que en tanto que viene de los sentidos, es algo externo. Para Helvétius los hombres buscan, por necesidad, la satisfacción de sus propios intereses egoístas. Bueno es entonces lo que supone útil para satisfacerlos. Pero existe el problema de equilibrar los distintos intereses personales con el interés general, muchas veces enfrentados por legislaciones defectuosas. Se trata entonces de lograr el mayor bien del mayor número. Esto se consigue con leyes apropiadas, ya que Helvétius sostiene que «los vicios de un pueblo están siempre escondidos en el fondo de su legislación». Es lícito y preciso controlar y educar este interés individual, en tanto que es algo externo, en beneficio de otro tipo de interés, el interés general. Determinar lo bueno para todos y cada uno corresponde al legislador, a cuyo cargo está, en consecuencia, establecer la moralidad o inmoralidad de los intereses y de las acciones. En otras palabras, su tarea consiste en obligar a cada hombre, utilizando el sentimiento de amor a sí mismo, esto es, su egoísmo, a ser justo con los demás para lograr el perfecto equilibrio-social. Esto se logra sobre todo con leyes capaces de hacer felices a los ciudadanos procurándoles el mayor número posible de placeres compatibles con el bien público. Por eso es considerado uno de los precursores de una de las tendencias que influirá decididamente no sólo en el pensamiento jurídico-político de ese momento, sino en concepciones posteriores como el utilitarismo.

 

Luis XV fue un rey muy calumniado. Los jesuitas, a los que expulsó de su reino, tuvieron su parte de culpa en aquella época. Era muy liberal, y aunque, al ser muy piadoso, comía de vigilia todos los viernes, toleraba que Madame de Pompadour y el primer ministro, el duque de Choiseul, comieran carne en su mesa, sin preocuparse de lo que pensara la Iglesia. Cuando el filósofo Claudio Adrián Helvecio incurrió en las iras de Roma a causa de su libro Sobre el Espíritu (1758), libro quemado en la plaza pública, el rey le libró del encarcelamiento y de las persecuciones. Helvecio era masón, y Luis XV no lo ignoraba. Más tarde, en 1766, Jean-François Lefebvre, caballero de La Barre, que tenía diecisiete años, afeitó, en estado de embriaguez y al volver de la caza, el bigote y la barba de un Cristo de madera colocado a la entrada de Abbeville. El tribunal de la ciudad le condenó a que se le cortase la mano derecha, que sería quemada luego en fuego de azufre, a que se le arrancase la lengua, a que se le aplicasen tenazas al rojo y se le quemase vivo, tras haber sufrido tortura. De La Barre apeló al Parlamento de París, pero ya el rey había decidido que sería decapitado previamente. Luis XV había suprimido ya las galeras en 1748, horrorizado ante su régimen inhumano. Sustituyó esta pena por los trabajos forzados portuarios. Los condenados no llevaban más que la cadena y la bola sujeta a un pie, y colaboraban en las obras de los puertos y los arsenales. Los que se distinguían por su buena conducta podían ir a trabajar a la ciudad y amasar un peculio. El rey pensó también en establecer la igualdad de todos los franceses ante el impuesto. Todo el mundo se puso en su contra, desde el campesinado, que se negaba a hacer el servicio militar, hasta la burguesía, la nobleza y el clero. Por consiguiente, no se puede negar que, si el rey frecuentaba su logia madre, recibió al menos de ella unas normas de comportamiento. Este rey masón era muy lúcido. En una carta a su tía, la Princesa Palatina, escribe: “El espíritu de los filósofos lo desorganiza todo; compadezco a mis sucesores; después de mí, el diluvio lo arrasará todo”. Y también era muy humano. La noche de la batalla de Fonenoy, el 11 de marzo de 1745, dijo dirigiéndose al joven delfín: “Hijo mío, ved toda la sangre que cuesta una victoria. La sangre de nuestros enemigos es también sangre humana. La verdadera gloria está en preservarla”. En una carta del 8 de mayo de 1763 a uno de sus agentes secretos, declara: “Un rey no se sirve jamás de la palabra ‘odiar’ con sus súbditos”. Y en una carta del 31 de agosto de 1746, dirigida al mariscal de Noailles, hizo esta declaración que nadie imaginaría en una pluma real de la época: “Señor mariscal, la voz del pueblo es la voz de Dios”.

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Debe admitirse que el espíritu de la francmasonería impregnó a Luis XV a su pesar, al contacto con sus “hermanos”, los oficiales de la Chambre du Roi. Mucho más tarde, después de la subida al trono de Luis XVI, a la muerte de Luis XV (1774), el Grande Oriente de Francia funda al Oriente de la Corte, según la expresión ritual, la logia militar de los Trois Frères Unis, cuyos fuegos se encendieron el 1º de agosto de 1775. Dicha logia agrupa oficialmente a los guardias de corps del rey, o de Monsieur, conde de Provenza (el futuro Luis XVIII), o de monseñor el conde de Artois (el futuro Carlos X), a los oficiales, a los suizos de la guardia, a los funcionarios del despacho de la guerra, a los gendarmes del rey, y a los oficiales de la caballería ligera. Dado que se compone exclusivamente de masones vinculados por sus funciones a la familia real, pide que se le conceda el título que llevaban las de Jacobo II en Saint-Germain-en-Laye, es decir, Logia Real. El Grande Oriente se niega, pero no puede rechazar la denominación al Oriente de la Corte, puesto que los Hermanos están obligados a seguir a ésta cuando abandona Versalles.           Si, como se dice, Luis XVI fue recibido como masón en este taller, muy brevemente, en una sola tenida, como Luis XV, eso justificaría que los convencionales, todos ellos masones, diesen al joven delfín, el futuro Luis XVII, el sobrenombre de “lobezno”. Este término, que proviene directamente de la antigua masonería operativa, en que la loba es uno de los útiles de los antiguos canteros, designa a los hijos de los Maestros masones. Por otra parte, cuando Luis XVI se dirigió espontáneamente al Hôtel de Ville de París, el 17 de julio de 1789, tres días después de la toma de la Bastilla, para aceptar la escarapela tricolor en lugar de la blanca habitual, le esperaba una doble fila de gentileshombres. Todos eran sin la menor duda masones, ya que, a una breve señal, desenvainaron las espadas y formaron la muy masónica “bóveda de acero” para acoger al soberano, recordatorio discreto de la calidad que había recibido catorce años antes y que le imponía deberes, al tiempo que infundía respeto por su persona real. Los miembros del tribunal revolucionario le concedían, a pesar de todo, el privilegio de ir en carroza hasta el lugar de su ejecución, el 21 de enero de 1793. La bóveda de acero es un homenaje rendido en el templo masónico a un dignatario o a un visitante eminente por los hermanos alineados con las espadas en alto entrecruzadas. En lo que respecta a Luis XVIII, ex conde de Provenza, el historiador y masón F.T. Clavel, en su Histoirde pittoresque de la Francmaçonnerie (París, 1843), dice así: “Luis (XVIII) era demasiado magnánimo para prestar oído a las calumnias de que se hacía objeto a la masonería. Lejos de eso, aplaudió nuestros nobles trabajos y permitió que una medalla diese constancia del acontecimiento y perpetuase su memoria. Admitido anteriormente al conocimiento de nuestros misterios, había apreciado sus medios y su finalidad”. Clavel pronuncia estas palabras el 3 de noviembre de 1824, en la logia escocesa Emeth, durante la tenida solemne en el curso de la cual se pronunció el elogio fúnebre de Luis XVIII y se celebró el advenimiento de Carlos X.

 

Después de la batería de duelo y el triple grito de lamentación ritual, Clavel continuó: “Carlos X penetró en otro tiempo en el santuario de nuestros templos. La luz de la iniciación brilló ante sus ojos. El grande y noble objetivo que nos reúne se desarrolló en su espíritu. Por lo tanto, ¿cómo podría dejar de protegernos? Veo ya en un porvenir muy próximo que la masonería recobrará, bajo su poderoso protectorado, todo su antiguo esplendor. En vano se pretende achacarle el propósito de abolir nuestra generosa Orden. La mera suposición sería una injuria. Son nuestros enemigos, los malvados, los que suscitan en nosotros esos temores. Su tentativa fracasará”. Sin embargo, el 13 de marzo de 1825, el papa León XII publica la constitución apostólicaQuo graviora”, en la cual repite las condenaciones precedentes pronunciadas contra todas las sociedades secretas. Esta vez la excomunión tendrá pleno efecto, ya que el Concordato de 1801, firmado por Napoleón I y el papa Pío VII, da a Roma plenos poderes sobre la Iglesia de Francia, lo que nunca le había reconocido la antigua monarquía. Además, si bien Carlos X había promulgado al comienzo de su reinado medidas liberales, se había visto desbordado muy rápidamente por los ultras. Y su amante muy querida, la señora de Polastron, le había suplicado y hecho prometer en su lecho de muerte que compensaría sus calaveradas juveniles mediante una vida ejemplar. Forzado por esta promesa a la cabecera de la moribunda, Carlos X olvidó el juramento masónico del conde de Artois. Puede decirse que la cadena que, de Jacobo I de Inglaterra a Carlos X de Francia, había unido a todos esos primos de sangre, para convertirlos en hermanos por el compás y la escuadra, se había roto ante la tumba de la señora de Polastron, de nombre Yolande Martine Gabrielle de Polastron, condesa y duquesa de Polignac (1749 – 1793), que fue una aristócrata francesa. Los lazos entre Francia y Escocia se remontan a muy lejos, a la Guerra de los Cien Años. Ya Luis XI se había casado en 1436 con Margarita de Escocia, hija de Jacobo I de Escocia. La princesa tenía entonces once años. Más tarde veremos a Luis XIII convertirse en cuñado de Carlos I de Inglaterra y Escocia. Luis XIV será primo carnal de Carlos II de Inglaterra y Escocia, y de su hermano, el futuro Jacobo II. Luis XV será, pues, primo de Jacobo III, llamado el “Caballero de San Jorge”. Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X lo serán de Carlos III de Inglaterra y Escocia, el “Pretendiente”. Sólo la subida al trono de Inglaterra de la Casa de Hannover romperá esos lazos familiares.

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La guerra de los Cien Años fue un conflicto armado que duró 116 años (del 1 de enero de 1337 al 17 de octubre de 1453) entre los reinos de Francia e Inglaterra. Esta guerra fue de raíz feudal, pues su propósito era resolver quién controlaría las enormes posesiones acumuladas por los monarcas ingleses desde 1154 en territorios franceses, debido al ascenso al trono inglés de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou. Tuvo implicaciones internacionales, involucrando también a Escocia contra Inglaterra, y finalmente, después de numerosos avatares, se saldó con la retirada inglesa de tierras francesas. La rivalidad entre Francia e Inglaterra provenía de los tiempos de la Batalla de Hastings (1066), cuando la victoria del duque Guillermo de Normandía le permitió adueñarse de Inglaterra. Ahora los normandos eran reyes de una gran nación y exigirían al rey francés ser tratados como tales. Pero el punto de vista de Francia no era el mismo. El Ducado de Normandía siempre había sido vasallo, y el hecho de que los normandos hubiesen ascendido al trono de Inglaterra no tenía por qué cambiar la sumisión tradicional del ducado a la corona de París. Enfermo Enrique VI, Inglaterra quedó, tras el fin de la guerra de los Cien Años, en manos de Somerset y York, enemigos declarados y absolutamente enfrentados ideológicamente, mientras Gloucester estaba en prisión. Guiados por intereses personales, no se preocuparon por consolidar la flamante paz, sino que embarcaron a su país en una sangrienta guerra civil dinástica que se conocería como la guerra de las Dos Rosas. En Francia, por su parte, la monarquía y el absolutismo fueron consolidados por Luis XI, hijo de Carlos VII. Luego de grandes conquistas, como Borgoña y Picardía, la Casa de Valois se extinguió como lo había hecho antes la de los Capetos. Estas caídas prefiguraban el fin de los estados feudales y el comienzo de la Europa Moderna que se harían realidad en el siglo siguiente. Mientras tanto, la francmasonería tradicionalista y apolítica, el Grande Oriente, continuará sus trabajos, con grandes nombres a su cabeza. Y la muerte del duque de Berry, hijo de Carlos X, miembro de la logia La Trinité, asesinado por Louvel, será llorada en numerosas logias del Gran Oriente de Francia. Sin esta muerte, los franceses hubieran tenido un rey masón más. Carlos Fernando de Artois, duque de Berry, (1778 – 1820), fue un príncipe real de Francia. Carlos Fernando de Artois era el segundo hijo varón de Carlos X de Francia y su esposa María Teresa de Saboya. Era descendiente de Felipe V de España y de Luis XIV de Francia.

 

Durante la Revolución francesa debió abandonar su país junto a su padre, en ese entonces Conde de Artois. Sirvió en el ejército de Condé entre 1792 y 1797 y luego en el ejército ruso en contra de Napoleón. La derrota de éste y la ascensión de su tío como Luis XVIII de Francia le transformó en general en jefe del ejército francés. Debido a que su hermano mayor, el duque de Angulema y su esposa Madame Royale no tenían hijos, él duque de Berry estaba considerado como heredero al trono de Francia. En 1812 es propuesto el matrimonio del duque de Berry con la Gran Duquesa Ana Pávlovna de Rusia, tras la abdicación de Napoleón Bonaparte, un masón, a manos del hermano de ésta, Alejandro, Zar de Rusia. Se planteaba como una muy buena unión, dado que Carlos Fernando era sobrino del rey Luis XVIII, quien en este momento recibe la corona de Francia. El duque de Berry estuvo casado secretamente en primeras nupcias con una dama inglesa, Amy Brown Freeman, de la cual tuvo que separarse para contraer un segundo matrimonio más acorde con su rango. En 1816 se casó con la princesa María Carolina de Borbón-Dos Sicilias, la que le dio dos hijos: Luisa de Francia (1819-1864), esposa del duque de Parma; y Enrique de Francia, Conde de Chambord (1820-1883), duque de Burdeos, hijo póstumo. El duque de Berry murió asesinado por Louis Pierre Louvel en 1824, cuando salía de la Ópera de París y siete meses después nació su hijo varón. Su esposa, ya viuda, se casó con Hector Lucchesi-Palli en medio de un escándalo que desacreditaría la causa de su hijo, el pretendiente al trono francés Enrique V de Francia. El asesinato fue motivado por la adhesión del duque de Berry al que sería Luis XVII, a quien quería ceder su derecho al trono y en cuyo favor intentaba hacer abdicar a Luis XVIII. Louis Elie Decazes (1780 – 1860), conde Decazes, fue un importante político francés del siglo XIX. La prensa acusó a Decazes de ser responsable del asesinato del Duque de Berry.

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Al recibir la iniciación como Aprendiz, el francmasón admite de facto las enseñanzas platónicas. Pero las leyendas no son sino la materialización de los mitos, su vía de transmisión. Los mitos desarrollan lo que los símbolos revelan en un lenguaje mudo. Los símbolos nos unen, conscientemente o no, a los arquetipos. Y estos últimos no son otra cosa que las Ideas Eternas de Platón. La teoría de las Ideas representa el núcleo de la filosofía platónica, el eje a través del cual se articula todo su pensamiento. No se encuentra formulada como tal en ninguna de sus obras, sino tratada, desde diferentes aspectos, en varias de sus obras de madurez como La República, Fedón y Fedro. Por lo general se considera que la teoría de las Ideas es propiamente una teoría platónica, pese a que varios estudiosos de Platón, como Burnet o Taylor, hayan defendido la tesis de que Platón la había tomado directamente de Sócrates. Los estudios de D. Ross, entre otros, han puesto de manifiesto las insuficiencias de dicha atribución, apoyando así la interpretación más generalmente aceptada. Tradicionalmente se ha interpretado la teoría de las Ideas de la siguiente manera: Platón distingue dos modos de realidad, una, a la que llama inteligible, y otra a la que llama sensible. La realidad inteligible, a la que denomina “Idea“, tiene las características de ser inmaterial y eterna, siendo, por lo tanto, ajena al cambio. Y constituye el modelo o arquetipo de la otra realidad, la sensible, constituida por lo que ordinariamente llamamos “cosas“, y que tiene las características de ser material y corruptible, y que resulta no ser más que una copia de la realidad inteligible. La primera forma de realidad, constituida por las Ideas, representaría el verdadero ser, mientras que de la segunda forma de realidad, las realidades materiales o “cosas“, hallándose en un constante devenir, nunca podrá decirse de ellas que verdaderamente son. Además, sólo la Idea es susceptible de un verdadero conocimiento, mientras que la realidad sensible, las cosas, sólo son susceptibles de opinión. De la forma en que Platón se refiere a las Ideas en varias de sus obras, así como de la afirmación aristotélica en la “Metafísica” según la cual Platón “separó” las Ideas de las cosas, suele formar parte de esta presentación tradicional de la teoría de las Ideas la afirmación de la separación entre lo sensible y lo inteligible como una característica propia de ella. Las grandes religiones politeístas se han limitado a divinizar estas Ideas. Tras la investidura impuesta por la angelología judía, hay que ver en el Samael que nos presenta el Zohar una de las Ideas Eternas, a saber, la Rebelión-Principio, más vivaz, más activa, más irradiante de lo que el público ordinario supone. Por consiguiente, la introducción de la muerte de Hiram en la nueva francmasonería, únicamente especulativa, con su aparición oficial en 1723, lanzó a ésta por la “vía de la izquierda”, la Prasavya del hinduismo, vía que desde entonces han seguido, de manera insensible y progresiva, tanto las obediencias como los miembros de las mismas. Moviéndose en dirección contraria a las agujas del reloj, como por ejemplo manteniendo el hombro izquierdo apuntando a un objeto central, llamado  prasavya, es observado en ceremonias funerales.

 

Este comportamiento materialista, ya sea explícito o formal, ya sea la actuación inconsciente de la vida diaria, trajo necesariamente consigo una modificación importante de toda la constitución psicofisiológica de los individuos. La mayor parte de nuestros contemporáneos se han vuelto absolutamente cerrados a toda influencia que no caiga bajo el control de sus sentidos físicos. Sus facultades de comprensión se han reducido. Dado que tal limitación se extiende sin cesar, a la manera de las ondas acuáticas, les conduce a rechazar, no sólo la existencia, sino incluso la posibilidad de existencia de facultades o de “planos” que sobrepasen el de sus conocimientos didácticos. Y como llevamos a nuestros antepasados en nosotros, por herencia, la humanidad se hunde cada vez un poco más, con el individuo, en las tinieblas espirituales. Una simple ojeada nos mostrará los estragos causados por el materialismo dialéctico a través del mundo. Y precisamente en el momento en que tal doctrina pretende poner remedio al hambre y a la guerra, esas plagas adquieren cada vez mayor importancia. En el año 1723 James Anderson transforma la masonería operativa, religiosa y llena de símbolos, expresados en sus útiles, en una francmasonería especulativa, agnóstica y en la que el simbolismo de los útiles queda abandonado a las fantasías de “filósofos” de pacotilla. En cuanto al aspecto metafísico y filosófico de la Geometría, tan caro a Platón y a sus discípulos, se contentan con retener su inicial, la letra G. Gérard de Nerval, en Viaje a Oriente, nos dice:Por orden expresa de Solimán Ben Daud, el ilustre Adoniram fue enterrado bajo el altar del templo que había construido. Por eso Adonai acabó por abandonar el arca de los hebreos y redujo a la servidumbre a los sucesores de Daud“. La leyenda ritual de la muerte de Hiram, psicodrama que sirve de base para la Maestría masónica desde el siglo XVIII, no tiene fecha precisa de aparición, y se ignora el nombre de quien la elaboró. A lo sumo se puede pensar en el año 1723 como fecha media de su oficialización en el dominio del ritualismo. Samuel Pritchard no la publicó en su estudio Masonry Dissected hasta 1730. El autor conserva en su obra todos los grandes temas del ritual de los masones operativos, al que sólo añade el del papel representado por Hiram y el de su muerte. Pero hasta una época mal definida, la nueva masonería especulativa, nacida en Londres en 1717, no precisó nunca de la fecha del asesinato de Hiram, arquitecto del templo de Salomón, cometido en el mismo templo por tres malos Compañeros, deseosos de enterarse de la palabra clave de los maestros albañiles, a fin de percibir su salario.

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Ahora bien, en el Cahier número 3 de la logia Villard de Honnecourt, Gran Logia Nacional Francesa, figura un artículo del señor Pierre Girard-Augry, titulado “Las supervivencias operativas en Inglaterra y Escocia”. Las primeras divulgaciones referentes a la existencia de supervivencias operativas en el seno de una organización masónica de ese tipo se debieron a tres masones ingleses: Clement E. Stretton, Thomas Carr y John Yarker. Los dos primeros se formaron masónicamente en logias de esta naturaleza; el tercero fue simplemente un masón especulativo, no  operativo, pero, como los precedentes, un masón de muy alto nivel. La particularidad de sus divulgaciones consiste en darnos una fecha precisa para el asesinato de Hiram por los tres malos Compañeros, a saber, el 2 de octubre. Por consiguiente, los miembros de esta logia operativa, en posesión de un ritualismo científico, conmemoran una vez al año la trágica muerte de Hiram. Los Cahier de Villard de Honnecourt, célebre maestro de obras de la Edad Media, están abiertos también a los autores no masones. Según Reyes: “Fue en el año cuatrocientos ochenta después de la salida de Egipto de los hijos de Israel cuando Salomón construyó la morada del Eterno, en el cuarto año de su reinado sobre Israel, en el mes de Ziv, que es el segundo mes”. Hay que señalar que Inglaterra, lo mismo que Suecia, Dinamarca y Suiza, no adoptó el calendario gregoriano hasta 1752, durante el reinado de Jorge II. Se sabe que el calendario llamado juliano, en honor de Julio César, establecido en 707 por Socígenes, había acabado por retrasarse once días con respecto a la marcha solar real. El papa Gregorio XIII confió, pues, el cuidado de restablecer el orden a su astrólogo y astrónomo Lilio. Y al jueves 4 de octubre siguió el viernes 15 de octubre. Por lo tanto, se impone una conclusión. Hay que comprobar en qué calendario se basaron para establecer la fecha simbólica de la muerte de Hiram, lo cual nos permitirá fechar la aparición de la nueva “precisión”. Si el 2 de octubre se fijó en una época en que todavía se hallaba en vigor el calendario juliano, el grado en que se sitúa el Sol en esa fecha debería tener un simbolismo astrológico evidente, ya que a partir de mediados del siglo XVIII la masonería operativa está infestada de elementos procedentes del medio rosacruciano. Entre ellos se cuenta William Lilly, astrólogo de Carlos I, el cual, muy inclinado al misticismo, envía a Alemania en 1646 a Jean Sparow para que recogiese allí las enseñanzas de Jacob Boehme y las publique después en Inglaterra. Ahora bien, el 2 de octubre del calendario juliano corresponde al octavo grado del signo zodiacal de Libra, un grado que, según la tradición astrológica unánime, no presenta nada en particular. En cambio, el 2 de octubre del calendario gregoriano corresponde al decimonono grado del signo zodiacal de Libra, lugar en que se sitúa lo que los astrólogos llaman la caída del Sol, por oposición al decimonono grado del signo de Aries, lugar de su exaltación.

 

Por consiguiente, el hecho de hacer coincidir el día 2 de octubre con el decimonono grado de Libra demuestra que se ha utilizado el calendario gregoriano para la elección de la fecha, y que dicha elección tuvo lugar en 1752, o más tarde, época en que se adoptó el calendario gregoriano en Inglaterra. Tras el mito de Hiram, arquitecto del templo, se esconde el esquema de un mito solar. En efecto, el templo de Salomón es la imagen de Dios, del Hombre y del Mundo. “Estudiar uno de ellos supone estudiar el otro …”, nos dice Jean Baptiste de Willermoz, iniciado en la masonería y cofundador de la Orden Martinista. El templo de Salomón fue destruido al cabo de treinta años por Sisac, faraón de Egipto. Sheshonq I, príncipe de Heracleópolis, fue el primer faraón de la dinastía XXII de Egipto. Reinó entre el 945 y el 924 a. C., durante el Tercer periodo intermedio de Egipto. Manetón lo denominó Sesonjis, según Julio Africano. Es el Sisac o Shishak citado en la Biblia. Bajo la dinastía XXI, los Mashauash, o libios, también conocidos como bereberes, que controlaban las fuerzas armadas del reino, se habían asentado en el delta del Nilo, en torno a Bubastis, hacia el año 1000 a. C. y, paulatinamente, habían extendido sus territorios hasta El Fayum. Sus jefes se convierten en líderes poderosos y el hijo de uno de ellos, Sheshonq I, toma el poder a la muerte de su suegro, Psusenes II de Tanis, y se impone como faraón, fundando la dinastía XXII y tomando el poder hacia 945 a. C. Sheshonq I nombra a Nimlot I, uno de sus hijos, rey de Heracleópolis para que controle el Egipto Medio. Se rodea de gente absolutamente fiel, que sitúa en puestos estratégicos, reforzando así el poder real. La reorganización del territorio se comparte entre los príncipes libios. Todos los miembros de la familia son colocados en puestos importantes y reciben posesiones, pero esta política va a implicar la división del territorio del delta, el Bajo Egipto, a partir del siglo VII a. C. Su reinado supone cierto renacimiento, con la construcción de nuevos monumentos. La diosa Bastet, a la que el rey hace erigir en Tebas un gran templo, se convierte, asociada a la diosa Sejmet, en la gran diosa nacional. El culto de otros dioses se abre paso sobre el culto de Amón. Sheshonq I reanuda la política expansionista. Reconquista Palestina y con un ejército compuesto por egipcios, libios y nubios, ataca los reinos de Israel y Judá. Lleva a cabo incursiones contra los beduinos de los Lagos Amargos, se apodera de Gaza, toma y saquea Jerusalén en 925 a. C., apoderándose del tesoro de rey Salomón, acontecimiento descrito en la Biblia, siendo uno de los primeros sucesos bíblicos históricamente probados. Sheshonq I hizo grabar sus campañas sobre los muros del templo de Amón, en Tebas (Karnak).

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Volviendo al tema del mito solar, vemos que el año solar trópico abarca treinta y tres años. Es natural, desde el punto de vista del simbolismo, que Hiram, arquitecto del templo, se identifique con este año solar. La tradición masónica, expresada en varios rituales, nos dice que Salomón se hizo enterrar en el emplazamiento de lo que sería el sanctasantorum. Sin embargo, hay en el desarrollo del ritual descrito por los tres masones ingleses Clement E. Stretton, Thomas Carr y John Yarker un punto que obliga a reflexión. Clement E. Stretton, en Operative Free Masonry, tiene un capítulo titulado “Conmemoración de la cimentación del templo de Jerusalén”: “[…]  En el curso de la ceremonia, se elige a un Hermano para ser la “víctima humana”, pues en los tiempos antiguos “se sacrificaba a un hombre, ya que se creía que había que enterrar a un hombre en el centro de las cuatro esquinas del edificio; de otro modo, no se mantendría en pie. Para ilustrar la ceremonia, se reviste de blanco una mesa de seis pies de largo, a fin de que parezca exactamente un gran bloque de piedra blanca, y en el momento de posar la piedra, seis hombres levantan el bloque y lo hacen descender sobre el ‘sacrificado’, tras lo cual la ceremonia consiste en examinar la piedra con la escuadra, el nivel y la plomada continúa de la manera habitual. Resulta extremadamente interesante para el ‘sacrificado’, sentado inmóvil bajo la pieza, oír decir que la pérdida de su vida ha dado solidez a la construcción, de manera que se mantendrá en pie para siempre. Al final de la ceremonia, en el momento en que los masones dejar el trabajo y van a refrescarse, el ‘sacrificado’ se libera y regresa a su casa, pues nadie debe volver a verle aquel día”. Los carpinteros navales del mundo antiguo tenían un rito semejante. Cuando se botaba un barco, se ataba a un esclavo desnudo a la figura de proa del navío, y éste volvía después para aplastar al hombre contra las piedras del muelle de partida. Y todavía en el siglo IV se recomendaba a los jóvenes que no se acercaran nunca a las obras de construcción al caer la noche. En efecto, corrían el peligro de ser raptados y servir como víctimas propiciatorias en mitad de la noche. Con la suavización de las costumbres, los maestros de obras se contentaron con sacrificar un gallo negro a las entidades subterráneas, cuyo dominio iban a violar al excavar el suelo. Una tradición medieval pretende que un obispo alemán de las tierras del Rin, que había logrado enterarse por medio del hijo de uno de ellos de lo esencial de ciertos ritos y operaciones secretas que se habían practicado a medianoche, dos días antes, en las obras de una nueva catedral que estaban levantando los Compañeros constructores, fue ejecutado unas horas más tarde. Hay que creer que los comentarios del pequeño ponían en peligro la libertad y probablemente la vida de esos masones operativos.

 

En su estudio Essais historiques et topographiques sur l’église cathédrale de Strasbourg (1782), el abate Grandidier relata el drama que acompañó, en 1277, a la ceremonia de colocación de la primera piedra para la torre de la catedral. El arzobispo Conrad de Lichtengerb, cuyo castillo del siglo XIII, al norte de Saverne, se mantiene todavía en pie, quiso presidir la ceremonia. Dos maestros albañiles se disputaron el honor de cavar la fosa en que iba a colocarse la piedra simbólica ante el arzobispo. La querella generó en disputa y, en el curso de la misma, uno de ellos resultó mortalmente herido. Se interrumpió todo el trabajo en la obra durante nueve días y se procedió a una purificación y luego a una nueva bendición de la misma. Tal vez esta querella fue organizada para volver a tener una víctima humana en lugar de un animal. La catedral quedó desproporcionada, ya que sólo se levantó la torre del norte, en 1395. Más tarde, en 1439, recibió la flecha que la remata, gracias a Jehan Hültz, de Colonia. Otro detalle curioso es que la catedral fue erigida sobre el emplazamiento de un antiguo templo de Hércules. Y durante seis siglos hubo que reconstruir los santuarios que el fuego, el rayo o las invasiones de los bárbaros destruían sin cesar. En 1015 se construyó una iglesia de estilo románico. San Bernardo ofició en ella en 1145. Pero el fuego asoló el edificio por cinco veces y hubo que reconstruirlo, repararlo, y volver a consagrarlo sin descanso. A este respecto, recuérdense las sucesivas catástrofes que destruyeron en Italia el monasterio de Monte Casino, reconstruido siempre sobre el emplazamiento de un antiguo templo consagrado a Apolo, que fue derribado en el siglo VI por San Benito. Sabios eran los Compañeros  que sabían propiciarse las fuerzas misteriosas de la naturaleza. El abate Aigrain, Bloud y Gay, en su libro Liturgia, nos dicen que todo esto lleva a sospechar que detrás de la muerte violenta de Hiram, arquitecto del templo, enterrado por orden de Salomón en el emplazamiento de lo que sería más tarde el sanctasantórum, sería el sacrificio de cimentación común a todos los templos del mundo antiguo, a las murallas y las puertas de las ciudades, a los cimientos de las casas y a la botadura de los barcos. Por lo demás, el rito se extendía también a las estatuas de los dioses. Se encerraba en su interior a un animal cuyo tamaño se acomodase al volumen de las mismas. Su espíritu servía como soporte psíquico a la animación ritual y votiva que se proseguiría a lo largo de los días, según la creencia común. La costumbre se observa todavía en la consagración de los altares cristianos, que deben contener una parcela de las cenizas de un santo o una santa. Y el emplazamiento preciso en que se encierran esas reliquias dentro de la piedra del ara se llama con toda justicia el sepulcro. El sacrificio humano se practicaba todavía en Israel en el siglo XII antes de Cristo, época en que Jefté, juez de Israel, sacrificó a su hija a cambio de su victoria sobre los ammonitas. Ahora bien, este episodio precede sólo en doscientos años al reinado de Salomón.

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En el Pontifical romano tenemos el Ritual de la excomunión mayor, que dice: “Y que su alegría se extinga frente a los santos Ángeles, como esos cirios se extinguen ante vuestros ojos“. La condena más antigua entre las pronunciadas por la Iglesia contra las corporaciones es la del Concilio de Rouen de 1189, en que se dicta la condenación fulminante contra las cofradías obreras de albañiles. El motivo fue la existencia de secretos del oficio, de ritos, tanto de recepción como de iniciación de una obra, y de asambleas, cuyas deliberaciones se mantenían igualmente secretas. En 1326 el Concilio de Aviñón renueva la condenación precedente y censura la costumbre de estos artesanos (canteros, albañiles) de utilizar palabras secretas y signos asimismo secretos para reconocerse entre ellos. En la condenación se incluye la Cofradía de los Hermanos Pontífices, dedicados a la construcción de carreteras, puentes y acueductos, sobre todo en Aviñón, Provenza, el Delfinado, la región de Lyon y Auvernia. Viene después la condenación pronunciada por la Facultad de Teología de la Sorbona el 30 de mayo de 1648 y el 14 de marzo de 1665. En su sentencia, la Sorbona describe y condena las prácticas rituales de los compañeros zapateros, silleros, sastres, cuchilleros y sombrereros. Hay que decir que no hubo nunca término de comparación entre las cofradías de oficios ordinarios y las cofradías de constructores. La Geometría aportaba a estos últimos, verdaderos francmasones, un indiscutible ennoblecimiento intelectual, tal vez incluso espiritual. Había un ritual mediante el cual la Cofradía de Carboneros del Franco Condado recibía en los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro a un “Buen Primo” carbonero. Dichos rituales tienen un aspecto muy cristiano, pero en el tercer grado, el de Buen Primo Maestro Carbonero, el compañero recipiendario revive toda la Pasión de Cristo. Lo que la Iglesia perpetúa en las calles de Sevilla lo excomulga en el Franco Condado. Como hemos visto, James Anderson publicó en 1723 las célebres Constituciones de los francmasones, dedicadas al duque de Montagú, Gran Maestre. En 1724 un masón disidente, llamado Samuel Pritchard, reveló en su panfleto The Grand Mystery of Free Masons Discovered la introducción de ritos sospechosos. Pritchard prestó juramento de sinceridad ante un funcionario público. Ahora bien, las Constituciones de Anderson son literalmente agnósticas. Para ellas, la palabra “religión” se limita a la moral universal, “sobre la cual están de acuerdo todos los hombres”. El Vaticano decidió entonces intervenir, probablemente alertado por sus nuncios y sus obispos. El 4 de mayo de 1738 el papa Clemente XII promulga la bula In eminenti apostolatus specula.

 

La bula se limita a ataques generales, pero sus términos son demasiado formales para no haber sido provocados por hechos particulares indiscutibles, chocantes para un teólogo católico: “Hemos sabido, y el rumor público no nos ha permitido dudarlo, que se había formado cierta sociedad, asamblea o asociación, bajo el nombre de francmasones o Liberi Muratori, o bajo una apelación equivalente, según la diversidad de las lenguas, en la cual se admite indiferentemente a personas de toda religión y de toda secta, que bajo un exterior de probidad natural afectada, que se exige y con la que se contentan, se han dado ciertas leyes, ciertos estatutos que les unen unos a otros y que, en particular, les obligan bajo las penas más graves, en virtud de un juramento prestado sobre las Santas Escrituras, a mantener un secreto inviolable sobre lo que sucede en sus asambleas”. El papa Clemente XII prohíbe en consecuencia formar parte de esas sociedades, favorecer su expansión, dar asilo en su casa o en otro lugar a sus miembros, so pena de excomunión. La excomunión fue renovada el 15 de junio de 1751 por el papa Benedicto XIV, el cual, en su bula, libera a los francmasones de un juramento pronunciado en tales condiciones, arguyendo: “Como si le estuviera permitido a alguien apoyarse en una promesa o un juramento para dispensarse de responder al poder legítimo que intenta descubrir si en esa especie de asambleas se hace algo contra el Estado, la religión y las leyes”. Menos conocido es el hecho de que el original de la bula de Clemente XII incluye una frase que no fue reproducida en las copias dirigidas a las diversas nunciaturas. En efecto, la bula termina así el pasaje en que se enumeran las razones de la condenación: “… y por otros motivos solo de Nos conocidos”. Revelar estas últimas causas, a saber, la existencia de prácticas más o menos ocultas, tendría el efecto contrario al deseado, y los curiosos se precipitarían a entrar en la masonería, ya que la época es fecunda en aficionados a todos los aspectos de lo oculto. Desde el regente Felipe de Orleans, que posee un gabinete de magia, al mariscal duque de Richelieu, pasando por muchos otros grandes nombres, desearon e intentaron ver al Diablo. En cualquier caso, más recientemente el papa Juan Pablo II renovó la condenación formal de la francmasonería, cualquiera que sea su obediencia, regular o no, firmando la declaración de la  Congregación para la Doctrina de la Fe, fechada el 26 de noviembre de 1983. En 1738 el Parlamento francés se negó a registrar la bula de Clemente X11, y los obispos apenas lograron que los fieles la conocieran. Además, numerosos sacerdotes y obispos empezaron a entrar en la masonería. Lo mismo ocurrirá con la Declaración de 1983, ya que el Vaticano ejercía cada vez menos influencia sobre las almas, consecuencia de la degradación progresiva de la Iglesia, tanto por el abandono de sus tradiciones más sagradas como por los escándalos que se manifiestan en ella y que ya no se alcanza a disimular como antaño.

 

Para la Iglesia es absolutamente imposible admitir que los “bautismos” masónicos del Agua, el Aire y el Fuego vengan a superponerse y pretendan completar a los sacramentos del bautismo, la confirmación y la penitencia que ella pone a disposición del fiel para su purificación personal. La iniciación masónica resulta incompatible con la vida sacramental. Asimismo es absolutamente imposible para la Iglesia admitir que, llegado a cierto grado presentado como “crístico”, un católico pueda afirmar que “la Naturaleza se renueva por el Fuego”, cuando el Evangelio de Juan dice lo contrario: “Si un hombre no nace del Agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los Cielos”. El cristianismo enseña al hombre el perdón de las ofensas y a ofrecer la mejilla izquierda cuando se le abofetea en la derecha. Ahora bien, la francmasonería del siglo XVIII elaboró ritos llamados de “venganza”, ritos en que los puñales reemplazaban a las espadas, se ornamentaban las bandas y los mandiles con emblemas fúnebres y se prestaba juramento de castigar a los traidores. Prestarse a esos ritos de venganza significaba subir de grado, elevarse por encima del modesto masón de los primeros grados, llamados “azules” por el color de su mandil. Y la vanidad sigue siendo uno de los diversos procedimientos existentes para manejar a los hombres. Además, entre esos altos grados había uno que tenía como divisa Nec plus ultra, “nada por encima”. Nada más fácil que ver en ello una afirmación de ateísmo, tanto más cuanto que se trataba del más elevado entre los grados de “venganza”, con su grito ritual en hebreo: “¡Nekam, Adonai! ” (“¡Venganza, Señor!”). Y este grado pretendía asegurar la sucesión oculta de los templarios, cuyo último Gran Maestre, Jacques de Molay, había emplazado al rey Felipe el Hermoso y al papa Clemente V a morir muy poco tiempo después, lo que realmente sucedió. Dado que el papa Clemente XII murió dos anos después de haber publicado su bula de excomunión, sus sucesores tenían motivos para creer que la francmasonería poseía secretos temibles. Todo lo cual no era muy adecuado para arreglar las cosas. De hecho, las relaciones entre la Iglesia católica y la francmasonería no pueden jamás mejorar. El Abate R. Aigrain, en su libro Liturgia, nos dice: “La disciplina del secreto, severamente observada, impedía que se hablase de los misterios sagrados, y el papa Inocencio I, en su carta a Decencio, declara que no puede revelar, escribiéndolas, las palabras que se pronuncian durante la confirmación“. El papado de Inocencio I duró del 402 al 417. Para entonces el cristianismo, es decir, la Iglesia, ya no tenía nada que temer, puesto que se había convertido en religión de Estado. Sin embargo, tal como había hecho durante los tres primeros siglos de la nueva era, guardó el secreto sobre muchos de sus ritos. En nuestra época se mantiene aún un juramento de secreto rigurosamente observado, el del obispo el día de su consagración:

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En Sacre d’un évêque selon le Pontifical romain, leemos: “En cuanto al secreto que ellos [los papas] me hubieran confiado, por sí mismos, por sus nuncios o por escrito, no lo revelaré a nadie, a sabiendas, en su perjuicio”. La palabra aparece en singular, ya que se trata de un solo secreto: concilium vero. De manera que la Iglesia tiene un secreto, como se supone que la francmasonería a causa del carácter secreto de sus enseñanzas, ritos y costumbres. El motivo sería que la Iglesia ha querido siempre conocer la vida interior de los individuos, de las familias y de las colectividades. Para ello fue organizando poco a poco, a partir del siglo II, lo que llamamos ahora el sacramento de la penitencia, tras una confesión oral, al principio a los pies de los obispos, luego ante el sacerdote ordinario. El uso tardó siglos en codificarse de manera ritual. Y el juramento de silencio de los Compañeros vino a combatir ese deseo de conocer de los representantes de la Iglesia, deseo más imperioso aún porque los inquisidores no ignoraban que mantenían ritos de cimentación venidos del fondo de los tiempos paganos. Una frase de las Constituciones de Anderson contribuyó desgraciadamente a aumentar sus sospechas. Nos referimos al cierre de la tenida anual de la Gran Logia: “En fin, después de algunos otros actos que no pueden ser relatados en ninguna lengua, los Hermanos podrán retirarse o permanecer más tiempo, como les plazca”. Se trata del ritual del cierre de esta tenida, y se refiere simplemente a algunas frases acompañadas de gestos simbólicos. Cierto que los masones operativos tenían secretos de oficio, la mayoría de los cuales pueden encontrarse en los formularios de divulgación. Decimos la mayoría, no todos. Había ya procedimientos que recurrían a la Geometría, plana o del espacio, lo que significaba mucho en una época en que esta ciencia era completamente desconocida para los sacerdotes ordinarios. Había la fórmula de fabricación de ciertos cementos, e ignoramos la utilizada por los albañiles del Imperio romano. Había secretos de manipulación, de transporte, de colocación de la piedra, por no hablar de los que se refieren al corte de la misma. Por último, había el secreto de los ritos de cimentación  de un edificio, el más grave a los ojos de los inquisidores. Ahora bien, los que llamamos masones aceptados, los intelectuales admitidos en las logias operativas, no tenían ninguna necesidad, ni hacían ningún uso, de todos esos secretos de los masones operativos. Por esa razón no han llegado hasta nosotros. El secreto que la Iglesia quiere condenar, porque lo conoce, es el que anima a la francmasonería especulativa, que acababa de nacer en Londres, en 1723. Y la aparición del ritual de la muerte de Hiram y su encarnación en el nuevo Maestro no contribuirá a solucionar las cosas.

 

Ya no son ritos paganos, más o menos mezclados con una magia primitiva, lo que Roma pretende hacer desaparecer, sino un clima intelectual que se desarrolla poco a poco, un clima de libre pensamiento, de poner en tela de juicio todo lo que la Iglesia había creído establecido para siempre y estableciendo un clima del que no puede surgir más que una contestación permanente. Y la Iglesia no puede ver en los contactos de los masones aceptados con elementos considerados como rosacrucianos, es decir, heréticos en primer grado, más que una especie de infección espiritual con respecto a sus propios dogmas. Porque realmente no hay ninguna necesidad de secreto en la vida de las obediencias masónicas contemporáneas. No hay nada en sus rituales y en sus usos que lo justifique. Y todo se puede revelar sin que se agrieten las murallas del templo. Lo que está fuera del Tiempo y de la Materialidad es totalmente extraño al espíritu de la mayoría de los masones contemporáneos. Los que se proclaman como altamente espiritualistas se limitan a la práctica de una vida sacramental rutinaria en una de las religiones clásicas o creencias más o menos extravagantes. Cierto que existen conocimientos teóricos liberadores. Cierto que existen procedimientos de acción oculta capaces de rellenar lo que René Guénon llamaba las “fisuras de la Gran Muralla”. Sin embargo, los hombres están hechos de tal forma que se apresuran a abrirlas de nuevo. Bajo pretexto de democracia, de igualitarismo, todo debe ser accesible para todos. Pero si ése es precisamente su objetivo, Seleccionar entre los que son aptos para conocer y concebir y los que sólo son aptos para ejecutar. De ese postulado deriva, en ciertas obediencias masónicas, el abandono de toda severidad en la progresión jerárquica. Ya no se trata de la construcción de la Pirámide, sino de una vulgar meseta. El problema radica en que desde lo alto de la primera se ve hasta muy lejos, mientras que desde la segunda solo se ve a los vecinos. Como dijo René Guénon, en El reino de la cantidad: “En el fondo, el odio contra el secreto no es otra cosa que una de las formas del odio contra todo lo que sobrepase el nivel ‘medio’ y contra todo lo que se aparte de la uniformidad que se quiere imponer a todos”. A veces se ha relacionado la masonería con el sufismo. Pero el sufismo no consiste en mezclar el Islam, el cristianismo y el judaísmo de la manera más cómoda, invocando a Alá, Jesús y Jehová. Algunos añaden incluso a Buda y a Confucio. El sufismo se vive en el seno de la religión islámica, lo que implica la conversión a ésta y la circuncisión correspondiente. En Números, del Antiguo Testamento, leemos: “El que toca el cuerpo de un hombre muerto y no se purifica mancilla el tabernáculo del Eterno. Ese tal será borrado de Israel“. La prohibición del Antiguo Testamento se extiende a los huesos humanos y a los sepulcros. Por eso se cubría con cal viva, un poderoso desinfectante, la puerta y el umbral de los sepulcros de Israel. De ahí la invectiva bien conocida de “Sepulcros blanqueados”, utilizada con frecuencia en los Evangelios.

 

Por lo tanto, es comprensible el sobresalto de los masones ingleses de principios del siglo XVIII, todos muy impregnados de la Biblia, leída por las noches en familia conforme a la costumbre, que, como el masón Samuel Pritchard, se niegan a admitir el nuevo ritual de recepción al grado de Maestro y a acostarse simbólicamente sobre el cadáver de Hiram, a fin de ofrecerle su propia forma carnal como un vehículo psíquico. Poco importa que haya un esqueleto completo en un ataúd clásico, como los que se conservan todavía en ciertos templos masónicos antiguos. O que una simple calavera, que figura habitualmente en la plataforma del Venerable, al oriente del Templo, sea colocada en el emplazamiento de la cabeza sobre el simbólico paño negro con franjas de plata, donde se reclinará el nuevo Maestro. O que esos huesos reales sean reemplazados por un masón lleno de vida, que representa el papel de Hiram asesinado. O que el clásico tapiz de logia negro, con sus lágrimas de plata, tendido sobre el rectángulo, incluya en el occidente una calavera y dos tibias del templo, cruzadas y bordadas en plata, como las presentan las estampas masónicas del siglo XVIII. En efecto, para el impetrante todo consiste en su aceptación consciente del rito, puesto que consiente en morir para que el alma de Hiram penetre en él. Se trata de la tradición judía del dibucq. Y cuando se levante al toque ritual interpretado por los nueve Maestros, tras su marcha lenta y rimada alrededor de la tumba, todo estará consumado, y el espíritu de Hiram se habrá integrado en él. Si nos referimos a las tradiciones del ocultismo judaico, el hombre viviente se compone de cuatro esencias sutiles, guph, nephesh, ruah y neshamah: guph es el hálito de la osamenta, el poco de vida inconsciente que permanece en ella como remanente, el elemento Tierra; nephesh es el alma instintiva, la de las pulsaciones vitales, conservadoras, la categoría hílica de los gnósticos, el Agua; ruah es el espíritu, el intelecto, la comprensión y el comportamiento racionales, la categoría psíquica de los gnósticos, el elemento Aire; neshamah es el alma divina, la chispa superior, la categoría neumática de los gnósticos, el elemento Fuego. Como se ve, se podría asimilar el nephesh hebraico al etimmu de las tradiciones asirio-babilónicas. Pero en este caso, no sabemos quién sugirió a James Anderson y Jean-Théophile Désaguliers la idea de reemplazar la sobria pero digna ceremonia de recepción acostumbrada hasta principios del siglo XVIII por ese ritual, largo, eficaz desde el punto de vista del ocultismo, pero que, en oposición absoluta con la enseñanza bíblica, resulta sin discusión para los fieles de las tres religiones de tronco de Abraham (judía, cristiana o islámica) terriblemente negro.

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Tal vez fue un mago judío al que conocían. A partir de 1670 se había formado en Londres una colonia judía. Varios rabinos de origen polaco se ocupaban de la cábala práctica, es decir, de magia. Supieron actuar sobre Désaguliers y Anderson, que se habían puesto en contacto con ellos, y consiguieron que se recibiese a los judíos en la nueva Gran Logia. Esta comunidad de magos se perpetuó y uno de ellos estaba destinado a ser célebre.            Se llamaba Hain Samuel Jacob, nacido en Polonia, y era más conocido por el nombre de Falk-Scheck, gran rabino de Inglaterra. Fue el maestro en ocultismo judaico de masones ilustres y altos iniciados, como Toux de Salverte, Gleichen, Waldenfelds, etc. Cuando Savalette de Langes redactó sus fichas signaléticas, destinadas al marqués de Chefdebien, con vistas al célebre Convento de Wilhelmsbad (1782), la indicación “conoce a Falk, ha trabajado con Falk, alumno de Falk ” recordaba a Chefdebien que se encontraría ante un masón altamente iniciado. Se puede observar en esas fichas que Savalette de Langes (1746-1797), que fue oficial de honor del Grande Oriente de Francia en 1787 y miembro fundador de los Amigos Reunidos, masonería esencialmente iniciática, escribe Rose-Croix con Z en lugar de S, en alusión al hebreo rozen, (“príncipe”). Savalette de Langes fue consejero del Parlamento de París en 1771, adjunto a su padre, Savalette de Magnanville, como guarda del tesoro real. También fue tesorero pagador en 1790, capitán de la guardia nacional, y ayuda de campo de La Fayette. En lo que respecta a Falk-Scheck, no hay que confundirle con su homónimo Falke, burgomaestre de la ciudad de Hannover, francmasón y miembro de la Estricta Observancia Templaria. Las enseñanzas de Falk-Scheck están condensadas en el Calendario mágico de Duchanteau, que las recibió de Salvert de Toux, discípulo directo de Falk. Ahora bien, en aquella época, en los medios masónicos inclinados al ocultismo corría el rumor de que existía un “rey de los judíos” y que ese personaje no era otro que Falk-Scheck, que vivía en Inglaterra. Sobre Falk-Scheck encontramos en el artículo “Noticia histórica sobre el Martinesismo y Martinismo”, un hecho que merece citación: “Mme. De la Croix, exorcista de poseídos, y a su vez ella misma demasiado frecuentemente poseída, se jactaba sobre todo de haber destruido un talismán de lapislázuli que el duque de Chartres (Philippe-Egalité, más tarde duque de Orleans, y Gran Maestre de la Masonería francesa) había recibido de Inglaterra de parte del célebre Falk-Scheck, gran rabino de los Judíos, un talismán que debería haber conducido al príncipe hasta el trono, y que, según ella decía, fue destruido sobre su pecho en virtud de sus rogativas”. Tuviera o no justificación tal pretensión, no es menos cierto que la historia resulta singularmente esclarecedora de algunas influencias ocultas que contribuyeron a preparar la Revolución Francesa.

 

Además del gran sacerdote, que representaba el poder espiritual, existía en Israel, en la Diáspora, aquel a quien se llamaba el “Príncipe del Exilio”, es decir, el Exiliarca, jefe político de los judíos deportados a Babilonia en el año 598 antes de nuestra era. El primero sería en ese caso Joaquín, rey de Judá, llevado a Babilonia por Nabucodonosor. Según se dice, el último de los “Príncipes del Exilio” fue, en 1040, un tal Ezequías. Pero es seguro que tanto el título como la función se perpetuaron. Hay informaciones sobre todo esto a través de Nathán de Babilonia, judío babilónico del siglo X de nuestra era, autor de una Historia del exiliarcado. Samuel Schllam, en su edición de 1545 del Yuchasin de Moisés Zacuto, publicó algunos fragmentos de la misma. Los sucesores del califa Omar y del califa Alí exhumaron las leyes de persecución contra los judíos promulgadas por el primero, leyes que él mismo no había aplicado, y comenzaron a imponerlas a la desdichada población judía. En 856, durante el reinado de Almutavakille, nieto de Almamún, fue disuelto el gran sanedrín. El resh galutha perdió poco a poco sus privilegios, lo mismo que su papel, y ya hacia finales del siglo IX se suprimieron los parlamentos de Sura y Pombadita. Sin embargo, secretamente, el cargo real de “Príncipe del Exilio” se perpetuó, probablemente combinado con el de “Baal Schem”, o sea, Maestro del Nombre, alusión a la pronunciación secreta del Tetragrámaton, que sólo el sacerdote de Israel podía vocalizar en el sanctasantórum del Templo. El Tetragrámaton (“cuatro letras“) es el teónimo en hebreo, cuadrilateral, típicamente no mencionada, que identifica al Dios de Israel por medio de la Biblia hebrea, compuesto por las letras hebreas yodh he waw he, escrito de derecha a izquierda en idioma hebreo, y transliterado como YHWH o YHVH a otros idiomas. Aparece 6828 veces en el texto masorético y en ediciones críticas de la Biblia Hebraica Stuttgartensia. El Tetragrámaton no aparece en su forma completa en ningún manuscrito griego existente del Nuevo Testamento, pero aparece incluido en los nombres teofóricos en la Biblia, y en su forma abreviada yah en la palabra aleluyah en el Apocalipsis. Los manuscritos del Nuevo Testamento en griego koiné contienen la palabra griega Kýrios (Señor) en las citas del Antiguo Testamento en donde en los manuscritos hebreos aparece el Tetragrámaton. Es posible que en el siglo XVIII ese “Príncipe del Exilio” fuera Manassé ben Israel, científico judío de origen marrano (judíos conversos), nacido en Lisboa en 1604 y muerto en Amsterdam el 20 de noviembre de 1657, adonde se había trasladado siendo muy niño desde su Portugal natal. Escribió tratados de matemáticas, de filosofía religiosa y, sobre todo, apologías del judaísmo, la más importante de las cuales fue el Vindiciae judaerum, publicado en 1656.

 

Consultado por Oliver Cromwell (1599 – 1658), líder político y militar inglés. sobre los signos anunciadores de la Parusía, o retorno glorioso de Jesús y Juicio Final, cosa que debió de sorprender mucho a Manassé, fue invitado a la Asamblea de Whitehall de 1655, que admitió definitivamente el retorno de los judíos a Inglaterra y les aseguró la tolerancia religiosa. Habían sido expulsados de ella en 1210 por Juan Sin Tierra, y por Eduardo I en 1290. Con ocasión de esta Asamblea de Whitehall, Manassé redactó su Humble addresses to the Lord Protector, solicitando el retorno de sus correligionarios a Gran Bretaña. Cromwell aceptó, exigiendo a cambio que los judíos prometiesen trabajar en favor de la grandeza de Inglaterra. Trabajar sí, pero ¿de qué manera? Sólo el resh galutha, o Exilarca, podía hacerlo. En primer lugar, en forma financiera y comercial. En segundo lugar, por procedimientos ocultos, en los que quizá intervenían las prácticas religiosas (teúrgia) y la antigua magia judía. Y en este último campo, el resh galutha tenía su doble, su reflejo, cuya identidad conservaba secreta. Tal era, pues, el papel de Falk-Scheck, el hombre al que veneraban los masones realmente iniciados en este período del siglo XVIII. Casi inabordable, había negado la entrada en su casa al duque de Montmorency-Luxemburgo, y raros eran los grandes señores que obtenían gracia a sus ojos. Prestó su ayuda para operaciones de alquimia al mariscal duque de Richelieu y predijo al príncipe de Rohan Guémené la fecha exacta de la muerte de Luis XV, el 10 de mayo de 1774. En cambio, sostuvo relaciones continuadas con Felipe de Orleans, el futuro Felipe Igualdad, hijo del regente, el cual, al morir, dejó estupefactos a sus familiares cuando descubrieron que poseía un verdadero laboratorio de magia. Su hijo, Felipe de Orleans, pasaba por entregarse “a ciencias de muy mala especie”. En el curso de una evocación mágica, Falk-Scheck le entregó un collar, o un anillo, de hierro, destinado a permitirle eliminar a la rama primogénita de los Borbones y hacer pasar la corona de Francia a la rama segundona de los Orleans. El hecho está confirmado por una carta, desgraciadamente ilegible en parte, fechada el 6 de julio de 1789 y dirigida a la marquesa de La Croix, discípula de L.C. de Saint-Martin y que albergaba a éste en su palacio. Sin embargo, hay dudas de que Falk-Scheck haya sido ese jefe oculto de la Diáspora, y no se conoce ni a su predecesor ni a su sucesor. Tampoco se sabe a ciencia cierta si era realmente rabino. Parece más que dudoso, ya que los que se interesaban por el ocultismo calificaba con este título a todo mago judío. Pero se olvida que la inmensa masa religiosa judía y todo su cuerpo doctrinal, el rabinado, sentían horror por todo lo referente a la adivinación, los sortilegios y la hechicería. Basta para convencerse con leer el Antiguo Testamento. Ahora bien, el collar de hierro que se supone que Falk-Scheck entregó a Felipe de Orleans como un talismán oculto para permitirle eliminar a su primo Luis XVI, rey legítimo e indiscutido de los franceses, este collar de hierro tenía más de maleficio que de otra cosa.

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Y en realidad este talismán resultó eficaz, puesto que Luis XVI fue eliminado gracias al sufragio de Felipe Igualdad, que hizo inclinarse el escrutinio de la Convención hacia la sentencia de muerte sin remisión el 19 de enero de 1793. La víspera se habían pronunciado 387 votos por la muerte sin remisión, y 334 por la detención o la muerte condicional, con remisión de pena. Y así, Felipe Igualdad pudo escribir el 22 de enero de 1793: “el cerdo gordo fue sangrado ayer”. El collar de hierro, metal impuro en todas las tradiciones, se cerró después sobre su cuello de otra manera, y al igual que su primo y “hermano”, fue guillotinado diez meses más tarde, el 6 de noviembre de 1793. Murió, hay que reconocerlo, con el desdén ante la muerte propio de un gran señor del Antiguo Régimen. Anteriormente, había renegado de la francmasonería y admitido el principio de su prohibición, pese a ser el Grande Maestre del Grande Oriente de Francia. En su carta del 22 de febrero de 1793, publicada en el Journal de Paris, su gesto fue sancionado con otro más espectacular. El presidente de la asamblea extraordinaria del Grande Oriente de Francia, Louis Roettiers de Montaleau, romperá solemnemente la espada de Gran Maestre de Felipe Igualdad ante todos los masones presentes. Felipe de Orleans había olvidado que, al votar la muerte de su primo Luis XVI, votaba igualmente la muerte de un “hermano”, ya que no ignoraba que el rey había recibido, como él, la iniciación masónica. Todo esto no muestra precisamente a un Falk-Scheck susceptible de ser considerado por la masa religiosa judía como una luz espiritual. Pertenecía a ese pequeño medio, muy reducido, que se encuentra en todas las épocas al margen de la Diáspora y que agrupa a los magos, hechiceros, nigromantes y cabalistas de la mano izquierda y contra los cuales el kahal de una comunidad israelita no vacilaba nunca en lanzar la maldición del herem, la excomunión judía. Sin la menor duda, Felipe Igualdad pagó generosamente sus servicios. No olvidemos que los judíos estaban muy protegidos en el reino de Francia desde la época de Luis XV. Por ello no tenían ningún interés en echar abajo la monarquía. Volviendo al tabú del cadáver y al ritual de la muerte de Hiram, tenemos que, en 1751, la Madre Logia Escocesa al oriente de Marsella utilizaba un ataúd ordinario de madera, cubierto con un paño negro. No había aquí ni esqueleto ni huesos, puesto que las leyes de la época no lo hubiesen permitido. Pero una vez que el recipiendario se había echado en su interior, cubierto con el paño negro, se colocaba sobre su rostro un paño blanco ligeramente salpicado de sangre, de sangre de un animal, claro está, que constituía un polo de atracción oculta muy eficaz. Así lo confirmaban todas las tradiciones primitivas.

 

La pregunta es, ¿qué se puede atraer así? Todo lo que se presente procedente de la cuarta dimensión, ese “mundo paralelo” por el que la ciencia contemporánea comienza a interesarse discretamente y cuya existencia afirman todas las religiones desde siempre. Y hay que decir que existe una gran diversidad entre la fauna del mundo astral interesada por la presencia de la sangre. Oigamos lo que dice el pitagórico Jámblico, en su obra De la abstinencia de la carne, con respecto a las misteriosas entidades de ese mundo oculto: “Viven de vapores y exhalaciones, con lo que se nutre lo que hay de corporal en ellos, y se fortifican igualmente con los aromas de la sangre y de las carnes. Un hombre prudente y sabio se guardará bien de esa clase de sacrificios, que no atraerán más que a esos Espíritus”. De estos ritos puede resultar lo que los espiritistas llaman una incorporación, que todas las hechiceras del Extremo Oriente practican desde hace milenios. Incorporación psíquica inesperada, no deseada, de un huésped, que se convierte con frecuencia en un estorbo. Así ha ocurrido alguna vez durante una anestesia un poco larga. El operado se desdobla, y su envoltura carnal es ocupada de inmediato por un intruso. Sin referirse a esas posesiones de origen misterioso, se han comprobado con frecuencia cambios completos de mentalidad y de moralidad, intensificaciones exageradas de la sexualidad, después de ciertas iniciaciones, pese a la extrema moralidad de las mismas. El conjunto psíquico que constituye el sujeto se perturba gravemente, y el orden de los “personajes interiores” se modifica en grado extremo. Una especie de revolución trastorna la jerarquía anterior, y otro personaje, antes relegado a segundo o tercer plano, surge a la superficie y reina en ella como amo y señor. Lo mismo puede ocurrir en las ordenaciones religiosas y su progresión. En el caso del ceremonial de la Maestría masónica que comporta la muerte de Hiram, el Recipiendario incorpora simplemente una corriente psíquica que, a través de los símbolos, los mitos, las leyendas, le une a un arquetipo, a una Idea Eterna, la Rebelión-Principio. Y si en el ritual se incluyen principios contrarios que vengan a corregir la situación, el nuevo Maestro entrará poco a poco e inconscientemente en la vía de la izquierda, la Prasavya del hinduismo, el Sihr del Islam, equivalente a magia, lo que se puede llamar, con René Guénon, la contrainiciación. Es la vía de la Francmasonería únicamente politizada, sin alma y sin luz, en la que ya no resuena la voz secular y tranquilizadora de los viejos símbolos. Entonces se ve el compás, símbolo del Espíritu, presentado cabeza abajo, dominado por las escuadras, símbolo de la materialidad, que ha tomado su lugar o por lo menos intenta hacerlo.

 

Fuentes:

  • Antiguo Testamento – Libros históricos (Samuel, Reyes, etc..)
  • Ambelain Robert – Secreto masónico
  • Anon – El Talmud Código Sagrado Y Secreto Origen Masonería
  • Bailey Foster – El espíritu de la masonería
  • David Icke -El-Mayor-Secreto
  • Blavatsky, H.P. – Los orígenes del Ritual en la Iglesia y la Masonería
  • Di Bernardo Giuliano – Filosofía de la Masonería
  • Ferrer Menimeli, Jose Antonio – La Masonería
  • Guenon, René – Estudios sobre la francmasonería y el compañerazgo
  • Hall Manly – Claves perdidas de la Masonería
  • Krumm Heller – Secretos de la Masonería
  • Pessoa Fernando – Escritos Sobre Ocultismo Y Masonería
  • Sanchez Casado Galo – Altos Grados de la Masonería
  • Sanchez Pacheco Felicidad – Secretos de la Historia sobre Masonería
  • Leadbeater Charles – Vida Oculta en la Masoneria

febrero 18, 2016 - Posted by | Historia, Historia oculta

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