Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

La interpretación del pasado de la vida sobre la Tierra a través de los fósiles  


Zecharia Sitchin nos explica que Anu, rey de los anunnaki en el planeta Nibiru, vino a la Tierra en una visita provocada por una emergencia debida a la necesidad de obtener oro. Cuarenta años (del planeta Nibiru) después del primer aterrizaje, los anunnaki que trabajaban en las minas de oro se amotinaron y se negaron a seguir trabajando. Y tomaron a Enlil, uno de los hijos de Anu, como rehén cuando fue allí para resolver Imagen 13la crisis. Milenios más tarde estos acontecimientos quedaron registrados y se los contaron a los terrestres, para que supieran cuales habían sido los orígenes. Se convocó un Consejo de Dioses y Enlil insistió en que Anu viniera a la Tierra a presidirlo. En presencia de los líderes reunidos, Enlil detalló los acontecimientos y acusó a Enki, otro de los hijos de Anu, de haber dirigido la rebelión. Pero, cuando los amotinados relataron su historia, Anu sintió simpatía por ellos, ya que eran astronautas, no mineros; y su trabajo había terminado por hacerse insoportable. Pero, ¿cómo iban a sobrevivir en Nibiru si no extraían el oro? Enki planteó crear unos trabajadores terrestres, que se hicieran cargo de los trabajos más duros. Ante la sorprendida asamblea explicó que había estado llevando a cabo experimentos con la ayuda de Ninti/Ninharsag, la médico jefe. Y añadió que en el este de África existía un hombre-simio, con el que sorprendentemente existía compatibilidad genética. Según Enki,  lo que hacía falta era efectuar mejoras genéticas a este ser, dándole algunos de los genes de los anunnaki. Entonces, se convertirá en una criatura a imagen y semejanza de los anunnaki (de los “dioses”), capaz de utilizar herramientas y lo suficientemente inteligente como para obedecer e interpretar órdenes. Y así fue como se creó el LULU AMELU, el «trabajador mezclado», por medio de la manipulación genética y la fertilización del óvulo de una mujer-simio en una probeta de laboratorio. Pero los híbridos no podían procrear y las mujeres anunnaki tenían que hacer de diosas del nacimiento en cada ocasión, por lo que Enki y Ninharsag fueron perfeccionando a los híbridos hasta que lograron el modelo perfecto, y le llamaron Adam, «el de la Tierra». Con estos esclavos creados pudieron producir oro en abundancia. Los siete asentamientos se convirtieron en ciudades, y los anunnaki, que en aquel tiempo eran solo 600 en la Tierra y 300 en las estaciones orbitales, se acostumbraron a una vida cómoda.  

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La noción de que la humanidad fue creada por algún tipo de manipulación genética extraterrestre es la base actual de las historias de la creación, encontradas en los registros Sumerios antiguos y en posteriores escritos Hebreos. Esta idea es planteada en detalle en la obra de Zacarías Sitchin, quien utiliza los registros sumerios para argumentar que el moderno Homo-Sapiens fue creado por seres del espacio exterior llamados “Nefilim“.  Basándose en las tablillas sumerias, Sitchin cree que los Nefilim crearon a los humanos mediante la modificación genética del Homo-Erectus. El Homo erectus era un homínido extinto, que vivió entre hace 1,8 millones de años y 300.000 años, durante el Pleistoceno inferior y medio. El Pleistoceno es una división de la escala temporal geológica y representa una época geológica que comienza hace 2,59 millones de años y finaliza aproximadamente 10.000 años a.C., precedida por el Plioceno y seguida por el Holoceno. Es la sexta época de la Era Cenozoica y la más antigua de las dos que componen el Período cuaternario. El término pleistoceno deriva del griego πλεῖστος (pleistos “lo más”) y καινός (kainos “nuevo”). El Pleistoceno se corresponde con el conocido como  Paleolítico arqueológico. El Pleistoceno abarca las últimas glaciaciones, hasta el episodio Dryas Reciente incluido. El final del Dryas Reciente ha sido fechado aproximadamente en el 9600 a.C. El Dryas Reciente o Joven Dryas (en inglés Younger Dryas) fue una fase de enfriamiento climático que duró unos 1300 años, y que podemos situar a finales del Pleistoceno, entre 12.700 y 11.500 años atrás, curiosamente coincidente con la época de la posible desaparición de la Atlántida. Toma su nombre de la flor alpina Dryas octopetala. Hay indicios del impacto del cometa Clovis hace unos 12.900 años en América del Norte que, según una hipótesis reciente, podría haber iniciado el enfriamiento del Dryas Reciente.

El Dryas Reciente significó un rápido regreso a las condiciones glaciares en las latitudes más altas del Hemisferio Norte. Esto contrasta con el calentamiento del deshielo que tuvo lugar en el periodo anterior. Estas transiciones duraron aproximadamente una década. Las informaciones obtenidas de isótopos térmicamente fraccionados de nitrógeno y argón provenientes de núcleos de hielo de Groenlandia, indican que esta isla era unos 15  C más fría que en la actualidad. En las islas Británicas, los fósiles de escarabajos indican un descenso de las temperaturas medias anuales de 5  C y las condiciones periglaciares prevalecían en las tierras bajas y los glaciares en las tierras altas. Desde entonces, no ha habido ningún periodo de cambio climático abrupto tan grande, extendido o rápido. Los Homo erectus clásicos habitaron en Asia oriental (China, Indonesia). En África se han hallado restos de fósiles afines que con frecuencia se incluyen en otra especie, el Homo ergaster. También en Europa, diversos restos fósiles han sido clasificados como Homo erectus, aunque la tendencia actual es la de reservar el nombre Homo erectus para los fósiles asiáticos. El volumen craneal era muy variable, aumentando a lo largo de su dilatada historia. Tenía una capacidad mayor que la del Homo habilis y que la del Homo georgicus encontrado en Dmanisi. Los primeros restos que se encontraron del Hombre de Java muestran una capacidad craneal de 850 cm3, mientras que los que se encontraron posteriormente llegan a los 1100 cm3.  Poseía un marcado toro supraorbitario y una fuerte mandíbula sin mentón, pero de dientes relativamente pequeños. Presentaba un mayor dimorfismo sexual que en el hombre moderno. Era muy robusto y tenía una talla elevada, hasta 1,80 m de medida. La industria lítica que producía pertenece principalmente al Achelense y probablemente dominaba el fuego.

La idea de que la humanidad es el producto de una ingeniería genética, conducida por extraterrestres provenientes de alguna parte, fuera de nuestro pequeño planeta, desafía tanto a la evolución darwiniana como al creacionismo basado en un Dios creador. El cristianismo proclama que un supuesto todopoderoso Dios creó a nuestros primeros padres del “barro”, de manera parecida a como el alfarero moldea la arcilla. Sólo cuando Adán y Eva rompen con las reglas de su creador son sujetos al dolor, la enfermedad y la muerte. Por desobedecer a este Dios también condenaron a su descendencia, o sea a toda la humanidad, a ser pecadores. El cristianismo deriva su relato sobre Adán y Eva del primer libro de la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento: el Génesis. Si interpretamos la Biblia literalmente, asumiendo que se trata de un documento histórico e infalible, se nos presenta un Dios (Jehovah o Yahvé) que se muestra como celoso, colérico y vengativo. El temor del “Señor” (Jehovah) aparece enfatizado constantemente a través del Antiguo Testamento. Se espera de Él que recompense a aquellos que lo adoran y que mantienen la observancia de la ley ritual, gratificando sus deseos mundanos con posesiones materiales y poder. No se puede dejar de notar que este Dios se asemeja grandemente a los caprichosos dioses sumerios y, posteriormente, a los dioses griegos. De acuerdo al Génesis, este Dios tan “humano”  desconocía que los seres humanos habían echado a perder su creación al comer la “fruta prohibida“. Después de esto, habiendo expulsado a la primera pareja humana del Paraíso, amenazó a sus descendientes con su cólera hasta el día en que ahogó al mundo entero con un diluvio. Este Dios Jehovah, como el historiador Gibbon observa en su obra “The Decline and Fall of the Roman Empire” (Declinación y caída del Imperio Romano) es un “ser propenso a la pasión y al error, caprichoso a su favor, implacable en su resentimiento, celoso de su supersticiosa adoración, y confinando su providencia parcial a una simple persona y a su transitoria vida“.

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Hay algunas referencias de la vida disoluta en los mitos sobre el Olimpo de los dioses griegos, que son los mismos que los dioses sumerios. Y algunos, a pesar de las instrucciones de Enlil, tomaron por esposas a las hijas del hombre y tuvieron hijos con ellas. De ello hay también referencias en el Génesis. Y hasta aquí esta breve introducción mitológica sobre el posible origen del Homo sapiens sapiens, que puede ser útil para entender lo que indicamos en este artículo. Pero ahora veamos la historia del hombre en la Tierra, basada en el estudio de los fósiles y en la «historia convencional». La   pequeña   ciudad   de   Altdorf,   cerca   de   Nuremberg, Alemania,   no   aparece   en   la mayoría  de  las   enciclopedias  e  índices  geográficos,  que  incluyen  solamente la ciudad homónima y más conocida que hay en Suiza, donde Guillermo Tell disparó una flecha contra una manzana colocada en la cabeza de su hijo. A pesar   de   ello,   la   distingue   un   hecho   aún   más   notable.   Se   trata   del   lugar donde   el   hombre   moderno   concibió   la   sospecha   de   que   su   origen   podía remontarse a millones de años atrás. La   idea   hubiera   bastado   para   horrorizar   al   responsable   de   ello,   Johann Jakob   Scheuchzer,   ya   que   era   un   cristiano   devoto   que   creía   que   todas   las palabras   de   la   Biblia   son   literalmente   ciertas.  Y   fue,   al   tratar   de   probarlo, cuando   desencadenó   lo que   se   convertiría   en   la   paleontología moderna, la ciencia de los organismos antiguos extintos.  Johann Jakob Scheuchzer (1672 – 1733) fue un médico y naturalista suizo, conocido sobre todo por su interpretación de los fósiles como vestigios del diluvio universal. Hijo de un médico municipal, Scheuchzer nació en Zúrich. Comenzó sus estudios de medicina en Altdorf, y luego en Núremberg en 1692, para, en 1693, partir hacia Utrecht, donde obtiene su doctorado en 1694. Ese mismo año sigue los consejos de August Quirinus Rivinus, rector de la Universidad de Leipzig, y organiza una  expedición a los Alpes, recolectando flora. Finalizados sus estudios, no se producen vacantes en los cuatro médicos oficiales de Zúrich, por lo que, a fin de mejorar su currículo, trabaja en sociedades científicas y en las academias de la ciudad.  En 1695, al morir Johann Jakob Wagner, el médico del Orfelinato de Zúrich y que había sido el autor de una primera Historia naturalis Helvetiae (Zúrich 1689), ocupa su empleo. Al mismo tiempo es director de la Biblioteca Municipal y de la Cámara de Artes y de Ciencias naturales, por lo que se decide a explorar su pequeña patria, haciéndolo a partir de 1714. Equipado de un vasto y detallado catálogo, conteniendo más de 220 preguntas, se informa de conocimientos en toda Suiza sobre la naturaleza y las condiciones meteorológicas de las localidades donde habita cada especie. Sobre todo trabaja en la educación popular, refutando las leyendas populares.

Colin Henry Wilson (nacido el 26 de junio de 1931 en Leicester), es un escritor del Reino Unido, así como un destacado filósofo. Los principales temas de su obra son la criminalidad y el misticismo. Nacido y educado en Leicester, Reino Unido, dejó los estudios a los 16 años. Cuando tenía 24 años, publicó The Outsider (1956), que examina el papel del proscrito social en varias obras literarias y figuras culturales, donde examina a Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Ernest Hemingway, Hermann Hesse, Fyodor Dostoyevsky, William James, T. E. Lawrence, Vaslav Nijinsky y Vincent Van Gogh, y donde Wilson discute su percepción de la alienación social en su obra. El libro fue un éxito de ventas y ayudó a popularizar el existencialismo en Gran Bretaña. Sin embargo, el elogio de la crítica fue breve. Colin Wilson también ha escrito obras sobre temas metafísicos y ocultistas. En 1971 publicó The Occult: A History, realizando una exégesis de Aleister Crowley, G. I. Gurdjieff, Helena Petrovna Blavatsky, la cábala, la magia primitiva, Franz Anton Mesmer, Gregor Rasputin, Daniel Dunglas Home y Paracelso, entre otros. También escribió una biografía especialmente objetiva de Crowley: Aleister Crowley: The Nature of the Beast, así como biografías de Gurdjieff, C. G. Jung, Wilhem Reich, Rudolf Steiner, y P. D. Ouspensky. Originalmente Colin Wilson se concentró en el desarrollo de lo que llamaba la “Facultad X”, que incrementaba la percepción y proporcionaba habilidades como la telepatía o la percepción energética. En sus obras posteriores sugiere la posibilidad de la existencia de vida tras la muerte y de los espíritus, que personalmente analiza como miembro del “Ghost Club”. En 1996 escribió “From Atlantis to the Sphinx”, que en español se publicó con el título “El Mensaje Oculto De La Esfinge”, en el que me he basado principalmente para escribir este artículo.

De 1705 a 1707 Scheuchzer escribirá un resumen de los resultados de sus estudios en Seltsamen Naturgeschichten des Schweizer – Lands wochentliche Erzehlung, donde refuta la opinión de que ciertos organismos vivos eran pura obra del demonio. Escribe en 1701, para la educación popular, el primer libro de Física en lengua alemana, titulado Physica, oder Natur-Wissenschaft. De una importancia particular fueron sus primeras mediciones de altitud, sirviéndose de instrumentos barométricos en vez de usar los clásicos cálculos trigonométricos poco fiables. Por sus estudios de cristales de montaña, fue, junto con el médico municipal de Lucerna, Moritz Anton Kappeler, y su alumno Henri Hottinger, fundadores de la cristalografía moderna. Y sus observaciones sobre la meteorología le permitió extraer regularmente reportes meteorológicos.  Pero, ¿qué es la Paleontología? La Paleontología (del griego palaios = antiguo, onto = ser, logía =  tratado, estudio, ciencia) es la ciencia que estudia e interpreta el pasado de la vida sobre la Tierra a través de los fósiles. Se encuadra dentro de las Ciencias Naturales, posee un cuerpo de doctrina propio, y comparte fundamentos y métodos con la Geología y la Biología, con las que se integra estrechamente. Entre sus objetivos están, además de la reconstrucción de los seres que vivieron en el pasado, el estudio de su origen, de sus cambios en el tiempo (evolución y filogenia), de las relaciones entre ellos y con su entorno (paleoecología, evolución de la biosfera), de su distribución espacial y migraciones (paleobiogeografía), de las extinciones, de los procesos de fosilización (tafonomía), o de la correlación y datación de las rocas que los contienen (bioestratigrafía). La Paleontología permite entender la actual composición (biodiversidad) y distribución de los seres vivos sobre la Tierra (biogeografía), antes de la intervención humana. También ha aportado pruebas indispensables para la solución de dos de las más grandes controversias científicas del pasado siglo, tales como la evolución de los seres vivos y la deriva de los continentes. Y, de cara a nuestro futuro, ofrece herramientas para el análisis de cómo los cambios climáticos pueden afectar al conjunto de la biosfera. Tal como ya hemos dicho, Paleontología es la ciencia que se encarga del estudio de los fósiles, y es a través de estos que se puede obtener información acerca de las distintas eras geológicas. Permite conocer la flora y fauna de cada era. Como vamos a hacer referencias a las eras geológicas, hacemos un pequeño resumen.  La Era Azoica, que significa “sin vida”, es la más antigua. En ella no aparecen fósiles de plantas ni de animales. La Era Arcaica se calcula duró hasta hace unos 500 millones de años. En ella se produjeron grandes plegamientos y cataclismos que dieron origen a algunas de las principales cadenas de montañas. La actividad volcánica fue muy intensa en América y surgieron las cordilleras en Canadá. Los científicos creen que al final de este período aparecieron las primeras bacterias y algas en el mar.

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Luego tenemos la Era Primaria o Paleozoica, que significa “vida antigua”. En los primeros tiempos la vida estaba limitada al mar. Dominaban los invertebrados y también las medusas, gusanos, moluscos, caracoles y corales. Hace aproximadamente 350 millones de años aparecieron los primeros vertebrados: se trataba de peces cuyo cuerpo estaba cubierto por una coraza ósea.  En este período brotaron los primeros vegetales terrestres, como helechos y coníferas, y aparecieron los insectos, los primeros animales que abandonaban el mar, y los anfibios o batracios. Le sigue la Era Secundaria o Mesozoica, que es la edad de los dinosaurios y se extiende desde unos 200 millones hasta 70 millones de años antes de nuestros días. Comenzó con una intensa actividad volcánica y se formaron los bosques petrificados de Arizona. Luego Europa fue invadida por los océanos, lo mismo que grandes extensiones de América y África. Aparecen los primeros reptiles, que en esta edad alcanzaron extraordinario desarrollo y tamaño gigantesco, como los dinosaurios. Algunos reptiles aprendieron a volar, corno el ranforrinco, que era semejante al murciélago. Al final de la era evolucionaron las plantas con flores, llamadas angiospermas, y se diversificaron por todo el mundo. Se extinguieron los dinosaurios y comenzó la gran diversificación de los mamíferos. A continuación tenemos la Era Terciaria o Cenozoica, o edad de los mamíferos,  se extiende hasta un millón de años antes de nuestros días. La intensa actividad orogénica dio origen a cordilleras tan importantes como los Andes, los Alpes y el Himalaya. Es la edad de los mamíferos, que si bien aparecieron en la era anterior, adquirieron en ésta mayor relevancia y una gran área de dispersión. También surgieron los tipos actuales de árboles. Por último tenemos la Era Cuaternaria, que es la actual. Los glaciares cubrieron la cuarta parte de la superficie terrestre, y el clima era muy frío. En esta era se supone que aparece el hombre, que convivió con animales feroces y corpulentos como el mamut, el mastodonte, el tigre de dientes afilados, entre otros. Su aspecto era semejante a los simios, ya que así lo demuestran las mandíbulas y otros restos encontrados. Al final de la última glaciación, hace unos 30.000 años, apareció el hombre de Cro-Magnon u Horno Sapiens, que habitaba en cuevas, y que lenta pero constantemente va creando su cultura e imponiéndose al medio quo le rodea. Cinco mil millones de años e infinitos acontecimientos que ningún mortal puede abarcar constituyen la maravillosa historia terrestre.

Y, ¿qué es un fósil? En geología, fósil es un término usado para describir cualquier evidencia directa de un organismo con más de 10.000 años de antigüedad.  Un fósil puede consistir en una estructura original, por ejemplo un hueso, en el que las partes porosas han sido rellenadas con minerales, como carbonato de calcio o sílice, y depositados por aguas subterráneas. Este proceso protege al hueso de la acción del aire y le da un aspecto de piedra. Un fósil puede ser también una sustancia diferente, como la madera, cuyas moléculas han sido reemplazadas por materia mineral.  El término puede ser aplicado en un sentido más amplio a cualquier residuo de carbono que permanezca con la misma forma que el organismo original, el cual habría experimentado probablemente un proceso de destilación; este es el caso de muchos fósiles de helechos. Los moldes naturales formados tras la disolución por las aguas subterráneas de las partes duras de algunos organismos también son fósiles; las cavidades resultantes se rellenan más tarde de sedimentos endurecidos que forman réplicas del original.  Otros tipos incluyen huellas, restos intactos conservados en terrenos congelados, en lagos de asfalto y en turberas, insectos atrapados en la resina endurecida de antiguas coníferas, que en la actualidad se denomina ámbar, y excrementos fosilizados conocidos como coprolitos, que suelen contener escamas de peces y otras partes duras de animales devorados. Los estromatolitos son montículos formados por láminas de roca que contienen grandes cantidades de fósiles primitivos y los restos más antiguos de la existencia de vida en el planeta. Se consideran signos de actividad microbiana, concretamente, de sedimentos y sustancias que fueron utilizadas y transformadas por numerosos microbios. Los fósiles suministran un registro del cambio evolutivo a lo largo de 3.000 millones de años en la escala de tiempos geológicos. Aunque los organismos multicelulares han podido ser abundantes en los mares que existían en el precámbrico -hace 4.600 millones de años- eran exclusivamente criaturas con cuerpos blandos, incapaces de crear fósiles. Por lo tanto, la vida precámbrica apenas ha dejado rastro. El registro fósil se enriqueció mucho más cuando aparecieron las cubiertas duras y los cuerpos con esqueleto al comienzo de la era paleozoica, hace 570 millones de años. Los geólogos del siglo XIX utilizaron esta riqueza fósil para establecer una cronología de los últimos 500 millones de años.

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En la actualidad se ha planteado la utilización de los fósiles estromatolitos como única prueba de una actividad biológica prehistórica. Según un informe publicado en la revista Nature, estos fósiles tienen una antigüedad de 3.500 millones de años, primera fecha que dan los geólogos para la existencia de vida en la Tierra. Según un artículo que acompaña al informe, se han encontrado restos de microbios en los estromatolitos de hace 3.500 millones de años, demostrando así que existía vida en la Tierra hace tantos millones de años. Sin embargo, se plantean algunas dudas sobre el hecho de que todos los estromatolitos contengan pruebas de esa vida.  En el año 1705 Scheuchzer estaba dando un paseo  con  un  amigo llamado Langhans.   Ambos   jóvenes   eran   estudiantes   y   habían   subido   a   la Colina   de   la   Horca,   en   cuya   cima   se   alzaba   el   patíbulo   de   la   ciudad,   y   se  habían detenido para contemplar el paisaje que les rodeaba, con sus campos de   lúpulos   iluminados   por   la   luz   dorada   de   crepúsculo.   Entonces   una   roca grande que había a sus pies llamó la atención de Scheuchzer. La roca era de color  gris,  pero  en ella  se  veían claramente  varias  vértebras  de  color  negro. Scheuchzer la señaló. “-¡Mira!   ¡He   aquí   la   prueba   de   que   la   inundación   de   que   habla   la   Biblia realmente tuvo lugar! Esta espina dorsal es humana”. Langham inspeccionó la roca con expresión de desagrado: “Estoy   seguro   de   que   es   algún   pobre   diablo   al   que   ahorcaron   hace siglos. ¡Por el amor de Dios, déjala en el suelo!”. Y   de   un   manotazo   hizo   caer   la   roca   que   Scheuchzer   acababa   de recoger   y   que   cayó   dando   botes   colina   abajo,   chocó   con   otra   y   se   hizo añicos. Scheuchzer profirió un aullido de angustia y salió corriendo tras ella. El choque había esparcido fragmentos de roca gris por una zona muy amplia y   Scheuchzer   tuvo   que   escarbar   en   el   polvo   durante   unos   cuantos   minutos antes   de   encontrar   dos   de   las   vértebras   ennegrecidas.   Respirando   con dificultad, volvió a subir con ellas hasta el patíbulo: “¡Mira,  huesos  humanos!  Y  tú  has  visto que estaban dentro  de  la roca. ¿Cómo   podrían   los   huesos   de   un   ahorcado   meterse   dentro   de   una   roca? Estos huesos han estado aquí durante millones de años, desde la inundación de Noé”.”¿Por qué son negros?”.Porque son de uno de los pecadores a los que Dios pensaba destruir, como a los habitantes de Sodoma”.

Sin  hacer caso de las protestas de su amigo, Scheuchzer   metió   las vértebras en los espaciosos bolsillos de su levita. Era su levita de doctor y le gustaba   ponérsela   cuando   salía   a   pasear,   porque   a   menudo   recogía fragmentos de huesos viejos o de pedernal, para sumarlos a su colección de cosas sueltas que supuestamente probaban la veracidad de la Biblia. Cinco   años   más   tarde,   convertido   ya   en   principal   médico   de   Zurich   y canónigo   de   la   Iglesia,   Scheuchzer   escribió   un   folleto   con   la intención   de probar   que   la   inundación   bíblica   había   ocurrido   realmente.   Señalaba   que  se habían encontrado, en lugares situados cientos de kilómetros en el interior,  muchas  rocas  con fósiles en forma  de  pez  en su interior. Y argüía que habían quedado allí al bajar las aguas del diluvio. Luego procedía a describir las dos vértebras que   había   encontrado   en   la   Colina   de   la   Horca,   empotradas   en   una   piedra.  La pregunta evidente era ¿cómo se habían metido aquellos peces en la piedra? El folleto causó un gran revuelo y los clérigos lo citaron desde el púlpito para   probar   que   lo   que   decía   la   Biblia   era   verdad.   Pero   la   reacción   de   los científicos fue hostil. Los fósiles eran algo que se conocía desde hacía siglos y un docto árabe llamado Avicena había escrito sobre ellos hacia el año 1000,  explicando que eran literalmente fenómenos de una naturaleza traviesa que  disfrutaba imitando  formas vivas, del mismo modo que las nubes imitan rostros. Avicena (980 –1037) fue un médico, filósofo y científico persa. Escribió cerca de cuatrocientos cincuenta libros sobre diferentes temas, predominantemente de filosofía y medicina. Sus textos más famosos son El libro de la curación y El canon de medicina, también conocido como Canon de Avicena. Sus discípulos le llamaban Cheikh el-Raïs, es decir ‘príncipe de los sabios’. Es asimismo uno de los principales médicos de todos los tiempos. Avicena, o Ibn Siná, como fue llamado en persa, nació en Afshana, provincia de Jorasán, Tranxosiana, actualmente en Uzbequistán. Sus padres eran musulmanes. Al parecer fue precoz en su interés por las ciencias naturales y la medicina. Tanto que a los catorce años estudiaba solo. Se le envió a estudiar cálculo con un mercader, al-Natili. Tenía buena memoria y podía recitar todo el Corán. Cuando su padre fue nombrado funcionario, lo acompañó a Bujara, entonces capital de los Samaníes, y allí estudió los saberes de la época, tales como física, matemáticas, filosofía, lógica y el Corán. Se vio influido por un tratado de al-Farabi, que le permitió superar las dificultades que encontró en el estudio de la Metafísica de Aristóteles. Esta precocidad en los estudios también se reflejó en una precocidad en la carrera, pues a los dieciséis años ya dirigía a médicos famosos y a los diecisiete gozaba de fama como médico por salvar la vida del emir Nuh ibn Mansur.

El genio florentino Leonardo da Vinci (1452 – 1519), que a menudo desenterraba   fósiles   mientras   dirigía   la   construcción   de   canales,   había   sugerido que eran los restos de animales vivos, pero nadie había tomado en serio sus palabras.   Ahora   los   científicos   decían   que   las   vértebras   de   Scheuchzer   en realidad eran pedazos de roca. Pero   lo   que   más   enfureció   a   Scheuchzer   fue   un   libro   publicado   poco antes   por  un  mineralogista   llamado   John   Bajer,   que   contenía   un   grabado   en el   que   podían   verse   algunas   vértebras   exactamente   iguales   a   las   que   él había   descubierto   debajo   del   patíbulo   de   Altdorf.   Y   Bajer   había   dicho   que eran vértebras de pez. Scheuchzer publicó un folleto atacando a Bajer, pero éste siguió opinando lo mismo. Transcurriría más de un siglo antes de que la ciencia demostrara que ambos se equivocaban y procediera a identificar los huesos,   que   resultaron   ser   de   ictiosaurio,   especie   de   cocodrilo   prehistórico que floreció en el período jurásico, hace unos doscientos millones de años. Scheuchzer estaba decidido a probar que los fósiles eran los huesos de víctimas de la inundación bíblica y tenía numerosos discípulos que se hacían llamar «inundacionistas» o «diluvianos». Dieciséis años después, en 1726, los   «inundacionistas»   salieron   triunfantes   al   presentar   Scheuchzer   una prueba concluyente de la realidad de la inundación. La prueba era una piedra caliza procedente de las canteras de Oningen, en Baden, y contenía algunos restos   indiscutiblemente   humanoides,   con   un   cráneo   casi   completo,   una espina dorsal y un hueso pelviano. También el folleto que hablaba de ello fue un gran éxito de venta. Y también en esta ocasión el tiempo demostraría que Scheuchzer   se   había   equivocado.   Mucho   después   de   su   muerte   se comprobó   que   su   esqueleto   de   ser   humano   primitivo   correspondía   en realidad a un lagarto. Sin   embargo,   había   tenido   su   utilidad.   El   folleto   de   Scheuchzer   había dado pábulo a un debate general y aumentó el número de sus partidarios. La mayoría   de   ellos   estaban   de   acuerdo   con   el   arzobispo   James   Ussher,   que en tiempos de Jacobo I había calculado que el mundo fue creado en  el 4004 a. de C. Decía que había sumado todas las fechas que se citan en la Biblia  y habían construido toda suerte de seres asombrosos utilizando los huesos y fragmentos   que   desenterraban,   entre   ellos   un   unicornio   y   un   dragón.   Pero algunos   cayeron   en   la   cuenta   de   que,   a   menudo,   los fósiles encontrados a distintas profundidades eran muy diferentes unos de otros,   lo   cual   parecía   indicar   que   los   seres   podían   cambiar   de   una   edad   a otra.

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Scheuchzer   murió   en   1733,   a   la   edad   de   61   años,   todavía   totalmente convencido  de  que  la   Biblia  contenía   la   historia   completa   de   la   creación.   De hecho,   la   mayor   parte   del   mundo   cristiano   de   su   tiempo   estaba   convencido de   ello.   Sin   embargo,   incluso   en   los   comienzos   del   siglo   XVIII,   un   hombre notable y genial había comprendido la verdad. Se llamaba Benoît de Maillet (1656-1738) y fue un diplomático y naturalista francés que realizó diversas campañas de estudio de la geología de los países donde trabajó. Su forma de pensar fue adelantada a su época, y su visión de las ciencias y de la religión estuvo a punto de costarle algún disgusto. Benoit de Maillet introdujo conceptos e ideas que posteriormente fueron analizados por otros naturalistas que buscaban respuestas en la naturaleza. Muchos de sus argumentos nos pueden parecer actualmente simplistas y equivocados, sin embargo otros fueron rompedores para su época y supusieron los primeros escalones hacia la comprensión del origen de la biodiversidad de nuestro planeta. En ese sentido sugirió un origen diferente a la Creación para la Tierra, apuntando que ésta, así como los organismos que la pueblan, evolucionó a lo largo de un largo período de tiempo.  Benoît de Maillet nunca asistió a la universidad, pero recibió una excelente educación en temas clásicos. Sin embargo pronto empezó a mostrar gran afición por la geología y las ciencias naturales, aprovechando sus viajes para realizar diferentes estudios de campo.  Su principal obra titulada “Telliamed”, que es su propio nombre “de Maillet”  escrito al revés,  es un intento de reconciliar su visión del mundo con la Iglesia Católica. Esta obra está muy alejada de una interpretación literal de las Escrituras, lo que explica que se publicara después de su muerte, en un intento de evitarse riesgos. Dentro de su visión del mundo empieza por mostrarnos que la Tierra no pudo ser creada en un instante porque los eventos que se observan en su corteza indican un lento progreso debido a procesos naturales. Llegó a esas conclusiones después de estudiar la geología de Egipto y otros países del Mediterráneo. Se basó fundamentalmente en la sedimentación, excluyendo otros procesos geológicos importantes como los agentes geomorfológicos, exceptuando la erosión. El texto parece moderno cuando trata la sedimentación, pero parece un relato fantástico cuando se ocupa de otros temas, ya que no acaba de entender las diferencias entre los principales tipos de rocas que componen la corteza terrestre.

Benoît de Maillet afirmó que las criaturas terrestres derivan de organismos acuáticos. Fue capaz de reconocer la verdadera naturaleza de los fósiles, al contemplar fósiles de organismos marinos incrustados en rocas sedimentarias situadas muy por encima del nivel del mar. No interpretó que los continentes podían elevarse, sino que afirmó que la Tierra tuvo que estar completamente cubierta por agua, tal como sugirió René Descartes (1596 – 1650), importante filósofo, matemático y físico francés,  y como,  poco a poco, el agua iba disminuyendo su profundidad. Calculó que el ritmo de bajada de las aguas era de unas 3 pulgadas por siglo, a partir de regiones que antes estaban inundadas y ahora se localizan sobre el nivel del mar. Extrapolando esto a la altura de las montañas calculó que la Tierra debía de tener unos 2.400 millones de años y que estuvo totalmente cubierta de agua hace unos 2.000 millones de años. A pesar de lo aparentemente disparatado de esta idea, contiene algunos aspectos novedosos e interesantes. Señaló la importancia de aquellos procesos que operan lentamente a lo largo de mucho tiempo sobre la formación del relieve del planeta. Introdujo la idea de que la Tierra debía de tener miles de millones de años de antigüedad, idea que tardó más de un siglo en ser aceptada. También es interesante su hipótesis de que los organismos terrestres proceden de otros acuáticos, aunque no atinó a establecer una línea evolutiva coherente. Introdujo también la idea de panspermia, aunque no le puso nombre, al postular que el espacio estaba lleno de esporas invisibles capaces de sembrar de vida en diferentes mundos. Quizás una de sus contribuciones más importantes, y que fue tenida en cuenta por naturalistas posteriores, sea la que dice que los estratos sedimentarios que se localizan en las zonas más profundas contienen restos de animales que hoy ya no se encuentran sobre nuestro planeta.  En cuanto al origen del hombre afirmó que éste tenía un origen natural, como cualquier otro ser vivo, llegando a postular que derivaba de organismos marinos. Pero Benoît de Maillet decidió   no   publicar   el   libro   mientras   viviera,   no   fuese   a   perjudicar   su reputación   de   funcionario   del   gobierno.   Apareció   once   años   después   de   su muerte, en 1749. Pero el manuscrito lo habían leído muchas personas cultas y   había  sido   muy  comentado.  A  Benoît de Maillet, cuyo   nombre  ha  caído  desgraciadamente en  el  olvido, se le debería considerar el verdadero creador de la teoría de la evolución.

François Marie Arouet, más conocido como Voltaire (1694 –1778) fue un escritor, historiador, filósofo y abogado francés que figura como uno de los principales representantes de la Ilustración, un período que enfatizó el poder de la razón humana, de la ciencia y el respeto hacia la humanidad. En 1746 Voltaire fue elegido miembro de la Academia francesa en la que ocupó el asiento con el enigmático número 33, que parece indicar una vinculación masónica. Voltaire alcanzó la celebridad gracias a sus escritos literarios y sobre todo filosóficos. Voltaire no ve oposición entre una sociedad alienante y un individuo oprimido, idea defendida por Jean-Jacques Rousseau, sino que cree en un sentimiento universal e innato de la justicia, que tiene que reflejarse en las leyes de todas las sociedades. La vida en común exige una convención, un «pacto social» para preservar el interés de cada uno. El instinto y la razón del individuo le lleva a respetar y promover tal pacto. El propósito de la moral es enseñarnos los principios de esta convivencia fructífera. La labor del hombre es tomar su destino en sus manos y mejorar su condición mediante la ciencia y la técnica, y embellecer su vida gracias a las artes. Como se ve, su filosofía práctica prescinde de Dios, aunque Voltaire no era ateo. Como el reloj presupone un relojero, el universo implica la existencia de un «eterno geómetra», ya que Voltaire era deísta. Sin embargo, no creía en la intervención divina en los asuntos humanos y denunciaba el providencialismo en su cuento filosófico Cándido o el optimismo (1759). Fue un ferviente opositor de la Iglesia católica, símbolo según él de la intolerancia y de la injusticia. Se empeñó en luchar contra los errores judiciales y en ayudar a sus víctimas. Voltaire se convierte en el modelo para la burguesía liberal y anticlerical y en la pesadilla de los religiosos. Asimismo Voltaire ha pasado a la Historia por acuñar el concepto de tolerancia religiosa. Fue un incansable luchador contra la intolerancia y la superstición y siempre defendió la convivencia pacífica entre personas de distintas creencias y religiones.

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Sus escritos siempre se caracterizaron por la llaneza del lenguaje, huyendo de cualquier tipo de grandilocuencia. Maestro de la ironía, la utilizó siempre para defenderse de sus enemigos, de los que en ocasiones hacía burla demostrando en todo momento un finísimo sentido del humor. Son conocidas sus discrepancias con Montesquieu acerca del derecho de los pueblos a la guerra, y el despiadado modo que tenía de referirse a Rousseau, achacándole sensiblería e hipocresía.  Pero contradiciendo su proclamada tolerancia, Voltaire   se   burló   de   la   teoría   de   Benoît de Maillet,   como   también   se   burló   de   la idea   de  que   los   fósiles   fuesen  los   restos   de  organismos   prehistóricos.   Opinaba, erróneamente,  que   los   fósiles   de   peces   encontrados   en   las   montañas   eran   los   restos   de comida   que   habían   dejado   allí   los   viajeros.   No   intentó   explicar   por   qué   las espinas se habían fosilizado en lugar de pudrirse. Lamentablemente, el tipo de escepticismo de Voltaire estaba muy extendido a finales del siglo XVIII. No   obstante,   las   cosas   iban   cambiando   poco   a   poco.   En   1780,   un médico   militar   alemán,   llamado   Friedrich   Hoffmann,   estaba   caminando   por   el interior de una mina de creta cerca de Maastricht, en Holanda, cuando vio un gigantesco   cráneo   de   «dragón»   incrustado  en   la   creta.  En realidad había   descubierto   el   primer cráneo  de  dinosaurio.  Hoffmann  ordenó  que  sacaran  el  cráneo  de  la  mina y lo llevasen al museo Teyler de Haarlem, donde causó sensación. Hoffmann y sus   colegas   científicos   decidieron   que   era   un   «saurio».  Por   desgracia,   a Hoffmann   se   le   había   olvidado   pedir   permiso   al   propietario   de   la   mina,   un sacerdote   llamado   Godin,   para   sacar   el   cráneo.   Godin   entabló   una demanda   para   que   se   lo   devolvieran   y   la   ganó.   Al   verse   privado   de   aquel descubrimiento,   que   hacía   época,   Hoffmann   se   sumió   en   una   depresión   y murió. Godin, que, por lo visto, era un personaje sumamente desagradable, guardó el cráneo bajo llave y se negó a permitir que los científicos lo examinasen. Pero en 1794 los franceses invadieron el país y, con gran disgusto de Godin,   se   apoderaron   del   cráneo,   aunque   su   propietario   hizo   cuanto   pudo por   esconderlo.   Los   franceses   lo   mandaron   al   Jardin   des   Plantes   de   París, donde lo estudió el gran naturalista Georges Cuvier.

Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier,  barón de Cuvier (1769 –1832) fue un gran naturalista francés. Fue el primer gran promotor de la anatomía comparada y de la paleontología. Ocupó diferentes puestos de importancia en la educación nacional francesa en la época de Napoleón y, tras la restauración de los Borbones, fue nombrado profesor de anatomía comparada del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, en París. Partiendo de su concepción funcional del organismo, Cuvier investigó la permanencia de las grandes funciones fisiológicas en la diversidad de las especies. Este “principio de correlación” actuaba como hilo conductor tanto de la anatomía comparada como de la paleontología. Así -señalaba Cuvier- la depredación implica un cierto tipo de dentición, un tubo digestivo capaz de asimilar la carne y miembros que permitan una locomoción adaptada a esa dieta. Cuvier fue el primer naturalista en clasificar el reino animal desde el punto de vista estructural o morfológico que, no obstante, estaba completamente subordinado a la función. Su obra más importante fue el Regne animal distribué d’après son organisation (“Reino animal distribuido a partir de su organización“), que apareció en cuatro volúmenes en su primera edición en 1817 y en cinco a partir de la segunda edición (1829-1830). Cuvier defendió el principio según el cual, teniendo en cuenta los datos proporcionados por la anatomía comparada, los animales debían ser agrupados en cuatro planes estructurales de organización (embranchements): vertebrados, moluscos, articulados y radiados. Cada uno de estos grupos se definía por una disposición particular de los sistemas esenciales, entre los cuales se encontraban, fundamentalmente, los núcleos vitales, a saber, el cerebro y el aparato circulatorio. El resto de los órganos puede variar dentro de cada plan corporal, siempre respetando el principio de correlación. Cuvier se oponía radicalmente al gradualismo, por lo que estos planes eran considerados irreductibles entre sí. Tanto su funcionalismo como su defensa de esta irreductibilidad le condujeron a una célebre polémica con Geoffroy Saint-Hilaire. Cuvier jugó un papel crucial en el desarrollo de la paleontología. Gracias a su principio de correlación fue capaz de reconstruir los esqueletos completos de animales fósiles.

Partiendo de sus observaciones paleontológicas, Cuvier elaboró una historia de la Tierra fundamentada en el fijismo y el catastrofismo. Así, concibió la historia geológica como una historia puntuada por revoluciones o catástrofes. En tales períodos se habría producido la extinción de las especies hasta entonces existentes y su sustitución por otras. Estas nuevas especies procederían de otras regiones del planeta que se habrían salvado de la catástrofe. Así explicaba Cuvier los vacíos estratigráficos del registro fósil, que no parecían permitir la inferencia de una continuidad de las formas orgánicas. Desde la perspectiva del catastrofismo, la edad de la Tierra no necesitaba ser excesivamente prolongada. De ahí que Cuvier abogara por sólo 6.000 años de antigüedad, lo que le enfrentó a Charles Lyell, cuyo gradualismo requería millones de años. Esta defensa de la constancia de las especies y su oposición al gradualismo enfrentaron a Cuvier con la corriente transformista iniciada por  Georges Louis Leclerc,  conde de  Buffon,  y desarrollada ampliamente por Jean-Baptiste Lamarck. Después del hallazgo del dinosaurio, por  parte de Friedrich   Hoffmann, todo el mundo se puso a excavar en busca de dinosaurios y se   desenterraron   muchos   huesos   antiguos.   Cuvier   se   convirtió   en   el   gran experto   en   especies  extintas  y   se  jactaba   de  poder  reconstruir  un   esqueleto entero   partiendo   de   un   solo  hueso.   Pero   ¿cómo  habían   desaparecido   todas aquellas   especies   de   la   faz   de   la   Tierra?   Según   Cuvier, que   tomó   la   teoría prestada   de   su   predecesor,   el conde de  Buffon,   la   respuesta   era   que   la   Tierra había   sufrido   una   serie   de   grandes   catástrofes, tales   como   inundaciones   y terremotos,   que   habían   exterminado   a   especies   enteras.   Entonces   la naturaleza   tuvo   que   empezar   otra   vez   desde   el   principio.   El   hombre   y   su primo,   el   mono,   habían   sido   fruto   de   la   última   etapa   de   creación,   desde   la última catástrofe… Esto   significaba que   Cuvier   se   oponía   totalmente   a   la teoría de la evolución de Benoît de Maillet, que empezaba a gozar de popularidad entre muchos   científicos   jóvenes   como,   por   ejemplo,   Geoffroy   Saint-Hilaire.   Las especies   no   «evolucionaron», sino que fueron   creadas   y   luego   aniquiladas   por   las catástrofes, como el dragón que descubriera Hoffmann. Después   de   explorar   varias   minas   británicas,   un   joven   inglés   llamado William   Smith   anunció   que   había   identificado   no   menos   de   treinta   y   dos «capas»   que   contenían   fósiles   y   a   las   que   dio   nombres   tales   como «carbonífera», «cretácea» y«devónica» . Y estas capas estaban definidas de manera   muy   clara.   No   se   encontraban   fósiles   devónicos   en   la   capa carbonífera.   Eso   parecía   significar   que   cada   época   geológica   terminó bruscamente, con una catástrofe. La Ciencia se estaba empezando a aproximar a la realidad.

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Es   cierto   que   Cuvier   se   sintió   preocupado   durante   un   tiempo   por   un descubrimiento   que   hizo   uno   de   sus   discípulos   más   fieles,   el   barón   Ernst Schlotheim,   en   1820.   Mientras   buscaba   entre  huesos   de   mamut   en Turingia, Alemania,  Schlotheim   encontró   dientes   humanos.   Según   Cuvier,   eso   era imposible   porque   los   mamuts   pertenecían   a   la   última   era   de   la   creación. Cuvier   explicó   en   son   tranquilizador   que   probablemente   algún   sepulturero había   enterrado   un   cadáver   en un  suelo   perteneciente   a   la   era   antediluviana. Schlotheim  profirió un  suspiro  de  alivio, ya que era demasiado  viejo  para  empezar a cambiar de parecer. Otros dos lotes de restos humanos aparecieron entre huesos de animales extintos. Y de nuevo Schlotheim se dejó persuadir de que era un fenómeno anormal. Pero en 1823 se halló un esqueleto humano, sin   cabeza,   en   estratos antiguos de Paviland, en el País de Gales. Como la tierra arcillosa  lo había manchado  de rojo, lo llamaron la Dama Roja de Paviland. Aunque de hecho resultó que era un esqueleto de hombre. Inspirado por el hallazgo, un clérigo llamado McEnery encontró   herramientas   antiguas   entre   huesos   de   mamut   en   Kent’s   Cavern, en   Devon.   Este   hallazgo   debería   haber   convencido   a   Cuvier   de   que   estaba equivocado.   Pero   Cuvier   quitó   importancia   a   los   descubrimientos,   como   si fueran fruto de la casualidad. No cabe duda de que Cuvier era un gran científico, pero también, como por desgracia ha pasado con tantos científicos,  era un dogmático   que   destruyó   la   carrera   de   su   colega,   el   profesor   Jean-Baptiste   Lamarck,   evolucionista   que   no   sólo   creía   que   las   especies evolucionan gradualmente, sino que evolucionan porque quieren. Cuvier tuvo la suerte de morir en 1832, justo antes de que la ciencia de la geología desacreditara temporalmente sus teorías catastrofistas, ya que justamente era la parte de su teoría que se demostraría cierta . El   responsable de este descredito de sus teorías catastrofistas  fue   un   abogado,   que   era   también   un   entusiasta   del estudio   de   la   geología,   Charles Lyell (1797 – 1875), abogado y geólogo británico, y uno de los fundadores de la Geología moderna.   Después   de   diez   años   de   estudiar detenidamente   la   corteza   de   la   Tierra,   sacó   la   conclusión   de   que   la cronología   del   arzobispo   Ussher, que   todavía   aceptaban   millones   de cristianos,    era   absurdamente   errónea   y   que   la   Tierra   se   había   formado   a   lo largo   de   millones   de   años.

Dada   esta   escala   de   tiempo,   que también se demostró cierta, opinaba que no   había   ninguna necesidad  de  catástrofes que  levantaran  montañas e inundasen  valles.  Todo podía   explicarse   diciendo   que   era   resultado   de   la   lenta   erosión.   Su   obra Principios de geología  (1830-1833) fue uno de los libros más trascendentales de la historia de la ciencia. Lyell sacó la conclusión de que la inundación de que   habla   la   Biblia   era   un   hecho  real,   pero   que   la   había   provocado   la  licuefacción   del   hielo   al   finalizar   la   última   de   las   grandes   glaciaciones,   hace unos quince mil años. Los glaciares habían labrado lentamente los paisajes a lo  largo de cientos de miles de años. Y  los fósiles  de  peces  encontrados en las   montañas   habían   estado   en   otro   tiempo   en   el   fondo   de   mares prehistóricos.   Lyell   encontró   oposición   por   parte   de   los   catastrofistas,   los diluvianos   y   los   fundamentalistas   religiosos,   pero   sus   puntos   de   vista acabaron imponiéndose poco a poco. La   teoría   de   la   historia   de   la   Tierra,   que   aparecería   gradualmente   a   lo largo de los siguientes años, nos dice que nuestra   Tierra   existe   desde   hace   unos   cuatro   mil   millones   y   medio   de años, pero durante los primeros mil millones fue una bola incandescente que se enfrió paulatinamente. En algún momento de los siguientes mil millones de años se desarrollaron   los   primeros   organismos   vivos   en   los   mares   calientes. Eran células diminutas que no nacían ni morían. Los primeros fósiles corresponden a estos organismos unicelulares que datan de hace tres mil millones y medio de años. Hace   sólo   630   millones   de   años,   aparecen   los   primeros   organismos verdaderamente vivos, organismos que pueden reproducirse y que pueden   permitirse   morir.   La   vida   creó   su   método   de   pasar   la   antorcha   a   la siguiente generación, que haría frente de nuevo a todos los viejos problemas. Pasaron   otros   cuarenta   millones   de   años   antes   de   que   aparecieran   en los   mares   los   primeros   organismos   invertebrados,   como,   por   ejemplo,  los trilobites.   Es   el   período   denominado   cámbrico, hace   unos   590   millones   de años,   y   fue   también   el   período   de   los   primeros   peces (para más información, ver artículo “Eras geológicas de la Tierra“).   Algunas   de   las primeras plantas hicieron igualmente su aparición en tierra.

En el período devónico, hace unos 408 millones de años, los peces que encontraban   el   mar   demasiado   peligroso   empezaron   a   salir   a   tierra   y   a convertirse   en   anfibios   al   transformarse   las   aletas   en   patas.   Los   reptiles aparecieron   en   los   períodos   carboníferos,   40   millones   de   años   más   tarde. Este primer gran período de la historia de la Tierra, llamado era paleozoica,  terminó con la era pérmica, hace 286 millones de años. El segundo de los tres grandes períodos, el mesozoico, es la era de los mamíferos,   luego   de   los   dinosaurios,   y   se   extiende   desde   hace   unos   250 millones   de   años   a   hace   sólo   65   millones.   Ahora   también   sabemos   que   la teoría catastrofista de Buffon y Cuvier no era del todo incorrecta. Parece ser que algún objeto grande procedente del espacio exterior chocó con la Tierra hace 65 millones de años y destruyó el 75 por ciento de los seres que vivían en   ella,   entre   ellos   los   dinosaurios.   Fuera   lo   que   fuese, tal   vez   un   inmenso meteoro, tal vez un cometa, o tal vez incluso un asteroide, probablemente llenó la   atmósfera   de   vapor   e   hizo   que   la   temperatura   subiera   lo   suficiente   para acabar   con   la   mayoría   de   los   seres   grandes.   De   no   ser   por   esta   catástrofe, parece que sería poco probable que existieran ahora seres humanos. Aunque existen algunas evidencias no oficiales de que, ya en aquella remota época, existían seres humanos. A los   comienzos   de   la   tercera   gran   era   de   la   historia   de   la Tierra, la   denominada   cenozoica,   existía   un   cálido   y   húmedo   mundo   de vastas   junglas   tropicales   que   llegaba   hasta   el   interior   de   la   Europa septentrional.   Sin   los   grandes   depredadores   carnívoros,  como,   por   ejemplo, el   tiranosaurio rex   y   los   gigantescos   murciélagos   dentados,   era   un   lugar bastante plácido, con pájaros de pluma, y roedores parecidos a la ardilla que saltaban   de   árbol   en   árbol   y   se   alimentaban   de   larvas   y   huevos   de   pájaro. Estos   roedores   no   ponían   huevos,   sino   que   eran   vivíparos   y   criaban   y protegían a sus crías, con lo cual incrementaban la tasa de supervivencia.

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A   mediados   de   la   era   cretácea, que   empezó   hace   alrededor   de   144 millones   de   años,   apareció   un   ser   minúsculo   semejante   a   la   musaraña   que probablemente   vivía   en   las   raíces   de   los   árboles   y   comía   insectos.   Las musarañas   son   animalillos   de   ferocidad   increíble, parecidos a diminutos ratones. Su corazón da 800 latidos por minuto y lo que comen diariamente equivale a varias veces el peso de su propio cuerpo, ya que al ser tan minúsculos no pueden retener el calor. En la pacífica era cenozoica que   siguió   a   la   cretácea,   estas   musarañas   tenían   ya   la   confianza   suficiente para subirse a los árboles, donde comían semillas y hojas tiernas y un nuevo elemento   evolutivo   llamado   «fruta».   En   los   árboles   les   salió   una   «mano», dotada de pulgar y cuatro dedos, que les permitía agarrarse a las ramas. Las musarañas   fueron   exterminadas   en   gran   número   por   sus   primos   los roedores,  que  tenían  unos  dientes  que  nunca  dejaban  de  crecer,   por  lo   que nunca   se   desgastaban.   Pero   sobrevivieron   en   África, o mejor   dicho   en   el inmenso   continente  que  a  la   sazón  abarcaba  África   y  América  del  Sur,   y  se convirtieron en monos, con ojos colocados uno al lado del otro, en vez de a ambos lados de la cabeza, gracias a lo cual calculaban mejor las distancias. Los seres humanos parece que somos descendientes de esta musaraña arborícola.  Una   gran   revolución   del   pensamiento   humano   se   produjo  porque,   en   diciembre   de   1831,   un   joven   naturalista   que   se llamaba   Charles   Darwin   zarpó   con   destino   a   América   del   Sur   en   un   barco llamado  Beagle. Curiosamente,   el   objetivo   principal   del   viaje   era   llevar   de   vuelta   a   su país  a   tres  nativos  de  piel   oscura  de  la  Tierra  del  Fuego,   situada  frente   a  la costa de América del Sur.

Charles Robert Darwin (1809 – 1882) fue un naturalista inglés que postuló que todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común mediante un proceso denominado selección natural. La evolución fue aceptada como un hecho, en vida de Darwin, por la comunidad científica y buena parte del público, mientras que su teoría de la evolución mediante selección natural no fue considerada como la explicación primaria del proceso evolutivo hasta la década de 1930. Actualmente constituye la base de la síntesis evolutiva moderna. Con sus modificaciones, los descubrimientos científicos de Darwin aún siguen siendo el acta fundacional de la biología como ciencia, puesto que constituyen una explicación lógica que unifica las observaciones sobre la diversidad de la vida. Con apenas 16 años Darwin ingresó en la Universidad de Edimburgo, aunque paulatinamente fue dejando de lado sus estudios de medicina para dedicarse a la investigación de los invertebrados marinos. Posteriormente, la Universidad de Cambridge dio alas a su pasión por las ciencias naturales. Intrigado por la distribución geográfica de la vida salvaje y por los fósiles que recolectó en su periplo, Darwin investigó sobre el hecho de la transmutación de las especies y concibió su teoría de la selección natural en 1838. Aunque discutió sus ideas con algunos naturalistas, necesitaba tiempo para realizar una investigación exhaustiva, y sus trabajos geológicos tenían prioridad. Se encontraba redactando su teoría en 1858 cuando Alfred Russel Wallace le envió un ensayo que describía la misma idea, urgiéndole Darwin a realizar una publicación conjunta de ambas teorías.  Su obra fundamental, El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida, publicada en 1859, estableció que la explicación de la diversidad que se observa en la naturaleza se debe a las modificaciones acumuladas por la evolución a lo largo de las sucesivas generaciones. Trató la evolución humana y la selección natural en su obra El origen del hombre y de la selección en relación al sexo y posteriormente en La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. También dedicó una serie de publicaciones a sus investigaciones en botánica, y su última obra abordó el tema de los vermes terrestres (un tipo de gusano) y sus efectos en la formación del suelo. Dos semanas antes de morir publicó un último y breve trabajo sobre un bivalvo diminuto encontrado en las patas de un escarabajo de agua en los Midlands ingleses. Dicho ejemplar le fue enviado por Walter Drawbridge Crick, abuelo paterno de Francis Crick, codescubridor junto a James Dewey Watson de la estructura molecular del ADN en 1953. Como reconocimiento a la excepcionalidad de sus trabajos, Darwin fue uno de los cinco personajes del siglo XIX no pertenecientes a la realeza del Reino Unido honrado con funerales de Estado, siendo sepultado en la Abadía de Westminster, próximo a John Herschel e Isaac Newton.

Volviendo al viaje de Darwin, el capitán del  Beagle,  Robert Fitzroy, un cristiano devoto pero partidario de la esclavitud,  había comprado los tres nativos  a bajo precio  y   pensaba   utilizarlos   como sirvientes no retribuidos en Inglaterra. Uno de los nativos era una muchacha pubescente   y   Fitzroy   la   había   comprado   porque   no   le   gustaba   nada   verla andar   desnuda.   Por   desgracia,   durante   la   travesía   marítima   se   había aprobado una ley contra la esclavitud y,  al  llegar  a  puerto, le ordenaron  con indignación   que   los   llevara   de   vuelta   a   su   tierra.   Y   para   que   la   expedición tuviera   algún   objetivo   práctico,   el   ministro   del   interior   decretó   que   les acompañara un científico que estudiaría la flora y la fauna sudamericanas. Al hombre   elegido   se   le   tenía   por   un   fracasado   en   la   vida.   A   sus   22   años   de edad,   Charles   Darwin   era   un   estudiante   de   medicina   fracasado   y  también un clérigo fracasado. Luego comprobó que disfrutaba con la zoología y la   botánica, por lo que  su   profesor   de   Cambridge   le   recomendó   para   cubrir   el   puesto en el  Beagle. Dio  la casualidad  de  que  Darwin  era también  un  buen liberal, que en  aquel tiempo se llamaban whigs,  y se mostró totalmente de acuerdo en que había que devolver a los tres nativos a su tierra. El capitán era un conservador de toda la vida y dijo al joven científico que era un sentimental. La carrera de la  vida la ganaban los más sanos y rápidos. Los fuertes sobrevivían, los débiles morían. Darwin no estaba seguro de que le gustase tal teoría. Pero la verdad es que   su   abuelo   Erasmus   Darwin   había   escrito   un   largo   poema   titulado   The  Temple   of   Nature   (1803),   en   el   que  argüía   que   toda   la   vida   había   tenido   su origen   en  los   mares.   Luego   había  pasado   a   la   Tierra,   donde   a   los   peces   les habían   salido   extremidades   y   se   habían   convertido   en   mamíferos.   Así   que, tal vez,   el   capitán   Fitzroy  tuviese  razón.   Quizá   la   competencia   era   la   causa   de que la especie mejorase lentamente. El   regreso   de   los   tres   nativos   a   la   Tierra   del   Fuego   reforzó   su   opinión. Uno de ellos, un joven al que habían puesto el nombre de York Minster, era fuerte y dominante   y   tardó   poco   en   sentirse   a   gusto   entre   sus   hermanos salvajes.   Pronto   se   olvidó   de   sus   costumbres   civilizadas   y   empezó a andar desnudo, lo cual disgustaba a un misionero llamado Matthews, al que habían enviado con el encargo de tratar de convertir a los nativos. También andaba desnuda la muchacha pubescente, a la que Fitzroy había dado el nombre de Fuegia. Pero el más joven y delicado de los nativos, al que llamaban Jemmy Button,   era   maltratado   y   golpeado   y   con   los   ojos   llenos   de   lágrimas   suplicó que   le   permitieran   volver   al   Beagle. 

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El   capitán   se   vio   obligado   a   decirle que   no   y   cuando   el   Beagle   se   hizo   a   la   mar   resultaba   más   que   obvio   que Jemmy   Button,   al   no   estar   protegido   por   las   barreras   artificiales   de   la   civilización, iba a tener una vida muy dura. Lo   mismo   le   ocurriría   a   Fuegia.   Diez   años   después,   un   barco   lleno   de cazadores   de   focas   hizo   escala   en   la   isla   y   Fuegia   se   apresuró   a   subir   a bordo   para   reanudar   el   trato   con   los   hombres   blancos.   A   éstos   les   costó creer   que   la   suerte   les   sonriera   de   aquel   modo   y   la   violaron   repetidamente hasta que la muchacha cayó agotada y estuvo a punto de morir. La siguiente vez   que   la   vieron   unos   observadores   británicos,   parecía   una   vieja.   Darwin nunca  se  enteró   de   lo  ocurrido,  pero,  de  haber  llegado  a   sus  oídos,   hubiera aumentado su convencimiento de que la naturaleza no había sido creada de acuerdo con principios liberales. Mientras   estudiaba   la   flora   y   la   fauna   de   Patagonia,   Darwin   encontró señales, a su parecer inconfundibles, de que Cuvier, que aún vivía,  se equivocaba en lo de las   catástrofes.   Encontró   los   huesos   de   seres   extintos   como,   por   ejemplo, megaterios (perezosos gigantes) y toxodontes, pero vio animales igualmente «prehistóricos», tales como armadillos y osos hormigueros que seguían vivos.   También   encontró   huesos   de   llamas   extintas   y   vio   ejemplares vivos   de   unas   llamas   extrañamente   parecidas   a   las   que   llamaban «guanacos».   Las   llamas   extintas   eran   más   pequeñas.   Pero   le   pareció   poco verosímil   que   Dios, o   la   naturaleza,   hubiese   exterminado   a   las   llamas antiguas y luego se hubiera tomado la molestia de crear otras mayores. ¿No parecía   más   probable   que   los   guanacos   hubieran   evolucionado   a   partir   de sus antepasadas extintas?   Fue al cabo de una docena de años, ya de vuelta en Inglaterra, cuando Darwin   encontró   un   libro   que   una   vez   más   le   hizo   pensar   en   la   falta   de piedad de la naturaleza cuando la dejaban hacer. El libro se titulaba   Ensayo  sobre   el   principio   de   la   población   (1798) que era   obra   del reverendo   Thomas   Malthus (1766 – 1834), clérigo anglicano y erudito británico,    y  que examinaba   la   historia   con   ojos   claramente pesimistas.   La   sociedad   no   asciende   hacia   la   prosperidad   y   el   liberalismo, porque la prosperidad da lugar a que sobrevivan más bebés, y el aumento de la población pronto sobrepasa al aumento de la prosperidad. La sociedad no va   hacia   arriba,   sino   hacia   abajo.   Más   adelante   Malthus   argüía   que   si queremos   hacer   algo   para   resolver   el   problema,   nosotros   mismos   debemos tratar de controlar la población. Pero en la naturaleza, por supuesto, no hay nadie   que   controle   el   crecimiento.   Así   que   se   produce   una   explosión   demográfica y los más débiles mueren de inanición.

Darwin reconoció que la verdad era que si cada pareja de mamíferos, aves  o   peces,   produce   más   de   dos   vástagos  y   éstos   también  producen  más de dos vástagos, la explosión demográfica resultante cubriría hasta el último centímetro habitable de la Tierra en el plazo de unas cuantas generaciones. La  muerte es  el  medio  que emplea la naturaleza  para  impedir  que  la  Tierra  se vea desbordada. Empezó   a   criar   animales   -perros,   conejos,   pollos,   palomas-   y   durante veinte   años   estudió   las   variaciones   que   se   producían   de   una   generación   a otra.   Eran   muchas   más   de   las   que   había   sospechado.   Sus   dudas   se disiparon.   Ahora   tenía   un   mecanismo   que   explicaba   la   evolución.   La naturaleza   producía   variaciones.   Las  especies  útiles   sobrevivían,   las   inútiles   se extinguían.   De   modo   que,   tal   como   supusiera   su   abuelo,   había   un   cambio   y una   mejora   constantes,   al   seguir   reproduciéndose   y   multiplicándose   las variaciones útiles. Darwin   no   tenía   ninguna   prisa   por   dar   a   conocer   estas   conclusiones revolucionarias.   Se   consideraba   a   sí   mismo   un   buen   cristiano   y   era consciente   de   que   los   resultados   de   sus   estudios   equivalían   a   un   rechazo decisivo   del   Libro   del   Génesis (ver artículo “Evolucionismo o Creacionismo, ¿dónde está la verdad?“).   Así   que   continuó   batallando   con   una   vasta obra  que esperaba   se   publicara   después   de   su   muerte.    Entonces,   en 1857 ,  estalló la bomba. Una carta de otro zoólogo, un ex maestro de escuela llamado   Alfred   Russell   Wallace (1823 –1913), naturalista, explorador, geógrafo, antropólogo y biólogo británico,   presentaba,   en   líneas  generales,   una teoría virtualmente idéntica a la suya. Darwin quedó anonadado y le pareció que había malgastado un cuarto de siglo de trabajo. Pensó que sería injusto si se interponía en el camino de Wallace. Pidió consejo a sir Charles Lyell, el autor   de   Principios   de   geología.   Lyell   le   aconsejó   que   lo  publicase simultáneamente   al   trabajo   de   Wallace, con   un   breve   resumen   de   sus   propias ideas.  Así lo  hizo  Darwin  en  la  revista  de  la Linnaean  Society.  Luego  emprendió la tarea de condensar la inmensa obra que había estado escribiendo durante años. Le llevó trece meses y se tituló  El origen de las especies por medio de  la   selección   natural. Al   publicarse,   en   noviembre   de   1859 provocó   el   mayor   escándalo intelectual   del   siglo   XIX.   Saltaba   a   la   vista   que   se   trataba   de   un   libro   muy serio   que   presentaba   una   abrumadora   masa   de   datos.   Sin   embargo,   sus conclusiones eran claramente contrarias a todos los principios religiosos que había tenido el hombre desde el comienzo de los tiempos. La diversidad de la naturaleza no era obra de Dios,  o de los dioses, sino fruto de un sencillo principio   mecánico:   la   supervivencia   de   los   mejor   dotados.   No   se mencionaba   al   hombre   para   nada   -excepto   un un  breve   comentario   en   la conclusión ,en el sentido de que «se arrojará luz sobre el origen del hombre y  su  historia».

Pero los  puntos de  vista  de Darwin  sobre  ese tema resultaban claros   en   el   resto   de su libro.   El   hombre   no   estaba   «hecho   a   imagen   de   Dios» y no tenía ningún lugar singular en la naturaleza. Era un animal como los otros, ni más ni menos, y probablemente descendía de algún tipo de mono. El científico   Thomas   Henry   Huxley,   que   escribió   su   reseña   para   The  Times,  lo  calificó   de   obra   maestra.   Thomas Henry Huxley (1825 – 1895) fue un biólogo británico, conocido como el Bulldog de Darwin por su defensa de la teoría de la evolución de Charles Darwin. Su famoso debate en 1860 con el obispo de Oxford, Samuel Wilberforce, fue un momento clave en la aceptación más amplia de la evolución, y para su propia carrera. Allí deslizó su mordaz frase “prefiero descender de un simio antes que de un obtuso como usted” cuando el obispo le preguntó si era heredero del mono por parte materna o paterna; aunque no está recogido lo que respondió de forma exacta, contestó algo así: “Si tuviera que elegir por antepasado entre un pobre mono y un hombre magníficamente dotado por la naturaleza y de gran influencia, que utiliza sus dones para ridiculizar una discusión científica y para desacreditar a quienes buscaran humildemente la verdad, preferiría descender del mono“. Se dice que el impacto de las palabras fue tal, que una señora presente en la sala se desmayó. Wilberforce fue entrenado por Richard Owen, con quien Huxley había debatido sobre si el hombre estaba estrechamente relacionado con los monos. Huxley aceptó lentamente algunas ideas de Darwin, como la del gradualismo. Y aunque no estaba muy decidido sobre la selección natural, apoyó públicamente a Darwin. Fue instrumental en el desarrollo de la educación científica en Gran Bretaña, y peleó en contra de las versiones más extremas de la tradición religiosa. Huxley usó el término ‘agnóstico‘ para describir su propia visión de la religión, un término cuyo uso ha sido continuado hasta la actualidad. Huxley se autoformó en casi todo lo que sabía. Brillantemente, se convirtió en quizás el mejor anatomista comparativo de la segunda mitad del siglo XIX. Trabajó primero con invertebrados, clarificando las relaciones entre grupos que previamente se conocían poco. Más tarde, trabajó con vertebrados, especialmente en la relación entre el hombre y los monos. Otra de sus conclusiones importantes fue que las aves evolucionaron de los dinosaurios, mayormente, los carnívoros pequeños (Theropoda). Esta idea es apoyada ampliamente hoy en día. Su trabajo en la anatomía ha sido eclipsado por su apoyo controvertido a favor de la evolución, y por su extenso trabajo público en la educación científica, que han tenido un efecto significativo en la sociedad británica y en todo el mundo.

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Nos resulta difícil comprender   el   efecto   que   tuvieron estos puntos de vista evolucionistas. Es verdad que Maillet, Erasmus Darwin y Lamarck ya habían   bosquejado algunas  teorías   de   la   evolución.   Pero   la   obra   de   Darwin   no equivalía   a   una   teoría.   Tuvo   todo   el   efecto   brutal   de   un   hecho   científico innegable.   Y   su   autor   parecía   estar   diciéndole   al   mundo   que   todos   sus credos religiosos eran estupideces. No había ninguna necesidad de que Dios interviniera   en   la   naturaleza.   Ésta   era una   máquina   gigantesca que producía especies nuevas. Pero el   propio   Darwin   se   oponía   a   esta   interpretación   «sin   alma»   de   sus ideas.   Después   de   todo,   una   máquina  de este tipo  la   habría   hecho   alguien. Darwin creía que sencillamente había descubierto   cómo   funcionan   los   mecanismos   de   la   evolución.   De   manera   intencionada   o   no,   Darwin   había   provocado   el cambio   intelectual   más   grande   de   la   historia   de   la   raza   humana.   El   hombre siempre   había   partido   de   la   base   de   que   él   era   el   centro   del   universo   y   de que   había   sido   creado   por   los   dioses.   Escudriñaba   los   cielos   giratorios   en busca   de   alguna   señal   del   designio   divino   y   escudriñaba   la   naturaleza   en busca   de   los   oscuros   jeroglíficos   que   revelaran   la   voluntad   de   los   dioses. Ahora  Darwin  le  estaba  diciendo  que  todo esto era  una  ilusión  óptica. El   mundo   era   simplemente   lo   que   parecía   ser.   Consistía   en   cosas   y   no   en significados   ocultos.   A   partir   de   ahora,   el   hombre   tenía   que   aceptar   que estaba solo. ¿Y  cuál  era este «origen  el hombre y su  historia» sobre  el  cual Darwin prometía arrojar un poco de luz? Ahora que la mayoría de los biólogos eran darwinianos, no había excusa para la vaguedad y la imprecisión. De   hecho,   Darwin   tenía   el   convencimiento   de   que   los   arqueólogos encontrarían los huesos de un ser que estaría a medio camino entre el mono y el hombre. En 1871 lo bautizó con el nombre de «el eslabón perdido». En 1908, veintiséis años después de la muerte de Darwin, pareció cumplirse su profecía   cuando   un   hombre   llamado   Charles   Dawson   anunció   que   había encontrado   fragmentos   de   un   cráneo   humano   antiguo   en   un   lugar   llamado Piltdown,   en   East   Sussex.   Más   adelante,   Dawson   y   otros   dos   geólogos encontraron   una   mandíbula   inferior   que   era   decididamente   simiesca   y encajaba   en   el   cráneo.   Lo   llamaron   «el   hombre   de   Piltdown»   o   «el   hombre del alba» y Dawson se hizo famoso.

Sin   embargo,   los   científicos   estaban   perplejos.   El   desarrollo   del «hombre   antiguo»   era   básicamente   el   desarrollo   de   su   cerebro   y,   por   tanto, de su cráneo. El hombre de Piltdown tenía el cráneo muy desarrollado. En tal caso, ¿por qué era su mandíbula tan simiesca? La   respuesta   fue que era   realmente   una   mandíbula   de   mono.   En 1953, mucho tiempo después de la muerte de Dawson, el análisis de la fluorina   del   hombre   de   Piltdown   reveló   que   se   trataba   de   un   engaño.  El   cráneo tenía una antigüedad de “sólo” 50.000 años, mientras que la mandíbula era de un orangután o de un chimpancé. Ambas habían sido teñidas con sulfato de hierro   y   pigmento   para   que   pareciesen   iguales. En realidad, ya en 1856, sólo siete años después de publicarse  El origen  de las especies,   pareció que se había encontrado el primer hombre. A unos cuantos   kilómetros   de   Düsseldorf   hay   un   pequeño valle  que   se llama   Neander, (valle de Neander = Neanderthal   en   alemán),   en   honor   de   un   compositor. Tiene paredes de piedra caliza y unos hombres que trabajaban en la extracción de la misma descubrieron unos huesos tan pesados y bastos que supusieron que habían encontrado un esqueleto de oso. Pero un maestro de escuela del lugar, un tal Johann Fuhlrott, los vio y en seguida supo que no se trataba   de   un   oso,   sino  de  los   restos   de  un   ser  humano   simiesco,   de  frente  baja   y   deprimida,   y   casi   sin   mentón.   Curiosamente,   el   cerebro   de   aquel   ser era   mayor   que   el   del   hombre   moderno.   Pero   la   curvatura   de   los   fémures sugería   que   en   otro   tiempo   había   andado   con   el   cuerpo   encogido.   ¿Era posible que aquel ser fuese el antepasado más antiguo del hombre? Los   sabios   dijeron   que   no.   La   mayoría   de   ellos   eran   discípulos   de Cuvier   y   uno   incluso   sugirió   que   el   esqueleto   era   de   un   cosaco   que   había perseguido   a   Napoleón   desde   Rusia   en   1814.   Y   el   gran   Rudolf   Virchow, fundador   de   la   patología   celular,   opinó   que   el   esqueleto   pertenecía   a   un idiota. Durante un tiempo Fuhlrott, el maestro de escuela, se sintió totalmente descorazonado.   Luego   sir   Charles   Lyell   intervino   y   anunció   que   el   «idiota» era   en   verdad   un   ser   humano   primitivo.   Y   aunque   Virchow   se   negó   a reconocer   su   error,   a   lo   largo   de   los   veinticinco   años   siguientes   se   hicieron descubrimientos   que   borraron   toda   duda   de   que   el   hombre   de   Neandertal fuera un ser humano primitivo. Así   que,   al   parecer,   se   trataba   del   «eslabón   perdido»   o   de   lo   que Haeckel,   el   discípulo   de   Darwin,   prefería   llamar   «pitecántropo» u hombre mono. ¿O no? Sin duda cabía esperar que el hombre mono tuviese un   cerebro   mucho   más   pequeño   que   el   hombre   moderno   en   vez   de   uno mayor. En tal caso, el hombre de Neandertal tenía que ser bastante reciente, aproximadamente durante los últimos cien mil años.

El siguiente paso decisivo en la búsqueda del hombre antiguo lo dieron los franceses. Pero no fueron los profesores de geología de París, que aún creían que,  como   afirmaba   Cuvier,   el   hombre   era   una   creación   reciente,   sino   dos   aficionados   notables, como ha sucedido tantas veces en la historia de la paleontología, antropología y arqueología.   Descubrieron   la   existencia   del   antepasado   directo   del   hombre moderno: el hombre de Cromañón. Todo   empezó   en   el   decenio   de   1820,   cuando   un   abogado   francés   que se llamaba Édouard Lartet y vivía en el pueblo de Gers, en el sur de Francia, se   sintió   intrigado   por   un   diente   enorme   que   le   llevó   un   agricultor   del   lugar. Lartet   consultó   un   libro   de   Cuvier   y   descubrió   que   era   un   diente   de   mamut.  Según   Cuvier,   los   mamuts   se   habían   extinguido   mucho   antes   de   que   el hombre   apareciese   en   la   Tierra.   ¿Qué   hacía,   pues,   un   diente   de   mamut cerca de la superficie? Lartet empezó a excavar y en 1837 encontró algunos huesos   y   fragmentos   de   cráneo   de   un   ser   simiesco   que   databan   de mediados   del   período   terciario,  tal   vez   de   hace   quince   millones   de   años. Más   adelante   se   identificarían   como   pertenecientes   a   un   driopiteco,   al   que algunos científicos modernos consideran el antepasado original del hombre. Lartet   cayó  bajo   la   influencia   de   un   aduanero   y   dramaturgo llamado Boucher de Crèvecoeur de Perthes, que vivía en Abbeville, a orillas del   Somme,   y  que  estaba   convencido   de   que   aquel   hombre   databa   de   la   era terciaria, hace más de dos millones de años. Tanto Lartet como Boucher de Perthes buscaron yacimientos terciarios, pero no dieron con ninguno. Pero   Boucher   de   Perthes   se   hallaba  excavando   en Picardía y encontró gran número de huesos de animales antiguos, así como hachas   de   mano,   raspadores   y   punzones   que   obviamente habían sido  fabricados por el hombre. Al mostrárselos a los profesores de geología, le explicaron en tono condescendiente que no eran herramientas hechas por el hombre, sino pedazos de sílice endurecido que sencillamente parecían herramientas. Pero Boucher   se   salvó   de   caer   en   el   desánimo   al   recibir   una   visita   de   Charles Lyell, que dijo no tener la menor duda de que las hachas de mano eran obra del hombre. Fue   una   bofetada   para   los   discípulos   de   Cuvier, ya que el   más   eminente   de todos   los   geólogos   modernos, Charles Lyell,   había   declarado   que   alguna   forma   de   «fósil humano»   había   existido   realmente   durante   decenas   de   miles   de   años,   en tiempos   del   mamut,  el  tigre  de  dientes   de  sable  y  el   oso  cavernícola.  Era  la segunda vez que Lyell afirmaba algo que le valió ocupar un lugar importante en la historia de la ciencia. El inglés prudente, que había aconsejado a Darwin que   no   concediera   demasiada   importancia   a   la  ascendencia   del   hombre,   dio ahora un ímpetu decisivo a la ciencia del hombre antiguo.

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El problema de Boucher era su   vaguedad , que  hacía   perder   la   paciencia   incluso   a   Lyell.   A   pesar   de ello,   Boucher hizo   descubrimientos   de   importancia incalculable.   Sin   embargo,   fue   su   colaborador,   Lartet,   quien   hizo   el descubrimiento más interesante hasta el momento. Lartet,   que   ahora   era   financiado   por   un   industrial   inglés   llamado   Henry Christy   y   podía   dedicar   todo   su   tiempo   a   las   investigaciones,   abandonó   las capas   terciarias   y   empezó   a   estudiar  la   era   siguiente,   el   pleistoceno   o   edad glacial.   En   septiembre   de   1860   encontró   un   montón   de   residuos   de   cocina primitivos   en   Massat,   en   el   departamento   del   Ariège,   entre   los   cuales   había un   asta   de   venado   en   la   que   aparecía   grabado   un   oso   cavernícola. Al parecer  el hombre antiguo era un artista,. Veinte años antes, un tal   Brouillette encontró  un   hueso   en   el   que   estaban   grabadas   dos   hembras   de   gamo. Pero los científicos  lo   habían   rechazado   diciendo  que  era   obra   de   niños.   Pero   el asta   que   había   encontrado   Lartet   estaba   en   una   capa   totalmente inexplorada.   El   mundo   de   los   eruditos   se   vio   ahora   obligado   a   tomarle   en serio. Seguidamente se trasladó al valle del río Vézère, en Dordoña.  Este valle fue tan importante para la prehistoria como el Valle   de   los   Reyes   lo   fue   para   la   egiptología.   En   1864   Lartet   encontró   un colmillo de mamut en el que había señales de un hacha de mano, lo cual era prueba concluyente de que el hombre fue contemporáneo del mamut. En   1868  Lartet   oyó   hablar   de   un   nuevo   descubrimiento   que   se   había hecho   en   el   valle   del   Vézère, en  una   cueva   que   había   aparecido   durante   las obras de construcción de un ferrocarril, cerca del pueblo de Les Eyzies. En un lugar   llamado   Cromañón.   Lartet   envió   a   su   hijo   Louis   a   echar   un   vistazo. Louis   dijo   que   sin   duda   era   el   mayor   descubrimiento   que   se   había   hecho hasta   entonces.   La   cueva   estaba   llena   de   artefactos   de   sus   antiguos ocupantes.   Pero   lo   que   era   más   importante,   contenía   esqueletos.   Y   un cráneo que hallaron en la parte de atrás de la cueva era virtualmente idéntico a   cualquiera   de   los   cráneos   que   podían   encontrarse   en   un   cementerio   actual,   con   una   cavidad   grande   para   el   cerebro   y   el   mentón prominente del hombre moderno. Puede   que   tenga   un   significado   siniestro   que   esta   morada   del   hombre moderno   fuera   escenario   de   hechos   violentos.   Los   seis   seres   humanos   de Cromañón (Cro-Magnon), el hombre cuyo cráneo hemos descrito, tres hombres más jóvenes, una mujer y un bebé, habían muerto en circunstancias extrañas. El cráneo   de   la   mujer   presentaba   una   herida   profunda   que   estaba   en   vías   de curación. Pero parecía que la mujer había muerto al dar a luz el bebé. Cómo habían   muerto   ella   y   los   demás   no   estaba   claro:   la   cueva   de   Cromañón constituye el primer relato de detectives de la historia de la humanidad. Como   de   costumbre,   los   científicos  no   quisieron   saber   nada.

Dijeron que   la   cueva   no   era   más   que   un   lugar   destinado   a   inhumaciones   y   que probablemente   era   más   o   menos   moderna.   Pero   su   certeza   empezó   a tambalearse pronto cuando empezaron a aparecer esqueletos de Cromañón en   otras   partes   que,   obviamente,   no   eran   lugares   que   se   usaran   para entierros.   En   una   pared   de   una   cueva   de   Les   Combarelles   había   grabada una cara  humana con barba. Todos  los indicios hacían pensar  que  aquellas cuevas las ocupaban cazadores. Los hombres antiguos del valle del Vézère vivían   de   la   caza   de   animales.   Cerca   del   pueblo   de   Solutré   se   encontraron miles   de   huesos   de   caballos   salvajes   a   los   pies   de   un   risco   escarpado. Aparentemente  los cazadores los habían perseguido hasta hacer que se metieran en una trampa y se precipitaran al vacío. En   resumen,   el   antepasado   directo   del   hombre   no   era   el   hombre   de Neandertal,   sino   estos   cazadores   y   artistas   de   Cromañón,   cuyas   mujeres llevaban adornos de marfil tallado y conchas. Quizá   el   descubrimiento   del   hombre   de   Cromañón   se   hubiese producido un decenio antes si un español llamado Marcelino de Sautuola   hubiera   mostrado   más   curiosidad.   Hacia   1858, aunque no   se   conoce   la fecha exacta, un perro perteneciente a don Marcelino, que vivía en Altamira, desapareció   por   una   grieta   del   suelo   cuando   su   dueño   se   encontraba cazando. Resultó que la grieta era la entrada de una cueva subterránea. Don Marcelino   ordenó   que   la   cerrasen   porque   era   peligrosa.   Unos   veinte   años más   tarde,   después   de   asistir   a   la   exposición   de   París   en   1878   y   de   ver herramientas de la edad glacial, don Marcelino penetró en la cueva y empezó a   excavar   en   busca   de   artefactos   humanos.  Encontró   un   hacha   de   mano   y algunas   puntas   de   flecha   de   piedra.   Luego,   un   día,   Maria,   su   hija   de   cinco años,   entró   en   la   cueva   con   él   y   profirió   exclamaciones   de   entusiasmo. Acababa   de   ver   imágenes   de   toros   que   embestían   en   las   paredes,   en   una parte de la cueva cuyo techo era demasiado bajo para que su padre pudiese entrar en ella. El   pigmento   todavía   estaba   húmedo.   Y   esto   sería   la   perdición   de   don Marcelino.   Porque   cuando   dio   a   conocer   su   descubrimiento   al   mundo,   los expertos dijeron que era un engaño. Don Marcelino murió convertido en un hombre   amargado   y   decepcionado.   Pero,   al   cabo   de   algunos   años,   uno   de tales   expertos, un   hombre   llamado   Cartailhac,   después   de   estudiar   cuevas parecidas   en   Les   Eyzies,   se   dio   cuenta   de   que   había   sido   muy   injusto   con don Marcelino y volvió corriendo con la intención de pedir disculpas. Maria de Sautola,   que   ahora   era   una   anciana   dama,   no   pudo   hacer   más   que   sonreír con tristeza y acompañarle hasta la tumba de don Marcelino. Más   adelante   se   descubrieron   muchas   otras   cuevas   espectaculares   en   Lascaux,   llenas   de   dibujos   de   bisontes,   toros,   caballos salvajes, osos, rinocerontes e incluso hombres que llevaban astas de ciervo en la cabeza. Resultaba obvio que estos últimos eran chamanes o magos y, al   parecer,   los   dibujos   tenían   una   finalidad   mágica, tal vez para   asegurarse   de   que   la presa se viera atraída hacia los cazadores de la edad de piedra.

No obstante, el   hombre   de   Neandertal seguía   en   la   Tierra   hace 50.000   años,   cuando   el   hombre   de   Cromañón   se   hallaba   celebrando   sus ceremonias mágicas. El hecho de que el hombre de Neandertal se hubiera desvanecido de la historia mientras   el   hombre   de   Cromañón   todavía   estaba   en sus inicios,   sugiere   la siniestra hipótesis de que lo había exterminado su primo artístico. Pero, ¿qué antigüedad tenía el hombre? Hasta  el   momento,  los   paleontólogos   habían  logrado   constatar  que   los orígenes   de   la   humanidad   se   remontaban   a   cien   mil   años   atrás,   durante el pleistoceno. Una mandíbula descubierta muchos años después, en 1907, en un   arenal   cerca   de   Heidelberg, Alemania,   hizo   que   la   antigüedad   de   la   historia   del hombre   retrocediera   unos   150.000   años.   Pero   como   no   había   duda   de   que no era «el eslabón perdido», el descubrimiento no contribuyó a esclarecer los comienzos   de   la   historia   del   hombre.   Sin   embargo,   a   cada   momento   se encontraban   cráneos   humanos   y   artefactos   en   capas   mucho   más   antiguas, lo cual parecía justificar el convencimiento de Boucher de Perthes de que el hombre podía datar de la era terciaria. Por ejemplo, en 1866, en Calaveras County, California, el propietario de una   mina,   un  tal   Mattison,   descubrió   parte   de  un   cráneo   de  tipo   humano   en una capa de grava situada cerca de 40 metros debajo de la superficie, en un lugar   llamado   Bald   Hill.   La   capa   en   la   que   se   encontró   parecía   datar   del plioceno,   es   decir,   de   hace   más   de   dos   millones   de   años.   La   examinó   el geólogo J. D. Whitney, que dijo a la California Academy of Sciences que se había encontrado en estratos del plioceno. Esto  escandalizó  a   los   sectores   religiosos   de   los  Estados   Unidos,   toda vez   que   parecía   contradecir   a   la   Biblia.   La   prensa   religiosa   atacó   al   cráneo hallado   en   Calaveras   County   y   lo   tachó   de   engaño. Y   un   ministro congregacionalista   afirmó   que   había   hablado   con   los   mineros   que   habían colocado   el   cráneo   para   engañar   a   Whitney.   El   embaucador   original   había sido un agente de la Wells Fargo llamado Scribner, a quien el señor Mattison, el hombre que lo había encontrado, llevó el cráneo sin caer en la cuenta de que   Scribner   lo   había   colocado   allí   para   gastar   una   broma.   Pero   Scribner aseguró a un tal doctor A. S. Hudson, que intentó llegar al fondo de la historia unos años después, y que no había  sido un engaño. Y  la  esposa de Mattison comprobó   que   su   marido   lo   había   traído   de   la   mina   con   incrustaciones   de arena  y fósiles, y  lo  habían tenido en casa durante un año. A  pesar  de  todo esto, la gente siguió creyendo que había sido un engaño.

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Uno de los que no lo creyeron fue Alfred Russel Wallace, cofundador de la   teoría   evolucionista.   Sabía   que   Whitney   había   investigado   muchos   otros informes   de   hallazgos   de   huesos   humanos   en   minas   de   gran   profundidad   y que, en algunos casos, los huesos parecían proceder de estratos todavía más antiguos que el plioceno. Whitney también había investigado herramientas y artefactos   de   piedra   que   parecían   tener   millones   de   años   de   antigüedad. Diez   años   antes,   unos   mineros   habían   hallado   un   esqueleto   humano completo   debajo   de   Table   Mountain,   en   Tuolumne   County,   y   cerca   de   allí había huesos y restos entre los que se encontraban dientes de mastodonte… que  parecían  del   mioceno,  hace  más  de  cinco  millones de   años.   Otro   fragmento   de   cráneo   humano   también   se   encontró   en   Table Mountain, en 1857, cerca de restos de mastodonte. Whitney examinó una mandíbula   humana   y   artefactos   de   piedra   encontrados   debajo   de   la   misma montaña,   con   una   posible   antigüedad   de   más   de   nueve   millones   de   años. Unos huesos humanos encontrados en el túnel de Misuri, en Placer County, procedían   de   una   capa   depositada   hace   más   de   ocho   millones   de   años. Whitney también habló con un tal doctor H. H. Boyce, que había encontrado huesos  humanos  en  Clay   Hill,  Eldorado  County,   en   una   capa   que  podía  ser del   plioceno   o   incluso   del   mioceno.   Whitney   juntó   todos   estos   indicios   de   la existencia   del   «hombre   terciario»   (el   período   terciario   terminó   con   el plioceno)   en   un   libro   titulado   Auriferous   Gravels   of   the   Sierra   Nevada   of  California, publicado  en 1880. Algunos de los artefactos hallados en Tuolumne, California, parecían tan absurdos que costaba creer que no fuesen engaños. Entre ellos había un mortero   encontrado   en   el   lugar   mismo,   incrustado   en   la   tierra   del lugar   y   no   en   el   valle   de   algún   río   adonde   hubieran podido llevarlo los ríos o los glaciares, en gravas de más de 35 millones de años de antigüedad. Una mano de mortero y un mortero hallados a la misma profundidad, y una mano de mortero, conocida por el nombre de King Pestle,  encontrada   en   estratos   de   más   de   nueve   millones   de   años   de   antigüedad. Sin embargo, no habría ninguna posibilidad de que los hubiesen «plantado» en   tiempos   recientes.   Parecía   más   probable   que   los   hubieran   llevado   allí unos mineros primitivos hace miles de años.

Es   comprensible   que   Alfred   Russel   Wallace   se   inclinara   a   pensar   que estos   hallazgos, y   docenas   de   otros   parecidos, sugerían   la   posibilidad   de que el hombre tuviera una antigüedad que superaba en millones de años a la que   Darwin   y   Haeckel   creían   que   tenía.  Quizá   porque   «por   medio   de   la cultura,  el   hombre   se   ha   visto   separado   de   los   caprichos   de   la   selección natural».   Así   que   cuando   oyó   decir   que   un   tendero   de   Kent,   que   se   llamaba Benjamin Harrison, había encontrado hachas de mano de piedra en capas de grava   que   parecían   datar   del   plioceno, con más   de   dos   millones   de   años   de antigüedad, e incluso del mioceno, más de cinco millones, se apresuró a ir a verle. Harrison vivía en Ightam, no lejos de Londres, en una zona del Weald, especie de valle erosionado por los ríos, entre North Downs y South Downs. Un   río   actúa   como   una   especie   de   herramienta   de   excavar,   porque   al hundirse en la tierra, deja el pasado al descubierto en forma de gravas. Da la vuelta   a   la   habitual   ley   de   la   arqueología de que   cuanto   más   hondo   el   nivel, más   antiguo   es,   porque   las   gravas   superiores   son   las   más   antiguas.   Al buscar   en   estos   niveles   superiores,   Harrison   encontró   no   sólo   «neolitos», o depuradas   herramientas   de   piedra   fabricadas   durante   los   últimos   cien   mil años, sino también «paleolitos», herramientas que tienen quizá un millón de años   de   antigüedad,   e   incluso   «eolitos»,   herramientas   tan   primitivas,   que   a menudo cuesta distinguirlas de piedras cuyas formas son naturales. En   1891,   Wallace  fue  a   ver   a   Harrison,   cuyas   piedras   le   fascinaron.   Al igual que el eminente geólogo Sir John Prestwich, no le cupo la menor duda de que los paleolitos y eolitos de Harrison probaban que durante millones de años habían existido en la Tierra algunos tipos de animales que fabricaban herramientas. Pero   ahora   se   acercaba   el   final   de   siglo   y   científicos   como   WaIlace   y Prestwich iban convirtiéndose poco a poco en una minoría. La sugerencia de Darwin en el sentido de que el hombre descendía de los monos despertó una oposición   enconada   y   burlona,   hasta   el   extremo   de   que   bastaba   hacer   tal afirmación en público para  desencadenar gritos de  indignación o carcajadas sarcásticas.   La   discusión   se   había   polarizado.  En   un   extremo   se encontraban los fanáticos religiosos y, en el otro, los partidarios del hombre-mono.   A   estos   últimos   les   había   encantado   el   descubrimiento   de Neandertal,   porque  parecía   probar   que   el   hombre  había  sido   poco   más   que un   mono   en   los   aproximadamente últimos   cien   mil   años .   Así   que,   les   gustase   a   o   no, Wallace, Prestwich y otros, que pensaban igual, se encontraban metidos en el mismo saco que «Soapy Sam» Wilberforce y el capitán, entonces vicealmirante Fitzroy, el antiguo camarada de a bordo de Darwin, que seguía oponiéndose implacablemente al darwinismo.

Ernst   Haeckel,   el   darwinista   alemán   a   quien   gustaba   afirmar   que   «es ahora un hecho indiscutible que el hombre desciende de los monos», estaba de acuerdo con Wallace en algo fundamental: que al hombre primitivo había que buscarlo en la era terciaria, quizá hace cinco millones de años. También estaba   convencido   de   que   el   antepasado   original   del   hombre   era   un   gibón, un   mono   de   brazos   muy   largos   que   se   encuentra   en   Java   y   Sumatra.   Más adelante   resultaría   que   en   esto   se   equivocaba.   Pero   su   sugerencia  cayó   en terreno   fértil,   porque   llego   a   oídos   de   un   joven   estudiante   holandés   de anatomía llamado Eugene Dubois, que prefería, con mucho, la paleontología a la medicina. Le pareció a Dubois que la mejor manera de satisfacer su pasión por el hombre antiguo era alistarse en el ejército en calidad de médico y hacer que le destinasen a las Indias Orientales Holandesas. En 1888 zarpó con destino a   Sumatra   y   luego,   alegando   razones   médicas,   logró   que   le   trasladaran   a Java. Le habían enviado un cráneo hallado en Trinil, la región de las tierras altas de   Java   Central, un   cráneo   cuya   excepcional   capacidad   cerebral   recordaba la  del  hombre  de  Neandertal.  Y  se  fue  a  excavar  en el  mismo  lugar.  Pronto encontró   otro   cráneo   y,   luego,   en   una   región   de   yacimientos   terciarios,   un fragmento   de   maxilar   con   un   diente.   También   encontró   muchos   fragmentos de   huesos   de   animales,   hasta   que   llenó   varias   cajas.   Luego   encontró consecutivamente una muela y un fragmento grande, en forma de cuenco, de un cráneo, así como un fémur fosilizado. Estaba seguro de haber encontrado el eslabón perdido, el pitecántropo u hombre-mono de Haeckel. Sin embargo,  había   un   rasgo   que   parecía   contradecir   el   hallazgo   de   Neandertal.   El   fémur indicaba que aquel hombre-mono caminaba erguido en vez de encogido. Se trataba del  Pithecanthropus erectus. Dubois se  lo comunicó por carta  a  Haeckel,  a quien encantó la  noticia. Luego Dubois volvió con sus hallazgos a Leiden, donde en 1896 los expuso en una conferencia internacional. Se llevó una decepción al ver que sólo una cuarta parte de los profesores quedaban convencidos. Algunos opinaron que se   trataba   de   un   gibón,   otros   pensaban   que   el   fémur   y   el   cráneo   no pertenecían   al   mismo   ser,   y   algunos   dijeron   que   no   podía   ser   del   período terciario. Luego   se   vería   que   tenían   razón.   Y   Virchow,   que   había   declarado que el hombre de Neandertal era un idiota, declaró ahora que el pitecántropo era moderno.

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Dubois   mostró   una   deplorable   falta   de   espíritu   científico.   Guardó   sus huesos   y   se   negó   a   permitir   que   nadie   más   los   viese.   Fue   una   reacción que costó a Dubois el triunfo que debería haber sido suyo. Porque cuando   finalmente   permitió   que   abrieran   las   cajas,   en   1927,   se   encontraron cuatro   fémures   más.   Si   hubiese   permitido   que   los   vieran   antes,   Virchow hubiera   tenido   que   reconocer   la   derrota.   De   hecho,   Dubois   se   convirtió virtualmente en un eremita y en sus últimos años se inclinaba a creer que el pitecántropo era un gibón. Para entonces, otro paleontólogo alemán, Gustav Heinrich Ralph von Koenigswald, había efectuado un estudio detenido de los estratos de Trinil y probado que el hombre-mono de Dubois databa de mediados del pleistoceno y tenía unos 300.000 años de antigüedad. Finalmente, se encontraron fragmentos de hueso y herramientas de piedra, en número suficiente para que no quedase ninguna duda de que el hombre   de   Java   era   un   ser   humano.   Pero   ¿era  realmente el   antepasado   del   hombre moderno? Un nuevo rival estaba a punto de entrar en escena. En   1911,   un   coleccionista   de   mariposas,   llamado   Kattwinkel,   se encontraba   persiguiendo   un   ejemplar   con   su   red   cuando   bajó   los   ojos   y   vio que   estaba   a   punto   de   caer   por   un   precipicio   escarpado.   La   garganta   de Olduvai,   en   lo   que   a   la   sazón   era   el   África   Oriental   Alemana, la   actual Tanzania,  es  virtualmente  invisible  hasta  que  estás  a  punto  de  caer  en  ella. Kattwinkel bajó por la pendiente de más de 90 metros y se encontró con que en   la   garganta   abundaban   las   rocas   que   contenían   fósiles.   Metió   unas cuantas   de   ellas   en   su   bolsa   de   coleccionista   y   se   las   llevó   a   Berlín.   Al  encontrarse entre los fósiles un caballo de tres dedos hasta entonces desconocido, un geólogo llamado Hans Reck recibió el encargo de ir a estudiar la garganta. El   profesor   Reck   no   tardó   en   hacer   hallazgos   importantes, tales como   huesos   de animales prehistóricos, entre los que habían de hipopótamos, elefantes y antílopes. Luego, uno de sus  ayudantes  nativos  vio un pedazo  de  hueso  que  sobresalía  de  la tierra. Al escarbar en la superficie, vio que era algo parecido a un cráneo de mono   incrustado   en   la   roca.   Tuvieron   que   valerse   de   martillos   y   escoplos para sacarlo, y entonces resultó que era de ser humano y no de mono. Reck  identificó los estratos donde lo habían encontrado. Tenían unos 800.000 años de antigüedad. Pero, ¿era  posible  que se  tratase  de  un  entierro  más  reciente?  Reck  decidió finalmente que no. Si se rellenase una sepultura, incluso desde hace cien mil años, un buen geólogo lo detecta.

Así   que   al   parecer,   Reck   había   probado   que   hace   casi   un   millón   de años vivían en África unos seres humanos que no eran distintos del hombre moderno.   No contradecía   todas   las enseñanzas   de   Darwin, porque   en   ninguna   parte   decía   Darwin   que   el hombre había evolucionado a partir del mono en los últimos dos millones de años. Pero,  sin   duda   alguna,   contradecía   la   suposición   que   se   había   aceptado, desde   que   Darwin   hablara   del   eslabón   perdido,   y   que   parecía   haberse verificado con el descubrimiento del hombre de Cromañón. Al   volver   a   Berlín,   Reck   anunció   su   descubrimiento   y   se   sorprendió   al ver   la   hostilidad   que   despertaba.   Como   de   costumbre,   los   expertos   se negaron   a   admitir   que   podía   tratarse   de   un   antiguo   antepasado   humano. Sencillamente no era lo bastante simiesco. En efecto, lo que hacía Reck era atacar la teoría de la evolución. El esqueleto tenía que ser más joven, quizá de sólo cinco mil años. Al   estallar   la   primera   guerra   mundial,   la   polémica   cayó   en   el   olvido, aunque   no   en   África.   El   doctor   Louis   Leakey,   antropólogo británico   que   era   miembro del St. John’s College de Cambridge, fue a Berlín en 1925, cuando tenía 23 años de edad, visitó a Reck y vio el esqueleto. También él se sintió inclinado a   pensar   que   era   de   una   fecha   reciente.   Pero   en   1931,   Leakey   y   Reck visitaron   el   yacimiento   con   otros   geólogos   y   estudiaron   detenidamente   los estratos. Y al ver unos aperos de piedra que habían sido descubiertos en la misma capa, en el lecho inferior, aceptó la opinión de Reck. En   cierto   modo,   esta   opinión   era   casi   tan   herética   como   el   punto   de vista de Alfred Russel Wallace en el sentido de que existían seres humanos modernos en el período terciario. Leakey afirmó ahora que el hombre de Java,   que   había   encontrado   Dubois,   no   podía   ser   un   antepasado   de   los   seres humanos como   tampoco   podía   serlo   otro   descubrimiento   reciente,   un esqueleto simiesco hallado en la localidad china de Chukutien, en 1929, al que se llamó «Hombre de Pekín». Si un ser desarrollado había existido en aquel tiempo, era más probable que el esqueleto de Reck fuera el antepasado del hombre moderno. Los   expertos   pasaron   al   ataque.   Era   sencillamente   improbable,   según dijeron   dos   paleontólogos   británicos   llamados   Cooper   y   Watson,   que   un esqueleto   completo   pudiera   ser   tan   antiguo.   Y   el   hecho   de   que   los   dientes estuvieran limados hacía pensar que se trataba de africanos modernos…

Mientras tanto,   Leakey   había   hecho   otros   dos   descubrimientos,   en Kanam   y   Kanjera,   cerca   del   lago   Victoria. Se trataba de   una   mandíbula   y   una   muela   en Kanam,   y   tres   cráneos   en   Kanjera.   Y   una   vez   más,   parecían   pertenecer   a seres plenamente humanos: el  Homo sapiens.   La antigüedad de los lechos de Kanjera oscilaba entre los 400.000 y los 700.000 años. Dicho de otro modo, Leakey había descubierto un Cromañón que era como mínimo cuatro veces más antiguo. Lo consideró un dato más a favor de su opinión de que el esqueleto de Reck era verdaderamente humano. Pero   en   este   momento   tuvo   lugar   otra   intervención.   Un   tal   profesor   T. Mollison,   que   había   opinado   públicamente   que   el   esqueleto   de   Reck pertenecía   a   un   miembro   moderno   de   la   tribu   massai,   se   trasladó   ahora   a Berlín, obtuvo parte del material que había alrededor del esqueleto cuando lo encontraron   e   hizo   que   lo   examinara   un   geólogo   llamado   Percy   Boswell.   El biógrafo   de   Leakey   ha   dicho   que   Boswell   era   un   hombre   «contradictorio y emocional» y que albergaba «el proverbial resentimiento». Boswell estudió el material y publicó en  Nature  un informe en el que afirmaba haber encontrado guijarros de color rojo brillante como los de encima del lecho 2 donde se encontró el esqueleto, y esquirlas de piedra caliza como las del lecho 5, muy por encima del lecho 2. Parecía extraño que ni Reck ni Leakey hubieran reparado   en   esto.   Y   sin   embargo,   en   vez   de   señalar   este   hecho,   ambos cedieron   y   admitieron   que   probablemente   se   habían   equivocado.   Se mostraron de acuerdo en que probablemente el esqueleto estaba en el lecho 2  a  resultas de un entierro, posibilidad  que  Reck había  descartado  desde el principio, o posiblemente de un terremoto. Pero   en   marzo   de   1933,   una   comisión   de   28   científicos   estudió   los cráneos y la mandíbula de Kanjera y sacó la conclusión de que la mandíbula databa de los comienzos del pleistoceno, posiblemente de más de un millón de años   de   antigüedad,   y   que   los   cráneos   eran   de   mediados   de   dicho   período, de posiblemente medio millón de años de antigüedad.  Una   vez   más   Percy   Boswell   pasó   al   ataque.   Sus   dudas   impulsaron   a Leakey   a   invitarle   a   ir   a   África.   Pero   no   logró   demostrar   que   tuviera   razón. Había   señalado   los   yacimientos   donde   hiciera   los   hallazgos   con   clavijas   de hierro,   pero,   al   parecer,   la   gente   del   lugar   las   había   robado   para   utilizarlas como   puntas   de   lanza   o   anzuelos   para   pescar.   Había   fotografiado   los yacimientos,   pero   la   cámara   había   funcionado   mal.   Había   pedido   que   le prestaran una foto tomada por un amigo de su esposa, pero resultó que era de otro cañón. Y no había podido señalarlos con exactitud en el mapa porque no   existían   mapas   suficientemente   detallados.   Boswell   reaccionó   de   modo desfavorable a estas señales de dejadez y su informe fue crítico. En efecto, sencillamente se negó a creer a Leakey.

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Después de publicarse el informe de Boswell, Leakey protestó diciendo que   realmente   había   enseñado   a   Boswell   el   lugar   exacto   donde   encontrara los   cráneos   y   lo   había   demostrado   recogiendo   un   pedacito   de   hueso   que encajaba   en   el   cráneo   número   3.   En   cuanto   a   la   mandíbula,   se   había encontrado   en   un   yacimiento   que   contenía   fósiles   de   mastodonte   y Deinotherium, un protoelefante que apareció en el Mioceno Medio y continuó hasta el Pleistoceno Inferior, lo cual era indicio de que databa de principios del pleistoceno. Boswell no quiso aceptar tales explicaciones. Opinaba que como ningún científico   había   visto   la   mandíbula   en   el   lugar,   no   era   aceptable. Finalmente,   después   de   mucho   discutir,   y   de   algunos   análisis   químicos   que dieron   resultados   ambiguos,   los   expertos   decidieron   que   la   mandíbula   y   los cráneos tenían a lo sumo una antigüedad de 20.000 o 30.000 años. El   verdadero   problema,   por   supuesto,   residía   en   que   de   haberse aceptado que los hallazgos de Leakey y el esqueleto de Reck pertenecían al Homo   sapiens,   entonces   habría   sido   necesario   revisar   la   historia   de   la humanidad.   El   hombre   de   Java   y   el   hombre   de   Pekín   inducían   a   pensar   en una sencilla línea de ascendencia a partir de seres simiescos de hace medio millón de años, y Leakey sugería que eran simples primos del  Homo sapiens  que, como creía Wallace, existían desde el período terciario. Leakey   ya   había   cedido   en   el   caso   del   esqueleto   de   Reck,   pero   esta vez   se   cerró   en   banda.   En   su   libro   Stone   Age   Races   of   Kenya   había declarado   que   el   diente   de   Kanam   no   era   meramente   el   fragmento   humano más antiguo de África, sino el más antiguo fragmento de verdadero  Homo Sapiens descubierto  hasta   entonces   en   el   mundo.   Incluso   su   biógrafa,   Sonia   Cole, deplora esta negativa a cambiar de parecer y la considera una señal de pura tozudez. Pero los antropólogos de talante más convencional estaban a punto de recibir el apoyo más fuerte hasta entonces. En   1924,   el   doctor   Raymond   Dart,   profesor   de   anatomía   en   la universidad   de   Witwatersrand,   en   la   Unión   Sudafricana,   recibió   dos   cajones llenos   de   fósiles   procedentes   de   una   cantera   de   piedra   caliza   que   había   en un lugar llamado Taung, unos 320 kilómetros al sudoeste de Johannesburgo. Los Dart estaban a punto de dar una fiesta nupcial y la señora Dart le suplicó que   hiciera   caso   omiso   de   los   cajones   hasta   que   se   hubiesen   ido   los invitados.

Pero   la   curiosidad   del   doctor   Dart   era   demasiado   grande.   Y   en   el segundo cajón encontró un fragmento de roca que contenía la parte posterior de   un   cráneo.   Resultaba   obvio   que   el   cerebro   que   otrora   había   contenido era  tan grande  como  el  de  un  gorila  de  gran   tamaño.   Cerca  de   él   encontró  otro fragmento de roca que contenía la parte delantera del cráneo. En cuanto se hubo ido el último invitado, Dart pidió a su esposa que le prestase las agujas de hacer calceta y empezó a picar la piedra. Tardó casi tres meses y el 23 de diciembre la roca se partió y Dart pudo ver el rostro. Entonces se dio cuenta  de que aquel ser de cerebro grande era, increíblemente, un bebé con dientes de leche. Un bebé con un cerebro de 500 centímetros cúbicos tenía que ser algún   tipo   de   ser   humano.   Pero   Dart   calculó   que   el   nivel   donde   lo   habían encontrado tendría como mínimo un millón de años de antigüedad. Cuando   su   artículo   sobre   el   cráneo  de  Taung   apareció   en   Nature,   el   7 de febrero de 1925, Dart se hizo célebre de la noche a la mañana. Sin duda se trataba del eslabón perdido. Muchos expertos discreparon y sugirieron que el bebé de Taung era un mono.   Sir   Arthur   Keith,   una   de   las   grandes   autoridades   en   la   materia,   tenía una   razón   diferente   para   negar   que   el   bebé   fuese   el   eslabón   perdido.   Si   su antigüedad   era   de   un   millón   de   años   y   la   del   hombre   de   Cromañón   era   de unos   100.000   años,   sencillamente   no   había   tiempo   para   que   el   bebé   de Taung evolucionara hasta convertirse en  Homo sapiens. Para empezar, sin embargo, el cráneo de Dart llamó mucho la atención. Luego el tono de los comentarios empezó a cambiar. En 1931, los científicos conservadores se había vuelto contra Dart. En aquel año, compareció ante la Zoological  Society  de  Londres,  junto  con Davidson  Black,  el  descubridor  del hombre de Pekín. Davidson Black presentó sus argumentos de manera muy profesional,   con   la   ayuda   de   material   visual.   En   comparación   con   él Dart, que apretaba con fuerza el  cráneo infantil, resultó torpe y poco convincente. La Royal Society rechazó una monografía sobre el cráneo, al que Dart llamó Australopithecus  (mono meridional). Dark volvió a la Unión Sudafricana y se encerró en su departamento de anatomía. Al igual que Leakey,  no  había  cambiado  de  parecer, pero decidió guardarse este hecho para sí. Uno de los partidarios más entusiastas de Dart era un zoólogo retirado que se llamaba Robert Broom (1866 – 1951),  médico y paleontólogo sudafricano. Éste decidió salir de su retiro y defender las teorías de Dart.   En   1936,   el   encargado   de   una   cantera   de   piedra   caliza   de Sterkfontein entregó a Broom otra roca que contenía un fragmento de cráneo antiguo.   Resultó  que   era   de   un   australopiteco   adulto.   Luego   se  encontró   un fémur  que parecía inconfundiblemente  humano.

En 1938, Broom   encontró   un   escolar   que   llevaba   el   bolsillo   lleno   de   dientes   y fragmentos   de   mandíbula   que   le   permitieron   reconocer   que   había descubierto   un   nuevo   tipo   de   australopiteco,   al   que   dio   el   nombre   de Paranthropus   (afín   al   hombre robustus.   Parecía   tratarse   de   un   tipo vegetariano   de   australopiteco.   El   hecho   de   que   fuese   vegetariano   parecía sugerir   que   podía   tratarse   de   un   animal   más   que   de   un   antepasado   del hombre. En   1947,   Broom   encontró   otro   fósil   de   parántropo   en   una   cueva   de Swartkrans.  También encontró un ser pequeño y  de  aspecto más humano  al que   llamó   Teleanthropus.   Más   adelante   decidió   que   pertenecía   a   la   misma especie   que   el   hombre   de   Java   y   el   hombre   de   Pekín,   a   los   que   había clasificado   como   un   tipo   llamado   Homus   erectus,   al   que   se   aceptaba   de forma   general   como   antepasado  directo  del   hombre  moderno.   Herramientas de piedra y de hueso halladas también en Swartkrans parecían indicar que el parántropo era un verdadero hombre. Las   actividades   de   Broom   empujaron   a   Dart   a   salir   de   su   retiro.   En 1948 volvió a un túnel de Makapansgat donde había encontrado huesos en 1925.   También   había   hallado   algunos   indicios   de   fuego,   lo   cual   había confirmado   su   opinión   de   que   el   australopiteco   era   humanoide.   Ahora encontró   más   huesos   y   más   rastros   de   fuego   y   dio   el   nombre   de Australopithecus prometheus  al ser que vivió allí. Pero   Dart   encontró   algo   mucho   más   interesante   en   Makapansgat. Se trataba de  42 cráneos   de   babuino,   en   27   de   los   cuales   había   señales   de   haber   sido golpeados con una especie de garrote. Sacó la conclusión de que el garrote -que dejaba dos hendiduras- era un húmero de antílope. Esto le indujo a sacar la conclusión sorprendente de que el   australopiteco  mataba. Era  el   primer  antepasado   del   hombre   del   que  se   sabe que   utilizaba   un   arma.   Seguidamente   desarrolló   la   tesis   de   que   el   hombre-mono meridional había salido de los monos porque había aprendido   a   cometer   asesinatos   con   armas.   En   1961,   un   dramaturgo convertido en antropólogo, que se llamaba Robert Ardrey, popularizó esta idea en un libro titulado  Génesis en África,  en el que argüía que el hombre se convirtió en hombre porque aprendió a matar, y que a menos que lo desaprenda pronto, destruirá a la propia la raza humana. En 1953, el año en que Dart publicó su polémica monografía  The Predatory Transition from Ape to Man,  Kenneth Oakley, del Museo Británico, sometió   el   cráneo  de  Piltdown  al  análisis  de  la   fluorina  y  reveló  que  se  trataba  de un engaño. En el decenio de 1930, sir Arthur Keith había citado el cráneo de Piltdown para desacreditar el australopiteco. Ahora que el cráneo estaba desacreditado, la oposición   al   australopiteco   de   Dart   empezó   a   desaparecer   y   la   teoría   de   Dart sobre el mono que mataba resultó de pronto horriblemente verosímil.

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Por fin había una teoría evolucionista que daba la impresión de haber sido pensada para probar la supervivencia de los mejor dotados de que hablara Darwin. Pero la batalla aún no había terminado del todo. Louis Leakey también había vuelto y, junto con su esposa Mary, estaba  excavando en la garganta de Olduvai. Allí, en el lecho 1, debajo del nivel del esqueleto encontrado por Reck,   encontró   toscas   hachas   pequeñas   fabricadas   con guijarros   y   piedras   redondas,   que   tal   vez   se   usaban   como   boleadoras. Es decir,   dos   o   tres   bolas   sujetas   a   una   tira   de   cuero   que   se   arrojaban   a   las  patas   de   los   animales.   Incluso   encontró   un   hueso   que   tal   vez   servía   para trabajar el cuero. Pero   cuando,   en   1959,   halló   fragmentos   de   cráneo   de   un   ser   parecido al   Australopithecus robustus  se llevó una decepción. Su esposa admitió que, después de 30 años, Leakey todavía albergaba la esperanza de encontrar al Homo sapiens.   Bautizó   a   su   nuevo   hombre-mono   con   el   nombre   de Zinjanthropus   (Zinji   significa   África   Oriental).   Curiosamente,   decidió   que   las herramientas   encontradas   en   el   yacimiento   pertenecían   al   Zinjanthropus,  aunque hacían pensar en un ser más inteligente. Al   menos   el   Zinjanthropus   hizo  que   Leakey   recuperase   su   prestigio entre   los   paleontólogos.  Parecía   como   si   se   hubiera   arrepentido   de   sus anteriores herejías. Un año más tarde, su hijo Jonathan encontró otro cráneo en   el   lecho   1,   debajo   del   Zinjanthropus.   El  nuevo   cráneo   tenía   un   cerebro más   grande   que   el   Zinjanthropus, 680   centímetros   cúbicos   frente   a   530 centímetros   cúbicos, pero todavía era más pequeño que los cráneos de  Homus erectus  (alrededor de 800 centímetros   cúbicos). Una mano y un pie que Louis y Mary Leakey encontraron cerca de allí   eran   inconfundiblemente   humanos.   Las   herramientas  que   se   hallaron  en la zona también indicaban que se trataba de un antepasado del ser humano. Por   sugerencia   de   Dart,   Leakey   le   dio   el   nombre   de   Homo habilis,   hombre que fabrica herramientas. Leakey   se   sentía   bastante   satisfecho   de   sí   mismo.   Antes   del   Homo  habilis,   los  paleoantropólogos  habían supuesto que  el   Homus  erectus   era el descendiente directo del australopiteco. Ahora Leakey acababa de demostrar que entre los dos había un antepasado más verdaderamente humano. Desde luego, representaba dar marcha atrás después de su anterior creencia en la posibilidad   de   encontrar   al   Homo   sapiens   en   los   primeros   tiempos   del pleistoceno.   Pero   era   mejor   que   nada.

De hecho  Leakey  comentó   que,   en   su   opinión,   el australopiteco   mostraba   varios   rasgos   especializados   que   no   conducían   al hombre. Pero   muchas   herramientas   de   piedra   encontradas   en   yacimientos   del pleistoceno no dejaban duda alguna de que algún hombre primitivo fabricaba herramientas. A pesar de ello, nunca se encontraron tales herramientas junto con restos del australopiteco. A finales del decenio de 1960, otro hijo de Louis Leakey, Richard,   y   su   esposa,   Meave,   participaban   también   en   la   búsqueda   de   los orígenes   humanos.   En   agosto   de   1972,   un   miembro   del   grupo   de   Richard Leakey encontró un cráneo roto en pedazos en el lago Turkana. Después de que   Meave   Leakey   lo   reconstruyera,   parecía   mucho   más   humano   que   el australopiteco,   con   su   frente   abombada   y   su   capacidad   cerebral   de   más   de 800   centímetros   cúbicos.   Leakey   calculó   que   tendría   alrededor   de   2,9 millones   de   años   de   antigüedad.   Decidió   que   era   otro   ejemplar   de   Homo  habilis.   Pero   si   realmente   era   tan   antiguo,   entonces   era   contemporáneo   del australopiteco,   y   eso   quería   decir   que,   después   de   todo,   quizá   el australopiteco   no   era   antepasado   del   hombre.   Leakey   sugirió   que   el australopiteco se había esfumado de la prehistoria como los neandertales. J. D. Birdsell, el autor de un libro titulado  Human Evolution,  se inclinaba a datar el Homo habilis  de Richard Leakey en unos dos millones de años. Pero   le   preocupaba   la   afirmación   de   Leakey   en   el   sentido   de   que   el   Homo  habilis   llevaba   al   Homo   erectus.   A   Birdsell   le   parecía   que   la   anatomía   del Homo habilis   era más moderna que la del   Homo erectus,   y que la evolución del   Homo   habilis   al   Homo   erectus   sería   un  paso   hacia  atrás.  Se   inclinaba   a estar   de   acuerdo   con   el   padre   de   Richard,   Louis   Leakey,   en   que probablemente el  Homo erectus  no era una parte principal del linaje humano. Continuaron   apareciendo   indicios   interesantes   de   la   existencia   de   un antepasado más «humano».  Leakey recibió una llamada de un colega suyo, un tal John Harris, que quería enseñarle un fémur que parecía humano y que había   encontrado   entre   huesos   de   elefante   en   yacimientos   que   tenían   más de   2,6   millones   de   años   de   antigüedad.   Nuevas   investigaciones   produjeron más hallazgos. Por otra parte, los huesos que se encontraron eran diferentes de   los   del   australopitecus   y   se   parecían   más   a   los   del   hombre   moderno. Leakey   opinó   que   demostraban   que   este   ser, el   Homo   habilis,  andaba siempre  con   el   cuerpo  erguido,   mientras   que   el   australopitecus   sólo  andaba con el cuerpo en esta postura durante parte del tiempo.

Cuando una técnica denominada   «datación  por   el  potasio-argón»   pareció   demostrar   que  la   capa de  material, llamado  «tufo»,  en el  cual  se  encontraron los  huesos,  tenía  una antigüedad de 2,9 millones de años, dio realmente la impresión de que este Homo habilis   era  el ejemplar humano más antiguo que se había encontrado hasta entonces. Pero la historia aún iba a dar otro giro inesperado. En  1973,   un   joven   antropólogo   de   la   universidad   de   Chicago,   Donald  Johanson,   asistió   a   una   conferencia   en   Nairobi,   donde   conoció   a   Richard Leakey. Johanson dijo a Leakey que un geólogo francés le había hablado de un   yacimiento   prometedor   en   Hadar,   en   el   desierto   de   Afar, en el   nordeste   de Etiopía, y que pensaba trasladarse allí en busca de fósiles de homínidos. Al preguntarle Leakey si realmente contaba con encontrar homínidos, Johanson contestó: «Sí, más antiguos que los de usted». Se apostaron una botella de vino. De   hecho,   las   cosas   salieron   mal   durante   la   primera   temporada. Johanson   no   encontró   fósiles   y   el   dinero   de   la   subvención   se   le   estaba terminando. Pero una tarde encontró una tibia. Tras buscar un poco más, dio con la articulación de la rodilla y parte del hueso superior. El yacimiento donde halló estos huesos tenía más de   tres   millones   de   años   de   antigüedad.   En   la   monografía   donde   daba cuenta del hallazgo,  Johanson sugirió que  la antigüedad podía ser  de  cuatro millones de años y expuso las razones por las cuales pensaba que se trataba de   un   humanoide.   El   descubrimiento   le   valió   otros   25.000   dólares   en subvenciones. El 30 de noviembre de 1974, Johanson y su colega Tom Gray estaban buscando en otro yacimiento de Hadar y cuando la temperatura alcanzó casi 40   grados   centígrados   empezaron   a   pensar  en  dejarlo   hasta   otro   momento. Pero   Johanson   se   había   «sentido   afortunado»   durante   todo   el   día   e   insistió en   echar   un   vistazo   en   un   barranco   donde   ya   habían   buscado.   Vio   allí   un fragmento   de   hueso   de un  brazo   que   parecía   de   mono.   Gray,   a   su   vez, encontró un fragmento de cráneo y parte de un fémur. Al hallar otras partes de   esqueleto,   se   pusieron  a celebrarlo .   Más   tarde,   cuando   escuchando un tema de los Beatles titulado   Lucy in the Sky with Diamonds,  decidieron bautizar su hallazgo, cuyo pequeño tamaño hacía pensar en una mujer, con el nombre de Lucy. El método de datación por el potasio-argón y el método magnético indicaron que la edad de Lucy era de unos 3,5 millones de años. Un año después, en una ladera de Hadar, Johanson y su grupo hallaron huesos de no menos de trece homínidos, a los que denominaron «la Primera Familia».   Todos   resultaron   tener   más   o   menos   la   misma   edad   que   Lucy. También encontraron herramientas de piedra cuya factura era mejor que las halladas   en   la   garganta   de   Olduvai.

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Cuando   John   Harris   objetó   que   las herramientas   podían   ser   modernas,   ya   que   se   habían   encontrado   en   la superficie,   Johanson   siguió   excavando   y   descubrió   en   el mismo  lugar  herramientas   de   piedra   cuya   antigüedad   era   de   aproximadamente   2,5 millones de años. De   modo   que,   al   parecer,   no   había   duda   de   que   Lucy   y   la   Primera Familia   eran   humanas   y,   asimismo,   más   antiguas   que   el   Homo   habilis   de Leakey.   A   estas   alturas   Johanson   se   inclinaba   a   creer   que   Lucy   era   un australopiteco, mientras que la Primera Familia era un tipo de   Homo habilis.  Richard   Leakey   pensaba   que   era   probable   que   Lucy   fuese   un   «ramapiteco tardío»,   es   decir,   el   mono   antiguo   que   muy   probablemente   no   es   un antepasado   del   ser   humano.   Pero   más   adelante,   un   paleontólogo   llamado Timothy   White   persuadió   a   Johanson   de   que   todos   los   hallazgos correspondían a un tipo de australopiteco. Johanson decidió entonces dar al grupo   de   Hadar   el   nombre   de   Australopithecus   afarensis, en   honor   del desierto de Afar. Al parecer, ésta es la conclusión a la que finalmente llegó la ciencia del hombre   antiguo.   Los   seres   humanos   han   evolucionado   a   lo   largo   de   tres millones y medio de años a partir del simiesco   Australopithecus afarensis.   Al cabo de un millón de años, éste había evolucionado y se había convertido en el   Australopithecus africanus,   «el hombre dartiano». Vinieron luego el   Homo  habilis,  el  Homo erectus  y  finalmente el  Homo sapiens.  No  cabe duda de que el esquema parece satisfactoriamente ordenado y completo. Sin   embargo,   las   dudas   persisten.   No   se   sabe   que   el   australopiteco fabricara   herramientas   y,   pese   a   ello,   se   encontraron   herramientas   en   el yacimiento   de   la   Primera   Familia.   ¿Podría   ser que   la Primera   Familia   fuese   un   grupo   del   Homo   habilis,   y   que   el   Homo   habilis  coexistiera con el australopiteco? Otro hallazgo refuerza la duda. En 1979, Mary Leakey se encontraba en Laetoli,   unos   32   kilómetros   al   sur   de   la   garganta   de   Olduvai.   Y   entre   las huellas fósiles de animales que  había  en  la ceniza volcánica,  su hijo Philip y otro miembro de la expedición, Peter Jones, descubrieron algunas huellas de homínidos   que   databan, según   el   método   del   potasio-argón, entre 3,6 y 3,8 millones de años. Pese a ello, su aspecto era típicamente humano. ¿Y qué más da que el hombre tenga una antigüedad de dos millones de  años, o de diez millones o incluso más?  Absolutamente ninguna, si somos capaces de aceptar que el Australopithecus afarensis pudo convertirse en el Homo sapiens en unos tres millones y medio de años. Porque ése es el problema: la escala de tiempo. Sir Arthur Keith, refiriéndose al cráneo de Taung, escribió que «aparece demasiado tarde en la escala de tiempo para desempeñar algún papel en la ascendencia   del   hombre».   En   aquel   momento   se   suponía   que   el   cráneo   de Taung   tenía  alrededor  de  un  millón  de  años  de  antigüedad,  y   Keith  opinaba que   sencillamente   no   era   tiempo   suficiente   para   que   aquel   ser   simiesco   se convirtiese en el Homo sapiens en 900.000 años.

Pero, aunque   supongamos   que   Lucy   era   un   tipo   de   ser   humano   muy anterior,   el   problema   sigue   existiendo.   En   los   dos   millones   y   pico   de   años comprendidos   entre   Lucy   y   el   «bebé   de   Dart»   ha   habido   pocos   cambios. Ambos podrían   ser   monos. El   Homo   erectus ,   con   una   antigüedad   de medio millón de años, todavía presenta un aspecto simiesco. Luego, en sólo 400.000   años, un  instante desde el punto de vista del   tiempo   geológico,   tenemos   el Homo sapiens   y   los   neardentales   con   un   cerebro   mucho   mayor   que   el   del hombre moderno. Si, en cambio, Reck y Leakey tienen razón, entonces puede que el Homo sapiens  existiera durante mucho más de dos millones de años y la escala de tiempo se vuelve mucho más verosímil. Mary Leakey escribió sobre la huella de   Laetoli:   «hace   al   menos   3.600.000   años,   en   el   plioceno,   el   ser   que, según   creo,   fue   el   antepasado   directo   del   hombre   andaba   con   el   cuerpo totalmente   erguido   y   utilizaba   los   dos   pies   y   las   piernas   con   soltura…   y   sus pies   tenían   exactamente   la   misma   forma   que   los   nuestros».   Y   dado   que   la forma  del   pie  tiene importancia  en  la  evolución  humana, saber la fecha   en   que   el   ser   descendió   de   los   árboles tiene   una   importancia fundamental. Si   un   homínido   con   pie   humano   existía   hace   más   de   tres   millones   de años,   sin   duda   contribuiría   a   corroborar   el   argumento   de que la civilización tiene una antigüedad que supera en miles de años a la   que   le   atribuyen   los   historiadores.   A   primera   vista,   esa   afirmación   puede parecer absurda: ¿qué importancia pueden tener unos cuantos miles de años cuando   estamos   hablando   de   millones?   Pero   de   lo   que   realmente   se   trata es  del  desarrollo de  la  mente  humana. En   Timescale,   Nigel  Calder cita al   antropólogo   T.   Wynn,   según   el   cual   las   pruebas   ideadas   por   el   psicólogo Jean Piaget y aplicadas a herramientas de la edad de piedra procedentes de Isimila,   en   Tanzania, cuya   datación   por   el   uranio   dio   una   antigüedad   de  330.000 años, indican que quienes las fabricaron eran tan inteligentes como los seres humanos modernos. En   cierto   modo,   esto   resulta   tan   sorprendente   como   el   comentario   de Mary   Leakey   en   el   sentido   de   que   hace   3.600.000   había   en   la   tierra   seres que caminaban con el cuerpo erguido. Si había en la Tierra seres inteligentes hace 330.000 años, ¿por qué no hicieron algo con su inteligencia, como inventar el arco y flecha o pintar imágenes? En realidad, la pregunta no es razonable. Los inventos tienden a ser fruto de dificultades. Si no se presentan dificultades, las cosas tienden a seguir como estaban  antes.

Los   pequeños   grupos   de   homínidos   que   vivían  en entornos   muy   distantes   unos   de  otros  se   encontraban  en   la   misma   posición que las personas que vivían en poblados remotos hace unos cuantos siglos. Debían   de   tener   una   perspectiva   increíblemente   circunscrita   al   lugar   donde vivían. Cada   generación   hacía   exactamente   lo   mismo   que   la   generación   de sus   padres,   la   de   sus   abuelos   y   la   de   sus   bisabuelos,   porque   a   nadie   se   le ocurrían   ideas   nuevas.   ¿Cómo pudo el hombre permanecer invariable durante cientos de miles de años? Dicho   de   otro   modo,   puede   que   hombres   dotados   de   gran   inteligencia hicieran   una   y   otra   vez   la   misma   clase   de   herramientas   toscas   porque   no veían   ninguna   razón   para   hacer   otra   cosa.   Es   verdad   que   andar   con   el cuerpo   erguido   confiere   ciertas   ventajas, tales como   la   visión, que   llega   más lejos   que   la   de   un   perro,   y   el   hecho   de   que   los   ojos   estén colocados   uno   al   lado   del   otro,   en   vez   de   a   uno   y   otro   lado   de   la   cabeza, significa   que   juzga   mejor   las   distancias,   lo   cual   es   una   ventaja   para   cazar. Pero   no   hay   ninguna   buena   razón   por   la   cual   un   ser   erguido   no   deba permanecer   invariable   durante   millones   de   años   si   no   se   presentan   nuevas dificultades.  Y si   había   antepasados   «del hombre»   en   la   Tierra   hace   tres   o   cuatro   millones   de   años,   ¿por   qué   no hemos   encontrado   sus   restos?   La   respuesta   está   en   el   comentario   de Richard Leakey en  People of the Lake:  «Si alguien se tomara la molestia de reunir   en   una   sola   habitación   todos   los   restos   fósiles   de   nuestros antepasados   (y   sus   parientes   biológicos)   que   se   han   descubierto   hasta ahora…   tendría   suficiente   con   un   par   de   mesas   grandes,   de   esas   de caballete, para colocarlos». De los millones de homínidos que vivieron en la Tierra durante la prehistoria, tenemos solamente unos cuantos huesos. A   pesar   de   todo,   en   las   mesas   de   caballete   habría   algunas   muestras interesantes, como,   por   ejemplo,   el   esqueleto   de   Reck   y   la   mandíbula   que Leakey   encontró   en   Kanam,   que   parecen   sugerir   la   posibilidad   de   que   el hombre exista desde hace más tiempo del que suponemos. En   1976,   un   joven   estudiante   norteamericano   de   ciencias   políticas, llamado   Michael   A.   Cremo,   se   hizo   miembro   del   Bhaktivedanta   Institute   en Florida, que enseña una forma de hinduismo llamada Gaudiya Vaishnavism. El guru de Michael   A.   Cremo, conocido por el nombre de Swami Prabhupada, le sugirió que estudiara paleontología, para tratar de determinar que es posible que la antigüedad   del   Homo   sapiens   supere   en   millones   de   años   la  que   se   acepta de forma general. Prabhupada murió en 1977.

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La   idea   de   empezar   una   investigación   científica   por   motivos   religiosos despierta recelos comprensibles porque trae a la memoria el llamado «juicio del mono», que se le celebró a Scopes en Tennessee, y hace pensar en los modernos   cristianos   renacidos   que   todavía   se   oponen   al   darwinismo.  El Juicio de Scopes, a menudo llamado en inglés “Scopes Monkey Trial“, fue un sonado caso legal en Estados Unidos que puso a prueba el Butler Act, que establecía que era ilegal en todo establecimiento educativo del estado de Tennessee, “la enseñanza de cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre tal como se encuentra explicada en la Biblia, y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores“. El caso se constituyó en un punto crítico en la controversia sobre la evolución y el creacionismo en los Estados Unidos. John Scopes, un profesor de escuela secundaria, fue acusado el 5 de mayo de 1925 de enseñar la evolución utilizando un capítulo de un libro de textos que estaba basado en ideas inspiradas en el libro de Charles Darwin El Origen de las Especies. El juicio enfrentó dos de los abogados más brillantes de la época. Por una parte William Jennings Bryan, miembro del congreso, ex Secretario de Estado, y tres veces candidato presidencial estuvo a cargo de la fiscalía y acusación, mientras que el destacado abogado de litigaciones Clarence Darrow dirigió la defensa. Este famoso juicio alcanzó amplia difusión mediante la obra de teatro Inherit the Wind, de 1955, inspirada en el juicio. Sin embargo,   sería   un   error   poner   la   perspectiva   del   hinduismo   en   el   mismo grupo   que   la   de   algunas   de   las   formas   más   dogmáticas   de   cristianismo, porque el  hinduismo es notable por  estar libre de dogmas. Su creencia más fundamental   se   expresa   con   las   palabras   sánscritas   Tat   tvam   asi,   que significan   «Eso   eres   tú». Significa   que   la   esencia   del   alma   individual   (Atman)   es idéntica a la esencia de dios (Brahmán). En el cristianismo, generalmente se interpreta   que   la   afirmación   «El   reino   de   Dios   está   entre   vosotros»   quiere decir lo mismo. Dicho   de   otro   modo,   la   esencia   del   vedantismo,  la   filosofía   básica   del hinduismo,  es una creencia nada dogmática en la naturaleza espiritual de la realidad.   Así   que   sería  incorrecto   comparar   la   tarea   encomendada   a   Michael   A.   Cremo con la de algún fundamentalista cristiano que se propusiera demostrar que el darwinismo   tiene   que   ser   falso   porque   choca   con   el   Libro   del   Génesis.   El equivalente   hindú   del   Libro   del   Génesis   son   los   himnos   védicos, probablemente   la   literatura   más   antigua   del   mundo. Y  el   comentario   de   los Vedas, el   Bhagavata Purana,   afirma que los seres humanos han existido en la   Tierra   durante   cuatro   inmensos   ciclos   de   tiempo,   llamados   yugas,   cada uno de los cuales duró varios miles de «años de los semidioses». Dado que cada   año   de   los   semidioses   equivale  a   360   años   terrestres,   el   ciclo   total   de cuatro  yugas  asciende a 4.320.000 años.

Pero   lo   que   se   pedía   a   Cremo   no   era   que   «probase»   el   Bhagavata  Purana,   sino   sencillamente   que   examinara   los   datos   que   proporcionaba   la paleontología y los valorase objetivamente. Cremo   y   su   colega   Richard   L.   Thompson,   matemático   y   científico, debían   pasar   varios   años   estudiando   material   sobre   los   orígenes   de   la humanidad.   Finalmente,   su   libro,   Forbidden   Archaeology,   aparecería   en  1993. No es un libro polémico que presente argumentos a favor o en contra del   darwinismo,   sino   sencillamente   un   estudio   exhaustivo,  de más   de   900 páginas, sobre la historia de la paleoantropología. Picó   la   curiosidad   de   Cremo   el   hecho   de   que   hubiesen   tan   pocos informes sobre el hombre antiguo que datasen de entre 1859, año en que se publicó   El   origen   de   las   especies,   y   1894,   el   año   del   hombre   de   Java.   Al estudiar volúmenes de antropología publicados a finales del siglo XIX y principios   del   XX,   Cremo   encontró   comentarios   negativos   sobre   muchos informes   durante   el   citado   período,   lo   que   indicaba   que  se   habían publicado   muchos   informes,   pero   nadie   les   había   hecho   caso   porque parecían   contradecir   la   nueva   ortodoxia   darwiniana.   Sacó   datos   sobre   tales informes   en   las   notas   a   pie   de   página,   luego   buscó   los   originales   en bibliotecas universitarias y finalmente pudo obtener muchos de ellos.        He aquí algunos ejemplos típicos seleccionados entre los cientos que se  ofrecen en el libro Forbidden   Archaeology. A   comienzos   de   la   década   de   1870,   el   barón   Von   Ducker   visitó   el Museo   de   Atenas   y   se   sintió   intrigado   al   ver   huesos   de   animales   que mostraban señales de fracturas provocadas deliberadamente para extraerles la médula. Entre ellos los había de un caballo de tres dedos llamado  Hipparion.  Los   bordes   afilados   de   las   fracturas   parecían   indicar   que   habían   roto   los huesos   golpeándolos   con   piedras   pesadas   en   vez   de   haberse   roto   al   ser roídos   por   animales.   Von   Ducker   fue   al   lugar   donde   los   habían   encontrado, un pueblo llamado Pikermi, se puso a excavar y pronto dio con un enorme montón   de   huesos   rotos   procedentes   de   un   yacimiento   que   databa claramente  de  finales  del  mioceno, sin   duda  alguna  de  antes  de  hace  cinco millones de años. El   profesor   Albert   Gaudry,   que   había   seleccionado   los   huesos   para exponerlos   en   el   museo,   reconoció   que:   «De   vez   en   cuando   encuentro fracturas   en   los   huesos   que   parecen   hechas   por   la   mano   del   hombre».   Y agregó:   «Pero   me   cuesta   admitirlo».   Otros   profesores   insistieron   en   que   los huesos los habían roto animales como, por ejemplo, las hienas.

Más   o   menos   en   aquel   tiempo, en   1872,   en   una   sesión   de   la   Royal Anthropological Society, el geólogo Edward Charlesworth mostró numerosos dientes   de   tiburón   en   los   que   se   habían   practicado   agujeros   que   los atravesaban,   como   si   quisieran   utilizarlos   para   hacer   collares   como   los   que confeccionan   en   la   actualidad   los   habitantes   de   las   islas   de   los   mares   del Sur.   La   capa   de   donde   se   recuperaron   tenía   una   antigüedad   de   entre   dos millones y dos millones y medio de años. El profesor Richard Owen comentó que   la   «acción   mecánica   humana»   era   la   explicación   más   verosímil.   El australopiteco,   por   supuesto,   no   fabricaba   adornos.   Aunque   Charlesworth descartó los moluscos horadadores, sus colegas académicos decidieron que los   agujeros   eran   obra   de   una   combinación   de   desgaste,   descomposición   y parásitos. En   1874,   el   arqueólogo   Frank   Calvert   dio   cuenta   de   que   había encontrado pruebas de la existencia del hombre en el mioceno. En un   acantilado  de   los   Dardanelos   halló   un   hueso   que   pertenecía   a   un dinoterio   o   a   un   mastodonte   y   en   el   que   aparecía   grabada   la   imagen   de   un «cuadrúpedo con cuernos» y había rastros de otras siete u ocho figuras. Un geólogo   ruso   llamado   Tchihatcheff   admitió   que   el   estrato   correspondía   al mioceno.   Pero   como   a   Calvert   le   consideraban   un   aficionado,   nadie   hizo caso de su hallazgo. Cremo   cita   varias docenas  de ejemplos más.   Entre   los   más   convincentes   se   encuentra   el   caso   de   Carlos Ribeiro. En los escritos del geólogo J. D. Whitney, Cremo vio mencionado varias   veces   un   geólogo   portugués   que   se   llamaba   Carlos   Ribeiro   y que  había hecho algunos descubrimientos interesantes en el decenio de 1860. Pero no encontró ninguna obra de Ribeiro en las bibliotecas. Finalmente Cremo halló algo sobre Ribeiro en   Le préhistorique,   de Gabriel de Mortillet (1883), cuyas notas   a   pie   de   página   le   permitieron   localizar   varios   artículos   de   Ribeiro publicados en revistas francesas de arqueología y antropología. Lo  que comprobó  fue  que Ribeiro  no era ningún  aficionado.  Era el  jefe del Servicio de Estudios Geológicos de Portugal.

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A principios del decenio de 1860, Ribeiro   se   hallaba   estudiando   útiles   de   piedra   encontrados   en   estratos cuaternarios en   Portugal, es   decir,   en el   pleistoceno,  época geológica que comienza hace 2,59 millones de años y finaliza aproximadamente 10.000 años a.C.   Al   saber   que   habían encontrado herramientas de pedernal en lechos terciarios de piedra caliza en la cuenca el río Tajo, se apresuró a examinarlos y a llevar a cabo sus propias excavaciones.   Enterrados   muy   profundamente   en   un   lecho   de   piedra   caliza,  inclinado   en   un   ángulo   de   más   de   30   grados   con   la   horizontal,   encontró «pedernales trabajados»  y los  extrajo. El  hallazgo  le colocó en una posición embarazosa,   porque   sabía   que   era   un   período   demasiado   temprano   para encontrar artefactos humanos. Así que en su informe dijo que el lecho debía de ser del pleistoceno. en 1866,  al  indicar  que  los  lechos  eran del  pleistoceno en un mapa  de los   estratos   geológicos   de   Portugal,   Ribeiro   recibió   críticas   del   geólogo francés   Édouard   de   Verneuil,   que   señaló   que   todo   el   mundo   estaba   de acuerdo en que los lechos eran del plioceno y del mioceno, anteriores al pleistoceno. Mientras   tanto,   un   prestigioso   investigador,   el   abad   Louis   Bourgeois, había   hecho   hallazgos   más   interesantes   en   Thenay,   cerca   de   Orleans.   La factura de los pedernales era tosca, pero, en opinión del abad, se trataba sin duda   alguna   de   artefactos.  Además,   en   algunos   de   ellos   había   señales   de haber   estado   en   contacto   con   el   fuego,   lo   cual   parecía   corroborar   esta opinión. Ahora   bien,   el   abad   Bourgeois   venía   excavando   en   busca   de pedernales   desde   mediados   del   decenio   de   1840,   mucho   antes   de   la revolución   darwiniana,   así   que   no   se   sintió   profundamente   preocupado   al saber   que   los   pedernales   se   habían   hallado   en   lechos   del   mioceno, entre 25 y cinco millones de años. Pero al mostrarlos en París en 1867, sus colegas no quedaron convencidos. La   primera   objeción   que   pusieron   fue   que   no   eran   artefactos,   sino «naturofactos», artefactos producidos por la naturaleza.   Existen,   sin   embargo,   varios   métodos   sencillos   para distinguir   el   trabajo   humano   en   los   pedernales.   Un   fragmento   de   pedernal natural, encontrado en el suelo, suele parecerse a cualquier otra piedra, con superficies   redondeadas.   Pero   la   diferencia   entre   el   pedernal   y   las   demás piedras es que al golpearlo en ángulo, se descascarilla y deja una superficie plana, aunque es frecuente que el golpe cause un efecto de rizos. Lo   primero   que   hay   que   hacer   para   fabricar   una   herramienta   de pedernal es quitar el extremo redondeado. A esta superficie plana se la llama «raspador».   Después   de   quitar   dicho   extremo,   hay   que   golpear   el   pedernal delicadamente una y otra vez, con gran habilidad. Un resultado frecuente es el llamado «bulbo de percusión», que consiste en una leve hinchazón, como una ampolla.  A menudo saltan esquirlas que dejan un agujero con forma de cicatriz   llamado   eraillure   (rasguño).

Un   pedernal   que   presente   dos   bordes parecidos   a   cuchillos   y   otros   rasgos   es,   sin   duda   alguna,   obra   del hombre. Una piedra que ruede por el lecho de un torrente o resulte golpeada por   un   arado   puede   producir   un   objeto   que   parezca   vagamente   artificial, pero, por regla general, a un experto le basta verla para saber si lo es o no. Cuando   hay   docenas   de   tales   pedernales,   como   en   el   caso   de Bourgeois,   resulta   cada   vez   más   difícil   explicar   su   existencia   diciendo   que son   «naturofactos».   Al   objetar   Sir   John   Prestwich, futuro   protector   del arqueólogo  Benjamin   Harrison,   que   los   pedernales   podían   ser   recientes   porque   se habían   encontrado   en   la   superficie.   Bourgeois   excavó   más   hondamente   y encontró otros. Al sugerir los críticos que tal vez los pedernales habían caído en   fisuras   en   lo   alto   de   la   meseta,   Bourgeois   demostró   que   no   era   así excavando hondamente en ella y comprobando que había un lecho de piedra caliza   de   treinta   centímetros   de   grueso,   que   hubiera   impedido   que   los pedernales artificiales penetraran en una capa «más antigua». Al   enterarse   de   todo   esto,   Ribeiro   no   volvió   a   declarar   que   sus   lechos del   río   Tajo   eran   cuaternarios   y   aceptó   la   teoría   de   que   eran   terciarios. Posteriores geólogos han coincidido con él. Y empezó a hablar francamente de pedernales trabajados encontrados en lechos del mioceno. En   la   Exposición   de   París   de   1878, que   impulsó   a   don   Marcelino   de Sautuola   a   explorar   la   cueva   en   Altamira,   Ribeiro   expuso   95   de   sus «herramientas» de pedernal y cuarcita. De Mortillet los examinó y, aunque 73 de   ellos   le   parecieron   dudosos,   reconoció   que   los   otros   22   mostraban señales de trabajo humano. Decir esto, como señala Cremo, fue mucho para un   hombre   como   De   Mortillet,   que   se   oponía   categóricamente   a   la   idea   de que existieron seres humanos en el período terciario. Y Émile Cartailhac, que se encontraba entre los que más adelante acusarían a Marcelino   de Sautuola de engaño, se   entusiasmó   tanto   que   volvió   varias   veces   para   enseñar   los   pedernales   a amigos suyos. De Mortillet dijo que tenía la sensación de estar contemplando herramientas   musterienses, obra   del   hombre   de   Neandertal,   pero   más toscas.

Tenemos que recordar que en aquella época Haeckel proponía que el eslabón perdido   se   encontraría   en   el   plioceno,   o   incluso   a   finales   del   mioceno, mientras   que   Darwin   pensaba   que   ya   podía   encontrarse   en   el   eoceno,   que empezó hace 55 millones de años. Así que Cartailhac y los demás no tenían forzosamente la sensación de ser herejes. En 1880,  Ribeiro expuso más pedernales  en el Congreso  Internacional de   Antropología   y   Arqueología   que   se   celebró   en   Lisboa   y   escribió   un informe   sobre   el   hombre   terciario   en  Portugal.   El   congreso   mandó  un   grupo de geólogos a examinar los lechos. Formaban parte del grupo Cartailhac, De Mortillet   y   el   famoso científico  alemán   Rudolf   Virchow,   que   había   declarado   que   el hombre de Neandertal era idiota. El 22 de septiembre de 1880 el grupo salió de Lisboa en un tren especial a las seis de la mañana y desde las ventanillas sus   componentes   fueron   indicándose   mutuamente   los   estratos   jurásicos, cretáceos   y   de   otros   tipos.   Llegaron   a   la   colina   de   Monte   Redondo,   donde Ribeiro había encontrado tantos pedernales, y se separaron para empezar la búsqueda.  Hallaron  muchos  pedernales  trabajados  en la  superficie,  a  la  vez que   el   italiano   G.   Belucci   encontró   en   el   mismo   lugar,   en   un   lecho   de comienzos del mioceno, un pedernal que todos reconocieron que había sido «trabajado». En el debate posterior que se celebró en el congreso, virtualmente todos los   asistentes   estuvieron   de   acuerdo   en   que   Ribeiro   había   probado   la existencia del hombre en el mioceno.  No   hubo   ningún   cambio   de   parecer   en   relación   con   Ribeiro ni  ninguna denuncia   repentina   por   parte   de   los   científicos   conservadores.   Después   del descubrimiento  del   hombre  de   Java   por   parte   de   Dubois, que también   fue   muy   discutido,   sus   puntos   de   vista   -y   sus   pruebas- sencillamente fueron olvidados. Nadie ha demostrado que sus pedernales no fueran   del   mioceno,   ni   apuntado   una   razón   convincente   por   la   cual   fueran encontrados en lechos del mioceno. Sencillamente se dejó de hablar de ello. A   finales  del  verano   de   1860,  el   profesor  Giuseppe  Ragazzoni,   que   era geólogo   del   Instituto   Técnico   de   Brescia,   se   encontraba   en   Castenodolo, unos nueve kilómetros al sur de dicha ciudad. Iba a buscar conchas fósiles en   los   estratos   del   plioceno   descubiertos   en   la   base   de   una   colina   baja,   la Colle de Vento. Entre   las   conchas   encontró   un   fragmento   de   la   parte   superior   de   un cráneo,   lleno   de   coral   revestido   de   arcilla   azul.   Y,   luego,   cerca   de   allí,   más huesos, esta vez del tórax y las extremidades.

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Los   enseñó   a   dos   geólogos   y   le   dijeron   que   sin   duda   eran   huesos humanos, pero que procedían de un enterramiento más reciente. Ragazzoni, sin   embargo,   no   quedó   convencido.   Sabía   que   durante   el   plioceno   un   mar cálido bañaba los pies de la colina. Los huesos estaban recubiertos de coral y   conchas;   luego   habían   sido   depositados   allí   por   el   mar   del   plioceno.   Más adelante encontró otros dos fragmentos de hueso en el mismo yacimiento. Al cabo   de   quince   años,   un   comerciante   del   lugar,   Carlo   Germani,   compró   la zona   con   la   intención   de   vender   la   arcilla,   que   era   rica   en   fosfato,   como fertilizante,   y   Ragazzoni   le   pidió   que   estuviera   atento   por   si   aparecían huesos. Cinco años después, en enero de 1880, los trabajadores de Germani encontraron fragmentos de un cráneo, con parte de una mandíbula inferior y algunos   dientes.   Aparecieron   más   fragmentos.   Luego,   en   febrero,   se desenterró   un   esqueleto   humano   completo.   Estaba   ligeramente   deformado, lo cual, al parecer, se debía a la presión de los estratos. Una vez restaurado el   cráneo,   era   imposible   distinguirlo   del   de   una   mujer   moderna.   Estaba enterrado   en   barro   marino,   sin   mezcla   de   arena   amarilla   y   arcilla   roja   de estratos   superiores.   Se   descartó   la   posibilidad   de   que   el   esqueleto   hubiera sido introducido en la arcilla marina azul por alguna corriente, ya que la arcilla que lo cubría también formaba capas, lo cual significaba que el esqueleto  había ido  quedando  enterrado  lentamente  en  la arcilla  durante un largo   período.   Los   geólogos   que   examinaron   el   lecho   dijeron   que   era   de mediados   del   plioceno,   es   decir,   hace   unos   tres   millones   y   medio   de   años, del mismo período que Lucy y la Primera Familia. En   1883,   el   profesor   Giuseppe   Sergi,   anatomista   de   la   universidad   de Roma, visitó el yacimiento y decidió que los diversos huesos y fragmentos de cráneo   representaban   un   hombre,   una   mujer   y   dos   niños.   La   zanja   que   se había   cavado   en   1880   seguía   allí   y  Giuseppe Sergi   pudo   ver   muy   bien   los   estratos, todos   ellos   claros   y   separados.   Se   mostró   de   acuerdo   en   que   no   había   la menor   probabilidad   de   que   los   huesos   hubieran   llegado   desde   arriba arrastrados   por   el   agua,   toda   vez   que   la   arcilla   roja   era   muy   distintiva.   En cuanto   a   un   enterramiento,   el   esqueleto   de   mujer   yacía   boca   abajo,   lo   cual indicaba claramente que había que descartar esa posibilidad. Parecía,   pues,   que   acababa   de   encontrarse   la   prueba   irrefutable   de   la existencia del  Homo sapiens  en el plioceno.

Pero iba a surgir una complicación. En 1889, se halló otro esqueleto en Castenodolo.   Éste   yacía   boca   arriba   en   los   ostrales   y   daba   la   impresión   de que lo hubiesen enterrado. Sergi visitó el yacimiento de nuevo, en compañía de   otro   profesor,   un   tal   Arthur   Issel.   Ambos   opinaron   que   este   esqueleto   lo habían enterrado y que, por tanto, era probable que fuese más reciente. Pero al escribir sobre ello, la conclusión de Issel fue que esto demostraba que los esqueletos   anteriores   también   habían   sido   enterramientos   recientes,   quizá perturbados   por   las   faenas   agrícolas.   Como   no   tenía   ninguna   relación   con los   esqueletos   anteriores,   no   demostraba   nada   de   esa   índole.   Añadió   que Sergi estaba de acuerdo con él. En cuanto a la geología, podían descartarse todos los esqueletos de Castenodolo porque eran del cuaternario. Pero lo cierto era que Sergi no estaba de acuerdo con él, como dejaría bien   claro   más   adelante.   No   vio   absolutamente   ningún   motivo   para   cambiar su opinión de que los anteriores esqueletos eran del plioceno. A   continuación,   Michael   Cremo   cita   a   un   arqueólogo,   el   profesor   R.   A. S. Macalister, que, en 1921, empieza reconociendo que Ragazzoni y   Sergi   eran   hombres   de   gran   reputación  y   que,   por   tanto,   su   opinión   debía tomarse   en   serio.   Luego   agregaba   que   «tiene   que   haber   un   error   en   alguna parte». Huesos del plioceno pertenecientes al   Homo sapiens   significaban «una larga paralización de la evolución» . Así que, prescindiendo de los indicios   que   existieran,   había   que   desestimar   los   anteriores   esqueletos   de Castenodolo. Cremo hizo un comentario razonable en el sentido de que esto es   aplicar   ideas   preconcebidas   a   los   indicios.   Si   el   Homo   sapiens, o  algo parecido a él, existía en el plioceno, entonces el hombre no ha evolucionado mucho en los últimos cuatro millones de años, y esto es contrario a la teoría  darwiniana   de   la   evolución.   En   tal   caso,   el   tiburón   también   contradice   la teoría   de   la   evolución,   porque   no   ha   experimentado   ningún   cambio   durante 150 millones de años. En  su   libro   Secrets   of   the  Ice   Age   (1980),   que   se   ocupa   del   mundo  de los artistas de las cuevas de Cromañón, Evan Hadingham escribe: “El   revuelo   que   han   causado   descubrimientos   recientes   en   África Oriental tiende a oscurecer un hecho importante: la historia más antigua del   hombre   no   es   de   innovación   rápida   e   ingenio,   sino   de estancamiento y conservadurismo casi inconcebibles“.

Ciertos rasgos de los primeros cráneos de homínido, en especial la forma de los dientes y las   mandíbulas,   permanecieron   esencialmente   invariables   durante millones   de   años.   Llama   en   particular   la   atención   que   la   capacidad cerebral parezca haber sido de unos 600 a 800 centímetros cúbicos, que es un poco más de la mitad del promedio de capacidad moderna, durante un período de cerca de dos millones de años. Es   necesario   explicar   que   la   capacidad   cerebral   no   es   forzosamente una indicación de inteligencia. Aunque la media correspondiente a los seres humanos modernos es de 1.400 centímetros cúbicos, una persona puede ser inteligentísima   con   una   capacidad   muy   inferior   a   la   citada.   El   cerebro   del famoso escritor francés Anatole France   tenía   sólo   1.000   centímetros   cúbicos.   Y,   en cambio,   el cerebro del hombre de Neandertal tenía 2.000 centímetros cúbicos. De modo que   un   antepasado   humano   con   un   cerebro   de   800   centímetros   cúbicos   no sería por fuerza más tonto que un hombre moderno. En   el   libro   de   Hadingham   hay   otra   historia   que   podría   considerarse aleccionadora.   Cerca   del   lago   Mungo,   en   Australia,   se   encontró   una sepultura que contenía un «hombre moderno» y databa de hace unos 30.000 años.  Lo   habían   enterrado   en   almagre,   sustancia   que   se   utilizaba   en   las pinturas   rupestres   pero   que   también   usaban   mucho   los   neandertales.   Pero en un lugar llamado Kow Swamp se hallaron restos de un pueblo mucho más primitivo, desde el punto de vista físico. Databan del 10000 a. de C., esto es, de 20 mil  años  más tarde  que  el pueblo del lago Mungo. Estos dos tipos, el moderno y el primitivo, coexistían. Así que Cremo arguye que es posible que los australopitecos y un tipo de hombre más moderno coexistieran hace más de   dos   millones   de   años.   Tenemos   los   indicios   en   el   esqueleto   de   Reck,   la mandíbula   de   Kanam,   las   huellas   de   Laetoli,   así   como   los   hallazgos   de Ribeiro,   los   esqueletos   de   Castenodolo   y   los   numerosos   hallazgos   que describió   J.   D.   Whitney   desde   la   Tuolume   Table   Mountain   de   California, pero se interrumpen con los modernos paleo-antropólogos.

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Cremo   no  cree que   haya   algún   tipo   de   conspiración   científica   que pretenda suprimir las pruebas de que la antigüedad del  Homo sapiens  pueda ser   mucho   mayor   de   100.000   años.   Lo   que   arguye   es   que   la   antropología moderna   ha   creado   una   «historia   del   género   humano»   que   es   sencilla   y coherente en el aspecto científico y no está dispuesta a aceptar la posibilidad de hacer cambios en un guión convenientemente libre de complicaciones. En África, hace unos doce millones de años, las exuberantes selvas del mioceno   empezaron   a   desaparecer   debido   a   la   creciente   escasez   de   lluvia. En   el   plioceno,   siete   millones   de   años   después,   las   selvas   ya   habían   dado paso   a   las   praderas.   Fue   éste   el   momento   en   que   nuestros   antepasados humanos, probablemente algún   mono   tipo   ramapiteco,   decidieron   bajar   de   los   árboles   y probar   fortuna   en   las   sabanas.   Tres   millones   de   años   después,   el   mono había   evolucionado   hasta   convertirse   en   el   Australopithecus   afarensis.   A   su vez,   Lucy   y   los   de   su   especie   se   transformaron   en   los   dos   tipos   de  australopiteco: el dartiano carnívoro y el vegetariano  A. robustus. Hace   dos   millones   de   años,   volvieron   las   lluvias   y   empezó   el pleistoceno con una glaciación que duró 65.000 años. Y durante el resto del pleistoceno hubo una serie de «interglaciales», esto es, períodos cálidos que producían desiertos, a los que seguían glaciaciones. Durante este   tiempo,   el   australopiteco   aprendió   a   usar   su   ingenio   y   sus   armas,   y empezó   la   rápida   ascensión   evolutiva   que   le   convirtió   en   el   Homo  habilis,   luego el   Homo erectus,   cuyo  cerebro era el doble de grande del que poseía el australopiteco. Posteriormente,   hace   alrededor   de   medio   millón   de   años,   ocurrió   otro acontecimiento misterioso que la ciencia no ha podido explicar: la «explosión del cerebro». En el período comprendido entre hace medio millón de años y la   época   moderna,   el   cerebro   humano   creció   otro   tercio   y   este   crecimiento tuvo   lugar   principalmente   en   la   parte   superior,   con   la   que   pensamos.   En su obra Génesis   en   África,   Robert   Ardrey   propone   una   teoría   interesante   para explicar por qué sucedió esto. Sabemos   que   hace   unos   700.000   años   un   meteorito   gigante,   o   puede incluso   que   fuera   un   pequeño   asteroide,   estalló   sobre   el   océano   Índico   y esparció   unos   fragmentos   minúsculos   -llamados   «tectitas»  en   una   zona   de 51.800.000   kilómetros   cuadrados.   También   se   produjo   una   inversión   de   los polos   de   la   Tierra   y   el   Polo   Norte   se   convirtió   en   el   Polo   Sur   y   viceversa. Pero nadie   sabe  bien  por  qué   sucedió   esto,   ni   por   qué   ha   ocurrido   varias   veces en la historia de la Tierra.

Durante este período la Tierra carecería de campo magnético y puede que esto diese lugar a un bombardeo de rayos cósmicos y   partículas   de   alta   velocidad,   que   tal   vez   causaron   mutaciones   genéticas. Por la  razón  que fuese,  el  hombre  evolucionó  más  en  medio  millón de  años que en los anteriores tres millones.  La   «explosión   del   cerebro»   dio   comienzo   a   la   era   del  considerado verdadero ser humano. Los neandertales fueron un experimento evolucionista fallido que empezó hace unos 150.000 años, o posiblemente más, pero  que   fracasó   porque   estos   hombres-mono   no   pudieron   competir   con   el hombre   de   Cromañón,   que   destruyó   al   neandertal   hace   unos   30.000   años. Entonces el escenario quedó finalmente preparado para el hombre moderno. Y de pronto, la historia se acelera mucho. En   Egipto,   hace   alrededor   de   18.000   años,   durante   la   glaciación, alguien   se   fijó   en   que   las   semillas   que   caían   en   las   grietas   que   había   en   el limo   de  las   orillas   de   las   corrientes  de   agua  se   convertían   en   cosechas   que podían recolectarse con hoces de piedra. Mil años más tarde, cazadores que habían aprendido a fabricar lámparas con soga y sebo pintaron animales en las   cuevas   de   Lascaux,   en   Francia,   no por   razones artísticas,   sino  aparentemente  como   parte   de   un   ritual   mágico   cuyo   fin   era   hacer   que   los animales cayeran en trampas. Hace   catorce   mil   años,   cuando   el   hielo   empezó   a   fundirse,   cazadores asiáticos   cruzaron   el   puente   de   tierra   que   había   sobre   lo   que   ahora   es   el estrecho   de   Bering   y  se supone que  empezaron   a   poblar   América.   Otros   aprendieron   a fabricar   embarcaciones   y   aparejos   de   pesca, como   arpones   y   anzuelos,  y a vivir de los mares. En Japón se hicieron los primeros cacharros de   cerámica.   Hace   doce   mil   años,   los   lobos   fueron   domesticados   y   se convirtieron en perros y luego, durante el siguiente milenio, les tocó el turno a las ovejas y las cabras. Hace diez mil seiscientos años, surgió la primera ciudad amurallada en el   valle   del   Jordán,   el   lugar   que   ahora   denominamos   Jericó,   y   la   gente   que residía   allí   recolectaba   una   planta   silvestre   llamada   «trigo».   Luego,   durante los   siguientes   mil   años,   un   accidente   genético   cruzó   el   trigo   con   la   planta llamada   «rompesacos»   y   creó   una   variedad   más   pesada   y   gruesa   llamada «escanda». Un nuevo accidente genético cruzó la escanda con otra variedad de rompesacos y creó el trigo que se utiliza para elaborar pan, cuyos granos son   tan   pesados   y   están   tan   apretados   que   no   se   desparraman   a   impulsos del   viento.

Fue   el   hombre   quien   aprendió   a   cultivar   este   nuevo   grano   y   con ello   dejó   de   ser   cazador-recolector   para   transformarse   en   agricultor.   Añadió el ganado vacuno a su lista de animales domésticos, descubrió la manera de tejer   la   lana   de   oveja   y   de   cabra   para   fabricar   paño   y   aprendió   a   regar   sus campos. La  revolución  agrícola  se extendió misteriosamente  por todo  el  mundo. En   África   y   en   China   se   cultivó   mijo;   en   América,   alubias   y   maíz;   en   Nueva Guinea,   caña   de   azúcar;   en   Indochina,   arroz.   Hace   ocho   mil   años,   la civilización tal como la conocemos había llegado a los confines de la Tierra. El   pan   se   cocía   en   hornos y  la   cerámica   también.   El   cobre   -que   se encontraba en la superficie- era batido para fabricar cuchillas. Pero un día alguien reparó en que un líquido de color dorado manaba de un trozo de   malaquita   verde   que   había   caído   en   una   hoguera   y   que   este   líquido,   al solidificarse,   era  cobre  en  estado   puro.  El  siguiente   paso   consistió   en   meter la  malaquita  verde  en un  horno  para  cocer pan y  recoger  el  cobre  que  salió de ella, con el cual podían fabricarse palas de hacha y puntas de flecha. Lo malo era que el cobre no podía afilarse, pero el problema se resolvió hace   unos   6.000   años   al   descubrirse   que   el   arsénico   tenía   la   propiedad   de endurecer el cobre y formar una aleación. Lo mismo ocurría con el estaño, y el   resultado   fue   el   bronce,   metal   con   la   dureza   suficiente   para   fabricar espadas. Junto con el animal recién domesticado al que llamaban «caballo», cuyo   tamaño   era   más   o   menos   el   de   un   poni   actual,   la   espada   permitió   a una nueva casta, la de los guerreros, atemorizar a sus vecinos, de tal modo que   cada   vez   eran   más   las   ciudades   que   tenían   que   construirse   con murallas. También,   hace   unos   6.000   años,   alguien   decidió   que   trabajar   la   tierra con la azada era un trabajo demasiado duro y que podía aligerarse atando un buey a la azada. Y cuando el invento del arnés resolvió este problema, el agricultor   pudo   usar   una   azada   mucho   más   pesada, el   arado,   para   abrir surcos   en   la   tierra   fina   y   seca   del   Oriente   Medio.   Al   cabo   de   unos   cuantos siglos,   estos   agricultores   del   Oriente   Medio   que   usaban   el   arado   se trasladaron   al   norte,   talaron   los   bosques   europeos   y   cultivaron   la   tierra   que había   sido   demasiado   dura   para   la   azada.   Fueron   los   antepasados   de   los actuales europeos.  El comercio entre ciudades hizo necesario disponer de algún signo que representara   cosas,   tales   como   ovejas,   cabras   y   cantidades   de   grano.

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De hecho, los primeros agricultores, hace unos diez mil años, habían modificado los «huesos para anotaciones» del hombre de la edad de piedra y los había transformado   en   tablillas   de   arcilla   de   diversas   formas, cónicas,   cilíndricas, esféricas,   etcétera,   que   representaban   los   objetos   con   los   que   se   podía comerciar.   Hace   cinco   mil   seiscientos   años,   en   Sumeria,   Mesopotamia,   los contables   del   rey   enviaban   signos   parecidos   en   envases   de   arcilla,   como liquidaciones de impuestos. El paso siguiente era obvio: imprimir las diversos formas en porciones de arcilla blanda y ahorrarse así la molestia de fabricar conos,   esferas   y   cilindros.   Pero   después   de   que   a   alguien   se   le   ocurriera utilizar   arcilla   blanda,   evidentemente   era   cuestión   de   sentido   común   grabar en ella símbolos que representaran animales u hombres. Así se practicó por primera   vez   la   escritura,   que   tiene   derecho   a   que   se   la   considere   el   más importante   de   todos   los   inventos   humanos.   Por   fin   podía   el   hombre comunicarse   con   otros   hombres,   a   pesar   de   la   distancia   y   sin   tener   que confiar   en   la   memoria   del   mensajero;   ahora   podía   almacenar   su   propio conocimiento,   del   mismo   modo   que   el   hombre   de   la   edad   de   piedra   había almacenado las fases de la luna en trozos de hueso. Y ahora, en esta etapa muy tardía del desarrollo de la civilización, llegó el invento que los hombres modernos tendemos a considerar uno de los más grande de   todos: la rueda.   Nadie   sabe   con   certeza   cómo   se   produjo,   pero   lo   más probable   es   que   el   inventor   de   la   rueda   fuese   algún   alfarero   mediterráneo   que, hace   unos   6.000   años,   descubrió   que  sí era   posible   hacer   que   la   arcilla húmeda   girase   en   un   torno,   moldearla   con   las   manos   podía   resultar   más fácil. Hasta entonces la ciencia del transporte se las había arreglado sin la rueda,   aunque   es   indudable   que   nuestros   antepasados   sabían   que   era posible mover objetos pesados sobre rodillos colocados uno al  lado de otro. En las regiones donde nevaba, la respuesta era el trineo. Pero la idea de dos ruedas  en  un  eje sugirió  nuevas posibilidades.  Por ejemplo,  si se instalaban en   un   arado,   resultaba   más   fácil   tirar   de   él.   Y   cuatro   de   ellas   instaladas debajo de un carro permitirían transportar en él una carga pesada. La   forma   más   sencilla   de   fabricar   una   rueda   consistía   en   cortar   un tronco   en   piezas   circulares   y   planas.   Pero   el   método   tenía   sus   in-convenientes.  Las líneas que cruzan en forma radial los anillos del árbol son líneas de debilidad y una rueda fabricada así no tarda en partirse. Un fleje de metal   colocado   alrededor   del   borde   impide   que   se   deshaga,   pero   sigue siendo fatalmente débil. La respuesta consistía en unir varios tablones hasta formar   un   cuadrado   y   cortarlo   después   en   forma   de   círculo.   Luego,   un   fleje de   metal   clavado   alrededor   del   borde   lo   convertía   en   una   rueda   muy duradera.

Pero   si   se   clavaban   dos   ruedas   en   los   extremos   de   un   eje,   ¿cómo podían hacerse girar? Una de las primeras soluciones fue hacer que girase el eje, para lo cual se sujetaba debajo del carro o arado con correas de cuero o   flejes   de   metal.   La   tecnología   resolvió   pronto   este   problema   dejando   un pequeño hueco entre el eje y el centro de la rueda. Este hueco incluso podía rellenarse   con   clavijas   cortas   y   cilíndricas   que   reducían   la   fricción. Se trataba de los primeros rodamientos. Y   así,   hace   aproximadamente   5.500   años,   el   hombre   mediterráneo produjo   sus   dos   aportaciones   más   importantes  a  la  historia:  la   escritura  y  la rueda.   La   escritura   consistía   en   toscos   «símbolos   pictográficos»   y   la   rueda estaba hecha con toscos segmentos. Pero ambas cosas cumplían su función admirablemente. Y si la civilización hubiera sido tan pacífica y estable como en   los   primeros   tiempos   de   la   agricultura,   tal   vez   ambas   cosas   hubieran permanecido invariables durante otros cuatro mil años. Pero en la historia de la humanidad estaba a punto de entrar otro factor que aceleraría el ritmo del cambio: la guerra. La domesticación del  caballo  y el descubrimiento  del  bronce ya  habían creado   un   nuevo   tipo   de   ser   humano:   el   guerrero.   Pero   los   primeros guerreros se limitaban a defender su propio territorio y, de vez en cuando, a robar   el   ajeno.   Ahora,   al   transformarse   las   poblaciones   en   ciudades   y aumentar   la   prosperidad   de   éstas,   sus   gobernantes   se   volvieron   más poderosos.   Inevitablemente,   estos   gobernantes   empezaron   a   pensar   en   la expansión, que   significaba   conquista   e impuestos.   Durante los dos o tres siglos que siguieron a la invención de la rueda, empezó  en el Oriente   Medio   la   era   de   los   reyes   guerreros.   Pero   la   guerra   exigía   carros rápidos   y   los   carros   sólo   podían   ser   rápidos   si   sus   ruedas   eran   ligeras.   El resultado   fue   la   invención   de   la   rueda   de   radios.   Y   cuando   se   instalaron cuchillas   en   ellas,   estas   ruedas   pasaron   a   ser   un   arma   temible   en   las batallas.   Akad,   la   parte   septentrional   de   Babilonia,   se   convirtió   en   el   primer imperio del mundo, y hace 4.400 años su rey ya se hacía llamar «emperador de todos los países de la tierra». Los «imperios» requerían comunicación entre sus partes más distantes y la antigua y tosca pictografía ya no era suficientemente flexible. Hace unos  4.400   años,   algún   escriba   de   Mesopotamia   tuvo   una   de   las   ideas   más inspiradas   de   la   historia   de   la   humanidad. Se trataba de   crear   un   tipo   de   escritura   que   se basara en el lenguaje humano en vez de en dibujos de objetos. Dicho de otro modo,   que   determinado   símbolo   representara   una   sílaba.   Dos   mil   años después,   los   chinos   inventarían   una   forma   de   escritura   basada   en   los antiguos símbolos pictográficos, con el resultado de que el chino tiene unos ochenta mil símbolos.

El genio que ideó la «escritura silábica» en Mesopotamia había dado uno de los saltos imaginativos más importantes de la historia del género humano. Más   o   menos   en   aquella   misma   época,   jinetes   procedentes   de   las estepas de Rusia bajaron hacia el sur y penetraron en lo que actualmente es Turquía. Estos  «aurigas»  tenían la  piel  clara  en  comparación con el  hombre mediterráneo   y,   al   penetrar   como   un   vendaval   en   China   y   la   India,   llevaban consigo   la   lengua   y   la   cultura   que   más   adelante   se   llamarían «indoeuropeas». Mientras   tanto,   en   la   otra   orilla   del   Mediterráneo,   en   Egipto,   las   tribus nómadas   ya   se   habían   unido   bajo   un   solo   rey, el   legendario   Menes,   hace  5.200   años,   y   los   egipcios   pronto   harían   su   aportación   a   la   historia   de   los inventos   humanos   al   descubrir   la   momificación,   hace   unos   4.600   años.  Y convirtieron   las   tumbas   reales, las   llamadas   «mastabas»,   en   pirámides construidas   con   enormes   bloques   de   piedra.  En   unos   cuantos   cientos   de años,   los   egipcios   habían   avanzado   asombrosamente   en   las   ciencias,   las matemáticas, la astronomía y la medicina.  Pero lo que antecede   es   un   resumen   de   lo   que   podríamos   llamar   «historia convencional». Pero deja muchas preguntas sin respuesta. Hapgood   expresó   una   de   las   objeciones   principales   en   Maps   of   the  Ancient   Sea   Kings. Charles H. Hapgood (1904 – 1982)  fue un académico norteamericano, conocido por su teoría de los cambios de posiciones de los Polos. Estudio en la Universidad de Harvard, en 1932, y recibió su diploma en Historia Medieval y Moderna. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hapgood trabajó para la Oficina de Servicios Estratégicos, y para la CIA, luego para la Cruz Roja, finalmente sirvió como oficial de enlace entre la Casa Blanca y la Oficina del Secretario de Guerra. Concluida la guerra, enseñó historia en el Colegio Springfield, en New Hampshire. En 1958 publicó su primer libro:”El Cambio de la Corteza Terrestre” (Earth´s shifting crust), con prólogo escrito poco antes de su muerte, por parte de su amigo Albert Einstein. Con esta obra, y dos libros posteriores “Los Mapas de los Antiguos Reyes Marinos. Evidencias de Civilización avanzada en la Edad del Hielo” (Maps of the Ancient Sea Kings. Evidence of Advanced Civilization in the Ice Age, 1966), y el “El sendero del Polo” (The Path of the Pole,1970), introduce su radical teoría, que asevera que el eje de la Tierra ha cambiado durante su historia geológica. Estudioso de los períodos glaciares, así como de las grandes alteraciones climáticas del planeta, debidas a los cuatro grandes cambios de posición de los polos, confirmó que las tierras de la Antártida habían disfrutado de climas templados al menos cuatro veces en el último millón de años. Así, hace unos diez mil años estuvo libre de hielos. Los ríos debían correr en aquel entonces por la superficie del continente austral, tal como se refleja en los mapas de Piri Reis, y comprobado por la existencia de sedimentos de aluvión. Confirmó también que en aquellos tiempos la Tierra de Fuego había estado unido al continente antártico, también reflejado en el mapa de Piri Reis.

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Hapgood determinó la existencia en remotas edades de una civilización a escala global, en la cual los cartógrafos de entonces cartografiaron el planeta en su totalidad. La evidencia de antiguos “mapa mundi“, permiten a Hapgood precisar que en tiempos remotos, antes del ascenso de cualquiera de las culturas conocidas, hubo una verdadera civilización avanzada, que si bien pudo estar establecida en un área determinada, comerció a escala global o fue, realmente, una cultura a nivel planetario. Hay   indicios   de   la   existencia   de   una   civilización mundial de navegantes en los tiempos en que en la Antártida no había hielo,  posiblemente   alrededor   del  10000   a.  de   C.   No   cabe   duda  de   que  el   mapa   de Piri   Reis   y   otros   portulanos   constituyen   hasta   ahora   la   prueba   más concluyente de que hay algo que no es correcto en la «historia convencional». Pero   si   el   único   propósito   de   estas   objeciones   fuera   retrasar   unos cuantos   miles   de   años   el   origen   de   la   civilización,   el   esfuerzo   no   valdría   la pena.   Tampoco   serviría   de   nada   sugerir   la   posibilidad   de   que   el   hombre existía   desde   hace   más de un   millón   de   años.   En   lo   que   se   refiere   a   la civilización   de   navegantes   de   Hapgood,   da   lo   mismo   que   la   antigüedad   del hombre sea de dos o diez millones de años. Son   las   consecuencias   de   la   «historia   alternativa»   lo   que  tiene tanta   importancia. Lo   que   sugiere   Cremo   es   que   hay   indicios   de   que   seres   de   anatomía parecida   a   la   del   hombre   moderno   existían   ya   en   el   mioceno   o   puede   que incluso antes. Si   estos   seres   hipotéticos   se   parecían   en   su   anatomía,   entonces andaban con el cuerpo erguido, lo cual les dejaba las manos libres. Ello  induce   a   pensar   que   utilizaban   herramientas,   aunque   se   tratara sólo de toscos útiles de piedra, eolitos. El uso de herramientas no sólo exige cierto   nivel   de   inteligencia,   sino   que   también   tiende   a   que   ésta   avance.   El hombre   que   emplea   herramientas,   al   encontrarse   ante   algún   problema   que podría resolverse utilizándolas, estudia las diversas posibilidades y hace que su cerebro trabaje. En   tal   caso,   ¿por   qué   el   Homo   sapiens   no   apareció   mucho   antes? Porque   tendemos   a   vivir   mecánicamente.   Siempre   y   cuando   podamos comer,   beber   y   satisfacer   nuestras   necesidades   básicas,   no   sentimos ninguna necesidad de innovar.  Los experimentos modernos han indicado que a   los   monos   se   les   puede   enseñar   a   comunicarse   mediante   el   lenguaje   de los   signos   y   a   pintar.   Poseen   la   inteligencia   necesaria   para   ello.   Entonces, ¿por   qué   no   han   cultivado   estas   capacidades   en   el   curso   de   su   evolución? Porque no tenían a nadie que les enseñara.

Hay muchísima diferencia entre la inteligencia y el hacer uso óptimo de la misma: Ello es evidente en   las   pruebas   de   inteligencia   de Piaget, que revelaron que  los  fabricantes  de  herramientas  de hace  330.000  años eran tan inteligentes como los hombres modernos. Entonces, ¿por qué el hombre de hace medio millón de años empezó a evolucionar   tan   rápidamente?   Quizá   algún acontecimiento   externo,   como   la   gran   explosión   que   cubrió   la   Tierra   de tectitas, provocó alguna mutación genética. Sin embargo, eso en sí mismo no daría toda la respuesta. Hemos visto que los neandertales tenían un cerebro mucho  mayor  que  el   del   hombre  moderno,   pero   que,  a   pesar  de   ello,  no   se transformaron en el  Homo sapiens sapiens. Si   el   hombre   hubiera   adquirido   súbitamente   la   capacidad   de   usar herramientas,   tendríamos   la   explicación   obvia.   Pero   la   Primera   Familia   de Johanson ya utilizaba herramientas toscas tres millones de años antes. Y no puede   explicarse   atendiendo   a   algún   cambio   climático   que   representara   un obstáculo, ya que el mal tiempo del pleistoceno ya había durado un millón y medio de años. Otra   sugerencia   verosímil   es   que   el   hombre   empezó   a   adquirir   la capacidad   de   hablar   hace   medio   millón   de   años, pronunciando algo más que gruñidos. Pero esto se presta a una objeción obvia: ¿qué   quería   decir?   Una   comunidad   cazadora   primitiva   no   necesita   el lenguaje   más   que   una   manada   de   lobos.   El   lenguaje   aparece   como respuesta   a   cierta   complejidad   en   la   sociedad.   Por   ejemplo,   toda   tecnología nueva requiere palabras también nuevas. Pero la sociedad primitiva no tenía tecnología   nueva.   Así   que   la   teoría   del   lenguaje   es   presa   de   la   misma objeción que la teoría de las herramientas. El   antropólogo   húngaro   Oscar   Maerth  hizo   la   interesante sugerencia de que la respuesta puede radicar en el canibalismo. En 1929, el paleontólogo  Pie   Wen-Chung   había   descubierto   en   unas   cuevas cerca   de   Chukutien   el   cráneo   petrificado   de   uno   de   los   más   antiguos antepasados del  hombre. Parecía un chimpancé más que un ser humano, y su colaborador Teilhard de Chardin opinó que sus dientes eran de animal de presa.   Tenía   la   frente   hundida,   cejas   enormes   y   mentón   huidizo.   Pero   el tamaño   del   cerebro   era   el   doble   del   de   un   chimpancé:   800   centímetros cúbicos   frente   a   400.   Y   a   medida   que   fueron   encontrándose   más extremidades, cráneos y dientes, se hizo evidente que este animal de presa caminaba   con   el   cuerpo   erguido.   Al   principio   pareció   que   era   el   eslabón perdido   que   se   buscaba   desde   hacía   tanto   tiempo,   pero   los   indicios   pronto demostraron   que   no   lo   era.   El   «Hombre   de   Pekín», como   lo   llamaron, conocía el uso del fuego y su comida preferida era la carne de venado. Este ser,   que   había   vivido   hace   medio   millón   de   años,   era   un   verdadero   ser humano.  Y era   también   caníbal.

La   totalidad   de   los   40   cráneos   descubiertos   en Chukutien estaban mutilados por la base, de modo que formaba un hueco por el que podía meterse la mano para sacar el cerebro. Franz Weidenreich, el científico encargado de la investigación, dijo que no le cabía ninguna duda de que los seres habían sido sacrificados en masa, arrastrados al interior de las cuevas, asados y comidos. ¿,Por quién? Seguramente por otros hombres de Pekín. En otras cuevas de la zona se encontraron rastros del hombre de Cromañón y también había indicios de canibalismo. Como   sabemos,   hay   indicios   que   hacen   pensar   que   el   hombre   de Cromañón   practicaba   el   canibalismo.   El   propio   Maerth   afirma   que   un   día, después   de   comer   cerebros   de   mono   crudos   en   un   restaurante   asiático, experimentó una sensación de calor en el cerebro y de vitalidad intensificada, incluido   un   fuerte   impulso   sexual.   El   canibalismo   ritual   -que   Maerth   estudió en   Borneo,   Sumatra   y   Nueva   Guinea-   se   basa   en   la   creencia   de   que   la fuerza del enemigo muerto pasa a la persona que se lo come, y bien podría basarse   esto   en   la   experiencia   de   vitalidad   intensificada   que   describió Maerth, que cree que «la inteligencia puede comerse». La   teoría   de   Maerth   plantea   un   problema   obvio.   Si   comer   cerebros humanos   produjera   inteligencia,   entonces   las   pocas   tribus   del   sudeste asiático   que   siguen   practicando   esta   costumbre   deberían   ser   mucho   más inteligentes   que   los   occidentales,   cuyos   antepasados   la   abandonaron   hace miles de años. Y no parece que sea así. Además, para explicar el ritmo de la evolución   del   hombre   a   partir   de   hace   unos   500.000   años,   necesitaríamos muchas   más   pruebas   de   canibalismo   generalizado, pero  no   las tenemos.   Así   pues  hay   que   considerar   que   la   teoría   del canibalismo no está probada. El problema de la «historia convencional» que hemos descrito en líneas generales es que da a entender que el hombre es esencialmente pasivo. Todo resulta   casual,   de   forma   bastante   parecida   a   la   selección   natural   de Darwin. Ahora bien, es verdad que el hombre es un ser pasivo que se encuentra en   sus   mejores   momentos   cuando   tiene   que   hacer   frente   a   una   dificultad. Pero   lo   que   es   tan   importante   en   él   es   precisamente   esa   capacidad asombrosa  de  responder  a  las  dificultades.  Lo  que  le  distingue   de  todos   los demás   animales   es   la   decisión,   la   fuerza   de   voluntad   y   la   imaginación   con que afronta las dificultades. Éste es el verdadero secreto de su evolución.

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Los   paleo-antropólogos   han   pasado   por   alto   una   explicación   obvia   del avance   de   la   evolución, como lo es   la   sexualidad.   En   el   plano   sexual,   la   principal diferencia   entre   los   seres   humanos   y   los   animales   estriba   en   que   las hembras   humanas   son   sexualmente   receptivas   todo   el   año.   La   hembra   del mono es receptiva al macho sólo durante una semana al mes. En   algún   momento   de   la   historia,   la   hembra   humana   dejó   de   ser receptiva durante  unos  cuantos días  al  mes  y  se  volvió  receptiva al  macho en   cualquier   momento.   La   explicación   más   verosímil   es   que   cuando   los cazadores   pasaban   varias   semanas   seguidas   lejos   de   la   tribu,   esperaban   su   recompensa   sexual   al   volver,   tanto   si   la hembra   estaba   receptiva   como   si   no.   Las   hembras   que   no   ponían   objeción criaban   más,   mientras   que   las   que   ponían  reparos   fueron extinguiéndose gradualmente por selección natural. En algún  momento  de  su evolución,  las características  sexuales  de  las hembras   humanas   se   hicieron   más   pronunciadas, con  labios   carnosos,   senos grandes,   nalgas   y   muslos   redondeados.   Los   genitales   de   la   hembra   del chimpancé   se   hinchan   y   se   vuelven   de   color   de   rosa   vivo  solo  cuando   está   en celo.  Puede   ser   que   estas   características   se   transmitieran   a   la   boca femenina.   Robert   Ardrey   comentó:   «La   sexualidad   es   secundaria   en   el mundo de los animales», pero en el mundo de los seres humanos empezó a desempeñar   un   papel   cada   vez   más   importante   cuando   las   mujeres   se volvieron   permanentemente   receptivas   y   sus   características   sexuales   se hicieron más pronunciadas. El vello menos espeso y el contacto cara a cara durante   el   apareamiento   hicieron   que   las   relaciones   sexuales   fueran   mucho más sensuales. En   este   momento   de   la   evolución,   los   machos   tendrían   un   motivo poderoso   para   ser   competitivos.   La   presencia   de   hembras   sin   pareja introdujo un nuevo motivo de excitación. Mientras los cazadores se hallaban ausentes,   las   niñas   flacuchas   se   convertían   súbitamente   en   adolescentes núbiles.   En   anteriores   grupos   tribales,   el   único   propósito   del   cazador   era matar   animales.   Ahora   el   cazador   más   poderoso   podía   elegir   entre   las hembras   más   atractivas.   Así   que   de   pronto   apareció   una   motivación   muy fuerte para convertirse en un gran cazador. Se trataba de la recompensa de las relaciones sexuales. Por supuesto, no hay ninguna prueba en absoluto de que la «explosión del   cerebro»   estuviera   relacionada   con   los   cambios   sexuales   que   tuvieron lugar en la mujer. Sin embargo, a falta de otra hipótesis convincente, parece bastante probable.

Basta   con   que   pensemos   en   el   enorme   papel   que   el romanticismo ha interpretado en la historia de la civilización para que nos   demos   cuenta   de   que   siempre   ha   sido   una   de   las   más   poderosas motivaciones   humanas.   Antonio   y   Cleopatra,   Dante   y   Beatriz,   Abelardo   y Eloísa,   Lancelot   y   Ginebra,   Romeo   y   Julieta,   Fausto   y   Margarita:   todos ejercen   en   nosotros   la   misma   fascinación   que   ejercieron   en   nuestros tatarabuelos. Desde el punto de vista psicológico, el romanticismo y el sexo son todavía   las   fuerzas   más   potentes   en   la   vida   de   los   seres   humanos.   Puede   que Goethe   dijera   algo   que   tenía   sentido   desde   el   punto   de   vista   biológico cuando escribió: «La mujer eterna nos atrae hacia arriba». Una vez más, la pregunta obvia es: ¿Qué importa si el hombre se hizo más   «humano»   por   medio   de   la   sexualidad,   del   lenguaje   o   de   algún accidente genético? Y esta vez la respuesta tiene que ser que importa mucho. Ya hemos señalado que la evolución tiende a   permanecer   detenida   cuando   los   individuos   no   tienen   ningún   motivo   para evolucionar.   Lo   mismo   es   aplicable   a   los   individuos.   Pueden   tener   talento   y ser inteligentes y, a pesar de ello, malgastar su vida porque por alguna razón carecen   de   motivación   para   hacer   uso   de   estas   facultades.   La   mejor   suerte que puede  tener cualquier individuo es poseer  un  sentido  muy claro de cuál es su meta. Puede   que   sea   verdad   y   puede   que   no   lo   sea   que   el   Homo   sapiens evolucionó a partir de una clase de romanticismo sexual. Pero la posibilidad sirve   para   llamar   nuestra   atención   sobre   una   idea   de   importancia fundamental.  Que,   dado   que   la   evolución   del   Homo   sapiens   ha   sido   una evolución mental, como da a entender la palabra  sapiens,  quizá la causa de esa evolución deberíamos buscarla en el reino de la motivación y el propósito más   que   en   el   reino   de   la   selección   natural   y   la   casualidad.   Tal   vez deberíamos hacer esta pregunta: ¿qué pudo transformar al  Homo sapiens  en el  Homo sapiens sapiens ?

La realidad es tozuda y se van hallando pruebas de civilizaciones con una aparente avanzada tecnología que existieron millones de años antes de las fechas en que se supone que la humanidad evolucionó en la Tierra. Todo parece indicar que la Tierra fue visitada o habitada por seres inteligentes que usaban tecnología avanzada mucho antes de la aparición (tal como es explicado por la historia oficial) de los primeros humanos. En el Período Triásico hay evidencias tan sorprendentes como una suela de zapato, en Nevada, datada en una increíble antigüedad de entre 213 y 248 millones de años. El 18 de octubre de 1922, la sección American Weekly del periódico New York Sunday American publicó una noticia titulada “Misterio de la suela de zapato petrificada”, por el Dr. W. H. Ballou, que decía: “Hace algún tiempo, mientras estaba buscando fósiles en Nevada, John T, Reid, un distinguido ingeniero minero y geólogo vio, con asombro, una roca cerca de sus pies. Allí, parte de la roca misma, era lo que parecía ser una huella de pie humano”.  Una inspección más detallada mostró que no era una marca de un pie desnudo, sino que era, aparentemente, una suela de zapato que había sido convertida en piedra. Faltaba una parte, pero estaba el delineado de por lo menos dos terceras partes de la suela, y alrededor de este contorno corría un muy bien definido hilo cosido, el cual, según parecía, ataba el zapato a la suela.  Además, había otra línea de costura, y en el centro, donde el pie habría descansado si el objeto realmente hubiera sido una suela de zapato, estaba una muesca, exactamente como si hubiera sido hecha por el hueso del talón rozando y desgastando el material del que había sido hecha la suela. Reid consiguió un químico analista del Instituto Rockefeller, quien hizo fotos y análisis del espécimen. Los análisis eliminaron cualquier duda de que la suela de zapato había sido fosilizada en la época Triásica. Las ampliaciones de la microfotografía son veinte veces más grandes que el espécimen mismo, mostrando hasta el último detalle de las vueltas de hilo y doblado, demostrando que la suela de zapato es estrictamente el resultado del trabajo manual de un hombre.

Imagen 23

Incluso a simple vista los hilos pueden verse claramente, junto con los contornos definitivamente simétricos de la suela del zapato. Dentro de este borde y corriendo paralela puede verse una línea que parece haber sido regularmente perforada para las puntadas. La roca triásica que lleva el fósil de la suela del zapato ha sido datada en un período entre 213 y 248 millones de años. Un zapato obviamente moderno, con puntadas y grabado en el tiempo en la antigua roca triásica. ¿Estaba el misterioso visitante caminando en esta región hace más de 213 millones de años,  antes de la era de los dinosaurios? La Era Paleozoica es una importante era geológica, precedido por la era  Precámbrica y seguido por la era Mesozoica, incluyendo los períodos Cámbrico, Ordoviciano, Siluriano, Devoniano, Carbonífero y Pérmico. La Era Paleozoica comenzó aproximadamente hace 570 millones de años y finalizó aproximadamente hace 200 millones de años. Al movernos más atrás en el tiempo entramos a este período de la Era Paleozoica, donde la vida estaba evolucionando desde formas primitivas multicelulares, que flotaban libremente en los océanos, hasta especies más evolucionadas en la tierra. Las formas de vida más avanzadas al final de este período eran anfibios, insectos, bosques de helechos y pequeños reptiles. Y oficialmente los humanos no evolucionarían hasta casi 300 millones de años más tarde. De nuevo, los hallazgos científicos sugieren que seres inteligentes,  con tecnología avanzada, estuvieron visitando la Tierra y caminando sobre ella cuando las primeras formas de vida estaban solamente comenzando a emerger en nuestro planeta. En el Período Carbonifero hay evidencias como las de una cadena de oro, de entre 320 y 360  millones de años de antigüedad.  La edición de Junio de 1891 del periódico Morrisonville Times, de Morrisonville,  Illinois, presentaba un artículo que se refería a una cadena de oro descubierta dentro de una pieza sólida de carbón. La cadena fue descubierta por la esposa del editor del periódico, cuando estaba rompiendo un trozo de carbón. De acuerdo al Departamento de Investigación Geológica de Illinois, el carbón que contenía la cadena era del período Carbonífero, de más de 300 millones de años de antigüedad. El Dr. A.W. Medd, del Centro Británico de Medición Geológica,  escribió en 1985 que esta piedra es del Carbonífero Temprano, entre 320 y 360 millones de años de antigüedad. ¿Quien dejó caer esta cadena de oro en los antiguos bosques de helechos, cuando las más avanzadas formas de vida en el planeta eran anfibios e insectos?

En 1897, un minero de carbón trabajando en una mina cerca de Webster, Iowa, encontró una extraña inscripción en una pieza de piedra. El Daily News de Omaha, Nebraska (2 de Abril de 1897), publicó: “La piedra es de un color gris oscuro, con dos pies de longitud, un pie de ancho y cuatro de espesor. Sobre la superficie de la piedra, la cual es muy dura, fueron dibujadas líneas con ángulos formando diamantes perfectos. El centro de cada diamante es apreciablemente el rostro de un hombre anciano…”.  ¿Fue una piedra tallada por un viajero en el tiempo hasta aquella época de la Tierra? Otra evidencia es una taza de hierro encontrada en una mina de carbón, en Oklahoma, de 312 millones de años de antigüedad. El 27 de noviembre de 1948,  Frank J. Kenwood afirmó: “Mientras yo trabajaba en la Planta Eléctrica Municipal, en Thomas, Oklahoma, en 1912, me tropecé con un sólido trozo de carbón, el cual era demasiado grande para poder ser usado. Lo quebré con un martillo de trineo. Del centro de esta pieza de carbón cayó esta taza de hierro, dejando la impresión de la taza en el pedazo de carbón”. Jim Stall (un empleado de la compañía) atestiguó la rotura del trozo de carbón y que vio caer la taza. Robert O. Fay, de la Oficina de Medición Geológica de Oklahoma,  confirmó que la mina Wilburton de carbón tiene 312 millones de años de antigüedad. ¿Qué avanzada civilización estaba usando tazas de hierro hace más de 300 millones de años?

Fuentes:

  • Colin Wilson – El Mensaje Oculto De La Esfinge
  • Martyn Bramwell – Rocas Y Fósiles
  • Georges Cuvier – Essay on the Theory of the Earth
  • Alessandro Garassino – Fósiles
  • Johann Jakob Scheuchzer  – Sacred Physics
  • Mauricio Antón – El secreto de los fósiles
  • Charles Robert Darwin – El origen de las especies
  • Jacques Boucher de Perthes – Antiquités celtiques et antediluviennes
  • Zecharia Sitchin – El 12º Planeta

junio 1, 2015 - Posted by | Ciencia, enigmas en general

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