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La prehistórica Antártida, ¿fue el hogar de una avanzada civilización?


El 6 de julio de 1960, el teniente coronel de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, Harold Z. Ohlmeyer, escribió la siguiente carta a Charles H. Hapgood (1904 – 1982), académico norteamericano conocido por su teoría de los cambios de posiciones de los Polos: “Estimado profesor Hapgood: Su solicitud de que esta organización analizara ciertos rasgos insólitos Imagen 14del mapamundi de Piri Reis de 1513 ha sido atendida. Su afirmación de que la parte inferior del mapa representa la Costa de la Princesa Marta de la Tierra de la Reina Maud en la Antártida y la península de Palmer es razonable. Entendemos que ésta es la interpretación más lógica y probablemente más verosímil del mapa. El detalle geográfico que figura en la parte inferior del mapa coincide de modo asombroso con los resultados del perfil sísmico que fue trazado en la parte superior de la capa helada por la expedición sueco-británica a la Antártida en 1949. Ello indica que se había trazado el mapa de la costa antes de que ésta quedara cubierta por la capa de hielo. La capa de hielo en esta región presenta en la actualidad un espesor de aproximadamente 1,6 kilómetros. No tenemos ni idea de cómo pueden conciliarse los datos de este mapa con el supuesto nivel de conocimientos geográficos en 1513“. La carta del teniente coronel Ohlmeyer constituyó todo un bombazo. Si se trazó el mapa de la Tierra de la Reina Maud antes de que quedara cubierta de hielo, la cartografía original debió de realizarse hace, como mínimo, varios milenios. Pero, ¿cuándo exactamente? Según la opinión convencional, la capa de hielo de la Antártida, en su presente extensión y forma, posee una antigüedad de millones de años. Sin embargo, al examinarla con mayor detenimiento, esta idea presenta graves inexactitudes. Tanto es así que no tenemos por qué suponer que el mapa trazado por el almirante Piri Reis presente la Tierra de la Reina Maud según aparecía hace millones de años. Las pruebas recientes más sólidas indican que la Tierra de la Reina Maud, y las regiones vecinas que figuran en el mapa, se mantuvieron desprovistas de hielo durante un largo período, que posiblemente no finalizó hasta hace unos doce mil años. Lo que nos trasladaría alrededor del 10.000 a.C., más o menos la época en que se produjo el supuesto hundimiento de la Atlántida.

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Pero antes de continuar, sepamos algo más sobre la Antártida, tal como la describe la Ciencia. La Antártida es el continente sobre el cual se encuentra el Polo Sur. La definición tradicional coincide con la definición política, en la cual la Antártida comprende los territorios al sur del paralelo 60° Sur, los que están bajo el Tratado Antártico. Atendiendo más a la geografía física, el límite estaría en la Convergencia Antártica, incluyendo entonces también a las islas Georgias del Sur, Sandwich del Sur, la isla Bouvet, el archipiélago de Kerguelen y las islas Heard y McDonald. Tiene una forma casi circular de 4500 km de diámetro sobre la que sobresale una angosta península en forma de ese, proyectada hacia el extremo austral de Sudamérica. Conocido también como «sexto continente», es, si se toma el nivel superficial sobre el nivel del mar actual, el continente más elevado de la Tierra, con una altitud promedio de 2000 metros. Alberga alrededor del 80 % del agua dulce del planeta. Es también el continente con el promedio de humedad más bajo de la Tierra y el de temperatura promedio más baja. El punto más alto del continente es el macizo Vinson con 4900 metros. El monte Erebus es un volcán activo de la Antártida situado en la costa oriental de isla de Ross. Su elevación es de 3794 metros. La mayor parte de la Antártida se encuentra cubierta por un gigantesco espesor de hielo, que cubre el continente, de 2500 metros. El máximo espesor registrado es de 4776 metros, en la Cuenca Astrolabio de la Tierra Adelia, lo que equivale a casi 5 km de hielo sobre algunos lugares de la estructura rocosa de la Antártida. Al casquete glaciar de la Antártida corresponde aproximadamente el 90 % de la criósfera, o zona helada, del planeta Tierra. En ciertas zonas, el manto glaciar supera ampliamente los límites del continente, formando extensas barreras de hielo permanente sobre las grandes bahías del Océano Glaciar Antártico. Las más importantes son la barrera de hielo de Ross, la barrera de Ronne, la barrera de Filchner y la Barrera de hielo Larsen. Aunque de esta última solo persiste la porción más austral, denominada “Larsen C“, las secciones A y B de esta barrera colapsaron durante la década de 1990 y 2000, respectivamente, debido al incremento de la temperatura a lo largo de toda la Península Antártica. En ciertas zonas de contacto del límite exterior de las mencionadas barreras se forman zonas de aguas oceánicas superficiales relativamente cálidas, llamadas polinias. Este fenómeno se debe a la ascensión de las corrientes relativamente cálidas sumergidas en la Convergencia Antártica, que, al chocar con estas barreras, se encuentran forzadas a subir. Una de las polinias más conocidas es la que se ubica en el sureste del Mar de Weddell.

 

La Antártida es el cuarto continente más grande, después de Asia, América y África, con 14 millones de km². Su forma es aproximadamente circular y se ubica casi completamente al sur del círculo polar antártico. Su extremo norte en la Península Antártica se encuentra a solo 940 km del Cono Sur de Sudamérica, mientras que las distancias de las costas más cercanas respecto a África son de 3800 km, de Tasmania 2530 km, de Australia unos 3135 km y de Nueva Zelanda 2200 km. En la Antigüedad los pensadores griegos dedujeron que si la Tierra era esférica, por simetría debía tener una contrapartida continental a la masa continental del Hemisferio Norte en el Hemisferio Sur, hacia las latitudes polares. De este modo el cosmógrafo Claudio Ptolomeo confeccionó un célebre planisferio en el cual aparecía un inmenso territorio que en latín fue llamado Terra Australis Incognita. Cabe aclarar que la extensión dada a tal supuesto continente incluía zonas que corresponden no solo a la Antártida propiamente dicha sino también a Australia, Nueva Zelanda y grandes extensiones oceánicas. En 1520 Magallanes, al descubrir el estrecho que lleva hoy su nombre, creyó que la isla de Tierra del Fuego era un sector de la Terra Australis Incognita. La exploración de Francisco de Hoces descubrió el gran pasaje marítimo que separa América de la Antártida y posteriormente el nombre de Terra Australis Incognita quedó reservado para Australia. La Antártida es el último continente del planeta Tierra en ser descubierto y poblado por el Homo sapiens, todo ello en la edad moderna. El descubrimiento del continente podría corresponder al explorador español Gabriel de Castilla, en 1603, quien habría llegado a los 64° Sur y avistado tierra en esas latitudes, que podría ser alguna de las islas Shetland del Sur, de acuerdo con el testimonio, en 1607, de un marinero holandés que navegara con Gabriel de Castilla, así como una publicación también holandesa de 1622. Ya en el siglo XVIII era frecuente que cazadores de focas españoles y sudamericanos, procedentes de los territorios que hoy corresponden a Chile y Argentina, llegasen a las Antillas del Sur y a las costas de la península Antártica durante los veranos. Testimonio de ello son las ruinas de pequeños refugios que se construyeron. Sin embargo, la divulgación de la existencia concreta de este continente se efectuó a principios del siglo XIX, por parte de cazadores de focas y ballenas, que solo permanecían el tiempo necesario para sus actividades de recolección, y luego salían antes del inicio del invierno polar.

 

Según algunos historiadores, el holandés Dirk Gerritsz fue posiblemente el primero que vio superficie antártica, al navegar al sur del mar de Hoces, o Pasaje Drake, en el área de las islas Shetland del Sur, en 1599. Mejor documentado es el descubrimiento de las islas Georgias del Sur por el comerciante de Londres Anthony de la Roché. Su nave se desvió de su curso en una tormenta, y se refugió en una de las bahías de la isla en abril de 1675. En 1772 el inglés James Cook circunnavegó la Antártida por mares sub-antárticos y antárticos, pero sin divisar tierras más allá del paralelo 60° Sur. El cazador de focas inglés William Smith, a bordo del bergantín mercantil Williams, fue el primero en descubrir, de forma confirmada, tierra al sur del paralelo 60° Sur, mientras navegaba a Valparaíso, desviado de su ruta en el sur del cabo de Hornos. El 19 de febrero de 1819 avistó la extremidad nordestal de la isla Livingston, punta Williams. En septiembre de 1819 el navío de línea español San Telmo, de 74 cañones y 644 hombres de tripulación, desapareció en las tormentosas aguas al sur del cabo de Hornos, tras separarse de otras dos fragatas, con las que formaba una división con destino al Callao. Se cree, por los restos encontrados en la actualidad, y los testimonios de los balleneros ingleses y norteamericanos que pisaron aquellas tierras antárticas entre 1820 y 1821, que el San Telmo pudo llegar a esas inhóspitas tierras, e incluso pudo haber sobrevivido, durante un cierto tiempo, parte de su tripulación. El capitán Smith volvió al archipiélago Shetland del Sur en octubre de 1819, y descubrió la isla Decepción, cerca de punta Williams. Después desembarcó en la isla Rey Jorge el 16 de octubre de 1819, tomando posesión de ella en nombre del Reino Unido. También descubrió la isla Smith. El capitán Smith visitó las Islas Shetland del Sur por tercera vez entre diciembre de 1819 y enero de 1820. Su nave fue comisionada por el capitán William Shirreff, jefe naval británico en el océano Pacífico, con base en Chile. Smith fue acompañado por el teniente Edward Bransfield, que fue enviado por la marina de guerra británica para examinar y cartear las nuevas tierras. El 28 de enero de 1820, la expedición rusa comandada por Fabian Gottlieb von Bellingshausen y por Mijail Petrovich Lazarev, circunnavegó el continente y realizó un reconocimiento del litoral. Alcanzó un punto a 20 millas náuticas del territorio continental, avistando territorio continental. Casi simultáneamente, el 30 de enero, el cazador de focas estadounidense Nathaniel Palmer avistó tierra. Y el antes mencionado teniente Edward Bransfield desembarcó en el extremo norte de la Península Antártica. La cuestión de quién entre los tres tiene precedencia en el avistamiento del continente permanece sin resolver, aunque algunos eruditos se inclinan por asignársela a Bellingshausen. En 1823, el británico James Weddell descubrió las islas Orcadas del Sur y lo que llamó mar del rey Jorge IV, hoy conocido como el mar de Weddell.

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Entre 1839 y 1843, el capitán James Clark Ross comandó una expedición británica al mando de los navíos Erebus y Terror. Ross cartografió una buena parte de la costa antártica. En 1841 descubrió el mar de Ross, la Tierra Victoria y los volcanes del monte Erebus y del monte Terror. Posteriormente, la barrera de hielo conocida como barrera de la Reina Victoria pasaría a llamarse barrera de Ross en su honor. En 1900, el Reino Unido volvió a enviar una expedición a la Antártida, bajo el mando del capitán Robert Falcon Scott. La expedición fue popularmente conocida por el nombre de su navío, el Discovery. La expedición exploró el Mar de Ross y la tierra de Eduardo VII, y alcanzó el punto más meridional que ningún hombre se supone había alcanzado hasta la fecha, cuando el 31 de diciembre de 1902 Scott, Ernest Shackleton y el doctor Edward Adrian Wilson alcanzaron la latitud 82º17′. En 1902, el sueco Otto Nordenskjöld, el noruego Carl Anton Larsen y el argentino José María Sobral quedaron atrapados en el continente, separados cada uno con su grupo expedicionario, cuando el buque Antartic, de la Expedición Antártica Sueca, queda encallado. Tras sobrevivir al invierno antártico y posteriormente reagruparse, fueron rescatados en 1903 por la corbeta argentina Uruguay, al mando del capitán argentino Julián Irízar. En 1907 Shackleton volvió a la Antártida al mando de su propia expedición, conocida como Expedición Nimrod. El objetivo principal de la expedición era la conquista del Polo Sur. Si bien este objetivo no fue cumplido, aunque los expedicionarios llegaron a 180 kilómetros del polo, tuvo varios otros logros, como la realización de la primera ascensión al Monte Erebus, la localización del Polo Sur Magnético por Mawson, David y McKay, o los descubrimientos del Glaciar Beardmore y de la Meseta Antártica. En 1910 dos expediciones más se dirigieron a la Antártida con el mismo objetivo: alcanzar el Polo Sur. Una de ellas era una expedición noruega comandada por Roald Amundsen, que años atrás había sido el primer hombre en franquear el Paso del Noroeste. La otra fue una expedición británica, comandada de nuevo por el capitán Scott. En el verano austral de 1911 ambas expediciones se dirigieron al Polo. Roald Amundsen utilizó como fuerza motriz perros groenlandeses y las enseñanzas y consejos de Fridtjof Nansen, así como su barco, el célebre Fram. Scott, en cambio, utilizó ponis para una primera etapa y la propia fuerza humana en la segunda. Roald Amundsen alcanzó el Polo Sur el 14 de diciembre de 1911; Scott lo hizo el 17-18 de enero de 1912. Mientras los noruegos no tuvieron mayores complicaciones, la mala planificación, unida a la mala fortuna, hizo que los cinco expedicionarios británicos que habían alcanzado el polo murieran en la travesía de regreso.

 

En 1914 Ernest Shackleton volvió a la Antártida a bordo del barco Endurance, con la intención de atravesar a pie el continente helado. Sin embargo, el Endurance quedó atrapado entre los hielos del Mar de Weddell. Tras un duro invierno, la embarcación no soportó la presión de los hielos y quedó destruida. Shackleton y sus hombres arrastraron dos botes por los hielos del Mar de Weddell hasta que llegaron a aguas abiertas, donde se hicieron a la mar. Tras dejar a casi todos los expedicionarios en la isla Elefante, Shackleton y otros cinco hombres partieron a bordo del bote James Caird, que previamente habían reformado, y surcaron hacia el noreste el Mar del Scotia rumbo a la isla Georgia del Sur, donde sabían que podrían encontrar ayuda. Este notorio viaje, que pasaría a los anales de la historia por su dificultad, fue seguido de 36 horas de marcha a pie a través de las desconocidas montañas de la isla. Los supervivientes fueron rescatados de la isla Elefante el 30 de agosto de 1916, sin que se produjera ninguna baja. Pero al margen de la conquista del Polo, fue otro expedicionario quien aportó al conocimiento de la Antártida. Richard E. Byrd (Jr.), un aviador estadounidense, que había sido el primer hombre en alcanzar los Polos Norte y Sur en un avión, realizó multitud de vuelos entre 1928 y 1955, en los que exploró desde el aire vastas zonas desconocidas de la Antártida. En 1934 invernó en solitario en una cabaña a 200 km de la base más próxima, con la intención de recoger mediciones y datos científicos.  Existe en muchas culturas un mito que cuenta y no termina las excelencias de aquellas islas que hoy están recubiertas con una coraza de hielos de cientos y en ocasiones miles de metros de espesor y que llamamos la Antártida. Pudo ser un conjunto de islas de clima templado, de exuberante vegetación, donde la vida animal, y la humana también, por supuesto, fue posible. Probablemente hubo una civilización basada en la agricultura, pero con una avanzada tecnología. Seguramente, bajo los hielos impenetrables se esconden los campos de cultivo, los templos y las ciudades, sorprendidos en la fantasmagórica instantánea de un cataclismo total, un cambio del eje de la Tierra, por ejemplo, que hizo desplazarse los polos y situó la Antártida en otro lugar del globo, obviamente menos privilegiado: donde ahora se encuentra. Este relato parece extraído de una novela, pero, quizá no sea tan fantástico como aparenta a simple vista.

 

Los sondeos realizados en los últimos años por geógrafos y geólogos han puesto de manifiesto que el contorno de las tierras antárticas es distinto al contorno de la masa de hielos que lo cubre; que el hielo ha ocupado mucha más extensión, y en la actualidad podríamos considerarla como un sombrero desmesuradamente grande sobre la verdadera tierra firme. También los ríos, montañas y demás accidentes geográficos, representados en los misteriosos mapas primitivos, están siendo confirmados en su existencia por las técnicas modernas de exploración. De estas realidades comprobadas hemos de deducir que, en efecto, el clima antártico no fue como es; ni su situación geográfica la que hoy guarda con respecto a los polos magnéticos de la Tierra.  Luego debió, o por lo menos pudo ser, un continente habitado hace miles de años. Es una lástima que los estudios realizados allí no supongan todavía un bagaje suficiente para permitirnos una visión de conjunto completa. Por ahora sólo contamos con informaciones parciales, muy parciales, que aunque concuerdan de una manera asombrosa con los mapas y relatos antiguos, nos remiten a ellos inexorablemente, sin la posibilidad de un refrendo de la tecnología actual.  Tal como antes hemos indicado, la primera expedición científica, perfectamente pertrechada de medios y de hombres, que estableció sus observatorios en los suelos helados de la Antártida, muchos cientos de kilómetros en el interior, fue la dirigida por el capitán Ritscher, y que exploró el continente durante los años 1938 y 39. Era una expedición alemana por sus componentes y por su financiación, y fue conocida por el nombre de “Schwabenland“. Penetraron en línea recta en dirección al mismo polo Sur, partiendo del “gran muro helado” que supone la enorme barrera de hielos de un iceberg de kilómetros. Los pilotos sobrevolaron en varios de sus diversos viajes de exploración una región cercana al polo, en pleno corazón antártico, que fue descrita como llena de ondulaciones, sin rastro siquiera de hielos y poblada de lagos. Los informes de la expedición ” Schwabenland ” fueron acogidos con cierto estupor: ¿Una zona sin hielos y con lagos dentro de la inmensidad helada, casi en el mismo polo? No resultaba lógico que el proceso normal de endurecimiento del clima, conforme se avanza desde los márgenes antárticos hacia el centro, se viera interrumpido y sufriera una regresión hasta convertirse en un clima lo suficientemente templado para permitir la existencia de lagos líquidos y colinas erosionadas, cubiertas de verdor.

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Por fuerza allí debía hacer todavía más frío que en las regiones marginales. Pero la seriedad de un equipo de científicos tan prestigioso prevaleció sobre toda duda. Había que admitir aquella absurda realidad, esperando una confirmación. Confirmación que tardó ocho años en llegar, pero que llegó, avalada de suficiente documentación y testimonios como para que no se discutiera. La expedición mandada por el norteamericano almirante Byrd, en el año 1947 y 48, bautizó el lugar con el nombre tan sugestivo de “Jardín de la tierra de la Reina María“. Los aviadores de Byrd, pilotando aviones adecuados a la misión que tenían encomendada, sobrevolaron sistemáticamente el misterioso rincón y observaron con detenimiento las colinas cubiertas de coniferas, las manchas de musgo, anchas, diseminadas por doquier, y nada menos que 23 lagos de diferentes tamaños. Los hidroaviones se posaron sobre las aguas de los tres lagos mayores, los cuales, desde las alturas, aparecían coloreados de verde, rojo o azul. No hacía frío, sino más bien lo contrario. Los exploradores introdujeron sus manos en las aguas tranquilas y las removieron. Ofrecían una temperatura agradabilísima, templada. El fondo estaba cubierto por espesas alfombras de algas microscópicas, que eran las que proporcionaban los bellos reflejos coloreados. Aguas tibias en pleno polo sur, entre miles de kilómetros de hielos espesísimos. Cuando la expedición de Byrd hizo públicas sus investigaciones, se planteó el estudio de las causas de aquel microclima tan peculiar. Y hubo hipótesis para conformar a todos. Unos achacaron el fenómeno a restos de vulcanismo. Otros dijeron que las temperaturas cálidas eran producto de la radiactividad. En 1948 llegó por primera vez un jefe de estado al continente. Fue el presidente chileno Gabriel González Videla y su esposa Rosa Markmann. El motivo del viaje presidencial fue la inauguración de la Base General Bernardo O’Higgins.

 

El continente antártico se divide en Antártida Occidental o Menor, más pequeña, y Antártida Oriental o Mayor, el resto del continente. Ambas zonas se encuentran parcialmente separadas por una escotadura que se ubica entre el Mar de Weddell y el Mar de Ross. Tal escotadura es llamada Antártida Hundida y se trata de una gran cuenca sub-glaciar delimitada por los Antartandes y los Montes Ellsworth, al oeste, y los Montes Transantárticos, al este, así como por la Meseta Polar, en el sur. Se ha teorizado que, en efecto, gran parte de la llamada Antártida Hundida se encuentra algunos metros bajo el nivel del mar, debido al enorme peso de la masa glacial, que tiene espesores de más de 2000 metros. Al este del Mar de Ross y al oeste del Mar de Weddell, hay los dos mares más importantes y que más penetran hacia el Polo Sur. Destaca la Península Antártica, en la parte Occidental, al sur del continente americano. El Polo Sur de Inaccesibilidad se ubica en la Antártida, relativamente cerca del Polo Sur geográfico. Este Polo de Inaccesibilidad es el más inaccesible de todos los del planeta Tierra y se ubica en la coordenadas  82°58′Sur y  54°40′Este. A una altura de 3718 metros, en su proximidad, se ha ubicado la base rusa Vostok. El Monte Erebus, el más famoso volcán activo de la Antártida, se encuentra en la Isla Ross, un sector reclamado por Nueva Zelanda. La Antártida representa casi el 9 % de las tierras emergidas. Su superficie real se encuentra rebasada por la espesa capa de hielo que la cubre. Se calcula que el volumen de la capa de hielo llega a 20 millones de km³, y un espesor promedio de 2000 metros. Por eso solo los picos más elevados sobresalen entre la superficie helada. Por su extensión, la cordillera más prolongada es la de los montes Trasantárticos, aunque las mayores altitudes se registran en los Antartandes, especialmente en el ramal macizo Vinson. Entre los Antartandes, que se encuentran ubicados en las costas más occidentales y recorriendo la península Antártica, y los montes Trasantárticos, se ubican cordilleras intermedias como los montes Pensacola y los montes Ellsworth. Ya en las proximidades del Polo Sur se eleva la meseta Polar, que tiene como anexo una importante cordillera casi totalmente cubierta por el hielo: la cordillera Gamburtsev. La mayoría de las cordilleras o montes de la Antártida se encuentran en los bordes del cratón precámbrico de la Antártida Oriental. Entre estos se encuentran los montes Sor Rondane, cuya cumbre es el Verterkaka, de 3630 metros, Napier, Wholthat, Admiralty, Horlick, Mühgllg-Hoffmann, Britannia, montes de la Reina Maud, etc. Por otra parte, existen gigantescas montañas de hielo como el Domo A, que alcanza los 4093 metros, y unas dunas de hielo y nieve integradas por estratos de hielo arqueano, muchos de ellos de un intenso color azulado.

 

Las Antillas del Sur constituyen un gran archipiélago que sufre, sobre todo en su parte oriental, frecuentes seismos y es eslabonado ya que se extienden en forma de una gran sinusoide desde la americana Tierra del Fuego. Todas las Antillas del Sur son islas, rocas e islotes que corresponden al plegamiento andino que se prolonga luego en los Antartandes de la Antártida Occidental. Muchas de las Antillas del Sur son conos volcánicos apenas emergentes sobre el nivel del océano. Tal es el caso de la isla Decepción, en cuyo puerto se puede bañar la gente, ya que sus aguas están entibiadas por el calor que emana de la caldera volcánica. Hay diferencias sustanciales en el relieve de la Antártida Oriental y el de la Antártida Occidental. Antártida Occidental tiene un relieve muy accidentado, con costas irregulares. Está constituido por rocas sedimentarias plegadas en las eras Mesozoica y Cenozoica. Esta parte de la Antártida posee islas que son una prolongación de la cordillera de los Andes, como la Cordillera Antartandes. En la Antártida Occidental, bajo la corriente de hielo Ferrigno, en la zona de las tierras altas subglaciales Ellsworth, se ubica el que quizás sea el cañón más gigantesco de la superficie terrestre, con profundidades de 1500 a 3000 metros, una longitud de aproximadamente 300 km y anchuras de 25 km. Tal cañón se debería principalmente a la erosión y parece ser una de las causas principales, junto al calentamiento global, de la gran pérdida de hielos que está ocurriendo en gran parte de la Antártida Occidental. Antártida Oriental: está constituido por una enorme meseta tabular. Está compuesto por rocas precámbricas y paleozoicas y se encuentran montañas que alcanzan los 3000 metros. Existen algunos volcanes en actividad, como el monte Erebus, de 3794 metros. Hasta hace 160 millones de años la Antártida estuvo unida a la India, África, Australia, Nueva Zelanda y Sudamérica, formando un supercontinente llamado Gondwana. Al fragmentarse Gondwana, los continentes se fueron desplazando. Durante mucho tiempo, la Antártida y Australia estuvieron unidas y fueron desplazándose hacia el sur, hasta que la Antártida acabó separándose de Australia definitivamente hace unos 80 millones de años al derivar Australia hacia el norte, ubicándose en su posición actual. Respecto a América, la Antártida estuvo unida a este continente por un istmo hasta hace unos 58 millones de años. De tal istmo el actual vestigio es el conjunto de archipiélagos correspondiente a las Antillas del Sur o Arco Antillano Austral.

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En la superficie solo existen algunos arroyos que corren en los días más cálidos del verano en el extremo norte de la península Antártica. Todo el resto de las aguas visibles se encuentra en estado sólido (hielo) formando ya sea una enorme capa de hielo. Dentro del hielo continental antártico se incluyen glaciares gigantescos, los más grandes del planeta Tierra. Entre estos glaciares destacan el Lambert, el Denman, el Mertz y el glaciar Scott, que discurren casi radialmente desde el centro del continente hacia las costas en donde forman barreras de hielo o directamente forman icebergs. En la actualidad la Antártida tiene aproximadamente 26,5 millones de km³ de hielo. En la Cuenca Astrolabio se encuentra la capa de hielo más gruesa del planeta Tierra. Bajo la cubierta de “hielos eternos” se han encontrado varios lagos subglaciales como el Vostok o también el Ellsworth. La existencia de tales lagos se debe al calentamiento geotérmico y / o a la gran presión que en ellos existe, presión que hace fluidas sus aguas, pese a estar muchos grados por debajo de los 0 °C o punto normal de solidificación del agua al nivel del mar. Esto permite que exista todo el tiempo un fluido “sistema hídrico” subglacial bajo el frío, congelado. La laguna de Don Juan, ubicada en el valle Wright, descubierta en 2012, resulta ser el lago superficial más salado del planeta Tierra. Debido a su elevadísima concentración de sales en forma de hidrosoles, sus aguas permanecen en estado líquido hasta una temperatura de -56 °C. Otro fenómeno hídrico interesante es la existencia de polinias en algunos de los mares, como la del mar de Weddell. Las polinias son zonas de mar que se mantienen libres de hielo debido al resurgir, tras chocar contra el continente, de aguas cálidas que se habían sumergido en la zona de convergencia Antártica. Durante el verano, el continente antártico tiene una superficie de 14 millones de km². Durante el invierno, el mar adyacente se congela, dando lugar a una banquisa, y su superficie aumenta hasta los 30 millones de km². Esta característica, que se repite año a año con el cambio de las estaciones, le ha valido a la Antártida el nombre de «continente pulsante». Durante el verano austral (hacia enero) menos del 3 % del territorio queda libre de hielos, principalmente en la Península Antártica, quedando 13 720 000 km² cubiertos de hielos sobre tierra en pleno verano.

 

En promedio, la capa glacial de la Antártida tiene una extensión de 22 millones de km², lo cual supone el 90 % de los hielos superficiales existentes en el planeta Tierra y el 70% del agua dulce de la Tierra. Si esta capa se derritiera, el nivel de los océanos se elevaría entre 45 a 60 metros. Por su parte, como en otros mares polares, el agua del Océano Glaciar Antártico puede mantenerse líquida a una temperatura de cerca de -2 °C, porque el agua salada tiene un punto de congelación inferior al agua pura. Las barreras de hielo, como la de Ross, Filchner, Larsen etc., han poseído discontinuidades en diversas épocas geológicas. Estas barreras o plataformas de hielos han desaparecido y reaparecido naturalmente según los ciclos de Milankovitch, que son unas pequeñas variaciones del eje del planeta Tierra que ocurren cada 20.000, 40.000 y 100.000 años. Los primeros registros actualmente conocidos de plantas en el continente antártico datan de hace unos 400 millones de años (período Devónico). Después, durante el Paleozoico, proliferaron bosques de helechos arborescentes llamados glossopteridales. El Mesozoico se caracterizó por la presencia de helechos Dicroidium, mientras que en el Cretácico aparecieron plantas con flores (Angiospermas). Hace unos 100 millones de años, durante el Cretácico, el territorio de la Antártida se separó por primera vez de la Patagonia al formarse una cuenca marina llamada Cuenca Rocas Verdes. Tal cuenca se cerró hace unos 85 millones de años, volviendo a unirse entonces la Antártida con la Patagonia. Esto explica la existencia de alguna diferenciación de especies de flora y fauna durante ese periodo. Durante el Cenozoico y hace unos 60 millones de años, cuando aún el actual continente antártico estaba unido a Gondwana, abundaron bosques de gigantescos árboles, principalmente fagáceas, caducifolias, helechos arborescentes y quizás cicadáceas, entre los cuales proliferaba una fauna de monotremas, marsupiales, y reptiles primitivos de la familia de la tuátara (Sphenodontidaes). El paisaje habría sido muy semejante al actual del sur de la Tierra del Fuego, Tasmania y Nueva Zelanda.

 

Al desaparecer el gran istmo que unía a la Antártida con América hace unos 58 millones de años, ya se habían establecido grupos de mamíferos placentarios herbívoros dotados de pezuñas, cuyos restos de hace más de 55 millones de años han sido descubiertos en las inmediaciones de la base argentina Marambio. Esto significa que, tras la extinción global masiva ocurrida hace 65 millones de años, que hizo desaparecer a los dinosaurios del planeta, hubo un desplazamiento por el antiguo megacontinente de Gondwana de mamíferos placentarios correspondientes al ya extinto orden de los Litopterna, de gran difusión en Sudamérica durante el Cenozoico, y más precisamente de la familia Sparnotheriodontidae. Hasta hace unos 55 millones de años, la mayor parte de la Antártida se ubicaba, debido a la deriva continental, en latitudes menos elevadas, más al norte, y, por tanto, más cálidas. Esto, unido a una inclinación menor que la actual del eje de la Tierra, facilitó que este extenso territorio se encontrara cubierto por densas forestas. Según los investigadores, hace unos 52 millones de años la Antártida estaba cubierta por densas forestas cálidas que incluían palmeras. Hace unos 37 millones de años que la Antártida comenzó a quedar gradualmente cubierta por hielos y sus costas estuvieron pobladas por pingüinos gigantes de 2 metros de altura y 155 kg de peso, de la extinta especie Palaeeudyptes klekowskii. Hace 23 millones de años se originó la actual corriente marina Circumpolar Antártica, la cual, junto a la deriva tectónica hacia el polo sur del continente, facilitó aún más el enfriamiento de estos territorios. Sin embargo, hasta hace solo 3,5 millones de años crecían aún algunos bosques a casi 500 km. del Polo Sur. Recientes investigaciones sugieren que los fríos actuales del sur de Argentina y Chile, con presencia de coníferas, fagáceas, caducifolias etc., tienen su origen en las antiguas florestas de la Antártida antes de que ésta se congelara. Es de notar que, según algunos autores, tales formaciones arbóreas no serían exclusivamente bosques, sino selvas frías, forestas con mezcla de varias especies arbóreas y presencia de importante sotobosque. Hasta aquí la descripción científica de la Antártida.

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Es realmente enigmático saber quiénes poseían la tecnología suficiente para llevar a cabo una rigurosa exploración geográfica de la Antártida hace no menos de seis mil años. El mapa de Piri Reis, que es un documento genuino, fue realizado en Constantinopla en el año 1513 de nuestra era. Se centra en la costa occidental de África, en la costa oriental de Sudamérica y en la costa septentrional de la Antártida. Es imposible que Piri Reis adquiriera información sobre esta última región de un explorador coetáneo, porque la Antártida no se descubrió hasta el año 1818 de nuestra era, más de trescientos años después de que Piri Reis hubiera trazado el mapa. La costa sin hielo de la Tierra de la Reina Maud, que muestra el mapa, constituye un gran enigma, pues la evidencia geológica confirma que la última fecha en que pudo haber sido explorada y cartografiada desprovista de hielo es alrededor del 10.000 a. C. Resulta imposible determinar una fecha más temprana en que estuviese desprovista de hielo, pero todo indica que el litoral de la Tierra de la Reina Maud permaneció en una condición estable, no helada, durante al menos nueve mil años antes de que la extensa capa de hielo lo cubriera por completo. En la historia no existe constancia de una civilización que tuviera la capacidad ni la necesidad de explorar ese litoral en el período comprendido entre hace trece mil y cuatro mil años antes de nuestra era. En resumen, el verdadero enigma del mapa no radica en la inclusión de un continente que no fue descubierto hasta el año 1818, sino en la representación del litoral de ese continente en unas condiciones sin glaciación, que se cree concluyeron al menos hace seis mil años y no han vuelto a producirse.  ¿Cómo podemos explicar este misterio? Piri Reis nos proporciona una posible respuesta. En una serie de notas que aparecen escritas de su puño y letra en el mismo mapa, nos dice que no fue el responsable de la exploración y cartografía original. Y reconoce que su papel fue sólo el de compilador y copista, pues el mapa se derivó de un gran número de mapas originales. Algunos de estos mapas habían sido trazados por exploradores más o menos contemporáneos a Piri Reis, entre ellos Cristóbal Colón, quien en aquellas fechas había llegado a Sudamérica y el Caribe. Pero otros documentos se remontaban al siglo IV a. C., o antes.

 

Piri Reis no ofreció ninguna indicación respecto a los cartógrafos que habían realizado los mapas más antiguos en que se basó para confeccionar su propio mapa.  En 1963, sin embargo, el profesor Hapgood propuso una nueva e interesante solución al problema.  Adujo que algunos de los mapas primitivos que el almirante había utilizado, en especial los que se remontan al siglo IV a. C., tomaban como referencia unos mapas más antiguos, que, a su vez, se basaban en unas fuentes cuyo origen era aún más remoto. Según afirmó, existían pruebas irrefutables de que la Tierra había sido cartografiada de modo exhaustivo antes del 10.000 a. C. por una civilización desconocida, que había alcanzado un alto nivel de desarrollo tecnológico: “Todo parece indicar – concluyó el profesor Hapgood – que una información rigurosa fue transmitida de un pueblo a otro. Al parecer, los primeros mapas fueron trazados por un pueblo desconocido y transmitidos a otros pueblos, quizá por los minoicos y los fenicios, quienes, por espacio de mil años o más, fueron los más notables navegantes del mundo antiguo. Tenemos pruebas de que los mapas se guardaron y estudiaron en la gran biblioteca de Alejandría (Egipto), y que los geógrafos que trabajaban allí realizaron unas compilaciones de los mismos“. Por esta razón creo que es interesante detenernos un rato en describir la historia de dicha biblioteca. La Biblioteca Real de Alejandría o Antigua Biblioteca de Alejandría, fue en su época la más grande del mundo. Situada en la ciudad egipcia de Alejandría, se estima que fue fundada a comienzos del siglo III a. C. por Ptolomeo I Sóter, y ampliada por su hijo Ptolomeo II Filadelfo, llegando a albergar hasta 900.000 manuscritos. Cuando el califa Omar hacía referencia a la Biblioteca de Alejandría, manifestaba: «Si no contiene más que lo que hay en el Corán, es inútil, y es preciso quemarla; si algo más contiene, es mala, y también es preciso quemarla». Se carece de testimonios precisos sobre sus aspectos más esenciales, y no se han encontrado sus ruinas, siendo las del Serapeo, santuario para el culto de Serapis, muy escasas. Para algunos escritores latinos, la Gran Biblioteca fundada por los Ptolomeos apenas resultó afectada en el incendio provocado por las tropas de Julio César, en el 48 a. C. Probablemente, ya había desaparecido en el momento de la dominación árabe, aunque algunos escritores comentan que el califa Umar ibn al-Jattab ordenó la destrucción de millares de manuscritos. Independientemente de las culpas de cristianos y musulmanes, el fin de la biblioteca debe situarse en un momento indeterminado del siglo III o del siglo IV, quizá en el 273, cuando el emperador Aureliano tomó y saqueó la ciudad, o cuando Diocleciano hizo lo propio en el 297. La biblioteca del Serapeo, sucesora de la Gran Biblioteca, fue expoliada, o al menos vaciada, en el 391, cuando el emperador Teodosio el Grande ordenó la destrucción de los templos paganos de la ciudad de los Ptolomeos.

 

Desde el siglo XIX los eruditos han intentado comprender la organización y estructura de la Biblioteca, y se ha debatido mucho sobre su final. Los conocimientos sobre la Biblioteca, cómo fue, cómo trabajaron sus sabios, el número exacto de volúmenes e incluso su misma situación, son todos muy escasos, ya que hay muy pocos testimonios al respecto. La Gran Biblioteca de Alejandría fue fundada por los primeros Ptolomeos con el propósito de ayudar al mantenimiento de la civilización griega en el seno de la muy conservadora civilización egipcia que rodeaba a Alejandría. Si bien es cierto que el traslado de Demetrio de Falero, político y filósofo ateniense perteneciente a la escuela peripatética, a Alejandría, en el año 296-295 a. C., está relacionado con la organización de la Biblioteca. También es seguro que al menos el plan de esta institución fue elaborado bajo Ptolomeo Sóter, muerto alrededor de 284 a. C., y que la finalización de la obra y su conexión con el Museo fue la obra máxima de su sucesor, Ptolomeo II Filadelfo. Las salas que se dedicaron a la biblioteca acabaron siendo las más importantes de toda la institución, que fue conocida en el mundo intelectual de la Antigüedad al ser única. Durante siglos, los Ptolomeos apoyaron y conservaron la Biblioteca que, desde sus comienzos, mantuvo un ambiente de estudio y de trabajo. Dedicaron grandes sumas a la adquisición de libros y manuscritos, con obras de Grecia, Persia, India, Palestina, África y otras culturas, aunque parece que predominaba la literatura griega y helenística. La biblioteca constaba de diez estancias dedicadas a la investigación, cada una de ellas dedicada a una disciplina diferente. Un gran número de poetas y filósofos, que llegaron a ser más de cien en sus mejores años, se ocupaban de su mantenimiento, con una dedicación total. En realidad se consideraba el edificio como un verdadero templo dedicado al saber. Se sabe que, desde el principio, la biblioteca fue un apartado al servicio del Museo. Pero más tarde, cuando esta entidad adquirió gran importancia y volumen, hubo necesidad de crear un anexo.

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Se cree que esta segunda biblioteca fue creada por Ptolomeo III Evergetes (246-221 a. C.), y se estableció en la colina del barrio de Racotis, hoy llamada Karmuz, en un lugar de Alejandría más alejado del mar. Concretamente, en el antiguo templo erigido por los primeros Ptolomeos al dios Serapis, llamado el Serapeo, considerado como uno de los edificios más bellos de la Antigüedad. En la época del Imperio romano, los emperadores la protegieron y modernizaron en gran medida, incorporando incluso calefacción central mediante tuberías, con el fin de mantener los libros secos en los depósitos subterráneos. Los redactores de la Biblioteca de Alejandría eran especialmente conocidos en Grecia por su trabajo sobre los textos homéricos. Los redactores más famosos generalmente llevaron el título de bibliotecario principal. La diversidad geográfica de los eruditos muestra que la Biblioteca era de hecho un gran centro de investigación y aprendizaje. En 2004, un equipo egipcio encontró lo que parece ser una parte de la biblioteca mientras excavaba en el Brucheion. Los arqueólogos descubrieron trece salas de conferencias, cada una con un podium central. Zahi Hawass, el presidente del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, calcula que en las salas excavadas hasta ahora se habría podido acoger a unos 5.000 estudiantes, lo que indica que era una institución muy grande para su época. En el siglo II a. C., Eumenes II fundó un centro a imitación de la Biblioteca en Pérgamo. Ptolomeo II encargó a Zenódoto de Éfeso, ayudado por el poeta Calímaco, la tarea de catalogación de todos los volúmenes y libros. Zenódoto fue el primer bibliotecario de Alejandría, y en estos años las obras catalogadas llegaron al medio millón. El resultado de su labor fue el Pinakes, primer catálogo temático de la historia. Unas se presentaban en rollos de papiro o pergamino, que es lo que se llamaban «volúmenes», y otras en hojas cortadas, que formaban lo que se denominaba «tomos». Cada una de estas obras podía dividirse en «partes» o «libros». Se hacían copias a mano de las obras originales, es decir «ediciones», que eran muy estimadas por las correcciones llevadas a cabo. Las personas encargadas de la organización de la Biblioteca, y que ayudaban a Calímaco, rebuscaban por todas las culturas y en todas las lenguas conocidas y enviaban negociadores que pudieran hacerse con bibliotecas enteras, unas veces para comprarlas tal cual, otras como préstamo para hacer copias. Los grandes buques que llegaban al famoso puerto de Alejandría cargados de mercancías diversas eran inspeccionados por la guardia, tanto en busca de contrabando como de textos. Cuando encontraban algún rollo, lo confiscaban y lo llevaban en depósito a la Biblioteca, donde los amanuenses se encargaban de copiarlo. Una vez hecha esta labor, el rollo era generalmente devuelto a sus dueños. El valor de estas copias era altísimo y muy estimado. La Biblioteca de Alejandría llegó a ser la depositaria de las copias de todos los libros del mundo antiguo. Allí fue donde realmente se llevó a cabo por primera vez el arte de la edición crítica.

 

Se sabe que en la biblioteca se llegaron a depositar el siguiente número de libros: 200.000 volúmenes en la época de Ptolomeo I; 400.000 en la época de Ptolomeo II; 700.000 en el año 48 a. C., con Julio César; 900.000 cuando Marco Antonio ofreció 200.000 volúmenes a Cleopatra, traídos de la Biblioteca de Pérgamo. Cada uno de estos volúmenes era un manuscrito que podía versar sobre temas diferentes. Se cree que allí estaban depositados tres volúmenes con el título de Historia del mundo, cuyo autor era un sacerdote babilónico llamado Beroso, y que el primer volumen narraba desde la creación hasta el diluvio, periodo que según él había durado 432.000 años, es decir, cien veces más que en la cronología que se cita en el Antiguo Testamento. Ese número permitió identificar el origen del saber de Beroso, que era la India. También se sabe que allí estaban depositadas más de cien obras del dramaturgo griego Sófocles, de las que sólo han perdurado siete. Los sabios que estudiaban, criticaban y corregían obras se clasificaron a sí mismos en dos grupos: filólogos y filósofos. Los filólogos estudiaban a fondo los textos y la gramática. La Filología llegó a ser una ciencia en aquella época, y comprendía otras disciplinas, como la historiografía y la mitografía. Los filósofos eran todos los demás, ya que la Filosofía abarcaba las ramas del pensamiento y la ciencia: física, ingeniería, biología, medicina, astronomía, geografía, matemáticas, literatura, y lo que nosotros llamamos filosofía. Entre ellos se encontraban personajes tan conocidos como Arquímedes, el más notable científico y matemático de la antigüedad; Euclides que desarrolló allí su Geometría; Hiparco de Nicea, que explicó la Trigonometría, y defendió la visión geocéntrica del Universo; Aristarco, que defendió todo lo contrario, es decir, el sistema heliocéntrico siglos antes de Copérnico; Eratóstenes, que escribió una Geografía y compuso un mapa bastante exacto del mundo conocido; Herófilo de Calcedonia, un fisiólogo que llegó a la conclusión de que la inteligencia no está en el corazón sino en el cerebro; los astrónomos Timócaris y Aristilo; Apolonio de Pérgamo, gran matemático, que escribió en Alejandría Sobre las secciones cónicas; Apolonio de Rodas, autor de las Argonáuticas; Herón de Alejandría, un inventor de cajas de engranajes y también de unos aparatos movidos por vapor: es el autor de la obra Autómata, la primera obra conocida sobre robots; el astrónomo y geógrafo Claudio Ptolomeo; Galeno, quien escribió bastantes obras sobre el arte de la curación y sobre anatomía.

 

Todo lo que se sabe en la actualidad sobre la historia de la antigua biblioteca se debe a algunas referencias de posteriores escritores, a veces de gente que incluso la llegó a conocer, pero son alusiones de pasada, no hay nada dedicado en exclusiva a comentar o describir el edificio o la vida que en ella se desarrollaba. El geógrafo y gran viajero griego Estrabón (63 – 24 a. C.) hizo una pequeña descripción, pues parece ser que estuvo en Alejandría a finales del siglo I a. C. Hablaba del Museo y dice que consta de una exedra, es decir, una obra hecha al descubierto, de forma circular y con unos asientos pegados a la parte interior de la curva. Cuenta que también vio una estancia muy amplia donde se celebraban las comidas de los sabios y los empleados. Y habla también de la biblioteca, de la gran biblioteca, algo obligatorio en el Museo. Aristeas, en el siglo II a. C., habló en las cartas dirigidas a su hermano Filócrates de la biblioteca. Marco Anneo Lucano, historiador del siglo I, natural de Hispania y sobrino de Séneca, cuenta en su célebre Farsalia cómo ocurrió el incendio del puerto, cómo se propagaron las llamas ayudadas por el viento, que no cesaba, desde los barcos también incendiados y anclados en el gran puerto oriental. Tito Livio dice en sus referencias que la biblioteca de Alejandría era uno de los edificios más bellos que él había visto, con muchas salas llenas de estantes para los libros y habitaciones donde sólo los copistas podían estar, sin que fueran molestados. Incluso apunta el hecho de que cobraban por cada línea copiada. Lucio Anneo Séneca, filósofo cordobés y tío de Lucano. poeta cordobés, en el siglo I escribió un libro llamado De tranquilitate animi. En él cuenta, a través de una cita de Tito Livio, que en aquel incendio se llegaron a quemar 40.000 libros. El biógrafo Plutarco (46-125) viajó en varias ocasiones a Egipto, donde en Alejandría debió escuchar muchas historias sobre el famoso incendio. Escribió una biografía sobre Julio César. Y al tratar sobre la batalla en el mar, en ningún momento cuenta el incendio de la biblioteca, ya que en el desastre estaba implicado César y parece ser que no quiso manchar su nombre con aquel hecho. El mismo Julio César, en su obra Bellum civile, donde habla de aquella batalla, omite por completo el incendio de la biblioteca. Otros escritores de la misma época también silencian la relación de César con el incendio de Alejandría. Mucho más tarde, en el siglo IV, San Juan Crisóstomo hace una relación del estado en que se encontraba en aquellos años la brillante ciudad de Alejandría, y comenta que la desolación y destrucción son tales que no se puede adivinar ni el lugar donde se encontraba el Soma, el mausoleo de Alejandro, ni la sombra de la gran Biblioteca.

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En el siglo XV, un escriba se molestó en traducir al latín los comentarios de Juan Tzetzes (1110 – 1180), que fue un filólogo bizantino. Dichos comentarios estaban tomados de la obra Prolegómenos a Aristófanes. Tzetzes habla en ellos acerca de la Biblioteca. La enciclopedia bizantina denominada Suda recopila un conjunto de informaciones procedentes de toda la Antigüedad grecolatina. Suele afirmarse que la primera gran destrucción que sufrió la Biblioteca de Alejandría fue la perpetrada por los romanos. Julio César, en persecución de Pompeyo, derrotado en Farsalia, llegó a Egipto para encontrarse con que su antiguo compañero y yerno había sido asesinado por orden de Potino, el visir del rey Ptolomeo XIII Filópator, para congraciarse con su persona. Egipto padecía una guerra civil por la sucesión del trono, y pronto César se inclinó a favor de la hermana del rey, Cleopatra VII. Consciente de que no podría derrotar a Roma, pero sí a César, y ganarse la gratitud de sus rivales en el Senado, Potino le declaró la guerra. El 9 de noviembre del 48 a. C., las tropas egipcias, comandadas por un general mercenario llamado Aquilas, un antiguo centurión, asediaron a César en el palacio real de la ciudad e intentaron capturar las naves romanas en el puerto. En medio de los combates, teas incendiarias fueron lanzadas por orden de César contra la flota egipcia, reduciéndola a las llamas en pocas horas. Aunque según la versión del propio Julio César en su Bellum Alexandrinum la ciudad apenas si se vio afectada, “por estar construidos los edificios sin maderas en que pudiera cebarse el fuego“. No obstante, según otras fuentes clásicas este incendio se habría extendido hasta los depósitos de libros de la Gran Biblioteca, que se encontraba en el barrio de Bruquión, cercano al puerto. Séneca confirma, en su De tranquilitate animi, la pérdida de 40.000 rollos en este desafortunado incidente, citando su fuente, el perdido libro CXII de Tito Livio, quien fue contemporáneo del desastre. Paulo Orosio reitera en pleno siglo V esta cifra en su Historiarum adversum paganos: «…al invadir las llamas parte de la ciudad consumieron cuarenta mil libros depositados por casualidad en los edificios… ». Dión Casio alude a la destrucción de los almacenes (apothekai) del puerto, algunos de los cuales contenían rollos. Por su parte, Plutarco de Queronea es el primero en mencionar de modo explícito la extensión del fuego a la gran Biblioteca de Alejandría, como si hubiera quedado reducida a cenizas para siempre, y no sólo una destrucción parcial. Sin embargo, tan tajante afirmación de Plutarco acerca del incendio de la Biblioteca parece tener origen en un error filológico, provocado por el cambio de significado de término griego bibliotheke a finales del siglo I y principios del II. La palabra perdió su connotación de «biblioteca» para significar «colección de libros».

 

Hay dudas sobre si los tesoros de la Gran Biblioteca resultaron destruidos en el incendio del año 48 a. C., como llegaron a afirmar algunos historiadores clásicos. Los famosos 400.000 tomos que habrían ardido podrían ser en realidad unos 40.000, depositados en almacenes del puerto, probablemente en espera de ser catalogados para la Biblioteca, o para su exportación a Roma, tal como indican el Bellum Alexadrinum, Séneca y Dión Casio. Después del desastroso incendio, la muerte de César y del ascenso de Augusto, Cleopatra VII se refugió en la ciudad de Tarso, en la actual Turquía, junto con Marco Antonio. Fue entonces cuando el triunviro le ofreció los 200.000 manuscritos traídos desde la biblioteca de Pérgamo (en Asia Menor), que Cleopatra depositó en la biblioteca como compensación por cualquier posible pérdida. La existencia de la Biblioteca tras su supuesta destrucción queda confirmada por una inscripción hallada a principios del siglo XX, dedicada a Tiberio Claudio Balbilo. Balbilo desempeñaba un cargo «supra Museum et ab Alexandrina bibliotheca» combinando la dirección del Museo y la Biblioteca como si se tratara de una academia. Cayo Suetonio Tranquilo tampoco dice nada de la destrucción de la Gran Biblioteca. Es más, en la biografía de Claudio refiere que el Emperador, tras escribir en griego una historia de los etruscos y otra sobre los cartagineses, quiso celebrar la escritura de estos libros y creó un anexo del Museo: “…añadió al antiguo Museo de Alejandría otro nuevo que llevaba su nombre y se estableció que todos los años, en determinados días, se habría leer en las salas públicas de recitación, en uno de los museos, la historia de los etruscos, y la de los cartagineses en el otro, ambas, y cambiando de lector a cada libro…”. Ello da a entender de manera más que manifiesta que el viejo Museo seguía existiendo y en pleno funcionamiento. El mismo Suetonio, al narrar la vida de Domiciano, indica que mandó restaurar, con grandes gastos, las bibliotecas incendiadas a lo largo y ancho del Imperio, haciendo buscar por todas partes nuevos ejemplares de las obras perdidas, y «envió a Alejandría una misión para sacar esmeradas copias o corregir los textos». Un tercer testimonio es el de Ateneo de Naúcratis (200) que escribió detalladamente en su Deipnosophistae sobre la riqueza de Ptolomeo II, y el número y poderío de sus flotas. Pero al llegar al Museo y a la Gran Biblioteca, dice: “¿Para qué referirse a los libros, al establecimiento de las bibliotecas y las colecciones en el Museo, cuando están en la memoria de todo hombre?”. Sin embargo, durante el siglo II y a lo largo del III, una serie de desastres se abatieron sobre la antigua capital de los Ptolomeos. En primer lugar, la Guerra de Kitos, en que los rebeldes judíos destrozaron buena parte de la urbe egipcia. Posteriormente, la llamada Guerra Bucólica también se extendió hasta Alejandría.

 

A ésta siguieron la rebelión de los usurpadores Avidio Casio (175) y Pescenio Níger (193-4), el brutal saqueo de Alejandría por capricho de Caracalla (215), la pléyade de tumultos y revueltas civiles y militares que hubo durante la Anarquía Militar a raíz de la crisis económica y la aplastante presión fiscal, los ataques de los blemmíes, antiguo pueblo inicialmente nómada, que habitó desde el segundo milenio a. C. hasta el siglo V d. C. inicialmente en la Baja Nubia, etc… Alejandría fue destrozada por Valeriano (253) y de nuevo en 269, cuando se dio la desastrosa conquista de la ciudad por Zenobia, reina de Palmira; y en el 273, cuando Aureliano, al reconquistarla para los romanos, saqueó y destruyó completamente el Bruchión, distrito de Alejandría, desastre que necesariamente hubo de afectar al Museo y la Biblioteca, y que probablemente fuera la causa de su destrucción. Se dice que en aquella ocasión los sabios griegos se refugiaron en el Serapeo, que nunca sufrió con tales desastres, y otros emigraron a Bizancio. Finalmente, en el 297 la revuelta del usurpador Lucio Domicio Domiciano acabó con Alejandría tomada y saqueada por las tropas de Diocleciano, tras un asedio de ocho meses. Se dice que tras la capitulación de la ciudad, Diocleciano ordenó que la carnicería continuara hasta que la sangre llegara a las rodillas de su caballo. La accidental caída de éste libró a los alejandrinos de la muerte, y para conmemorar el hecho erigieron una estatua al caballo. Se sabe asimismo que Diocleciano ordenó quemar millares de libros relacionados con la alquimia y las ciencias herméticas, para evitar que alguien pusiera en peligro la estabilidad monetaria que a duras penas se había conseguido restaurar. En el 330, con la fundación de la nueva capital imperial, Constantinopla, es probable que lo que restara de su contenido fuera incautado por las autoridades imperiales y trasladado a la Nueva Roma. Para colmo, entre 320 y 1303 hubo 23 terremotos en Alejandría. El del 21 de julio de 365 fue particularmente devastador. Según las fuentes, hubo 50.000 muertos en Alejandría, y el equipo de Franck Goddio del Instituto Europeo de Arqueología Submarina, ha encontrado en el fondo de las aguas del puerto cientos de objetos y pedazos de columnas que demuestran que, al menos, el veinte por ciento de la ciudad de los ptolomeos se hundió en las aguas, incluyendo el Bruchión, supuesto enclave de la Biblioteca. Es probable que la Biblioteca original de los Tolomeos fuera destruida en alguno de estos desastres, restando tan sólo parte de su contenido -unos 40.000 rollos- custodiados en una biblioteca secundaria ubicada en el complejo del Serapeum, templo dedicado al dios Serapis, patrón de la ciudad.

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Por lo que se refiere a esta segunda Biblioteca, también conocida como Biblioteca del Serapeo, a finales del siglo IV, el emperador Teodosio el Grande, en respuesta a una petición del patriarca de Alejandría, envió un decreto de prohibición contra el paganismo en Egipto. En el año 391, el patriarca Teófilo de Alejandría promovió una revuelta durante la cual el templo de Serapis resultó asaltado, ya que en él Diocleciano, tras el saqueo de la ciudad, había mandado erigir en su honor una columna conmemorativa en su calidad de dios viviente. Y este emperador resultaba la personificación de las persecuciones contra los cristianos, por lo que el lugar se consagró como iglesia dedicada a San Juan Bautista, la cual subsistió hasta la conquista árabe. Algunos historiadores afirman que la Biblioteca del Serapeo fue saqueada y desperdigada o destruida. Otros lo ponen en duda, toda vez que no nos han llegado fuentes directas de que ello sucediera y en las referencias de la revuelta se recogen múltiples detalles, pero ninguna alusión se hace a la Biblioteca. Así, unas décadas después, el historiador romano Sócrates de Constantinopla proporciona el relato de la revuelta en el libro V de su Historia ecclesiastica, escrita alrededor del año 440. A petición de Teófilo, obispo de Alejandría, el emperador publicó una orden para demoler los templos paganos en esa ciudad, ordenando también que debía ser puesto en ejecución bajo la dirección de Teófilo. Aprovechando la oportunidad, Teófilo se esforzó al máximo para exponer los misterios paganos al desprecio público. Y para comenzar ordenó que el Mithreum fuese limpiado y se exhibiesen los símbolos de sus sangrientos misterios, que caricaturizó en público. Luego saqueó el Serapeum, que también mostró lleno de supersticiones extravagantes, e hizo arrastrar el falo de Príapo por el foro. Así acabaron esos disturbios, con el gobernador de Alejandría, y el comandante en jefe de las tropas de Egipto ayudando a Teófilo a demoler los templos paganos. Para algunos comentaristas es lógico pensar que si se hubiese producido la destrucción de los libros por órdenes de Teófilo el relato habría recogido alguna referencia. Por ello no hay acuerdo entre los historiadores en torno a la suerte que corrió la Biblioteca del Serapeo. Algunos creen que seguramente se salvaron buena parte de los fondos de la Biblioteca, toda vez que habrían sido trasladados con anterioridad. Otros creen que ya para aquel tiempo no existía la Biblioteca como tal.

 

También se ha llegado a asociar la destrucción de la Biblioteca con la muerte de Hipatia de Alejandría, si bien no hay ninguna referencia literaria que vincule ambos sucesos. Su asesinato tuvo lugar en el año 416, mientras que la Gran Biblioteca no sobrevivió más allá del siglo III, o quizá del IV, y su sucesora, la Biblioteca del Serapeo, en caso de haber desaparecido en este periodo, lo habría hecho con mayor probabilidad en el año 391. Por otra parte, según las fuentes, Hipatia enseñaba a sus discípulos en su propia casa, no constando que tuviera un vínculo directo con la institución, y fue asaltada en la calle y llevada al Cesáreo, donde fue asesinada, no al Serapeo. En cualquier caso, no sería extraño que el contenido de la Biblioteca del Serapeo fuera dañado por las sucesivas algaradas que sufrió la ciudad en esta época, que era famosa en la antigüedad por la naturaleza levantisca y pendenciera de sus habitantes. A lo largo de los siglos IV y V fueron frecuentes los motines populares, que provocaron la muerte de dos obispos cristianos, Jorge y Proterio, en el 361 y 457 respectivamente, la de la filósofa Hipatia (416) o la del Prefecto imperial Calisto, en el 422. Sea como fuere, la cuestión dista mucho de estar clara, puesto que, si bien es cierto que en 416, el teólogo e historiador hispanorromano Paulo Orosio vio con mucha tristeza los restos de la biblioteca del Serapeo, confirmando que «sus armarios vacíos fueron saqueados por hombres de nuestro tiempo», no lo es menos que en pleno siglo VI, el filósofo alejandrino Amonio de Hermia (c.440-c.520) llega a describir la Biblioteca y los libros que contenía, recogiendo, por ejemplo, que custodiaba dos copias de Las Categorías, de Aristóteles, como si aún existiera por entonces, lo que arroja serias dudas sobre su destrucción o pervivencia. En el siglo VI hubo en Alejandría luchas violentas entre monofisitas y melquitas y más tarde aún, en el 616 los persas de Cosroes II tomaron la ciudad. Alejandría seguía siendo, no obstante, una de las mayores metrópolis mediterráneas en el momento de la conquista musulmana, en 642, tras 14 meses de asedio. El historiador Eutiquio cita una carta escrita el viernes de luna nueva de Moharram del año vigésimo de la Hégira, donde el comandante musulmán Amr ibn al-As, al entrar en la ciudad, se dirigió al segundo sucesor de Mahoma, el califa Umar ibn al-Jattab e hizo un inventario de lo encontrado en la ciudad de Alejandría: «4.000 palacios, 4.000 baños, 12.000 mercaderes de aceite, 12.000 jardineros, 40.000 judíos y 400 teatros y lugares de esparcimiento». El cronista y pensador Ibn al-Qifti, afirmó en la Crónica de los sabios que Amr ibn al-As se entrevistó con el comentarista Juan Filópono, quien le pidió tomar una decisión sobre el futuro de los libros de la Biblioteca, debido a que las actividades de este lugar estaban momentáneamente suspendidas. Amr ibn al-As no se atrevió a responder, y prefirió enviar otra misiva al califa, pidiendo instrucciones.

 

La epístola tardó más de treinta días en llegar a las manos del califa Umar ibn al-Jattab, quien estaba ocupado para ese entonces en sus conquistas y en la redacción escrita del Corán. Pasados treinta días más, Amr ibn al-As recibió la respuesta través de un mensajero y leyó a Filópono la decisión del califa: “Con relación a los libros que mencionas, aquí está mi respuesta. Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no están de acuerdo con la doctrina del Corán, no tiene caso conservarlos“. Amr ibn al-As lamentó este criterio, pero fue obediente, según el historiador Abd al-Latif, y no vaciló en cumplir la orden recibida, con lo que la biblioteca de Alejandría fue incendiada y totalmente destruida. Añade Ibn al-Qifti que los papiros sirvieron como combustible para los baños públicos por espacio de seis meses. La historia de la quema de la biblioteca del Serapeum a manos de los árabes está recogida en los escritos de bastantes autores árabes antiguos como Ibn Al-Nadim (950-995) o el padre de los historiadores egipcios Al Makrizi (1364–1442). Igualmente en su libro Prolegómenos, el historiador andalusí Ibn Jaldún (1332-1406) apoya esta versión. Aunque para otros historiadores más modernos este episodio no constituye más que una leyenda. La primera noticia que llegó a Occidente sobre el supuesto acontecimiento figura en la traducción que Edward Pococke hizo en 1663 de Specimen historiæ arabum, de Bar Hebraeus, que en 1713 fue considerada una falsedad por Eusèbe Renaudot. En apoyo de esta opinión hay el hecho de que no se conserva ningún testimonio coetáneo de los hechos. Abd al-Latif e Ibn al-Qifti vivieron entre los siglos XII y XIII, e Ibn Al-Nadim en el X, es decir, al menos tres siglos después al acto, y no hay datos para afirmar que recogieran los antecedentes de textos más antiguos. Se dice que la versión de al-Qifti no pude ser correcta, al menos en lo que a la participación de Juan Filópono se refiere, pues éste no pudo conversar con Amr, ya que vivió en el siglo VI y no en el VII. En 1990 Bernard Lewis argumentó que la historia era falsa, justificando que sobreviviera porque era un mito útil para el caudillo del siglo XII Saladino, que lo encontró necesario para eliminar los textos ismailistas de la colección fatimita de El Cairo, en su lucha por la restauración del sunismo en Egipto. Lewis sugiere que las historias sobre la destrucción de la biblioteca por el califa Umar ibn al-Jattab hacían más aceptables las acciones de Saladino ante su pueblo.

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Pese a la abierta controversia al respecto, en todo caso es probable que los musulmanes destruyeran gran número de libros, fueran de la Gran Biblioteca o no, al igual que hicieron en otras ciudades de Oriente Próximo, como Cesarea de Palestina, cuya biblioteca contenía la mayor colección de textos cristianos, o en Gaza, sede de una importante universidad en época tardo-imperial. Alejandría mantuvo su importancia cultural en los siglos V y VI, y sin duda mantuvo una floreciente producción literaria. En todo caso la ciudad egipcia abrió sus puertas a una expedición romana de auxilio en 645, pero al año siguiente cayó nuevamente en manos musulmanas. A partir de entonces la importancia y población de la ciudad cayeron en picado, en beneficio de la nueva capital de los conquistadores, Fustat (El Cairo), perdiéndose todo rastro de la Biblioteca. Volviendo a los mapas, desde Alejandría, según la reconstrucción de Hapgood, unas copias de esas compilaciones y algunos de los mapas primitivos fueron trasladados a otros centros de erudición, en concreto a Constantinopla.  Por fin, cuando Constantinopla fue ocupada por los venecianos durante la cuarta Cruzada, en 1204, los mapas acabaron en manos de marinos y aventureros europeos. La mayoría de estos mapas correspondían al Mediterráneo y al mar Negro. Sin embargo, sobrevivieron unos mapas de otras zonas, entre los cuales se contaban unos de las Américas y de los océanos Ártico y Antártico. Es evidente que los antiguos exploradores viajaron de polo a polo. Por increíble que parezca, la evidencia indica, no obstante, que un pueblo primitivo exploró la Antártida cuando sus costas estaban desprovistas de hielo. Asimismo, también resulta evidente que poseían algún instrumento de navegación para calcular las longitudes con una precisión muy superior a cualquier instrumento que poseyeran pueblos de épocas antiguas, medievales o modernas, hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Esta evidencia de una tecnología desconocida apoya y da crédito a muchas otras hipótesis referentes a una civilización perdida en tiempos remotos. Los eruditos han desechado buena parte de esa evidencia como simple mito, pero hay pruebas que no es posible rechazar. Pese al firme apoyo prestado a estas teorías por parte de Albert Einstein, y a que con posterioridad John Wright, presidente de la Sociedad Geográfica Americana, reconoció que Hapgood «había planteado unas hipótesis que exigían ser tomadas en cuenta y estudiadas», no se han llevado a cabo otras investigaciones respecto a estos anómalos mapas primitivos. Por otra parte, lejos de ser aplaudido por la importante aportación al debate sobre la antigüedad de la civilización humana, Hapgood, hasta su muerte, fue desdeñado por la mayoría de sus colegas de profesión.

 

Charles Hapgood impartía Historia de la Ciencia en el Keen College de New Hampshire, Estados Unidos. Pero no era un geólogo ni un especialista en historia antigua. Sin embargo, es posible que las futuras generaciones lo recuerden como el hombre cuya labor socavó los fundamentos de la historia del mundo, así como buena parte de la geología del mundo.  Albert Einstein fue uno de los primeros en darse cuenta de ello al dar un paso sin precedentes y prologar un libro que escribió Hapgood en 1953, unos años antes de iniciar su investigación del mapa de Piri Reis: “Con frecuencia recibo cartas de personas que desean consultarme sobre ideas inéditas [observó Einstein]. Huelga decir que esas ideas rara vez contienen una validez científica. La primera comunicación que recibí del señor Hapgood, sin embargo, me fascinó. Su idea es original, de una gran sencillez y, si demuestra ser cierta, de gran importancia a todo lo relativo a la historia de la superficie de la Tierra“.  La idea que aparece expresada en el libro que escribió Hapgood en 1953 es una teoría geológica global que explica de forma elegante cómo y por qué grandes zonas de la Antártida se habrían mantenido desprovistas de hielo hasta el 10.000 a. C., junto con muchas otras anomalías de la ciencia de la Tierra. Su argumento es el siguiente: “La Antártida no estuvo siempre cubierta de hielo y antiguamente su clima era más cálido que en la actualidad.Tenía un clima más cálido porque en aquel período no estaba situada físicamente junto al polo Sur, sino aproximadamente tres mil doscientos kilómetros más al norte. Esto «la habría colocado fuera del círculo antártico en un clima frío o templado». El continente alcanzó su actual posición dentro del círculo antártico como consecuencia de un mecanismo que recibe el nombre de «desplazamiento de la corteza terrestre». Este mecanismo, que en ningún caso debe confundirse con fallas tectónicas o «deriva de los continentes», consiste en que la litosfera, la. corteza exterior de la Tierra, «en ocasiones se mueve y desplaza el cuerpo interior blando, al igual que la corteza de una naranja, si estuviera desprendida, desplazaría la parte interior de la naranja en una sola pieza». Durante el supuesto movimiento de la Antártida hacia i el sur que se produjo por el desplazamiento de la corteza terrestre, el continente se habría ido enfriando poco a poco, formándose la capa de hielo que se fue expandiendo de forma inexorable a lo largo de miles de años hasta adquirir sus actuales dimensiones“.

 

Los geólogos ortodoxos, no obstante, siguen negándose a aceptar la teoría de Hapgood, aunque nadie ha logrado demostrar que sea incorrecta, lo cual plantea numerosos interrogantes.  Entre ellos, el más importante es el siguiente: ¿Qué mecanismo sería capaz de ejercer suficiente presión sobre la litosfera para precipitar un fenómeno de tal magnitud como un desplazamiento de la corteza terrestre?  No disponemos de mejor guía que Einstein para resumir los hallazgos de Hapgood: “En una región polar se producen continuos depósitos de hielo, los cuales no son distribuidos de forma simétrica alrededor del polo. La rotación de la Tierra incide sobre esas masas depositadas de modo no simétrico y produce un movimiento centrífugo que es transmitido a la rígida corteza terrestre. Cuando alcanza un cierto punto, ese creciente movimiento centrífugo provoca un desplazamiento de la corteza terrestre sobre el resto del cuerpo de la Tierra“. El mapa de Piri Reis parece contener sorprendentes pruebas colaterales que apoyan la tesis de una glaciación geológica reciente en algunas zonas de la Antártida debido a un repentino desplazamiento hacia el sur de la corteza terrestre. Por otra parte, puesto que ese mapa sólo es posible que se trazara con anterioridad al 10.000 a. C., sus implicaciones respecto a la historia de la civilización humana son impresionantes. Antes del 10.000 a. C. se supone que no existía ninguna civilización tan avanzada. La ciencia oficial nos dice que la civilización se desarrolló en primer lugar en el Creciente Fértil de Oriente Medio. Este desarrollo comenzó con posterioridad al 8000 a. C. y culminó con la aparición de las primeras auténticas civilizaciones en Sumer y Egipto hacia el 3000 a. C., seguida poco después por las del valle del Indo y China. Aproximadamente mil quinientos años más tarde, la civilización surgió de forma espontánea e independiente en las Américas. A partir del 3000 a. C. en el Viejo Mundo, y aproximadamente en el 1500 a. C. en el Nuevo, la civilización fue «evolucionando» de modo sistemático hacia unas formas cada vez más refinadas, complejas y productivas. En consecuencia, y sobre todo en comparación con nosotros, todas las antiguas civilizaciones, y con ellas sus obras, deben entenderse como esencialmente primitivas. Según esta visión los astrónomos sumerios consideraban el cielo con una mezcla de asombro y respeto poco científica, e incluso las pirámides de Egipto fueron construidas con medios «tecnológicos primitivos». La evidencia del mapa Piri Reis parece contradecir todos esos argumentos.

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En su época Piri Reis fue un conocido personaje, cuya identidad histórica está hoy bien establecida. En calidad de almirante de la marina de los turcos otomanos, participó, a menudo en el bando victorioso, en numerosas batallas marítimas que se libraron en torno al siglo XVI. Asimismo, era considerado un experto en los territorios del Mediterráneo, además de ser el autor del célebre libro sobre navegación titulado Kitabi Bahriye, en el cual ofrecía una exhaustiva descripción de las costas, puertos, corrientes, bajíos, lugares de desembarco, bahías y estrechos de los mares Egeo y Mediterráneo.  Pero Piri Reis cayó en desgracia ante sus superiores y fue decapitado en 1554 o 1555.  Las fuentes de Piri Reis, es decir, los mapas en los que éste se basó para trazar su mapa en 1513, probablemente se guardaban en la Biblioteca Imperial de Constantinopla, a la que el almirante gozaba de acceso. Dichos mapas, que seguramente habrían sido trasladados o copiados desde bibliotecas más antiguas, como la de Alejandría, ya no existen, o, en cualquier caso, no han sido hallados. No obstante, fue en la biblioteca del viejo Palacio Imperial de Constantinopla donde se halló el mapa Piri Reis, pintado sobre un pellejo de gacela y enrollado, en un polvoriento estante, en fecha tan reciente como el año 1929. Tal como el teniente coronel de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, Harold Z. Ohlmeyer reconoció en su carta a Hapgood en 1960, el mapa de Piri Reis describe la topografía subglacial, el perfil auténtico de la Tierra de la Reina Maud en la Antártida, debajo del hielo. Este perfil permaneció por completo oculto a la vista del público desde al menos el 10.000 a. C., cuando estaba cubierto por la capa de hielo que se iba extendiendo, hasta que fue revelado de nuevo a resultas de un exhaustivo estudio sísmico de la Tierra de la Reina Maud, que realizó en 1949 un equipo científico de reconocimiento sueco-británico. No obstante, el almirante turco no fue el único que se hallaba en posesión de esa información geográfica. Sea cual fuere el mecanismo de transmisión d esta información, el hecho es que muchos otros cartógrafos conocían estos curiosos secretos. ¿Es posible que esos cartógrafos hubieran accedido al valioso legado científico de una civilización desaparecida?   John G. Weiphaupt, un especialista en sismología y geología planetaria de la Universidad de Colorado, sostiene también la tesis de un período relativamente desprovisto de hielo al menos en ciertas zonas de la Antártida. Durante la Navidad de 1959-1960, Charles Hapgood buscó la Antártida en la sala de referencias de la Biblioteca del Congreso, en Washington. Durante varias semanas consecutivas trabajó allí, inmerso en sus investigaciones, rodeado de cientos de mapas y cartas de navegación medievales.

 

He hallado –informó Hapgood– unos datos fascinantes que no esperaba encontrar, y varios mapas que muestran el continente sur. Un día, al pasar una página me quedé atónito. Cuando mis ojos se posaron sobre el hemisferio austral de un mapamundi trazado por Oronteus Finaeus en el año 1531, tuve de inmediato el convencimiento de que había hallado el mapa auténtico de la verdadera Antártida.   La forma general del continente guardaba un parecido asombroso con la silueta del continente que vemos en nuestros mapas modernos. La ubicación del polo sur, casi en el centro del continente, parecía ser correcta. Las montañas que bordeaban las costas indicaban que en los últimos años se habían descubierto numerosas cordilleras en la Antártida. Asimismo, resultaba evidente que esto no era el absurdo producto de la imaginación de alguien. Las cordilleras aparecían individualizadas; algunas eran costeras y otras no. De la mayoría de ellas fluían unos ríos hacia el mar, siguiendo unos esquemas de drenaje muy naturales y convincentes. Ello indicaba lógicamente, que las costas podrían haber estado libres de hielo cuando fue trazado el mapa original. El profundo interior, sin embargo, no contenía ríos ni montañas, lo cual sugería la posible presencia de hielo“.

 

Oronce Finé, conocido también como Oronteus Finaeus (1494 – 1555), se trata de un célebre matemático y cartógrafo de origen francés. Nacido en la ciudad de Briançon, era hijo y nieto de famosos médicos medievales. Se educó en el Collège de Navarre, en París, y antes de obtener la licenciatura de medicina, en 1522, parece que estuvo en prisión, por motivos poco claros. En el año 1531 fue elegido para el cargo de director del Collège Royal, hoy en día Collège de France, fundado por Francisco I, lugar donde se dedicó a enseñar matemáticas y astronomía hasta sus últimos días de vida. En la actualidad su nombre aparece en la denominación de un cráter de la luna y en nombre de una plazuela inaugurada en Paris, Francia, en 2014. Se puede decir que era un experto en el diseño de fortificaciones y tuvo varias colaboraciones en la ciudad de Milán. Una de las obras más voluminosas de Oronteus Finaeus fue la Protomathesis (1532), un libro de texto compuesto de cuatro partes. Se puede mencionar que esta obra aparece como una colección de trabajos sobre diversos aspectos relacionados con las matemáticas de la época, tales como la aritmética y geometría. Pero contiene además aspectos prácticos detallados sobre astronomía y gnomónica. En sus obras matemáticas empleó valores racionales para el número pi en sus cálculos geométricos. Oronteus Finaeus se puede decir que se dedicó por igual a escribir sobre astronomía que a diseñar instrumentos astronómicos. Entre los textos editados al comienzo de su carrera está el libro Theoricae Novae Planetarum, en el que presenta la teoría de epiciclos que explica el movimiento planetario según la teoría expuesta por Ptolomeo y Sacrobosco. El primer libro de Oronteus Finaeus se publicó en 1526 y trataba sobre la descripción de un instrumento denominado Equatorium, que se trata de un artilugio inventado por él y sobre el que estuvo muy interesado el resto de su vida, escribiendo textos sobre su uso. El Equatorium se empleaba en la determinación de la posición de los planetas. En 1549 publica una de sus obras más divulgadas, De mundi sphaera, dedicada a Enrique II de Francia. Se trata de un libro de texto popular en el que da nociones de astronomía y del que cabe destacar la belleza de las ilustraciones elaboradas por el propio Oronteus Finaeus. Fue constructor de relojes de sol y uno de ellos fue elaborado en ébano en 1524, existiendo todavía. Sobre el problema de determinación de la longitud, Oronteus Finaeus pudo sugerir que se observaran los eclipses de la luna para poder determinarla y para tal propósito describió un instrumento que denominó Méthéoroscope, que se puede decir que estaba compuesto de un astrolabio modificado, al que se había añadido de una brújula.

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Inventó una proyección cartográfica en forma de corazón, empleada frecuentemente por otros cartógrafos como Petrus Apianus y Gerardus Mercator. Oronteus Finaeus intentó reconciliar los descubrimientos del Nuevo Mundo con las viejas creencias medievales y la información fundamentada casi en su totalidad por Ptolomeo. Diseño dos mapas terrestres y publicó un mapa de Francia (1525). Un examen más detenido del mapa de Oronteus Finaeus, por Hapgood y por el doctor Richard Strachan del Instituto de Tecnología de Massachusetts, confirmó lo siguiente: “El mapa había sido copiado y compilado a partir de varios mapas anteriores trazados según diferentes proyecciones“. El mapa de Oronteus Finaeus mostraba, en efecto, unas condiciones no glaciales de las regiones costeras de la Antártida, en concreto de la Tierra de la Reina Maud, la Tierra Enderby, la Tierra de Wilkes, la Tierra de Victoria, en la costa este del mar de Ross, y la Tierra de María Byrd. Como en el caso del mapa de Piri Reis, el perfil general del terreno y las características físicas visibles, guardaban gran semejanza con los mapas de exploración sísmica de las superficies terrestres de la Antártida subglacial.  El mapa de Oronteus Finaeus muestra la Antártida con sus costas, montañas y ríos desprovistos de hielo. El mapa de Oronteus Finaeus, según la conclusión a la que llegó Hapgood, parecía documentar «la insólita tesis de que la Antártida fue visitada y tal vez colonizada por unos individuos cuando en su mayor parte no era glacial. Ni que decir tiene que esto presupone una gran antigüedad. En efecto, el mapa Oronteus Finaeus sitúa la civilización de los cartógrafos originales en una época contemporánea del fin del último período glacial en el hemisferio norte». Otra evidencia que sustenta esta tesis es la forma en que aparecía representado el mar de Ross en el Oronteus Finaeus. En los lugares en que los grandes glaciares, como el Beardmore y el Scott, descargan en el mar, el mapa de 1531 muestra estuarios, unas grandes calas e indicaciones de ríos. Todo ello sugiere de forma inequívoca que no había hielo en el mar de Ross ni en sus costas cuando fueron trazados los mapas originales en los que se basó el Oronteus Finaeus: «Debía de existir también una amplia zona interior libre de hielo que alimentaba a los ríos. En la actualidad todas esas costas y sus regiones interiores se hallan profundamente sumergidas en una capa de hielo de 1,6 kilómetros de espesor, mientras que el mar de Ross está cubierto por una masa de hielo flotante de varios centenares de metros de espesor».

 

La evidencia del mar de Ross corrobora la opinión de que la Antártida debió de ser explorada y cartografiada por una civilización desconocida y durante el prolongado período en que permaneció desprovista de hielo, que se calcula finalizó hacia el 10.000 a. C. Ello queda demostrado por los tubos de extracción que utilizó en 1949 una de las expediciones del Almirante Byrd a la Antártida para tomar unas muestras de sedimento del fondo del mar de Ross. Los sedimentos mostraron numerosas capas de estratificación, claramente delimitadas, que reflejaban distintas condiciones ambientales en diversas épocas: «sedimento marino glaciar grueso», «sedimento marino glaciar mediano», «sedimento marino glaciar fino», etc… El hallazgo más sorprendente, sin embargo, «fue que varios estratos se componían de unos sedimentos de grano fino, diferenciados, como los que arrastran los ríos que fluyen de tierras templadas (es decir, sin hielos) hacia el mar...». Mediante el método de datación por iones que desarrolló el doctor W. D. Ürry, en el que intervienen los tres elementos radiactivos que se hallan en el agua de mar, los investigadores del Instituto Carnegie de Washington consiguieron establecer que unos grandes ríos que contenían sedimentos de grano fino, diferenciados, habían estado fluyendo hacia la Antártida hasta hace unos doce mil años, tal como muestra el mapa Oronteus Finaeus. Fue después de esta fecha, hacia el 10.000 a. C., «cuando empezó a depositarse en el fondo del mar de Ross el sedimento glaciar. Las muestras extraídas indican que con anterioridad habían prevalecido unas condiciones templadas durante un prolongado período». En el mapa de Mercator se aprecian las montañas y ríos de la Antártida cubiertos de hielo. Los mapas de Piri Reis y Oronteus Finaeus nos ofrecen, por tanto, una imagen de la Antártida que ningún cartógrafo en tiempos históricos habría visto. Pero estas dos pruebas no bastarían para convencernos de que quizá nos hallemos ante las huellas de una civilización perdida. Pero ¿qué podríamos pensar si hubiese hasta seis mapas similares?  Célebre por la proyección Mercator, que todavía se utiliza en los mapas actuales, el cartógrafo más famoso del siglo XVI, Gerard Kremer, conocido como Mercator, y que en 1563 realizó una inexplicada visita a la Gran Pirámide de Egipto, según dicen era «un infatigable estudioso de la Antigüedad», y dedicó muchos años a elaborar una vasta biblioteca de referencia que estaba compuesta por mapas antiguos.

 

De forma significativa, Mercator incluyó el mapa Oronteus Finaeus en su Atlas de 1569, y también representó la Antártida en varios mapas que él mismo trazó aquel año. Las partes identificables en esos mapas del continente austral, que entonces aún estaba por descubrir, son el cabo Dart y el cabo Herlacher, en la Tierra de María Byrd, el mar de Amundsen, la isla Thurston, en la Tierra de Ellsworth, las islas Fletcher, en el mar de Bellinghausen, la isla de Alejandro I, la península Antártica (Palmer), el mar de Weddell, el cabo Norvegia, la cordillera Regula, en la Tierra de la Reina Maud (como islas), las montañas Muhlig-Hoffman (como islas), la costa del Príncipe Harald, el glaciar Shirase (como un estuario en la costa del Príncipe Harald), la isla Padda, en la bahía de Lutzow-Holm, y la costa del Príncipe Olaf, en la Tierra Enderby. «En algunos casos esas zonas son más reconocibles que en el mapa Oronteus Finaeus —observó Hapgood— y parece evidente, en general, que Mercator tuvo a su disposición unos mapas en los que basarse, distintos de los que utilizó Oronteus Finaeus».  El mapa Buache contiene unas masas de tierra firme que muestran la Antártida tal como debía de aparecer antes de estar cubierta de hielo. Esto fue así no sólo en el caso de Mercator. Philippe Buache, un geógrafo francés del siglo XVIII, logró también publicar un mapa de la Antártida mucho antes de que el continente sur fuera «descubierto» de forma oficial.  Lo más extraordinario del mapa de Buache es que parece basarse en unos mapas que fueron trazados con anterioridad, quizá miles de años antes, que los que utilizaron Oronteus Finaeus y Mercator. Lo que nos ofrece Buache es una representación precisa de la Antártida, tal como ésta debía de aparecer cuando no se hallaba cubierta por el hielo. Su mapa revela la topografía subglacial de todo el continente, que ni siquiera se conoció por completo hasta 1958, el Año Geofísico Internacional, cuando se llevó a cabo una exhaustiva exploración sísmica. La exploración confirmó lo que Buache ya había proclamado en 1737. Basando su cartografía en antiguas fuentes que se han perdido, el académico francés trazó una clara vía marítima a través del continente austral, que lo dividía en dos grandes masas de tierra firme ubicadas hacia el este y el oeste de la línea que en la actualidad marcan las montañas transantárticas. Dicha vía marítima, que conectaba los mares de Ross, Weddell y Bellinghausen, existiría efectivamente si la Antártida estuviera desprovista de hielo. Tal como muestran los estudios del Año Geofísico Internacional de 1958, el continente, que en los mapas modernos aparece como una masa de tierra firme ininterrumpida, consiste en un archipiélago de grandes islas que están separadas por bloques de hielo de varios centenares de metros de espesor y que se alzan sobre el nivel del mar.  Tal como hemos indicado, muchos geólogos opinan que la última vez que existió una vía marítima en esas cuencas repletas de hielo fue hace millones de años. Desde el punto de vista académico, sin embargo, es igualmente ortodoxo afirmar que en aquellos tiempos remotos no existían seres humanos en la Tierra, y mucho menos unos seres humanos capaces de plasmar con precisión sobre un mapa las masas de tierra firme de la Antártida.

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El gran problema que plantean las pruebas que aportan el mapa de Buache y los estudios del Año Geofísico Internacional es que esas masas de tierra firme parecen en efecto haber sido exploradas y cartografiadas cuando se hallaban libres de hielo. Si aceptamos la tesis de los geólogos ortodoxos de que han transcurrido millones de años desde que en la Antártida no existían hielos, aún sería más sorprendente pensar en seres capaces de cartografiar estos mapas. ¿O tal vez tenemos que pensar en seres venidos del espacio? Probablemente deberíamos tener en cuenta la tesis que sostiene Hapgood de un desplazamiento de la corteza terrestre, que permitió que el continente austral estuviese libre de hielo hace unos quince mil años. ¿Es posible que en el 13000 a. C existiera una civilización lo suficientemente avanzada para haber trazado el mapa de la Antártida, y haber desaparecido? En este caso, ¿cuándo desapareció?  Los mapas de Piri Reis, Oronteus Finaeus, Mercator y Buache transmiten la inquietante impresión de que la Antártida tal vez fuera explorada de forma continua durante un período de varios miles de años, mientras la capa de hielo avanzaba de modo progresivo, hasta aproximadamente el 10.000 a. C. Los primitivos mapas en los que se basaron Piri Reis y Mercator debieron de trazarse hacia el fin de ese período, cuando tan sólo las costas de la Antártida quedaban libres de hielo. La fuente en la que se inspiró el mapa de Oronteus Finaeus, por otro lado, parece datar de una época más antigua, cuando la capa de hielo se hallaba presente sólo en el profundo interior del continente. Y la fuente en la que se basa el mapa Buache parece ser aún más primitiva, de aproximadamente el 13000 a. C., cuando es probable que no existieran hielos en la Antártida. Otra pregunta que nos podemos plantear es si fueron exploradas y cartografiadas otras zonas del mundo durante esa misma época, aproximadamente entre el 13000 a. C. y el 10.000 a. C. La respuesta quizá se halle en el mapa Piri Reis, que contiene otros misterios además del de la Antártida: Trazado en 1513, a partir de otros mapas más antiguos, el mapa denota un extraordinario conocimiento de Sudamérica. Y no sólo de su costa oriental, sino de las montañas andinas que se hallan en el extremo occidental del continente, las cuales no habían sido descubiertas en aquella época. El mapa ubica correctamente el nacimiento del Amazonas en esas inexploradas montañas y su curso hacia el este. Compilado a partir de más de veinte documentos de diversa antigüedad, el mapa de Piri Reis muestra el Amazonas no sólo en una sino en dos ocasiones, probablemente debido a que se solaparan a partir de dos de los primitivos documentos que empleó el almirante turco. En el primero de ellos, el curso del Amazonas se dirige hacia su embocadura del río Para. Pero la importante isla de Marajo no aparece. Según Hapgood, esto sugiere que el mapa principal en el que se inspiró Piri Reis debía de datar de una época, quizás hace quince mil años, en que el río Para constituía la principal o única embocadura del Amazonas, mientras que la isla de Marajo formaba parte de tierra firme por la parte septentrional del río. La segunda representación del Amazonas muestra la isla de Marajo con una precisión insólita, pese al hecho de que esa isla no se descubrió hasta el 1543.

 

De nuevo se plantea la posibilidad de que una civilización desconocida emprendiera sistemáticas expediciones a fin de explorar y trazar el mapa de la Tierra, y que Piri Reis utilizara los mapas primitivos que legó esta desconocida civilización. Ni el río Orinoco ni su actual delta aparecen representados en el mapa de Piri Reis. En su lugar, tal como demostró Hapgood, «figuran dos estuarios que se extienden hacia el interior, a lo largo de un recorrido de unos ciento sesenta kilómetros, y se hallan situados junto a la ubicación del presente río. La longitud que muestra el mapa sería la correcta en caso de tratarse del Orinoco, y la latitud también se ajusta al mismo. ¿Es posible que esos estuarios se llenaran y el delta aumentara en esta proporción, desde que fueran trazados los mapas primitivos ?». Aunque se descubrieron en el año 1592, las islas Malvinas aparecen en el mapa de 1513 en su latitud correcta. Los antiguos mapas y documentos en que se basó Piri Reis para su mapa, quizás expliquen el hecho de que Piri Reis represente de forma convincente una isla de grandes dimensiones en el océano Atlántico hacia el este de la costa de Sudamérica, la cual no existe en la actualidad. Es curioso que esta isla imaginaria se encuentre ubicada justo al otro lado de la dorsal submarina del centro del Atlántico, al norte del ecuador y a setecientas millas hacia el este de la costa de Brasil, donde en la actualidad asoman las pequeñas Rocas de San Pedro y San Pablo por encima de las olas ¿O tal vez alguno de los mapas en que se basó Piri Reis fue trazado durante el último período glacial, cuando los niveles del mar eran mucho más bajos que en la actualidad y en ese lugar aparecía una isla de grandes dimensiones.  En los mapas de Mercator y Oronteus Finaeus se muestra la progresiva glaciación de la Antártida.  Un mapa ruso de principios del siglo XIX demuestra que en aquellos tiempos se desconocía la existencia de la Antártida. El continente no fue «descubierto» hasta 1818. Pero ¿acaso fue explorado miles de años antes por los cartógrafos de una civilización que aún no ha sido identificada?  Todo indica que otros mapas del siglo XVI debieron de basarse también en las minuciosas exploraciones del mundo que se emprendieron durante el último período glacial. Uno de ellos fue compilado por el turco Hadji Ahmed en 1559. Este cartógrafo, según afirma Hapgood, debió de tener acceso a «algunos de los mapas primitivos más extraordinarios». Lo que resulta más extraño y desconcertante de la compilación de Hadji Ahmed es el hecho de que muestra con toda claridad un territorio de casi mil seiscientos kilómetros de anchura que conecta Alaska con Siberia. Este «puente terrestre», como se refieren a él los geólogos, existió efectivamente donde en la actualidad se halla el estrecho de Bering, pero quedó sumergido bajo las olas debido a la subida de los niveles del mar que se produjo a finales del último período glacial.  La subida de los niveles del mar fue causada por el tumultuoso derretimiento del bloque de hielo, que hacia el 10000 a. C. empezó a retroceder rápidamente en todas las zonas del hemisferio austral. No deja de ser interesante que, al menos, uno de los mapas primitivos muestre Suecia cubierta por los residuos de unos glaciares como los que debían de existir en esas latitudes. Esos residuos de glaciares aparecen en el célebre mapa del Norte de Claudio Tolomeo. Compilado originalmente en el siglo II de nuestra era, esta extraordinaria obra del último gran geógrafo de la antigüedad clásica se perdió durante cientos de años y fue redescubierta en el siglo XV.

 

Tolomeo era el conservador de la Biblioteca de Alejandría, que contenía la mayor colección de manuscritos de la Antigüedad, y fue allí donde él consultó los arcaicos documentos que le permitieron compilar su mapa. La aceptación de la posibilidad de que la versión original de al menos uno de los mapas que consultó Tolomeo fuera trazada hacia el 10.000 a. C., contribuye a explicar por qué el geógrafo muestra esos glaciares, característicos de esa época concreta, junto con «unos lagos que sugieren las formas de los lagos actuales, y unos ríos muy semejantes a ríos glaciares que fluyen de los glaciares hacia los lagos».  Se supone que no existía nadie en tiempos de los romanos, cuando Tolomeo trazó su mapa, que tuviera la menor sospecha de que en el norte de Europa hubieran existido unos períodos glaciales. Como tampoco existía nadie en el siglo XV, cuando el mapa fue redescubierto, que poseyera tales conocimientos. De hecho, es imposible entender cómo esos glaciares residuales y otros datos que figuran en el mapa de Tolomeo fueron descubiertos, imaginados o inventados por una civilización conocida anterior a la nuestra.  Las implicaciones de todo ello son obvias, así como las de otro mapa, el «Portolano» de Iehudi Ibn Ben Zara, trazado en 1487. Este mapa de Europa y del norte de África pudo basarse en una fuente incluso anterior a la de Tolomeo, pues muestra unos glaciares situados bastante más al sur de Suecia, aproximadamente en la misma latitud que Inglaterra, y representa los mares Mediterráneo, Adriático y Egeo tal como debieron de aparecer antes de que se fundiera el bloque de hielo europeo. El nivel del mar debió de ser notablemente más bajo que hoy en día. Así, en el caso de la zona del Egeo que aparece en el mapa, es interesante observar que figuran muchas más islas de las que existen en el presente. A primera vista esto resulta desconcertante y, sin embargo, si han transcurrido diez o doce mil años desde la elaboración del mapa en el cual se basó Ibn Ben Zara, la discrepancia tiene una explicación bien sencilla. Las islas que faltan debieron de sumergirse bajo las olas debido al aumento del nivel del mar que se produjo hacia finales del último período glacial.  De nuevo tenemos la impresión de hallarnos ante las huellas de una civilización desaparecida, una civilización capaz de trazar unos mapas en extremo precisos de diversas zonas del mundo. Hemos visto que el mapamundi Mercator de 1569 contenía una descripción precisa de las costas de la Antártida, tal como éstas aparecían hace miles de años, cuando no estaban cubiertas de hielo.  Curiosamente, este mismo mapa es mucho menos preciso en su representación de otra región, la de la costa occidental de Sudamérica, que el primer mapa dibujado también por Mercator en 1538.

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La razón de esta menor precisión estriba en que Mercator basó su primer mapa en unos antiguos documentos que tenía a su disposición, mientras que para trazar el mapa posterior se dejó guiar por las observaciones y medidas de los primeros exploradores españoles que visitaron la costa occidental de Sudamérica. Dado que esos exploradores al regresar a Europa traían consigo los últimos datos, es normal que Mercator siguiese sus indicaciones. En 1569 no existían unos instrumentos capaces de calcular la longitud, pero sí parece que habían sido utilizados para preparar los antiguos documentos que consultó Mercator con el fin de trazar su mapa en 1538. Es importante tener en cuenta la longitud, definida como la distancia en grados hacia el este u oeste del primer meridiano. El primer meridiano aceptado internacionalmente en la actualidad es una curva imaginaria trazada desde el polo norte hasta el polo sur, que pasa por el Observatorio Real de Greenwich, en Londres. Por consiguiente, Greenwich se halla situado en la longitud 0º, mientras que Nueva York, por ejemplo, está situada aproximadamente a 74° al oeste, y Canberra, en Australia, a unos 150° al este. Se podría escribir un voluminoso tratado sobre la longitud y lo que debe hacerse para situarla con precisión respecto a cualquier punto de la superficie de la Tierra, pero lo que nos ocupa aquí son los datos históricos aceptados sobre los crecientes conocimientos de la humanidad acerca de los misterios de la longitud. Entre estos datos, el más importante es que hasta que no se produjo un revolucionario invento en el siglo XVIII, los cartógrafos y navegantes eran incapaces de fijar con precisión la longitud. Sólo eran capaces de hacerlo de modo aproximado, por lo general equivocándose en varios centenares de millas, puesto que aún no existía la tecnología que les permitiera realizar bien su trabajo. La latitud al norte o al sur del ecuador no presentaba ese problema, ya que era posible calcularla mediante las medidas angulares del sol y las estrellas tomadas con unos instrumentos relativamente sencillos. Sin embargo, para hallar la longitud se requerían unos instrumentos de un calibre superior que pudieran combinar cálculos de posición con cálculos de tiempo. A lo largo de la historia conocida, los científicos no habían sido capaces de inventar esos instrumentos. Pero a principios del siglo XVIII, debido al incremento del tráfico marítimo, los navegantes y exploradores comenzaron a impacientarse. Según una autoridad de aquella época: «La búsqueda de la longitud presidía la vida de todo navegante, y la seguridad de cada buque y cargamento. El cálculo preciso parecía un sueño imposible y el “descubrimiento de la longitud” se convirtió en una frase hecha en la prensa semejante a “los elefantes vuelan”». Lo que se requería, en primer lugar, era un instrumento que permitiera calcular el tiempo, en el lugar de partida, con perfecta precisión durante las largas travesías pese al movimiento del barco y a las circunstancias meteorológicas adversas, al pasar bruscamente del calor al frío y de la lluvia al tiempo seco. «Ese reloj —según dijo Isaac Newton en 1714 a los miembros del Consejo de la Longitud, un órgano oficial del gobierno británico— no se ha inventado todavía».

 

En efecto, los relojes de los siglos XVII y principios del XVIII eran unos toscos artilugios que perdían o ganaban hasta un cuarto de hora al día. Por el contrario, un cronómetro marino de alta precisión sólo podía permitirse perder o ganar esa cantidad de tiempo en el transcurso de varios años. No fue hasta 1720 que el hábil relojero inglés John Harrison comenzó a trabajar en el primero de una serie de bocetos destinados a lograr un cronómetro fiable. Su propósito era ganar el premio de veinte mil libras esterlinas que ofrecía el Consejo de la Longitud «al inventor de cualquier sistema capaz de determinar la longitud de un barco dentro de un margen de treinta millas náuticas al término de una travesía de seis semanas». El cronómetro capaz de cumplir este requisito no podía perder o ganar más de tres segundos al día. Harrison tardó casi cuarenta años, durante los cuales completó y ensayó varios prototipos, en culminar su proyecto. Por fin, en 1761, su elegante cronómetro partió de Gran Bretaña a bordo del Deptford, un barco que se dirigía a Jamaica, acompañado por el hijo de Harrison, William. Al cabo de nueve días de haber zarpado, basándose en los cálculos de longitud que realizó con el cronómetro, William comunicó al capitán que a la mañana siguiente avistarían las islas de Madeira. El capitán apostó cinco libras contra una a que William estaba equivocado, pero accedió a mantener el rumbo. William ganó la apuesta. Dos meses más tarde, en Jamaica, constataron que el instrumento había perdido tan sólo cinco segundos. Harrison había incluso superado las condiciones impuestas por el Consejo de la Longitud. Gracias a los lentos trámites burocráticos del gobierno inglés, sin embargo, no obtuvo sus veinte mil libras hasta tres años antes de su muerte, hecho que sucedió en 1776. Pero Harrison no divulgó los secretos de su invento hasta que tuvo el dinero en su poder. Debido a este retraso, el capitán James Cook no pudo beneficiarse de las cualidades del cronómetro al emprender su primera expedición en 1768. No obstante, cuando emprendió su tercera travesía (1778-1779) logró trazar el mapa del Pacífico con extraordinaria precisión, fijando no sólo la latitud sino la longitud correcta de cada isla y litoral. A partir de aquel momento, «gracias a la destreza de Cook y al cronómetro de Harrison ningún navegante tenía excusa cuando no hallaba una isla en el Pacífico o naufragaba en una costa que apareciera de forma imprevista». Los mapas de Cook, con sus correctas longitudes, constituyen los primeros ejemplos de la cartografía precisa de nuestra era moderna. Asimismo, nos recuerdan que la elaboración de buenos mapas requiere, al menos, expediciones bien organizadas, conocimientos matemáticos y cartográficos de primer orden, así como unos cronómetros de alta precisión. No fue hasta que el cronómetro de Harrison estuvo al alcance de cualquier navegante, en la década de 1770, que se cumplió el tercero de estos requisitos. Este brillante invento permitió que los cartógrafos fijaran la longitud con exactitud, algo que los súmenos, los antiguos egipcios, los griegos, los romanos o cualquier otra civilización conocida que fuera anterior al siglo XVIII no habían conseguido. Por tanto, resulta sorprendente toparse con unos mapas mucho más antiguos que ofrecen unas latitudes y longitudes con la moderna precisión.

 

El mapa Piri Reis de 1513, por ejemplo, sitúa Sudamérica y África en las longitudes correctas relativas, lo cual en teoría representa una hazaña imposible para la ciencia de aquellos tiempos. Sin embargo, Piri Reis reconoció abiertamente que su mapa se basaba en unos documentos mucho más antiguos. ¿Es posible que el almirante turco obtuviera sus precisas longitudes de uno de esos documentos?  No menos interesante es el llamado Dulcert Portolano de 1339, el cual se centra en Europa y el norte de África. Angelino Dulcert fue un cartógrafo mallorquín del s.XIV, autor de los más antiguos Portulanos de la llamada “Escuela Mallorquina “. Es autor del Dulcert Portolano, atribuido a dicha escuela. Las pruebas apuntan a que es mallorquín, tanto su estilo, que es 100% de la escuela mallorquina, como ciertos elementos de sus mapas que se encuentran en las cartas mallorquinas, pero no están en las cartas genovesas de la misma época. Este mapa presenta una latitud perfecta a través de grandes distancias, y la longitud total del Mediterráneo y el mar Negro es correcta dentro de un margen de medio grado. El profesor Hapgood comentó que quien había trazado el mapa original del que fue copiado el Dulcert Portolano «había alcanzado una elevada precisión científica al hallar la relación entre la latitud y la longitud. Esto sólo se podía conseguir en el caso de disponer de una información precisa sobre las longitudes relativas de numerosos lugares repartidos por el mundo, desde Galway, en Irlanda, hasta el extremo oriental del Don en Rusia». El mapa Zeno, de 1380, constituye otro enigma. Publicado en 1558, por un descendiente de los hermanos Zeno. Según este descendiente, éstos habían cruzado el Atlántico Norte, llegando a Norteamérica alrededor del año 1400, en una expedición encomendada por una familia veneciana, reclamando para Venecia el descubrimiento de América, antes que Cristóbal Colón. Cubriendo una vasta área del norte hasta Groenlandia, sitúa un gran número de lugares que se ubican en distintas latitudes y longitudes con «asombrosa precisión». «Resulta increíble —afirma Hapgood— que un individuo del siglo XIV lograra hallar las latitudes correctas de esos lugares, además de las longitudes». En un libro escrito por por Frederick I. Pohl, titulado Viaje del Príncipe Henry Sinclair al Nuevo Mundo, nos dice que en 1398 Sinclair hizo el viaje con Antonio Zeno, de la familia Zeno, una de las familias de la Nobleza Negra más ilustres en Venecia. Sinclair y Antonio Zeno atracaron en lo que llamamos Terranova, y se internaron en Nueva Escocia en 1398. Las descripciones de Antonio Zeno, en sus cartas, de la tierra que encontraron, corresponden perfectamente, y en detalle, con un área de depósitos de asfalto en el Condado de Pictou, Nueva Escocia, no lejos del pueblo actual de Nueva Glasgow. El mapamundi Oronteus Finaeus también es digno de atención, ya que sitúa correctamente las costas de la Antártida en las latitudes precisas y las longitudes relativas, y presenta un área asombrosamente exacta del continente en términos generales. Ello demuestra un nivel de conocimientos geográficos que no existía con anterioridad al siglo XX.

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El Portolano de Iehudi Ibn Ben Zara es otro mapa notable, debido a su precisión respecto a las latitudes y longitudes relativas. La longitud total entre Gibraltar y el mar de Azov es correcta dentro de un margen de medio grado, mientras que el promedio de errores de longitud que presenta el mapa en su totalidad es inferior a un grado. Estos ejemplos representan sólo una ínfima parte del voluminoso dossier de pruebas que presentó Hapgood. El efecto de su detallado análisis sugiere que nos engañábamos al suponer que hasta el siglo XVIII no se habían inventado unos instrumentos precisos para calcular la longitud. Por el contrario, el de Piri Reis y otros mapas parecen demostrar claramente que esos instrumentos fueron «redescubiertos» en el siglo XVIII, pero que habían existido mucho antes y que habían sido utilizados por un pueblo civilizado, desconocido en la Historia, que había explorado y trazado el mapa de toda la Tierra. Por lo demás, todo indica que esas gentes eran capaces no sólo de diseñar y fabricar unos instrumentos precisos y técnicamente avanzados, sino que dominaban la matemática. En primer lugar debemos tener en cuenta que la Tierra es una esfera. Cuando se trata de trazar el mapa de la superficie terrestre, por consiguiente, sólo un globo puede representarla en sus proporciones correctas. El hecho de trasladar los datos cartográficos de un globo a unas hojas de papel, implica, de forma inevitable, ciertas distorsiones, y sólo es posible hacerlo mediante un complejo sistema que recibe el nombre de proyección cartográfica. Existen varios tipos de proyección. La de Mercator, que se sigue utilizando en los atlas actuales, quizá sea la más conocida. Entre otras, cabe citar la proyección acimutal, la estereográfica, la gnomónica, la acimutal equidistante, la cordiforme, etc… Pero toda proyección eficaz requiere el empleo de unas sofisticadas técnicas matemáticas presuntamente desconocidas en el mundo antiguo, especialmente durante el período anterior al 10.000 a. C., cuando supuestamente no existía ninguna civilización capaz de desarrollar y aplicar los conocimientos de las matemáticas y la geometría avanzadas. Charles Hapgood entregó su colección de mapas antiguos al Instituto Tecnológico de Massachusetts para que fueran estudiados por el profesor Richard Strachan. Las conclusiones generales eran obvias, pero Hapgood deseaba saber con exactitud qué nivel de conocimientos matemáticos se requería para trazar los antiguos documentos sobre los que se basaban sus mapas. El 18 de abril de 1965, Strachan respondió que se requería un nivel de conocimientos matemáticos muy elevado.  Algunos mapas parecían expresar «una proyección similar a la Mercator» en una época muy anterior a la del propio Mercator. La relativa complejidad de esta proyección, que implica expansión latitudinal, significa que debió de emplearse un método de transformación de coordenadas trigonométrico. Entre las razones para deducir que los antiguos cartógrafos fueron unos hábiles matemáticos, tenemos que determinar la situación de hechos geográficos en un continente requiere cuando menos unos métodos geométricos de triangulación.

 

A lo largo de grandes distancias, del orden de mil seiscientos kilómetros, deben realizarse unas correcciones para compensar la curvatura de la Tierra, lo cual requiere poseer conocimientos de trigonometría esférica. La ubicación de un continente con respecto a los otros requiere unos conocimientos de la esfericidad de la Tierra, y también la utilización de la trigonometría esférica. Las culturas que poseyeran esos conocimientos, además de los instrumentos de precisión con los que realizar los cálculos necesarios, tuvieron que utilizar sus conocimientos en matemáticas para crear mapas y cartas de navegación. La impresión de Strachan de que los mapas, a través de varias generaciones de copistas, revelaban la habilidad de una antigua civilización, misteriosa y tecnológicamente avanzada, era compartida por los expertos en reconocimiento de las Fuerzas Aéreas estadounidenses a quienes Hapgood había enviado las pruebas. Lorenzo Burroughs, jefe del Octavo Escuadrón Técnico de Reconocimiento de la Sección Cartográfica de la Base Aérea de Westover, estudió detenidamente el mapa Oronteus Finaeus y llegó a la conclusión de que algunos de los documentos sobre los que se basaba debieron de trazarse mediante una proyección semejante a la proyección cordiforme moderna. Según palabras de Burroughs: “Esto indica la utilización de conocimientos matemáticos avanzados. Por otra parte, la forma dada al continente antártico sugiere la posibilidad, cuando no la probabilidad, de que los antiguos mapas en que se basa el Oronteus Finaeus fueron compilados sobre un tipo de proyección estereográfica o gnomónica, las cuales requieren el empleo de la trigonometría esférica. Estamos convencidos de que los hallazgos realizados por usted y sus colaboradores son válidos, y que plantean unos interrogantes de gran importancia respecto a la geología y la Historia antigua“. Hapgood hizo otro importante descubrimiento, que consistía en un mapa chino copiado, en el año 1137, de un documento más antiguo sobre un pilar de piedra. Este mapa incorpora precisamente la misma información de alta calidad sobre longitudes que los otros, presenta una cuadrícula semejante y fue trazado por alguien que poseía conocimientos de trigonometría esférica. De hecho, al examinarlo con atención se observa que guarda tantas similitudes con los mapas europeos y de Oriente Medio que sólo cabe la explicación de que tanto este mapa chino como los otros debieron de basarse en una misma fuente. Una vez más nos hallamos ante un fragmento de los conocimientos científicos de una civilización perdida.

 

Pero, además, todo parece indicar que esa civilización debió de ser tan avanzada, al menos en ciertos aspectos, como la nuestra, y que sus cartógrafos «trazaron prácticamente el mapa de todo el globo terráqueo con un nivel general uniforme de tecnología, empleando unos métodos similares, con idénticos conocimientos matemáticos y probablemente el mismo tipo de instrumentos». El mapa chino indica también la existencia de un legado global que debió de ser transmitido de un pueblo a otro. La hipótesis de una antigua avanzada civilización está sustentada por los asombrosos mapamundi antiguos, los «Barcos de las Pirámides» de Egipto, los indicios de avanzados conocimientos astronómicos en el increíble calendario de los mayas y por las leyendas de los dioses navegantes como Quetzalcóatl y Viracocha. Debía ser un país de navegantes y de constructores, tales como los constructores de Tiahuanaco, los de Teotihuacán, los de las pirámides, los de la Esfinge. Todos ellos eran capaces de alinear colosales monumentos con los puntos cardinales y con insólita precisión.  Fueran quienes fuesen, estos constructores habían dejado sus huellas en todo el mundo en forma de ciclópeos monumentos poligonales, planos de yacimientos que implicaban alineaciones astronómicas. Además habían diversos mitos sobre dioses con forma humana. Pero una civilización lo bastante avanzada para construir estas obras maestras y lo suficientemente bien organizada para haber explorado el mundo de un polo a otro y para calcular las dimensiones de la Tierra, no pudo evolucionar sobre un área de tierra insignificante. ¿Dónde pudo localizarse esta civilización y cuándo desapareció? El sentido común sugería que la respuesta debía de hallarse en un cataclismo, un desastre planetario capaz de borrar de la faz de la Tierra prácticamente todo rastro físico de una gran civilización. Durante la breve historia de la presencia de la humanidad en este planeta, sólo hubo una catástrofe conocida y documentada que encajara con un posible dramático y mortal deshielo del último período glacial. Esta catástrofe se ubicaría entre el 15.000 y el 8000 a. C. Por otra parte, igual que en el caso de los restos arqueológicos como Teotihuacán y las pirámides egipcias, muchos de los mitos relevantes parecían haberse creado como vehículos para una críptica información científica. Tal vez existiera una fuerte vinculación entre el período glacial y la desaparición de una civilización arcaica que había inspirado durante milenios las leyendas y los mitos en todo el mundo. En 1993, Hancock recibió una carta que aludía a su libro The Sign and the Seal, en el que se refería de pasada a la teoría de la Atlántida y a las tradiciones de los héroes civilizadores que se «habían salvado del agua».

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La carta decía: “Estimado señor Hancock: Después de haber dedicado diecisiete años a investigar la suerte de la Atlántida, mi esposa y yo hemos terminado un manuscrito titulado When the Sky Fell. El problema es que pese a los informes positivos sobre el enfoque del libro por parte de los editores que lo han visto, la sola mención de la Atlántida hace que se cierren en banda. En The Sign and the Seal se refiere usted a «una tradición de conocimientos secretos que iniciaron los supervivientes de un diluvio…». Nuestra obra explora los lugares donde pudieron establecerse algunos supervivientes. La elevada altitud y los lagos de agua dulce los convierten en unos lugares ideales para los supervivientes de la Atlántida. El lago Titicaca y el lago Tana [en Etiopía, donde se desarrolla buena parte de The Sign and the Seal] encajan con el criterio climático. La estabilidad de su ecosistema procuró la materia prima para poner de nuevo en marcha la agricultura. Nos hemos tomado la libertad de adjuntar un breve resumen de When the Sky Fell. Si le interesa, estaremos encantados de remitirle un ejemplar del manuscrito. Le saluda atentamente, Rand Flem-Ath“.  Una detallada exposición de la teoría del desplazamiento de la corteza terrestre la podemos encontrar en la obra de Rand y Rose Flem Ath, titulada  When the Sky Fell, publicada por Stoddardt, Canadá, 1995. Rand Flem-Ath es un bibliotecario y autor de la Columbia Británica, Canadá. Es conocido especialmente por sus libros sobre el continente perdido de la Atlántida y la teoría del desplazamiento de la corteza de la Tierra. Flem-Ath ha escrito numerosos libros de ficción y ficción, en las que avanza lo que se conoce como la hipótesis de cambio de los polos. Lo indicado por Rand Flem-Ath encajaba a la perfección con los antiguos mapas globales que Hancock había estudiado, unos mapas que describían con precisión la topografía subglacial del continente de la Antártida. Esa pieza hacía que todos los mitos universales sobre cataclismos y desastres planetarios, con sus diversos efectos climáticos, tuvieran sentido. Explicaba el enigma de la enorme cantidad de mamuts que se habían congelado de modo repentino en las regiones septentrionales de Siberia y Alaska, y de los árboles frutales de treinta metros de altura que habían quedado encerrados en el hielo perpetuo del círculo ártico en una latitud donde nada crece hoy en día. Ofrecía una solución al problema del brusco deshielo que había experimentado el último periodo glacial en el hemisferio norte, con posterioridad al 15.000 a. C. También resolvía el misterio de la excepcional actividad volcánica en todo el mundo que había acompañado el deshielo. Además respondía a la pregunta: ¿Cómo es posible que se pierda un continente? Y se sustentaba sólidamente en la tesis de Charles Hapgood de un «desplazamiento de la corteza terrestre», una hipótesis geológica radical: “La Antártida es el continente menos comprendido [escribía Flem-Ath en la nota adjunta]. La mayoría de nosotros supone que esta inmensa isla ha estado cubierta de hielo durante millones de años. Pero nuevos hallazgos confirman que unas partes de la Antártida permanecieron desprovistas de hielo durante miles de años, una historia reciente según el reloj geológico. La teoría del «desplazamiento de la corteza terrestre» explica la misteriosa aparición y desaparición de la vasta capa de hielo de la Antártida”.

 

El investigador canadiense se refería a la tesis de Hapgood de que hasta fines del último período glacial, hacia el undécimo milenio antes de nuestra era, el territorio de la Antártida había estado emplazado unos tres mil doscientos kilómetros más al norte, en una latitud templada, y que había alcanzado su presente ubicación dentro del círculo ártico como consecuencia de un inmenso desplazamiento de la corteza terrestre. Este desplazamiento, según afirmaba Flem-Ath, dejó también otras pruebas en un círculo de muerte alrededor del globo. Todos los continentes que experimentaron rápidas y masivas extinciones de especies animales, en especial las Américas y Siberia, sufrieron un tremendo cambio en sus latitudes. Las consecuencias de semejante corrimiento fueron enormes. La corteza terrestre experimentó un corrimiento en su interior y el mundo se vio sacudido por increíbles terremotos y diluvios. El cielo pareció desplomarse y los continentes cambiaron de posición. En el fondo del océano, los terremotos generaron un oleaje gigantesco que se precipitó sobre las costas, inundándolas. Algunos territorios se desplazaron hacia climas más templados, mientras que otros, impelidos hacia zonas polares, sufrieron los rigores de un invierno durísimo. Al fundirse, las masas de hielo hicieron que se elevase considerablemente el nivel del mar. Todas las criaturas vivientes debieron adaptarse; o bien emigrar o bien perecer. Si un desplazamiento de la corteza terrestre se registrara hoy en día, el progreso de miles de años de civilización se vería arrancado de nuestro planeta. Quienes habitasen cerca de las montañas quizá lograran escapar a las aguas, pero se verían forzados a dejar atrás, en las tierras bajas, los frutos obtenidos de la civilización. Sólo es posible que quedara algún rastro de la civilización entre la marina. Los oxidados cascos de los barcos y submarinos acabarían pereciendo, pero los valiosos mapas que se alojaran en ellos serían salvados por los supervivientes, acaso durante cientos, miles de años, hasta que la humanidad pudiera utilizarlos de nuevo para surcar los océanos del mundo en busca de tierras perdidas. La descripción de Charles Hapgood sobre la forma en que la capa terrestre que los geólogos denominan litosfera, la capa exterior delgada pero rígida del planeta, se desplaza a veces, moviéndose en un bloque, es que «sobre la masa blanda interior, al igual que la cáscara de una naranja si se hubiera desprendido, se desplazaría sobre la parte interior de la naranja en una sola pieza». Pero Flem-Ath señalaba las influencias gravitatorias. Existía la posibilidad de que ciertas influencias gravitatorias, así como unas variaciones en la geometría orbital de la Tierra, que desempeñaran, a través del mecanismo de desplazamiento de la corteza terrestre, un papel importante en la aparición y declive en los períodos glaciales.

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Cuando Louis Agassiz, naturalista y geólogo, presentó su idea de los períodos glaciales a la comunidad científica en 1837, aquélla fue recibida con escepticismo. No obstante, a medida que las pruebas se acumulaban a favor de Agassiz, los escépticos tuvieron que aceptar el hecho de que la Tierra había sido presa de inviernos terribles. Pero el detonante de esos terribles períodos glaciales seguía siendo un enigma. Hasta 1976 no se hallaron pruebas sólidas que confirmaran la aparición de los períodos glaciales. La explicación residía en varios factores astronómicos de la órbita terrestre y del ángulo de inclinación del eje. Es evidente que unos factores astronómicos desempeñaron un papel crucial en la aparición de las épocas glaciales. Pero esto sólo es parte del problema. No menos importante es la geografía de la glaciación. Es aquí donde la teoría del desplazamiento de la corteza terrestre desempeña un papel decisivo a la hora de descifrar el misterio. Albert Einstein investigó la posibilidad de que el peso de las masas de hielo, que no están distribuidas de forma simétrica a lo largo del polo, fuera la causa de ese desplazamiento. Según escribió Einstein: «La rotación de la Tierra actúa sobre estas asimétricas masas depositadas, produciendo un movimiento centrífugo que se transmite a la corteza rígida de la Tierra. El constante aumento del movimiento centrífugo que se produce de esta forma provoca, al alcanzar cierto punto, un corrimiento de la corteza terrestre sobre el cuerpo de la Tierra, originando que las regiones polares se desplacen hacia el ecuador». Cuando Einstein escribió estas palabras en 1953 no se conocían bien las causas astronómicas de los períodos glaciales. Cuando la forma de la órbita terrestre se desvía de un círculo perfecto en más de un uno por ciento, aumenta la influencia gravitatoria del Sol, ejerciendo una mayor atracción sobre el planeta y sus gigantescas masas de hielo. Su poderoso peso presiona la corteza terrestre y esta inmensa presión, junto con una mayor inclinación de la Tierra, otro factor que contribuye a alterar la geometría orbital, obliga a la corteza terrestre a desplazarse. Cuando se produce un corrimiento terrestre, las partes de la corteza terrestre que se hallan en los polos norte y sur, y que por tanto están completamente congeladas, como lo está la Antártida hoy en día, se desplazan bruscamente hacia unas latitudes más cálidas y comienzan a fundirse con extraordinaria rapidez. Por el contrario, las áreas terrestres que se hallaban localizadas en unas latitudes cálidas se ven desplazadas hacia las zonas polares, sufriendo un devastador cambio climático, y comienzan a desaparecer bajo la capa de hielo que se extiende a gran velocidad.  En resumen, cuando unas zonas gigantescas de Europa y Norteamérica se hallaban congeladas durante lo que consideramos el último período glacial, ello no se debía a un misterioso factor climático que había evolucionado lentamente, sino a que esas áreas terrestres se encontraban más cerca del polo norte que en la actualidad. Asimismo, cuando las Glaciaciones Wisconsin y Wurm comenzaron a deshelarse hacia el 15000 a. C., el detonante no fue un cambio climático global, sino un desplazamiento de las capas de hielo hacia latitudes más cálidas. La segunda conexión que había hecho Flem-Ath era una lógica deducción de la anterior.

 

Si existía un fenómeno geológico cíclico recurrente como el desplazamiento de la corteza terrestre, y si el último desplazamiento había provocado que la enorme área terrestre que llamamos Antártida se desplazara repentinamente de unas latitudes templadas hacia el círculo antártico, era posible que importantes restos de una civilización perdida de la remota Antigüedad yacieran actualmente bajo más de tres kilómetros de hielo en el polo sur. Era posible que un área de tierra del tamaño de un continente, que había albergado a una gran y próspera sociedad durante miles de años, desapareciera casi sin dejar rastro. Según las conclusiones de Flem-Ath: «Es en la gélida Antártida donde debemos buscar las respuestas a las raíces de la civilización, unas respuestas que acaso se conservan en las heladas profundidades de la isla-continente olvidada». La Antártida es una inmensa área de tierra, mucho mayor que el Golfo de México, unas siete veces mayor que Madagascar, y aproximadamente del tamaño de la parte continental de Estados Unidos. Por otra parte, tal como han demostrado las investigaciones sísmicas, en la Antártida existen grandes cordilleras. Y tal como varios de los mapas antiguos indican, unos cartógrafos prehistóricos desconocidos, dotados de conocimientos científicos sobre la latitud y la longitud, habían representado esas cordilleras antes de que desaparecieran debajo de la masa de hielo que las cubre en la actualidad. Esos antiguos mapas muestran también «unos ríos inmensos que fluyen de las montañas, regando los grandes valles y planicies que yacen a los pies de las mismas, mientras discurren hacia el océano circundante». Y esos ríos, como se sabe por los sondeos realizados en el Mar de Ross, habían dejado pruebas físicas de su presencia en la composición de los sedimentos del fondo del océano. Además, la hipótesis del desplazamiento de la corteza terrestre no estaba en conflicto con diez mil años de clima estable. Con anterioridad al supuesto corrimiento brusco de la corteza terrestre, hacia fines del último período glacial en el hemisferio septentrional, el clima de la Antártida debía de ser estable, quizá durante una época mucho más dilatada que diez mil años. Y si la hipótesis de que la latitud de la Antártida en aquella época se hallaba unos tres mil doscientos kilómetros (30 grados de un arco) más al norte que en la actualidad, ello indicaría que sus zonas más septentrionales debían de estar situadas en la latitud 30° sur y habrían gozado de un clima mediterráneo subtropical. Si se había producido un desplazamiento brusco de la corteza terrestre, era posible que las ruinas de una civilización perdida yacieran bajo la masa del hielo austral.

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Tal como hemos indicado, esta teoría geológica fue formulada por el profesor Charles Hapgood y sustentada por Albert Einstein. En suma, sugiere que toda la litosfera de nuestro planeta, que mide 50 kilómetros de grosor, experimenta un corrimiento sobre su núcleo central, de 12.800 kilómetros de grosor, forzando a grandes partes del hemisferio septentrional a desplazarse al sur, hacia el ecuador, y luego hacia el círculo antártico. Este movimiento no sólo se produce a lo largo del meridiano norte-sur sino que sigue una trayectoria giratoria, como un pivote por así decirlo, alrededor de las llanuras centrales de lo que en la actualidad constituyen los Estados Unidos. Como consecuencia, el segmento nordeste de Norteamérica, donde estaba emplazado antiguamente el polo norte, en Hudson’s Bay, fue arrastrado fuera del círculo ártico hacia las latitudes más templadas del sur, mientras que el segmento noroeste, como Alaska y el Yukon, giraba hacia el norte en dirección al círculo ártico, a lo largo de grandes partes del norte de Siberia.  En el hemisferio austral, el modelo de Hapgood muestra el área de tierra que llamamos ahora Antártida, gran parte de la cual se hallaba emplazada antiguamente en unas latitudes más cálidas, siendo arrastrada hacia el interior del círculo antártico. En términos generales se calcula que el movimiento alcanzó unos 30°, equivalentes a unos 3.200 kilómetros, y se concentró principalmente en el período comprendido entre el 14.500 a. C. y el 12.500 a. C., aunque se produjeron gigantescos temblores secundarios a escala planetaria con una periodicidad muy irregular, hasta aproximadamente el 9500 a. C. Supongamos que, antes de producirse el desplazamiento de la corteza terrestre, se hubiera desarrollado una gran civilización en la Antártida, cuando ésta se hallaba situada en unas latitudes más agradables. En tal caso, esa civilización pudo haber sido destruida por los efectos de un brusco desplazamiento, incluyendo maremotos, vientos huracanados y tormentas con gran aparato eléctrico, erupciones volcánicas al abrirse fallas sísmicas en todo el planeta, con el cielo ensombrecido y una masa de hielo que se extendía de forma inexorable. Por otra parte, a medida que transcurrían los milenios, las ruinas que quedaron del cataclismo, como las ciudades, los monumentos, las grandes bibliotecas y las obras de ingeniería de la civilización que había sido destruida, habrían quedado sepultadas bajo un grueso manto de hielo. Si la hipótesis del desplazamiento de la corteza terrestre es correcta, no es de extrañar que lo único que hallemos como evidencias, diseminadas a través del mundo, sean las misteriosas huellas de los dioses. Éstas vendrían a constituir el rastro que nos legaron los escasos supervivientes de la antigua civilización de la Antártida, que habría logrado surcar los turbulentos océanos en grandes barcos y se habrían afincado en tierras remotas, tales como el valle del Nilo, en el valle de México, junto al lago Titicaca en los Andes, y sin duda en otros lugares del mundo…

 

En todo el mundo es posible apreciar algunas huellas visibles de una civilización perdida, que permanecería sepultada bajo 3,5 kilómetros de hielo antártico y que sería inaccesible para los arqueólogos.  Tal vez sería geofísicamente posible que la Antártida, el quinto continente más grande del mundo, con una superficie de 13.177.000 kilómetros cuadrados, pudiera haber estado emplazada antiguamente en una zona de clima más templado y haber sido arrastrada hacia el círculo antártico durante los últimos veinte mil años. «Deriva continental» y/o «fallas tectónicas» son términos que se emplean para describir una importante teoría geológica conocida desde la década de los cincuenta, en el siglo XX. Esta teoría nos explica que los continentes «flotan de un lado a otro», moviéndose y cambiando de posición sobre la superficie de la Tierra.  Si examinamos el mapa de la costa occidental de África y la costa oriental de Sudamérica, observamos que estas dos áreas de tierra antiguamente se encontraban unidas. Pero la escala de tiempo según la cual se produce la deriva de los continentes es muy grande. Los continentes pueden separarse o unirse a una velocidad de no más de 3.200 kilómetros cada 200 millones de años aproximadamente, es decir, muy lentamente. Pero la teoría de las fallas tectónicas y la teoría de Charles Hapgood del desplazamiento de la corteza terrestre no son excluyentes. Hapgood preveía la posibilidad de que se dieran ambos fenómenos. La corteza terrestre mostraba, en efecto, una deriva continental tal como afirmaban los geólogos, pero casi imperceptible, a lo largo de millones de años. Pero en ocasiones experimentaba también un desplazamiento muy rápido, que no incidía en la relación entre las áreas de tierra individuales, sino que arrastraba continentes enteros, o parte de los mismos, hacia y fuera de las dos zonas polares fijas del planeta, las regiones perennemente frías y heladas que rodean los polos norte y sur del eje de rotación. Y hay que reconocer que los misteriosos mapas que nos muestran la Antártida sin hielos resultan extraños y difíciles de explicar si no se recurre a un brusco, catastrófico y relativamente reciente cambio geológico. Es importante tener en cuenta que la ubicación actual de la Antártida es un área de tierra orientada por la curvatura de la Tierra, de forma que el Sol no sale sobre ella durante los seis meses de invierno y no se pone durante los seis meses de verano. Visto desde el polo, yace justo sobre el horizonte, como si describiera un trayecto circular alrededor del Sol durante cada veinticuatro horas de luz diurna. La Antártida es el continente más frío del mundo, donde las temperaturas sobre la meseta polar pueden descender a -89,2 °C. Aunque las regiones costeras son ligeramente más cálidas (-60 °C) y albergan a un gran número de aves marinas, no existen mamíferos terrestres autóctonos. Y sólo una pequeña comunidad de plantas que tolera el frío es capaz de sobrevivir a los largos períodos invernales de una oscuridad casi total. La Encyclopaedia Britannica enumera estas plantas: «Líquenes, musgos y hepáticas, mohos, levaduras, otros hongos, algas y bacterias…».

 

Aunque ofrece un espectáculo magnífico en un prolongado amanecer, la Antártida es un desierto polar helado, inhóspito y prácticamente desprovisto de vida, tal como ha sido durante, al menos, los siete mil años del período «histórico» de la humanidad. Discover the World of Science Magazine, de febrero de 1993, dice: “Hace unos doscientos sesenta millones de años, durante el período pérmico, en la Antártida crecían unos árboles caducos adaptados a un clima cálido. Ésta es la conclusión a la que han llegado unos paleobotánicos tras examinar un grupo de tocones fosilizados que se hallaron a una altitud de dos mil metros sobre el monte Achernar en las montañas transantárticas. El lugar se encuentra a 84° 22’ sur, a unos ochocientos kilómetros al norte del polo sur”.  “Lo más interesante de este hallazgo es que es el único bosque, viviente o fósil, que se ha descubierto en una latitud de 80° a 85° —dice Edith Taylor, una paleobotánica de la Universidad Estatal de Ohio, que ha estudiado los árboles fosilizados—. Lo primero que los paleobotánicos hacemos es buscar algo en los archivos modernos que sea comparable, y hoy en día no crecen bosques en esa latitud. Podemos ir a los trópicos y hallar árboles que crecen en un clima cálido, pero no encontramos árboles que crezcan en un clima cálido con el régimen de luz que tenían esos árboles: veinticuatro horas de luz diurna en verano y veinticuatro horas de oscuridad en invierno”. Los geólogos no han encontrado pruebas de que existiera ninguna glaciación en el continente antártico con anterioridad al eoceno, hace unos sesenta millones de años. Y si nos remontamos al cambriano, hace aproximadamente quinientos cincuenta millones de años, hallamos pruebas irrefutables de un mar cálido que se extendía cerca o a través de la Antártida en forma de gruesas piedras calizas que construían numerosos arrecifes de Archaeocyathidae, animales pequeños, de varios centímetros, y que poseían forma cónica o cilindro-cónica: «Millones de años más tarde, cuando estas formaciones marinas habían aparecido sobre el mar, los climas cálidos propiciaron una exuberante vegetación en la Antártida. Así, sir Ernest Shackleton halló unos lechos de carbón a trescientos veinte kilómetros del polo sur, y después, durante la expedición Byrd de 1935, unos geólogos encontraron numerosos fósiles en las elevadas laderas del monte Weaver, en la latitud 86° 58’ sur, aproximadamente a la misma distancia del polo y a unos tres kilómetros y medio sobre el nivel del mar. Entre estos fósiles había unas impresiones de hojas y tallos y madera fosilizada. En 1952, el doctor Lyman H. Dougherty, de la Institución Carnegie de Washington, tras completar el estudio de estos fósiles, identificó dos especies de helecho llamadas Glossopteris, que antiguamente eran muy comunes en otros continentes meridionales (África, Sudamérica, Australia), así como un gigantesco helecho de otra especie…».

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El almirante Byrd, a propósito de la importancia de los hallazgos en el monte Weaver. dijo: «Aquí, sobre la montaña situada en el extremo más meridional del mundo, a unos trescientos veinte kilómetros del polo sur, encontramos pruebas concluyentes de que antiguamente la Antártida gozaba de un clima templado o incluso subtropical». Unos científicos soviéticos afirmaron haber encontrado flora tropical en la Tierra de Graham, otra parte de la Antártida, que data de principios del período terciario, quizá del paleoceno o eoceno. Unos geólogos británicos han descubierto en la Antártida grandes bosques fósiles, del mismo tipo que crecía en la costa del Pacífico de Estados Unidos hace veinte millones de años. Ello demuestra que, después de la primera glaciación conocida que se registró en la Antártida en el eoceno, hace sesenta millones de años, el continente no permaneció en condiciones glaciales, sino que experimentó posteriores episodios de clima cálido. En 1990, dos geólogos, Barrie McKelvey y David Harwood, estaban trabajando a 1.830 metros sobre el nivel del mar y a cuatrocientos kilómetros del polo sur en la Antártida. Dichos geólogos hallaron unos fósiles de un bosque caduco en una playa meridional que data de entre dos y tres millones de años. En 1986, el hallazgo de madera y plantas fosilizadas confirmó que unas partes de la Antártida pudieron estar desprovistas de hielo hace dos millones y medio de años. Otros hallazgos demostraron que algunos lugares del continente no estaban cubiertos de hielo hace solo cien mil años. Unas muestras sedimentarias recogidas en el fondo del Mar de Ross por la expedición de Byrd demostraron, de forma concluyente, que en esta parte de la Antártida «fluían grandes ríos que transportaban unos sedimentos de grano fino» en el 10.000 a. C. Según el informe del doctor Jack Hough, de la Universidad de Illinois: «El análisis de la muestra N-5 indica sedimento marino glacial desde el presente hasta hace seis mil años. Entre seis mil y quince mil años atrás, el sedimento es de grano fino a excepción de un granulo que data de hace unos doce mil años. Ello sugiere una ausencia de hielo en esa área durante ese período, excepto quizá la presencia de un iceberg hace doce mil años». El mapamundi Oronteus Finnaeus describe con precisión el Mar de Ross tal como aparecería desprovisto de hielo, y también muestra las cordilleras de elevadas montañas costeras de la Antártida por las que fluyen grandes ríos en unos puntos donde en la actualidad sólo se encuentran unos glaciares de casi dos kilómetros de espesor.

 

Charles Hapgood, en The Path of the Pole (1970), nos dice: “No es habitual que las investigaciones geológicas obtengan importante confirmación por parte de la arqueología; pero en este caso, parece que la cuestión de la desglaciación del Mar de Ross ha sido confirmada por un antiguo mapa que ha sobrevivido miles de años. Fue descubierto y publicado en 1531 por el geógrafo francés, Oronce Fine [Oronteus Finnaeus], y forma parte de su mapamundi. La autenticidad de este mapa ha quedado bien establecida. Tras varios años de investigaciones se logró descifrar la proyección de este antiguo mapa. Se comprobó que se había trazado sobre una sofisticada proyección cartográfica, utilizándose para ello la trigonometría esférica, y era tan científico que se hallaron más de cincuenta emplazamientos del continente antártico representados en él con una precisión jamás alcanzada por la ciencia cartográfica moderna hasta el siglo XIX. Por supuesto, cuando este mapa se publicó por primera vez, en 1531, no se conocía nada sobre la AntártidaEl continente no se descubrió en la época moderna hasta aproximadamente el 1818, y no fue explorado a fondo hasta el 1920“. El mapa Buache muestra con precisión la topografía subglacial de la Antártida. No creemos que sea casualidad el hecho de que el continente estuviera desprovisto de hielo por completo, y además relativamente reciente, para que los cartógrafos de una civilización perdida trazaran el mapa del mismo.. Si la tierra que en la actualidad se halla contenida dentro del círculo antártico gozaba antiguamente de un clima templado o tropical, nos podemos preguntar qué pasaba con las tierras del círculo ártico. Si se vieron afectadas por los mismos y espectaculares cambios climáticos, indicaría la existencia de un denominador común. En la isla de Spitzbergen (Svalbard), en el ártico, se han encontrado hojas de palmera fosilizadas de tres y cuatro metros de longitud, junto con unos crustáceos marinos fosilizados, de un tipo que sólo habita en aguas tropicales. Ello sugiere que antiguamente las temperaturas del océano ártico eran similares a las del Caribe. Spitzbergen se halla a medio camino entre el extremo septentrional de Noruega y el polo norte, en una latitud de 80° norte. Hoy en día, los barcos pueden acceder a Spitzbergen a través del hielo sólo durante dos o tres meses al año, aunque cada vez se va acelerando más el deshielo del ártico.

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Existen pruebas fósiles que indican la presencia de bosques de cipreses de los pantanos a ochocientos kilómetros del polo norte, durante el mioceno, entre veinte millones y seis millones de años atrás. Durante el mismo período florecían nenúfares en Spitzbergen: «La flora del mioceno de la Tierra de Grinnell y Groenlandia, y Spitzbergen, requiere unas condiciones de clima templado y humedad abundante. Los nenúfares de Spitzbergen, sin duda requerían agua durante buena parte del año. A propósito de la flora de Spitzbergen conviene tener en cuenta que la isla permanece sumida en la oscuridad polar durante la mitad del año. Se halla en el círculo ártico, tan al norte de Labrador como Labrador se encuentra al norte de las Bermudas». Algunas islas del océano Ártico no estuvieron en ningún momento cubiertas de hielo durante el último período glacial. En la isla Baffin, por ejemplo, que se halla a 1.440 kilómetros del polo norte, los restos de aliso y abedul encontrados en la turba indican un clima mucho más cálido hace treinta mil años que hoy en día. Estas condiciones se mantuvieron hasta hace unos diecisiete mil años: «Durante la Glaciación Wisconsin existía en medio del océano ártico un refugio de clima templado para la flora y fauna que no podía existir en Canadá y Estados Unidos». Unos científicos rusos han llegado a la conclusión de que durante buena parte del último período glacial el océano ártico gozó de una temperatura cálida. Un informe de los académicos Saks, Belov y Palina, fruto de sus investigaciones oceanográficas, afirma que durante el período comprendido entre treinta y dos mil y dieciocho mil años atrás imperaba un clima particularmente cálido en el ártico. Un gran número de especies de mamíferos de sangre caliente, que estaban adaptados a climas templados, se congelaron al instante al cambiar las condiciones climáticas y sus cadáveres quedaron preservados en el hielo perpetuo, a lo largo de una vasta zona de muerte que se extendía desde el Yukon, a través de Alaska, hasta el norte de Siberia. La mayor parte de esta repentina destrucción se registró durante el undécimo milenio antes de nuestra era, aunque hubo un episodio anterior de extinciones a gran escala hacia el 13.500 a. C. También tenemos que el último período glacial llegó a su fin entre el 15000 y el 8000 a. C., pero principalmente entre el 14500 y el 12500 a. C., registrándose otro episodio de una actividad particularmente activa en el undécimo milenio antes de nuestra era. Durante este período de tiempo geológicamente breve, una glaciación de hasta tres kilómetros y medio de espesor que cubría millones de kilómetros cuadrados y había tardado más de cuarenta mil años en formarse, se desheló de forma brusca e inexplicable: «Es evidente que esto no pudo ser el resultado de los factores climáticos que operan lentamente y suelen invocarse para explicar los períodos glaciales. La rapidez de la desglaciación sugiere que otro factor extraordinario afectaba al clima».

 

Según la teoría de Hapgood, fue un corrimiento de 30° en la litosfera lo que puso súbitamente fin al período glacial en el hemisferio septentrional, empujando las áreas más congeladas hacia el sur desde el polo septentrional del eje de rotación. En tal caso, podemos pensar que ese corrimiento de 30° en la litosfera pudo desplazar el continente del hemisferio austral antártico, de 15.360.000 kilómetros cuadrados, en su mayor parte sin hielo, desde unas temperaturas templadas a una posición directamente sobre el polo meridional del eje de rotación.  Sobre el tema de la movilidad del continente de la Antártida, ahora sabemos que es movible, y, en concreto, que se ha movido, puesto que allí han crecido árboles y los árboles no pueden crecer en latitudes que sufren seis meses de oscuridad continental.  Lo que no sabemos, y quizá no sepamos nunca con certeza, es si ese movimiento fue el resultado de un desplazamiento de la corteza terrestre, de la deriva continental, o de algún otro factor desconocido. Ya hemos visto que la Antártida es grande, ya que ocupa una extensión de 15.360.000 kilómetros cuadrados. En la actualidad se halla cubierta por más de veintinueve millones de kilómetros cúbicos de hielo, que pesan unos diecinueve cuatrillones de toneladas. Lo que preocupa a los partidarios de la hipótesis del desplazamiento de la corteza terrestre es que la vasta masa de hielo aumenta inexorablemente de tamaño y peso, a la velocidad de 1.200 kilómetros cúbicos de hielo cada año. El temor reside en que, unida a los efectos de la precesión, la oblicuidad, la excentricidad orbital, el movimiento centrífugo de la Tierra y la atracción gravitatoria del Sol, la Luna y los planetas, la inmensa glaciación de la Antártida, que no cesa de aumentar, se convierta en el factor detonante de un masivo desplazamiento de la corteza terrestre. “La creciente masa de hielo del polo sur – escribió Hugh Auchincloss Brown, en 1967 – se ha convertido en una poderosa, silenciosa e implacable fuerza de la naturaleza, como resultado de la energía creada por su rotación excéntrica. La masa de hielo es el peligro que avanza de modo inexorable, la amenaza mortal y el verdugo de nuestra civilización“. Tal vez fue esto lo que provocó el fin del último período glacial en el hemisferio norte, al poner en marcha un corrimiento de la corteza terrestre entre el 15000 a. C. y el 8000 a. C., un corrimiento que posiblemente fue más rápido y tuvo unos efectos más devastadores entre el 14500 a. C. y el 12500 a. C. O quizás estos repentinos y espectaculares cambios climáticos, experimentados en el hemisferio septentrional durante este período, fueron el resultado de algún factor catastrófico capaz de fundir millones de kilómetros cúbicos de hielo y a la vez desencadenar en todo el mundo un aumento del vulcanismo que acompañó el deshielo.

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Pero los geólogos modernos se oponen al catastrofismo. Los procesos existentes, que se encuentran actualmente en marcha, bastarían para explicar todos los cambios geológicos. El catastrofismo, por otra parte, sostiene que «los cambios en la corteza terrestre han sido en general propiciados repentinamente por unas fuerzas físicas». Es posible, sin embargo, que el mecanismo responsable de los traumáticos cambios terrestres que se registraron al término del último período glacial fuera un acontecimiento geológico, a la vez catastrófico y uniforme. El gran biólogo sir Thomas Huxley comentó en el siglo XIX: “A mi entender, en teoría no existe ningún antagonismo entre el catastrofismo y la doctrina uniformadora; antes bien, es más que concebible que las catástrofes formen parte integrante de la uniformidad. Permítanme ilustrar mi tesis con una analogía. El mecanismo de relojería es un modelo de acción uniforme. Un buen mecanismo de reloj significa uniformidad de acción. Sin embargo, el hecho de dar las horas constituye esencialmente una catástrofe. El martillo puede hacer estallar un barril de pólvora o provocar una inundación y, mediante el oportuno ajuste, en lugar de señalar las horas, un reloj puede sonar a intervalos irregulares, nunca de igual forma en cuanto a fuerza o número de golpes del martillo. No obstante, esas catástrofes irregulares y en apariencia anárquicas son el resultado de una acción por completo uniforme, y podemos tener dos escuelas de teóricos sobre el mecanismo de un reloj: una que se dedique a estudiar el martillo y otra el péndulo“.  En otros planetas se han registrado también desplazamientos de la corteza. En el número de diciembre de 1958 de Scientific American, Peter H. Schultz se refirió a los cráteres causados por el impacto de meteoritos visibles sobre la superficie de Marte. Los cráteres en las áreas polares marcianas ostentan una «firma» característica, porque los meteoritos aterrizan entre los gruesos depósitos de polvo y hielo que se acumulan allí. Fuera de los presentes círculos polares de Marte, Schultz halló otras dos áreas semejantes: «Estas zonas se hallan en las antípodas; están situadas en las caras opuestas del planeta. Los depósitos muestran muchos de los procesos y características de los polos que existen en la actualidad, pero se encuentran cerca del presente ecuador…». ¿Qué pudo causar este efecto? Basándose en la evidencia, Schultz aventuró la hipótesis de que el mecanismo «parecía consistir en el movimiento de toda la litosfera, la sólida porción externa del planeta como una placa. Este movimiento parece haberse producido en rápidas sacudidas, seguidas por largas pausas». Si pueden registrarse desplazamientos de la corteza en Marte, ¿por qué no en la Tierra?

 

Y si no se producen en la Tierra sería difícil explicar el extraño hecho de que ni una sola de las masas de hielo que se acumularon en el mundo durante los períodos glaciales anteriores se produjeran en los presentes polos. En los polos, por la posición de la Tierra respecto del Sol, los rayos bajan oblicuamente. En consecuencia, no logran ser absorbidos totalmente por el suelo, y un gran porcentaje del calor es rechazado por reflexión. Las temperaturas son muy rigurosas. En muchos sitios no alcanzan valores por encima de cero ni siquiera en verano. Las marcas extremas que se han registrado son de -88º C en la Antártida, y -50º C en el Ártico. Otra característica es que en ambas áreas, a medida que se está más cerca de los polos, los inviernos son más oscuros y los veranos más luminosos. En las zonas polares, verano e invierno duran seis meses, y durante la estación más fría el Sol no asoma en el horizonte. Por otro lado, tenemos que las áreas de tierra que ostentan las marcas de antiguas glaciaciones se hallan distribuidas a lo largo de numerosas zonas. Si descartamos que se registraron unos desplazamientos en la corteza, es preciso hallar otro medio de explicar por qué las masas de hielo parecen haber alcanzado el nivel del mar dentro de los trópicos en tres continentes: Asia, África y Australia. La solución que propone Charles Hapgood a este problema es que el único período glacial debidamente explicado es el actual período glacial en la Antártida. Existe, evidentemente, porque la Antártida se halla emplazada en el polo, y por ninguna otra razón. Ninguna variación en el calor del Sol, ni polvo galáctico ni vulcanismo, ni corrientes, ni elevaciones de terreno, ni corrientes marinas explican el hecho. De ello se deduce que la mejor teoría para explicar un período glacial es que el área afectada se encontraba en el polo. De este modo podemos explicar las masas de hielo formadas en la India y África, aunque las áreas ocupadas anteriormente por éstas se hallen en la actualidad en los trópicos. Se explican todas las masas de hielo de tamaño continental del mismo modo.            La lógica resulta casi aplastante: o aceptamos que la masa de hielo de la Antártida es la primera capa de hielo de tamaño continental que se situó en un polo, lo cual parece improbable, o bien no hay más remedio que suponer que se produjo un desplazamiento de la corteza terrestre, o un proceso similar.

 

Es muy posible que nuestros antepasados conservaran en sus tradiciones más antiguas recuerdos de esos desplazamiento de la corteza. Podemos encontrar unos mitos sobre cataclismos que parecen constituir relatos de primera mano sobre los desastres geológicos que acompañaron el fin del último período glacial en el hemisferio septentriona. Existen otros mitos, que pudieron llegar a nosotros desde el período comprendido entre el 15.000 y el 10.000 a. C. Algunos de ellos se refieren a tierras de dioses y antiguos paraísos que generalmente están situados en el sur, como el Ta-Neteru de los egipcios. Y muchos parecen haber experimentado unas condiciones polares. La gran epopeya hindú del Mahabarata se refiere al monte Meru, la tierra de los dioses: “En Meru, el Sol y la Luna giran de izquierda a derecha cada día, al igual que todas las estrellas. El resplandor que emite la montaña suprime la oscuridad de la noche, de forma que la noche apenas se distingue del día. El día y la noche conforman un año para los residentes del lugar“. Asimismo, Airyana Vaejo, el mítico paraíso y antigua patria de los arios avésticos de Irán, se hizo inhabitable por la súbita aparición de la glaciación. En años posteriores se decía que era un lugar en el que «las estrellas, la Luna y el Sol sólo salían y se ponían una vez al año, y un año parece sólo un día». En el Surya Siddhanta, un antiguo texto hindú, leemos lo siguiente: «Los dioses contemplan el Sol, después de que éste haya salido, durante medio año». El séptimo mandala del Rigveda contiene varios himnos referentes al «Amanecer». Uno de ellos, el VII, dice que el amanecer ha alzado su estandarte sobre el horizonte con su característico esplendor. Y un verso afirma que transcurrió un período de varios días entre la primera aparición del amanecer y la salida del Sol. Según se afirma en otro párrafo, «fueron muchos los días que transcurrieron entre los primeros rayos del amanecer y la salida del Sol». Aunque no podemos estar seguros, no deja de ser interesante que, según la tradición hindú, los Vedas son unos textos revelados, transmitidos desde el tiempo de los dioses. También cabe destacar que, al describir los procesos de transmisión, todas las tradiciones se refieran a unos pralayas (cataclismos), que de vez en cuando asolan el mundo. Y afirman que en cada uno de ellos las escrituras sufren una destrucción física. Después de cada destrucción, sin embargo, sobreviven unos Rishis, u «hombres sabios», quienes difunden de nuevo, al comienzo de la nueva era, los conocimientos heredados como un legado sagrado de sus ancestros. Cada Manvatara o Era posee su Veda, el cual difiere sólo en expresión y no en el sentido del Veda originario.

Imagen 21

Hay que aclarar que el norte real, el polo norte, no es lo mismo que el norte magnético, la dirección que señala la aguja de la brújula. El polo norte magnético se halla actualmente situado en el norte de Canadá, a unos 11° del polo norte real. Recientes estudios en paleomagnetismo han demostrado que la polaridad magnética de la Tierra se ha invertido más de ciento setenta veces durante los últimos ochenta millones de años. Pero, ¿qué causa estos cambios en el campo magnético? El geólogo S. K. Runcorn publicó un artículo en Scientific American en el que destacaba lo siguiente: “No cabe la menor duda de que el campo magnético de la Tierra se halla de alguna forma vinculado a la rotación del planeta. Y ello conduce al asombroso hallazgo sobre la rotación de la Tierra. Hemos llegado a la inevitable conclusión de que el eje de rotación de la Tierra también ha cambiado. En resumen, el planeta se ha bamboleado de un lado a otro, alterando el emplazamiento de los polos geográficos“. Runcorn parece contemplar un desplazamiento de 180° de los polos, perdiendo la Tierra su estabilidad, aunque un corrimiento de la corteza terrestre sobre los polos geográficos daría unas lecturas paleomagnéticas similares. En cualquier caso, las consecuencias para la civilización, y para toda forma de vida, serían igualmente catastróficas. Por supuesto, Runcorn podría estar equivocado, ya que es posible que puedan producirse cambios en el campo magnético en ausencia de otras perturbaciones. Pero también cabe la posibilidad de que esté en lo cierto. Según unos informes publicados en Nature y New Scientist, el último cambio geomagnético se registró, curiosamente, hace tan sólo doce mil cuatrocientos años, durante el undécimo milenio antes de nuestra era. Éste es el milenio en el que, al parecer, la antigua civilización de Tiahuanaco, en los Andes, fue destruida. Es el mismo milenio que es señalado por las alineaciones y esquemas de los grandes monumentos astronómicos de la meseta de Gizeh, y por los patrones de erosión que muestra la Esfinge. Y fue durante el undécimo milenio antes de nuestra era que fracasó de modo inexplicable «el experimento agrícola precoz» de Egipto. Asimismo, también durante ese milenio un importante número de mamíferos de grandes dimensiones desapareció del planeta. La lista sería interminable, con bruscos aumentos en el nivel del mar, vientos de fuerza huracanada, tormentas eléctricas, perturbaciones volcánicas, etc … Los científicos creen que la próxima inversión en los polos magnéticos de la Tierra se producirá hacia el año 2030.

 

Yves Rocard, profesor de la Facultad de Ciencias en París, dice: «Nuestros sismógrafos modernos son sensibles al “ruido” de una limitada agitación en cada punto de la Tierra, incluso en ausencia de una onda sísmica. Es posible discernir en este ruido una vibración causada por el hombre (por ejemplo, un tren a cuatro kilómetros de distancia, o una gran ciudad a diez kilómetros de distancia) y también un efecto atmosférico (debido al cambio de presión del viento sobre el suelo); a veces se perciben también los efectos de grandes tormentas en la lejanía. Sin embargo, persiste un rumor crepitante en la Tierra que no obedece a ninguna de esas causas. El polo norte se desplazó tres metros en dirección a Groenlandia, sobre el meridiano de 45° longitud oeste, durante el período comprendido entre 1900 y 1960, y a una velocidad de seis centímetros al año. Entre 1900 y 1968, sin embargo, el polo se desplazó unos seis metros. El polo, por tanto, se movió tres metros entre 1960 y 1968, a una velocidad de unos diez centímetros al año. Si ambas observaciones eran correctas cuando se realizaron, hay sobrados motivos para creer, en vista de la eminencia de los científicos implicados, que existen pruebas que demuestran que la litosfera puede estar moviéndose en el momento presente y que experimenta una aceleración geométrica de la velocidad del movimiento». En USA Today, del 23 de noviembre de 1994, podemos leer: “Una estudiante se comunica con científicos en el polo sur. El 10 de enero se llevará a cabo una retransmisión en vivo desde el polo sur en la que participará Elizabeth Felton, una estudiante de diecisiete años de una escuela pública de Chicago. Felton utilizará datos del Departamento de Exploraciones Geológicas estadounidense para reposicionar el marcador de cobre que señala el polo sur geográfico de la Tierra, a fin de compensar el corrimiento anual que experimenta la masa de hielo“. La pregunta es si sólo se mueve la masa de hielo, o lo hace toda la corteza terrestre. El siglo XXI está señalado como una convergencia de antiguas profecías y creencias, en que se marca como una época de turbulencias y oscuridad sin precedentes, en la que la iniquidad obrará en secreto, y el Quinto Sol y el Cuarto Mundo tocarán a su fin. El 17 de enero de 1995, en Kobe, Japón, se produjo un terrible terremoto. El temblor de tierra duró veinte segundos, con una intensidad de 7,2 en la escala Richter, y acabó con la vida de más de cinco mil personas. Según Dennis Kessler, del Guardian: «El terremoto se produjo de forma inesperada y cruel. Estábamos dormidos y de pronto nos encontramos en el suelo; todo el edificio temblaba como si fuera de gelatina. Pero no era un movimiento suave y ondulante, sino brusco, violento, estremecedor, de proporciones increíbles. Sin previo aviso, el mundo se convierte en una espantosa montaña rusa, de la que quieres bajarte pero no puedes. Lo más terrible es el ruido. Es un estrépito ensordecedor, que parece provenir de todas partes y de ningún sitio en concreto, como si fuera a producirse el fin del mundo».

 

Fuentes:

  • Graham Hancock – Las Huellas De Los Dioses
  • Graham Hancock – The Sign and the Seal
  • Charles Hutchins Hapgood – Great Mysteries of the Earth
  • Charles Hutchins Hapgood – Piri Reis map of 1513
  • Charles Hutchins Hapgood – Maps of the Ancient Sea Kings: Evidence of Advanced Civilization in the Ice Age
  • Charles Hutchins Hapgood – The Path of the Pole
  • Louis Pauwels & Jacques Bergier – El retorno de los brujos

abril 18, 2015 - Posted by | Ciencia, enigmas en general, Otras ant. civil., Otros

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