Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

El enigmático mundo de los Celtas


La antigüedad guarda herméticos secretos, desde la Irlanda del Numinor céltico hasta Australia, desde las cuevas de Lascaux hasta la isla de Pascua, o desde el desierto de Gobi hasta el Amazonas. Aunque es mucho menos célebre que la Atlántida de Platón, el nombre de Numinor despierta cierto eco literario en los países anglosajones, pues sirvió de base a dos grandes obras: Trilogía cósmica, de C. S. Lewis, y El Señor de los Imagen 7Anillos, de J. R. Tolkien. Sin embargo, incluso para los que han leído estas magníficas obras, Numinor sigue siendo un vago símbolo de un polo geográfico alrededor del cual se habrían concentrado las influencias nórdicas. Incluso ignoramos la posición geográfica de este supuesto centro. Pero si algo tiene una probabilidad de ser verdad es que, considerado el contenido de los datos legendarios, los celtas debieron tener un equivalente a una Atenas o a una Roma. No poseemos ninguna indicación concreta sobre su fundación, ni  sobre su caída. ¿Se trata de una ciudad mítica? Podríamos estudiar la historia de la Irlanda antigua buscando un rastro de Numinor. Pero no lo encontramos. Sin embargo esta historia fue transmitida en forma simbólica y, para comprenderla, hay que intentar un análisis de este simbolismo. Una alegoría que utiliza Tolkien en sus obras es el de la Atlántida, el legendario continente que se hundió en el mar. En el mundo de Tolkien, la equivalencia a la Atlántida, o Numinor, sería Númenor, la gran isla del Oeste, donde vivían  grandes reyes de un linaje divino. Al igual que con la Atlántida, Númenor se hundió en el océano en una catástrofe devastadora y los sobrevivientes huyeron a la Tierra Media, donde se mezclaron con los seres normales. Esto es casi igual que la historia que se cuenta sobre la Atlántida, cuando se afirma que los sobrevivientes de sangre azul se escaparon de la catástrofe y huyeron a Egipto y otros lugares en el Mediterráneo. Aquí está de nuevo Tolkien hablando de un sueño que tuvo en relación a la Atlántida: “Númenor es mi aportación personal al mito de la Atlántida. De todos las mitologías esta es la que ha influenciado más profundamente en mi imaginación;  y durante muchos años tuve un sueño recurrente sobre Atlantis“.

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Charles H. Hapgood fue un académico norteamericano, conocido por su teoría del deslizamiento polar. Estudio en la Universidad de Harvard, en 1932, recibiendo su doctorado en Historia Medieval y Moderna. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hapgood trabajó para la Oficina de Servicios Estratégicos y, luego, para la Cruz Roja. Finalmente sirvió como oficial de enlace entre la Casa Blanca y la Oficina del Secretario de Guerra. Concluida la guerra, enseñó historia en el Colegio Springfield de New Hampshire. En 1958 publicó su primer libro:“El Cambio de la Corteza Terrestre”, con prólogo de su amigo Albert Einstein. Con esta obra, y dos libros posteriores, como “Los Mapas de los Antiguos Reyes Marinos. Evidencia de Civilización avanzada en la Edad del Hielo” y “El sendero del Polo”, introdujo la teoría de que el eje de la Tierra ha cambiado varias veces durante su historia geológica. Estudioso de los períodos glaciares, así como de las grandes alteraciones climáticas del planeta debidas a los cambios de posición de los polos, confirmó que las tierras de la Antártida habían disfrutado de climas templados al menos cuatro veces en el último millón de años. Así, hace unos diez mil años, la Antártida estuvo libre de hielos, y los ríos debían correr en aquel entonces por la superficie del continente austral, tal como se refleja en los mapas de Piri Reis y se ha comprobado por la existencia de sedimentos de aluvión. Confirmó también que, en aquellos tiempos, la Tierra de Fuego había estado unida al continente antártico, también reflejado en el mapa de Piri Reis. Hapgood determinó, en su trabajo, la existencia en remotas edades de una civilización a escala global, en la cual los cartógrafos de entonces abordaron al planeta en su totalidad en las proyecciones. La evidencia de antiguos “mapas mundi”, permiten a Hapgood precisar que “en tiempos remotos, antes del ascenso de cualquiera de las culturas conocidas, hubo una verdadera civilización, de naturaleza avanzada, que si bien pudo estar establecida en un área determinada, poseyó comercio a escala global o fue, realmente, una cultura a nivel planetario” (“Los Antiguos Reyes Marinos”). La hipótesis del deslizamiento polar sugiere que han ocurrido cambios geológicos muy rápidos en lo que refiere a las ubicaciones geográficas de los polos y eje de rotación de la Tierra, provocando calamidades como inundaciones y eventos tectónicos.  Pero esta hipótesis no ha sido aceptada entre la comunidad científica. Hay evidencias de cambios en la inclinación axial, pero éstos cambios han ocurrido dentro de escalas de tiempo mucho más largas y no implican movimiento relativo del eje de giro con respecto al planeta. Sin embargo, en lo que es conocido como Deriva o Desplazamiento Polar Real, la Tierra puede girar con respecto a un eje fijo de rotación.

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Algunas investigaciones revelan que durante los últimos 200 millones de años ha ocurrido un desplazamiento polar de casi 30°, pero no han ocurrido eventos muy rápidos de cambio de posición, al menos dentro de éste período de tiempo. La relación de cambio típica de la deriva polar o desplazamiento implica sólo un 1° dentro de un lapso de 790 y 810 millones de años. Cuando existió el supercontinente de Rodinia es probable que se hayan verificado dos eventos geológicos rápidos. En cada uno de ellos los polos magnéticos cambiaron en unos 55° con respecto los polos geográficos. Los polos geográficos de la Tierra son puntos sobre la superficie que son intersecados por el eje de rotación.  La hipótesis del deslizamiento polar describe un cambio de localización de éstos polos respecto a la superficie, un fenómeno distinto del cambio de orientación axial respecto del plano de la eclíptica, que son causadas por los movimientos de precesión de los equinoccios y de rotación, así como por la verdadera deriva polar. La hipótesis del deslizamiento polar no está conectada con la teoría geológica de la Tectónica de Placas, que es una teoría bien aceptada y que concibe la idea de una superficie terrestre formada por placas sólidas que cambian de posición y se ubican sobre una astenósfera líquida. Tampoco tiene que ver con la deriva continental. La teoría de las placas tectónicas dice que las ubicaciones de los continentes se han movido lentamente sobre la superficie de la Tierra. Ello provoca el surgimiento y la modificación gradual de continentes y océanos en periodos de cientos de millones de años. La hipótesis del deslizamiento polar tampoco es lo mismo que la reversión geomagnética del campo magnético de la Tierra, lo que implica un cambio real de los polos magnéticos norte y sur. Al igual que Hapgood, podemos pensar que existió una civilización en la Antártida o que otras civilizaciones tuvieron conocimiento de este continente antes del período glacial que habría de provocar su brusco desplazamiento. Tal vez haya vestigios bajo los hielos. Y podemos preguntarnos si, por las mismas razones, no podremos encontrar, en el extremo Norte, otros rastros de civilizaciones enterradas bajo los hielos de Groenlandia, país que tal vez guarda relación con las leyendas de Thule, de Hiperbórea y de Numinor, conocida como la Atlántida del Norte o la Atlántida celta.

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Después del gran Diluvio Universal, una isla, que había de ser más tarde Irlanda, fue habitada por la reina maga Cessair, reencarnación de Circe, y sus súbditos.  Cuenta la leyenda que luego del gran Diluvio Universal Irlanda estaba habitada por dos razas: los Fomoiré, en realidad gigantes cíclopes, y las tribus de la reina maga Cessair. Se cuenta que Cessair pereció con toda su raza en manos de los Fomoiré. Se dice que Cessair, la reina maga, era un ser temible y seductor. Los hombres se acercaban a ella atraídos por su seducción y luego eran relegados a ser sus esclavos. Además, eran transformados en horribles seres, con cola de cerdo, patas de cabra, hocico, cuernos, etc. Y sobre todo perdían su voz y sólo podían gruñir, a menos que quisieran decir su nombre. También era una reina ambiciosa y anhelaba poseer más tierras. Por ello comenzó una guerra contra sus vecinos, los Fomoiré, que era una tribu de gigantes ciclopes, que además de tener un solo ojo, tenían una sola mano o pierna. Los Fomoiré solian acechar a sus enemigos de una forma amenazante, pero nunca iniciaban una batalla. Su táctica era desorientar a los posibles invasores para mantener su territorio. Pero Cessair comenzó a elaborar una serie de pócimas que le serian de utilidad para otorgar mayor fuerza a sus sirvientes y así poder derrotar a los gigantes. Además de una gran fortaleza les otorgó un aspecto más horrendo del que ya tenían. De esta manera podrían intimidar al enemigo. Cuando los sirvientes de la reina se acercaron a la orilla del mar para cruzar al territorio de los gigantes, vieron sus rostros reflejados en el agua.  Fue por esto que los sirvientes de la reina se aliaron con la tribu de los Fomoiré y juntos aniquilaron a las fuerzas de Cessair. Una vez muerta la reina, comenzaron grandes disputas acerca de la soberanía de sus dominios, por lo que los Fomoiré y los sirvientes mutantes se enfrentaron en una atroz batalla. La sangre que corrió por las aguas de aquellos legendarios terrenos, despertó la cólera de los dioses, quienes sentenciaron a los Fomoiré a vivir eternamente en las montañas y quitaron a los mutantes lo que aun tenían de humano, convirtiéndolos en simples animales. Desde entonces las zonas montañosas de Irlanda tienen rostros y aspectos similares al de los gigantes. Y se dice que por las noches puede oírse el espíritu de la reina maga, deambulando entre los arbustos y rogando que alguien diga su nombre.

 

En la mitología griega, Circe  era una diosa y hechicera que vivió en la isla de Eea. Sus padres fueron Helios, el titán preolímpico del Sol, y la oceánida Perseis. Como hermanos tuvo a Eetes, el rey de la Cólquida, y Pasífae. Circe transformaba en animales a sus enemigos y a los que la ofendían mediante el empleo de pociones mágicas, y era famosa por sus conocimientos de brujería, herboristería y medicina. En la Odisea, la casa de Circe es descrita como una mansión de piedra que se alzaba en mitad de un claro en un denso bosque. Alrededor de la casa rondaban leones y lobos, que en realidad no eran más que las víctimas de su magia. No eran peligrosos y lisonjeaban a todos los extraños. Circe dedicaba su tiempo a trabajar en un gran telar. Cuando llegó a la isla de Eea, Ulises mandó desembarcar a la mitad de la tripulación, y él se quedó en las naves con el resto. Circe invitó a los marinos a un banquete, hechizó la comida con una de sus pociones y luego, cuando se hubieron atiborrado, empleó una vara para transformarlos en cerdos. Sólo logró escapar Euríloco, que desde el principio sospechaba una traición. Avisó a Ulises y a los otros que habían permanecido en los barcos. Ulises partió solo al rescate de sus hombres, pero en el camino fue interceptado por Hermes, quien le mostró la planta moly, que le serviría para protegerse del encantamiento. Cuando Circe no pudo convertirlo en animal, Ulises la obligó a devolver a sus hombres la forma humana. Circe acabaría enamorándose de Ulises y lo ayudaría en su viaje de regreso a casa, después de que él y su tripulación pasasen un año con ella en su isla. Según Homero, Circe le sugirió dos rutas alternativas para volver a Ítaca, después de bordear la isla de las sirenas, a menudo situada frente a Sorrento e identificada con Capri. Una ruta consistía en dirigirse hacia las «rocas errantes», las islas Lípari, llamadas de forma parecida en las notas del libro de viajes “Descripción de los pueblos bárbaros“, de Chou Ju-kua, escrito en el siglo XIII. Otra ruta implicaba pasar entre la peligrosa Escila y el remolino de Caribdis, zona normalmente identificada con el Estrecho de Mesina. Casi al final de su Teogonía, Hesíodo cuenta que Circe tuvo tres hijos de Ulises: Agrio, Latino y Telégono, quien gobernó a los tirsenos, es decir, los etruscos, pueblo de la antigüedad cuyo núcleo geográfico fue la Toscana, Italia. Poetas posteriores sólo suelen mencionar a Telégono como hijo de ambos. Cuando alcanzó la edad adulta, cuentan, Circe lo envió a buscar a su padre, quien había regresado mucho tiempo atrás a su hogar. Pero, al llegar, Telégono mató a Ulises por accidente, y llevó su cuerpo de vuelta a Eea junto con su viuda Penélope y su hijo Telémaco. Circe los hizo inmortales y desposó a Telémaco, mientras que Telégono se casó con Penélope.

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El historiador, crítico literario y profesor de retórica griego, Dionisio de Halicarnaso, cita que Xenágoras de Siracusa, el historiador, afirmaba que Ulises y Circe tenían tres hijos: Romo, Antias y Árdeas, epónimos de las ciudades de Roma, Anzio y Ardea, respectivamente. Se dice que Circe también purificó a los argonautas por la muerte de Apsirto, que era un príncipe de la Cólquida, actual Georgia, hijo del rey Eetes y de la ninfa Asterodea. Cuando Medea huyó con Jasón llevándose el vellocino de oro, Eetes ordenó a su hijo que los persiguiera y los trajera de vuelta. Apsirto les dio alcance en la desembocadura del Danubio, pero para evitar muertes innecesarias acordó una tregua con los argonautas, que dejaba al arbitrio de un rey del lugar la decisión de si Medea debía regresar con su padre y devolver el vellocino, o podía continuar con Jasón. Pero viendo Medea que sus aspiraciones podían venirse abajo, mandó un mensaje a su hermanastro diciéndole que realmente estaba secuestrada por los argonautas, y que iría gustosa de vuelta con él si la recogía esa noche en un bosque apartado. El ingenuo príncipe cayó en la trampa y fue asesinado por Jasón, que lo esperaba en el lugar indicado por Medea, la orilla de un río que desde entonces lleva el nombre de Apsirto. Para no ser acusado de traición, Jasón arguyó que Apsirto había roto la tregua en el momento en que había desembarcado y había acudido a ese lugar. Otra versión dice que Apsirto era todavía un niño cuando Medea le convenció de que huyera con él y los argonautas. Pero cuando vio que la armada de Eetes les iba a dar alcance, le asesinó, cortó su cadáver en pedazos y los fue tirando esparcidos por el mar. El rey Eetes, horrorizado, se entretuvo recogiendo uno por uno los restos de su hijo, lo que dio tiempo a la expedición para poder huir. Medea, bien por los remordimientos o bien porque la nave Argo se había negado a transportarla hasta que no fuera purificada, acudió a su tía, la maga Circe, para que los absolviera del horrendo crimen, para lo que se presentaron de incógnito y no le desvelaron el nombre de la víctima. Una vez hechas las expiaciones y ceremonias necesarias, Circe se dio cuenta de la verdadera historia, y expulsó de su corte a Jasón y a Medea, que volvieron con los argonautas, que los estaban esperando. Estrabón afirma que la muerte de Apsirto ocurrió bastante después, cuando la expedición se encontraba en unas islas del mar Adriático, que en su honor recibieron el nombre de Apsírtidas. Algunos autores afirman que el joven se llamaba Egialeo, y que Apsirto, que significa arrojado, fue el sobrenombre que se le puso después de su muerte.

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En historias posteriores, Circe transformaba a Pico en un pájaro carpintero por rechazar su amor. Pico era, en la mitología romana, una divinidad profética, descrito como hijo de Saturno, o de Sterculus, marido de la ninfa Canente y padre de Fauno. En algunas tradiciones se le consideraba el primer rey del Lacio, pues su hijo Fauno fue padre de Latino, el rey de los laurentinos contra quienes lucharon Eneas y los troyanos, y a quien luego se unieron. Asimismo fue un famoso adivino y augur. Y como hacía uso para estos menesteres de un picus (‘pájaro carpintero’), recibía él mismo este nombre. Se le representaba de forma ruda y primitiva con un pájaro carpintero sobre él, y más tarde como un hombre joven con un pájaro carpintero sobre la cabeza. Toda la leyenda de Pico está basada en la noción de que el pájaro carpintero es un pájaro profético, consagrado a Marte. Se decía que Pomona estaba enamorada de él, y que cuando el amor que Circe le profesó no fue correspondido, ésta lo transformó en un pájaro carpintero que, sin embargo, retuvo los poderes proféticos que había poseído como hombre. Asimismo Circe transformo a Escila en una criatura monstruosa con seis cabezas de perro. Según la obra Las metamorfosis, de Ovidio, Escila fue una vez una hermosa ninfa. El dios marino Glauco, anteriormente un pescador, se enamoró de ella, pero ella huyó de él hacia la tierra, donde no podía alcanzarla. Desesperado, Glauco fue a la hechicera Circe, para que le preparase una poción de amor y así derretir el corazón de la joven. Circe, que estaba secretamente enamorada de Glauco, le recomendó dedicar su amor a alguien más digno de él, intentando cortejarlo con dulces palabras y miradas, pero el dios no quiso saber nada de ella. Circe se enfureció, pero con Escila y no con Glauco. Por ello fingió ayudar al dios entregándole un frasco, recomendándole que lo vertiese en la charca donde Escila solía bañarse. Glauco siguió sus instrucciones y vertió la poción. Sin embargo, tan pronto como la ninfa entró en el agua se transformó en un horrible monstruo de seis cabezas. Glauco, que vigilaba la escena desde la lejanía, perdió su interés por ella y se marchó. Hacia el año 2640 a.C., el príncipe Partholon, procedente de Grecia, desembarcó en Irlanda con veinticuatro parejas. Al principio, Irlanda era una llanura única, horadada por cuatro lagos y regada por nueve ríos. Engrandecida por Partholon, contará en lo sucesivo con cuatro llanuras y siete nuevos lagos. Los compañeros del príncipe se multiplicaron y al cabo de trescientos años eran ya cinco mil. Pero una misteriosa epidemia los aniquiló durante la fiesta de Beltine, el primero de mayo, al cumplirse el tricentenario de su desembarco. Su sepultura colectiva se encuentra en Tallaght, cerca de Dublín.

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Hacia el año 2600 a. C., la raza de los «Hijos de Nemed», cuyo nombre significa «Sagrado», procedente de Escitia, había puesto pie en la isla de Irlanda, que creían desierta. Otra masa de invasores desembarcó alrededor del año 2400, el día de Lugnasad (1 de agosto), tercera gran fiesta del año céltico. Los Fir Bolg, probablemente los «hombres belgas», constituían su núcleo principal, al que se sumaron diferentes tribus, tales como los Gaileoin, supuestamente «galos», y los Fir Dominan, los «Dummonm de Gran Bretaña», pero formando todos ellos una sola raza. Por último, procedentes de las misteriosas «Islas del Oeste», donde estudiaban el arte de la magia, llegaron los Tuatha De Danann (Tuatha Dé), que eran de raza divina. Un poema en el Libro de Leinster enumera a muchos de los Tuatha Dé. Goibniu, Creidhne y Luchta son referidos como Trí Dée Dána (“Tres dioses de la artesanía“), y el nombre de Dagda es interpretado en textos medievales como “el buen dios“. Incluso después de ser reconocidos como gobernantes de Irlanda, personajes tales como Lug, Mórrígan, Aengus y Manannán mac Lir aparecen en historias ubicadas siglos más adelante, demostrando todos los signos de inmortalidad. Tienen muchos paralelos en el mundo céltico. Por ejemplo; Nuada es cognado con el dios británico Nodens; Lug es un reflejo de la deidad pan-céltica Lugus; Tuireann está emparentado con el gaélico Taranis; Ogma con Ogmios; y Badb con Catubodua. Los Tuatha Dé, según versiones de textos “cristianizados“, descienden de Nemed, el líder de una raza anterior de habitantes de Irlanda. Vinieron de cuatro ciudades norteñas, Falias, Gorias, Murias y Finias, donde adquirieron sus habilidades ocultas y sus cualidades. Llegaron a Irlanda, cerca del 1 de mayo, la fecha del Festival de Beltaine, montados sobre unas misteriosas nubes oscuras. La tradición pagana, consideraba a los Tuatha De Danann como dioses venidos del cielo Traían consigo sus talismanes, como la espada de Nuada, la lanza de Lug, el caldero de Dagda y la «piedra del destino» de Fâl, que gritaba cuando se sentaba sobre ella el rey legítimo de Irlanda. Estos invasores sucesivos tuvieron que combatir, todos ellos, contra una raza de monstruosos gigantes que moraba al principio en Irlanda. Unos tenían «un solo pie, un solo ojo y una sola mano»; otros tenían cabeza de animal, en su mayoría de cabra. Estos monstruos eran los Fomoiré (de fo, “debajo“, y moiré o mahr, “demonio hembra“). En seguida se entabla la lucha entre los Tuatha Dé Danann y los Fir Bolg. La primera batalla se desarrolla en Moytura, Mag Tuireadh, la «Llanura de los pilares», es decir, de los menhires, cerca de Cong, en el actual condado de Mayo.

 

Los Tuatha Dé Danann salen triunfadores. En el curso de la batalla, su rey, Nuada, pierde la mano derecha. Esta mutilación trae consigo la privación del poder soberano. El hábil curandero Diancecht sustituye el miembro amputado por una mano articulada de plata. Obligado a dimitir, Nuada (“Mano de Plata”) es sustituido por Bres («Hermoso»), hijo de Elatha («el saber»), rey de los monstruosos Fomoiré, y de la diosa Eriu, de los Dé Danann (diosa de Irlanda). Las dos razas enemigas se alían por medio del matrimonio. Bres se casa con Brigitte, hija de Dagda, mientras que Cian, hijo de Diancecht, se casa con Ehniu, hija de Balor “Malos Ojos“. Pero Bres es un tirano odioso. Abruma a sus súbditos con impuestos y gabelas; se burla de Cairbré, hijo de Ogma y el más grande bardo de los Dê Danann. Bres se verá obligado a abdicar el poder al cabo de siete años. Entonces, Nuada vuelve a subir al trono, pues su mano natural ha sido sujetada a su muñeca, gracias a la habilidad y los ensalmos de Miach, otro hijo de Diancecht. Éste, por envidia, hace matar a Miach. Mientras tanto, Bres celebra un consejo secreto en su morada submarina y convence a los Fomoiré de que le ayuden a expulsar de Irlanda a los Dê Danann. Los preparativos de guerra duran siete años, período durante el cual se va desarrollando Lug, el niño prodigio «maestro de todas las artes». Lug organiza la resistencia de los Dê Danann, mientras Goibniu les forja armas y Dincecht hace brotar una fuente maravillosa que cura las heridas y reanima a los guerreros muertos. Pero unos espías Fomoiré la descubren y le quitan su eficacia, llenándola de piedras malditas. Después de algunos duelos y escaramuzas, se entabla una gran batalla en la Moytura del norte, llano de Carrowmore, cerca de Sligo. Numerosos guerreros perecen en el curso de la encarnizada lucha. Endech, hijo de la diosa Domnu, muere a manos de Ogma, que sucumbe a su vez. Balor “Malos Ojos” fulmina a Nuada con su mirada fatal. Pero Lug, con su honda mágica, hace saltar los ojos a Balor. Vencidos y desmoralizados, los horribles Fomoiré retroceden y son arrojados al mar. Bres cae prisionero, y se rompe la hegemonía de los gigantes en la isla. Pero el poderío de los Dê Danann conocerá una rápida decadencia. Dos deidades del Imperio de los Muertos, Ith y Bilé, desembarcan en la desembocadura del Kenmare e intervienen en las reuniones políticas de los vencedores. Mile, hijo de Bilé, va a reunirse con su padre, en Irlanda, acompañado de sus ocho hijos y de su séquito.

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Como los invasores anteriores, llegan un primero de mayo. En su camino hacia la mítica colina de Tara, se encuentran sucesivamente con tres diosas epónimas: Banba, Fodla y Eriu. Cada una de ellas pide al druida Amergin, consejero-divino de Mile, que ponga su nombre a la isla. La isla recibirá el nombre de Erinn, genitivo de Eriu, porque Eriu formuló su petición en tercer lugar. Después de nuevos y sangrientos combates, en el último de los cuales interviene Manannan, hijo de Llyr, el «Océano», los tres hijos supervivientes de Mile matan a los reyes Tuatha. Se concierta un tratado de paz por el que los Tuatha renuncian a Erinn y se retiran al misterioso país del Mas Allá, sin más compensación que determinado culto y sacrificios celebrados en memoria suya. Así debió de empezar la religión en Irlanda. Manannán mac Lir es una deidad acuática en la mitología irlandesa. Es visto como un psicopompo, ser que en las mitologías o religiones tiene el papel de conducir las almas de los difuntos hacia la ultratumba, cielo o infierno, y está estrechamente ligado con el Otro Mundo. Es comúnmente asociado con los Tuatha Dé Danann, aunque la mayoría de los expertos consideran que Manannán pertenece a una raza más antigua de deidades. Tiene fuertes asociaciones con el Otro Mundo. Manannán aparece ampliamente en la literatura irlandesa, pero aparece también en leyendas escocesas. Es el equivalente de la deidad galesa Manawydan fab Llŷr. La Colina de Tara (“La Colina de los Reyes“) es una alargada elevación caliza de escasa altitud, situada cerca del río Boyne y que se extiende entre Navan y Dunshaughlin, en el condado de Meath, en la provincia de Leinster  (Irlanda). Contiene un elevado número de antiguos monumentos, y es famosa por ser la sede del Árd Rí Éireann (el Gran Rey de Irlanda). En la cima de la colina, hacia el norte del cerro, se ubica la fortificación de la Edad del Hierro conocida como Ráith na Rig (la Fortaleza de los Reyes), con casi 1000 metros de circunferencia. Las estructuras más destacadas en su interior son dos ráth, o anillos erigidos con piedras, tangentes, conocidos como Teach Chormaic (la Casa de Cormac) y Forradh (el Asiento Real). En el centro del Forradh se erige la destacada Piedra en Pie, que es una de las piedras que se suele interpretar como Lia Fáil, la Piedra del Destino, en la cual eran coronados los Grandes Reyes de Irlanda. Según la mitología celta, la Lia Fáil fue traída a Irlanda en la antigüedad por la raza divina de los Tuatha Dé Danann dioses de los celtas irlandeses, que viajaron a través de Escocia desde las “Islas Nórdicas“, que según Geoffrey Keating se refiere a Noruega, aunque más probablemente se refiera a las Órcadas, donde aprendieron habilidades mágicas en las ciudades de Fáilias, Gorias, Murias y Finias, llevando consigo un gran tesoro de cada ciudad: los legendarios Cuatro tesoros de Irlanda. La Lia Fáil es de hecho uno de estos tesoros, el originario de Fáilias, de donde nace su nombre. Posteriormente, la piedra fue denominada “Piedra del Destino” (en latín, Saxum fatale).

 

También, de acuerdo con la mitología, la Piedra de Tara tiene poderes paranormales. La leyenda dice que cuando el legítimo Gran Rey de Irlanda ponía su pie sobre ella, la piedra rugía satisfecha. También se dice que la piedra tiene el poder de rejuvenecer al rey y otorgarle un mandato prolongado. El Ciclo de Ulster, conjunto de escritos en prosa y verso, cuenta que el héroe Cúchulainn, “el Aquiles irlandés“, la partió en dos con su espada cuando la piedra no rugió bajo el pie de su protegido, Lugaid Riab nDerg, y desde entonces sólo rugió ante Conn Cétchathach y Brian Boru, que se convirtió en el 978 en rey de Cashel, capital del antiguo reino irlandés de Munster. Hacia el norte de los anillos se encuentra una pequeña tumba neolítica, conocida como Dumha na nGiall (el Montículo de los Rehenes), que data del año 2000 a.C. aproximadamente. Hacia el norte, justo al exterior de los límites del Ráith na Rig (la Fortaleza de los Reyes), hay un anillo con tres terraplenes, conocido como Ráith na Seanadh (el Anillo de los Sínodos). Las excavaciones en este lugar han recuperado materiales romanos datados entre los siglos I y III d.C. Algo más al norte destaca una estrecha y alargada estructura rectangular, conocida como la Sala del Banquete (Banqueting Hall), si bien parece ser una avenida ceremonial que conduce hacia el lugar, y dos estructuras conocidas como las Trincheras en Pendiente (Sloping Trenches) y el Fuerte de Gráinne (Gráinne’s Fort). Hacia el sur del Recinto Real hay un anillo conocido como Ráith Laoghaire (el Fuerte de Laoghaire), donde se dice que está enterrado el rey Laoghaire en posición vertical. Lóeghaire, o Lóeguire mac Néill, fue uno de los Grandes Reyes de Irlanda del siglo V, fallecido en torno al 463 d. C. Se dice que fue hijo de Niall Noígíallach (“que tiene nueve rehenes“). Los anales de Irlanda y las listas de reyes le incluyen como rey de Tara o Gran rey de Irlanda. Aparece como adversario de San Patricio. Hay varias leyendas de su muerte. Todas ellas contienen elementos sobrenaturales y algunas se enmarcan en sus guerras contra Leinster. El rey Laoghaire es famoso por haber permitido a San Patricio viajar y predicar el cristianismo en Irlanda. Aunque según cuenta la Historia, “los piratas irlandeses raptaron a San Patricio“.

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Los anales irlandeses, grupo de diversas obras medievales que fueron compiladas tras el final de la Irlanda gaélica en el siglo XVII, pretenden registrar los acontecimientos durante el siglo quinto, pero su fiabilidad es dudosa, ya que las primeras entradas se añadieron en el siglo IX, o posteriormente. La cronología de los anales es particularmente sospechosa,  ya que se cree que ha sido creada a posteriori con el fin de hacerla coincidir con las fechas de los reyes nombrados por los primeros biógrafos de San Patricio, Muirchú moccu Mactheni y Tirechán. Ambos escritores datan la llegada de Patricio a Irlanda durante el reinado de Laoghaire y narran su encuentro. Como los anales aportan dos fechas de fallecimiento de Patricio, el 461 y el 493, el reinado de Laoghaire se hace encajar con éstas, generalmente con la más temprana. Para la fecha posterior, se hace mención a Lugaid, hijo de Laoghaire, con el mismo papel de adversario de San Patricio. A partir del siglo V, los antepasados de los Uí Néill, descendientes de Niall Noígíallach (“que tiene nueve rehenes“), se expandieron por la región central este de Irlanda, Ulster sur y norte de Leinster, en detrimento de los señores anteriores. El registro de las crónicas de Irlanda, tal vez poco fiable en una fecha tan temprana, registra la guerra entre los descendientes de Niall y los pobladores de Leinster. Aunque más tarde, asociado con las conquistas de los Midlands del este, la biografía de San Patricio, por parte de Tírechán, puede sugerir que el poder de Laoghaire re estaba centrado en Connacht (“Tierra de los Descendientes de los Conn”), zona occidental de Irlanda,. Se dice que Patricio se encontró con las hijas de Laoghaire en la zona de Cruachan, un complejo de yacimientos prehistóricos que, según las leyendas, están asociados con el antiguo reinado de Connacht. De acuerdo con las listas de los reyes, la primera de las cuales está fechada durante el reinado de Fínsnechta Fledach, muerto en el 697, Niall fue sucedido por Laoghaire que, a su vez, fue seguido por un segundo hijo de Niall, Coirpre. A su vez Coirpre fue sucedido por Ailill Molt, uno de los pocos reyes que no descendían de Niall. Ailill fue sucedido por Lugaid hijo de Laoghaire. Listas posteriores colocan al rey Nath I entre Niall y Laoghair, y también omiten a Coirpre. Teniendo en cuenta los muchos problemas con el registro, la datación del apogeo de Laoghaire es impreciso. Las estimaciones lo ubican en la segunda mitad del siglo quinto, alrededor del 450, y tal vez finales de la década de 480.

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En la biografía de San Patricio escrita por Muirchú moccu Mactheni en el siglo VII, Laoghaire es descrito como “un gran rey, feroz y pagano, emperador de los bárbaros“. Después de varios intentos de matar a Patricio por parte de Laoghaire, el santo advierte a Laoghaire de que debe aceptar la fe o morir. Habiendo tomado el consejo de su pueblo, el rey se somete y es bautizado. La otra biografía temprana de Patricio, escrita por Tírechán, muestra a un Laoghaire pagano a pesar de los milagros de Patricio. Laoghaire dice que su padre Niall no le habría permitido convertirse. “En lugar de eso voy a ser enterrado en el movimiento de tierras de Tara, yo, el hijo de Niall, cara a cara con el hijo de Dúnlaing en Mullaghmast“. Tírechán, sin embargo, permite que Patricio convierta a dos de las hijas de Laoghaire, Eithne y Fedelm. La posterior obra Vida tripartita de San Patricio, de nuevo retrata a Laoghaire maquinando para matar a Patricio. En este relato Laoghaire no es convertido por Patricio, y es enterrado en las paredes de Tara como su padre, Niall, había deseado. El manuscrito de Lebor na hUidre proporciona una narración adicional de la conversión y muerte de Laoghaire. El Bóroma Laigen, tributo sobre el ganado de Leinster, es el núcleo de algunas de las narraciones del idioma irlandés. Sus supuestos orígenes son descritos en Tuathal Techtmar  Ríge na hÉrenn, parte de una continuación del libro de las invasiones irlandesas (Lebor Gabála Érenn), y en el libro de las historias de los ancianos (Acallam na Senórach). Se desarrollan en el pasado prehistórico, en el tiempo de Túathal Techtmar, que impuso el tributo de 5000 reses a los reyes de Leinster, como pago de honor por la muerte de sus hijas. En los primeros códigos legales de Irlanda este tributo se conoce como éraic. Los reyes legendarios posteriores a Tuathal intentaron cobrar el tributo hasta Coirpre Lifechair, que fue derrotado por Fionn Mac Cumhaill y los Fianna. El intento de Laoghaire por imponer el cobro del Bóroma, según las narraciones antiguas, fue un fracaso. Su invasión fue rechazada por Crimthann mac Énnai, ancestro de las dinastía de los Uí Cheinnselaig, asentados junto al río Barrow. Laoghaire fue capturado y se le hizo jurar que nunca regresaría para invadir Leinster. Juró, por el Sol y la Luna, la tierra y el mar, el día y la noche y por el agua y el aire. Un relato de su muerte dice que rompió el juramento. Es probable que la asociación con Uí Cheinnselaig sea un añadido posterior.

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Hay varios relatos de la muerte de Laoghaire. El Bóroma le hace romper su juramento de no volver a invadir Leinster. Cuando llega a la llanura del río Liffey, cerca de Kildare, las fuerzas de la naturaleza sobre las que juró no regresar le matan. El viento deja sus pulmones, el sol le quema, la tierra le sepulta. Otro relato cuenta la existencia de la profecía de los druidas de Laoghaire, según la cual iba a morir entre Ériu (Irlanda) y Alba (Escocia). Para evitar esto, Laoghaire nunca iba al mar. Esta versión dice que murió entre dos colinas en la llanura Liffey, colinas que se llamaban Ére y Alba. Por último, se dice que Laoghaire fue maldecido por San Patricio y murió por ello. Media milla al sur de la Colina de Tara hay otra fortificación conocida como Rath Maeve, el fuerte de la legendaria reina Medb, que es asociado habitualmente a Connacht, o atribuido también a la menos conocida figura legendaria de Medb Lethderg, que está asociado a Tara. Uno de los personajes que aparece con mucha frecuencia dentro de las tradiciones irlandesas es el de la Reina Medb, reina también conocida como Maeve. Dentro del Círculo de Ulster, en la mitología irlandesa, ella es la reina de Connacht. Ha tenido varios esposos pero en sus historias más importantes su esposo es Aillil mc Máta. La sede de su gobierno está en lo que hoy es Rathcroghan, condado de Roscommon, y es la peor enemiga del rey de Ulster, el protagonista de Táin Bó Cúailgne (“El robo del toro de Cuailnge“), en referencia a Cooley, una península en el condado Louth. De ahí viene la leyenda sobre la batalla por los bueyes de Cooley. Táin Bó Cúailgne es una famosa leyenda del Ciclo de Ulster, que forma parte de la mitología celta de origen irlandés. En parte, narra cómo por una discusión matrimonial un país entero puede entrar en ebullición. Existe un género de leyenda irlandesa denominado “Táin“, robo o saqueo de ganado, práctica habitual entre los antiguos irlandeses. La historia carece de encaje histórico definido, principalmente debido a la manera en que se recogió en forma escrita, muchos siglos después de haber sido una leyenda oral. Las principales versiones en que se encuentra tienen una fuerte influencia cristiana, que sin embargo no consiguió borrar los elementos paganos que están presentes en el relato.

 

Una noche, los reyes de Connacht, Aillil y Maeve, se habían retirado a sus aposentos. Maeve entonces dijo a Aillil que tenía más bienes y rango que él, y que por ello, tenía derecho a ser la reina de la provincia. A la mañana siguiente, los dos reyes hicieron contar sus pertenencias. Se dio la casualidad de que Aillil y Maeve poseían la misma cantidad de oro, joyas, y ganado, mas Aillil ganaba por poseer un bello y fuerte animal: El Unicornio Blanco. Por ello, Maeve se propuso conseguir un animal más fuerte y bello que aquél. Mandó mensajeros a todas partes, y uno de ellos trajo la noticia de que existía un magnífico ejemplar de toro, El Pardo de Cuailnge, en el Ulster, al norte. Maeve, entonces mandó mensajeros a Daré, el propietario. Pero Daré los expulsó de su casa indignado por las palabras de sus mensajeros. Y para colmo, Daré puso al Ulster como testigo de su gallardía. Pronto, Maeve hizo pactos con el Meath, el Munster, y el Leinster. La guerra se había declarado. Pero cuando Maeve mandó oteadores, antes de que cruzaran la frontera, Cúchulainn ya había acabado con ellos. Por ello Maeve pactó con Cúchulainn que, desde ese momento, defendería al Ulster durante medio día, y se retiraría a las montañas durante la mitad restante. Pronto, el Ulster cayó, y Maeve encerró al toro en un corral gigantesco. Pero éste destrozó los muros y fue por toda Irlanda buscando al Unicornio Blanco. Éste hizo lo mismo, y nadie salió de sus casas, hasta que, tras haber dejado Irlanda rota, se mataron el uno al otro en un sangriento combate. Cuando el Unicornio Blanco expiró, el Pardo de Cuailnge soltó un bramido tan fuerte que consumió todas sus fuerzas y lo mató a él también. Según la historia, Maeve fue entregada por su padre para ser la esposa de Conchobar mac nesa, rey de Ulster. Le dio un hijo, pero terminó abandonándolo, así que su padre le pasó al rey otra de sus hijas. Estando ésta embarazada, Maeve la mató y su hijo nació mediante una cesárea póstuma. Su padre entonces le otorgó un reino, Connacht, sacándole el título de rey a Tinni mac Conri quien, al final, se convertiría en amante de Maeve. En una asamblea en Tara, Maeve es violada por su primer esposo y eso genera una guerra entre el Alto rey, su padre, y Ulster. Su amante y su primer esposo se baten a duelo y el primero pierde. Maeve se termina quedando con otro hombre como esposo y rey. Nunca le es fiel, ya que le engaña con uno de sus caballeros. Vuelve a haber un duelo, su esposo pierde y ella cambia de esposo y de rey.

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Durante muchos siglos, los historiadores han tratado de desentrañar los misterios de Tara, y han sugerido que, desde la invasión celta de la isla hasta la invasión de Richard de Clare, conde de Pembroke y Señor de Leinster, en 1169, la Colina de Tara fue el centro político y espiritual de la isla. Debido a que la historia y la arqueología de Irlanda no están bien establecidas, las teorías arqueológicas, en cuanto a los hallazgos recientes, sugieren que la completa historia de la Colina de Tara está lejos de conocerse en su totalidad. El papel más conocido de la Colina de Tara en la historia de Irlanda es como residencia de los reyes de Irlanda hasta el siglo VI, papel que puede extenderse hasta el siglo XII, aunque sin su temprano esplendor. A pesar de todo, la importancia de la Colina de Tara precede al periodo céltico, si bien no se ha demostrado que Tara fuera un lugar destacado de forma continua desde el Neolítico hasta el siglo XII. La disputa sobre la importancia de Tara avanzó cuando los arqueólogos identificaron los monumentos y edificios pre-célticos, datándolos en el Neolítico, hace unos 5.000 años. Una de esas estructuras, el Montículo de los Rehenes, posee un corto pasillo que está alineado con la puesta de Sol en que se celebraban las antiguas fiestas célticas de Samhain e Imbolc. Samhain es la festividad de origen celta más importante del periodo pagano que dominó Europa hasta su conversión al cristianismo, en la que la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre servía como celebración del final de la temporada de cosechas en la cultura celta y era considerada como el «Año Nuevo Celta», que comenzaba con la estación oscura. Es tanto una fiesta de transición (el paso de un año a otro) como de apertura al otro mundo. Su etimología es gaélica y significa ‘fin del verano’. Ha sido practicada desde hace más de tres mil años por los pueblos celtas que han poblado toda Europa. En la actualidad el Samhain continúa celebrándose por los seguidores de movimientos religiosos neopaganos, como la wicca y el druidismo. Imbolc es uno de las cuatro principales festivales del calendario celta, asociado con el ritual de la Fertilidad, también como el día de Santa Brígida o Brigid, y en tiempos más recientes ha sido celebrado como el festival del fuego, uno de los ocho días festivos (cuatro solares y cuatro lunares) o Sabats de las rueda del año neopagano. En Escocia el festival es también conocido como Latha Fhèill Brìghde, en Irlanda como Lá Fhéile Bríde y en Gales como Gwyl Ffraed. El Imbolc se asocia convencionalmente con el 1 de febrero, aunque el festival celta comienza el 31 de enero. En tiempos recientes la ocasión ha sido generalmente celebrada por los paganos modernos el 1 o el 2 de febrero. Algunos neopaganos relacionan esta celebración con el punto medio entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera que actualmente se celebra el 4 y el 5 de febrero.

 

Una teoría que puede explicar el esplendor de la Colina de Tara antes de la etapa celta es la historia legendaria que señala a Tara como la capital de los Tuatha Dé Danann, los habitantes precélticos de Irlanda. Cuando los celtas establecieron su sede en la colina, ésta se convirtió en el lugar desde donde los reyes de Meath gobernaron la isla con un status casi divino. En la cima de la colina se yergue la mencionada Lia Fáil, la piedra del destino donde los reyes irlandeses eran coronados. La leyenda sugiere que la piedra debía rugir tres veces si el aspirante al trono era el verdadero rey. Junto a la influencia política como capital, Tara parece haber conservado una influencia religiosa que fue disminuyendo debido a la labor de San Patricio. Existe una tumba, localizada cerca de la colina, que se señala como la sepultura del rey Laoghaire, quien fuera el último rey pagano de Irlanda. Durante la rebelión irlandesa de 1798 los United Irishmen (Irlandeses Unidos) establecieron un campamento en la colina, pero fueron atacados y derrotados por las tropas británicas el 26 de mayo de 1798 en la denominada batalla de la Colina de Tara. La Lia Fáil fue movida para marcar las tumbas de 400 rebeldes que murieron en la colina aquel día. En el siglo XIX el miembro del Parlamento, Daniel O’Connell, invitó a realizar una demostración política en la Colina de Tara, que atrajo a un millón de personas, lo cual señala la importancia permanente de aquella colina. Todo esto es mítico. Sin embargo, según Jean Markale, pseudónimo del polígrafo y escritor francés Jean Bertrand, conocido sobre todo por sus libros sobre la civilización celta y el ciclo artúrico:  «conviene considerar el mito, no como una fabulación estúpida de la mente humana en lucha con las famosas potencias engañosas de Pascal, sino como una técnica operatoria de igual valor epistemológico que las matemáticas. Tal vez así se comprenderán mejor las lecciones de la Historia, pues ésta está plagada de mitos que no se atreven a decir su nombre. Se comprenderá a los celtas, y su curso intelectual». Podemos llegar hasta Numinor a través del mito. Pero el camino es largo. En la mitología céltica se observa una cronología exacta y a todas luces racional, fundada en dos principios inseparables: la vida y la muerte, asociadas ambas a la tierra madre. Existe un paralelismo entre la tierra y el hombre. Éste pasa por tres estados: el nacimiento, la vida y la muerte. En una medalla céltica, cada uno de estos estados está representado por una cabeza de corcel. Las tres cabezas son absolutamente idénticas. Hay similitud y una especie de fusión.

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El agua estaba estrechamente relacionada con el suelo y con el subsuelo. Es el elemento fluido mezclado con el elemento telúrico. Y los caracteres sagrados de estos elementos permanecen íntimamente ligados. Es curioso observar que, según los esquimales iglulik, que viven en Canadá, los hombres, cuando llegaron a la tierra, vivieron, en la oscuridad. Pero nada concreto se dice sobre su origen. Entonces no había ningún animal y el suelo proporcionaba una alimentación pobre y escasa. Pero un hombre solitario recibió la visita de espíritus que venían de otra parte, que le aconsejaron que descendiese a la casa de la madre de los animales marinos. Siguió el consejo, y se sumergió. Trajo de allí, cosa curiosa, piezas de caza en lugar de pescados, y, al propio tiempo, la alegría para sus semejantes. También puede observarse, entre los celtas, que el señor de los alimentos, Aryaman, etimológicamente, protector é los arios o indoeuropeos, representa un doble papel. En esto se parece un poco a Jano, dios de la mitología romana, que tenía dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil. También existe en el mazdeísmo. Pero su ambigüedad y su benevolencia, opuesta al terror que inspira a veces, no subsiste entre los persas. En la religión de éstos existen dos fuerzas opuestas: el genio del bien, Ahura Mazda, y el del mal, Ahrimán, que es poder de las Tinieblas. Por otro lado, Ariamán es uno de los dioses védicos (devas) más antiguos. Es el tercer hijo de la diosa Aditi, por lo que es conocido como uno de los Aditias (deidades solares). Es jefe de los pitris, antepasados fallecidos, que según el Rig-veda se debían adorar, y de la Vía Láctea, llamada en sánscrito aryamṇáḥ panthah, ‘el sendero de Ariamán’. Se lo invoca comúnmente junto con las deidades Varuna y Mitra, también con Bhaga, Brijás Pati, y otros. En el Rig-veda, el texto más antiguo de la India, de mediados del II milenio a. C., existen dos grandes grupos de dioses, los devas y los asuras. A diferencia de los textos puránicos, que se empezaron a componer en el siglo III d. C., y en la religión hinduista, los asuras aún no habían sido demonizados. Ariamán, en el Rig-vedá, es un asura, al igual que Mitra y Varuna. Aditi es la madre de los asuras, dirigidos por Varuna y Mitra. Se considera que el Ariamán, del Rig-veda, y el Airyaman, del Zend-avesta persa, que es el Yazata de la amistad y la curación, son el mismo personaje. En la tradición zoroástrica, el Airiaman avéstico se convirtió en el Erman del idioma persa medio. En la antigua mitología sajona, Irmin, al que a menudo se identifica con el dios nórdico Odin, era el dios de la guerra y de las tormentas. Irmin deriva de algún antiguo dios protoindoeuropeo, del que derivó el indostánico Ariamán. Los germanos llamaban a la Vía Láctea ‘el sendero de Irmin’.

 

En la fachada de los edificios de la antigua Irlanda los arquitectos combinaban efectos de luz y de sombra, obtenidos con relieves y concavidades. Muchos monumentos aqueménidas del antiguo imperio persa así lo atestiguan. Y es razonable imaginar este mismo carácter en los edificios de Numinor. Pero otro elemento viene a sumarse al agua y a la tierra. Se trata de la Luna, cuyo culto figura en las más antiguas leyendas. Como en todos los pueblos de la Antigüedad, se le presta adoración, no por ella misma, sino por su intervención en todas las formas de la vida. La Luna influye en el crecimiento de los vegetales, en los períodos femeninos y en las mareas. Por otra parte, las fases creciente y menguante permitieron a los celtas adquirir nociones precisas de duración y de medida. Así, pues, los primeros cultos se dedican a nuestro planeta y a su satélite, sin olvidar la superioridad otorgada al agua. Pues la inmersión en ésta «simboliza el retorno a lo preformal», y la salida del agua, el acto cosmogónico de la creación. Debido a esta continuidad inmutable, el oscuro mundo subterráneo, que inspira al principio un terror comprensible, pierde después este aspecto, pues el País de los Muertos es también el Mag Mell: la llanura feliz de los Campos Elíseos, y Tir-na-n-og, la tierra de los Jóvenes. Pero, a partir de cierto momento que no se puede precisar, los dioses subterráneos y acuáticos son remplazados por otros, venidos del espacio. Parece que esta sustitución indica una conmoción y una conquista. Los invasores son los Milesianos, que venció a los Tuatha Dé Danann.  En la mitología irlandesa los Milesianos eran los hijos de Míl Espáine, llegados de Galicia (España), que fueron los habitantes finales de Irlanda, y se cree que representan a los celtas goidélicos, que hablaban lenguas goidélicas, que son una subfamilia de las lenguas celtas que, descendiendo del protocelta, son una de las ramas de las lenguas indoeuropeas. El Lebor Gabála Érenn, libro de la invasión o invasiones irlandesas, describe el origen de la gente goidélica. Descienden de Goídel Glas, un escita que estaba presente en la caída de la torre de Babel, y de Scota, la hija de un faraón de Egipto. Dos ramas de sus descendientes dejaron Egipto y Escitia en los tiempos del éxodo de Moisés, y después de un período vagando por las orillas del Mediterráneo llegaron a la península Ibérica, donde se asentaron después de varias batallas. Uno de ellos, Breogán, construyó una torre en un lugar llamado Brigantia, probablemente en la costa de Galicia, cerca de La Coruña, y donde una tribu céltica llamada “Brigantes” se atestigua que vivía en tiempos antiguos. Desde lo alto de dicha torre, que se cree es la famosa torre de Hércules, Breogán, o su hijo Ith, fue el primero en ver Irlanda.

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Ith hizo la primera expedición a Irlanda, pero fue muerto por los tres reyes de Irlanda, Mac Cuill, Mac Cecht y Mac Gréine, de los Tuatha Dé Danann. En venganza, los sobrinos de Ith, los ocho hijos de Míl Espáine (el “Soldado de Hispania” , cuyo nombre era Galam o Golam), lideró una fuerza invasora para derrotar a los Tuatha Dé Danann y conquistar Irlanda. Los Milesianos llegaron al condado de Kerry y lucharon hasta la colina de Tara. Entonces, las esposas de los tres reyes, Ériu, Banba y Fodla, pidieron que la isla se nombrase como ellas. Ériu es la forma anterior del nombre moderno Éire, y Banba y Fodla eran de uso frecuente como nombres poéticos para Irlanda, así como Albión lo es para Gran Bretaña. En Tara los Milesianos encontraron a los tres reyes. Y fue decretado que los invasores volvieran a sus naves y navegaran una distancia de nueve olas de Irlanda, y si pudieran volver a tierra otra vez, Irlanda sería suya. Partieron, pero los Tuatha Dé Danann usaron su magia para levantar una tormenta, en la qué cinco de los hijos de Míl se ahogaron, quedando solamente Eber Finn, Éremón y Amergin, el poeta, para llegar a tierra y tomar la isla. Amergin dividió el reino entre Éremón, que gobernó la mitad norte, y Eber Finn, la mitad sur. En el esquema histórico propuesto por el investigador de la cultura celta Thomas Francis O’Rahilly, se dice que la afirmación de que los reyes de Irlanda descendieran de los hijos de Míl es una ficción hecha para proporcionar legitimidad a los goidélicos, que invadieron Irlanda en los siglos I o II a C, dándoles el mismo origen antiguo que la gente indígena que dominaron. Sin embargo, ha sido argumentado que la historia es una invención posterior de algunos historiadores irlandeses medievales, inspirada por su conocimiento de los “ Siete libros de historia contra los Paganos” , escrito a principios del siglo V por el clérigo de la Gallaecia romana, Paulus Orosius. Durante siglos, el mito de Míl Éspaine y los milesianos fue utilizado en Irlanda para ganar y asegurar legitimidad dinástica y política. Los Tuatha Dé Danann disfrutaron de un inmenso poder durante treinta siglos. Para demostrarlo basta con examinar, en las costas de Irlanda, fortalezas o muros de granito que fueron fundidos en un espesor de cincuenta centímetros por un arma singularmente parecida al láser o a una fusión termonuclear. Además, se les atribuye la erección de los megalitos. Su punto de partida está relacionado con un crimen, como en el episodio de la caída judeocristiana y quizá, también, al de la desaparición de Numinor.

 

Este crimen se dice que fue cometido por Morrigana, el demonio de la noche, hija de Bu-an (el Eterno), o de Ernmas (el Asesinado), llamado también Bodb (la Corneja). Sea como fuere, los dioses solares hicieron inclinar la balanza del lado del fuego y, por consiguiente, la muerte. En efecto, si en las grandes civilizaciones de Asia y de Grecia el Sol tiene, sobre todo, la condición de creador y fertilizador, y simboliza la victoria del espíritu sobre la materia, su ocaso guarda también relación con la decadencia y la desaparición. Y así, si engendra al hombre, también lo devora. Sin embargo, Lug, el más importante dios solar, representa, sobre todo, un papel benéfico y posee grandes cualidades. Es señor indiscutible de las artes, tanto de la paz como de la guerra. Recibe el título de Sahildanach, que significa, entre otras cosas, politécnico, herrero, historiador y hechicero. Desempeña todas las actividades superiores de la tribu. Además, posee una lanza mágica, que hiere por sí sola al enemigo que le amenaza. Su arco es el arco iris y, en Irlanda, la Vía Láctea recibe el nombre de «Cadena de Lug». En cambio, el brillo de su rostro impide que se le pueda mirar a la cara, lo cual recuerda mucho a un fenómeno recurrente en la Biblia, incluyendo el denominado «la Gloria del Señor». También tiene algunos rasgos del dios Mercurio. Y, por otra parte, no hay que olvidar los desastrosos efectos de la luz en ciertos mitos griegos, como el de Icaro, en Creta. Dagda es una divinidad inferior. Dios de los músicos, encanta, aunque no suscita una gran veneración. Con su arpa mágica, toca sucesivamente los aires del sueño, de la risa, de la tristeza, y sus oyentes duermen, ríen o lloran. Esto recuerda un poco las virtudes de ciertos temas musicales en la India. Algunos de ellos tenían incluso el poder de matar a los que los escuchaban, si eran tocados intempestivamente. En Irlanda, se venera bajo este mismo nombre de Dagda al Señor del Caldero, que en otras partes se llama Teutates. En todo caso, el culto del caldero se practicó en todos los países célticos. Teutates, también llamado Tutatis, es la deidad de la unidad tribal masculina del panteón galo según la antigua mitología celta. Fue el antecesor de los hombres y su legislador, guardián y árbitro, así como el defensor de sus pueblos. Formaba parte de los tres “dioses de la noche” celtas citados por Lucano en La Farsalia, junto a Esus y a Taranis. También era conocido como Dios del Pueblo. Se lo veía como espíritu de guerra, productividad y riqueza.

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También se lo conoce como Albiorix (“rey del mundo“) y Caturix (“rey de la batalla“). Se le ofrecían sacrificios humanos para apaciguarlo y como medio de redención. Parece haber sido más bien un espíritu de la unidad y armonía de la tribu, a veces confundido con Ogmios, el dios galo de la elocuencia y de la escritura. Cada tribu tenía su propio Teutates. En todas las inscripciones a la que se le hace referencia se le asocia a Marte, por lo que no se sabe si Teutates era un calificativo divino aplicado a este planeta, o bien era el equivalente al dios romano Marte y era como él una divinidad guerrera. Mientras en los rituales a Taranis era común hacer sacrificios humanos, donde las víctimas ofrecidas a él eran consumidas por el fuego, generalmente las ofrendas a Teutates eran con cautivos de guerra que eran sumergidas cabeza abajo en un depósito de Ale, un tipo de cerveza de alta graduación, favorita entre los pueblos celtas. Fueron los galos establecidos en Asia los que introdujeron esta costumbre al resto de las tribus afines. Además de Lug y Dagda, podemos citar a los hijos de Don. Los galos llamaban Lys Don (corte de Don) a la constelación de Casiopea, y Caer Gwydon (castillo de Gwydon) a la Vía Láctea.  Al cabo de cierto tiempo, se afirma de nuevo la superioridad telúrica. Aunque los hijos de Míl habían transformado el fuego destructor en fuego benéfico, parece que celebraron un trato con los dioses subterráneos. Éstos se refugiaron en las tenebrosas regiones del centro del planeta; pero salen de ellas periódicamente, regresan a la superficie y, visibles o no, pero siempre tangibles, participan en la vida de los hombres. Esto enlaza con la leyenda de Agartha, también denominada Agarthi, Agharta o Agarttha, según la tradición oriental. Se trata de una ciudad o un reino constituido por numerosas galerías subterráneas extendidas debajo de toda Asia y otras partes del mundo, como América. La capital de este mundo subterráneo, denominada Shambala, se encontraría bajo el desierto de Gobi, y allí reinaría aún el llamado Rey del Mundo. Mientras tanto, los celtas siguen esperando un ser predestinado, llamado Galaad, que indicará el sentido exacto de cada acción, a fin de que sean regeneradas las funciones. Pues el mundo de lo «sagrado» es ambiguo. Si una cosa posee, por definición, una naturaleza fija, hay, por el contrario, una fuerza que engendra el bien o el mal, según la orientación que tome o se le imprima.

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Si tenemos en cuenta la importancia que los celtas atribuyeron a los mitos, nos daremos cuenta de que no se trata de simples fabulaciones. Lo cierto es que se transmitieron durante largo tiempo, de generación en generación, por vía oral. Así, los primeros textos irlandeses, que constituyen la base del folklore, no pueden considerarse como anteriores al siglo V de nuestra Era. Cierto que no se ha demostrado que no existiesen manuscritos bretones, que pudieron perderse cuando las invasiones normandas. Es verosímil que estos manuscritos, escritos en una lengua que nadie comprendía fuera de la península bretona, fuesen a parar a ciertos monasterios, donde los apartarían, para destruirlos después. Ignoramos a qué tiempos se remontan exactamente las leyendas cuyo origen se pierde en las brumas de la prehistoria indoeuropea y autóctona. La mayoría de los textos que se han conservado están escritos en gaélico y en galo medio. La última forma adoptada por los mitos célticos fue el ciclo de la Tabla Redonda de Arturo. Pero, en esta forma, los símbolos siguen siendo oscuros, y, además, la moral cristiana añadió elementos ajenos a las leyendas paganas. Éstas, por ser esotéricas, se presentan envueltas en el misterio. «El hombre de la multitud no recibirá el conocimiento», escribió Taliesin. Taliesin ( 534 – 599), escrito como Taliessin en el libro Idilios del rey, de Alfred Tennyson, es considerado el más antiguo poeta galés conocido. Pertenecía al grupo de los Cynfeirdd bardos primitivos») durante la época heroica del reino de Gales, con el rey Cynan Garwyn y el príncipe Urien Rheged como héroes. Su poesía dramática muestra que la lengua galesa era empleada como medio artístico habitual. Toda su obra se encuentra recogida en el Llyfr TaliesinLibro de Taliesin»), en que podemos leer este sorprendente poema: “Soy el primero de los bardos ante Elphin, y mi patria es el país de las estrellas del verano. En su día me llamaba Merlín y hoy me llamo Taliesin. He estado en el Cielo y en el Infierno. Estuve con Noé, durante la construcción del arca.  Conozco los nombres de todas las estrellas, pero yo sigo siendo una maravilla inexplicada. He tomado todas las formas posibles. Estuve muerto y a la vez vivo. Seguiré en la tierra hasta el juicio final. Nadie sabe si soy pescado o carne. Fui llevado durante nueve meses, en el vientre de la bruja Cerridwen. Entonces me conocían como el pequeño Gwyon. Pero ahora soy Taliesin“. La mayor parte de su vida está rodeada de misterio, de tal forma que algunos estudiosos afirman que tras el nombre de Taliesin se esconden varios poetas anónimos a lo largo del siglo VI. Su nombre ha sido asociado en la literatura posterior al culto druídico, como en la novela Las nieblas de Avalón, de Marion Zimmer Bradley, donde Taliesin es Merlín. O en la también novela Taliesin, de Stephen R. Lawhead, donde es presentado como el padre del mago Merlín y como el último gran chamán celta. En otras novelas también lo presentan como un incubo que dio vida a Merlín.

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Algunos manuscritos fueron puestos a buen recaudo, ya fuese para que no se divulgasen, ya para librarle de los invasores y de las depredaciones de los ladrones. De vez en cuando, oímos hablar de un «escondrijo» o de un depósito de manuscritos, descubierto por casualidad o como consecuencia de minuciosas búsquedas. Louis Pauwels, o Jacques Bergier, estuvo a punto de encontrar uno de estos escondrijos mientras, en 1938, realizaba en Rennes investigaciones sobre el culto de Alkar-az. Pero, en definitiva, le fue negado el acceso. La ciudad de Ys, Ker Is en bretón, es una ciudad legendaria situada frente la costa de la Bretaña francesa. Se dice que fue tragada por las olas hace mucho tiempo. Hace muchos siglos la poderosa ciudad de Ys, o de Is, en Bretaña, alineaba sus altas murallas al borde del océano, pero probablemente a un nivel inferior al de las grandes mareas. Por este motivo, un dique monumental, con una esclusa con puertas de bronce, la protegía contra la invasión de las aguas.Una flota fondeada en el puerto. Y en el interior de las murallas, cien techumbres de casas, de palacios y de templos se doraban al sol de Occidente. Era una hermosa ciudad, tan hermosa que, por despecho, Lutecia había cambiado su nombre por el de Par-Is (igual a -Is). Por lo menos, esto es lo que dice la tradición. Pero no todas las tradiciones se ponen de acuerdo sobre la localización exacta de dicha ciudad, pero la mayoría la sitúan en la bahía bretona de Douarnenez. ¿Sería la Numinor celta? Las leyendas cuentan dos historias sobre su fundación. Una dice que la ciudad fue construida por el rey Gradlon para satisfacer a su hija Dahut, o Ahés en otras versiones, a mediados del siglo V. Otra dice que la ciudad es mucho más antigua, habiendo sido construida unos 2000 años antes del reinado del rey Gradlon. Todas estas versiones están de acuerdo en contar que la ciudad era una maravilla de belleza y riqueza, pero siempre en peligro de inundación. Sin embargo, un dique protegía a Ys, siendo el rey el único que poseía la llave para abrir el dique. Otra versión dice que en el centro de Ys había una fuente mágica, protegida por un muro y unas llaves en poder del rey. La versión tradicional, fuertemente cristianizada, continua contando que la princesa Dahut era una especie de devoradora de hombres, a los que amaba y luego asesinaba. Y, por ello, la ciudad se convirtió en un antro de pecado. Un día llegó a la ciudad un misterioso caballero, vestido de rojo, identificado como el Diablo, que enamoró a la princesa, y le pidió que robara a su padre la llave del dique, o de la fuente, como prueba de su amor. Al hacerlo, la princesa condenó a la ciudad que fue arrasada por el mar o inundada por las aguas incontrolables de la fuente. El rey, sin embargo, consiguió escapar de la ciudad gracias a su caballo mágico, después de arrojar a su hija a las olas. la princesa Dahut se convirtió en un sirena.

 

La costa de Armórica, en la Bretaña francesa, ha sufrido diversas inundaciones desde la edad del bronce hasta la época carolingia. Por otra parte, la leyenda guarda paralelismos con otras tierras inundadas en la mitología celta. Aunque las pruebas son muy escasas, diversos investigadores han hablado de la existencia de una secta o culto religioso presente en la región y conocida como el Alkar-Az que, al parecer, mantiene una versión más siniestra de la historia de la ciudad hundida. Existe muy poco material publicado sobre esta secta, aparte de algunos artículos en revistas de etnología y antropología, principalmente en Francia, y otro más extenso, y profundo, del norteamericano Alan Caranac vinculado a una posible ramificación del culto en la costa de Rhode Island. En El Retorno de los Brujos, de Pauwels y Bergier, hay una sucinta referencia a la existencia de un grupo de seguidores de este culto en Rennes, en 1938. Además el escritor Abraham Merritt publicó, en 1934, una versión novelizada de las desventuras del doctor Caranac, con el título de Arrástrate, Sombra, Arrástrate. Según estos artículos, y la novela de Abraham Merritt, el culto del Alkar-Az tendría su origen en una época anterior a la llegada de los primeros celtas a Bretaña, siendo los abundantes restos megalíticos, y en especial el impresionante complejo de Carnac, erigido antes del año 2000 a.C., el lugar elegido para sus ceremonias. El mismo nombre del grupo plantea un misterio, ya que no se trata de una palabra bretona ni gala. Si hemos de creer a Caranac el nombre se refiere no a la divinidad adorada por este pequeño grupo, que sería conocida únicamente como “El que se recoge dentro del túmulo“, si no al edificio donde se llevan a cabo los sacrificios en su nombre. Estos sacrificios se realizarían mediante el aplastamiento del pecho de la víctima con sucesivos golpes, utilizando una maza ritual de roble. Pero si hablamos de este grupo aquí es por su peculiar versión de la leyenda de la ciudad perdida de Ys. Según esta versión, las gentes de Ys no pertenecían al mismo sustrato cultural que sus vecinos celtas, si no que, mucho antes de la llegada de éstos, se habrían establecido en el lugar escapando de la destrucción de su tierra natal. Este misterioso pueblo de la Tierra más allá del Mar (tal vez Numinor) habría traído consigo a sus dioses y su forma de adoración sangrienta, pero también a un oscuro dios del mar cuyo nombre era tabú y que habría sido la deidad tutelar de la ciudad de Ys antes de su destrucción. La princesa Dahut, como sacerdotisa del culto, habría tenido a su disposición terribles poderes mágicos, incluida la capacidad de adueñarse de la sombra de sus enemigos. Aunque la historia de la destrucción final de la ciudad es muy parecida, en su versión añaden un detalle de gran interés. Se cuenta que una hija de Dahut sobrevivió a la destrucción de la ciudad y que sus descendientes, y especialmente las mujeres, cuentan con la capacidad de invocar el regreso de los antiguos dioses, siguiendo los rituales adecuados en el momento justo.

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En uno de los artículos se dice que los miembros de Alkar-Az no creen que murieran todos los habitantes que permanecieron en Ys cuando la ciudad sufrió la inundación. E incluso dicen que actualmente es posible contactar con ellos aunque “han sido cambiados por el Dios sin Nombre y ya no son hombres como nosotros sino criaturas del mar“. Creen que este pueblo submarino abandonó las ruinas de la ciudad, fundando un asentamiento en las aguas más profundas, lejos de la costa, donde habitan desde entonces. Caranac menciona el aspecto realmente extraño de las vestimentas rituales, que no parecen tener conexión con el mundo celta ni con ninguna otra cultura europea. Caranac afirma que le recordaron a las inscripciones del llamado Texto de R’lyeh, conservado en la universidad de Miskatonic (Arkham, Massachusetts),  pero procedente de la Polinesia. R’lyeh es una ciudad ficticia, creada por H. P. Lovecraft, aparecida por primera vez en su relato “La llamada de Cthulhu“. En los textos de Lovecraft, R’lyeh es una ciudad hundida en las profundidades del Océano Pacífico, donde reside el gran Cthulhu. R’lyeh se caracteriza por tener una arquitectura basada en una geometría no euclidiana. Lewis Spence, escritor de temas mitológicos y ocultistas, en su Historia de Atlantis relaciona con la leyenda de Ys un extraño incidente sucedido en el verano de 1925 frente a la costa bretona. La tripulación de un transporte militar francés aseguró haber detectado un sorprendente alzamiento del fondo del mar frente a las costas bretonas, en una zona tradicionalmente considerada de gran profundidad. La inmersión de Ys se remontaría al final de la Edad de Bronce, hace unos 4.000 años. Algunos investigadores opinan que la leyenda evoca la desaparición de la Atlántida. Numerosos investigadores, en el curso le los últimos siglos, trataron de interpretar la abundante literatura céltica. Algunos especialistas, como George Dottin, autor de La religion des celtes, dedicaron varios libros al análisis y al comentario literario e histórico de los textos que han llegado hasta nosotros. Otros se inspiraron en diferentes temas, como el de Numinor. Y algunos, en fin, los desnaturalizaron. Tales exageraciones se deben, quizás, a que, durante largo tiempo, se desdeñó el estudio de esta civilización, anterior a la llegada de los griegos a Europa occidental y a la conquista romana. Los helenistas y los latinistas se esforzaron durante siglos en negar toda aportación por parte de los pueblos conquistados, o en reducir al mínimo sus méritos y el interés de los enigmas, que, durante dos milenios, no han hecho más que incrementarse Los historiadores menospreciaron a los celtas hasta el punto de confundirlos a menudo con los cimbros, que, a pesar de haberse aliado con los celtas y teutones, tuvieron un origen completamente distinto.

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Este menosprecio por la cultura celta sigue aún en nuestros días, por miedo a empañar el brillo de la cultura dispensada a las Galias por Julio César y sus sucesores, y también por los evangelizadores cristianos. Afortunadamente, algunos investigadores han intentado, sobre todo a partir del siglo XIX, reconstituir, al menos fragmentariamente, la civilización que nos permite creer en la existencia de Numinor, o situarla con exactitud.   Según Eugène Pictard, que se adelanta a las tesis Dieterle y de Paul Broca, médico, anatomista y antropólogo francés, con algunas teorías racistas, la cuna de los pueblos célticos, el Harz, estuvo en Bohemia y Moravia. Se dice que los primeros habitantes de Alemania fueron los celtas, a los que siguieron las tribus germánicas. En la Edad del Hierro, a partir del 800 a.C., las tribus germánicas de la meseta septentrional alemana y de las tierras altas centrales ocupaban los márgenes de las regiones celtas, por lo que recibieron la influencia cultural de este pueblo, si bien nunca llegaron a integrarse en él. Hoy en día aún pueden encontrarse muestras claras de dicho influjo en Thale, en la región montañosa de Harz. En el curso del segundo milenio antes de Cristo, las tribus celtas emigraron y se dividieron. Al cabo de muchos siglos, algunas ramas llegaron incluso a Asia Menor, donde los griegos les dieron el nombre de gálatas. Pero, por las razones ya indicadas, sus         aportaciones en estas regiones fueron cuidadosamente minimizadas. Los autores clásicos aludieron sobre todo, al hablar de la intrusión gaélica en Italia y en Delfos, a un salvajismo que infundía terror a las poblaciones autóctonas, como si los indígenas no hubiesen sentido siempre un gran espanto cuando otros pueblos, civilizados o bárbaros, efectuaban incursiones en su territorio. Un grupo de celtas, procedentes del Harz, avanzaros hacia el Oeste, en forma de abanico, entre los años 950 y 700 antes de Cristo, en la época de Hallstatt, o Edad del Hierro. Una rama se instala en la Galia; otra pasó por Holanda, Bélgica y la cuenca del Sena, y llegó a Escocia, para, posteriormente, dirigirse a Irlanda. Se ha discutido mucho sobre el origen exacto de los indoeuropeos, de los que forman parte los celtas. Por consiguiente, podría ser muy bien que el Harz no hubiese sido más que un punto de parada de un núcleo de arios venidos de otra parte, del Norte o del Airyan Vaejo o Eran Vej (“patria de origen de los arios“) de la tradición zoroástrica persa. Era una tierra del extremo norte, creada por Ahura Mazda (Ormuz), el dios de la luz, que es sede de Yima, el rey primordial del mito mazdeo. Contra este reino de luz y esplendor, en el que imperaba una eterna primavera, se alzó la “serpiente del invierno“, obra de Angra Maiyniu (Ahrimón), el dios de las tinieblas, que desencadenando tempestades de frío y de nieve, acabó convirtiendo dicho continente en un yermo oscuro, gélido e inhóspito.

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Dada esta diseminación y las mezclas de pueblos que se produjeron, resulta imposible determinar con precisión las características del pueblo celta. Sin embargo, parece ser que eran braquicéfalos, de cráneo casi redondo, y que esta característica se atenuó, en el curso de los siglos, debido a las mezclas con las diversas poblaciones autóctonas encontradas en Escandinavia, Francia, Iberia, Italia, etc. Al principio, allá por el año 5000 a.C., tropezamos con una leyenda: “La raza a que pertenece Gri-Cen-Chos es la de los Fomoiré, potencias telúrico atlánticas. Son éstos, según el mito, «guerreros» de un solo pie, de un solo brazo y de un solo ojo; con cabeza de cabra, de caballo o de toro; genios ofidios ya sedentarios cuando llegaron los primeros inmigrantes. Contra ellos se estrella cada nueva ola, procedente del mar o de los aires, modificándolos profundamente, aunque sin llegar a eliminarlos“. Nos tropezamos con seres tipo Akpallus, pero sin escafandra, o vistos de perfil. Pero, aunque nos separemos del tema principal, ¿quiénes eran los Akpallus? El astrónomo, astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador científico estadounidense Carl Sagan habla de una ruptura muy clara en la historia de la cultura sumeria, que pasó bruscamente de una estancada barbarie a un brillante florecimiento de sus ciudades, a la construcción de complejos canales de irrigación, y al desarrollo de la Astronomía y de las Matemáticas. En realidad, poco sabemos de los orígenes de la civilización sumeria. René Alleau, erudito francés, formula una hipótesis sorprendente: los sumerios no vinieron de la tierra, sino del mar. Habían vivido mucho tiempo en el océano, y sólo después de un encuentro, en las aguas, con seres superiores venidos del espacio, pasaron a la tierra, construyeron sus ciudades y desarrollaron la civilización que aquellos les habían enseñado. Esta idea se funda en la leyenda de los Akpallus, estudiada por Carl Sagan. “En mi opinión – declara Chklovski, que fue miembro director del Instituto de Astronomía de la Universidad de Moscú –, las hipótesis de Agrest y de Sagan no se contradicen. Agrest presenta una interpretación de los textos bíblicos. Pero estos textos tienen profundas raíces babilónicas. Los babilonios, los asirios y los persas fueron sucesores de las civilizaciones sumeria y acadia. No se puede, pues, excluir que estos textos bíblicos y los mitos anteriores a Babilonia reflejen unos mismos acontecimientos. Desde luego, no podríamos aportar pruebas científicas bastantes acerca de esto. Pero no por ello tales hipótesis dejan de ser merecedoras de atención“.

 

La hipótesis de Sagan es que unos visitantes extraterrestres, provistos de escafandras y a bordo de una nave espacial que se posó en el mar, vinieron a traer a los hombres las bases del conocimiento. Estos visitantes fundaron Surner. La Humanidad había de conservar, durante largo tiempo, el recuerdo de unos seres medio hombres, medio peces, que había llegado del espacio para comunicar el saber. Había elementos significativos, como el casco, la armadura, que recordaba el brillo de las escamas, y el aparato respiratorio, como una cola que prolongase el cuerpo. El signo del pez, que había de distinguir más tarde a los iniciados del Próximo Oriente, está tal vez relacionado con este recuerdo. Existen tres versiones relativas a los Akpallus, pero todas ellas tienen su origen en Beroso, que fue sacerdote de Baal-Marduk, en Babilonia, en tiempos de Alejandro Magno. Beroso pudo tener acceso a testimonios cuneiformes y pictográficos de varios miles de años de antigüedad. Recuerdos de la enseñanza de Beroso nutren los textos clásicos, y Sagan se refiere principalmente a los escritos griegos y latinos. Según la versión del erudito griego Alejandro Polyhistor (100 a. C. – 40 a. C.): “En el primer libro referente a la historia de Babilonia, Beroso declara haber vivido en tiempos de Alejandro, hijo de Filipo. Menciona escritos conservados en Babilonia y relativos a un ciclo de quince decenas de milenios. Estos escritos referían la historia de los cielos y del mar, el nacimiento de la Humanidad, así como la historia de los que detentaban los poderes soberanos. Beroso describe Babilonia como un país que se extendía des¬de el Tigris hasta el Éufrates y en el que abundaban el trigo, la cebada y el sésamo. En los lagos, se encontraban las raíces llamadas gongae, comestibles y equivalentes a la cebada en cuanto a valor nutritivo. También había palmeras, manzanos y la mayor parte de frutos, peces y aves que nos son conocidos. La parte de Babilonia que lindara con Arabia era árida; en la que se extendía al otro lado, había fértiles valles. En aquella época, Babilonia atraía a los heterogéneos pueblos de Caldea, qué vivían sin ley ni orden, como las bestias de los campos. En el transcurso del «primer año«, apareció un animal dotado de inteligencia llamado Oanes, procedente del Golfo Pérsico. El cuerpo del animal era parecido al de un pez. Poseía bajo su cabeza de pez una segunda cabeza. Tenía pies humanos, pero cola de pez. Su voz y su lenguaje eran articulados. Esta criatura hablaba con los hombres durante el día, pero no comía. Les inició en la escritura, en las ciencias y en las distintas artes. Les enseñó a construir casas, a levantar templos, a practicar el derecho y a utilizar los principios del conocimiento geométrico. Les enseñó también a distinguir los granos de la tierra y a recolectar los frutos. En una palabra, les inculcó todo lo que podía contribuir a suavizar sus costumbres y a humanizarlos. En aquel momento, su enseñanza era hasta tal punto universal, que no pudo ser perfeccionada de manera sensible. Al ponerse el sol, aquella criatura se sumergía en el mar, para pasar la noche «en las profundidades». Porque era «una criatura anfibia». Después, hubo otros animales parecidos a Oanes. Beroso promete hablar de ellos cuando refiera la historia de los reyes“.

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En un relato ulterior de Alejandro Polihistor, podemos leer: “Después de la muerte de Ardates, su hijo Xisuthrus le sucedió, reinando durante dieciocho saris. En esta época tuvo lugar el Gran Diluvio, cuya historia es relatada en la forma siguiente: El dios Cronos se apareció en sueños a Xisuthrus y le hizo saber que habría un diluvio el día decimoquinto del mes de Daesia, y que la Humanidad sería destruida. Le ordenó, pues, que escribiese una historia de los orígenes, los progresos y el fin último de todas las cosas, hasta nuestros días; que enterrase estas notas en Sippara, en la Ciudad del Sol; que construyese un barco y se llevase a sus amigos y parientes. Por último, le mandó que embarcase todo lo necesario para el mantenimiento de la vida, que recogiese todas las especies animales, tanto las que volaban como las que corrían por la tierra, y que se confiase a las profundas aguas. Al preguntarle al dios hasta donde debía ir, éste le respondió: «Hasta donde están los dioses»”. En estos fragmentos se afirma claramente el origen no humano de la civilización sumeria. Una serie de criaturas extrañas se manifiesta en el curso de varias generaciones. Oanes y los otros Akpallus aparecen como «animales dotados de razón», o, mejor dicho, como seres inteligentes de forma humanoide, provistos de casco y caparazón, de un «cuerpo doble». Tal vez se trataba de visitantes venidos de un planeta enteramente cubierto por las aguas. En un cilindro asirio, vemos a un Akpallu llevando unos aparatos sobre la espalda y acompañado de un delfín. Alejandro Polihistor da fe de un repentino florecimiento de la civilización después del paso de Oanes, lo que concuerda con las observaciones de la arqueología sumeria. El experto en la civilización sumeria Thorkild Jacobsen, de la Universidad de Harvard, escribe: “Súbitamente, cambia el panorama. La civilización mesopotámica, que estaba sumida en la oscuridad, se cristaliza. La trama fundamental, el armazón en el interior del cual tenía Mesopotamia que vivir, que formular las más profundas preguntas, que valorarse y valorar el Universo para siglos Venideros, estallaron de vida y cumplieron su fin“. Cierto que, después de los trabajos de Jacobsen, se han descubierto en Mesopotamia restos de ciudades aún más antiguas, lo cual hace presumir una evolución más lenta. Sin embargo, persiste el misterio de los visitantes, reforzado por el estudio de los sellos cilíndricos asirios, en los que Sagan cree descifrar el Sol rodeado de nueve planetas, con dos planetas más pequeños en uno de los lados, así como otras representaciones de sistemas que muestran un número variado de planetas para cada estrella. La idea de los planetas girando alrededor del Sol y las estrellas no aparecen hasta Copérnico, aunque encontremos algunas especulaciones al respecto entre los griegos.

 

La densidad de acontecimientos inexplicables, referidos por las leyendas del Próximo Oriente, plantea incógnicas. La arqueología ha puesto al descubierto vestigios de tecnología, como el horno de reverbero de Ezeón Gober, en Israel, o el bloque de vidrio de tres toneladas enterrado cerca de Haifa. La aparición, en esta región del mundo de nuevas técnicas y de nuevas religiones, como si se tratase del crisol de la historia humana, suscita la pregunta de si estos lugares fueron elegidos por seres venidos de las estrellas. Sagan imagina varios orígenes posibles de los visitantes, como Alfa Centauro o Epsilon Eridano. Y concluye: “Historias como la leyenda de Oanes, y las figuras y textos más antiguos concernientes a la aparición de las primeras civilizaciones terrestres, merecerían estudios críticos más amplios que los realizados hasta la actualidad. Estos estudios no deberían rechazar una rama de investigación relativa a contactos directos con una civilización extraterrestre“. Y Platón, en Critias, dice lo siguiente: “Sin duda los nombres de estos autóctonos fueron salvados del olvido, mientras se oscurecía el recuerdo de su obra, como consecuencia tanto de la desaparición de los que habían recibido su tradición como de la longitud del tiempo transcurrido. En efecto, siempre, después de los hundimientos y los diluvios, lo que quedaba de la especie humana sobrevivía en estado inculto, teniendo conocimiento únicamente de los nombres de los príncipes que habían reinado en el país, y muy poco sobre su obra. Por esto les gustaba dar estos nombres a sus hijos, aunque ignoraban los méritos de estos hombres del pasado y las leyes que habían promulgado, a excepción de algunas tradiciones oscuras y relativas a cada uno de ellos. Desprovistos como estaban, ellos y sus hijos, durante muchas generaciones, de las cosas necesarias para, la existencia, absorta la mente en estas cosas que les faltaban, y tomándolas como único tema de sus conversaciones, no se preocupaban con lo que había ocurrido con anterioridad, ni de los acontecimientos de un pasado remoto. En realidad, el  estudio de las leyendas, las investigaciones relativas a la Antigüedad, fueron dos cosas que, con el ocio, entraron simultáneamente en las ciudades, desde el momento en que éstas vieron aseguradas, por algunos años, las necesidades de la existencia; pero no antes“.

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Volviendo al tema celta, comprobamos que la lengua se divide muy pronto en dos grupos. De una parte, el celta o el gaélico; de otra, el kyniers o belga. El gaélico se hablaba sobre todo en las tierras altas de Escocia y en Irlanda, y sus dialectos se diferenciaron progresivamente. Pero, a pesar de la distancia, encontramos numerosas raíces de éstos en el pahlavi, forma escrita del idioma persa, principalmente de la época sasánida, e incluso en farsi, el idioma persa moderno. Por ejemplo: Eyber o Aber significa agua en gaélico, que se dice âb en farsi. En los primeros siglos de la Era cristiana, los celtas utilizaron una escritura, el ogham, fundado en el alfabeto latino y que consiste en unos trazos perpendiculares, a uno y otro lado de una arista central. Después, utilizaron casi siempre el alfabeto latino. Pero así como se ha puesto en duda su cultura, su organización militar perfeccionada ha despertado gran atención. Su caballería, sus carros de guerra, sus campos atrincherados y, sobre todo sus sables de hierro, infundían terror a sus enemigos. Esto ocurría allá por el año 1000 antes de Cristo. Semejante organización militar presuponía una tecnología. Sin embargo, a juzgar por la poca importancia que les otorgan los historiadores, los celtas no hicieron ningún aporte a las ciencias y a las técnicas, lo que resulta curioso. Se dice que los caballos de los ejércitos celtas llevaron herraduras desde el principio. Pero la fabricación en serie de herraduras, ya que debió tratarse de decenas de millares, presupone toda una industria. Conocemos una aldea, La Tène, que fue centro de cultura celta. Pero esta aldea, que data de 500 años antes de Cristo, se encuentra en Suiza. No es probable que tengamos que buscar allí a Numinor, que, según parece, era puerto de mar. Aparentemente, la civilización celta, en vez de degenerar, pasó a la clandestinidad en un plano esotérico, mientras creaba, gracias a la utilización del hierro, una poderosa organización militar, que dio origen a la cultura llamada «hallstatt occidental», y que los historiadores dividen, generalmente, en dos períodos: 800 y 650 antes de Cristo. Después de lo cual, este celtismo se transforma en la civilización de La Tène, cuyo centro, según acabamos de decir, se encuentra en Suiza. Pero, antes, los celtas, como todos los habitantes de Europa, pasaron por tiempos difíciles. En el curso de la era posglacial, Europa estaba cubierta de bosques poblados de bestias salvajes. En esta naturaleza hostil no podían practicar aún la agricultura, que requiere una cierta seguridad. Permanecieron, pues, durante un tiempo, en la fase de recogida de frutos silvestres. Una de las primeras características de su modo de vida es la domesticación de los caballos.

 

Así como utilizaron en seguida el hierro para herrar los caballos, sustituyeron sus primitivos útiles de piedra y de sílex por otros de metal. Pero, incluso en aquella época, siguieron abriendo pozos de mina de sílex, como los que se han encontrado en Spiennes, Bélgica, muy bien conservados, de más de diez metros de profundidad y con galerías y estrechos pasadizos, por los que apenas podía deslizarse un hombre provisto de sus herramientas. La habilidad de los celtas en la metalurgia está comprobada por el gran número de forjas descubiertas en la Galia, y particularmente en Lorena, en Borgoña y en Bretaña, así como por el uso que hacían los marinos de las cadenas de hierro para anclar sus barcos, en una época en que los navegantes romanos utilizaban aún cuerdas de cáñamo. Sus herreros conocían procedimientos de temple que daban a sus armas una dureza extraordinaria. También trabajaban la plata y sabían la manera de batirla. Ahora bien, todos estos trabajos presuponen una organización asociativa y, por ende, centros urbanos o, al menos, aglomeraciones importantes. Indudablemente, se había superado la fase de las chozas de barro. Después de las ciudades lacustres, de casas montadas sobre pilotes, debió de haber ciudades próximas a las importantes necrópolis, constituidas parcialmente por los monumentos megalíticos. Éstos se encuentran en todo el contorno de los mares del Norte y del océano Atlántico, así como también en la Europa central. R. Grosjean, encargado de investigaciones en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas francés descubrió en Filesota, Córcega, vestigios de construcciones muy antiguas, que se remontan, quizás, al segundo milenio antes de nuestra Era. Y las espigas y entalladuras que se observan en las piedras levantadas, particularmente en Stonehenge, dan a entender que los celtas poseían conocimientos arquitectónicos y debían, por consiguiente, edificar casas de piedra. Eran expertos en diversas artes menores, practicaban la cerámica y tejían paños muy elaborados para la confección de sus vestidos. También conocían el empleo del ámbar amarillo, el «elektron» de los griegos, desde el Báltico hasta el Mediterráneo. El ámbar es una piedra preciosa hecha de resina vegetal fosilizada proveniente principalmente de restos de coníferas y algunas angiospermas. Etimológicamente su nombre proviene del árabe, significando lo que flota en el mar, ya que flota sobre el agua del mar, aunque originalmente se refería al ámbar gris. Normalmente es de color marrón claro. Lo utilizaban como adorno, pero también con fines profilácticos. Y, con esta sustancia, que, según Tácito, historiador, senador, cónsul y gobernador del Imperio romano, era el jugo de una materia sumergida, confeccionaban collares para los niños. En efecto, se decía que el ámbar tenía virtudes terapéuticas, e inmunizaba contra diversas enfermedades.

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Tanto las técnicas como los mitos se transmitían por vía oral y eran, probablemente, patrimonio de la clase sacerdotal. Ésta constituía una verdadera corporación de filósofos naturalistas y de espiritualistas, llamados druidas. Aunque ninguna de sus doctrinas y actividades fueron registradas en libros, las conocemos gracias a varios escritores latinos, como Diógenes Laerce, Julio César, Estrabón, Tácito y Plinio el Viejo. Además, hallamos algunas informaciones en algunas vidas de santos. Y también, naturalmente, en las leyendas galas. Su cofradía parece haber estado emparentada con la de los magos de la religión de Zoroastro y también, un poco, con la de los poseedores de los dogmas védicos; lo cual no es de extrañar, ya que celtas, persas y arios de la India constituyen tres de los vástagos de la gran familia lingüística y cultural de los indoeuropeos, mientras que la rama de los griegos presentaba sensibles diferencias, por haber absorbido las creencias, los conocimientos, las tradiciones y el fondo cultural cretense, lo mismo que los latinos, que fueron discípulos de los helenos y herederos de los etruscos. La originalidad de los druidas residía, pues, principalmente, en el culto naturalista y en el ceremonial de las estaciones. Además, según dicen los romanos, carecían de templos y reunían a los fieles en los claros de los bosques. Gozaban de gran consideración. Según el narrador de la batalla de los bueyes de Cooley, estaba prohibido a los ulates, habitantes del Ulster, hablar ante el rey y a los reyes, antes que su druida. Los druidas actuaban de consejeros políticos de los soberanos y de preceptores de los jóvenes nobles, y practicaban una medicina fundada en el efecto curativo de ciertas plantas. Del contacto con la cultura griega se usaría la parte de la leyenda referente a Hércules, así como de su asentamiento en Iberia se usaría lo referente a Geronte y su torre, e incluso basándose en la captura de los bueyes de Gerión, que Hércules logra en una isla, más allá de Iberia y al otro lado del océano, que bien podría ser Irlanda. En relación  a la batalla por el ganado de Cooley, los escita-milesios la habrían llevado hasta Irlanda con su tradición oral, que posteriores leyendas de la isla variarían en gran parte. Sin poderlo afirmar categóricamente, existen ciertas similitudes como para pensar en una posible realidad. Por otra parte, los celtas no se limitaban a adorar la Luna como astro, sino también en consideración a su múltiple influencia. Después de observarla largamente, no sólo le otorgaron un importante lugar en los motivos decorativos de sus medallas, sino que concibieron un calendario fundado en las comprobaciones hechas en relación a la Luna, tomando como base las estaciones y las fases de la Luna.

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En sus funciones culturales estaban asistidos por los bardos, personas encargadas de transmitir las historias, las leyendas y poemas de forma oral, además de cantar la historia de sus pueblos en largos poemas, y que celebraban el culto de los héroes. Gozaban, además, de un poder oculto, y, según se dice, realizaban prodigios al comunicarse con las fuerzas espirituales del más allá. Creían en la inmortalidad del alma y en la metempsícosis, y pronunciaban profecías, aunque esto incumbía tal vez a las druidesas, de las que sabemos poca cosa. La doctrina de la metempsícosis, ridiculizada por los científicos y combatida por los teólogos, es un concepto sublime para quienes desentrañan su  esotérica adecuación a la indestructibilidad de la materia é inmortalidad del espíritu. La metempsicosis, o metempsícosis, es una antigua doctrina filosófica griega basada en la idea tradicional de la constitución triple del ser humano, espíritu, alma y cuerpo, que afirma el traspaso de ciertos elementos psíquicos de un cuerpo a otro después de la muerte. En Occidente esta creencia fue mantenida por el orfismo y el pitagorismo y aceptada por Empédocles, Platón, Plotino y los neoplatónicos, que hallaron en ella un modo apto para justificar la teoría de la preexistencia del alma que desembocaría, con Platón, en la teoría de la Reminiscencia, forma de adquirir conocimiento que consiste en recordar lo que el alma sabía cuando habitaba en el mundo inteligible de las ideas antes de caer al mundo sensible y quedar encerrada en el cuerpo. La palabra metempsicosis suele traducirse como reencarnación, aunque ambos términos se refieren, sin embargo, a cosas distintas. Podría traducirse como “traspaso del Alma“. El Espíritu es el que peregrina a través de los distintos seres, como el hilo atraviesa las cuentas de un collar, para vivificarlos momentáneamente. Para otros representa el equivalente griego de la doctrina hindú de la transmigración de las almas. Según Ananda Coomaraswamy, destacado orientalista, la metempsicosis no es sino la herencia directa o indirecta de las características psicofísicas del fallecido, características que no se lleva con él al morir y que no son una parte de su esencia verdadera, sino sólo su vehículo pasajero y más exterior. René Guénon, filósofo francés, va más allá en su concepción de la metempsicosis. Según él, esta consistiría en que en el individuo hay elementos psíquicos que se disocian después de la muerte y pueden pasar entonces a otros seres vivos, hombres o animales, sin que eso tenga más importancia, en el fondo, que el hecho de que, después de la disolución del cuerpo de esa misma persona, los elementos que le componían puedan servir para formar otros cuerpos. En los dos casos, se trata de elementos mortales del individuo, y no de la parte imperecedera que es su ser real y que no es afectado de ninguna manera por esas mutaciones póstumas.

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La disolución que sigue a la muerte no recae solo sobre los elementos corporales, sino también sobre algunos elementos que se pueden llamar psíquicos. Estos elementos, que, durante la vida, pueden haber sido propiamente conscientes o solo «sub-conscientes», comprenden todas las imágenes mentales que, al resultar de la experiencia sensible, han formado parte de lo que se llama memoria e imaginación. Estas facultades son perecederas, es decir, sujetos a disolverse porque, al ser de orden sensible, son literalmente dependientes del estado corporal. Por otra parte, fuera de la condición temporal, que es una de las que definen este estado, la memoria no tiene evidentemente ninguna razón de subsistir. Los espiritualistas dicen que la reencarnación no es idéntica a la metempsicosis. Pero, según ellos, solo se distingue de ella en que las existencias sucesivas son siempre “progresivas”, y en que deben considerarse solo para los seres humanos, Según Allan Kardec, en su Le Livre des Espirits: “Hay entre la metempsicosis de los antiguos y la doctrina moderna de la reencarnación, esta gran diferencia, a saber, que los espíritus rechazan de manera absoluta la transmigración del hombre en los animales, y recíprocamente“.  Generalmente se confunde la metempsicosis con la doctrina de la transmigración de las almas y con la idea de la reencarnación. Respecto a la confusión con la reencarnación, el ocultista francés Gérard Anaclet Vincent Encausse (Papus) dice lo siguiente: «Es menester no confundir jamás la reencarnación y la metempsicosis, puesto que el hombre no retrograda y el espíritu no deviene jamás un espíritu de animal, salvo en el plano astral, en el estado genial, pero esto es todavía un misterio». Dice René Guénon, filósofo francés, respecto a esta misma confusión, diferenciando la metempsicosis de la reencarnación: “Entiéndase bien que, cuando se habla de reencarnación, eso quiere decir que el ser que ha estado ya incorporado retoma un nuevo cuerpo, es decir, que vuelve al estado por el que ya ha pasado; por otra parte, se admite que eso concierne al ser real y completo, y no simplemente a los elementos más o menos importantes que hayan podido entrar en su constitución“. La confusión que hace proliferar las elucubraciones sobre la metempsicosis se debe al deficiente conocimiento de la idea de la constitución triple del ser humano, lo que hace que se confunda, como primera cosa, el espíritu con el alma. Esta confusión no es nueva y se puede rastrear en distintos textos filosóficos posteriores al Renacimiento, particularmente en Descartes. Cabe destacar la alta adhesión que han alcanzado creencias como la reencarnación, fundada en este tipo de confusiones. Ni la superstición religiosa ni el escepticismo materialista pueden resolver el magno problema de la  eternidad.

 

Los oubages, adivinos y sacrificadores, prestaban igualmente su concurso. Pero el sacrificio no equivalía, como se tiende a creer, a una inmolación. Era consentido e incluso ambicionado. Se trata, nos dice Jean Markale, conocido por sus libros sobre la civilización celta y el ciclo artúrico, «de una operación psíquica, en el curso de la cual se despoja al sacrificado de las escorias que le estorban, por grados sucesivos, y trata de alcanzar la divinidad: el Ser Perfecto». El último grado es, naturalmente, la muerte, a la que se abandona el iniciado, como los hinduistas que se hacían aplastar por las ruedas del carro de Jarjenatte, en la India. Pero aunque tengamos, de manera indirecta, una idea vaga del saber y costumbres celtas, se han conservado; en particular, ciertas fiestas que fueron incorporadas al rito cristiano. Tal es el caso de la «Víspera de Todos los Santos», o de la fiesta de la Primavera, que era mucho más precoz que nuestro Primero de Mayo, así como también de las hogueras de San Juan. Lo propio puede decirse de la Navidad. En efecto: en esta época del invierno, los celtas solían adornar sus casas con muérdago, y en particular la entrada, para implorar la gracia de la prosperidad. Más de mil quinientos años después de que los romanos prohibiesen el druidismo, sobre todo después de haberse convertido al cristianismo, Johann Wolfgang von Goethe, famoso poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán, tuvo noticia de esta tradición, que perduraba en ciertas regiones y particularmente en Alsacia, y habló de ella a sus amigos y, después, la celebró en sus escritos. Pero el muérdago, muy raro en Alemania, fue remplazado por la rama de abeto. Inmediatamente, los emigrantes propagaron la costumbre en toda Europa y en América del Norte. En la actualidad, se ha extendido a Asia, e incluso en los hogares musulmanes de Teherán se iluminan, el 25 de diciembre, los árboles de Navidad cargados de regalos, sin dar el menor sentido religioso a esta manifestación que, por lo demás, es estrictamente profana y simplemente tolerada por la cristiandad. Todo esto parece alejarnos de Numinor. En realidad, para hacer creíble la existencia de una ciudad de la que no subsiste rastro alguno, pero cuyo esplendor es cantado por las leyendas, es necesario mostrar que es probable, dado el nivel cultural, artístico y espiritual de la sociedad céltica. Se ha tratado de relacionar Numinor  con Numinoë, muy posterior a la época céltica.  En el año 824 de la Era cristiana, el rey Ludovico Pío nombró duque de Bretaña y señor de los bretones al conde de Vannes, que se llamaba Numinoë.

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Al principio, Numinoé se mostró aparentemente leal a Ludovico Pío. Pero cuando los hijos de éste se disputaron el Imperio, recobró su absoluta libertad de acción, actuó como verdadero soberano, organizó la unidad bretona y se ganó, por ello, el título de «Padre de la Patria». Habiéndose declarado en favor de Lotario, soberano alejado y, por ello, poco molesto, desafió abiertamente a Carlos el Calvo, rey de Francia Occidental de 843 a 877 y Emperador carolingio de Occidente. Era el menor de los hijos del Rey Luis I el Piadoso, también llamado Ludovico Pío, y de su segunda esposa, Judith de Baviera, y, por tanto, nieto de Carlomagno. Carlos el Calvo llevó a cabo una expedición para someterle y apoderarse definitivamente de la península. Pero fracasó, pues, el 22 de noviembre de 845, fue derrotado en Ballon, al sur de Rennes, y obligado a reconocer la autoridad de Numinoë en Bretaña. Pero Numinoë no se contentó con esto, sino que se apoderó de Rennes y de Nantes y se anexionó Marche, dando así sus lindes al futuro Ducado, que son actualmente los de los cinco departamentos bretones. Cegado por sus triunfos, Numinoë se convirtió en conquistador. Invadió Anjou, Maine y el Vendòmois. Murió el 7 de marzo de 851 y fue enterrado en la abadía de Saint-Sauveur de Redon, fundada bajo su patrocinio por Conwoion, arcediano de Vannes, y que llegó a ser una de las más brillantes abadías bretonas. Sin embargo, Numinoë había tenido tiempo de trazar las líneas generales de una reforma política, administrativa y religiosa. Trasladó el centro político del país de Nantes a Vannes. Reorganizó y delimitó los obispados del Norte, como St-Pol-de-Léon, Tréguier, St-Brieux, St-Malo y Dol, despojándoles, por lo demás, de su carácter monástico. Depuró el clero del Sur, tradicionalmente galorromano, y trató de apartar a toda la Iglesia bretona de la obediencia de Tours, proponiendo la creación de una nueva metrópoli, bretona, en Dol. La figura de Numinoë no carece de grandeza ni de mérito. Es uno de los pocos soberanos bretones que consiguió una cohesión perfecta en un país poco inclinado a la unidad y desgarrado, como en tiempos de los galos y de los bretones insulares, por querellas intestinas y luchas de preeminencia muy acordes con la mentalidad céltica. Pero esta cohesión no duraría mucho tiempo. Parece evidente que este Numinoë fue el jefe celta supremo de la época, el Pendragon, en referencia a Uther Pendragon, rey mítico de la Britania pos-romana y padre del rey Arturo. La autoridad de Numinoë se extendía sobre todo el celtismo y, por la propia fuerza de su nombre, pretendía ser de Numinor.

 

Se deberían tener más en cuenta las ciudades desaparecidas que menciona la literatura céltica, aunque ninguna de ellas lleve el nombre de Numinor. Estas desapariciones coinciden, por lo demás, con cataclismos naturales. Hacia el año 1200 antes de Cristo, descendió en Europa el nivel de los mares, de los lagos y de los pantanos. Y, curiosamente, esta disminución de la humedad trajo consigo una aceleración del progreso. Pero a fines de la Edad del Bronce, o Primer Período de Hallstatt (530 a.C.) se produjo un nuevo cambio climático. Después de unas lluvias torrenciales, que provocaron inundaciones, las costas de los mares del Norte se anegaron parcialmente y, con ellas, varios puertos del Báltico, de Bretaña, del país de Gales y de Irlanda. Esto permite dar mayor crédito a la leyenda bretona de la ciudad de Ys. Aunque hay que reconocer que ésta ha llegado hasta nosotros con elementos románticos propios de la tradición medieval, gracias al Lai Graelent-Muer, atribuido a María de Francia, y al Misterio de Saint-Gwendolé, drama bretón armoricano del siglo XVI. Hay conjeturas que identifican a María de Francia con María de Champagne, hija de Leonor de Aquitania, que llegó a ser reina consorte de Francia (1137-1152) y luego reina consorte de Inglaterra (1154-1189). Pero no todo es símbolo o mito en estos dos relatos. Gradlon, rey de Cornualles, en el curso de un largo viaje, se casó con un hada de extraordinaria belleza.   Durante el viaje de regreso, ella da a luz una hija, Dahuit, o Abes, y muere inmediatamente después del parto. El viudo consagra todo su cariño a Dahuit, pero se convierte al cristianismo. No obstante, Dahuit sigue siendo pagana. Y, para vivir apartada de la Corte, pide a su padre que le construya una ciudad a orillas del mar. El padre cede a este capricho y protege la ciudad con un dique provisto de una puerta de bronce. Alberto Magno, destacado teólogo, geógrafo y filósofo medieval, sitúa la ciudad en la bahía de Douarnenez. Según la leyenda, impera el lujo en la ciudad y, además, sus moradores se entregan a continuas orgías. Como si fuesen una especie de Sodoma y Gomorra, Dios encarga su castigo a Gwendolé. El santo varón avisa a Gradlon, rey piadoso y justo, que consigue salvar sus bienes y emprender la huida. Pero Dahuit y sus disipados compañeros perecen ahogados en la ciudad engullida por las aguas.

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Encontramos una leyenda parecida en el País de Gales, la del Libro Negro de Camãrthen, y otra en Irlanda, en el manuscrito de Leabhar na H. Uidre. En estos textos, y en otros igualmente relativos a ciudades que desaparecieron sin dejar rastro, se observan algunas variantes. En algunos de ellos, no se trata de la invasión de las aguas del mar, sino de una fuente mágica que se desborda. En otras, interviene un monstruo, casi siempre acuático, como el de Loch Ness, en Escocia. También encontramos este tema en Escandinavia. Por ejemplo, Selma Lagerloff refiere, en Nils Holgerson, el castigo infligido a los moradores de Vineta, que vivían entregados a la lujuria. La ciudad fue sumergida por las olas. Aunque cada siglo emerge por una noche. La literatura épica abunda también en relatos de una ciudad desierta que aparece ante los ojos de un ejército que la ataca y que después desaparece misteriosamente. O bien de una fortaleza que se desvanece al acercarse un visitante, como Parsifal, que va en busca del Santo Grial. Naturalmente, pueden atribuirse varios significados a estas desapariciones. Los cristianos trataron de dar un carácter punitivo a estas destrucciones, análogas a la de Sodoma y Gomorra en el Antiguo Testamento. Pero también la desaparición se puede interpretar como una necesidad de conservar secreto el poder espiritual de los celtas, que resuelven por ellos mismos pasar a la clandestinidad. Los recientes descubrimientos de ciudades tales como Çatal Huyuk antiguo asentamiento de los períodos Neolítico y Calcolítico, siendo el conjunto urbano más grande y mejor preservado de la época neolítica en el Oriente Próximo, o bien de los vestigios prehistóricos de Filatosa, en la isla de Córcega, permiten, sin embargo, esperar que Numinor haya existido en realidad y que un día, tal vez próximo, la descubran los arqueólogos, los espeleólogos o los oceanógrafos, y aporten, de este modo, una prueba irrefutable del nivel real que alcanzó la civilización céltica.

 

Fuentes:

 

  • Louis Pauwels & Jacques Bergier – El Retorno de los Brujos
  • Homero – La Odisea
  • Píndaro, Esquilo y Sófocles – Epopeyas de la mitología clásica
  • Manuel Yáñez Solana – Los Celtas
  • Viviana Campos – El mágico mundo de los celtas
  • Roberto Rosaspini Reynolds – Mitos y Leyendas Celtas
  • Mariano Fontrodona – Los celtas y sus mitos
  • Robert Charroux – Archivos de otros Mundos
  • José Ramón Vidal – Lugar misterioso: la ciudad de Ys

febrero 2, 2015 - Posted by | Historia, Historia oculta, Otras ant. civil., Otros, Otros

5 comentarios »

  1. Aunque nunca he profundizado en ello la mitología celta y todo lo que tiene que ver con los Tatua de Danan (como se escriba) siempre me ha parecido muy interesante. Así como la conexión celta con el enigma del Grial.

    Comentario por Unam | febrero 2, 2015 | Responder

  2. Algún autor opina que los celtas en realidad son parte del antiguo pueblo escita ; ¿ Que opinión le merece al autor de este blog esta teoría ?

    gracias

    Comentario por Santi | abril 12, 2015 | Responder

    • Yo también estoy de acuerdo con el posible origen escita del pueblo celta

      Comentario por oldcivilizations | abril 12, 2015 | Responder

      • Los fenicios y otros pueblos emigraron por tierra y mar. Dos de los grupos fueron llamados los Cimerios y los Escitas, y a través de una serie de cambios de nombre poblaron Europa y se encontraron con los colonos arios más antiguos de Gran Bretaña y Europa del Norte, que fueron trasladados por los navegantes fenicios, que son muy importantes para la Historia. Los Cimerios emigraron al noroeste desde el Cáucaso y el Asia Menor (Turquía) hacia los países que ahora llamamos Bélgica, Países Bajos, Alemania y Dinamarca. Los historiadores romanos, Plinio y Tácito, dijeron que todas las personas a lo largo de la costa desde Países Bajos hasta Dinamarca eran el mismo grupo étnico y esto es apoyado por evidencia arqueológica que indica que este pueblo llegó a esa región alrededor de 300 a 250 a.C. Otro grupo de Cimerios viajó hacia arriba por el río Danubio por Hungría y Austria hacia Alemania del sur y Francia. Los romanos los llamaron galos y los griegos los conocieron como los Keltoi o celtas.

        Comentario por oldcivilizations | abril 12, 2015

      • Gracias de nuevo por tu aclaración al respecto ; Decirte que como aficionado a las culturas antiguas en especial y a la historia en general tu blog es de lo mas exquisito que he visto por la red y mis felicidades por ello ; sigue asi

        Saludos

        Comentario por Santi | abril 21, 2015


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