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Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

¿Qué sabemos sobre la historia y orígenes del mundo árabe?


Mucha gente opina sobre el mundo musulmán, especialmente árabe, pero muy poca gente conoce algo sobre su historia y orígenes. Lo que indicaremos en este artículo era cierto en la época de Mahoma, aunque, en la actualidad, el poder y riquezas que les ha aportado el petróleo han cambiado mucho su filosofía de la vida. En este artículo nos centramos en los acontecimientos, costumbres y filosofía de vida de aquella época (principalmente los siglos VI y VII). Ante todo hay que tener en cuenta que el inmovilismo ha sido Imagen 3un carácter distintivo de las innumerables tribus que han recorrido, desde tiempos inmemoriales, con sus tiendas y sus rebaños, los áridos e interminables desiertos de Arabia. Los beduinos de nuestros días conservan aún en toda su pureza el espíritu que animaba a sus antepasados, contemporáneos de Mahoma, y no hay comentarios más exactos sobre la historia y la poesía de los árabes que las noticias aportadas por los viajeros del siglo XIX y anteriores acerca de las costumbres y la manera de pensar de los beduinos. Si permanecen estacionarios ante el progreso, es porque, indiferentes al bienestar y a las satisfacciones materiales que proporciona la civilización, no quiere cambiar de vida. En su orgullo, el beduino se considera como el tipo más perfecto de la creación, desprecia a los demás pueblos porque no son como él, y se cree infinitamente más dichoso que el hombre civilizado. Guiados, no por principios filosóficos, sino por su propio instinto, adoptaron desde el primer momento la divisa de la Revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad. El beduino es el hombre más libre de la tierra. “No reconozco otro dueño que el del Universo“, afirma. En nuestra sociedad, un Gobierno es un mal necesario, inevitable, que se supone es condición imprescindible para un bien común. Pero los beduinos no tienen gobierno. Cierto que cada tribu elige su jefe, pero éste no posee más que cierta influencia. Se le respeta, se escuchan sus consejos, pero no tiene en modo alguno el derecho de dictar órdenes. En vez de disfrutar de un sueldo, se ve forzado a sustentar a los pobres, a distribuir entre sus amigos los presentes que recibe, a ofrecer a los extranjeros una hospitalidad más suntuosa que a ningún individuo de la tribu. En cualquier circunstancia está obligado a consultar al consejo de la tribu, formado por los jefes de las diferentes familias, sin cuyo consentimiento no puede declarar la guerra, ultimar la paz ni levantar el campo. Cuando una tribu confiere el título de jefe a uno de sus miembros, este título no es, a menudo, más que un testimonio de pública estimación, un solemne reconocimiento de que el elegido es el hombre más capaz, más valiente y más adicto a los intereses de la comunidad. “Jamás concedemos esta dignidad a nadie —decía un árabe antiguo—, a menos que nos haya dado todo lo que posee, que no haya sacrificado cuanto le es querido, cuanto estima y honra, y nos haya prestado servicios como un esclavo“.

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Reniero Pedro Dozy, personaje representativo del holandés perseverante y del erudito concienzudo, nació en Leyde el 21 de febrero de 1820. Era hijo de un médico afamado y pariente colateral de los Schulten, célebres orientalistas. Pero éstos no ejercieron ningún influjo en su vocación. Mostró desde niño gran afición por la Literatura y la Historia. Además de los cursos universitarios, cultivaba el árabe en lecciones privadas. El triunfo de Dozy, inmenso y resonante en toda Europa, quedó consagrado cuando la Academia de la Historia, de Madrid, le designó como académico correspondiente en 15 de marzo de 1853. La autoridad de Dozy comenzó a ser indiscutible, y no sólo los editores se disputaban sus obras, sino que, apenas anunciaba su propósito de publicar una serie de textos árabes, llovían las suscripciones y los donativos del Estado y de los particulares, ansiosos de colaborar, siquiera económicamente, en su obra. Multitud de suscripciones hicieron posible tan ardua empresa, y desde 1855 comenzó a publicar sus Analectas sobre la historia y la literatura de los árabes de Península Ibérica, trabajo ímprobo, que en 1860 fue completado por unas tablas y una lista de correcciones, debidas en su mayor parte a Fleischer, profesor de Leipzig, que tenía la costumbre de enviar listas de correcciones a todos los editores. Dozy no fue menos admirable como maestro. A pesar de su “aurea mediocritas”, había aceptado el cargo de auxiliar de intérprete del Legado Warneriano, que le permitía disponer libremente de los más preciosos manuscritos, al mismo tiempo que prestaba un relevante servicio formando el catálogo de aquel tesoro de erudición. Pero su sueño dorado era la cátedra, que aun sus más fervientes admiradores vacilaban en conferirle por temor a que la enseñanza le alejase de sus trabajos de investigación. Fué Dozy en la cátedra tan escrupuloso como en las investigaciones, bastando para demostrarlo recordar el hecho de que no se atrevió a explicar la historia de los normandos hasta estudiar sueco, islandés y danés. Durante los veinticinco años de labor didáctica no había interrumpido sus trabajos de investigación, especialmente el acopio de materiales para su Historia de los musulmanes de Península Ibérica hasta la conquista de los almorávides, en que me he basado parcialmente para escribir este artículo. Publicada en 1861, tuvo en el extranjero un éxito mayor que en Holanda, pues el estar escrita en francés hirió el orgullo nacional de los holandeses.

 

Entre los árabes existe una gran diversidad de orígenes étnicos. Según la Torá, la Biblia y el Corán, los árabes de la península de Arabia son los descendientes de Sem, hijo de Noé. La manutención del nombre de pila o el apellido es una parte importante de la cultura árabe y, por tanto, algunas líneas genealógicas pueden llegar a reclamar ser descendientes de Noé e incluso Adán. Los primeros árabes de los que se tiene conocimiento documentado provenían de la antigua capital nabatea Petra, en la actual Jordania. Petra es un importante enclave arqueológico en Jordania, y la capital del antiguo reino nabateo. El nombre de Petra proviene del griego πέτρα que significa piedra, y su nombre es perfectamente idóneo; no se trata de una ciudad construida con piedra sino, literalmente, excavada y esculpida en la piedra. El asentamiento de Petra se localiza en un valle angosto, al este del valle de la Aravá que se extiende desde el mar Muerto hasta el Golfo de Aqaba. Los restos más célebres de Petra son sin duda sus construcciones labradas en la misma roca del valle (hemispeos), en particular, los edificios conocidos como el Khazneh (el Tesoro) y el Deir (el Monasterio). Fundada en la antigüedad hacia el final de siglo VIII a. C. por los edomitas, fue ocupada en el siglo VI a. C. por los nabateos que la hicieron prosperar gracias a su situación en la ruta de las caravanas que llevaban el incienso, las especias y otros productos de lujo entre Egipto, Siria, Arabia y el sur del Mediterráneo. Hacia el siglo VIII, el cambio de las rutas comerciales y los terremotos sufridos, condujeron al abandono de la ciudad por sus habitantes. Cayó en el olvido en la era moderna, y el lugar fue redescubierto para el mundo occidental por el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt en 1812. Numerosos edificios cuyas fachadas están directamente esculpidas en la roca, forman un conjunto monumental único que a partir del 6 de diciembre de 1985, está inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. La zona que rodea el lugar es también, desde 1993, Parque Nacional arqueológico. Desde el 7 de julio de 2007, Petra forma parte de las Las nuevas siete maravillas del mundo moderno. Otros árabes, conocidos como árabes arabizados, incluyen a aquellos que viven en partes de la Mesopotamia histórica (conocida en árabe como Bayn Nahrain o “entre dos ríos”), del Oriente (Próximo y Medio), de las tierras bereberes, de las tierras de los moros (la antigua Mauretania), Egipto, Sudán y otras zonas de África. El origen de los árabes se concentra en dos grandes grupos. Los “al-‘Āriba” o de “origen puro”: Son los árabes que tradicionalmente se han considerado como descendientes de Noé a través de su hijo Sem, que engendró a Arfaxad, que engendró a Salaj, que engendró a Heber, que engendró a Joctán (Qahtan). De ahí que reciban el nombre de Joctanitas o Qahtanitas, cuyos ancestros más antiguos, desde el punto de vista histórico, son las tribus de sabeos del Yemen.  Otro grupo lo forman los “al-Mustaʻribah” o “árabes arabizados“. Son los árabes considerados tradicionalmente como descendientes de Abraham, a través de su hijo Ismael, y de éste, su hijo Adad, por lo que son conocidos como “Adaditas“. Define a los árabes que se establecieron en la Meca cuando Abraham tomó a su mujer egipcia Agar y a su hijo Ismael para conducirlos a dicha ciudad.

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Existen entre los árabes y los occidentales diferencias fundamentales. Los árabes tienen, tal vez, más temple de carácter, más magnanimidad, un sentimiento más vivo de la dignidad humana; pero no llevan en sí el germen de la evolución y del progreso. Y con su ansia apasionada de independencia personal, con su carencia absoluta de sentido político, resultan difícilmente adaptables a las leyes de la sociedad. Y, sin embargo, se han esforzado por organizarse. Arrancados de sus desiertos por su profeta Mahoma y lanzados a la conquista del mundo, obtuvieron rotundos éxitos. Enriquecidos por el saqueo, llegaron a conocer los placeres del lujo. Bajo la influencia de los pueblos vencidos, cultivaron las ciencias y se civilizaron cuanto pudieron. Pero, aun después de Mahoma, conservaron durante largo tiempo su carácter nacional. Cuando invadieron Península Ibérica eran todavía los verdaderos hijos del desierto, y a orillas del Tajo o del Guadalquivir no pensaban más que en proseguir las luchas entre tribus, iniciadas en Arabia, en África o en Siria. Innumerables tribus, sedentarias unas, pero nómadas en su mayoría, sin comunidad de intereses, sin centro común y ordinariamente en guerra unas con otras, poblaban la Arabia en tiempo de Mahoma. Si el valor bastase para hacer a un pueblo invencible, los árabes lo hubieran sido, porque en ningún país predominaba más el espíritu bélico. Sin guerra no hay botín, y sin botín los beduinos no podían vivir. Su dicha más embriagadora era empuñar la lanza flexible o el acero deslumbrante, hendir cráneos o cercenar las gargantas de los enemigos, aplastar a la tribu contraria, como la piedra muele el grano; inmolar víctimas, pero no aquellas cuya ofrenda place al cielo. El valor en los combates era el mejor título para los elogios de los poetas o el amor de las mujeres, que, a su vez, participaban del espíritu marcial de sus hermanos y esposos. Marchaban a retaguardia en los combates, cuidaban a los heridos y alentaban a los guerreros recitando versos de salvaje energía: “Valor — repetían a coro —, valor, defensores de mujeres, herid con el filo de vuestros aceros. Somos hijas de la estrella de la mañana; nuestros pies se hunden en muelles cojines, nuestros cuellos están ornados de perlas; nuestros cabellos, perfumados de almizcle. Estrechamos en nuestros brazos a los héroes que hacen frente al enemigo; negamos nuestro amor a los cobardes que huyen“.  Sin embargo, un observador atento hubiese advertido fácilmente su extrema debilidad, originada por la falta absoluta de unidad y por el antagonismo constante entre diversas tribus. Arabia hubiera sido sojuzgada por un conquistador extranjero, si no hubiera sido demasiado pobre para inspirar ambiciones de conquista. “¿Qué encontraríamos entre vosotros? — decía el rey de Persia a un príncipe árabe que le pedía tropas a cambio de la posesión de una gran provincia —. ¿Qué encontraríamos entre vosotros? Ovejas y camellos. No quiero por tan poca cosa aventurar en vuestros desiertos un ejército persa”. Sin embargo, Arabia fue al fin conquistada; pero lo fue por un árabe, por un hombre extraordinario: por Mahoma.

 

La autoridad de un jefe beduino es casi siempre tan mínima, que apenas se nota. Habiéndole preguntado a Araba, contemporáneo de Mahoma, cómo había llegado a jefe de su tribu, negó rotundamente que lo fuese. Y al ver que insistían en ello, respondió al fin: “Cuando las desgracias han aquejado a los de mi tribu, les he repartido mi dinero; cuando alguno ha cometido una ligereza, he pagado la multa por él, basando siempre mi autoridad en el apoyo de los hombres más bondadosos de la tribu. Entre mis compañeros, el que no ha podido hacer otro tanto, está menos considerado que yo; el que puede hacer lo mismo es mi igual, y el que me sobrepuja es más estimado que yo“. En efecto: entonces, como ahora, era depuesto el jefe que no sabía honrar su jerarquía, y, además, siempre que había en la tribu un hombre más generoso y valiente que él. La igualdad en el desierto, aunque no completa, es, sin embargo, mayor que en ningún sitio. Los beduinos no admiten la desigualdad, inherente a las relaciones sociales, porque todos viven de la misma manera, visten y comen lo mismo. No admiten tampoco una aristocracia basada en la fortuna, porque las riquezas no acrecientan entre ellos la pública estimación. Menospreciar el dinero y vivir al día del botín conquistado con su valor, después de haber repartido el patrimonio, tal es el ideal del caballero árabe. Este desdén hacia la riqueza es, sin duda, una prueba de magnanimidad y de verdadera filosofía. Pero no debe perderse de vista que la riqueza no puede tener para los beduinos el mismo valor que para otros pueblos, porque entre ellos es tan precaria como fácil de perder. “La riqueza —dice un poeta árabe— viene por la mañana y desaparece por la tarde“, lo cual en el desierto es estrictamente verdad. Incapaz como agricultor y sin poseer un palmo de terreno, el beduino no tiene otra riqueza que sus camellos y sus caballos. Cuando una tribu enemiga ataca a la suya y le arrebata cuanto posee, como sucede a menudo, el que ayer era rico queda de pronto sumido en la miseria. Pero mañana se desquitará haciendo lo mismo, y volverá a enriquecerse. Hasta cierto punto, los beduinos son iguales entre sí. Pero, desgraciadamente, sus principios igualitarios no se extienden a todo el género humano. Se consideran muy superiores, no sólo a sus esclavos y a los artesanos que se ganan el pan trabajando en los campamentos, sino a todos los hombres de cualquier otra raza, pues tienen la pretensión de haber sido formados con diferente materia que los demás seres humanos. Por otra parte, las desigualdades naturales se traducen en distinciones sociales, y si bien la riqueza no proporciona al beduino ninguna consideración,  en cambio, la generosidad, la hospitalidad, el valor, la inspiración poética y la elocuencia, le encumbran y enaltecen. “Los hombres se dividen en dos clases — dice Hatim —: las almas mezquinas se complacen en amontonar dinero; las almas nobles prefieren la gloria debida a la generosidad“. “Los magnates del desierto, los reyes de los árabes — como afirmaba el califa Omar, suegro de Mahoma y uno de sus primeros seguidores — son los oradores y los poetas, son los que practican las virtudes de los beduinos; los plebeyos son los hombres de cortos alcances o los malvados que no las practican“.

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Los beduinos no han conocido nunca ni privilegios ni títulos, a menos que se considere como tal el sobrenombre de Perfecto, que se confería antiguamente al que unía a la inspiración poética el valor, la liberalidad, el arte de la escritura y la destreza para nadar y disparar el arco. La nobleza de origen, que, rectamente entendida, impone grandes deberes y hace a unas generaciones solidarias de otras, existe también entre los beduinos. La masa, henchida de veneración por la memoria de los grandes hombres, a quienes rinde una especie de culto, rodea de afecto y estimación a sus descendientes, con tal de que éstos, si no han recibido del cielo los mismos dones que sus antepasados, al menos conserven en su alma el respeto, el entusiasmo y el amor hacia las grandes empresas, el talento y la virtud. Antes de aparecer el islamismo se consideraba como muy noble al que no sólo era jefe de su tribu, sino descendiente de padres y abuelos que habían alcanzado la misma dignidad. Puesto que no se concedía el título de jefe sino al hombre más distinguido, era lícito creer que las virtudes beduinas eran hereditarias en una familia que durante cuatro generaciones había marchado a la cabeza de la tribu. En cada tribu, todos los beduinos son hermanos y es el nombre que se dan entre sí cuando tienen la misma edad. Si es un anciano el que habla a un joven, le llama hijo de mi hermano. Si uno de estos hermanos, obligado a mendigar, implora un socorro, el beduino degollará, si es preciso, su último carnero para alimentarle. Si su hermano ha sufrido una afrenta de un hombre de otra tribu, considerará esta afrenta como una injuria personal, y no descansará hasta que la haya vengado. Nada puede dar una idea bastante exacta, bastante viva de esta adhesión profunda, ilimitada, inquebrantable, que el árabe siente hacia sus hermanos de tribu, hacia los intereses, la prosperidad, la gloria y el honor de la colectividad que le ha visto nacer y que le verá morir. No es un sentimiento comparable al patriotismo occidental, el cual parece sumamente tibio a un beduino fogoso. Es una pasión violenta y terrible; es el primero y el más sagrado de sus deberes; es la verdadera religión del desierto. Por su tribu, el árabe está dispuesto a todos los sacrificios. Por ella arriesgará a cada instante su vida en temerarias empresas en que el entusiasmo y la fe pueden por sí solos realizar milagros. Por ella luchará hasta el límite. “Amad a vuestra tribu — ha dicho un poeta —, porque estáis ligados a ella con vínculos más fuertes que los que existen entre marido y mujer“. He aquí de qué modo comprende el beduino la libertad, la igualdad y la fraternidad. Estos bienes le bastan. No desea ni imagina otros, ya que está contento con su suerte.

 

La idea del progreso es la idea fundamental de las sociedades modernas, sobre todo las occidentales. El beduino no conoce estas vagas aspiraciones de un porvenir mejor. Su espíritu alegre, expansivo, y despreocupado, no entendería nuestras confusas esperanzas. Los occidentales encontramos la tranquila vida del desierto insoportable por su monotonía y uniformidad, prefiriendo nuestra habitual sobrexcitación, nuestra sociedad y nuestra civilización, a todas las ventajas que disfrutan los beduinos. Y es que existe, entre ellos y nosotros, una diferencia enorme. Los occidentales somos demasiado imaginativos para gozar de la paz del espíritu; pero también debemos el progreso a la fantasía. De ahí que, donde falta fantasía, el progreso es imposible. Sin embargo, se considera que los árabes, generalmente, tienen escasa imaginación. Su sangre es más impetuosa que la occidental, más fogosas sus pasiones; pero son un pueblo poco imaginativo. Antes de convertirse al islamismo adoraban dioses que simbolizaban los astros, pero no habían sabido crear una mitología como los indios, los griegos o los escandinavos. Sus dioses no tenían pasado ni historia, y nadie se preocupó de forjarles una. En cuanto a la religión predicada por Mahoma, es un monoteísmo en el cual se funden instituciones, ceremonias y creencias procedentes de tradiciones más antiguas. Pero es, de todas las religiones positivas, la más sencilla y exenta de misterios, la más razonable, la más depurada, que excluye del culto los signos externos y las artes plásticas. En la literatura se observa la misma predilección por lo real y positivo. Otros pueblos han ideado epopeyas en que lo sobrenatural desempeña un importante papel. La literatura árabe carece de epopeya, ni siquiera tiene poesía narrativa, ya que es exclusivamente descriptiva o lírica, y no refleja más que la fase poética de la realidad. Los poetas árabes describen lo que ven y lo que sienten, pero no inventan nada. Y, si se atreven a hacerlo, sus compatriotas los motejan de falsarios. La aspiración hacia lo infinito, hacia el ideal, les es desconocida, y lo que desde un principio les ha entusiasmado más es la exactitud y la elegancia de la expresión técnica de la poesía. La invención es tan rara dentro de su literatura, que cuando en ella se encuentra un poema o un cuento fantásticos, puede afirmarse, sin temor, que se trata de una traducción y que no es de procedencia árabe. Así, en las Mil y una noches, y todos los cuentos fantásticos que han influido en nuestra adolescencia, son persas o indias, y lo único verdaderamente árabe son los cuadros de costumbres, las anécdotas tomadas de la vida real. En fin, cuando los árabes, establecidos en los inmensos territorios conquistados por las armas, han cultivado las ciencias, demuestran la misma carencia creativa. Han traducido y comentado las obras de los antiguos, han enriquecida algunas especialidades con observaciones pacientes, exactas y minuciosas, pero no han inventado ni han concebido casi ninguna nueva idea.

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Pero, no obstante, y para ser justos, debemos decir que los árabes mantuvieron viva la llama del saber durante la época del oscurantismo medieval europeo. Los estudios astronómicos interesaron tanto a matemáticos, viajeros, hombres de religión, así como al hombre común árabe, ya que su religión y el Corán tienen abundantes referencias al Sol, la Luna y las estrellas. Aparecieron observatorios públicos y privados por todas partes. La astrología era considerada como ciencia y los soberanos tenían sus astrólogos personales que guiaban muchas de las decisiones de estado. Basadas en las observaciones babilónicas, se construyeron las llamadas tablas astronómicas, en las que se encontraban las posiciones y el movimientos de los cuerpos celestes. Estas observaciones, junto con las realizadas por iraníes, hindúes y griegos, llevaron a un nuevo cálculo de los movimientos celestes y a una astronomía matemática muy evolucionada, que practicaron Al Biruni y la escuela de Maraga en Persia, con Nasir Al Dinturí. Estos nuevos cálculos llevarían posteriormente a una revisión de la astronomía de Ptolomeo. Los primeros califas de Bagdad pusieron al frente de su Casa de la Sabiduría a un astrónomo, Yaya Belmansum, que concentró a su alrededor a los más destacados científicos de la época, poniendo a su disposición una excelente biblioteca y medios materiales abundantes. Pero actualmente las sociedades musulmanas tienen un claro retraso científico-tecnológico respecto de Occidente. Este retraso contrasta con el extraordinario desarrollo científico de la Edad Media islámica que, sorprendentemente, no fue capaz de realizar o asimilar una revolución científica similar a la europea. A la hora de buscar las razones que justifiquen esta interrupción en el desarrollo científico, se cree que el auge de la ciencia en Europa se debe al desarrollo del laicismo y a la independencia de las instituciones culturales con respecto a la Iglesia. Pero no ocurre algo similar en el mundo islámico, en el que la única institución dedicada a la enseñanza, la madrasa, se dedicó, a partir del siglo XII, al cultivo exclusivo de las ciencias religiosas y a la formación de una élite intelectual, que se desinteresó totalmente de las ciencias exactas y físico-naturales. La ciencia árabe, incluso en su edad de oro, estuvo siempre mediatizada por el islam. Pero otros estudiosos creen que la religión no fue un freno al desarrollo científico en el mundo árabe durante el período comprendido entre el siglo VIII y comienzos del siglo XVII. La ciencia no tiene religión y el científico árabe y/o musulmán, como cualquier otro científico, se ha movido siempre por razones personales, siendo la curiosidad la más importante de todas ellas. La idea de que la ciencia árabe no superó el estadio de ciencia primitiva es absolutamente correcta si se piensa en la física. Esto es cierto tanto si pensamos en física árabe como griega o de cualquier otra cultura. Algo similar podría decirse de la biología o de la medicina, que alcanzan su propia revolución científica en una época mucho más tardía. La afirmación, en cambio, no es correcta si se piensa en las ciencias exactas, como las matemáticas, tal como podemos ver en los siguientes párrafos.

 

En 642 los árabes ocuparon Alejandría, con lo que recogieron la huella de la cultura griega, para después prolongarla y perfeccionarla. Los antecedentes de los desarrollos matemáticos que comenzaron en Bagdad alrededor del año 800 no son aún demasiado claros. Ciertamente que hubo una poderosa influencia proveniente de los matemáticos de la India, cuyo temprano desarrollo de la notación posicional y uso del cero, revistieron gran importancia. Allí comenzó un período de progreso matemático con el trabajo de al-Jwarizmi y la traducción de los textos griegos. En 762, Al-Mansur, el décimo califa, se instaló en Bagdad. Recogiendo los restos de la ciencia alejandrina, convirtió a Bagdad en una capital científica. Harún al-Rashid, quinto califa de la dinastía Abásida, comenzó su reinado el 14 de septiembre de 786. Promovió la investigación científica y la erudición. Las primeras traducciones de textos griegos al árabe, como los Elementos de Euclides por al-Hajjaj, fueron hechas durante su reinado. El séptimo califa, Abd Allah al-Ma’mun, alentó la búsqueda del conocimiento científico aún más que su padre al-Rashid, estableciendo en Bagdad una institución de investigación y traducción: la Casa de la Sabiduría (Bayt al-Hikma). Allí trabajaron al-Kindi y los tres hermanos Banu Musa, así como el famoso traductor Hunayn ibn Ishaq. En la Casa se tradujeron las obras de Euclides, Diofanto, Menelao, Arquímedes, Ptolomeo, Apolonio, Diocles, Teodosio, Hipsicles y otros clásicos de la ciencia griega. Es necesario enfatizar que estas traducciones fueron hechas por científicos, no por expertos en lenguas ignorantes de las matemáticas, y la necesidad de estas traducciones fue estimulada por las investigaciones más avanzadas de la época. Uno de los avances más significativos llevados a cabo por los matemáticos del islam y, sin duda, uno de los más trascendentes en toda la historia de la ciencia, tuvo origen en esa época, con los trabajos sobre álgebra de Abu Yafar Mohamed ibn Musa al-Jwarizmi. Es importante entender que la nueva idea representaba un apartamiento revolucionario del concepto geometricista de los griegos. El álgebra era una teoría unificadora que permitió que los números racionales, los irracionales, las magnitudes geométricas, etc. fuesen tratados como «objetos algebraicos». Ello abrió caminos de desarrollo matemático hasta entonces desconocidos; como señala Rashed: “Los sucesores de al-Jwarizmi emprendieron una aplicación sistemática de la aritmética al álgebra, del álgebra a la aritmética, de ambas a la trigonometría, del álgebra a la teoría de números euclidiana, del álgebra a la geometría, y de la geometría al álgebra. Fue así como se crearon el álgebra polinomial, el análisis combinatorio, el análisis numérico, la solución numérica de ecuaciones, la nueva teoría elemental de números, y la construcción geométrica de ecuaciones“.

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Alrededor de 40 años después de al-Jwarizmi, aparecerán los trabajos de al-Mahani, nacido en 820, quien concibió la idea de reducir los problemas geométricos, como el de la duplicación del cubo, a problemas de álgebra. Abu Kamil, nacido en 850, constituye un vínculo importante en el desarrollo del álgebra entre al-Jwarizmi y al-Karaji. Pese a no usar símbolos fue quien comenzó a entender lo que escribiríamos en símbolos actuales. No obstante, los símbolos no habrán de aparecer en las matemáticas del islam hasta mucho después. Ibn al-Banna y al-Qalasadi usaban símbolos en el siglo XV, y es sabido que fueron empleados al menos un siglo antes que estos científicos los usaran. En Occidente aparecerían por primera vez en 1591, es decir, no menos de dos siglos más tarde. Su «invención» se atribuye al matemático francés François Viète. Abu Bekr ibn Muhammad ibn al-Husayn al-Karaji, nacido en 953, es probablemente el primero en liberar completamente al álgebra de las operaciones geométricas y remplazarlas por el tipo de operaciones aritméticas que constituyen el corazón del álgebra actual. Fue el primero en definir los monomios y proporcionar reglas para el producto de dos cualesquiera de ellos. Inició una escuela algebraica que florecería por varios siglos. Cerca de doscientos años después, un importante miembro de la escuela de al-Karaji, al-Samawal, nacido en 1130, fue el primero en dar al nuevo tópico del álgebra una descripción precisa, cuando escribió que ella se ocupaba: “de operar sobre las incógnitas usando todas las herramientas aritméticas, de la misma forma que el aritmético opera sobre lo conocido“. Ghiyath al-Din Abu’l-Fath Umar ibn Ibrahim Al-Nisaburi al-Jayyami, conocido en Occidente como Omar Khayyam, nacido en 1048, dio una completa clasificación de las ecuaciones cúbicas con soluciones geométricas halladas mediante intersección de secciones cónicas. También escribió que esperaba dar una descripción completa de la solución algebraica de las ecuaciones cúbicas en una obra posterior: “Si la oportunidad surge y puedo tener éxito, daré todas estas catorce formas con todas sus ramas y casos, y cómo distinguir lo que es posible o imposible, de modo tal que se prepare un texto conteniendo elementos que son sumamente útiles en este arte“. Sharaf al-Din al-Muzaffar al-Tusi, nacido en 1135 y contemporáneo de al-Samawal, no acompaña el desarrollo general de la escuela de al-Karaji, sino que sigue a Khayyam en la aplicación del álgebra a la geometría. Escribió un tratado sobre las ecuaciones cúbicas, que al decir de Rashed: “representa una contribución esencial a otra álgebra que propone estudiar las curvas por medio de las ecuaciones, inaugurando así el comienzo de la geometría algebraica“.

 

La decadencia de la ciencia árabe la podríamos comparar con otros procesos históricos análogos. Según David A. King, arabista y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad de Fráncfort, la ciencia árabe decayó cuando dio una respuesta adecuada a todas las preguntas que se había planteado. Pero otra razón podría ser el aislamiento cultural en el que entró el mundo árabe-islámico a partir del Renacimiento, como consecuencia, tal vez, del enfrentamiento entre el imperio otomano y los estados cristianos del Mediterráneo. El mundo árabe había dejado de ser receptivo a las influencias extranjeras a partir del siglo X, momento en el que termina el proceso de asimilación de la ciencia griega. Ahora bien, la desconexión con Europa carece de importancia hasta fines del siglo XV, ya que la ciencia europea tiene, en la Edad Media, poco que enseñarle al mundo árabe. En cambio, resulta de una trascendencia dramática en el momento en el que surge la revolución científica. La ciencia árabe parece, entonces, haber agotado su temática propia. Tal como dice David A. King, no tenía problemas nuevos que plantearse. Podría haberla renovado mediante un contacto con las ideas que estaban surgiendo en Europa, precisamente como consecuencia, curiosamente, de la asimilación de la herencia árabe. Desgraciadamente, este contacto no se produjo o tuvo lugar de manera parcial. Así, en 1599, un morisco llamado al-Hadjarí consiguió huir de Península Ibérica y ponerse, como traductor, al servicio de los sultanes de Marruecos. Allí tradujo el Almanach Perpetuum de Abraham Zacuto y José Vizinho, lo que dio origen a una tradición astronómica que se mantuvo viva hasta el siglo XIX . Del mismo modo, al-Hadjarí escribió el primer tratado árabe de artillería. Cuando se repasan los catálogos de los manuscritos conservados en el Magreb o en Turquía se pueden encontrar traducciones árabes o turcas de Paracelso, de las tablas astronómicas de Jacques Cassini, de Joseph-Jérôme Lalande, o de obras de divulgación astronómica de Camille Flammarion (1842-1925). Pero se trata de casos aislados que no tuvieron suficiente fuerza para alterar el curso de la historia de la ciencia. El punto de partida de la ciencia árabe es, precisamente, la gran expansión del islam, que trae consigo el contacto del mundo árabe con las grandes civilizaciones de la antigüedad, tales como la griega, sobre todo, pero también la india y persa, y un largo proceso de apropiación de todos sus conocimientos. Entre los siglos VIII y X prácticamente todos los textos griegos disponibles en el imperio bizantino o en el Próximo Oriente fueron traducidos al árabe, en un momento en el que la expansión del imperio islámico creó una gran prosperidad y aparecieron unas nuevas clases sociales que, bajo el califato abasí, patrocinaron generosamente este movimiento traductor.

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El califato abasí, llamado también califato abásida, fue la segunda dinastía de califas suníes (750-1258) que sucedió a la de los omeyas. También se conoce como califato de Bagdad, ya que el califato abasí fue fundado en Cufa, en el año 750, y cambió su capital a Bagdad en el año 762. Posteriormente, entre 1261 y 1517, se estableció en el Egipto mameluco el califato abasí de El Cairo. Los abasíes basan su pretensión al califato en su descendencia de Abbas ibn Abd al-Muttalib (566-652), uno de los tíos más jóvenes del profeta Mahoma. Muhammad ibn ‘Ali, bisnieto de Abbás, comenzó su campaña para el ascenso al poder en Persia de su familia, durante el reinado del califa omeya Umar II. Durante el califato de Marwan II, esta oposición llegó a su punto culminante con la rebelión del imán Ibrahim, descendiente en cuarta generación de Abbás, en la ciudad de Cufa (actual Irak), y en la provincia de Jorasán (en Persia, actual Irán). La revuelta alcanzó algunos éxitos considerables, pero finalmente Ibrahim fue capturado y murió (quizás asesinado) en prisión en el 747. Continuó la lucha su hermano Abdalah, conocido como Abu al-‘Abbas as-Saffah, quien, después de una victoria decisiva en el río Gran Zab, un afluente del río Tigris que discurre por Turquía e Irak, en 750, aplastó a los omeyas y fue proclamado califa. El sucesor de Abu al-‘Abbás, llamado al-Mansur, funda en el 762 la ciudad de Madinat as-Salam (Bagdad), a la que traslada la capitalidad desde Damasco. La época de máximo esplendor correspondió al reinado de Harún al-Rashid (786-809), a partir del cual comenzó una decadencia política que se acentuaría con sus sucesores. El último califa, al-Mu‘tasim, fue asesinado en 1258 por los mongoles, que habían conquistado Bagdad. Sin embargo, un miembro de la dinastía pudo huir a Egipto y mantuvo el poder bajo el control de los mamelucos. Esta última rama de la dinastía se mantuvo hasta 1517, cuando los turcos otomanos conquistaron Siria y Egipto. Los califas abasíes se sintieron herederos del imperio persa y sucesores de los griegos. Esto tuvo lugar en tiempo de al-Ma’mún (813-833), momento en el que el nivel científico y filosófico de los bizantinos había sufrido una profunda decadencia. Es curioso constatar cómo la ideología oficial abasí razona en paralelo al pensamiento europeo de los siglos XIX y XX, que considera al islam responsable de la decadencia científica del mundo árabe. Para los ideólogos del califato, la causa de la decadencia bizantina radicaba en el carácter supuestamente irracional del cristianismo, con dogmas considerados absurdos, como la Trinidad y la humanidad de Dios. El islam, una religión aparentemente más coherente desde un punto de vista lógico, podía asimilar toda esta herencia griega sin dejarse arrastrar por el contexto pagano que tanto asustaba a los bizantinos.

 

El movimiento traductor surgió como consecuencia de una demanda social, ya que el poder político necesitaba astrólogos que predijeran el futuro y permitieran a los gobernantes tomar las decisiones adecuadas. La administración del enorme imperio había dado lugar a la aparición de una nueva clase de funcionarios, los secretarios de la administración, cuya educación adecuada era objeto de la máxima atención por parte de los poderosos. Estos funcionarios, además de recibir una formación literaria, debían tener conocimientos en ciertas disciplinas científicas, como la agrimensura, las técnicas de irrigación, la astronomía, la meteorología, o el álgebra aplicada a la partición de herencias. Cuando a fines del siglo X terminó esta etapa, se habían traducido prácticamente todas las fuentes asequibles y existía ya un desarrollo científico importantísimo, que había dado lugar a la publicación de obras que superaban claramente a las que derivaban de la herencia griega. Este proceso se inició muy temprano. Ya en época de al Ma’mún se había constatado la recepción de dos tradiciones astronómicas contradictorias, como la indo-irania y la griega ptolemaica. La única manera de resolver estas contradicciones era recurrir a la observación. Al Ma’mún patrocinó la fundación de los primeros observatorios islámicos, en Bagdad y en Damasco, que tuvieron una vida efímera. El observatorio como instalación permanente aparecerá más tarde. Estas observaciones dieron lugar a las primeras correcciones importantes de ciertos dogmas ptolemaicos, como la inmovilidad del apogeo solar o el carácter constante del ángulo que forman el ecuador y la eclíptica. Entre los siglos IX y XI empezaron a aparecer las primeras críticas a los clásicos científicos griegos, así como la lista de desacuerdos con las ideas de Aristóteles, expuesta en la Filosofía Oriental de Avicena. Con toda claridad, la ciencia árabe ya había alcanzado un nivel de madurez y se había convertido en la continuación activa y crítica de la ciencia clásica. En el campo de las matemáticas se había producido la aparición de una nueva aritmética decimal, de un álgebra desconocida por la tradición clásica, y de una geometría que desarrollaba la que, en la antigüedad, cultivaron Euclides, Arquímedes y Apolonio. Se desarrollaron los métodos y procedimientos que eran claros predecesores del cálculo infinitesimal. Este esplendor científico se alcanzó en la península Ibérica sometida al dominio musulmán a partir del siglo X.

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¿Cómo llegaron estos conocimientos a la Europa del Renacimiento y de la revolución científica? Se trata de transmisiones cuyo desarrollo sólo podemos intuir en muchos casos. Resulta fácil buscar en el Corán y en colecciones de dichos del Profeta (hadices) referencias a la ciencia: «Buscad la ciencia, aunque sea en la China», dice un hadiz. Pero esto resulta poco significativo porque la palabra ilm (ciencia) designa dos realidades distintas. Por una parte, las ciencias antiguas o ciencias de los antiguos,  conjunto de conocimientos heredados de la tradición helenística e indo-irania y que abarca las ciencias físico-naturales y la filosofía, y, por otra, las ciencias árabe-islámicas, centradas en una temática religiosa. Entre estas últimas sobresale el derecho, una disciplina eminentemente religiosa en el marco de una sociedad que, con excepciones, no conoció una legislación civil hasta el siglo XIX. La interpretación y aplicación de la ley religiosa recayó en manos de los juristas (alfaquíes), lo que motivó un interés muy especial del poder político por estos profesionales. para cuya formación se crearon, desde la segunda mitad del siglo X, las famosas madrasas que, frecuentemente confundidas con las escuelas coránicas, tanto han llamado la atención. Es obvio que las ciencias religiosas eran el objeto básico de la enseñanza en las madrasas y que las restantes disciplinas tenían un carácter meramente auxiliar. A pesar de ello, conocemos casos en los que se enseñaron las ciencias propiamente dichas en instituciones de esta índole. Esto sucedió en la madrasa de Granada (siglo XIV), en la que se enseñó medicina, así como en numerosas madrasas otomanas. Un caso absolutamente excepcional es el de una madrasa especializada en la enseñanza de la astronomía, que fundó Ulug Beg (fallecido en 1449) en Samarcanda, en 1420. Este príncipe mogol, gran científico y mecenas, reviste un interés muy especial, ya que es el único caso conocido de un gobernante que constituyó una fundación piadosa con cuyas rentas no se subvencionaba, como es habitual, una mezquita, biblioteca, hospital o madrasa dedicada a la enseñanza de las ciencias religiosas, sino una madrasa científica, así como también un famoso observatorio. De hecho, lo que sucede es que tanto a lo largo de la historia del islam como, en general, de la historia de la humanidad, además de la existencia de opciones de grupo e individuales, hay etapas liberales y otras, en cambio, caracterizadas por un conservadurismo a ultranza. No puede hablarse de un rechazo de la ciencia por parte de las gentes de religión, aunque haya etapas en que tal rechazo se produce, y no sólo en el islam, afectando, entonces, no al conjunto de las ciencias sino, sobre todo, a la filosofía y a la astronomía. La primera, porque tiende a realizar análisis racionales de cuestiones dogmáticas. La segunda, por sus estrechas conexiones con la astrología. Esta última no es más que astronomía aplicada y constituyó un medio de vida habitual para los astrónomos. Si fue rechazada por el islam, también lo fue por el judaísmo y el cristianismo, ya que creer en la influencia astral sobre la vida humana implicaba limitar la libertad humana y la omnipotencia divina.

 

El Enviado de Dios, como Mahoma se autodenominaba, no se parecía al resto de árabes. De complexión delicada, impresionable y excesivamente nervioso, constitución que había heredado de su madre, estaba dotado de una gran sensibilidad. Melancólico, silencioso, aficionado a interminables paseos y prolongadas meditaciones nocturnas en los valles más solitarios, siempre atormentado por una vaga inquietud, sollozando y llorando, su carácter contrastaba con el de los árabes, hombres robustos, enérgicos y belicosos, que no entendían de ensueños y miraban como una debilidad vergonzosa que un hombre llorase, aun por los objetos de su más tierna afección. Mahoma, por otra parte, tenía más imaginación que sus compatriotas y un alma profundamente piadosa. Antes que los sueños de ambición mundana perturbasen la innata pureza de su corazón, la religión era todo para él. Absorbía todos sus pensamientos, todas las facultades de su espíritu, siendo esto precisamente lo que le distinguía del resto. Existen pueblos, como existen individuos, religiosos y otros que no lo son. Para algunas personas la religión constituye el fondo de su ser y así, aunque su razón se rebele contra las creencias ancestrales, crean un sistema filosófico mucho más incomprensible, mucho más misterioso que sus mismas creencias. Hay pueblos enteros que viven por la religión y para la religión, que representa su único consuelo y esperanza. El árabe, al contrario, no era religioso por naturaleza, y en este sentido, entre él y los demás pueblos convertidos al islamismo media una enorme diferencia. Ello no es de extrañar, porque, considerada en su origen, la religión ejerce mayor influjo sobre la imaginación que sobre el espíritu, y, como hemos dicho, entre los árabes no es la fantasía lo que domina. Los beduinos del siglo XIX: aunque musulmanes de nombre, cumplen tibiamente los preceptos del Islam. En vez de orar cinco veces al día, como ordena la religión, no rezan nunca. Algún viajero europeo que los ha conocido asegura que es el pueblo más tolerante de Asia, Su tolerancia data de muy lejos, porque un pueblo tan celoso de su libertad admite difícilmente la tiranía en materia de fe. Ya en el siglo IV, Martad, rey del Yemen, solía decir: “Reino sobre los cuerpos, pero no sobre las ideas. Exijo a mis súbditos que obedezcan mis órdenes; en cuanto a sus doctrinas, sólo Dios creador tiene derecho a juzgarlos“. Esta tolerancia rayaba en indiferencia y escepticismo. El hijo y sucesor de Martad había profesado sucesivamente el judaísmo y el cristianismo, acabando por fluctuar incierto entre las dos creencias.

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En tiempo de Mahoma, tres religiones predominaban en Arabia: la de Moisés, la de Cristo y el politeísmo. Las tribus judías eran las únicas que practicaban rigurosamente su culto, y también las únicas intransigentes. Las persecuciones son raras en la antigua historia de Arabia, pero casi siempre proceden de los judíos. El cristianismo no contaba con muchos adeptos, y aun los que lo profesaban sólo lo conocían superficialmente. El califa Alí no exageraba cuando decía, refiriéndose a una tribu en que esta religión había echado hondas raíces: “Los Taglib no son cristianos; sólo han tomado del cristianismo la costumbre de beber vino“. El hecho es que esta religión entrañaba muchos misterios y milagros para satisfacer a un pueblo tan positivista. Los obispos, que hacia el año 513 pretendieron convertir a Mondir III, rey de Hira, se persuadieron de ello. Después de que el rey les hubiese escuchado atentamente, uno de sus oficiales se acercó a decirle una palabra al oído. Mondir cayó en una profunda tristeza, y como los prelados le preguntasen respetuosamente la causa, dijo: “¡Ay de mí!¡Qué funesta noticia! Me dicen que el arcángel Miguel acaba de morir“. Los obispos dijeron: “¡Imposible, príncipe; os han engañado; un ángel es inmortal!“. A lo que Mondir respondió: “Entonces, ¿cómo queréis persuadirme de que ha muerto el mismo Dios?“. Cuando el célebre poeta Amrulcais se puso en marcha para vengar la muerte de su padre, asesinado por los Beni-Asad, se detuvo en el templo del ídolo Du-‘l-Jolosa para consultar al Destino por medio de tres flechas, llamadas el mandato, la prohibición y la esperanza. Habiendo sacado a suerte la flecha de la prohibición, repitió el sorteo; pero la flecha de la prohibición salió tres veces seguidas. Entonces la rompió en pedazos, y arrojándolos a la cabeza del ídolo, exclamó: “¡Miserable! Si tu padre hubiese sido el muerto, no me prohibirías ir a vengarle“. En general, la religión preocupaba poco al árabe, absorbido por los intereses terrenos, los combates, el vino, el juego y el amor. “Gocemos del presente — cantaban los poetas —, porque la muerte nos aniquilará demasiado pronto“. Tal era, en realidad, la opinión de los beduinos. Estos hombres, que se entusiasmaban tan fácilmente con una acción noble o un hermoso poema, permanecían de ordinario indiferentes y fríos cuando se trataba de religión. Por eso sus poetas, fieles intérpretes de los sentimientos nacionales, no aludían a la religión casi nunca. Oigamos al poeta árabe Amr ibn al-Abd al-Bakri Tarafa: “Cuando te presentes por la mañana, te ofreceré una copa colmada de vino; no te importe apurarlo a grandes tragos, porque beberás conmigo otra vez. Mis camaradas de placer son nobles, cuyos rostros brillan como estrellas. Todas las noches una cantarina, vestida con un traje rayado y una túnica de color de azafrán, viene a embellecer nuestra reunión. Su traje es descotado. Ella permite que las manos amorosas se deslicen sobre sus encantos… Me he entregado al vino y a los placeres, he vendido cuanto poseía, he despilfarrado los bienes que heredé y los que gané por mí mismo. Censor, que execras mi pasión por los placeres y los combates, ¿tienes medios para hacerme inmortal? Si tu ciencia no puede alejar de mí el fatal instante, déjame prodigarlo todo en el placer antes de que la muerte me extinga. El hombre de inclinaciones generosas bebe la vida a grandes tragos. Mañana, rígido censor, cuando muramos ambos, veremos cuál de nosotros será consumido por una sed ardiente“.

 

Pero algunos hechos prueban, sin embargo, que los árabes, sobre todo las tribus sedentarias, no eran inaccesibles al entusiasmo religioso. Así, los veinte mil cristianos de la ciudad de Nechran, teniendo que elegir entre la hoguera y la conversión al judaísmo, prefirieron perecer entre las llamas a abjurar su fe. Pero el celo constituía una excepción. La indiferencia, o, al menos, la tibieza, era la regla general. El trabajo que Mahoma se impuso al declararse profeta era, pues, doblemente difícil. No podía limitarse a demostrar la verdad de las doctrinas que predicaba. Necesitaba, ante todo, vencer la indolencia de sus compatriotas, despertar en ellos el sentimiento religioso, persuadirlos de que la religión no era algo indiferente. En una palabra, transformar una nación sensual y escéptica. Empresa tan ardua hubiese desalentado a otro menos convencido de la verdad de su misión. Mahoma no halló a su paso más que burlas e injurias. Sus convecinos de la Meca le compadecían o le ridiculizaban, considerándole, ya como un poeta inspirado por un demonio, ya como un loco, un adivino o un mago. “Ved al hijo de Abdala, que viene a traernos noticias del cielo“, exclamaban al verle. Cuando salía le arrojaban basura, y hallaba el suelo cubierto de ramas de espino. Le prodigaban los epítetos de falsario e impostor. En Taif, cuando expuso su doctrina delante de los jefes reunidos, se burlaron de él. Mahoma, desesperado, abandonó la asamblea, apedreado y perseguido por el populacho. Más de diez años transcurrieron así. Su religión no se extendía y todo parecía indicar que acabaría por desaparecer sin dejar huellas. Pero Mahoma encontró un inesperado apoyo en los Aus y los Jazrach, tribus que, hacia fines del siglo V, habían arrebatado Medina a los judíos. Los de la Meca y los de Medina se odiaban por pertenecer a razas enemigas. En Arabia estaban los yemenitas y los maaditas. Los medineses pertenecían a los yemenitas. Los de la Meca unían al odio el menosprecio. A los ojos de los árabes, que juzgaban la vida nómada y pastoril o el comercio como las únicas ocupaciones dignas de un hombre libre, la agricultura era una profesión envilecedora. Ahora bien, los medineses eran agricultores, mientras que los de la Meca eran comerciantes. Aunque en la actualidad nos pueda parecer sorprendente, en Medina había gran número de judíos. Numerosas familias de Aus y de Jazrach habían adoptado esta religión, profesada por los antiguos señores de la ciudad, reducidos ahora a la condición de clientes. Por eso, aunque la mayor parte de las tribus dominadoras habían sido idólatras, como los de la Meca, éstos consideraban a toda la población como judía y la despreciaban profundamente.

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Mahoma compartía los prejuicios de sus conciudadanos contra los yemenitas y los agricultores. Se refiere que, oyendo recitar estos versos: “Soy himyarita; mis antepasados no eran de Rabia ni de Modar“, Mahoma exclamó: “¡Tanto peor para ti! Tu origen te aleja de Dios y de su profeta“. Se cuenta también que, viendo la reja de un arado en la casa de un medinés, le dijo: “Jamás entra en una casa este utensilio sin que entre, al mismo tiempo que él, la deshonra“. Pero, desesperando de convertir a su doctrina a los mercaderes y los nómadas, y viendo amenazada su vida desde la muerte de su tío y protector, Abu-Talib, tuvo que olvidar sus prejuicios y aceptar cualquier apoyo, viniera de donde viniera. Recibió, pues, con regocijo las ofertas de los árabes de Medina. El solemne juramento de Acaba unió indisolublemente la suerte de Medina a la de Mahoma. Rompiendo el vínculo más sagrado para los árabes, el profeta se separó de su tribu y se estableció en Medina con sus seguidores de la Meca, que desde entonces tomaron el nombre de refugiados. Entonces desencadenó contra sus antiguos hermanos de tribu la inspiración mordaz de los poetas medineses y proclamó la guerra santa. Animados por un celo y un entusiasmo que desafiaban la muerte, por estar seguros de ir al paraíso si morían a manos de los idólatras, los Aus y los Jazrach, confundidos ahora bajo el nombre de defensores, hicieron prodigios de valor. La lucha contra los paganos de la Meca se prolongó ocho años. En este intervalo, el terror que las armas musulmanas difundían por todas partes decidió a muchas tribus a adoptar la nueva creencia. Pero las conversiones espontáneas, sinceras y durables, fueron pocas. Al fin la conquista de la Meca consagró el poderío de Mahoma. Los medineses habían prometido hacer pagar caro en este día su insoportable desdén a los orgullosos mercaderes. “¡Hoy es el día de la matanza, el día en que nada será respetado!“, había dicho el jefe de los Jazrach. Pero la esperanza de los medineses quedó fallida; Mahoma depuso a este jefe y ordenó a sus generales la mayor moderación. Los de la Meca presenciaron en silencio la destrucción de los ídolos de su templo, verdadero panteón de Arabia, que contenía trescientas sesenta divinidades, adoradas por otras tantas tribus, y proclamaron a Mahoma el enviado de Dios, jurando interiormente vengarse algún día de los de Medina, que habían tenido la insolencia de vencerlos. Conquistada la Meca, las tribus aun idólatras, persuadidas de que toda resistencia era inútil, y amenazadas de una guerra de exterminio, adoptaron el islamismo, que predicaban los generales de Mahoma con el Corán en una mano y el alfanje en la otra.

 

Una conversión de las más notables fue la de los Takif, tribu que habitaba en Taif, ciudad en la provincia de La Meca, al suroeste de Arabia Saudita, y que en otro tiempo habían arrojado piedras al profeta. Por boca de sus emisarios anunciaron que estaban prestos a hacerse musulmanes, con la condición de que les permitiesen conservar durante tres años a su ídolo, Al-lat, y de que no rezarían. Al-lat era una diosa mayor de los pueblos de la península arábiga. Pertenece a la mitología árabe pre-islámica y era considerada una de las tres hijas de Alá. Sus hermanas eran la diosa Al-Zuhara, el lucero matutino, y la diosa Al-Uzza. Por tratarse de una deidad mayor los pueblos devotos le atribuían, al igual que a otras deidades de alto rango, un poder superior sobre todo lo terrenal. La diosa Al-lat, también llamada Alilat, era adoraba bajo la forma de una piedra blanca cuadrada. Junto con los árabes, otros pueblos semitas en Siria y Mesopotamia la conocían. Era la Diosa Madre de Palmira, en el norte de Siria. Su símbolo era el león. Para los nabateos del sur de Jordania y Palestina, Al-lat era considerada la diosa del sol, fuente de vida; y la adoraban como tal. La ciudad de La Meca tenía un haram (santuario) dedicado a la diosa, y un hima donde afluían los árabes para llevar a cabo los ritos de adoración y los sacrificios propiciatorios que aseguraran la intervención de la diosa a favor del devoto. A veces Al-lat y Al-Uzza conformaban una trinidad junto con Manat, diosa perteneciente a la mitología árabe preislámica. Volviendo a la petición de los Takif, Mahoma les respondió: “Tres años de idolatría es demasiado, y además, ¿qué es una religión sin oraciones?“. Entonces los emisarios redujeron sus demandas. Se regateó largo tiempo y por fin ambas partes aceptaron las siguientes condiciones: los Takif no pagarían diezmos, no tomarían parte en la guerra santa, no se prosternarían durante la oración, conservarían a Al-lat durante un año, y, pasado ese tiempo, no se verían obligados a demoler ese ídolo con sus propias manos. Sin embargo, Mahoma sentía algunos escrúpulos, ya que temía a la opinión pública. “Que no te detenga ese temor — le dijeron los emisarios —. Si los árabes te preguntan por qué has accedido a este tratado, no tienes más que contestarles: Me lo ha ordenado Dios”. Pareciendo este argumento perentorio al profeta, comenzó a dictar un acta, que empezaba así: “¡En el nombre de Dios, clemente y misericordioso! Por esta acta queda convenido entre Mahoma, el “Enviado de Dios”, y los Takif, que éstos no están obligados a pagar el diezmo ni a tomar parte en la guerra santa“. Después de dictar estas palabras, la vergüenza y el remordimiento impidieron proseguir a Mahoma. “Ni a prosternaran durante la oración“, dijo entonces uno de los emisarios. Y como Mahoma guardase obstinado silencio: “Escribe; es lo convenido“, ordenó el takifita, dirigiéndose al escribano, el cual miró al profeta esperando sus órdenes. Pero en aquel momento, el fogoso califa Omar, mudo testigo hasta entonces de esta escena, tan humillante para Mahoma, se levantó, y desenvainando su espada, dijo: “¡Habéis mancillado el corazón del profeta! ¡Qué Dios abrase los vuestros en el fuego!“. “No hablamos contigo — replicó el takifita sin conmoverse —; hablamos con Mahoma“. “Pues bien — prorrumpió entonces el profeta —, no acepto tal tratado. Tenéis que abrazar el islamismo pura y simplemente, observando todos sus preceptos sin excepción; si no, preparaos a la guerra“. Y los emisarios regresaron a su tribu, custodiados por tropas musulmanas, que destruyeron el ídolo Al-lat entre las desesperadas lamentaciones de las mujeres.

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Sin embargo, esta extraña conversión fue la más duradera de todas. Cuando, más tarde, Arabia entera abjuró el islamismo, los takifitas permanecieron fieles. Para apostatar no se esperaba más que la muerte de Mahoma, pero muchas provincias no pudieron ni tener paciencia hasta entonces. La noticia de la enfermedad del profeta bastó para que se rebelasen Nachd, Yemana y el Yemen. Cada una de estas tres provincias tuvo su falso profeta, émulo y rival de Mahoma, y éste supo en su lecho de muerte que el jefe de la insurrección del Yemen, Aihala el Negro, señor que unía a sus inmensas riquezas una elocuencia arrebatadora, había echado a los soldados musulmanes y conquistado Nachran, Sana, todo el Yemen. Así, el inmenso edificio del Islam se tambaleaba a la muerte de Mahoma, en el año 632, que fue la señal de una sublevación formidable y casi general. En todas partes vencieron los insurrectos. A cada instante llegaban a Medina jefes musulmanes, “refugiados” y “defensores“, arrojados de sus distritos por los rebeldes, y las tribus más próximas se aprestaron a sitiar Medina. Digno sucesor de Mahoma y lleno de confianza en los destinos del islamismo, el califa Abú Bakr no vaciló un solo instante ante la gravedad del peligro. el califa Omar, suegro de Mahoma, apoyó a Abú Bakr como primer califa del Islam, frente a quienes querían hacer prevalecer la consanguineidad frente a la preeminencia como compañeros y seguidores del Profeta desde el comienzo. Sin ejército, pero fiel a la voluntad de Mahoma, que lo había enviado a Siria a pesar de las objeciones de los musulmanes, que le habían suplicado aplazase la expedición, proclamó: “No revocaré una orden del profeta por nada del mundo. Aunque Medina deba quedar expuesta a la invasión de las fieras voraces, es forzoso que el ejército cumpla la voluntad de Mahoma“. Si hubiera estado dispuesto a transigir, hubiese podido lograr, por medio de concesiones, la neutralidad o la alianza de muchas tribus del Nachd, cuyos emisarios vinieron a decirle que, si los eximía de impuestos, continuarían en las prácticas islámicas. Los magnates musulmanes opinaron que no podía rechazarse esta embajada. Sólo Abú Bakr  rehusó toda transacción, como indigna de la santa causa que defendía. “La ley del islamismo — afirmó — es una e indivisible; no admite distinción entre sus preceptos“. “Tiene él solo más fe que todos nosotros juntos“, dijo entonces Omar. Y era verdad; el secreto de la fuerza y de la grandeza del primer califa estribaba en la fe. Según el testimonio de Mahoma, todos sus discípulos habían vacilado antes de reconocer la santidad de su misión, excepto Abú Bakr. Sin poseer una gran personalidad ni un gran espíritu, tenía lo que en otro tiempo había hecho triunfar a Mahoma y lo que faltaba a sus enemigos: una convicción inquebrantable.

 

Los rebeldes, divididos, atacaron mal y desunidos, y acabaron por degollarse unos a otros. Abú Bakr, que había hecho armar a todos los hombres en estado de combatir, tuvo tiempo para aniquilar a las tribus más próximas. Después, cuando las tribus fieles del Hichad, comarca de Arabia, hubieron enviado gran contingente en hombres y caballos, y cuando el ejército principal regresó del Norte con un enorme botín, tomó audazmente la ofensiva, dividió sus tropas en varios destacamentos, que se engrosaban constantemente por una turba de árabes, a quienes el temor o la esperanza del saqueo agrupaba bajo las banderas musulmanas. En el Nachd, Jalid, tan sanguinario como intrépido, atacó las hordas del yemenita Tolaiha. Olvidando su deber de guerrero y no acordándose más que de su papel de profeta, esperaba lejos del campo de batalla, envuelto en su albornoz, las inspiraciones del cielo. Durante mucho tiempo esperó en vano; pero, cuando sus tropas empezaron a flaquear, recibió la anhelada inspiración. “Imitadme, si podéis“, gritó a sus compañeros, saltando sobre su caballo. Los vencedores no hicieron aquel día un solo prisionero. “Destruid a los apóstatas sin piedad, por el hierro, por el fuego y por medio de todos los suplicios“: tales eran las instrucciones que Abú Bakr había dado a Jalid. Precedido por el estruendo de sus victorias y la fama de sus crueldades, Jalid marchó contra Mosailima, el profeta de Yemama, que acababa de derrotar a dos ejércitos musulmanes, uno después de otro. La acometida fue terrible. Al principio, los insurrectos llevaron ventaja, penetrando hasta la misma tienda de Jalid. Sin embargo, este general logró rechazarlos al llano que separaba los dos campamentos, y después de larga y tenaz resistencia, los rebeldes tuvieron que huir para no ser rodeados. “¡Al reducto, al reducto!“, exclamaban, parapetándose en un vasto terreno, defendido por un fuerte muro y por sólida puerta. Los musulmanes los siguieron enardecidos. Con audacia inaudita, dos de ellos escalaron la muralla y se lanzaron al interior del reducto para franquear la puerta. El uno, acribillado de heridas, sucumbió al momento; el otro, más afortunado, cogió la llave y se la arrojó a sus compañeros por encima del muro. Se abrió la puerta, y los musulmanes penetraron como un torrente. Entonces una horrible carnicería comenzó, donde la huída era imposible, siendo asesinados diez mil rebeldes. Mientras, el feroz Jalid anegaba la insurrección de la Arabia central en torrentes de sangre, mientras otros generales le imitaban en las regiones del Sur. En el Bahren, el campamento de los bacritas fué sorprendido durante una orgía, siendo todos pasados a cuchillo, excepto algunos que lograron huir hasta el mar y se refugiaron en la isla de Daren. Pero, bien pronto, los musulmanes los atacaron y exterminaron por completo. Esta carnicería se repitió en Oman, en Mahra, en el Yemen y en el Hadramot. Aquí, los restos de las tropas de Aihala el Negro, después de haber pedido compasión al jefe musulmán, fueron exterminados. El defensor de una fortaleza no pudo obtener, al rendirse, más que una promesa de amnistía para diez personas. El resto de la guarnición fue degollado, y un largo camino quedó mucho tiempo apestado por las emanaciones de innumerables cadáveres.

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Si estos mares de sangre no convencieron a los árabes de la verdad de la religión predicada por Mahoma, reconocieron al menos en el islamismo un poder irresistible y casi sobrenatural. Diezmados por el acero, sobrecogidos de espanto y estupor, se resignaron a ser musulmanes, o, al menos, a aparentarlo. Y el califa, para no darles tiempo de volver de su espanto, los lanzó inmediatamente sobre el imperio bizantino y sobre Persia, es decir, sobre los dos Estados más fáciles de conquistar, pues se hallaban minados por la discordia. De este modo, los árabes, mediante su sumisión a la ley del profeta, se resarcieron con la posesión de inmensas riquezas y vastos dominios. Nadie volvió a hablar de apostasía. “La apostasía es la muerte“, según la ley de Mahoma, inexorable en este punto. Pero en aquella época raramente existieron la piedad sincera y el celo por la fe. Empleando los medios más terribles, se había obtenido la aparente conversión de los beduinos. Era todo lo que se podía esperar de aquellos que habían visto perecer a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos bajo el alfanje de Jalid y de otros verdugos. Durante mucho tiempo los árabes, neutralizando con su resistencia pasiva las medidas adoptadas por los musulmanes fervientes, ni conocieron ni desearon conocer los preceptos del Corán. Durante el reinado del califa Omar I, un viejo árabe había convenido con un joven que le cedería su mujer una noche sí y otra no, si a cambio le guardaba el ganado. Enterado el califa de pacto tan singular, llamó a los dos hombres y les preguntó si ignoraban que el islamismo prohibía compartir con otro la mujer propia. Ambos juraron que no sabían nada. Un siglo más tarde, ninguna de las tribus árabes establecidas en Egipto conocía aún lo que el profeta había permitido o prohibido. Se hablaba con entusiasmo del viejo tiempo, de las guerras y de los héroes del paganismo, pero no de religión. Hacia la misma época, los árabes acantonados en el Norte de África se hallaban casi en idéntica situación. Bebían vino sin sospechar ni remotamente que Mahoma había prohibido el alcohol, y su asombro fue indecible cuando los misioneros enviados por el califa Omar II se lo hicieron saber. Había musulmanes que no conocían del Corán más que esta invocación: “¡En el nombre de Dios, clemente y misericordioso!”. Siempre ha sido sumamente difícil vencer la tibieza religiosa de los beduinos. En nuestros días, los wahabitas, una secta rígida y austera que proscribe el lujo y las supersticiones, tiene por divisa: “Corán, y nada más que Corán“. Hasta el siglo XIX los wahabitas intentaron, sin éxito, arrancar a los beduinos de su indiferencia religiosa. El wahabismo es la designación de un movimiento religioso dentro del Islam, fundado por Muhammad ibn Abd al – Wahhab (1703 – 1792). Sus miembros se describen como “unitarios“, los que defienden con firmeza la doctrina de que Dios es Uno, el Único (Wahid).

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Esto indica su oposición a cualquier costumbre y creencia que amenace y ponga en peligro la glorificación del Dios Uno. También condena la práctica de utilizar el nombre de cualquier profeta, santo o ángel en una oración o para apelar a su intercesión. Insisten en una interpretación literal del Corán y una estricta doctrina de la predestinación.  Muhammad ibn Abd al – Wahhab, que había pasado algunos años en Medina y varios lugares de Irak e Irán, ganó el apoyo de Ibn Saud, gobernador de la Najd (ahora en Arabia Saudita), en 1744, después de haber sido expulsado de su ciudad natal. La realización del ideal de un estado islámico basado en la sharia ahora parecía factible. Entre 1763 y 1811 los saudíes wahabíes establecieron el control sobre la mayor parte de Arabia. Aunque fueron rechazados temporalmente por el gobernante egipcio Mohamed Alí, que recuperó parte de su imperio. Luego tuvieron un largo período de declive, pero, en 1932, Ibn Saud tuvo éxito en el establecimiento del Reino de Arabia Saudita. Las enseñanzas wahabíes han desempeñado también un papel en la historia del siglo XIX en Nigeria, la India e Indonesia. Pero los beduinos continúan irreligiosos en el fondo, y apenas el poder de los wahabitas fue aniquilado por Mohamed Alí, se apresuraron a abandonar un culto que les aburría. “En la actualidad — afirma un viajero del siglo XIX —, hay poca religión en el desierto; nadie se preocupa de las leyes del Corán“. Si los árabes admitieron la revolución como un hecho consumado, no perdonaron a los que la promovieron ni aceptaron la jerarquía social que resultó de ella. Su oposición varió de carácter. De una lucha de principios degeneró en un antagonismo de personas. Hasta cierto punto, las antiguas familias nobles, que habían figurado tradicionalmente a la cabeza de las tribus, no perdieron su categoría a consecuencia de la revolución. Verdad es que la opinión de Mahoma sobre la nobleza había sido vacilante, pues tan pronto había predicado la igualdad absoluta como había aceptado la aristocracia. “Nada de soberbia pagana — había dicho —. Basta de orgullo, basado en los ascendientes. Todos los hombres son hijos de Adán, y Adán fue hecho de barro; el más preciado a los ojos de Dios es el que más le teme“. También había dicho: “Los hombres son tan iguales como las púas de un peine; la fuerza de su constitución determina la única superioridad de unos sobre otros“. Pero también había afirmado: “Los que eran nobles dentro del paganismo, seguirán siéndolo dentro del islamismo, con tal de que rindan homenaje a la verdadera sabiduría”; es decir, “con tal de que se hagan musulmanes“.

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Así es que, aunque Mahoma sintiese el deseo de abolir la nobleza, no pudo o no se atrevió a hacerlo. Subsistió, pues; conservó sus prerrogativas y quedó a la cabeza de las tribus; porque Mahoma, lejos de intentar hacer de Arabia una verdadera nación, lo cual hubiera sido imposible, había mantenido la organización en tribus, presentándola como emanada del mismo Dios. Y cada una de estas sociedades en miniatura no vivía ni se preocupaba más que de sí misma. En la guerra formaban ejércitos separados, teniendo cada uno su estandarte, que llevaba el jefe o guerrero designado para este fin. Dentro de las ciudades, cada tribu ocupaba su barrio. En realidad, el derecho de nombrar jefes de tribu pertenecía al califa. Pero mediaba gran distancia entre el hecho y el derecho. En primer lugar, el califa no podía entregar el mando de una tribu sino a quien perteneciese a ella, porque los árabes no obedecen de buen grado a un extranjero o no le obedecen en absoluto. Por eso, Mahoma y Abú Bakr habían respetado casi siempre esta costumbre, transmitiendo su autoridad a hombres cuya influencia era reconocida. Durante el califato de Omar, los árabes llegaron a exigir como un derecho que sus jefes se eligieran siempre entre sus hermanos de tribu. Pero, de ordinario, las tribus designaban sus jefes, y el califa se limitaba a sancionar la elección, costumbre que en el siglo XIX ha sido respetada también por el príncipe wahabita. La antigua nobleza había conservado, por lo tanto, su posición; pero sobre ella se había elevado otra nueva. Mahoma y sus dos inmediatos sucesores habían conferido los cargos más importantes, como el mando del ejército y el gobierno de las provincias, a los primitivos musulmanes, a los emigrados y a los defensores. Y era justo, por ser casi los únicos musulmanes verdaderamente sinceros, los únicos a quienes podía confiarse un gobierno a la vez espiritual y temporal. En cambio, ¿qué esperanza podía cifrarse en los jefes de tribu poco ortodoxos y aun ateos, como Oyena, el jefe de los Fazara, que decía: “Si Dios existe, juro por su nombre que jamás he creído en Él“. La preferencia concedida a los emigrados y defensores era, pues, natural y legítima, pero no menos ofensiva para el orgullo de los jefes de tribu, que se veían postergados por los hombres de las ciudades, por labradores y por advenedizos. Sus hermanos de tribu, que identificaban siempre el honor de sus jefes con su propia honra, se indignaban también, esperando con impaciencia una ocasión favorable para apoyar con las armas en la mano las pretensiones de sus jefes y para acabar con aquellos devotos musulmanes que habían asesinado a sus deudos.

 

Los mismos sentimientos de envidia y odio implacable animaban a la aristocracia de la Meca, cuyos jefes eran los Omeyas. Intrépida y orgullosa, veía con mal disimulado despecho que los viejos musulmanes eran los únicos que formaban el consejo del califa. Cierto que Abú Bakr  había querido hacerles tomar parte en las deliberaciones; pero Omar se había opuesto enérgicamente, y su opinión había prevalecido. En sus últimos momentos, el califa Omar, herido de muerte por el puñal de un artesano cristiano de Cufa, había propuesto como candidatos al imperio los seis compañeros más antiguos de Mahoma, entre los cuales se distinguían Alí, Otmán, Zobair y Talha. Cuando Omar exhaló el último suspiro, esta especie de cónclave se prolongó, sin ningún resultado, durante dos días, pues cada uno de sus miembros sólo pensaba en hacer valer sus propios títulos y en denigrar a sus adversarios. Al tercer día se convino en que uno de los electores que había renunciado a sus pretendidos derechos nombrase califa, y con gran despecho de Alí, de Zobair y de Talha, eligió a Otmán, en el 644. Uthmān ibn ‘Affān o Uzmán Ibn Affan es el ‘Uthman por excelencia dentro de la cultura árabe e islámica. Su nombre puede encontrarse también como Uzmán, Otmán, que es el que utilizamos, Othman u Osman. Fue el tercero de los llamados califas ortodoxos, la primera serie de califas que gobernó el Imperio islámico entre la muerte de Mahoma y la división que dio lugar al califato omeya. Sucedió al califa Omar, también escrito como Umar, y gobernó entre los años 644 y 656. Pertenecía a la tribu de los Qureshíes, era hijo de Jattab, nieto de Umayyah, y bisneto de Abd Shams, tío bisabuelo de Mahoma. Según la tradición, fue el primer habitante de La Meca en convertirse al islam, tras Mahoma y sus familiares directos. Sus relaciones con el profeta eran excelentes, ya que se casó sucesivamente con dos de sus hijas, Rukayya y Umm Kulthum. El califa Omar no designó sucesor, pero instauró la shura (consejo) formada por seis compañeros del Profeta, de los que saldría el nuevo califa. El elegido para ser el nuevo califa fue Otmán, que pertenecía a la familia de los Omeyas. No obstante, Ali Ibn Abi Talib, primo y yerno de Mahoma, se opuso a este nombramiento. Fue elegido califa en el año 644, a la muerte de Omar, y tuvo que competir con la candidatura de Alí, primo y yerno de Mahoma, que estaba casado con Fátima, la hija del Profeta. Su mandato fue polémico, ya que confiscó en favor de su clan buena parte del botín traído de las conquistas en África, Asia Menor y Persia. También fijó por escrito el texto del Corán, que hasta entonces se transmitía como tradición oral, ordenando al mismo tiempo destruir cualquier edición escrita hecha con anterioridad.

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La personalidad de Otmán no justificaba su elección. Cierto que era rico y generoso, y que había ayudado a Mahoma con auxilios pecuniarios. Pero si se uniese a esto que rezaba y ayunaba a menudo, y que era la honradez y la modestia mismas, quedarían enumerados todos sus méritos. Su espíritu, que nunca había sido muy privilegiado, se había debilitado con la edad, ya que contaba sesenta años, y su timidez era tan grande que, cuando subió al púlpito por primera vez, le faltó valor para predicar. “Comenzar es muy difícil“, murmuró suspirando, y bajó del púlpito. Desgraciadamente, este piadoso anciano tenía debilidad por su familia, y su familia pertenecía a la aristocracia de la Meca, que durante veinte años había insultado, perseguido y combatido a Mahoma. Sus parientes le dominaron por completo. Su tío Alhacan, y, sobre todo, su primo Meruan, gobernaron de hecho, no dejando a Otmán más que el título de califa y la responsabilidad de las medidas comprometedoras, que ignoraban casi siempre. Alhacan no se convirtió hasta el día que se rindió la Meca. Más tarde, habiendo traicionado los secretos de Mahoma, éste le maldijo y le desterró. Abú Bakr  y Omar habían sostenido esta condena. Otmán, por el contrario, después de revocarla, le dio cien mil monedas de plata y una tierra perteneciente al Estado. Además nombró a Meruan su secretario y su visir, le casó con una de sus hijas y le enriqueció con el botín de África. Ávidos de aprovecharse de la ocasión, otros omeyas, jóvenes tan inteligentes como ambiciosos, pero hijos de los más encarnizados enemigos de Mahoma, se apoderaron de los cargos más lucrativos, con gran satisfacción del pueblo, contento de cambiar los viejos devotos, severos, rígidos, ásperos y tristes, por gentileshombres alegres y espirituales, pero con gran disgusto de los sinceros mahometanos, que sentían hacia los nuevos gobernantes de las provincias una aversión invencible.  Abu-Sofyan, el padre de Moauia, nombrado por Otmán gobernador de Siria, había capitaneado el ejército que había vencido a Mahoma en Ohod y que le había sitiado en Medina. Jefe principal de los de la Meca, no se sometió hasta ver perdida su causa, cuando diez mil musulmanes iban a exterminarlos. Y aun entonces había respondido a Mahoma, que le intimaba a reconocerle como el Enviado de Dios: “Perdona mi sinceridad; sobre este punto conservo todavía algunas dudas“. “Rinde homenaje al profeta o tu cabeza rodará“, le dijeron entonces, y sólo ante esta amenaza, Abu-Sofyan se hizo musulmán. Como tenía escasa memoria, un instante después había olvidado que lo era. Y qué decir de Hind, la madre de Moauia, una feroz mujer que se había hecho con las orejas y las narices de los musulmanes muertos en la batalla de Ohod para confeccionar un collar y unos brazaletes. Asimismo había abierto el vientre de Hamza, tío del profeta, y le había arrancado el hígado para desgarrarlo con sus dientes. El hijo de tal padre y de tal madre, la devoradora de hígado, como se la llamaba, no podía ser un musulmán sincero. Sus enemigos negaban hasta que lo fuese.

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Y aquí hacemos una breve incursión en la batalla de Ohod. El 11 de marzo del año 625, la Meca envía un ejército poderoso contra Mahoma. Los efectivos de ese ejército llegan a 3.000 hombres, 700 de los cuales llevan cota de malla, muy eficaz contra las armas de su tiempo. La Meca dispone de 200 jinetes. A la cabeza del ejército va Abu-Suffian, secundado por Sufwan-ben-Umaiyah, el hombre que un año antes enviara a Umair para asesinar al profeta. El segundo capitán, comandante de la caballería pagana, es Jalid-ben-al-Walid. Será más tarde el gran conquistador del Islam y se le llamará «Jalid; la espada de Dios». Ahora, conduce la caballería de La Meca contra el Islam. A su lado se halla Ikrimah, hijo de Abu-Jahl, que ha heredado el odio de sus padres contra Mahoma. El pendón de La Meca es llevado por la tribu Abd-ad-Dar. Mahoma tiene informaciones precisas acerca de las fuerzas del enemigo y del momento en que parte de la Meca. La noticia de la invasión llega al profeta un día en que se halla en la mezquita de Quba, que es el primer edificio religioso que Mahoma ha hecho edificar. Se llama la mezquita de las dos direcciones de oración: una hacia Jerusalén; la otra, hacia la Meca. Cada semana, Mahoma acude allí para hablar a los fieles. Desde hace tiempo se han tomado las medidas necesarias ante un choque con el enemigo. El jueves 21 de marzo del año 625, la vanguardia de las tropas mandadas por Abu-Suffian penetra en el oasis y acampan al norte de Medina, en Ohod, después de haber rodeado la ciudad.  Los coraichitas dejan sus caballos y camellos para que pazcan libremente en los campos de cereales y en los huertos y jardines del oasis. Eso es señal de provocación. Coraichitas, Quraish o Quraysh es la tribu árabe que controlaba la Meca y su Kaaba. Curiosamente Mahoma nació en el clan Banu Hashim de esta tribu Quraysh, que ahora luchaban contra él.  El grueso del ejército pagano coraichita llega siguiendo el lecho del río Wadi-Aqiq, y acampa también al norte de la ciudad, en Ohod. Mahoma convoca a los jefes del clan de Medina y discute con ellos durante toda la tarde del jueves 21 de marzo; la discusión sigue aquella noche y a la mañana del día siguiente, viernes. La guardia musulmana toma posiciones ante el enemigo. La discusión acerca de la conducta que conviene adoptar es difícil, sobre todo a causa de Abdallah-ben-Ubaiy, jefe de los neutrales. Pero Mahoma quiere saber con precisión si habrá gentes que le ataquen por la espalda en su propia ciudad. Al comienzo de las operaciones, los neutrales y los judíos se abstienen de manifestarse. Sólo Abu-Amir declara abiertamente su hostilidad. Abdallah-ben-Ubaiy propone que el ejército de Medina se atrinchere en los sitios fortificados, en las pocas docenas de castillos fortalezas, para resistir al ataque. Explica: «Nunca hemos salido de nuestra ciudad y nadie ha tratado de entrar en ella sin ser capturado». Abu-Bakr y los compañeros del profeta, las personas de edad, son del mismo parecer: hay que fortificarse en los castillos y resistir el ataque del exterior. El combate debe ser librado en el interior de la ciudad. Porque, a diferencia de la Meca, Medina tiene fortificaciones. Es normal, por lo tanto, que sean utilizadas. Para eso precisamente han sido construidas en otro tiempo.

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Mahoma desconfía. Parece sospechoso que Abdallah-ben-Ubaiy, que nunca ha adoptado una actitud clara, se pronuncie ahora con tanta pasión por el plan de atrincherarse en las fortificaciones.  Cuando este hombre recomienda dicha línea de conducta, puede sospecharse que oculta algo. Mahoma sospecha que Ubaiy y los enemigos del Islam proponen ese plan para preparar el ataque a traición, que han debido disponer en algún lugar secreto. Por otra parte, existe un plan que cuenta con las preferencias de los jóvenes musulmanes. Estos piden que el combate se entable a campo abierto, fuera de la ciudad, según la táctica habitual de los árabes. A su modo de ver, no enfrentarse con el enemigo a campo abierto es una actitud humillante, sobre todo tras la destrucción de las cosechas al norte de la ciudad. Los jóvenes no tienen más que una preocupación: la de no ser tildados de cobardes por el enemigo. Quieren gestos valerosos.  Mahoma reflexiona. Con general sorpresa, adopta el plan de los jóvenes. Pero el profeta no da explicación alguna a nadie. No está entre sus costumbres el explicar por qué obra de una determinada manera en vez de otra. Mahoma escucha durante horas la exposición de todas las opiniones. Después de eso, toma una decisión, de la que nunca se vuelve atrás. A partir del instante en que ha optado por una solución, exige una sumisión total y se niega a dar explicaciones. Inmediatamente toma la decisión de trabar combate en el exterior de la ciudad; y hecho esto, Mahoma se levanta y pide a Abu-Bakr que le ayude a ponerse su cota de malla. Ciñe una espada en la que están escritas estas palabras: «La cobardía a nadie salva de su destino».  Abdallah-ben-Ubaiy y los partidarios del combate en el interior de las fortificaciones insisten por última vez ante Mahoma para que no presenten batalla en terreno abierto, fuera de la ciudad, porque la derrota será inevitable. «No, replica Mahoma; no es conveniente que un profeta vuelva a envainar la espada una vez que la ha sacado, ni que vuelva la espalda cundo ya ha dado los primeros pasos, hasta que Dios decida entre él y el enemigo». Acto seguido, Mahoma inspecciona el ejército musulmán. Está compuesto de mil hombres. La Meca cuenta con 3.000. Por lo tanto, habrá que batirse en la relación de uno contra tres. No llegan a 300 las cotas de malla de los musulmanes. La Meca tiene 700 soldados con armadura. Además, La Meca tiene 200 caballos y los musulmanes solamente dos, porque son demasiado pobres para tener más. Mientras inspecciona las tropas, Mahoma recibe la advertencia de que parte de los judíos ha decidido pasarse al enemigo inmediatamente después del comienzo de las hostilidades. Esa defección de buena parte del ejército de Medina producirá un terrible efecto sobre los musulmanes. Automáticamente seguirá la derrota del Islam. Mahoma comprueba  la información, que es exacta. Pero finge ignorarla. Hasta nueva orden no cambia de actitud para con las tribus que han decidido traicionarle durante la batalla. Pero, a fin de desarticular su plan, el profeta decide que ni un solo judío tome parte en el combate. Y se explica así: «Se trata de una guerra religiosa. De acuerdo con la constitución y con nuestros pactos de alianza, nuestros amigos los judíos no están obligados a ayudarnos con las armas cuando luchamos por nuestra religión».

 

Sería ilógico, efectivamente, que los judíos combatieran por la religión de otros. Además, añade Mahoma, es un sábado y las leyes judías prohíben la lucha en ese día. Los judíos se retiran. Ubaiy hace lo mismo. Ahora, los musulmanes no tienen más que 700 hombres aptos para el combate. Con dos caballos. Y se enfrentan con 3.000 hombres con 200 caballos. Mahoma impone a sus hombres disciplina y ataque en grupo. Nunca el ataque individual. Dispone los arqueros musulmanes, de manera que puedan dividir en dos a la caballería enemiga, lo que le impedirá atacar de frente. La caballería de Jalid debe ser forzada a la inmovilidad por los arqueros. Si esa maniobra tiene éxito, y debe tenerlo si las órdenes son ejecutadas al pie de la letra, los musulmanes obtendrán pronto la victoria. Mahoma explica a sus soldados que sólo por la disciplina podrán dominar a un ejército tres veces más numeroso y mejor equipado. Dice a los arqueros que la suerte de la jornada depende de la disciplina con que guarden sus posiciones. El profeta ordena: «No abandonéis vuestros puestos, aunque veáis que los buitres están comiendo vuestros cadáveres». Ahora, los ejércitos enemigos están frente a frente. Jalid manda un ala del ejército de la Meca; la otra está encomendada a Ikrimh, el hijo de Abu-Jahl. Entre ambos ejércitos beligerantes hay un terreno salino. Para encontrarse, los combatientes deben atravesar el cauce seco del río el Wadi. En el bando de la Meca son las mujeres quienes arman el mayor alboroto. Van conducidas por Hind (o Hind), la esposa de Abu-Suffian. A su paso por Abwa, donde está enterrada Amina, la madre del profeta, Hind y las mujeres coraichitas que la acompañan han profanado el sepulcro. Aquél es un acto de odio excepcional, al que los árabes no se entregan más que en momentos extremadamente graves. En el ejército coraichita hay numerosos esclavos que acompañan a los guerreros. Hind ha prometido la libertad a cualquier esclavo de la Meca que mate a Harnzah o a otros jefes de los musulmanes. Y son muchos los que han acudido para tratar de recobrar así su libertad. Pero gran parte de los soldados son negros, de la tribu de Ahabich, que no vienen para luchar por su libertad, sino por un salario, como mercenarios. Todas las mujeres de lo más selecto de la Meca están presentes en el campo de batalla de Ohod, porque es una vieja costumbre árabe que las mujeres acompañen a los hombres en la guerra. Tal presencia estimula e inflama a los combatientes. Es indispensable para el mantenimiento de la moral en un ejército árabe. Nada ni nadie puede remplazarlas. «Nuestras mujeres nos miran siempre mientras luchamos», dice el poeta, «son las antorchas que iluminan nuestra sangre».

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En los momentos difíciles de la batalla, las mujeres sueltan sus cabellos, desgarran sus vestidos y con el torso desnudo y los senos descubiertos, se lanzan adelante, pidiendo a los soldados que las sigan y prometiéndoles su amor cuando hayan vencido. Nadie resiste a semejante llamamiento. Gracias a las mujeres, muchos combates que parecían perdidos se han trocado en victorias. Ahora, en el comienzo de la batalla, los musulmanes, a pesar de su inferioridad numérica, llevan ventaja. Los coraichitas han retrocedido desde los primeros encuentros. Por otra parte, las señales que anuncian la victoria comienzan a aparecer del lado del Islam. Al amanecer, cuando la columna de los creyentes se pone en marcha, precedida de los dos únicos caballos que poseen, uno de éstos, con un movimiento de la cola ha hecho saltar de su vaina la espada de un jinete. Para el comienzo de una batalla no puede haber mejor augurio. Es la señal de una victoria cierta. y como para no desmentirla, los coraichitas siguen retrocediendo. En el instante en que el ejército de la Meca comienza a retirarse en desbandada, los arqueros musulmanes, a los que Mahoma ha ordenado no moverse «aunque vieran a los buitres devorar sus cadáveres», abandonan sus posiciones y comienzan el pillaje en el campo enemigo. Creen tal vez que ya no necesitan de la disciplina. Ni mantener sus posiciones. Imaginan que desde el momento en que el enemigo huye, la batalla está ganada. Pero las mujeres de la Meca se interponen y, con invectivas, juramentos, gritos de ánimo, promesas. y lágrimas, consiguen frenar la retirada. Gracias a las mujeres, el ejército coraichita vuelve a recuperarse. La batalla se hace de nuevo ardiente. Nueve miembros del clan Abd-al-Dar caen muertos uno tras otro, defendiendo el pendón de la Meca. Tras la muerte del noveno, cae la enseña de la ciudad. Una mujer, llamada Amrah, la levanta de nuevo y la lleva en alto. Precede a todos los soldados. El estandarte musulmán lo lleva Musab-ben-Umair, que cae muerto. Dice la tradición que entonces fue un ángel quien tomó el pendón y lo entregó a Alí. Pero, habiéndose hecho culpables de insubordinación, los musulmanes no pueden ser ayudados por fuerzas celestes. En el instante en que los arqueros del profeta cometen el pecado de indisciplina, Jalib y los jinetes paganos a sus órdenes se lanzan al ataque. Cargan contra las posiciones del Islam. La situación cambia bruscamente. Los coraichitas toman ahora la iniciativa. Un esclavo negro, llamado Wahchi corre como un desesperado al campo de batalla, a la busca de Hamzah. Tras haberlo localizado, lo sigue paso a paso y lo asesina por la espalda. Así gana su libertad. Y no sólo liberará al asesino de Hamzah, sino que, en pleno campo de batalla, Hind se quitará todos sus brazaletes de las muñecas y de los tobillos, se desprenderá de los pendientes que cuelgan de sus orejas y de sus collares y los ofrecerá a Wahchi. Otros esclavos buscan apasionadamente al profeta para matarlo. Buscan también a Abu-Bakr, a Omar y Alí. Pero no vuelve a repetirse la suerte de Wahchi.

 

Durante la batalla, Mahoma es herido. Tiene dos llagas en el rostro y un diente roto. Cae en un pozo disimulado. Pero aun en ese estado, mata con su espada al coraichita que le atacaba. Mientras Mahoma cae herido, Suraqah, el nómada que quiso capturarlo cuando la huida a Medina y que después se ha convertido y lucha en el campo musulmán, queda tan trastornado por la herida del profeta que comienza a gritar con toda la fuerza que puede: «¡Mahoma ha muerto!». La noticia se difunde por el campo musulmán. Los soldados del Islam quedan aterrados y son presa del pánico. Inmediatamente, Suraqah niega haber dado aquel grito. Hasta el fin de sus días lo negará, jurando que nunca ha anunciado la muerte del profeta. La explicación del hecho es que no ha sido él quien ha gritado que Mahoma había muerto, sino el diablo, que se ha servido de la voz de Suraqah para desmoralizar al ejército musulmán. Pero el desmentido sobre la supuesta muerte del profeta llega demasiado tarde. Los combatientes fieles, en plena derrota, huyen del campo de batalla. Mahoma, con algunos compañeros, entre ellos Abu-Bakr y Omar, se retira a una roca de basalto negro, en los confines del campo de Ohod, donde tiene lugar la lucha. Fátima y Umm Jultum, las dos hijas del profeta, que han asistido a la batalla, acuden junto a su padre y cuidan sus heridas. Fátima es la mujer de Alí. Umm Jultum, la de Othmann, que se ha casado con ella a la muerte de Ruqaya. La batalla de Ohod ha concluido. Los musulmanes están vencidos. Buena parte de los combatientes del Islam han muerto o están heridos. El resto se ha dado a la fuga. Abu-Suffian se presenta lleno de orgullo en el campo de batalla. De los coraichitas han muerto veinticinco. De los musulmanes, setenta. Abu-Suffian pregunta con potente voz, de modo que se le oiga desde Medina, si Mahoma ha muerto o sigue con vida. Pero hay orden de no contestar. Omar, el hombre a quien hasta el diablo teme, no puede dominarse a sí mismo; contesta a Abu-Suffian, con voz aún más fuerte, que el profeta Mahoma está vivo. Abu-Suffian anuncia que la guerra ha concluido. Los musulmanes han dado muerte a setenta paganos en Badr. Los coraichitas han matado aquí, en el campo de Ohod, a setenta musulmanes. El asunto está arreglado. Ya no hay motivo para proseguir la guerra. Sin embargo, Abu-Suffian hace saber a los musulmanes que los cita para el año próximo en la feria de Badr, en el caso de que aún quisieran combatir. Después, el ejército coraichita se retira. Antes de abandonar el campo de batalla, Hind, la esposa de Abu-Suffian, busca el cadáver de Hamzah. Le desgarra el vientre. Le saca el hígado y se lo come, como había jurado. Corta al cadáver las orejas, la nariz, la lengua y los atributos masculinos y se hace con ellos un collar.

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Adornada con semejantes joyas, danza y canta. Semejante embriaguez de sangre, de odio y crueldad es general entre las mujeres de la Meca. Una de ellas, Sulafah-bint-Sad, busca el cadáver del musulmán que ha matado a su hijo en la batalla de Badr, lo decapita y se lleva la cabeza, jurando que con el cráneo va a hacerse un vaso y que, en lo que le queda de vida, no beberá en otro recipiente.  Mahoma queda profundamente entristecido por todo ello. Manda buscar el cadáver mutilado de Hamzah. El caballero del Islam, Hamzah, no era solamente un compañero fiel y heroico del profeta, sino también su tío. Ha sido uno de los valerosos hombres que han llevado sobre sus hombros la fundación del Islam. Ante el cadáver mutilado de su compañero, Mahoma anuncia que, para vengar aquella ofensa, mutilará en el próximo encuentro a treinta soldados enemigos. Pero apenas pronuncia ese voto, se retracta. Dice: «Si infligís un mal, hacéis lo mismo que habéis sufrido; pero si soportáis con paciencia ese mal, será mejor para los pacientes». Mahoma ordena que se entierre a los muertos. Cada uno donde haya caído. Los muertos musulmanes de Ohod son mártires caídos en la guerra santa. Mahoma recita setenta veces, por los setenta musulmanes mártires, la oración de los muertos. El profeta prohíbe que se laven los cadáveres, tal y como lo exigía la costumbre árabe antes de la inhumación. Dice a sus fieles que los mártires caídos en el combate son lavados por los ángeles. Es inútil, por lo tanto, que sus compañeros lo hagan. Hamzah, «el león de Alah» y los setenta fieles han entrado directamente en el Paraíso. El asesino de Harnzah, el esclavo negro Wahchi, deserta del ejército de Abu-Suffian, se presenta ante Mahoma y le pide perdón. Mahoma no castiga al asesino. Nadie ha superado la capacidad de perdón del profeta. Pero pide a Wahchi que no vuelva a presentarse delante de él mientras viva. El asesino de Hamzah cometerá otros crímenes; pero ahora a favor de la causa del Islam. Entre otros, matará al profeta Musailima. Morirá alcoholizado, en Emesia, a edad muy avanzada. Realizados los funerales, Mahoma hace el balance de lo ocurrido. ¿Por qué los coraichitas se ha retirado y no han seguido batiéndose tras haber ganado la primera batalla y haber derrotado a los musulmanes?  La explicación es que Abu-Suffian y el ejército de la Meca se han retirado después de su victoria de Ohod porque han organizado la guerra de tal manera que Mahoma debía ser asesinado por. la espalda en Medina. Abu-Suffian y los coraichitas no podían imaginar que Mahoma saldría de la ciudad para atacar, ya que en Medina hubiesen podido resistir como en una fortaleza. La salida del ejército musulmán a campo abierto y la prohibición dirigida a los judíos y de participar en la batalla han desbaratado todos los planes de la Meca. Surgía así una nueva situación.

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A pesar de la victoria obtenida, Abu-Suffian prefiere retirarse por el momento. Pero cuenta con volver más tarde, para el combate decisivo, en que los judíos y los neutrales de Medina no faltarán a la cita. Mahoma hace venir a los musulmanes y les habla. Les dice que no se entristezcan. Recita ante ellos la tercera sura del Corán, en la que se afirma que Dios ha castigado a los musulmanes mediante aquella derrota de Ohod, porque no han escuchado las palabras del profeta y porque los arqueros abandonaron sus puestos para entregarse al pillaje. Mientras huíais en desorden, no escuchabais la voz del profeta que os llamaba al combate. El cielo os ha castigado por vuestra desobediencia. Que la pérdida del botín y la desgracia de Dios no os hagan inconsolables. Dios conoce vuestras acciones. Mahoma dice a los musulmanes vencidos que las derrotas son también, lo mismo que las victorias, obra de Dios. Además, la derrota es un medio por el que Dios prueba la fuerza de la fe de sus fieles. Inmediatamente después de la derrota, los judíos de Medina desencadenan una campaña de calumnias contra el Islam. Gritan en voz alta por todos las caminos y encrucijadas que «Mahoma no es un profeta. Mahoma ha sido vencido en esa batalla. Y nunca, desde que el mundo es mundo, se ha visto a un profeta vencido. Quien resulta derrotado no es profeta, sino impostor». Mahoma responde: “¿Cuántos profetas han combatido contra numerosos ejércitos, sin desanimarse por las derrotas sufridas sosteniendo la causa del cielo? No se han empequeñecido por cobardía. Dios ama a quienes son constantes“. Los musulmanes no interpretan la derrota de Ohod como una victoria de la Meca, sino como una prueba a la que Dios somete a sus fieles. También ha probado Dios a Job y a todos los hombres llenos de fe. La interpretación dada por Mahoma devuelve los ánimos a los musulmanes. Se reúnen y entran en la ciudad en orden perfecto. Los enemigos ven de repente a las tropas del Islam, uniformadas y armadas, que desfilan como después de una victoria. Los combatientes explican que acaban de sufrir una simple prueba, impuesta por Alá y que la victoria de los coraichitas no tiene otra explicación. Al día siguiente, el ejército musulmán, perfectamente disciplinado, sale de Medina. Los soldados, alineados, se dirigen al oeste, hacia el gran desierto. Acampan allí. Es una demostración de disciplina que no puede menos de impresionar al enemigo. Por lo demás, una jornada a campo abierto, al aire libre, hace excelente efecto después de una derrota.

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Como tras una enfermedad, el aire fuerte del desierto eleva de nuevo la moral. La derrota de Ohod se reduce a proporciones insignificantes. Mahoma y los musulmanes vuelven a Medina llenos de optimismo. Han pasado tres días en el infinito de arena inmaculada del desierto, cerca de Hamra-al-Asad, a ocho millas de Medina.  Desde su campamento, los musulmanes observan los movimientos del ejército enemigo. Abu-Suffian se retira y se dirige a la Meca. De regreso en Medina, Mahoma recibe una advertencia acerca del inminente ataque que prepara el clan Banu-Nadir. Se atrincheran en su barrio y construyen barricadas. Mahoma da la orden de asedio. Se les invita a abandonar la ciudad. Nadie debe vivir en una ciudad si medita entregarla a sus enemigos. Mahoma garantiza a los exilados la integridad de sus personas y bienes. Los agricultores, como en otros tiempos los plateros se llevan cuanto les pertenece, incluso las puertas, ventanas y tejados de sus casas y salen de Medina, precedidos de música y vestidos de fiesta. Las mujeres llevan sus joyas y ornatos de los grandes días. Todos prometen volver con el ejército coraichita para dar muerte a Mahoma y destruir el Islam. Es un triste acontecimiento para los musulmanes. Pero a Mahoma no le faltan consuelos. Una mujer de la tribu Diwar, llamada Hind-bint-Amr, y cuyo hijo único ha muerto en la batalla de Ohod, acaba de encontrarse con el profeta y le habla alegremente. Mahoma le pregunta: “¿no estás triste por la muerte de tu hijo?“. «No estoy triste por la muerte de mi hijo, responde Hind: si tú estás vivo, profeta, las demás desgracias son mínimas». Y hasta aquí la batalla de Ahod.

 

Los antiguos competidores de Otmán, Alí, Zobair y Talha, que gracias al dinero destinado a los pobres, del cual se habían apoderado, se habían hecho muy ricos, prodigaban el oro a manos llenas para suscitar revueltas en todas partes. Sin embargo, no lo consiguieron más que a medias. Hubo aquí y allá algunos levantamientos parciales; pero las masas permanecieron fieles al califa. En fin, contando con la adhesión de los medineses, los conspiradores llevaron a la capital algunos centenares de esos beduinos de colosal estatura y de atezado rostro, dispuestos, por dinero, a asesinar al que fuese preciso. Estos supuestos vengadores de la religión ultrajada, después de haber maltratado al califa en el templo, fueron a sitiarlo en su palacio, defendido tan sólo por quinientos hombres, la mayor parte esclavos, capitaneados por Aeruan. Confiaban en que Otmán renunciaría voluntariamente al trono, pero se engañaron. Creyendo que no se atreverían a atentar contra su vida o contando con el auxilio de Moauia, el califa mostró una gran firmeza. Fue preciso recurrir a medidas extremas. Después de un sitio, que duró muchas semanas, los desalmados penetraron en el palacio por una casa contigua; asesinaron al califa octogenario, que estaba leyendo piadosamente el Corán, y para coronar su obra saquearon el tesoro público. Meruan y los demás omeyas tuvieron tiempo de huir. Los medineses, los defensores, ya que este título, aplicado a los compañeros de Mahoma, pasó a sus descendientes, habían presenciado los hechos pasivamente, hasta el punto de que la casa por donde los asesinos penetraron en el palacio pertenecía a los Beni-Hazm, familia de los defensores que más tarde se singularizó por su odio a los omeyas. Esta neutralidad intempestiva, tan parecida a la complicidad, les fué reprochada duramente por su poeta Hasan-ben-Tabit, ardiente partidario de Otmán, que temía, con razón, que los omeyas vengasen en sus hermanos de tribu el asesinato de su deudo. “Cuando el venerable anciano — dice — vio la muerte alzarse ante él, nada hicieron los defensores para salvarle. ¡Ay! ¡bien pronto resonará en nuestras moradas el grito de: ¡Dios es grande! ¡Venganza, venganza a Otmán!”. Alí, elevado al califato por los defensores, destituyó a todos los gobernadores de Otmán y los sustituyó por musulmanes de la “antigua roca“, sobre todo por defensores. Los ortodoxos triunfaban, iban a apoderarse del mando y a exterminar a los nobles, cabeza de las tribus, y a los omeyas, conversos de la víspera, que creían ser los pontífices y los doctores del porvenir.

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Pero su gozo duró poco, ya que la división estalló en el mismo cenáculo. Al pagar a los asesinos de Otmán, cada uno de los triunviros había contado con el califato. Frustradas sus esperanzas, Talha y Zobair, después de haber sido obligados, con el alfanje sobre el cuello, a jurar fidelidad a su afortunado competidor, abandonaron Medina para unirse con la ambiciosa Aixa, la viuda del profeta, que antes había conspirado contra Otmán, pero que ahora excitaba al pueblo a vengarle y a sublevarse contra Alí, a quien odiaba con toda la fuerza del orgullo herido, porque una vez, viviendo su esposo, había osado dudar de su virtud. Pero los confederados disponían tan sólo de un pequeño ejército. Alí no tenía de su parte más que a los asesinos de Otmán y a los defensores. Era, por lo tanto, la masa la que debía decidirse por unos o por otros. Pero la masa permaneció neutral. A la noticia del asesinato del anciano califa, un eco de indignación había repercutido en todo el imperio. Y si la complicidad de Zobair y de Talha hubiera sido menos conocida, hubiesen tal vez podido contar con la simpatía de las turbas que pretendían castigar a Alí. Pero su participación en el regicidio no era un misterio para nadie. “¿Será forzoso — respondieron los árabes a Talha en la mezquita de Basora —, será forzoso enseñarte la epístola en que nos excitas a sublevarnos contra Otmán? Y tú — dijeron a Zobair —, ¿no has incitado a los habitantes de Cufa a la insurrección?“.  Por lo tanto, casi no hubo nadie que quisiera batirse por uno de aquellos hipócritas, confundidos en un desprecio común. Esperando los acontecimientos, se procuraba conservar el gobierno y los gobernadores establecidos por Otmán. Cuando un funcionario, nombrado gobernador de Cufa por Alí, fué a posesionarse de su cargo, los árabes de aquella ciudad salieron a su encuentro y le exigieron terminantemente el castigo de los asesinos de Otmán, declarando que querían seguir con el gobernador anterior, y que, en cuanto a él, le hendirían la cabeza si no se retiraba al instante. El defensor encargado del mando de Siria fue detenido en la frontera. Por fin Alí encontró amigos y servidores de ocasión en los árabes de Cufa, a los cuales ganó, no sin trabajo, para su causa, prometiéndoles fijar su residencia en dicha ciudad y elevarla a capital del imperio. Con su ayuda venció en la batalla del camello, que le libró de sus competidores: Talha fué herido de muerte; Zobair pereció asesinado en la fuga; Aixa solicitó y obtuvo el perdón. El honor de esta victoria recayó principalmente sobre los defensores, que formaban el grueso de la caballería.

 

A partir de entonces Alí se convirtió en dueño de Arabia, del Irak y de Egipto, lo cual significaba que su autoridad no era abiertamente desacatada en estas provincias, pero se le obedecía con extrema frialdad y con aversión evidente. Los árabes de Irak, cuyo concurso le importaba en extremo, hallaban siempre pretextos para no ponerse en marcha cuando él se lo ordenaba. En invierno hacía mucho frío; en verano, mucho calor. Únicamente Siria se resistía a acatarle. Moauia, aunque hubiese querido, no hubiera podido hacerlo sin mancillar su honor. Moauia no podía dejar impune el asesinato de su tío. Tampoco podía someterse al hombre que había nombrado generales a los asesinos. Hubiera podido salvar a Otmán corriendo en su auxilio con su ejército; mas ¿de qué le hubiera servido personalmente? Una vez salvado Otmán, hubiera continuado siendo lo que era: gobernador de Siria. Cortés, amable, generoso, conocedor del corazón humano, dulce o severo, según las circunstancias, Moauia había sabido granjearse respeto y amor por sus cualidades personales. Para los sirios el islamismo era letra muerta, una fórmula vaga y confusa, cuyo sentido no se preocupaban de descifrar. Les repugnaban los deberes y las ceremonias de esta religión, y sentían un odio inveterado contra la aristocracia advenediza, cuyo único título para mandarlos era el haber sido fiel a Mahoma. Y, en fin, lamentaban la pérdida de la preponderancia de los jefes de su tribu. Si les hubiesen dejado, hubieran marchado contra las dos ciudades santas para saquearlas, incendiarlas y exterminar a sus habitantes. El hijo de Abu-Sofyan y de Hind compartía con ellos sus propósitos, recelos, resentimientos y esperanzas. Tal era la verdadera causa de la simpatía recíproca entre el príncipe y sus súbditos, simpatía que se patentizó cuando, años más tarde, Moauia, después de un largo y glorioso reinado, exhaló su último suspiro y hubieron de rendirle los postreros honores. El emir, a quien Moauia había confiado el gobierno hasta que Yezid, el heredero del trono, llegase a Damasco, había dispuesto que el ataúd fuese conducido por los parientes de Otmán, el ilustre difunto. Pero el día de los funerales, cuando empezó a desfilar el cortejo, los sirios dijeron al emir: “Mientras vivió el califa, nos hizo partícipes de todas sus empresas; sus penas y sus alegrías han sido nuestras. Permítenos, pues, que ahora reclamemos nuestra parte“. Y cuando el emir hubo accedido a su demanda, uno por uno, quisieron tocar, aunque fuese con la punta de un dedo, el túmulo donde reposaban los restos mortales del amado califa, desgarrando en su precipitación el paño mortuorio. Alí, desde el principio, pudo convencerse de que los sirios identificaban la causa de Moauia con su propia causa. “Diariamente — le decían — cien mil hombres vienen a llorar en la mezquita bajo la túnica ensangrentada de Otmán, jurando vengarle en ti“. Habían transcurrido seis meses desde el asesinato de Otmán, cuando Alí, vencedor en la batalla del camello, conminó por última vez a Moauia para que se sometiera. Pero éste, mostrando a los árabes reunidos en la mezquita la ensangrentada túnica, demandó su opinión. Le escucharon en un silencio respetuoso y solemne; cuando hubo concluido, uno de los nobles, tomando la palabra en nombre de todos, dijo: “Príncipe, a ti te toca aconsejar y ordenar; a nosotros, obrar y obedecer“. Y al instante se promulgó esta orden por todas partes: “Que todo individuo, capaz de esgrimir las armas, se agrupe sin demora bajo sus banderas; quien al cabo de tres días no se halle en su puesto, será condenado a muerte“.

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Iba a lucharse por una causa verdaderamente nacional. Siria proporcionó por sí sola más soldados a Moauia que todas las demás provincias habían proporcionado a Alí. Este comparaba con dolor la abnegación y el celo de los sirios con la tibia indiferencia de los árabes del Irak. “Cambiaría de buen grado diez de vosotros por cada uno de los soldados de Moauia — decía —. ¡Por Dios! Triunfará al fin el hijo de la devoradora de hígado!“. La rivalidad iba a solventarse por medio de las armas en las llanuras de Cifin, en la orilla occidental del Éufrates, en Irak. Sin embargo, cuando los dos ejércitos se hallaron frente a frente, transcurrieron muchas semanas en inútiles negociaciones y en escaramuzas que, aunque sangrientas, no producían resultado alguno. Ambas partes rehuían una batalla general y decisiva, que al fin tuvo que entablarse, fracasadas las tentativas de concordia. Los viejos camaradas de Mahoma combatieron en aquella ocasión con la misma rabia fanática que en los tiempos en que forzaban a los beduinos a elegir entre el mahometismo o la muerte. Y es que, a sus ojos, los árabes de Siria eran realmente paganos. Los árabes del Irak, comprendiendo que se trataba de su honor, combatieron mejor de lo que se hubiera creído, y la caballería de Alí dió una carga tan formidable, que los sirios perdieron terreno. Viendo en peligro el triunfo, Moauia, poniendo ya el pie en el estribo, se disponía a emprender la fuga, cuando Amr, hijo de Aci, que mantenía secretas inteligencias con el ejército de Alí, se le aproximó y dijo: “Es preciso ordenar a los soldados que posean un ejemplar del Corán, que lo aten al extremo de sus lanzas; anuncia al mismo tiempo que apelas a lo que decida este libro. El consejo es bueno, te respondo de ello”. Ante el temor de una derrota, Amr había convenido de antemano en apelar a este golpe teatral con otros jefes del ejército, entre ellos Axat, el hombre más pérfido de entonces. Ciertamente Axat no tenía razón para ser muy adicto al islamismo y a sus fundadores que cuando aún era pagano y jefe de la tribu de Kinda. Y cuando había abjurado el islamismo en tiempo de Abú Bakr, había visto a los musulmanes degollar a toda la guarnición de su fortaleza de Nochair. Moauia siguió el consejo de Amr y ordenó atar el Corán a las lanzas. El santo libro abundaba poco en aquel ejército de cerca de ochenta mil hombres y apenas se encontraron quinientos ejemplares. Pero bastaban para el fin que se proponían Axat y sus enemigos, que, agrupándose en torno del califa, exclamaron: “Aceptamos la decisión del libro de Dios; queremos la suspensión de la lucha“. “Es una astucia, un ardid infame — rugió Alí, trémulo de indignación —; los sirios apenas tienen idea de lo que es el Corán, y violan sin cesar sus preceptos“. Comprendiendo que no retrocederían, Alí cedió, dando la orden de retirada al general victorioso que perseguía de cerca al enemigo.

 

Aquel día, Axat, el que antes se titulaba rey de Kinda, pudo gozar las dulzuras de la venganza, siendo él quien inició la ruina de los piadosos musulmanes que le habían despojado de su realeza y asesinado a sus hermanos de tribu en Nochair. El reino de Kinda floreció a fines del siglo V y principios del siglo VI en Arabia septentrional, donde la estirpe de Akil Al – Murar estableció un efímero poder monárquico sobre varias tribus. El reino de Kinda representa el primer intento de unificación política en la zona y su recuerdo aún perdura en la poesía árabe. Alí le envió a Moauia para preguntarle en qué forma creía él que había decidido el debate el Corán: “Alí y yo — respondió Moauia — nombraremos cada uno un árbitro, y ellos decidirán, consultando el sagrado libro, cuál de los dos tiene derecho al califato. Por mi parte elijo como árbitro a Amr, hijo de Aci“. Cuando Axat llevó esta respuesta a Alí, éste quiso nombrar a su primo Abdala, hijo de Abbas; pero no se lo permitieron, temiendo que un pariente tan próximo fuese muy parcial. Después, cuando Alí propuso a su valiente general Axtar, exclamaron que querían a Abu-Musa. Alí accedió por fin, cansado de la discusión. Inmediatamente doce mil soldados abandonaron su causa, después de intentar en vano anular el tratado que acababa de firmarse, y que les parecía un sacrilegio, puesto que la decisión de las discordias no pertenecía a los hombres, sino sólo a Dios. Cierto que entre ellos había traidores, y que probablemente Axat figuraba entre ese número; mas la mayoría eran piadosos lectores del Corán, hombres de buena fe, muy adictos a la religión, muy ortodoxos, pero de ortodoxia distinta de la de Alí y la aristocracia medinesa. Indignados hacía tiempo de la depravación y la hipocresía de los compañeros de Mahoma, que convertían la religión en instrumento de su ambición mundana, éstos inconformistas habían resuelto separarse de la iglesia oficial en la primera ocasión.  Se asemejaban mucho a los independientes ingleses del siglo XVII del partido de Cromwell. El árbitro nombrado por Alí engañó a su señor. Sea lo que sea, la guerra volvió a reanudarse. Alí sufrió incesantes reveses. Su afortunado rival le arrebató primero Egipto y en seguida Arabia. Dueño de Medina, el general sirio predicó desde lo alto del púlpito: “Ausitas y Jazrachitas, ¿dónde está el venerable anciano que antes ocupaba este puesto? ¡Por Dios, que si no temiese la cólera de Moauia, mi señor, no perdonaría a ninguno de vosotros! Prestad juramento a Moauia, mi señor, pero sin mala voluntad, y obtendréis el perdón“. La mayoría de los defensores estaban entonces en el ejército de Alí; los demás se dejaron arrancar el juramento.

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Poco después, Alí pereció, víctima de la venganza de una joven inconformista, a cuyo padre y hermano había mandado decapitar, y que antes de casarse con un primo suyo le había exigido la cabeza del califa como precio de su mano. Hasan, hijo de Alí, heredó sus pretensiones al califato. Tenía poca personalidad para ser jefe de un partido. Indolente y sensual, prefería una vida muelle, tranquila, opulenta, a la gloria, al poder y a los cuidados del gobierno. El verdadero jefe del partido fue desde entonces el defensor Cais, hijo de Sad, hombre de colosal estatura, de formas atléticas, magnífico tipo de fuerza bruta, que se había singularizado en veinte batallas por su arrojo indomable. Su piedad era ejemplar, hasta el punto de cumplir sus deberes religiosos aun con peligro de su vida. Un día, al inclinarse para rezar su oración, vio una enorme serpiente en el sitio en que debía apoyar la cabeza. Harto escrupuloso para interrumpir su oración, la continuó, apoyando tranquilamente la cabeza al lado del reptil, que se enroscó en torno de su cuello sin hacerle daño. Cuando hubo concluido de rezar, desenroscó la serpiente y la arrojó lejos de sí. Este devoto musulmán odiaba a Moauia, no sólo por considerarle como enemigo de sus hermanos de tribu en general y de su familia en particular, sino por juzgarle incrédulo, puesto que Cais jamás había querido admitir que Moauia fuese musulmán. Estos dos hombres se detestaban hasta tal punto, que cuando Cais, durante el reinado de Alí, era aún gobernador de Egipto, entablaron correspondencia por el solo placer de escribirse injurias. El uno encabezaba su carta: “Judío, hijo de un judío“. Y el otro respondía: “Pagano, hijo de un pagano. Has adoptado el islamismo a tu pesar, por coacción, pero le traicionas de buen grado. Tu fe, si alguna tienes, es de fecha reciente; en cambio, tu hipocresía es muy antigua“. Hasan disimuló mal desde un principio sus pacíficas intenciones. “Extiende la mano — le dijo Casi —; sólo te prestaré juramento cuando antes hayas jurado conformarte con el libro de Dios, con las leyes dadas por el profeta, y combatir a nuestros enemigos“. “Juro — respondió Hasan — identificarme con lo que es eterno en el libro de Dios y en las leyes del profeta; pero tú, por tu parte, habrás de obedecerme, lucharás con los que yo luche y harás la paz cuando yo la haga“. Se prestó el juramento; pero estas palabras habían producido un efecto fatal. “No es el hombre que necesitamos — decían —; no quiere la guerra“. Para los defensores todo estaba perdido si Moauia triunfaba. No tardaron en realizarse sus temores. Durante muchos meses, aunque Hasan dispuso de un ejército considerable, permaneció inactivo en Madain, mientras probablemente pactaba en secreto con Moauia. Por fin envió a Cais hacia la frontera de Siria, pero con tan escasas tropas, que el valiente defensor se vio vencido por el número. Los fugitivos, al llegar a Madain en el mayor desorden, maltrataron a Hasan, que, si no los había entregado al adversario, había desempeñado al menos un papel ambiguo. Se apresuró a concertar la paz con Moauia, renunciando para siempre al califato, a cambio de una magnífica renta y de la amnistía para sus secuaces.

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Sin embargo, Cais tenía aún a sus órdenes cinco mil hombres, que después de la muerte de Alí se habían rasurado la cabeza en señal de duelo. Con tan corto ejército intentaba proseguir la lucha. Pero, ignorando si sus tropas participaban de su frenético ardor, les dijo: “Si queréis, pelearemos hasta el fin y nos dejaremos matar uno a uno antes que rendirnos; pero si preferís demandar el amán (paz o amnistía), yo os lo procuraré. Elegid“. Los soldados optaron por la paz. Cais, acompañado de los principales de su tribu, se presentó a Moauia, pidió gracia para él y para los suyos, y le recordó las palabras de Mahoma, que en el lecho de muerte había recomendado los defensores a los demás musulmanes, diciendo: “Honrad y respetad siempre a estos hombres, que han dado asilo al profeta fugitivo, y a los cuales debe el éxito de su causa“. Al terminar su discurso dio a entender que los defensores se considerarían felices si quería aceptar sus servicios. Porque, a pesar de su devoción, a pesar de su repugnancia a obedecer a un incrédulo, no podían resignarse a perder sus cargos elevados y lucrativos. Moauia respondió en estos términos: “No concibo, defensores, qué títulos podéis alegar para obtener mi gracia. ¡Por Dios! Habéis sido mis más encarnizados enemigos. En la batalla de Cifin estuvisteis a punto de causar mi ruina cuando vuestras lanzas deslumbrantes sembraban la muerte en las filas de mis soldados. Las sátiras de vuestros poetas han sido para mí otros tantos alfilerazos; y ahora que Dios ha consolidado lo que queríais derribar, me decís: ¡Respeta las indicaciones de Mahoma!” Imposible; hay absoluta incompatibilidad entre nosotros“. Herido en su soberbia, Cais cambió de tono: “El título para apelar a tu bondad es el de ser fieles musulmanes, y a los ojos de Dios esto basta, si bien es verdad que los que se han aliado para combatir al profeta tienen otros títulos que hacer valer ante ti, pero que no les envidiamos. Cierto que hemos sido vuestros enemigos; pero vosotros hubieseis podido evitar la guerra. Nuestros poetas os han zaherido con sus sátiras; pues bien, lo que hayan dicho de falso, olvídese, y quede tan sólo lo que hayan dicho de verdad. Vuestro poder se ha consolidado; harto lo sentimos; en la batalla de Cifin, cuando pudimos causar vuestra derrota, combatíamos bajo las banderas de un hombre que creía cumplir la voluntad de Dios. En cuanto a las recomendaciones del profeta, el que cree en él las acata; pero, pues dices que hay incompatibilidad entre nosotros, desde ahora sólo Dios podrá impedirte hacer el mal, Moauia“. “¡Retiraos al instante! — gritó el califa, indignado de tamaño atrevimiento. Los defensores habían sucumbido. El poder volvía a los antiguos jefes de tribu, a la primitiva nobleza. Y, sin embargo, los sirios no estaban satisfechos. Habían soñado con el placer de una venganza plena y terrible. La moderación de Moauia no se lo permitía; pero ya llegaría el momento de intentarlo, y entonces sería un combate a muerte. En cuanto a los defensores, se consumían de despecho, de rabia y de cólera. Mientras viviese Moauia, el poder de los omeyas sería demasiado sólido para que pudiesen intentar nada.

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Pero Moauia no era inmortal, por lo que, lejos de dejarse abatir, los medineses se preparaban para una nueva lucha. En aquel intervalo de forzada inacción, la tarea de los guerreros pasó a los poetas. Por todas partes el odio se exhalaba en sangrientas sátiras. Se porfiaba sin descanso; los chismes y las vejaciones eran incesantes; los sirios y los príncipes de la dinastía omeyas no perdonaban ninguna ocasión para demostrar su odio y su menosprecio a los defensores, que les pagaban cpn la misma moneda. Antes de morir, Moauia había recomendado a su hijo Yezid que vigilase incesantemente a Hosain, hijo segundo de Alí, porque ya no existía Hasan, que era el mayor, y que vigilase igualmente al emigrado Abdalá, hijo de aquel Zobair que había disputado el trono al yerno del profeta. Ambos eran peligrosos. Cuando Hosain encontró a Abdalá en Medina, le dijo que jamás reconocería a Yezid como soberano, ya que consideraba que era un borracho, un disoluto, y que tenía una gran pasión por la caza. Yezid no tenía ni la moderación de su padre, ni su respeto a las conveniencias, ni su afición al reposo y al bienestar; era imagen fiel de su madre, una fiera beduina, que, como ella misma afirmaba en hermosos versos, prefería el silbido de la tempestad en el desierto a una música armoniosa, y un trozo de pan, comido bajo la tienda de campaña, a los más exquisitos manjares que le servían en el soberbio palacio de Damasco. Criado por ella en el desierto de los Beni-Kelb, Yezid era más bien un jefe de tribu entronizado, que un monarca. Menospreciando la etiqueta, afable con todo el mundo, jovial, generoso, elocuente, inspirado poeta, aficionado a la caza, a la danza, al vino y a la música, no experimentaba más que una tibia simpatía por la fría y austera religión de que el azar le había hecho jefe, y a la cual su abuelo había combatido sin resultado. La devoción, casi siempre falsa; la piedad, a menudo ficticia, de los veteranos del islamismo, chocaba con su franca naturaleza. No disimulaba su predilección por lo que los teólogos llamaban el tiempo de la ignorancia. Se abandonaba sin escrúpulo a los placeres prohibidos por el Corán; se complacía en realizar todos los caprichos de su espíritu fantástico y voluble, y no se molestaba por nadie. En Medina se le aborrecía y execraba, mientras que en Siria se le adoraba. Como de ordinario, el partido de los viejos musulmanes tenía superabundancia de jefes, pero carecía de soldados. Hosain, que, después de haber burlado la crédula vigilancia del gobernador de Medina se había refugiado con Abdala en el sagrado territorio de la Meca, recibió con gozo extraordinario las misivas de los árabes de Cufa, que le apremiaban para que se pusiera a su cabeza, prometiéndole reconocerle como califa y levantar a favor suyo toda la población de Irak. Los mensajeros de Cufa se sucedían sin interrupción. El último era portador de una demanda tan extensa, que las firmas ocupaban nada menos que ciento cincuenta hojas. En vano amigos clarividentes le suplicaban, le conjuraban a no lanzarse en una empresa tan audaz, a desconfiar de las promesas y el entusiasmo ficticio de una población que había engañado y traicionado a su padre. Hosain, mostrando con orgullo las innumerables peticiones que había recibido, y que un camello apenas podía transportar, prefirió seguir los consejos de su funesta ambición.

 

Obedeciendo a su destino, partió para Cufa, con gran satisfacción de su supuesto amigo Abdala, que, incapaz de luchar públicamente contra el nieto del profeta, gozaba interiormente viéndole correr a su perdición con el deliberado propósito de entregar espontáneamente su cabeza al verdugo. La devoción no influía para nada en la adhesión que Irak demostraba por Hosain, pues aquella provincia se hallaba en una situación excepcional. Moauia, aunque oriundo de la Meca, había sido el fundador de una dinastía esencialmente siria. Bajo su reinado, Siria se habla convertido en región preponderante. Damasco fue, desde entonces, la capital del imperio, honor que había disfrutado Cufa durante el califato de Alí. Humillados en su orgullo, los árabes del Irak mostraron desde el principio un espíritu muy turbulento, muy sedicioso, muy anárquico, muy árabe. La provincia se convirtió en el punto de cita de los sediciosos políticos, en guarida de asesinos y ladrones. Entonces Moauia confió el gobierno a Ziyad, su hermano bastardo, que no contuvo las fuerzas alborotadas, sino que las cortó. No salía más que escoltado de soldados, esbirros y verdugos, y ahogaba con mano de hierro la menor tentativa para turbar el orden público o social. Bien pronto la más completa sumisión y la mayor seguridad reinaron en la provincia, pero también el más afrentoso despotismo. He aquí por qué el Irak estaba dispuesto a reconocer a Hosain. Pero el temor tiranizaba las almas de los habitantes de la región. Ya no existía Ziyad, pero quedaba un hijo digno de él. Este hijo se llamaba Obaidala. A él fue a quien confió Yezid el trabajo de ahogar la conspiración de Cufa, pues el gobernador de la ciudad, Noman, hijo de Baxir, alardeaba de una moderación que parecía sospechosa al califa. Habiendo partido de Basora a la cabeza de sus huestes, Obaidala acampó a corta distancia de Cufa. Después, poniéndose un velo para ocultarse el rostro, penetró en la ciudad durante la noche, acompañado tan sólo de diez hombres. A fin de sondear las intenciones de sus habitantes, había hecho que algunas personas apostadas a su paso le saludasen, como si hubiera sido Hosain. Muchos nobles le ofrecieron al punto hospitalidad. El supuesto Hosain rechazó sus ofertas, y, seguido de una multitud tumultuosa que gritaba “¿Viva Hosain!“, marchó directamente al castillo, cuyas puertas mandó cerrar Noman precipitadamente. “¡Abrid — exclamó Obaidala —, a fin de que pueda entrar el nieto del profeta!“. “Vuelve por dónde has venido — le respondió Noman —; preveo tu pérdida, y no quiero que pueda decirse: Hosain, el hijo de Alí, fué muerto en el castillo de Noman“. Satisfecho con esta respuesta, Obaidala se quitó el velo que cubría su rostro. Reconociendo sus facciones, se dispersó la turba, sobrecogida de espanto, mientras Noman vino a saludarle respetuosamente y a rogarle que entrase en el castillo. Al siguiente día, Obaidala anunció al pueblo, reunido en la mezquita, que sería un padre para los buenos y un verdugo para los malvados.

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Estalló un tumulto, pero fue reprimido. Y, desde entonces, nadie osó hablar de rebelión. El infortunado Hosain recibió las funestas nuevas cerca de Cufa. Apenas contaba con un centenar de hombres, parientes suyos casi todos. Sin embargo, continuó su camino. La loca y ciega credulidad, que parece un sino en los pretendientes, no le abandonó. En cuanto se hallase a las puertas de Cufa, los habitantes de esta ciudad se armarían para defender su causa, como tenían convenido. Cerca de Kerbela se encontró frente a frente con las tropas que Obaidala había enviado a su encuentro con orden de cogerle vivo o muerto. Obligado a rendirse, entró en negociaciones. Pero el general de las tropas omeyas no obedecía sus órdenes, y vaciló. Era un coraixita, hijo de uno de los primeros discípulos de Mahoma, por lo cual le repugnaba la idea de verter la sangre de un hijo de Fátima. Envió, pues, a pedir nuevas instrucciones a su jefe, informándole de las proposiciones de Hosain. Al recibir el mensaje, el mismo Obaidala dudó un momento. “¡Y qué! — dijo entonces Xamir, noble de Cufa y general del ejército omeya, árabe del tiempo antiguo, como su nieto, que viajará más tarde a la Península Ibérica —, el azar ha puesto al enemigo en tus manos, y ¿le perdonarás?”. Obaidala respondió: “No; es preciso que se rinda a discreción“. Obaidala expidió una orden en este sentido al general de sus tropas; Hosain se negó a rendirse sin condiciones, y, sin embargo, no se le atacó. Entonces Obaidala envió nuevos refuerzos al mando de Xamir, al cual encargó: “Si el coraixita persiste en no querer combatir, córtale la cabeza y asume el mando en su lugar“. Pero cuando Xamir llegó al campamento, el coraixita no vaciló más y dio la señal de ataque. En vano Hosain gritó a sus enemigos: “Si creéis en la religión fundada por mi abuelo, ¿cómo podréis justificar vuestra conducta el día de la resurrección?“. En vano mandó atar el Corán a la punta de las lanzas, pues, según la orden de Xamir, se le atacó espada en mano y fue muerto. Sus compañeros quedaron casi todos sobre el campo de batalla, después de haber vendido caras sus vidas. Era el 10 de octubre del 680. La posteridad ha considerado a Hosain como la víctima de un crimen abominable. Pero la división chiíta-sunita se produjo poco después de la muerte del fundador del islamismo, Mahoma, en el año 632 d.C. Los sunitas creen que los primeros cuatro califas musulmanes, o líderes supremos religiosos, eran los sucesores de Mahoma pero han elegido a los sucesivos líderes en base a la realidad política de los tiempos. Los chiítas, en cambio, insisten en que los verdaderos líderes del islamismo deben ser descendientes de Alí, el cuarto califa, primo y yerno de Mahoma. Los chiítas, proceden de la palabra “shia” que en árabe se refiere a los seguidores de Alí. Es una abreviación del histórico “Shia-Alí“, o “el partido de Alí“.

 

Los chiítas veneran tanto a Alí como a su hijo Hosain, el nieto del profeta, cuya muerte a manos de los sunitas en una batalla del siglo VII en las planicies de Karbala, actual territorio de Irak, sigue siendo recordada en emotivos ritos anuales. No obstante, la inmensa mayoría de sus contemporáneos le juzgaba de otro modo, viendo en Hosain un perjuro, un reo de alta traición, toda vez que, viviendo Moauia, había prestado juramento de fidelidad a Yezid, y no podía hacer valer ningún derecho al califato. Como la muerte de Hosain había dejado vacante el puesto de pretendiente, desempeñó este papel Abdalá, hijo de Zobair. Abdalá fue menos temerario, y se creyó más hábil. Ostensiblemente había sido amigo de Hosain; pero sus verdaderos sentimientos no eran un secreto ni para el mismo Hosain, ni para los amigos de este último. “Puedes estar tranquilo y satisfecho, hijo de Zobair” le había dicho Abadala, hijo de Abbas, cuando se despidió de Hosain después de haberle aconsejado inútilmente que no emprendiese el viaje a Cufa. Sin embargo, aunque hubiese adoptado secretamente el título de califa, desde que la marcha de Hosain le había dejado el campo libre, Abdalá, el hijo de Zobair fingió un profundo dolor cuando la noticia de la catástrofe de Hosain llegó a la ciudad santa. Pero ninguno sabía ocultar mejor la sed de riquezas y poder que le devoraba bajo las apariencias de deber, virtud, religión y piedad. Tal era el secreto de su fuerza. Entonces, dado que Hosain ya no podía hacerle sombra, le reconoció como legítimo califa, alabó sus virtudes y su piedad, prodigó los epítetos de pérfidos y bellacos a los árabes de Irak, y terminó su discurso con estas palabras, que hubiera podido apropiarse Yezid: “Jamás se vio preferir a este santo hombre la música a la lectura del Corán; los cantos afeminados, a la compunción producida por el temor de Dios; el vino de la orgía, al ayuno, y los placeres de la caza, a las pláticas piadosas. Pronto recogerán esos malvados el fruto de su conducta perversa”.  Abdalá necesitaba, ante todo, atraer a su causa a los jefes más influyentes de los emigrados. Presintió que no podría engañarlos tan fácilmente como a la plebe acerca de los verdaderos móviles de su rebelión. Previó que encontraría obstáculos, sobre todo en otro Abdala, el hijo del califa Omar, por ser éste un hombre verdaderamente desinteresado, piadoso, fuerte y clarividente. Sin embargo, no se desalentó por esto. El hijo del califa Omar tenía una mujer, cuya devoción era igual a su credulidad. El hijo de Zobair comprendió que debía comenzar por ella. Fue a verla, le habló de su celo por la causa de los defensores, de los emigrados, del profeta y de Dios, y cuando vio que sus untuosas palabras le habían hecho una impresión profunda, le rogó persuadiese a su marido para que le reconociese como califa. Ella se lo prometió, y a la noche, cuando sirvió la comida a su marido, le habló con los mayores elogios de Abdalá.

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Ya hacía un año que Abdalá, el hijo de Zobair, se hallaba en abierta rebelión contra Yezid, y éste, sin embargo, le dejaba tranquilo. Era más de lo que cabía esperar por parte del califa, que no contaba la paciencia ni la mansedumbre entre sus virtudes más sobresalientes. Pero Yezid juzgaba que Abdalá no era peligroso, porque, más prudente que Hosain, no abandonaba la Meca, y, por otro, no quería, sin una necesidad absoluta, ensangrentar un territorio que ya durante el paganismo gozaba de derecho de asilo, tanto para los hombres como para los animales. Harto sabía que tal sacrilegio produciría el colmo de la indignación en los devotos. Pero su paciencia tuvo fin. Por última vez intimó a Abdalá para que le reconociese, pero Abdalá se negó. Entonces el califa Yezid, enfurecido, juró que no aceptaría el juramento de fidelidad de aquel rebelde hasta que no estuviese en su presencia cargado de cadenas. Sin embargo, como era bondadoso en el fondo, pasado el primer momento de cólera, se arrepintió de su juramento. Obligado, sin embargo, a detenerle, ideó un medio de conseguirlo sin herir el orgullo de Abdalá. Resolvió enviarle una cadena de plata y un soberbio manto, con el cual pudiera cubrirse para ocultar la cadena a las miradas extrañas. Los portadores de tan singulares presentes fueron diez, figurando entre ellos el defensor Noman, hijo de Baxir, el mediador ordinario entre el partido piadoso y los omeyas. Sus compañeros, menos conciliadores, eran jefes de distintas tribus establecidas en Siria. Los diputados llegaron a su destino. Abdalá, como era de prever, rehusó el regalo del califa. Pero Noman, lejos de desanimarse, intentó inducirle a la sumisión con prudentes razonamientos y frecuentes pláticas, que no dieron ningún resultado, pero que despertaron sospechas en uno de los emisarios, Ben-Ida, jefe de la tribu de los axaritas, la más numerosa y potente de Tiberiades. “Ese Noman es un defensor después de todo — pensaba —, y, por tanto, muy capaz de traicionar al califa, como ha sido traidor a su partido y a su tribu“.  Y un día que Ben-Ida encontró a Abdalá, le dijo de pronto: “Hijo de Zobair, puedo jurarte que ese defensor no ha recibido del califa otras instrucciones que las que hemos recibido todos los demás. Él es nuestro jefe; a eso se reduce todo; pero, por Dios, te confieso que no sé qué pensar de esas conferencias secretas. Un defensor y un emigrado son dos pájaros del mismo plumaje, y Dios sabe lo que estaréis urdiendo“. “Y a ti ¿qué te incumbe? — le respondió Abdala, con supremo gesto de desdén —. Mientras esté aquí haré cuanto me plazca, pues soy tan inviolable como esa paloma protegida por la santidad del lugar. Tú no osarías matarla, ¿no es cierto? Porque sería un crimen, un sacrilegio“. A lo que Ben-Ida respondió: “¡Ah!, ¿crees que tal consideración me detendría?“. Y volviéndose al paje que llevaba sus armas, exclamó: “¡Pronto, mi arco y mis flechas!”. Cuando el paje le hubo obedecido, el jefe sirio cogió una flecha, la colocó en el arco, y dijo: “Paloma, ¿pretendes usurpar la dignidad de califa a Yezid, hijo de Moauia, separarte del pueblo de Mahoma, y sueñas con la impunidad por hallarte en un territorio inviolable? Dime qué piensas así, y te heriré con este dardo“.

 

Harto ves que el pájaro no puede responderte — dijo Abdala, fingiendo piedad, pero tratando en balde de disimular su turbación”. A lo que Ben-Ida dijo:  “El ave no puede responderme, es cierto; mas tu, ¡tú sí puedes, hijo de Zobair! Escúchame bien: te aseguro que prestarás juramento a Yezid, de grado o por fuerza, o que verás el estandarte de los axaritas flotar sobre este valle, y entonces no respetaré los privilegios que reclamas para este sitio“. El hijo de Zobair palideció ante esta amenaza, ya que apenas podía creer tanta impiedad, ni aun en un sirio, y se aventuró a preguntar con voz tímida y temblorosa: “¿Te atreverías realmente a cometer el sacrilegio de verter sangre en territorio sagrado?“. “Me atrevería —replicó el jefe sirio con perfecta calma —. Caiga la responsabilidad sobre el que ha elegido este sitio para conspirar contra el jefe del Estado y de la religión“. Tal vez, si Abdalá hubiese estado firmemente convencido de que aquel jefe era intérprete de los sentimientos que animaban a sus compatriotas, hubiese evitado hartas desgracias al mundo musulmán y a sí mismo; porque el hijo de Zobair había de perecer como el yerno y el nieto del profeta, como sucumbirían todos los primitivos musulmanes, los hijos de los compañeros o amigos de Mahoma, entre inauditas desgracias, entre terribles y repetidas catástrofes. Sin embargo, para él no había llegado aún la hora fatal. El destino había decretado que antes la desgraciada Medina expiase con su completa destrucción, con el destierro o la muerte de sus hijos, el funesto honor de haber dado asilo al fugitivo profeta, de haber visto nacer a los verdaderos fundadores del islamismo, a los héroes que sojuzgaron Arabia en nombre de una nueva fe. Transcurría el año 682. El sol acababa de ocultarse tras las montañas que se alzan al Oeste de la ciudad de Tiberiades, cuyo antiguo esplendor actualmente atestiguan tan sólo sus ruinas; pero que en la época a que nos referimos era la capital del distrito del Jordán y la residencia temporal del califa Yezid I. Iluminados por los rayos de la luna, los alminares de las mezquitas y las torres de las murallas se reflejaban en el mar de Galilea. Una pequeña caravana, aprovechando la frescura de la noche, salió de la ciudad y se encaminó hacia el Sur.  Uno de los miembros de la caravana dijo: “En cuanto estemos de regreso en Medina, debemos declarar solemnemente que no podemos seguir obedeciendo a este libertino, hijo de un libertino. En seguida rendiremos homenaje al hijo de un emigrado”.En el mismo momento en que pronunció estas palabras, un hombre, que venía en dirección opuesta, pasó por el camino. Cuando se alejó la caravana, el hombre del capuchón se paró. Su encuentro era un mal presagio, según las supersticiones árabes, porque era tuerto. Por otra parte, la ferocidad y el odio fulguraban en la mirada terrible que con su único ojo lanzó a los hombres, que se perdían ya a lo lejos, cuando murmuró con voz lenta y solemne: “Juro que, si te vuelvo a encontrar y puedo matarte, te mataré, hijo de Sinan, por compañero de Mahoma que hayas sido!“.

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Ya se habrá comprendido que los caminantes eran medineses, personajes distinguidos de esta ciudad, casi todos defensores o emigrados que regresaban de la corte del califa ya que se habían notado en Medina síntomas de rebelión, suscitándose graves quejas con motivo de las tierras laborables y de las plantaciones de palmeras que Moauia había comprado en otro tiempo a los habitantes de la ciudad, pero que éstos reclamaban ahora bajo pretexto de que Moauia, reteniéndoles los sueldos, les había obligado a vender dichas tierras en la centésima parte de su valor. Al gobernador Otmán le halagaba la esperanza de que el califa, su primo hermano, sabría calmar aquellos disturbios y atraerse a los nobles medineses con sus amables maneras y con su generosidad habitual, por lo que había propuesto a estos nobles emprender el viaje a Tiberiades, y ellos habían accedido, Pero, animado de las mejores intenciones, el gobernador había cometido una grave imprudencia, una ligereza imperdonable. No había pensado que los nobles de Medina no deseaban otra cosa que poder afirmar, como testigos oculares, la impiedad del califa, a fin de excitar a sus conciudadanos a la rebelión. Así, en vez de inducirles a ir a la corte, debía haberlo impedido a todo trance. Había ocurrido lo que era lógico prever. Cierto que Yezid les había brindado hospitalidad cordial y llena de atenciones; que había sido sumamente generoso, dando al defensor Abdala, hijo de Handala, un noble y valiente guerrero muerto en Ohod combatiendo por Mahoma, cien mil monedas de plata, dando además veinte o diez mil monedas, según su categoría, a los demás emisarios. Pero como su corte no era un modelo de virtud y de abstinencia, la libertad de sus costumbres y su predilección por los beduínos había escandalizado extraordinariamente a aquellos austeros y rígidos hombres de ciudad, enemigos natos de los hijos del desierto. De regreso a su ciudad natal, no cesaron de hablar de la impiedad del califa. Sus relatos, tal vez un poco exagerados, sus diatribas, llenas de santa indignación, produjeron un efecto tan terrible en los corazones, ya predispuestos a creer ciegamente todo lo malo que se dijese de Yezid, que bien pronto se desarrolló una escena extraordinaria en la mezquita. Hallándose congregados allí los medineses, uno de ellos exclamó: “Yo rechazo a Yezid del mismo modo que arrojo mi turbante —y unió la palabra a la acción, añadiendo después—: Convengo en que Yezid me ha colmado de presentes; pero declaro que es un borracho, un enemigo de Dios”. Otras personas le imitaron, y bien pronto se vió en la mezquita un montón de turbantes, mantos, zapatos y sandalias. Decidida la destitución de Yezid, resolvieron expulsar de la ciudad a todos los Omeyas. Se les notificó que debían partir sin demora, jurando antes no ayudar jamás a ningún ejército que sitiase a Medina, rechazarlo, si era posible; y, si esto era superior a sus fuerzas, al menos no entrar en la ciudad con las tropas sirias. Otmán, el gobernador, intentó, aunque sin éxito, persuadir a los rebeldes de los peligros que entrañaba tal expulsión.

 

Los omeyas se pusieron en marcha, perseguidos por la rechifla del populacho. Llegaron hasta arrojarles piedras, y el liberto Horait, el Saltador, llamado así porque uno de los primeros gobernadores le había mandado cortar un pie, y caminaba casi a saltos, aguijoneaba sin cesar las cabalgaduras de aquellos infelices, arrojados como malhechores de una ciudad de la que habían sido dueños durante mucho tiempo. Por fin llegaron a Du-Joxob, donde los desterrados debían permanecer hasta nueva orden. Su primer cuidado fué enviar correos a Yezid para informarle de su infortunio y demandar su auxilio. Apenas lo supieron los medineses, cincuenta jinetes se pusieron en marcha para arrojar a los omeyas de su retiro. El Saltador no desaprovechó aquella nueva ocasión para saciar su venganza, y entre él y un individuo de la familia de los Beni-Hazm, familia de defensores que había facilitado el asesinato del califa Otmán, poniendo su casa a disposición de los rebeldes, hostigaban a los omeyas. Al fin, cuando hubieron llegado a Uadi-‘l-cora, se permitió a los omeyas que permaneciesen allí. Entre tanto, la discordia estuvo a punto de estallar entre los mismos medineses. Mientras sólo se trató de expulsar, injuriar y maltratar a los omeyass, había reinado la unión más perfecta entre todos los habitantes de la ciudad; pero cuando fué preciso elegir otro califa, los coraixitas no consistieron que fuera un defensor, y los defensores se negaron a aceptar a un coraixita. Sin embargo, como se sentía necesidad de concordia, se resolvió elegir jefes provisionales, aplazando la elección de califa para cuando Yezid fuese destronado. En cuanto a este último, los correos expedidos por los omeyasle habían dado cuenta de los sucesos, quedando tan indignado y sorprendido de la conducta pasiva de sus parientes, como irritado contra los sediciosos. Si Yezid no hubiese escuchado más que su justa indignación contra los que se habían sublevado después de aceptar sin escrúpulo su hospitalidad y su dinero, hubiese enviado inmediatamente un ejército para castigarlos. Pero quería evitar, mientras fuera posible, enemistarse con los devotos, recordando que el profeta había dicho: “Dios, los ángeles y los hombres maldecirán al que esgrima la espada contra los medineses“. Y por segunda vez alardeó de moderación, tanto más meritoria, dado su carácter. Queriendo emplear aún medios conciliadores, envió a Medina al defensor Noman, hijo de Baxir; pero en vano. Cierto que los defensores no permanecieron impasibles a los prudentes consejos de su hermano de tribu, que les recordaba que eran muy débiles, que tenían muy pocas fuerzas para resistir los ejércitos de Siria. Pero los coraixitas querían luchar a todo trance, y su jefe. Abdala, hijo de Moti, dijo a Noman: “¡Huye de aquí, porque has venido a turbar la concordia que, gracias a Dios, reina ahora entre nosotros!“. Persuadido, al fin, de que todo era inútil, Noman volvió a la corte de Yezid, al cual dió cuenta del fracaso de su misión. “Puesto que es inevitable —dijo entonces el califa—, los haré aplastar por los caballos de mis sirios“.

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El ejército, de unos diez mil hombres, debía someter a la obediencia no sólo a Medina, sino también la otra ciudad santa, la Meca. Como muriese el general encargado del mando, los demás jefes, ansiosos de humillar para siempre a la nueva aristocracia, se disputaron el honor de ocupar su puesto. Yezid no se había decidido aún por ninguno de los competidores, cuando un hombre envejecido en la guerra entró a formar parte de las filas. Era el tuerto que encontró a los viajeros en el camino de Tiberiades. Tal vez nadie personificase mejor los antiguos tiempos del paganismo que el tuerto Moslim, hijo de Ocba, de la tribu de Mozaima. No tenía la menor sombra de fe mahometana. Cuanto era sagrado para los musulmanes no lo era para él. Moauia conocía y apreciaba sus sentimientos. Le había recomendado a su hijo como el hombre más a propósito para subyugar a los medineses si se sublevaban. Sin embargo, si no creía en la divina misión de Mahoma, tampoco creía en los prejuicios supersticiosos del paganismo, en los sueños proféticos, en las misteriosas palabras que salían de los gharcad, especie de zarza espinosa, que actuaban de oráculos en algunas regiones de la Arabia, según el paganismo. Al presentarse a Yezid, le dijo: “Cualquier hombre que envíes contra Medina, fracasará por completo. Yo sólo puedo vencer. He visto en sueños un gharcad, de donde salía este grito: “¡Por la mano de Moslim!” Me acerqué al sitio de donde procedía la voz, y oí: “Tú eres el elegido para vengar a Otmán de los medineses, sus asesinos“. Convencido de que Moslim era el hombre que necesitaba, Yezid le aceptó como general y le comunicó órdenes en estos términos: “Antes de atacar a los medineses, les intimarás a la rendición durante tres días; si rehusan, atácalos, y si obtienes la victoria, entrega la ciudad al saqueo durante otros tres días; todo lo que tus soldados encuentren allí en dinero, armas o provisiones, les pertenecerá. En seguida haz jurar a los medineses que serán mis esclavos, y corta la cabeza a quien se niegue“. El ejército, en que sobresalía Ben-Ida, jefe de los axaritas, el protagonista de la conversación con el hijo de Zobair, llegó sin dificultad a Uadi-‘l-cora, donde se encontraban los omeyas expulsados de Medina. Moslim los consultó uno a uno a fin de que le indicasen los medios más estratégicos para apoderarse de la ciudad. Y como un hijo del califa Otmán rehusase violar el juramento que los medineses le habían exigido, exclamó el fogoso Moslim: “Si no fueses el hijo de Otmán, te cortaría la cabeza; pero lo que a ti te salva no librará a ningún otro coraixita que me niegue su apoyo y sus consejos“. Llegó su turno a Meruan, que también experimentaba escrúpulos de conciencia, pero que temía por su vida, porque Moslim cumplía pronto sus amenazas. Además, su odio a los medineses era demasiado vivo para que desaprovechase la ocasión. Por fortuna sabía que en el cielo había también subterfugios y que se puede violar un juramento sin que lo parezca. Dió sus instrucciones a su hijo Abdalmelic, que no había jurado: “Entra delante de mí —le indicó—; tal vez Moslim no me pregunte nada después de hablar contigo“.

 

Llevado a presencia del general, Abdalmelic le aconsejó avanzar con sus tropas hasta las primeras plantaciones de palmeras; pasar allí la noche, y a la mañana siguiente, situarse en Harra, al Este de Medina, para que los medineses, que no dejarían de salir al encuentro del enemigo, tuvieran el sol de cara. Abdalmelic dejó también entrever a Moslim que su padre podría entablar negociaciones con ciertos medineses, los cuales, una vez empeñada la lucha, serían capaces de traicionar a sus conciudadanos. Sumamente satisfecho con lo que acababa de oír, Moslim exclamó con burlona sonrisa: “¡Qué admirable es tu padre!” Y sin forzar a Meruan a decir nada, siguió puntualmente los consejos de Abdalmelic: acampó al Este de Medina en la carretera de Cufa, y anunció a los medineses que les concedía un plazo de tres días para entregarse. Pasados los tres días, los medineses respondieron que se negaban a someterse. Como había previsto Meruan, los medineses, en vez de esperar al enemigo en la ciudad, hábilmente fortificada, marcharon a su encuentro el 26 de agosto de 683, divididos en cuatro cuerpos de ejército, según su origen. Los emigrados llevaban a la cabeza a Makil, hijo de Sinan, compañero de Mahoma, que al frente de su tribu y de la de Axcha había tomado parte en la conquista de la Meca, y que debía haber gozado de gran consideración en Medina, puesto que los emigrados le habían elegido por jefe, no siendo de su tribu. Los coraixitas, que no pertenecían a los emigrados, pero que en diferentes épocas después de la toma de la Meca se habían establecido en Medina, se alistaron en dos compañías, una mandada por Abdala, hijo de Moti, y la otra por un compañero del profeta. En fin, la división más considerable, la de los defensores, iba capitaneada por Abdala, hijo de Handala. Guardando un profundo y religioso silencio, avanzaron hacia Harra, donde acampaban los impíos, los paganos, a quienes iban a combatir. El general del ejército sirio, aunque se hallaba gravemente enfermo, se hizo llevar en una silla delante de las filas; confió su bandera a un valiente paje, griego de origen, y gritó a sus soldados: “¡Arabes de Siria! ¡Demostrad que sabéis defender a vuestro general! ¡A la carga!“. Entablóse el combate. Los sirios atacaron con tal impetuosidad, que flaquearon tres divisiones enemigas; la de los emigrados y la de los coraixitas huyeron; pero la cuarta, la de los defensores, les obligó a retroceder y agruparse en torno de su general. En todas partes se batían con encarnizamiento, cuando el intrépido Fajl, que luchaba junto a Abdala, hijo de Handala, a la cabeza de unos veinte jinetes, dijo a su jefe: “Pon a mis órdenes toda la caballería. Trataré de llegar hasta Moslim, y él o yo perderemos la vida“. Habiendo consentido Abdala, Fajl cargó tan vigorosamente, que los sirios retrocedieron de nuevo. Los soldados atacaron con redoblado coraje, rompieron las filas de la caballería siria y penetraron hasta el recinto en que se hallaba Moslim. Quinientos peones le rodeaban con las picas en ristre; pero Fajl, abriéndose paso con la espada, dirigió su caballo hacia el estandarte de Moslim, asestó al paje que le defendía un golpe que le hendió el casco y el cráneo, y gritó: “¡Por el Señor de la Caaba!… ¡He matado al tirano!“. “Te engañas“, le respondió Moslim. Y enarbolando su bandera, aunque estaba tan enfermo, reanimó a los sirios con el ejemplo y con las palabras. Fajl murió, cubierto de heridas al lado de Moslim.

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En el momento en que los medineses veían el batallón de Ben-Ida dispuesto a lanzarse sobre ellos, escucharon en su ciudad ecos de victoria y gritos de: “¡Dios es grande!” Habían sido traicionados. Meruan había cumplido su palabra a Moslim. Seducidos por brillantes promesas, los Beni-Harita, familia perteneciente a los defensores, había introducido secretamente tropas sirias en la ciudad. Esta se hallaba en poder del enemigo y todo estaba perdido. Los medineses iban a encontrarse entre dos fuegos. La mayoría corrió hacia la ciudad para salvar a las mujeres y a los niños. Algunos, como Abdala, hijo de Moti, huyeron en dirección a la Meca; pero Abdala, hijo de Handala, resuelto a no sobrevivir a aquel día funesto, gritó a los suyos: “Nuestros enemigos llevan la ventaja. En menos de una hora todo habrá terminado. ¡Piadosos musulmanes, habitantes de una ciudad que dió asilo al profeta: puesto que todo hombre ha de morir, la muerte más hermosa es la del mártir! Dejémonos matar, hoy que Dios nos ofrece ocasión de morir por su santa causa!“. Las flechas de los sirios llovían en torno suyo, cuando exclamó de nuevo: “¡Los que deseen entrar inmediatamente en el paraíso, sigan mi bandera!” Todos le obedecieron, luchando desesperadamente para vender caras sus vidas. Abdala lanzó sus hijos a lo más fuerte de la pelea, y los vió sucumbir uno a uno. Mientras Moslim prometía oro al que le llevase una cabeza enemiga, Abdala segaba cabezas a diestro y siniestro, y la convicción de que un terrible castigo esperaba a sus víctimas más allá de la tumba le causaba una alegría feroz. Según la costumbre árabe, combatía recitando versos que expresaban el pensamiento de un fanático que se aferra a la fe para odiar: “Mueres —gritaba a cada una de sus víctimas—; mueres, pero tus crímenes sobrevivirán! ¡Dios lo dice; lo hemos leído en su libro: el infierno espera a los infieles!“. Al fin sucumbió. Fué una carnicería espantosa. Entre los muertos se encontraron setecientas personas que sabían de memoria el Corán; ochenta estaban revestidos del carácter sagrado de los compañeros de Mahoma. Ninguno de los venerables ancianos que habían combatido en Bedr, donde el profeta había alcanzado su primera victoria sobre los de la Meca, sobrevivió a esta funesta catástrofe. Los vencedores, irritados, entraron en la ciudad con permiso de su general, para saquearla durante tres días. Estorbándoles sus caballos, galoparon hacia la mezquita para convertirla en cuadra. No había en ella más que un medinés, Said, hijo de Mosayab, el más sabio teólogo de su época. Vió a los sirios entrar en la mezquita y atar sus caballos entre el púlpito y la tumba del profeta, recinto sagrado, denominado por Mahoma jardín del paraíso. A la vista de tan nefando sacrilegio. Said, pensando que la naturaleza entera estaba amenazada de un cataclismo, quedó inmóvil de estupor. “Mirad ese imbécil, ese doctor“, dijeron los sirios burlándose; pero no le hicieron nada, ansiosos de entregarse al saqueo.

 

No se perdonó a nadie; los niños fueron asesinados o reducidos a la esclavitud; las mujeres, violadas, y a causa de esto, más de mil de aquellas desgraciadas dieron a luz otros tantos parias, infamados para siempre con el nombre de hijos de Harra. Entre los prisioneros se encontró a Makil, hijo de Sinan, que, moribundo de sed, se quejaba amargamente. Moslim le hizo llevar a su presencia. El anciano se hincó de rodillas demandando gracia. Pero Moslim le dijo: “¿Esperas que te perdone? ¿No eres el que encontré en el camino de Tiberiades la noche en que regresabas a Medina con los otros emisarios? ¿No te oí colmar de injurias al califa? ¿No eres tú el que dijo: “Cuando estemos de vuelta en Medina, debemos declarar solemnemente que no obedeceremos más a ese libertino, hijo de un libertino, y en seguida rendiremos homenaje al hijo de un emigrado”?… Pues bien, en aquel momento juré que, si te encontraba de nuevo, te mataría. ¡Por Dios que mantengo mi juramento!; Que maten a este hombre!”. La orden fué ejecutada en el acto. En seguida los medineses que aun quedaban en la ciudad, aunque la mayor parte habían buscado la salvación en la fuga, fueron conminados a prestar juramento a Yezid. Y no se trataba de un juramento ordinario, del juramento por el cual se comprometían a obedecer al califa mientras éste obedeciese al Corán y los preceptos de Mahoma. Los medineses debían jurar ser esclavos de Yezid, esclavos que podía emancipar o vender, según su voluntad. Tenían que reconocerle un poder ilimitado sobre todo lo suyo, sobre sus mujeres, sus hijos y su vida. Los que se negasen a prestar tan terrible juramento habían de morir. Y, sin embargo, los coraixitas declararon con firmeza que no prestarían más que el juramento usual. Entonces Moslim ordenó que les cortaran la cabeza. Meruan, coraixita también, se atrevió a demandar gracia para un aliado de su familia, que se negaba a jurar; pero el general sirio no se dejó ablandar. Los árabes de Siria habían ajustado sus cuentas con los hijos de los sectarios fanáticos que habían inundado la Arabia con la sangre de sus padres. La antigua nobleza había aplastado a la nueva aristocracia. Representante de la antigua aristocracia de la Meca, Yezid había vengado el asesinato del califa Otmán y las derrotas que los medineses, cuando combatían bajo las banderas de Mahoma, habían hecho sufrir a su abuelo. La reacción del principio pagano contra el principio musulmán había sido cruel, terrible, inexorable. Los defensores jamás se rehicieron de este golpe fatal; su fuerza había sido aniquilada para siempre. Su ciudad, casi desierta, quedó algún tiempo abandonada a los perros, y los campos de alrededor a las bestias feroces, porque la mayoría de sus habitantes, buscando una patria nueva y una suerte menos dura en un país lejano, fueron a engrosar el ejército de Africa, que más tarde invadiría la Península Ibérica.

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Los que quedaron eran dignos de compasión. Los omeyas no perdonaban y los abrumaban con su menosprecio, con su odio implacable, para acrecentar su dolor y su amargura. Diez años después de la batalla de Harra, Hachach, gobernador de la provincia, hizo sufrir la pena de marca a muchos santos ancianos compañeros de Mahoma Para él cada medinés era un asesino de Otmán, como si este crimen no estuviera suficientemente expiado por la carnicería de Harra y el saqueo de Medina. Y cuando Hachach abandonó la ciudad, exclamó: “¡Dios sea loado, pues me permite alejarme de la más impura de las ciudades, de la que ha pagado siempre las bondades del califa con perfidias y rebeliones! ¡Por Dios! Si mi soberano me ordenase en todas sus cartas perdonar a estos infames, destruiría su ciudad y les haría lanzar gemidos en torno del púlpito del profeta“. habiendo oído estas palabras uno de los ancianos que Hachach había hecho señalar con una marca infamante, le dijo: “En la otra vida te espera un terrible castigo, el castigo digno de Faraón“. La convicción de que sus tiranos sufrirían las llamas eternas fué desde entonces el único consuelo y la única esperanza de aquellos desgraciados, y se lo prodigaban incesantemente, interpretando en favor suyo, con una credulidad ávida e insaciable, supuestos milagros, predicciones de los compañeros del profeta y profecías del mismo Mahoma. El teólogo Said, que se hallaba en la mezquita cuando los jinetes sirios la convirtieron en cuadra, refería que, habiendo permanecido en el templo, había oído a la hora de la oración salir de la tumba del profeta una voz que profirió las palabras sacramentales destinadas a anunciar esta hora. En el terrible Moslim, de Mozaina, veían los medineses el monstruo más espantable de la tierra. Creían que no se encontraría otro como él hasta el fin del mundo y en su misma tribu; referían que el profeta había dicho: “Los últimos que resucitarán serán los hombres de Mozaina. Hallarán la tierra deshabitada; vendrán a Medina, donde no encontrarán más que bestias feroces. Entonces dos ángeles descenderán del cielo, los derribarán en tierra y los arrastrarán hacia el paraje donde se encuentren los demás hombres“. Oprimidos, ultrajados, pisoteados, los medineses no podían adoptar otro partido que imitar el ejemplo de sus convecinos, alistándose en el ejército de Africa. Y eso es lo que hicieron; pero de Africa pasaron a Península Ibérica. Casi todos los descendientes de los antiguos defensores figuraron en la armada con que Muza cruzó el estrecho de Gibraltar. Estableciéronse en Península Ibérica, principalmente en las provincias del Este y del Oeste, donde su tribu llegó a ser la más numerosa de todas. De Medina desaparecieron por completo. Cuando un viajero del siglo XIII llegó a aquella ciudad, y por curiosidad se informó de si los descendientes de los defensores la habitaban aún, no pudieron mostrarle más que un solo hombre y una sola mujer, representantes de ellos y sumamente viejos. Pero aun en Península Ibérica, los defensores no se vieron libres del odio de los árabes de Siria. La lucha volvió a comenzar a orillas del Guadalquivir, en la época en que Península Ibérica tenía por emir un coraixita que, en la desastrosa batalla de Harra, había combatido en el ejército medinés, y que después de la derrota huyó a engrosar el ejército de Africa.

 

Fuentes:

 

  • Reinhart Dozy – Historia de los musulmanes de España
  • Juan Bosch – Breve historia de los pueblos árabes
  • Juan Vernet – Los origenes del Islam

julio 24, 2014 - Posted by | Historia

1 comentario »

  1. Es una historia bella, me encanto leer lo que se indico. Yo he leido y visto la pelicula el Guerrero numero 13, cuyo protagonista es Antonio Banderas y Omar charis.

    Comentario por Lic. Rodolfo Gerardo Corrales Gonzalez | julio 24, 2014 | Responder


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