Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

Las extrañas vinculaciones esotéricas de los jerarcas nazis


Desde 1933 a 1945, con Hitler en el poder, una siniestra sombra cubrió Europa de terror, crueldad y muerte, causando la astronómica cifra de 121 millones de víctimas.  Pero sobre el Tercer Reich Alemán y el Nazismo, ¿se ha contado toda la verdad? ?¿Podemos resumir la Segunda Guerra Mundial sólo como un enfrentamiento entre el Tercer Reich y los Aliados Occidentales? ¿O, entre Fascismo y Democracia?  La Historia oficial responde que sí, pero en este artículo intentamos mostrar una serie de evidencias que nos Imagen 5indican que hay otros factores a tener en cuenta. Y un hecho que aparece con meridiana claridad es una extraña conexión esotérica en el desarrollo del Tercer Reich, que se decía que tenía que durar mil años. Uno de los primeros escritos que informaron sobre esta casi desconocida conexión esotérica la facilitaron los escritores/filósofos franceses Louis Pauwels y Jacques Bergier, en su obra “El Retorno de los Brujos”, que en uno de sus capítulos escribieron esta enigmática frase: “…No somos tan locos como para querer explicar la Historia por las sociedades secretas. Pero sí que veremos, cosa curiosa, que existe una relación y que, con el nazismo, “otro mundo” reinó sobre nosotros durante algunos años. Ha sido vencido, pero no ha muerto, ni al otro lado del río Rin ni en el resto del mundo. Y no es eso lo temible, sino nuestra ignorancia …“. En efecto, parece que una fuerza oscura y poderosa operaba en aquella Alemania. Y esta fuerza era alimentada por sociedades ocultas de raíces milenarias. Pero, ¿qué entendemos por esoterismo?  Esoterismo es un término genérico usado para referirse al conjunto de conocimientos, doctrinas, enseñanzas, prácticas, ritos, técnicas o tradiciones de una corriente filosófica o religiosa, que son secretos, incomprensibles o de difícil acceso y que se transmiten únicamente a una minoría selecta denominada iniciados, por lo que no son conocidos por los profanos. Por extensión, el esoterismo se refiere a toda doctrina que requiere un cierto grado de iniciación para estudiarla en su total profundidad. En contraste, el conocimiento exotérico es fácilmente accesible para el público común y es transmitido libremente. Como ejemplo del concepto que los nazis tenían del esoterismo, pondré un ejemplo: La energía nuclear puede utilizarse para hacer el bien, como la producción de electricidad o los rayos X, o para hacer el mal, como la bomba atómica. Algo similar sucede con el esoterismo. 

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Joseph Goebbels, ministro de propaganda de la Alemania nazi, ante la derrota final de la Alemania de Hitler, proclamaba: «Ésta no es solamente la derrota militar del III Reich; es toda una concepción del mundo lo que se desploma». Hoy nos podríamos preguntar: ¿cuál era esta nueva concepción del mundo que la Alemania nazi quería expandir por toda la Tierra? Probablemente habría que buscar los indicios de esta concepción del mundo hitleriana en una cierta Logia del Vril y en la personalidad de Karl Haushoffer,. De todos modos, si nos guiamos por lo que la historia nos muestra, podemos deducir claramente que esta concepción del mundo hubiese sido lo más parecido a una terrible pesadilla. Se atribuye la búsqueda Nazi de apoyo ocultista en el Tibet a las creencias de Karl Haushofer y de la Sociedad Thule. Seguramente estas vinculaciones esotéricas expliquen, pero no justifiquen, algunos de los extraños y horribles comportamientos nazis. Haushofer fue el fundador de la Sociedad Vril, relacionada con la Sociedad Thule y fue una influencia importante en el pensamiento ocultista de Hitler. Las sociedades Thule y Vril combinaban creencias de varias fuentes.  Los antiguos Griegos escribieron no sólo acerca de la isla hundida de Atlantis, sino también sobre Hiperbórea, una tierra en zonas árticas, cuando tenían un clima tropical,  cuyo pueblo migró al sur antes de que el hielo la destruyera. El autor sueco de finales del siglo XVII Olaf Rudbeck la situó en el actual Polo Norte y varios otros autores afirmaban que antes de su destrucción, se fragmentó en las islas de Thule y Ultima Thule. El astrónomo británico, Sir Edmund Halley, también a finales del siglo XVII, lanzó la teoría de que la tierra es hueca. El novelista francés Julio Verne popularizó la idea en Viaje al Centro de la Tierra (1864). En 1871, el novelista británico Edward Bulwer-Lytton, en su libro The Coming Race or Vril: The Power of the Coming Race, describió una raza superior, la Vril-ya, que vivía bajo tierra y planeaba conquistar el mundo utilizando el vril, una energía psico-quinética. En efecto, en 1871 se publicó una extraña novela titulada “The Coming Race“. En ella el narrador es conducido por un ingeniero de minas a un mundo subterráneo poblado por una extraña raza. Ese pueblo posee un poder misterioso que le ha permitido vivir sin maquinas y sin todos los aspectos de la civilización moderna. Ese poder es el llamado Vril.

 

Autores como Louis Pauwels y Jacques Bergier en su obra El retorno de los brujos intentaron analizar el nazismo. Hay otras obras, como Cruzada contra el Graal, de Otto Rahn, escritor alemán aficionado al esoterismo, miembro del Partido Nazi y Obersturmführer de las SS, que dan algunas pistas sobre los orígenes secretos de la cosmogonía hitleriana. Otra obra del mismo autor, titulada La Corte de Lucifer en Europa, explica que existía realmente un vínculo entre el nazismo y la búsqueda del Graal cátaro. Es realmente sorprendente esta relación entre el nazismo y el antiguo mundo cátaro, ya que nos parecen dos visiones del mundo radicalmente distintas. Otto Rahn nació y se crió en el seno de una familia de clase media. Por influencia de su padre, juez en la ciudad de Maguncia, inició estudios de Derecho, aunque también le agradaba la música y era un buen pianista. Durante 4 años (de 1922 a 1926) estuvo matriculado en las facultades de Derecho de Giessen, Friburgo y Heidelberg. Asistía también a clases de filología germánica e historia, disciplinas que interpretaba desde una visión esotérica y völkisch, acorde con la filosofía nazi imperante en la Alemania de la época. Sentía un interés especial por el catarismo, transmitido por su profesor de religión en el Instituto de Giessen, el barón de Gail. También le fascinaban las leyendas medievales de Parsifal, el ciclo artúrico y el Santo Grial. Su atracción por la cultura cátara le llevó a desarrollar su tesis doctoral en torno a la herejía cátaro-albigense y a viajar por Francia, Italia, España y Suiza entre 1928 y 1932. Se instaló en la aldea de Lavelanet (Languedoc, Francia) en 1929 para explorar las ruinas de Montsegur y las grutas próximas a la montaña. Entonces escribió las dos obras antes mencionadas e inspiradas en su viaje, “Cruzada contra el Grial” y “La Corte de Lucifer“. Estos libros influyeron en autores posteriores inspirados en el esoterismo medieval, como Trevor Ravenscroftl, Peter Berling o Jean-Michel Angebert, con su obra Hitler y la Tradición Catara, en que he basado este artículo, así como en defensores del misticismo nazi y/o germánico, como Nigel Pennick. Detrás del investigador francés Jean-Michel Angebert se esconden realmente dos personas cuyos verdaderos nombres son Michel Bertrand y Jean-Victor Angelini. Michel Bertrand, alias Michel Angebert, nace el 16 de enero de 1944 en Carcasona, una comuna francesa totalmente occitana. Pasa su niñez en Beziers, antigua ciudad cátara. Cursa sus estudios superiores en Aix-en-Provence, perteneciendo también a varias sociedades iniciáticas tradicionalistas. Bertrand se convierte en escritor, periodista y conocedor de la guerra marítima. Ya sea escribiendo como Michel Bertrand o Michel Angebert, sus temas recurrentes son el grial, los cátaros, el tradicionalismo y la marina francesa.

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Jean-Victor Angelini, alias Jean Angebert, nace el 21 de octubre de 1943 en Dakar la capital de Senegal, de ascendencia provenzal, pasa su niñez en Bastia (Francia) y cursa sus estudios superiores en Aix-en-Provence. Se interesa por el simbolismo y el estudio del tradicionalismo. A diferencia de Bertrand, cambio de Angelini solo conocemos sus aportes de escritor en colaboración con Bertrand, bajo el pseudónimo de Jean Angebert, sin destacar mayormente con escritos en solitario. De la unión de Angelini y Bertrand obtenemos Angerbert y los nombres Jean y Michel completan tan curioso personaje que nos ha dado 4 libros: Hitler y la tradición cátara, Los místicos del sol, Le livre de la tradition y Las ciudades mágicas. Otto Rahn falleció el 13 de marzo de 1939, congelado en la cima del Wilden Kaiser (Austria), probablemente en un suicidio ritual. Heinrich Himmler acudió a Montserrat tras la muerte de Rahn, el 23 de octubre de 1940, buscando allí un pretendido Grial y llevando consigo la obra de Rahn “La corte de Lucifer“, libro que ordenó distribuir gratuitamente entre los oficiales de alta graduación del cuerpo. La filosofía cátara trata de dos mundos opuestos, representados por la luz y las tinieblas. En la cosmología nazi, el Sol ha desempeñado, como en los cátaros, un papel esencial, en tanto que símbolo sagrado de los arios, frente al simbolismo femenino y mágico de la Luna, por parte de los pueblos semitas. Así, pues, se comprende mejor el odio, con tendencia a la locura obsesiva, que Hitler manifestaba frente a los judíos. Pero, ¿quiénes son los cátaros? Un personaje legendario de Languedoc es Meridiana. Su aparición más famosa aconteció cuando Gerberto de Aurillac (940-1003), el futuro papa Silvestre II, viajó a España para aprender los secretos de la alquimia. Silvestre, propietario además de una cabeza parlante que le anunciaba el porvenir, recibió su sabiduría de esta Meridiana, que le regaló «su cuerpo, sus riquezas y sus saberes mágicos», lo cual describe algún tipo de conocimiento alquímico y esotérico. Según la escritora norteamericana Barbara G. Walker, el nombre de Meridiana es un compuesto de «María-Diana», es decir, que vincula a esa compleja divinidad pagana con las leyendas acerca de María Magdalena corrientes en el sur de Francia. El Languedoc tuvo también la máxima densidad de caballeros templarios en Europa hasta la supresión de la Orden, a comienzos del siglo XIV, y todavía abundan allí las evocadoras ruinas de sus castillos. Béziers se encuentra en el actual departamento de Hérault, del Languedoc-Rosellón, y es una activa ciudad a escasos diez kilómetros del golfo de Lyon, en la costa mediterránea.

 

En 1209 todos y cada uno de sus habitantes fueron perseguidos y muertos sin contemplaciones durante la cruzada contra los albigenses. Pierre des Vaux-de-Cernat, un monje cisterciense, escribió en 1213, basándose en los relatos de cruzados que estuvieron allí. Béziers se había convertido en una especie de refugio para heréticos y por eso, cuando los cruzados la atacaron, existía allí un enclave de 222 cátaros que vivían en la ciudad sin que nadie los molestase. Aunque no se sabe si el conde de Béziers era también cátaro, o sólo un simpatizante, el caso es que no hizo nada por perseguirlos o expulsarlos, y esto enfureció sobremanera a los cruzados. Éstos exigieron que los habitantes católicos entregaran a los cátaros o salieran de la ciudad, dejando intramuros a los cátaros para que fuese más fácil exterminarlos. Aunque estas exigencias se plantearon bajo amenaza de excomunión y la alternativa concedía a los católicos la oportunidad de salvarse de la inminente matanza, sucedió algo asombroso: los ciudadanos no quisieron cumplir ninguna de las dos condiciones. Como escribió Vaux-de-Cernat, prefirieron «morir como heréticos que vivir como cristianos». Y de acuerdo con el informe que el Papa recibió de sus enviados, los habitantes de la población juraron además defender a sus herejes. En julio de 1209 los cruzados entraron en Béziers. Después de ocuparla sin dificultad mataron a todo el mundo, hombres, mujeres, niños y clérigos, tras lo cual incendiaron la ciudad. Debieron de morir entre 15.000 y 20.000 personas, mientras que los heréticos eran poco más de doscientos. «No encontraron refugio ni bajo la cruz, ni ante el altar, ni junto al crucifijo». Así fue que los cruzados preguntaron a los delegados del Papa cómo distinguirían a los heréticos de los demás ciudadanos y recibieron la célebre contestación: «Matadlos a todos, que Dios conocerá a los suyos». ¿Qué ocurrió allí en realidad? En primer lugar hay que tener en cuenta la fecha exacta de la matanza, que fue el 22 de julio, fiesta de María Magdalena, detalle cuya singular importancia destacaron todos los autores contemporáneos. Y fue en la iglesia de la Magdalena de Béziers donde cuarenta años antes murió asesinado el señor local, Raymond Trencavel, por motivos que no han quedado claros. En Béziers al menos, la relación entre la Magdalena y la herejía no era casual, y además proporciona algunos atisbos sobre el trasfondo de la cruzada albigense en su conjunto. Como escribió Pierre des Vaux-de-Cernat: “Béziers fue tomada el día de santa María Magdalena, ¡oh justicia suprema de la Providencia! […] los heréticos afirmaban que santa María Magdalena había sido la concubina de Jesucristo […] era justo, por tanto, que esos perros repugnantes fuesen vencidos y exterminados en la festividad de aquella a quien habían agraviado […]“.

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Por más que la idea pareciese repugnante al monje y a los cruzados, es obvio que no escandalizaba a la gran mayoría de los ciudadanos que se pusieron activamente a favor de los herejes. Lo cual indica que la creencia o tradición local en cuestión ejercía un gran ascendiente en aquellas gentes. Los evangelios gnósticos y otros textos primitivos describen sin muchos eufemismos como unión sexual la relación entre María Magdalena y Jesús. Pero los evangelios gnósticos ni siquiera habían sido descubiertos. Así pues, ¿de dónde provenía la tradición? El episodio vino a ser como el preludio de la cruzada albigense, cuyos estragos en el Languedoc aún habrían de durar cuarenta años más y dejaron grandes cicatrices en la conciencia colectiva de la población. Pero, ¿quiénes fueron esos cátaros cuyas creencias justificaron que se montase toda una cruzada? ¿Qué motivos tenía el poder establecido para temerlos tanto? En el Languedoc el movimiento se convirtió rápidamente en una fuerza no desdeñable durante el siglo XI. Llegaron a ser la religión dominante del país y siempre fueron tratados allí con el mayor respeto. Los miembros de todas las familias aristocráticas eran cátaros notorios, o simpatizantes que los ayudaban activamente. Se puede afirmar que el catarismo era la virtual religión de estado en el Languedoc. Los llamaban les Bonhommes o les Bons Chrétiens, es decir buenos hombres o buenos cristianos, lo cual da a entender que no escandalizaban a nadie. Aunque asimilaron otras muchas ideas y sus doctrinas no estuvieron exentas de confusión, propugnaron un ideal de vida conforme a las enseñanzas de Jesús. Acusaban a la Iglesia católica de haberse alejado en exceso de los postulados originarios, en especial el de la pobreza apostólica. Por tanto, anatemizaban la riqueza y los fastos de la Iglesia, que juzgaban opuestos a lo que Jesús exigió de sus seguidores. Algunos estudiosos tienden a presentarlos como precursores de la Reforma protestante, lo que no es el caso, pese a algunas semejanzas. Los cátaros vivían sencillamente. Preferían congregarse al aire libre o en casa de un vecino mejor que en las iglesias, y aunque tuvieron una jerarquía con sus obispos, todos los miembros bautizados eran iguales en lo espiritual. También postulaban la igualdad entre los sexos, y esto puede sorprender más teniendo en cuenta la época. Se abstenían de comer carne, eran pacifistas y creían en una especie de reencarnación. También practicaban la predicación itinerante, para lo cual viajaban por parejas que vivían en la mayor pobreza y sencillez y se detenían dondequiera que hiciese falta ayudar y sanar.

 

En muchos sentidos cabe decir que los Hombres Buenos no eran un peligro para nadie, excepto para la Iglesia. Dicha institución sí tenía numerosos motivos para perseguir a los cátaros, ya que éstos se declaraban adversarios del símbolo de la cruz, en tanto que morboso recordatorio del instrumento de suplicio en que Jesús halló la muerte. Aborrecían asimismo el culto de los difuntos y el consiguiente tráfico de reliquias, recurso principal con que la Iglesia de la época llenaba sus arcas. Pero el primer motivo de la enemistad eclesiástica fue que los cátaros no reconocían la autoridad del Papa. Durante el siglo XII varios concilios condenaron a los cátaros, pero fue en 1179 cuando ellos y sus protectores quedaron definitivamente anatemizados. Hasta esa fecha la Iglesia envió a misioneros, elegidos entre los mejores predicadores con que contaba, para tratar de obtener el «regreso al redil» de los cátaros. Incluso el gran santo Bernardo de Claraval (1090-1153) fue enviado a la región, pero regresó exasperado por la contumacia de aquéllos. Sin embargo, en su informe al Papa tuvo buen cuidado de señalar que, si bien los cátaros estaban sumidos en el error desde el punto de vista de la doctrina, «si examinamos su modo de vida no encontraremos ninguno más irreprochable». En toda la cruzada éste fue un rasgo invariable. Incluso los enemigos de los cátaros tenían que admitir que la regla de vida de éstos era ejemplar. Otra táctica de la Iglesia fue la de vencer a los heréticos con sus propias armas, haciendo que sus misioneros actuaran como predicadores itinerantes. Entre los primeros, allá por 1205, estuvo Domingo de Guzmán, monje español y futuro fundador de la Orden de los Predicadores, luego conocida como dominicos o frailes negros, que suministraron la mayor parte del personal de la Santa Inquisición. Los dos bandos se reunieron para una serie de disputas públicas, que no solucionaron el problema. Por último, en 1207, el papa Inocencio III perdió la paciencia y excomulgó a Raymond VI, conde de Tolosa, por no haber procedido contra los herejes. La medida fue muy impopular, por lo el legado papal que traía la noticia fue muerto por uno de los soldados de Raymond. Y ésa fue la gota que colmó el vaso. El Papa convocó la cruzada contra los cátaros y contra quienes los ayudasen o simpatizasen con ellos. Esta proclamación se realizó el 24 de junio de 1209, curiosamente la fiesta de San Juan Bautista. Hasta entonces se solía llamar a la cruzada contra los musulmanes, unos «infieles» extranjeros que vivían en países tan lejanos, que apenas se tenía una noción de ellos.

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Pero esta cruzada iba a ser de cristianos contra cristianos. Era muy posible que algunos cruzados conociesen personalmente a algunos de los heréticos que juraron exterminar. La cruzada albigense, comenzada en 1209 con el asalto a Béziers, continuó con la mayor brutalidad, a medida que una ciudad tras otra iba cayendo en manos de los soldados bajo el mando de Simón de Montfort. La campaña duró hasta 1244. Todavía hoy, en algunos lugares del Languedoc el nombre de Simón de Montfort suscita una reacción mezcla de temor y odio. Pero pronto a las razones religiosas se añadieron razones económicas y políticas. La mayoría de los cruzados eran oriundos del norte de Francia y las atractivas riquezas y el poderío del Languedoc eran aspectos que nadie ignoraba. Antes del comienzo de la cruzada la región disfrutaba de una notable independencia. Este episodio de la Historia europea, además de ser el primer genocidio conocido perpetrado en Europa, proporcionó un impulso definitivo a la unificación de Francia y a la creación de la Inquisición.  Los cátaros eran pacifistas, y además desdeñaban tanto la «vil envoltura carnal», que no tenían inconveniente en desprenderse de ella, aunque fuese por medio de un martirio tan horrible como la muerte en la hoguera. Durante la campaña, incontables millares de cátaros hallaron la muerte en las piras, pero muchos de ellos no dieron ninguna muestra de temor. A lo que parece, algunos ni siquiera sufrieron, como se evidenció singularmente cuando terminó el asedio a Montségur, su último reducto. Poco después de 1240 y conforme sus enemigos iban arrinconando a los cátaros sobrevivientes en sus reductos pirenaicos, ellos hicieron de Montségur su cuartel general. En tanto que refugio de unos 300 cátaros y más particularmente de sus cabecillas, para los hombres del Papa era el objetivo principal, tal como escribió Blanca de Castilla, la reina de Francia, refiriéndose a la importancia de Montségur, «[hay que] cortar la cabeza del dragón». Durante los meses que duró el sitio se produjo un curioso fenómeno. Varios de los soldados sitiadores se pasaron al bando de los cátaros, aun sabiendo cómo acabaría la aventura para ellos. Se ha sugerido que los impresionó tanto el ejemplar comportamiento de los cátaros, que sufrieron una profunda conversión interior. Los cátaros se enfrentaron a la muerte en el suplicio con absoluta tranquilidad, incluso mientras las llamas crecían a su alrededor. Pero la caída de Montségur creó muchos misterios que fascinaron a muchas generaciones, incluidos los nazis y los buscadores del Santo Grial.

 

El misterio más duradero de todos es el relacionado con el supuesto Tesoro de los Cátaros, que cuatro de éstos lograron sacar la noche antes de la matanza. Esos intrépidos herejes consiguieron escapar de algún modo, se dice que descolgándose con ayuda de sogas por el despeñadero más escarpado, a favor de la oscuridad nocturna. Aunque se habían rendido formalmente el 2 de marzo de 1244, por razones nunca explicadas se les permitió quedarse en la ciudadela quince días más, tras lo cual se entregaron para ser quemados. Algunos relatos van todavía más lejos y pretenden que bajaron y se metieron por su propio pie en las hogueras que los enemigos habían preparado en el llano, al pie de la fortaleza. Se ha especulado si solicitaron ese plazo adicional de gracia para realizar alguna ceremonia. En este punto no es fácil que llegue a saberse nunca la verdad. La naturaleza exacta del tesoro cátaro ha sido objeto de muchas especulaciones. Algunos postulan que debió de ser el Santo Grial u otro objeto ritual parecido, de mucho significado. Otros dicen que pudieron ser documentos con conocimientos secretos, o que lo importante eran las propias personas de los cuatro cátaros que escaparon.  Los cátaros fueron sucesores de los bogomiles, movimiento herético que floreció en los Balcanes hacia mediados del siglo X y seguía activo en esa región cuando los cátaros se encaminaban hacia su destino fatal. El bogomilismo tuvo mucha extensión, alcanzando hasta Constantinopla, y por momentos constituyó un serio peligro para la ortodoxia. A su vez los bogomiles de Bulgaria eran los herederos de una larga sucesión de «herejías» y habían alcanzado una reputación peculiar entre sus oponentes. Los bogomiles y sus variantes, como los cátaros, eran dualistas y gnósticos. Para ellos el mundo era inherentemente malo, el alma sufría la prisión de una envoltura indigna, y la única vía de liberación era la gnosis, la revelación personal gracias a la cual el alma accede a la perfección y al conocimiento de Dios. En cuanto a su idea de la reencarnación, se basaba en el concepto de la «buena muerte», lo que significaba más comúnmente recibir el martirio por la fe. Si uno tenía la suerte de merecer ese final, no hacía falta que siguiera reencarnándose en este despreciable valle de lágrimas. Caso contrario, tendría que regresar. Una aportación original de los cátaros fue la creencia de que María Magdalena había sido la esposa de Jesús, o tal vez su concubina. Aunque este conocimiento no se juzgaba adecuado para todos los cátaros, sino sólo para los admitidos al círculo más sublime, el de los «perfectos».

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Pero la noción de que Jesús y María Magdalena hubiesen sido pareja no tenía, a primera vista, nada susceptible de agradar especialmente a los cátaros. Aunque la Magdalena fuese una santa popular en la Provenza, donde se cree que vivió, fue en el Languedoc donde hicieron de ella foco de creencias abiertamente heréticas. La idea de que Jesús y María Magdalena fueron amantes también se encuentra en los evangelios de Nag Hammadi, ocultos en Egipto desde el siglo IV. Algunos estudiosos han especulado sobre si el culto de la Magdalena en el sur de Francia conservó esas primitivas ideas gnósticas. No faltan indicios de que así fue. Hacia 1330 aparecía en Estrasburgo un notable tratado titulado Schwester Katrei o «Hermana Catalina», atribuido al místico alemán Meister Eckhart. Expone una serie de diálogos entre la «hermana Catalina» y su confesor sobre la experiencia religiosa de la mujer. Y, aunque incorpora muchas ideas ortodoxas, tiene ciertos rasgos que no lo son tanto. Por ejemplo, declara expresamente que «Dios es la Madre Universal…» y revela con claridad una fuerte inspiración cátara así como la influencia de la tradición de los trovadores.  Esta obra relaciona a la Magdalena con la Minne u homenaje amoroso a la mujer. Y ha dado mucho que pensar a los investigadores porque contiene ideas acerca de María Magdalena que no se encuentran en ningún otro lugar, excepto los evangelios de Nag Hammadi. La describe como superior a Pedro porque supo entender mejor a Jesús, y aparece la misma rivalidad entre ambos. El tratado de la hermana Catalina incluso describe incidentes concretos que también figuran en los textos de Nag Hammadi. La profesora Barbara Newman ha escrito: «El hecho de que Hermana Catalina utilice estos motivos plantea un espinoso problema de transmisión histórica», y confiesa que es «un problema real, pero sorprendente». El autor de Hermana Catalina manejó en el siglo XIV unos textos que no fueron descubiertos hasta el siglo XX. No puede ser coincidencia que el tratado refleje la influencia de los cátaros y los trovadores del Languedoc. Y la conclusión obvia es que éstos transmitieron el conocimiento de los evangelios gnósticos en relación con María Magdalena. Es posible que estos secretos no estuvieran sólo en los textos que hoy conocemos como los de Nag Hammadi, sino asimismo en otros que aún no hayan sido redescubiertos. Llama la atención que en el sur de Francia exista una arraigada creencia en la naturaleza sexual de la relación entre la Magdalena y Jesús. Una investigación de John Saul ha recopilado gran número de alusiones a tal relación en la literatura del Midi, hasta el siglo XVII inclusive. Aparecen en las obras de gentes vinculadas al Priorato de Sión, como Cesar, el hijo de Nostradamus.

 

Hemos visto en la Provenza que dondequiera que hubiese santuarios de la Magdalena también se descubría algún emplazamiento relacionado con Juan el Bautista. En vista de que los cátaros la tenían en tan alta consideración, nos figurábamos que tal vez veneraron también al Bautista. Pero, sorprendentemente, sucede lo contrario. Les desagradaba hasta el punto de describirlo como «un demonio». Ésa es otra herencia directa de los bogomiles, algunos de los cuales aludieron al Bautista, no sin cierta confusión, como «precursor del Anticristo». Una de las pocas escrituras sagradas que nos han quedado de los cátaros es el Libro de Juan, llamado también Liber Secretum. Se trata de una versión gnóstica del evangelio de otro Juan muy diferente. En buena parte es idéntico al evangelio canónico, pero contiene varias «revelaciones» añadidas que supuestamente recibió en privado el «discípulo predilecto del Señor». Éstas contienen ideas dualistas y gnósticas, en correspondencia con la teología de los cátaros. En este libro Jesús enseña a sus discípulos que Juan el Bautista era en realidad un emisario de Satán, el Amo del mundo material, enviado para adelantarse a la misión salvadora. Esta idea era debida en principio a los bogomiles, pero no era aceptada por todos ellos, ni por todos los cátaros. Muchas sectas cátaras tuvieron acerca de Juan el Bautista ideas bastante más ortodoxas, y de hecho se tienen incluso indicios de que los bogomiles de los Balcanes celebraban ritos en el día de su festividad, 24 de junio. Lo cierto es que los cátaros tenían en especial consideración el evangelio de Juan, que según el parecer de los entendidos es el más gnóstico del Nuevo Testamento. En los círculos ocultistas circula un rumor de que los cátaros tenían otra versión del evangelio de Juan, hoy perdida. Ciertamente los cátaros tuvieron ideas no ortodoxas acerca de Juan el Bautista, pero ¿podemos tomarnos en serio sus afirmaciones sobre un Juan malo y un Jesús bueno? Tal como ocurre con la relación entre la Magdalena y Jesús, parece que se tuvo de la que hubiese entre Juan y Jesús una idea radicalmente distinta de la que enseña la Iglesia. Pero para los caballeros templarios Juan el Bautista fue objeto de especial veneración. Y tal como la cruzada contra los cátaros ha dejado una marca visible en los paisajes del Languedoc, también los castillos de aquellos enigmáticos caballeros se alzan todavía en los rincones más remotos de dicha comarca.

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Cualquier misterio relacionado con el Priorato de Sión implica asimismo a los monjes- soldados templarios. La tercera parte de todas las posesiones europeas de los templarios estuvo en el Languedoc. Una de las leyendas locales más pintorescas es la que dice que cuando el 13 de octubre cae en viernes, fecha y día de la brutal supresión de la Orden, pueden verse en las ruinas resplandores extraños, y movimientos de misteriosos bultos. La Orden de los caballeros templarios, oficialmente llamada de los pobres conmilitones de Jesucristo y del Templo de Salomón, fue fundada en 1118 por el noble francés Hugo de Payens con el fin de dar escolta a los peregrinos que iban a Tierra Santa. En principio y durante nueve años fueron nueve caballeros, pero luego la orden creció y no tardó en constituir una fuerza considerable, no sólo en el Oriente Próximo sino también en toda Europa. Una vez obtenido el reconocimiento de la orden, el mismo Hugo de Payens emprendió una gira por Europa a fin de solicitar tierras y dinero a la realeza y los nobles. Visitó Inglaterra en 1129 y fundó allí el primer establecimiento templario, sito en lo que hoy es la estación Holborn del metro de Londres. Como todos los monjes, los caballeros hacían votos de pobreza, castidad y obediencia, pero vivían en el mundo y del mundo, y se comprometían a usar la espada contra los enemigos de Cristo cuando fuese necesario. La imagen de los templarios ha quedado indisolublemente unida a las cruzadas que se organizaron para expulsar a los infieles de Jerusalén y mantener los Santos Lugares en manos de la cristiandad. Fue en 1128 cuando el Concilio de Troyes reconoció oficialmente a los templarios como Orden religiosa y militar. El protagonista principal de la decisión fue Bernardo de Claraval, superior de la orden cisterciense y más tarde canonizado. Fue el mismo Bernardo quien escribió la Regla de los templarios, basada en la de los monjes del Císter. Y un pupilo de aquél, tras coronarse papa como Inocencio II, estableció en 1139 que en adelante los templarios sólo obedecerían a la autoridad del Sumo Pontífice. Se ha sugerido que los templarios y los cistercienses actuaban de común acuerdo y con arreglo a un plan preconcebido para apoderarse de la cristiandad, aunque eso nunca se consiguió. Apenas cabe exagerar el prestigio y la potencia financiera de los templarios en el momento culminante de su influencia en Europa, y apenas existió un centro importante de civilización donde ellos no hubiesen establecido una de sus capitanías.

 

En parte la riqueza de los templarios fue una consecuencia de su regla. Al ingresar, el nuevo adepto donaba a la orden todas las propiedades que tuviese.  Por otra parte, amasaron una importante fortuna gracias a las grandes donaciones de tierras y dinero por parte de muchos reyes y nobles. No tardaron en ver repletas sus arcas, porque además llegaron a acumular una notable experiencia financiera que hizo de ellos los primeros banqueros internacionales del mundo, de cuyo juicio dependía, por ejemplo, la calificación de riesgo asignada a otros poderes. Aparte su asombrosa riqueza los templarios contaron con el prestigio de su experiencia militar y valentía en la batalla, en la que llegaban muchas veces hasta la temeridad. Tenían reglas que dictaban su comportamiento como soldados. Por ejemplo, se les prohibía rendirse a menos que se viesen ante una fuerza superior en proporción de más de tres contra uno, y aun entonces no sin el permiso de su comendador. Eran unos combatientes de elite que tenían a su favor la razón de Dios y la de su dinero. Pese a su valiente defensa, los Santos Lugares fueron retornando a los sarracenos hasta 1291 en que cayó el último territorio cristiano, San Juan de Acre. Nada les restaba que hacer a los templarios excepto regresar a Europa y trazar planes para una futura reconquista. Pero el impulso capaz de iniciar semejante campaña se había desvanecido entre los reyes que habrían estado en condiciones de financiarla. Faltos de empleo, pero todavía ricos y arrogantes, suscitaban amplios resentimientos porque no pagaban impuestos y sólo respondían ante el Papa. Así que en 1307 se produjo su inevitable caída en desgracia. El todopoderoso rey francés Felipe el Hermoso inició la destrucción de la orden templaria con la connivencia del Papa. Obedeciendo a órdenes secretas del rey, el viernes 13 de octubre de 1307 los templarios fueron cercados en un súbito golpe de mano, encarcelados, torturados y finalmente quemados en la hoguera.

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Los templarios, en el seno del cristianismo, recogieron la llama cátara. Mientras tanto, los libros secretos, dispersados, perdidos o mutilados, no fueron comprendidos más que parcialmente, y la Rosacruz, secta nacida después de la destrucción de la Orden del Temple, derivó en la francmasonería. No obstante, es preciso ver con claridad que, después del cisma protestante que sacudió a la Iglesia hasta el siglo XVII, las tradiciones gnósticas se encontraron mezcladas de elementos extraños, lo que acarreó la confusión actual de todas las sectas que, desde el Renacimiento, pretendían cada una poseer la verdad, proclamándose portadores de la tradición esotérica. Entre éstas se destaca un grupo que contiene un poder de atracción que hacen de él un centro iniciático del más alto interés. Se trata de la secta de los Iluminados de Baviera, fundada en el siglo XVIII por Adam Weishaupt, profesor de Derecho Canónico en la Universidad de Ingolstadt. Los Iluminados de Baviera («Iluminaten Orden») tenían como base el Evangelio de Juan, por oposición a las otras logias masónicas que aceptaban a judíos entre sus miembros. Así, estos iluminados prefiguraban claramente el racismo. Como ocurre en toda sociedad secreta, el código de obligaciones era severo y no daba lugar a ningún individualismo para el iniciado que pertenecía a la Orden. El signo de reconocimiento de estos adeptos consistía en colocar la mano en forma de visera, como si estuvieran deslumbrados por la luz del Sol. Este signo estaba en estrecha correlación con la luz y, en consecuencia, con su adjetivo de iluminados. La adoración solar, de origen pagano, distingue a los iluminados de las otras formas de la masonería, que tienen como base el cristianismo. En las logias iluministas se daban cursos de retórica aplicada o de acción psicológica, con objeto de persuadir a los espíritus hostiles o poco receptivos. Se sitúa hacia 1790 el declive aparente de los Iluminados de Baviera, aunque no su desaparición, ya que numerosas resurrecciones tienen lugar, incluida una conocida en 1912, y se desarrollan en Austria. Señalemos, por lo demás, que el iluminismo se expandió siempre con más vigor en este país, ya que Austria representaba, a los ojos de los adeptos de la secta, una barrera contra las influencias judías, muy fuertes en esta región de Europa. De este modo, el iluminismo preparó de un modo natural el camino hacia el pangermanismo, debido a que formaba una rama autónoma de la francmasonería, cuyos objetivos fueron transferidos y pervertidos. El internacionalismo dio lugar al nacionalismo, y el humanismo cristiano se transformó en racismo, de suerte que aparece el término «raza semítica», pudiéndose hablar con propiedad de gnosis racista.

 

Todas estas corrientes debían encontrar su plena expansión, después de 1914, en el grupo Thule, gran proveedor de los dirigentes racistas neognósticos, que creían que el bien correspondía al ario y el mal al semita. Sobre la base de esta filosofía neomaniquea, servida por el gran sacerdote que fue Dietrich Eckardt se apoyaron todas las sociedades nacidas de la rama iluminista, de las cuales las más conocidas son la Unión del Martillo, en honoral martillo de Thor, Dios de la mitología nórdica, y los Compañeros de Viaje, y de las cuales la más secreta es la Sociedad de los Buscadores del Graal. El programa del grupo Thule era casi idéntico al del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán ( NSDAP), o partido nazi, creado por Hitler. El mentor del grupo Thule, Dietrich Eckart participó en la marcha de Hitler sobre Munich, con ocasión del «putsch» fracasado del 9 de noviembre de 1923. También encontramos en este grupo esotérico a Antón Drexler, fundador del partido obrero alemán y el primer protegido político de Dietrich Eckardt, antes de que su atención se dirigiera hacia Hitler. Por supuesto, Hitler también formó parte de la secta, así como Alfred Rosenberg, responsable nazi de los territorios ocupados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, y muchos otros. El grupo Thule constituía un centro de reunión para todas las otras sociedades ocultistas de la misma tendencia y se reinsertaba, de este modo, con la gran tradición germánica. Por lo que se refiere a la leyenda de Thule, de donde la secta tomó su nombre, lo que ha sobrevivido hasta nosotros, a través del romancero germánico, es el culto de la Copa de oro. El uso de la copa sagrada en las libaciones fue patrimonio de los pueblos celtonórdicos. Por su parte, la mitología nos enseña que Iris  sacaba en una copa de oro el agua de la Estigia necesaria para los juramentos de los dioses. En la mitología griega, Iris es hija de Taumante y de la oceánide Electra y hermana de las Harpías. En la Ilíada, se la describe como mensajera de los dioses; sin embargo, en la Odisea este papel está reservado a Hermes. Iris es la personificación del arco iris que anuncia el pacto de los humanos y los dioses y el fin de la tormenta. Al igual que Hermes, es la encargada de hacer llegar los mensajes de los dioses a los seres humanos. Está casada con Céfiro, dios del viento del oeste.

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Se representa a Iris como una joven virgen con alas doradas, apresurándose con la velocidad del viento de un extremo a otro del mundo, a las profundidades del mar y al inframundo. Es la mensajera especialmente de Hera, y está relacionada con Hermes, cuyo caduceo o vara lleva a menudo. Por orden de Zeus, lleva un jarro con agua del Estigia, con la que hace dormir a todos los que perjuran. Sus atributos son el caduceo y un jarrón. También es representada suministrando a las nubes el agua que necesitan para inundar el mundo. Ahora bien, los Antiguos habían considerado siempre la raza del Arco, nacida del arco iris —es decir, la raza nórdica o ártica—, como la primera raza humana. El origen del carácter sagrado de la copa utilizada en las libaciones religiosas está explicado en el Timeo de Platón, relativo a la Atlántida. Platón relata que los diez reyes de este Imperio comenzaban sus reuniones con el sacrificio de un toro, del que recogían la sangre en una copa. El brotar de la sangre, símbolo de vida y de renovación, entraña el carácter sagrado del recipiente que la contiene. Hay que ver aquí el origen lejano del Graal, que estaría, por tanto, ligado a la tradición indoeuropea. Pero esto no es más que una hipótesis; hay otras que conceden un lugar importante al budismo, sin, no obstante, contradecir a la primera. Sea la que fuere, este concepto, surgido de Occidente, habría seguido una larga peregrinación en Oriente para finalmente regresar entre las manos de los celtas representados por los druidas, en el curso del viaje de José de Arimatea. Esta copa, verdadero testigo del relevo, según la leyenda occidental, debía llegar hasta los cátaros. Su simbolismo era doble: por una parte, representaba el Vaso del Conocimiento, y, por otra, la Copa de la Sangre Pura. Al haberla utilizado los cátaros con fines místico-religiosos, no sin haberla ocultado, con ocasión de las persecuciones del siglo XIII, a la codicia de los no iniciados, todas las investigaciones ulteriores referentes al Graal debían girar sobre el último refugio de la herejía albigense, Montségur. Esto nos explica el prodigioso interés que representaba, para los investigadores nazis alemanes del grupo Thule, este monte languedociano, tanto más cuanto que entre las sectas afiliadas figuraba la Sociedad de Buscadores del Graal, de la que Otto Rahn debía ser el personaje central.

 

Montségur, último refugio cátaros de Occitania y de la herejía albigense, es uno de estos lugares elevados donde mora el espíritu. Desde tiempos inmemoriales, el Pog, o espolón rocoso sobre el cual se alza el castillo, fue considerado un lugar sagrado. Ya en la época protohistórica los iberos se daban cita, hacia el equinoccio de otoño, sobre el Tabor pirenaico. Se destaca, así, sobre las pendientes del Soularac, uno de los dos picos del macizo del Tabe, un cromlech muy raro formado por dos círculos de piedra erguidos y tangentes. Este monumento fue objeto de culto desde la época neolítica, y desde entonces no ha dejado de ser frecuentado, ya que los católicos edificaron más tarde sobre los mismos lugares una capilla dedicada a san Bartolomé, cuya fiesta se celebra el 24 de agosto, alejando de este modo el contenido de las viejas costumbres paganas. Se conoce igualmente la tradición según la cual los dos lagos que contiene el macizo de San Bartolomé, el de las Truchas y el del Diablo, son lugares encantados. No se puede, dice la costumbre, tirar allí una piedra sin desencadenar al punto las furias celestes. De hecho, en esta región montañosa las tempestades son muy frecuentes y de una rara violencia. Para los amantes del misterio, digamos que los druidas, muy numerosos en los Pirineos cuando los celtas ocupaban estas regiones, trazaron en este lugar un círculo mágico que al profano le está prohibido franquear; de ahí el nombre de lago de las Truchas, deformación de la palabra druida. Al margen de su situación inexpugnable, en la cima de un espolón rocoso casi inabordable, el castillo de Montségur  presenta extrañas disposiciones. Las murallas de la fortaleza están, en efecto, desprovistas de almenas, salvo sobre el muro oriental, que cae sobre una cortadura vertiginosa. Una puerta de entrada monumental, la ausencia de torres de franqueo, el abandono de gran parte de la zona rocosa, dejada sin protección, y la misma forma de la construcción, hacen de Montségur un monumento único. Tal como está construido, el castillo parece un largo cofre de piedra de forma pentagonal, al cual está adosado un torreón rectangular. Todas estas observaciones dan lugar a suponer que el monumento fue construido no en función de imperativos militares, sino según un plan de arquitectura sagrada. A partir de aquí, uno puede pensar, y toda la epopeya albigense lo confirma, que Montségur fue, sin lugar a dudas, un templo dedicado a un culto, lugar elevado llamado a ofrecer, en caso de invasión, una enconada resistencia.

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Las observaciones, sumamente interesantes, de Femand Niel en su libro Montségur, la montagne inspirée, demuestran que el plan de construcción del edificio permitía señalar con asombrosa exactitud las principales posiciones del sol en su salida. Montségur, el antiguo templo maniqueo dedicado al culto solar, se convirtió en el Monte Sagrado de los cátaros. Resulta interesante notar que otros castillos occitanos, como el de Quéribus, en las Corbiéres, que también sirvió de refugio a los albigenses, o el de Puivert, donde la madre de Trencavel, vizconde de Carcasona, fue cortejada, presentan, en cierto grado, disposiciones parecidas. Henri Coltel, que hace algunos años realizó investigaciones en el sudoeste de Francia, aporta un refuerzo a la tesis de Femand Niel. Descubrió unos cuarenta subterráneos de los siglos XI y XIII, y pudo constatar, tras un profundo estudio de estas construcciones, de que no eran única ni esencialmente refugios, sino, sobre todo, lugares cultuales, donde los cátaros, desde antes de las persecuciones, celebraban ceremonias iniciáticas. En 1931, el investigador nazi Otto Rahn sabía o presentía todo esto. Por ello, pasó tres meses en la región de Montségur, antes de regresar, en 1937, para una segunda estancia después de la aparición de su obra La Cruzada contra el Graal, aparecida en Alemania en 1933. El hecho es que Otto Rahn había sido encargado por Alfred Rosenberg, autor de la obra El mito del siglo XX, de verificar la exactitud de la hipótesis siguiente: ¿Era realmente Montségur el Montsalvat o Monte de la Salvación de las leyendas arturianas, en donde se ocultaba el Santo Graal? Para resumir la importancia de esta búsqueda, es preciso señalar que Otto Rahn era un especialista en el estudio de la Romania. Se sabe que los cátaros expandieron su proselitismo (en los siglos XI y XII) hasta Alemania y, sobre todo, en Franconia, lo que explica el interés de los alemanes por esta corriente de pensamiento de base religiosa. Recordemos que el rector de la catedral de Colonia (Eckbert) consiente a los cátaros de Renania la celebración de una fiesta en honor de su gran iniciador Manes, prueba de que la secta de los cátaros estaba entonces sólidamente implantada en territorio germánico. Hay que creer que las investigaciones de Otto Rahn estaban respaldadas por mejores recursos que sus predecesores, ya que su obra tuvo una gran resonancia en Alemania y en el Mediodía languedociano. En su libro, el joven escritor situaba el Graal en Montségur, y hacia de los cátaros los últimos depositarios del objeto sagrado. Más aún, emitía la hipótesis de que el Graal no podría ser otra cosa que la copa de esmeraldas de la leyenda cristiana.

 

La segunda estancia de Rahn en Montségur fue mucho más larga. Enviado por el régimen hitleriano, parece, no obstante, que Rahn no habría dado fin a sus investigaciones, ya que posteriormente fue organizada una tercera misión. En 1936, apareció en Alemania una segunda obra de Otto Rahn, La corte de Lucifer en Europa, donde el autor desarrolla sus tesis catarizantes apoyándose en argumentos políticos. Después de su corta estancia, en 1937, Otto Rahn, de nuevo en Alemania, no debía ya reaparecer jamás en el Languedoc, y en 1945, corrió el rumor de que había sido decapitado por los nazis en un campo de concentración. Parece que esta hipótesis, acreditada por Gérard de Sède en su obra El tesoro cátaro, es un poco aventurada. Según la explicación dada por el escritor Saint-Loup en su último libro, Nouveaux Cathares pour Montségur, parece que Rahn desempeñó un alto cargo en las SS de Himmler. Por otra parte, los papeles dejados por el ministro Rosenberg permitieron a Saint-Loup saber el verdadero fin del investigador nazi: «En marzo de 1939 Rahn se suicidó absorbiendo una dosis de cianuro en la cima de la montaña de Kufstein, por razones político-místicas y también por razones íntimas». La explicación que nos ofrece Saint-Loup parece corresponder a que Rhan se oponía a la política seguida por los dirigentes nazis a partir de una cierta época, que no le dejó otra alternativa que seguir la política oficial del partido o suicidarse. Habiendo, sin duda, perdido toda esperanza de residir en el Languedoc, no le quedaba otra solución que utilizar el veneno. Y a la manera del suicidio cátaro (el Endura) Rahn abandonó un mundo que él ya no comprendía, y que iba a reavivar, mediante los hornos crematorios y  las bombas, la hoguera de Montségur a escala planetaria.

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En muchas leyendas se hace mención de un objeto de virtudes extraordinarias que, a partir de cierta época, habría desaparecido misteriosamente. La interpretación simbólica del Graal más comúnmente admitida es aquella que consiste en asimilarla a la copa de que se sirvió Jesús en la última Cena, y en la cual José de Arimatea recogió la sangre del Salvador procedente de la herida del costado, producida por el lanzazo del centurión Longinos. Esto nos permite hacer notar que la copa está con frecuencia asociada a la lanza. La pérdida del Graal o vaso sagrado del conocimiento, puede ser asimilada a la pérdida de la Tradición, con todo lo que esto implica de empobrecimiento espiritual. Para los adeptos de la unidad de la Gran Tradición, es decir, de la unidad fundamental y trascendente de todas las religiones, leyendas y mitologías diversas, se considera que los cristianos se han anexionado el mito del Graal para hacer de él la copa de esmeraldas que contenía la sangre de Cristo, separando por este motivo el símbolo de su sentido primigenio. Así, para los tradicionalistas, el mito del Graal es el reflejo de una enseñanza perdida. Ésta fue la interpretación de los nazis, que desarrollaron su pensamiento viendo en el Graal una ley de vida solamente válida para ciertas razas. En su magnífica obra El Rey del Mundo, René Guénon declara: «Según lo que acabamos de decir, el Graal representa al mismo tiempo dos cosas que están estrechamente ligadas y son solidarias una de otra: aquel que posee integralmente la “Tradición Primordial”, que ha llegado al grado de conocimiento efectivo que implica esencialmente esta posesión, es, en efecto, por esto mismo, reintegrado a la plenitud del “Estado Primordial’. A estas dos cosas, “Estado Primordial” y “Tradición Primordial”, se relaciona el doble sentido que hay inherente en la palabra “Graal”, ya que, por una de estas asimilaciones verbales que con frecuencia desempeñan en el simbolismo un papel no despreciable y que tienen, por lo demás, razones mucho más profundas de las que podría imaginarse a primera vista, el Graal es al mismo tiempo un vaso (del occitano “grasale”) y un libro (gradal o gradual); este último aspecto designa manifiestamente la tradición, en tanto que el otro se refiere más directamente al estado en sí mismo». Toda la discusión sobre el Graal parece resumirse en si es un vaso sagrado, símbolo de la fe, o bien un libro secreto, símbolo del conocimiento perdido. Este problema, planteado por René Guénon, no alertó a ningún espíritu curioso de antes de la guerra, y fue preciso aguardar al libro El retomo de los brujos para que Louis Pauwels se extienda en su prefacio sobre los orígenes de la obra y escriba esta frase: «El nacionalsocialismo (nazismo) es el guenonismo más las Divisiones Panzer

 

El nazismo reclamaba que el Graal era el libro sagrado de los arios, perdido y vuelto a encontrar, y oculto finalmente en Montségur por los cátaros, que resultaron incapaces de descifrarlo correctamente. A partir de aquí, correspondía a los investigadores de la enrevesada escritura pagana volver a descubrir la piedra Graal y traducirla a un lenguaje claro, a fin de que la tradición aria no se perdiera, y de este modo, al llegar el secreto de la génesis del mundo a conocimiento de los amos del III Reich, viniera a justificar sus teorías políticas gracias al aval de una escritura milenaria. Con este motivo, Otto Rahn, el gran especialista del catarismo, fue enviado por los dirigentes del nazismo al país de los albigenses, con objeto de descubrir ahí esta famosa piedra-Graal evocada en sus poesías por Wolfram de Eschenbach, autor de Parzival, quien habla de una «piedra preciosa». Ahora bien, los maniqueos, originarios de Persia (por lo tanto, arios), asociaban el término «Gorr» (piedra preciosa) a la palabra «Al» (fragmento), lo que, por contracción, daría Graál, en el sentido de «piedra preciosa grabada», y sería, por tanto, la noción históricamente más fundamentada en virtud de su origen etimológico. Todo esto permite comprender el interés que los dirigentes hitlerianos, y en primer término Rosenberg, por esta búsqueda. Este último declaraba con énfasis: «Hoy en día, aparece una nueva fe, el mito de la sangre, la fe de defender con la sangre la esencia divina del hombre en general». Las apreciaciones entusiastas de Adolf Hitler sobre El mito del siglo XX adquieren entonces toda su significación: «Cuando vosotros leáis el nuevo libro de Rosenberg comprenderéis estas cosas, ya que es la obra más poderosa del género, más grande que la de H. S. Chamberlain». Houston Stewart Chamberlain (1855 – 1927) fue un pensador británico, nacionalizado alemán, conocido por sus teorías racistas y germanistas (Los fundamentos del siglo XIX), que le configuraron como uno de los precursores ideológicos del nazismo. Su abuelo materno fue el capitán Basil Hall. Fue criado por una abuela en Francia, pues su madre había fallecido cuando él tenía un año. Se casó con Eva Wagner, la hija más joven del compositor  Richard Wagner. En su obra Los fundamentos del siglo XIX, publicada en 1899, ya expuso el principio del pangermanismo. Propugnaba la conservación de la pura sangre germánica gracias a la lucha para mantener orillados todos los elementos extraños, y sobre todo al judaísmo y al catolicismo romano. Tan obsesionado estaba con la victoria que habían de obtener los ejércitos del Káiser en la Primera Guerra Mundial, que llegó al extremo de nacionalizarse alemán. En 1923 conoció personalmente a Adolf Hitler, en el Festival de Bayreuth en honor a las óperas de su suegro Richard Wagner.

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Según Chamberlain, el caos se encarnaba en el siglo XVI y concretamente afirmaba que en «Ignacio de Loyola, le presentó al lector al tipo de antigermano». En tono apocalíptico sentenciaba: «Si no se produce pronto entre nosotros un renacimiento vigoroso, si no conseguimos librar nuestro cristianismo de los oropeles extranjeros que arrastran consigo, si no logramos crear una religión tan exactamente adaptada a la esencia particular de nuestro tipo germánico, entonces preparémonos a ver surgir de las sombras del futuro un segundo Inocencio III, con un nuevo Concilio de Letrán, preparémonos a ver cómo se reavivan las hogueras de la Inquisición». Y escribió frases como ésta: «La corrupción de la sangre y la influencia desmoralizadora del judaísmo, he aquí las causas principales de nuestros fracasos». Murió en 1927 y Adolf Hitler asistió a sus exequias. Alfred Baeumler, filósofo alemán y gran autoridad sobre Nietzsche., había escrito sobre el nazismo en relación al mito del Graal: «El mito de la sangre no es una mitología frente a otras mitologías, no plantea una nueva religión al lado de religiones antiguas. Su contenido es el trasfondo misterioso de la formación mitificadora en sí misma. Todas las mitologías proceden de su principio estructural; el conocimiento de este principio estructural no es, a su vez, una mitología, sino que es el mito en sí mismo, en tanto que vida contemplada con veneración. La revelación de su realidad oculta es el viraje decisivo de nuestro tiempo». A la luz de tales explicaciones, podemos penetrar el neognosticismo de los dirigentes y de los intelectuales nazis que se apoyaban en una gnosis racista. La adaptación de todos estos mitos al pensamiento del siglo XX debía ser la gran preocupación de los nazis. Casi todos los autores que tratan del nazismo han presentido estas aspiraciones, pero no las han expresado en términos claros. Así, René Alleau, especialista del esoterismo, emplea, en su última obra Hitler y las sociedades secretas, los términos de «neomaniqueísmo» y de «gnosis racista», sin llevar más lejos el análisis. En la cosmología hitleriana se vuelve a encontrar la clasificación en tres órdenes, tan querida a los grupos gnósticos: los puros, los iniciados y la masa, que parece revivir a los cátaros. En la cúspide se encuentra la casta de los señores; mientras que, debajo, están los miembros del partido. En el último estadio, finalmente, figura el gran pueblo de los anónimos. La fundación de una Orden a la vez militar y doctrinal, similar a la de los templarios de la Edad Media, era la gran idea de Hitler antes de 1939. Las SS serán un esbozo de esta Orden Negra, el mismo color que los puros y de los revestidos cátaros: «He aquí el primer grado de la juventud heroica. De ahí saldrá el segundo grado, el del hombre libre, el hombre que es la medida y el centro del mundo, el hombre creador, el hombre-dios».

 

Esta nueva gnosis nazi, basada en el conocimiento del pasado del hombre ario, quería oponerse a la fe de los cristianos y de los marxistas. Admirador de Wagner, que Hitler situaba en el pináculo, hacía del gigante de Bayreuth la figura señera del ideal nazi, con su exaltación mística del Graal en Parsifal y Lohengrin. El emblema escogido por Hitler, la svástica o cruz gamada, revela, en esta misma mitología, una significación esotérica. A este respecto, el fundador del partido nazi quería restablecer un lazo con todas las religiones y todas las magias que descansan sobre el simbolismo. Igualmente, las órdenes de caballería, como la del Temple, estaban en el origen de las sociedades iniciáticas, siendo escogidas las divisas feudales por los jefes que poseían los necesarios conocimientos ocultos. Siguiendo esta corriente, Hitler se afirmaba como el continuador de cierta tradición, concretada antes que él por el grupo Thule. Por lo que se refiere al Graal, presenta una estrecha relación con la svástica. Montsalvat, la montaña del Graal, puede ser asimilada al «Paradeshá» sánscrito, que significa «Lugar supremo» o «Centro espiritual» por excelencia. Puede verse que la montaña Polar, que se menciona bajo nombres diversos en casi todas las tradiciones, es la famosa civilizaación Hiperbórea. René Guénon se muestra muy rotundo sobre este aspecto, contrariamente a lo que ha escrito a propósito del Graal, ya que, según él, «se trata, en todo caso, de una región que, como el Paraíso Terrenal, se ha hecho inaccesible a la humanidad ordinaria y está situada fuera del alcance de todos los cataclismos que trastornarán el mundo humano al final de ciertos períodos cíclicos». Nada faltaba ya a la nueva religión nazi, amenizado por la música litúrgica de Wagner. Louis Bertrand, académico francés, adicto al nazismo, ha descrito en su libro, Adolf Hitler, una de las manifestaciones religiosas del III Reich en Nuremberg: «En el centro de esta enorme explanada, completamente cubierta por tropas armadas, una avenida larga como el lecho de un río que se pierde en las lejanías del horizonte… De pronto, una orquesta wagneriana, invisible, llena el espacio de triunfales sonoridades: es la marcha de los Nibelungos… Y he aquí que, desde el fondo de la pradera, a lo largo de la avenida que conduce a la tribuna del Führer, se levanta una franja de púrpura como aquella que anuncia el Sol en un cielo matinal. Veinte mil estandartes se elevan. Acompasado por la música triunfal, el río sube, afluye, se esparce en una vasta capa roja y se detiene bruscamente con un solo movimiento. Y, con un solo movimiento, los veinte mil estandartes se yerguen, como grandes flores de púrpura, y se inclinan en una salutación unánime ante la minúscula silueta con camisa parda apenas discernible allá arriba, en la cumbre de la tribuna, y que representa el maestro de la Tercera Alemania… Y yo me pregunto qué soberano, qué héroe nacional ha sido aclamado, adulado, querido e idolatrado tanto como este hombre, este hombrecillo de camisa parda, que, seguido de su cortejo como un soberano, tiene siempre el aire de un obrero. Se trata de algo muy distinto a la popularidad; se trata de la religión. Hitler, a los ojos de sus admiradores, es un profeta, participa de la divinidad».

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Hitler había hecho suya la leyenda germánica que, desde Carlomagno a Federico Barbarroja, enfebrecía las imaginaciones alemanas. Nos referimos a la leyenda del emperador dormido en el seno de una gruta de Turingia y que sólo despertará para proclamar el Reich de los mil años implantados sobre toda Europa y la superioridad alemana sobre todos los otros pueblos del mundo, por la voluntad de Dios. Pero el amo del III Reich estaba lo suficientemente versado en las cuestiones esotéricas para olvidar que la leyenda del emperador dormido se apoya en la transposición germánica del mito del Graal y la explotación que de ella hizo Wolfram von Eschenbach a finales del siglo XII. Probablemente con ocasión de la coronación de Enrique VI, hijo de Federico Barbarroja, en 1190, en Maguncia, Guyot de Provenza, trovador cátaro, y templario por añadidura, debía reencontrar al alemán Wolfram von Eschenbach, haciendo éste del Perceval occitano el Parsifal germánico magnificado por Ricardo Wagner. Desde tiempos inmemorables, los germanos habían tomado conciencia de la destrucción de sus antiguas divinidades, y El crepúsculo de los dioses, de Wagner, respondía como un eco a El crepúsculo de los ídolos de Nietzsche. Además, en Alemania, y mucho más en Baviera, la leyenda del Graal había sido transportada, transmitida de siglo en siglo, hasta los Iluminados de Baviera. El culto solar transmitido a los cátaros por los maniqueos fue recogido por los Rosacruces y los Iluminados, hasta la svástica del III Reich. Los alemanes de 1933 no eran tan incultos como para ignorar que la leyenda del Graal procedía del Mediodía cátaro que les fascinaba. La elección de Otto Rahn para ejecutar esta misión indica el deseo de contar con las mejores garantías, ya que este último sumaba a un profundo conocimiento de la Romania, ya que hablaba con fluidez la lengua de oc, un perfecto dominio de la lengua francesa y poseía, además, dones de espeleólogo y deportista. Antes de partir para una nueva cruzada, Otto Rahn había estudiado extensamente la historia y la doctrina de los cátaros, donde él esperaba encontrar la «llave de las cosas ocultas»,  título de una obra de Maurice Magre, célebre escritor languedociano.

 

El fenómeno cátaro apareció en Occidente en los alrededores del siglo X. En esta época, las herejías son denunciadas por todas partes en Europa. La mayoría de las veces se las califica como maniqueas. El término càtaro, que significa puro, apareció más tarde. Hablando de los cátaros de Renania, el benedictino Eckbert, rector de la catedral de Colonia, dice que celebraban una fiesta en honor de Manes. Y el obispo de Chalón, Roger, escribió al obispo de Lieja para comunicarle que los cátaros de su diócesis pretendían recibir, por la imposición de las manos, el Espíritu Santo, que no era otro que el propio Manes. Mani o Manes (en latín Manichaeus) (aproximadamente el 25 de abril de 215-276 d.C.) fue un líder religioso iraní, fundador del maniqueísmo, una antigua religión gnóstica que llegó a alcanzar una gran difusión, aunque se encuentra extinta en la actualidad. Si bien sus escritos se han perdido, sus enseñanzas se han conservado parcialmente en manuscritos coptos, procedentes de Egipto, y en textos más tardíos del maniqueísmo que se desarrolló posteriormente en China, principalmente en la región de Turfán y en el Turquestán. En 1017 se encuentra cátaros en Orleáns. Después de un juicio emitido por un concilio de obispos, son quemados vivos. En 1022, el hecho se repite en Toulouse. En 1030, en Italia, en la región de Asti, es descubierta una colonia de herejes, a los que se designa ya con el nombre de cátaros. Todos los miembros de la secta son asesinados. No obstante, a pesar de las hogueras, el movimiento se había extendido como una mancha de aceite, de forma que, en el siglo XII, se los encuentra más al Norte, en Soissons, en Lieja, en Reims, y hasta en las orillas del Rin, en Colonia y en Bonn, donde muchos herejes también son víctimas de las llamas. El norte de Italia atravesada por viajeros búlgaros, fue uno de los países más afectados, y Milán pasó largo tiempo por un foco activo de la herejía. Inocencio III consiguió, aunque con gran dificultad, contener este flujo ascendente. Pero es en el Mediodía occitano, en los territorios languedocianos y provenzales del conde de Toulouse donde el catarismo había de alcanzar sus mayores éxitos. Desde finales del siglo XII a principios del siglo XIII, el neomaniqueísmo se expandió como un reguero de pólvora y conquistó el derecho de ciudadanía en las tierras visigóticas, desde el Garona hasta el Mediterráneo, de suerte que la doctrina de los albigenses parecía que debía triunfar, a corto plazo, sobre el catolicismo.

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En el Mediodía languedociano, el catarismo es el punto de convergencia de dos fuerzas: la primera hace proceder el catarismo del maniqueísmo, religión que se basa en la oposición de dos fuerzas, iguales en este mundo, la luz y las tinieblas, o el bien y el mal, el espíritu y la materia. El maniqueísmo, por su parte, arrancaba del culto esenio, del que Cristo procedía por parte de madre. Se considera que los esenios constituían el vínculo y punto de coincidencia entre los platónicos o pitagóricos, por una parte, y el budismo, por la otra, lo que nos lleva a hablar de la segunda fuerza de atracción del catarismo. El escritor Maurice Magre hace de la iniciación budista la principal fuente espiritual de los albigenses, ya que cabe señalar que los esenios, como los budistas, profesaban el dualismo del mundo. Tenían tres órdenes de afiliados, con tres grados de iniciación. Practicaban el baño sagrado, como los brahmanes y los budistas. Condenaban los sacrificios sangrientos, se abstenían de carne y de vino y practicaban una moral ejemplar, dice el historiador Flavio Josefo. Fue mediante el canal de los esenios como las ideas indopersas pasaron al cristianismo. No olvidemos, por otra parte, que la región del Garona es una vieja tierra druídica. Ahora bien, los druidas, hombres muy sabios, a pesar de lo que se haya dicho, tenían una filosofía muy elevada. Creían principalmente en la migración de las almas y en su reencarnación después de la muerte. Sobre este viejo fondo pagano vino a injertarse la herejía arriana del siglo VII, a la cual se convirtieron los reyes visigodos. Ahora bien, los condes de Toulouse, de muy antigua nobleza germánica, eran los descendientes directos de tales familias. No es asombroso, por tanto, que el catarismo hubiera encontrado, en esta tierra románica, un lugar privilegiado en el que podía expansionarse. Por lo que sabemos de ellos, la doctrina cátara es algo más que una simple herejía. En muchos puntos se separa del cristianismo tradicional y rechaza todos los dogmas de la Iglesia católica. La inspiración gnóstica, que atribuye al hombre tres naturalezas: el cuerpo, el alma y el espíritu, siendo el cuerpo la residencia del alma y ésta la morada del espíritu, fue recogida por los albigenses. Frente a la Iglesia Romana, los cátaros continúan y amplifican la tradición maniquea, rechazando los sacramentos, la cruz, símbolo de muerte, y las ceremonias del culto. Al mismo tiempo, desprecian el Antiguo Testamento, obra de los judíos, y consideran a Jesús como un ser puramente espiritual. Conocemos, sobre todo, la herejía por sus detractores, ya que todos los escritos cátaros fueron quemados, que nos dan de ella un informe alterado, y por los cronistas de la época.

 

No obstante, podemos extraer sus grandes principios. Su base la constituye el dualismo, que toma como texto de referencia el Evangelio de Juan, considerado como el único auténtico, que destaca la oposición eterna entre dos principios: el bien y el mal. Así, en este mundo, hay un antagonismo entre la materia, que es debida al diablo, y el espíritu, que procede de Dios. Los albigenses atribuían a Lucifer, el arcángel caído, el Príncipe de este mundo, la posesión del reino terrestre. Éste es el motivo por el cual, al fin de los tiempos, este mundo material será destruido, como está anunciado en el Apocalipsis de San Juan, y se instaurará el reino del Espíritu Santo o del Cristo Cósmico, el Paráclito. El iniciocátaro hay que verlo en Pitágoras, adepto de la metempsícosis o reencarnación de las almas impuras en nuevos cuerpos de hombres, de animales, e incluso en el reino vegetal. Hemos dicho ya que los cátaros rechazaban los dogmas, a saber, la eucaristía, la remisión de los pecados, y los sacramentos que les parecían sacrílegos, como el bautismo, la comunión y el matrimonio. Hostiles a toda materia impura, condenaban el matrimonio para los iniciados, institución que multiplica los cuerpos a expensas de la continencia. Según Cristina Thouzelier, en su obra Catarismo y valdeísmo en el Languedoc: «La aversión por la “creación perversa” conduce a los dualistas a proscribir de su alimentación los manjares a base de carne, ya que Dios había maldecido la Tierra. Nacida gracias a la lujuria de la inseminación “inmunda”, la carne incita la concupiscencia». Esta creencia implica que el alma, para alcanzar la perfección, debe ser purificada de la suciedad material y del contacto de la carne. El ideal es, por tanto, la castidad que conduce a la salvación. No obstante, como semejante doctrina comporta una disciplina extremadamente dura, la masa de los creyentes no estará obligada a practicarla estrictamente. El ascetismo era cosa de los hombres buenos o perfectos, pequeña minoría de sabios, únicos capaces de recibir la iluminación del conocimiento. Absteniéndose de matar a ningún animal, respetando a la Naturaleza en todas sus manifestaciones, los perfectos, siempre vestidos de negro, según  Otto Rahn, en La cruzada contra el Graal: «con una tiara persa sobre la cabeza, parecían brahmanes o acólitos de Zoroastro. Cuando habían terminado (sus ceremonias), sacaban un rollo de cuero que llevaban sobre el pecho, el Evangelio según San Juan, y lo leían en voz alta». Los investidos se abstenían de carne, de huevos y de productos lácteos, todos ellos productos de origen animal, practicando una alimentación puramente vegetariana. Profesaban una castidad absoluta y evitaban, por tanto, todo comercio sexual.

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Por lo que se refiere a los ritos, éstos eran muy simples, por reacción contra la Iglesia Católica, que se cubría de oro y púrpura, y estaban liberados de todo espíritu de superstición. Los constituían, sobre todo, plegarias en común, cantos y sermones, inspirándose en los libros de Manes y en los gnósticos.No teniendo los cátaros lugar de predilección para practicar su culto, la Naturaleza les ofrecía sus bosques y sus prados; los señores, sus castillos, y los burgueses, sus casas. Se ha dicho que querían destruir la familia, lo que es falso, ya que aprobaban el matrimonio «civil» para los simples creyentes. Según Femand Niel, los albigenses practicaban una fórmula de confesión pública que llamaban «Apparellamentun», pero su principal rito era el célebre «Consolamentum». Éste se daba, tanto a un creyente que deseaba ingresar en la comunidad de los perfectos, como a los moribundos que querían alcanzar una buena muerte. Esta ceremonia, muy simple, consistía en que el perfecto imponía las manos sobre la cabeza del consolado, pronunciando ciertas palabras cuyo contenido ignoramos. Se puede suponer que, en el trasfondo de este ceremonial, existía un secreto procedente de los gnósticos y de los primeros cristianos, que tenía como base la transmisión de una fuerza vivificante e inmensa, fuerza que los perfectos podían procurar por medio del «bautismo del espíritu», del signo de la pureza hecho a los moribundos. Esta ayuda invisible permitía escapar a la cadena de renacimientos y permitía el acceso al reino de lo espiritual. El «Consolamentum» no era más que un símbolo exterior. Detrás de él se ocultaba el don del alma, mediante el cual esta última podía atravesar, resplandeciente, el estrecho pórtico de la muerte, escapar de la sombra e identificarse con la luz. Y los cátaros tenían, para la ayuda a los moribundos, procedimientos que la ciencia ha perdido para siempre. No temiendo a la muerte, había ocasiones en que ciertos perfectos llegaban a dejarse morir mediante el Endura: «Su doctrina —afirma Otto Rahn— permitía, como la de los druidas, el suicidio; no obstante, exigía que uno pusiera fin a su vida no por cansancio de vivir, por miedo o por dolor, sino en un estado de perfecto desapego de la materia». Siempre, según Otto Rahn, los cátaros efectuaban el Endura por parejas: «Ese hermano, al lado del que el cátaro había pasado, en la amistad más ideal, años de esfuerzos continuados y espiritualización intensiva, quería, de acuerdo con él en la otra vida también, la verdadera vida, gustar las bellezas parcialmente entrevistas del más allá y la revelación de las leyes divinas que mueven los mundos».

 

Para poner fin a sus días, elegían entre cinco tipos de muerte: envenenándose, dejándose morir de hambre, abriéndose las venas, lanzándose a un precipicio o zambulléndose en el agua helada después de un baño ardiente, lo que provocaba una congestión pulmonar que los mataba. Algunos indicios permitían suponer también que los albigenses escogían a veces la muerte en grupo. En una cripta de la montaña Negra, no lejos de Carcasona, se han encontrado esqueletos que datan de aquella época. Estaban acostados formando un círculo, las cabezas en el centro y los pies en la circunferencia, como los rayos de una rueda perfecta. «Los que se tendieron para morir en una soledad secreta, y dibujaron con sus cuerpos la figura geométrica de una rueda, persiguieron este fin tan extraño e inusitado en el momento de la muerte sólo porque se trataba de un rito de una importancia excepcional y del que esperaban un resultado sublime». Maurice Magre piensa que esta forma de morir, que era ya conocida en Bretaña, en la isla de Tiviec, hace más de 5 000 años, era poseída por pueblos descendientes de los antiguos atlantes. Sin embargo, la práctica del Endura no conducía fatalmente a la muerte. En la mayor parte de los casos se trataba de un prolongado ayuno de purificación, de una duración de dos meses, interrumpido por pausas durante las cuales los ascetas tomaban pan y agua. Como hemos dicho, sobre todo en la época de las persecuciones, ocurría que los cátaros, después de la recepción del «Consolamentum», se diesen voluntariamente la muerte. Con todo, y aunque sabemos muy poco de las ceremonias de su culto, las excavaciones han permitido sacar a la luz objetos simbólicos utilizados por los albigenses, que han permitido recoger algunas de sus creencias hasta entonces ignoradas. Así, algunos no habían dudado en afirmar que el joven Otto Rahn, para confirmar sus tesis, había dibujado algunas inscripciones halladas en las grutas del Sabarthez, notoria colonia cátara. Ahora bien, se ha encontrado una paloma esculpida en el propio Montségur, en una de las grutas del Ornolac. La paloma es el símbolo del Espíritu Santo, de la luz divina descendida entre los hombres, lo que demuestra claramente que el catarismo es una religión de luz, y no mágica. En este sentido apuntan los descubrimientos, hechos recientemente, de cruces solares, cruces célticas y objetos en forma de pentágono, encontrados en el Pog y en algunas grutas. Todos estos símbolos tienen relación con el culto del Sol, glorificado por los albigenses como el astro celeste que emana de la creación divina. Los trabajos de Fernand Niel, que demuestran que el castillo de Montségur era un templo solar, y de otros, han confirmado la filiación maniquea y zoroástrica del albigenismo. De la misma manera, y aunque se haya hecho de ello un silencio voluntario, los meridionales hicieron, desde la Edad Media hasta el siglo XX, un uso constante de la svástica, volviendo a unir así las grandes corrientes del simbolismo universal.

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Los cátaros llevaban una vida ejemplar. Antes de las persecuciones, recorrían el Mediodía en todos los sentidos enseñando a las masas, predicando un Evangelio de purificación y sencillez, fustigando las costumbres corrompidas de la clerecía católica, que practicaba, entre otros pecados, el nicolaísmo, o  matrimonio de los sacerdotes, y la simonía, o tráfico de las misas. El pueblo seguía a estos hombres vestidos de negro, que vivían como santos, y abandonaban a sus malos sacerdotes. La nobleza atraída por el ideal aristocrático de la herejía, se adhería también a la nueva fe. La Iglesia oficial se debilitaba, con tanta más facilidad cuanto que estaba alejada del pueblo. Los propios cátaros compartían las miserias de cada uno, ejerciendo la medicina, cuidando a los enfermos y llevando «la buena palabra». Con frecuencia artesanos, los albigenses practicaban sobre todo el tejido de la lana, y esos perfectos se preguntaban, encorvados sobre sus bastidores de tejedores, si «no era verdaderamente el espíritu de la Tierra quien tejía en realidad, en el telar susurrante del tiempo, el vestido viviente de la Divinidad». La historia de la herejía albigense es larga y agitada, pero lo importante, en esta revolución espiritual, es comprender sus razones. En el siglo XIII, estalla en el Lenguedoc y en la Provenza, con síntomas amenazadores, uno de estos levantamientos del espíritu humano que se reproduce de siglo en siglo hasta las predicaciones de Lutero. El filosofismo y el republicanismo atacaban conjuntamente, o aisladamente, a la autoridad soberana de la Santa Sede y el orden establecido. Un inmenso movimiento religioso se manifestaba simultáneamente sobre dos puntos: el racionalismo valdense, en los Alpes, y el misticismo alemán, en el Rin y los Países Bajos, donde los gremios ciudadanos se rebelaban contra sus obispos y la clerecía. Los sectarios de Pierre de Burys querían reconstruir la Iglesia primitiva en su pureza y su pobreza, regresando a la simplicidad del Evangelio juaniano que, reprimidos durante un tiempo, se reformaron en Lyon, hacia 1170. En el Norte, Amaury de Bue, cerca de Chartres, y su discípulo David de Denain, se dedicaron, hasta finales del siglo XII, a predicar una especie de misticismo sacado de los escritos de Escoto Erígena, reflejo alterado de la doctrina cátara. Para ellos, aún tenía que comenzar el reino del Espíritu Santo, en el cual las prescripciones anteriores debían cesar, para no permitir subsistir a otra religión que la pura adoración del alma.

 

En Italia, el ideal de Dante era ver al emperador de Alemania, Enrique de Luxemburgo, destronar al Papa y restaurar un cristianismo auténtico liberado de la dominación sacerdotal, y que él habría regenerado. Dante era el gran pontífice de esta secta cátara, y su Divina Comedia sólo fue escrita para exaltar su fe hacia la Iglesia cátara y perseguir enconadamente al Papado, ya que no podía perdonarle la hecatombe provenzal. Ante el alcance de semejante revolución, la Iglesia se había conmovido, mientras que, por todas partes, los cismas y las herejías se multiplicaban; sobre todo, la doctrina cátara, que alejaba de la religión católica a los mejores servidores de la fe, clérigos o laicos. En efecto, los jefes de la herejía càtara, en el Mediodía occitano, así como en Italia, salían, en su mayoría, de las familias de la nobleza y de la alta burguesía.  Del lado español, estaba la Casa de Aragón, cuyo poder se extendía sobre Catalunya, el sur de la Provenza, los condados de Urgel y Cerdaña, el Rosellón y Aragón. Del otro lado de los Pirineos, reinaban los poderosos condes de Toulouse, descendientes de los reyes visigodos. Ramon V, que había de morir en 1194, no había tomado parte en las primeras cruzadas, prefiriendo desarrollar el «Gay Saber» de los trovadores, el espíritu cortés de los caballeros y una notable diplomacia. Se había mantenido, no obstante, al margen del catarismo, lo que no haría su hijo Ramon VI. No obstante, en el año 1163, en el concilio de Tours, el papa Alejandro II, a instancias de los obispos del norte de Francia, dictó ima resolución que denunciaba el progreso de la herejía càtara en las provincias del Mediodía. En el Tercer Concilio de Letrán, convocado en 1179 por Alejandro III, el conde de Toulouse, el conde de Foix, el vizconde de Béziers y la mayoría de los barones de Romania fueron excomulgados. Se perfilaba la amenaza para los cátaros y sus protectores. Ésta fue la señal de la primera cruzada contra los albigenses. La guerra contra los albigenses, dice Maurice Magre, fue el hito más grande de la histeria religiosa de los hombres. Ramon VI, que acababa de ser entronizado en Toulouse, sucediendo así a su padre, no ocultaba sus simpatías por sus súbditos cátaros y no temía manifestar su aversión hacia Roma. En la famosa conferencia de Pamiers, en 1207, en el curso de debates públicos, se enfrentaron los legados pontificios y los perfectos del catarismo. Esta conferencia sirvió para demostrar a los herejes albigenses que la Iglesia pondría en acción todos sus medios para terminar con este movimiento religioso.

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El medio político y social del Languedoc estaba entonces impregnado de un espíritu de tolerancia desconocido en el Norte. La sociedad no estaba dividida en castas cerradas, y el burgués podía acceder a la nobleza, al igual que el villano a la burguesía. Las ciudades del Mediodía estaban más pobladas y eran más ricas que en cualquier otro tiempo. No olvidemos que Toulouse, por su importancia, era la tercera ciudad de Europa, después de Venecia y Roma. Toulouse, con su maravillosa basílica de Saint- Sernin, era la ciudad rosa de los jardines y de los campanarios. En las numerosas ciudades, los síndicos y los cónsules, elegidos por los habitantes, representaban el elemento tradicional de la libertad heredada de la Antigüedad. La intensa actividad comercial facilitaba los intercambios espirituales. Según Femand Niel, en su obra Albigenses y cátaros: «Pero el aspecto más impresionante de la civilización occitana sigue siendo el extraordinario movimiento literario de los trovadores, movimiento que sorprende por su amplitud. En efecto, se cuenta cerca de 500 trovadores conocidos, duques o condes (los condes de Foix y de Toulouse se escribían en verso, en tanto que el rey de Francia apenas si sabía firmar su nombre), simples caballeros, eclesiásticos o hijos de burgueses». Un tema principal de esta literatura era el amor cortesano, simbolizado por la palabra «paratge», que representa las virtudes del honor, de la lealtad y de la entereza, aplicándose tanto al amor de la dama como al terreno político y religioso. El ideal trovadoresco tiende hacia lo absoluto, y se expresa en el análisis sentimental por el amor platónico y desapegado de la carne. Los poetas cantores estaban imbuidos de la mística cátara, que aspira al amor divino y, en el tiempo de las persecuciones, fueron los fieles servidores de la causa albigense. Las «leyes de amor», que ellos habían fijado, comprendían un mínimo de 31 prescripciones. Tal como decía Otto Rahn: «Y, hecho singular, poseían como principio supremo que la “minne” (o amor cortesano) excluía toda idea de amor corporal o de matrimonio. La “minne” representa la unión de las almas y de los corazones, mientras que el matrimonio es la unión de los cuerpos. El matrimonio significa la muerte de la “minne” y de la poesía. El amor, simple pasión, se desvanece pronto con el goce sensual. Cualquiera que lleve en su corazón la verdadera “minne”, no desea en absoluto el cuerpo de su bienamada; no desea más que su corazón; la verdadera “minne” es pura e incorporal. La “minne” no es el amor; Eros no es el sexo».

 

No obstante, las nubes se amontonaban en el cielo occitano. En 1207, el legado pontificio Pierre de Castelnau, que intentaba en vano enfrentar a los señores meridionales contra los albigenses, excomulgó al conde de Toulouse, Ramon VI. Presintiendo el peligro, los cátaros quisieron asegurarse un lugar donde pudieran refugiarse en caso de ataque. Los castillos de Quéribus, Puylaurens y Peyrepertuse les eran ya adictos. Pero es Montségur, en el corazón de los Pirineos del Ariége, que los herejes habían escogido como elevado lugar espiritual. A este efecto, pidieron a Esclarmonde de Foix y al señor del lugar, Ramón de Perelha, ambos fervientes albigenses, que reconstruyeran el castillo de Montségur, que estaba en ruinas, lo que fue realizado. Tal como dice Otto Rahn: «Así, Montségur, la ciudadela que protegía la montaña sagrada del Tabor, Parnaso de la Romanía, fue fortificada y organizada. Parecida a un arca, pudo, durante medio siglo aún, desafiar la oleada de sangre y de crímenes que pronto iba a desencadenarse sobre la Romanía y hundir su cultura y su civilización». Ya que se trata realmente de una guerra de secesión: todo el Mediodía se levanta contra los ejércitos del Norte (20 000 caballeros, 200 000 infantes), que, concentrados en Lyon, llegan por el valle del Ródano, el 24 de junio de 1209, procedentes de todos los países del norte del Loira. Otto Rahn ha dejado una descripción, de gran colorido, de estos bárbaros procedentes del Norte, que querían concluir la conquista de las provincias meridionales comenzada setecientos años antes por Clodoveo: «En cabeza, cabalga el sombrío e irreconciliable abad de Citeaux, el “jefe de las fuerzas cristianas contra los herejes albigenses”. Parecido a un caballero del Apocalipsis, galopa, hábito al viento, a través del país que no adora a su propio Dios. Detrás de él, el ejército de arzobispos, obispos, abades, padres y monjes. Al lado de los príncipes de la Iglesia cabalgan los príncipes laicos con sus armaduras resplandecientes de acero, plata y oro. Luego, vienen los caballeros saqueadores, con sus soldadescas que entraban a saco por doquier: Robert Sans-Avoir, El-que-no-bebe- agua, Dios sabe sus nombres. A continuación, los ciudadanos y campesinos, y luego, por millares y millares, la chusma de Europa: los ribaldos, los truanes y, en los templos de Venus montados sobre cuatro ruedas, las pelanduscas de todos los países posibles». Y, el 21 de julio, tiene lugar la toma y saqueo de Béziers, donde es asesinada toda la población (20 000 personas), herejes y ortodoxos mezclados en la iglesia de la Magdalena: «¡Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos!», gritaría el legado del Papa.

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Más tarde, le toca el turno a Carcasona, que ve cómo Arnaud-Amaury hace prisioneros al vizconde de Trencavel y a sus mejores caballeros, atrayéndoles bajo el pretexto de entablar negociaciones. En 1220, en la pequeña ciudad de Lavaur los «cruzados» reinciden en sus depredaciones: todos los habitantes, sin distinción de confesión, de edad o de sexo, son pasados por el filo de la espada, y la castellana del lugar, Geralda, es arrojada viva a un pozo, que se llena de piedras. Los cátaros muestran así la medida de su valentía y de su fe. En Goslar, prefieren ser colgados antes que desollar un pollo. En Minerva, en el Hérault, donde se rinden a Simón de Montfort después de una resistencia encarnizada, 150 herejes se lanzan voluntariamente dentro de las llamas cantando cánticos. Allí donde el genio humano parecía haberse concentrado, reposan más de un millón de muertos, es decir, más de lo que costó la supresión de todas las otras herejías. La causa principal de la gran matanza albigense, la causa oculta, pero la verdadera causa, había sido que el secreto de los santuarios, la antigua enseñanza de los misterios tan celosamente guardada en todos los templos del mundo por todas las cofradías, había sido revelada. Había sido revelada y se había comprendido que lo que acontecía en este tiempo aún no había sido visto en la Historia del Universo. No obstante, Montségur, templo del catarismo, se levantaba todavía, como un desafío a la ortodoxia, con sus murallas invioladas. Ya en 1209, Guy de Montfort había retrocedido ante el difícil asedio de esta montaña. El asesinato de los inquisidores dominicos de Avignonet había de decidir el asedio y calda de la fortaleza. La empresa del Pog comenzó en la primavera del año 1243, pero, seis meses más tarde, el asedio no había progresado. Los cátaros, que se beneficiaban de numerosas complicidades en todos los países, y sin duda también dentro del ejército real, comunicaban con el exterior. Mensajes de aliento procedentes de Italia, del Sacro Imperio Germánico, e incluso de Constantinopla. El obispo cátaro Bertrand d’En Martí alentaba a los asediados. Finalmente, el senescal de Carcasona, Hugues de Arcis, que dirigía la «cruzada», pudo, gracias a la traición, terminar con la resistencia. Un guía, que conocía un camino secreto, condujo a un grupo armado a la plataforma de la cumbre. La crónica relata que, al día siguiente, los voluntarios de la escalada nocturna se sobresaltaron de horror ante la vista del inconcebible camino recorrido durante la noche. A partir de aquí, la rendición de la fortaleza no era más que una cuestión de tiempo. El primero de marzo de 1244 se firmó una tregua por las dos partes, y el 16 de marzo la ciudadela se rindió.

 

Doscientos cátaros, entre ellos cincuenta perfectos, que se negaban a abjurar de su creencia, prefirieron morir en la hoguera, erigida en un campo que recuerda, por su nombre, el sacrificio de los «herejes»: El «Camp dels Cremats».  Hay un poema de Henri Sabarthez, que hace revivir este martirio e incita a recordarlo. Por lo que se refiere al tesoro de los herejes, Pierre Roger de Mirepoix fue autorizado para decomisarlo. Consistía en objetos preciosos, monedas de oro y de plata. Pero, ¿qué ocurrió con el verdadero tesoro de los cátaros, el Graal? Los documentos de la Inquisición confirman que, en la noche anterior a la capitulación, cuatro albigenses fueron descendidos mediante cuerdas a lo largo de la vertiginosa pared (Amiel Aicart, Poitevin, Hogues y Alfaro) y consiguieron escapar a las montañas, llevándose con ellos el objeto sagrado. La tradición cuenta que, cuando el Graal estuvo a salvo, una llama alumbró sobre la vecina montaña de Bidorta, anunciando a los cátaros de la fortaleza que podían morir en paz. La piedra Graal, o libro sagrado, fue, sin duda, ocultada en una de las numerosas grutas del Sabarthez, lo que aclara la leyenda que recogió Orto Rahn de boca de un viejo pastor: «En el tiempo en que las murallas de Montségur se elevaban todavía, los cátaros guardaban allí el santo Graal. Pero Montségur estaba amenazado. Los ejércitos de Lucifer asediaban sus murallas. Éstos querían el Graal, para volver a insertarlo en la diadema de su príncipe, de donde se había desprendido cuando tuvo lugar la caída de los ángeles. Entonces, en el momento más crítico, descendió del cielo una paloma blanca, que, por su pico, hendió en dos partes el Monte Tabor. Esclarmonde, la guardiana del Graal, lanzó en el interior de la montaña la joya sagrada. La montaña volvió a cerrarse, y así fue salvado el Graal. Cuando los demonios entraron en el castillo fortificado, llegaron demasiado tarde. Furiosos, hicieron perecer por el fuego a todos los puros, no lejos de la roca que sostiene el castillo, en el “Camp dels Cremats”, el Campo de la Hoguera. Todos los puros perecieron por el fuego, excepto Esclarmonde de Foix. Cuando ella tuvo conocimiento de que el Graal estaba en lugar seguro, subió a la cumbre del Tabor, se transformó en paloma blanca y voló hacia las montañas de Asia. Esclarmonde no ha muerto. Hoy vive todavía, allá abajo, en el Paraíso Terrestre».

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Otto Rahn, que se beneficiaba del apoyo del Gobierno nazi alemán, escribe a propósito de los templarios que habían podido escapar a la matanza: «Quizás encontraron asilo en las cavernas pirenaicas. Muchos indicios tenderían a demostrar que el manto blanco de los templarios, en el cual resplandecía la cruz roja octogonal, se perdió, junto con los vestidos negros y las cruces amarillas de los cátaros, en las grutas tenebrosas del Sabarthez». Y más adelante explica: «Cuando en la revolución de París las muchedumbres se dirigían, por la calle Saint-Antoine, hacia el Louvre y Notre-Dame, se cuenta que un hombre vestido con un largo manto negro se ensañaba contra los sacerdotes. Cada vez que su sable alcanzaba uno, el hombre gritaba: “¡Esto por los albigenses, y esto por los templarios!”». Un mérito de Otto Rahn es el de haber relacionado el Montsalvat de los romances del Graal con el Montségur de Ariége, sirviendo el primer lugar para designar al segundo. Otro mérito es el de haber aportado una explicación concerniente al Graal, vocablo que designaba, según él, y muy probablemente, varias tablillas de piedra o de madera grabadas en escritura rúnica antigua. A este respecto, Wolfram von Eschenbach dice: “Este tesoro pagano y ario habría llegado hasta nosotros a través de Persia después de la desaparición del misterioso reino de Thule, patria de los hiperbóreos, antepasados remotos de los pueblos indoeuropeos“. Wolfram von Eschenbach cree que se trata aquí del tesoro de Salomón, al cual debía de pertenecer el Graal. Como precisa Otto Rahn, «en la batalla de Guadalete (711), que duró siete días, los visigodos fueron aniquilados por los árabes. El tesoro de Salomón (que había pertenecido al rey Aladeo) cayó, en Toledo, en manos de los infieles. Se dice que la Tabla de Salomón no figuraba en él». Fue, sin embargo, en Toledo donde, según el poema de Wolfram von Eschenbach, Guyot encontró el Graal. El resto de la leyenda se refiere más particularmente a la gruta del Sabarthez, que había servido de refugio a esta piedra Graal. Esta cueva, este refugio, nos es descrito por Eschenbach cuando Trevizent (el mediador), antes de introducir al joven Parsifal en la caverna para iniciarle en el misterio del Graal, le tiende un vestido.  Leyendas españolas cuentan que el Graal, todavía denominado por ellas «joyero de Salomón», fue conservado en la «gruta mágica de Hércules». En su poema Los albigenses, Lenau ha recogido este viejo tema español de la gruta. Era esta caverna de Hércules la que Otto Rahn se disponía a descubrir. La situaba en las grutas de Ornolac. La cavidad debía de ser muy profunda y poco visible desde el exterior, ya que la Historia nos cuenta que los inquisidores dominicos, después de la caída de Montségur, último bastión de los herejes, llevaban perros para localizar a éstos.

 

Al penetrar en la mayor caverna del Sabarthez, la de Lombrives, uno puede hacerse una idea de lo que podría ser una necrópolis cátara. De todos modos, el Graal no pudo permanecer más que en la «catedral» de Lombrives, ya que es ahí donde se sitúa «la tumba de Hércules». He aquí la descripción del lugar, debida a Otto Rahn: «En tiempos inmemoriales, en una época cuya oscuridad apenas es aclarada por nuestra ciencia histórica, esta cueva servía de templo consagrado al dios ibero Ilhomber, dios del Sol. Entre dos menhires, de los que uno se ha desplomado, el abrupto sendero conduce al interior del gigantesco vestíbulo de la catedral de Lombrives. Por entre las estalactitas de blanca caliza, entre las paredes de mármol de un pardo oscuro y el brillante cristal de roca, este sendero lleva a las profundidades de la montaña. Una sala de 80 metros de altura servía de catedral a los herejes». Se puede señalar en esta sala la presencia de una estalagmita denominada justamente «la tumba de Hércules». Sigamos a Otto Rahn en sus interesantes investigaciones espeleológicas y arqueológicas, ya que nos lleva inmediatamente a una tercera gruta, la de Fontanet, informándonos que en ésta se levanta una estalagmita blanca como la nieve y denominada «el altar». Ahora bien, si tomamos de nuevo el poema de Von Eschenbach, llegaremos a la conclusión de que este último estaba muy bien informado en lo que atañe a la presencia del Graal en Montségur, ya que cita estas dos estalagmitas: «la tumba de Hércules» y «el altar». Así, pues, podemos resumir que el Graal, llamado todavía joyero o tabla de Salomón, fue trasladado por el rey de los visigodos Alarico, en el año 410, desde Roma a Carcasona. Este joyero formaba parte del tesoro de Salomón, rey de los hebreos, y había sido traído de Jerusalén por los romanos. Según la tradición árabe, la tabla de Salomón estaría en Carcasona y sería ella la que estaba oculta en una gruta del Sabarthez, la misma que describe Von Eschenbach basándose en las indicaciones de Guyot. A saber, las grutas de Lombrives y de Fontanet, entre otras hipótesis. La presencia del Graal en los Pirineos parecía estar fuera de dudas, ya que, si no, el régimen nazi no habría atribuido tanta importancia a estas investigaciones. Los trabajos de Femand Niel, apoyados a partir de entonces por René Nelli, que cargan el acento en la significación solar del templo-fortaleza y del catarismo en general, son los únicos que pueden aportar algo nuevo y serio a la materia.

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¿Descubrió Otto Rahn la piedra Graal? Y, en caso afirmativo, ¿qué ocurrió con ella? Está dentro de lo posible que Otto Rahn hubiera, en efecto, localizado el Graal en una de las cavernas del Sabarthez. probablemente fue después de la ocupación del territorio francés por las tropas alemanas cuando esta «sustracción» pudo efectuarse. Pero, incluso si uno tiene en cuenta la duración de la ocupación, el problema todavía puede seguir vigente. A este respecto es relevante referirse a una misteriosa misión que tuvo lugar a partir de 1943, y, más concretamente, de las extrañas manifestaciones que se desarrollaron el 16 de marzo de 1944 con ocasión del setecientos aniversario de la caída de Montségur. Todo parece confirmar que el Graal fue realmente descubierto y llevado a Alemania por miembros de las SS que actuaban bajo las órdenes de Himmler, quien estaba muy bien informado sobre la probable existencia del Graal en Montségur o en la región contigua. No hay que olvidar que el gran maestro de la Orden Negra era un apasionado de todo lo relativo a la Edad Media germánica. Incluso se puede decir que esta pasión rayaba en lo obsesivo. Sus héroes preferidos eran, por lo tanto, el rey Arturo, con las leyendas de la Tabla Redonda, Enrique I (el Pajarero) y Federico I Barbarroja, personajes que son sintomáticos de la tendencia esoterista de los amos del III Reich. A estos personajes hay que añadir el célebre Federico II de Hohenstaufen (1194-1250), que, con el apoyo de los templarios, soñó con unificar en provecho propio el Oriente y el Occidente. Volvemos a encontrar aquí la vieja idea del Mesías imperial que trataba de que templarios, cátaros y gibelinos, unidos en la misma lucha bajo la bandera del Sacro Imperio Germánico, lucharan contra la hegemonía de Roma. Himmler tenía siempre en su gabinete de trabajo los tres romances de Wolfram von Eschenbach, a saber: Parzival, Wilhelmhaml y Titurel. Inútil añadir que la lectura de estos romances sumergía a Himmler en un estado de intenso júbilo, ya que, contrariamente a lo que afirma André Brissaud en Hitler y la Orden Negra, el jefe de las SS sabía muy bien dónde situar el Graal, por lo que no cabía realizar investigaciones inútiles. Prueba de ello es la misión de Otto Rahn, nombrado poco después coronel de las SS. El intelectual alemán, ganado para el nazismo, gozaba entonces de todos los favores de los grandes jefes hitlerianos, ya que su segundo libro, La Corte de Lucifer en Europa, fue impuesto por Himmler a los principales dignatarios del nazismo, confiriéndole así el valor de un evangelio. Admirador apasionado de la leyenda arturiana y observador sumamente interesado en la expedición de 1937 en el Languedoc, Himmler tomó sus disposiciones para recibir dignamente el Graal y darle un cobijo más adecuado que la caverna del Sabarthez que había tenido que servirle de refugio desde hacía siete siglos. Parece ser que su elección recayó en el castillo de Wewelsburg, cerca de Paderbom, en Westfalia.

 

Este castillo, entonces en ruinas, sedujo a Himmler por sus majestuosas dimensiones, dado que debía convertirlo en el castillo del nuevo templo nazi, guardado por los modernos monjes-caballeros que eran para él los miembros de las SS. Millares de prisioneros políticos trabajaron en la reconstrucción del edificio, cuya sala comedor tenía más de 30 metros de largo. Durante las comidas, el Reichsführer SS, copiando a los caballeros de la Tabla Redonda que aguardaban el Graal, no aceptaba a su alrededor más que doce oficiales superiores de las SS. Situado bajo la sala de reunión, de impresionantes dimensiones, la bóveda en ojivas debía recibir el prestigioso Graal sobre un altar de mármol negro grabado con dos inscripciones en plata. El 16 de marzo de 1944, algunos occitanos fueron a conmemorar en la cúspide del Pog de Montségur el septicentenario del sacrificio de los cátaros muertos en la hoguera. Reunidos desde el alba, habían rezado por el reposo de los perfectos, que prefirieron dejarse quemar vivos antes que renegar de su fe. Se aproximaba el mediodía cuando, saliendo de las nubes, un avión alemán se entregó a una sorprendente exhibición para los peregrinos que ocupaban el castillo. Habiendo puesto en acción sus tubos fumígenos, el avión dibujó en el cielo una gigantesca cruz céltica, uno de los emblemas cátaros, antes de desaparecer en dirección a la región de Toulouse. Según todas las probabilidades, Rosenberg se hallaba a bordo del aparato. Este acaecimiento demuestra todo el interés que Rosenberg, gran maestro de las investigaciones esotéricas, así como Heinrich Himmler, jefe de las SS, concedían a la Historia de la Edad Media occitana. Este interés volvemos a encontrarlo en la misteriosa misión que los ocupantes nazis debían efectuar, desde 1943 a 1944, en los parajes cátaros del condado de Foix, ayudándose en esta operación de las indicaciones precisas recogidas diez años antes por el hombre de confianza de Rosenberg y de la Sociedad de Buscadores del Graal, Otto Rahn. En este mes de junio de 1943, un grupo de alemanes constituido por numerosos sabios (geólogos, historiadores, etnólogos), protegidos por milicianos franceses, se instala en la cima del Pog de Montségur. La campaña de excavaciones duró hasta el mes de noviembre del mismo año, pero, al parecer, sin resultado. Los investigadores debían reemprender su misión en la primavera de 1944.

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Los peregrinos franceses del 16 de marzo de 1944, que habían solicitado del general alemán autorización para esta peregrinación, ya que Montségur se encontraba en una zona prohibida, obtuvieron por respuesta que estaba prohibido hollar esta «tierra alemana», ya que el III Reich tenía «derechos históricos» sobre Montségur. Una vez terminada la guerra, la compañía de Bayreuth debía representar en la cima del monte la Tetralogía de Wagner. pero los peregrinos no hicieron caso de esta prohibición, lo que les valió la sorpresa del avión alemán. Es probable que Rosenberg llegara poco después a Montségur para rendir un primer homenaje al Graal, inmediatamente después de su descubrimiento. Las famosas tablillas rúnicas habían sido probablemente encontradas no en las grutas del Sabarthez, donde las buscaba Otto Rahn, sino a lo largo del itinerario histórico de los cátaros, cerca del Col de la Peyre. Sin duda, nunca se sabrá la última palabra de la historia. Se puede señalar, no obstante, que si los SS fueron últimos depositarios del viejo Graal ario, entonces, la Orden secreta de los arios subsiste todavía. Un general de las SS estaba junto al almirante Doenitz cuando éste declaró: «La flota submarina alemana está orgullosa de haber construido un Paraíso Terrestre, una fortaleza inexpugnable para el Führer, en alguna parte del mundo». Los investigadores han ubicado esta base secreta en la Antártida o en la Tierra del Fuego, ya que el archipiélago, compuesto por un número incalculable de islas, constituye una guarida ideal para este tipo de instalación. Sería muy improbable, no obstante, que el Graal hubiera sido llevado allá después de la hecatombe, aún en el caso de que esta base submarina hubiera existido de verdad. Las investigaciones referentes al Graal de los arios están más bien orientadas hacia los Alpes bávaros, erigidos por los nazis como último reducto susceptible de ofrecer una resistencia prolongada. En 1945, Hitler, no se sabe por qué razón, rechazó siempre irse al reducto alpino. Sin embargo, la región de Aussee, en el corazón de los Alpes austríacos, ofrece un refugio casi inexpugnable. Según el gran «cazador» de nazis, Simón Wiesenthal, millares de hombres habrían comenzado a replegarse a esta región durante el año 1945. El jefe de la Gestapo, Emest Kaltenbrunner, se refugió en un chalet del pueblo y la Abwehr transportaron allí sus documentos secretos, sin hablar del famoso tesoro de la Alemania nazi, que jamás se ha podido encontrar y que se sitúa aquí y allá prácticamente en toda la Europa Central. Estas historias de tesoros ocultos, elaboradas para enfebrecer las imaginaciones, han sido mezcladas a menudo con otras noticias de los periódicos referentes a las misteriosas Centrales Secretas nazis y otros organismos, como la Araña o la Internacional de Estocolmo, acusadas de fraguar un complot para el retomo de Hitler, que algunos afirman que en 1945 no habría hecho más que desaparecer.

 

Según el Journal des Débats del 22 de enero de 1929: «En 1925, una gran parte de los indios cuna se sublevaron, mataron a los gendarmes de Panamá que habitaban en su territorio y fundaron allí la República Independiente de Thule, cuya bandera es una svástica sobre fondo naranja con una franja roja. Esta república existe todavía en la actualidad». En efecto, en 1929 existía en América Latina, en un territorio poblado de indios primitivos se hacia referencia a  un continente superiormente desarrollado, como el Hiperbóreo o isla Blanca, cuya capital era Thule, que desapareció en una catástrofe de tipo cósmico. La escritura rúnica sería la clave que permitiría encontrar la solución de este problema; los teóricos nazis consideraban el Graal un mensaje en escritura rúnica arcaica, que sería el último legado del reino boreal de Thule. La cuestión sigue sin resolver, ya que parece cierto que los cátaros,  cuyo modo de pensar está bastante alejado de los temas nórdicos, fueron incapaces de descifrar estas tablillas de piedra. René Guénon ha escrito: «Si el Graal es un vaso (grasale) y un libro (gradúale), se trata en este sentido no de un libro propiamente dicho, sino de una inscripción hecha en la copa… Ahora bien, inscripciones igualmente “no humanas” aparecían también en ciertas circunstancias… Ésta era, pues, una piedra parlante…, ya que si una piedra puede “hablar” emitiendo sonidos (Guénon se refiere aquí a las “piedras de oráculo”), también puede hacerlo por medio de caracteres o de figuras que aparezcan en su superficie...». Y René Guénon añade en una nota: «Esta relación manifiesta con el simbolismo del “Tercer Ojo”, así, pues, de la piedra caída de la frente de Lucifer donde ocupaba el lugar Este; por otra parte, igualmente a consecuencia de su caída el hombre mismo ha perdido “El Tercer Ojo”, es decir, el “Sentido de la Eternidad” que el Graal restituye al que consigue conquistarlo». La runología, es decir, el estudio del origen, desarrollo y utilización de las runas, está hoy día en plena evolución. Para los especialistas alemanes y escandinavos, “tanto el alfabeto latino como el griego proceden de la escritura rúnica”. Las escrituras fonéticas encuentran su origen, no en los fenicios o los orientales, sino en los hombres del Norte. Existían también runas secretas, ya que los ejércitos del rey Gustavo Adolfo hicieron uso de ellas. Este tipo de runas, verdaderos símbolos, ocupaban un lugar importante en los antiguos cultos germánicos.

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En las antiguas áreas de poblaciones escandinavas, desde Rusia hasta América, se ha encontrado de nuevo la huella de estas runas. A partir del año 1020, las colonias escandinavas de América quedaron ya asentadas. De ahí un importante descubrimiento, la piedra de Heavener, hallada en 1830 por indios choctaw y que se consideró, en la época, como un ejemplo característico de escritura india. En 1948, la piedra fue reconocida como rúnica por Gloria Farley, la cual la remitió, el 28 de setiembre de 1959, a la «Oklahoma Historical Society», así como su traducción. Sería entonces posible explicar, gracias a la iniciación de los vikingos, entre otras hipótesis, el conocimiento de la svástica por los indios, así como las leyendas relativas a hombres blancos de cabellos rojos y de elevada estatura, y que aportaron los primeros conquistadores, que se dieron cuenta, con sorpresa, de que los indios conocían la cruz. Pero las runas son muy anteriores a las expediciones escandinavas, ya que las runas son llamadas también «reginnkunnar», es decir, «nacidas de los dioses». Es sumamente probable que las runas hayan remplazado a signos que existían antes de ellas y que eran utilizadas de la misma manera como escritura sagrada.  No podemos hoy remontamos hasta el origen de las primeras runas, pero sí dar cuenta de esta corriente graálica hiperbórea, de la cual Otto Rahn y los dirigentes nazis han sido los adeptos más recientes. Hermann Rauschning dice: «Todo alemán tiene un pie en la Atlántida, donde busca una patria mejor y un patrimonio mejor. Esta facultad de desdoblamiento, que le permite vivir al mismo tiempo en el mundo real y proyectarse en el mundo imaginario, se manifiesta especialmente en Hitler y proporciona la clave de su socialismo mágico». Arthur Machen pertenecía a esta misma corriente graálica hiperbórea: basta enfrascarse en su libro El gran retorno (meditaciones sobre el Graal) para encontrar en él todos estos temas. Machen estaba en estrecha relación con la sociedad secreta británica Golden Dawn y sus vinculaciones alemanas que debían desembocar en el grupo Thule, síntesis de todas las aspiraciones de Machen. Otto Rahn buscaba reunir, en una síntesis audaz, la epopeya del catarismo y la corriente gnóstica tradicional, heredada de un conocimiento superior, perdido y parcialmente reencontrado, cuyo origen se pierde en la hipotética y misteriosa civilización hiperbórea. La Atlántida, verdad o leyenda, sería el último vestigio, en la que el hombre había conocido la Edad de Oro. El mito del continente perdido, de la tierra de los hombres superiores, se entronca con la teoría de los ciclos de la Humanidad, tan cara a Platón y recogida posteriormente por toda la tradición esotérica hasta nuestros días. «Durante la edad de oro —escribe Hesíodo— los dioses vestidos de aire marchaban entre los hombres».

 

Los sacerdotes del antiguo Egipto habían conservado, y sus libros sagrados dan fe de ello, el recuerdo de un vasto continente que se habría extendido antaño en medio del océano Atlántico, dentro de un espacio delimitado al Oeste por las islas Azores, y al Este por la fractura geológica del estrecho de Gibraltar. Platón, que pretendía estar en posesión de esta tradición de Solón, relata en estos términos la Historia del continente desaparecido: «El Atlántico era entonces navegable y había, frente al estrecho que vosotros llamáis Columnas de Hércules (hoy día, el estrecho de Gibraltar), una isla mayor que Libia y Asia. Desde esta isla se podía pasar fácilmente a otras islas, y de éstas al continente que circunda el mar interior. Pues lo que está de ese lado del estrecho se parece a un puerto que tiene una entrada angosta, pero, en realidad, hay allí un verdadero mar, y la tierra que le rodea es un verdadero continente… En esta isla, Atlántida, reinaban monarcas de un grande y maravilloso poder; tenían bajo su dominio la isla entera, al igual que muchas otras islas y algunas partes del continente. Además, de este lado del estrecho reinaban también sobre Libia hasta Egipto, y sobre Europa hasta la Tirrenia». Este extracto del Timeo o de la Naturaleza sería incompleto si no se mencionara igualmente el Critias, obra que nos describe ampliamente una ciudad, con su red de canales, sus enormes templos y su sistema de gobierno dirigido por los reyes-sacerdotes mediante leyes dictadas por los dioses, en primer término de los cuales estaba Poseidón o Neptuno, rey de los mares, armado de su tridente. Según Platón, la isla de Poseidonia, último fragmento de la Atlántida, fue engullida 9 000 años antes de la época del sabio Solón. El geógrafo Estrabón, así como Proclo, confirman las afirmaciones de Platón. ¿Cómo habría tenido Solón conocimiento de la tradición de la Atlántida? Una sola respuesta parece coherente: los sacerdotes egipcios, que pretendían poseer la información de los propios atlantes, la habían transmitido a los viajeros griegos que visitaban con frecuencia su país. Ya un naturalista del siglo XIX llamado Germain, estudiando cuidadosamente la fauna y la flora de las islas de Cabo Verde y de las Canarias, y basándose en rigurosos datos científicos, habían notado la analogía existente entre la flora fósil de estas islas y la de todos los otros archipiélagos diseminados entre las costas de Florida y las de Mauritania. Asimismo convincentes son las tesis emitidas por los etnólogos modernos, entre los cuales conviene citar a la señora Weissen-Szumlanska, cuyos notables trabajos han sido reunidos en un libro muy convincente, aunque su hipótesis básica sea atrevida: Orígenes atlánticos de los antiguos egipcios. La obra apareció con un prefacio del doctor Martiny, profesor de la Escuela de Antropología.

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Parecen probables los orígenes atlánticos, no solamente de los antiguos egipcios, sino también de los Homo sapiens, nuestros antepasados, de los cuales se han encontrado numerosos esqueletos en el archipiélago de las Azores. La arqueóloga Weissen-Szumlanska sostiene que se podría investigar los orígenes del Egipto faraónico remontando todo el curso de la civilización occidental hasta la Prehistoria y los hombres fósiles de la Dordoña, primera aparición de los Homo sapiens que nos es conocida. Recogiendo los textos de los antiguos griegos, vemos que Solón, Heródoto, Platón, Estrabón y Diodoro evocan la Atlántida, ¿habrían errado cuando situaban el continente desaparecido «en el otro extremo de Libia, allá donde el Sol se pone»? Sin embargo, los egipcios, que contaron a los griegos la historia de la Atlántida, sitúan claramente a Punt, la tierra de los Grandes antepasados, en la extremidad de Libia. Esta tierra misteriosa era para ellos objeto de particular veneración, mientras que, por otra parte, no demostraban más que desprecio frente a las otras naciones. Min y Athor, entre los dioses egipcios, están considerados como oriundo de la Tierra Divina, es decir, de la Atlántida o país de Punt. Según esta hipótesis, los egipcios que nosotros reconocemos como una raza roja, de tez cobriza y pómulos salientes, habrían sido «aleccionados» por otra raza, de la que serían su ramificación. ¿A qué familia podemos vincular, entonces, la raza de los «portadores» de la civilización egipcia? Todas las observaciones tenderían a demostrar que se trataba de hombres del tipo de Cro-Magnon. Este tipo, predominante dentro de la aristocracia, habría desaparecido de las esferas dirigentes de Egipto en los alrededores de la XVIII dinastía. Hay que indicar, paralelamente, la presencia en las islas Canarias, en la misma época, de un tipo humano idéntico. De este modo se puede pretender que los archipiélagos de las Azores y de las Canarias, restos de la Atlántida hundida, serían el hogar de la raza civilizadora de Egipto.Los guanches, que constituyen el sustrato de la población de las islas Canarias, serían los descendientes directos de los atlantes. Su elevada talla, observada en todas las momias, con dos metros de altura de promedio, su considerable capacidad craneana (1 900 cm³), la más grande que se ha conocido, y su índice cefálico (77,77 en los hombres), indican una posible ascendencia atlante.  La fecha de la catástrofe que produjo la inmersión casi total del continente de la Atlántida podría situarse hacia el fin del Paleolítico Superior. Este cataclismo arrastró a «las profundidades abismales a la mayor parte de la población, sus riquezas y su “ciudad solar”, adorada y llorada por todas las tradiciones egipcias y cantada por Platón, según los relatos atribuidos a uno de los Siete Sabios de Grecia».

 

Otros investigadores, antes de la arqueóloga Weissen-Szumlanska, habían ya sostenido hipótesis parecidas, lo que no dejará de confortar la opinión de los partidarios de la existencia del continente desaparecido. Así, el profesor Richard Henning y su colega Adolf Schulten declararon que «el relato de Platón sobre la Atlántida estaba basado en hechos positivos». Durante cincuenta años de su vida, el profesor Schulten efectuó investigaciones históricas y arqueológicas en la península ibérica, ya que era en este lugar donde debía situarse la extremidad de la gran isla engullida. Schulten no encontró la Atlántida, pero sí una ciudad ibérica desaparecida: Numancia, descrita en su tiempo por Cornelio Escipión (133 a. de J.C.). Las excavaciones se prosiguieron desde 1905 a 1908. De la misma manera, el investigador alemán identifica la principal ciudad de la Atlántida, Tartesos, situada en la actual Andalucía. En la antigüedad, esta ciudad tenía la reputación de ser fabulosamente rica. La campiña que la rodea fue descrita por Posidonio, que hace de ella una pintura muy detallada. Ricos cultivosn y una población increíblemente numerosa y activa serían la característica de este país, rico también en metales de todas clases, tales como oro, plata, cobre y estaño. Si se concede crédito a Rufus Fistus Avenius, quien reeditó hacia el año 400 a.C. un tratado de Geografía antigua, Tartesos habría poseído, hacia el año 500 antes de Jesucristo, la civilización más evolucionada del antiguo Occidente. ¿Se trataría de un resto que habría escapado a la destrucción de la Atlántida? Sería arriesgada una afirmación categórica. Quizá las excavaciones realizadas cerca de Sevilla, en el fangoso lecho de la desembocadura del Guadalquivir, resucitarán la ciudad desaparecida, que el alemán Schulten considera la ciudad legendaria de los reyes atlantes. Llegados a este punto, surge una pregunta: ¿Cómo y por qué fue aniquilada la suntuosa civilización de los atlantes? Platón ve la causa de su caída en el desarrollo de un deseo de poder y una perversidad moral que habría arrastrado a los atlantes al vértigo de un orgullo demencial. Parece, más bien, que guarda relación con una ley cíclica que rige toda civilización y que impone a ésta una decadencia ineluctable después de haber alcanzado cierto grado de perfección. A propósito de esta caída, he aquí una cita sacada de Critias, también de Platón: «Pero cuando se adulteró en ellos (los atlantes), por haberse mezclado repetidamente con varios elementos mortales, la parte que tenían de Dios; cuando predominó en ellos el carácter humano, entonces, impotentes a partir de aquel momento para asumir el peso de su condición presente, perdieron toda conveniencia en su modo de comportarse, y su fealdad moral se reveló a los ojos capaces de ver, ya que, entre los bienes más preciosos, habían perdido aquellos que eran los más bellos; en tanto que, a los ojos incapaces de comprender la relación de una verdadera vida con la felicidad, pasaban precisamente por ser bellos en grado supremo, y por ser bienaventurados, llenos como estaban de injusta codicia y de poder».

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Las sectas racistas alemanas, imbuidas de esoterismo, interpretaron los escritos de Platón de un modo muy particular. Para esas gentes, el fin de la Atlántida se debió a una mezcla racial, a una corrupción de la sangre ocurrida al mezclarse la raza pura de los atlantes blancos con las razas «demoníacas» e «inferiores» de tipo asiático-semita. A partir de aquí se comprende el interés que los ocultistas nazis manifestaron por el mito de la Atlántida, porque establecía una continuidad histórica de la raza blanca, asegurándole la supremacía material y espiritual sobre todas las otras razas desde tiempos inmemoriales. No obstante, es preciso añadir que los grupos racistas alemanes del siglo XIX y, sobre todo, las sectas nacidas de la Primera Guerra Mundial no eran las únicas en apelar a la tradición de la Atlántida. Los teósofos, guiados por la célebre médium H.P. Blavatsky, pretendían también conocer el lejano pasado de los Grandes antepasados. Blavatsky no dudó en afirmar que ella había conseguido leer, página por página, el manuscrito secreto que relataba la historia del fabuloso continente, el cual se hallaría en la biblioteca del Vaticano, conservándose otro ejemplar en un monasterio del Tibet. En tales círculos de pensamiento, sobre todo por parte del fundador de la Antroposofía, Rudolf Steiner, se atribuye a los atlantes el dominio de las técnicas más modernas, por no decir superiores a nuestra ciencia actual, tales como terribles armas, vehículos motorizados, cohetes e incluso ingenios espaciales y máquinas que les permitían desplazarse en el tiempo, tanto hacia el pasado como hacia el futuro. El absoluto control que poseían sobre las fuerzas de la Naturaleza, al transformarse en «fuerza negra» les habría arrastrado a un cataclismo inconcebible, resultado tal vez de su dominio «demoníaco» de la energía nuclear. Estamos aquí en un terreno de pura especulación, y se permite a cada uno concebir la Atlántida a su propio modo. El científico austríaco Hörbiger y gran gurú de la ciencia nazi, no dudó en sostener la naturaleza gigantesca de los hombres de este continente, apoyándolo en las ruinas ciclópeas de Tiahuánaco, en el corazón del Perú, y las terrazas de Baalbek en el Líbano, que serían la obra de semejantes superhombres. Los edificios colosales hallados cerca del lago Titicaca, a 4 000 metros de altitud, plantean un enigma a los arqueólogos y a los investigadores. Pero, ¿acaso tiene uno que suponer la existencia de fabulosos gigantes?  No obstante, es esta vía la que emprendieron los adeptos de los caballeros de Poseidón, entre los cuales se encuentran simpatizantes nazis. Intentaban remontarse más allá de la Atlántida, creyendo ver el origen lejano y primordial de toda la tradición occidental en la existencia de la isla mágica de Hiperbórea.

 

Este continente misterioso habría existido antaño, mucho antes que la Atlántida, en el emplazamiento de Groenlandia e Islandia. Un movimiento bascular de la Tierra sobre su eje habría convertido a estas tierras altamente civilizadas en el país glacial que conocemos actualmente. Poblado de «gigantes de una altura de varios metros», Hiperbórea habría sido un país todavía más evolucionado que la Atlántida, quizá civilizado por seres extraterrestres. Ya griegos y latinos señalan la existencia de Hiperbórea y de su capital Thule, como asimismo lo atestiguan las obras de Heródoto, que habla de una «isla de hielo situada en el Gran Norte, donde vivieron hombres transparentes», de Plinio el Viejo, de Diodoro de Sicilia y de Virgilio. Los celtas, los vikingos, los germanos han conservado el recuerdo de Thule como el de un verdadero Edén: «Más allá de los mares y de las islas afortunadas, más allá de las espesas nieblas que defienden su acceso», en esta isla «donde los hiperbóreos están en posesión de todos los secretos del mundo». Más que todos los otros, sin duda, los germanos se apoyan en la leyenda de Thule. Sobre ella basaron, hasta bien entrado el siglo XX, su culto pagano y sus ocultas aspiraciones políticas. Este mito no se ha debilitado jamás. Inspiró el Fausto de Goethe y el Parsifal de Ricardo Wagner. La balada del rey de Thule, escrita por Goethe, y que Gérard de Nerval tradujo en verso francés, tiene un claro sentido esotérico. La leyenda del Thule se relaciona, por tanto, con esta Hiperbórea, que habría existido en el Gran Norte, en algún lugar entre el Labrador e Islandia. Una enorme isla de hielo rodeada de «altas montañas transparentes como el diamante», Hiperbórea no habría sido, sin embargo, glacial: «En el interior del país reinaba un dulce calor en el que se aclimataba perfectamente una vegetación verdeante. Las mujeres eran de una belleza indescriptible. Las que habían nacido en quinto lugar en cada familia poseían extraordinarios dones de clarividencia». El hombre de Hiperbórea, probablemente descendiente de seres venidos del espacio, es descrito en el Libro de Enoc: «Su carne era blanca como la nieve y roja como la flor de la rosa; sus cabellos eran blancos como la lana; y sus ojos eran hermosos». En la capital de Hiperbórea, Thule, vivían «los sabios, los cardenales y los doce miembros de la Suprema Iniciación…». Entonces los “dioses” moraban entre los hombres y compartían con ellos la copa de oro de la ambrosía, brebaje sagrado que proporcionaba la eterna juventud. Encontramos aquí las viejas leyendas germanas y escandinavas, que rememoran la epopeya de los hombres-dioses y la creación del mundo, cuyo mito se vuelve a encontrar en el núcleo de todas las grandes religiones. Los mitos que informan la historia de las civilizaciones superiores y fantásticas, si bien forman la fuente principal de los diversos esoterismos, se asocian generalmente a las doctrinas de la irremediable caída de la Humanidad. Las tradiciones relativas a la existencia de una raza primitiva superior, formada o creada por dioses, existen y se encuentran a cada paso en las numerosas cosmogonías.

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Tales leyendas, que contienen sin duda parte de verdad, están vinculadas a la creencia de la renovación periódica de la Humanidad. Así, habríamos conocido cuatro ciclos anteriores, y el último sería el ciclo del agua, o del diluvio, recuerdo catastrófico registrado tanto en los libros tibetanos como en los escritos vedas, en las tablillas sumerias, o en la tradición de la Biblia. La idea de periódicos apocalipsis colma las lagunas de la Historia, al mismo tiempo que explica el sentido de la Creación en eterno devenir. No obstante, la sola lectura de las leyendas que han llegado hasta nosotros es ya rica en enseñanza. La raza de los gigantes y de los cíclopes, presentes en la mitología griega e incluso en la Biblia, como en el Libro de los Reyes, si realmente existió, presupone condiciones de vida muy diferentes de las que conocemos. En efecto, para que la glándula pineal del hombre se desarrollara hasta el punto de permitirle un crecimiento casi indefinido, habría sido preciso que la gravedad terrestre fuera mucho menor que en nuestros días. Tal vez nuestros remotos antepasados eran seres extraterrestres venidos de otro planeta, incluso de otra galaxia. El sufrimiento del hombre tiene su origen esencialmente en la ignorancia en que se encuentra acerca de su origen y de su futuro. Las grandes religiones que se disputan los favores de los seres humanos intentan, con mayor o menor habilidad, responder a esta interrogación fundamental. Las antiguas leyendas germánicas, así como las sagas nórdicas y los vedas hindúes, enseñan precisamente esto a través de una mitología que en ocasiones parece confusa. La Persia de los primeros tiempos conoció, con la religión mazdeísta de la luz, el dualismo cósmico. Si los germanos provienen de la misma rama indoeuropea que los persas, los puntos de convergencia entre ambas creencias no deben sorprendernos. Así, el dualismo luz-tinieblas, y el culto del astro solar, eje del sistema religioso, son otros tantos símbolos comunes a los germanos de Tácito y a los persas de Zoroastro. Sabiendo esto, no resulta sorprendente que Nietzsche, el filósofo alemán de la renovación y de la voluntad del poder, se haya inspirado en las fuentes de la tradición iraniana para la inspiración poética de su Zaratustra.

 

Igualmente, la mitología escandinava de los Edda, transcrita en el siglo X por el monje irlandés Sigfusson, pero que seguramente se remonta a una época mucho más antigua, revela una concepción del mundo que anuncia, tras el reinado espléndido de los “dioses”, el no menos famoso Crepúsculo de los dioses, seres caídos que intentan en vano, ante el asalto de las fuerzas tenebrosas, reconquistar su trono en medio de la confusión resultante del caos de los pueblos. Pero el ciclo debe llegar a su fin, y, después de una lucha épica, los dioses serán vencidos, arrastrando al mundo en su caída, hasta que una nueva aurora vea brotar, de una tierra purificada, la luz y «el signo de justicia». He aquí unos temas que vamos a encontrar otra vez en las enseñanzas de Zoroastro, el gran profeta del mazdeísmo y padre espiritual de una religión que buscaba los hilos del conocimiento perdido, representado por la gnosis. Conocer su origen y su futuro ha sido siempre una aspiración fundamental del hombre. A esta necesidad primordial responde la gnosis. El término griego gnosis significa «conocimiento». Conseguir el conocimiento integral del mundo, de su destino material y espiritual, tal es el sentido de la interrogación gnóstica. Pero antes de acceder a los arcanos de los misterios supremos, el hombre debe pasar por grados cada vez más elevados de iniciación, sin lo cual le sería imposible comprender la enseñanza que le es impartida. La revelación aparece, pues, como el privilegio de los iniciados. La iluminación se debería, para los gnósticos, al conocimiento de un libro de origen suprahumano. Esta tradición del Gran libro es también la del Graal. En la eterna corriente de retorno a las fuentes cósmicas, hemos intentado remontarnos tan lejos como ha sido posible. Así, nos parece que la fuente primordial de toda gnosis está en la religión brahmánica, conocida por los libros sagrados: Vedas y Bhagavad Gîtâ, primera etapa de la Humanidad después de la ruina de la civilización atlantiana. Este, también, es el esquema esotérico nazi de pensamiento, que recoge una tradición ya antigua desarrollada por la teosofía. Las expediciones alemanas al Tíbet, de 1937 a 1943, tenían como objeto descubrir o reencontrar una hipotética filiación entre la Atlántida desaparecida y las primeras civilizaciones del Asia Central. Para Edouard Schuré, el escritor esotérico autor de Grandes Iniciados, «la religión y civilización brahmánicas representan la primera etapa de la humanidad posatlantiana. Esta etapa se resume en una palabra: la conquista del mundo divino por la sabiduría primordial».

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En el corazón del Asia central, al pie de los montes Pamir y del Hindukush, techo del mundo, se extiende un país atormentado y agreste, el Irán. Los verdes paisajes de los oasis alternan, en esta región de violentos contrastes, con los áridos desiertos. El conde de Gobineau, que fue largo tiempo ministro de Francia en Persia, describe así esta vasta región: «La Naturaleza ha dispuesto el Asia central como una inmensa escalera, a la cúspide de la cual parece haber destinado el honor de ser, por encima de las otras regiones del Globo, la antigua cima de nuestra raza. Entre el Mediterráneo, el golfo Pérsico y el mar Negro, el suelo se va elevando en terrazas progresivas. Enormes cimas redondeadas dispuestas en capas, el Taurus, los montes Gordianos, las cadenas de Laristán, sostienen las provincias. El Cáucaso, el Elbruz y las montañas de Chiraz y de Ispahán le añaden un colosal graderío, más elevado todavía. Esta enorme plataforma, que escalona en diversos planos sus majestuosos desarrollos por el lado de los montes Soleimán y del Hindukush, desemboca, por una parte, en el Turquestán, que conduce a la China, y, por la otra, en las orillas del Indo, frontera de un mundo no menos vasto. La nota dominante de esta naturaleza, el sentimiento que suscita por encima de todos los otros, es el de la inmensidad y del misterio». Es este país de veranos ardientes, de cielo puro y limpio, tempestuoso en primavera, rudo en invierno, con inmensos bosques de cedros y robles que cubren los flancos de sus montañas, con sus estepas, es la tierra adoptiva de los arios primitivos que fue patria de Zoroastro, este gran iniciado. En la época del nacimiento de Zoroastro, hacia el año 4500 antes de nuestra Era, la antigua Persia estaba poblada por tribus arias, de raza blanca y cabellos negros, que se dedicaban al cultivo del trigo sagrado y a la cría de grandes rebaños de bueyes. Su religión era la del fuego. Pero, desde siglos, otra raza había invadido la tierra. Se trataba del enemigo hereditario de los arios, el turanio, el hombre de raza amarilla y de ojos oblicuos. Hábiles jinetes y nómadas, los turanios constituían una cantera humana inagotable. Como los iranios, adoraban el fuego, pero en su manifestación más grosera y cruel. Hacían sacrificios humanos, entregando sus víctimas a dos monstruos escapados de los tiempos prehistóricos, los pterodáctilos, de los que sus sacerdotes habían hecho los emblemas de su culto. Ante esta invasión, los iranios fueron derrotados y se refugiaron en gran parte en las montañas cuando pudieron escapar al yugo del vencedor.

 

En esta sombría coyuntura nació, en medio de las tribus iranias montañosas del Elbruz, un niño de ascendencia real, de nombre Ardyap. Después de una juventud aventurera, pasada en cazar búfalos y en hostigar al enemigo hereditario, el turanio, el joven recibió una especie de iluminación. Ya, cuando era joven, un loco visionario le había predicho que sería rey sin diadema, pero más poderoso que todas las otras monarquías, pues sería coronado por el Sol. Entonces, Ardyap se retiró a la montaña, donde recibió la enseñanza iniciática de un patriarca llamado, según las leyendas, Vahumano, guardián del fuego y servidor del Altísimo. En este momento, Ardyap cambió su nombre por el de Zaratustra o Zoroastro, que en persa antiguo significa Estrella de oro o esplendor del Sol. Sacerdote del Sol y heredero, quizá, de los secretos de la Atlántida, Vahumano enseñó a su discípulo e hizo de él el apóstol de Ahura-Mazda, el dios luminoso del Irán. Según los libros persas, restos de los cuales han llegado hasta nosotros, Zoroastro vislumbró entonces la teoría de los dos mundos opuestos: Ahura-Mazda era el principio bueno, y Ahrimán, dios de los turanios, adoradores de las tinieblas, su contrario; aquel que propaga el culto de la serpiente, que suscita la envidia, el odio y la tiranía. No resulta sorprendente que los partidarios del arianismo hayan visto en él al enemigo de la raza de los arios primitivos. Zoroastro, siempre según la leyenda, pasó varios años en la meditación, vestido solamente con la piel de un animal y teniendo como único compañero al águila de las rocas, ya que había encontrado refugio en una gruta perdida en las montañas. Atormentado por la soledad, que le causaba visiones espantosas, Zoroastro salió por fin victorioso de esta prueba. Ormuz, el verbo solar, se le apareció en el curso de una visión. Algunos autores no han dudado en afirmar que Zoroastro habría recibido la visita de seres extraterrestres, descritos bajo la forma de ángeles. El hecho es que esta revelación impresionó profundamente al solitario Zoroastro. Animado de un nuevo ardor, Zoroastro descendió de nuevo entre los suyos. Convirtiendo a su tribu natal, difundió el verbo sagrado por todo el Irán, predicando tres principios que son el centro animador de su obra: Purificación del alma y del cuerpo por la oración y el culto del fuego; trabajo de la tierra por el arado fecundante y el cultivo de las esencias sagradas, ciprés, cedro, naranjos; y lucha contra Ahrimán y los turanios confundidos en las tinieblas. Ganados por el entusiasmo y galvanizados por la palabra, habiendo encontrado la fuente de su pasado lejano y de su futuro, las tribus arias reemprendieron la lucha contra los turanios a quienes, poco a poco, pudieron rechazar más allá de las montañas, tras cuarenta años de luchas y peripecias.

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En el umbral de la muerte, Zaratustra, como todo gran iniciado, tuvo la presciencia del futuro de su pueblo. Vio la espléndida ciudad de Nínive, bajo la forma de un búfalo salvaje, pisotear a los pueblos de los alrededores y hacer huir a los arios puros. También vio a Babilonia triunfante, bajo la forma de una serpiente que vomitaba fuego, rechazar los ataques del águila de Ormuz. Por fin, vio al león alado, símbolo de los persas y de los medas, continuadores de los arios, marchar victoriosamente a la cabeza de un ejército innumerable. Pero, de súbito, el magnífico león se transformó en un tigre feroz que se puso a devorar a sus propios hijos, provocando la desolación y la muerte hasta lo más profundo del Egipto sagrado y del santuario del Sol. Si esta visión, tal como nos viene transcrita, realmente tuvo lugar, es de una alucinante verosimilitud. En efecto, la Historia se cumplió según el esquema previsto por el apóstol del Sol. A pesar de sus dones, a Zoroastro le faltaba, no obstante, una cosmogonía y una visión universal. Ésta es la que aportó Manes. Manes, «el apóstol de la luz», nació en el siglo III después de Jesucristo. En el año 216, según las crónicas persas. Su existencia nos viene confirmada por distintos textos, de los cuales el más importante es el constituido por las Actas de Aquelao, obispo de Kashkar, en Mesopotomia, quien tuvo conversaciones filosóficas con Manes. Descendiente, por parte de su madre Miriam, de la dinastía parta de los arsácidas, babilonio de nacimiento, pero de raza irania y de linaje aristocrático, Manes, o Mani, encontró su inspiración religiosa en el mandeísmo, secta de puros a la cual pertenecía su padre Patek. Muchacho muy despierto, Manes se dedicó muy precozmente a la meditación y a las actividades del espíritu. A la edad de veinticuatro años, Manes tuvo su gran revelación. Rompiendo con su padre, se consideró el heredero de los sucesivos enviados: Buda, Zoroastro y Jesús. Después de un viaje de iniciación a la India, donde asimiló la ciencia de los brahmanes, Manes regresó para predicar su doctrina en el Irán. La nueva religión se benefició de la protección del rey Sapor I, de la dinastía arsácida, ligada a la familia de Manes. Pero, tras la muerte del soberano, las persecuciones se abatieron sobre los maniqueos. En efecto, el poder acababa de pasar a las manos de la dinastía sasánida, y el nuevo monarca, Bahram I, detestaba a Manes. Detenido, encarcelado, cargado de pesadas cadenas, el profeta murió el año 277, tras veintiséis días de terrible agonía. La leyenda dice que fue desollado vivo, después de lo cual su piel, llena de aire, había sido colgada de las puertas de Ctesifonte, una de las mayores ciudades de la antigua Mesopotamia.

 

El hecho es que el maniqueísmo fue la religión más perseguida de toda la Historia, y, no obstante, su expansión fue prodigiosa. En el Oeste, Egipto sufrió su influencia en sus comunidades cristianas, así como en sus escuelas paganas de Filosofía. Más tarde, influyó en Palestina y Roma. En el Este, la doctrina maniquea se expandió hasta China, donde conocerá el triunfo hasta la época de Gengis Khan. En el siglo IV se instala en África del Norte. San Agustín fue maniqueo desde el 373 hasta 382. También se instaló en Asia Menor, en Grecia, en Iliria y hasta en la Galia y España. En el siglo V, el maniqueísmo retrocedió bajo las persecuciones del Estado y de la Iglesia Católica, y permanece en la sombra hasta el siglo siguiente. No obstante, en el siglo VIII, dará nacimiento a los paulicianos de Armenia, y, luego, a los bogomiles, predecesores de los albigenses y de los cátaros en el seno de la corriente gnóstica. En tanto que religión, el maniqueísmo se separa radicalmente del cristianismo, incluso aunque ciertos textos sean comunes a ambas religiones. El primero y principal dogma de Manes fue el de dos principios: el bien y el mal. En esto está de acuerdo con los budistas, los persas y los cristianos. Pero él hacía remontar la lucha hasta el origen de las cosas, y no admitía que el mundo hubiera sido hecho de la nada. Según él, una materia eterna había sido puesta en marcha por el principio bueno, la cual le era constantemente disputada por el malo. El mundo era procreado por el Cristo; es decir, por la esencia divina infusa en las criaturas. Con el tiempo, la victoria del bien debía ser completa y todas las cosas serían purificadas. Esta última doctrina es precisamente la de Zoroastro, referente a la victoria final de Ormuz sobre Ahrimán. Aunque Manes no era cristiano, admitía a Cristo, pero no aceptaba que éste se hubiera revestido de carne humana, que hubiera nacido y que hubiera sufrido. Por este motivo Teodoro dice que “los maniqueos llamaban a Cristo el Sol de este mundo; para ellos, Cristo no era el cuerpo del Sol, sino que estaba dentro del Sol como padre de la luz inaccesible”. Lo cual nos enseña también San Agustín. En esto, los maniqueos eran zoroastrianos puros, y podían admitir, en un sentido místico, el culto, entonces tan extendido de Mitra. Manes tenía escasa estima por los profetas judíos, en los que hallaba muchos errores. Dirigía diversas acusaciones contra los antiguos patriarcas, y encontraba el culto, no de un solo Dios, sino de varios e incluso de un gran número de ellos. Solamente conocemos la doctrina de Manes a través de sus detractores, lo cual es debido a que la Iglesia cristiana destruyó todos sus manuscritos. Sin embargo, se puede afirmar que el maniqueísmo era una religión gnóstica, ya que, además del hecho de que el propio Manes reconoce expresamente algunos vínculos con dos grandes gnósticos del siglo II, tales como Marción y Bardesane, la doctrina de Manes, con su concepción dualista del mundo, se despliega en una ciencia universal de las cosas divinas, celestes e infernales, donde todas las realidades trascendentes, así como los fenómenos físicos y los acontecimientos históricos, encuentran su lugar y su explicación.

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Como en las primeras gnosis cristianas, Manes reconocía un mundo intermediario que se interpone entre la materia y el espíritu de Dios, un mundo compuesto de jerarquías superiores, a la imagen del Cosmos, y de las cuales las más conocidas son los ángeles, los arcángeles y los eones, cuya existencia, al menos por lo que respecta a los primeros, es reconocida por el cristianismo. El maniqueo se considera como «proyectado» en un mundo malo, al que es, por esencia, extraño, perteneciendo a la raza de los elegidos, de los inquebrantables, de los seres superiores. Si se siente desplazado en el mundo de aquí abajo, según la expresión de Serge Hutin, en su obra Los gnósticos, ello se debe a que el maniqueo, que es un gnóstico, «siente en él la lacerante nostalgia de la patria original de donde ha caído». Manes murió dejando tras de sí un alma humana anhelante de pureza, de conocimiento y de libertad. Pero no todo desapareció, ya que el catarismo recogió el estandarte de la tradición maniquea, y la principal inspiración de Manes, la gnosis cristiana, le sobrevivió, recogiendo en ocasiones temas queridos al apóstol de la luz. La filosofía griega desempeñó el cometido de vulgarizar las doctrinas esotéricas. Los pensadores de la Antigüedad, que también eran sabios, habían sentido, en efecto, la necesidad de dos doctrinas: una, pública; la otra, secreta. Si la ciencia antigua proporcionó físicos como Tales de Mileto, legisladores como Solón y Dracón, tuvo, asimismo, un iniciador de primer orden: Pitágoras. Este último jamás escribió su doctrina secreta más que en forma de signos esotéricos y de un simbolismo perfectamente elaborado. No es sorprendente, pues, que fuera citado como modelo por los neoplatónicos de Alejandría, los gnósticos propiamente dichos, y como un precursor del cristianismo. En efecto, la doctrina pitagórica es la primera síntesis en tomo a una teoría central, en la que encontramos la doctrina oculta de Egipto, aclarada y simplificada por el genio griego. En particular, la filiación de Hermes-Trimegisto es manifiesta. Una vez más, la ley del misterio oculta la gran verdad, y el conocimiento absoluto no puede ser revelado más que a los iniciados. En esta fase del razonamiento, no se puede prescindir de relacionar el principio de Pitágoras con el Sol de los antiguos egipcios, cuando el profeta de la religión, el gran sacerdote de Amón Ra, desde lo alto del templo de Tebas desvelaba el conocimiento al nuevo iniciado. Recordando los pasajes del Libro de los muertos egipcio, accedían al conocimiento, sostenido por la visión de las tres pirámides y de los astros que se le describían como las que habían de ser sus moradas futuras. Y si una parte del velo de Isis se había levantado, podía experimentar la satisfacción de haber entrevisto los misterios supremos. Además, una vez cumplida la iniciación, se convertía en sacerdote de Osiris, es decir, en guardián del sublime conocimiento.

 

La tempestuosa vida de Pitágoras se asimila, en algunos aspectos, a la imagen de la barca de Osiris, lanzada en medio de las aguas embravecidas, tal como podía imaginársela el iniciado egipcio vagando por el Río de los Muertos. No obstante, Pitágoras siguió su ruta sin dejar derivar su embarcación en ningún momento de su existencia. Vio a Cambises, a la cabeza de sus ejércitos persas, invadir Egipto, saquear los templos sagrados de Menfis y Tebas y destruir el templo de Amón. Pero el calvario de Pitágoras aún no había terminado: Cambises lo mandó internar en Babilonia, en aquel entonces símbolo de la irradiación de los profetas hebreos y del mestizaje de los pueblos en medio del cual triunfaba la despótica Asia. Estas pruebas enseñaron a Pitágoras que todas las religiones partían de una misma verdad. En la ciencia esotérica, él poseía la clave, la síntesis de todas estas doctrinas. La experiencia que había adquirido le mostraba una Humanidad amenazada por Asia a causa de la ignorancia de sus sacerdotes y de sus sabios. Finalmente, pudo volver a su patria. De regreso a Grecia, Pitágoras  tuvo largas conversaciones con los sacerdotes helenos. Les hablaba de su iniciación egipcia, de los misterios de Osiris y del ocultismo babilonio. Sólo después de haber formado pitonisas inspiradas y haber hecho de Delfos un centro de vida y acción espirituales, partió para la Magna Grecia y Crotona, donde, con treinta de sus discípulos, había de encontrar la muerte. Pero el objetivo había sido ya alcanzado, ya que la escuela pitagórica duró todavía dos siglos, y su enseñanza ha llegado a nosotros a través de sus discípulos. La cadena de los grandes iniciados no se rompió con la desaparición de Pitágoras. El ateniense Platón recogería la antorcha del conocimiento. Gracias al griego Argitas, Platón pudo procurarse un manuscrito de Pitágoras. El Timeo de Platón es, en este sentido, una verdadera condensación de la cosmogonía pitagórica. La época en que vivía el filósofo ateniense era, al menos, tan turbulenta como la de su maestro. Asistió a la derrota naval de Egospótamos y la conquista de Atenas por los espartanos, coronada por la llegada de los treinta tiranos y el fúnebre tañido de la independencia ateniense. El Timeo de Platón, al crear un verdadero santuario filosófico, abrió una «antecámara» a la gran iniciación. Éste es el motivo por el cual la Academia de Atenas, fundada por Platón, se prolongó en la gran escuela de Alejandría, cuyo principal representante fue Plotino (205-263).

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Este último, neoplatónico por excelencia, recogió en las Enéadas la tradición del paganismo. Su hijo espiritual, Jámblico, sucesor de Plotino, que vivió en el siglo IV, intentó establecer un nuevo lazo, en los Misterios de Egipto, con la tradición esotérica de los sacerdotes de Amón. Pero sus esfuerzos fueron ahogados por el cristianismo triunfante. Esto explica que, para combatir la influencia de la Iglesia, los gnósticos tuvieron que buscar refugio en el seno de ésta, generando la gnosis cristiana. Por ello se comprenden los esfuerzos doctrinales que, a partir del siglo II, hizo la Iglesia para desembarazarse de esta invasión que atraía hacia si a todos los espíritus elevados de la comunidad cristiana. La gnosis de los primeros siglos es mal conocida, ya que la Iglesia se apresuró a borrar las pistas. Los especialistas de la gnosis cristiana distinguen en ella dos ramas principales. Dentro de la primera, los principales representantes fueron Simón el Mago, Saturnino, y los ofitas. En la segunda, encontramos a Basílides, a Valentín y sus discípulos, a Carpócrates, a los Docetos, etc. Está fuera de toda duda que este movimiento representó un gran peligro para la Iglesia, porque existía la amenaza de dividirla en múltiples sectas que escaparían al control del sacerdocio. No obstante, los gnósticos eran suministraban lo que la experiencia debía aportar a la Iglesia, y que le faltaba a ésta por completo: una cosmogonía, una filosofía del cristianismo, así como la fijación de sus relaciones con el paganismo y el judaísmo. Pero esta sofisticación del movimiento eclesiástico debía llevarle a la perdición. La Iglesia, en efecto, buscó el pretexto de que esta filosofía sustituía a la Revelación para condenar esta tentativa del paganismo de vivir al amparo de la Iglesia. Con relación al cristianismo, la gnosis trata de situarse en un estado de superioridad. Igualmente, los gnósticos no intentan negar el valor ejemplar de Cristo; ven en Él, ora una criatura divina, desprovista de existencia carnal, que podríamos denominar perfecta, ora, simplemente, un hombre dotado de una gran fuerza anímica y de la intuición de la sabiduría. El gnosticismo del siglo II, que conocemos gracias a Simón el Mago y que se desarrolló en Siria, parece estar fuertemente marcado por influencias hebraicas y orientales, en tanto que la gnosis alejandrina arranca de la filosofía griega, hija de las luces, y de la ciencia sagrada del antiguo Egipto. Ciertas actitudes atestiguan, no obstante, una fuente común a ambas corrientes de pensamiento. Se trata, ante todo, del rechazo del Antiguo Testamento, de la Ley de Moisés y de su Decálogo. En esta ética, la moral no prevalecería sobre la sabiduría surgida del conocimiento Tal como hemos dado a entender, existe cierta continuidad entre los místicos paganos y los gnósticos cristianos, puesta de manifiesto por la utilización común de ciertos símbolos sumamente característicos, los principales de los cuales son la copa y el libro que transmiten la revelación.

 

No obstante, la gnosis cristiana, y singularmente la siria, sigue estando llena de los orientalismos propios a la tradición hebraica o, más ampliamente, a los cultos semitas, en sus manifestaciones que recurren al culto de la Gran Madre o principio femenino. El Evangelio de Eva y la Pistis Sofía principalmente, el único texto gnóstico que ha llegado íntegro hasta hoy, están marcados por la influencia hebraica y multiplican las entidades secundarias, antepasados de los múltiples demonios de la Cábala. La actitud ante la sexualidad es, no obstante, opuesta a la ética judía y cristiana, e impone la concepción gnóstica. Casi todos, al ejemplo de Marción, condenan toda relación sexual que desemboque en la procreación, es decir, en el aprisionamiento de nuevas almas dentro de la materia. De hecho, semejante actitud exige un juicio ponderado. Si los gnósticos rechazan estrictamente el acto camal en lo que concierne a los iniciados, admiten el matrimonio de los simples laicos que pueden someterse al principio sin dejarse dominar por la materia. Esta posición sólo es comprensible dentro de una determinada visión del mundo. Si se piensa que, para los gnósticos, la Humanidad ha perdido la llave del saber y se ha hundido de este modo en el caos, el objetivo de la continencia será, evidentemente, impedir la perpetuación del reino tenebroso, mientras el hombre no haya encontrado la esencia de su ser y la pureza original que glorificaba a sus luminosos antepasados. Del mismo modo, en la gnosis luciferina, en particular en los ofitas y los peratas, se encuentra una reminiscencia del conocimiento primordial, en que la serpiente de la Biblia no es considerada ya como el símbolo del mal, sino como un mensajero del Dios de luz, o incluso como este último, a saber, el Logos. En tanto que el demiurgo había encerrado a Adán y Eva en un mundo miserable, Lucifer les aportó la ciencia del bien y del mal, es decir, la gnosis salvadora o divinizadora. El pensamiento gnóstico, imitando la forma de la serpiente, no es rectilíneo, sino circular; va de Dios a Dios, a través del mundo nacido de Él; del espíritu al espíritu, pasando por la materia; de la vida a la vida, a través de la muerte. El Uno produce el Todo, y el Todo regresa al Uno. Éste es el sentido del símbolo antiguo de la serpiente que se muerde la cola. Éste es «el río que desemboca en sí mismo», del místico alemán Eckhart. Eckhart de Hochheim (1260 – 1328), más conocido como Maestro Eckhart,  fue un dominico alemán, conocido por su obra como teólogo y filósofo y por sus escritos que dieron forma a una especie de misticismo especulativo, que más tarde sería conocido como mística renana. Es llamado Meister en reconocimiento a los títulos académicos obtenidos durante su estancia en la Universidad de París. Fue maestro de teología en París en diversos períodos y ocupó varios cargos de gobierno en su Orden, mostrándose especialmente eficiente en su asistencia espiritual a la rama femenina dominica.

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El gnóstico está persuadido de que el hombre puede descubrir el secreto íntimo de la unidad del mundo. Para la gnosis, la fe no es suficiente, e incluso no se le reconoce valor intrínseco. A través de la complejidad de los mitos, voluntariamente enrevesados, se percibe así una línea de pensamiento continuo que se precisa con una fuerza mucho mayor en la manifestación más elaborada de la gnosis, la filosofía basilidiana.  En efecto, nos daremos cuenta de que el punto de vista basilidiano ha sido recogido por la filosofía alemana moderna, y singularmente por el grupo Thule, que contaba entre sus miembros a Rosenberg y a Dietrich Eckhart (no confundir con el Maestro Eckhart), principal iniciador de Adolf Hitler. Esto justifica el interés en la filosofía basilidiana. Para Basílides, el caos es la obra del demiurgo, criatura que pretende imitar a Dios. Pero Dios, mediante su acción, anima la materia. De ahí la mezcla íntima de los dos principios, la luz y las tinieblas, en el seno del mundo material. El hombre, gracias al espíritu que ilumina su alma, es poseedor de la luz y puede llegar al conocimiento, a condición de no ceder al mundo de las tinieblas, que está también en él y alrededor de él por el reino de la degeneración material y del retomo al caos. En la escala de la creación, el hombre es lo más alejado del caos y de la desorganización. Igualmente, entre los hombres, algunas razas formadas por elegidos están más cerca que otras del espíritu divino. Ahí vemos una clara referencia racista, que fue recogida por los nazis. Entre estas razas, y en la cúspide, considera que se encuentra situada la raza blanca, que es la culminación del pensamiento creador. A ella, considera la filosofía basilidiana, le será dada dominar la materia y el Cosmos, manteniéndose fiel al principio de pureza que encierra. Para los gnósticos, y en particular Basílides, «toda evolución viva consiste en una diferenciación y una separación, en un desglose de materias originalmente mezcladas». Para los gnósticos, el mundo espiritual es un arquetipo que tiene su origen en el mundo material, para alejarse cada vez más hacia lo infinito y lo inmaterial, según la expresión, de otro modo incomprensible: «Lo que está arriba es igual a lo que está abajo». Así, Basílides ve el mundo como un todo organizado y jerarquizado, donde la materia no está separada radicalmente del espíritu. En lo alto reina el espíritu, que es el Logos, el pensamiento divino, que es consciente de sí mismo. Por debajo, se extiende el «neuma», que es un pensamiento inconsciente de sí mismo, pero de esencia puramente espiritual. Luego está el éter, una parte diferente, sólo en grado, del alma del mundo material. El neuma es representado como el alma del mundo que circunda el universo terrestre. El cristianismo le da el nombre de Espíritu Santo.

 

Según el pensamiento de la filosofía griega y según la terminología de Empédocles, «el nacimiento no existe para ningún ser mortal, como tampoco existe un fin que sería la muerte. Todo es simplemente mezcla y cambio de elementos. Nacimiento es el nombre que han inventado los hombres. Cuando los elementos se mezclan y surgen a la luz del día, tanto en los hombres como en las bestias salvajes y en las plantas y los pájaros, a esto se llama nacimiento; cuando los elementos se separan, se habla entonces de muerte infortunada». De este modo, las sustancias comienzan a organizarse siguiendo las leyes puramente mecánicas de su respectiva gravedad. El espíritu, que para Basílides es material y compuesto de átomos muy finos, se eleva y se apresura a retornar a su principio. El neuma, que es ya una materia más opaca, se extiende alrededor del mundo como una envoltura exterior. El éter se eleva y se extiende sobre el neuma. Viene a continuación el aire, que llena la región siguiente. Hasta aquí, nada más que un proceso puramente físico. Pero, debido a que cada uno de estos elementos contiene un espíritu elemental, la cosmología científica va a transmutarse en una cosmología místico-religiosa. Así, la gnosis reconcilia, en una visión que no carece de grandeza, lo que la ciencia moderna ha querido separar. Pero la evolución del mundo no ha concluido. La última parte del Espíritu Cósmico debe elevarse hacia el espíritu universal. Sólo entonces se restablecerá la armonía y el mundo habrá encontrado su terminación gracias a la instauración de un escalonamiento entre espíritu, alma y cuerpo. Se trata de una compenetración recíproca, al igual que el cuerpo, el alma y el espíritu del hombre concurren en una unidad orgánica. La obra de la salvación consiste en instruir a las criaturas sobre su verdadera naturaleza, acerca de toda la creación tal como ha sido deseada por Dios, pero que no ha podido llegar a término. Una vez más, es el conocimiento, la «gnosis», lo que debe salvar al hombre, y no una fe ciega. Todo el pecado del hombre reside en su deseo, que le lleva a querer transgredir su naturaleza. Toda aspiración contra natura, tanto si se trata de la ascesis pura, como del deseo de franquear los límites fijados al hombre por la Naturaleza y la voluntad concordante de Dios, toda aspiración de este tipo arroja de nuevo al hombre a un sufrimiento siempre renovado. Todo deseo irrealizable debe, por tanto, ser yugulado por la razón, y, ante todo, los deseos sexuales, al menos para la minoría, ya que el instinto genésico representa la función central del hombre. Basílides, y luego san Isidoro, ve en el amor un deseo no normal, natural, pero no necesario, que aparta al hombre de su destino más noble. Para ellos, la naturaleza y, por tanto, la moralidad consisten en satisfacer el instinto genésico al margen de todo amor. En esto, Basílides encuentra apoyo en Platón. A propósito de la transmigración, el Timeo cita, entre los impulsos racionales que el hombre debe vencer para escapar al ciclo de los nacimientos, el amor mezclado de placer y de pena.

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El punto de vista basilidiano se une, en este sentido, con el del poeta y filósofo alemán Richard Dehmel (1863 – 1920), así como con el místico maestro Eckhart. Para Basílides, tuvo lugar una caída en descenso del germen, seguida de una evolución ascendente. Esta filosofía, en efecto, se entronca en muchos puntos con el paganismo, del cual los gnósticos no rechazan su fondo de sabiduría. El nombre de este Dios es parecido al Mitra de los paganos. En efecto, el nombre de Abraxas, que significa dios, al sumar los valores numéricos de cada letra de esa palabra proporciona el número de días del año, es decir, el tiempo de evolución de la Tierra alrededor del Sol. Ahora bien, el término Mitra totaliza el mismo valor numérico. El Sol es Helios y Mitra-Abraxas contiene el conjunto del círculo solar. Mitra y Helios están en una relación de padre a hijo. Mitra es el gran dios; Helios es su logos, gracias al cual se desarrolla, crea el mundo y desempeña en él un papel de mediador entre el hombre y Dios, como atestiguan la liturgia de Mitra y el discurso del emperador Juliano. Finalmente, la metafísica de Basílides es un elaborado panteísmo, doctrina filosófica según la cual el Universo, la naturaleza y Dios son equivalentes, así como heredero de la filosofía griega, que desemboca en un sistema completamente original. Estos principios fueron recogidos más tarde, y Goethe, que era un iniciado, se sirvió de la imagen gnóstica, desarrollada por Basílides, de los mundos intermediarios que separan al hombre de su principio, que es Dios. Según Goethe, en su obra Fausto: «Es la legión, muy conocida, que se extiende como la tempestad en torno a la vasta atmósfera, y que en todas partes prepara al hombre a una infinidad de peligros. La banda de los espíritus venidos del Norte aguza contra vosotros lenguas de triple punta. La que viene del Este deseca nuestros pulmones y se alimenta de ellos. Si son los desiertos del Mediodía quienes los envían, amontonan alrededor de vuestra cabeza llama sobre llama, y el Oeste vomita un enjambre de ellas que primero os hiela y termina por devorar, en tomo a vosotros, vuestros campos y vuestras cosechas. Dispuestos a causar el mal, escucharán de buen grado vuestra llamada, e incluso os obedecerán, porque les gusta engañaros; se anuncian como enviados del cielo, y, cuando mienten, lo hacen con voz angélica». Goethe se basa en una fuente común: la Weltanschauung gnóstica, en la cual todas las entidades que existen entre Dios y el hombre, tales como ángeles malos, espíritus de las esferas y de los astros, vientos, etc., ocupan un lugar muy importante. Dios sólo puede intervenir en el Cosmos desde el exterior, enviando el pensamiento de Dios, el Logos, que aportará el conocimiento a los hombres. El hombre sólo puede conseguir encontrar la vía si encierra en él mismo el mundo entero: es un microcosmos en el seno del macrocosmos. ·Está compuesto de materia, pero contiene también el Logos, el espíritu divino que reina sobre las regiones superiores del Cosmos. Desde la Tierna, el hombre se eleva, por sus esfuerzos, hasta la Luna, atravesando el reino hostil de los demonios: la capa ionosférica que envía nuevamente las ondas hacia la Tierra. Así la epopeya moderna de los cosmonautas incorpora, gracias a la ciencia, la visión gnóstica de la evolución.

 

Ante el peligro que representaba el resurgimiento, especialmente con Basílides, del neopaganismo, la Iglesia reaccionó y, en el Concilio de Nicea, en el año 325, la gnosis, con sus diversas escuelas, fue condenada. Nacidos de la filosofía helénica, los gnósticos renegaban de su origen, revistiendo su doctrina de un ropaje oriental, según un uso practicado en todo tiempo. La ciencia moderna ha invertido esta relación, investigando los principales motivos del gnosticismo en las religiones orientales. El abate Barbier, especialista en el estudio de las sociedades secretas y de su influencia en el seno de la Iglesia, comprendió bien el fenómeno gnóstico al escribir: «El papel de la Iglesia gnóstica es el de predicar una doctrina de la raza humana superior, que no ha sido corrompida por las razas semito-cushitas, y que se conforma con la máxima fidelidad a la enseñanza del Cristo Salvador». La gnosis cristiana fue prohibida al mismo tiempo que las escuelas neoplatónicas, pero encontró de nuevo su expresión en el catarismo, en los siglos XII y XIII. El neognosticismo debía «renacer» a finales del siglo XIX bajo la capa de la ciencia, pero en reacción contra «el progreso científico». El vínculo entre esa renovación y el nazismo es indudable. Si la gnosis ha podido desarrollarse y perpetuarse como un río subterráneo, es que existían, y existen todavía templos donde el saber es conservado y desde los cuales se transmiten las órdenes. Desde la más lejana antigüedad, los hombres que deseaban adquirir el conocimiento tuvieron que sufrir las pruebas de la iniciación. Pero éstas no podían tener lugar en cualquier parte. Eran necesarios templos donde impartir esta enseñanza. Ésta es la razón de ser de los centros de iniciación, lugares privilegiados donde la esencia del saber se concentraba en manos de los sacerdotes, representados por pontífices, druidas, brahmanes o lamas. En la antigüedad de Egipto, el centro iniciático más antiguo conocido, existían diversos centros iniciáticos entre los numerosos santuarios, tanto en el Alto como en el Bajo Egipto. Hasta la invasión de los persas, mandados por Cambises, Tebas, la ciudad sagrada, encerraba en sus templos los secretos de la elevada ciencia sacerdotal. El santuario de Ptah, consagrado a Osiris, dios de los Muertos, era dirigido por un clero particularmente sabio. En este Santo de los Santos, los sacerdotes tenían el poder de evocar el Sol de los muertos, el Sol de Osiris, que guía a los difuntos hacia su última morada y puede arrastrar a los vivos al reino de la muerte. Cambises, en su ignorancia, quiso ser iniciado en estos misterios, y, como los sacerdotes de Tebas, temiendo ofender a los dioses, rehusaron evocar a Osiris al gran rey, éste les hizo asesinar en el mismo lugar. Cambises se dirigió entonces a Menfis, donde Platón habla estudiado la sabiduría, al templo de Sais, único lugar donde el soberano también podía ser iniciado en la visión de Osiris.

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Sumido en un sueño letárgico gracias a un licor extraído de la flor de nepente, Cambises, yaciendo en un sarcófago, no salió de allá más que para morir loco en el desierto de Siria, donde, abrumado por la insoportable visión, buscó refugio. En efecto, no se puede llegar a la fase suprema del conocimiento sin una larga preparación, so pena de caer «al otro lado del espejo», perdiendo la razón o la vida. En la prueba, cada neófito ponía en juego su vida y su alma, ya que en el zócalo de las estatuas de Isis estaba escrito: «Ningún mortal ha levantado mi velo». Raros eran los que triunfaban de las siete pruebas previstas en la iniciación. Moisés fue iniciado en los misterios de Egipto, pero sucumbió, según la versión de Gérard de Nerval, a la última prueba, que era la de la castidad. Este es el motivo por el cual, como había pecado, se vio privado de los honores que tanto deseaba. Herido en su amor propio, Moisés se levantó en guerra abierta contra los sacerdotes egipcios, luchó contra ellos en el terreno de la ciencia y de los prodigios y terminó por liberar a su pueblo. Orfeo y Pitágoras tuvieron que pasar por las mismas pruebas, pero este último salió victorioso de ellas. Los sacerdotes le acogieron en su colegio sagrado. Convertido desde entonces en gran iniciado, Pitágoras, tras haber visitado la India, donde recogió las enseñanzas de los brahmanes, y también la Galia, regresó a Grecia, donde fundó los santuarios de Delfos y Eleusis, con objeto de perpetuar el conocimiento esotérico. Apolonio de Tiana, en el siglo I, y Manes recorrieron también Occidente y Oriente, visitando todos los lugares donde podían instruirse. Las sectas alemanas neognósticas recogieron la idea de que Moisés y los hebreos, al desvelar los secretos de Egipto, se habían convertido en adeptos de la magia negra, en tanto que los griegos, continuadores de los sacerdotes de Amón, habrían poseído la magia blanca. Es sabido que el jerarca nazi Rudolf Hess, que vivió toda su juventud en Egipto, se convirtió más tarde en el delfín de Hitler. Ahora bien, este hombre formaba parte del movimiento esotérico Thule, inspirador secreto del nazismo. La sabiduría no era solamente patrimonio de Egipto, aunque este país hubiera aportado grandes secretos. Vivieron también sabios en la Galia, como los druidas, conocidos por una imagen deformada que nos han dejado los manuales de Historia. Para Maurice Magre, «sin duda, los druidas de la Galia debieron de representar una de las más altas cimas de la espiritualidad que los hombres son capaces de alcanzar». El propio Pitágoras se dirigió a los celtas para recibir la enseñanza de los «hombres sabios».

 

Según Maurice Magre, en su obra  La llave de las cosas ocultas: «Puesto que, cualquiera que fuera el salvajismo de los pueblos, y aunque no tuviera más que su capa y su bastón, aquel que había nacido bajo la estrella del conocimiento encontraba, desde la India a Irlanda, lugares de sabiduría y de instrucción donde se le daba una contraseña que le permitía avanzar un poco más. Los druidas partieron verosímilmente, de un centro situado en Irlanda, centro que, en su origen, debía de haberse nutrido en Asia, como lo demuestra la gran similitud existente en la organización de los druidas y la de los lamas». Respetando los dioses galos, Tautates, Esus, y Terania, los druidas se hicieron médicos, jueces y maestros, a la vez que se imponían por su elevada espiritualidad. Estos hombres vivían ascéticamente como lamas tibetanos o cenobitas cristianos, lejos de la agitación de las ciudades, aposentados en lo más profundo de los bosques que, desde el mar del Norte hasta el Mediterráneo, cubrían entonces Francia. Formando colegios de instrucción, verdaderos «oasis del pensamiento» en medio de la ignorancia general, los druidas se transmitían religiosamente sus conocimientos. Despreciando las construcciones humanas, sus templos eran los bosques de grandes robles, y sus columnatas, los troncos de los árboles centenarios. Respetaban la vida en todas sus formas y creían en la metempsícosis, doctrina filosófica griega basada en la idea tradicional de la constitución triple del ser humano (espíritu, alma y cuerpo) que afirma el traspaso de ciertos elementos psíquicos de un cuerpo a otro después de la muerte. No cazaban ningún animal y construían chozas ligeras por el temor de herir el alma de los árboles. Conocían también el lenguaje de los animales y de los pájaros, que nosotros hemos olvidado, y estaban en comunicación con la Naturaleza. Despreciaban, asimismo, el oro, símbolo de la envidia y de la codicia de los hombres, y lo proclamaron maldito, prohibiendo durante largo tiempo su circulación en la Galia. Cuando los tolosates, después de su victoria en Oriente, trajeron el oro procedente de sus pillajes, recibieron la orden de arrojarlo a un lago. Sobre el emplazamiento de este lago fue erigida la iglesia de Saint-Sernin. Los druidas enseñaban también el escaso valor de la vida terrestre frente al más allá, y el desprecio a la muerte. El suicidio sagrado era lícito y estaba reglamentado, lo cual hizo pensar en los sacrificios humanos. En definitiva, poco se sabe de ellos, excepto algunas verdades, ya que su enseñanza era oral y está definitivamente perdida. Pero si un Pitágoras y un Apolonio de Tiana se dignaron visitarles, esto significa el elevado renombre que habían adquirido en la antigüedad. Los druidas desaparecieron misteriosamente, tal como habían venido, en el siglo I después de Jesucristo, ahuyentados poco a poco por las legiones romanas. Con sus largas vestiduras blancas dejaron quizás en los bosques las huellas de su antiguo saber.

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Paralelamente a la tradición egipcia en la antigüedad, existe otra corriente, no menos antigua e importante, donde encontramos también numerosas huellas de una fuente común. Se trata de los santuarios del Asia central y del Tíbet, este techo del mundo que algunos consideran también como el corazón y centro del mundo. La tradición tibetana es conocida hoy por numerosas obras difundidas entre el público. Algunos occidentales, en número muy reducido, han sido iniciados en los monasterios del Tíbet. Con frecuencia, relatan la misma historia legendaria contada por los lamas. Una tradición afirma que, después de la gran catástrofe cósmica en la que la Atlántida se hundió, hubo algunos hombres que escaparon a ella y se dedicaron a la tarea de perpetuar el patrimonio moral humano. Se habían refugiado en las alturas del Himalaya. Allí ocultaron las tablas astronómicas, los documentos grabados sobre hojas de metal, y todo lo que representaba los elementos del saber. Y, a partir de ahí, se expandieron a través del mundo bárbaro. El escritor francés Jean Marqués-Riviére, que no ha dejado de denunciar la francmasonería, es también conocido como un especialista del budismo. A este respecto, señala que las bibliotecas de los monasterios contenían documentos extremadamente importantes para la Historia de la Humanidad. Estos rollos de papel, ocultos en grutas, fueron sustraídos posteriormente al vandalismo de los invasores chinos. La reconstrucción de toda la Historia de nuestra Tierra se habría sacado, según otros autores, de los famosos Anales akkáshicos. Bastaría que los iniciados se sumieran en éxtasis para rehacer el viaje en el tiempo y reconstituir el pasado de la Humanidad. El Asia central, tierra de elección de los primitivos arios, ha podido albergar y conservar parte de la tradición y la ciencia de nuestros lejanos antepasados. La historia del Tíbet se remontaría a millares de años, 12000, según el coronel Churchward, investigador del antiguo continente de Mu. Antes de esta época, el Tíbet se encontraba, según esta tradición, al nivel del mar. Según T. Lobsang Rampa, en su obra El tercer ojo, la tierra de los alrededores de Lasa contiene fósiles de peces y conchas que prueban este pasado marino. Así, por causas ignoradas, tras la desaparición del continente hiperbóreo, engullido en un cataclismo volcánico, algunos miembros de la iniciación suprema se habrían refugiado en el ahora desierto de Gobi, que era entonces fértil y próspero, desarrollando allí una civilización muy avanzada. Aproximadamente unos veinte siglos más tarde, una nueva catástrofe, desencadenada esta vez por la mano del hombre, habría convertido este territorio en un vasto desierto. Los supervivientes de Hiperbórea se habrían refugiado entonces en el actual Tíbet, que se encontraba casi al nivel del mar. A continuación, deseando ocultarse a los ojos de los profanos, se habrían enterrado en una red de subterráneos y cavernas del macizo del Himalaya.

 

La leyenda debe de tener un fondo de verdad, ya que Lobsang Rampa informa, en la obra ya citada, hechos sorprendentes que pueden no ser ajenos a nuestra historia legendaria. Después de la última fase de la iniciación, el joven lama fue conducido por el padre abad a un subterráneo profundo. Tras haber relatado su descenso al corazón de la tierra, Rampa describe estas profundidades secretas: «En el centro de la caverna se hallaba una mansión negra de tal brillantez que me pareció como construida en ébano. Extraños símbolos y diagramas, parecidos a los que yo había visto en las paredes del lago subterráneo, recubrían sus muros. Entramos en la casa por una puerta alta y ancha. En el interior, vi tres féretros en piedra negra decorados con grabados y curiosas inscripciones. No estaban cerrados. AI observar su interior, se me cortó la respiración y me sentí, de pronto, muy débil.—Observa, hijo mío —me dijo el más anciano de los monjes—. Vivían como dioses en nuestro país en la época en que aún no había montañas. Recorrían nuestro suelo cuando los mares bañaban nuestras riberas y cuando otras estrellas brillaban en nuestros cielos. Observa bien, ya que sólo los iniciados lo han visto. Obedecí; estaba, al mismo tiempo, fascinado y aterrorizado. Tres cuerpos desnudos, recubiertos de oro, estaban extendidos ante mis ojos. Dos hombres y una mujer. Cada uno de sus rasgos era fielmente reproducido por el oro. Pero, ¡eran enormes! La mujer medía más de tres metros, y el mayor de los hombres superaba los cinco». Siempre según Lobsang Rampa, la Tierra se encontraba, mucho antes de la época histórica e incluso prehistórica, mucho más cerca del Sol. Los días eran más cortos y más cálidos. Se crearon civilizaciones grandiosas. Pero un cuerpo planetario sin control, al interactuar con la Tierra, modificó su órbita. La Tierra se puso a dar vueltas en sentido contrario, causando catástrofes sin nombre, levantado los mares, hundiendo las tierras y provocando la elevación del Tíbet, que fue súbitamente proyectado a 4 000 metros por encima del nivel del mar. El mito de una civilización maravillosa y de un continente perdido es una constante que encontramos en el núcleo de la tradición tibetana. A este respecto es significativo lo que se explica sobre misteriosas ciudades subterráneas que forman Agartha o centro del mundo. René Guénon, filósofo del esoterismo, en su libro El rey del Mundo (1927), cree en la existencia de un centro espiritual oculto de donde partirían las órdenes superiores destinadas a los grandes iniciados de este mundo. Los adeptos de la sociedad del Vrill y del grupo Thule se basaban en esta creencia, que transmitieron a Adolf Hitler, Rudolf Hess y Rosenberg.

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Precisamente para volver a establecer conexión con aquellas centrales espirituales, Hitler encargó a la «Ahnenerbe», organización deicada a la investigación de los antepasados y dirigida por Himmler y las SS, que organizara una expedición al Tíbet, dirigida por el etnólogo Standartenführer SS doctor Scheffer, a quien se confió la misión de descubrir los orígenes de la raza «nórdica», que era, según los teóricos nazis, de origen indogermánico. El informe de esta expedición no se ha perdido por completo. Existen extractos de ella en los archivos microfilmados del Departamento de Estado en Washington. Por su parte, Jean Marqués-Riviére, que efectuó numerosos viajes a la India y fue iniciado al tantrismo lamaico, relata en su libro A la sombra de los monasterios tibetanos lo que los lamas de los grados superiores le revelaron. Según la Tradición Primordial, se perpetúa la existencia del rey del Mundo: «Así, pues, sobre toda la Tierra, e incluso más allá, reina el lama de los Lamas, aquél delante del cual el propio Tashi-Lama inclina la cabeza, aquél a quien llamamos Maestro de los tres mundos. Su reino terrestre es oculto, y nosotros, los de la “tierra de las nieves”, somos su pueblo. Su reino es para nosotros la tierra prometida, Napamaku, y llevamos en nuestro corazón la nostalgia de esta región de paz y de luz. Ahí un día terminaremos todos y en tiempos no lejanos, ya que nuestros oráculos son formales. Pero, un día, para salvar la tradición eterna de la posible profanación, huiremos ante los invasores del Norte y del Sur y ocultaremos otra vez nuestros escritos y nuestra doctrina [alusión a la invasión china] (…). Inmutable, este monarca reina sobre el corazón y el alma de todos los hombres. Conoce sus pensamientos secretos y ayuda a los defensores de la paz y de la justicia. No siempre ha estado en Napamaku. La tradición dice que, antes de la gloriosa dinastía de Lasa, antes del sabio Pasepa, antes de Tugkapa, el maestro omnipotente reinaba en Occidente sobre una montaña rodeada de grandes bosques, en el país que habitan hoy día los extranjeros. Por medio de sus hijos espirituales, reinaba sobre las cuatro direcciones del mundo. En aquel tiempo existía la flor sobre la svástica… Pero los ciclos negros persiguieron al Maestro del Occidente, el cual vino a Oriente, a nuestro pueblo. Entonces, quitó la flor, y sólo queda la svástica, símbolo del poder central de la joya del Cielo».

 

Señalemos que en este pasaje la cruz gamada o svástica es situada en el centro del mito de  Agartha. Efectivamente, la rueda es un símbolo del mundo que efectúa su rotación alrededor de un punto fijo, símbolo que es transcrito por la svástica. Pero en ésta la circunferencia del círculo que representa no está trazada, de modo que es el mismo centro lo que se designa directamente. La svástica no es una figura del mundo, sino más bien de la acción del principio respecto al mundo. René Guénon ha expuesto muy bien el pensamiento nazi en lo que se refiere a la Agartha, aunque no haya hecho alusión a ello. Pero existen muchas coincidencias curiosas. Así, tanto para dicho autor como para los nazis, la Thule hiperbórea representa el centro primero y supremo de nuestro ciclo actual o Manvantara. Todas las otras islas sagradas sólo son imágenes de Thule, que aún es llamada la Isla Blanca. En la India, la Isla Blanca es considerada como la sede de los bienaventurados, lo que la identifica claramente con la tierra de los vivos. René Guénon no fue el primero en explicarlo, ya que el francés Saint-Yves D’Alveydre, en una obra póstuma titulada Misión de la India, publicada en 1910, describe un centro iniciático misterioso designado ya con el nombre de Agartha. El escritor ruso Ferdynand Ossendowski relata en su obra Bestias, hombres y dioses, aparecida en 1924, la tradición del rey del Mundo, que sigue estando viva entre las poblaciones mongoles. Según esta leyenda, el rey del Mundo se encontraría en la Mongolia meridional. He aquí lo que un príncipe budista declara a Ossendowski: «Este reino es Agartha. Se extiende a través de todos los pasos subterráneos de todo el mundo. Yo he oído a un sabio lama chino decir a Bogdo Khan que todas las cavernas subterráneas de América están habitadas por el antiguo pueblo que desapareció bajo la tierra. Todavía se encuentran sus huellas en la superficie del país. Estos pueblos y estos espacios subterráneos reconocían la soberanía del rey del Mundo. Nada maravilloso hay en esto. Sabéis que en los dos mayores océanos del Este y del Oeste existían en otro tiempo dos continentes. Desaparecieron bajo las aguas, pero sus habitantes pasaron al reino subterráneo». El autor informa que numerosos lamas le confesaron haber visto al rey del Mundo, aunque él no lo había jamás visto por sí mismo. Esto viene confirmado por Jean Marqués-Riviére, quien asegura haber visto a un enviado de Agartha. Este último le dijo: «Yo soy, hijo mío, un enviado del Reino de la Vida; nuestro monasterio es el inmenso Universo de las siete puertas de oro; nuestro reino está en los tres mundos de este ciclo…». Realidad o ficción mística, la Agartha sigue siendo un enigma para el hombre de Occidente. Haya lo que haya de verdad, el mito de las centrales espirituales corresponde en Europa a la aparición de los grupos ocultistas alemanes en el siglo XIX. Nada asombroso resulta, por tanto, que el nazismo haya recogido esta tradición.

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No obstante, la referencia a las regiones del Asia central, representadas como la fuente de toda sabiduría no es, en sí misma, nueva. La leyenda se ha ido concretando poco a poco, pero su origen es antiguo, ya que Emanuel Swedenborg (1688 – 1772), científico, teólogo y filósofo sueco, da constancia de ello cuando declara: «Es entre los sabios del Tíbet y de la Tartaria donde hay que buscar la palabra perdida» Por su parte, Ana Catalina Emmerich, la santa visionaria del siglo XIX, hace de Jesús un iniciado del Tíbet. Después de la decadencia del mundo antiguo, la tradición esotérica se perdió en Occidente. Una parte del conocimiento, salvada del desastre, sobrevivió a través del maniqueísmo y de la gnosis. En cuanto a la otra parte, se perdió con la ruina de los santuarios y regresó a Oriente, de donde, el cabo de algunos decenios, resurgió con nueva fuerza. Es ésta la que nos proporciona la abundante literatura sobre la India y el Tíbet. Tras el fin del catarismo, hay que adentrarse en el Temple, la Rosacruz e, incluso, la francmasonería, para intentar volver a encontrar el hilo de Ariadna que nos conducirá hasta el neognosticismo de los siglos XIX y XX. Los templarios soñaban con una Europa teocrática sometida a un mesías imperial. Pero la fe de los cruzados en la superioridad del cristianismo debió de tambalearse notablemente a causa de los fracasos militares y por el conocimiento de la mística de los sufíes musulmanes. Después de los fracasos habidos en la conquista de Tierra Santa, se llegó rápidamente a proyectar un acuerdo con los sarracenos. En su obra Los iluminados, Gérard de Nerval escribe: «Fueron los templarios, entre los cruzados, quienes intentaron realizar la alianza más amplia entre las ideas orientales y las del cristianismo romano». Se ha afirmado que Palestina era un polo místico, un eje ideal entre dos mundos: Oriente y Occidente. El mismo nombre de los templarios había sido escogido para evocar, no sólo el Santo Sepulcro de los cristianos, sino también, con vistas a los judíos, el Templo de Salomón, receptáculo sagrado de la sabiduría y del conocimiento. El gran historiador francés Jules Michelet subrayó claramente este hecho cuando, en el siglo XIX, escribía: «La idea del Temple, más elevada y más general incluso que la de la Iglesia, estaba, en cierto sentido, por encima de toda religión. La Iglesia ponía fechas; el Temple, no. Contemporáneo de todas las edades, era como un símbolo de la perpetuidad religiosa. La Iglesia es la casa de Cristo; el Temple, la del Espíritu Santo».

 

Un gran especialista de la historia templaría, John Charpentier, dice que «la conciliación o la reconciliación del pasado con el presente y con el futuro, en el gran pensamiento de la unidad divina», era la tarea que los templarios se habían asignado a sí mismos. A partir de aquí, no hay, pues, nada asombroso en el hecho de que la enseñanza religiosa de los soldados del Temple estuviera acompañada por una iniciación secreta que pretendía restablecer los lazos con la Gran Tradición. Hay que esperar hasta 1818 para que un arqueólogo austríaco, Hammer-Purgstall, publique una obra titulada El misterio de los templarios, revelado. En este libro, el historiador demostraba que la Orden del Temple había adoptado la doctrina gnóstica y practicado sus ritos. En apoyo de su tesis, Hammer-Purgstall invocaba cuatro estatuas, que se conservaban en el Museo Imperial de Viena, las cuales se afirma que fueron encontradas en casas de los templarios de esta ciudad. Ahora bien, se trata, en efecto, de ídolos gnósticos, el más imponente de los cuales es un personaje faraónico que lleva barba y que presenta, como las otras tres estatuas, todas las características del hermafroditismo. Las inscripciones descubiertas sobre las figurillas hacen alusión al fuego y a la bisexualidad de los personajes, lo cual es un rasgo gnóstico. Se trata aquí de representaciones de emanaciones divinas, intermediarias entre el Creador y la materia, según la neumatología gnóstica. Jean Marqués- Riviére supone que «en el seno de los templarios existía un grupo con objetivos secretos de poder y que se apoyaban en riguroso esoterismo». Para sostener estas teorías, tales historiadores recuerdan que para hablar del gnosticismo de los templarios habría sido necesario que existiera una gnosis militante en el tiempo en que vivieron. Ahora bien, en 1945, un labrador egipcio de Luksor descubrió, al cultivar su parcela de tierra, un ánfora que esparció, al romperse, pergaminos sumamente reveladores. Estos documentos, escritos en lengua copta, proceden del siglo III de nuestra Era; se trata de libros sagrados de los gnósticos, en los cuales se pueden ver las «Revelaciones de Hermes-Thot», juntamente con los «Evangelios secretos de Tomás y Felipe». De este modo, aparece la prueba de que la vieja religión egipcia se incorporó, a través de los gnósticos, al cristianismo naciente, como se había incorporado ya al helenismo con Pitágoras y Platón. A partir de aquí, nada se opone a que los templarios aparezcan como neognósticos que quieren restablecer un vínculo con la Gran Tradición. El escritor francés Anatole France sólo reconocía a los Iluminados de Baviera, en el siglo XVIII, como a los sucesores auténticos de vieja religión egipcia. Y la «Iluminaten Orden» y sus elementos racistas fueron los precursores del nazismo. Pero el punto de partida primordial que representa la gnosis y sus característicos resurgimientos están representados por la Orden del Temple y el catarismo.

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Hay complejas imbricaciones entre el catarismo y el templarismo, así como la unión sagrada de las dos «herejías», para utilizar un término tan caro a la Iglesia. Hubo un intento de alianza con los sarracenos que se ofreció a los templarios hacia el año 1180. En esta fecha, los musulmanes empiezan a alcanzar las victorias militares que conducirán a su jefe Saladino a efectuar, en el año 1187, su entrada en Jerusalén. Se presenta el siguiente dilema: «Hay que llegar a concluir un modus vivendi, o proseguir la guerra a ultranza.» Naturalmente, el clero romano se inclina por la última solución, y momentáneamente consigue su propósito.

Pero, frente a ella, el rey de Inglaterra Enrique II Plantagenet, y su hijo Ricardo Corazón de León, sueñan compartir con Saladino la Tierra Santa. Es curioso constatar que es el capellán de Enrique II, Map, quien debía escribir, en Gran Bretaña, Lancelot, el romance de los caballeros de la Tabla Redonda, es decir, la historia del Santo Graal de los cátaros. Bástenos con indicar que Map era un templario, partidario, como todos los templarios, de la unión con el catarismo contra la omnipotencia pontificia. Hay que subrayar que el proyecto de Enrique II encontró gran apoyo en la persona del conde de Toulouse, Ramon V, el «rey» de los cátaros. Para Ramon V existen buenas razones en favor de esta elección. En primer lugar, el rey de Francia acaba de emprender una cruzada contra sus súbditos heréticos, los cátaros. Esta «cruzada» había de durar muchos años. Ahora bien, Ramon V controla todos los puertos del litoral mediterráneo, desde Marsella a Narbona. El comercio con la Tripolitania, colonia románica en aquella época, le sirve de derivativo para los mercados de la economía occitana. A estas razones de orden táctico y colonial, se añaden motivos culturales y sentimentales, ya que la hermana de Ramon V se ha convertido en esposa de Saladino, y todos los trovadores se embarcarán con sus señores, Ricardo Corazón de León y Ramon, ambos príncipes mecenas. Estos proyectos británicos y occitanos no desagradan a los templarios, quienes observan una neutralidad muy benévola hacia el Midi en el conflicto que opone esta región al rey de Francia y al trono de San Pedro. A partir de entonces, su política se desarrollará sin cesar en este sentido. Ante todo, la elección del trovador Roberto de Sablé para el título de Gran Maestre de la Orden Templaría. Este último será seguido de numerosos occitanos a la cabeza de la Orden, hasta la caída del Temple en tanto que organización religiosa. Pero al proseguir con esta política, los monjes-soldados toparon en su camino con el rey de Francia y el Papa, lo que les fue fatal. Se olvida demasiado fácilmente que su «sede social» se encontraba en Francia y que el país de la flor de lis era la hija primogénita y obediente de la Iglesia. Al hacerse la orden político-religiosa extremadamente poderosa, la búsqueda de nuevas alianzas contra el rey de Francia debía tener un efecto de bumerang, en la medida en que el Papa abandonaría a la Orden, lo que se produjo con Clemente V. En este momento, la Orden se hunde.

 

Los numerosos historiadores del Templeno comprenden por qué Clemente V, inteligente y valeroso, no se opuso a la verdadera negación de la justicia que fueron el arresto y la condenación de los templarios por Felipe el Hermoso, rey de Francia. Clemente V, de origen occitano, era lo que se podría llamar un colaborador avant la lettre. Instruido por sus orígenes meridionales, había percibido al instante la alianza de sus compatriotas, los cátaros, con la orden del Temple. Clemente V debía de estar ligado a Felipe el Hermoso, quien le había hecho regalo del trono pontificio y que, por el acuerdo de Saint-Jean-d’Angély, se había reservado, como contrapartida, el derecho de apoderarse de los considerables bienes del Temple. Entonces, con ocasión del Concilio de Viena, en 1311, ocurrió un hecho asombroso. Mientras todos los participantes esperaban que se hiciera la luz sobre esta misteriosa Orden del Temple, se discutió, por el contrario, entre otras cosas, acerca de cuestiones del Vaticano y del nombramiento de un arzobispo en Pekín. La disolución de la Orden del Temple, al año siguiente, no estuvo acompañada de ninguna explicación. El mismo año (1314) en que, fíeles al destino gnóstico, los templarios subían a la hoguera maldiciendo a sus verdugos, el Papa Clemente V y el rey Felipe el Hermoso morían, con algunos meses de intervalo, víctimas de un mal misterioso. Algún tiempo después, unos desconocidos cortarían la mano derecha de la estatua de Clemente V que se levanta sobre el atrio de la catedral de Burdeos. En el antiguo Derecho Canónico, la mutilación de la mano era la pena infligida a los parricidas. A los lectores ávidos de misterio, bástenos recordarles que la maldición lanzada por el último Gran Maestre del Temple, Jacques de Molay, contra la casta de los Capeto había de encontrar su aplicación final el día en que la cabeza del desgraciado rey Luis XVI rodó sobre el serrín del cadalso. Un espectador, que se había abalanzado hacia la guillotina, mojó sus dedos en la sangre del monarca, y recogiendo algunos coágulos los lanzó sobre la muchedumbre, gritando: «¡Yo te bautizo, pueblo, en nombre de la libertad y de Jacques de Molay!» Por lo que se refiere a la maldición concerniente a los Papas, los francmasones se encargaron de ejecutarla, proclamándose, con razón o sin ella, descendientes espirituales de la Orden perseguida. Pero probablemente el relevo hasta la francmasonería se operó mediante la Rosacruz, otro movimiento esotérico. El neotemplario Cadet-Gassicourt escribió en La tumba de Molay (1797): «Al día siguiente de la ejecución de Molay, el caballero Aumont y siete templarios, disfrazados de albañiles, acudieron a recoger las cenizas de la hoguera. Entonces, las cuatro logias (Nápoles, Edimburgo, París y Estocolmo) prestan juramento de exterminar a todos los reyes y a la raza de los Capeto, de destruir el poder de los Papas, de predicar la libertad de los pueblos y fundar una religión universal». Pero se trataba aquí sólo de neotemplarios de obediencia masónica que reconocían a Pierre de Aumont como el auténtico sucesor de Jacques de Molay. Los rosacrucianos actuales estiman por su parte, que son una de las tres ramas de una «Fraternidad universal» histórica, la cual comprende también a los templarios, en un plano mágico, y a los cátaros.

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Se asegura que subsistieron cátaros auténticos en el norte de Nuremberg, en Franconia, hasta fines del siglo XVI. Éstos fueron los Hermanos de Bohemia, cuyo último obispo, Cominius, estuvo en contacto con Andrés y Jacobo Boehme, místico y teósofo luterano. Por otra parte, algunos autores muy versados en la materia, entre ellos René Guénon, admitían que el legítimo sucesor de Molay fue Larmenius. Este último habría sido seguido por Bertrand du Guesclin, Henri de Montmorency, Charles de Valéis, Régent, el príncipe de Condé, y, finalmente, por Fabré-Palaprat, quien debía hacer reaparecer el Temple a plena luz, en 1808, con la bendición de Napoleón. Para aquel que conociera los proyectos políticos del Emperador de los franceses, parece como si éste hubiera querido jugarle una mala pasada al Vaticano, al mismo tiempo que desposeía a la francmasonería de su prestigio de sociedad secreta de tendencia monopolista. No podemos hallar una filiación directa que vincule  la Gran Tradición con este tardío resurgimiento templario. Por el contrario, parece que la orden de la Rosacruz que surgió en el siglo XV, después que el Temple había sucumbido, fue la supuesta sucesora del movimiento templario. En efecto, Christian Rosenkreuz, el fundador de la orden, vivió en el siglo XV, y, según Cadet-Gassicourt, si el famoso conde de Saint-Germain pretendía ser más viejo de lo que en realidad parecía, es simplemente porque los iniciados rosacrucianos cuentan los años de un modo muy particular, fechando su nacimiento el día en que pereció Jacques de Molay, es decir, el 18 de marzo de 1314. Además, parece que los sucesores de los templarios se habían reagrupado alrededor de la naciente Rosacruz por la vía de la alquimia. El hecho es que los rosacrucianos, tanto antiguos como modernos, han creído poder anexionarse a Nicolás Flamel, célebre alquimista, de quien se sabe que su objetivo supremo, la transmutación de los metales y la fabricación de oro, no era totalmente desinteresado. La realización de la «gran obra» y del «huevo filosofal» podía encubrir empresas mucho más prosaicas. De hecho, la tradición alquímica, inspirada en gran parte por la Cábala judía, aparecía, aunque hubiera atraído a espíritus elevados, como una desviación de las fuerzas espirituales hacia un objetivo material, con vistas a procurarse riqueza y poder. No obstante, hay que señalar que Flamel conocía el simbolismo de la rosa, tan caro a los rosacrucianos, y se sirvió frecuentemente de él. La rosa mística no era ignorada por los templarios, y su sentido es conocido por toda la tradición esotérica. Durante largo tiempo secreta, la orden Rosacruz empezó a concretar sus objetivos durante el Renacimiento, que se mostraba más tolerante que la Edad Media hacia las «brujas». En esta nueva Edad, la Rosacruz ve el fin de un ciclo, el de la época medieval, que se había de acompañar de trastornos cósmicos. Sus miembros quisieron ser así los anunciadores y fundadores de este nuevo mundo purificado por el fuego, y restablecer una especie de Paraíso Terrestre. La sigla INRI tenía para los iniciados una significación no cristiana que autentifica este mito: Igne Nature Renovatur Integra (La Naturaleza es renovada completamente por el fuego). Este fuego, que obtiene su poder del Sol, tiene un triple significado.

 

Sin embargo, para los rosacrucianos, la alquimia era una obra secundaria, en tanto que la obra por excelencia era el «ergón», que aporta al conocimiento. Esta idea era traducida por la siguiente fórmula: «Vosotros mismos sois la piedra filosofal, vuestro propio corazón es la primera materia que debe ser transmutada en oro puro». La orden Rosacruz ha hecho correr mucha tinta, y algunos han puesto en duda su existencia. Según Héron Lepper: «Esta sociedad famosa, admitiendo que haya existido alguna vez, ha de ser considerada como la cadena que vincula las asociaciones esotéricas de la Edad Media con las de los tiempos modernos». Hoy día tenemos suficientes documentos y pruebas, para no dudar de la realidad de esta sociedad secreta. Es en Alemania, convertida en tierra de elección del ocultismo, y que debía seguir siéndolo, donde se desarrolló la flor mística de la Rosacruz. Un pastor luterano, Juan Valentín Andreae, reveló su existencia por vez primera en 1614, en un libro titulado Las bodas químicas de Cristián Rosenkreuz, en el que desvela algunos secretos de la secta. El grupo oculto existía ya desde hacía tiempo, pues Agrippa de Nettesheim (1486-1533), el célebre médico Paracelso (1493-1541) y Heinrich Khunrath (muerto en 1690) parecen haber formado parte de él. En esta época tiene lugar la expansión espiritual de la secta y se adopta el símbolo definitivo de la Rosacruz: una rosa roja, fijada en el centro de una cruz también de color rojo, «ya que fue salpicada por la sangre mística y divina de Cristo». Las comunidades de magos creadas en toda Europa por Nettesheim habrían dado origen en 1570, en Alemania, a los hermanos de la Rosacruz de oro. Pero es Khunrath, el fundador de la pansofía, quien creó la mística del rosacrucianismo integral, que promete «materializar los espíritus y espiritualizar los cuerpos». Los «rosae crucis» de tendencia mística perdieron su influencia en el siglo XVIII a manos de los «aureae crucis», rama secundaria de tendencias más pragmáticas. Este programa gnóstico no debe hacernos olvidar los objetivos de la Rosacruz, que siguen siendo invariables. En el mes de julio de 1785, un rayo alcanzó al doctor Lange. Se encontraron en su casa documentos que demostraban que, en el Congreso rosacruciano de Wilhelmsbad, él había decidido la muerte de Luis XVI. El jefe del complot, que no era otro que el fundador de los Iluminados de Baviera, el profesor Weishaupt, tuvo el tiempo justo de ocultarse en casa de uno de sus discípulos y alumno, el duque de Sajonia-Gotha, que le dio asilo. La Corte de Baviera hizo imprimir los archivos de los conjurados. No obstante, ningún historiador ha tenido la idea de formularse esta pregunta: ¿Por qué haber elegido a Luis XVI? Todo se ordena, no obstante, alrededor de un encadenamiento lógico. El pivote central de la organización, evitando en este sentido el error templario, se había refugiado en Baviera.

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La creación de la francmasonería, a partir de la rama de los «rosae crucis aureae», sirvió de pantalla protectora a la verdadera Rosacruz, que desapareció detrás de esta organización para no reaparecer más a la luz del día. Los Iluminados de Baviera nos proporcionan una huella irrefutable de este complot, del que el propio La Fayette percibió sus ecos. El 24 de julio de 1789, el marqués escribía: «Una mano invisible dirige el populacho». Con el transcurso del tiempo, uno está cada vez más persuadido de la existencia de una conjura, ya que se encuentra un rosacruciano  en el origen del asunto del collar que causó la deshonra de la reina María Antonieta y, simultáneamente, del clero a través del cardenal de Rohan; nos referimos al italiano Cagliostro.El asunto del collar fue una estafa que tuvo por víctima, en 1785, al cardenal de Rohan, obispo de Estrasburgo, y en el que se vio implicada la reina María Antonieta. La relevancia pública del asunto, que redundó en un gran escándalo político y social, contribuyó a hundir la imagen pública de la reina María Antonieta, que se ganó definitivamente la enemistad de la vieja nobleza francesa y perdió el apoyo del pueblo de Francia. Las consecuencias de esto espolearon el descontento popular contra el gobierno de Luis XVI, muy influenciado por la camarilla de la reina. El torpe manejo que la monarquía francesa hizo del asunto llevó a que comenzara a ser abiertamente desprestigiada por la propia nobleza, socavando de manera fundamental la imagen pública de la monarquía en unos momentos de crisis económica y social; igualmente, puso de manifiesto ante el pueblo la corrupción de la corte y la precariedad de las finanzas públicas, hasta el punto de que el Asunto del Collar suele considerarse como un claro antecedente a la Revolución francesa.Por su parte, el carácter profundamente novelesco del asunto, calificado como “una de las farsas más descaradas de la Historia” por Stefan Zweig, ha servido como tema de numerosas obras literarias, entre ellas, “El Gran Copto“, poema de Goethe, o la novela “L’Affaire du collier de la reine” de Alejandro Dumas, tema más tarde tomado por Hollywood para dar lugar a una película.Por aquél entonces, los joyeros de la corte Charles Boehmer y Marc Bassenge, se ven en un gran aprieto económico. Luis XV había encargado para su amante Madame du Barry un soberbio collar de diamantes a estos dos joyeros. Sin embargo, la muerte de Luis XV frustró la operación, y los joyeros tuvieron que quedarse con el costosísimo collar. Desesperados, lo habían ofrecido a la corte de España, y, ante la negativa de Carlos III a pagar los dos millones de libras que pedían por él, de nuevo a Versalles, en donde el collar había despertado la admiración de María Antonieta ya en 1782, quien, por lo demás, tampoco se hallaba en condiciones de desembolsar el millón setecientas mil libras que habían pedido los joyeros. Incapaces de vender el collar pese a rebajar fabulosamente el precio, los joyeros estaban a punto de deshacer el collar cuando su existencia llegó a oídos de la condesa Jeanne de Valois de la Motte.

 

Usando su nombre y supuesta amistad con la reina, la condesa consigue que el 29 de diciembre de 1784 los dos joyeros le muestren el collar. Ensimismada ante tal magnificencia, la condesa decide hacerse con el collar por medio del cardenal. Le hace saber que la reina, antes de la pública reconciliación, necesita un último favor del cardenal: desea comprar un lujoso collar, pero carece de efectivo para ello; propone al cardenal de Rohan que lo compre en su nombre, y que posteriormente ella le abonará el coste del collar conforme lleguen los plazos; esto es, plantea al cardenal de Rohan que actúe como su avalista y testaferro en la compra del collar. El cardenal, aunque contento por la muestra de confianza que cree que le hace la reina, se muestra receloso: pese a ser fabulosamente rico, el precio del collar, rebajado hasta un millón seiscientas mil libras, no deja de parecerle desorbitado. No obstante, acaba por acceder: con la complicidad oportuna de Cagliostro, el místico masón amigo del cardenal, la condesa logra convencer al prelado de que un oráculo confirma la conveniencia del asunto. El 29 de enero de 1785, el cardenal, totalmente convencido, compra el collar por un millón seiscientas mil libras pagaderas a dos años en cuatro plazos semestrales, y se lo entrega a la de la Motte el 1 de febrero de 1785 quien, a su vez, se lo da en presencia del cardenal, y en medio de un gran secreto, a un supuesto lacayo de la reina, en realidad su cómplice Rétaux de Villette. Por haber favorecido esta negociación el joyero le regalará a la estafadora varias joyas.Conforme se acerca el día del primer pago, no obstante, la condesa se va dando cuenta de que el joyero va a exigir el pago. Desesperada, decide destaparles a los joyeros el fraude: les envía una carta en la que reconoce que la garantía de pago que el cardenal posee en nombre de la reina es falsa, pero que el cardenal, siendo rico, puede pagarles él mismo el collar. Sin embargo, los joyeros desconfían del cardenal, que siempre anda endeudado, y desesperados como están, se presentan ante la reina, creyendo que es ella la que posee el collar. Boehmer se presenta en Versalles el 13 de agosto, María Antonieta lo recibe, y en menos de un minuto descubre el joyero que la reina ni tiene el collar, ni ha sabido nunca nada del asunto. Al interrogar a Boehmer, descubre que el collar fue comprado por el cardenal de Rohan en su nombre; María Antonieta, que, por influencia de su madre María Teresa, desprecia profundamente a de Rohan, se siente ultrajada por esa estratagema, en la que cree ver una venganza del propio cardenal, a quien considera su enemigo. No se muestra dispuesta a pasar por alto cómo de Rohan ha usado, supuestamente, su nombre en su propio provecho, mezclándola en una estafa.

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Así, la reina María Antonieta informa de manera casi inmediata a su marido Luis XVI, y el 14 de agosto le exige que actúe inmediatamente contra el cardenal de Rohan, a quien acusa de haber usurpado su buen nombre. Al día siguiente, el 15 de agosto, cuando el cardenal –que es capellán del rey- se prepara para celebrar con gran ceremonia la fiesta de la Asunción, el rey lo llama a su despacho privado y, en presencia de María Antonieta, se ve obligado a dar explicaciones acerca del expediente presentado contra él. De Rohan se muestra confundido, pues todavía creía contar con el favor de la reina; poco a poco se va dando cuenta de la estafa de la que ha sido objeto, y confiesa al rey la novelesca implicación de la condesa de Valois de la Motte, de quien ni el rey ni la reina han oído nunca hablar. La ira de María Antonieta, que cree que el cardenal la insulta aún más con esa historia, crece hasta el punto de que urge a su marido a que detenga inmediatamente al cardenal; Luis XVI cede, y, ante toda la corte reunida para la Asunción, el cardenal de Rohan es arrestado públicamente y encarcelado en la Bastilla. Parece que la nueva francmasonería, sobre todo la francesa, no estaba al corriente de nada. Se refuerza esta idea con la asombrada reacción de La Fayette ante los primeros tumultos. La Fayette era un masón notorio. Podemos añadir a Jean Sylvain Bailly, presidente de la Asamblea Nacional Francesa, quien, antes de caer, como muchos otros, bajo la cuchilla de la guillotina, escribía con bastante lucidez en sus Memorias: «Es necesario un espíritu profundo y mucho dinero para calificar este plan abominable». Sin duda, la Historia jamás llegará a encontrar las huellas materiales de este complot internacional, pero hay muchas probabilidades de que fuera de Alemania, más concretamente de Baviera, y de Gran Bretaña, de donde partieran las consignas que concordaban en la política del momento; y, como por casualidad, fueron estos Estados los que acogieron favorablemente a los templarios en su huida y no tomaron ninguna medida contra la Orden, permitiéndoles efectuar lo que hoy día se denominaría una reconversión. La búsqueda del conocimiento a través de la investigación de la Gran Tradición no se extinguió, por tanto, con los templarios y los cátaros. Como ejemplo vemos que el rosacruciano y primer filósofo de su tiempo, Francis Bacon, trató, en su obra Nova Atlantis, el tema de la Tierra Santa, tan caro a Cristián Rosenkreuz. Con el tema de la nueva Atlántida y del continente perdido, que fue también la Tierra Santa, tenemos un resumen prodigioso y significativo de todos los sueños de los gnósticos y de los maniqueos, de los sacerdotes de Amón y de los cátaros, de los pitagóricos a los templarios. Pero ya la búsqueda de la Gran Tradición se ha alejado de Francia para situarse en su periferia. Es en Alemania y en Austria donde, a partir de entonces, encontraremos sus huellas.

 

La tradición profètica, del simple oráculo que era en la antigüedad, como puede verse con las pitonisas de Delfos, se ha convertido en cósmica con la revelación cristiana de las visiones de san Juan en la isla de Patmos, que formaron parte integrante del libro del Apocalipsis, en la Biblia. Desde el alba del cristianismo se han encontrado hombres ignorantes o eruditos, que intentaron percibir este simbolismo anunciador del fin de los tiempos y trataron de fijar un plazo a este hundimiento del mundo. Según las épocas fueran buenas o malas, iluminados, filósofos y sabios han anunciado el Paraíso Terrestre, o vaticinado el retorno al caos y la destrucción de la civilización terrestre, verdadero reino de Satanás. En la época medieval, vino a añadirse a estos mitos el del Gran Monarca o Mesías imperial, soberano que debía reinar sobre toda la cristiandad e imponer la paz final, precediendo sobre la Tierra la venida de Cristo Rey. En Francia, pero sobre todo en Alemania, hubo monarcas poderosos dispuestos a acoger favorablemente tales predicciones, que sólo podían favorecer las tentativas de restauración imperial. Por el contrario, el Papado siempre ha visto con malos ojos a estos profetas de la desgracia, que fustigaban los excesos de la Iglesia y anunciaban el cisma como algo inminente. En el mejor de los casos, las profecías hacían escaso favor al trono pontificio. Los gobernantes con afición de ser también líderes religiosos, fueron siempre considerado en Roma como el peor enemigo de la Iglesia, campeona de la teocracia. Federico Barbarroja, Federico II (Hohenstaufen), Enrique VIII de Inglaterra, y, mucho más próximo a nosotros, Napoleón, están ahí para testimoniarlo. La Iglesia no soporta que una autoridad al margen de ella intente desempeñar un papel en la dirección espiritual; y esto es lo que conducirá a la Reforma. La unión del sacerdocio y el Imperio parece, sin embargo, necesaria con objeto de realizar esta Jerusalén nueva de la que habla el Evangelio y que debería ser el ideal de la cristiandad. Aunque hoy día esta lucha parece claramente superada, el profetismo no ha cesado de añadir a lo largo de los siglos nuevas páginas a su leyenda. Muy próxima a nosotros, Fátima nos proporciona el ejemplo de ello. Si en Francia la fuente se agotó con Nostradamus, en Alemania el Apocalipsis siempre despierta ecos en el alma germánica. ¿Acaso Hitler no se presentó a sí mismo como un mesías de los tiempos nuevos, recogiendo el mito del Sacro Imperio, un Reich que debía durar mil años? Pero, ¿cuáles eran estas profecías que son los signos de los tiempos? ¿Cómo se expresaron? ¿Cuáles fueron sus intérpretes? Si queremos remontarnos hasta la fuente profunda, es preciso acudir a los primeros tiempos de la Era cristiana.  Según el apóstol Mateo: «En verdad os digo que hay algunos entre los presentes que no gustarán la muerte antes de haber visto el Hijo del Hombre venir en su reino». Estas palabras de Jesús tienen un sonido profètico, al anunciar la Era del Espíritu Santo o del Paráclito.

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El Apocalipsis de san Juan traduce claramente la efervescencia que provoca la espera del fin del mundo, después de la venida del Cristo, exacerbada por las desgracias de aquel tiempo. San Pablo reaccionó violentamente contra esta tendencia, aconsejando la moderación. Pero, paralelamente, Pablo, el Apóstol de los Helenos, organizará la espera de la ciudad celeste. Según la enseñanza del Evangelio, proclama: «Pero nuestra ciudad está en los cielos». Al principio de la predicación cristiana, el Imperio Romano se halla en su apogeo, y el reino de los césares parece anunciar la edad de oro. Con el reinado de Nerón, las perspectivas cambian, y a partir de entonces se sucederán los trastornos políticos. En el siglo II aparecen teólogos como Tertuliano que se lanzan con ardor a la interpretación apocalíptica, en que el fin del mundo es inminente, y por ello tanto más mediocre aparece el valor de las cosas terrestres. Por el contrario, Orígenes se opone vigorosamente al milenarismo, distinguiendo las dos ciudades: la ciudad terrestre y la ciudad celeste. San Agustín, obispo de Hipona (354-430), fue al principio maniqueo. Convertido al cristianismo, trata, en La Ciudad de Dios, de superar el antagonismo entre el poder espiritual y el poder temporal, sometiendo el emperador a la Iglesia. Se erige en campeón del sacerdotalismo. Agustín abandonó toda perspectiva milenarista: «las dos ciudades no han dejado de existir una junto a otra desde el origen de los tiempos; una tiene a Caín, y la otra a Abel, por fundadores. Una es la ciudad terrestre con sus poderes políticos, su moral, su Historia y sus exigencias; la otra, la ciudad celeste, que, antes de la venida de Cristo, fue simbolizada por Jerusalén, es ahora la comunidad de cristianos que participan de un ideal divino: esta ciudad sólo está aquí en peregrinaje o en exilio, como los judíos lo estaban en Babilonia; las dos ciudades seguirán existiendo una junto a otra hasta el fin de los tiempos; pero, después, sólo la ciudad celeste subsistirá para participar en la eternidad de los santos». No obstante, la lucha que está teniendo lugar es realmente la del sacerdocio y el imperio en el marco milenario de los tiempos proféticos. El emperador y el Papa lucharán por la dirección espiritual de los hombres, y en este combate el primero será vencido, ya que a la muerte de Teodosio (395) el Imperio es dividido, en tanto que la cristiandad permanece unida.

 

Así, pues, es en Occidente donde las tentativas de restauración imperial se sucederán, tras las grandes invasiones, desde Carlomagno a Hitler, pasando por Federico I (Barbarroja) y Napoleón, con idéntico fracaso. La Iglesia vela para impedir toda restauración del Mesías imperial, del orden romano o germánico que destruirá su omnipotencia. A partir de esta época la guerra entre los dos poderes está siempre lista para estallar. Tras la ruina del mundo antiguo y el fracaso de la restauración justinianea, el reinado de Carlomagno, emperador de Occidente, aparece, en medio del caos de los pueblos, como una nueva edad de oro para los partidarios del Imperio, y el recuerdo, embellecido por la leyenda, del emperador de la barba florida, seguirá estando vivo en el pueblo junto con la nostalgia de la Pax romana. Esto es lo que explica la leyenda del emperador dormido: «El emperador Otón III (983-1002) había sido advertido en sueños que debía exhumar el cuerpo del emperador Carlomagno. Se sabía que reposaba en Aquisgrán, sin que se pudiera precisar exactamente dónde. Después de tres días de ayuno, los buscadores iniciaron su tarea. Descubrieron el cuerpo de Carlomagno, como Otón lo había soñado, en una cripta abovedada bajo la basílica de Santa María. El cuerpo, perfectamente conservado, estaba revestido con la gran túnica imperial y se mantenía sentado sobre un rico trono. En este estado fue mostrado a la vista del público y vuelto a inhumar en la misma basílica, detrás del altar de san Juan Bautista. La exhumación de Carlomagno por Otón III enfebreció las imaginaciones. Se decía que Carlomagno había sido descubierto con el cetro en la mano y los Evangelios sobre las rodillas, que sólo estaba dormido y que despertaría un día para reinar sobre Europa, como lo habían enunciado los profetas. Tras la muerte de Federico II (1250), la leyenda se transfirió en su beneficio. Luego, en el siglo XVI, nuevamente recayó en Federico Barbarroja, muerto en 1190. Desde entonces, para todos los alemanes, el emperador prometido duerme en las profundidades de una gruta de Turingia. Está sentado ante una mesa de piedra, y, dado que duerme, su barba rodea ya varias veces el contorno de la mesa. En ocasiones, se despierta para preguntar al pastor que le vela: “¿Vuelan todavía los cuervos alrededor de la montaña?”, y el pastor responde tristemente: “Sí”. El emperador reemprende entonces su sueño secular, esperando el día en que conducirá a Alemania a la cabeza de todos los otros pueblos. Entonces, el Reich que durará mil años abarcará toda Europa». Como subraya Eric Muraise, «la leyenda del emperador dormido adquirirá una nueva magnitud cuando se apoye en la transposición poética de la leyenda del Graal, copa santa, cuya revelación purificará y unirá a la cristiandad desmembrada. Sin embargo, la vía de transmisión será diferente. El mito del Graal nace en la Galia, y de aquí pasa a Germania».

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Paralelamente, tiene lugar el terror de la gente ante las proximidades del año 1000, y las profecías de Rémy y de San Cesáreo anuncian el cisma final de la Iglesia, sin dar ninguna fecha. Más tarde, las profecías sagradas se apoyarán mutuamente para adquirir un nuevo impulso. Podemos citar al monje Glaber, pero, sobre todo, a Joachim de Flore (1145-1202), figura que merece gran interés. Este abad del monasterio cisterciense de Corace (Sicilia) era un espíritu místico y un alma atormentada por el mal que veía penetrar en la Iglesia, y comparaba ésta a una cueva de bandidos. Este espíritu elevado debe ser incluido cerca de los cátaros por su esfuerzo en retornar a la pureza. Joachim anuncia el juicio de Dios que herirá a la Iglesia por el poder de los nuevos caldeos, es decir, Alemania. Además, el monje anuncia el Anticristo, y predecía a Ricardo Corazón de León que este Anticristo ocuparía el trono pontificio. El Evangelio eterno de Joachim de Flore tuvo un gran éxito en el seno del movimiento antirromano. Según esta obra, la Humanidad se divide en tres edades: el reino del Padre, el del Hijo, que se acababa en 1260, y el del Espíritu Santo, que coincide con el fin de los tiempos. Este espíritu místico, anunciador de los tiempos imperiales y precursor de la Reforma, halló crédito en Alemania e Italia, ya que Dante, afiliado a la secta de emanación templaría de los Fideli d’Amore, sitúa al Papa en uno de los siete círculos del Infierno y se adhiere al partido imperial de los gibelinos. En la gigantesca lucha que opone al emperador y el Papa, dos clanes, en los que encontramos otra vez mezclados a cátaros, valdenses, gibelinos y templarios, se enfrentan en el curso de los cuatro siglos que van desde el año 1000 al 1400. Federico I Barbarroja tuvo grandes dificultades con el Papa, pero no supo, como sus predecesores, transponer la lucha al plano de las ideas. Federico II, emperador desde 1220 a 1250, adoptó la vía más sutil del esoterismo. Emperador de Alemania, rey de los romanos, rey de Sicilia, rey de Jerusalén, Federico II de Hohenstaufen fue un soberano prestigioso. Esta gran inteligencia, este enemigo irreductible de los Papas fue iniciado en el sufismo islámico; hablaba varias lenguas, entre ellas el árabe y el griego. Por el esoterismo, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico buscaba, él también, la llave de las cosas ocultas por la búsqueda del conocimiento a través de la historia de Merlín el Mago y del Graal. También hacia 1228, Federico II fue iniciado, en San Juan de Acre, en los misterios templarios. fue elegido por los templarios y los caballeros teutónicos, ligados por un pacto, para ser el emperador del mundo.

 

El plan fracasó, porque la Iglesia supo atacar a sus enemigos en frentes y momentos diferentes. Pero el hecho subsiste, y un vestigio singular de esta época es el castillo octogonal de Castel del Monte, en Sicilia. Esta construcción servía para reuniones misteriosas, y debía ser la sede del Nuevo Imperio. Federico II supervisó por sí mismo la construcción, que pone de manifiesto un plan secreto de arquitectura templaría imbuido del simbolismo sagrado de las cifras. Este castillo hace recordar a cierto burgo nazi donde se reunía el Capítulo de una Orden que pretendía suceder a los templarios y a los caballeros teutónicos. El Gran Maestro era Heinrich Himmler, gran admirador de la Edad Media y del Sacro Imperio. En estos círculos se invocaba continuamente el esoterismo medieval y el movimiento antipapal. Para prueba, basta el libro de H. S. Chamberlain, libro de cabecera de Hitler, donde el autor de La génesis del siglo XIX exalta a Dante, el hereje, y el movimiento «los von Rom». Savonarola también es llevado al pináculo, él, que fue quemado por orden del Papa.”Sin Judea, sin Roma construyamos la Catedral alemana“. Así sostenía el movimiento del caballero Georg von Schönerer la separación de la Iglesia de Roma, “Los von Rom“, nacido a caballo entre los siglos XIX y XX en Austria. Se fundaba sobre ideas pangermánicas, anticlericales y antisemitas. En este depósito ideológico se basaron también, posteriormente, los nazis. De hecho, en esa época, la intensa propaganda, apoyada por la asociación protestante alemana “Gustaf Adolf Verein“, consiguió alejar de la Iglesia a casi cien mil católicos austriacos en el arco de casi un decenio.Girolamo Maria Francesco Matteo Savonarola (1452 – 1498) fue un religioso dominico, predicador italiano, confesor del gobernador de Florencia, Lorenzo de Médici, organizador de las célebres hogueras de vanidad (o “quema de vanidades“) donde los florentinos estaban invitados a arrojar sus objetos de lujo y sus cosméticos, además de libros que él consideraba licenciosos, como los de Giovanni Boccaccio. Predicó contra el lujo, el lucro, la depravación de los poderosos y la corrupción de la Iglesia Católica, contra la búsqueda de la gloria y contra la sodomía, que él sospechaba que estaba en toda la sociedad de Florencia, donde él vivió. Predijo que un nuevo rey Ciro atravesaría el país para poner orden en las costumbres de los sacerdotes y del pueblo. La entrada del ejército francés de Carlos VIII, en 1494, en la Toscana, región donde estaba Florencia, confirmó su profecía. Sus críticas violentas contra la familia que gobernaba Florencia en esos años, los Médici, acusándoles de corruptos, contribuyeron a la expulsión del Gobernador Piero de Médici por los florentinos en 1495. Sus ataques contra el Papa Alejandro VI le valieron, primeramente, la excomunión y la prisión, y más tarde, tras haber sido liberado y conducido a Roma por los grandes comerciantes florentinos, la condena a la hoguera por un tribunal de la Inquisición y la inclusión de su obra en el índice de libros prohibidos. Nacido en Alemania, el movimiento contra el Papado encontró su expresión final con Lutero, quien se opuso definitivamente al dominio de Roma. Así, a pesar de su fracaso, estas luchas imperiales no debían resultar vanas, ya que anunciaron y prepararon el camino de la Reforma. Ahí empezó todo. La Reforma dio nacimiento, más allá del Rin, a una libertad intelectual desconocida en los países católicos. De esta libertad debían brotar el genio romántico del siglo XIX y las figuras prodigiosas de estos nuevos profetas que fueron Wagner y Nietzsche.

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N las declaraciones de Adolf Hitler publicadas por Hermann Rauschning con el título Hitler me ha dicho, y que obtuvieron gran éxito en los años inmediatos a la anteguerra, se puede descubrir nuevamente el importante papel de modelo que desempeñó la francmasonería alemana en la organización esotérica del partido nazi. Rauschning se asombraba de que Hitler hubiera podido utilizar alguna cosa de la francmasonería: «Lo que hay de peligroso en estas gentes es el secreto de su secta, y éste es precisamente el que he adoptado. Forman una especie de aristocracia eclesiástica. Se reconocen entre ellos por signos especiales. Han desarrollado una doctrina esotérica que no está formulada en términos lógicos, sino en símbolos que se revelan, gradualmente, a los iniciados. ¿No ve usted que nuestro partido tiene que ser constituido exactamente como esa secta?». Pero no hay que confundir las logias de los Iluminados de Baviera con la verdadera francmasonería. En 1942 el mariscal Goering firma la orden de lucha «contra los judíos, los francmasones y otros poderes ideológicos», adversarios del III Reich. Por lo demás, esta orden fue seguida por la creación de Estados Mayores especiales (Einsatzstabe), cuya misión era la de confiscar y transferir los bienes masónicos. Este pillaje debía permitir a los servicios del profesor Rosenberg organizar las numerosas Exposiciones Masónicas que Europa ha conocido. Hay que señalar que el «Rotary-Club» no pudo escapar a este pillaje, así como los numerosos archivos y bibliotecas con cuya ayuda los escritores nazis esperaban poder «reinventar» la historia de las ideas políticas en Europa. Ya en 1798, por medio de un edicto, Federico Guillermo II de Prusia había prohibido las sociedades secretas, con excepción de las logias antiguas prusianas. Hitler actuaría más tarde del mismo modo. En efecto, la prohibición que acabamos de mencionar no se dirigía a estas logias prusianas, cuyo ideal, desde principios del siglo XX, se parecía bastante al pensamiento nazi. La ruptura entre estas logias racistas y las otras cofradías masónicas era tal, que un miembro de estas logias no podía adherirse a masonerías humanitarias. Así, el orden prusiano juaniano, que tenía como ideal espiritual la constitución de un Estado ultranacionalista y racista, no admitía, por tanto, a judíos entre sus miembros. Este carácter tan germánico de la francmasonería alemana sorprenderá a aquellos que conciben a este movimiento filosófico internacional que es la francmasonería como un bloque sin grietas. Cabe subrayar que en este movimiento la diversidad ha existido siempre, ya desde su origen. Lo que hace apasionante el estudio de la francmasonería en Alemania es que esta última se aleja considerablemente de las ideas democráticas y religiosas del movimiento masón en general. No satisfecho con ser antidemócrata, el orden juaniano, por ejemplo, predicaba un cristianismo dogmático, es decir, gnóstico.

 

Esta búsqueda de un cristianismo dogmático parecía próxima a cumplirse con el advenimiento al poder de los señores de la Alemania del III Reich. Esta confirmación nos viene proporcionada por una obra del escritor alemán Paul Ernst, aparecida en Múnich en 1935, con el título de Eine Credo, obra que es significativa, por más de un concepto, de esta gnosis racista: «La doctrina cristiana comporta el dogma del Espíritu Santo. En todos los tiempos y en todos los pueblos de la cristiandad se ha visto reaparecer esta idea de un tercer imperio, aquél que debe suceder al del Hijo: El imperio del Espíritu Santo. También hoy día se capta confusamente, en la nostalgia del dios alemán, el término del Tercer Reich», y Ernst termina: «¿Será posible que la Humanidad encuentre una religión puramente espiritual, que no tenga necesidad de cuerpo, de expresión o de forma, que no sea más que sentimiento?». Así, contrariamente a las explicaciones seudohistóricas, que consideraban al Tercer Reich como continuador del Reich de Bismarck y de Guillermo II, la Alemania de Adolf Hitler aparecía claramente, a los ojos de sus fundadores y de sus iniciados, como la tercera época del género humano. Este análisis, que ha escapado a todos los escritores del Reich nazi, lo encontramos de nuevo en las afirmaciones del propio Hitlerr: «Hubo los tiempos antiguos. Hay nuestro movimiento. Entre ambos, la edad media de la Humanidad, la Edad Media, que ha durado hasta nosotros y que nosotros vamos a clausurar». Prosiguiendo el estudio de los grupos esotéricos en Alemania, nos damos cuenta de que la lucha entre las dos formas de francmasonería fue acompañada en aquel país de una lucha entre la magia blanca y la magia negra. Esta magia negra se basaba en la teosofía, que había estado en parte ligada con el grupo Thule, donde hemos encontrado a Haushoffer, Hess y Adolf Hitler. La teosofía añadía a esta magia neopagana toda una tramoya oriental. Mediante ésta, esperaba presentarse como una síntesis entre Oriente y Occidente. Las doctrinas de la teosofía buscan la clave de su enseñanza en los Vedas sánscritos, en lugar de hacerlo en los libros hebraicos.. H.P. Blavatsky, emparentada por parte de madre con las mejores familias de la aristocracia rusa, es quien debía fundar, el 17 de noviembre de 1875, en Nueva York, la primera sociedad teosòfica. En materia teológica, la teosofía es panteista. Dios es todo, y todo es Dios. Si hay que prestar crédito al coronel Olcott, uno de los primeros teósofos, los dirigentes de la teosofía estaban dotados de poderes supranormales, un carácter mediúmnico que aparecerá otra vez en Adolf Hitler. Todos estos fenómenos son destacados en las obras teosóficas y consisten, sobre todo, en comunicaciones efectuadas a distancia por los iniciados.

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Algunos autores, como René Alleau, en Hitler y las sociedades secretas, han creído ver el origen de esta «mediumnidad» de Hitler en una iniciación del Führer por parte de su fiel discípulo Rudolf Hess. Para René Alleau, sería en Landsberg, con ocasión de su detención después del «putsch» fracasado de Múnich, donde Rudolf Hess, alemán de origen egipcio, habría impulsado a Hitler a la práctica de métodos ocultos. Seguramente Hitler estaba ya familiarizado con semejantes prácticas debido a su formación mística anterior y a su afiliación al grupo Thule, y no debía desconocer la declaración gnóstica de 1908 de los teósofos, que se acerca a un punto de absoluta identidad con el credo nazi de Paul Ernst: «Hay uno de nuestros dogmas sobre el cual quiero insistir. Se trata del dogma de la salvación femenina. La obra del Padre se ha cumplido, y la del Hijo, también. Queda la del Espíritu, que es la única que puede determinar la salvación definitiva de la Humanidad terrestre y preparar, por esta vía, la reconstitución del espíritu. Ahora bien, el Espíritu, el Paráclito, como lo denominaban los cátaros, corresponde a lo que hay de femenino en la divinidad, y nuestras enseñanzas precisan que ésta es la única cara de Dios verdaderamente accesible a nuestra razón. ¿Cuál será exactamente la naturaleza de este nuevo y próximo mesías?». Este nuevo mesías imperial debía ser el señor del III Reich, adepto de esta magia negra a la que había sido iniciado, muy temprano, Adolf Hitler. Poco importa saber si éste era el objetivo de los grupos teosóficos de entonces, o si su misión fue pervertida por la aparición del nazismo. La lección principal de este tipo de cosas es que la práctica del ocultismo y de la magia son cosas eminentemente peligrosas y que no deben estar al alcance de todos. Sobre este punto se puede afirmar que la primera víctima del nazismo fue Rudolf Steiner, quien se encontraba, podríamos decir, en la trayectoria de pensamiento de aquellos discípulos teósofos tan especiales que fueron los miembros del grupo Thule. No sabemos si Rudolf Steiner representaba la verdadera corriente de la teosofía. Pero, al igual que para la francmasonería, existían en Alemania, a principios del siglo XX, dos corrientes opuestas en el seno de la teosofía: una corriente racista y dominadora, que se oponía a la Cábala hebraica, y una corriente humanitaria, de la que el antropósofo Rudolf Steiner era el dirigente. Esta corriente, que aún perdura en Europa, afirma que existe una forma blanca y una forma negra de investigación mágica. A la forma blanca de esta magia se incorporan los discípulos de Steiner. Estos últimos afirman que las sociedades neopaganas proceden del mundo subterráneo del mal, del polo maléfico, del que uno puede preguntarse quiénes son los jefes. Parece que René Guénon, en 1921, en su célebre obra El teosofismo, historia de una seudorreligión, pensaba del mismo modo, ya que escribía: «Pero, ¿no habrá quizá, detrás de todos estos movimientos, alguna cosa, por lo demás espantosa, que sus jefes tal vez no conocen y de la que son, por tanto, solamente simples instrumentos?».

 

Esta lucha entre la magia negra de la teosofía neopagana nazi y la magia blanca de Rudolf Steiner, o antroposofía, nos viene relatada por un iniciado en la obra capital de este testigo preferente que fue Rauschning: «Cierto día que el Führer estaba de benévolo humor, una mujer de su séquito, que no carecía de presencia de ánimo, se arriesgó a darle un consejo: “Mi Führer —dijo—, no escojáis la magia negra. Tenéis, todavía hoy, la posibilidad de elegir entre la magia blanca y la magia negra. Pero en el instante en que os hayáis decidido por la magia negra, ésta no saldrá ya jamás de vuestro destino. No escojáis la vía mala del éxito rápido y fácil. Aún tenéis abierta para vos la vía que conduce al imperio de los espíritus puros. No os dejéis apartar de este buen camino por criaturas ligadas al barro, que se aprovechan de vuestra fuerza creadora”». Y Rauschning, que no ha comprendido nada, prosigue: «Esta mujer inteligente expresaba, a su manera, las aprensiones que preocupaban a toda persona que estaba en contacto con Hitler: todos se daban cuenta de que el Führer se abandonaba a influencias maléficas de las cuales no era dueño». La guerra entre la magia blanca steineriana y la magia negra hitleriana se desarrolló mucho antes de la toma del poder por los nazis. Ésta es, realmente, la prueba del peligro que representaba la antroposofía para sus adversarios. Hay que hacer notar que esta lucha pasó completamente inadvertida a los ojos de los europeos de entonces. Esto debería servir de advertencia para los que, incluso en nuestros días, rehúsan admitir la existencia de fuerzas ocultas que luchan en la sombra. Lo que sorprende a un observador de este fenómeno ideológico es que las primeras formaciones de las SA nazis dispersaron con gran violencia las conferencias de los teósofos steinerianos. Las amenazas de muerte, que parece se llevaron a cabo después del acceso al poder por los hitlerianos, y los golpes de mano contra los locales de los discípulos de Steiner se multiplicaron, hasta culminar, en 1924, con el incendio de la sede de este grupo. Nos referimos al Goethaneum, erigido en Suiza por Steiner. Este último, con sus miembros dispersos, sus archivos carbonizados, y no hallando ya apoyo frente al odio que se le testimoniaba, había de sucumbir, en 1925, a su pesadumbre. Sin embargo, la lucha de estas dos magias no debía detenerse aquí. Parece, efectivamente, que los discípulos de la «Rosa Blanca», organización de resistencia cuya red fue desmantelada por la Gestapo en plena guerra, habían sido una emanación de este movimiento. La «Rosa», recordémoslo, era el símbolo del conocimiento: éste es el motivo por el que fue escogido por los gnósticos rosacrucianos.La Rosa Blanca (en alemán: Die weiße Rose) fue un grupo de resistencia organizado en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, que abogaba por la resistencia no violenta contra el régimen. Fue fundado en junio de 1942 y existió hasta febrero de 1943. Los miembros de la Rosa Blanca, todos ellos cristianos militantes, redactaron, imprimieron y distribuyeron seis hojas en las que se animaba a la resistencia contra el nazismo.

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Era una red de resistencia muy particular y cuyos jóvenes miembros fueron decapitados en la prisión de Moabitt. Este grupo, ejecutado junto con los organizadores del fracasado atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944, incluía al joven hijo del principal iniciador de Hitler Karl, Haushofer. Albrecht Haushofer, antes de perecer bajo el hacha del verdugo, debía dejar un poema cuya belleza y profundidad podrían servir de punto final a esta lucha. Entre las sociedades secretas que pululaban en Alemania recién terminada la Primera Guerra Mundial, algunas son típicamente representativas de lo que llegará a ser la gnosis nazi. Entre éstas, la sociedad del Vril y el grupo Thule, denominado también Thulegesellschaft, son las que realmente parecen haber dado origen al movimiento hitleriano. En los orígenes de la sociedad del Vril, o Logia Luminosa, se encuentra al escritor francés Louis Jacolliot (1837-1890). Éste había nutrido su inspiración en los pensadores esotéricos, entre ellos en Swedenborg, el iluminado sueco, en Jacob Boehme, el alquimista del siglo XV y uno de los fundadores de la secta Rosacruz, así como en Saint-Martin, el Papa del iluminismo francés del siglo XIX. Jacolliot pasó gran parte de su vida en Asia, y más concretamente en la India, donde sirvió largos años como diplomático. Entre las obras de este escritor citemos algunos títulos significativos: Krishna y Cristo, Las tradiciones indoasiáticas, Reyes, sacerdotes y castas. Jacolliot ve el principio de toda acción humana transcendente en el Vril, formidable reserva de energía de la que el hombre no utiliza más que una ínfima parte. Cosa curiosa, el Vril existe en la India en tanto que secta esotérica, y, hace algunos años todavía, contaba con unos dos millones de adeptos repartidos por el Estado de Maisur. Estas sectas adoran el Sol, y, cada mañana, saludan el nacimiento del día. Sus templos muestran, en los ángulos, inscripciones con motivos de cruces gamadas. La sociedad del Vril, fundada en Alemania a comienzos de siglo, tenía en este país lazos estrechos con los círculos teosóficos, y, fuera de él, con la «Golden Dawn» británica, fundada por Samuel Liddell “MacGregor” Mathers, famoso mago y una de las figuras más influyentes en el Ocultismo moderno. Entre los miembros berlineses de la sociedad de Vril destaca el nombre de Karl Haushofer. Nacido en 1869, este personaje dará mucho que hablar hasta su muerte en 1946. Efectuó numerosos viajes a Oriente, principalmente al Japón, donde estudió el budismo, y a la India. En 1918, Karl Haushofer se instaló en Múnich, refugio de todas las sociedades secretas racistas, y fue uno de los primeros en adherirse al partido obrero alemán, fundado el mismo año por el obrero cerrajero Antón Drexler, partido que se transformó en el NSDAP, bajo el impulso de Adolf Hitler.

 

Con todo, el papel de Karl Haushofer, fundador de la geopolítica, no fue tan importante como se ha querido dar a entender. Es en el grupo Thule donde hay que buscar la inspiración auténtica del nazismo. La Thulegesellschaft, para repetir su denominación alemana, fue creada en agosto de 1918 por iniciativa del barón Von Sebottendorf, extraño personaje. El propio grupo Thule no era más que una emanación de una sociedad secreta mucho más importante titulada Orden de los Germanos (Germanenorden) fundada en 1912, y de la que Sebottendorf era uno de los dirigentes, puesto que desde enero de 1918 se le había confiado la dirección de la provincia bávara de la Orden. Nacido en Sajonia en 1875, Sebottendorf había realizado, antes de la guerra de 1914, numerosos viajes al Próximo Oriente. Durante la guerra de los Balcanes de 1912-1913, dirigió la organización de la Media Luna Roja y fue elevado a la jefatura de la Orden del Rosario (Rosenkranz). Sea lo que fuera, la influencia de este personaje era considerable, ya que, después de la derrota de 1918, podía amenazar impunemente al jefe de la policía muniquesa con desencadenar pogromos que derribarían al Gobierno en caso de que un miembro del grupo Thule fuera molestado. Dentro de este caldo de cultivo de las sectas racistas y ocultistas, surgió el DAP (Partido Obrero Alemán), fundado por Antón Drexler, movimiento que debía hallar su expresión definitiva en el NSDAP y su gran inspirador, Adolf Hitler. La Thulegesellschaft amparaba una red de grupos que se inspiraban en la misma doctrina racista y antisemita de base ocultista. Entre estos grupos había la Unión del Martillo, la cual contaba entre sus miembros influyentes a Gottfried Feder, uno de los futuros jefes del partido nazi. Las reuniones tenían lugar en Múnich, eje de los movimientos secretos y contrarios a la República de Weimar, régimen político y periodo histórico que tuvo lugar en Alemania tras su derrota al término de la Primera Guerra Mundial, y que se extendió entre los años 1919 y 1933. En este círculo de iniciados, se descubre igualmente la presencia de Hans Frank, el abogado nazi futuro gobernador general de Polonia, de siniestra memoria, que en esta época gravitaba alrededor de una sociedad de heráldica e investigaciones genealógicas dirigida por el doctor W. Daumenlang, quien había encontrado de nuevo, en el blasón de los Hohenzollern, la Hakenkreuz, o cruz gamada, bajo la forma de rueda solar. Por lo que se refiere al Völkischer Beobachter, el órgano de Prensa que más tarde, bajo el impulso de Alfred Rosenberg, se convertida en el periódico oficial del partido nazi, acababa de ser adquirido por Sebottendorf en nombre de la Thulegesellschaft. Dietrich Eckart, que fue durante largo tiempo el mentor de Hitler, facilitó la operación de compra del periódico proporcionando una suma muy importante cuyo origen permanece en el misterio. En su obra Bevor Hitler kam (Antes de que Hitler venga), aparecida en Alemania en 1933, el fundador de la Thulegesellschaft recuerda cuál fue la fuente esotérica de su doctrina, que demuestra que los fundadores del partido nazi no desdeñaban extraer del Islam, religión en pleno movimiento, accesible al esoterismo procedente de Egipto, parte de su inspiración gnóstica.

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Así, Sebottendorf no dudaba en escribir: «El Islam no es una religión petrificada. Por el contrario, su vitalidad es mayor que la del cristianismo. ¿De dónde puede venir su fuerza? De su fuente oculta, de un agua viva que en los primeros tiempos de la Iglesia lo fecundaba todo, y que suscitó en la Edad Media las floraciones más maravillosas». Sólo se puede comprender esta inmersión en las fuentes de las grandes religiones, zoroastrismo, maniqueísmo, budismo, islamismo, intentando situarse en el especialísimo enfoque de los nuevos señores de Alemania. A sus ojos, era preciso encontrar por todos los medios «el hilo del conocimiento perdido», y para conseguirlo había que utilizar las corrientes esotéricas tradicionales, que son las únicas que permiten reconstituir, página tras página, el «Gran libro de la mitología aria». «Es necesario —señala Sebottendorf— demostrar que la francmasonería oriental aún conserva fielmente en nuestra época las antiguas enseñanzas de la sabiduría, olvidadas por la francmasonería moderna, cuya constitución en 1717 representó una separación de la vía justa». Según su propia visión, Sebottendorf se creía llamado a cumplir una misión: «Al revelar la fuente de estos misterios, no se me puede reprochar ninguna profanación ni sacrilegio. Éste es el camino que las órdenes de derviches acostumbran a utilizar, con objeto de adquirir fuerzas especiales mediante técnicas particulares. La mayoría de ellos son hombres que aspiran a la suprema iniciación, aquella de donde proceden los que se han formado y preparado en sus misiones de jefes espirituales del Islam… Esta suprema iniciación es la base práctica de la francmasonería y constituía la obra de los alquimistas y rosacrucianos. Mas para responder a la acusación de una posible traición por mi parte, tengo que declarar que este texto ha sido escrito a petición de los jefes de la Orden. La razón de ello es la siguiente: una vasta organización de la incredulidad, de dimensiones monstruosas, quiere someter al mundo civilizado. Las instituciones religiosas están tan profundamente minadas que ni siquiera pueden rehacerse ni oponer una resistencia unificada. Si no aparecen jefes espirituales en Occidente, el caos puede arrastrar a todos al abismo. En semejante peligro, los hermanos musulmanes se acordaron de que la tradición afirma que hubo un tiempo en que se conocía en Europa la ciencia suprema… La angustia del momento hizo desaparecer toda objeción a la publicación (de esta obra)». En esta iniciación, Sebottendorf reivindica como a su maestro al dirigente de la Unión del Martillo, Theodor Fritsch (1825- 1933), autor del Manual de la cuestión judía, que obtuvo en su tiempo cierto éxito. El libro de Fritsch evocaba los grandes mitos del pasado.

 

Fritsch ejerció una influencia notable sobre las teorías de la Orden de los Germanos, fundada en 1912, la cual agrupaba a ciertas logias de la francmasonería prusiana (racista), así como a asociaciones antisemitas declaradas. «En mayo de 1914, en Thale —relata Sebottendorf—, los militantes de la Germanenorden formaron una alianza secreta, la primera logia antisemita, destinada a combatir, en tanto que sociedad consciente, a la alianza secreta judía». La Orden de los Germanos se titulaba igualmente «Alianza para el deber del arte original alemán y para el conocimiento», lo que dice mucho acerca de sus objetivos secretos. El grupo Thule se convirtió en una filial particularmente activa de la sociedad nativa, ya que los principales intelectuales nazis debían surgir de él, apropiándosele numerosos ritos, principalmente el del saludo «Sieg Heil», según los testimonios del propio Sebottendorf. Lo que hace suponer que decía la verdad es la prohibición de su libro, decretado por el Gobierno nazi en 1934. Se supone que decía demasiadas cosas. He aquí, según Ray Petitfrére, en su obra La mística de la cruz gamada, cuáles eran las reglas de la Germanenorden animada por el barón alemán: «1° La Orden sólo aceptaba como miembro a todo alemán capaz de demostrar la pureza de su sangre hasta la tercera generación. Las mujeres (como en los Iluminados de Baviera) sólo eran admitidas en el grado de amistad, y no debían tener relaciones conyugales más que con un alemán de sangre pura. 2° Debía concederse una importancia especial a la propaganda racista. Era preciso aplicar al hombre las experiencias que se habían realizado en el reino vegetal y animal, y había que demostrar que la causa fundamental de toda miseria consistía en la mezcla de las razas». En vísperas de la guerra de 1914, un centenar de logias se habían formado ya en todas partes a través de Alemania, agrupando a varios millares de miembros. Naturalmente, toda la organización era secreta. En diciembre de 1917, bajo el impulso de Von Sebottendorf, se decidió la publicación de las Noticias generales de la Orden, destinada solamente a los iniciados, y de las Runas, accesibles a los titulares del grado de amistad. En esta ocasión, Von Sebottendorf asumió la dirección del importante cargo de jefe para Baviera; y el mismo Sebottendorf escribe estas líneas reveladoras: «Esta elección fue importante, ya que Baviera se convertía así en la cuna del movimiento nacionalsocialista». En las publicaciones de la Orden figuraba en lugar preeminente la cruz gamada, acompañada del símbolo del dios Wotan. En cuanto a la denominación «Thule», que sucedió a la «Orden de los Germanos» hasta el punto de absorberla por completo, resulta muy evocador el mito del continente hiperbóreo. Este nombre forzosamente tenía que atraer a Sebottendorf, siempre a la búsqueda de símbolos mágicos. Por lo demás, el hombre era muy versado en astrología, ya que hizo numerosos horóscopos para altas personalidades. Por su iniciativa, a partir de 1918 las logias se reunían todos los sábados, que es el día de Saturno, astro ligado al destino de Adolf Hitler, nacido bajo el signo de Aries, que transcribió el signo astrológico en su firma.

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Añadamos que el signo oficial de la Thulegesellschaft, el que decoraba las logias, representaba la cruz gamada atravesada por dos lanzas. La derrota de 1918 favoreció a los grupos esotéricos racistas, que se aprovecharon de la desesperación de numerosos alemanes. Así ocurre que el 9 de noviembre de 1918, es decir, dos días antes del armisticio, Sebottendorf pronuncia el discurso siguiente, que es muy significativo: «Tengo la intención de comprometer a la Thulegesellschaft en este combate —dijo— durante todo el tiempo que conserve el Martillo de Hierro… Hago juramento de ello sobre esta cruz gamada, sobre este signo que para nosotros es sagrado, con objeto de que tú lo oigas. ¡Oh, Sol triunfante!, y mantendré mi fidelidad ante ti. Tened confianza en mí, como yo la tengo en vosotros… Nuestro Dios es el padre del combate, y su runa es la del águila…, que es el símbolo de los arios. Igualmente, para indicar la facultad de combustión espontánea del águila, se la representará en rojo… Éste es nuestro símbolo, el águila roja, que nos recuerda que es preciso pasar por la muerte para poder revivir». Fijémonos en la adhesión al simbolismo del águila, que será recogida por los nazis, juntamente con la cruz gamada, así como la creencia neognóstica en la encarnación de las almas, en medio de este delirio esotérico destinado a impresionar a los oyentes. En su libro Bevor Hitler kam, Sebottendorf publicó la lista completa de todos los miembros del partido nazi que hablan pertenecido al grupo Thule. Entre los jefes del movimiento hitleriano, se destacan los nombres siguientes: Adolf Hitler; que formaba parte del grupo como hermano visitador; RudolfHess, nacido el 26 de abril de 1894 en Alejandría (Egipto). Frecuenta las Universidades suizas, donde hasta 1914, aprende lenguas extranjeras. Enrolado voluntariamente por toda la duración de la guerra, termina su campaña como oficial de aviación. Uno de los primeros adeptos al partido nazi, participa en el «putsch» de Múnich y comparte la cautividad de Hitler en la prisión de Landsberg. Ministro de Estado en 1933, y delfín designado por el Führer a partir de 1937, hasta su huida a Inglaterra en 1941; Alfred Rosenberg, nacido el 12 de enero de 1893. Colaborador de D. Eckart y redactor jefe del Völkischer Beobachter en 1924. Reichsleiter del partido nazi, ideólogo oficial, ministro y jefe de los Servicios Exteriores del NSDAP. Autor, entre otras obras, de la famosa El mito del siglo XX; Rudolf vonSebottendorf, de verdadero nombre, Glauer. Fue adoptado en 1911 por el barón Von Sebottendorf, del que tomó su nombre tras su muerte. Expulsado de Alemania como indeseable, ya que era súbdito turco desde 1911, regresó a Turquía en 1924, De 1929 a 1931, recorrió México y América. Falleció, ahogado, en 1945;  Max Aman, que se convertirá en el director de las ediciones del partido nazi; Anton Drexler, fundador y presidente del partido obrero alemán, que se transformará en partido nacionalsocialista obrero alemán; DietrichEckart, redactor jefe del Völkischer Beobachter y consejero de Hitler. Muerto en 1923; Hans Frank, Doctor en Derecho, abogado y consejero jurídico del NSDAP, más tarde gobernador general de la Polonia ocupada (1940);

 

Todos estos nombres nos ilustran sobre el sustrato del grupo Thule y los verdaderos orígenes del nazismo. Veremos ahora cómo nació el partido nacionalsocialista, o nazi, después de los prometedores inicios del grupo esotérico. Cuando fue desmovilizado, tras cuatro años de guerra en el barro de las trincheras, Hitler sintió la derrota de Alemania como una injusticia y una traición, que inmediatamente imputó a los socialistas y a los judíos. Decidido, según sus propias palabras, «a entrar en la política», a partir de setiembre de 1919 se entregó a la búsqueda de un movimiento político nuevo capaz de conciliar el nacionalismo y las aspiraciones sociales de las capas populares. Con motivo de una reunión en una cervecería de Múnich, Hitler descubrió el pequeño partido fundado por Antón Drexler. La Thulegesellschaft había intervenido ya en este núcleo político que constituía el partido obrero alemán, introduciendo en él a uno de sus agentes en la persona de Karl Harrer, miembro influyente del grupo esotérico, en el mes de marzo de 1919. Este periodista había realizado entonces la fusión del círculo político de trabajadores con el nuevo partido. Cuando Hitler penetró en la sala de reunión de la cerveceria «Sterneckbräu», Gottfried Feder, miembro eminente de la Thulegesellschaft, estaba hablando. Feder, que había de convertirse en el responsable de economía del NSDAP, se percató al instante de la presencia de Hitler, no sólo por lo que este personaje tenía de insólito, sino, sobre todo, porque aquella cara no le era desconocida. Feder había dado, algún tiempo antes, cursos de política destinados al Ejército, cursos que Hitler había seguido regularmente antes de ser desmovilizado. En realidad, el joven Adolf Hitler tenía ya sus partidarios desde hacía algún tiempo. Pero su virulenta intervención, en el curso de la reunión, contra el discurso de un autonomista bávaro, atrajo la atención sobre él. Antón Drexler invitó a Hitler a participar, a partir de entonces, en las sesiones de su comité. Hitler aceptó la invitación y se inscribió unos días más tarde en el DAP en calidad de miembro n.° 7, número sagrado. Pero fue Dietrich Eckart, escritor y periodista de nombradía, ya inscrito en el partido de Drexler y miembro de la Thulegesellschaft, quien «lanzó» realmente a Hitler, proporcionándole los fondos necesarios para sostener una primera campaña de propaganda. Eckart tomó a Hitler bajo su protección e hizo de él su pupilo político. Le presentó, así, al capitán Roehm, oficial político de la Reichswehr y que disponía de numerosos apoyos en las esferas dirigentes del Ejército, principalmente por medio de su jefe jerárquico, el general Von Epp. Roehm aportaba de este modo a Hitler la benévola tolerancia de los medios militares y del Gobierno bávaro, sumamente valiosa en tales comienzos políticos. Toda la operación estaba muy bien planeada.

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No faltan más que dos personajes para reconstituir el «puzzle» original de la empresa. Rudolf Hess y Alfred Rosenberg aportaron al naciente movimiento el refuerzo de sus conocimientos «secretos». Estos dos personajes tuvieron, desde 1920 a 1925, una enorme influencia sobre Hitler, a quien predicaron el evangelio del grupo Thule. Hess y Rosenberg fueron presentados a Hitler por Dietrich Eckart, el cual aparece así decididamente como el eje de la primera aventura hitleriana. Rudolf Hess había nacido en Egipto en 1896. Hess recibió una sólida educación escolar y universitaria en Suiza, antes de alistarse en el Ejército, en 1914, para terminar la guerra como oficial de aviación. Nacionalista ardiente y atraído por el placer de lo insólito, Hess se inscribió en el grupo Thule, Fue él quien presentó a Hitler al célebre político Karl Haushofer, antiguo general y profesor en la Universidad de Múnich. Si añadimos a esta lista a Max Amann, el antiguo sargento mayor de Hitler en el frente y miembro también de la Thulegesellschaft, que se convertirá en el editor y hombre de negocios del partido, tenemos ya a los principales protagonistas en el origen de la primera aventura hitleriana. Todas estas personas pertenecían a sociedades secretas, grupo Thule o sociedad del Vril. No resulta, por tanto, sorprendente encontrarlas a cada paso mezcladas con la ejecución de los ritos de la nueva religión de la cruz gamada. Disponiendo a partir de aquel momento de una base política, de unos apoyos financieros importantes y de un aparato secreto, que podía guiar Hitler, el partido nazi iba a convertirse en la máquina de guerra de estos nuevos gnósticos, máquina que tenía en su cabeza un formidable detonador, Adolf Hitler, único hombre que poseía las cualidades suficientes para despertar otra vez a Alemania de su sueño letárgico y hacer de ella el instrumento dócil de sus proyectos mágicos. En su lecho de muerte, en 1923, Dietrich Eckart aconsejó a sus íntimos: «Seguid a Hitler. Él bailará, pero soy yo quien ha escrito la música. Le hemos dado los medios para comunicarse con ellos. No sintáis mi muerte: yo habré influido sobre la Historia más que ningún otro alemán». La personalidad de Hitler fue siempre un enigma, incluso a los ojos de sus más próximos colaboradores. Con mayor motivo, los historiadores que quieren bosquejar un retrato fidedigno del jefe del III Reich se enfrentan a una situación embarazosa. Se ha descrito, alternativamente, a Hitler como un loco, un genio, un criminal, un poseso, o incluso un pequeño burgués. Como toda personalidad excepcional, Hitler tenía un alma compleja, inasequible, que escapaba a cualquier juicio tajante. Las nociones del bien y del mal no tienen ya ningún sentido cuando se aplican a semejante personaje, cuya extraña singularidad atrae siempre a las multitudes ávidas de misterio. Lo que es cierto es el aspecto profético, místico y visionario de este moderno mago negro, que puede, asimismo, presentar al mundo la faz repelente de un cínico, de un ser duro e insensible, capaz de enviar a la muerte sin el menor escrúpulo a todos cuantos pudieran estorbarle.

 

Sabidos son sus dones prodigiosos como orador que predicaba el nuevo evangelio de los arios, resucitando con una intuición inquietante la elocuencia medieval de los profetas místicos y de los iluminados. Él mismo, en Mein Kampf, habla del poder mágico del verbo. Cuando se dirigía a las multitudes, Hitler entraba verdaderamente en trance, estableciendo una comunicación mediúmnica con su auditorio, proyectando su fluido hacia la masa, de la cual, en reciprocidad, recogía su impulso, como un acumulador recoge la corriente eléctrica. Era realmente el Trommel, el tambor de Alemania, como le gustaba titularse a sí mismo. «Este hombre —escribe Otto Strasser, en su obra Hitler y yo—, que, como una membrana sensible, registra las vibraciones del corazón humano, ha sabido, con una intuición que ningún don consciente podría remplazar, convertirse en el portavoz de los deseos más secretos, de los instintos a menudo menos confesables, de los sufrimientos y de las íntimas rebeliones de su pueblo». Si Hitler pudo desempeñar este papel de magnetizador del pueblo alemán, sin duda lo debe a sus orígenes bávaros. Alemania meridional es un semillero de médiums: Stockhamer, los hermanos Schneider, ocultistas conocidos en el mundo entero, nacieron, como Adolf Hitler, en la pequeña ciudad de Braunau del Inn. En las conversaciones privadas que sostuvo con las celebridades de su tiempo, Hitler conservaba también este mismo poder de fascinación. Uno de sus secretarios (Doce años junto a Hitler) ha relatado el hecho: «Cuando Hitler hablaba, bien fuera con un solo interlocutor o ante una multitud, este don se manifestaba con la misma intensidad. Literalmente, fascinaba e imponía su voluntad. (…) Emanaba de él este fluido magnético que nos acerca a las personas o, por el contrario, nos separa de ellas. (…) Este extraordinario poder sugestivo explica el que hombres desesperados que acudían a verle volvieran a partir llenos de confianza». En el proceso de Nuremberg, el mariscal Von Blomberg confirmó, gracias a su testimonio, estas afirmaciones que podrían parecer exageradas: «Era casi imposible contradecir a Hitler, no sólo porque hablaba siempre con una extrema volubilidad y una gran violencia, sino también porque tenía, de hombre a hombre, una influencia tan grande que uno se sentía más o menos forzado a seguirle y a participar de sus ideas. Era indiferente que se dirigiera a un solo hombre o a un millón. Os arrastraba y os convencía a pesar vuestro. Su magnetismo personal era formidable. Tenía un enorme poder de sugestión». Wilhelm Keitel,Mariscal de Campo alemán y destacado líder nazi durante la Segunda Guerra Mundial, afirmó: «Hitler era un motor formidable».

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¿Cómo ejercía Hitler este poder? El historiador Benoist-Méchin, que en 1941 tuvo una estrecha relación con Hitler, quedó impresionado por esta mirada extraña: «Sus ojos —dos ojos tan extraños que no me han permitido ver otra cosa que ellos— eran de un azul claro y transparente, estriados en gris. Se habría dicho que estaban vacíos y como privados de vida. Pero rápidamente uno se veía obligado a rectificar este juicio. Lo que daba esta sensación de vacío era su fijeza. Se podría decir que las pupilas de Hitler, en lugar de observar al mundo, estaban vueltas hacia dentro y contemplaban un espectáculo que se desarrollaba en el interior de sí mismo. A diferencia de la mayoría de las personas, cuya mirada se dirige a vosotros —o que incluso puede llegar a transparentaros—, la del Canciller parecía que os aspiraba y os arrastraba a su mundo interior. Se experimentaba como una especie de vértigo, al que uno no podía sustraerse más que por un esfuerzo de voluntad». A partir de estas observaciones y del testimonio de algunos hombres que le habían conocido, ciertas personas creyeron poder afirmar que Hitler estaba manipulado por poderes invisibles, estos «superiores desconocidos» evocados por Herman Rauschning. Dotado de una fuerza mental extraordinaria, el Führer se habría escapado de las manos de sus iniciadores y, al igual que el «golem» de la Edad Media, se habría vuelto contra sus creadores. Al decir de Rauschning (en Hitler me ha dicho), el hombre habría entrado en contacto con seres misteriosos que le aterrorizaban: «Una persona de su entorno me dijo que se despertaba por la noche profiriendo gritos convulsivos. Pide ayuda. Sentado en el borde de la cama, parece paralizado. Está sobrecogido por un pánico que le hace temblar hasta el punto de sacudir la cama. Lanza vociferaciones confusas e incomprensibles. Jadea como si estuviera a punto de ahogarse. La misma persona me contó una de estas crisis, con detalles que me negaría a creer si mi informador no me mereciera absoluto crédito. Hitler estaba de pie, en su habitación, vacilante, mirando alrededor de sí con la mirada extraviada. “¡Es él! iEs él! ¡Ha venido aquí!”, gemía. Sus labios estaban azulados y le caían gruesas gotas de sudor. De pronto, dijo unas cifras sin ningún sentido, luego pronunció unas palabras, fragmentos de frases. Era espantoso. Empleaba términos ligados de un modo raro, totalmente extraños. Después, se había vuelto otra vez silencioso, aunque continuaba moviendo los labios. Entonces, le hicieron unas fricciones y le obligaron a tomar una bebida. Luego, súbitamente, rugió: “iAllí! ¡En el rincón! ¿Quién está allí?” Golpeaba el lo con el pie y gritaba. Le tranquilizaron diciéndole que no ocurría nada de extraordinario, y entonces, poco a poco, se fue calmando». Es cierto, aunque se ponga en duda el testimonio precedente, que el personaje de Hitler presenta un aspecto bastante desconcertante. Goebbels, ministro de Propaganda, que era uno de sus íntimos, confió un día a su ayudante de campo, el príncipe de Schaumburg-Lippe: «Trabajo con él desde hace años, le veo casi cada día, y, no obstante, hay momentos en que se me escapa por completo. ¿Quién puede vanagloriarse de conocerle tal como realmente es? En el mundo de la fatalidad absoluta, donde él se mueve, nada tiene ya sentido, ni el bien, ni el mal, ni el tiempo, ni el espacio, y lo que los hombres llaman el éxito no puede servir de criterio. Me tomará usted por un loco, pero escuche lo que voy a decirle: es probable que Hitler desemboque en una catástrofe. Pero sus ideas, transformadas, obtendrán de ella una nueva fuerza. Hitler tiene enemigos en el mundo que barruntan cuál puede ser su verdadera personalidad. Pero dudo que, aparte de mí, tenga un solo amigo que lo sepa. Y, a pesar de esto, lo que hay en última instancia lo ignoro. ¿Es realmente un hombre? No podría jurarlo. Hay momentos en que me produce escalofríos».

 

Las afirmaciones de Hitler: «Sigo, con la seguridad de un sonámbulo, el camino que me indica la Providencia», apoyan la hipótesis de los poderes supranormales. Pero, ¿de dónde habría obtenido Hitler tales poderes? ¿Del grupo Thule que le había iniciado en el esoterismo oriental? ¿Del misterioso monje de los guantes verdes enviado por los sabios del Tíbet? ¿O bien de una revelación más antigua? No olvidemos la infancia de Hitler, así como tampoco la famosa abadía de Lambach, donde fue educado a partir de la edad de diez años. Ya en esta época el destino le reveló el emblema que había de hacer su fortuna y su desgracia: la cruz gamada. El anciano prior de la abadía de Lambach del Traun (Alta Austria) guardaba, todavía en 1930, el recuerdo del joven Adolf Hitler: «Hitler no podía pasar inadvertido. El hijo del aduanero jubilado era, a los ojos de los habitantes, un mal muchacho que no prometía nada bueno. Ciertamente, era susceptible, indisciplinado, y gustaba de hacer novillos y correr por el bosque. Leía con frecuencia las novelas populares del Far West del escritor Karl May. Pero Hitler era muy dotado. Conservamos de él el recuerdo de un niño singularmente voluntarioso y atormentado, que sentía con arrebato el encanto de los oficios divinos, que se dejaba ganar por la poesía de nuestros claustros tranquilos, de los patios sonoros, de las tumbas. Había llamado nuestra atención (y, no obstante, no tenía por aquel entonces más que diez años) por sus maneras de jefe y la autoridad de su porte. Era él quien conducía a sus camaradas a través del claustro, quien les indicaba sus puestos en los bancos de la clase. Era él quien llevaba la voz cantante». De la abadía de Lambach, Hitler conservará una precoz experiencia mística que se desarrollará más tarde en tendencias neognósticas catarizantes y, sobre todo, el signo de la cruz gamada grabada treinta años antes en todo el monasterio por el padre abad, Theodorich Hagen. Eclesiástico muy erudito, el padre Hagen estaba más o menos versado en astrología. Era igualmente un especialista del Apocalipsis según san Juan, Evangelio que sabemos constituía la base de la religión cátara, y de Joachim de Fiore, el célebre autor visionario, profeta del Tercer Imperio y del Espíritu Santo, acusado por los teólogos de simpatía hacia la herejía albigense. En 1856, el padre Hagen efectuó un largo viaje al Próximo Oriente, residiendo, entre otros lugares, en Jerusalén, y luego en la isla de Patmos, donde san Juan había tenido sus visiones celestes. También visitó Persia, Arabia, Turquía y el Cáucaso, estudiando allí, sin duda, el sufismo islámico, a la búsqueda de la unidad transcendente de las religiones. Al regresar a Lambach, en 1868, este curioso benedictino se puso en seguida a contratar obreros y ebanistas, a los que ordenó esculpir en todos los rincones de la abadía, sobre la piedra, la madera e incluso sobre los objetos del culto, un signo desconocido para todos: la svástica, o cruz gamada. Este ejemplo es único en los anales de la Iglesia. Pero, ¿acaso el padre Hagen era todavía católico cuando hizo trazar el signo venerado en Occidente por los neognósticos cátaros y templarios?

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Mientras el joven Adolf Hitler aún era alumno en la célebre abadía, un monje cisterciense, que respondía al nombre de Adolf Joseph Lanz, y cuyo físico era el tipo mismo del ario rubio de ojos azules, se detuvo para una estancia en Lambach. Este hombre, atraído por la austeridad de la vida monástica, permaneció durante varias semanas encerrado en la biblioteca del monasterio, donde realizaba misteriosas investigaciones. ¿Descubrió allí lo que buscaba? Lo cierto es que, abandonando su hábito, el monje cisterciense partió para Viena, donde al año siguiente (1900) fundó la Orden del Nuevo Temple, inspirada, como su nombre indica, en los célebres monjes-soldados, y de la cual se proclama el nuevo Gran Maestre. El mismo, Adolf Lanz, habría sido iniciado, según sus palabras, por un sucesor de Jacques de Molay. Según Wilfried Daim, Hitler leía asiduamente Ostara, el periódico publicado desde 1905 por Georg Lan von Liebenfels, el alias de Adolf Joseph Lanz, que, hecho significativo, utilizaba la cruz gamada como signo de reconocimiento. Para Lanz, las razas inferiores de cabellos oscuros eran los monos de Sodoma representados por la Biblia, los demonios, por oposición a los arios de ojos azules, obra maestra de los dioses, dotados de «emisores de fuerza» y de «órganos eléctricos» que les aseguraban una absoluta supremacía sobre todas las otras criaturas. Lanz pretendía despertar a los dioses que dormitaban en el hombre, a fin de dotar nuevamente a éste con la fuerza divina que le restituiría el poder original. Lanz pretendía de este modo haber formado a varios grandes hombres políticos, entre ellos a Adolf Hitler y Lord Kitchener. Adolf Hitler, reconocido desde la más tierna infancia, pudo muy bien beneficiarse de una iniciación, lo cual explicaría su odio a la Iglesia romana, cuya «intolerancia» fustigaba, y sus invocaciones constantes a una religión que él llamaba personal, pero que no era, en realidad, más que un tardío resurgimiento del catarismo templario. Joseph Greiner, que conoció a Hitler en Viena y en Múnich, nos señala, entre sus lecturas preferidas, La mitología germánica. Según el mismo testimonio, Hitler «guardaba en su memoria, mucho mejor que la mayoría de los profesores, la sustancia de los 25.000 versos de Parsifal. Martín Lutero y toda la historia de la Reforma le placían mucho y manifestaba un vivo interés por el dominico Savonarola. Estaba muy instruido acerca de las actividades de Zuinglio en Zúrich y de Calvino en Ginebra, y había leído las enseñanzas de Confucio, así como las de Buda y su época. Leyó un enorme número de obras sobre Moisés, Jesús, y los orígenes del cristianismo, y en este sentido estudió las obras de Renan y de Rosaltis. Entre los clásicos, leyó a Shakespeare, Goethe, Schiller, Herder, Wieland, Ruckert y Dante, y, entre los modernos, a Scheffel, Stifter, Hammerling, Hebbel, Rosegger, Hauptmann, Sudermann, Ibsen y Zola».

 

Al enumerar los autores preferidos de Hitler, nos damos cuenta, de que su elección estaba orientada por consideraciones muy particulares. El estudio de la sabiduría oriental y tibetana, del nacimiento del cristianismo que vio florecer a los autores gnósticos, y luego de la Reforma anticatólica, se completa con la lectura de autores cuya obra está fuertemente teñida de esoterismo: Dante, Goethe, y, mucho más recientemente, Gerhart Hauptmann, dramaturgo, novelista, poeta alemán del Naturalismo y premio Nobel de literatura. Estas tendencias a cultivar lo extraño se irán afirmando con una fuerza progresivamente mayor, y la vida privada de Adolf Hitler nos muestra a un hombre víctima del vértigo de una mística religiosa, que con frecuencia será interpretada en un sentido contrario. Hitler era vegetariano. Pero, ¿cuáles son las verdaderas razones de semejante ascesis, que llegaba hasta proscribir por completo toda bebida que contuviera alcohol? Nadie se ha percatado del hecho de que el vegetarianismo hitleriano concordaba admirablemente con la doctrina cátara, al igual que el rechazo de los placeres sensuales se corresponde con la ética de los perfectos. Ante algunos íntimos, Hitler gustaba de explicarse sobre los motivos de su régimen alimenticio, sin aclarar, no obstante, las razones profundas de semejante disciplina. Le agradaba confiar a Otto Dietrich, o a Hermann Rauschning, que se abstenía de carne y de cigarrillos no sólo por razones higiénicas, sino por «convicción razonada» y para lograr «una purificación generalizada» de todo su ser. En sus conversaciones de sobremesa, Hitler con el fin de provocar en sus invitados una repugnancia hacia los manjares carnosos, no duda en describir, con los detalles más horribles, el trabajo de los matarifes en los mataderos. Estas muertes de animales le repugnan profundamente. Curiosamante, este hombre, que ordena las ejecuciones de seres humanos con la mayor tranquilidad, llora por la muerte de sus canarios. Adora los animales y no encuentra palabras bastante duras para condenar a los cazadores, a los que detesta. En verdad, Hitler creía en la reencarnación de las almas en los cuerpos de los animales, como los budistas y los cátaros, los cuales creían en la metempsícosis. «Soy un amigo de los animales —confesaba Hitler—, y estimo particularmente a los perros». Con auténtica ternura, describe a su perro Foxl, al que adoptó durante la Primera Guerra Mundial: «Fue en enero de 1915 cuando di con Foxl; estaba persiguiendo un ratón que había saltado dentro de nuestra trinchera. Se debatió, intentando morderme, pero yo no aflojé la presa. Por fin, lo atraje hacia mí. Intentaba constantemente escaparse. Con una paciencia ejemplar (el animal no comprendía una palabra de alemán), lo habitué poco a poco a mi persona. Al principio, no le daba más que bizcochos y chocolate: había adquirido estas costumbres de los ingleses, que estaban mejor alimentados que nosotros. Luego, me dediqué a educarle. No me dejaba ni a sol ni a sombra… (…) No sólo simpatizaba con este animal, sino que me interesaba también estudiar sus reacciones. Por último, terminé por enseñárselo todo: saltar obstáculos, subir por una escalera, volver a bajarla… Lo esencial es que un perro duerma siempre al lado de su dueño. Cuando tenía que salir de la trinchera, lo dejaba atado en ella. Mis camaradas me decían que durante mi ausencia no se interesaba por nadie. Y ya de lejos me reconocía. ¡Qué derroche de entusiasmo en mi honor!»

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Más adelante, Hitler tendrá varios perros, entre ellos Rudi, un perro policía que le seguía por todas partes, tanto en Prusia Oriental como en el bunker de la Cancillería. Otro rasgo del personaje era su afecto por los niños. Las fotografías que muestran el Führer abrazando a niños y niñas pequeños que se acercaban a él para llevarle regalos o flores no son sólo producto de la propaganda. En su vida privada, Hitler actuaba del mismo modo. Así, los cinco hijitos de Goebbels venían con frecuencia a la Cancillería o a Berghof para visitar a aquel a quien familiarmente llamaban «tío Adolf» y al que adoraban. Por su parte, Hitler, que para los demás tenía un carácter irascible, mostraba con ellos una paciencia angélica distribuyéndoles golosinas o contándoles divertidas historietas. Al no tener él mismo descendencia, el Canciller se titulaba «el padre de todos los niños alemanes». También la vida sexual de Hitler es un misterio, incluso a los ojos de los historiadores. A pesar de lo que se ha podido afirmar, se cree que Hitler practicaba la castidad por convicción razonada, con un espíritu de disciplina y purificación que recuerda al de los gnósticos y los cátaros. En la óptica hitleriana, el abandono de la continencia sexual debía entrañar la pérdida de estos poderes supranormales conferidos a título excepcional a un hombre político. Por este motivo, Hitler mantuvo siempre con las mujeres relaciones únicamente platónicas. Esto no le impedía gustar de la compañía de mujeres jóvenes, con las que mostraba una cortesía vienesa. Sus maneras galantes estaban impregnadas de un acento de la vieja Austria que sabía seducir. En cierto sentido imitaba a los trovadores cantados por Wagner y que loaban el amor cortesano. Uno de sus secretarios nos revela: «A Hitler le gustaban las mujeres que se adornaban con flores naturales. Llegaba hasta el punto de coger las que decoraban la mesa y lanzarlas, con una mirada incitante, a sus invitadas. Cuando las mujeres a las que así había manifestado su interés las habían prendido en sus cabellos o en su blusa, Hitler les dirigía siempre un cumplido encantador. Cuando una mujer llegaba a la mesa adornada con unas flores cuyo color no le gustaba, al instante escogía otras de un jarrón y se las tendía con la sugerencia de que se combinaban mejor con la blancura de su piel o con el color de su vestido». Pocas mujeres se encuentran en la vida de Hitler, aunque en sus tiempos de esplendor se le hayan atribuido numerosas aventuras. Tres figuras femeninas se destacan en su vida sentimental, tres nombres que él rodeó de un amor idealizado: Estefanía, Geli Raubal y, finalmente, Eva Braun. Hitler tenía dieciséis años cuando se enamoró por primera vez. La muchacha se llamaba Estefanía. «Todas las noches —dice el nazi Léon Degrelle—, él (Hitler) se instalaba en el puente de Linz para verla pasar». Durante los seis meses que duró el flirteo, no se atrevió a decirle una palabra. A esta edad, Hitler era muy tímido, y el adolescente se consumió durante diez años, lo que puede parecer increíble, en el amor de esta aparición lejana, imitando a los poetas de finales de la Edad Media, Dante y Petrarca, a los que admiraba. «En toda la juventud de Hitler —afirma Degrelle— no hay más que un solo amor».

 

En el curso de su agitada vida política, Hitler conocerá varios idilios, pero todos terminarán trágicamente. Un primer amor culminó con el suicidio de una muchacha en una habitación de hotel. Los amores del pintor austríaco están marcados por un signo trágico revelador de una pasión imposible. Geli Raubal, su propia sobrina, a la que amó hasta el punto de perder la cabeza por ella, se suicidó de un disparo de revólver. Los celos patológicos de Hitler la habían vuelto loca. La última unión de Hitler fue la joven y rubia Eva Braun, que le fue presentada por su fotógrafo, Hoffmann, y con la que se casó «in extremis», antes de arrastrarla consigo a la muerte el 29 de abril de 1945. Ya en 1935, Eva había intentado poner fin a sus días por medio de un pequeño revólver que siempre llevaba en su bolso. Hitler no comprendía a las mujeres que se enamoraban apasionadamente de él. Vivía en un mundo inaccesible en el que la embriaguez de los sentidos no tenía ninguna significación, y el amor era antes que nada, amistad. En esta ola de suicidios, hay que citar también el nombre de una joven bella y inglesa, Unity Mitford. «Parecía —relata un testigo de la época— una diosa griega, esbelta, rubia, el tipo germánico perfectos La muchacha creía conseguir, mediante su amor, reconciliar a Hitler con Inglaterra. Unity seguía al Führer en todos sus desplazamientos, y éste, a veces, la invitaba. La belleza de sus rasgos despertaba la admiración de Hitler, pero el idilio no fue nunca más allá. Tras la declaración de guerra del 3 de setiembre de 1939, Unity, desesperada, se disparó un tiro en la sien bajo las ventanas de la Cancillería. Gravemente herida, fue confiada a las manos de los más expertos cirujanos del Reich. Cada día Hitler le mandaba rosas. Se organizó un tren especial para conducirla hasta Suiza. Desde allí, pudo regresar a Inglaterra, donde murió de pesadumbre algún tiempo después de la desaparición de su ídolo». Algunas alusiones al catarismo pueden descubrirse, por ejemplo, en la obra de Hermann Rauschning Hitler me ha dicho. Hitler recibió con grandes honores al escritor Gerhart Hauptmann, ilustre autor de Los tejedores de Silesia, obra teatral cuya acción se sitúa en el siglo XIX, pero que contiene un considerable número de símbolos relativos a los tejedores en la Edad Media, es decir, a los cátaros. «Gerhart Hauptmann fue introducido en la sala. El Führer le estrechó la mano y le miró a los ojos. Era la famosa mirada de la que todo el mundo habla, esta mirada que produce escalofríos y acerca de la cual un jurista bien relacionado y ya de edad madura me dijo un día, que, habiéndola soportado, no tenía más que un deseo, el de retirarse a su casa para recogerse y asimilar este recuerdo único. Hitler sacudió otra vez la mano de Hauptmann. En este momento, pensaban las personas presentes, saldrán las palabras inmortales que entrarán en la Historia. Ahora, pensaba también Hauptmann. Y el Führer del Reich, por tercera vez, sacudió la mano del gran poeta, y luego pasó a los visitantes siguientes. Lo que no impidió a Gerhart Hauptmann decir a sus amigos, algo más tarde, que esta entrevista había sido la cumbre y la recompensa de toda su vida».

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Hitler había estrechado por tres veces las manos de Hauptmann. Ahora bien, la cifra tres es un signo de reconocimiento entre los iniciados de algunas Órdenes, principalmente, los masones… y los cátaros. Mediante este gesto, Hitler reconocía al iniciado y le transmitía su fluido, lo que aclara con una nueva luz la interpretación del propio Hauptmann a propósito de este encuentro. Todo el viejo fondo gnóstico, dualista y càtaro se disimulaba en el nazismo, como en toda sociedad de naturaleza ambigua, abierta hacia el exterior y hacia el interior. A los ojos del observador superficial, el hitlerismo debió de pasar por una manifestación exacerbada del sempiterno pangermanismo, y nada más. El resto era cuenta de los iniciados de la secta. Sin embargo, algunos entrevieron la verdad. Por ejemplo, el célebre astrólogo Kerneiz, especialista del budismo tibetano, que, haciendo el horóscopo de Hitler, señaló la posición de la Luna a 6º 37′ de Capricornio; posición que corresponde en el zodíaco hindú al asterismo Sravana. Éste tiene una significación muy especial, ya que su influencia determina los jefes de escuelas filosóficas y políticas, los fundadores de sectas religiosas. Ante el temor de ser descubierto, Hitler despreciaba abiertamente la astrología que desvelaba el fondo de su secreta cosmogonía, lo que no le impedía acudir, discretamente, a los astrólogos más reputados cuando había de tomar una decisión importante. Es, sin duda, su deseo de acercarse a los astros lo que impulsó a Hitler a construir, en la cima del monte Kehlstein, en los Alpes bávaros, su famoso Nido del Águila, donde se retiraba para meditar sus desmesurados proyectos y donde recibía a los huéspedes notables con el fin de impresionarles. En este lugar romántico «acude a la memoria la figura del rey Luis II de Baviera, este rey de leyenda con sus palacios wagnerianos, su soledad y su locura. Disimulado en una garganta rocosa, oculto a todos los ojos, un ascensor escala varios centenares de metros y desemboca en una casa de cristal, invisible en medio de las rocas, frente a la montaña de Watzmann. Aquí, cerniéndose por encima del mundo, innaccesible, lanza sus truenos el Führer alemán. Es su aguilera. Aquí afronta la eternidad, lanzando un desafío a los siglos». Refugiándose en las cimas donde únicamente sobrevuela el águila real, Hitler pretendía seguir la huella de Zoroastro, el profeta de los arios, y suceder en la realeza espiritual a los albigenses que hicieron de Montségur un templo fortaleza consagrado al culto solar. Berchtesgaden era un lugar sagrado a semejanza del Tabor pirenaico. Estos pensamientos mágicos debían de obsesionar al Führer de la Gran Alemania cuando, a través de los amplios ventanales de Kehlsteinhaus, contemplaba el espectáculo grandioso de las cumbres alpinas perfilando sus crestas nevadas sobre el horizonte. De vez en cuando, Hitler salía de su sueño interior para desarrollar ante sus comensales los temas de la Weltanschauung nazi, tales como la admiración por el mundo antiguo, impregnado de sabiduría y de conocimientos esotéricos, el desprecio hacia el cristianismo, tal como es enseñado, el odio hacia la Iglesia católica, con una simpatía inconfesada por todos los herejes y los buscadores de dioses.

 

En la gran sala del Berghof, ante la alta chimenea de mármol donde quemaban troncos enteros de árboles, Hitler permanecía silencioso durante largos momentos, fascinado por el espectáculo de las llamas, interrogando a las brasas crepitantes. Súbitamente, salía de su reflexión, y, ante sus estupefactos invitados, se lanzaba a largos monólogos tratando de explicar a los profanos sus propios conceptos del mundo. A sus ojos, todo el mal había comenzado con la aparición del cristianismo, destructor del sacerdocio antiguo y de la ciencia iniciática. Así, para él: «Cristo era un ario, y san Pablo se había servido de su doctrina para movilizar el hampa y organizar de este modo un prebolchevismo. Esta intrusión en el mundo señala el fin de un largo reinado, el del claro genio grecolatino». Por otra parte, Hitler no hacía ningún misterio de su admiración por Grecia: «Si consideramos por un momento a los griegos antiguos (que eran germanos), encontramos en ellos una belleza muy superior a la belleza hoy día propalada, y con esto me refiero tanto al terreno del pensamiento como al de las formas. Si uno se remonta más lejos en el pasado, se puede encontrar nuevamente en los egipcios a seres humanos con la calidad de los griegos. Desde el nacimiento de Cristo, sólo unas cuarenta generaciones se han sucedido en la Tierra, y nuestro saber se remonta tan sólo a unos pocos milenios antes de la Era cristiana». Estas últimas palabras proyectan un débil resplandor sobre las ideas que podían bullir en el cerebro de Hitler. Los custodios de la ciencia sagrada nacida de la tradición atlante, a saber, los grandes sacerdotes de Egipto, eran considerados, tanto en el pensamiento de Hitler como en el de los gnósticos y los filósofos neoplatónicos de Alejandría, como maestros del conocimiento integral, aspiración secreta del nazismo, que de este modo pretendía apurar en su última manifestación abierta, el catarismo, los tesoros de cierta sabiduría perdida. «Los sacerdotes de la Antigüedad (habla Hitler) estaban más cerca de la Naturaleza y buscaban modestamente la significación de las cosas. Frente a esto, el cristianismo promulga sus inconsistentes dogmas y los impone por la fuerza. Semejante religión lleva en si misma la intolerancia y la persecución. No hay nada más sangriento».  Esta denuncia de los excesos cometidos por la Iglesia parecía, cuando menos, desaforada en boca de un hombre que hizo ejecutar fríamente a millones de seres humanos, pero encuentra su lógica en la línea fanática seguida por el amo del III Reich. Los que habían encendido las hogueras de antaño debían ver recaer sobre sí mismos las persecuciones. Semejante concepción, que, invirtiendo los signos de la Historia, confunde a judíos y cristianos en una misma execración, arrastró a las ejecuciones sangrientas del reinado nazi, como quedo demostrado en los siniestros crematorios de Auschwitz.

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Se reconstituía el Infierno de Dante, pero sobre la Tierra, y Hitler podía dejar que se manifestara su admiración por el autor de la Divina Comedia, obra que consagra la unión del catarismo templario: «Merece la pena poner de manifiesto las semejanzas existentes entre la evolución de Alemania y la de Italia. Los creadores de la lengua, Dante y Lutero, se levantaron contra el deseo de ecumenismo del Papado». Anticristiano, lo era ciertamente el autor de Mein Kampf, en la medida que la Iglesia y la cristiandad se habían confundido durante largo tiempo, dando la jerarquía eclesiástica su aspecto definitivo a la doctrina. No obstante, Hitler declaraba a sus íntimos que Jesús luchó contra el materialismo corruptor de su época; así, pues, contra los judíos. Todo su odio se dirige, por tanto, a los hijos de Israel, y en primer lugar a San Pablo, quien fundó las primeras comunidades cristianas de Europa: Pablo de Tarso, que al principio fue uno de los más encarnizados adversarios de los cristianos, se dio cuenta de pronto de la posibilidad de utilizar inteligentemente, y para otros fines, una idea que ejercía semejante poder de fascinación… (…) Fue entonces que el futuro san Pablo desnaturalizó con un diabólico refinamiento la idea cristiana.». Se encuentra de nuevo aquí el tema gnóstico de la doctrina alterada; incluso el odio contra Pablo es una de las constantes de la religión maniquea, antepasada lejana de los cátaros… «Esta idea, que contenía una declaración de guerra al Becerro de Oro, al egoísmo y al materialismo judíos, la convirtió en el grito de libertad de los esclavos de todo tipo contra la minoría, contra los señores, contra los dominadores». Por el contrario, el médium de Braunau, cuando no encontraba palabras lo bastante hirvientes para denunciar «la impostura del Antiguo Testamento», reservaba sus alabanzas para las filosofías tradicionales orientales, impregnadas de esoterismo, que dieron nacimiento a la gnosis y, más tarde, a la fe albigense. «En ocasiones, uno siente —confiaba Hitler a sus comensales— un violento sentimiento de cólera ante el pensamiento de que algunos alemanes hayan podido deslizarse hacia estas doctrinas teológicas desprovistas de toda profundidad, mientras existen otras, como la de Confucio, Buda y Mahoma, que ofrecen a la inquietud religiosa un alimento más preciado». Habiendo fracasado, después de las persecuciones, todas las tentativas para sustituir la tutela de la Iglesia por una verdadera libertad religiosa, el odio hacia el clero católico sigue siendo una constante de las afirmaciones hitlerianas. «La Iglesia se plegó a la necesidad de imponer brutalmente su código moral. Incluso no retrocedió ante la hoguera, entregando a las llamas, por millares, a hombres de gran valor». Esta alusión al drama de los albigenses no puede sorprendernos. El tema, sin embargo, seguía siendo tabú, y Hitler no podía revelar los secretos de la secta. ¿Por qué, si no hubiera creído en estas ideas, habría conservado como un talismán, en su despacho de la Cancillería, la lanza de Longinus que, según se dice, había atravesado el costado de Cristo?. Es sabido, que, juntamente con el Graal, este emblema era uno de los dos signos del esoterismo càtaro. Lo que ha confundido a los biógrafos de Hitler es el doble aspecto del personaje: uno, frío, casi positivista, razona como un librepensador; el otro, misterioso, filósofo, desarrolla una mística delirante que contradice sus afirmaciones precedentes. Éste es el motivo por el que se impone un ensayo metafísico del nazismo. A la luz de esta comparación podemos comprender la profunda afinidad que ligaba al nacionalsocialismo hitleriano con cierta concepción del neomaniqueísmo cátaro.

 

Nikolaus Lenau, pseudónimo de Nikolaus Franz Niembsch Edler von Strehlenau (Schadat, cerca de Temesvár, 25 de agosto de 1802 – Oberdöbling, cerca de Viena, 22 de agosto de 1850), fue un poeta austríaco. Sus primeros poemas fueron publicados en 1827 en Aurora de Johann Gabriel Seidl. Al recibir la herencia de su abuela, tras la muerte de su madre en 1829, optó por dedicarse a la poesía y escribió versos románticos, inspirados por los sentimientos melancólicos heredados de ella y estimulados por sus desilusiones amorosas. En 1831 se estableció en Stuttgart, donde publicó, en 1832, Gedichte (“Poema“), obra dedicada al poeta Gustav Schwab. Allí también se relacionó con Ludwig Uhland, Justinus Kerner, Karl Mayerl y otros escritores. Pero deseoso de buscar un ambiente de libertad y paz, viajó a Estados Unidos. En octubre de 1832 se estableció en Baltimore, luego fue a vivir en Ohio. También residió seis meses en New Harmony, Indiana, con un grupo teosófico, llamado Harmony Society. Pero la realidad de la vida en el bosque le pareció lejana al ideal que él se había dibujado; mostró desagrado por el “continuo balbuceo inglés de dólares” (englisches Talergelispel) y en 1833 regresó a Alemania, donde la publicación de su primer volumen de poemas revivió su espíritu. Su excelente poema, Herbst (“Otoño“), expresa la tristeza y melancolía en que cayó después de su viaje a Estados Unidos y el extenuante regreso a través del Atlántico. Lamenta la pérdida de la juventud y el paso vano del tiempo. Este poema es típico del estilo de Lenau y culmina hablando del sueño de la muerte como escape final de la vida vacía. Vivía parte del tiempo en Stuttgart y parte en Viena. En 1836 apareció su Fausto, en el cual pone al descubierto su propia alma ante el mundo; en 1837 escribió Savonarola, un poema épico, que sostiene que la libertad, frente a la tiranía política e intelectual, es esencial para el cristianismo. En 1838 su Neuere Gedichte siguió a la exaltación pasajera de su Savonarola. Algunos de los más finos entre estos “Nuevos poemas” fueron inspirados por su apasionado amor imposible por Sophie von Löwenthal, la esposa de un amigo. En 1842 apareció Die Albigenser (Los Albigenses) y en 1844 escribió su Don Juan, un fragmento del cual fue publicado después de su muerte. El poema Los albigenses, de inspiración cátara, podría ser igualmente firmado por un gnóstico o por un intelectual nazi. Se encuentra de nuevo en él los dos temas, el de un Cristo fantasmal y una especie de panteísmo que hace del hombre el revelador divino dentro de una resurrección del mito racista. En todo caso, lo que sorprende en las minorías del nazismo es este horror gnóstico por la materia, fuente de corrupción, que parece contradecir el racismo elevado a la altura de un principio.

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Alphonse de Chateaubriant que era profundamente creyente, fue testigo de este fenómeno. Intelectual brillante, el autor de La Gerbe des forces se dejó hechizar por los fastos de Nuremberg, la Roma nazi y el falso romanticismo de una nueva Alemania, que se le aparecía como la ciudadela de una espiritualidad renovada: «Contra el envilecimiento del hombre materializado se ha levantado, después de Hitler, el hombre alemán, para arrancar al hombre mundial de este envilecimiento que millares de hombres vienen a estudiar y a formarse en los Ordensburg germánicos. Si comprendemos mejor el orden de los grandes movimientos que se han sucedido desde la invasión de la Roma semítica por los bárbaros, pasando por la coronación de Carlomagno y la erección de la catedral de Reims, para desembocar en la Revolución Francesa, comprenderemos mejor el sentido profundo, histórico, de estas grandes margaritas que adornan cada lugar de los jóvenes creyentes del nuevo mundo, jóvenes aspirantes a regenerarse, en el gran comedor de Vogelsang». Chateaubriant sintió que en sus interlocutores había una referencia a una tradición continua transmitida por grupos u órdenes consideradas como los antepasados de los nazis: «Hablaba como si yo hubiera sido un templario de Francia, uno de estos últimos templarios de Francia, una especie de último superviviente de las matanzas y de las hogueras de la ciudad, llegado para escuchar y recoger los pensamientos serios de cualquier rudo caballero de la Orden teutónica». La referencia a los templarios es clásica, dado que los monjes-caballeros recogieron de los albigenses, tras la desaparición de éstos, la antorcha de la tradición gnóstica. A este respecto, hemos relatado la aventura del intelectual nazi Otto Rahn, a la búsqueda del Graal pirenaico. En esta busca, el racismo aparece claramente como un mito que sostiene el culto idealizado de la sangre pura elevado a la altura de una mística. Rahn invoca también la Orden del Temple y reivindica dicha filiación que él pretendía imponer en los círculos más cerrados de las SS y del partido nazi. Es oportuno recordar que, en el prólogo de su libro, Otto Rahn, autor de La cruzada contra el Graal, cita el nombre del escritor francés Maurice Magre, del que alardea ser su amigo. El escritor francés, conocido como vulgarizador del budismo, fue un ferviente partidario del catarismo, fenómeno religioso al que dedicó dos obras notables: La sangre de Toulouse y El tesoro de los albigenses.

 

En esta última obra, publicada en 1938, es decir, en plena efervescencia hitleriana, aparecía la glorificación del signo elegido por Hitler: la cruz gamada, que describe de la siguiente manera: «Y aquella piedra, pregunté otra vez, que está tallada como los mojones indicadores que pueden verse en la encrucijada de los caminos, ¿qué significa? Yo señalaba una piedra que tenía en uno de sus lados dos líneas cortadas en tres partes y que formaban una especie de rueda. Se parecía a la que tanto me había intrigado en el bosque de Cabrioules.Indica claramente un camino a seguir, pero se trata de un camino que no lleva a ninguna dirección conocida. Este signo fue grabado en otro tiempo, un poco por todas partes, por hombres que venían de Oriente. Bastaba para resumir una inmensa sabiduría. Pero el sentido de esta escritura se ha perdido. El Santo Graal es una palabra viviente del mismo lenguaje».En la misma obra aparce una frase que parece anunciar a Hitler: «Verás tal vez un nuevo Graal erigido por un caballero demente en las montañas cada vez más lejanas». Sin embargo, cuando los trovadores cátaros, tras la caída de Montségur, cantaban este verso de cariz profético, estaban lejos de suponer que un día, transcurridos los siete siglos, una secta política invocaría su nombre bajo secreto para rodearse de una aureola espiritual. Éste es el motivo por el cual Hitler afirmaba, en 1944, en el séptimo centenario de la hoguera de Montségur, que la Humanidad conocía cada 700 años una renovación del Espíritu. ¿Qué significan estas palabras? En todo caso, no existen dudas de que, en el clima gnóstico y neocátaro en que se complacían los pontífices nazis, desde Rosenberg a Himmler, todos estaban persuadidos de haber restablecido los lazos con las profecías trovadorescas del siglo XIII. Es cierto que el maniqueísmo es el fundamento de la doctrina hitleriana, en que el ario representaba el príncipe bueno, y el semita, la encarnación del mal. Partiendo de esta idea-fuerza, se cometieron los peores excesos sin el menor remordimiento, habiendo quedado vacíos de sentido los principios de la moral. Los nazis olvidaban que no se aplasta una idea considerada como enemiga, sino que se la combate con las armas del espíritu, pues está escrito en el Evangelio de Juan: «Quien a hierro mata, a hierro muere». La matanza de los judíos rodeó para siempre a Israel de la aureola del martirio, mientras que el pensamiento judeocristiano no fue en absoluto aniquilado, sino al contrario. Habiendo llevado el razonamiento dualista hasta consecuencias monstruosas, el nazismo cayó en el caos que prometía para sus enemigos. Utilizador de la violencia, pereció, a su vez, vencido por las fuerzas coaligadas de la violencia, de las cuales se hallaba en primer término la Rusia comunista y atea.

 

Fuentes:

  • Jean-Michel Angebert – Hitler y la Tradicion Catara
  • Lynn Picknett y Clive Prince – La revelación de los templarios
  • Otto Rahn – Cruzada contra el Grial
  • Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln – El enigma sagrado
  • Gérard de Sède – Les Templiers sont parmi nous
  • Michael J Thornton – El Nazismo
  • Louis Pauwels & Jacques Bergier – La Rebelion De Los Brujos
  • Débora Goldstern – Claves Ocultas Del Nazismo

abril 19, 2014 - Posted by | Historia, Historia oculta, Metafísica

4 comentarios »

  1. Reblogueó esto en La verdad conspiranoica.

    Comentario por laverdadconspiranoica | abril 23, 2014 | Responder

  2. Muy buen informe, sobre todo por el orden cronologico e historico con quese aborda el gnosticismo, sinceramente de lo mejor que leí en la red, y eso que soy bastante obsesivo en buscar multiples opciones a un tema en particular..considerando el muy buen análisis que hacen me gustaria si no es molestia que hicieran de los libros de Luis Felipe Moyano(alias Nimrod de Rosario) una reseña critica como esta..este señor se proclama el depositario de la sabiduria hiperborea en Argentina, y aparentemente habria tenido contacto conex SS nazis ocultos en Argentina..cuando descubri sus libros enla red me parecio que era un delirio mas de desinformacion de hoy en dia, pero al comenzar a leerlos me impresiono su contenido, sobre todo sus conocimientos sobre fisica cuantica y ocultismo bastante avanzados para la epoca enque fueron redactados, que incluso hasta el chileno Miguel Serrano utilizo conceptos de su obra en sus libros, ademas lamativamente hace referencia a la ideologia Catara dentro del NacionalSocialismo al que se hace referencia en este informe, a pesarde que leí los libros me doy cuenta humildemente que mi interpretacion es bastante limitada a diferencia de la que ustedes podrian hacer sobre sus libros, y asi poder despejarme muchas dudas sobre si esta llamada sabiduria hiperborea o gnosis primordial de Luis Felipe Moyano se puede sostener en bases reales o es solo un rejunte de informacion de muchos libros publicados, ya que no cita ninguna fuente y desconozco de donde tomó su información..los libros son una novela que se lláma “El Misterio de Bellicena Villca(o tambien llamada “La Novela Magica”)..y “Fundamentos de la sabiduria hiperborea tomo 1 y2)..los libros se encuentran para descargar gratuitamente o para comprar en la pag. http://www.luisfelipemoyano.com la diferencia es que los que se pueden descargar son los originales escritos a maquina..y los que se compran vienen con ilustraciones para una explicacion mas clara sobre los conceptos sobre fisica cuantica…de todas maneras en la red hay varias paginas donde estan impresos y se hacen estudios sobre sucontenido, pero si refutaciones..en la pagina http://www.quintadominica.com.ar estan los libros mas complejos que serian fundamentos de la sabiduria hiperborea 1 y 2, y estan junto a un montonde articulos delirantes que publico su madre despues de su muerte y que nada tienen que ver con lo plasmado en sus libros, asi que cuando entren ni le den bola, o si pero vana perder el tiempo, ya que muchos se dedicaron a hacer plata despues de su muerte distorsionando su obra..sin mas me despido y una vez mas los felicito por este analisis del gnosticismo, ahora que descubri esta pagina voy a tomarme el tiempo de leer todos lo que han publicado, vale muchisimo la pena..sigan asi, abrazo..GASTON.B

    Comentario por Gaston.B | septiembre 8, 2014 | Responder

    • Gracias por su mensaje y por la información aportada. Prometo leer la información sobre Luis Felipe Moyano y aportar mi comentario al respecto.

      Comentario por oldcivilizations | septiembre 8, 2014 | Responder


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