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Antiguas civilizaciones y enigmas

Los maestros ocultos de Shambala, ¿acudieron en ayuda de Hitler?


Desde 1939 a 1946 un verdadero apocalipsis se desencadenó sobre Europa y parte de Asia, causando millones de muertos, heridos y desolación. El coste humano para la antigua URSS (Rusia) se calcula en unos 27 millones de víctimas. Entre los aliados Imagen 15occidentales se ha estimado en 44 millones, mientras que en el Tercer Reich y sus aliados se estima en unos 11 millones.  Estados Unidos, que apenas sufrió bajas en su población civil, perdió a unos 400.000 ciudadanos. En total se calcula que hubo la astronómica cifra de 121 millones de víctimas que sufrieron los delirios de Hitler y sus secuaces. Pero este supuesto delirio ¿a qué se debía?¿Podemos resumir la Segunda Guerra Mundial como un enfrentamiento entre el Tercer Reich y los Aliados Occidentales? ¿O, entre Fascismo y Democracia? Y un hecho que aparece con meridiana claridad es la conexión esotérica-mística en el desarrollo del Tercer Reich, que se decía que tenía que durar mil años. Uno de los primeros escritos que informaron sobre esta casi desconocida conexión esotérica la facilitaron los escritores/filósofos franceses Louis Pauwels y Jacques Bergier, en su magnífica obra “El Retorno de los Brujos”, que en uno de sus capítulos escribieron esta enigmática frase: “…No somos tan locos como para querer explicar la Historia por las sociedades secretas. Pero sí que veremos, cosa curiosa, que existe una relación y que, con el nazismo, “otro mundo” reinó sobre nosotros durante algunos años. Ha sido vencido, pero no ha muerto, ni al otro lado del Rin ni en el resto del mundo. Y no es eso lo temible, sino nuestra ignorancia …“. En efecto, parece que una fuerza oscura y poderosa operaba en aquella Alemania. Y esta fuerza, que aparentemente ayudo a Hitler a salir ileso de varios atentados, era alimentada por sociedades ocultas de raíces milenarias. La teósofa Alice Bailey afirmó que Hitler se había apropiado de la Fuerza de Shambala como “una herramienta de las Fuerzas Oscuras”, y la había usado incorrectamente para luchar contra la “Energía de la Luz”.

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De forma similar a las afirmaciones de Bailey sobre la conexión entre Hitler y Shambala, varios estudios de posguerra sobre el Nazismo y el Ocultismo han llegado a la conclusión de que los Nazis enviaron expediciones al Tibet para buscar la ayuda de las fuerzas de Shambala y Agharti para llevar a cabo su siniestro Plan Maestro. Bailey, sin embargo, sólo mencionó Shambala y no dijo nada sobre Agharti. Se atribuye la búsqueda Nazi de apoyo ocultista en el Tibet a las creencias de Karl Haushofer y de la Sociedad Thule. Haushofer fue el fundador de la Sociedad Vril, relacionada con la Sociedad Thule y fue una influencia importante en el pensamiento ocultista de Hitler. Las sociedades Thule y Vril combinaban creencias de varias fuentes.  Los antiguos Griegos escribieron no sólo acerca de la isla hundida de Atlantis, sino también sobre Hiperbórea, una tierra en zonas árticas, cuando tenían un clima tropical,  cuyo pueblo migró al sur antes de que el hielo la destruyera. El autor sueco de finales del siglo XVII, Olaf Rudbeck, la situó en el actual Polo Norte. Y varios otros autores afirmaban que antes de su destrucción, se fragmentó en las islas de Thule y Ultima Thule. El astrónomo británico, Sir Edmund Halley, también a finales del siglo XVII, lanzó la teoría de que la tierra es hueca. El novelista francés Julio Verne popularizó la idea en Viaje al Centro de la Tierra (1864). En 1871, el novelista británico Edward Bulwer-Lytton, en su libro The Coming Race or Vril: The Power of the Coming Race, describió una raza superior, la Vril-ya, que vivía bajo tierra y planeaba conquistar el mundo utilizando el vril, una energía psico-quinética. En efecto, en 1871 se publicó una extraña novela titulada “The Coming Race“. En ella el narrador es conducido por un ingeniero de minas a un mundo subterráneo poblado por una extraña raza. Ese pueblo posee un poder misterioso que le ha permitido vivir sin maquinas y sin todos los aspectos de la civilización moderna. Ese poder es el llamado Vril. Edward George Earle Lytton Bulwer-Lytton, 1º Barón Lytton, nació en Londres el 25 de mayo de 1803. Su extraña colección de nombres y apellidos fue adquirida con el tiempo. Además de tener muchos nombres, Lytton participó activamente en política y fue un escritor famoso en su tiempo. Sus obras eran éxito de venta. Sin embargo, luego de su muerte, en 1873, la mayoría de sus libros quedaron en el olvido.

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Al parecer, Lord Lytton fue miembro de la Sociedad Rosacruz Inglesa, una sociedad secreta fundada en 1867 por Robert Wentworth Little. Esto no tendría más importancia si no fuera que varios de sus libros, por ejemplo “Zanoni”, escrito en 1842, parecen haberse escrito bajo la influencia de las ideas que Lytton ya tenía por su anterior participación en otras sociedades rosacruces. Un grupo de miembros de la Sociedad Rosacruz Inglesa creará, en 1887, la Hermetic Order of the Golden Dawn in the Outer, u Orden Hermética del Dorado Amanecer en el Exterior, sociedad de la que fueron miembros Arthur Machen y Bram Stoker, autor de Drácula.  De todas maneras, los intereses literarios de Lytton no se agotaron en el ocultismo. Escribió varias novelas históricas, románticas y de misterio. “The Coming Race” fue traducida al español bajo títulos como “La Raza Futura” o “La Raza que nos suplantará”. En “The Coming Race“, un joven estadounidense, es conducido por un ingeniero de minas a un mundo subterráneo poblado por una raza extraña. Ese pueblo, llamado Vril-Ya, posee un poder misterioso llamado Vril. En el libro se cuenta, entre otras cosas, que: “… Según las primitivas tradiciones, los progenitores más remotos de la raza habitaron en un mundo en la superficie de la tierra, sobre el mismo lugar que sus descendientes entonces habitaban ….. La porción de la superficie habitada por los antepasados de esta raza sufrió inundaciones, no repentinas, sino graduales e incontrolables, en las que fueron sumergidos y perecieron todos, salvo un pequeño número… Un grupo de la desdichada raza, invadida por las aguas del Diluvio, huyendo de ellas se refugió en cavernas entre las más altas rocas y vagando por hondonadas cada vez más profundas perdieron de vista para siempre el mundo de la superficie….. Aquella gente creía que en el vril habían alcanzado a la unidad de las energías naturales… Puede destruir como el rayo; en cambio, aplicado diferentemente, puede restablecer y vigorizar la vida, curar y reservar… Del mismo extraen la luz que les proporcionan sus lámparas….. La guerra entre los descubridores del Vril cesó, por la sencilla razón de que desarrollaron el arte de destrucción a tal grado de perfeccionamiento que anularon toda superioridad en número, disciplina y estrategia militar. … Hay en nuestros antiguos libros una leyenda, que en su tiempo fue creída por todos, según la cual estamos destinados a volver al mundo de la superficie y suplantar a todas las razas inferiores que hoy lo pueblan...”.

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En Les Fils de Dieu (Los Hijos de Dios) (1873), el autor francés Louis Jacolliot vinculó el vril con el pueblo subterráneo de la antigua Thule. Bal Gangadhar Tilak fue un periodista, editor, autoridad en los Vedas, estudiante de Sánscrito, matemático, reformador social y político indio, líder del ala extremista del Congreso Nacional Indio y principal figura del sentir nacionalista anterior a Mohandas Gandhi. En su libro The Arctic Home of the Vedas (El Hogar Ártico de los Vedas) (1903), identificó la migración al sur de los habitantes de Thule con el origen de la raza Aria. En 1908, el autor americano Willis George Emerson publicó la novela The Smokey God, or A Voyage to the Inner World (El Dios Humeante, o Un Viaje al Mundo Interior), que describía el viaje de un marinero noruego a través de un agujero en el Polo Norte a un mundo oculto dentro de la Tierra. La Sociedad Thule fue fundada en 1910 por Felix Niedner, traductor alemán de los Eddas, historias relacionadas con la mitología nórdica. Identificaba al pueblo Germánico como la raza Aria, que consideraba los descendientes de Thule, y buscaba su transformación en una super raza a través de la utilización del poder del vril. Como parte de su emblema, tomó la esvástica, un símbolo tradicional de Thor, el Dios del Trueno. Al hacerlo, la Sociedad Thule siguió el precedente de Guido von List quien, a finales del siglo XIX, había hecho de la esvástica un símbolo del movimiento neopagano en Alemania. Junto con Jorg Lanz von Liebenfels y Phillip Stauff, von List había sido crucial al fundar el movimiénto Ariosofía, popular antes y durante la Primera Guerra Mundial. La Ariosofía mezclaba los conceptos de las razas de la Teosofía con el nacionalismo Alemán. Con esta explosiva mezcla afirmaba la superioridad de la raza Aria como una justificación para que Alemania conquistase los imperios coloniales Británicos y Franceses. La Sociedad Thule abrazó las creencias Ariosóficas. Para ser justos, debe resaltarse que el movimiento Teosófico parece que nunca pretendió que sus enseñanzas sobre las razas fueran una justificación para afirmar la superioridad de una raza sobre otra, o el derecho predestinado de que una raza rigiera sobre las demás. Cuando Rudolf Freiherr von Sebottendorff fundó, en Munich, una rama de la Sociedad Thule, en 1918, añadió el antisemitismo y el uso autorizado del asesinato a las creencias de la Sociedad. Había recogido estos elementos de su supuesta relación con la orden de los Assassins. Esta orden secreta se remontaba a la secta Nazarí de Ismaili Islam, contra los que lucharon los Cruzados.

Posteriormente, en 1918, después de la Revolución Comunista, el anticomunismo también se unió al conjunto de objetivos de la Sociedad Thule. En 1919, la Sociedad Thule de Munich dio origen al falsamente llamado Partido de los Trabajadores Alemanes. Hitler se unió a este partido  aquel mismo año y, al convertirse en su presidente en 1920, lo llamó el Partido Nazi y adoptó la esvástica como su bandera. Karl Haushofer fue un consejero militar Alemán en Japón tras la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905. Estaba extremadamente impresionado con la cultura japonesa, por lo que estudió el idioma y, posteriormente, se convirtió en pieza fundamental en la creación de la alianza entre la Alemania Nazi y el Japón Imperial. También aprendió sánscrito y se dice que estudió durante un año en el Tibet. Fundó la Sociedad Vril en Berlin, en 1918, con una adición a las creencias de la Sociedad Thule, ya que también abogaba por buscar el vril a través de los seres que vivían en las entrañas de la Tierra. El lugar más probable sería en el Tibet, que veía como el hogar de las emigrantes arios de Thule. Haushofer también desarrolló la Geopolítica, según la cual una raza obtiene su poder expandiendo su espacio vital (Lebensraum) a través de la conquista de sus países vecinos. A principios de la década de 1920, Haushofer dirigió el Instituto de Geopolítica en Munich y, en 1923, empezó a enseñar a Hitler sus puntos de vista. Haushofer fue básico para convencer a Hitler de fundar la Ahnenerbe (Oficina para el Estudio de la Herencia Ancestral), en 1935. Su tarea principal era localizar los orígenes de la raza Aria, especialmente en Asia Central. En 1937, Himmler incorporó esta oficina a las SS (Schutzstaffel, Escuadrón de Protección). En 1938-1939, la Ahnenerbe patrocinó la tercera expedición de Ernst Schäffer al Tibet. Durante su breve estancia, el antropólogo Bruno Beger midió los cráneos de numerosos tibetanos y concluyó que ellos eran una raza intermedia entre los Arios y los Mongoles y podían servir como un enlace para la alianza Germano-Japonesa. Un gran número de expertos han cuestionado la exactitud de los estudios de posguerra sobre el Nazismo y el Ocultismo.  De acuerdo con la versión de Le Matin des Magiciens (La Mañana de los Magos) (1962), escrita  por los investigadores franceses Louis Pauwels y Jacques Bergier, así como con la obra Nazisme et Sociétiés Secretès (Nazismo y Sociedades Secretas) (1974), de Jean-Claude Frére, Haushofer creía que dos grupos de Arios emigraron al sur desde Hiperbórea-Thule. Uno fue a Atlantis, donde se entrecruzaron con los Lemures, que también habían emigrado allí.  H.P. Blavatsky había asociado a los Lemures con Atlantis y Shambala, y Bailey había asociado tanto a los Lemures como a los Atlantes con la Fuerza de Shambala. Se dice que los descendientes de estos Arios impuros cayeron en la magia negra. La otra rama de Arios emigrados al sur, pasando a través de Norte América y Eurasia del norte, alcanzaron en algún momento del desierto del Gobi. Allí fundaron Agharti, el mito que se ha vuelto popular gracias a los escritos de Saint-Yves d’Alveidre.

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La Sociedad Thule equiparaba Agharti con su afín Asgaard, el hogar de los dioses de la mitología nórdica.  Las tradiciones dicen que, después de un gran cataclismo mundial, Agharti se hundió bajo la tierra. Esto concuerda con el relato de Ossendowski. Los Arios entonces se dividieron en dos grupos. Uno fue al Sur y fundó un centro secreto de aprendizaje bajo los Himalayas, también llamado Agharti. Allí, ellos preservaron las enseñanzas de la virtud y del vril. El otro grupo Ario trató de regresar a Hiperbórea-Thule, pero en vez de ello encontró Shambala, una ciudad del mal y el materialismo. Se dice que Agharti era el titular del sendero de la derecha y del vril positivo, mientras que Shambala era el titular del degenerado sendero de la mano izquierda y la energía negativa. La división de los senderos en mano derecha y mano izquierda había aparecido ya en La Doctrina Secreta de Blavatsky. Allí, ella escribió que en la época de los Atlantes, la humanidad se dividió en los senderos de conocimiento de la mano derecha y de la mano izquierda, que se convirtieron en las semillas de la magia blanca y negra. Ella no asoció los dos senderos, sin embargo, con Agharti y Shambala. En realidad, ella no mencionó en absoluto Agharti en sus escritos. Los términos sendero de la mano derecha y de la mano izquierda derivan de una división en el tantra Hindú. Los primeros escritores occidentales a menudo representan el tantra de la mano izquierda como una forma degenerada y lo confundieron con el Budismo Tibetano y sus enseñanzas del tantra anuttarayoga. Según Pauwels y Bergier, la Sociedad Thule buscó contactar y hacer un pacto con Shambala, pero sólo Agharti accedió a ofrecer ayuda. Hacia 1926, los autores franceses explicaban, ya había colonias de Hindúes y Tibetanos en Munich y Berlin, llamadas la Sociedad de los Hombres Verdes, en conexión astral con la Sociedad del Dragón Verde en Japón. La pertenencia a esta última sociedad requería cometer un suicidio ritual japonés (hara-kiri) si uno perdía su honor. Haushofer había pertenecido supuestamente a la sociedad durante sus años anteriores en Japón. El lider de la Sociedad de los Hombres Verdes era un monje tibetano, conocido como “el hombre de los guantes verdes”, que supuestamente visitaba a Hitler frecuentemente y que, se afirma, guardaba las llaves de Agharti. Siguieron las expediciones anuales nazis al Tibet desde 1926 hasta 1943. Cuando los rusos entraron en Berlín al final de la guerra, encontraron varios centenares de cadáveres de supuestos monjes de raza himalaya, sin documentos de identidad, que habían cometido suicidio. Haushofer mismo se hizo hara-kiri antes de poder ser juzgado en Nüremberg en 1946.

Un relato ligeramente diferente de la búsqueda Nazi de Shambala y Agharti apareció en The Spear of Destiny (La Lanza del Destino) (1973), del investigador británico Trevor Ravenscroft. Según esta versión, la Sociedad Thule creía que dos secciones de Arios adoraban a dos fuerzas malignas. Su orientación hacia el mal provocó el ocaso de Atlantis y, posteriormente, los dos grupos establecieron comunidades en cavernas sumergidas bajo el Océano Atlántico, cerca de Islandia. La leyenda de Thule surgió de ellas. Un grupo de Arios seguía al Oráculo Luciférico, llamado Agharti (Agharti), y practicaba el sendero de la mano izquierda. El otro grupo seguía al Oráculo Ahrimánico, llamado Schamballah (Shambhla), y practicaba el sendero de la mano derecha. Notemos que Ravenscroft decía lo contrario que Pauwels, Bergier y otros autores, que decían que Agharti seguía el sendero de la mano derecha y Shambala el izquierdo. Esta es un extraña contradicción. Ravenscroft continúa explicando que según la “Doctrina Secreta”, distinto  al libro de Blavatsky del mismo nombre, que se escribió en el Tibet hace unos diez mil años, Lucifer y Ahriman son dos fuerzas del Mal, los dos grandes adversarios de la evolución humana. Lucifer conduce a la gente a erigirse a sí mismos como dioses y está asociado con el ansia de poder. Seguir a Lucifer puede conducir al egoísmo, falso orgullo y el mal uso de los poderes mágicos. Ahriman se esfuerza por establecer un reino puramente material en la tierra y usa la lujuria sexual perversa en ritos de magia negra. Curiosamente, aunque Blavatsky había escrito también sobre Lucifer y Ahriman, no equiparaba a ambos ni los asociaba con Shambala o Agharti. Además, Blavatsky explicó que, aunque se había transformado a Lucifer en un Satán puramente maligno, Lucifer tenía poder tanto para destruir como para crear, representando a Prometeo, el Titán amigo de los mortales, honrado principalmente por robar el fuego de los dioses en el tallo de una cañaheja, darlo a los hombres para su uso y posteriormente ser castigado por Zeus por este motivo. Blavatsky  afirma que Lucifer representaba la presencia portadora de luz en las mentes de todos que podía elevar a la gente del animalismo y originar una transformación positiva a un plano superior de existencia. Fue Rudolf Steiner, fundador de la antroposofía, agricultura biodinámica y medicina antroposófica, quien afirmó que Lucifer y Ahriman representaban los dos polos del poder destructor. Sin embargo, Steiner describió a Lucifer como una fuerza destructiva benevolente. Además, Steiner asociaba a Lucifer con Shambala, no con Agharti y, de hecho, como Blavatsky y Bailey, no mencionó Agharti en absoluto. Además, ninguno de los tres autores ocultistas describió Shambala como localizada bajo tierra. Sólo Nicholas Roerich, artista, filósofo, escritor, arqueólogo y viajero ruso, había asociado Shambala con la ciudad subterránea de Agharti, pero habían aclarado que las dos eran diferentes y nunca afirmó que Shambala fuera subterránea.

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Ravenscroft, como Pauwels y Bergier, también afirmó que, a través de la iniciativa de Haushofer y otros miembros de la Sociedad Thule, fueron enviados anualmente al Tibet equipos de exploración nazis desde 1926 hasta 1942. a fin de establecer contacto con algunas comunidades que vivían en cavernas subterráneas. Se suponía que iban a convencer a los maestros de estas comunidades para que los poderes Luciféricos y Ahrimánicos ayudaran a la causa Nazi. Ravenscroft afirmaba que los maestros de Agharti accedieron a ayudar a la causa Nazi y, desde 1929, grupos de tibetanos viajaron hasta Alemania, donde llegaron a ser conocidos como la Sociedad de los Hombres Verdes. También se les unieron miembros de la Sociedad del Dragón Verde de Japón, y establecieron escuelas ocultistas en Berlín y en otros lugares. Recordemos que Pauwels y Bergier afirmaban que colonias, no sólo de tibetanos, sino también de hindúes, estuvieron presentes en Berlin y Munich desde 1926, no desde 1929. Himmler se sentía atraído por estos grupos de adeptos tibetanos de Agharti y, bajo su influencia,  incorporó la Ahnenerbe a las SS, en 1937. Es difícil saber si Haushofer trató de influir a Hitler y a las instituciones Nazis, tales como el Ahnenerbe, para enviar expediciones al Tibet, a fin de obtener ayuda de las dos supuestas ciudades subterráneas y si tuvo éxito. La única misión al Tibet oficialmente autorizada por la Ahnenerbe, la tercera expedición tibetana de Ernst Schäffer (1938 – 1939), tuvo aparentemente un propósito diferente, aunque igualmente esotérico. Se decía que su principal y extraño propósito era medir los cráneos de los tibetanos para determinar si ellos eran Arios o una raza intermedia entre los Arios y los Japoneses. Aparte de varias inexactitudes y contradicciones entre los relatos de Haushofer y las creencias de la Sociedad Thule, parece significativo que Steiner y Bailey asociaran con Shambala el poder regenerativo de destruir estructuras obsoletas y edificar nuevas estructuras reformadas. Según esta visión, Shambala representaba un poder benevolente, con Lucifer como inductor. Haushofer y la Sociedad Thule, por otra parte, asociaron a Lucifer y este benevolente poder con Agharti. Para ellos, Shambala era una zona de poder destructivo  y malévolo, representado por Ahriman y el materialismo desenfrenado. En segundo lugar, aunque la Sociedad Thule y los Nazis buscaron primero la ayuda de Shambala, se dice que fueron rechazados. En su lugar, recibieron el apoyo de Agharti.

Parece que Haushofer combinó las leyendas de Shambala y Agharti con las creencias de la Sociedad Thule y que la mezcolanza resultante representó la posición ocultista Nazi. En Der Weg nach Shambhala (El Camino a Shambala) (1915), el explorador alemán en Asia Central, Albert Grünwedel, informó que se había identificado la Dinastía Romanov como los descendientes de los reyes de Shambala. En Sturm Über Asien (Tormenta sobre Asia) (1924), el espía alemán Wilhelm Filchner conectó la campaña soviética para conquistar el Asia Central con el interés de los Romanov en el Tibet. En “Aus den letxten Jahrzehnten des Lamaismus in Russland (Acerca de las Últimas Décadas de Lamaísmo en Rusia)” (1926), el investigador  alemán W.A. Unkrig repitió el informe de Grünwedel concerniente a los Romanov y Shambala. También se refería la ceremonia en el templo Budista de San Petersburgo para conmemorar el 300 aniversario del imperio Romanov. Alertando sobre la influencia de este templo y de una alianza de la Unión Soviética, Mongolia y el Tibet, Unkrig acababa su artículo con la cita en latín “Domine, libera nos a Tartaris” (Dios, líbranos de los Tártaros). Esto encaja bien con la geopolítica de Haushofer y sus recomendaciones para que Alemania conquistara espacio vital en Asia Central, el supuesto origen de la raza Aria. Ya en 1910, Rudolf Steiner daba conferencias en Berlín y Munich sobre Shambala como sede del trono de Maitreya, el supuesto Anticristo que libraría al mundo de las enseñanzas espirituales pervertidas. Tiere, Menschen und Götter (Bestias, Hombres y Dioses)”, la popular traducción del libro de Ossendowski, apareció en 1923. Presentaba Agharti como una fuente de poder que el barón von Ungern-Sternberg buscó para apoyar su batalla contra el líder comunista mongol Sukhe Batur, que estaba enardeciendo a sus tropas con historias de Shambala. Recordemos que la Sociedad Thule identificaba Agharti con Asgaard, el hogar de los dioses nórdicos. A inicios de la década  de 1920, una llamada “guerra oculta” tuvo lugar entre algunas Sociedades Ocultistas y las Logias Secretas en Alemania. En 1925 Rudolf Steiner fue asesinado y muchos sospecharon que era la Sociedad Thule quién había ordenado su asesinato. En años posteriores, Hitler continuó la persecución de los Antropósofos, Teósofos, Francmasones y Rosacruces. Según parece, esta persecución era debida al deseo de Hitler de eliminar cualquier rival ocultista. Steiner, por ejemplo, había encargado la traducción alemana de la novela de Bulwer-Lytton sobre el Vril, The Coming Race (La Raza que Viene), bajo el título alemán Vril, oder einer Menschheit der Zukunft (Vril, o la Raza del Futuro), Además, desde que Steiner y la Antroposofía hablaran de Shambala como la tierra del futuro Mesías y de la benevolencia, tendría sentido que la Sociedad Thule y Hitler la describieran de la manera opuesta, como un lugar de maldad.

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Entre 1929 y 1935, aparecieron cinco libros de Alexandra David-Neel, orientalista, cantante de ópera, periodista, exploradora, anarquista, espiritualista, budista y escritora franco-belga. Algunos, como Heilige und Hexe (Mystiques et Magiciens du Thibet, Con Místicos y Magos en el Tibet), fueron traducidos al alemán. Alexandra David-Neel había pasado muchos años estudiando y viajando por el Tibet y relató que los adeptos allí tenían poderes extrafísicos que les permitían desafiar la gravedad y correr a una velocidad sobrehumana. Consecuentemente, la fantasía sobre el Tibet como la tierra de los misteriosos poderes mágicos creció exponencialmente. En 1936, Theodor Illion, un explorador alemán que viajó por el Tibet a principios de la década de 1930, publicó Rätselhaftes Tibet (En el Tibet Secreto). En este libro también describía los poderes sobrenaturales que poseían los adeptos tibetanos. En su segundo libro, Finsternis über Tibet (Oscuridad sobre el Tibet) (1937), describía que le condujeron a una ciudad subterránea en el “Valle del Misterio”, donde una “Fraternidad Ocultista” canalizó energía espiritual para obtener poder. Su líder era un mago, el Príncipe Mani Rimpotsche. Aunque este “Príncipe de Luz” pretendía ser un regente benevolente, era en realidad el líder de un culto maligno, un “Príncipe de la Oscuridad”. Illion nunca mencionó Shambala, pero sus populares trabajos habrían añadido peso a la afirmación ocultista Nazi de que Shambala era un lugar de magia maligna. Hitler se convirtió en Canciller de Alemania en 1933. En ese mismo año, Sebotendorff, el fundador de la rama de Munich de la Sociedad Thule, publicó Bevor Hitler Kam (Antes de que Hitler viniera). En dicho libro resumía la deuda de Hitler con la Sociedad Thule. Hitler prohibió rápidamente el libro y obligó a Sebotendorff a dimitir. Aunque Hitler abogaba claramente por las creencias de la Sociedad Thule, desautorizó cualquier conexión con movimientos ocultistas establecidos. Haushofer y la Sociedad Thule, sin embargo, no fueron las únicas influencias sobre la Ahnenerbe. Sven Hedin, el explorador sueco del Tibet, también jugó un papel significativo. Entre 1922 y 1944, escribió varios libros en Alemania sobre sus viajes por el Tibet, tales como Tsangpo Lamas Walfahrt (La Peregrinación de los Lamas Tsangpo) (1922). Muchos otros fueron traducidos al alemán, tales como My Life as an Explorer (Mi vida como Explorador) (1926) y A Conquest of Tibet (Una Conquista del Tibet) (1941). Además, en Ossendowski und die Wahrheit (Ossendowski y la Verdad) (1925), Sven Hedin desacreditaba la afirmación de Ossendowski de que los Lamas mongoles le habían hablado de Agharti. En este libro, él descubría Agharti como una fantasía tomada de la novela de Saint-Yves d’Alveidre.

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Frederick Hielscher, a quien Hitler autorizó la fundación de la Ahnenerbe, en 1935, era amigo de Sven Hedin. Además, Hitler invitó a Hedin a pronunciar el discurso de apertura de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Y, en 1937, Hedin publicó Germany and World Peace (Alemania y la Paz Mundial). Desde 1939 hasta 1943, Hedin desempeñó varias misiones diplomáticas para Alemania y continuó con sus publicaciones pronazis. La evidencia más clara de su influencia sobre la Ahnenerbe es el hecho de que, en 1943, el Instituto del Tibet de la Ahnenerbe pasó a llamarse Sven Hedin Institut für Innerasien und Expeditione (Instituto Sven Hedin para el Asia Interior y expediciones). Haushofer fue crucial para la creación de la Ahnenerbe. No obstante, debido a Hedin, es improbable que el Ahnenerbe buscara y recibiera apoyo de Agharti en el Tibet. Hedin reconoció que el Tibet era un depósito de antiguo conocimiento oculto, pero no le atribuyó importancia ocultista, ni asoció este conocimiento con Shambala o con Agharti. El relato de Pauwels y Berger de que al final de la guerra, los rusos encontraron en Berlín un gran número de cadáveres de personas de la raza del Himalaya, , que habían cometido un suicidio ritual, no ha sido confirmado. Pero parece que los rusos encontraron los cuerpos de los adeptos tibetanos de Agharti que estaban ayudando a la causa Nazi y que, como Haushofer, se suicidaron ritualmente. Lo que parece extraño es que los seguidores del Budismo Tibetano, si esta era su pertenencia, consideran el suicidio como un acto extremadamente negativo, con graves consecuencias en futuras vidas. De acuerdo con la leyenda, la lanza Sagrada, también conocida como lanza del Destino, lanza de Longino o lanza de Cristo, es el nombre que se dio a la lanza con la que un soldado romano, llamado Longino según un texto bíblico apócrifo, atravesó el cuerpo de Jesús cuando estaba en la cruz. En La lanza del destino, de Trevor Ravenscroft, declara que Adolfo Hitler comenzó la segunda Guerra Mundial para capturar la lanza, presumiendo que el interés de Hitler en la reliquia, originada probablemente en su interés por la ópera “Parsifal“, compuesta por el compositor preferido de Hitler, Ricardo Wagner, que se refiere a un grupo de caballeros y su protección del santo Grial, así como la recuperación de la lanza. Ravenscroft procuró describir las “energías misteriosas” que la leyenda dice que provee la lanza. Él dedujo que la poseía algún espíritu hostil y malvado, al que se refirió como el Anticristo. Ravenscroft mantuvo que la lanza entró posteriormente en territorio estadounidense, el 30 de abril de 1945; específicamente, bajo el control del tercer ejército conducido por el general George S. Patton. Aparentemente se cumple la leyenda de que la pérdida de la Lanza significaba la pérdida del poder y la muerte. Patton se fascinó por el arma antigua e hizo verificar su autenticidad, mas no pudo utilizar la lanza, pues tenía órdenes del general Dwight Eisenhower de que el tesoro de los Habsburgo, incluyendo la lanza de Longinos, debía ser devuelta al palacio de Hofburg. Es interesante observar que George Patton, en su poema «A través de un cristal oscuro», curiosamente se postula como Longinos en el transcurso de alguna vida anterior.

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Ahora veamos algunos casos en que Hitler aparentemente tuvo algún tipo de protección “sobrenatural“.  Estamos en Smolensk, el día 13 de marzo de 1943. Un pelotón hace más de veinte minutos está haciendo la estatua en posición de «presenten armas», por lo que empiezan a sentir los miembros entumecidos. Pero las preocupaciones del general Von Schlabrendorff son de una índole totalmente distinta. Schlabrendorff forma en el grupo de generales y de coroneles que han acudido al aeródromo para saludar a un visitante excepcional, que se ha dignado dedicar algunas horas de su tiempo precioso a reconfortar con su presencia a los jefes del Ejército del Centro. Se trata de Adolf Hitler. Escoltado por el mariscal Von Kluge, que tiene instalado en Smolensk el cuartel general del Grupo de Ejércitos del Centro, el amo del Gran Reich se dirige hacia su avión, cuyos motores llevan varios minutos en marcha. En el cielo gris, los cazas de la escuadrilla de protección están dispuestos a precipitarse sobre cualquier amenaza. A una treintena de metros del aparato, los hombres de la tercera sección siguen impertérritos como estatuas. La mayoría de ellos jamás habían visto al Führer con anterioridad, y aún aquellos que sí lo habían visto, nunca estuvieron tan cerca de él. Hitler estrecha la mano de Von Kluge y sube los primeros peldaños de la escalerilla de acceso al aparato. Los generales y coroneles que se mantienen apiñados a pocos pasos de distancia, lo saludan. Tras del Führer ascienden ahora el jefe de su Estado Mayor privado, general Schmundt, y su ayudante de campo, coronel Heinz Brandt. Este último sostiene en la mano izquierda una pesada cartera de cuero negro, y en la derecha un paquete, que no parece de mucho peso, pero que es bastante voluminoso. Se trata de dos botellas de coñac que el general Von Tresckow, adjunto de Von Kluge, ha pedido al coronel Brandt que se encargue de llevar a su viejo camarada, el general Stieff. El general Von Schlabrendorff, adjunto de Von Tresckow, ha entregado personalmente las botellas a Brandt. Llegado a la puerta de acceso del aparato, Hitler se vuelve, y por última vez saluda sonriente al grupo. «El último saludo», piensa Von los del pelotón de bienvenida. Todas las miradas convergen hacia aquel hombrecillo enérgico y risueño, hacia el jefe de la «Gran Alemania». Sin embargo, para el general Von Tresckow, para el general Von Schlabrendorff y para el coronel Von Gersdorff, de cuyos rostros trasciende la ansiedad cuando el coronel Brandt penetra en el avión llevando sus preciosas «botellas de coñac», Hitler no es ya más que un recuerdo, un sueño de pesadilla, una página sombría en la historia del país.

La puerta se cierra, los mecánicos retiran las cuñas, el piloto hace un signo y el avión se pone en movimiento. Todo acabó. Von Tresckow se vuelve lentamente, muy lentamente, y su mirada se cruza con la de Von Schlabrendorff. Este responde a la muda interrogación bajando los párpados por un segundo: La operación «Flash» se ha puesto en marcha. Son las quince horas con diez y nueve minutos. Para un grupo reducido de conspiradores, Hitler es ya un cadáver. Sentado en la parte trasera del viejo «Mercedes» amarillo que usa su jefe, cediendo a éste la derecha, como es debido, el general Fabián von Schlabrendorff se pregunta cuándo aquel estúpido viento piensa amainar. De vez en cuando, tuerce con disimulo la cabeza hacia la izquierda y dirige un rápido vistazo hacia Von Tresckow, que, lo mismo que él, permanece silencioso. Con el monóculo bien plantado en uno de sus ojos, los guantes y la fusta sobre las rodillas, y las botas flamantes, la inmovilidad de Von Tresckow, hundido en el mullido asiento, demuestra que no siente ningún deseo de entrar en comunicación con sus semejantes. En rigor, son tantas las cosas que tiene por decir, que no se atreve a empezar a hablar. Al igual que Von Schlabrendorff, durante años ha estado esperando la llegada de este momento; y ahora, cuando al fin ha terminado la larga expectativa, se encuentra sin saber qué decir. Sobre los protagonistas se cierne el silencio denso que rodea los grandes dramas. Al penetrar en su despacho, Fabián von Schlabrendorff se vio agradablemente sorprendido por el suave calor que reinaba en él. Schlabrendorff se dirigió pausadamente hacia la mesa de enorme tablero que ocupaba gran parte de la habitación y sobre la cual se apilaban las carpetas de los expedientes. De pronto, movido por un súbito pensamiento, se encaminó hacia el mapa que cubría todo el lienzo de pared al lado de la ventana. Mientras se quitaba los guantes y desabrochaba su capote, el adjunto de Von Tresckow recorrió con la vista la línea imaginaria que el avión del Führer debía seguir para regresar a Berlín. En la habitación que ocupan las oficinas, las máquinas de escribir crepitaban, y sonaban los timbres délos teléfonos; Schlabrendorff penetra en ella y ordena: «Pónganme en comunicación con el capitán Gehre del Gran Cuartel General de Berlín». Schlabrendorff vuelve a cerrar la puerta de su despacho y toma asiento en el sillón tras de su mesa. Durante unos minutos el adjunto de Von Tresckow no hace otra cosa sino dar vueltas y más vueltas a un abrecartas de plata. Suena el timbre del teléfono. Gehre, allá en Berlín, está en el otro extremo de la línea: «¿Es Vd., Gehre?» «Diga, mi general» «Óigame: Le llamo por la cuestión del suministro de gasolina…». Sigue una de esas conversaciones rutinarias entre oficiales de estado mayor, que dura cinco minutos poco más o menos. Y al final: «Confío en usted; sé que hará todo lo posible. Adiós, querido amigo. ¡Ah! No olvide de presentar mis respetos a la señora Gehre». Schlabrendorff vuelve a colgar. Sabe que en aquel mismo instante Gehre está llamando por teléfono al doctor Von Donhanyi, y que éste, a su vez, pondrá en alerta al general Oster.

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Serán centenares de llamadas telefónicas de un extremo al otro de Alemania, e incluso de Francia. Siempre la inevitable coletilla: Los que llaman nunca olvidan pedir a su interlocutor «que presente sus respetos a la esposa». De este modo, centenares de hombres sabrán que la operación «Flash» ha sido puesta en marcha. Son las quince horas y 32 minutos. En Berlín, en Munich, en Coblenza, en París, y en Smolensk, naturalmente, comienza una angustiosa espera. Todo se inició el día primero del mes de febrero, después de la capitulación de Stalingrado. A causa de su obstinado empeño en querer dirigir personalmente las operaciones militares, por su testaruda resistencia a tomar en consideración ninguna de las advertencias de sus mariscales, Hitler es el único responsable del desastre. Al condenar a un fin irremediable a centenares de miles de combatientes, a todo el Sexto Ejército de Von Paulus, el Führer se condena a los ojos de sus generales y, lo que es más grave, ante la opinión pública alemana. Una opinión pública ya muy afectada por los graves reveses sufridos por Rommel en África, y quebrantada también por las cotidianas y terribles incursiones de los bombarderos ingleses y americanos. Para el hombre de la calle, Stalingrado constituye una catástrofe nacional. De poco sirven los esfuerzos de la propaganda del Reich por minimizar la derrota, ya que no pueden ocultarla. La noticia de la catástrofe, con sus aterradoras proporciones, se difunde rápidamente por todo el país. La opinión alemana, intoxicada y llevada a un grado de total imbecilidad por las proclamas de la radio y de la prensa del partido, se despierta súbitamente en pleno drama. Para los militares, el desastre constituye el recodo decisivo en la marcha de las operaciones del frente del Este; para el alemán medio, significa el fin de un mito. Finalmente descubren que el Ejército del Tercer Reich no era invencible. Stalingrado revela al pueblo alemán la realidad que éste no podía o no quería admitir, y la duda empieza a calar en los espíritus. Los alemanes descubren la guerra en toda su crudeza y el cortejo de sufrimientos que la misma entraña; el racionamiento, las colas ante los almacenes, la separación de los seres queridos, etc… Desde hace meses no hay un día o una noche sin la acostumbrada visita de los bombarderos aliados que vienen a arrojar toneladas de bombas en suelo alemán. Veinticuatro horas sobre veinticuatro, los grandes centros industriales, las fábricas de aviación y de armamento, los cuarteles, los aeródromos, los puertos, las fortificaciones, las presas hidroeléctricas, los puentes, las carreteras y las estaciones se encuentran bajo la amenaza de los aparatos del «Bomber Command» americano o de la «Royal Air Force» inglesa. Ante tal evidencia, los arrebatados discursos de Goebbels sobre la omnipotencia de la Luftwaffe suenan a hueco.

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El hombre de la calle se da perfecta cuenta de que los cazas alemanes ha perdido el dominio del cielo germano y que es totalmente incapaz de impedir aquellos bombardeos. Los velos que ocultaban la realidad van siendo desgarrados uno tras de otro. En Túnez los sueños africanistas del Führer están a punto de venirse abajo. Desde la sangrienta derrota de El Alamein parece que ya nada podrá poner remedio a la interminable retirada de los soldados del Afrika Korps, que siguen perdiendo terreno, ya muy dentro del territorio tunecino, y se hallan en peligro de ser cercados por el ejército norteamericano, que desembarcó cuatro meses antes en Argelia, y al que se han unido los franceses del general Giraud. La ratonera va cerrándose por momentos, y en las ciudades alemanas, las familias de los que allá lejos combaten, se preguntan con angustia si Rommel será capaz de salvar su ejército y de traerlo a Europa. Tampoco en el continente los soldados de la Wehrmacht pueden considerarse a salvo. En todos los países ocupados por Alemania proliferan los movimientos de resistencia, cada día mejor organizados y más peligrosos. En Francia, en Holanda, en Noruega, en Dinamarca y en Checoslovaquia, se multiplican los atentados y los sabotajes. En Yugoslavia, en Polonia, y sobre todo, en Rusia, los partisanos llegan a constituir auténticos ejércitos, que operan en el interior de las líneas alemanas y tienen ocupados unos efectivos importantes que el mando de la Wehrmacht se ve obligado a retirar del frente. En todas partes el poderío del Reich es discutido, y lo que es más, se halla i seriamente amenazado. Incluso los aliados de Alemania comienzan a dudar. Los rumanos, los húngaros y los italianos, que han visto cómo en Stalingrado desaparecían sus mejores unidades, buscan el modo de soltar lastre y de distanciarse de Hitler. Mussolini, inquieto ante el aspecto que van tomando os acontecimientos en África del Norte, y asustado ante la idea de que a los Aliados se les pueda ocurrir la idea de abrir un segundo frente en Italia, intenta convencer al Führer para que negocie una paz separada con Rusia, a fin de dedicar todas las fuerzas y todos los medios a la defensa del frente occidental. El deterioro de la situación militar, el cansancio, mezclado con la duda que comienza a embargar al pueblo alemán, son terreno abonado para cualquier oposición, por muy endeble que ésta sea, y por muy desorganizada que se encuentre. Después de Stalingrado, en todas partes comienzan a manifestarse síntomas de aquella oposición, como son la reogarnización clandestina de las formaciones políticas y sindicales disueltas por el régimen y la aparición de súbitos estallidos de una cólera incapaz ya de contenerse por más tiempo. Es un trágico azar de la Historia el hecho de que la primera manifestación antinazi haya tenido lugar en Munich, en la ciudad cuna del nacionalsocialismo.

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El 8 de febrero, es decir, una semana después de la capitulación de Von Paulus, dos hermanos, estudiantes de medicina, Hans y Sophie Scholl, de veintitrés y veintiún años de edad respectivamente, arrojaron puñados de manifiestos antihitlerianos desde lo alto del balcón de la Universidad. Ambos hermanos pertenecían al círculo inconformista que dirigía el profesor Kurt Huber, y que publicaba una hoja clandestina: Cartas de la Rosa Blanca. En pocos minutos la Universidad entera se convirtió en un volcán en erupción. Los estudiantes se dispersaron por las calles de la ciudad coreando consignas antinazis. La manifestación adquirió tal amplitud que el Gaulaiter de Baviera hubo de intervenir personalmente. Dispuesto a terminar el asunto por las buenas, acudió a la Universidad con la intención de sermonear a los jóvenes revoltosos. Pero su presencia fue acogida con un gigantesco escándalo.  El representante del Führer olvidó instantáneamente las palabras de moderación y amenazó con terribles represalias. Pero los estudiantes, con total desprecio a la imponente autoridad del jerarca nazi, se precipitaron a su alrededor, lo zarandearon, y atropellaron también a los pocos SS que había traído como escolta. Al día siguiente fueron detenidos Hans y Sophie Scholl, el profesor Huber, y tres jóvenes compañeros de aquéllos. Después de ser interrogados y torturados por la Gestapo, fueron condenados a muerte. Las últimas palabras de Shopie Scholl, pocos momentos antes de su ejecución, fueron: «A la libertad no la podréis asesinar». Por aquellos mismos días, a raíz de lo de Stalingrado, dos jóvenes aristócratas, el conde Helmuth James von Moltke y el conde Peter Yorck von Wartenburg, crearon el Círculo de Kreisau. En aquel cenáculo coincidían aristócratas, conservadores, demócratas cristianos, socialistas, sindicalistas, católicos y protestantes. El Círculo de Kreisau semejaba más uno de aquellos salones franceses del siglo XVIII que una reunión de conspiradores. Para aquellas gentes no se trataba propiamente de intentar eliminar el Führer, sino de arbitrar soluciones políticas para el momento en que la suerte quisiera librar a Alemania del dictador nazi. Pero en aquel mes de febrero de 1943 era en el ejército donde se encontraban los adversarios de Hitler mejor organizados y más decididos. Entre los generales Beck, Oster, Olbricht, Von Tresckow, Von Schlabrendorff, y el viejo mariscal Von Witleben, se había llegado a tejer una importante red, cuyas implicaciones y ramales iban extendiéndose rápidamente entre las unidades combatientes e incluso llegaban a penetrar en el seno de los estados mayores. Algunos civiles, decepcionados por la inercia, el exceso de palabrería y los aspectos negativos del Círculo de Kreisau, se habían unido a los militares. Entre los elementos civiles más activos y eficaces figuraban Goerdeler, Von Hassel, Von Donhanyi y Gisevius. Estos dos últimos mantenían contactos con los anglo-sajones a través de ciertos intermediarios situados en Suecia y en la República helvética. Cuando después del desastre de Stalingrado muchos vieron claro que la catástrofe final era inevitable, cuando en la opinión pública comenzaron a registrarse síntomas evidentes de despego hacia el régimen hitleriano, los militares decidieron pasar a la acción.

A Fabian von Schlabrendorff le es imposible fijar la atención en el voluminoso informe cuya lectura se ha impuesto para serenar sus nervios. Schlabrendorff no puede dominar un temblor de sus manos cuando recuerda los minutos que acaban de transcurrir: Unos momentos antes del despegue del avión del Führer, se encontraba en los lavabos del aeródromo, cebando las «botellas de coñac». Sus manos reproducen instintivamente los movimientos que hicieron sus dedos al presionar el cuello del detonador y al verificar si había quedado rota la ampolla del líquido corrosivo. Ahora el alambre metálico que retiene la aguja del percutor debe estar experimentando la lenta acción del cáustico. El general recuerda el cuidado y la febril diligencia con que rehizo el paquete, y la fingida despreocupación con que se reincorporó al cortejo oficial y entregó «las botellas» al coronel Brandt. Tres cuartos de hora escasos han transcurrido desde aquellos momentos trascendentales, pero para Fabian von Schlabrendorff cada minuto ha significado una eternidad. Por enésima vez vuelve a consultar su reloj. Son las quince con cuarenta y siete minutos. También Henning von Tresckow consulta la hora y vuelve su reloj al bolsillo; dirige una ojeada al mapa fijado en el muro y calcula que el avión de Hitler debe estar en aquel momento sobre la vertical de Minsk. Por la ventana frontera divisa a una decena de metros, el barracón donde Von Schlabrendorff tiene instalada su oficina. Von Tresckow imagina que su joven adjunto debe estar dando vueltas a la reducida pieza como una fiera en su jaula. A muchos kilómetros de distancia, en Berlín, el general Friedrich Olbricht apenas escucha las explicaciones de un joven coronel. Olbricht observa en silencio al joven oficial de intendencia; a sus ojos constituye el arquetipo de la nueva generación de oficiales. Olbricht trata de adivinar cuál será la actitud de aquel que le está hablando, cuando se entere de que el Führer ha perecido en un «accidente» de aviación: ¿Cómo reaccionará? ¿Qué harán los jóvenes oficiales de la Wehrmacht? Quizá se dejen arrastrar por los irreductibles, por los incondicionales de Hitler, por Himmler, que intentará por todos los medios, si no salvar el régimen, por lo menos llevar a su molino las aguas del «putsch», y convertirse en el sucesor del amo desaparecido, con la ayuda de sus SS y de las demás organizaciones paralelas del partido. Olbritch no lo cree probable; conoce el Ejército y tiene bien medida la profundidad del foso que lo separa de las SS. Tampoco ignora el escaso crédito que conserva Hitler entre los oficiales superiores de la Wehrmacht. Olbricht no dio la luz verde para la operación «Flash» hasta llegar al convencimiento de que había llegado el momento oportuno.

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De no haber sido así, hubiera esperado que el inconformismo y los tentáculos de la conjuración hubieran penetrado más profundamente en los engranajes del Ejército y de la Administración. No hubiera pronunciado ante Von Schlabrendorff las palabras decisivas, cuando el 17 de febrero, el joven adjunto de Von Tresckow se desplazó a Berlín con el exclusivo objeto de sondear la opinión reinante en las altas esferas: «Estamos dispuestos; es el momento de hacer saltar la chispa».  Schlabrendorff sigue esperando. No quita los ojos del teléfono y se pregunta cuánto tiempo tendrá que aguardar todavía. Pasa por su mente el recuerdo de las innumerables conversaciones a escondidas, de tanta cita clandestina y tanta reunión secreta. Rememora el continuo temor a las indiscreciones; el miedo a que alguno se fuera de la lengua no le dejaba conciliar el sueño. Ante sus ojos desfila la faz demacrada de los muchos camaradas muertos bajo la tortura, que la soportaron, pero no hablaron. Algunas caras, algunas escenas, se presentan más vividas a su imaginación. Por ejemplo: Aquel 6 de marzo en que fueron ultimados los detalles de la operación «Flash», Apenas había transcurrido una semana. Hacia las cinco de la tarde, un viejo Junker 52 se posaba en la nevada pista del aeródromo de Smolensk. Tres hombres descendían de él; dos militares y un civil. El civil era Hans von Donhanyi, un hombre rubio, de espíritu agudo y penetrante, y de inteligencia vivísima. Agregado al estado mayor del almirante Canaris, es uno de los elementos principales de la conjura. Von Schalbrendorff piensa que Von Donhanyi es más que un conjurado importante: es el alma del complot. Aquel abogado, antiguo director de un banco de Leipzig, ha puesto al servicio de la causa todas sus energías, toda su voluntad y su maravilloso dinamismo. Lleva años recorriendo Alemania de un extremo a otro, hostigando a los tibios, persuadiendo a los vacilantes e infundiendo valor a los que empiezan a sentir miedo o que desconfían del buen fin de la aventura. Aunque a los timoratos nada se les puede reprochar: El riesgo es inmenso. El segundo personaje que abandona el viejo Junker 52 es el almirante Canaris en persona. Aquel hombrecillo delicado, tímido en apariencia, cuya escasa humanidad queda casi oculta bajo los pliegues de su larga gabardina de color azul marino, es el ser más misterioso y más temible del Reich, el único que puede rivalizar en poder con el propio Hitler o con el omnipotente Himmler.

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Aquel a quien algunos llaman el «Pequeño Griego», a sus 56 años ha perdido totalmente su aire marcial, si es que alguna vez lo tuvo. Es hombre profundamente religioso, muy culto, y extraordinariamente sensible. Wilhelm Canaris es el personaje más enigmático que pueda darse. Nadie puede presumir de conocerle realmente; ni siquiera su más fiel colaborador, el general Erwin von Lahousen, tercero de los personajes que ese día 6 de marzo se encuentran en la desolada pista del aeródromo de Smolensk. Canaris es un maestro en el difícil arte de anegar un informe verídico en una oleada de falsas informaciones, o de embrollar las pistas del contraespionaje de modo que ni los propios especialistas lleguen a saber el terreno que pisan… Nadie es capaz de adivinar lo que Canaris esconde en su mente; causa la impresión de ser hombre de ideas y de intenciones perfectamente concretas, y al mismo tiempo, uno se da cuenta de que más vale mantenerse alejado de aquel personaje tenebroso. El jefe de la Abwehr ha conseguido hacer de esta organización un instrumento cuyo teclado domina, al punto de lograr cualquier efecto que le parezca conveniente. Se encuentra en todas partes, en la retaguardia, en el frente, en el interior, en el extranjero, siempre dejando tras de sí una huella indeleble, salvo cuando cree oportuno eclipsarse; lo que ocurre siempre que una situación se hace peligrosa, o cuando teme que desde el Gran Cuartel General del Führer puedan hacerle preguntas comprometidas. Su sinuosa táctica ha hecho de él un hombre indispensable; de modo que Hitler se ve obligado a hacerle partícipe de los más importantes secretos de la política extranjera germana. En apariencia, aquel viaje de Canaris a Smolensk no tiene nada de excepcional: Se trata de una simple misión de rutina, en el curso de la cual, aquel viajero infatigable, en quien el gusto por los desplazamientos se ha convertido en manía, tomará contacto con los representantes de la Abwehr en el Grupo de Ejércitos del Centro. Canaris es el único que conoce el verdadero motivo que lleva a Smolensk al doctor Von Donhanyi. Cuando éste le convence de lo oportuna que será la visita a Smolensk, Canaris se hace el desentendido, pero sabe que su subordinado piensa entrevistarse con los generales Von Tresckow y Von Schlabrendorff para ultimar los detalles del atentado que se proyecta llevar a cabo contra Hitler. Canaris está perfectamente al corriente: No solamente tiene noticia cabal de lo que se está tramando, sino que puede presumir de ser amigo personal de cuantos intervienen en el complot; a comenzar por su propio jefe de estado mayor, general Oster, y por su fiel adjunto, el general Von Lahousen. También le unen vínculos de gran amistad con los dos jefes máximos de la conjura: el general Olbricht, y Goerdeler. Los comprometidos pueden estar tranquilos; Canaris no los traicionará.

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Alguien ha dicho que el jefe del contraespionaje jugaba a dos bandas, y que no puede conjeturarse hasta donde llegaba en aquel doble juego. También se ha supuesto que si Canaris acordaba el beneficio de su silencio, era únicamente para asegurarse ventajas, en el caso de que aquélla triunfase. Todo ello no hace sino aumentar el misterio de aquella extraña personalidad. En cualquier caso, un hecho queda en pie: su odio a Hitler, a Himmler y al nacionalsocialismo, y en una esfera más abstracta, a todo lo que significase arbitrariedad, abuso de la fuerza, muerte, barbarie y guerra. Su postura ideológica explica sus muchas iniciativas en favor de los judíos, de los cristianos o de los simples ciudadanos alemanes que el régimen amenazaba de muerte. Es notorio que gracias a su intervención solapada pudieron evitarse in extremis los secuestros del Papa y del rey de Italia, los asesinatos de los generales franceses Giraud y Weigand, y el golpe de fuerza nazi contra Gibraltar. En el apogeo de su poder, Hitler había proyectado ocupar la fortaleza mediterránea. El probable éxito de la operación habría traído como consecuencia una prolongación de la guerra, más estragos, y, en definitiva, más sufrimientos para Alemania. Canaris se encargó de poner sobre aviso al ministro de Asuntos Exteriores español, conde de Jordana. Se desplazó a España en avión, acompañado por su fiel Von Lahousen, y aún antes de ser recibido por el ministro español, envió a Berlín un informe en el que decía que las autoridades españolas habían negado rotundamente su cooperación y el derecho de libre paso de las tropas germanas sobre su territorio. La anticipada iniciativa de Canaris hubo de causar a éste serias preocupaciones, ya que en la subsiguiente entrevista, el ministro español se expresó en términos mucho menos rotundos que aquellos que se hacían constar por adelantado en el informe. A principios de 1943, el jefe del estado mayor de la Abwehr, general Oster, sospechó que en el Cuartel General del Führer se tramaba un golpe de mano encaminado a secuestrar al rey de Italia y al Papa, para mantenerlos como rehenes, en previsión de cualquier iniciativa del pueblo italiano contra Mussolini. Oster telefoneó inmediatamente a su jefe, que se encontraba en Crimea. En el acto Canaris se trasladó en avión a Berlín, y desde allí a Venecia, para poner en guardia a sus colegas de los servicios secretos italianos.

Es preciso subrayar que pese a su flagrante hostilidad contra el régimen, el almirante Canaris no tomó parte activa en el complot de Goerdeler, Olbricht y demás conjurados. Como contrario a la violencia en todos sus aspectos; no puede, por lo tanto, dar su aprobación, ni al atentado contra Hitler, ni a un «putsch» de la Wehrmacht. El hombre que se ha consagrado enteramente a impedir los abusos de la violencia se mantendrá siempre al margen de toda iniciativa que presuponga el uso de la fuerza, y reducirá su papel al de un espectador pasivo. Fabian von Schlabrendorff recuerda la extraña velada que siguió al día en que llegaron el almirante y sus dos colaboradores. Una reunión singular y dramática. Era medianoche, y mientras a lo lejos retumbaba el cañón y la nieve caía sobre Smolensk, cinco hombres se hallaban reunidos en la modesta habitación que durante la jornada servía de oficina al redactor del diario de guerra del Grupo de Ejércitos del Centro. Aquellos cinco hombres eran el general Von Tresckow, el general Von Schlabrendorff, el general Erwin von Lahousen, el doctor Hans von Donhanyi, y el coronel Kurt von Gersdorff, oficial de la Abwehr, agregado al estado mayor del mariscal von Kluge. Los cinco reunidos preparaban la muerte de Hitler. La cuestión era dar respuesta a esas tres preguntas: Dónde, cómo y cuándo. En cuanto a la primera de estas tres incógnitas, es decir, la del lugar del atentado, los cinco hombres coincidían en que no era posible intentar nada serio y con un mínimo de probabilidades de éxito, mientras Hitler siguiera agazapado en su «Guarida del Lobo» de Rastenburg, en la Prusia Oriental. La vigilancia y la protección ejercidas por los SS de la guardia personal del Führer eran tan absolutas que no podía ni pensarse en preparar un atentado, y mucho menos en llevarlo a cabo. Tampoco en Berlín sería posible perpetrar el golpe. Por otra parte, las visitas de Hitler a la capital del Reich eran cada vez menos frecuentes, y en las contadas ocasiones en que se desplazaba a la misma, lo hacía en medio de un impresionante aparato de seguridad. Era necesario encontrar un terreno favorable, un lugar en el cual los SS, menos familiarizados con el lugar y con los hombres, tuvieran mayores dificultades para ejercer su vigilancia. Pareció, en principio, que uno de los pocos sitios que respondían a tales condiciones, era la propia Smolensk. Los conspiradores pensaban que la presencia de tres de los conjurados en el puesto de mando del mariscal Von Kluge propiciaría mucho las cosas. En cualquier caso, sería necesario convencer a Hitler de que viniese a Smolensk. Cosa nada fácil, si se tiene en cuenta que el amo de Alemania era muy poco aficionado a viajar y que los miembros de su corte procuraban disuadirle cuando se trataba de abandonar el habitual refugio de Rastenburg.

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El general Von Tresckow, viejo amigo del general Schmundt, jefe del estado mayor privado del Führer, era el más indicado para realizar el intento. Aquella oportuna amistad le permitiría llegar a Schmundt, colaborador inmediato de Hitler, sin rodeos ni solicitudes de audiencia, para convencerle de lo muy oportuna que sería una visita del Führer al cuartel general del Grupo de Ejércitos del Centro, aunque hubiera de ser muy breve, «habida cuenta de la situación general y del deterioro de la moral de las tropas a raíz de la derrota de Stalingrado». Respecto de la segunda cuestión que debían resolver los cinco conjurados, es decir, la fecha del atentado, era evidente que la solución dependía de lo que resultase de la tentativa de Von Tresckow cerca del general Schmundt. El último problema que se planteaba a los comprometidos, era, sin duda, el más grave y más resolutivo: Había que decidir los medios y la forma de llevar a cabo el atentado. Tomó la palabra en primer lugar el fiel compañero del almirante Canaris, el general Erwin von Lahousen: Sugiere la colocación de una bomba de explosión retardada, dispuesta para que estalle durante la conferencia, que, sin duda, tendrá lugar en el cuartel general, con ocasión de la visita del amo del Gran Reich. Von Donhanyi hace observar que la bomba, al explotar, hará probablemente víctimas entre los conjurados, cuya presencia será más necesaria que nunca en los días que sigan al atentado, cuando los «putschistas» hayan de recurrir a todas sus fuerzas y a todas sus energías en la lucha que habrán de emprender para barrer las últimas secuelas del hitlerismo, y para imponer el nuevo régimen. La propuesta de Von Lahousen es, por lo tanto, desechada. Toma entonces la palabra Von Tresckow. En su opinión, las bombas y los atentados están fuera de lugar; lo importante es apoderarse de la persona de Hitler: «Hitler vivo nos será mucho más útil que muerto. Escondido en el bosque, a pocos centenares de metros de este lugar, tengo apostado un regimiento de caballería, cuyo coronel barón Von Boeselage y toda la oficialidad están plenamente de acuerdo con nosotros. Hace algunas semanas hice venir ese regimiento del frente en previsión de una eventualidad favorable. Mientras el Führer estuviera aquí sería facilísimo rodear el cuartel general del mariscal Von Kluge, neutralizar los SS de la guardia y arrestar al visitante».

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Nuevamente es Von Donhanyi el que expresa su disconformidad, y esta vez bastante secamente. Subraya, en primer lugar, que en ninguna de las anteriores reuniones clandestinas habíanse tenido en cuenta la hipótesis de la mera detención del Führer. Jamás fue prevista tal eventualidad, ni siquiera examinada. “Sentado esto —prosiguió el orador—, no creo, por mi parte, que Hitler vivo pueda sernos de utilidad alguna; todo lo contrario. Pienso que el mero hecho de que siga vivo significaría un grave peligro, porque sin duda los recalcitrantes del nazismo intentarían liberarle. Estoy convencido, además, de que sólo ante la muerte de Hitler, los tibios y los indecisos se adherirán al nuevo régimen; no lo harán si saben que Hitler sigue vivo, por temor que éste vuelva algún día a conquistar el poder”. La proposición de Von Tresckow, igual que lo fue la de Von Lahousen, es rechazada. Llega el turno de hablar al joven general Von Schlabrendorff, del que se dice que es más político que hombre de acción. “Todos estamos de acuerdo en que el atentado es necesario. Creo que lo mejor que podemos hacer es colocar una bomba en el avión del Führer unos momentos antes de su salida de Smolensk. De este modo —puntualiza Von Schlabrendorff— podremos culpar del «accidente aéreo» a la caza soviética o a una avería de motor. Esto nos librará, hasta cierto punto, de las sospechas de la Gestapo, en el caso de que no logremos imponer la segunda fase de nuestro programa, y Himmler y los suyos logren salvar al régimen“. “Pero, ¿cómo haremos para colocar la bomba en el avión del Führer sin levantar sospechas? – pregunta el coronel Von Gersdorff”. “Naturalmente  – dice Von Schlabrendorff -, no se trata de que yo, o cualquiera de nosotros, se escurra por el terreno de aviación (suponiendo que fuera posible andar por las pistas de un aeropuerto sin que nadie note la presencia de uno), se suba al avión en las propias barbas de los guardianes, que allí no faltarán, y esconda una bomba bajo el asiento del Führer. Se da por supuesto que hemos de actuar de otra forma. He pensado en ello, y creo que lo más simple y menos peligroso consiste en dar a la bomba la apariencia de un objeto inofensivo, que podamos entregar a un miembro del séquito de Hitler. El «encargo» puede consistir, por ejemplo, en unas «botellas de coñac» que el general Von Tresckow desea enviar a uno de sus amigos del Gran Cuartel General“. “Personalmente —declara Von Tresckow—, considero el plan excelente. Tanto más, que reduce los riesgos al mínimo“. De la misma opinión son Von Donhanyi, Von Lahousen y Von Gersdorff. Se aprueba el plan y Fabian von Schlabrendorff queda encargado de disponer lo necesario, en tanto llega el Führer.

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En otro barracón, a pocos metros del lugar donde se reúnen los conjurados, se hallan otras dos personas, despachando los últimos bocados de su cena. Esos dos hombres, si bien no toman parte activa en el complot, están perfectamente enterados de lo que se trama. Los conspiradores reunidos en el vecino barracón, en varias ocasiones han solicitado la cooperación de ambos personajes; pero ninguno de los dos ha consentido en participar directamente, por razones totalmente dispares. Los comensales son dos grandes dignatarios del régimen: se trata del almirante Canaris y del mariscal Von Kluge. Llevan más de cinco horas reunidos, sin que ninguno logre desgarrar el velo de disimulo con que los dos enmascaran sus auténticos pensamientos. Durante la cena han estado jugando al ratón y al gato, intentando cada uno descubrir el juego del contrario. Canaris se pregunta si Von Kluge sospecha algo,y Von Kluge procura descubrir si Canaris forma o no parte de la conspiración. Sin embargo, Canaris lleva una ventaja enorme sobre el mariscal, ya que conoce perfectamente a su hombre. Von Kluge pertenece a esa promoción de mariscales «recargados de galones», que en el régimen nazi encontraron campo abonado a su servilismo, a su ambición, a su soberbia, a su mediocridad, y también a su codicia. Por la mente de Canaris pasa la imagen de un cheque de 250.000 marcos. Es la suma que Hitler ha enviado a Von Kluge, extraída del «tesoro particular», y que acompañaba a su felicitación de cumpleaños. El almirante se pregunta quién es más culpable: si el político que intenta comprar la fidelidad de sus mariscales, o el militar que, rompiendo con todas las tradiciones éticas del cuerpo de oficiales, pone precio a su honor y a su espíritu de obediencia. Canaris sabe también que aquel inesperado regalo del Führer hizo en un instante estériles todos los esfuerzos de los conjurados, que llevaban muchos meses intentando atraer a su causa a uno de los tres grandes jefes del frente del Este. Es absurdo pensar que Von Kluge, militar tosco y sin imaginación, consiga adivinar los pensamientos de Canaris, si éste quiere disimularlos. Sin embargo, el mariscal no deja de preguntarse a qué santo viene aquella inesperada visita a Smolensk del dueño de la Abwehr, con el acompañamiento de toda una cohorte de sus sabuesos.

¿Acaso Canaris actúa de acuerdo con Von Tresckow y con su eminencia gris, Von Schlabrendorff? Von Kluge no es capaz de resolver la incógnita. Esta torpeza del mariscal salvará a los conjurados. Temeroso de que le culpen de ligero, de dar un traspiés que le aboque al ridículo, Von Kluge no hablará. Schlabrendorff consulta una vez más su reloj. Son las cuatro de la tarde. El avión ha despegado a las tres y diecinueve minutos. La bomba tiene que estallar de un momento a otro. La espera se hace insoportable. A cada minuto que pasa, Von Schlabrendorff nota que su respiración se acelera. Para conservar la poca serenidad que le queda, para soportar el tormento de aquella espera, se obliga a distraer la imaginación. Intenta rememorar los episodios que siguieron a la reunión del 6 de marzo, la despedida que hicieron a Canaris, Von Lahousen y Von Donhanyi, pero las imágenes se estremezcan, produciendo en su mente una total confusión. Por un momento logra retener el recuerdo de la sonrisa de Von Tresckow cuando éste le anunció que el Führer realizaría una breve visita a Smolensk el próximo 13 de marzo. También consigue revivir la impresión de ansia febril con que se dedicó a aprender el manejo de aquel tipo de explosivo que tendría que emplear en el momento crucial del atentado. Von Lahousen había traído los artefactos en su reciente visita. Experto en armamento, el ayudante de Canaris había logrado hacerse con dos bombas inglesas de un tipo totalmente nuevo, cuyo mecanismo de tiempo presentaba la gran ventaja de ser totalmente silencioso. Este era un detalle importantísimo; hasta tal punto esencial, que en una ocasión, los conjurados hubieron de suspender en el último momento los preparativos de otro atentado, debido al perceptible silbido que dejaba escapar la espoleta de una bomba alemana cuando el mecanismo de tiempo era puesto en marcha. En las bombas que había traído Von Lahousen, aquel defecto quedaba superado. «Curiosa coincidencia —pensó Von Schlabrendorff—; una bomba inglesa será la que ocasione la muerte del Führer». Al fin llegó Hitler; hacía escasamente seis horas, pero a Von Schlabrendorff le parecía que desde el momento de la aparición del Führer en la portezuela del avión habían transcurrido varias semanas. El adjunto de Von Tresckow recordaba el frío glacial que se hacia sentir en la pista del terreno de aviación, el aparato avanzando lentamente hasta quedar totalmente inmóvil, Hitler descendiendo por la escalerilla, sus enérgicos apretones de manos, su sonrisa. Recordaba la conferencia celebrada en el despacho del mariscal Von Kluge. Un Von Kluge más servil y más rendido que nunca. Las palabras del amo del Gran Reich resonaban todavía en sus oídos, las frases que aludían a una próxima gran ofensiva de primavera: «Una ofensiva que una vez por todas barrerá las hordas bolcheviques y nos llevará hasta las puertas de Moscú». Palabras y más palabras, pensaba Schlabrendorff. Le parecía estar escuchando todavía a Hitler, que se entusiasmaba hablando de las armas secretas, de los tanques «Tigre», «los mejores del mundo». Palabras y más palabras.

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Schlabrendorff recordaba también la comida que siguió a la conferencia, y la ronca voz que no interrumpía su larguísimo monólogo. Por la mente del conspirador había pasado la idea traviesa de que nunca en su vida conociera anteriormente a nadie que en la mesa se comportara con tan malos modales. Y luego, como en un sueño, la voz de Von Tresckow preguntando al coronel Brandt, ayudante del Führer, «si no le importaría llevar dos botellas de coñac francés que deseaba enviar a su viejo amigo, el general Stieff». Schlabrendorff, volvió a consultar su reloj: Eran exactamente las cuatro horas y cuatro minutos de la tarde. Un ayudante pidió permiso para entrar: “Mi general: Un mensaje de la torre de control“. El contenido del parte era muy breve: «Führer llegado sin novedad». Para Fabián von Schlabrendorff era como el despertar de un sueño. Se incorporó con lentitud y se acercó a la ventana. La lluvia había cesado, pero el viento seguía ululando en el bosque. El episodio había terminado. En verdad, los protagonistas de la operación «Flash» no podían darla por concluida. Era necesario recuperar las famosas «botellas de coñac» antes de que Brandt las pusiera en manos del general Stieff; ya que éste no sabía nada de la conjura. Era fácil presumir lo que podría ocurrir si el desprevenido Stieff llegaba a descubrir la naturaleza del extraño envío, o todavía peor, si las bombas estallaban en cualquier despacho del Gran Cuartel General. Sin perder un instante y con un pretexto cualquiera, Von Tresckow envió a Berlín a su adjunto Schlabrendorff. Entre tanto, llamó por teléfono al coronel Brandt y le pidió que no entregase el paquete al general Stieff. «Acabo de darme cuenta de que me he equivocado de botellas. Da la casualidad de que el general Von Schlabrendorff sale hoy para Berlín. Le doy las botellas buenas para Stieff y le ruego le entregue el paquete de las que usted tuvo la amabilidad de llevar». Así se hizo, sin más trastornos. De regreso en Smolensk, Schlabrendorff se dispuso a desmontar las bombas que fallaron. En el acto pudo darse cuenta de que la presión de su pulgar había roto correctamente la ampolla del líquido corrosivo. El alambre metálico que sujetaba la aguja del percutor aparecía totalmente corroído. Pero una increíble casualidad o, tal vez, un milagro inaudito, hicieron que la aguja quedase atascada y no percutiera en el fulminante. ¿Sería fruto de la protección por parte de Shambala?

Exactamente un año y cuatro meses más tarde, el 20 de julio de 1944, el coronel conde Claus von Stauffenberg volvería a utilizar una bomba. Esta vez si estallaría, pero también en vano. En efecto, a los reveses de la conspiración se aunó el de Klaus Philip Schenk, conde von Stauffenberg, coronel de considerable inteligencia, dominado por un temperamento radical y una fuerte decisión moral. Había perdido su ojo izquierdo, la mano derecha y dos dedos de la izquierda en Túnez, pero emprendió la labor de asesinar a Hitler. Estaba afecto al personal del general Olbricht, conspirador y comandante en funciones de la Ersatzheer, el Ejército Interior o de reserva. Era ésta una organización orientada a la formación de reclutas para el servicio activo, que incluía unas cuantas unidades de reservistas acuarteladas en Alemania. Stauffenberg, usando como pretexto el peligro de la revolución de los trabajadores extranjeros, elaboró planes para que el Ejército del Interior asumiera poderes de emergencia en Alemania. La «Operación Valquiria», como se la llamó, era un plan detallado que incluía órdenes e instrucciones dispuestas para la firma de Beck, como nuevo Jefe del Estado, y de Geordeler como Canciller. Stauffenberg llevó a cabo dos intentos malogrados para asesinar a Hitler, en julio de 1944. Al ser nombrado adjunto al general Fromm, Comandante del Ejército del Interior, Stauffenberg era frecuentemente convocado a presencia del Führer para recibir órdenes relativas a nuevos proyectos militares. El 20 de julio, voló al Cuartel General de Hitler obedeciendo órdenes, con el objetivo de intentar un decisivo atentado a la vida de Hitler. Con él llevaba, oculta en su cartera, una bomba análoga a la utilizada por Tresckow y Schlabrendorff. La bomba había sido preparada para estallar en diez minutos después de ponerse en marcha el mecanismo. Stauffenberg fue llevado por Keitel a la sala de conferencias, en la que el Führer estaba escuchando informes del frente oriental. Colocó su cartera bajo la pesada mesa de roble, retirándose de la habitación sin levantar sospechas, con la excusa de una llamada telefónica de Berlín. A los pocos minutos, a las 12.42 de la noche, la bomba estalló. En la confusión levantada, Stauffenberg logró escabullirse por entre los puestos de guardia que protegían el Cuartel General, subió a bordo del avión que le esperaba en un aeropuerto cercano y voló de regreso a Berlín.

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Los conspiradores, entre tanto, debían reunirse conforme a lo previsto en el despacho de Olbricht, en Bendlerstrasse. Sería anunciada la formación de un nuevo gobierno bajo el mando de Beck y Goerdeler, y con el mariscal de campo von Witzleben como Comandante en Jefe del Ejército. El ejército asumiría poderes de emergencia, habiendo planes detallados para ocupar los puntos clave, como las emisoras de radio, para detener a todos los altos funcionarios del Partido y para incorporar las Waffen SS al ejército. Golpes semejantes y simultáneos tendrían lugar en Praga, Viena y París. El éxito de la empresa dependía del asesinato de Hitler y de la ejecución minuciosa y valiente de la «Operación Valquiria». Pero, desgraciadamente, ninguna de estas condiciones se produciría. Hitler salió de la sala de conferencias con quemaduras y contusiones, el brazo derecho paralizado y sus tímpanos lesionados. Pero estaba vivo. La suerte y la mesa le salvaron. La mesa estaba sostenida por dos zócalos, que cubrían casi toda su anchura. Stauffenberg había dejado su cartera apoyada contra el interior de uno de los zócalos pero, cuando salió de la habitación, el coronel Brandt, para acercarse más a un mapa, movió la cartera hacia el exterior del zócalo, por lo que éste absorbió gran parte de la onda explosiva. Poco después de la una, llegaron a Bendlerstrasse noticias de que el Führer no estaba muerto, pero Olbricht dio orden de iniciar «Valquiria». Con ello perdió su última oportunidad. En la confusión de Rastenburg se pensó que la explosión había sido resultado de un bombardeo. Eran más de las dos y media cuando entró en las mentes de Hitler y sus acompañantes lo que Stauffenberg había intentado hacer y, seguramente, hasta más tarde no se advertiría que se había intentado un golpe. Los generales, incluso los bien intencionados, una vez más habían fracasado. Ni siquiera el interés personal podía destruir la incomodidad que hubieran sentido rompiendo su juramento de fidelidad a Hitler. Su única esperanza de sobrevivir, una vez en la senda del golpe de estado, era el éxito. Hasta que Stauffenberg no aterrizó en el aeropuerto de Rangsdorf, a las 3.45, nada se hizo. Aunque intentó compensar con urgencia el tiempo perdido, para entonces era ya demasiado tarde. Se enviaron tropas para ocupar el cuartel gubernamental de Berlín, pero el batallón estaba mandado por un tal comandante Remer que no era de los conspiradores. Goebbels, el único nazi con alto mando en Berlín, fue prevenido de la llegada de éste por Hans Hagen, un oficial de los servicios de propaganda del batallón. Remer, a su llegada al despacho de Goebbels, fue persuadido para que atendiera a una llamada telefónica de Rastenburg. La inconfundible voz al aparato le impresionó tanto, que permaneció en posición de firmes acatando las órdenes de suprimir el golpe, y siendo notificado asimismo de su inmediato ascenso a coronel.

Stauffenberg hizo intentos desesperados por lanzar a la acción a los altos mandos del ejército. Pero, a las 6.30, la radio alemana difundió un mensaje de Goebbels, indicando que Hitler estaba vivo. Y, a las 8.00, Keitel distribuyó una orden telegráfica a todos los mandos militares, ordenando ignorar cualquier orden que no viniera de él mismo o de Himmler, a quien Hitler había nombrado comandante de la Ersatzbeer. Poco después se anunció que el Führer se dirigiría por radio al pueblo alemán. Durante la tarde, un grupo de oficiales leales a Hitler, que había sido detenido por los conspiradores, logró escapar y poner en libertad al general Fromm, Comandante del Ejército del Interior. También él había sido puesto bajo custodia, pues su actitud ante los conspiradores era equívoca y, una vez libre, se aplicó con esfuerzo a salvar su propia piel. Cuando las tropas llegaron a Bendlerstrasse para detener a los conspiradores, Fromm había ya ordenado fusilar  a Stauffenberg, Olbricht, el coronel Mertz y el teniente Haeften a la luz de los faros de un coche blindado. La llegada de Kaltenbrunner, el sucesor de Heydrich, que estaba interesado en interrogar a los prisioneros, impediría nuevas ejecuciones sumarias. Sólo en París alcanzó la conspiración un cierto efímero éxito. El general Heinrich von Stuelpnagel, gobernador militar de Francia, cumplió lealmente su papel y arrestó a 1200 SS y otros fieles a Hitler, de modo que el ejército se hizo con el control total de París. Para consolidar su posición, Stuelpnagel precisaba el apoyo efectivo del comandante en jefe de la zona y, de nuevo aquí, la fortuna se volvió en contra la conspiración. Hasta el 17 de julio, había sido Comandante en Jefe de la zona oeste el mariscal Rommel, pero aquel mismo día fue gravemente herido al ser su coche atacado por bombarderos británicos, y el día 20 yacía inconsciente en el hospital. Temporalmente había sido reemplazado por el mariscal de campo, von Kluge, quien, ya desde 1942, había evitado una y otra vez comprometerse con el Círculo de Resistencia. Probablemente, si el atentado a Hitler hubiera prosperado, Kluge habría colaborado, pero, en las circunstancias del momento, rehusó explotar la oportunidad que Stuelpnagel había abierto y el golpe se frustró.

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La caza al hombre que siguió estaba inspirada por un salvaje deseo de venganza por parte de Hitler. Se ha estimado que 4980 personas fueron ejecutadas después del complot de julio y miles más internadas en campos de concentración. Muchos oficiales fueron ejecutados con crueldad, ahorcándoseles en un lazo corredizo hecho con una cuerda de piano y suspendidos de un garfio de carnicería. Las ejecuciones fueron filmadas y mostradas a Hitler quien las siguió con satisfacción, aunque Goebbels se vio obligado a ocultar el rostro entre las manos. Hitler, cuya conciencia siempre tuvo un elemento paranoico, se sacó de nuevo la espina ante la casta aristocrática, en cuya presencia nunca estuvo a gusto. Las Waffen SS fueron puestas al mismo nivel que el ejército y el saludo nazi se hizo obligatorio. En cierto sentido, el valeroso núcleo de resistentes actuaron sin consideración a sus posibilidades de éxito. Su valor es el único elemento decente de la historia del III Reich.  Los nazis encontraron abundantes colaboradores y la obra de la «Solución Final» se vio facilitada por el antisemitismo de las poblaciones conquistadas. Pero hubo siempre una consistente oposición subyacente, que fue un obstáculo para el gobierno nazi y ayudó al espionaje aliado. Al igual que la oposición alemana, cuando se enfrentó abiertamente al nazismo, fracasó. El heroico levantamiento de Varsovia, en 1944, es un ejemplo revelador. Fue la guerra de Hitler la que destruyó el III Reich. Atacando a la Unión Soviética se condenó a sí mismo, aunque esto no pasó a ser realidad hasta 1944. Seguramente pudo prever las fatales consecuencias de esta acción, pero tan decidido estaba a llevar a cabo su Lebensraum hacia el Este, que se convenció a sí mismo de que Gran Bretaña sería derrotada. Por ello desencadenó la «Operación Barbarroja». Y, por si fuera poco, incurrió en nuevas dificultades al subestimar la potencialidad de Estados Unidos. De todos modos, si no se hubiese producido su casi milagrosa supervivencia a diversos atentados, probablemente se hubiesen evitado los varios millones de muertes que se produjeron durante los últimos años del nazismo

Fuentes:

  • Claude-Paul Pajard – La botella de coñac que casi mató Hitler
  • Michael J Thornton – El Nazismo
  • Louis Pauwels & Jacques Bergier – La Rebelion De Los Brujos
  • Débora Goldstern – Claves Ocultas Del Nazismo

diciembre 17, 2013 - Posted by | Historia, Historia oculta

4 comentarios »

  1. Sea verdad o no lo que se cuenta en su blog, el solo trabajo que ustéd se ha tomado para la recopilación de todos los datos que sustentan los temas desarrollados, aparentemente es impresionante. Por favor, ¿ podria publicar sus fuentes?. Le estaria muy agradecido pues los temas son de gran interés para mi. Muchas gracias por compartir este titánico trabajo.

    Comentario por Rafael Pan Fernández | abril 20, 2014 | Responder

    • Gracias por el comentario. Al final del artículo puede encontrar las fuentes utilizadas: Claude-Paul Pajard – La botella de coñac que casi mató Hitler; Michael J Thornton – El Nazismo; Louis Pauwels & Jacques Bergier – La Rebelion De Los Brujos; Débora Goldstern – Claves Ocultas Del Nazismo

      Comentario por oldcivilizations | abril 20, 2014 | Responder

  2. Hitler fue practicante de la corriente positiva de la energía creadora, Después de recibir varias veces al hombre de los guantes verdes. éste lo convenció de invertir el desarrollo de la energía creadora, con las consecuencias destructivas que conlleva esta practica. Hitler no murió en Alemania, salió hacia Sur América donde murió anciano.

    Comentario por Clever Ram Yac | junio 9, 2014 | Responder


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