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El extraordinario viaje de La Pérouse, marino francés del siglo XVIII


Jean François Galaup, conde de La Pérouse (o de Lapérouse) (1741 — 1788), fue un famoso marino francés. La expedición naval alrededor del mundo, que él dirigía, desapareció de forma misteriosa el año 1788, en Vanikoro, islas Salomón. Jean Imagen 21François Galaup se enroló en la Marina a los 15 años, en 1756. Durante su periodo escolar, en Brest, se vio envuelto, aún con 17 años, en los conflictos marítimos de la guerra de los Siete Años contra Inglaterra a lo largo de América del Norte, en especial en la isla de Terranova y en el río San Lorenzo, así como en las Antillas. A los 18 años fue herido y hecho prisionero durante la Batalla de los Cardenales, cerca de Quiberon, que libraron el mariscal de Conflans y el almirante Hawke. Tras otra serie de actividades en la costa francesa, permaneció durante cinco años en la isla Mauricio, ubicada en el suroeste del océano Índico, entonces Isla de Francia, y llevó a cabo distintas misiones en las islas cercanas. Se le encargó la dirección de dos viajes a la India como comandante del Seine. Allí conocerá a la que será su esposa, Éléonore Broudou, una joven criolla de origen modesto. De vuelta a Francia, en 1777, se le nombró teniente de navío y recibió como recompensa la Cruz de San Luis, al haber salvado a Mahé, la isla más grande de las islas Seychelles, de los asaltantes indios. Volvió a participar en las luchas contra los ingleses, con motivo de la independencia de lo que luego serían los Estados Unidos. Luchó en las Antillas y en la península del Labrador, en la expedición de la bahía de Hudson. En esos combates demostró su valor marítimo y militar, al capturar dos fuertes británicos. Con 39 años se le nombró capitán de navío, debido a su brillante trayectoria en esta guerra. Se casó con Eléonore Broudou en 1783, a pesar de las objeciones de su padre, y se fueron a vivir a la población francesa de Albi.

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Tras el tratado de París, el ministro de Marina, el Mariscal de Castries, y el rey Luis XVI le seleccionaron para dirigir una expedición alrededor del mundo, cuyo objetivo era completar los descubrimientos llevados a cabo por el navegante, explorador y cartógrafo británico James Cook en el océano Pacífico. Hijo de un inmigrante escocés ocupado en tareas rurales, Cook asistió a la escuela hasta los doce años. Más tarde, obtuvo trabajo como aprendiz en una empresa naviera, y así entró en contacto con el mar y los barcos, que habrían de ser su gran pasión. Sus habilidades para el oficio en el duro Mar del Norte le valieron que a los veintisiete años se le ofreciera el mando de un barco. Cook realizó tres viajes por el océano Pacífico, durante los cuales se describieron con precisión grandes áreas, y muchas islas y costas fueron documentadas por primera vez en mapas europeos. Sus mayores logros fueron el reclamo para Gran Bretaña de la costa este de Australia, descubierta por los españoles en el siglo XVI; las islas Hawái, descubiertas por el español Álvaro de Saavedra en 1527 y la circunnavegación y cartografía de Terranova y Nueva Zelanda. La expedición de La Pérouse, que constaba de 220 hombres, deja Brest en agosto de 1785 con dos navíos, la Boussole y l’Astrolabe, barcos mercantes de 500 toneladas remodelados como fragatas para esta ocasión. Entre los participantes en la expedición había numerosos científicos: un astrónomo, un médico, tres naturalistas, un matemático, tres dibujantes e incluso sacerdotes que contaban con una formación técnica. La expedición tenía numerosos objetivos: geográficos, científicos, etnológicos y económicos, pero también tenía objetivos políticos y pretendía establecer bases francesas o de cooperación colonial con los aliados españoles, en las islas Filipinas. Así pues, lo que se le propuso fue un programa de exploración planetario en el Pacífico Norte y en el Pacífico Sur, incluyendo las costas de Extremo Oriente y de Australia. Pierre Guillemot escribió un interesante artículo, titulado “La desaparición de La Pérouse“, publicado en la serie “Los Grandes Enigmas Históricos de Antaño“, en que me he basado para escribir este artículo.

Pero, antes de seguir con La Pérouse, veamos quién era Luis XVI de Francia  (1754 – 1793). Luis XVI fue rey de Francia y de Navarra entre 1774 y 1789, copríncipe de Andorra entre 1774 y 1793, y rey de los franceses entre 1789 y 1792. La llegada al trono hizo pensar en grandes reformas del Estado, pero su falta de carácter, las intrigas de su corte y la oposición de los nobles le impidieron llevar a cabo las reformas necesarias. En cuanto a política exterior tuvo más éxito, debilitando a Inglaterra y manteniendo la paz en Europa. Intentó en seis ocasiones realizar reformas, estableciendo un impuesto equitativo que sustituyera a los impuestos heredados del feudalismo. La nobleza de toga del Parlamento de París y la corte de Versalles se negaron a tales reformas, haciendo al rey tener que presentar sus propuestas ante una Asamblea de Notables y más tarde ante los Estados Generales para aprobarlas. En los Estados Generales de 1789, el Tercer Estado, al que no se le concedió el voto por persona que solicitaba, se autoproclamó la Asamblea Nacional, jurando no disolverse hasta dar una Constitución a Francia. El rey cedió ante la Asamblea, viéndose obligado más tarde a trasladarse al parisino Palacio de las Tullerías. Debido a su desacuerdo con las leyes y reformas, como la confiscación de bienes de la iglesia y la Constitución civil del clero, y viendo lo rebajada que había quedado su autoridad, adoptó una doble actitud, aparentando en público estar de acuerdo con la Asamblea y conspirando en privado en contra de ella, para eliminar a los revolucionarios del poder. El rey decidió fugarse para unirse a un ejército afín, pero fue detenido en Varennes-en-Argonne, llevado de vuelta a París y suspendido de sus funciones. A pesar de que hubo un movimiento republicano que exigió que el rey fuera castigado, el monarca firmó la Constitución de 1791 y fue repuesto en sus funciones.

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En un asalto a las Tullerías, el 20 de agosto fue arrestado por su negativa a enviar soldados a luchar contra Austria y Prusia, puesto a disposición de la Convención Nacional, en sustitución de la Asamblea Legislativa constitucional, y procesado, siendo guillotinado el 21 de enero de 1793. Nacido como Luis Augusto de Francia, y conocido como duque de Berry, Luis XVI fue el cuarto hijo del delfín Luis Fernando y María Josefa de Sajonia. La segunda esposa del delfín era hija de Federico Augusto III de Polonia, rey de Polonia. En el momento de su nacimiento, su padre y su hermano Luis José Javier (nacido en 1751) le precedían en la línea de sucesión, por lo que nunca se creyó que llegara al trono.  Luis fue confiado a Rosalía, condesa de Marsan y princesa de Rohan, quien lo apartó de la corte y se lo llevó al palacio de Bellevue, colmándolo de cuidados y, probablemente, salvándole la vida. A los seis años debió ser separado de su nodriza y traído junto a los hombres, lo que le causó una gran tristeza que intentaron aliviarle con juguetes y otras cosas, como fuegos artificiales, que no surtieron efecto. Su padre eligió personalmente a los hombres encargados de educarlo: el duque de La Vauguyon fue escogido como gobernador; el obispo de Limoges como preceptor; el marqués de Sinety como vicegobernador y el abad de Radonvillers para realizar las tareas esenciales del vicepreceptor. Su padre desechó el método educativo mayoritario en la época, que reducía a entretenimiento y diversión la instrucción y abogó por el trabajo y el esfuerzo, lo que no combatió su predisposición a una extrema timidez y a un carácter reservado, que se convirtieron en un defecto. Detestando los falsos cumplidos, no correspondía a los que se los dedicaban, y éstos lo aislaban, lo que le produjo una fuerte inseguridad en sí mismo y una exagerada modestia, hasta el punto de que, en una ocasión, al elogiarle un arengador de provincias por sus cualidades precoces, respondió: «Os equivocáis, señor, yo no soy el que posee [el] espíritu, es mi hermano [el conde] de Provenza».

Su tía y madrina, la princesa María Adelaida, desarrolló un gran afecto por él, y le gustaba llevarlo a su casa, donde más de una vez le dijo: «Vamos, mi pobre [duque de] Berry, estáte a tu gusto, tienes los codos libres: habla, grita, haz ruido, te doy carta blanca». El ya delfín, tras la muerte de su padre en 1765, recibió una exquisita enseñanza, por parte del jesuita Berthier y del duque de La Vauguyon, la cual dio unos espléndidos resultados. El delfín Luis Augusto conocía el latín, el italiano le era tan familiar como su lengua materna, hablaba el alemán pasablemente y dominaba el inglés. El duque de La Vauguyon era consciente de que debía prepararle para insuflarle fuerzas a la monarquía, que se encontraba muy debilitada y para «curar todas las “heridas” de Francia con rapidez y precisión», no sólo educándolo con los conocimientos elementales, sino «enseñándole a conocer a los hombres». Recibió una educación propia de un «príncipe de las Luces», y se le consideraba «un monarca iluminado». Practicaba la lógica, la gramática, la retórica, la geometría y la astronomía. Tenía unos conocimientos históricos y geográficos incontestables, ya que diseñó él mismo un atlas de rigurosa precisión, y tenía amplías competencias económicas. Estuvo muy influenciado por Montesquieu, quien le inspiró una concepción moderna de la monarquía, libre del derecho divino. El duque de Choiseul decide aliarse con Austria, con el propósito de poner fin a la prosperidad de Gran Bretaña y Rusia, por lo que pide la mano de María Antonieta de Austria, archiduquesa de Austria e hija de Francisco de Lorena y la emperatriz María Teresa, para desposarla con el delfín. Para el cruce de la frontera por María Antonieta se construyeron dos pabellones, simbolizando a las dos potencias aliadas. María Antonieta entró en Estrasburgo e hizo un alto en Compiègne, a donde llegó el 15 de mayo de 1770. Allí conoció al rey, a su futuro marido y a las Mesdames de Francia (las hijas de Luis XV). Después, el séquito se dirigió a Saint-Denis, donde la carmelita Luisa de Francia (hija de Luis XV) conoció a la futura delfina. En Saint-Denis, la archiduquesa y su séquito se alojaron en el palacio de la Muette y el rey y el delfín volvieron a Versalles. A la mañana siguiente (16 de mayo), la delfina llegó a Versalles y los jóvenes novios fueron conducidos a la capilla de palacio, donde el gran capellán, el cardenal de la Roche, les dio la bendición nupcial.

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Las celebraciones de la corte fueron brillantes, pero las de París las superaron, y tanto en la capital como en Versalles hubo una gran afluencia de público. Sin embargo, estas celebraciones derivarían en catástrofe. En una de las celebraciones en París, en la plaza de Luis XV, en la cual se hallaba una gran masa de público, se lanzaron fuegos artificiales, los cuales causaron un gran temor en la muchedumbre, que huyó en dirección a otra calle. Las imperfecciones del terreno provocaron la caída de algunas personas, lo que llevó a que otras muchas más cayeran, siendo aplastadas por el paso de los carruajes e incluso cayendo al cauce del río Sena. El matrimonio no fue consumado hasta siete años después de la boda, cuando la pareja ya había ascendido al trono. Esto se achaca a una fimosis de Luis XVI, que le impedía tener relaciones sexuales. La pareja tuvo cuatro hijos. Tras enfermar de viruela negra y sufrir una lenta agonía, Luis XV murió el 10 de mayo de 1774. Al saberse de la muerte del rey, una gran multitud acudió a los aposentos de los hasta entonces delfines de Francia y, entrando en los mismos, se dirigieron a la pareja como Sus Majestades. Tanto Luis XVI como María Antonieta quedaron impactados y, arrodillándose exclamaron: «¡Oh, Dios mío! Vamos a reinar demasiado jóvenes. ¡Dios mío, guíanos y protégenos de nuestra inexperiencia!». La primera medida que tomó el joven Luis XVI como rey fue despedir a los ministros más odiados por la opinión pública, el duque de Aiguillon y el abad de Terray. Sin embargo, el soberano se dio cuenta de que necesitaba tener a alguien a su lado que lo guiase en su difícil tarea. Tras descartar al duque de Choiseul y a Machault, el rey se decantó por Maurepas. Tras un periodo de debate sobre la celebración de la ceremonia de consagración del soberano, el 11 de junio de 1775 se llevó a cabo en la catedral de Reims. La coronación se realizó utilizando el procedimiento empleado desde la consagración de Pipino el Breve. El rey fue ungido por el arzobispo de Reims y recibió del mismo los atributos reales: el anillo real, el cetro, la mano de la Justicia y la corona. Un gran número de enfermos venidos de toda Francia acudieron para que el recién ungido monarca les impusiera las manos y rogara a Dios por su sanación.

El 14 de diciembre de 1774 se coloca la primera piedra del nuevo edificio de la Escuela de Medicina de París en la rivera del río Sena. Más tarde se dedicó a mejorar la Justicia. Liberó a un gran número de hombres encarcelados por razón de Estado, hizo revisar el Código para eliminar los apartados más severos, y en 1780 abolió la «question préparatoire» (acción de tortura) y reguló los atenuantes de la pena por deserción. El reinado de Luis XVI está marcado por numerosas tentativas de reformas económicas e institucionales en la línea de la reforma iniciada por René Nicolás Carlos Agustín de Maupeou (1771) bajo el reinado de Luis XV. Luis XVI restaura los Parlamentos. Por lo menos en cuatro ocasiones intenta llevar a cabo reformas más o menos profundas del reino, y más específicamente, el establecimiento de un impuesto igualitario. En cada ocasión se topa con la oposición de la mayoría de la nobleza y una parte del clero, y sus círculos más próximos, como la corte y la reina. Los Parlamentos, formados por la nobleza de toga, aferrada al mantenimiento de los privilegios, también se oponen, y Luis no piensa en exceder los poderes que le dan las leyes fundamentales del reino, por lo que tiene que hacer avalar sus reformas. Espera lograr instaurar sus reformas en los Estados Generales, los cuales son convocados en 1789. Si la paralización de sus reformas por parte de la nobleza y el alto clero es su mayor obstáculo político, su mayor problema económico es el creciente déficit. Entonces piensa que la única forma de acabar con él es tomar medidas que comprometan los privilegios de las clases altas. Los Estados Generales, convocados por su primer ministro para intentar llevarlas a cabo lo más apaciblemente posible, escapan rápidamente de su control.  El trágico final de Luis XVI y María Antonieta es ampliamente conocido.

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Volviendo a La Pérouse, el 1.° de agosto de 1785, dos fragatas francesas, la Boussole y la Astrolabe, aparejan en Brest bajo el mando de La Pérouse. Esa expedición, cuyos planes fueron decididos personalmente por Luis XVI, tenía como objetivo descubrir islas y pueblos desconocidos en la región del Pacífico. Siete meses más tarde, La Pérouse llega a la isla de Pascua; y allí, junto con los artistas y los sabios que viajan a bordo de las dos fragatas, hace un preciso inventario de las estatuas gigantes que ha encontrado. Los primeros navegantes europeos que desembarcaron en la Isla de Pascua al comienzo del siglo dieciocho no podían creer lo que veía. En este pequeño trozo de tierra, a 2.350 millas de la costa de Chile, vieron cientos de colosales estatuas desparramadas por toda la isla. Enteros macizos montañosos habían sido modificados, rocas volcánicas duras como el acero habían sido cortadas como manteca, y 10.000 toneladas de roca maciza yacían en lugares en los que no podían haber sido talladas. Cientos de estatuas gigantes, algunas entre 33 y 66 pies de altura y con un peso de 50 toneladas, todavía miran desafiantes al visitante de hoy en día – como robots que esperan volver a ponerse en movimiento. Originalmente estos colosos tenían sombreros; pero incluso los sombreros no permiten conocer el misterioso origen de las estatuas. La piedra de los sombreros, que pesan 10 toneladas cada uno, es diferente a la del cuerpo, y además el sombrero debía ser levantado muy alto para colocarlo. Tablas de madera, cubiertas con extraños jeroglíficos, también se hallaron en algunas de las estatuas en esos día, pero hoy en día es difícil encontrar más de diez trozos de esas tablas en los museos del mundo, y ninguna de las inscripciones a sido descifrada. Las investigaciones de Thor Heyerdal de estos misteriosos gigantes distinguen tres claramente separados períodos culturales, y el más antiguo de los tres parece ser el más perfecto. Heyerdal establece la fecha de algún carbón encontrado en 400 a.C. No ha sido probado aún si las chimeneas y restos óseos tienen algo que ver con los colosos de piedra. Heyerdal descubrió cientos de estatuas sin terminar en los bordes de los cráteres, miles de implementos de roca, simples ejes de piedra, dejados como si el trabajo hubiera sido abandonado de repente.

La Isla de Pascua está lejos de cualquier continente y civilización. Los isleños están más familiarizados con la luna y las estrellas que con otro país. No crecen árboles en la isla, que es un pequeño lugar de roca volcánica. La explicación usual, que los gigantes de piedra fueron llevados a su lugar actual en rodillos de madera, no es factible en este caso, tampoco.  Además, la isla apenas puede producir alimento para 2.000 habitantes. (Unos pocos cientos nativos viven en la isla hoy). Un comercio marítimo, que trajo comida y ropa para los artesanos de la roca, es difícil de concebir en la antigüedad. ¿Entonces quién cortó las estatuas de la roca, quién las talló y transportó a su lugar? ¿Cómo las movieron a través del país por millas sin rodillos? ¿Cómo fueron decoradas, pulidas y colocadas en forma vertical? ¿Cómo colocaron los sombreros, con piedra de diferentes canteras? Incluso si gente con gran imaginación ha tratado de pintar la construcción de las pirámides de Egipto con un ejército de trabajadores, un método similar hubiera sido imposible en la Isla de Pascua por falta de mano de obra. Incluso 2.000 hombres, trabajando día y noche, no hubieran sido suficientes para tallar estas colosales figuras en la roca dura como acero con herramientas rudimentarias – y por lo menos una parte de la población tendría que haberse dedicado a la agricultura, pesca, hilandería, etc. No, 2.000 hombres solos no podrían haber hecho las gigantes estatuas. Y una población mayor no es concebible en la isla. ¿Quién hizo el trabajo? ¿Y cómo se las arreglaron? ¿Y por qué las estatuas se colocan en el borde de la isla y no en el interior? ¿A qué culto servían?

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Desafortunadamente, los primeros misioneros europeos de este pequeño lugar de la tierra, ayudaron a asegurar que las épocas oscuras de la isla permanecieran oscuras. Quemaron las tablas con caracteres hieoglíficos, prohibieron los antiguos cultos de los dioses y liquidaron toda tradición. Pero, aunque trabajaron concienzudamente no pudieron evitar que los nativos llamen su isla la Isla de los Hombres Pájaro, como todavía lo hacen hoy en día. Una leyenda transmitida oralmente dice que hombres voladores aterrizaron y prendieron fogatas en antiguos tiempos. La leyenda es confirmada por esculturas de criaturas voladoras, con grandes y fijos ojos. Las conexiones entre la Isla de Pascua y Tiahuanaco forzadamente aparecen. Allá como acá encontramos gigantes de piedra del mismo estilo. Las caras altaneras con las expresiones estoicas le sientan a las estatuas de allá y acá. Cuando Francisco Pizarro preguntó a los incas sobre Tiahuanaco en 1532, le dijeron que ningún hombre había visto la ciudad salvo en ruinas, porque Tiahuanaco había sido construida en la noche de la humanidad. De todas las muestras y restos que sobrevivieron de esa misteriosa edad en que convivieron el hombre y gigantes -que es mencionado por el Códice Vaticano y con registros del mismo Calendario Azteca- el más impactante es el de la Misteriosa civilización de Tiahuanaco, situada en otra altiplanicie fabulosa a 4.000 metros, en América del Sur. Cada versión de cada leyenda de los Andes apunta al lago Titicaca cuando habla del Comienzo -el lugar donde el gran dios Viracocha realizó sus hazañas creadoras, donde la humanidad reapareció después del Diluvio, donde a los antepasados de los incas se les concedió la varita mágica de oro con la que fundarían la civilización andina. Si esto fuera ficción, no vendría apoyado por los hechos; pues a orillas del lago Titicaca se encuentra la primera y más grande de las ciudades que en todas las Américas se hubieran levantado. En Tiahuanaco volvemos a encontrar el recuerdo del hombre blanco. Cuando los incas conquistaron esta región del lago Titicaca, Tiahuanaco era ya el campo de ruinas gigantescas,  inexplicables,  que  nosotros  conocemos. Cuando llega allí Pizarro, en 1532, los indios dan a los conquistadores el nombre de Viracochas: señores blancos.

Su tradición, más o menos perdida ya, habla de una raza de señores desaparecida, de hombres gigantescos y blancos, venidos de lejos, surgidos de los espacios, de una raza de Hijos del Sol. Reinaba y enseñaba allí, hace milenios. Desapareció de golpe, pero volverá. En todos los lugares de la América del Sur, los europeos que iban en busca de oro conocieron esta tradición del hombre blanco y se aprovecharon de ella. Sus deseos de conquista fueron auxiliados por el más grande y misterioso recuerdo. Hans Schindler Bellamy, que investigó las obras del cosmólogo nazi Hans Hoerbiger, descubre, en los Andes, a cuatro mil metros de altura, restos de sedimentos marinos que se extienden sobre setecientos kilómetros. Las aguas de fines del terciario subían hasta allí, y Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca, sería uno de los centros de civilización de aquel período. Las ruinas de Tiahuanaco dan testimonio de una civilización cientos de veces milenaria y que no se asemeja en nada a las civilizaciones posteriores. Según los partidarios de Hörbiger, son visibles las huellas de gigantes, así como sus inexplicables monumentos. Se encuentra allí, por ejemplo, una piedra de nueve toneladas, con seis hendiduras de tres metros de altura que son incomprensibles para los arquitectos, como si su papel hubiese sido olvidado desde entonces por todos los constructores de la Historia. Hay pórticos de tres metros de altura por cuatro de anchura, que aparecen tallados en una sola piedra, con puertas, falsas ventanas y esculturas esculpidas con cincel, pesando todo el conjunto diez toneladas. Hay lienzos de pared de sesenta toneladas, sostenidos por blo­ques de piedra arenisca de cien toneladas, hundidos como cuñas en el suelo. Entre estas ruinas fabulosas, se elevan estatuas gigantescas, una sola de las cuales ha sido bajada de allí y colocada en el jardín del museo de La Paz. Tiene ocho metros de altura y pesa veinte toneladas. Todo invita a los horbigerianos a ver en estas estatuas retratos de gigantes realizados por ellos mismos. Las tradiciones llaman a la Isla de Pascua “el ombligo del mundo“. Está a más de 3.125 millas de Tiahuanaco. A esta gran distancia, ¿cómo pudo una cultura inspirar a la otra? Tal vez la mitología pre-incaica nos puede dar una clave acá. En el antiguo dios de la creación, Viracocha, había una antigua y elemental divinidad.

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Según la tradición, Viracocha creó el mundo cuando estaba todavía oscuro y no había sol; esculpió una raza de gigantes de la piedra, y cuando lo disgustaron, los hundió en una fuerte inundación. Entonces hizo que el sol y la luna se levantaran por sobre el lago Titicaca, para que hubiera luz en la tierra. Y entonces modeló figuras de arcilla de hombres y animales y les insufló la vida. Después, Viracocha instruyó a las criaturas vivientes en idiomas, costumbres y artes, y finalmente hizo volar a algunos a diferentes continentes a donde se suponía debían habitar de allí en adelante. Después de esta tarea, el dios Viracocha y dos asistentes viajaron a muchos lugares para ver si sus instrucciones habían sido seguidas y qué resultados habían tenido. Vestido como un hombre anciano, Viracocha estuvo vagando por los Andes y a lo largo de la costa, y a menudo no era bien recibido. Una vez, en Cacha, tierra y cuna de los reyes Duchicelas que gobernaron la nación Puruhá, en el actual Ecuador,  desde antes de la llegada de los Caras–Shyris, Viracocha quedó tan irritado por el recibimiento que, lleno de furia, incendió un acantilado y comenzó a prenderse fuego todo el lugar. Entonces la gente desagradecida pidió su perdón, a lo que el dios apagó el fuego con un solo gesto. Viracocha siguió viajando, dando instrucciones y consejos, y muchos templos se erigieron en su honor por tal motivo. Finalmente, dijo adiós en la provincia costera de Manta, en el actual Ecuador, y desapareció en el océano, viajando sobre las olas. Pero prometió volver. Los conquistadores españoles que conquistaron Centro y Sud América se encontraron con las historias de Viracocha por todos lados. Nunca antes habían oido hablar de los gigantes hombres blancos que vinieron de algún lugar del cielo. Llenos de asombro, aprendieron sobre una raza de hijos del sol que instruyeron a la humanidad en todo tipo de artes y desaparecieron nuevamente. Y en todas las leyendas que escucharon los españoles estaba la certeza de que los hijos del sol volverían. Después de numerosas escalas y de múltiples peripecias, La Pérouse llega a Botany Bay, una ensenada del océano Pacífico Sur ubicada en la costa sudeste de Australia. Ya estamos en el 26 de enero de 1788, fecha en que el navegante francés envía su último mensaje. A partir de ese día, reina el más completo silencio. Nadie sabe qué se hizo de La Pérouse y de sus compañeros, y ese misterio durará cuarenta años. ¿Naufragaron o murieron asesinados por los nativos? Los restos de la Astrolabe no serán descubiertos hasta 1828, por Dumont d’Uriville. Pero muchos enigmas quedan todavía en suspenso.

El día primero de agosto de 1784, cuatro hombres están reunidos en el gabinete real de Luis XVI, cuyas ventanas se abren sobre las frondas de los jardines de André Le Nôtre, jardinero de Luis XIV de 1645 a 1700, que se encargó de diseñar los jardines del Palacio de Versalles. Son cuatro hombres con destinos diferentes, pero todos han legado sus nombres, con títulos igualmente distintos, a la historia de Francia. El rey Luis XVI cumple, en ese 1784, los treinta años. Hace diez que reina. Habrá que esperar el paso de muchos años antes de que se haga justicia a las verdaderas cualidades de ese infortunado soberano. Al evocar aquel día de verano se impone el recuerdo de lo que escribiría el escritor francés Jean de La Varende: «El pobre Luis XVI es uno de los pocos príncipes nuestros que se dedicó realmente a la Marina. Pudo ser un Hombre de carácter vacilante y tímido, pero cuando se trataba de la escuadra y del mar, ya no mostraba defectos». A su antecesor, Luis XV, le gustaba refugiarse en el más reducido de sus apartamentos para distraerse con atlas y relatos de viajes. Pero su nieto, Luis XVI, no quiso que su afición por la Geografía permaneciera estéril. Se le ha llamado «Restaurador de la Marina», y de ser las circunstancias sólo un poco más favorables, Francia hubiera conquistado con él un puesto que Luis XIV no supo darle. En aquel día, sentado en una butaca junto a la mesa de despacho del rey, el mariscal de Castries participa en la reunión con la autoridad que le conferían sus elevadas funciones y un gran apellido en la aristocracia francesa. Es entonces ministro de Marina, muy competente y eficaz. Emigrará cuando se produzca el estallido revolucionario, y mandará, en contra de Francia, una armada extranjera. En ese año, tiene cincuenta y siete años. En pie junto al vano de una ventana, monsieur Claret de Fleurieu está conversando con el marqués de Condorcet. A los cuarenta y seis años, Fleurieu es director general de Puertos y Arsenales. Más adelante, Napoleón I le hará conde. Ese alto funcionario, de gran inteligencia y todavía de mayor lucidez, tiene plena conciencia de la imperiosa necesidad de ampliar el campo de los conocimientos y de los descubrimientos humanos. Legará a la posteridad una excepcional obra, titulada Historia general de las Navegaciones.

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El marqués de Condorcet tiene entonces cuarenta y un años. Además de Inspector general de Monedas, es miembro y secretario perpetuo de la Academia de Ciencias. París le verá tomar asiento en la Constituyente y en la Asamblea Legislativa, de la que un día será Presidente. Con incomparable elevación de espíritu, organizará la Educación nacional. Pero, víctima de vicisitudes políticas, sufrirá de proscripción con los girondinos y, diez años después, se envenenará en su celda para escapar de la guillotina. Los girondinos eran miembros de un grupo político moderado y federalista de la Asamblea Nacional durante Revolución Francesa llamado “de los girondinos“.  El grupo contaba con 175 diputados de los 749 que componían la Asamblea de la Convención y gobernaron durante el año 1792 y 1793. Se les denominó así porque la mayor parte de sus miembros más destacados procedían de la región de Gironda (Francia).  En su mayoría eran miembros intelectuales de la rica burguesía del mundo de los negocios (manufacturas, puertos, etc.).  Acusados por los jacobinos de conspirar contra la unidad de la República, sus dirigentes fueron guillotinados por orden de Robespierre (1793). El mariscal de Castries ha felicitado al rey por el gran proyecto del que es alma, y por la elección del hombre a quien se va a confiar su realización. Verdad es que el propio Castries había recomendado a La Pérouse y también hizo lo mismo Fleurieu. Por otra parte, tampoco necesitaron esforzarse mucho para persuadir al soberano, que ya tenía formada su opinión sobre él. Entonces Luis XVI hace sonar un timbre y ordena al lacayo que aparece: “Haced pasar a monsieur de La Pérouse“. El oficial de Marina que entra momentos después en el gabinete, dirigiendo una profunda reverencia al rey de Francia, tiene cuarenta y tres años. Sin embargo ya hace veintiocho que sirve al pabellón francés. Juan-Francisco de Galaup nació en Albi, el 23 de agosto de 1741. Su padre, Victor Francisco de Galaup, y su madre, Margarita de Res, añadieron a su apellido el nombre de unas tierras en las cercanías de la ciudad, que formaban parte de sus heredades: La Peyrouse. Bajo la empolvada peluca, muestra un rostro redondo, abierto y agradable. Su mirada directa brilla con el inagotable interés que le inspiran las cosas de la vida. Con la soltura que da la costumbre, viste el uniforme de su cargo, rojo, con redingote azul bordado en oro y charreteras doradas. La Pérouse es capitán de navío. Como tantos otros nobles de provincias, Juan-Francisco, el mayor de diez hijos, había entrado en los guardiamarinas en 1756, a los quince años. En 1784 ha cubierto ya una carrera impresionante.

En 1757, después de un año escaso de estudios, embarcó en Brest en Le Célebre, mandada por Taffanel de La Jonquiére, con rumbo a Panamá. Esa primera campaña resultó desastrosa, ya que la escuadra francesa fue vencida por el tifus. Al año siguiente, La Pérouse estaba a bordo de la fragata Zéphyr, para combatir de nuevo en la ruta del Canadá. A los diez y ocho años, lleno de entusiasmo y de fe, el joven marino sirvió a bordo del Formidable, un navío de ochenta cañones. Ante Quiberon, la tercera división de la escuadra, a la que pertenecía el buque, se enfrentó con otra inglesa. La fortuna en el mar parecía no estar hecha para los franceses. El jefe de la escuadra, Saint-André du Verger, resultó decapitado por una bala de cañón y su puente estaba sembrado de cadáveres. Cuando, finalmente, recogió su pabellón, el Formidable no era ya más que un casco destrozado y sin mástiles, devastado por las llamas y defendido sólo por un puñado de supervivientes. La Pérouse se contaba entre los heridos. Esa circunstancia le valió dos años de cautiverio en Inglaterra. En 1760 regresaba a Albi y en 1764 recibió las charreteras y la espada de alférez. A continuación serviría, uno tras otro, en los faluchos Adour y Gave, en la gabarra Dorothée y en la corbeta Turquoise. El primer barco que mandó se llamaba Bugalet. En 1770 patrullaba entre Brest y Oussant y después estuvo breve tiempo en la Belle Poule. Por último, ya en la pasarela de la Seine, en 1773, partió para Extremo Oriente. El 4 de abril de 1777, La Pérouse era teniente de navío y su ascenso fue acompañado por una pensión de trescientas libras y la Cruz de Caballero de Saint-Louis. De ese modo se recompensaban sus brillantes servicios en los establecimientos franceses de la India y su conducta en la defensa de Mahé. El joven oficial dejó en aquella aventura nada menos que su propio corazón. La base de la Marina francesa en el Océano Indico estaba entonces en Port-Louis de Rile de France (hoy llamada Isla Mauricio) y allí conoció a Luisa-Leonora Broudou, hija de un agente de la Marina. En 1777 estaba de regreso en Francia y muy descontento por el servicio que le tocó en suerte. Le habían dado el mando del Serin, un falucho sobre el cual trepidaba de impaciencia. Las quejas que elevaba al Ministerio no podían ser más amargas y su lenguaje sin equívocos pintaba con bastante fidelidad su carácter: «En un momento tan brillante para la Marina, me destinan a guerrear contra infelices corsarios del Guernesey. Además, el Serin es una embarcación que debieran vender a los mercantes y basta con que la mande un patrón de barca».

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Ese «momento tan brillante para la Marina» se debía, en primer lugar, a Luis XVI, que había ascendido al trono tres años antes y también a la visita que hizo a Versalles un señor viejo, encantador y lleno de entusiasmo, llamado Benjamin Franklin. Uno de los Francmasones líderes en las colonias británicas en América era Benjamin Franklin, que todavía es reverenciado como un Padre Fundador que creía en la libertad para las personas. Su efigie aún puede ser vista en el billete de 100 dólares. Franklin pertenecía a los servicios de inteligencia británicos y era un miembro de la Hermandad Babilónica. Franklin fue el que, el 8 de diciembre de 1730, imprimió el primer artículo documentado sobre la Masonería en su periódico, La Gaceta de Pensilvania. Se hizo un Francmasón oficialmente en febrero de 1731, y fue hecho Gran Maestre  Provincial de Pensilvania en 1734. En el mismo año Franklin imprimió el primer libro masónico en América y creó la primera logia estadounidense en su estado en Filadelfia. Filadelfia es dónde fue organizada la guerra de Independencia estadounidense y allí todavía se encuentra la Liberty Bell (Campana de la Libertad), el símbolo de Bel, el dios del Sol de los fenicios y los arios. Muchos de los principales Padres Fundadores, como Franklin y Jefferson, dijeron una cosa públicamente e hicieron otra cosa secretamente. Jefferson escribió que todos hombres eran creados iguales mientras tenía 200 esclavos negros. Y decía en privado que las personas negras son genéticamente e intelectualmente inferiores a los blancos. Franklin también tenía esclavos negros mientras hablaba sobre la libertad. Franklin era el líder de los francmasones en el mismo lugar donde fue organizada la Guerra de Independencia. También era miembro de redes masónicas en Francia, como las logias Nueve Hermanas y de San Juan, que ayudaron a manipular la Revolución Francesa en 1789. Era un iniciado de la muy exclusiva Logia Real de Comandantes del Templo Oeste de Carcassonne. Con su amigo, el Ministro de Hacienda británico, Sir Francis Dashwood, estuvo vinculado a muchos grupos esotéricos incluyendo el Druid Universal Bond. Otro miembro del Club Hellfire, al que pertenecía Franklin, era el Príncipe de Gales, y también el Primer Ministro Británico, el Primer Lord del Almirantazgo, y el Alcalde de la Ciudad de Londres.

El Club del Fuego Infernal, o Hellfire, fue una sociedad elitista hedonista de la Inglaterra del siglo XVIII, fundada por Phillip, Duque de Wharton, y continuada por sir Francis Dashwood, destacado político que fue miembro del Parlamento Británico, tesorero real, canciller y barón. El club operó entre 1749 y 1766, y aglutinó a gran cantidad de destacadas figuras tanto de Gran Bretaña como de Estados Unidos, incluyendo al renombrado masón, Benjamín Franklin, padre fundador de los Estados Unidos. Algunos de los miembros del club fueron el Duque de Wharton, Robert Vansittart, Thomas Potter, Francis Duffield, Edward Thompson, Paul Whitehead, John Montagu, Earl of Sandwich, George Bubb Dodington, William Hogarth, John Wilkes y Benjamin Franklin. El grupo se reunía, originalmente, en tabernas públicas y pero luego se reunieron en la mansión de Darshwood (por primera vez el Walpurgis de 1752), en West Wycombe, por lo que el club también recibió como nombres: Brotherhood of St. Francis of Wycombe (La Hermandad de San Francisco de Wycombe) y Order of Knights of West Wycombe (La Orden de los Caballeros de West Wycombe). Si bien se les acusaba de la realización de rituales satánicos y orgías, estudiosos modernos creen que el grupo, más que realmente satánico en práctica, era una sociedad filosófica e intelectual que blasfemaba jocosamente de la religión cristiana, sin que genuinamente practicaran el satanismo. Sus reuniones parecían más reuniones sociales con alcohol y prostitutas, sin que mediara una genuina unión religiosa. El club aparentemente se desintegró tras el nombramiento de Dashwood en la Cámara de los Lores y la polémica en torno a las acusaciones de insurrección contra John Wilkes. Y, sin embargo, Benjamin Franklin sería  sorprendentemente el hombre que conduciría una rebelión contra la misma Corona Británica. Se dice que Franklin era agente de la Inteligencia Británica, exactamente la misma organización creada por personas como Francis Bacon y el Dr. John Dee durante el reinado de Elizabeth I.

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Por fin, La Pérouse tuvo ocasión de participar en la guerra de América, ya sobre el alcázar de la Amazona, que formaba parte de la escuadra del almirante D’Estaing. El 4 de abril de 1780 mandaba la Astrée. Con la Hermoine, maniobrando con una habilidad y una audacia extraordinarias, se cubrió de gloria derrotando a una flota inglesa integrada por cinco buques. Dos de ellos, uno de los cuales era la fragata comandante de Charlestown, recogieron sus pabellones. Como era lógico, al año siguiente, cuando el gobierno francés decidió acabar con los establecimientos británicos en la bahía de Hudson, confiaron esa misión a La Pérouse. A bordo del Sceptre, de setenta y cuatro cañones, y seguido de la Astrée y de la Engageante, dos fragatas de treinta y seis cañones, partió para las costas americanas cuya cartografía era guardada en secreto por los ingleses. Por medio de una serie de desembarcos se aseguró los fuertes del Príncipe de Gales y de York. Y entonces tuvo oportunidad para mostrar otro rasgo de su carácter. Antes de embarcar, se cuidaba de dejar a los indios víveres abundantes, pólvora y plomo y de proveer a la subsistencia de algunos ingleses que se habían escondido en los bosques. «Estoy seguro —dijo La Pérouse— de que el rey aprobará mi conducta». También cogió a un prisionero inglés un estudio geográfico de toda la región de la bahía de Hudson, un trabajo de considerable importancia. Tan grande era, que La Pérouse, en cuanto supo de qué se trataba, lo devolvió a su autor, diciéndole: «Caballero, es a usted a quien corresponde publicar este documento, que interesa a la Humanidad entera». En efecto, Luis XVI aprobó su conducta. Más todavía, quiso leer el original y no la copia de la memoria del suceso, escrita de propia mano de La Pérouse, para hacerse una idea más exacta del carácter de aquel oficial. Por eso, cuando el mariscal de Castries y Claret de Fleurieu destacaron, en la lista de posibles candidatos, el nombre de La Pérouse, no dudó un momento.  Y aquel día de 1784 confirmó al capitán de navío la elección que había decidido: “Caballero —le dijo—, he pensado en usted para un gran viaje“. A decir verdad, La Pérouse no quedó muy sorprendido, ya que hacia mucho tiempo que esperaba la entrevista en Versalles. La guerra con Gran Bretaña había terminado el año anterior y con ello quedaba nuevamente abierto el camino de las grandes expediciones. Los grandes descubridores del siglo XVI, incluso los del XVII, estaban inspirados en su mayoría por el afán de conseguir beneficios; para los españoles, la ganancia consistía en oro; para los ingleses, en el control de las rutas comerciales, así como para portugueses y holandeses.

Había de llegar el ilustrado siglo XVIII para dar su verdadero sentido a la exploración y a los descubrimientos. Los navegantes de aquella época viajaban para valorizar las tierras nuevas; para llenar los vacíos, inmensos todavía, que quedaban en el mapa del mundo; para que ese mapa fuera más exacto y las rutas marítimas más seguras. El siglo XVIII estaba ávido de conocimientos, no se cansaba de descubrir nuevas razas de hombres y nuevos especímenes de animales. No había una gran capital ni una Corte digna de ese nombre que no tuviera sus negros y sus indios y que no cultivara en invernaderos sus plantas exóticas. En el cielo de sus descubrimientos, una estrella brillaba con más esplendor que las demás. Llevaba por nombre James Cook. Ese navegante de clase excepcional, exploró el Pacífico entre 1768 y 1771. Descubrió las islas de la Sociedad y Nueva Zelanda y reconoció la costa oriental de Nueva Holanda (Australia). Entre 1772 y 1775 realizó un nuevo viaje de circunvalación, visitando Tahití y profundizando en dirección al Polo Sur, hasta más allá del paralelo 71. Luego remontó hacia las Marquesas y las islas de la Sociedad y precisó la posición de las Nuevas Hébridas y de Nueva Caledonia. Pero en su tercer viaje, el 14 de febrero de 1779, encontró la muerte en un oscuro combate. En efecto, Cook volvió a Hawái en 1779. El 14 de febrero, en Kealakekua Bay, algunos hawaianos robaron un bote pequeño perteneciente a Cook. Normalmente, como los ladrones eran comunes en Tahití y otras islas, se tomaban rehenes hasta que las cosas robadas reaparecieran. Pero Cook planeó tomar como rehén al rey de Hawái, Kalaniopuu. Debido a la irracionalidad de sus actos, tuvo un altercado con una gran multitud de nativos en la playa, con lo cual, durante la escaramuza, se dispararon algunos tiros hacia los hawaianos y éstos terminaron matando a Cook para devorarlo después. Para su sorpresa, en esta ocasión la recepción en Hawái fue hostil. Algunos opinan que quizás los indígenas habían analizado las cosas de manera más racional y habían concluido que Cook y su tripulación los estaban explotando. A juicio de otros, el retorno se contradecía con su “divinidad”. Como quiera que fuera, los hombres de Cook, consternados, cometieron el desacierto de actuar con violencia. Cook determinó apoderarse del jefe Kalaniopu’u y retenerlo prisionero para recobrar la embarcación robada. En la lucha que se suscitó en la playa, Cook fue apuñalado y golpeado hasta causarle la muerte.

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En ese gran movimiento de las exploraciones, Francia no permaneció pasiva. Ciertamente otros nombres ingleses como los de Ellis, Byron y Vallis, se inscribieron en el asombroso palmarés del conocimiento de nuestro mundo. Pero también Bougainville, en 1778, recorrió el archipiélago de las Tuamotu, visitó las Samoa y descubrió las Nuevas Hébridas. Poco después, Yves de Kerguelen-Trémarec, descubrió, en 1772, las islas a las que dio su nombre. Como vemos, La Pérouse tenía ilustres antecesores. Aquellos cuatro hombres que, en el saloncillo del rey, habían imaginado y precisado el gran viaje, deciden pasar inmediatamente a la primera fase de la empresa. Condorcet queda encargado de reunir los datos para redactar el cuestionario que constituirá el programa científico de la misión. Claret de Fleurieu toma a su cargo el procurarle los medios materiales que necesitará para cumplirla. El mariscal de Castries coordinará el conjunto. Pero, con una pasión atenta y minuciosa, Luis XVI se reserva la puesta a punto del viaje. Él se encargará de anotarlo todo por su propia mano y de conferir a la misión su verdadero espíritu. Porque se trata de servir a la Humanidad entera. Cuanto más, el interés de Francia sólo se incluye entre sus finalidades en forma de una nota de índole comercial, solicitando información sobre la posibilidad de establecer despachos de pieles en América del Norte y en Rusia; sobre la caza de ballenas; y sobre el valor minero de Nueva Caledonia. Este último punto dice mucho de la inteligencia de los hombres que preparan el viaje de La Pérouse, porque, casi dos siglos más tarde, Nueva Caledonia dará a Francia una baza capital, poniendo en sus manos la única primera materia estratégica de que dispone: el níquel. Para La Pérouse comienza entonces un período extraordinario. Aceptó, desde luego, y agradeciéndola en lo que valía, la misión de que le encargaba Luis XVI, y sólo puso una condición: el derecho a escoger a su adjunto, al oficial que mandaría el segundo buque de su pequeña formación. Se trata de Fleuriot de Langle, un capitán de navío amigo suyo que mandaba la fragata Astrée cuando la campaña en la bahía de Hudson. Langle acepta la propuesta de La Pérouse, quien escribe a Claret de Fleurieu: «Langle será de los nuestros. En toda la Marina no hay otro más capaz que él para secundarme. La mía es tanto una elección de mi cabeza como de mi corazón». Desde que se le ofreció dar la vuelta al mundo, se ha instalado en París. En Albi dejó a la dulce Luisa-Leonora, con la que se casó contra viento y marea y, sobre todo, contra la oposición de su propia familia, que le destinaba una rica heredera. Sin embargo, ese matrimonio plebeyo tuvo la aprobación del mariscal de Castries.

El mariscal de Castries le escribió en aquella ocasión: «Si la señorita que ha tomado por esposa tiene sentimientos honrados y justifica la preferencia que usted le concede, ha hecho usted una buena boda. En los sentimientos de uno mismo es donde deben buscarse las conveniencias más reales; yo siempre estuve mejor dispuesto para ese tipo de uniones que para las del interés, que tan dentro están de nuestras costumbres». Por su parte, La Pérouse le confesaba en una carta: «Mi vida es una novela». A pesar de ser así, en los meses siguientes a la reunión de Versalles, Luisa-Leonora no pudo decir lo mismo: su esposo es uno de los hombres más ocupados de Francia, porque ha de llevar un duro trabajo en tres frentes muy distintos. Primero tiene que asimilar con todo detalle las instrucciones de Luis XVI, para después colaborar en su realización. Y sucede que, prácticamente, cubren todos los campos científicos: Astronomía y Oceanografía, Geología y Mineralogía, Etnografía, observación de la fauna y de la flora… Eso sin mencionar la Cartografía. El volumen de las instrucciones aumenta de semana en semana. Condorcet se pone de acuerdo con sus colegas de la Academia de Ciencias para redactar un cuestionario todo lo exhaustivo posible. Pero, además, ha tomado contacto con otras organizaciones de sabios: por ejemplo, con la Academia de Marina de Brest y con los botánicos del Jardín des Plantes de París. Por otra parte, el itinerario tiene que ser trazado en estrecha relación con todas las exigencias científicas. El mariscal de Castries y Fleurieu se ocupan de ello, bajo la directa supervisión del soberano. Además, el capitán ha de ocuparse de los dos buques en que viajará la expedición, que deben ser muy distintos de los que La Pérouse mandó hasta entonces. Los de guerra tienen como condiciones primordiales la velocidad, la manejabilidad y la potencia de fuego. En cambio, en esta ocasión se necesitan navíos dispuestos del mejor modo para transportar cargas pesadas y molestas y para alojar a los sabios y a los artistas. Además, hay que prepararles locales en donde puedan trabajar. Desde luego, serán buques de la Marina real y se les proveerá de algunos cañones. Pero nunca en cantidad superior a la que exige una fuerza de prestigio, destinada solamente a impresionar a los indígenas. Porque no se trata de combatirles: primero, porque Francia pasa por un período excepcional en su historia, en que no está en guerra con nadie; después, porque el ilustrado siglo XVIII sabe tener nobles gestos. Cuando el último conflicto con Inglaterra, Luis XVI reconoció, con absoluta lealtad, el carácter universalmente útil de los viajes del capitán Cook. Entonces cursó instrucciones a todos los establecimientos franceses interesados, ordenando que el capitán Cook y su tripulación nunca fueran considerados como enemigos, sino, muy al contrario, como neutrales, por lo que se les debía facilitar toda la ayuda posible. La Pérouse le llama «el amigo de todas las naciones de Europa». Y en Inglaterra, cuando se sabe que el ingeniero Monneron —encargado del equipamiento científico de los buques— ha ido especialmente a Londres para buscar una brújula de inclinación y no la puede encontrar, sir Joseph Banks, presidente de la Royal Academy, pide que le presten una de las que llevaba Cook.

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La elección de los navíos, que corresponde a Fleurieu, recae en dos gabarras o fragatas ligeras, la Portefaix y la Utile, que entran en el arsenal de Rochefort a comienzos de 1785 para someterse a nuevo acomodamiento. Ese tipo de fragatas se destinaba a la carga y el transporte, al menos en la Marina real. Eran unas embarcaciones de tres palos que, generalmente, no llevaban más de diez y ocho o veinte bocas de fuego. Las instrucciones dadas por Fleurieu precisaban que la Portefaix y la Utile debían sufrir una revisión y un carenado completo, además de un malletado total. Esta es una operación que consiste en reforzar la carena, la parte sumergida, con unos clavos puestos unos junto a otros, de modo que cubran toda la madera. Así se la protege contra las algas y los moluscos que, al adherirse, le añaden pesadez. Es de observar que sólo unos años más tarde, los buques de La Pérouse no hubieran sido malletados. «Apenas era eficaz —precisa La Varende—, y se comprende muy bien que pasear una escofina como esa por las aguas, no facilitaba el deslizamiento». Pero en 1785, los ingenieros de Luis XVI caminaban a tientas todavía, aunque pronto van a utilizar planchas de cobre rojo para proteger los cascos de los buques. Como fuera, las instrucciones dirigidas a M. de Beaupreau, Intendente de la Marina en Rochefort, le ordenaban especialmente que encargase la pronta fabricación de «la cantidad de clavos de malletado necesaria para dos buques de quinientas toneladas, y una tercera parte más para ser embarcada como reserva. Los clavos deben tener diez y ocho líneas de tallo, y por lo menos dos líneas en el cuello». La carta va firmada por el mariscal de Castries, personalmente. Cuando fue examinada, la Portefaix resultó ser un excelente buque. Después de todo lo habían construido sólo dos años antes. No sucedía lo mismo con la Utile, que finalmente se acordó no utilizar. Entonces se prefiere otra fragata del mismo tipo, la Autruche. Pero como las instrucciones reales precisaban que las dos embarcaciones deben estar en Brest en los primeros días de mayo, y por lo tanto no se puede perder tiempo, la Autruche es enviada a ese puerto para que allí procedan a su adaptación. Fleuriot de Langle secunda admirablemente a su jefe de escuadra. Viaja de continuo a Rochefort para aportar su contribución personal al equipamiento de la Portefaix. Y de ese modo hace montar a bordo una cocina a la inglesa, y colocar en la proa un pequeño molino de viento para moler el grano y fabricar en ruta la harina que necesiten. En las primeras semanas, los distintos trabajos de preparación del viaje sufrieron un poco por la discreción que habían recomendado en Palacio; pero en la primavera de 1785 ya no se exige el secreto, y las tareas se llevan con mayor actividad.

En mayo, como se había acordado, las dos embarcaciones están en Brest. Acaban de ser bautizadas de nuevo, y ahora sus nombres reflejan el carácter científico de su misión. Se llaman Boussolé y Astrolabe (Brújula y Astrolabio). Las semanas que siguen transcurren febrilmente. Dividido entre su felicidad conyugal y la gran aventura que le espera, La Pérouse intenta que Luisa-Leonora perdone sus ausencias enviándole desde París trajes y chucherías. Ppero sus primeras preocupaciones se centran en el reclutamiento de su Estado Mayor y de sus tripulaciones, en el trazado del itinerario y en el acopio de provisiones.  El itinerario  responde a un viaje de cuatro años. Según él, la expedición irá primero a través del Atlántico Sur, hacia el cabo de Hornos; después, por el Pacífico, remontará la costa de Chile antes de derivar al Oeste, hacia la isla de Pascua. Desde allí, hacia California, cubriendo uno de los objetivos más esenciales de la misión: reconocer las costas de América Septentrional que no fueron visitadas por Cook.Una vez en Alaska, La Pérouse debe trasladarse a Kamchatka, y después descender, a lo largo del Japón, hacia las islas Filipinas, para desde allí contornear Australia y reconocer sus costas occidental y meridional. Ha de visitar Nueva Zelanda, remontar al Nordeste hasta llegar a Tahití, descubrir el mayor número posible de tierras todavía ignoradas y precisar la posición de las conocidas; volver de nuevo hacia el Oeste, hasta el estrecho de Torres, que separa Australia de Nueva Guinea, tocar en las islas de la Sonda, pasar al Océano Indico y arribar a Isla de Francia, donde La Pérouse conoció a su esposa. Por último, deben doblar el cabo de Buena Esperanza antes de regresar a puerto francés. Los dos buques han de navegar siempre de acuerdo. Sin embargo, para el caso de que tuvieran que separarse, La Pérouse ha previsto unos puntos de cita que son como jalones del crucero: el Christmas Sund en diciembre de 1785, Tahití en abril de 1786, Nueva Zelanda en marzo de 1787, la bahía de la Resolución en mayo, la bahía de Avatcha en agosto de 1788, y la Isla de Francia en 1789. El 26 de junio de 1785 es una fecha señalada para La Pérouse. En ese día recibe sus instrucciones definitivas, anotadas por Luis XVI. Integran un grueso volumen de unas quinientas páginas, y todavía hoy queda uno confundido ante tanta inteligencia, tanta minuciosidad y cuidado. Si Condorcet y sus colaboradores han hecho del cuestionario una suma de los conocimientos de su tiempo; y si el botánico jefe, del Jardín des Plantes, que tiene sus auxiliares a bordo, ha hecho todo tipo de recomendaciones en cuanto a las plantas que deben llevarle, el rey ha estudiado con mucho detalle la vida cotidiana de los tripulantes y regula el empleo de las horas para bien de su salud. No hace falta decir que ha pensado también en los intereses de Francia, y en la posibilidad de montar establecimientos comerciales y escalas fijas a lo largo de las grandes rutas marítimas. Pero en todo momento ha tenido en cuenta el sentido humanitario de la misión.

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«El señor de La Pérouse —escribe Luis XVI — se ocupará con celo y con interés de todos los medios que puedan mejorar la condición de los naturales, procurando a su país las legumbres, las frutas y los árboles más útiles de Europa, y enseñándoles el modo de servirse de ellos y de cultivarlos. Si, en circunstancias imperiosas, el señor de La Pérouse tuviera que hacer uso de la superioridad de sus armas, sólo emplearía la fuerza con gran moderación; pero castigaría con extremado rigor a aquellas de sus gentes que hubieran ido más allá de sus órdenes». Las instrucciones reales terminan con esta frase admirable: «Su Majestad consideraría uno de los éxitos más felices de la expedición, el que pudiese terminar sin que hubiera costado la vida de un solo hombre». Al expresarse así, Luis XVI no pensaba solamente en sus marinos. Tanto como en ellos, pensaba en los «naturales» de las lejanas regiones, de las islas desconocidas que la Boussole y la Astrolabe iban a explorar. En ese aspecto, cuando menos, fue fielmente escuchado. Si alguno de sus marinos no debía regresar a Francia, ningún indígena, que se sepa, tuvo que padecer con motivo de una escala de La Pérouse. En los últimos días de junio de 1785, ya están haciéndose los preparativos para una partida inmediata. Se cargan las provisiones destinadas a los tripulantes, y también los objetos útiles que les valdrán la simpatía de las poblaciones donde recalen: llevan dos mil hachas, setecientos martillos, limas, sierras, cuchillos. Tampoco se olvida que, en comparación con los europeos, los «salvajes» son como niños grandes. Podrán obsequiarles con espejos, baratijas de cristal y de porcelana —sin duda para los jefes—, perlas de vidrio coloreado, encendedores. Y uno se pregunta hoy, no sin cierta confusión, en qué podían pensar exactamente los funcionarios encargados de redactar aquel inventario: porque incluye, según consta en él, cuatro órganos alemanes de primera clase, cincuenta y dos cascos de dragón con cola de caballo, bisutería de pacotilla, plumas encamadas, flores artificiales, papel con estampados, tejidos de abigarrados colores y doce casacas escarlata. La Boussole y la Astrolabe cargan, además, semillas de cereales variados, huesos de árboles frutales y plantas de toda especie; entre ellas las de patata, conocidas en Francia desde hacía poco tiempo.

 

Pero, sobre todo, las fragatas iban provistas de una colección de instrumentos científicos casi única para su época, y de una biblioteca con ciento veinte obras especializadas en distintas ramas: Astronomía, Historia Natural y Física. En total, Francia había invertido en esa expedición una suma superior a ciento cincuenta mil francos, ello sin contar lo que supondrán los sueldos de todos los miembros que la integraban. El mundo entero se maravilla. Nunca un esfuerzo como aquel fue realizado por una nación civilizada para sólo el progreso de los conocimientos humanos. El 11 de julio de 1785, la Boussole y la Astrolabe se apartan de los muelles de Brest para dirigirse a la rada. Allí esperarán las últimas órdenes y los vientos favorables. En el amanecer del primero de agosto, los dos buques franceses franquean el paso de Brest. En su pasarela de mando, el capitán de navío La Pérouse contempla cómo se va alejando la tierra de Francia. Es una buena ocasión para volver la mirada hacia el pasado, para recordar su primer embarque en ese mismo puerto de Brest, rumbo a las costas canadienses; o su primera capitanía a bordo del Bugalet, cuando vigilaba a dos fragatas inglesas frente a Ouessant. Hoy comienza la realización de un auténtico sueño: el de llevar a lo más alto, en una misión de paz, el pabellón de su patria; el de entrar en la Historia de un modo acorde con su temperamento, que es el de un Hombre justo, bueno, leal, y, sobre todo, pacífico. En la esplendorosa mañana de aquel hermoso día de verano, la proa de la Boussole rompe la mar atlántica. Lleva rumbo al Sur. En lo alto del palo mayor ondea el guión de capitán de navío, jefe de división; algo más al Oeste se recorta la silueta de la Astrolabe. Y el pensamiento de La Pérouse se detiene un momento en los hombres que van a su cargo. Son ciento once a bordo de la Boussole, y ciento catorce en la Astrolabe. En el buque de mando, donde viaja su Estado Mayor, lleva a los señores de Clonard y d’Escures, que son sus tenientes; al señor de Montarnal, pariente suyo, entre los guardia-marinas, y a su cuñado Federico Broudou como voluntario. Les acompañan técnicos como M. de Monneron, capitán de ingenieros, con otro ingeniero geógrafo, un cirujano mayor, y el astrónomo M. Lepaute d’Agelet, de la Academia de Ciencias y también profesor de la Escuela Militar; un físico, M. de Lamanon, que además es meteorólogo y especialista en mineralogía, mientras que otro físico, el abate Mongés, cumple las funciones de capellán.

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Entre los pasajeros de la Boussole figuran dos dibujantes, uno especializado en figuras y paisaje, y el otro en botánica. Por último, un relojero y un jardinero. Lleva, además, a un naturalista, el padre Le Receveur, que servirá como capellán a bordo de la Astrolabe. También está encargado de la escafandra, lo cual demuestra la minuciosidad con que se ha cubierto el campo de todas las investigaciones posibles. Además, en cada uno de los buques hay una embarcación con puente, de unas veinte toneladas, en piezas desmontables; y dos chalupas de las llamadas «vizcaínas», empleadas en las tempestuosas aguas del golfo de Gascuña, que serán muy apropiadas para afrontar el duro oleaje de las islas del Pacífico. Por último, para acabar con la relación de pasajeros de la Astrolabe, conviene citar a Juan-Bautista de Lesseps, intérprete de ruso, que será especialmente útil cuando la escala en la península de Kamchatka, en Siberia. Es hijo del cónsul general de Francia en San Petersburgo, y tío de Femando de Lesseps, el futuro constructor del canal de Suez. La primera parte del crucero se desarrolla bajo los mejores auspicios. Las fragatas siguen una ruta frecuentada, el tiempo es hermoso, y el 13 de agosto los dos buques echan anclas en la isla de Madeira. «Mi travesía hasta Madeira —escribe La Pérouse en su relación— no ofreció nada interesante». Algunas cartas habían precedido a los expedicionarios. Un negociante inglés, míster Johnston, skiplander de profesión, envió a bordo una canoa cargada de frutas, antes incluso de que hubieran echado las anclas. La escala en Madera no pasó de setenta y dos horas, pues salieron el 16 de julio. Tres días más tarde, los dos barcos se reunieron de nuevo en Santa Cruz de Tenerife. Mientras que La Pérouse se dedicaba a comprobar y arreglar sus relojes marinos, el físico Lamanon y el astrónomo Monge subieron al famoso pico del Teide. Como consecuencia de esa expedición, por otra parte muy interesante, Gaspar Monge, ya muy trastornado por la travesía, decide renunciar a seguir el viaje y regresa a Francia. Gracias a ese incidente podrá sobrevivir a sus compañeros y convertirse luego, bajo el Imperio, en senador, conde de Péluse y gran cordón de la Legión de Honor. Los buques vuelven a zarpar el 30 de agosto. Su carga aumentó con doce mil litros de vino del valle de Orotava, considerado como uno de los mejores del mundo. La Pérouse decide no hacer escala en las islas de Cabo Verde, «porque en esta estación son muy malsanas, y la salud de nuestras tripulaciones era el primero de los bienes; para conservársela, ordené que se perfumaran los entrepuentes y que todos los días se hiciera zafarrancho desde primera hora de la mañana hasta la puesta del sol».

El 29 de septiembre pasan el Ecuador por los 18* de longitud Oeste. El 18 de octubre, los dos navíos tocan en la isla de la Trinidad, del grupo de las islas Martin Vaz, frente a la costa brasileña y a la actual ciudad de Victoria. Y La Pérouse anota: «Sin duda la naturaleza no había creado esta roca para ser habitada, pues ni los Hombres ni los animales pueden encontrar allí medios de subsistencia. Pero los portugueses temieron que alguna nación europea se aprovechara de su proximidad para establecer comercio de contrabando con el Brasil. Sin duda no es otro el motivo al que se debe el apresuramiento que mostraron para ocupar una isla que, en todos los aspectos, era sólo una carga para ellos». Desde la Trinidad, y llevando siempre rumbo Sur, continúan hacia la costa brasileña y la isla de Santa Catalina, que está muy próxima, al pie de la Serra do Mar, entre las ciudades de Santons, al Norte, y de Porto-Alegre, al Sur. Llegaron el 6 de noviembre. «Después de noventa y seis días de navegación —escribe La Pérouse—, no hemos tenido un solo enfermo». La llegada de las dos fragatas francesas produce el pánico en Santa Catalina, y los fuertes disparan el cañonazo de alarma. Afortunadamente, el gobernador, don Francisco de Barros, se había enterado de la expedición y cuando La Pérouse envía, a bordo de un bote, a un oficial suyo que le lleva una de las medallas creadas para conmemorar el crucero, se apresura a organizar un recibimiento suntuoso en honor de las tripulaciones visitantes. El 19 de noviembre se despiden portugueses y franceses, encantados unos de otros. La Boussole y la Astrolabe son generosamente abastecidas de víveres frescos. Antes de partir, La Pérouse entrega al buen Gobernador sus primeras notas de viaje y un gran paquete de correspondencia, que él se encarga de remitir a Lisboa. A continuación siguen navegando hada el Sur, rumbo al cabo de Hornos. A partir del 28 de noviembre, el tiempo ha refrescado. El primer mal tiempo del viaje permite a La Pérouse darse cuenta de que, si sus buques no son muy rápidos, en cambio se comportan muy bien con el mal tiempo y podrán resistir «a las mares gruesas que tenemos que pasar». En aquella época, doblar el cabo de Hornos era una empresa muy poco sencilla. Además, La Pérouse la afronta en una estación nada favorable, porque ha perdido muchos días intentando situar la posición de una tierra divisada por el francés Antoine de La Roche, y bautizada por él con el nombre de Isla Grande. Una vez convencido que la tal tierra nunca existió, continúa su camino. El 14 de enero de 1786, los dos navíos ya pueden avistar la Patagonia; el 25 llegan al estrecho de Le Maire y por último, después de doblar el cabo de Hornos, desembocan por la salida occidental del estrecho de Magallanes. Durante su viaje han visto gran número de ballenas que, en aquellos tiempos, todavía no eran cazadas por esos parajes, y que no mostraron temor alguno ante la presencia de las dos fragatas.

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La Pérouse no ha puesto atención en la Tierra del Fuego, al sur del estrecho de Magallanes. Es llamada así porque los indígenas encienden grandes hogueras en todos los cabos, para incitar a detenerse a los buques. Ha sido tan frecuentemente visitada y descrita, «que no podría lisonjearme de añadir nada a lo que ya se ha dicho». Frente al Estrecho de Magallanes se extiende la Isla Grande de Tierra del Fuego. El Norte de la Isla es relativamente llano, zona de praderas y pastizales. En contraste, el sur es montañoso, de costas accidentadas, cubiertas de bosques de gran densidad.  Sobre el canal de Beagle las temperaturas oscilan entre los 20° bajo cero y los 27° sobre cero. Existen evidencias de que grupos cazadores se instalaron en el norte de la isla hace unos 10.400 años. Posiblemente hayan llegado del continente a pie por un puente de tierra, una morena terminal, que se convirtió después en la segunda angostura del Estrecho de Magallanes.  Todas las culturas indígenas de Tierra del Fuego son auténticas manifestaciones de costumbres cazadoras, recolectoras y pescadoras, ya que la agricultura nunca se practicó en Patagonia y Tierra del Fuego. Las dificultades del terreno y del clima del lado del Pacífico, en general, estaban compensadas en la época indígena por una fauna marina rica en mamíferos y moluscos. En la región Atlántica abundaban guanacos, zorros y roedores y gran variedad de aves, sector ideal para la caza terrestre, mientras que el Pacifico atrajo a los grupos que vivían sobre el mar. Estas formas de vida que se sustentan ya del mar o de la tierra, representan las dos grandes tradiciones de los pueblos seminómadas. El 21 de octubre de 1520 la escuadra de cuatro veleros que comandaba Fernando Magallanes descubrió el canal que une a los dos océanos. Durante el viaje divisaron fogatas hechas por el hombre al sur del estrecho; debido a estos fuegos, la Isla Grande y demás islas al sur fueron denominadas “Tierra del Fuego“.  En el período anterior al comienzo de la colonización en 1880 se estima que habitaban Tierra del Fuego cerca de 11.500 indígenas.  Posteriormente, la ocupación de la isla por parte del hombre blanco (atraído por el oro, los pastizales para cría de ovejas, la caza de ballenas y lobos marinos), el contagio de enfermedades, los asesinos profesionales contratados por estancieros, partidas militares, el hambre y la desnutrición, exterminaron a los nativos, no quedando prácticamente hoy representantes de estos pueblos.

Los selknam, también denominados selk’nam, shelknam, y más popularmente onas, fueron un pueblo indígena del sector norte de la isla Grande de Tierra del Fuego ubicada en el extremo austral del continente americano. El nombre «ona» proviene del idioma yagán y ha prevalecido sobre «selk’nam», que era el nombre que les daban los tehuelches. Originalmente eran nómadas terrestres, cazadores y recolectores. Hoy posiblemente esta etnia solo está representada por descendientes mestizos, los que luego de un proceso de transculturación que operó por más de un siglo, se encuentran culturizados por completo. Eran parientes cercanos de los aonikenk o tehuelches que habitaban en la Patagonia al norte del estrecho de Magallanes, con ellos tenían una notable semejanza física, de lenguaje y de costumbres. Los hombres eran altos con una talla media de 1,8 m, musculosos, corpulentos, anchos de hombros, tez bronceada y de gran agilidad lo que les permitía tener éxito en la caza, las mujeres eran más bajas y tendientes a aumentar de peso. Según sus propias tradiciones y la evidencia lingüística y geológica, los primeros selk’nam —y los haush estrechamente emparentados con ellos— fueron techuelches de la Patagonia meridional que se habrían instalado en el territorio fueguino. Selknam y haush compartían la isla con dos pueblos canoeros (nómadas marinos): los kawésqar o alacalufes y los yaganes, de contextura física, lengua y costumbres muy diferentes. Los selknam habitaban principalmente el norte y centro de la isla, mientras que los haush estaban localizados en el sureste (Península Mitre) en la época en que tuvieron contacto con los europeos. Aunque fueron vistos en 1520 por Magallanes cuando descubrió el estrecho que lleva su nombre y vio las fogatas de los indígenas que motivaron el nombre del territorio, su primer contacto personal registrado con los europeos modernos fue el protagonizado por Pedro Sarmiento de Gamboa en 1580. Posteriormente, los contactos continuaron en forma esporádica hasta las últimas décadas del siglo XIX con la llegada de misioneros salesianos y de hombres blancos a colonizar y explotar la isla. Los territorios que antes eran el libre hogar de estos cazadores nómadas, fueron cercados. Muchos de ellos rompieron las cercas y cazaron y comieron la carne de las ovejas, a las que llamaron “guanaco chico” o “guanaco blanco“. Estos hechos condujeron a la consumación de un genocidio que acabó casi completamente con ellos. El contacto permanente con el hombre blanco tuvo devastadoras consecuencias para esta etnia, pues además de transmitirles enfermedades contagiosas, los desplazaron de sus territorios de caza. En 1881 quedaban alrededor de 4000 a 5000 individuos.

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Los navíos franceses de La Pérouse remontan la costa chilena y se dirigen a Concepción, un puerto situado a los pies de los Andes, al sur de Santiago de Chile, adonde llegan el 24 de febrero. Concepción es el único establecimiento español de la bahía de Talcaguana. Entonces no pasaba de ser una pequeña ciudad de diez mil habitantes, que conoció muchos sinsabores cuando un temblor de tierra la destruyó en 1751. En 1763, los vecinos emprendieron la tarea de reconstruirla en un nuevo emplazamiento. Esa visita nos permite conocer otra faceta de La Pérouse: la del sociólogo y economista. Es sociólogo cuando hace la siguiente observación: «La pereza, mucho más que la creencia y la superstición, ha poblado este reino de conventos de mujeres y de hombres. Estos gozan de una libertad mucho más amplia que en cualquier otro país; y la desgracia de no tener nada que hacer, de no estar obligados a una familia, de ser solteros por su estado, sin por ello haberse apartado del mundo, y de vivir retirados en sus celdas, les ha convertido, como era de esperar, en las peores personas de América». Luego se expresa como economista cuando analiza la situación de ese país, donde todo abunda pero en el que reina la pobreza. Según él, se debe al régimen fiscal y aduanero impuesto por los españoles. Y sigue escribiendo el capitán de navío: «Ya sería hora de cambiar de sistema. Hora de autorizar la libertad de comercio; hora de rebajar los impuestos sobre los productos extranjeros; hora de tomar en consideración los derechos de los ciudadanos». La estancia de la Boussole y la Astrolabe en Concepción queda señalada con unas fiestas que, sin duda, aumentan el prestigio de Francia. La población pudo asistir a un espectáculo con fuegos artificiales y ascensión de un montgolfier. Pero la permanencia no podía ser eterna, y el 15 de marzo de 1786 las dos fragatas se lanzan nuevamente al Pacífico. La próxima escala ha de ser en la isla de Pascua, una de las más aisladas del mundo, que dista dos mil seiscientas millas de Valparaíso y dos mil setecientas cincuenta de Tahití. Los franceses llegan el 9 de abril, desembarcan, y son recibidos por cuatrocientos o quinientos indios. No llevan armas, y en su mayoría van desnudos. Es muy fácil de comprender la angustia que oprime al viajero cuando descubre en el horizonte esta tierra baja, triste, plantada como un jalón fantástico en la inmensidad del océano. La Pérouse sin duda es accesible al romanticismo, pero ante todo le preocupa su misión. Con su acostumbrada claridad mental, deduce que la miserable situación de los actuales pobladores de la isla «se debe seguramente a la imprudencia de sus antepasados», que la desploblaron de árboles.

Los tripulantes se divierten con las mil astucias que emplean los naturales para cometer a bordo todo tipo de menudos hurtos. Mientras, los sabios organizan una visita a tierra, ya que quieren ver de cerca los célebres colosos que han dado fama a la isla de Pascua y que todavía continúan en pie. Encabezados por Fleuriot de Langle, Agelet, Lamanon, Duché y Dufresne, los dibujantes, La Martiniére, el padre Le Receveur, el abate Monges y Colignon, el jardinero, toman parte en la expedición. La Pérouse la aprovechará luego para discutir la opinión del inglés Forster, que estaba convencido de que esos monumentos eran obra de un pueblo mucho más importante que el actual poblador de la isla. «El más grande de los toscos bustos que hay sobre estas plataformas, y que nosotros hemos medido, no tiene más que catorce pies y seis pulgadas de altura; siete pies y seis pulgadas de ancho en los hombros; tres pies de espesor en el vientre, seis pies de ancho y cinco pies de largo en la base. Esos bustos podrían ser obra de la generación actual, cuya población creo poder fijar, sin exageraciones, en unas dos mil personas». La escala en la isla de Pascua no se prolonga más lejos de aquella jornada. Al día siguiente de la excursión al misterioso santuario, los dos navíos abandonan la bahía de Cook y ponen rumbo al Norte. Hasta llegar a la isla de Pascua, La Pérouse ha seguido fielmente —con la sola excepción del patrulleo a que se dedicó en el Atlántico para buscar la Isla Grande— las instrucciones elaboradas en Versalles. Su itinerario es el decidido por Luis XVI. Sin embargo, pocos días después de reanudar la navegación, el 10 de abril de 1786, la Boussole y la Astrolabe se apartan sorprendentemente de la ruta prevista. Las instrucciones indican que las dos fragatas debían navegar hacia el Norte, siguiendo sensiblemente el eje del litoral americano, para acercarse a Monterrey, en la tierra mejicana de California. De allí debía arrancar la exploración de la costa septentrional de América del Norte, que constituía uno de los objetivos principales del viaje. Sin embargo, La Pérouse no tardó en poner rumbo al Noroeste, hacia las islas Sandwich, o Hawai. Para comprender ese cambio de itinerario, basta con recordar que un jefe de división naval dispone de gran capacidad de decisión, partiendo de unas instrucciones que sólo son como el marco de su crucero. Y basta también con leer lo que él escribió respecto al tema: «Aunque la estación estaba ya muy avanzada, y yo no debía perder un instante para llegar a las costas de América, me decidí a emprender una ruta que diera evidencia a la opinión que me había formado sobre varios grupos de islas. Me refiero en especial a las Sandwich, situadas por Cook en la misma latitud que las indicadas en la carta española que el almirante Ansón cogió a bordo de un galeón español, pero 16 ó 17 grados más al Este. Si yo estaba en un error, el resultado consistiría en encontrar un segundo grupo de islas, olvidadas por los españoles quizá desde hace más de un siglo, y en determinar la posición en que las encontrara y su distancia exacta en relación con las islas Sandwich».

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En consecuencia, las dos fragatas siguieron sensiblemente la ruta emprendida por Cook en 1777. La Pérouse escribe: «Quienes conocen mi carácter no podrán culparme de que emprendo esta busca guiado por el deseo de quitar al capitán Cook el honor de haber descubierto ese archipiélago. Estoy lleno de admiración y de respeto por la memoria del gran hombre, y a mis ojos será siempre el primero de los navegantes». Como el descubrimiento de nuevas tierras fue siempre el principal mandato de la expedición, La Pérouse ha situado vigías en los alcázares, prometiendo una recompensa al primer marinero que aviste tierra. Durante largos días, las dos fragatas labran la infinita inmensidad, de un azul oscuro, de las aguas del Pacífico. Pasan de nuevo el Ecuador. La monotonía de las jornadas sólo es interrumpida por los placeres de la pesca, pues los bonitos abundan en tomo de los navíos. De ese modo, los tripulantes se preparan comidas con atún fresco, tan excelente para la salud en general. Aunque, en realidad, los hombres disfrutan de un estado magnífico. El 7 de mayo, un gran número de aves, petreles y fragatas, vuelan alrededor de los navíos, y algunas tortugas de mar pasan a lo largo de las bordas. La Astrolabe captura dos y, fraternalmente, cede una a la Boussole. Sin embargo, ni una ni otra divisa tierra alguna, y La Pérouse anota esta hipótesis: «No tengo la menor duda de que hemos pasado cerca de alguna isla, verosímilmente deshabitada, ya que, como refugio de esos animales, una roca en medio de los mares les sirve mejor que un país cultivado». El día 15, la expedición se encuentra en las inmediaciones de la longitud y la latitud indicadas en los mapas españoles; pero no encuentran ni trazas de las supuestas islas. Hasta el día 20, las fragatas recorren el vacío mar, a través de un archipiélago fantasma. Queda demostrado que los mapas españoles eran falsos. Y más todavía cuando, el 28, divisan una montaña cubierta de nieve. Los franceses han llegado ante las islas Sandwich, y comprueban que su situación concuerda exactamente con los datos dados por Cook. ¿Se equivocaron los españoles? Es probable; pero también se ha aventurado la hipótesis de un error voluntario de 10 grados. Porque, en efecto, el archipiélago de las Hawai fue descubierto en 1542 por el navegante ibérico Gaetano, que salió de la Natividad, en la costa occidental de Méjico. Pero, en aquella época, España tenía un gran interés en mantener secreta la posición exacta de las nuevas islas descubiertas.

En Hawai, la mayor de ese archipiélago, es donde Cook fue muerto en 1779, en la bahía de Kealakékua. Pero La Pérouse llegó a la isla de Maui, que está formada por dos volcanes que se unen en un istmo. El volcán más antiguo es el Mauna Kahalawai que está muy erosionado y también se llama West Maui Mountain. Al este está el Haleakala, un volcán más joven y más grande con una caldera a 3.050 metros de altitud. La última erupción fue en 1790. Los polinesios de Tahití y de las Marquesas fueron los primeros pobladores de la isla. El capitán inglés James Cook descubrió Maui el 26 de noviembre de 1778, pero no desembarcó al no encontrar un buen puerto. Anotó el nombre de la isla como Mowe o Mow’ee. Tal como hemos dicho, el primer europeo en visitar Maui, en 1786, fue el francés La Pérouse que desembarcó en la bahía que hoy en día lleva su nombre. En 1790, el rey Kamehameha I de Hawai conquistó Maui y estableció la residencia en Lahaina, después capital del reino. Poco después comenzaron a llegar comerciantes, balleneros y misioneros. Como Lāhainā era entonces la capital, ahí se fundó la primera misión y la primera escuela, que continúa hoy, la Lāhaināluna Mission School. La escuela misionera se abrió en 1831 y fue la primera escuela de enseñanza secundaria en abrir al oeste de las Montañas Rocosas. Los misioneros enseñaron a la población a leer y escribir, crearon el alfabeto hawaiano de 12 letras, establecieron una imprenta en Lāhainā y empezaron a poner por escrito la historia de las islas, que hasta entonces se transmitía únicamente de forma oral. Irónicamente, la labor que desempeñaron estos misioneros sirvió tanto para alterar como para preservar la cultura nativa. Por un lado, la labor religiosa alteró la cultura mientras que los esfuerzos alfabetizadores preservaron la historia nativa y el idioma para la posteridad. La Pérouse sólo bajó a tierra para una corta visita. Ya había comprobado las situaciones geográficas y tenía prisa por llegar a la costa americana. Además, él no pretendía estudiar al pueblo hawaiano, «que las relaciones escritas por los ingleses nos han permitido conocer tan bien. Aquellos navegantes pasaron cuatro meses en estas islas, y nosotros sólo hemos permanecido en ellas unas pocas horas. Además, ellos tenían la ventaja de conocer la lengua del país. Así, debemos limitarnos a contar nuestra propia historia». Su historia se resume en algunas observaciones. Un país pobre con mujeres sin mucha gracia, unos pobladores afligidos por la sífilis, la lepra y la tuberculosis. Sin embargo, allí se podía hacer mucho; la tierra estaba bien cultivada y las casas de los poblados eran limpias. Los insulares disponían, en gran cantidad, de telas fabricadas a base de morera, pintadas con mucha variedad.

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Otro que no hubiera sido La Pérouse, considerando que Cook nunca pisó la isla de Maui, quizá hubiera tomado posesión de ella en nombre de Francia. Pero él se abstuvo, y da la explicación en unas pocas líneas que expresan muy bien la elevación de sus pensamientos: «A ese respecto, los usos de los europeos son enteramente ridículos. Sin duda los filósofos deben gemir viendo que unos hombres, por el solo hecho de disponer de cañones y de bayonetas, no tienen en cuenta para nada a sesenta mil semejantes suyos; viendo que, sin respetar sus más sagrados derechos, miran como objeto de conquista una tierra que sus habitantes regaron con su sudor y que, desde hace tantos siglos, sirve de tumba para sus antepasados». esto queda muy lejos del frenesí de las conquistas coloniales que animará todo el siglo XIX. La escala en Maui fue breve. El primero de junio de 1786, la Boussole y la Astrolabe se alejaban de las islas Sandwich. Esta vez tomaron rumbo al Nordeste. Teniendo en cuenta lo avanzado de la estación, en vez de llegar a California y remontar el litoral americano hacia el Norte, La Pérouse hará lo contrario: toca en la costa de Alaska, totalmente desconocida en aquella época, y va descendiendo hacia el Sur. Muy pronto desaparecen los peces que seguían a los dos buques desde la isla de Pascua. Respecto a ese fenómeno, el capitán anota que «el mismo banco de peces ha hecho mil quinientas leguas siguiendo a nuestras dos fragatas; algunos bonitos heridos por nuestros foenes (el tridente con que se arponea al pescado) llevaban en el lomo una señal que no permitía equivocarse». Ya se han acabado también los mares luminosos y los cielos magníficos. Han salido de la zona de los vientos alisios, y el Pacífico toma otro aspecto, temible y angustiador. El 6 de junio se vuelve blanquecino y turbio, y el 9 entran en una región brumosa. Los marineros se sienten transidos, mojados continuamente por la lluvia y por la niebla. La Pérouse, que tiene la experiencia de sus campañas en el Atlántico Norte y de los parajes de la bahía de Hudson, sabe que «la humedad fría es quizás el principio más activo del escorbuto». Y de acuerdo con el médico de a bordo, ordena que pongan una ligera infusión de quinina en el desayuno. Esa precaución demuestra ser muy eficaz. El objetivo de los navegantes consiste en arribar a la costa de América cerca del monte San Elias de Behring, en el paralelo 60. Por último lo ven emerger de entre las brumas el 23 de junio, hacia las cuatro de la madrugada. Y La Pérouse escribe: «La vista de tierra que, después de una larga navegación, procura generalmente unas impresiones tan agradables, no produjo en nosotros el mismo efecto. La mirada se posaba con pena en aquellas masas de nieve que cubrían una tierra estéril y sin árboles. (…) Esa meseta negra, como calcinada por el fuego, desprovista de todo verdor, contrastaba de un modo impresionante con la blancura de las nieves que se divisaban a través de las nubes. Servía de base a una larga cadena de montañas que parecían extenderse en quince leguas, de Este a Oeste».

Entonces el capitán comienza a costear aquella tierra hostil, en busca de un puerto. Cree haberlo encontrado el día 26, y ordena que desembarquen dos botes, uno de la Boussole y otro de la Astrolabe, para que busquen un abrigo practicable. Pero la bahía no ofrece un abrigo suficiente contra los vientos del Sur, los más peligrosos. Y vuelven a navegar, después de que La Pérouse bautiza la ensenada dándole el nombre de Monti, el segundo oficial de la Astrolabe. Por último, ya el 2 de julio, los dos navíos entran, con grandes precauciones, en una profunda ensenada a la que La Pérouse dará el nombre de Puerto de los Franceses, hoy llamada Lituya Bay, a 58° 37’ de latitud norte. La región está habitada por unos indios muy ladrones, de los que hay que guardarse continuamente. Ya conocen el tráfico comercial, poseen objetos de hierro, y llevan «un puñal colgado del cuello. La forma de ese instrumento se parecía a la del cris de los indios, pero no tenía relación alguna con su mango, que era sólo la prolongación de la hoja, aunque redondeada y sin filo. Esa arma iba guardada en una vaina de piel curtida, y parecía ser su bien más precioso». Habían transcurrido entonces trescientos treinta y seis días desde que zarparon de Brest. La expedición no disfrutó de más de veintiocho días de escala, en total. Sin embargo, sorprendentemente, en ninguna de las dos tripulaciones había un enfermo ni un herido. La Pérouse tenía legítimo derecho a sentirse orgulloso. Con todo, le obsesiona un presentimiento: como si supiera que, en aquella rada, tenía cita con la primera gran tragedia del viaje. El presentimiento se hace más grave por culpa de una fuerte corriente que, a despecho de continuos anclajes, arrastra a los dos buques hacia la costa. Pero, en el último momento, la corriente pierde su fuerza. El viento del Noroeste, que empujaba a las fragatas hada las rocas, se apacigua cuando ya faltaba poco para dar contra ellas. «En los treinta años que llevo navegando —escribe La Pérouse—, jamás he visto dos navíos tan cerca de perderse». Por último, la Boussole y la Astrolabe han podido fondear en un sitio seguro. Las tripulaciones se disponen al trabajo. Hay que hacer provisiones de madera, de agua y de víveres frescos, en la medida posible. También debe cambiarse la estiba de la Boussole, para sacar seis cañones que están almacenados en la cala, y ponerlos en batería con vistas a la navegación por el mar de China, infestado de piratas. Mientras los tripulantes se ocupan de esos quehaceres, los sabios y los artistas de la expedición hacen excursiones por tierra y se dedican a unas pintorescas observaciones sobre los indígenas que pueblan la costa. En el transcurso de uno de esos trabajos de rutina, estalla el drama.

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El 13 de julio, tres botes, uno de la Boussole y los otros de la Astrolabe, se trasladan a la entrada de la bahía para echar unas sondas. «Era tanto una tarea de placer como de instrucción y utilidad —precisa La Pérouse—. Después tenían que cazar y desayunar bajo los árboles». Por desgracia, una impetuosa corriente arrastra mar adentro a la vizcaína de la Boussole, y las dos embarcaciones de la Astrolabe se precipitan en su socorro. Al hacerlo van a dar contra los rompientes, zozobran, y sus ocupantes caen en el agua. Así encuentran la muerte veintidós hombres, sin que después pudieran encontrar ni un cuerpo ni siquiera algún resto. Al relatar la catástrofe, escribe La Pérouse: «No temo confesar que, desde ese acontecimiento, mis lamentaciones han ido acompañadas cien veces por las lágrimas, y que el tiempo no ha podido calmar mi dolor. Cada objeto, cada instante, me recuerdan la pérdida que sufrimos, y en una circunstancia en que estábamos tan lejos de temer un hecho como aquél».  Transcurren largos días mientras las tripulaciones buscan en vano los cuerpos de los desaparecidos, un resto, un recuerdo cualquiera. Por último, el 30 de julio de 1786, antevíspera del aniversario de la partida, los dos enlutados navíos vuelven a zarpar para proseguir su crucero. En el islote que se alza a la entrada del Puerto de los Franceses, han erigido un pequeño monumento. La Pérouse ha hecho colocar en su base una botella, que guarda el relato del accidente y los nombres de las víctimas. Bautiza al islote con el nombre de «Isla del Cenotafio». La Boussole y la Astrolabe siguen, lo más cerca posible y en dirección Sur, la costa americana. Cook había explorado, en el Norte, la parte comprendida entre el monte de San Elias de Behring y la punta de Alaska. Quedaba por explorar la parte Sur, hasta Monterrey. Con su habitual modestia, La Pérouse anota: «Era un trabajo de mucho interés para la navegación y para el comercio; pero exigía una labor de varios años, y no se nos ocultaba que, pudiendo dedicarle dos o tres meses cuanto más, por motivo de la estación y más todavía por el amplio programa de nuestro viaje, dejaríamos muchos detalles a los navegantes que vinieran después de nosotros». Ese trozo de la costa de América del Norte no era conocida todavía sino a través de los relatos, más o menos caprichosos, de algunos chinos que fueron lanzados hasta allí por las tormentas; y también por otra relación, abiertamente fabulosa, de un almirante español apellidado Fuentes, que dijo haber encontrado la vía marítima entre la costa occidental y la oriental, entre el Pacífico y el Atlántico.

Todo el siglo XVIII estuvo lleno de tentativas para encontrar el «Paso del Noroeste», como se le llamaba en la costa Atlántica, y la Compañía de la Bahía de Hudson llegó a financiar más de una expedición para descubrirlo. La Pérouse era escéptico en cuanto a las posibilidades, a pesar de lo cual lo buscó concienzudamente. A lo largo de aquella recortada costa, sembrada de numerosas islas, la expedición se entrega a un trabajo minucioso, tomando nota del trazado del litoral y sondeando los fondos. De ese modo, La Pérouse aporta una preciosa contribución a los conocimientos de su época, y en su relato expresa fielmente sus muchas comprobaciones. A esos trabajos dedica todo el mes de agosto, y también los primeros días de septiembre. El 5 de septiembre, la expedición ha bajado hasta la altura del paralelo 43. El 7, en medio de una espesa bruma, se alejan de la costa por miedo a chocar con algún islote o peñón que pudiera serles fatal. Al mediodía de esa misma fecha, la latitud observada corresponde a 40° 48’ 30”. Por fin, el 13 de septiembre, los navegantes avistan tierra, entre brumas. La Pérouse sabe que se encuentran ante la bahía de Monterrey. Y escribe: «La bahía de Monterrey, formada al Norte por la punta de Año Nuevo, y al Sur por la de los Cipreses, tiene ocho leguas de abertura en esa dirección, y aproximadamente seis de profundidad hacia el Este, donde las tierras son bajas y arenosas». La pequeña ciudad, que entonces se resguardaba en el fondo de la bahía, ha sido eclipsada después por una gran metrópoli, San Francisco, situada a unos ciento cincuenta kilómetros al Norte. Pero, en 1786, Monterrey es la capital de California del Norte, una tierra de misión española que depende del lejano Virrey de Méjico. Fundada el 3 de junio de 1770 con el nombre de El Presidio Real de San Carlos de Monterrey. Monterrey fue la primera capital del estado de California, desde 1777 hasta 1849. El establecimiento más próximo, en dirección Sur, es San Diego, fundado en 1769 y actualmente gran base de la Marina norteamericana en la costa del Pacífico. San Francisco está mucho más al Norte, pero el territorio, en opinión del gobernador de Monterrey, no tiene más límites que la propia América. «Y nuestros navíos —añade La Pérouse—, que habían penetrado hasta el monte de San Elias, nunca alcanzaron esos límites». Los franceses piensan aprovisionarse totalmente durante su escala en Monterrey. Por eso su estancia dura nueve días, durante los cuales La Pérouse tiene más de una ocasión para dedicarse a las observaciones de carácter a la vez sociológico, político y económico, como cuando estuvo en Concepción. El Gobernador de California del Norte tiene a su disposición unos escasos contingentes militares, destinados, sobre todo, al servicio de las distintas misiones de dominicos, franciscanos y jesuitas. En realidad, son ellos los dueños del territorio y de los indios que lo pueblan.

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La Pérouse estima que «los progresos temporales y espirituales de esas misiones son bastante lentos»… Y sin embargo, «esta tierra es de una fertilidad indescriptible. Las hortalizas de toda especie crecen aquí perfectamente. Las cosechas de maíz, de cebada, de trigo y de guisantes, sólo son comparables a las de Chile. Nuestros cultivadores de Europa no pueden tener idea de una fertilidad parecida». No se limitan a eso los atractivos de aquel país de tan brillante porvenir. Abunda la caza, lo mismo que la pesca en sus ríos; los árboles sirven de morada a los más encantadores pájaros. En suma, es un verdadero paraíso terrenal, lo que no impide que «las cabañas de los indios de Monterrey sean las más miserables que se pueda encontrar en pueblo alguno». Pero si los indios tuvieron un pasado lleno de desórdenes, de pereza y de malas costumbres, ahora ganan su salvación todos los días sirviendo a los misioneros, que les han impuesto un modo de vida rígido y austero. La Pérouse describe con todo detalle cómo se desarrolla su jornada, y añade estas precisiones, tan objetivas como pintorescas: «En las misiones, los religiosos se han constituido en guardianes de la virtud de las mujeres. Una hora después de la cena, se dedican a encerrar bajo llave a todas aquellas cuyos maridos están ausentes, así como a las muchachitas mayores de nueve años. Durante el día, confían la vigilancia a las matronas. Tantas precauciones todavía resultan insuficientes, y nosotros hemos visto algunos hombres metidos en celdas, y alguna mujeres cargadas de grilletes, por haberse escapado de la vigilancia». Como sucedió en las otras escalas, cada uno de los miembros de la expedición asume una tarea bien precisa. Si los botánicos, los físicos, los minerólogos y los dibujantes se dedican a las suyas, los marineros se afanan en el cuidado de los buques, en la preparación de la larga travesía que les aguarda, y en aprovisionarse de todo tipo de cosas. En cuanto a La Pérouse, escribe sus notas y sus despachos, que confiará al gobernador de Monterrey, y se entrega plenamente a las finalidades de la expedición. Escribe, poco antes de partir: «El 22 (de septiembre) ya estaba todo embarcado. Nos despedimos del Gobernador y de los misioneros. Habíamos cargado tantas provisiones como cuando salimos de Concepción. Disponíamos de un rico corral, y de habas y guisantes que nos regalaron los misioneros. No querían recibir pago alguno, y sólo cedieron ante las reflexiones que les hicimos, haciéndoles ver que ellos no eran dueños, sino meros administradores de los bienes de las misiones».

No son excesivas dos cargas de víveres frescos si se considera la travesía que entonces iniciaban las dos fragatas: todo lo ancho del gran océano, desde América hasta Asia, por el paralelo 28. Esto es, un poco al Norte del Trópico de Cáncer. La Pérouse ha escogido esa latitud deliberadamente, ya que, de ese modo, permanecerá dentro de la zona de los vientos alisios, y al mismo tiempo seguirá una ruta prácticamente desconocida. En efecto, sólo unos pocos galeones españoles frecuentan el Pacífico, para comunicar las dos grandes colonias de la Corona de Castilla. Parten de Acapulco, en Méjico, y llegan hasta Manila, en las Filipinas. Sin embargo, como observa La Pérouse, «ya hace tiempo que los españoles no tienen su antiguo ardor por los descubrimientos, excitado quizá por la sed de oro, pero que les hizo afrontar todos los peligros. Hoy, al viejo entusiasmo ha sucedido el frío cálculo de la seguridad». Esa es la razón de que los capitanes españoles sigan un itinerario muy preciso: navegan entre los grados 13 y 14 para el viaje de Este a Oeste, y por el paralelo 40 en el de regreso. De ese modo aprovechan los vientos más favorables. Si La Pérouse se lanza a una región desconocida del Pacífico, lo hace porque quizás haya islas nuevas que descubrir y quién sabe si también otras que borrar de los mapas, como ya hizo con las «falsas islas Sandwich». Para esa finalidad, se ha procurado en Monterrey una carta marítima manuscrita, obra de españoles. Ella le permitirá más tarde poner fin a la existencia supuesta de una tierra cuyo nombre era Nuestra Señora de la Gorta. Los primeros días del viaje transcurren fácilmente, pero el 18 de octubre los vientos se ponen del Oeste. Tormentas y lluvias se abaten continuamente sobre los dos buques. De nuevo los marineros están siempre mojados y, una vez más, su jefe ve aparecer el terrible fantasma del escorbuto. A finales de octubre escribe: «Aún no teníamos ningún enfermo; pero nuestro viaje, aunque ya muy largo, apenas había comenzado en comparación con el inmenso espacio que nos quedaba por recorrer. Si el vasto programa de nuestra navegación no asustaba a nadie, nuestras velas y nuestros pasajeros sí nos recordaban constantemente que llevábamos dieciséis meses en el mar». Al llegar al noroeste de las Sandwich, la Boussole y la Astrolabe cruzan la ruta que ya habían recorrido, en dirección Sur— Norte, unos cinco meses antes. Todavía en esa región, en la noche del 4 de noviembre, las fragatas se dan cuenta de una isla, a la que se acercan al día siguiente. Es sólo una roca de unas quinientas toesas de longitud, o sea poco más de un kilómetro.

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La Pérouse cree que se trata de la cima de una isla mucho mayor, que el mar fue minando lentamente. Las orillas son tan abruptas que no permiten pensar en un desembarco. De todos modos, ambos buques dan la vuelta a la que llamarán isla Nécker, el popular ministro de Finanzas que tuvo que dimitir en 1781, en vísperas de la Revolución. La Pérouse descubre también unos peligrosos rompientes, a los que da el nombre de «Bajos de las Fragatas Francesas», y prosigue su ruta hacia las Marianas, que reconoce el 14 de diciembre. En ese archipiélago se dedica una vez más a corregir los muchos errores que hay en las cartas marítimas. También desenbarca en una isla poco hospitalaria, en la que los naturalistas cosechan una buena cantidad de moluscos, y donde La Martiniére recoge varias plantas y cuatro especies distintas de bananeros. El 28 de diciembre, las fragatas pasan a lo largo de las islas Basheas (o Bachi), que es el último archipiélago antes de llegar a las costas chinas, cuyas correspondientes posiciones, anotadas sobre todo por el almirante Byron y el capitán Wallis, no son exactas. Hechas las correcciones precisas, los buques vuelven a su navegación, siempre hacia el Oeste. El 31 de diciembre todavía lo pasan en un mar solitario. Pero el primer día del año 1787, la Boussole y la Astrolabe ya se ven rodeadas por una flotilla de pesqueros chinos, que echan sus largas redes al fondo de las aguas. Al día siguiente, 2 de enero, por la noche, La Pérouse da orden de echar anclas al norte de la isla de Ling-Ting; y el 3, después de embarcar a unos pilotos chinos, los navíos entran en la rada de Macao. Habían salido de Francia casi año y medio antes. Es difícil imaginar con certeza lo que debió ser Macao a principios de ese año de 1787. El inquietante matiz novelesco del Extremo Oriente se cristalizaba por entero en esa pequeña colonia europea pegada al continente chino, en un extremo de la bahía de Cantón. En el extremo opuesto, Hong-Kong todavía no era inglés (no lo será hasta 1841), ni aplastaba con su poderío a la pequeña plaza portuguesa. Pero Macao, en medio del bullicioso hervor del vasto mundo amarillo, había sabido crear, imperturbablemente, una ciudad lusitana al modo tradicional, con sus iglesias, sus conventos y sus pequeñas plazas. Entonces ya tenía detrás de ella dos siglos y medio de historia portuguesa. Rafael Parestrello la visitó por primera vez en 1516, y el ilustre escritor y poeta portugués Luis de Camoens vivió en ella algunos años. Allí escribió una parte de Os Lusiadas. Incluso se afirma que, en 1559, al salir de Macao para trasladarse a Goa, el buque en que iba naufragó. Camoens consiguió salvar la vida y también su poema, que mantuvo constantemente al extremo de su brazo, levantado por encima de la cabeza.

La rada de Typa, en la que echan anclas la Boussole y la Astrolabe, está repleta de buques de toda clase, desde los juncos de alta mar hasta los sampanes que remontan el río de las Perlas. Es todo un mundo pintoresco y variado el que descubren los miembros de la expedición, la mayor parte por primera vez. También hay fondeados varios buques europeos, y las dos fragatas anclan precisamente al lado de uno francés. Acaba de llegar de Manila, y su comandante se llama Bruni d’Entrecasteaux. Por una extraña coincidencia, será él quien, cuatro años más tarde, reciba el encargo de buscar a La Pérouse y a sus marineros desaparecidos. Pero todavía no ha llegado ese momento. La alegría de encontrarse con unos compatriotas, templa muy oportunamente una decepción sufrida por los tripulantes al llegar a Macao. Hace diez y ocho meses que están sin noticias de sus familias, y el buque encargado de llevarles la correspondencia desde Francia no acudió a la cita en la fecha convenida. Ese es uno de los motivos por los cuales la escala en Macao se prolonga hasta poco más de un mes. Pero no es la única razón. La Pérouse y sus hombres tropiezan con muchas dificultades para reponer provisiones. Porque detrás de la brillante y seductora fachada de Macao, está todo el drama del corrompido Oriente; y también de una decadente colonia europea que lo iguala.  La Pérouse no tarda en disipar el halo de leyenda que rodea para nosotros el nombre de China. Escribe, sin andarse en ambages: «La duplicidad china se manifiesta en cada compra, en cada transacción comercial que los franceses tienen que concluir. En Europa no se bebe una taza de té que no haya costado una vejación a quienes lo compraron y lo embarcaron en Cantón, y a quienes han surcado la mitad del globo para aportar esas hojas a nuestros mercados». Más adelante ilustra su punto de vista con una anécdota trágica: «No puedo abstenerme de contar que, hace dos años, cierto artillero inglés, al hacer los saludos reglamentarios por orden de su capitán, mató a un pescador chino que estaba en su sampán: imprudentemente, se fue a colocar al alcance del cañón de modo que el marino no podía darse cuenta de su presencia. El santoq, o gobernador de Cantón, reclamó la entrega del artillero, que no le fue hecha sino bajo la promesa formal de que no le haría daño alguno; al darla. Agregó que él no era tan injusto que castigara un homicidio involuntario. Con esa seguridad, el infeliz pasó a sus manos; y dos horas más tarde, era ahorcado». La Pérouse añade esta reflexión, que tanto caracteriza al mundo mercantil: «El honor nacional hubiera exigido una venganza pronta y ejemplar. Pero los buques mercantes no tenían los medios para ello, y los capitanes de esos navíos (…) no pudieron tomar la iniciativa de una resistencia general, que hubiera ocasionado una pérdida de cuarenta millones a la Compañía, pues sus barcos habrían regresado de vacío».

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Si los procedimientos chinos inspiran a La Pérouse una legítima indignación, su juicio sobre los portugueses no es menos lúcido: «Ya se sabe en virtud de qué respetables títulos son dueños de Macao: la donación del terreno en que se emplazó la ciudad es un monumento de la gratitud del emperador Cam-Hy. Fue donado a los portugueses por haber acabado, en las islas de Cantón, con los piratas que infestaban los mares y devastaban las costas de China. Y es una vana declamación atribuir la pérdida de sus privilegios a los abusos que cometieron: sus crímenes consistieron sólo en la debilidad de sus gobernantes. No pasaba día sin que los chinos no les hicieran nuevas injurias, ni instante en que no les anunciaran nuevas pretensiones: y el Gobierno portugués nunca les opuso La menor resistencia. Ahora, esa plaza, desde la que cualquier nación europea con un poco de energía se hubiera impuesto al emperador de China, en cierto modo ya no es otra cosa que una población china en donde los portugueses son tolerados». Antes de abandonar Macao, La Pérouse tropieza con los mayores inconvenientes para vender con ventaja un cargamento de mil pieles de nutria marina conseguido en Monterrey. Lo hacía en beneficio de sus hombres, pues estimaba que el provecho de la campaña pertenece sólo a los marineros, y la gloria, si la hay, al conjunto de los oficiales. Tiene más de una pelea con el comprador, que es el stevedore de Macao, y para resolver la disputa ha de recurrir a la intervención del Cónsul de Francia, M. Veillard. Pero, por último, la Boussole y la Astrolabe levan anclas el 5 de febrero de 1787. Toda su gente está resfriada, pues el clima de la bahía de Typa es muy desigual en esa estación. Los efectivos de las tripulaciones han sido reforzados; para sustituir a los marineros desaparecidos cuando el desastre del Puerto de los Franceses. La Pérouse recluta a doce marineros chinos, seis para cada navío, y observa: «Este pueblo es tan desgraciado que, a pesar de las leyes del Imperio, que prohíben bajo pena de muerte salir de él, de haberlos necesitado en una semana hubiera podido enrolar más de doscientos hombres». El 15 de febrero, las dos fragatas divisan la isla de Luzón, la mayor de las Filipinas. Sin embargo, no por ello han llegado a su próximo destino. Unos vientos contrarios les retienen largos días, obligándoles a una escala. Por último no echan ancla en Cavite, el puerto más cercano a Manila, hasta el día 28.  La Pérouse y Langle, acompañados por algunos oficiales de las dos fragatas, no tardan más de dos horas y media en llegar en bote a Manila. Con sus treinta y ocho mil habitantes, en seguida les da impresión de ser una poderosa capital. Hacen una visita de cortesía al gobernador español, que les recibe con la mayor cordialidad. Para sus gestiones protocolarias disfrutan de una carroza, que pone a su disposición un comerciante francés establecido en Manila, que se siente encantado con la presencia de la Boussole y la Astrolabe.

En el transcurso de la escala, que se prolonga más de un mes, La Pérouse, siguiendo su costumbre, tiene tiempo bastante para dedicarse a unas pertinentes observaciones sobre la rica colonia española, y ocupa con ellas varias páginas de su relación. Resumamos que está maravillado por la prosperidad del país, por la industria de sus habitantes, que son tres millones, en su mayor parte residentes en la isla de Luzón, por la limpieza de sus casas y la belleza de sus paisajes. Y puntualiza: «No temo aventurar que una gran nación que no tuviera otra colonia que las islas Filipinas, y que estableciese en ellas el mejor gobierno que les fuera posible, podría contemplar sin envidia todos los establecimientos europeos de África y de América». Desgraciadamente, lo mismo que en Chile y en California, pronto se problematiza la situación en las Filipinas. «La falta de estímulo, las prohibiciones, las trabas de todo tipo puestas al comercio, hacen que las mercaderías de la India y de China sean allí por lo menos tan caras como en Europa». No son ésos los menores males de que padecen los filipinos. Aparte de la autoridad conferida al Gobernador, sufren la presencia de legiones de religiosos de todas las Órdenes. Y La Pérouse opina: «Si ese celo estuviese iluminado por un poco de filosofía, sin duda sería el sistema más apropiado para asegurar la conquista de los españoles, y para que el establecimiento rindiera utilidad a la metrópoli. Pero sólo piensan en hacer cristianos, y nunca en hacer ciudadanos». Mientras, a bordo de las dos fragatas se trabajaba de firme. Había que revisarlas por entero, cambiar las velas cuyo estado lo exigía. En suma, prepararse debidamente para una de las navegaciones más delicadas de todo el viaje. El fin de la estancia en las Filipinas se enlutó con el fallecimiento de M. de Daigremont, alférez a bordo de la Astrolabe, que ya estuvo enfermo de disentería en Macao, y cuyo estado se fue agravando después. La Pérouse se vio asaltado por algunas inquietudes respecto a la situación sanitaria de sus tripulaciones. Pero, por gran fortuna, estaban en buenas condiciones cuando las dos fragatas se pusieron a la vela el 9 de abril, después de una visita de despedida al Gobernador. Transportan doscientos trece hombres. Eran doscientos veinticinco al salir de Brest, pero M. Monge desembarcó en Tenerife. Veintidós marineros encontraron la muerte en la catástrofe del Puerto de los Franceses, y M. Daigremont había fallecido en Manila; pero hay que sumar a la cuenta los doce marineros chinos contratados en Macao. El 21 de abril de 1787 divisaron las costas coreanas. Por el estrecho de Fu Kien y a través del archipiélago de Riu Kiu, la expedición salió al mar del Japón. Y se dispuso a remontarlo, con lentitud y prudencia, rumbo al Norte, con el continente chino a babor y el archipiélago nipón a estribor.

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Para los europeos de entonces, el Mar del Japón continuaba siendo un paraje misterioso, lleno de trampas y de traiciones, con vientos caprichosos y corrientes desconocidas. Sus aguas estaban muy frecuentadas, y por ello vieron gran número de sampanes y de juncos, cuyos ocupantes no prestaban la menor atención a las dos fragatas. Por otra parte, preferían no tener contacto con ellos. La reacción de las autoridades, tanto en Corea como en Japón, eran del todo imprevisibles. «Esas regiones —escribe La Pérouse—, habitadas por pueblos bárbaros y hostiles para con los extranjeros, no nos permitieron pensar siquiera en el descanso. En cambio, sabíamos que los tártaros son hospitalarios». El 21 de junio llegaron a la costa de Tartarita, la que hoy es costa asiática de la Unión Soviética. Y en efecto, cumplió lo que de ella se esperaba. Cuando los franceses desembarcaron, el día 23, en una profunda bahía, que La Pérouse bautizó con el nombre de Bahía de Temai, pudieron ver unos cuantos osos; también varios ciervos, que pacían tranquilamente por la orilla del mar. Estaban en verano, y el suelo era una florida pradera en donde encontraron plantas de la misma especie que en Francia. Los marinos se dedicaron a unas partidas de caza y de pesca, con resultados verdaderamente prodigiosos. «Los peces iban de un solo salto desde la orilla del mar hasta nuestras marmitas». Para los sabios, y en particular para los geógrafos, aquella tierra no resultó menos providencial, ya que era «la única parte del globo que escapó a la infatigable actividad del capitán Cook». Y La Pérouse tuvo ocasión, una vez más, para hacer un descubrimiento de gran valor: una tumba tártara, casi enterrada entre la hierba, junto a una casa en ruinas. «Nuestra curiosidad nos impulsó a abrirla, y vimos dentro dos personas, colocadas una al lado de la otra. Sus cabezas estaban cubiertas por un casquete de tafetán. Los cuerpos, envueltos en una piel de oso, estaban ceñidos por un cinturón de la misma piel, del que pendían unas pequeñas monedas chinas y diversas alhajas de cobre. Unas bolitas de vidrio de color azul aparecían repartidas, como sembradas en el interior de la sepultura». También encontraron algunos brazaletes de plata, una hacha, un cuchillo, una cuchara de madera y una bolsita de nankin azul, llena de arroz. Y La Pérouse advierte: «Volvimos a cerrarla y cubrirla con los mayores cuidados, poniendo cada cosa en su sitio, religiosamente, después de llevarnos sólo una mínima parte de los diversos objetos, como prueba de nuestro descubrimiento». El 27 de junio prosiguieron su itinerario hacia el Norte. El viaje fue interrumpido por las brumas entre el uno y el cuatro de julio. Pero durante esos tres días las tripulaciones cogieron no menos de ochocientos bacalaos, con los que hicieron salazón. Cuando se levantó la niebla vieron una gran bahía, en la que desembocaba un río de treinta a cuarenta metros de ancho. La Pérouse ordenó que la reconocieran dos botes, uno de cada fragata, y le dio el nombre de Bahía de Suffren.

La escala siguiente se hizo en la estrecha garganta que llaman «Manga de Tartaria», entre la isla Sakhalin y el continente. La expedición reconoció en aquellos parajes una isla y una ensenada, que recibiría el nombre de Bahía de Langle. También se entrevistaron con algunos insulares, llegados a bordo de una especie de piragua. Iban vestidos como los chinos, aunque llevaban botas de piel de lobo marino, «con un pie al estilo chino, muy artísticamente labrado». Entre franceses y tártaros se entabló una interesante y larga conversación. Tuvo como tema el vocabulario de las gentes del país y la configuración topográfica de la región. Dedicaron los días siguientes a un minucioso reconocimiento de las costas de la isla Sakhalin. Los oficiales y los sabios de ambos buques quedaron bien recompensados por su celo: dos montañas recibieron el nombre de Lamanon y de La Martiniére, y una bahía el de Estaing. El 2 de agosto retrocedieron por el mismo camino que los llevó, después de bautizar otra ensenada como Bahía de Castries, en honor del ministro de Marina. Ya sólo les quedaba salir de aquellos estrechos, y lo hicieron gracias al reconocimiento de un paso entre la punta Sur de Sakhalin y el Norte de la isla nipona de Hokkaido: el estrecho de La Pérouse. Atravesando el archipiélago de las Kuriles, la Boussole y la Astrolabe pusieron rumbo hacia Kamchatka, cuyas costas divisaron el 5 de septiembre. Las dos fragatas se dirigieron hacia la bahía de Avatcha. Estaban entonces en el extremo más lejano de Asia. Y también en el más alejado del inmenso Imperio ruso. Juan-Bautista de Lesseps, el intérprete enrolado pensando precisamente en esa escala, se dispuso a demostrar sus talentos. Por último habían llegado al Norte del inmenso Océano Pacífico, al umbral del Mar de Behring. Y les bastaría con seguir aquella especie de vado en arco de círculo que, sobre el mapa dibujaban las Aleutianas, para encontrarse de nuevo en la costa americana y en aquella funesta Bahía de los Franceses donde recalaron catorce meses antes. En el fondo de la espléndida Bahía de Avatcha, que ofrece el más cómodo y seguro de los fondeaderos, y sobre una estrecha lengua de tierra, está situada la pequeña localidad de Puerto de San Pedro y San Pablo (Petropavlovsk), que lleva el mismo nombre que la famosa fortaleza que fue origen de la ciudad de San Petersburgo. Es cabeza de distrito, y la manda el teniente Kaboroff, que reina sobre aquel territorio al frente de un destacamento compuesto por cuarenta cosacos y un sargento. Depende del Gobernador de Kamchatka, el coronel Kasloff, y se alegra mucho de que su jefe esté en aquellos momentos visitando la región. Aún tardará, pues se necesitan varias semanas para recorrer la inmensa península pegada al extremo Nordeste de Asia.

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Solamente está poblada por unos diez mil habitantes, entre los cuales los rusos no llegan al millar. El resto son naturales del país. Abunda la caza de todas clases, y basta con echar una red en las proximidades de cualquiera de las dos fragatas para coger provisiones. Pero, más que nada, los bosques suministran a los naturales inauditas riquezas en pieles: zorros, osos, martas, cibelinas. En la actualidad, Kamchatka es apreciada sobre todo por sus recursos en minerales. Ese territorio montañoso y volcánico, que todavía cuenta con doce volcanes en actividad, guarda ricos yacimientos de hierro magnético, cobre, azufre y petróleo. El teniente Kaboroff no sabe qué hacer para agasajar a sus huéspedes franceses. Su esposa y él les abren las puertas de su casa. Se entienden perfectamente unos con otros por mediación de Lesseps, «que habla el ruso con la misma facilidad que el francés». Y todos se ponen en seguida a sus trabajos. Los astrónomos instalan un pequeño observatorio, en una casa que el teniente se apresuró a poner a su disposición, mientras que los naturalistas, escoltados por algunos cosacos, parten para una penosa pero apasionante expedición al volcán más próximo, que dista unas ocho leguas de la ciudad. En cuanto a los marineros, se atarean, como en todas sus escalas prolongadas, abasteciendo a los buques de leña y también de forraje para el ganado que piensan embarcar. Por su parte, La Pérouse y sus oficiales se dedican a comprobar el plano de la bahía, que levantó el infatigable capitán Cook. También deberán al gran navegante el encontrarse como en un país conocido el día en que el Gobernador de Kamchatka regresa a Petropavlovsk. De él y de quienes le rodean se habla en el relato del tercer viaje de Cook, que los franceses llevan en la biblioteca de a bordo. El coronel Kasloff es hombre de gran distinción y que habla francés con mucha soltura; hasta el punto de que La Pérouse se pregunta lo que hace en aquel puesto, perdido en un extremo del mundo, tan lejos de San Petersburgo, de la Corte y de sus favores. Le acompaña el capitán Schmaleff, ispravnik e Inspector general de los naturales de la península, y el cura de Paratunka, un sacerdote itinerante que sirve a una de las parroquias más grandes. En el cortejo del Gobernador va también un anciano, el señor Ivashkin, cuya lamentable historia conmueve a los franceses hasta arrancarles lágrimas. Mucho tiempo antes, Ivashkin era un alegre oficial de la Guardia que sólo contaba veinte años. Una noche, al salir de una cena excesivamente rociada, dejó escapar algunas frases impertinentes sobre la emperatriz Elisabeth. Aquello fue a parar a oídos de la soberana, y el desgraciado teniente fue degradado, le condenaron a ser azotado y le atravesaron la nariz antes de deportarlo a Kamchatka.

Mucho después, la gran Catalina le perdonó; pero había vivido tanto tiempo en ese país severo y lejano, conservaba tan vivo el recuerdo de la humillación sufrida en su juventud, que no quiso volver a San Petersburgo. Vivía en Okhotsk, la capital de Kamchatka, donde el coronel Kasloff le daba pruebas de la más cálida amistad. Y él le seguía en todos sus desplazamientos. La llegada del Gobernador a Petropavlovsk fue ocasión para una gran ceremonia. Las fragatas francesas le saludaron con trece cañonazos, y aquella misma noche cenó a bordo del Astrolabe con La Pérouse, Langle y sus primeros oficiales. El coronel no quiso quedarse atrás. No sólo colmó a sus huéspedes con favores y regalos, sino que también organizó en su honor un gran baile, al que fueron invitadas las damas de la ciudad, rusas y del país. La descripción que hace La Pérouse de la escena merece ser destacada: «Si la reunión no fue numerosa, por lo menos era extraordinaria: trece mujeres, vestidas con trajes de seda, entre ellas diez naturales, de gruesos rostros, ojos pequeños y narices chatas, estaban sentadas en unos bancos que rodeaban la sala. Unas y otras llevaban pañuelos de seda en torno de la cabeza, casi como las mulatas de nuestras colonias. Comenzó el baile con danzas rusas, cuya música es muy agradable, y que se parece mucho a la «cosaca», que hace pocos años se bailaba en París. Luego tocaron los bailes del país; no pueden ser comparados sino con los convulsionantes de la famosa sepultura de San Medardo. A los bailarines de esa parte de Asia les basta con tener hombros y brazos, y muy poco de piernas». Las danzas de todos los pueblos siempre fueron en alto grado imitativas; en sus orígenes no eran más que pantomimas. Y La Pérouse se confiesa especialmente impresionado por una de esas danzas, durante la cual una mujer rodaba por el suelo, mientras que otra daba vueltas a su alrededor. Era evidente que representaban la caza del oso, y nuestro capitán de navío observa: «Si los osos hablaran y vieran una pantomima como aquélla, sin duda se lamentarían mucho de que les imitasen tan toscamente». Y más todavía porque «su fatiga era tal, durante ese ejercicio, que acabaron suciamente bañadas en sudor y continuaron tendidas en el suelo, sin fuerzas para levantarse. Las abundantes emanaciones que salían de sus cuerpos, perfumaban la estancia con un olor a aceite y a pescado al que las narices europeas están demasiado poco habituadas para poder gozar de sus delicias».

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En el transcurso de la escala en la Bahía de Avatcha, La Pérouse no deja de hacer observaciones sobre la situación del país, y opina, entre otras cosas: «Se puede afirmar, en elogio de los rusos, que aun habiendo establecido en estos ásperos climas un gobierno despótico, está moderado por principios de templanza y de equidad que anulan los demás inconvenientes.Resulta sorprendente ver en estas cabañas, de apariencia más miserable que las de una aldea pobre de nuestras montañas, una circulación de especies que parece todavía más considerable porque se da entre un pequeño número de habitantes. Consumen tan pocos artículos de Rusia y de China, que la balanza comercial está absolutamente en favor suyo; pues hay que pagarles en rublos, obligadamente, el excedente que se les debe». La religión, introducida sin violencias de clase alguna por los rusos, es la cristiana ortodoxa. Y he aquí un retrato muy distinto del que La Pérouse trazó de las Filipinas: «El cura de Paratunka es hijo de un natural y de una rusa. Recita sus oraciones y su catecismo con una campechanía que es muy del gusto de los indígenas, que agradecen sus cuidados con ofrendas y limosnas, pero sin pagarle diezmo alguno. El rito griego permite que los sacerdotes contraigan matrimonio; de lo cual se puede concluir que sus curas tienen mejores costumbres».  Cierto día, el Gobernador Kasloff llevó a sus amigos franceses a visitar la tumba de un compatriota suyo: Luis de L’Isle de la Croyére, miembro de la Real Academia de Ciencias de París, que murió en la Bahía de Avatcha en el año 1741. Era astrónomo y geógrafo, y formaba parte de una expedición organizada por el zar para reconocer las costas de América. La Pérouse ordenó que se pusiera en la tumba una placa de cobre recordando la personalidad del fallecido, que concluía con las siguientes palabras: «En 1787, el señor conde de La Pérouse, Comandante de las fragatas del rey Boussole y Astrolabe, recordó su memoria dando su nombre a una isla próxima a los lugares donde el sabio había abordado».

Desde que salió de Francia, La Pérouse lleva un minucioso diario de viaje, y los sabios de la expedición recogen un considerable material científico. El jefe de la misión ya ha remitido a París, en varias ocasiones, unos abultados paquetes de correspondencia. Lo hizo desde Concepción, en Chile, desde Monterrey, en California, desde Macao y Manila. Ahora se dispone a efectuar el más grueso envío. Ha decidido confiarlo a Juan Bautista de Lesseps. De una parte, porque los servicios del intérprete de ruso ya no le serán necesarios en lo que resta de viaje; de otra, porque, como dice, «creo servir a mi patria procurando ocasión al señor de Lesseps para que conozca por sí mismo las diversas provincias del Imperio de Rusia en el que, probablemente, algún día sustituirá a su padre, nuestro Cónsul general en San Petersburgo». Al saberlo, Lesseps protesta y se rebela, porque el crucero le apasiona y no quisiera abandonarlo. Pero la orden de La Perouse es rigurosa, y el joven emprende viaje junto con el Gobernador Kasloff, que le acompañará hasta Okhotsk. A su obediencia deberá él escapar de la catástrofe final en Vanikoro. Y también el realizar un apasionante viaje que durará más de un año. En efecto, deja a La Pérouse el 29 de septiembre; a continuación seguirá por la costa todo el mar de Okhotsk, y después llegará a Moscú por Tomsk, Tobolsk y Nijni-Novgorod. Llega a Versalles el 17 de octubre de 1788, o sea después de la muerte de La Pérouse y de sus compañeros. Ha hecho un recorrido de diez y seis mil kilómetros, del que sacó un fascinante reportaje. En las latitudes de la Bahía de Avatcha y de Kamchatka, la mala estación llega muy pronto. Los franceses habían echado anclas en Puerto de San Pedro y San Pablo el 7 de septiembre, cuando todavía era verano; y el día 27 ya era casi invierno. En vista de ello, La Pérouse apresura sus últimas disposiciones, da una última comida en honor del coronel Kasloff, y asiste al último baile. El 29, la Boussole y la Astrolabe, izando sus velas, salen de la bahía, rumbo al Sur. Quizá no sin melancolía, el conde de La Pérouse, el caballero de Langle y sus tripulaciones ven alejarse aquella feliz escala. Pero ya es tiempo de proseguir su extraordinario viaje, tal como fue concebido en el gabinete real de Versalles. Ya es tiempo de seguir rumbo a los mares del Sur, «sembrados de islas que son sobre el globo terráqueo lo que la Vía Lactea es en el cielo», como dice con lenguaje preciosista el jefe de Escuadra. Porque ese es el título que ahora ostenta La Pérouse: un correo recibido en Avatcha le ha notificado el ascenso.  Al dejar Puerto de San Pedro y San Pablo, ha concebido el proyecto de situar con precisión el collar de las islas Kuriles, sobre las cuales los mismos rusos no parecen muy seguros. Incluso han llegado a renunciar a citarlas por sus nombres. Les han atribuido unos números y, a partir de la costa de Kamchatka, las designan «primera», «segunda», y así hasta la veintiuna, en la que terminan sus posesiones. Creen que esa última es Marikan, pero nadie está muy seguro de ello.

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Grandes y continuas tormentas, y una mar muy gruesa que sacude duramente a los buques, inducen a La Pérouse a renunciar a su plan que, además, no figura en sus instrucciones. En cambio, sí le recomiendan que averigüe sobre una isla española que debe estar situada en la latitud 37° 30”. La expedición llega a esos parajes el 14 de diciembre, y La Pérouse pone vigías en las cofas. Para estimular su celo, les promete dar a la isla el nombre de quien primero la vea. Efectivamente, los tripulantes advierten muchos indicios de tierra: aves en el cielo, una enorme tortuga que pasa rozando uno de los navíos. Sin embargo, a la postre su búsqueda resulta vana. La Pérouse la abandona cuando se cree expuesto a comprometer el calendario general del crucero. Por otra parte, la mar se muestra permanentemente hostil, y las tripulaciones están muy fatigadas. Esa parte de viaje queda señalada además por un accidente: un marinero cayó al agua desde lo alto de una verga, y sea porque estuviese herido o porque no acertó a nadar, no hubo forma de encontrarle a pesar de los esfuerzos conjugados de los dos capitanes. La Pérouse estima que la isla española debe encontrarse más al Sur. De poder reanudar sus investigaciones, lo hubiera hecho navegando a lo largo del paralelo 35; pero la búsqueda le ha entretenido más de una semana —del 14 al 22 de octubre—, y vuelve a emprender su ruta hacia el Sur. Con los primeros días de noviembre entra de nuevo en la zona de los vientos alisios y, con ella, en los cielos luminosos de los trópicos. Los marineros, que tanto han padecido con el frío y las lluvias heladas del mar de Kamchatka, se alegran enormemente; y más todavía porque, al mismo tiempo, han dado otra vez con los bonitos, tan preciosos para la comida de a bordo. El 5 de noviembre, las dos fragatas cruzan, en sentido Norte— Sur, la ruta que siguieron en sentido Este-Oeste durante la travesía entre Monterrey y Macao. Y el día 21 franquean, por tercera vez desde su salida de Brest, la línea ecuatorial. La Pérouse comprueba que ahora siguen una ruta sensiblemente paralela a la que llevaron cuando el crucero Isla de Pascua— Hawai. Prosigue la navegación, día tras día, sin historia. Las velas y los aparejos están fatigados; reclaman una vigilancia continua y un trabajo extremado. Nada rompe el monótono desfile de los días y el majestuoso movimiento del océano. Según piden los vientos, la Boussole y la Astrolabe labran pacientemente la azul inmensidad, totalmente desierta bajo un cielo infinito.

No ven tierra hasta el 6 de diciembre. Se trata de la costa de una de las islas del archipiélago de los Navegantes, bautizado con ese nombre por Bougainville. Hoy se llaman las Samoa. No es más que una isla modesta, pobre de aspecto, y La Pérouse, confiando en el mapa trazado por su ilustre antecesor, se dirige hacia una tierra más importante: Mauna. La historia de Samoa comenzó cuando inmigrantes de las islas Lau en el este de Fiji llegaron a las islas samoanas aproximadamente hace 3500 años y de ahí se establecieron en el resto de la Polinesia. El contacto con los europeos comenzó en los primeros años de 1700, pero no se intensificó hasta la llegada de los comerciantes y misioneros británicos en los años de 1830. A medida que las fragatas se aproximan a ellas, más despliega la isla sus alegres atractivos. Parece casi enteramente cultivada y se divisan muchos poblados y lindas cascadas. En suma, lo tiene todo para gustar, menos dos cosas: el fondeadero, poco seguro, y un vago presentimiento de La Pérouse, que parece prever que el segundo drama de la expedición tendrá allí su escenario. Sin embargo, les urge reponer provisiones y, sobre todo, coger agua. Verdaderas nubes de piraguas se acercan a los navíos y se concluyen algunos tratos para la compra de legumbres, frutas, cerdos y aves. Después de una noche inquieta, pasada con el temor de una tempestad súbita, cuando apenas podría maniobrar, La Pérouse decide dedicar a Mauna la mañana del 8 de diciembre y ponerse a la vela en la misma noche, para no pasar una segunda noche en las cercanías de la costa. Se envían unas chalupas a tierra y el mismo jefe de Escuadra va en una de ellas. Los insulares son muchos, turbulentos, insolentes y ladrones. No resulta fácil vigilarlos. Se sienten particularmente ávidos de las bolitas de cristal que los marineros llevan consigo. Las mujeres, sin la menor vergüenza, ofrecen sus favores a quien les dé una de esas chucherías de vidrio coloreado. Además, atraviesan la barrera formada por unos pocos guardiamarinas, lo que aumenta considerablemente la confusión. «Sus maneras —describe La Pérouse con todo realismo—, eran suaves, risueñas y animadoras. Unos europeos que habían dado la vuelta al mundo, sobre todo si eran franceses, no tenían armas contra ataques como aquéllos». Se producen algunos incidentes. Un insular llega a las manos con un marinero; otro roba la funda del sable de un oficial, un tercero les lanza piedras. El alboroto crece. A La Pérouse le repugna hacer uso de la fuerza; además, le parece excesivo emplear la severidad por unos pecadillos, cuando van a marcharse inmediatamente. Sin embargo, no es tan cierto que se vayan.

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Parece que en Mauna ha surgido un conflicto entre La Pérouse y Langle. El comandante del Astrolabe se siente fuertemente seducido por la isla. Por otra parte, dispone de un argumento para prolongar la escala unos días más: ha hecho su aparición el escorbuto. Algunos miembros de la expedición, sobre todo oficiales y «civiles», han presentado los primeros síntomas. El mejor remedio fue siempre el agua fresca y se la pueden procurar en tierra. La Pérouse mantiene su decisión de levar anclas. Langle insiste en la suya, incluso dejándole entender que le hará responsable de una eventual extensión del escorbuto. Y teniendo en cuenta que Langle es un oficial competente, experimentado, lleno de prudencia y decisión, el jefe de Escuadra acaba por ceder. Se lo reprochará más tarde, durante los pocos meses de vida que aún le quedan. Al día siguiente, después de pasar una nueva noche en Marina, dos chalupas parten de la Boussole, llevando a veintiocho hombres y van a sumarse a las dos embarcaciones destacadas por la Astrolabe, que transportan treinta y tres. Entre ellos se encuentran los enfermos y también los botánicos y los naturalistas. Llevan unas barricas para hacer aguada y van escoltados porque, a pesar de todo, La Pérouse sigue inquieto. La escolta se compone de seis guardiamarinas y de su jefe, el maestro de armas. No tardan en desaparecer detrás de una punta. Cuando llegan a la costa son recibidos con todas las muestras de amistad por doscientos o trescientos insulares, entre ellos muchas mujeres y niños. Está acabándose la mañana. Comienzan las operaciones de intercambio. Guando llega la tarde, la muchedumbre ha crecido hasta sumar mil doscientas o mil trescientas personas. Nubes de piraguas cruzan en todos sentidos, cerca de la orilla. La situación se estropea rápidamente. Las burlas y las insolencias de los indígenas se transforman en insultos. Comienzan a descargar una lluvia de piedras. Entonces, al capitán de navío Langle se le plantea un caso de conciencia. Las instrucciones son formales: no debe hacerse uso de la fuerza sino en muy último extremo. Si en aquel momento ordenase disparar, todo podría salvarse aún. Pero, en vez de hacerlo, manda a los suyos que reembarquen. Los polinesios se envalentonan y una granizada de piedras acosa a los franceses. En el momento de subir a su chalupa, Fleuriot de Langle es alcanzado por una y, desgraciadamente, cae por el lado de la orilla. Doscientos indios, tal como los llama La Pérouse, se echan sobre él y lo destrozan.

Aquello significa el comienzo de una matanza general. Los insulares, desencadenados, se precipitan sobre los marinos. Los guardias hacen fuego pero, bajo la presión de la multitud, no tienen tiempo de volver a cargar sus armas. Dos embarcaciones son literalmente sumergidas y sus ocupantes hechos pedazos por una muchedumbre histérica que, después, se encarniza contra las canoas, destrozándolas con una especie de frenesí. «En menos de cinco minutos —escribe La Pérouse en su relación—, no quedó un solo hombre en las dos embarcaciones hundidas. Los que pudieron salvarse a nado hacia las otras dos canoas, estaban llenos de heridas, sobre todo en la cabeza. Aquéllos que, por el contrario, tuvieron la desgracia de caer del lado de los indios, fueron rematados inmediatamente, a golpes de mazas. (…) Los señores Lamanon y Langle fueron asesinados con una barbarie sin ejemplo, así como Talin, capitán de armas de la Boussole y otras nueve personas de las dos tripulaciones». El alférez de navío Vajuas consiguió recoger a los heridos y proteger la retirada de las dos canoas restantes, que regresaron a la Boussole con las fúnebres noticias. El balance era grave: doce muertos, entre ellos el capitán de navío Langle, y veinte heridos. En total, las tripulaciones quedaban privadas de treinta y dos hombres, sin contar también con las dos chalupas destruidas. La Pérouse escribiría, refiriéndose a Langle: «Con él perdía a un viejo amigo, un hombre lleno de inteligencia, de buen juicio y de conocimientos, y uno de los mejores oficiales de la Marina francesa. Sus sentimientos humanitarios le produjeron la muerte: si se hubiera atrevido a ordenar que disparasen sobre los primeros indios que entraron en el agua para rodear a las chalupas, hubiese evitado su pérdida, la de M. de Lamanon y la de las otras diez víctimas, de la ferocidad india». Es inevitable recordar al capitán Cook, que murió en circunstancias muy parecidas. Y la cólera se adueñó de La Pérouse. Era muy grande la tentación de vengarse, de disparar los cañones contra las piraguas que, en la bahía próxima iban a ofrecer sus mercancías a la Boussole. Los indígenas debieron temerlo confusamente porque, cuando las dos enlutadas fragatas recalaron, el 14 de diciembre, en Pola, otra de las islas Samoa, ninguna piragua se presentó a recibirles. Ello inspira a La Pérouse estas líneas de conmovedora grandeza: «Juzgué entonces que esos pueblos todavía no habían hecho suficientes progresos en moral, para saber que la condena debía recaer solamente sobre los culpables y que sólo el castigo de los asesinos hubiera satisfecho nuestra venganza». El estado sanitario de los tripulantes, comienza a dar preocupaciones. Un tal David, cocinero de los oficiales, muere de una hidropesía escorbútica, lo que incita a La Pérouse a apresurarse. El 27 de diciembre, la expedición llega al archipiélago de los Amigos y encuentra el modo de visitar rápidamente Vavao, Latté, Kao y Toofoa. El 13 de enero de 1788, ya están en la isla de Norfolk, en el mar que baña la costa oriental de Nueva Holanda, hoy llamada Australia.

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Desde allí, La Pérouse debe dirigirse hacia la Botany Bay, su última gran escala antes de emprender la parte final de su prodigioso crucero. Lo mismo que el capitán Cook, ha de luchar, durante unos días, con las corrientes contrarias. Por fin, el 23, se le ofrece el espectáculo que menos podía esperar: «el de una flota inglesa fondeada en Botany Bay, cuyas banderas y gallardetes distinguíamos perfectamente». Cuando las dos fragatas francesas franquean el paso que da acceso a Botany Bay, una chalupa acosta a la Boussole. A su bordo va un teniente de la Royal Navy, acompañado por un guardiamarina, ambos de la fragata Sirius. La Pérouse les ve acercarse lleno de alegría porque, como escribe con todo candor, «a esa distancia de su país, cualquier europeo es un compatriota». El teniente, aunque no otra cosa, le facilita algunas precisiones sobre la flota británica. Está bajo las órdenes del comodoro Philipp, que la víspera salió de Botany Bay, a bordo del buque almirante, el Spey, con cuatro barcos de carga. Los que aún siguen en la bahía se disponen a aparejar también. El Sirius, a cuyo bordo sirve el visitante, está mandado por el capitán Hunter. El oficial inglés da la bienvenida al conde de La Pérouse y le dice que está a su entera disposición para serle útil en todo. Desgraciadamente, como la escuadra está a punto de partir, no puede cederle víveres, ni velas ni municiones. «En resumen —observa La Pérouse, con cierto punto de amarga filosofía—, su oferta de servicios se limitaba a desearme buen viaje». El jefe de Escuadra francés le contestó del modo más diplomático diciendo que, de todos modos, sólo necesitaba leña y agua fresca, lo que, al parecer, los alrededores de Botany Bay podrían suministrarle generosamente. Los indígenas dejaron la Boussole, después de mostrarse, en lo que se refiere al destino de sus navíos, con una discreción que picó la curiosidad de los oficiales franceses. Pronto se dieron cuenta de que varias chalupas y canoas estaban dispuestas, con las velas desplegadas. Si se podía llegar a la próxima escala de la Navy a bordo de tales embarcaciones, sería porque no estaba muy lejos. Por suerte, los marineros británicos se mostraron más locuaces que sus jefes; y los franceses, durante los encuentros tenidos con motivo de alguna tarea común, no tardaron en averiguar que el comodoro Philipp y su escuadra se dirigían, simplemente, a un lugar llamado Port Jackson, a 15 millas al Norte, donde el fondeadero resultaba más seguro y mucho más cómodo. A La Pérouse sólo le quedaba sacar lección de aquella pequeña trapacería y comprobar que los europeos, por lejos que estén de su país, no son forzosamente compatriotas.

La vecindad de la flota inglesa sólo le causó molestias, motivadas por el gran número de desertores que solicitaban embarcarse en las fragatas francesas y que eran despedidos inmediatamente. La Pérouse confía a los ingleses sus últimas notas y su última carta. Esta lleva fecha 7 de febrero de 1788 y va dirigida al mariscal de Castries, ministro de Marina. En ella le cuenta que su gente está ocupada en montar dos chalupas, para sustituir a las perdidas cuando el drama de Mauna. Y, además, ilustra sobre los proyectos del jefe de Escuadra, porque escribe: «Voy a remontar hasta las islas de los Amigos y haré absolutamente todo lo que ordenan las instrucciones respecto a la parte meridional de Nueva Caledonia, a la isla de Santa Cruz de Mindana, a la costa Sur de la tierra de los Arsacidas de Surville y a la tierra de la Luisiada de Bougainville, intentando averiguar si esta última forma parte de Nueva Guinea o si está separada. A finales de julio de 1788, pasaré entre Nueva Guinea y Nueva Holanda, por un canal que no sea el del Endeavoury si es que existe otro. Durante el mes de septiembre y parte de octubre, visitaré el golfo de la Carpentaria y toda la costa occidental de Nueva Holanda, hasta la tierra de Van Diemen; pero lo haré de modo que me sea posible remontar hada el Norte lo bastante pronto para llegar a la Isla de Francia a comienzos de diciembre de 1788». Esa carta nos permite admirar una vez más la extensión de los conocimientos de quienes, reunidos con Luis XVI, prepararon las instrucciones para La Pérouse y, también, la minuciosidad de su trabajo. Pero no puede hacemos olvidar que se trata del último mensaje de un gran francés. Antes de que la Boussole y la Astrolabe leven anclas por última vez de Botany Bay; antes de hundirnos en la trágica noche del misterio, es imposible no meditar un instante sobre las notas de La Pérouse. Es imposible no saludar la memoria de ese espíritu a la vez elevado y realista, elegante y riguroso, que juzgó con acierto el sistema político de California, la aberración económica de Macao, los excesos religiosos de los españoles en Manila y las ventajas del casamiento de los sacerdotes ortodoxos. Pero todavía es más imposible no sentirse orgulloso de quien se negó a tomar posesión, en nombre de unas baterías de cañones, de una isla perdida del Pacífico; y del que no quiso vengar en inocentes, la matanza de sus mejores compañeros. Nadie mejor que él tenía las precisas cualidades para llevar hasta las antípodas, hasta el fin del mundo, el radiante siglo XVIII francés.

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El misterio, ¿comenzó en Botany Bay? ¿Qué sucedió? El montaje de las dos chalupas dura un par de semanas más y en ese tiempo se sitúa el fallecimiento del padre Le Receveur. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, míster Georges Froment-Guieysse, director de la Enciclopedia Colonial y Marítima, realizó una emocionante peregrinación siguiendo las huellas de La Pérouse. El nos proporcionó esta descripción de Botany Bay: «Es una bahía profunda pero que sólo se comunica con el Océano por una estrecha entrada. Una bahía rodeada de suaves colinas, con escotaduras menos abruptas que las de Port Jackson. Hay allí un pueblecito que conserva el nombre de nuestro compatriota: La Pérouse. En la altura que domina la bahía, se yergue una estela de piedra rojiza, rodeada de una reja, en la que se lee: “A la memoria de M. de La Pérouse. Esta tierra que visitó en 1788, es la última desde la que envió noticias suyas. Un poco más lejos se encuentra una modesta tumba, en medio del severo campo; sobre la piedra, hay esta inscripción: “Hicjacet Le Receveur, ex-F. minoribus, Gallie sacerdos, physicus in drcum navigatione mundi, duce D. de La Pérouse, oblit die 17 fevrier 1788.” Sencillos y gloriosos recuerdos que el viajero contempla con dolor y con orgullo. Allí se respira algo como el perfume de una época que fue grande para Francia».  Día 17 de febrero: esa fecha supone el último hito, junto con un proyecto de continuación para el viaje. Es también la puerta de una oscura noche, de una noche que va a durar cuarenta años. Admitiendo que La Pérouse no hubiera pensado en mandar noticias suyas antes de llegar a la Isla de Francia, en diciembre de 1788. Teniendo en cuenta, por otra parte, el inevitable margen de retraso en los viajes de aquella época, el regreso a Brest o a París, de la Boussole y la Astrolabe, podía esperarse en la primavera de 1789; o, cuando menos, alguna correspondencia suya. Pero, pasó la primavera. Después llegó el verano, y también un 14 de julio que trastornó de algún modo las condiciones de la sociedad francesa. A medida que el año transcurre aumenta la inquietud por la expedición de La Pérouse. Sin duda el más angustiado es Claret de Fleurieu, el amigo de La Pérouse, el que tomó una parte más activa en la preparación de su viaje. En 1789 escribe varias notas dirigidas al ministro de Marina y al rey. El 21 de abril de 1790, les remite un informe en el que enumera los distintos supuestos que le inspira el silencio de La Pérouse. Como es lógico, incluye la hipótesis de una varadura o naufragio en la costa de alguna de las islas situadas en la ruta, todavía mal conocida, en el archipiélago de las Salomón. Sin embargo, en todo momento se niega a admitir que oficiales tan experimentados como La Pérouse y M. de Qonard, a quien le fue confiado, en la escala de Botany Bay, el mando de la Astrolabe, en sustitución del infortunado Fleuriot de Langle, pudieran haber muerto. Y escribe: «Es probable que haya varado en alguna de las islas que visitaba y que, con los restos de sus buques, esté ocupado en construir uno nuevo».

Con ello, y sin saberlo quizá, se suma a una preocupación constante de La Pérouse, que ya expresó en su relato del drama de Mauna: «El más pequeño fracaso me hubiera forzado a quemar una de las fragatas para armar la otra». El mismo día en que Claret de Fleurieu entrega su informe, un miembro de la Academia de Ciencias, M. de Laborde, interviene en una sesión para sugerir que se abra una suscripción pública destinada a la busca de los desaparecidos. Sin embargo, su proyecto aborta y el año 1790 finaliza, mientras en todas las mentes se afirma la certeza de una catástrofe y en la gran casa de Albi, una mujer se aferra a vanas esperanzas. El 22 de enero de 1791, la Asamblea Nacional se reúne bajo la presidencia de Mirabeau. Los diputados escuchan la intervención de los miembros de la Sociedad de Historia Natural, que se hacen eco de la preocupación que reina en los medios científicos y marítimos: La Pérouse y sus compañeros quizás hayan varado en una isla desconocida y no tienen medios para salir de ella. «Y desde aquel lugar, nuestro glorioso compatriota tiende los brazos hacia su patria y espera vanamente a un libertador». Esa muestra de elocuencia, acaba de traducirse en un proyecto de decreto en que se invita al rey a que arme dos navíos para que partan en busca de los desaparecidos. «Esa expedición —se dice en el texto—, será para M. de La Pérouse, o para su memoria, la más alta recompensa con que podéis honrar sus trabajos, su abnegación y sus lamentables desgracias». Con ello se ve hasta qué punto la personalidad de un hombre como La Pérouse podía suscitar interés en aquella época, tanto por él como por el sentido de su misión. El decreto es firmado el 9 de febrero de 1791. Y entonces vuelve a comenzar, en circunstancias muy estrechamente parecidas, el mismo proceso de 1785. Se eligen dos buques de carga, la Truite y la Durance. Como se hizo con la Portefaix y la Autruche, son modificados para adaptarlos a su nuevo destino y bautizarlos de nuevo con nombres que recogen el espíritu de la expedición: para buscar a la Boussole y la Astrolabe, irán la Recherche y la Espérattce, dos cargueros de guerra de quinientas toneladas, que en el arsenal de Brest se convierten en dos fragatas bastante semejantes a sus antecesoras.

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Para mandar la expedición se nombra al contraalmirante Raymond-Joseph de Bruni, caballero de Entrecasteaux. Tal oficial tiene ya una carrera prestigiosa y mandó las fuerzas navales francesas de la India, al mismo tiempo que asumía las funciones de gobernador de la Isla de Francia. Conoce los mares orientales cuanto es posible y ha descubierto una ruta para ir desde la India a China contra el monzón. Es hombre muy bien reputado, de gran valor, «severo consigo mismo y blando con los demás». Por otra parte, también ha conocido a La Pérouse. Se recordará que mandaba el buque fondeado en Macao cuando la Boussole y la Astrolabe llegaron allí. Sentía gran admiración por el gran navegante, quien por cierto preparaba un caluroso recibimiento para cuando llegara a la Isla de Francia. Entre los oficiales que le acompañan, puede citarse a los capitanes de navío Huon de Kermadec, que manda la Espérance; a Rossel, que en 1808 será encargado por Napoleón de editar el relato de esa infortunada expedición, y al comandante de navío D’Auribeau. Las instrucciones que llevan se reducen a unas pocas palabras: encontrar a La Pérouse y proseguir la misión que le fue asignada a partir de Botany Bay. El viaje de 1785 estaba tan bien preparado que en el plano científico no hay nada absolutamente que rectificar. En ese aspecto, D’Entrecasteaux sale del puerto con el mismo cuestionario de La Pérouse. Igual que él, le acompaña un equipo científico: los astrónomos Bertrand y Pierson, los naturalistas Le Billardiére y Blavier, el geógrafo Jouvency y los dibujantes que, en aquella época, hacían las veces de reporteros fotográficos. El 29 de septiembre de 1791, seis años y dos meses después que lo hicieran la Boussole y la Astrolabe, la Recherche, que enarbola el guión de jefe de división, y la Espérance, aparejan de la entrada de Brest. El 12 de octubre llegan a Tenerife, pasan el Ecuador el 28 de noviembre y el 17 de enero de 1792 penetran en la bahía de la Table Mountain, en el cabo de Buena Esperanza. Como curiosidad podemos decir que la Table Mountain, dominando tanto el Océano Índico como el Atlántico, es un vórtice terrestre  que puede girar en ambas direcciones acorde a necesidades específicas. Su giro natural es en el sentido de las agujas del reloj y junto con el vórtice en  Haleakala, que gira en sentido contrario a las agujas del reloj, influye en el flujo energético de la corriente Quetzalcoatl alrededor del planeta.

La ruta de Entrecasteaux está perfectamente trazada. Primero ha de llegar a Australia y a Botany Bay. Allí comienza su misión. Sin embargo, en El Cabo encuentra un despacho, que ha enviado en uno de sus buques M. de Saint-Félix, comandante de la estación de la India. Según escribirá el contraalmirante, «incluía las declaraciones de dos capitanes de barcos mercantes franceses que, durante su estancia en Batavia, conversaron con el capitán Hunter y los oficiales de la fragata Sirius». Como se recordará, un teniente y un guardiamarina de ese buque de la Royal Navy, recibieron a La Pérouse cuando llegó a Botany Bay. De las informaciones que dieron luego a los capitanes de los mercantes, se desprendía que los insulares del archipiélago del Almirantazgo, poseían uniformes y cinturones de marino francés; lo cual conducía a pensar que se trataba de despojos de los tripulantes de la Boussole y la Astrolabe. Entrecasteaux se encontraba ante un caso de conciencia. ¿Debía hacer caso omiso de la pista que le proporcionaban y, de todos modos, poner rumbo a Botany Bay, para lanzarse después hacia lo desconocido?… Como su predecesor, dispone de gran libertad para tomar decisiones. Y sale de El Cabo el 16 de febrero, con dirección a las islas del Almirantazgo. La ruta más corta pasa por Nueva Guinea, pero el monzón del Este le obliga a contornear Nueva Holanda (Australia) por el Sur. El 28 de marzo pasa por delante de la isla de Amsterdam, que un violento incendio está devastando, y el 15 de abril descubre una bahía profunda y segura en la tierra de Van Diemen (Tasmania), a la que da el nombre de Puerto del Norte. Sale de ella, reconoce el canal Frederíck Hendrícks y pone rumbo después hacia Nueva Caledonia, cuya punta septentrional divisa el 27 de junio. «Nueva Caledonia —escribe—, situada bajo el trópico y en el más hermoso clima, no presenta más que una costa erizada de rocas, inabordable. La tierra de Van Diemen, situada en una elevada latitud austral, posee las más espléndidas radas y los abrigos más seguros. Contienen, por así decirlo, los dos extremos y para mal». Las dos fragatas vuelven a hacerse a la mar. El 3 de julio de 1792, se encuentran frente a la isla Pitt, que recibió ese nombre del capitán Edward, el comandante de la Pandora que cumplió el triste deber de conducir a Inglaterra a los amotinados de la Bounty. Durante largos días, los expedicionarios se dedican a una concienzuda exploración de las islas del Almirantazgo, interrogando a los naturales. Y tienen que rendirse a la evidencia de que no es en aquellas regiones donde La Pérouse se ha perdido.

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A finales de agosto, los tripulantes están agotados y en un estado sanitario alarmante. El mismo Entrecasteaux sólo se tiene en pie a fuerza de voluntad. Huon de Kermadec está enfermo. En tales condiciones, el contraalmirante decide trasladarse lo antes posible a los establecimientos holandeses de las Molucas, al oeste de Nueva Guinea. El 1 de septiembre, las dos fragatas llegan a Amboine, la capital, situada en la isla Ceram. En aquella época, el 22 de agosto de 1792, el caballero Arístide Aubert Dupetit-Thouars, parte con el Diligent para dedicarse también a la búsqueda de La Pérouse. Para realizar tan noble empresa, ese oficial de Marina, de treinta y dos años, ha vendido todos sus bienes y de ese modo puede armar su buque, consiguiendo que la Asamblea Nacional le conceda un crédito de ayuda. No irá muy lejos. Capturado por los portugueses, queda prisionero en el Brasil y arruinado con la aventura. Lo cual no le impedirá encontrar gloriosa muerte, como capitán de navío, en Abukir (1798), después de haber hundido al Majestic. Volviendo a Entrecasteaux, el descanso de los expedicionarios en Amboine dura cinco semanas. Lo mismo que La Pérouse, Entrecasteaux hace algunas observaciones sobre las colonias holandesas y escribe: «Los naturales de esta isla son perezosos y enemigos del trabajo, como en general lo son los habitantes de la zona tórrida, a quienes la tierra brinda, casi sin cultivo, todo lo que necesitan para subsistir. Su indolencia natural es alentada por el régimen de la Compañía holandesa, cuyo interés —con el que ahogan toda industria—, consiste en limitar el trabajo al cultivo del clavo; cultivo reducido, además, porque la Compañía, que se ha obligado a recibir la cosecha entera, no desea que vaya más allá del consumo anual en Europa y en otras partes del mundo». Cuando vuelve a zarpar, el 13 de octubre, Entrecasteaux se enfrenta con el otro término de su alternativa en El Cabo: Botany Bay. Contornea nuevamente Australia, lo que le consume tres buenos meses, y el 21 de enero de 1793 se encuentra otra vez en la bahía de Puerto del Norte, en Tasmania. Las tripulaciones no saben nada de lo que ha sucedido en Francia durante su ausencia, como el violento giro que ha tomado la Revolución. Ignoran que, precisamente en ese día, Luis XVI sube al cadalso. Después de tres semanas de estancia, la expedición prosigue la agotadora y decepcionante búsqueda. Los últimos días de marzo encuentran a la Recherche y la Espérance en las islas Samoa. El 9 de abril ponen rumbo a las Nuevas Hébridas. Continúan sin el menor indicio. Sin embargo, las dos fragatas se acercan a su objetivo, pero a cambio de fatigas y sinsabores. El 18 de abril están de regreso en Nueva Caledonia, en la bahía de Balade, para un descanso destinado a que las tripulaciones, que ya no pueden resistir más, tomen algún aliento. Ha hecho su aparición el escorbuto. La angustia se va adueñando del contraalmirante.

Cierto día, estando todavía allí, se presentan a él siete hombres que parecen llegar desde muy lejos. Son polinesios, salvajes. Van desnudos. Tienen algo que comunicarle, pero el obstáculo de la lengua es infranqueable. Por último se marchan, sin que nadie haya conseguido entenderles. Y Entrecasteaux escribe: «Su partida me pareció más lamentable porque yo había esperado sacar de ellos las aclaraciones que no pudimos conseguir de los habitantes de Nueva Caledonia». Quién sabe si aquellos siete visitantes aportaban los informes que hubieran trocado en éxito el fracaso de la infortunada empresa. Pues realmente parecía marcada por una suerte funesta. En el transcurso de aquella misma escala en la bahía de Balade, Huon de Kermadec murió, después de una enfermedad de dos meses. El 9 de mayo de 1793 vuelven a partir las dos fragatas. El 19 se encuentran por entre el grupo de las islas de Santa Cruz, al norte de las Nuevas Hébridas. El descubridor de esa parte del enjambre de islas «que es en el globo terráqueo lo que la Vía Láctea es en el cielo» —como decía La Pérouse—, fue Philip Carteret, que entonces todavía disfrutaba, en Southampton, de su pensión de vicealmirante retirado. Algunas las reconoció entre 1766 y 1769, en su viaje alrededor del mundo. A los 32 grados Sur, al Este del pequeño grupo llamado por Carteret islas de la Reina Carlota, Entrecasteaux descubre una que el navegante inglés no vio. Y escribe: «La divisamos desde tan gran distancia, que no pudimos situarla con precisión en nuestras cartas. Sin embargo, se ha determinado su longitud y su latitud. Debe estar, con un error máximo de pocos minutos, en 11 grados 40 minutos de latitud, y en 164 grados 25 minutos de longitud». Esta isla donde Entrecasteaux no desembarca, pero que anota en su mapa, a la que llama «Isla de la Busca», pronto será conocida con el nombre de Vanikoro. El contraalmirante ha pasado a pocas millas del lugar que el destino señaló para su cita con los supervivientes de la Boussole y la Astrolabe. Todo había terminado. Durante las semanas siguientes, la expedición registró en vano las islas Salomón. Había dejado pasar su oportunidad. Ya sólo le quedaba abandonarse a la suerte más cruel, porque ninguna desgracia perdonará a los dos infortunados navíos y a sus tripulantes. El escorbuto los mina, y Entrecasteaux se traslada por segunda vez a las Molucas, en busca de salud.

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Pero Entrecasteaux ya no tiene fuerzas para ello. El 8 de julio tiene que abandonar la redacción de su diario. En ese día ha decidido hacer ruta hada Java, «adonde cada día era más apremiante llegar. El vino que nos quedaba a bordo se había agriado. Nuestras harinas se habían recalentado, y comenzábamos a carecer de toda dase de provisiones. La salud de nuestras tripulaciones, agotadas por las fatigas de una navegación larga y penosa, exigía que fuéramos a descansar en un país que nos ofreciera recursos bastantes para reparar nuestras fuerzas y para abastecemos de nuevo». Esas son las últimas líneas del diario de Entrecasteaux, que no verá el país de que habla. Se mete en cama, y el 19 de julio su estado ya no permite esperanzas. Muere el día 20. El comandante de navío Auribeau toma el mando de la Recherche y de la expedición. Le corresponde el llevarla hasta Java y el 27 de octubre llega al puerto de Surabaya. Allí le esperan nuevas desgracias. Se entera al mismo tiempo de los acontecimientos sucedidos en los dos últimos años en Francia  y de la guerra que se riñe en Europa. En nombre de ella, las autoridades holandesas deciden el internamiento de las dos tripulaciones y el desarme de los navíos franceses. En esa casi cautividad fallece el pobre Auribeau, el 21 de agosto de 1794. Y los años se suceden. Sin embargo, la expedición de Entrecasteaux recogió durante su viaje un considerable capital científico. Millas y millas de costa fueron recorridas por su gente, que además precisó docenas de islas. Han realizado también observaciones astronómicas, geográficas y etnográficas de muy alto interés. Todas esas notas, conservadas preciosamente, son llevadas a Europa por el capitán de navío Rossel. Para embarcar en Surabaya tuvo que esperar hasta el año 1802. Y como si todos los sinsabores ya sufridos no fueran bastantes todavía, durante el viaje es capturado por una fragata inglesa. Él queda prisionero, y su preciosa carga es confiscada. No se la devolverán hasta unos años después, y Napoleón le encarga entonces la publicación de aquellos documentos. Mientras, el misterio de la desaparición de La Pérouse continúa tan espeso como antes. Y todavía tiene que seguir así durante otro cuarto de siglo. En 1807, la dulce, la fiel Luisa-Leonora de La Pérouse muere, minada por la pena. Puede afirmarse que, durante los primeros años del siglo XIX, el interés de los europeos se concentró en su propio continente. Las guerras napoleónicas habían ocupado lo bastante a la opinión pública para apartarla de los asuntos de ultramar. Y si el gran movimiento de la exploración y de los descubrimientos se prosiguió en los mares del Sur, fue partiendo de los establecimientos locales, y no por iniciativa de las metrópolis, demasiado metidas en los conflictos domésticos.

Pero, ¿La Pérouse y sus compañeros estaban totalmente olvidados? Ciertamente, no. En 1813, el Hunter, un buque mercante de la Compañía de Indias, realiza un viaje comercial de rutina entre Calcuta y Cantón, pasando por Australia y las islas Fidji. En una de éstas hay algunos europeos, desertores y antiguos náufragos, que el Hunter emplea para adquirir y cargar los distintos productos de la isla, en especial la madera de sándalo. Se produce una riña con los insulares, y casi todos los europeos resultan muertos en ella. Entre los supervivientes hay dos desertores: un prusiano nacido en Stettin, llamado Martin Buschardt, y un marinero indio de los que suelen embarcar en los barcos mercantes de Oriente. También escapó con vida un oficial del Hunter que estaba encargado de dirigir las operaciones en tierra: el teniente Peter Dillon, de veintiocho años. Refugiados a bordo del carguero, Buschardt y el lascar indio, que se llamaba Chulia, ruegan al capitán Robson que les desembarque en la próxima escala de su ruta hacia Cantón. Accediendo a sus deseos, el Hunter les deja en una isla del grupo de las Santa Cruz, la que lleva por nombre Tucopia. Pasan los años. El teniente Dillon ha ascendido a comandante, y le confían un buque, el Saint-Patrick, con el que surca de nuevo el Pacífico. En 1826, trece años después de su aventura, pasa por delante de Tucopia. Entonces acude a su memoria el recuerdo de una jornada dramática, y ordena ponerse al pairo para buscar noticias de sus dos compañeros de peligro. Los encuentra gozando de buena salud. Martin Buschardt disfruta de una situación próspera, y Chulia, el lascar, se alegra mucho de ver nuevamente a Dillon. Chulia posee una vieja guarda de espada, en plata, que despierta la curiosidad del navegante inglés. Reconoce en ella un trabajo que le recuerda a la Marina francesa, y en seguida piensa en La Pérouse. Respondiendo a sus preguntas, Buschardt y Chulia le explican que aquel objeto procede de las islas Malicolo, en las Nuevas Hébridas, a dos días de navegación de allí, y que los insulares poseen buena cantidad de otros parecidos. Dillon, interesado, decide dirigirse inmediatamente a las islas Malicolo. Pero la suerte se le muestra contraria: se ve sujeto por una calma chicha, y a bordo lleva a uno de los armadores de su buque a quien le apremia llegar a su destino y se lo hace saber sin contemplaciones. El Saint-Patrick vuelve a emprender el camino, termina su periplo y regresa a Calcuta. Una vez allí, Dillon se apresura a poner su hallazgo en conocimiento de la dirección de la Compañía de Indias, y a comunicarle sus conclusiones. Como prueba de que no se apagó todavía la impresión causada por La Pérouse; como prueba de que su recuerdo y sus trabajos siguen en las mentes de esos europeos de Asia, para quienes la navegación por el Pacífico es de capital interés, surge en Calcuta un vasto movimiento de opinión en favor del gran marino desaparecido treinta y ocho años antes.

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La Compañía de Indias decide armar un buque con el exclusivo fin de encontrar las huellas del navegante francés y sus compañeros. La expedición, quizá la única desprovista de todo objetivo mercantil en la historia de la Compañía, es dotada con un buque que, en atención a las circunstancias, recibe el mismo nombre que el de Entrecasteaux: Research. El mando es confiado al capitán Dillon. A su bordo embarca un agente consular, M. Chaigneau, designado por la Administración del Establecimiento francés en Chandemagor. El Research parte de Calcuta. Durante una escala en Hobart (Tasmania), una ciudad que no existía en tiempos de La Pérouse, pues fue fundada en 1804, Dillon se entera de que una expedición francesa mandada por Dumont D’Urville persigue la misma finalidad que él. Y se apresura a dejar una carta a su nombre, explicando todas las indicaciones que había recogido. Después pone rumbo hacia las Nuevas Hébridas, Tucopia y las islas llamadas Malicolo, nombre que es una deformación del autóctono de Vanikoro. Julio-Sebastián-César Dumont D’Urville es, sin duda alguna, el más prestigioso y el más célebre de los grandes navegantes franceses. Nacido en 1790 en Condé-sur-Noireau, Normandía, era un Hombre de vasta cultura; y si todos saben que le debemos el descubrimiento de la Tierra Adelia, llamada así en honor de su esposa, se ignora con mucha frecuencia que descubrió también la Venus de Milo. Este gran marino era capitán de navío y sólo tenía treinta y cinco años cuando, en 1825, se le confió el mando de la corbeta Astrolabe.  La Astrolabe fue bautizada con ese nombre en memoria de la otra Astrolabe, la del infortunado Langle, y respondiendo a las instrucciones entregadas para la ocasión a Dumont D’Urville, que decían entre otras cosas: «En el Atlántico tomará su ruta en dirección al hemisferio austral, y una vez llegado al sur del Cabo de Buena Esperanza, irá directamente hacia el estrecho de Blass, que separa Nueva Holanda de la Tierra de Van Diemen, y llegará hasta Puerto Jackson, cabecera de los establecimientos ingleses de Nueva Gales del Sur.Desde allí, M. Dumont D’Urville debe dirigirse a Nueva Zelanda, a las islas Tonga-Tabu, y después a las Fidji, a Nueva Caledonia, a la Luisiada y a Nueva Guinea, para visitar las costas de Nueva Bretaña, buscar más tarde las islas Carolinas y explorar su parte occidental, para volver desde ese punto a Isla de Francia y disponer el regreso a Tolón. Al explorar tierras poco conocidas hasta ahora —siguen diciendo las instrucciones—, M. D’Urville tiene también la misión de buscar las huellas de La Pérouse y sus compañeros de infortunio».

El escrito está fechado en los últimos días de 1825. Aún no había transcurrido un año, cuando la Astrolabe de Dumont D’Urville llegó a Puerto Jackson, exactamente el 2 de diciembre de 1826. El 30 de enero de 1827 inicia el reconocimiento de la isla Norte de Nueva Zelanda, y en abril está en el archipiélago de las Tonga. Allí sucede un episodio dramático, que por poco acaba con la expedición. En el canal de Tonga-Tabu, la corbeta es lanzada sobre los arrecifes de coral, y durante unos días permanece en situación tan crítica que su comandante llega a pensar en abandonarla. Por milagro, una marea de excepcional amplitud la pone a flote; pero en la aventura ha perdido la falsa quilla, dos áncoras y algunos cables. Necesita de varias semanas para efectuar las reparaciones. Como consecuencia, y después de haber realizado una gran parte de su misión científica, aunque sin encontrar huellas de La Pérouse, Dumont D’Urville no llega hasta diciembre de 1827 a Hobart, donde le entregan la carta que le había dejado Dillon. Como era de esperar, decide seguir ruta hacia las islas de Santa Cruz: hacia Vanikoro. Llega a esa altura el 12 de febrero de 1828; pero un viento del Oeste, inesperado, impide que la corbeta se acerque a tierra. Entonces, para no perder el tiempo, lo aprovecha para buscar la isla de Taumako, famosa por el viaje de Pedro Fernández de Queiroz, que descubrió el grupo de las Malicolo a finales del siglo XVI. Dumont D’Urville vuelve una semana después, y comienza su investigación. Pronto uno de sus oficiales, M. Gressien, le lleva algunos restos que había conseguido de los insulares. Al principio, los indígenas se niegan a guiar a los franceses hasta el lugar del naufragio; pero, por último, no pueden resistirse ante una pieza de tela roja que les ofrecen para vencer sus resistencias. Y así es como conducen un bote, mandado por M. Jacquinot, «hasta el lugar mismo donde, sin duda, había perecido el infortunado navegante». Albert Montemont cuenta en su Histoire universelle des voyages: «De ese modo fue como el destacamento de la expedición pudo ver, diseminados en el fondo del mar, a tres o cuatro brazas, áncoras, cañones, balas, lingotes de hierro y de plomo y, sobre todo, una enorme cantidad de placas de este último metal. Toda la madera había desaparecido, y los objetos más delgados de cobre y de hierro estaban corroídos por la herrumbre y completamente desfigurados». En los dos días siguientes, la tripulación se dedicó a sacar a la superficie «el mayor número de objetos que les fue posible, entre otros un áncora de mil ochocientas libras, un cañón corto de fundición, del calibre ocho, ambos corroídos por la herrumbre y cubiertos por una espesa corteza de corales, un lingote de plomo y dos cañones pedreros de cobre, en bastante buen estado de conservación».

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La vista de esos objetos, y los informes facilitados por los naturales, acabaron por convencer a M. D’Urville de que las dos fragatas de La Pérouse habían perecido en los arrecifes de Vanikoro. Esa opinión fue compartida por todos los oficiales de la Astrolabe. Entonces, Dumont D’Urville ordena que se levante un monumento a la memoria de sus desgraciados compatriotas, y una emocionante ceremonia se desarrolla en la playa. Ya no puede hacer otra cosa que rematar la misión como le encargaban las instrucciones dictadas desde París, y regresar a Francia. Dillon y el Research habían pasado por Vanikoro antes que la Astrolabe. Aunque no pudo llegar hasta el sitio del naufragio, también el capitán inglés había realizado sus investigaciones. Y Chaigneau, el agente consular francés compró a los insulares un cierto número de objetos. Entre ellos había una escudilla de plata con unos escudos labrados, una campana de bronce y una pieza de madera que tenía talladas unas flores de lis. Esos objetos, junto con los llevados por Dumont D’Urville, permiten identificar con toda certeza los restos de Vanikoro: pertenecían a la Astrolabe de 1788. De ese modo, en 1828, se levantó una punta de velo. Ya se sabía con seguridad el lugar en que se perdió la expedición de La Pérouse. Y también se tenía ciertas probabilidades en cuanto a las circunstancias del naufragio. Dumont D’Urville, en su informe al ministro de Marina, las expuso como sigue: «Después de una noche muy oscura, durante la cual el viento del Sudeste sopló con extrema violencia, al llegar la mañana los insulares vieron de pronto en la costa meridional, frente al distrito de Tanema, cómo una inmensa piragua chocaba contra el arrecife, sobre el que pronto quedó destrozada y desapareció por entero, sin que después pudiera salvarse nada. De los que iban en ella, sólo unos treinta pudieron salvarse en un bote y llegar en él a la isla. Al día siguiente, también por la mañana, los salvajes divisaron una segunda piragua, parecida a la primera, encallada ante Paice. Esta, protegida por la isla y menos atormentada por el viento y la mar, y porque además se asentaba sobre un fondo llano de sólo quince a diez y ocho pies, permaneció bastante tiempo en el mismo sitio, sin ser destruida. Todos los que iban en ella la abandonaron y se dirigieron a Paiu, donde se instalaron junto con los del otro buque. Y en seguida comenzaron a trabajar para construir un pequeño barco con los restos del que no se había hundido. Los franceses siempre fueron respetados por los nativos, y dicen que no se les acercaban sino besándoles las manos (…) sin embargo, hubo frecuentes peleas, y en una de ellas los naturales perdieron cinco hombres, de los cuales tres eran jefes, y los franceses dos de los suyos. Estos combatían con sus armas de fuego, y los otros con sus arcos y sus flechas. Por último, al cabo de seis o siete lunas de trabajo, el pequeño barco quedó terminado y todos los extranjeros abandonaron la isla, según la opinión más extendida. Algunos afirman que se quedaron dos, pero que no vivieron mucho tiempo».

Así, en ese año de 1828, se sabe que La Pérouse y sus compañeros fueron víctimas de «un golpe de viento»; quizá, muy verosímilmente, de uno de esos tifones de los mares del Sur cuyo recorrido sigue la Meteorología moderna, después de haberlos bautizado con un nombre de mujer. Pero continuaban en pie dos grandes cuestiones: Conociendo el punto exacto en que encalló la Astrolabe, ¿en qué lugar se hundió la Boussole? ¿Qué sucedió con los que se habían salvado y que partieron a bordo del pequeño barco construido con sus propias manos en una de las islas de Vanikoro? Tendrán que pasar ciento treinta y seis años antes de resolverse el primer enigma. En cuanto al segundo, aún no ha tenido solución. Sin embargo, como parece obligado que, por lo menos un capítulo de tan trágica gesta tenga un final feliz, hablemos un poco del hombre que, en relación con este asunto, siempre se condujo como un perfecto caballero: el capitán Peter Dillon. A su regreso a Europa fue recibido por el rey Carlos X, quien le entregó la recompensa concedida por la Asamblea Nacional el 15 de febrero de 1791 a quien aportara informes precisos sobre la suerte de La Pérouse: esto es, 10 000 francos y una pensión vitalicia de 4000. Además le condecoró con la Legión de Honor. Exiliado de Francia incluso antes de la Toma de la Bastilla, el conde de Artois  (futuro Carlos X) fue uno de los símbolos más notorios de la contrarrevolución, residiendo durante muchos años en Gran Bretaña hasta que la caída de Napoleón Bonaparte le permitió a su hermano Luis XVIII ascender al trono de Francia. Durante el reinado de Luis XVIII de Francia, el futuro Carlos X representó la rama más extremista del conservadurismo, liderando en secreto el partido ultramonárquico (del cual se decía que era «más monárquico que el rey»). Al contrario que el rey, que se mostraba conciliador y perdonó a los partidarios de Napoleón Bonaparte, el conde de Artois abogaba por el castigo a los participantes de la Revolución, que daría lugar al llamado Terror Blanco. A la muerte de Luis XVIII en 1824, Carlos X heredó el trono francés y fue coronado el 28 de mayo de 1825 en la Catedral de Reims. Sería ésta la última coronación de un rey en Francia. El reinado de Carlos X estuvo marcado por las inmensas tiranteces con la burguesía francesa, y, en general, con las ramas más liberales del estamento político; las pretensiones absolutistas y ultramonárquicas de Carlos X no encontraban cabida en un sistema político formado, en su mayoría, por grupos políticos liberales, que era patente que tenían el apoyo popular suficiente para controlar la Cámara de Diputados, si bien el fraude electoral prevenía tal circunstancia. La incomodidad del rey y de sus partidarios ultramonárquicos ante esta situación fue evidente desde el principio de su reinado, y los ultramonárquicos no dudarían en tratar de dominar la política francesa recurriendo al fraude electoral, al chantaje y al libelo, lo que causó un gran descontento entre la burguesía liberal y las clases populares.

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Este descontento se puso de manifiesto cuando, en abril de 1827, Carlos X estaba pasando revista a la Guardia Nacional: los guardias no dudaron en proferir insultos y amenazas contra el rey, ante la impotencia de los oficiales, y Carlos X tuvo que huir precipitadamente. Días después, Carlos X, asustado por la posibilidad de que la Guardia Nacional lo derrocara, ordenó su disolución. Sin embargo, el episodio había dejado claro la débil posición de su monarquía, que fue incapaz de desarmar a la Guardia tras su disolución. La política ultramonárquica de Carlos X se concretaba en las iniciativas legislativas desarrolladas por uno de sus principales apoyos, el primer ministro Jean-Baptiste de Villèle, que ejercía el cargo desde el reinado de Luis XVIII. Era sabido que las principales leyes promovidas por el primer ministro eran parte de una lista de leyes que Carlos X le había entregado al principio de su reinado, y que quería ver ratificadas por la Cámara de los Diputados y la de los Pares lo antes posible. Estas leyes, tremendamente impopulares, iban encaminadas a otorgar grandes poderes y privilegios a la nobleza y el clero, en detrimento del tercer estado; en definitiva, la iniciativa legislativa de Carlos X pretendía abolir los principales logros de la Revolución. En 1825 se aprobó una de las leyes más polémicas, destinada a indemnizar a todos aquellos nobles cuyas tierras habían sido expropiadas durante la Revolución. La ley Anti-Sacrilegio de ese mismo año convertía en delito penal cualquier ofensa cometida contra la Iglesia Católica; esta ley sería usada como instrumento de venganza política contra muchos políticos liberales. Los ultramonárquicos fueron ganando poder progresivamente, y conforme más enfermo se encontraba el monarca, más poder delegaba en su hermano de Artois. La muerte de Luis XVIII y el advenimiento de Carlos X de Francia y de Navarra colmó las expectativas del partido. Peter Dillon quedó luego tan fielmente ligado a Francia, que sería el primer cónsul francés en Australia, antes de morir en París el 9 de febrero de 1847, a la edad de sesenta y dos años. Pero el velo del olvido cae nuevamente sobre el misterio de la desaparición de los expedicionarios de La Pérouse. Los últimos supervivientes, si alguno hubo, evidentemente habrán muerto. Las respuestas a las preguntas planteadas ya sólo revisten un interés histórico. Además, en el revuelto siglo XIX, los progresos se suceden con gran rapidez. Los vapores sustituyen a los veleros. Las naciones europeas se instalan en los mares del Sur, llenan los últimos vacíos que aún quedaban en las cartas marítimas, hacen el inventario exacto de la «Vía Láctea del globo terráqueo», balizan los arrecifes y los falsos pasos, dibujan el curso de las corrientes y hacen del monzón un aliado…

Como último acontecimiento, Dumont D’Urville había traído de Vanikoro, en 1829, algunas reliquias de la Astrolabe, que ocupan un lugar en el Museo de Marina, y una teoría sobre el naufragio y la suerte de los desaparecidos. La opinión pública ya había tenido su ración de sensacionalismo. La cuestión no vuelve a plantearse hasta 1883. A partir de entonces hemos de seguir al hombre que era una autoridad en la materia, al hombre a quien corresponde el honor, si no de haberlo descubierto, por lo menos de haber identificado formalmente el buque de La Pérouse: nos referimos al contraalmirante Brossard. En efecto, en 1883, el capitán de navío Pallu de La Barriere, Gobernador de Nueva Caledonia, envía a Vanikoro al buque que tiene a su servicio, el Bruat, mandado por el teniente de navío Bernier. Ese oficial, ayudado de su tripulación, recoge nuevos objetos procedentes de la Astrolabe y da cuenta del estado en que encontró el monumento erigido por Dumont D’Urville en memoria de sus infortunados compatriotas. Y aquí se sitúa una anécdota muy característica de la manera con que, algunas veces, Francia trata a sus héroes. El Gobernador Pallu de La Barriere, después de ordenar que se rindieran honores a los gloriosos restos traídos por el Bruat, solicita autorización del ministerio de Marina para levantar de nuevo el monumento de Vanikoro. «La autorización fue concedida —informa el Boletín de Geografía Comercial en 1886—, con la condición de que el presupuesto de Nueva Caledonia pagara los gastos de la reparación». Como el gobernador fue relevado poco tiempo después, el proyecto no se llevaba efecto, y pasan más de cincuenta años sin que un francés emprenda la peregrinación al trágico arrecife. En 1938, los señores Martinet, piloto aviador, su compañero Klein y el capitán de alta mar Broise, dedican un mes a investigaciones en Vanikoro, sin resultado alguno. Ya en 1953, el patrullero Lotus, y en 1956 el Tiaré, visitan la isla aunque sin recoger indicación válida de clase alguna. Pero aquello supone un indudable y nuevo lanzamiento del misterio de La Pérouse. En 1958, el Gobernador de Nueva Caledonia, M. Anthonioz, organiza una expedición que, por primera vez desde 1883, permite hacer un buceo en el lugar donde naufragó la Astrolabe, y recoge algunos restos del buque. Entre los miembros de la expedición se encuentra un neozelandés llamado Reece Discombe.

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En el año siguiente, 1959, y siempre por iniciativa de M. Anthonioz, el vulcanógrafo Harun Tazieff recoge otras reliquias en Vanikoro. Entre los tripulantes de esa nueva expedición está de nuevo M. Discombe, y el capitán de fragata Brossard, que manda la Marina de Nueva Caledonia. Reece Discombe tiene una ventaja sobre sus compañeros: la de vivir en el país. El neozelandés, que en 1959 tiene cuarenta años, se ha instalado en Port Vila, en las Nuevas Hébridas, donde ejerce las profesiones de mecánico, electricista y buceador submarino. Basta con ello para explicar lo familiares que son para él las islas de aquella región, pues ha de bucear por todas partes reconociendo restos de buques. Se dedica tenazmente a estudiar el problema de La Pérouse, considerando nuevamente el relato de Dillon, los distintos testimonios recogidos por el capitán inglés y por Dumont D’Urville… Comienza por fijar con precisión el sitio donde, según esos documentos, está lo que queda de la Astrolabe y, partiendo de ellos, formula alguna hipótesis sobre los restos de la Boussolé. Así es cómo, en junio de 1962, encuentra «en una falla del arrecife exterior de Vanikoro, a diez o quince metros de profundidad, unos objetos con forma de áncora, recubiertos de coral, y después unos bloques parecidos a los que rodeaban los cañones de la Astrolabe». Discombe no es de los que se dejan llevar por entusiasmos irreflexivos. Sólo hay una milla de distancia entre lo que ha encontrado y los restos de la Astrolabe, y aunque estudia largamente el asunto, espera una nueva ocasión para adquirir la certidumbre. Se le presenta en enero de 1964, cuando está de nuevo en Vanikoro, con un tiempo excepcionalmente favorable para el buceo. Entonces se decide a telegrafiar al Comisario de Francia en las Nuevas Hébridas, M. Delauney, quien no pierde tiempo para organizar una expedición. El equipo va provisto de escafandras autónomas Custeau. Reconoce el lugar señalado por Discombe, y el 9 de febrero de 1964 saca a la superficie una placa de cobre en donde está grabada, muy finamente pero de modo que aún puede leerse, la siguiente inscripción: «Langlois, ingeniero del rey. París, en las Galerías del Louvre. Abril 1756». Hay también una perla de vidrio y un fragmento de porcelana blanca. A la vista de aquello, M. Delauney escribirá en su informe: «Está fuera de dudas que una expedición de recuperación dotada de los medios apropiados podría sacar del fondo una buena cantidad de objetos muy interesantes».

Se da el caso de que, desde febrero de 1963, es jefe del Servicio histórico de la Marina Maurice-Raymond de Brossard, de cincuenta y cuatro años, que fue Comandante de Marina en Nueva Caledonia cuando era capitán de navío. Se concibe fácilmente el gran interés que tendría para él, que conoce a Discombe y estuvo en Vanikoro, lo que se ha encontrado en el fondo del agua. Y no tarda en encontrarse en aquellos lugares, participando en la expedición solicitada por Delauney. La Dunkerquoise, patrullero de la Marina, transporta el equipo a Vanikoro. Toman parte en él cinco buceadores: el doctor Merlet, director de la Oficina de Higiene de Nueva Caledonia; M. Becker, médico primero de la Marina; M. Magnier, oceanógrafo del Instituto francés de Oceanía; M. Lavaud, primer maestro hidrógrafo y, desde luego, Reece Discombe. El 20 de marzo es el día glorioso de la expedición. Los buceadores suben la campana de la fragata. El capitán Brossard es categórico cuando afirma: «La campana de un buque es un elemento único. Ahora se puede asegurar que la Boussole entera está en ese arrecife». Debemos dejar al entonces capitán Brossard  el relato detallado de las jornadas que pasó en los bancos de coral de Vanikoro. También hay que aceptar en principio la hipótesis que formula sobre la suerte de La Pérouse y sus desgraciados compañeros. El mismo violento huracán que empujó a los dos navíos contra la costa de Vanikoro, lanzó en plena noche a la Boussole, literalmente desencuadernada, sobre el arrecife. Y La Pérouse pereció al mismo tiempo que su tripulación. «Si algunos se salvaron, tuvieron que ganar nadando, en medio de un mar desencadenado y en plena noche, una costa cuya distancia ignoraban y que tampoco veían, y recorrer así cuatro mil metros. Todo ello me parece muy poco realizable para un náufrago ya impresionado por el rápido drama y por la confusión de la catástrofe». En cuanto a la Astrolabe, fue arrastrada hasta el paso en donde encalló. La tripulación, bajo el mando de Clonard, tuvo que enfrentarse con el furor de los indígenas, que tomaron a los recién llegados por espíritus hostiles que debían destruir. Es seguro que hubo víctimas. A pesar de todo, los insulares acabaron por ser apaciguados con algunos regalos. Y el contraalmirante Brossard imagina a los salvados «sufriendo aquellas noches de total silencio, en medio de la intensa humedad vegetal, agrupados en torno de hogueras bien humeantes para alejar a los mosquitos, o metidos en las cabañas que habían construido, imitando a las de los naturales. Tenían constantemente ante su vista el arrecife en cuyo paso habían encallado, donde su fragata levantaba todavía su casco desmantelado, que ellos iban desmontando pacientemente, recelando de los indígenas. Y más a su izquierda, el lugar donde su buque almirante había desaparecido en pocos minutos, con cuerpos y bienes».

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Esos pocos náufragos salvados construirían el pequeño barco en el que iban a volver al mar, al cabo de seis o siete lunas, según los testimonios de los insulares. Con el descubrimiento de la Boussole se había dado un paso considerable hacia la solución del misterio de La Pérouse. En los años siguientes se continuaron los buceos en Vanikoro, y el buque almirante de la desgraciada expedición fue entregando poco a poco sus tesoros, sobre todo su equipo científico. En cuanto a la hipótesis sobre las circunstancias del naufragio de una y otra fragata, también aparece hoy como indiscutible, adquiere el carácter de una certidumbre. Queda todavía incógnita la suerte de los salvados. Dos de ellos fueron dejados en Vanikoro por los marineros que embarcaron en la chalupa construida con los restos de la Astrolabe. Según los relatos de los indígenas, es casi seguro que uno de ellos, cuando menos, seguía viviendo cuando Entrecasteaux pasó frente a la isla de la Recherche, en 1793; y que no murió hasta pocos años antes de la llegada de Dumont D’Urville, quizá en 1825. En cuanto a los demás, nunca se ha vuelto a encontrar rastro alguno. ¿A dónde fueron, después de aparejar su frágil embarcación?  En la apasionante aventura del conde de La Pérouse y de sus compañeros, esa pregunta aún no ha sido contestada por la Historia. Quizás un día, en cualquier isla lejana, la casualidad ayudará a un investigador y entonces podrá volverse la última página. Por lo menos, la última en lo que se refiere a la investigación meramente histórica. Porque en cuanto a lo demás, puede afirmarse que La Pérouse no ha muerto. Para convencerse, basta con leer las apasionantes páginas que nos ha dejado, y de las que emerge, intacto, aquel hombre lleno de rigor y lucidez, del sentido del honor y la grandeza de su patria, de comprensión y de indulgencia, de sincera indignación contra la injusticia, y de filosofía sonriente ante las flaquezas humanas. La Pérouse es una figura noble y poderosa que se destaca sobre el telón de fondo de la Historia.

octubre 30, 2013 - Posted by | Historia

3 comentarios »

  1. This stamps was made in Roumania between 1968 1971.Signed Vasiliu Lucilius.

    Comentario por Vasiliu Lucilius | abril 21, 2015 | Responder

  2. Sensacional..Emocionante. Gracias

    Comentario por Jaume | diciembre 2, 2015 | Responder

  3. Buen trabajo, excelente recurso para mi trabajo de Historia Moderna. Gracias

    Comentario por elba betancor | mayo 1, 2016 | Responder


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