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Antiguas civilizaciones y enigmas

Hércules, después de realizar sus célebres 12 trabajos, fue acogido por los dioses


Héracles (‘gloria de Hera’, del nombre de la diosa Hēra, y kleos: ‘gloria’) o Hércules, es un héroe de la mitología griega. Era considerado hijo de Zeus y Alcmena, una reina mortal, hijo adoptivo de Anfitrión y bisnieto de Perseo por la línea materna. Imagen 28Recibió al nacer el nombre de Alceo o Alcides, en honor a su abuelo Alceo; si bien esta misma palabra evoca la idea de fortaleza. Fue en su edad adulta cuando recibió el nombre con que se lo conoce, impuesto por Apolo, a través de la Pitia, para indicar su condición de servidor de la diosa Hera. En Roma, así como en Europa Occidental, es más conocido como Hércules y algunos emperadores romanos ―entre ellos Cómodo y Maximiano― se identificaron con su figura.  Las antiguas leyendas griegas cuentan que en un principio, probablemente hace unos 15.000 millones de años, fue el Caos. Con la explosión del átomo inicial (Big-Bang) se formó el crisol que permitió la expansión de la materia, y que ésta, al enfriarse, originó el Sistema Solar y las demás Galaxias. Mas, así como la agrupación de estos componentes dio origen a los Planetas y a la Tierra, escoltada por aquel entonces por varias Lunas, al igual que la mayoría de los Planetas. En el pensamiento griego parece haber dos aspectos en la concepción de Eros. En el primero es una deidad primordial que encarna no solo la fuerza del amor erótico sino también el impulso creativo de la siempre floreciente naturaleza, la Luz primigenia que es responsable de la creación y el orden de todas las cosas en el cosmos. En la Teogonía de Hesíodo, el más famoso de los mitos de creación griegos, Eros surgió tras el Caos primordial junto con Gea, la Tierra, también representada como Gaia, diosa de la Tierra en la mitología griega, así como el Tártaro, representando el Inframundo. De acuerdo con la obra de Aristófanes “Las aves”, Eros brotó de un huevo puesto por la Noche (Nix), quien lo había concebido con la Oscuridad (Érebo). En los misterios eleusinos era adorado como Protógono, el ‘primero en nacer’.

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Hecha la luz, Gaia empieza a engendrar sola, y lo primero que engendra es a Urano, personificación del cielo estrellado que cubre la Tierra como elemento fecundante. A continuación crea las Montañas y seguidamente a Pontos, el Mar en su personificación masculina. Fruto de la unión de Gaia con el fértil Urano nacen seis Titanes y seis Titánidas, señores de los planetas, personificaciones de los elementos primarios y fuerzas primigenias de la naturaleza, que convulsionaban la corteza terrestre y causaban enormes cataclismos, De ésta misma unión nacieron también los Hekatonquires (gigantes de 100 manos) y los Cíclopes (de un solo ojo), maestros herreros y constructores. El Titán Japeto en unión con la oceánida Climene engendró al gigantesco Atlas, que gobernó un reino mayor que Asia y África juntas, con una costa muy escarpada y abrupta que se llamaba Atlántida y que se hallaba más allá de las Columnas de Hércules”. Según Platón, en sus “Diálogos”, sus pobladores, los atlantes, alcanzaron gran cultura y grado de civilización; canalizaron y cultivaron una gran llanura central, levantando grandes monumentos megalíticos en diferentes lugares de la Tierra, alrededor del Ecuador y siguiendo el paralelo 42, consiguiendo así equilibrar y controlar las fuerzas de atracción entre las dos lunas existentes por aquel entonces y la Tierra. Se sabe que existen líneas energéticas que recorren el globo terráqueo. Dichas líneas invisibles ya eran conocidas desde la más remota antigüedad y nuestros ancestros construían sus edificaciones en base a ellas. No es por casualidad que la mayoría de los lugares más sagrados de la humanidad, tales como monumentos megalíticos, pirámides, templos o catedrales,  están situados en zonas de fuerte actividad telúrica y alta concentración energética. Una de esas líneas ‘mágicas‘ es el paralelo 42, que une a lo largo de todo el mundo una serie de núcleos claves en la historia de las religiones. Esto lo afirma, entre otros, el escritor e investigador, Juan García Atienza, quien en su ‘Guía de la España Mágica’ dice lo siguiente: «Es la línea sobre la que, en cierto modo, se han creado los grandes movimientos religiosos de la Humanidad, desde el cristianismo -Roma está sobre esa línea- hasta el taoísmo. Sobre el paralelo 42 se encuentran Armenia y el monte Ararat. Sobre la misma línea están los montes Kuen Lun y el desierto del Gobi, los montes sagrados de la Hélade y la zona donde los mongoles y los tibetanos sitúan el Agharta».

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Se considera que los atlantes dominaron la fuerza de la gravedad; se servían de grandes cristales para captar y transformar la energía cósmica y consiguieron salir al espacio exterior en naves espaciales. También construían hermosos palacios, puertos y templos. Según los egipcios, Poseidón era su dios, y sus hijos Anteo y Gerión, gigantes que más tarde mataría Hércules, gobernarían el occidente. Con el paso del tiempo esta raza de superhombres se volvió codiciosa y cruel, hacían la guerra constantemente con los pueblos de Egipto y Grecia. A consecuencia de estas guerras, se destruyeron varios de los monumentos megalíticos, inutilizando los dispositivos de control de la gravedad. El antiguo equilibrio conseguido fue roto y una de las dos lunas cayó sobre la Tierra. A causa del gran cataclismo, la Atlántida quedó dividida en varios trozos. El brutal golpe rompió la corteza terrestre, cambiando la inclinación de su eje y la configuración del planeta. Gran cantidad de vapor de agua se acumuló en la atmósfera, precipitándose en forma de lluvias torrenciales, por lo que la mayor parte de la Tierra se inundó. Los atenienses vencieron a los atlantes y destruyeron su poder. A continuación los dioses enviaron un diluvio que en un día y una noche sumergió todo el resto de la Atlántida. Los que se salvaron, una vez que bajaron las aguas, comenzaron civilizaciones nuevas y la humanidad tuvo que empezar desde el principio, tratando de buscar el modo de ponerse en contacto entre ellos y con su Casa Madre, al menos con los restos que quedaran en las zonas montañosas no inundadas. Se encontraron restos de arcas en las montañas más altas del mundo conocido; conservaron y guardaron los misterios de su civilización, reconstruyeron las rutas marinas y terrestres, volvieron a colocar menhires, fundaron ciudades, y legislaron. Eran seres especiales a los que llamaban “Constructores”.

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A Hércules, conocido como Leontóthymos”, se le representaba cubierto con una piel de león entera, incluida la cabeza que le servía de casco. En el Olimpo se le coloca al lado de Hebe, a la que Zeus y Hera le dan por esposa, diosa de la. En la mitología griega, Hebe era la personificación de la juventud, descrita como hija de Zeus y Hera. Según la Ilíada, Hebe era la ayudante de los dioses: llenaba sus copas con néctar, ayuda a Hera a enganchar los caballos a su carro y bañaba y vestía a su hermano Ares. Según la Odisea, se casó con Heracles tras la apoteosis de éste, siendo sustituida en sus labores por el joven príncipe troyano Ganimedes. Sin embargo, tradiciones posteriores contaban que había sido madre con él de dos hijos, Alexiares y Aniceto. Era una divinidad con el poder de rejuvenecer a los ancianos, como hizo en una ocasión con Yolao por un día cuando éste iba a luchar con Euristeo, o de envejecer a los niños, como hizo con los hijos de Alcmeón, para que pudiesen vengar su muerte en manos de los hermanos de su primera esposa: Arsíone. En el arte solía ser representada llevando un vestido sin mangas. Fue adorada en Atenas, donde tenía un altar en el Cinosargo, cerca del de Heracles. Con el nombre de Ganimeda (femenino de Ganimedes) fue también adorada en una arboleda sagrada en Sición y Fliunte. Su equivalente en la mitología romana era Juventas, siendo tradición que los muchachos le ofrecieran una moneda cuando vestían por primera vez la toga de los adultos: la toga viril. Juventas fue adorada desde época muy temprana, pues su capilla en el Capitolio existía antes de que se construyese el templo de Júpiter. Otro templo de Juventas, situado en el Circo Máximo, fue jurado por el cónsul Marco Livio tras la derrota de Asdrúbal, en el 207 a. C., y consagrado 16 años después.

La “Eterna Juventud” es un misterio que Hércules persiguió durante toda su existencia. Y aunque sus primeras tareas son realizadas cerca de su territorio original, esta búsqueda le lleva hasta los confines del mundo conocido. Así, por el norte, llega hasta La Hiperbórea, región gobernada por el dios solar Apolo, con quien se enemista. Por el lejano oeste llega hasta Anthía, en busca del Jardín de las Hespérides. Luego desciende al reino subterráneo de Hades, en busca del Can Cerbero. En el tiempo que duraron sus trabajos, Hércules estuvo subordinado al rey Euristeo, al igual que su bisabuelo Perseo, que mató a la Medusa, estuvo al servicio de Polidektes, rey de la isla de Sérifos. En la mitología griega, Medusa (‘guardiana’ o ‘protectora’) era un monstruo ctónico femenino, que convertía en piedra a aquellos que la miraban fijamente a los ojos. Fue decapitada por Perseo, quien después usó su cabeza como arma, hasta que se la dio a la diosa Atenea para que la pusiera en su escudo, la égida. Desde la antigüedad clásica, la imagen de la cabeza de Medusa aparece representada en el artilugio que aleja el mal conocido como Gorgoneion. Las tres hermanas gorgonas —Medusa, Esteno y Euríale— eran hijas de Forcis y Ceto, o a veces de Tifón y Equidna, en ambos casos monstruos ctónicos del mundo arcaico. Esta genealogía la comparten sus otras hermanas, las Greas, como en el Prometeo liberado de Esquilo, quien ubica ambas trinidades muy lejos, en la «espantosa llanura de Cistene»: “No lejos, las alígeras hermanas,  con serpientes por cabellos, las gorgonas,  enemigas del hombre“. Aunque los artistas griegos antiguos imaginaban a Medusa y sus hermanas como seres nacidos con forma monstruosa, los escultores y pintores del siglo V empezaron a imaginarla como hermosa a la par que terrorífica. En una oda escrita en el 490 a. C. por Píndaro ya se habla de la «Medusa de bellas mejillas». En una versión posterior del mito, narrada por el poeta romano Ovidio, Medusa era originalmente una hermosa doncella y sacerdotisa del templo de Atenea. Pero cuando fue violada por el «Señor del Mar», Poseidón, en el mismo templo, la enfurecida diosa transformó el hermoso cabello de la joven en serpientes.

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En la mayoría de las versiones de la historia, Medusa estaba embarazada de Poseidón cuando fue decapitada por el héroe Perseo mientras dormía. Perseo había sido enviado a buscar su cabeza por el rey Polidectes, de Sérifos. Con la ayuda de Atenea y Hermes, que le dio las sandalias aladas, el casco de invisibilidad de Hades, una espada y un escudo, el héroe fue a visitar las Grayas para que le dijeran donde se encontraba la cueva de las gorgonas. Finalmente Perseo cumplió su misión. El héroe mató a Medusa acercándose a ella sin mirarla directamente sino observando el reflejo de la gorgona en el escudo para evitar quedar petrificado. Su mano iba siendo guiada por Atenea y así cortó su cabeza. Del cuello brotó su descendencia: el caballo alado Pegaso y el gigante Crisaor. La escritora inglesa Jane Ellen Harrison argumenta que «su potencia sólo comienza cuando su cabeza es cortada, y aquella potencia reside en la cabeza; es en una palabra una máscara con un cuerpo más tarde añadido… la base del Gorgoneion es un objeto de culto, una máscara ritual incomprendida». En la Odisea, Homero no menciona específicamente a la gorgona Medusa: “el pálido terror se apoderó de mí, temiendo que la ilustre Perséfone me enviase del Hades la cabeza del horrendo monstruo grisáceo“. Según Ovidio, Perseo pasó por el noroeste de África junto al Titán Atlas, que estaba allí sujetando el cielo, y lo transformó en piedra. De forma parecida, se decía que los corales del Mar Rojo se habían formado de la sangre de Medusa, que salpicó las algas cuando Perseo dejó la cabeza, que se petrificaba, junto a la playa durante su breve estancia en Etiopía, donde salvó y se casó con la hermosa princesa Andrómeda. Incluso se decía que las víboras venenosas del Sáhara habían brotado de las gotas caídas de su sangre. Perseo voló entonces a la isla de su madre, donde ésta estaba a punto de ser casada por la fuerza con el rey. Gritó «Madre, protege tus ojos», y todos menos ella fueron convertidos en piedra a la vista de la cabeza de la Medusa. Entonces le dio la cabeza a Atenea, quien la colocó en su escudo, la égida. Según algunas fuentes, la diosa le dio la sangre mágica de Medusa al médico Asclepio, pues la que manaba del lado izquierdo del cuello era un veneno mortal, y la del lado derecho tenía el poder de resucitar a los muertos.

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Aunque algunas referencias clásicas aluden a las tres gorgonas, Harrison considera que la multiplicación de Medusa en un trío de hermanas era un rasgo secundario del mito: “La forma triple no es primitiva, sino simplemente un ejemplo de una tendencia general… que hace de cada diosa una trinidad, lo que nos ha dado a las Horas, las Cárites, las Erinias y una multitud de tríos más. Es inmediatamente obvio que las gorgonas no eran realmente tres sino una más dos. Las dos hermanas supervivientes son meros apéndices debidos a la costumbre: la auténtica gorgona es Medusa”. Según cuenta Pausanias, el mito de Medusa es una versión novelada de la historia de una reina quien, tras la muerte de su padre, habría recogido ella misma el cetro, gobernando a sus súbditos cerca del lago Tritonide, en Libia. Habría muerto de noche durante una campaña contra Perseo, un príncipe del Peloponeso. Belerofonte, hijo del Rey Glauco de Corinto y de Eurímede, aunque algunas tradiciones le hacen hijo de Poseidón y Eurínome, estuvo subordinado al del rey licio Yóbates cuando destruyó a Quimera, hija de la Equidna, montado sobre Pegaso. La Quimera, que significa animal fabuloso, era un monstruo horrendo, hija de Tifón y de Equidna, que vagaba por las regiones de Asia Menor aterrorizando a las poblaciones y engullendo rebaños y animales. Fue madre, con Ortros, de la Esfinge y el León de Nemea. Las descripciones varían desde las que decían que tenía el cuerpo de una cabra, los cuartos traseros de una serpiente o un dragón y la cabeza de un león, hasta las que afirmaban que tenía tres cabezas: una de león, otra de macho cabrío, que le salía del lomo, y la última de dragón, que nacía en la cola. Todas las descripciones coinciden sin embargo en que vomitaba fuego por una o más de sus cabezas y por su trasero. Era sumamente rápida. Quimera fue derrotada finalmente por Belerofonte con la ayuda de Pegaso, el caballo alado, a las órdenes del rey Iobates de Licia. Hay varias descripciones de su muerte: algunas dicen simplemente que Belerofonte la atravesó con su lanza, mientras que otras sostienen que la mató cubriendo la punta de la lanza con plomo que se fundió al ser expuesto a la ardiente respiración de Quimera.

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No hay héroe o dios que esté sujeto a tantas tradiciones como Hércules. Esta abundancia de leyendas evidencia que su persona acabó por ser el resultado de la fusión de varias entidades que absorbieron las hazañas de numerosos héroes locales. Los “Caminos de Heracles”, los “Viajes de Ulises”, o los “Periplos de Hannon” son antecedentes de esos “caminos” que los iniciados recorren en busca del Conocimiento. Fueron los años de la era del Cangrejo y de los Gemelos, años de reconstrucción, de viajes y de búsqueda, hasta que ya bien entrada la Era de Tauro, el hombre logró su asentamiento y la posesión de la tierra, organizándose bajo la forma de clanes totémicos. Al mismo tiempo se esperaba la llegada de un nuevo dios, un demiurgo que dominara la Tierra y el corazón de los hombres, un dios que les diera esperanza y fortaleciera sus cimientos. Aunque se seguía adorando al león, Leo, mediante la sucesión de las dinastías y las realezas, como símbolo inequívoco del orden, la jerarquía y la sumisión, se dieron épocas alternativas de olvido y resurgimiento. Encarnación por excelencia de la fuerza física en una época en la que el vigor corporal era la cualidad más estimada y notable del hombre, su genealogía preparaba ya al héroe para ser un gran campeón. Su bisabuelo Perseo fue famoso por su arrojo y valor, pero sobre todo por su potencia de brazos, demostrada al matar a la gorgona Medusa cortándole la cabeza de un solo tajo. Un hijo de éste, Alceo, recibió este nombre que significa “poderoso”, a causa de su fuerza muscular y uniéndose a Astidameia engendró a Amfitrión, el “infatigable”, que aunque no fue su padre, que lo fue Zeus, era marido de Alcmena, la “fuerte”, hija a su vez de otro hijo de Perseo, Electrión, el “brillante” o “deslumbrante”, rey de Micenas, y ascendente principal del derecho del héroe a este trono.

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La historia de Hércules es sumamente interesante y ha sido tratada por muchos escritores. La discusión en cuanto a los detalles de su vida, y la controversia en lo referente a la secuencia de los acontecimientos, no son parte alguna de nuestro objetivo. Los diversos relatos difieren en detalle, de acuerdo a la preferencia del historiador y pueden ser estudiados en las muchas historias clásicas y diccio­narios. Aquí sólo nos ocuparemos de los doce famosos trabajos, y de ellos leemos: “Hércules, por la voluntad de Júpiter, estaba sujeto al poder de Euristeo, y obligado a obedecerlo en toda exigencia. Él consultó el oráculo de Apolo y se le dijo que debía estar subordinado por doce años a la voluntad de Euristeo, de acuerdo con las órdenes de Júpiter y que, después que él hubiera realizado los más célebres trabajos, debería ser llevado con los dioses“. Por lo tanto, se puso en camino y, como el discípulo bajo la dirección de su alma, emprendió los doce trabajos, ejecutando cada uno de ellos en uno de los signos del zodíaco. El, por lo tanto, representa a cada discípulo que busca caminar por el Sendero y demostrar su control sobre las fuerzas de su naturaleza, y asimismo representa el punto en el cual se encuentra ahora la humanidad. Su nombre primitivo era Alcides, que fue cambiado por Hércules después que hubo sufrido una extraña experiencia, y antes que emprendiera sus trabajos. El nombre Hércules era originariamente Heracles, que significa “la gloria de Hera“. Hera representa a Psique o el alma, por lo tanto, su nombre sintetizaba su misión, que era manifestar en trabajo activo en el plano físico la gloria y el poder de su innata divinidad. Una de las antiguas escrituras de la India dice: “Dominando las ataduras de la vida llega el esplendor“, y este dominio de la forma aprisionadora fue la gloriosa consumación de todas las empresas de Hércules. Se nos dice que tenía un padre divino y una madre terrenal y así, como con todos los hijos de Dios, encontramos emergiendo la misma simbología básica. Ellos simbolizan en su persona la esencial dualidad de Dios en manifestación de vida en forma, de alma en cuerpo, y de espíritu en materia. Esta dualidad es la gloria de la humanidad y también constituye el problema que cada ser humano tiene que resolver. Padre‑Espíritu y Madre‑Materia se juntan en el hombre, y el trabajo del discípulo es remover los lazos de la madre y así responder al amor del Padre.

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Esta dualidad se pone también de manifiesto en el hecho de que él era uno de los gemelos. Leemos que un gemelo nació de un padre terrenal y el otro era el hijo de Zeus. Esta es la gran comprensión que llega a cada desarrollado y consciente ser humano. Él se encuentra consciente de los dos aspectos que se hallan en su naturaleza. Existe la bien desarrollada y altamente organizada personalidad a través de la cual se expresa habitualmente (mental, emocional y física), con sus tres partes coordinadas en una integrada unidad. Luego hay la naturaleza espiritual, con sus impulsos e intuiciones, su constante inclinación hacia las cosas vitales y divinas, y la consecuente lucha interior que resulta de esta dualidad comprendida. Hércules era el discípulo, viviendo en un cuerpo físico, pero capaz a veces, como San Pablo, de ser “llevado al tercer cielo”, y tener trato con los seres divinos. En esta condición, tuvo visión del Plan, supo lo que tenía que hacer y percibió la realidad de la vida espiritual. Hay también un pequeño hecho interesante en la historia de su vida que tiene un apoyo en esta misma verdad. Se nos dice que Hércules mató a su gemelo siendo aún una criatura. El no era más una entidad dividida, no era más una dualidad, sino que alma y cuerpo formaban una unidad. Esto indica siempre la etapa del discípulo. Ha hecho expiación y se sabe alma en cuerpo y no alma y cuerpo, y esta comprensión tiene ahora que iluminar todos sus actos. La historia relata que mientras estaba en la cuna, la robusta criatura mató dos serpientes, enfatizando nuevamente la dualidad. En este acto predijo el futuro en el cual demostró que la naturaleza física no controlaba más, sino que él podía estrangular a la serpiente de la materia y, que la gran ilusión no lo tenía más prisionero. Mató a la serpiente de la materia y a la serpiente de la ilusión. Si se estudia la simbología de la serpiente, encontraremos que tres serpientes son descritas: una para la serpiente de la materia, otra para la ilusión y la tercera para la sabiduría. Esta última serpiente es descubierta sólo cuando las otras dos han sido muertas.

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Los griegos antiguos simbolizaban el  Logos  indistintamente en Prometeo y Heracles. El  Código de  los Nazarenos  dice que  Bahak–Zivo desertó del cielo de su  padre confesando  que aunque  progenitor de genios no se ve capaz de plasmar criaturas porque no conoce el orco ni  tampoco el “fuego  consumidor  que no está en la luz”. Entonces  Fetahil, una de las potestades, se posa  en el “barro”   y se  maravilla  de  que así haya cambiado el fuego viviente. Las mitologías antiguas representan  castigados  severamente por su osadía a los Logos  que  intentaron  dotar al hombre de espíritu inmortal. Los Padres de la Iglesia que, como Orígenes y Clemente de Alejandría, fueron filósofos  paganos antes de convertirse al cristianismo,  no  pudieron  por  menos  de  reconocer en los antiguos mitos el  fundamento de sus nuevas doctrinas con arreglo  a  las cuales, el Verbo o Logos se había encarnado para señalar al género humano  la senda de la inmortalidad y,  deseoso de infundir en el mundo la vida eterna  por  medio  del  paráclito  fuego,  sufrió  castigo  de muerte como sus predecesores. Los teólogos cristianos esquivan la dificultad dimanante de  estas  analogías y cohonestan la semejanza de las figuras diciendo que la misericordia divina concedió  aun a los mismos  paganos  el don de profetizar el drama del Calvario. Pero los filósofos redarguyen con inflexible lógica que los Padres de la Iglesia se aprovecharon de ya forjadas alegorías,  para  revestir  de ellas sus nuevas doctrinas, de modo que las multitudes vulgares las hallaran semejantes, por lo menos en apariencia, a las paganas. Los mitos de la  caída  del  hombre  y  del  fuego  de  Prometeo  se  refieren  también a la rebelión del orgulloso Lucifer precipitado  en  el  insondable  oreo. En la religión induista, Mahâsura  (el Lucifer indo), envidioso de la refulgente  luz del Creador, se sublevó contra Brahmâ al  frente de una cohorte de ángeles  rebeldes. Pero así como en la mitología  griega  acude el fiel  titán  Hércules en defensa de Júpiter y le mantiene en el trono celeste, así en la mitología  induista  vence  Siva (la tercera persona de la Trimurti) a  los rebeldes, y de la mansión celestial los precipita  en  el Honderah o abismo de eternas tinieblas, donde arrepentidos por fin de su  culpa se les abre el camino de perfección.

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En  la fábula griega, el dios solar Hércules desciende al  Hades y acaba  con los sufrimientos de las almas, como también en  el  credo cristiano desciende Cristo a los infiernos  para  librar a las almas que esperaban el advenimiento. Los cabalistas, por su parte,  explican más científicamente  esta  alegoría. El segundo Adánno era de naturaleza trina, es decir, no estaba  formado de cuerpo,  alma y espíritu,  sino  que sólo tenía cuerpo astral sublimado y espíritu infundido en él por  el  Padre. El espíritu pugnaba por  librarse  de aquella sutil pero aprisionante envoltura, y los esfuerzos que en este sentido hicieron los “hijos de Dios” trazaron el bosquejo  de  la futura ley cíclica. Según Platónla fábula refiere  que  “el  Creador no quiso que el hombre fuera semejante a los elohim encargados  de  plasmar las formas de los animales inferiores”; y así, cuando los hombres de la primera raza llegaron al punto  culminante del primer ciclo perdieron el equilibrio, y la densificación de su  envoltura astral les hizo  descender por el arco opuesto. Existen varias hipótesis sobre los orígenes de esta importantísima figura de la mitología antigua. Diodoro habla de tres héroes llamados Heracles: un egipcio, un dáctilo cretense y el hijo de Alcmena. Heródoto cuenta que los egipcios le dijeron que era originario de Fenicia. Según Diodoro Sículo, el Heracles egipcio, llamado Som o Chon, vivió diez mil años antes de la guerra de Troya, y su homónimo griego heredó sus hazañas. Su mismo nombre Heracles, no era su verdadero nombre, sino que le fue impuesto por una pitonisa, cuando fue a consultar el Oráculo de Delfos para purificarse. Recordando que de pequeño había mamado de la teta de Hera le llamó así por primera vez, y este pseudónimo hizo olvidar su verdadero nombre, Alceo o Alcides, y que fue el hombre que se casó con la princesa Megara, madre de varios hijos conocidos como “los Alcides”, a todos los cuales mató en un acceso de locura inducido por Hera. También organizó las competiciones conocidas como los Juegos Olímpicos en los tiempos en los que Esténelo pretendía instaurar la nueva familia Olímpica y desplazar el culto mayoritario en favor de Zeus. Hércules, hombre de una fuerza y una estatura descomunales y jefe de la “Hermandad del Toro” en Tirinto, llegó a Olimpia profiriendo amenazas contra los enemigos, ganó en las carreras pedestres y en las competiciones de lucha. Logró que se acordara que no fuera mayor el número de dioses que de diosas en el Olimpo, quedando constituido definitivamente el Panteón Olímpico por seis dioses y seis diosas.

Hera furiosa por los continuos escarceos de su marido, engendró sola al poderoso Tifón, personificación de las fuerzas violentas y desordenadas de la Naturaleza, del torbellino huracanado, cuyo soplo podía causar enormes calamidades. Su sola presencia espantaba a los dioses haciéndolos huir, tan solo Zeus y Atenea se atrevieron a hacerle frente, Tifón intentó destruir a Zeus por haber derrotado a los Titanes. Inicialmente, Tifón dominó a Zeus y arrancó sus tendones, pero éstos fueron recuperados por Hermes y devueltos al cuerpo de su dueño; tras ello, Zeus procedió a luchar con Tifón una vez más hasta derrotarle. Vencido, Tifón fue confinado bajo el monte Etna. Anteriormente a esto, Tifón, unido a la Equidna (Gran Serpiente), monstruo con cuerpo de mujer y cola de serpiente, engendró a Ortros, Cervero, la Hidra de Lerna y La Quimera. Posteriormente,  unido a su hijo Ortros engendró a La Esfinge y al León de Nemea. Todos estos hijos nacidos del furor y la irritación de las diosas contra Zeus, es decir, del cielo en desorden, simbolizaban las calamidades terribles de la Naturaleza, a las que Hércules estaba llamado a controlar y dominar. Según la mitología, los tafios y telebeos se unieron para hacer una incursión y apoderarse del ganado de Electrión, rey de Micenas, hijo de Perseo y marido de Anaxo; y como consecuencia murieron los ocho hijos de Electrión, por lo que éste les declaró la guerra. Mientras Electrión estuvo ausente, su sobrino Anfitrión actuó como regente. Cuenta el mito que la misma noche que Amfitrión volvía victorioso de la campaña contra telebeos y tafios, Zeus tomó la apariencia del marido de ésta, ya que “era mujer de gran belleza, dignidad y prudencia”, y quería yacer con ella. Tomando su forma le hizo creer que era su marido e incluso le relató lo ocurrido en la expedición, asegurándole que sus hermanos estaban vengados, condición previamente impuesta por ésta a su marido para yacer con ella. Así pues, se acostó con ella durante una larga y deliciosa noche que duró tres días completos, pues Hermes, por mandato de Zeus, ordenó a Helioque apagara los fuegos solares, a las Horas que desunciesen su tiro, a la Luna que siguiese lentamente su órbita y al Sueño que amodorrase a la Humanidad. Su propósito era engendrar un hijo lo bastante poderoso como para proteger, tanto a dioses como a hombres, de la destrucción de los Gigantes, ya que éstos, aunque de origen divino, podían ser muertos a condición de serlo a la vez por un dios y un mortal. No aclaraba aún el día cuando Amfitrión llegó y tomó el puesto que acababa de dejar Zeus, pero se quedó sorprendido de no ser recibido con más alegría, y más aún cuando se percató de que su esposa conocía todas las peripecias de su reciente batalla, no obstante, yació con ella y le dejó embarazada a su vez de Ificlés, que nacería unas horas más tarde que Hércules.

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Este hecho preocupó tanto a Amfitrión que fue a consultarlo con el célebre adivino Tiresias, el cual le reveló la verdad sobre el asunto. Furioso decidió hacer morir a su inocente mujer quemándola en una hoguera. Pero apenas encendió el fuego, un verdadero diluvio lo apagó como por encanto, y él, asustado, desistió al punto de su venganza y no osó volver a dormir con ella por temor a incurrir en los celos divinos. Entre tanto, Zeus se vanagloriaba en el Olimpo del hijo que había engendrado y, llegado el día en que debía nacer anunció en plena asamblea de los dioses que estaba a punto de nacer un niño llamado a realizar las mayores hazañas jamás vistas y a extender su dominio por toda Grecia. Hera comprendiendo que había sido engañada una vez más, le hizo jurar lo que acababa de decir y apenas lo hubo hecho, voló a Argos, donde hizo que Nícipe, mujer de Esteleno y embarazada de siete meses, diera a luz a Euristeo, volando al punto hacia Tebas para retrasar el parto de Alcmena, siendo ayudada por su hija Ilitía y por Las Parcas que “cerraron la puerta” con brazos y piernas cruzadas, demorando el parto hasta el día siguiente. Alcmena dio a luz dos gemelos, Alceo (Hércules) e Ificlés, que nacieron con una noche de intervalo. Después de lavarlos y amamantarlos los acostaba sobre un ancho escudo de bronce y los cubría con una colcha de lana de cordero, mas, una noche, cuando contaban con unos diez meses de edad, Hera metió en su cuarto dos enormes serpientes. Ificlés gritó al verlas, pues Zeus había iluminado la estancia milagrosamente, y llorando en una tentativa de escapar, rodó del escudo al suelo; sus gritos de espanto y la extraña luz que resplandecía bajo la puerta alertaron a su madre, que llamó a gritos a Amfitrión, y éste saltando de la cama cogió su espada y corrió hacia la habitación de los niños; una vez hubo entrado en ella se quedó perplejo al encontrar a Hércules muy divertido estrangulando a las dos serpientes, una en cada mano, hasta que las mató. Algún tiempo antes, Hermes para concederle la inmortalidad lo sustrajo de su cuna y le subió al Olimpo, y mientras Hera dormía, bien Atenea o el propio Zeus, le acercó el niño a uno de sus senos, y éste al sentir el tibio y agradable contacto empezó a chupar, pero lo hizo con tal fuerza que la diosa, despertando dolorida, le apartó de sí, escapando un chorro de su pecho que formó La Vía Láctea; pero el objetivo estaba ya cumplido, Alceo comenzaba a ser inmortal.

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La Galaxia de la Vía Láctea, o simplemente Vía Láctea, es la galaxia espiral en la que se encuentra el Sistema Solar y, por ende, la Tierra. Según las observaciones, posee una masa de 1012 masas solares y es una espiral barrada; con un diámetro medio de unos 100.000 años luz, estos son aproximadamente 1 trillón de km, se calcula que contiene entre 200 mil millones y 400 mil millones de estrellas. La distancia desde el Sol hasta el centro de la galaxia es de alrededor de 27.700 años luz (el 55 por ciento del radio total galáctico). La Vía Láctea forma parte de un conjunto de unas cuarenta galaxias llamado Grupo Local, y es la segunda más grande y brillante tras la Galaxia de Andrómeda (aunque puede ser la más masiva, al mostrar un estudio reciente que nuestra galaxia es un 50% más masiva de lo que se creía anteriormente. El nombre Vía Láctea proviene de la mitología griega y en latín significa camino de leche. Esa es, en efecto, la apariencia de la banda de luz que rodea el firmamento, y así lo afirma la mitología griega, explicando que se trata de leche derramada del pecho de la diosa Hera. Rubens representó la leyenda en su obra El nacimiento de la Vía Láctea. Sin embargo, ya en la Antigua Grecia un astrónomo sugirió que aquel haz blanco en el cielo era en realidad un conglomerado de muchísimas estrellas. Se trata de Demócrito (460 a.C. – 370 a.C.), quien sostuvo que dichas estrellas eran demasiado tenues individualmente para ser reconocidas a simple vista. Su idea, no obstante, no halló respaldo, y tan sólo hacia el año 1609 d.C., el astrónomo Galileo Galilei haría uso del telescopio para observar el cielo y constatar que Demócrito estaba en lo cierto, ya que adonde quiera que mirase, aquél se encontraba lleno de estrellas.

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Alceo tuvo por maestros al centauro Quirón, que fue su tutor, a Lino, que le inició en el estudio de la literatura y la música, y al que mató de un golpe de lira cuando trató de corregirle, lo que le valió para que Amfitrión le mandara a una hacienda de ganado, temeroso de que pudiera cometer algún otro delito de violencia. Un nieto de Apolo, Teutaro, le enseñó a tirar con arco, llegando a adquirir una puntería infalible en esta disciplina, mientras que su padrastro Amfitrión, que lo quiso como a un hijo propio, le enseñó a conducir el carro. Cástor, descendiente de Ares, le adiestró en la esgrima y el manejo de las demás armas; Autólico, nieto de Héspero, en el pugilato. No se sabe a ciencia cierta quién le enseñó la astronomía, aunque se cree fue Atlas, y la filosofía, pero estaba versado en ambas ciencias, además de tener un profundo conocimiento de los agüeros y la adivinación. Además de estos cinco descendientes de los dioses que le ayudan a conseguir la sabiduría suficiente como para poder transformar la Tierra, hay dioses que intervienen con su ayuda o sus regalos. Hermes le da una espada, Apolo un arco y unas flechas, Hefestos un peto de oro, Atenea una túnica, Poseidón un tiro de caballos, Zeus un escudo magnífico e impenetrable. Antes de los dieciocho años medía ya cuatro codos y un pie de altura, es decir, 2,45 metros, puesto que fue él quien midió el estadio de Olimpia, calculándole seiscientos pies de longitud. Y como los estadios griegos posteriores tenían también los mismos pies, a pesar de ser mucho más cortos que el olímpico, el sabio Pitágoras dedujo que la longitud del paso de Hércules, y en consecuencia su estatura, tenía que estar en relación con el paso y la estatura de otros hombres en la misma proporción que la longitud del estadio de Olimpia con la de los otros, arrojando el resultado expuesto anteriormente, y se supone que siguió creciendo. Su fuerza muscular era extraordinaria, era conocido como el Adéfago, el voraz, el insaciable; sus ojos fulguraban y poseía una gran atracción erótica que trasponía, transformaba y repoblaba.

Fue por entonces que existía en el Kitairón, una montaña entre el Ática y la Boiotia, un león enorme y ferocísimo que acababa con hombres y rebaños, era el “león de Citerón”. El león de Citerón era una fiera que azotaba los rebaños de Beocia y fue matado y desollado por Heracles. Ésta es una de las primeras hazañas de Heracles. Del león no está escrito que tuviera alguna capacidad especial, a diferencia del terrible León de Nemea, y por ende Heracles le dio fin por medios convencionales, pero sólo después de cincuenta días intentando darle caza. Tespio, rey de Tespias (Beocia), hospedó a Heracles durante ese tiempo y, teniendo él cincuenta hijas, fraguó el plan de concebir en todas ellas a un vástago del poderoso héroe, que por aquel entonces tenía solo dieciocho años de edad. Existen varias versiones acerca de la forma en que Tespio logró tal plan, siendo la más aceptada que Heracles yació con una doncella diferente cada noche pensando que se trataba siempre de la misma. Otra supone que yació con todas en una sola noche o, según otra versión, con sólo 49, puesto que una se le opone siendo condenada por ello a virginidad vitalicia. El número de hijos también varia siendo de cincuenta a cincuenta y dos teniendo la hija mayor y la menor hijos gemelos, lo único que no cambia en los relatos es el hecho de que toda su descendencia fue masculina. Tras derrotar al león de Citerón, Heracles lo desolló y vistió su piel, atuendo por el que se le conocería de ahí en adelante; después, cambiaría la piel del león de Citerón por la del León de Nemea. Al volver de este servicio al rey vecino, se encontró llegando a Tebas con los enviados del rey Ergino, de Orcomenes, que venían de cobrar el tributo que los tebanos pagaban a este país por haber perdido una guerra a causa de la muerte de su padre, Klimenos, en una fiesta en honor de Poseidón. Ergino marchó contra Tebas, donde tras matar a muchos les impuso durante veinticinco años un tributo de cien bueyes.

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Hércules les cortó las orejas y las narices y con las manos atadas a la espalda les obligó a marcharse, mientras él satisfecho se hizo un collar con lo cortado y entró triunfal en Tebas. Ergino volvió a caer sobre la ciudad, pero Hércules a la cabeza de los tebanos y tras ponerse las armas que le regaló Atenea, le venció y le impuso un tributo el doble del que ellos habían exigido hasta entonces. En esta batalla su padrastro y rey de Tebas, Amfitrión, perdió la vida, y Creonte su sucesor casó a la mayor de sus hijas, Megara, con Hércules, que le dio varios hijos, a todos los cuales mató en un acceso de locura inducido por Hera, que no le perdonaba sus excesos y le condenó a vivir sin hijos ni familia. Tomándolos por enemigos cuando realizaban ejercicios militares junto con dos hijos de Ificlés, mató a todos arrojando sus cuerpos al fuego. E iba a hacer lo mismo con su sobrino Yolao, pero Atenea le lanzó una piedra al pecho sumiéndolo en un profundo sueño. Al recobrar la razón se encerró en una habitación oscura durante ocho días; antes de marchar a Delfos para purificarse. Se separó de Megara y se la dio por esposa a Yolao. Una vez en la ciudad del oráculo recibió el mandato de ir a Tirintos  y ponerse a las órdenes del rey de Micenas, Euristeo, como purificación de su crimen, durante un período de doce años. Hércules se sumió en una profunda desesperación, pues aborrecía servir a un hombre al que consideraba muy inferior a él; fue cuando el rey Euristeo, por consejo y presión de Hera le impuso los Doce Trabajos. A la mitad de éstos Trabajos, es decir, después del sexto, fue cuando embarcó en el barco Argos con los argonautas y puso rumbo a la Cólquide para recuperar el Vellocino de Oro propiedad de Zeus, reliquia de la cual dependía la fertilidad de la tierra, que estaba en poder del rey Eetes y que habían puesto bajo la protección de Prometeo, sempiterno adversario del primero.

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En la mitología griega, el vellocino de oro era el vellón del carnero alado Crisomallo. Aparece en la historia de Jasón y los argonautas, quienes partieron en su búsqueda para lograr que Jasón ocupase justamente el trono de Yolcos en Tesalia. Se decía que el carnero era hijo de Poseidón y de Teófane. Se han realizado intentos de interpretar el vellocino de oro no sólo como un objeto extravagante en un mito sino como el reflejo de un objeto o práctica cultural real. Así, por ejemplo, se ha sugerido varias veces que la historia del vellocino de oro significaba la llegada de la ganadería a Grecia desde el este, o que aludía al trigo dorado o al sol. Otra interpretación se apoya en las referencias de algunas versiones a la tela púrpura o teñida de púrpura. El tinte púrpura extraído de caracoles del género Murex y especies relacionadas era muy caro en tiempos antiguos, y la ropa hecha de tela teñida con él era señal de gran riqueza y elevada posición (de ahí la asociación del púrpura con la realeza). La relación del oro con el púrpura es por tanto natural y ocurre frecuentemente en la literatura. Una interpretación más extendida relaciona el vellocino de oro con un método para extraer oro de los ríos que está bien avalada, pero sólo desde cerca del siglo V a. C., en la región de Georgia al este del mar Negro. Zaleas de oveja, a veces extendidas sobre marcos de madera, se sumergían en la corriente de agua y las pepitas de oro que bajaban desde placeres río arriba se recogían en ellos. Los vellocinos se colgaban entonces en los árboles para secarlos antes de sacudirles o peinarles el oro. El antiguo origen del mito en tiempos anteriores a la literatura significa que todas las interpretaciones existentes son muy posteriores y en mayor o menor grado racionalizaciones que sufren del muy incompleto conocimiento de la cultura en la que surgió. La mayoría ha sido de hecho criticada en la literatura arqueológica. Un intento de construir una explicación más plausible mediante su ubicación en lo que se conoce de esa cultura señala, curiosamente, a una de las primeras propuestas, en concreto que el vellocino de oro representa la idea de la realeza y la legitimidad: de ahí el viaje de Jasón en su busca, para restaurar el legítimo gobierno de Yolcos. En el siglo XV, el vellocino fue elegido como símbolo para la cadena o condecoración de la Orden del Toisón de Oro. Esta orden caballeresca subsiste aún hoy dividida en dos ramas, cada una con su Gran Maestre: el rey de España y el jefe de la casa de Habsburgo.

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Atamante, rey de la ciudad de Orcómeno, en Beocia, región del sudeste griego, tomó como primera esposa a la diosa nube Néfele, con quien tuvo dos hijos, Hele y Frixo. Más tarde se enamoró y se casó con Ino, la hija de Cadmo. Ino tenía celos de sus hijastros y planeó matarlos (en algunas versiones, persuadió a Atamante de que sacrificar a Frixo era la única forma de acabar con una hambruna). Néfele o su espíritu se apareció ante los niños con un carnero alado cuya lana era de oro. Los niños huyeron montando el carnero sobre el mar, pero Hele cayó y se ahogó en el estrecho del Helesponto, llamado así en su honor. El carnero llevó a Frixo hasta la Cólquide, a la lejana playa del mar Euxino, actual Mar Negro. En la antigüedad, el mar Negro era a menudo llamado «el mar» (ho pontos). En su mayor parte, la tradición grecorromana se refiere al mar Negro como el «mar hospitalario», Euxeinos Pontos. Este es un eufemismo que sustituye a uno anterior «mar inhospitalario», Pontos Axeinos, en primer lugar sancionada en Píndaro (principios del siglo V aC, ~ 475 a. C.). Estrabón considera que el mar Negro se llamaba «inhóspito» antes de la colonización griega, ya que era difícil de navegar, y porque sus orillas estaban habitadas por tribus salvajes, y que el nombre se cambió por el de «hospitalario» después de la colonización de la ciudad de Mileto, por lo que forma parte de la civilización griega.[cita requerida] También es posible que el nombre Axeinos surgió por etimología popular a partir de un escita persa axšaina (oscuro). Frixo sacrificó al carnero y colgó su piel de un árbol, se supone que un roble, consagrado a Ares, donde fue guardada por un dragón. Allí permaneció hasta que Jasón se hizo con ella. El carnero se convirtió en la constelación Aries. Al comienzo de este viaje los argonautas arribaron a la isla de Lemnos, habitada exclusivamente por mujeres, ya que estas ninfas de la Triple Diosa, habían asesinado a todos los hombres por mandato de ésta.  Las diosas o semidiosas aparecen en grupos de tres en una serie de mitologías europeas paganas; por ejemplo, las Erinias (Furias para los romanos) y las Moiras (Parcas para los romanos) griegas; las Nornas nórdicas; Brigit y sus dos hermanas, también llamadas Brighid, en mitologías irlandesas o celtas. Robert Graves popularizó la tríada de “Virgen”, “Madre” y “Vieja Bruja” y a pesar de que esta concepción no se apoya en evidencia académica sólida, su inspiración poética ha tenido una amplia acogida.

Existe una amplia variedad en la concepción precisa de estas figuras, tal como ocurre típicamente en el neopaganismo y en las religiones paganas en general. Algunos la interpretan como tres etapas en la vida de la mujer. Otros encuentran este enfoque como demasiado rígido y basado en la ciencia y biología y prefieren una interpretación más libre, en que la Virgen es el nacimiento, la Madre que da a luz, y la Vieja bruja es la muerte y renovación. En religiones derivadas del helenismo, frecuentemente tres de las cuatro fases de la luna (creciente, llena y menguante) simbolizan los tres aspectos de la Triple Diosa. Se las representa juntas como un símbolo que se compone de un círculo entre la fase creciente y la menguante. Sin embargo, algunos, encuentran a esta tríada incompleta y prefieren agregar un cuarto aspecto. Esta sería la “Diosa negra” o “Mujer sabia“, sugerida en cierta forma por la ausencia de la luna nueva en el simbolismo, o podría ser una diosa erótica que representaría una fase de la vida entre la Joven (Virgen) y Madre, o una Guerrera entre la Madre y la Vieja bruja. Existe una contraparte masculina a esto en el poema inglés “The Parliament of the Three Ages“. En la cultura popular moderna se ha representado la Triple Diosa como Virgen, Madre y Vieja bruja. Ya había trascurrido un año largo, cuando el Argo se dispuso a avituallarse en la isla, y su reina, Hipsípila, reunió a todas las mujeres y, por consenso, decidieron dar la bienvenida a los argonautas y procrear con ellos. Como quiera que Hércules viajaba con un muchacho llamado Hilas, al que tenía bajo su protección y no lo quería mezclar en este asunto, menos sabiendo que la hija de la reina, Ifínoe, se había enamorado de él, se quedó con él de vigilancia en el barco, mientras todos los demás fueron al palacio de Hipsípila. Ésta y Jasón aparecieron juntos y abrazados a la salida de la sala del consejo, y ya en la mesa cada argonauta estaba sentado con una mujer a cada lado a excepción de Meleagro, que estaba enamorado de Atalanta, única mujer de la expedición, la cual envió con comida y bebida en abundancia a todas las mujeres que no habían tenido la suerte de conseguir un amante, o no pudieron compartirlo con otra, a la nave anclada en la playa, asegurándoles que allí encontrarían la felicidad.

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Dos días más tarde, cuando Hércules se despertó con un terrible dolor de cabeza, vio solamente los restos de la fiesta, peines rotos, algunos vestidos de mujer desgarrados, un tosco altar donde habían amontonado fruta y grano y al infeliz de Hilas gimiendo desde el fondo del caldero, llamándole y rogándole que le sacara de allí. Como resultado de la visita del “Argo” a la hospitalaria Lemnos, cincuenta mujeres dieron a luz niñas y ciento cincuenta dieron a luz niños. De éstos, sesenta y nueve eran de constitución robusta, ojos vivos y muy temperamentales, lo que les distinguía como hijos de Hércules, que nunca engendraba niñas. Después de esto siguieron su camino a la Cólquide, pero a Hilas no se le iba de la cabeza la princesa Ifínoe, y esperaba la oportunidad para escaparse en busca de su amada a la isla de Lemnos. Esta la encontró en una de las paradas de avituallamiento del Argo; en la desembocadura del río Cío, en la región de Misia. Misia es una antigua región situada en la parte noroccidental de la península de Anatolia. Tenía salida a la costa del mar de Mármara y a la del mar Egeo. Limitaba con la Tróade al noroeste, Frigia y Bitinia al este y Lidia al sur. Las ciudades más importante de la región eran Pérgamo, Cícico, Lámpsaco y Nicomedia. El río Caico (actual Ak-su o Aksou, o Bakır Çay) es el principal río que atraviesa la región, de este a oeste. Su territorio se corresponde aproximadamente con la actual provincia de Balikesir, en la actual Turquía. Misia es mencionada por Homero en la Ilíada como una de las regiones participantes en la guerra de Troya como aliada de los troyanos: “De los misios era jefe Crómide y el augur Énnomo; pero no se defendió con augurios de la negra parca, pues sucumbió a manos del velocípedo Eácida en el río, justo donde aniquiló también a otros troyanos“. La nave Argo remontó el río hasta el manantial de Pegae y sorprendió a la ninfa principal del río, Dríope, bañándose desnuda. Ésta se enamoró del muchacho y lo ocultó en su colegio de ninfas de la persecución de Hércules y de Polifemo, pariente del héroe y argonauta circunstancial. Hércules siguió buscándole por toda la región después de que el Argo partiera sin ellos, visitando todas las ciudades vecinas y acusando, uno por uno, a sus gobernantes de haberle robado a Hilas.

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Tras terminar sus trabajos, Hércules volvió a Tebas, y dicen que es entonces cuando dio a su esposa Megara, que entonces contaba con 33 años, a su sobrino y auriga Yolao, con tan sólo 16, aduciendo que su unión con ella había sido sumamente desdichada.  Después de esto fue a Ecalia, donde su rey, Éurito, había prometido casar a su hija Yole con el arquero que le superara en competición, ya que Apolo le había regalado un arco magnífico y él mismo le había enseñado a manejarlo. A Hércules no le resultó nada difícil vencerle, y esto desagradó en tal grado al rey que, enterado en el banquete que se celebró tras la competición de que había repudiado a Megara tras asesinar a sus hijos, animado por el vino se negó a concederle la mano de Yole, declarando nula la competición, le tachó de rufián y de esclavo de Euristeo y le expulsó del palacio. Ífito, el mayor de los hijos de Éurito, fue el único que defendió el derecho de Hércules a casarse con Yole.  Poco tiempo después desaparecieron doce yeguas madres y doce robustos muletos, que fueron robados por Autólico, famoso ladrón de la época, que se los vendió al confiado Hércules como si fueran suyos. Ífito se negó a creer que Hércules fuera el ladrón, pero siguiendo las huellas de la manada descubrió que se dirigían a Tirinto, lo que le hizo sospechar que, después de todo, el héroe se vengaba del insulto inferido. Ya en presencia de Hércules ocultó sus sospechas y se limitó a pedirle consejo al respecto. Sin embargo, éste intuyó que se le recelaba autor del hurto, lo que amargó su sensible corazón. No obstante le hospedó, y después de un gran banquete le subió a la torre más alta de Tirinto y le dijo: -“Mira a tu alrededor y dime si tus yeguas están paciendo en mis alrededores”, -“No las veo” contestó Ífito, -“Entonces me has acusado falsamente en tu corazón de ser un ladrón”, y furioso lo arrojó desde lo alto de la torre.  Hércules debió purificarse por ello y fue llevado a Asia y vendido como esclavo anónimo por Hermes a Ónfale, reina de Lidia y mujer que sabía hacer buenos negocios. Los tres talentos de plata que ésta pagó por la compra del héroe fueron entregados por Hermes a los huérfanos de Ífito. Sin embargo, Éurito prohibió a sus nietos aceptar una compensación económica alegando que tan solo con sangre se podía pagar la sangre.

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Hércules sirvió a la reina Ónfale fielmente durante un periodo no inferior a un año y no superior a tres. Así, durante su servidumbre, realizó toda una serie de trabajos secundarios, como librar el reino de asaltantes, asesinos y fieras que asolaban toda la región, además de hacerse amante de la reina que le dio tres o cuatro hijos. Mientras tanto, en Grecia llegaron noticias de que Hércules había desechado su piel de león y llevaba collares, brazaletes, mantón de púrpura y ceñidor; pasaba el tiempo hilando, y temblaba cuando su ama le reprendía. Por todo esto los pintores lo representaron con faldas, dejándose peinar y hacer la manicura por las doncellas de Ónfale, mientras esta vestía su piel de león y manejaba su clava y su arco. Sin embargo, lo que había sucedido fue que, estando un día Hércules visitando las viñas con Ónfale, vestía ella una túnica púrpura con bordados de oro y llevaba el cabello perfumado, mientras que él sostenía cortésmente una sombrilla por encima de su cabeza. Y aquí aparece le dios Pan. Pan era el semidiós de los pastores y rebaños en la mitología griega. Era especialmente venerado en Arcadia, a pesar de no contar con grandes santuarios en su honor en dicha región. En la mitología romana se identifica a este dios con Fauno. Pan era, también, el dios de la fertilidad y de la sexualidad masculina desenfrenada. Dotado de una gran potencia y apetito sexual, se dedicaba a perseguir por los bosques, en busca de sus favores, a ninfas y muchachos. En muchos aspectos, el dios Pan tiene cierta similitud con Dioniso. Era el dios de las brisas del amanecer y del atardecer. Vivía en compañía de las ninfas en una gruta del Parnaso llamada Coriciana. Se le atribuían dones proféticos y formaba parte del cortejo de Dionisio, puesto que se suponía que seguía a éste en sus costumbres. Era cazador, curandero y músico. Habitaba en los bosques y en las selvas, correteando tras las ovejas y espantando a los hombres que penetraban en sus terrenos. Portaba en la mano el cayado o bastón de pastor y tocaba la Siringa, a la que también se conoce como Flauta de Pan. Le agradaban las fuentes y la sombra de los bosques, entre cuya maleza solía esconderse para espiar a las ninfas. Se dice que Pan era especialmente irascible si se le molestaba durante sus siestas. Los habitantes de Arcadia tenían la creencia de que, cuando una persona hacía la siesta, no se la podía despertar bajo ningún concepto ya que, de esa forma, se interrumpía el sueño del dios Pan. En este caso, Pan se aproxima a la noción de Demonium Meridianum (Demonio del Mediodía).

Por último, como deidad, Pan representaba a toda la naturaleza salvaje. De esta forma, se le atribuía la generación del miedo enloquecedor. De ahí la palabra pánico que, en principio, significaba el temor masivo que sufrían manadas y rebaños ante el tronar y la caída de rayos. Según una de las tradiciones, cuando Hermes pastoreaba los rebaños de Driops, tuvo una relación amorosa con una de las hijas de ésta, de la que nació el dios Pan. Según esta teoría, cuando nació, presentaba sus miembros inferiores en forma de macho cabrío y el resto del cuerpo con apariencia de hombre. En la cabeza tenía dos cuernos y su cara era arrugada, con una barbilla prominente, con todo el cuerpo cubierto por una espesa capa de pelo. Se dice que, apenas nacido, escapó a las montañas, donde Hermes tuvo que buscarlo para llevarlo al Olimpo envuelto en una piel de liebre. Una vez allí, lo llamaron Pan, puesto que era la diversión de todos. Otra de las tradiciones cuenta que Penélope, durante la ausencia de su esposo Odiseo, tuvo varios amantes, quedando encinta de uno de ellos. De esta manera, nació Pan, nombre que significa hijo de todos. Otras versiones enumeran las tradiciones anteriormente citadas. Se dice que, tras el regreso de sus viajes, Odiseo repudió a Penélope por sus infidelidades y que, una vez abandonada, concibió al dios Pan, fruto de su unión con Hermes. Otras tradiciones apuntan a que fue hijo de Zeus y de la ninfa Hibris, de Zeus y Calisto o de Hermes y una ninfa. Pan  vio  a Hércules visitando las viñas con Ónfale desde la cima de una colina y se quedó perdidamente enamorado de Ónfale, jurándose que en adelante sólo ella sería su amor. Cuando los amantes llegaron a su destino, una cueva apartada, se divirtieron cambiándose los vestidos, riendo a carcajadas por lo absurdamente pequeño que le quedaban a Hércules el cinturón de malla y las sandalias de ella. Después de cenar, fueron a dormir en lechos separados, pues habían prometido hacer un sacrificio al amanecer y el rito les exigía pureza, cada uno aún con la ropa del otro. A medianoche Pan se deslizó en la gruta y buscando a tientas en la oscuridad, se introdujo en el lecho que creía era de Ónfale y comenzó a levantarle los vestidos, cuando despertándose Hércules extendió bruscamente su pierna y arrojó de una patada a Pan hasta en fondo de la gruta. Al oír en estrépito y los gritos, Ónfale saltando de su lecho pidió luz, y cuando ésta se hizo, ésta y Hércules se echaron a reír hasta llorar al ver a Pan tendido en un rincón frotándose las magulladuras. A partir de éste día Pan aborrece las vestiduras y exige a sus acólitos que acudan desnudos a sus ritos, siendo él quien difundió el rumor de que el cambio de ropas de Hércules con Ónfale era habitual y perverso.

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Después de consagrar altares en honor de su padre Zeus en acción de gracias por la toma de Ecalia, Hércules envió a Licas a Traquis para que pidiese a Deyanira, la tercera esposa de Heracles, una camisa como las que usaba habitualmente para los sacrificios. Como quiera que ésta había reconocido en Yole la nueva amante de su esposo, decidió utilizar el ungüento amoroso que le había entregado el centauro Neso antes de morir y que se suponía le haría conservar el afecto de su cónyuge. Y empapando un trozo de lana, frotó con él la camisa, la metió en un cofre, lo cerró y entregándoselo a Licas le dijo que por ningún motivo expusiera la túnica a la luz o al calor hasta que Heracles no estaría a punto para el sacrificio. Habiendo partido éste, vio casualmente que el trozo de lana que había arrojado al patio soleado ardía como serrín formando rojas y efervescentes burbujas de espuma en las losas, y Deyanira comprendió que Neso le había engañado. Inmediatamente envió un correo para hacer regresar a Licas y juró suicidarse si Heracles moría. El correo no llegaría a tiempo. Hércules, con la túnica puesta, había sacrificado ya doce toros de las cien cabezas que había llevado al promontorio de Cenea, y vertía vino e incienso sobre los altares cuando, de súbito, lanzó un alarido estremecedor. El calor había disuelto el veneno de la Hidra y se expandía por todos los poros de su cuerpo carcomiéndole la carne con un dolor insoportable. Derribando los altares trató de despojarse de la camisa, pero la tenía tan pegada al cuerpo que al mismo tiempo se arrancaba grandes trozos de carne dejando los huesos al descubierto. Su sangre silbaba y burbujeaba, y loco de dolor y de angustia se arrojó de cabeza a la corriente más próxima, que desde entonces se llama Termópilas (pasaje caliente). Pero fue peor, ya que le abrasaba más. Salió del río y subiendo la montaña arrancaba los árboles a su paso, cuando encontró al aterrado Licas, Asiéndole por la cintura lo elevó por encima de su cabeza y haciéndolo girar tres veces lo precipitó al mar. Después, retorcido de dolor, llamó a su hijo Hilo y le rebeló la profecía de Zeus que ahora se cumplía: “Ningún hombre vivo podrá matar nunca a Hércules; un enemigo muerto será su perdición”. Luego le suplicó que lo llevara al monte Eta, en Traquis, para morir como había señalado el Oráculo de Delfos. Al enterarse Deyanira, corrió horrorizada a sus habitaciones y se arrojó sobre una espada en su lecho matrimonial.

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Hércules hizo jurar a su hijo que le llevaría a la cima más alta de la montaña y allí le quemaría en una pira, así como que se casaría con Yole cuando llegara a la mayoría de edad. Cuando estuvo la pira preparada, Hércules subió, y extendiendo su piel de león en la plataforma se tendió sobre ella, con la clava como almohada, y ordenó que se encendiese. Pero nadie se atrevía a obedecerle, hasta que Filoctetes, hijo del rey Peante de Melibea, en Tesalia, y de Metone, se prestó a hacer lo que pedía. En agradecimiento Hércules le legó su aljaba, su arco y sus flechas. Cuando la pira empezó a arder, del cielo cayeron rayos que la redujeron a cenizas, y oculto por una nube de la vista de sus compañeros, Zeus, entre truenos, lo transportó al Olimpo en su carro, donde Atenea, tomándole de la mano, lo presentó a los demás dioses. Todos los inmortales lo acogieron de buen grado. Incluso Hera, que lo adoptó mediante una ceremonia de renacimiento y lo consideró como a su hijo, casándole con su hermosa hija Hebe, con la que tuvo dos hijos, Alexiares y Aniceto. Hércules se convirtió en el portero del cielo y siempre está a las puertas del Olimpo hasta el anochecer, esperando que Artemis vuelva de su cacería para recibirla alegremente y ayudarle a llevar las presas de sus carro, regañándole si encuentra cabras y liebres: “Mata jabalís, que pisotean la mies y acuchillan los árboles de los huertos, ¡mata toros y leones y lobos que dan muerte a los hombres! ¿pero qué daño te han hecho estas criaturas?”. Luego entre carcajadas desuella los cuerpos y come vorazmente los trozos que le apetecen. Euristeo, rey de la Argólida (región que comprendía a Micenas, Midea y Tirinto), tenía sujeto a Hércules mediante un decreto en el que “La Suerte” había declarado respecto a ambos que el que naciera el último sirviera y obedeciera al primero. Y Hera se encargó de que fuera Euristeo el primero. No obstante, desde que se presentara Hércules ante él por orden de la Pitonisa, sintió tal temor ante su imponente presencia que, temeroso de que algún día quisiera arrebatarle el trono, decidió deshacerse de él. La realización de sus doce Trabajos así lo demuestran, como el hecho de que cada vez fueran más difíciles e irrealizables.

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Al igual que Hércules, Tántalo era hijo de Zeus y de una mujer. En la mitología griega Tántalo era un hijo de Zeus y la oceánide Pluto, rey de Frígia o del monte Sípilo en Lidia. Se convirtió en unos de los habitantes del Tártaro, la parte más profunda del Inframundo, reservada al castigo de los malvados. Fue padre de Pélope, Níobe y Broteas, con la pléyade Dione. Robert Graves dice que su esposa también pudo ser Euritemista (una hija del dios-río Janto), Eurianasa (hija del dios-río Pactolo) o Clitia (hija de Anfidamante). Se conoce a Tántalo por haber sido invitado por Zeus a la mesa de los dioses del Olimpo. Jactándose de ello entre los mortales, fue revelando los secretos que había oído en la mesa y, no contento con eso, robó algo de néctar y ambrosía y lo repartió entre sus amigos. Tántalo quiso corresponder a los dioses y les invitó a un banquete que organizó en el monte Sípilo. Cuando la comida empezó a escasear, decidió ofrecer a su hijo Pélope. En lo que constituye un arquetípico rito de iniciación chamánica, descuartizó al muchacho, coció sus miembros y los sirvió a los invitados. Los dioses, que habían sido advertidos, evitaron tocar la ofrenda. Sólo Deméter, trastocada por la reciente pérdida de su hija Perséfone, «no se percató de lo que era» y se comió el hombro izquierdo del desdichado. Zeus ordenó a Hermes que reconstruyera el cuerpo de Pélope y lo volviera a cocer en un caldero mágico, sustituyendo su hombro por uno forjado de marfil de delfín, hecho por Hefesto y ofrecido por Deméter. Las parcas le dieron vida de nuevo y así obtuvo nuevas cualidades. Para reforzar su iniciación en los misterios divinos, Poseidón secuestró al nuevo Pélope y lo llevó al Olimpo, haciéndole su amante. Un último crimen terminó por colmar la paciencia de los dioses: cuando Pandáreo robó el mastín de oro que le había hecho Hefesto a Rea para que cuidara del recién nacido, Zeus se lo dio a Tántalo para que lo ocultara. Una vez pasada la alarma inicial sin que se supiera nada del perro, Pandáreo le pidió que se lo devolviera, pero Tántalo le juró por Zeus que nunca había oído hablar de él (otra versión invierte los papeles y hace de Tántalo el ladrón y de Pandáreo el ocultador). Escandalizado Zeus por el perjurio o por el robo, aplastó a Tántalo con una roca que pendía del monte Sípilo y arruinó su reino.

Después de muerto, Tántalo fue eternamente torturado en el Tártaro por los crímenes que había cometido. En lo que actualmente es un ejemplo proverbial de tentación sin satisfacción, su castigo consistió en estar en un lago con el agua a la altura de la barbilla, bajo un árbol de ramas bajas repletas de frutas por los crímenes que había cometido. Cada vez que Tántalo, desesperado por el hambre o la sed, intenta tomar una fruta o sorber algo de agua, éstos se retiran inmediatamente de su alcance. Además pende sobre él una enorme roca oscilante que amenaza con aplastarle. Esteleno, uno de los hijos de Pélope fue el padre de Euristeo, mientras que su hermano y tío de éste último, Copreo, será el que ayude y asista a su sobrino indicándole las hazañas que el héroe deba realizar. Euristeo fue preparado para ser rey, descendía de Atlas y Tántalo, su descendencia era antigua y tenía preferencia, mientras que Hércules tenía menos derechos sucesorios que éste, ya que sus abuelos eran extranjeros en Grecia. Considerándolo así, Hera, diosa de los derechos familiares, actuó en consecuencia. Hércules a pesar de poseer poderes extraordinarios, no poseía, tan directamente como Euristeo, los conocimientos de Occidente. Y, aunque le correspondía a éste último emprender los viajes del Conocimiento, prefirió encargárselos a Hércules en forma de trabajos forzosos, viéndose éste en la obligación de realizar hazañas para que la Humanidad avanzara, destruyendo los monstruos creados por Hera, como venganza y a causa del despecho ante el nacimiento de Atenea. A la muerte terrenal de Hércules, Euristeo decidió expulsar de Grecia a todos los hijos de éste, y ordenó a los reyes que extraditaran, no sólo a los heráclidas, sino también a sus parientes y aliados. Éstos, demasiado débiles para enfrentarse por sí solos a Micenas, recorrieron las ciudades griegas como suplicantes. Pero solamente los atenienses, gobernados por Teseo, se atrevieron a desafiar a Euristeo, instalando a éstos en la ciudad de Tricorito, situada en un estrecho desfiladero que domina el acceso al Ática, lo que originó la Primera Guerra del Peloponeso. Euristeo reunió un poderoso ejército y marchó sobre Atenas, mientras que Demofonte (hijo de Teseo), Yolao e Hilo fueron asignados como jefes de los atenienses. Mas, como quiera que un oráculo había vaticinado que un descendiente de Hércules debía morir en sacrificio para no ser derrotados, Macaria, la única hija del héroe, se suicidó en Maratón, dando así su nombre a la Fuente Macaria. Después, los atenienses en unión con los heraclidas vencieron a Euristeo en una batalla y mataron a cinco de sus hijos (Alejandro, Ifimedonte, Euribio, Mentor y Perimedes), poniendo en fuga a Euristeo, que huyó en su carro. Pero perseguido por Hilo, éste le alcanzó en las Rocas Escironias y allí mismo le cortó la cabeza, llevándosela posteriormente a su abuela Alcmena, que le sacó los ojos con sus agujas de coser.

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En la llanura de Nemea, antigua ciudad del Peloponeso (Grecia), situada en el valle del río del mismo nombre, existía un enorme león de devoraba hombres y rebaños. Era un monstruoso hijo de Tifón y Equidna, hermano del Can Cerbero, el perro de Hades, un monstruo de tres cabezas en la tradición más común pero de cincuenta cabezas según Hesíodo, con una serpiente en lugar de cola.  Cerbero guardaba la puerta del Hades (el inframundo griego) y se aseguraba que los muertos no salieran y que los vivos no pudieran entrar. Era hijo de Equidna y Tifón, y hermano de Ortro. La existencia de un perro infernal en la entrada de los infiernos parece que ya estaba presente en la mitología indoeuropea original, pues aparece en los mitos de otros pueblos indoeuropeos, como es el caso del perro ensangrentado Garm en la mitología escandinava. Fue criado y colocado por su abuela Hera en esta región, que era sagrada para Zeus. Tenía como guarida una caverna con dos salidas y su piel era invulnerable a cualquier arma. Euristeo ordenó a Hércules que fuera en su búsqueda y lo matara. Cuando lo encontró, Hércules le atacó agotando todas las flechas de su carcaj, pero sin ningún resultado. Entonces le golpeó con su mazo de hierro hasta romperlo, pero sólo consiguió hacerle huir. Luego le persiguió hasta su antro y, cerrando una de las salidas para que no pudiese escapar, lo acorraló y le estranguló con sus propios brazos. Tras esto intentó desollarlo, pero quedó perplejo al ver que ni el hierro ni el fuego hacían mella en aquella piel, hasta que se le ocurrió valerse de las propias garras del animal con las que consiguió su propósito. A partir de entonces la piel del león le sirvió de vestido y su cabeza de casco. Después de fundar los “Juegos Nemeos”, unos juegos fúnebres, ya que los jueces iban vestidos de luto,  se encaminó hacia Micenas. Euristeo, aterrado, le prohibió entrar en la ciudad, ordenándole que en adelante dejase el botín de sus victorias ante la puerta. Hera, como posteriormente hará con los demás trabajos, colocó al León de Nemea entre las estrellas del firmamento como la constelación de Leo. La Era de Leo (10.000 a 8.000 a.C.) y a la que se cree está dedicada la esfinge de Egipto,  es la primera sobre la que se pueden hacer especulaciones. La importancia del Sol fue crucial en aquellas remotas épocas, ya que en ese período fue cuando el astro aumentó su fuerza anunciando el fin de la Era Glaciar, en que la Tierra despertaba de un período frío y oscuro. Se produce un gran cambio social y económico, pues se pasa de una economía de cazadores y recolectores a otra donde ya están presentes la agricultura y el pastoreo. El sedentarismo y la institucionalización de castas y rangos consiguen una implantación territorial más amplia que, a través de una estructuración social más organizada, conducirá a la formación de los estados y de los reyes, encargados de vigilar el cumplimiento de las leyes y de organizar las fuerzas para su propia defensa.

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Las primeras manifestaciones artísticas del hombre que han perdurado son las pinturas rupestres. No es de extrañar, por tanto, que los primeros pasos constructores de la Humanidad se dieran en el signo de Leo.  El León es transformado en constelación, sube a las estrellas para que el nuevo arquetipo pueda actuar. Hércules “se viste” y “se cubre la cabeza” con los atributos del signo que quiere dominar y trascender. La Hidra de Lerna era un dragón enorme con nueve cabezas, una de ellas inmortal, que habitaba en el pantano del mismo nombre. Era hija de Tifón y Equidna, y, al igual que el León de Nemea, fue criada por su abuela Hera, y como él devoraba hombres y rebaños. Euristeo quiso que Hércules lo destruyera, y esta vez en compañía de Yolao, hijo de Ificles y Automedusa, y que era uno de los más fieles compañeros de su tío Hércules, a quien solía conducir el carro, fue a su encuentro. Al llegar a la zona pantanosa cerca de la fuente séptuple del río Aminone, que servía de refugio a la bestia, bajó de su carro y comenzó a asaetearla con flechas inflamadas, con el fin de hacerla salir de su guarida. Una vez fuera, se abalanzó sobre ella y a mazazo limpio comenzó a aplastarle sus cabezas. Pero, por cada una que aplastaba, le salían otras dos. Entonces, exhausto e impotente, pues la situación sobrepasaba sus límites de actuación, llama a Yolao en su auxilio. Y, éste, incendiando los cañaverales que le rodeaban, se proveyó de tizones ardientes con los cuales chamuscaba las cabezas incipientes a medida que aparecían. Viendo Hera que la Hidra iba a ser derrotada, en un último intento por salvarla, mandó un enorme cangrejo en su ayuda, pero Hércules lo aplastó de un mazazo, después cortó la ultima cabeza, la metió en tierra y puso una enorme piedra sobre ella, para a continuación remojar sus flechas en la sangre del monstruo, que contenía un veneno potentísimo. Cuenta el mito que, al llegar ante Euristeo, éste se escondió en una “tinaja” de bronce que se había construido en secreto y que le servía de refugio, pues no quería reconocerle este trabajo, al haber recibido ayuda de su sobrino Yolao. Este trabajo se relaciona con la Era de Cáncer (8.000 a 6.000 a.C.), que es cuando el hombre inicia la construcción de su morada, y el matriarcado es la tónica imperante resaltando la importancia del hogar y de la vida familiar.

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En los vestigios arqueológicos de los primeros asentamientos (China, Mesopotamia, India, etc) quedan estatuillas de la fertilidad, que muestran la creciente necesidad de protegerse,  ya fuera contra los elementos, los animales salvajes o los enemigos humanos. La influencia polar de Capricornio la encontramos en los primeros indicios de la agricultura y la pesca, como “oficios” habituales. Podemos suponer que el hombre de aquellos tiempos observaba la Luna y que se percataba de su efecto sobre las mareas y los cultivos. La Hidra procedía directamente de Hera y era una transformación de la Gran Serpiente, la Equidna, su madre. Pero su sabiduría y poder se utilizaba sólo para el mal, su veneno sólo sabía matar, y su olor fatal representa la miasma que desprenden los lugares pantanosos: <<su hálito venenoso mataba a todo ser viviente que se le aproximaba>>. Por otra parte Euristeo teme algo y se encierra en un lugar secreto. Debía conocer muy bien el peligro del aliento de la Hidra y su potente veneno. Tal vez era  un refugio antiatómico contra las emanaciones radioactivas del monstruo. Más aún, la sangre de la Hidra simboliza el flujo menstrual femenino. Cada vez que corta una cabeza, le nacen otras dos, como en una reacción en cadena por la escisión nuclear del átomo. El héroe “entierra” la cabeza inmortal de la hidra cubriéndola con una gran roca. Hércules, según el     mito, se queda con parte de este veneno para sus flechas. Pero otra parte es depositada al final de sus trabajos en forma de túnica sobre su piel, y los síntomas que originaron su muerte fueron muy parecidos a las consecuencias de alguien que se expone a una radiación atómica: <<se le caía la piel a jirones…>>.

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En el Erimantos, monte situado entre la Arkadia y la Élide, vivía un jabalí descomunal que estaba diezmando los campos y que Euristeo quería vivo, por lo que envió a Hércules en su búsqueda. El héroe, obligándole a salir de su cubil con fuertes gritos, le acosó incansablemente hasta que le hizo caer por un barranco a un desfiladero sin salida cubierto de nieve, y allí tras montar ágilmente sobre su lomo para acabar de agotarle, se apoderó de él ileso. A esta caza va unida la leyenda de la lucha de “Hércules contra los Centauros, monstruosos seres, mitad hombres mitad caballos, que vivían en los bosques y se alimentaban de carne cruda, siendo bestiales y salvajes en sus maneras y costumbres. En la mitología griega, el centauro (Kentauros, ‘matador de toros’) es una criatura con la cabeza, los brazos y el torso de un humano y el cuerpo y las piernas de un caballo. Las versiones femeninas reciben el nombre de centáurides. Vivían en las montañas de Tesalia y se les consideraba hijos de Kentauros (el hijo de Ixión y Néfele) y algunas yeguas magnesias, o de Apolo y Hebe. Los centauros son muy conocidos por la lucha que mantuvieron con los lápitas, provocada por su intento de raptar a Hipodamía el día de su boda con Pirítoo, rey de los lápitas y también hijo de Ixión. Los lápitas pertenecían a una región situada en Tesalia, denominada Perrabia, junto a los montes Olimpo y Osa y a ambos lados del río Peneo. La riña entre estos primos es una metáfora del conflicto entre los bajos instintos y el comportamiento civilizado en la humanidad. Teseo, un héroe y fundador de ciudades que estaba presente, inclinó la balanza del lado del orden correcto de las cosas, y ayudó a Pirítoo. Los centauros huyeron. Escenas de la batalla entre los lápitas y los centauros fueron esculpidas en bajorrelieves en el friso del Partenón, que estaba dedicado a la sabia Atenea. Como la Titanomaquia, la derrota de los Titanes por los dioses olímpicos, las contiendas con los centauros representan la lucha entre la civilización y el barbarismo y es conocida como Centauromaquia. Los centauros son seres salvajes, sin leyes ni hospitalidad, esclavos de las pasiones animales. Dos excepciones a esta reglas son Folo y Quirón, que expresaban su «buena» naturaleza, siendo centauros sabios y amables. Entre los centauros, el tercero con una identidad individual es Neso. El episodio mitológico del centauro Neso raptando a Deyanira, la prometida de Heracles, también proporcionó a Giambologna (1529-1608), un escultor flamenco que trabajó en Italia, espléndidas oportunidades de concebir composiciones con dos formas en violenta interacción. Giambologna realizó varias versiones de Neso raptando a Deyanira, representados por los ejemplos conservados en diversos museos. Sus seguidores, como Adriaen de Vries y Pietro Tacca, continuaron esculpiendo incontables repeticiones del tema. Cuando Albert-Ernest Carrier-Belleuse abordó la misma composición de formas en el siglo XIX, la tituló Rapto de Hipodamía. En antiguas vasijas pintadas áticas los centauros eran representados como seres humanos de frente, con el cuerpo y las patas traseras de un caballo sujetos a la espalda. Posteriormente, fueron hombres sólo hasta la cintura. La batalla con los lápitas y la aventura de Hércules con Folo son temas favoritos del arte griego. Muchas leyendas sobre los centauros sostienen que son criaturas muy inconstantes, que miran con frecuencia al cielo para determinar sus destinos. Son grandes astrólogos y muy aficionados a la adivinación.

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El antropólogo y escritor Robert Graves especuló con que los centauros de la mitología griega fueran una reminiscencia de una secta prehelénica que considerase al caballo un tótem. Una teoría parecida aparece en El toro del mar, de Mary Renault. Otras fuentes especulan con la idea de que los centauros provengan de la primera reacción de una cultura que no conociese la equitación, como el mundo egeo minoico, hacia los nómadas que sí montaban a caballo. La teoría señala que tales jinetes parecerían mitad hombres mitad caballos. La cultura de doma y monta de caballos surgió primero en las estepas del sur de Asia Central, quizá aproximadamente en la actual Kazajistán. Pero no todos los centauros eran bestiales y perversos. Así, Folo, amigo de Hércules, le dio de comer carne asada y cuando le pidió vino, abrió una tinaja que pertenecía en común a todos los centauros, mas al olor del vino acudieron éstos armados con rocas y troncos de árbol, suponiendo que algo ocurría en el antro de su amigo, puesto que el vino solo se abría en banquetes y libaciones a los dioses. La batalla fue instantánea, los centauros atacaron al héroe sin mediar palabra y éste comenzó a lanzarles una granizada de dardos y teas ardiendo, matando a unos y poniendo en fuga al resto, no dejando de perseguirlos y acribillarlos con sus flechas, a pesar de que Néfele, su abuela, empezó a verter torrentes de lluvia. Al ir a enterrar Folo a sus congéneres y retirar una de las flechas de una de las heridas, quedó asombrado al examinarla de cómo una cosa tan pequeña podía causar tal daño, cuando de súbito se le cayó de las manos y le hirió mortalmente en el muslo. Hércules le organizó unos funerales magníficos. Cuando llega al palacio de Euristeo, éste se asusta nuevamente, asombrado por el poderoso animal que causa tales destrozos, a pesar de que nuestro héroe había conseguido amansarlo totalmente.

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La Era de Géminis, (6.000 a 4.000 a.C.) es el comienzo de la vida urbana, la especialización artesanal y la presencia de templos. En esta época quedan representados el pensamiento, la palabra y la comunicación, ya que fue durante esta era en la que se desarrolló el arte de la escritura y en la que muy probablemente se inventara la rueda, signo éste con una poderosa vertiente intelectual. El hombre ya estaba preparado para desarrollarse en este sentido y poseía los estímulos necesarios para salir fuera de su entorno local, iniciando el comercio y con él el intercambio cultural. El jabalí, que representa la ignorancia, la amoralidad y las bajas pasiones, indica que existe una gran agresividad interior que está a punto de estallar, y debe ser acosado y perseguido hasta hacerlo caer desfallecido. En este trabajo, Hércules adquiere el arte de Hermes, maestro de las palabras y de las fórmulas mágicas. Siendo Hércules un bebé se valió de numerosas tretas para conseguir amamantarse del pecho de Hera, algo que al fin consiguió, logrando transformar a un mortal en alguien divino. Además, indirectamente, fue responsable de la creación de la Vía Láctea, conjunto de estrellas que guían a los viajeros, ya que ésta se formó cuando Hera, al darse cuenta de que aquel al que amamantaba no era un “niño divino”, retiró el pecho. Ixión, abuelo de los centauros, también estuvo en el banquete del Olimpo comiendo el néctar y la ambrosía, después de purificarse por un crimen cometido contra su suegro, y por todo pago, el desagradecido intentó violar a Hera. Pero Zeus se percató de la felonía y dio a una nube la apariencia de la diosa (Néfele), y éste yació con ella. Zeus, después de dejarle al descubierto, para castigarle le ató de brazos y piernas a una “rueda de fuego” que giraba sin cesar y le lanzó al espacio. Más, como ya había comido la ambrosía, quedó inmortal y condenado a vagar sin rumbo por toda la eternidad.

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De nuevo, Euristeo ordena al héroe que le traiga viva a una cierva que habitaba en el bosque del monte Ménalo, situado en Arcadia, región del Peloponeso. Esta cierva tenía las astas de oro y las pezuñas de bronce, y que además poseía una velocidad tan extraordinaria, que había impedido que fuera cazada hasta el momento. Según Kallimachos, escultor y orfebre griego (siglo V a.C.), considerado el creador del capitel corintio, esta cierva era una de las cinco que había encontrado Artemisa paciendo en el monte Likeión. La diosa cogió cuatro, con las que montó una de sus cuadrigas, siendo ésta la quinta, de quien dispuso Hera que se refugiara en Keruneia, en Chipre. Portaba un collar con la siguiente inscripción: <<Taigete me ha dedicado a Artemisa >>. Taigete era una de Las Pléyades, grupo de estrellas de la constelación de Tauro, hijas de Atlas y Pleione, a la que Zeus persiguió hasta agotarla para yacer con ella. Acosada, se refugió en el monte Taigete y Artemisa la transformó en cierva para sustraerla de la pasión de Zeus. Ella, agradecida, una vez recobrada su forma normal, dedicó a la diosa la cierva de dorados cuernos. Hércules la persiguió durante un año entero sin poderle dar caza, ya que La Gran Cazadora, enojada como estaba con la actitud del héroe, ayudaba a la cierva poniéndole trampas y obstáculos, llegando al punto de querer matarla en su desesperación. Pero los dioses le reprendieron y le advirtieron que debía ser paciente y tratarla con delicadeza, pues de lo contrario, tal impiedad le podía acarrear la enemistad perpetua de la diosa. Cuenta el mito que la persiguió infatigablemente hasta el país de los Hiperbóreos en los confines del mundo conocido, un país consagrado a Apolo (gemelo de Artemisa) donde la gente era feliz y parecían gozar de la eterna juventud. Allí logró hacerla caer en la trampa de obligarla a vadear un río. Y tan fatigado estaba el animal que, alcanzándola en mitad del vado, consiguió reducirla sin apenas resistencia. Posteriormente la cargó a cuestas y la llevó ante Euristeo.

Hiperbórea es un continente o isla de leyenda, que habría ocupado una parte de las regiones árticas actuales, antes de la modificación del eje terrestre, que implicó la segunda glaciación universal. Esta civilización debió florecer hace más de 60.000 años durante el último período interglacial. Los griegos conservaron el recuerdo de esta “Tierra del Sol Eterno” que se extendía “más allá del dios Bóreas”, señor del frío y de las tempestades. Piteas de Marsella, intrépido navegante y renombrado sabio, en el siglo V a. C. llegó a una tierra que toca el círculo ártico. Los habitantes de esas islas le declararon que si navegaba un día entero hacia el Norte, encontraría “el mar sólido”. Aquella isla a donde había arribado Piteas se llamaba Thule y las noches duraban casi 24 horas en el período del solsticio de verano, y todo lo contrario ocurría en el solsticio de invierno. Fue una gran potencia que reguló el mundo en sus tiempos. Muchos reinos se levantaron en distintos ciclos, pero cinco fueron los protagonistas que llevaron a la humanidad hacia nuevos senderos. Hiperbórea corresponde a uno de estas potencias. Las recientes investigaciones de la ciencia están en consonancia con los relatos arcanos que se protegieron para que no fuesen destruidos. Los relatos antiguos narran que la primera civilización del planeta tuvo su origen en el lejano Norte antes de que ocurriera una época glacial. También hay referencias al hombre como descendiente de la tierra de los dioses, el Monte Meru, en el lejano Norte.  Con el cuarto trabajo llegamos a la Era de Tauro (4.000 a 2.000 a.C.). Los cuernos de oro de la cierva así lo representan, además de regir el signo a los animales de cuatro patas con cascos. Por otra parte, la constelación de Las Pléyades se sitúa al final de este mismo signo.  Los primeros hallazgos arqueológicos ornamentales de los que tenemos conocimiento, y que corresponden a esta época, han sido encontrados en túmulos funerarios a orillas del Mar Negro, en la antigua Tracia (actualmente Bulgaria) con copas, vasos, bandejas y diferentes utensilios con representaciones de exquisito gusto, totalmente elaborados en oro macizo y plata. Son muy característicos de esta Era, que llega a su culminación en las tierras del Antiguo Egipto. Los egipcios, con sus hermosos e imponentes templos, hechos para durar, o el culto al toro, han sido la civilización más representativa de esta Era de Tauro. Fueron dignos descendientes de los atlantes, tanto por su capacidad para el arte, el lujo y las comodidades que les rodeaban, como por su profundo conocimiento de las matemáticas, la arquitectura o la geometría. En aquellas latitudes, con un cielo tan despejado, aparecieron los primeros sacerdotes astrólogos/astrónomos. El viaje de Hércules se realiza desde Keruneia, ciudad y monte de Achaia, hasta los confines del mundo. Dice el mito que la cierva tenía pies de bronce, cuernos de oro y que corría veloz.

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Unas aves monstruosas, que tenían la cabeza de hierro, las plumas de acero y las garras de cobre, vivían en un bosque impenetrable inmediato al lago Estinfalos, actualmente Zaraka, en Grecia, y estaban consagradas al dios Ares. Llegaron a este pantano asustadas por los lobos del “Barranco de Los Lobos” en el camino de Orcomeno, ciudad griega situada en Arcadia,  multiplicándose rápidamente y llegando a ser tan dañinas para los frutos y las cosechas, que Euristeo ordenó su exterminio, ya que con sus excrementos venenosos arruinaban las cosechas y remontando el vuelo en grandes bandadas mataban a hombres y animales descargando sobre ellos sus plumas de acero como flechas. Como la gran dificultad era hacerlas salir del bosque de juncos donde se refugiaban, Hércules se sirvió de unos címbalos de bronce que le entregó Atenea, como regalo de Hefaistos, haciéndolos sonar con tal estruendo que les fue imposible soportar el ruido, espantándolas de tal modo que escaparon a todo batir de alas; no teniendo más que acabar con ellas con sus flechas envenenadas. Hércules, con precisión infalible, las abatió una a una frente a la isla de Ares, en el Mar Negro, donde más tarde las encontraron los argonautas. La Era de Aries (2.000 a 0 a.C.), es el período en el que Grecia llega a su máximo apogeo. En este trabajo también están presentes Atenea, diosa guerrera, y Hefaistos, dios herrero que manipulaba el fuego y los metales, ambos muy relacionados con el signo.  Hércules logra que estas aves de hierro abandonen su refugio y, al fin, puede abatirlos. Este trabajo glorifica a nuestro héroe, haciéndole digno representante de la influencia del sol benefactor que expulsa a los demonios de la fiebre, personificados en estas aves parecidas a las grullas que aparecen en las tallas medievales, chupando el aliento de los enfermos, y que simbolizan las frías y destructivas tormentas de invierno. Los címbalos han sido, y son hoy en día, utilizados por los pueblos primitivos para ahuyentar a los demonios de la fiebre, y en los pueblos y aldeas subsiste la creencia de que tocar las campanas durante una fuerte tormenta protege contra los espíritus del aire. Se cuenta que Estinfalo fue la región donde se retiró Hera una vez hubo repudiado a Zeus y que, al parecer, un colegio de sacerdotisas arcadias adoradoras de la “Triple Diosa”, se instaló allí expulsadas del Barranco de los Lobos por una tribu de invasores aqueos, descendientes de Hércules y adoradores de Zeus.

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Augías, rey de la Élide, hijo de Helio el abrasador, y nieto de Hiperión, uno de los titanes, era un rey sumamente rico. Vivía en Efiro junto a su hija Agamedé, una hechicera que conocía el poder de todas las hierbas del mundo. El nombre del rey, Augías, significa “ser que despide luz” y cuenta el mito que de sus ojos salía luz. Poseía ingentes rebaños de bueyes y ovejas que eran inmunes a todas las enfermedades. Aunque la mayoría de los bueyes eran hembras, contaba con trescientos toros negros de patas blancas, doscientos sementales rojos y doce toros blancos como cisnes, que defendían al rebaño tanto de extraños como de las fieras que les acosaban. Y uno de los cuales, Faetón, confundiendo a Hércules con un león, a causa de su atavío, le atacó. Pero nuestro héroe le asió por el cuerno izquierdo y lo derribó por la fuerza. En sus establos no se recogía jamás el estiércol. Y, aunque el apestoso hedor no afectaba a los animales, difundía su pestilencia por todo el Peloponeso, y además los prados del valle se hallaban cubiertos por una capa de estiércol tan espesa que no se podía cultivar. Euristeo, a fin de humillar a nuestro héroe, le impuso el trabajo servil de limpiar la capa de estiercol. Hércules se dispuso a obedecerle. Pero antes convino con Augías una recompensa por su trabajo si limpiaba sus establos antes del anochecer. Debería darle una décima parte de sus rebaños. Augías, muerto de risa, llamó a su hijo Fileo para que actuase de testigo a la proposición del héroe y le dijo: <<Jura que realizarás el trabajo antes del anochecer>>, y Hércules juró, por primera y única vez, en el nombre de su padre. Tras hacer un agujero suficiente en la pared de los establos, lanzó a través de él la corriente de los ríos Alfeo y Peneo, hijos de Océano y Tetis, los cuáles arrastraron a su paso toda la basura y hediondez. Enterándose Augías por mediación de Copreo, el tío de Euristeo, que era un trabajo ordenado por éste, se negó a pagarle el precio convenido, aduciendo además que los dioses fluviales, y no él, habían realizado el trabajo. Para empeorar las cosas, Euristeo no quiso contar este trabajo pues consideraba que había estado a sueldo del rey Augías. El héroe se marchó expulsado del país, pero con la intención de volver más tarde con un ejército y derrotar al pérfido rey.

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En su partida, Hércules libera a Mnesímaca, hija de Dexámeno, rey de Óleno, de la obligación de casarse a la fuerza con el centauro Euritión, al que mató. Tras la finalización de sus Trabajos y de vuelta con su ejército, mató también a Augías y puso en el trono a su hijo Fileo. Con este trabajo llegamos a La Era de Piscis (0 a 2.000 d.C.) actualmente concluida. Es la Era Cristiana, con el pez como símbolo secreto de los primeros cristianos y sus cualidades de amor, perdón y caridad son idénticas a los atributos del signo. Por otra parte, Jesucristo dijo de sí mismo que era la Luz del Mundo” (Faetòn) y el Buen Pastor”, aspectos claramente relacionados con este trabajo.  Los doce toros blancos representan las doce lunaciones completas, y la lucha de Hércules con Faetón, a semejanza de la de Teseo con el Minotauro, representa un rito de coronación mediante el cual y a través del contacto con el cuerno del toro, se adquiría la capacidad de fertilizar la tierra, adquiriendo el título de Potidán, amante de la diosa Luna. Que es ganado lunar lo demuestran sus colores, rojo, blanco y negro, en recuerdo de los sacrificios realizados a esta diosa de la noche sobre mármol blanco manchado de sangre. Por otra parte, su hija Agamedé es de un carácter idéntico al de Circe, otra hija de Helio, o Medea, sacerdotisa de Hécate, las cuales embrujaban manejando los poderes ocultos de la Luna. Hasta aquí llegamos al punto de oposición (180°) desde que comenzamos el recorrido del Círculo Zodiacal en la Era de Leo. Al traspasar el Ecuador hacia la Era de Acuario, la Humanidad deberá dar un salto cualitativo y subir un peldaño más en el camino de su evolución. Y este salto o ascensión hará el cambio más profundo, más radical y difícil. Este cambio no será quizás tan brusco y desolador como cuando el hundimiento de la Atlántida, pero innumerables testimonios nos indican que el Final de los Tiempos, de estos tiempos, está próximo. Es como si Gaia (La Tierra) en su sabia naturaleza, hubiera liberado de nuevo a sus monstruosos hijos para sacudirse toda la basura acumulada hasta ahora. Mas, los Trabajos de Hércules continúan y pueden darnos alguna idea de lo que nos depara el futuro.

 

El Toro de Creta era un enorme toro negro que Poseidón había regalado a su bisnieto Minos, para que mejorase la raza de sus rebaños, con la promesa por parte del rey de que en cuanto hubiera cumplido su cometido lo sacrificaría en su honor, mas llegado el momento le dio lástima y lo dejó con el resto de sus rebaños. Poseidón, enfurecido, transmitió su furia al toro que comenzó a hacer estragos por toda la isla, llegando a ser una calamidad para el país. En la mitología griega, Minos (en griego antiguo Μίνως Mínôs) era un rey semilegendario de Creta, hijo de Zeus y Europa. La civilización minoica recibe de Minos su nombre. Con su esposa Pasífae fue padre de Ariadna, Androgeo, Deucalión, Fedra, Glauco, Catreo y muchos otros hijos. Minos, junto con sus hermanos Radamantis y Sarpedón, fue criado por el rey Asterión de Creta. Cuando éste murió, dio el trono a Minos, quien desterró a Sarpedón y (según algunas fuentes) también a Radamantis. Minos reinó sobre Creta y las islas del mar Egeo tres generaciones antes de la Guerra de Troya. Vivía en Cnosos por periodos de nueve años, al término de los cuales se retiraba a una cueva sagrada donde recibía instrucciones de Zeus sobre el gobierno que había de dar a la isla. Minos fue el autor de la constitución de Creta y el primer artífice de la supremacía naval de la isla. En la tradición ática y en la etapa ateniense, Minos es un cruel tirano, el demandante del tributo de jóvenes atenienses que alimentaban al Minotauro. Parece posible que este tributo de niños fuera en realidad cobrado para formar parte de los espectáculos taurinos minoicos,[cita requerida] de los que se conserva más de una ilustración. La mayor parte de los mitólogos consideraba que sólo hubo un rey llamado Minos; sin embargo existe una tradición que trataba de conciliar los aspectos contradictorios de su personalidad, así como también pretendía explicar cómo Minos gobernó Creta durante un periodo que parecía abarcar varias generaciones: esta versión asumía que hubo dos reyes con el nombre de Minos.

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Según esta visión, el primer rey Minos fue el hijo de Zeus y Europa y hermano de Radamantis y Sarpedón. Este fue el rey Minos «bueno», tenido en tal estima por los dioses olímpicos que, tras su muerte, se le hizo uno de los tres Jueces de los Muertos, junto con su hermano Radamantis y su hermanastro Éaco. Se decía que la esposa de este Minos fue Itone (hija de Lictio) o Creta (una ninfa, o hija de su padrasto Asterión), y que tuvo un hijo único llamado Licasto, su sucesor como rey de Creta. Licasto tuvo con su esposa Idea (hija de Coribas) un hijo al que llamó Minos, en honor a su abuelo. Este segundo rey Minos, el «malo», es el hijo de Licasto, y fue un personaje mucho más pintoresco que su padre y su abuelo. A este segundo Minos debemos los mitos de Teseo, Pasífae, el Minotauro, Dédalo, Glauco y Niso. A diferencia de su abuelo, tuvo numerosos hijos, entre los que se cuentan Androgeo, Catreo, Deucalión, Ariadna, Fedra y Glauco, todos con su esposa Pasífae. Fue el abuelo del rey Idomeneo, quien llevó a los cretenses a la Guerra de Troya. Puesto que posteriormente se supuso que el intercambio con los fenicios jugó un importante papel en el desarrollo de Creta, a veces se dice que Minos era fenicio. No existen dudas sobre el escenario histórico de la leyenda: recientes descubrimientos en Creta prueban la existencia de una civilización acorde con las leyendas, y hace que resulte probable que no sólo Atenas sino la propia Micenas estuviese una vez sometida a los reyes de Cnosos, de los que Minos fue el más grande. A la vista del esplendor y la amplia influencia de los restos arqueológicos datados en la edad de bronce que descubrió en Creta Arthur Evans en 1900, se dio a la civilización descubierta un nombre derivado de Minos: civilización minoica. Se decía que Minos había muerto en Camico (Sicilia), donde había ido persiguiendo a Dédalo, quien había dado a Ariadna el hilo con que se guio Teseo por el Laberinto. Lo mataron las hijas de Cócalo, rey de Agrigento, que vertieron agua hirviendo sobre él mientras estaba tomando un baño.

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Posteriormente, los restos de Minos fueron devueltos a los cretenses, quienes los pusieron en un sarcófago en el que se hizo esta inscripción: «La tumba de Minos, el hijo de Zeus». Las más antiguas leyendas muestran a Minos como un benévolo gobernante, legislador y supresor de la piratería. Se decía que su constitución había formado la base de la de Licurgo. De acuerdo con esto, tras su muerte se convirtió en el juez de las sombras en el inframundo.5 junto con Éaco y Radamantis.  La explicación solar de “Minos” como “dios-sol” ha pasado a segundo plano tras los últimos descubrimientos. En cualquier caso se le habría reclamado naturalmente un origen divino como rey-sacerdote, y estaba rodeado de una atmósfera divina. El nombre de su esposa, Pasífae («la que brilla para todos»), es un epíteto de la diosa de la luna. El nombre «Minos» parece ser el equivalente filológico de Minias, el ancestro real de los minias de Orcómeno, y su hija Ariadna («la más sagrada») es un doble de la diosa nativa de la naturaleza. Un día, Glauco estaba jugando con una pelota o un ratón y desapareció de pronto. Sus padres fueron al oráculo de Delfos, que les dijo que «una maravillosa criatura ha nacido entre vosotros: quien halle el auténtico parecido de esta criatura hallará también al niño». Este oráculo fue interpretado como una referencia a un ternero recién nacido en la manada de Minos. Tres veces al día, el ternero cambiaba de color de blanco a rojo y de rojo a negro. Poliido advirtió la similitud con la maduración del fruto de la zarzamora y Minos lo envió a buscar a Glauco. Buscándolo, Poliido vio a un búho alejando abejas de una bodega del palacio de Minos. Dentro de ésta había un tonel de miel, dentro del cual halló muerto a Glauco. Minos exigió que se le devolviese la vida a Glauco, a lo que Poliido se opuso. Mientras Minos abrazaba el cadáver de su hijo apareció una serpiente, a la que Poliido mató con la espada de Minos. Apareció entonces otra serpiente que, al ver a la primera muerta, se marchó y volvió con una hierba con la que la resucitó. Siguiendo este ejemplo, Poliido usó la misma hierba para resucitar a Glauco.

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Minos rehusó permitir a Poliido abandonar Creta hasta que hubiese enseñado a Glauco todo lo que sabía. Poliido así lo hizo, pero entonces, en el último segundo antes de marcharse, pidió a Glauco que le escupiese en la boca. Glauco así lo hizo, devolviendo a Poliido todo lo que le había enseñado. El rey Minos prometió a Poseidón que sacrificaría lo primero que saliera del mar. Poseidón hizo salir un toro, pero Minos lo encontró tan hermoso que lo incorporó a sus rebaños y el dios, enfurecido, hizo que la reina Pasífae, esposa del rey Minos, se enamorara del animal. Dédalo construyó una vaca de madera, dentro de la que se escondía Pasífae. El toro se apareaba con la vaca de madera y Pasífae quedó encinta, pariendo un horrible monstruo mitad hombre y mitad toro: el Minotauro. Posteriormente Minos autorizó a Heracles a capturar el toro con el que se había apareado Pasífae, lo que constituyó uno de sus doce trabajos. Dédalo construyó entonces un complicado Laberinto, en el que Minos encerró al Minotauro. Teseo mató al Minotauro; Minos, furioso, encarceló a Dédalo y a su hijo, Ícaro, en el laberinto. Dédalo e Ícaro huyeron usando unas alas que Dédalo inventó, pero Ícaro voló demasiado alto, muy cerca del sol y sus alas se derritieron. Ícaro cayó al mar y se ahogó. Androgeo, hijo de Minos, había ganado los juegos panatenienses, momento de gran gloria que aprovechó Egeo, rey de Atenas, para retarle a luchar contra el toro de Maratón, que estaba asolando esa parte del Ática. La terrible bestia acabó con la vida del príncipe, o según otra versión, éste murió a manos de los otros competidores de los juegos, celosos de su victoria. El rey Minos utilizó la excusa de la muerte de su hijo para lanzar su poderosa flota contra las costas de Grecia, conquistando Megara y condenando con el aislamiento a Atenas, que sufrió el hambre y las epidemias. Los atenienses consultaron al oráculo y éste les aconsejó que aceptaran lo que les propusiera Minos si querían acabar con la guerra. Así, aceptaron el humillante tributo que les impuso el rey de Creta para firmar la paz: cada año debían enviar siete jóvenes y siete doncellas (que se corresponde directamente con el obsesivo registro de las alineaciones lunares por parte de los minoicos: una luna llena cae sobre los equinoccios una vez cada ocho años) para que fueran devorados por el Minotauro. El tributo se suspendería si alguno de ellos lograba escapar del Laberinto.

Para librar a su ciudad de esta carga, Teseo, hijo único de Egeo, parte a Creta. Una vez allí, se enamora de él Ariadna, la hija de Minos, que le ofrece su ayuda: una espada mágica con la que vencer al monstruo y un ovillo con el que guiarse para salir del laberinto. Siguiendo esta estrategia, Teseo acaba con el tributo impuesto por Minos. Minos también tomó parte en la historia del rey Niso. Niso era rey de Megara, e invencible siempre que conservase un mechón de pelo rojo, oculto en su cabellera blanca. Minos atacó Megara pero Niso sabía que no podía ser derrotado porque seguía teniendo su mechón de pelo rojo. Su hija, Escila, se enamoró de Minos y demostró su amor cortando el mechón de pelo rojo de la cabeza de su padre. Niso murió y Megara cayó ante Creta. Minos mató a Escila por haber desobedecido a su padre. Escila fue transformada en un ave marina, perseguida sin descanso por su padre, que era un águila marina. Minos buscó a Dédalo de ciudad en ciudad, proponiendo un acertijo: ofrecía una caracola espiral y pedía que fuese enhebrada completamente. Cuando llegó a Camico en Sicilia, el rey Cócalo, sabiendo que Dédalo sería capaz de resolver el acertijo, buscó al anciano. Éste ató un hilo a una hormiga que recorrió todo el interior de la concha, enhebrándola completamente. Minos supo entonces que Dédalo estaba en la corte del rey Cócalo y exigió que le fuese entregado. Cócalo logró convencerlo de que tomase primero un baño, y sus hijas le mataron entonces quemándolo con agua hirviendo. Tras su muerte, Minos se convirtió en juez de los muertos en el Hades junto con Éaco y Radamantis. Radamantis juzgaba las almas de los orientales, Éaco la de los occidentales y Minos tenía el voto decisivo. No está claro si Minos es un nombre o si era la palabra cretense para rey. Los investigadores han advertido la interesante similitud entre Minos y los nombres de otros antiguos reyes-fundadores, tales como Menes de Egipto, Mannus de Alemania, Manu de la India, Moisés del judaísmo, etc.

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Euristeo, de nuevo, ordena a Hércules que capture vivo al toro y se lo traiga a su presencia. Hércules partió hacia Creta y desembarcó en la isla, obteniendo fácilmente la autorización del rey Minos, quien además le ofreció toda la ayuda necesaria para llevar a cabo su labor. Pero Hércules prefirió apoderarse de él sin la ayuda de nadie, a pesar de que el toro arrojaba llamas abrasadoras por sus fauces. Cuando encontró al animal lo redujo tras una larga lucha, y envolviéndolo en una red regresó con él a través del mar montado en su lomo hasta llegar a la costa de Tirintos. Y, de ahí, ante la presencia de Euristeo. Éste quiso regalárselo a Hera, pero la diosa denegó el presente y lo puso en libertad. El toro cruzó la Argólida, atravesando el istmo de Corinto y llegando a Ática se asentó en la comarca de Maratón, donde comenzó a renovar sus proezas, hasta que posteriormente otro héroe, Teseo, le dio muerte. Este trabajo nos sitúa en la Era de Acuario (2.000 a 4.000 d.C.). Signo de Aire, representante de la amistad, la independencia y originalidad. No se puede precisar cuándo empieza una Era ni cuando termina, ya que las constelaciones están distantes entre sí y algunas se solapan. Y este solapamiento, astronómicamente, puede durar 500 años o más. Cuenta el mito que Neptuno hizo surgir del agua al animal, como un regalo o herencia de la Era anterior. Por otra parte, el toro es la representación física de Tauro, los valores materiales y la riqueza en general. A pesar de que Hércules cumple con su trabajo, a efectos prácticos no consigue que la furia del toro sea dominada, dejando patente la desorganización propia de este signo y planeta. Tiempo después otro héroe descendiente también de Poseidón, Teseo, que emuló en muchas de sus hazañas los trabajos de Hércules, capturará al toro y lo sacrificará en honor de Apolo. Hércules, en su último trabajo, lo sacará del infierno (Hades). Este hecho refuerza la idea de que en el futuro será necesaria esta colaboración entre los hombres. En el mundo onírico, un toro bravo que recorre libre los prados es anuncio de derroche y despilfarro. Ya sabemos que la Tierra está cambiando, pero si la Humanidad no sacrifica al toro y sigue con su consumismo y desgaste progresivo, en 50 años habremos acabado con la práctica totalidad de los recursos naturales, y desatado de nuevo la furia de Neptuno.

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Diómedes, rey de Tracia, hijo de una relación incestuosa entre Asteria y su padre Atlas, tenía cuatro yeguas que vomitaban fuego por la boca y se alimentaban de carne humana, ya que el rey hacía que devorasen a todo extranjero que llegara a su país. Las llamaba Podargo, Lampo, Xanto y Deino. Euristeo ordena a Hércules que le traiga las yeguas para ponerlas bajo la custodia de Hera. Éste partió hacia la Tracia a por ellas. Se hospedó en Feras, en el palacio del rey Admeto, quién en una ocasión anterior había hospedado a Apolo, ya que éste último tuvo que servirle como vaquero durante un año completo, por mandato de Zeus. Al haberse portado con el debido respeto hacia el dios, éste, agradecido, le ofreció como regalo la posibilidad de alargar su vida, si alguno de su familia moría por él. El fatídico día llegó antes de lo previsto, y el propio Hades fue en su busca, Admeto, al verle, salió despavorido. En ese momento, Alcestis, su mujer, se ofreció voluntariamente a morir por él, pero Hércules se presentó inesperadamente con una nueva clava de acebuche y, tras luchar con la Muerte y vencerla, la salvó. Después de esto se dirigió a Tirida a por las yeguas y, reduciendo a los criados que las guardaban, las cogió y las ató. Pero cuando estaban en la playa a punto de embarcar, fue atacado por las huestes de Diómedes. Dejando a su amigo Abderos al cuidado de las yeguas, se dispuso para la lucha, y como le superaban en número, abrió un canal e hizo que el agua del mar inundara la llanura baja. Y cuando sus enemigos se dieron la vuelta, los persiguió, logrando aturdir a Diómedes con la clava.

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Entretanto las yeguas, embravecidas y viéndose libres de la poderosa mano del héroe, destrozaron el carro al que se encontraban atadas arrastrando y matando a Abderos. Al llegar Hércules y ver a su amigo muerto, hizo que las yeguas devorasen a Diómedes, aún vivo, fundando posteriormente la ciudad de Abdera en honor de su amigo muerto. Más tarde, apropiándose del carro de su enemigo, unció a él las yeguas, que no conocían hasta entonces ni el freno ni la brida, y las llevó al palacio de Euristeo, que las consagró a Hera, dejándolas libres en el monte Olimpo, donde terminaron siendo devoradas por las fieras. Este octavo trabajo nos situará en la Era de Capricornio (4000 a 6000 d.C.). Signo de contrastes, con un gran potencial para el éxito, marcará las posibilidades y limitaciones para la Humanidad. Las voraces yeguas deben ser controladas, sometidas a una disciplina, a una Ley, o de lo contrario nos devorarán como hicieron con su antiguo dueño Diómedes. Éste, de quien no se tiene muy claro quién eran sus padres, era un rey cruel, frío y ambicioso. Transgrediendo todas las leyes, alimentaba con la carne de sus confiados huéspedes a sus voraces yeguas, en una clara alusión a los cuatro caballos del Apocalipsis: el Hambre, la Guerra, la Peste y la Muerte. El episodio con el rey Admeto y su esposa Alcestis representa la abolición por parte de nuestro héroe de la antigua costumbre de hacer perecer a la mujer tras la muerte del marido, equilibrando con este acto el eje CapricornioCáncer.  Tanto en este trabajo como en el anterior aparecen extraños artefactos que parece que han mejorado en tecnología a los anteriores. Los descendientes de la Atlántida siguen construyendo vehículos que echan fuego e incluso que comen carne humana, por lo que se hace necesario ponerlos a buen recaudo o destruirlos.

 

Hipólita era la reina de las amazonas, mujeres guerreras que moraban en el Asia Menor a lo largo de las costas de Ponto Euxino. Eran descendientes de Ares y de la ninfa Harmonía. Sólo reconocían la descendencia materna, hacían perecer a sus hijos varones o les rompían brazos y piernas recién nacidos a fin de incapacitarlos para la lucha; educaban cuidadosamente a sus hijas en la equitación y en la profesión de las armas. No toleraban la presencia de los hombres sino en calidad de sirvientes. Y para poder perpetuarse, luego los mataban. A las niñas les cortaban el seno izquierdo (amazona = sin seno) para que no les molestase al tirar con el arco de bronce que portaban. Euristeo, a cuya hija, Admete, se le había antojado el cinturón de oro de Hipólita, que le había regalado Ares. Ordenó a Hércules que le trajera el ceñidor. Hércules partió para Capadocia, reino de las amazonas, y cuando llegó a la desembocadura del río Termodonte ancló su barco en el puerto de Temiscira, donde Hipólita enamorada y atraída por el musculoso cuerpo de Hércules, le entregó el cinturón como prenda de amor. No obstante, Hera contrariada por el hecho de que no hubiera trifulca, tomó la forma de una amazona y comenzó a extender el rumor de que Hipólita iba a ser raptada por los extranjeros, lo que suscitó una disputa entre éstas y los compañeros del héroe, que degeneró en batalla. Éste creyéndose traicionado, mató a Hipólita en la lucha, y quitándole el cinturón se apoderó también de su hacha de doble filo, dando muerte a todas las jefas de las amazonas. En el camino de vuelta llegó a Troya, donde Hesíone, hija del rey Laomedonte, esperaba encadenada a una roca para ser devorada por un monstruo marino, castigo impuesto por Poseidón y Apolo, al incumplir el pago por la construcción de las murallas de Troya. El héroe se ofreció para liberar a la princesa si el rey le entregaba los “caballos divinos”, que Zeus le había regalado a su abuelo Tros, fundador de la ciudad.

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Hércules luchó contra el monstruo entrando en su interior y deshaciéndolo desde dentro para matarlo. Necesitó tres días completos y cuando salió estaba completamente calvo. Al llegar ante Laomedonte, este rey tramposo y mentiroso le entregó unos caballos normales, Hércules prometió vengarse y, al igual que hizo con Augías y su reino, cuando terminó los trabajos organizó un ejército y destruyó Troya, matando al rey y a sus hijos, a excepción de Príamo y Hesíone. Este noveno trabajo nos lleva a la Era de Sagitario (6000 a 8000 d.C.) entrando en acción el eje Sagitario-Géminis.  Mediante el fuerte impulso de su voluntad, unido a un buen ánimo comunicador y la fe innata de este signo de Fuego, nuestro héroe consigue su objetivo de una forma natural y cómoda. Pero no olvidemos que, por la otra parte, está la sempiterna celosa Hera, la actitud caprichosa y cambiante de Admete, las trampas y mentiras de Laomedonte, etc.  Los “caballos divinos” regalados por Zeus-Júpiter al fundador de Troya, representan estas nobles cualidades de “ética”, “nobleza”, “rectitud”, “altruismo” ymagnanimidad”, que son el premio a la valentía y la fe en el rescate de la princesa encadenada y expuesta a las fauces del dragón monstruoso. Al igual que en otros mitos nuestro héroe necesita tres días para deshacer, destrozar o desconectar los mecanismos de éste extraño “submarino” que emerge de las aguas. Y cuando sale de él lo hace totalmente calvo, ¿sería algún tipo de radiación la que hacía que se cayera el pelo? ¿qué eran los caballos divinos prometidos por el rey que provocan la furia del héroe?

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Gerión, rey de la Bética (Tartesos, en el Suroeste de la Península Ibérica), según uno de los mitos, habitaba en la isla Eritia, en el lejano Oeste, más allá de los pilares de Hércules. Era un gigante de tres cabezas, tres cuerpos, seis brazos y seis piernas, estaba fuertemente armado y podía volar. Hijo de Crisaor y de la ninfa Calírroe (Oceánida). En la mitología griega, Crisaor (‘espada dorada’) era hijo de Poseidón y Medusa. Fue concebido cuando Poseidón violó a Medusa en el suelo de un templo de Atenea quien, enfurecida por la profanación, la transformó en una Gorgona. Así, Crisaor y su hermano, el caballo alado Pegaso, no nacieron hasta que Perseo decapitó a Medusa. Algunas versiones cuentan que nacieron de las gotas de sangre, y otras que brotaron del cuello de Medusa, un nacimiento «más elevado», como el de Atenea de la cabeza de Zeus. Crisaor es el guerrero de la espada de oro que aparece en el mito de Perseo. De su unión con la oceánide Calírroe nació Gerión. Poseía un numerosísimo rebaño de bueyes, Las Manadas de los Bueyes Rojos de Gerión que guardaba un hijo de Ares, Euritión, en compañía del perro Ortros, monstruoso hermano de Cerberos, que pastoreaba con Menoetés los rebaños de Hades no lejos de ellos. Euristeo ordenó a Hércules que fuese a la isla situada al otro lado del río Océano  y le trajese “sin pedirlo ni pagarlo”, el codiciado rebaño. A tal fin Hércules  reunió una gran expedición en Creta y se embarcó hacia Libia. Allí mató al hermano de Gerión, el gigantesco Anteo, que medía más de cien pies de altura (unos increíbles 30 metros) y que oculto en los arenales acechaba a los viajeros obligándolos a luchar contra él cuando pasaban cerca de su morada, para posteriormente ofrecer sus despojos a su padre Poseidón, al que había hecho voto de levantar un templo con los cráneos de los adversarios por él vencidos. Como era invulnerable mientras tocara a su madre Gea (la tierra, el suelo) Hércules lo mantuvo en el aire mientras lo aplastaba con sus poderosos brazos. Después siguió haciendo limpieza de las fieras que infestaban el desierto. Visitó Egipto, donde mató a Busiris (otro hijo de Poseidón) que se comía a cuanto extranjero llegaba a su reino. Hércules, sin defenderse, se dejó conducir ciegamente, y a pesar de estar encadenado en el altar preparado para el sacrificio rompió las cadenas, destruyó el templo y lo mató junto a todos sus súbditos.

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Después se dirigió hacia el oeste por la costa africana, llegando a las costas de Gadix, donde creyó haber alcanzado a los confines del mundo. Y separando los dos montañas de Calpe y Abila, puso en comunicación el Atlántico con el Mediterráneo, levantando en la cima de estas montañas dos columnas donde grabó la inscripción: “Non Plus Ultra”. Para atravesar el Océano tomó prestada la “copa del Sol”, barca que Helio usaba todas las tardes para atravesar de Occidente a Oriente durante la noche, amenazando al dios solar con asaetearle, enviándole una flecha al “cenit” por molestarle con su calor. Éste accedió a dejarle la gran vasija de oro con la que podía navegar y transportar toda la manada de Gerión. Según otra versión, Hércules se embarcó hacia Eritia en una urna de bronce utilizando su piel de león como vela. Sea como fuere, una vez embarcado Océano advirtió que el pasajero no era el habitual y comenzó a agitarse bruscamente. Al punto, Hércules armó su arco y Océano se calmó, y en el mismo momento que desembarcaba en la isla, se le echó encima el perro Ortros, al que hundió el cráneo con su mazo, matando también a Euritión que llegaba detrás del perro. El otro pastor, Menoetés, que había observado la escena, corrió a informar a Gerión. Éste, para defender su reino, se puso la armadura monstruosa de tres troncos y tres cabezas con la que podía arrojar fuego. Pero enfrentado a Hércules terminó muriendo por las flechas envenenadas de éste, que poco después embarcó los bueyes en la copa del sol. Ya de vuelta a Libia con los bueyes, y sabedor de que éstos iban a suscitar muchas codicias, decidió volver rápidamente por Iberia vía a la Galia, Italia, Sicilia y al fin Grecia, sembrando el largo trayecto de numerosas leyendas, amoríos y descendencia. En Antía, el rey Brentano lo agasajó y lo hospedó en su palacio, ofreciéndole a sus hijas, Beletia y Celtine, como concubinas. De Beletia nació Breto, padre de los bretones. Y de Celtine nació Celto, padre de los celtas. En Catalunya tuvo amores con la ninfa Pirene, de la cual nacería una Gran Serpiente, que más tarde fue petrificada, formando los montes Pirineos. También tuvo amores con la princesa Laia, de la que nació Laio, padre de los layetanos.

Los layetanos era un pueblo íbero que habitaba en la costa de la provincia de Barcelona, entre los ríos Llobregat y Tordera. Por el interior se extendían por la llanura del Vallés, quizá hasta la actual Manresa, aunque más probablemente esta ciudad fuera de los lacetanos. Las principales ciudades de su territorio fueron Ailuron o Lauro —la actual Mataró—, como ciudad extramuros que formaría un conjunto con la ciudadela y cerca de Ilturo —Burriac—, Baitulon —Baetulo, la actual Badalona a orillas del río Vaetulo, hoy Besós—, Barcinon (Barkeno), Egara —Tarrasa— y Blanda —Blanes, cerca del río Larnum, hoy Tordera—. Barcinon fue fundada hacia el siglo VI a. C. —aunque después quizás fue refundada como Barkeno por los cartagineses—. Anteriormente existió una ciudad cercana a la montaña de Montjuic, que probablemente se llamaba Laie de la que tomaron el nombre. Como otros pueblos iberos, construían sus poblados sobre cerros y rodeados de murallas; las casas eran rectangulares y de piedra. Vivían de la caza, la pesca y la agricultura y tejían lana y lino. Su cerámica era poco desarrollada y trabajaban el bronce y el hierro. Almacenaban el grano en silos. Sus vinos eran apreciados. Uno de sus alimentos básicos fue un derivado lácteo similar al yogur. Claudio Ptolomeo menciona también, como situado entre Baitulon y Ailuron, el Lunarion Akrum, el «Promontorio Lunario», probablemente un santuario lunar. Existen referencias de monedas acuñadas en las leyendas Laiesken e Ilturo. Los lacetanos provienen probablemente de los layetanos.

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Después pasó a la Galia donde fundó la ciudad de Alesia (viajante) y, uniéndose con la princesa Gálata, tuvo a Galo, padre de los galos. Siguiendo camino hacia Italia, Caco, hijo de Hefesto y hermano de Caca, un gigante mitad hombre y mitad sátiro que vomitaba torbellinos de llamas y humo, le roba una parte de la manada. Hércules al oír el mugido de uno de los bueyes, comprende lo que ha ocurrido y dirigiéndose hacia la cueva retira la gran roca que cubre la entrada y se lanza sobre el malvado Caco, estrangulándolo. Más tarde fundó Pompeya y Herculano, construyendo una calzada a lo largo del golfo Lucrino, por donde llevó a los bueyes. Ya en la Tracia, llegó al desierto escita, donde una mañana se encontró con que faltaban las yeguas de su carro y buscándolas por todas partes llegó a un bosque llamado Hilea, donde un ser extraño, medio mujer medio serpiente, le gritó desde una cueva. Al acercarse le dijo que ella tenía sus yeguas y que sólo se las devolvería si se hacía su amante, Hércules accedió con repugnancia. De esta unión nacieron tres mellizos. El más pequeño, Escites, era el único capaz de encorvar el arco y ceñirse el cinto que había dejado Hércules. Por ello, su madre le dio el reino y fue padre de los reyes escitas. La Era de Escorpio (8.000 a 10.000 d.C.) coincide con el décimo trabajo. La vez anterior que estuvo activada esta era fue en el cuarto trabajo, con “La Cierva de Keruneia”, en el que tuvo que viajar hasta el confín del mundo, un viaje simbólico desde el poder material a las profundidades anímicas. Ahora se planteará el viaje a la inversa, y será una prueba de tal intensidad que solamente la fuerte personalidad de Hércules puede llevar a cabo. Helios entrega a Hércules una gran nave para que atraviese el Océano y llegue hasta el reino de Gerión, hijo de otro occidental, Crisaor, que salió volando junto con su hermano Pegaso de la cabeza de su madre,  Medusa, cuando ésta fue atacada y muerta por Perseo. Ésta tenía multitud de brazos en forma de serpientes y lanzaba rayos que paralizaban y petrificaban. Ortro, el perro de dos cabezas que ataca al héroe, también es pariente directo de Crisaor y de Hera, y al igual que su tío Gerión también utilizaba armadura, aunque de inferior rango al de éste último. Como todos los descendientes de Crisaor (“el de la espada de oro”), poseía los suficientes conocimientos como para poder conseguir estos artefactos. No olvidemos que Hércules también llevaba armadura a partir del primer trabajo, en el que se adueña de la piel del León de Nemea, que era indestructible, además de los portentosos “regalos” realizados por los dioses, y que completaría con el poderoso “veneno” que extrajo de la Hidra. El regente de este signo de Escorpión, Plutón (Hades), está secretamente presente tanto en la manada que pasta al lado de la de Gerión, como en la enorme progenie que va dejando en el camino de regreso. La aparición de Plutón indica que ha llegado el momento de explorar con profundidad otras dimensiones de la vida. Y al igual que Orfeo tuvo que descender al Hades para recuperar a su amante (alma) perdida, la Humanidad deberá hacerse consciente del potencial peligro que supone el manejo de potentes energías como son la genética y la industria nuclear, que pueden destruir la Tierra.

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Gaia, la Tierra, había regalado unas “manzanas de oro” a Hera, con motivo de su boda con Zeus. Hera, complacida, las colocó en un “jardín divino”, poniendo al cuidado de éste a tres ninfas, Las Hespérides, hijas de Atlas, y en compañía de Ladón, un dragón de cien cabezas que se enroscaba alrededor del árbol. Euristeo quería estas manzanas, así que ordenó a Hércules que se las trajera. Éste se informó del camino que conducía a dicho jardín y puso rumbo al norte hacia Macedonia hasta llegar al río Po, hogar de Cicno, hijo de Ares y Pirene, ser violento y sanguinario que atacaba a los viajeros y los sacrificaba en honor de su padre. Hércules lo mató en duelo provocando la ira de su padre, que se le enfrentó. Pero Zeus, al ver a dos de sus hijos en lucha, lanzó un rayo entre ellos y la lucha cesó. Después Hércules atravesó los Pirineos y fue a ver a las ninfas del río, hijas de Zeus y Temis, que le informaron que Nereo, dios marino que llevaba miles de años refugiado en las cálidas aguas del Mar de Tritón, era el único que podría informarle del camino a seguir. Mediante engaños logró que se lo mostraran dormido, momento que aprovechó para asir al venerable y anciano dios, que a pesar de sus muchas transformaciones, se vio obligado a revelarle el camino, La Vía Láctea, aconsejándole que no arrancaría las manzanas personalmente, sino que se valiese de Atlas para llevar a cabo la misión. A tal fin, Hércules tuvo que matar a Ladón con una de sus flechas, ya que Atlas le temía, y ocupando el lugar de éste, inclinó su espalda para recibir el peso del globo celeste, partiendo entonces Atlas hacia el jardín. Al rato volvió con las tres manzanas arrancadas por sus hijas del árbol y le comunicó que él mismo en persona se las entregaría a Euristeo. Hércules simuló aceptar, rogándole no obstante que le sustituyese un instante para colocarse un almohadón sobre los hombros. El ingenuo Atlas asintió, y Hércules recogiendo las manzanas del suelo se despidió. En castigo por haberse dejado robar las manzanas, las Hespérides fueron convertidas en tres árboles (olmo, álamo y sauce), a la sombra de los cuáles descansaron tiempo más tarde los argonautas en su búsqueda del vellocino de oro. El dragón fue transportado al cielo y transformado en la Constelación de La Serpiente (Oficus).

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Ya de vuelta, cuando llegó al Caúcaso, Hércules pidió permiso a su padre Zeus para liberar a Prometeo, al que mantenía castigado desde hacía muchos años. Estaba encadenado a una roca por ayudar a los humanos descubriéndoles el secreto del fuego. Mientras, un águila-buitre, también hija de Tifón y Equidna, le devoraba el hígado durante la noche mientras que se le regeneraba durante el día. Zeus se lo concedió sin vacilar, pero como quiera que sus sufrimientos estaban sujetos a durar mientras que algún inmortal no fuera al Tártaro en su lugar y voluntariamente, Hércules le recordó que Quirón, un centauro inteligente, sabio y de buen carácter, a diferencia de la mayoría de los de su clase, deseaba renunciar a su inmortalidad desde que sufriera una herida incurable. Así pues, Prometeo recuperó su libertad e inmortalidad a costa de la de Quirón. El Centauro demostró tener un gran sentido de entrega y generosidad para con la raza humana, y no quedando ya impedimento alguno, el héroe mató al águila-buitre atravesándole el corazón con una flecha y liberándo a Prometeo; Zeus colocó la Flecha entre las estrellas como la Constelación del Centauro (Sagitario). Hércules entregó las manzanas a Euristeo, que no supo qué hacer con ellas, por lo que volvieron otra vez a las manos de Hera, que las volvió a colocar en el jardín celeste. Con el undécimo trabajo llegamos a la Era de Libra (10.000 a 12.000 d.C.) signo de Aire, representado aquí por las Hespérides ninfas del atardecer, del sol poniente u oculto.  Aquel Árbol del Paraíso, que con sus manzanas condenó al ser humano a la enfermedad y la muerte, se cristalizó en el símbolo del conocimiento carnal. Al comer la manzana, Adán y Eva tomaron conciencia de su sexualidad y fueron expulsados del Paraíso. La manzana está presente en muchos de los mitos de las diferentes culturas, y siempre se la relaciona con el amor carnal o erótico. Freya, diosa del amor del mito teutónico, es quien posee las manzanas de oro que otorgan a los dioses la “eterna juventud”. Pero es entregada a los gigantes a cambio del edificio del Valhalla, un enorme y majestuoso salón ubicado en la ciudad de Asgard, gobernada por Odín. Y este sacrificio del amor a cambio de la adquisición de poder es el comienzo del “Ocaso de los Dioses”.

También en el mito venusiano del “Juicio de Paris”, Zeus le obliga a elegir en una competición de belleza entre tres diosas: Hera, Atenea y Afrodita, siendo el premio una manzana de oro. Y, aunque en un principio se niega a participar pues sabe que no escapará a la venganza de las otras dos que no sean elegidas, Afrodita le desarma con su desnudez consiguiendo la manzana y el concurso. Y aunque él obtiene a la mujer más hermosa del mundo, Helena de Esparta, ocasiona la caída de Troya, porque Paris, al igual que cualquier humano, debe atenerse a las consecuencias de su elección. Afrodita, enemiga arquetípica de Hera, representa una seria amenaza para el colectivo pues es una diosa amoral con las normas convencionales, y esto Hera no lo puede consentir, de tal forma que va castigando y decretando todo tipo de males y sufrimientos a todos aquellos que se dejan arrastrar por sus pasiones. Para retornar a este nuevo Paraíso, lejano, escondido y fuertemente custodiado, el héroe solar debe sumergirse en las profundidades del mar, cargar con el peso de la Tierra y después liberar al padre de la humanidad, todo un ejercicio de Equilibrio y diplomacia. Cuenta el mito que la Tierra quedó desierta de mortales después de la guerra de Zeus contra los Titanes, y que fue Prometeo el encargado de la repoblación humana, moldeando al hombre con saliva y barro, para que posteriormente Atenea, insuflándoles el aliento de la sabiduría, les proveyera de alma. Mientras, su hermano Epimeteo se ocupó de la fauna animal. Prometeo compadecido al ver tan indefensos a los humanos, robó el fuego de la fragua de Vulcano, por lo que fue castigado. Pero Hércules libera al Titán que simboliza en el polo opuesto, signo de Aries, al primer hombre, que transmutado por el Fuego de Vulcano, forja en el interior de cada individuo una férrea y libre voluntad que la sabiduría de Atenea habrá sabido trascender.

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El camino señalado por Nereo (la Vía Láctea) debía estar presente en el inconsciente de nuestro héroe, ya que él lo había originado en su niñez y lo había recorrido, aunque en sentido inverso, en el décimo trabajo. Esta vez llega por el norte, por el país de Brentano, donde se encuentra con los descendientes de su hijo Breto, que estaban en guerra contra los ligures. Siguió camino hacia Galicia, donde los celtas lo acogieron y levantaron una gran torre en su honor, La Torre de Hércules, en A Coruña. Pero no encuentra el jardín y se vuelve para ayudar a los bretones en su lucha. El dragón Ladón poseía cien cabezas y hablaba diversas lenguas, en alusión a que podía haber muchos héroes oraculares llamados Heracles, representantes de Zeus (el cielo) y dedicados al servicio de Hera (la que marca las Eras). Se dice de Atlas que fue el primer astrónomo, conocía la fuerza de la gravedad y el movimiento gravitatorio de los astros que permiten el equilibrio intergaláctico. Era, junto con su hermano Prometeo, los únicos Titanes que quedaban sobre la Tierra. Como era tan sabio, Atlas portaba el globo terrestre, y mediante la colocación de dólmenes, menhires y grandes pirámides, había logrado un equilibrio perfecto entre las fuerzas magnéticas de los astros y ello le permitía “sostener la Tierra”. Fue él quien enseñó astronomía a Hércules. De ahí que “le tomó el globo”, convirtiéndole en el Señor del Zodíaco, siendo muy probable que originariamente la carga no fuera el globo terráqueo, si no el disco solar. Después se dirige al Caúcaso en busca de Prometeo, que había estado con los dioses y conocía sus secretos. Es más, había robado el “Fuego Divino” para entregárselo a los hombres, creación suya.

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El último y más difícil de los trabajos, que encargó Euristeo a Hércules, consistió en bajar a los infiernos y capturar al Can Cerbero, un monstruoso perro de tres cabezas, hijo de Tifón y Equidna y hermano de Ortros y La Hidra, que guardaba la entrada del Tártaro. En la mitología griega, el Tártaro es tanto una deidad como un lugar del Inframundo, más profundo incluso que el Hades. En antiguas fuentes órficas y en las escuelas mistéricas es también la «cosa» ilimitada que existió primero, de la que nacieron la Luz y el Cosmos. En su Teogonía, Hesíodo cuenta que Tártaro era hermano de Caos, Gea y Eros, y padre de Tifón con Gea. También asevera que un yunque de bronce caerá desde el cielo durante nueve días hasta alcanzar la Tierra, y que tardará nueve días más en caer desde ahí al Tártaro. En la Ilíada, Zeus dice que el Tártaro está «tan abajo del Hades como el cielo está de alto sobre la tierra». Al ser un lugar tan alejado del sol y tan profundo en la tierra, está rodeado por tres capas de noche, que rodean un muro de bronce que a su vez abarca el Tártaro. Es un pozo húmedo, frío y desgraciado hundido en la tenebrosa oscuridad. Es uno de los objetos primordiales, junto con el Caos, Gea (la Tierra) y Eros, que surgieron en el universo. Mientras que, según la mitología griega, el Hades es el hogar de los muertos, el Tártaro tiene además una serie de habitantes. Cuando Cronos, el Titán reinante, tomó el poder encerró a los Cíclopes en el Tártaro. Zeus los liberó para que le ayudasen en su lucha con los Titanes. Los dioses del Olimpo terminaron derrotándolos y arrojaron al Tártaro a muchos de ellos (Atlas, Crono, Epimeteo, Metis, Menecio y Prometeo son algunos de los que no fueron encerrados). En el Tártaro los prisioneros eran guardados por gigantes, cada uno con 50 enormes cabezas y 100 fuertes brazos, llamados Hecatónquiros. Más tarde, cuando Zeus venció al monstruo Tifón, hijo de Tártaro y Gea, también lo arrojó al mismo pozo.

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En mitologías posteriores, el Tártaro se convirtió en el lugar donde el castigo se adecúa al crimen. Por ejemplo Sísifo, que era un ladrón y un asesino, fue condenado a empujar eternamente una roca cuesta arriba sólo para verla caer por su propio peso. También allí se encontraba Ixión, el primer humano que derramó sangre de un pariente. Hizo que su suegro cayese a un pozo lleno de carbones en llamas para evitar pagarle los regalos de boda. Su justo castigo fue pasar la eternidad girando en una rueda en llamas. Tántalo, que disfrutaba de la confianza de los dioses conversando y cenando con ellos, compartió la comida y los secretos de los dioses con sus amigos. Su justo castigo fue ser sumergido hasta el cuello en agua fría, que desaparecía cada vez que intentaba saciar su sed, con suculentas uvas sobre él que subían fuera de su alcance cuando intentaba agarrarlas. Radamantis, Éaco y Minos eran los jueces de los muertos y decidían quiénes iban al Tártaro. Radamantis juzgaba las almas asiáticas, Éaco las europeas y Minos tenía el voto decisivo y juzgaba a los griegos. Para realizar esta misión el héroe solicitó, por recomendación de Zeus, participar en un rito antiquísimo, Los Misterios de Eleusis. Hércules, después de purificarse y jurar el secreto, descendió al Hades guiado por Atenea y Hermes. Fue conducido por Caronte, barquero del Hades,  a través del “Estigia”. Y cuando desembarcó, todos los espíritus huyeron, a excepción de Meleagro y Medusa. Al ver a ésta última, desenvainó la espada, pero Hermes le tranquilizó advirtiéndole que sólo era un fantasma. Después Meleagro le contó su muerte con palabras conmovedoras, y el héroe le prometió casarse con su hermana Deyanira. Luego, liberó a su amigo Perseo, no pudiendo hacer lo mismo con Peritoó, que siguió cautivo. Retiró la piedra bajo la que Deméter había aprisionado a Ascálafo, el chismoso jardinero de Hades, que atestiguó haber visto comer a Core (Perséfone) el “alimento de los muertos”. A continuación, y para complacer a las ánimas con un regalo de sangre, mató una de las vacas del rebaño de Hades.

Menoetés, el pastor de Hades y que ya apareciera en el décimo trabajo, se opuso y le desafió, ante lo que Hércules le asió por la cintura, rompiéndole las costillas. Y, de no ser por Perséfone, que intervino, lo hubiese matado. En ese momento, el héroe pidió a Hades, que se hallaba junto a su esposa, que le entregara a “Cerbero”. Y éste le dijo que sería suyo si conseguía dominarlo sin emplear la clava ni las flechas. El héroe encontró al perro encadenado a las puertas del Aqueronte y, abalanzándose sobre él, le asió del cuello, del que le salían las tres cabezas, mientras el perro le golpeaba con su rabo cubierto de púas. Hércules, protegido con la piel del León, no aflojó, y Cerbero, sintiéndose ahogado, se sometió. Después salió del Hades ayudado por Atenea y por la boca que comunicaba con Trencene. Al llegar a Micenas con el perro, Euristeo sintió tal pánico que, una vez más, fue a refugiarse a su “tinaja”.  Hércules, sin saber lo que hacer con el perro, lo devolvió al Hades. Con este último trabajo llegamos a la Era de Virgo (12.000 a 14.000 d.C.), signo de Tierra, representado por la diosa de la agricultura Deméter. Este es el signo donde, mediante el servicio y el trabajo, nos purificamos y perfeccionamos. Hércules prepara este viaje de forma organizada y metódica, no deja nada al azar. Laboriosamente se purifica, se limpia y se perfecciona; se hace guiar por la sabiduría (Atenea) y la inteligencia (Mercurio), y, atento y servicial, ofrece a los muertos un sacrificio, les escucha, les atiende y les libera. Hércules sigue las recomendaciones de su padre, Zeus-Júpiter, y participa piadosamente en los actos religiosos de los misterios eleusinos. Éstos misterios constaban de dos partes, una de preparación e iniciación (misterios menores), y que eran celebrados en Atenas, y otra doctrinal (misterios mayores), que explicaban el porqué, la razón y la meta a alcanzar. Eran celebrados en Eleusis, en el templo de Deméter. Así como Deméter aparecía bajo un doble aspecto, uno relativo al nacimiento y otro a la muerte de la vegetación, sus misterios también se dividían en dos partes, logrando dejar a la humanidad dos grandes dones: la agricultura y los misterios, el pan y la vida eterna, base de las nuevas religiones.

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No se admitían extranjeros ni malhechores, y para acceder a dichos misterios era indispensable ser ciudadano libre de un estado helénico y no haber incurrido en ninguna falta grave, principalmente homicidio. Los candidatos eran llamados “neófitos” y, una vez iniciados, “mistes”. El misterio se basaba en la reencarnación de Zagreo, hijo de Zeus y Perséfone. Hera, celosa como siempre, lanzó a los Titanes contra Zagreo y éstos lo descuartizaron, echándolo posteriormente en una caldera, seguramente  el infierno. Zeus acudió en su auxilio, pero llegó tarde. Lleno de furia mató a los Titanes con su rayo y se tragó el corazón palpitante de su hijo, el cual había sido traído por Atenea, mientras que Apolo recogía los demás restos. Habiendo regenerado a Zagreo, éste en adelante se llamó Iakchos, y como él, los iniciados podían renacer, tras la muerte, a una vida mejor. No existe más claro antecedente de Jesús el Cristo, ni mejor representante de Piscis.  Aristóteles opinaba que los iniciados no aprendían nada preciso, sino que recibían impresiones y eran puestos en un determinado estado de espíritu para contemplar y concebir la gracia. Tras estas contemplaciones pasaban a ser epoptes, es decir, los que por haber visto estaban salvados. Platón opina: <<Quien llega al Hades no iniciado y sin haber participado en los misterios, allí permanecerá en el fango>>. Sentando pues las bases de una nueva religión universalista, necesariamente brotará de lo más profundo de nuestro interior una fuente de sabiduría que nos vinculará con la vida en todas partes y en todas las épocas, naciendo El Gran Hombre, El Redentor. Y, fusionándonos con el Universo, nos acercaremos a la comunión directa con lo divino. Al igual que éste héroe solar, que trabajó en dos mundos, los iniciados, después de recorrer la tierra, bajaran a los infiernos y liberaran a Teseo, vencerán al perro guardián de la muerte y lo someterán. Después el iniciado logrará salir de los infiernos ayudados por Atenea, y por Mercurio, para que, quedando libre del servicio con este último trabajo, habrá adquirido suficientes experiencias como para eludir la dependencia del Zodíaco. Se hará consciente de todo el trabajo realizado y el camino recorrido. Y, habiendo liberado a otros del Hades, cruzará el umbral de la muerte limpia y sanamente, con pleno conocimiento. Tenemos a un héroe, Hércules, que nos muestra que, mediante el trabajo, el esfuerzo y la lucha constante, podemos salir del influjo de la “Rueda Zodiacal”, dominando sus signos y sus aspectos, para poder ascender al Olimpo en el carro del padre Zeus, donde su hija, Atenea (diosa de la mente libre), nos presentará a los demás dioses, mientras su otra hija, Hebe (diosa de la Eterna Juventud), nos espera para ser nuestra compañera eternamente.

Fuentes:

  • Herodoto – Los_nueve_libros_de_Historia
  • Asociación Adonai –  Hércules y sus doce trabajos
  • Bailey, Alice A.  – los trabajos de Hércules
  • Blavatsky H.P. – ISIS sin velo
  • Blavatsky H.P. – La Doctrina Secreta

octubre 15, 2013 - Posted by | Grecia, Historia oculta, Personajes históricos

2 comentarios »

  1. Reblogueó esto en noaladomesticacion.

    Comentario por thelonelywalkerec | octubre 25, 2013 | Responder


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