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Antiguas civilizaciones y enigmas

Algunas pinceladas de la historia de Europa durante la Pequeña Edad de Hielo


Formalmente el siglo XIV comprende los años 1301-1400, ambos inclusive. Es sin duda uno de los más nefastos de la historia de la humanidad, ya que este siglo está marcado por las graves plagas y por las guerras que Imagen 26asolaron casi toda Europa. Para redondear la funesta situación se inició la denominada Pequeña Edad de Hielo, especialmente cruda entre 1315 y 1317,  que acabó con miles de cosechas, causando miseria y hambrunas. A mediados de siglo, entre 1348 y 1355, probablemente a causa de las consecuencias de la Pequeña Edad de Hielo, hubo un brote de peste bubónica, denominada «peste negra», que acabó con un tercio de la población europea. Por si esto fuera poco, la muerte del último rey de la dinastía de los Capetos en Francia causó un conflicto europeo por la sucesión. Los franceses coronaron a Felipe VI de Valois, primo hermano del fallecido rey capetino. Pero como es normal, ninguno de los otros pretendientes al trono quedaron satisfechos, Eduardo III, rey de Inglaterra y pretendiente legítimo al trono de Francia, inició las hostilidades con Francia, dando inicio a la Guerra de los Cien Años, la más duradera de la historia conocida de la humanidad. En el resto de Europa, seguirían los conflictos. En Castilla se produjo una guerra civil por el trono, entre Pedro I de Castilla, apodado “El Cruel“, contra su hermanastro Enrique de Trastámara. El conflicto que mantenían Inglaterra y Francia lo trasladaron a Castilla, apoyando uno a cada bando. Por otra parte, el Imperio Otomano seguirá expandiéndose sobre todo a través de los Balcanes, aunque con un muy reducido Imperio Bizantino que aún resistiría las acometidas otomanas. 

Desde el final de la Edad Media hasta casi acabado el siglo XIX, la Tierra pasó por un largo período de enfriamiento que los científicos denominan Pequeña Edad de Hielo, una época en la que pueblos alpinos quedaron arrasados por el avance imparable de los glaciares y los ciudadanos londinenses podían patinar sobre el Támesis. El origen de esta abrupta y larga temporada de reducción de temperaturas ha sido siempre un misterio envuelto en especulaciones. Pero ahora, un equipo internacional, dirigido por investigadores de la Universidad de Colorado, en Boulder, USA, cree tener la respuesta al enigma. Este frío intenso fue causado, según la revista Geophysical Research Letters, por unas gigantescas erupciones volcánicas en el trópico que iniciaron una cadena de efectos sobre el clima. Según la nueva investigación, la Pequeña Edad de Hielo comenzó repentinamente entre los años 1275 y 1300 d.C., tras sucederse cuatro erupciones volcánicas masivas en el trópico. Unos episodios que duraron unos cincuenta años. La persistencia de veranos fríos tras las erupciones se explica por la posterior expansión del hielo marino y un debilitamiento de las corrientes del Atlántico, según las simulaciones realizadas para el estudio, que también analizó patrones de vegetación muerta y datos tomados del hielo y de sedimentos. Los científicos han teorizado que la Pequeña Edad de Hielo fue causada por la disminución de la radiación solar del verano, debido a volcanes en erupción que enfriaron el planeta al emitir sulfatos y otras partículas como un aerosol que reflejaban la luz solar hacia el espacio, o por una combinación de ambas causas. Según Gifford Miller, investigador de la Universidad de Colorado y autor principal del estudio: «Esta es la primera vez que alguien ha identificado claramente el inicio específico de los tiempos de frío que marcaron la Pequeña Edad de Hielo. También hemos explicado cómo este período frío pudo mantenerse durante tanto tiempo. Si el sistema climático es golpeado una y otra vez por el frío durante un período relativamente corto, -en este caso por erupciones de origen volcánico, parece que hay un efecto de enfriamiento acumulativo». Según Bette Otto-Bliesner, científico del Centro Nacional para la Investigación Atmosférica (NCAR) y coautor del estudio: «Nuestras simulaciones mostraron que las erupciones volcánicas pueden haber tenido un efecto de enfriamiento profundo. Las erupciones podrían haber provocado una reacción en cadena, afectando al hielo y a las corrientes oceánicas de una manera que disminuyó las temperaturas durante siglos».

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No hace mucho tiempo se supo que frente a un descenso de unos pocos grados en las temperaturas no se podía hacer nada. Los científicos lo denominan la Pequeña Edad de Hielo, pero su impacto fue todo menos pequeño. De 1300 a 1850 tuvo lugar un periodo frío que causó estragos, Asoló las colonias vikingas en Groenlandia, aceleró la peste negra en Europa, diezmó a la Armada Invencible española y ayudó a que se desencadenase la Revolución Francesa. La Pequeña Edad de Hielo alteró el planeta de una forma que ahora nos parece fruto de la fantasía. El puerto de Nueva York se congeló y la gente podía caminar desde Manhattan a Staten Island, los esquimales navegaron en kayaks hacia el Sur hasta Escocia, y la nieve alcanzó los 60 cm de altura en Nueva Inglaterra entre junio y julio de 1816, el “año sin verano“. ¿Podría ocurrir otra ola de frío catastrófica en el siglo XXI? La Pequeña Edad de Hielo (PEH) fue un período frío que abarcó desde comienzos del siglo XIV hasta mediados del XIX y puso fin a una era extraordinariamente calurosa llamada óptimo climático medieval. Inicialmente se pensó que era un fenómeno global, pero posteriormente fue desmentido. Bradley y Jones (1993), Hughes y Díaz (1994) y Crowley y Lowery (2000), describen la Pequeña Edad de Hielo como «una época donde el hemisferio norte tuvo un modesto enfriamiento de menos de 1°C». El previo Óptimo Climático Medieval fue un período de calentamiento climático, sobre todo en Europa, que provocó una bonanza en la agricultura, incrementando la demografía. Sin embargo este período fue seguido por otro cambio climático, pero este en sentido inverso. Este repunte del frío supuso la bajada de la temperatura media en un grado. Los expertos señalan varias causas para este enfriamiento. Una sería la actividad solar, ya que el mínimo de actividad solar coincidió con las mínimas temperaturas, lo cual sugiere algún tipo de conexión, si bien esta no se ha podido establecer científicamente. Otra causa pudo ser la actividad volcánica, que durante la Pequeña Edad de Hielo fue bastante alta. Las erupciones volcánicas emiten una gran cantidad de partículas y cenizas a la atmósfera. Estas partículas impiden que una parte de la radiación solar, que hubiera llegado en condiciones normales, llegue a la tierra, y ello provoca una disminución de la temperatura.

El impacto de una erupción importante puede extenderse hasta 2 años después. Existen ejemplos recientes de su efecto, como cuando en 1816 entró en erupción el Monte Tambora, en Indonesia, año que se llamó el Año sin verano. La nieve y el hielo reflejan hasta el 90% de la luz que reciben, mucho más que la tierra sin nieve. Lo cual hace que cuando comienza un proceso de enfriamiento, la acumulación de nieve y hielo que este conlleva puede hacer que este se perpetúe, al absorber la tierra aún menos luz se enfría aún más. Durante este período fue constante el avance de los glaciares, y fue bastante común que casas y pueblos de las montañas fueran tragados por ellos. Los glaciares engullían pueblos, ocupaban las tierras de cultivo y muchas veces causaban inundaciones. Era incluso habitual pedir la bendición de los campos para evitar el avance de glaciares. Algunos estudios que han analizado pinturas de la época, han llegado a la conclusión que la luminosidad atmosférica disminuyó, a su vez que la nubosidad creció. De hecho en 1816, el llamado Año sin verano, hay constancias escritas que muchos Europeos pasaron el verano al lado del fuego. Pieter Brueghel, llamado el Viejo, (1525 – 1569) fue un pintor y grabador. Fundador de la dinastía de pintores Brueghel, es considerado uno de los grandes maestros del siglo XVI, y el más importante pintor holandés de ese siglo. Con Jan van Eyck, Jerónimo El Bosco y Pedro Pablo Rubens, está considerado como una de las cuatro grandes figuras de la pintura flamenca. Brueghel es conocido por sus paisajes, género en el que alcanzó una notable importancia. Se le suele considerar como el primer artista occidental que pintó paisajes por sí mismos, en lugar de como telón de fondo de alegorías religiosas. En la naturaleza encontró Brueghel su mayor inspiración siendo identificado como un maestro de paisajes. Se caracterizan por una amplia panorámica vista desde lo alto. Así se aprecia en obras como Combate naval en el puerto de Nápoles, Camino del Calvario o la serie de las Estaciones. Creaba una historia, al parecer combinando varias escenas en una sola pintura. Sus paisajes del invierno de 1565, como Los cazadores en la nieve, corroboran la dureza de los inviernos durante la Pequeña Edad de Hielo. Cuando cruzó los Alpes en su viaje a Italia, dibujó numerosos paisajes. Le resultaron muy importantes para su carrera, pues a su regreso los desarrolló en grabados que se difundieron por toda Europa.

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Los vikingos llegaron a Groenlandia en torno al año 982 de la mano de Erik el Rojo, allí establecieron una colonia que llegó a contar con más de 5000 habitantes y 600 granjas. Pero a comienzos del siglo XV esta colonia empezó a declinar. La última constancia escrita de ella es de una boda cristiana que se celebró el año 1408 en la iglesia de Hvalsey. Posteriormente el contacto con el resto del mundo vikingo se interrumpiría hasta que, en el 1721, una expedición mercantil y religiosa danesa fue enviada a Groenlandia, para comprobar si aún quedaba algún vikingo de aquella primitiva colonia. Curiosamente, de ser así, su misión consistiría en convertirlos al protestantismo, ya que aún seguirían siendo católicos. Según cuentan las sagas nórdicas, Groenlandia fue descubierta hacia el año 900 por el navegante noruego Gunnbörn Ulfsson, cuando fue desviado de su travesía de Islandia a Noruega hasta Groenlandia, encontrando una tierra inhabitada. Posteriormente otros navegantes vikingos visitarían la isla, pero sería Erik el Rojo el que emprendería su colonización. El padre de Erik el Rojo, Thorvald Asvaldsson, se había visto forzado a huir de Noruega a Islandia tras matar a un hombre en el 960. En 982, según cuenta la Saga de Erik el Rojo, éste, siguiendo los pasos de su padre, mató a un vecino por una disputa sobre una pala prestada y a un granjero que había asesinado unos esclavos suyos. Por lo cual recibió una pena de destierro de Islandia de tres años. Ante la imposibilidad de volver a Noruega, decidió emprender con su familia camino hacia la nueva tierra aún más al oeste, de la que había oído hablar. A su llegada se convirtió en el primer europeo en asentarse en Groenlandia, donde pasó tres años totalmente aislado, con la única compañía de su familia. Erik el Rojo aprovechó estos años para explorar la costa y reclamar ciertas tierras como suyas. Cuando el destierro llegó a su fin, decidió volver a Islandia a buscar más pobladores para su Groenlandia, “tierra verde“, como él la llamó. Según afirman las sagas, escogió este nombre tan “fértil” con ánimo de atraer al mayor número posible de colonos. Las sagas afirman que la colonia se estableció en el año 985, cuando Erik el Rojo partió de Islandia hacia Groenlandia con 25 barcos, de los que sólo 14 de ellos llegarían, con un total de entre unos 350 y 450 colonos.

A su llegada descubrieron una tierra inhóspita e inhabitada. Pero las promesas de Erik el Rojo no eran del todo falsas, pues la isla contaba con una fina capa de brezo ártico que permitía el alimento de los animales. De esta manera, las granjas se extendieron rápidamente y más tarde las iglesias. La colonia llegaría a estar formada por dos asentamientos, ambos situados en los fiordos del sur de la isla.  Pese a las condiciones de vida duras, los asentamientos empezaron a ganar vida, llegando a los 5000 colonos. Pero entonces algo fue mal, y todos ellos desparecieron. Por lo que, cuando la misión noruego-danesa liderada por Hans Egede llegó en 1721, no encontró ninguno de ellos. ¿Fue debido a una plaga, al hambre o al frío? La vida en Groenlandia era un auténtico desafío incluso en los buenos tiempos de la colonia. Al no haber árboles suficientemente grandes para producir leña, la única madera disponible era la maleza o la que llegaba a las costas. Los vikingos se asentaron en fiordos parecidos a los de su tierra natal, que ofrecían temperaturas menos frías. Las casas fueron construidas con las escasas maderas disponibles, piedra y tierra. Para conseguir el aislamiento térmico necesario, algunos muros se hicieron de más de 3 metros de grosor. Como los veranos eran demasiado cortos para producir cosechas, los colonos tendrían que vivir sin pan ni cerveza. Los animales domésticos traídos de Europa, tales como cabras, ovejas y vacas, eran sobre todo una fuente de productos secundarios, como leche o queso, más que de carne. También pescaban y cazaban focas y caribús. Para vestir usaban la lana y pieles de animales, algunas de ellas conseguidas a través del trueque con los esquimales. Durante dos siglos los colonos dependieron del frágil comercio con Escandinavia para sobrevivir. A cambio de pieles de zorro, oso y morsa, o colmillos de narval, obtenían hierro, madera, sal o grano de Europa. Unos restos arqueológicos en L´Anse aux Meadows, en Newfoundland, Canadá, confirman que los vikingos llegaron incluso adentrarse en el continente americano.

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Sin embargo, el continente ya estaba poblado, por lo que parece ser que los enfrentamientos con la población indígena llevaron a su abandono. En algún momento, durante el siglo XIV, el clima se volvió más frío, marcando el comienzo de la Pequeña Edad de Hielo. Con este cambio de clima, los glaciares empezaron a avanzar. Este avance fue reduciendo y erosionando los valiosos terrenos de pasto, lo que provocó que los ganados se vieran reducidos y con ello la producción de carne y productos derivados. Estas condiciones convertían el comercio con Islandia y el resto de Europa aún en más vital. Pero el enfriamiento había traído consigo también la aparición de más hielo a la deriva en las habituales rutas, por lo que estas tuvieron que modificarse y se hicieron aún más largas y peligrosas ante el riesgo de colisión con los hielos. Por otro lado, la peste había diezmado la población de Noruega e Islandia. Pese a que no se tiene constancia que la peste llegara a Groenlandia, probablemente se  habría visto afectada por la reducción del comercio con Islandia y Noruega, lo cual produjo que los pobladores se vieran privados de su mayor fuente de hierro y de herramientas, necesarias para el mantenimiento de sus granjas y de sus, aún más importantes, barcos. Parece ser que la irrupción de marfil africano, más barato y fácil de conseguir que el de narval de Groenlandia, acabó de agravar la situación, pues hizo aún menos rentable el cada vez más difícil y peligroso comercio con Groenlandia. Ante estos cambios,  los colonos intentaron adaptarse y pasaron a basar su alimentación en alimentos provenientes del mar.  Como prueba del endurecimiento de las condiciones de vida en la colonia, excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en granjas han estimado que la altura media de los primeros pobladores que llegaron a la isla sería de alrededor de 1,7 metros, mientras que la de los últimos no llegaría a 1,5 metros. Estas excavaciones también han demostrado que la situación llegó a ser tan crítica que los colonos, en su desesperación, se llegaron a comer su propio ganado o incluso los perros de caza. Con el fin de adaptarse al frío, también se produjeron cambios en las casas, dividiéndolas en estancias más pequeñas y fáciles de calentar, a la vez que se intentaba aprovechar el calor de los animales domésticos.

Cuando los vikingos llegaron a Groenlandia tenían toda la isla y sus aguas para ellos. Sin embargo, este cambio climático trajo consigo la migración de los inuit, o pueblos esquimales, del norte hacia el sur. Parece ser que, aunque pudieron haber comerciado con ellos, la convivencia pudo no ser demasiado pacífica y ser una de las causas de su desaparición. Otras teorías sostiene que los vikingos pudieron emigrar al continente, para intentar sobrevivir a las cada vez más duras condiciones. Otros, sin embargo, consideran difícil que fuera así, pues interrumpido el comercio de hierro y madera con Escandinavia, sería difícil que los barcos se encontraran en buena disposición para una migración tan masiva. Otros creen que pudieron ser víctimas de ataques piratas. Según algunos arqueólogos, estos piratas podrían haber sido vascos, alemanes o ingleses. Basan estas teorías en algunas relatos populares inuit que narran historias de barcos extraños que atacaban a los vikingos. Y algunos restos arqueológicos, encontrados en algunas granjas, son similares a los de algunos países europeos que teóricamente no mantenían contacto con Groenlandia. Sin embargo, la ausencia de restos arqueológicos que prueben ese contacto violento no permite confirmarlo. Pero tal vez su desaparición no fue debida a misteriosas razones, sino que fue simplemente debida a su incapacidad de adaptación a su entorno y su obstinación por llevar un modo de vida demasiado similar al que estaban acostumbrados en sus tierras de origen.  Cuando llegó el mal tiempo, siguieron demasiado aferrados a sus granjas y no adoptaron ni las herramientas de pesca, como arpones y anzuelos, ni el atuendo de los inuit, mucho más adecuado para el entorno. Por otro lado, la peste en Islandia dejó muchas tierras inhabitadas, lo cual pudo hacer que más de uno emprendiera la vuelta a la tierra de sus antepasados. Este cambio climático tuvo un impacto económico y social demoledor. Era común que se sucedieran los años de malas cosechas. En algunas zonas en particular se perdió tierra de cultivo por el avance de los glaciares. También era habitual la muerte de los animales de corral por el frío durante los inviernos, o la disminución de muchas cosechas, como por ejemplo la del vino. Por otra parte el descenso de la temperatura hizo que especies como el bacalao emigraran más al sur, lo cual provocó un descenso en las capturas en lugares como Escocia o las Islas Feroe. Todo estas calamidades supusieron grandes hambrunas que trajeron consigo levantamientos populares.

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En lo que a la península Ibérica respecta, se tiene constancia histórica de que el Ebro se heló varias veces durante estos siglos, permaneciendo helado alguna vez hasta 15 días. También se tiene constancia de una extensa red de pozos de nieve en sitios donde en la actualidad no nieva ni un solo día del año. En los Pirineos se formaron glaciares que habían desaparecido durante el calentamiento anterior. También fueron comunes las lluvias y nevadas intensas o las tormentas de mar, mezclados con temporadas de sequía.  Finalmente, a mediados del siglo XIX, la temperatura empezó a subir y este largo período de enfriamiento acabó. Algunos críticos con la teoría del cambio climático consideran que aún estamos recuperándonos de esta Edad de Hielo y, por tanto, el aumento de temperatura actual no sería preocupante. Durante la Edad Media, entre los siglos X y XIV, la región del Atlántico Norte experimentó un inusual clima caluroso. La existencia de este período es utilizada en las discusiones actuales entre “escépticos” y “creyentes” del cambio climático. Este periodo ha sido estudiado especialmente en Europa, donde fue más obvio, a través de fuentes documentales y evidencias arqueológicas. Pero otras zonas del planeta también experimentaron anomalías climáticas, aunque no necesariamente un período de más calor. Los efectos de este incremento de la temperatura fueron especialmente notorios en Groenlandia e Islandia. Este calor hizo que los mares se encontraran libres de hielo, con lo se facilitó la navegación y la accesibilidad de sus puertos. Por otra parte estos territorios, que en condiciones normales son poco productivos, por el frío y por encontrarse cubiertos de hielo, con el nuevo clima eran mucho más atractivos,  al contar con tierras fértiles y una gran cantidad de pastos. Estos hechos permitieron y motivaron la colonización de Groenlandia e Islandia y algunas zonas costeras del Canadá, por parte de los vikingos. En Europa, como consecuencia de este mejor tiempo, el cultivo de la vid se extendió mucho más al norte y se llegaron a cultivar uvas en el sur de Gran Bretaña.

Así, en este tiempo, Gran Bretaña tuvo una producción vitivinícola que competía en calidad con la francesa, cuando en la actualidad el clima en estas antiguas zonas productoras haría imposible su explotación comercial. Este cambio climático no solo afecto a la vid, sino que la duración en la etapa de crecimiento de otras cosechas se incrementó entre un 15 y un 20%. En otras partes del mundo, al carecer de fuentes documentales, los datos se han obtenido mediante el análisis de sedimentos en lagos o el estudio de núcleos de hielo, glaciares y los anillos de los arboles. Así, por ejemplo, durante estos siglos el clima de África fue alternando entre períodos en los que su clima fue aun más seco que ahora, con otros en los que era bastante húmedo. En el Antártico pasó algo similar, ya que hubo períodos de frío seguidos de calor. Japón también se vio afectado de una manera similar a Europa. En Estados Unidos, durante estos siglos se experimentaron largas sequías, y en Alaska el clima era mucho más cálido, mientras que la temperatura del mar de los Sargazos, en el Atlántico Norte, era superior en un grado a la actual. No existe consenso sobre las causas de este calentamiento, aunque se lo relaciona con un incremento en la actividad solar, ya que a más actividad solar más luz solar llegaba a la superficie terráquea, lo que implica que a más sol más calor. Finalmente, este período que se puede considerar de bonanza acabó con la llegada de otro cambio climático, y dio comienzo un período mucho más frío, que es conocido como la Pequeña Edad de Hielo y cuyos efectos fueron bastante menos favorables.

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La Guerra de los Cien Años fue un conflicto armado que duró en realidad 116 años (1337-1453), entre los reinos de Francia e Inglaterra. Esta guerra fue de raíz feudal, pues su propósito no era otro que dirimir quién controlaría las enormes posesiones de los monarcas ingleses en territorios franceses desde 1154, debido al ascenso al trono inglés de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou y casado con Leonor de Aquitania. Esta guerra tuvo implicaciones internacionales. Finalmente y después de innúmeros avatares, se saldó con la retirada inglesa de tierras francesas. La enorme rivalidad entre Francia e Inglaterra había comenzado ya en tiempos de la Batalla de Hastings, en la que el duque francés Guillermo de Normandía, también llamado Guillermo el Conquistador o Guillermo el Bastardo, se adueñara de Inglaterra (1066). Ahora los normandos eran los reyes de una gran nación y exigirían al rey francés ser tratados como tales. Pero el punto de vista de Francia no era el mismo. Los duques de Normandía siempre habían sido sus vasallos, y el hecho de que hubiesen ascendido de su ducado a un alto trono en un país “lejano” no tenía por qué cambiar su sumisión tradicional a la corona de París. A mediados del siglo XII, los duques normandos fueron reemplazados por la dinastía Anjou, condes poderosos que poseían grandes territorios en el oeste y sudoeste de Francia. El rey angevino inglés Enrique II era de hecho más poderoso que su supuesto señor, el rey de Francia, porque gobernaba un imperio mucho más rico y productivo. En su lucha por limitar el poder de los soberanos ingleses, el rey de Francia, Felipe Augusto, apoyó la rebelión de uno de los hijos de Enrique II, llamado Ricardo Corazón de León, que lo sucedió en el trono en 1189.

Enrique III (1207-1272), heredó el trono siendo muy pequeño, trajo consigo un período de zozobras y temores, que desembocó en el desfavorable Tratado de París, en 1259. Enrique renunciaba formalmente a todas las posesiones de sus antepasados normandos y a todos los derechos que pudieran corresponderle. Esto incluía la pérdida de Normandía, Anjou y todas sus demás posesiones salvo Gascuña y Aquitania, que había heredado por vía materna. Estas dos regiones quedaban sometidas a una especie de pago, renta o tributo que Enrique otorgaría al rey francés para conservarlas. Eduardo, hijo de Enrique III, no se conformó con esta situación de sometimiento y construyó una base de poder militar y económico muy superior a la de su padre. Entonces quiso colocar de nuevo a su corona en una posición de fuerza en el continente. Inició hostilidades contra Francia, que duraron cuatro años, de 1294 a 1298. Pero, más dedicado a consolidar su poder en el interior de la propia Inglaterra, no hizo nada más con respecto de Francia. Cuando falleció, otro período de convulsiones azotó a Inglaterra. Una Escocia fuerte, motivada y organizada, liderada por Robert Bruce, derrotó a los ingleses en varias ocasiones, matando al sucesor de Eduardo, Eduardo II, y logrando la ansiada independencia. Entre 1324 y 1325 se produjo una nueva guerra entre Inglaterra y Francia, conocida por los historiadores como Guerra de San Sardos, por el poblado donde tuvieron lugar las principales acciones. La corona inglesa pasó pronto a manos de Eduardo III, que era sólo un niño. Pero, a pesar de todo, no estaba dispuesto a dejarse vencer con tanta facilidad. El rey de Francia, Carlos IV murió, como sus antecesores, sin dejar heredero varón.

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La muerte de Carlos IV era el fin de la poderosa y prolongada dinastía de los Capetos. Había sido fundada por Hugo Capeto en 987, y había dado una larga serie de poderosos monarcas, que incluía a Luis VI, Luis VII y Luis VIII, todos ellos comandantes en las Cruzadas. Tras la muerte del siguiente rey, San Luis, orientador y capitán de la cruzada contra los cátaros, la dinastía Capeto tuvo aún otro poderoso rey: Felipe IV el Hermoso. Con él comenzó la decadencia. Felipe destruyó la Orden del Temple, llevando al juicio y a la hoguera a muchos de sus dirigentes, en especial a su último Gran Maestre, Jacques de Molay. La tradición cuenta que De Molay, de pie sobre las llamas que lo consumirían, maldijo a Felipe el Hermoso, al Papa y a la familia Capeto, profetizando su pronta extinción y olvido. En efecto, Felipe IV murió en 1314, en el curso del mismo año de la ejecución de los templarios. Tenía tres hijos. El mayor, Luis X el Obstinado, fue coronado en agosto de 1315 y murió a los pocos meses, mientras su esposa estaba embarazada. El niño recién nacido iba a ser coronado con el nombre de Juan I, mas, en razón de su corta edad, recibió como regente al hermano mediano de su padre, Felipe. El pequeño murió siendo un bebé, por lo que se lo conoce como Juan el Póstumo. Así, su tío Felipe debió ser coronado de inmediato bajo el nombre de Felipe V el Largo. Este rey, aunque enérgico e inteligente, era débil de salud y falleció sólo cinco años después, dejando cuatro hijas que no podían heredar en virtud de la Ley Sálica que él mismo invocó para poder suceder a su sobrino. Le sucedió entonces el tercer hijo de Felipe el Hermoso, y por tanto hermano pequeño de Luis X y Felipe V, Carlos Capeto, que reinó bajo el nombre de Carlos IV. La supuesta maldición de los templarios terminó de cumplirse el 1º de febrero de 1328 al fallecer este rey dejando sólo dos hijas, una póstuma, y ningún varón para heredar. En apenas 14 años, y luego de cuatro breves reinados, la dinastía de los Capetos se había extinguido.

Entre los hijos de Felipe el Hermoso estaba Isabel, llamada la “Loba de Francia“, que era la madre de Eduardo III de Inglaterra. El joven rey, de tan solo dieciséis años, pretendió reclamar su derecho al trono de Francia apelando a esta circunstancia. Muertos sus tres tíos sin herederos, y muerto su primo siendo un niño, consideró que la corona francesa debía pasar a su madre y, a través de ella, a su propia testa. Aun así, si la tesis inglesa hubiese tenido acogida, las hijas de Luis X, Felipe V y Carlos IV, tendrían mayor derecho de transmitir la corona, por sobre su tía Isabel de Francia. Por supuesto, Francia no estaba de acuerdo, por tanto invocaron la Ley Sálica, que impedía la transmisión de la corona a través de la línea femenina, y por ello decidieron que la corona recién abandonada por los Capetos pasara a Carlos de Valois, hermano menor de Felipe el Hermoso y tío de Luis X, Felipe V y Carlos IV,. Pero corría 1328, y Carlos había muerto tres años antes. De ese modo, correspondió, según la teoría francesa, coronar al hijo de éste, Felipe de Valois, bajo el nombre real de Felipe VI. Este fue el primer monarca de la dinastía Valois, que reinó en Francia, sin que Eduardo III pudiese hacer nada para evitarlo. Ahora, correspondía que Eduardo rindiera y pagase homenaje al orgulloso Felipe por sus exiguas posesiones, las pocas que aún conservaba en Francia. Como es comprensible, Eduardo no se sentía feliz y no le parecía lógico pagar a Felipe un homenaje por tierras que habían pertenecido a sus antepasados desde hacía siglos. Y además pensaba que él mismo tenía el derecho de su parte para ser soberano de Francia. De este modo, se veía a sí mismo como un rey derrocado en Francia al que, además, se le obligaba a pagar tributo al usurpador por el uso de sus propios territorios. La situación no podía durar. Encontró por fin el modo de dañar a Felipe VI. Uno de los parientes del rey francés, Roberto de Artois, se había rebelado,  y Eduardo lo acogió como a un hermano en su corte inglesa. La reacción de Felipe VI fue inmediata. En un golpe de mano, rápido y perfecto, invadió y se anexionó la región de Gascuña, propiedad de Eduardo. Eduardo respondió reclamando, por enésima vez, su derecho a ocupar el trono de París.

Una vez iniciadas las hostilidades en toda regla, no como simples escaramuzas, la suerte de ambos bandos fue fluctuante y pendular. Al principio, los ingleses de Eduardo efectuaron unas muy importantes operaciones terrestres en 1339 y 1340, y obtuvieron además una gran victoria naval en Sluys. Eduardo utilizaba una táctica copiada de sus enemigos. Atacaba la campiña desprotegida en lugares donde las tropas francesas eran débiles o estaban ausentes, y se adueñaba de ella. De inmediato procedía a matar a los civiles de sexo masculino e incendiaba, saqueaba y robaba las posesiones de los campesinos. Al ser estos parte de una sociedad de tipo feudal, se sobreentendía que era responsabilidad y obligación de Felipe de Francia protegerlos contra estos salvajes ejércitos extranjeros. De este modo, además de hacerse con tierras, suministros y prisioneros, Eduardo socavaba la autoridad de Felipe ante los ojos de su pueblo campesino. En 1346 los franceses entablaron batalla con Eduardo en Crecy, y en 1356, con su hijo, el Príncipe Negro, en Poitiers. Ambos combates concluyeron con sendas y resonantes victorias inglesas, en la segunda de las cuales los ingleses se garantizaron una mejor posición de fuerza en las negociaciones posteriores al sorprender y capturar al rey Juan II de Francia, que había sucedido a su padre Felipe en 1350, y a un gran número de nobles y caballeros. Prisionero el monarca, los franceses se vieron obligados a ceder y firmar el Tratado de Brétigny (1360), que devolvía a Eduardo III todas sus posesiones originales salvo Normandía. Tras la victoria inglesa en la batalla de Sluys Francia decidió aplicar las mismas tácticas navales.

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Eduardo de Woodstock, Príncipe de Gales (1330 – 1376), más conocido por su sobrenombre de Príncipe Negro, supuestamente debido a la armadura que usaba. Pero este apodo no se le adjudicó hasta dos siglos después de su muerte; no constando evidencia alguna de que en realidad utilizase una armadura negra. Era el hijo mayor del rey inglés Eduardo III y su esposa, Felipa de Henao. Nació en 1330 en el Palacio de Woodstock, condado de Oxfordshire. En 1333 fue nombrado Conde de Chester y primer Duque de Cornualles el 13 de marzo de 1337. En 1343, con 13 años de edad, fue proclamado Príncipe de Gales, en su calidad de heredero del trono de su padre. Asimismo fue nombrado miembro de la Orden de la Jarretera, heredera de los Caballeros Templarios, fundada por su padre. Fue un brillante caudillo militar, mostrando su bravura a los 16 años en la Batalla de Crécy. Además, participó de forma arriesgada y decidida contra los franceses durante la Guerra de los Cien Años. Después de firmar un pacto con el rey Carlos II de Navarra, combatió contra los ejércitos de Juan II de Francia. En el año 1356, participando en las operaciones de la guerra contra Francia, Eduardo comandó un ejército de más de 7.000 soldados. Dirigió a sus fuerzas en la lucha, logrando una grandiosa victoria sobre la caballería pesada francesa en la Batalla de Poitiers. En esa decisiva acción apresó al rey Juan II de Francia, al que llevó como rehén a Inglaterra. Con la firma del Tratado de Brétigny (1360), el rey de Francia recupera su libertad cediendo valiosos territorios a los británicos, y en aquella ocasión su padre lo nombra duque y lugarteniente de Guyena y Aquitania. Posteriormente traslada su residencia a Castilla, se vincula políticamente con el rey Pedro I y juntos luchan contra Enrique de Trastámara, aliado de Carlos V de Francia. En dicha guerra sus fuerzas vencen en la Batalla de Nájera en 1367. Pedro I de Castilla, hermano del Infante don Enrique de Castilla, entró en constantes desavenencias y toda una serie de acciones en contra del Príncipe Negro, a causa de no pagarle lo acordado por prestarle ayuda armada, por lo que éste decide abandonar Castilla, dejando solo a Pedro I en la lucha.

El 10 de octubre de 1361, en la localidad de Windsor, se casó con la condesa Juana de Kent, nieta de Eduardo I. Este matrimonio fue por auténtico amor, habiéndose realizado sin el consentimiento del rey Eduardo III, debido al escándalo ocasionado por la bigamia de la condesa de Kent, teniendo los novios que permanecer en Francia hasta 1371, cuando pudieron volver a Inglaterra, ya con la bendición del soberano. Del enlace nacieron 2 hijos: Eduardo  y Ricardo II. Eduardo falleció en el palacio de Westminster el 8 de junio de 1376, a los 45 años de edad, siendo sepultado en la catedral de Canterbury. Volviendo a la guerra de los cien años, comenzaron entonces, a partir de 1360, a hacer rápidas y devastadoras incursiones contra la costa meridional de Inglaterra, que culminaron en el saqueo e incendio de Winchelsea. Pronto se aficionaron a este tipo de operaciones, y los ataques anfibios se convertirían en la pesadilla de las guarniciones y población civil inglesas costeras por lo menos hasta 1401. Descubrieron además que Eduardo comenzaba a hacer regresar sus tropas para defender sus islas. Así, los pocos ingleses que aún recorrían la campiña francesa se vieron obligados a retroceder progresivamente en medio de las tierras secas y arrasadas que los franceses dejaban a sus espaldas. Muchos murieron de hambre y enfermedades, principalmente disentería y escorbuto, y nunca se volvieron lo suficientemente fuertes como para plantar cara a los defensores de Francia. A pesar de la victoria en su propio país, Francia pagó muy cara la expulsión del invasor en esta etapa de la guerra. Mandaba las acciones el delfín Carlos, más tarde coronado como Carlos V. Su condestable, el ambicioso e inteligente Bertrand du Guesclin  le aconsejó no enfrentarse, sino recurrir a una política de hostigamiento de las columnas inglesas en retroceso, dejando ante ellas solamente tierra arrasada. Esta prefiguración de la táctica de Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz, militar prusiano y uno de los más influyentes historiadores y teóricos de la ciencia militar moderna, implicó que los campesinos y civiles franceses vieran sus tierras, antes quemadas por los invasores, nuevamente arrasadas y destruidas, esta vez por sus propios protectores, con el afán de “salvarlas”. La guerra alcanza su mayor extensión en esta época, al rebasar por primera vez los límites de Francia.

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Así, en 1367, los ingleses del Príncipe Negro auxiliaron a Pedro I de Castilla en la Batalla de Nájera, mientras que su hermanastro Enrique de Trastámara  (futuro Enrique II de Castilla) recibe la ayuda de caballeros franceses dirigidos por el propio militar y condestable francés Bertrand Du Guesclin. La victoria final de Enrique en la guerra civil castellana brindará a Francia un poderoso aliado en el plano naval,  cuya hegemonía había correspondido hasta entonces a Inglaterra de forma indiscutida. Enrique destruye la escuadra inglesa en La Rochelle y saquea o incendia numerosos puertos ingleses, tales como Rye, Rotingdean, Lewes, Folkestone, Plymouth, Portsmouth, Wight y Hastings, entre 1377 y 1380, año en que el almirante castellano Fernando Sánchez de Tovar llega incluso a amenazar Londres. De forma paralela, Du Guesclin protagoniza varias incursiones en Bretaña, cuyo rey se había aliado con Inglaterra. Inglaterra quiso, entre 1360 y 1375, retomar la voz cantante y la iniciativa de una guerra que la estaba devorando, pero la suerte había cambiado de bando y favorecía ahora a los franceses. Los estrategas ingleses Sir Robert Knolles, en 1360, y Juan de Gante, en 1363, formaron cuerpos expedicionarios que atacaron el continente, pero fueron masacrados por los defensores franceses. El rey Eduardo había muerto, y su sucesor, Ricardo II de Inglaterra, volvió a sufrir la maldición que había perseguido a todos los reyes niños: tensiones políticas, convulsión social, una fiera lucha por la sucesión o al menos la regencia, todo ello envuelto en el espantoso caos de una guerra internacional que amenazaba con extenderse a Europa entera. Depuesto Ricardo, por iniciativa de su primo Enrique de Lancaster, en 1399 los vientos de guerra rotaron ciento ochenta grados una vez más. Hacía una generación entera que Inglaterra sólo sufría derrotas frente a Francia, pero de pronto los desembarcos en las islas comenzaron a ser rechazados y los ingleses invadieron Francia con moderado éxito en tres oportunidades: en 1405, 1410 y 1412. Enrique de Lancaster fue coronado como Enrique IV de Inglaterra luego del derrocamiento de Ricardo II, y su hijo, Enrique V, sería el encargado de llevar la guerra nuevamente al corazón de Francia. Nombrado caballero dos veces, Enrique se mostró desde muy joven como un jefe confiable, decidido, experto en táctica y organización logística y muy frío y racional. Si se considera que los estrategas franceses estaban mandados por un rey inestable, Carlos VI, de escasa personalidad, enfermo, desorganizado y propenso a frecuentes ataques de demencia, es fácil comprender las ventajas de que gozaron las tropas de Enrique.

Los nobles franceses se habían dividido en dos facciones que disputaban entre sí y acorralaban a Carlos: los partidarios de la casa de Armagnac contra los de la casa de Borgoña. Las virtudes de Enrique como general y gobernante, así como esta división interna de los franceses, llevarían a estos últimos al desastre de 1415. A la edad de 12 años (en 1399), el futuro Enrique V fue nombrado caballero por primera vez en un campo de batalla irlandés por Ricardo II, que lo había tomado como rehén para garantizar el buen comportamiento del padre de Enrique. El solo hecho de que un rey rival de su familia, que sería asesinado por su padre, lo armase caballero en un campo de batalla y con sólo doce años, demuestra a las claras el coraje y la bravura que el joven Enrique demostró desde muy niño. Más tarde, muerto Ricardo y un día antes de la coronación de Enrique IV, el nuevo monarca llamó a su hijo, que al día siguiente se convertiría en Príncipe de Gales, y lo nombró caballero por segunda vez. Este brillante joven conduciría la guerra en Francia. Ya en vida de su padre, Enrique debió hacerse cargo de difíciles operaciones militares. En 1400 prestó servicio contra los escoceses y algunos meses después se le ordenó reducir la rebelión de Owain Glyndwr, un noble galés que se atribuía el derecho a ser Príncipe de Gales. Fue estudiando a los enemigos galeses (en 1402) y Enrique aprendió a utilizar las tácticas guerrilleras que tan rendidos servicios le prestarían más tarde. Estaba, además, bajo la supervisión de sus dos maestros de estrategia, genios militares ambos: Harry Hotspur y Thomas Percy, conde de Worcester, parientes entre sí. Durante ese mismo año y el siguiente Enrique se vería forzado a enfrentarse a los dos en combate, y se demostraría capaz de vencerlos. En 1403 los dos maestros traicionaron al joven Enrique y a su real padre y se aliaron con Glyndwr. En una épica marcha forzada, Enrique consiguió evitar que Hotspur y Percy unieran sus tropas con las del galés y los derrotó en Shrewsbury. El príncipe en persona mandó el ala izquierda de su ataque en aquella oportunidad. Shrewsbury fue su verdadero bautismo de fuego, donde murió su mentor Hotspur, y también su bautismo de sangre, ya que Enrique recibió una flecha en pleno rostro. Sin embargo, siguió luchando hasta el fin del combate con el astil sobresaliéndole de la cara.

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La guerra contra Gales duró todavía cinco años más, pero el joven no participaría en ninguna otra batalla. Los combates campales no eran comunes en esos tiempos, y las guerras se desarrollaban principalmente en base a sitios de ciudades, asedios de castillos y saqueos de zonas productivas habitadas solo por la población civil. Enrique IV falleció en 1414, dejando el trono a su muy capaz primogénito. Así llegó al trono un Enrique V con 26 años, veterano de dos campañas internas, herido en acción, experto en táctica, alumno de los mejores maestros e inteligente a grado extremo. El nuevo rey comprendió de inmediato que, derrotados los enemigos Escocia y Gales, tenía que volver su atención hacia Francia de inmediato, o Inglaterra sería aplastada. Rodeándose de hombres adictos y capaces, se dispuso entonces a hacer la guerra en territorio del rey francés. Apenas coronado, Enrique intentó, pese a todo, evitar la guerra con Carlos VI. Le ofreció casarse con la hija de aquél y tratar de resolver el problema de las posesiones inglesas en Francia sin derramamiento de sangre. Mientras negociaban, ambos monarcas armaban grandes ejércitos en previsión de una traición o rotura de las conversaciones que condujera a un conflicto bélico. Las tentativas de paz se rompieron por fin en la primavera de 1415 y Enrique decidió ejecutar su plan: una invasión en toda regla del reino francés. Su ejército estaba compuesto de 8.000 caballeros, 2.500 soldados de otras categorías, 200 artilleros especialistas, 1.000 hombres de servicios y apoyo y 10.000 caballos. Para cruzar el Canal de la Mancha se necesitó una gran flota de 1.500 buques, aunque algunos autores mencionan sólo 300, que Enrique había mandado construir, confiscar o comprar.

Los ingleses salieron de Southampton el 11 de julio de 1415 y desembarcaron en el estuario del Sena dos días más tarde. Luego de poner sitio y conquistar Harfleur, Enrique marchó hacia Calais, partiendo de la primera ciudad el 8 de octubre con su ejército debilitado por una grave epidemia de disentería. Pero los franceses no estaban ociosos: el anciano mariscal francés Duque de Berry, recibió la orden de interceptar a Enrique, mientras las tropas de Carlos VI se establecían en Saint-Denis y las del mariscal Boucicault se preparaban en Caudebec, 48 km al este de Harfleur. Por el otro lado, el condestable Carlos d´Albret vigilaba el estuario del Sena. Los ingleses, que deseaban cruzar el Somme, descubrieron con horror que estaban quedándose sin vituallas, por lo que Enrique decidió dirigirse hacia Pont St. Remy y hacer noche frente a Amiens. El día 21 de octubre los ingleses se pusieron en marcha hacia la pequeña aldea de Agincourt, donde se enfrentaron con el grueso del ejército francés en la madrugada del 25 de octubre de 1415. La batalla, trascendental para la Guerra de los Cien Años, se desarrolló en tres fases.  Los ingleses avanzan, atravesando la tierra de nadie de 1 km que los separa de los franceses. Los arqueros ingleses lanzan una lluvia de flechas sobre las posiciones francesas. Los ballesteros franceses responden al ataque. La caballería ataca por ambos flancos, pero muchos caballeros no llegan a tiempo de ocupar sus posiciones. Las monturas chocan contra las estacas que los arqueros ingleses han colocado para protegerse, arrojando al suelo a sus jinetes, que son masacrados. Derrotada su caballería, la infantería de Carlos intenta asaltar el centro inglés. Los arqueros ingleses reaccionan «canalizando» al enemigo hacia donde se encuentran las unidades más fuertes de la infantería propia; los franceses caen en la trampa.  En la melée de infantería, los arqueros ingleses matan a muchísimos franceses, disparándoles a corta distancia.  En medio del intenso combate, Enrique V recibe un golpe de maza en el casco, que abolla el acero y le arranca los adornos. De no haberlo llevado colocado, hubiese perdido la vida.

Los infantes y caballeros ingleses, ahora a pie, se mueven con mayor rapidez que los franceses, impedidos por sus pesadas armaduras. Los franceses se convierten en víctimas fáciles y son obligados a retroceder. Luego de escasa media hora de combate la victoria inglesa es total. Los de Enrique poseen ahora incontables prisioneros, y calculan anhelantes los suculentos rescates que recibirán.  A primera hora de la tarde, sin embargo, Enrique toma una decisión que ha sido cuestionada por todos los historiadores posteriores. Al recibir noticias de que su campamento había sido atacado, ordena la matanza de todos los prisioneros, que son atacados con hachas por sus guardianes y asesinados en escasos minutos. La increíble victoria de Enrique contra un enemigo que lo duplicaba en número no pudo, sin embargo, ser aprovechada por el rey inglés. Enrique no poseía alimentos ni pertrechos para continuar la campaña inmediatamente, por lo que retrocedió hasta Calais para embarcarse hacia Inglaterra. Las tropas desembarcaron en Dover el 16 de noviembre. De haber podido continuar hasta París y auto coronarse rey, es probable que la Guerra de los Cien Años hubiese terminado antes del fin del invierno. Sin embargo, continuaría por otros 38 años. En 1420, el vencido Carlos VI se vio obligado a aceptar el Tratado de Troyes, que deshacía los términos del Tratado de París, casaba a Enrique V con la hija de Carlos y reconocía al monarca inglés como heredero al trono francés tras la muerte del rey. Desplazado de este modo de la línea sucesoria el delfín Carlos, hijo de Carlos VI, todos creyeron que Enrique V legaría ambos tronos a su hijo Enrique, que tenía a la sazón unos pocos meses. Pero por una ironía de la historia, Enrique V murió inesperadamente en 1422, antes que Carlos VI. Dos meses más tarde lo siguió a la tumba el rey de Francia. Los hechos se precipitaron entonces. Incumpliendo el Tratado de Troyes, Francia decidió coronar al delfín Carlos en lugar de al niño Enrique VI como estaba pactado.

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La respuesta inglesa fue coronar al bebé como rey de Inglaterra y de Francia. Decidiendo eliminar al rey Carlos VII, al que la teoría inglesa consideraba un usurpador, invadieron nuevamente Francia y pusieron sitio a Orleáns, última ciudad del reino que permanecía fiel al atrapado rey francés. Todo parecía indicar que Carlos VII tendría que ceder a las pretensiones del rey-niño de Inglaterra. Sin embargo, la historia de la Guerra de los Cien años daría aquí (1428) un inesperado giro, de la mano de una ignota muchacha campesina. Una joven iletrada nacida en Domrémy, llamada Juana de Arco, que creía haber sido elegida por Dios para librar a su país de los ingleses. Con 17 años de edad, consiguió reunir un grupo de soldados y librar, en 1429, a Orleáns del asedio inglés. La victoria de Juana motivó y concienció a soldados y campesinos franceses y les mostró un camino a seguir y un líder a quien imitar. A este triunfo de la Doncella de Orleáns, como se la conoció desde entonces, siguieron otros, como los de Troyes, Châlons y Reims, donde, en presencia de la joven, Carlos VII fue formalmente coronado. A partir de este punto, la campaña militar de Juana comenzó a caer en una espiral descendente: fue derrotada en París y Compiègne y finalmente, cayendo en desgracia, fue capturada en 1430 por las tropas de Juan II de Luxemburgo-Ligny que servían al duque de Borgoña, Felipe. Los jefes militares franceses, envidiosos del éxito de la joven, habían estado conspirando a sus espaldas. Temían el ascendiente que Juana estaba tomando sobre el rey Carlos y, sobre todo, les aterrorizaba el hecho de que la intervención divina, a través de Juana, estaba convirtiendo la guerra feudal que era la Guerra de los Cien Años en una lucha nacional y popular. Fue entregada a los ingleses, juzgada por la Inquisición bajo la acusación de hechicería, condenada a muerte y quemada en la hoguera en Rouen (1431).

La situación se volvía complicada. Francia tenía ahora dos reyes. Coronado Carlos VII en Reims, los ingleses entronizaron en París a su propio rey, Enrique VI, apoyado solamente por Felipe de Borgoña. Con inteligencia, los franceses partidarios de Carlos llegaron a un acuerdo con Felipe, remarcando aún más el aislamiento en que se encontraba Enrique. Este episodio sucedió en 1435 y se conoce como Tratado de Arras. Inglaterra necesitaba imperiosamente a Borgoña como aliado militar. Falta de él, los carolinos atacaron y ocuparon París al año siguiente. Como precaución, en caso de que el conflicto se prolongara Carlos VII aprendió de los errores de su antecesor y, reestructurando profundamente al ejército francés, logró dotar a su corona de un ejército permanente por primera vez en la historia. Fue una medida clarividente, porque el fin de la guerra tardó aún veinte años en llegar.  Francia lograba así una fuerza militar profesional, entrenada, preparada siempre para entrar en acción, y aguerrida, en vez del grupo desorganizado de entusiastas caballeros y campesinos feudales que se reunía de cualquier modo en los momentos más inesperados, y que había favorecido al éxito enemigo en tantas oportunidades. Como es lógico, la reforma militar no tendría éxito si no se acompañaba de profundos cambios en la economía, la infraestructura, las finanzas y la propia sociedad. Habiendo reconstruido las finanzas del reino, Carlos mandó construir un impresionante conjunto de fortificaciones militares, canalizaciones hidráulicas, puertos seguros y una mejor y más consistente base de poder para sí mismo. Los ingleses no eran el único problema de Carlos VII: el hambre y las pestes venían persiguiendo a su dinastía desde el principio mismo. El comienzo del siglo XIV había encontrado a toda Europa sumida en una profunda crisis económica cuyas causas permanecen ocultas incluso para los historiadores del siglo XXI. Esta crisis se había ensañado particularmente con Francia, con un campo de batalla de largas y furiosas guerras y reyertas, y afectaba en especial la producción agrícola, las fábricas industriales y el comercio, que en el siglo XIII habían significado tanto para Europa.

Ahora, tras los centenarios saqueos e incendios provocados por los invasores, Francia pasaba hambre una vez más y, como aparente consecuencia la peste volvió a hacer su aparición. Así, los nobles de la Casa de Anjou, viendo que el monarca pretendía proseguir la guerra hasta las últimas consecuencias, comenzaron a conspirar contra él y convencieron a su hijo Luis, futuro Luis XI de Francia, de que se plegara a la conjura. Carlos consiguió sortear el peligro que amenazaba aislarlo y dejarlo sin poder. Para acrecentarlo, estableció una ventajosa alianza con Suiza y con varios reinos de Alemania. A pesar del respiro que este apoyo le procuró, Carlos sin embargo era consciente de que continuaba gobernando un país inestable, muerto de hambre, que ya casi no producía cereales, cercado por la peste y con la siempre presente espada de Damocles representada por su poderoso vecino inglés, que en cualquier momento podía decidir invadirlo y atacar de nuevo. Su enemigo, sin embargo, no se encontraba en mejor forma: de la soberbia victoria en Agincourt habían pasado a la humillante derrota de París. Enrique VI era aún menor de edad, y afrontaba problemas parecidos a los de Carlos: luchas, recelos y rivalidades entre los nobles y príncipes reales de su casa. Buscando serenar la situación internacional, el joven rey solicitó y obtuvo la mano de Margarita de Anjou, sobrina de su rival Carlos VII, con la que se casó en 1444. Una vez casados, la posibilidad de una paz de compromiso basada en los lazos familiares se vislumbraba cercana. Sin embargo, de las dos facciones en que se habían dividido los ingleses, una estaba en favor de la paz, encabezada por Juan de Beaufort, duque de Somerset. Pero la otra preconizaba la guerra y su prosecución hasta el exterminio. Sus jefes eran Humberto, duque de Gloucester y Ricardo, duque de York. Para colmo de desgracias de los ingleses, Enrique VI comenzó a seguir los pasos de Carlos VI, el enemigo de su padre. Poco a poco comenzó a mostrar síntomas de locura, que pronto se convirtieron en una clara y permanente demencia.

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Las reformas y mejoras realizadas por Carlos VII rindieron sus frutos. Lentamente la presión francesa comenzó a hacer retroceder al enemigo y fue poniendo sitio y reconquistando, paso a paso, todas las posesiones inglesas en tierra francesa. Sin el apoyo borgoñón, los ingleses debieron entregar Normandía en 1450 y la preciada Aquitania en 1453. Ese año, que hoy se considera el del final de la guerra, la única posesión que se permitió conservar a los ingleses fue la ciudad costera de Calais. Una vez desaparecidos los motivos del conflicto, la guerra terminó silenciosamente. Ni siquiera se firmó un tratado que certificara la paz añorada pero nunca alcanzada durante más de un siglo. Enfermo Enrique VI, Inglaterra quedó, tras el fin de la Guerra de los Cien Años, en manos de Somerset y York, enemigos declarados y absolutamente enfrentados ideológicamente, mientras Hunfredo Plantagenet (13901447), noble, pensador y militar inglés, II duque de Gloucester, quinto hijo de Enrique IV y María de Bohunr estaba en prisión. Guiados por intereses personales, no se preocuparon por consolidar la flamante paz, sino que embarcaron a su país en una sangrienta guerra civil dinástica que se conocería como la Guerra de las Dos Rosas. En Francia, por su parte, la monarquía y el absolutismo fueron consolidados por Luis XI, hijo de Carlos VII. Luego de grandes conquistas, tales como Borgoña y Picardía, la Casa de Valois se extinguió como lo había hecho antes la de los Capetos. Estas caídas prefiguraban el fin de los estados feudales y el comienzo de la Europa Moderna que se harían realidad en el siglo siguiente.

La Pequeña Era de Hielo fue una época de climas más fríos en la mayor parte del mundo. Aunque no hay seguridad sobre el inicio de esta época, los registros surgieren que las temperaturas comenzaron a caer alrededor del 1250. El período más frío fue durante los siglos 16 y 17. El clima comenzó a calentarse en 1850. Durante la Pequeña Era de Hielo, las temperaturas globales eran de 1 a 1.5 grados centígrados más frías de lo que son hoy. El enfriamiento se debió a una combinación de la disminución de la actividad solar y de numerosas erupciones volcánicas importantes. El enfriamiento hizo que los glaciares avanzaran y que se desacelerara el crecimiento de los árboles. Murieron ganado y cosechas, y los humanos sufrieron crecientes hambrunas y enfermedades. La Pequeña Era de Hielo no fue una verdadera era de hielo porque no se enfrió lo  suficientemente como para hacer que las láminas de hielo se expandieran. El enfriamiento afectó áreas alrededor de todo el mundo, pero la mayoría de los registros existentes muestran las afectaciones a la vida cotidiana de Europa. Algunos de los registros de eventos durante la Pequeña Era de Hielo fueron las que indicamos a continuación. Los cazadores de pieles reportaron que el sur de la bahía de Hudson permaneció congelada por lo menos 3 semanas más cada primavera. Los pescadores reportaron grandes cantidades de hielo marino en el Atlántico Norte. Los británicos vieron esquimales remando en sus canoas cerca de la costa de Inglaterra. Los glaciares alpinos crecieron alrededor de todo el mundo . En algunos casos, hay reportes de que el hielo glaciar se tragó pueblos de montaña. De acuerdo a los datos de anillos de árboles y de florecimientos de cerezos, los inviernos eran más largos y la temporada de crecimiento más corta. El clima húmedo generó enfermedades que afectaron a personas, animales y cosechas, incluyendo la plaga bubónica, también conocida como Muerte Negra, la cual mató más de un tercio de los habitantes de Europa.

Granjas y pueblos en Europa del Norte quedaron desiertas ya que las cosechas proporcionaban poco alimento. Durante los inviernos más fuertes, el pan debía ser hecho de cortezas de los árboles, pues no había cosecha de granos. La pérdida de cosechas y de ganado provocó hambruna y enfermedades en áreas del Norte y Este de Europa. A diferencia de hoy, no existía la manera de transportar alimentos de otros lugares del mundo a áreas en las que las cosechas habían sido afectadas y las poblaciones pasaban hambre.  En el Atlántico Norte, los sedimentos acumulados desde el fin de la última glaciación, hace aproximadamente 12.000 años, muestran aumentos regulares en la cantidad de granos sedimentarios depositados, procedentes de los icebergs que se han fundido en el océano, los cuales indican una serie de periodos fríos (1–2°C) que se repiten cada 1.500 años aproximadamente. El más reciente de estos periodos helados fue la Pequeña Edad de Hielo. Estos mismos periodos fríos se han descubierto en sedimentos existentes en África, pero los periodos fríos parecen ser más grandes, oscilando entre 3 y 8°C. Los científicos han identificado dos causas de la Pequeña Edad de Hielo fuera de los sistemas de interacción océano-atmósfera: una actividad solar disminuida y la actividad volcánica aumentada. Otras personas investigan influencias más antiguas, como la variabilidad natural del clima y la influencia humana. Algunos también han especulado que la despoblación de Eurasia durante la peste negra y la disminución resultante en el rendimiento agrícola pudieran haber prolongado la Pequeña Edad de Hielo.

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Y ahora nos adentraremos en la gran catástrofe que supuso la terrible Plaga de Justiniano”. La transformación política más grande de la Cristiandad se produjo durante el llamado Imperio Romano Occidental, con la conversión al cristianismo de su emperador, Constantino I El Grande. A finales del siglo III d.C., el emperador romano Diocleciano nombró tres nuevos emperadores para que lo ayudaran a gobernar el imperio Romano. El imperio fue partido en las divisiones Este y Oeste por conveniencia administrativa, cada una de las cuales con un emperador separado. Sin embargo, desde el año 324 hasta el 337 d.C., Constantino gobernó ambos: el imperio Romano Este y Oeste como único emperador. Numerosos historiadores creen que Constantino estaba ya alineado en la dirección de la conversión cristiana porque su padre era monoteísta. Sin embargo, contemporáneo de Constantino han señalado que la verdadera conversión de Constantino llegó como resultado de una visión que relató haber tenido en el año 312 d.C. Según Sócrates: …. Cuando marchaba a la cabeza de sus tropas, una visión sobrenatural se le apareció trascendiendo toda descripción. En efecto, en la hora del día cuando el sol, habiendo pasado el meridiano, comienza a declinar hacia el Oeste, él vio un pilar de luz en forma de cruz sobre la cual estaba inscrito “en esta vences”. La aparición del signo lo impactó son sorpresa, y dudando de sus propios ojos, preguntó a aquellos que lo rodeaban si ellos podían ver lo que él veía; y como ellos declararon unánimemente que sí lo veían, la mente del emperador fue fortalecida por su divina y milagrosa aparición. La noche siguiente, mientras dormía, vio a Cristo, quien lo instruyó para que hiciera un estandarte conforme al patrón que él le había señalado, y usarlo contra sus enemigos como una garantía de victoria. Obedeciendo esta orden divina, él tenía un estandarte hecho en forma de cruz, el cual es conservado en el palacio hasta el día de hoy”.

La verdad de la visión de Constantino es discutida. Algunos pueden ver en la cruz aérea una infrecuente reflexión de la posición del sol, seguida por un sueño. Algunos teóricos pueden argumentar que fue otra manifestación del fenómeno OVNI. Cualquiera que sea la verdad de la historia, la pretendida visión de Constantino de una luz brillante en el cielo seguida por la aparición de “Jesús” la siguiente noche, señaló el acontecimiento que empujó a Constantino en los brazos de la cristiandad. Un año más tarde publicó el famoso Edicto de Milán, que garantizaba oficialmente la tolerancia de la religión cristiana dentro del imperio Romano, terminando con casi tres siglos de persecución romana. Constantino fue responsable de otros cambios significativos para la cristiandad. Fue él quien convocó y con frecuencia asistió al Concilio de Niza en el año 325 d.C. En esta ocasión, muchos cristianos, tales como los Gnósticos, resistieron fuertemente los esfuerzos hechos por Constantino y otros para deificar a Jesús. Los Gnósticos simplemente veían a Jesús como un maestro espiritual. El Concilio de Nicea no se reunió en gran parte para poner fin a tales resistencias y crear una imagen divina de Jesús. Con este propósito en mente, el Concilio creó el famoso Credo de Niza el cual hace creer en Jesús como el “hijo de Dios”, piedra angular de la fe cristiana. Para hacer cumplir esos dogmas, a menudo impopulares, Constantino puso el poder del estado a la disposición de la recién romanizada iglesia cristiana. El reino de Constantino fue notable por otros logros. Marcó el comienzo de la Edad Media europea, ya que puso las bases para el feudalismo y la servidumbre medieval, a similitud del sistema de castas hindú. Constantino decretó que los “colonos”, una clase de propietarios de granjas, debían permanecer apegados al suelo sobre el cual vivían. La cristiandad romanizada de Constantino —la cual se llegó a conocer como catolicismo romano— y su feudalismo opresivo hizo que la cristiandad se apartara súbitamente de las enseñanzas de Jesús y se acercara a casi un completo sistema de custodia. A medida que progresaba el tiempo y continuaban los cambios oficiales a la doctrina cristiana, emergieron dos nuevos crímenes: la herejía, es decir, opinar en contra del dogma establecido, y el paganismo, o la absoluta negación de adherirse al cristianismo. En los días primitivos de la iglesia, los líderes cristianos percibían que sólo podían llegar a ser cristianos la gente cuando se apelaba a su razón y que nadie podría ser o debería ser forzado.

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Después de Constantino, los líderes de la nueva ortodoxia romana tomaron una visión completamente diferente. Ellos exigieron obediencia como un asunto de ley obligatoria y creer únicamente en base a la fe en vez de la razón. Con estos cambios llegaron nuevas penas. Ya no era la excomunión la pena más severa de la iglesia, aunque todavía se practicase. Se aplicaron también penas físicas y económicas. Muchos devotos cristianos fueron víctimas de la nueva ley por no estar de acuerdo con la nueva ortodoxia romana. Aquellas víctimas correctamente vieron que la iglesia se estaba moviendo fuera de las verdaderas enseñanzas de Jesús. Las nuevas enseñanzas cristianas sufrieron un gran impulso al final de la cuarta centuria después de Cristo por el Emperador del Este romano Teodosio I. Teodosio sacó al menos dieciocho leyes destinadas a la penalización de aquellas personas que rechazaban las doctrinas establecidas por el Concilio de Nicea. Él convirtió al cristianismo en la religión oficial del estado y clausuró por la fuerza muchos templos paganos. Ordenó a los ejércitos cristianos incendiar la famosa biblioteca de Alejandría, la cual era un centro de enseñanzas y depositario mundial de libros antiguos. La biblioteca de Alejandría contenía registros históricos, científicos y literarios procedentes de todo el mundo, los cuales habían sido recopilados durante miles de años. Aunque parte de la biblioteca había sido saqueada por guerras anteriores, los ejércitos de Teodosio arrasaron con lo que quedaba. Ya que la mayoría de los documentos eran copia única, se perdió una enormidad de historia y sabiduría grabada. El asunto continuó para empeorar. Por la mitad del siglo VI después de Cristo, se decretó la pena de muerte contra los herejes y paganos. El nuevo emperador del Este romano, Justiniano, ordenó una campaña genocida para establecer con mayor rapidez la ortodoxia cristiana. Sólo en Bizancio, fueron asesinadas unas cien mil personas. Bajo Justiniano, la caza de herejes llego a ser una actividad frecuente y comenzó la práctica de quemar herejes en la hoguera.

Justiniano introdujo más cambios a la doctrina cristiana y convocó el Segundo Sínodo de Constantinopla en el año 553 d.C. El Sínodo no fue presentado ni aparentemente sancionado por el Papa en Roma. De hecho, en este tiempo, muchos de los cambios en la doctrina cristiana en el imperio romano oriental no habían llegado del papado. El Segundo Sínodo sacó un decreto excluyendo de la doctrina las referencias a “vidas pasadas”, o “reencarnación”, aunque esta doctrina era importante para Jesús. El Sínodo decretó: “Si alguien afirma la fabulosa preexistencia del alma y cediera a la monstruosa doctrina que se deriva de ella, hazle dar anatema“. A partir de este decreto, toda referencia aunque velada a la “preexistencia” fue sacada de la Biblia. Creer en la preexistencia fue declarada herejía. Esta supresión fue de obligado cumplimiento en el mundo cristiano occidental y en sus ciencias. La idea de preexistencia personal todavía subsiste, en alto grado, en occidente como herejía religiosa y científica. La cristiandad fue modelada en una poderosa institución bajo los emperadores romanos de Oriente. Fiel al patrón de la historia, la cristiandad romanizada fue otra facción de la Hermandad, ayudando con ello a generar guerras entre los seres humanos. La nueva cristiandad ortodoxa fue colocada en oposición a todas las religiones e iglesias, incluyendo a la escuelas orientales de los misterios, a las cuales arrasó Justiniano. Los acontecimientos históricos desencadenados por la visión de Constantino fueron como una bola de nieve. Este período marcó uno de los episodios del “fin de mundo” para la humanidad, resultado de “visiones” religiosas. Otro elemento importante del “fin de mundo” estaba también presente. Un ataque masivo de plagas, acompañado por relatos de fenómenos aéreos extraños. Entre los años 540 y 592 d.C., cuando Justiniano estaba publicando sus reformas cristianas, una peste bubónica sumergió al imperio romano oriental y se expandió por Europa. La epidemia comenzó durante el reinado de Justiniano y por esto se llamó la “Plaga de Justiniano”. Esta plaga fue una de las más devastadoras de la historia y mucha gente creyó en este tiempo que era un castigo de Dios. En efecto, la palabra “plaga” viene de la palabra latina “llaga” y también ha sido apodada “enfermedad o mal de Dios”. Una de las razones por la cual la gente pensaba que la plaga venía de Dios era la frecuente aparición de extraños fenómenos aéreos conjuntamente con los brotes de plaga. Uno de los cronistas de la plaga de Justiniano fue el famoso historiador Gregorio de Tours, quien documentó una cantidad de extraños eventos que se sucedieron en los años de la plaga. Gregorio relata que exactamente antes de que la plaga invadiera la región de Auvergne en Francia, el año 567 d.C., aparecieron tres o cuatro luces brillantes alrededor del sol y el cielo parecía encendido. Esto puede haber sido un efecto natural, pero otro fenómeno celeste extraño también fue visto en el área.

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Otro historiador relató un acontecimiento similar veintitrés años más tarde en otra parte de Francia: en Avignon. Extrañas visiones fueron reportadas en el cielo, y la tierra era algunas veces tan brillantemente iluminada en la noche como en el día. Poco tiempo a partir de entonces, ocurrió allí un desastroso brote de plaga. Gregorio reportó una visión en Roma consistente de un inmenso “dragón” que flotaba alrededor de la ciudad y bajó al mar, seguido por un brote severo de la plaga inmediatamente después de esto. Tales relatos espeluznantes sugieren lo impensable: que la Plaga de Justiniano fue causada por agentes de guerra biológica propagados por naves de los llamados Custodios, los “dioses” de la antigüedad. Esto constituiría la repetición de las plagas relatadas en la Biblia y en los textos antiguos de Mesopotamia. Sin embargo, en el tiempo de la plaga de Justiniano, los Custodios permanecían invisibles, a diferencia de periodos más antiguos. De acuerdo a la profecía, un evento como la Plaga de Justiniano, supone el anuncio de la venida de un nuevo Mesías o mensajero de Dios. Es bastante seguro que una figura tal llegaría. Y su nombre fue Mahoma. Él nació cuando reinaba Justiniano y cuando la plaga estaba todavía en su furor. Proclamado en su edad adulta como el nuevo salvador, Mahoma, se convirtió en el líder de una nueva religión monoteísta apocalíptica: el Islam. La centralización del poder papal culminó con el Papa Inocencio IV quien ejerció el poder papal desde 1243 hasta el 1254. El Papa Inocencio IV intentó dar un vuelco al papado convirtiéndolo en la más alta autoridad política del mundo, proclamando que el Papa era el vicario, o representante en la Tierra, del Creador, para quien cada criatura humana es un súbdito. Fue bajo Inocencio IV que se hizo de la Inquisición una institución oficial de la Iglesia Católica Romana. A pesar de la opresión de la Inquisición, la Europa del siglo XIII se comenzó a recuperar de la crisis económica y social causada por las cruzadas. Los signos de un renacimiento europeo eran visibles en los entornos intelectual y artístico. El comercio con otras partes del mundo hizo mucho para el enriquecimiento europeo. Europa estaba entrando en una época en la cual la caballería, la música, el arte y los valores espirituales estaban jugando un gran papel. Apenas había transcurrido una centuria de este progreso, cuando un desastroso acontecimiento detuvo abruptamente todo el avance logrado. Este acontecimiento fue la aparición de la peste bubónica, mejor conocida como la Muerte Negra.

La Muerte Negra comenzó en Asia y pronto se extendió por Europa donde dio muerte a más de 25 millones de personas, aproximadamente un tercio de la población total de Europa en aquella época, en menos de cuatro años. Algunos historiadores colocan la cifra de víctimas más cercana a los 35 y 40 millones de personas, es decir, aproximadamente la mitad de todos los europeos. Al principio la epidemia se extendió por Europa entre los años de 1347 y 1350. La peste bubónica continuó golpeando a Europa con mortalidad decreciente cada diez y veinte años, en brotes de corta duración a lo largo del tiempo hasta el siglo XVIII. Aunque es difícil calcular el número de muertes durante este largo período de 400 años, se cree que más de 100 millones de personas murieron por causa de la peste. Se cree que fueron dos tipos de peste los que causaron la Muerte Negra. La primera es de tipo “bubónica”, que es la más común. La forma bubónica de la peste se caracteriza por inflamación de los ganglios linfáticos, en que la inflamación se llama bubón. Los bubones son acompañados por vómito, fiebre y muerte si no se tratan en pocos días. Este tipo de peste no es contagiosa entre los seres humanos, sino que requiere un portador activo como una pulga. Por esta razón muchos historiadores creen que roedores infestados con pulgas fueron los que causaron la peste bubónica. Un número de registros abarcando los años entre el 1347 y finales del 1600 hablan de infecciones de roedores previas a varios brotes de la Muerte Negra, aportando credibilidad a la teoría de los roedores. La segunda forma que contribuyó a la Muerte Negra es el tipo altamente contagioso conocido como peste “neumónica”. Se presenta con escalofríos, respiración acelerada y tos con sangre. La temperatura del cuerpo es muy alta y con frecuencia se produce la muerte en los dos o tres días posteriores de haber contraído la enfermedad. Este segundo tipo de la peste es casi siempre fatal y se transmite más fácilmente en sitios de clima frío y pobre ventilación. Hoy día, algunos médicos creen que fue la segunda forma, la peste neumónica, la responsable por la mayoría de las víctimas fatales de la Muerte Negra, mayormente debido a la promiscuidad, el hacinamiento y las pobres condiciones higiénicas que prevalecían entonces en Europa. Normalmente sacudiríamos nuestra cabeza al pensar en este período trágico de la humanidad y daríamos gracias a la medicina moderna por haber desarrollado curas para esa terrible enfermedad. No obstante, aun persiste el enigma del mal provocado por la Muerte Negra.

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En efecto, muchos de los brotes ocurrieron en regiones despobladas durante el clima caluroso del verano. No todos los brotes de la peste bubónica estuvieron precedidos de invasión anormal de roedores infectados; es más, sólo una minoría de casos parecía tener relación con el incremento de la presencia de animales. El más grande acertijo en relación a la Muerte Negra es cuando nos preguntamos cómo es posible contagiar poblaciones enteras aisladas y sin contacto con áreas anteriormente infectadas. Además, las epidemias tendían a desaparecer abruptamente. Para resolver esos acertijos, un historiador normalmente buscaría el registro de los años de la peste para ver lo que la gente estaba informando al respecto. Cuando lo hace así, encuentra historias tan alucinantes e increíbles que posiblemente las rechaza considerándolas fantasías y supersticiones de mentes altamente fantasiosas. Una gran cantidad de gente por toda Europa y otras regiones del mundo que fueron tocadas por la peste, informaban que los brotes eran ocasionados por una “niebla” de olor nauseabundo. Esa niebla llegaba con frecuencia después de la aparición de extrañas luces brillantes en el cielo. Los historiadores se dieron cuenta rápidamente que la niebla y las luces brillantes eran reportadas con mucha regularidad y en muchas más localidades de las que se señalaban como infectadas por roedores. Los años de la peste eran, de hecho, períodos de fuerte actividad OVNI. Entonces, ¿qué cosa era esa niebla misteriosa? Hay otra forma muy importante mediante la cual puede ser transmitida una peste: por medio de armas bacteriológicas. Actualmente varios países poseen almacenes repletos de armas biológicas que contienen peste bubónica y otras plagas epidémicas. Los gérmenes se mantienen vivos en proyectiles que rociarían el aire con la peste en forma de niebla espesa artificial, frecuentemente visible. Cualquiera que inhale aire contaminado con la niebla contrae la enfermedad. Hay armas biológicas en suficiente cantidad en el mundo actual como para barrer una buena parte de la humanidad. Los informes sobre una niebla similar, inductora de la enfermedad en los años de la peste, sugieren fuertemente que la Muerte Negra fue causada por guerra bacteriológica.

Al primer brote de la peste en Europa siguió una serie de acontecimientos extraños. Entre los años 1298 y1314 fueron vistos sobre Europa siete grandes “cometas”, uno de los cuales fue de una “oscuridad impresionante”. Un año antes del primer brote de la peste en el continente europeo, se informó de “una columna de fuego” divisada sobre el palacio del Papa, en Avignón, Francia. Este fue un segundo Papa, no oficial, que subió al trono como resultado de un cisma dentro de la iglesia católica. Al principio del año fue observada una “bola de fuego” sobre París, y según se dice, ésta permaneció visible a los observadores por algún tiempo. Para la gente de Europa, esas visiones presagiaban la aparición de la peste y en efecto así sucedía. Es cierto que algunos de los “cometas” anunciados eran realmente cometas. Otros también pueden haber sido pequeños meteoros o bolas de fuego. En siglos pasados la gente en general era mucho más supersticiosa que en la actualidad, y los tan naturales meteoros y fenómenos similares ordinarios, frecuentemente eran reportados como precursores de futuros desastres, aunque no tuvieran ninguna relación con acontecimientos de la vida real. Por otra parte, es importante destacar que casi todos los objetos extraños observados en el cielo eran considerados “cometas”. Un buen ejemplo se encuentra en el famoso libro editado en 1557, “Una Cronología de Prodigios y Portentos” de Conrad Lycosthenes. El título completo lleva esta sorprendente descripción: ”Una cronología de los prodigios y portentos que han ocurrido más allá del orden correcto, operación y trabajo de la naturaleza, en ambas, las regiones más altas y más bajas de la Tierra, desde el comienzo del mundo hasta estos tiempos presentes”. En aquel libro leemos la información sobre un “cometa” observado en el año 1479 :Un cometa fue visto en Arabia con la forma de un rayo de madera puntiagudo…..”. La ilustración que lo acompaña estuvo basada en descripciones de testigos oculares, señala lo que claramente parece ser la mitad frontal de un cohete metido entre algunas nubes. El objeto descrito parece poseer muchas ventanillas. Hoy día llamaríamos a ese objeto un OVNI y no un cometa. Esto nos conduce a preguntarnos cuántos de los muchos antiguos cometas no eran realmente similares a objetos en forma de cohete. Cuando confrontamos un antiguo reporte de un cometa en realidad no sabemos con qué clase de cosa estamos tratando, a menos que se cuente con una descripción completa.

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Un reporte de un repentino incremento del fenómeno celeste “cometa” o similares, puede, de hecho, significar un incremento de la actividad OVNI. La conexión entre el extraño fenómeno aéreo y la Muerte Negra fue inmediatamente establecido cuando el primer brote de la peste en Asia. Como lo narra el historiador: “Las primeras informaciones sobre la peste llegaron del Este. Ellas eran confusas, exageradas, temibles, cuando informan desde este cuarto del mundo, en muchas descripciones, de tempestades y terremotos, de meteoros y cometas arrastrando gases nocivos que matan los árboles y destruyen la fertilidad de la tierra….”. El pasaje anterior indica que los extraños objetos voladores estaban haciendo mucho más que esparcir enfermedades: estaban aparentemente rociando desfoliantes químicos o biológicos desde el aire. El párrafo anterior repite lo mismo que las antiguas tabletas mesopotámicas, las cuales describen cómo los antiguos “dioses” Custodios desfoliaban el paisaje. Muchas de las pérdidas humanas durante la Muerte Negra pueden haber sido causada por tales desfoliantes. La conexión entre los fenómenos aéreos y la peste había comenzado siglos antes de la Muerte Negra. Ya hemos visto ejemplos de la anterior peste de Justiniano. En otra fuente se habla de una gran peste que había brotado en el año 1117, casi 200 años antes de la Muerte Negra. La peste también fue precedida por un extraño fenómeno celeste: “En el año de 1117, en Enero, pasó un cometa como un ejército encendido desde el Norte hasta el Oriente; la Luna estaba cubierta por una nube de color azul rojiza como en un eclipse; un año más tarde apareció una luz más brillante que el Sol. Esto fue seguido de un gran frío, de hambre y de peste, de la cual se dijo que había ocasionado la muerte en un tercio de la humanidad”.

Una vez que la Muerte Negra medieval hubo comenzado, los fenómenos aéreos dignos de mención continuaron acompañando a las terribles epidemias. Informes de muchos de esos fenómenos fueron reunidos por Johannes Nohl y publicados en su libroLa Muerte Negra, una crónica de la peste(1926). Según escribe, por lo menos 26 “cometas” fueron reportados entre 1500 y 1543. Quince o dieciséis fueron vistos entre 1556 y 1597. En el año 1618, fueron observados ocho o nueve. Johannes Nohl pone énfasis en la conexión que la gente percibía entre los “cometas” y las subsecuentes epidemias: “En el año 1606 fue visto un cometa, después de lo cual atravesó el mundo una peste general. En 1582 un cometa trajo una peste tan violenta sobre Majo, Praga, Turingia y Holanda y otros lugares, que sólo en Turingia arrasó con 37.000 personas y en Holanda con 46.415”. De Viena, Austria, obtuvimos la siguiente descripción de un suceso acaecido en el año 1568. Aquí vemos la conexión entre un brote de peste y un objeto descrito de una forma notablemente similar a un cigarro moderno o un OVNI en forma de rayo: “Cuando en el Sol y la luz de la Luna, un hermoso arco iris y un rayo encendido fueron vistos por encima de la iglesia de Santa Estefanía, todo esto fue seguido por una violenta epidemia en Austria, Swabia. Augsberg, Wuertemberg, Nuremberg y otros lugares, arrasando con seres humanos y rebaños”. Las observaciones de los fenómenos extraños en el cielo normalmente ocurrieron antes de que brotara la peste. Donde no hubo una observación determinada y la llegada de la peste, se reportaba algunas veces un segundo fenómeno: la aparición de figuras horribles de aspecto humano y vestidas de negro. En muchas ocasiones fueron vistas esas figuras bordeando las aldeas y ciudades; y su presencia era la señal de un inmediato brote de epidemia. En un resumen escrito en el año de 1682 se habla de una visita así un siglo antes: “En Brandenburgo, Alemania, aparecieron en 1559 unos hombres horribles, de los cuales fueron vistos primero unos quince y más tarde veinte. Los primeros tenían sus pequeñas cabezas colocadas por el lado posterior, y los otros tenían espantosas caras y llevaban largas guadañas con las que cortaban la avena, así que el crujido de las guadañas fuera oído a gran distancia; pero la avena quedaba en pie. Cuando se le acercaban algunas personas, al verlos se iban corriendo con sus segadoras.”. La visita de esos hombres extraños a los campos de avena fue seguida por un severo brote de peste en Brandenburgo.

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Este incidente hizo surgir importantes preguntas: ¿Quiénes eran esas misteriosas figuras? ¿Qué eran esos largos instrumentos parecidos a las guadañas que ellos portaban y que emitían un sonido similar al segador? Parece que esas “guadañas” pueden haber sido grandes instrumentos diseñados para rociar veneno o gas con carga bacteriológica similares a los aparatos aspersores agrícolas. Esto significaría que los pobladores malinterpretaban el movimiento de las “guadañas” como un intento de cortar la avena cuando, de hecho, los movimientos eran acciones para rociar a las ciudades y campos. Hombres similares vestidos de negro fueron reportados en Hungría: “… en el año de Cristo de 1571, fue visto en Cremnitz, en los pueblos montañeses de Hungría, por el día de la Ascensión en la tarde, una muy grande perturbación, la más grande de todas, cuando sobre Schuelesberg, allí apareció tanto jinete negro que prevalecía la opinión de que los turcos estaban haciendo una invasión secreta, pero quienes rápidamente desaparecieron otra vez; y llegado a este punto se desató una terrible peste en el vecindario.”. Los extraños hombres vestidos de negro, los “demonios” y otras figuras horribles fueron vistas en otras comunidades europeas. Las terribles criaturas fueron con frecuencia observadas portando grandes “escobas”, “guadañas” o “espadas”, que usaban para “barrer” o “tocar” a las puertas de los hogares de la gente. Los habitantes de esas casas caían enfermos con la peste después de esto. Es a partir de estos incidentes que la gente creó la imagen popular de la “muerte” representada por un esqueleto o demonio cargando una guadaña. La guadaña vino a simbolizar el acto de la “muerte” segando a las personas como se corta el grano. Cuando miramos esta imagen obsesionante de la muerte podemos de hecho estar en presencia de un fenómeno OVNI. De todos los fenómenos relacionados con la Muerte Negra, el que con más frecuencia aparece en los reportes es la mención de una extraña y nociva “niebla” o vapores aunque no apareciesen los demás fenómenos que acompañaban la peste. Johannes Nohl dice que esta bruma húmeda y pestilente constituía una “característica que precedía a la epidemia y se mantenía a través de su curso total”.

Una gran cantidad de médicos de la época decían en su diagnóstico que la niebla era la causante de la peste. Esta conexión fue establecida desde el mismo comienzo de la Muerte Negra, como lo dice el señor Nohl: “El origen de la peste cae en China; se dice que allí comenzó la tormenta ya en el año de 1333, después de una terrible niebla que emitía un horrible hedor e infestaba el aire”. Otra narración resalta que la peste no se contagiaba de persona a persona sino que se contraía por la respiración cuando se inhalaba el aire mortalmente hediondo: “Durante todo el año de 1382 no hubo viento, en consecuencia de lo cual el aire se volvió putrefacto; así que brotó la epidemia y la peste no pasó de un hombre a otro sino que cada uno de los que murió por ella la tomó directamente del aire.”. Informaciones sobre la “bruma” letal y la “niebla” pestilente llegaron de todas partes del mundo infestado por la peste. “Una crónica de Praga describe la epidemia en China, la India y Persia; y el historiador florentino Matteo Villani, quien se tomó el trabajo de su hermano Giovanni después que este murió de peste en Florencia, repite el cuento de los terremotos y bruma pestilente de un viajero por Asia…”. El mismo historiador continua: “Un incidente similar con terremoto y bruma pestilente fue reportado desde Chipre y se creyó que el viento había sido tan venenoso que los hombres caían fulminados y morían de eso.”. Y añade: “Los cuentos alemanes hablan de una niebla pesada de hedor horrible, la cual avanzaba desde el Este y se esparcía por sí misma sobre la Italia”. El autor establece que en otros países: ”…la gente estaba convencida de que los que contraían la enfermedad de la peste, lo hacían de la misma manera como era común descrita, o sea, realmente, cuando esta llegaba desde las calles como una bruma pálida.”. El historiador resume, bastante dramáticamente: “La Tierra misma parecía estar en un estado de convulsión, sacudiéndose y escupiendo, trayendo viento muy pesado y venenoso que destruía animales y plantas y llenaba a los pantanos de insectos que ayudaban a completar la destrucción.”. Sucesos similares son repetidos por otros escritores. Un diario de 1680 refiere este insólito incidente: “Que entre Eisenberg y Dornberg treinta ataúdes fúnebres todos cubiertos con ropas negras fueron vistos a plena luz del día, entre ellos y sobre un ataúd un hombre negro estaba de pie con una cruz blanca. Cuando todo esto hubo desaparecido, llegó un gran calor que la gente en este lugar difícilmente lo soportaban. Pero cuando el sol se puso, ellos percibieron un dulce perfume como si ellos estuvieran en un jardín de rosas. Por este tiempo estaban todos ellos sumidos en una perturbación. Después de esto la epidemia se instaló en Turingia en muchos lugares.”.

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Más al Sur, en Viena: “… Y niebla mal oliente con los culpables, como indicativos de la peste, y de esos, por supuesto, fueron observados varios el pasado otoño.”. Directo desde la ciudad de Eisleben asolada por la peste, tomamos este divertido y quizás exagerado periódico que cuenta el 1 de Septiembre de 1682: “En el cementerio de Eisleben en el corriente mes a la sexta hora de la noche se notó el siguiente incidente: cuando durante la noche los enterradores estaban afanados en el trabajo de cavar trincheras porque en muchos días entre ochenta y noventa habían muerto; repentinamente ellos observaron que la iglesia del cementerio, más específicamente el púlpito estaba iluminado por una fuerte luz brillante. Pero cuando iban hacia ella se puso oscura y negra, llegó una espesa niebla sobre el cementerio que les hacía difícil verse unos a otros, espantosos espíritus malignos se veían asustando a la gente, duendes burlones e insultantes, así como también muchos espectros y fantasmas blancos…”. Más tarde el mismo periódico añade: “Cuando el Maestro Hardte expiró en su agonía, un humo azul se vio salir de su garganta y esto en presencia del cura; lo mismo había sido observado en el caso de otros expirando. De igual forma un humo azul ha sido observado saliendo de las casas de todos los habitantes que han muerto en Eisleben. En la iglesia de San Pedro ha sido observado el humo azul cerca del techo; sobre este relato la iglesia ha rehuido, sobre todo cuando la parroquia ha sido exterminada…”. La “niebla” o peste venenosa era suficientemente espesa como para mezclarse con la humedad normal del aire y formar parte del rocío matutino. La gente estaba alarmada como para tomar la siguiente precaución: “Si el pan recién horneado es colocado por la noche en el extremo de un poste y en la mañana amanece mohoso y por dentro crecido y amarillo o verde, e incomible; y cuando de manera igual las aves de corral beben el rocío matinal y mueren en consecuencia, es que el veneno de peste está cerca de la mano.”. Como hemos visto antes, la “niebla” letal estaba directamente asociada con las luces brillantes moviéndose en el cielo. Forestus Alcmarianos escribió sobre una “ballena” enorme que él encontró, la cual tenía las siguientes medidas: “28 ells (32 metros) de largo y 14 ells (10 metros) de ancho. La “ballena” había sido lanzada encima de la playa de Egemont por grandes olas y quedó varada al aire libre, la cual volvió luego a la mar y produjo tan grande malignidad y fetidez del aire que muy pronto estalló una gran epidemia en Egemont y lugares vecinos”. Es una lástima que el señor Alcmarianos no dé una descripción más detallada de la gran mortandad que produjo la “ballena”, porque puede haber sido una nave similar a un OVNI moderno, los cuales han sido observados entrando y saliendo de los mares.

Es significativo que la niebla putrefacta y el aire maligno sean declarados por muchos pueblos como causantes de la producción de epidemias a los largo de la historia. En la antigua Roma durante una peste, el famoso médico griego Hipócrates (460 – 337 a.C.) estableció que la enfermedad fue causada por perturbaciones del cuerpo ocasionadas por cambios producidos en la atmósfera. Para remediar esto, el célebre Hipócrates hizo que la gente lanzara grandes fuegos públicos. El creía que los grandes incendios podían corregir el aire. El consejo de Hipócrates fue seguido siglos más tarde por los médicos durante la peste medieval. Sin embargo, los doctores modernos tienen una visión poco favorable del consejo de Hipócrates sobre esta materia, en la creencia que Hipócrates era ignorante de las verdaderas causas de la peste. En realidad, enormes piras en las afueras era la única defensa concebible contra la peste si esta era causada por la aspersión de niebla saturada de gérmenes. No se había inventado la vacuna para combatir la peste y por lo tanto, la única esperanza que tenía la gente era quemar la “niebla” mortal con grandes incendios en los descampados. Hipócrates y aquellos que siguieron sus consejos realmente lograron salvar algunas vidas. Significativamente, las pestes neumónica y bubónica no eran las únicas infecciones mortales de la historia que eran producidas por una extraña niebla letal. La mortal enfermedad intestinal llamada cólera es otra: “Cuando el cólera brotó a bordo del barco Britania de su Majestad la reina de Inglaterra, navegando en el Mar Negro en el año 1854, varios de los oficiales y marineros afirmaron positivamente lo siguiente: inmediatamente antes del brote, se extendió una curiosa niebla oscura por sobre el mar y pasó por encima del barco. Apenas había salido el navío de la niebla cuando se anunció el primer caso de la enfermedad.”. Una niebla azul también fue reportada en conexión con el brote de cólera en Inglaterra en el año 1832 y entre los años 1848 y 1849. Como se mencionó antes, las plagas tenían un significado religioso muy marcado en la antigüedad. En la Biblia se dice que eran las plagas el método utilizado por Jehová para castigar a la gente por sus pecados. Los presagios que precedieron a los brotes de la Muerte Negra se parecen mucho a los relatados en la Biblia. “Los hombres enfrentados al terror de la Muerte Negra estaban impresionados por la cadena de acontecimientos sufridos hasta el final de la peste, y por los relatos de la llegada de la pestilencia en el siglo XIV, caso que fue seleccionado como ejemplo de los acontecimientos de mal agüero entre los que deben haber ocurrido en los años precedentes al brote epidémico de 1348, el cual se pareció bastante a las diez plagas de los faraones: trastornos en la atmósfera, tormentas, extrañas invasiones de insectos y fenómenos celestes”.

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Además, la forma bubónica de la peste era muy parecida, si no idéntica, a algunos de los castigos impuestos por “Dios” relatados en el Antiguo Testamento (Samuel): “Pero la mano del Señor fue puesta con fuerza sobre el pueblo de Ashdod (una ciudad filistea) y la destruyó y los mató con dolorosos tumores”. “ … la mano del Señor fue contra la ciudad (Gath, otra ciudad filistea), con una muy grande destrucción; y él mató a los hombres de la ciudad incluso jóvenes y viejos, y ellos tenían bubas en sus partes secretas”. “… había una mortal destrucción a través de toda la ciudad; la mano de Dios era muy dura con ella. Y los hombres que sobrevivieron fueron afectados con tumores; y los gritos desde la ciudad llegaban a los cielos.”. El aspecto religioso de la Muerte Negra medieval fue incrementado por los informes de sonidos atronadores en conexión con los brotes de la peste. Los sonidos eran similares a los descritos en la Biblia como acompañantes de la aparición de Jehovah. Extrañamente, son ellos también los sonidos comunes en algunos de los testimonios de los observadores de OVNIS: “Durante la peste de 1565 en Italia, rugidos de truenos se oían día y noche, como en la guerra, junto con un alboroto y el ruido como de un ejército enorme. En Alemania, en muchos lugares se oyó un ruido como si una carroza fúnebre estuviera pasando por la calle…”. Ruidos similares acompañaban extraños fenómenos aéreos en la extraordinaria visión en relación a la peste en Inglaterra. Los objetos descritos en las citas que se relatan, permanecieron visibles por más de una semana y parecían ser un verdadero cometa o planeta como Venus, no obstante que algunos de los otros objetos pudieran ser etiquetados comono identificados. El historiador Walter George Bell lo resume así: “Tarde, en las oscuras noches de Diciembre del año 1664, los ciudadanos de Londres se sentaron a mirar una nueva estrella brillante, con “enorme ruido” sobre todo. El rey Carlos II y la reina la observaban fijamente desde la ventana en Whitehall. La estrella salió más o menos por el Este no alcanzando una gran altitud y hundiéndose debajo del horizonte por el Sureste, entre las dos y tres de la madrugada. En una semana o dos, desapareció y luego llegaron cartas de Viena notificando la visión de la luz brillante como un cometa, y “en el aire la aparición de un objeto como un ataúd, lo cual ocasionó gran ansiedad de pensamiento entre la población”. Erfurt vio con esta otras terribles apariciones y algunos oyeron ruidos en el aire como de fuegos artificiales o sonidos de cañones y tiros de mosquetas (arma de fuego antigua más pesada que el arcabuz) . Se corrió el rumor que una noche en el siguiente Febrero, cientos de personas habían visto llamas de fuego durante una hora completa, las cuales parecían estar desde Whitehall hasta St. James y luego regresaba otra vez a Whitehall, y posteriormente desapareció. En Marzo apareció en el cielo el más brillante cometa visible durante dos horas después de la medianoche, y continuó así hasta el amanecer. Con tales portentos llegó acompañada la más terrible y gran peste en Londres.”.

Otros “presagios” menos frecuentes fueron reportados también en conexión con la Muerte Negra. Algunos de aquellos fenómenos obviamente eran ficción. Pero las citas precedentes proporcionan evidencia de que posibles OVNIS bombardearon a la raza humana con enfermedades mortales. La Muerte Negra no sólo mató a una gran cantidad de gente, también causó profundos daños sociales y psicológicos. En el pasado la gente estaba convencida que las epidemias eran un castigo de Dios por los pecados, y esto causaba una profunda introversión. Era natural que la gente se acusase a sí misma o a sus convecinos de maldad y para remediar lo que habían hecho debían merecer su castigo. Después de todo, los efectos de la peste produjeron la miseria y el desespero generado por la muerte masiva, que trajo como consecuencia una extensa decadencia ética. En un ambiente agonizante, mucha gente no se cuida de si sus acciones son correctas o erradas, ya que de todas formas ellos van a morir. En el clima espantoso de la peste medieval, los valores espirituales declinaron notablemente y los problemas mentales se incrementaron enormemente. Los mismos resultados se observan durante una guerra. Aunque la Biblia y otras obras religiosas pueden predicar que las plagas y las guerras son creadas por “Dios” para terminar de hacer más virtuosa a la raza humana y espiritualmente más avanzada, pero el efecto siempre es el opuesto. La naturaleza cataclísmica de la Muerte Negra, eclipsó otras actividades desastrosas de los años de la peste, como lo fue el intento cristiano para exterminar a los judíos. Circulaban falsas acusaciones de que los judíos eran los culpables o causantes de la peste al envenenar los pozos de agua. Esos rumores provocaban un odio espantoso contra los judíos dentro de aquellas comunidades cristianas que estaban siendo afectadas por la epidemia. Muchos cristianos participaban en los genocidios, los cuales produjeron más muertes como los crímenes cometidos por los nazis contra los judíos en el siglo XX. De acuerdo a la Enciclopedia Colliers: “Este país (Alemania) figuró como el sitio de brutales masacres en la más extensa escala posible, los cuales barrían el país de punta a punta periódicamente. Aquellas culminaron en el tiempo de la terrible peste de 1348 – 1349 conocida como la Muerte Negra. Quizás porque sus conocimientos médicos y sus higiénicas formas de vida hizo a ellos un poco menos susceptibles que a otros, los judíos eran absurdamente acusados de haber deliberadamente propagado la peste, y cientos de comunidades judías, grandes y pequeñas, fueron borradas de la existencia o reducidas a la insignificancia. Después de esto, sólo un vestigio de ruina quedó en el país, especialmente en los mezquinos señoríos donde se protegían y hasta se estimulaba para su propio bien por las ventajas financieras que ellos traían. Sólo unas pocas comunidades judías alemanas de gran tamaño, tales como la de Frankfort-am-Main o Warms, lograban mantener una existencia sólida desde los tiempos medievales en adelante.”.

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Los genocidios con frecuencia eran instigados por los gremios de comerciantes alemanes que no aceptaban a los judíos. Muchos de aquellos gremios eran herederos directos de antiguas logias de la Hermandad. De hecho, los miembros en las organizaciones de la Hermandad y en los gremios de comerciantes europeos se superponían durante el siglo XIV liderando las logias, las cuales comúnmente eran dirigidas por miembros de otras organizaciones de la Hermandad. Aquí está otra vez un caso en el que la red de la Hermandad era la fuente primaria de un genocidio histórico. Alemania no fue la única nación con un montón de asesinatos judíos. Lo mismo ocurrió en España. En 1391, una masacre de judíos fue ejecutada en muchas partes de la península ibérica. Aunque eran asustados cristianos los que proporcionaban la mano de obra para esos terribles genocidios, sus actividades no siempre eran respaldadas por el papado. Pero Clemente VI, que ejerció el papado desde 1342 hasta 1352, trató de proteger casi inmediatamente a los judíos. Clemente VI emitió dos bulas papales declarando a los judíos inocentes de los cargos que se les atribuía. Las bulas hacían un llamado a los cristianos para que cesaran sus persecuciones. Clemente VI no tuvo éxito total porque en esos tiempos muchas de las logias secretas de comerciantes habían logrado fundirse en facciones dedicadas a actividades antipapales. El Papa Clemente no desmanteló a la Inquisición y la Inquisición hizo mucho por crear un clima general de opresión en el cual tales masacres podían ocurrir. La combinación de la peste, la Inquisición y el genocidio proporcionó todos los ingredientes necesarios para cumplir la profecía apocalíptica. La iglesia católica estaba al borde del colapso a causa de que muchos clérigos perecieron con la peste y también por la pérdida de la fe popular en que la iglesia podía lograr el fin de la “enfermedad de Dios”. Una gran cantidad de gente proclamaba que los días finales estaban llegando. Cierto para la profecía fue que de esta confusión surgieron nuevos “mensajeros de Dios” con la promesa de una inminente utopía. Las enseñanzas y las proclamas de esos nuevos Mesías tuvieron un efecto poderoso sobre los destrozados europeos y trajeron un acontecimiento de la mayor importancia: la Reforma Protestante.

Durante el periodo 1645–1715, en mitad de la Pequeña Edad de Hielo, la actividad solar reflejada en las manchas solares era sumamente baja, con algunos años en que no había ninguna mancha solar. Este período de baja actividad de la mancha solar es conocido como el Mínimo de Maunder. El eslabón preciso entre la baja actividad de las manchas solares y las frías temperaturas no se ha establecido, pero la coincidencia del Mínimo de Maunder con el periodo más profundo de la Pequeña Edad de Hielo sugiere que hay una conexión. Otros indicadores de la baja actividad solar durante este período son los niveles de carbono-14 y berilio-10. La temperatura media de la Tierra depende, en gran medida, del flujo de radiación solar que recibe. Sin embargo, debido a que este aporte de energía apenas varía en el tiempo, no se considera que sea una contribución importante para la variabilidad climática. Esto sucede porque el Sol es una estrella de tipo G en fase de secuencia principal, resultando muy estable. El flujo de radiación es, además, el motor de los fenómenos atmosféricos, ya que aporta la energía necesaria a la atmósfera para que éstos se produzcan. Por otro lado, a largo plazo las variaciones se hacen apreciables ya que el Sol aumenta su luminosidad a razón de un 10 % cada 1.000 millones de años. Debido a este fenómeno, en la Tierra primitiva que sustentó el nacimiento de la vida, hace 3.800 millones de años, el brillo del Sol era un 70 % del actual. Las variaciones en el campo magnético solar y, por tanto, en las emisiones de viento solar, también son importantes, ya que la interacción de la alta atmósfera terrestre con las partículas provenientes del Sol puede generar reacciones químicas en un sentido u otro, modificando la composición del aire y de las nubes, así como la formación de éstas.

La variación solar más conocida es la de los ciclos de las manchas solares, de 11 años de duración. Fué Heinrich Schwabe el primero que observó la variación cíclica del número de manchas solar entre 1826 y 1843 y llevó a Rudolf Wolf a hacer observaciones sistemáticas que comienzan en 1848. El retraso en reconocer ésta periodicidad del Sol se debe al comportamiento muy raro del Sol durante el siglo XVII. El número de manchas solares ha sido medido desde 1700 y hay estimaciones indirectas de los últimos 11.000 años. Edward Maunder, en 1895 y 1922, realizó estudios cuidadosos para descubrir que el problema no era la falta de datos observacionales sino la ausencia real de manchas. Para ello agregó al cuadro la ausencia, durante el mismo periodo, de auroras polares ligadas siempre a los ciclos de actividad solar. Las auroras que son normales en las Islas Británicas y en Escandinavia desaparecieron durante los 70 años de inactividad, de modo que al reaparecer en 1715 causaron admiración y consternación en Copenhague y Estocolmo. Puesto que las manchas solares son más oscuras, es natural asumir que más manchas solares signifiquen menos radiación solar. Sin embargo las áreas circundantes son más luminosas y el efecto global es que más manchas solares dan lugar a un sol más luminoso. La variación es pequeña (del orden del 0,1%) y sólo se estableció mediante medidas por satélite a partir de los años ochenta. Durante el Mínimo de Maunder hubo unos inviernos anormalmente fríos e intensas nevadas tal como lo demuestran los registros históricos. La Tierra pudo haber refrescado casi 1ºC. En 1920, Douglas hizo un trabajo pionero sobre la datación con los anillos de los árboles. Observó una tendencia general cíclica en la velocidad de crecimiento cada una o dos décadas. Al estudiar maderas de la segunda mitad del siglo XVII observó la ausencia de la periodicidad. Douglas leyó en 1922 el artículo de Maunder y le escribió para comunicarle su hallazgo. Los anillos de los árboles demuestran este enfriamiento pues son más delgados durante los periodos fríos y muestran concentraciones anormalmente altas de carbono radioactivo (C14).

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Este tipo particular de carbono se produce a grandes alturas sobre la atmósfera terrestre, debido a la radiación cósmica procedente de la galaxia. Sabemos que durante un mínimo solar el viento solar es más débil y hay un 10% más de C14 que cuando el Sol está activo. Se ha sugerido que algunas de las glaciaciones fueron el resultado de prolongados periodos de falta de actividad solar. Los estudios del clima pasado (paleoclima) se realizan estudiando los registros fósiles, las acumulaciones de sedimentos en los lechos marinos, las burbujas de aire capturadas en los glaciares, las marcas erosivas en las rocas y las marcas de crecimiento de los árboles. Con base en todos estos datos se ha podido confeccionar una historia climática reciente relativamente precisa, y una historia climática prehistórica con no tan buena precisión. A medida que se retrocede en el tiempo los datos se reducen y llegado un punto la climatología se sirve solo de modelos de predicción futura y pasada. A partir de los modelos de evolución estelar se puede calcular con relativa precisión la variación del brillo solar a largo plazo, por lo cual se sabe que, en los primeros momentos de la existencia de la Tierra, el Sol emitía el 70% de la energía actual y la temperatura de equilibrio era de -41 ºC. Sin embargo, hay constancia de la existencia de océanos y de vida desde hace 3.800 millones de años, por lo que la paradoja del Sol débil sólo puede explicarse por una atmósfera con mucha mayor concentración de CO2 que la actual y con un efecto invernadero más grande. El astrónomo solar Edward Maunder se percató que, desde 1645 a 1715, el Sol interrumpe el ciclo de once años y aparece una época donde casi no aparecen manchas. Quedaba la duda de si era un mínimo real o simplemente un desinterés por las manchas. El mínimo de Maunder ocurrió entre 1645 y 1715 cuando sólo se observaron aproximadamente 50 manchas en lugar de las entre 40.000 y 50.000 manchas típicas. En 1976 el astrónomo Jack Eddy aportó la primera prueba de la ausencia de manchas y denominó al periodo mínimo de Maunder.

La prueba la proporcionó indirectamente el Sol. Durante los periodos de baja actividad el campo magnético solar impide menos el paso radiación cósmica y el C14  aumenta su proporción frente a los isótopos normales y en unos 20 años está incorporado en el CO2 y en los anillos de los árboles. Lo que aquí interesa es que los acontecimientos de la actividad solar quedaron grabados en el carbono radioactivo. Pero este no es un hecho aislado. Se han descubierto 6 mínimos solares similares al de Maunder, desde el mínimo egipcio del 1300 a.C., por el análisis de carbono-14 en los testigos de hielo o en los anillos de los árboles. Éstos incluyen el Mínimo de Spörer (1450-1540), y el Mínimo de Dalton (1790-1820). En total parece haber 18 períodos de mínimos de las manchas solares en los últimos 8.000 años, y los estudios indican que el Sol permanece entre un tercio y un cuarto de su tiempo en estos mínimos. Y durante ellos la energía que emite es menor y se corresponde con períodos fríos en el clima terrestre. Su aparición es muy irregular, con lapsos de sólo 180 años, hasta 1100 años, entre mínimos. Por término medio los periodos de escasa actividad solar duran unos 115 años y se repiten aproximadamente cada 600. Actualmente estamos en el Máximo Moderno, que empezó en 1780, cuando vuelve a reaparecer el ciclo de 11 años. Un mínimo solar tiene que ocurrir como muy tarde en el 2900 y un nuevo período glaciar, cuyo ciclo es de unos cien mil años, puede aparecer hacia el año 44.000 d. C., si las acciones del hombre no lo impiden. Además las auroras boreales o las australes causadas por la actividad solar desaparecen o son raras durante un mínimo. Por eso, tras el mínimo de Maunder la gente, incluso los científicos, se sorprenden por un fenómeno que el subconsciente colectivo había olvidado. La actividad solar también afecta la producción de berilio-10, y sus variaciones en la producción de este isótopo se usan para reconstruir la actividad solar. Investigaciones recientes publicadas sugieren que la rotación del Sol sufrió un retardó en la parte más central del mínimo de Maunder (1666 -1700). Al nivel actual de nuestro conocimiento de la física solar, un Sol más grande y más lento implica necesariamente un Sol más fresco y que proporciona menos calor a la Tierra. El mecanismo que hace que una estrella se expanda y contraiga es aún incierta, aunque muchas estrellas sufren pulsaciones.

Las mediciones directas de la energía lumínica emitida por el Sol, tomadas por satélites y otras modernas técnicas científicas, sugieren variaciones en la influencia de la actividad solar en el clima de la Tierra a largo plazo de unos cientos de años. Sin embargo, no había registros climáticos de este tipo medidos hasta un pasado relativamente reciente. Los científicos tradicionalmente han dependido de métodos indirectos de recopilación de datos para estudiar el clima en el pasado de la Tierra, tales como la perforación de núcleos de hielo en Groenlandia y la Antártida. Dichas muestras de nieve acumulada y hielo extraídas de las profundidades de capas de hielo o glaciares, contienen burbujas de aire atrapadas cuya composición puede dar una idea de las condiciones climáticas pasadas. Ahora, sin embargo, un grupo de científicos de la NASA han encontrado enlaces convincentes entre la variabilidad a largo plazo entre el Sol y el clima en una inesperada y única fuente: registros de antiguas medidas directas del nivel del agua del Nilo, el río más largo de la Tierra. Científicos del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, y del Instituto de Tecnología de California, Pasadena, han analizado registros egipcios de los niveles anuales de las aguas del Nilo, en la isla Rawdah, en el Cairo, entre el 622 y el 1470 d.C. Estos registros se compararon con otros bien documentados del mismo periodo, tales como observaciones del número de auroras boreales notificadas por década en el hemisferio norte. Las auroras son resplandores brillantes en el cielo nocturno que ocurren cuando alguna masa es eyectada rápidamente de la corona solar, o tras las erupciones solares. Son un medio excelente de seguir las variaciones en la actividad solar. Según Joan Feynman : “Desde el tiempo de los faraones, los niveles de las aguas del Nilo fueron medidas precisamente, puesto que eran críticamente importantes para la agricultura y la preservación de los templos en Egipto“, dijo. “Estos registros son extremadamente precisos y fueron obtenidos directamente, lo que los hace un raro y único recurso para los climatólogos para echar un vistazo atrás en el tiempo“. Aunque los registros sobre el antiguo Nilo y las auroras son generalmente dispersos, no era el caso para el particular periodo de 850 años estudiado.  En Europa del norte y el lejano oriente existen unos registros similarmente precisos para la actividad auroral durante el mismo periodo de tiempo. La gente allí observó y registró la actividad auroral rutinaria y cuidadosamente, dado que se pensaba que las auroras anunciaban futuros desastres, como las sequías y la muerte de los reyes.  

Los investigadores encontraron algunas conexiones claras entre la actividad solar y las variaciones climáticas. Los niveles de agua del Nilo y los registros de auroras tienen dos variaciones que ocurren regularmente en común, una con un periodo de alrededor de 88 años y la segunda con un periodo de unos 200 años. Los investigadores dijeron que estos descubrimientos tienen implicaciones climáticas que se extienden más allá de la cuenca del río Nilo, ya que el Nilo proporciona drenaje para aproximadamente el 10 por ciento del continente africano. Sus dos fuentes principales, el lago Tana en Etiopía y el lago Victoria en Tanzania, Uganda y Kenia, están en África ecuatorial. Puesto que el clima africano está interrelacionado con la variabilidad climática en los océanos Índico y Atlántico, estos descubrimientos ayudaran a entender los cambios climáticos de una forma global.  Se han propuesto varias hipótesis para relacionar las variaciones de la temperatura terrestre con variaciones de la actividad solar. La comunidad meteorológica ha respondido con escepticismo, en parte, porque las teorías de esta naturaleza han sufrido idas y venidas durante el curso del siglo XX. Sami Solanki, director del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar, en Göttingen (Alemania), ha dicho : “El Sol está en su punto álgido de actividad durante los últimos 60 años, y puede estar ahora afectando a las temperaturas globales. (…) Las dos cosas: el Sol más brillante y unos niveles más elevados de los así llamados “gases de efecto invernadero”, han contribuido al cambio de la temperatura de la Tierra, pero es imposible decir cuál de los dos tiene una incidencia mayor”.  Willie Soon y Sallie Baliunas, del Observatorio de Harvard, correlacionaron recuentos históricos de manchas solares con variaciones de temperatura. Observaron que cuando ha habido menos manchas solares, la Tierra se ha enfriado  y que cuando ha habido más manchas solares la Tierra se ha calentado. Aunque, ya que el número de manchas solares solamente comenzó a estudiarse a partir de 1700, el enlace con el período cálido medieval es, como mucho, una especulación. Las teorías de la variación solar y su influencia en el clima se basan en que los cambios en la radiación solar afectan directamente al clima. Esto es considerado en general improbable, ya que estas variaciones parecen ser pequeñas. Las variaciones en el componente ultravioleta también tienen un efecto. El componente UV varía más que el total. Efectos mediados por cambios en los rayos cósmicos, que son afectados por el viento solar, el cual es afectado por el flujo solar, tales como cambios en la cobertura de nubes. Aunque pueden encontrarse a menudo correlaciones, el mecanismo existente tras esas correlaciones es materia de especulación.

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Muchas de estas explicaciones especulativas han salido mal paradas del paso del tiempo, y en un artículo titulado “Actividad solar y clima terrestre, un análisis de algunas pretendidas correlaciones” (Journal of Atmospheric and Solar-Terrestrial Physics, 2003), Peter Laut demuestra que hay inexactitudes en algunas de las más populares, notablemente en las de Svensmark y Lassen. En 1991 Knud Lassen, del Instituto Meteorológico de Dinamarca, en Copenhague, y su colega Eigil Friis-Christensen, encontraron una importante correlación entre la duración del ciclo solar y los cambios de temperatura en el Hemisferio Norte. Inicialmente utilizaron mediciones de temperaturas y recuentos de manchas solares desde 1861 hasta 1989, pero posteriormente encontraron que los registros del clima de cuatro siglos atrás apoyaban sus hallazgos. Esta relación aparentemente explicaba, de modo aproximado, el 80% de los cambios en las mediciones de temperatura durante ese período. Sallie Baliuna, un astrónomo del Centro Harvard-Smithsoniano para la Astrofísica (Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics), se encuentra entre los que apoyan la teoría de que los cambios en el Sol “pueden ser responsables de los cambios climáticos mayores en la Tierra durante los últimos 300 años, incluyendo parte de la reciente ola de calentamiento global“. Sin embargo, el 6 de mayo de 2000 la revista New Scientist informó que Lassen y el astrofísico Peter Thejil habían actualizado la investigación de Lassen de 1991 y habían encontrado que, a pesar de que los ciclos solares son responsables de cerca de la mitad de la elevación de temperatura desde 1900, no logran explicar una elevación de 0,4 ºC desde 1980. Las curvas divergen a partir de 1980 y se trata de una desviación sorprendentemente grande. Algo más está actuando sobre el clima. Tiene las «huellas digitales» del efecto invernadero.  Posteriormente, en el mismo año, Peter Stoff y otros investigadores de Centro Hadley, en el Reino Unido, publicaron un artículo en el que dieron a conocer el modelo de simulación hasta la fecha más exhaustivo sobre el clima del Siglo XX. Su estudio prestó atención tanto a los agentes forzadores naturales (variaciones solares y emisiones volcánicas) como al forzamiento antropogénico (gases invernadero y aerosoles de sulfato).

Al igual que Lassen y Thejil, encontraron que los factores naturales daban explicación al calentamiento gradual hasta aproximadamente 1960, seguido posteriormente de un retorno a las temperaturas de finales del siglo XIX, lo cual era consistente con los cambios graduales en el forzamiento solar a lo largo del siglo XX y la actividad volcánica durante las últimas décadas. Sin embargo, estos factores no podían explicar por sí solos el calentamiento en las últimas décadas. De forma similar, el forzamiento antropogénico, por sí solo, era insuficiente para explicar el calentamiento entre 1910-1945, pero era necesario para simular el calentamiento desde 1976. El equipo de Stott encontró que combinando todos estos factores se podía obtener una simulación cercana a la realidad de los cambios de temperatura globales a lo largo del siglo XX. Predijeron que las emisiones continuadas de gases invernadero podían causar incrementos de temperatura adicionales en el futuro “a un ritmo similar al observado en las décadas recientes” .A lo largo de la Pequeña Edad de Hielo, el mundo experimentó también una actividad volcánica elevada. Cuando un volcán entra en erupción, sus cenizas alcanzan la parte alta de la atmósfera y se pueden extender hasta cubrir la tierra entera. Estas nubes de ceniza hacen que no llegue la radiación solar entrante, llevando a una disminución de la temperatura a nivel mundial. Pueden durar hasta dos años después de una erupción. Asimismo, se emitió durante las erupciones azufre en forma de gas SO2. Cuando este gas alcanza la estratosfera, se convierte en partículas de ácido sulfúrico que reflejan los rayos del sol, reduciendo la cantidad de radiación que alcanza la superficie de la tierra. En 1815 la erupción de Tambora en Indonesia cubrió la atmósfera de cenizas; el año siguiente, 1816, fue conocido como el año sin verano, cuando hubo hielo y nieves en junio y julio en Nueva Inglaterra y el norte de Europa.

En 1997 Kreutz comparó los resultados de estudios en la Antártida Occidental en muestras de hielo, parte del Proyecto Dos de Casquete Polar de Groenlandia (GISP2), sugiriendo una Pequeña Edad de Hielo sincrónica global. Las muestras de sedimento oceánico de la Meseta este de Bransfield, en la península Antártica, revelan eventos centenarios que los autores vinculan con la Pequeña Edad de Hielo y con el período cálido medieval. Los autores notan «otros inexplicables eventos climáticos comparables en duración y amplitud con la Pequeña Edad de Hielo y el potencial de calentamiento mundial». En África Austral, las muestras sedimentarias extraídas del lago Malawi indican que las condiciones frescas entre 1570 y 1820 sugieren que el lago Malawi registra «más soporte, y extensión, de la expansión global de la Pequeña Edad de Hielo». Una nueva reconstrucción de 3.000 años de temperaturas basado en el crecimiento de estalagmita en una cueva en Sudáfrica sugiere un periodo frío de 1500–1800 «caracterizando la Pequeña Edad de Hielo sudafricana». Las muestras sedimentarias en la Meseta Bransfield, península Antártica, poseen indicadores neo-glaciales y variaciones en la tasa mar-hielo durante el periodo de la Pequeña Edad de Hielo. Los datos de niveles paleo-oceánicos de las islas del Pacífico sugieren variaciones en el nivel marino, posiblemente en dos etapas, entre 1270 a 1475. Eso se asocia con la caída de 1,5 °C en temperatura, determinada por el análisis de isótopos de oxígeno, y un incremento de la frecuencia de la corriente marina de  El Niño. Quereda Sala y otros mencionan que el rio Ebro, en España, se heló siete veces entre 1505 y 1789. En 1788, y de nuevo en 1789, el río permaneció helado durante quince días. El libro también menciona la presencia de una extensa red de pozos de nieve, ventisqueros y glaciares que se construyeron y mantuvieron entre los siglos XVI y XIX a lo largo del Mediterráneo oriental, algunos ubicados en áreas donde no nieva en la actualidad un solo día al año. El almacenamiento y distribución de hielo eran un negocio que involucraba secciones enteras de la población rural. Hay también una amplia evidencia de que durante ese período los glaciares se extendieron por los Pirineos, fundiéndose desde entonces. Es más, los remanentes del glaciar de Sierra Nevada que finalmente desapareció al final del siglo XX, se originaron en este momento, y no eran, como a veces se dice, restos de la última verdadera Edad de Hielo.

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Los últimos verdaderos glaciares de Sierra Nevada y los Picos de Europa se fundieron a finales del siglo IX. Se cree que las temperaturas en Europa durante el llamado Óptimo climático medieval, entre los siglos IX al XIII, debió haber sido entre 1º y 1,5 °C superior a la temperatura actual, suficiente para que estos glaciares, e incluso los de los Pirineos, se hubieran fundido. Los actuales glaciares de los Pirineos se formaron principalmente durante este periodo frío y han estado fundiéndose despacio desde entonces. El área de la superficie total de los glaciares en la vertiente sur de los Pirineos ha descendido desde 1894. La Pequeña Edad de Hielo trajo inviernos muy fríos a muchas partes del mundo, pero la documentación más completa está en Europa y América del Norte. A mediados del siglo XVII, el avance de los glaciares de los Alpes suizos, afectó a pueblos enteros. El Río Támesis, los canales y los ríos de los Países Bajos se helaron a menudo durante el invierno, y las personas aprovecharon para patinar. En el invierno de 1780, el Puerto de Nueva York se heló, y la gente pudo caminar de Manhattan a la Isla de Staten. El hielo del mar que rodea Islandia se extendió varios kilómetros en todas direcciones, lo cual provocó el cierre de los puertos de la isla. Los inviernos severos afectaron a la vida humana. La población de Islandia descendió a la mitad, y las colonias vikingas en Groenlandia desaparecieron. En América del Norte, los nativos americanos protestaron por la escasez de comida. Durante muchos años, la nieve cubría la tierra durante muchos meses. Muchas primaveras y veranos eran fríos y lluviosos, aunque había una gran variabilidad entre unos años y otros. Las cosechas en toda Europa tuvieron que adaptarse a la corta estación de cultivo y había muchos años de carestía y hambre. Las violentas tormentas causaron inundaciones masivas y la pérdida de vidas fundamentalmente afectó a daneses, alemanes, y a las costas holandesas.  La magnitud de los glaciares de montaña era mucho mayor. En Etiopía y Mauritania, había nieve permanente en las crestas de las montañas en niveles donde no ocurre hoy. Tombuctú, una ciudad importante en la ruta de las caravanas transaharianas, se inundó 13 veces por lo menos por el río Níger. No hay ningún archivo que recoja inundaciones similares antes o después de la Pequeña Edad de Hielo.

En China, en la Provincia de Kiangsi, se abandonaron cultivos como los de naranjas, que necesitan un clima cálido. Dicho cultivo había existido durante siglos. En América del Norte, los primeros colonos europeos informaron también de inviernos severos. Por ejemplo, en 1607 los hielos persistieron en el Lago Superior hasta el 8 de junio. La Pequeña Edad de Hielo dejó su impronta en el arte del periodo. Por ejemplo, en cuadros del pintor flamenco Pieter Brueghel el Joven, quien vivió de 1564 a 1638, la nieve domina muchos paisajes de pueblos. Burroughs, que estudió la pintura de ese periodo, observó que la temática se da casi completamente de 1565 a 1665, y supone que el extraordinariamente crudo invierno de 1565 inspiró a los grandes artistas a pintar imágenes muy originales. Hay una interrupción del tema entre 1627 y 1640, con un retorno súbito después de esto. Ello indica un interludio más apacible en los 1630. De 1640 a 1660 hay una etapa de pintura holandesa volcada en temas invernales que encaja con la vuelta de inviernos fríos. El declive final del tema en la pintura fue alrededor de 1660, y no coincide con una mejora del clima. Burroughs pone las cautelas oportunas respecto a intentar sacar muchas conclusiones de estos hechos. No obstante observa que esas pinturas del invierno se repiten alrededor de 1780 y 1810, en que de nuevo hubo un periodo más frío. Otra persona famosa que vivió durante la Pequeña Edad de Hielo fue Antonio Stradivari, el conocido fabricante de violines. Los climas más fríos causaron que la madera de los árboles fuera más densa. A esto se atribuye parcialmente el extraordinario tono de las creaciones de Stradivari. Un núcleo de hielo desde la parte oriental de la Cuenca Bransfield, identifica claramente en la Península Antártica acontecimientos propios de la Pequeña Edad de Hielo y del Óptimo Climático Medieval. Estos acontecimientos cubren aproximadamente desde 1700 en adelante, y muestran condiciones de tiempo no frías que se presentan durante gran parte del período llamado Pequeña Edad de Hielo. Esto ilustra la no globalidad de la Pequeña Edad de Hielo. Núcleos de hielo que van desde el Glaciar Superior de Fremont, en América del Norte, al casquete de hielo Quelccaya en los Andes peruanos (América del Sur), muestran cambios similares durante la Pequeña Edad de Hielo.  

Y durante los comienzos de la Pequeña Edad de Hielo también se produjeron acontecimientos importantes en la Península Ibérica. Pedro I de Castilla (1334 – 1369), llamado el Cruel por sus detractores y el Justiciero por sus partidarios, fue rey de Castilla desde el 26 de marzo de 1350 hasta su muerte. Nacido en la torre defensiva del Monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas en Burgos, Pedro era hijo y sucesor de Alfonso XI el Justiciero y de María de Portugal, hija del rey Alfonso IV el Bravo. Fue el último rey de Castilla de la Casa de Borgoña. Su educación fue muy descuidada, pues Alfonso XI, llevado por su amor a Leonor de Guzmán, dejó la crianza de su heredero a María de Portugal, la reina consorte, que vivió con su hijo en el alcázar de Sevilla. El comienzo de su reinado en marzo de 1350, cuando todavía no había cumplido los dieciséis años de edad, estuvo marcado por las luchas entre las distintas facciones que se disputaban el poder: los diversos hijos que había tenido su padre el rey Alfonso XI con Leonor de Guzmán, los infantes aragoneses, primos carnales del rey y la reina madre, María de Portugal. Inicialmente, el poder fue controlado por la facción de la reina madre y del favorito portugués Juan Alfonso de Alburquerque, que le había servido como tutor. Éste, sospechando de las intenciones de la antigua amante de Alfonso, Leonor de Guzmán, aconsejó al rey que prendiera a sus hermanos, el conde Enrique de Trastámara y el maestre de la Orden de Santiago, Fadrique Alfonso de Castilla, lo que motivó la primera rebelión de los mismos. Sin embargo, estos fueron pronto perdonados por el nuevo monarca que, al aproximarse a Sevilla los que conducían el cadáver de su padre, salió con su madre a recibirlos a mucha distancia de la ciudad. A mediados de agosto de 1350, Pedro cayó gravemente enfermo. La posible sucesión apuntaba hacia su primo carnal, el infante Fernando de Aragón y Castilla, marqués de Tortosa y sobrino de Alfonso XI. Otros preferían a Juan Núñez III de Lara, descendiente de los infantes de La Cerda por línea masculina, aunque estos habían renunciado formalmente a la sucesión a cambio de sustanciosas propiedades en tiempos del abuelo de Pedro, Fernando IV de Castilla. El restablecimiento del joven rey condujo a levantar el sitio puesto a Gibraltar y que cesara toda guerra con los musulmanes. Convaleciente de su enfermedad, Pedro permaneció en Sevilla hasta los comienzos de 1351.

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Posteriormente, el monarca persiguió a Nuño Díaz de Haro, un niño de tres años, hijo del ya difunto Juan Núñez III de Lara, para despojarle del señorío de Vizcaya. Aunque no pudo capturarle, sí que hizo suyo el territorio de Las Encartaciones, conquista que realizó Fernán Pérez de Ayala, padre del cronista Pero López de Ayala. Nuño Díaz de Haro falleció al poco tiempo. Juana de Lara e Isabel, hermanas del pequeño fallecido, fueron entregadas a Pedro. Vizcaya, Lerma y Lara, con otras villas y castillos, se incorporaron al dominio real. Juana se casó con el medio hermano bastardo de Pedro, Tello de Castilla, e Isabel con el infante Juan de Aragón y Castilla (1330–1358), primo carnal del rey Pedro y hermano menor del infante Fernando de Aragón. Fernando fue asesinado años más tarde por orden de Pedro IV de Aragón. Juana e Isabel Núñez de Lara, el infante Juan de Aragón y la madre de los infantes aragoneses Juan y Fernando y tía carnal de Pedro I, fueron asesinados en diferentes fechas por orden de Pedro I de Castilla. De estos crímenes salieron beneficiados finalmente el hijo bastardo del rey Alfonso, futuro Enrique II de Castilla, que se encontraba en el mismo lugar de Aragón en el que fue asesinado el infante Fernando y el hermano de Enrique, Tello de Castilla, señor consorte de Vizcaya, quien ocultó el asesinato por parte de Pedro de su esposa y señora titular de Vizcaya, Juana de Lara. Hacia 1351 recibió en Burgos la visita de Carlos II de Navarra, llamado el Malo, a quien regaló caballos y joyas. Posteriormente se desplazó a Valladolid para celebrar Cortes, donde dijo: “Los reyes y los príncipes viven é regnan por la justicia, en la cual son tenudos de mantener é gobernar los sus pueblos, é la deben cumplir é guardar”. Las Cortes de Valladolid duraron desde otoño de 1351 a la primavera de 1352, asistiendo el rey hasta mediados de marzo de 1352. En estas Cortes sancionó un Ordenamiento de menestrales, el 2 de octubre de 1351, para intentar paliar las dificultades a la hora de encontrar mano de obra, a consecuencia de la Peste Negra, que asoló Europa en el siglo XIV y que incluso llegó a causar la muerte de Alfonso XI. Se condenaba la vagancia, se prohibía la mendicidad, se tasaban los jornales y salarios, se ordenaban las horas de trabajo en cada estación del año y se fijaba el valor de los artículos o productos.

Pedro ratificó lo pactado en las Partidas sobre la inviolabilidad de los procuradores de las ciudades y villas, prohibiendo a los Tribunales «conocer de las querellas que ante ellos dieren de los Procuradores durante el tiempo de su procuración, hasta que sean tornados a sus tierras». En las mismas Cortes confirmó, enmendándolo, el Ordenamiento de Alcalá, ley del tiempo de Alfonso XI que daba fuerza legal a las Partidas. Sancionó de nuevo el Fuero Viejo de Castilla que publicó en 1356 y, con la intervención del rey, se aprobaron leyes contra los malhechores, se reorganizó la administración de justicia, se dictaron las disposiciones para el fomento del comercio, la agricultura y la ganadería, se rebajaron los encabezamientos de los pueblos por haber disminuido el valor de las fincas, se procuró reprimir la desmoralización pública, no menos que la relajación de costumbres en clérigos y legos, y se trató de aliviar la suerte de los judíos, permitiéndoles que en las villas y ciudades ocupasen barrios apartados y que nombraran alcaldes que entendieran en sus pleitos. Con todo ello el rey afirmó su alianza con las ciudades, lo que los nobles entendieron como un ataque a sus privilegios, aumentando su enemistad con el rey. Desde Valladolid, de donde salió a finales de marzo de 1352, pasó a Ciudad Rodrigo para reunirse con su abuelo materno, el rey de Portugal, Alfonso IV, que le dio prudentes consejos para el gobierno, recomendándole especialmente que viviera en paz con sus hermanos. Después de la reunión con Alfonso IV de Portugal, se dirigió a Andalucía para someter a Alfonso Fernández Coronel, que se había sublevado en Aguilar, si bien hubo de encomendar bien pronto a otros aquella guerra por haber sabido que su hermano Enrique se fortificaba en Asturias. No tardó en conseguir que su hermano se le sometiera con las mayores muestras de arrepentimiento. Con igual rapidez y fortuna sofocó los intentos de rebelión de su otro hermano Tello. Así pudo volver a Andalucía y, en 1353, dar muerte por ejecución a Fernández Coronel. En aquel tiempo ya era amante de María de Padilla. Tras llegar a Valladolid su prometida, Blanca de Borbón, se casó con ésta el 3 de junio de 1353 por razón de Estado. Pedro abandonó a Blanca a los dos días, ya que Francia había incumplido el pago de la dote, y ordenó que la encerraran en Sigüenza y luego en el Alcázar de Toledo. Con ello provocó la ruptura con Francia, la caída de Alburquerque y una rebelión en Toledo, que pronto se extendió a otras ciudades.

En 1354, y tras la rebelión, destituyó al alguacil mayor y a los demás depositarios de la autoridad real nombrados por Alburquerque, reemplazándolos por los Padilla, sus nuevos favoritos. Desposeyó a Juan Núñez de Prado del maestrazgo de Calatrava y se lo dio a Diego García de Padilla, hermano de María, el cual hizo dar muerte a su predecesor en el castillo de Maqueda, perteneciente a la misma Orden, por un tal Diego López de Porras. El apartamiento del señor de Alburquerque del servicio del rey no bastó y decidió quitarle los lugares que tenía. Pedro sitió la plaza de Medellín. Los caballeros que defendían la plaza enviaron un mensaje a Alburquerque en el que le pedían ayuda o que les librara del “homenaje” que, como guardadores de la plaza, tenían prestado a Juan Alfonso, que no pudo ayudarlos. Al punto marchó Pedro contra la villa de Alburquerque, pero se negaron a abrirle las puertas. Estaba dentro el comendador mayor de Calatrava, Pedro Estébanez Carpentero, contra quien dio sentencia el rey por haberle resistido, aunque éste alegó que ni era alcaide de la fortaleza, ni estaba allí por otra causa que por miedo de ser partícipe de la suerte funesta de su tío, don Juan Núñez de Prado, maestre de la Orden. No fue éste el único castillo que mantuvo el pendón del señor de Alburquerque, por lo que Pedro se apartó de la frontera, dejando a sus hermanos promovidos por él a conde de Trastámara y al maestrazgo de Santiago, controlados en sus movimientos por Juan García de Villagera, hermano de la amante del rey, y a quien había favorecido con la encomienda mayor de la Orden de Santiago. Al mismo tiempo envió sus mensajeros a su abuelo, el rey de Portugal, con quejas contra Alburquerque, los cuales llegaron al tiempo en que se celebraban en Évora las bodas de Fernando de Aragón, marqués de Tortosa y primo hermano de Pedro I, con doña María, infanta portuguesa. Una parte de nobleza levantisca consideraba seriamente al infante Fernando de Aragón como posible sucesor legítimo del trono de Castilla si Pedro muriese sin hijos legítimos varones, a menos que éstos fueran eventualmente asesinados o “desaparecidos“.

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A esta boda asistió también Juan Alfonso de Alburquerque, quien dirigió al monarca portugués un razonamiento sobre los agravios que había recibido y recibía aún de su nieto castellano Pedro. No faltaron en el discurso suaves amenazas contra Enrique de Trastámara y su hermano. Alfonso IV de Portugal dio a entender entonces las quejas de su nieto Pedro sobre la gestión de Albuquerque de las rentas de Castilla y, por último, se mostró orgulloso de haber procurado al rey un enlace ilustre y la paz con Aragón, Navarra y Portugal. El rey de Portugal se puso de parte de Alburquerque, que era su huésped y pariente, y lo mismo hicieron otros nobles de su corte. Pero al hablar algunos caballeros castellanos de la comitiva del novio conforme a la pretensión de los embajadores, se embraveció la disputa, de manera que los festejos estuvieron a punto de ser sangrientos, aunque el rey lo impidió con su autoridad y mandato. La corte portuguesa pasó después a Estremoz, y con ella iba Juan Alfonso de Alburquerque. Allí recibió éste un mensaje de Enrique y Fadrique, quienes habían sido puestos por su hermano para defender la frontera, en el cual proponían pactos y alianzas a Juan Alfonso de Alburquerque encaminados a lograr ventajas para los tres. Se reunieron en Elvas y Badajoz, y tan avanzados iban los tratos, que apresaron a Juan García de Villagera, aunque logró escapar a las pocas horas y presentarse a su señor informándole de la conjura. El pacto postulaba que la Corona de Castilla fuera para el infante Pedro, hijo del rey de Portugal, como nieto de Sancho IV el Bravo, en lugar de para Fernando de Aragón, primo carnal de Pedro I de Castilla. El infante portugués recibió las propuestas por boca de Alvar Pérez de Castro, hermano de la célebre Inés de Castro, y las admitió, aunque sabedor su padre Alfonso IV de Portugal de lo que se tramaba le hizo desistir de ello, siendo acaso parte en su resolución última su hermana María, madre de Pedro I de Castilla, que fue a reunirse con Pedro en Toro. Incluso el papa Inocencio VI fue informado en Aviñón de las desdichas de la reina consorte Blanca de Borbón, hermana de la reina consorte de Francia, Juana de Borbón, venida de su padre Pedro I de Borbón sin la dote monetaria pactada por los negociadores castellanos de tal boda. Se consiguió entonces que el rey pasase en Valladolid dos días más al lado de Blanca. Pero se dice que no hizo caso a tales quejas, pues ya tenía tratos de casamiento con Juana de Castro, mujer viuda de noble prosapia, a pesar de que vivían tanto su esposa Blanca, como su amante María.

Parece que Juana de Castro se resistía a estos proyectos de nuevo matrimonio porque la viuda creía válido el anterior de Pedro con Blanca. La pasión acalló de continuo toda prudencia en el rey, quien no sólo ofreció varios lugares y castillos en prenda de que celebraría el matrimonio, sino también quiso probar que no era válido el matrimonio de Valladolid. Parece que dos obispos, el de Salamanca, Juan Lucero, y el de Ávila, quizá Sancho Blázquez Dávila, estuvieron dispuestos a analizar o reparar lo sucedido. A Pedro y Juana los casó el obispo de Salamanca en Cuéllar y Juana de Castro tomó el título de reina, aunque los cronistas posteriores aseguran que al día siguiente el rey la abandonó para irse alterado a Castrojeriz por las nuevas que le trajo uno de los suyos. Se sabe que tuvo con ella una descendencia muy castigada por la nueva dinastía de los Trastámara. Juan de Castilla y Castro murió prisionero en 1405 cuando regresaba de Inglaterra como rehén. El hijo de éste, Pedro de Castilla y de Eril, arcediano de Alarcón, Obispo de Osma y de Palencia, tendría cuatro hijos con una inglesa del séquito de la reina consorte Catalina de Lancáster, supuestamente nieta ilegítima de Pedro I, así como otros cuatro hijos con una mujer de Salamanca, todos bien estudiados y registrados. También tuvo otro hijo varón, Alfonso, con María de Padilla, nacido en el otoño de 1359, que sería confiado al nuevo Maestre de Santiago Garci Álvarez de Toledo, que es muy difícil de rastrear en la mayoría de los estudios actuales. Además tuvo más hijos con María de Hinestrosa, esposa de un miembro de la poderosa familia Carrillo, así como con una hermana del canciller Pero López de Ayala y dos más con la burgalesa Isabel de Sandoval. El Papa comisionó a Beltrán, obispo de Senez o Cesena, para que formase proceso canónico contra los obispos de Salamanca y Ávila, y conminase al rey con graves penas para que abandonase a Juana y se uniese a su esposa. De no hacerlo, le daba plena autoridad para proceder, no sólo contra el monarca, sino contra sus ayudas y cómplices, siquiera fuesen arzobispos, obispos, cabildos, monasterios, duques, condes, vasallos, castillos y lugares.

El Papa escribió también al monarca reprochándole con duras frases sus delitos contra la pública honestidad y el olvido de los deberes de su rango supremo, esperando que volviera al cariño de su consorte. Los encuentros entre el rey y María de Padilla cesaron, tanto por la condenación papal como por los nuevos amoríos entre don Pedro y Juana de Castro. María se dirigió entonces al Papa, solicitando licencia para fundar un monasterio de monjas clarisas en la diócesis de Palencia, de donde era originaria, o en otra parte. El rey favoreció las pretensiones de María, como resulta de los documentos pontificios que vinieron de Aviñón, y aún cuando, según se dio a entender al Papa, el propósito de María era hacer en el monasterio vida penitente. Así, se fundó el monasterio en Astudillo, pero no entró en él María, sino que volvió a convertirse en amante del rey. Fernán Ruiz de Castro, un hermano de Juana, deseoso de venganza, acaudilló una nueva rebelión. Creció en tanto el partido de doña Blanca, que llegó a contar con la ayuda de los hermanos del rey, Alburquerque, los infantes de Aragón, Fernando y Juan, de Leonor, viuda de Alfonso IV de Aragón, de María de Portugal, la madre del rey, de la poderosa familia Castro y muchos nobles, todos los cuales exigían con las armas que Pedro hiciera vida conyugal con doña Blanca. Aunque esto era el pretexto, lo que en verdad reclamaban era recuperar su influencia perdida en la corte. Como jefe de la liga figuraba Alburquerque, que falleció en octubre de 1354, con sospechas de haber sido envenenado por orden del rey. Los demás confederados no cejaron en sus planes. En Tejadillo, entre Toro y Morales, conferenció Pedro con los nobles de la liga, aunque no se llegó a un acuerdo. Toro, villa de la reina madre, se convirtió en el cuartel general de los confabulados. Juzgó prudente el monarca, de veinte años, trasladarse a dicha plaza, en la que se le trató con respeto. Pero como no le permitían hablar libremente con las personas que lo visitaban, se consideró preso. Cedió en apariencia a cuantas demandas le hicieron y se ganó en secreto a los infantes de Aragón con magníficas promesas y cesiones de tierra. Practicó lo mismo con otros caballeros, y así, en diciembre de 1354, aprovechando un descuido de sus vigilantes durante una partida de caza, pudo huir a Segovia. Se dirigió después a Burgos, donde reunió Cortes que le concedieron subsidios para someter a los rebeldes. En Medina del Campo el rey mandó matar, en abril de 1355, al Adelantado Mayor de Castilla, Pedro Ruiz de Villegas II, al Merino Mayor de Burgos Sancho Ruiz de Rojas y a un escudero de aquél llamado Martín Núñez de Carandia, todos ellos implicados en la rebelión.

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Acometió a esta ciudad, pero suspendió sus ataques para someter a Toledo, donde parte de la población se había sublevado a favor de Blanca. En Toledo se trabó un combate, de una parte sostenido por los judíos y partidarios del rey, y de la otra por los soldados de la liga y algunos toledanos. El 8 de mayo de 1355 entraron en la ciudad de Toledo las primeras tropas reales, pero los sublevados ya habían huido. El monarca, que los seguía, hizo ejecutar a dos caballeros y 22 vecinos de la ciudad acusados de rebeldía. Después de mandar a Blanca de Borbón a Sigüenza, marchó contra Toro con su hueste. Corrió la comarca apoderándose de algunas villas y despreció las intimidaciones de un legado pontificio que le imponía vivir en paz con Blanca y con los señores. El infante Juan de Aragón entraría con sus tropas hasta Ochandiano, cerca de Durango (Vizcaya). Pero los enfrentamientos contra Tello de Castilla y Juan de Abendaño no fueron buenos por los bajos ramajes de los bosques circundantes, impedimento para la caballería castellana. No atacó la ciudad de Toro, donde se encontraba su madre, sino que prefirió sitiarla hasta que se rindió en 1356, después de que Enrique hubiere huido y Fadrique fuera apresado. Pasado algún tiempo surgió la guerra con Aragón. La causa fue que nueve galeras aragonesas, armadas por mosén Francisco de Perellós, con licencia del rey Pedro IV el Ceremonioso para ir en auxilio de Francia contra Inglaterra, arribaron a Sanlúcar de Barrameda en busca de víveres y apresaron en aquellas aguas a dos barcos de la República de Génova, que entonces se encontraba en guerra con Aragón. Pedro I, que se hallaba en dicho puerto, requirió a Perellós para que abandonase su presa; y como el aragonés no lo hizo, el rey castellano se quejó a Pedro IV, quien regateó las satisfacciones. El rey de Castilla, previa declaración de guerra, rompió las hostilidades, que hasta principios de 1357 se limitaron a escaramuzas. Antes se había embarcado en Sevilla y perseguido a Perellós con algunas galeras hasta Tavira, pero no pudo darle alcance. En la lucha entre los dos reinos cristianos, Enrique, con otros castellanos, favoreció a Pedro IV, y el infante don Fernando, hermano del rey de Aragón, ayudó a Pedro I.

Entre los dos monarcas mediaron cartas de desafío, que no llegó a verificarse por exigir el aragonés que Pedro I acudiera al campo de Nules, mientras el castellano lo emplazaba ante los muros de Valencia, ciudad que tenía sitiada Pedro I y a cuyo socorro parecía natural que acudiese el soberano de Aragón. En 1357, Pedro entró en tierras de Aragón y se apoderó del Castillo de Bijuesca y de Tarazona el 9 de marzo. En aquel tiempo hizo ejecutar a Juan de la Cerda, cuñado del anteriormente decapitado señor de Aguilar de la Frontera, Fernández Coronel. Por las instancias de un cardenal legado, el 8 de mayo se firmó entre ambos reyes una tregua de un año. Pedro I regresó a Sevilla y una vez más desoyó los consejos del Papa, que en un breve le recomendaba el respeto a su esposa legítima. Preparó las fuerzas que debían continuar la lucha contra Aragón. Para proporcionarse recursos profanó los sepulcros de Alfonso X el Sabio y de la reina Beatriz de Suabia, despojándolos de las joyas de sus coronas. Tuvo amores con Aldonza Coronel y en vano trató de seducir a una hermana de ésta llamada María, viuda del ejecutado De la Cerda. Según una leyenda muy popular en Sevilla, donde tiene una céntrica calle dedicada, María Coronel se retiró al convento sevillano de Santa Clara para huir de las apetencias del rey. En cierta ocasión, viéndose asediada por éste hizo uso de su “valerosa pudicia, y viendo no poderse evadir de su llevada al Rey, abrasó con aceite hirviendo mucha parte de su cuerpo, para que las llagas la hiciesen horrible, y acreditasen la leprosa, con que escapó su castidad a costa de prolijo y penoso martirio, que le dio que padecer todo el resto de su vida“. Después de esto, María Coronel fundó el convento de Santa Inés en Sevilla y se convirtió en su primera abadesa. Su tumba se encuentra en medio del coro de dicho convento y su cuerpo incorrupto puede contemplarse en una urna de cristal todos los días 2 de diciembre, fecha del aniversario de su muerte. Se afirma incluso que aún se pueden apreciar en su cuerpo los restos de su acción. En 1358 quitó la vida a su hermano Fadrique y poco después al infante don Juan de Aragón y Castilla, hijo de Alfonso IV de Aragón. Prendió a la madre de este último, doña Leonor, a la esposa del mismo, Isabel de Lara, y confiscó los bienes de una y otra. En Burgos recibió las cabezas de seis caballeros a los que había condenado a muerte antes de salir de Sevilla.

En 1358 supo que su hermano Enrique había penetrado en la provincia de Soria en son de guerra y que el infante Fernando, marqués de Tortosa, había invadido el Reino de Murcia e intentaba apoderarse de Cartagena. Resistió a todos sus enemigos y se presentó con dieciocho velas en las costas de Valencia. Y aunque una tempestad le quitó dieciséis, le bastaron ocho meses para construir doce nuevas, reparar quince y llenar de armas y municiones de todas clases los almacenes, a la vez que obtenía diez galeras del rey de Portugal y tres del emir de Granada. Renovadas, por un legado de papa Inocencio VI, las negociaciones para la paz entre Castilla y Aragón en 1359, no pudo llegarse a un acuerdo. Pedro I, para vengarse del infante don Fernando, hizo matar a su madre, la reina viuda doña Leonor de Castilla, en el Castillo de Castrojeriz. Por odio a Tello, también hizo matar en Sevilla a la esposa de éste, Juana de Lara. Poco después mandó envenenar a Isabel de Lara, viuda del infante aragonés don Juan. De Sevilla partió en abril una escuadra de cuarenta galeras, ochenta naos, tres galeones y cuatro leños. Llegó sin encontrar enemigos hasta el puerto de Barcelona y, no pudiendo tomarlo después de dos ataques, se trasladó a Ibiza. Pero la noticia de que el aragonés se acercaba con cuarenta galeras lo hizo desistir de la nueva conquista y se volvió a Almería. Ya en la península, se opuso a que las Órdenes de Caballería pagasen al Papa el diezmo. Supo luego que sus tropas habían sido derrotadas en Araviana. Irritado, mandó dar muerte a sus hermanos bastardos, Juan y Pedro, de diecinueve y catorce años respectivamente, quitando así competidores a su hijo Alfonso. En el mismo año (1359) tuvo por manceba a María de Hinestrosa, hija de Juan Fernández de Hinestrosa, casada con Garcilaso Carrillo, que entonces se pasó al partido de Enrique. Doña María de Hinestrosa era prima de María de Padilla y dio a su amante un hijo, Fernando, señor de Niebla, que no tuvo descendencia.

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En 1360, viendo Enrique aumentado su partido, no dudó del buen éxito de una invasión en Castilla. Penetró en ella y al poco tiempo se apoderó de Nájera. Creciendo la furia de Pedro I, hizo asesinar a Pedro Álvarez de Osorio, a dos jóvenes hijos de Fernán Sánchez de Valladolid y al arcediano de Salamanca Diego Arias Maldonado. Con un ejército que por lo menos contaba con 10.000 infantes y 5.000 jinetes marchó en busca de su hermano Enrique, a quien halló cerca de Nájera. Cuenta el cronista Pero López de Ayala que allí se le presentó un sacerdote de Santo Domingo de la Calzada diciéndole que el patrón de su pueblo le había mandado anunciarle que, si no se guardaba, su hermano Enrique había de matarle por sus propias manos. El rey mandó quemar al clérigo delante de sus tiendas. Supongo que a estas alturas se entiende el sobrenombre de el Cruel para el rey Pedro I. En el mismo día de finales de abril atacó y venció a Enrique junto a los muros de Nájera. Los vencidos se encerraron en dicha ciudad y el monarca, lejos de acometerlos, regresó a Sevilla, donde se hallaba a mediados de agosto. En Sevilla mató al capitán valenciano y a las tripulaciones de cuatro galeras aragonesas, apresadas por naves de Castilla. Por entonces firmó con el rey de Portugal un pacto para la mutua entrega de las personas refugiadas en sus reinos. Así pudo el rey castellano vengarse de los señores que le fueron entregados, uno de ellos Pedro Núñez de Guzmán, padre de Leonor de Guzmán, amante de su padre Alfonso XI de Castilla al que dio diez hijos, y a quien también había asesinado de forma salvaje en 1351, sufriendo cruel muerte en Sevilla. Igualmente, por orden de Pedro I, perecieron en aquellos días Gutierre Fernández de Toledo, Gómez Carrillo, hermano de Garcilaso Carrillo, y Samuel Leví. También fue desterrado a Portugal el arzobispo de Toledo, Vasco Fernández de Toledo, hermano de Gutierre Fernández, ambos hijos de Fernán Gómez de Toledo, canciller y notario mayor de Toledo, y Teresa Vázquez de Acuña, que había sido la nodriza del rey Pedro. Renovando las hostilidades contra Aragón, en 1361 Pedro I ganó las fortalezas de Berdejo, Torrijo, Alhama y otras. Pero temiendo un ataque de los granadinos, accedió a las súplicas del cardenal de Bolonia y ajustó la paz con Pedro IV de Aragón el 18 de mayo, obligándose ambos reyes a restituirse los castillos y lugares conquistados. En aquel año fallecieron Blanca de Borbón, según algunos envenenada por su esposo, y María de Padilla, madre de tres hijas y un hijo (Alonso, muerto en 1362), ambas de unos 25 años de edad.

En 1361, los musulmanes granadinos invadieron el reino de Castilla y León con seiscientos caballeros y dos mil peones, e incendiaron el municipio jienense de Peal de Becerro. Cuando Enrique Enríquez “el Mozo“, Diego García de Padilla, Maestre de la Orden de Calatrava, y Men Rodríguez de Biedma, Caudillo mayor del obispado de Jaén, que se encontraban en la ciudad de Úbeda, tuvieron conocimiento de ello, salieron de dicha ciudad junto con los caballeros de su concejo y los de otras localidades, y se dirigieron a ocupar los pasos del río Guadiana Menor. Posteriormente, en la batalla de Linuesa, librada el día 21 de diciembre de 1361, las tropas castellano-leonesas derrotaron a las granadinas. Los musulmanes fueron completamente derrotados, resultando muchos de ellos muertos o prisioneros, y perdieron el botín del que se habían apoderado durante su incursión. Posteriormente, el rey Pedro I se apoderó de los musulmanes que habían sido capturados y se comprometió a pagar por cada uno de ellos trescientos maravedíes a sus captores. No obstante, el monarca no pagó la cantidad estipulada por los cautivos, ocasionando con ello el enojo de los caballeros que habían tomado parte en la campaña, quienes comenzaron a recelar del soberano castellano-leonés. El día 15 enero de 1362 las tropas musulmanas derrotaron a las tropas del reino de Castilla y León en la batalla de Guadix. Al mando de las tropas castellanas se encontraban los caballeros Diego García de Padilla, Maestre de la Orden de Calatrava, Enrique Enríquez “el Mozo“, Adelantado Mayor de la frontera de Andalucía, y Rodríguez de Biedma, Caudillo Mayor del obispado de Jaén. En dicha batalla, que supuso un desastre para las tropas del reino de Castilla y León, el Maestre de la Orden de Calatrava, Diego García de Padilla, fue capturado por los musulmanes, aunque a los pocos días fue liberado por orden del rey Muhammed VI de Granada.

Pedro I de Castilla se apoderó en 1362 de las plazas de Iznájar, Sagra, Cesna y Benamejí y, poco después, Muhammed VI de Granada, acompañado por 300 jinetes y doscientos peones, se dirigió al municipio cordobés de Baena, y desde allí, acompañado por Gómez de Toledo, prior de la Orden de San Juan, fue a Sevilla para solicitar a Pedro I el cese de las hostilidades entre el reino de Granada y el reino de Castilla y León. No obstante, a los pocos días Pedro I dio muerte personalmente al monarca granadino en el barrio sevillano de Tablada. Pedro I reunió Cortes generales en la ciudad de Sevilla en abril de 1362, en las que reconocieron como herederos de la corona a los hijos del rey y de María de Padilla. En junio celebró en Soria una entrevista con el rey Carlos II de Navarra, prometiéndose los dos mutua ayuda en cuantas guerras emprendiesen, y ajustó otra alianza con Eduardo III de Inglaterra y su hijo, el Príncipe Negro. Preparado de esta manera, invadió el territorio aragonés sin previa declaración de guerra, cuando Pedro IV se hallaba en Perpiñán sin tropas. Y en pocos días ganó los castillos de Ariza, Ateca, Terrer, Moros, Cetina y Alhama, pero no pudo tomar Calatayud, aunque la combatió con toda clase de máquinas. Sin llevar más adelante las conquistas, volvió a Sevilla. Al año siguiente (1363), prosiguiendo la guerra con Aragón, haciendo suyos los lugares de Fuentes, Arándiga y otros, ganó por sorpresa Tarazona y entró en Magallón y en Borja. También recibió refuerzos de Portugal y Navarra. A su vez Pedro IV de Aragón celebró un tratado con Francia y otro secreto con Enrique de Trastámara, estipulando que el aragonés lo ayudaría con todas sus fuerzas a conquistar el reino de Castilla, cediéndole Enrique en premio la sexta parte de lo que ganasen. Mientras, Pedro I tomó las plazas de Cariñena, Teruel, Segorbe y Murviedro, más los castillos de Almenara, Chiva, Buñol y otros. En todas partes castigaba cruelmente a los vencidos y dejaba guarniciones, con lo que disminuyó sus fuerzas. Llegó hasta los muros de Valencia donde sostuvo muchos combates con sus moradores. El nuncio apostólico Juan de la Grange logró que se ajustase la paz entre los reyes cristianos el 2 de julio de 1363. Se dice que una de las condiciones secretas fue la de que Pedro IV daría muerte a Enrique y al infante don Fernando, que en efecto fue asesinado poco después. El convenio, sin embargo, no llegó a ratificarse y se renovaron las hostilidades en la frontera de Aragón.

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Pedro I, que tenía una nueva favorita llamada Isabel de Sandoval, penetró en 1364 por el Reino de Valencia, sembrando el terror y apoderándose de Alicante, Elda, Gandía y otros castillos. Llegó hasta la Huerta de Valencia y estuvo a punto de ser sorprendido en El Grao. Entonces mediaron entre los dos reyes los carteles de desafío antedichos. El castellano se embarcó para perseguir a las naves aragonesas, más una violenta tempestad lo puso en trance de muerte, por lo que regresó a Murviedro y luego a Sevilla, donde lo esperaba la citada Isabel, que había dado a luz a un hijo llamado Sancho. Su otro hermano uterino Diego, apresado en Carmona en 1370 y encerrado en la fortaleza prisión del castillo de Curiel, sería liberado en 1434 por la insistente piedad del condestable Álvaro de Luna, que casó a una hija de éste prisionero, María de Castilla y Salazar con Gómez Carrillo de Acuña, primo de éste. Enrique, luego Enrique II, hermano bastardo de Pedro, contrató en Francia un ejército de mercenarios, las llamadas «Compañías blancas» por el color de sus banderas. Contando además con el auxilio de Aragón, pasó con sus tropas desde este reino a Castilla en marzo de 1366. En Calahorra, que ni siquiera pensó en resistirse, fue proclamado por los suyos rey de Castilla y de León, ganando bien pronto las plazas de Navarrete y Briviesca. Pedro I recibió estas noticias en Burgos y apresuradamente marchó a Toledo y después a Sevilla. En aquel tiempo hizo dar muerte a Juan Fernández de Tobar, hermano del gobernador que había entregado Calahorra. Al cabo de veinticinco días buena parte del reino se hallaba bajo la obediencia de Enrique, excepto Galicia, Asturias, León, Sevilla y algunas otras ciudades y villas. Pedro I huyó a Portugal, de allí a Galicia, donde recibió la ayuda de Fernando de Castro, y embarcándose en La Coruña se trasladó a la ciudad francesa de Bayona, no sin antes ordenar el 29 de junio la muerte de don Suero García, arzobispo de Santiago.

En Bayona, el rey Pedro obtuvo el auxilio del Príncipe Negro, comprometiéndose a pagar los gastos de la campaña. Por las cláusulas secretas del Pacto de Libourne, Guipúzcoa, Álava y parte de La Rioja serían para Navarra y el Señorío de Vizcaya y la villa de Castro Urdiales para Inglaterra. Sin que el navarro pusiera obstáculo, Pedro y su aliado con un ejército pasaron por Roncesvalles y entraron en Castilla en 1367. El 3 de abril ganaron la batalla de Nájera, en la que cayó prisionero Beltrán Duguesclín, caballero francés que acompañaba a Enrique; y éste huyó al ver perdida la batalla y hubo de refugiarse en Aragón. En el mismo campo de batalla mató Pedro al desarmado caballero Íñigo López de Orozco, y en Toledo, Córdoba y Sevilla, creyéndose seguro en el trono que había recobrado, quitó la vida a los que juzgaba enemigos. El Príncipe Negro, viendo que el rey no cumplía sus promesas de pagos, salió de la Península Ibérica en agosto. Al saberlo Enrique, que se hallaba en Francia, pasó con un ejército por Aragón; entró en Castilla; llegó a Calahorra; fue bien recibido en Burgos; ganó para su partido Córdoba, Castilla la Vieja y la comarca de Toledo, y vio transcurrir el resto del año y el siguiente de 1368 dueño de la mitad del reino, pero sin decidir la contienda. Pedro, a quien el rey de Granada envió 7.000 jinetes y mucha infantería, se defendió en Andalucía. Pero a principios de 1369 resolvió ir en auxilio de la ciudad de Toledo. Hizo encarcelar en Medina Sidonia a Diego García de Padilla y emprendió la marcha. En el camino halló a su hermano Enrique, a quien acompañaban Duguesclín y sus Compañías Blancas, y trabaron combate cerca del castillo de Montiel, llamado de la estrella. Sus tropas fueron derrotadas. Tras la batalla, el 14 de marzo, se encerró en dicha fortaleza y sitiado en ella por su hermano, entró en tratos, a través de su fiel caballero Men Rodríguez de Sanabria, con Duguesclín para lograr la fuga.

El francés lo condujo con engaños a una tienda en la que se hallaron frente a frente Pedro y Enrique. Corrió el uno contra el otro y abrazados cayeron al suelo, quedando encima Pedro; pero Duguesclín, pronunciando, según la leyenda, las célebres palabras “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor“, cogió del pie a Pedro I y lo puso debajo, circunstancia que aprovechó su hermanastro Enrique para apuñalarlo. Una crónica manuscrita conservada en la Biblioteca Nacional de París afirma que Enrique II hizo pasear la cabeza de Pedro I clavada en el extremo de una lanza por diversas ciudades y castillos que aún defendían la causa del rey Pedro I.  El historiador Jerónimo Zurita afirma en sus Anales de Aragón que después de haber cortado la cabeza del rey «echáronla en la calle, y el cuerpo pusiéronlo entre dos tablas sobre las almenas del castillo de Montiel». Los restos del rey permanecieron varios años en el castillo de Montiel hasta que fueron trasladados, en fecha que se ignora, a la iglesia de Santiago de Puebla de Alcocer. En dicho templo permanecieron los restos del rey Pedro I hasta que, en 1446, el rey Juan II de Castilla dispuso que se trasladaran al convento de Santo Domingo el Real de Madrid, donde fueron colocados en un sepulcro delante del altar mayor. Cuando el convento de Santo Domingo el Real de Madrid fue demolido, en 1869, los restos mortales de Pedro I el Cruel fueron llevados al Museo Arqueológico Nacional, hasta que en 1877 fueron trasladados a la cripta de la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, donde permanecen en la actualidad junto a los de su hijo, Juan de Castilla y Castro. En el Museo Arqueológico Nacional de Madrid se conserva la estatua orante de Pedro I de Castilla, único resto superviviente del desaparecido sepulcro del monarca.

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Los científicos estiman que los comienzos de la Pequeña Edad de Hielo se produjeron del siglo XIII al XVI, pero hay poco consenso al respecto. Aunque las temperaturas de enfriamiento pudieron afectar a lugares tan lejanos como América del Sur y China, se hizo particularmente evidente en el norte de Europa. El avance de los glaciares de los valles de montaña destruyó pueblos alpinos y las pinturas de la época muestran a la gente patinando sobre hielo en el río Támesis en Londres y en los canales de los Países Bajos, lugares que estaban libres de hielo antes y después. «La forma dominante en la que los científicos han definido la Pequeña Edad de Hielo es por la expansión de los glaciares en los Alpes y en Noruega», apunta Miller. «Pero el tiempo en que los glaciares europeos avanzaron lo suficiente como para demoler pueblos enteros sucedió mucho tiempo después del inicio del período de frío». Miller y sus colegas fecharon con radiocarbono cerca de 150 muestras de material vegetal muerto con las raíces intactas, recogidas en la isla de Baffin, en el Ártico canadiense. Encontraron un gran número de muestras de entre 1275 y 1300, lo que indica que las plantas habían sido congeladas y envueltas por el hielo por un acontecimiento relativamente repentino. El equipo halló un segundo repunte de muestras de plantas congeladas sobre el año 1450, lo que indica un segundo enfriamiento.  Para ampliar el estudio, los investigadores analizaron muestras de sedimentos de lagos glaciares vinculados a la capa de hielo de 367 kilómetros cuadrados en el Langjökull, en la sierra central de Islandia, que llega a casi un kilómetro de altura. La capas anuales en los núcleos se volvieron repentinamente más gruesas a finales del siglo XIII y otra vez en el siglo XV debido al aumento de la erosión causada por la expansión de la capa de hielo que enfría el clima. Los científicos emplearon un modelo que simula las condiciones del mar de 1150 a 1700 d.C., lo que reveló la existencia de grandes erupciones que podrían haber enfriado el hemisferio norte lo suficiente como para desencadenar la expansión del hielo marino del Ártico.  Para los científicos, una de las cuestiones para reflexionar sobre la Pequeña Edad de Hielo es lo inusual que resulta el calentamiento actual de la Tierra. Una investigación previa realizada por Miller en 2008 en la isla Baffin indicaba que las temperaturas actuales son las más cálidas en los últimos 2.000 años.

A lo largo de la Pequeña Edad de Hielo el mundo experimentó también una actividad volcánica elevada. Cuando un volcán entra en erupción, sus cenizas alcanzan la parte alta de la atmósfera y se pueden extender hasta cubrir la tierra entera. Estas nubes de ceniza hacen que no llegue la radiación solar entrante, llevando a una disminución de la temperatura a nivel mundial. Pueden durar hasta dos años después de una erupción. También se emitió durante las erupciones azufre en forma de gas SO2 . Cuando este gas alcanza la estratosfera se convierte en partículas de ácido sulfúrico que reflejan los rayos del sol reduciendo la cantidad de radiación que alcanza la superficie de la tierra. En 1815 la erupción de Tambora en Indonesia cubrió la atmósfera de cenizas; el año siguiente, 1816, fue conocido como el Año sin verano, cuando hubo hielo y nieves en junio y julio en Nueva Inglaterra y el Norte de Europa. Salas y otros, en Nuestro Porvenir Climático, 2001, mencionan que el Ebro se heló siete veces entre 1505 y 1789. En 1788 y de nuevo en 1789 el río permaneció helado durante quince días. El libro también menciona la presencia de una extensa red de neveros, o pozos de nieve, ventisqueros y glaciares que se construyeron y mantuvieron entre los siglos XVI y XIX a lo largo del Mediterráneo oriental, algunos ubicados en áreas donde no nieva en la actualidad un solo día al año. El almacenamiento y distribución de hielo eran un negocio vivo que involucraba secciones enteras de la población rural. Hay también una amplia evidencia de que durante ese período los glaciares se extendieron en los Pirineos, fundiéndose desde entonces. Es más, los remanentes del glaciar de Sierra Nevada que finalmente sucumbió al final del siglo XX, se originaron en este momento, y no eran, como a veces se dice, restos de la última verdadera Edad de Hielo. Los últimos verdaderos glaciares de Sierra Nevada y los Picos de Europa se fundieron a finales del siglo XIX. Se cree que las temperaturas en Europa durante el llamado Óptimo climático medieval entre los siglos IX al XIII debió haber sido entre 1º y 1.5ºC superior a la temperatura actual, suficiente para que estos glaciares, e incluso los de los Pirineos, se hubieran fundido.

Los actuales glaciares de los Pirineos se formaron principalmente durante este periodo frío y han estado fundiéndose despacio desde entonces. El área de la superficie total de los glaciares en la vertiente española de los Pirineos ha descendido desde las 1.779 ha en 1894 a 290 ha en el año 2000. Martin y Olcina en Clima y Tiempo señalan en España cuatro períodos de sucesos catastróficos (mitad del siglo XV, 1570-1610, 1769-1800 y 1820-1860) señalados por lluvias intensas, nevadas y tormentas en el mar. Éstos se mezclaron con los interludios de severas sequías. Otro estudio de A.Sousa y P. García-Murillo en 2003 se fija en los cambios en el humedales de Andalucía (específicamente, Doñana) al final de la Pequeña Edad de Hielo. Los autores encontraron que la Pequeña Edad de Hielo se caracterizó por periodos más lluviosos alternando con otros de sequía. Otros autores creen que la Pequeña Edad de Hielo se caracterizó en el sur de la Península Ibérica por un aumento de la lluvia, mayor frecuencia de las inundaciones y de la sedimentación en la Europa mediterránea. Alrededor de 1850, el clima del mundo empezó a calentarse de nuevo y puede decirse que la Pequeña Edad de Hielo se acabó en ese momento. Algunos científicos creen que el clima de la Tierra todavía se está recuperando de la Pequeña Edad de Hielo y que esta situación se suma a las preocupaciones del cambio del clima causado por el hombre. El Óptimo Climático Medieval fue un periodo de clima extraordinariamente caluroso en la región del Atlántico norte, que duró desde el siglo X hasta el siglo XIV. El óptimo climático medieval se cita a menudo en las discusiones del calentamiento global y el efecto invernadero. Algunos se refieren al suceso como Anomalía Climática Medieval este término enfático revela de otra manera que la temperatura fue el parámetro más importante. El Período Caluroso Medieval fue un tiempo extraordinariamente caluroso entre el año 800 y 1300 d.C., durante el Medioevo europeo. La investigación inicial del Óptimo Climático Medieval y la posterior Pequeña Edad de Hielo se realizó principalmente en Europa dónde el fenómeno fue muy obvio y claramente documentado.

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Inicialmente se creyó que los cambios de temperatura eran globales. Sin embargo, esta visión se ha cuestionado; el informe del IPCC en 2001: “… la evidencia actual no apoya períodos asíncronos de frío anómalo o calor moderado globalmente en la Pequeña Edad de Hielo y el Óptimo Climático Medieval….” . Los Paleo-climatólogos que desarrollan reconstrucciones regionales del clima en siglos anteriores, etiquetan el intervalo más frío como la Pequeña Edad de Hielo y su intervalo más caluroso como el Óptimo Climático Medieval. Otros siguen la convención y cuando un suceso del clima significativo se encuentra en los periodos de la Pequeña Edad de Hielo o del Óptimo Climático Medieval, asocia sus eventos al período. Algunos sucesos del Óptimo Climático Medieval son eventos lluviosos o eventos fríos en lugar de los eventos estrictamente calurosos, particularmente en Antártica central. El Óptimo Climático Medieval coincide parcialmente con el máximo en la actividad del Sol, denominado Máximo Medieval (1100-1250). Durante el Óptimo Climático Medieval el cultivo de la uva y la producción de vino  crecieron tanto en el norte de Europa como en el sur de Bretaña. Los vikingos se aprovecharon de la desaparición del hielo en los mares para colonizar Groenlandia y otras tierras periféricas del norte canadiense. El Óptimo Climático Medieval fue seguido por la Pequeña Edad de Hielo, un período más frió que duró hasta el siglo XIX, cuando empezó el período actual de calentamiento global. En la Bahía de Chesapeake, Maryland, los investigadores encontraron altas temperaturas durante el Óptimo Climático Medieval (entre 800-1300) y la Pequeña Edad de Hielo, posiblemente relacionado con los cambios en la fuerza de la circulación de la termoalina en el Atlántico Norte. Los sedimentos demuestran que el Pantano de Piermont, el más bajo del Valle de Hudson, se muestra seco en este período del Óptimo Climático Medieval.

Las prolongadas sequías afectaron muchas partes del occidente de Estados Unidos, especialmente la parte oriental de California y el occidente de la Great Basin. Alaska sufrió tres intervalos de tiempo experimentados de calor moderado comparable: 1-300, 850-1200, y posteriormente-1800. La datación mediante radiocarbono en el Mar del Sargazo muestra que la temperatura en la superficie del mar era aproximadamente 1°C menos que hoy hace aproximadamente 400 años (la Pequeña Edad de Hielo) y hace 1700 años, y aproximadamente 1°C más caluroso que hoy, hace 1000 años (durante el Óptimo Climático Medieval). El clima en el este ecuatorial de África ha cambiado entre la sequedad de hoy en día y un clima relativamente más húmedo. El clima más seco tuvo lugar durante el Óptimo Climático Medieval. Una perforación de hielo al este de Bransfield Basin, en la Península Antártica, identifica claramente los sucesos de la Pequeña Edad de Hielo y el Óptimo Climático Medieval. La perforación muestra un período claramente frío sobre el año 1000-1100, ilustrando el hecho de que durante el Óptimo Climático Medieval  global había, regionalmente, períodos de calor moderado e incluso frío. Los corales tropicales del océano Pacífico sugieren que las condiciones relativamente frías y secas pueden persistir con la configuración del fenómenos similares a El Niño. Aunque hay una escasez extrema de datos de Australia, hay evidencia, por los sedimentos, de que durante los siglos noveno y décimo el Lago Eyre permaneció lleno aunque con variaciones en su nivel. La investigación de los sedimentos en el Lago Nakatsuna, realizada en 2001 por Adhikari y Kumon en el centro Japón, ha verificado la existencia allí del Óptimo Climático Medieval y la Pequeña Edad de Hielo. El Mínimo de Maunder es el nombre dado al período de 1645 a 1715 d.C., cuando las manchas solares desaparecieron de la superficie del Sol, tal como observaron los astrónomos de la época. Recibe el nombre del astrónomo solar Edward Maunder, quién descubrió la ausencia de manchas solares durante ese período estudiando los archivos de esos años.

Durante un período de 30 años, dentro del Mínimo de Maunder, los astrónomos observaron aproximadamente 50 manchas solares, mientras que lo típico sería observar entre unas 40.000 y 50.000 manchas. Desde que en 1610 Galileo inventara el telescopio, el Sol y sus manchas han sido observados con asiduidad. No fue sino hasta 1851 que el astrónomo Heinrich Schwabe observó que la actividad solar variaba según un ciclo de once años, con máximos y mínimos. El astrónomo solar Edward Maunder se percató que, desde 1645 a 1715, el Sol interrumpe el ciclo de once años y aparece una época donde casi no aparecen manchas. Quedaba la duda de si era un mínimo real o simplemente un desinterés por las manchas. Los astrónomos nunca perdieron el interés en observar las manchas solares y Johannes Havelius tiene muchas observaciones solares desde el descubrimiento de las manchas hasta la primera parte del mínimo. J. Picard, desde el Observatorio de París, también observó el Sol entre 1667 y 1682 y se continuaron estos estudios entre 1683 y 1718, a punto ya de acabar el mínimo. Reconstrucciones modernas de todos los archivos disponibles llegan a la conclusión que hubo una abrupta interrupción de la actividad en 1640 y no se recuperó hasta 1720. En palabras del propio Picard: “… me hizo feliz observar esa mancha cuando habían pasado diez años sin observar ninguna…”. Durante el mínimo de Maunder había suficientes manchas solares para que pudieran extrapolarse ciclos del 11 años. Los máximos ocurrieron en 1674, 1684, 1695,1705 y 1716. La actividad de las manchas solares se concentró entonces en el hemisferio sur del Sol, salvo el último ciclo, cuando las manchas solares también aparecían en el hemisferio norte. En 1976, el astrónomo Jack Eddy aportó la primera prueba de la ausencia de manchas y denominó al periodo mínimo de Maunder. La prueba la proporcionó indirectamente el Sol. La Tierra recibe una cantidad de radiación cósmica. La de baja energía procede del propio Sol y la de alta energía procede de fuera del Sistema solar y se origina en la explosión de supernovas o en el centro de nuestra Galaxia.

El campo magnético solar se extiende hasta las estrellas, creando una burbuja que nos protege de los rayos cósmicos procedentes de fuera del Sistema Solar. Si el Sol está en una época de mínima actividad nos protegerá menos y más rayos cósmicos de alta energía entrarán en nuestra atmósfera. Los rayos cósmicos son un aluvión de partículas, fundamentalmente protones y partículas alfa. Su choque con los diversos gases de la atmósfera crea neutrones de alta energía. El choque de este neutrón con el N14, el componente más abundante de la atmósfera de la Tierra, crea el C14 y un protón. El C14 así formado se incorpora al CO2 de la atmósfera y en unos 20 años está incorporado por el ciclo biológico (fotosíntesis) a los anillos de los árboles. Al morir el organismo vivo, el C14 ya no es reemplazado y sufre una desintegración en N14, un electrón y un antineutrino. La vida de esta reacción es de 5370 años, lo que significa que trascurrido ese tiempo el contenido en C14 queda reducido a la mitad, lo que permite datar la edad de la madera. No obstante, el cambio resultante en la producción de carbono-14 durante ese período causó inexactitud en la datación por carbono radioactivo hasta que este efecto fue descubierto. Lo que aquí interesa es que los acontecimientos de la actividad solar quedaron grabados en el carbono radioactivo. La más baja actividad solar durante el mínimo de Maunder afectó a la cantidad de C14 que sufrió un aumento. Pero este no es un hecho aislado. Se han descubierto 6 mínimos solares similares al de Maunder, desde el mínimo egipcio del 1300 a.C. por el análisis de carbono-14. Además, las auroras boreales o las australes causadas por la actividad solar desaparecen o son raras durante un mínimo. Por eso tras el Mínimo de Maunder la gente, e incluso el científico Edmond Halley, se sorprenden por un fenómeno que el subconsciente colectivo había olvidado: “Hacia las siete de la mañana del 6 de marzo de 1716 un luz verde apareció en el cielo, enseguida se formaron columnas de puro fuego y ráfagas violetas hacia el noreste. La gente corría asustada por las calles creyendo que había llegado el día del Juicio Final”

abril 12, 2013 - Posted by | Ciencia, enigmas en general, Historia

2 comentarios »

  1. […] Algunas pinceladas de la historia de Europa durante la Pequeña Edad de Hielo- oldcivilizations.wordpress.com […]

    Pingback por BlackBerry lanza el smartphone BlackBerry Z10 en Colombia + MORE | INFORMADORES.INFO | abril 14, 2013 | Responder

  2. […] el espacio, o por una combinación de ambas causas. Según Gifford Miller, investigador de la Universidad de Colorado y autor principal del estudio: «Esta es la primera vez que alguien ha identificado […]

    Pingback por Algunas pinceladas de la historia de Europa durante la Pequeña Edad de Hielo | Maestroviejo's Blog | abril 25, 2013 | Responder


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