Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

Alquimia, la ciencia que floreció especialmente en la Edad Media


Los cronistas nos pintan la Edad Media con los colores más sombríos. Por espacio de muchos siglos, no se relatan más que invasiones, guerras, hambres y epidemias. Y, sin embargo, los monumentos de aquella época no evidencian la menor huella de semejantes desgracias. Es innegable que todos los edificios góticos, sin excepción, reflejan una magnificencia sin igual. Una gran cantidImagen 21ad de las estatuas son obras maestras de una escuela realista, profundamente humana y segura de su maestría. En nuestras catedrales, las escenas del Juicio Final muestran demonios gesticulantes, contrahechos y monstruosos, más cómicos que terribles. En cuanto a los condenados, se cuecen a fuego lento en su marmita, sin lamentos vanos ni dolor verdadero. Esas imágenes prueban que los  artistas de la Edad Media no muestran el espectáculo deprimente de las miserias humanas. La afirmación de una serie de calamidades, desastres y ruinas acumulados durante ciento cuarenta y seis años, parece excesiva, pues justamente es durante aquella desgraciada guerra de cien años, que se extiende del año 1337 a 1453, cuando fueron construidos los más ricos edificios de nuestro  estilo gótico flamígero. El gótico flamígero (flamboyant) fue la última etapa del arte gótico, gótico final o tardío, que se desarrolló en Europa desde la última parte del siglo XIV y los principios del XV. El flamígero supone una fase de exaltación barroca dentro de un estilo ya de por si barroco. Se caracteriza por no contar con un centro difusor, por lo que impera la diversidad. Coincide con el desarrollo de la escuela flamenca.  Es el punto culminante, el apogeo de la forma y de la audacia, la fase maravillosa en que el espíritu imprime su sello a las últimas creaciones del pensamiento gótico. Es la época de terminación de las grandes basílicas, pero también se elevan otros monumentos importantes, colegiales o abaciales, de la arquitectura religiosa.

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Gracias a diversos símbolos, fórmulas y grafismos. la Doctrina Iniciática puede ser transmitida, a través del transcurso de las Edades, a los diferentes pueblos, sin engañar al pensamiento original. Desde la antigüedad más alta, así se perpetuó la Tradición Esotérica, muy a menudo gracias a los elementos públicos detrás de los cuales se escondían las claves secretas. Estas claves se registraron en los juegos de naipes que provienen de los tarots, que, a su vez, proceden de las láminas de los Arcanos Secretos del Oriente. También se registraron en los dominós, el juego de la oca y otros. Eran elementos de entretenimiento entretenimientos de la sociedad,  que preservaban las señas y daban indicaciones previendo las grandes destrucciones de bibliotecas, como se verificó en Egipto en la Antigüedad. Asimismo, las canciones folklóricas recuerdan las contraseñas de estas claves. Hasta en los vestidos provinciales, los adornos, los bailes, etc. se esconden lecciones, sin embargo desconocidas casi siempre de los que los utilizan, pues sólo son intermediarios sin saberlo. Transmiten esos mensajes de los Antiguos Colegios de Iniciación. Pero hubo un vehículo que sirvió con amplitud para perpetuar la ciencia sagrada y cuyo mensaje simbólico todavía se está estudiando hoy en día. Se trata de esta ciencia que floreció especialmente en la Edad Media: la Alquimia. El término Alquimia viene del artículo árabe “Al” y de la palabra egipcia “Kemi“, que significa “tierra negra“, proviniendo de la palabra “chemia“, con la cual los nativos designaban su comarca, comparándola con un corazón. Alquimia viene a ser pues “Arte Negro“. Otra interpretación se basa en el hecho de que el plomo negro es una materia prima muy importante en los procedimientos alquímicos.

La Al Quemia era la ciencia sacerdotal del Egipto, pero se debe entenderla, sobre todo, en el sentido de la Filosofía Hermética. Los siete principios sobre los que se basa toda la Filosofía Hermética son los siguientes: El principio del Mentalismo, El principio de Correspondencia, El Principio de Vibración, El Principio de Polaridad, El Principio del Ritmo, El Principio de Causa y Efecto, El Principio de Generación.. La palabra misma “Hermes” indica ya un misterio. Sería quizá el Taut de los fenicios, el Adris de los rabinos judíos y con la que los griegos crearon a Hermes Trismegisto, el Maestro de los Maestros, el Tres veces Grande. A menos que sea un epónimo (nombre derivado de una persona y que designa a un pueblo, lugar, concepto u objeto de cualquier clase),  habría vivido trescientos años terrestres y está considerado como el Padre de la Sabiduría Oculta y Fundador de los Colegios Esotéricos. Se dice que nació en Egipto y fue iniciado en los conocimientos de la India, de Persia y de Etiopía. Prudente y conociendo todos los secretos, sería al mismo tiempo el inventor de la Música y de los diferentes ejercicios del cuerpo, ya que los Egipcios practicaban también una especie de ejercicio de Hatha Yoga. Fundó la aritmética, la medicina, el arte de los metales, la lira con tres cuerdas y arregló los tres tonos de la voz, el agudo simbolizando el verano, el grave el invierno y el mediano el otoño. Enseñó también a los hombres la manera de escribir sus pensamientos. A este respecto, podemos citar el hecho de que los Egipcios poseían un código moral escrito hace más de 5.000 años, antes de la era cristiana. Y es él quien instituyó las ceremonias para el culto a Dios y quien observó el curso de los astros. Se sabe que los astrónomos chinos de hace cerca de 5.000 años ya determinaban los solsticios y calculaban la duración del año. Por ello los griegos le dieron el nombre de Hermes, que significa Intérprete. En Egipto, instituyó los hieroglifos y eligió a un cierto número de iniciados, quienes podían ser depositarios de los secretos. Fue el principio del Arte Sagrado, o Alquimia. La Alquimia es primeramente esa antigua química, cuya operación consta, sobre todo, en transformar un metal vil en oro.

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Todas las fuentes de que se dispone confirman que la alquimia tiene su punto de partida en Egipto y Mesopotamia. Y es que los egipcios, por ejemplo, desarrollaron conocimientos químicos prácticos en la fabricación de colores y perfumes necesarios para su culto a los dioses. Además debido a la fuerte demanda de metales y minerales preciosos, se descubrieron procedimientos que permitían transformar aparentemente materiales de poco valor para asemejarlos de un modo increíble a los materiales preciosos.  En papiros egipcios del siglo III, se enumeran cientos de recetas o formulas sobre el ennoblecimiento o falsificación de metales. En las paredes del templo de la ciudad de Edfu, en el Alto Egipto, están grabadas muchísimas recetas sobre la fabricación de perfumes, hecho que nos conduce a la conclusión de que en ciertas partes del templo debía haber laboratorios en donde trabajaban los doctos sacerdotes. Estos mantuvieron en secreto los procesos de fabricación, considerados como conocimientos religiosos, y solo los transmitían a un pequeño número de elegidos. Pero estos saberes o conocimientos eran ofrecidos a los muertos para que los utilizaran posteriormente en el “Mas Allá“, y así se encontraron en los papiros hallados, nombres secretos, alegorías y plegarias e invocaciones de Dioses. Tenemos un ejemplo en el famoso “Libro Egipcio de los Muertos“. La alquimia no es por su origen solo un arte aplicado, que ennoblece metales y fabrica colores, sino que también posee un componente religioso y de visión del mundo. Y así, ambas partes, tanto la aplicada como la esotérica, se nos ofrecen y presentan con mayor o menor fuerza en la historia de la alquimia y en los diversos pueblos o culturas.

Fulcanelli es el seudónimo de un autor desconocido de libros de alquimia del siglo XX. Se han lanzado diversas especulaciones sobre la personalidad o grupo que se oculta bajo el seudónimo. Es mucho lo que se ha escrito sobre la vida de este personaje, pero la mayor parte de sus biografías están basadas en testimonios inciertos, pues al parecer ocultaba expresamente toda información sobre su persona, propiciando la circulación de infinidad de rumores. Algunos han especulado sobre su posible nacimiento en 1877 en Villiers-le-Bel (Francia) y su muerte en la pobreza en París el año 1932. Fulcanelli se movió hasta los años veinte del siglo pasado por Francia y ocasionalmente por España: País Vasco, Sevilla y Barcelona. Para algunos era un personaje de vasta erudición con importantes contactos y relaciones con círculos selectos e influyentes, como Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc, arquitecto y restaurador de catedrales góticas francesas, con quien compartió su admiración y estudio por el arte gótico, lo que le permitió interpretar con éxito el papel que la alquimia juega en las esculturas que adornan estas construcciones, muy especialmente las impresionantes representaciones en las gigantescas catedrales góticas (relieves, portadas, escultura, suelo, vidrieras). La identidad de Fulcanelli, está por dilucidar. Incluso podría ser un seudónimo de un colectivo de alquimistas. El nombre de Fulcanelli parece estar relacionado mediante la cábala fonética con Vulcano-Hélios o bien con Vulcano-Hellé. Con la escasa información y los comentarios de su discípulo y albacea Eugène Canseliet, diversos autores han adelantado varias hipótesis sobre su identidad.  Jacques Bergier menciona en su libro “El retorno de los brujos” que Fulcanelli y otro alquimista se dedicaron a visitar a los más conocidos físicos nucleares entre las dos Guerras Mundiales. Ambos describieron somera pero muy gráficamente en qué consistía un reactor nuclear y advirtieron de los peligros de las sustancias subproductos de las reacciones. Esto pasó sin mayores atenciones respecto de los científicos hasta que Fermi logró la primera reacción en cadena. Alguno de los visitados recordó, entonces, la conversación mantenida con alguno de los dos supuestos alquimistas y comunicó la historia a los servicios de inteligencia correspondientes. Inmediatamente los servicios aliados comenzaron la búsqueda de ambos personajes.

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Fulcanelli fue imposible de encontrar, mientras que la otra persona resultó fusilada en el norte de África por ser colaboradora de los alemanes. Es muy difícil hallar pruebas de tales cosas, más allá del texto del libro antes citado. Jacques Bergier fue ayudante del físico francés Louis de Broglie y formó parte de la inteligencia de los Aliados. Si esto es cierto, es improbable que Fulcanelli fuera un científico conocido, pues hubiera sido reconocido por algún colega. A partir de la búsqueda de estos dos personajes y del comienzo de la carrera hacia la construcción de una bomba nuclear los servicios de inteligencia compraron cualquier libro de alquimia que se pusiera a su alcance. No hay comprobación oficial a nivel público de estos relatos, pero tampoco ninguna desmentida conocida. Por otra parte, en el capítulo “Química y Filosofía“, de su libro de Las Moradas Filosofales,  Fulcanelli escribe: “Los viejos alquimistas, que poseían de fuente tradicional más conocimientos de los que estamos dispuestos a reconocerles, aseguraban que el Sol es un astro frío y que sus rayos son oscuros. Nada parece más paradójico ni más contrario a la apariencia y, sin embargo, nada es más verdadero. Algunos instantes de reflexión serena permiten convencerse de ello. De hecho, si el Sol fuera una especie de globo de fuego, como se nos enseña en la escuela, bastaría acercarse por poco que fuera para experimentar el efecto de un calor creciente. Y lo que sucede es justo lo contrario, pues las altas montañas permanecen coronadas de nieve pese a los ardores del Verano. En las regiones elevadas de la atmósfera, cuando el astro rey pasa por el cenit, el globo de los aeróstatos se cubre de escarcha y sus ateridos pasajeros padecen un frío muy intenso. Así, la experiencia demuestra que la temperatura desciende a medida que aumenta la altura. La misma luz se nos hace sensible cuando nos encontramos situados en el campo de su irradiación. En cuanto nos situamos fuera del haz radiante, su acción cesa para nuestros ojos. Es un fenómeno bien conocido por un observador u accidentado que contempla el cielo desde el fondo de un pozo al mediodía ve, sin embargo, el firmamento nocturno y constelado”. Esta afirmación ha hecho que se pueda dudar de que fuese un científico.

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Fulcanelli fue autor de dos obras cumbres de la alquimia: El misterio de las catedrales (Le Mystère des Cathédrales), escrito en 1922 y publicado en París en 1929, y las moradas filosofales (Les Demeures Philosophales), publicado en Paris en 1930, en que está basado este artículo. Para algunos pudo haber muerto en un desván de la calle Rochechouart de Paris sin terminar el tercero y último libro que iba a ser el colofón de su obra: Finis Gloriae Mundi, título inspirado en una pintura del pintor sevillano Juan de Valdés Leal, que en la actualidad está colgada en la iglesia sevillana del Hospital de la Caridad. En ese libro se completaría la revelación del misterio alquímico, o verbum dimissum (La palabra perdida), dando respuesta a los miles de años de búsqueda de los alquimistas. En el año 2001 apareció en francés un texto, con el título de Finis Gloriae Mundi, como si fuese el texto que en su momento no se publicó. Para la mayoría de los estudiosos es un texto apócrifo, ya que dicha obra relata sucesos que acontecen tras la segunda guerra mundial, fecha para la cual se supone al autor ya fallecido. No obstante, otros estudiosos del tema entienden que el elixir de larga vida no es en modo alguno una quimera de la alquimia, sino una de las pruebas de la consecución de la piedra filosofal. El autor de la versión revisada del Finis Gloriae Mundi afirma en la nueva publicación: “No es costumbre que un adepto vuelva a coger la pluma después de haber franqueado la transmutación (….). Abandonemos el manto de silencio con el que se cubre quien pasa por las ascuas del fénix“, sugiriendo precisamente la consecución del elixir de larga vida.

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Helena Blavatsky (1831 – 1891), escritora, ocultista y teósofa rusa, y una de las fundadoras de la Sociedad Teosófica,  se hace la siguiente pregunta: ¿qué época puede atribuirse al origen de la Alquimia? Unos hacen de Adán el primer Adepto, otros hacen del momento del pasaje: “los hijos de Dios, viendo que las hijas de los hombres eran hermosas, las tomaron por mujeres”, el nacimiento del Arte. Moisés y Salomón fueron los últimos Adeptos de esta Ciencia, en la que se vieron precedidos por Abraham, el cual, a su vez, fue iniciado por Hermes. Avicena dice que la Tabla Esmeraldina fue encontrada en el sarcófago de Hermes, el cual había sido enterrado en Hebrón por Sarah, mujer de Abraham. Sin embargo, Hermes parece que no es el nombre de un hombre, sino un título genérico como los que después tuvieron los neo–platónicos y hoy el teósofo.  Porque en resumen, ¿qué se conoce de Hermes Trimegisto o el Tres veces grande? Aproximadamente lo que se sabe de Abraham, de su mujer Sarah y de su concubina Agar, que San Pablo declara ser una alegoría. En tiempos de Platón, Hermes estaba identificado con Thot entre los egipcios, pero la palabra Thot no significa solamente inteligencia, sino también asamblea o escuela. Realmente Thot Hermes no es más que la personificación de la voz de la clase sacerdotal egipcia, es decir, la palabra del Gran Hierofante. Aun cuando sepamos que este estado de cosas es posterior al tiempo en que la gran raza sacerdotal florecía en tierra de Chemi, no habremos adelantado gran cosa en la resolución del problema. La antigua China, aunque no en tan gran escala como Egipto, tiene la reputación de ser la patria de la Alquimia trascendental, y probablemente así es. Un misionero residente en Pekín, William A. P. Martin, la llama la cuna de la Alquimia. Cuna es, quizás demasiado; pero ciertamente el Celeste Imperio puede considerarse como una de las naciones en que las antiguas escuelas de la Ciencia Oculta tuvieron su asiento. En cierta ocasión la Alquimia penetró en Europa desde China. Otro misionero, Hood, asegura solemnemente que la Alquimia nació en el jardín “que estuvo en el Edén, situado en Oriente”. Según él, es la producción de Satán, quien tentó a Eva, bajo la forma de una serpiente, pero el hombre olvidó seguir sus consejos y se quedó sólo con el final del nombre de la ciencia. Serpiente, en hebreo, es Nahah (plural Nahashim) siendo, pues, de la sílaba shim de la que se derivó el nombre de la Alquimia y de la química.

Las más notables personalidades en los estudios acerca de las ciencias arcaicas, y entre ellas William Godwin, han llegado a la evidencia de que la Alquimia se cultivaba en casi todas las naciones de la antigüedad mucho tiempo antes de nuestra Era, siendo los griegos los últimos que, al aparecer el cristianismo, empezaron a estudiarla, haciéndola célebre mucho tiempo después. Esto en cuanto a su estudio en general, pues los Adeptos de los templos de la Magna Grecia la conocían desde el tiempo de los Argonautas. El origen europeo de la Alquimia es, pues, de esta época, como se desprende de la alegoría del Vellocino de Oro.  Suidas habla en su Lexicón de la expedición de Jasón y los Argonautas para conseguir el Vellocino de Oro, partiendo hacia el Mar Negro con la ayuda de Medea, hermana de Eetes de Ea. Pero en vez de apoderarse de aquello que los poetas dicen, se posesionaron de un tratado escrito sobre una piel, demati, donde se explicaba la manera de hacer oro, valiéndose de procedimientos químicos. Los contemporáneos llamaron a esta piel el Vellocino de Oro, probablemente a causa del gran valor que para ellos tenían las instrucciones allí escritas.  Esta explicación es mucho más sencilla y más probable, sobre todo, que las elucubraciones de los mitólogos modernos, y siendo así, la Cólquida de los griegos será la moderna Meretia, en el Mar Negro; el Rion, el río que corre por esta región, el Phasis antiguo, en el que aún hoy se encuentran yacimientos auríferos. Y, por último, corrobora esta orientación el hecho de que las tradiciones y leyendas de los pueblos aborígenes, mingrelianos, abhacianos y meretianos, están llenas de reminiscencias y recuerdos del famoso Vellocino. Sus antecesores decían que poseían el Arte transmutatorio que hoy llamamos Alquimia, y se daban a sí mismos el nombre de hacedores de oro. Cierto es que los griegos ignoraron las ciencias herméticas hasta la época de los neoplatónicos (entre los siglos IV y V), con la sola y natural excepción de los Iniciados, pues la verdadera Alquimia del antiguo Egipto no fue jamás divulgada sino mas tarde y en sus líneas más generales. Hacia el siglo III nos encontramos con el famoso edicto del emperador Dioclecíano mandando buscar en Egipto cuántos libros e inscripciones tratasen de la fabricación de oro, a fin de hacer de ellos un auto de fe público.

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William Godwin nos dice que después de la publicación de este decreto y durante dos siglos, no se encontró ni se oyó hablar de trabajos alquímicos en el antiguo reino de los faraones. Añade también que la mayor parte de estas obras habían sido enterradas con las momias diez veces milenarias. El verdadero secreto de estos libros no podía ser descubierto, así como el del Vellocino de Oro, por un rebuscador superficial en las tradiciones faraónicas. Pero la Sabiduría Secreta, encubierta bajo las alegorías de los papiros, no llegó a Europa con las ciencias herméticas. La Historia nos dice que la Alquimia se estudiaba en China más de dieciséis siglos antes de la Era cristiana, y que florecía en sus primeras centurias. Y fue hacia el final del siglo IV, cuando China abrió sus puertas al comercio con la raza latina, el momento en que la Alquimia penetró en Europa; Alejandría y Bizancio, los dos centros principales de este comercio, estaban poco tiempo después llenas de obras de transmutación. Podemos ver una serie de comparaciones entre el sistema chino y la llamada ciencia hermética: El doble objeto que persiguen ambas escuelas es idéntico: hacer oro, prolongar la vida humana y rejuvenecer por medio del menstruum universale, y de la lapis philosophorum. El tercer objeto de la ciencia, o sea el medio real de verificar la transmutación, ha sido despreciado por los Adeptos cristianos; su creencia en la inmortalidad del Alma, puramente ortodoxa, hizo que jamás tocasen esta cuestión. Parte por negligencia, parte por costumbre, hicieron del semmum bonnum el todo en las naciones cristianas. Sin embargo, éste es el último fin que persigue el alquimista oriental. Todos los Adeptos iniciados desprecian el oro y tienen una profunda indiferencia por la vida, que consideran como muy pequeña para hacerla objeto primordial de sus desvelos. Ambas escuelas reconocen la existencia de dos elixires: el mayor y el menor. El uso del segundo en el plano físico transmuta los metales y rejuvenece. El gran elixir, que no es tal elixir sino simbólicamente, confiere la completa posesión de todo cuanto existe: la inmortal unión del Espíritu y la conciencia, el Nirvana como consecuencia de una precedente evolución, o Paranirvana o Absoluta Unión con la Esencia Única. Los principios básicos de ambos sistemas son también idénticos: unir en un germen reproductor la naturaleza de los metales y sus emanaciones. La letra tsing del alfabeto chino (germen) y t´ai (matriz), constituyen el fundamento general del vocabulario alquimista chino, el cual es la raíz de muchas palabras de uso frecuente entre los tratadistas herméticos.

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El mercurio, el plomo y el azufre se usan lo mismo en Oriente que en Occidente, añadiéndoles diversas materias que ambas escuelas aceptan bajo un triple significado, pudiéndose asegurar que el último o tercero no ha sido comprendido nunca por los alquimistas europeos. Los alquimistas de ambos países aceptan conjuntamente la teoría de un ciclo transmutatorio, durante el cual los metales preciosos pasan a los elementos básicos. Las dos escuelas de Alquimia mantienen estrechas relaciones con la Astrología y la Magia. Finalmente, ambas usan una fraseología fantástica. El autor de Studies of Alchemy in China demuestra que el lenguaje de los alquimistas occidentales imita perfectamente la jerigonza metafórica de los chinos, hecho que concurre a probar que el origen de la Alquimia europea hay que buscarlo en Oriente. Sería conveniente no dejarnos llevar del prejuicio que podría atraer el empleo de la palabra Magia, puesto que hemos dicho que la Alquimia tiene relación con ella y con la Astrología. Magia es un antiguo término persa que significa conocimiento, y abraza cuanto se refiere a todas las ciencias, tanto físicas como metafísicas, que se estudiaban en aquel tiempo. La sabia casta sacerdotal de los caldeos cultivó la Magia, de donde andando el tiempo vino el magismo y el gnosticismo. Abraham no fue considerado un caldeo. Y José no era un piadoso judío que hablase del patriarca de su raza en Egipto, sino de matemáticas o ciencias esotéricas, incluyendo la Ciencia de las Estrellas, es decir, un profesor de magismo y, por lo tanto, un astrólogo. Pero sería cometer un gran error confundir la Alquimia de la Edad Media con la de los tiempos antediluvianos. Aquélla, como ésta, obraba mediante tres agentes principales: la piedra filosofal para la transmutación de los metales; el alkahest o disolvente universal y el elixir vitae que tenía la propiedad de prolongar indefinidamente la vida humana. Ningún verdadero filósofo o iniciado se ocupó jamás de este último. Los tres agentes forman la Trinidad una e indivisible, que únicamente cabe diferenciar desde el egotismo humano. La casta sacerdotal, al hacerse mala y ambiciosa, antropomorfizó el Uno y lo dividió en tres personas, como el falso místico separa la Fuerza Divina del Kriyasaka universal para convertirlo en tres agentes distintos. Bautista Porta dice claramente en su Magie Naturelle: Yo no os prometo montes de oro, ni la piedra filosofal, ni el divino licor que hace inmortal al hombre. Todo eso es ilusión; cuanto existe en el mundo está sujeto al cambio, y todo lo que ha nacido ha de ser aniquilado”.

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Geber, el alquimista árabe, es aun más explícito. Escribió las palabras que siguen con un espíritu verdaderamente profético: “Si te he ocultado algo, tú, hijo de la ciencia, no te sorprendas, pues no lo he ocultado precisamente por ti, sino que he empleado el lenguaje que oculta la verdad a cualquiera, para que los hombres que son injustos e innobles no la comprendan. Pero tú, hijo de la Verdad, busca y encontrarás el más preciso de todos los dones. Vosotros, hijos del placer, de la impiedad y de las obras profanas, cesad en vuestro afán de penetrar los secretos de esta ciencia; pues ellos os destruirán y os precipitarán en la mayor miseria”.  Vemos, pues, que otros escritores son de la misma opinión en la materia. Pensaron que la Alquimia no era, en suma, más que una filosofía o metafísica basada en las ciencias físicas (en lo que están equivocados) y declaraban consiguientemente que la transmutación de los metales era una alegoría o forma de expresión de la transformación humana, la cual va poco a poco haciendo desaparecer cuantas enfermedades y causas de dolor existen en el cuerpo, conforme el hombre se va acercando a Dios.  Esto en cuanto a la síntesis de la Alquimia trascendental y a su principal objeto; pero no es esto todo. Aristóteles señaló algo cuando dijo en Alejandría que “la piedra filosofal no es solamente una piedra; cada hombre la posee en sí mismo y en todo tiempo ha sido llamada el Alma por los filósofos”.  En la primera de estas afirmaciones Aristóteles se equivocó; no así en la segunda. En el plano físico el secreto del alkahest produce una sustancia que ha recibido el nombre de piedra filosofal; pero tal como es este oro, como dice el Profesor Wilder, no es otra cosa que el allgeist, el espíritu divino que disuelve la materia más dura… El elixir vitae es, según el P. Godwin, el agua de vida, “la medicina universal que tiene el poder de rejuvenecer al hombre y prolongar indefinidamente su existencia”. El Dr. Kopp, alemán, publicó una Historia de la Química hace cuarenta años. Cuando habla de la Alquimia, que reconoce ser el origen de la química moderna, el doctor alemán nos da una explicación casi pitagórica y platónica del contenido de la ciencia: “Si –dice– sustituimos la palabra Mundo por el Microcosmos representado por el hombre, la dificultad más grave desaparece en la interpretación de las obras de Alquimia”.

Ireneo Filaleteo declara que “la piedra filosofal representa el Gran Universo (Macrocosmos) y encierra todos los poderes del gran sistema, intensificados en ella. Su poder magnético está en correlación perfecta con el del Universo. Es la virtud celestial del pensamiento creador, pero reducida a su más mínima expresión, a fin de que pueda tener cabida en el hombre”. Alipile dice en una de sus obras: “Cuando conocemos el Microcosmos no podemos ignorar por mucho tiempo el Macrocosmos”. Esta verdad fue expresada por los egipcios, aquellos celosos investigadores de la Naturaleza, con la célebre sentencia: Hombre, conócete a ti mismo. Pero sus discípulos, cuyos poderes de apreciación eran menores, cambiaron las palabras en una alegoría, y en su ignorancia la hicieron grabar en sus templos. Blavatsky nos dice “Pero si deseáis buscar en los secretos de la Naturaleza, averiguad lo que hay en el fondo de vosotros mismos; lo podéis hacer. Si queréis figurar en primera fila entre los estudiantes de la Naturaleza, investigad constantemente lo que existe en vosotros.  Siguiendo el ejemplo de los egipcios, corroborado por mi experiencia personal, repito sus palabras y os digo con el alma: ¡Oh, Hombre, conócete a ti mismo, porque el tesoro de los tesoros está en ti!”.  Ireneo Filaleteo, el cosmopolita autor hermético, escribía en 1659 acerca de los que pretendían lograr el conocimiento de esta filosofía: “Algunos principiantes creen que se trata de una materia fácil de asimilar, otros se preocupan por ello con exceso; pero mirando muy alto, ambicionando los tres objetos ofrecidos por la Alquimia, caminaremos con enorme velocidad y alcanzaremos el más alto…”. Y, realmente, a esto aspiran los alquimistas. Viviendo en una época en la que las divergencias religiosas estaban tan acentuadas, en la que por una simple sospecha se acusaba de herejía y se proscribía a las gentes; cuando caía sobre esta Ciencia el estigma de la hechicería, el hombre que la cultivaba –dice el Profesor A. Wilder– se colocaba fuera de la ley. e inventaba, por consiguiente, un lenguaje simbólico que únicamente podía ser comprendido por sus correligionarios, puesto que su sangre era el precio de su indiscreción.

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El autor referido hace recordar la alegoría en la que Krishna ordena a su madre adoptiva que mire fijamente a su propia boca: ésta lo hizo así como se le mandaba, y vio con asombro el Universo entero. Esto concuerda exactamente con la enseñanza kabalística, la cual sostiene que el Microcosmos es únicamente la reflexión del Macrocosmos (es decir, casi su fotocopia), o como dice Cornelio Agripa, el más conocido de todos los alquimistas: “Es una cosa creada que une los Cielos y la Tierra. Es un compuesto de los reinos animal, vegetal y mineral. Es el fundamento esencial, conocido de muy pocos, los cuales le han llamado por su nombre verdadero que no es ningún nombre; El está enterrado bajo los números, los signos, los enigmas sin cuento que ha de descifrar el alquimista o el mago antes de alcanzar la perfección”. Esta alusión se hace transparente cuando se lee cierto pasaje del Enquiridión de los Alquimistas (1672): “Ahora, quiero hacerte comprender la naturaleza esencial de la piedra filosofal, encubierta bajo un triple velo; piedra que descubre todos los secretos, maravilla en la Naturaleza que a muy pocos es dado conocer. observa bien lo que te comunico y acuérdate de que se encubre bajo un triple nombre: el Cuerpo, el Alma y el Espíritu“. En otras palabras, esta piedra contiene el secreto de la transmutación de los metales, el elixir de larga vida y de inmortalidad consciente. Este último secreto es el que los antiguos filósofos pretendían descifrar, y en cuya busca corrieron los tiempos, sin que pueda afirmarse que se hayan descubierto más que los dos primeros. Este es la Palabra, el Nombre Inefable, del que Moisés dice que no es necesario para ver a, distancia, “porque la Palabra no es para ti; ella está en vuestra boca y en vuestra cabeza”. Filaleteo, el alquimista inglés, dice lo mismo con distintas palabras: “Nuestros escritores se sirven de sus propias palabras como de una espada de dos filos, con la que pretenden herir a sus ignorantes adversarios. En realidad esta conducta no puede censurarse, puesto que al fin tratan de velar por la pureza de la más elevada de las filosofías. Pero nosotros no seguimos su procedimiento aunque se nos censure; bien o mal escribimos en inglés y pensamos que harto mejor es para nuestros fines pedagógicos, que acudir al griego como ellos, aun sin estar muy fuertes en esta lengua; nos da esto mucha menos ocasión de error”.

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Jean d’Espagnet (1564 – 1637), escritor francés sobre alquimia, sigue el mismo procedimiento. Recomienda a los estudiantes de la Naturaleza poca lectura y mucha meditación, esperándolo todo de la intuición. El lector debe dar rápidamente con el sentido oculto que el autor no hace más que insinuar, porque –añade– el pensamiento sólo vive en la obscuridad. Nunca están más lejos de decir la verdad los filósofos herméticos, como cuando hablan con claridad: cuanto más obscuros son sus conceptos, tanta más probabilidad existe de que en el fondo lata una enseñanza. La Verdad no puede ser dada al público, y hoy existe la misma razón para no hacerlo así que la que había para recomendar a los Apóstoles que no echasen las perlas a los cerdos. Estos fragmentos de la literatura alquímica prueban que ninguna de las escuelas de Adeptos, casi inabordables para los estudiantes occidentales, y aun más en Europa, ha publicado jamás ni una sola palabra de Ocultismo, ni mucho menos de Alquimia. Los tratados que de una manera clara tratan esta ciencia como una de las ciencias físicas, no son dignos de mención, pues se ocupan de una cosa que no es Alquimia. Las obras que se deben a la pluma de algún Adepto antiguo o moderno, tienen en su fondo grandes enseñanzas seguramente, pero su lenguaje es totalmente incomprensible para aquellos que no sigan uno de esos senderos. Únicamente aquel que va hacia el Verdadero Conocimiento, es capaz de empezar a descifrar su oscuro significado.  Comparando el intrincado estilo de los alquimistas orientales con el de los occidentales de la Edad Media, y con el diáfano de los escritores modernos. Es cierto que se encuentran obras modernas escritas con gran método y precisión acerca de estas materias, pero en ellas no se ve más que la idea personal que el autor se forjó al considerarlas; no puede decirse de ellas que traten de Ocultismo. Creemos que Eliphas Lévi, nombre adoptado por el mago y escritor ocultista francés Alphonse Louis Constant, ha avanzado más que nadie de Europa en 1889. Pero después de leer sus obras, ¿sabemos algo de Ocultismo práctico o de Kábala? Su estilo es poético y ameno,  y sus paradojas son una revelación completa del carácter francés, pero al final de la lectura de sus voluminosos tomos, no habremos obtenido más beneficio que aprender la lengua francesa; de Ocultismo nada.

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Hay algunos discípulos del abate francés, todos ellos hombres ilustrados, de voluntad firme y que han sacrificado muchos anos al estudio de las Ciencias Ocultas. De uno de ellos, tomaba lecciones por correo una persona que mantuvo diez años su constancia, pagando 100 francos por cada carta. Al cabo de este tiempo, esta persona sabía de Magia y de Kábala tanto como un chela de diez años de edad de un astrólogo indo. En la biblioteca de Adyar tenemos sus cartas de Magia y algunos volúmenes y manuscritos, escritos en francés y traducidos al inglés.  Y Blavatsky desafía a los admiradores de Eliphas Levi a que enseñen el medio de formar un ocultista simplemente teórico, siguiendo la enseñanza del mago francés. ¿Cuál es, pues, la causa del silencio de los Iniciados? Sencillamente porque nunca tienen el derecho de iniciar a otro. Las Ciencias Ocultas, o por mejor decir, la clave para descifrar el idioma en que están escritas, no puede publicarse. El Edipo que adivine el enigma propuesto por la Esfinge, habrá de hacerlo solo. Un rosacruz decía de un viejo adagio de los filósofos herméticos: “La Ciencia de los Dioses se domina por la violencia, puede ser conquistada, pero jamás será del que la pida”. Esto concuerda exactamente con las palabras de Pedro a Simón el Mago en los Hechos de los Apóstoles: “Piensa que el don de Dios no puede ser comprado”. La Sabiduría Oculta jamás podrá ser comprada con dinero para ser empleada en fines impuros. Únicamente en casos de excepcional importancia, cuando quizá la vida de un pueblo entero esté amenazada, puede hacerse uso de los conocimientos ocultos; todo lo demás es Magia negra. Por esto, mientras dure nuestra raza actual, no es posible divulgar ningún secreto de Alquimia, ya que es demasiado grande la pasión reinante por el oro.  Se comprende fácilmente a los Adeptos como Paracelso y Roger Bacon. El primero fue uno de los grandes precursores de la química moderna, el segundo de la física, Roger Bacon es diáfano en su Tratado de las admirables fuerzas del Arte y de la Naturaleza. En esta obra encontramos el germen, el fundamento de lo que posteriormente han desarrollado las ciencias; habla del poder del cañón y predice el uso y aprovechamiento del vapor; describe la prensa hidráulica, la campana de buzo y el calidoscopio; profetiza la invención de máquinas voladoras, movido por un ingenio a la manera de las alas de los pájaros.

Roger Bacon defiende a los alquimistas con las siguientes palabras: “La razón que existe para mantener en el secreto la Sabiduría, es la general indiferencia con que la masa de todas las naciones mira aquellos conocimientos de los que no puede obtener una utilidad inmediata sin tratar de profundizar y extenderse en ellos; pero cuando se les prueba su trascendental importancia y provecho, es tal el ansia con que se abalanzan a ello, que mucho de temer sería por la seguridad de los más si se dejase aprender a los no puros”. De aquí las precauciones puestas en juego por los alquimistas para enterrar sus enseñanzas bajo una incomprensible jerigonza, como por ejemplo, empleando únicamente consonantes o las primeras letras de cada palabra. Este género de criptografía fue usado por los judíos, caldeos, sirios, árabes y hasta los mismos griegos, y no es necesario ir muy lejos para hallar la prueba: los manuscritos hebreos del Pentateuco bastan si se les aplican los puntos masoréticos. El texto masorético es la versión hebraica de la Biblia oficialmente usada entre los hebreos. Es usada frecuentemente como base para las traducciones del Antiguo Testamento por parte de los cristianos. Fue compuesta, editada y difundida por un grupo de hebreos conocido como masoretas entre el siglo I y el X d. C. Contiene variantes, algunas significativas, como la versión griega llamada Septuaginta. La palabra hebrea mesorah  se refiere a la transmisión de una tradición. De hecho, en sentido amplio, se refiere a toda la cadena de la tradición hebrea. Pero en el ámbito del texto masorético la palabra asume un significado específico, relacionado con notas marginales en los manuscritos (y más tarde impresos) de la Biblia Hebraica en las que hay particularidades del texto, relacionadas sobre todo con la pronunciación exacta de la palabra. Los más antiguos manuscritos completos del texto masorético vienen del siglo IX d. C., pero existen fragmentos más antiguos que parecen pertenecer a la misma familia textual. Por ejemplo, entre los manuscritos del Mar Muerto, los fragmentos encontrados en otros puntos del desierto de Judea y el texto masorético, algunas de estas difieren en una letra cada 1000. En cambio otros fragmentos tienen diferencias mucho más acusadas. No sucede lo mismo con los demás libros que tan celosamente conserva la Iglesia Católica. La clave kabalista, conocida de muy antiguo en Europa (la verdadera Kábala del Marqués de Mirville, el más piadoso autor católico hebreo), no sirve para confirmar el Nuevo y Viejo Testamento. Según los kabalistas modernos, el Zohar no es sino un libro de profecías modernas, hecho especialmente para confirmar los dogmas de la Iglesia latina, siendo la piedra angular del Evangelio; pero es menester considerar que, tanto en los Evangelios como en la Biblia, cada nombre es simbólico y cada historia, alegórica.

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Serge Raynaud de la Ferrière (1916 –1962), escritor, yogui y astrólogo francés, fundador de un movimiento internacional denominado Gran Fraternidad Universal, nos dice que la Piedra Filosofal perfecta es un polvo rojo que tiene la propiedad de transformar todas las impurezas de la Naturaleza. Generalmente se cree que dicha Piedra sólo puede servir, según los alquimistas, para transformar el plomo o el mercurio en oro. Esto es un error. Puesto que la evolución es una de las grandes leyes de la Naturaleza, tal como el Hermetismo lo enseña hace muchos años, la Piedra Filosofal hace evolucionar rápidamente aquello que las formas naturales tardan largos años en producir y, por esta razón, los adeptos dicen que ella actúa tanto sobre los reinos vegetal y animal como sobre el mineral, por lo que se la puede denominar medicina de los tres reinos. La Piedra Filosofal es un polvo que puede adoptar muchos colores diferentes, según sea su grado de perfección, pero que, en la práctica, solo posee dos: el blanco o el rojo. La verdadera Piedra Filosofal es roja. Este polvo rojo posee tres virtudes: Transforma en oro el mercurio o el plomo en fusión, sobre los cuales se deposita un polvo especial. Constituye un enérgico depurativo de la sangre y, cuando se la ingiere, cura cualquier enfermedad. Y también actúa sobre las plantas, y las hace crecer, madurar y dar frutos en pocas horas. Estas propiedades parecerán muy fabulosos a muchas personas, pero todos los alquimistas se hallan de acuerdo en esto. Además, basta reflexionar para advertir que estas tres propiedades constituyen una sola: fortalecimiento de la vitalidad. La Piedra Filosofal es pues, sencillamente, energía Vital condensada en una pequeña cantidad de materia. Actúa sobre el cuerpo con el que toma contacto como si fuera levadura. Es suficiente un poco de levadura para que una masa de pan se “eleve” y agrande. De igual manera, basta un poco de Piedra Filosofal para hacer crecer la vida contenida en cualquier materia, ya sea mineral, vegetal o animal. Por esta razón, los alquimistas denominan a su Piedra la medicina de los tres reinos.

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Pero a través de esa transmutación del plomo para conseguir el metal precioso, los alquimistas descubrieron una gran cantidad de principios diferentes. Brevemente se divide la operación en cuatro partes: la “Solución” o licuefacción de la materia en agua mercurial por la semilla de la tierra; la preparación del mercurio de los filósofos, oblación, que volatiliza los cuerpos, despidiendo la humedad superflua y coagulando toda materia, bajo la forma de tierra pegajosa y metálica;  la corrupción que separa las substancias, la rectifica y las “reduce“, en que las aguas deben de haber sido separadas con “pesos y medidas“; la generación y creación del azufre filosófico que “une” y “fija” las substancias. Es por fin el cumplimiento de la Piedra Filosofal. El misterio se acaba. Esas cuatro partes: solución, ablución, reducción y fijación, comportan, como se puede percibir,  otra  significación  que  los  elementos de química. La alquimia no se debe entender únicamente en el sentido de “transmutar” el metal vil, como el plomo, en materia sublimada (oro). Ese trabajo de la “Gran Obra“, como se le llama a veces, es muy bien entendido por el Dr. René Allendy, psicoanalista y homeópata francés, de quien vamos a tomar su definición: “El hombre es idéntico al Universo; no sólo en su constitución o sus modalidades, sino aún en su constitución y su porvenir. La enfermedad representa en él un accidente durante esa evolución, al mismo título que las imperfecciones materiales de nuestro Globo, considerado como una perpetua vía de depuración. La curación constituye el mismo problema, por la materia que debe desembarazarse de sus impurezas, por el cuerpo que debe tender hacia la perfección y por el espíritu que debe encontrar su vía verdadera (o su verdadera actitud). Ese problema triple, cuyas partes no pueden ser completamente resueltas mientras las otras no lo sean, es de tal modo, que la curación verdadera y superior será accesible al hombre, solamente el día que el mundo entero haya llegado a la armonía final. Esa curación de una especie de redención, es la OBRA MAGNA bajo su triple forma: material (piedra filosofal), terapéutica (medicina Universal) y espiritual (cumplimiento místico)”.

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Una vez más, encontramos este método empleado desde hace miles de años por los Yoghis. Esa transmutación, la cual en el sentido material representa el paso de un metal a otro, y que se explica por la alquimia espiritual de transformar los bajos instintos en sublimación mística, es el sistema mismo del Yoga. Ante todo, tras el mantenimiento de un buen equilibrio orgánico, el Yoghi practica el dominio de su cuerpo para llegar al dominio del espíritu. El método consta meramente en un control, que permite activar después una fuerza vital (Kundalini) a través de los diferentes chakras, que, gracias al ejercicio psico-físico vibran con una tonalidad capaz de transformar toda la psicología del individuo. Es la OBRA MAGNA del Yoga, que reside en la transmutación de la energía vulgar, equivalente al plomo de los alquimistas y al centro sexual en el cuerpo, en dinamismo espiritual. El oro está simbolizado en el cuerpo por la glándula pineal. La epífisis o glándula pineal es una glándula de secreción interna que forma parte del epitálamo. Es una pequeña formación ovoidea, aplanada, que descansa sobre la lámina cuadrigémina formando parte del techo del diencéfalo. La epífisis o pineal es en algunas especies sensible a la luz y está en todas relacionada con la regulación de los ciclos de vigilia y sueño. Está en el tercer ventrículo cerebral, detrás de la retina. Es la glándula que segrega la hormona melatonina, que es producida a partir de la serotonina. La epífisis, sensible a la luz, está relacionada directamente con la regulación de los ciclos de vigilia y sueño. René Descartes la llamaba “el asiento del alma” por creer firmemente que la glándula nos conectaba con nuestra alma. La luz pone en marcha las neuronas simpáticas preganglianas que transmiten la señal hasta la glándula pineal, y cuando la luz se apaga, la glándula se activa y es entonces cuando empieza a segregar la melatonina. 

Así es como se activa el mecanismo del sueño cerebral y de todo el sistema nervioso. La glándula pineal produce DMT (Dimetiltriptamina), que es propiamente el principio activo enteógeno (sustancia vegetal con propiedades psicotrópicas) de la ayahuasca y que la epífisis (o glándula pineal) produce de forma natural durante el proceso del sueño o en las experiencias cercanas a la muerte. El DMT es el psicodélico de acción más intensa que se conoce y de mayor impacto visual debido a que produce dilatación del tiempo profundo, es decir, permite traspasar las barreras del espacio-tiempo. El interior de la glándula pineal está lleno de agua, y su verdadera función es la de acceder a otras dimensiones usando el líquido como conductor hacia la retina interior o tercer ojo, donde se encuentra el sexto chakra del cuerpo llamado Ajna. El sexto chakra es un importantísimo centro de energía. En el ser humano es el centro integrador de la personalidad. Se dice que posee 96 pétalos, aunque se representa con dos, o pliegues energéticos. Djwhal Khul, maestro tibetano perteneciente a una antigua tradición esotérica,  nos dice que en el ser humano el Ajna es un verdadero centro de síntesis, que vehicula las energías que tienen que ver con la ciencia y el pensamiento concreto. Pero, como elemento de síntesis, tiene también muchas funciones que normalmente son atribuidas al rayo del amor-sabiduría, el segundo rayo. En el sexto chakra se encuentra la capacidad del recuerdo, de la voluntad y la capacidad intelectual de diferenciación. Este chakra es la torre de control del sistema nervioso y es conocido como el “tercer ojo“. En realidad podemos trazar fácilmente la equivalencia de 7 planetas que corresponden a las 7 glándulas, cuyas emanaciones están en relación con los 7 centros nervo-fluídicos (chakras), a los cuales los alquimistas simbolizan por los 7 metales principales. Se debe notar que el símbolo gráfico de cada metal es idéntico al símbolo empleado por los demás astrónomos para designar los planetas, los cuales, por otra parte, están en correspondencia electromagnética, cada uno, con un metal, así como con un color, una nota de música, un chakra, etc.

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El punto de partida de la alquimia histórica se encuentra en la Alejandría Helénica del siglo I a.C., donde un elevado número de aplicaciones químicas se fundieron con la filosofía griega y las religiones orientales. El primer documento escrito de esta época, que ya trata de la transformación de los metales, es el texto “Physika et Mystica“, que erróneamente se atribuyó posteriormente a Demócrito. El antepasado divino de esta ciencia es el dios egipcio Toth o su equivalente helénico Hermes Trimegisto, bajo cuya protección se encuentran las Ciencias Ocultas. La alquimia posterior se basa en Moisés o en la legendaria María la Judía, también conocida como María la Hebrea o Miriam la Profetisa. Vivió entre el siglo I y el siglo III d.C. en Alejandría, y fue la primera mujer alquimista. Es considerada como la “fundadora de la alquimia” y una gran descubridora de la ciencia práctica. Igual que sucedió con la mayoría de los adeptos o iniciados, la identidad de María la Judía ha llegado un tanto oscurecida. Algunos la asociaban con María Magdalena. Los alquimistas del pasado creían que era Miriam, la hermana de Moisés y del profeta Aarón, pero las pruebas que apoyan esta pretensión son escasas. La referencia más concreta de su existencia se da gracias a Zósimo de Panópolis, erudito alquimista de Alejandría que en el Siglo IV d.C. recopiló las enseñanzas de muchos iniciados anteriores, para formar lo que llegó a ser una enciclopedia del arte hermético. En sus escritos es en dónde cita a María casi siempre en pasado, mencionándola como una de los “sabios antiguos”, y también describe varios de sus experimentos e instrumentos. Georges de Syncelles, cronista bizantino del Siglo VIII, presenta a María como maestra de Demócrito a quien conoció en Menfis (Egipto), en la época de Pericles. El enciclopedista árabe Al-Nadim la cita en su catálogo del Año 879 d.C. entre los cincuenta y dos alquimistas más famosos, por conocer la preparación de la cabeza o caput mortum. El filósofo romano Morieno la llama “María la Profetisa” y los árabes la conocieron como la “Hija de Platón”, nombre que en los textos alquímicos occidentales estaba reservado para el azufre blanco. María pasa así a ser identificada con la materia que trabaja. También se piensa que María la Judía, además de un ser personaje real, podría haber sido una firma empleada por uno o varios alquimistas hebreos anteriores a Zóstimo.

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Se sabe que María escribió varios textos sobre alquimia, aunque ninguno de sus escritos han sobrevivido en su forma original. Sus enseñanzas fueron ampliamente citadas por hermetistas posteriores. Su principal obra conocida es “Extractos hechos por un filósofo cristiano anónimo”, también nombrada como “Diálogo de María y Aros”, en donde están descritas y nombradas las operaciones que después serían la base de la Alquimia, tales como la leucosis (blanqueo) y la xantosis (amarilleo). Una se hacía por trituración y la otra por calcinación. En esta obra se describe por primera vez el ácido de la sal marina y otro oxys (ácido) que se pueden identificar con el ácido acético. También aparecen varias recetas para hacer oro, incluso a partir de raíces vegetales, como la de la mandrágora. María era una respetada trabajadora de laboratorio que inventó complicados aparatos destinados a la destilación y la sublimación de materias químicas, así como el famoso Baño María. El Tribikos era una especie de alambique de tres brazos que se utilizaba para obtener sustancias purificadas a través de la destilación. Consistía en una vasija de barro que contenía el líquido que se iba a destilar, una mantera para la condensación del vapor (el ambix o alembic), de la que salían tres espitas de cobre, y frascos de vidrio para recibir el líquido. Una gotera o borde en el interior de la mantera recogía el destilado y lo llevaba a las espitas. No se sabe exactamente si fue María la judía quien lo inventó, pero este instrumento se le adjudica, ya que la primera descripción fue hecha por ella. Esta descripción aparece en un escrito de Zósimo: “He de describiros el tribikos. Porque así se llama el aparato hecho de cobre y descrito por María, la transmisora del Arte. Dice lo que sigue: Háganse tres tubos de cobre dúctil un poco más gruesos que los de una sartén de cobre de pastelero; su longitud ha de ser aproximadamente de un codo y medio. Háganse tres tubos así y también un tubo ancho del ancho de una mano y con una abertura proporcionada a la de la cabeza del alambique. Los tres tubos han de tener sus aberturas adaptadas en forma de uña al cuello de un recipiente ligero, para que tengan el tubo-pulgar, y los dos tubos-dedo unidos lateralmente en cada mano. Hacia el fondo de la cabeza del alambique hay tres orificios ajustados a los tubos, y cuando se hayan encajado éstos se sueldan en su lugar, recibiendo el vapor el superior de una manera diferente. Entonces, colocando la cabeza del alambique sobre la olla de barro que contiene el azufre y tapando las juntas con pasta de harina, colóquense frascos de cristal al final de los tubos, anchos y fuertes para que no se rompan con el calor que viene del agua del medio“.

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El Kerotakis es el más importante de los inventos de María la Judía. Es un aparato de reflujo usado para calentar sustancias utilizadas en la alquimia y recoger sus vapores. Se trata de un recipiente hermético con una lámina de cobre suspendida en su parte superior. Para que el aparato funcionase correctamente todas las uniones debían estar ajustadas al vacío. El uso de tales recipientes en las artes herméticas dio lugar a la expresión “sellado herméticamente“. María estudió los efectos de los vapores de arsénico, mercurio y azufre sobre los metales, ablandando e impregnándolos con colores. El kerotakis era la paleta triangular que usaban los artistas para mantener calientes sus mezclas de cera y pigmentos. María usó la misma paleta para ablandar metales e impregnarlos de color. Kerotakis llegó a ser el nombre de todo su aparato de reflujo, que consistía en una esfera o en un cilindro con una tapa hemisférica colocado sobre el fuego. Las soluciones de azufre, mercurio o sulfuro de arsénico se calentaban en un recipiente colocado cerca del fondo. Cerca de la parte superior del cilindro, suspendida de la cubierta, iba la paleta con la aleación de cobre y plomo, o de otros metales, que se iba a tratar. Al hervir el azufre o el mercurio, el vapor se condensaba en la parte superior del cilindro y el líquido volvía a caer, dando así un reflujo continuo. Los vapores de azufre o el condensado atacaban la aleación de metal, dando un sulfuro negro (“negro de María”) que se suponía representaba la primera etapa de la transmutación. Las impurezas se recogían en un tamiz mientras que los residuos (el sulfuro negro) volvían hacia la parte inferior. El calentamiento prolongado llegaba a dar una aleación parecida al oro, dependiendo el producto de los compuestos de metales y mercurio o de azufre empleados. El kerotakis también se usaba para la extracción de aceites de plantas, como el aceite esencial de rosas.María la Judía y sus colegas creían que la reacción que tenía lugar en el kerotakis era una reconstitución mística del proceso de formación del oro que ocurría en las entrañas de la tierra. Su compuesto favorito de calcinación era el Rejalgar, un mineral de color rojo anaranjado compuesto de sulfuro de arsénico, que a menudo aparece en las minas de oro. Posteriormente este instrumento fue modificado por el alemán Franz von Soxhlet que, en 1879, creó el extractor que lleva su nombre: Extractor Soxhlet.

El Baño María fue una técnica rudimentaria, también utilizada para calentar comida. Es una de las operaciones de laboratorio más antiguas, empleadas tanto en labores industriales cómo domésticas en la actual civilización occidental. Consiste en introducir un recipiente en otro mayor que contiene agua en ebullición y se utiliza cuando se quiere calentar una materia de forma indirecta y uniforme. Sirve, por ejemplo, para destilar sustancias volátiles o aromáticas y para evaporar extractos. Este es otro de los inventos de María, una especie de baño. El Baño María original era realmente un baño de arena y cenizas que calentaba otro recipiente con agua que a su vez calentaba al siguiente. El baño de arena tenía como objeto conservar mejor el calor que debía transmitir, ya que su temperatura podía ser superior a la del agua que hervía. Posteriormente a este aparato se le quita la arena quedándose sólo con el recipiente con agua, la cual deberá hervir y sus vapores serán capaces de calentar el otro recipiente que está dentro. Los investigadores le atribuyen a María la Judía tanto el origen como el nombre de “Baño María”. Éste término fue introducido por Arnau de Vilanova en el Siglo XIV d.C. Arnau de Vilanova (en catalán y provenzal), denominado también Arnaldo de Vilanova o de Villanueva en castellano, Arnaldus de Villa Nova o Arnaldus Villanovanus en latín y Arnaud de Villeneuve en francés, (1238 – 1311), posiblemente nacido en Villanueva de Jiloca, antiguamente Villanueva de San Martín, Zaragoza, fue médico, teólogo y embajador de grandes figuras de la monarquía y del clero de su época. Escribió obras claves para la medicina europea medieval, como Régimen Sanitatis ad regum Aragonum, Medicinalium introductionum speculum y algunos tratados de patología general, entre otros. Se le conocía como el “médico de Reyes y Papas” y se le han atribuido obras de alquimia, aunque muchas de las obras que se le adjudican podrían no ser suyas. De formación políglota dominó el hebreo, árabe, probablemente el griego, algunas lenguas vulgares de Francia, el latín y el catalán, siendo estas dos últimas las que usó para escribir sus obras. Probablemente fue el médico más importante del mundo latino medieval, implicado también en cuestiones político-religiosas de su tiempo. Las referencias acerca del origen de fray Villanueva son especialmente oscuras y embrolladas; referencias ocasionales y contradictorias hacen de Francia, Catalunya o Valencia la patria de fray Villanueva. Menéndez Pelayo escribió, ya en 1880, que “el referir y contrariar los yerros cometidos por los biógrafos de Arnaldo sería prolijo y enfadoso“.

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Descubrimientos documentales recientes apuntan a Villanueva de Jiloca, cerca de Daroca, como el lugar de nacimiento del personaje aragonés, sin que se conozca la fecha exacta, aunque rondando el año 1240. Sin embargo, muy pronto emigró, presumiblemente con su familia, al vecino reino de Valencia, poco tiempo antes conquistado por el rey Jaime I (entre 1225 y 1262) para los cristianos. En su capital fue tonsurado, y vivió y ejerció su profesión como médico. Tuvo propiedades y profesó como monja dominica a su hija María (1291). En 1260 estudiaba Medicina en Montpellier y en 1280 era ya un médico prestigioso. Diez años más tarde se halla de nuevo en Montpellier como maestro de su pujante Escuela médica, aunque no por ello deja de atender sus intereses valencianos y la salud de la familia de Jaime II de Aragón. Este rey, gran amigo de Vilanova, le enviaría, en 1299, a la corte de Francia, en misión diplomática. Y en París iba a dar a conocer las ideas que había ido desarrollando acerca del próximo fin del mundo y de la necesaria reforma de la Iglesia. La repulsa de los teólogos de la Sorbona, que condenan su Tractatus de tempore adventu Antichristi (Tratado sobre el tiempo en que ha de venir el Anticristo), va a marcar un giro en su vida. Herido por la afrenta y convencido de su verdad, se lanzó a una campaña vindicativa que mengua, aunque no elimina, su labor profesional. Le vemos en 1301 apelando al papa Bonifacio VIII y remitiendo un opúsculo apologético a destacadas personalidades de la cristiandad; en 1302, polemizando violentamente con los dominicos que rechazan sus ideas; y en 1304, protestando ante el cónclave reunido en Perusa. La elección de Clemente V, antiguo amigo de Vilanova, a cuyo examen somete la colección de sus escritos religiosos, le trae unos años de calma (1305-1309) en los que Vilanova realiza gestiones a favor de sus reyes en la corte pontificia de Aviñón y lleva a cabo una amplia propaganda espiritual entre las comunidades laicales de la Provenza. El prestigio de que goza le permite intervenir en problemas tales como el proceso de los templarios, los proyectos de Cruzadas, las disidencias del franciscanismo estricto o las tensiones entre la Santa Sede y el rey de Sicilia.

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El rey de Sicilia era el joven y caballeroso Federico II, en el que el maestro Vilanova hallaría un discípulo fiel y ferviente. A su dictado había emitido disposiciones para el buen orden de su casa y reino. Y, en 1309, le confiaba unos sueños misteriosos, cuyo significado interpretaría Vilanova, relacionándolo con otros tenidos por Jaime II, en el sentido de que ambos reyes hermanos habían de promover la acción renovadora de la Iglesia preconizada por él. La exposición que de todo ello hiciera Vilanova en público iba a provocar su ruina. Ante la protesta de la curia y la indignación del rey de Aragón, Vilanova tuvo que refugiarse junto al de Sicilia. De una longevidad inusual para la época, murió septuagenario en Génova el 8 de septiembre de 1311, cuando realizaba gestiones para evitar la ruptura de hostilidades con Roberto I de Nápoles. Vilanova tuvo una activa intervención en la vida política de su tiempo, casi siempre movida por sus ideales religiosos y apoyada en su prestigio profesional. Sobre todo en la amistad de Jaime II, en la tolerancia de Bonifacio VIII o en la benevolencia de Clemente V subyace la gratitud del paciente eficazmente tratado, aunque se vea también fomentada por la lealtad del súbdito y la fidelidad del cristiano. Hay en la obra religiosa de Vilanova más de celo indiscreto, de ingenuidad idealista o de fantasía exaltada que de heterodoxia formal. Implicado en el movimiento de los espirituales, en la línea de las extrañas especulaciones de Joaquín de Fiore, busca la salvación del mundo en sus lucubraciones escatológicas, en sus exigencias de reforma eclesiástica y en sus exhortaciones ascéticas. Pero aunque las fantasías de la especulación o las violencias de la polémica le lleven a expresiones desafortunadas, nunca cae en la herejía. La sentencia de la Junta de Teólogos de Tarragona, que en 1316 ordenó la destrucción de sus obras espirituales, fue anticanónica y desmesurada.

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Pero Vilanova fue ante todo magister medicinae. Por una parte, clínico práctico de amplia experiencia y fama bien acreditada. Por otra, profesor destacado de la mejor Facultad del Medievo. Por otra, autor de una importante obra médica, muy difundida y apreciada a lo largo de tres siglos y a lo ancho de toda la cristiandad. Apenas hay biblioteca importante que no cuente con copias medievales o ediciones renacentistas de algunos de sus escritos científicos. En el siglo XVI se hizo una colección que trataba de recoger sus obras completas, cuyo éxito denotan las reimpresiones que se sucedieron. Puede decirse que la obra médica de Vilanova responde a su condición de médico escolástico, un sabio formado en los textos clásicos de Hipócrates y Galeno, recibidos a través de su versión arábiga y completados con las mejores producciones de los autores que escribieron en árabe. Aunque no le hubiera sido preciso el conocimiento de este idioma, pues la mayor parte de esos libros habían sido ya traducidos al latín, sabemos que Vilanova lo poseía a la perfección y que en sus años de médico regio en Barcelona había traducido opúsculos de Galeno, Avicena y otros. El grueso de su obra original es fruto de su época de Montpellier. Hay un conjunto de tratados extensos y bien elaborados que reflejan el estilo y responden a la utilidad de la docencia impartida en las Escuelas de Medicina. Comentarios eruditos, varios de los cuales se han perdido o permanecen inéditos, a los autores exigidos en el plan de estudios; colecciones de aforismos de intención nemotécnica, entre los que destacan las populares Parábolas de la medicación, de las que se conservan 40 copias de los siglos XIV y XV y que fueron editadas 15 veces en el XVI; obras de doctrina médica, unas estrictamente especulativas —De humido radicale—, otras que desembocan ampliamente en la práctica —como De considerationibus operis medicinae—, todas ellas coronadas por esa admirable síntesis de los principios de la ciencia médica que es la llamada Speculum medicinae; densas exposiciones de farmacología básica, como el tratado De graduatibus medicinarum, tan importante en la línea de los intentos medievales de una teorización de la dosificación medicamentosa, etc.

Junto a este bloque de escritos está el tan conocido Regimen sanitatis, escrito en 1308, para tutelar la salud del rey de Aragón, pero que pronto se difundió amplísimamente por toda Europa, siendo traducido al hebreo, y los extensos catálogos de medicamentos simples y compuestos —Simplicia y Antidotarium—, y las monografías, breves y expresivas, que abordan los más diversos problemas clínicos. En cambio, puede afirmarse el carácter apócrifo de obras tan ligadas al nombre de Vilanova como son el Breviarium practicae y el comentario al Regimen sanitatis salernitanum. Y, desde luego, del conjunto de los libros de alquimia que le han sido atribuidos. Hay motivos suficientes para despojar la figura de Vilanova del manto de alquimista de que fue revestido por autores o copistas del siglo XV y que tanto se suele destacar en la visión habitual que se da de su persona. No parece que fuera alquimista, ni mago, ni rebelde innovador. Más bien, fue un médico galenista que, sobre la base de un profundo conocimiento de la ciencia transmitida por los antiguos, elaboró una doctrina tan propia como tradicional, que procuró celosamente preservar de toda cavilación filosófica  y dirigir a la práctica clínica concreta. Sus obras sobre medicina constituyen un bien forjado eslabón en la cadena de transmisión perfeccionadora del saber médico clásico. En total, su obra médica se compone de 27 títulos auténticos más otros 51 atribuibles al maestro, según las investigaciones publicadas en la Arnaldi de Vilanova Opera Medica Omnia. Versan sobre medicina teórica con fines docentes (Speculum medicinae), aforismos (Aphorismi de gradibus), regímenes de sanidad (Regimen sanitatis ad regem Aragonum y Regimen Almeriae, encargados ambos por el rey Jaime II), medicina práctica, estudios monográficos, farmacia y traducciones (de Avicena, Galeno, etc). También se ocupó de la Astrología, la cábala y alquimia, aunque la mayoría de las obras que se le atribuyen en estos campos se consideran apócrifas.

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Según Gérard Anaclet Vincent Encausse, más conocido como Papus (1865 – 1916), médico y ocultista francés de origen español, así como un gran divulgador del ocultismo, corrientemente suele opinarse que la Alquimia es un arte mendaz, cuyo propósito es fabricar oro de manera artificial, y que en la Edad Media ha llevado a mucha gente crédula a la ruina.  En primer lugar se nos plantea una cuestión y ésta consiste en saber cómo hay que considerar a la Alquimia desde el punto de la vista de la Ciencia Oculta.  Para ello, haremos caso omiso de aquellos comentarios y declaraciones, relacionados con la Alquimia, que aparecen en ciertas Enciclopedias de la actualidad, y nos referiremos únicamente a aquellos que consideran a los alquimistas como maestros en su ciencia.  Por ejemplo, tomemos la obra de Raimundo Lulio. ¿Qué encontramos en ella? Nada más que las reglas de este arte especial, considerado como la única preocupación de los alquimistas. En efecto, en todo escrito serio, en el que se haga referencia a la filosofía hermética, encontraremos una filosofía profunda que sirve de base a una síntesis natural, la cual tiene, como punto de partida, la teoría de la evolución expuesta hasta sus últimas consecuencias, así como la teoría de la unidad de la sustancia y del plan. Por ende, el axioma alquímico que dice: “Todo está en todo”, una clara aplicación de los principios de la Cábala hebrea, vinculados con la tradición egipcia y gnóstica. También hay numerosas prácticas de carácter físico, químico y biológico que apoyan esas teorías. Por tales circunstancias, cuando lo único que se quiere ver en la Alquimia son prácticas de naturaleza química, lo que se hace es mutilar una enseñanza completa en la cual, su práctica, llega a justificar su teoría científica. Un alquimista de verdad era, pues, al mismo tiempo, médico, astrónomo y astrólogo, filósofo, cabalista y químico. Asimismo, los estudios eran muy serios y prolongados, y eran transmitidos, mediante iniciación, por el maestro a uno o dos discípulos dilectos, ocultándolos cuidadosamente a los profanos.

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Junto con aquellos sabios –verdaderos filósofos herméticos- aparecen los charlatanes ignorantes cuyo único propósito consistía en adquirir riquezas materiales. Lo único que éstos hicieron siempre fue desacreditar a la Alquimia.  Por ello, varios millares de tomos escritos en francés, que se hallan en nuestras bibliotecas bajo el rubro de “Filosofía Hermética” abarcan tratados de historia natural, de física y química corrientes, de filosofía y Cábala, de astrología, de Alquimia propiamente dicha, o de preparación de la Piedra filosofal. Estos tratados, son un conglomerado de distintos géneros. Esta observación permite comprobar que la tradición esotérica se halla representada, en todas sus ramas, por la Filosofía Hermética.  Un tema importante es saber cómo se produjo el paso de esta tradición desde Egipto hacia Occidente. El estudio de quienes son depositarios del Esoterismo permite comprobar que los esenios, por una parte, y los gnósticos, por la otra, fueron los únicos que guardaron las claves de la Ciencia Oculta. Los esenios, asentados en Palestina y apartados de toda actividad política, fundaron muchas sociedades secretas. En cambio, los gnósticos procuraron difundir sus enseñanzas por doquier. Tras la libertad concedida a las facultades regionales para que divulgaran las enseñanzas esotéricas, fueron escritos muchos tratados concernientes a las prácticas de la Ciencia Oculta según las tradiciones de la Universidad egipcia propiamente dicha. Estos tratados, cuya redacción se remonta efectivamente hacia el siglo II de nuestra era, solo tenían como finalidad fundamentar la retentiva y propender a la transmisión oral. Había dos grandes clases de tratados: Los que se ocupaban del mundo invisible, del alma y sus poderes, o sea de la Psicurgia,  y los que se ocupaban de la aplicación de los poderes del alma a la Naturaleza, o sea, de la Teurgia y la Alquimia. De los primeros, que son principalmente filosóficos, poseemos algunos fragmentos, de cuya traducción se ocupó enteramente el escritor y poeta francés Louis Ménard.

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Poseemos una gran cantidad de tratados de Teurgia y Alquimia, a los que puede denominarse propiamente obras de Alquimia. Se cree, de manera general y coincidente, que la parte práctica del Ocultismo llegó a Europa por medio de los árabes. Estos últimos introdujeron en Europa las ciencias (que ellos habían recibido de los gnósticos que quedaban en Egipto) mucho tiempo después de predicarse la Gnosis en Europa. Ahora bien, la Gnosis abarcaba una parte mágica. Recuérdense los milagros de Apolonio de Tiana, de Simón el Mago y de otros gnósticos célebres, y se descubrirá el verdadero origen de esta Filosofía Hermética (origen éste que, a primera vista, parece tan nebuloso).La Alquimia representa, pues, la vía de transmisión de la Ciencia Oculta a través de Occidente. Por esta razón, ahora nos ocuparemos de los trabajos y teorías de quienes se titulan “hijos de Hermes”. A continuación, y de manera sucesiva, veremos lo siguiente:  El propósito exotérico de los alquimistas. La Piedra Filosofal. Su realidad y lo que se puede decir acerca del cómo prepararla. Los textos sobre los cuales los alquimistas basan sus opiniones filosóficas, tales como la Tabla de Esmeralda y sus aplicaciones.  La Tabla de Esmeralda es un texto breve, de carácter críptico, atribuido al mítico Hermes Trismegisto, cuyo propósito es revelar el secreto de la sustancia primordial y sus transmutaciones. Hasta el siglo XX las fuentes más antiguas conocidas eran manuscritos medievales, pero investigaciones posteriores han hallado predecesores arábigos en Kitab Sirr al-Khaliqa wa Sanat al-Tabia (c. 650 d.C.), Kitab Sirr al-Asar (c. 800 d.C.), Kitab Ustuqus al-Uss al-Thani (siglo XII) y Secretum Secretorum (c. 1140). En la Tabla de Esmeralda está condensado o resumido todo el arte de la Gran Obra, objetivo principal de la alquimia. La alquimia es el arte del perfeccionamiento y la Gran Obra implica su cumplimiento, la perfección. La Tabla de Esmeralda contiene en sus pocas líneas el secreto de la Gran Obra, es un pasaje directo para la perfección. Dicho mensaje es expresado de modo simbólico, su sola lectura no revela su significado.

El acceso a la Gran Obra requiere trascender nuestra limitación racional. De ahí que todo alquimista conlleve una transmutación personal paralela que le permita acceder al lenguaje del Símbolo. El Todo, el Uno, tan sólo se expresa simbólicamente, y es necesario el aprendizaje en la hermeneútica del Símbolo. De no ser así, su sola simplicidad generará incredulidad. La Razón aguarda complejidad ante lo complejo, mientras el Uno, el Ouroboros, se descubre ante la simplicidad de otra lectura, de otro lenguaje. El uróboros, también llamado ouroboros, del griego «ουροβóρος», uróvoro, de oyrá, es un símbolo que muestra a un animal serpentiforme, engullendo su propia cola, conformando con su cuerpo una forma circular. El uróboros simboliza el esfuerzo eterno, la lucha eterna, o el esfuerzo inútil, ya que el ciclo vuelve a comenzar a pesar de las acciones para impedirlo. El uróboros, es un concepto empleado en diversas culturas a lo largo de al menos los últimos 3000 años. Engloba varios conceptos similares y otros que no están relacionados y han sido asimilados recientemente por el cine y la televisión. Generalmente un dragón representado con su cola en la boca, devorándose a sí mismo. Representa la naturaleza cíclica de las cosas, el eterno retorno y otros conceptos percibidos como ciclos que comienzan de nuevo en cuanto concluyen. El mito de Sísifo. En un sentido más general simboliza el tiempo y la continuidad de la vida. Se usa como representación del renacimiento de las cosas que nunca desaparecen, solo cambian eternamente. En un principio su uso más antiguo estaba en la emblemática serpiente del Antiguo Egipto y la Antigua Grecia. Los uróboros se remontan a los jeroglíficos hallados en la cámara del sarcófago de la pirámide de Unis, en el 2300 a. C. El símbolo tradicional consiste en un dragón o una serpiente que se muerde la cola y crea un círculo sin fin.  Igualmente se puede encontrar un mito similar en la mitología nórdica. En esta mitología, la serpiente Jormungand llegó a crecer tanto que pudo rodear el mundo y apresarse su propia cola con los dientes. Este mito fue divulgado más ampliamente por la literatura de entre guerras del siglo XX. El deseo por la consecución del saber oculto, llegar a encarar las fuerzas elementales de la naturaleza, temibles y monstruosas, pero que finalmente conducen hacia la debilidad y la culpa.

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El uróboros representa la personificación de fenómenos naturales como el sol, las olas del mar, etc., subiendo hasta cierta altura y entonces cayendo bruscamente, para volver a empezar. Esto lo relaciona con el mito solar de Sísifo y Helio, el disco del sol que sale cada mañana y después se hunde bajo el horizonte. Sísifo fue obligado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes que alcanzase la cima de la colina, la piedra rodaba de nuevo hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar desde el principio. En definitiva, la expresión críptica de la Tabla de Esmeralda no es intencional, sino que requiere de la persona adecuada, capacitada para la Gran Obra y en la explicación de las historias simbólicas que es posible hallar en los textos de Alquimia. Una influencia decisiva en el desarrollo posterior de la alquimia la tuvo el encuentro con las corrientes religioso- filosóficas de la gnosis, del hermetismo y del neoplatonismo, que se acuñaron en la imagen de la Alquimia. De todas las ciencias cultivadas en la Edad Media, ninguna conoció más favor ni más honor que la alquimia. Tal es el nombre bajo el que se disimulaba entre los árabes el  Arte sagrado o  sacerdotal que habían heredado de los egipcios, y que el Occidente medieval debía, más tarde, acoger con tanto entusiasmo. Muchas controversias se han desarrollado a propósito de las diversas etimologías atribuidas a la palabra alquimia. Pierre-Jean Fabre, en su  Abrégé des Secrets chymiques, pretende que se relacione con el nombre de Cam, hijo de Noé, que habría sido el primer artesano, y escribe  alchamie. El autor anónimo de un curioso manuscrito piensa que «la palabra  alquimia deriva de  als, que significa sal, y de  quimia, que quiere decir  fusión. Y así está bien dicho, porque la sal, que es tan admirable, está usurpada». Pero si la sal se dice als en lengua griega, y ceimeia, en lugar de cumeia,  alquimia, no tiene otro sentido que el de  jugo  o  humor. Otros descubren el origen en la primera denominación de la tierra de Egipto, patria del Arte Sagrado,  Kymia o  Chemi. Napoleón Landais no halló ninguna diferencia entre las dos palabras  química y  alquimia, y se limita a añadir que el prefijo  al  no puede ser confundido con el artículo árabe y significa tan sólo una virtud maravillosa. Quienes sostienen la tesis inversa sirviéndose del artículo  al y del sustantivo  quimia (química), entienden designar la  química por excelencia o  hiperquímica de los ocultistas modernos.

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La cábala fonética reconoce un estrecho parentesco entre las palabras griegas ceimeia, cumeia y ceuma, que indica lo que fluye, discurre, mana,  y se refiere de modo particular al  metal fundido, a la misma  fusión y a toda  obra hecha de un metal fundido. Sería ésta una breve y sucinta definición de la alquimia en tanto que técnica metalúrgica. Pero sabemos, por otra parte, que el nombre y la cosa se basan en la  permutación de la forma por la luz, fuego o espíritu. Tal es, al menos, el sentido verdadero que indica el  lenguaje de los pájaros. El lenguaje de los pájaros, un lenguaje místico, perfecto o divino, o un lenguaje mítico o mágico usado por los pájaros para comunicarse con el iniciado, es un concepto conocido en la mitología, la literatura medieval y el ocultismo. Los pájaros desempeñaban un papel importante en la religión indoeuropea, los augures los usaban para la videncia, y según una hipótesis de Walter Burkert, estas costumbres pueden tener sus raíces en el Paleolítico cuando en la Edad de Hielo los primeros humanos solían buscar carroña observando a los pájaros. En América del Norte, se sabía que los cuervos guiaban a los lobos y a los cazadores nativos hacia su presa, con la esperanza de ser recompensados con el montón de tripas de la víctima. En el Renacimiento, fue la inspiración para algunos lenguajes a priori mágicos, en particular los lenguajes musicales. Algunos lenguajes silbados basados en o construidos sobre lenguajes articulados usados en algunas culturas a veces se citan y se comparan con el lenguaje de los pájaros. Según Apolonio de Rodas, el mascarón de proa del barco de Jasón, el Argo, estaba hecho de roble del bosque sagrado de Dodona y podía hablar el lenguaje de los pájaros. En la mitología griega se podía obtener el lenguaje de los pájaros por medios mágicos. Se dice que Demócrito, Anaximandro, Apolonio de Tiana, Tiresias, Melampo y Esopo podían entender a los pájaros.

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En la mitología escandinava, la facultad de entender el lenguaje de los pájaros era signo de gran sabiduría. El dios Odín tenía dos cuervos, Hugin y Munin, que volaban por todo el mundo y le contaban a Odín lo que sucedía entre los mortales. El legendario rey de Suecia Dag el Sabio era tan sabio que podía entender lo que los pájaros decían. Tenía un gorrión domesticado que volaba por todas partes para traerle noticias. Una vez, un granjero de Reidgotaland mató al gorrión de Dag, lo que desencadenó un terrible castigo por parte de los suecos. Este talento también podía adquirirse probando sangre de dragón. Según la Edda poética y la Saga Volsunga, Sigurd probó, sin querer, la sangre de dragón mientras asaba el corazón del enano Fafnir, hijo del rey enano Hreidmar y hermano de Regin y Ódder, en la Saga Volsunga. Esto le concedió la habilidad de entender el lenguaje de los pájaros, y salvó su vida cuando los pájaros discutieron los planes de Regin para asesinar a Sigurd. En el poema éddico Helgakviða Hjörvarðssonar, relacionado indirectamente con la tradición de Sigurd, no se explican los motivos por los cuales un hombre llamado Atli poseía este talento. El hijo del amo de Atli, Helgi, quería casarse con la supuesta tía de Sigurd, la valquiria Sváva. En la mitología celta, los pájaros representan generalmente conocimiento profético o derramamiento de sangre (especialmente de cuervos). Morrigan adoptó la forma de un pájaro para advertir al Toro Marrón. El concepto es también conocido en muchos cuentos populares (de Gales, Rusia, Alemania, Estonia, Grecia…), donde normalmente se le concede al protagonista el don de entender el lenguaje de los pájaros, bien por alguna transformación mágica, o bien como una bendición del rey de las aves. Luego los pájaros informan o advierten al héroe sobre algún peligro o algún tesoro escondido. En el sufismo, el lenguaje de los pájaros es un lenguaje místico de los ángeles. La Conferencia de los pájaros (mantiq at-tair) es un poema místico de 4647 versos del poeta persa del siglo XII Farid ud-Din Attar. Se dice que Francisco de Asís predicaba a los pájaros. En el Talmud, la proverbial sabiduría de Salomón se debía a la comprensión que Dios le otorgó del lenguaje de los pájaros.

El Vellocino de Oro, como las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides (uno de los doce “trabajos de Hércules”) es el Conocimiento que se entrega de planos superiores a inferiores. John Dee, nigromante y mago oficial de la realeza inglesa, era alquimista, interpretaba este simbolismo que le permitía hablar con los ángeles y “comprender el lenguaje de los pájaros”. En toda la literatura mitológica, la expresión “comprendía el lenguaje de los pájaros” es una metáfora de la extrasensorialidad de su poseedor quien así, comprende el idioma de seres suprasensibles (¿o extraterrestres?) que no pertenecen a nuestro Espacio – Tiempo. Ángeles, por ejemplo. Pero Dee, puntualmente, manejaba fluidamente la lengua de Enoc, el “enoqueano”, el más puro y erudito idioma angelical. El argot es una de las formas derivadas de la Lengua de los Pájaros, madre y decana de todas las demás, arcaica lengua universal. Es aquella cuyo conocimiento revela Jesús a sus apóstoles al enviarles el Espíritu Santo, simbólicamente un pájaro. Siguiendo los trabajos de Dee, por un lado, y la aplicación estricta de la Kábala, por otro, estaremos en condiciones de comprender esta idea: los “ángeles”, seres sensibles de un plano no físico, en sus interacciones con el ser humano, optaron, como “lingüa franca” por un idioma que es más que un idioma como lo comprendemos los humanos. Es lengua y es símbolo, es voz y es figura, es fonema y es imagen. “Hablar con los ángeles” es licencia narrativa y hecho objetivo. Es conocer ciertas palabras, en su Triple Sentido, pero también es visualización o memoria eidética (o fotográfica)  y trabajo en el mundo de la materia.  En la Alquimia el trabajo en laboratorio era importante, pero no lo más importante. Un alquimista que sólo sigue instrucciones mezclando sustancias en su crisol, en su atanor, no es un alquimista, es sólo un químico.

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En el lenguaje simbólico de Cyrano de Bergerac son frecuentes las alegorías alquímicas y herméticas, el “rocío cocido”, el combate de la salamandra y la rémora, Prometeo, los homúnculos o la triaprincipia alquímica del mercurio, el azufre y la sal. Pero una de las más claras referencias alquímicas es la que trata de la “lengua de los pájaros”, forma simbólica de denominar a un lenguaje legendario recogido en diversas tradiciones. Este idioma sería con el que Adán dio nombre a todas las cosas o el que trasmitió Salomón a Hiran, la lengua matriz de la que surgirían todas las demás.  Se creía que iniciados y alquimistas, eran conocedores de esta lengua que proporcionaba una visión global de las leyes que rigen el Mundo, por ello era una forma de referirse a ellos. Los propios títulos de la trilogía contienen símbolos alquímicos como el Sol, que es el oro o azufre alquímico, la Luna, la plata o el mercurio y la Centella, el rayo o la chispa del principio espiritual.  El apéndice sobre la historia del diamante, nos refiere al centro, a la “clave de la bóveda” como coronamiento de un aprendizaje o construcción como apunta Cirlot.  Las narraciones de Cyrano son una mezcla de ciencia, imaginación y lo mítico y mágico de las tradiciones. Se plantea la trasmutación del hombre en el sentido místico y filosófico como simbología de la búsqueda de la perfección. Quizás como dijo Jung, la alquimia espiritual sea un sistema de símbolos que emana de un subconsciente colectivo.  Cyrano fue un buen conocedor de las tradiciones herméticas y de la llamada magia renacentista, cuyo mayor exponente fue el tratado “De oculta pholosophia”, de Cornelius Agrippa, publicado en 1533, pero también fue un racionalista convencido. Del siglo XVI al XVII el libre pensamiento sufrió persecución y censura hasta el siglo XVIII donde despertó el espíritu científico, cosa que no hubiera sido posible sin la participación de intelectuales y científicos libres que tuvieron muchas de las intuiciones que nos meterían de lleno en el Siglo de las Luces.

En la Cábala, la magia del Renacimiento y la alquimia, el lenguaje de los pájaros era considerado un lenguaje secreto y perfecto, y la clave hacia el conocimiento perfecto. A veces se le llamaba también la langue verte, o lengua verde (Fulcanelli, Heinrich Cornelius Agrippa De occulta philosophia). En un artículo titulado precisamente El lenguaje de los pájaros, de René Guénon, matemático, filósofo y metafísico francés, podemos leer: “… La misma idea está, por lo demás, contenida en la palabra dhikr, que, en el esoterismo islámico, se aplica a fórmulas ritmadas correspondientes de modo exacto a los mantra hindúes, fórmulas cuya repetición, tiene por objeto producir una armonización de los diversos elementos del ser y determinar vibraciones capaces, por su repercusión a través de la serie de estados, en jerarquía indefinida, de abrir una comunicación con los estados superiores, lo cual constituye por otra parte, de modo general, la razón de ser esencial y primordial de todos los ritos“. El lenguaje de los pájaros, que podemos llamar también “lengua angélica”, y cuya imagen en el mundo humano es el lenguaje ritmado, ya que en la “ciencia del ritmo” se basan todos los medios que pueden utilizarse para entrar en comunicación con los estados superiores. En ese artículo nombra a los pájaros como “destructores de los reptiles”, representación del combate entre los estados Superiores e Inferiores del Ser, que llevan a cabo los Ángeles, manteniendo el Orden en el Mundo. Todo símbolo es una puerta entreabierta a una realidad que lo trasciende y por él podemos entrever lo que está “más allá” del mundo sensible. Las aves, como intermediarias entre cielo y tierra, como seres que conectan los mundos. Su canto como el sonido que atraviesa el abismo. Su lengua es el Lenguaje de los Ángeles. Hayyim ben Joseph Vital, hablando de su Maestro, Isaac ben Solomon Luria Ashkenazi, (1534- 1572), rabino y cabalista hebreo,  escribió: “… era experto en la conversación de los Árboles y de los Pájaros y la Lengua de los Ángeles…“.

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En el transcurrir del tiempo, el interés de la alquimia se vio incrementado durante las Cruzadas, cuando Occidente a través de ellas y los contactos con Oriente, se familiarizó con un gran número de materias oloríferas procedentes del Lejano Oriente, para cuya elaboración eran necesarios conocimientos alquímicos. De esta manera podríamos decir que llegamos a lo que los estudiosos consideran la Alquimia Medieval, que tuvo un gran desarrollo y un gran auge. Así podríamos distinguir en la Alquimia Medieval tres fases. El primer periodo (1200 -1300 d.C.) se basó en un tiempo en que la alquimia era una capacidad manual que demostraba su utilidad a través de la coloración de metales, haciendo creer que se trataba de transmutaciones. La parte teórica de la transmutación de metales se trataba de manera extensa en un libro singular denominado “Mineralogía“, erróneamente atribuido a Alberto Magno. En este libro casi mágico en aquellos tiempos se trataban, de manera exhaustiva, toda clase de procedimientos que maravillaban a la gente instruida. Y en ningún momento estos conocimientos llegaron al gran vulgo inculto, que bastante tenía con conseguir su mísero sustento. El segundo periodo (1300 – 1600 d.C.) se caracterizó por un gran auge de personas cultas que se interesaron por la Alquimia y sus enormes perspectivas. Así Valentinus, en Alemania, y Norton, en Inglaterra, se destacaron en la tarea, tanto teórica como prácticamente. El trabajo se basaba y centraba en la fabricación de “La Piedra Filosofal” o “Lapis Philosophorum“, con cuya ayuda se esperaba poder fabricar el maravilloso y singular oro. Materia tan deseada por los Príncipes. También la búsqueda de una medicina universal que no solo curara enfermedades, sino que también diera “Vida Eterna”, puso a la Alquimia en estrecho contacto con la Medicina. El representante más importante de ese grupo de hombres excelsos y elegidos fue Paracelso.

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Significativa para la fase final de este periodo es la sobrecarga que vivió la Alquimia por la incorporación del Simbolismo Cristiano. A partir de entonces se entra en un periodo en que, la totalidad de la doctrina cristiana, se interpretara en función de la Alquimia, o se utilizara como símbolo para los procesos y manifestaciones alquimias. Incluso se llegó a identificar la Piedra Filosofal con Jesucristo, el cual salvó y cambió al mundo con su muerte. El tercer periodo (siglo XVII y posteriores) se basó en la famosa revolución científica, merced a la cual se separó de manera definitiva la alquimia aplicada y la teórico- especulativa. Este siglo tiene una especial significación con la aparición de los Rosacruces, que, en sus cerrados y herméticos círculos, continuaron con el estudio y desarrollo de la forma esotérica de la Alquimia. El “Corpus Hermeticum“, traducido al latín por Ficino (1433- 1499), influyó muchísimo en la alquimia en sus comienzos. En realidad contenía modelos para superar la filosofía natural cristiano-escolástica. Y, de forma progresiva, el racionalismo y el experimentalismo se desembarazaron de los elementos ocultos contenidos en estos modelos conceptuales. A mediados del siglo XIX la Alquimia tuvo una corta época de esplendor en la medicina, cuando médicos famosos y doctos, como Rademacher y Latz, buscaron un medio de curación universal, apoyándose en la famosa tradición paracelsica. “Die Alchemie” (La Alquimia), de Latz  (1869), es una de las últimas obras de la alquimia especulativa y contiene una interpretación de la famosa y hermética “Tabula Smaradigna“, o Tabla Esmeralda. Aquí llegamos ya a uno de los últimos activistas alquímicos, conocido con el misterioso nombre de Fulcanelli, que dio mucho que hablar a raíz de sus intrigantes y curiosísimas obras, en especial a la construcción y génesis de las catedrales.

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Nacida en Oriente, la ciencia alquímica se ha expandido por Occidente a través de tres grandes vías de penetración: bizantina, mediterránea e hispánica. Fue, sobre todo, el resultado de las conquistas árabes. Este pueblo, antaño ávido de filosofía y de cultura, constituyó el vínculo de unión, la cadena que relacionó la antigüedad oriental con la Edad Media occidental. Desempeñó, en efecto, en la historia del progreso humano, un papel comparable al que correspondió a los fenicios, mercaderes entre Egipto y Asiria. Los árabes, discípulos de los griegos y de los persas, transmitieron a Europa la ciencia de Egipto y de Babilonia, aumentada por sus propias adquisiciones, a través del continente europeo (vía bizantina), y hacia el siglo VIII de nuestra Era. Por otra parte, la influencia árabe se ejerció en nuestros países a la vuelta de las expediciones de Palestina (vía mediterránea), y son los cruzados del siglo XII quienes importan la mayor parte de los conocimientos antiguos. Finalmente, en la aurora del siglo XIII, nuevos elementos de civilización, de ciencia y de arte, surgidos hacia el siglo VIII del África septentrional, se extienden por la península ibérica  (vía hispánica) y vienen a acrecentar las primeras aportaciones del foco greco-bizantino. Al principio tímida e indecisa, la alquimia toma poco a poco conciencia de sí misma y no tarda demasiado en afirmarse. Tiende a imponerse, y esta planta exótica, trasplantada a la península ibérica  se aclimata y se desarrolla con tanto vigor, que pronto se la ve expansionarse. Su extensión y sus progresos son prodigiosos. Apenas se la cultiva -y tan sólo a la sombra de las celdas monásticas- en el siglo XII. En el XIV, se propaga a todas partes, irradiando sobre todas las clases sociales, entre las que brilla con el más vivo fulgor. Todos los países ofrecen a la ciencia misteriosa una multitud de fervientes discípulos. Nobleza y alta burguesía se entregan a ella. Sabios, monjes, príncipes y prelados hacen profesión, y las gentes de oficio y pequeños artesanos, orfebres, gentilhombres, vidrieros, esmaltadores y boticarios, tampoco dejan de experimentar el irresistible deseo de manejar la retorta. Si no se trabaja a la luz del día, ya que la autoridad real persigue a los sopladores y los Papas los combaten, no se deja de estudiar a escondidas.

Se busca con avidez la sociedad de filósofos, verdaderos o pretendidos. Estos emprenden largos viajes, con intención de aumentar su patrimonio de conocimientos, o de transmitirlos en lenguaje cifrado de país a país y de reino a reino. Se disputan los manuscritos de los grandes adeptos, los de  Zósimo, de  Ostanes y de Sinesio. Las copias de  Jabir, de  Razi y de  Artefio. Los libros de  Moriano, de  María la Profetisa y los fragmentos de Hermes se negocian a precio de oro. La fiebre se apodera de los intelectuales y, con las fraternidades, las logias y los  centros iniciáticos, los sopladores crecen y se multiplican. Pocas familias escapan al pernicioso atractivo de la quimera dorada, y muy raras son las que no cuentan en su seno con algún alquimista practicante, con. algún perseguidor de lo imposible. La imaginación se lanza al galope. El  auri sacra fames arruina al noble, desespera al villano, deja hambriento a quienquiera que se deje prender en él y no aprovecha más que al charlatán. «Abades, obispos, médicos, solitarios -escribe Lenglet-Dufresnoy-, todos convirtieron la alquimia en ocupación. Era la locura del tiempo, y se sabe que cada siglo tiene una que le es propia, pero por desgracia aquélla ha reinado más tiempo que las otras y ni siquiera ha pasado del todo».  La ciencia maldita envuelve las ciudades góticas, adormecidas bajo las estrellas, con gran pasión y esperanzas. Ciencia subterránea y secreta que, en cuanto cae la noche, puebla con extrañas pulsaciones las cuevas profundas, se escapa de los tragaluces en claridades intermitentes y asciende en volutas sulfurosas a los ápices de los remates. Después del nombre célebre de Artefio (hacia el 1130 d.C.), la nombradía de los maestros que lo suceden consagra la realidad hermética y estimula el ardor de los aspirantes a ser Adeptos. En el siglo XIII, vive el ilustre monje inglés Roger Bacon, a quien sus discípulos llaman  Doctor admirabilis (1214-1292) y cuya enorme reputación se hace universal. A continuación, viene Francia con Alain de l’Isle, doctor por París y monje del Císter (muerto hacia 1298 d.C.); Cristóbal el Parisiense (hacia 1260 d.C.) y Arnau de Vilanova, mientras que en Italia brillan Tomás de Aquino – Doctor angelicus- (1225 d.C.) y el monje Ferrari (1280 d.C).

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Roger Bacon (Ilchester,1214 – Oxford, 1294) fue un filósofo, científico, y teólogo inglés, de la orden franciscana. Es conocido por el sobrenombre de Doctor Mirabilis (“doctor admirable“). Las fuentes bibliográficas suelen castellanizar su nombre como Rogerio Bacon. Inspirado en las obras de autores árabes anteriores, herederos y conservadores de las antiguas obras del mundo griego, puso considerable énfasis en el empirismo y ha sido presentado como uno de los primeros pensadores que propusieron el moderno método científico, poniendo en crisis la escolástica. Se piensa que Bacon nació cerca de Ilchester, en Somerset, aunque según algunos fue en Bilsey, Gloucester. La fecha de nacimiento es igualmente incierta. La única fuente es su afirmación en el Opus Tertium, escrito en 1267, en que se dice “cuarenta años han pasado desde que aprendí el alfabeto“. La fecha de 1214 asume que significa que 40 años han pasado desde que se matriculó en Oxford a la edad de 13. Si no quería decir esto, la fecha de nacimiento sería más probable alrededor de 1220. Parece que la familia de Bacon era acomodada, pero durante el tormentoso reinado de Enrique III de Inglaterra perdieron sus propiedades y varios miembros de la familia fueron desterrados. Roger Bacon estudió en Oxford, donde leyó a Aristóteles. No hay evidencia de que obtuviera un doctorado, ya que el título Doctor Mirabilis fue póstumo. Viajó a Francia, en 1241, a la Universidad de París, entonces el centro de la vida intelectual de Europa, donde la enseñanza de Aristóteles, hasta ese momento prohibida porque Aristóteles era sólo accesible a través de comentaristas islámicos, había sido recientemente reiniciada. Tras completar sus estudios, fue profesor de Artes en esta Universidad, entrando en contacto con Alejandro de Hales y Guillermo de Auvernia.

En 1247 retornó a Oxford y estudió intensamente durante muchos años, omitiendo mucha vida social y académica. Allí fue discípulo de Roberto Grosseteste y Adam Marsh. Encargó caros libros, que tenían que ser copiados a mano en ese tiempo, e instrumentos. Posteriormente se hizo franciscano. Probablemente tomó los hábitos en 1253, después de 10 años de estudio que le habían dejado física y mentalmente exhausto. Las dos grandes órdenes, Franciscanos y Dominicos, habían empezado a conducir la discusión teológica. Alejandro de Hales lideraba a los Franciscanos y Alberto Magno y Tomás de Aquino a la orden rival. La habilidades de Bacon fueron pronto reconocidas, y se benefició de la amistad de hombres eminentes como Adam Marsh y Roberto Grosseteste, obispo de Lincoln. En el curso de su enseñanza e investigación realizó y describió varios experimentos. El entrenamiento científico que Bacon había recibido le mostró los defectos del debate académico existente. Ninguno de los profesores aprendía griego. Aristóteles era conocido solamente a través de malas traducciones. Y lo mismo era cierto para las Sagradas Escrituras. La ciencia física no estaba dirigida por experimentos a la manera aristotélica, sino por argumentos basados en la tradición. Bacon se retiró de la rutina escolástica y se hizo devoto del estudio de las lenguas y la investigación experimental. Al único profesor que respetaba era un tal Petrus de Maharncuria Picardus, o “de Picardie“, que es quizás cierto matemático, llamado Petrus Peregrinus de Picardie, que parece ser el autor de un tratado, De Magnete, guardado en la Biblioteca Imperial de París. El contraste entre la oscuridad de ese hombre y la fama de la que se beneficiaban los jóvenes doctores despertó la indignación de Bacon. En la Opus Minus y Opus Tertium arremete contra Alejandro de Hales y otro profesor, que, dice, adquirieron su aprendizaje enseñando a otros, y adoptó un tono dogmático, que originó que fuese recibido en París con aplausos, como alguien igual a Aristóteles, Avicena o Averroes.

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Bacon fue siempre fiel a sus opiniones. Mantenía lo que creía que era verdad y atacaba a quien estaba en desacuerdo, lo que le causó repetidamente grandes problemas. En 1256 fue designada una nueva cabeza de la rama científica de la Orden Franciscana: Richard de Cornwell, con quien Bacon había estado fuertemente en desacuerdo en el pasado. Pronto Bacon fue trasladado a un monasterio en Francia, donde durante cerca de 10 años solo pudo comunicarse con sus colegas intelectuales mediante escritos. Bacon escribió al cardenal Guy le Gros de Folques, que se interesó por sus ideas y le pidió que escribiese un tratado completo. Bacon, que estaba restringido por una regla de la orden franciscana, que le prohibía publicar trabajos sin un permiso especial, inicialmente dudó. El cardenal se convirtió en el Papa Clemente IV y urgió a Bacon a que ignorase la prohibición y a escribir el libro en secreto. Bacon lo hizo y envió su trabajo, el Opus Maius, un tratado sobre las ciencias (Gramática, Lógica, Matemáticas, Física y Filosofía), al Papa en 1267. Fue seguido el mismo año por el Opus Minus (conocido también por Opus Secundum), sumario de los principales pensamientos de su primer trabajo. En 1268 envió su tercer trabajo, el Opus Tertium, al Papa, que murió ese mismo año, aparentemente antes de ver, incluso, el Opus Maius, aunque sabía que el trabajo había llegado a Roma. Algunos claman que Bacon cayó en desgracia y fue más tarde encarcelado por la Orden Franciscana en 1278, en Ancona, por su difusión de la Alquimia árabe. Y, sin duda, sus protestas por la ignorancia e inmoralidad del clero favorecieron las acusaciones de brujería. Supuestamente permaneció en prisión durante diez años, hasta que la intercesión de un noble inglés promovió su liberación.

Sobre este episodio, la famosa Historia de la Ciencia, de David C. Linberg, mencionado por James Hannam, dice que su encarcelamiento, si es que ocurrió, probablemente fue consecuencia de sus simpatías por el ala radical “de pobreza” de los Franciscanos. Una cuestión completamente teológica, más que de cualquiera de las novedades científicas que pudo haber propuesto. Bacon murió sin seguidores distinguidos o discípulos y fue rápidamente olvidado durante mucho tiempo. En sus escritos, pide una reforma de los estudios teológicos. Proponía poner menos énfasis sobre cuestiones filosóficas menores, como en el Escolasticismo. En su lugar, la Biblia debería volver al centro de atención y los teólogos estudiar las lenguas en que sus fuentes originales fueron escritas. Él entendía varias lenguas, y lamentó la corrupción de las Sagradas Escrituras y los trabajos de los filósofos griegos por numerosas malas traducciones y malas interpretaciones. Además urgió a todos los teólogos a estudiar intensamente todas las ciencias y añadirlas al currículum universitario. Poseía uno de los intelectos más autorizados de su tiempo, y a pesar de todos los infortunios que sufrió, hizo muchos descubrimientos y acercó muchos otros. Rechazó el seguimiento ciego de las autoridades, tanto en el campo en el estudio teológico, como en el científico. Roger Bacon es considerado por algunos como el autor del Manuscrito Voynich, debido a sus estudios en los campos de la Alquimia, Astrología y Lenguas. A Bacon también se le atribuye el manual de Alquimia Speculum Alchemiae. Fue un entusiasta practicante del Método Experimental para adquirir conocimiento sobre el mundo. Planeó publicar una enciclopedia completa, pero solo aparecieron fragmentos. Su frase más famosa fue «la matemática es la puerta y la llave de toda ciencia».

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El siglo XIV ve surgir a toda una pléyade de artistas. Ramon Llull – Doctor illuminatus-, franciscano español; Juan Daustin, filósofo inglés; Juan Cremer, abad de Westminster; Ricardo, llamado Roberto  el Inglés, autor del  Correctum alchymiae (hacia 1330); el italiano Pedro Bon de Lombardía; el papa francés Juan XXII (1244-1317); Guillermo de París, patrocinador de los bajo relieves herméticos del atrio de Notre-Dame: Jehan de Meun, llamado Clopinel, uno de los autores del  Roman de la Rose; Grasseo, llamado Hortulano, comentarista de la  Tabla de esmeralda (1358); y, finalmente, el más famoso y popular de los filósofos franceses, el alquimista Nicolas Flamel (1330-1417). Ramon Llull (en castellano: Raimundo Lulio) (1232 – 1315), también conocido como Raimundus o Raymundus Lullus en latín, como Raymond Lully por los ingleses, o como Raymond Lulle por los franceses, fue un laico próximo a los franciscanos, ya que pudo haber pertenecido a la Orden Tercera de los frailes Menores. También fue filósofo, poeta, místico, teólogo y misionero mallorquín del siglo XIII. Fue declarado beato y su fiesta se conmemora el 27 de noviembre. Se le considera uno de los creadores del catalán literario y uno de los primeros en usar una lengua neolatina para expresar conocimientos filosóficos, científicos y técnicos, además de textos novelísticos. Se le atribuye la invención de la rosa de los vientos y del nocturlabio. Conocido en su tiempo por los apodos de Arabicus Christianus (árabe cristiano), Doctor Inspiratus (Doctor Inspirado) o Doctor Illuminatus (Doctor Iluminado), Llull fue una de las figuras más avanzadas de los campos espiritual, teológico y literario de la Edad Media. En algunos de sus trabajos (Artificium electionis personarum, 1247, y De arte electionis, 1299) propuso métodos de elección, que fueron redescubiertos siglos más tarde por Condorcet (siglo XVIII). Fue escritor, cabalista, divulgador científico, misionero, teólogo, fraile franciscano, alquimista entre otras cosas, dejando una obra ingente, variada y de muy alta calidad escrita en catalán, árabe y latín. La mayor parte de ella aún no ha sido traducida al español.

Nació en Palma, la capital del Reino de Mallorca, que el rey Jaime I acababa de conquistar, uniendo políticamente en la Corona de Aragón los recientemente conquistados territorios baleares. No se conoce la fecha exacta de su nacimiento, pero debió ser entre finales de 1232 y comienzos de 1233. Ramon era hijo de Ramon Amat Llull e Isabel d’Erill, miembros de una importante familia de Barcelona. Según Umberto Eco, el lugar de nacimiento fue determinante para Llull, pues Mallorca era una «encrucijada en la época de las tres culturas, cristiana, islámica y judía, hasta el punto de que la mayor parte de sus 280 obras reconocidas fueron escritas inicialmente en árabe y en catalán». Antes de casarse, ingresó en la corte del rey de Aragón en calidad de paje de su hijo segundo Jaime, futuro Jaime II de Mallorca. Pronto los nobles fueron conscientes de la brillante inteligencia de Ramon y lo convirtieron en preceptor del infante don Jaime, hijo de Jaime I de Aragón. Su ascenso en la corte de Aragón fue meteórico: fue sucesivamente senescal y mayordomo real del infante Jaime. Durante sus años en la corte, Ramon se dedicó a llevar una vida mundana, licenciosa y alegre, disfrutando lujos con gran ostentación y teniendo amoríos con doncellas, incluso adulterios declarados. A menudo se ha exagerado esta faceta de Llull para, por comparación, exaltar su posterior conversión mística. Durante este período la obra de Llull se reduce a canciones de amor, picarescas y divertidas, aptas para ser cantadas por los trovadores. Hacia 1267, a sus 30 años, la vida de Ramon sufrió un vuelco trascendental. Él mismo describe cómo tuvo una serie de cinco visiones de Cristo crucificado en cinco noches consecutivas. La profunda impresión que le causaron estas visiones lo llevó a vender sus propiedades y patrimonio para adelantar la herencia de su mujer e hijos, a los que abandonó por sentirse llamado por Dios para predicar en los caminos.

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Su etapa de nueve años de formación teológica y moral duró hasta 1275. En Palma de Mallorca conoció y compró un esclavo musulmán de quien se sirvió como maestro para aprender el árabe. Luego se retiró a una cueva en el Monte Randa (Mallorca), donde se entregó a la meditación y la contemplación. Y, por último, entró (aún laico) en el Monasterio cisterciense de La Real, donde los monjes le enseñaron latín, gramática y filosofía, tanto islámica como católica. En 1274 el infante Jaime, que reinaría como Jaime II de Mallorca, antiguo alumno de Llull, lo llamó a su castillo de Montpellier, donde, bajo el mecenazgo del príncipe, el estudioso pudo escribir su Ars demostrativa (‘El arte demostrativa’), obra que le valió ser recompensado con un dinero que invirtió de inmediato en la construcción del monasterio de Miramar en su isla natal. El objetivo de este monasterio era adiestrar misioneros para cristianizar a los árabes, enseñándoles las técnicas misioneras, métodos para desautorizar la filosofía islámica, enseñanza del árabe, etc. La combinación exclusivamente luliana de estudios lingüísticos y teológicos para que los misioneros pudiesen evangelizar a fieles de otras religiones e idiomas encantó al papa Petrus Hispanus (Juan XXI), quien felicitó públicamente a Ramon en 1276. El Papa siguiente, Nicolás IV, escuchó las exigencias de Llull para la convocatoria a una nueva Cruzada sobre territorios dominados por los musulmanes, pero el pontífice se mostró remiso. El estudioso decidió, entonces, emprender su propia cruzada personal, que lo llevaría a Europa (Alemania, Francia e Italia), Tierra Santa, Asia Menor y el Magreb. Le interesaba sobremanera convertir a los musulmanes y judíos de esas regiones, por lo que no dudaba en predicar en las puertas de las mezquitas y sinagogas, lo que no siempre era recibido con agrado por los fieles de esos templos.

Durante estos viajes escribió gran cantidad de obras, destinadas principalmente a señalar los errores de los filósofos y teólogos de las otras religiones. Intentó fundar, asimismo, nuevos monasterios católicos en las zonas que visitaba. En 1286 d.C. Ramon Llull recibió su título de profesor universitario (magister) por la Universidad de París. Un año después viaja a Roma para someter a pontífices y dignatarios sus proyectos de reforma de la Iglesia, pero, una vez más, nadie lo escucha, porque iba a solicitar financiación para la Cruzada que ambicionaba para poder convertir a todos los infieles de Tierra Santa. Viendo que sus ruegos no obtenían el eco que él esperaba, ingresó en 1295 en la orden franciscana, acaso pensando que un monje verdadero podría convencer mejor a los prelados que un simple laico. Fue aceptado en la Orden Tercera Franciscana, una de las tres ramas fundadas originalmente por San francisco de Asís, llamada Hermanos y Hermanas de la Penitencia. En 1299, su antiguo discípulo, el ahora rey de Mallorca Jaime II, lo autoriza a predicar en las mezquitas y sinagogas de su reino. Será la primera vez que Ramon Llull podrá cruzar los umbrales de los templos para expresar sus ideas ante los cristianos. En 1305 propuso su segunda versión sobre cómo recuperar Tierra Santa: el proyecto Rex Bellator, de unificación de las órdenes militares bajo el poder de un príncipe cristiano, soltero o viudo. La conquista se efectuaría partiendo de Almería, Granada, el norte de África y Egipto, bajo la protección de una flota. Parece claro el papel que en todo ello habría de jugar el rey Jaime II de Aragón, que acababa de conquistar Murcia y que había establecido contactos para mercaderes de la Corona de Aragón en Alejandría.

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La caída de los restos del reino de Jerusalén (San Juan de Acre, 1291 y Arwad, 1302) sacudió las conciencias de muchos cristianos, que sólo podían explicarse el desastre a causa de pecados o vicios colectivos de la cristiandad que había que erradicar con profundas reformas. El más activo, con tres libros principales y muchas cartas y viajes a lo largo de treinta años, de los tratadistas de esta corriente de reformas fue Ramon Llull, que elaboró el proyecto Rex Bellator de unificación de las órdenes militares bajo un príncipe: Tal como se indica en el documento Quomodo Terra Sancta recuperari potest, elaborado bajo la impresión de la caída de Acre. Lo empezó siendo Papa Nicolás IV y lo acabó con la Sede Pontifícia vacante. La propuesta principal era la unificación de templarios, hospitalarios, teutónicos y caballeros de las órdenes peninsulares bajo un mando único y la creación de una escuela de misioneros versados en lenguas orientales. La obra Liber de Fine,  fue dedicada al futuro Papa, que acabaría siendo Clemente V. La coyuntura era la caída de Arwad y la captura del último mariscal del Temple, fray Dalmau de Rocabertí. La estrategia ahora se concretó: la unificación de las órdenes bajo un Rex Bellator; la expedición por la ruta Almería, Ceuta, Norte de África hasta Egipto y Jerusalén, apoyada por la flota y con los almogávares como tropas de choque. Se adivina claramente el protagonismo de Jaime II de Aragón y de su hijo mayor, el príncipe Jaime de Aragón y Anjou, que renunció al matrimonio y a la corona para vestir el manto blanco y la cruz roja. El documento Liber de Acquisitione Terrae Sanctae, aparecido tras la caída del Temple. Llull proponía ahora dos vías para la reconquista de Tierra Santa: al norte, los franceses con los hospitalarios y al sur Jaime II con las órdenes peninsulares. Finalmente, nada se llevó a cabo, excepto una cruzada fracasada de Jaime II sobre Almería.

En 1307, Ramon Llull viajó al norte de África a continuar predicando, pero, enfrentado con un grupo de musulmanes, estuvo a punto de ser lapidado. Deseoso de salir de allí, se dirigió a la ciudad italiana de Pisa. Pero el buque que lo transportaba se hundió, y el monje mendicante fue uno de los pocos supervivientes del naufragio, logrando alcanzar la costa italiana después de una dura lucha contra la tempestad. El 14 de noviembre de 1305, tras un año sin lograr elegir pontífice, el rey Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso, haría coronar papa al obispo de Burdeos, el dominico Raimundo Bertrand de Got, bajo el nombre pontificio de Clemente V, aunque su elección se había producido el 5 de junio de 1305. Este Papa, falto de decisión y poder, trasladaría la sede papal de Roma a Aviñón y se convirtió en un títere del monarca francés. Entre ambos habían decidido terminar con los Caballeros Templarios, a los que encarcelaron en 1307 y acusaron, en medio de espantosas torturas, de blasfemia y herejía bajo el látigo de la Inquisición conducida por los dominicos. En 1308 Clemente V, prácticamente obligado por Felipe IV de Francia, convoca a través de la bula Faciens misericordiam cum servo suo un Concilio, que tendría lugar en la ciudad de Vienne, en 1311, para tratar variados temas que interesaban al soberano. Uno de ellos era hacer exhumar y quemar por herejía los huesos de su anterior enemigo, el papa Bonifacio VIII, que hacía siete años que había muerto. También se decidiría si correspondía hacer una nueva Cruzada, si procedía efectuar ciertas reformas de la Iglesia y, lo más terrible, se juzgaría si correspondía entregar a los templarios al brazo seglar para ser ejecutados en la hoguera. Ramon Llull fue convocado y estuvo presente en las tres sesiones del Concilio, pero no han llegado hasta nosotros noticias acerca de cómo votó en cada uno de los graves asuntos que allí se ventilaron. Nos consta que la Cruzada y la reforma eclesiástica le interesaban particularmente, ya que habían sido el objeto de sus prédicas y ruegos durante décadas. Sin embargo, respecto del castigo a los templarios quedan numerosas dudas.

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Los franciscanos solían ser designados en los tribunales inquisitoriales para moderar la tendencia a condenar de los dominicos, normalmente en proporción de uno por cada dos dominicos. En ese sentido, la lógica nos dice que Ramon debe haber defendido a los prisioneros. En segundo término, los partidarios de las Cruzadas, como Llull, conocían y amaban a los templarios por el valor, el coraje, el espíritu de sacrificio y la enorme piedad que habían demostrado en los 187 años de su existencia, así como por su arrojo en la segunda cruzada y las sucesivas. No tenemos, como se ha dicho, su voto escrito, pero es muy improbable que hubiese votado por la hoguera. Si así fue, lamentablemente no fue escuchado por tercera vez, ya que los templarios fueron suprimidos como orden y muchos de ellos murieron en la hoguera, encabezados por su último Gran Maestre Jacques Bourguignon de Molay en 1314. La Orden como institución fue suprimida por Clemente V en el mismo acto como decreto papal y no como decisión del Concilio, a causa del descrédito en que había incurrido por las acusaciones recibidas, y no por su culpabilidad. Una de las propuestas presentadas por el franciscano, a saber, crear colegios para enseñar a los misioneros el idioma hebreo, el árabe y las lenguas orientales fue aceptada, mientras que la otra, marchar a una nueva cruzada, fue rechazada. Terminado el Concilio, Ramon viajó a Túnez para continuar su labor misionera. Es este trayecto escribió Liber de Deo et de mundo (“Libro acerca de Dios y el mundo“) y Liber de maiore fine intellectus amoris et honoris (“Libro acerca del fin mayor de la inteligencia: el amor y el honor“). Ambas obras están fechadas en diciembre de 1315 y serían sus últimas obras. Ramon Llull murió el 29 de junio de 1315, cuando regresaba de su viaje a Túnez hacia Mallorca. Ciertos cronistas afirman que fue linchado por una turba de airados musulmanes. Está enterrado en la iglesia del Convento de San Francisco de Palma de Mallorca.

Seguidor, como buen franciscano, del pensamiento de Roger Bacon y San Buenaventura, Llull introdujo una gran innovación al incluir el pensamiento moral caballeresco dentro de la filosofía y la teología de su tiempo. Por ello Llull se embarcó también en una cruzada en pro del pensamiento místico y caballeresco y en contra del racionalismo a ultranza, representado por el pensador cordobés Averroes. Ramon insistió en la doctrina de la Inmaculada Concepción de María, contra la opinión, entonces ortodoxa, de Santo Tomás de Aquino. La esencia divina había de tomar una primera materia perfecta para poder formar el cuerpo de Jesús. Ello era impensable si María misma había nacido sujeta al Pecado Original, por lo que ella tenía que haber sido concebida sin pecado. Estas ideas llevaron al Inquisidor Nicolau Eymeric a perseguir póstumamente las obras de Ramon Llull. Sin embargo, el rey Pedro el Ceremonioso protegió la memoria del beato y expulsó al Inquisidor de Catalunya, y, finalmente, la Iglesia católica terminó por establecer la opinión de Llull como dogma. A pesar de ser un activo misionero cristiano, Llull amaba y comprendía el pensamiento árabe y respetaba en gran medida sus avanzados sistemas. Así, en su primer libro utiliza la lógica de los científicos árabes, su simbología, su álgebra y sus razonamientos. Escribía y hablaba perfectamente en catalán, latín y árabe; y utilizaba indistintamente cualquiera de estas lenguas para dirigirse a quien la comprendiera mejor. Si el público de su nuevo libro era de baja condición, no vacilaba en expresar los más elevados conceptos filosóficos en alegres versos, y siempre preconizó la conversión de los infieles por la vía del cariño, del amor y sin ningún tipo de coerción ni de violencia.

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El siglo XV marca el período glorioso de la ciencia y sobrepasa aún los precedentes, tanto por la valía como por el número de los maestros que lo han ilustrado. Entre éstos conviene citar en primer lugar a Basilio Valentín, monje benedictino de la abadía de San Pedro, en Erfurt, electorado de Maguncia (hacia 1413 d.C.), el artista más considerable, tal vez, que el arte hermético haya producido nunca; a su compatriota el abad Tritemio; a Isaac  el Holandés (1408); a los dos ingleses Thomas Norton y George Ripley; a Lambsprinck; a Jorge Aurach, de Estrasburgo (1415); al monje calabrés Lacini (1459); y al noble Bernardo Trevisan (1406-1490), que empleó cincuenta y seis años de su vida en la prosecución de la Obra, y cuyo nombre quedará en la historia alquímica como un símbolo de tesón, de constancia y de irreductible perseverancia. Basilius Valentinus o Basilio Valentín (versión española del nombre) fue supuestamente un alquimista del siglo XV, nacido en Alsacia, hacia 1394. Se afirma que fue el canónigo del priorato benedictino de Sankt Peter, en Erfurt, Alemania. Pero según John Maxson Stillman, que escribió sobre historia de la química, no existe evidencia en los registros de tal nombre en las listas de Alemania o Roma y ninguna mención de este nombre antes de 1600. A lo largo del siglo XVII es mencionado y se le atribuyen varios tratados de alquimia y filosofía hermética, pero durante el siglo XVIII se sugirió que el autor de las obras que se le atribuyen fue posiblemente Johann Thölden (1565-1624).  Otros autores señalan que fue un monje que debió vivir en siglos posteriores, pues en algunas versiones de sus obras se hace mención del uso de la aleación de antimonio para construir caracteres de imprenta, que en su época se construían todavía de madera, así como de la utilización de las sales de antimonio contra la sífilis, enfermedad que con los nombres de ‘mal francés’ o ‘enfermedad de los militares’ empezó a darse a conocer a mediados del siglo XVI. De su vida tan sólo cabe reseñar que preconizó el uso del stibium como panacea para todos los males, de suerte que, decidido a revitalizar a sus compañeros de convento, les administró este elemento con tan mala fortuna que varios de ellos perecieron. Tal hazaña fue pronto conocida por la población, de tal forma que el stibium vino en llamarse, en el latín bastardo de la baja edad media, como antimoine (‘antimonje‘), y de aquí procede antimonio, nombre con el que se conoce en la actualidad a tal elemento. Sus obras fueron editadas a mediados del siglo XVI en dialecto alto-sajón, y destaca la llamada Currus Triumphalis Antimonii (1624). También publicó diversos trabajos sobre los métodos de obtención de cobre, hierro y otros metales.

A partir de este momento, el hermetismo cae en descrédito. Seton, Wenceslao Lavinio de Moravia, Zacarías y Paracelso son, en el siglo XVI, los únicos herederos conocidos del esoterismo egipcio del que el Renacimiento ha renegado tras haberlo corrompido. Rindamos, de pasada, un supremo homenaje al ardiente defensor de las verdades antiguas que fue Paracelso y que merece un eterno reconocimiento por su última y valiente intervención que, aunque vana, no por ello deja de constituir uno de sus mejores timbres de gloria. Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, o Theophrastus Bombast von Hohenheim, conocido como Paracelso o Teofrasto Paracelso (1493 –1541), fue un alquimista, médico y astrólogo suizo. Fue conocido porque se creía que había logrado la transmutación del plomo en oro mediante procedimientos alquimistas y por haberle dado al zinc su nombre, llamándolo zincum. El nombre Paracelso (Paracelsus, en latín), que escogió para sí mismo y por el que es generalmente conocido, significa «semejante a Celso», un médico romano del siglo I. Se trata de una de las figuras más contradictorias e interesantes de la historia de la medicina. Su incesante búsqueda de lo nuevo y su oposición a la tradición y los remedios heredados de tiempos antiguos le postulan como un médico moderno, adelantado a sus contemporáneos. En cambio, en su concepción del misticismo y la astrología, se podría decir que mantuvo una postura inmovilista sobre los conceptos más arcaicos. Nació y fue criado en Einsiedeln (Suiza), hijo del médico y alquimista suabo Wilhelm Bombast von Hohenheim y de madre suiza. En su juventud trabajó en las minas como analista. Comenzó sus estudios a los 16 años en la Universidad de Basilea, y más tarde en Viena. Se doctoró en la Universidad de Ferrara. Discrepaba con la idea que entonces tenían los médicos de que la cirugía era una actividad marginal relegada a los barberos. Sus investigaciones se volcaron sobre todo en el campo de la mineralogía. Viajó bastante, en busca del conocimiento de la alquimia. Produjo remedios o medicamentos con la ayuda de los minerales para destinarlos a la lucha del cuerpo contra la enfermedad.

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Otro aporte de Paracelso a la Medicina moderna fue la introducción del término sinovial; de allí el líquido sinovial, que lubrica las articulaciones. Además estudió y descubrió las características de muchas enfermedades (sífilis y bocio entre otras) y para combatirlas se sirvió del azufre y el mercurio. Se dice que Paracelso fue un precursor de la homeopatía, pues aseguraba que «lo parejo cura lo parejo» y en esa teoría fundamentaba la fabricación de sus medicinas. El orden cósmico era lo que le interesaba a Paracelso en primera instancia y lo halló en la tradición astrológica. La doctrina del Astrum in corpore es su idea capital y más querida. Fiel a la concepción del hombre como microcosmos, puso el firmamento en el cuerpo del hombre y lo designó como Astrum o Sydus (en español, astro o constelación). Fue para él un cielo endosomático, cuyo curso estelar no coincide con el cielo astronómico, sino con la constelación individual, que comienza con el «Ascendente» u horóscopo. Se le atribuye la paternidad del término Espagiria, producción de medicinas a partir de plantas utilizando procedimientos alquímicos. Uno de los principios de Paracelso fue: «Únicamente un hombre virtuoso puede ser buen médico». Para él la Medicina tenía cuatro pilares: Astronomía, Ciencias naturales, Química y el Amor. Introdujo el uso del láudano. Su principal libro fue La gran cirugía (Die Grosse Wundartzney). A pesar de que se ganó bastantes enemigos y obtuvo fama de mago, contribuyó en gran manera a que la Medicina siguiera un camino más científico y se alejase de las teorías de los escolásticos. También aportó datos alquímicos. A Paracelso le atribuimos la idea de que los cuatro elementos (tierra, fuego, aire y agua) pertenecían a criaturas fantásticas que existían antes del mundo. Así pues, la tierra pertenecería a los gnomos, el agua a las nereidas (ninfas acuáticas), el aire a los silfos (espíritus del viento) y el fuego a las salamandras (hadas de fuego). Igualmente, Paracelso aceptó los temperamentos galénicos y los asoció a los cuatro sabores fundamentales. Esta asociación tuvo tal difusión en su época que aún hoy en día, en lenguaje coloquial, nos referimos a un carácter dulce (tranquilo, flemático), amargo (colérico), salado (sanguíneo, dicharachero) y el carácter ácido pertenecería al temperamento melancólico. El arte hermético prolonga su agonía hasta el siglo XVII y, por fin, se extingue, no sin haber dado al mundo occidental vástagos de gran envergadura, como  Láscaris y el misterioso Ireneo Filaleteo, enigma vivo cuya personalidad jamás pudo descubrirse.

Y, en todas partes, bajo la salvaguarda de las corporaciones, los oficios se desarrollaban. Aunque se le han buscado remotísimos orígenes, la masonería tiene su verdadero origen en las corporaciones gremiales de la Edad Media. Concretamente en la del ramo de la construcción. De estos gremios de masones ya se tiene constancia en el siglo XII, cuando en Inglaterra se les encargó la reconstrucción del puente de Londres en piedra, después de la destrucción en el año 1176 del antiguo, construido con madera. Los masones eran distintos. En la Edad Media, desde el siglo XII al XV, existía la sensación generalizada que los masones eran distintos del resto de la gente. Esta sensación tiene su origen en el hecho de que los masones viajaban a lo largo y ancho del país, cosa inusual en aquella época, donde lo normal era permanecer en la misma aldea toda la vida. Fue la Iglesia la que preservó la libertad de viajar de los masones. Normalmente en las sociedades feudales el siervo nacía ligado a la tierra y no la podía abandonar. Pero como muy pronto quedó constancia de que los masones eran trabajadores cualificados, y se necesitaba que participaran en las construcciones de todo el país, se les concedió el privilegio de circular libremente. Su nombre original, “francmaçon” (en Francia) o “freemason” (en Inglaterra) aparece ya en la baja Edad Media, para indicar a los albañiles distinguidos y separarlos de los devastadores o canteros, expresando la excelencia en el arte de la construcción y la piedra. Es decir, los masones no eran simples yeseros o paletas, eran artistas trabajando la roca. Hay una teoría que afirma que el nombre de “freemason”, proviene de trabajador libre, “free” en inglés es libre, ya que la masonería se cobijó al principio bajo los privilegios otorgados a los albañiles. Pero es más creíble la teoría que afirma que la palabra francmaçon proviene de la excelencia en el arte de la piedra. En cuanto al término masón, se cree que puede derivar del latín medieval “mationes”, que aparece en el siglo VIII, derivado a su vez del germánico “makjo”, propiamente preparar la arcilla para la construcción.

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Federico González, fundador de los Centros de Estudios de Simbología de Barcelona y Zaragoza, y director de la Colegiata Marsilio Ficino,  en su importante obra Hermetismo y Masonería, y más concretamente en el capítulo titulado “Tradición Hermética y Masonería“, afirma que entre los amigos de la Filosofía Hermético-Alquímica se suele decir que el último gran Alquimista fue Ireneo Filaleto en el siglo XVII. Esto es bastante exacto, sólo que no se advierte con toda claridad que a partir de esa fecha no se interrumpe esta Tradición hasta el presente, sino que se transforma, y muchísimas de sus enseñanzas y símbolos pasan a la Masonería, como transmisora del Arte Real y la Ciencia Sagrada, tanto en los tres grados básicos como en la jerarquía de los altos grados. Esto indica con toda claridad que la antigua Masonería fue la receptora, a lo largo de todo ese período, llamado de “transición“, entre los siglos XVI y XVII, de un importante simbolismo hermético-alquímico, que será decisivo para el surgimiento de la Masonería especulativa, la que se concretiza a comienzos del siglo XVIII. A partir de ese momento puede hablarse de un Hermetismo masónico que, de alguna manera, constituye el eje doctrinal que vertebra esa nueva Masonería, y que se conjuga perfectamente con la herencia de la antigua Masonería medieval, que continúa estando presente a través del importante simbolismo constructivo y las herramientas que le son inherentes, conservando también su forma y su estructura institucional a través de sus antiguos usos y costumbres. Pero hay que decir que las relaciones entre la Masonería y la Alquimia, o mejor la Tradición Hermético-Alquímica, vienen de muy antiguo, más allá incluso de la Edad Media, época en que los masones constructores realizan sus grandes obras en piedra, tanto iglesias románicas como catedrales góticas, pero también obras civiles, como castillos, palacios, etc.  Y comienzan a construir los grandes centros urbanos, de acuerdo a una estructura que habían heredado de los Collegia fabrorum romanos, y que se continuaría durante el Renacimiento. Era una estructura que obedecía, en sus trazos esenciales, a una imitación del modelo cósmico, que también estaba reflejado en la catedral y la planta románica. Asimismo se conjugaba con otras tradiciones mucho más antiguas, que se remontaban incluso a la prehistoria y a los constructores megalíticos. Y, además, se remontaba a la otra gran herencia venida de Oriente: la de los constructores del Templo de Salomón, o Templo de Jerusalén, mostrándose así el vínculo con la tradición judía, y más especialmente con su esoterismo, es decir con la Cábala.

Añadiremos que el diseño del Templo de Salomón, o mejor su estructura interior, y la idea que la configuró, se plasmará también en la catedral cristiana, y desde luego formará parte de la arquitectura occidental a lo largo de todo el Renacimiento, como una imagen de la Ciudad Celeste, siendo a partir del siglo XVIII que esa estructura, y esa idea, pasará a formar parte de la Logia masónica. Los principales empleadores de los masones eran el rey y algunos nobles que obtenían el permiso de construir castillos. Las principales tareas y las más importantes de los masones eran la construcción de catedrales. En Gran Bretaña, los masones eran de las pocas personas que viajaban en aquella época, se desplazaban por todo el país erigiendo catedrales o castillos, allí donde les demandaran su trabajo. Recorrían el país construyendo catedrales en los pueblos de los condados, castillos en puntos estratégicos y abadías en ciudades cercanas. La erección de catedrales proporcionaba muchas oportunidades de trabajo a los masones. En Francia, entre 1050 y 1350, se construyeron 80 catedrales, 500 iglesias grandes y muchas más parroquias. En Inglaterra, las construcciones de las catedrales duraban con frecuencia más de 100 años. La obra requería mucha mano de obra, tanto cualificada como no cualificada. Se necesitaban trabajadores inexpertos que despejaran los escombros para construir los cimientos y que cargaran las piedras y el mortero hasta el sitio de la obra.  Las reglamentaciones francesas de 1268 para la construcción de catedrales, que se redactaron después de consultar a los gremios artesanos, establecían que los masones, fabricantes de morteros y yeseros pueden tener tantos asistentes y criados como les plazca, siempre que no les enseñen nada de su oficio. Estas restricciones eran hechas para conservar el arte del constructor. Y este tipo de secretismo sería lo que siglos más adelante daría pie a toda el aura misteriosa que envuelve las sociedades masónicas. Algunos caballeros y nobles se ofrecían como voluntarios para realizar el trabajo no cualificado como obra de piedad. En ciertos sitios los sábados santos se obligaba a los judíos a realizar ese trabajo como penitencia.

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Los masones eran trabajadores calificados. Había dos clases de masones: los picapedreros o masones rústicos que plantaban la piedra dura común, proveniente de Kent, y otras partes sobre las que se construían la iglesia. Los masones más diestros, que tallaban las elegantes fachadas del frente de la catedral. Esta fachada era trabajada a partir de una piedra blanda, terrosa, que se hallaba en muchos sitios de Inglaterra, entre Dorset y Yorkshire, así como en otros países de Europa. Esta piedra más blanda era conocida como piedra libre o franca. Y los masones, expertos en trabajarla, pasaron a denominarse masones de piedra franca, de donde parece deriva el actual término “francmasones”. Cerca del sitio en el que trabajaban, los masones erigían su choza, a la que llamaban “lodge” o posada, en la que guardaban sus herramientas y comían, en el intervalo que se asignaba para ello durante el día. Sin embargo, no dormían allí sino que alquilaban habitaciones en una hostería u otros alojamientos del lugar. Y a veces residían allí durante años, hasta que finalizaba su obra. Del término “lodge”, cuyo significado en inglés es “posada”, es de donde deriva la palabra logia, que es donde actualmente se agrupan los masones en sus asambleas. Aunque se trasladaban de un lugar a otro de trabajo desde todas las regiones de la nación, los francmasones no eran vagabundos desempleados que iban recorriendo el país en busca de empleos ocasionales. Eran famosos por su destreza y quienes les convocaban eran frecuentemente los obispos del lugar, donde se estaba erigiendo la catedral. Eran trabajadores tan cualificados y solicitados, que a veces estaban trabajando en una construcción y recibían, desde otras partes de Inglaterra, Francia o Alemania, ofertas que los tentaban a dejar esa tarea para ir, a cambio de recompensas más cuantiosas, a trabajar en otra construcción.  Para evitar que los trabajos de los masones quedaran a medio hacer, los obispos incluían cláusulas que los obligaban a trabajar hasta la finalización de la construcción. Pero, con frecuencia, los masones rechazaban esa cláusula en el contrato. Cuando el rey estaba edificando un castillo o alguna fortificación, que él consideraba esencial, utilizaba sus poderes de requisa a fin de forzar a los masones a trabajar para él.

En la década de 1540 Enrique VIII construyó fortificaciones en la costa de Kent, a fin de protegerse de una posible invasión francesa. Masones de lugares tan distantes como Somerset y Gloucestershire fueron obligados a presentarse y trabajar allí. A otros masones de Wiltshire y Worcestershire se les obligó a ayudar en la construcción del magnífico palacio en Nonesuch, cerca de Esher, Surrey. A veces masones que estaban en Kent recibían la orden de ir a Berwick para trabajar en fortificaciones contra los escoceses y se les enviaban 12 chelines y ocho peniques para cubrir los gastos del viaje desde Maidstone, a 490 kilómetros de distancia. Otras veces, como las autoridades no confiaban en que los masones se presentaran a trabajar según se les había ordenado, los arrestaban y los llevaban por la fuerza al destino fijado. El cardenal Woley adoptó este método para construir su “Cardinal College of Oxford”, llamado también Iglesia de Cristo. Por lo general el reclutamiento de masones no era llevado directamente a cabo por el rey ni por el gobierno, sino por una corporación o gremio del oficio, a la que el rey había otorgado una licencia e instrucciones para regular la actividad. El gremio estaba compuesto por los principales empleadores del ramo, pero a veces era directamente controlado por un funcionario real. Los masones estaban bajo control de la “Mason’s Livery Company” de Londres, que ya existía en 1220. Había gremios de masones en Chester, Durham, Newcastle y Richmond. La Europa del medievo era una sociedad eminentemente disciplinada y regulada. Un dato muy peculiar de la historia de la Edad Media, y poco conocido en la actualidad, era el hecho de que el Parlamento (en Inglaterra) establecía el sueldo máximo que se le permitía recibir a cada clase de trabajador, así como el número de horas diarias que estaban obligados a trabajar, en invierno y verano. También se establecía el género y color de las vestimentas que podían usar los duques, los barones, los caballeros, las gentes comunes y los plebeyos. Establecían también el numero de platos que podían cenar, los días de ayuno en que no se permitía comer carne o huevos, costumbre que todavía se mantiene en la tradición católica de la cuaresma, y los juegos a los que les eran permitidos jugar. La vida de los masones, siguiendo con la tendencia de poner reglas a todo de la época, estaba profundamente regulada y disciplinada.

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Las Universidades formaban brillantes alumnos, y su renombre se extendía por el viejo mundo. Célebres doctores e ilustres sabios expandían y propagaban los conocimientos de la ciencia y de la filosofía. Los espagiristas amasaban, en el silencio del laboratorio, los materiales que más tarde servirán de base a nuestra química. Grandes adeptos daban a la verdad hermética un nuevo esplendor. Espagiria es «la ciencia que enseña a dividir los cuerpos, a resolverlos y a separar sus principios, sea por vías naturales, sea por vías violentas. Su objeto es, pues, la alteración, la purificación y, de resultas, la perfección de los cuerpos, es decir, su generación y su medicina. Es por la solución que se alcanza este objetivo, en el cual uno fracasaría si se ignora la construcción y los principios de los cuerpos, puesto que ellos [construcción y principios] sirven a esta disolución. Se separan las partes heterogéneas y accidentales, para tener más fácil la reunión y unión íntima de las homogéneas. La Filosofía [natural] Espagírica propiamente dicha, es la misma que la Filosofía [natural] Hermética». Según Fulcanelli, «la antepasada real de nuestra química es la antigua espagiria y no la ciencia hermética misma. Existe, en efecto, un profundo abismo entre la espagiria y la alquimia». Es admirable la confianza en el porvenir que alentaban bajo ese deseo de edificar, de crear, de investigar y de descubrir en Francia, sometido a la dominación extranjera y que conoce todos los horrores de una guerra interminable. Una ojeada lanzada sobre los monumentos permite acercarse a la verdad histórica. Entre los motivos que decoran una arquivolta, pilar que forma una serie de arcos concéntricos decorando el arco de las portadas medievales en su paramento exterior, del atrio septentrional de la catedral de Beauvais, un viejo rústico del siglo XV aparece representado empujando su carretilla, de un modelo semejante a las que utilizamos en la actualidad. El mismo utensilio se advierte en escenas agrícolas que forman el tema de dos misericordias esculpidas, procedentes de la sillería del coro de la abadía de Saint Lucien, cerca de Beauvais (1492-1500). Si la verdad nos obliga a negarle a Pascal el beneficio de una invención muy antigua, anterior en muchos siglos a su nacimiento, ello no sería capaz de disminuir en nada la grandeza y el vigor de su genio. El inmortal autor de los  Pensamientos, del cálculo de probabilidades, e inventor de la prensa hidráulica, de la máquina de calcular, etc., arrastra nuestra admiración mediante obras superiores y descubrimientos de envergadura distinta a la de la carretilla. Mas lo que importa destacar, lo que cuenta para nosotros es que, en la búsqueda de la verdad, es preferible apelar al edificio antes que a las relaciones históricas, en ocasiones incompletas, a menudo tendenciosas y casi siempre sujetas a reserva.

A una conclusión paralela ha llegado el escritor e historiador francés André Geiger cuando, sorprendido por el inexplicable homenaje rendido por Adriano a la estatua de Nerón, hace justicia a las acusaciones inicuas formuladas contra ese emperador y contra Tiberio. Niega toda autoridad a los relatos históricos, falsificados a propósito, concernientes a aquellos presuntos  monstruos humanos, y no duda en escribir: «Me fío más de los monumentos y de la lógica que de las Historias». Si la impostura de un texto y la redacción de una crónica no exigen más que un poco de habilidad y de saber hacer, en contrapartida es imposible construir una catedral. Volvamos nuestra mirada, pues, a los edificios, ya que ellos nos proporcionarán mejores indicaciones. En ellos veremos a nuestros personajes retratados a lo vivo, fijados en la piedra o en la madera con su fisonomía real, su vestido y sus gestos, ya figuren en escenas sagradas o compongan temas profundos. Tomaremos contacto con ellos. Tan pronto interrogaremos al segador del siglo XIII que alza su hoz en la portada de París, como al boticario del XV que, en el coro de Amiens, machaca no se sabe qué droga en su mortero de madera. Su vecino, el borracho de la nariz florida, no es un desconocido para nosotros, pues nos recuerda al alegre bebedor. Y a ese mendigo, escapado de la corte de los milagros, sin otro estigma de miseria que sus andrajos y sus piojos, también le reconocemos. Es a él a quien los  Cofrades de la Pasión ponen en escena a los pies de Cristo. Pese a todo cuanto haya podido escribirse, debemos, de buen o de mal grado, acostumbrarnos a la verdad de que, al comienzo de la Edad Media, la sociedad se elevaba ya a un grado superior de civilización y esplendor. Juan de Salisbury, que visitó París en 1176, expresa a este respecto, en su Polycration,  el más sincero entusiasmo:«Cuando veía -dice- la abundancia de subsistencias, la alegría del pueblo, el buen aspecto del clero, la majestad y la gloria de la Iglesia y las diversas ocupaciones de los hombres admitidos al estudio de la filosofía, me ha parecido ver esa escala de Jacob cuyo coronamiento alcanzaba el cielo y por la que los ángeles subían y bajaban. Me he visto forzado a confesar que, en verdad, el Señor estaba en ese lugar y que yo lo ignoraba. También acudió a mi espíritu este pasaje de un poeta:  ¡Feliz aquel a quien se asigna este lugar por exilio! ».

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Con su cortejo de misterio y bajo su velo de iluminismo, la alquimia evoca todo un pasado de historias lejanas y de testimonios sorprendentes. Sus teorías singulares, sus extrañas recetas, la secular nombradía de sus grandes maestros, las apasionadas controversias que suscitó, el favor de que gozó en la Edad Media y su literatura oscura y enigmática, se nos aparecen actualmente como flores marchitas y pergaminos amarillentos. Vemos al alquimista como un anciano meditabundo, de frente grave y coronada de cabellos blancos, de silueta pálida y achacosa; un recluso testarudo, encorvado por el estudio, las vigilias, la investigación perseverante y el desciframiento obstinado de los enigmas de la alta ciencia. Tal es el filósofo a quien la imaginación del poeta y el pincel del artista se han complacido en presentarnos. Su laboratorio apenas se ilumina con una luz triste que ayuda a difundir las múltiples telarañas polvorientas. Sin embargo, ahí, en medio del silencio, se consuma el prodigio poco a poco. Es una labor oculta, ingrata y ciclópea. En el centro  vemos un sabio para quien ninguna otra cosa existe ya, que vigila, atento y paciente, las fases sucesivas de la Gran Obra… A medida que nuestros ojos se habitúan, mil cosas salen de la penumbra, nacen y se precisan. Cerca de nosotros hay una fragua apagada, cubierta de polvo y de virutas de forja, y la bigornia, el martillo, las pinzas, las tijeras y las tenazas; moldes oxidados y los útiles del metalúrgico han ido a caer allá. En un rincón, gruesos libros pesadamente herrados, con cintas selladas con plomos vetustos; manuscritos amontonados mezclados unos con otros; volúmenes cubiertos de notas y de fórmulas. Redomas ventrudas y repletas de emulsiones opalescentes y de líquidos herrumbrosos, exhalan esos relentes ácidos, cuya aspereza anuda la garganta y pica en la nariz.

En la campana del horno se alinean curiosas vasijas oblongas, de cuello corto, selladas y encapuchadas con cera; matraces de esferas. Las cucúrbitas verdosas, y las retortas de cerámica aparecen junto a los crisoles de tierra roja y llameada. Al fondo, colocados en sus montones de paja a lo largo de una cornisa de piedra, unos huevos filosóficos contrastan con la maciza y abultada calabaza,  praegnans cucurbita. Vemos piezas anatómicas, fragmentos esqueléticos: cráneos ennegrecidos, desdentados y repugnantes en su rictus de ultratumba; fetos humanos. Asimismo podemos ver los ojos redondos, vidriosos y dorados de una lechuza de plumaje marchito, que tiene por vecino a una salamandra gigante, otro símbolo importante de la práctica. El espantoso reptil emerge de un rincón oscuro, tiende la cadena de sus vértebras sobre sus patas rechonchas y dirige hacia las arcadas la sima ósea de sus temibles maxilares. Esparcidos sin orden, al azar de las necesidades, en la placa del horno, se ven botes vitrificados. Aquí está el alambique de cobre; allá, recipientes con serpentines; pesados morteros de fundición o de mármol; un ancho fuelle de flancos de cuero raído junto a un montón de tejas, de copelas y de evaporatorios. Es un amasijo caótico de instrumentos arcaicos, de materiales extraños y de utensilios caducos. Y planeando sobre ese desorden, fijo en la clave de bóveda, como pendiente con las alas desplegadas, el gran cuervo, jeroglífico de la muerte material y de sus descomposiciones, emblema misterioso de misteriosas operaciones. Tal es el cuadro legendario del alquimista y de su laboratorio. Visión fantástica salida de la imaginación popular. La química es, indiscutiblemente, la ciencia de los hechos, como la alquimia lo es de las causas. La primera, limitada al ámbito material, se apoya en la experiencia, en tanto que la segunda, toma de preferencia sus directrices en la filosofía. Si una tiene por objeto el estudio de los cuerpos naturales, la otra intenta penetrar en el misterioso dinamismo que preside sus transformaciones. Es esto lo que determina su diferencia esencial y nos permite decir que la alquimia, comparada a nuestra ciencia positiva, la única admitida y enseñada hoy, es una química espiritualista porque nos permite entrever a Dios a través de las tinieblas de la sustancia. Es preciso, aún, interrogar a la Naturaleza para aprender de ella en qué condiciones se operan sus múltiples producciones. El espíritu filosófico no sería capaz, en efecto, de contentarse con una simple posibilidad de identificación de los cuerpos, sino que reclama el conocimiento del secreto de su elaboración.

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Entreabrir la puerta del laboratorio donde la Naturaleza mezcla los elementos está bien, pero descubrir la fuerza oculta bajo cuya influencia se efectúa su labor, mejor. Nos hallamos lejos, evidentemente, de conocer todos los cuerpos naturales y sus combinaciones, ya que cada día descubrimos otros nuevos. Pero sabemos lo suficiente como para renunciar provisionalmente al estudio de la materia inerte y dirigir nuestras investigaciones hacia el animador desconocido, agente de tantas maravillas. Decir, por ejemplo, que dos volúmenes de hidrógeno combinados con un volumen de oxígeno dan agua es anunciar una trivialidad química. Y, sin embargo, ¿quién nos enseñará por qué el resultado de esa combinación presenta, con un estado especial, caracteres que no poseen en absoluto los gases que la han producido? ¿Cuál es, pues, el agente que impone al compuesto su especificidad nueva y obliga al agua, solidificada por el frío, a cristalizar siempre en el mismo sistema? Por una parte, si el hecho es innegable y está rigurosamente controlado, ¿de dónde procede el que nos resulte imposible reproducirla por simple lectura de la fórmula encargada de explicar su mecanismo? Pues falta, en la notación H2O, el agente esencial capaz de provocar la unión íntima de los elementos gaseosos, es decir, el fuego. Pero desafiamos al más hábil químico a que fabrique agua sintética mezclando el oxígeno con el hidrógeno en los volúmenes indicados: ambos gases rehusarán siempre combinarse. Para tener éxito en la experiencia, es indispensable hacer intervenir el fuego, ya sea en forma de chispa o en la de un cuerpo en ignición o susceptible de ser puesto en incandescencia, como la esponja de platino. Se reconoce, así, sin que se pueda oponer el menor argumento serio, que la fórmula química del agua es, si no falsa, al menos incompleta y truncada. Y el agente intermediario  fuego, sin el cual ninguna combinación puede efectuarse, al estar excluido de la notación química, hace que la ciencia entera se manifieste como incapaz de suministrar, mediante sus fórmulas, una explicación lógica y verdadera de los fenómenos estudiados. “La química física -escribe A. Etard – arrastra a la mayoría de los espíritus investigadores. Ella es la que toca más de cerca las verdades profundas, y será ella la que nos revele lentamente las leyes capaces de cambiar todos nuestros sistemas y nuestras fórmulas“.

Pero por su importancia misma, este tipo de química es el más abstracto y el más misterioso de cuantos existen. Las mejores inteligencias no pueden, durante los cortos instantes de un pensamiento creador, llegar a la atención sostenida y a la comparación de todos los grandes hechos conocidos. Ante semejante imposibilidad, se recurre a las representaciones matemáticas. Estas representaciones son, las más de las veces, perfectas en sus métodos y en sus resultados, pero en la aplicación a lo que es profundamente desconocido, no puede lograrse que las matemáticas descubran verdades cuyos elementos no les ha confiado. El hombre mejor dotado plantea mal el problema que no comprende. Si estos problemas pudieran ser reducidos correctamente a una ecuación, se tendría la esperanza de resolverlos. Pero en el estado de ignorancia en que nos encontramos, nos vemos fatalmente limitados a introducir numerosas constantes, a descuidar los términos y a aplicar hipótesis. La reducción a ecuación no es, tal vez, correcta del todo, pero nos consolamos porque conduce a una solución, por más que  constituye una detención temporal del progreso de la ciencia el que tales soluciones se impongan durante años a personalidades de valía  como una demostración científica. Muchos trabajos se realizan en este sentido, los cuales ocupan tiempo y conducen a  teorías contradictorias destinadas al olvido. Esas famosas teorías que por tanto tiempo fueron invocadas y opuestas a las concepciones herméticas ven hoy en día su solidez fuertemente comprometida. Sabios sinceros pertenecientes a la escuela creadora de esas mismas hipótesis, consideradas como certidumbres, no les conceden sino un valor muy relativo. Su campo de acción se reduce paralelamente a la disminución de su poder de investigación. Es lo que expresa con esa franqueza reveladora del verdadero espíritu científico, Emile Picard en  la Revue des Deux Mondes: «En cuanto a las teorías – escribe -, ya no se proponen dar una explicación causal de la realidad misma, sino sólo traducir ésta a imágenes a símbolos matemáticos. Se pide a esos instrumentos de trabajo que son las teorías que coordinen, al menos por un tiempo, los fenómenos conocidos y que prevean otros nuevos. Cuando su fecundidad queda agotada, se esfuerzan en hacerle experimentar las transformaciones que ha hecho necesarias el descubrimiento de hechos nuevos».

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Así, pues, contrariamente a la filosofía, que rebasa los hechos y asegura la orientación de las ideas y su conexión práctica, la teoría, concebida  a posteriori y modificada según los resultados de la experiencia, a medida que se efectúan nuevas adquisiciones, refleja siempre la incertidumbre de las cosas provisionales y da a la ciencia moderna el carácter de un perpetuo empirismo. Gran cantidad de hechos químicos seriamente observados resisten a la lógica y desafían todo razonamiento, «El ioduro cúprico, por ejemplo – dice J. Duclaux1 -, se descompone espontáneamente en iodo y yoduro cuproso. Puesto que el iodo es un oxidante y las sales cuprosas son reductoras, esta descomposición es inexplicable. La formación de compuestos en extremo inestables, tales como el cloruro de nitrógeno, es asimismo inexplicable. Tampoco se comprende por qué el oro, que resiste a los ácidos y a los álcalis, incluso concentrados y calientes, se disuelve en una solución extendida y fría de cianuro de potasio; por qué el hidrógeno sulfurado es más volátil que el agua; por qué el cloruro de azufre, compuesto de dos elementos cada uno de los cuales se combina con el potasio con incandescencia, no actúa sobre ese metal». Acabamos de hablar del fuego. Todavía no lo consideramos más que en su forma vulgar y no en su esencia espiritual, la cual se introduce en los cuerpos en el momento de su aparición en el plano físico. Lo que deseamos mostrar, sin salirnos del ámbito alquímico, es el grave error que domina toda la ciencia actual y le impide reconocer ese principio universal que anima la sustancia, pertenezca al reino que pertenezca. Sin embargo, se manifiesta en torno nuestro, ante nuestros ojos, ya sea por las propiedades nuevas que la materia herede de él, ya por los fenómenos que acompañen su desprendimiento. La luz, fuego ramificado y espiritualizado, posee las mismas virtudes y el mismo poder químico que el fuego elemental y grosero. Una experiencia dirigida hacia la realización sintética del ácido clorhídrico a partir de sus compuestos lo demuestra de modo suficiente. Si se encierran en un frasco de vidrio volúmenes iguales de gas cloro y de hidrógeno, ambos gases conservarán su individualidad propia en tanto que la redoma que los contenga se mantenga en la oscuridad. Ya a la luz difusa, su combinación se efectúa poco a poco. Pero si se expone el recipiente a los rayos solares directos, estalla con violencia.

Se objetará que el fuego, considerado como simple catalizador, no forma en absoluto parte integrante de la sustancia y que, en consecuencia, no se lo puede señalar en la expresión de las fórmulas químicas. El argumento es más falaz que verdadero, pues la misma experiencia lo invalida. He aquí un terrón de azúcar, cuya ecuación no incluye ningún equivalente del fuego. Si lo rompemos en la oscuridad, veremos que desprende una chispita azul. ¿De dónde proviene? Se halla encerrada en la textura cristalina de la sacarosa.  Si arrojamos en la superficie del agua un fragmento de potasio, se inflama espontáneamente y arde con energía. ¿Dónde se escondía esta llama visible? Ya sea en el agua, en el aire o en el metal, ello importa poco. El hecho esencial es que existe potencialmente en el interior de uno u otro de esos cuerpos, o quizá de todos. ¿Qué es el fósforo, portador de luz y generador de fuego? ¿Cómo transforman las luciérnagas y los gusanos de luz una parte de su energía vital en luminosa? ¿Quién obliga a las sales de uranio a convertirse en fluorescentes cuando han estado sometidas a la acción de la luz solar? ¿Por qué misterioso sincronismo el platino brilla al contacto de los rayos Roentgen?  Y no se hable de la oxidación en el orden normal de los fenómenos ígneos, pues ello significaría hacer retroceder la cuestión en lugar de resolverla. La oxidación es una resultante y no una causa. Es una combinación sometida a un principio activo, a un agente. Si ciertas oxidaciones desprenden  calor o fuego es debido a que este fuego se hallaba primero en el  seno del cuerpo en cuestión. El fluido eléctrico, silencioso, oscuro y frío, recorre su conductor metálico sin influenciarlo mayormente ni manifestar su paso a través de él. Pero si va a dar con una resistencia, la energía se revela de inmediato con las cualidades y bajo el aspecto del fuego. Un filamento de lámpara se vuelve incandescente, el carbón de la cucúrbita se convierte en brasas, y el hilo metálico más refractario se funde en seguida. Entonces, ¿no es la electricidad un fuego verdadero? Extrae su origen de la descomposición (pilas) o de la disgregación de los metales (dínamos), cuerpos eminentemente cargados del principio ígneo. Desprendamos una partícula de acero o de hierro mediante abrasión o por el choque contra un sílex, y veremos brillar la chispa.

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Es bastante conocido el encendedor neumático, basado en la propiedad que posee el aire atmosférico de inflamarse por simple compresión. Los mismos líquidos son a menudo verdaderas reservas de fuego. Basta verter algunas gotas de ácido nítrico concentrado en la esencia de trementina para provocar su inflamación. En la categoría de las sales, citemos las fulminantes, como la nitrocelulosa, el picrato de potasa, etc. Sin multiplicar más los ejemplos, se advierte que resultaría pueril sostener que el fuego, por el hecho de que no podemos percibirlo directamente en la materia, no se halle, en realidad, en ella en estado latente. Los viejos alquimistas, que poseían más conocimientos de los que estamos dispuestos a reconocerles, aseguraban que “el Sol es un astro frío y que  sus rayos son oscuros”. Nada parece más paradójico ni más contrario a la apariencia. Si el Sol fuera un globo de fuego, como se nos enseña, bastaría acercarse por poco que fuera para experimentar el efecto de un calor creciente. Y lo que sucede es justo lo contrario, pues las altas montañas permanecen coronadas de nieve pese a los ardores del verano. En las regiones elevadas de la atmósfera, cuando el astro pasa por el cenit, el globo de los aerostatos se cubre de escarcha y sus pasajeros padecen un frío muy vivo. Así, la experiencia demuestra que la temperatura desciende a medida que aumenta la altura. La misma luz se nos hace sensible cuando nos encontramos situados en el campo de su irradiación. En cuanto nos situamos fuera del haz radiante, su acción cesa para nuestros ojos. Es un hecho bien conocido que un observador que contempla el cielo desde el fondo de un pozo al mediodía ve el firmamento nocturno y constelado. ¿De dónde proceden, pues, el calor y la luz? Del simple choque de las vibraciones frías y oscuras contra las moléculas gaseosas de nuestra atmósfera. Y como la resistencia crece en razón directa de la densidad del medio, el calor y la luz son más fuertes en la superficie terrestre que en las grandes altitudes porque las capas de aire son, asimismo, más densas. Tal es, al menos, la explicación física del fenómeno.

En realidad, y según la teoría hermética, la oposición al movimiento vibratorio y la reacción no son sino las causas primeras de un efecto que se traduce por la liberación de los átomos luminosos e ígneos del aire atmosférico. Bajo la acción del bombardeo vibratorio, el espíritu, liberado del cuerpo, se reviste para nuestros sentidos de las cualidades físicas características de su fase activa: luminosidad, brillo y calor. Así, el único reproche que se puede dirigir a la ciencia química es el de no tener en cuenta el agente ígneo, principio espiritual y base de la energética, bajo cuya influencia se operan todas las transformaciones materiales. La exclusión sistemática de -este espíritu, voluntad superior y dinamismo escondido de las cosas, es lo que priva a la química moderna del carácter filosófico que posee la antigua alquimia. El microscopio se contenta con mostrarnos las cosas tal como son, extendiendo simplemente nuestra percepción. Así, son los sabios, pues, los que le prestan opiniones. Pero cuando, sumergidos en los últimos detalles, esos señores colocan bajo el microscopio el grano más pequeño o la gotita más insignificante, el les muestra seres vivos, que a su vez deben analizarse. Cuando un sabio doctor hunde el bisturí en un cadáver para buscar en él las  causas de la enfermedad, no encuentra más que resultados, pues la causa de la muerte está en la de la vida, y  la verdadera medicina, que renace científicamente con la homeopatía, se estudia en el individuo vivo. Pero cuando se trata de la vida, como nada hay que se parezca menos a un vivo que un muerto, la anatomía es la más triste de las vanidades.  Así, pues, ¿son los instrumentos causa de error? Lejos de ello, pero indican la verdad en un límite tan restringido que su verdad no es más que una ilusión, con lo que resulta imposible atribuirles una verdad absoluta. Positiva en sus hechos, la química se mantiene negativa en su espíritu, y es precisamente eso lo que la diferencia de la ciencia hermética, cuyo ámbito comprende, sobre todo, el estudio de las causas eficientes, de sus influencias, de las modalidades que afectan según los medios y las condiciones. Este estudio, exclusivamente filosófico, permite al hombre penetrar el misterio de los hechos, comprender su extensión e identificar, en fin, a la inteligencia suprema o alma del Universo. Así, la alquimia, remontándose de lo concreto a lo abstracto, del positivismo material al espiritualismo puro, ensancha el campo de los conocimientos humanos, de las posibilidades de acción, y realiza la unión de Dios y de la Naturaleza, de la Creación y del Creador, de la Ciencia y de la Religión.

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La vida es demasiado breve y el tiempo demasiado precioso para malgastarlos en vanas  polémicas, y no es honrarse demasiado despreciar el saber de otro. Por desgracia, el  espíritu científico es una cualidad rara en el hombre de ciencia. De que una verdad no esté demostrada ni sea demostrable con ayuda de los medios de que dispone la ciencia, no puede inferirse que no lo sea jamás. Calificar una cosa de imposible porque su posibilidad actual resulte dudosa evidencia falta de confianza en el porvenir y es renegar del progreso. El químico francés Nicolas Lémery (1645 –1715), no comete una imprudencia grave cuando se atreve a escribir, a propósito del alkaest,  o disolvente universal: «En cuanto a mí, lo creo imaginario puesto que no lo conozco.». Lémery estimaba en gran manera el valor y la extensión de sus conocimientos. Al lado de estos sabios encerrados en su torre de marfil, al lado de estos hombres de mérito indiscutible, cierto, pero esclavos de prejuicios, otros no dudaron en absoluto en otorgar derecho de ciudadanía a la vieja ciencia. Spinoza y Leibniz creían en la piedra filosofar. Pascal llegó a la certidumbre de ella. Más cerca de nosotros, algunos espíritus elevados, entre otros Sir Humphrey Davy, pensaban que las investigaciones herméticas podían conducir a resultados insospechados.  Jean-Baptiste Dumas, en sus  Leçons sur la Philosophiechimique se expresa en estos términos: «¿Nos estaría permitido admitir cuerpos simples isómeros? Esta pregunta toca de cerca la transmutación de los metales. Resuelta afirmativamente, daría oportunidades de éxito a la búsqueda de la piedra filosofal… Es preciso, pues, consultar a la experiencia, y la experiencia, hay que decirlo, no se halla hasta el momento en absoluto en oposición con la posibilidad de la transmutación de los cuerpos simples… Se opone, incluso, a que se rechace esta idea como un absurdo demostrado por el actual estado de nuestros conocimientos.».

François-Vincent Raspail era un químico convencido, y las obras de los filósofos clásicos ocupaban un lugar preponderante entre sus demás libros. Auguste Cahours, miembro de la Academia Francesa de las Ciencias, decía que “su venerado maestro Chevreul profesaba la mayor estima por nuestros viejos alquimistas, y también su rica biblioteca encerraba casi todas las obras importantes de los filósofos herméticos“. Parecería, incluso, que el químico francés Michel Eugéne Chevreul (1786 – 1889)  había aprendido mucho de esos viejos libros, y les debía una parte de sus descubrimientos. El ilustre Chevreul, en efecto, sabía leer entre líneas muchos datos que habían pasado inadvertidas antes de él. Uno de los maestros más célebres de la ciencia química, Marcellin Berthelot, contrariamente a la mayoría de sus colegas, que hablaban audazmente de la alquimia sin conocerla, consagró más de veinte años al paciente estudio de los textos originales, griegos y árabes. Y de esta larga relación con los maestros antiguos, nació en él aquella convicción de que «los principios herméticos, en su conjunto, son tan sostenibles como las mejores teorías modernas». Podríamos añadir a esos sabios los nombres de ciertas eminencias científicas, por entero conquistadas para el arte de Hermes, pero cuya situación les obliga a practicarlo tan sólo en secreto. En nuestros días, y aunque la unidad de la sustancia, base de la doctrina enseñada desde la Antigüedad por todos los alquimistas, sea admitida y oficialmente consagrada, no parece, sin embargo, que la idea de la transmutación haya seguido el mismo progreso. El hecho resulta tanto más sorprendente cuanto que no cabría admitir la una sin considerar la posibilidad de la otra. Por otra parte, en vista de la gran antigüedad de la tesis hermética, podría pensarse con cierta razón que en el curso de los siglos ha podido hallarse confirmada por la experiencia. Es verdad que los sabios hacen, por lo general, poco caso de los argumentos de este orden, y que los testimonios más dignos de fe y mejor fundamentados les parecen sospechosos, ya sea porque los ignoran o porque prefieren desinteresarse de ellos. Henri Poincaré dijo: «La ciencia no puede y no debe decir ¡jamás! Tal vez un día se descubra el principio de fabricar oro, pero, por el momento,  el problema no parece resuelto». Y Madame M. Curie declaró: «Si es verdad que han sido observadas transformaciones atómicas  espontáneas con los cuerpos radiactivos (producción de helio por esos cuerpos que usted señala, lo cual es perfectamente exacto), se puede, por otra parte, asegurar que  ninguna transformación de cuerpo simple ha sido aún obtenida por el esfuerzo de los hombres y gracias a dispositivos imaginados por ellos. Es, pues, del todo inútil, hoy, considerar las consecuencias posibles de la fabricación del oro».

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Henry Le Châtelier, miembro del Instituto de Francia y profesor de química de la Facultad de Ciencias de París, dijo: «Me niego en absoluto a toda entrevista sobre el tema del oro sintético. Considero que ello debe de derivar de alguna tentativa de estafa, como los famosos diamantes Lemoine». En verdad que no se podría testimoniar con menos palabras tanto desprecio por los viejos adeptos, maestros venerados de los alquimistas actuales. Para este científico, que sin duda jamás ha abierto un libro hermético, transmutación  es sinónimo de  charlatanismo. Nuestros sabios aceptan la  posibilidad teórica de la transmutación, pero se niegan a creer en su realidad material. Niegan después de haber afirmado, lo que constituye un medio cómodo de quedar a la expectativa y de no comprometerse ni salirse del ámbito de las relatividades. ¿Podemos hablar de transformaciones atómicas que afectan a algunas moléculas de sustancia?  La idea teórica que nuestros químicos sostienen hoy pertenece, sin discusión, a los alquimistas. Se trata de su bien propio, y nadie sería capaz de rehusarles el beneficio de una anterioridad reconocida. Esos hombres han sido los primeros en demostrar la realización efectiva, nacida de la unidad de sustancia, base invulnerable de su filosofía. Por añadidura, nos preguntamos por qué la ciencia actual, dotada de medios múltiples y poderosos y de métodos rigurosos servidos por unos instrumentos precisos y perfeccionados ha empleado tanto tiempo para reconocer la veracidad del principio hermético. A partir de este momento, consideramos que podemos concluir que los viejos alquimistas, con la ayuda de procedimientos muy simples, habían descubierto, de forma experimental, la prueba formal capaz de imponer como una verdad absoluta el concepto de la transmutación metálica.  Los grandes sabios cuyas opiniones hemos reflejado se equivocan cuando niegan el resultado positivo de la transmutación. Se engañan acerca de la constitución y las cualidades profundas de la materia, aunque piensen haber sondeado todos sus misterios. El análisis de la molécula y del átomo no enseña nada, pues es incapaz de resolver el problema más elevado que un sabio pueda plantearse: ¿cuál es la esencia de ese dinamismo invisible y misterioso que anima la sustancia? En efecto, ¿qué sabemos de la vida sino que encontramos su consecuencia física en el fenómeno del movimiento?

Sin embargo, todo es vida y movimiento aquí abajo. La actividad vital, muy aparente entre los animales y los vegetales, no lo es mucho menos en el reino mineral, aunque exija del observador una atención más aguda. Los metales, en efecto, son cuerpos vivos y sensibles, de lo que son testigos el termómetro y mercurio, las sales de plata, los fluoruros, etc. ¿Qué es la dilatación y la contracción sino dos efectos del dinamismo metálico, dos manifestaciones de la vida mineral? Sin embargo, no le basta al filósofo comprobar tan sólo el alargamiento de una barra de hierro sometida al calor, sino que todavía le es preciso investigar qué  voluntad oculta obliga al metal a dilatarse. Se sabe que éste, bajo la impresión de las radiaciones calóricas, abre sus poros, distiende sus moléculas y aumenta de superficie y de volumen. En cierto modo, se expande, como lo hacemos nosotros, bajo la acción de los benéficos efluvios solares. No se puede negar, pues, que semejante reacción tenga una causa profunda, inmaterial, pues no sabríamos explicar, sin ese impulso, qué fuerza obligaría a las partículas cristalinas a abandonar su  aparente inercia. Esta  voluntad metálica, el alma misma del metal, queda claramente puesta en evidencia en uno de los experimentos hechos por Charles Edouard Guillaume, físico suizo galardonado en 1920 con el Premio Nobel de Física. Una barra de acero calibrado es sometida a una tracción continua y progresiva cuya potencia se registra con ayuda del dinamógrafo. Cuando la barra va a ceder, manifiesta un estrangulamiento cuyo lugar exacto se fija. Se detiene la extensión y la barra vuelve a sus dimensiones primitivas. Luego, se reanuda el experimento. Esta vez, el estrangulamiento se produce en un punto distinto del primero. Prosiguiendo la misma técnica, se advierte que todos los puntos han sido experimentados sucesivamente y que han ido cediendo, uno tras otro, a la misma tracción. Pero si se calibra una última vez la barra de acero, reanudando el experimento por el principio, se advierte que es preciso emplear una fuerza muy superior a la primera para provocar la aparición de los síntomas de ruptura. Guillaume concluye de esos ensayos, con mucha razón, que el metal se ha comportado como lo hubiera hecho un cuerpo orgánico: ha reforzado sucesivamente todas sus partes débiles y aumentado a propósito su coherencia para mejor defender su integridad amenazada.

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Una enseñanza análoga se desprende del estudio de los compuestos salinos cristalizados. Si se quiebra la arista de un cristal cualquiera y se lo sumerge, así mutilado, en el agua madre que lo produjo, no sólo se lo ve reparar de inmediato su herida, sino incluso acrecentarse con una velocidad mayor que la de los cristales intactos que han permanecido en la misma solución. Descubrimos aun una prueba evidente de la vitalidad metálica en el hecho de que, en América, los raíles de las vías férreas mostraban, sin razón aparente, los efectos de una singular evolución. En ninguna parte eran más frecuentes los descarrilamientos. Los ingenieros encargados de estudiar la causa de estas múltiples rupturas la atribuyeron al «envejecimiento prematuro» del acero. Bajo la influencia probable de condiciones climáticas especiales, el metal  envejece rápidamente, pierde su elasticidad, su maleabilidad y su resistencia, de tal modo que la tenacidad y la cohesión disminuyen hasta el punto de volverlo seco y quebradizo. Esta degeneración metálica, por otra parte, no se limita tan sólo a los raíles, sino que extiende sus estragos a las placas de blindaje de los navíos acorazados, las cuales quedan fuera de servicio, por lo general tras algunos meses de uso. Al ensayarlas, se sorprenden de verlas quebrarse en muchos fragmentos con el choque de una simple granada rompedora. El debilitamiento de la energía vital, fase normal y característica de decrepitud y de senilidad del metal, es un claro signo precursor de su muerte próxima. Pero puesto que la muerte, corolario de la vida, es la consecuencia directa del nacimiento, de ello se sigue que los metales y minerales manifiestan su sumisión a la ley de predestinación que rige a todos los seres creados. Nacer, vivir, morir o transformarse son los tres estadios de un período único que abarca toda la actividad física. Y como esta actividad tiene por función esencial renovarse, continuar reproduciéndose por generación, llegamos a la conclusión de que los metales llevan en sí, al igual que los animales y los vegetales, la facultad de multiplicar su especie. Tal es la verdad analógica que la alquimia se esforzó en practicar, y tal es, asimismo, la idea hermética que ponemos de relieve. Así, la filosofía enseña y la experiencia demuestra que los metales, gracias a su propia simiente, pueden ser reproducidos y desarrollados. Eso es, por otra parte, lo que la palabra de Dios nos revela en el Génesis, cuando el Creador transmite una parcela de su actividad a las criaturas salidas de su misma sustancia, pues el mandato divino  creced y multiplicaos no se aplica sólo al hombre, sino que está dirigido al conjunto de los seres vivos extendidos por la Naturaleza entera.

marzo 8, 2013 - Posted by | Ciencia, Egipto, Egipto, Historia, Historia oculta

2 comentarios »

  1. […] Alquimia, la ciencia que floreció especialmente en la Edad Media- oldcivilizations.wordpress.com […]

    Pingback por Alquimia, la ciencia que floreció especialmente en la Edad Media + MORE | INFORMADORES.INFO | marzo 10, 2013 | Responder

  2. Woww,muy completa la información con grabados.Me encanta todo lo q tiene q ver con la alquimia,el principio d la ciencia.saludos:-)

    Comentario por Nomada Viajero | junio 9, 2014 | Responder


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