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Antiguas civilizaciones y enigmas

Micenas, uno de los mayores centros de la civilización griega


La civilización micénica es una civilización prehelénica del Heládico reciente, a finales de la Edad del Bronce. Obtiene su nombre de la villa de Micenas, situada en el Peloponeso. Esta civilización fue descubierta a finales del siglo XIX por Heinrich Schliemann, quien hizo excavaciones en Micenas (1874) y Tirinto (1886). Schliemann creyó haber encontrado el mundo descrito por las epopeyas de Imagen 38Homero, la Ilíada y la Odisea. En una tumba micénica descubre una máscara que denomina «máscara de Agamenón». Igualmente se bautiza como «palacio de Néstor» un palacio excavado en Pilos. Habrá que esperar a los estudios de Arthur Evans, a comienzos del siglo XX, para que el mundo micénico adquiera una autonomía propia con respecto a la civilización minoica, que la precede cronológicamente. En las excavaciones de Cnosos (Creta), Evans descubre miles de tablillas de arcilla, cocidas accidentalmente durante el incendio del palacio, hacia el 1450 a. C. Bautiza a esta escritura como «lineal B», puesto que lo estima más avanzado que el lineal A. En 1952, el desciframiento del lineal B, identificado como un tipo de griego antiguo, por Michael Ventris y John Chadwick, traslada la civilización micénica de la protohistoria a la historia, y la inserta en su posición correcta dentro de la Edad del Bronce del mundo egeo. Sin embargo, las tablillas de lineal B siguen siendo una fuente de información muy escasa. Añadiendo las inscripciones sobre jarrones, no representan más que unos 5000 textos, mientras que se calcula que hay varias centenas de millares de tablillas sumerias y acadias. Además, los textos son cortos y de carácter administrativo: se trata de inventarios y otros documentos contables que no estaban destinados al archivo. Sin embargo, tienen la ventaja de mostrar una visión objetiva de su mundo, sin la marca de la propaganda real.

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Lineal B es el sistema de escritura usado para escribir el griego micénico, desde el 1600 hasta el 1110 a. C. Precedió en varios siglos al uso del alfabeto para escribir la lengua griega. El lineal B consiste de signos silábicos, es decir, que cada uno de los signos representa una sílaba, y de un gran número de signos ideográficos. En 1900, sir Arthur Evans encontró los primeros vestigios en Cnosos (Creta). El arquitecto inglés Michael Ventris descifró este sistema de escritura en julio de 1952. M. Ventris llevaba investigando desde joven y en 1940, con sólo 18 años, publicó su primer artículo sobre la materia, titulado Presentación de la lengua minoica. El desciframiento fue posible debido a tres factores: la reunión de un gran volumen de material (unos 30.000 signos),  el uso de un método sistemático de chequeo (cuadrícula silábica) con el que analizaba la repetición de signos, y  la casualidad de que la lengua escrita en lineal B era un antepasado del griego, una lengua sumamente atestiguada y conocida por los filólogos.  En 1950 Ventris ya había identificado 9 signos, había detectado el empleo las vocales muertas y el parecido del lineal B con el silabario chipriota. El desciframiento de Ventris se completó con la ayuda de John Chadwick, profesor de Cambridge y filólogo especialista en griego arcaico, y con las aportaciones de otros estudiosos, como Alice Kober y Emmet L. Bennet Jr. El mismo Ventris anunció el desciframiento en la radio BBC en Londres en 1952. Su alocución fue seguida por John Chadwick, quien se animó a colaborar con él. El desciframiento fue corroborado por el arqueólogo Carl Blegen, quien poseía una tablilla desconocida para Ventris (PY Ta 641) y cuya interpretación, según el entonces reciente descubrimiento, fue sorprendentemente exacta.

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En 1876, Schliemann, con sus cincuenta y cuatro años, empuñaba por vez primera la piqueta; en 1878 y en el año siguiente excavaba, ayudado por Virchow, otra vez en Troya; en 1880 descubría en Orcómeno la tercera ciudad que Homero honra con el calificativo de «dorada», el rico techo del tesoro de los minias. En 1882 volvía a excavar con Dörpfeld, por tercera vez, en Troya; y dos años más tarde empezaba sus excavaciones de Tirinto.  Y otra vez sucedió lo que ya sabemos. Las murallas del castillo de Tirinto estaban al descubierto; un incendio había calcinado las piedras y las capas de argamasa que las unían se habían convertido en verdaderas tejas; los arqueólogos creían que estas murallas eran restos de una fortaleza de la Edad Media, y los guías griegos afirmaban que en Tirinto no había nada extraordinario.  Tirinto, o Tirinte, es un emplazamiento arqueológico micénico en el nomos griego de la Argólida en la península del Peloponeso, algunos kilómetros al norte de Nauplia. Tirinto fue una fortaleza sobre una colina que fue ocupada hace más de siete mil años, desde el comienzo de la Edad del Bronce. Alcanzó su cénit entre el 1400 a. C. y el 1200 a. C. Sus elementos más notables fueron su palacio, sus túneles o pasadizos y dos anillos de murallas ciclópeas, sobre todo estas últimas, puesto que le otorgaron a la ciudad el epíteto homérico de Tirinto, la de grandes murallas. El palacio de Tirinto (finales del siglo XIII a. C.) estaba defendido no sólo por su doble muralla sino que también estaba dispuesto para que se tuviese que transitar por una serie de patios cerrados y atravesar dos puertas en forma de H (propileas) antes de alcanzar el pórtico de entrada al megaron, Gran Salón” que se encontraba en los palacios de la civilización micénica. El famoso megaron del palacio de Tirinto tiene un amplio vestíbulo, habitación principal en la que estuvo el trono frente a la pared de la derecha y una chimenea central rodeada de cuatro columnas de madera de estilo minoico que servían de soporte para el techo. En la Antigüedad, la ciudad se relacionó con la mitología en torno a Hércules. Algunas fuentes sitúan aquí su nacimiento. El lugar llegó a su declive con el fin del período micénico, y quedó totalmente olvidado con el paso del tiempo. Pausanias lo visitó en el siglo II a. C. Fue excavado por Heinrich Schliemann en 1884-1885, y hoy día es objeto de excavaciones en la zona. Se reconoció a Tirinto como Paisaje Cultural Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1999.

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C. W. Ceram es el pseudónimo de Kurt Wilhelm Marek (Berlín, 20 de enero de 1915 – Hamburgo, 12 de abril de 1972), un periodista y crítico literario alemán, conocido por sus notables obras de divulgación sobre Arqueología, especialmente por su extraordinario libro “Dioses, tumbas y sabios”, que recomiendo leer a toda persona interesada en la historia de la Arqueología. En la Segunda Guerra Mundial fue hecho prisionero en Italia y durante su cautiverio tuvo ocasión de leer libros de Arqueología. Como resultado de sus conocimientos adquiridos publicó en 1949 su libro “Dioses, tumbas y sabios, obra que le hizo famoso en todo el mundo y en la que me he basado en parte para  escribir este artículo. “Dioses, tumbas y sabios” se ha traducido a veintiocho idiomas con cinco millones de ejemplares publicados y a día de hoy siguen imprimiéndose nuevas ediciones. Otras obras conocidas del autor son “El secreto de los Hititas” o “El primer americano”. C.W. Ceram fue redactor jefe del periódico Die Welt y director de publicaciones de la editorial Ernst Rowohlt. En 1947 se trasladó a EE.UU.

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Schliemann, basándose en autores antiguos, empezó a excavar con tal celo que destruyó un predio plantado de cominos, propiedad de un aldeano de Cofinio, por lo cual tuvo que pagar 75 francos de multa.  Dícese que Heracles nació en Tirinto. Sus murallas ciclópeas eran consideradas en la Antigüedad como una obra portentosa. Pausanias decía que eran análogas a las pirámides egipcias. Se afirmaba que Preto, el legendario rey de Tirinto, había hecho venir a siete cíclopes para que las edificaran, y que luego fueron imitadas también en otros lugares, especialmente en Micenas, por lo cual Eurípides llamaba a toda la Argólida «tierra de cíclopes».  Heinrich Schliemann (1822 – 1890) fue un millonario prusiano que, tras amasar su fortuna, se dedicó a su gran sueño: la arqueología. Excavó el emplazamiento de Troya —a sugerencia de Frank Calvert, que había excavado en el lugar siete años antes— y excavó en otros emplazamientos como Micenas, Tirinto y Orcómeno, demostrando que la Ilíada describía escenarios históricos. Era hijo de un humilde pastor protestante, aunque bastante culto, que fue el que, a través de sus relatos, le hizo interesarse cuando era un niño por los poemas homéricos. Schliemann cuenta en su autobiografía que en la Navidad de 1829 recibió de su padre como regalo un volumen de historia universal de Georg Ludwig Jerrers y que se sintió muy impresionado por un grabado que representaba a Eneas con su padre Anquises y su hijo Ascanio huyendo de Troya en llamas. A los catorce años tuvo que interrumpir sus estudios para trabajar en una tienda. A causa de la gran cantidad de horas que trabajaba no tenía momentos para estudiar, pero en una ocasión entró en la tienda un molinero borracho llamado Niederhoffer. Según explica Schliemann en su autobiografía, el molinero había sido pastor protestante: “no había olvidado Homero, puesto que aquella noche en que entró en la tienda, nos recitó más de cien versos del poeta, observando la cadencia rítmica de los mismos. Aunque yo no comprendí ni una sílaba, el sonido melodioso de las palabras me causó una profunda impresión. Desde aquel momento nunca dejé de rogar a Dios que me concediera la gracia de poder aprender griego algún día“.

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Schliemann excavó y halló las murallas principales de un castillo que superaba a todo cuanto se había hallado hasta entonces, y esto daba un aspecto importante de aquel pueblo prehistórico que había sido capaz de construir tal maravilla como morada de sus reyes. Semejante a una fortaleza, este castillo se erguía en una roca de piedra caliza; sus paredes consistían en bloques de dos a tres metros de longitud, por uno dé altura y otro de espesor. La anchura total en los bajos, que contenían solamente dependencias secundarias y cuadras, era de siete a ocho metros, y en la parte del palacio donde habitaba el príncipe alcanzaba once metros, con una altura de dieciséis.  ¿Qué aspecto ofrecía el interior de aquel vasto castillo cuando se vio poblado por guerreros con armas ruidosas? Nada se había sabido hasta entonces de aquellos palacios homéricos, pues nada se había conservado de los palacios de Menelao, Ulises y otros príncipes; incluso en las ruinas de Troya, en el llamado castillo de Príamo, no se podían distinguir ya las construcciones.  Pero aquí, bajo la piqueta investigadora, se presentó por fin un palacio auténticamente homérico. Aquí estaban los pórticos y las salas, allí el patio de los hombres con su altar, el imponente  megaron  con su antesala y vestíbulo, acá se distinguía aún el baño —cuyo suelo constituía un solo bloque de piedra caliza que pesaba veinte toneladas— donde los héroes de Homero se habían bañado y ungido con olorosas grasas, acullá surgía un cuadro como el que nos esboza la  Odisea  al retorno del astuto Ulises, con el ágape de los pretendientes y la matanza en la gran sala.  Pero había algo más interesante aún. Era el estilo de la cerámica hallada y de las pinturas murales. Schliemann descubrió inmediatamente el parentesco de toda la cerámica encontrada, de todos los vasos, jarras, recipientes de arcilla recogidos hasta entonces, con los hallados en Micenas y en Tirinto, e incluso indicó su semejanza con los encontrados por otros arqueólogos en Asine, Nauplia, Eleusis y en las distintas islas, la más importante de las cuales era Creta.

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Creta es la isla más grande de Grecia y la quinta en tamaño del mar Mediterráneo. El archipiélago cretense conforma una de las 13 periferias y una de las 7 administraciones descentralizadas de Grecia. Hasta principios del siglo XX también se la conoció con el nombre de Candía, topónimo que deriva del latín candidus («blanco») y que le aplicaron los marinos y comerciantes italianos del Medievo. Posee una superficie de 8.300 kilómetros cuadrados, una costa de 1.040 kilómetros, y una población de unos 600.000 habitantes. Su capital es Heraclión. Creta es una isla que presenta cotas de altura sobre el nivel del mar cercana a los 2.500 metros en el Monte Ida (2.460 metros) y en Levká Óri (2.452 m) y una altitud media de más de 200 metros en gran parte de la superficie de la isla. Su relieve está configurado en gran medida por la actividad sísmica, responsable de sus 1.040 kilómetros de recortadas costas y de sus llanuras fragmentadas. Su río más importante es el Mesara. Entre sus golfos sobresalen el de Mira bello (Mirampéllou), el Chanión (Khanión), y las bahías de Mesara y de Almyroú. Sus cabos más importantes son el Spátha (Ákra Spánta), el Líthinon (Ákra Lithino), el Stavros y el Sideros (Ákra Sideros).La isla de Creta está situada en el extremo sur del mar Egeo y no muy distante del litoral de Egipto  A pesar de su situación geográfica y el favorable clima, los primeros pobladores de Creta no hicieron su aparición hasta el Neolítico, llegando en dos grandes oleadas. El tipo étnico colonizador no está relacionado con ninguna de las grandes razas, clasificándose como «mediterráneo», al igual que las gentes que poblaban las cercanas costas de Asia Menor o las vecinas islas Cícladas, cuyos pobladores progresaron durante mucho tiempo a un ritmo similar al de los cretenses. Sin embargo, a mediados del III milenio a.C., ya en la Edad del Cobre, se produjo en la isla una gran cantidad de avances, que acabaron conduciendo a la brillante civilización minoica. Lo más destacable es la aparición de la civilización minoica una de las primeras aparecidas en Europa y una de las civilizaciones prehelénicas junto a la posterior civilización micénica. Durante la civilización minoica, en la que se dieron varias fases y altibajos, Creta llegó a su máximo esplendor, con el mayor auge en los siglos XVI y XV a. C.

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Durante estos siglos Creta estableció una talasocracia, o dominio de los mares, que se extendía hasta la Grecia peninsular, el mar Egeo, las costas de Asia Menor y zonas adyacentes como Sicilia. Durante esta época los contactos con Egipto, ya existentes anteriormente, fueron muy importantes. Sin embargo, hacia finales del siglo XV a. C., la isla sufrió la invasión de los aqueos, quienes habían desarrollado una civilización en la Grecia continental, fundamentalmente en el Peloponeso, no exenta de fuertes influencias cretenses. Con la expansión de los invasores, los cretenses abandonaron los palacios. Las civilizaciones micénicas continentales, barajándose también la posibilidad de que una colonización de emigrados cretenses en las costas del sur de Canaán fuese el origen de los filisteos (peleset), que aparecen en la Biblia y de cuyo nombre procede el topónimo Palestina. Estos filisteos fundaron varias ciudades en la costa meridional cananea: Gaza, Asdod, Ecrón, Ascalón y Gat. La decadencia de Creta, iniciada con la hegemonía aquea, se vio acentuada en el siglo XI a. C., con la invasión de los dorios, portadores del hierro. La isla pasó a ser una parte más del mundo griego, sin originalidad y dividida en ciudades rivales. Incluso en época clásica (siglo V a. C.) conservaba cierto arcaísmo, como lo demuestran las Leyes de Gortina, una de las ciudades que datan de tiempos minoicos. La decadencia de la isla fue tal a partir del 500 a. C., que cayó en el olvido y no tomó parte ni en las Guerras Médicas, ni en la del Peloponeso. Conquistada por Alejandro Magno, a su muerte, Creta gozó de cierta independencia respecto a otros reinos helenísticos cercanos, pero tras la decadencia helenística la isla quedó en manos de piratas de origen siciliano, lo que provocó que los romanos se apoderasen de la isla en el 67 a. C., en una expedición comandada por Cecilio Metelo y la agregasen como provincia romana. La división del Imperio romano en el 395, tras la que quedó en manos del Imperio romano de Oriente o Imperio bizantino, devolvió a la isla un papel de alguna importancia, dada su posición clave para el control del mar Egeo.

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Se mantuvo en poder del Imperio bizantino en el que desempeñó un papel estratégico cuando comenzaron las conquistas musulmanas en el siglo VII. Dos siglos más tarde, en (826), cayó en poder de un grupo de musulmanes andaluces, que fundaron la base fortificada de «Jandak» (Candía) y que desde allí hostigaron a los bizantinos. Parece ser que los musulmanes andalusíes fueron los cordobeses que, después de las consecuencias del motín del arrabal, fueron desterrados a Alejandría en 813/4, y allí lograron hacerse dueños de la ciudad. En ella se presentó Abd Allah ben Tahir, según se narró en la historia de la dinastía abbasí, en los días del califa Al-Mamún ben Al-Rashid, les expulsó de Alejandría y los trasladó hasta Creta en 826. Los cordobeses cultivaron la isla, proclamaron a uno de los suyos rey y armaron hasta cuarenta barcos con los que asaltaron las islas cercanas, próximas a Constantinopla. Penetraban en las islas, cogían botín y cautivos, sin que el emperador de Constantinopla tuviese poder para evitarlo. El dominio musulmán duró hasta 961, cuando el emperador Nicéforo Focas reconquistó la isla, inaugurando una época de paz y estabilidad que favoreció su desarrollo económico. Cuando Bizancio cayó en manos de los cruzados en 1204, acontecimiento con el que comenzó el llamado Imperio Latino, la isla fue adjudicada a Bonifacio de Montferrato quien rápidamente la vendió a Venecia que la convirtió en el punto estratégico clave de sus intereses en el Mediterráneo oriental y la poseyó hasta mediados del siglo XVII. Desde el siglo XV, Venecia hubo de hacer frente al expansionismo otomano, al que contuvo hasta que en 1645 los turcos desembarcaron en la isla iniciando su conquista, finalizada cuando los últimos reductos venecianos sucumbieron en 1669. Se inició para Creta un nuevo periodo de declive.

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Schliemann no encontró en las ruinas de Micenas un huevo de avestruz, aunque bien es verdad que por tal había tomado un vaso de alabastro, pero ¿no había en esto una alusión a Egipto? ¿No descubría él aquí aquellos mismos vasos con el llamado dibujo «geométrico» que fue llevado a la corte de Tutmosis III ya en el año 1500 a. de J. C. por los fenicios? Y con una explicación detallada intentaba demostrar que había descubierto determinadas relaciones culturales de origen asiático o africano; una civilización que había bordeado toda la costa oriental de Grecia, que había comprendido la mayoría de las islas y que, probablemente, había tenido su centro cultural en Creta.  En el segundo milenio a. C. Micenas era uno de los mayores centros de la civilización griega, una fortaleza militar que dominaba gran parte del sur de Grecia. El periodo de historia griega comprendido entre el 1600 y el 1100 a. C. se denomina micénico en reconocimiento a la posición de liderazgo de Micenas. Los habitantes de este periodo se llamaron a sí mismos aqueos. El sitio, actualmente un yacimiento arqueológico, está situado a 90 km al sudoeste de Atenas, en el nordeste de la península del Peloponeso. Se han encontrado restos de este periodo histórico en las ciudades de Tirinto, Pilos, Orcómeno, Yolcos y Gla. Según la mitología griega, Micenas fue fundada por Perseo, a continuación de la muerte accidental de Acrisio, rey de Argos. Cuando la ciudad le retornó legítimamente, Perseo prefirió cederla a Megapentes, sobrino del difunto, y partió a fundar una nueva ciudad, que llamó «Micenas», o en alusión al pomo de su espada o al hongo que encontró en el lugar, Las tradiciones concurrentes recuerdan una Micenas, hija de Ínaco, o incluso de Miceneo, nieto de Foroneo. Perseo  es un semidiós de la mitología griega, hijo de Zeus y la mortal Dánae. La tradición le atribuía la fundación de Micenas. Según la versión del Pseudo-Apolodoro y la de Pausanias, un oráculo había anunciado a Acrisio, rey de Argos, que moriría a manos de su propio nieto. Para evitarlo, Acrisio hizo encerrar a su hija Dánae en una torre de bronce (o en una cámara subterránea de ese material) para impedir que tuviera trato con varón. Sin embargo, el rey de los dioses, Zeus, se transformó en una lluvia de oro que cayó en Dánae desde el techo y la preñó. Pero había otra tradición que decía que había sido Preto, hermano de Acrisio, quien había seducido a Dánae. En cualquier caso, la princesa concibió a Perseo.

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Al enterarse Acrisio, no creyendo divino el nacimiento del niño, lo arrojó con Dánae al mar en un cofre de madera. El mar fue calmado por Poseidón a petición de Zeus, y la madre y el hijo sobrevivieron y alcanzaron la costa de la isla de Sérifos. En esa isla gobernaba el rey Polidectes, y su hermano Dictis recogió a la mujer y al niño, al que criaría como si fuera su hijo.  Más tarde, Polidectes se enamoró de Dánae. Pensando que el joven Perseo podía ser un estorbo para sus planes, intentó librarse de él mediante una estratagema: hizo creer a todo el mundo que pretendía conquistar a la princesa Hipodamía y pidió a los habitantes de la isla que le entregase un regalo cada uno como presente, para poder ofrecerlo a su vez a la princesa. Perseo dijo que no pondría reparos para entregar cualquier cosa: incluso si hubiera de ser la cabeza de Medusa, que era una de las tres Gorgonas y podía convertir en piedra a los hombres sólo con la mirada. Polidectes aceptó como regalos los caballos de otros habitantes de la isla, pero no aceptó los de Perseo, y le mandó que le trajese la cabeza de la Gorgona que le había prometido. Perseo partió, guiado por los dioses Atenea y Hermes, en busca de las hijas de Forcis: las Grayas, tres ancianas que sólo tenían un ojo y un diente para las tres, y se los iban pasando una a otra. Perseo les arrebató el ojo y el diente, y, a cambio de devolvérselos, las obligó a confesar dónde vivían las ninfas. Así, Perseo encontró a las ninfas, de las que obtendría tres dones: un zurrón mágico, unas sandalias aladas y el casco de Hades, que volvía invisible a quien lo llevara puesto. Además, recibió de Hermes la hoz de Zeus, hecha de acero, con la que podría cortar la cabeza de Medusa. Pertrechado con estos objetos, Perseo llegó a introducirse en la morada de las Gorgonas, que, como las Grayas, eran hijas de Forcis. Mientras estaban dormidas las Gorgonas, Perseo se acercó a ellas. Atenea guio la mano de Perseo, que además usó como espejo el escudo de bronce que le había prestrado la diosa para ver a Medusa sin mirarla directamente. Así, Perseo alcanzó a cortar la cabeza de la Gorgona, de la que nacieron el caballo alado Pegaso y el gigante Crisaor. Perseo salió del palacio de las Gorgonas. Las hermanas inmortales de Medusa Esteno y Euríale, lo buscaron, pero sin encontrarlo, ya que el casco de Hades lo volvía invisible. En algunas versiones se cuenta que Perseo fue después al país donde reinaba Atlas, a quien, una vez allí, pidió hospitalidad. Atlas, sin embargo, recordó que un oráculo le había dicho que un hijo de Zeus llegaría para robarle los frutos del jardín de las Hespérides, e intentó expulsar a Perseo. Éste empleó la cabeza de Medusa, y Atlas quedó convertido en piedra.

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Al llegar a Etiopía o, en otras versiones, a Jaffa, Perseo encontró a Andrómeda encadenada a una roca: la habían mandado dejar allí sus padres, los reyes Cefeo y Casiopea, para que fuera devorada por Ceto que había sido enviado por los dioses como castigo por haberse jactado Casiopea de ser superior en belleza a todas las nereidas. Un oráculo de Amón había dicho que sólo se verían libres del monstruo si le era ofrecida Andrómeda como alimento. Perseo quedó prendado de Andrómeda y decidió liberarla. Tras pedir la mano de la princesa a Cefeo y Casiopea, mató al monstruo con su espada, o, según otras versiones, petrificando una parte del monstruo al mostrarle la cabeza de Medusa. Durante el banquete de bodas con Andrómeda, llegó Fineo, tío paterno de ella y a la vez su prometido. Comenzó una batalla entre quienes apoyaban el enlace y los partidarios de Fineo. Perseo mató a muchos, pero, al ver la inferioridad numérica de su bando, no tuvo más remedio que emplear la cabeza de Medusa para convertir en piedra a Fineo y a los que lo acompañaban. Perseo y Andrómeda lograron finalmente casarse y llegaron a tener siete hijos: los varones Perses, Alceo, Heleo, Méstor, Esténelo y Electrión, y una hija llamada Gorgófone. Después, Perseo regresó a Sérifos. Allí, Dictis y Dánae se habían refugiado en un templo huyendo del acoso de Polidectes. Perseo se presentó ante Polidectes y ante toda su corte, sacó la cabeza de Medusa y se la mostró a toda la concurrencia, que quedó petrificada. Luego hizo a Dictis rey de Sérifos, devolvió a Hermes las sandalias aladas y le dio el zurrón y el casco de Hades, y entregó la cabeza de Medusa a Atenea, que se la pondría en el escudo. Después, Perseo decidió regresar a Argos, junto a Dánae y Andrómeda. Habiéndose enterado Acrisio de que su nieto viajaba para encontrarse con él, puso tierra de por medio encaminándose a Lárisa, donde se puso a presenciar unos juegos. Perseo también acudió a esos juegos y participó en el lanzamiento de disco, pero lo hizo con tan mala fortuna que golpeó a Acrisio en la cabeza y lo mató, cumpliéndose así la profecía. Debido a esta muerte accidental, Perseo no quiso seguir gobernando en Argos, su legítimo reino. Su tío Megapentes era rey de Tirinto, así que tío y sobrino hicieron un intercambio: Perseo sería rey de Tirinto; y Megapentes, de Argos.

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Los doce dioses y diosas más importantes de la antigua Grecia, llamados dioses del Olimpo, pertenecían a la misma familia. Menospreciaban a los anticuados dioses menores sobre los que gobernaban, pero aún menospreciaban más a los mortales. Los dioses del Olimpo vivían todos juntos en un enorme palacio erigido entre las nubes, en la cima del monte Olimpo, la cumbre más alta de Grecia. Grandes muros, demasiado empinados para poder ser escalados, protegían el palacio. Los albañiles de los dioses del Olimpo, cíclopes gigantes con un solo ojo, los habían construido imitando los palacios reales de la Tierra. En el ala meridional, detrás de la sala del consejo, y mirando hacia las famosas ciudades griegas de Atenas, Tebas, Esparta, Corinto, Argos y Micenas, estaban los aposentos privados del rey Zeus, el dios padre, y de la reina Hera, la diosa madre. El ala septentrional del palacio, que miraba a través del valle de Tempe hasta los montes agrestes de Macedonia, albergaba la cocina, la sala de banquetes, la armería, los talleres y las habitaciones de los siervos. En el centro, se abría un patio cuadrado al aire libre, con un claustro, y habitaciones privadas a cada lado, que pertenecían a los otros cinco dioses y las otras cinco diosas del Olimpo. Más allá de la cocina y de las habitaciones de los siervos, se encontraban las cabañas de los dioses menores, los cobertizos para los carros, los establos para los caballos, las casetas para los perros y una especie de zoo, donde los dioses del Olimpo guardaban sus animales sagrados. Entre éstos, había un oso, un león, un pavo real, un águila, tigres, ciervos, una vaca, una grulla, serpientes, un jabalí, toros blancos, un gato salvaje, ratones, cisnes, garzas, una lechuza, una tortuga y un estanque lleno de peces. En la sala del consejo, los dioses del Olimpo se reunían de vez en cuando para tratar asuntos relacionados con los mortales, como por ejemplo a qué ejército de la Tierra se le debería permitir ganar una guerra o si se debería castigar a tal rey o a tal reina que se hubieran comportado con soberbia y de forma reprobable. Pero casi siempre estaban demasiado metidos en sus propias disputas y pleitos como para ocuparse de asuntos relativos a los mortales.

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En su vuelo a Palestina, Perseo, semidiós de la mitología griega, hijo de Zeus y la mortal Dánae, y fundador de Micenas, vio a una hermosa princesa, llamada Andrómeda, encadenada a una roca en Jopa, y a una serpiente marina, enviada por el dios Poseidón, nadando hacia ella con las mandíbulas abiertas. Los padres de Andrómeda, Cefeo y Casiopea, rey y reina de los filisteos, habían recibido la orden de un oráculo de encadenar a su hija, para que se la comiera el monstruo. Parece ser que Casiopea les había dicho a los filisteos: “Yo soy más hermosa que todas las nereidas del mar“. Y que esa arrogancia enojó al orgulloso padre de las nereidas, el dios Poseidón. Perseo buceó hacia la serpiente marina y le cortó la cabeza. Después, desencadenó a Andrómeda, la llevó a su palacio y pidió autorización para casarse con ella. El rey Cefeo le respondió: “¡Insolente! Ya está prometida con el rey de Tiro“. Perseo respondió:  “Entonces, ¿por qué no la salvó el rey de Tiro?“, a lo que el rey Cofeo dijo: “Porque tenía miedo de ofender a Poseidón“. Perseo concluyó: “Pues yo no tengo miedo de nadie. Maté al monstruo. Andrómeda es mía“. Mientras Perseo hablaba, el rey de Tiro llegó al frente de su ejército y gritó: “¡Fuera de aquí, extranjero, o te cortaremos en pedazos!”. Perseo le dijo entonces a Andrómeda: “Por favor, princesa, cierra bien los ojos“. Andrómeda obedeció y Perseo sacó la cabeza de Medusa de la bolsa y transformó a todo el mundo que miraba en piedra. Cuando Perseo regresó volando a Sérifos, con Andrómeda en brazos, descubrió que Polidectes, después de todo, le había engañado, y que, en lugar de casarse con aquella princesa de la península, seguía molestando a su madre Dánae. Así que Perseo convirtió a Polidectes y a su familia en piedra y nombró rey de la isla a su amigo pescador. Luego, le dio la cabeza de Medusa a Atenea y le pidió amablemente a Hermes que devolviera el casco, el zurrón y las sandalias a las náyades de la laguna Estigia. De esta manera, demostró tener mucho más sentido común que Belerofonte, que continuó usando el caballo alado Pegaso después de matar a Quimera.

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Los dioses decidieron que Perseo se merecía una vida larga y feliz, y le permitieron casarse con Andrómeda, convertirse en el rey de Tirinto y construir la famosa ciudad de Micenas cerca de allí. Micenas era el reino del héroe homérico Agamenón, jefe de los aqueos durante la Guerra de Troya. Homero la describe como querida de Hera, y «rica en oro», La riqueza de la ciudad era proverbial en la Antigüedad. La acrópolis o «ciudad alta» de Micenas se cree que se fortificó ya hacia 1500 a. C., como evidencian las tumbas de corredor fechadas en ese periodo. Alrededor de 1350 a. C., las fortificaciones de la colina de la acrópolis y de otras próximas se reconstruyeron en un estilo conocido como ciclópeo, debido a que los bloques de piedra usados eran tan enormes que en épocas posteriores se pensó que eran fruto del trabajo de los gigantes de un solo ojo llamados Cíclopes. Tras los muros, de los cuales aún se pueden ver partes, se construyeron palacios monumentales. En periodos posteriores, los micénicos dejaron a un lado las tumbas de corredor y empezaron a enterrar a sus reyes en enormes tumbas circulares llamadas tholoi, a menudo en las laderas de las colinas. La más grande es conocida como el Tesoro de Atreo. Posteriores descubrimientos han revelado que Micenas estuvo habitada desde el tercer milenio a. C. por una población prehelénica. La vida micénica también está marcada por una gran religiosidad: el futuro panteón griego se empieza a dibujar en estas fechas con las divinidades indoeuropeas aportadas por los griegos: Zeus, Hera, Poseidón, Artemisa, Atenea, Hermes, Ares y Dioniso; la santidad y temor por los muertos es un ejemplo; hacían sacrificios humanos a los dioses según las tablillas de Pilos. No obstante también aparecen divinidades que no son identificables con ninguno de los dioses del panteón griego posterior. La Puerta de los Leones es la ejecución arquitectónica más característica y conocida de Micenas y fue construida alrededor de 1250 a. C. Representa a dos leones rampantes de unos 3 metros de altura. En esa época, Micenas era una ciudad próspera cuyo poder político, militar y económico se extendía hasta Creta, Pilos (en el oeste del Peloponeso), Atenas y Tebas.

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Sin embargo, hacia 1200 a. C., este poder declinó y finalmente se vino abajo tras una supuesta invasión de los dorios. Tisámeno, el último rey de Micenas, murió al mando de sus tropas durante el conflicto. No obstante, hoy en día, algunos historiadores dudan que tal invasión tuviera lugar. El recuerdo del poder micénico permaneció en la mente de los griegos durante los siguientes siglos, y se conocía como Edad Oscura. Los poemas épicos atribuidos a Homero, la Ilíada y la Odisea, preservaron la memoria del periodo micénico. En esos poemas Agamenón, rey de Micenas, aparece como el líder de los griegos en la Guerra de Troya. A principios del período clásico, Micenas fue habitada de nuevo, aunque no llegó a recuperar su importancia anterior. Micenas luchó en las batallas de las Termópilas y de Platea durante las Guerras Médicas. En 468 a. C., las tropas de Argos vencieron a Micenas y expulsaron a sus habitantes. En tiempos helénicos y romanos las ruinas de Micenas eran una atracción turística, tal y como son ahora, y una pequeña población creció para aprovechar el «comercio turístico». Sin embargo, en los últimos tiempos del Imperio romano, el lugar fue abandonado. Las primeras excavaciones en Micenas las realizó el arqueólogo griego Pittakis en 1841, encontrando y restaurando la Puerta de los Leones. En 1874 Schliemann llegó al lugar y llevó a cabo una excavación más completa. Schliemann se basó en la obra de Pausanias para sus excavaciones. Hoy día, a esta civilización la denominamos civilización cretomicénica. Schliemann había encontrado las primeras huellas, pero su descubrimiento completo estaba reservado a otro investigador. Todas las estancias del castillo aparecían cubiertas de cal y todas tenían pinturas murales en forma de frisos, generalmente ribeteados por franjas amarillas y azules que a la altura del cuerpo humano debían dividir en dos partes las paredes de las habitaciones.  Entre estas pinturas murales hay una extraña. En un fondo azul aparece dibujado un toro muy grande, con manchas encarnadas, en actitud de saltar con violencia, con un ojo circular que nos hace sospechar su ferocidad salvaje, y con la cola levantada. Encima de este toro se ve un hombre en actitud rara, medio saltando, medio bailando y asido con una mano a un cuerno del toro.

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En el libro de Schliemann sobre Tirinto, el doctor Ernst Fabricius da la explicación siguiente: «…uno podría imaginarse que el hombre que se ve sobre el dorso del toro sería el jinete o domador de toros, demostrando su habilidad de saltar sobre el animal mientras éste emprende su loca carrera, de manera análoga al domador de caballos que se menciona en el famoso párrafo de la  Ilíada,  que durante la veloz carrera salta por encima de uno de los cuatro caballos que llevaba en la reata». Esta explicación, a la que Schliemann entonces no consideró oportuno añadir nada, era suficiente. Pero si Schliemann hubiera cedido a la idea de ir a Creta, que muchas veces le asaltaba, allí habría encontrado algo relacionado con esta pintura, confirmando así muchas cosas y coronando la obra de su vida. El plan de seguir explorando Creta, especialmente en las proximidades de Cnosos, le  preocupó a Schliemann hasta su última hora. Donde veía ruinas tenía la esperanza de topar con muchos hallazgos. Un año antes de su muerte escribía: «Quisiera rematar los trabajos de mi vida con una gran obra, es decir, con la excavación del antiquísimo palacio prehistórico de los reyes de Cnosos, en Creta, que creo haber descubierto hace tres años.». Pero las resistencias que se le oponían eran demasiado grandes. Cierto que contaba con el permiso del gobernador de Creta, pero el propietario de la colina se oponía a las excavaciones y pedía el excesivo precio de cien mil francos; sólo así estaba dispuesto a vender el terreno. Schliemann trató con él, regateó el precio hasta llegar a los 40.000 francos. Cuando volvió para firmar el contrato contó los olivos de su nueva propiedad y descubrió que habían cambiado los mojones de la finca y que ahora, en vez de poseer 2.500 árboles, sólo tenía 888. Rompió el contrato. El espíritu mercantil de Schliemann se impuso en aquel momento a su interés arqueológico.

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Al encontrarnos de nuevo en el camino con la cultura minoica o cretense, no podemos menos que observar una de las tres grandes culturas que se desarrollaron sobre el mar Egeo, siendo las otras dos: la cíclada, desarrollada en el archipiélago de las Cícladas, archipiélago griego situado en el centro del mar Egeo, y la micénica, en Micenas, al centro del Peloponeso. Muy poco era lo que se sabía de la cultura minoica antes de que sir Arthur Evans en 1900 descubriera el Palacio de Cnosos en la isla de Creta. Recientes excavaciones demuestran que del 3000 al 1200 a. C., Creta era el centro de una de las más florecientes civilizaciones de la Edad del Bronce, con raíces en la época neolítica que datan con más de 6000 a. C., y con antiquísimas referencias históricas, unas de las cuales son mencionadas por Homero en la Ilíada y la Odisea. La población de la isla era particularmente heterogénea, compuesta por aqueos, dorios y pelaginenses, cidóneos y eteocretenses, los antiguos nativos prehelénicos. Pero algo sucedió que terminó de repente con esta cultura. Unos afirman que los minoicos fueron conquistados por los micenos, sin embargo, la destrucción del Palacio de Cnosos construido alrededor de 1700 a. C., sucedió alrededor del 1400 a. C., debido a un incendio y de allí en adelante vino la decadencia de Cnosos. En la mitología griega Cnosos fue el palacio del rey Minos, ingeniero y arquitecto de gran nombre. En este lugar habitaba el Minotauro y vecino a este se encontraba la cueva Dictea, hogar del infante dios Zeus. El famoso laberinto se encontraba dentro del palacio. Cnosos es una de las ciudades más nombradas en la mitología, pero nosotros sabemos que detrás de todo mito se encuentra una gran verdad. En la mitología griega, los aqueos eran los descendientes de Aqueo y nietos de la legendaria Helena de Troya, de donde, según Homero, vienen los griegos. Durante los siglos XIV y XIII a. C., los aqueos tuvieron control de Micenas y para lograr mantener algo de su antigua hegemonía, fundaron la Liga de la Federación Aquea en el siglo IV a. C.

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Schliemann había derrochado una fortuna en favor de la ciencia, y por el aceite de 1.612 olivos perdió la posibilidad de hallar la clave de los enigmas prehistóricos que le habían planteado todos sus hallazgos, muchos de los cuales aún no habían encontrado solución.  Pero su vida se hallaba en la cumbre cuando en 1890 le sorprendió la muerte. Quería pasar las Navidades del año 1890 con su mujer y sus hijos, pero un dolor en los oídos le torturaba mucho. Ocupado con nuevos proyectos, a su paso por Italia se limitó a consultar con algunos médicos desconocidos, quienes le tranquilizaron. Pero el día de Navidad cayó desplomado en plena plaza della Santa Carita  de Nápoles, y aunque conservaba todo su conocimiento, perdió la facultad de hablar. Gente compasiva le llevó al hospital, donde no quisieron admitirle. Cuando la policía le registró, halló entre sus papeles la dirección de un médico, y se fue en su busca. El médico aclaró de quién se trataba y reclamó  un coche para trasladarle. La gente contemplaba a aquel hombre que yacía en el suelo vestido con sencillez, incluso con pobreza. Luego los empleados del hospital preguntaron quién pagaría aquel gasto, a lo que el médico exclamó: ¡Pero si es un hombre muy rico!“. Y registrando las ropas del enfermo sacó de uno de los bolsillos un portamonedas lleno de oro.  Una noche entera padeció Heinrich Schliemann aquella parálisis, con plena conciencia. Después falleció.  Cuando su cadáver fue trasladado a Atenas, junto a su féretro iban el rey de Grecia y el príncipe heredero, los representantes de las potencias extranjeras y los ministros del país, así como los directores de todos los institutos científicos helénicos. Ante el busto de Homero dieron las gracias al helenófilo ilustre que había enriquecido el conocimiento de la Antigüedad ampliando en mil años la perspectiva histórica del mundo clásico. Junto a su féretro iban también su esposa y sus dos hijos, llamados significativamente Andrómaca y Agamenón.  Su sucesor, Arthur Evans, arqueólogo británico y descubridor del Palacio de Cnosos, fue hijo del también arqueólogo Sir John Evans. Había nacido en 1851, es decir, contaba treinta y nueve años cuando Schliemann falleció. Estaba llamado a cerrar con trazo preciso el círculo que Schliemann esbozó en la vieja tabla de la Historia.  Pero su vida se diferencia mucho de la de Schliemann. Evans hizo sus estudios en Harrow, Oxford y Gotinga; empezó a interesarse por la escritura jeroglífica y, hallando signos que le indicaban Creta, hizo un viaje a esta isla, y allí, en 1900, empezó nuevas excavaciones y ascendió lentamente en su carrera. Un día pudo llevar el honorífico título de sir y recibió muchas condecoraciones, una de las cuales, en 1936, fue la valiosa Copley Medaille de la Royal Society. En una palabra, tanto por su carácter como por su formación, era el personaje antagónico de Schliemann, nuestro genial autodidacta.

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Pero el resultado de sus exploraciones fue también interesante. Llegado a Creta para recoger la confirmación de una teoría sobre aquellos signos de escritura que le interesaban especialmente, no suponía él entonces que iba a permanecer allí mucho tiempo. Pero en sus excursiones por la isla vio los imponentes restos de escombros y los montones de ruinas que tanto habían fascinado a Schliemann, y dejando de lado todas sus teorías paleográficas empuñó la piqueta. Esto sucedía en el año 1900. Trascurrido un año, dijo que necesitaba otro más para despejar todo lo que consideraba útil a la ciencia. Y aún se quedó corto. Efectivamente, tres meses habían pasado de su último plazo cuando aún seguía cavando en el mismo sitio donde creyó al principio que no iba a parar mucho tiempo.  Estudió todos los textos de las leyendas y cuentos, lo mismo que Schliemann. Excavó palacios y tesoros, al igual que Schliemann, y trazó el marco del cuadro que Schliemann había bosquejado. Pero al mismo tiempo esbozó otros muchos cuadros de los cuales aún nos faltan muchos colores. Había hundido su piqueta en el suelo de Creta, fértil en leyendas y preñado de Historia, abriendo la isla de los enigmas.  Creta se halla situada en la periferia más saliente de un arco de montañas que se extiende desde Grecia hasta el Asia Menor, por el Egeo, pero el mar Egeo no era límite de separación entre los pueblos que a él se asomaban. Y Schliemann demostró esto al hallar en Micenas y en Tirinto objetos que debían provenir de países remotos, y asimismo  Evans encontró en Creta marfil africano y estatuas egipcias. El comercio y la guerra eran las fuerzas impulsoras del tráfico en el reducido mundo de la Antigüedad. Como en nuestros días, y exactamente igual que ahora, entonces se comerciaba y se peleaba. Así, las islas, con sus dos madres patrias, constituían una unidad económica y cultural. Aquí, la madre patria no lo era en rigor el continente, pues pronto quedaría probado que el suelo materno, tomando por tal aquel en que tuvo lugar el acto creador, lo fue una de las islas: Creta.

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Según la leyenda, Zeus mismo nació en ella; era hijo de Rea, la madre Tierra, y vino al mundo en la cueva de los Dictos. Las abejas le llevaban su dulce miel, la cabra Amaltea le ofreció sus ubres, las ninfas le mecieron, y un tropel de jóvenes armados se congregó a su alrededor para protegerle contra su padre, Cronos, devorador de sus propios hijos.  También se dice que Minos, aquel rey legendario, reinó en la isla y era hijo de Zeus. Evans excavó en la región de Cnosos.  Las murallas afloraban casi a la superficie. A las pocas horas, el trabajo ya dio su fruto, y al cabo de algunas semanas, Evans, lleno de asombro, se vio ante las ruinas de unos edificios que cubrían ocho áreas. En el transcurso de unos años, los restos de un palacio surgieron de un espacio que cubría una superficie de dos hectáreas y media.  La disposición de los edificios estaba bien clara y a pesar de notables diferencias exteriores, mostraba un parecido indiscutible con los palacios de Tirinto y Micenas; pero su poderosa construcción, unida a su gran suntuosidad y belleza, indicaba que los castillos del continente fueron sólo edificaciones secundarias, capitales de provincias o colonias en una marca adelantada. En torno a un rectángulo inmenso, el patio más grande, se erguían varias alas de edificios extendidas en todas las direcciones, con sus paredes de ladrillo hueco y  tejados llanos sostenidos por pilares. Pero las estancias, pasillos, salas y los distintos pisos presentaban una distribución tan confusa, ofrecían al visitante tantas posibilidades de equívoco, que incluso el espectador más profano exclamaba: «esto es un laberinto», aunque no supiese que la leyenda atribuye al rey Minos la edificación de un laberinto construido por Dédalo. Laberinto por antonomasia y modelo de todos los que después se han hecho o se puedan hacer.

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Evans no vaciló en comunicar al mundo que había encontrado el palacio de Minos, del mismo legendario hijo de Zeus, padre de Ariadna y de Fedra, dueño del laberinto y del temible hombre-toro o toro-hombre que lo habitaba: el Minotauro.  Lo que ahora descubría Evans era un verdadero milagro. El pueblo que lo había habitado, pueblo del que Schliemann sólo había hallado huellas coloniales, y del que hasta entonces nada se había sabido sino rasgos legendarios, se había deleitado allí en la riqueza y en la voluptuosidad, y probablemente en la cumbre de su apogeo se había hundido en aquella decadencia sibarítica que lleva en sí el germen de la muerte por dormirse en el lecho de rosas de su brillante esplendor.  La gran prosperidad económica de que gozara fue la causa de esa decadente cultura. La Creta de nuestros días, es decir, el país del vino y del aceite de oliva, lo era ya entonces. Y en aquel mundo asomado al Egeo, Creta era un gran centro comercial. Un mercado marítimo, pues era una isla. Lo que más extrañó después de las primeras excavaciones fue que aquel riquísimo palacio del antiguo mundo helénico no presentara traza alguna de fortificación ni de murallas protectoras, cosa que se explicó con el descubrimiento de la riqueza de aquel emporio, pues exigía un poder más fuerte que las piedras para su defensa, una clase de protección más ofensiva que las inertes murallas, medio simplemente defensivo. Tenía que poseer una flota que de manera activa dominase el mar. Por eso aquel palacio se presentaba entonces a la vista del navegante que se acercaba a las costas, no como un áspero castillo, sino que ofrecía con sus columnas de cal blanca, sus paredes cubiertas de refulgente estuco, brillantes bajo el ardiente sol mediterráneo, algo así como una joya de los mares que hacía centellear todas las facetas de su gran riqueza. Evans descubrió las bodegas y despensas. Allí se alineaban un jarro junto a otro; tinajas gigantescas ricamente ornamentadas con dibujos artísticos, análogos a los que antes se habían encontrado en Tirinto, que antaño se vieron llenas del dorado aceite. Evans se esforzaba en calcular la capacidad total de aquellas tinajas de aceite y llegó a la cifra de 75.000 litros. Riqueza en reserva de un solo palacio.

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Y ¿quiénes eran los que disfrutaban de aquellas riquezas? Evans descubrió, al poco tiempo, que sus hallazgos no podían pertenecer todos a la misma época, que no todas las murallas databan del mismo período, ni que toda la cerámica, la porcelana y la pintura representaban el mismo estilo. Pronto reconoció las capas de aquella civilización, en una inteligente visión de los milenios. Y así estableció una división que aún se sigue hoy día: un período minoico primitivo desde el milenio tercero hasta el segundo; un minoico medio hasta 1600 a. C., aproximadamente, y un minoico tardío —el período más breve, con un rápido final— hasta 1250 a. C., aproximadamente. Incluso halló huellas de actividad humana anteriores al primer período de la época que denominamos neolítica, pues el metal era aún desconocido y todos los utensilios empleados eran de piedra. Así, hasta una época que alcanzaba diez mil años, fijó Evans la antigüedad de aquellos testimonios. Otros investigadores no admitieron tan lejano período de la historia, pero dan como seguro un mínimo de cinco mil años. Evans determinó cada época por la presencia de objetos de origen extranjero, por ejemplo, cerámica de Egipto, que correspondía a períodos en que reinaron faraones cuyas fechas están bien determinadas. El apogeo y la cumbre de esta civilización se sitúan en el período de transición del minoico medio al minoico tardío, es decir, en los decenios que transcurren alrededor del año 1600 a. C., que fue cuando probablemente vivió Minos, dominando con su flota los mares circundantes. Aquella fue la época en que un bienestar general desarrolló el esplendor y se practicaba el culto a la belleza. Las pinturas murales presentaban jóvenes caminando por praderas y cogiendo flores que depositaban en esbeltas ánforas; o doncellas que andaban por campos de lirios. La cultura, entonces, estaba a punto de convertirse en simple suntuosidad y la pintura ya no era adorno dominado por formas recias, sino que campeaba la delicia de los colores con un brillo refulgente. En Creta, habitar una casa no era necesidad, sino lujo. Los vestidos no eran, tampoco, simple necesidad de la naturaleza y de las costumbres, sino fruto del gusto y del refinamiento.

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En la mitología griega, Minos era un rey legendario de Creta, hijo de Zeus y Europa. La civilización minoica recibe el nombre de Minos. Con su esposa Pasífae fue padre de Ariadna, Androgeo, Deucalión, Fedra, Glauco, Catreo y muchos otros hijos. Minos, junto con sus hermanos Radamantis y Sarpedón, fue criado por el rey Asterión de Creta. Cuando éste murió, dio el trono a Minos, quien desterró a Sarpedón y, aparentemente, también a Radamantis. No está claro si Minos es un nombre o si era la palabra cretense para rey. Los investigadores han advertido la interesante similitud entre Minos y los nombres de otros antiguos reyes-fundadores, tales como Menes de Egipto, Mannus de Alemania, Manu de la India, Moisés del judaísmo, etc. Minos reinó sobre Creta y las islas del mar Egeo tres generaciones antes de la Guerra de Troya. Vivía en Cnosos por periodos de nueve años, al término de los cuales se retiraba a una cueva sagrada donde recibía instrucciones de Zeus sobre el gobierno que daría a la isla. Fue el autor de la constitución cretense y el fundador de su supremacía naval. En la tradición ática y en la etapa ateniense, Minos es un cruel tirano, el demandante del tributo de jóvenes atenienses que alimentaban al Minotauro. Parece posible que este tributo de niños fuera en realidad cobrado para formar parte de los espectáculos taurinos minoicos, de los que se conserva más de una ilustración. La mayor parte de los mitólogos consideraba que sólo hubo un rey llamado Minos. Sin embargo, existe una tradición que trataba de conciliar los aspectos contradictorios de su personalidad, así como también pretendía explicar cómo Minos gobernó Creta durante un periodo que parecía abarcar varias generaciones. Esta versión asumía que hubo dos reyes con el nombre de Minos. Según esta visión, el primer rey Minos fue el hijo de Zeus y Europa y hermano de Radamantis y Sarpedón. Este fue el rey Minos «bueno», tenido en tal estima por los dioses olímpicos que, tras su muerte, se le hizo uno de los tres Jueces de los Muertos, junto con su hermano Radamantis y su hermanastro Éaco. Se decía que la esposa de este Minos fue Itone (hija de Lictio) o Creta (una ninfa, o hija de su padrastro Asterión), y que tuvo un hijo único llamado Licasto, su sucesor como rey de Creta. Licasto tuvo con su esposa Idea (hija de Coribas) un hijo al que llamó Minos, en honor a su abuelo.

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Este segundo rey Minos, el «malo», es el hijo de Licasto, y fue un personaje mucho más pintoresco que su padre y su abuelo. A este segundo Minos debemos los mitos de Teseo, Pasífae, el Minotauro, Dédalo, Glauco y Niso. A diferencia de su abuelo, tuvo numerosos hijos, entre los que se cuentan Androgeo, Catreo, Deucalión, Ariadna, Fedra y Glauco, todos con su esposa Pasífae. Fue el abuelo del rey Idomeneo, quien llevó a los cretenses a la Guerra de Troya. Puesto que posteriormente se supuso que el intercambio con los fenicios jugó un importante papel en el desarrollo de Creta, a veces se dice que Minos era fenicio. No existen dudas sobre el escenario histórico de la leyenda. Recientes descubrimientos en Creta prueban la existencia de una civilización acorde con las leyendas, y hace que resulte probable que no sólo Atenas sino la propia Micenas estuviese una vez sometida a los reyes de Cnosos, de los que Minos fue el más grande. A la vista del esplendor y la amplia influencia de los restos arqueológicos, datados en la Edad de Bronce, que descubrió en Creta Arthur Evans, en 1900. Se dio a la civilización descubierta un nombre derivado de Minos: civilización minoica. Se decía que Minos había muerto en Camico (Sicilia), donde había ido persiguiendo a Dédalo, quien había dado a Ariadna el hilo con que se guio Teseo por el Laberinto. Lo mataron las hijas de Cócalo, rey de Agrigento, que vertieron agua hirviendo sobre él mientras estaba tomando un baño. Posteriormente sus restos fueron devueltos a los cretenses, quienes los pusieron en un sarcófago en el que fue inscrito: «La tumba de Minos, el hijo de Zeus». Las más antiguas leyendas muestran a Minos como un benévolo gobernante, legislador y supresor de la piratería. Se decía que su constitución había formado la base de la de Licurgo. De acuerdo con esto, tras su muerte se convirtió en el juez de las sombras en el inframundo, junto con Éaco y Radamantis. La explicación solar de “Minos” como “dios-sol” ha pasado a segundo plano tras los últimos descubrimientos. En cualquier caso se le habría reclamado naturalmente un origen divino como rey-sacerdote, y estaba rodeado de una atmósfera divina. El nombre de su esposa, Pasífae («la que brilla para todos»), es un epíteto de la diosa de la luna. El nombre «Minos» parece ser el equivalente filológico de Minias, el ancestro real de los minias de Orcómeno, y su hija Ariadna («la más sagrada») es un doble de la diosa nativa de la naturaleza. Los Minias eran un pueblo beocio, el primero que cuenta con un nombre entre los pelasgos, situado en Orcómeno, relacionado con Tesalia meridional, ya que procedía del golfo de Pagaso. Se les identificaba con los Argonautas o se les consideraba descendientes de los mismos. Se dice que de ellos procedía el famoso argonauta Jasón.

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Un día, Glauco, divinidad y monstruo del mar, hijo de Poseidón y de la náyade Nais, estaba jugando con una pelota o un ratón y desapareció de pronto. Sus padres fueron al oráculo de Delfos, que les dijo que «una maravillosa criatura ha nacido entre vosotros: quien halle el auténtico parecido de esta criatura hallará también al niño». Este oráculo fue interpretado como una referencia a un ternero recién nacido en la manada de Minos. Tres veces al día, el ternero cambiaba de color de blanco a rojo y de rojo a negro. Poliido, hijo de Cérano, y famoso adivino corintio,  advirtió la similitud con la maduración del fruto de la zarzamora y Minos le envió a buscar a Glauco. Buscándolo, Poliido vio a un búho alejando abejas de una bodega del palacio de Minos. Dentro de ésta había un tonel de miel, dentro del cual halló muerto a Glauco. Minos exigió que se le devolviese la vida a Glauco, a lo que Poliido se opuso. Mientras Minos abrazaba el cadáver de su hijo, apareció una serpiente, a la que Poliido mató con la espada de Minos. Apareció entonces otra serpiente que, al ver a la primera muerta, se marchó y volvió con una hierba con la que la resucitó. Siguiendo este ejemplo, Poliido usó la misma hierba para resucitar a Glauco. Minos rehusó permitir a Poliido abandonar Creta hasta que hubiese enseñado a Glauco todo lo que sabía. Poliido así lo hizo, pero entonces, en el último segundo antes de marcharse, pidió a Glauco que le escupiese en la boca. Glauco así lo hizo, devolviendo a Poliido todo lo que le había enseñado. El rey Minos prometió a Poseidón que sacrificaría lo primero que saliera del mar. Poseidón hizo salir un toro, pero Minos lo encontró tan hermoso que lo incorporó a sus rebaños y el dios, enfurecido, hizo que la reina Pasífae, esposa del rey Minos, se enamorara del animal. Dédalo construyó una vaca de madera, dentro de la que se escondía Pasífae. El toro se apareaba con la vaca de madera y Pasífae quedó encinta, pariendo un horrible monstruo mitad hombre y mitad toro: el Minotauro.

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Posteriormente Minos autorizó a Heracles capturar el toro con el que se había apareado Pasífae, lo que constituyó uno de sus doce trabajos. Dédalo construyó entonces un complicado Laberinto, en el que Minos encerró al Minotauro. Teseo mató al Minotauro. Minos, furioso, encarceló a Dédalo y a su hijo, Ícaro, en el laberinto. Dédalo e Ícaro huyeron usando unas alas que Dédalo inventó, pero las de Ícaro se derritieron, porque voló demasiado cerca del sol. Ícaro cayó al mar y se ahogó. Androgeo, hijo de Minos, había ganado los juegos panatenienses, momento de gran gloria, que aprovechó Egeo, rey de Atenas, para retarle a luchar contra el toro de Maratón, que estaba asolando esa parte del Ática. La terrible bestia acabó con la vida del príncipe, o según otra versión, éste murió a manos de los otros competidores de los juegos, celosos de su victoria. El rey Minos utilizó la excusa de la muerte de su hijo para lanzar su poderosa flota contra las costas de Grecia, conquistando Megara y condenando con el aislamiento a Atenas, que sufrió el hambre y las epidemias. Los atenienses consultaron al oráculo y éste les aconsejó que aceptaran lo que les propusiera Minos si querían acabar con la guerra. Así, aceptaron el humillante tributo que les impuso el rey de Creta para firmar la paz: cada año debían enviar siete jóvenes y siete doncellas para que fueran devorados por el Minotauro. Esto se corresponde directamente con el obsesivo registro de las alineaciones lunares por parte de los minoicos: una luna llena cae sobre los equinoccios una vez cada ocho años. El tributo se suspendería si alguno de ellos lograba escapar del Laberinto. Para librar a su ciudad de esta carga, Teseo, hijo único de Egeo, parte a Creta. Una vez allí, se enamora de él Ariadna, la hija de Minos, que le ofrece su ayuda: una espada mágica con la que vencer al monstruo y un ovillo con el que guiarse para salir del laberinto. Siguiendo esta estrategia, Teseo acaba con el tributo impuesto por Minos. Minos también tomó parte en la historia del rey Niso, que era rey de Megara, e invencible siempre que conservase un mechón de pelo rojo, oculto en su cabellera blanca. Minos atacó Megara, pero Niso sabía que no podía ser derrotado porque seguía teniendo su mechón de pelo rojo. Su hija, Escila, se enamoró de Minos y demostró su amor cortando el mechón de pelo rojo de la cabeza de su padre. Niso murió y Megara cayó ante Creta. Minos mató a Escila por haber desobedecido a su padre. Escila fue transformada en un ave marina y perseguida sin descanso por su padre, que era un águila marina.

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Minos buscó a Dédalo de ciudad en ciudad, proponiendo un acertijo: ofrecía una caracola espiral y pedía que fuese enhebrada completamente. Cuando llegó a Camico, en Sicilia, el rey Cócalo, sabiendo que Dédalo sería capaz de resolver el acertijo, buscó al anciano. Éste ató un hilo a una hormiga que recorrió todo el interior de la concha, enhebrándola completamente. Minos supo entonces que Dédalo estaba en la corte del rey Cócalo y exigió que le fuese entregado. Cócalo logró convencerlo de que tomase primero un baño, y sus hijas le mataron entonces quemándolo con agua hirviendo. Tras su muerte, Minos se convirtió en juez de los muertos en el Hades, junto con Éaco y Radamantis. Radamantis juzgaba las almas de los orientales, Éaco la de los occidentales y Minos tenía el voto decisivo. En la Eneida de Virgilio, Minos era el juez de aquellos a los que se había aplicado la pena de muerte tras ser acusados falsamente. Minos se sienta en una urna gigante, y decide si las almas deben ir al Elíseo o al Tártaro con la ayuda de un jurado mudo. Radamantis, su hermano, es un juez del Tártaro que decide los castigos adecuados para los pecadores allí destinados. En La divina comedia de Dante, Minos se sienta en la entrada al segundo círculo del Inferno, que es el comienzo del Infierno propiamente dicho. Ahí juzga los pecados de cada alma y le asigna su justo castigo indicando el círculo al que debe descender. Hace esto dando el número apropiado de vueltas a su cola alrededor de su cuerpo. También puede hablar para aclarar la ubicación del alma dentro del círculo indicado por las vueltas de su cola. En la monedas cretenses se representa a Minos con barba, llevando una diadema, con el pelo rizado, altivo y solemne, como los retratos tradicionales de su supuesto padre, Zeus. En las vasijas pintadas y los bajorrelieves de los sarcófagos aparece frecuentemente con Éaco y Radamantis como jueces del inframundo y relacionado con el Minotauro y Teseo.

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No es de extrañar que Evans empleara la expresión «moderno» para lo que hallaba. Aquel edificio, de medidas aproximadas a las del palacio de Buckingham, tenía cloacas para los desagües y lujosas termas, instalaciones para la ventilación, filtros de agua a base de grava, y grandes pozos negros. Pero más identidad hallaba con los tiempos modernos al contemplar el aspecto de las personas, sus actitudes, sus vestidos y sus modas. A principios del período minoico medio, las mujeres solían tocarse con unos sombreros altos, puntiagudos, y vestían largas faldas con dibujos de color, abiertas por delante y sostenidas por un cinturón; los cuellos eran altos, erguidos y llevaban al descubierto el pecho. Esta antigua indumentaria se convirtió en la época del apogeo en un vestido muy refinado. La sencilla túnica se había trocado en un corpiño con mangas, muy ceñido al talle, con formas complicadas, dejando de nuevo descubierto el pecho, pero ahora con llamativa coquetería y provocación. Las faldas, de variados colores, caían largas, plisadas, y algunas de ellas adornadas con dibujos en los que se representaba una colina en la que se ven flores de loto estilizadas; sobre esta prenda llevaban un mandil de vivos colores. Para la cabeza, las mujeres usaban unos sombreros altos, inspirados en aquel primitivo tocado en forma de cucurucho puntiagudo. Si lo moderno es que las mujeres lleven el pelo corto lo mismo que los hombres, aquellas buenas cretenses ya eran bien modernas hace varios milenios, pues lo llevaban igual de corto que los hombres. Así las vemos en las pinturas: con negligente gracia en sus movimientos, lánguidamente extendidas en sillas de jardín, jugando con un guante, o en animada conversación, con ese encanto que hemos dado en llamar parisiense. Tanto por la mirada como por la expresión toda, parece imposible que se trate de damas de una época que dista miles de años de la muestra. Para evocar aquellos tiempos lejanos, basta echar una ojeada a los hombres. Como único vestido, todos llevan una especie de enagüilla.

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Entre las maravillosas pinturas encontradas por Evans —cuyo encanto y hechizo sentían incluso los incultos obreros— se repetía siempre una cuyo tema ya conocemos: el bailarín delante del toro. Esto era lo que suponía Schliemann cuando halló tal representación en Tirinto, en aquel castillo oscuro de frontera adelantada, donde no había nada que le pudiera recordar las antiguas leyendas, los toros, los sacrificios y la sangre humeante en el ara de los templos.  La adoración del Toro Sagrado era común en el mundo antiguo. Su fuente de conocimiento viene de Egipto y luego pasó a los pueblos de la Mesopotamia Antigua y la Grecia Helenista, la misma que en su religiosidad la difundió a Roma. Es quizás más familiar a Occidente el empleo del toro por parte de Roma y su religión, quienes, en ciertas fiestas o acontecimientos de conquista a otros pueblos, para agradecer a los dioses hacían sacrificar a uno de estos animales nobles y fuertes en sus rituales paganos. Y muchos, como sinónimo de prosperidad y fortaleza, se bañaban en la sangre del animal sacrificado. Relacionado con este hecho tenemos los sacrificios que se hacían en Roma después de que Cesar conquistara las Galias. Desde épocas protohistóricas, el toro ocupó un lugar importante en la vida de los seres humanos. Tanto el nómada como el sedentario conviven con este animal, que se agrupa a su lado y del cual el hombre, muchas veces, depende para su supervivencia. Por ello aprende a conocerlo bien y a representarlo, probablemente identificándolo con la virilidad y la procreación en la naturaleza. Los objetos sagrados, ya sean animales, plantas, lugares u objetos no se veneran por sí mismos, sino que se les considera sagrados porque revelan la realidad última o porque participan de ella. Desde los tiempos más remotos, el toro fue de característica lunar en Mesopotamia, representando sus cuernos la luna creciente, aunque no puede recrearse un contexto específico para los cráneos de toro con cuernos (bucrania) conservados en un santuario del VIII milenio a. C. en Çatalhöyük (Anatolia oriental). El toro sagrado de los Hatti, cuyos elaborados estándares fueron hallados en Alaca Höyük, junto a los del ciervo sagrado, sobrevivió en las mitologías hurrita e hitita como Seri y Hurri (‘Día’ y ‘Noche’). Así como los toros que llevaban al dios del tiempo Teshub sobre sus espaldas, o en su carro, y que pacían en las ruinas de las ciudades. En Chipre se usaron máscaras rituales de toro hechas con cráneos reales. En esta isla se han hallado figuritas de terracota llevando máscaras de toro y altares de piedra neolíticos con cuernos de toro.

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En la mitología egipcia fue venerado el toro Apis, considerado la encarnación de Ptah y más tarde de Osiris. Una larga serie de toros, ritualmente perfectos, fueron identificados por los sacerdotes del dios, hospedados en el templo toda su vida, así como embalsamados y enterrados en grandes sarcófagos. Numerosos sarcófagos monolíticos se guardaron en el Serapeum de Saqqara, que fue descubierto por Auguste Mariette en 1851. Otros toros venerados fueron Mnevis o Merur, la encarnación de Atum-Ra, en Heliópolis; Bujis o Baj, el toro sagrado de Montu, en Hermontis; y el toro del dios Min, en Coptos. En el Antiguo Egipto, Ka era tanto un concepto religioso de la fuerza vital, como la palabra que designaba al toro. En otras culturas, Marduk es el «toro de Utu», y la montura del dios hinduista Shivá es Nandi, el toro. Walter Burkert resumió la revisión moderna de una identificación superficial y difusa de un dios que era idéntico a su víctima sacrificial, y que había creado analogías sugestivas con la eucaristía cristiana: “Sin embargo, el concepto del dios teriomórfico y especialmente del dios toro puede borrar también demasiado fácilmente las muy importantes distinciones entre un dios llamado, descrito, representado y adorado en forma animal, un animal real adorado como un dios, los símbolos y máscaras animales usados en el culto, y por último el animal consagrado destinado al sacrificio. La adoración animal de este tipo hallada en el culto egipcio de Apis es desconocida en Grecia“. Cuando los héroes de la nueva cultura indoeuropea llegaron a la cuenca del Egeo, se enfrentaron con el antiguo Toro Sagrado en muchas ocasiones. Y siempre lo superaron, en la forma de los mitos que han sobrevivido. Para los griegos, el toro estaba fuertemente relacionado con el Toro de Creta. Teseo de Atenas tenía que capturar al antiguo toro sagrado de Maratón antes de enfrentarse al toro-hombre, el Minotauro (en griego ‘toro de Minos’), al que se imaginaba como un hombre con cabeza de toro en el centro del laberinto. Los antiguos frescos y cerámicas minoicos representan rituales de taurocatapsia, en los que los participantes de ambos sexos saltaban por encima de los toros agarrándose a sus cuernos. A pesar del aviso de Burkert de que «es peligroso proyectar la tradición griega directamente en la Edad de Bronce», sólo se ha hallado una imagen minoica de un hombre con cabeza de toro, un diminuto sello actualmente en el Museo Arqueológico de La Canea.

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En el culto olímpico, el epíteto de Hera, Bo-opis suele traducirse como ‘con ojos de buey’. Pero el término podía aplicarse también si la diosa tenía la cabeza de una vaca, y por tanto el epíteto podría revelar la presencia de una concepción icónica anterior, aunque no necesariamente más primitiva. Los griegos clásicos nunca se refirieron a Hera simplemente como la vaca, si bien su sacerdotisa Ío fue literalmente una ternera picada por un tábano, forma en la que Zeus se apareó con ella. Zeus adoptó papeles más antiguos y, en la forma de un toro que salía del mar, raptó a la noble fenicia Europa y la llevó, significativamente, a Creta. Dioniso era otro dios de la resurrección que estaba fuertemente vinculado al toro. En un himno de culto procedente de Olimpia, en un festival en honor a Hera, también se invitaba a Dioniso a aparecer como un toro, «con la furia de su pezuñas». «Con bastante frecuencia es retratado con cuernos de toro, y en Cízico tenía una imagen tauromorfa», cuenta Burkert. Y alude también a un mito arcaico en el que Dioniso es masacrado como un ternero y comido impíamente por los Titanes. En el periodo clásico de Grecia, el toro y otros animales identificados con deidades eran separados como sus agalma, una especia de pieza heráldica que significaba concretamente su presencia numinosa, o relativo al numen como manifestación de poderes religiosos o mágicos. Numen (“presencia”) es un término latino que se refiere a una deidad maravillosa, dotada de un poder misterioso y fascinador, que a su vez es fuente idílica de inspiración.  El famoso caballo de Alejandro Magno se llamaba Bucéfalo (‘cabeza de buey’), enlazando al autoproclamado dios-rey con el poder mítico del toro. El toro es uno de los animales relacionados con el culto sincrético romano y helenístico tardío de Mitra, en el que la muerte del toro astral, la tauroctonía, era tan central en el culto como la crucifixión en el cristianismo de la época. La tauroctonía estaba representada en cada mitreo. Una sugerencia muy discutida relaciona los restos del ritual mitraico con la pervivencia o auge de la tauromaquia en Iberia y el sur de Francia, donde la leyenda de san Saturnino de Tolosa y su protegido en Pamplona, san Fermín, está inseparablemente relacionada con los sacrificios de toros por la vívida forma que adoptaron sus martirios, fijados por la hagiografía cristiana en el siglo III, que también fue el siglo en el que el mitraísmo estuvo en su apogeo.

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La mitología irlandesa incluye importantes menciones a los toros, como en el Táin Bó Cúailnge, así como en las historias del épico héroe Cúchulainn, que fueron compiladas en El libro de la vaca parda del siglo VII. En algunas religiones cristianas se escenifican belenes en Navidad. La mayoría de ellos incluyen un toro o un buey echado en el pesebre, cerca del recién nacido Jesús. Las canciones navideñas tradicionales cuentan a menudo que el buey y el burro calentaban al infante con su aliento. El toro sagrado sobrevive en la constelación Tauro. El toro se consideraba un símbolo lunar debido a sus cuernos y también de masculinidad y fertilidad. Encontramos las primeras pruebas de un posible culto al toro en las paredes de las cuevas del Paleolítico . Estas representaciones nos ayudan también a comprobar que el toro ha sido un animal presente en la vida del hombre en toda Europa desde tiempos prehistóricos. Los asirios nos dejaron las maravillosas esculturas de los lamassu, toros alados que se consideraban genios protectores que alejaban a los malos espíritus. En Micenas y en Creta, podemos encontrar representaciones de toros en frescos y en decoraciones de vasijas que nos muestran la práctica de la taurocatapsia, consistente en saltar por encima del toro cogiéndole por los cuernos. Se cree que estos juegos tenían un trasfondo religioso relacionado con el sacrificio del animal, aunque también hay autores que piensan que se trataba simplemente de entretenimiento. En cuanto al culto, sólo se ha hallado una estatuilla antropomorfa con cabeza de toro, con lo cual es difícil asegurar que existiera un dios toro, lo que no quiere decir que el toro en sí no fuera considerado un animal sagrado, símbolo de fecundidad. Todas estas prácticas fueron quedando olvidadas con el avance del cristianismo y la prohibición a finales del siglo IV d.C. de los cultos paganos. Actualmente, acercándonos a museos y a los libros de Historia, podemos atestiguar un culto al toro que si bien implicaba sacrificio y derramamiento de sangre, nunca se convirtió en un espectáculo de crueldad y sufrimiento.

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Pero ¿acaso no estaba Evans en el terreno mismo donde había gobernado Minos, el legendario rey del Minotauro, monstruo parecido a un toro? La leyenda dice que Minos, rey de Cnosos, de toda Creta, y señor de todos los mares helénicos, envió a su hijo Androgeo a participar en los juegos de Atenas. Más fuerte que todos los griegos, venció, y por envidia fue muerto por Egeo, rey de Atenas. Su padre, enfurecido, invadió la ciudad en implacable guerra, la sometió y exigió una expiación terrible. Cada nueve años, los atenienses habían de mandar la flor de su juventud, un tributo consistente en siete jóvenes varones y siete doncellas que serían sacrificados al monstruo de Minos. Pero cuando el terrible sacrificio se preparaba por tercera vez, Teseo, hijo de Egeo, que había regresado después de un viaje en el que realizó muchas proezas, se ofreció para ir en barco a Creta y matar al monstruo. El barco surcó el mar hacia la isla de Creta, un mar azul y resplandeciente, y en él iba Teseo, con siete parejas de jóvenes jonios. Negras eran las velas que sostenían los mástiles, y Teseo anunció que izarían velas blancas en su viaje de vuelta si había conseguido su propósito. Tal como ya hemos indicado, Ariadna, hija de Minos, vio a aquel hombre destinado a la muerte, y se enamoró de él. Diole una espada para la lucha y una madeja de lana, uno de cuyos extremos sujetaba ella, mientras el héroe entraba en el laberinto en busca del monstruo. En lucha terrible, el héroe venció al Minotauro. Gracias al hilo de lana halló la salida, y rápidamente huyó con Ariadna y sus compañeros hacia su patria. Pero estaba tan emocionado por haber salido vivo de aquella aventura que se olvidó de cambiar las velas, como había anunciado. Egeo, padre de Teseo, al ver velas negras, las interpretó como signo de muerte y se arrojó al mar.

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El hecho de que el laberinto sea parte del palacio del rey Minos, en la ciudad de Cnosos, le da una significación especial. Pero ¿qué es un laberinto? El Libro de los signos y de los símbolos de I. Schwarz-Winklhofer y H. Biedermann, refiriéndose al laberinto como uno de los símbolos más difundidos de la prehistoria nos dice que su esquematización fue demostrada por C. Schuster durante la celebración del Congreso Internacional Etnológico de Viena en 1952. El dibujante traza en primer término un esquema básico formado por una cruz, cuatro puntos y cuatro medialunas, que va uniendo sucesivamente mediante trazos. Este tipo de croquis se halla en los petroglifos más antiguos, pero también se halla universalmente difundido, y aparece en el arte popular de distintos pueblos, lo cual vuelve imposible establecer su procedencia. Podría tratarse de los “petroglifos megalíticos“, que se componen de círculos concéntricos y espirales, complicados a manera de diversión. En épocas más recientes estos laberintos se marcaban sobre el suelo como espacios dedicados a la danza de ciertos cultos o como una especie de “castillo troyano” en catedrales medievales, a la manera de “caminos a Jerusalén“. Las figuras están reproducidas más adelante sin toque artístico, tal cual aparecen en las pinturas rupestres. Cualquiera que haya visitado la basílica de San Pedro en Roma, puede encontrar en el suelo un gigantesco laberinto, el cual una vez recorrido de rodillas por el penitente, si este tenía la suerte de encontrar el camino, llegaba sangrando a orillas del altar. Los misteriosos laberintos en los pisos de las catedrales góticas, también eran utilizados con propósitos similares, pero su verdadero origen ha sido hasta ahora desconocido. Los laberintos son un testimonio velado de un recuerdo perdido en la prehistoria.

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En un lienzo se ve a dos doncellas y a un joven jugando con un toro. ¿Era eso un juego? La pintura podía muy bien representar los sacrificios ante el Minotauro, nombre que, sin duda, no quería decir otra cosa sino «toro de Minos». Comparando la leyenda con la realidad hallada, surgían aún otras cuestiones.  Evidentemente, en todo ello había un fondo de verdad: el laberinto. El triunfo de Teseo era el símbolo de la victoria de los conquistadores venidos del continente, los cuales habían destruido el palacio de Minos. Esto era verosímil. Pero que una venganza personal de Minos, que la dureza del castigo exigido por el hijo asesinado fuera el motivo de la destrucción de su reino, era más improbable. Lo cierto es que el reino de Minos fue destruido tan sañuda y repentinamente, que los destructores no tuvieron tiempo de ver oír o aprender nada. Tan destruido como lo fue, tres mil años después, el reino de Moctezuma por un puñado de conquistadores españoles, de tal modo, que no quedó más que un montón de ruinas. La procedencia y el final de este rico pueblo de Creta es todavía un enigma para los arqueólogos y para todos los hombres de ciencia que se ocupan en la Historia primitiva. Después de Homero, se establecieron cinco pueblos distintos en la isla. Según Heródoto, Minos no era heleno, y Tucídices afirma que sí lo era, Evans, el hombre que más se interesó por este problema, lo cree de origen africano, concretamente libio. Eduard Meyer, concienzudo historiador de la Antigüedad, observa solamente que los cretenses quizá no procedían del Asia Menor. Dörpfeld, el antiguo colaborador de Schliemann, aun en 1932, a sus ochenta años, se enfrenta con la teoría de Evans y dice que Fenicia fue el lugar de donde procede el arte de Creta y de Micenas, y no de la isla, como pretendía Evans. ¿Dónde está el hilo de Ariadna capaz de sacarnos del laberinto de tales hipótesis? La escritura podría ser este hilo. Y con esta idea, Evans fue a Creta.

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Ya en 1804 había descifrado los primeros signos de Creta. Allí descubrió también innumerables inscripciones de cuadros. Y en Cnosos descubrió unas 2.000 tablillas de arcilla con los signos de un sistema de escritura lineal. Pero Hans Jensen, en una documentada obra sobre «La escritura», editada en 1835, observó escuetamente: «El desciframiento de la escritura de Creta está en sus inicios, motivo por el que no vemos con claridad el carácter esencial de la misma».  El origen y la escritura del reino de Creta son oscuros como lo es también su final. Hay muchas teorías y todas ellas audaces, Evans reconocía tres estadios claros de la destrucción. Por dos veces se reconstruyó el palacio, pero la tercera destrucción fue definitiva.  Intentando atisbar la historia de aquellos luminosos días, vistos con la perspectiva del tiempo, distinguiremos, entre aquellos tropeles de gente nómada que invadieron Grecia, atacaron los castillos defendidos por gente de tez morena y destruyeron Micenas y Tirinto, a los aqueos de piel blanca, procedentes del Norte, de los países del Danubio, o acaso de las regiones de la Rusia meridional. Era la invasión de un pueblo bárbaro que se extendió por todas partes, surcó el mar, llegó a la isla y destruyó las riquezas de Creta. Poco después se iniciaron nuevas campañas. Ahora son los dorios, que expulsan a los aqueos, gente más culta que ellos. Si los aqueos eran saqueadores que sabían «tomar posesión», hombres dignos del canto de Homero, los dorios, en cambio, eran simples bárbaros devastadores. Con ellos, sin embargo, empezó la nueva Grecia. Así lo explican unos. Pero Evans descubrió que la destrucción del palacio minoico se había llevado a cabo con el poderío de un fenómeno de la Naturaleza. Pompeya era el ejemplo clásico de un caso análogo. Aquí Evans encontraba, en las estancias del palacio, signos análogos de que la muerte había sorprendido a los hombres repentinamente, en plena vida, como los que por primera vez vieran D’Elboeuf y Venuti al pie del Vesubio. Instrumentos de trabajo abandonados cerca de la mano del operario, ejemplares de trabajo manual y obras de arte suspendidos repentinamente en plena ejecución, faenas domésticas interrumpidas violentamente.

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Y forjó entonces una teoría confirmada por la experiencia propia. El 26 de junio de 1926, a las diez menos cuarto de la noche, Evans se hallaba en su cama leyendo cuando se produjo de repente un brusco movimiento sísmico. La cama se movió, las paredes de la casa temblaron, algunos objetos cayeron, un cubo lleno de agua se vertió, la tierra trepidó, primero, y luego bramó como si el Minotauro volviera a la vida. Pero la sacudida sísmica no duró mucho rato. Cuando la tierra se hubo tranquilizado, Evans saltó de la cama y salió corriendo. Rápidamente se dirigió al palacio. Las obras puestas al descubierto por las excavaciones habían quedado intactas. Donde había sido posible, hacía años se habían colocado refuerzos de acero para sostener los vacilantes muros descubiertos. Pero en los pueblos de los alrededores y hasta en la capital, Candia, el movimiento sísmico había producido terribles estragos. Ello confirmó la teoría de Evans, basada en que Creta era una de las zonas de movimientos sísmicos más agudos de Europa. Sólo la potencia de aquel terremoto que de pronto sacudió la tierra, la agrietó y devoró la obra de los hombres, podía haber destruido el palacio de Minos, de modo tal que sobre sus ruinas ya no pudiera construirse más que un conjunto de chozas miserables.  Tal es la tesis de Evans, que algunos no comparten. Quizás algún día se aclare la incógnita. Evans, al menos, no ha podido cerrar el círculo, cuyo primer esplendor fue vislumbrado por Schliemann, hombre lleno de fe, bajo las cenizas de Micenas. Ambos habían sido descubridores; ahora llegaba la época de los intérpretes destinados a hallar el hilo de Ariadna. ¿Dónde estará la lámpara que nos dé luz para descubrir y leer la escritura de Creta? Esa luz cuyos amplios rayos basten para iluminar aquella Europa que durante más de tres mil años ha permanecido en la oscuridad.  A mediados de 1950 surgió la primera respuesta: el doctor Ernst Sittig, profesor de Tübingen, Alemania, había resuelto el problema que había ocupado por espacio de cuarenta años al investigador finlandés Sundwall y, después, al alemán Bossert, al italiano Meriggi y al sabio checo Hrozny, que descifró los textos hititas en escritura cuneiforme de Boghaz-Koeï. Hasta que, en 1948, Alice Kober declaró resignadamente en Nueva York: «Es imposible descifrar una lengua desconocida escrita en una escritura desconocida…».

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Parecía, pues, haberse conseguido un gran triunfo. Sittig había sido el primero en aplicar de manera consecuente a la filología antigua la técnica —y la ciencia— del desciframiento de escritos militares secretos, basada en la estadística y la matemática, y consistente en la aplicación de cálculos estadísticos, que se perfeccionó en el transcurso de las dos guerras mundiales. En un breve espacio de tiempo creyó haber descifrado primero once y después treinta signos de la llamada «escritura cretense lineal B». Pero a mediados de 1953 surgió otra respuesta. Llegó a manos del joven inglés Michael Ventris una tablilla de barro descubierta en Pilos, por Blegen, en la que había una agrupación de signos que no había llegado aún a conocimiento de Sittig. Signos que el genial Ventris, cuya profesión era la de arquitecto, de modo que se trataba nuevamente de un intruso, pudo leer perfectamente como griego. Esto quitó valor a la lectura de Sittig, de cuyas treinta interpretaciones sólo tres resultaron correctas.  Se abren en este momento una serie de interrogantes que continuarán en pie por mucho tiempo. La filología antigua se encuentra ante la solución definitiva del problema del desciframiento: la mayoría de las tablillas cretenses son legibles. Pero, ¿por qué razón en Creta, en el centro de una cultura autónoma y altamente desarrollada, unos seis siglos antes que Homero? ¿Se hablaban varias lenguas al mismo tiempo? ¿Existen quizás errores en la cronología de la Grecia antigua? En 1963, el profesor de Oxford Leonard R. Palmer se aventuró a formular nuevas interpretaciones en su libro  «Mycenaeans and Minoans» (Micénicos y minoicos), en que se estudia la prehistoria egea a la luz de las tablillas de escritura «lineal B». Pero la obra fue objeto de tantos ataques y correcciones por parte de los especialistas que se vio obligado a publicar, sólo dos años después, una nueva edición  «sustancialmente  corregida y aumentada». Es de esperar que futuras investigaciones aporten nueva luz sobre la cuestión.

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C. W. Ceram, en 1950, supervaloraba los trabajos del profesor Sittig, que no resistieron a la crítica de sus colegas. Sittig procedía a asignar valores fonéticos a los signos cretenses con criterios formales de comparación con los egeo-chipriotas, y otros autores extendieron este sistema de comparación al hitita jeroglífico, al egipcio y a otras lenguas, siempre con resultados muy menguados. Sin embargo, en el sistema de Sittig había un aspecto, en el que no insistió por desviarse hacia otros caminos de la investigación, que encerraba la clave del problema: el método combinatorio estadístico.  Como es sabido, a través de esos signos se buscaba una lengua desconocida y muy antigua hablada en Creta, y quizás en el continente, en el segundo milenio antes de Jesucristo. Parecía lógico que en el griego clásico hubiera palabras supervivientes de este lenguaje usado en los textos minoicos. Por este método llamado el «sustrato prehelénico» se procedía a un análisis de los elementos del vocabulario griego, que no tienen una etimología adecuada en el marco de esta lengua y que, por tanto, serían préstamos del lenguaje hablado en el ámbito del Egeo con anterioridad a la invasión doria. Parecía que éste era un hecho bien establecido y por tanto se consideraba como punto de partida de futuras investigaciones para las cuales se dejaba completamente de lado la filología helénica. Pero vista la inutilidad de los esfuerzos en este sentido, hacia 1952 empezaron a considerar nuevas hipótesis. Dos investigadores, en ese momento independientemente el uno del otro, pensaron en la posibilidad de que las tablillas encerrasen una lengua emparentada con el griego.  No es que Georgiev y Ventris, separados por miles de kilómetros, pues trabajaban respectivamente en Bulgaria y en Norteamérica, llegaran a esa hipótesis por mera coincidencia, sino que puede considerarse como punto final, obtenido por separado, de un estado de opinión.

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El mencionado Georgiev identificó muchas tablillas como listas de ofrendas que estaban escritas en una «variedad arcaica» del griego. A Ventris, que había estudiado la posibilidad de que fuera una lengua emparentada con el etrusco, estaba reservado colaborar en lo que ya podemos considerar como una conquista de la filología mediterránea más antigua. Muchos grandes descubrimientos no han sido realizados por los arqueólogos profesionales sino por geniales aficionados. El presente es otro caso de este curioso y sorprendente hecho. Ventris y su colaborador J. Chadwick no eran ni arqueólogos ni filólogos profesionales en el sentido estricto de la expresión. Sin embargo,  ellos, sumando a la masa de documentación y a los resultados alcanzados por otros investigadores su perspicacia y su acierto en el uso del método combinatorio estadístico, realizaron un descubrimiento sensacional que fue dado a conocer a fines de 1953: el desciframiento de las tablillas de Cnosos y Pilos, de época minoica, escritas en el alfabeto cretense llamado «lineal B», que resultan ser textos de 1450 a 1200 a. C. redactados en verdadero griego. En los dos años consecutivos a este sorprendente descubrimiento se han podido realizar múltiples comprobaciones y hoy se considera ya como una etapa superada que abre el camino para el futuro desciframiento, ahora mucho más fácil, de los otros tipos de escritura. Este desciframiento reviste singular importancia para el conocimiento del complejo histórico-cultural «egeo». La arqueología nos hablaba de un dominio «aqueo» en la Creta del siglo XV y ahora tenemos documentada en lo lingüístico una vasta unidad política en torno al rey de Micenas o al señor de Pilos. Seguramente esta unidad también puede suponerse para lo religioso, pues en las tablillas descifradas aparecen citadas diez de las divinidades griegas más corrientes, e incluso los nombres de Dioniso y Ares, que se consideraban recientes en las  tablillas, nos llevaran al conocimiento de una épica prehomérica. Pues los nombres de los héroes de la guerra de Troya aparecen en estos documentos unos dos siglos antes de la fecha que se acostumbra a atribuir a la ciudad de Troya VII. Muchísimos son los aspectos de la arqueología, la lingüística, la historia cultural y literaria, etc., que pueden recibir nuevas e inesperadas luces con la lectura de estos textos. Perspectivas que crecen si se considera el probable desciframiento de la escritura «lineal A», el conocimiento de la lengua «egea» y las posibilidades de renovar la investigación de otras escrituras no interpretadas.

febrero 22, 2013 - Posted by | enigmas en general, Grecia, Historia, Otras ant. civil., Otros

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