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Antiguas civilizaciones y enigmas

La antigüedad de los Misterios y el culto de Hércules en Egipto


Todo el conocimiento esotérico se enseñaba en los Misterios desde tiempo inmemorial. Si bien la primera aparición de estas instituciones es objeto de tradición histórica, su origen debe remontarse a los Imagen 38tiempos de la cuarta raza raíz Atlante. Los Misterios fueron comunicados a los elegidos de esta raza cuando la generalidad de los atlantes empezaron a sumirse en la magia negra y resultaba peligroso confiarles los secretos de la Naturaleza. Los tratados ocultos atribuyen el establecimiento de los Misterios a los Reyes Iniciados de las dinastías divinas, en tiempos en que los “Hijos de Dios” habían ido consintiendo que sus países se convirtieran gradualmente en tierra del vicio.  Y aquí introducimos el tema de las llamadas razas raíces, según nos explica H.P. Blavatsky. Helena Blavatsky, también conocida como Madame Blavatsky, cuyo nombre de soltera era Helena von Hahn y luego de casada Helena Petrovna Blavátskaya, (1831 – 1891), fue una escritora, ocultista y teósofa rusa. Fue también una de las fundadoras de la Sociedad Teosófica y contribuyó a la difusión de la Teosofía moderna. Sus libros más importantes son Isis sin velo y La Doctrina Secreta, escritos en 1875 y 1888, respectivamente. En sus escritos, de gran erudición, se refirió a una serie de civilizaciones antiguas, algunas de ellas perdidas, que han servido de inspiración a escritores posteriores que han tratado estos temas.  Me he basado en algunos de sus escritos, especialmente La Doctrina Secreta, para redactar este artículo

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La primera raza raíz, o raza de los Dioses, se desarrolló en el Continente Polar, el Monte Merú o la Isla de los Devas. Se supone que eran seres asexuados y etéreos, que podían andar y volar. La segunda raza raíz o raza Hiperbórea, se desarrolló en lo que hoy forman el Norte de Asia, Groenlandia, Suecia, Noruega e Islas Británicas. Surgió bajo la influencia del planeta Júpiter. La parte exterior de la primera raza se convirtió en la parte interior de la segunda. Sus miembros tenían formas filamentosas de brillantes colores semejantes a vegetales – animales. Flotaban o se deslizaban en el espacio y emitían sonidos aflautados. Tenían un cuerpo cuyo esquema fisiológico hallamos en la placenta y vellosidades coriales (membrana placentaria) de la vida intrauterina. Este cuerpo hace adquirir al hombre proporciones gigantescas (Cíclopes), con un ojo que representaba la visión espiritual. Según la Biblia el representante de esta segunda raza fue Caín, que era agricultor y en esta etapa se alimentaba de plantas. La tercera raza raíz o raza Lemúrica se desarrolló en la zona de lo que actualmente son Australia, Groenlandia y Madagascar. Los etíopes son los restos raciales de aquel período. El hombre adquiere un cuerpo emocional y entra realmente en la fase animal, que esquemáticamente se produce en el tercer mes de vida intrauterina con la aparición del sexo y un principio doble (hermafrodita). El cuerpo emocional limita el poder expansivo del cuerpo vital. Esta fuerza vital, en su necesidad creadora, se representa  en la energía sexual y en fuerza creadora cerebral. De esta división de la fuerza vital para fines de la evolución superior del hombre, surge la separación en sexos. esto se representa en la cita bíblica de que Dios duerme a Adán, le saca una costilla y crea la mujer. Ese sueño es la pérdida de la conciencia de los mundos espirituales. En este período la actual Luna se separa de la Tierra.

En la cuarta raza raíz, o raza Atlante, el hombre adquiere la mente, fase propiamente humana. Los Espíritus Luciferinos o Señores de la Mente fueron los que dieron al Hombre el Divino Fuego del Pensamiento con el que había que redimirse y, esforzándose, ascender por la dura escalera de la evolución. Esta raza tuvo cuatro edades: Edad de Oro,  o de vida natural, sencilla y feliz; Edad de Plata, o de vida compleja y civilizada; Edad de Airain (Cobre); y Edad de Hierro, de decadencia y corrupción.  Se desarrolló en 7 sub-razas: Los Rmohals, gigantes, de color rojo; los Tlavatlis, montañeses, de color rojo; los Totelcas, administradores, de color rojo; los Turanios, colonizadores, de color amarillo; los Semitas, guerreros, morenos, sub-raza germen de la raza aria, o quinta; los Acadios, comerciantes, morenos; los Mongoles, labradores, amarillos.  El ser humano, al robar de los cielos el Pensamiento Libre,  conoció el dolor, inevitable consecuencia de la pérdida de la consciencia de mundos superiores y su proyección en el cuerpo físico, inevitable por su caída en el sexo. Queda sometido y responsable de sus actos creados por su propia iniciativa (Karma), y pierde su infancia. El nuevo ser flota en una atmósfera acuosa, abre los ojos al mundo y al tener conciencia física, conoce el dolor. Pero aún vive en el Paraíso de su inocencia bajo la custodia paterna. Luego es arrojado cruelmente a la vida. En este período el hombre empezó a comer carne, ya que Nimrod era cazador. Nemrod o Nimrod fue un monarca legendario de Mesopotamia, mencionado en el capítulo X del libro de Génesis, quien además figura en numerosas leyendas y cuentos. Varias ruinas preservan el nombre de Nemrod, y también aparece en la midrash. La tradición lo presenta como un tirano impío que construyó la Torre de Babel. La mención que en la Biblia se hace de Nimrod, es bastante limitada en el ámbito socio-económico actual. Según la “hipótesis documental” del origen de la Biblia, son los escritores de la Tradición yahvista quienes hacen la más antigua mención de Nemrod que se conoce hasta hoy, y que data del año 950 a. C. Sin embargo, para aquellos que consideran a Moisés como el autor del libro del Génesis, la referencia es aún mucho más antigua, entre el año 1480 a. C. y el 1450 a. C.

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Es descrito como hijo de Cush, nieto de Cam, bisnieto de Noé; y como “el primero que llegó a ser poderoso en la tierra”  y como “un osado cazador ante los ojos de YHWH”. También se menciona en I Crónicas y en el libro del profeta Miqueas. Nemrod se dice que fue el fundador del primer reino formado después del Diluvio universal, y por ende el primer rey que existió. El Génesis señala que edificó Babel, Urhuk, Akkad y Calneh en la región sur de Mesopotamia, y Nínive, Resen, Rehoboth-Ir y Calach en el Norte. Aunque la Biblia no lo dice, desde tiempos antiguos la tradición ha considerado a Nimrod como el constructor de la Torre de Babel. Dado que la torre fue edificada en su territorio y durante su reinado, se asume que fue bajo su dirección que la construcción se inició. Pero también hay otras fuentes, asimismo extrabíblicas, que señalan lo contrario, alegando que Nimrod no se encontraba en la región de Sinar cuando la construcción comenzó. Según tradiciones hebreas, Nemrod era descendiente de Mizraim por línea materna, pero su padre fue Cush hijo de Cam, de quien heredó su primera posesión territorial, la cual pronto extendió. Su nombre se volvió proverbial como un “osado cazador”. Su reino comprendía Babel (Babilonia), Erech (Uruk), Accad (Akkad) y Calneh, en la tierra de Sinar, también conocida como la tierra de Nimrod (Génesis). Josefo escribió: “fue Nemrod quien los incitó a tal afrenta y menosprecio hacia Dios. El era un nieto de Cam, el hijo de Noé, un hombre atrevido y de gran fortaleza de manos. Los persuadió de que no le atribuyeran a Dios, como si fuera por medio de él que habían obtenido felicidad, sino a creer que fue su propio esfuerzo lo que les alcanzó esa felicidad. Fue cambiando gradualmente su gobierno en una tiranía, al no hallar otra manera de apartar la gente del temor de Dios, sino induciéndolo a una tonta dependencia de su poder… Ahora la multitud estaba más que lista para seguir la determinación de Nemrod, y a considerar una muestra de cobardía el someterse a Dios; y construyeron una torre, sin reparar en dolor, ni siendo en lo más mínimo negligente con el trabajo: y, a causa de la multitud empleada en ello, creció muy alta, más rápido de lo que ninguno hubiera esperado; pero su anchura era tal, y estaba tan fuertemente construida, que a pesar de su gran altura parecía, a la vista, ser menor de lo que realmente era. Fue construida con ladrillos cocidos, pegados con mezcla hecha con brea, de manera que no permitiera el paso del agua. Cuando Dios vio que actuaron tontamente, Él no quiso destruirlos completamente, puesto que no crecieron más sabios por la destrucción de los pecadores anteriores; pero Él causó un tumulto entre ellos, produciendo en ellos idiomas diversos, y causando con esa multiplicidad de idiomas, el no poder entender uno con otro. El lugar en donde construyeron la torre ahora se llama Babilonia, debido a la confusión de esa lengua, la que entendían fácilmente antes; y para los hebreos por la palabra Babel, confusión“.

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El Libro de los Jubileos menciona el nombre “Nebrod” (forma griega de Nemrod) señalándolo como el padre de Azurad, esposa de Eber y madre de Peleg. De esto ser cierto, Nemrod sería un ancestro de Abraham, y por ende, del Mesías. Una antigua obra árabe, conocida como Kitab al-Magall o el Libro de los Rollos (que forman parte de la Literatura Clementina), señala que Nemrod edificó los poblados de Hadâniûn, Ellasar, Seleucia, Ctesiphon, Rûhîn, Atropatene, Telalôn, entre otros; y que inició su reinado sobre la tierra cuando Reu tenía 163 años, reinando por 69 años, edificando Nísibis, Raha (Edessa) y Harrán cuando Peleg tenía 50 años. Incluso dice que Nemrod vio en el cielo un manto negro y una corona, y de inmediato llamó a Sasan y le ordenó que le hiciera una corona como la que había visto. Según este relato, Nemrod fue también el primer rey en usar corona. También dice que se hizo correr el rumor de que la corona que Nemrod empleaba había descendido del cielo, y que Nemrod estableció un culto al fuego, y promovió la idolatría. Dice además que por tres años recibió instrucción de Bouniter, un supuesto cuarto hijo de Noé. En el libro de Las Recogniciones, otra de las Literaturas Clementinas, Nemrod es identificado como el rey asirio Ninus, quien es señalado en los escritos del historiador griego Ctesias como el fundador de Nínive. Mientras que en otra de las Literaturas Clementinas, las Homilias, Nemrod es identificado como Zoroastro. La obra apócrifa de “Los Tesoros” (Cueva de los Tesoros) contiene un relato acerca de Nemrod muy similar al del Kitab al-Magall, con la diferencia de que Nisibis, Edessa y Harran se supone que fueron edificadas por Nemrod cuando Reu tenía 50 años, y que inició su reinado como primer rey cuando Reu tenía 130 años. En esta versión, el artífice de la corona de Nemrod es llamdo Sisan, el cuarto hijo de Noé Yonton. En los escritos en lengua Gueza, o Ge’ez, titulado El conflicto de Adán y Eva con Satanás, también contiene una historia similar a la de Los tesoros, sólo que a la corona se le llama Santal y el supuesto cuarto hijo de Noé que instruye a Nimrod es llamado Barvin.

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En la Historia de los Profetas y los Reyes del historiador musulmán del siglo IX, al-Tabari, Nemrod construye la torre en Babil, o Babel. Allah la destruye, y el lenguaje de la humanidad, que según este escrito era el siríaco, es confundido en otras 72 lenguas. Otro historiador musulmán del siglo XIII, Abu al-Fida, cuenta la misma historia, añadiendo que a Eber (un ancestro de Abraham) se le permitió mantener la lengua original, que en este caso es el hebreo, y esto debido a que él no tomó parte en la construcción de la torre. Una leyenda armenia cuenta que Haik, el fundador de Armenia, venció y mató a Nemrod en una batalla cerca del Lago Van. Según unas crónicas medievales húngaras, tituladas Gesta Hunnorum et Hungarorum, los ancestros de los hunos y los húngaros, Hunor y Magor, eran dos gemelos hijos de Menrot (hijo de Tana) y Eneth. En algunas de las diferentes versiones de esta leyenda (Gesta Hungarorum, Chronicon Pictum), se refieren a Menrot como Nemrod, el hijo de Kush, el “el rey sabio y justo” de la “maravillosamente hermosa y próspera ciudad de Ur” (“Ur” es, además, un nombre húngaro para Dios). Y Atila, el Huno, es mencionado como hijo de Bendeguz (Mundzuk), nieto del gran Nemrod, el rey de los Hunos, Medos, Godos, Daneses, “el terror del Mundo y el castigo de Dios“. Dado que Nemrod vivió en los albores de la civilización y Atila vivió en la Edad Media, miles de años después, es imposible que sea su bisnieto. Una tradición sugiere que a Nemrod lo mató un animal salvaje. Otra leyenda afirma que Shem lo mató por hacer que la gente adorara a Baal. Luego descuartizó el cadáver y repartió sus pedazos para desalentar a otros idólatras. Pero Semíramis, su mujer, recolectó los pedazos y los unió, y luego proclamó que había vuelto a vivir, pero que se había convertido en un dios, muy parecido a la leyenda de Isis y Osiris. Hay otra mención de Nemrod que está en el libro de Jasher, que atribuye su muerte a Esaú (nieto de Abraham), quien supuestamente lo decapitó. La Biblia no menciona ningún encuentro entre Nemrod y Abraham. Tal cosa es poco probable, pues hay una diferencia de siete generaciones entre ellos. Abraham nació alrededor del año 2000 a. C., mientras que Peleg, quien según la Biblia nació poco después de que Dios confundiera las lenguas en la Torre de Babel, nació unos 200 años antes que Abraham. Nimrod era bisnieto de Noé, en tanto que Abraham está separado de Noé por diez generaciones (Génesis). Sin embargo, tradiciones judías tardías los ponen enfrentándose.

Estas tradiciones aparecen por primera vez en unos escritos llamados Pseudo-Philo, supuestamente escritos por Philo de Alexandria, continúan en el Talmud y siguen en escritos rabínicos de la Edad Media. En general, estas versiones presentan a Nemrod como un hombre opuesto a Dios. Algunas señalan que se autoproclamó un dios y que fue adorado por sus súbditos. En algunas ocasiones su leyenda se entremezcla con la de Nino, el mítico fundador de Nínive. Cuentan que una señal en los astros anunció a Nemrod y a sus astrólogos el nacimiento de Abraham, quien pondría fin a la idolatría. Así que Nemrod ordenó matar a todos los niños recién nacidos. Sin embargo, la madre de Abraham escapó y dio a luz secretamente. Algunas versiones la ponen dando a luz en el campo, donde pasta el ganado, otras la colocan en un establo. Al crecer Abraham se enfrentó a Nemrod y le dijo que desistiera de su idolatría, por lo cual Nemrod mandó que fuera quemado. Algunas versiones dicen que se recogió madera durante cuatro años para quemar a Abraham en la hoguera más grande que jamás se hubiera visto. En todas Abraham es echado al fuego y sale caminando. En algunas versiones, Nemrod entonces declara la guerra a Abraham. Nemrod se presenta mandando un enorme ejército, pero Abraham trae un ejército de insectos que destruye el ejército de Nemrod. Algunas versiones dicen que un mosquito entró hasta el cerebro de Nemrod volviéndolo loco. Lo mismo dice la tradición judía que sucedió con Tito, el emperador romano que destruyó el Templo de Jerusalén. En algunas versiones Nemrod se arrepiente y acepta a Dios, ofreciendo cuantiosos sacrificios, los cuales Dios rechaza. Otras versiones dicen que Nemrod dio a Abraham, como obsequio de reconciliación, el siervo Eliezer, de quien algunas versiones dicen era el propio hijo de Nemrod. Sin embargo, en la Biblia se dice que Eleazar era de Damasco, ciudad siria, y no de Asiria ni de Babilonia, territorios sobre los que gobernó Nemrod.

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En suma, las leyendas judías sobre Nemrod son abundantes y contradictorias (algunas imitan situaciones que aparecen en otros lugares de la Biblia), pero casi siempre ponen a Abraham como su principal antagonista. La misma confrontación se presenta extensivamente en el Qur’an islámico. Aunque en algunas de las historias judías se presenta a Nemrod como arrepintiéndose al final, en las versiones musulmanas siempre se le presenta como malvado y obstinado hasta el fin. En una de las confrontaciones de Nemrod con Ibrahim (forma árabe del nombre Abraham), Ibrahim argumenta que Alá es el único que da y quita vida. A lo que Namrod responde haciendo traer a dos reos condenados a muerte, y a uno deja ir libre, y ordena matar al otro, para demostrar que él también puede dar vida o muerte. Entonces Ibrahim le dice que Alá hace salir el sol por el este, y entonces le dice a Nemrod que si él es dios, que haga al sol salir por el oeste. Nemrod, perplejo y furioso, ordena que Ibrahim sea arrojado al fuego, pero Alá protege a Ibrahim. Ya lo presenten como arrepentido al final o no, Nemrod permanece en la tradición judía e islámica como un personaje malvado emblemático, y un arquetipo de idolatría. En los escritos rabínicos, incluso los de hoy en día, se hace referencia a él casi invariablemente como “el malvado Nemrod” (en hebreo: נמרוד הרשע‎), y para los musulmanes es “Nimrod al-Taghi” (Nimrod el tirano). La trascendencia de los cuentos sobre la confrontación entre Nemrod y Abraham se deja ver en “Cuando el Rey Nemrod“, una de las más conocidas canciones folclóricas escritas en el lenguaje Ladino, aparentemente escrita durante el reinado de Alfonso X de Castilla. El bíblico Sansón es una personalidad que aglutina las leyendas de Gilgamesh y del dios solar Shamash. La forma hebrea de Sansón es Shimshon. Esta forma es idéntica a la del dios solar acadio Shamash. Tanto Gilgamesh como Sansón mataron a un león, y ambos tuvieron relaciones con una mujer-diosa, Ishtar, en el caso de Gilgamesh, y Dalila, en el caso de Sansón. Ambas intentaron acabar con ellos, por despecho. Lo mismo sucede con Hércules o Heracles, que también buscaba la inmortalidad como Gilgamesh, siendo esta circunstancia el eje central de su leyenda. Todos murieron, pero tenían parte divina de alguna u otra forma. Hércules era hijo de Zeus y de una mortal; Gilgamesh de una diosa y un hombre mortal; y Sansón era un hombre “especial” elegido por el dios hebreo, con una fuerza sobrehumana, como Hércules. Estos personajes y/o dioses, asociados por los cronistas bíblicos, quizá puedan corresponderse con Nimrod. El zigurat, que se corresponde con el del relato de la Torre de Babel, sería el de Nippur, construido para Enlil hacia el 2700 a.C. Shinar, y Babel, serían las tierras de Súmer y Babilonia, y la ciudad y la torre serían el templo de Enlil en Nippur.

Volviendo a las razas raíces, entramos en la quinta raza raíz, o raza Aria. La desaparición de la Atlántida simboliza el Diluvio Universal, que permitió la salvación de ciertos grupos simbolizados por Noé y sus hijos. La Tierra presenta las características actuales. Sus miembros desarrollan el quinto sentido. Se compone de 4 sub-razas: Ario – semítica; Irania; Céltica; y Teutónica. La nueva raza será la sexta raza raíz, que se supone tendrá un alto desarrollo espiritual y un sexto sentido (clarividencia astral). Surgirá en el lugar donde actualmente se encuentra América del Norte, que se afirma  será previamente destruida por terremotos y fuegos volcánicos. La futura séptima raza raíz implicará un completo desarrollo espiritual y un enigmático séptimo sentido (clarividencia mental). Se dice que surgirá en lo que hoy es América del Sur. La antigüedad de los Misterios puede inferirse de la historia del culto de Hércules en Egipto. Según los sacerdotes dijeron a Herodoto, este dios no era griego, y sobre este particular dice el famoso historiador: “Del Hércules griego no he podido encontrar dato alguno en Egipto… el nombre no lo tomó jamás prestado Egipto de Grecia… Hércules… como afirman [los sacerdotes], es uno de los doce dioses mayores, procedentes de los ocho dioses primitivos, unos 17.000 años antes de Amasis“. Amasis, también conocido como Kenemibre Ahmose, Ahmose II, Amosis II, o Amasis, fue un faraón de la Dinastía XXVI. Como sucesor de Apries será el último gran gobernante de Egipto antes de la conquista persa. La capital se encontraba en Sais. Su nombre de nacimiento era Ahmose II, que significa “La Luna es nacido, hijo de Neith“. Se cree que Amasis fue el hijo de una dama llamada Takheredeneset, y se casó con dos mujeres, de nombres Tentheta y Nakhtsebastetru. No le resultó fácil subir al trono de Egipto.

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Hércules tiene origen hindú, y dejando aparte su cronología bíblica, el teniente coronel inglés James Tod (1782 – 1835) acierta al suponer que era el Balarâma o Baladeva de los arios. En el marco del hinduismo, el dios Balarama es el hermano mayor del dios Krisná. En escritura devanagari se escribe बलराम, bala-rāma (‘fuerza-placer’ o el placer de la fuerza, en sánscrito). También se lo conoce como Baladeva (dios de la fuerza),  Balabhadra (auspicio fuerte),  Gadádhara (el que sostiene la maza), Jaláiudha (en inglés Halāyudha, ‘el que pelea con la azada’; el sánscrito jalá es equivalente al español ‘jalar’). En el visnuismo y en el krisnaísmo (dos ramas del hinduismo), así como en varias religiones del Sur de la India, se adora a Balarama como un avatar del dios Visnú. Es enumerado como tal en el Bhagavata-purana (siglo X d. C.). Se le conoce también como una manifestación de Shesha, la gigantesca serpiente sobre la que descansa Visnú. El Bhagavata-purana describe a Krisná como la Personalidad de Dios, de quien emana Visnú y otros dioses. Como parte de esta emanación divina, la primera expansión de Krishnaes Balarama. De Balarama aparecen todas las demás encarnaciones de Dios. De las tres características espirituales de Dios descritas en los textos sánscritos, sat, cit y ananda (eternidad, conocimiento y bienaventuranza), Balarama está a cargo de la eternidad y del conocimiento. Por eso es adorado como adi-gurú. Balarama nació de Vásudeva y Devaki. El malvado rey Kamsa, hermano de Devaki, mató a todos los hijos de su hermana porque una predicción del sabio Nárada dijo que moriría en manos del octavo hijo. Kansa encerró a su hermana Devakī y a su cuñado Vásudev en la prisión de su palacio en Mathurá. Cuando la pareja tuvo su primer hijo, Kamsa lo mató ante ellos. Lo mismo hizo cuando la pareja tuvo su segundo hijo, y empezaron a tener hijos sin poder parar: uno tras otro Kamsa los mató. Sin embargo, el séptimo hijo fue transferido milagrosamente del útero de Devaki (en la cárcel) al útero de Rojini (la esposa de Nanda, un jefe de pastores de vacas en Vrindávan), quien había deseado tener un hijo propio. Por eso otro nombre de Balarama es Saṃkarṣaṇa (‘completamente arrastrado’), lo cual describe su transferencia de un vientre a otro. El niño fue nombrado formalmente como Rama, pero debido a su gran fuerza lo llamaron Bala Rama (‘fuerte Rama’), Bala Deva o Bala Bhadra.

Así Rojini fue la que parió a Balarama y lo crio. Balarama pasó su infancia como pastor de vacas, junto con su hermano Krisná y amigos. Más tarde se casaría con Revati, la hija del rey Kakudmi, de Kuśasthalī o Anarta. Balarama tuvo con su esposa Revati a su amado hijo Nishaṭha.  Balarama les enseñó tanto al príncipe Duriodhana (de la familia de los Kurus) y a Bhīma (de la familia de los Pandavas) el arte de luchar con la maza. Cuando estalló la guerra entre las dos familias, Balarama decidió retirarse y ser neutral, porque sentía afecto por igual por ambos grupos contendientes. Cuando finalmente Bhima (de más fuerza) derrotó a Duriodhana (de más destreza) dándole un golpe de maza debajo del ombligo (lo cual estaba prohibido por las reglas del combate con maza), Balarama quiso matar a Bhima. Entonces Krishnale recordó a Balarama que Bhima había prometido matar a Duryodhana aplastándole el mismo muslo que había expuesto en Draupadī (esposa de Bhima) cuando Duriodhana trató de desnudarla. En el Bhagavata-purana se dice que, un día, Nanda Majarash le pidió al sabio Garga Muni (el bráhmana sacerdote de la familia) que visitara su hogar para ponerles nombres a Krishnay a Balarama. Cuando Garga Muni llegó a su casa, Nanda le pidió que hiciera la ceremonia de nombramiento de los niños. En la India, aun hoy a los bebés antes de darles nombre se les llama Ku Mara (‘fácil muere’), debido a la altísima mortalidad infantil, basada en el seguimiento de los hinduistas en la medicina ayurvédica. Garga Muni entonces le recordó a Nanda que el rey Kamsa estaba buscando al hijo de Devaki (porque sabía que se había salvado) y le dijo que si realizaba la ceremonia de manera demasiado opulenta, esto llegaría a oídos del rey, quien entonces sospecharía que Krishnaera el hijo de Devaki. Entonces Nanda le pidió a Garga Muni que realizara la ceremonia en secreto: “Debido a que el hijo de Rojini, aumenta la felicidad de los demás, su nombre será Rama, y porque tendrá una extraordinaria fuerza, se llamará Baladeva. Él atraerá al clan de los Yadus a seguir sus órdenes, y por eso se llamará Sankarshana“.

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En el Bhagavata-purana se describe que, después de que Balarama tomó parte en la batalla que causó la destrucción de toda la dinastía Iadu completa, y después de que vio la muerte de Krisná, se sentó a meditar y falleció. En otras tradiciones se dice que entonces una gran serpiente blanca salió de la boca de Balarama, como referencia a su identidad como Ananta Sesha. La tradición dice que el sitio donde murió se encuentra en la desembocadura del río Jirán en el Mar arábigo, a un kilómetro del templo Somnath, en Guyarat. En ese lugar hay una caverna, donde los habitantes de Veraval dicen que la serpiente Shesha retornó a Patala Loka (el infierno). Ese dato sería teológicamente correcto, ya que la serpiente Ananta Shesha no sólo está debajo del dios Visnú como su reposera, sino también descansando en el infernal Patala. Los seguidores del Pañcharatra, uno de los grupos krisnaístas más antiguos, adoran a Sankarshana como el segundo viuja (vyuha, en inglés) de Dios. La única diferencia teológica entre Krishnay Balarama es que la piel de Krishnaes oscura y la de Balarama es clara. Los vaisnavas (‘visnuistas’) creen que Balarama es la propia Personalidad Suprema de Dios. Lo adoran como igual en supremacía que Krisná: siempre que Krishnanace en este mundo, Baladeva nace como hermano, a veces mayor, a veces menor. En todas las encarnaciones y manifestaciones de Krisná, Balarama está constantemente sirviéndolo en todos los aspectos. En el Rama-lila (pasatiempos del rey Rama), Balarama sirvió a Ramachandra como su hermano menor Lákshmana. Los gaudiya vaisnavas (‘visnuistas de Bengal’ o sea krisnaístas) creen que en la era de Kali iuga (la era del demonio Kali), Balarama apareció como Nitiánanda, el amigo íntimo de Chaitania Majaprabhu, a quien ellos consideran la encarnación principal de Krisná. Según ellos Balarama no es igual en todos los aspectos a Krisná. Balarama siempre se representa como un joven de piel muy clara, con pintura de color blanco o amarillo, especialmente en comparación con su hermano Krisná, quien se pinta negro o azul oscuro. Las armas de Balarama son la azada y la maza (en sánscrito gadā). Tradicionalmente Balarama usa ropas azules y una guirnalda de flores del bosque. Su cabello está atado en una cola y tiene aretes y brazaletes de oro. En Mathurā (Estado de Uttar Pradesh, en el centro-norte de la India), el arte hindú ya estaba desarrollado antes del periodo kushan, especialmente enfocados en el culto al dios Visnú. Allí Balarama aparece representado con dos o cuatro brazos, para indicar su identidad con Visnú. Es prácticamente seguro que su culto en Mathurá es previo a la llegada de los kushanes. Balarama aparece a veces con la cabeza coronada por serpientes

Leyendo los  Purânas  en clave esotérica, hallaremos corroborada en casi todas sus páginas la Doctrina Secreta. Los autores antiguos comprendieron perfectamente esta verdad. Y de aquí que, sin discrepancia, atribuyan origen asiático a Hércules.   Un pasaje del Mahâbhârata está dedicado a la historia de Hércules, de cuya raza er a Vyâsa. Diodoro relata la misma historia con leves variaciones. Dice a este propósito: “Hércules nació en la India; y lo mismo que en Grecia, se le representa con una maza y una piel de león”. Krishna y Baladeva son (señores) de la raza ( cûla ), de Henri, de donde los griegos derivaron el nombre de Hércules. La Doctrina Secreta explica que Hércules fue la última encarnación de uno de los siete “Señores de la Llama”, tomando cuerpo en Baladeva, hermano de Krishna; que sus encarnaciones tuvieron efecto durante las tercera, cuarta y quinta razas raíces; y que los últimos inmigrantes introdujeron en Egipto el culto que se le tributaba en Lankâ e India. No cabe duda de que los griegos tomaron de los egipcios este dios, pues le asignan la ciudad de Tebas  por cuna, aunque suponen que realizó en Argos sus doce hazañas. El  Vishnu Purâna corrobora completamente las secretas enseñanzas, según puede colegirse del siguiente extracto de la alegoría puránica:  Raivata, nieto de Sharyâti, cuarto hijo de Manu, no hallaba hombre alguno de méritos bastantes para casarlo con su hija, y en tal contingencia fuése con ella a la región de Brahmâ para consultar al dios. A su llegada, Hâhâ, Hûhû y otros grandharvas estaban cantando ante el trono. Raivata esperó a que acabaran, y aunque la espera le pareció un breve instante, transcurrieron muchos siglos. En cuanto los gandharvas terminaron el canto, postróse Raivata ante el dios y declaróle su perplejidad. Entonces preguntóle Brahmâ que a quién deseaba por yerno, y como el suplicante le nombrase algunos, el Padre del mundo se sonrió y dijo: “De todos cuantos has nombrado, ya no viven ni la tercera y cuarta generación [razas raíces], porque muchas edades [Chatur-Yuga, o los cuatro ciclos Yuga] han transcurrido mientras estabas escuchando a mis cantores. Ahora se acerca a su término en la tierra la vigésimoctava gran época del actual Manu y va a empezar el período kali. Por lo tanto, debes otorgar esta joya virginal a otro marido. Porque ahora estáis solos”.    Entonces el rajá Raivata restituyóse por consejo divino a su antigua capital, Kushasthalî, a la sazón llamada Dvârakâ, donde reinaba en el trono una emanación del Ser divino (Vishnu) en la persona de Baladeva, hermano de Krishna, a quien se considera como la séptima encarnación de Vishnu doquiera se le tributa culto divino. Así instruido por el nacido del Loto [Brahmâ], Raivata volvióse con su hija a la Tierra, en donde vio que había disminuido la estatura de la raza humana, perdiendo vigor físico y debilitándose intelectualmente. Fijándose en la ciudad de Kushasthali, la halló Raivata muy cambiada”.

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Según una alegórica explicación: “Krishna le había pedido al mar una porción de tierra”; lo cual significa en lenguaje liso y llano, que había cambiado toda la configuración de los continentes, “renovando con ello la ciudad”, o, mejor dicho, que se había edificado otra nueva, llamada Dvârakâ.  Porque se lee en el  Bhagavad Purâna que Raivata fundó a Kushasthali en el mar, y descubrimientos posteriores demostraron que estaba en el mismo lugar de Dvârakâ. Por lo tanto, debió de ser antes una isla. La alegoría del  Vishnu Purâna dice que el rey Raivata dio su hija a Baladeva, el “que maneja la reja del arado” (o más bien, “el del arado empavesado”) “quien, viendo que la muchacha tenía mucha estatura”, se la disminuyó con el extremo de la reja de su arado, y así pudo ser su esposa”.  Esto es una transparente alusión a las tercera y cuarta razas, a los gigantescos atlantes y a las sucesivas encarnaciones de los  “Hijos de la Llama” y otras clases de dhyân chohans, en los héroes y reyes de las naciones de la tierra durante el Kali Yuga o Edad Negra, cuyos comienzos caen ya en los tiempos históricos. Otra  coincidencia  lo representa el que Tebas es la ciudad de las cien puertas, y Dvârakâ tomó este nombre por sus muchas puertas, pues la palabra “dvâra” significa puerta de ciudad. Tanto Hércules como Baladeva eran, según los autores antiguos, de temperamento apasionado y ardiente, y famosos por la tersura de su blanca epidermis. Indudablemente, Hércules es Baladeva con ropaje helénico. Lucio Flavio Arriano, también conocido como Arriano de Nicomedia,  advierte la grandísima semejanza entre los Hércules tebano e indo. A este último lo adoraron los surasenios,  que fundaron la ciudad de Mathûrâ o Methorea, cuna de Krishna. El mismo Arriano dice que Sandracoto o Chandragupta, abuelo del rey Ashoka, de la estirpe de Morya, era descendiente directo de Baladeva.    Se nos dice que en un principio no hubo Misterios. El conocimiento (Vidyâ) era propiedad común y predominó universalmente durante la Edad de Oro o Satya Yuga. Como se afirma:  “Los hombres aun no habían producido el mal en aquellos días de felicidad y pureza, porque su naturaleza más bien era divina que humana”. Pero al multiplicarse rápidamente el género humano, se multiplicaron también las idiosincrasias de cuerpo y mente, y entonces el encarnado espíritu manifestó su debilidad. En las mentes menos cultivadas y sanas arraigaron exageraciones naturales y sus consiguientes supersticiones. El egoísmo nació de deseos y pasiones hasta entonces desconocidos, por los que a menudo abusaron los hombres de su poder y sabiduría, hasta que por último fue preciso limitar el número de los  que sabían . Así empezó la Iniciación.

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Entonces cada país arregló un especial sistema religioso, acomodado a su capacidad intelectual y a sus necesidades espirituales. Pero los sabios prescindían del culto a simples formas y restringieron a muy pocos el verdadero conocimiento. La necesidad de encubrir la verdad para resguardarla de posibles profanaciones se dejó sentir más y más en cada generación. Y, así, el velo, tenue al principio, fue gradualmente haciéndose tupido a medida que cobraba mayores bríos el egoísmo personal, lo cual condujo a los Misterios. Estableciéronse los Misterios en todos los pueblos  y países y se procuró al mismo tiempo, para evitar toda contienda y error, que en las mentes de las masas profanas arraigasen creencias exotéricas inofensivamente adaptadas en un principio a las inteligencias vulgares, como rosado cuento a la comprensión  de los niños, sin temor de que la fe popular perjudicase a las filosóficas y abstrusas verdades enseñadas en los santuarios. Las lógicas y científicas observaciones de los fenómenos naturales que conducen al hombre al conocimiento de las eternas verdades, y le consienten acercarse a la observación libre de prejuicios, y ver con los ojos espirituales antes de mirar las cosas desde su aspecto físico, no se hallan al alcance del vulgo. Las maravillas de la siempre oculta e incomprensible Divinidad, tan sólo pueden desenmadejarse y asimilarse, por medio de Sus manifestaciones en los activos poderes de los “dioses” secundarios. Si la Causa universal y única permanece por siempre, su múltiple acción se descubre en los efectos de la Naturaleza. Como el término medio de la humanidad sólo advierte y reconoce aquellos efectos, se dejó que la imaginación popular diese forma a las Potestades que los producen. Y con el rodar de los tiempos, en la quinta raza, la aria, algunos sacerdotes poco escrupulosos se prevalieron de las sencillas crencias de las gentes, y acabaron por elevar dichas Potestades secundarias a la categoría de dioses, aislándolos completamente de la única y universal Causa de todas las causas.  Desde entonces, el conocimiento de las verdades primitivas permaneció por completo en manos de los iniciados.

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Los Misterios tenían sus defectos y puntos débiles, como necesariamente ha de tenerlos toda institución en que entren elementos humanos. Sin embargo, Voltaire caracterizó en pocas palabras sus beneficios:  “Entre el caos de supersticiones populares, existía una institución que siempre evitó la caída del hombre en la absoluta brutalidad. Fue la de los Misterios“.   Jean-Marie Ragon de Bettignies (1781 – 1862), francmasón y miembro del Gran Oriente de Francia,  dice de la Masonería:  “Su templo tiene por duración el tiempo, por espacio el Universo“. “Dividamos para dominar”, había dicho la astucia. “Unámonos para resistir”, dijeron los primeros masones. Pero más bien lo dijeron los primeros iniciados, a quienes los masones han considerado siempre como sus primitivos y directos maestros. El primero y básico principio de la fuerza moral y del poder es la asociación y la solidaridad de pensamiento y de propósito. Los “Hijos de la Voluntad y del Yoga” se unieron para resistir las terribles y siempre crecientes iniquidades de los magos negros de la raza atlante. Esto determinó la fundación de escuelas todavía más esotéricas, de templos de instrucción y de misterios impenetrables, hasta después de haber sufrido tremendas pruebas. Parecerá ficción cuanto se diga de los primeros adeptos y de sus divinos maestros. Es preciso, por lo tanto, si queremos saber algo de ellos, juzgar del árbol por sus frutos y examinar la tarea de sus sucesores de la quinta raza en las obras de los grandes clásicos y filósofos que la reflejan. ¿Cómo consideraron los autores griegos y romanos durante dos mil años a la iniciación y a los iniciados? Cicerón habla de ello en términos muy claros, diciendo: “Un iniciado debe practicar cuantas virtudes le sean posibles: justicia, fidelidad, liberalidad, modestia y templanza. Estas virtudes ponen en olvido los talentos que le falten a un hombre“. Dice Jean-Marie Ragon: “En lo cierto estaban los sacerdotes egipcios al decir: “Todo para el pueblo, nada por el pueblo”. En un país ignorante, la verdad ha de revelarse únicamente entre personas dignas de confianza… Hemos visto en nuestros días seguir el falso y peligroso sistema de “todo por el pueblo, nada para el pueblo”. El verdadero apotegma político ha de ser: “Todo para el pueblo y  con el pueblo”. Mas a fin de realizar esta reforma, las masas han de pasar por una dual transformación: Divorciarse de todo elemento exotérico de superstición y de falsa piedad; y educarse e instruirse hasta el punto de evitar todo peligro  de ser esclavos de un hombre o de una idea.

Esto puede parecer peradójico. Podrá replicarse que los iniciados eran “sacerdotes” de los templos. Al menos todos los sacerdotes indos, egipcios, caldeos, griegos, fenicios, etc. Y que los hierofantes y los adeptos fueron los que inventaron los credos exotéricos de sus respectivas religiones. Pero “el hábito no hace al monje”. Pues, según la tradición y el juicio unánime de los autores antiguos, aparte de los ejemplos que nos ofrecen los “sacerdotes” de la India, un país muy conservador, podemos decir que los sacerdotes egipcios no eran sacerdotes en el sentido que hoy damos a la palabra, así como tampoco los brahmanes. No podemos considerarlos tales, si tomamos como modelo el clero europeo.  Sir Lawrence Alma-Tadema (1836 —1912), pintor neerlandés neoclasicista de la época victoriana, conocido por sus suntuosos cuadros inspirados en el mundo antiguo, observa muy acertadamente:  “Los sacerdotes egipcios no eran en rigor ministros de la religión. La palabra “preste”, cuya traducción ha sido mal interpretada, tuvo significado muy distinto del que tiene entre nosotros. En el lenguaje de la antigüedad, y especialmente en lo tocante a la iniciación de los sacerdotes egipcios, la palabra “preste” era sinónima de “filósofo”… El sacerdocio egipcio fue, según parece, una asamblea o confederación de sabios que se reunían para estudiar el arte del gobierno, centralizar el dominio de la verdad, modular su divulgación y contener su demasiado peligrosa dispersión“. Los sacerdotes egipcios, como los antiguos brahmanes, tenían las riendas del gobierno, según costumbre heredada de los iniciados atlantes. El puro culto de la Naturaleza, en los primitivos días patriarcales, fue patrimonio sólo de aquellos que supieron descubrir, tras el fenómeno, el nóumeno, “lo pensado” o “lo que se pretende decir“, según la filosofía de Immanuel Kant. Posteriormente, los iniciados transmitieron sus conocimientos a los reyes humanos, del mismo modo que los divinos maestros lo comunicaran a sus antepasados. Tuvieron por deber y prerrogativa revelar aquellos secretos de la Naturaleza útiles al género humano. Por ejemplo, las ocultas virtudes de las plantas y el arte de curar a los enfermos, procurando además difundir el amor fraternal y el auxilio mutuo entre los hombres. A nadie se le consideraba iniciado si no curaba, y hasta si no podía restituir a la vida a los sumidos en el coma o muerte aparente, que hubiera podido llegar a ser real.  A quienes mostraban semejantes poderes se les alzaba por encima del vulgo, y eran tenidos por reyes e iniciados.

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Gautama el Buddha fue un rey iniciado y un sanador, que restituyó a la vida a los que estaban en poder de la muerte. Jesús y Apolonio fueron sanadores, y sus discípulos los veneraron como reyes. Si hubieran fracasado en la obra de resucitar aparentes muertos, seguramente no hubiesen pasado sus nombres a la posteridad; pues el poder de resucitar era señal principal y cierta de que sobre el adepto se posaba la invisible mano de un maestro divino, o que en él se encarnaba un “dios”. El privilegio de la realeza pasó por medio de los Faraones de Egipto a los monarcas de la quinta raza aria. Los Faraones fueron todos iniciados en los misterios de la Medicina, y curaban enfermos, aun cuando a causa de las terribles pruebas y trabajos de la iniciación final no pudieran llegar a ser perfectos hierofantes. Eran sanadores por tradición y privilegio, y en el arte de curar los auxiliaban los hierofantes de los templos, en los puntos ocultos que ignoraban. Así vemos después, que Pirro, rey de Epiro y Macedonia, sana a un enfermo con sólo tocarle con el pie; y los emperadores romanos Vespasiano y Adriano sólo tenían que pronunciar unas cuantas palabras aprendidas de los hierofantes, para devolver la vista a los ciegos y el movimiento a los lisiados. Desde entonces acá, la historia recuerda casos del mismo privilegio conferido a los soberanos de casi todas las naciones. Lo que se sabe de los sacerdotes egipcios y de los antiguos brahmanes, corroborado por todos los historiadores y clásicos antiguos, nos permite creer en lo que es sólo tradición para los que son escépticos. ¿Cómo hubieran podido adquirir los sacerdotes egipcios tan maravillosos conocimientos en todos los ramos de la ciencia, sin disponer de una fuente más antigua? Los famosos “cuatro” centros de enseñanza del antiguo Egipto son históricamente ciertos. En el gran santuario de Tebas, Pitágoras estudió, al llegar de la India, la ciencia de los números ocultos. En Menfis popularizó Orfeo su metafísica inda para acomodarla al nivel mental de Grecia. Y de allí aprendieron todo cuanto sabían Thales de Mileto, iniciador de la indagación filosófico-científica acerca del cosmos, y más tarde el filósofo y matemático griego Demócrito. En Sais, capital del Bajo Egipto, situada al oeste del delta del Nilo, recae el honor de la maravillosa legislación y arte de gobernar pueblos, comunicados por sus sacerdotes a Licurgo y a Solón, cuyos códigos habían de ser maravilla de las futuras generaciones. Y si Platón y Eudoxio no hubieran estado en el santuario de Heliópolis,  es más que probable que el primero no asombrara a la posteridad con su ética, ni el segundo con sus profundos conocimientos matemáticos.

Jean-Marie Ragon, el insigne tratadista de los misterios de la iniciación egipcia que, sin embargo, nada sabía de los de India, no exagera al decir que:  “Los sacerdotes egipcios conocían todo cuanto acerca de los secretos de la Naturaleza conocieron los indos, persas, sirios, árabes, caldeos y babilonios. La filosofía inda, exenta de misterios, penetró en Caldea y Persia, dando origen a la doctrina de los Misterios egipcios“.  Los Misterios fueron anteriores a los jeroglíficos, que de ellos dimanaron como archivos permanentes necesarios para preservar sus secretos. Constituyeron la primitiva filosofía que ha servido de piedra angular a la moderna. Pero el hombre, al perpetuar los rasgos del cuerpo externo, perdió en el camino el alma y el espíritu del progenitor.  Aunque la iniciación no contenía reglas ni principios, ni enseñanza alguna especial de ciencia en el sentido que ahora le damos, era una ciencia, y la Ciencia de las Ciencias. Y aunque vacía de dogma, de disciplina física y de ritual exclusivo, sin embargo era la única verdadera Religión, la de la eterna Verdad. Externamente era una escuela en donde se enseñaban ciencias, artes, ética, legislación, filantropía, el culto de la verdadera y real naturaleza de los fenómenos cósmicos, cuyas pruebas prácticas se daban secretamente durante la celebración de los Misterios. Llegaban a la iniciación los capaces de aprender la verdad de las cosas. Es  decir, los que cara a cara, podían mirar a Isis sin velo y arrostrar la pavorosa majestad de la diosa.  En la cosmogonía heliopolitana, los padres de Isis eran Geb y Nut. Era más prominente mitológicamente como la esposa y hermana de Osiris y la madre de Horus y fue venerada como la esposa y la madre arquetípica. Plutarco escribió un relato narrando su historia. Osiris, hermano y esposo de Isis, reinaba en el antiguo Egipto con paz, armonía y sabiduría. El Nilo fertilizaba la tierra y las cosechas eran abundantes. Sus súbditos eran felices. Un día, Osiris salió de viaje para conocer otras civilizaciones y dejó el reino bajo el mando de su esposa Isis. Seth, su envidioso hermano, se sintió humillado pues creía que él debería gobernar y no Isis. Cuando el dios Osiris volvió, Seth quiso hacer una gran fiesta de bienvenida y lanzó un desafío a los invitados: aquél que entrase en el cofre que Seth había traído, éste se lo regalaba como prueba de fidelidad y respeto. Muchos intentaron pero el cofre resultaba pequeño o grande.

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Osiris, curioso, quiso probar y le encajó perfectamente bien. Seth sabía el tamaño del hermano y era por esto que el cofre le había servido como un guante. Inmediatamente el hermano, junto con 72 cómplices, cerraron la caja de metal herméticamente y la arrojaron al Nilo. Isis, con amor y confianza, empezó su travesía para recuperar el cuerpo de su esposo. Después de largas y penosas caminatas por Egipto, la diosa encontró el cofre con los restos de Osiris. Pero el drama continuó cuando Seth, en su maldad sin fin, robó el cadáver y lo cortó en catorce pedazos que, nuevamente, esparció por todo el reino. Isis no se rindió y, en compañía de su hermana Neftis, la esposa de Seth, recorrió cada lugar del reino. Finalmente consiguieron encontrar todos los pedazos con excepción del pene. Sin embargo, Isis reconstruyó a Osiris ayudada por Anubis y Neftis, e impregnada de él concibió a Horus niño “Harpócrates“, quien posteriormente vengaría a su padre luchando contra Seth. Pero los hijos de la quinta raza habían caído demasiado en la materia para levantar impunemente sus ojos ante la diosa Isis.  Y los caídos desaparecían del mundo sin dejar rastro. Los nobles preceptos que enseñaban los iniciados de las primitivas razas, se propagaron por la India, Egipto, Caldea, China y Grecia, hasta difundirse por todos los ámbitos del mundo. Todo cuanto de bueno, grande y noble hay en la naturaleza humana, todas las facultades y aspiraciones divinas, era cultivado por los sacerdotes filósofos para enseñarlo a los iniciados. Su código de ética, basado en el altruísmo, ha llegado a ser universal. Se le encuentra en Confucio, el “ateo”, que enseñaba que “no es virtuoso quien no ama a su hermano”. El  Antiguo Testamento dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Los grandes iniciados se volvían como dioses. En el Fedro pone Platón en boca de Sócrates estas palabras: “Los iniciados están seguros de ser partícipes de la compañía de los dioses“. Y en otro pasaje de la misma obra dice el gran sabio ateniense: “Es evidente que los fundadores de los Misterios, o secretas asambleas de iniciados, no eran simples mortales, sino potentes genios que desde los primitivos tiempos procuraron darnos a entender por medio de aquellos enigmas, que quien llegue  impuro a las regiones invisibles, será precipitado en los abismos [la octava esfera de las enseñanzas secretas: esto es, que perdería para siempre su personalidad], mientras que el que las alcanec, ya purificado de las manchas de este mundo, y experto en virtudes, será recibido en la morada de los dioses“.

Refiriéndose a los Misterios, dice Clemente de Alejandría: “Aquí termina toda enseñanza. Se ve la Naturaleza y todas las cosas“. Un Padre de la Iglesia habla pues como cuatro siglos después de J. C. habló el pagano Pretextatus, procónsul de Acaya, “eminente en virtudes”, quien opinaba que “privar a los griegos de los sagrados Misterios que unían a todo el género humano”, equivalía a quitar todo merecimiento a sus vidas. ¿Acaso hubieran recibido los Misterios alabanzas de los más excelsos hombres de la antigüedad, si su origen fuera puramente humano? Leamos cuanto de esta sin par institución dijeron en todas épocas los iniciados y los no iniciados, entre ellos Platón, Eurípides, Sócrates, Aristófanes, Píndaro, Plutarco, Isócrates, Diodoro, Cicerón, Epícteto, Marco Aurelio y muchísimos otros sabios y escritores. Lo que los Dioses y los Ángeles habían revelado, las religiones exotéricas, empezando por la de Moisés,  lo volvieron a velar y lo ocultaron de la vista del Mundo. José, el hijo de Jacob, fue un iniciado, pues de otro modo no se hubiera casado con Asenath, hija de Petefre, sacerdote de Heliópolis y gobernador de On. Todas las verdades  reveladas  por Jesús, y que los mismos  judíos y cristianos primitivos comprendieron, fueron  reveladas de nuevo  por la Iglesia, que pretende servirle. Veamos lo que dice Séneca, citado por el Dr. Edward Kenealy:   “Disuelto el mundo y reintegrado al seno de Júpiter, este dios continúa durante algún tiempo totalmente concentrado en sí mismo, y permanece oculto, por decirlo así, completamente embebido en la contemplación de sus propias ideas. Después surge un nuevo mundo de su seno. Se forma una raza inocente de hombres”.    Y al hablar de la disolución del mundo, que entraña el aniquilamiento de todas las formas, nos enseña Séneca que cuando llegue el último día del mundo y se abroguen las leyes de la Naturaleza, se aplastará el Polo Sur y se desquiciarán las regiones africanas, al mismo tiempo que el Polo Norte cubrirá todas las comarcas que están debajo de su eje.  El Sol quedará privado de su luz , se destruirá el palacio celeste y producirá vida y muerte a un tiempo; y la disolución alcanzará igualmente a todas las divinidades que volverán así a su  primitivo caos. Parece que está uno leyendo el puránico relato que del gran Pralaya hace Parâshara. Es casi lo mismo, concepto tras concepto.

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¿Tiene el cristianismo algo semejante? Abramos la  Biblia por el capítulo III de la segunda epístola de San Pedro , y advertiremos parecidas ideas: “en los últimos tiempos vendrán socarrones… diciendo: ¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que los padres se durmieron, todo permanece como en el principio de la creación. Porque ellos ignoran voluntariamente que los cielos eran de muy antiguo, y la tierra salió del agua, y en agua estaba asentada por palabra de Dios. Por las cuales cosas, aquel mundo de entonces, pereció anegado en agua. Mas los cielos y la tierra que ahora son, por la misma palabra están reservados para el fuego… en el cual los cielos perecerán con gran estruendo, y los elementos quedarán fundidos a causa del gran calor. Pero esperamos… cielos nuevos y una tierra nueva“.  No tiene San Pedro la culpa de que los intérpretes prefieran ver en este pasaje alusiones a una creación, a un diluvio, a la promesa de la venida de Cristo y a una nueva y celestial Jerusalén. Pero lo que quería realmente indicar era la destrucción de la quinta raza aria, y el levantamiento de un nuevo continente para la sexta raza. Los  druidas comprendían el significado del signo zodiacal del Sol en Tauro; y por ello, cuando el primer día de Noviembre se extinguían todos los fuegos, quedaba tan sólo su inextinguible fuego sagrado, para iluminar el horizonte como los de los magos y los actuales parsis, pueblo originario de la antigua Persia, en el Fars o Faritáns, que emigró a la India huyendo de las persecuciones de los musulmanes. Practican una religión afín al antiguo zoroastrismo. Y como las primeras generaciones de la quinta raza, después los caldeos y griegos y más tarde los cristianos, que no sospechaban el verdadero significado, saludaban ellos al lucero de la tarde, a la hermosa Venus-Lucifer.

Estrabón habla de una isla próxima a Bretaña, en donde Deméter (Ceres, en la mitología romana) y Perséfona recibían adoración con el mismo ritual que en Samotracia. Demeter, hermana mayor de Zeus, conocida como diosa madre, adjetivo dado por ser la diosa de la agricultura, la tierra verde y joven, ciclo vivificador de la vida y la muerte, y protectora del matrimonio y la ley sagrada y portadora de las estaciones.  Junto a su hija Perséfone eran los personajes centrales de los misterios eleusinos que también precedieron al panteón olímpico. A sus sacerdotisas se les daba el título de Melisas. Deméter enseñó a la humanidad las artes de la agricultura: sembrar semillas, arar, recolectar, etcétera. Era especialmente popular entre las gentes del campo, en parte porque eran los beneficiarios más directos de su ayuda, y en parte porque eran más conservadores a la hora de mantener las viejas costumbres. Poseidón persiguió una vez a Deméter, en su forma original de diosa-yegua. Ella se resistió a Poseidón, pero no pudo ocultar su origen divino entre los caballos del rey Oncos. Poseidón se transformó en semental y la cubrió. Deméter se puso literalmente furiosa por este asalto, pero lavó su ira en el río Ladón. Le dio a Poseidón una hija, cuyo nombre no podía ser pronunciado fuera de los misterios eleusinos, y un corcel de negras crines llamado Arión.  El mito fundamental de Deméter, que constituye el corazón de los misterios eleusinos, es su relación con Perséfone, su hija. Perséfone se convirtió en diosa del inframundo cuando Hades la secuestró en la tierra y le llevó con él. Obviamente la reacción de la madre no tardó. Desesperada por la búsqueda infructuosa de su hija, se retiro y no permitió que los campos dieran frutos. El hambre y la muerte sembró la tierra. Y Demeter se enfrento a su hermano Zeus, advirtiéndole que, o aparecía su hija o ni un grano de trigo germinaría. Demeter sospechaba que los dos hermanos estaban enterados del suceso, e intuía que posiblemente Zeus ayudó a preparar la estratagema a Hades. Pero o solucionaba el conflicto o se quedaba sin sus apreciados mortales. Convenció a su hermano, que permitió a Persefone volver al reino de los vivos, y ante el mandato de devolverla junto a su madre, Hades tuvo la precaución de que Perséfone tomara un grano de granada, ya que quien tomaba algún alimento en los infiernos no podía volver al mundo de los vivos. No obstante, sólo durante tres meses al año (los invernales) permanecen juntos en sus dominios y los restantes ella vuelve junto a su madre (en lo que es un claro mito agrario). Esta isla era la sagrada Ierna (se supone que Hibernia, Irlanda), en donde ardía el fuego perpetuo.

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Los druidas creían en el renacimiento del hombre; pero no como lo explica Luciano de Samósata: “Que el mismo  espíritu animará a un nuevo cuerpo no aquí, sino en otro mundo distinto; sino en una serie de reencarnaciones en este mismo mundo. Porque como dice Diodoro, los druidas enseñaban que las almas de los hombres se encarnan en otros cuerpos al cabo de cierto período“. La quinta raza aria recibió estas doctrinas de sus antepasados de la cuarta raza, los atlantes; y las conservó piadosamente, mientras sus progenitores se acercaban a su fin gradualmente, haciéndose más arrogantes en cada generación a causa de la adquisición de poderes sobrehumanos.  Los antiguos misterios fueron recibidos por los primitivos arios de los atlantes. El estado mental e intelectual de los arios, lo ha descrito Max Müller (1823 – 1900), filólogo, hindólogo, mitólogo y orientalista alemán, fundador de la mitología comparada, aunque de un modo incompleto: “El  Rig Veda nos ofrece un período de la vida intelectual del hombre, sin semejante en inguna otra parte del mundo. En sus himnos vemos cómo el hombre inquiere los enigmas de esta vida… Invoca a los dioses, les ruega, los adora. Mas a pesar de todos estos dioses… que en su torno mira el primitivo poeta, parece que no sabe reposar dentro de sí mismo. Ha descubierto en su propio pecho una fuerza que nunca jamás está muda cuando él ruega, ni nu nca ausente cuando teme y tiembla. Esta fuerza parece inspirar sus plegarias, y sin embargo, las escucha; parece vivir en él, y no obstante, le sostiene y rodea. Para esta misteriosa fuerza sólo halla apropiado el nombre de “Brahman”; porque la palabra bra hman significa etimológicamente  fuerza, voluntad, anhelo y potencia creadora. Pero tan pronto como se le da nombre a este impersonal Brahman, surge en él algo maravillosamente divino y acaba por ser uno de los varios dioses, un dios de la gran trinidad ado rada hasta nuestros días. A pesar de ello, no tiene nombre el pensamiento subyacente en su interior, la fuerza con él mismo identificada que sostiene cielos y dioses y todo ser animado que ante su mente flota concebido, aunque no manifestado. Por fin el poeta le llama  Âtman,  porque la palabra âtman, que significa etimológicamente aliento o espíritu, llega a tener el significado de  Yo , sea divino, sea humano, bien creador o sufriente, ora  uno ora  todo , pero siempre el  Yo,  el  Ser independiente y libre. “¿Quién ha visto el primer nacido?”  –dice el poeta-. “¿Cuándo el que no tenía huesos (entiéndase  forma ) produjo al que los tuvo? ¿Dónde estaba la vida, la sangre, el Yo del mundo? ¿Quién fue a preguntar si alguien lo conocía?” (2). Una vez expresada esta idea del Yo divino, todo debe reconocerle supremacía. ““l Yo es señor y rey de todas las cosas; pues todas están contenidas en el Yo, como todos los radios de una rueda están contenidos en el cubo y la llanta. Todos los yoes están contenidos en este  Yo“.

Este Yo supremo, único y universal, fue simbolizado en el plano físico por el Sol, cuyo vivificante resplandor, es emblema a su vez del alma que mata las pasiones carnales que son siempre un obstáculo para la reunión del Yo individual (el espíritu), con el Yo  Todo. De aquí el misterio alegórico, que sólo podemos describir en bosquejo y que establecieron los “Hijos de la Luz y de la Neblina ígnea”. Los autores católicos citan con frecuencia el Zohar, inagotable arsenal de misterios y oculta sabiduría. El erudito rabino y eminente hebraísta que, después de su conversión al catolicismo, tomó el nombre de caballero Drach, siguió los pasos de Pico de la Mirándola y de Juan Reuchlin, asegurando a sus nuevos correligionarios que el Zohar contiene casi todos los dogmas de la religión católica. El Zohar no es genuina producción del pensamiento hebreo, sino compendio y epítome de las antiquísimas doctrinas de Oriente, transmitidas oralmente al principio y escritas después durante la cautividad de Babilonia. Y finalmente recopiladas por el rabino Simeón Ben Jochai, hacia los comienzos de la era cristiana. Cuando en los países mesopotámicos surgió en nueva forma la cosmogonía mosaica, el Zohar fue el vehículo en donde se enfocaron los luminosos rayos de la Sabiduría universal. Pero, por mucha que sea la semejanza entre el fondo del Zohar y los dogmas cristianos, cabe afirmar que sus compiladores no tuvieron nunca a Cristo en sus mentes, pues de lo contrario no hubiera quedado en el mundo ni un solo judío de la ley mosaica. Además, si se acepta al pie de la letra lo que dice el Zohar, cualquiera religión podrá apoyarse en sus símbolos y alegorías; porque este libro es eco de las verdades primitivas, y todo credo se basa en alguna de ellas, siendo el Zohar un velo de la Doctrina Secreta. Esto es tan evidente, que bastarán las propias manifestaciones del citado caballero Drach, para probarlo: “El Zohar trata del Espíritu que gobierna al Sol, y dice que no es el mismo Sol, sino el Espíritu en o tras el Sol“. Drach intenta demostrar que ese Espíritu residente en el Sol era Cristo. Al comentar este pasaje, que califica al espíritu solar de “piedra que los constructores rechazaron”, asegura Drach que: “La piedra solar es idéntica a Cristo, y, por tanto, el Sol es indudablemente la segunda hipóstasis (ser o sustancia) de la Divinidad, o sea Cristo“. Si esto es verdad, los arios prevédicos y védicos, los caldeos y egipcios, así como los ocultistas de toda época, y aún los judíos, han sido siempre cristianos. Si, por el contrario no fuese verdad, resultaría que el Cristianismo de la Iglesia es exotéricamente simple paganismo; y esotéricamente, magia práctica y trascendental u ocultismo. Porque esta “piedra” tiene varios significados y una dual existencia, con gradaciones regularmente progresivas y regresivas. Es verdaderamente un “misterio”.

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Los ocultistas están dispuestos a admitir con San Crisóstomo, que los infieles o mejor dicho los profanos, cegados por la luz del Sol, pierden de vista el verdadero Sol al contemplar el falso. Pero si San Crisóstomo y el caballero Drach ven en el Zohar y en el Sol cabalístico “la segunda hipóstasis”, ésta no es razón para que todos los demás queden cegados por ellos. El misterio del Sol es tal vez el mayor de los innumerables misterios del ocultismo. Es verdaderamente un nudo gordiano que no puede cortarse con la espada de dos filos de la casuística escolástica. Es verdaderamente un deo dignus vindice nodus, y sólo puede ser desatado por los Dioses. El significado de esto lo comprenderá cualquier cabalista, pues es claro. Cuando Pitágoras dijo: “Contra solem ne loquaris”, no se refería al Sol visible, sino al “Sol de la Iniciación” en su trina forma, dos de cuyos aspectos son el “Sol del Día” y el “Sol de la Noche”. De que tras el Sol físico hay un misterio que las gentes entrevén instintivamente, nos da prueba el que todas las naciones, desde los primitivos pueblos hasta los actuales parsis, han adorado al Sol. La Trinidad solar no es exclusiva del mazdeísmo, sino creencia universal, tan antigua como el hombre. Todos los templos de la antigüedad se orientaban al Sol, y sus puertas se abrían a Oriente. Véanse los templos de Menfis y Baalbec, las pirámides del viejo y nuevo mundo, las torres circulares de Irlanda y el Serapeum de Egipto. Si el mundo estuviera dispuesto a recibir la explicación filosófica de esta costumbre, los Iniciados podrían darla, no obstante su misticismo. En Europa, el último sacerdote del Sol fue el Iniciado emperador romano Juliano, llamado ahora el apóstata. Quiso beneficiar al mundo con la revelación de una parte del gran misterio y murió.

Acerca de Juliano han corrido ríos de tinta, como si no hubiesen bastado los que prodigó él mismo. Pues era grafómano y tenía la pasión de las proclamas, los panegíricos y los ensayos entre lo filosófico y lo político. La razón por la que se ha hecho tanto ruido en torno a su nombre consiste en que se le atribuye el propósito de restaurar el paganismo contra el cristianismo. Ya su predecesor Constancio hubo de dedicar la mayor parte de su tiempo a las cuestiones religiosas. Incluso había actuado, además de como emperador, como Papa, interviniendo en las disputas internas de la Iglesia entre donatistas, arríanos y melecianos. Porque, en efecto, era cristiano y de los fervientes. Pero muy paganamente consideraba a la Iglesia como un instrumento del Estado y, con la excusa de protegerla, se proponía controlarla. Juliano tuvo los mismos intereses religiosos, pero orientados en sentido opuesto, por lo que se ganó el título de Apóstata. No cabe duda que debió de contribuir a llenarle de rencor hacia la nueva fe aquel obispo Eusebio que, como tutor suyo, le había sazonado con el látigo las lecciones de catecismo. En el confinamiento de Nicomedia, el único afecto lo encontró Juliano en un anciano siervo escita, Mardonio, que le leía Homero y los filósofos griegos. No se ha sabido nunca si Mardonio era pagano o cristiano. Se sabe tan sólo que estaba empapado de clasicismo, cuyo amor a éste él inspiró a su joven amo y pupilo. Éste miraba en torno suyo y no veía que los cristianos que le rodeaban dieran un gran ejemplo. No aparentaba ser un hombre de pensamientos profundos y, a veces, sus razonamientos se pierden en divagaciones. La famosa apostasía de Juliano fue, sobre todo, un acusado agnosticismo. Se desinteresaba de las herejías que seguían lacerando a la Iglesia y es probable que las viese con simpatía. Pero concedió la libertad de culto a los hebreos y les permitió reconstruir el templo de Salomón, cuyos andamiajes, empero, quedaron destruidos por un terremoto, lo que algunos escritores cristianos interpretaron como un castigo del Cielo. Se ha dicho, aunque no ha sido probado, que subrepticiamente había alentado la restauración de los antiguos cultos paganos. En Alejandría fue asesinado el obispo Jorge por los paganos y en Antioquía el templo de Apolo fue incendiado por los cristianos. Ni en un caso ni en otro Juliano ordenó represalias. Quería mostrarse imparcial.

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Dios sabe cómo y dónde habría ido a parar esa política religiosa, si Sapor II (a veces llamado el Grande), gobernante del Imperio sasánida,  no le hubiese obligado a empuñar otra vez las armas. Preparó aquella difícil y peligrosa expedición con su cuidado habitual, adiestrando un ejército enorme y una flota de mil naves con las que descender por el río Tigris. Los primeros encuentros le fueron favorables, pero la ciudad de Ctesifonte le resistió con sus formidables fortificaciones, obligándole, al final, a retirarse. Pero, ¿quién hubiera podido hacer remontar la corriente a las naves? Juliano dio la orden de quemarlas. No podía obrar de otro modo, pero la decisión desmoralizó a los soldados y los llenó de furor. La región era pobre, pedregosa, calcinada por el sol, hostil. La caballería persa estorbaba la marcha, infligiendo graves pérdidas con sus dardos. Uno de ellos alcanzó a Juliano clavándosele en el hígado. El emperador trató de extraerlo con sus manos, ensanchó la herida y provocó una hemorragia mortal. Dándose cuenta de que se aproximaba su fin, llamó en torno a su lecho, donde le habían colocado, a dos filósofos amigos suyos, Máximo y Prisco, con los cuales se puso a discutir serenamente sobre la inmortalidad del alma.  Decía Juliano al hablar del Sol, que “hay tres en uno”, y que el Sol central era una precaución de la Naturaleza: el primer Sol la causa universal de todo, el soberano Bien y perfección; el segundo Sol representa el poder de la suprema Inteligencia, con dominio sobre todos los seres racionales; y el tercero es el Sol visible. La pura energía de la inteligencia solar procede del luminoso asiento ocupado por nuestro Sol en el centro del cielo, siendo esta energía el Logos de nuestro sistema. Como dice Hermes trismegisto, “el misterioso Espíritu de la Palabra” lo produce todo mediante el Sol, y nunca opera por otro medio”. Porque el desconocido Poder colocó en el Sol, más que en ningún otro cuerpo celeste, el asiento de su morada. Pero ni Hermes Trismegisto ni Juliano (iniciado ocultista) ni otros, identificaron a Jehovah, o Júpiter, con esta Causa Desconocida. Se referían ellos a la causa productora de los “grandes Dioses” manifestados o Demiurgos de nuestro sistema, incluyendo el Dios de los hebreos. Tampoco significaban con ello el Sol físico, que era tan sólo un símbolo manifestado. El filósofo pitagórico Filolao de Crotona amplía y completa a Trismegisto diciendo: “El sol es un espejo de fuego que refleja el esplendor de sus llamas y efluye sobre nosotros. A este esplendor lo llamamos imagen“.

Es evidente que Filolao se refiere al céntrico Sol espiritual, cuyos refulgentes rayos refleja el Sol físico. Esto es tan claro para los ocultistas, como lo era para los pitagóricos. En cuanto a los profanos de la antigüedad pagana, consideraban al Sol físico como “supremo Dios”; e igualmente parece que lo consideran los católicos, si hemos de aceptar los puntos de vista del caballero Drach. Si las palabras tienen algún valor, cuando el caballero Drach afirma que “este Sol es indudablemente la segunda hipóstasis de la Divinidad”, significa por “este Sol”, el Sol cabalístico, y por “hipóstasis” da a entender la substancia o subsistencia de la Majestad de Dios o Trinidad. Aún evidencia más todo esto la consideración de que el autor, como ex rabino y por lo tanto versadísimo en lengua hebrea, y en los misterios del Zohar, debía conocer el valor de las palabras; y además trataba de armonizar el Judaísmo y el Cristianismo, “contradictorios tan sólo en apariencia”, según su criterio. El segundo Sol aparecía puesto a prueba por Vishvakarman,  el Supremo Hacedor. que le cortaba siete de sus rayos y los reemplazaba con una corona de espinas, cuando el “Sol”, despojado de sus rayos, se transformaba en Súrya Vikartana. Después de esto, el Sol, cuyo papel representaba un neófito dispuesto a la iniciación, era obligado a descender al Pâtâla, o regiones inferiores, para sufrir la prueba de Tántalo; y triunfante de ella, resurgía de esta región de iniquidad y vicio, conviertiéndose de nuevo en Karmasâkshin, o testigo del karma de los hombres. Y ascendía de nuevo con toda la gloria de su regeneración, como Graha- Rajâh, el Rey de las Constelaciones, en cuyo papel se le llamaba Gabhastiman, o sea “el que ha recuperado sus rayos”. Esta fábula del panteón indo, nacida del poético misticismo del  Rig Veda, la mayor parte de cuyas sentencias se dramatizaban en los misterios, se extendió en el curso de su exotérica evolución en las subsiguientes alegorías. Todavía la hallamos en varios  Purânas  y otras Escrituras. En los himnos del  Rig Veda , el misterioso dios Vishvakarman, es  el Logos, el Demiurgos, uno de los dioses mayores y el dios supremo, según cantan dos himnos. Es el Omnieficiente (que tal significa Vishvakarman), y se le llama “Gran Arquitecto del Universo”, el “Dios-Padre, Generador y Dispensador que da nombre a los dioses y está más allá de la comprensión de los mortales”. Esotéricamente personifica la manifestación de la potencia creadora; y místicamente representa el séptimo principio del hombre considerado en general.

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Tántalo es un personaje célebre en la mitología por la gravedad de los delitos que se le atribuyen. En cierta ocasión recibió a los dioses en su morada a título de convidados, y, para poner a prueba su divinidad, les dio a comer los miembros de su hijo Pélope. Zeus resucitó a la víctima, y Tántalo, condenado a sufrir hambre y sed eternamente en medio de la abundancia, fue sumergido hasta la barba en un lago, bajo árboles cargados de frutos, pero el agua huía cuando él quería beber y las ramas de los árboles se levantaban cuando quería coger una fruta. La frase “el suplicio de Tántalo” se cita para demostrar la imposibilidad de lograr aquello que, aparentemente, está al alcance de la mano. Vishvakarman es el hijo de Bhûvana, la luminosa esencia, creada por sí misma; y de la virtuosa, casta y amable Yoga-Siddhâ, la diosa virginal, cuyo nombre dice quién es, puesto que personifica el poder del Yoga, la “casta madre” engendradora de adeptos. En los himnos rigvédicos, Vishvakarman cumple “el sacrificio supremo”, es decir, se sacrifica por la salvación del mundo, de la misma manera simbólica que Jesucristo. O, como dice el  Nirukta, una de las seis disciplinas Vedanga del hinduismo, traducido por los orientalistas:   “Primeramente ofreció Vishvakarman el mundo entero en sacrificio, y después se sacrificó él mismo“.    En las representaciones místicas  de su nombre, se le suele dar a Vishvakarman el nombre de Vithoba, y se le pinta como la “Víctima”, el “Hombre-Dios” o el Avatâra crucificado en el espacio. Podemos decir algo de las grandes ceremonias antiguas que el público tomaba por verdaderos misterios, y en que se iniciaba a los candidatos con mucho ceremonial, y despliegue de artes ocultas. Tras esto, en la oscuridad y silencio, estaban los verdaderos misterios como siempre existieron y existen. En Egipto, como en Caldea, y más tarde en Grecia, se celebraban los misterios en épocas fijas; y el primer día de la celebración era una festividad pública, para acompañar pomposamente a los candidatos hasta la gran Pirámide, en donde quedaban ocultos a la vista del Público. El segundo día se dedicaba a las ceremonias de purificación, después de las cuales se presentaba el candidato vestido de blanco. El tercer día se examinaba al candidato para probar su suficiencia en conocimientos ocultos. El cuarto día, tras otra ceremonia simbólica de purificación, se le sometía a varias pruebas, y por último quedaba en provocado letargo durante dos días con sus noches, en una cripta subterránea y en plena oscuridad. De ahí viene la frase bíblica de que “resucitó al tercer día“.

En Egipto colocaban al aletargado neófito en un sarcófago vacío de la Pirámide, y allí se celebraban los ritos de la iniciación. En la India y en el Asia central se le ataba a un torno, hasta que el cuerpo entraba en letargo, y entonces, muerto en apariencia, se le conducía a la cripta, en donde el hierofante “guiaba al alma aparicional (cuerpo astral) de este mundo de samsâra (ilusión) a los reinos inferiores , de los cuales, en caso de vencer, tenía el derecho de sacar  siete almas en pena (elementarios). Revestido de su ânandamayakosha o cuerpo de bienaventuranza, el srotâpanna quedaba allí donde no debemos seguirle, y al volver recibía la  Palabra , con la “sangre del corazón” del hierofante o sin ella.  Pero, a decir verdad, el iniciado no mataba al iniciador ni en la India ni en país alguno, pues la muerte era simulada. A menos que el iniciador hubiera escogido por sucesor al iniciado y hubiese decidido comunicarle la suprema palabra, que sólo podía conocer un solo hombre en cada nación, por lo cual tenía que morir. Muchos grandes iniciados desaparecieron del mundo después de transmitir a su sucesor la suprema palabra. Así, en la cumbre del monte Pisgah, o Nebo, que significa sabiduría oracular, desapareció misteriosamente de la vista del pueblo israelita el profeta Moisés, después de colocar sus manos sobre Josué, que de este modo llegó a estar “lleno del espíritu de Sabiduría”, es decir, iniciado.  El Monte Nebo es uno de los más importantes lugares sagrados de Jordania. Está localizado a 10 Km. al oeste de la ciudad romana-bizantina de Madaba. La asociación del lugar con los últimos días de Moisés se explica en el Deuteronomio. También tiene lugar en el Monte Nebo el episodio de Balak y Balam. El lugar es también conocido como Pisgah: “Y Moisés fue desde la llanura de Moab hasta el Monte Nebo, a pico de Pisgah que está en dirección opuesta a Jericó″. Desde lo alto de la montaña, que es el punto más alto en la cadena de montañas moabita, elevándose 800 metros, se puede admirar la vista a lo largo del valle jordano y el Mar Muerto hasta los tejados de Jerusalén y Belén. Hace siglos, los peregrinos acudían al monte Nebo en su destino final para visitar el santuario. Estos peregrinos dejaban tras de sí fantásticos relatos de sus viajes, lo que ha permitido a los arqueólogos identificar este santuario. Pero Moisés murió; no le mataron. Porque matarle hubiera sido un acto de magia negra, no divina. Se trata de la transfusión de la luz, más bien que de la transmisión de la vida; es la transfusión de vida espiritual y divina, la efusión de Sabiduría y no de sangre. Pero los profanos inventores de la teología cristiana tomaron  al pie de la letra el lenguaje alegórico; y definieron un dogma contrario al espiritualismo “pagano”.

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Todos los hierofantes e iniciados eran representaciones del Sol y del principio creador (la potencia espiritual), como lo fueron Vishvakarman y Vikartana, desde el origen de los misterios. El francmasón Jean-Marie Ragon da curiosos pormenores acerca de los ritos solares. Indica que el Hiram bíblico, el gran héroe de la masonería (el “hijo de la viuda”), está tomado de Osiris, y es el dios del Sol, el inventor de las artes, “el arquitecto”, pues el nombre de Hiram significa  “el elevado“. Y este título se le daba al sol. Saben muy bien los ocultistas cuán estrechamente relaciona el libro de los Reyes a Salomón y el templo de Jerusalén con Osiris y las Pirámides. Todo el rito de la iniciación masónica deriva de la bíblica alegoría de la construcción del templo salomónico, por más que los masones olviden, o tal vez ignoren, que el relato bíblico está calcado de simbolismo egipcios y más remotos todavía. Jean-Marie Ragon lo explica diciendo que los tres compañeros de Hiram, los tres “asesinos”, simbolizan los tres últimos meses del año; y que Hiram simboliza el Sol desde el solsticio de verano, cuando empieza a decrecer, por lo cual el rito constituye una alegoría astronómica. Durante el solsticio estival, provoca el Sol cánticos de gratitud de todo cuanto respira. De aquí que Hiram, su símbolo, comunique la sagrada palabra, es decir, la  vida, a quienes tienen derecho de recibirla. Cuando el Sol desciende a los signos inferiores, la Naturaleza entera enmudece, e Hiram no puede comunicar la Palabra sagrada a sus compañeros, que simbolizan los tres últimos meses inertes del año. El primer compañero hiere levemente a Hiram con una regla de veinticuatro pulgadas de longitud, símbolo de las veinticuatro horas del día, es decir, la revolución diurna o primera división del tiempo que, después de la exaltación del potente astro, atenta débilmente contra su existencia, asestándole el primer golpe. El segundo compañero hiere a Hiram con una escuadra de hierro , símbolo del invierno, figurado por la intersección de dos rectas que dividen el Zodíaco en cuatro partes iguales representativas de las cuatro estaciones, cuyo centro simboliza el corazón de Hiram. Esta es la segunda distribución del tiempo que en esta época asesta más grave golpe a la existencia solar. El tercer compañero hiere a Hiram mortalmente, golpeándole en la frente con su mallete, cuya forma cilíndrica simboliza el año, anillo o círculo. Es la tercera distribución del tiempo, cuyo cumplimiento asesta el postrer golpe a la existencia del Sol expirante.

De esta interpretación se infiere que  Hiram, el fundidor de metales, el héroe que en la nueva leyenda lleva el título de  arquitecto,  es Osiris, el Sol de la moderna iniciación. Y que  Isis,  su  viuda, es la  Logia , el emblema de la Tierra ( loka o mundo, en sánscrito), y que  Horus  hijo de Osiris (o de la luz) y de la viuda es el  libre masón , o sea el iniciado que habita en la logia terrestre:  (el hijo de la Viuda y de la Luz).  Para algunos autores, la Masonería nació en Egipto, y otros la sitúan en el Gran templo de Salomón. Aquí se desarrolla la historia de Hiram Abif. Para estos autores Hiram Abif era un gran maestro iniciado en las artes secretas del antiguo Egipto, “románticamente” el Mizraím  Hebreo.  Mizraím fue el padre de los Egipcios y fue uno de los hijos de Cam, hijo de Noé. Sus otros hijos fueron Cus, Fut y Canaán (Genesis). Para algunos que estudian la Masonería recurriendo a los mitos, Hiram Abif heredó el arte de la metalurgia y la Alquimia Hermética, de la escuela creada por Tubal Caín, pionero en este arte. A estos maestros artífices se les llama Ho Tekton (Tekton significa Artesano). En Reyes se indican tres cualidades de Hiram Abif, que son: sabiduría, inteligencia y ciencia: “hijo de una viuda de la tribu de Neftalí. Su padre, que trabajaba el bronce, era de Tiro. Hiram estaba lleno de sabiduría, inteligencia y ciencia para toda labor en bronce. Este, pues, se presentó ante el rey Salomón e hizo todas sus obras“. La Biblia habla solo de tres grandes metalúrgicos: el primero fue Tubal Cain, hijo de Lamec, a su vez hijo de Caín. Fue el constructor de la Torre de Babel y otras ciudades antiguas. El segundo fue Aholiab de la tribu de Dan;  y el tercero fue Hiram Abíf. La deidad principal de los fenicios (Tirios y Sidonios) era Astarté, diosa de la fertilidad, mientras que Sidón era de origen Cananeo, y las “naves de Tarsis” de que habla la Biblia se refiere a las naves de Tiro, de donde provenía Hiram.

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Y aquí hemos de mencionar la relación entre los jesuitas y la francmasonería, para demostrar hasta qué punto han cegado los ojos de las gentes para que no vieran las verdades ocultas.   La masonería posee gran parte del simbolismo, fórmulas y ritos del ocultismo, transmitidos de generación en generación desde la época de las iniciaciones primitivas. Los jesuitas, en su intento de convertir la fraternidad masónica en algo inofensivo, introdujeron en la orden algunos de sus más astutos emisarios, quienes hicieron creer a los masones que el verdadero secreto se había perdido con Hiram-Abiff; y les indujeron a asumir esta creencia.  En el artículo “Rosicrucianismo” de la notable obra titulada  Real Enciclopedia Masónica , puede verse cómo su autor, un erudito y conspicuo masón, explica lo que los jesuitas han hecho para corromper la masonería. Hablando del período en que empezó a conocerse la existencia de esta misteriosa fraternidad, dice el autor que en pasados tiempos estuvieron las grandes masas de la sociedad sobrecogidas por un terror de lo invisible. Los sueños cabalísticos de Johannes Reuchlin (1455 – 1522), filósofo y humanista alemán profundamente interesado en la Cábala judía,  condujeron a la acalorada acción de Lutero. Y de los trabajos de Johannes Trithemius  dimanó el moderno sistema de la escritura diplomática codificada. Johannes Trithemius, conocido como Johann von Heidenberg (1462 – 1516), fue un monje alemán nacido en Trittenheim, cerca de Tréveris, Alemania. Fue el fundador de la sociedad secreta Sodalitas Celtica (Cofradía Céltica) dedicada al estudio de las lenguas, las matemáticas, la astrología y la magia de los números. Es autor de la famosa Steganographia o ciencia para ocultar mensajes. Nombrado abad de Sponheim, en 1483, es autor de nueve obras históricas, un tratado de las siete causas segundas (De septem secundieis, 1515), opúsculos ascéticos, una obra sobre los milagros de la Virgen María, dos libros de homilías y exhortaciones cenobíticas, una obra contra los maleficios (Antipalus Maleficorum comprehensus, publicado en 1555), de los cuales no se ha dicho absolutamente nada negativo en cuanto al tema magia negra. Acusado de ser un gran aficionado a la magia, el emperador Maximiliano I le invitó en 1505 al castillo de Boppart, cerca de Coblenza, para someterle a ocho preguntas de fe. Tritemius respondió con la publicación de su Liber octo questionum en 1511. Este mismo emperador solicitó sus conocimientos políticos para que le ayudara. Falleció el 15 de diciembre de 1516 y fue enterrado en la iglesia del monasterio de Saint-Jacques de Wurzburgo, del que fue prior sus últimos años.

Es digno de nota que el siglo en que los rosacruces aparecieron por  vez primera en público, se distinga en la historia como la época de más violentos esfuerzos para romper las trabas del pasado, tales como el Papado y el clericalismo. De aquí la desesperada oposición del clero papista y su animosidad virulenta contra todo lo misterioso y desconocido. A su vez el clero católico organizó falsas asociaciones de rosacruces y masones, que recibieron el encargo de reclutar a los hermanos más ingenuos de la verdadera e invisible orden, a fin de obtener  los secretos que les revelaran. Los superiores de estas asociaciones se valieron de todas las astucias imaginables, en su lucha contra el progreso de la auténtica masonería. Pero si la masonería ha sido expoliada, nada es capaz de derrocar al verdadero e invisible rosicrucianismo ni a la iniciación oriental. Perdura el simbolismo de Vishvakarman y Sûrya Vikartana; mientras que Hiram-Abif fue realmente muerto. Este rito astronómico es el más solemne de todos, como herencia de los misterios arcaicos que, a través de las edades, han llegado hasta nuestros días. Representa todo el drama de la vida en sucesivas encarnaciones, y los secretos psíquicos y fisiológicos, ignorados tanto por la iglesia como por la ciencia. Aunque de este rito se derivan los más importantes misterios del cristianismo.  La antigüedad de la Doctrina Secreta puede reconocerse mejor cuando se muestra el punto de la historia en que sus misterios habían sido ya profanados en provecho de ambiciosos y de astutos sacerdotes. Los dramas religiosos de profunda ciencia y filosofía eran ya perseguidos mucho antes de la época de Platón y aun de Pitágoras. Sin embargo, las iniciales revelaciones hechas al género humano no habían desaparecido con los Misterios; y han quedado como patrimonio reservado a futuras y más espirituales generaciones. H. P. Blavatsky ya dijo, en  Isis sin Velo, que en tiempo de Aristóteles los misterios ya no tenían su primitiva solemnidad y grandeza. Los ritos habían caído en desuso y degenerado en gran parte en especulaciones sacerdotales y ficciones religiosas. Es inútil afirmar cuándo aparecieron por primera vez en Grecia, puesto que la historia documentada de Europa puede asegurarse que empieza con Aristóteles, ya que antes de esta época todo se enreda en una inextricable confusión cronológica.

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Baste decir que en Egipto se conocían los Misterios desde los días de Moisés; y que Orfeo los llevó de  India a Grecia. En un  artículo titulado: “¿Se conocía la escritura antes de Pânini?”, se afirma que los pandús habían adquirido universal dominio sobre otras razas,  enseñándoles los misterios “sacrificiales” unos 3.300 años antes de J. C. Los kurus, lo mismo que los pândavas, son descendientes del rey Kuru, pero el nombre patronímico Kaurava se aplica especialmente a los hijos de Dhritarâchtra, en contraposición a los pândavas, o pandús, hijos de Pându (hermano de Dhritarâchtra). Efectivamente, cuando Orfeo, hijo de Apolo o Helios, recibió de su padre el phorminx, o lira de siete cuerdas, símbolo del séptuple misterio de la iniciación, ya los misterios se habían enmohecido en Asia central y la India. Dice Herodoto que Orfeo trajo los misterios de la India; y Orfeo es muy anterior a Homero y Hesiodo. Así es que, ya en tiempo de Aristóteles, quedaban pocos adeptos verdaderos en Europa y aun en Egipto. Los herederos de los que había dispersado los  invasores del egipto antiguo estaban también dispersos. Y si ocho o nueve mil años antes la corriente de conocimiento se había deslizado lentamente desde las mesetas del Asia central, hacia la India, Europa y el norte de África, por los años 500 antes de J. C. empezó a remontar la corriente hacia la fuente original. Durante los dos mil años siguientes quedó casi completamente extinguido en Europa el conocimiento de la existencia de los grandes adeptos, aunque en algunos lugares secretos se celebraban sin embargo los misterios en toda su  primitiva pureza. El “Sol de Justicia” fulguraba todavía en el  cielo de media noche. Y mientras las tinieblas planeaban sobre el mundo profano, la eterna luz de los  Âdityas iluminaba las noches de iniciación. Se dice que el rey Thevetat, al mando de los Daityas y los diablos Râkshasas que controlaban el continente Atlánte de Kusha luchó encarnizadamente contra los Âdityas y los Sâdhus, sabios guías de la Raza Atlante, liderados por Roth, el príncipe adyta que guiaba a las fuerzas intra-terrenas y a los habitantes del continente de Mú. Las terribles consecuencias de la devastadora guerra concluyeron con el segundo y definitivo diluvio Atlante. Esta guerra, además, decidió los destinos de los dos pueblos, el intra-terreno y el perteneciente al mundo de superficie en dos culturas separadas y en realidades diferentes dentro del mismo planeta.

Los vestigios de esta terrible guerra quedaron grabados en la mente colectiva de la humanidad actual y reflejados en muchas de sus leyendas tradicionales, en las cuales, aún se llora la partida de los Elfos (Âdityas) hacia la Isla Sagrada (Âgarttha). Este segundo diluvio, acabó con las últimas grandes civilizaciones Atlantes situadas en las penínsulas de Ruta y Daitya, dejando únicamente un remanente de la cultura Atlante en la isla de Poseidonis, la misma que sería destruida miles de años después como consecuencia de las acciones geológicas que habían fragmentado los últimos restos del gigantesco continente Atlante de Kusha, y sumergido el continente de Mú. Los  verdaderos  misterios nunca se dieron al público.  Los Eleusina y Agrae eran para las multitudes, mientras que el dios del “buen consejo”, la gran divinidad orfeica, para el neófito.  Pero, ¿quién era el misterioso Dios que los simbologistas han confundido con el Sol? Según la antigua fe exotérica de los  egipcios, Osiris era el Sol en el cielo, el “rey celeste”, Ro-Imphab, al que los griegos llamaban “el ojo de Júpiter”, como para los parsis es “el ojo de Ormuzd”; que, además, era considerado el Sol como el “Dios omnividente”, el “Dios Salvador” y el “Dios preservador”. En el papiro de Paferonmes, de Berlín, traducido por Mariette Bey, se lee: “Gloria a ti ¡oh Sol!, niño divino… tus rayos envían vida al puro y al ingenuo… Los dioses [los  hijos de Dios] que se te acercan, tiemblan de pavor deleitoso… Tú eres el primer nacido, el Hijo de Dios, la Palabra“. La Iglesia se ha apoderado de estos términos, y toma por vaticinios de la venida de Cristo las expresiones de los ritos de la iniciación y las respuestas de los oráculos paganos. Sin embargo, no hay nada de esto y se ha hecho todo lo posible para destruir los manuscritos paganos, con objeto de asegurar la prevalencia de la Iglesia. El cristianismo ha tenido sus grandes videntes y profetas como cualquiera otra religión; pero no se acrecienta su mérito negando a sus predecesores. Escuchemos a Platón: “Has de saber, Glauco, que cuando hablo de la  producción del bien, me refiero al Sol. El Hijo tiene perfecta analogía con el Padre“.

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El filósofo griego neoplatónico, Jámblico de Calcis,  llama al Sol “la imagen de la divina inteligencia o Sabiduría”. El Obispo Eusebio de Cesarea, repitiendo las palabras de Filón, llama al Sol de levante, el ángel maestro. Y añade que el arcángel, que es polyonymous, es el Verbo o Cristo. Sócrates loaba  al Sol naciente, como siguen hoy loándolo los parsis. Homero, Eurípides y Platón hablan del Júpiter-Logos, la “Palabra”, o el Sol. No obstante, los cristianos sostienen, con el marqués Jules Eudes de Mirville (1802-1873), que puesto que el oráculo respondió a una consulta diciendo que el dios IAO, o Jehovah, era el Sol, “debieron conocer los paganos y griegos el Jehovah de los judíos, que resultaría ser el mismo IAO”. Pero si los cristianos desean probar la identidad de IAO y Jehovah, no se opondrán a ello los ocultistas, si bien en tal caso se debe admitir igualmente la identidad de Jehovah y Baco. El Verdadero y más antiguo Nombre de Dios: “IAO”, está escrito en un fragmento hallado en Qumrán. En este Antiguo Texto Griego, de la Septuaginta, hallado en Qumrán, del Libro del Levítico de Moisés, datado del Siglo I anterior a nuestra era Cristiana, el Nombre de Dios está escrito: “IAW” (IAO). Este pequeño, pero a la vez, preciosísimo y valioso fragmento del Libro del Levítico de Moisés, hallado en una de las cuevas de los alrededores de Qumrán (en la Cueva 4: 4Q120, fragmento 20, 4), a orillas del Mar Muerto, que tiene escrito el Nombre Inefable de DiosIAW” (IAO), es otra prueba incuestionable de que el Nombre de Dios del Profeta Moisés es IAO. El autor de “The Gnostics and Their Remains” (“Los Gnósticos y Sus Remanentes”), explica, refiriéndose a la leyenda en la gema Abraxas en su posesión, que:  “Esta inscripción encierra las letras IH colocadas visiblemente en el centro, lo que probablemente representa […] las letras Hebreas Yod He [YH], […] o Primera Emanación de la Divinidad. En nombre de la verdad, declaramos y damos Testimonios de que nuestro Señor Jesús el Cristo, Dios de Dios, IAO, es el Hijo Unigénito del Padre Celestial, y la “Primera Emanación de la Divinidad. Los Gnósticos, en la mayor parte, tomaron prestado las imágenes y símbolos de la Antigua Mitología Egipcia, especialmente aquellos conectados con el Agathodaemon, el Dios Solar IAO y Guía de las Almas, el Dios con cabeza de chacal ANUBIS“. Lo cual no debe de extrañar, puesto que el mismo Profeta Moisés, “fue enseñado… en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras“, como de ello da testimonio el libro de “Los Hechos de los Apóstoles”, capítulo 7.

Es extraño que las gentes de la cristiandad civilizada, no acierten a comprender que Jehovah es el concepto judaico del IAO de los fenicios, nombre secreto de uno de los varios dioses del misterio o kabiris. Para los iniciados en los misterios no fue nunca Jehovah “el Dios supremo” como lo consideraron los hebreos; sino tan sólo un espíritu plenario subordinado al Sol visible: “Y el ángel del Señor dijo a Manoah: “¿Por qué preguntas por mi nombre, que es oculto?”.  Doquiera fue adorado Baco se conoció la tradición de Nyssa y de la cueva en donde fue criado. Fuera de Grecia era Baco el dios supremo, “el omnipotente Zagreus” a cuyo servicio estuvo Orfeo, el fundador de los Misterios. Ahora bien; de no admitir que Moisés era un sacerdote iniciado, un adepto cuyas obras se relatan alegóricamente, habrá de admitirse que tanto él como su pueblo, adoraron a Baco, pues según la Escritura:  “Moisés edificó un altar y le dio por nombr e  Jehova-Nissi, es decir, Iao-nisi o Dionisi“. Para corroborar esta afirmación recordaremos que, Osiris, el Zagreus egipcio o Baco, nació en el monte Sinaí, llamado Nissa por los egipcios. La serpiente de bronce era un nis, y Nisan es el mes  de la Pascua judía. Los primeros Misterios que recuerda la historia son los de Samotracia. Después de la distribución del fuego puro, empezaba una nueva vida. Era el nuevo nacimiento del iniciado, mediante el cual, como los antiguos brahmanes de la India, se convertía en un “dos veces nacido”. Dice Platón en su  Fedro: “Iniciado en el que con justicia puede llamarse el más bendito misterio… siendo nosotros puros“.   Diodoro, Sículo, Herodoto y Sanchoniathon, el fenicio, dicen que el origen de estos Misterios se pierde en la noche de los tiempos y se remonta a millares de años, antes probablemente de la época histórica. Cuenta Jámblico que Pitágoras “fue iniciado en todos  los misterios de Biblo y Tiro, en las sagradas ceremonias de los sirios y en los misterios de los fenicios”. Según H.P. Blavatsky dice en Isis sin Velo: “Cuando hombres de tan notoria moralidad como Pitágoras, Platón y Jámblico tomaron parte en los Misterios y hablaban de ellos con veneración, hacen mal los modernos críticos en juzgarlos tan sólo por las apariencias.   Sin embargo, esto es lo que hasta ahora ha hecho la crítica, y especialmente los Padres de la Iglesia. Clemente de Alejandría abominade los  misterios “obscenos y diabólicos”, si bien en otros pasajes de sus obras, ya citadas en ésta, afirma que los misterios eleusinos eran idénticos a los judíos y aún quisiera él alegar que tomados de estos“.

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Constaban los Misterios de dos partes. Los menores  se cumplían en Agrae, Atenas, y los mayores en Eleusis; y el mismo San Clemente fue iniciado en ellos. Pero las Katharsis o pruebas de purificación, se han entendido mal siempre. Lo que de ello dice Jámblico, que es lo peor, debiera satisfacer a quienes no estén cegados por el prejuicio: “Las representaciones de esta clase en los Misterios tenían por objeto librarnos de las pasiones licenciosas recreando la vista, y al mismo tiempo vencer todo mal pensamiento mediante la temerosa santidad que acompañaba a los ritos. El Dr. Warburton observa: “Los más sabios y mejores hombres del mundo pagano, están acordes en que los Misterios se instituyeron con toda pureza para lograr los más nobles fines, por los más meritorios medios.   Aunque en los Misterios se admitan personas de toda condición y sexo, y aun era obligatorio participar en algo de ellos, muy pocos alcanzaban en verdad la suprema y final iniciación“. El filósofo neoplatónico griego Proclo da los siguientes grados de los Misterios en el cuarto libro de su Teología de Platón: “El rito perfecto precede en orden a la iniciación llamada Telete, muesis, y a la epopteia o revelación final. Teón de Esmirna en su obra  Mathematica, divide también los ritos místicos en cinco partes: La primera es la purificación preventiva; porque los misterios no se comunican a cuantos quieren conocerlos; sino que hay algunas personas a quienes previene la voz del pregonero. pues para que a los tales no se les excluya de los misterios es necesario que sufran ciertas purificaciones, a las que sucede la recepción de los sagrados ritos. La tercera parte se llama epopteia o recepción. Y la cuarta, que es el fin y propósito de la revelación, es (la investidura), con el vendaje de la cabeza y la fijación de las coronas. Después de esto el iniciado desempeña el oficio de antorchero, o cualquiera otra servidumbre sacerdotal. Pero la quinta parte, producto de todas éstas, es la  amistad e interior comunicación con Dios. Éste era el último y más importante misterio. Los Misterios, tildados de diabólicos por los Padres de la Iglesia, y ridiculizados por algunos autores, fueron instituidos con los más nobles propósitos. Ora en el templo de la iniciación, ora mediante el estudio privado de la teurgia, todos los estudiantes adquirían la prueba de la inmortalidad de su espíritu y de la supervivencia de su alma.

Platón alude en Fedro a lo que era la última  epopteia , diciendo: “Una vez  iniciados  en estos misterios, que verdaderame nte pueden llamarse los más santos de todos quedábamos libres de las excitaciones de los demonios que nos asaltaban periódicamente. También a causa de esta divina  iniciación  nos convertíamos en espectadores de sencillas, inmóviles y benditas visiones, que aparecían en una pura luz“. Esta velada confesión, indica que los iniciados disfrutaron de la teofanía, es decir, vieron visiones de dioses y de espíritus inmortales. Según acertadamente infiere Taylor: “La parte más sublime de la  epopteia o revelac ión final, consistía en contemplar a los dioses revestidos de esplendente luz“. La afirmación de Proclo sobre el particular disipa toda duda: “En todas las iniciaciones y misterios, se aparecían los dioses en diversidad de formas. Unas veces se ofrece a la vista una informe luz de ellos, otras la luz toma  formas humanas, y otras aparece en distinta modalidad“. Por otra parte: “Todo cuanto en la tierra existe es semejanza y sombra de algo que está en la esfera; y mientras esta resplandeciente cos a (el prototipo del Alma-Espíritu) permanece en  inmutable condición, lo mismo le sucede a su sombra. Cuando esta resplandeciente cosa se aparta de su sombra, la vida se aleja de la sombra. Además, esa luz es a su vez la sombra de algo más resplandeciente todavía que ella“. La segunda afirmación de Platón corrobora que los misterios de los antiguos eran idénticos a los que todavía practican hoy los buddhistas y los adeptos indos. Las más sublimes y verdaderas visiones se obtenían mediante la regulada disciplina de iniciaciones graduales, y el desenvolvimiento de las facultades psíquicas. En Egipto y grecia los  Mystae se ponían en íntima unión con los que Proclo llama “naturalezas místicas” y “dioses resplandecientes”, porque, como dice Platón: “Éramos puros e inmaculados, libres de esta circundante vestimenta a que llamamos cuerpo, y al que estamos apegados como la ostra a su concha“.

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Blavatsky, en Isis sin Velo, y en relación al Oriente, dice: “La doctrina de los Pitris planetarios y terrenos, únicamente se revelaba en la antigua India, como también ahora,  por completo , en el postrer momento de la iniciación y a los adeptos de grados superiores.   Examinemos ahora la palabra  Pitris y digamos algo más de ella. En India, el chela del tercer grado de iniciación tiene dos gurus o maestros: uno, el adepto en carne mortal; otro, el descarnado y glorioso mahâtma, que desde los planos superiores advierte e instruye hasta a los elevados Adeptos mismos. Pocos son los discípulos aceptados que ven tan siquiera a su maestro vivie nte, a su guru hasta el día y hora de su definitivo y perpetuo voto. Esto significa lo que en  Isis sin Velo se dijo al afirmar que pocos de los  fakires, “por mucha que sea su pureza, castidad y devoción, han visto la forma astral de un  pitar (13) humano antes del momento de su primera y final iniciación. En presencia de su instructor, de su guru, y precisamente antes de que el vatou – fakir [el chela recién iniciado] sea enviado al mundo de los vivientes, con su varita de bambú de siete nudos por toda pr otección, es cuando se le coloca repentinamente frente a frente de la presencia desconocida [de su Pitar o Padre, el Maestro invisible glorificado, o desencarnado Mahâtma]. La ve y se postra a los pies de la impalpable forma; pero no se le confía todavía el gran secreto de su elevada evocación, que es el supremo misterio de la santa sílaba“. El iniciado, según afirma Eliphas Levi, sabe y, por lo tanto, “todo lo afronta, y guarda silencio”. Dice el gran cabalista francés: “Podréis observarlo a menudo triste; nunca desalentado ni desesperado. A menudo pobre; nunca humillado ni abyecto. A menudo perseguido; nunca acobardado ni vencido“. Recuerda la viudez y el asesinato de Orfeo, el destierro y muerte solitaria de Moisés, el martirio de los profetas, las torturas de Apolonio, la cruz del Salvador. Sabe en qué estado de abandono murió Agrippa, cuya memoria se ha calumniado hasta hoy día; sabe qué pruebas hubo de sufrir el gran Paracelso, y todo cuanto soportó Raimundo Lulio antes de su sangrienta muerte. Recuerda que Swedenborg tuvo que simular el extravío y hasta perdió la razón antes de que se le perdonara lo que sabía

Emanuel Swedenborg (nacido Swedberg) (1688 –1772) fue un científico, teólogo y filósofo sueco. Era hijo del profesor y obispo luterano Jesper Swedberg (1653–1735), obispo de Skara (Suecia), uno de los más destacados hombres de iglesia del país. Hasta la edad de 56 años, Emanuel Swedenborg dedicó esencialmente su vida a investigaciones científicas que lo llevaron a numerosos países. Publicó un gran número de libros sobre matemáticas, geología, química, física, mineralogía, astronomía, anatomía, biología, psiquiatría, en los cuales se contiene el germen de numerosas ideas brillantes asignadas más tarde a otros investigadores. Hizo los planos de un avión, de un submarino, descubrió la función de las glándulas endocrinas, el funcionamiento del cerebro y el cerebelo. Sus obras se utilizan hoy día en los EE.UU. en institutos de investigación en psicomotricidad, probando así clínicamente el fundamento de descubrimientos hechos hace cerca de tres siglos; inventó un sistema decimal monetario que sirve también para el estudio de la cristalografía. Fue el primero en desarrollar la hipótesis sobre la formación nebulosa del sistema solar, dando la naturaleza de la vía láctea. Produjo también un estudio avanzado sobre la circulación de la sangre y sobre la relación del corazón y los pulmones. A la edad de 56 años, abandonó sus investigaciones científicas para dedicarse enteramente a la investigación teológica, psicológica y filosófica con el fin de hacer descubrir a los hombres una espiritualidad racional. Murió en 1772 después de haber escrito más de un centenar de obras sobre todos los temas enumerados. Algunas traducidas al castellano. Pero qué decir de una manera esquemática sobre este hombre fuera de lo común, sino que tuvo un impacto en la evolución del pensamiento intelectual y filosófico en general. Si se observa su vida de más cerca, los estudios que hace, las obras que publica, la gente con quien se entrevista y con la cual comparte sus ideas, resulta rápidamente evidente que ya en vida, influye sobre el mundo «pensante» de su tiempo. Desde su más tierna infancia, muestra una pasión por el estudio de todo lo que tiene relación con el universo y el hombre, observa los mecanismos, las fuerzas y los influjos que regulan la vida y cómo se desenvuelven. Mucho antes de la edad de 10 años, se relaciona con el mundo adulto para buscar respuestas en temas como la fe, la vida eterna, la sede del alma, pero descontento por las respuestas que obtiene a sus cuestiones, experimenta sobre sí mismo y por sí mismo.

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Al experimentar sobre su respiración, se piensa que tendría a partir de la infancia, acceso a estados de conciencia modificada. Más tarde fabricará sus propias lentes ópticas para explorar lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Su búsqueda insaciable de la sede del alma le hizo relacionarse con hombres famosos de su tiempo, tales como Newton, Leibniz y de otros miembros de la Royal Society y las universidades de Oxford y Cambridge. Viaja por toda Europa patrocinado por el rey Carlos XII y el duque de Brunswick, con el fin de estudiar e imprimir los frutos de sus investigaciones. Si ya en vida influyó en grandes reyes, grandes científicos y filósofos, como Newton, Kant, Voltaire, es después de su muerte, y en consecuencia, al conocimiento que nació sobre las bases de su pensamiento, cuando se notó su influencia en las esferas religiosas masónicas y terapéuticas. Los escritos de Emanuel Swedenborg inspiraron a grandes músicos, escritores y psicólogos en sus obras. Entre ellos se citará a los más conocidos tales como Goethe, William Blake, Gérard de Nerval, Balzac, Wagner, Oberlin, Berlioz, Baudelaire, Paul Valéry, Eliphas Lévi, Hahnemann. En lengua castellana su difusor más importante fue Jorge Luis Borges, que escribió varias conferencias sobre el místico sueco. Carl Gustav Jung dibujó la inspiración de su «psicología de las profundidades» en los Misterios Celestiales, que influye por sus estudios en toda la psicología moderna. Algunos se sirvieron de los escritos de Swedenborg, y le achacan, que solamente tiene como finalidad el espiritismo; mientras que Swedenborg sólo practicaba el espiritismo para convencer, y no sin reticencias, conociendo bien los peligros de tales prácticas. Así, estos grupos lanzaron un descrédito importante sobre Swedenborg y sus escritos, mezclándolo con sus prácticas sectarias. Otros aún se sirvieron de él sin referirlo directamente, pero para crear su propio movimiento religioso, su propia iglesia y utilizando su teología de una manera personal. Entre ellos se podrá citar el cientifismo, la teosofía, la antroposofía. Actualmente hay numerosas iglesias que citan sus escritos teológicos como la verdad Divina misma y se pueden encontrar esparcidas por las cuatro esquinas del mundo, partiendo de África y Europa, pasando por Asia, donde los budistas le llaman el «Buda del Norte», para ir a EE.UU., en América del Sur, en Canadá, en Rusia, etc.

Decenas de millares de adeptos en el mundo le siguen y a pesar de una apariencia hermética, los escritos teológicos de Swedenborg son simples en su mensaje inicial: «Ama a tu prójimo como a ti mismo, purifícate del mal, trabaja por la armonía universal». Entre sus obras destaca Sobre el cielo y sus maravillas y sobre el infierno. Swedenborg pone de manifiesto en este libro que el cielo y el infierno son Estados en primer lugar de alma para a continuación volver a lugares. Después de la muerte del cuerpo físico el individuo pasa un tiempo intermedio en el mundo de los espíritus y, desde ahí, elegirá libremente ir al cielo o al infierno. El cielo no es una recompensa y el infierno no es un castigo. Descripción de una experiencia de paso, ángeles y demonios. Durante la conferencia que Jorge Luis Borges impartió en la Universidad de Belgrano, el 16 de junio de 1978, el escritor relató someramente las vicisitudes de la obra y la vida del místico sueco. Así, explica cómo sucedió el cambio de perspectiva que a los 56 años lo arrebató del estudio de la ciencia y lo condujo a la teología y el esoterismo. El cambio de perspectiva supuso un cambio de estilo también, del barroquismo a una árida prosa que buscaba la exactitud de la descripción. Dichos cambios se deben a una serie de revelaciones en las que Jesucristo se presentó en la casa londinense de Swedenborg para requerir de él una misión: reconducir la religión y la interpretación de las escrituras cristianas. Con los poderes de un Fausto para visitar cielo e infierno, pero evitando el pacto diabólico, Swedenborg recibió permiso para contarle a la humanidad los secretos de la vida después de la muerte.  El encuentro se produjo de la siguiente manera: Swedenborg se hallaba mirando por la ventana cuando vio llegar a un hombre por su calle hacia él llegando a sentir una empatía instantánea. Para su sorpresa, aquel hombre se dirigió a su puerta y llamó. Al abrir, Swedenborg sintió una confianza absoluta, una necesidad de entrega hacia ese individuo, que se presentó a sí mismo como Jesucristo. Tomando agradablemente un té con él, éste le reveló su preocupación por el rumbo de la Iglesia y le anunció que él era el indicado para explicar al mundo el camino correcto. Borges arguye que muchos místicos pueden pasar por locos, pero el caso de Swedenborg es especial, tanto por su enorme capacidad intelectual, como por el tremendo prestigio científico del que gozaba como por el radical viraje que supuso en su vida y obra. Destaca también como prueba de verosimilitud de estos escritos la sencilla facilidad de su prosa, enfrentada a la tradicional exaltación mística y a su misma prosa anterior, densa y abstrusa, como a la enorme originalidad de sus planteamientos, los cuales han sido fundamentales en la conformación del concepto de cielo moderno.

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Asimismo, Cagliostro murió olvidado en los calabozos de la Inquisición y el escritor y esotérico francés Jacques Cazotte, autor de “Le diable amoureux”, pereció en la guillotina. El sucesor de todas estas víctimas, aunque nada teme, comprende la necesidad de guardar silencio. La Masonería descansa, según la gran autoridad de Jean-Marie Ragon, sobre tres grados fundamentales. El triple deber de un masón es estudiar de  dónde viene, quién es y a dónde va. Esto es, el estudio de sí mismo y de la futura transformación. Las iniciaciones masónicas fueron copiadas de los misterios menores. El tercer grado se conocía desde tiempo inmemorial, tanto en  Egipto como en la India, y se conserva lánguidamente en las logias con el nombre de “muerte y resurrección de Hiram-Abiff, el hijo de la viuda”. A éste se le llamaba “Osiris” en Egipto; en la India “Loka-chakshu” (ojo del mundo) y también “Dinakara” (el hacedor del día), o sea el Sol. En todas partes se designaba el rito en sí con el nombre de “puerta de la muerte”. El ataúd o sarcófago de Osiris, muerto por Tifón, se colocaba en el centro de la Sala de la Muerte, con el neófito junto a él, y los iniciados alrededor. Preguntábasele al neófito si había tomado parte en el asesinato; y no obstante su negativa, se le sometía a varias y muy duras pruebas, después de las cuales el iniciador hacía ademán de herirle en la cabeza con un hacha. Entonces se le derribaba al suelo, se le envolvía el cuerpo en lienzos como una momia, y se derramaban lágrimas sobre él. Brillaba entonces el rayo, resonaba el trueno y se envolvía en llamas el supuesto cadáver, hasta que finalmente levantaban al candidato.    Jean-Marie Ragon acoge el rumor de que desempeñando en cierta ocasión el emperador romano Cómodo el papel de iniciador, lo representó con tal rudeza que llegó a matar al iniciado cuando le dio el golpe con el hacha. Esto indica que los misterios menores subsistían en el siglo segundo de la era cristiana. Los atlantes importaron los misterios en la América central y meridional, en el Norte de Méjico y en el Perú, en aquellos tiempos en que: “Un peatón desde el Norte [de lo que un tiempo fue también la India] pudo alcanzar a pie enjuto la península de Alaska a través de la Manchuria, del  futuro golfo de Tartaria, las islas Kuriles y Aleucianas; mientras que otros viajeros, procedentes del Sur, podrían pasar por Siam cruzando las islas de Polinesia y yendo a pie al continente sudamericano“. Subsistían los misterios en la época de la invasión de los españoles, quienes destruyeron los anales de Méjico y Perú, aunque no pudieron profanar las muchas pirámides (logias de una antigua iniciación), cuyas ruinas se ven esparcidas en Puente Nacional, Cholula y Teotihuacan. De sobra conocidas son las ruinas de Palenque, Ococimgo, en Chiapa, y otras poblaciones precolombinas de Centro América. Si las pirámides y templos de Guiengola y Mitla alguna vez revelan sus secretos, la presente Doctrina demostrará  que fue una precursora de las mayores verdades de la Naturaleza. Entretanto bien pueden llamarse todos esos lugares Mitla , “lugar triste” y “morada de los muertos” (profanados).

Dice la Real Enciclopedia Masónica en su artículo sobre “el Sol”: “Siempre ha desempeñado el Sol importante papel como símbolo, especialmente en la masonería“. En los ritos druídicos, el archidruída representaba al Sol y le asistían en las ceremonias dos oficiales representativos de la Luna en occidente, uno, y del Sol en el meridiano, el otro. La masonería derivó su ritual de Oriente. Y si de los modernos rosacruces puede afirmarse  con verdad que “sus conocimientos caóticos no son quizás una adquisición apetecible”, con mayor verdad puede afirmarse lo mismo respecto a las demás ramas de la masonería, puesto que  nada absolutamente saben sus miembros sobre el significado de sus símbolos. Muchas hipótesis a cual más inadecuada se han establecido, como por ejemplo en lo referente a las “torres redondas”. Según la Real Enciclopedia Masónica, la idea de que estén relacionadas con la Iniciación Masónica puede ser desde luego descartada, como  indigna de ocuparse de ella. Las “torres” que se encuentran en el oriente de Asia, estuvieron relacionadas con los misterios de la iniciación, a saber, con los ritos de Vishvakarman y Vikartana. A los candidatos a la iniciación se les colocaba en ellas durante tres días con sus noches, si no había a mano un templo con cripta subterránea. Para este objetivo se edificaron estas torres redondas. Aunque desacreditados estos monumentos de origen pagano por el clero católico, todavía permanecen como indestructibles reliquias de la Antigua Sabiduría. En las últimas épocas, los antropomorfistas  y los iniciados del sendero  siniestro  se apoderaron de la mayor parte de estas veneradas ruinas silenciosas, abandonadas por sus primitivos sabios moradores, y las convirtieron en monumentos fálicos. Pero esto fue una deliberada y viciosa interpretación de su verdadero significado, y un desvío de su primitivo uso. Aunque el Sol fue siempre, aun para las multitudes, “el solo y único rey y dios de los cielos”, el “dios del Buen Consejo” de Orfeo, tuvo en todas las religiones exotéricas un aspecto dual que antropomorfizaron los profanos. Así el Sol era Osiris-Tifón , Ormuzd-Ahriman , Bel-Júpiter y  Baal, esto es, el dador de vida y  muerte. Y así, el mismo monolito, la misma columna, pirámide, torre o templo, edificados originalmente para glorificar el aspecto superior, pudo degenerar con el tiempo en templo idolátrico; o lo que es peor, en un emblema fálico en su cruda y brutal forma. El  lingam de los indos tiene un significado altamente espiritual y filosófico; pero los misioneros sólo ven en él un “emblema obsceno”, que empero significa precisamente lo mismo que los pilares de piedra sin tallar de que nos habla la Biblia, erigidos en honor de Jehovah. Pero esto no obsta para que los pureia de los griegos, los nur-hags de Cerdeña, los  teocalli de Méjico, etc., tuviesen en su origen el mismo carácter que las “torres redondas” de Irlanda. Eran lugares sagrados de iniciación.

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En 1877, H.P. Blavatsky, apoyada en la autoridad y opiniones de algunos muy eminentes eruditos, se atrevió a afirmar que hay gran diferencia entre las palabras  Chrestos  y  Christos, cuya diferencia tiene profundo significado esotérico. Pues mientras  Christos  significa “vivir” y “nacido a nueva vida”,  Chrestos significa, en el lenguaje de la “iniciación”, la muerte de la naturaleza íntima, inferior o personal del hombre. Por esto se les da a los brahmanes el título de dos veces nacidos; y “mucho tiempo antes de la era cristiana, había  crestianos, y tales eran los esenios”. Según Blavatsky: “Hace notar Lepsius que la palabra  Nofre significa Chresto (bueno), y que “Onnofre”, uno de los nombres de Osiris, debe traducirse por “la bondad de Dios manifestada”“. Según Jeff McKenzie, “la adoración de Christo no fue universal en los tiempos primitivos”, es decir, “que no se había introducido aún la Christolatría; pero la adoración de  Chrestos, o el principio del bien, precedió de algunos siglos al cristianismo y aun subsistió después del general establecimiento de esta religión, según demuestran muchos monumentos todavía en pie“. Giovanni Battista de Rossi, en su obra  Roma subterránea,  nos da otro ejemplo en una inscripción de las catacumbas que dice: “Elia Chreste, in Pace“.  Blavatsky, al tratar de la diferencia entre los términos  Chrestos  y  Christos, nos dice: “Hubo dos Mesías. Uno que descendió al abismo para salvar al mundo. Éste era el Sol desposeído de sus áureos rayos, y coronado de espinas como símbolo  de dicha pérdida. El otro era el triunfante Mesías que subió a la cima del arco celeste y tuvo por personificación el  león de la tribu de Judá . En ambos casos cargó con la cruz: en uno por humillación y en otro para regular la ley de la creación, siendo él Jehová. Y dejando el divino y místico carácter de Jesús enteramente independiente de este suceso de su vida mortal, el pasaje transcrito lo presenta sin duda alguna como iniciado en los misterios egipcios, entre cuyos ritos se contaba el de la muerte y espiritual resurrección del neófito, o sea el Chrestos sufriente en sus pruebas y nuevo nacimiento por regeneración; pues éste era un rito universalmente adoptado.    El “abismo”, al que descendía el iniciado oriental, era Pâtâla, una de las siete regiones del mundo inferior, gobernada por Vâsuki, el gran “Dios serpiente”.

El Pâtâla tiene en el simbolismo oriental precisamente la misma significación múltiple que James Ralston Skinner ha descubierto en la palabra hebrea  shiac  aplicada al caso de que tratamos. Era sinónimo del signo zodiacal de Escorpión; porque las profundidades del Pâtâla estaban “impregnadas de la brillantez del nuevo Sol”,representado por el “nuevamente nacido” a la gloria. Y Pâtâla era y es en cierto sentido “un abismo, una tumba, el lugar de la muerte y la puerta del hades o sheol”; por lo que, en las parciales y exotéricas iniciaciones de la India, el candidato había de pasar por la matriz de la ternera, antes de proseguir al Pâtâla. En sentido profano, Pâtâla es la región de los antípodas; y así llaman los indos Pâtâla, al continente americano. Pero, simbólicamente, significa esto y mucho más, y lo relaciona directamente con la iniciación  la circunstancia de que a Vâsuki, la divinidad gobernadora del Pâtâla, se la represente en el panteón indo en figura de la misma gran sierpe o Nâga, que los dioses y los asuras emplearon como una cuerda alrededor de la montaña de Mandara para batir las aguas del océano y sacar de ellas el amrita o agua de la inmortalidad. Porque es ella también la serpiente Shesha que sirve de asiento a Vishnu, y sostiene los siete mundos. Asimismo es Ananta “el infinito”, el símbolo de la eternidad; y de aquí se deriva “el dios de la Secreta Sabiduría”, degradado por la Iglesia al  papel  de la serpiente tentadora: Satanás. Todo esto puede evidenciarse por los mismos relatos exotéricos de los atributos de varios dioses y sabios, en los panteones indo y buddhista. Dos ejemplos bastarán para demostrar que el mejor y más erudito orientalista será incapaz de interpretar acertadamente el simbolismo de las naciones orientales, mientras ignore los puntos de correspondencia que sólo puede proporcionar el ocultismo y la Doctrina Secreta. El erudito orientalista Emilio Schlagintweit, que ha viajado por el Tíbet, cita una leyenda en una de sus obras sobre este país, y dice:  “Nâgârjuna recibió de los nâgas el libro Paramârtha o, según otros, el  Avatamsaka . Los nâgas eran fabulosas criaturas del linaje de las serpientes, que pertenecían a la categoría de seres superiores al hombre, y se consideran como protectores de la ley de Buddha. Dícese que Shâkyamuni enseñó a estos seres espirituales un sistema religioso mucho más filosófico que el enseñado a los hombres, quienes no estaban por entonces suficientemente adelantados para recibirlos“.

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Nagáryuna y Asanga fueron los dos grandes pioneros de la tradición mahayana. Nagáryuna transmitió las enseñanzas del linaje de la visión profunda de la vacuidad de Manjushri, mientras que Asanga transmitió las enseñanzas del linaje de las prácticas extensas de bodisatva de Maitreya. Nagáryuna nació en una familia brahmín probablemente a mediados del siglo segundo e.c. al sur de la India en Vidarbha, un reino que hoy en día se encuentra en Maharashtra y Andhra Pradesh. Estaba predicho en varios sutras, tales como el sutra del descenso a Lanka. Al nacer, un adivino predijo que solamente viviría siete días, pero que si sus padres hacían ofrendas a cien monjes podría vivir siete años. A la edad de siete años, temiendo por su vida, los padres de Nagáryuna lo enviaron a la Universidad Monástica de Nalanda, al norte de la India, donde conoció al maestro budista Saraha. Éste le dijo que si se convertía en un renunciante y recitaba el mantra de Amitaba, tendría una larga vida. Así lo hizo Nagáryuna y se unió al monasterio recibiendo el nombre de “Shrimanta”. En Nalanda, Nagáryuna estudió el sutra y el tantra con Ratnamati – una emanación de Manjushri –y, con Saraha, especialmente el tantra de Guyasamya. Además, aprendió alquimia de un brahmín y obtuvo la habilidad para transmutar hierro en oro. Usando esta habilidad pudo alimentar a los monjes Nalanda durante la hambruna. Eventualmente, Nagáryuna se convirtió en el abad de Nalanda. Allí, expulsó a ocho mil monjes que no mantenían correctamente las reglas monásticas de disciplina del vinaya. También derrotó en debate a quinientos no budistas. Dos jóvenes, quienes eran emanaciones de los hijos del rey naga, llegaron a Nalanda. Tenían la fragancia natural del sándalo. Nagáryuna les preguntó cómo era eso posible y ellos le confesaron quiénes eran. Entonces Nagáryuna les pidió perfume de sándalo para una estatua de Tara y su ayuda en la construcción de templos. Regresaron al reino de los nagas y le preguntaron a su padre, quien dijo que podría ayudar siempre y cuando Nagáryuna fuera a enseñarles a su reino bajo el mar. Nagáryuna fue, hizo muchas ofrendas, y dio enseñanzas a los nagas.

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Nagáryuna sabía que los nagas tenían el sutra del prajnaparamita, en cien mil versos, y solicitó una copia. Cuando el Buda dio las enseñanzas sobre el prajnaparamita, la conciencia de la perfección de la sabiduría, los nagas habían llevado una de las versiones a su reino para resguardarlo, mientras que los dioses habían llevado otra, y los señores yaksha de la riqueza otra más. Nagáryuna recuperó la versión de los cien mil versos, aunque los nagas guardaron los últimos dos capítulos, para garantizar su regreso a fin de darles más enseñanzas. Más tarde, los últimos dos capítulos fueron completados con los últimos dos capítulos de El sutra prajnaparamita, en ocho mil versos. Por eso es que los últimos dos capítulos de estos dos textos son iguales. Nagáryuna también trajo consigo arcilla naga, con la cual construyó muchos templos y estupas. En una ocasión en que Nagáryuna estaba dando enseñanzas sobre el prajnaparamita, llegaron seis nagas y formaron una sombrilla sobre su cabeza para protegerle del sol. Por esto, la representación iconográfica de Nagáryuna tiene seis nagas sobre su cabeza. De este acontecimiento, él obtuvo el nombre de Naga. Y por el hecho de que su habilidad al enseñar el Dharma iba directamente al punto, como las flechas del famoso arquero Aryuna, el nombre del héroe en el clásico hindú, Bhagavad Gita, obtuvo el nombre de Aryuna. Así fue llamado Nagáryuna. Posteriormente Nagáryuna viajó a la Isla del Norte (Continente del Norte) para dar enseñanzas. En el trayecto encontró algunos niños jugando en el camino. Profetizó que uno de ellos, llamado Jetaka, se convertiría en un rey. Cuando Nagáryuna regresó de la Isla del Norte el niño, efectivamente, había crecido y se había convertido en el rey de un gran reíno en el sur de la India. Nagáryuna se quedó con el rey por tres años, enseñándole, y luego pasó sus últimos años en otro lugar de su reino, en Shri Parvata, la montaña sagrada, con vistas a lo que hoy en día es Nagaryunakonda, que es una histórica ciudad budista, con una antiguedad de unos 1700 años. Ahora está en una isla situada cerca de Nagarjuna Sagar en el estado indio de Andhra Pradesh. Se encuentra a 150 km al sudeste de la capital, Hyderabad. Se formó cuando una colina se sumergió en las aguas de la presa de Nagarjuna Sagar, construida en la década de 1960. Es uno de los lugares budistas más importantes de la India, conocida en la antigüedad como Sri Parvata. Nagarjunakonda, es decir, la colina de Nagarjuna, fue nombrado por el erudito budista Acharya Nagarjuna, que vivió alrededor del siglo II d.C.

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Nagáryuna escribió La guirnalda preciosa para el rey, que fue el mismo rey Udayibhadra a quien Nagáryuna escribió Carta a un amigo. Algunos eruditos occidentales identifican al rey Udayibhadra con el rey Gautamiputra Shatakarni (106 – 130 d. C.), de la dinastía Shatavahana, hoy en día Andhra Pradesh. Otros le identifican con el siguiente rey, Vashishtiputra Pulumayi. Pero es difícil de identificarle exactamente. Los Shatavahanas fueron benefactores de la estupa en Amaravati, donde el Buda enseñó por primera vez el tantra de Kalachakra y que estaba próximo a Shri Parvata. El rey Udayibhadra tuvo un hijo, Kumara Shaktiman, quien quería convertirse en rey. Su madre le dijo que nunca podría convertirse en rey hasta que Nagáryuna muriera, ya que Nagáryuna y el rey tenían la misma expectativa de vida. La madre de Kumara le dijo que le pidiera a Nagáryuna su cabeza, pues ya que Nagáryuna era tan compasivo, indudablemente accedería a dársela. De hecho, Nagáryuna estuvo de acuerdo, pero Kumara no pudo cortarle la cabeza con la espada. Nagáryuna le dijo que en una vida previa, había matado a una hormiga al cortar pasto y que como resultado kármico, su cabeza sólo podría ser cortada con una hoja de pasto de kusha. Kumara lo hizo así y Nagáryuna murió. La sangre de la cabeza amputada se convirtió en leche y la cabeza dijo: “Ahora iré a la tierra pura de Sukavati, pero entraré en este cuerpo otra vez”. Kumara alejó la cabeza del cuerpo, pero se dice que la cabeza y el cuerpo se acercan cada año. Cuando se junten, Nagáryuna regresará y enseñará otra vez. En total, Nagáryuna vivió seiscientos años.

 

Siddharta Gautama, también llamado Sakyamuni (śākya-muni, el ‘sabio del clan sakia’) y Buda, fue un importante religioso nepalí, fundador del budismo. En idioma sánscrito, el término buddha significa ‘despierto, iluminado, inteligente’. Es una figura religiosa sagrada para dos de las religiones con mayor número de adeptos: el budismo, ya que fue fundador de la religión budista y primer «gran iluminado»; y el hinduismo, que lo considera un avatar del dios Visnú. Aunque existen muchas leyendas, se concuerda en que fue un líder religioso conocido como Siddharta Gautama. Vivió en una época de cambio cultural en que se atacaban los procedimientos religiosos tradicionales de la India. Fue uno de los reformadores que dio un impulso renovador en el ámbito religioso dhármico que se propagó más allá de las fronteras de la India y terminó transformándose en una de las grandes religiones del mundo, el budismo. La tradición considera que vivió entre el 543 a. C. (566 según otros) y el 478 a. C. aproximadamente. En base a esa fecha, los budistas crearon su propio calendario lunar, que se iniciaba en el 543 a. C. Sin embargo, publicaciones recientes no aceptan esa datación y fijan su muerte entre el 420 y el 368 a. C. Siddharta nació en el seno de una familia noble del clan de los sakia. El nombre Gautamá indica que pertenecía al gautamá-gotra (el linaje del mítico sabio Gótama). Su lugar de nacimiento fue en Lumbiní, el reino de Kapilavatthu, una aldea del Terai (en el actual Nepal) que está a los pies de los montes Himalayas. Según la tradición oral, Śuddhodana, el padre de Siddharta, era el rey que gobernaba el clan sakia. Por este motivo Buda también es conocido como Sakya Muni. Su madre Maia Deví era una de las esposas del rey. Siddharta fue el nombre escogido para el recién nacido, que significa ‘la meta perfecta’ o ‘la meta de los perfectos’. La reina Maia, madre de Siddharta, murió justo al nacer su hijo, que fue educado por su tía Payapati.

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Según la tradición oral, poco después de su nacimiento fue visitado por el brahmán Asita, un asceta de gran reputación por su sabiduría y por sus dotes para interpretar presagios. El sabio brahmán profetizó que Siddharta llegaría a ser un gran gobernante o un gran maestro religioso, lo que consternó a Śuddhodana, que quería que su hijo siguiera sus mismos pasos y que un día le sucediera en el trono. Por ello su padre lo protegió de la dureza de la vida, fuera de palacio, para evitar que el hijo desarrollara su tendencia hacia lo espiritual. Pensó que el mejor modo de evitarle la tendencia a la religiosidad consistía en impedirle toda experiencia con el lado amargo de la vida, de modo que creó en torno de él una vida llena de placeres y con el menor contacto posible con el sufrimiento de la realidad. Dice la leyenda que Maia fue fecundada por un pequeño y bello elefante provisto de seis colmillos que hirió delicadamente su regazo sin causarle dolor. Al nacer, el pequeño Siddharta habría aparecido ante su madre sobre un loto mientras una suave lluvia de pétalos caía sobre ambos, y dijo: «Triunfaré sobre el nacimiento y la muerte y venceré a todos los demonios que hostigan al humano». Según otra versión, Maia soñó una noche que un pequeño elefante con seis cuernos y cabeza de color rojo rubí bajaba del cielo y entraba en su vientre por el lado derecho. Ocho sacerdotes le explicaron a su esposo que el niño sería santo y alcanzaría la sabiduría perfecta. Más tarde ella salió al jardín con sus sirvientas y caminó bajo un árbol sala, el cual se inclinó. La reina se colgó de una rama y miró a los cielos. En ese momento Siddharta surgió de su lado. Dice también la leyenda, que cuando Gautama nació recobraron la vista los ciegos, los sordomudos hablaron y una música celestial llenó el mundo.  Los primeros 29 años de la vida del príncipe Siddharta Gautama Buddha transcurrieron completamente ajenos a toda actividad espiritual, y siempre vivió con su familia. Los detalles de la infancia y juventud de Siddharta narran una vida rodeada de gran lujo y comodidad. Recibió la mejor educación y formación posibles en su tiempo. Siddharta comenzó a sentir curiosidad por conocer cómo eran las cosas en el mundo exterior y pidió permiso a su padre para satisfacer su deseo. Śuddhodana accedió, pero preparó la salida de su hijo ordenando que despejaran las calles de toda visión que pudiera herir la sobreprotegida conciencia del príncipe. No obstante, sus cuidadosos arreglos fracasaron pues Siddharta, aclamado por la multitud a su paso por las calles, no pudo dejar de percibir el dolor bajo sus formas más agudas. Por primera vez se percató de la vejez, enfermedad y muerte.

Siddharta Gautama representa a la perfección el concepto de «búsqueda espiritual» según las antiguas creencias, sobre todo de naturaleza oriental. Es decir, el incansable esfuerzo interno o la catarsis que conduce a la unión liberadora con la divinidad o nirvana y por la que todos los seres humanos tarde o temprano se verán obligados a realizar (autorrealización) para alcanzar algún día la iluminación, después de experimentar las necesarias y aleccionadoras reencarnaciones. Asimismo, la figura de Siddharta, convertido finalmente en el Iluminado (o Buda), viene a expresar la idea mística de que el camino hacia la propia luz y, por consiguiente, la obtención de la paz interior, implica enorme sacrificio y suele comenzar con una provocadora e inquietante duda. La historia de Barlaam y Josafat nos cuenta que el descubrimiento de la vejez, la enfermedad y la muerte fue traumático para Siddharta. Se dio cuenta de que también él estaba sujeto al mismo sufrimiento y su ánimo se tornó sombrío, pues se preguntaba cómo alguien podía vivir en paz y felicidad si esto era lo que le deparaba la vida. En una nueva salida al exterior, el príncipe vio a un anacoreta, un monje mendicante, del cual se sintió impresionado por su carácter apacible. Decidió adoptar, también él, la vida de los monjes que vivían en extremo ascetismo, pasando antes unos años como mendigo. Siddharta vivió como un príncipe hasta los 29 años; luego abandonó su hogar, dejando atrás a su esposa Yasodhara y a su hijo. Partió con la cabeza rapada y ataviado con un vestido amarillo de itinerante, sin dinero ni bienes de ninguna clase, en busca de la iluminación. Más tarde descubrió que todo extremo es malo. En su camino, Siddharta aprendió de la mano de cuatro diferentes maestros. Con ellos aprendió diferentes técnicas de meditación y logró altos estados de conciencia. En esencia, las distintas ideas que examinó Siddharta intentaban redefinir la unión del individuo (Atman) con el absoluto (Brahman) para así lograr la liberación. Pero a pesar de sus grandes logros con estas prácticas, no encontró en ellas satisfacción para sus preguntas. Entonces, en un intento por doblegar totalmente al mundo sensorial, Siddharta probó a someterse a austeridades tan extremas que casi ocasionaron su muerte. Pero, aun así, tampoco encontró solución a su problema. Por esto decidió investigarlo de una manera nueva y diferente.

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Aprendió dos cosas de suma importancia: primero, que el ascetismo extremo no conducía a la liberación total, sino que era preciso algo más; y segundo, que, alcanzado cierto punto, ningún maestro era capaz de enseñar nada más. Siddhartha partió decidido a no seguir buscando fuentes externas de sabiduría, sino a encontrarlas dentro de sí mismo. Una versión mítica de esta etapa de su vida nos dice que Siddharta, en sus extremas prácticas de ascetismo, después de algunos días sin comer ni beber agua, pocos minutos antes de su muerte, escuchó a un maestro que estaba enseñándole a una niña a tocar el sitar. Dicho maestro le dijo que si la cuerda estaba muy floja no sonaría, pero si la cuerda de el sitar se encontraba muy tensa se rompería. La cuerda debía estar en su justa tensión para que pudiera dar música y armonía. En ese momento Siddharta comprendió el camino del medio: tanto el ascetismo extremo como la vida de placeres del palacio eran dos extremos, y la verdad se hallaría en la justa medida entre el placer exacerbado y el ascetismo extremo. Al final de su periplo Siddharta caminó a un lugar llamado Bodhgaya, en el estado indio Bihar, hasta sentarse bajo la sombra de un árbol llamado bo o bodhi (ficus religiosa), considerado el árbol de la sabiduría. Una noche de luna llena decidió no levantarse hasta que hallara la respuesta al sufrimiento. Pasó varias semanas debajo de este árbol. Como empezó una terrible tormenta, de debajo de las raíces del árbol surgió Muchilinda, el rey de los nagas (serpientes), que se enroscó alrededor de Gautama y lo cubrió con su caperuza. Finalmente Gautama tomó conciencia de que ya se había liberado definitivamente. Comprendió las Cuatro Nobles Verdades. Ya no pesaba sobre él la ilusión del falso yo. Su verdadero ser estaba más allá de las dualidades del aferramiento y la repulsión; había trascendido el espacio y el tiempo, la vida y la muerte. Comprendió que nunca más volvería a renacer, que había roto el eterno girar de la rueda del samsara. Esto es, el nirvana.

Contando para entonces 35 años, según la leyenda, Siddharta despertó de sus meditaciones como un Buda (‘despierto’, ‘iluminado’) y siguió sentado bajo el árbol bodhi durante cierto tiempo, disfrutando de la dicha de la renunciación y de la liberación. Después empezó a enseñar sobre el nirvana a quien le oyera; fundando lo que se conoce en Oriente como Buddha-Dharma (la enseñanza del buda). En occidente se conoce más comúnmente como el budismo. Siddharta Gautama murió a los 80 años de edad. La causa fue una intoxicación alimenticia que le produjo vómitos, hemorragias y grandes dolores que, según los testimonios, soportó con gran entereza. Finalmente, se recostó en un bosque de mangos en Kushi-Nagara, a unos 175 kilómetros al noroeste de Patna. Allí, rodeado de sus discípulos, alcanzó la paz eterna de la extinción completa, el para-nirvana. Este es un estado al que solo acceden después de morir los que han alcanzado el nirvana durante su vida. Antes de expirar explicó el Nirvana Sutra, donde resume toda su enseñanza y aclara los puntos que él vio que no estaban bien comprendidos. El rey Asoka (siglo III a. C.) difundió la religión budista por todo su imperio, llenando el norte de la India con templos y monasterios budistas. El budismo prácticamente desapareció de la India hace mil años. La enseñanza se expandió hacia el sur, a Sri Lanka y el sudeste de Asia, donde la forma theravada de budismo aún sigue floreciendo. También se difundió al norte al Tíbet, China, Mongolia y Japón. Las formas majaianas de budismo se practican en estos países. En el siglo XX el budismo empezó a perder adeptos en Oriente, mientras que se ha difundido en Occidente.

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El sistema religioso más filosófico es la Doctrina Secreta, la oculta filosofía oriental, la piedra angular de todas las ciencias. La alegoría indicada anteriormente en relación a Nâgârjuna significa sencillamente que habiendo las “serpientes” (los adeptos), o “los sabios”, iniciado a Nâgârjuna, los brahmanes lo expulsaron de la India, temerosos de ver divulgados los misterios de su ciencia sacerdotal, que fue la verdadera causa de su odio al buddhismo. Y entonces pasó a la China y al Tíbet, en donde inició a muchos en las verdades de los ocultos misterios enseñados por Gautama el Buddha. No se ha comprendido todavía el oculto simbolismo de Nârada, el gran Rishi, autor de algunos himnos del Rig Veda , que reencarnó más tarde en los tiempos de Krishna. Sin embargo, en conexión con las ciencias ocultas, Nârada, el hijo de Brahmâ, es uno de los más eminentes personajes, pues, en su primera encarnación, estuvo directamente relacionado con los “Constructores”, y por lo tanto con los siete “Rectores” que, según la Iglesia cristiana, “ayudaron a Dios en la obra de la creación”. Los orientalistas apenas tienen noticia de esta gran personificación, de quien sólo saben que dijo que Pâtâla “es un lugar de goces sensuales y sexuales”.  Este concepto ha sugerido la idea de que Nârada “hallaría sin duda deleitoso dicho lugar”. Con todo, la referida frase nos lo presenta simplemente como un iniciado, en relación directa con los misterios, en la condición de “Chrestos sacrificial” y como sufriente víctima que desciende allí. Un misterio en verdad.  En la mitología hindú, Nārada, o Nārada Muni, es un sabio divino, que tiene un papel prominente en varios textos puránicos, y especialmente en el Bhágavata puraná. Es uno de los siete grandes rishis, hijo de Brahmâ. Este Progenitor es uno de los más misteriosos personajes de la simbología sagrada brahmánica. Esotéricamente, Nârada es el que rige los sucesos durante varios ciclos kármicos, y es la personificación, en cierto sentido, del gran ciclo humano, un Dhyân Chohan.   Nārada es retratado como un monje viajero que posee la habilidad de viajar a otros planetas (loka, en sánscrito). Lleva un instrumento musical llamado vina, que usa para acompañar sus canciones, oraciones y mantras como actos de devoción a su señor Vishnú, o Krishná.

En la tradición vaishnava se le tiene una reverencia especial por su recitación y canto de los nombres Jarí-vamsa (‘el linaje de Jarí-Krisná’).  y Naraiana (Vishnú), y por promover el proceso del servicio devocional, conocido como bhakti yoga, tal como se explica en el texto atribuido al mismo Nārada, llamado Nārada bhakti sūtra. De acuerdo con la leyenda, Nārada es manasa pūtra (‘hijo de la mente’), lo que se refiere a su nacimiento directamente desde la mente del señor Brahmā, el primer ser creado, tal como se describe en el universo puránico. Se lo considera triloka sanchāri, el nómada que vagabundea por los tres lokas: Swarga-loka (‘localidad del cielo); Mrityu-loka (‘lugar de la muerte’, la Tierra); Patala-loka (‘planetas infernales’). Viaja por los tres mundos para el bienestar de todos. Fue el primero en practicar natya yoga. También se lo conoce como kalaha priya, ya que genera cómicas peleas entre los devas (dioses), las diosas y los seres humanos. Nārada Muni tiene un lugar específicamente importante dentro de las tradiciones vaishnavas. En los Purānas, es enumerado como uno de los doce mahajanas (‘grandes gentes’), los más grandes devotos del señor Vishnú. Como en su nacimiento previo —antes de volverse un rishi (sabio)— él era un gandharva (una especie de arcángel), y estaba en la categoría de devarshi. El Bhagavata Purāna describe la historia del desarrollo espiritual de Nārada. En su nacimiento previo, Nārada era un gandharva, ser angélico rodeado de sensuales apsaras, que eran ninfas acuáticas en la mitología hindú.  Nārada fue maldecido a nacer en la Tierra debido a una ofensa. Nació como hijo de una sirvienta que vivía en una apartada ermita habitada por un grupo de sabios bráhmanas particularmente santos. Los sabios estaban muy complacidos con los servicios tanto del niño como de la madre, por lo que le permitieron a él comer cada día un poco de su alimento (prasāda:misericordia [del Señor]’) que previamente ofrecían a su ídolo del señor Vishnú. Con el paso del tiempo, el niño Nārada recibió más bendiciones de estos sabios y los oía hablar acerca de temas espirituales. Su madre murió por la picadura de una serpiente. Nārada tomó este suceso como un acto del dios Vishnú y decidió vagar por la selva en búsqueda de la iluminación espiritual y la comprensión de la suprema verdad absoluta.

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Llegó a un claro en el bosque y, luego de calmar su sed en un arroyuelo cercano, se sentó bajo un árbol en meditación (yoga). Se concentró en el aspecto paramatma (‘alma superior’) de Vishnú dentro de su corazón, tal como le habían enseñado los sabios en la ermita. Después de algún tiempo, Nārada vio una imagen mental de Narayana (Vishnú) ante él, sonriendo. Vishnú le dijo: “A pesar de que has tenido la bendición de verme en este momento, nunca más podrás ver esta divina forma, hasta que mueras”. Narayan le explicó que le daba esa oportunidad de ver su belleza para que sirviera como fuente de inspiración que despertara su deseo durmiente de estar otra vez con el Señor. Después de instruirlo de esta manera, Vishnú desapareció de su vista. El niño despertó de su sueño desalentado. Por el resto de su vida, Nārada se enfocó en su devoción, meditación y adoración a Vishnú. Después de morir, Vishnú le bendijo con la forma espiritual de “Nārada”, tal como sería conocido. Muchas escrituras hindúes consideran que Nārada es un avatar parcial de Dios, destinado a realizar tareas maravillosas o milagrosas en nombre de Vishnú. Según una leyenda, el príncipe Samba, hijo del dios Krishná y de Jambavati, había ridiculizado al sabio debido a la fealdad de su rostro. Este último se vengó indicando a Samba un lugar en el río donde numerosísimas mujeres se bañaban, despojadas de sus saris (túnicas hindúes). Mientras el joven varón disfrutaba del espectáculo, Krishná, advertido por Nārada, llegó y descubrió cómo su hijo miraba a sus madres (las 16108 esposas de Krishna) mientras se bañaban. Furioso, el dios castigó a su hijo inoculándole la lepra. Más tarde, Samba le demostró que Nárada lo había manipulado, pero ya Krishná no podía retirar su maldición. Entonces el joven se dirigió hacia Suria, el dios que cura todos los males, particularmente aquellos de la piel, fue hasta la costa y descubrió al norte de Puri una imagen del dios del Sol sentado sobre una flor de loto. Se instaló en el lugar e hizo una penitencia de doce años, al cabo de la cual fue curado. En agradecimiento, erigió un templo, el primero que se construía sobre el sitio de Konark.

Nârada es uno de los siete Rishis o “hijos de la mente” de Brahmâ. Su historia demuestra que durante su encarnación fue un gran iniciado y que, como Orfeo, fundó los misterios. El  Mahâbhârata dice que, habiendo Nârada frustrado el plan formado para poblar el universo, deseoso de permanecer fiel al voto de castidad, fue maldecido por Daksha, antiguo dios creador, uno de los Prayapatis (nombre genérico de varias deidades que presiden sobre la procreación y son protectores de la vida), de los Rishis y de los Aditiás (grupo de deidades solares, hijos de Áditi y el sabio Kashiapa), y sentenciado a un nuevo nacimiento. Además, se le acusa de haber llamado “falso maestro” a su padre Brahmâ, porque éste le aconsejó que se casara y él no quiso seguir el consejo. Esto indica que fue un iniciado, pues ello es contrario al culto y religión ortodoxos. Es curioso hallar a este Rishi y caudillo entre los “Constructores” y la “Hueste celestial” con la misma significación y dignidad que el arcángel San Miguel en la religión cristiana. Ambos son los varones “vírgenes” y ambos los únicos de sus respectivas “huestes” que rehusan crear. Dícese que Nârada disuadió de procrear a los Hari-ashvas, los cinco mil hijos que había tenido Daksha con el propósito de poblar la tierra. Desde entonces los Hari-ashvas se “dispersaron por todas las regiones y ya no han vuelto”. ¿Serán acaso los iniciados encarnaciones de estos Hari-ashvas? Al séptimo día, que era el tercero de la prueba final, resurgía el neófito como hombre regenerado que, después de su segundo espiritual nacimiento, volvía a la tierra glorificado y vencedor de la muerte. Ya era hierofante. En la obra de Edward Moor titulada  Panteón Hindú, cuyo autor toma por Krishna la figura de Vithoba, el Sol o Vishnu crucificado y lo llama “Krishna crucificado en el espacio”, puede verse una lámina representativa de un neófito oriental en su condición de Chrestos. La misma lámina se da también en la obra Cristiandad monumental del Reverendo protestante Dr. Lundy, quien ha reunido en su obra gran número de pruebas de “los símbolos cristianos  antes  del cristianismo”, como él dice. Así nos presenta a Krishna y Apolo como “buenos pastores”; a Krishna sosteniendo la concha cruciforme y el chakra, y al mismo Krishna “crucificado en el espacio”, según el autor lo llama. Según el Dr. Lundy, de esta figura puede decirse: “Creo que esta representación es anterior al cristianismo. Tiene mucha semejanza con un crucifijo cristiano. El modelado, la actitud, las señales de los clavos en pies y manos, indican origen cristiano, mientras que la corona partha de siete puntas, la carencia de leño y de  inri, y los rayos de gloria encima, denotan origen distinto del cristiano“.

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Muchos de los llamados “salvadores”, fueron “buenos pastores”, como lo fue, por ejemplo, Krishna. Y de todos ellos se dijo que “quebrantaron la cabeza de la serpiente”, es decir, que vencieron su naturaleza sensual y dominaron la divina y oculta Sabiduría. Apolo mató a la serpiente Pitón, un hecho que lo releva del cargo de ser él mismo el gran Dragón, Satanás. Krishna mató a la negra serpiente Kâlinâga; y el Thot de los escandinavos aplastó la cabeza del simbólico reptil con su maza cruciforme.  Según el hinduismo, Krishna es uno de los numerosos avatares (‘encarnaciones’) del dios Visnú. En cambio según el krisnaísmo, Krishna es la forma principal de dios, de quien Visnú y los demás dioses emanan. En los textos más antiguos de la literatura india, los Vedas, aún no existía ese dios pastor, ni sus sucedáneos como Vasudeva. En esos libros, Visnú ―que es el dios hindú más relacionado con Krishna ― es un personaje muy secundario. Las primeras menciones a Krishna se encuentran en el Majábharata (siglo III a. C.), que contiene el famoso Bhagavad-guitá, que son las enseñanzas de Krishna a su amigo, el guerrero Áryuna, así como en textos posteriores como el Jarí-vamsa (‘el linaje de Jarí [Krisná]’). La religión de Krishna se desarrolló gradualmente en varios Puranas (escritos posiblemente desde el siglo III a. C.), hasta llegar al Bhágavata-purana (siglo X d. C.), que dedica miles de versos en describir su vida y obras, y el poema Guita-govinda (siglo XII d. C.), donde se desarrolla gradualmente el esoterismo krisnaísta. Existe la hipótesis de que un número de tradiciones y deidades regionales pueden haberse fusionado en las historias de este dios. Krishna pasó su niñez y adolescencia en la región de Vrindávan (a 10 km de Mathurá), en medio de pastores y pastoras, una de las cuales, Radha, tuvo amores con él. Krishna es conocido como Gópinath: el amado seductor de las gopīs-pastoras (particularmente de Radha). Según el Guitá govinda y otros numerosos trabajos, Krishna, como adolescente, tiene amoríos trascendentales con las gopis (‘pastoras’), que son las adolescentes casadas del pueblo de Vrindavan. Los devotos de Krishna creen que estos pasatiempos lilas (‘diversiones’) divinos son el tema más profundo de su teología. En este sentido Krishna sería el contrario del anterior avatar de Visnú: el Señor Rama, quien estaba casado y fue el ejemplo de la personalidad ligada a las reglas religiosas y sociales.

Como Ulises de Ítaca, Krishna está considerado dentro de la categoría de «héroe tramposo». Krishna es un adolescente púber eterno de unos 13 años, foco de devoción. Es llamado «el amante», «el completamente atractivo», «el flautista». Frecuentemente se le representa tocando alguna de sus flautas traveseras, atrayendo y fascinando a las gopis (pastoras) púberes de Vrindávan. Devaki, hermana del rey Kansa, huye de la ciudad con los anacoretas, porque Kansa pretendía matarla por deseos de Nysumba, ya que ella era la que podría tener un hijo que dominara el mundo, según los sacerdotes. Al llegar Davaki a la ermita fue recibida por el rey de los anacoretas, Vasichta, quien la saludo y le dijo estas palabras: “Davaki, hermana del ilustre Kansa, se bienvenida entre nosotros guiada por Mahadeva, el maestro supremo, has dejado el mundo de las miserias para venir al de las delicias. Porque ahora estas al lado de los santos Rishis, dueños de sus sentidos, dichosos con su destino y deseosos del camino del cielo. Hace largo tiempo que te esperábamos como la noche a la aurora, nosotros somos el ojo de los devas, dijo sobre el mundo; nosotros que vivimos en lo más profundo de las selvas, los hombres no nos ven, mas nosotros vemos a los hombres y seguimos sus acciones la edad sombría del deseo de la sangre y del crimen se cierne sobre la tierra. Te hemos elegido para la obra de liberación y los devas te han escogido por mediación nuestra. en el seno de una mujer el rayo del esplendor divino debe recibir una forma humana”. En este momento los Rishis salían de la ermita para la oración de la tarde, el rey Vasichta les ordeno que se inclinaran hasta tierra ante Davaki. Así lo hicieron y Vasichta dijo: “Esta será nuestra madre, porque de ella nace el Espíritu que debe regenerarnos“. Después, volviéndose hacia ella prosiguió: “Vete hija mía, los Rishis te llevarán al estanque vecino donde viven las hermanas penitentes. Vivirás entre ellas y los misterios se cumplirán”.

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En sus paseos diarios Davaki se sentaba bajo un árbol, al cual llamaba ”El árbol de la vida” y con frecuencia dormitaba bajo su sombre. Un día cayó en un éxtasis profundo y oyó una música celeste. De repente el cielo se abrió en abismos de luz y miles de seres espléndidos la miraban. Y en el fulgor de un rayo deslumbrante, el sol de los soles “Mahadeva” se le apareció en forma humana iluminada por el espíritu de los mundos. Perdió el conocimiento y, en el olvido de la tierra y en una felicidad sin límites, concibió al niño divino. Para protegerla de la persecución de Kansa, los anacoretas la llevaron a un valle al pie del Monte Meru, donde habitaba un pueblo de pastores, sobre el cual reinaba el patriarca Nandu. Allí nació su hijo Krishna, quien creció entre los rebaños y los pastores. Le llamaban el “Radiante”, porque su sola presencia, su sonrisa, y sus grandes ojos tenían el don de difundir la alegría. Cuando Krishna tuvo quince años, su madre Davaki fue vuelta a llamar por el jefe de los anacoretas. Un día desapareció sin decir adiós a su hijo, quien no viéndola ya, fue a preguntar por ella al patriarca Nandu, quien le respondió: “Tu madre ha partido para un largo viaje, ha vuelto al país de donde vino y no sé cuándo volverá“.  Después de esto, Krishna, perdido en sus pensamientos, se fue solo, errando por el Monte Meru durante varias semanas. Una mañana se encontró con un anciano vestido de anacoreta, quien le comunicó que su madre estaba al lado de aquel que no cambia nunca. Krishna le pregunta si no la volverá a ver,  y el anciano le responde que “Si, cuando la hija de la serpiente incite al hijo del toro al crimen. Entonces mataras al toro y aplastarás la cabeza de la serpiente“. Dicho esto el anciano desapareció y Krishna reunió a sus compañeros (hijos de los pastores) y les dijo: “Vamos a luchar contra los toros y las serpientes; vamos a defender a los buenos y a subyugar a los malvados“. Convertidos en guerreros, comenzaron a batir las selvas luchando contra las bestias feroces, haciendo la guerra a los reyes y liberando a las tribus oprimidas. Pero la tristeza invadía el fondo de su corazón y su alma solo tenía un deseo: encontrar a su madre y volver a ver al extraño y sublime anciano. Pero por más que luchaba no lo conseguía. Un día oyó hablar de Kalayeni, el rey de las serpientes, y pidió luchar contra el más terrible de sus animales, que decía había devorado centenares de hombres. De la lucha salió virtuoso Krishna, quien corto la cabeza del enorme reptil. Éste, antes de morir, dijo a Krishna: “¿ Porque me has matado hijo de Mahadeva? ¿Crees encontrar la verdad matando a los vivos? No la encontrarás más que agonizando tu mismo, ya que la muerte está en la vida y la vida está en la muerte. Teme a la hija de la serpiente y a la sangre vertida“. Tras un mes de oraciones a la orilla del Ganges, y luego de haberse purificado en la luz del sol y en el pensamiento de Mahadeva, Krishna volvió a su país natal, entre los pastores del Monte Meru.

En Egipto, las ciudades más importantes estaban sepradas del cementerio por un lago sagrado. La misma ceremonia del juicio, que, según describe el  Libro de los Muertos, se efectuaba en el mundo espiritual, se cumplía también en la tierra durante el entierro de la momia. Cuarenta y dos jueces reunidos en la orilla juzgaban al “alma” del difunto por los actos de su vida terrena. Después volvían los sacerdotes al recinto sagrado, e informaban a los neófitos sobre el probable destino de aquella alma y del solemne drama que a la sazón tenía efecto en el invisible reino en donde el alma había entrado. El  Al-om-jah,  o supremo hierofante egipcio, infundía vigorosamente en los neófitos la idea de la inmortalidad del alma. He aquí un sucinto relato de cuatro de los siete grados de iniciación, en los misterios de Crata Nepoa, celebrado por los sacerdotes egipcios: “Después de pasar en Tebas por las “doce torturas” preliminares, se le exigía al neófito que para salir triunfante dominase sus pasiones y no perdiera ni por un momento la idea  de su Dios interno o séptimo principio. Luego, como símbolo de la errante situación del alma impura, había de subir por varias escaleras y vagar por una oscura cueva con muchas puertas cerradas. Terminadas victoriosamente estas pruebas, recibía el grado de Pastophoris, al que sucedían los de Neocoric y Melanphoris. Entonces lo llevaban a una espaciosa cámara subterránea, con gran número de momias yacentes, y quedaba en presencia del ataúd que contenía el mutilado cuerpo de Osiris. Ésta era la Cámara llamada  Portal de la Muerte , y a ella alude el versículo del libro de Job: “¿Se ha abierto para ti el portal de la muerte, y has visto las puertas de la sombra de los muertos? Así pregunta el “Señor”, es decir, el hierofante, el Al-om-jah, el iniciador de Job, aludiendo al tercer grado de la iniciación. Porque el  Libro de Job  es  por excelencia el poema de la iniciación.    Cuando el neófito había vencido los terrores de esta prueba, lo conducían a la  Cámara de los espíritus  para que ellos lo juzgasen. Entre  otras reglas de conducta, se le daban las siguientes:   No alimentar jamás deseos de venganza. Estar siempre dispuesto al auxilio de un hermano, aun a riesgo de la propia vida. Enterrar a los muertos. Honrar padre y madre sobre todo. Respetar a los mayores, y proteger a los débiles. Acordarse siempre de la hora de la muerte, y de la resurrección en un nuevo e imperecedero cuerpo. Se recomendaban sobremanera la pureza y la castidad, y el adulterio se amenazaba con la muerte. El neófito obtenía así el grado de Kristophoros. Entonces se le comunicaba el misterioso nombre de IAO“.

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Si comparamos los preceptos antes citados con los de Buddha, y con las “reglas de vida” de los ascetas indos, se comprenderá la universal unidad de la Doctrina Secreta. Es imposible negar la presencia de un elemento sexual en muchos símbolos religiosos. Pero esto de ningún modo merece censura, pues sabido es que en las tradiciones religiosas de todos los países, el hombre de la primera raza “humana” no nació de padre y madre. Tanto los Rishis, o “Hijos de la mente de Brahmâ”, como Adam Kadmon con sus emanaciones, los Sephiroth y los Anupâdakas, o los Dhyâni-Buddhas, de quienes surgieron los Bodhisattvas y Mânushi-Buddhas, los Iniciados terrestres (hombres) de la primera raza de hombres, se tenía, en todos los pueblos, por nacida sin padre ni madre. El Manu, hijo de Seth, el “Hijo del Hombre” como se le llama, nació por generación, a causa de la inevitable fatalidad de la ley natural de la evolución. Cuando el género humano llegó al punto en que su naturaleza espiritual había de dejar paso a la organización puramente física, tuvo que “caer en la materia” y en la generación. Pero la evolución e involución del hombre son cíclicas. El rito inicial de la víctima que se sacrifica en los Misterios y muere espiritualmente para salvar al mundo de la destrucción, o la despoblación, fue establecido durante la cuarta raza Atlante para conmemorar un suceso que es misterio de misterios entre los problemas del mundo. En las Escrituras hebreas, Caín, masculino, y Abel, femenino, son la pareja que se sacrifica e inmola, como permutaciones de Adán y Eva, o el dual Jehovah, y derrama su sangre de “separación y unión”, con objeto de salvar al género humano e inaugurar una nueva raza. Más tarde todavía, para renacer una  vez más en su perdido estado espiritual, tuvo que pasar el neófito por la matriz de una ternera virgen que se sacrificaba en la ceremonia. Representa con ello otra vez un gran misterio alusivo al proceso del nacimiento, o mejor dicho, a la primera entrada del hombre en este mundo, a través del Vâch, la melodiosa vaca que produce alimento y agua, el Logos femenino. También se refiere al autosacrificio del “divino hermafrodita” de la tercera raza; o sea la transformación en verdaderamente física, de la Humanidad, tras la pérdida de la potencia espiritual. A causa de saborear alternadamente el fruto del mal con el fruto del bien, se fue atrofiando gradualmente la espiritualidad y vigorizándose la materialidad en el hombre, por lo que fue sentenciado a nacer, desde entonces, por el proceso actual de la generación. Éste es el misterio del hermafrodita que los antiguos mantuvieron tan velado y secreto. Ni la carencia de sentido moral ni el predominio de la grosera sensualidad les indujo a considerar a sus dioses en aspecto dual; sino más bien el conocimiento de los misterios y procedimientos de la primitiva Naturaleza. Conocían mejor que nosotros la fisiología. Aquí está la oculta clave del simbolismo antiguo, el verdadero foco del pensamiento, y las extrañas imágenes hermafroditas de casi todos los dioses y diosas de los panteones paganos y monoteístas, y de casi todos los dioses y diosas de los panteones paganos y monoteístas.

Dice Sir William Drummond en su obra  Edipo Judaico: “Las verdades científicas eran el arcano de los sacerdotes; porque en ellas se basaba la religión.    No se comprende que los misioneros recriminen tan cruelmente a los adoradores de Vaishnavas y Krishna, por suponer significado obsceno en sus símbolos; puesto que es indudable para cuantos autores no están cegados por prejuicios, que Chrestos en el profundo (se quiere significar por esto el sepulcro o el infierno), tenía de igual modo un elemento sexual en su símbolo“. Los rosacruces de la Edad Media fueron tan buenos cristianos como el mejor; y sin embargo, todos sus ritos se fundaban en símbolos de significado eminentemente fálico y sexual. Hargrave Jennings, biógrafo de los rosacruces y autoridad de peso en la materia, dice de esta Hermandad: “las torturas y el sacrificio del Calvario, la pasión de la Cruz, eran en los rosacruces glorioso y bendito triunfo y magia, protesta y llamamiento“. ¿Protesta contra quién? La protesta de la Rosa crucificada, el mayor y más secreto símbolo sexual, el yoni y el lingam, la víctima y el matador, los principios femeninos y masculino de la Naturaleza. En su obra póstuma Falicismo, describe Jennigs el simbolismo sexual en lo más sagrado para los cristianos: “La sangre manaba de la corona, del círculo de las espinas del infierno. La Rosa es femenina. Sus aterciopelados y carmíneos pétalos están resguardados por espinas. La Rosa es la flor más bella. La Rosa es la reina del jardín de Dios (la virgen María). Pero no sólo la Rosa es la idea mágica o la  verdad; sino que la “rosa crucificada” o la “rosa martirizada” (la gran figura mística y apocalíptica), es el talismán, el prototipo, el objeto de adoración de todos los “Hijos de la Sabiduría” o verdaderos rosacruces“.    No de  todos  los “Hijos de la Sabiduría”, ni aun de los  verdaderos  rosacruces. Porque estos nunca pusieron en el punto de vista puramente sensual y terreno, por no decir animal, los más nobles símbolos de la Naturaleza. Para los rosacruces la “Rosa” era el símbolo  de la prolífica virgen tierra, de la Naturaleza, madre y nodriza de los hombres, representada en la diosa Isis por los iniciados egipcios. Como todas las demás personificaciones de la Naturaleza y de la Tierra, es Isis hermana y esposa de Osiris, puesto que la Tierra y el Sol proceden del mismo misterioso Padre, y el Sol fecunda a la Tierra por divina insuflación, según el misticismo primitivo. En las “Vírgenes del Mundo”, en las “Doncellas celestiales”, se personificó el puro ideal de la mística Naturaleza, y más tarde en la humana Virgen María, la Madre del Salvador del mundo cristiano.

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Herodoto nos dijo que Orfeo, héroe muy anterior a Homero y Hesiodo, trajo los misterios de la India. Poco se sabe de Orfeo, en verdad; y hasta los últimos tiempos, la literatura orfeica, y hasta los mismos argonautas, fueron atribuidos a Onamácrito, contemporáneo de Pisistrato, Solón y Pitágoras, de quien se decía que había compilado estas tradiciones en la forma actual hacia fines del siglo VI antes de J. C., o sea 800 años después de la época de Orfeo. La historia más conocida sobre Orfeo es la que se refiere a su esposa Eurídice, que a veces es conocida como Agriope. Algunas versiones cuentan de Eurídice que murió al ser mordida por una serpiente mientras huía de Aristeo; otras, que el hecho fatal ocurrió mientras paseaba con Orfeo. En las orillas del río Estrimón, Orfeo se lamentaba amargamente por la pérdida de Eurídice. Consternado, Orfeo tocó canciones tan tristes y cantó tan lastimeramente que todas las ninfas y todos los dioses lloraron y le aconsejaron que descendiera al inframundo (catábasis) en busca de su amada. Camino de las profundidades del inframundo, Orfeo tuvo que sortear muchos peligros; empleando su música, hizo detenerse los tormentos del inframundo (por primera y única vez), y, llegado el momento, ablandó los corazones de Hades y Perséfone, que permitieron a Eurídice que volviera con Orfeo al mundo de los vivos, pero con la condición de que él caminase delante de ella y no mirase atrás hasta que hubieran alcanzado el mundo superior y los rayos de sol bañasen a la mujer. A pesar de sus ansias, Orfeo no volvió la cabeza en todo el trayecto: ni siquiera se volvía para asegurarse de que Eurídice estuviera bien cuando pasaban junto a un demonio o corrían algún otro peligro. Orfeo y Eurídice llegaron finalmente a la superficie. Entonces, ya por la desesperación, Orfeo volvió la cabeza para ver a su amada; pero ella todavía no había sido completamente bañada por el sol, y aún tenía un pie en el camino del inframundo, así que se desvaneció en el aire, y esa vez para siempre.Según relata Platón, los dioses del infierno sólo presentaron a Orfeo una aparición de Eurídice. No le entregaron a su amante porque les parecía que se mostraba cobarde, y no había tenido el arrojo de morir por amor, sino que había buscado el medio de penetrar con vida en el Hades.

Se dice que en tiempos de Pausanias, viajero, geógrafo e historiador griego del siglo II, había una familia sacerdotal que, como los brahmanes con los Vedas, aprendían de memoria los himnos orfeicos y los transmitían oralmente de generación en generación. Al colocar la ciencia oficial a Orfeo 1.200 años antes de J. C., admite que los misterios, o sea el ocultismo, pertenecen a una época anterior a los caldeos y egipcios. Según predijo Hermes en su diálogo con Esculapio, había llegado el tiempo en que se acusara a Egipto de adorar monstruos, y que únicamente perdurarán las inscripciones grabadas en las piedras de sus monumentos, como enigmas ininteligibles para la posteridad, dispersándose sus escribas  y hierofantes. Los que quedaron en Egipto, para evitar la profanación de los sagrados misterios, se refugiaron en desiertos y montañas, donde establecieron sociedades y congregaciones secretas como la de los esenios. Los que emigraron a la India y aun al continente americano, se comprometieron con solemnes juramentos a guardar silencio, y a mantener secreta su sabiduría, que de este modo quedó oculta a la vista de las gentes. En el Asia Central y en las fronteras septentrionales de la India, la victoriosa espada de Alejandro Magno barrió, en el camino de sus conquistas, todo vestigio de la religión primitiva. Y sus adeptos tuvieron que ocultarse en los recónditos rincones de la tierra. Después de los golpes del conquistador macedonio, sonó en el reloj de las razas la primera campanada de las horas de la desaparición de los misterios. Las últimas campanadas empezaron a sonar el año 47 antes de J. C. La ciudad de Alesia, la Tebas de los celtas, tan famosa por sus ritos de iniciación y por sus misterios, fue, según la describe Ragon: “La antigua metrópoli, tumba de la iniciación druídica y de la libertad de las Galias. En el primer siglo de nuestra era sonó, pues, la última hora de los misterios. La historia nos  muestra las Galias centrales sublevadas contra el yugo de Roma. El país quedó sujeto a César, y fue aplastada la revuelta, cuyo resultado fue el degüello y exterminio de los habitantes de Alesia, incluso el colegio sacerdotal de los druidas con todos sus neófitos; después de lo cual toda la ciudad fue saqueada y arrasada“.

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Algunos años más tarde cayó la no menos famosa ciudad de Bibractis, cuyo fin describe Ragon en estos términos: “Bibractis, madre de las ciencias, émula de Tebas, Menfis y Roma, alma de las primitivas naciones de Europa, era ciudad famosa por su colegio sagrado de druidas, su cultura y sus escuelas en donde 40.000 alumnos aprendían filosofía, literatura, gramática, jurisprudencia, medicina, astrología, arquitectura y ciencias ocultas. Tenía un anfiteatro circuído de colosales estatuas, capaz para cien mil espectadores, un capitolio, templos de Jano, Plutón, Proserpina, Júpiter, Apolo, Minerva, Cibeles, Venus y Anubis. En el centro de la ciudad estaba la naumaquia con su gran estanque de  construcción increíble, a propósito para simulacros navales. También poseía un  Campo de Marte , acueducto, fuentes, baños públicos, y murallas levantadas en los tiempos heroicos“. Tal era la ciudad de la Galia en donde murieron, para Europa, los secretos de las iniciaciones en los grandes misterios de la Naturaleza, y de sus olvidadas verdades. Julio César quemó los volúmenes de la famosa biblioteca de Alejandría. Pero la Historia, que vitupera la vandálica fechoría del general árabe Amrús, que completó la siniestra obra destructora del gran conquistador, no tiene para éste ni una frase de oprobio, a pesar de que Cesar fue  incendiario de Alejandría y el destructor de casi la misma cantidad de preciosos documentos celtas en Alesia y Bibractis. El caudillo galo Sacrovir se sublevó contra el despotismo de Roma durante el reinado de Tiberio; pero completamente vencido por Silio, el año 21 de nuestra era, fue quemado vivo con sus principales secuaces ante las puertas de Bibractis, que los vencedores entregaron después a las llamas, sin perdonar todos sus tesoros de literatura y de ciencias ocultas. De esta majestuosa antigua ciudad, hoy Autun, quedan algunos monumentos, como los templos de Jano y Cibeles.

Bibractis, o Bibracte, fue la capital del pueblo celta de los heduos desde finales del siglo II a. C. hasta finales del siglo I a. C. Centro neurálgico del poder de la aristocracia hedua, fue también una importante ciudad comercial y artesanal donde se concentraban mineros, herreros y expertos en acuñar monedas, en una superficie de cerca de 135 hectáreas. Este importante lugar estaba situado en la comuna de Saint-Léger-sous-Beuvray (Saona y Loira), en el Morvan, en la cumbre del Monte Beuvray (comúnmente conocido como el Beuvray en la región). La vieja ciudad estaba ubicada en la confluencia de las cuencas del Saona, Yonne, Sena y Loira. La primera vez que se mencionó al oppidum galo de Bibracte  fue cuando el general de la República de Roma, Julio César, escribe acerca de él en su obra De Bello Gallico. César menciona a Bibracte en una ocasión más (52 a. C.), cuando se pregunta acerca de las intenciones de sus aliados heduos, los cuales se unieron a la revuelta y coronaron rey de los galos a Vercingétorix en el oppidum. Vercingétorix fue hijo del líder galo Celtilo, de la tribu de los arvernos. A finales de la Guerra de las Galias, unió a la mayoría de las tribus galas con el objetivo de enfrentarse a Julio César y expulsarle de sus territorios. Vencido en Alesia (52 a. C.), fue apresado y encarcelado en el Tullianum durante seis años hasta que fue ejecutado tras celebrarse el triunfo de César. Sus hijos fueron educados como romanos. Vercingétorix fue uno de los primeros líderes galos que logró acaudillar a una parte importante de la nación gala, mostrando verdadero talento militar al enfrentarse al más grande de los estrategas de su tiempo, Julio César. El bastión heduo de Bibracte no vuelve a ser mencionado de nuevo a partir de esta fecha. Las inscripciones de la época del principado del emperador Augusto registran que la capital hedua recibía el nombre de Augustodunum («la ciudadela de Augusto»); de este nombre deriva la actual Autun.

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Prosigue diciendo Ragon: “La ciudad francesa de Arlés, fundada 2.000 años antes de J. C., fue saqueada en el 270. Esta ciudad de las Galias, reconstruida 40 años después por Constantino, ha conservado como restos de su antiguo esplendor el anfiteatro, el capitolio, un obelisco de granito de 17 metros de altura, un arco de triunfo y las catacumbas. Así acabó la civilización celto-gálica. César, como un bárbaro digno de Roma, había ya cumplido la destrucción de los antiguos misterios con el saqueo de los templos y colegios de iniciación y la matanza de los iniciados y druidas“. Subsistió Roma; pero sólo tuvo los misterios menores, sombras de las ciencias ocultas. La gran iniciación se había extinguido.  A pesar de ser tan docto y erudito, no deja de incurrir Ragon en algunos grandes errores cronológicos. Damos algunos pasajes de su obra  Masonería oculta , por referirse directamente a este asunto: “Al hombre divinizado (Hermes) sucedió el rey -sacerdote (hierofante) Menes, que fue el primer legislador, y fundó a Tebas, la ciudad de los cien palacios, colmándola de esplendor. Entonces comienza en Egipto la era sacerdotal. Los sacerdotes reinan y gobiernan. Dícese que se sucedieron 329 hierofantes, cuyos nombres no han pasado a la historia“. Pero, como llegaran a escasear los genuinos adeptos, los sacerdotes, según afirma Ragon, escogieron otros falsos de entre la turba de  esclavos, y los presentaban a la adoración de las masas ignorantes, coronándolos y deificándolos. Cansados de la ominosa tutela a que los sacerdotes les tenían sujetos, rebeláronse los reyes y conquistaron la plenitud de su soberanía. Entonces advino al trono Sesostris, el fundador de Menfis (1.613 años antes de J. C.). A las dinastías de sacerdotes sucedieron las de guerreros. Cheops, que reinó de 1178 a 1122 a.C., se dice que levantó la gran pirámide que lleva su nombre. Se le acusa de haber perseguido a los sacerdotes y cerrado los templos. Esto es inexacto, por más que Ragon pretenda darle valor histórico. La gran pirámide llamada de Cheops, data al menos, según el Barón de Bunsen, en unos 5.000 años antes de J. C. A este propósito dice Bunsen, en su obra  Lugar de Egipto en la Historia universal, que “los orígenes de Egipto se remontan a  9.000 años antes de la era cristiana”.

Y como la gran pirámide era el lugar sagrado de los misterios e iniciaciones, pues se edificó a este propósito, no concuerda con los hechos históricos comprobados el suponer que Cheops, si fue el fundador de la gran pirámide, persiguiese a los sacerdotes y cerrase los templos. Además, la Doctrina Secreta enseña que Cheops pudo construir cualquiera otra pirámide, pero no la que lleva su nombre. Lo ciertamente histórico es que “a causa de una invasión etíope y de la confederación [formada en 570 antes de J. C.] por doce caudillos, el cetro egipcio cayó en manos de Amasis, hombre de baja cuna, quien derrocó el poder sacerdotal, pereciendo así la antigua teocracia que durante muchos siglos había sostenido la corona de Egipto en las sienes de sus sacerdotes”. Antes de la fundación de Alejandría era Egipto centro de atracción para los estudiantes y filósofos del mundo entero, y a este propósito dice Joseph Ennemoser (1787-1854), en su obra “History of Magic“: ¿Cómo es posible que sepamos tan poco de los misterios, no obstante haber subsistido durante tanto tiempo, en tan diversas épocas y en tan distintos países? La mejor respuesta es el profundo y universal sigilo de los iniciados, al que podemos añadir la destrucción y pérdida de los textos referentes a los conocimientos secretos de la más remota antigüedad“. Los libros del rey romano Numa Pompilio, descritos por Tito Livio y hallados en la tumba de aquel rey, trataban de filosofía natural; pero no se divulgaron en su época, a fin de que se mantuvieran en secreto los misterios de la religión nacional… El senado y los tribunos del pueblo acordaron quemar dichos libros, como así se hizo. El investigador Cassain menciona un libro, muy conocido durante los siglos  IV y V, que, según la tradición, se atribuía a Cam, el hijo de Noé, que a su vez se decía haberlo recibido de Jared, de la cuarta generación de Seth, hijo de Adam. Según la Biblia: “Y vivió Jared ochocientos años después de haber engendrado a Enoc, y engendró hijos e hijas“.  Los sacerdotes egipcios enseñaban también alquimia; si bien esta ciencia es tan antigua como el hombre. Muchos autores opinan que Adán fue el primer adepto, fijándose en el nombre, que significa “tierra roja”. La verdadera interpretación, bajo su velo alegórico, nos la da el sexto capítulo del  Génesis al hablarnos de los hijos de Dios que tomaron por esposas a las hijas de los hombres, a las que revelaron muchos misterios y secretos del mundo fenomenal.

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Dice el científico y alquimista danés Olaus Borrichius (1626 – 1690), que la cuna de la alquimia ha de buscarse en tiempos remotísimos. Demócrito de Abdera era un alquimista y filósofo hermético.  Clemente de Alejandría escribió mucho sobre esta ciencia, y Moisés y Salomón sobresalieron en ella. Dice William Godwin: “El primer documento auténtico referente a la alquimia es un edicto del emperador romano Diocleciano, de unos 300 años después de J. C., ordenando que se hiciesen en Egipto diligentes investigaciones acerca de todos los libros antiguos que tratasen del arte de hacer oro y plata, para que sin distinción fuesen entregados a las llamas“. La alquimia de los caldeos y de los antiguos chinos, no fue tan siquiera la progenitora de aquella otra alquimia que floreció entre los árabes siglos más tarde. Hay una alquimia espiritual y una transmutación física. El conocimiento de ambas se comunicaba en las iniciaciones.  Cuando se habían extinguido los misterios eleusinos, legaron sus principales características a la escuela neoplatónica de Amonio Saccas, filósofo de Alejandría del siglo III, con frecuencia considerado el fundador del neoplatonismo, cuyo sistema ecléctico estaba caracterizado por la teurgia y el éxtasis. El eclecticismo (del griego eklegein, «escoger») es, en filosofía, una escuela filosófica nacida en Grecia que se caracteriza por escoger (sin principios determinados) concepciones filosóficas, puntos de vista, ideas y valoraciones entre las demás escuelas que se asumen que puedan llegar a ser compatibles de forma coherente, combinándolas y mezclándolas aunque el resultado pueda ser a menudo contrapuesto sin llegar a formar un todo orgánico. Jámblico, filósofo griego neoplatónico, también considerado neopitagórico, añadió la doctrina egipcia de la teurgia con sus prácticas. Porfirio, filósofo neoplatónico griego discípulo de Plotino, se opuso a este nuevo elemento. Pero la escuela neoplatónica, con pocas excepciones, practicó el ascetismo y la contemplación, y sus místicos se sometían a disciplina tan  rigurosa como la de los devotos hindúes. Sus esfuerzos no tenían por objeto lograr éxito en las prácticas de taumaturgia, nigromancia o hechicería, sino desenvolver las facultades superiores del hombre interno o Ego espiritual, La  escuela sostenía que un cierto número de espíritus, moradores en esferas completamente independientes de la tierra y del ciclo humano, eran mediadores entre los “dioses” y los hombres, y entre el hombre y el Alma suprema. Para decirlo llanamente, el alma humana, con la ayuda de los espíritus planetarios, llegaba a ser “recipiente del Alma del mundo”, como dice Ralph Waldo Emerson (1803 – 1882), escritor, filósofo y poeta estadounidense, líder del movimiento del trascendentalismo a principios del siglo XIX. Según el profesor norteamericano Alejandro Wilder, en su obra “Neoplatonismo y. Alquimia”, Apolonio de Tyana demostró estar en posesión de semejante facultad, con estas palabras: “Puedo ver el presente y el porvenir como en claro espejo. El sabio [adepto] no predice las plagas y epidemias por las emanaciones del suelo y la corrupción del aire. Las conoce después de Dios, pero antes que las gentes. Los  theoi  o dioses ven lo futuro; los hombres vulgares lo presente; los sabios lo que va a suceder. La austeridad de mi vida me produce tal agudeza de sentidos, que equivale a una nueva facultad mediante la cual pueden llevarse a efecto señaladas acciones“.

Alejandro Wilder pone a estas palabras el siguiente notable comentario: “Esto es lo que podemos llamar  fotografía espiritual . El alma es la cámara en que igualmente se fijan los sucesos futuros, pasados y presentes; y el entendimiento llega a tener conciencia de ello. Más allá de nuestro limitado mundo, todo ocurre en un día y es un estado, porque lo pasado y lo futuro están comprendidos en lo presente. Probablemente éste es el “gran día”, el “último día”, el “día del Señor” a que se refieren los autores bíblicos, el día en que pasamos por la muerte o el  éxtasis . Entonces el alma se liberta del impedimento corporal y su más noble parte se une a la naturaleza superior y participa de la sabiduría y previsión de los seres elevados“. Que el sistema de los neoplatónicos era idéntico al de los vedantinos lo demuestra Wilder al decir lo siguiente de los teósofos alejandrinos: “La idea capital de los neoplatónicos era la de una suprema y única Esencia… Todas las filosofías antiguas enseñaban que los dioses o dispensadores,  theoi , ángeles,  demonios y otros agentes espirituales, emanaron del supremo Ser. Amonio aceptó la doctrina de los libros de Hermes, según la cual, del divino Todo procedió la sabiduría divina o Amun; que de la sabiduría procedió el demiurgos o Creador; y del Creador los espíritus subalternos, quedando en último término de procedencia los mundos y sus habitantes. El primero está contenido en el segundo, el primero y segundo en el tercero, y así hasta el fin de la serie“. Esto es eco fiel de la creencia vedantina, y se deriva directamente de las secretas enseñanzas orientales.   El mismo autor dice: “Parentesco con esta doctrina tiene la cábala judía enseñada por los fariseos o pharsis y tomada probablemente de los magos persas, como la denominación de la secta hebrea parece indicar“. Está ella substancialmente compendiada en la siguiente frase: “El Divino Ser es el Todo, la fuente de toda existencia, lo Infinito. Es agnoscible. El Universo lo revela y por Él subsiste. En el principio, Su efulgencia difundióse por doquier.    De tiempo en tiempo se retira dentro de Sí mismo, y de este modo forma en Su torno un espacio vacío al que transmite Su primera emanación, un rayo que contiene el poder generador y conceptivo. De aquí se deriva el nombre de IE, o Jah. El rayo produce a su vez el  tikkun , el  arquetipo  o idea de la forma; y en esta emanación están contenidos macho y hembra, o sean las potencias generadora y conceptiva. De aquí provienen las tres primarias fuerzas: la luz, el Espíritu y la Vida. El arquetipo se une al rayo o primera emanación, y queda penetrado por él. Por esta unión se relaciona perfectamente el modelo con su infinita fuente. El modelo es el primer hombre, el Adam Kadmon, el  macrocosmos  de Pitágoras y otros filósofos. De él procedieron los Sephiroth…  De los Sephiroth emanaron a su vez los cuatro mundos, cada uno de los cuales emanó del inmediato precedente, y el inferior envolvió al superior. Estos mundos son menos puros, según descienden en la escala; y el ínfimo es el mundo material“.

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Vedantino viene de estudiante del Vedanta, una escuela de filosofía dentro del hinduismo. Es un resumen de las enseñanzas esotéricas que se pueden extraer de las leyendas de los Araniakas (escrituras ‘del bosque’), y de las Upanishads (escrituras compuestas aproximadamente desde el siglo VI a. C.). El nombre veda-anta se compone del término sánscrito veda:conocimiento, sabiduría’ y anta:final, conclusión’.  Esta denominación se interpreta en un doble sentido: como ‘la culminación de la sabiduría’, en sentido absoluto, como el conocimiento espiritual más elevado; y como ‘la última parte de los Vedas, en sentido cronológico, pues esta doctrina completó el reemplazo de la religión védica (expresada en el texto épico mitológico Rig-veda) por la nueva religión hinduista. La doctrina vedanta es por tanto el fin de la tradición, tanto en sentido alegórico como en literal (histórico). A la doctrina vedanta también se la conoce como úttara mimamsa (‘superador del mimamsa’), para contraponerla con la antigua doctrina mimamsa (‘interrogantes’), que se ocupaba de las explicaciones para los sacrificios de fuego de los mantras védicos (que se encuentran en la parte Samjita del Rig-veda) y de los textos brahmanas. A partir de la doctrina vedanta, para referirse a la doctrina mimamsa se creó el retrónimo purva mimansa (‘el mimamsa previo [o antiguo]’). El texto principal de la doctrina vedanta es el Vedanta-sutra de Badaraiana, del 200 a. C. Según la tradición posterior, Badaraiana es un nombre de Viasa, uno de los sabios más o menos legendarios a quienes se atribuye el Rig-veda, compuesto mil años antes. El texto está formado por cientos de frases lacónicas y aparentemente inconexas entre sí. Se considera, tradicionalmente, que las tres fuentes de la doctrina vedanta son, en orden de jerarquía, las siguientes: las Upanishads, textos de metafísica de mediados del I milenio a. C., que produjeron un quiebre con la religión del Rig-veda (el texto más antiguo de la India, de mediados del II milenio a. C.); el Vedanta-sutra arriba mencionado, y el Bhagavad-guita, poema compuesto de 700 versos incluido en el inmenso Majábharata (texto épico-religioso del siglo III a. C.). Adicionalmente, se consideran parte de la doctrina vedanta los comentarios tradicionales que los sabios que dan origen a esta interpretación final de la enseñanza védica hiceron: principalmente Shankará, que comentó las 11 Upanishads principales, el Brahma-sutra y el Bhagavad Gita.

Los misteriosos mundos mencionados son: “El primero, Aziluth,  está poblado por emanaciones purísimas [la primera y casi espiritual raza humana]. El segundo,  Beriah , por un orden inferior, siervo del primero [segunda raza]. El tercero,  Jesirah , por los querubines y serafines, los Elohim y B’ni-Elohim [Hijos de los dioses o Elohim, nuestra tercera raza]. El cuarto, Asiah , por los  Klipputh , cuyo jefe es Belial [hechiceros atlantes]“.    Estos mundos son desdoblamiento terrenal de su celeste prototipo; perecederas y temporáneas sombras y reflejos de las perdurables si no  eternas razas que moran en los mundos para nosotros invisibles. De estos cuatro mundos (razas raíces) que nos precedieron, se derivan los elementos de las almas de los hombres de nuestra quinta raza, a saber: “El intelecto, Manas o quinto principio, las pasiones y los apetitos mentales y corporales“. Entre los mundos prototípicos surgió un conflicto llamado “la guerra en el cielo”; y muchos eones más tarde suscitóse nuevamente esta lucha entre los atlantes de Asiah, y los de la tercera raza, B’ni -Elohim o Hijos de Dios. Entonces se recrudecieron el mal y la flaqueza humana, porque en la última subraza de la  tercera raza, según dice el  Zohar: “Los hombres pecaron en su primer padre, de cuya alma emanaron las de todos los hombres; y por el pecado fueron “desterrados” a cuerpos más materiales, a fin de que expiaran la culpa y llegasen a ser excelentes en bondad“. La Doctrina Secreta dice que fue para cumplir el ciclo de necesidad y progreso en la obra de la evolución, del que nadie se exime ni por muerte natural ni por suicidio; pues todos hemos de atravesar el “valle de los abrojos” antes de entrar en las planicies de la divina luz y descanso. Y así los hombres seguirán renaciendo en nuevos cuerpos hasta que sean lo suficientemente puros para pasar a una forma superior de existencia. Esto significa que desde la primera hasta la séptima raza son los mismos representantes del género humano que han descendido de las altas esferas para llevar a cabo una excursión en este planeta. Emanados como espíritus puros, descendemos al mundo para adquirir el conocimiento de la verdad en nosotros inherente, y débilmente revelada por la Doctrina Secreta. La ley cíclica nos llevó hacia la invertida cúspide de la materia, cuyo fondo ya hemos transpuesto. La misma ley de gravedad espiritual nos impelerá lentamente hacia esferas mucho más puras y elevadas que las de partida.

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La previsión, las profecías y los oráculos son ilusorias fantasías para el hombre sordo a las percepciones, que ve imágenes reales en los reflejos y sombras, y confunde pasados sucesos con visiones proféticas de un porvenir que no tiene  asiento en la eternidad. El macrocosmos y el microcosmos repiten la misma serie de sucesos universales e individuales en cada estación, como en cada escenario a donde el karma los conduce para representar sus respectivos dramas. No habría falsos profetas si no los hubiese verdaderos, y así en toda época los hubo de ambos linajes; pero ni unos ni otros vieron nada que antes no sucediera ya, y hubiera sido representado prototípicamente en las altas esferas o en alguna vida precedente, o si concernía tan sólo a un individuo. Pues todo suceso está estampado como indeleble memoria de lo que fue y de lo que ha de ser, que en suma es lo siempre presente en la eternidad. Los “mundos” y las purificaciones, de que tratan el  Zohar  y otros libros cabalísticos, tanto se refieren a nuestro globo y nuestras razas, como a otros globos y razas que lo precedieron en el gran ciclo. En los misterios se representaban alegóricamente estas verdades fundamentales; y el epílogo del drama era la  anastasis, o “existencia continuada”, así como también la “transformación del alma”. Alejandro Wilder indica que las doctrinas eclécticas se reflejan en las  Epístolas de San Pablo, y que se propagaron con más o menos intensidad por las iglesias. De aquí pasajes como el siguiente: “Estabais muertos en el error y el pecado; caminabais según el  eón  de este mundo, según el  archon  que domina el aire. Nosotros no luchamos contra la carne ni contra la sangre, sino contra las dominaciones, contra las potestades, contra los señores de las tinieblas y los maliciosos espíritus de las religiones empíreas”. Pero Pablo fue evidentemente hostil al esfuerzo intentado, según parece en Éfeso, de mezclar el Evangelio con las ideas gnósticas de la escuela hebreo-egipcia. De conformidad con su opinión escribía a Timoteo, su discípulo predilecto: “Conserva incólume la preciosa carga que te he confiado; y repudia las nuevas doctrinas y los antagónicos principios de la falsamente llamada gnosis, la cual profesan algunos y se desvían de la fe”. Pero como la Gnosis es la ciencia del Yo superior, y la fe ciega es cuestión de temperamento y emotividad; y como la doctrina de Pablo era aún más moderna, y sus interpretaciones estaban mucho más  tupidamente veladas que las de los gnósticos para ocultar las verdades internas, algunos ardientes investigadores de la verdad prefirieron las ideas gnósticas.

Por otra parte, en la época de los Apóstoles, muchos maestros de tan profundo saber como cualquier rabino converso profesaban la llamada “falsa Gnosis”. Si el judío Malek, que tomó el nombre de Porfirio al convertirse, combatió la teurgia apoyado en viejas tradiciones, hubo otros instructores, como Plotino, Jámblico y Proclo, que la practicaron. Proclo, llamado “El sucesor” o “Diádoco” y filósofo neoplatónico griego,  que fue uno de los últimos grandes filósofos clásicos, resumió en un sistema completo, la teosofía y teurgia de sus predecesores. Respecto de Amonio Saccas, dice Proclo que “apoyado por Clemente de Alejandría y Atenágoras, y por varones muy doctos de la Sinagoga, la Academia y otros, cumplió  su tarea enseñando una doctrina común a todos”. Así, pues, ni el judaísmo ni el cristianismo refundieron la antigua sabiduría pagana, sino que más bien esta última puso su freno gentil, lenta e insensiblemente, a la nueva fe. Y ésta, además, recibió la intensa influencia del sistema teosófico ecléctico directamente emanado de la Religión de la Sabiduría.  Según Blavatsky, “La Unidad de todo en el Universo implica y justifica nuestra creencia en la existencia de un conocimiento al mismo tiempo científico, filosófico y religioso que demuestra la necesidad y la realidad de la conexión del hombre y de todas las cosas del universo entre sí; el conocimiento de lo cual por consiguiente, se convierte esencialmente en religión, y debe ser llamado en su integridad y universalidad por el nombre distintivo de Religión de la Sabiduría. Del neoplatonismo proviene todo cuanto de grande y noble hay en la teología cristiana. Amonio Saccas, “el enseñado por Dios” y “amante de la verdad”, fundó su escuela con propósito de beneficiar al mundo con la enseñanza de aquellas partes de la Doctrina Secreta cuya revelación permitían entonces sus guardianes. El moderno movimiento de la Sociedad Teosófica tuvo los mismos comienzos. Porque la escuela neoplatónica de Amonio aspiraba a la reconciliación de todas las sectas y pueblos, bajo la común fe de la edad de oro, tratando para ello de disuadir a las gentes de su intransigencia, al menos en materias religiosas, y probando que todas las creencias se derivan más o menos directamente de su primitiva madre común, la Religión de la Sabiduría.

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El sistema teosófico ecléctico no es exclusivo del siglo III de la era cristiana, como han supuesto algunos autores inspirados por Roma; sino que data de época muy anterior, según demuestra Diógenes Laercio, historiador griego de filosofía clásica que, se cree, nació en el siglo III d.C, durante el reinado del emperador romano Alejandro Severo. Éste lo remonta a los comienzos de la dinastía ptolomeica, al tiempo del gran vidente y profeta egipcio Pot-Amun, “el que está consagrado a Amun”, sacerdote del dios Amun, que era el dios de la Sabiduría. Hasta aquel día no había cesado la comunicación entre los adeptos de la India superior y la Bactriana, con los filósofos occidentales.  Bactriana o Bactria es el antiguo nombre griego de una región histórica del Asia Central, localizada entre el Hindu Kush (Parapamisos o Caucasus Indicus para los autores grecolatinos) al sur, y el río Amu Daria (Oxus) al norte. Su capital fue la ciudad de Balh (Bactra o Zaraspa). Hoy ese territorio corresponde a varias naciones, el norte de Afganistán y el sur de Uzbekistán y Tayikistán. La Bactriana limitaba por el este con la región antigua de Gandhara en el Subcontinente Indio, al oeste con Drangiana e Hircania y al norte con la Transoxiana, la Sogdiana y la extensísima Escitia, y al sur confinaba con Aracosia; entre otros territorios, la Bactriana incluía a los de la Guriana, la Bubacena, la Parapamisade y el llamado «país de los marucenos». El idioma clásico de la Bactriana era una lengua indoeuropea de la subfamilia indoirania, el idioma bactriano. Los bactrianos son una de las líneas hereditarias de los modernos tayikos, así como posiblemente de los pastunes. Algunos historiadores creen que el nombre moderno de «tayik» se originó de «Ta-Hia» o «Daxia», nombre chino antiguo para la región (en chino medieval se pronunciaba como «Datguea»); por su parte los antiguos hindúes la denominaban Bahlikā. Estas regiones tienen tierras fecundas en los oasis y un país montañoso rodeado por la depresión del Turán. Desde tiempos remotos la Bactriana fue una etapa importantísima y casi obligada para el tráfico comercial y la comunicación entre el Extremo Oriente, el Subcontinente Indio y la cuenca del Mediterráneo. Fue en la Bactriana donde se considera que el profeta Zoroastro predicó y ganó sus primeros adeptos. El idioma en que el Avesta, libro santo del zoroastrismo está escrito, se llamó «antiguo bactriano» alguna vez, aunque luego pasó al zend.

En el reinado de Ptolomeo II Filadelfo, «el que ama a su hermana, que fue el segundo faraón de la dinastía ptolemaica y gobernó en Egipto de 285 a 246 a.C., los maestros hebreos emulaban a los rabinos del colegio de Babilonia. Los sistemas buddhista, vedantino y mágico se enseñaban al mismo tiempo que las filosofías de Grecia. Aristóbulo de Alejandría, un filósofo peripatético judío que vivió en Alejandría hacia el 150 a. C., decía que la ética de Aristóteles estaba tomada de la ley de Moisés. Y Filón de Alejandría, también llamado Filón el Judío y uno de los filósofos más renombrados del judaísmo helénico, trató de  interpretar el Pentateuco de conformidad con las doctrinas de Pitágoras y de la Academia. Afirma Josefo que Moisés escribió el  Génesis en estilo alegórico, y que los esenios del Carmelo fueron reproducidos en los terapeutas de Egipto, a quienes Eusebio equipara con los cristianos, aunque ya existían mucho antes de la era cristiana. También se enseñaba el cristianismo en Alejandría y a su vez sufrió análoga metamorfosis. Panteno, Atenágoras y Clemente aprendieron la filosofía platónica, y echaron de ver su esencial unidad con los sistemas orientales. Aunque Amonio Sacco fue hijo de padres cristianos, amaba la verdad sobre todo y fue un verdadero filaleteo. Irineo Filaleteo fue un Alquimista inglés de noble origen, durante el siglo XVII. Para algunos investigadores se trataría de Thomas de Vaughan, hermano de Henry de Vaughan, uno de los más importantes poetas religiosos de la Inglaterra de su tiempo, conocido también como alquimista. En cualquier caso, todo ello no es más que pura especulación, pues como dice Fulcanelli, que siente un gran respeto por este notable alquimista, «es un enigma vivo cuya personalidad nunca pudo descubrirse». El seudónimo de Irineo Filaleteo, con el que trató, y consiguió, ocultar su verdadera personalidad, es un apelativo simbólico que viene a significar «amigo pacífico de la verdad» Filaleteo fue considerado como uno de los más importantes alquimistas de su tiempo.

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Amonio Sacco quiso armonizar los diferentes sistemas, porque ya advertía la propensión del cristianismo a levantarse sobre las ruinas de los demás credos. Joham Lorenz Mosheim, (1694-1755), historiador de la Iglesia luterana, dice a este propósito: “Viendo Amonio que no sólo los filósofos griegos, sino también los de las naciones extranjeras, coincidían en los puntos esenciales de sus respectivas doctrinas acometió la empresa de exponer los principios de las diversas sectas, de modo que se evidenciase su común derivación de una misma fuente y que todas se encaminaban al mismo fin“. Según dice además Mosheim, Amonio enseñó que la religión de las gentes iba paralela con la filosofía, y que la corrupción de una contagiaba a la otra con supersticiones y conceptos puramente humanos; debiendo, por tanto, restituirla a su original pureza purgándola de escorias y por la exposición de principios filosóficos como fundamento. Pues el capital pensamiento de Cristo había sido restaurar en su prístina integridad la Sabiduría antigua.  Pero ¿cuál era esta “Sabiduría antigua” que el fundador del cristianismo tuvo en su pensamiento? El sistema que Amonio enseñaba en su escuela de Teosofía ecléctica, estaba constituido por los restos del saber antediluviano que se permitió recoger. Las enseñanzas neoplatónicas están descritas del modo siguiente en la Enciclopedia de Edimburgo: “Amonio adoptó las doctrinas predominantes en Egipto sobre Dios y el Universo, considerados como un gran conjunto; sobre la eternidad del mundo, la naturaleza de las almas, los efectos de la Providencia [Karma] y el gobierno del mundo por los demonios [espíritus]. Estableció asimismo un sistema de disciplina moral que permitía a las gentes vivir con arreglo a las leyes de su respectivo país y los dictados de la naturaleza; pero exigiendo del sabio la exaltación de la mente por medio de ejercicios contemplativos y la mortificación del cuerpo para  que fuesen capaces de gozar la presencia y auxilio de los demonios, [incluso su propio  daimon o séptimo principio] y de ascender después de la muerte hasta el Padre supremo. A fin de conciliar las religiones populares, y particularmente la cristiana, con su nuevo sistema, presentó alegóricamente la historia de los dioses paganos, sosteniendo que eran tan sólo mensajeros celestes a quienes se debía tributar un menor grado de adoración. Reconocía además, que Jesús fue un grande hombre y amigo de Dios, pero decía que su propósito no atendía a la abrogación delculto de los demonios, sino a purificar la antigua religión“.

Nada más puede decirse, a no ser a los iniciados filaleteos “debidamente instruidos y disciplinados”, a quienes Amonio comunicó sus más importantes doctrinas, obligándoles, como antes habían hecho Zoroastro y Pitágoras, con juramento al sigilo con respecto a los Misterios.Se exigía de los neófitos o catecúmenos juramento de no divulgar lo aprendido. El gran Pitágoras diviía sus enseñanzas  en exotéricas y esotéricas. Jesús hizo lo mismo, ya que reservó para sus discípulos los misterios del reino de los cielos, mientras que hablaba a las multitudes en parábolas de doble significado. Sigue diciendo Wilder: “Así halló Amonio la obra preparada. Su profunda intuición espiritual, su vasta erudición, y su amistad con cristianos como Panteno, Clemente y Atenágoras, y con los más doctos filósofos de su tiempo, le invitaban a emprender la tarea que tan cumplidamente llevó a cabo… Los  resultados de su ministerio se advierten aún hoy día en la cristiandad; porque todos los sistemas doctrinales llevan la huella de sus manos. Todas las filosofías antiguas han tenido sus partidarios entre los modernos; y aun el judaísmo, la más antigua de  todas, ha sufrido cambios determinados por las enseñanzas del gran  theodidaktos  alejandrino“. En la escuela neoplatónica de Alejandría, fundada por Amonio, y que se propuso como prototipo de la Sociedad Teosófica, se enseñaba teurgia y magia, como las  habían enseñado Pitágoras y otros antes de él. Pues, según dice Proclo, de las doctrinas de Orfeo, natural de la India y emigrado a Grecia, se derivaron todos los sistemas posteriores. Pitágoras aprendió en los misterios órficos lo que Orfeo enseñaba bajo alegtorías ocultas. Y Platón tuvo perfecto conocimiento de todo ello gracias a los escritos de Orfeo y Pitágoras. Los filaleteos se clasificaban en neófitos e iniciados; y el sistema ecléctico estaba basado en tres principios fundamentales de puro  carácter vedantino, a saber: una Esencia suprema, única y universal; la eternidad e indivisibilidad del humano espíritu; y la teurgia, que es el empleo de los mantrams. Los filaleteos tenían enseñanzas secretas o esotéricas como las demás escuelas místicas. Y, del mismo modo que los iniciados en los misterios, juraban guardar sigilo acerca de los dogmas ocultos, con la única diferencia de que entre los iniciados en los misterios, eran más terribles las penas impuestas al perjuro. Esta prohibición todavía subsistía durante el siglo XIX no sólo en la India, sino entre los cabalistas judíos de Asia. Uno de los motivos de tal sigilo debieron de ser las verdaderamente graves dificultades y fatigas del discipulado, y los peligros propios de la iniciación.

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El candidato moderno, como su predecesor de la antigüedad, ha de vencer o morir; si no pierde el juicio. Pero, según se afirma, ningún peligro hay para el que, sincero y altruísta, está preparado a afrontar las tentaciones, de  antemano:  “Quien plenamente reconocía el poder de su espíritu inmortal y ni por un instante dudaba de su omnipotente protección, no tenía que temer. Pero ¡ay! Del candidato a quien el más leve temor físico, enfermiza criatura material, le hacía perder la fe en su invulnerabilidad. Sentenciado quedaba el que no tenía entera confianza en su fuerza moral, para aceptar la carga de estos terribles secretos“. En las iniciaciones neoplatónicas no había tales peligros. El egoísta y el inepto fracasaban en su propósito, y el fracaso era su castigo. El objetivo era: “La unión de la parte con el Todo”. El Todo era Uno, con innumerables nombres; pues aunque los arios le llamaban Dui, “el brillante Señor de los cielos”; los caldeos y cabalistas,  Iao; los samaritanos,  Iabe; los escandinavos,  Tuisco o Tiu; los bretones, Duw; los griegos,  Zeus; y los romanos, Júpiter.Es el Ser, el  Hacedor único y supremo“, la inagotable fuente de toda emanación, el eterno manantial de la vida, el inextinguible foco de luz eterna del que cada uno de nosotros lleva un rayo en la tierra. Estos misterios, así como las reglas y métodos para producir el éxtasis, habían llegado a los neoplatónicos desde la India por conducto de Pitágoras y posteriormente por el de Apolonio de Tyana. La divina Vidyâ o Gnosis (saber o conocimiento oculto) tenía su brillante foco en Âryavarta, a donde desde el principio de los tiempos habían afluido los ígneos chorros de la Divina Sabiduría, hasta llegar a ser el centro del cual irradiaban por el mundo las “lenguas de fuego”. En los Hechos, de la Biblia, se nos dice: “Al llegar el Día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. Y de repente vino un estruendo del cielo, como si soplara un viento violento, y Llenó toda la casa donde estaban sentados. Entonces aparecieron, repartidas entre ellos, lenguas como de fuego, y se asentaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en distintas lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen“.

Max Müller y otros filólogos del siglo XIX teorizaron que el término arya era usado como una auto-descripción de los proto-indo-europeos, quienes eran, a menudo, referidos en esta época como los “arios primitivos“. Por extensión, la palabra llegó a ser usada en Occidente para los hablantes indo-europeos como un conjunto. Además de Müller, por ejemplo H. Chavée, en 1867, usa el término en este sentido (aryaque), pero esto nunca tuvo un uso frecuente entre lingüistas, precisamente por estar ya reservado para indo-iranio. G. I. Ascoli, en el año 1854, usó el término arioeuropeo, un compuesto “Ario-Europeo” con la misma base lógica que “Indo-Europeo“, el término en uso, que ha sido frecuentemente usado desde el año 1830. Sin embargo, el uso de ario como un sinónimo de indo-europeo llegó a ser extendido en un uso no lingüístico y popular al término del siglo XIX. Existe evidencia de hablantes de indo-ario en Mesopotamia alrededor del año 1500 a.C. en forma de palabras prestadas en el dialecto Mitani de los hurritas, los hablantes de los que se especula, pudiesen haber tenido una clase gobernante indo-aria. Al mismo tiempo, de una forma aproximada, los indo-arios se asocian con la civilización védica, que data del mismo período. Son llamados a veces arios védicos porque se cree que trajeron los Vedas al subcontinente Indio después de que los arios migraran a esa región. En la antigua India, el término ‘Aryavarta‘ significando “morada de los arios“, fue usado para referirse a la parte norte del subcontinente indio. Los hablantes contemporáneos de lenguas indo-arias se extienden en la mayor parte del norte del subcontinente indio. Los hablantes indo-arios existen fuera del subcontinente indio, incluyendo los romaníes, el lenguaje del pueblo romaní, conocidos generalmente como “gitanos“. Además del romaní, el parya es hablado en Tayikistán, jataki en Ucrania, y el domari a través de Oriente Medio.

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El  samâdhi no es más que el sublime éxtasis o estado en que, como dice Porfirio, se nos revelan las cosas divinas y los misterios de la Naturaleza. En varias tradiciones religiosas y místicas del Este de Asia, se denomina samādhi a un estado de conciencia de ‘meditación’, ‘contemplación’ o ‘recogimiento’ en la que el meditante siente que alcanza la unidad con lo divino. El término samādhi proviene del sánscrito sam o samiak: ‘completo’ y ādhi: ‘absorción [mental]’. El objetivo último de la práctica meditativa del yoga, es el logro del samadhi. El samadhi es un objetivo buscado tanto dentro del hinduismo como en el budismo. Al igual que otras prácticas de la tradición religiosa oriental, el samadhi ha atraído la atención de los estudiosos occidentales desde el siglo XIX. Las prácticas empleadas para alcanzar el samadhi ―como la concentración con los ojos abiertos, pestañeando normalmente, en un mándala, o la repetición de un mantra― provocan efectos hipnóticos. La sensación de «unidad cósmica» que percibe el meditador podría ser el resultado de esta hipnosis. Es muy fácil imitar la actitud y la postura de una persona en meditación profunda. No hay manera de comprobar a simple vista ―sin un encefalógrafo― si una persona está realmente meditando, y menos aún si está experimentando el samadhi. Esto es aprovechado por algunas personas para atraer seguidores. Diferentes tradiciones religiosas conciben el samadhi de manera diferente: Para el budismo, el samadhi es el descubrimiento de la propia condición de Buda. También está estrechamente relacionado con la experiencia que en el budismo zen se denomina satori. Para el hinduismo, es la unidad con el Brahman (divinidad impersonal) en un trance místico. Para los visnuistas, es la percepción mental en la que el meditador percibe la forma personal del dios Visnú. Para los krisnaístas, es la participación del meditador en los pasatiempos (lilá) del dios Krisná. Para el jainismo, es la realización individual del espíritu.

El samadhi implica el efluvio del alma divina, que se comunica sin reservas al espíritu humano, que realiza de este modo su unión con la Divinidad, capacitando al que habita en el cuerpo para participar de la vida que no está en el cuerpo. Así se enseñaban con el título de magia, todas las ciencias físicas y metafísicas, naturales o aquellas que, los que ignoran la omnipresencia y la universalidad de la Naturaleza, consideran como sobrenaturales. Blavatsky, en Isis sin Velo, dice: “La magia divina convierte al hombre en Dios; la magia humana crea un nuevo diablo”. En los  Vedas  y las  Leyes de Manu, los documentos más antiguos del mundo, vemos que los brahmanes practicaban y permitían muchos ritos mágicos. En el Tíbet, Japón y China, se enseñaba lo mismo que enseñaron los antiguos caldeos. Los sacerdotes de estos países prueban además lo que enseñan; esto es, que la austeridad física y la pureza moral vigorizan la facultad anímica de la autoiluminación que, al conceder al hombre el dominio de su espíritu inmortal, le da también potestad mágica en verdad, sobre los espíritus elementales. En Occidente hallamos magia tan antigua como en Oriente. Los druidas de la Gran Bretaña la practicaban en las silentes criptas de sus profundas cavernas; y Plinio el Viejo, escritor latino, científico, naturalista y militar romano, dedica más de un capítulo a la “sabiduría” de los caudillos celtas. Los semotis o druidas gálicos enseñaban ciencias físicas y espirituales y exponían los secretos del universo, el armónico movimiento de los cuerpos celestes, la formación de la tierra y, sobre todo, la inmortalidad del alma. En sus sagrados bosques, semejantes a naturales academias edificadas por el invisible Arquitecto, se reunían los iniciados en la silenciosa hora de la media noche, para aprender el pasado y el porvenir del hombre. No necesitaban luz artificial para alumbrar sus templos, porque la casta diosa de la noche enviaba sus plateados rayos sobre las cabezas ceñidas de roble. Y los bardos, personas encargadas de transmitir las historias, las leyendas y poemas de forma oral, además de cantar la historia de sus pueblos en largos poemas recitativos, con sus de blancas vestiduras, sabían conversar con la solitaria reina de la bóveda estrellada. En los gloriosos días del neoplatonismo, ya no existían los bardos, porque su ciclo había pasado, y los últimos druidas habían perecido en las batallas de Bibractis y Alesia con las tropas romanas. Pero la escuela neoplatónica se mantuvo floreciente, poderosa y próspera durante largo tiempo.

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Sin embargo, al adoptar la sabiduría aria en sus doctrinas, fracasó en la práctica de la sabiduría de los  brahmanes. El neoplatonismo mostró muy abiertamente su superioridad moral e intelectual, atendiendo demasiado a las grandezas y pompas de la tierra. Mientras los brahmanes y sus grandes yoguis, expertos en materias de filosofía, metafísica, astronomía, moral y religión, se mantenían apartados del mundo y de los príncipes, de quienes no solicitaban el más pequeño favor, los emperadores romanos Alejandro Severo y Juliano, así como la mayor parte de los aristócratas y cortesanos, profesaron los dogmas de los neoplatónicos, que vivían libremente en el mundo. El sistema prevaleció durante algunos siglos, contando entre sus partidarios a los más conspicuos e instruidos hombres de la época. Hipatia, maestra del obispo Sinesio, fue ornamento de la escuela hasta el fatífico y vergonzoso día en que la asesinaron las turbas cristianas a instigación del obispo Cirilo de Alejandría. Hipatia (355 – 416 d.C.) fue una filósofa y maestra neoplatónica griega, natural de Egipto, que se destacó en los campos de las matemáticas y la astronomía. Fue miembro y cabeza de la Escuela neoplatónica de Alejandría a comienzos del siglo V. Seguidora de Plotino, cultivó los estudios lógicos y las ciencias exactas, llevando una vida ascética. Educó a una selecta escuela de aristócratas cristianos y paganos que ocuparon altos cargos, entre los que sobresalen el obispo Sinesio de Cirene —que mantuvo una importante correspondencia con ella—, Hesiquio de Alejandría y Orestes, prefecto de Egipto en el momento de su muerte. Hija y discípula del astrónomo Teón, Hipatia es la primera mujer matemática de la que se tiene conocimiento razonablemente seguro y detallado. Escribió sobre geometría, álgebra y astronomía, mejoró el diseño de los primitivos astrolabios —instrumentos para determinar las posiciones de las estrellas sobre la bóveda celeste— e inventó un densímetro.

Hipatia murió a una edad avanzada, linchada por una turba de cristianos. La motivación de los asesinos y su vinculación o no con la autoridad eclesiástica ha sido objeto de muchos debates. El asesinato se produjo en el marco de la hostilidad cristiana contra el declinante paganismo y las luchas políticas entre las distintas facciones de la Iglesia, el patriarcado alejandrino y el poder imperial, representado en Egipto por el prefecto Orestes, ex alumno de la filósofa. Sócrates Escolástico, el historiador más cercano a los hechos, afirma que la muerte de Hipatia fue causa de «no poco oprobio» para el patriarca Cirilo y la iglesia de Alejandría. Y fuentes posteriores, tanto paganas como cristianas, le achacan directamente el crimen, por lo que muchos historiadores consideran probada o muy probable la implicación de Cirilo, si bien el debate al respecto sigue abierto. Su carácter singular de mujer entregada al pensamiento y la enseñanza en plena tardoantigüedad, su fidelidad al paganismo en el momento de auge del catolicismo teodosiano como nueva religión del Estado romano, y su muerte a manos de cristianos le han conferido gran fama. La figura de Hipatia se ha convertido en un verdadero mito. Desde la época de la Ilustración se la presenta como a una «mártir de la ciencia» y símbolo del fin del pensamiento clásico ante el avance del Cristianismo. No obstante, en la actualidad se destaca que su asesinato fue un caso excepcional y que, de hecho, la escuela neoplatónica alejandrina, progresivamente cristianizada, floreció hasta pleno siglo VII. Por su parte, los movimientos feministas la han reivindicado como paradigma de mujer liberada, incluso sexualmente, aunque, según la Suda, estuvo casada con otro filósofo —llamado Isidoro— y se mantuvo virgen. También se la ha asociado con la Biblioteca de Alejandría, si bien no hay ninguna referencia que vincule a ambas. Se cree que la Gran Biblioteca ptolemaica desapareció en un momento incierto del siglo III, o quizá del IV, y su sucesora, la Biblioteca del Serapeo, fue expoliada en 391. Según las fuentes, Hipatia enseñaba a sus discípulos en su propia casa.

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La escuela neoplatónica se trasladó por último a Atenas, en donde la mandó cerrar el emperador Justiniano. Wilder observa muy acertadamente que “los modernos comentadores de los textos neoplatónicos raras veces los interpretan correctamente, aunque lo pretendan así”.  Las pocas especulaciones que los neoplatónicos dejaron escritas acerca de los universos sublunar, material y espiritual, no permiten que la posteridad los juzgue rectamente, aunque los primitivos cristianos, los últimos cruzados y los fanáticos de la Edad Media, no hubiesen destruido las tres cuartas partes de lo que quedaba de la Biblioteca de Alejandría y de sus escuelas póstumas. Juan Guillermo Draper (1811-1882), en su obra Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia (1876), afirma  que sólo el cardenal Cisneros “mandó quemar en las plazas públicas de Granada ochenta mil manuscritos árabes, en su mayor parte traducciones de autores clásicos”. En la Biblioteca del Vaticano hay tratados antiguos muy raros y preciosos, con pasajes enteros raspados y tachados, para “interpolar en ellos absurdas salmodias”. Se sabe, además, que unos treinta y seis volúmenes de Porfirio fueron arrojados a las llamas o destruidos por los Padres de la Iglesia. Casi todo lo poco que se conoce de las doctrinas neoplatónicas, se halla en las obras de Plotino y de los mismos Padres de la Iglesia. Dice Alejandro Wilder, en su obra “Neoplatonismo y. Alquimia”: “Lo que Platón respecto de Sócrates y el apóstol San Juan respecto de Jesús, fue Plotino respecto de Amonio. A Plotino, Orígenes y Longino debemos lo que conocemos del sistema filaleteano, cuyos partidarios fueron sin duda instruidos, iniciados y adeptos de las doctrinas internas“.    Esto indica muy bien porqué Orígenes, Padre de la Iglesia, destacado por su erudición y, junto con San Agustín y Santo Tomás, uno de los tres pilares de la teología cristiana,  llama “idiotas” a las gentes que creen en el Paraíso Terrenal y en los mitos de Adán y Eva. Como también es significativo que sean tan pocas las obras que de este Padre de la Iglesia han llegado hasta nosotros. Entre el obligado sigilo, el voto de silencio, y lo que la malicia destruyó por insanos medios, es verdaderamente milagroso que se haya conservado tanto de los principios filaleteos.

febrero 17, 2013 - Posted by | Biblia, Egipto, Grecia, Historia oculta, India

2 comentarios »

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