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Antiguas civilizaciones y enigmas

El imperio romano – La República


Antes se recomienda leer los artículos “El imperio romano – Los Etruscos” y “El imperio romano – Eneas

Es muy probable que con la llegada el trono de Tarquinio el Soberbio las familias nobles de Roma se vieran parcialmente marginadas del poder por los intentos del rey etrusco de restringir las convocatorias del Senado, órgano que era el Imagen 39medio de expresión de la clase aristocrática y contrapeso al poder monárquico. Este hecho, unido a su arbitrariedad no harían más que aumentar el malestar de la población romana, llegando a su cénit según la tradición, cuando el hijo de Tarquinio el Soberbio, Sexto Tarquinio, violó y mancilló el honor de una noble casada llamada Lucrecia, la cual, ante la ofensa recibida, optó por suicidarse. Este acontecimiento fue aprovechado hábilmente por Lucio Junio Bruto para agitar a la población y que forzara la expulsión de la dinastía de los Tarquinios y aprovechando el vació de poder creado establecer un nuevo sistema político: La República. Se cree que esto ocurrió en el año 509 o 505 a. C. Alguna tendencia historiográfica ha llegado a apuntar incluso que el derrocamiento del último rey etrusco no tenía como objetivo acabar con la monarquía sino la ocupación del trono por parte del mismo Lucio Junio Bruto. Inmediatamente se creó un Senado permanente, y se designaron dos magistrados que ejecutarían las decisiones de los primeros, a estos se les llamó pretores y luego cónsules. Los primeros cónsules de la República fueron Bruto y Lucio Tarquinio Colatino, el esposo de la finada Lucrecia. No obstante, la primera medida que tomó Junio Bruto como cónsul de Roma fue presionar a Tarquinio Colatino para que abandonara su cargo político basándose en que era un miembro emparentado con los la familia etrusca de los Tarquinios. Una vez expulsado Colatino, el senado hizo extensiva la expulsión a toda la familia. Paradójicamente Lucio Junio Bruto tenía un grado de parentesco superior con el rey depuesto que el desterrado Colatino.

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Indro Montanelli (Fucecchio, Florencia, 22 de abril de 1909 – Milán, 22 de julio de 2001) fue un periodista, escritor e historiador italiano. Considerado entre los más grandes periodistas y escritores italianos, su talento fue reconocido y premiado también en el exterior (por ejemplo, en Finlandia, Estados Unidos, donde fue reconocido como mejor periodista internacional, y España, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 1996, ex-aequo con Julián Marías). Fue un autorizado cronista de la historia italiana y entrevistó a personajes como Winston Churchill, Charles de Gaulle, Luigi Einaudi y el papa Juan XXIII. Su filosofía periodística nació del aprendizaje que de joven hizo en los Estados Unidos de América: recordó siempre lo que le había dicho el director del diario para el que trabajaba: «hacer que cada artículo pueda ser leído y entendido por cualquiera, incluso por el lechero de Ohio». Sencillo, directo, aunque refinado escritor, fue miembro de honor de L’Accademia della Crusca, por la que peleó desde las páginas de Il Giornale para que recibiera atención y fuera financiada por los lectores, siendo como era uno de los más antiguos e importantes centros de estudio sobre la lengua italiana, consiguiendo que no desapareciera. Escribió, entre sus más de sesenta libros, una Historia de Italia divulgativa, ayudado por Mario Cervi y Roberto Gervaso, Gli incontri (encuentros con personajes famosos) y una muy leída Historia de Roma, en la que he basado gran parte de este artículo.

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Lucio Tarquinio Colatino (en Latín Lucius Tarquinius Collatinus) fue un personaje de la antigua Roma, relevante por haber sido uno de los primeros dos cónsules tras la expulsión de Tarquinio el Soberbio y la fundación de la República romana. Según la tradición romana era hijo de Egerio, que a su turno era hijo de Aruns, hermano de Tarquinio Prisco. Cuando la ciudad de Collatia fue tomada por Tarquinio Prisco, Egerio fue legado para gobernar el lugar y su hijo residía allí también, por consiguiente tenía el apodo de Colatino. Estuvo casado con Lucrecia y fue tal la violencia soportada por esta por parte de su primo, Sexto Tarquinio, que llevó a la expulsión de Tarquinio el Soberbio y a la fundación de la República en el 509 a. C. Bruto trata de convencer a Tarquinio de que se marche, pero este llega con toda su familia para recuperar Roma. Collatino y Lucio Junio Bruto fueron los primeros cónsules, pero fue persuadido por los otros nobles a renunciar a su cargo y a dejar Roma. Se retiró con todas sus posesiones a Lavinio y Publio Valerio Publícola fue electo en su lugar. Aquí vale extenderse un poco sobre Lucrecia, en latín Lucretia, que es un personaje perteneciente a la historia de la antigua Roma, coetánea del último rey romano Lucio Tarquinio el Soberbio (534-510 a. C.). Hija del Ilustre Romano Espurio Lucrecio Tricipitino, contrajo matrimonio con Colatino. Fue víctima de una violación por parte del hijo de Lucio Tarquinio. Este ultraje y el posterior suicidio de Lucrecia, influyeron en la caída de la monarquía y en el establecimiento de la República. Según la narración de Tito Livio, aceptada sin graves reparos por los historiadores posteriores, tenía fama de mujer hacendosa, honesta y hermosa. Se sabe que su belleza y honestidad impresionaron vivamente a Sexto Tarquinio, hijo del Rey Lucio Tarquinio el Soberbio. Éste, para satisfacer los frenéticos deseos que sentía por ella, pidió hospitalidad a Lucrecia cuando su esposo se hallaba ausente. Aprovechando la oscuridad de la noche, se introdujo en la habitación de Lucrecia y la violó, sin que ella se resistiese ni gritara, creyéndole su marido. Esto ha derivado una variante no menos sospechosa que la mencionada como increíble. Al día siguiente Lucrecia llamó a su padre y a su esposo, y les refirió el ultraje recibido. Les pidió venganza contra Sexto Tarquino y se hundió un puñal en el pecho después de pronunciar la frase: «¡Ninguna mujer quedará autorizada con el ejemplo de Lucrecia para sobrevivir a su deshonor!».

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Según Tito Livio: “Sobre las gradas del templo reposa el cuerpo sin vida de la ofendida Lucrecia, mancillada por Sexto, el hijo del rey Lucio Tarquino el Soberbio. Dos mujeres lloran la muerte de la dama mientras que los hombres de la familia -Lucrecio (su padre), Publio Valerio, Collatino (su esposo) y Bruto– rodean el cadáver. Este último empuña en alto el puñal y jura venganza contra el rey, a lo que responde la muchedumbre que levanta los brazos, lo que supone el fin de la monarquía en Roma“. Cierto es que existen muchas versiones sobre el hecho, mas lo importante es cómo contribuyó a la caída de la monarquía en Roma, al ser expulsado de Roma Tarquino el Soberbio junto con su familia por el acto de Sexto Tarquino contra Lucrecia. Su pariente Lucio Junio Bruto fue líder de la revuelta que se organizó contra el rey Lucio Tarquino el Soberbio y después proclamó la República, en el año 509 a. C. A partir de estos hechos, ya no fueron elegidos más reyes. En su lugar fueron elegidos para gobernar los pretores, que más tarde fueron llamados cónsules. Es el camino hacia la República romana. La violación y suicidio de Lucrecia han sido objeto de numerosas representaciones en las artes plásticas, incluyendo entre ellas obras de Tiziano, Rembrandt, Durero, Rafael o Botticelli. En contra de la mentalidad actual, el propósito de dichas obras no era denunciar el delito de violación sino satisfacer la demanda de imágenes eróticas, de desnudo, bajo un argumento histórico. Durante el siglo XIX fue una historia elegida para representar tres importantes cuadros de pintura histórica. Nos referimos a los cuadros: Lucrecia, de José Madrazo, La muerte de Lucrecia, de Eduardo Rosales y El origen de la República romana, de Casto Plasencia. El compositor británico Benjamin Britten estrenó en 1946 la ópera La violación de Lucrecia. Según la moderna referencia del episodio, Lucrecia despertó sobresaltada y reconoció a Sexto; quien temeroso de que su víctima gritase, le dijo “¡Silencio, Lucrecia; Sexto Tarquino Soy, si lanzas un grito, si profieres una palabra, te mato!” y como Lucrecia no pudo responder ya que la punta de una espada colocada sobre su pecho, Sexto Tarquino prosiguió “Escucha: yo te amo. Sé que eres fiel, y que me resistirás, prefiriendo morir antes de rendirte. Mas con todo, óyeme. No es la muerte la mayor amenaza para ti, sino la deshonra pública. Si no accedes a mi pasión y me veo obligado a matarte, mataré en seguida al más joven y bello de tus esclavos, pondré su desnudo cadáver entre tus brazos y proclamaré que habiéndote sorprendido en adulterio, he castigado a ambos con la muerte, vengando así el honor de Colatino, mi deudo y amigo En vano Lucrecia rogó, imploró, se revolvió desesperada, Sexto Tarquino le hizo comprender con evidencia que resistirse era morir y quedar para siempre deshonrada en la memoria de Roma y de su esposo.

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Lucio Junio Bruto (en latín, Lucius Iunius Brutus) nacido en fecha indeterminada y muerto en el 509 a. C. es, según la tradición, el fundador de la República Romana y uno de los más grandes personajes de la historia de la ciudad eterna. De origen patricio e hijo de una hermana de Tarquinio el Soberbio, se desconocen muchos datos de su vida, principalmente por la falta de fuentes históricas solventes, y por tanto algunas informaciones sobre su persona están envueltas en la leyenda. La fuente de información principal de la que disponemos para reconstruir su vida proviene como sucede en la etapa monárquica del historiador Tito Livio. El último rey de Roma, llamado Lucio Tarquinio o Tarquinio el Soberbio, era etrusco y descendiente de Tarquinio Prisco, un rey que había conseguido el trono mediante argucias después de Anco Marcio. Durante el tiempo de los Tarquinios el reino se había extendido hasta alcanzar 800 km² y la ciudad albergaba a unos 35 mil habitantes. Las ciudades latinas reconocían la fuerza del rey romano y le eran serviles. Lucio Junio Bruto había estado conspirando con anterioridad al 509 a. C. con el objetivo de derrotar a los Tarquinios puesto que según el oráculo de Delfos le había vaticinado que sería el próximo rey de la ciudad. Resultado de ello fue una fuerte persecución política contra su persona de la que se salvó incluso de ser asesinado. Se dice que su habilidad para simular a un disminuido psíquico le sirvió para evitar la muerte. Es muy probable que con la llegada el trono de Tarquinio el Soberbio las familias nobles de Roma se vieran parcialmente marginadas del poder por los intentos del rey etrusco de restringir las convocatorias del Senado, órgano que era el medio de expresión de la clase aristocrática y contrapeso al poder monárquico.

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Los primeros momentos de la joven república fueron muy difíciles debido las conspiraciones fomentadas desde el interior de la ciudad y desde el exterior por los Tarquinios y sus seguidores. De acuerdo a Plutarco, en una de las conspiraciones tomaron parte los mismos hijos de Lucio Junio Bruto. Descubierta la trama, el fundador de la República no vaciló en ordenar el ajusticiamiento de sus propios hijos, presenciando in situ la ejecución. Fue en una de las tentativas emprendidas por los seguidores del antiguo rey donde Lucio Junio Bruto encontró la muerte. Fue en el mismo año 509 a. C. Casualidades de la historia, varios siglos después, un miembro de la familia Bruto, Marco Junio Bruto, se vio implicado en la conspiración contra Julio César en los idus de marzo del 44 a. C. La república como sistema político en Roma se instauró en el mismos año de la muerte de su precursor, el 509 a. C., y se prolongó hasta el año 27 a. C. cuando César Augusto inauguró el período imperial. Los romanos creían que sus fundadores, Rómulo y Remo, eran hijos de Marte, el dios de la guerra. Desde sus primeros años de vida, el incipiente estado estuvo casi permanentemente en guerra, con sus vecinos sabinos, con las salvajes tribus de las montañas, y con las ciudades-estado de Etruria por el norte. En la Italia central del siglo VI a. C, la guerra era una forma de vida. Para sobrevivir, un estado no debía únicamente practicar el arte de la guerra, sino que tenía que ser extremadamente bueno en ella. Los romanos, liderados por sus reyes guerreros, contaban con varias ventajas. En su urgencia por aumentar la población, Roma no fue en absoluto escrupulosa acerca del origen de sus ciudadanos. Desertores, esclavos huidos y antiguos bandidos, todos ellos se adaptaron rápidamente a la vida militar, tanto más cuando el servicio militar fue, desde un principio, la clave del éxito social en Roma. Asimismo, desde el comienzo de su existencia, el electorado de Roma se organizó según linajes militares. La leyenda asegura que esto ocurrió bajo Servio Tulio, el quinto rey de Roma. Pero la historia de la Roma primitiva tiene tanto de mito como de realidad. En la democracia romana, los caballeros, aquellos que combatían a caballo, contaban con la mayoría de los votos.

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Los que pudieran permitirse el lujo de poseer una armadura para combatir como infantería pesada formaban el segundo bloque por importancia en las votaciones. En lo más bajo de la escala social se encontraban los capite censi (o «recuento de personas»), aquellos tan pobres que estaban exentos de obligaciones militares, pero que también poseían unos derechos electorales mínimos. Puesto que el ejército romano estaba compuesto por sus propios ciudadanos armados, Roma era extraordinariamente resistente frente a la tiranía. El último rey de Roma, Tarquino el Soberbio, lo descubrió cuando el pueblo romano derrocó la monarquía en el año 509 a. C. Tarquino no pudo emplear el ejército para enfrentarse al pueblo, porque el pueblo era el ejército. El sentimiento de participación en la sociedad hizo que los romanos luchasen ferozmente por defenderla. Los etruscos que respaldaron a Tarquino decidieron que no merecía la pena conquistar Roma y, de este modo, pudo florecer la República. Durante las décadas posteriores, Roma derrotó a los sabinos, a los merodeadores volscos y a la ciudad rival de Veyes. Para hacernos una idea de lo insignificantes que eran los asuntos de Roma, incluso del resto de Italia, en esta época, baste decir que los restos de Veyes se encuentran actualmente en los suburbios del norte de Roma. Veyes (en latín Veii o Veius) fue en la antigüedad una importante ciudad etrusca, situada a unos 16 km de Roma. Se halla en la actual comuna de Formello, en la provincia de Roma. Veyes fue la ciudad más rica de la Liga Etrusca debido a su privilegiada situación en la frontera meridional de Etruria. Siendo la ciudad etrusca más cercana a Roma, estuvo en guerra con los romanos de forma casi continua durante más de 300 años. Finalmente, fue conquistada por el ejército del general romano Marco Furio Camilo en 396 a. C., en el transcurso de la Guerra de Veyes, que duró diez años. A partir de ese momento Veyes pasó a formar parte de la República Romana. Livia, la esposa de Augusto, tuvo una finca en la ciudad de Veyes, según explica Gayo Suetonio Tranquilo, comúnmente conocido como Suetonio, historiador y biógrafo romano durante los reinados de los emperadores Trajano y Adriano, en su obra Vidas de los doce Césares. Veyes fue muy conocida durante la antigüedad por la calidad de sus estatuas. Entre ellas destacan una estatua de Tiberio, que actualmente se encuentra en la Ciudad del Vaticano, y el Apolo de Veyes, actualmente en el Museo Nacional Etrusco. La ciudad fue abandonada durante la época imperial romana, y fue olvidada hasta su redescubrimiento en el siglo XVII por Raphael Fabretti. Los restos de Veyes se encuentran cerca del pequeño pueblo de Isola Farnese.

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En el exterior de las ruinas de la ciudad se han hallado los restos de un templo. También se han encontrado túmulos y diversas tumbas excavados en la roca. La más famosa es la tumba conocida como la Grotta Campana, excavada en 1843. Una tumba de cámara que contiene los más antiguos frescos etruscos conservados. Hay además largos túneles que llevan hasta la ciudad, lo que podría corroborar el relato de Tito Livio sobre la victoria romana en la Guerra de Veyes. Si los ricos y sofisticados estados del Mediterráneo oriental se hubieran molestado en fijarse en Roma, la hubieran considerado sencillamente como otra tribu semibárbara que habitaba una fortaleza de montaña. Pero había una peligrosa diferencia. Los pueblos conquistados por Roma no se convirtieron en sus súbditos, sino en parte de sus ciudadanos. En el transcurso de unas pocas generaciones, los pueblos derrotados se consideraron romanos, y entregaron de buena gana su dinero y sus hombres al estado, a cambio de los beneficios que les reportarían las posteriores conquistas. Para entonces, Roma estaba gobernada por cónsules, unos magistrados electos con muchos de los poderes ejecutivos de los reyes. Los cónsules dirigían los ejércitos romanos en la guerra y presidían las deliberaciones del senado en Roma. Sin embargo, el senado no era el parlamento de Roma, pues no tenía poder ni para redactar ni para aprobar leyes. Aunque la opinión de los principales hombres de Roma tenía un peso considerable, en realidad, las leyes eran propuestas por los magistrados y votadas por el pueblo. La democracia romana entregó el poder a los aristócratas, lo que provocó una agria guerra de clases que enfrentó al pueblo llano (la plebe) contra los aristócratas (los patricios). Durante el conflicto, la plebe llegó a separarse en dos ocasiones del estado romano, y las dos veces acabó regresando al redil gracias a las concesiones que hicieron los patricios. Entre éstos se encontraban las casas nobles que dominarían Roma durante el período republicano y comienzos del Imperio. Horacios, Claudios, Valerianos y Domicios Enobarbos son algunos de los nombres que aparecen una y otra vez en la historia republicana temprana.

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En el año 396 a. C, Roma destruyó la ciudad de Veyes pero, poco después, ella misma fue tomada y saqueada por los galos, que en aquel momento se encontraban en la cúspide de su expansión territorial. Con una resistencia sorprendente, los romanos se recuperaron, reconquistaron la ciudad y rechazaron a los galos hasta el norte de Italia. En tan sólo una generación, Roma se hizo más fuerte que nunca, y estaba preparada para expandirse hacia el sur a lo largo de Italia. En los años en los que Alejandro Magno estaba conquistando el Imperio Persa y trasladando las fronteras de Europa hasta el Indo, los romanos estaban enfrascados en una serie de guerras con unos pueblos agrestes de Italia central llamados samnitas. Los Samnitas fueron una de las antiguas tribus itálicas, que habitaron en el Samnio, región montañosa de Italia central, entre el siglo VII a. C. y el siglo III a. C. La primera mención escrita a los samnitas se remonta al año 354 a. C., en un tratado firmado entre este pueblo y la República Romana.  Aliados en ocasiones con las ciudades griegas del sur de Italia, los samnitas se opusieron tercamente a la dominación romana, y su resistencia no fue vencida por completo hasta varios siglos más tarde. Las ciudades griegas pidieron la ayuda de su tierra de origen, y así, en el año 281 a. C, Roma se enfrentó al enemigo más peligroso que había conocido hasta entonces, Pirro, uno de los sucesores de Alejandro Magno y el mejor general de su época. Pirro (318-272 a. C.), rubio o pelirrojo, apodado águila por sus soldados. Pirro eue basileos (rey) de Epiro de 307 a 302 a. C. y de nuevo entre 297 y 272 a. C. Epiro era una región poblada por diversas tribus griegas. Sus límites eran: al norte con Iliria y Macedonia, al sur con el golfo de Ambracia y Etolia, al este con Tesalia y al oeste con el mar Jónico. Pirro también ostentó la corona de Macedonia brevemente en dos ocasiones, en 287 a. C. y posteriormente de 273 a. C., hasta su muerte, un año después. Es considerado uno de los mejores generales de su época, y uno de los grandes rivales de la República romana durante su expansión. Durante su reinado aumentó el territorio de Epiro a costa de zonas de Macedonia y Tesalia. Se enfrentó a Casandro y Demetrio Poliorcetes en Macedonia, derrotándolos y haciéndose con el reino hasta ser expulsado por sus habitantes, que proclamaron a Lisímaco de Tracia, su aliado, como rey.

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Posteriormente Pirro viajó a Italia en ayuda de los tarentinos, enfrentándose a la República romana, a la que derrotó en dos ocasiones, pero a costa de tales pérdidas, que fue finalmente derrotado en la batalla de Benevento y se vio obligado a retirarse. Durante su estancia en Italia, conquistó la mayor parte de la Sicilia púnica, pero no pudo capturar la ciudad cartaginesa de Lilibea. La incomodidad de los griegos sicilianos le obligó a abandonar la isla. A su regreso a Grecia, se enfrentó con Antígono II Gónatas que reinaba por entonces en Macedonia. Conquistó el reino y emprendió una guerra con Areo I de Esparta, en apoyo de su antiguo rey Cleónimo. Incapaz de conquistar la ciudad, recibió una petición de ayuda de Aristeo de Argos. Durante los combates en el interior de esta ciudad, recibió el impacto de una teja arrojada por una anciana, y fue asesinado mientras se hallaba inconsciente por el golpe.  La introducción de Roma dentro del mundo más amplio de las potencias mediterráneas resultó muy sangrienta. La ciudad fue derrotada en una serie de batallas en el sur de Italia, pese a lo cual continuó luchando con una tenacidad que la haría célebre. Al final, muy afectado por las grandes pérdidas de su ejército, Pirro decidió, igual que habían hecho los etruscos antes que él, que conquistar Roma le iba a resultar demasiado caro, y se retiró, dejando a los romanos como dueños de la península italiana. Sin embargo, como ocurriría tantas veces con la República romana, la victoria no trajo consigo la paz, sino nuevos y mayores desafíos. Los primeros momentos de la joven república fueron muy difíciles debido las conspiraciones fomentadas desde el interior de la ciudad y desde el exterior por los Tarquinios y sus seguidores. De acuerdo a Plutarco, historiador, biógrafo y ensayista griego, en una de las conspiraciones tomaron parte los mismos hijos de Lucio Junio Bruto. Descubierta la trama, el fundador de la República no vaciló en ordenar el ajusticiamiento de sus propios hijos, presenciando in situ la ejecución. Fue en una de las tentativas emprendidas por los seguidores del antiguo rey donde Lucio Junio Bruto encontró la muerte. Fue en el mismo año 509 a. C. Casualidades de la historia, varios siglos después, un miembro de la familia Bruto, Marco Junio Bruto, se vio implicado en la conspiración contra Julio César en los idus de marzo del 44 a. C.

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La República romana (en latín RES PVBLICA POPVLI ROMANI) fue un periodo de la historia de Roma caracterizado por el régimen republicano como forma de gobierno, que se extiende desde el 509 a. C., cuando se puso fin a la Monarquía Romana con la expulsión del último rey, Lucio Tarquinio el Soberbio, hasta el 27 a. C., fecha en que tuvo su inicio el Imperio Romano. La ordenación del Estado y de las magistraturas fue posibilitada por la Ley, esto es, por la publicación de las Doce Tablas de los Decenviros (que explicamos más adelante), que constituyeron a la vez la causa, su consecuencia y el instrumento. Hasta entonces, Roma había vivido prácticamente en un régimen de teocracia, en el cual el rey era también papa. Sólo él tenía, como tal, el derecho de reglamentar las relaciones entre los nombres no según una ley escrita, sino según la voluntad de los dioses, que sólo a él la comunicaban en las ceremonias. Antes, el papa lo hacía todo él solo. Después, con el aumento de la población ciudadana y el incremento y la complejidad de los problemas, tuvo todo un clero para ayudarle. Y fueron precisamente los sacerdotes los primeros abogados de Roma. El pobre diablo que había sufrido una injusticia o que creía ser víctima de ella, iba a ver uno de aquéllos en busca de consejo. Y aquél se lo daba consultando los textos secretísimos, en los que tan solo ellos, los sacerdotes, tenían el derecho de meter la nariz. Nadie sabía, pues, con precisión cuáles eran sus derechos y sus deberes. Se lo decía, en cada caso, el sacerdote. Y los procesos se efectuaban según una liturgia de la que sólo éste sabía los ritos. Dado que el clero, en sus orígenes, fue totalmente aristocrático, o sometido a la aristocracia, es fácil comprender cómo eran los veredictos cuando entraban en liza causas entre patricios y plebeyos. El primer efecto de las Doce Tablas fue el de separar el derecho civil del divino, o sea de desvincular las relaciones entre ciudadanos de la voluble voluntad de los dioses, es decir, de quienes decían representarles. Y desde aquel momento Roma cesó de ser una teocracia. Poco a poco, el monopolio eclesiástico de las leyes comenzó a caerse a pedazos.

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No se conservan textos legales sobre cuáles fueran las competencias del Senado y de las Asambleas pero podemos encontrar suficiente información en los historiadores, especialmente en Polibio. Lo cierto es que la República no tuvo textos constitucionales y funcionaron por costumbre. En esencia hemos de hablar de tres instituciones principales: las Asambleas, el Senado y los magistrados.  Las Asambleas eran tres: la Curiada, la Centuriada y la Tribada. La primera de ellas, la más antigua, provenía de la época de la Monarquía pero era poco operativa y su papel era tan sólo sacral y formal. La Asamblea Centuriada era de estructura oligárquica y constaba de 193 centurias. Las primeras 18 estaba formadas por los llamados equites . A continuación venía la clase de los pedites -con un total de 170 centurias- que, a su vez, estaba dividida en cinco subclases la primera de las cuales la formaban 80 centurias. Por ello, para votar se reunían primero los equites y la primera clase de los pedites y, si su voto era unánime, lo que era habitual, ya no eran llamadas a votar las otras cuatro clases de los pedites. Las centurias eran militares, y eran la base del reclutamiento, pero existían además, para completar las 193, cinco centurias desarmadas: artesanos, músicos, proletarii etc. La función de la Asamblea Centuriada era importante ya que elegía a los cónsules y pretores cuya función explicaré más adelante.  La Asamblea Tribada era la reunión de los ciudadanos romanos por tribus (había 35). Se pertenecía a una tribu con independencia del lugar de residencia. La Asamblea Tribada era el único órgano que podía legislar y estaba presidida por los tribunos de la plebe. El Senado no legisla sino Senatus consulta. Pero, para cuando llegaron los Gracos, se había producido una cierta abdicación de las funciones de la Asamblea Tribada porque el Senado tenía auctoritas por lo cual, en general, lo que decía era admitido sin demasiada discusión por las instituciones restantes. Los Gracos pondrán de manifiesto que la auctoritas sería muy estimable pero no vinculaba legalmente. En cualquier caso hay que aclarar que la misión fundamental del Senado era la política exterior y, de hecho, no legislará hasta la llegada del Imperio. En cualquier caso conviene insistir en que, en palabras de Polibio, ‘el pueblo es soberano cuando se trata de votar las leyes; su máxima atribución es deliberar sobre la paz y la guerra y también sobre las alianzas, tratados de paz y pactos; es el pueblo quien lo ratifica todo o lo contrario’.

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La Asamblea Tribada –es decir, el pueblo romano- decidía en función de los votos de las tribus. Cada tribu tenía un voto con independencia del número de ciudadanos que participaran en la votación. Los cónsules eran elegidos por la Asamblea Centuriada y su cargo era anual. Se elegían dos cónsules y sus atribuciones principales era la dirección de la guerra. También tenían atribuciones civiles, muy importantes al principio -finales del siglo IV antes de Cristo- y que, con el tiempo, fueron perdiendo vigencia.  Apio Claudio el Ciego publicó un calendario de dies fasti, indicando en qué días podían ser discutidas las causas y según qué enjuiciamiento: cosa que hasta los curas decían que eran solos en conocer. Apio Claudio fue dos veces edil curul, y en el año 312 a. C. fue elegido censor con C. Plaucio, sin haber sido previamente cónsul. En su magistratura apoyó a las clases bajas y a la burguesía comercial, permitiendo a ciudadanos ricos, e incluso a los hijos de los libertos (este término utilizado debe ser entendido como hombres libres pertenecientes a la aristocracia de otras ciudades itálicas y no como individuos esclavos que adquieren la libertad), entrar en el Senado. Durante la Segunda Guerra Samnita, promovió la fundación de colonias en el Lacio y la Campania, a fin de que sirviesen de bastiones contra los samnitas y etruscos. Con el diseño de la formación en el senado de un partido del pueblo, que debía estar subordinado a él en sus ambiciosos proyectos, llenó las vacantes en el Senado con un gran número de los nombres de un gran número del pueblo de la parte bajo, incluyendo incluso los hijos de los libertos. Su lista, sin embargo, se dejó de lado el año siguiente, en el que C. Plautius renunció, y Apio continuó en su cargo como único censor. Luego procedió a elaborar las listas de las tribus, e inscribió en ellas a todos los libertos, a quienes distribuyó entre todas las tribus, de modo que su influencia podría predominar en todas. Pero el monumento más duradero de su censura (debido a que sus innovaciones políticas fueron en gran parte anuladas por Q. Fabio Máximo) fueron la carretera a Capua (Vía Apia), que fue iniciada por él, y el acueducto Aqua Appia, el cual completó. Niebuhr conjetura, con cierta probabilidad, de que con el fin de recaudar dinero, debió haber vendido una gran parte de la tierra pública. Consiguió reservar la elaboración de las listas senatoriales para los censores, actividad antes ejercida por los cónsules. Publicó un calendario legal, facultad hasta entonces reservada a los pontífices. Mantuvo su censura de cuatro años.

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Más tarde, Tiberio Coruncanio fundó una auténtica escuela de abogados, que acabaron siendo los técnicos de la ley con exclusión de los sacerdotes. Tiberio Coruncanio, muerto en 241 a. C., fue un político y militar de la República romana que ocupó el consulado en el año 280 a. C. Es conocido por su participación en la guerra contra el rey Pirro de Epiro y por haber sido el primer Pontifex Maximus de origen plebeyo de la República. Es posible que también fuese el primer profesor de Derecho romano. Se cree que Tiberio Coruncanio procedía de una familiar plebeya que podría proceder de Tusculum. Fue elegido cónsul en 280 a. C. junto con Publio Valerio Levino, y dirigió una expedición militar hacia Etruria, contra las ciudades etruscas de los vulsinienses y vulcientes. Por estas victorias fue honrado con un triunfo a principios del año siguiente. Cuando Pirro de Epiro invadió la península itálica y derrotó a las legiones romanas de Levino en la batalla de Heraclea, las legiones de Tiberio Coruncanio fueron llamadas de vuelta a Roma para preparar la defensa del territorio romano. En el año 270 a. C., parece haber sido censor con C. Claudio Canina. En el año 254 a. C. o en el 253 a. C. fue elegido Pontifex Maximus, cargo sacerdotal principal de la República romana. Fue la primera ocasión en que un plebeyo ocupaba dicho cargo.[3] En 246 a. C., fue nombrado dictador por el propósito de la celebración de los comicios, a fin de evitar la necesidad de llamar a los cónsules de Sicilia. Murió en 241 a. C., siendo sustituido como Pontifex Maximus por Lucio Cecilio Metelo. Tiberio Coruncanio fue el primer personaje que ejerció públicamente el derecho (publice professus est), y se dice de él que era elocuente y de grandes conocimientos. Su instrucción pública en Derecho tuvo el efecto de crear una nueva clase de personas sin cargo sacerdotal pero instruidas en el Derecho romano (jurisprudentes). Tras su muerte, la instrucción de estos estudiantes de Derecho se fue volviendo gradualmente más formal, con la introducción de libros de Derecho. Es posible que como primer Pontifex Maximus plebeyo Coruncanio permitiese a miembros del público y a estudiantes de Derecho que estuviesen presentes durante las sesiones, y que les encargase atender a las labores consultivas solicitadas por los ciudadanos. Estas consultas probablemente tenían lugar en la parte exterior del Colegio de Pontífices, de forma que estuviesen accesibles a cualquier interesado. Por ello, se convirtió en el primer profesor conocido de Derecho romano (se desconoce cómo aprendían los estudiantes hasta entonces).

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Las Doce Tablas, que proporcionaron los principios básicos de toda la sucesiva legislación de Roma y del mundo, se convirtieron en materia obligatoria de enseñanza en las escuelas, que tenían que aprenderse de memoria y que contribuyeron a formar el carácter romano, ordenado y severo, legalista y litigioso. Fue en aquel momento cuando los sacerdotes, obligados a ocuparse tan sólo de cuestiones religiosas, trataron de poner un poco de orden en ellas, sin lograrlo completamente. Estaban organizados en colegios, cada uno de los cuales tenía al frente un supremo pontífice, elegido por la Asamblea Centuriada. Para ingresar en ellos no hacía falta ningún aprendizaje particular. Tampoco formaban una casta separada y no tenían ningún poder político. Eran funcionarios del Estado y debían colaborar con el Estado que les pagaba. El más importante de aquellos colegios era el de los nueve augures, que tenían por cometido indagar las intenciones de los dioses acerca de las graves decisiones que el Gobierno se disponía a tomar. El pontífice máximo, vestido con sus sagrados paramentos y precedido por quince flamines (sacerdotes asignados a cada una de las quince deidades oficiales de culto durante la República romana), en los primeros tiempos captaba los auspicios observando el vuelo de los pájaros, como hiciera Rómulo para fundar Roma; y más tarde, examinando las vísceras de los animales que se ofrendaban en sacrificio (ambos sistemas aprendidos de los etruscos). En las crisis más graves se expedía una delegación a Cumas para interrogar a la sibila, que era la sacerdotisa de Apolo. Y en las muy graves, se mandaba a consultar el oráculo de Delfos, cuya fama había llegado a Italia.  El oráculo de Delfos fue un gran recinto sagrado dedicado principalmente al dios Apolo que tenía en el centro su gran templo, al que acudían los griegos para preguntar a los dioses sobre cuestiones inquietantes. Situado en Grecia, en el emplazamiento de lo que fue la antigua ciudad de Delfos, al pie del monte Parnaso, consagrado al propio dios y a las musas, en medio de las montañas de la Fócida, a 700 m sobre el nivel del mar y a 9,5 km de distancia del golfo de Corinto. De las rocas de la montaña brotaban varios manantiales que formaban distintas fuentes. Una de las fuentes más conocidas desde muy antiguo era la fuente de Castalia, rodeada de un bosquecillo de laureles consagrados a Apolo.

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La leyenda y la mitología cuentan que en el monte Parnaso y cerca de esta fuente se reunían algunas divinidades, diosas menores del canto, la poesía, llamadas musas junto con las ninfas de las fuentes, llamadas náyades. En estas reuniones Apolo tocaba la lira y las divinidades cantaban. El oráculo de Delfos influyó en gran manera en la colonización de las costas del sur de Italia y de Sicilia. Llegó a ser el centro religioso del mundo helénico. La Fócida o Focia es una antigua región del centro de Grecia atravesada por el gran macizo del monte Parnaso. En época de la Grecia clásica una parte de esta región, la que está situada al pie de dicho monte, tenía el topónimo de Pyto (o Pito). Este lugar es el conocido como Delfos, es decir, Pyto y Delfos son sinónimos. El puerto de Itea era la puerta al mar más cercana a Delfos. El nombre de Pito fue tomado de la serpiente Pitón que vivía en una cueva de estos parajes y a la que el dios Apolo dio muerte para apoderarse de su sabiduría y ser él quien presidiera el oráculo. La mitología cuenta que después de dar muerte a la serpiente, Apolo guardó sus cenizas en un sarcófago y fundó en su honor unos juegos fúnebres que se llamaron Juegos Píticos. Más tarde corrió la leyenda de que ese sarcófago se hallaba enterrado debajo del ónfalos, piedra cuyo nombre significa “ombligo del mundo“, en el templo de Apolo en Delfos. De este nombre derivó el de Pitia o Pitonisa, nombre que se le fue dando a las mujeres que interpretaban las respuestas, es decir el oráculo. Al templo de Apolo se le llamaba también Pition y al mismo Apolo en Delfos se le llamó “Apolo Pitio“. Hay diversas propuestas acerca del origen del topónimo de Delfos. Una de ellas propone que viene de Delfine, que era el nombre del dragón mitológico que custodiaba el oráculo antes de la llegada de Apolo. También se ha escrito que su origen parte de un mito según el cual Apolo se convirtió en delfín para atraer a un barco cretense, del que quería utilizar a la gente como sacerdotes; los cretenses desembarcaron y fundaron Crisa y se les encargó ser sacerdotes del templo y que adorasen al dios bajo el nombre de “Apolo Delfinio” para rememorar su conversión en delfín. Al templo de Apolo se le llamó igualmente Delfinion.

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Se sabe que la elección de este personaje se hacía sin ninguna distinción de clases. A la candidata sólo se le pedía que su vida y sus costumbres fueran irreprochables. El nombramiento era vitalicio y se comprometía a vivir para siempre en el santuario. Durante los siglos de apogeo del oráculo fue necesario nombrar hasta tres pitonisas para poder atender con holgura las innumerables consultas que se hacían por entonces. Sin embargo en los tiempos de decadencia sólo hubo una, suficiente para los pocos y espaciados oráculos que se requerían. Los consultantes tenían una entrevista con ella unos días antes del oráculo. Este hecho está perfectamente documentado en las noticias que dan los autores de la Antigüedad. El oráculo se celebraba un día al mes, el día 7 que se consideraba como la fecha del nacimiento de Apolo. Los consultantes eran de todo tipo, desde grandes reyes hasta gente pobre. En primer lugar se ofrecía un sacrificio en el altar que había delante del templo. A continuación se pagaban las tasas correspondientes y por último el consultante se presentaba ante la Pitia y hacía sus consultas oralmente, según se cree. Se conoce muy poco sobre el rito que se seguía en el oráculo. Se sabe que la Pitia se sentaba en un trípode que estaba en un espacio llamado aditon, al fondo del templo de Apolo Pitio. Αδυτων significa “fondo del santuario” y τo αδυτoν significa “lugar sagrado de acceso prohibido”. En el oráculo de Dódona se hacían las consultas grabadas en laminillas de plomo de las que se han encontrado bastantes ejemplares en las excavaciones. La Pitia daba respuestas (el verdadero oráculo) que un sacerdote recogía y escribía en forma de verso. Después se le entregaba al consultante. En un primer momento, las sentencias de la pitonisa se hacían en verso, pero a mucha gente le parecía extraño que, siendo Apolo el dios de la música, tuvieran las predicciones tan mala calidad rítmica y melódica. Así que pronto la pitonisa comenzó a predecir en prosa. Uno de los enigmas con el que se enfrentan los estudiosos del tema es el gran número de aciertos que tuvo el oráculo de Delfos. La fe en él era total, incluso si se equivocaba porque en ese caso se decía que el fallo era la interpretación de lo dicho y no el oráculo en sí.

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Durante siglos ha corrido una leyenda en forma de verdad histórica acerca del oráculo y el estado de la Pitonisa. Dicha leyenda se difundió a partir de los autores cristianos de los siglos III y IV, como Orígenes y San Juan Crisóstomo. Eran tiempos en que la época de la Grecia clásica se veía como un acérrimo paganismo al que había que ridiculizar. De esta manera los escritores inventaron algo que a través de los siglos tuvo siempre mucho éxito. Lo describían así: “El trípode de la Pitonisa o Pitia se hallaba sobre una grieta muy profunda de la roca. Por esa grieta emanaban unos gases tóxicos que hacían que la mujer entrara rápidamente en un estado de embriaguez y desesperación con grandes tiritonas, es decir entraba en trance, desgreñada, y arrojando espuma por la boca. Además masticaba hojas de laurel, lo que ayudaba a alcanzar ese estado psicosomático”.  Lo cierto es que no se ha encontrado hasta el momento ninguna descripción sobre el momento del oráculo en los escritores griegos o latinos. Ningún autor pagano ha descrito nunca una escena de consulta, ni siquiera Plutarco en su obra Diálogos píticos. Por otra parte, los estudios recientes arqueológicos y geológicos hechos en la zona del templo de Apolo aseguran que en la roca no existe la fisura profunda de que se habla en la leyenda. Dado que los sacerdotes romanos no tenían deberes sino con el Estado, es natural que fuesen sensibles a las solicitudes que procedían de éste, con promesas de ascenso de grado o de aumento de sueldo. El rito consistía en un donativo o en un sacrificio a los dioses para granjearse su protección o aplacar sus iras. El procedimiento era minucioso y bastaba un pequeño error para tenerlo que repetir, hasta treinta veces. La palabra «religión» tiene, en latín, un significado externo y de procedimiento; y sacrificio quiere decir, literalmente, hacer sagrada una cosa: lo que se ofrendaba a la divinidad. Naturalmente, las ofrendas variaban según las posibilidades del oferente y la importancia de los beneficios a que se aspiraba.

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El padre de familia que, dentro de su casa, hacía de pontífice máximo para impetrar una buena cosecha, sacrificaba en el hogar un pedazo de pan y de queso o un vaso de vino. Si la sequía se prolongaba, llegaba hasta un pollo. Si estaba amenazado por un aluvión, era capaz de degollar el cerdo o una oveja. Pero cuando era el Estado el que sacrificaba para propiciarse el favor divino para alguna empresa nacional, el Foro, donde en general se celebraba la ceremonia, quedaba convertido en un auténtico matadero. Rebaños enteros eran degollados mientras los sacerdotes pronunciaban las fórmulas de estricto rigor. A los dioses, que tenían el paladar delicado, se les reservaban los menudillos y sobre todo el hígado. El resto se lo comía la población reunida en corro. Con lo que aquellas ceremonias se convertían en pantagruélicos banquetes intercalados de plegarias. Una ley del 97 antes de Jesucristo prohibió el sacrificio de víctimas humanas. Señal de que, en caso de excepción, se recurría a ellas, a expensas de los esclavos o de los prisioneros de guerra. Pero hubo también ciudadanos que voluntariamente ofrendaron su propia vida por la salvación de la nación, como aquel Marco Curcio que, para aplacar a los dioses de los Infiernos, en ocasión de un terremoto, se precipitó en una grieta, que en seguida volvió a cerrarse. Según la leyenda, en los primeros tiempos de la República se habría abierto un gran agujero en el Foro, agujero insondable e imposible de rellenar con tierra por los romanos. Finalmente, el oráculo dictaminó que la única forma de rellenar aquel gran agujero era sacrificando lo más valioso de la República. Curcio fue quien comprendió que lo más valioso que tenían los ciudadanos de Roma era la juventud y la fuerza de sus soldados, por lo que decidió sacrificarse a sí mismo. Se arrojó al abismo montado en su caballo, siendo rellenado el agujero, formándose el lago Lacus Curtius. En las orillas del lago surgieron tres árboles de simbología positiva: una higuera, una viña y un olivo. Además, existía la costumbre de lanzar monedas al lago como ofrenda al «genio del agujero», Curcio. Menos truculentas y más gentiles eran las llamadas ceremonias de purificación, sea de una grey, de un ejército que partía a la guerra o de una ciudad entera. Se hacía una procesión alrededor cantando los carmina, himnos llenos de fórmulas mágicas. Muy similar era el procedimiento de los vota, ofrecidos para obtener algún favor de los dioses. Pero, ¿qué dioses?

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El Estado romano no logró jamás poner orden en esta materia, o tal vez no lo quiso. Júpiter era considerado como el más importante de los inquilinos del Olimpo, pero no su rey, como lo fue Zeus en la antigua Grecia. Júpiter (en latín Iuppiter), también llamado Jove (Iovis), es el dios principal de la mitología romana, padre de dioses y de hombres (pater deorum et hominum). Hijo de Saturno y Ops, fue la deidad suprema de la tríada capitolina, integrada además por su hermana y esposa, Juno, y su hija, Minerva. Sus atributos son el águila, el rayo, y el cetro. Su equivalente en la mitología griega es Zeus. El culto a Júpiter, de probable origen sabino, fue introducido en Roma por Numa Pompilio. En el mayor templo romano, construido en su honor en la colina Capitolina, fue venerado como Iuppiter Optimus Maximus (‘Júpiter, el mejor y más grande’), protector de la Ciudad y del Estado romano, de quien emanan la autoridad, las leyes y el orden social. Cicerón le llama numen praestantissimae mentis, «la sobrecogedora presencia de una mente suprema». Durante la República, era la divinidad a la que el cónsul dirigía sus plegarias al iniciar su mandato. En el Imperio, con la introducción del culto imperial, Júpiter dejó de ser la única personificación de la máxima grandeza, aunque varios emperadores le hicieron su dios tutelar, o bien se incorporaron a sí mismos sus atributos. César Augusto decía tener sueños enviados directamente por Júpiter. Calígula se hizo llamar Optimus Maximus, y comunicó, mediante un puente, su palacio, en el monte palatino con el Templo de Júpiter Capitolino. Como ocurre con gran parte de la mitología romana, el mito de Júpiter se ajusta en buena medida al de Zeus, de la mitología griega, con préstamos de la mitología etrusca y con elementos nativos itálicos. Originariamente a Júpiter se le consideró un dios del cielo en relación con el clima y los ciclos agrarios. Después fue protector de la confederación de ciudades latinas, hasta que con el tiempo adoptó atributos acordes al Estado romano, la justicia, el derecho y la autoridad de las leyes, aunque conservó elementos de su anterior concepción, como el de ser portador del rayo.

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Saturno (Cronos),  hijo menor de Coelus y Terra, devoraba a sus propios hijos, cumpliendo así con la condición que su hermano mayor, Titán, le había impuesto para gobernar, de manera que la descendencia de Titán pudiese luego llegar al trono de soberanía sobre el resto de los dioses. Sin embargo, Ops, esposa de Saturno, logró sustraer a Júpiter, Neptuno y Plutón de aquel destino. A Júpiter lo escondió en la isla de Creta, donde la cabra Amaltea lo amamantó. Una vez que hubo crecido, Júpiter hizo guerra contra Titán primero, y después contra su padre, hasta destronarlo. Saturno había devorado a sus hijas, Vesta, Ceres y Juno. Fue necesario, para que las devolviera, un vomitivo preparado por Metis. En seguida Júpiter asignó a Neptuno el reino de los mares, y a Plutón el Inframundo y luego se casó con Juno, su hermana. Júpiter permaneció siempre en la vaguedad como una fuerza impersonal que ora se confundía con el cielo, ora con el sol, con la luna o con el rayo, según los gustos. Y acaso en los primeros tiempos era todo uno con Jano, la diosa de las puertas. Sólo más tarde se diferenciaron. Jano (en latín Janus, Ianus) es, en la mitología romana, un dios que tenía dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil, padre de Fontus. Jano era el dios de las puertas, los comienzos y los finales. Por eso le fue consagrado el primer mes del año (que en español pasó del latín Ianuarius a Janeiro y Janero y de ahí derivó a Enero). Como dios de los comienzos, se lo invocaba públicamente el primer día de enero (Ianuarius), el mes que derivó de su nombre porque inicia el nuevo año. Se lo invocaba también al comenzar una guerra, y mientras ésta durara, las puertas de su templo permanecían siempre abiertas; cuando Roma estaba en paz, las puertas se cerraban. Jano no tiene equivalente en la mitología griega. Al igual que Prometeo, Jano es una suerte de héroe cultural, ya que se le atribuye entre otras cosas la invención del dinero, las leyes y la agricultura. Según los romanos, este dios aseguraba buenos finales. Dentro de los muchos apelativos que recibe el dios, vale la pena destacar dos: Jano Patulsio (patulsius), que era usado para invocar la cara del dios que se ubicaba delante de la puerta por quien deseaba atravesarla (para entrar o salir). Como complemento, la cara que se le opone a ésta del otro lado de la puerta, es invocada como Jano Clusivio (clusivius). Ambos nombres declaran la doble funcionalidad del dios. Jano es citado en la novela de Albert Camus, La caída, donde simboliza la dualidad del personaje entre el pasado y el futuro.

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Las ricas matronas romanas iban en procesión con los pies desnudos al templo de Júpiter Tonante en el Capitolio, para impetrar la lluvia en las temporadas de sequía, en tanto que en tiempos de guerra se abrían los portones del templo de Jano para permitirle unirse al Ejército y guiarlo en el combate. Del mismo rango que ellos eran Marte, que daba nombre a un mes del año (marzo), y que está ligado a Roma por vínculos de familia como padre natural de Rómulo, y Saturno el dios de la siembra, al que la leyenda pintaba como un rey prehistórico. Después venían las diosas. Juno era la de la fertilidad, tanto en el campo como de los árboles, de los animales y de los hombres, y con su nombre bautizó un mes (junio), considerado como el más favorable para los matrimonios. Minerva, importada de Grecia a hombros de Eneas, protegía la prudencia y la sabiduría. Venus se ocupaba de la belleza y del amor. Diana, diosa de la luna, administraba la caza y los bosques, en uno de los cuales, Nemi, se alzaba su majestuoso templo, donde se decía que casó con Virbio, el primer rey de la selva. Luego venía un gran número de dioses menores de aquel ejército celeste. Las historias y el culto de Heracles se difundieron en cada sitio donde se establecieron los griegos; en muchos casos el héroe fue incorporado a otras mitologías o bien se lo identificó con algún personaje mítico anterior. Entre los etruscos, sumamente receptivos ante la mitología helénica, Heracles se convirtió en Hercle, hijo de Tinia y de Uni. A través de esta personificación los latinos desarrollaron la figura de Hércules. En la mitología de Roma, Hércules se identifica por completo con el Heracles griego y solo se le añaden algunos episodios a sus aventuras destinados a relacionarlo con Italia y el Lacio. A Mercurio le atribuían una debilidad para con los mercaderes, los oradores y los ladrones, tres categorías de personas que evidentemente los romanos consideraban de la misma ralea; Belona tenía la especialidad de la guerra. Pero es imposible nombrarles a todos. Se multiplicaron desmesuradamente con el crecimiento de la ciudad y la expansión de sus dominios, pues, cualquiera que fuese el Estado o provincia conquistados, lo primero que hacían los soldados romanos era apoderarse de los dioses locales y llevárselos a la patria, convencidos de que al quedarse sin dioses los derrotados no podrían intentar un desquite.

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Pero, además de éstos había los novensiles, es decir, aquellos que muchos extranjeros, por iniciativa propia cuando se trasladaban a Roma y ponían casa en ella se traían consigo para sentirse menos exiliados y desplazados. Los alojaban en templos construidos con fondos privados. Y los romanos no sólo no negaron jamás a nadie ese derecho, sino que hasta se mostraron extraordinariamente hospitalarios con ellos. El Estado y sus sacerdotes les consideraban en cierto sentido como policías que colaborarían a mantener el orden entre sus fíeles sin reclamar siquiera un estipendio. Y a muchos de ellos les asignaron un puesto en el Olimpo oficial. En 496 antes de Jesucristo fueron incluidos en el «organismo» Démeter y Dionisio, como colegas y colaboradores de Ceres y de Libero. Pocos años después, Castor y Pólux, también recién consagrados, se molestaron en bajar del cielo para ayudar a los romanos a resistir en la batalla del lago Regilo. Hacia 300 a.C., Esculapio fue trasladado por decreto de Epidauro a Roma para enseñar medicina. En la mitología griega Asclepio o Asclepios, Esculapio para los romanos, fue el dios de la Medicina y la curación, venerado en Grecia en varios santuarios. El más importante era el de Epidauro en el Peloponeso donde se desarrolló una verdadera escuela de medicina. Se dice que la familia de Hipócrates descendía de este dios. Sus atributos se representan con serpientes enrolladas en un bastón, piñas, coronas de laurel, una cabra o un perro. El más común es el de la serpiente, animal que, según los antiguos, vivía tanto sobre la tierra como en su interior. Asclepio tenía el don de la curación y conocía muy bien la vegetación y en particular las plantas medicinales. Según nota de Bernard Simonay en su novela “El Templo de Horus“, este dios surge como recuerdo y veneración al sabio egipcio Imhotep, que vivió 2.000 años antes. Según cuenta la mitología, Asclepio era hijo de Apolo y de la mortal Coronis o Corónide. Antes de convertirse en dios fue un héroe de Tesalia, la región más grande de la antigua Grecia, limítrofe con la antigua Macedonia, Epiro y el mar Egeo al este. Existen varias versiones sobre el lugar y las circunstancias de su nacimiento.

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La más conocida es la que ha llegado a través de las narraciones del poeta griego Píndaro (siglo VI a. C.), donde narra los amores de Apolo con Corónide, hija del rey de Tesalia llamado Flegias. La unión de los amantes tuvo lugar en las orillas de la laguna Beobea, cerca de Lacerea, en Grecia. Apolo bajo la forma de un cisne dejó embarazada a Corónide y regresó a Delfos, dejándola bajo la vigilancia de un cuervo blanco o corneja. En este tiempo Corónide tuvo relaciones con el mortal Isquis, hijo de Élato (gobernador de la región del monte Cileno y conquistador de la Fócida, antigua región del centro de Grecia). La corneja voló hasta Apolo y le advirtió de los amoríos de Corónide. Apolo maldijo al animal condenándolo a llevar en adelante el color negro en lugar del blanco y mató a Corónide y antes de que la pira funeraria la incinerase, sacó de su vientre la criatura, que sería el futuro dios Asclepio. En otras versiones se dice que Apolo pidió a su hermana Artemisa la ejecución de esta muerte. Otra versión de los hechos cuenta que el rey Flegias de Tesalia viajó al Peloponeso en compañía de su hija, para comprobar las riquezas que se guardaban en aquella región y planear su robo. Durante el viaje, Apolo sedujo a Corónide, que dio a luz en secreto al pie de una montaña llamada Mirtio, en tierras de Epidauro. Corónide dejó abandonado al niño que fue alimentado por una de las cabras del rebaño del pastor Arestanas y cuidado por su perro. Cuando Arestanas se enteró quedó admirado al ver la aureola que rodeaba al niño y pensando que era cosa de dioses no se atrevió a tocarlo y dejó que el destino se ocupara de su suerte. Apolo confió el pequeño al centauro Quirón en el monte Pelión, lugar donde vivían los centauros y que envuelve el gran golfo de Volos, al sureste de Tesalia. El centauro lo instruyó en las artes de la medicina y de la caza. Intervinieron en su educación Apolo y Atenea. Esta última le entregó dos redomas llenas de sangre de la Gorgona. En una la sangre estaba envenenada y en la otra tenía propiedades para resucitar a los muertos. El joven Asclepio se mostró siempre muy habilidoso y dispuesto y llegó a dominar el arte de la resurrección.  Devolvió la vida a un gran número de personas importantes entre las que se encuentra Hipólito hijo de Teseo (el héroe del Ática cuyas principales hazañas tuvieron lugar en el Peloponeso). Practicó la medicina con gran éxito por lo que le levantaron santuarios en diversos puntos de Grecia. El poder de resucitar a los muertos fue el motivo que indujo al dios Zeus para terminar con la vida de Asclepio.

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El dios Zeus no estaba muy conforme con la resurrección de los mortales, pues temía que se complicase el orden del mundo. Cuando Asclepio resucitó a Hipólito en Trecén (Grecia), Zeus se enfadó muchísimo y mató a Asclepio con un rayo. Hipólito era hijo de Teseo y de una amazona. Teseo se casó después con Fedra, que odiaba a Hipólito y que incitó a su marido a que le diese muerte, dejando así el campo libre a sus futuros hijos que podrían heredar el reino. Pero Asclepio lo resucitó y Artemisa se lo llevó (a Hipólito) al santuario de Aricia en Italia. Apolo por su parte se irritó por la muerte de su hijo y en venganza mató a los cíclopes que habían fabricado el rayo asesino. Asclepio ascendió a los cielos y se convirtió en la constelación de Serpentario u Ofiuco. En la Ilíada ya se citan dos hijos de Asclepio: Podalirio y Macaón, ambos médicos, pretendientes de Helena y que participan en la Guerra de Troya. En leyendas posteriores se habla de su esposa Epíone y de sus hijas Yaso (la curación, con santuario en Oropo), Higía (la salud, sin historia propia, sólo en el séquito de su padre), Panacea (la curación universal gracias a las plantas), Egle (brillo sanador) y Aceso (sanar). Y, poco a poco, esos dioses recién llegados, de huéspedes que eran se convirtieron en dueños de la casa, especialmente los griegos, más afables y cordiales, menos fríos, formulistas y remotos que los dioses romanos. Fue por influjo helénico que poco a poco se formó una jerarquía entre ellos, al frente de la cual se reconoció a Júpiter con los mismos atributos que en Atenas tenía Zeus. Este fue el primer paso hacia las religiones monoteístas, que primero con el estoicismo y luego con el judaísmo triunfaron al fin con el cristianismo. Este proceso, empero, se desarrolló mucho más tarde. Los romanos del período republicano convivieron con una multitud de dioses, de los que Petronio decía que en algunas ciudades eran más numerosos que los habitantes y que Varrón evaluó en cerca de treinta mil. Sus actividades e interferencias hacían difícil la vida a los fieles que no sabían cómo manejarse en sus luchas y rivalidades. Por todas partes se podía tropezar con algún objeto consagrado a uno u otro. Ofendidos, los dioses aparecían en forma de brujas que volaban de noche, comían serpientes, mataban chicos y robaban cadáveres. En Horacio y en Tibulo, en Virgilio y en Lucano se les encuentra a cada paso.

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Estos dioses eran tanto más peligrosos cuanto que, a diferencia de casi todas las otras religiones, la romana no les consideraba confinados en el cielo, por bien que admitiese que también allí los hubiera, sino que pensaba preferentemente que moraban en la Tierra y que eran víctimas de debilidades terrestres, tales como hambre, lujuria, codicia, ambición, envidia, avaricia. Para tener a los hombres al resguardo de sus maldades, se incrementaron los colegios u órdenes religiosas. Entre éstos hubo también una femenina, la de las vestales, que reclutaba a niñas entre los seis y los diez años, que debían servir durante treinta años en absoluta castidad. Fueron las precursoras de nuestras monjas. Vestidas y tocadas de blanco, su función consistía sobre todo en regar la tierra con agua sacada de la fuente consagrada a la ninfa Egeria. Egeria del álamo negro») era, en la mitología romana, una de las Camenas, ninfa del séquito de Venus, habitaba en la fuente o manantial de Porta Capena en Roma; era protectora de las novias como futuras madres así como también de los partos. Se casó con Numa Pompilio, «el piadoso», segundo rey de Roma, y le enseñó asuntos relacionados con ser un rey justo y sabio, inspirándole la legislación religiosa y enseñándole plegarias y conjuros eficaces. Cuando murió Numa Pompilio, Egeria lo transformó en un pozo, situado en el bosque de Ariccia, cuyas aguas gemían al igual que ella al fallecer su esposo, consagrado a Diana, en el Lacio. Por sus lágrimas constantes, ella misma se convirtió en fuente.  Si las vestales eran sorprendidas transgrediendo el voto de virginidad, eran azotadas y enterradas vivas. Los historiadores romanos nos han legado doce casos de esa tortura. Terminado el servicio treintañal, volvían a ser acogidas en sociedad con muchos honores y privilegios y hasta podían casarse. Mas a esa edad difícilmente encontraban marido. La religión era lo que daba a los romanos, que no conocían el domingo y el week-end, los días de fiesta y de descanso. Había un centenar al año, más o menos los que existen ahora. Pero los celebraban con más empeño. Algunas de aquellas «ferias» eran austeras y conmemorativas, como los lémures (nuestros muertos) en mayo, que cada padre de familia celebraba en casa llenándose la boca de alubias blancas que escupía a su alrededor al grito de: «Con estas alubias, yo me redimo y redimo a los míos. ¡Idos, almas de nuestros antepasados!» .

En febrero había las parentalias, o las feralias, y las lupercales, durante las cuales se tiraban muñecos de madera al Tíber para engañar al dios que reclamaba hombres de verdad. Luego había las florales, las liberales, las ambarvalias, las saturnales. También en este campo reinaba una anarquía tal que la primera razón que impulsó a los romanos a redactar un calendario fue la necesidad de hacer una lista de las fiestas. En los primerísimos tiempos se encargaban de ello los sacerdotes, indicando, mes por mes, cuándo tenían que celebrarse y cómo. Se dice que Numa Pompilio ejercitaba la Hidromancia, pues extraía de las aguas las imágenes de los dioses que le enseñaban las cosas del porvenir. La tradición atribuye a Numa Pompilio haber puesto orden en la lista de las fiestas con un calendario fijo, que estuvo en vigor hasta César. Dividía el año en doce meses lunares, pero dejaba a los sacerdotes el derecho de prolongar o acortar el mes a su juicio, con tal que, al final, se alcanzase la suma de trescientos sesenta y seis días. Y ellos abusaron hasta tal punto para favorecer o perjudicar a tal o cual magistrado, que al final de la República el calendario pompiliano se había tornado totalmente opinable y fuente tan sólo de controversias. Durante la jornada se medían las horas a ojo, según la posición del sol en el cielo. El primer reloj de sol, de manufactura griega, lo importaron de Catania en 263 y lo emplazaron en el Foro. Pero dado que Catania está a tres grados al este de Roma, la hora no correspondía; los romanos se encolerizaron y durante un siglo hubo gran confusión porque nadie supo entender aquella diablura. Los días del mes estaban divididos según las calendas (el primero), las nonas (el cinco o el siete) y los idus (el trece y el quince). El año, que se llamaba annus, que también quiere decir «anillo», comenzaba en marzo. Después venían abril, junio, quintil, sextil, setiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero y febrero. Un sustituto de domingo era la nundina, que caía de nueve días en nueve días y era lo que en nuestros pueblos es todavía el día de mercado. Los campesinos abandonaban el campo para ir a vender en el pueblo sus huevos y frutos, pero no era una fiesta propiamente dicha.

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Para divertirse de verdad, los romanos tenían que aguardar las liberales y saturnales, cuando, dice un personaje de Plauto, «cada cual puede comer lo que quiere, ir adonde le parece, y hacer el amor con quien le parece, con tal de que deje en paz a las esposas, las viudas, las chicas y los chicos». En la Roma de aquellos tiempos, todos «vivían peligrosamente». Y los peligros comenzaban el día en que se venía al mundo. Porque si uno nacía hembra o por cualquier razón disminuido, el padre tenía derecho a arrojarlo a la calle y dejarle morir en ella. Y a menudo así lo hacía. El hijo varón y sano, en cambio, era generalmente bien acogido, no sólo porque más tarde, con su trabajo, sería una ayuda para sus progenitores, sino también porque éstos creían que, si no dejaban alguien que cuidase de su tumba y celebrase sobre ésta los debidos sacrificios, sus almas no entrarían en el paraíso. Si todo andaba bien, es decir, si había acertado sexo e integridad física, el recién llegado era oficialmente recibido, a los ocho días de nacer, por la gente, con una solemne ceremonia.  La gente era un grupo de familias que descendían de un antepasado común que les había dado su propio nombre. De hecho, el niño recibía usualmente tres nombres: el individual o «nombre de pila» (como Mario, Antonio, etc.), el de la gente o «nombre» verdadero y propio, y el de su propia familia o «apellido». Esto por lo que respecta a los hombres. Las mujeres, en cambio, llevaban el «nombre» solo, o sea, el de la gente. Y, en efecto, se llamaban Tulia, Cornelia, etc., en tanto que sus hermanos eran, pongamos por caso, Marco Tulio Emilio, Publio Julio Antonio, Cayo Cornelio Graco. Esta extraña costumbre ha generado una serie de confusiones, pues, dado que los antepasados fundadores habían sido, como ya hemos dicho, un centenar en total, otros tantos eran los «nombres» de las gentes, por lo que se repetían continuamente, haciendo obligatorio el añadido de un cuarto o un quinto sobrenombre. Por ejemplo, el Publio Cornelio Escipión que destruyó Cartago añadió en su tarjeta de visita un «Emiliano Africano Menor», para distinguirse del Publio Cornelio Escipión que venció a Aníbal y que añadió en la suya un «Africano Mayor». Eran, como veis, nombres largos, graves e imponentes, que de por sí cargaban un cierto número de deberes en las espaldas del recién nacido. Un Marco Tulio Cornelio no podía permitirse lujos ni abandonarse a los caprichos cuyo derecho se reconoce hoy a un Fofino o a un Pupetto. Y, en efecto, no crecían mimados.

Desde la más tierna edad se les enseñaba que la familia de la cual eran miembros constituía una verdadera y auténtica unidad militar, cuyos poderes estaban todos concentrados en la cabeza, o sea en el paterfamilias. Sólo él podía comprar o vender, pues sólo él era propietario de todo, incluida la dote de la esposa. Si ésta le engañaba o le robaba el vino de las cubas, podía matarla sin proceso. Idénticos derechos tenía sobre los hijos, que también podía vender como esclavos. Todo lo que éstos compraban se convertía automáticamente en propiedad de él. Las hembras se sustraían a esta patria potestad sólo cuando el padre las entregaba en matrimonio a otro hombre cum tnanu, es decir, renunciando explícitamente a todo derecho sobre ellas. Mas en tal caso, acababa dependiendo siempre de un hombre: o del padre, o del marido, o del hijo mayor, si enviudaba, o de un tutor. Esta dura disciplina, que después lentamente fue suavizándose al correr de los siglos, hallaba su límite en la pieta, o sea en los afectos entre cónyuges, y entre éstos y los hijos. Pero éstos no lograban jamás, o casi nunca, mellar la granítica unidad de la familia romana, que incluía también a los nietos, los bisnietos y los esclavos, considerados estos últimos como simples objetos. La madre se llamaba domina, o sea señora, y no estaba confinada en un gineceo, como sucedía a las mujeres griegas. Comía con el marido, pero sentada en el triclinio (una especie de rústico diván), en vez de tendido como estaba aquél. En general, no trabajaba mucho manualmente, porque no había crisis de chicas de servir, con todos los esclavos que eran capturados en el campo de batalla y de los cuales cada familia tenía más de uno. La domina les dirigía y les vigilaba. Después, para distraerse, tejía lana para las ropas del marido y los hijos. De libros, naipes, teatro o circo, nada. Las visitas eran raras y de rígida pragmática. Un ceremonial escrupuloso las hacía complicadas y difíciles. La domus, o sea la casa, era, más que un cuartel, un auténtico fortín. Y allí en la más absoluta obediencia, se formaban los chicos. Se les enseñaba que en el hogar la llama no debe extinguirse nunca porque representa a Vesta, la diosa de la vida. Había que alimentarla añadiendo siempre más leña y echando migajas de pan durante las comidas.

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En las paredes, que eran de adobe o de ladrillos, estaban colgados iconos, en cada uno de los cuales el chico veía un Lar o un Penate, espiritus domésticos que protegían la prosperidad de la casa y de los campos. En la puerta estaba Juno vigilando, con sus dos caras, una mirada adentro y otra, afuera, quién entraba o salía. Y en torno, montando la guardia, estaban los Manes, las almas de los antepasados, que se quedaban en los parajes después de morir. De modo que nadie podía hacer un movimiento sin tropezarse con algún guardián sobrenatural, que también formaba parte de la familia: una familia compuesta no tan sólo por los vivos, sino también por aquellos que les habían precedido y los que les seguirían. Todos juntos, formaban un microcosmos no solamente económico y moral, sino también religioso, del cual el pater era el papa infalible. Hacía los sacrificios sobre el altar de la casa. Y en nombre de los dioses daba las órdenes y repartía los castigos. La religiosidad en la que crecía el chico romano, más que a mejorarle en el sentido que nosotros damos hoy a esta palabra, tendía a disciplinarle. En efecto, no le impelía hacia los nobles ideales de la bondad y la generosidad, sino a la aceptación de las reglas litúrgicas que hacían de toda su vida un rito.  No se le pedía por ejemplo ser desinteresado; se le pedía, es más, se le imponía, respetar ciertas fórmulas y participar en las ceremonias. Sus plegarias iban todas dirigidas a la consecución de fines prácticos e inmediatos. Se dirigía a Abeona para que le enseñase a dar los primeros pasos, a Fabulino para que le ayudase a pronunciar las primeras palabras, a Pomona para que las peras creciesen bien en su huerto, a Saturno para que le auxiliase a sembrar, a Ceres para que le permitiese segar, a Estérculo para que las vacas hiciesen suficiente abono en la cuadra. Todos aquellos dioses y espíritus eran personajes sin preocupaciones morales, pero muy quisquillosos en lo concerniente a las formas.

Evidentemente, no se hacían ilusiones sobre el alma humana. Y no considerándola capaz de un verdadero mejoramiento, la abandonaban a sí misma. Lo que les interesaba no eran las intenciones, sino los actos de sus fieles que querían tener ordenados en las márgenes de las grandes instituciones, familias y Estado, de las cuales constituían los cimientos. Por lo que exigían obediencia al padre, fidelidad al marido, fecundidad, aceptación de la Ley, respeto a la autoridad, valor hasta el sacrificio en la guerra y firmeza frente a la muerte.Todo ello arropado en sacerdotal solemnidad. A esta cuidadosa y puntillosa formación del carácter, seguía, hacia los seis o siete años, la de la mente, o sea la instrucción propiamente dicha. Pero no era dirigida por el Estado, como sucede hoy con las escuelas públicas. Quedaba confiada a la familia, y raramente el padre aun en las casas acomodadas, la delegaba a algún esclavo o liberto. Esta costumbre advino mucho más tarde, cuando Roma fue más grande y más fuerte, pero no más estoica. Hasta las guerras púnicas, era el padre el que enseñaba al hijo eso que hoy se llama cultura y que entonces se llamaba «disciplina» para hacer destacar mejor el carácter de obediencia absoluta. Las materias eran pocas y sencillas; lectura, escritura, gramática, aritmética e historia. Los romanos conocían una especie de tinta sacada del zumo de ciertas raíces. Con ella mojaban una punta metálica con la cual componían las palabras sobre tablillas de madera cepillada, ya que sólo más tarde lograron fabricar papel de lino y pergamino. La suya era lengua de sintaxis severa, pero de pocos vocablos y sin matices, que se prestaba más a la compilación de leyes y de códigos que a las novelas y a la poesía. De ese género los romanos de entonces no sentían necesidad alguna, y quien quería leerlo, tenía que aprender el griego, lengua mucho más rica, matizada y flexible.  En griego, en efecto, está compuesto su primer texto de Historia escrita: el de Quinto Fabio Pictor, nacido el 254 a. C.,  que fue uno de los primeros historiadores de Roma Antigua y es considerado por muchos autores como el primero de los analistas. Miembro de la gens Fabia, fue nieto de Cayo Fabio Píctor, un pintor (pictor en latín). Fue senador y luchó contra los galos en 225 a. C. y contra los cartaginenses durante la Segunda Guerra Púnica. Fue enviado a visitar el oráculo de Delfos para pedir consejo a los dioses después de la derrota romana en la Batalla de Cannas.

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Quinto Fabio Píctor escribía en griego y a menudo es calificado, a veces de forma poco elogiosa, como un analista. Sin embargo, entre los fragmentos que se conservan de su autoría, no existen evidencias de que escribiera una historia según el método de los Anales. Usaba las crónicas tanto de su propia familia como de otras familias importantes de Roma como fuentes para sus escritos, y comenzó sus relatos a partir de la llegada de Eneas al Lacio. Su trabajo finalizó con sus propias notas y recopilaciones de la Segunda Guerra Púnica, de la cual culpó enteramente a Cartago, y especialmente a la familia Barca, de la que procedían Amílcar y Aníbal. Los escritos de Píctor fueron utilizados como fuentes por Polibio, Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso. Su obra había sido traducida al latín en la época de Cicerón. Dató la fundación de Roma en el primer año de la octava olimpiada, año que se correspondería con 747 a. C., según Dionisio de Halicarnaso. Pero es del 202 antes de Jesucristo, o sea de una época mucho más avanzada. Hasta aquel momento la Historia había pasado oralmente de padres a hijos a través de relatos imaginativos que impresionasen la fantasía de los chicos: era la de Eneas, de Amulio y Numitor, de los Horacios y de los Curiacios, de Lucrecia y de Colatino. Estas arbitrarias, pero tonificantes leyendas históricas, estaban reforzadas por la poesía, de entonación sacra y conmemorativa. Estaba condensada en volúmenes que se llamaban Fastos consulares, Libros de los magistrados, Anales máximos, etc., y que celebraban los grandes acontecimientos nacionales; elecciones, victorias, fiestas, milagros. El primero que se salió de esos temas de estrecha pragmática fue un esclavo griego, Livio Andrónico, que, caído prisionero durante el saqueo de Tarento, fue conducido a Roma, donde se puso a contar la Odisea a los amigos de su amo. Éstos se divirtieron con ello. Y dado que eran gente bien situada, le encargaron que sacase de la Odisea un espectáculo para los grandes ludes, o juegos, del año 240 a.C.. Para traducir aquellos versos griegos, Livio los inventó semejantes en latín, de rima tosca e irregular. Y con ellos compuso una tragedia, de la cual él mismo recitó y cantó todos los papeles mientras le quedó un hilo de voz en la garganta.

Los romanos, que no habían visto nunca nada parecido, se divirtieron hasta tal punto que el Gobierno reconoció a los poetas como una categoría de ciudadanía y más adelante les permitió unirse en un «gremio» con sede en el templo de Minerva del Aventino. De momento, los chicos romanos no tuvieron literatura que leer. Tras haber aprendido a deletrear y saber de memoria aquellas leyendas, pasaban a las Matemáticas y a la Geometría. Las primeras consistían en sencillas operaciones de cálculo, hechas con los dedos, de los cuales los números escritos no eran más que imitaciones. I es la representación gráfica de un dedo levantado, V es una mano abierta, X dos manos abiertas y cruzadas. Con estos símbolos, prefijos (IV) y sufijos (VI), (XIII), los romanos contaban. Después, esta aritmética manual dio paso a un sistema decimal, sobre partes y múltiplos de diez, es decir, de los diez dedos.  En cuanto a la Geometría, permaneció arcaica hasta que llegaron los griegos a enseñarla: se reducía al mínimo necesario para las rudimentarias construcciones de la época; De gimnasia, nada. Las «palestras» y los «gimnasios» son de una época muy posterior y de importación griega también. Los padres romanos preferían fortalecer los músculos de sus hijos poniéndoles a trabajar en el predio con la azada y el arado, y después entregándolos al Ejército que, cuando les dejaba vivos, los devolvía, después de muchos años, a prueba de bomba. Por esto tampoco se enseñaba la Medicina. Los romanos consideraban que no eran los virus lo que provocaban las enfermedades, sino los dioses. Y entonces, una de dos: o los dioses querían decir al enfermo con esta señal: «despeja», y en tal caso no había nada que hacer, o solamente querían imponerle un castigo momentáneo, en cuyo caso no había más que esperar. En efecto, para cada dolencia había una oración a tal o cual divinidad. La Virgen de la fiebre, a la que todavía hoy el pueblo romano se dirige, es la versión puesta al día de las diosas Fiebre y Mefitis a las que entonces se encomendaban. En cuanto a las horas de recreo tampoco eran dejadas al capricho de los chicos, pues tenían que estar reglamentadas. Después de muchas horas de azada y alguna de Gramática, los padres senadores cogían a los hijos de la mano y les conducían a la curia, ante el Foro, donde la Asamblea celebraba sus sesiones o senatoconsulti. Y allí, en aquellos bancos, en silencio, los niños romanos desde los siete u ocho años de edad, oían debatir los grandes problemas del Estado, de la Administración, las alianzas, las guerras, y se moldeaban sobre aquel estilo grave y solemne que constituyó su principal característica, y que tan aburridos los hacía.

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Pero el definitivo perfeccionamiento a su formación lo daba el Ejército. Cuanto más rico era un ciudadano, tantos más impuestos tenía que pagar y tantos más años de servicio que cumplir. Para quien quisiera ingresar en una carrera pública, el mínimo eran diez. Y, por lo tanto, solamente los ricos podían emprenderla, porque sólo ellos podían pasar tanto tiempo lejos de la propiedad o de la tienda.  Pero también quien se contentaba con ejercer sus propios derechos políticos, o sea votar, tenía que haber sido soldado. Y, de hecho, era como miembro de la centuria como tomaba parte en la Asamblea Centuriada, el máximo cuerpo legislativo del Estado, dividido en cinco clases. La primera tenía noventa y ocho centurias, de las cuales dieciocho eran de caballería y el resto de infantería pesada, en la que cada uno se alistaba armado a sus propias expensas de dos lanzas, un puñal, una espada, un yelmo de bronce, la coraza y el escudo.  La segunda clase era idéntica a la primera, menos en el escudo. La tercera y la cuarta carecían de todo instrumento de defensa, tales como yelmo, coraza y escudo. Los de la quinta iban armados solamente de palos y piedras.  La unidad fundamental de aquel ejército era la legión, constituida por cuatro mil doscientos infantes, trescientos jinetes y varios grupos auxiliares. El cónsul mandaba dos, esto es, cerca de diez mil hombres. Cada legión tenía su estandarte y era cuestión de honor para cada soldado impedir que cayese en manos del enemigo. De hecho, y cuando veían que la cosa se ponía fea, lo empuñaban los oficiales, quienes se lanzaban hacia delante. La tropa, para defenderlo, le seguía. Y muchas batallas que iban mal, fueron remediadas así, en el último momento. En los primeros tiempos, la legión estaba dividida en falanges, seis sólidas líneas de quinientos hombres cada una. Después, para hacerla más manejable, en grupos de dos centurias. Pero lo que constituía la fuerza de aquel Ejército no era lo orgánico: era la disciplina. El cobarde era azotado hasta morir. Y el general podía decapitar a cualquiera, oficial o soldado, por la menor desobediencia. A los desertores y ladrones se les cortaba la mano derecha. Y el rancho consistía en pan y legumbres. Estaban tan habituados a esta dieta, que los veteranos de César, un año de carestía de trigo, se quejaron de verse obligados a comer carne. Se ingresaba en filas a los dieciséis años, cuando en nuestros tiempos se comienza a pensar en las chicas. Los romanos de dieciséis años, en cambio, tenían que pensar en el regimiento, donde se les acogía y se les acababa de formar. La disciplina era tan dura y el trabajo tan pesado, que todos preferían el combate. Para aquellos muchachos la muerte no era un gran sacrificio. Y por esto la afrontaban con tanto desenfado.

El joven que había sobrevivido a los diez años de vida militar, podía, cuando volvía a casa, emprender la carrera política, que iba por grados y era electiva y sometida a toda suerte de precauciones y controles. Correspondía a la Asamblea Centuriada filtrar las candidaturas a los diversos cargos, que eran todos plurales, esto es, constituidos por varias personas. El primer peldaño era el de «cuestor», especie de ayudante de los magistrados más altos para las finanzas y la justicia. Ayudaba a controlar los gastos del Estado y colaboraba en la investigación de los delitos. No podía permanecer en el cargo más de un año, pero si había cumplido bien con su cometido, podía presentarse nuevamente a la Asamblea Centuriada para ser ascendido. Si no había satisfecho a los electores, quedaba suspendido y durante diez años no podía volverse a presentar para ningún cargo. Si, por el contrario, les tenía contentos, era elegido «edil» (había cuatro), y como tal, siempre por un año, cuidaba de la superintendencia de los edificios, los teatros, los acueductos, las carreteras, las calles y, en suma, de todos los edificios públicos o de público interés, incluidas las casas de mala nota. Si también en esas misiones, que eran prácticamente las de un asesor, cumplía a satisfacción, podía concurrir, siempre con el mismo método electivo y por un año, a uno de los cuatro puestos de «pretor», cargo altísimo, civil y militar. En pasados tiempos habían sido los generales en jefe del Ejército. A la sazón eran más bien presidentes del tribunal o intérpretes de las leyes. Pero cuando estallaba la guerra, volvían a tomar el mando de las grandes unidades, a las órdenes de los «cónsules». Llegados al ápice de esta carrera, que se llamaba cursus honorum, o «carrera de honores», se podía aspirar a uno de los dos puestos de «censor», que era elegido por cinco años. La duración de tal cargo se debía al hecho de que sólo cada cinco años se revisaba el censo de ciudadanos. Era éste el principal cometido del censor, quien, además, debía establecer para el quinquenio, basándose en la «indagación», lo que cada ciudadano tenía que pagar de impuestos y cuántos años tenía obligación de estar bajo las armas.Pero sus misiones no se limitaban solamente a ésta.

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El ciudadano tenía también misiones más delicadas, por lo que el cargo, especialmente cuando lo ejercían ciudadanos de gran fuste como Apio Claudio el Ciego, sobrino segundo del famoso decenviro, y Catón, hacían competencia al consulado. El censor debía indagar secretamente los «precedentes» de todo candidato a cualquier cargo público. Tenía que vigilar el honor de las mujeres, la educación de los hijos, el trato a los esclavos. Lo que le autorizaba a meter la nariz en los asuntos privados de cada cual, rebajar o elevar su rango y hasta a echar del Senado a los miembros que no se hubiesen mostrado dignos. Eran, en fin, los censores quienes compilaban el llamado presupuesta del Estado y autorizaban los gastos. Se trataba, pues, como veis, de poderes amplísimos que requerían de quien los ejercía mucho tino y conciencia. Generalmente, en la época republicana, quien fue investido de ellos se mostró a la altura. En el ápice de la jerarquía, estaban los dos cónsules, es decir, los dos jefes del poder ejecutivo. En teoría, por lo menos uno de ellos tenía que ser plebeyo. En la realidad, los mismos plebeyos prefirieron siempre a un patricio, pues, solamente hombres de elevada educación y de largo aprendizaje les ofrecían la garantía de saber guiar el Estado en medio de problemas cada vez más complejos y difíciles. Además, había la elección, la cual se llevaba a cabo según procedimientos que permitían a la aristocracia cualquier fraude. El día del voto de la Asamblea Centuriada, el magistrado en funciones observaba las estrellas para descubrir qué candidatos eran personas gratas a los dioses. Y dado que el lenguaje de las estrellas pretendía conocerlo sólo él, podía leer lo que quería. La Asamblea, intimidada, aceptaba el veredicto y se aprestaba a limitar su elección solamente entre los concursantes que placían al Senado. Los candidatos aparecían vestidos con una blanca toga, carente de adornos, para mostrar la sencillez de su vida y la austeridad de su moral. Y a menudo levantaba un pico de la toga para exhibir a los electores las heridas que habían tenido en la guerra. Si eran elegidos, permanecían un año, con poderes parejos; ocupaban el cargo el 15 de marzo, y cuando lo dejaban, el Senado solía acogerlos como miembros vitalicios.

Dado que el título de senador seguía siendo, pese a todo, el más ambicionado, era natural que el cónsul tratase de no disgustar nunca a los que podían ser designados como tal. Representaba en cierto sentido el brazo secular de aquella alta asamblea que, desde un punto de vista estrictamente constitucional, no contaba nada. Pero, en la práctica, con varios subterfugios, decidía siempre lo que fuese. Los cónsules eran, ante todo, como los primeros reyes, jefes del poder religioso, cuyos ritos más importantes dirigían. En tiempo de paz presidían las reuniones tanto del Senado como de la Asamblea y, una vez recogidas las decisiones, promulgaban leyes para aplicarlas. En tiempo de guerra, se transformaban en generales y, repartiéndose el mando en partes iguales, conducían el Ejército; mitad uno y mitad otro. Si uno moría o caía prisionero, el otro reasumía en sí todos los poderes; si ambos morían o caían prisioneros, el Senado proclamaba un interregno de cinco días, nombraba un interrex para llevar adelante el asunto y procedía a nuevas elecciones. Estas palabras significan también que el cónsul ejercía, durante un año, los mismos poderes que habían ejercido los antiguos reyes, los no absolutos, de antes de los Tarquino. Los cometidos del cónsul eran naturalmente los más ambicionados, pero también los más difíciles de ejercer. Y requerían, además, de mucha energía y mucha diplomacia, porque exigían continuos escarceos entre el Senado y las Asambleas populares, que lo elegían y a las que había que dar cuenta. Estas asambleas eran, tal como hemos indicado anteriormente,  tres: los comicios curiados, los comicios centuriados y los comicios tributos. Los comicios curiados eran los más antiguos, pues se remontaban a Rómulo, cuando Roma estaba compuesta de patres. Y, en efecto, tan sólo los patricios formaban parte de ellos. En los primeros tiempos de la República tuvieron funciones importantes, como la de elegir a los cónsules. Pero después, poco a poco, tuvieron que ceder casi todos sus poderes a la Asamblea Centuriada, que fue la verdadera Cámara de los diputados de la Roma republicana. Y, lentamente, se transformaron en una especie de Consulta Heráldica, que decidía sobre todo en cuestiones genealógicas, o sea sobre la pertenencia de un ciudadano a tal o cual gens.

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La Asamblea Centuriada era, prácticamente, el pueblo en armas. Formaban parte de ella todos los ciudadanos que habían cumplido el servicio militar. Por lo tanto, quedaban excluidos los extranjeros, los esclavos y a quienes, por demasiado pobres, la ley eximía de la leva y de los impuestos. Roma era avara en la concesión de la ciudadanía. Esta comportaba privilegios, como el derecho de apelación a la Asamblea contra las decisiones de cualquier funcionario. La Asamblea no era permanente. Se reunía a requerimiento de un cónsul o de un tribuno y no podía dictar leyes u ordenanzas por su cuenta. Podía tan sólo votar por mayoría, «» o «no», a las propuestas que el magistrado le formulaba. Su carácter conservador quedaba garantizado por su división en cinco clases. Es necesario tener siempre en cuenta que la primera, compuesta por noventa y ocho centurias entre patricios, équites y millonarios, bastaba para formar la mayoría sobre un total de ciento noventa y tres clasificados. Dado que votaba en primer lugar y que la votación se anunciaba en seguida, a las demás no les quedaba sino inclinar la cabeza. En ese procedimiento había un criterio de justicia. Los romanos entendían que los derechos tenían que ser parejos a los deberes y viceversa. Por lo que, cuanto más rico se era, tantos más impuestos se tenían que pagar y tantos más años se tenía que servir en el Ejército. Pero, en compensación, tanto más se influía políticamente. Pero no hay duda de que el pobre diablo, aunque tuviese la ventaja de pagar pocos impuestos y de servir pocos meses en el cuartel, políticamente no contaba nada y estaba obligado a seguir siempre la voluntad de quien contaba mucho. Fue entonces cuando esos desheredados comenzaron a unirse por su cuenta en los llamados concilios de la plebe, cuya autoridad no era reconocida por la Constitución, pero de los cuales, al correr de los años, se desarrollaron los comicios tributos, que fueron el órgano con el que el proletariado romano llevó a cabo su larga batalla para conquistar una mayor justicia social. Inmediatamente después de la secesión de la plebe en el Monte Sacro, cuando le fue permitido elegir a sus propios magistrados, aparecieron los famosos tribunos, que tenían derecho de veto contra cualquier ley u ordenanza considerada como lesiva a los intereses proletarios.

Y fueron precisamente los comicios tributos los encargados de nombrar a esos magistrados. Después, poco a poco, pidieron y obtuvieron el derecho de nombrar también otros: los cuestores, los ediles de la plebe y, por fin, los tribunos militares que, estaban dotados con potestad consular.  Tampoco esta Asamblea, como la Centuriada, tenía más poder que el de votar «» o «no» a las propuestas del magistrado que la convocaba. Pero el voto se emitía individualmente y el de uno valía lo que el del otro, al margen de las condiciones financieras. Era, por lo tanto, un órgano mucho más democrático. El incremento de sus atribuciones subraya el lento crecimiento, a través de infinitas luchas, del proletariado romano en comparación con las otras clases. Hasta que sus deliberaciones, llamadas plebiscitos, cesaron de ser válidas sólo para la plebe y se hicieron obligatorias para todos los ciudadanos, transformándose así en leyes propiamente dichas. Con aquellas dos Asambleas, la Centuriada y la Curiada, fatalmente destinadas a combatirse entre sí, una más conservadora y la otra en nombre del progreso social, y con magistrados como los tribunos elegidos, apuesta por la plebe para obstaculizar su labor. Por esta razón es comprensible pensar cuán difícil debía de ser el oficio de los dos cónsules. Cada uno de ellos tenía, nominalmente, el imperium, el mando, y lo ostentaba haciéndose preceder, dondequiera que fuese, por doce lictores, cada uno de los cuales portaba un haz de varas con la segur en medio. Daban conjuntamente el nombre al año durante el cual ejercían el cargo, que quedaba registrado en el índice de los fastos consulares. Eran cosas que halagaban las ambiciones de todos. En cuanto al poder efectivo, era otro asunto. Ante todo, para ejercerlo tenían que estar de acuerdo entre ellos, porque cada uno tenía el derecho de veto sobre las decisiones del otro. Y luego había que obtener la aprobación de las dos Asambleas. Pero precisamente esa paralización del poder ejecutivo era lo que permitía al Senado ejercer el suyo. Estaba compuesto de trescientos miembros y los censores cuidaban de llenar los vacíos, que la muerte producía, nombrando para el puesto del fallecido a un ex cónsul o un ex censor que se hubiese distinguido especialmente.

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El censor, o el mismo Senado, podían también expulsar a los miembros que no se hubiesen mostrado dignos del alto honor. Aquella venerable Asamblea se reunía también en la Curia, frente al Foro, a requerimiento del cónsul que la presidía. Y sus decisiones, que se tomaban por mayoría, no tenían nominalmente fuerza de ley: eran tan sólo consejos al magistrado. Mas éste casi nunca se atrevía a presentar a los comicios, únicos que podían concederle poder ejecutivo, una propuesta que no hubiese recibido la aprobación previa del Senado. En la práctica, su parecer era decisivo para todas las grandes cuestiones de Estado: guerra y paz, gobierno de las colonias y de las provincias. Cuando, además, se producía una grave crisis, el Senado recurría a un decreto especial de emergencia, el senatus consultum ultimum, el cual decidía irrevocablemente. Sin embargo, más que la Constitución, que no le reconocía muchos, su poder procedía del prestigio. El mismo tribuno que, dado su origen electoral, no podía ser favorable al Senado, cuando se sentaba con él, como estaba, por derecho, en calidad de silencioso observador, salía, en general, con ideas más conciliadoras que cuando había entrado. Tan verdad es ello que, al correr del tiempo, muchos tribunos se convirtieron en senadores por las actitudes amistosas que habían mantenido durante su cargo hacia lo que hubiera debido ser la trinchera enemiga. En fin, el Senado tenía, en las grandes ocasiones, el arma para resolver las pegas cuando se tiraba de la manta y no se lograba poner de acuerdo entre sí a los magistrados y los ciudadanos. Podía nombrar un dictador por seis meses o por un año, invistiéndole de plenos poderes, excepto el de disponer de los fondos estatales. La proposición la hacía uno de los dos cónsules sin que el otro pudiese oponerse. Y la persona era elegida entre los consulares, esto es, entre los que ya habían ejercido el cargo y que por ende eran ya senadores. Todos los dictadores de la Roma republicana, menos uno, fueron patricios. Todos menos dos, respetaron los límites de tiempo y de poder que les fueron impuestos. Uno de ellos, Cincinato (del que hablaremos más adelante), que, tras sólo diez días de ejercer el cargo supremo, volvió espontáneamente a labrar el campo con los bueyes, ha pasado a la Historia con los colores de la leyenda. El Senado recurrió raramente a ese derecho suyo, o sea que no abusó de él, aun cuando no siempre estuviera a la altura de su gran nombre. De vez en cuando se dejaba tentar por la codicia, especialmente en el disfrute de los países conquistados. De vez en cuando, fue ciego y sordo en defensa de los privilegios de su casta frente a la necesidad de una justicia superior. Los que lo componían no eran superhombres, cometieron errores, a veces vacilaron y se contradijeron.

Pero en conjunto su Asamblea ha representado, en la historia de todos los tiempos y de todos los pueblos, un ejemplo de sensatez política nunca más superado. Procedían todos de familias de estadistas y cada uno de ellos tenía una amplia experiencia sobre el Ejército, la Justicia y la Administración. Eran peores en las victorias cuando se desenfrenaban su orgullo y su codicia, y mejores en las derrotas, cuando la situación requería valor y tenacidad. Cineas, el embajador que Pirro mandó a tratar con ellos, cuando les hubo visto y oído, dijo, admirado, a su soberano: «Apuesto que en Roma no hay un rey. Cada uno de sus trescientos senadores lo es». La República Romana consolidó su poder en el centro de Italia durante el siglo V a. C. y en los siglos IV y III a. C. se impuso como potencia dominante de la península Itálica, sometiendo a los demás pueblos de la región y enfrentándose a las polis griegas del sur. En la segunda mitad del siglo III a. C. proyectó su poder fuera de Italia, lo que la llevó a una serie de enfrentamientos con las otras grandes potencias del Mediterráneo, en los que derrotó a Cartago y Macedonia, anexionándose sus territorios. Como siempre que los pueblos cambian de régimen, también los romanos saludaron a la República con gran entusiasmo, y en ella depositaron de nuevo todas sus esperanzas, incluidas las de la libertad y de la justicia social. Fue convocado un gran comicio centuriado en el que tomaron parte todos los ciudadanos-soldados, que proclamaron definitivamente enterrada la Monarquía. Le atribuyeron la responsabilidad de todos los errores y abusos con que se había mancillado la administración de los negocios públicos en aquellos dos siglos y medio de vida, y, en el puesto del rey nombraron dos cónsules, eligiéndolos en las personas de los dos protagonistas de la revolución, tal como ya hemos indicado: el viudo Colatino y el huérfano Lucio Junio Bruto.  Habiendo declinado el primero, fue sustituido por Publio Valerio, que pasó a la Historia con el apodo de Publícola, que quiere decir «amigo del pueblo». Publio Valerio Publícola (560 a. C. – 503 a. C.) fue cónsul romano en cuatro ocasiones: en el año 509, en 508, en 507 y en 504. Según Tito Livio y Plutarco, su familia, cuyo antepasado Voluso se habían asentado en Roma en la época del rey Tito Tacio, era sabina de origen. Participó activamente en la expulsión del último rey, Lucio Tarquinio el Soberbio, y aunque no fue originalmente escogido como el colega de Lucio Junio Bruto, pronto tomó el lugar de Lucio Tarquinio Colatino como cónsul sustituto.

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Señala Plutarco que, al fallecimiento de Bruto, Publícola quedó como único cónsul y la gente comenzó a temer que estaba destinado a convertirse en autócrata. Para calmar sus temores, suspendió la construcción de su casa en la parte superior de la colina Velia y dio la orden de reducir el número de fasces (haz de lictores), pasando de 24 a 12. Además, presentó dos leyes para proteger las libertades de los ciudadanos. Una de ellas, que cualquiera que tratase de convertirse en rey podría ser muerto por cualquier hombre en cualquier momento; mientras que otra permitía apelar a las personas en nombre de cualquier ciudadano condenado por un magistrado. Fue cónsul tres veces más (en los años 508, 507 y 504). Murió en 503 a. C. y fue enterrado con cargo al erario público. Una posible constatación arqueológica de su trayectoria es la aparición del nombre Poplio Valesio, el equivalente arcaico de Publio Valerio, en la inscripción contenida en el Lapis Satricanus fechada en torno al año 500 a C. Esa amistad con el pueblo, Publícola la demostró sometiendo y haciendo aprobar por el comicio algunas leyes que permanecieron básicas durante todo el período que duró la República. Éstas condenaban a la pena de muerte a quienquiera que intentase adueñarse de un cargo sin la aprobación del pueblo. Permitían al ciudadano condenado a muerte el recurso de apelación a la Asamblea, o sea al comicio centuriado. Y concedían a todos el derecho de matar, aun sin proceso, a quien intentase proclamarse rey. Esta última ley, olvidaba, empero, precisar sobre qué base de elementos se podía atribuir a alguien aquella ambición. Y esto permitió al Senado, en los años que siguieron, librarse de varios enemigos incómodos, señalándoles, precisamente, como aspirantes a rey. Movido por su celo democrático, Publícola introdujo también el uso, por parte del cónsul, cuando entraba en el recinto del comicio centuriado, de hacer bajar, por los lictores que le precedían, las enseñas, aquellos famosos fascios, que después Mussolini volvió a poner de moda y que constituían el símbolo del poder. Para demostrar que ese poder venía del pueblo, que, después de haberlo delegado en el cónsul, continuaba siendo árbitro. Pero pronto la gente comenzó a preguntarse en qué se concretaban, prácticamente, las ventajas del nuevo sistema. Todos los ciudadanos tenían voto, pero en los comicios se seguía practicando aquel derecho por clases, siempre combinadas sobre el esquema serviano, por el cual los millonarios, al tener noventa y ocho centurias, y, por tanto, noventa y ocho votos, se bastaban solos para imponer su propia voluntad a los demás.

En efecto, una de las primeras decisiones que tomaron fue la de revocar las distribuciones de tierras hechas a los pobres por los Tarquino en los países conquistados. Así, hubo muchos pequeños propietarios a los que se confiscaron casa y predio. Y, al no saber cómo salir adelante, volvieron a Roma en busca de trabajo. Pero en Roma no había trabajo porque los cónsules, nombrados solamente por un año, no podían emprender ninguna de aquellas obras públicas que eran la especialidad de los reyes, elegidos de por vida. Además, la República, dominada por el Senado que la había hecho y que estaba constituido por terratenientes de origen sabino y latino, era tacaña, a diferencia de la derrochadora monarquía, dominada por los industriales y mercaderes de origen etrusco y griego. Quería «sanear el presupuesto», como se diría hoy, o sea practicar una política financiera ahorrativa y austera. Y, por otra parte, no tenía ningún interés en multiplicar la categoría de los nuevos ricos, sus adversarios naturales. En suma, la ciudad estaba en crisis y los pobres lugareños que venían en busca de salvación a causa del paro y el hambre del campo, encontraban asimismo hambre y paro. Los talleres estaban cerrados, las casas y caminos, a medio hacer. Los audaces contratistas que habían sido sostenedores de los Tarquíno y empleado a millares de técnicos y a decenas de miles de obreros, estaban proscritos o temían estarlo. Los locales públicos cerraban uno tras otro por falta de clientes, mermados por la escasez de dinero circulante y por el clima puritano que la república trataba de difundir. Los propagandistas del nuevo régimen arengaban continuamente a la muchedumbre para recordarle los delitos que había cometido el rey. Los oyentes miraban en torno y pensaban que entre aquellos «delitos» estaba también el Foro, donde en aquel momento se hablaba, y que había sido construido por los vilipendiados reyes. Otro punto sobre el que los republicanos insistían era el de los daños perpetrados por la última dinastía, que había intentado convertir a Roma en una colonia etrusca. Algo de eso había, pero precisamente, gracias a ellos, Roma tenía ahora su Circo Máximo, su alcantarillado, sus ingenieros, sus artesanos, sus histriones (que eran los actores de la época), y sus gladiadores y púgiles protagonistas de aquellos espectáculos de los que tan golosos eran los romanos y sus murallas, y sus canales, y sus adivinos, y su liturgia para adorar a los dioses: todo, cosas importadas justamente de Etruria.

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El Circo Máximo (en latín Circus Maximus, la pista de carreras mayor) era una antigua pista de carreras, lugar de reunión para espectáculos populares situado en Roma. En la pista cabían hasta 12 carros y los dos lados de la misma se separaban con una mediana elevada llamada la spina. Las estatuas de varios dioses se colocaban en la spina y César Augusto también erigió un obelisco egipcio en ella. En cada extremo de la spina estaba colocado un poste de giro, la meta, en torno al cual los carros hacía peligrosos giros a gran velocidad. Un extremo de la pista se alargaba más que el otro, para permitir que los carros se alinearan al comienzo de la carrera. Allí había verjas de salida o carceres, que escalonaban los carros para que todos ellos recorrieran la misma distancia en la primera vuelta. Se conserva muy poco del Circo, con la excepción de la pista de carreras, hoy cubierta de hierba, y la spina. Algunas de las verjas de salida se conservan, pero la mayoría de los asientos han desaparecido, sin duda por haber sido empleada la piedra para construir otros edificios en la Roma medieval. El obelisco Flaminio fue trasladado en el siglo XVI por el papa Sixto V a la Piazza del Popolo. Las excavaciones del Circo comenzaron el siglo XIX, seguidas de una restauración parcial, pero siguen pendientes algunas excavaciones verdaderamente exhaustivas de su suelo. El Circo Máximo retuvo el honor de ser el primer y mayor circo de Roma, pero no fue el único: otros circos romanos eran el Circo Flaminio, en el que se celebraban los Juegos Plebeyos (Ludi Plebeii), y el Circo de Majencio. Muchos no sabían esta procedencia etrusca, porque no todos habían estado en Etruria. Pero de ello eran más conscientes que los demás los jóvenes intelectuales, que habían estudiado y alcanzado la licenciatura en las universidades etruscas de Tarquina, de Arezzo, de Chiusi, donde sus padres les habían enviado a estudiar, y de las que conservaban un gran recuerdo. No pertenecían, en general, a las familias patricias, cuyos hijos eran educados en casa, cuidando de no hacerles hombres instruidos, sino hombres de carácter. Procedían de familias burguesas y su suerte iba ligada a la de los tráficos, las industrias y las profesiones liberales, que eran precisamente, las más afectadas por el nuevo cariz de las cosas. Por todas estas razones pronto surgió el descontento. Y, desgraciadamente, coincidió con la declaración de guerra, lanzada por el etrusco Porsena a instigación de Tarquino.

No se sabe con certeza cómo se desarrolló. Mas, dada la situación, no es difícil imaginar cuáles debieron ser los argumentos que el depuesto monarca expuso para inducir al lucumón Porsena a prestarle ayuda. Éste debió sin duda hacerle observar que los Tarquino, aunque de sangre etrusca, no se habían mostrado como buenos hijos de Etruria al haberla atormentado continuamente con guerras y expediciones punitivas hasta reducirlas casi por entero bajo su dominación. Pero el Soberbio le respondió probablemente que, en el mismo momento que sus dos predecesores hacían romana a Etruria, hacían también etrusca a Roma, conquistándola desde dentro, a expensas del elemento latino y sabino que al principio la había dominado. La lucha no se desarrolló entre potencias extranjeras, sino entre ciudades rivales, hijas de la misma civilización. Roma no había tratado de destruirlas, sino de reunirlas bajo un mando único para conducirlas al predominio en Italia. Tal vez se había equivocado, tal vez había cargado la mano aquí y allá, mostrándose poco respetuosa hacia sus autonomías municipales. Pero a ninguna los Tarquino habían reservado la suerte a que fueron sometidas por ejemplo Alba Longa y muchos otros burgos y pueblos del Lacio y de la Sabina, destruidos hasta los cimientos. Ninguna ciudad etrusca había sido jamás saqueada. Los mercaderes, los artesanos, los ingenieros, los actores y los púgiles de Tarquinia, de Chiusi, de Volterra, de Arezzo, en cuanto emigraban a Roma no corrían la suerte de los esclavos, sino que alcanzaban una posición preeminente, por lo que toda la economía, la cultura, la industria y el comercio de las ciudades estaban prácticamente en sus manos. Es decir, lo habían estado mientras los Tarquino permanecieron en el trono, protegiéndolos. Ahora, la República significaba la vuelta al poder de aquellos latinos y sabinos zafios, avaros y desconfiados, reaccionarios e instintivamente racistas, que habían alimentado siempre un odio sordo hacia la burguesía etrusca, liberal y progresista. No se podían hacer ilusiones sobre la manera con que sería tratada. Y su desaparición significaba el afianzamiento, en la desembocadura del Tíber, de una potencia extranjera y enemiga, en lugar de la consanguínea y amiga, que mañana podría unirse a los demás enemigos de Etruria y contribuir a su ocaso. A una señal del poderoso lucumón de Chiusi, todas aquellas ciudades se sublevarían contra las escasas guarniciones que las vigilaban, y Roma se encontraría sola y discorde a merced del enemigo.

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No sabemos casi nada de Porsena. Pero por su comportamiento hemos de deducir que, a sus dotes de esforzado general, debían de sumarse las de sagaz hombre político. Se dio cuenta de que los argumentos de Tarquino contenían verdad. Pero antes de comprometerse, quería estar seguro de dos cosas: de que el Lacio y la Sabina estaban verdaderamente dispuestas a ponerse de su parte, y de que en la misma Roma había una «quinta columna» monárquica dispuesta a facilitarle el cometido con una insurrección. Se produjo, en efecto, la insurrección, en la cual participaron también los dos hijos del cónsul Lucio Junio Bruto, olvidadizos del fin que el Soberbio deparó a su abuelo. Inmediatamente después que la revuelta hubo sido enérgicamente reprimida, fueron detenidos y condenados a muerte. Y su abuelo, dícese, quiso asistir personalmente a la decapitación. Pero la guerra anduvo mal. Los moradores de las varias ciudades latinas y sabinas degollaron a las guarniciones romanas y unieron sus fuerzas a las de Porsena que llegaba del norte al frente de un ejército confederado al que toda Etruria había mandado contingentes. Contra esta invasión, Roma, de dar crédito a sus historiadores, hizo milagros. Cayo Mucio Escévola, ante el terrible panorama de una derrota que el continuo asedio de los etruscos hacía temer, decide por cuenta propia infiltrarse en el campamento enemigo y asesinar a su rey. Para evitar ser confundido con un desertor, pone al Senado al tanto de su decisión. Con el consentimiento, pues, de los padres conscriptos, cruza el Tíber y vestido a los usos de Etruria logra ingresar por la noche en la tienda de campaña de Porsena. Pero temiendo que si no se daba prisa podría ser descubierto antes de llevar a cabo sus designios, se abalanza apresuradamente sobre la persona que por su atavío confundió con el rey y lo hiere de muerte. Rodeado al instante por los soldados de la guardia real, que, por orden de Porsena enarbolan antorchas y amenazan con someterlo al fuego si no responde quién es, por dónde llegó y cuántos se hallaban con él. Ante lo cual, Cayo Mucio, castigándose a sí mismo y demostrando absoluta entereza ante sus captores a la vez, introduce su mano derecha -aquella misma diestra que había clavado la espada en la persona errada- en un brasero que tenía a su lado, y a la par que el fuego consume velozmente su carne, entre el terrible sonido y vaho de la combustión, exclama con total impasibilidad: “Poca cosa es el cuerpo, para quien sólo aspira a la gloria“, según Tito Livio, en sus Décadas.

Porsena, admirado por el supremo coraje y valor del joven, decide perdonarle la vida; por lo que Cayo Mucio se muestra agradecido y decide confesarle al rey lo que por la fuerza no hubiese podido arrancarle, es decir, que docenas de jóvenes habían prestado juramento de acabar con el rey o sucumbir en el intento y que ahora mismo, algunos se hallaban rodeando el campamento. Dando crédito a esta invención del romano, y temiendo que se tratase de todos jóvenes tan valerosos como él, decide Porsena retirar sus tropas y poner fin a la guerra. Con todo esto, y por quedar su mano derecha inutilizable, Cayo Mucio se ganó el apodo de Scevola, que en latín significa zurdo. La historia de Escévola ha fascinado a infinidad de personas a lo largo de la historia, entre ellas Jean Jaques Rousseau, quien en el primer libro de sus Confesiones, refiere cómo sus tutores se espantaron cuando mientras él les refería la historia que había leído en una obra de Plutarco, lo vieron avanzar hacia la chimenea. También se dice que, en su época de estudiante de filología clásica, habiendo un profesor declarado que a su juicio no hubo ni podía haber mártires como Escévola, Nietzsche armó una pira con libros y cuadernos junto a algunos de sus compañeros y expuso su mano al fuego durante varios segundos sufriendo heridas que le duraron varios meses, tan sólo para demostrar que su profesor no estaba en lo cierto. Pero Roma perdió la guerra y las mismas leyendas lo comprueban. Su exaltación constituye uno de los primeros ejemplos de «propaganda de guerra». Cuando un país sufre una derrota, inventa o exagera «gloriosos episodios» sobre los que llamar la atención de los contemporáneos y de las futuras generaciones, y distraerla del resultado final. La rendición de Roma fue incondicional. Tuvo que restituir a Porsena todos los territorios etruscos. Los latinos se aprovecharon para atacar a su vez Roma, que logró, empero, salvarse con la batalla del lago Regilo, donde los dióscuros Castor y Pólux, hijos de Júpiter, fueron en su ayuda.  En la mitología griega los Dioscuros (‘hijos de Zeus’) eran dos famosos héroes, hijos gemelos de Leda y hermanos de Helena de Troya y Clitemnestra, llamados Cástor y Pólux o Polideuces. En latín eran conocidos como Gemini, ‘gemelos’ y a veces como Castores. Según el Lexicon de Liddell y Scott, Κάστωρ Kástôr significaba ‘castor’ en griego antiguo y Πολυδεύκης Polydeúkês, ‘muy dulce’.

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A pesar de su nombre, la historia de su paternidad es confusa. La versión más conocida es que Zeus se metamorfoseó en cisne y sedujo así a Leda. Por esto se dice con frecuencia que los hijos de Leda salieron de dos huevos que ésta puso. Sin embargo, otras muchas fuentes afirman que el marido mortal de Leda, el rey Tíndaro de Lacedemonia, fue en realidad el padre de algunos de los hijos, por lo que a menudo eran llamados con el patronímico Tindáridas. La cuestión de qué hijos eran mortales o medio inmortales y cuáles nacieron de un huevo u otro depende de la fuente: a veces se dice que Cástor y Pólux eran ambos mortales, y a veces que inmortales. Lo que sí coincide es que si sólo uno de ellos es considerado inmortal, éste era Pólux. Para complicar aún más la cuestión, la historia de Zeus convertido en cisne se asocia a veces con la diosa Némesis. En esta tradición, era la diosa la que fue seducida y puso el huevo, pero éste fue entonces hallado, o llegó a manos de Leda. Sin embargo, esta historia suele asociarse más con Helena que con Cástor y Pólux. Cástor era famoso por su habilidad para domar caballos y cabalgarlos y Pólux por su destreza en la lucha cuerpo a cuerpo (parecido a lo que ahora se llama boxeo). Cuando Teseo y Pirítoo secuestraron a su hermana Helena y la llevaron a Afidna, los Dioscuros la rescataron y raptaron en venganza a la madre de Teseo, Etra. También acompañaron a Jasón en el barco Argo. Durante el viaje, Pólux mató al rey Ámico en un combate a mano limpia. Cuando Astidamía, reina de Yolco, ofendió a Peleo, los Dioscuros lo ayudaron a devastar su país. Cástor y Pólux raptaron a las hijas de Leucipo, Hilaira y Febe, y se casaron con ellas. Por esto, Idas y Linceo, sobrinos de Leucipo (o pretendientes rivales), mataron a Cástor. Pólux, que había recibido el don de la inmortalidad de Zeus, convenció a su padre para que lo concediera también a Cástor. Así, ambos se alternaban como dioses en el Olimpo y como mortales fallecidos en el Hades. Su fiesta se celebraba el 15 de julio. Aunque en la mitología griega Cástor era mucho más venerado que Pólux, ambos tenían su propio templo en el Foro Romano.

Se los compara con Anfión y Zeto de Tebas, con Rómulo y Remo de Roma, con San Cosme y San Damián de la religión católica y con los Asvins, dioses gemelos del amanecer y el atardecer de la mitología védica. Algunos autores han supuesto un origen común indoeuropeo para el mito de los dioses gemelos. La constelación Géminis representa a estos gemelos, y sus estrellas más brillantes (α y β Geminorum) se llaman Cástor y Pólux en su honor. Hay también fuentes antiguas que los identifica con las estrellas de la mañana y la noche. Otras fuentes designan a los Dioscuros con el rol de patrones de los marineros, y con esa advocación se les dedicó un templo en el puerto de Naucratis, Egipto. De todos modos, al final de tantas desventuras, y tras la batalla del lago Regilo, Roma, que bajo el rey había sido la capital de un pequeño imperio, volvía a encontrarse con lo que hoy sería un distrito, que al norte no llegaba hasta Fregene y al sur se detenía antes de Anzio. Era una gran catástrofe y necesitó un siglo para recobrarse. Pero aquella guerra hizo una víctima aún mayor: Tarquinio el Soberbio. Había hecho ya las maletas para volver a Roma, tomar de nuevo el poder y perpetrar sus venganzas, cuando Porsena le paró y le dijo que no se proponía restaurarle en el trono. Seguramente desconfiaba de aquel intrigante que, una vez vuelto a la cabeza de su pueblo y de su ejército, tal vez olvidaría el favor recibido y comenzaría de nuevo a atormentar a Etruria, que era un país anárquico, donde cada ciudad quería permanecer independiente y no admitía limitaciones a su propia autonomía. Tarquino habría hecho de Roma una ciudad definitivamente etrusca, pero de Etruria una provincia definitivamente romana. Etruria no lo quiso, y le costó caro. La Liga que Porsena había puesto trabajosamente en pie en aquella ocasión, se disolvió antes de que su ejército confederado pudiese restablecer las comunicaciones con las colonias etruscas del Mediodía, que entretanto estaban enfrentadas a los griegos. El lucumón volvió a Chiusi y allí se encerró, mientras los griegos avanzaban por el sur y se perfilaba por el norte otra terrible amenaza: la de los galos, que bajaban de los Alpes e inundaban las colonias etruscas del valle del Po. Mas tampoco frente a ese peligro encontró Etruria su unidad, aquella unidad que Tarquino quería darle con el signo y el nombre de Roma.

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Tarquino siguió intrigando, pero inútilmente. Las victoriosas ciudades del Lacio, con Veyes a la cabeza, colaboraron en impedir su retorno. Preferían tener que vérselas con una Roma republicana, cuyas dificultades internas conocían todos y, por tanto, su incapacidad para intentar un desquite, que, en efecto, tardó un siglo en perfilarse. Las «liberaciones» siempre cuestan caras. Roma pagó la suya, del rey, con el Imperio. Había empleado dos siglos y medio para conquistar la hegemonía sobre la Italia central y la alcanzó bajo la guía de siete soberanos. La República, para permanecer tal, tuvo que renunciar a todo aquel patrimonio. ¿Qué cosa no había funcionado bajo la monarquía, para inducir a los romanos a tal renuncia? No había funcionado la fusión entre las razas y las clases que constituían su pueblo. Los primeros cuatro reyes habían mortificado al elemento etrusco que constituía la burguesía, la riqueza, el progreso, la técnica, la industria y el comercio. Los últimos tres habían mortificado al elemento latino y sabino, que constituían la aristocracia, la agricultura, la tradición y el ejército, y que hallaban su expresión política en el Senado. Y ahora el Senado se vengaba. Se vengaba con la República, que fue exclusivamente obra suya. A partir de entonces todo fue republicano en Roma, incluso y especialmente la Historia, que comenzó a ser narrada para desacreditar cada vez más el período monárquico y los grandiosos éxitos que, bajo éste, Roma había conseguido. Esto no debe ser olvidado al leerse los libros de Historia romana, que concuerdan en hacer coincidir el inicio de la grandeza de Roma con el momento en que fue expulsado el último Tarquino. Mas no era verdad. Roma había sido ya una poderosa capital en tiempos de los reyes, y es en buena parte gracias a su obra que volvería a serlo. Los austeros magistrados que ocuparon sus puestos y ejercieron el poder «en nombre del pueblo», encontraron constituidas ya en ella las premisas de los futuros triunfos: una ciudad bien organizada desde el punto de vista urbanístico y administrativo, una población cosmopolita y llena de recursos, una élite de técnicos de primera calidad, un ejército experimentado, una Iglesia y una lengua codificadas ya, y una diplomacia que había hecho su aprendizaje estableciendo y rompiendo alianzas un poco con todos los vecinos.

Aquella diplomacia fue hábil incluso en el momento de la catástrofe. Se apresuró a estipular dos tratados: uno con Cartago para asegurarse la tranquilidad por la parte del mar, y otro, con la Liga Latina para asegurársela por la parte de tierra. Ambos implicaban las más radicales renuncias. En el mar, Roma abandonaba toda pretensión sobre Córcega, Cerdeña y Sicilia, que además se comprometía a no rebasar con sus naves y donde tan sólo podía abastecerse sin poner los pies en ellas. Pero era una renuncia que le costaba poco, dado que no poseía aún flota digna de este nombre. Más dolorosas eran las de tierra, sancionadas por el cónsul Espurio Casio al término de las hostilidades con Veyes y sus aliados. Roma quedó dueña tan sólo de quinientas millas cuadradas y tuvo que aceptar ser equiparada a las demás ciudades en la Liga Latina. El foedus, o sea el pacto de 493 antes de Jesucristo, comienza con estas enfáticas palabras: “Haya paz entre los romanos y todas las ciudades latinas mientras la posición del cielo y de la tierra siga siendo la misma“. La posición del cielo y de la tierra no había cambiado en nada cuando, menos de un siglo después, la República romana reemprendió el camino de la guerra, a mitad del cual se habían detenido sus antiguos reyes, y no dejó a las ciudades latinas ni los ojos para llorar. Desde entonces las alianzas entre los Estados han continuado estableciéndose con el propósito de que duren hasta que la posición del cielo y de la tierra siga siendo la misma. Y, a distancia de pocos o de muchos años, uno de los contratantes termina infaliblemente como Veyes. Desde aquel año de 508 a.C. en que fue fundada la República, todos los monumentos que los romanos elevaron en todas partes llevaron la sigla SPQR, que quiere decir: Senatus Populus-Que Romanus, o sea «el Senado y el pueblo romano». Ya hemos dicho lo que era el Senado. En cambio, no hemos dicho todavía qué era el pueblo, que no correspondía en absoluto a lo que nosotros entendemos con esta palabra. En aquellos lejanos días de Roma no se incluía toda la ciudadanía, como ocurre hoy, sino tan sólo dos clases sociales: la de los «patricios» y la de los équites o «caballeros». Los patricios eran los que descendían de los patres, o sea de los fundadores de la ciudad. Según Tito Livio, Rómulo había elegido un centenar de cabezas de familia que le ayudasen a construir Roma. Naturalmente, éstos acapararon los mejores predios y se consideraban un poco los dueños de la casa con respecto a los que vinieron después.

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Los primeros reyes no habían tenido ningún problema social que resolver, porque todos los súbditos eran iguales entre sí, y el mismo soberano no era más que uno de ellos, encargado por todos los demás del desempeño de determinadas funciones, sobre todo las religiosas. Con Tarquino Prisco habían comenzado a llegar a Roma un montón de otra gente, especialmente de Etruria. Y con estos nuevos vecinos, los descendientes de los patres mantenían las distancias con mucho recelo, defendiéndose dentro de la fortaleza del Senado, accesible solamente a los miembros de sus familias. Cada una de éstas llevaba el nombre del antepasado que la fundara: Manlio, Julio, Valerio, Emilio, Cornelio, Horacio, Fabio. Fue a partir del momento en que, dentro de los muros de la ciudad, comenzaron a convivir esas dos poblaciones, tanto los descendientes de los antiguos pioneros como los llegados posteriormente, cuando las clases principiaron a diferenciarse. De un lado, los patricios y del otro los plebeyos. No tardaron los patricios en ser desbordados por el número, como siempre sucede en todos los países nuevos. Los patricios romanos resistieron a esa mezcla mucho más tiempo. Y para defender mejor sus prerrogativas, hicieron lo que hacen todas las clases sociales cuando se encuentran en minoría numérica: llamaron a los plebeyos a compartir sus privilegios, comprometiéndoles así a defenderles también a ellos. Bajo el rey Servio Tulio, las clases sociales no eran ya tan sólo dos. Entre los plebeyos se había diferenciado una alta burguesía o clase media, bastante numerosa y sobre todo muy fuerte desde el punto de vista financiero. Cuando el rey organizó los nuevos comicios centuriados, dividiéndolos en cinco clases según los patrimonios y dando a la primera, la de los millonarios, votos suficientes para derrotar a las otras cuatro, los patricios no estuvieron nada contentos, porque se vieron sobrepasados, como potencia política, por gente «sin cuna», que no tenían antepasados, pero que en compensación, poseía más dinero que ellos. Sin embargo, cuando Tarquino el Soberbio fue echado y en su puesto se instauró la República, comprendieron que no podían quedarse solos contra todos los demás y pensaron en tomar por aliados a aquellos ricos que, en el fondo, como todos los burgueses de todos los tiempos, no pedían nada mejor que entrar a formar parte de la aristocracia, es decir, del Senado. Aquellos millonarios se llamaban équites o caballeros. Procedían todos del comercio y de la industria y su gran sueño era convertirse en senadores.

Para lograrlo, no sólo votaban siempre, en los comicios centuriados, de acuerdo con los patricios que tenían las llaves del Senado, sino que no vacilaban en entrar pagando de su bolsillo cuando se les confiaba una oficina o un cargo. Pues los patricios se hacían pagar muy caro la concesión del alto honor. Y cuando se casaban con una hija de caballero, por ejemplo, exigían una dote de reina. Y tampoco el día en que el caballero lograba finalmente convertirse en senador, era acogido como pater, es decir, como patricio, sino como conscriptus, en aquella asamblea que de hecho estaba constituida por «padres y conscriptos», patres et conscripti. El pueblo lo constituían, pues, solamente estos dos órdenes: patricios y caballeros. Todo el resto era plebe, y no contaba. En ésta se incluía un poco de todo: artesanos, pequeños comerciantes, empleados y libertos. Y, naturalmente, no estaban contentos de su condición. De hecho, el primer siglo de la nueva historia de Roma estuvo enteramente ocupado en las luchas sociales entre los que querían ampliar el concepto de pueblo y los que querían mantenerlo restringido a las dos aristocracias: la de la sangre y la de los adinerados. Esa lucha comenzó en 494 antes de Jesucristo, es decir, catorce años después de la proclamación de la República, cuando Roma, atacada por todas partes, había perdido todo lo conquistado bajo el rey y, reducida casi a cabeza de partido, tuvo que conformarse con ser miembro de la Liga Latina en pie de igualdad con todas las demás ciudades. Al final de aquella ruinosa guerra, la plebe, que había proporcionado la mano de obra para llevarla a cabo, se encontró en condiciones desesperadas. Muchos habían perdido los campos, que quedaron en territorios ocupados por el enemigo. Y todos, para mantener a la familia mientras estaban en filas, se habían cargado de deudas. Quien no las pagaba, se convertía automáticamente en esclavo del acreedor, el cual podía encarcelarlo en su bodega, matarlo o venderlo. Si los acreedores eran varios, estaban autorizados también a repartirse el cuerpo del desdichado tras haberle degollado. Y aun cuando, al parecer, no se llegó jamás a este extremo, la condición del deudor seguía siendo igualmente incómoda. ¿Qué podían hacer aquellos plebeyos para reclamar un poco de justicia? En los comicios centuriados no tenían voz, porque pertenecían a las últimas clases: las que tenían demasiado pocas centurias, y por ende pocos votos, para imponer su voluntad. Comenzaron a agitarse por calles y plazas, pidiendo por boca de los más desenvueltos la anulación de las deudas, un nuevo reparto de tierras que les permitiese remplazar el predio perdido y el derecho de elegir magistrados propios.

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Los «órdenes» (el pueblo) y el Senado prestaron oídos sordos a estas demandas. Y entonces, la plebe, o por lo menos amplias masas de plebe, se cruzaron de brazos, se retiraron al Monte Sacro, a cinco kilómetros de la ciudad, y dijeron que a partir de aquel momento no darían un bracero a la tierra, ni un obrero a las industrias, ni un soldado al ejército. Esta última amenaza era la más grave y apremiante, pues, precisamente en aquellos momentos, restablecida de cualquier manera la paz con los vecinos de casa, latinos y sabinos, una amenaza nueva se perfilaba por la parte de los Apeninos, desde cuyos montes habían comenzado a irrumpir hacia el valle, en busca de tierras más fértiles, las tribus bárbaras de los ecuos y de los volscos, que ya estaban invadiendo las ciudades de la Liga. Los ecuos (latín aequi) fueron un pueblo antiguo del noreste del Lacio, en Italia, cuyo nombre es mencionado constantemente por Tito Livio como enemigos de la antigua Roma, durante los tres primeros siglos de existencia de esta ciudad. Ocupaban la parte superior del valle del río Anio (Aniene), del Tolenus (Turano) y del Himella (afluente del Aia, en Rieti), de los Montes Hérnicos y del lago Fucino, entre el Lacio y los Abruzos. Su territorio estaba entre los latinos y los marsos, cercanos a los hérnicos (al este) y a los sabinos (al oeste). Estos cursos fluviales eran torrentes de montaña que fluían hacia el norte y desembocaban en el Nar (Nera) (del sabino azufre), río de Italia que nace en el Fiscellus, que separa la Sabina de la Umbría y se lanza en el Tíber hacia Ocriculum. Su ciudad principal era Nersae, lugar no localizado y citado por Virgilio. Plinio el Viejo nombra como ciudades ecuas a Carseoli, en el valle del Turano, y a Cliternia, en el valle del Salto. Tito Livio incluye Alba Fucens que, según el historiador, fue fundada en territorio ecuo después de la conquista romana, pero que fue poblada por otras gentes. Plinio el Viejo dice que los cominos, tadiates, cédicos y alfaternos eran pueblos ecuos. Ocupaban el territorio detrás del Tibur y de Preneste, ciudades latinas. Se extendieron a territorio latino y ocuparon la ciudad latina de Bola y otras, aunque fracasaron en la conquista de Preneste, pero llegaron hasta el monte Álgido (actual monte Artemisio). Tito Livio describe la conquista del castillo Fucinum, que aunque lo atribuye a los volscos, seguramente fue obra de los ecuos.

La población formaba núcleos organizándose en vici (aldeas) o en oppida —sitios fortificados en las alturas que, muchas veces, eran también santuarios— donde se refugiaba la población de las aldeas de ser necesario. También estaban organizados en varios pagi (distritos) que comprendían uno o varios vici y oppida. Probablemente fueron de la misma rama que los volscos, quienes serían de la etnia de los oscos o ausonios de Italia central, con influencias sabinas. Su idioma era de la familia de las lenguas itálicas, de la rama osco-umbra. Eran junto con los volscos considerados por los romanos como «enemigos eternos» (veteres hostes romanorum). Los ecuos eran un pueblo guerrero. Combatían principalmente con emboscadas, incursiones rápidas y razias. Durante el reinado de Tarquinio Prisco en Roma, hubo una guerra entre ecuos y romanos, en la que los primeros fueron derrotados y sometidos, al menos nominalmente. Tarquinio el Soberbio firmó un tratado de paz con los ecuos. Los volscos (en latín volsci) eran un pueblo de la antigua Italia que ocupaban el centro de la península y que tuvieron un papel destacado en la historia de la Antigua Roma. Su existencia está testimoniada en los relatos de diversos autores de la época de la República romana, escritos a lo largo del siglo I a. C.. Habitaban una región llena de colinas y pantanos al sur del Lacio. Tito Livio describe a los Volscos como «más ardientes en la revuelta que hábiles en hacer la guerra». En la Eneida de Virgilio figura Camila, una virgen guerrera volsca. Su territorio era contiguo al de los auruncos y los samnitas (al sur de su territorio), y al de los hérnicos (al este), y cuyo territorio estaba delimitado por una línea que partía de Norbe y Cora, al norte, hasta Antium al sur. En el siglo V a. C. los volscos controlaron la llanura Pontina, al suroeste del Lacio, entre los montes Albanos y el mar, antes controlada por los latinos. La zona era rica por su agricultura (cereales y vides) y por su pesca, y controlaba el camino al sur, a la Campania (donde se construiría la Vía Apia). En época romana su territorio fue incorporado al Lacio, aunque los volscos eran un pueblo diferenciado de los latinos con los cuales, además, a menudo estaban enfrentados, mientras que fueron siempre aliados de los ecuos (en latín æqui).

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El Senado, con el agua al cuello, mandó embajada tras embajada a los plebeyos para inducirles a regresar a la ciudad y a colaborar en la defensa común. Y Menenio Agripa, cónsul romano, para convencerles les contó la historia de aquel hombre cuyos miembros, para fastidiar al estómago, se habían negado a procurarle comida; con lo que, habiéndose quedado sin alimento, acabaron por morir ellos también, como el órgano del cual querían vengarse. Pero los plebeyos, duros, respondieron que no había elección: o el Senado cancelaba las deudas liberando a quienes se habían convertido en esclavos porque no las habían pagado, y autorizaba a la plebe a elegir sus propios magistrados que la defendiesen, o la plebe se quedaba en Monte Sacro, aunque viniesen todos los volscos de este mundo a destruir Roma. Finalmente, el Senado capituló. Canceló las deudas, restituyó la libertad a quienes habían caído en la esclavitud por ellas, y puso a la plebe bajo la protección de dos tribunos y de tres ediles elegidos por ésta cada año. Fue la primera gran conquista del proletariado romano, la que le dio el instrumento legal para alcanzar también las demás por el camino de la justicia social. El año 494 a. C. es muy importante en la historia de Roma y de la democracia. Con el retorno de los plebeyos, fue posible poner en campaña un ejército para contrarrestar la amenaza de los volscos y de los ecuos. En esa guerra, que duró cerca de sesenta años y que tenía como envite su propia supervivencia, Roma no estuvo sola. El peligro común le mantuvo fieles no sólo a los aliados latinos y sabinos, sino también otro pueblo limítrofe, el de los hérnicos, que fueron un pueblo que habitó en el sureste del Lacio, entre el lago Fucino y el río Sacco (Trerus). Mantuvieron una estrecha relación con los latinos. Eran vecinos de los volscos, al sur, y de los ecuos y marsos, al norte. Al igual que muchos pueblos itálicos no tenían un desarrollo urbano importante y los nucleaba un centro religioso, Anagni. Se organizaban como una confederación de tribus: Alatri, Piglio, Veroli, y Ferentino. Conservaron durante largo tiempo su independencia y en 486 a. C., eran lo suficientemente poderosos como para concluir un tratado con los latinos. Para protegerse de los volscos y los ecuos se integraron en la Liga Latina. Sin embargo, en 362 a. C. perdieron gran parte de sus territorios a manos de Roma.

En 306 a. C., la Segunda Guerra Samnita llegó a su fin y el Senado Romano decidió la suerte de los prisioneros hérnicos, quienes habían combatido junto a los samnitas. La mayoría de las ciudades hérnicas declararon la guerra a Roma, con la excepción de Ferentinum, Aletrium y Verulae. Fueron fácilmente sometidos por el cónsul romano Quinto Marcio Trémulo, y su principal ciudad, Anagni fue conquistada y reducida al estatus de praefectura ; mientras que Ferentinum, Aletrium y Verulae fueron recompensadas por su fidelidad con la concesión del estatus de municpia libres, y con el derecho de matrimonio con los romanos, privilegio envidiable en aquella época. El nombre de los hérnicos, como el de los volscos, está ausente en la lista de pueblos itálicos en el suministro de tropas antes de Jesucristo, de lo cual se deduce que su territorio no se diferenciaba ya del Lacio y habrían recibido probablemente la ciudadanía romana sin derecho de sufragio. Sus magistrados fueron privados de la jurisdicción civil y degradados a la condición de prefectos. Las inscripciones latinas más antiguas del distrito datan de la Guerra Social. Nada prueba que los hérnicos hubieran hablado jamás un dialecto realmente diferente del latín, pero una o dos glosas indican que su vocabulario tuvo rasgos característicos, como podría esperarse en los pueblos que mantuvieron hábitos y costumbres locales: su nombre con la terminación en -cus . Por los otros tipos de tribus, cuyo nombre finaliza en -cus, —como el de los volscos— parece que fueron los primeros habitantes de la costa occidental de Italia, habiéndose establecido antes que las tribus cuyo nombre tiene el sufijo en -nus. En los combates contra los volscos y los ecuos, que en seguida se iniciaron con éxito incierto, se distinguió, cuéntase, un joven patricio llamado Coriolano, por el nombre de una ciudad que había expugnado. Gaio Marcio Coriolano, siglo V a. C., conocido generalmente como Coriolano, general romano de los tiempos de la guerra contra los volscos. En 493 a. C. conquistó la ciudad volsca de Corioli, lo que motivó su apodo. Era un conservador intransigente y se oponía a que el Gobierno hiciese una distribución de trigo al pueblo hambriento. La plebe detestaba su proceder así como sus costumbres pues favorecían a los patricios. Los senadores le mandaron embajada tras embajada para hacerle desistir. No hubo manera. En una ocasión fue apresado y en el juicio se le declaró la pena de muerte, aunque nunca fue llevada a cabo, por el favor del Senado. Los tribunos de la plebe, que entretanto habían sido elegidos, pidieron su exilio.

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A causa de su despotismo y por haber prohibido la distribución de trigo a la plebe, fue exiliado de Roma, refugiándose con los volscos, a los que había sometido. Por venganza contra su patria los levantó en armas contra Roma. Hizo entregarse el mando de los volscos y, como un buen estratega, lo condujo de victoria en victoria hasta las puertas de Roma.  Fue detenido junto a las puertas de la ciudad por su propia madre, Veturia y por su mujer Volumnia, quienes le convencieron para que se retirara. Ordenó a los suyos que se replegasen, los cuales, por toda contestación, le dieron muerte; después, habiéndose quedado sin jefe, fueron derrotados y obligados a retirarse.. Algunos historiadores modernos consideran a Coriolano un personaje legendario, creado quizá para justificar los avatares de las luchas entre romanos y volscos. Los acontecimientos descritos inspiraron a William Shakespeare la tragedia Coriolano, basada en la vida del legendario dirigente romano en la que, siguiendo a Plutarco, atribuye a la esposa de Coriolano el nombre de Virgilia y a su madre el de Volumnia. Sobre su remolino aparecieron los ecuos, que lograron romper las coaliciones entre los romanos y sus aliados. Y el peligro fue tan grave que el Senado, para hacer frente a él, concedió títulos y poderes de dictador a Lucio Quincio Cincinato, quien, con un nuevo ejército, liberó a las legiones sitiadas y las condujo, en 431 a.C., a una definitiva victoria. Luego, depuesto del mando después de haberlo ejercido solamente durante dieciséis días, regresó a arar la finca de la cual había venido. Lucio Quincio Cincinato (519 a. C.-439 a. C.) fue patricio, cónsul, general y posteriormente dictador romano durante un breve periodo de tiempo por orden del senado. Catón el Viejo y otros republicanos romanos hicieron de él un arquetipo de rectitud, honradez, integridad y otras virtudes romanas, como frugalidad rústica y falta de ambición personal, virtudes que supo combinar con una capacidad estratégica militar y legislativa notables. Era un patricio, contrario al tribunado y a toda ley escrita. Se había retirado disgustado a su finca negándose a intervenir en la política, debido a que su hijo Caeso había sido exiliado por usar un lenguaje violento contra los tribunos. Fue llamado por el Senado, en el 460 a. C., en calidad de cónsul suffectus, a la muerte del cónsul en ejercicio, Publio Valerio Publícola, para mediar en un contencioso entre los tribunos y los plebeyos a propósito de la Ley Terentilia Arsa, tras lo cual regresó a su ocupación agrícola.

Dos años después, en 458 a. C., Cincinato de nuevo fue llamado por el Senado, para salvar al ejército romano y a Roma de la invasión por los ecuos y volscos, para lo cual le otorgó poderes absolutos y lo nombró dictador. Se cuenta que Cincinato estaba con las manos en el arado cuando se le hizo llegar el requerimiento. Tras conseguir la victoria sobre los invasores en dieciséis días rechazó todos los honores. Los romanos se enzarzaron en una peligrosa guerra contra un pueblo vecino, los eucos. Sobrevinieron malas noticias: uno de los cónsules era de una incompetencia militar increíble. Desesperados, los romanos solo vieron una solución: concentrar todos los poderes en manos de un solo hombre. Y eligieron a Cincinato (cabello ensortijado), un patricio que adquirió fama como cónsul por su valor y su talento político. Cuando los enviados del senado llegaron a la pequeña granja que Cincinato poseía al otro lado del Tíber para comunicarle el resultado de la votación, el antiguo cónsul estaba arando su campo. A la mañana siguiente se presento en el Foro con toga de dictador orla de púrpura y llamó a todos los romanos a todos los ciudadanos a las armas. Los encuadró en legiones y se puso al frente de las tropas. A medianoche, el ejercito romano llegó al campo de los ecuos y, amparado por la oscuridad, rodeó al enemigo y erigió una empalizada a lo largo de sus líneas. Terminado casi el trabajo, Cincinato ordenó a los suyos que profirieran gritos de guerra. Los compatriotas cercados por el enemigo se animaron y se lanzaron al ataque; y con sus fortificaciones ya terminadas, el dictador los secundó. Los ecuos, cogidos entre dos fuegos, pidieron la paz. Cincinato les permitió marchar libres a condición de rendir las armas y entregar los jefes a los romanos. Cumplida su misión, el dictador se despojo de la toga orlada de púrpura, transcurridos apenas seis días, y aunque aún podía prolongar el poder durante seis meses, se reintegró a su arado. En adelante, Cincinato constituyó un símbolo del espíritu cívico de los romanos. En 450 a. C. Cincinato fue candidato no seleccionado para el cargo de decenviro. En las controversias acerca de la ley para la apertura del consulado a los plebeyos, formó parte como defensor de medidas de apaciguamiento.

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En 439 a. C., deja de nuevo su retiro por el llamado del cónsul Tito Quincio Capitolino Barbato. A la edad de ochenta años, fue nombrado por segunda vez dictador para oponerse a las supuestas maquinaciones de Espurio Melio, quien intentó en 439 un golpe de estado (o al menos, se lo acusó de ello). Hombre riquísimo, al ser Roma afligida por el hambre pensó que podría apoderarse del mando gracias a su fortuna. La situación era tan desesperada que, según Tito Livio, había quienes se arrojaban al Tíber para acortar sus sufrimientos. Fue entonces cuando Melio compró mucho trigo a los etruscos y lo repartió entre el pueblo hambriento. Distribuyó trigo a la plebe, que lo seguía por doquier seducida por los regalos, consiguiendo que lo miraran y exaltaran más allá de todo decoro para un particular; prometiéndole formalmente el consulado por sus favores y promesas. Desde luego, Melio tenía intenciones ambiciosas e inconfesables y las autoridades pronto obtuvieron pruebas de su culpabilidad. Se supo que Melio almacenaba armas en su casa, que mantenía reuniones secretas, que forjaba planes para destruir la república y sobornaba a los tribunos del pueblo. La libertad de Roma estaba en peligro y amenazada, y se juzgó que solo un dictador podía salvarla. Se eligió otra vez a Cincinato. Tenía entonces ochenta años, pero su vigor físico e intelectual estaba aún intacto. Envio a Servilio (jefe de la caballería, magister equitum) para comunicar a Melio que el dictador lo llamaba. Melio comprendió que aquella citación era sospechosa y huyo pidiendo protección al pueblo. Pero Servilio lo detuvo y le dio muerte. Después, relató los hechos a Cincinato y éste le dijo: “Cayo Servilio, ¡Gracias por tu valor! ¡El Estado se ha salvado!“. Pero aún antes de esta victoria de Lucio Quincio Cincinato, una nueva guerra se había encendido en el Norte por parte de la etrusca Veyes, que no quería perder aquella favorable ocasión para destruir definitivamente a Roma. Le había hecho ya varios feos mientras estaba empeñada en defenderse de ecuos y volscos. Y Roma había aguantado a la inglesa, es decir, preparando el desquite. En cuanto tuvo las manos libres, las empleó para ajustar las cuentas. Fue una guerra dura que también requirió en un momento dado, el nombramiento de un dictador.

Éste fue Marco Furio Camilo, gran soldado y, sobre todo, un hombre de bien, que aportó al Ejército una gran novedad: el estipendio, o sea la «soldada». Hasta entonces, los soldados habían tenido que prestar servicio gratis, y si tenían mujer, las familias que quedaban en la patria se morían de hambre. Camilo lo encontró injusto y lo remedió. La tropa, satisfecha, redobló su celo, conquistó de un embate Veyes, la destruyó y deportó como esclavos a sus habitantes. Esta gran victoria y el ejemplar castigo que la rubricó llenaron de orgullo a los romanos; cuadruplicaron sus territorios llevándolos a más de dos mil kilómetros cuadrados, pero abrigaron hondos recelos en quien se los había procurado. Mientras Camilo seguía conquistando ciudad tras otra en Etruria, empezóse a decir en Roma que era un ambicioso y que se embolsaba el botín de los pueblos vencidos en vez de entregarlo al Estado. Camilo quedó tan amargado que renunció al mando y en vez de volver a la patria, para disculparse, se marchó voluntariamente al exilio, en Árdea. Tal vez hubiera muerto allí dejando un nombre manchado por la calumnia, si los ingratos romanos no hubiesen vuelto a necesitarle para salvarse de los galos, el último y más grave peligro del que tuvieron que defenderse antes de iniciar la gran conquista. Los galos eran una población bárbara, de raza céltica, que, venida de Francia, había inundado ya la llanura del Po. Repartieron aquel fértil territorio entre sus tribus, los insubrios, los bonnos, los cenomanos, los senones. Una de éstas, al mando de Breyo, dirigióse hacia el Sur, conquistó Chiusi, desbarató las legiones romanas en el río Alia, y marchó sobre Roma. Los historiadores han contado después, envuelto en muchas leyendas, este capítulo que debió ser muy desagradable para Roma. Dicen que cuando los galos intentaron escalar el Capitolio, los gansos consagrados a Juno se pusieron a chillar despertando así a Manlio Capitolino quien, al frente de los defensores, rechazó el ataque. Puede ser. Pero los galos entraron igualmente en el Capitolio como en todo el resto de la ciudad, de donde la población había huido en masa para refugiarse en los montes circundantes. Dicen también que los senadores, sin embargo, se habían quedado, al completo, solemnemente sentados en los toscos sillones de madera de su curia, y que uno de ellos, Papirio, al sentirse tirar de la barba por broma de un galo, que la creía postiza, le arrojó a la cara el cetro de marfil. Y por fin narran que Brenno, jefe de la tribu de los senones, un galo de la costa adriática de Italia,  tras haber pegado fuego a toda Roma, pidió, para irse, no sé cuántos kilos de oro e impuso, para pesarlo, una balanza amañada.

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Los senadores protestaron y entonces Brenno, sobre el platillo de las pesas, arrojó también su espada pronunciando la famosa frase: Vae victis!, «¡ay de los vencidos!». A lo que Camilo, reaparecido de milagro, respondería: Non auro, sed ferro, recuperanda est patria, «la patria se restaura con el hierro, no con el oro», se pondría al frente de un ejército que hasta aquel momento no se comprende dónde lo tuvo escondido y pondría en fuga al enemigo. La verdad es que los galos expugnaron Roma, la saquearon y se marcharon perseguidos por las legiones, pero cargados de dinero. Eran bandoleros robustos y zafios, que no seguían ninguna línea política y estratégica en sus conquistas. Asaltaban, depredaban y se retiraban sin preocuparse en absoluto del mañana. De haber podido imaginar la venganza que Roma habría de sacar de aquella humillación, no hubieran dejado piedra sobre piedra. En cambio, la devastaron, sí, pero sin destruirla. Y volvieron sobre sus pasos, hacia la Emilia y Lombardía, facilitando a Camilo, llamado urgentemente de Árdea, reparar los daños. Probablemente no tuvo ni una sola escaramuza con los galos. Habían partido ya cuando él llegó. Mas, dejando a un lado los rencores, volvió a tomar el título de dictador, se arremangó la camisa y se puso a reconstruir la ciudad y el ejército. Los mismos que habían llamado a Camilo ambicioso y ladrón le llamaron ahora «el segundo fundador de Roma». Pero mientras sucedía todo esto en el frente exterior, Roma alcanzaba en el interior una importante meta con la Ley de las XII Tablas. Fue un éxito de los plebeyos que, desde que habían vuelto del Monte Sacro, no cesaron de pedir que las leyes no fuesen dejadas más en manos de la Iglesia, que a su vez era monopolio de los patricios, sino que se publicasen de modo que cada uno supiese cuáles eran sus deberes y cuáles las penas en que incurrirían en caso de infringirlas. Hasta aquel momento las normas en que se basaba el magistrado que juzgaba habían sido secretas, reunidas en textos que los sacerdotes conservaban celosamente y mezcladas con ritos religiosos con los que se pretendía indagar la voluntad de los dioses. Si el dios estaba de buen humor, un asesino podía salir de apuros. Si el dios tenía mal día, un pobre ladronzuelo podía terminar en la horca. Dado que quienes interpretaban su voluntad, magistrados y sacerdotes, eran patricios, los plebeyos se sentían indefensos.

Bajo la presión del peligro exterior, de los volscos, de los ecuos, de los veientos y de los galos, además de la amenaza de una segunda secesión en el Monte Sacro, el Senado, tras muchas resistencias, capituló, y mandó tres de sus miembros a Grecia, para estudiar lo que había hecho Solón, poeta, reformador, legislador y estadista ateniense y uno de los siete sabios de Grecia. Cuando los mensajeros volvieron, fue nombrada una comisión de diez legisladores, llamados por su número decenviros. Bajo la presidencia de Apio Claudio, redactaron la Ley de las XII Tablas, que constituyó la base, escrita y pública, del derecho romano. La Ley de las XII Tablas (lex duodecim tabularum o duodecim tabularum leges) o Ley de igualdad romana fue un texto legal que contenía normas para regular la convivencia del pueblo romano. También recibió el nombre de ley decemviral. Por su contenido se dice que pertenece más al derecho privado que al derecho público. Fue el primer código de la Antigüedad que contuvo reglamentación sobre censura, incluyendo la pena de muerte por poemas satíricos. La ley se publicó al principio en doce tablas de madera y, posteriormente, en doce planchas de bronce que se expusieron en el foro. Debido a que no queda indicio alguno de su existencia, algún autor ha llegado a sugerir que no existieron. Su desaparición puede explicarse por el saqueo que sufrió Roma hacia el año 390 a. C. por parte de los galos. Se cree que se destruyeron y, por algún motivo, no se reprodujeron con posterioridad. Esta última teoría parece estar apoyada por las abundantes referencias que de ellas hacen los autores antiguos. El historiador Tito Livio dijo de ellas que eran la fuente de todo el derecho romano, tanto público como privado. Por su parte, el orador y abogado Cicerón afirmó que los niños aprendían su contenido de memoria. Al estar estas leyes expuestas públicamente, estaban libre de malas interpretaciones de sus custodios. Pues parece que anteriormente los pocos que conocían las Leyes, las interpretaban manipulándolas a su favor. Estas Leyes para todos (los ciudadanos) fueron las bases del Imperio Romano pues todos estaban bajo las mismas en cualquier rincón del Imperio. Esta gran conquista lleva la fecha del año 451 a.C., que correspondía, aproximadamente, al tricentenario de la fundación de Roma. No anduvo sobre ruedas, pues los plenos poderes que el Senado había conferido a los decenviros, comisión de diez legisladores, para realizarla, les gustó tanto a éstos, que al finalizar el segundo año, cuando vencían, se negaron a restituirlos a quien se los había dado.

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Cuentan que la culpa fue de Apio Claudio, que quiso continuar ejerciéndolos para reducir a esclavitud y vencer la resistencia de una bella y apetitosa plebeya, Virginia, de la que se había enamorado. El padre, Lucio Virginio, fue a protestar. Y, visto que Apio no le hacía caso, antes que dejar su hija a merced de aquel tipejo, le apuñaló. Después de lo cual, como ya hiciera Colatino después del caso de Lucrecia, corrió al cuartel, contó lo acaecido a los soldados y les exhortó a sublevarse contra el déspota. Indignada, la plebe se retiró otra vez al Monte Sacro y el ejército amenazó con seguirla. Y el Senado, reunido de urgencia, dijo a los decenviros que no podía mantenerles en el cargo. Fueron, pues, destituidos por decreto, Apio Claudio se convirtió en bandido, y el poder ejecutivo se devolvió a los cónsules. No era aún el triunfo de la democracia, que sólo había de venir un siglo después, con las leyes de Licinio Sextio, pero era ya un gran paso adelante. La “P” de aquella sigla SPQR comenzaba a ser el Populus, tal y como nosotros lo entendemos hoy. De la humillación sufrida a causa de los galos y de las convulsiones de la lucha interna entre patricios y plebeyos, Roma salió con dos grandes triunfos en la baraja: la supremacía en la Liga, respecto a las rivales latinas y sabinas que, mucho más devastadas que ella, no encontraron después un Camilo para reconstruirse; y un orden social más equilibrado que garantizaba una tregua entre las clases. Así que, apenas se hubo disipado la humareda de los incendios que el galo Brenno había dejado en la estela de su retirada hacia el norte, Roma, totalmente nueva y más modernamente urbanizada que antes, comenzó a mirar a su alrededor en busca de botín. De las tierras limítrofes, la Campania era la más fértil y rica. La habitaban los samnitas, una parte de los cuales, empero, había permanecido en los Abruzos. Y de aquí, acosados por el frío y el hambre, descendían a menudo para saquear los rebaños y las mieses de sus hermanos de la llanura. Bajo la amenaza de una de esas incursiones, los samnitas de Capua se dirigieron en busca de protección a Roma, que de todo corazón se la concedió, porque era la mejor manera de dividir en dos aquel pueblo y de inmiscuirse en sus asuntos interiores. Así comenzó la primera de las tres guerras samnitas contra los de Abruzo, que duraron, en total, unos cincuenta años. Fue breve, desde el 343 hasta el 341 a.C., y algunos dicen que ni siquiera tuvo lugar, porque los abruzos no se dejaron ver y los romanos no tuvieron ganas de irles a desanidar en sus montañas. Pero quedó una consecuencia; la «protección» de Roma sobre Capua, que se sintió protegida hasta tal punto como para invitar a los latinos a un frente único contra la común protectora.

Los latinos se adhirieron y Roma, de aliados que eran, se los encontró de improviso como enemigos. Fue un momento feo, que requirió los consabidos episodios heroicos para superar sus dificultades. Para dar un ejemplo de disciplina, el cónsul Tito Manlio Torcuato condenó a muerte a su propio hijo, quien, contrariamente a la orden de no moverse, había salido de las filas para contestar al ultraje de un oficial latino. Y su colega Publio Decio, cuando los augures le dijeron que con el solo sacrificio de su vida salvaría a la patria, avanzó solo contra el enemigo, gozoso de hacerse matar por él. Sean ciertos o inventados estos episodios, Roma venció, y deshizo la Liga Latina que le había traicionado. Con esto acabó la política «federalista» usada hasta entonces, y se inauguró la «unitaria» del bloque único. Roma concedió a las diversas ciudades que habían compuesto la Liga formas diversas de autonomía, con objeto de impedir una comunidad de intereses entre ellas. Era la técnica del divide et impera que asomaba. Entre las ciudades súbditas no tenían que haber relaciones políticas. Cada una de ellas las mantenía sólo con Roma. Se mandaron colonos a Campania, a los que, como premio, se les entregaron las tierras conquistadas y donde constituyeron las avanzadillas de la romanidad en el Sur. Nacía el Imperio. La segunda guerra samnítica comenzó, sin pretexto alguno, unos quince años después, en 328 a.C.. Los romanos, que llegaron hasta el umbral de Nápoles, capital de las colonias griegas, le echaron los ojos encima y quedaron encantados de sus largas murallas helénicas, de sus palestras, de sus teatros, de sus comercios y de su vivacidad. Y un buen día la ocuparon. Los samnitas, tanto los del llano como los de la montaña, comprendieron que, si se la dejaba hacer, aquella gente devoraría toda Italia, y concluyeron paces entre ellos, atacando por la espalda a las legiones que habían penetrado tan lejos en el sur. De momento, su Ejército, más de guerrilleros que de soldados, fue batido, mas luego, mejor conocedores del terreno que los romanos, les atrajeron a las gargantas de Caudio, cerca de Benevento, donde les estrangularon. Tras repetidas e inútiles tentativas de resistencia, los dos cónsules tuvieron que capitular y sufrir la humillación de pasar bajo el yugo de las lanzas samnitas; fueron éstas las llamadas «horcas caudinas».

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La Batalla de las Horcas Caudinas fue un encuentro armado que tuvo lugar el año 321 a. C., entre los ejércitos romanos y samnitas, en el marco de la Segunda Guerra Samnita. El comandante samnita era Cayo Poncio, quien conocía la posición de un importante ejército romano cerca de Calacia (Calatia), por lo que envió algunos soldados disfrazados de pastores con órdenes de propagar la historia de que los samnitas estaban sitiando la ciudad de Lucera, una colonia romana clave situada en la Apulia, en la retaguardia del Samnio. Los comandantes romanos, los cónsules Espurio Postumio Albino y Tito Veturio Calvino, fueron tontamente engañados por este ardid, decidiendo ponerse en marcha con varias legiones (unos 50.000 hombres, según Apiano) para prestar ayuda a Lucera, y eligiendo la vía más rápida hacia esta ciudad a través del desfiladero de las Horcas Caudinas sin apenas conocimiento del terreno. Era éste un angosto valle que discurría entre los montes Tifata y Taburno, en plenos Apeninos, y situado entre las actuales localidades de Arpaia y Montesarchio. Recibía su nombre (Furculae Caudinae) debido a la proximidad de la ciudad samnita de Caudio (Caudium), situada al este de Capua y que correspondería a la propia Montesarchio. Los alrededores del valle eran muy montañosos, por lo cual constituía el único camino que el ejército romano podía recorrer en esta zona. Cuando los romanos franquearon un primer desfiladero muy estrecho, los veteranos comenzaron a sentirse inquietos, y al alcanzar un segundo paso lo hallaron clausurado mediante una barricada de piedras y troncos, procedentes de árboles recientemente talados de entre los que jalonaban el valle. Advirtiendo la trampa, Postumio dio orden de regresar rápidamente hacia el primer paso, encontrándolo fuertemente custodiado por los samnitas, que les impedían la salida. Entonces los romanos desesperaron por su sombría situación, y de acuerdo con Tito Livio, trataron de escalar las escarpadas paredes del desfiladero e intentaron abrirse paso, pero los samnitas mataban o herían a todo aquel que lo intentaba.

Sin embargo, los samnitas no parecían saber cómo aprovechar su acertada estratagema, por lo que Poncio decidió enviar una misiva a su padre Herenio, quien le respondió que los romanos debían ser puestos en libertad rápidamente después de ser desarmados. Poncio rechazó este consejo y volvió a mandar otra carta a su padre, quien esta vez le respondió que los romanos debían ser ejecutados hasta el último hombre. Sorprendidos por dos consejos tan contradictorios, los samnitas reclamaron la presencia de Herenio para que se explicara; una vez presente, el anciano les respondió que si dejaban libres a los romanos tras desarmarlos, podrían obtener el respeto y aun la amistad de Roma; aunque si ejecutaban a todos los romanos, entonces Roma sería tan débil que no constituiría una amenaza durante muchos años. Su hijo le preguntó si no existía una alternativa intermedia, a lo que Herenio respondió que sería una completa locura, ya que dejaría a los romanos deseosos de venganza sin haber sido debilitados. No obstante, Poncio desoyó los consejos de su padre y accedió a liberar a los romanos, aunque en condiciones humillantes, algo que fue aceptado por los dos cónsules romanos, ya que su ejército comenzaba a sufrir los estragos del hambre. El juramento de rendición fue llevado a cabo por Poncio, del lado samnita, y por parte del romano los dos cónsules, dos cuestores, cuatro legados de las legiones y doce tribunos militares, que suponían toda la oficialidad que había sobrevivido al desastre. Apiano describe con detalle la humillación sufrida por el ejército romano: los soldados fueron desarmados y despojados de sus vestimentas y, únicamente vestidos con una túnica, fueron obligados a pasar de uno en uno por debajo de una lanza horizontal dispuesta sobre otras dos clavadas en el suelo, que obligaban a los romanos a inclinarse para pasarlas. De este episodio, también llamado “el paso bajo el yugo“, nació la expresión pasar bajo el yugo o pasar por las horcas caudinas, que significa el tener que aceptar irremediablemente una situación deshonrosa.

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Asimismo, las condiciones de rendición exigían la entrega de varias poblaciones fronterizas, como Fregelas, Terentino y Satrico, la evacuación de los colonos romanos de Lucera y del valle del río Liris, la retirada de todas las posiciones que mantenían en el Samnio y una tregua de cinco años. Para garantizar que el Senado romano ratificara el acuerdo alcanzado (foedus caudinum), Poncio envió a los dos cónsules a Roma para que informaran del mismo, a la vez que retenía a 600 caballeros romanos como prenda del acuerdo. Sin embargo, los historiadores romanos trataron de minimizar este descalabro, tejiendo la leyenda de que cuando los cónsules llegaron a Roma, exhortaron al Senado para que continuase la lucha debido al ignominioso trato recibido, no importándoles su propia suerte o la de los caballeros retenidos. Lo cierto es que el Senado no tuvo más remedio que ratificar el tratado, marcando así un momento humillante en el devenir histórico de Roma, y un día nefasto para la ciudad: los senadores se despojaron de sus togas púrpuras, se produjeron escenas de duelo y se prohibieron las fiestas y casamientos durante todo un año. Muchos de los legionarios liberados se refugiaron en los campos o volvieron de noche a la ciudad por el oprobio que sentían, aunque los dos cónsules entraron de día, pues la ley romana les obligaba a mostrar su autoridad que, sin embargo, no volvieron a ejercer durante el resto de su consulado. No obstante, la sabiduría del consejo de Herenio quedó luego demostrada, puesto que esta afrenta quedó marcada en el orgullo de Roma, que rompería de nuevo las hostilidades en el año 316 a. C., tomándose la revancha con la captura de Lucera y el rescate de las armas, estandartes y rehenes perdidos cinco años atrás. Como de costumbre, Roma encajó la afrenta, pero no pidió la paz. Aprovechando la experiencia adquirida, reorganizó las legiones de modo a no exponerlas más a semejantes desventuras, convirtiéndolas en un instrumento de más fácil y ágil manejo. Después, en 316 a.C., reemprendió la lucha. Una vez más se encontró ante el peligro cuando los etruscos al Norte y los hérnicos al Sudeste trataron de cogerla por sorpresa. Los derrotó separadamente. Luego, dirigió todas sus fuerzas contra los aislados samnitas y en 305 a.C. expugnó su capital, Boviano, y por primera vez las legiones, atravesando los Apeninos, alcanzaron la costa adriática de la Apulia.

Estos éxitos preocuparon hondamente a los demás pueblos de la península que, por miedo, hallaron el valor de desafiar, coligados, a Roma. A los samnitas se sumaron esta vez, además de los etruscos, los umbros y los sabinos, decididos a defender, con la propia independencia, la propia anarquía. Acopiaron un ejército, que se enfrentó con los romanos en Sentino, en los Apeninos umbros. Eran superiores en número, pero los varios generales que mandaban los distintos contingentes, en vez de colaborar entre sí, tiraban a sacar partido cada cual por su cuenta. Y, naturalmente, fueron derrotados. Decio Mur, hijo del cónsul que se había sacrificado voluntariamente por la patria durante la campaña precedente, repitió el gesto de su padre y aseguró definitivamente el nombre de la familia en la Historia. La coalición se deshizo. Etruscos, lucanios y umbros pidieron una paz separada. Samnitas y sabinos siguieron combatiendo aún cinco años. Después, en 290 antes de Jesucristo, se rindieron. Los historiadores modernos sostienen que Roma afrontó ese ciclo de guerras teniendo como mira un objetivo estratégico concreto: el Adriático. Pero parece que sus legiones se encontraron en el Adriático sin saber cómo ni por qué, sólo persiguiendo al enemigo en fuga. Los romanos de la época no tenían mapas, ignoraban que Italia constituía lo que hoy se llamaría «una natural unidad geopolítica», que tenía forma de bota y que, para tenerla sujeta, se necesitaba dominar los mares. Pero, sin conocer ni formular la teoría, practicaban, sencillamente, el principio del Lebensraum, o «espacio vital», según el cual, para vivir y respirar, un territorio necesita anexionarse los contiguos. Así, para garantizar la seguridad de Capua, conquistaron Nápoles; para garantizar la seguridad de Nápoles, conquistaron Benevento; hasta que llegaron a Tarento, donde se detuvieron, porque más allá no había más que el mar.

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En aquellos tiempos Tarento era una gran metrópoli griega, que había hecho grandes progresos especialmente en el campo de la industria, el comercio y las artes, bajo la guía de Arquitas, uno de los más grandes hombres de la Antigüedad, medio filósofo medio ingeniero. No era una ciudad belicosa. En 303 a.C. había pedido y obtenido de la Urbe la promesa de que las naves romanas no rebasarían jamás el cabo Colonna, es decir, que los romanos la dejarían en paz por la parte de mar, segura como estaba de que por vía terrestre no podrían llegar hasta allí. Y en cambio ahora se la veía caer encima precisamente por aquella parte. El pretexto de guerra fue deparado, como de costumbre, por una petición de ayuda que los de Turios, hostigados por los lucanios, dirigieron a Roma que, como siempre, la acogió con presteza y mandó una guarnición para defenderla, pero por vía marítima. Sin duda lo hizo aposta para armar camorra. Para alcanzar Turios, las naves tuvieron que rebasar el cabo Colonna, y los tarentinos cerraron los ojos ante esta infracción de los pactos. Pero cuando las diez trirremes de Roma pretendieron fondear en su puerto, consideraron la cosa como una provocación, las asaltaron y hundieron cuatro. Realizada la empresa, se dieron cuenta de que ello entrañaba la guerra, y que ésta acabaría muy mal para ellos si desde fuera no acudía algún poderoso auxilio. Pero, ¿cuál? En Italia ya no había ningún Estado que pudiese oponerse a Roma. Y entonces mandaron a buscarlo al extranjero, iniciando una costumbre que en nuestro país todavía dura. La encontraron allende el mar, en Pirro, rey del Epiro. Pirro era un curioso personaje que, de haberse contentado con su pequeño reino montañés, hubiese podido vivir largamente como un gran señor. Pero había leído en la Ilíada la gesta de Aquiles; por sus venas corría sangre macedonia, que había sido la sangre de Alejandro Magno y todo concurría a hacer de él una figura muy similar a la de los condottieri del siglo XV. Era, en suma, como se diría hoy, un tipo que buscaba maraña. La que le ofrecían los tarentinos le iba justo a la medida, y la acogió al vuelo.Embarcó su ejército en las naves de aquéllos y afrontó a los romanos en Heraclea.

Éstos se hallaron por primera vez cara a cara con un arma nueva cuya existencia jamás habían imaginado y que les hizo la misma impresión que hicieron los carros blindados ingleses sobre los alemanes, en Flandes, en 1916: los elefantes. De momento creyeron que eran bueyes, y así los llamaron efectivamente: «bueyes lucanios». Pero al verlos venírseles encima, se sobrecogieron de miedo y perdieron la batalla, pese a haber infligido tales pérdidas al enemigo como para quitarle toda alegría por el triunfo. Las «victorias a lo Pirro» fueron, a partir de entonces, las pagadas a precio demasiado caro. El epirota repitió el año siguiente (279 a.C.) en Ascoli Satriano. Pero también aquí sus pérdidas fueron tales que, mirando al campo de batalla sembrado de muertos, fue presa de la misma crisis de espanto que dos mil años después había de sobrecoger a Napoleón III al ver el campo de batalla de Solferino. Y mandó a Roma a su secretario Cineas con proposiciones de paz, dándole por compañeros a dos mil prisioneros romanos que, si la paz no se concluía, se habían comprometido a volver. Dicen que el Senado estaba a punto de aceptar aquellas ofertas, cuando se levantó a hablar el censor Apio Claudio el Ciego, para recordar a la Asamblea que no era digno tratar con un extranjero mientras su ejército invasor seguía vivaqueando en Italia. No creemos que sea verdad, porque para Roma, Italia, en aquel momento, era solamente Roma. Pero es cierto que el Senado rechazó las propuestas y que Cineas, al regresar con los dos mil prisioneros, ninguno de los cuales había faltado a la palabra dada, dio un informe tal a Pirro de lo que había visto en Roma, que el epirota prefirió abandonar la empresa, y, aceptando una invitación de los siracusanos para que les ayudase a liberarse de los cartagineses, marchó hacia Sicilia. Tampoco aquí las cosas le anduvieron bien porque las ciudades griegas que venía a defender jamás lograron ponerse de acuerdo ni procurarle los contingentes que le habían prometido. Desalentado, Pirro volvió a cruzar el estrecho para echar de nuevo una mano a Tarento, que las legiones romanas atacaban en aquel momento. Esta vez ya estaban habituadas a los elefantes y no se dejaron asustar. Pirro fue derrotado en Malevento, que por la ocasión, en 275, fue bautizada Benevento por los romanos. Decididamente, Italia no le había traído fortuna. Amargado, volvió a la patria, fue a buscar un desquite en Grecia y halló la muerte en ella.

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Habían transcurrido exactamente setenta años (343-273) desde que Roma, recompuesta como podía interiormente tras el terremoto que siguió a la caída de la Monarquía y superada la lucha por la existencia, se había puesto en pie de verdaderas guerras de conquista. Y hela aquí al fin árbitro de toda la península desde el Apenino toscano-emiliano al estrecho de Mesina. Uno tras otro, todos los pequeños países que la constelaban cayeron en sus manos, incluso los de la Magna Grecia continental, carentes de defensores después de la partida de Pirro. Tarento se rindió en 272 y Regio en 270. Pero después de la experiencia habida con la Liga Latina, Roma comprendió que no había que fiarse de los «protegidos» y de los «aliados a la fuerza». Y un poco por esto, y otro poco empujados por la presión demográfica de la Urbe, los romanos iniciaron la verdadera romanización de Italia con el método de las «colonias» ensayado ya después de la primera guerra samnítica. Las tierras enemigas fueron confiscadas y distribuidas a ciudadanos romanos pobres, basándose especialmente sobre los méritos que hay llamaríamos «de combatividad». Se las entregaban, sobre todo, a veteranos; gente segura, dispuesta a pelear para defenderse y defender a Roma. Los indígenas, naturalmente, les acogían sin simpatía, como a depredadores opresores. Del nombre de uno de ellos. Cafo, cabo del ejército de César, inventaron más tarde la palabra cafone, término despectivo que significa tosco y vulgar. E inspirada por esta hostilidad fue el uso, nacido entonces, del «corte de mangas», gesto irreverente con el que los pueblos vencidos saludaban a los romanos que entraban en sus ciudades y que al principio, al parecer, fue tomado por una expresión de bienvenida. Naturalmente, no se puede esperar ensanchar el propio territorio de quinientos a veinticinco mil kilómetros cuadrados, como hizo Roma en aquel período, sin pisar los pies a nadie. Pero, en compensación, toda la Italia del Centro y del Sur comenzó a hablar una sola lengua y a pensar en términos de nación y de Estado en vez de aldea y tribu.

Contemporáneamente a aquellas largas y sangrientas guerras, y bajo su presión, los plebeyos alcanzaban uno tras otro sus objetivos, hasta el último y fundamental garantizado por la Ley Hortensia, llamada así por el nombre del dictador que la impuso. Era aquélla por la cual el plebiscito se tornaba automáticamente ley, sin necesidad de ratificación por parte del Senado. Desde que con la Ley Canuleya, del 445 a.C., había sido abolida, al menos sobre el papel, la prohibición de matrimonio entre patricios y plebeyos, éstos no estaban ya, legalmente, excluidos de ningún derecho o magistratura. Y dado que la praetura, abierta libremente a ellos, permitía a quien la hubiese ejercido libre ingreso en el Senado, también esta ciudadela de la aristocracia, pese a mil cautelas y limitaciones, les fue accesible. Todo eso había sido alcanzado después de infinitas contiendas que de vez en cuando pusieron en peligro la existencia de Roma. Pero el hecho de que se hubiese llegado a ello, demostraba que las clases altas de Roma eran conservadoras, pero con mucho discernimiento. No se avergonzaban de defender abiertamente sus propios intereses de casta, y no fingían coquetear con las «izquierdas». Pero pagaban los impuestos, cumplían diez años de duro servicio militar, morían al frente de sus soldados, y cuando se trataba de elegir entre los propios privilegios y el bien de la patria, no titubeaban. Por esto, aun después de haber aceptado la equiparación de derechos con los plebeyos, permanecieron en el poder. En el período de descanso que se concedió después de la victoria sobre Pirro y que le sirvió para digerir aquella especie de banquete, Roma dio los últimos retoques a su equilibrio interno y orden en el buen pedazo de península del que era dueña. La Vía Apia, que antes Apio Claudio hiciera construir para unir Roma a Capua, fue prolongada hasta Brindisi y Tarento. Y por ella, además de los soldados, se encaminaron los colonos que iban a romanizar Benevento, Isernia, Brindisi y muchas otras ciudades. Roma reconoció a los vencidos pocas autonomías, las respetó menos aún, y fue la primera y mayor responsable del fallido nacimiento, en Italia, de las libertades municipales y cantonales, que, en cambio, se desarrollaron con gran lozanía en el mundo germánico. En compensación llevó a su más alta expresión el concepto de Estado, del cual fue prácticamente inventora. Y lo apoyó sobre cinco pilares que aún lo rigen: el Prefecto, el Juez, el Gendarme, el Código y el Recaudador de impuestos. Fue con esta estructura con la que marchó a la conquista del Mundo.

febrero 7, 2013 - Posted by | Historia

3 comentarios »

  1. Hace bastante tiempo los sigo y se que les interesará este tema, estoy tratando de hacer circular esta gran omisión y deseo conseguir su colaboración en divulgar esta anomalía no pequeña por lo que implica. La prensa ordinaria anota el deterioro y riesgo en que se encuentran los muros de Sacsayhuaman pero oculta que los bloques son artificiales, mil gracias por su tiempo Gilda Mora

    http://www.eldoradocolombia.com/los_muros_de_peru.html

    Comentario por Gilda Mora | febrero 7, 2013 | Responder

  2. […] El imperio romano – La República- oldcivilizations.wordpress.com […]

    Pingback por Google Drive ahora como hosting web + MORE | INFORMADORES.INFO | febrero 8, 2013 | Responder

  3. todo lo q beo es muy bonita a ellos los felicito mucho

    Comentario por yesenia | septiembre 16, 2014 | Responder


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