Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

¿Hay pruebas de la antigua existencia de varios continentes sumergidos?


Durante el período Cuaternario (ver artículo “Eras geológicas de la Tierra“), la distribución de las razas humanas era muy diferente de lo que es ahora. Además,   los hombres fósiles encontrados en Europa  hasta hoy, considerado desde los aspectos fundamentales fisiológicos y antropológicos, difieren algunas veces mucho del tipo de la población hoy existente. El Imagen 25filósofo francés Émile Maximilien Paul Littré admitía esto en un artículo publicado por él en la  Revue des Deux Mondes  (1º de marzo 1859) sobre una Memoria llamada Antiquités Celtiques et   Antédiluviennes , escrita por el arqueólogo francés Jacques Boucher de Perthes (1849). Littré declara allí que: “en estos períodos en que los mamuts exhumados en Picardía juntamente con hachas construidas por el hombre, vivieron en esta última región, debió de haber una primavera eterna reinando en todo el globo terrestre; la naturaleza era lo contrario de lo que es ahora, y de este modo queda un  margen enorme para la antigüedad de esos períodos”. Luego añade: “Spring, profesor de la Facultad de Medicina de Lieja, encontró en una gruta cerca de Namur, en la montaña de Chauvaux, nuevos huesos humanos de una raza completamente distinta de la nuestra”. Ciertos cráneos, exhumados en Australia, presentan una gran analogía con los de las razas negras del África, según Littré; mientras que otros, descubiertos en las orillas del Danubio y del Rhin, se parecen a los cráneos de los caribeños y de los antiguos habitantes del Perú y Chile. Sin embargo, se considera el Diluvio como una leyenda, ya sea el Bíblico o el Atlante. Pero otros descubrimientos geológicos han hecho que Jean Albert Gaudry, geólogo y paleontólogo francés,  escribiese:  “Nuestros antepasados eran positivamente contemporáneos del rhinoceros tichorrhinus y el hippopotamus major“. Y añadía que el suelo llamado diluvial, en Geología, se había formado, al menos parcialmente, después de la aparición del hombre sobre la tierra.  Sobre este punto se pronunció también Littré. Luego demostró la necesidad, en vista de la “resurrección de tantos testimonios antiguos”, de revisar todos los orígenes, todas las épocas. Y añadía que hubo una edad hasta ahora no estudiada. Ya sea en los albores de la época actual o al principio de la época que la precedió.  

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Helena Blavatsky (1831 – 1891), fue una escritora, ocultista y teósofa rusa. Fue también una de las fundadoras de la Sociedad Teosófica y contribuyó a la difusión de la Teosofía moderna. Sus libros más importantes son Isis sin velo y La Doctrina Secreta, escritos en 1875 y 1888, respectivamente. En sus escritos, de gran erudición, se refirió a una serie de civilizaciones antiguas, algunas de ellas perdidas, que han servido de inspiración a escritores posteriores que han tratado estos temas. Me he basado en algunos de sus escritos, sobre todo La Doctrina Secreta,  para redactar este artículo. Blavatsky fue hija de Peter von Hahn, un coronel de origen alemán establecido en Rusia y de Helena de Fadéyev, hija de una familia de la nobleza rusa, que trabajó como novelista. Por parte materna, era nieta de la princesa Helena Dolgorúkov, botánica y escritora. Después de la prematura muerte de su madre en 1842, Helena creció bajo los cuidados de sus abuelas en Sarátov, donde su abuelo se desempeñaba como gobernador. Helena mostró talento como pianista y según testimonios de algunos contemporáneos suyos, estaba dotada de ciertos poderes psíquicos o sobrenaturales. Desde muy pronto se mostró interesada en el esoterismo, leyendo algunos obras de la biblioteca personal de su bisabuelo que había sido iniciado en la masonería a finales del siglo XVIII. A los diecisiete años, en 1848, Helena se casó con Nikífor Vasílievich Blavatsky, vicegobernador de la provincia de Ereván, en Armenia, que tenía cuarenta años. Helena aceptó casarse para poder ganar independencia, aunque según ella nunca consumó su unión. Tras tres meses de infeliz matrimonio, ella tomó un caballo y escapó de la casa cruzando las montañas, yendo a la casa de su abuelo en Tiflis. Según cuenta ella, inició una serie de viajes por diversos países, tales como Egipto, Turquía o Grecia, entre otros. En algunos de estos viajes, estuvo acompañada por Albert Rawson, un explorador naturalista de los Estados Unidos también interesado en el esoterismo y que era miembro de la masonería. En 1855 volvió a la India y tuvo suerte en su tentativa de entrar al Tíbet a través de Cachemira y Ladakh. En el Tíbet pasaría por un período de entrenamiento bajo la dirección de su maestro. En 1858 fue a Francia y Alemania y volvió a Rusia el mismo año, pasando un corto período con su hermana Vera en Pskov. De 1860 hasta 1865 viajó y vivió en el Cáucaso, pasando por experiencias y crisis de tipo sobrenatural. Lo cual posibilitó, según ella, el poder adquirir un completo dominio de sus energías psíquicas. Partió de nuevo de Rusia en 1865 y viajó extensamente por los Balcanes, Grecia, Egipto, Siria e Italia, entre otros lugares.

En 1868 Blavatsky volvió a la India, vía Tíbet. En este viaje, Blavatsky se encontró, según cuenta, con el maestro K.H. (o maestro Koot Hoomi) hospedándose en su residencia. Al final de 1870 volvió a Chipre y Grecia. Tomó un barco más tarde hacia Egipto, en el puerto de Perea, en Grecia. En octubre de 1874 Blavatsky conoció al coronel Henry Olcott, así como a William Quan Judge, un joven abogado irlandés en Nueva York. La fundación de la Sociedad Teosófica se produjo el 7 de septiembre de 1875, con la participación de dieciséis teósofos, Helena Blavatsky, Henry Steel Olcott, William Quan Judge, y otros. Sus nombres constan en las actas que elaboró Judge como secretario. En septiembre de 1875, Blavatsky publicó su primera gran obra, Isis sin velo, un libro que trata de la historia y del desarrollo de las ciencias ocultas, la naturaleza y el origen de la magia, las raíces del cristianismo y, según la perspectiva de la autora, los fallos de la teología cristiana y los errores establecidos en aquel entonces por la ciencia oficial. En este mismo año, a Blavatsky le fue concedida la nacionalidad estadounidense. En 1878, Blavatsky y Henry Olcott trasladaron la sede de la Sociedad Teosófica a la ciudad de Adyar, en la India. Conocieron entonces a Alfred Percy Sinnett, el editor del periódico oficial del Gobierno de la India, “The Pioneer” de Allahabad. Este contacto fue muy importante para Blavatsky y la Sociedad Teosófica. En octubre de 1879 se inició la publicación del primer número de la revista de teosofía, que fue llamada “The Theosophist” (la cual todavía se publica), siendo Blavatsky la editora responsable. La Sociedad Teosófica creció rápidamente, teniendo como miembros a personas de gran importancia. En 1880 Blavatsky y Olcott habían pasado algún tiempo en Ceilán (actual Sri Lanka), estadía que generó y aumentó el interés por el sistema ético del budismo esotérico del mahāyāna. En septiembre de este año, Blavatsky y Olcott habían visitado a Sinnett y su esposa en Simla, India. El serio interés de Sinnett en las enseñanzas y el trabajo de la sociedad Teosófica fundada por Blavatsky se plasmó en una correspondencia entre Sinnett y Mahatma K.H.. Como fruto de esta correspondencia, Sinnett escribió “El Mundo Oculto” (1881) y “El budismo esotérico” (1883). Ambos libros ejercieron gran influencia y lograron aumentar el interés por la teosofía en general y por la Sociedad Teosófica en particular. Las respuestas y las comunicaciones enviadas por los Mahatmas a Sinnett están contenidas en una correspondencia que duró de 1880 hasta 1885 y fueron publicadas en 1923 como las “Cartas de los Mahatmas para A.P. Sinnett“. Las Cartas originales de los Mahatmas se conservan en el Museo Británico en Londres y pueden ser vistas con un permiso especial del departamento de manuscritos raros del Museo Británico. En mayo de 1882 Blavatsky y Olcott habían adquirido una gran propiedad en Madrás, en la India, en el barrio de Adyar, estableciendo oficialmente allí la sede internacional de la Sociedad Teosófica.

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Los tipos de los cráneos encontrados en Europa son de dos clases: los tipos caucásico y negro, tales como los que se encuentran ahora tan sólo entre las tribus africanas y en tribus salvajes. El profesor Oswald von Heer (1809 – 1883), geólogo, geobotánico, y naturalista suizo, arguyendo que los hechos de la Botánica necesitan la hipótesis de una Atlántida, demostró que las plantas de las aldeas lacustres, neolíticas, son principalmente de origen africano. ¿Cómo aparecieron estas plantas en Europa, si no había ningún punto de unión entre Europa y África? ¿Cuántos miles de años hace que vivieron los diecisiete hombres cuyos esqueletos fueron exhumados en el departamento de la Haute Garonne, en una postura como en cuclillas, cerca de los restos de un fuego de carbón, con algunos amuletos y loza rota alrededor de ellos, y en compañía del ursus spelaeus, el elephas primigenius, el aurochs, y  el megaceros hibernicus, todos ellos mamíferos antediluvianos? Seguramente debieron de haber vivido en una época de las más remotas, pero no en una que nos remonte más allá del Cuaternario. Parece que tenemos que evocar una antigüedad del hombre aún mayor. El doctor James Hunt, antiguo fundador y presidente de la Sociedad Antropológica de Londres, la  calcula en unos nueve millones de años. Este hombre de ciencia se aproxima algo a los cómputos esotéricos, si dejamos fuera de cálculo las dos primeras razas etéreas semi-humanas, y la primera parte de la tercera raza.  Sin embargo, surge la  pregunta de quiénes eran estos hombres paleolíticos de la época Cuaternaria europea. ¿Eran aborígenes o eran producto de alguna inmigración que se remontara a un pasado desconocido? Esta última es una hipótesis sostenible, ya que todos los hombres de ciencia están de acuerdo en eliminar a Europa de la categoría de “cuna posible de la humanidad” ¿De dónde, pues, procedían las diversas corrientes sucesivas de hombres “primitivos”?   Los primeros hombres paleolíticos de Europa, acerca de cuyo origen nada dice la Etnología, y cuyas características son sólo imperfectamente conocidas, eran de tipo atlante y “afro-atlante”.

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La Europa en la época Cuaternaria era muy diferente de la Europa de hoy, estando entonces sólo en proceso de formación. Estaba unida al África del Norte, o más bien a lo que es ahora el África del Norte, por una lengua de tierra que se extendía a través del actual Estrecho de Gibraltar, constituyendo el África del Norte una prolongación, por decirlo así, de la España actual, al paso que un vasto mar llenaba la gran cuenca el Sahara. De la gran Atlántida, cuya masa principal se hundió en la edad Miocena, sólo quedaban Ruta y Daitya, con alguna que otra isla perdida. La conexión que tenían los antepasados de los hombres que habitaron las cavernas paleolíticas con los atlantes, se atestigua por la exhumación de cráneos fósiles en Europa, que se parecen mucho al tipo caribeño de las  Indias Occidentales y del antiguo peruano;  un misterio para los que ignoran la hipótesis de un continente Atlante anterior, que formase un puente sobre lo que es ahora un océano. Y aquí queremos presentar a un brillante científico. Jean Louis Armand de Quatrefages de Breau (1810 – 1892), fue un médico y antropólogo francés que realizó una clasificación de los fósiles humanos y elaboró una teoría anti-evolucionista. Hijo del matrimonio formado por Jean-François de Quatrefages y Marguerite-Henriette-Camille de Cabanes, Quatrefages de Breau estudió desde 1822 a 1826 en el Colegio Real de Tournon, destacándose en matemáticas y ciencias exactas. Si bien estudió medicina en la Universidad de Estrasburgo, presentó allí en 1829 y 1830 dos tesis de doctorado en ciencias, una de las cuales trataba del movimiento de los aerolitos en el espacio, que se creían impulsados por volcanes lunares. Asistió además, en ese último año, en la facultad de medicina, a cursos de química y física. En dicha facultad leyó dos años después su tesis de doctor en medicina sobre la extroversión de la vejiga.  En 1833 se estableció como médico en Toulouse y tres años más tarde fundó el Journal de médicine et de chirugie de Toulouse. En este diario científico publicó numerosos trabajos de zoología, y aunque ostentó el cargo provisional para esta disciplina en la Facultad de Ciencias de esa ciudad, decidió en 1840 irse a París. En la capital de Francia, sus inclinaciones por las ciencias naturales -especialmente la zoología y la paleontología-, se evidenciaron en dos tesis más con que revalidó su doctorado en esas ciencias, y que trataban sobre la dentición de los roedores y sobre fósiles de estos animales.

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A partir de entonces su actividad científica en ese campo fue frenética, publicando en veinte años casi un centenar de trabajos, que combinó con viajes científicos por Francia y Sicilia, acompañado de otros dos célebres naturalistas: Milne-Edwards y Émile Blanchard. El resultado de ello fueron los dos volúmenes de Sourvenirs d’un naturaliste, publicados en 1854. Por esos años atendió la cátedra de historia natural en el Liceo Enrique IV en París, fue miembro de la sección de anatomía y zoología de la Academia de Ciencias y se ocupó de la sección dedicada a la historia natural del hombre en el Museo de Historia Natural (1855).  Entre los animales invertebrados que estudió Quatrefages estaban los anélidos -sobre los que publicó en 1865 su Histoire naturelle des annelés marins et d’eau douce– y los moluscos, en especial los gasterópodos, pero también otros que tenían que ver con enfermedades que atacaban a los insectos. Algunos de sus trabajos fueron pioneros, como los que se refieren al anfioxo, animal sobre el que el naturalista francés realizó análisis histológicos comparativos. Asimismo, destacó la importancia de los estudios embriológicos para emprender la clasificación de los organismos. Como Milne Edwards, creyó que los organismos habían sufrido una degradación o degeneración (siguiendo en cierta medida las opiniones primeras de Lamarck) en cuanto a su complejidad estructural, que vio como resultado de la disminución de la actividad fisiológica y de la consiguiente división del trabajo de dichas estructuras. Así, por ejemplo, en los moluscos había desaparecido el sistema circulatorio, sustituido por la función del sistema digestivo encargado de hacer circular sustancias nutritivas en lugar de la sangre. La teoría de Quatrefages, denominada flebenterismo, fue muy controvertida en su tiempo, pero poco a poco quedó abandonada. Quatrefages vulgarizó el nombre de antropología a partir de 1855. Cuando Broca fundó la Sociedad de Antropología de París cuatro años después, esta ciencia comenzó un asombroso despliegue, al que pronto se adhirió Quatrefages, conjuntamente con otro miembro de dicha Sociedad y discípulo suyo en el Museo, E. T. Hamy. El primero definió la antropología como la historia natural del hombre bajo el punto de vista morfológico, como la entendería un zoólogo que estudiase un animal. En 1867 escribió para la Exposición de París Rapport sur les progrès de l’anthropologie, y en 1882, en colaboración con Hamy, Crania ethnica. Los cinco primeros volúmenes de esta obra, además del tratado de las razas humanas fósiles, se refieren en lo fundamental al estudio de los melanesios y de los negros; mientras que el sexto, debido casi exclusivamente a Hamy, a los tasmanios y papúes.

De Quatrefages señala esta “raza magnífica” de los corpulentos hombres de las cavernas Cro-Magnon y los guanches de las Islas Canarias como representantes del mismo tipo. Rudolf Ludwig Karl Virchow (1821 – 1902), médico alemán considerado como uno de los más prominentes patólogos del siglo XIX, relaciona de un modo semejante a los vascos con los guanches.  El profesor Andreas Johann Retzius ( 1742 –  1821), entomólogo, químico, y botánico sueco, probó independientemente la relación de las tribus aborígenes americanas dolicocéfalas con estos mismos guanches. De este modo se  enlazan seguramente los diversos eslabones en la cadena de las pruebas. Pudieran aducirse una multitud de hechos semejantes. En cuanto a las tribus africanas, que son retoños divergentes de los atlantes, modificados por el clima y demás condiciones, penetraron en Europa por la península que convirtió el Mediterráneo en un mar interior. Muchos de estos hombres de las cavernas europeos eran de razas como la Cro-Magnon. Pero, como era de esperar,  el progreso casi no existió en todo el vasto período atribuido por la Ciencia a la edad de la piedra lascada.  Finalmente, el hombre paleolítico deja el sitio a su sucesor, y desaparece casi por completo de la escena. El profesor André Lefèvre, autor de Les races et les langages,  pregunta en relación a este tema:  “¿Sucedió la edad de la Piedra Pulimentada a la de la Piedra Lascada por una transición imperceptible, o fue debida a una invasión de Celtas braquicéfalos?”  Pero ya sea que la modificación producida en las poblaciones de La Vézère fuera el resultado de cruzamientos violentos, o de una retirada general hacia el Norte, es de poca importancia para lo que estamos considerando. Luego Lefèvre dice:  “Mientras tanto, el lecho del océano se ha levantado; Europa está ahora completamente formada, y su flora y fauna, fijas. Con la domesticidad del perro, comienza la vida pastoral. Entramos en aquellos períodos de la piedra pulimentada y del bronce, que se sucedieron con intervalos irregulares, que hasta se enlazaron en medio de las emigraciones y fusiones étnicas, tanto más confusos y de más corta duración cuanto las edades eran menos avanzadas y más rudimentarias. Las primitivas poblaciones europeas se interrumpen en su evolución especial, y sin perecer, son absorbidas por otras razas; tragadas, por decirlo así, por las olas sucesivas de emigración que venían del África, posiblemente de una Atlántida perdida  y de la prolífica Asia. Por una parte vinieron los íberos, por la otra pelasgos, ligurios, sicanianos, etruscos  -todos precursores de la gran invasión aria, la quinta raza“.   Cuando se hacen declaraciones como las anteriores, se espera que el escritor presente pruebas  históricas en lugar de  legendarias, en apoyo de sus manifestaciones. ¿Es esto posible?

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En efecto,  pruebas sobre ello abundan y sólo tienen que ser recogidas y reunidas para resultar abrumadoras a los ojos de los que están libres de prejuicios. En una carta a Voltaire, Jean Sylvain Bailly (1736 – 1793), político y académico francés,  encuentra muy natural que las simpatías de Voltaire fuesen atraídas por los representantes del “conocimiento y sabiduría”, de los antiguos brahmanes. Luego añade una curiosa declaración: “Pero vuestros brahmanes son muy jóvenes en comparación de sus instructores arcaicos“.    Bailly, que no sabía nada de las enseñanzas esotéricas, ni de  Lemuria, creía, sin embargo, sin reservas, en la perdida Atlántida, así como también en varias naciones prehistóricas y civilizadas, que habían desaparecido sin dejar rastro alguno. Había estudiado extensamente los antiguos clásicos y las  tradiciones, y había visto que las artes y las ciencias conocidas, referidas a los que hoy llamamos los “antiguos”, no eran las obras de ninguna de las naciones hoy existentes ni de ninguno de los pueblos históricos del Asia. Y que, a pesar de la sabiduría de los indos, su innegable prioridad en los principios de su raza tenía que referirse a un pueblo o a una raza aún más antigua y más instruida que los mismos brahmanes.  François Marie Arouet, más conocido como Voltaire (1694 –1778) fue un escritor, historiador, filósofo y abogado francés, que figura como uno de los principales representantes de la Ilustración, un período que enfatizó el poder de la razón humana, de la ciencia y el respeto hacia la humanidad. En 1746 Voltaire fue elegido miembro de la Academia francesa.   Voltaire era el mayor escéptico de su tiempo, el materialista  por excelencia, pero compartía la creencia de Bailly. Creía que mucho antes de los imperios de China y de la India, habían habido naciones cultas, instruidas y poderosas, que fueron dominadas por una gran invasión de bárbaros y sumergidas de nuevo en su estado primitivo de ignorancia y de salvajismo, o lo que llaman el estado de naturaleza pura.   Lo que en Voltaire era la conjetura sagaz de una gran inteligencia, era en Bailly una “cuestión de hechos históricos”, pues escribía:  “Doy gran importancia a las antiguas tradiciones conservadas a través de una larga serie de generaciones“.

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Era posible, según Bailly, que una nación  extranjera , después de instruir a otra nación, desapareciese de modo que no dejara rastro. Cuando se le  preguntaba cómo podía suceder que esta nación antigua, o más bien arcaica, no hubiese dejado, por lo menos, algún recuerdo en la mente humana, contestaba que el tiempo devora sin compasión los hechos y sucesos. Pero la historia del pasado no se perdió enteramente nunca, pues los sabios del antiguo Egipto la habían conservado y así se conserva hasta hoy en alguna parte. Según Platón, los sacerdotes de Saîs dijeron al Solón, legislador griego que puso las bases de la democracia ateniense:    “No conocéis esa noble y excelente raza de hombres que habitó una vez vuestro país, de quien vos descendéis, así como todos vuestros actuales estados, aunque sólo un pequeño resto de esta gente admirable es la que ahora queda… Estos escritos relatan la fuerza prodigiosa que dominó una vez vuestra ciudad, cuando un potente poder guerrero, precipitándose desde el mar Atlántico, se extendió con furia hostil sobre toda Europa y Asia“.  Los griegos no eran sino los restos debilitados de este país, en un tiempo glorioso.  ¿Qué era este país? La Doctrina Secreta enseña que fue la última parte de la séptima subraza de los atlantes, que entonces estaba ya englobada en una de las primeras subrazas del tronco ario, que se había ido extendiendo gradualmente sobre el continente e islas de Europa, tan pronto como éstas  principiaron a surgir de los mares que antes cubrían gran parte de Europa. Descendiendo de las altas mesetas del Asia, en donde las dos razas se habían refugiado en los días de la agonía de la Atlántida, se habían ido estableciendo y colonizando las nuevas tierras surgidas. La subraza inmigrante había aumentado y se multiplicó rápidamente en aquel suelo virgen. Se había dividido en muchas subrazas, las cuales a su vez se dividieron en naciones: Egipto y Grecia, los fenicios y los emigrados al Norte de Europa, procedieron así de esta subraza. Miles de años después, otras razas, restos de los atlantes, amarillas y rojas, morenas y negras, principiaron a invadir el nuevo continente. Hubo guerras en que los recién llegados fueron vencidos, y huyeron, unos al África, otros a países remotos. Algunas  de estas tierras se convirtieron en islas en el curso del tiempo, debido a nuevas convulsiones geológicas. Separadas así de modo forzoso de los continentes, el resultado fue que las tribus y familias no desarrolladas del linaje atlante cayeron gradualmente en una condición aún más salvaje.

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Los españoles, en las expediciones en busca de Cíbola, encontraron tribus salvajes con  jefes  blancos. Cíbola es una ciudad legendaria llena de riquezas, que durante la época colonial se suponía en algún lugar del norte de la Nueva España, en lo que hoy es el norte de México y el suroeste de Estados Unidos. Cíbola fue una de las fantásticas ciudades que existieron en una vieja leyenda que se originó alrededor del año 713 cuando los moros conquistaron Mérida, España; según la leyenda siete obispos huyeron de la ciudad no sólo para salvar sus vidas, sino también para impedir que los infieles moros se apropiaran de valiosas reliquias religiosas. Años después corrió el rumor de que se habían instalado los siete obispos en un lugar lejano, más allá del mundo conocido en esa época, y habían fundado las ciudades de Cíbola y Quivira. La leyenda decía que esas ciudades llegaron a tener grandes riquezas, principalmente en oro y piedras preciosas. Esa leyenda fue la causa de que exploradores españoles y sus gobernantes trataran en vano de encontrar durante siglos las legendarias ciudades. La leyenda creció a tal grado que con el tiempo ya no se hablaba únicamente de Cíbola y Quivira, sino de siete magníficas ciudades Aira, Anhuib, Ansalli, Ansesseli, Ansodi, Ansolli y Con, construidas en oro, cada una de ellas había sido fundada por cada uno de los siete obispos que partieron de Mérida al ser conquistada por los moros. De alguna manera la leyenda estaba viva en la época de las exploraciones españolas en el Nuevo Mundo, leyenda que fue alimentada por los náufragos de la fracasada expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida en 1528, los cuales a su regreso a la Nueva España dijeron haber escuchado de boca de los nativos historias de ciudades con grandes riquezas. De esa larga caminata sobrevivieron cuatro hombres: uno de ellos fue Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien escribió un libro llamado Naufragios, en el cual describió la larga aventura a pie desde la costa de Florida hasta la costa de Sinaloa en México. Otro de los cuatro sobrevivientes fue un esclavo negro llamado Esteban, conocido como Estebanico.

Al escuchar las noticias que relataban los náufragos de ciudades de riqueza sin límite ubicadas más al norte de la Nueva España, el virrey Antonio de Mendoza y Pacheco organizó una expedición encabezada por el fraile franciscano Marcos de Niza, quien llevaba como guía a Estebanico. Durante el viaje a un lugar llamado Vacapa (probablemente en alguna parte del estado de Sonora) envió el fraile a Estebanico por delante para investigar. Poco después Estebanico reclamó la presencia del fraile por haber escuchado de los nativos historias de ciudades colmadas de riquezas. Al enterarse de eso, fray Marcos de Niza supuso que se trataba de las “Siete Ciudades de Cíbola y Quivira“. Estebanico no esperó al fraile, sino que siguió avanzando hasta llegar a Háwikuh, Nuevo México, en donde encontró la muerte a manos de los nativos que hicieron huir a sus acompañantes. El fraile Marcos de Niza regresó a la ciudad de México narrando que había continuado la exploración después de la muerte de Estebanico y había avistado a lo lejos una ciudad más grande que la gran Tenochtitlan (ciudad de México) y que los nativos de allí usaban vajillas de plata y oro, decoraban sus casas con turquesas y usaban perlas gigantescas, esmeraldas y otras joyas más. Al escuchar esas noticias, el virrey Antonio de Mendoza y Pacheco no perdió el tiempo y organizó una gran expedición militar para tomar posesión de aquellas riquísimas tierras que el fraile le había narrado con profusión de detalles. Al mando de la misma quedó un amigo del Virrey, Francisco Vázquez de Coronado, quien llevaba como guía al fraile Marcos de Niza. El 22 de abril de 1540 salió Coronado de Culiacán al mando de un pequeño grupo de expedicionarios, en tanto el grueso de la expedición iría más lentamente a las órdenes de Tristán de Arellano (en cada villa española se reorganizaba la expedición terrestre), a la vez que partía otra expedición por mar al mando de Fernando de Alarcón para abastecer a la expedición de tierra. Coronado atravesó el actual estado de Sonora y entró en el actual estado de Arizona. Allí comprobó que las historias de Marcos de Niza eran falsas al no encontrar ninguna riqueza de las que el fraile había mencionado. Asimismo resultó falsa la aseveración del fraile que desde aquellas tierras se podía ver el mar, ya que como le dijeron los nativos a Coronado y lo comprobó él mismo, el mar se encontraba a muchos días de camino.

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También ha sido confirmada la presencia de tipos negros africanos en Europa, en las edades prehistóricas. Esta presencia de un tipo foráneo asociado con la raza negra, y también con la mongólica, es lo que constituye la gran dificultad con que tropieza la antropología. Un individuo que vivió en un período de incalculable antigüedad en La Naulette, en Bélgica, es un ejemplo. Dice un antropólogo:  “Las cuevas de las orillas del Lasse, en el Sudeste de Bélgica, presentan pruebas del que es, quizá, el hombre más antiguo, como lo demuestra la mandíbula de La Naulette. Semejante hombre, sin embargo, tenía amuletos de piedra, perforados a fin de que sirvieran de adorno; estos están hechos de psammita (arenisca micácea) que se encuentra ahora en la cuenca de la Gironda“.  De modo que el hombre belga era sumamente antiguo. El hombre que antecedió a la gran inundación de aguas, que cubrieron las alturas  de Bélgica con un depósito de barro de treinta metros sobre el nivel de los ríos actuales, debió de haber combinado en sí los caracteres de las razas turania y negra. Como aclaración debemos indicar que la Raza Atlante tuvo cuatro alegóricas edades: Edad de oro o de vida Natural, sencilla y feliz; Edad de Plata o de vida Compleja y Civilizada; Edad de Airain (Cobre) y Edad de Hierro, de decadencia y corrupción. Se desarrolló en 7 sub-razas: Los Rmohals, gigantes, de color rojo; Los Tlavatlis, montañeses, de color rojo; Los Totelcas, administradores, de color rojo; Los Turanios, colonizadores, de color amarillo; Los Semitas, guerreros, morenos, sub-raza germen de la Raza Aria o quinta; Los Acadios, comerciantes, morenos.  El hombre de Canstadt, o de La Naulette, puede haber sido negro, y nada tuvo que ver con el tipo ario cuyos restos son contemporáneos a los del oso de las cavernas, en Engis,  población belga en donde fueron hallados por primera vez los restos fósiles del hombre de Neandertal. Los habitantes de las cuevas de huesos de Aquitania pertenecen a un período muy posterior de la historia, y pueden no ser tan antiguos como los primeros.

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Los descubrimientos futuros probarán que, cualquiera que haya sido la complexión del tipo más antiguo del hombre que los antropólogos conocen, no era en modo alguno simiesco . El hombre de Canstadt, en Alemanía, y el hombre de Engis poseían igualmente atributos humanos. La gente ha buscado el eslabón perdido en el extremo equivocado de la cadena; y el hombre de Neanderthal hace mucho tiempo que ha sido relegado al limbo. Benjamín Disraeli (1804 – 1881), conocido también como Conde de Beaconsfield o Lord Beaconsfield, fue un político, escritor y aristócrata británico, que ejerció dos veces como Primer Ministro del Reino Unido, fue Líder de la Muy Leal Oposición de Su Majestad y tres veces Ministro de Hacienda del Reino Unido. Fue uno de los más destacados políticos del Reino Unido, perteneciente a la corriente conservadora de los Tories, de la cual se convirtió en uno de los más notorios líderes, siendo una de las figuras claves en la conversión de estos en el Partido Conservador del Reino Unido, pasando a liderar esta organización política, extendiendo su carrera dentro de la Cámara de los Comunes por casi cuatro décadas. Disraeli dividía a los hombres en asociados de los monos y de los ángeles. Hay razones a favor de una “teoría angélica”, aplicable, por lo menos, a algunas razas de hombres. En todo caso, si se sostiene que el hombre existe sólo desde el período Mioceno, la misma humanidad en su totalidad no podía estar constituida por los salvajes de la edad paleolítica, según quieren representarlos ahora los hombres de ciencia.  Todo lo que dicen son meras conjeturas especulativas arbitrarias.   Aquí hablamos de sucesos de hace cientos de miles de años, más aún, de millones de años, no de los sucesos que han ocurrido durante los pocos miles de años del margen prehistórico concedido por la siempre prudente historia. Entre los científicos remarcables tenemos a Charles Etienne Brasseur, conocido como Abate Brasseur de Bourbourg (1814 – 1874), que  fue un sacerdote francés considerado uno de los pioneros en el estudio de la arqueología, la etnología y la historia precolombina de Mesoamérica. Ordenado sacerdote en Roma en 1845, viajó al Canadá donde fue profesor de Historia Eclesiástica en el Seminario de Quebec. Entre 1848 y 1863 viaja como misionero a México y Centroamérica. En sus viajes, se interesó por las antiguas civilizaciones desaparecidas y emprendió su estudio. Publicó una historia de la civilización azteca en 1857. Entre 1861 a 1864, preparó varios documentos redactados en las lenguas locales indígenas. Anunció en 1863 haber descubierto la clave de la transcripción de la escritura maya y publicó lo que cree es la traducción del Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo maya quiché. Editó también una gramática del idioma quiché.

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El estudio de la escritura maya acercó al abate a la obra del misionero español fray Diego de Landa. A partir de 1869, revela sus principios de descifrado de los antiguos códices mayas, en particular, del Manuscrito Troano, que pretendió traducir. Está en realidad en el error, queriendo ver en la escritura maya un simple alfabeto. Fue necesario esperar más de un siglo para que las verdaderas claves de la transcripción fueran descubiertas y algunos textos revelaran sus secretos, en particular del soviético Yuri Knorozov. Fue arqueólogo oficial de la expedición francesa de México en 1864, y el Gobierno francés publicó en 1866 su obra Monumentos antiguos de México. En 1856 Brasseur de Bourbourg tradujo el drama-ballet “Rabinal Achí”, según la narración en idioma maya-achí que escuchó del nativo Bartolo Sis. En 1871 se edita su Biblioteca México-Guatemalteca. El Abate Brasseur de Bourbourg, dice:  “Las tradiciones, cuyos vestigios se presentan en Méjico, en la América Central, en el Perú y en Bolivia, sugieren la idea de que el hombre existió en esos diferentes países en el tiempo de la gigantesca elevación de los Andes, y que ha retenido el recuerdo de ello- hasta los últimos paleontólogos, y antropólogos, la mayor parte de los hombres científicos está en favor de tal antigüedad. A propósito del Perú, ¿se ha hecho alguna tentativa satisfactoria para determinar las afinidades y características etnológicas de la raza que levantó esas construcciones ciclópeas, cuyas ruinas ponen de manifiesto los restos de una gran civilización? En Cuelap, por ejemplo, se encuentran unas que consisten:     en una pared de piedras labradas, de 3.600 pies de largo, 560 de ancho y 150 de alto, constituyendo una masa sólida con una cima a nivel. Sobre esta masa se hallaba otra de 600 pies de largo, 500 de ancho y 150 de alto, que hacen en junto una altura de 300 pies. En ella había cuartos y celdas”.

Un hecho muy sorprendente es el parecido entre la arquitectura de estas construcciones colosales y la de las civilizaciones arcaicas europeas. Samuel Ferguson (1810 –1886), poeta, abogado y anticuario irlandés, considerado por muchos como el más importante poeta anglo-irlandés del siglo XIX, perteneciente al Renacimiento céltico,  considera las analogías entre las ruinas de la civilización “Inca” y los restos ciclópeos de los pelasgos en Italia y Grecia como una coincidencia de las más notables en la historia de la arquitectura. El nombre pelasgos (del griego antiguo Πελασγοί Pelasgoí, singular Πελασγός, Pelasgós) fue usado por algunos escritores de la antigua Grecia para aludir a los pueblos predecesores de los helenos como habitantes de Grecia, «un término comodín para cualquier pueblo antiguo, primitivo y presumiblemente indígena en el mundo griego». En general, «pelasgo» ha llegado a aludir ampliamente a todos los habitantes indígenas de las tierra egeas y sus culturas antes de la llegada del idioma griego. Esto no es un significado exclusivo, pero las demás acepciones exigen aclaración. Durante el periodo clásico sobrevivieron varios enclaves con este nombre en diversas localizaciones de la Grecia continental, Creta y otras regiones del Egeo. Estos pueblos identificados como «pelasgos» hablaban una o más lenguas que entonces fueron identificadas como ajenas al griego, incluso a pesar de que algunos autores antiguos describieran a los pelasgos como griegos. También sobrevivió la tradición de que grandes partes de Grecia habían sido una vez pelasgas antes de ser helenizadas. Estas partes solían caer en el dominio étnico que para el siglo V fue atribuido a los hablantes del griego antiguo que fueron identificados como jonios. La clasificación de las lenguas pelásgicas, conocidas solo a través de elementos no griegos dentro del griego antiguo y detectable en algunos topónimos, incluso aunque el pelásgico no fuese una sola lengua, y la relación de los pelasgos con los helenos prehistóricos son antiguas cuestiones que no tienen respuestas definitivas. Este campo de estudio busca nuevas evidencias que llenen los huecos. Existen muchas teorías pasadas y actuales, algunas de las cuales están teñidas por cuestiones nacionalistas contemporáneas, que comprometen su objetividad.

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Durante el siglo XX, las excavaciones arqueológicas han desenterrado objetos en regiones tradicionalmente habitadas por los pelasgos, como Tesalia, Ática y Lemnos. Los arqueólogos, excavando en Sesclo y Dímini, han descrito la cultura material pelásgica como neolítica; otros la han relacionado con culturas heládicas medias e incluso heládicas tardías como la micénica, donde el corpus de inscripciones breves ya está en una forma temprana de griego. Incluso la relación de pruebas arqueológicas materiales con la cultura lingüística ha sido puesta en cuestión por Walter Pohl y otros estudiosos modernos de la etnogénesis. Los pelasgos aparecen por vez primera en los poemas de Homero, concretamente en la Ilíada, ya que entre los aliados de Troya están los pelasgos. En la sección conocida como Catálogo de los troyanos, se mencionan entre las ciudades helespónticas y los tracios del sureste de Europa (es decir, en el borde helespóntico de Tracia). Homero llama a su ciudad o distrito «Larisa» y la caracteriza como fértil, celebrando a sus habitantes por su habilidad como lanceros. También recoge que sus jefes eran Hipótoo y Pileo, hijos de Leto, hijo de Teutamo, dándoles así a todos nombres que eran griegos o tan profundamente helenizados que carecían de cualquier rasgo extranjero. En la Odisea, Odiseo, fingiendo ser cretense, menciona a los pelasgos entre las tribus de las noventa ciudades de Creta, donde «se oyen mezcladas varias lenguas». La Ilíada también alude al «Argos pelásgico», que con mucha probabilidad es la llanura de Tesalia, y al «Zeus Pelásgico», que gobierna y vive en Dódona, por lo que debe ser el oracular de Epiro. Sin embargo, ningún pasaje menciona a pelasgos reales. Los mirmidones, helenos y aqueos habitan específicamente Tesalia, y los Selloi están alrededor de Dódona. Todos ellos lucharon en el bando griego. Es difícil resistir a la conclusión de que puede haber alguna relación entre las distintas arquitecturas antes mencionadas.   La relación se explica sencillamente por la derivación, de los que idearon estas construcciones, de un centro común en un continente Atlántico. La aceptación de este continente es lo único que puede auxiliarnos en la solución de este  problema, y otros semejantes, en casi todas las ramas de la Ciencia Moderna.

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El doctor Latert, tratando del asunto, declara: “La verdad, por tanto tiempo discutida, de la coexistencia del hombre con las grandes especies extinguidas (elephas primigenius, rhinoceros tichorrhinus, hyaena  spelaea, ursus spelaeus, etc.), me parece en lo sucesivo inatacable y definitivamente conquistada por la ciencia, especialmente la parte del Pacífico del gigantesco Continente de la Lemuria. Ésta es también la opinión De Quatrefages, que dice: “El hombre ha visto, según toda probabilidad, los tiempos Miocenos, y por consiguiente toda la época Pliocena“. Hay razones para creer que sus vestigios se encontrarán en tiempos aun más remotos. Entonces puede haber sido contemporáneo de los primeros mamíferos, y remontarse hasta el período Secundario. Egipto es mucho más antiguo que Europa. Las tribus Ario-atlantes principiaron a establecerse en Egipto cuando las Islas Británicas  y Francia ni siquiera existían. Es bien sabido que “la lengua del Mar Egipcio” o el Delta del Egipto inferior se convirtió en tierra firme muy gradualmente. Y, al contrario que las montañas de Abisinia, que se levantaron de repente,  se formó de un modo muy gradual en dilatadas edades, mediante capas sucesivas de fango marino y de lodo, depositado anualmente por los arrastres de un gran río, el Nilo actual. Sin embargo, hasta el mismo Delta ha sido habitado, como tierra firme y fértil, desde hace más de 100.000 años. Tribus posteriores, con más sangre aria que sus predecesoras, llegaron del Oriente y  conquistaron a un pueblo cuyo nombre se ha perdido para la posteridad, excepto en los Libros Secretos. Esta barrera natural de fango, que se tragaba lenta y seguramente todo barco que se aproximase a aquellas costas inhospitalarias, fue, hasta pocos miles de años antes de Cristo, la mejor salvaguardia de los egipcios posteriores, quienes se habían arreglado para llegar allí a través de Arabia, Abisinia y Nubia, conducidos por Manu Vinâ en los tiempos de Vishâmitra.

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Tan  evidente se hace cada día la antigüedad del hombre, que el Abate Fabre, que fue profesor de la Sorbona, declaró categóricamente que la Paleontología y Arqueología prehistóricas pueden descubrir en las capas terciarias, sin ningún daño para las Escrituras, vestigios del hombre  pre-Adámico.  Puesto  que la Biblia no tiene en cuenta ninguna creación anterior al último diluvio, la revelación de la Biblia nos deja en libertad para admitir la existencia del hombre en las capas pliocenas, y hasta en las eocenas. Por otra parte, además, los geólogos no están de acuerdo en considerar a los hombres que habitaron el globo en esas edades primitivas como nuestros antecesores.  Algún día la Iglesia asumirá la interpretación oculta de la Biblia. Alusiones a la constitución septenaria de la Tierra y del Hombre, a las siete Rondas y Razas, abundan tanto en el  Nuevo Testamento como en el Antiguo , y son tan visibles  como el Sol en el firmamento para el que lea ambos simbólicamente. Hay una frase que dice  “desde la mañana  después del Sábado… que trajisteis la gavilla de las primicias; siete Sábados se completarán… Y ofreceréis con el pan siete corderos sin mancha....”.   Todas estas primicias y ofrendas de “paz ” eran en conmemoración de los  siete “Sábados” de los Misterios. Estos siete Sábados son siete Pralayas entre siete Manvántaras, o lo que llamamos Rondas ; pues “Sábado” es una palabra que significa un período de reposo de cualquier naturaleza.  Hay una ley en el Universo que hace que los periodos de actividad o manifestación (“manvantaras”) se alternen con periodos de inactividad o sustracción (“pralayas”). Esta alternancia se aplica en los diferentes grados del Universo, tanto en el macrocosmos, como en el microcosmos. Durante los manvantaras los seres van a manifestarse a través de formas, pertenecientes a los reinos de la naturaleza (a nivel planetario), los reinos cósmicos (a niveles superiores) y  los reinos microcósmicos (a niveles inferiores). Y todas esas entidades van a tener un periodo de actividad para desarrollarse.

Pralaya, en sanskrito, significa disolverse, como cuando pones un cubo de azúcar en el agua, este desaparece. Igual durante los pralayas el mundo manifestado se deshace y es reabsorbido con todos sus seres por el mundo divino. Se destruyen los vehículos corpóreos de las cosas, permaneciendo intactas las esencias vitales internas. Todo lo diferenciado desaparece del mundo fenoménico y es transferido a la esencia noumenal, que en la filosofía de Immanuel Kant es un término que se introduce para referir a un objeto no fenoménico, es decir, que no pertenece a una intuición sensible, sino a una intuición intelectual o suprasensible.. Lo visible se vuelve invisible.  Al terminar el manvantara y comenzar el pralaya, la manifestación de la entidad (un humano, un planeta, un sistema solar, incluso el Universo) es desintegrada para, al siguiente manvantara, volverla a reconstruir en un nivel más avanzado de evolución. Y si esto no fuese bastante concluyente, entonces podemos referirnos al versículo bíblico que dice:  “Aun desde la mañana después del séptimo Sábado, contaréis cincuenta días (cuarenta y nueve, 7 x 7, estados de actividad y cuarenta y nueve estados de reposo, en los siete Globos de la Cadena, y luego viene el reposo del Sábado, el día  cincuenta ); y presentaréis una nueva  ofrenda de carne al Señor“.  Esto es, haréis una ofrenda de vuestra carne o “vestidos de piel”, y desechando vuestros cuerpos, permaneceréis espíritus puros. Esta ley de la ofrenda, degradada y materializada con las edades, era una institución que databa de los primeros atlantes. Luego la heredaron los hebreos por la vía de los “caldeos”, que eran los “hombres sabios” de una  casta , no de una nación. Eran una comunidad de grandes Adeptos salidos de sus “Agujeros de Serpiente”, que se había establecido en Babilonia edades antes. Los Gnósticos llamaron esta serpiente CHNOUBIS o KANOBIS y dijeron que era el guardián de una pirámide de 12 ángulos con agujeros que rodean la Tierra. ¿Son estos 12 ángulos, agujeros en el espacio que han sido taladrados por este gusano? Si nos fijamos en el Apocalipsis, vemos el enigma de la mujer vestida de púrpura y escarlata, en la frase  “ Misterio, Babilonia la Grande, la Madre  de las Rameras y Abominaciones de la Tierra ”. Las siete cabezas de la bestia son siete montañas (siete Continentes y siete Razas) en que se asentaba la mujer.  Y hay siete reyes (siete Razas); cinco han caído (incluida nuestra Quinta Raza), y uno existe (la Quinta continúa), y el otro (las Razas  Sexta y Séptima ) no han venido aún, y cuando él (la Raza “rey”) venga, continuará por un corto espacio.   Hay muchas de estas alusiones apocalípticas. Si la Biblia se une a la Arqueología y Geología se puede demostrar que la civilización humana ha pasado por tres etapas más o menos determinadas, a lo menos en Europa; y que el hombre, en América y en Europa, lo mismo que en Asia, data de remotas épocas geológicas.

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Puede demostrarse que no hubo en la  mitad del período Mioceno una sola especie de mamíferos idéntica a las especies que hoy existen, y que el hombre era entonces exactamente lo que es ahora, sólo que más alto y más atlético que nosotros.  Que ellos no podían ser descendientes de los monos, de los cuales no se ven vestigios antes del período Mioceno, es atestiguado por varios naturalistas eminentes.  Así, en el salvaje de las edades cuaternarias, que tenía que luchar contra  el mamut con armas de piedra, encontramos todos aquellos caracteres craneológicos considerados generalmente como signo de gran desarrollo intelectual.    A menos que el hombre surgiera espontáneamente, dotado de toda su inteligencia y sabiduría, no podía haber adquirido semejante órgano dentro de los límites del período Mioceno, si hemos de creer al Abate Brasseur de Bourbourg.   En cuanto al asunto de los gigantes, aunque el hombre más alto que se ha encontrado hasta ahora, en Europa, entre los fósiles, es el “hombre de Mentone” (más de 2 metros), todavía puede que se exhumen otros. El arqueólogo escandinavo  Sven Nilsson (1787-1883), citado por Sir John Lubbock, primer barón de Avebury, manifiesta que: “En una tumba de la edad Neolítica… se encontró un esqueleto de tamaño extraordinario, en 1807.  Se atribuyó a un rey de Escocia, Albus McGaldus“.   Y si en nuestros mismos días se ven a veces hombres y mujeres de más de 2 metros, esto tan sólo prueba, según la ley de atavismo, o la reaparición de rasgos y caracteres de los antecesores, que hubo un tiempo en que el término medio de la altura de la humanidad era unos 3 metros, hasta en nuestra última raza Indoeuropea.  Si nos referimos a los lemures y atlantes, vemos que los antiguos griegos sabían de estas primitivas razas. La gran nación mencionada por los sacerdotes egipcios, de la cual descendieron los antepasados de los griegos de la época de Troya, y que, según se asegura, había luchado con la raza Atlante, no era seguramente una raza de salvajes paleolíticos. Sin embargo, aun en los días de Platón, exceptuando los sacerdotes e iniciados, nadie parece haber conservado ningún recuerdo claro de las razas precedentes. Los primeros egipcios se habían separado de los últimos atlantes hacía muchísimo tiempo. Ellos mismos descendían de una raza  extranjera y se habían establecido en Egipto unos 400.000 años antes. Pero sus Iniciados habían conservado todos sus anales.

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Hasta en una fecha tan posterior como la época de Heródoto de Halicarnaso, historiador y geógrafo griego que vivió entre el 484 y el 425 a. C., los Egipcios tenían todavía en su poder las estatuas de 341 reyes que habían reinado sobre su pequeña subraza Atlante Aria. Concediendo sólo veinte años, como término medio, a cada  reinado, la duración del imperio egipcio hay que remontarla a 17.000 años antes del tiempo de Herodoto. Robert Wilhelm Bunsen concedía a la gran Pirámide una antigüedad de 20.000 años. La Arqueología moderna no quiere concederle más de 5.000 o cuanto más 6.000, y generalmente concede a Tebas, con sus cien puertas, 7.000 años desde la época de su fundación. Y, sin embargo, existen anales que muestran a sacerdotes egipcios  -Iniciados – viajando en dirección Noroeste  por tierra, vía que más adelante se convirtió en el Estrecho de Gibraltar; volviendo hacia el Norte, y viajando por los establecimientos fenicios de la Galia meridional. Luego aún más adelante hacia el Norte, hasta llegar a Carnac (Morbihan), volvieron de nuevo a Occidente y llegaron,  siempre viajando por tierra , al promontorio Noroeste del Nuevo Continente  ¿Cuál era el objeto de su largo viaje, y en qué época debemos colocar la fecha de tales visitas? Los Anales Arcaicos muestran a los Iniciados de la segunda subraza de la familia aria marchando de un país  a otro, con objeto de inspeccionar la construcción de menhires y dólmenes, de zodíacos colosales de piedra, y sitios sepulcrales para servir de receptáculos para las cenizas de futuras generaciones. ¿Cuándo ocurrió esto? El hecho de que cruzaron desde Francia a la Gran Bretaña por tierra puede dar una idea de la fecha en que pudo efectuarse semejante viaje por  tierra firme.  Era cuando el nivel de los mares Báltico y del Norte era 400 pies más alto que hoy día. El valle del Somme, en la Picardía francesa, no estaba a la profundidad que ahora alcanza. Sicilia se hallaba unida al África, y la actual costa berberisca a España. Cartago, las Pirámides de Egipto, los palacios de Uxmal y de Palenque no existían todavía, y los osados navegantes de Tiro y Sidón, que más tarde habían de emprender sus peligrosos viajes a lo largo de las costas de África, aún no habían nacido. Lo que sabemos con certeza es que el hombre europeo fue contemporáneo de las especies extinguidas de la época Cuaternaria, que presenció el levantamiento de los Alpes y la extensión de los ventisqueros. En una palabra, que vivió miles de años antes de que asomaran los albores de las tradiciones históricas más remotas.

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Es también posible que el hombre sea contemporáneo de mamíferos extinguidos de especies aún más antiguas, como del elephas meridionalis en las arenas de Saint Prest, o del elephas antiquus, que se supone anterior al elephas primigenius, puesto que sus huesos se encuentran en compañía de pedernales labrados en varias cuevas de Inglaterra, y asociados con los del rhinoceros haemitechus, y hasta con los del machairodus latidens, de fecha aun anterior. Édouard Lartet (1801– 1871), paleontólogo francés, es también de opinión de que la existencia del hombre en el período terciario no tiene, en realidad, nada de imposible.  Si científicamente no hay  nada de imposible en la idea, y puede admitirse que el hombre existía ya en época tan remota como el período Terciario, entonces es conveniente recordar que James Croll (1821 – 1890), científico escocés del siglo XIX que desarrolló una teoría del cambio climático sobre la base de los cambios en la órbita terrestre, coloca el principio de este período en una época de hace 2.500.000 años; pero  hubo un tiempo en que le asignaba 15.000.000. Y si puede decirse todo esto del hombre europeo ¡cuán grande será la antigüedad del hombre lemuro-atlante y del atlante-ario! Toda persona ilustrada que sigue el progreso de la Ciencia sabe cómo se reciben todos los vestigios del hombre del período Terciario. Las calumnias que en 1863 cayeron sobre Jules Pierre François Stanislas Desnoyers, más conocido como Jules Desnoyers (1800 – 1887), geólogo y arqueólogo francés, cuando anunció al Instituto de Francia que había hecho un descubrimiento en las no removidas arenas de Saint Prest, cerca de Chartres, que probaba la coexistencia del hombre y del elephas meridionalis, prueban el escepticismo científico. El descubrimiento posterior, en 1867, del abate Bourgeois, de que el hombre vivió en el período Mioceno, y el recibimiento que tuvo en el Congreso Prehistórico de Bruselas en 1872 prueban que la generalidad de los hombres de ciencia sólo ven lo que quieren ver. El arqueólogo moderno, aunque especula sobre los dólmenes y sus constructores, no sabe, en efecto, nada de ellos, ni de su origen. Sin embargo, estos monumentos extraños, a veces colosales, de piedras sin labrar, que por regla general constan de cuatro o de siete bloques gigantescos colocados juntos, están esparcidos por Asia, Europa, América y África, en grupos o hileras. Se encuentran piedras de  enorme tamaño colocadas horizontal y diversamente sobre dos, tres y cuatro bloques, y también sobre seis y siete, como en el Poitou. La gente los llama “altares del diablo”, piedras druídicas, y tumbas de gigantes.

Las piedras de Carnac, en Morbihan, Bretaña, que ocupan cerca de 1, 6 km. de largo, en número de 11.000, puestas en once hileras, son hermanas gemelas de las de Stonehenge. El menhir cónico de Loch-maria-ked, en el Morbihan, mide unos 18 km. de largo y cerca de dos metros de grueso. El menhir de Champ Dolent (cerca de Saint Malo) se eleva a 9 metros del suelo y tiene 4,5 metros de profundidad en la tierra. Estos dólmenes y monumentos prehistóricos se ven en casi todas las latitudes. Se encuentran en la cuenca del Mediterráneo; en Dinamarca, entre los túmulos locales, de hasta 10 metros de alto); en Shetland; en Suecia, en donde los llaman Ganggriften, o tumbas con corredores, en Alemania, en donde se les conoce por tumbas de gigantes (Hünengräben), en España, en donde se encuentra el dolmen de Antequera, cerca de Málaga, en África en Palestina y Argelia, en Cerdeña, con los Nuraghi y Sepolture dei Giganti, o tumbas de gigantes,  en Malabar; en la India, en donde se les llama las tumbas de los Daityas (Gigantes) y de los Râkshasas, los hombres-demonios de Lankâ, en Rusia y Siberia, en donde se les conoce por los Koorgan, en el Perú y Bolivia, en donde se les llama Chulpa o sepulcros, etc.   No hay país que no los tenga. Pero, ¿quién los construyó? ¿Por qué están todos relacionados con serpientes, dragones y cocodrilos?  Según se cree, se han encontrado en ellos restos del “hombre paleolítico”, y en los túmulos funerarios de América se han descubierto cuerpos de razas posteriores con los usuales ornamentos de collares de hueso, armas, urnas de piedra y de cobre, etc., se los considera, por tanto,  tumbas  antiguas. Pero ciertamente los dos túmulos famosos, uno en el valle del Mississipi y el otro en Ohio, conocidos respectivamente por “Túmulo del Aligator” y “Túmulo de la Gran Serpiente”, nunca fueron destinados a tumbas. Sin embargo, se nos dice que los túmulos y sus constructores, o constructores de dólmenes, son todos “pelasgos” en Europa; anteriores a los Incas en América; pero, sin embargo, no de “tiempos excesivamente remotos”. El  no haberse encontrado hasta ahora ningún esqueleto gigantesco en las “tumbas” no es razón para decir que nunca contuvieran restos de gigantes. La  cremación era universal hasta una época relativamente reciente, hace unos 80.000 ó 100.000 años.

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Los verdaderos gigantes, además, se ahogaron casi todos en la sumersión de la Atlántida (ver artículo “Los gigantes de la antigüedad, ¿existieron realmente?“). Sin embargo, algunos escritores clásicos hablan a menudo de esqueletos gigantescos desenterrados en su tiempo. Por otra parte, los fósiles humanos pueden contarse por los dedos hasta hoy. De los esqueletos que se han encontrado, ninguno pasa de 50.000 a 60.000 años, y el tamaño del hombre se redujo desde 4,5 metros a unos 3 metros, desde el tiempo de la tercera subraza del tronco ario,  que, nacida y desarrollada en  Europa y Asia Menor, bajo nuevos climas y condiciones, se había hecho europea. Desde entonces ha venido disminuyendo constantemente. Por tanto, se acerca más a la verdad decir que sólo las tumbas son arcaicas, y no necesariamente los cuerpos de los hombres que se han encontrado en ellas algunas veces. Y, estas tumbas, puesto que son gigantescas, han  debido contener gigantes, o más bien las cenizas de generaciones de gigantes.   Tampoco estaban dedicadas a sepulcros todas esas construcciones ciclópeas. Con los llamados restos druídicos, tales como Carnac en Bretaña, Stonéhenge en la Gran Bretaña, es con lo que tuvieron que ver los Iniciados viajeros a que antes hemos aludido. Y estos monumentos gigantescos son todos anales simbólicos de la historia del Mundo. No son druídicos, sino universales. No los construyeron los druidas; pues ellos sólo fueron los poseedores de la herencia ciclópea que les legaron generaciones de poderosos constructores, y “magos”, tanto  de magia blanca como negra. Siempre será de lamentar que la Historia, rechazando  a priori la existencia real de los gigantes, nos haya conservado tan poco de los anales de la antigüedad respecto de ellos. Sin embargo, en casi todas las mitologías, las cuales son,  después de todo, Historia,  los gigantes representan un papel importante. En la antigua Mitología Nórdica, los gigantes Skrymir y sus hermanos, contra quienes lucharon los hijos de los Dioses, eran factores poderosos en las historias de las deidades y los hombres. Se cuenta que el dios Thor decidió un día salir de viaje con Loki y con su sirviente Thialfe. Se dirigieron hacia el este y llegaron a un océano, lo atravesaron y en la otra orilla llegaron hasta un gran bosque. Llegada la noche decidieron buscar un lugar para dormir, y encontraron una gran casa, sin muebles, con una puerta que llenaba todo un lado del edificio. A medianoche fueron despertados por un terremoto. Toda la casa se movía, y Thor les dijo a sus atemorizados compañeros que se refugiaran en una habitación de la casa, mientras él montaba guardia con su martillo en la mano. El temblor terminó, pero de pronto empezaron a escuchar terribles rugidos.

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Cuando amaneció, Thor salió y encontró a un gigante dormido. El terremoto lo produjo el gigante al acostarse, y los rugidos eran en realidad sus ronquidos. El gigante se despertó, y se presentó a sí mismo como Skrymir. No tuvo necesidad de preguntar el nombre de Thor, pues era conocido en el mundo entero. En cuanto a la casa, era el guante del gigante, y la habitación en la que los viajeros se habían refugiado era el pulgar. Skrymir les pidió que le dejaran acompañarlos, y Thor aceptó. Tras desayunar el gigante puso la comida de todos en su bolsa y reanudaron el viaje. Al anochecer Skrymir le dió su bolsa a los demás para que comieran y se acostó para dormir, roncando como la noche anterior. Thor intentó abrir la bolsa para cenar, pero increíblemente sus esfuerzos fueron en vano, pues no pudo soltar ni un solo nudo.  Furioso, Thor tomó su martillo y golpeó al gigante en la cabeza. El gigante despertó y dijo que le había caído una hoja en la cabeza. Cuando volvió a dormirse Thor dió otro golpe, más fuerte, en la cabeza de Srkymer, quien se despertó y dijo que una bellota había caído sobre él. Frustrado, Thor esperó a que el gigante volviera a dormir, y reuniendo todas sus fuerzas descargó un golpe descomunal contra Skrymir. El gigante despertó y dijo que seguramente un pájaro había dejado caer sobre él una ramita. Amanecía ya, y reanudaron el viaje.  Después de mucho caminar el gigante les dijo: “No falta mucho para que lleguen al castillo de Utgard, y les aconsejo de que hablen con moderación, pues a los cortesanos de Utgard-Loki no les agradan los jactanciosos, sobre todo si son débiles como ustedes“. Dicho esto, el gigante tomó su bolsa y desapareció en el bosque. Los viajeros llegaron hasta un enorme castillo, y aunque no pudieron abrir la enorme puerta pudieron pasar entre los barrotes. Encontraron una multitud de gigantes, y pasando entre ellos llegaron ante el rey Utgard-Loki. Al principio el rey no se dignó mirarlos, pero luego les dijo despectivamente: “Este es sin duda Thor, y quizá seas más grande de lo que pareces. ¿Qué habilidades tienen ustedes? Porque aquí no aceptamos a nadie que no tenga ningún talento“.  Loki aseguró que nadie podía comer más rápidamente que él, y Utgard-Loki organizó una competencia. Trajeron una artesa llena de carne; en un extremo se sentó Loki, y en el otro su competidor, llamado Loge. Ambos comieron con gran rapidez, pero Loki desechaba los huesos, mientras que Loge consumió los huesos e incluso la artesa, por lo que fue proclamado vencedor.  Thialfe, el sirviente de Thor, dijo entonces que nadie era más veloz que él. Utgard-Loki hizo llamar a un niño llamado Huge, para que corriera contra Thialfe. Realizaron tres carreras, y siempre Huge llegaba a la meta mucho antes de Thialfe, que fue así vencido.

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Al llegar el turno a Thor, éste aseguró que podría ganar a cualquiera en la bebida. Utgard-Loki ordenó que trajeran el cuerno que sus cortesanos debían vaciar al faltar a alguna regla de sus costumbres. Dijo que algunos podían vaciarlo de un sorbo, otros en dos, y que incluso quien lo vaciaba en tres sorbos era buen bebedor.  A Thor no le pareció que el cuerno fuera muy grande, aunque sí muy largo. Se lo llevó a la boca y tomó un largo sorbo. Para su sorpresa descubrió que apenas había descendido un poco de nivel. Despechado tomó un segundo sorbo, más largo que el anterior, pero descubrió que el líquido casi no había descendido. A su alrededor los gigantes se burlaban, y Thor contuvo la respiración y bebió un tercer sorbo, pero el líquido descendió sólo un poco.  Utgard-Loki le dijo: “Parece que el poderoso Thor no es tan fuerte como habíamos creído. Que pruebe su suerte levantando a mi gato del suelo“. Señaló así a un gato gris que estaba acostado en el piso.  Thor se sintió ofendido por un reto tan simple, pero cuando quiso levantar al gato el animal se arqueaba, y a pesar de su fuerza Thor sólo pudo levantar una de las patas del animal. “Ciertamente Thor no se puede comparar a nuestros hombres, –dijo Utgard-Loki -Que pruebe su fuerza luchando contra mi nodriza“.  Entró en la sala una anciana desdentada, llamada Elle; estaba encorvada y tenía sus cabellos grises, y que se dispuso a luchar contra Thor. Parecía muy débil, pero cuando más esfuerzo hacía Thor, tanto más resistía la anciana, hasta que el dios comenzó a perder el equilibrio y cayó sobre una rodilla.  Victorioso una vez más, Utgard-Loki dejó que Thor y sus compañeros se sentaran ante una mesa, y fueron tratados con gran hospitalidad, antes de ser conducidos a una habitación para que descansaran.  Al día siguiente, avergonzados, los viajeros salieron del castillo para proseguir sus aventuras. El rey Utgard-Loki los acompañó hasta la puerta y les dijo: “Les voy a revelar la verdad, ahora que han salido de mi castillo, al que nunca volverán a entrar mientras yo reine. En verdad, si hubiera sabido que eran tan peligrosos nunca los hubiera recibido. Yo soy Skrymir, el gigante al que hallaron en el bosque, y éste es el significado de lo que han visto y oído: Thor no pudo abrir mi bolsa, pues la había atado con hilos de acero que él no podía ver. Los golpes que Thor dirigió contra mí me hubieran matado, incluso el primero, de no ser porque coloqué frente a mí una montaña invisible. Ahí la pueden ver: esos tres valles fueron abiertos por los golpes de su martillo“.

Les mostró así una montaña con tres hendiduras, la tercera mucho más profunda que las otras. El gigante prosiguió: “Loki no podía vencer a Loge, porque él es el fuego, y por eso consumió los huesos y la artesa. Thialfe no podía derrotar en velocidad a Huge, que es el pensamiento, más rápido que cualquier criatura. El cuerno que Thor intentó vaciar tenía en su otro extremo al mar, y los tres sorbos de Thor lo hicieron descender de nivel. Mi gato es en realidad la serpiente de Midgard, que rodea toda la tierra con la cola sujeta en la boca, y Thor estuvo a punto de elevarla hasta el cielo. En cuanto a mi nodriza, Elle, es la Vejez, contra quien nadie puede hacer nada, y ante ella Thor sólo dobló una rodilla. Ahora váyanse, y si regresan nosotros resistiremos con todas nuestras fuerzas“. Thor se enfureció por estos engaños y levantó su martillo para matar a Skrymir, pero el gigante había desaparecido, y donde había estado su castillo sólo encontraron una pradera. Tras maravillarse sobre esta aventura, los tres viajeros retomaron su camino.  Las exégesis modernas que hacen a estos gigantes hermanos de los enanos, y reducen los combates de los Dioses a la historia del desarrollo de la Raza Aria, sólo tendrán crédito entre los creyentes de la teoría aria, según la interpreta Max Müller (1823 – 1900), filólogo, hindólogo, mitólogo y orientalista alemán, además de fundador de la mitología comparada. Admitiendo que las razas turanias estuvieran representadas por los enanos (Dwergar), y que una raza obscura, enana y de cabeza redonda fuese echada hacia el Norte por los rubios escandinavos, que tenían como principales dioses del panteón nórdico a los Æsir o Ases, que estaban emparentados con Odín y habitaban en el Asgard, pues se decía que los Dioses eran semejantes a los hombres, no existe aún ni en la historia ni en ninguna otra obra científica prueba antropológica alguna de la existencia en el Tiempo ni en el Espacio de una raza de gigantes. Sin embargo, que han existido y, de hecho, al lado de enanos, puede atestiguarlo Georg August Schweinfurth (1836 – 1925), botánico y etnólogo alemán, así como explorador del África.

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Los Nyam-Nyam de África son enanos, mientras que sus vecinos más próximos, varias tribus africanas de color comparativamente claro, son gigantes comparados con los Nyam-Nyam, y muy altos hasta entre los europeos, pues sus mujeres tienen casi 2 metros de estatura.  En Cornwall y en la antigua Bretaña, las tradiciones acerca de los gigantes son, por otra parte, muy comunes. Se dice que vivieron hasta en los tiempos del rey Arthur. Todo esto indica que los gigantes vivieron entre los pueblos Celtas en una época posterior a los teutónicos. Si consideramos ahora el Nuevo Mundo, vemos tradiciones de una raza de gigantes de Tarija, en las vertientes orientales de los Andes y en el Ecuador, que lucharon contra los Dioses y los  hombres. Esas antiguas creencias, que dan a ciertas localidades el nombre de “Los Campos de los Gigantes”, van  siempre acompañadas de la existencia de mamíferos pliocenos y de riberas de época pliocena. Todos los gigantes no están bajo el Monte Osa, que en la mitología griega utilizaron los gigantes Oto y Efialtes para escalar el Olimpo. Y pobre sería la Antropología si limitase las tradiciones de los gigantes a las mitologías griega y de la Biblia. Los países eslavos, especialmente Rusia, rebosan de leyendas sobre los Bogaterey (gigantes poderosos) de antaño; y las tradiciones  eslavas, la mayor parte de las cuales han servido de fundamento a historias nacionales, las canciones más antiguas, y las tradiciones más arcaicas, hablan de los gigantes de la antigüedad. Así, pues, podemos rechazar la teoría moderna que trata de hacer de los Titanes meros símbolos representantes de fuerzas cósmicas. Fueron ellos hombres que realmente vivieron, ya tuviesen 6 metros de altura o “sólo” 3,5 metros. Hasta los héroes de Homero, que, por supuesto, pertenecían a un período mucho más reciente en la historia de las razas, parece ser que manejaban armas de un tamaño y peso por encima de la fuerza de los hombres más fuertes de los tiempos modernos.  Ni dos veces diez hombres podían levantar la potente maza. Si las huellas fósiles de pisadas en Carson, Nevada (Estados Unidos), son humanas, indican hombres gigantescos; y de que son genuinas no cabe duda. Es de lamentar que las pruebas modernas de los hombres gigantescos se reduzcan a huellas de pisadas.

Una y otra vez, los esqueletos de gigantes hipotéticos han sido identificados con los de elefantes y mastodontes. Pero todos estos errores son anteriores a los días de la Geología, y hasta los cuentos de viaje de Sir John Mandeville, personaje ficticio de una obra titulada “Viajes de Juan de Mandeville ‘(o Viajes). En el libro, Mandeville era un caballero inglés que durante treinta y cuatro años se dedicó a viajar por el mundo y a relatar cuanto veía. En el libro se desriben lugares como Egipto, y diferentes partes de Asia y China . Su título evoca el famoso Libro de las maravillas de Marco Polo. Se desconoce quién fue el autor de la obra, por lo que a pesar de su carácter totalmente ficticio, cuando el libro fue publicado muchos creyeron que de verdad existía Mandeville, y el libro era considerado una verdadera referencia geográfica. En la obra,  Mandeville dice que vio gigantes de 17 metros de altura, en la India, lo que  demuestra que la creencia en la existencia de los gigantes no se ha extinguido, en ningún tiempo, en la mente humana. Lo que se sabe y se admite es que han existido varias razas de  gigantes y han dejado rastros precisos. En el Journal of the Anthropological Institute  se manifiesta que una raza así existió en Palmira, antigua ciudad nabatea situada en el desierto de Siria, en la actual provincia de Homs, y también probablemente en Midian, lugar mencionado en la Biblia, en donde se exhibían formas de cráneo completamente distintas de las de los judíos. No es improbable que otra raza semejante existiera en Samaria, y que el pueblo misterioso, que construyó los círculos de piedra en Galilea, que labró piedras neolíticas en el valle del Jordán, y que conservó un lenguaje semítico antiguo muy diferente de los  caracteres hebreos, fuese de gran estatura. Las traducciones inglesas de la Biblia no pueden inspirar mucha confianza, ni aun en su forma moderna revisada. Nos hablan ellas de los Neiphilim, traduciendo la palabra por “gigantes” y añadiendo, además, que eran hombres “velludos”, probablemente los grandes y poderosos prototipos de los sátiros posteriores.

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Por la palabra “gigante”, que había sido adoptada como sinónima de Nephilim, los comentadores los han identificado desde entonces con los hijos de Anak. Los filibusteros que se apoderaron de la Tierra Prometida encontraron una población preexistente que excedía en mucho a su estatura, y la llamaron raza de gigantes. Pero las razas de verdaderos gigantes habían desaparecido edades antes del nacimiento de Moisés. Esas gentes de gran estatura existieron en Canaán y hasta en Bashan, y pueden haber tenido representantes en los Nabateos de Midián. Eran ellos mucho más altos que los pequeños judíos. Hace cuatro mil años la formación de sus cráneos y alta estatura los separaba de los hijos de Heber. Los viajes de Gulliver es una novela de Jonathan Swift, publicada en 1726, que es un libro de viajes por países pintorescos. El capitán Lemuel Gulliver, se encuentra en situaciones paradójicas: es un gigante entre enanos, un enano entre gigantes y un ser humano avergonzado de su condición en una tierra poblada por caballos sabios que son más humanos que los propios hombres y desconfían, con razón, de éstos. Hace cuarenta mil años, los antecesores de los Nephilim pueden haber sido aún más gigantescos, y cuatrocientos mil años antes, deben de haber sido, comparados con los hombres de hoy, como los Brobdingnagians, de los viajes de Gulliver, en relación a los liliputienses. Los atlantes del período medio fueron llamados los “Grandes Dragones”; y el primer símbolo de sus deidades, cuando los “Dioses” y las Dinastías Divinas los habían abandonado, fue el de una  serpiente gigantesca.  El misterio que vela el origen y la religión de los druidas es tan grande como el de sus supuestos templos, pero no para los ocultistas iniciados. Sus sacerdotes eran descendientes de los últimos atlantes, y lo  que se sabe de ellos basta para deducir que eran sacerdotes orientales, parientes de los caldeos e indos. Puede suponerse que simbolizaban su deidad, como los hindúes su Vishnu, como los egipcios su Dios del Misterio, y como los constructores del Túmulo de la Gran Serpiente del Ohio adoraban el suyo;  esto es, bajo la forma de la “Poderosa Serpiente”, emblema de la eterna deidad, el Tiempo, el Kâla indo. Plinio los llamaba los “Magos de los galos y bretones”. Pero eran más que eso.

William Borlase,  autor de  Indian Antiquities,  encuentra mucha afinidad entre los druidas y los brahmanes de la India. El doctor Borlase señala también na estrecha analogía entre ellos y los magos de Persia. Otros pretenden ver una identidad entre ellos y el sacerdocio Órfico de Tracia. Sencillamente porque estaban relacionados, en sus Enseñanzas Esotéricas, con la Religión de la Sabiduría universal, y presentaban así afinidades con el culto exotérico de todos.   Lo mismo que los iniciados hindúes, griegos, romanos, caldeos y egipcios, los druidas creían en la doctrina de la sucesión de los “mundos”, así como también en las siete “creaciones” (de nuevos continentes) y transformaciones de la faz de la Tierra, y en una noche y día séptuple para cada Tierra o Globo. Dondequiera que se encuentre la serpiente con el huevo, esta doctrina existía seguramente. Sus Draconcia son una prueba de ello. Esta creencia era tan universal, que si la buscamos en el esoterismo de las diversas religiones, la descubriremos en todas. La encontraremos entre los arios indos y los mazdeístas,  los griegos, los latinos, y hasta entre los antiguos judíos y cristianos primitivos, cuyos linajes modernos apenas comprenden ahora lo que leen en sus Escrituras. Séneca, en su libro sobre la providencia de Dios, nos dice: “El mundo, habiéndose derretido y vuelto a entrar en  el seno de Júpiter, este Dios sigue por algún tiempo concentrado en sí mismo, y permanece oculto, por decirlo así, completamente sumergido en la contemplación de sus propias ideas. Después vemos un nuevo mundo surgir de él, perfecto en todas sus partes. Los animales son producidos nuevamente. Fórmase una raza inocente de hombres… Y además, hablando de una disolución del mundo,  que envolvía la destrucción o muerte de todo, nos enseña que cuando las leyes de la naturaleza sean enterradas bajo ruinas, y venga el último día del mundo, el Polo Sur se hundirá, y al caer, todas las regiones del África y el Polo Norte abatirán todos los países bajo su eje.  El Sol espantado perderá su luz ; el palacio del cielo, arruinándose, producirá a la vez la vida y la muerte,  y una especie de disolución se apoderará igualmente de todas las deidades, que de este modo tornarán a su caos original“.

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Leyendo a Séneca,  uno podría imaginarse leyendo la relación Puránica del gran Pralaya, según Parâshara. Es casi lo mismo, pensamiento por pensamiento. ¿No tiene el Cristianismo nada por el estilo? Sí lo tiene. Que el lector abra cualquier Biblia y lea el capítulo III de la Segunda  Epístola de Pedro. Encontrará allí las mismas ideas:  “En los últimos días vendrán burlones… diciendo: ¿Dónde está la promesa de su venida? Pues desde que los padres se durmieron, todas las cosas continúan como estaban desde el principio de la creación. Por esto ignoran voluntariamente que por la palabra de Dios los cielos existían anteriormente, y la tierra surgió del agua y en el agua; por lo cual, el mundo que existía entonces, siendo inundado por el agua, pereció; pero los cielos y la tierra que ahora existen, son conservados por la misma palabra, reservados para el fuego…, los cielos, ardiendo, serán  disueltos y los elementos se derretirán con calor ardiente. Sin embargo, nosotros… buscamos nuevos cielos y nueva tierra“. Si a los intérpretes se les antoja ver en esto una referencia a la creación, al diluvio y a la venida prometida de Cristo, cuando vivan en una Nueva Jerusalén, esto no es culpa de Pedro. Lo que el escritor de la epístola indicaba era la destrucción de esta nuestra quinta raza por fuegos subterráneos e inundaciones, y la aparición de nuevos continentes para la sexta raza; pues los escritores de las Epístolas estaban todos versados en simbología, así como en ciencia.  La creencia en la constitución septenaria era la doctrina más antigua de los primitivos iranios, que la obtuvieron del primer Zarathushtra. En el  Avesta se considera a la tierra a  la vez séptuple y triple. Esto lo considera el científico alemán Wilhelm Geiger, en su obraHandbook of the Avesta Language“,  como una  incongruencia , por las siguientes discrepancias: El  Avesta habla de las tres terceras partes de la tierra porque el  Rig Veda menciona:  “Tres tierras… Se dice que esto significa, tres lechos o capas una sobre otra“.  Pero, según Blavasky, está completamente equivocado. El  Avesta no ha tomado la idea del  Rig Veda, sino que sencillamente repite la Enseñanza Esotérica. Los “tres lechos o capas” no se refieren sólo a nuestro Globo, sino a las tres capas de los Globos de nuestra cadena terrestre.

Este sentido está demostrado y corroborado por el texto del  Avesta. Se ve, pues, que la división de la Tierra, o más bien de la  cadena de la Tierra en siete Karshvars, no está en contradicción con las tres “zonas”, si esta palabra se lee como “planos”. Según observa Geiger, esta división septenaria es muy antigua, puesto que los Gâthas, los más antiguos fragmentos de la literatura zoroastriana conocida de los parsis, hablan ya de la “tierra septenaria”. Pues, según las manifestaciones de las Escrituras parsis posteriores, las siete Kêrshvars deben considerarse como partes de la tierra, sin relación alguna, pues entre ellas corre un océano. De modo que es imposible, según se afirma en varios pasajes, pasar de un Kêrshvar a otro.  El “Océano” es el  Espacio, pues era llamado “Aguas del Espacio” antes de que fuese conocido por Éter. Además la palabra Karshvar es propiamente traducida como Dvipa. Existe una traducción sanscrita de Yasna, algunas partes del Xwardag Abastāg y del Aogəmadaēca. La más antigua parece ser la de Yasna. Al parecer la traduccion de Yasna no fue realizada de una sola vez. La parte más antigua se atribuye a Neryosang Dhaval y data de finales del siglo XII o principio del siglo XIII.  La cosmogonía hindú divide la tierra en siete dvipas circulares concéntricos o continentes, separados y unidos por mares de diversas sustancias. El principal es el Djamboudvipa, o India, en medio del cual se eleva la montaña sagrada que sostiene el cielo. También es correcta la traducción de  Hvaniratha por Jambudvipa, que es uno de los cuatro continentes situados en las cuatro direcciones, cuyo centro es el monte Sumeru, según la antigua cosmovisión de la India. Jambudvipa (en japonés, Embudai o Sembushu), según la creencia, estaba situado en el Sur. Jambu (o jambú) es el nombre de un árbol que florece en abril y mayo, y da un fruto color púrpura. Árboles de ese tipo, al parecer, proliferan en Jambudvipa; de ahí su nombre. Dvipa significa ‘continente‘. La parte septentrional es amplia, y la meridional, angosta. Esa descripción sugiere, originalmente, a la India misma. Dentro de dicha área existían dieciséis reinos principales, quinientos reinos intermedios y cien mil reinos menores.  De los tres continentes, Jambudvipa es donde reina menos regocijo porque lo puebla gente de mal karma.  Se dice, entonces, que el Budismo aparece y se propaga allí para poder salvar a esa gente. Según las Escrituras zoroastrianas, Hvaniratha es nuestra tierra, que, como enseña la Doctrina Secreta, se halla situada en el medio de los otros seis karshwars, o globos de la cadena terrestre.

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Pero este hecho no lo toman en consideración los orientalistas; y así vemos que hasta para un mazdeísta y parsi de nacimiento, tan instruido como el traductor de la obra del doctor Geiger, pasen inadvertidas y sin un comentario varias observaciones de éste sobre las “incongruencias” de esta clase que abundan en las Escrituras Mazdeístas. Una de tales “incongruencias” y “coincidencias” se refiere a la semejanza de la doctrina mazdeísta y la hindú respecto de los siete Dvipas, más bien islas, o continentes, que se encuentran en los  Purânas. A saber, los Dvipas forman anillos concéntricos, los cuales, separados por el Océano, rodean a Jambudvipa, que está situado en el centro y, según la opinión irania, el Kêrshvar Qaniratha está igualmente situado en el centro de los demás. Segun las Escrituras zoroastrianas, Qaniratha es nuestra tierra, que, como enseña la Doctrina Secreta, se halla situada en el medio de los otros seis karshwars, o globos de la cadena terrestre. Ellos no forman círculos concéntricos, sino que cada uno de ellos (los otros seis Karshvaras) es un espacio peculiar e individual, y así se agrupan alrededor y encima de Qaniratha.  Ahora bien; Qaniratha, o Hvaniratha, no es, como cree Geiger y su traductor, “el país habitado  por las tribus iranias”; y “los otros nombres” no significan “los territorios adyacentes de naciones extranjeras al Norte, Sur, Este y Oeste, sino que significan nuestro Globo o Tierra. Pues el significado de la sentencia “Dos, Vourubarshti y Vouruzarshti, están en el Norte; dos, Vidadhafsha y Fradadhafsha, en el Sur; Savahi y Arzahi en el Este y Oeste“, es sencillamente la descripción gráfica y exacta de la cadena de nuestro Planeta, la Tierra, representada en el  Libro de Dzyan del modo siguiente: “Sólo hay que reemplazar estos nombres mazdeístas por los usados en la Doctrina Secreta, para presentarnos la doctrina Esotérica. La “Tierra” (nuestro mundo)  es  triple, porque la  cadena de los Mundos está situada en tres diferentes planos sobre nuestro Globo; y es séptuple a causa de los siete Globos o Esferas que componen la cadena. De aquí el otro significado que se da en el  Vendidâd mostrando que sólo Qaniratha está combinada con  imat, “esta tierra“, mientras que  todos los demás Karshvaras están combinados con la palabra “ avat ”, “aquella tierras superiores“.  Nada puede ser más claro. Lo mismo puede decirse de la interpretación moderna de todas las  demás creencias antiguas.

Vendidâd (Pelvi) es el primer libro (Nosk) de la colección de fragmentos zendos, generalmente conocidos con el nombre de Zend-Avesta. El Vendidâd es una corrupción de la palabra compuesta “Vîdaêvô-dâtem “, que significa “ley antidemoníaca“, y está llena de enseñanzas acerca de la manera de evitar el pecado y el vicio por medio de la purificación moral y física, cada una de cuyas enseñanzas está basada en leyes ocultas. Es un tratado eminentemente oculto, lleno de simbolismo y con frecuencia de un significado completamente contrario del expresado en la letra muerta del texto. El Vendidâd, segun se pretende por tradición, es el único de los veintiún Nosks (obras) que ha escapado del auto-da-fe en las manos del beodo Iskander el Rûm; aquel a quien la posteridad denomina Alejandro el Grande, aunque este epíteto es justificable sólo cuando se aplica a la brutalidad, a los vicios y a la crueldad de este conquistador. A causa del vandalismo de este griego macedonio, la literatura y el saber han perdido muchos conocimientos inapreciables en los Nosks quemados por él. El Vendidâd mismo ha llegado hasta nosotros sólo en estado fragmentario. Los primeros capítulos son muy místicos, y por este motivo son llamados “míticos” en las traducciones de los orientalistas europeos. Los dos “creadores” del “espíritu-materia” o el mundo de diferenciación -Ahura-Mazda y Angra Mainyu (ahrimán) -son introducidos en ellos, y también Yima (el primer hombre o la humanidad personificada). La obra está dividida es Fargards o capítulos, y una parte de éstos se halla dedicada a la formación de nuestro globo, o evolución terrestre.

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Los druidas comprendían el significado del Sol en Tauro cuando, extinguidos todos los fuegos en el primero de noviembre, sólo sus fuegos sagrados e inextinguibles permanecían iluminando el horizonte, como los de los Magos y los de los mazdeístas modernos. Y lo mismo que la primitiva quinta raza y que los caldeos posteriores, igualmente que los griegos y hasta que los cristianos, que hacen lo mismo sin sospechar el verdadero significado, saludaban a la Estrella de la Mañana, la hermosa Venus, o Lucifer. El geógrafo e historiador griego Estrabón habla de una isla cerca de Bretaña, en donde se rendía culto a Ceres y Perséfona con los mismos ritos que en Samotracia, isla griega localizada en el norte del mar Egeo, que se consideraba sagrada y donde estaba encendido un fuego perpetuo. Los druidas creían en el renacimiento del hombre, no como lo explica el griego Luciano de Samósata: “Que el mismo espíritu animará un nuevo cuerpo, no aquí, sino en un mundo distinto“. Pues, como dice el historiador griego del siglo I a. C, Diodoro Sículo, de Sicilia, los druidas declaraban que las almas de los hombres, después de determinados períodos, pasarían a otros cuerpos. Esta doctrina vino a los arios de la quinta raza desde sus predecesores de la cuarta, los atlantes. Conservaron ellos piadosamente las enseñanzas, que les decían cómo su raza-raíz padre, haciéndose más arrogante con cada generación, debido a la adquisición de poderes sobrehumanos, se había deslizado gradualmente hacia su fin. Esos anales les recuerdan el intelecto gigante de las razas precedentes, así como su  gigantesca estatura. En todas las edades de la historia, en casi todos los fragmentos arcaicos que han llegado a nosotros de la antigüedad, encontramos la repetición de esos anales. Se conservaba un extracto del filósofo griego Teofrasto escrito durante los días de Alejandro el Grande. Es un diálogo entre Midas, el frigio, y Sileno, sátiro y dios menor de la embriaguez. Éste hablaba al primero de un continente que había existido en tiempos antiguos, tan inmenso, que Asia, Europa y África parecían islas insignificantes comparadas con él. Fue el último que produjo animales y plantas de magnitudes gigantescas. Allí, decía Sileno, los hombres alcanzaban doble estatura que el hombre más alto de su tiempo y vivían doble tiempo. Tenían ciudades suntuosas con templos, y una de aquellas ciudades tenía más de un millón de habitantes, encontrándose en ella en gran abundancia el oro y la plata.  La idea de Cautethia Grote de que la Atlántida sólo fue un mito originado de un espejismo, a partir de nubes en un cielo deslumbrante que tomaban la apariencia de islas sobre un mar de oro, es demasiado increíble para tenerla en cuenta.

Todo lo que precede fue conocido por Platón y por muchos otros. Pero como ningún Iniciado  podía decir todo lo que sabía, la posteridad sólo obtuvo indicios. Siendo el objeto del filósofo griego instruir como moralista más que como geógrafo y etnólogo o historiador, resumió la historia de la Atlántida, que abarcaba varios millones de años, en un suceso que colocó en una isla comparativamente pequeña, de 3.000 estadios de largo por 2.000 de ancho (o próximamente 563 km. por 322 km., que es poco más o menos el tamaño de Irlanda), mientras que los sacerdotes hablaron de la Atlántida como de un continente tan vasto como “toda el Asia y la Libia” juntas. Pero el relato de Platón, aunque alterado en su aspecto general, tiene el sello de la verdad. No fue él quien lo inventó, en todo caso, pues Homero, que le precedió muchos siglos, habla también de los atlantes en su  Odisea, y de su isla. Por tanto, la tradición es más antigua que la historia de Ulises. Los atlantes y las Atlántidas de la Mitología están basados en los atlantes y las Atlántidas de la Historia. Tanto Sanchoniathon, supuesto escritor fenicio nativo de Beirut o de Tiro, parte de cuyos libros fueron traducidos al griego por Filón de Biblos en la segunda mitad del siglo I, como Diodoro Sículo, han preservado las historias de aquellos héroes y heroínas, por mucho que se hayan mezclado sus relatos con  elementos míticos.  En nuestros propios días observamos el hecho extraordinario de que la existencia de personajes relativamente tan recientes como Shakespeare y Guillermo Tell haya sido considerados como personajes de ficción. No hay, pues, que sorprenderse de que dos poderosas razas, los lemures y los atlantes, hayan sido identificadas con unos pocos pueblos míticos que llevaron el mismo nombre.   Herodoto habla de los atlantes, pueblo del África Occidental, que dieron su nombre al Monte Atlas. Además cuenta que  eran vegetarianos, y “cuyo sueño nunca era turbado por sueños”. Pero, sin embargo, maldecían diariamente al sol cuando salía y se ponía, porque su calor excesivo los abrasaba y atormentaba. Estas manifestaciones están basadas sobre hechos morales y psíquicos y no sobre disturbios fisiológicos. La historia de Atlas da la clave de esto. Si los atlantes no tenían nunca turbado su sueño por ensueños, es porque esa tradición particular se refiere a los atlantes primitivos, cuya constitución y cerebro físico no estaban aún lo suficientemente consolidados en el sentido fisiológico para permitir actuar a los centros nerviosos durante el sueño.

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Respecto a la otra declaración, de que “maldecían diariamente al sol”, esto tampoco tiene que ver con el calor, sino con la degeneración moral que  creció a la par que la raza. Según Blavatsky, en sus Comentarios:  “Ellos (la sexta subraza de los atlantes) usaban encantos mágicos hasta en contra del sol, y al fracasar en su intento, le maldecían. Se atribuía a los brujos de Tesalia el poder de hacer descender a la Luna, según nos lo asegura la historia griega. Los atlantes de los últimos tiempos eran famosos por sus poderes mágicos y su perversidad, por su ambición y su desprecio de los dioses”. De aquí las mismas tradiciones, que tomaron forma en la Biblia, acerca de los gigantes antediluvianos y la Torre de Babel. Y que encontramos también en el Libro de Enoch. Diodoro Sículo presenta uno o dos hechos más: los atlantes se alababan de poseer la tierra en que todos los Dioses habían nacido; así  como también haber tenido a Urano por primer Rey, el cual fue también el primero que les enseñó la Astronomía. Muy poco más que esto ha llegado a nosotros desde la antigüedad.    El mito de Atlas es una alegoría fácil de comprender. Atlas representa los antiguos continentes de Lemuria y Atlántida, combinados y personificados en un símbolo. Los poetas atribuyen a Atlas, lo mismo que a Proteo, antiguo dios griego del mar, una sabiduría superior y un  conocimiento universal. Y especialmente un conocimiento completo de las profundidades del océano,  pues en ambos continentes hubo razas instruidas por Maestros  divinos, y ambas fueron arrojadas al fondo de los mares, en donde ahora dormitan hasta su próxima reaparición sobre las aguas. Atlas es  hijo de una ninfa del océano, y su hija es Calipso,  el “abismo acuoso”. En la mitología griega, Calipso (en griego Καλυψώ, ‘la que oculta’) era, según Homero, el nombre de una bella hija del titán Atlas, que reinaba en la hermosa isla de Ogigia. En la Titanomaquia, cuando los titanes perdieron la guerra, los Olímpicos castigaron a Calipso por ser hija de Atlas, enviándola a Ogigia. Se dice que cada milenio, los dioses le mandaban un héroe para que ella se enamorara, pero que luego, el destino, obligaría a Calipso a dejarlo marchar. Cuando Odiseo, que se hallaba a la deriva tras naufragar su barco, llegó a esta isla Calipso le hospedó en su cueva, agasajándole con manjares, bebida y su propio lecho. Le retuvo así durante siete largos años, teniendo de él cuatro hijos: Nausítoo, Nausínoo, Latino y Telégono. Calipso intentó que Odiseo olvidara su vida anterior, y le ofreció la inmortalidad y la juventud eterna si se quedaba con ella en Ogigia. Pero el héroe se cansó pronto de sus agasajos, y empezó a añorar a su mujer Penélope.

Viendo esta situación, Atenea intervino y pidió a Zeus que ordenase a Calipso dejar marchar a Odiseo. Zeus envió a su mensajero Hermes y Calipso, viendo que no tenía más opción que obedecer, le dio materiales y víveres para que se construyera una balsa y continuara su viaje. Odiseo se despidió de ella, no sin cierto recelo por si se tratara de una trampa, y zarpó. Algunas leyendas cuentan que Calipso terminó muriendo de pena. Existen leyendas posteriores a la Odisea donde se les adjudica a Odiseo y a Calipso un hijo llamado Latino, quien por lo general se considera más bien hijo de Circe. Otras tradiciones hablan de Nausítoo y Nausínoo como hijos de Calipso y Odiseo. También se cuenta que fue hijo de la pareja Ausón, quien daría origen a Ausonia. La Atlántida fue sumergida bajo las aguas del océano y su progenie duerme ahora el eterno sueño en los lechos oceánicos. La  Odisea hace de Atlas el guardián y “sostenedor” de las enormes columnas que separan los Cielos de la Tierra. Él es su “soportador”. Y como tanto la Lemuria, destruida por fuegos submarinos, como la Atlántida, sumergida por las olas, perecieron en los abismos  del océano, se dice que Atlas se vio obligado a dejar la superficie de la Tierra y reunirse con Iapetus en las profundidades del Tártaro. Prometeo es uno de los dioses conocidos como los titanes, la raza de inmortales sobrehumanos que precedieron al mandato de Zeus y de los otros dioses Olímpicos, en el Olimpo. Prometeo era hijo del titán Iapetus, dios del orden, y de la diosa ninfa Clymene. Además de a Prometeo, la pareja tuvo otros tres hijos, Atlas, Menoetius y Epimetheus, todos ellos Titanes. Cuando el mandato de su tío Cronos, monarca supremo de los dioses, fue sustituido por el de su hijo Zeus, Cronos y el padre de Prometeo, Iapetus, junto a otros muchos titanes, se levantaron contra los dioses Olímpicos. Junto a ellos combatieron dos de los hijos de Iapetus, Atlas y Menoetius, mientras que Prometeo y el hermano restante permanecían al lado de Zeus, siguiendo los designios de Themis, diosa del orden y la probabilidad. Themis vio que los Titanes no ganarían la batalla contra los Olímpicos, y Prometeo y su hermano decidieron unirse al bando ganador, que en este caso eran Zeus y sus seguidores. La guerra entre dioses y titanes duró diez años, y en ella hubo bajas sensibles para Prometeo. Así, su hermano Menoetius fue asesinado por uno de los rayos de Zeus durante la batalla, y Atlas fue castigado a sostener el peso del mundo sobre sus hombros. Acabada la batalla, la mayoría de los titanes rebeldes habían sido confinados al Tártaro.

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Después de la derrota de los titanes y una vez acabada la Guerra, Prometeo y su hermano mostraron cada vez más interés por la humanidad, y dispuestos a compartir mas momentos con ellos, se convirtieron en monarcas de Phthua. A diferencia de los otros dioses, que veían a los humanos como simples peones en sus juegos, Prometeo sentía un profundo aprecio por la humanidad, y se consideraba amigo de los mortales. Sir Theodore Martin tiene razón al interpretar esta alegoría como significando: “(Atlas) de pie en el suelo sólido del hemisferio inferior del universo, sosteniendo así al mismo tiempo el disco de la tierra y la bóveda celeste  – la envoltura sólida del hemisferio superior“.  Porque Atlas es la Atlántida, que sostiene sobre sus “hombros” los nuevos continentes y sus horizontes.  El escritor francés Paul Decharme, en su  Mythologie de la Grèce Antique , expresa dudas sobre cómo    Atlas puede sostener a la  vez diversas columnas situadas en varias localidades. Si Atlas fuera una persona, la traducción sería incomprensible. Pero personifica un continente en Occidente, que se dice sostiene la Tierra y el Cielo a la vez, esto es, los pies del gigante pisan la tierra, mientras que sus hombros sostienen la bóveda celeste. esto es una alusión a los picos gigantescos de los continentes de Lemuria y Atlántida, por lo que el epíteto de “sostenedor” resulta muy exacto. El concepto se debió seguramente a la gigantesca cordillera que corría a lo largo del disco terrestre. Estas montañas hundían sus estribaciones en el fondo mismo de los mares, al paso que elevaban sus crestas hacia el cielo, perdiéndose su cima en las nubes. Los  antiguos continentes tenían más montañas que valles. La cordillera de Atlas, en el norte de África,  y el Pico de Tenerife, son actualmente dos restos empequeñecidos de los dos perdidos continentes, que eran tres veces más elevados en tiempo de la Lemuria y dos veces más altos en el de la Atlántida. Así, los libios llamaban al Monte Atlas la “Columna del Cielo”, según Herodoto. Y el poeta griego Píndaro calificó al Etna, en Sicilia, como “Columna Celeste”. Atlas era un pico inaccesible en una isla, en los días de Lemuria, cuando el continente africano no se había aún levantado. Es la única reliquia Occidental que sobrevive y que perteneció al continente en que la tercera raza nació, se desarrolló y  cayó, pues Australia es ahora parte del continente Oriental. El orgulloso Atlas, según la tradición Esotérica, habiéndose hundido una tercera parte en las aguas, las otras dos quedaron como herencia de la Atlántida.

Esto era también conocido de los sacerdotes egipcios y del mismo Platón. El juramento solemne de guardar el secreto, que se extendió hasta a los misterios del Neoplatonismo, impidió que fuese conocida toda la verdad. Tan secreto era el conocimiento de la última isla de la Atlántida, que el divulgar su situación y existencia era castigado con la muerte. Ello era a causa de los poderes sobrehumanos que poseían sus habitantes, los últimos descendientes directos de los Dioses o Reyes Divinos, según se creía. Teopompo de Quíos nació en Grecia en el año 380 a.C. Fue uno de los historiadores más destacados de su época. Su trabajo más importante es las “Filípicas” que consta de 58 libros y se centra en la historia de Filipo II de Macedonia. En su trabajo escribió la existencia de una tierra más allá del océano conocida como Meropis. En dicha isla vivía una raza de hombres que crecen el doble del tamaño normal y viven en dos ciudades de la isla, Eusebio y Machimo. También nombra la existencia de un ejército de diez millones de soldados que partieron con la idea de conquistar Hiperbórea pero que abandonaron su idea inicial al darse cuenta que los Hiperbóreos eran las personas más afortunadas del mundo. Para algunos se trata de una parodia de la Atlántida de Platón, ya que exagera las dimensiones de Meropis para que sea completamente absurda. Mientras que para otros es una muestra que obtiene él mismo sobre la existencia de tierras habitadas mucho más allá de las columnas de Hércules, de grandes extensiones y con numerosa población. Cuando habla de los fenicios (fundadores de Cartago), dice que eran los únicos navegantes de los mares que bañaban la costa occidental del África. Revestían sus viajes de tal misterio, que muchas veces echaban a pique sus propios barcos para hacer perder todo rastro de ellos a los extranjeros demasiado curiosos. Hay orientalistas e historiadores que, mientras permanecen impasibles ante el lenguaje de la Biblia y ante algunos de los sucesos que en ella se relatan, muestran gran disgusto ante la “inmoralidad” de los Panteones de la India y de Grecia. Se puede decir que antes que ellos, Eurípides, Píndaro y hasta el mismo Platón, expresaron el mismo disgusto. Que ellos también se sintieron irritados ante los cuentos que se inventaban  – “esos cuentos miserables de los poetas”, según la frase de Eurípides.

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Pero quizá hubiera otra causa para esto. Para los que sabían que había más de una clave para el Simbolismo Teogónico, era un error el haberlo expresado en un lenguaje tan claro. Pues si el filósofo ilustrado y sabio podía discernir el meollo de  la sabiduría bajo la grosera corteza del fruto, y sabía que este último escondía las más grandes leyes y verdades de la naturaleza psíquica y física, así como del origen de todas las cosas; no así el profano no iniciado. Para el filósofo, especialmente el Iniciado, la  Teogonía de Hesiodo es tan histórica como pueda serlo cualquier historia. Platón la acepta como tal, y expone tantas de sus verdades como sus juramentos se lo permitían.  El hecho de que los atlantes pretendiesen que Urano fue su primer rey, y que Platón principie su historia de la Atlántida con la división del gran continente por Neptuno, el nieto de Urano, muestra que hubo otros continentes antes que la Atlántida, y reyes antes que Urano. Pues Neptuno (o Poseidón), a quien tocó en suerte el gran continente caído, encuentra en una pequeña isla sólo una pareja humana hecha de barro, esto es, el primer hombre físico  humano, cuyo origen principió con las últimas subrazas de la tercera raza-raíz. En la Mitología romana, Neptuno es el hijo mayor de los dioses Saturno y Ops, hermano de Júpiter y Plutón. Neptuno gobierna todas las aguas y mares. Cabalga las olas sobre caballos blancos. Todos los habitantes de las aguas deben obedecerlo y se lo conoce como Poseidón en la mitología griega. Neptuno eligió el mar como morada y en sus profundidades existe un reino de castillos dorados. Con su poderoso tridente agita las olas, hace brotar fuentes y manantiales donde quiera y en causa de su ira provocando los temibles sismos o terremotos. Este dios es un rey inseparable de sus caballos. Por esta y más razones, se le simboliza con un caballo. Neptuno no viste con ropajes suntuosos, ya que su aspecto es suficiente para demostrar su poderío. El dios de los mares es un muy peligroso e inestable elemento, con sus emociones puede provocar desde terribles tormentas y tempestades hasta olas tranquilas y pacíficas, por lo que nunca nadie intenta provocarlo sin un importante motivo. Neptuno, tuvo varios amores… Su esposa formal fue Anfítrite (diosa del mar tranquilo), aunque hubieron más mujeres en su vida, como Clito, Medusa, Toosa, Ceres, Halia y Amimone.

 

Clito, o Clitoé, en la mitología griega, era una mujer, hija de Evenor y de Leucipe, madre de la estirpe de los Atlantes. Según el Critias, obra del filósofo griego Platón, Clito, hija de Evenor, que había nacido de la tierra, y de Leucipe, habitantes de una montaña baja en el centro de la Atlántida, quedó huérfana cuando llegó a la edad de casarse. Poseidón (que era el señor de la Atlántida) se enamoró de Clito y se vio correspondido; y para proteger a su nueva amante, aisló la colina en la que ésta habitaba por medio de tres anchos anillos de agua, cavados a partir del centro de la isla (la elevación que habitaba Clitoé estaba en el centro de la isla), de modo que la colina fuera inaccesible a los hombres (ya que todavía no había barcos ni navegación). Poseidón, utilizando sus poderes de dios, enriqueció al círculo de tierra del centro de la isla (en donde habitaba Clito, aislado por el primer anillo de agua), proveyéndolo de alimentos variados y suficientes, y de manantiales. Luego Clito y Poseidón se unieron; la primera quedó embarazada sucesivas veces y fue dando a luz a cinco generaciones de gemelos varones. Al primer hijo del primer par se le dio el nombre de Atlas o Atlante (y de él se deriva la denominación Atlántida, y de ésta, a su vez, recibe su nombre el Océano Atlántico). Al segundo hijo del primer par se le dio, en griego, el nombre de Eumelo, pero en la lengua de la región, Gadiro; A uno de los que nacieron en segundo lugar se lo llamó Anferes, al otro, Evemo. Al mayor de los terceros se le puso el nombre de Mneseo y al segundo, Autóctono. Al primero del cuarto par se le dio el nombre de Elasipo, y el de Méstor al posterior. Al primero del quinto par de gemelos se le puso el nombre de Azaes y al segundo, el de Diáprepes. El final de la vida de Clito es oscuro, ya que ni el Critias ni ningún otro texto narra lo que sucedió luego que tuvo sus hijos. Lo que se sabe es que todos ellos fueron reyes de diferentes partes de la Atlántida, dando origen a la avanzada civilización que se desarrolló en esta isla.

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Ahora bien; todos los Dioses del Olimpo, así como todos los del Panteón Hindú y los Rishis, eran las personificaciones septiformes  de los Nóumenos (de los poderes inteligentes de la Naturaleza), de las Fuerzas Cósmicas,  de los Cuerpos Celestes, de los Dioses o Dhyân Chohans,  de los Poderes Psíquicos y Espirituales,  de los Reyes Divinos de la Tierra, o encarnaciones de los Dioses, y de los Héroes u Hombres Terrestres. El saber distinguir entre estas siete formas es cosa que perteneció en todo tiempo a los Iniciados, cuyos primeros predecesores habían creado este sistema simbólico y alegórico. Así, mientras que Urano, o la hueste que representaba este grupo celeste, reinó y gobernó en la segunda raza y su continente, Cronos, o Saturno, gobernó a los Lemures, y Júpiter, Neptuno, y otros, lucharon por la Atlántida, que era toda la tierra en los días de la  cuarta raza. Poseidonis, o la última isla de la Atlántida, duró hasta hace unos 12.000 años. Los atlantes de Diodoro Sículo tenían razón en sostener que en su país, en la región que rodeaba el Monte Atlas, fue donde “nacieron los Dioses”, esto es, “encarnaron”. Pero sólo después de su cuarta encarnación fue cuando se convirtieron en reyes humanos y gobernantes, por primera vez. Diodoro habla de Urano como primer rey de la Atlántida, confundiendo los continentes, ya fuese conscientemente o no. Pero, como hemos indicado, Platón corrige indirectamente esta afirmación. El primer instructor en astronomía de los hombres fue Urano, porque es uno de los siete Dhyân Chohans del segundo período o raza. Así, también, en el segundo Manvántara, el de Svârochisha, el segundo Manu, entre los Dioses o Rishis que presidían aquella raza, vemos a Jyotish, el maestro de astronomía (Jyotisha), uno de los nombres de Brahmâ.  Jyotish es un término en Sánscrito que deriva de la palabra “jyoti” o luz. El Jyotish es la ciencia Védica de Astrología y Astronomía. Es la ciencia basada en las luminarias. La ciencia del Jyotish está basada en las antiguas escrituras en Sánscrito, los Vedas, los Puranas, los Itihasas y Samhitas y los Rishi-vaakyas o declaraciones de los grandes sabios como Marahishi Parashara, Vedavyasa, Jaimini, Bhrigu, Narada, Garga, etc. Los textos védicos se dice que se originaron de la respiración de Maha Vishnu o la Suprema Personalidad de Dios, y por lo tanto son aceptados como conocimientos Apaurusheyas o infalibles.

Los antiguos Maharishis, que han realizado las leyes de la ciencia de Jyotish, lo hicieron mientras se sumergían en profunda meditación en el Señor Supremo, y en este estado trascendental de conciencia las verdades del Jyotish fueron revelados a ellos por Dios. Por lo tanto, esta sagrada ciencia es aceptada como perfecta. Por supuestos que el sistema de Astrología Védica es muy vasto y elaborado y muchas personas en la actualidad tienen dificultades en comprender o en interpretarla correctamente. Esto se debe a que las personas de Kali Yuga, la era presente del mundo, están mucho más degradadas en conciencia, memoria e inteligencia que los antiguos Maharishis que estaban presentes en las eras o yugas de Satya, Treta y Dwapara Yugas.  Y así también los chinos reverencian a Tien (o el Firmamento, Ouranos) y le dan el nombre de su primer maestro en astronomía. Urano dio origen a los Titanes de la tercera raza, y ellos fueron los que le mutilaron personificados por Saturno-Cronos. Porque, como los Titanes cayeron en la generación, cuando “la creación por  medio de la  voluntad fue reemplazada por la procreación física”, no necesitaban más a Urano. El político y helenista inglés, William Gladstone, en su obra “Los Dioses Mayores del Olimpo”, colaboró a que las ideas del público en general acerca de la mitología griega hayan sido aún más distorsionadas. A Homero se le atribuye un pensamiento íntimo, que Gladstone considera como “la verdadera clave de la concepción Homérica”, mientras que esta “clave” es meramente un velo. Poseidón es en verdad esencialmente fuerte e imperioso, sensual y sumamente celoso y vengativo. Pero esto es porque simboliza el espíritu de la cuarta raza-raíz,  como el Regente de los Mares, esa raza que vive sobre la superficie de los mares, compuesta de gigantes. son los hijos de Eurimedón, la raza madre de Polifemo, el Titán y Cíclope de un ojo.  Aunque Zeus reina sobre la cuarta raza, Poseidón es quien gobierna y el que representa la verdadera clave de la tríada de los hijos de Cronos,  Zeus, Hades y Poseidón, y de nuestras razas humanas. Poseidón es el gobernante o espíritu de la Atlántida antes del principio de su sumersión,  y la fuerza titánica de la raza viviente.

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Nereus, el mayor de los hijos de Ponto y Gea, probablemente el dios de las olas del mar, parece que fue también uno de los educadores de Afrodita. Su espíritu se ha reencarnado en la raza aria, o quinta. Esto es lo que Gladstone no descubrió, ni siquiera lo ha vislumbrado. Y, sin embargo, hace muchas observaciones sobre la “habilidad” de Homero, el cual no nombra nunca a Nereus, a cuya designación sólo se llega por el patronímico de Nereidas. Doris dio a Nereus cincuenta hijas maravillosas, las Nereidas, todas ninfas del mar. Vivía en el mar Egeo, acompañado siempre por sus hijas, que le entretenían con sus cantos y sus danzas. Era capaz de cambiar de forma, tenía el don de la profecía y ayudaba a los héroes que, como Heracles, fuesen capaces de capturarle incluso cuando cambiaba de forma. Profetizó a Paris los males que traerían a su patria el rapto de Helena y a Heracles le ayudó, por la fuerza, a buscar las manzanas de oro que le había ordenado encontrar su primo Euristeo.  Pero los más eruditos helenistas se limitan a especular sobre las imágenes exotéricas de la Mitología, mientras pierden de vista su sentido esotérico. Y esto se ve de un modo notable en el caso de Gladstone. La literatura griega ha sido el estudio preferido de su vida, y ha encontrado tiempo para enriquecer la literatura contemporánea con producciones de erudición griega. Pero en el futuro se verá que la clave esotérica de la Teogonía cristiana, así como de la Teogonía y ciencias griegas, es la Doctrina Secreta de las naciones prehistóricas. Sólo esta doctrina es la que puede señalar el parentesco de todas las especulaciones humanas religiosas, y hasta de las llamadas “revelaciones”. Y ésta es la enseñanza que infunde el espíritu de la vida en los símbolos seculares de los Montes Meru, Olimpo, Walhalla o Sinaí. Muchas veces, se menciona a la Atlántida bajo otro nombre, desconocido de los comentadores. El  poder de los nombres  es grande y ha sido conocido desde que los Maestros  divinos  instruyeron a los primeros hombres. Y como Solón  lo había estudiado, tradujo los nombres “Atlantes” por nombres inventados por él mismo. Relacionado con el continente de la Atlántida, conviene tener presente que los relatos de los antiguos escritores griegos que han llegado hasta nosotros contienen una confusión de declaraciones, de las cuales algunas se refieren al gran continente, y otras a la última pequeña isla de Poseidonis.

Pueden verse discrepancias en las diferentes manifestaciones acerca del tamaño, y otros aspectos de  la Atlántida.  Así, en el  Critias , dice Platón que la llanura que rodeaba la ciudad estaba a su vez rodeada por cordilleras de montañas, y que la llanura era suave, nivelada y de figura oblonga, extendiéndose al Norte y al Sur, tres mil  estadios en una dirección y dos mil en la otra. La llanura hallábase rodeada por un enorme canal o dique, de 31 metros de profundidad, 185 metros de ancho y 2012 km. de largo. Ahora bien, en otros sitios se expone el tamaño total de la isla de Poseidonis como el asignado sólo a la “llanura alrededor de la ciudad”. Es evidente que una parte de lo que se dice se refiere al gran continente, y la otra al último resto, o sea la isla de Platón.    Por otra parte, el ejército activo de la Atlántida se declara como de más de un millón de hombres, y su armada de 1200 barcos y 240.000 hombres. Semejantes afirmaciones son por completo inaplicables a una pequeña isla del tamaño de Irlanda. Las alegorías griegas dan a Atlas, o la Atlántida, siete hijas  -siete subrazas -, cuyos nombres respectivos son: Maia, Electra, Taygeta, Asterope, Merope, Alcyone y Calaeno. Esto implica que se casaron con Dioses, y que fueron madres de héroes  famosos, fundadores de muchas naciones y ciudades. Astronómicamente, las Atlántidas se han convertido en las siete Pléyades. En la Ciencia Oculta las dos se hallan relacionadas con los destinos de las naciones, destinos que están trazados por los sucesos de sus vidas anteriores, con arreglo a la Ley Kármica.  Tres grandes naciones pretendían en la antigüedad una descendencia directa del reino de Saturno, o Lemuria, confundido con la Atlántida algunos miles de años antes de nuestra era. Y éstas eran los  egipcios, los fenicios (Sanchoniathon) y los antiguos griegos (Diodoro, y después Platón). Pero puede también demostrarse que el país civilizado más antiguo del Asia, la India, pretende la misma descendencia. Las subrazas, guiadas por la Ley Kármica o destino, repiten inconscientemente los primeros pasos de sus respectivas razas -madres. Así como los brahmanes, relativamente blancos, cuando invadieron la India poblada de Dravidianos, de color obscuro y habitantes del extremo meridional del subcontinente indio, vinieron del Norte, así también la quinta raza aria debe atribuir su origen a las regiones del Norte.

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Las Ciencias Ocultas muestran que los fundadores de las razas-raíces, los grupos respectivos de los siete Prajâpatis, nombre genérico de varias deidades que presiden la procreación y que son protectores de la vida, han estado todos relacionados con la Estrella Polar.  Blavatsky, en sus Comentarios, dice:  “Aquel que entiende la edad de Dhruva, que mide 9090 años mortales, comprenderá los tiempos de los Pralayas, el destino final de las naciones. ¡Oh, Lanú!“. Por otra parte, ha debido haber muy buenas razones para que una nación asiática colocase a sus grandes Santos en la Osa Mayor, constelación del Norte.  En las Leyes de Manú se hace mención de siete grandes Richis (Saptarchi), que corresponden a las siete estrellas de la Osa mayor. En la misma obra se mencionan diez grandes Richis, señores de criaturas (Prajâpatis), cuyos nombres son: Marîchi, Atri, Angiras, Pulastia, Pulaha, Kratu, Prachets (o Dakcha), Vazichtha, Bhrigu y Nârada. Estos tres últimos son los más eminentes, de manera que, descontando éstos, queda reducido a siete el número de los Grandes Richis. Según el Rig-Veda, los siete Grandes Richis son también los Prajêpatis o señores de la existencia, los siete “Hijos nacidos de la mente de Brahmâ”.  Hace al menos 70.000 años que el Polo de la Tierra apuntaba al extremo final de la cola de la Osa Menor, y muchos miles de años más que los siete Rishis podían haber sido identificados con la constelación de la Osa Mayor. La raza aria nació y se desarrolló en el lejano Norte, aunque después del hundimiento del continente de la Atlántida, sus tribus emigraron más hacia el Sur de Asia. De aquí que Prometeo sea el hijo de Asia. Y Deucalión, su hijo, el Noé griego, el que creó hombres de las piedras de la madre Tierra, sea llamado escita del Norte, por Luciano. Y a Prometeo le hacen hermano de Atlas y es encadenado al Cáucaso en medio de las nieves. Grecia tenía su Apolo  Hiperbóreo , así como su Apolo  Meridional . De igual modo, casi todos los Dioses de Egipto, Grecia y Fenicia, así como los de otros Panteones, son de origen septentrional, y nacidos en la Lemuria, hacia el final de la tercera raza, después que se hubo completado toda su evolución física y fisiológica. Todas las “fábulas” de Grecia, podría verse que están fundadas en hechos históricos, aunque adulteradas por los mitos. Los cíclopes de “un solo ojo” fueron las tres últimas subrazas de los Lemures, refiriéndose el “ojo único” al ojo de la sabiduría. Pues los dos ojos frontales sólo estuvieron completamente desarrollados como  órganos físicos en el principio de la cuarta raza.

La alegoría de Ulises, cuyos compañeros fueron devorados, mientras que el rey de Itaca se salvó sacando el ojo de Polifemo con un tizón de fuego, está basada en la atrofia psico-fisiológica del “tercer ojo”. Ulises pertenece al ciclo de los héroes de la cuarta rRaza, y aun cuando era un “Sabio” respecto de esta última, debió haber sido un libertino en opinión de los cíclopes pastoriles. Su aventura con estos últimos, raza salvaje gigantesca, antítesis de la culta civilización de la  Odisea, es una representación alegórica del paso gradual de la civilización ciclópea de constructores colosales de piedra megalítica, a la cultura más sensual y física de los Atlantes, que fue causa de que la última parte de la tercera raza perdiese su ojo  espiritual, que todo lo penetraba. La otra alegoría, que representa a Apolo matando a los Cíclopes para vengar la muerte de su hijo Asclepio, no se refiere a las tres subrazas representadas por los tres hijos del Cielo y de la Tierra, sino a los Cíclopes hiperbóreos Arimaspianos, último resto de la raza dotada con el “ojo de la sabiduría”. Los Cíclopes han dejado vestigios de sus construcciones en todas partes, tanto en el Sur como en el Norte; los otros estaban confinados solamente al Norte. Así, Apolo, que es principalmente el Dios de los Videntes, cuyo deber es castigar la profanación, los mató y ocultó su flecha detrás de una montaña en las regiones hiperbóreas.  Cósmica y astronómicamente, este Dios hiperbóreo es el Sol personificado, el cual, durante el curso del año Sideral -25.868 años – cambia los climas de la superficie de la Tierra, haciendo regiones glaciares de las tropicales y  viceversa.  Psíquica y espiritualmente su significación es mucho más importante. Como observa Gladstone, en su obra “Dioses Mayores del Olimpo”, las cualidades de Apolo son imposibles de comprender sin acudir a fuentes que se encuentran más allá del límite de las tradiciones más comúnmente exploradas de la mitología griega.

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La historia de Latona, madre de Apolo, está llena de significados diversos. Astronómicamente, Latona es la región polar, y la noche, que da nacimiento al Sol, a Apolo, a Febo, etc. Latona nació en los países hiperbóreos, en donde todos los habitantes eran sacerdotes dedicados a Apolo,  su hijo, que celebraban su resurrección y descenso en su país cada diecinueve años, a la renovación del ciclo lunar. Latona representa geológicamente  el continente hiperbóreo y su raza. Cuando el sentido astronómico  cede su lugar al espiritual y divino, en que Apolo y Atenea se transforman en “aves”, símbolo y emblema de las divinidades y ángeles superiores, entonces el brillante Dios asume poderes divinos creadores. Apolo se convierte en la personificación de la videncia, cuando envía el doble astral de Eneas al campo de batalla, y tiene el don de aparecer a sus videntes sin ser visible a otras personas presentes, don  del que participa todo Adepto elevado. El rey de los hiperbóreos era por esa razón hijo de Bóreas, el Viento Norte, y el Sacerdote Superior de Apolo. La contienda de Latona y Niobe, representando la raza Atlante, madre de siete hijos y siete hijas, que personifican las siete subrazas de la cuarta raza y sus siete ramas, alegoriza la historia de los dos continentes. La cólera de los “Hijos de Dios” al ver la constante degradación de los atlantes, era grande. Y queda claro el significado de la destrucción de los hijos de Niobe por los hijos de Latona, Apolo y Diana, las deidades de la luz, la sabiduría y la pureza, o el Sol y la Luna astronómicamente, cuya influencia ocasiona cambios en el eje de la Tierra, diluvios y otros cataclismos. La fábula acerca de las lágrimas incesantes de Niobe, cuyo dolor hace que Zeus la transforme en una fuente, que representa la Atlántida cubierta por las aguas, no es un símbolo menos gráfico. Niobe, téngase presente, es hija de una de las Pléyades, o Atlántidas, y, por tanto, es nieta de Atlas, porque representa las últimas generaciones del continente condenado.    Una observación verdadera es la de Bailly, cuando dice que la Atlántida tuvo una influencia enorme en la antigüedad. Según dice, en base al Apocalipsis:  “Un gran Dragón rojo se hallaba ante la mujer pronto a devorar al niño. Da ella a luz el hombre-niño que debía gobernar a todas las naciones con un cetro de hierro, y que fue acogido en el trono de Dios  – el Sol. La mujer huye al desierto, siempre perseguida por el dragón, que vuela otra vez, y echa agua por la boca como un río, cuando la Tierra favoreció a la mujer y se tragó al río; y el Dragón marchó a hacer la guerra  con el resto de la semilla de ella que guardó los mandamientos de Dios“.

Cualquiera que lea la alegoría de Latona perseguida por la venganza del celoso Juno, reconocerá la identidad de las dos versiones. Juno envía a Pitón, el Dragón, a perseguir y destruir a Latona y devorar a su recién nacido. Este último es Apolo, el Sol, pues el hombre-niño del  Apocalipsis , “que debía gobernar a todas las naciones con un cetro de hierro”, no es seguramente el apacible “Hijo de Dios”, Jesús, sino el Sol físico, “que gobierna a todas las naciones”; siendo el Dragón el Polo Norte, gradualmente persiguiendo a los lemures primitivos en las tierras que se hacían más y más hiperbóreas, e impropias para ser habitadas por los que rápidamente se estaban convirtiendo en hombres físicos, pues entonces tenían que habérselas con las variaciones de clima. El Dragón no quería permitir a Latona “dar a luz” el Sol que iba a aparecer. “Ella es echada del Cielo y no encuentra lugar donde poder dar a luz”, hasta que Neptuno, el Océano, lleno de compasión, inmoviliza la isla flotante de Delos, en que se convirtió la ninfa Asteria, ocultándose de Júpiter bajo las olas del Océano. Letona se refugia en Delos, donde nace el brillante dios Delio, el dios que tan pronto aparece mata a Pitón, el frío y hielo de la región ártica, en cuyos anillos mortales toda vida se extingue. En otras palabras: Latona-Lemuria se transforma en Niobe-Atlántida, sobre la cual reina su hijo Apolo, o el Sol, con un cetro de hierro.  Herodoto hace maldecir su calor demasiado grande a los atlantes. Esta alegoría está reproducida en su otro sentido místico en el Apocalipsis. Latona se convierte en diosa poderosa, en verdad, y ve que se le rinde culto a su hijo (culto solar) en casi  todos los templos de la antigüedad. En su aspecto oculto, Apolo es el patrón del número siete. Nació en el día siete del mes, y los cisnes de Myorica nadan siete veces alrededor de Delos, cantando el suceso y le dan siete cuerdas a su lira, los siete rayos del Sol y las siete fuerzas de la Naturaleza. Pero esto es sólo en el sentido astronómico, mientras que lo indi9cado antes es básicamente geológico. Si estos nombres míticos son meras alegorías, entonces todo lo que tienen de verdad viene de la Atlántida. Si la fábula es una tradición real -aunque alterada-, entonces la historia antigua es por completo su historia.

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Tan es así que todos los antiguos escritos están llenos de reminiscencias de los lemures-atlantes, las  primeras  razas físicas. Hesiodo anota la tradición acerca de los hombres de la Edad de Bronce, a quienes Júpiter había formado de madera de fresno y que tenían corazones más duros que el diamante. Revestidos de bronce de pies a cabeza, pasaban sus vidas peleando. De tamaño monstruoso, dotados de una  fuerza terrible, de sus hombros salían brazos y manos invencibles, dice el poeta. Tales eran los gigantes de las primeras razas físicas.   Los iranios tienen en el  Yasna, una de las partes del Avesta, una referencia a los últimos atlantes. La tradición sostiene que los “Hijos de Dios”, o grandes Iniciados de la Isla Sagrada, se aprovecharon del Diluvio para libertar a la Tierra de todos los Brujos que había entre los atlantes. El referido versículo se dirige a Zarathushtra, como uno de los “Hijos de Dios”. Dice: “Tú, ¡oh Zarathushtra! hiciste que todos los demonios (Brujos) que antes vagaban por el mundo en formas humanas, se escondiesen en la tierra  (ayudó a sumergirlos)“.   Los lemures, así como también los atlantes primitivos, estaban divididos en dos clases distintas: los “Hijos de la Noche”, o de las Tinieblas, y los “Hijos del Sol”, o de la Luz. Los libros antiguos nos hablan de terribles batallas entre ambos grupos, cuando los primeros, abandonando su país de Tinieblas, de donde el Sol había partido hacía varios meses, descendieron de sus regiones inhóspitas y “trataron de arrancar el Dios de la Luz” de sus hermanos más favorecidos en las regiones ecuatoriales. Se puede pensar  que los antiguos no sabían nada de la larga noche de seis meses de duración en las regiones polares. Hasta el mismo Herodoto, más instruido que los demás, menciona un pueblo que dormía durante seis meses del año y estaba despierto la otra mitad. Sin embargo, los griegos sabían muy bien que había un país, en el Norte, donde el año estaba dividido en un día y una noche de seis meses de duración cada una. Plinio lo dice claramente. Hablan de los cimerios y de los hiperbóreos, y establecen una diferencia entre los dos. Los primeros habitaban el Palus Maeotis, entre los 45º y 50º de latitud. Plutarco explica que ellos eran sólo una  pequeña parte de una  gran nación expulsada por los escitas, nación que se detuvo cerca del río Tanais, después de  haber cruzado el Asia.

Aquellas multitudes guerreras vivían primeramente en las costas del Océano, en bosques densos y  bajo un cielo tenebroso . Allí, cerca del polo, las largas noches y días dividen el año.  En cuanto a los hiperbóreos, estos pueblos, según se expresa Solino Polyhistor,     Sembraban por la mañana, recogían al mediodía; reunían sus frutos por la tarde, y los almacenaban por la noche en sus cuevas.  Hasta los escritores del  Zohar conocían este hecho, pues se explica que en  el Libro de Hammannunah, el Viejo, se dice que hay algunos países de la tierra que están alumbrados, mientras otros están en la obscuridad. Estos tienen el día, cuando para los otros es de noche; y hay países en los cuales es constantemente de día, o en los que la noche sólo dura unos instantes.   La isla de Delos, la de la ninfa Asteria, nunca estuvo en Grecia, pues este país no existía en aquel tiempo. Algunos escritores han indicado que representaba un país o una isla mucho mayor que los pequeños trozos de tierra que se convirtieron en Grecia. Tanto Plinio como Diodoro de Sicilia la colocan en los mares del Norte. Uno la llama Basilea, o “Real”; y el otro, Plinio, la llama Osericta, palabra que, según Rudbeck, tenía un significado, en las lenguas septentrionales, equivalente a la Isla de los Reyes Divinos, o Dioses Reyes, o también “Isla Real de los Dioses”.  Ello era debido a que los Dioses nacieron allí. Esto es, las Dinastías Divinas de los Reyes de la Atlántida procedían de aquel lugar. Que los geógrafos y geólogos la busquen entre el grupo de islas descubierto por Adolf Erik Nordenskiöld, geólogo, geógrafo y explorador polar sueco, de origen finés, en su viaje del “Vega” a las regiones árticas. Los Libros Secretos nos informan que el clima ha cambiado en aquellas regiones más de una vez, desde que los primeros hombres habitaron aquellas ahora casi inaccesibles latitudes. Eran un Paraíso antes de que se convirtieran en Infierno. El Hades tenebroso de los griegos y el frío Reino de las sombras, donde la Hel escandinava, la Diosa-Reina del país de los muertos, “tiene su dominio en lo profundo de Helheim y Niflheim”. La diosa o giganta Hela o Hel era la encargada en el inframundo de uno de los tipos de muertos en la mitología nórdica. Hija del dios Loki y de la giganta hechicera proveniente del Jötunheim, Angrboda, Hela reina sobre el Niflheim, donde vive bajo una de las raíces del árbol Yggdrasil.

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La mitad superior del cuerpo de Hela era realmente hermoso, pero la mitad inferior de este era igual al de un cadáver en putrefacción y de él despedía un olor nauseabundo. Se cree que Hela se representa así por cómo es vista la muerte por los hombres. Sin embargo, fue el lugar donde nació Apolo, que era el Dios más resplandeciente del Cielo astronómicamente, así como era el más iluminado de los Reyes Divinos que gobernaron en las naciones primitivas, en su sentido humano. Este último hecho está en la  Ilíada , donde se dice que Apolo se apareció cuatro veces en su propia forma (como Dios de las cuatro razas), y seis veces en forma humana, esto es, relacionado con las Dinastías Divinas de los primitivos lemures no separados.  Esos pueblos primitivos misteriosos, sus países, que ahora son inhabitables, así como el nombre dado al “hombre”, tanto vivo como muerto, son los que han proporcionado oportunidad a los Padres de la Iglesia para inventar un Infierno, que han transformado en una localidad ardiente en lugar de  gélida.    Es, por supuesto, evidente, que ni los hiperbóreos, ni los  cimerios, ni los arimaspes, ni aun los escitas, conocidos de los griegos y comunicándose con ellos, son los atlantes. Pero todos ellos eran descendientes de sus últimas subrazas. Los pelasgos fueron ciertamente una de las razas -raíces de la futura Grecia, y resto de una subraza de la Atlántida. Platón es muy claro al hablar de los últimos, cuyo nombre se ha averiguado procedía de pelagus, el “gran mar”. El Diluvio de Noé es astronómico y alegórico, pero no mítico, pues el relato se basa en la misma tradición arcaica de los hombres que se salvaron, durante los cataclismos, en canoas, arcas y barcos. Hay grandes similitudes entre el Xisuthro caldeo, el Vaivasvata indo, el Peirun chino, el “Amado de los Dioses”, que se salvó de la inundación en una canoa, o el Belgamer sueco, por quien los Dioses hicieron lo mismo en el Norte. Pero sus leyendas se derivan de la catástrofe que afectó tanto al continente como a la Isla Atlántida.    La alegoría acerca de los gigantes antediluvianos y sus proezas en brujería, no es un mito, tal como se indica en los sucesos bíblicos. No era seguramente el  Pentateuco lo que Diodoro repetía, cuando escribió acerca de los Titanes; los gigantes nacidos del Cielo y de la Tierra, o más bien, nacidos de los Hijos de Dios, que tomaron por esposas a las hijas de los hombres, que eran hermosas. Ni tampoco Perecides, maestro de Pitágoras y perteneció a una secta que tenía puntos en común con los órficos, citaba del  Génesis cuando daba detalles de aquellos gigantes, que no se encuentran en las Escrituras judías. Dice que los hiperbóreos eran de la raza de los Titanes, raza que descendía de los primeros gigantes, y que esa región hiperbórea fue la cuna de los primitivos gigantes. Los Comentarios de los Libros Sagrados explican que la referida región era el lejano Norte, ahora las Tierras Polares, el primer continente pre-lemur, que abarcó una vez la Groenlandia actual, Spitzberg, Suecia y Noruega.

Pero ¿quiénes fueron los nephilim del  Génesis? Hubo hombres paleolíticos y neolíticos en Palestina, en épocas anteriores a los sucesos registrados en el Libro de los Principios. La tradición teológica identifica a estos nephilim con hombres velludos o sátiros. ¿Cuál es el significado de los amores de Poseidón bajo distintas variedad de formas animales? Se convirtió en un delfín para conquistar a Anfítrite; en un caballo para seducir a Ceres; en un carnero para engañar a Teofane, etc. Poseidón no es sólo la personificación del espíritu y raza de la Atlántida, sino también de los vicios de estos gigantes. Gesenio, padre de los gramáticos hebreos, y otros, dedican grandísimo espacio al significado de la palabra nephilim, pero explican muy poco. Pero los Anales Esotéricos muestran a estas criaturas velludas como los últimos descendientes de aquellas razas Lemuro-Atlantes, que engendraron hijos con animales hembras, de especies extinguidas hace largo tiempo, produciendo así “monstruos”, como dicen las Estancias.   Ahora bien; la Mitología, construida sobre la Teogonía de Hesiodo, que no es más que los anales poetizados de tradiciones reales, habla de  tres gigantes llamados que vivían en un país tenebroso, en donde fueron aprisionados por Cronos, por su rebelión contra él. En la mitología griega, Briareo o Briareos (en griego Βριαρεως Briareôs, Βριαρηος Briarêos u Οβριαρεως Obriareôs, ‘fuerte’; en latín Briareus) era un Hecatónquiro, gigante de cien brazos y cincuenta cabezas, hijo de Urano y Gea, y hermano de Coto y Giges. En la Ilíada de Homero los hombres le llaman Egeón (‘cabruno’), si bien éste es también el nombre de un dios del mar, que según algunas fuentes sería su padre. Aún en otras, sería hijo de Talasa, la diosa primordial del mar, o de Éter y Gea. Junto con sus hermanos, fue relegado al Tártaro primero por Urano y después por Crono, a quien habían ayudado a derrotar a aquél, hasta que fueron liberados por Zeus y lucharon junto a él en la Titanomaquia. Firme aliado de Zeus, fue invocado por la Tetis para que ayudara al dios cuando había sido encadenado por Hera, Atenea y Poseidón en un intento de derrocarlo. Como premio a sus servicios, Briareo se casó con Cimopolea, una hija de Poseidón, y se estableció con ella en un palacio en el río Océano. Con ella fue padre de dos ninfas llamadas Oiolica y Etna.

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Aristóteles afirma que las Columnas de Hércules se llamaban antes «Columnas de Briareo», pero después de que Heracles (nombre griego de Hércules) purificase la tierra y el mar convirtiéndose así en un benefactor de los hombres, éstos le honraron abandonando la mención de Briareo por la de él. En El Quijote de Cervantes se hace referencia a Briareo en el capítulo VIII de la Primera Parte, “Del buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación. Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo: Pues, aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar“.  En el mito los tres gigantes están dotados con cien brazos y cincuenta cabezas, representando estas últimas las razas, y los primeros las subrazas y tribus. Teniendo presente que en la Mitología todos los personajes son casi Dioses o Semidioses, y también reyes o simples mortales en su segundo aspecto, y que representan símbolos de países, islas, poderes de la naturaleza, elementos, naciones, razas y subrazas, se comprenderá que el Comentario Esotérico diga que los tres gigantes son tres tierras polares que han cambiado de forma varias veces, a cada nuevo cataclismo o desaparición de un continente para dar lugar a otro. El Globo entero entra periódicamente en convulsiones catastróficas, habiéndolas sufrido cuatro veces desde la aparición de la primera raza. Sin embargo, aunque toda la faz de la Tierra fue transformada cada vez, la conformación de los Polos ha cambiado poco.  Las tierras polares se unen y se separan convirtiéndose en islas y penínsulas, aunque permanecen siempre las mismas. Por tanto, el Asia Septentrional es llamada la “Tierra Eterna o Perpetua”, y el Antártico, el “Siempre Viviente”, mientras que el Mediterráneo, el Atlántico, el Pacífico y otras regiones, desaparecen y reaparecen por turno, debajo y encima de las grandes aguas. Desde la primera aparición del gran continente de la Lemuria, los tres gigantes polares han sido aprisionados por Cronos en su círculo. Su cárcel está rodeada por una pared de bronce, y la salida es por puertas fabricadas por Poseidón (o Neptuno). Por tanto, por mares que no pueden atravesar. Y es en esta triste región, donde reinan tinieblas eternas, en donde languidecen los tres hermanos gigantes.

La  Ilíada se refiere a ella como el Tártaro. Cuando los Dioses y Titanes se rebelaron a su vez contra Zeus, la deidad de la cuarta raza, el Padre de los Dioses recapacitó acerca de los gigantes aprisionados que le podían ayudar a vencer a los Dioses y Titanes, y precipitar a estos en el Hades. O, en palabras más claras, hundir Lemuria, en medio de truenos y relámpagos, en el fondo de los mares, a fin de hacer lugar a la Atlántida, que estaba destinada a sumergirse y desaparecer a su vez. El levantamiento geológico y el diluvio de Deucalión, en Tesalia,  fueron una repetición en pequeña escala del gran cataclismo. Deucalión fue, en la mitología griega, un hijo de Prometeo que reinó en las regiones próximas a Ftía, antigua región de Grecia, en la zona sur de Magnesia, a ambos lados del monte Otris. Su esposa fue Pirra, hija de Epimeteo y Pandora. Cuando Zeus decidió finalizar la Edad de bronce con el gran diluvio, Deucalión, por consejo de Prometeo, construyó un arca y, disponiendo dentro de ella lo necesario, se embarcó en compañía de Pirra, relato similar al del bíblico Noé. Zeus hizo caer desde el cielo una copiosa lluvia e inundó la mayor parte de la Hélade, de manera que perecieran todos los hombres, excepto unos pocos que se refugiaron en las cumbres de las montañas próximas. Después de nueve días y otras tantas noches navegando, con el fin del diluvio la pareja volvió a tierra firme y Deucalión decidió consultar un oráculo de Temis sobre cómo repoblar la tierra. Se le dijo que arrojase los huesos de su madre por encima de su hombro. Deucalión y Pirra entendieron que “su madre” era Gea, la madre de todas los seres vivientes, y que los “huesos” eran las rocas. Así que tiraron piedras por encima de sus hombros y éstas se convirtieron en personas: las de Pirra en mujeres y las de Deucalión en hombres. Deucalión y Pirra tuvieron varios hijos: Helén, Oresteo, Protogenia y Anfictión.

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Y, quedando impreso en la memoria de los griegos, lo mezclaron y confundieron con el destino general de la Atlántida. Así también, la guerra entre los Râkshasas, de Lankâ, y los Bhârateans, la  lucha de los atlantes y arios en su lucha suprema. Por otro lado, los devs eran fuertes, gigantescos, malvados, mientras que los peris, por el contrario, eran más pequeños de estatura, pero más sabios y bondadosos. Esto sucedió también en la lucha de los Titanes, separados en dos campos enemigos, y más tarde aún en la guerra entre los Ángeles de Dios y los Ángeles de Satán. Los hechos históricos se convirtieron en dogmas teológicos. Hombres de una pequeña subraza nacida ayer, y uno de los últimos retoños del linaje ario, emprendieron la tarea de echar por tierra el pensamiento religioso del mundo, y lo consiguieron. Por cerca de dos mil años ellos han impreso en la humanidad pensante la creencia en la existencia de Satán. Pero como ahora es convicción de más de un helenista erudito que la Teogonía de Hesiodo está basada en hechos históricos, se hace más fácil para las Enseñanzas Ocultas abrirse camino en las mentes de los hombres pensadores.    Los símbolos que se encuentran en todos los credos exotéricos son otras tantas huellas de verdades prehistóricas. La soleada y dichosa tierra, cuna primitiva de las primeras razas humanas, se ha convertido varias veces desde entonces en hiperbórea y saturnina, mostrando así la Edad de Oro y Reino de Saturno (o Cronos) bajo aspectos multiformes. La raza Lemuria debe ser dividida fisiológicamente en la raza andrógina primera y la bisexual posterior. Y el clima de sus residencias y continentes en el de una eterna primavera y un eterno invierno, en la vida y la muerte, la pureza e impureza. Las leyendas son siempre transformadas por la fantasía popular. Sin embargo, puede quitársele la escoria que ha reunido en su camino a través de muchas naciones, y de las innumerables mentes que han añadido sus propios aditamentos exuberantes a los hechos originales. Abandonando por un instante las interpretaciones griegas, podemos buscar más corroboraciones en las pruebas científicas y geológicas.   No estará de más (en beneficio de los que convierten la tradición de una Atlántida miocena perdida, en un “mito anticuado”) añadir unas pocas admisiones científicas sobre este punto. La Ciencia, en verdad, es indiferente a tales cuestiones. Pero hay hombres científicos prontos a admitir que, en todo caso, es más filosófico un agnosticismo prudente, respecto de los problemas geológicos que se refieren al remoto pasado, que una negativa a priori , o hasta que generalizaciones precipitadas fundadas en datos incompletos.

El hundimiento de la Atlántida, de hecho el grupo de grandes islas, que ocupó el área del Atlántico, principió durante el período Mioceno. y alcanzó su punto culminante primeramente en la desaparición final de las hermosas islas mencionadas por Platón. Coincidió con el alzamiento de los Alpes, y los geólogos declaran que los Alpes han crecido, después de la desaparición de la última isla de la Atlántida,  en unos 1900 metros, y en algunos sitios en unos 3000 metros desde el principio  del período Eoceno. Una depresión post-miocena pudo haber precipitado a la hipotética Atlántida en profundidades abisales. Lemuria no puede confundirse con el continente Atlántida, como Europa no se confunde con América. Ambas, Lemuria y Atlántida,  se sumergieron y ahogaron con su gran civilización y “dioses”, aunque entre las dos catástrofes transcurrió un período de 700.000 años. Antes Lemuria floreció, terminando su existencia precisamente en el Eoceno, siendo su raza la tercera. Podemos contemplar las reliquias, de la que fue una vez un gran país, en algunos de los aborígenes de cabeza achatada de Australia. Ernst Haeckel, biólogo, zoólogo y médico alemán, creador del término ecología,  acepta por completo la realidad de una anterior Lemuria, y considera también a  los australianos como descendientes directos de los Lemures. Formas persistentes de  los Lemures sobreviven todavía, según toda probabilidad, en los papuanos y hotentotes, en los australianos y en una división de los malayos. Sería prematuro decir, porque ninguna prueba se ha presentado todavía,  que no han existido hombres  en la edad Eocena , especialmente,  dado que puede señalarse que  una raza de hombrescoexiste  con ese resto de la flora  Eocena que aún sobrevive en el continente  e islas de Australia. Respecto de una civilización anterior, de la cual son el último retoño superviviente una parte de estos aborígenes australianos, la opinión del científico alemán George Gerland es sumamente sugestiva. Comentando la religión y mitología de las tribus, en 1868, escribe: “El aserto de que la civilización  australiana indica un grado más alto no se prueba en ninguna parte más claramente que aquí (en la cuestión religiosa), donde todo  resuena como las voces expirantes de una edad anterior más rica… La idea de que los australianos no tienen rastro de religión o mitología es completamente falsa. Pero esta religión está cierta y totalmente desnaturalizada“.

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En cuanto a la opinión de Haeckel respecto de la relación entre los australianos y los malayos, como dos ramas de un mismo tronco, está en un error cuando clasifica a los australianos con los demás. Los malayos y papuanos son un linaje mestizo, resultante del cruce de subrazas atlantes con la séptima subraza de la tercera raza-raíz. Lo mismo que los hotentotes, que descienden directamente de los  Lemuro-Atlantes . Es un hecho de lo más sugestivo, para aquellos pensadores que exigen una prueba física del Karma, que las razas más antiguas se están extinguiendo rápidamente; fenómeno debido en gran parte a la extraordinaria esterilidad que se apodera de las mujeres desde que tienen relaciones con los europeos. Un proceso diezmador tiene lugar en todo el Globo entre las razas “cuyo tiempo ha terminado”. Entre esos linajes la Filosofía Esotérica considera como representantes de civilizaciones arcaicas desaparecidas. Es inexacto sostener que la extinción de una raza inferior sea  invariablemente debida a las crueldades y abusos perpetrados por los colonos. El cambio de alimentación, la embriaguez, etc., han hecho mucho; pero los que toman semejantes causas como una explicación por completo suficiente del problema no pueden hacer frente al cúmulo de hechos que tan compactos se presentan ahora. ¿Por qué esta esterilidad (Kármica hace desaparecer a ciertas razas a su “hora”? La extinción de los hawaianos, por ejemplo, es uno de los problemas más misteriosos del día. La Etnología tendrá que reconocer, más tarde o más temprano, con los ocultistas, que la verdadera solución hay que buscarla en una comprensión del modo de obrar del Karma. Según observa el profesor André Lefèvre: “Se acerca el tiempo en que no quedarán más que tres grandes tipos humanos. El tiempo es antes de que alboree la sexta raza-raíz; los tres tipos son el blanco (quinta raza-raíz; aria), el amarillo y el negro africano, con sus cruzamientos (divisiones Atlantes o-Europeas). Los pieles rojas, los esquimales, papuanos, aborígenes australianos y los polinesios, entre otros, se están extinguiendo“. Cada raza-raíz sigue una escala de siete subrazas con siete ramas. La marea creciente de Egos  que reencarnan, los ha dejado atrás para cosechar experiencias en nuevos linajes. Thomas Henry Huxley (1825 –1895), biólogo británico, conocido como el Bulldog de Darwin por su defensa de la teoría de la evolución de Charles Darwin, escribió lo siguiente en la revista Nature: “No hay nada, que yo sepa, en las pruebas biológicas o geológicas hoy asequibles, que haga improbable la hipótesis de que  un arca del fondo del mar Atlántico medio o del Pacífico, tan grande como Europa,  haya sido levantada a la altura del Mont Blanc, para hundirse de nuevo desde la época Paleozoica, si hubiese algún fundamento para suponerla“.

Berthold Carl Seemann (1825 –1871), botánico y briólogo alemán, nos asegura en  Popular Science Review , que:  “Los hechos que los botánicos han reunido para volver a construir los mapas perdidos del globo son bastante comprensibles; y no se han  quedado atrás en demostrar la existencia anterior de grandes extensiones de tierra firme en partes ocupadas ahora por vastos océanos. Los muchos puntos de contacto sorprendentes entre la flora presente de los Estados Unidos y la del Asia Oriental les inducen a suponer que, durante el orden actual de cosas, existió una comunicación continental entre el Asia Oriental del Sur y la América Occidental. La correspondencia singular de la flora actual de los Estados Unidos del Sur con la flora lignita de Europa les induce a creer que, en el período Mioceno, Europa y América estaban en relación por un paso de tierra de que son restos Islandia, la de Madera y las otras islas Atlánticas; que efectivamente, la historia de una Atlántida referida por un sacerdote egipcio  a Solón no es pura fábula, sino que se apoya en una base histórica sólida… La Europa del período Eoceno recibió las plantas que se extendieron sobre montañas y llanuras, valles y orillas de los ríos (generalmente de Asia), no exclusivamente del Sur ni del Este. El Occidente proporcionó también aditamentos, y si en aquel período fueron más bien de poca monta, muestran, en todo caso, que se estaba construyendo el puente que, en una época posterior, debía facilitar la comunicación entre los dos continentes de un modo tan notable. En aquel tiempo, algunas plantas del Continente Occidental principiaron a llegar a Europa por medio de la isla de la Atlántida, que entonces acababa probablemente de aparecer sobre el Océano”.

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Y en otro número de la misma revista, William Duppa Crotch,  en un artículo titulado “The Norwergian Lemming and its Migrations” (El conejo noruego y sus emigraciones), alude al mismo asunto: “¿Es probable que haya existido tierra donde ahora se mueve el vasto Atlántico? Todas las tradiciones lo afirman; los antiguos anales egipcios hablan de la Atlántida, como Estrabon y otros nos han dicho. El mismo desierto de Sahara es la arena de un antiguo mar, y las conchas que se encuentran en su superficie prueban que, en una época no más remota que el período Mioceno, se agitaba un mar sobre lo que ahora es un desierto. El viaje del “Challenger” ha probado la existencia de tres grandes cordilleras  en el Océano Atlántico, una que se extiende por más de tres mil millas y los brazos laterales; relacionando estas cumbres, pudieran explicar la maravillosa semejanza de la fauna de las islas del Atlántico. El continente sumergido de Lemuria , en lo que ahora es el Océano Índico, se considera que presenta una explicación de las muchas dificultades en la distribución de la vida orgánica; y creo que la existencia de una Atlántida Miocena se verá que tiene una gran fuerza clarificadora en sus asuntos de mayor interés que la emigración del conejo. En  todo caso, si se puede demostrar que existió tierra, en edades anteriores, donde ahora se agita el Atlántico del Norte, no solamente se vería el motivo de estas emigraciones, en apariencia suicidas, sino también una gran prueba colateral de que lo que llamamos instintos no son más que la herencia ciega, y algunas veces hasta perjudicial, de experiencias previamente adquiridas.    Se nos dice que, en ciertas épocas, multitudes de estos animales nadan hacia el mar y perecen. Viniendo, como vienen, de todas partes de Noruega, el poderoso instinto que sobrevive a través de las edades como una herencia de sus progenitores, los impulsa a buscar un continente que existió en un tiempo, pero que se halla ahora sumergido bajo el Océano, y encontrar una tumba en el agua“.

Alfred Russel Wallace (1823 –1913), naturalista, explorador, geógrafo, antropólogo y biólogo británico, conocido por haber propuesto independientemente una teoría de evolución por medio de selección natural que motivó a Charles Darwin a publicar su propia teoría, escribió Island Life, obra dedicada en gran parte a la cuestión de la distribución de los animales. En relación a esta obra, Starkie Gardiner escribió:  “Por un proceso de razonamiento fundado en una extensa exposición de hechos de diferentes clases, llega él a la conclusión de que la distribución de la  vida sobre la tierra, como ahora la vemos,  se ha verificado sin la ayuda de cambios importantes en la posición relativa de los continentes y mares, Sin embargo,  si aceptamos su opinión, deberemos creer que Asia y África, Madagascar y África, Nueva Zelanda y Australia, Europa y América, han estado unidas en alguna época no muy remota geológicamente, y que hubo puentes sobre mares de una profundidad de 1.000 brazas ; pero debemos tratar como “completamente gratuito y del todo opuesto a todos los testimonios de que disponemos, la suposición de que la templada Europa y la templada América, Australia y el África del Sur hayan estado jamás en relación, excepto por la vía del Círculo Ártico o Antártico, y que tierras que ahora están separadas por mares de más de 1.000 brazas de profundidad hayan estado jamás unidas.   Hay que admitir que Mr. Wallace ha conseguido explicar los rasgos principales de la distribución de la vida actual sin echar un puente sobre el Atlántico, ni sobre el Pacífico, excepto hacia los Polos; sin embargo, no puedo menos de pensar que algunos de los hechos pudieran explicarse más fácilmente admitiendo la existencia anterior de una unión entre la costa de Chile y la Polinesia, y Gran Bretaña y la Florida, obscuramente representada por los bancos submarinos que se extienden entre ellas. Nada se arguye que haga imposible estas relaciones más directas, y no se presenta ninguna razón física que se  oponga a que el suelo del Océano no pueda ser levantado desde cualquier profundidad. La ruta por la cual (según las hipótesis anti-Atlántida y anti-Lemuria de Wallace) se supone que se mezclaron las floras de la América del Sur y de la Australia, está llena de dificultades casi insuperables; y la aparentemente repentina llegada de un número de plantas subtropicales americanas en nuestros eocenos necesita una relación más hacia el Sur que la presente línea de 1.000 brazas. Las fuerzas están constantemente actuando, y  no hay razón para que una vez puesta en acción una fuerza elevadora en el centro de un Océano, cese de actuar hasta que se forme un continente. Ellas han actuado y han levantado fuera del mar, en un tiempo geológico relativamente reciente, las montañas más elevadas de la tierra. El mismo Mr. Wallace admite repetidamente que los lechos de los mares se han elevado 1.000 brazas, y que se han levantado islas desde profundidades de 3.000; y suponer que las fuerzas elevadoras tienen poder limitado, me parece a mí que es, citando de nuevo de  Island Life , completamente gratuito y por completo opuesto a todos los testimonios de que disponemos”.

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El padre de la Geología inglesa, Sir Charles Lyell, era un partidario de la uniformidad en sus opiniones sobre la formación de los continentes y dice lo siguiente: “Los profesores Unger y Heer han defendido con fundamentos botánicos la  existencia anterior de un continente Atlántico durante una parte  del período Terciario, por proporcionar la única explicación plausible que puede imaginarse de la analogía entre la flora miocena de la Europa Central y la flora actual de la América Oriental. El profesor Oliver, por otra parte, después de mostrar cuántos  de los tipos americanos, encontrados fósiles en Europa, son comunes al Japón, se inclina a la teoría, presentada primeramente por el doctor Asa Gray, de que la emigración de las especies, a la cual se debe la comunidad de tipos en los Estados Orientales de la América del Norte y la flora miocena de Europa, tuvo lugar cuando había una comunicación por tierra desde América al Asia Oriental, entre los paralelos quince y dieciséis de latitud, o al Sur del Estrecho de Behring, siguiendo la dirección de las islas  Aleutianas. Siguiendo este curso pudieron haber hecho su camino, en cualquier época, Miocena, Pliocena o post-Pliocena, antes de la época Glacial, a la región del río Amour, en la costa oriental del Asia del Norte“.   Las complicaciones  innecesarias en que aquí se incurre, a fin de evitar la hipótesis de un continente Atlántico, son demasiado aparentes para pasar inadvertidas.  Si las pruebas botánicas estuviesen solas, el escepticismo sería en parte razonable; pero en este caso todas las ramas de la Ciencia convergen hacia un punto. La Ciencia ha cometido errores y se ha expuesto a otros mayores de los que se expondría con la admisión de los dos Continentes, ahora sumergidos. Ha negado hasta lo innegable, desde los días del matemático  Laplace hasta los nuestros. Tenemos la autoridad del profesor Huxley, que dice que no hay ninguna improbabilidad  a priori contra pruebas posibles que apoyen la creencia. Tocando el problema en otro punto, Sir Charles Lyell nos dice: “Respecto de la cosmogonía de los sacerdotes egipcios, reunimos muchas noticias de escritores de las sectas griegas, que tomaron casi todas sus doctrinas de Egipto, y entre otras la de la destrucción y renovación sucesivas del mundo“. Sabemos por Plutarco que éste era el tema de uno de los himnos de Orfeo, tan celebrado en las edades fabulosas  de Grecia. Lo trajo de las orillas del Nilo; y hasta encontramos en sus versos, lo mismo que en los sistemas indos, un período definido asignado a la duración de cada mundo sucesivo. Orfeo (en griego Ορφέυς) es un personaje de la mitología griega. Según los relatos, cuando tocaba su lira, los hombres se reunían para oírlo y hacer descansar su alma. Así enamoró a la bella Eurídice y logró dormir al terrible Cerbero cuando bajó al inframundo a intentar resucitarla. Orfeo era de origen tracio; en su honor se desarrollaron los Misterios Órficos, rituales de contenido poco conocido.

De acuerdo con la tradición más conocida, Orfeo era el hijo de Eagro, rey de Tracia, y de la musa Calíope (Clío en otras versiones). Según otras fuentes, su padre no era Eagro, sino Apolo. Esto último es más coherente con la devoción de Orfeo por este dios, que es el dios de la música. Orfeo aprendió la música de Lino o de Apolo, que fue también su amante, y quien le entregó su propia lira] (fabricada por Hermes con el caparazón de una tortuga), como un presente de amor. A pesar de su origen tracio, Orfeo se unió a la expedición de los Argonautas, en la que marcaba el ritmo de los remeros. Con su música, protegió a sus compañeros de las Sirenas, que vivían en la isla Antemóesa, y cantaban hermosas canciones para atraer a los marinos y devorarlos. Cuando oyó las voces de las Sirenas, Orfeo sacó la lira y tocó su música, que era más bella que la de ellas, a la que tapaba y ahogaba. Butes fue el único que no pudo resistir los cantos de las Sirenas y se lanzó al mar para nadar hasta ellas, pero fue salvado por la diosa Afrodita. La historia más conocida sobre Orfeo es la que se refiere a su esposa Eurídice, que a veces es conocida como Agriope. Algunas versiones cuentan de Eurídice que murió al ser mordida por una serpiente mientras huía de Aristeo; otras, que el hecho fatal ocurrió mientras paseaba con Orfeo. En las orillas del río Estrimón, Orfeo se lamentaba amargamente por la pérdida de Eurídice. Consternado, Orfeo tocó canciones tan tristes y cantó tan lastimeramente que todas las ninfas y todos los dioses lloraron y le aconsejaron que descendiera al inframundo (catábasis) en busca de su amada. Camino de las profundidades del inframundo, Orfeo tuvo que sortear muchos peligros; empleando su música, hizo detenerse los tormentos del inframundo (por primera y única vez), y, llegado el momento, ablandó los corazones de Hades y Perséfone, que permitieron a Eurídice que volviera con Orfeo al mundo de los vivos, pero con la condición de que él caminase delante de ella y no mirase atrás hasta que hubieran alcanzado el mundo superior y los rayos de sol bañasen a la mujer. A pesar de sus ansias, Orfeo no volvió la cabeza en todo el trayecto: ni siquiera se volvía para asegurarse de que Eurídice estuviera bien cuando pasaban junto a un demonio o corrían algún otro peligro. Orfeo y Eurídice llegaron finalmente a la superficie. Entonces, ya por la desesperación, Orfeo volvió la cabeza para ver a su amada; pero ella todavía no había sido completamente bañada por el sol, y aún tenía un pie en el camino del inframundo, así que se desvaneció en el aire, y esa vez para siempre. Según relata Platón, los dioses del infierno sólo presentaron a Orfeo una aparición de Eurídice. No le entregaron a su amante porque les parecía que se mostraba cobarde y no había tenido el arrojo de morir por amor, sino que había buscado el medio de penetrar con vida en el Hades.

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Las grandes catástrofes estaban determinadas por el período del Annus Magnus, o gran año, ciclo compuesto de la revolución del Sol, de la Luna y de los planetas, y que termina cuando estos vuelven juntos al mismo signo de donde se supone que partieron en alguna época remota. Sabemos, particularmente por el  Timeo,  de Platón, que los egipcios creían que el mundo estaba sujeto a conflagraciones y diluvios ocasionales. La secta de los estoicos adoptó por completo el sistema de las catástrofes destinadas, en determinados períodos, a destruir el mundo. Éstas, decían,  eran de dos clases: el cataclismo o  destrucción por el diluvio, que barre por completo la raza humana y aniquila toda la producción animal y vegetal de la naturaleza, y la ecpyrosis, o conflagración, que destruye el globo mismo, mediante volcanes submarinos. De los  egipcios derivó la doctrina de la degeneración gradual del hombre desde un estado de inocencia. Hacia la terminación de cada era, los dioses no podían sufrir más tiempo la perversidad de los hombres, y un choque de los elementos, o un diluvio, los anonadaba. Después de la calamidad volvía Astraea a descender a la tierra para renovar la Edad de Oro, aurora de una nueva raza-raíz. En la mitología griega, Astrea (en griego Αστραια Astraia o Αστραιη Astraiê, ‘la estrellada’, o también Αστραπη Astrapê, ‘relámpago’; en latín Astraea) era la diosa virgen que llevaba los rayos de Zeus en sus brazos. Astrea era hija Zeus y Temis, siendo pues una titánide y personificando junto a su madre a la justicia. Según otras fuentes, era hija de Astreo y Eos. Fue también la última inmortal que vivió entre los humanos durante la Edad dorada de Cronos, abandonando la tierra en último lugar cuando ésta se envileció en la Edad del bronce. Zeus la subió al cielo, situándola entre las estrellas como la constelación Virgo, y la balanza de la justicia que llevaba en las manos se convirtió en la cercana constelación Libra. Con frecuencia es confundida con Dice, también hija de Zeus y Temis, quien la reemplazó como diosa de la justicia. Durante la Guerra de los Titanes Astrea fue una aliada de Zeus. Como Niké (la Victoria), se convirtió en una de sus ayudantes: la portadora de sus rayos. La recompensa por su lealtad puede haber sido el permiso para conservar su virginidad (es la única virgen entre todas las Titánides) y un lugar entre las estrellas como la constelación Virgo (pues aunque había nacido como una diosa de las estrellas, presumiblemente al principio no era más que una simple estrella, como sus hermanos). Se representa a Astrea como una diosa alada con una aureola brillante, que porta una antorcha (todos estos son atributos de una diosa de las estrellas) y los rayos de Zeus.

Astraea es la última de las deidades que abandonan la Tierra, cuando se dice que los Dioses la abandonan y son  llevados de nuevo a los cielos por Júpiter.  Pero tan pronto como Zeus se lleva de la Tierra a Ganimedes, héroe divino originario de la Tróade. Siendo un hermoso príncipe troyano, hijo del mismo epónimo Tros (o de Laomedonte, según las fuentes), Ganimedes se convirtió en el amante de Zeus y en el copero de los dioses. El Padre de los Dioses devuelve otra vez a Astraea a la Tierra, cayendo de cabeza . Astraea es Virgo, la constelación del Zodíaco. Astronómicamente tiene un significado muy claro, y que da la clave  del sentido oculto. Pero es inseparable de Leo, el signo que la precede; y de las Pléyades y sus hermanas las Hyadas, de las cuales es la estrella Aldebarán su brillante jefe. Todas éstas se hallan relacionadas con las renovaciones periódicas de la Tierra, respecto de sus continentes, hasta el mismo Ganimedes,  que en Astronomía es Acuario. Mientras el Polo Sur es el  Abismo, o las regiones infernales, figurada y cosmológicamente, el Polo Norte es, en sentido geográfico, el primer continente. Mientras que en sentido astronómico y metafórico el Polo celeste, con su Estrella Polar en el Cielo, es Meru, o la Sede de Brahmâ, el Trono de Júpiter. Pues en la época en que los Dioses abandonaron la Tierra, y se dice ascendieron al Cielo, la eclíptica se había hecho paralela al meridiano, y parte del Zodíaco parecía descender desde el Polo Norte al horizonte del mismo nombre. Aldebarán estaba entonces en conjunción con el Sol, como estaba hace 40.000 años, en la gran festividad en conmemoración de ese Annus Magnus de que hablaba Plutarco. Desde aquel año  -hace 40.000 años – ha habido un movimiento retrógrado del Ecuador, y hace cosa de 31.000 años Aldebarán estaba en conjunción con el punto vernal equinoccial. La parte asignada a Tauro, hasta en el Misticismo Cristiano, es demasiado conocida para que se necesite repetirla. El famoso Himno de Orfeo, sobre el gran cataclismo periódico, pone de manifiesto todo el esoterismo del suceso. Plutón, en el abismo, se lleva a Eurídice mordida por la Serpiente Polar. Entonces Leo, el León, es vencido. Ahora bien, cuando el León está “en el Abismo”, o bajo el Polo Sur, entonces Virgo, como signo próximo, le sigue. Y cuando su cabeza, hasta la cintura, se halla debajo del horizonte del Sur, está ella invertida.

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Por otra parte, las Hyadas son la lluvia o constelaciones del  Diluvio. Y Aldebarán, el que sigue, o  sucede, a las hijas de Atlas, las Pléyades, mira hacia abajo desde el ojo de Tauro. Desde este punto de la eclíptica es de donde comenzaron los cálculos del nuevo ciclo. Cuando Ganimedes, Acuario, se eleva en el cielo, o encima del horizonte del Polo Norte, Virgo o Astraea, que es Venus-Lucifer, desciende cabeza abajo, por debajo del horizonte del Polo Sur, o el Abismo. Este Abismo, o Polo, es también el Gran Dragón, o el Diluvio. Lyell observa: “La relación entre la doctrina de las catástrofes sucesivas y las repetidas degeneraciones del carácter moral de la raza humana es más íntima y natural de lo que puede imaginarse a primera vista. Pues, en un estado social rudo, todas las grandes calamidades son consideradas por las gentes como juicios de Dios por la perversidad del hombre… Del mismo modo, en el relato hecho a Solón por los sacerdotes egipcios, sobre la sumersión de la isla Atlántida bajo las aguas de Océano, después de repetidas sacudidas de un terremoto, vemos que el  suceso acaeció cuando Júpiter hubo visto la depravación moral de los habitantes“. El crítico imparcial, que no es especialista, reconocerá la inmensa dificultad de desechar fundadamente las pruebas acumuladas, a saber: las arqueológicas, etnológicas, geológicas, tradicionales, botánicas y hasta biológicas, en favor de continentes anteriores ahora sumergidos. Cuando cada ciencia lucha por su lado, la fuerza acumulada de la prueba se pierde casi invariablemente de vista.  En la revista The Theosophist, fundada por Blavatsky, se decía lo siguiente: “Tenemos como testimonio las más antiguas tradiciones de diversos y muy distanciados pueblos; leyendas de la India, de la antigua Grecia, Madagascar, Sumatra, Java y todas las principales islas de la Polinesia, así como las leyendas de ambas Américas. Entre los salvajes, y en las tradiciones de la literatura más rica del mundo (la literatura Sánscrita de la India), hay acuerdo en decir que, hace edades, existía en el Océano Pacífico un gran Continente que una vez fue tragado por el mar en un levantamiento geológico (Lemuria). La mayor parte de las islas, desde el archipiélago malayo a la Polinesia, son fragmentos de aquel inmenso continente sumergido. tanto Malaca como la Polinesia, que se hallan a los dos extremos del Océano, y que, desde que existe memoria de hombre, no han tenido ni han podido tener nunca relación entre sí, ni siquiera conocimiento de su respectiva existencia, tienen, sin embargo, la tradición común a todas las islas e islotes, de que sus respectivos países se extendían lejos, muy lejos en el Mar; que en el mundo no había más que dos inmensos continentes, uno habitado por hombres amarillos, y otro por hombres  morenos; y que el Océano, por orden de los Dioses,  para castigarlos por sus luchas incesantes, se las tragó“.

A pesar del hecho geográfico de que Nueva Zelanda, las islas Sandwich y las de Pascua se hallan entre sí a una distancia de 4000 a 6000 km., y que, según todos los testimonios, ni éstas, ni ninguna isla intermedia, como por ejemplo, las islas Marquesas, las de la Sociedad, Fiji, Tahitianas, Samoanas y otras, podían, desde que se convirtieron en islas, y supuestamente ignorantes de la brújula como eran sus pobladores, haberse comunicado entre sí antes de la llegada de los europeos. Sin embargo, cada una y todas sostienen que sus respectivos países se extendían a lo lejos hacia Occidente, por el lado del Asia. Además, con cortas diferencias, todas hablan dialectos que provienen evidentemente del mismo idioma, y se entienden con poca dificultad, tienen las mismas creencias religiosas y supersticiones y casi las mismas costumbres. Y como pocas de las islas Polinesas fueron descubiertas antes del siglo XVIII, y el mismo Océano Pacífico era desconocido para Europa hasta los días de Colón; y estos isleños no han cesado nunca de repetir las mismas antiguas tradiciones desde que los europeos pisaron por primera vez sus costas, nos parece una deducción lógica que la teoría de los continentes sumergidos se aproxima más a la verdad que otra cualquiera. es muy improbable que todo esto fuera debido sólo a la casualidad. El profesor Heinrich Schmidt, escribiendo en defensa de la hipótesis de una Lemuria anterior, declara: “Una gran serie de hechos geográficos yn relacionados con animales se explican sólo por la hipótesis de la existencia anterior de un Continente Meridional, del cual es la Australia un resto. (La distribución de especies) señala la tierra desaparecida del Sur, como el paraje donde quizá deba buscarse también la morada de los progenitores de los Maki de Madagascar”.

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Alfred Russel Wallace, en su  Malay Archipelago, después de revisar la suma de pruebas disponibles, llega a la conclusión siguiente: “La deducción que debemos sacar de estos hechos es, indudablemente, que todas las islas hacia el Este, más allá de Java y Borneo, forman esencialmente parte de un Continente Australiano o Pacífico anterior, aunque algunas de ellas puede que no hayan estado unidas a él. Este continente debió de hacerse pedazos, no sólo antes de que las Islas Occidentales se separaran del Asia, sino probablemente antes de que la parte extrema oriental del Sur de Asia se elevase sobre las aguas del Océano, pues una gran parte de la tierra de Borneo y Java se sabe que es geológicamente de formación por completo reciente“. Según Haeckel: “Probablemente el Asia Meridional misma no fue la primera cuna de la raza humana, sino la Lemuria, un continente que existió al Sur de Asia y que se hundió más tarde bajo la superficie del Océano Índico“.  En cierto sentido, Haeckel tiene razón respecto de Lemuria, como “cuna de la raza humana”. Ese continente  fue la morada de la tercera raza humana. Antes de esa época, las razas estaban mucho menos consolidadas y eran fisiológicamente muy distintas. Haeckel extiende la Lemuria desde la Isla de la Sonda  al África y Madagascar , y hacia el Este a la India septentrional.    El eminente paleontólogo alemán, Ludwig Rütimeyer, dice:    “¿Es necesario que la conjetura de que los marsupiales casi exclusivamente graminívoros e insectívoros, perezosos, armadillos, hormigueros y avestruces, poseyeran una vez un verdadero punto de unión en un Continente Meridional, del cual fuesen restos  la flora presente de la Tierra del Fuego y la de Australia; es necesario que esta conjetura presente dificultades en el momento en que Heer restablece a nuestra vista, de sus restos fósiles, los antiguos bosques Sound de Smith, y Spitzbergen?“.

Con respecto a la existencia de la Atlántida, debemos constatar  que Las floras miocenas de Europa tienen sus más numerosas y sorprendentes analogías con las floras de los Estados Unidos. En los bosques de Virginia y de la Florida se encuentran magnolias, tulipanes, encinas, siemprevivas, plátanos, etc., que corresponden con la flora Terciaria europea, punto por punto. ¿Cómo se efectuó esta emigración, si excluimos la teoría de un continente Atlántico formando puente entre América y Europa? La supuesta explicación de que la transición fue por medio de Asia e Islas Aleutianas es una teoría gratuita que claramente cae por tierra ante el hecho de que muchas de estas floras sólo aparecen al Este de las Montañas Rocosas. Esto hace rechazar también la idea de una emigración a través del Pacífico. Actualmente están reemplazadas en los continentes europeos e islas hacia el Norte. Los cráneos exhumados en las orillas del Danubio y del Rhin tienen una  semejanza sorprendente con los de los caribeños y antiguos peruanos (según Littré). Se han desenterrado monumentos en la América Central que tienen representaciones de cabezas y caras indudablemente de  razas negroides . ¿Cómo pueden explicarse estos hechos si no es por la hipótesis de la Atlántida? Lo que ahora es el noroeste de África, estuvo una vez relacionado con la Atlántida por una red de islas, de las cuales quedan hoy pocas. Según Farrar, “el lenguaje  aislado de los vascos no tiene  afinidad con las demás lenguas de Europa, sino con las lenguas aborígenes del vasto continente de América, y sólo con éstas“. El profesor Paul Pierre Broca es también de la misma opinión. El hombre paleolítico europeo de los tiempos mioceno y plioceno fue un atlante puro. Los vascos son de una época muy posterior. Pero sus afinidades contribuyen grandemente a probar la procedencia original de sus remotos antecesores. La “misteriosa” afinidad entre su lenguaje y el de las razas dravidianas de la India la comprenderán los que han seguido las formaciones y cambios continentales. En las Islas Canarias se han encontrado piedras con signos esculpidos semejantes a los encontrados en las orillas del Lago Superior. Este testimonio indujo al científico francés Claude Louis Berthollet a presuponer la unidad de raza de los hombres primitivos de las Islas Canarias y de América.

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Los guanches de las Islas Canarias eran descendientes en línea recta de los atlantes. Este hecho explicará la gran estatura que manifiestan sus antiguos esqueletos, así como los de sus congéneres europeos, los hombres Cro-Magnon paleolíticos. Cualquier marino experimentado que navegue en el insondable Océano a lo largo de las Islas Canarias se hará la pregunta de cuándo o cómo ha sido formado ese grupo de pequeñas islas, volcánicas y rocosas, rodeadas por todas partes por aquella vasta extensión de agua. Muchas preguntas de este género condujeron finalmente a la expedición del naturalista, geólogo y paleontólogo alemán, Leopoldo von Buch, que se verificó en el primer cuarto del siglo XIX. Algunos geólogos sostienen que las islas volcánicas se han levantado directamente del fondo del Océano, cuya profundidad en la inmediata proximidad de las  islas varía de 1820 a 5500 metros. Otros se inclinaban a ver en estos grupos de islas, incluyendo Madeira, las Azores y las islas de Cabo Verde, los restos de un continente gigantesco sumergido, que había unido una vez África con América. Estos últimos hombres de ciencia apoyaban su hipótesis en una suma de pruebas sacadas de los antiguos mitos, tales como la Atlántida de Platón, el Jardín de las Hespérides o Atlas sosteniendo al mundo sobre sus hombros, todos ellos mitos relacionados con el Pico del Teide. Pero no hicieron mella en la Ciencia oficial. La identidad de las especies animales y vegetales, mostrando una relación anterior entre  América y los grupos restantes de las islas, se tomó más en consideración, pues la hipótesis de haber sido arrastradas por las olas desde el Nuevo al Antiguo Mundo era demasiado absurda para sostenerse mucho tiempo. Ignatius Donnelly, (1831-1901) fue un escritor, abogado y político estadounidense, principalmente conocido a por sus extensos escritos sobre la Atlántida.  Poco  después que publicase su libro La Atlántida: el mundo Antediluviano., que la teoría tuvo más probabilidades de convertirse en un hecho aceptado.

Los fósiles encontrados en la costa oriental de la América del Sur, se ha probado que pertenecen a formaciones jurásicas, y son casi idénticos a los fósiles jurásicos de la Europa occidental y del África del Norte. La estructura geológica de ambas costas es también casi idéntica;  siendo muy grande la semejanza entre los pequeños animales marinos que moran en las aguas más superficiales de  la América del Sur, el África Occidental y las costas del Sur de Europa. Todos estos hechos se reúnen para llevar a los naturalistas a la conclusión de que hubo, en épocas remotas prehistóricas, un continente que se extendía desde la costa de Venezuela, a  través del Océano Atlántico, a las Islas Canarias y África del Norte, y desde Terranova hasta cerca de la costa de Francia. La gran semejanza entre los fósiles jurásicos de la América del Sur, del África del Norte y de la Europa Occidental es un hecho bastante sorprendente en sí mismo, y no admite explicación alguna, a menos que se ponga una Atlántida en el Océano a modo de puente. Pero ¿por qué hay una semejanza tan marcada entre la fauna de las (ahora) solitarias islas del Atlántico? ¿Por qué los ejemplares de la fauna brasileña se parecen a los de la Europa Occidental? ¿Por qué existe semejanza entre muchos grupos animales del África Occidental y de las Indias Occidentales? Por otra parte, cuando los animales y plantas del Antiguo y Nuevo Mundo se comparan, no puede uno menos de sorprenderse de la identidad que presentan. Todos, o casi todos, pertenecen a los mismos géneros, mientras que muchos, aun en sus especies, son comunes a ambos continentes, indicando que proceden de un centro común (la Atlántida). El caballo, según la Ciencia, tuvo su origen en América. Por lo menos una gran parte de los que fueron “eslabones perdidos” que lo relacionaban con las formas inferiores, han sido exhumados  en las capas americanas. ¿Cómo penetró el caballo en Europa y Asia, si no había comunicación por tierra? Y si se asegura que el caballo es originario del Antiguo Mundo, ¿cómo pasaron a América formas como las del hipparion, etc., en la hipótesis de la emigración?   Además, Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707 – 1788), naturalista, botánico, matemático, biólogo, cosmólogo y escritor francés, había notado la repetición de la fauna africana en la americana, como, por ejemplo, la llama es una copia del camello, y el puma del Nuevo Mundo representa al león del Viejo. Respecto de los dolicocéfalos primitivos de América, se supone que están estrechamente relacionados con los guanches de las Islas Canarias, y con las poblaciones atlánticas del África, los moros, tuaregs, coptos; los cuales Robert Gordon Latham clasifica bajo el nombre de egipcio-atlantes.

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Encontramos la misma forma de cráneo en las Islas Canarias, frente a la costa africana, que en las Islas Caribeñas, en la costa opuesta frente al África. El color de la piel en ambos lados del Atlántico está representado en estas poblaciones por un moreno rojizo. Si los vascos y  los hombres de las cavernas Cro-Magnon son de la misma raza que los guanches canarios, se sigue de esto que los primeros están también relacionados con los aborígenes de América. Ésta es la conclusión requerida por las investigaciones independientes de Retzius, Virchow y De Quatrefages. Las afinidades atlantes de estos tres tipos son patentes.  Los sondeos verificados por los barcos  “Challenger” y “Dolphin” han establecido el hecho de que una enorme elevación de unos 4800 km. de largo, que arranca desde un punto cerca de las Islas Británicas hacia el Sur, haciendo una curva cerca de Cabo Verde y corriendo en dirección Sudeste a lo largo de la costa occidental africana. Esta elevación tiene una altura media de 920 metros, y se eleva sobre las aguas en las Azores, la Ascensión y otros sitios. En las profundidades del Océano, en la proximidad de las Azores, se ha descubierto la estructura de lo que fue una vez un trozo macizo de tierra.    Las desigualdades, las montañas y valles de su superficie, no han podido producirse con arreglo a ninguna ley conocida para la aglomeración del sedimento, ni por elevación submarina; sino que, al contrario, tienen que haber sido hechas por agentes climáticos actuando sobre nivel del agua.  Es muy probable que existiesen anteriormente lenguas de tierra que unieran la Atlántida a la América del Sur, sobre la desembocadura del Amazonas, y al África cerca de Cabo Verde, al paso que un punto semejante de unión con la Península Ibérica no es improbable, según presupone Donnelly. Que existiera o no este último puente, importa poco, en vista del hecho de que lo que es ahora el Noroeste de África era, antes de la elevación del Sahara y la ruptura de la conexión de Gibraltar, una extensión de la Península Ibérica. Por consiguiente, no se presenta dificultad alguna para deducir cómo se verificó la emigración de la fauna europea. Pueden citarse las palabras de uno de los escritores más intuitivos de la época como esclarecedoras de las opiniones de los ocultistas, que aguardan pacientemente la aurora del próximo día:  “Sólo empezamos ahora a comprender el pasado; hace cien años el mundo no sabía nada de Pompeya o Herculano; nada del lazo lingüístico que une las naciones indoeuropeas; nada de la significación del vasto número de inscripciones sobre las tumbas y templos de Egipto; nada del significado de los textos cuneiformes de Babilonia; nada de las civilizaciones maravillosas reveladas en los restos del Yucatán, Méjico y Perú“.

La  investigación científica avanza con pasos de gigante. ¿Quién puede asegurar que dentro de cien años los grandes museos del mundo no estén adornados con joyas, estatuas, armas e instrumentos de la Atlántida, mientras que las bibliotecas contengan la traducción de sus inscripciones, arrojando una nueva luz sobre toda la pasada historia de la especie humana, y sobre todos los grandes problemas que actualmente tienen perplejos a los pensadores? Al ocuparnos de los anales secretos y tradiciones de tantos países, cuyos orígenes mismos no han sido nunca comprobados, no es tan fácil tratar de asuntos tan complejos, como lo sería si sólo nos ocupáramos de la filosofía y evolución de una raza especial. La Doctrina Secreta fue propiedad común de los innumerables millones de hombres nacidos bajo diversos climas, en tiempos de que la Historia no quiere ocuparse, y a los cuales las Enseñanzas Esotéricas asignan fechas incompatibles con las teorías de la Geología y Antropología. El nacimiento y la evolución de la Ciencia Sagrada del Pasado se pierde en la noche de los tiempos. Y aun aquello que es histórico se atribuye, en casi todos los casos, a falta de observación en los escritores antiguos, o a la superstición, hija de la ignorancia de la antigüedad. Es, por tanto, imposible tratar este asunto como se trataría la evolución ordinaria de un arte o de una ciencia en alguna nación histórica bien conocida. Sólo presentando pruebas abundantes, tendiendo todas a  demostrar que en las diferentes edades, bajo todas las condiciones de civilización y conocimiento, las clases ilustradas de cada nación se han hecho eco, más o menos fiel, de un sistema idéntico y de sus tradiciones fundamentales, es como puede hacerse ver que tantas corrientes de una misma agua deben de haber tenido una fuente común. ¿Qué era esta fuente? Si se dice que los sucesos futuros proyectan previamente su sombra, los sucesos pasados no pueden por menos de dejar su impresión  tras de sí.  Esas sombras del remoto Pasado y sus fantásticas siluetas sobre el lienzo externo de todas las Religiones y Filosofías, son, pues, las que nos permiten, comprobándolas y comparándolas, encontrar finalmente la fuente común. Tienen que existir la verdad y el hecho en aquello que todos los pueblos de la antigüedad aceptaron y constituyó el fundamento de sus religiones y creencias. Algún día se probará, de un modo innegable, que la pretensión de las naciones asiáticas de que poseen una Ciencia Secreta y una Historia Esotérica del mundo está basada en hechos, no en cuentos de hadas.

enero 30, 2013 - Posted by | Atlántida, Egipto, Egipto, enigmas en general, Grecia, Historia oculta, India, India, Lemuria, Mayas, Mayas, Mu, Otras ant. civil.

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  1. […] ¿Hay pruebas de la antigua existencia de varios continentes sumergidos?- oldcivilizations.wordpress.com […]

    Pingback por Research In Motion cambia su nombre a BlackBerry + MORE | INFORMADORES.INFO | enero 31, 2013 | Responder

  2. […] de ciertos poderes psíquicos o sobrenaturales. Desde muy pronto se mostró interesada en el esoterismo, leyendo algunos obras de la biblioteca personal de su bisabuelo que había sido iniciado en la […]

    Pingback por ¿Hay pruebas de la antigua existencia de varios continentes sumergidos? « Maestroviejo's Blog | febrero 6, 2013 | Responder

  3. Reblogueó esto en virgiliotovar.

    Comentario por virgiliotovar | junio 29, 2013 | Responder


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