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Antiguas civilizaciones y enigmas

El Imperio Romano – Eneas


Antes se recomienda leer “El Imperio Romano – Los Etruscos

 

La historia empieza en el año 1184 a.C., en Troya, cerca de la costa noroeste de la actual Turquía. Después de diez años de asedio, los griegos —conocidos entonces como aqueos— habían decidido rendirse, embarcar en sus naves y regresar a Grecia. Al menos, eso creyeron los troyanos. Tras haber sufrido un cerco tan largo, era normal que la ciudad celebrara Imagen 23una gran fiesta. Esa noche, convencidos de que no iban a pasar más hambre, los troyanos sacaron sus reservas de alimento de los almacenes. Ahora que había terminado el sitio, podrían salir de sus murallas cuando les placiera y reabastecer de nuevo los graneros. Sacrificaron terneros, cabritos y corderos a los dioses y se dieron un buen banquete con su carne asada junto a los altares. Sobre todo, el vino corrió más abundante que las aguas del río Escamandro que atravesaba la llanura bajo las murallas de la ciudad. Por fin, pasada la medianoche y con la luna bien alta en el cielo, los ánimos se calmaron y los troyanos, exhaustos de guerra primero y de fiesta después —enterrados en «sueño y vino» según Virgilio—, se durmieron, y la ciudad quedó en silencio. En una de las plazas de Troya se alzaba un gran caballo tallado en madera de cornejo. Los aqueos lo habían abandonado en la playa como una ofrenda. Querían congraciarse con Atenea, a la que habían ofendido cuando los guerreros Ulises y Diomedes entraron de forma clandestina en el templo que la diosa tenía en Troya para robar su imagen sagrada, el Paladión. Una de esas profecías, que los antiguos improvisaban con suma facilidad, aseguraba que la ciudad que guardara el caballo dentro de sus murallas sería inexpugnable. Por eso, los griegos lo habían construido tan grande que no pudiera entrar por las puertas de Troya. Al saberlo, los troyanos desmontaron los bloques de piedra que cerraban el dintel y lo metieron en la ciudad. Mientras tanto, la profetisa Casandra avisaba a sus compatriotas de que ese caballo sería su perdición.

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El caballo era una artimaña del astuto Ulises, y la profecía era para conseguir que los troyanos obraran justo lo contrario. En cuanto a las advertencias de Casandra, ésta sufría una maldición por la que nadie creía sus visiones del futuro. Tan sólo tendría que haber aconsejado a los troyanos «Meted el caballo» para evitar que lo hiciesen. Cuando los ruidos de la fiesta se habían calmado ya, los cincuenta guerreros griegos encerrados en su interior salieron y abrieron las puertas de la ciudad a sus compañeros, que habían regresado al amparo de la oscuridad. Entonces empezó la matanza. Mientras las llamas se extendían por Troya, los griegos masacraron a los varones adultos, violaron a las mujeres y las esclavizaron junto con los niños. Justo antes de que ocurriera el desastre, el príncipe Eneas, hijo de Anquises y la diosa Venus, recibió un aviso. Su primo Héctor, que no mucho antes había muerto a manos de Aquiles, se le apareció en sueños y le exhortó a que tomara consigo a su familia y huyera de las llamas. Eneas reunió a los suyos, pero en el caos de la lucha perdió a su mujer Creúsa, que fue asesinada por los invasores. El propio espíritu de Creúsa se presentó ante Eneas y le aconsejó que se olvidara de ella y escapara cuanto antes de la ciudad. El príncipe troyano, junto con su anciano padre Anquises, su hijo Ascanio —también llamado Julo o Iulo— y un nutrido grupo de seguidores, salió de Troya por las puertas Esceas y embarcó hacia el oeste. Tras diversas peripecias y paradas en Macedonia, Creta y Sicilia, las naves de Eneas arribaron al norte de África, en la costa del actual Túnez. Allí llegaron a una ciudad recién fundada, cuyo destino estaría unido al de la grandeza de Roma: Cartago.

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En la mitología greco-romana, Eneas (en griego antiguo Αἰνείας, Aineías, en latín Aeneas) es un héroe de la guerra de Troya, que tras la caída de la ciudad logró escapar, emprendiendo un viaje que lo llevaría hasta la tierra de Lacio (en la actual Italia) donde tras una serie de acontecimientos se convirtió en rey y a la vez en el progenitor del pueblo romano, pues en esa misma tierra dos de sus descendientes, Rómulo y Remo, fundarían la ciudad de Roma. Era hijo del príncipe Anquises y de la diosa Afrodita (Venus en la mitología romana); su padre era además primo del rey Príamo de Troya. Se casó con Creúsa, una de las hijas de Príamo, con la cual tuvo un hijo, llamado Ascanio o Iulo; en su huida de la ciudad acompañado de toda su familia, su esposa murió al quedarse atrás, apareciéndosele tiempo después como un fantasma para decirle que no se agobiase por su muerte, pues ese había sido su destino, así como el destino de Eneas sería ser el padre de una gran nación. Posteriormente ya en la tierra de Lacio, se casó con la princesa Lavinia, hija del rey Latino, unión ésta la que es el origen mítico del pueblo romano. Se trata de una figura importante de las leyendas griegas y romanas. Sus hazañas como caudillo del ejército troyano son relatadas en la Ilíada de Homero, y su viaje desde Troya,  guiado por Afrodita, que llevó a la fundación de Roma, fue relatado por Virgilio en la Eneida. Durante el Renacimiento se le tomó como personaje para Troilo y Crésida por William Shakespeare. El relato que hace Eneas de la toma de Troya se abre con el episodio del caballo. Ulises, junto con otros soldados griegos, se oculta en un caballo de madera “alto como un monte” (instar montis equum), mientras que el resto de las tropas griegas se oculta en la isla de Ténedos, frente a Troya. Los troyanos, ignorando el engaño, entienden que los griegos han huido y hacen entrar el caballo en su ciudad. Piensan que se trata de una ofrenda a los dioses, a pesar de las advertencias de Laocoonte, sacerdote de Apolo Timbreo, en Troya, casado con Antiopa y padre de dos hijos, que es muerto con sus dos hijos por dos monstruos marinos. Llegada la noche, Ulises y sus hombres salen del caballo y abren las puertas de la ciudad para que entren los demás griegos. Y, entre todos, someten a Troya al fuego y al terror. En el momento del asalto, a Eneas se le aparece en sueños Héctor, le anuncia el fin de Troya y le manda que salve a los Penates y que huya.

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Heinrich Schliemann,  en el prólogo de su libro sobre Ítaca escribía: «En el año 1832, a los diez años, regalé a mi padre, con motivo de la Navidad, una composición sobre los acontecimientos principales de la guerra de Troya y las aventuras de Ulises y Agamenón, sin sospechar aún que treinta y seis años después ofrecería al público todo un tratado sobre el mismo tema, después de haber tenido la dicha de ver con mis propios ojos el teatro de aquella famosa guerra y la patria de los héroes cuyo nombre inmortalizó Homero…Las primeras impresiones que recibe un niño le quedan grabadas para toda la vida». Pero ésta se encargó de alejar de su ánimo estas impresiones suscitadas con relatos de hazañas clásicas. En 1868 se trasladó a Ítaca, por el Peloponeso y por la Tróade. En 31 de diciembre del mismo año está fechado el prólogo de su libro «Ítaca», cuyo subtítulo reza: «Investigaciones arqueológicas de Heinrich Schliemann». Se conserva una fotografía suya, hecha durante su estancia en San Petersburgo. En ella se ve a un señor vestido con un pesado abrigo de pieles. Al dorso lleva la jactanciosa dedicatoria con que se la mandó a la mujer de un guardabosques que había conocido de niño: «Fotografía de Henry Schliemann, antes aprendiz del señor Hückstaedt, en Fürstenberg, y hoy comerciante de primera categoría en San Petersburgo, ciudadano honorario ruso, juez en los tribunales comerciales de San Petersburgo y director del Banco Imperial del Estado de San Petersburgo». ¿No parece un cuento el que un hombre que tiene en su mano los mayores triunfos comerciales abandone sus negocios para emprender el camino soñado en su juventud? ¿Que un hombre se atreva, con el único bagaje de su Homero, a desafiar al mundo científico que no creía en Homero y, haciendo caso omiso de las plumas de los más famosos filólogos, descubrió la legendaria Troya.

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La Eneida (en latín, Aeneis) es una epopeya latina escrita en el siglo I a. C. por Virgilio. La obra fue escrita por encargo del emperador Augusto con el fin de glorificar el imperio atribuyéndole un origen mítico. Con este fin, Virgilio elabora una reescritura, más que una continuación, de los poemas homéricos tomando como punto de partida la guerra de Troya y la destrucción de esa ciudad, y colocando la fundación de Roma como un acontecimiento ocurrido a la manera de los mitos griegos. Virgilio trabajó en esta obra desde el año 29 a. C. hasta el fin de sus días (19 a. C.) Se suele decir que Virgilio, en su lecho de muerte, encargó quemar la Eneida, fuera porque desease desvincularse de la propaganda política de Augusto o fuera porque no considerase que la obra hubiera alcanzado la perfección buscada por él como poeta. Anquises pertenecía a la familia real de Troya, descendiente de la raza de Dárdano. Mientras sus rebaños pastaban en el Monte Ida, cerca de Troya, Afrodita lo encontró y se enamoró de él, emocionada por su belleza. Se unió a él y le dio un hijo, Eneas. Por haber revelado el nombre de la madre de su hijo, Anquises fue alcanzado por un rayo y quedó ciego. En la mitología griega, Anquises (en griego antiguo Ἀγχίσης Ankhisês) era un hijo de Capis con Temiste (hija de Ilo, hijo de Tros) o Hieromneme (una náyade hija del dios río Simois). Dependiendo de las versiones era un pobre pastor o un príncipe. Fue amado por Afrodita, quien, bajo forma humana, se le unió en el monte Ida mientras apacentaba unos rebaños, unión de la que nació Eneas. Anquises cruzó sus yeguas con los potros divinos del rey Laomedonte.

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Laomedonte, en la mitología griega, fue un rey de Troya. Era hijo de Ilo y Eurídice, hija de Adrasto. Al morir su padre, Laomedonte ocupó el trono de Troya. Junto a su esposa Estrimón tuvo a Hesíone y a Astíoque, y junto a Leucipe tuvo a Príamo, que sería el siguiente rey de Troya. Según la Biblioteca mitológica del pseudo Apolodoro, Laomedonte construyó la muralla que rodeaba la ciudad de Troya con ayuda de Apolo y Poseidón. Según Diodoro Sículo y Homero, solo Poseidón la construyó, mientras Apolo guardaba los rebaños reales en el monte Ida de la Tróade. Una vez terminada la obra, el rey se negó a pagar el salario estipulado a los dioses: treinta dracmas troyanas. En castigo, Apolo mandó una peste (λοίμος/loímos), y Poseidón creó un maremoto (κῆτος/kễtos) con un golpe de su tridente. Un oráculo reveló a Laomedonte que debería ser ofrecida regularmente una joven virgen en sacrificio a Apolo para aplacarlo. Cuando le tocó el turno a Hesíone, una de las hijas de Laomedonte, Heracles se ofreció a salvar a la muchacha a cambio de las yeguas divinas que le había regalado Zeus a Tros en compensación por el rapto de Ganimedes. Pero una vez realizada la empresa, Laomedonte intentó dar a Heracles unas yeguas mortales en lugar de las prometidas. Diodoro precisa que hizo encarcelar a Ificles y Telamón, los dos heraldos enviados por Heracles. Fueron salvados in extremis por Príamo. Furioso, Heracles se vengó dando muerte al rey y a todos sus hijos menos a Hesíone y a Príamo, que no estaba de acuerdo con su padre y que, como único descendiente, heredó Troya. Tras la Guerra de Troya, Eneas salvó a Anquises y le llevó junto a los troyanos fugitivos a Italia. Anquises murió al llegar a la ciudad siciliana de Drépano, y fue enterrado allí. Más tarde, Eneas visitó el Hades y vio de nuevo a su padre en los Campos Elíseos.

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Eneas posee un árbol genealógico muy amplio. Su ama de crianza fue Caieta. De sus uniones con Creúsa y Lavinia nacieron Ascanio y Silvio, respectivamente. Ascanio fue el fundador de Alba Longa y el primero de un largo linaje de reyes. Según la mitología relatada por Virgilio en la Eneida, Rómulo y Remo son descendientes de Eneas por medio de su madre, Rea Silvia, convirtiendo a Eneas en el progenitor del pueblo romano. Algunas fuentes romanas antiguas lo llaman su padre o abuelo, pero, teniendo en cuenta las fechas generalmente aceptadas acerca de la caída de Troya (1184 a. C.) y de la fundación de Roma (753 a. C.), esto parece improbable. La familia Julia de Roma, y principalmente Julio César y Augusto, incluían a Ascanio y Eneas dentro de su linaje y, por lo tanto, a la diosa Venus.[2] (aunque Anco Marcio era nieto de Numa Pompilio y su segunda esposa, Lucrecia, la primera esposa de Numa Pompilio fue Tacia, hermana de Hersilia, esposa de Rómulo, por lo que, según la tradición romana, los Julios no descienden de Venus), los palemónidas afirmaban también ser descendientes de Venus, a través de su descendencia de los Julios. Los reyes legendarios de Bretaña son incluidos en esta genealogía por medio de un nieto de Eneas, Brutus. La obra, de casi 10.000 hexámetros dactílicos, está dividida en 12 libros que a su vez se pueden agrupar en dos partes: Libros I a VI, en los que, a imitación de la Odisea, se narran los viajes de Eneas hasta llegar a Italia. Libros VII a XII, en los que, a imitación de la Ilíada y del Ciclo troyano, se narran las conquistas de Eneas en Italia. Virgilio emplea figuras literarias como la aliteración, la onomatopeya y la sinécdoque; también el símil, y la personificación y otras metáforas, frecuentemente para dotar a los pasajes de tensión y de fuerza dramática. Emplea también Virgilio la rima asonante. Como en las obras de Homero, la narración de la Eneida comienza in medias res, en este caso con la flota troyana en la parte oriental del Mediterráneo y dirigiéndose a Italia.

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Se dice que, más aún que una imitación de la Ilíada y de la Odisea, Virgilio se planteó una suerte de competición con Homero. Así, frente a los 24 cantos que suman las dos obras homéricas, la Eneida se compone de 12, como si reuniera dos epopeyas en una. Pueden encontrarse paralelismos, con sus correspondientes oposiciones, entre las dos obras griegas y esta otra latina: El regreso o nostos, más propio de la Odisea y de la primera mitad de la Eneida. En la obra latina, el regreso no es el de un héroe a su hogar, sino el de parte de un pueblo a uno de los lugares de origen de la estirpe de alguno o de algunos de sus héroes, lugar determinado por elección divina y que los héroes habrán de averiguar. En la cronología mítica, el viaje del Eneas literario coincidiría en el tiempo con los nostoi griegos. Como en la Odisea, en la Eneida hay una deidad que se opone a que el héroe llegue a su destino (Poseidón en el poema griego; Juno en el latino), otras deidades que se alían con ella, otras que ayudan al héroe (Atenea protege a Odiseo; Venus protege a Eneas), cambios de alianzas y deidades que no toman un partido. La justificación de la guerra entre dos pueblos con motivos míticos y de amores y desamores. En la Ilíada, y en general en el Ciclo troyano, se presenta como causa humana de la guerra inmediata, contemporánea o reciente el despecho de Menelao por el abandono de que es objeto por parte de Helena, aunque éste habrá de explicarse por asuntos de los dioses. En la Eneida, se presenta como causa humana de futuras guerras el despecho de Dido por el abandono de que es objeto por parte de Eneas, y también habrá de explicarse tal abandono por intrigas divinas. El poema de Virgilio se compara también con las Argonáuticas de Apolonio, y es fácil que el poeta romano tuviera presente la traducción latina de Varrón. También en este caso, hay similitudes y diferencias entre una obra y la otra en varios aspectos, empezando por los amores de Dido y Eneas y los de Jasón y Medea.

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Los modelos latinos más importantes de los que se valió Virgilio para la composición de la Eneida y para el contraste con ellos son la Guerra Púnica (Poenicum Bellum) de Nevio y, sobre todo, los Anales (Annales) de Ennio, el gran clásico de la épica romana en ese tiempo. En varios pasajes de la Eneida se citan otros del poema de Ennio, a veces literalmente. Ya en las Geórgicas, anunciaba Virgilio su intención de escribir una epopeya: “Pronto, sin embargo, me dispondré a cantar las ardientes batallas de César y a llevar la fama de su nombre a tantas edades cuantas son las que han transcurrido desde que tuvo en Titón su primer origen“. Augusto estaba muy interesado en la composición de una obra de esas características, y se la pidió al poeta. En principio, Virgilio tenía la intención de escribirla en prosa, pero después se decidió por el verso y, en concreto, por los hexámetros dactílicos. Durante la elaboración de los cantos, hizo varias lecturas públicas para probar su sonoridad y el efecto que tenían en el público. Se había propuesto forjar un poema abundante en detalles y con un alto grado de calidad.  Mantiene la tradición que Virgilio leyó a Augusto y a su hermana Octavia los cantos II, IV y VI, y que la mención de Marcelo en el Canto VI causó el desmayo de Octavia. También según la tradición, Virgilio viajó a Grecia hacia el año 19 a. C. para revisar la Eneida. Tras encontrarse con Augusto en Atenas y tomar después la decisión de volver a casa, hizo una visita a una ciudad cercana a Megara, y allí cogió unas fiebres. Luego, durante la travesía, se fue debilitando, y murió en el puerto de Brundisium (Brindisi) el 21 de septiembre de ese mismo año, habiendo expresado su voluntad de que se quemase el manuscrito de la Eneida por estar inacabado y porque le desagradaba uno de los pasajes del Canto VIII: en él, Venus y Vulcano tienen juntos disfrute carnal, lo que no se consideraba acorde con la moralidad romana. Tras la muerte del autor, Augusto prohibió a sus albaceas literarios, Lucio Vario Rufo y Plotio Tuca, que cumpliesen esa última voluntad, y mandó que se publicase la obra con tan poca modificación como resultase aceptable. La obra, al quedar incompleta, presenta versos que no llegan a conformar el hexámetro dactílico: algunos constan de un solo hemistiquio. Por añadidura, al haber mandado Augusto que la modificación que se hiciera fuese mínima, no es fácil distinguir el trabajo de los poetas que le dieron la forma que se conoce.

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Eneas nació en el monte Ida. Su madre lo confió a las ninfas y al centauro Quirón, quienes lo criaron en la escuela del centauro en el monte y después lo devolvieron a su padre cuando tenía cinco años. Anquises llevó a su hijo a la ciudad, a casa de su cuñado Alcátoo, para que lo educase. Causada por el rapto de Helena, mujer de extraordinaria belleza y esposa de Menelao, rey de Esparta, la Guerra de Troya puso en escena a ilustres héroes troyanos, como Héctor, y griegos, como Áyax el Grande, Aquiles y el célebre Odiseo, hijo de Laertes y rey de Ítaca. Eneas se convirtió en el más valeroso de los héroes troyanos, después de Héctor. En los combates que tuvieron lugar durante la Guerra de Troya, se vio auxiliado y favorecido en varias ocasiones por algunos dioses, según cuenta la narración de Homero: fue herido por Diomedes pero su madre Afrodita lo salvó. En la acción posterior la propia Afrodita fue herida por Diomedes. Apolo envolvió a Eneas en una nube y lo transportó a Pérgamo, donde fue curado por Artemisa y por Leto. Posteriormente Eneas estuvo a punto de ser nuevamente herido por Aquiles y fue nuevamente salvado por un dios, Poseidón. En Troya Eneas se casó con Creúsa, hija del rey Priamo. De esa unión nació un hijo llamado Julio Ascanio. El día en que los griegos ingresaron a Troya mediante el ardid del caballo de madera, Eneas se sobresaltó al oír los desgarradores gritos de dolor y el sonido de las armas. Los ruidos del combate terminan por despertar a Eneas, que, viendo su ciudad en llamas y a merced de los griegos, decide al principio luchar con sus compañeros hasta la muerte. Visita el palacio del rey Príamo y contempla la muerte del hijo de éste, Polites, a manos de Pirro, que luego decapita a Príamo. Cuando tomó conciencia de lo que sucedía, se dispuso a para proteger a su familia. En el fragor de la lucha, vio a Helena, que estaba escondida esperando el fin de la batalla. Eneas tomó su espada con la intención de matarla por ser la causa de tan terrible tragedia, pero inmediatamente apareció su madre, la diosa Venus que le dijo:- “Eneas, hijo mío, Helena no tiene la culpa de nada. Los dioses lo han querido así. Toma a tu padre y a tu hijo y hazte al mar, porque tu futuro está en tierras lejanas. Yo te protegeré“. Eneas se sintió amparado por Venus y corrió a buscar a su padre y a su hijo, pero no podía encontrar a su querida esposa Creúsa.

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Cuando la desesperación se estaba apoderando de él, se le apareció el fantasma de su esposa que había muerto en la batalla y le dijo: “Eneas, no te entristezcas, ya que los dioses han dispuesto las cosas de esta manera. Encontrarás una nueva vida en las tierras del poniente. Cuida a nuestro hijo“. y luego desapareció. Luego, Venus manda a Eneas que busque a su familia y a los dioses Penates. Eneas busca y encuentra a su padre Anquises y a su hijo Ascanio. En principio, Anquises se resiste a partir, hasta que un presagio divino lo convence. Escapan entonces de la ciudad en llamas. Habiendo perdido de vista a su mujer, Creúsa, que ha sido apartada por Venus y luego ha sido una víctima más de la matanza, Eneas regresa a Troya en busca de ella. Finalmente, tras aparecérsele la sombra de Creúsa y serle revelado por ella que su destino es la fundación de Roma, Eneas vuelve con los suyos a las afueras de Troya, y allí prepara lo necesario para la partida. En dos poemas perdidos del Ciclo Troyano, se ofrecían versiones diferentes acerca del destino de Eneas tras la caída de Troya: en la Pequeña Ilíada, Eneas fue parte del botín de Neoptólemo, el hijo de Aquiles y, tras la muerte de éste en Delfos, Eneas recobraba su libertad; sin embargo, en la Iliupersis, Eneas lograba escapar. Este último poema debió de constituir una de las fuentes principales de la tradición latina acerca de la fundación de Roma. En la tradición romana, las aventuras y sucesos posteriores a la guerra de Troya son narrados, entre otros, por el poeta romano Virgilio, que era poeta oficial de Augusto. Cuando Troya cayó en poder de los aqueos gracias a la célebre astucia de Odiseo, Afrodita dijo a su hijo que huyera de la ciudad, que no muriera como un buen troyano, pues Troya ya no existía y para él se había reservado otro futuro. Eneas huyó con su padre Anquises, su esposa Creúsa (a la que tuvo que abandonar por orden de los dioses o, según otra tradición, porque se perdió) y su hijo Iulo (también llamado Ascanio). Entre los compañeros troyanos que huyeron con él, destacaban Acates, Sergeste, Acmón, el corneta Miseno y el médico Iapix. Se llevó también los Lares, los Penates así como, según algunas tradiciones, el Paladio.

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Navegaron a través del mar tratando de encontrar un lugar propicio. Primero lo buscan en Tracia, región del sureste de Europa, en la península de los Balcanes, al norte del mar Egeo, enclavada en Bulgaria, Grecia y la Turquía europea. Eneas huye con los suyos a la ciudad de los tracios, que eran sus amigos. Habiendo desembarcado allí, Eneas quiere cumplir su intención de fundar la nueva ciudad en esa tierra. Para encender la hoguera sacrificial, toman ramas de un arbusto, y éstas empiezan a sangrar. Eneas se halla frente al túmulo de Polidoro, y las ramas son las lanzas que empleó Poliméstor para matarlo. Una voz suena desde el interior del túmulo: es la de la sombra de Polidoro, que advierte a los troyanos de que el rey de Tracia está a favor de los griegos. Los viajeros deciden entonces abandonar ese lugar. Eneas y su gente van entonces a la corte del rey Anio, en Delos. Allí llegan a saber por los oráculos de Apolo que habrán de buscar a la Madre Antigua (antiqua mater) y fundar una nueva ciudad allí donde vivieron sus antepasados, desde donde sus generaciones venideras serán las únicas dominadoras del mundo. Anquises piensa que el oráculo se refiere a Creta, el lugar de culto de la diosa Cibeles y la tierra donde nació su antepasado Júpiter, y allí se dirigen. Llegados a la isla, fundan la ciudad de Pérgamo. Es pleno verano, sobreviene una fuerte sequía y mueren hombres y bestias. Anquises pide a Eneas que vuelva a consultar el oráculo de Apolo, aunque no hará falta, pues a Eneas se le aparecerán en sueños los Penates, mandados por Apolo. Por ellos sabrá del resentimiento del dios supremo, que no se les permite quedarse, y que las tierras aludidas por el oráculo de Apolo son las de Hespería, nombre dado por los griegos a Italia. Anquises recuerda que allí nació su antepasado Dárdano, y deciden viajar a esos lugares.

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Con un renovado entusiasmo emprendieron nuevamente el viaje. Pero, al llegar a alta mar, una tormenta dispersó las naves. Los sobrevivientes llegaron a tierra y muertos de hambre se dispusieron a saciar el hambre sacrificando unas vacas que pastaban muy cerca. Al cuarto día, entre las islas del Mar Jónico, llegan a las llamadas Estrófades (Στροφάδες). Desembarcan en una de ellas y allí encuentran rebaños sin vigilancia, de reses pequeñas y grandes. Ofrecen con algunas de ellas sacrificios a Júpiter y comienzan el festejo. Las arpías, mujeres con cuerpo de pájaro, cara de doncella y que despedían un olor nauseabundo, los acosan volando por el campamento y sueltan sus deyecciones en la carne. Comida que tocan, comida que queda incomible. Eneas les prepara una emboscada que tiene éxito, y al conseguir escapar las criaturas, una de ellas, Celeno, augura al troyano que no podrán empezar a construir su ciudad si antes no han pasado una hambruna que les hará comerse las mesas. Los viajeros abandonan las Estrófades, navegan después cerca de Ítaca, la isla de Ulises, uno de sus peores enemigos, y acaban arribando a la playa de Accio. Allí celebran unos juegos, y dejan en el templo de Apolo el escudo de Abas, el capitán de una de las naves. Más adelante, Eneas se entera de que un hijo de Príamo, Héleno, que se ha casado con Andrómaca, viuda de Héctor que después de la muerte del héroe troyano había sido concubina de Pirro, reina en Butrinto, una ciudad cercana, y allí se dirigen los troyanos. Llegan a Butrinto a principios del invierno, y ven que es una réplica de Troya.  allí se encuentran con Andrómaca, que va a celebrar las exequias por su marido Héctor, pero que luego se casó con Heleno. Andrómana y Heleno los recibieron con gran hospitalidad. Heleno tenía cualidades adivinatorias y podía predecir el futuro. Después que Heleno le ofreció un sacrificio a Apolo, este Héleno predice a Eneas que llegará a Italia, pero que para entrar en ella tendrá que sufrir un poco, pues allí habitan griegos. Le dice que debe cuidarse también de Escila y de Caribdis, y le aconseja que implore al numen de Juno y que atienda al oráculo de la Sibila de Cumas. Antes de partir, Heleno y Andrómana les suministraron toda clase de provisiones y regalos de oro y plata.

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Continuando su viaje, los troyanos pasan junto a los Montes Ceraunios. Antes de dirigirse a Trinacria, llamada hoy Sicilia, ofrecen sacrificios a Juno y a Minerva. Ya cerca de la costa de Trinacria, avistan el penacho del Etna. En la Italia Meridional paran y le dedican sacrificios Hera, para apaciguar su cólera, para después de esto embarcar de nuevo. Antes de llegar a Sicilia pasan rodeando los escollos de Scila y Caribdis. En Sicilia son hospedados por Acertes, pero continúan el viaje. Ya en el Estrecho de Mesina, por intentar evitar a Escila, casi acaban diezmados por Caribdis, pero el remolino de la bestia los impulsa mar adentro, y así, perdidos, arriban a las costas de los cíclopes. Cuando estaban haciendo todos los preparativos para instalarse, Nada más desembarcar ven a un hombre harapiento. Éste les dice que es griego, que era de la flota de Ulises, pero que se le dejaron olvidado dentro de la cueva de Polifemo, su nombre es Aqueménides, y les pide que lo lleven con él y les aconseja escapar pronto.  Mientras hablan con él aparece Polifemo, ciego, y se mete en el agua. Al verle todos se asustan, aceptan a Aqueménides y huyen, pero no sin ser oídos por Polifemo, que en vano trata de alcanzarles. Al salir de allí vuelven a evitar a caer entre las dos rocas que custodiaban la guarida de los dos monstruos: Escila y el torbellino Caribdis. Escila lanzaba sus cabezas desde lo alto de la roca tratando de devorar algún navegante y Caribdis, revolvía el mar, intentando tragar las naves. La que estaba descargando toda su furia contra Eneas, era Juno, la esposa de Júpiter. Pura y exclusivamente por ser aliado de los troyanos. Habiendo escapado de los cíclopes, Aqueménides conducirá a los troyanos a Trinacria. Pasan por Ortigia, y luego por el puerto de Drépano, donde muere Anquises. Juno, sabedora del glorioso destino que aguarda a los troyanos, pues habrán de fundar el Imperio Romano, intenta impedir que lleguen a Italia.  Para ello, pide a Eolo que se valga de sus vientos para hacer naufragar a los fugitivos, y a cambio le ofrece por esposa a una de las ninfas de su propio séquito: Deyopea (Δηιόπεια), la de cuerpo más hermoso. Eolo, aunque no acepta el soborno, sí accede a ayudar a Juno, y los troyanos terminan dispersándose en el mar.

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Al saberlo Neptuno, lo toma como una injuria, ya que el mar es su dominio, y ayuda a los troyanos a llegar a las playas de Libia, pero no llegan todos juntos, sino en dos grupos separados por la tormenta. Mientras tanto, Venus, madre de Eneas, se presenta con la forma de una virgen espartana y con un aspecto de cazadora muy parecido también al de la diosa Diana, y les informa de que las tierras donde están son de la reina Dido. Pigmalión, hermano de Dido, había hecho matar a Siqueo, tío de ambos y esposo de ella. Dido huyó, compró unas tierras y fundó allí una ciudad. En fuentes griegas y romanas, Dido o Elisa de Tiro aparece como la fundadora y primera reina de Cartago, en el actual Túnez. Su fama se debe principalmente al relato incluido en la Eneida del poeta romano Virgilio. Era hija del rey de Tiro, Belo, también conocido como Muto. Dido tenía dos hermanos: Pigmalión, que heredó el trono de Tiro, y la pequeña Ana. Siqueo o Sicarbas, sacerdote del templo de Melkart en Tiro (divinidad relacionada con Hércules), poseía vastos tesoros escondidos. Pigmalión los codiciaba, y para saber su paradero obligó a su hermana Elisa a casarse con Siqueo sin revelarle el interés oculto en ese matrimonio. Elisa no amaba a Siqueo, aunque éste a ella sí. Un tiempo después, Pigmalión le comentó a su hermana que sería conveniente saber dónde se escondían las riquezas de Siqueo. Entendiendo que había sido utilizada, Elisa averiguó dónde estaban escondidas pero sin contar la verdad a su hermano. Los tesoros se habían enterrado en el jardín del templo, y Elisa le dijo a Pigmalión que se hallaban ocultos debajo del altar. Esa misma noche, Pigmalión envió unos sicarios a matar a Siqueo. Tras llevarlo a cabo, los esbirros cavaron inútilmente una fosa bajo el altar. Elisa encontró a su marido asesinado y corrió a desenterrar el tesoro del jardín. Con él en su poder, huyó de Tiro llevándose a su hermana Ana y un séquito de doncellas, ayudada por amigos de Siqueo.

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Elisa llegó a las costas de África, donde vivían los gétulos o getulos, una tribu de libios cuyo rey era Jarbas. Pidió hospitalidad y un trozo de tierra para instalarse en ella con su séquito. Jarbas le expuso que le daría tanta tierra como ella pudiera abarcar con una piel de buey. Elisa, a fin de que la piel abarcara la máxima tierra posible, la hizo cortar finas tiras y así consiguió circunscribir un extenso perímetro. Tras esto hizo erigir una fortaleza llamada Birsa, que más tarde se convirtió en la ciudad de Cartago o Qart-Hadašh (que en fenicio significaba “Ciudad Nueva”), sobre un promontorio existente entre el lago de Túnez y la laguna Sebkah er-Riana, que desembocaba en mar abierto. Instaurada como soberana de la ciudadela, recibió de los indígenas el nombre de Dido.  La ciudad de Cartago tenía un enorme puerto y grandes edificios. Era una ciudad muy populosa y allí tenía sus dominios la reina Dido. Juno, siempre atenta para perjudicar a Eneas, lo hizo llegar hasta allí con el propósito de que la reina Dido se enamorase de él y lo convirtiera en rey de Cartago. De esa manera Juno, aseguraba que Eneas perdiera el rumbo que su vida debía llevar. Venus, la madre de Eneas, se percató de la trampa que Juno estaba tramando y fue directamente al monte Olimpo a suplicarle ayuda al dios de los dioses, Júpiter. Este, conmocionado por la sinceridad y el dolor de Venus consintió en ayudarla. Cupido, su hijo, le dijo que Eneas y Dido se amarían profundamente, pero que esa pasión solo duraría un tiempo. De este modo Eneas podía cumplir su glorioso destino de ser el fundador de una nueva raza que dominaría el mundo. Cuando Eneas, con un grupo de amigos, se aventuraron a explorar la zona, vieron a una amable cazadora que les dio las explicaciones necesarias para llegar a Cartago sin problemas y les dijo que la reina Dido los ayudaría. Eneas reconoció que la cazadora era su hermosa madre, la diosa Venus. Antes de despedirse, Venus los envolvió en una nube de espesa niebla y los acompañó hasta el centro mismo de la ciudad. De este modo atravesaron las puertas sin llamar la atención.

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Los visitantes, pudieron apreciar el tamaño descomunal de los edificios y el poderío comercial. En el centro de la ciudad vieron que se estaba construyendo un gran templo, dedicado a la diosa Juno con escenas pintadas que representaban la guerra de Troya, pero contada de manera imparcial. Eneas pensó que esas imágenes mostraban la clase de gente que habitaba ese lugar: Sensibles y comprensivos de los sentimientos de los mortales. Distraído en sus pensamientos, no reparó en que la reina Dido y toda su comitiva real se había instalado en el trono del templo y desde allí dictaba leyes para que cumplieran sus súbditos. Venus, descorrió el velo de niebla que cubría a los hombres que acompañaban a Eneas y tuvieron que presentarse ante la reina, relatando sus desventuras. Venus –madre del héroe–, para que ésta acceda y no lo traicione, envía a Cupido con la misión de que la enamore de Eneas. Dido había jurado mantenerse fiel a su difunto marido Siqueo, pero nada puede hacer alentada por su hermana Ana y rendida por la intervención de Cupido, que se  sienta en su regazo adoptando la forma de Ascanio, hijo de Eneas, para poder clavarle sus flechas. A instancias de Juno, Venus acuerda con ella propiciar que Dido y Eneas se casen y reinen juntos en Cartago. Juno así lo desea por el rencor que arrastra contra los troyanos desde el famoso Juicio de Paris y la Guerra de Troya. De este modo se vengaría consiguiendo que Eneas nunca llegue a fundar la que en el futuro será la gloriosa estirpe romana. Cuando Dido preguntó por Eneas, que todavía se mantenía invisible por la niebla, la diosa Venus, descorrió la niebla que lo envolvía y también se presentó ante Dido. Nadie conocía mejor que la reina Dido las penurias que padecieron estos visitantes. Dido era viuda. Su esposo había sido rey de Fenicia, y un usurpador del trono lo mató. Ella tuvo que huir con un grupo de seguidores para salvase de la muerte navegando por el mar Mediterráneo hasta llegar a Cartago, donde fue recibida como si fuera su propia casa. Dido, entonces, los agasajó con un gran banquete y procuró que no les faltara nada. Eneas, relató todas las peripecias sufridas y pronto Dido cayó enamorada ante la valentía de Eneas.

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Venus, sabiendo cuál es el verdadero destino de su hijo, finge aceptar el trato para que los favores de Dido allanen el reavituallamiento de la flota troyana. Así pues, Juno manipula los acontecimientos para que en Cartago se organice una cacería, durante la cual desata una tormenta que obliga a Dido y a Eneas a cobijarse en una cueva. Esa noche yacen juntos, momento a partir del cual se solazan largamente en los placeres del amor. Dido volvió a sentirse amada y Eneas disfrutó de la buena vida que la reina le ofrecía hasta que Dido pensó en casarse. Un antiguo pretendiente de Dido se enfureció ya que había sido rechazado por la reina en varias oportunidades y pidió ayuda a Júpiter. Ante el retraso que ello ocasiona, Júpiter envía a Mercurio para que le recuerde a Eneas que no son esos los designios del hado, sino que debe partir hacia Italia. Mercurio se presentó ante Eneas diciendo: “-¿No tienes vergüenza Eneas? Estás destinado por los dioses a fundar un reino lejos de aquí. ¿Has olvidado tu verdadero destino?” Al escuchar a Mercurio, Eneas tomó conciencia de su error. Había sido elegido para fundar un reino en Italia y se había entretenido en Cartago con la reina Dido. Buscó rápidamente a sus hombres y les ordenó que hicieran los preparativos necesarios para embarcarse cuanto antes. Al darle Mercurio el mensaje al troyano, éste no sabe cómo decírselo a la reina. Atina a mandar a Sergesto, Seresto y Mnesteo que preparen la flota con sigilo. Dido se entera y se lo reprocha a Eneas, que se defiende hablándole de su destino. Dido no está conforme con la intención de Eneas, pero permite su partida. Mercurio se presenta nuevamente al troyano para decirle que se dé prisa en zarpar. Eneas, entonces, parte inmediatamente con sus hombres.

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En silencio, Eneas y sus hombres partieron apenas se puso el sol. Desde el mar podía ver la ciudad y los destellos de unas llamas.  Dido le ve partir y ordena levantar una gigantesca pira, donde se disponen la espada del héroe, algunas ropas suyas que habían quedado en palacio y el tronco del árbol que custodiaba la entrada de la cueva donde se amaron por primera vez. Ya habiendo zarpado, Eneas ve desde el mar la llama que arde en la costa de Cartago, y demasiado bien sabe de qué se trata. Al amanecer Dido subió a la pira y se hundió en el pecho la espada de Eneas. Tras su muerte, su hermana Ana, que había intentado disuadirla del suicidio, ordena a su vez prender la pira funeraria. Tras la partida de éste y por orden de Júpiter, se quita la vida maldiciendo antes a toda la estirpe venidera de Eneas y clamando por el surgimiento de un héroe vengador: de esta forma, se crea el cuadro que justifica la eterna enemistad entre dos pueblos hermanos, el de Cartago y el de Roma, que conduciría a las guerras púnicas. Dido se quita la vida subiéndose a una pira y clavándose la espada que le ha regalado Eneas. En su discurso de muerte, Dido clama por un vengador: “Luego vosotros, tirios, perseguid con odio a su estirpe y a la raza que venga, y dedicad este presente a mis cenizas. No haya ni amor ni pactos entre los pueblos. Y que surja algún vengador de mis huesos que persiga a hierro y fuego a los colonos dardanios ahora o más tarde, cuando se presenten las fuerzas. Costas enfrentadas a sus costas, olas contra sus aguas imploro, armas contra sus armas: peleen ellos mismos y sus nietos”. Juno se apiada de Dido por su larga agonía y envía a Iris para que la ayude a morir. En medio de su arco polícromo, la mensajera desciende y corta un mechón del cabello de Dido para consagrarlo al inframundo. De esa manera, el cuerpo de la infortunada pierde el calor de la vida. Tras su muerte fue venerada como una divinidad. Más tarde, cuando Eneas descendió al Averno, trató de hablar con Dido, pero su fantasma se negó a perdonarlo. Las imprecaciones que formula Dido durante la partida de Eneas son reminiscencia de la llegada de Aníbal y de las guerras Púnicas.

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De camino a Italia, a Eneas se le aparece el alma de su padre Anquises y le pide que vaya a verlo al Averno: Eneas cede y, acompañado de la Sibila de Cumas, recorre los reinos de Plutón, y Anquises le muestra toda la gloria y la pompa de su futura estirpe: los romanos. Luego Eneas se dirigió a Sicilia.  Los viajeros intentan ir a Italia, pero se desata otra tempestad y, cuando se calma, prueban a alcanzar otra vez Trinacria. Habiendo llegado a Trinacria, se dirigen los troyanos a las tierras de su amigo Acestes, por quien son bien recibidos. Cumpliéndose ya un año de la muerte de Anquises, Eneas hace llevar a cabo sus funerales. Durante los sacrificios, una serpiente se come las ofrendas del altar. No sabiendo si se trata de una mala criatura o del genio del lugar, Eneas prefiere tomarlo como un buen presagio. Después manda Eneas celebrarse unos juegos. Cloanto vence en la competición de remo. En la carrera, Salio y Niso (hermano de Asio) tropiezan, y entonces vence Euríalo, pero los tres reciben premios. En la lucha, nadie quiere enfrentarse con Dares, hasta que el anciano Entelo se atreve a hacerlo y lo vence. En el tiro con arco vence Acestes. Luego, Ascanio y sus amigos hacen una representación de la guerra. Juno envía de nuevo a Iris: esta vez, para que suscite en las mujeres troyanas el deseo de no viajar más. Tomando Iris la forma de la anciana Beroe, que no ha acudido porque está enferma, se dirige a las mujeres troyanas, que han sido dejadas apartadas de los juegos, les dice que se le ha aparecido en sueños Casandra y que le ha dicho que hay que quemar las naves, pues ya se ha alcanzado el objetivo del viaje, y cumple el encargo llevando a las mujeres a quemar las naves y comenzando el incendio ella misma. Pirgo, que fue nodriza de Príamo, advierte a las otras de que Beroe no ha acudido porque está enferma, y que esta otra es muy semejante a una diosa. Al punto, la mensajera se da a conocer yéndose de allí en forma de arco iris. Las troyanas, exaltadas, toman la antorcha del altar de Neptuno y empiezan ellas a prender fuego a las embarcaciones. Los hombres y los muchachos ven las llamas, y Ascanio, el hijo de Eneas, se acerca con su montura y consigue hacer entrar en razón y «librarse de Juno» a las incendiarias. Eneas, que estaba siempre atento, se dio cuenta de lo ocurrido y le suplicó a Júpiter su ayuda. Y este, envió una lluvia que logró apagar el fuego. Eneas quedó muy preocupado ya que cuatro de las naves resultaron averiadas y no estaban en condiciones de volver a zarpar.

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Un suave viento norte empujó las naves hacia Sicilia. Allí se hallaban las cenizas de Anquises, su padre.  Allí los recibió el rey con toda clase de honores. Entre ellos se disputaron unos grandiosos juegos deportivos en memoria de Anquises. Una noche mientras dormía, Anquises se le apreció en sueños y le dijo: “Eneas, Júpiter me ha enviado para que te dé el siguiente mensaje: Elije a los hombres más valientes de tu tripulación y llévalos contigo al Lacio. El resto de los hombres pueden quedarse aquí y los dioses no te recriminarán la decisión“. Eneas siguió el consejo de Anquises y durante la travesía solo tuvo que lamentar la muerte de Palinuro, su piloto, que se ahogó en alta mar. Anquises no pudo terminar de darle todas sus predicciones a Eneas, por lo cual le pidió que lo visitara en el infierno donde le daría el resto de los detalles para ayudarlo a cumplir su misión con éxito. Pero era imposible cumplir esa tarea solo. Para lograr esto debía buscar a la Sibila de Cumas, que, como era sacerdotisa de Apolo, podía profetizar e interpretar oráculos. Cuando la encontró ella misma se ofreció a acompañarlo porque era una empresa riesgosa ya que debían atravesar muchos peligros. Antes de partir al país de los muertos, Eneas debía cortar una ramita de oro que crecía en un árbol fantástico para obsequiársela a Proserpina, la reina del mundo de los muertos. Eneas salió a buscar la famosa ramita acompañado de su gran amigo Acates. Dos palomas enviadas por Venus los guiaron hasta una oscura laguna, sus aguas despedían un olor repugnante. Las palomas siguieron su curso hasta que comenzaron a sobrevolar un árbol muy raro. De pronto, Eneas pudo percibir una luz proveniente de una de las ramas. La señal era inconfundible.  Alborozado se acercó y la cortó. Inmediatamente otra rama surgió del mismo lugar. Cuando le llevó la rama a la Sibila, esta le dijo que ahora debía ofrecerle un sacrificio a Hécate, la diosa de la noche. Eneas, sacrificó cuatro bueyes negros, el color preferido de la diosa.

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Eumelo avisa a Eneas, que llega rápido al lugar. Una vez allí, Eneas implora a Júpiter, y éste hace que empiece a llover. Sólo se han perdido cuatro piezas de la flota, pero se aconseja fundar una ciudad para quienes quieran quedarse y renuncien a continuar el viaje. Nautes, el consejero más anciano, se muestra de acuerdo. Eneas aún está indeciso, y esa noche se le aparece en sueños su padre Anquises, que le recomienda que haga lo que dice Nautes: en el Lacio habrá que derrotar a un pueblo belicoso, así que conviene que vayan sólo los más aptos para ello. Anquises dice a Eneas que, para que pueda darle más detalles de su destino, habrá de ir a visitarlo al inframundo. Para llegar hasta allí, Eneas habrá de consultar primero a la Sibila de Cumas y ofrecer sacrificios. Los troyanos fundan la ciudad para quienes no quieren proseguir el viaje, y le ponen el nombre de Acestes.  Por fin, zarpan, y las mujeres, que ahora sí querrían ir, los despiden entre llantos. Una vez más, los viajeros intentan dirigirse a Italia. Venus ruega a Neptuno que los troyanos ya no sufran males, y el dios del mar le promete que llegarán a las puertas del Averno con sólo un hombre menos: una cabeza por muchas será dada. A medianoche, todos duermen, hasta Palinuro, el timonel, de lo que se ha encargado Somnus, el Sueño. Palinuro y el timón caen al agua, y el resto sigue durmiendo. La nave va a la deriva, pero Eneas despierta, ocupa el puesto de Palinuro y corrige el rumbo, y justo a tiempo, pues ya la nave se dirigía a los dominios de las Sirenas. Los troyanos arriban a las playas de Cumas, y visitan la gruta de la Sibila acompañados de la sacerdotisa Deífobe de Glauco. La Sibila es poseída por Apolo, y Eneas pide al dios sus oráculos y que permita que los troyanos se establezcan en el Lacio. Apolo predice que se librarán batallas por causa de una mujer, pero que Eneas saldrá victorioso de ellas. El troyano pide que se le diga cómo habrá de entrar en el infierno. La Sibila dice que Eneas habrá de presentar una rama dorada y que, además, primero habrá de enterrar a un amigo suyo, insepulto hasta el momento.

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Eneas sale de la cueva y se entera de la muerte de Miseno, así que manda hacer sus funerales. Venus envía entonces dos palomas para que lleven a Eneas al árbol donde está la rama dorada. Eneas la toma y la lleva a la cueva de la Sibila, que entonces lo conducirá hasta un bosque. Eneas regresa después al lugar donde le esperan sus amigos por una puerta de marfil del Sueño. En seguida, se dirigen todos al puerto de Cayeta. Cuando las llamas del altar consumían a los bueyes, la tierra tembló bajo sus pies como si fuera un terremoto mientras escuchaban escalofriantes aullidos de perros. Entonces, la Sibila dijo: “Este es el momento. Sé valiente“,  y se lanzó hacia las profundidades de la tierra seguida por Eneas. De pronto se encontraron en una oscura región poblada de monstruos horrorosos: La Enfermedad, el Deseo, el Hambre, la Guerra y la Discordia. Eneas quiso combatirlos blandiendo su espada, pero la Sibila le explicó que eso era imposible ya que solo se trataban de sombras. Después de caminar un largo rato llegaron a la confluencia de dos ríos: El Cocito y el Aqueronte. Llegan al infierno, y arriban a la corriente cruzada por el barquero Caronte para llevar las almas al otro mundo. Eneas ve a Palinuro, que le pide que busque su cuerpo en el puerto de Velia y lo sepulte para que así su sombra sea admitida en la barca de Caronte. La sibila se opone, pues hacerlo sería contrario al destino marcado, pero se le promete a Palinuro que sus propios enemigos le erigirán un cenotafio, y que un cabo o promontorio llevará su nombre. Para ser llevados en la barca de Caronte, Eneas y la sibila le presentan la rama dorada. Ya navegando, ven la cueva de Cerbero, los jueces de los muertos y los campos llorosos. Apenas pisaron la otra orilla, se abalanzó el can Cerbero, pero la Sibila venía preparada con un trozo de pastel impregnado con una pócima para dormir y no bien lo tragó cayó dormido. En su largo recorrido, pudieron ver a Minos, el juez de los muertos dictando sentencias. Eneas ve a Dido y trató de acercarse a ella con dulces palabras, pero ella se perdió en las sombras sin mirarlo.. Eneas ve también muchas almas de grandes guerreros de otros tiempos, como Deífobo, que se casó con Helena después de morir Paris. Pasado un rato, los pasajeros de la barca ven una bifurcación: una vía conduce al palacio de Plutón; la otra, al Tártaro. La Sibila explicó: “Este es el lugar donde Radamantis castiga a los malos” .

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En la mitología griega, Radamantis o Radamanto (en griego antiguo Ῥαδάμανθυς, Rhadamanthys; en latín Rhadamanthus) era un hijo de Zeus y Europa y hermano de Sarpedón y Minos, rey de Creta. Fue criado por Asterión. Tuvo dos hijos, Gortis y Eritro. Según una versión, Radamantis gobernó Creta antes que Minos, y dotó a la isla de un excelente código de leyes, que los espartanos se creía habían copiado. Expulsado de Creta por su hermano Minos, que estaba celoso de su popularidad, huyó a Beocia, donde se casó con Alcmena. Homero lo representa morando en los Campos Elíseos. De acuerdo con leyendas posteriores, a causa de su inflexible integridad fue uno de los jueces de los muertos en el Hades, junto con Éaco y Minos. Se suponía que juzgaba las almas de los orientales, mientras Éaco hacía lo propio con los occidentales, teniendo Minos el voto decisivo. Es creencia popular que Dante hizo a Radamantis uno de los jueces de los condenados en la parte del Infierno de La divina comedia. En realidad, no existe una sola parte en la La divina comedia que hable de Radamantis, o Radamanto. Dante solo coloca como Juez a Minos, omitiendo por completo a Éaco y Radamantis. Sin embargo, Virgilio hace una breve descripción de las funciones de Radamantis como Juez de las sombras en el libro VI de la Eneida: «El cretense Radamanto ejerce aquí un imperio durísimo. Indaga y castiga los fraudes y obliga a los hombres a confesar las culpas cometidas y que vanamente se complacían en guardar secretas, fiando su expiación al tardío momento de la muerte. Al punto de pronunciada la sentencia, la vengadora Tisífone, armada de un látigo, azota e insulta a los culpados, y presentándoles con la mano izquierda sus fieras serpientes, llama  a la turba cruel de sus hermanas [las Furias]».

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Después, arriban a los bosques afortunados, y allí buscan a Anquises. Tras un nostálgico encuentro, Anquises le cuenta a Eneas que las almas buenas, después de mil años, pierden la memoria y se las manda nuevamente a la tierra en otros cuerpos. Anquises predice el gran linaje de Eneas: su hijo Silvio, que nacerá de su esposa Lavinia, Camilo, César, Máximo, Serrano, Romano, Marcelo y otros. También le cuenta las batallas a las que está destinado, y cómo habrá de salir con bien de ellas. Siguiendo su trayecto llegaron a una encrucijada donde el camino se dividía en dos. Del camino de la izquierda provenían aullidos de dolor y ruidos de cadenas.   La Sibila tomó la ramita y la colocó sobre una pared frente a la encrucijada y luego tomaron el camino de la derecha que los llevaba directamente a los Campos Eliseos, lugar destinado a los bienaventurados. En la morada de los justos, Eneas encontró a Anquises, su padre. Deseó abrazarlo pero no pudo porque era un espíritu, y por lo tanto, no tenía cuerpo. Anquises le dio a conocer la gloria que le esperaba a sus sucesores. Entre ellos estaba Octavio Cesar Augusto, el fundador del Imperio Romano y Eneas se sintió orgulloso. Pero logar ese objetivo no era tarea fácil y Anquises le explicó y aconsejó como debía sortear los numerosos peligros que debería afrontar. Cuando Anquises terminó de dar sus consejos, volvieron a separase y Eneas regresó con la Sibila al Mundo de los Vivos. Pero ahora reconfortado por las sabias palabras de su padre.

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No bien llegó, preparó la flota y ordenó a sus hombres zarpar hacia el norte. Neptuno hizo soplar una suave brisa que empujó las naves hasta la costa del pueblo de los latinos. Finalmente, se dirigen a un bosque del Lacio por el que pasa el río Tíber. Vive en esas tierras Latino, esposo de Amata. Ambos son padres de Lavinia, que está comprometida con Turno, aunque se ha predicho que no se casará con él, sino con un extranjero. El pretendiente de Lavinia era Turno, rey de los rútulos, un pueblo vecino. Turno era un hombre muy apuesto que había sabido congraciarse con la madre de Lavinia, la reina Amata. El rey estuvo varias veces por casar a Lavinia con Turno, pero cada vez que estaba a punto de tomar esa decisión algo extraordinario ocurría que lo hacía cambiar de idea. Tuvieron lugar dos raros acontecimientos: El primero fue que un enjambre de abejas construyó su colmena en el jardín del Palacio Real. El augur le dijo entonces al rey que esto era un signo de que muy pronto llegarían extranjeros a esta región. El segundo fue que los cabellos de Lavinia comenzaron a arder formando un halo de fuego sobre su cabeza, pero ella ni se quemó ni sufrió ningún tipo de daño. El augur dijo que eso significaba que Lavinia sería muy feliz pero que antes habría una guerra catastrófica. Los troyanos celebran una comida, pero se quedan con hambre. Entonces, Eneas recuerda que se le predijo que, cuando sucediera eso, llegaría el fin de sus males. Manda Eneas cien emisarios a la corte del rey Latino, que los recibe. En nombre de Eneas y apoyándose en los oráculos, Ilioneo pide a Latino unas tierras donde puedan asentarse los troyanos. Latino reconoce en Eneas al yerno prometido, y pide a los troyanos que su caudillo venga a verlo. El rey Latino los recibe pacíficamente, y, recordando que una antigua profecía decía que su hija Lavinia se casaría con un extranjero, decide aliarse con Eneas y darle a Lavinia por esposa. Mientras tanto, Juno, con la intención de causar una guerra que perjudique a los troyanos, envía a Alecto para que siembre la discordia. Con una de sus serpientes, Alecto inyecta las furias en Amata, y ésta se enfrenta con su esposo para que no dé la mano de Lavinia a Eneas, sino a Turno.

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Al ver que Latino no cambia de parecer, Amata hace por poner de su parte a las otras mujeres y esconde a Lavinia. Después, Alecto se dirige a Ardea, ciudad en la que reina Turno, y, para suscitar en el monarca el odio a Eneas como usurpador, le hinca una de las serpientes, llena de furias. Turno decide entonces enfrentarse con Latino por la mano de Lavinia. Alecto ejerce después su influjo en los perros cazadores de Iulo (Ascanio), que conducen a su amo en pos de un ciervo del que es dueño el latino Tirreo. Al enterarse los latinos, se emprende una batalla y resultan de ella las primeras víctimas. Alecto se siente satisfecha, y, con ella, también Juno. Todos los latinos piden a su rey que declare la guerra a los troyanos, pero él se resiste. Trastornado por las Furias, Turno, rey de los rútulos y primo y pretendiente de Lavinia, declara la guerra a Eneas. Turno comenzó a armarse rápidamente ante la posibilidad de perder a su futura esposa. El rey, no sabía lo que hacer, ya que su pueblo no veía con buenos ojos a los troyanos. La Reina Amata, esposa de Latino, estaba enceguecida en contra de Eneas, y Turno, venía con un ejército en busca de explicaciones. ¿Qué hizo el rey Latino? Se lavó las manos esperando que el conflicto se solucionara por sí solo. Como el rey seguía indeciso no se animó a abrir las puertas del templo dedicado al dios Jano, por lo que el conflicto no podía comenzar. Pero la diosa Juno, siempre atenta para molestar a Eneas, corrió a abrirlas. Turno, además de sus tropas, tenía varios aliados. Los latinos, Mecencio,  el tiránico rey de los etruscos, Cornelia, reina de los volscianos y que era poseedora de una numerosa tropa, y Aventio, hijo de Hércules.

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El río Tíber habló a Eneas y le dijo: “mañana, a primera hora, debes ir a visitar al rey Evandro, subiendo aguas arriba por mi río“. Eneas siguió el consejo y con un grupo de hombres remontó el río. Nunca antes alguien había hecho algo así. Evandro (del griego Εὔανδρος, “buen hombre” u “hombre fuerte“) es, en la mitología romana, rey de los arcadios, pueblo asentado en el Lacio. Es hijo de Mercurio y de Carmenta, ninfa itálica, y padre de Palante, Roma y Dina (o Dauna). De acuerdo con la tradición mítica, Evandro condujo a su pueblo desde Grecia hasta el Lacio, donde edificó la ciudad de Palanteo, que estaba situada sobre una colina que se denominó posteriormente como Palatino. También introdujo en Italia el Panteón olímpico, las leyes y el alfabeto griegos, e instituyó los Lupercales. Asimismo, erigió el Altar Magno de Hércules en el Foro Boario, lo cual se debe a la especial veneración de los arcadios hacia este héroe, que les había librado del gigante Caco. En la Eneida es presentado como un rey sabio, optimista y de gran valor. Eneas acudió a Evandro en busca de ayuda para combatir a los ejércitos de Turno y este accedió, pues conocía a su padre, Anquises, ya que ambos descendían lejanamente de Atlas. El rey envió a su hijo al frente de un ejército y, aunque la victoria en la guerra la obtuvo el bando de Eneas, Palante murió durante la contienda. Evandro fue deificado tras su muerte y se construyó un altar en su honor en el monte Aventino. La gens romana Fabia decía descender de él. Acompañado por Acates, Eneas llega a la ciudad justo cuando el rey Evandro y su hijo Palante están ofreciendo sacrificios a Hércules, y piden al rey establecer una alianza para hacer frente a los rútulos. Evandro acepta, viendo que eran ambas naciones descendientes de Atlante. Evandro invita a Eneas a tomar parte en los sacrificios a Hércules.

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Le brindó hospedaje y comida en abundancia y luego, su hijo Palante lo llevó a visitar los lugares más interesantes de la región. Mientras compartían la comida Evandro le relató sus orígenes. Un lugar de Grecia llamado Arcadia.y Eneas le confesó su terrible problema. Evandro permite  a Palante a pelear contra los rútulos con Eneas, quien lo acepta y trata como a su propio hijo, Ascanio.  Juno envía a Iris para que lleve a Turno prontamente a la batalla. La mensajera informa al rey de que los troyanos están sin su caudillo. Eneas ha mandado a su gente que, de ser atacada, se refugie tras la empalizada. Turno intenta incendiar la fortificación y todo los demás. Entonces, Ops, madre de Júpiter, aparta del incendio las naves troyanas convirtiéndolas en ninfas. Turno piensa que así los troyanos ya no podrán escapar, y hace que sus tropas descansen y se regocijen bebiendo vino. Mientras tanto, Venus pide a su esposo Vulcano que fabrique armas para Eneas, y Vulcano acepta. Entonces, Venus avisa a su hijo de que le llegarán armas divinas. Luego, Evandro envía a Eneas con su hijo Palante a buscar más alianzas. Posteriormente, ya Eneas recibe las armas prometidas por su madre y todos se maravillan de ellas. Júpiter prohíbe a los otros dioses que participen en la batalla. Venus le pide clemencia para sus troyanos y Juno se hace la desentendida. Entonces, Júpiter decide que a nadie habrá de favorecer él en la batalla. Llega por mar Eneas con alianzas firmadas. Le siguen guerreros como Másico, Abante, Asilas, Astur y otros. Se acercan a Eneas las naves troyanas convertidas en ninfas y le informan de la batalla.

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Evandro, si bien no podía ayudarlo le aconsejó visitar a los etruscos que seguramente lo ayudarían  Así fue que Eneas, acompañado por Palante, se dirigió a etruria. Los etruscos recibieron muy bien a Eneas, ellos deseaban combatir contra Mecencio, pero no se decidían porque un augur les había dicho que no debían establecer lucha alguna hasta que un extranjero se pusiera al frente de las tropas.  Los etruscos reconocieron a Eneas como el elegido para tal fin y se dispusieron a combatir junto a él. Después de tanto trajín, Eneas se dispuso a descansar en un bosque cercano. De repente, vio a una hermosa doncella que colocaba armas a los pies de un árbol, para desaparecer luego esfumándose en el aire. Eneas pensó que era su madre, Venus, que otra vez corría a auxiliarlo regalándole un casco, una coraza, una espada y un escudo refulgentes. Seguramente forjados por Vulcano, y eso le otorgó confianza y lo hizo sentir invencible. Mientras Eneas continuaba su campaña para conseguir aliados, el pequeño grupo de hombres que había quedado acampando a orillas del Tiber trataron de fortificarse ante el inminente ataque. Este pequeño grupo pudo contener el primer ataque, pero los enemigos los aventajaban en número y decidieron buscar voluntarios para pedirle ayuda a Eneas. Dándose cuenta de esto Niso y Euríalo, piden permiso para ir en busca de Eneas a quienes éste ha encomendado el mando: Mnesteo y Seresto. Iulo promete muchos premios por la hazaña a Niso y Euríalo, y ellos parten inmediatamente. Niso abre el camino dando muerte a algunos rútulos. En el camino, Euríalo se rezaga y es alcanzado por Volscente. Advirtiéndolo, Niso regresa para rescatar a su amigo, se encomienda a Apolo y da muerte a varios rútulos. en la refriega, mueren Euríalo, Niso y Volscente. Luego, las cabezas de los dos troyanos son exhibidas por los rútulos. Mesapo logra abrir la empalizada y se inicia una sangrienta batalla. Ascanio entra en la batalla y da muerte a Numano. Marte infunde fuerza en los latinos. Luego Turno queda cercado por los troyanos sin que le pueda ayudar Juno, pero se arroja al río y se salva.

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Turno, avanzó sobre la empalizada y se produjo una batalla encarnizada, pero los troyanos no permitieron el avance enemigo aunque perdieron muchos hombres. En los días subsiguientes el combate se agudizó. Los dioses romanos tomaron partido por uno u otro bando. Júpiter que tenía planes de Paz se enfureció y, Venus y Juno se culpaban una a la otra por la catástrofe, haciendo que la vida en el Olimpo se tornara imposible por las continuas discusiones. Cuando Turno estaba preparado para asestar el golpe final a los troyanos, llegó Eneas con los etruscos y logró equilibrar la contienda. Cuando Turno estaba preparado para asestar el golpe final a los troyanos, llegó Eneas con los etruscos y logró equilibrar la contienda. Turno perdió a dos de sus aliados: A la reina Camila y a Mecencio. Por otro lado, eneas tuvo que lamentar la pérdida de Palante, el joven hijo de Evandro. Eneas y sus aliados llegan al campo de batalla, y Turno no ceja en su ataque. Empieza así un fiero combate. Turno pide a su hermana, la diosa Juturna, que le ayude en la batalla. Tras haber hecho grandes estragos, Palante es muerto por Turno, tomando éste algunas de sus armas. Lleno de ira, Eneas da muerte a muchos rútulos. En tanto, Júpiter provoca a Juno y ésta le pide que demore la muerte de Turno. Ella misma toma la figura de Eneas y, confundiendo a Turno, hace que le persiga y así lo pone a salvo. Turno, al darse cuenta del engaño, intenta volver sobre sus pasos, pero la diosa no se lo permite. Mezencio toma el lugar de Turno en la batalla, que es observada por los dioses. Eneas hiere a Mezencio, cuyo hijo Lauso, que le asiste y le ayuda a huir, es muerto por Eneas. Mezencio vuelve a la batalla y también halla la muerte en las manos del troyano. Eneas envía el cuerpo de Palante a su padre. Llegan luego emisarios latinos pidiendo tregua para poder enterrar a sus muertos, a lo que accede Eneas. Mientras tanto, Evandro se lamenta por la muerte de su hijo, pero no retira su apoyo a Eneas. En el reino de Latino, algunos se muestran aún a favor de Turno, pero otros piden que se entregue la mano de Lavinia al troyano Eneas. Unos emisarios llegan de la ciudad de Diomedes, que recomienda a los latinos tener mucha cautela con Eneas. Latino quiere ya detener la guerra dando tierras a los troyanos. Drances recomienda también darle la mano de Lavinia a Eneas.

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Turno se opone y promueve nuevas batallas, apoyado por la reina Camila. Diana pide a su sierva Opis que proteja a esa guerrera, y le da un arco para ese fin. Los troyanos se acercan a las murallas latinas y se desata otra vez la contienda. Camila destaca por sus hazañas.  Júpiter infunde valor en Tarcón. Arruntes, encomendándose a Apolo, dispara una flecha a Camila y logra su objetivo de darle muerte. Opis se lamenta entonces. Huyen los rútulos, pero Turno, enterado de los hechos, no abandona el campo. Llega la noche y se interrumpe la batalla.  La lucha se tornaba cada día más cruel. Cuando la balanza se inclinó a favor de los troyanos, Juno, corrió a pedirle a Júpiter que salvara a Turno, su protegido. Pero Júpiter le respondió: “Si el Destino quiere que Turno muera, morirá. Lo único que yo puedo hacer es retrasar su sentencia“. Juno, desesperada por salvar a Turno, de Eneas para alejarlo de la batalla atrayéndolo hacia el mar. Una vez allí Juno se esfumó en el aire, dejando a Turno desconcertado y preguntándose: “¿Qué pensarán mis hombres? ¿Qué escapé del combate? ¿Qué no pude luchar contra Eneas?” Sus cavilaciones lo llevaron a intentar suicidarse tres veces y tres veces, Juno lo impidió. Cuando Turno regresó al campamento, encontró su tropa diezmada y a sus hombres abatidos y tristes porque la mayoría de sus jefes habían muerto en el combate. Turno se acercó al palacio del rey Latino y vio que también el pueblo latino estaba terriblemente desmoralizado, y él ya no era bien recibido. El rey le pidió en nombre de la Paz que renunciara a la mano de su hija Lavinia. Cuando Turno escuchó el pedido del rey Latino se enfureció y lleno de rabia se dirigió al campamento troyano para retar a Eneas a pelear una vez más. Eneas aceptó el reto pero puso condiciones: “Pelearé contigo, Turno –dijo- Y, si yo gano, los rútulos se unirán a los latinos formando un solo pueblo. El rey Latino será su gobernador y Lavinia será mi esposa” .Y agregó: “Si pierdo, nos iremos definitivamente de Italia sin reclamar absolutamente nada“.

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Turno aceptó las condiciones y los dos ejércitos se formaron frente a frente para dar comienzo a la batalla. Los dos ejércitos adquieren aliados y se enfrentan fieramente, ayudados los troyanos por Venus y los rútulos por Juno, sin que intervenga Júpiter. Juno trató de ayudar una vez más a Turno, su protegido, desatando el conflicto antes de tiempo. Los troyanos, que no estaban convenientemente preparados sufrieron grandes pérdidas y hasta Eneas cayó herido de gravedad. Su madre, Venus, que había visto lo ocurrido, corrió a curarlo aplicándole hiervas en la herida y Eneas no tardó en recobrar la salud. Eneas volvió al combate y la balanza volvió a inclinarse a favor de los troyanos, que penetraron en la fortaleza de los latinos produciendo una masacre.  Latino y Amata piden a Turno que detenga la guerra, pero él, enamorado de Lavinia, manda a Eneas un mensaje retándole a un combate singular. Eneas acepta. Juno emplea un nuevo ardid: envía a la hermana de Turno, Juturna, a buscar que se rompan los acuerdos que se hagan, pues sabe que Turno con las armas es menos diestro que Eneas. Mientras tanto, se hacen los juramentos ante Júpiter para que el fin de la guerra se reduzca al combate entre Eneas y Turno. Pero Juturna asume la forma del guerrero Camerto e insta a la intervención de los rútulos en la batalla. En eso, un augurio es interpretado por Tolumnio como favorable a lo que pide Juturna en la forma de Camerto, y se rompen los acuerdos. Eneas, en cambio, se opone a la ruptura de los acuerdos y quiere emprender el combate singular. Repentinamente, le hiere una flecha que no se sabe quién ha disparado. Turno hace entonces grandes estragos.  Venus inspira al anciano Yápige para que cure a Eneas. El héroe troyano recupera sus fuerzas y regresa a la batalla. Los rútulos huyen, pero Eneas sólo busca a Turno; éste también busca el combate con Eneas, pero su hermana Juturna se lo impide.

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Venus infunde en la mente de Eneas la idea de dirigirse a la ciudad. La reina Amata, viéndolos venir, piensa que Turno ha muerto y se mata, con gran pesar del rey Latino. Cuando se entera Turno, se desprende de su hermana para ir en busca de Eneas, y éste, al oír que se acerca su adversario, se dirige a su encuentro. Turno heredó de su padre Dauno una espada hecha por Vulcano, pero no es la que lleva ahora, pues ha tomado por error la de uno de sus compañeros. En el combate con Eneas, se rompe el arma de Turno, que huye en busca de la suya. Eneas lo persigue, pero se le queda prendida la lanza entre las raíces de Rauno, árbol divino. Venus desenreda la lanza; por su parte, Turno recobra su espada. El combate se reanuda. Eneas deseaba encontrase cara a cara con Turno. Mientras tanto, Júpiter pregunta a Juno qué espera de la guerra y le prohíbe volver a tomar parte en ella. Juno reconoce haber persuadido a Juturna de que ayudase a su hermano, y acepta dejar de intervenir en la guerra, pero pide que cuando se unan los troyanos a los latinos desparezca el nombre de los primeros. Júpiter accede y envía una furia al campo de batalla para que retire a Juturna. Eneas hostiga a Turno, y éste comienza a sentir temor. De repente, detrás de una columna apareció Turno a los gritos: “¡Que cese la batalla! ! Si me estás buscando, Eneas, aquí estoy para desafiarte a una nueva lucha cuerpo a cuerpo“. Eneas, que le estaba esperando se tranzó en una feroz lucha hasta lograr voltearlo contra el suelo y a punto de traspasarlo con su espada. Cuando Turno con voz temblorosa imploró: “¡No me mates, Eneas!. Ten compasión de mí“. Eneas dudó por un instante en asestarle el golpe final.  Pero de repente, vio que Turno, llevaba puesto el cinturón de Palante, el buen hijo de Evandro, como quien lleva un trofeo. Eneas hiere con la lanza a Turno, que por su parte tira a su contrincante una enorme piedra que no lo alcanza. Ya rendido, Turno pide a Eneas que le perdone la vida y se quede con Lavinia. El troyano duda al principio, pero al darse cuenta de que Turno lleva armas de Palante, carga de nuevo y mata al rey rútulo. Eneas se casó con Lavinia y Roma creció y prosperó.

Los dioses intervienen en los asuntos humanos, pero los mortales no son meros juguetes de sus caprichos, y, muchas veces, un mortal recibe ayuda de una deidad. La mayor parte de las deidades representa la fortuna, mientras que Júpiter representa el fatum que ha de doblegarla: el aspecto teleológico de la historia. Hasta el momento en que se cumple el destino (fatum), los demás dioses operan a veces contra él y otras veces a su favor. Virgilio intenta mostrar que es voluntad de Eneas someterse a su destino, que a menudo está ligado al futuro próspero de Roma, pero que otras veces está ligado a hechos que no tienen que ver con ese objetivo, como ocurre cuando desaparece Creúsa, y se ha de mandar a Eneas que busque el cumplimiento de su misión. Aun habiendo sometimiento del héroe, Dice Eneas a Dido: “No voy en pos de Italia por mi voluntad“. Se ha querido entender la relación de Eneas con Dido como un conflicto entre el deber y el deseo: Eneas es un héroe desinteresado y al servicio de una causa superior, y además, precisamente a instancias del dios supremo, Júpiter, que es también el dios de la felicidad personal. También entre la frialdad masculina y el amor sincero: se contrapone así la pietas (lealtad, devoción o sentido del deber) de Eneas con el furor (locura o pasión) de Dido, como se hará luego con el de Turno, que además es enemigo. La mente permanece inmóvil, las lágrimas caen sin efecto. Se ha discutido si esas lágrimas son las de Dido o las de Eneas. Ovidio, en las Heroidas, parece acogerse más bien a la segunda interpretación.

enero 21, 2013 - Posted by | Grecia, Historia oculta, Otras ant. civil., Personajes históricos

1 comentario »

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