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Los Hititas de los mil dioses 2/2


Antes se recomienda leer el artículo “Los Hititas de los mil dioses 1/2

Egon Friedell, de origen austriaco, y uno de los más brillantes historiadores de la cultura, dice: «El mayor anhelo del hombre, su más cara ilusión, es introducir la cronología en el mundo, y tan pronto creemos haber Imagen 23logrado sujetar el tiempo a un sistema de cálculo, que lo hemos reducido y hecho comprensible en términos con los cuales se puede medir, entonces estamos convencidos de que nuestro sueño es ya una realidad, que hemos subyugado al tiempo, que ya nos pertenece». El motivo de esta incursión en la cronología es el vacío de doscientos años en la historia hitita. Cronología (del griego χρονο chronos, ‘tiempo’ y λογία logos, ‘estudio’) es la ciencia determinada cuya finalidad es determinar el orden temporal de los acontecimientos históricos; forma parte de la disciplina de la Historia. El concepto también es utilizado en otras áreas del conocimiento para relatar hechos no históricos en orden cronológico. No hay suceso en la historia que no surja de otros que le hayan precedido y que no llegue ser origen de otros más o menos importantes. Todas las grandes civilizaciones han adoptado diversos métodos, utilizando el curso de los cuerpos celestes, para medir el tiempo. El mayor o menor acierto de esta operación ha dependido del mayor o menor adelanto del pueblo respectivo en los conocimientos astronómicos. También han influido en el cómputo de los días, meses y años, la religión, los historiadores y hasta los hábitos políticos y civiles de los pueblos. No es de extrañar que hayan resultado métodos tan diferentes. El conocimiento que los hombres tenemos de la historia de nuestros antepasados más inmediatos, es el método cronológico más simple, el más natural y al propio tiempo el más elemental. Este método, que consiste en servirse de la genealogía como bases de la división del tiempo, se complementa a menudo con el recuerdo de las catástrofes o fenómenos naturales.

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C. W. Ceram es el pseudónimo de Kurt Wilhelm Marek (Berlín, 20 de enero de 1915 – Hamburgo, 12 de abril de 1972), un periodista y crítico literario alemán, conocido por sus notables obras de divulgación sobre Arqueología, especialmente por su extraordinario libro “Dioses, tumbas y sabios”, que recomiendo leer a toda persona interesada en la historia de la Arqueología. En la Segunda Guerra Mundial fue hecho prisionero en Italia y durante su cautiverio tuvo ocasión de leer libros de Arqueología. Como resultado de sus conocimientos adquiridos publicó en 1949 su libro “Dioses, tumbas y sabios”, obra que le hizo famoso en todo el mundo. “Dioses, tumbas y sabios” se ha traducido a veintiocho idiomas con cinco millones de ejemplares publicados y a día de hoy siguen imprimiéndose nuevas ediciones. Otras obras conocidas del autor son “El secreto de los Hititas”, y en la que me he basado en gran parte para escribir este artículo, o “El primer americano”. C.W. Ceram fue redactor jefe del periódico Die Welt y director de publicaciones de la editorial Ernst Rowohlt. En 1947 se trasladó a EE.UU.

La observación exacta del ciclo anual es generalmente el punto de partida de una cronología fundada en cálculos astronómicos, y tiene una importancia capital. Así, por ejemplo, en Egipto la determinaba la crecida beneficiosa del Nilo, mientras que en Babilonia era el terror a las inundaciones devastadoras de los dos ríos que forman la Mesopotamia. En la civilización maya de Centro América, la fijación de los grandes círculos anuales degeneró en un calendario de terror, de tal modo que toda la vida de los mayas estaba regida por los fenómenos celestes. La civilización griega, que hemos considerado como una de las más completas de las civilizaciones antiguas, constituye una excepción en este aspecto, pues los griegos no utilizaron ningún sistema cronológico exacto, excepto el de la periodicidad de los Juegos Olímpicos. La Era de las Olimpiadas, llamada así por haber tenido su origen en los Juegos Olímpicos de Grecia, que se celebraban cada cuatro años, fue uno de los modos más antiguos de compulsar el tiempo. Se instituyó en el 776 a. C. y constaba de periodos de cuatro años. Fue introducida durante el reinado de Ptolomeo Filadelfos por el historiador, nacido en Sicilia, Timeo de Tauromenio que la adopto en sus escritos por ser un modo de cómputo fácil y seguro. La primera que se menciona es la de Coarebus, aunque nunca se usó en la vida civil, sino en la historia. El primer año de la era cristiana se considera como primer año de la olimpiada 195, pero como los años de las Olimpiadas comenzaban con la primera luna llena, después del solsticio de verano, hacia primeros de julio, que es donde empiezan a contarse las olimpiadas, resulta que los primeros seis meses de un año de la era cristiana corresponden a los últimos seis meses de un año de las Olimpiadas. Los últimos seis meses del mismo año cristiano, corresponden a los primeros seis meses de otro año de las Olimpiadas.

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Un ejemplo ilustrativo: cuando se dice que el primer año de la era cristiana corresponde al primero de la 195 olimpiada, debe entenderse que corresponden solamente a los primeros seis meses del primer año. Los primeros seis meses del primer año de nuestra era corresponden a los últimos seis meses del cuarto año de la olimpiada anterior, 194. Así el segundo año de la olimpiada 195 comenzó el 1º de julio del año 2 d. C. Pero, en general, los griegos carecían del sentido de la historia, ignoraban la sucesión de las fechas y mezclaban con la mayor confusión los acontecimientos y los personajes. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en Heródoto, a quien se nos ha dado por llamar precisamente «el padre de la Historia». Cuando Oswald Spengler (1880 – 1936), filósofo e historiador alemán, conocido principalmente por su obra La decadencia de Occidente, observa que: «Con nuestro sentido de la historia, nosotros, los hombres de la civilización occidental europea, somos una anomalía, una excepción, no la regla; lo que nosotros llamamos historia universal es nuestra propia visión del mundo, no de la humanidad», parece simplificar demasiado las cosas. Y, sin embargo, vemos que no le falta razón si consideramos, por ejemplo, el caso de los antiguos babilonios, a los cuales, a pesar de sus excelentes métodos ideados para calcular el tiempo, fundados en la minuciosa observación de los astros, nunca les dio por utilizar esa técnica para establecer una cronología histórica, tal como la imaginamos ahora, basada en hechos reales y en fechas exactas. El joven que por primera vez se sumerge y entusiasma en el estudio de la historia antigua, se siente sobrecogido ante la seguridad con que los historiadores modernos sitúan los acontecimientos que se desarrollaron en el mundo hace miles de años. El respeto se transforma pronto en admiración a medida que se profundiza más en el estudio, cuando uno se familiariza con las fuentes históricas y ve cuan endebles, confusas o erróneas ya eran éstas en la época en que quedaron fijadas para la historia. Y eso no es todo, sino que también esos comprobantes históricos solamente han llegado hasta nosotros en forma muy fragmentaria, medio borrados por el tiempo o aun destruidos por la mano del hombre.

Hasta que un buen día se observa con desaliento que lo que se tiene ante sí no es más que un esqueleto de fechas históricas y que alrededor de este esqueleto cronológico hay bien poca cosa, que sólo pudieron animarlo unos miembros raquíticos y desgarbados, y uno se pregunta entonces cómo es posible que esta estructura puramente hipotética corresponda a la realidad, pues nuestro instinto nos dice que las antiguas culturas debieron de conocer un desarrollo orgánico progresivo, como un ser animado cualquiera. Y entonces es cuando empezamos a dudar de todas las fechas. Para dar una idea de la inseguridad de la cronología, bastará decir que después de las investigaciones, que duraron más de un siglo, ha tenido que ser variada desde el año 5867 al 2900 antes de J. C, la primera fecha de la unidad de Egipto realizada por el rey Menes, fundador de la primera dinastía egipcia… Y aún no estamos muy seguros de que esta última fecha, que actualmente se considera como el principio de la historia egipcia, sea, en realidad, definitiva. El caso que ha motivado esta incursión en la cronología, el vacío de doscientos años en la historia hitita, no es el más a propósito para que la cronología nos inspire una confianza absoluta. Y sin embargo, si profundizamos más en esta cuestión, vuelve el primitivo respeto al observar que los historiadores hacen una distinción bien marcada entre las fechas «seguras» y las «probables», y que han logrado reconstruir casi impecablemente la trama cronológica de la historia antigua. Así como la tarea de los arqueólogos comenzó con el examen de lo que se les ofrecía a la vista sobre la superficie de la tierra, para orientar luego las investigaciones hacia las capas más profundas del subsuelo, del mismo modo proceden los historiadores que para empezar echan mano de las leyendas y tradiciones más explícitas antes de abrirse lentamente camino por entre las tinieblas del misterioso y enigmático pasado. Siempre que fue posible establecer una relación directa y aparente con los acontecimientos mencionados en los documentos griegos, persas o egipcios de la última época, pudo reconstruirse la cronología en sentido inverso, empalmando, por decirlo así, con la era cristiana.

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Los sucesos más importantes del primer milenio antes de J. C., tal como los relata la historia, pueden considerarse como seguros, siendo, además, también exactas las fechas que se les atribuyen. Pero cuanto más atrás nos remontamos, es natural que disminuyan los datos que se refieran a los hechos conocidos Incluso las fuentes informativas empiezan a escasear y, lo que es peor, son cada vez más vagas, más imprecisas. Después de las crónicas ya no hay sino mitos, y después de los anales quedan solamente leyendas, como después de los reyes aparecen ya los «dioses». En lo que al segundo milenio antes de J. C. se refiere, los historiadores ya cuentan con posibles errores de algunas décadas al indicar la duración de algún reinado, y en el tercer milenio las evaluaciones varían en varios siglos. Los primeros puntos de referencia básicos de que se tuvo noticia una vez que se consiguió descifrar la escritura cuneiforme fueron las listas reales, cronológicas y epónimas, las crónicas y las inscripciones reales. Lo que se conoce aún por el nombre de «listas reales» son unos documentos con los nombres de los soberanos y la duración de sus reinados respectivos. La lista real más antigua encontrada en el Asia Menor es un bloque cuadrado de piedra, de 20,5 cm de altura, que contiene los nombres de los reyes de las dinastías antediluvianas, soberanos míticos que reinaron entre la Creación del mundo y el Diluvio; se extiende hasta los tiempos históricos y termina en el umbral del segundo milenio. Con este documento epigramático, que los arqueólogos han bautizado con el nombre de «Lista real WB 444», completada por otras dos listas designadas por las letras A y B, por las llamadas «Listas reales asirías», descubiertas en 1932-33, en Korsabad, y por otras listas fragmentarias de dinastías posteriores, la cronología alcanza hasta el primer milenio, o sea hasta una época en que las informaciones procedentes de otros documentos son ya tan abundantes que permiten determinar las fechas exactamente y sin la menor dificultad. La existencia de todas estas listas, no siempre completas, con la relación relativamente continua de los soberanos, cuyos nombres van seguidos de la duración de sus respectivos reinados, amén, alguna que otra vez, de la mención de algún acontecimiento importante, podía hacer suponer que la cronología ha dejado de ser un problema.

Y, sin embargo, nada más lejos de la realidad, pues basta examinar los fragmentos que poseemos de tales listas para sentirse rápidamente defraudados. Así, por ejemplo, la lista WB 444 de los monarcas babilónicos antediluvianos empieza de esta manera: “Cuando la realeza descendió del cielo, se estableció en Eridu. En Eridu reinaba el rey Alulim, cuyo reinado duró 28.000 años. El de Alalgar duró 36.000. Dos reyes reinaron a ellos dos 64.800 años. Eridu fue destronado y le sucedió Bad-tibira. En-men-lu-anna Bad-tibira reinó durante 43.200. En-men-gal-anna 28.800 años y el dios Dumuzi, el pastor, durante 36.000 años”. He aquí el principio de la «Lista B. de los reyes de Babilonia»: El rey Sumu-Albi, 15 años; Sumu-la-il, 35 años; Sabú, su hijo, 14 años; Apil-Sin, su hijo, 18 años; Sin-muballit, su hijo, 30 años; Hammurabi, su hijo. 55 años; Samsu-iluna, 35 años, etc… Podemos dejar a un lado las fantásticas longevidades que la «Lista WB 444» asigna a los reyes antediluvianos. Es evidente que este aspecto de la famosa lista carece de valor histórico, pero no puede descartarse la eventualidad de que los arqueólogos confirmen algún día la existencia de tales soberanos, que bien podrían haber reinado durante un largo período de tiempo. Estos ejemplos, ya que otras listas son todavía más concisas, no parecen tener otra finalidad que la de indicar el orden de sucesión de los soberanos y no la de fijar para la posteridad puntos históricos de referencia. En otras palabras: De la «Lista Real B» se desprende que Sumu-la-il reinó durante 35 años después del rey Sumu-Albi, el cual permaneció solamente quince años en el trono, pero no se indica, ni hay manera de saberlo, cuándo empezó a reinar Sumu-Albi. Los arqueólogos y los historiadores estarían encantados si, por lo menos, pudieran confiar en el orden de sucesión que figura en las listas, pero éste no es el caso, pues los «listeros» babilónicos omitieron simplemente citar los nombres de los reyes que a su juicio pasaron por el trono sin pena ni gloria; a veces no estarían bien informados; otras se equivocan, o mezclan simplemente los nombres de dinastías diferentes y escriben unos a continuación de otros los nombres de los monarcas que deberían figurar en una columna paralela.

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En relación a los reyes antediluvianos, Beroso, el erudito-sacerdote-astrónomo babilonio, hablaba de diez soberanos que reinaron en la Tierra antes del Diluvio. Resumiendo los escritos de Beroso, Alejandro Polihistor escribió: «En el segundo libro estaba la historia de los diez reyes de los caldeos, y los períodos de cada reinado, que sumaban en total 120 shar’s, es decir, 432.000 años; para llegar a la época del Diluvio». Abideno, un discípulo de Aristóteles, citó también a Beroso al respecto de los diez soberanos antediluvianos cuyo reinado sumaba en total 120 shar’s, y aclaró que estos soberanos y sus ciudades se encontraban en la antigua Mesopotamia: “Se dice que el primer rey del país fue Aloro… Éste reinó diez shar’s (Un shar se estima que son tres mil seiscientos años…).  Después de él, Alapro reinó tres shar’s; a éste le sucedió Amilaro, de la ciudad de panti-Biblon, que reinó trece shar’s… Después de éste, Ammenon reinó doce shar’s; él era de la ciudad de panti-Biblon. Después, Megaluro, del mismo lugar, dieciocho shar’s. Más tarde, Daos, el Pastor, gobernó por el espacio de diez shar’s…”. Hubo después otros Soberanos, y el último de todos fue Sisithro; de manera que, en total, la cifra asciende a diez reyes, y el término de sus reinados asciende a ciento veinte shar’s. También Apolodoro de Atenas hablaba de las revelaciones prehistóricas de Beroso en términos similares: diez soberanos reinaron durante un total de 120 shar’s (432.000 años), y el reinado de cada uno de ellos se midió también en los 3.600 años de las unidades shar. Con la llegada de la Sumerología, los «textos de antaño» a los cuales se refería Beroso se encontraron y se descifraron; eran las listas de reyes sumerios que, según parece, transmitieron la tradición de los diez soberanos antediluvianos que gobernaron la Tierra desde los tiempos en que «el reino fue bajado del Cielo» hasta que «el Diluvio barrió la Tierra». Otro texto sumerio (W-B/62) añadió Larsa y sus dos soberanos divinos a la lista de reyes, y los períodos de reinado son también múltiplos perfectos del shar de 3.600 años. Con la ayuda de otros textos, la conclusión es que, ciertamente, hubo diez soberanos en Sumer antes del Diluvio, que todos los reinados duraron demasiados shar’s, y que, en total, duraron 120 shar’s, tal como informó Beroso. La conclusión que sugiere Zecharia Sitchin es que estos shar’s de reinado estaban relacionados con el período shar (3.600 años) orbital del planeta «Shar», el «Planeta del Reino»; que Alulim reinó durante ocho órbitas del Duodécimo Planeta, Alalgar durante diez órbitas, etc.

Si estos soberanos antediluvianos eran, como sugiere Zecharia Sitchin, nefilim que vinieron a la Tierra desde el Duodécimo Planeta, entonces no debería de sorprendernos que sus períodos de «reinado» en la Tierra guardaran relación con el período orbital del Duodécimo Planeta. Los períodos de tales mandatos o Reinados se prolongarían desde el momento del aterrizaje hasta el momento del despegue; cuando un comandante llegaba desde el Duodécimo Planeta, el mandato del otro terminaba. Dado que los aterrizajes y despegues debían guardar relación con la aproximación a la Tierra del Duodécimo Planeta, los mandatos sólo se podían medir en estos períodos orbitales, en shar’s. Cómo no, se podría preguntar si cualquiera de los nefilim, después de llegar a la Tierra, podía permanecer al mando, aquí, durante los pretendidos 28.800 o 36.000 años. No nos sorprende que los expertos digan que la duración de estos reinados es «legendaria». Pero, ¿qué es un año? Nuestro «año» es, simplemente, el tiempo que le lleva a la Tierra completar una órbita alrededor del Sol. Dado que la vida se desarrolló en la Tierra cuando ya estaba orbitando al Sol, la vida en la Tierra sigue el patrón de esta duración orbital. (Incluso un tiempo orbital mucho menor, como el de la Luna, o el ciclo día-noche, tiene la fuerza suficiente como para afectar a casi todas las formas de vida en la Tierra.) Vivimos tal cantidad de años porque nuestros relojes biológicos están ajustados a tal cantidad de órbitas de la Tierra alrededor del Sol. Existen pocas dudas de que la vida en otro planeta se «temporizaría» en función de los ciclos de ese planeta. Si la trayectoria del Duodécimo Planeta alrededor del Sol tuviera tal extensión que una órbita suya se llevara a cabo en el mismo tiempo que a la Tierra le lleva hacer 100 órbitas, un año de los nefilim equivaldría a 100 años nuestros. Si su órbita fuera 1.000 veces más larga que la nuestra, 1.000 años de la Tierra equivaldrían a sólo un año de los nefilim.

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¿Y qué ocurre si su órbita alrededor del Sol durara 3.600 años? Entonces 3600 de nuestros años serían sólo uno en su calendario, y también un solo año en su vida. El tiempo de mandato (reinado) del que hablan los sumerios y Beroso no sería, de este modo, ni «legendario» ni fantástico: sólo habría durado cinco, ocho o diez años de los nefilim. En un documento de la época del gran rey Sargón (2350 antes de J. C.) se indica que no menos de 350 reyes le precedieron en el trono de Assur. Esta afirmación, aparentemente absurda, provocó enorme confusión, hasta que los historiadores observaron que el transcriptor había mezclado varias listas reales. Las listas cronológicas y epónimas eran una ayuda hasta cierto punto. Ya antes del reinado de Sargon, y hasta el de Hammurabi, o sea durante unos 700 años, en Babilonia se acostumbraba designar los años con algún nombre especial, y esos nombres se reunían luego en listas llamadas epónimas. A primera vista, esto parece muy sencillo, pero los antiguos parece que disfrutaban complicándose las cosas y, lo que es peor, complicándonoslas a nosotros. Raramente se encuentran indicaciones que se refieran a un año que se pueda considerar como exacto, y dentro de este año a un mes o a un día determinados. Los amanuenses babilónicos que tenían a su cargo la redacción de las listas cronológicas, bautizaban generalmente los años con el nombre de algún acontecimiento importante acaecido el año anterior. Esto nos parecerá todo lo ilógico y poco práctico que se quiera, pero es un método que durante mucho tiempo fue también utilizado por los antiguos egipcios. Se consideraba un hecho bastante importante, para dar su nombre a un año, una victoria militar, la ceremonia de la primera piedra para la erección de un templo, el nombramiento de un alto funcionario y ante todo y sobre todo, como es natural, un cambio de soberano, la entronización de un nuevo rey.

La conclusión más evidente era que no se podía tener una confianza absoluta en los redactores de tales listas, pues se ignoraba si habían tenido siempre en cuenta la antigua costumbre que consistía en hacer coincidir el advenimiento de un nuevo soberano con el Festival de Año Nuevo, pero atribuyendo al reinado precedente el lapso de tiempo transcurrido desde el cambio de gobierno hasta el último día del año. Además, a menudo variaban los nombres de los años, a capricho de los reyes de turno, para falsificar deliberadamente la historia o por cualquier otro motivo. Por si esto no fuera bastante, tenían la mala costumbre no sólo de citar de memoria y de equivocarse por esta razón, sino de abreviar los nombres hasta tal punto que su identificación a veces resulta poco menos que imposible. Estos ejemplos bastan para dar una idea de las dificultades con que han debido enfrentarse los paleógrafos para poder llegar a reconstruir la trama cronológica de la historia antigua. Pero es que, además, hemos olvidado todavía algo. Todo lo que acabamos de enumerar podría repetirse nuevamente en relación con las «listas epónimas», en las que los años figuran con los nombres de altos funcionarios, generales e incluso reyes, es decir: no con los de los acontecimientos importantes que se hubieran desarrollado el año anterior. Este procedimiento, que era utilizado en Grecia todavía mucho tiempo después, era habitual en los pueblos del Próximo Oriente, en particular en los Asirios, desde tiempo inmemorial. Aun cuando, tanto en las listas epónimas como en las cronológicas, se daba con frecuencia el caso de no respetarse las convenciones establecidas por el uso, es obvio que ambas listas constituyen un buen complemento de las listas reales, y confrontándolas sistemáticamente unas con otras pudieron los historiadores sacar deducciones interesantes, descubrir errores, llenar espacios vacíos de la cronología. Pero eso no era todo, porque en esas listas no se cita fecha fija alguna. Los historiadores vieron el cielo abierto cuando empezaron a descifrar las «crónicas».

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Estas crónicas sólo tienen el nombre en común con las de la Edad Media, pues éstas ya son, en cierto modo, obra de historiadores, y en sus páginas reconocemos que surge lentamente el sentido de la historia que, siglos más tarde, llegará a su madurez presente. Las crónicas del Próximo Oriente, con la sola excepción de algunas de los hititas, no fueron más que tentativas para agrupar acontecimientos importantes alrededor de personajes notables, y se escribían mucho tiempo después. Y el autor, en su ignorancia, incorporaba libremente en la relación todos los errores y las deficiencias de las informaciones y de las tradiciones que entonces debían ser del dominio público. Los cronistas mencionaban lo que sabían y no les importaba lo que ignoraban. Enumeraban los acontecimientos unos después de otros, pero sin preocuparse del verdadero orden cronológico. Se copiaban unos a otros, modificando a su antojo los pasajes que consideraban poco claros, incorporando incluso a la narración anécdotas que tal vez habrían oído contar de sus antepasados. Todo este material pasaba íntegro al cronista siguiente, que no procedía de otro modo. La «Crónica de Babilonia» más importante que existe ha llegado hasta nosotros en forma de copia de copias y data de la época de Ciro el Grande (550 antes de J. C.). La versión original debe remontarse a la más remota antigüedad; es todo cuanto de ella sabemos. Es curioso cómo los arqueólogos de hoy, basándose en unos documentos epigráficos que los cronistas babilónicos no tuvieron a su alcance, están en condiciones de señalar errores y deficiencias de unas crónicas y enmendar la plana a unos cronistas fallecidos hace más de tres mil años. Mejor dicho, lo curioso, lo que más sorprende no es la posibilidad de ejercer esa crítica, sino el hecho de que los arqueólogos se hayan dado cuenta de tal posibilidad y de que la hayan aprovechado.  Según un historiador moderno: «Ignoramos cuáles serían las fuentes de información antes de la «Crónica K»; pero, en todo caso, cuánto más brillante hubiera sido su descripción del reinado de Sargon y de su dinastía si el autor hubiera por lo menos utilizado las inscripciones reunidas en la biblioteca del templo de Nippur». Finalmente,  como complemento de las crónicas, cuyo texto las más de las veces confirman las «inscripciones reales», que no deben confundirse con las «listas reales», que los soberanos hacían grabar en piedra o en arcilla para dejar constancia, ante la posteridad, de las hazañas que habían tenido lugar durante su reinado.

Estas inscripciones conmemorativas, sin embargo, deben manejarse con la máxima cautela, pues es increíble el gran número de errores que contienen. Los monarcas orientales eran a menudo tiranos y siempre déspotas, y desde siempre tenían la costumbre de decidir lo que debía entenderse por verdad, o sea, en otras palabras, que ellos definían la verdad oficial, aun cuando para ello no fuesen necesarias ni órdenes ni consignas reales. El solo hecho de que el soberano fuese considerado como un superhombre implicaba ya el carácter excepcional y sobrehumano de sus actos. Sería un absurdo atribuir a los monarcas, empero, la paternidad de esas inscripciones por el mero hecho de que los textos empiecen invariablemente: «Yo, el gran rey...». El déspota no necesita componer su propio panegírico. Dejando aparte sus innegables defectos, esas inscripciones reales constituyen una valiosa aportación a la cronología, en cuanto permiten asociar, con un máximo de probabilidades, ciertos acontecimientos a personajes históricos determinados. En este caso es lo de menos que el hecho se presente tal como sucedió realmente o embellecido al gusto de la época. Después de haber citado las principales fuentes que nos permiten reconstruir la trama de la historia del Próximo Oriente, queda todavía un texto de apariencia muy modesta, descubierto en Nínive el siglo pasado en la famosa biblioteca de tablillas de arcilla de Asurbanipal (Sardanápalo). En un estilo muy simple y claro, este texto trata de las guerras entre Asiría y Babilonia y describe a la vez la naturaleza del tratado de paz que puso fin a la contienda. Los arqueólogos llaman a este documento «historia sincrónica» porque en él aparecen las historias asiría y babilónica en cierto modo sincronizadas. El texto en cuestión, que contiene catorce combinaciones sincrónicas diferentes, ha resultado de un valor incalculable para los arqueólogos. A costa de ímprobos trabajos, los arqueólogos consiguieron reconstituir la trama de la cronología del Próximo Oriente. La importancia excepcional de este texto radica en que nos ha suministrado la clave del «sincronismo», palabra mágica que cual otro «sésamo» ha permitido abrir las puertas de las oscuras cavernas del pasado.

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Es materialmente imposible dar siquiera una sucinta idea de la paciencia con que los investigadores se aplicaron a descifrar esos sincronismos. Basándose en un puñado de fechas conocidas, esos historiadores se propusieron establecer un sistema de coordenadas que abarcara dos milenios de la historia antigua. Es imposible reducir a un común denominador los millares y millares de artículos que se han consagrado a temas en apariencia insignificantes. Es precisamente en el campo de la cronología que más escasean los estudios de conjunto. Incluso las tablas cronológicas son muy raras, y no sin razón, puesto que los arqueólogos que se atrevían a publicar alguna eran expuestos a un tal cúmulo de críticas por parte de sus mismos colegas, que no les quedaban ganas de reincidir. Es por este motivo que en un principio se obtuvieron únicamente fechas aisladas. No fue hasta mucho más tarde que se compusieron verdaderas cronologías. El método comparativo, sin tregua ni reposo alguno, siempre en pos de más sincronismos, a la larga habría acabado por perder todo su valor si no hubiera desbordado pronto el marco de la historia asirio-babilónica. En primer lugar tenemos, como elementos de comparación, los hechos relatados por la Biblia, que es también una crónica además de un libro religioso. Pero muy pronto pasó a primer plano como principal elemento de comparación el cuadro cronológico de los egiptólogos. Fueron, en efecto, estos egiptólogos quienes facilitaron a los asiriólogos las primeras fechas exactas, que hubiera sido muy difícil conseguir estudiando únicamente los documentos de Mesopotamia. La tarea de los egiptólogos fue relativamente fácil, pues el material epigráfico de que disponían era realmente considerable. Durante muchos años los arqueólogos habían hallado a flor de tierra lo que sus colegas en Mesopotamia, desde Bodtta y Layard, desenterraban, a copia de esfuerzos inauditos, de sus escondrijos milenarios. Además, en la relación escrita por el sacerdote egipcio Maneton (hacia el 280 antes de J. C), los egiptólogos disponen de un cuadro sinóptico del pasado egipcio, a partir del reinado de Menes, fundador de la primera dinastía, hasta la conquista de Egipto por el rey de Persia Artajerjes III, en el año 343 a. de J. C. A pesar de todas sus deficiencias, se trata de un documento digno de crédito, que ofrecía una base cronológica seria. Por otra parte, las listas reales egipcias son incomparablemente mejores, más claras y más extensas y explícitas que las halladas en Mesopotamia. Y las inscripciones conmemorativas en Egipto son innumerables.

Pero el hallazgo que supera a todos los demás en importancia es el calendario egipcio; que es de un valor inapreciable por su claridad y casi idéntico al calendario juliano utilizado en Occidente hasta el siglo XVI después de J. C. Raramente tuvieron tanta suerte los historiadores, los cuales gracias a este calendario pudieron identificar las primeras fechas fijas de la historia del Próximo Oriente. Influidos por la Naturaleza, que cada año aportaba la bienhechora crecida del Nilo, los egipcios basaban sus cálculos, como es natural, en el «año del Nilo». Muy pronto, en la historia de Egipto, los sacerdotes habían observado que este año el Nilo coincidía con la trayectoria anual de la estrella fija Sirio, que ellos conocían por el nombre de Sothis, símbolo de la diosa Isis. Según cálculos de los astrónomos modernos, un año sótico (de Sothis, Sirio) corresponde casi exactamente a un año solar. Después de los cálculos sumamente complicados que realizaron los egiptólogos en colaboración con astrónomos y matemáticos, se logró averiguar la existencia de una pequeña diferencia, o sea que 1.461 años egipcios corresponden a 1.460 años solares del calendario juliano, descubrimiento que resultó muy provechoso para el estudio de la cronología. Dicha diferencia se debe a la «salida anticipada» de Sirio, que los sistemas modernos de investigación permiten calcular ahora exactamente. Con el llamado «ciclo sótico», de la noche a la mañana se puso en manos de los arqueólogos un medio indiscutible para establecer sus puntos de referencia con absoluta certeza. El primer punto fijo, la primera fecha cierta, lo debemos a un escritor romano llamado Censorinus, el cual describió con tanta precisión el final de un ciclo sótico, que los astrónomos, computando la elevación de Sirio, pudieron determinar, sin lugar a dudas, que el hecho se había producido el año 137 después de J. C. Partiendo de esta fecha, bastaba ir deduciendo períodos de 1460 años julianos para poder determinar nuevas fechas hacia atrás. Los matemáticos hubieran podido seguir calculando indefinidamente hasta llegar a la más remota antigüedad, si los arqueólogos, que están más en contacto con la realidad, precisamente porque tocan «tierra» a través de sus excavaciones, no hubieran hecho observar que nada probaba la existencia de una civilización digna de este nombre en el cuarto ciclo.

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La otra fecha que dentro del cuadro de este estudio se logró fijar fue el 19 de julio del año 237 antes de J. C. (calculado según el calendario juliano, que todavía no existía entonces), por una inscripción del llamado «Decreto de Canope», en el que se hace referencia a la «aparición de Sothis». Luego, un papiro al que dio su nombre el egiptólogo y novelista Georg Ebers, permitió fechar, con ayuda de la astronomía, el principio de la XVIII dinastía, y gracias a otro papiro, el de la XII dinastía. El Papiro Ebers es uno de los más antiguos tratados médicos conocidos. Fue redactado en el antiguo Egipto, cerca del año 1500 antes de nuestra era; está fechado en el año 8º del reinado de Amenhotep I, de la dinastía XVIII. Descubierto entre los restos de una momia en la tumba de Assasif, en Luxor, por Edwin Smith en 1862, fue comprado a continuación por el egiptólogo alemán Georg Ebers, al que debe su nombre y su traducción. Se conserva actualmente en la biblioteca universitaria de Leipzig. Es también uno de los más largos documentos escritos encontrados del antiguo Egipto: mide más de veinte metros de longitud y unos treinta centímetros de alto y contiene 877 apartados que describen numerosas enfermedades en varios campos de la medicina como: oftalmología, ginecología, gastroenterología…, y las correspondientes prescripciones, así como un primer esbozo de depresión clínica respecto al campo de la psicología. La farmacopea egipcia de la época recurría a más de 700 sustancias, extraídas en su mayor parte del reino vegetal: azafrán, mirra, áloes, hojas de ricino, loto azul, extracto de lirio, jugo de amapola, resina, incienso, cáñamo, etc. El papiro también incluye varios remedios obtenidos de insectos y arañas. Es a partir de entonces que las listas reales cobraron inesperadamente una gran importancia, por cuanto permitieron encajar las fechas de los reinados de diversos faraones en la armazón del nuevo cuadro cronológico. Los asiriólogos se aprovecharon también de los descubrimientos de las nuevas fechas fijas, pues ya les fue posible fechar la correspondencia, los tratados y relaciones de batallas que se referían a sucesos acaecidos en Egipto o relacionados con su historia.

Para empezar, todo parecía ir como una seda, pero pronto hubo de reconocerse que si bien era cierto que el ciclo sótico representaba una real ayuda en la determinación de las fechas hasta el segundo milenio, las indicaciones relativas a períodos anteriores eran bastante vagas y resultaban problemáticas. El gran historiador alemán Eduard Meyer se jacta en su Cronología egipcia, aparecida entre 1904 y 1908, de haber calculado, basándose precisamente en los ciclos sóticos, la fecha más antigua de la historia universal: ¡el 19 de julio de 4291 antes de J. C.! Ahora bien, como ya hemos dicho, en la actualidad sabemos que muy probablemente el ciclo sótico no sirve para fechar los acontecimientos del antiguo Imperio, por la sencilla razón de que entonces todavía no existía el calendario sótico. Fueron los matemáticos quienes sostuvieron esta tesis en sesudos y prolijos tratados, y la mayoría de los egiptólogos han acabado por dejarse convencer. Es la evidencia misma que para los asiriólogos, y naturalmente, para toda la cronología de los países del Próximo Oriente, esto representaba un golpe muy rudo, un verdadero desastre. Y ahora volvemos por fin a la cuestión que nos llevó a extendernos en este capítulo cronológico, o sea: los doscientos años vacíos durante los cuales se interrumpe el curso de la historia de los hititas. Aun cuando la armazón cronológica de la historia babilónica había podido por fin ser reconstituida, quedaba, hasta muy recientemente, un problema por resolver, y este problema no era otro que el ponerle fechas al reinado de Hammurabi, que  fue el sexto rey de Babilonia durante el Primer imperio Babilónico, desde el año 1792 al año 1750 a. C. según la cronología del Antiguo Oriente Próximo. Se convirtió en el primer rey del Imperio Babilónico después de la abdicación de su padre, Sîn-Muballit, al extender el control de Babilonia sobre Mesopotamia tras vencer varias guerras contra los reinos vecinos. Aunque su imperio controlaba toda Mesopotamia en el momento de su muerte, sus sucesores fueron incapaces de mantenerlo. Hammurabi es conocido por el conjunto de leyes llamadas Código de Hammurabi, uno de los primeros códigos de leyes escritas de la Historia. Estas leyes fueron inscritas en una estela de piedra de 2,4 m de altura, encontrada en Persia en 1901 pero de procedencia desconocida. Gracias a su reputación en tiempos modernos como antiguo legislador, el retrato de Hammurabi se encuentra en numerosos edificios de gobierno de todo el mundo.

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Desde hacía mucho tiempo se había logrado fijar en la historia las fechas relativas a varios soberanos de importancia más bien secundaria y, en cambio, a pesar de todas las tentativas, de todos los esfuerzos y de toda la sagacidad de los arqueólogos, ninguno había conseguido situar en su contexto histórico al célebre legislador Hammurabi, sin duda alguna el más grande monarca de Mesopotamia. Partiendo de ciertos sincronismos reconocidos como exactos, se calculaba una y otra vez la duración de los reinados consignados en las listas reales, y por más que incluso se echara mano de la arqueología artística, esta especialidad de los que «leen» los estratos y sacan importantes deducciones del examen de las características estilísticas de trozos de cerámica y de las esculturas, siempre se obtenía el mismo resultado; siempre se llegaba al siglo XX o al XIX antes de J.C. Todo parecía confirmar esta fecha temprana y ningún indicio abonaba la suposición de que Hammurabi hubiera podido vivir en una época posterior más cercana a nosotros. Era un dato que nadie había tomado hasta entonces en serio, y estaba contenido en un texto legal del «décimo año del reinado de Hammurabi» y en el que se juraba «por Marduk, Hammurabi y Samsi-Adad». Marduk era el dios supremo. Hammurabi, el legislador de Babilonia, pero en cambio, Samsi-Adad era un rey asirio, el cual, según todos los demás documentos, no podía haber sido contemporáneo de Hammurabi, sino que debería situársele doscientos años antes. Se consideraba, pues, esta clase de juramento como una «fórmula tradicional» y nadie cayó en la cuenta de que podría existir una relación cronológica entre Hammurabi y Samsi-Adad, y es precisamente porque se pasaba por alto esta eventualidad que faltaban doscientos años en la historia hitita. Esto hubiera tenido relativamente poca importancia, de haberse tratado de la antigua cronología egipcia o mejor aún de la asirio-babilónica, en las que abundan los reyes y las dinastías. El vacío hubiera podido pasar inadvertido, pues bien poco hubiese costado el situar a Hammurabi en algún lugar adecuado. Pero cuando se descubrió el Imperio de los hititas, en una época en que el material epigráfico era escaso y en la que no se disponía de lista real alguna, no había manera de escamotear dos siglos de historia.

Ante el absurdo que representaba este hueco de doscientos años, se llegó gradualmente a considerar si tal vez sería cuestión de proceder a una revisión de la cronología. El arqueólogo alemán Weidner situó el reinado de Hammurabi entre los años 1955-1913 antes de J. C., lo que ya significaba un cierto rejuvenecimiento en relación con las evaluaciones anteriores. En 1938 el americano Albright sugirió entre 1868 y 1826 antes de J. C., y en 1940 otro alemán, Ungnad, afirmaba que vivió entre 1801 y 1739 antes de J. C. Pero todas estas suposiciones eran falsas. La prueba tan esperada, que sólo podía proceder de un sincronismo irrebatible, fue hallada por fin en el curso de una excavación arqueológica. Allá por el año 1930, hallándose un oficial francés destacado en Tell-Hariri, a caballo sobre la frontera de Siria y del Irak, observó cómo unos beduinos se dedicaban a buscar grandes bloques de piedra para cubrir la tumba de uno de los suyos, a fin de protegerla contra las depredaciones de los animales salvajes. Al regresar los beduinos al cabo de mucho rato, el teniente les preguntó cómo les había ido la búsqueda, y ellos le contestaron contándose historias singulares, entre ellas que habían encontrado una gran piedra que representaba una forma humana, de estatura extraordinaria, pero sin cabeza. El teniente elevó el correspondiente informe, y, como consecuencia de ello, en 1933 llegaba a Tell-Hariri el profesor André Parrot, primer conservador de los museos de Francia, el cual el 23 de enero de 1933, en el curso de las primeras excavaciones, desenterró una pequeña estatua cuyas inscripciones le revelaron que se encontraba en las ruinas de la antigua «ciudad real de Mari». Mari fue una ciudad antigua situada al oeste del Éufrates en la actual Tell Hariri (Siria). Estuvo habitada desde el quinto milenio a.C y su etapa de mayor esplendor fue entre el 2900 a. C. y el 1798 a. C., cuando fue saqueada por Hammurabi. En la Biblia, Abraham pasó a través de Mari en su viaje desde Ur a Harán. Durante veinte años, dejando aparte «la desagradable interrupción debida a la segunda guerra mundial», Parrot exploró a fondo las ruinas de esta ciudad real, «la décima después del Diluvio», y puso al descubierto el emplazamiento de una ciudad por la que habían pasado tres mil años de civilización.

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Pero el hallazgo más interesante que hizo el profesor Parrot fue el de los archivos de los reyes de Mari, que comprenden veinte mil tablillas inscritas con cartas y tratados, documentos, comunicaciones, crónicas y reseñas de la vida cotidiana de aquel tiempo, entre las cuales una que relata la historia, con alto contenido humano, del «León en el desván».  Para que se entienda mejor recordaremos que la caza del león era entonces privilegio real: «Así habla Jakim-Addad, tu servidor: Hace poco escribí a mi señor como sigue: “En el desván de la casa de Akkaka fue capturado un león. Si este león debe permanecer en el tejado hasta que mi amo llegue, ruego a mi amo que me lo escriba; si debo conducirlo a mi señor, que éste se digne decírmelo por escrito”. Ahora, la respuesta de mi amo se ha hecho esperar, y el león lleva ya cinco días tendido en el tejado. Le hemos echado un perro y un cerdo; también se come el pan. Yo me dije: “Este león podría provocar el pánico entre el vecindario” Entonces tuve miedo y lo encerré en una jaula de madera; la haré cargar en un barco y que se la lleven a su amo». No era esta clase de anécdotas, naturalmente, lo que más interesaba a los arqueólogos. Lo más importante de los archivos de Mari era un documento que constituye la prueba irrefutable de que Samsi-Adad I había subido al trono antes que su contemporáneo Hammurabi. Ahora bien, como gracias a la lista real asiría había podido, mientras tanto, calcularse con bastante exactitud el reinado de Samsi-Adad, entre 1780 y 1750 antes de J. C, aproximadamente, podía ya situarse sin duda alguna el de Hammurabi alrededor de 1700 antes de J. C. Hoy podemos «casi» afirmar, gracias a los innumerables documentos examinados, que Hammurabi reinó de 1728 a 1686 antes de J. C. De golpe, pues, quedaba esclarecido uno de los problemas cronológicos más exasperantes de la historia del Próximo Oriente. Luego, de sincronismo en sincronismo, fue posible remontarse en el pasado y fijar por primera vez una fecha probablemente muy exacta al reinado de Sargón I, el cual hasta pocos años antes era todavía considerado como un personaje de leyenda. Esta fecha es el año 2350 antes de J. C.

En aquel entonces, Sargón debió de fundar el primer gran Imperio, y es la fecha más antigua que se ha podido alcanzar con pretensiones de verosimilitud. El profesor Antón Moortgat, de la Universidad de Berlín, la menciona en su Historia del Asia Anterior hasta el Helenismoaparecida el año 1950. Benno Landsberger y Hans Gustav Güterbeck (ambos de la Universidad de Chicago) comunicaron que acababan de surgir nuevas dudas sobre «la cronología corta», habiendo sido el primero en emitirlas Albrecht Götze, de la Universidad de Yale. Pero luego Landsberger las había fundamentado en un brillante y largo artículo, que llegó a calcular para Samsi-Adad I una nueva fecha: 1852 antes de J. C.. Pero en este caso, ¿cuáles son las verdaderas fechas para Hammurabi? Al dar cuenta de las excavaciones realizadas en el territorio que perteneció al Imperio de los hititas, hemos puesto de relieve cuan escaso era, en un principio, el material epigráfico de que se podía disponer, y cómo solamente a partir de 1907 los importantes hallazgos de textos cuneiformes redactados en acadio permitieron sacar las primeras conclusiones. O sea, que el descifre de las inscripciones hititas propiamente dichas no empezó hasta el año 1915. En las mallas demasiado anchas del cañamazo cronológico establecido por asiriólogos y egiptólogos no podían quedar prendidas muchas fechas. Por otra parte, las listas reales tampoco podían ser utilizadas tal cual, sino que era preciso reconstituirlas, por cuanto no indicaban la duración de los reinados respectivos. Y el consabido vacío o hueco de los doscientos años había inducido a los historiadores a admitir la existencia de dos imperios hititas, el «antiguo» y el «nuevo», que correspondieran a las épocas conocidas de antes y después del «hueco» de su historia. Esta división no podía ser más arbitraria. Ahora que el famoso «hueco» ha sido ya llenado, sabemos que la historia del Imperio hitita no conoció laguna de ninguna especie en su desarrollo, sino que fue continua. Con todo, incluso en la actualidad disponemos tan sólo de dos fechas verdaderamente ciertas en las listas reales reconstituidas. Estas fechas son los años 1590 y 1335 antes de J. C, que han sido confirmadas por sincronismos babilónicos y egipcios. En 1590 murió Mursil I, muy poco después de la toma de Babilonia, y el año 1335 antes de J. C fue el de la muerte de Shubiluliuma, acaecida cuatro años después de la de Tutankhamen, según rezan documentos egipcios.

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Existe actualmente un número relativamente importante de sincronismos que nos permiten datar con bastante seguridad acontecimientos que se desarrollaron en algún decenio determinado. Y podemos afirmar que conocemos al dedillo la cronología hitita. Conviene mencionar que una de las ramas más modernas de la ciencia, la que trata de la estructura y de la desintegración del átomo, pone a la disposición de los arqueólogos un procedimiento seguro para determinar con exactitud la antigüedad de los objetos. Este nuevo procedimiento se basa en las propiedades del «Isótopo C 14». Los químicos designan con el nombre de isótopos a varias clases de átomos pesados que forman parte de un mismo núcleo. Hay isótopos naturales y sintéticos. Entre los primeros se encuentra el C 14, o carbono radiactivo, que se produce en las capas superiores de la atmósfera de nuestro planeta al bombardear átomos de nitrógeno los rayos cósmicos. Aun cuando sean en número reducido, estos isótopos son asimilados por las plantas y, por consiguiente, pasan también a los animales herbívoros. Entre las características más importantes de tales isótopos figura su radiactividad, que ayuda a conocer la duración de su «vida», y por ende la velocidad de su desintegración.  Como a la muerte de una planta o de un animal cesa la excreción del isótopo C 14, su posterior desaparición se realiza a una velocidad de desintegración conocida. La materia subsistente, ya sea una fibra o un huesecito, contendrá el C 14 en cantidades variable, y la determinación minuciosa de esta cantidad revelará la edad de la materia en cuestión. Un especialista eminente en esta rama de la ciencia es el doctor Williard Libby, de la Universidad de Chicago. Nacido el año 1908 en el Estado de Colorado (EE.UU.), empezó preparándose para la carrera de ingeniero, pero por fin optó por la química, especializándose en los fenómenos radiactivos. Durante la última guerra mundial contribuyó al desarrollo de la bomba atómica. El 9 de enero de 1948 es una fecha memorable en la ciencia de la cronología de la antigüedad. Bajo la presidencia del doctor Libby se reunieron aquel día los representantes de todas las ciencias relacionadas con la cronología para tratar de la posibilidad de averiguar la edad de una materia orgánica mediante el cálculo de su contenido en carbono radiactivo.

Como resultado de las deliberaciones, el doctor Libby reunió en su laboratorio una serie de objetos como jamás se había visto otra igual en el gabinete de trabajo de un químico de nuestros días: una colección de huesos de todos los tamaños, fragmentos vegetales, trozos de tela, astillas, restos de animales y vegetales, residuos de excrementos encontrados en las tumbas, urnas y pirámides procedentes de los reinos y de los imperios de los faraones y de los grandes reyes, de los mogoles, de los caciques de todas las épocas y de todos los pueblos de la tierra. Desde entonces el doctor Libby no para un momento y somete los análisis y sus conclusiones a la crítica severa de los arqueólogos, los cuales a su vez han debido a menudo revisar sus propias evaluaciones. Al principio el doctor Libby trabajaba con una aproximación de unos 180 años, pero desde entonces ha perfeccionado el método y reducido considerablemente las probabilidades de error. No hay duda de que esta técnica de datar ha abierto grandes perspectivas a la cronología antigua. Para el arqueólogo —y para los que no lo son, también— es algo fantástico que los objetos aislados, carentes de vida, incluso separados de su contexto natural, revelen su edad exacta. Esta maravilla de la ciencia moderna está redundando en beneficio del estudio de la prehistoria, pues más allá de las fechas bien conocidas de la historia, profundizando en el pasado remoto, todo se vuelve confuso e insondable. El problema de la determinación de la edad de la Humanidad ya no será resuelto mediante la combinación de teorías emitidas por los prehistoriadores, los zoólogos y los geólogos, sino que será el resultado de mediciones rigurosamente exactas, matemáticas, por decirlo así. Esto no significa, claro está, que la cronología, que es una ciencia cuya finalidad estriba en el estudio de períodos y de épocas determinados de la historia antigua, haya cedido en importancia. La historiografía no tiene como objetivo la reconstitución de la historia de los reyes, sino la de las civilizaciones humanas. Aspira a describir las vidas y los sufrimientos de todos los seres que constituyen la raza humana. Con todo, es verdad que cuanto más nos remontamos en las tinieblas de las primitivas civilizaciones, tanto más satisfechos podemos considerarnos si logramos empezar reconstituyendo por lo menos la historia de la realeza. Sabemos de muchísimos monarcas que existieron en algún período de la historia. Pero eso es todo lo que de ellos hemos podido averiguar, pues al igual que sus súbditos y contemporáneos no dejaron tras de sí ni la más ligera sustancia susceptible de poder ser objeto de examen en un laboratorio.

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Según ha puesto de manifiesto la revisión de la cronología del Próximo Oriente, durante el famoso «hueco» de los doscientos años (alrededor del 1600 al 1400 antes de J. C.), no sucedió nada de lo que los investigadores habían imaginado. Ya no hubo necesidad de avanzar teorías arriesgadas para explicar la desaparición temporal de la civilización hitita, por la sencilla razón de que tal desaparición nunca existió. De los doscientos años, que en realidad solamente existían sobre el papel, ya no quedan ni las huellas. Entre el imperio del rey legislador Telebino y el de Tudhalia II (1460-1440 antes de J. C.), no hubo interrupción alguna, y entre uno y otro reinado desfilaron algunos monarcas cuyos nombres por ahora apenas conocemos. Y, sin embargo, es precisamente durante este período que tuvo lugar uno de los sucesos más significativos de la historia del Asia Anterior. Mejor dicho: se produjeron ciertos cambios, que es difícil situar en el tiempo y en el espacio, poco perceptibles en un principio, pero que gradualmente, hacia mediados del segundo milenio antes de J, C., llegaron a alterar el modo de vivir de los pueblos. Uno de los factores políticos dominantes de la época es la consolidación y la expansión de los hurritas, que hacía tiempo habían aparecido en tribus aisladas al este del país de los hititas, hasta Siria, y dirigidos por reyes de origen indo-persa, algunos de los cuales llevaban nombres hindúes. Habían llegado a formar el poderoso Imperio de Mitanni, que alcanzó un alto grado de civilización, y aprovechándose de la debilidad temporal de los reyes hititas, después de la muerte de Mursil I, llegaron a constituir una seria amenaza para el país de Hatti. Mitani o Mitanni fue el nombre de un antiguo reino ubicado en el norte de la actual Siria, también conocido como Naharina. Se puede considerar que el reino Mitanni existe desde antes del 1500 a. C. Como concepto geográfico, este nombre se utilizó más adelante para designar también a la región comprendida entre el río Jabur y el río Éufrates en la época neoasiria. El nombre Mitanni se habría conservado entre los kurdos (la tribu Motikan) que habitan justo los mismos territorios que el antiguo reino. Mitani fue un estado feudal dirigido por una aristocracia militar que llegó a la zona en torno al 1800 a. C. o al 1700 a. C. y que llegó a adquirir una gran importancia en torno al 1600 a.C., debido a su privilegiada situación a orillas del río Orontes y entre los imperios asirio, egipcio e hitita. Este reino habría sido conquistado por Asiria, quedando anexionado en 1270 a. C. y convertido en el virreinato o provincia de Hanigalbat.

Mitani se extendía desde Nuzi (moderna Kirkuk) y el río Tigris en el este, hasta Alepo y Siria en el oeste. Su centro estaba en el valle del Jabur, con dos capitales: Taidu o Taite, y Wassugani (denominada en las fuentes asirias como Ushshukana), que aún no ha sido localizada con total seguridad,[1] y por lo tanto no ha sido excavada. Toda su superficie permitía la agricultura sin necesidad de irrigación artificial. Su clima era muy parecido al asirio y estaba poblado por indígenas hurritas y otras gentes que hablaban el lenguaje de los amorreos (Amurru). Mitanni fue probablemente un término nativo del país. Los hititas llamaban al país Hurri o Jurri y en un texto de Mursili I (siglo XVI a. C.) se cita a un “rey de los hurritas”. Los asirio-acadianos lo citan como Hanigalbat (Janigalbat) y los asirios no usaron el nombre Mittani hasta una época en la que ya el reino no existía (indicando entonces un término geográfico y no político). Los egipcios lo citan como Naharina (en asirio acadiano quiere decir “río”). Mitanni es mencionado por primera vez en las fuentes egipcias sobre el 1480 a. C. en las memorias de un oficial egipcio llamado Amememhet, que sirvió a Amenhotep I (en torno al 1525-1504 a. C.) y tal vez a sus dos sucesores. Desde los tiempos de los acadios, los hurritas vivían al este del río Tigris en la zona norte de Mesopotamia, y en el valle del Jabur. Se los menciona en los textos encontrados en Nuzi, en Ugarit y en los archivos hititas de Hattusas. Textos cuneiformes de Mari mencionan gobernantes de ciudades-estado del norte de Mesopotamia con nombres en amorita (amurru) y hurrita. Se cree que las tribus enemigas hurritas y las ciudades-estado se unieron bajo una sola dinastía, gobernada por una élite indoeuropea, tras el colapso de Babilonia debido al saqueo hitita de Mursili I en 1595 a. C. y la invasión de los casitas. La conquista hitita de Alepo, la debilidad de los reyes asirios del momento y las luchas internas de los hititas crearon un vacío de poder en el norte de Mesopotamia. Esto llevó a la creación del reino de Mitani. Los nombres indo-arios se reflejan sobre todo en la onomástica de los reyes y de los dioses mitanios. Por otra parte, el componente hurrita fue el transmisor de la vieja cultura sumeria.

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La primera mención escrita de Mitani o Janigalbat figura en la versión acadia de los textos hititas de Bogazköy, correspondientes al reinado de Hattusili I. Khanigalbat y Mitani se usan indistintamente, aunque el primer término es más antiguo. Asimismo, Jurri y Mitani son términos estrechamente relacionados, pues corresponden a territorios vecinos de la misma comunidad lingüística, habitualmente gobernados por el mismo monarca. Sin embargo, geográficamente, Hurri se corresponde con la Alta Siria, entre el Cáucaso y el lago Van, mientras que Janigalbat está en la Alta Mesopotamia, al norte y nordeste de la anterior, entre los ríos Tigris y Éufrates. La idea que se tiene de la historia de Mitani es forzosamente vaga, porque se dispone de pocos datos, y además proceden del exterior; principalmente, las cartas de Amarna y las introducciones históricas de varios tratados hititas hallados en Bogazköy. El estado de Mitani llegó a adquirir una importancia capital en torno al 1600 a. C. debido a su privilegiada situación entre los imperios Asirio, Egipcio e Hitita. Alcanzó su máximo poder en el siglo XV a. C., expandiéndose al sudoeste hacia Siria, donde logró contener a Egipto, hasta ser sustituido por Hatti como potencia dominante en el siglo XIV a. C. Contando con un ejército que introdujo mejoras determinantes como los carros de guerra y una potente caballería, la maquinaria bélica Mitani infligió varias duras derrotas al inmenso Egipto faraónico y llegó a invadir Asiria (hecho que aún los historiadores no se explican dado el potencial bélico del imperio semita). Mitani no conseguiría mantener su territorio a salvo de conquistas. Por un lado, el territorio entre el alto Éufrates y el Tigris había sido objetivo de la expansión hitita desde los tiempos de Hattusili I. Por otro lado, tras las derrotas de los hicsos, los faraones egipcios trataron de reconquistar los territorios de Retenu que una vez poseyeron en el norte de Siria. El auge hitita y los conflictos dinásticos de Mitani debilitaron el reino, siendo eventualmente subyugado por una resurgida y de nuevo poderosa Asiria, tan solo 250 años después de su surgimiento. Nos dejaron un valioso legado destacando su innovadora organización administrativa y un refinado arte con influencias diversas, tanto arias como semitas y egipcias.

Los hurritas (hórreos en el Antiguo Testamento, surabitas en los documentos de Babilonia) fueron un pueblo que habitó en la antigüedad una región centrada en el valle del río Khabur (norte de Mesopotamia y sus alrededores), lo que comprende los actuales sudeste de Turquía, norte de Siria e Irak y noreste de Irán. Entre los numerosos estados que fundaron, destaca el de Mitani, que fue una de las grandes potencias de su época. Su distribución es similar a la de los kurdos en la actualidad. El principal problema existente a la hora de estudiar a los hurritas es la escasez de fuentes directas. En 1887 en los archivos de El-Amarna (Egipto) se encontró una carta de un rey de Mitani, Tushratta, escrita en un idioma que al principio se llamó mitano. Sin embargo, pronto salieron a la luz los archivos hititas de Hattusa, donde a la lengua de los mitani se le llamaba hurrita, de donde tomó su nombre el pueblo que la hablaba. Los documentos hititas han sido la principal fuente para el conocimiento de la cultura hurrita, aunque también han resultado útiles documentos de otras potencias (Egipto, Babilonia, Ugarit) y restos arqueológicos. Particularmente interesantes son los documentos escritos tanto en hitita como en hurrita, ya que han ayudado a descifrar partes importantes de esta última lengua. Las evacuaciones de los hurritas se llamban joeks y sólo tenían acceso a estos transportes algunos adinerados y los jefes. Es mucho lo que se desconoce sobre la historia de los hurritas, sobre todo en lo referido a sus orígenes, pero parece que al llegar al valle del Khabur establecieron diferentes reinos, entre los cuales el más importante fue el de Mitanni, que luego fue destruido por los hititas y los asirios. Con la caída de los hititas se pierde la principal fuente documental acerca de los hurritas, lo que dificulta saber que ocurrió con éstos. El origen de los hurritas es un aspecto controvertido de su historia, y existen diversas teorías: la dos más comunes los identifican como oriundos de Anatolia oriental o de la región Kura-Araxes. Ya en la época de Agadé (2200 a. C.) se atestiguan nombres hurritas en la región del río Khabur, lo que indicaría un movimiento de éstos hacia los lugares que ocuparían con posterioridad. Según algunos historiadores, en esta migración se habrían visto acompañados por los armenios, con los que se habrían mezclado anteriormente en el Cáucaso.

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Aunque está claro que los hurritas no eran de cultura indoeuropea, o, al menos, no hablaban una lengua indoeuropea, se ha especulado durante mucho tiempo sobre una posible influencia indoeuropea en la cultura hurrita, e incluso se ha llegado a afirmar que los hurritas estaban dominados por una aristocracia indoeuropea y se apuntaba que el nombre «mitani» podría ser una palabra iraní (mariyannu: ‘noble’) o sánscrita. En la actualidad, estas teorías han caído en desuso, principalmente porque se han identificado raíces hurritas en la mayoría de las palabras y nombres considerados de origen indoeuropeo. Aunque parece que hubo un cierto contacto con pueblos iranos, de los que hurritas pudieron aprender el arte de la doma de caballos, no hay razones que permitan afirmar que elementos iranos estuvieran al mando de la sociedad hurrita. Después de la caída del imperio de Agadé, los hurritas fundaron una serie de reinos. Es muy posible que existiera una relación entre este poderoso crecimiento de Mitanni y la repentina e irresistible invasión de Egipto emprendida por los hicsos. En el estado actual de las investigaciones, y habida cuenta de la exigüidad de los documentos que los historiadores tienen a su disposición, esta invasión hicsa tiene el aspecto de un fenómeno mítico. Bruscamente, de la oscuridad de los tiempos, surge un pueblo nómada y salvaje, conocido indistintamente por el de «los reyes pastores» o de los «caudillos extranjeros», el cual, avanzando por el lado norte, penetra en el delta del Nilo, de donde expulsa a los faraones, se apodera del gobierno y lo conserva durante un siglo, hasta que, derrotados a su vez por el faraón Amosis, los invasores se retiran para entrar de nuevo en las tinieblas de la Historia, tan misteriosamente como de ella salieron cien años antes.

Nebpehtyra Ahmose, o Ahmose fue el faraón fundador de la Dinastía XVIII del Imperio Nuevo de Egipto, aunque es más conocido como Ahmose I, o como le denominó Manetón, Amosis, según Eusebio de Cesarea en la versión del monje Jorge Sincelo. Reinó de 1550 a 1525 a. C. Sus títulos de trono y nacimiento eran Neb-pehty-Ra Ah-mose. Era miembro de la casa real de Tebas, hijo del faraón Seqenenra Taa y hermano del que sería el último faraón de la Dinastía XVII, Kamose. En algún momento durante el reinado de su padre o de su abuelo, Tebas se rebeló contra los hicsos, que gobernaban el Bajo Egipto. Cuando contaba siete años su padre murió de muerte violenta, posiblemente en guerra, y tenía alrededor de diez años al morir su hermano por causas desconocidas tras un corto reinado de probablemente tan sólo unos tres años. Amosis I asumió el trono tras la muerte de su hermano, y tras su coronación fue conocido como Neb-pehty-Ra. Durante su reinado, Amosis completó la conquista del Bajo Egipto y la expulsión de los hicsos del delta del Nilo, restaurando el gobierno de Tebas sobre todo el territorio de Egipto. También restauró el poder egipcio sobre los territorios de Nubia y Canaán. Después reorganizó la administración del país, reabrió canteras, minas y rutas de comercio, comenzando proyectos de construcción masivos de un tipo que no se había abordado desde la época del Imperio Medio. El reinado de Amosis puso los cimientos a la creación del Imperio Nuevo, en el que el poder egipcio llegó a su punto más alto. La expansión de los hurritas, la grandiosa migración de los hicsos, en la que probablemente participaron los hurritas, luego la invasión de los kasitas, los cuales, procedentes de Persia, se apoderan de la ciudad de Babilonia destruida por los hititas y subyugan todo el país… Tales son los acontecimientos dramáticos de este período turbulento de la historia del Próximo Oriente. Pero el panorama resultaría incompleto si se pasara por alto lo esencial de esta evolución política, o sea que la súbita invasión hicsa no fue única, sino que debe considerarse como una de las muchas olas migratorias que repentinamente se habían abatido sobre el Asia Anterior. En realidad, en el transcurso de aquella efervescencia de los pueblos antiguos, se produjo un hecho enteramente nuevo, algo que por sí solo basta a explicar el empuje irresistible del pueblo hicso, verdadero alud humano, que prácticamente no encontró resistencia a su paso. Un descubrimiento que estaba destinado a revolucionar de un modo decisivo el curso de las civilizaciones del Próximo Oriente y, por ende, la misma historia del mundo.

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En efecto, en algún lugar y en algún momento de la historia, empezó a desarrollarse entre los hititas, los hurritas, los kasitas y los hicsos bárbaros la cría del caballo y la equitación, habiéndose incluso inventado un tipo de carro de dos ruedas, el cual, perfeccionado, se convirtió en un carro ligero de combate, cuya influencia en la historia de los pueblos fue capital. Durante las excavaciones que se realizaron en el emplazamiento de la antigua Hattusas, cerca de Bogazköy, siempre a la búsqueda de tablillas de arcilla, apareció un buen día un texto de unas mil líneas que trataba de la cría caballar. Este documento hitita es tanto más interesante cuanto que, sobre constituir el más antiguo Manual de hipología que poseemos, data por lo menos de 3.400 años. Como queda dicho, el texto está redactado en lengua hitita y fue hallado en el lugar de Hattusas, antigua capital del reino de Hatti. Pero el hombre a quien debemos considerar como su autor es un tal «Kikkuli, del país de Mitanni», o sea un hurrita, que emplea repetidamente en el texto palabras técnicas sin duda alguna derivadas del sánscrito, lo cual no puede sorprendernos si recordamos que algunos reyes hurritas llevaban nombres hindúes. Esto nos hace suponer que algún rey hitita había tomado a su servicio a un ganadero entrenador de caballos del país de Mitanni, de donde procedían a la sazón los mejores especialistas hípicos del país, seguramente para mejorar la raza caballar autóctona. Las reglas de Kikkuli para el adiestramiento de los caballos —adiestramiento que tenía siete meses de duración—  se distinguen por su extrema pedantería, lo cual por sí solo denota ya la existencia de una antigua tradición. Los procedimientos empleados son descritos en el tratado con todo detalle. De todo ello se desprende que los «inventores» de la cría caballar no fueron ni los hititas ni los hurritas. Con toda seguridad no salieron de dichos pueblos los primitivos jinetes, antes bien todo hace suponer que debemos buscar el origen de la equitación más al este, en Asia. Y como, por otra parte, el efecto devastador de la nueva arma, el carro de combate, estaba supeditado a la utilización de los caballos bien adiestrados, es obvio que tampoco lo inventaron los hititas. Pero una cosa es cierta. En medio de la confusión reinante en aquella parte del mundo, cuando a mediados del II milenio antes de J. C., los hurritas iniciaron sus correrías, los kasitas y los hicsos salvajes, sin que tengamos indicio alguno que nos permita sospechar que el núcleo principal hitita, o sea el asentado en el recodo del Halys, llegara a verse seriamente amenazado, los hititas asimilaron todos cuantos conocimientos pudieron adquirir en materia de caballos y carros durante sus numerosos contactos con sus turbulentos vecinos.

No sólo mejorarían los métodos de adiestramiento de los caballos, sino que, fruto de la confrontación de sus propias experiencias con las de los demás pueblos, fue el nuevo artefacto guerrero, gracias al que iban a poder librar, y ganar, la batalla más trascendental de los tiempos antiguos. El arma cuyo solo ruido, según leemos en la Biblia, hacía templar a los sirios: el carro ligero de combate, precursor del tanque moderno autónomo. Es curioso que la primera consecuencia del amansamiento del caballo no fuera la creación de la caballería propiamente dicha, sino que le precediera la formación de un cuerpo de carros de combate tirados, eso sí, por caballos. Sorprende asimismo que después de haber empezado por desempeñar un papel tan importante en la estrategia de los pueblos del Asia Anterior, la desaparición de los hititas acarreara la de la equitación como arte y como arma de combate, pues es sabido que ni los griegos ni los romanos conocieron la «caballería» como fuerza montada, sino que tuvieron solamente jinetes. El carro ligero de combate, tal como lo perfeccionaron los hititas, debió de constituir una novedad tal, que bien podemos echar mano de la palabra «invento» para designarlo. Es absurdo que los asiriólogos pretendan que los sumerios ya poseían un tipo de carro de combate. Los carros de los «cabezas negras», o sea los sumerios, claramente descritos en el Estandarte de mosaico exhumado por Woolley en Ur, eran unos vehículos pesados, de cuatro ruedas macizas, arrastrados por bueyes. Suponiendo que estos carros hubieran sido utilizados alguna vez en la guerra, su utilidad debía de ser más que problemática, y hacen pensar en los pesados armatostes de nuestra Edad Media que avanzaban lentamente por el campo de batalla siguiendo los pasos de los jinetes, a los que únicamente podían prestar un apoyo «moral». Lo más probable, sin embargo, es que estos vehículos sirvieran exclusivamente para el abastecimiento de los beligerantes.

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La gran superioridad de los hititas en la guerra radicaba en la velocidad de sus carros ligeros de combate, que no iban provistos de discos macizos, sino de dos ruedas de seis rayos cada una, y cuya elegante apariencia recuerda la de un dogcart inglés del siglo pasado. La creación de formaciones de carros de combate de estas características revolucionó la estrategia militar de la época. Cada carro de combate hitita transportaba a tres hombres, o sea al conductor con un guerrero a cada lado. Y con este fantástico armatoste enfrente, cuyos caballos lanzaban relinchos salvajes y alzaban nubes de polvo amarillo, y los soldados vociferando y blandiendo armas resplandecientes. Los mejores infantes retrocedían. Si aguantaban el primer ataque, pronto advertían con terror que se encontraban prisioneros en medio de la ronda infernal de los carros de combate. Una lluvia de flechas les alcanzaba desde todas direcciones, y los cascos negros de los caballos desgarraban las filas de sus aguerridas huestes, convirtiendo el campo de batalla en un caos fantástico. Cierto que algunos carros se estrellaban y saltaban en pedazos, pero aun así sembraban la muerte a su alrededor, y los caballos que las picas contrarias despanzurraban, arrastraban y aplastaban a los enemigos en su lucha con la muerte. El sudor, el olor de sangre de los caballos y el polvo apestaban el aire; los buitres oteando la carroña. Tal era el panorama de un campo de batalla de la antigüedad. A quien haya estudiado un poco la historia no se le oculta que estas escenas se repetirán mientras existan los hombres sobre la tierra.  Según las investigaciones más recientes han demostrado, a la muerte de Telebino, el reino de Mitanni era la principal potencia del Oriente Medio. No obstante, parece ser que tres soberanos hititas, Tudhalia II, Hattusil II y Tudhalia III, y finalmente también Arnuanda II, lograron preservar el Imperio de todo cambio fundamental, por más que su gobierno pasara por varias crisis serias durante el reinado del tercero de ellos, que es cuando la presión exterior se hizo sentir con mayor intensidad. Esto sucedía alrededor de los años 1500 al 1375 antes de J. C. Es poco lo que de aquella época conocemos, pero esto no es óbice para que se le atribuya una importancia secundaria, pues ciento veinticinco años son muchos años en la historia de un pueblo.

Al tratar de la historia antigua, en la que se cuenta por milenios, hay que saber sustraerse a la borrachera de los números y no olvidar que cada siglo está formado por más de tres generaciones de seres humanos. Al rey Arnuanda le sucedió el más grande de los soberanos hititas, el «rey de reyes», el nuevo fundador de un verdadero Imperio, el Carlomagno del Oriente Medio: Shubiluliuma I (1375-1335 antes de J. C.). Debe de haber sido un monarca magnífico desde todos los puntos de vista, valiente hasta la exageración, audaz en las grandes ocasiones y sin escrúpulos cuando se trataba de hacer frente a situaciones difíciles. Pero por extraño que parezca, sobre todo en un personaje de la época, demostró un gran sentido político al tratar con gran moderación a sus enemigos vencidos. Por una parte era tolerante en materia religiosa, mientras que por la otra se preocupaba por hacer respetar estrictamente la moral y la justicia, según se desprende de los innumerables tratados concluidos durante los cuarenta años de su reinado. He aquí un ejemplo: Casó a una hermana suya con el rey de Hayasa, y la hizo acompañar de sus hermanastras y de varias damas de honor. En Hayasa prevalecían todavía, según la opinión de los hititas, costumbres bárbaras, tales como los casamientos consanguíneos y las relaciones incestuosas, de todo lo cual abomina Shubiluliuma, quien escribe así a su cuñado: «Esto no está permitido en Hattusas… y si aquí alguien lo hace le matamos». Y luego cita como ejemplo el caso de un tal Marija, a quien, según parece, su padre cogió in fraganti y lo hizo ejecutar. Y termina diciendo: «Guárdate, pues, mucho de realizar este acto por el cual un hombre ha perdido la vida». La plurivalente personalidad de Shubiluliuma impone, ya que  podemos comprobar que todo lo emprende a gran escala. Su acción es eficacísima. Convirtió a Hattusas en plaza fuerte y durante su reinado se erigió la gran muralla para proteger el flanco sur de la ciudad. Declaró la guerra al poderoso Mitanni, cruzó el Eufrates y conquistó y saqueó la capital de los hurritas, pero entonces, en lugar de esclavizar a los vencidos, los convirtió en aliados suyos al casar a su propia hija con el príncipe Mattiwaza, heredero de Mitanni. Luego se apoderó de Siria y después de someter a Carquemis y Alepo, eternas manzanas de discordia en aquella región fronteriza, les dio a sus dos hijos por reyes.

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Contribuyó al éxito de sus campañas guerreras la precaria situación egipcia. El adversario egipcio, el único que hubiera podido desbaratar sus planes de conquista en Siria, no opuso sino una resistencia mínima a su política de expansión, pues por aquel entonces el faraón Amenofis IV, «el rey hereje», se encontraba bastante atareado combatiendo el politeísmo e intentando persuadir a sus súbditos a que adoraran al dios Sol. Su sucesor Tutankhamen murió a los dieciocho años. Gracias a estas circunstancias favorables, Shubiluliuma no solamente llevó a cabo sus numerosas conquistas, sino que aún pudo consolidarlas, practicando una política verdaderamente imperial, en la que sólo entraba en cuenta el futuro de su pueblo. Después de una cadena de triunfos, adoptó Shubiluliuma las formas de ostentación propias de los orientales para hacer realzar su grandeza a los ojos de todos. Así, mientras sus predecesores se habían contentando con el título de rey, él se hizo llamar «Labarna, el gran rey del país de Hatti, el héroe, el favorito del dios de la tormentas», y cuando se nombraba en los tratados, se daba a sí mismo el epíteto de «Yo, el Sol». La prueba de que su inmenso poderío era reconocido más allá de las fronteras de su país la encontramos en unas cartas, las cuales, además de su valor documental y político, atribuyen a Shubiluliuma unos rasgos tan humanos, que vale la pena transcribir algunos fragmentos, para así mejor dar a conocer a nuestro hombre. Si tenemos conocimiento de estas cartas es gracias a su hijo Mursíl II, quien relató con todo detalle los hechos más importantes acaecidos durante su vida y la de su padre. Se trata nada menos que de cartas que la reina egipcia Anches-en-Amen, la viuda sin hijos de Tutankhamen, fallecido prematuramente, escribió al rey hitita Shubiluliuma para rogarle que le concediera a un hijo suyo por esposo, para sentarle en el trono de los faraones. Esta súplica, formulada por la corte más poderosa de la Antigüedad, era tan extraordinaria, que incluso el gran Shubiluliuma titubeó en tomar la decisión que esta sensacional situación requería. A la sazón se encontraba Shubiluliuma dirigiendo una expedición contra Carquemis y avanzaba victorioso hacia Amka, entre el Líbano y el Anti-Líbano. He aquí el texto de Mursil: «Cuando llegó a oídos de los egipcios la toma de Amka, se asustaron. Y como su rey acababa de morir, la reina viuda de Egipto envió a mi padre un mensajero con una carta que decía así: “Mi marido ha muerto y no tengo hijos. Pero dicen que tú tienes muchos; si quisieras darme a uno de los tuyos, sería mi marido. O ¿es que debo casarme con uno de mis esclavos y honrarlo como mi marido?”».

Shubiluliuma estaba literalmente consternado, y su hijo Mursil añade: «Cuando mi padre tomó conocimiento del mensaje, consultó a los notables de Hatti». Era evidente que el rey desconfiaba de propuesta tan insólita, y que, como su padre, vacilaba en hacer correr tamaña aventura a un hijo suyo. Lo mejor —creía él— era informarse previamente, y a tal efecto envió a un plenipotenciario para enterarse de cuál era exactamente la situación en Egipto. «Ponte en camino y tráeme nuevas fidedignas. Tal vez quieran burlarse de mí. ¿Quién sabe si han escogido ya a un heredero? Tráeme nuevas verídicas en las que yo pueda confiar». No por eso había permanecido inactivo mientras tanto. Puso sitio a Carquemis, que fue tomada por asalto al sexto día en un golpe de mano desesperado, apoderándose de un botín enorme, según rezan los anales, compuesto de grandes cantidades de oro, de innumerables objetos de bronce y de 3.300 prisioneros. Entonces llegó un propio de la reina de Egipto. Shubiluliuma expresó sus dudas en los mismos términos que la otra vez. La reina, a quien las dilaciones del hitita contrariaban, mantenía no obstante su oferta en estos términos: « ¿Por qué has dicho: “Se quieren burlar de mí”?.., No he escrito a ningún otro país. Solamente te he escrito a ti. Se dice que tienes muchos hijos. Dame uno, será mi marido y ocupará el trono de Egipto…» Y Mursil continúa informando fielmente: «Como mi padre era complaciente, condescendió a los ruegos de la reina y se ocupó de la cuestión del hijo». Desgraciadamente, los presentimientos de Shubiluliuma no eran infundados, y la prueba esta que aquí termina prácticamente la historia. Shubiluliuma envió a un hijo suyo a desposarse con la reina de Egipto, pero durante el trayecto el príncipe hitita fue asesinado, seguramente a instigación de algún poderoso cortesano que tenía sus propias miras sobre el trono de Egipto. En esta correspondencia, escrita hace 3.300 años, sentimos latir hoy todavía el pulso de la Historia. ¿Quién es capaz de imaginar lo que habría sucedido si un hijo de Hatti hubiera reinado sobre Egipto?

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A la muerte del fundador, un Imperio tan vasto como el que Shubiluliuma había creado estaba expuesto a grandes peligros y vicisitudes. La sucesión hereditaria no implica que a un gran rey le suceda otro que sea digno de él. Pero en el caso que nos ocupa, un extraordinario concurso de circunstancias, como raramente se dan en la historia de las naciones, permitió que el complicado sistema federal que el gran rey había fundado le sobreviviera. Arnuanda III (1335-1334), de salud delicada, que le sucediera en el trono, falleció de la peste al cabo de un año, pasando a ocupar el trono su hermano, el segundo hijo de Shubiluliuma, Mursil II (1334-1306), quien en todo momento estuvo a la altura de la situación. A juzgar por la imagen que de él hemos podido forjarnos a través de la lectura de sus Anales, que es una sucesión bien ordenada de crónicas, escritas en lenguaje claro y objetivo, sin exageraciones, de sus tratados y demás documentos, pero sobre todo por sus impresionantes Oraciones en tiempo de la peste, Mursil era, en varios aspectos, muy diferente de su padre. La grandeza de Shubiluliuma iba siempre unida a una gran amplitud de miras, mientras que en la de Mursil un sentimiento de austeridad fue inseparable de una cierta ansiedad de temperamento. Tan pronto tomó Mursil las riendas del gobierno, se vio obligado a mantener por las armas el legado de su padre. En una campaña de dos años, destruyó el poderío de Arzawa, pueblo situado al oeste del Asia Menor, y del que bien poco sabemos. Luchó también en las fronteras orientales. En el norte tuvo en jaque al enemigo hereditario de los hititas: la tribu salvaje y bárbara de Gasgas, y contuvo a los Ahhiyawas, que algunos arqueólogos han creído poder identificar con los Aqueos de Micenas. Eso no fue todo. Se vio obligado además a luchar contra sí mismo. Según parece, era de naturaleza endeble, y todo nos hace creer que era algo tartamudo. Por si esto fuera poco, la religión era una de sus obsesiones. Este aspecto de su personalidad lo revelan precisamente sus Oraciones en tiempo de la peste, que debemos considerar como la obra más antigua de la literatura universal. Se han querido equiparar estas oraciones al Libro de Job. Y si bien es cierto que en ambos casos nos encontramos ante un hombre que se postra ante la divinidad, en el fondo la comparación no es enteramente acertada.

Lo que no se puede negar es que estas Oraciones de Mursil constituyen una conmovedora confesión. He aquí algunos extractos de ellas: “¡Oh tú, señor mío, dios hitita de las tormentas, y vosotros dioses que estáis por encima de mí! Así es: todos pecamos. Y también pecó mi padre, que infringió las órdenes de mi señor, del dios hitita de las tempestades. Yo no he cometido pecado alguno, pero los pecados del padre caen sobre la cabeza del hijo,de modo que sobre mí ha caído el pecado de mi padre. Yo lo he confesado ahora al dios hitita de las tormentas, mi señor, y a los dioses mis señores. Así es: nosotros lo hemos hecho. Y como he confesado la culpa de mi padre, que se aplaque la ira del dios de las tormentas y la de los dioses que están encima de mí. ¡Sed benévolos para con vuestro humilde servidor y ahuyentad la peste del país de Haití’.¡Oh, dioses, dueños míos, que queréis vengar la muerte de Tudhalia! A los que asesinaron a Tudhalia su fechoría les costó la vida. Este crimen ha provocado también la ruina de Haití; Hatti ha expiado su culpa. Y ahora, como la culpa ha caído sobre mí, mi familia y yo hacemos penitencia a nuestra vez para aplacar la cólera de los dioses. Me presentaré ante vosotros, ¡oh dioses!,  y como os elevo mis humildes preces,  atended mi ruego, puesto que no he cometido delito alguno. En cuanto a los que pecaron y faltaron,  ya no queda ninguno; hace tiempo que murieron; y porque debo soportar las consecuencias  de lo que mi padre hizo, quiero ofreceros sacrificios, ¡oh dioses, señores míos!, a causa de la peste que asola el país de Hatti, ¡Quitadme este dolor que mi corazón siente! ¡Libradme del miedo que embarga mi alma!”. A su muerte, Mursil II dejó a su hijo Muwatallis (1306-1228) un Imperio que probablemente éste se limitó a conservar. Pero en este caso, «conservar» tiene un sentido especial, pues es sinónimo de «luchar». En efecto, en Egipto se habían producido mientras tanto cambios fundamentales que habían afectado profundamente la vida y la estructura misma del país.

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Después de muchas décadas de discusiones internas, y de la consiguiente debilidad política, debido todo ello sobre todo a las iniciativas religiosas y reformadoras de Amenofis IV Ecnaton, «el rey hereje», subió al trono de Egipto un personaje enérgico, de un ímpetu extraordinario; nos referimos a Ramsés II, que deseaba devolver a su país la preponderancia que anteriormente conociera en el Próximo Oriente. Tan pronto empezó el nuevo reinado ya se hizo evidente que iba a ponerse nuevamente sobre el tapete la revisión del trazado de la frontera siria, que constituía la separación entre el Egipto y el país de Hatti. A Muwatallis le cupo en suerte el tener que hacer frente a Ramsés II, el monarca más poderoso de la Antigüedad, y el honor de vencerle en la batalla de Kades. Hay batallas de «verdadera importancia mundial», o sea las que no solamente tuvieron lugar, sino que influyeron de un modo extraordinario en el curso de los acontecimientos del mundo, o sea que en ellas culminó la historia. El concepto «mundial» es, naturalmente, muy relativo. Siempre que se ha hablado del «mundo», esta palabra ha sido sinónima del mundo conocido. Para Hecateo de Mileto, que dibujó el primer mapa conocido de la Tierra hacia el año 500 antes de J. C., el mundo era tan sólo la parte de la que sus contemporáneos tenían más o menos noticia. Como se ve, esta concepción del mundo es forzosamente limitada y, por ende, subjetiva. Para los súbditos de Trajano (98-117 después de J. C.), durante el gran período de expansión del Imperio romano, el mundo abarcaba ya un ámbito muchísimo mayor, y por sus dimensiones se parecía ya más a la idea que de él nos hacemos nosotros ahora. Los que vivimos en una época en que todo el mundo sabe que la tierra es redonda, porque en doscientas horas de vuelo se puede dar la vuelta al Ecuador, no debemos olvidar, en ningún momento, que la imagen que nos hacemos de nuestro mundo es tan relativa como la que de él se hacían los antiguos. Es muy probable que dentro de poco se amplíe de tal modo la noción del «mundo» —al poder alcanzarse algún planeta habitado— que la geografía pase a convertirse en una simple rama de la cosmografía. Debemos, pues, tener bien presente este concepto de la relatividad al juzgar la importancia de los acontecimientos históricos de los tiempos pretéritos. En una batalla «de importancia mundial» —que son las menos— puede que hayan contendido no más de mil hombres armados de arcos y flechas.

La famosísima batalla de Troya no afectó de un modo esencial el curso de la historia griego-asiática. Tampoco tuvo este carácter la batalla de Cannas, puesto que en nada modificó la historia contemporánea. Lo mismo podemos decir de la batalla de la selva de Teutoburgo, pues incluso si Varus, en lugar de sucumbir a la celada del germánico Arminio, caudillo de los queruscos, hubiera vencido a éste, nada hubiera variado en la historia de Roma bajo César Augusto o en el mundo de entonces. En cambio, la batalla de los Campos Cataláunicos, librada el año 451 de nuestra era, sí tuvo una resonancia mundial, por cuanto probablemente decidió la suerte del mundo cristiano por mucho tiempo. En tiempos más cercanos a nosotros, Waterloo no merece el epíteto de «mundial», puesto que en aquel campo de batalla no hizo sino sellarse en el plan estratégico la decadencia de un sistema político-militar ya condenado por la historia. En cambio, lo merece la batalla perdida por el mismo Napoleón a las puertas de Moscú, pues tuvo una influencia capital en la historia de la Europa contemporánea. En tiempos más recientes todavía, no es la batalla de Verdún, sino la del Marne la que tuvo una resonancia verdaderamente «mundial»; y lo mismo podemos decir de la de Stalingrado, donde, una vez más, estuvo en juego el destino de Europa. Volviendo a nuestro relato, no cabe la menor duda de que podemos calificar de «batalla de importancia mundial» la que opuso el año 1296 antes de J. C., en Kades, al faraón Ramsés II y el rey hitita Muwatallis, así como el séquito de sus aliados asiáticos. Tanto si de ella hubiera salido vencido Ramsés como Muwatallis, incluso de haber quedado indeciso el resultado, en todos los casos en ella se hubiera decidido el futuro de Siria y de Palestina, y por ende hubiera quedado muy afectado el equilibrio de fuerzas entre Hatti y Egipto, pues no hay que olvidar que en aquel entonces la historia del mundo se escribía en el espacio comprendido entre el Tigris y el Nilo. Sobre su importancia histórica, la batalla librada a orillas del río Orontes tiene para el investigador un interés especial, por cuanto es la primera batalla de la historia que se ha podido reconstruir en todos sus detalles, y cuyo corolario fue la conclusión del primer tratado de paz que nos ha legado la Antigüedad; un pacto que en materia de clarividencia y de sabiduría política está muy por encima de muchos de los que han sido concertados entre naciones del siglo XX después de J. C.

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La batalla de Kades había tenido un preámbulo y fue el resultado necesario, natural y lógico de varios años de política de agresión, cuyos promotores eran, ora los faraones, ora los hititas o sus aliados. Estos prolongados conflictos, siempre sangrientos y atroces, tuvieron mucha más importancia de la que se han dignado atribuirles los egiptólogos, los cuales, deslumbrados por el inmenso poderío del Imperio faraónico, los designan despectivamente con el nombre de escaramuzas fronterizas, cuando en realidad tuvieron más trascendencia que «una guerra de Treinta años». Una y otra vez fueron devastadas Siria y Palestina, las ciudades fronterizas arrasadas, los habitantes pasados a cuchillo o expulsados. No se trataba únicamente de una mera cuestión de fronteras, sino, por encima de todo, de la dominación del litoral del Mediterráneo oriental. En las cartas encontradas en Tell-el-Amarna pueden leerse las lamentaciones y las reiteradas recriminaciones de los reyezuelos de Siria y Palestina, quejándose desesperadamente de que las ciudades avanzadas ya no estaban en condiciones de resistir a los ataques procedentes del Norte, y suplicando al faraón que se dignase enviarles sin demora ayuda eficaz. Pero Ecnaton se hacía el sordo y continuaba soñando en su palacio de leyenda de Amarna, mientras se perdían sucesivamente una a una las posiciones conquistadas por sus predecesores. El general Haremheb (1345-1318 antes de J. C.), que le sucedió en el trono, intentó salvar lo que todavía podía salvarse, que era bien poco. Luego, Seti I (1317-1301) emprendió varias ofensivas, penetró profundamente en Palestina, arrojó a las tribus del desierto y ocupo el territorio hasta la altura de Tiro-Damasco, donde se encontró ante un adversario —el rey hitita Muwatallis— que era demasiado para él. De modo que Ramsés II (1301-1234) halló una herencia bastante difícil. Tan pronto ciñó la corona, ardieron de nuevo las fronteras al entrar en campaña para defender y conservar lo que su padre, Seti, había recuperado a costa de grandes esfuerzos. En el quinto año de su reinado, Palestina fue invadida por los hititas, en vista de lo cual reunió Ramsés II un poderoso ejército y avanzó por el mismo camino que antaño siguiera su antecesor Haremheb, hacia el Norte, a lo largo del litoral de Fenicia, pues la posesión de los puertos fenicios era esencial para asegurar el aprovisionamiento del cuerpo expedicionario y para la llegada de reservas.

Cuando se hallaba a proximidad del río Orontes, los vigías advirtieron a Ramsés que el grueso de las fuerzas hititas, bajo el mando de Muwatallis en persona, estaba acampado no lejos de allí, frente a la fortaleza de Kades. Ramsés se sentía bastante fuerte y decidió atacar. «Historias alrededor de una historia», tal es la definición de la relación egipcia sobre la batalla de Kades. En Karnak y en Luxor, en las paredes del Rameseum (su templo funerario), en Abidos y en Abu Simbel, rivalizaron los artistas en sus alabanzas al soberano que regresaba «victorioso» de la guerra.  Los Estados autoritarios ignoran la libertad de expresión. Hace tres mil años quien pretendiera llamar las cosas por su verdadero nombre se exponía a que le tildasen de que carecía de «objetividad». Así se comprende que se ensalzara al «Setepenra», el favorito de Ra, con una exageración hasta entonces desconocida incluso en Egipto: una adulación que recuerda la de los turiferarios de Bizancio. El mismo Ramsés, según colegimos de los textos que se conocen de los últimos años de su vida, fomentaba el culto a su persona. Ningún epíteto era demasiado extravagante para él, ni el más hiperbólico le bastaba. Es «Horus», el toro impetuoso y valiente hasta la temeridad, el amado de la verdad…, el toro entre los soberanos del mundo…, el impávido cuya fama es grande en todos los países, y por cuya voluntad Etiopía ha dejado de existir y ha hecho cesar la bravuconería del país de Hatti». «Él alcanza el fin del mundo y hace encoger las anchas bocas de los príncipes extranjeros». «Es el hijo de Ra, que pisotea el país de Hatti». «Semeja un toro astifino». «Es como el león valiente, como el chacal que de un vistazo abarca toda la tierra…», «el halcón magnífico y divino». Estos ejemplos retratan tanto al faraón como a sus sicofantes. La relación de la batalla de Kades abunda en términos por el estilo. Los epítetos citados provienen de estelas del templo rupestre de Abu Simbel, y también ensalza la «formidable» victoria de Ramsés un largo poema que no sólo ha sido conservado en las inscripciones jeroglíficas de tres templos, sino también consignado en caracteres hieráticos en un papiro.

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El autor del poema es desconocido. Durante mucho tiempo se tuvo por tal a un llamado Pentur, hasta que se cayó en la cuenta de que éste no era sino un mero copista, bastante malo por cierto, al que deben achacarse las numerosas incorrecciones ortográficas de que adolece el texto que ha llegado hasta nosotros. Cuando este poema fue descubierto, algunos egiptólogos entusiasmados celebraron a su presunto autor como al Homero de Egipto, comparando su obra a la Iliada, sin que a ninguno de ellos, ante las alabanzas desmedidas contenidas en el texto se le ocurriera someterlo a una crítica severa, lo que les hubiera permitido reparar no solamente en las exageraciones, sino, sobre todo, en las contradicciones y los errores, harto ostensibles, por cierto. Hoy podemos afirmar, con conocimiento de causa, que las crónicas inspiradas por Ramsés no son más que unas escandalosas falsificaciones de la historia y constituyen el primer ejemplo del género que haya llegado hasta nosotros. Sin necesidad de haber seguido las huellas ni sufrido la influencia de ningún «ministro de propaganda», Ramsés pasó de golpe a maestro en el arte de la superchería, con el éxito que todos sabemos, puesto que su versión de la batalla de Kades ha sido considerada como auténtica durante más de tres mil años. Los arqueólogos modernos creyeron tanto más fácilmente tamaña fábula cuanto que hace todavía poco más de cien años estaban convencidos de que los adversarios del faraón no eran sino unas bandas fronterizas levantiscas, reacias a toda autoridad lejana. Nadie barruntó que, en Kades, Ramsés se había hallado frente a frente con una gran potencia. Desgraciadamente, todavía hoy, a falta de pruebas concretas y exactas, la crítica histórica ha debido echar mano de multitud de indicios dispersos para reconstituir la batalla de Kades. De todos modos, los indicios que poseemos son tan claros y convincentes, que ya no puede quedar ni la sombra de una duda en lo que al resultado del encuentro se refiere. En Kades se enfrentaron dos de los ejércitos más numerosos de la Antigüedad. A Ramsés no se le ocultaba que el choque sería decisivo y obró en consecuencia, movilizando a todas sus fuerzas, y a última hora logró incluso persuadir a que abrazara su causa al príncipe Bentesina, de Amurru, hasta entonces aliado de los hititas.

Los amorreos, amorritas o amoritas (martu en sumerio y amurru en acadio) fueron un pueblo de origen cananeo constituido por tribus nómadas muy belicosas que ocuparon Siria, Canaán y la región al oeste del río Éufrates, desde la segunda mitad del tercer milenio antes de nuestra era. En el curso de sus correrías llegaron a conquistar en dos ocasiones la ciudad de Babilonia. Se cree que el rey Hammurabi era descendiente de amorreos. Su origen se halla en el tercer milenio a. C. en la región occidental del Creciente Fértil donde fueron dominantes hasta la llegada de los arameos, una variada zona de montes, pastos y estepa semiárida, y con el tiempo entraron en contacto con poblaciones sedentarias, como Ebla y más tarde con otras pertenecientes a la órbita del Imperio configurado por la Tercera Dinastía de Ur, sobre cuyas fronteras presionarían hasta lograr paulatinamente su infiltración progresiva. Durante la época de la III dinastía de Ur, había dos grupos de amorreos diferentes. Los primeros llevaban ya una vida sedentaria desde hace mucho tiempo en parte de Canaán (Líbano, Anti-Líbano, el valle de Orontes) y se estaban expandiendo por el norte de Siria y el sur de Canaán. Los segundos, de mayor importancia histórica sobre todo para Mesopotamia, eran nómadas que recorrían el desierto entre Palmira y Mari y flanqueaban el Éufrates para que su ganado pastase en la estepa mesopotámica. Estos eran muy próximos a los sumerios y ya eran conocidos desde la época Dinástico Arcaica por los sumerios, o bien porque emigraron a las ciudades mezclándose con la población, o bien como nómadas beduinos, cuyas costumbres eran consideradas groseras y toscas como se ve en una tablilla sumeria: “Los martu no conocen el grano… Los martu no conocen ni la casa, ni la ciudad, los zafios de la alta estepa… Los martu que desentierran las trufas [trufas salvajes de montaña, poco deliciosas]… no se inclinan para cultivar la tierra, comen carne cruda, no tienen casa durante toda su vida, no se entierran tras su muerte… Los martu son un pueblo saqueador con los instintos de las bestias salvajes“.

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Como se ha dicho, algunos se establecieron entre los ríos Tigris y Éufrates, haciéndose sedentarios y mezclándose con la población sumeria, como consecuencia subirían al poder dinastías de origen amorrita en distintas ciudades del centro y sur de Mesopotamia. La más importante en Babilonia, ya que el propio Hammurabi sería amorreo. A los inicios del imperio paleobabilónico, la población era pues una mezcla acadio-amorrita. Los amorreos que se mantuvieron nómadas fueron contenidos fácilmente al principio pero conforme el imperio de Ur III fue perdiendo su poder, se fueron volviendo más peligrosos. En el año 2028 a. C., Ibbi-Sin sucedió a Shu-Sin en el trono de Ur, y al poco tiempo el Imperio comenzó a fragmentarse y muchas ciudades se independizaron: Eshnunna, Susa, etc.. En el 2017 a. C. los martu consiguen penetrar en Sumeria y comienzan a controlar los caminos, sobreviniendo el hambre. En el 2009 a. C. el reino se hallaba dividido en dos y finalmente una coalición de amorreos, elamitas, liderados por su rey Simash, y los Su, habitantes de los montes Zagros, la cadena montañosa más larga de Irak y de Irán, que se extienden a lo largo de 1500 kilómetros desde el Kurdistán iraquí en el Noroeste de Irán hasta el Estrecho de Ormuz en el golfo Pérsico. Derrotaron a Ibbi-Sin, que fue ejecutado. Se produjo la caída de Ur III y por lo tanto acabó la era sumeria. Los amorreos saquearon y destruyeron Ur, que aunque sería reconstruida después, nunca volvería a ser la misma. Con la caída de Ur III y acabada la época de dominio sumerio, empieza una época en la que los semitas obtendrían la mayor importancia a través de pueblos como los acadios o los amorreos. Los elamitas apenas disfrutaron su conquista. Los mayores ganadores de la caída de Ur fueron primero los acadios del reino de Isin y después los amorreos, que en un siglo llenarían Mesopotamia de reinos, quedando lo que fue el Imperio de Ur fragmentado en numerosos reinos amorreos y acadios cuyas capitales serían ciudades que hasta ese momento habían tenido poca importancia.  Tras el reino de Ur y del esplendor sumerio, se extiende un complejo periodo de cuatro siglos (2004-1595 a. C.) hasta la toma de Babilonia por los hititas. Durante este periodo los amorreos que se habían establecido en Mesopotamia alcanzarán su mayor importancia a través de numerosos reinos, siendo el más importante el de Babilonia, mientras que los amorreos nómadas también tendrán su importancia en este periodo.

Tras la caída de Ur (2004 a. C.), el reino de Isín mantendrá la paz durante un siglo considerándose los sucesores de Ur, siguiendo sus mismos modelos y reforzarán sus ciudades para protegerse de los martu nómadas cada vez más numerosos, que se desplazaban continuamente a lo largo del río Tigris y el Éufrates y que finalmente poco antes del 1900 a. C. se infiltrarán en pleno corazón de Babilonia aprovechándose de las luchas entre Isín y Larsa, y apoderándose de muchas ciudades como Ilip, Marad, Malgûm, Mashkan-shapir o incluso Uruk. Estos nuevos reinos creados por las tribus nómadas amorreas, se unían a los reinos amorreos “civilizados” y reinos acadios, estando cada vez la Baja Mesopotamia más fragmentada. Tras este siglo de relativa paz bajo el reino de Isín, emergerá el poderoso reino de Larsa, que según unas tablillas fue fundada en el 2025 a. C. por un amorreo llamado Naplânum,  y seguirá una terrible guerra entre ambos por el dominio de Sumeria y Acad en la cual acabará imponiéndose Larsa, que se haría con la mitad de Mesopotamia. Será durante estos dos siglos de Isín-Larsa cuando se irán formando los distintos reinos amorreos, como el de Babilonia, que se convertirá en el enemigo común de Larsa e Isín. En 1792 a. C., Hammurabi llegó a ser rey de Babilonia. Utilizando la fuerza y la diplomacia, en pocos años se convirtió en el dueño de toda Mesopotamia, construyendo así el mayor reino amorreo que habrá en la historia, aunque muy efímero. Su dinastía se mantuvo unos 150 años para declinar luego paulatinamente. En época de Samsuiluna se declaró independiente en el golfo Pérsico la llamada dinastía del Mar. Samsuditana (1625-1595 a.C.), último rey de la dinastía, fue destronado por los hititas, con lo que finaliza el predominio de los amorreos en Mesopotamia. Los amorreos occidentales, que se habían establecido en Siria y Palestina hacia el 1900 a. C., se mantuvieron independientes durante varios siglos más. En la alta Mesopotamia, la ciudad de Assur, con los reyes de origen amorreo, comenzará a ganar importancia tras vencer en una guerra por el control de las rutas comerciales a Eshnunna y Mari.

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Volviendo a los hititas, tampoco Muwatallis había permanecido inactivo, y en torno a sus huestes escogidas reunió a cuantas tropas auxiliares le fue posible reclutar, incluso mercenarios y un contingente de temibles piratas de Licia, hasta hallarse al frente de unos 20.000 hombres. Jamás faraón alguno tuvo ante sí a un adversario tan numeroso. El autor del poema no intenta disimular la realidad, ni minimizar el peligro; al contrario, el propagandista se complace en exagerar desmesuradamente los efectivos del contrarío para que la victoria egipcia aparezca más brillante. «¡Cuantos más sean los enemigos, tanto más honor para nuestro caudillo!». Desde el punto de vista estratégico, el avance de Ramsés parece salido de la mente de un aficionado, puesto que fue realizado sin orden ni concierto. El ejército egipcio se dividió en cuatro cuerpos que tomaron los nombres de los grandes dioses de la teogonía egipcia: Amón, Ra, Ptah y Suteh. Hacia finales de mayo llegaron los egipcios cerca de Kades, tomando posiciones en una loma desde donde se distinguía la ciudad a través de la bruma, pero sin que se notara la menor traza del enemigo, que se suponía debía de hallarse en algún lugar no muy lejos de allí. Mientras Ramsés, desconcertado, estudiaba la situación con sus oficiales, los hititas habían entrado ya en acción. Los soldados de Muwatallis acampaban invisibles al norte de la fortaleza de Kades, a orillas del Orontes y, contrariamente a los de Ramsés, habían recibido consignas concretas. A guisa de preámbulo, los hititas despacharon al campamento del faraón a dos beduinos, los cuales, haciéndose pasar por tránsfugas, denigraron al ejército hitita y a sus generales, pretendiendo incluso que, deslumbrado el soberano por el poderío y la gloria del gran Ramsés, hijo de dios, de puro miedo había puesto tierra por medio replegándose hasta el Norte, en la región de Alepo. Mal informado por sus propios espías y demasiado pagado de su persona para admitir que podía equivocarse, Ramsés creyó a los «desertores», cayendo así en la celada que le tendiera el hitita. «Su Majestad inició la marcha como su padre Mentu, señor de Tebas, y vadeó el Orontes al frente del primer cuerpo de ejército de Amón».

En otras palabras, confiando en las declaraciones de los dos traidores, Ramsés dividió a su ejército, a una de cuyas divisiones hizo avanzar en terreno desconocido hasta unos diez kilómetros lejos del grueso de sus fuerzas. Por si esto fuera poco, en lugar de destacar a una avanzadilla para reconocer la situación, conservando el contacto con la retaguardia, él mismo se puso al frente de la vanguardia acompañado solamente de unos cuantos oficiales. Eso era tanto como hacerle el juego a Muwatallis, quien se hallaba entonces en excelentes condiciones para poder tomar la iniciativa. Muwatallis, con la satisfacción de un cazador ante el espectáculo de una pieza a punto de caer en la trampa, observaba con calma cómo Ramsés se le iba aproximando, y a su vez ordenó a su ejército que se retirara del noroeste de la ciudad y franqueara el Orontes. Mientras Ramsés, en pos del enemigo seguía hacia el Norte, contorneando la ciudad por el lado oeste, siempre a la cabeza de una simple división —Ra seguía lentamente y Ptah y Suteh se encontraban todavía bastante lejos en la orilla meridional del Orontes—, el ejército de Muwatallis avanzó efectuando un movimiento envolvente por el este de la ciudad, dirigiéndose luego al Sur. La colina y las murallas de Kades impedían que los egipcios pudieran darse cuenta de los movimientos del adversario. La maniobra duró hasta bien entrada la tarde. Llegado al noroeste de la ciudad, precisamente en el lugar que acababan de evacuar los hititas, Ramsés hizo acampar a sus hambrientas y fatigadas tropas. Mientras tanto la división Ra continuaba acercándose sin prisa y fue entonces cuando el azar vino en ayuda de Ramsés, cuyos soldados capturaron a dos espías hititas, los primeros enemigos que encontraban. Ramsés los hizo azotar hasta que confesaron que no solamente no había huido Muwatallis, sino que con todo su ejército estaba al acecho al otro lado de la ciudad. Fue entonces cuando Ramsés se dio cuenta del peligro, en que se hallaba. Insultó a sus oficiales —que habían en vano tratado de disuadirle de su loca aventura—, y despachó inmediatamente un mensajero a la división Ptah para ordenar que se le reuniera a marchas forzadas, y su más ardiente deseo era poder tener a la división Ra al alcance de su voz.

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Durante este tiempo, Muwatallis había cruzado nuevamente el Orontes al sur de Kades. Sus unidades de carros rapidísimos —ya hemos dicho que los carros de combate hititas transportaban a dos combatientes, y los egipcios a uno solo, además del auriga— se lanzaron vertiginosamente sobre la división en marcha. «Atacaron por el centro a la división Ra, mientras seguía su camino completamente ajena al peligro y sin darle tiempo ni para que se apercibiera al combate. Los soldados, los conductores de los carros y Su Majestad quedaron anonadados ante la súbita aparición del enemigo». Los generales de Muwatallis dislocaron y aniquilaron completamente a la formación egipcia, cuyos restos huyeron a la desbandada, seguidos de cerca por los hititas. Los carros, esta arma novísima, veloz y muy manejable, que no conocían obstáculos, perseguían a los supervivientes. Huyendo de la muerte que sembraban estos carros ante sí, las últimas bandas egipcias irrumpieron en desorden en el campamento de Amón, cuyos efectivos sorprendidos y presa del pánico se unieron a los fugitivos. Aquí se sitúa el punto culminante de la batalla de Kades. El carro ligero de combate había introducido un factor estratégico decisivo en el arte de la guerra al hacer posible el cerco rápido de las formaciones enemigas. Después de este descalabro, ya no puede darse el menor crédito a los relatos de victoria de los egipcios. La potencia numérica de ambos ejércitos era aproximadamente la misma: unos 20.000 hombres en cada bando. Ahora bien, con el aniquilamiento de la división Ra había quedado fuera de combate la cuarta parte de los combatientes egipcios. Los hititas habían, además, aislado la división Amón, y al faraón con ella, del grueso de las tropas, y todo ello mientras la división Ptah continuaba acercándose desprevenida y la Suteh seguía a la expectativa en la orilla meridional del Orontes. En aquel momento, veloz como el rayo, sacando partido de la desesperada situación del enemigo, Muwatallis lanza a sus carros de combate a través de las hileras de los fugitivos y luego, en un movimiento envolvente, corta la retirada al mismo Ramsés.

No podía ya caber la menor duda de que la mayor batalla de los tiempos antiguos acabaría con la derrota completa del ejército egipcio. Muwatallis, con sus propias fuerzas intactas, podía ahora aniquilar, una después de otra, a las divisiones contrarias. Únicamente un milagro podía impedir que la derrota se convirtiera en desastre, y que por lo menos la persona del faraón y los restos de su otrora potente ejército pudieran escapar a la destrucción. ¡Y el milagro se produjo! Los cronistas egipcios atribuyeron más tarde el milagro a la valentía del divino Ramsés. Sin querer poner en duda su intrepidez y su heroísmo, lo cierto es que si el faraón no quedó sobre el campo de batalla, como tantos de los suyos, fue debido a dos circunstancias, en cuyo desarrollo ninguna influencia había podido tener. El ejército hitita carecía de homogeneidad, y la disciplina dejaba mucho que desear. Ebrias de la lucha, con la victoria al alcance de la mano y ante la perspectiva de un rico botín, las tropas de choque hititas cesaron en su persecución cuando atisbaron el campamento de Ramsés con sus fuegos, las tiendas abandonadas, los carros de la intendencia repletos de alimentos, de herramientas, de armas y demás utensilios que los fugitivos habían dejado tras de sí en su precipitada huida. Estos mismos hombres, que hasta momentos antes habían constituido la hueste hitita aguerrida y feroz, se convirtieron súbitamente en una horda desenfrenada de saqueadores, sorda a las consignas y a los gritos de sus oficiales. Su misma inconsecuencia las ponía a merced de cualquier adversario bastante enérgico y decidido para sacar partido de la nueva situación. Este atacante, naturalmente, no podía salir de las tropas asaz desmoralizadas de Ramsés. En esta ocasión el deus ex machina hace su aparición en forma de una pequeña tropa, eficiente y disciplinada, procedente del litoral, la cual, apenas llegada al campo de batalla y haciéndose cargo de la situación, atacó con gran violencia a los hititas, todavía entregados al saqueo, sumiéndoles en la mayor confusión. No se ha podido averiguar el lugar de origen de estos combatientes de última hora. Se supone que se trataba de un destacamento de cadetes que desembarcaron en algún lugar de la costa con la única misión de sumarse al ejército egipcio en dondequiera que lo encontrasen. Pero su procedencia es lo de menos. Esta pequeña tropa salvó la vida y la libertad al faraón, y a ella le debe Ramsés el haber podido pasar a la Historia con el epíteto de «grande».

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Cómo se las compuso el faraón para romper el cerco de hierro de los hititas, lo sabemos por un poeta oficial. Si dejamos a un lado las descomunales exageraciones de lenguaje, la descripción que nos ha dejado de la batalla es a menudo patética, y la relación emocionante. El autor intercala en la narración largos monólogos y las reflexiones de Ramsés durante la batalla, con invocaciones a sus dioses tutelares, y en ellas el faraón se queja amargamente de sus compañeros desleales que le habían dejado en la estacada en el momento de mayor peligro. «Su Majestad estaba completamente solo con su escolta»; así empieza el poeta el pasaje en el que da cuenta de la fase decisiva de la batalla. «Pero el miserable príncipe de Hatti —y aquí el prudente Mursil es tildado de cobarde— permanece en medio de sus tropas sin atreverse a atacar». Cuando los carros hititas y sus equipajes avanzaron impetuosamente, dislocando y desbaratando a la división Ra, y cuando los fugitivos, entre los que figuraban dos hijos del propio faraón, alcanzaron el campamento real arrastrando en la desbandada a todos los demás combatientes, entonces «Su Majestad avanzó como su padre Mentu, endosado que hubo la coraza y los atavíos guerreros que le daban todo el aspecto de Baal cuando está furioso». El tronco de caballos que tiraba del carro del faraón procedía de los establos reales y llevaba el nombre de «La Victoria de Tebas». Su Majestad se arrojó con presteza contra el ejército enemigo de Hatti, completamente solo; nadie iba con él. Todo hace suponer que la famosa carga de Ramsés, que se describe como un dechado de heroísmo, puede muy bien haber sido en realidad un acto de desesperación producido por el terror o simplemente un intento de fuga. Pero aquí el poeta da rienda suelta a su imaginación y la exageración llega al colmo.

Aun cuando quizá la escena se haya producido tal como nos la cuenta, la descripción tiene como única finalidad el glorificar la acción de Ramsés convirtiéndola en un atributo de la realeza. «Cuando el rey miró hacia atrás, vio que estaba rodeado por 2.500 carros, y que le habían cortado la retirada una multitud de guerreros del miserable país de Hatti y de los numerosos países aliados suyos: Arad, Massa, Pedasa, Keshkesh, Iruna, Kissuwatna, Chereb, Ekeret, Kades y Reke. Iban tres en cada carro y todos se habían unido en contra suya». Luego empiezan las lamentaciones del faraón y es entonces cuando el poema alcanza una cierta amplitud (a la relación del autor sucede sin transición el monólogo del faraón): «No tengo a mi lado a ningún príncipe, a ningún auriga, a ningún oficial de infantería ni a ninguno de los combatientes de mis carros. Mis infantes y los combatientes de mis carros, todos me han abandonado». E implora a su dios: «Su Majestad dijo: ¿Cómo es eso, Amón, padre mío? ¿Puede un padre olvidar a su hijo? ¿Cuándo intenté hacer algo sin contar antes contigo? Que hiciera o que dejara de hacer, ¿no fue siempre después de aconsejarme contigo? Ya sabes que jamás infringí tus órdenes. ¿Qué pueden significar para ti esos asiáticos, Amón, esos impíos que no conocen a dios? ¿No te he erigido infinidad de monumentos y no he llenado de prisioneros tus templos?… ¡Yo te imploro, Amón, padre mío! Heme aquí rodeado de extranjeros desconocidos. Todos los países se han coligado contra mí y me encuentro completamente solo, sin cortejo alguno. Mis soldados me han abandonado y ninguno de mis automedontes se ha preocupado de su señor… A ti me dirijo porque sé que Amón representa para mí más que un millón de infantes, más que cientos de millares de combatientes de carros y más que diez mil hermanos y niños que se solidaricen con mi causa. Las obras de la multitud no cuentan, Amón está por encima de todos… Amón me escucha y acude a mi llamada… Lanzo gritos de júbilo cuando le veo que me tiende la mano y le oigo gritar detrás de mí: “¡Adelante, adelante, hijo mío! ¡Estoy a tu lado, yo tu padre; mi mano te protege y yo valgo mucho más que cien mil, yo que soy el señor de la victoria y amo la fuerza!...». Al implorar el hombre a su dios se eleva hasta él, y la invocación le convierte en su semejante.

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En este pasaje Ramsés mezcla la leyenda de Gilgamesh con el mito de Heracles: «De nuevo encontré mi corazón y mi corazón rebosa de alegría, puesto que se hace lo que yo quiero. Soy como Mentu; mis flechas vuelan hacia la izquierda y lucho a derecha. Ante mis enemigos me yergo como Baal en la hora de la venganza. He aquí que los atelajes que un momento antes me rodeaban yacen deshechos ante mis caballos. Ninguno de mis enemigos ha podido hacer uso de la mano para combatirme, el miedo les paraliza el corazón, y los brazos han perdido el vigor. Ya no pueden disparar sus flechas y les falta fuerza para hacer uso de sus lanzas. Los precipito al agua como si fuesen cocodrilos; caen unos encima de otros y los voy matando como bien me parece». Si debemos dar crédito al autor del poema, Ramsés había dado por fin con la solución táctica apropiada a su desesperada situación; solución que consistía en atacar el frente hitita por su lado más débil, o sea a lo largo del río, a fin de forzar el cerco. Las inscripciones tendenciosas con que más tarde se cubrieron las paredes de los templos egipcios, para transmitir a la posteridad la versión oficial de la batalla de Kades, nos muestran cómo los enemigos son empujados al agua, en donde se ahogan. «Desorientado e indeciso —seguimos leyendo en el texto egipcio— el miserable príncipe de Hatti contempla la suerte reservada a los suyos. Reúne a sus principales oficiales y llama a las tropas. Eran en total un millar de atelajes que se precipitaron hacia el fuego». Aquí la palabra «fuego» designa al faraón, cuya diadema de serpientes escupía fuego. «Me arrojé sobre ellos. Yo era como Mentu, y en un santiamén les hice sentir el peso de mi brazo. Pasé a cuchillo y maté a todos los que se me pusieron delante, y mientras tanto oía cómo se gritaban unos a otros: “El que está entre nosotros no es un hombre, sino Suteh, el fuerte; Baal se ha encarnado en él y sus hazañas no son propias de un ser humano. Jamás un solo hombre sin infantes ni carros de combate había logrado vencer a centenares de miles de soldados enemigos. Huyamos, alejémonos rápidamente de su presencia para salvar nuestras vidas, para que podamos seguir respirando. ¡Mira!, a quien osa acercársele se le paraliza la mano, y los miembros no le obedecen; no puede utilizar ni el arco ni la lanza al verle cómo avanza y nos ataca“».

Supongamos que en su audaz o desesperada acción consiguiera Ramsés, en efecto, romper el cerco. En tal caso nos explicamos fácilmente que viera el cielo abierto y que desease reunir en torno suyo a sus oficiales, a su séquito y a todos sus soldados, a los que se dirige no con imprecaciones inútiles, sino mediante exhortaciones y estímulos morales: «¡Ánimo! Ánimo, soldados míos! Sois testigos de mi victoria, de la victoria resplandeciente de un solo hombre. Ved cómo Amón me protege y me tiende la mano. Os di carros para combatir y me habéis resultado unos cobardes, en los que no puedo confiar. Y eso que a todos vosotros os he favorecido en mi país. ¿No era yo vuestro dueño y señor, y vosotros poco menos que nada? Yo os hice grandes y de mí recibíais cada día el sustento. Puse a los hijos en posesión de los bienes de los padres y todo lo malo que existía en el país fue abolido. Os he perdonado los impuestos y aun os he devuelto más de lo que se os había quitado… Atendía las súplicas de cuantos a mí se dirigían, y les despedía con estas palabras: “Sí, te lo concedo”. Jamás soberano alguno hizo lo que yo por sus soldados, pues de acuerdo con vuestros deseos os permití vivir en vuestras propias casas y en vuestras ciudades, incluso cuando ya no me servíais como oficiales. Lo mismo digo de los que montan mis carros, pues a ellos también les indiqué el camino de muchas ciudades… Y, ¿qué podía menos que esperar que se me pagara en la misma moneda, ahora que se trata de luchar? En cambio, ¿qué veo? Todos os habéis portado de una manera infame conmigo. Ninguno de vosotros me ha tendido la mano para ayudarme en la batalla. ¡Y por el Ka eterno de mi padre Amón que digo la verdad!… ¡Quién estuviera todavía en Egipto, como mis antepasados, que jamás vieron a los sirios!…». Pero, a pesar de esta exaltación de las hazañas de Ramsés, no podemos considerar el texto como un canto de victoria. «El crimen que han cometido mis soldados sobrepasa cuanto pueda decirse. Pero he aquí que Amón me ha concedido su victoria, aun cuando yo no tenga a mi lado ni a mis infantes ni a los combatientes de los carros. He hecho ver mi victoria y he hecho sentir mi fuerza a todos los países lejanos, mientras me encontraba solo, sin que me asistiera ninguno de mis nobles ni ninguno de mis carros…».

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«…Pero cuando Menna, mi amigo, vio que me rodeaba un gran número de carros enemigos, fue presa de pánico y se puso a temblar y le dijo a Su Majestad: “Mi buen señor: ¡Oh tú, poderoso soberano, gran protector de Egipto en el día de la lucha! Estamos solos en medio de incontables enemigos. Mira: el ejército y las unidades de carros me han abandonado. ¿Por qué quieres mantenerte aquí hasta que te arrebaten la respiración? Conservemos nuestras vidas y pongámonos a salvo antes que sea tarde. ¡Oh, Ramsés!”.» «Su Majestad dijo a su auriga: “Ten valor y verás que me abatiré sobre ellos como el halcón. Los mataré, los sacrificaré y los arrojaré al suelo lejos de mí. ¿Qué son estos miserables para ti? No he palidecido ante un millón de ellos”. Su Majestad avanzó veloz, penetrando seis veces en las densas filas enemigas. “Los persigo como Baal en la hora de la venganza; ¡no me canso de matarlos!”.» «Y entonces, cuando mis infantes y los combatientes de mis carros vieron que en fuerza y en valor yo era el igual de Mentu, fueron apareciendo uno a uno para reintegrarse a hurtadillas al campamento al anochecer; y se encontraron con que toda la gente a la que yo había acometido yacía degollada y bañada en sangre, así como los mejores guerreros de Hatti y los hijos y los hermanos de su príncipe… Convertí el campo de batalla de Kades en una inmensa llanura blanca, pues los cadáveres iban vestidos de blanco, y eran tantos que no quedaba espacio libre para poner el pie en el suelo.» «Cuando mis soldados se dieron cuenta de lo que yo había hecho, acudieron a rendirme homenaje. Mis nobles se me acercaron para glorificar mi fuerza, y lo propio hicieron mis automedontes, que ensalzaban mi nombre: “¡Salve, guerrero insigne, que reanimas nuestros corazones! Has salvado a tus soldados y a los conductores de nuestros carros. ¡Oh tú, hijo de Amón, tu el activo! Con tu brazo poderoso destruyes el país de Hatti. Eres un campeador espléndido y un gran rey que en el día del combate lucha y vela por sus soldados. Posees un corazón de héroe, y eres el primero en el tumulto de la batalla. Ni todos los países del mundo reunidos en un mismo lugar han podido resistirte. Has sido el vencedor. Lo han visto tu ejército y todo el mundo. No es una jactancia ridícula…, has deslomado a Hatti para siempre…”.» «Su Majestad dijo a sus soldados, a sus nobles y a los combatientes montados: “¿Os dais cuenta del crimen que habéis cometido, vosotros nobles, soldados y combatientes de mis carros? ¿Qué nombre tiene eso de abandonarme en las garras del enemigo? Se correrá la voz de que me habéis abandonado… Yo luché contra millones de países y los vencí, ¡yo solo! Solo con mis estupendos corceles “Victoria de Tebas” y “Nut la satisfecha”. Sólo ellos me ayudaron cuando me encontraba perdido, completamente solo en medio de mis enemigos. De ahora en adelante, cuando more nuevamente en mi palacio les haré tomar el pienso en mi presencia, pues sólo ellos y mi auriga Menna me secundaron cuando mi vida corrió peligro…”.»

De este pasaje se desprende que Ramsés, tal vez, gracias a un acto de heroísmo extraordinario y desesperado, lograra reagrupar una parte de su ejército desbandado y atacar al enemigo en dirección sur. El poeta áulico ni tan sólo menciona el destacamento de cadetes procedentes del litoral, cuya llegada hizo variar completamente el curso de la batalla, que ya estaba perdida. Dejando incluso aparte el resultado de dicha batalla, son de por sí muy explícitos los documentos que dan fe de la rápida retirada de Ramsés hacia el sur, a la altura de Damasco, con los restos de su ejército. Es obvio que únicamente a costa de grandes pérdidas logró Ramsés escapar con vida. Su ejército, otrora terror y orgullo de Oriente, regresó terriblemente diezmado y sin el menor éxito en su haber. Lo cual no fue óbice para que el poeta oficial se extienda así: «El miserable y vencido príncipe de Hatti envió a un mensajero para honrar el alto nombre de Su Majestad: “Eres Ra-Harachti, eres Suteh el fuerte, el hijo de Nut; Baal habita tu cuerpo y el miedo se ha apoderado del país de Hatti. Has deslomado a su príncipe para siempre”.» El príncipe envió con el mensajero una carta dirigida al gran nombre de Su Majestad…, y le comunicaba en ella lo siguiente: «…Eres el hijo de Ra, que has salido de sus entrañas, y él es quien te ha dado todos los países de la tierra. El país de Egipto y el país de Hatti son tus servidores y yacen a tus pies. Te los ha ofrecido Ra el magnífico, tu padre.» «¡No te dejes llevar de la violencia con nosotros! Tu poder es inmenso y tu fuerza pesa sobre el país de Hatti.» «¿Es de algún provecho matar a sus propios servidores? Ayer nos has matado a centenares de miles y ahora nos dejas sin herederos. ¡Modera tus exigencias, oh gran rey! La benignidad es preferible a la violencia. ¡Déjanos respirar!». Si hemos de dar crédito al poeta, Ramsés recibió esta embajada durante la retirada, la cual, naturalmente, no es llamada por su nombre en el texto. La frase más absurda de todo este fantástico mensaje es ésta: «El país de Egipto y el de Hatti yacen a tus pies», pues salta a la vista que es imposible imaginar que, como resultado de una sola batalla librada en la frontera de ambos países, después de la cual los egipcios se retiraron inmediatamente, sin haber puesto ni siquiera el pie en territorio del Imperio Hatti propiamente dicho, Muwatallis se considerara obligado a poner su capital (distante unos seiscientos kilómetros) a la disposición del soberano egipcio. Pero el poeta se contradice.

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El faraón, que hemos visto abalanzarse furioso como el dios de la guerra para acabar con los enemigos, el mismo cuyas virtudes guerreras, nos cansamos de oír alabar, y que en el paroxismo de su real irritación y sin la menor ayuda de nadie había exterminado a infinidad de adversarios, ahora se presenta ante nosotros como la magnanimidad en persona. Lo que hace unos momentos era virtud suprema, deja de repente de serlo. El contenido del mensaje de Muwatallis era a buen seguro bien otro del que, según el poeta, comunicó el faraón a sus generales. Éstos le contestaron así: «La benignidad es la mayor gloria, ¡oh rey, señor nuestro! Jamás puede censurarse el deseo de paz. ¿Quién te honraría en tus días de ira?». En vista del parecer de sus generales, Ramsés ordenó «prestar oídos» a las palabras de súplica del soberano hitita, y le tendió la mano en signo de paz durante su marcha, o retirada, hacia el Sur. ¿Qué otra cosa podía hacer el faraón vencido, con el ejército deshecho, sino aceptar la propuesta de paz del hitita…, mientras que, por si acaso, se iba replegando hacia Egipto? Ramsés el Grande firmó un tratado de paz con el rey hitita Muwatallis. La victoria de éste es asombrosa, y así debieron ya de considerarla sus contemporáneos, a juzgar por sus repercusiones. Una consecuencia directa del resultado de la batalla de Kades es el sometimiento a Hatti del país de Amurru, cuyo soberano Bentesina había hecho causa común con los egipcios. Esta es una buena prueba de la victoria de Hatti, pues ¿cuándo se ha visto que un aliado del vencedor se pase al campo del vencido?  Además, Muwatallis mejoró su posición en relación con su hermano Hattusil, personalidad extraordinaria, cuyas victorias sobre los eternos rebeldes de Gasgas le habían valido el nombramiento de virrey. Se dijo que Hattusil había pactado secretamente con Bentesina, de Amorru, pero ahora se mantuvo quieto.

Por contra, las tribus fronterizas de Siria y de Palestina continuaron en su actitud levantisca, pero esta vez en contra de Egipto. Y todo hace suponer que sólo el pacto de amistad logró evitar que se rompieran nuevamente las hostilidades degenerando las simples escaramuzas en conflicto abierto egipcio-hitita. En todo caso no se posee ninguna noticia precisa de alguna batalla importante entre Egipto y Hatti. Ningún documento señala la presencia de un ejército con mando hitita. Ramsés tuvo, pues, que habérselas con tribus y pueblos más o menos importantes, pero jamás puso el pie en la frontera trazada para señalar las zonas de influencia de los dos grandes países, frontera que seguía el curso del Nahr el Kelb, el «Río del Perro», en Fenicia. Esta situación de entonces no difiere mucho de la que existe todavía hoy en la misma región, en donde alternan los períodos de guerra fría y de guerra caliente. Como la lucha ocasionaba grandes dispendios a los dos adversarios, era de interés para ambos tomar una decisión definitiva. Si los elementos responsables se inclinaron en favor de la paz, fue gracias a Hattusil III, el más grande de los reyes hititas después de Shubiluliuma. A la muerte de Muwatallis subió al trono su hijo Urhi-Teshub, monarca débil, pero legítimo según la ley de sucesión promulgada por Telebino. Y su fatuidad le llevó a cometer una equivocación que iba a serle fatal, al atreverse a negar a su tío Hattusil la posesión del virreinato que éste debía exclusivamente a su propia espada. Hattusil depuso a su sobrino, y a lo que se ve consideraba tan segura su posición, que por esta vez la usurpación no fue acompañada de ningún crimen, sino que el nuevo rey se contentó con desterrar al anterior. Aun cuando Hattusil se hizo con el trono por medio de las armas, una vez instalado en él demostró ser mucho más que un general afortunado. Fue un verdadero hombre de Estado, que ha dejado a la posteridad un documento que es único y el más antiguo que se conoce en su especie. Resalta especialmente en este documento el carácter indoeuropeo de los hititas.

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El arqueólogo alemán Antón Moortgat llama a este documento: «La autobiografía más antigua y al propio tiempo una justificación de la usurpación de un trono. Pertenece a una categoría esencialmente hitita de perpetuadores de la historia por medio de inscripciones literarias en monumentos, y en él, por primera vez en Oriente, un hombre demuestra poseer aptitud suficiente para asociar su propia vida a la de su pueblo mediante la interpretación, desde un punto de vista particular y “nacional”, de una serie de acontecimientos que interesan e influyen tanto en su país como en el de los vecinos; en una palabra: es la primera manifestación que conocemos del sentido histórico en Oriente. Este sentido “histórico” constituye sin duda alguna, todavía hoy, una de las diferencias esenciales que existen entre la concepción que del mundo y de la evolución tenemos los indoeuropeos occidentales por un lado y los pueblos del Próximo Oriente del otro». Es verdad que también Telebino y Mursil habían dejado documentos que podemos considerar como precursores del de Hattusil, pero éste fue mucho más lejos que aquellos. En contraste con el endiosamiento real que en Oriente fomentaban los mismos monarcas, el rey hitita se propuso escribir una autobiografía sincera, que, dicho sea de paso, no es ni pretende ser una «confesión» tal como las entendemos ahora en Occidente, Hattusil no se alaba a sí mismo; trata de explicar, no de justificar, sus actos, y varias veces llega hasta a disculparse de la usurpación. Hattusil no se apresuró a darse una genealogía divina luego que se hubo apoderado del trono, sino todo lo contrario, le faltó tiempo para proclamarse servidor de la divinidad. «Y mi padre me tomó a mí, el pequeño, y me consagró al servicio de la divinidad». Con humildad casi cristiana se consideraba como el instrumento de la diosa Ishtar de Samuha, la cual le guía y le aconseja en todo cuanto emprende: «…cuando no me encontraba bien, en mi enfermedad reconocí claramente la acción bienhechora de la divinidad. La diosa, mi señora, me llevaba siempre de la mano. Porque ella se preocupó de mí, porque he vivido en el temor de los dioses, jamás he caído en la tentación de dejarme arrastrar por las debilidades humanas».

Su participación en la conspiración de Bentesina, en contra de su hermano Muwatallis, cuando éste se dirigía hacia Kades, parece desmentir sus palabras. Pero quizá se trate de un malentendido que tres mil años no han bastado a disipar. De otro modo no se comprende muy bien que Muwatallis, después de haber ordenado una investigación para poner en claro las acusaciones de que había sido objeto su hermano, confiara a éste el mando supremo del campamento y de los conductores de carros de combate hititas. A pesar de tener, pues, las fuerzas armadas de la nación prácticamente en sus manos, al morir su hermano, respetuoso de la legalidad establecida, entronizó al hijo y heredero legítimo de Muwatallis. Solamente se sublevó cuando se sintió amenazado en sus derechos por su insolente sobrino. «…Cuando decidí separarme de él no lo hice de mala fe enojándome con él en mí carro o dentro de la casa, sino que me he declarado su enemigo con estas palabras: “Tú empezaste la querella entre los dos. Tú eres un gran rey; de la única fortaleza que me has dejado, de esta fortaleza el rey soy yo. ¡Ven! ¡Que la diosa Ishtar de Samuha, y Nerik, el dios de las tormentas, decidan entre nosotros dos…». El talento que los gobernantes hititas demuestran para percibir las relaciones causales entre sus actos y los acontecimientos históricos, debió de fortalecer seguramente su posición diplomática frente a sus adversarios desorientados. Buena prueba de ello es el éxito de su política de tratados. En realidad, en el antiguo Oriente, únicamente los textos hititas revelan este sentido de la relación entre causa y efecto que es característico de la verdadera jurisprudencia y el fundamento de la legalidad misma. Así se comprende que el tratado, que al cabo de muchos años de lucha en las fronteras concluyera Hattusil III con Ramsés, sea no solamente un acto de paz, sino el primer ejemplo de un gran acuerdo político en la historia de la Humanidad. Es el documento escrito más antiguo que se conoce de esta clase, cuya redacción viene confirmada por el hecho de que se posea por duplicado. Pues éste es el mismo tratado cuya versión egipcia conocía ya Winckler, y que, para su sorpresa, apareció un buen día en Bogazköy, escrito esta vez en el idioma del otro firmante, en una tablilla hitita en la que se había escrito hace unos tres mil años.

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El tratado fue redactado entre 1280 y 1269 antes de J. C., aunque la fecha exacta es todavía objeto de discusiones entre egiptólogos e hititólogos, en el vigésimo año del reinado de Ramsés II, según la cronología más reciente, la cual sitúa la subida de éste al trono el año 1301 antes de J. C. El texto original había sido grabado en láminas de plata que se han perdido, pero la versión egipcia fue reproducida en jeroglíficos en los muros del Rameseum y en Karnak. Es curioso que este tratado exista no solamente en dos lenguas, sino también en dos versiones diferentes, cada una de las cuales es una traducción revisada de los párrafos relativos a las obligaciones del otro firmante, y en cada caso la fraseología ha sido alterada en consecuencia. No ha llegado completa hasta nosotros la versión cuneiforme, la cual alcanza sólo hasta el párrafo catorce, que corresponde al párrafo diecisiete en la versión egipcia. El texto egipcio comprende treinta párrafos y termina con la descripción de las láminas de plata anteriormente mencionadas. Los mensajeros de Hattusil llegaron a Egipto provistos de un proyecto de tratado. El texto egipcio, reflejando, como es natural, una interpretación unilateral de la situación política de entonces, precisa que el año 21 del reinado de Ramsés y en el 21 día del mes de Tybi, durante la estancia del faraón en su nueva residencia en el Delta del Nilo, aparecieron los enviados hititas Tarteshub y Ramose «para implorar la paz de Ramsés, ese toro entre los príncipes y que fija las fronteras de su país donde quiere», lo que precisamente jamás logró en el país de Hatti. El tratado propiamente dicho empieza con la grandilocuencia propia de Oriente. Pero correspondía y estaba a la altura de la realidad: el equilibrio de fuerzas en el Próximo Oriente. «El tratado que el gran príncipe de Hatti, Hattusil el fuerte, hijo de Mursil, el grande y poderoso príncipe de Hatti, y nieto de Shubiluliuma, el grande y poderoso príncipe de Hatti ha estampado sobre una lámina de plata para Ramsés II, el grande y poderoso soberano de Egipto, hijo de Seti I, el grande y poderoso monarca de Egipto, y nieto de Ramsés I, el grande y poderoso príncipe de Egipto, el buen tratado de paz y de fraternidad que sella para siempre jamás la paz entre nosotros».

Para nuestra manera de pensar, la cláusula más interesante e importante es la que se encuentra al final del tratado. Es la que se refiere a la situación de los refugiados políticos, y que al cabo de tres mil años es de una inquietante actualidad. «Si un hombre —o incluso dos o tres— huye de Egipto y llega al país del gran monarca de Hatti, que el gran monarca de Hatti se apodere de él y lo devuelva a Ramsés, el gran señor de Egipto. Pero, cuando esto suceda, que no castigue al hombre que devuelvan a Ramsés II, gran señor de Egipto, que no se destruya su casa ni se haga el menor daño a su esposa ni a sus hijos, y que a él no le maten ni se le mutilen los ojos, ni las orejas, ni la lengua, ni los pies, y que no se le acuse de ningún crimen». Las mismas condiciones rigen también, naturalmente, para los súbditos hititas que se refugiaren en Egipto. La última frase del tratado es la que le confiere todo su valor: «En lo tocante a estas palabras, que para el país de Hatti y para el país de Egipto han sido escritas en esta lámina de plata, que los mil dioses del país de Hatti y los mil dioses del país de Egipto destruyan la casa, las tierras y los servidores de los que no las respetaren». Ciertamente, si el tratado no se convirtió en un trozo de «papel mojado», como otros muchos desde entonces hasta nuestros días, se debió mucho menos al poder mágico de estas palabras que al acreditado sentido hitita de las realidades políticas. Sea como fuere, este tratado inició un período de paz que duró setenta años en el Próximo Oriente. Por desgracia, hay que reconocer que son raros los casos como éste en la historia del mundo. Incluso el mejor tratado de paz sólo puede surtir efectos mientras interese a ambas partes. En el caso presente no puede sospecharse de la buena voluntad de ninguno de los dos firmantes, por cuanto diez años después de la conclusión del pacto la amistad egipcio-hitita fue todavía confirmada de un modo solemne y poco corriente en aquellas latitudes. En efecto: Ramsés II casó con una hija de Hattusil.

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Esto no tendría nada de particular y no valdría ni la pena de mencionarlo si Ramsés hubiera considerado a la princesa hitita como a una cualquiera de las mujeres de su harén. Pero es que no fue así, sino todo lo contrario, pues Ramsés la elevó al rango de primera esposa. Esta boda brindó una espléndida oportunidad para proclamar una vez más, y ante todas las naciones, la validez y la vigencia del tratado de paz y de amistad entre los antiguos y eternos rivales. El acontecimiento dio, además, ocasión a una nueva entrevista entre dos de los «tres grandes» de la Antigüedad. Todo hace suponer que la iniciativa partió de los hititas, y que, por lo tanto, debemos considerar este enlace como un acto de alta política, adecuada para simbolizar la situación de Hatti en aquella época, como consecuencia de dicha alianza. La entrada de la princesa en Egipto fue inmortalizada por una estela hallada cerca de Abu Simbel, en la que la novia, que adoptó el nombre egipcio de Ma’atnefrure, la verdad es la belleza del Ra, está representada al lado de Ramsés y de su padre el rey hitita Hattusil III. El egiptólogo alemán Siegfrid Schott ha traducido uno de los textos que figuran en dicha estela. Pero es una lástima que en la introducción haga suya la tesis egipcia: «Después de la victoria de Ramsés II sobre Hatti, este país vive en el terror y en la miseria. El gran príncipe de Hatti envía a una de sus hijas a Ramsés…». ¿Cómo es posible imaginar que un faraón recibiera con tanta pompa a una princesa oriunda de un país que tiembla ante él y que vive en la miseria? Y, sin embargo, el texto que poseemos de la llegada de la princesa no deja lugar a dudas. El faraón envió a su encuentro a todo un ejército y a muchos de sus nobles: Así informaron a Su Majestad: “He aquí lo que hace el gran príncipe de Hatti: Traen a su bija mayor con innumerables presentes; Son tantos sus tesoros, que cubren con ellos el lugar donde se encuentran. La hija del rey de Hatti y los príncipes los traen. franquean muchas montañas y desfiladeros escabrosos y pronto alcanzarán las fronteras de Su Majestad. Envía a tu ejército y a tus nobles a recibirles…”.

El faraón parece sorprendido. No puede creerse que Hattusil, inspirándose en simples consideraciones políticas, se pusiera en camino con su hija, sin haberse cerciorado antes de cómo sería acogida en Egipto. Las líneas siguientes parecen dar a entender que la iniciativa partió efectivamente de Hatti: “Su Majestad no cabía en sí de gozo. El señor de palacio estaba radiante de júbilo, cuando tuvo conocimiento de este hecho extraordinario como nunca se había dado otro igual en Egipto, y envió al ejército y a sus nobles a recibirla inmediatamente”. Y Ramsés imploró a Seth, «el buen padre Seth», el dios de los extranjeros, que concediese buen tiempo a los invitados a la boda: «Haz cesar la lluvia, la tormenta y la nieve…, y su padre Seth atendió el ruego». Luego la inscripción describe el cortejo, que debió de ser una verdadera maravilla: “Los soldados de Hatti, los arqueros y los jinetes, todos súbditos del país de Hatti,  estaban mezclados a los de Egipto. Comían y bebían juntos unidos como hermanos, sin que ninguno recriminase al otro. Reinaba entre todos la paz y la amistad, como si todos fuesen egipcios. Los grandes príncipes de todos los países por los que pasó el cortejo estaban fascinados, incrédulos y atónitos, al ver a toda la gente de Hatti mezclarse al ejército del rey. Es cierto lo que Su Majestad dijo: «¡En verdad que nuestros ojos han visto un espectáculo grandioso!»”.  Evidentemente se trataba de explotar como un «milagro político» el paso de la magnífica comitiva por los pueblos fronterizos. Por fin la princesa y su séquito llegaron a la residencia de Ramsés:  “Introdujeron ante Su Majestad a la hija del gran príncipe de Hatti que venía a Egipto, con innumerables regalos. Entonces vio Su Majestad cuan bella era su faz» bella como la de una diosa. Era un acontecimiento fantástico, una maravilla espléndida que en nada se parecía a lo que la gente hasta entonces se había transmitido de boca en boca. En los escritos de nuestros antepasados no se encuentra nada igual”. En el epílogo se exponen claramente las consecuencias políticas de este matrimonio de conveniencia, y el amanuense aprovecha esta ocasión para postrarse ante su dueño y señor, el rey: “Y luego, cuando un hombre, o una mujer, cuyos negocios llevaban a Siria, penetraban en el país de Hatti, nada debían temer. ¡Tan grande era el poder de Su Majestad!”.

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La conclusión de este tratado coincide con la época de mayor esplendor hitita. El tratado surtió efectos duraderos, pero la seguridad que proporcionaba a sus firmantes trajo como consecuencia la disminución de la potencia del Imperio, tal vez porque parecía que ya no era necesaria la fuerza para defenderlo. Los reyes asirios, ávidos de botín, empezaron a violar de vez en cuando las fronteras. Uno de los vasallos occidentales más fieles, Madduwatas, cambió de repente de bando, sin duda presintiendo un cambio radical en la situación. El país de Arzawa pasó bruscamente a primer plano, y al Oeste, los Ahhiyawa (es muy posible que sean los aqueos, o sea los protohelenos) llegaron a constituir una seria amenaza. Arzawa (forma antigua Arzawiya) era un reino y una región de Anatolia occidental del II milenio a. C. Es un término hitita para referirse a una región no muy bien definida de Anatolia occidental, y, a veces, por extensión, se usa también para referirse a la alianza de los reinos de la región (el mayor de los cuales se suele llamar Arzawa Menor). De la cultura de Arzawa poco se sabe, excepto que la lengua de la corte era el luvita, emparentado con el hitita. Su historia es conocida únicamente por fuentes foráneas, provenientes esencialmente del reino vecino de los hititas, que combatieron muchas veces en esta región. La localización exacta de Arzawa aún es debatida. Se la sitúa al suroeste de Anatolia, entre las posteriores Licia y Lidia. Podría haberse extendido hasta el Mar Egeo. Era un reino de cultura luvita, como lo atestiguan los nombres de personajes originarios de este país, y el hecho de que se veneraba a dioses luvitas, como Tarhu (el dios de las tormentas). Las confederaciones de reinos de Arzawa fueron un problema constante para los hititas, que tuvieron que intervenir en numerosas ocasiones para repeler invasiones de su propio territorio o para asegurar que sus vasallos no eran expulsados de la región. El primer testimonio histórico del reino de Arzawa data del reinado de Hattusil I, hacia 1650 a. C. Un conflicto le enfrentó a su vecino occidental, que era ya una gran potencia. Aprovechando el debilitamiento del reino hitita durante el reinado de Zidanta I (hacia 1550 a. C.), los reyes de Arzawa extendieron su territorio. Cuando el reino hitita volvió a ser una gran potencia a partir del reinado de Tudhalia I, Arzawa fue una fuente de grandes problemas para él, igual que toda la región de Anatolia occidental, en la que los ahhiyawa (¿tal vez los aqueos?), comenzaron a poner el pie.

Maduwata, un monarca local vasallo de los hititas provocó a Kupanta-Kurunta, rey de Arzawa que le había vencido. Los dos terminaron por firmar la paz, para disgusto de Tudhalia que veía con mal ojo a su vasallo aliarse con su enemigo. Tudhalia II combatió a su vez contra Arzawa, sin mucho éxito. Este reino estaba en su apogeo, mientras que Hatti se enfrascaba en disputas dinásticas. El momento álgido de Arzawa llegó durante el reinado de Tarhuna-radu (primera mitad del siglo XIV a. C.), contemporáneo de los reyes hititas Arnuanda I y Tudhalia II: la debilidad hitita durante el final del gobierno de Arnuanda colocó a Tarhundaradu en una posición que quizá le permitía reclamar la hegemonía sobre Anatolia, hasta el punto de que Amenofis III, faraón de la dinastía XVIII de Egipto, firmó un pacto con él. El soberano de Arzawa aprovechó para conquistar las tierras bajas hititas. Después contactó con Akenatón, en las que le refirió la situación mediante dos cartas que le remitió en hitita, y le solicitó una alianza matrimonial. Sin embargo, Tudhalia II logró recuperar el poderío hitita. Su sucesor, Shubiluliuma I, obtuvo una victoria sobre Arzawa. Pero no fue suficiente: Uhha-Ziti, el nuevo rey de Arzawa, logró formar una coalición contra Hatti con ayuda de los ahhiyawa. El rey hitita Mursil II, hijo de Shubiluliuma, emprendió una gran expedición, con la que tardó dos años en vencer a Arzawa. Tomó su capital, Apasa (¿tal vez Éfeso?) y sometió todas los territorios aledaños. Según las declaraciones de Mursil, 65000 habitantes de Arzawa fueron deportados al país hitita. Arzawa fue dividida entre los antiguos vasallos de Uhha-Ziti, los reinos de Hapalla, Mira-Kuwaliya y el país del río Seha, que pasaron a la órbita hitita con la firma de tratados de vasallaje con Mursili. No se sabe exactamente lo que sucedió a Arzawa, el reino de Mira podría haber recuperado las regiones que constituían el corazón. Se produjeron revueltas en Arzawa, sobre todo durante el reinado de Muwatallis II, quien hizo frente a las ambiciones de los ahhiyawa, y durante el de Tudhalia IV, que reprimió la revuelta del reino del río Seha. En la región se establecieron algunos de los Pueblos del Mar que asolaron el Oriente Próximo, como los lucca (licios). A pesar de estas continuas rebeliones, Arzawa permaneció bajo el dominio del Imperio Hitita hasta la desaparición de este último (hacia 1200 a. C.), momento en el cual surgen distintas monarquías de cultura hitita en Arzawa, que posteriormente darán lugar al reino de Lidia. La última mención a Arzawa es de Ramsés III, que refiere la destrucción del reino por los temibles y misteriosos Pueblos del Mar.

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El gran Imperio hitita que forjara Shubiluliuma y que se había mantenido próspero durante un siglo, desapareció en el curso de dos generaciones, disgregándose durante el reinado del débil Tudhalia IV (1250-1220 antes de J. C.) y del todavía más débil Arnuwanda IV (1220-1190 antes de J. C.). Ni el uno ni el otro supieron continuar la política pacífica y constructiva de Hattusil, ni lograron compensar por la espada lo que perdieran en el terreno diplomático. Se han sugerido varias hipótesis para justificar el brusco declive del Imperio hitita. Sin embargo, no fue sino la consecuencia de una nueva invasión. Sea como fuere, parece que después de la muerte de Arnuwanda ocupó por poco tiempo el trono otro Shubiluliuma, y luego quizá también otro Tudhalia. El año 1190 antes de J. C., un gran incendio devastó Hattusas, y luego otra invasión, viniendo esta vez del oeste, sumergió completamente al Imperio hitita, que ya se encontraba muy debilitado. Puede que la primera invasión procediera de Misia o de Frigia. Una inscripción del templo egipcio de Medinet Habu los califica de «Hombres del mar», y añade: «…Y ningún país resistió a su empuje… empezando por el de Hatti». El incendio de Hatti, que siguió al saqueo de la ciudad, fue de unas proporciones aterradoras, gigantescas, pues si hemos de dar crédito al lenguaje de las piedras sacadas a la luz durante las excavaciones, la ciudadela, los templos y las casas de Hattusas ardieron durante muchos días, quizá durante semanas enteras. El fuego destruyó la capital, que desde entonces y hasta al cabo de 3145 años alguna vez llegó a ostentar el título de pequeña ciudad provincial, pero sin pasar generalmente de la categoría de aldea. Pero, asimismo, tal vez simultáneamente fueron pasto de las llamas las demás grandes ciudades de Kultepe y Alaja Hüjük. Y, con ellas, el Imperio hitita desapareció completamente del mapa. No podemos dejar de tener en cuenta la opinión de los arqueólogos, cuyo punto de vista define admirablemente sir Leonard Woolley en estas declaraciones suyas: «Si los excavadores hubiesen sido consultados, todas las grandes capitales de la Antigüedad hubieran quedado sepultadas bajo la lluvia de cenizas de un oportuno volcán», y añade: «A falta de volcán hecho a medida, lo mejor que puede sucederle a una capital es un buen saqueo con todas las de la ley, seguido de un buen incendio».

Estas expresiones de Woolley no son tan cínicas como parecen, pues, dondequiera que los excavadores hinquen el pico, allí ponen al descubierto restos de incendios, rastros de saqueos y destrucciones, de asesinatos y otras manifestaciones de todas las crueldades que, desgraciadamente, tanto abundan en la historia de la Humanidad de todos los tiempos. El arqueólogo no hace más que registrar un hecho real cuando declara que una muerte rápida y brutal, y buen ejemplo de ello son Pompeya y Herculano, que en poco tiempo fueron sepultadas bajo una capa de lava y de lapilli,  preserva mejor los vestigios del pasado que una interminable agonía. La destrucción inmediata es sinónima de momificación, no de desintegración. Parece una paradoja el pretender que también un incendio pueda contribuir a la conservación de unas reliquias para la posteridad, pero no debemos olvidar que, por grandioso que sea, un incendio jamás llega a destruir completamente una ciudad. Quedan los edificios de piedra, las murallas, las fortificaciones, por lo menos en parte, e incluso puede reconocerse casi siempre el plano de las casas de ladrillo. En todo caso subsisten más huellas de lo que fue que cuando una ciudad tuvo que ser abandonada por sus habitantes, y fue deshaciéndose, disgregándose, desintegrándose lentamente bajo los efectos conjuntos del viento, de los agentes atmosféricos y del roce de la arena, que atacan las ruinas y van nivelándolas hasta transformarlas en su primitivo elemento: en polvo. Esto explica que seguramente hay muchos restos de civilizaciones perdidas, que nunca han sido halladas. El hecho de que Hattusas fuera destruido por un incendio, y la presencia de muchos restos susceptibles de poder ser interpretados, explica el éxito del alemán Kurt Bittel, que dirigió las excavaciones en Bogazköy, donde Hugo Winckler se había casi contentado con buscar tablillas. También Bittel encontró tablillas, pero siguiendo las huellas de Otto Puchstein, codirector con Winckler en las primeras excavaciones, y de sus colaboradores, se interesó particularmente por la situación de la ciudad, su extensión, por sus palacios, y por las características arquitectónicas de la ciudadela, de sus templos y de los archivos.

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Kurt Bittel nació el año 1907 en la villa de Heidenheim, en Württemberg (Alemania), y después de haber estudiado arqueología, prehistoria e historia antigua en Heidelberg, Marburg, Viena y Berlín, obtuvo en 1930 del Instituto Arqueológico Alemán una beca que le permitió trasladarse a Egipto y a Turquía. En Estambul conoció en 1931 al director de la delegación del Instituto, Martin Schede, el cual le envió a visitar Bogazköy, y le propuso, algo más tarde, que fuera él quien se encargara de la dirección de unas excavaciones. Bittel, que tenía a la sazón solamente 24 años, y era atrevido y emprendedor, aceptó entusiasmado. Parecía haber dado con el objeto de su vida. Durante nueve años, hasta que estalló la segunda guerra mundial, investigó en el mismo paraje, y se dedicó a pasar algunas semanas cada año en las ruinas de la antigua capital hitita. Al principio se trataba solamente de iniciar unas excavaciones, sin otra finalidad que la de sondear el terreno y comprobar las conclusiones anteriores, ante las deficiencias de las realizadas por el tándem Winckler-Macridy. Posteriormente refirió Bittel algunos detalles sobre los trabajos de Winckler. Según él, Winckler y Macridy fueron, desde un punto de vista científico, unos verdaderos saboteadores. En el edificio llamado «La casa de la ladera», inició Macridy, probablemente en 1911, el despeje de unos restos de murallas. Pero abandonó pronto la tarea sin terminarla y sin que en ninguno de sus informes haya quedado la menor constancia de ello. Sabemos de esa actividad suya por una carta en la que se menciona, sin darle mayor importancia, que «por el lado Este había hallado restos que atestiguaban la existencia de utensilios de hierro», un hallazgo sensacional si los hay. Pero eso es todo, y ni tan sólo se dispone de croquis alguno. Bittel no se limitó a buscar tablillas, sino que continuó sus investigaciones profundizando en el estudio de las estructuras más remotas de la antigua Bogazköy. Pero antes de esbozar un cuadro de la vida y de las costumbres de este pueblo en la época de mayor esplendor del Imperio y antes de tratar el hecho sorprendente de que el pueblo hitita subsistiera y siguiera actuando a pesar de la destrucción del gran Imperio de Hatti, vamos a ocuparnos de las excavaciones de Bittel y de los resultados obtenidos. Poca cosa habría que decir de las excavaciones de Kurt Bittel, pues aun cuando, desde el punto de vista científico, fueron extraordinariamente fructuosas, sus métodos de trabajo en nada diferían de los usados en todas las demás expediciones.

De Anatolia a Mesopotamia, el cuadro no varía. Bajo un sol abrasador los obreros nativos trasladan canastas de un lado a otro o tiran de la carretilla. Hombres con sombreros de paja o cascos coloniales, armados con cintas métricas y aparatos fotográficos, contemplando los restos de paredes desnudas, dispuestas según un extraño plan geométrico sin interés alguno para el profano, al que ningún indicio podría indicar algún descubrimiento sensacional, que sólo los especialistas son capaces de presentir. La nueva expedición pudo llevarse a cabo con los medios aportados por la fundación James Simón, así llamada en honor del anciano mecenas judío de 84 años y gran amigo de los arqueólogos. El mismo gracias a cuya generosidad veinticuatro años antes el antisemita Winckler pudo entrar en posesión de los fondos necesarios para acometer las primeras excavaciones en Hattusas. Y cuando Bittel y Schede, después de una corta estancia en Alishar Hüjük, en donde H. H. von der Osten estaba realizando excavaciones por cuenta de la Universidad de Chicago, llegaron el primero de septiembre de 1931 a Bogazköy, fueron huéspedes del mismo personaje —Zia Bey— igual que años antes lo habían sido Winckler, Macridy, Puchstein y Curtius. El venerable descendiente de los Dulgadiroghlu había alcanzado los sesenta años y residía, como antes, en su konak de tres casas de dos pisos: el haremlik para la familia del dueño, el selamlik para los huéspedes y las habitaciones de la servidumbre, y la cocina. No quería reconocer que habían pasado los años, ni quería adaptarse a un mundo que ya no era el mismo desde hacía un cuarto de siglo. Para él nada había variado y seguía aferrado a su ficción de gran señor feudal de antaño, cuando era literalmente dueño y señor de la vida y de la hacienda de los habitantes de sus ochocientas aldeas. Pero desde entonces en Turquía se había implantado la república y Bittel no tardó en darse cuenta de las complicaciones inherentes a la nueva situación. A Zia Bey no le fue difícil el reunir la mano de obra necesaria, pero a Bittel no se le había ocurrido cuán difícil iba a serle, sin conocer una sola palabra del idioma turco, el poder entenderse con sus nuevos colaboradores. Cuando empezó a gesticular buscando en vano la manera de darles la bienvenida, avanzó de repente uno de los trabajadores y cuadrándose ante él le dijo con voz estridente y en buen alemán con acento berlinés incluso: “Guten Morgen, Herr Hauptmann!” (¡Buenos días, mi capitán!).

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Resultó que aquel hombre había hecho la primera guerra mundial en un regimiento alemán del frente de Rumania. El arquitecto y el fotógrafo llegaron al tercer día, y dos días más tarde, o sea al quinto día de haber llegado Bittel, empezaron las excavaciones en la ciudadela de Hattusas. Pero el primer día de recibir la paga los trabajadores se amotinaron. ¿Qué había sucedido? Nada más y nada menos que Zia Bey no solamente se había cuidado de reclutar la mano de obra, sino que luego había tomado también a su cargo la remuneración. Pero haciendo gala de una largueza demasiado bien entendida, se había reservado para sí una buena parte de los treinta kurus a que ascendía el jornal de los obreros. Se había apropiado simplemente el dinero aplicando la lógica de señor feudal: Desgraciadamente para él, las noticias de las innovaciones políticas y de las reformas sociales de la nueva Turquía habían llegado incluso hasta el centenar de casuchas de Bogazköy. Los obreros se armaron de piedras y se lanzaron al asalto de las tiendas, mientras Bittel, que por no entender el turco no podía comprender la causa del motín, pedía auxilio a la gendarmería. La situación continuó tensa hasta que Bittel, enterado de la razón que asistía a los amotinados, prometió darles inmediata satisfacción. Siguió una violenta discusión con Zia Bey, el cual aseguró cándidamente que el mundo se estaba volviendo imposible. La solución no se hizo esperar y el salario, que se aumentó a cincuenta kurus diarios, sería satisfecho directamente a los trabajadores prescindiendo de Zia Bey. Aun cuando las primeras excavaciones tenían sólo el carácter de sondeo para verificar los resultados de las anteriores, la expedición inició sus trabajos con buen pie. En efecto, al cabo de muy poco tiempo pareció como si todavía no se hubiese extinguido la racha de la buena suerte que había favorecido a Winckler años atrás. Primeramente dieron con un archivo de tablillas que se componía de unos 350 textos cuneiformes redactados en lengua acadia y en hitita, ambas legibles por consiguiente, la primera desde el siglo XIX y la segunda desde los descifres realizados por Hrozny. Era natural que las investigaciones prosiguieran con ardor después de este éxito inicial. Pero precisamente entonces se produjo la quiebra del Banco Danat, de Berlín, signo evidente de que la economía alemana estaba sumida en plena crisis, y con ello la expedición se encontró bruscamente sin medios económicos. Se había empezado con tres mil marcos y tuvieron que proseguirse los trabajos con sólo los mil marcos aportados por el Instituto Arqueológico.

A despecho de todas las dificultades económicas a las que se tuvo que hacer frente, todas las excavaciones que Bittel emprendió hasta la segunda guerra mundial, en 1939, se vieron coronadas por el éxito. Al contrario de sus predecesores en Bogazköy, a Bittel no le interesa el estudio de un único aspecto determinado de las excavaciones, sino que demuestra su eclecticismo investigando para hacerse una idea del conjunto. No tuvo la pretensión, que caracterizó a otros, de querer hacerlo todo por sí mismo, sino que solicitó el parecer de ingenieros y arquitectos, y antes de publicar sus conclusiones consultó a los especialistas de otras disciplinas: biólogos, químicos, zoólogos, etc., gracias a lo cual logró resolver algunos problemas que un arqueólogo, trabajando solo, jamás hubiera podido solucionar. Como consecuencia de esta colaboración, poco a poco fue perfilándose la historia de la ciudad de Hattusas, la capital de Hatti, en cuyo emplazamiento se comprobó la existencia de cinco estratos culturales. El más antiguo, el IV, data del primer siglo de la dominación hitita; el III a corresponde ya a la época del apogeo del Imperio hitita, o sea al reinado de Shubiluliuma, a mediados del siglo XIV antes de J. C., cuando se levantaron las murallas ciclópeas y los templos. En cuanto al estrato III b, éste permite reconocer el aspecto que presentaba Hattusas en tiempos de Tudhalia IV y hasta su destrucción por las llamas, cuyas huellas quedaron grabadas en las murallas de la ciudad. Los estratos II y I, por contra, son característicos de la influencia frigia y helena. Bittel sacó nuevas fotografías, no solamente de los edificios de Hattusas propiamente dicha, sino también del santuario rupestre de Yazilikaya cerca de Bogazköy. Gracias a que durante las primeras excavaciones se dieron cuenta de que Buyukkale (la ciudadela) era, en tiempos de Shubiluliuma, un recinto cerrado, fue luego posible identificar el vasto complejo de edificios que en 1907 Puchstein había despejado a medias, cerca de la «Puerta Real», como los restos de un templo y no de un palacio, como se había supuesto en un principio. Las proporciones de la estructura eran asombrosas. En un perímetro de 60×60 metros había más de setenta habitaciones. El hallazgo más importante realizado por Bittel, y al propio tiempo también el más significativo, fue sin duda alguna el archivo de tablillas. Durante las primeras excavaciones había exhumado 350 tablillas. Pero en 1932 encontró otras 832 y en 1933 fueron ya otras 5.500.

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Entre los textos cuneiformes se encontraban los famosos sellos bilingües, gracias a los cuales Bittel y Hans Gustav Güterbock, profesor en la Universidad de Ankara, pudieron atribuir a Shubiluliuma la inscripción de Nishan Tash y demostrar la exactitud de las primeras lecturas de los jeroglíficos hititas. Durante nueve años trabajó Bittel sin descanso en la interpretación de este ingente material. Fue nombrado director del Instituto Arqueológico Alemán de Estambul, y tan pronto cesaba la temporada de lluvias se dirigía nuevamente a Buyukkale, en donde mientras tanto se habían construido, para morada de los arqueólogos, algunas casas de barro y techo de paja, no lejos de una fuente. Las distracciones eran allí tan raras, que el paso de algún lobo solitario constituía un verdadero espectáculo y los hombres se distraían siguiendo las evoluciones de águilas gigantescas, o el vuelo perezoso de los buitres. Antes de empezar la descripción de las excavaciones que bajo la dirección del profesor Bossert se estaban realizando en el Karatepe, después de su reanudación al finalizar la guerra mundial, vamos a dar una idea general del papel histórico desempeñado por este misterioso pueblo hitita.  Empezaremos resumiendo lo que sabemos gracias al estudio de los documentos cuneiformes y de los monumentos hititas. En el segundo milenio antes de J. C, Hatti fue una gran potencia durante algunos siglos. Su incontestable superioridad militar y su gran habilidad diplomática, caracterizada por su política en materia de tratados y de enlaces matrimoniales, les permitió a los hititas no sólo realizar sus numerosas conquistas, sino, lo que es más, mantenerlas. Aun cuando no fueran los inventores del carro de combate ligero, lo perfeccionaron y lo utilizaron con gran éxito. Su forma de Gobierno era una federación de Estados sometida a una autoridad central. El «Imperio» comprendía, además del núcleo hitita, innumerables regiones pobladas por grupos étnicos de naturaleza, mentalidad y origen distintos, unidos unos a otros por medio de tratados. Todos los miembros de la federación se beneficiaban de los privilegios inherentes a la superioridad militar y económica del pueblo hitita dominante. La monarquía no era absoluta, sino constitucional, y el rey era en cierto modo responsable ante el «Pankus» o consejo de los nobles. Es muy significativo que su papel en el gobierno se basara en un concepto del Estado y no en la consolidación casual que requiere una oligarquía.

El orden social hitita no era rígido, y entre las clases de la sociedad hitita no existían barreras. Prevalecía un sistema feudal en el cual incluso los esclavos disfrutaban de unos derechos netamente definidos. Los deberes morales y éticos de los ricos desempeñan un gran papel en el código hitita. Considerada desde nuestro punto de vista occidental moderno, la organización social hitita llegó a su mayor grado de perfección en el segundo milenio antes de J. C. El orden social estaba basado en una legislación humana que difería considerablemente de la de los demás países orientales. Su código prevé el derecho a la reparación de los agravios o perjuicios injustamente causados e ignora en cambio totalmente la ley del Talión, entonces en boga. Estas características del imperio hitita contrastan singularmente con las otras estructuras políticas orientales del segundo milenio antes de J. C. Incluso si juzgamos al Imperio hitita desde nuestro punto de vista occidental y moderno, en lugar de hacerlo en términos de relatividad cultural, nuestro veredicto será forzosamente muy favorable. A ello se debe la tendencia de atribuir estas características «progresivas» al hecho de que la clase dirigente hitita era indoeuropea. Pero hay otros aspectos muy importantes que no debemos silenciar si queremos hacernos una idea cabal de la cuestión. La nación hitita no estaba unida por una sola lengua, pues ya hemos visto que sólo en Bogazköy se encontraron inscripciones en ocho lenguas diferentes, cuatro de las cuales, por lo menos, eran utilizadas corrientemente. Tampoco disponía de una escritura unificada. Los jeroglíficos, empleados durante el período imperial exclusivamente para la redacción de textos religiosos y de las inscripciones reales, fueron inventados probablemente por los hititas, pero fueron utilizados corrientemente sobre todo en las ciudades-Estados del primer milenio, o sea después de la caída del Imperio. La escritura cuneiforme de que se servían las más de las veces los hititas se la tomaron a los asirios. El Imperio hitita no se encontraba unido por una religión única, ya que «Los hititas tienen mil dioses», sino que coexistían muchas religiones mezcladas a innumerables cultos nacionales y locales. Los hititas eran muy tolerantes en materia religiosa.

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Las artes plásticas hititas durante el período imperial muestran una cierta propensión a la monumentalidad, pero con evidente descuido de la forma. Los escultores se dejan llevar de la fantasía, y si la piedra no cede fácilmente al cincel, se tira a un lado y se echa mano de otro bloque. Se empleaban, unos juntos a otros, relieves a medio terminar con los que ya lo estaban, sin que jamás se considerase la escritura como motivo de adorno. Cuando era precisa alguna inscripción, se colocaba en donde quedaba sitio. Así sucedía incluso en Yazilikaya, donde, en relación a  los dioses, se advierte un prurito de superación en la expresión de la forma plástica. Podría ser que algún templo fuese obra de los hurritas, ya que vemos que varios de los jeroglíficos corresponden a nombres hurritas. De todos modos podemos afirmar que el santuario de Yazilikaya, situado en las cercanías de la capital, no es un ejemplo típico del arte hitita, sino algo único en su género. Como regla general, el arte hitita posee ciertas peculiaridades bastante bastas, con evidentes influencias hurritas y luego asirias, y carece de un estilo propio. La arquitectura hitita difiere claramente de todas las demás de la época. Mientras los otros pueblos levantaban sus edificaciones casi siempre alrededor del templo, para los hititas, pueblo guerrero por excelencia, y esto también vale para Bogazköy, el centro lo constituye la ciudadela y su recinto amurallado. Pero, al propio tiempo, los arquitectos hititas demuestran, en la construcción de sus ciudadelas, una gran inconsecuencia, pues a costa de un esfuerzo digno de titanes, apilaron enormes bloques de piedra en la cresta de un barranco que ya sin ellos nadie hubiera podido escalar, mientras que por otro lado, en el que la pendiente era mucho menos escarpada, cubrieron el exterior de las murallas con losas lisas. En Bogazköy podía verse  cómo unos muchachos turcos escalaban ágilmente por las losas. Esto todavía debía haberles sido más fácil a los guerreros descalzos de la antigüedad. Y, ¿qué decir de esos túneles de 70 metros de largo que cruzando bajo las murallas desembocaban en la llanura donde acampaba el enemigo, o de esas escaleras que invitaban a descender al pie de la fortaleza, o a asaltarla? La disposición de la ciudadela de Bogazköy parece un absurda, y tan carente de estilo como los bajorrelieves que adornan sus puertas y las esculturas que montan la guardia en las vías de acceso al recinto.

Sin embargo, hasta ahora no se había estudiado la importancia militar de las fortificaciones hititas, y sólo el holandés Kampman, que lo intentó, se limitó a unas descripciones generalizadas. Hasta ahora nadie ha señalado tampoco la curiosa desproporción que existe entre los cimientos ciclópeos del templo I de Bogazköy, pongamos por caso, y las posibilidades arquitectónicas sumamente limitadas que resultan del empleo, sobre tales cimientos, de barro y de madera en la construcción de los edificios. Con la sola excepción de las sorprendentes Oraciones en tiempo de la peste, de Mursil, en parte alguna encontramos rastros de una literatura hitita. Puede objetarse que tal vez no se haya todavía dado con ella, pues los hititas no sólo escribían sobre piedra y arcilla, sino también sobre planchas de madera, de plomo y de plata, las cuales pueden haberse perdido para siempre. Pero esto no es una razón concluyente. Por lo menos se hubiera topado con alguna alusión entre la gran cantidad de documentos exhumados. Los únicos textos de esta especie que se han encontrado en Bogazköy son los fragmentos de la epopeya de Gilgamesh, pero se da el caso de que esta epopeya no es hitita, sino de origen babilónico. Queda todavía por elucidar un punto que interesa especialmente a los prehistoriadores. Precisemos, para empezar, que puesto que nos ocupamos en escribir la historia de una civilización, consideramos como superada la división de la prehistoria en la Edad de Piedra, la Edad de Bronce, etc. Por consiguiente, no es de gran importancia histórica la afirmación de que los hititas conocieron el hierro muy pronto, quizá ya en tiempos de Labarna. Incluso parece que alrededor de 1,600 años antes de J. C. los hititas poseyeron algo así como el monopolio de la producción del hierro. Pero la función histórica de un nuevo material, contrariamente a lo que se creyó durante mucho tiempo, no coincidía entonces con su descubrimiento. En otras palabras: no debe creerse que también entonces bastaba descubrir un nuevo material para influir inmediatamente en el curso de la historia, gracias a su utilización en forma de arma nueva. Si, como todo lo hace suponer, hemos leído y traducido correctamente por «hierro» la palabra «amutum» de los textos de Kultepe, poseemos la prueba de que el hierro era cinco veces más caro que el oro y cuarenta veces más que la plata. De modo que durante varios siglos el hierro debió de ser un objeto de lujo rarísimo. Y buena prueba de ello la tenemos en las cartas que los faraones dirigían a los reyes hititas para pedirles hierro. También sabemos que tales demandas fueron desdeñosamente denegadas. El hierro era, pues, un metal precioso, con el que se fabricaban armas de adorno, pero no armas de guerra. Y, según parece, esas primeras armas de hierro no podían competir, ni con mucho, con las de piedra y de bronce que habían demostrado plenamente su eficacia en el campo de batalla.

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La verdadera «Edad de hierro» no empezó hasta mucho más tarde, y la iniciaron probablemente los misteriosos «pueblos del mar», los mismos que destruyeron al Imperio hitita y lo borraron tan completamente del mapa que desapareció durante muchos siglos. Al intentar imaginarnos lo que era realmente la civilización hitita, corremos el riesgo de que nos desoriente el hecho de que la mayoría de las esculturas gracias a las cuales hemos podido formarnos una idea de aquel pueblo proceden de una época en que el Imperio de Hatti hacía quinientos años que ya no existía. Las mejores representaciones de la vida de los hititas no las encontramos en los monumentos de la edad imperial, sino en los innumerables relieves y esculturas descubiertos en las ciudades-estados de Carquemis, Sendjirli, etc., y también en el Karatepe, las cuales sobrevivieron a la caída del Imperio. Estas obras de arte pertenecen al período comprendido entre los años 800 al 700 antes de J. C. De ningún modo debemos seguir la tendencia general que hasta hace poco consideraba estas esculturas neo-hititas como características del arte y del pueblo hititas. Lo que en realidad presentan estas esculturas no es sino un reflejo provincial de la grandeza hitita ya desaparecida. No hacen sino mostrarnos a unos soberanos apacibles y a unos súbditos satisfechos, gente obesa y despreocupada. En ningún otro de los monumentos del antiguo Oriente encontramos una tal profusión de animales y niños. Los monumentos hititas están literalmente llenos de ellos. La imagen del rey Asitawanda, tal como nos aparece en un relieve del Karatepe, o sea la de un personaje jovial, gran amigo del vino, de las mujeres y de las canciones, puede que sea la de un verdadero padre de su pueblo, pero jamás la de un soberano autoritario. ¿Debemos pensar que también Mursil, el conquistador de Babilonia, o Shubiluliuma, el forjador genial del Imperio, o Mawatallis, el vencedor de Ramsés, tenían esa imagen?

El término «Imperio hitita» designa exclusivamente al gran reino de Hatti que hizo sentir su influencia en la historia del Asia Menor y en la del Próximo Oriente desde el siglo XVIII al XII antes de J. C. Y únicamente pueden considerarse como genuinamente hititas los vestigios contemporáneos a la época del Imperio. Todos los demás tienen un valor muy relativo. El diario londinense The Times publicó en diciembre de 1954 un artículo consagrado a las excavaciones anglo-germanas de Nimrud-Dagh, en Commagena, dirigidas por Miss Teresse Goell y el doctor Friedrich Karl Dörner. En este artículo se afirma que todavía en el siglo I antes de J. C. se hacía sentir la influencia hitita en la estatuaria de aquella región. Esta afirmación no deja de ser muy interesante en sí, pero carece de verdadera importancia, porque no aduce ningún elemento nuevo susceptible de aumentar los conocimientos que poseemos de la «naturaleza» hitita. Sí nos contentamos con los vestigios contemporáneos a la gran época del Imperio de Hatti y tenemos en cuenta los puntos que hemos enumerado, puede definirse así el papel histórico desempeñado por los hititas: En el II milenio antes de J. C. existió un Imperio hitita, pero no por eso puede hablarse de una cultura hitita. El genio de la raza se debilitó hasta agotarse en la dominación y en la administración de las tribus heterogéneas del Asia Menor, que formaban parte de la federación imperial. No es por casualidad que conocemos por el nombre de «imperio» al reino de Hatti. Hace unos setenta años se lo dieron por primera vez dos ingleses, Whright y Sayce, imbuidos del espíritu imperial británico del siglo XIX. De haber vivido en el siglo XX, tal vez hubieran escogido el término de «commonwealth», sin duda alguna mucho más adecuado y conforme a la realidad. Si echamos una ojeada a los seiscientos años que duró la dominación hitita, nos damos cuenta de que no se puede hablar tampoco de una historia hitita propiamente dicha.  La historia, que supone evolución orgánica y lógica, unidad espiritual y elaboración progresiva de un estilo y de las formas de expresión artísticas, es sinónimo de cultura, como en el caso de los Imperios contemporáneos de Egipto y Babilonia. Pero este tipo de cultura no se da en el Imperio hitita. Durante seiscientos años hubo ciertamente variaciones y peculiaridades estilísticas hititas, pero no hallamos huella alguna de una evolución orgánica. El Imperio hitita del segundo milenio antes de J. C. es el fenómeno político más sorprendente y el más grandioso de la historia antigua. Pero, en el plano cultural, contrariamente a lo que suponían muchos arqueólogos en un principio, cegados por el entusiasmo del descubrimiento, su papel como puente o lazo de unión entre Mesopotamia y Grecia carece totalmente de importancia. Es verdad que Helmut Bossert no piensa así. En su opinión los hititas ejercieron realmente una extraordinaria influencia sobre la Grecia primitiva.

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Los griegos deben a los hititas los nombres de algunos de sus dioses. Existen indicios de que lo propio sucede con la forma de los cascos de sus guerreros, y con algún instrumento musical, pero esto es bien poco para que pueda hablarse de una verdadera influencia. De un Imperio como el hitita podía esperarse todo, de no haberse producido la invasión «de los pueblos del mar», que lo sumergió en el olvido hacia el año 1200 antes de J. C. Pero de nada sirve preguntarse qué hubiese sucedido sin esta invasión, pues en materia de ciencia histórica las hipótesis carecen de valor. Finalizaba el verano del año 1945, cuando atravesaba las montañas del Tauro, en dirección de norte a sur, un pequeño grupo de viajeros compuesto por el profesor Helmuth Th. Bossert y sus ayudantes turcos doctor Halet Cambel, Nihal Ongunsu y Muhibbe Barga, a los que la Universidad de Estambul había confiado la delicada misión de explorar una región prácticamente desconocida, casi sin vías de comunicación dignas de este nombre y algo peligrosa, en busca de posibles vestigios de cualquier civilización de la antigua Anatolia. En el curso de una pequeña parada en la aldea de Feke, situada en el remoto sudeste de la actual Turquía, unos Yurucos, últimos nómadas que aún quedan por aquellas regiones, les informaron que no muy lejos de allí, al otro lado de la villa de Kadirli, «en las montañas negras» había «una piedra del león». La noticia no podía por menos de interesar a Bossert, pues el león era precisamente el animal simbólico por excelencia de los hititas. Desgraciadamente resultó imposible llegar hasta Kadirli porque las carreteras eran ya impracticables en aquella época del año. Y para dar un gran rodeo la expedición no disponía de tiempo. En el mes de febrero del año siguiente volvió Bossert acompañado de su ayudante doctor Halet Cambel,  a pesar de que se les había aconsejado renunciaran a la expedición, pues era todavía demasiado temprano. Había llovido mucho últimamente y los alrededores de Kadirli estaban convertidos en un verdadero mar de fango. Pero Bossert estaba firmemente decidido a seguir la pista de la «piedra del león» hasta el fin y no le arredraban los obstáculos. La obstinación es precisamente una característica de su carácter. Los que solamente saben de él por los trabajos que lleva publicados como brillante co-descifrador de los jeroglíficos hititas, conocen una sola faceta de su formidable personalidad.

Bossert vino al mundo el año 1889, en la ciudad alemana de Landau, en el Palatinado, y estudió en diversas Universidades de su país historia del Arte, arqueología, filología germánica e historia medieval, especializándose en la paleografía. Como después del armisticio de la primera guerra mundial, en la que sirvió como oficial, la carrera militar y las científicas ofrecían pocas perspectivas en una Alemania vencida y humillada, entró en la importante editorial de obras de arte Wasmuth, en la que pasó en pocos años de aprendiz a director. Publicó una «Historia de la Artesanía» en seis volúmenes, que es la más completa que existe. Los ratos que le quedaban libres los ocupaba en estudiar, sin ayuda de nadie, las materias a las que más tarde consagraría su vida: las grafías cuneiformes y jeroglíficas. Y, mientras tanto, frecuentaba el cenáculo del que eran destacadísimas figuras los asiriólogos Ernst F. Weidner y Bruno Meissner. Su actividad era prodigiosa. Cuando ya estaba trabajando en su primera obra sobre el descifre de los jeroglíficos hititas, que apareció en 1932 con el título de Santas una Kupapa, pasó un año en el departamento de ediciones del Frankfurter Zeitung, que era por aquella época el periódico más importante de Alemania, y publicó, entre otros libros: Introducción a la fotografía, El camarada en el frente del oeste y Desarmado detrás del frente. Estos dos últimos, profusamente ilustrados, y en los que se describen gráficamente los sufrimientos de las poblaciones civiles de la retaguardia en caso de estallar una nueva guerra, figuraron pronto en las listas negras de los nazis, y, por consiguiente, fueron pronto pasto de las llamas en las primeras hogueras públicas organizadas en Berlín por las milicias de Hitler. Para un hombre dotado de tal energía y capacitado para el trabajo, y de sus convicciones, le vino como anillo al dedo que, en octubre de 1933, el ministro turco de Instrucción Pública le invitara a establecerse en Turquía. No era ningún desconocido allí, pues había efectuado un viaje a Bogazköy, en donde, junto a Kurt Bittel, trabajó en el descifre de las inscripciones rupestres, adquiriendo al propio tiempo experiencia en arqueología práctica. Aceptó la invitación y, en abril de 1934, fue nombrado profesor de la Universidad de Estambul y director del Instituto de Arqueología. Totalmente identificado con su nueva situación, pidió la nacionalidad turca y se casó con una muchacha de su patria adoptiva. A este hombre, que se había propuesto investigar y resolver el misterio de la «piedra del león», nadie pudo disuadirle de su idea con la excusa de que los caminos eran detestables. Su obstinación corría parejas con la de su ayudante turca, Halet Cambel, que no quiso quedarse atrás a pesar de que cuando se decidió el viaje se encontraba en cama con fiebre alta. Más tarde fue la colaboradora incondicional y enérgica de Bossert, la que incluso se atrevió a trabajar sola en el Karatepe.

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Imaginemos lo que representa que una mujer sola se encargara de la vigilancia de un equipo de rudos trabajadores de las excavaciones. Su nombre no podía sentarle mejor ni ser más apropiado, pues Halet Cambel significa «Abeto en un desfiladero angosto». El 27 de febrero, a la una de la tarde, se puso lentamente en movimiento el tasb arabasi, un carruaje tirado por caballos, vehículo sin muelles que se utiliza en la región desde hace siglos. Kadirli es una pequeña capital de provincia hasta la que no había llegado todavía el progreso de la electricidad, y que únicamente, desde el año 1954, posee una carretera transitable que la pone en comunicación con la aldea más próxima. Hasta entonces, la ciudad estaba completamente aislada del resto del mundo durante las temporadas lluviosas de primavera y otoño. Esto por una parte no dejaba de tener sus ventajas para los habitantes de Kadirli, pues la administración pública brillaba por su ausencia. En Kozán se unió Naci Kum, director del Museo de Adana, y poco después quedaban atascados en el fango. Más que un viaje aquello era una aventura, que continuó hasta que los caballos quedaron exhaustos y no hubo manera de hacerles avanzar, siendo preciso detenerse a descansar en la aldea de Köseli, donde les esperaba otra sorpresa. Resultó, en efecto, que el conductor no sabía el camino, y que para este difícil trayecto había escogido los peores caballos. Lo despidieron y con la cooperación de los habitantes de Köseli consiguieron hacerse con un par de robustos caballos y con un nuevo cochero. Se pusieron de nuevo en camino con el tiro de refresco y pronto les alcanzó la noche. El lodazal parecía no tener fondo, e incluso a los nuevos caballos se les hacía difícil seguir adelante. Los viajeros tuvieron que continuar el camino a pie. Finalmente, carro y caballos cayeron en un foso. Como Bossert escribía más tarde lacónicamente: «A través de un laberinto de relojes, nuestro guía nos dejó por fin sanos y salvos en Kadirli». Era ya noche cerrada, pero en el lugar estaban prevenidos de su llegada y fueron obsequiados con un magnífico banquete al que asistieron el kaymakam,  o primera autoridad del distrito, el alcalde y algunos otros personajes importantes.  Bossert, agradecido, pero al propio tiempo impaciente, empezó inmediatamente sus investigaciones preguntando quién podía darle razón de la famosa «piedra del león». Por extraño que parezca, nadie había oído hablar nunca de ella. Bossert se obstinaba e insistió en querer hablar con alguien que conociese bien los alrededores por haberlos seguido en alguna ocasión a pie o a caballo por una razón u otra. Hasta las once de la noche se presentaron en el Ayuntamiento diez personas, las cuales contaban las más extraordinarias historias sobre aquellos alrededores, pero ninguno sabía una sola palabra de la «piedra del león». Y menos aún habían oído hablar de esculturas, ni de restos de murallas en pleno bosque, ni de piedras cubiertas de inscripciones.

En esto sonaron las once y entonces hizo su aparición el maestro de escuela de Ekrem Kuscu, el cual, ante la sorpresa general, declaró que él había visto la «piedra del león», no solamente una vez, sino cuatro, en el curso de sus excursiones por los alrededores desde el año 1927. Se mostró dispuesto a conducirles hasta allí. Precisamente, el día siguiente se anunciaba espléndido y bastarían cinco o seis horas a caballo, dijo. Bossert termina así sus impresiones de aquel día, cuando aún no sabía qué sorpresa le aguardaba en el Karatepe: «Pasamos una noche muy agradable en Kadirli». A las ocho y media de la mañana del día siguiente los caballos estaban listos. Ekrem Kuscu había acertado. El día era realmente magnífico. El camino empezó deslizándose por la llanura y luego empezó a elevarse lentamente, zigzagueando por una angostura que iba penetrando en la «montaña sombría». Al este surgían las cimas cubiertas de nieve del Antitauro. Ante los viajeros aparecía, cada vez más cerca y plena de augurios, la cumbre peñascosa conocida con el nombre de Karatepe: la montaña negra. Después de una cabalgada de varías horas, los jinetes tuvieron que apearse y seguir a pie la ascensión por un viejo camino de pastores, pues les era imposible a los caballos abrirse paso por entre la maraña de tojos. Cuando alcanzaron la cúspide, pudieron por fin contemplar el panorama que se ofrecía a sus ojos y vieron ante sí una serie interminable de colinas y valles profundos; y a sus pies, trazando meandros, un río de aguas turbias y turbulentas: el Ceyhan, el Píramo de los antiguos. Cataonia (en griego Kαταoνία), una de las diez divisiones de Capadocia, es descrita por el geógrafo griego Estrabón, quien visitó esta región y la primera vez que la menciona es en un pasaje titulado Extensión y componentes del Tauro, donde dice que el Antitauro «muere en Cataonia». Se refiere a ella como una altiplanicie vacía. En otro pasaje informa que los cataonios y capadocios eran pueblos diferentes, así como su idioma y costumbres, pero que en su época (mediados del siglo I a. C.), según su testimonio, ya no existían ni siquiera indicios de todo aquello que había separado a ambos pueblos. El término griego κoιλoν significa llanura rodeada por montañas, al sur por el monte Ámano, que es una ramificación de los Tauros cilicios; otra ramificación la forma el Antitauro, que se desprende en dirección contraria. Es muy productiva, pero carece de plantas de hoja perenne. A través de la llanura de Cataonia fluye el río Píramo, que tiene su fuente en el centro de la llanura, y es navegable, y asciende a la superficie después de fluir oculto por debajo de la tierra una larga distancia.

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Según el geógrafo griego, Cataonia no tenía ciudades, sólo fortalezas en las montañas, como la de Amázora y la de Dastarco, a la que bordeaba el río Cármalas, probalemente el actual Zamantı. Había un santuario bajo la advocación de Apolo Cataón. Claudio Ptolomeo enumera once ciudades, una de las cuales, Heraclea Cybrisa, está más allá de los límites de la Cataonia de Estrabón. De hecho, la Cataonia de Ptolomeo, si hay algo de verdad en ello, es una división distinta del país. Comprendía las ciudades de Mut (Claudiópolis, en Capadocia), o Coxon, mencionada en el Itinerario de Antonino, que es la actual Göksun, junto al río Göksu, que fluye desde el oeste, y se une al Píramo en la margen derecha más abajo de la confluencia del Cármalas y Píramo. Los habitantes de Cataonia eran considerados por los antiguos del resto de capadocios como un pueblo diferente, pero Estrabón no pudo observar ninguna diferencia en las costumbres o en la lengua. A Ariarates III, le cedió Cataonia en el año 255 a. C., su suegro, el rey seléucida Antíoco II Theos. Estrabón atribuye a Ariarates la unión de capadocios y cataonios. Cuando Bossert  y sus acompañantes se pusieron a explorar el terreno cubierto de tojos, de argayos y de peñascos, descubrieron la «piedra del león». Y no fue esto sólo. Esta piedra del león tenía toda la traza de haber servido de zócalo a una estatua, la cual no era otra sin duda que la que yacía en el suelo a su lado, muy deteriorada, por cierto, sin cabeza ni brazos, pero en cambio contenía una inscripción. Bossert se dio cuenta inmediatamente de que se trataba de una inscripción semita y esto le amargó algo el entusiasmo del descubrimiento, por cuanto le hizo temer que se encontrase ante los restos de una colonia semita, que por una razón u otra habría ido a parar al Karatepe. Recordamos lo difícil que es advertir, desde el primer momento, la naturaleza y la importancia de un objeto antiguo que acaba de salir a la luz al cabo de cientos o miles de años, y cuan circunspecto debe mostrarse el arqueólogo en sus primeras reacciones y manifestaciones públicas. Puede servir de ejemplo lo acaecido en 1954, cuando unos arqueólogos egipcios, inexperimentados, comunicaron informaciones extraordinarias sobre el hallazgo de barcos funerarios y una pirámide con un sarcófago en Gizeh y en Sakkara. Buena parte de la prensa mundial se ocupó en el asunto divulgando la noticia sensacional a los cuatro vientos, hasta que un examen detenido de los objetos encontrados, realizado desde el punto de vista científico, reveló pronto que el descubrimiento no significaba ninguna novedad en materia de egiptología.

Bossert empezó por reflexionar sobre el gran tamaño de la piedra, prueba evidente de que había sido labrada allí mismo o no muy lejos de allí. Por otra parte, la piedra era de basalto poroso y oscuro. En el Karatepe abundan las piedras, pero no encontraron ninguna otra de basalto del mismo color. Además, otra anomalía: la estatua y el zócalo eran sin duda alguna hititas, mientras que la inscripción era semita. Bossert la creyó primeramente aramea y luego resultó fenicia. Mientras Halet Cambel tomaba fotografías y se preparaba para sacar un molde del monumento, Bossert se abría penosamente paso por entre el tojal para ir a explorar los alrededores inmediatos de la estatua. Encontró varios fragmentos de relieves que procedían de una cabeza y de un busto de persona, así como muchos trozos de piedra, desgraciadamente demasiado pequeños, que contenían jeroglíficos. Tenía ante sí una escultura hitita sobre la que aparecían una inscripción semítica y jeroglíficos posiblemente hititas. Esto le sugirió a Bossert una explicación: la existencia de un texto bilingüe. La idea no era descabellada, si se tiene en cuenta que los dos textos se encontraron juntos. Pero Bossert no creyó que la suerte pudiese servirle en bandeja lo que durante tantos años los arqueólogos habían estado buscando en vano. Esta eventualidad le parece tan fantástica que decide no pensar más en ella. Solamente habían permanecido tres horas en el Karatepe, y no habían removido ni un solo palmo de tierra. En estas condiciones cualquier conclusión hubiera sido prematura. Se apresuraron a regresar para que la noche no les sorprendiera en la selva, y al cabo de hora y media llegaron a la aldea de Kizyusuflu. Mientras estaba reflexionando delante de la fogata del campamento, rodeado de campesinos que la novedad de la llegada de los extranjeros había atraído, Bossert tomó una resolución: volvería al Karatepe. Tal vez sea lógico atribuirle al maestro de escuela Ekrem Kuscu el descubrimiento del Karatepe. Luego, a instigación de Bossert, le concedió una recompensa la Sociedad Turca de Historia. Pero el propio Ekrem reconoció francamente que le oyó hablar por primera vez de la piedra del león en 1927 a un anciano de 87 años, llamado Abdullah, de Kizyusuflu. Según parece, aquellos aldeanos hacía mucho tiempo que conocían la existencia de estos monumentos del Karatepe, los cuales, estaban entonces todavía en su sitio. Pero, mientras tanto, habían sido derribados, seguramente por los nómadas buscadores de tesoros. ¿A quién debe atribuirse, realmente, el descubrimiento del Karatepe?  Puede afirmarse que los verdaderos descubridores del Karatepe fueron Helmuth T. Bossert y su ayudante turca Halet Cambel, porque ellos fueron sus primeros interpretadores al identificar el origen hitita de las ruinas.

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El 15 de marzo de 1947 Bossert se hallaba de nuevo en el Karatepe. Esta vez a Bossert le acompañaba «El arco iris valiente», que tal es la traducción literal del nombre de Bahadir Alkim. El doctor Alkim, que era uno de sus antiguos alumnos, nació en Esmirna el año 1915, se educó en la universidad de Estambul; tomó parte en varias expediciones arqueológicas —entre otras en la de Alaja Hüjük— y durante una temporada fue huésped de Sir Leonard Woolley, en Alalakh. El doctor Alkim pertenece a la generación, aparecida en la Turquía de Kemal Ataturk, de sabios políglotas e inteligentes, abiertos a todas las inquietudes del mundo moderno, y cuando le nombraron ayudante de Bossert era ya profesor de la Universidad de Estambul. El primer período de sondeos en común duró cuatro semanas exactamente, hasta el 15 de abril. Y en un espacio de tiempo relativamente tan corto los resultados fueron verdaderamente asombrosos, a pesar de la escasez de mano de obra y de que carecían de herramientas y de residencia digna de este nombre. Como el tiempo era tan desapacible, vivían en condiciones increíbles, en tiendas, como huéspedes de los últimos nómadas que siguen fieles al akyol (el camino blanco), la antigua ruta de las caravanas que desde hace siglos une el Norte con el Sur. Según explica C. W. Ceram,   “Muhibbe Darga, otra ayudante turca de Bossert, nos llevó hasta estas tiendas negras de los nómadas. Los hombres habían salido con el ganado y nosotros nos sentamos junto a un sinfín de mujeres alrededor de un buen fuego, donde de la mañana a la noche cuecen sin cesar el yuffka, una especie de galleta delgadísima que les hace las veces de pan. Una anciana con cara de momia, cuyas manos deformadas por la gota eran negras de tan sucias, nos obsequió con un queso de cabra en prueba de amistad y no tuvimos más remedio que comerlo. Muhibbe y yo habíamos decidido presentarnos como marido y mujer con seis hijos, pues a menos que sean casados (con hijos) o hermanos, un hombre y una mujer no pueden acogerse a la hospitalidad de los nómadas. La segunda eventualidad quedaba totalmente descartada, puesto que yo no comprendía una sola palabra de turcomano, idioma que hablaba en cambio Muhibbe Darga“.

En estas tiendas residieron durante cuatro semanas Bossert y el doctor Alkim, conviviendo con innumerables niños, increíblemente sucios y turbulentos, que se alimentaban únicamente de queso y de yuffka. Mientras tanto, día tras día, subían al Karatepe. Pusieron al descubierto unas murallas, vestigios sin duda de una ciudadela. En el recinto de ésta despejaron restos de paredes, tal vez de un templo o de un palacio. Al efectuar unos sondeos tropezaron con los primeros ortostatos intactos. Estos bloques de basalto de más de un metro de altura, cubiertos de innumerables figuras de hombres y animales, fueron hallados en situación vertical in situ, o sea en el mismo lugar donde fueron erigidos hace miles de años. Luego halló Bossert el comienzo de una larga inscripción fenicia, pero no confió a nadie el hallazgo. Y precisamente en los últimos días descubrió lo que había estado buscando vanamente durante semanas, guardando igualmente el secreto para sí. Se trataba de otros fragmentos de inscripciones jeroglíficas hititas, con la posibilidad de dar, por fin, con el texto bilingüe. Para preparar el camino para una próxima expedición, se había limitado a rascar con la mano y con una espátula el borde superior de uno de los bloques verticales. No disponía de tiempo para desenterrar el bloque, pero le bastaba lo que había visto. Se trataba, en efecto, de jeroglíficos hititas. El descifre del texto fenicio no presentaba ninguna dificultad. Aunque los signos hititas apenas se distinguían, la obsesión que quitaba el sueño a todos los hititólogos, desde hacía décadas, era el hallazgo de un texto bilingüe, ¿es de extrañar que Bossert estuviese firmemente convencido de haber descubierto de veras un texto bilingüe? Este es uno de los acontecimientos más dramáticos del descubrimiento del Imperio hitita, pues si bien es verdad que Bossert se equivocó, no lo es menos que, en definitiva, acabó teniendo razón.

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La primera expedición al Karatepe verdaderamente bien equipada tuvo efecto en septiembre de 1947, con los fondos aportados por la Sociedad Histórica Turca, por la Universidad de Estambul y por la Dirección de Museos y de Antigüedades de Turquía. Esta vez los arqueólogos disponían de todo el material necesario y, como no les faltaba dinero, pudieron reclutar trabajadores en número suficiente. Bossert tiene una debilidad por los efectos dramáticos y le gustaba hacer broma con sus colaboradores. El primer día de iniciarse los trabajos reunió a sus ayudantes en el lugar donde unos meses antes había descubierto la inscripción fenicia. Nada hacía sospechar que Bossert hubiese excavado en aquel lugar, pues había borrado toda huella de su paso. Y entonces, con el tono más natural del mundo, declaró que aquel sitio se le antojaba muy apropiado para efectuar un primer sondeo. Imagínense las exclamaciones de júbilo de sus colaboradores y la satisfacción con que Bossert las acogía, cuando a las pocas paladas de tierra y arena apareció un bloque cubierto de inscripciones fenicias dispuestas en líneas. Completamente seguro de sí mismo, quiso repetir la operación con igual éxito, haciendo aparecer milagrosamente las inscripciones jeroglíficas entre los escombros, pero cuando en el lugar por él designado, unos pocos metros más allá, empezaron a despejar otro bloque, y Bossert se aprestaba ya a explicar a sus colaboradores que aquella piedra también contenía jeroglíficos, de repente se dio cuenta de que había sido víctima de una confusión. Lo que la vez anterior había tomado Bossert por jeroglíficos, resultaron ahora, a la luz de la tarde, no ser más que grietas de formas raras que el tiempo había desdibujado, y que con la prisa habían podido ser consideradas como inscripciones. No hay palabras para describir la decepción de Bossert. Claro que seguía valiendo la pena continuar allí las excavaciones, pero Bossert ya no podía compartir por más tiempo el entusiasmo general ante aquellos hallazgos. Él no apartaba la mirada de la piedra gris que crecía a cada paletada, mientras disminuía en la misma proporción la esperanza que durante todo el verano había acariciado de encontrar por fin una inscripción jeroglífica hitita que correspondiese a la inscripción fenicia.

En tales momentos los investigadores deben saber estar a la altura de las circunstancias. Sin dejarse arredrar por el fracaso, ordenó Bossert que continuasen los sondeos, y entonces, aunque una vez más parezca mentira, a un metro de distancia de los  supuestos jeroglíficos descubrieron los obreros la inscripción hitita que constituía la obsesión de Bossert y la de todos los demás. La campaña de otoño de 1947 fue la más exitosa de todas. Más tarde los alrededores de Karatepe fueron sistemáticamente explorados y se realizaron también numerosos hallazgos, entre ellos restos de unas fortificaciones, transformadas más tarde por los romanos en el Domustepe (montaña de los cerdos), pero nada pudo compararse a los resultados de la campaña de otoño. C. W. Ceram nos cuenta  lo que allí le sucedió, como explicación práctica de los que experimentó Bossert:  “Gracias a los buenos oficios del kaikaman de Kadirli, el primero de octubre de 1951 nos fue posible al padre O’Callaghan, a dos estudiantes alemanes y a mí alquilar un jeep para trasladarnos al Karatepe. El padre O’Callaghan era una especie de coloso, siempre de buen humor, sin dejar por esto de ser devoto, y tenía la virtud de combinar en su persona las tendencias más contradictorias. Era jesuita americano, profesor de Orientología en el Instituto Bíblico de Roma, dominaba muchas lenguas, entre vivas y muertas, y sentía especial predilección por las canciones populares alemanas. Varias veces durante el día se retiraba bruscamente de nuestra sociedad para abismarse en la lectura del breviario latino. Los dos estudiantes sentían ansias de aventuras; eran curiosos e impacientes. Fue por su impaciencia que, haciendo caso omiso de los consejos y de las advertencias que nos había prodigado Bossert, de que no nos aventurásemos a ir a caballo o en coche al Karatepe de noche no conociendo el camino, a eso de las siete de la tarde, cuando empezaba ya a oscurecer, salimos de Kadirli. A esta misma impaciencia de los dos muchachos debemos unos recuerdos inolvidables“.

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Al cabo de media hora de haber iniciado la marcha por la llanura, en la que se perdía toda huella de camino, si lo había, advertimos que el conductor se había extraviado, a pesar de lo cual decidimos continuar a la aventura hacia la montaña negra. El jeep es el vehículo ideal para esta clase de excursiones, pero el nuestro era de un modelo antiguo. Cuando cerró la noche resultó que solamente funcionaba uno de los faros. Estábamos en período de luna llena, pero espesos nubarrones surcaban el firmamento. La excursión empezó a convertirse en una aventura peligrosa. Atravesamos torrentes impetuosos, saltábamos de roca en roca y al cabo de poco teníamos sobrada razón para suponer que, acechados a cada lado por abismos insondables, seguíamos vivos por un verdadero milagro. Un frenazo demasiado brusco puso el motor fuera de combate, y quedamos inesperadamente atascados en plena selva. Y fue precisamente entonces, cuando el silencio era más absoluto e inquietante, que aparecieron los fantasmas. Habíamos empezado por oír unos ruidos extraños y misteriosos, de pasos lentos y pesados mezclados con silbidos estridentes, ligeros resoplidos y respiraciones jadeantes, y pocos momentos después cruzó el haz luminoso de nuestro único faro una procesión de camellos, muchos camellos balanceando su voluminosa carga. Pasaron a ambos lados del jeep, estimulados por los alaridos roncos de unos camelleros de atuendo extravagante, sin que ni por un momento ni bestias ni personas se dignaran fijarse en nosotros, como si la presencia de un jeep, tuerto por añadidura, en la pista de las caravanas, en plena noche y en aquel desolado lugar, fuese la cosa más natural del mundo. Nuestro chofer cambió algunos gritos con los camelleros, como se saludan dos navegantes solitarios en alta mar. Cuando a la caravana fantasma se la hubo tragado de nuevo la oscuridad de donde había salido, nuestro jeep abandonó también la escena dando brincos por la rocosa pendiente de la montaña negra, pero entonces ya sabíamos que no nos hallábamos muy apartados de la meta, pues acabábamos de cruzar el akyol, la antiquísima ruta de las caravanas, y nuestro chofer pareció haber encontrado de repente el sentido de la orientación“.

Después de una hora o dos, y la noche aún más oscura que nunca, paramos de nuevo en una especie de plataforma de reducidas dimensiones que se iba estrechando hasta convertirse en un sendero. De pronto, uno de los estudiantes emprendió veloz carrera desapareciendo en la oscuridad. El chofer se puso a farfullar algo, pero estaba tan excitado que no pudimos comprenderle ni una sola palabra. El padre O’Callaghan, apoyándose en mi brazo, me mostró dos ojos que brillaban no lejos de nosotros. Teníamos enfrente a una fiera parecida a un lobo. Fascinado y deslumbrado por el faro del jeep empezó a describir un gran círculo alrededor del grupo. Era uno de esos perros salvajes que tanto abundan en la región, y que en bandadas pueden ser peligrosos. Después de haber concertado con el padre O’Callaghan un grito que debía servirnos para reconocer nuestras respectivas posiciones, quise saber a qué atenerme y me dirigí hacia el lugar por donde había desaparecido el estudiante. Entonces empecé a sentir la maravillosa sensación que generalmente está reservada a los arqueólogos cuando descubren emocionados algún importante vestigio del pasado. El mundo misterioso y remoto que solamente había entrevisto en los libros de viajes surgió de repente ante mí y su presencia física era precisamente más abrumadora por lo que tenía de inesperada. Provisto de una potente lámpara eléctrica de bolsillo, tomé la senda pedregosa en que terminaba la plataforma; pronto el camino se ensanchó y me hallé frente a unos peldaños. Instintivamente me detuve, y como sí en aquel preciso momento quisiera la Naturaleza permitirse un efecto de teatro melodramático, de repente las nubes se esparcieron por el cielo, y la luna, una luna magnífica y nueva, iluminó una escalinata formada por grandes losas agrietadas por los siglos. Empecé a subir las gradas titubeando y pronto vi a derecha y a izquierda sendas hileras de ortostatos casi tan altos como yo, que estaban cubiertos de dibujos estupendos. La claridad de la luna daba una apariencia de vida a los personajes haciendo resaltar el relieve. Vi que los hombres y las bestias tenían la mirada dirigida hacia mí. ¿Eran dioses?, ¿O reyes quizá? ¡Caramba! ¿Cómo no había reconocido enseguida El festín de Asitawanda, que las fotografías habían popularizado ya, o sea el famoso relieve en el que el señor del Karatepe quedó inmortalizado no como un monarca cualquiera, sino como un patriarca bondadoso y amante de los placeres de la mesa?“.

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Era inconfundible con su gorro en punta y sus grandes ojos contemplando a los criados que traían los manjares a la mesa. Su prominente nariz aguileña, su frente y su barbilla inclinadas hacia atrás le daban un aspecto bonachón, pero no desprovisto de cierta dignidad. Sus labios abultados parecen querer alcanzar, sin levantarse siquiera, los sabrosos platos que se le ofrecen, e iluminados por la luna parecen estar a punto de moverse para hablar. En lo alto de la escalinata me aguardaban dos figuras cuya silueta negra se recortaba sobre el fondo pálido del cielo que la luna presidía. Con un gesto contestaron a mi llamada. Poco después penetré en el círculo de luz de una potente lámpara de acetileno del profesor Bossert. Éste había oído nuestras llamadas y se había acercado para mostrarnos el camino. El estudiante había aparecido, y el padre O’Callaghan se reunió pronto con nosotros. En compañía de Bossert y de sus colaboradores tomamos asiento en unas sillas vacilantes alrededor dé una mesa toscamente labrada, instalada en la glorieta frente a la casita de piedra que había sido construida desde el principio de las excavaciones. Mientras cenábamos podíamos escuchar la serenata nocturna habitual de la expedición: los aullidos de los chacales y los ladridos lejanos de los perros salvajes. A las siete de la mañana del día siguiente tomábamos el desayuno. Media hora más tarde empezaba la jornada de trabajo, y para nosotros la visita al Karatepe. En aquel paisaje uno tiene la sensación de que el sol avanza más rápidamente hacia el cenit que en otro lugar cualquiera, y por ende todos miran el disco de fuego cada vez más ardiente y más amarillo, y sacan fuerzas de flaqueza para terminar pronto, antes de que haga demasiado calor, el trabajo cotidiano que les ha sido asignado. La ciudadela que vimos tenía, en lo esencial por lo menos, el mismo aspecto que el año 1947. Cuando Bossert la puso al descubierto, la mayor parte de los trabajadores que le estaban dando entonces a la pala eran de los que habían sido contratados en 1947. Los encontramos simpáticos y de apariencia inofensiva, y no nos sorprendimos poco al enterarnos de que algunos de ellos tenían más de un asesinato en la conciencia“.

En aquella región las pendencias y las venganzas inexorables están aún a la orden del día. Además, todos ellos eran más o menos parientes de muchos de los bandidos que hasta los albores del año 1930 habían sembrado el terror en la ruta de las caravanas, el akyol, alrededor del Karatepe y en los bosques hasta la llanura de Adana. Según parece, hacía poco que había sido asesinado el primer guardián que había nombrado Bossert.  Empezó la visita por la Puerta del Sur, cuyos peldaños la noche anterior había subido a la luz romántica de la luna. De nuevo pasamos al lado de Asitawanda, el rey del Karatepe, y otra vez lo contemplamos ante la mesa del festín. Luego seguimos por las murallas de la ciudadela y nos mostraron las subestructuras de los baluartes y de las torres defensivas que sobresalían de las fortificaciones propiamente dichas, Después cruzamos la cima de la montaña y al acercarnos a la Puerta del Norte, situada en una hondonada, nos encontramos súbitamente ante el grandioso valle de Ceyhan. Es aquí, sin duda, entre los dos leones de piedra que guardan la entrada, donde se situaba el rey para observar cómo se aproximaba el enemigo, a sabiendas de que la señal de ataque significaría el fin de su reinado, pues Asitawanda no era, ciertamente, un rey belicoso. Una simple ojeada lanzada sin detenernos a los innumerables relieves ortostáticos que adornan la entrada de la Puerta del Norte, así como las paredes de las dos habitaciones contiguas, dejó grabada en nosotros la impresión de la exuberante deformidad de la cultura hitita ya decadente. Como ha hecho notar muy bien Bossert, sin la menor relación lógica o artística entre ellos, se encuentran mezclados sobre los bloques hombres y animales, grupos heráldicos, procesiones, cuadros de costumbres familiares o religiosas, representaciones de los dioses, relieves de escenas rituales, de caza o de pesca, de música y de danza y, finalmente, aparece también un carro junto a un barco“.

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Las inscripciones fenicias y los jeroglíficos hititas están intercalados entre las imágenes, dondequiera que queda algún hueco, naturalmente, algunos agrupados en estelas aparte, los otros donde su forma y tamaño lo permite, en los ortostatos, sobre los personajes y aun sobre la barriga del gran león de la puerta. Cuando regresábamos al campamento de la expedición, salió a colación el enigma de esta extraordinaria supervivencia en Sendjirli, en Carquemis y en el Karatepe, sobre todo, de una forma o manera hitita que en el período imperial jamás había dado origen a un verdadero estilo original, y sin embargo, al cabo de nada menos que quinientos años — ¿o debemos decir medio milenio para que resalte más la idea del tiempo transcurrido?—, se dejó sentir su influencia en aquellos lugares“. Poca cosa sabemos de lo sucedido durante estos quinientos años que transcurrieron desde el 1200, en que se produjo el incendio de Hattusas y la destrucción del Imperio hitita, hasta alrededor del año 700 antes de J. C., con la desaparición de las últimas ciudades-Estados absorbidas por Asiría. Es un caso realmente sorprendente éste de un imperio que desaparece del mapa como unidad política, pero cuyas minorías esparcidas y aisladas entre poblaciones de diferentes razas y orígenes, expuestas a múltiples influencias culturales divergentes, logran conservar sus peculiaridades a través de tantos siglos. «Día llegará en que saldremos de dudas», dijo Bossert desplegando cuidadosamente un gran rollo de papel, en el que acababan de estamparse un gran número de jeroglíficos hititas. «Si utilizando la clave bilingüe del Karatepe conseguimos leer los jeroglíficos hallados en el Karatepe, en aquel preciso momento podremos también leer iodos los jeroglíficos de la edad imperial hitita.». Y con esta afirmación llegamos a la fase más sensacional de las excavaciones en el Karatepe: al descifre del texto bilingüe.  Debemos precisar que aun después de que Bossert hubo descubierto una inscripción jeroglífica verdaderamente hitita, la cuestión quedaba en pie, por cuanto no pudo probarse inmediatamente que se tratase en realidad de un texto bilingüe y no simplemente de dos inscripciones diferentes en dos idiomas también diferentes. Lo curioso y casi increíble del caso es que uno de los colaboradores de Bossert halló la prueba, y por ende la solución, durmiendo. Era más que natural que, como primera providencia, se procurase traducir inmediatamente los textos fenicios exhumados por Bossert el año 1947. Por tratarse de textos arcaicos de una lengua muy antigua, tuvo que encomendarse la tarea de su desciframiento a los especialistas.

En su impaciencia por saber a qué atenerse acerca de los jeroglíficos que había encontrado, Bossert envió los primeros textos fenicios a varios semitólogos eminentes, tales como Johannes Friedrich, de Berlín, Dupont Sommer, de París, el padre O’Callaghan, de Roma y, R. D. Barnett, de Londres. Empezó por enviarles una copia exacta de la inscripción que figuraba en la estatua, cuyo zócalo, conocido por el nombre de «piedra del león», había sido el incentivo del descubrimiento del Karatepe. Mientras tanto la piedra se había hecho famosa. Incluso uno de los obreros, Kemal Deveci, que trabajaba en las excavaciones, le dedicó un himno en doce estrofas, una de las cuales dice: “Los hititas te esculpieron siglos ha, ¡quién sabe cuántos! Enigma eres para el mundo donde otra piedra igual no existe”. Y por las noches le dedicaba una serenata no menos larga el hijo de un trabajador, un muchacho de diez años, llamado Mehmet Kisti: “El pequeño Mehmet está encantado cuando de la piedra del león le hablan. ¡Entonemos un cántico a la piedra que a todos cautiva el corazón!”. Mientras tanto se había producido un hecho raro. En una de sus visitas al Karatepe, el profesor Güterbock, de Ankara, había descubierto que el tan cacareado «león» era en realidad un par de toros. Los especialistas, a los que se habían enviado las copias de los textos dispuestos en las cuatro columnas de la estatua, pusieron manos a la obra, y Johannes Friedrich envió a Bossert la primera traducción. Lo que más valor da a las inscripciones del Karatepe no es su contenido, sino el hecho de que constituyen los textos más largos que se conocen escritos en proto-fenicio y en hitita jeroglífico, y a que había ciertas esperanzas de que su contenido fuese idéntico, o sea que nos encontrásemos ante un documento bilingüe. Lo cierto es que la traducción ha revelado, y luego fue confirmado por los semitólogos más eminentes de Europa y América que han colaborado en el descifre de las innumerables inscripciones de la Puerta del Norte de la ciudadela, que el autor de la inscripción fue un rey cuyo nombre se escribía «ZTWD» en la escritura consonántica semita, que no reproducía las vocales. Más tarde, basándose en la traducción hitita, Bossert pudo completar el nombre definitivamente en ASITAWANDA, pues la escritura jeroglífica sí indica las vocales.

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El hecho observado por Friedrich, de que se trata de un texto «fenicio arcaico puro sin interpolaciones arameas», permitió datar el reino de este soberano en el siglo VIII antes de J. C. Y, según se desprende de investigaciones posteriores, probablemente hacia el año 730 antes de J. C. Fue en aquella época y tal vez durante la vida de Asitawanda que el Karatepe sufrió la invasión de enemigos y fue destruido. En comparación con las exageraciones en que se complacían los demás monarcas orientales cuando de su propia glorificación se trataba, Asitawanda demuestra una cierta modestia: «He construido esta ciudad, a la que he dado el nombre de Asitawanda». «Construí también potentes fortificaciones en todas partes, a lo largo de las fronteras y en todos los lugares en donde había hombres perversos que capitaneaban bandas de forajidos». Se daba a sí mismo el título de «Señor de los Danuna», que según ahora sabemos era un pueblo que habitaba en la llanura de Adana. Explica que para pacificar los confines occidentales de su reino deportó a todos los habitantes rebeldes y los instaló en la frontera oriental. E insiste una y otra vez en afirmar que, tanto él como sus súbditos, vivieron siempre muy felices y en la mayor prosperidad. Al contemplar al buen rey ante la mesa del festín, fácil es imaginarnos que Asitawanda prefería ciertamente los placeres de la vida a los peligros de la guerra. Tal era, en el fondo, el contenido del texto fenicio según la traducción de Friedrich. Las traducciones, que luego llegaron de París y de Roma, diferían en algunos detalles, pero no en lo esencial, de la de Friedrich. Pero entonces llegó la traducción de Londres, la cual no solamente era distinta de las otras, sino que además tenía divergencias muy notables a partir de la quinta línea. En efecto, R. D. Barnett había identificado a dos reyes en lugar de uno, a saber: Asitawanda y él rey Anek. Nada tiene de extraño que este descubrimiento ocasionara un gran revuelo entre cuantos habían intervenido en la traducción del texto. Las conclusiones del profesor Barnett, en la introducción al texto de su traducción, no podían ser más ingeniosas, y les daban mayor verosimilitud y peso el hecho de haber recibido la aprobación de otros dos semitólogos: Jacob Leveen y Cyril Moss. La inscripción empieza con la palabra fenicia nk, que significa yo, pronombre personal de la primera persona del singular. En la quinta línea se repite este signo, pero en un contexto gramatical es completamente imposible traducirla por yo. El profesor Barnett avanzó entonces una teoría que parecía quedar corroborada más adelante. En efecto, si en la novena línea de la tercera columna nk debía seguir traduciéndose por yo, entonces la traducción era la siguiente: «Para los hijos y las hijas de yo», lo cual, como hicieron observar los investigadores ingleses, es una cosa absurda en una traducción.

En vista de ello, en lugar de yo, leyó Barnett el nombre de otro monarca, Anek, que igualmente podía ser Inak, puesto que no había sino consonantes. Los tres investigadores esgrimían argumentos ingeniosos y extraordinariamente complicados y buscaban el apoyo de puntos de referencia en la historia más remota, gracias a los cuales esperaban encontrarle posibles parientes a ese Anek, o Inak, pero a pesar de la endeblez de sus argumentos no titubeaban en formular ciertas conclusiones definitivas. Todas las especulaciones en relación con el «nuevo» rey descansaban sobre una falsa interpretación, pues el tal rey Anek, o Inak, jamás había existido. Pero no acaba aquí todo. Quedaba en pie el problema planteado por el pronombre nk. Friedrich ya se había ocupado de él en una nota de su primera traducción y lo había resuelto definitivamente. Los demás traductores, con excepción de Barnett, Leveen y Moss, habían llegado al mismo resultado. He aquí lo que decían sobre este particular: «El autor de la inscripción tenía la mala costumbre de emplear el pronombre nk (yo) para designar la tercera persona del masculino singular del pretérito perfecto, en lugar de usarlo con la primera persona del singular, como correspondía.». De modo que un error gramatical perpetrado por un autor de hace 2.700 años había hecho salir de la nada a un nuevo rey, cuya vida fue en verdad bien efímera, puesto que murió tan rápidamente como había nacido. Errores como éste son inevitables en los primeros años de una nueva ciencia. A veces incluso pueden ser peligrosos, porque durante años frenan su evolución. Eso es, por ejemplo, lo que sucedió cuando Jensen leyó la palabra Syennesis en una inscripción jeroglífica hitita, justificando tan brillantemente su interpretación que todos los demás hititólogos la admitieron. En realidad, según demostró más tarde Bossert, la palabra debía leerse Uarpalauas, término que corresponde a la asiria Urballa. Pero no todos los errores tienen consecuencias igualmente desagradables. En el caso del «rey» Anek que nos ocupa, otros lingüistas corrigieren el error inmediatamente. En todo caso, ahora que el texto fenicio había sido ya interpretado, había llegado el momento de sacar provecho de la inscripción bilingüe del Karatepe mediante la comparación de las palabras jeroglíficas hititas con el texto fenicio.

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Esto parece que debía de ser relativamente fácil, por lo menos en teoría, pero en la práctica fue mucho más difícil de lo que habían supuesto los lingüistas. Pues, para empezar, nada podía probar el carácter bilingüe de los hallazgos, dado que para tres inscripciones fenicias se disponía aparentemente de dos textos hititas, pero es que, además, estos últimos estaban de tal modo esparcidos al azar sobre los diferentes bloques de la puerta y en varias esculturas de los edificios, que no había manera de saber por dónde empezar. Había todavía algo más: el escaso vocabulario hitita conocido entonces, ya que su caudal de verbos se reducía a uno solo, al símbolo del verbo hacer, no permitía simplificar las cosas, y en todo caso era insuficiente para demostrar la identidad del contenido de los textos fenicios y de los hititas. Si por lo menos hubiese podido darse con los caracteres jeroglíficos hititas correspondientes al nombre del rey Asitawanda, la teoría «bilingüe» habría ganado muchos puntos. Cuando también en esta cuestión parecía haberse llegado a un callejón sin salida, he aquí que un alumno de Bossert tuvo por dos veces la increíble suerte de encontrar la solución del problema de un modo casual. Franz Steinherr era un profano en el mundo de los arqueólogos. Nació el año 1902 en Landshut, cerca de Nuremberg, en Alemania, y al dejar la escuela primaria aprendió contabilidad. Más tarde trabajó de corresponsal extranjero en una compañía de navegación, en un banco, en una fábrica de seda;  y finalmente en la empresa de construcción que le nombró representante en Turquía. Allí sus extraordinarias dotes de lingüista le abrieron muchas puertas. Uno de los primeros artículos que publicó, sin que ninguno de sus representados tuviera la menor idea de ello, tenía por título Sobre la lengua popular y el caló de Estambul. A los 15 años sabía el turco, a los 17 el árabe, a los 18 el egipcio y a los 19 el ruso. Como decía él mismo, «la lengua extranjera más difícil de aprender es la primera. Cuantas más se conocen más fácil es aprender otras». Steinherr hablaba también corrientemente el francés y el inglés. Bossert, que le conoció casualmente en 1939, le exhortó a que pusiera su talento políglota al servicio de la arqueología, para lo cual tuvo que aprender el latín y el griego. A tenor de las disposiciones vigentes en las universidades alemanas, que regían también en las turcas, Steinherr tuvo que cursar el bachillerato antes de poder matricularse en la Universidad de Estambul. Empezó los estudios a los 37 años, con dos horas diarias de matemáticas y aprobó el curso en dos meses.

Siguió los demás cursos de una manera intensa y luego se trasladó a Munich para examinarse. Después de un examen brillantísimo regresó a Turquía y se inscribió en la clase de Bossert, el cual ajustaba el programa de sus lecciones de manera que este alumno excepcional pudiera sacar de ellas el máximo provecho. Y así fue cómo Steinherr, que no por eso había dejado su empleo de administrador-contador en el Hospital Alemán de Estambul, obtuvo el título de doctor en filosofía, y participó como invitado en la expedición al Karatepe del año 1947. Allí hacía de criado para todo, ya que al principio escaseaba la mano de obra. Acudía a donde más falta hacía, montaba las tiendas, ponía orden en el campamento, sacaba fotografías, exploraba el terreno, cuidaba de limpiar las inscripciones y los relieves, copiaba las inscripciones y clasificaba  los jeroglíficos hititas, cuyo número iba en constante aumento a medida que progresaban las excavaciones. Una noche, después de terminado el trabajo, se encontraba contemplando una esfinge muy bien conservada que acababa de ser exhumada, cuando al pasar maquinalmente los dedos por la superficie de la piedra, se desprendió la delgada costra de polvo que la cubría. «Entonces eché de ver que el cuerpo de la estatua estaba cubierto de inscripciones hititas. Me puse inmediatamente a descifrarlas y, ¡júzguese cuál sería mi estupefacción al observar que en ellas aparecía el nombre del rey Asitawanda mencionado en el texto fenicio!… Cierto que la escritura era algo rara…, pero los demás signos corroboraban mi interpretación… Aquella misma noche todos los miembros de la expedición celebramos tan extraordinario hallazgo y Muhhibe Darga me obsequió con un collar de perlas azules de la región. Todavía lo conservo como recuerdo.». Ya no cabía la menor duda de que las inscripciones fenicias y las hititas se referían a un mismo soberano, pero quedaba aún por demostrar que la una era traducción literal de la otra, y esto sólo podría lograrse descifrando una frase jeroglífica entera. Reintegrado a su despacho del Hospital Alemán, Steinherr estudiaba cada noche durante muchas semanas los textos, los comparaba, clasificaba y copiaba… «Así se me grabaron en la memoria pasajes enteros de los textos en ambos lenguajes, de modo que en cualquier momento podía reproducirlos sobre el papel».

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Una tarde asistió a una clase de Bossert, en la que fue estudiado un fragmento del texto fenicio: «…y yo he hecho (ir) caballo con caballo, coraza con coraza y ejército con ejército». De regreso en su casa, aquella noche, trabajó hasta muy tarde y acabó por acostarse rendido de fatiga,  pero en un estado de gran excitación mental. De repente despertó sobresaltado, se sentó en la cama y percibió ante sí, con la mayor claridad, un fragmento de la inscripción jeroglífica seguida de dos cabezas de caballo, una detrás de la otra. Al mismo tiempo se precisó otro signo que hasta entonces ni él ni nadie todavía había conseguido aislar del contexto. Steinherr tuvo la repentina intuición: «Este ideograma significa: yo he hecho». Este es el momento de recordar que precisamente hacer era el único verbo conocido hasta entonces en su forma jeroglífica. La  frase del texto fenicio que comentaba Bossert aquella tarde en clase «…y yo he hecho (ir) caballo con caballo...», implicaba que se había descubierto una frase de hitita jeroglífico que correspondía literalmente a otra del texto fenicio. Aquí estaba la prueba tan ansiada del carácter bilingüe de las inscripciones del Karatepe. Ahora que se había conseguido encontrar la primera relación entre ambas inscripciones, Bossert logró averiguar también dónde empezaba la hitito-jeroglífica. Y, gracias al ingente material a su disposición, como jamás arqueólogo alguno pudo soñar, estaba en condiciones de poder acometer el descifre definitivo de los jeroglíficos hititas con grandes probabilidades de éxito.  A principios de 1955 la lectura del hitita jeroglífico, lengua misteriosa escrita en caracteres desconocidos por un pueblo del que nada se supo durante millares de años, ya no presenta dificultad alguna. Esto fue posible gracias al descubrimiento de los textos bilingües en la Montaña Negra, a orillas del río Ceyhan. Bossert prosiguió las excavaciones en el Karatepe, secundado por doctor Alkim, por Bahadir y la esposa de éste. A menudo en compañía de su propia esposa Hürmüz, y a veces, para variar, con sus antiguos colaboradores y alumnos. Sus principales preocupaciones eran, no solamente la reconstitución de los monumentos y de las inscripciones con ayuda de los fragmentos que habían podido recogerse, sino, y sobre todo, la conservación de los innumerables relieves e inscripciones que expuestos al ardiente sol del verano y a las lluvias torrenciales de invierno se deterioran rápidamente.

Debemos añadir que Bossert siempre tuvo que luchar contra la falta de fondos. La época de los grandes mecenas había pasado a la historia y los medios financieros de las sociedades científicas eran muy limitados. Bossert y sus colegas pagaron de su bolsillo una de las últimas expediciones. Precisamente aquella expedición, la del año 1953, reservó otra sorpresa. Comparando todas las inscripciones halladas en el Karatepe, Bossert se había dado cuenta de que muchas de ellas eran incompletas. La de la Puerta del Sur, por ejemplo, no había duda de que debió de ser mucho más larga. Bossert abogó por la búsqueda de los fragmentos que faltaban entre los escombros del precipicio frente a la Puerta del Sur, una tarea molesta y pesada, entre rocas y zarzas, a la par que peligrosa debido a los innumerables escorpiones y serpientes para los que aquel terreno escarpado es un verdadero paraíso. La teoría de Bossert resultó acertada, pues se encontraron numerosos fragmentos, los cuales, una vez yuxtapuestos, formaron una nueva inscripción bilingüe sin relación alguna con las halladas anteriormente. Todavía queda mucho por hacer en el Karatepe, y lo mismo decimos de Bogazköy, en donde Bittel continuó las investigaciones. Shubililiuma y Asitawanda no han dicho todavía la última palabra… Explica C. W. Ceram: “Me pareció muy apropiado un día del año 1951, durante mi estancia en el Karatepe en calidad de invitado de Bossert, que después de anochecido nos dirigiéramos todos en procesión solemne hasta el relieve del festín de Asitawanda. Por toda iluminación teníamos la lámpara de acetileno que llevaba Bossert en la mano. Poblaban la noche el zumbido de miríadas de insectos y misteriosos ruidos que llegaban de la «Montaña Negra», mientras nosotros, para celebrar el fin de la temporada de excavaciones, nos inclinamos respetuosamente ante la imagen del soberano que allí reinó hace 2.700 años“. Las investigaciones siguieron su curso, y no solamente en el Karatepe. Además, ya no son únicamente los arqueólogos europeos los que dirigían las excavaciones. Kemal Ataturk fundó en su capital, Ankara, una Facultad de lingüística, de historia y de geografía, y confió a los profesores alemanes Landsberg y Güterbock las cátedras de historia y de lengua hititas. Antes que ellos, Bossert se había instalado en Estambul, y desde hacía muchos años los Institutos arqueológicos alemán, francés e inglés habían influido poderosamente en la vida cultural de Estambul y Ankara.

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Bajo la égida de estos establecimientos creció la primera generación de arqueólogos e hititólogos turcos. Bahadir Alkim, adjunto de Bossert en el Karatepe; Tahsin Özgüc y su esposa Nimet, que investigaron con éxito en Kara Hüjük, Dundartepe y Kultepe; Remzi Oguz Arik, codirector de las excavaciones de Alaja-Hüjük. Mientras tanto otros jóvenes turcos estudiaban en el extranjero. En París la políglota Halet Cambel, la cual a su regreso fue colaboradora no sólo de Bossert, sino también, durante mucho tiempo, de Bittel; en Budapest Hamit Zübeyr Kosay, quien después de haber dirigido varias expediciones arqueológicas fue nombrado director de los museos turcos Y, en Berlín, Ehrem Akurgal y Sedat Alp. A su muerte, acaecida en 1938, Kemal Ataturk dejó en testamento a la Sociedad Histórica Turca una renta anual de 125.000 libras turcas para que pudiera llevarse a cabo un programa de investigación sistemática en Anatolia. Con razón puede decirse que Ataturk fue no solamente «el padre de los turcos», que tal es la traducción de su nombre, sino también el de la nueva generación de sabios turcos. Entre Bogazköy y Hamath prosiguieron las excavaciones en muchos lugares. Pero ahora todas las inscripciones jeroglíficas hititas que se encuentran son legibles y su desciframiento nos permitirá conocer mejor la historia del Imperio hitita, el primer Estado indoeuropeo. Gracias a estos hallazgos conocemos no solamente mucho más del pasado del período imperial hitita, como lo demuestran los resultados de las excavaciones realizadas por el arqueólogo francés Claude Schaeffer, en Ugarit, sino también sobre la interdependencia política entre los pequeños Estados de la época hitita posterior.  Tal vez esos descubrimientos acabarán por resolver definitivamente el misterio de la supervivencia hitita. Hasta mediados del siglo XIX  los hititas y su Imperio eran totalmente desconocidos. En la escuela se enseña todavía que únicamente los reinos de Egipto y de Mesopotamia escribieron la historia político-militar del Asia Menor y del Próximo Oriente durante el segundo milenio antes de J. C., sin tener en cuenta que durante varios siglos existió a su lado, como «tercera potencia», el Imperio hitita, cuya capital Hattusas fue equivalente a Babilonia y Tebas. Si bien es cierto que los hititas no destacaron en el terreno de la cultura, en cambio su influencia política fue considerable. Y con esto llegamos al final de del descubrimiento del Imperio de los hititas, de su evolución y de su desaparición, y la del desciframiento de sus varias lenguas y de sus diversos sistemas de escritura. Esta historia empieza en 1834 cuando Charles Texier se encontró, desorientado, ante las ruinas de Bogazköy, y termina con el hallazgo, el año 1947, en el Karatepe, de los textos bilingües que han facilitado la clave necesaria a nuestro conocimiento más profundo de este pueblo y de su Imperio.

enero 15, 2013 - Posted by | Egipto, Egipto, enigmas en general, Historia, Otras ant. civil., Otros, Otros

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