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Antiguas civilizaciones y enigmas

El Imperio Romano – Los Etruscos


El periodista e historiador francés, Raymond Cartier (1904-1975), nos dice: “Se distinguen otras analogías con Egipto en el admirable arte de los mayas. Sus pinturas murales, frescos y vasos decorados señalan una raza de hombres con Imagen 13rasgos semíticos mesopotámicos fuertemente marcados, ocupados en todo tipo de actividades: agricultura, pesca, edificación, política y religión. Egipto sólo ha representado esas actividades con la misma cruel verosimilitud o apariencia de la verdad; pero la cerámica de los mayas recuerda a la de los etruscos (una antigua civilización de Italia); sus bajos-relieves le recuerdan a uno los de la India y los enormes escalones escarpados de sus templos piramidales son parecidos a los de Angkor en Camboya dedicados al culto Hindú. A menos que obtuvieran sus modelos desde el exterior, sus cerebros deben haber sido construidos de tal forma que adoptaran las mismas formas de expresión artística como las demás grandes civilizaciones antiguas de Europa y Asia. ¿Una civilización , entonces, brota de una región geográfica particular y luego se extiende gradualmente en  todas direcciones como un incendio en el bosque? ¿O aparece espontánea y separadamente en varias partes del mundo? ¿Fueron algunas razas los maestros y otras razas los discípulos, o fueron todos ellos autodidactas? ¿Semillas aisladas o un tallo padre emitiendo retoños en todas direcciones?”

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No sabemos con precisión cuándo fueron instituidas en Roma las primeras escuelas regulares, o sea «estatales». Plutarco dice que nacieron hacia 250 antes de Jesucristo, esto es, casi quinientos años después de la fundación de la ciudad. Hasta aquel momento los muchachos romanos habían sido educados en casa, los más pobres por sus padres y los más ricos, por magistri, o sea maestros o institutores, elegidos habitual» mente en la categoría de los libertos, los esclavos liberados, que, a su vez, eran elegidos entre los prisioneros de guerra, preferentemente entre los de origen griego, que eran los más cultos. Sabemos, empero, con certeza, que tenían que fatigarse menos que los de hoy. El latín lo sabían ya. Si hubiesen tenido que estudiarlo, decía el poeta alemán Heine, no habrían encontrado jamás tiempo para conquistar el mundo. Cuando los griegos de Menelao, Ulises y Aquiles conquistaron Troya, en el Asia Menor, y la pasaron a sangre y fuego, uno de los pocos defensores que se salvó fue Eneas, fuertemente recomendado por su madre, que se dice que era nada menos que la diosa Venus —Afrodita—. Tras la caída de Troya  logró escapar, emprendiendo un viaje que lo llevaría hasta la tierra de Lacio (en la actual Italia) donde tras una serie de acontecimientos se convirtió en rey y a la vez en el progenitor del pueblo romano, pues en esa misma tierra dos de sus descendientes, Rómulo y Remo, fundarían la ciudad de Roma. Era hijo del príncipe Anquises y de la diosa Afrodita; su padre era además primo del rey Príamo de Troya. Se casó con Creúsa, una de las hijas de Príamo, con la cual tuvo un hijo, llamado Ascanio. En su huida de la ciudad acompañado de toda su familia, su esposa murió al quedarse atrás, apareciéndosele tiempo después como un fantasma para decirle que no se agobiase por su muerte, pues ese había sido su destino, así como el destino de Eneas sería ser el padre de una gran nación. Posteriormente ya en la tierra de Lacio, se casó con la princesa Lavinia, hija del rey Latino, unión ésta la que es el origen mítico del pueblo romano. Se trata de una figura importante de las leyendas griegas y romanas. Sus hazañas como caudillo del ejército troyano son relatadas en la Ilíada de Homero, y su viaje desde Troya (guiado por Afrodita) que llevó a la fundación de Roma, fue relatado por Virgilio en la Eneida. Durante el Renacimiento se le tomó como personaje para Troilo y Crésida por William Shakespeare.

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Indro Montanelli (Fucecchio, Florencia, 22 de abril de 1909 – Milán, 22 de julio de 2001) fue un periodista, escritor e historiador italiano. Considerado entre los más grandes periodistas y escritores italianos, su talento fue reconocido y premiado también en el exterior (por ejemplo, en Finlandia, Estados Unidos, donde fue reconocido como mejor periodista internacional, y España, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 1996, ex-aequo con Julián Marías). Fue un autorizado cronista de la historia italiana y entrevistó a personajes como Winston Churchill, Charles de Gaulle, Luigi Einaudi y el papa Juan XXIII. Su filosofía periodística nació del aprendizaje que de joven hizo en los Estados Unidos de América: recordó siempre lo que le había dicho el director del diario para el que trabajaba: «hacer que cada artículo pueda ser leído y entendido por cualquiera, incluso por el lechero de Ohio». Sencillo, directo, aunque refinado escritor, fue miembro de honor de L’Accademia della Crusca, por la que peleó desde las páginas de Il Giornale para que recibiera atención y fuera financiada por los lectores, siendo como era uno de los más antiguos e importantes centros de estudio sobre la lengua italiana, consiguiendo que no desapareciera. Escribió, entre sus más de sesenta libros, una Historia de Italia divulgativa, ayudado por Mario Cervi y Roberto Gervaso; Gli incontri (encuentros con personajes famosos) y una muy leída Historia de Roma, en la que he basado gran parte de este artículo.

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Latino es un héroe de los latinos, perteneciente a la mitología grecorromana. Su genealogía e historia son confusas, dependiendo de la fuente que lo cite. La tradición helénica lo presenta en la Teogonía de Hesíodo como un hijo de Odiseo y Circe que reinó sobre los Tirsenos o Etruscos con sus hermanos Agrio y Telégono, pero otros autores lo suponen hijo de Odiseo y Calipso y hermano de los gemelos Nausítoo y Nausínoo. Según otra versión, Latino es hijo de Telémaco y Circe. Latino también es mencionado por muchos autores posteriormente como hijo de Pandora y hermano de Grecos; aunque, de conformidad con Hesiodo, Grecos tuvo tres hermanos: Héleno, Magnes y Macedón, el primero de los cuales vendría a ser el padre de Doro, Juto y Eolo. Su madre Pandora fue hija de Deucalión y Pirra. Latino o Lavinio fue el rey de los aborígenes (el pueblo más antiguo de Italia), con la corte en Laurentia (la ciudad de los laureles), situada en la llanura de Laurento. De ahí el gentilicio de laurentinos o latinos. Sobre la genealogía de Latino existen dos tradiciones distintas en la mitología romana. Según una, sus padres serían el profeta Fauno (llamado también Lupercio), rey de Laurentia, y la ninfa de Minturnas Marica; ambos serían posteriormente divinizados. La otra versión relaciona a Latino con la leyenda de Hércules. Cuando Heracles regreso del país de Gerión, trajo consigo una joven hiperbórea que había recibido de su padre como rehén. A su paso por Italia, la dio en matrimonio a Fauno. Esta joven se llamaba Palanto, considerada entonces como la epónima del Palatino o Palanteo: la primera Roma, la aldea palatina fundada, según se dice, por Evandro. Al casarse con Fauno, Palanto, que se había unido a Hércules, estaba encinta, y tuvo un hijo que fue el rey Latino. Una variante de la leyenda sostiene que Latino era hijo de Heracles y la viuda de Fauno o su hija Bona Dea. También se le hace hijo de Evandro, a quien el héroe Heracles salvó de un tributo pendiente con los etruscos; y, también, del monstruo Caco. La esposa de Latino fue Amata; y su hija, Lavinia.

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La tradición no es menos compleja en lo referente a las aventuras. Según las distintas versiones, apoyó a Eneas o luchó contra él. Los autores se ponen más de acuerdo en que Eneas se casó en segundas nupcias con Lavinia, en cuyo honor fundo la ciudad de Lavinio, y heredó el reino de Latino. En la versión que sostiene que acogió hospitalariamente a Eneas, se relata que Latino recibió en sus dominios al ejército de exiliados troyanos, les permitió establecese en el Lacio y les cedió un terreno (de 680 hectáreas, si hay que dar crédito a un fragmento de Catón conservado por Servio en su comentario a la Eneida). Latino además ofreció la mano de su hija Lavinia a Eneas. Pero los troyanos, al parecer, efectuaron incursiones de pillaje en los territorios circundantes, hasta el extremo de que Latino, para detenerlos, se alió con el rey de los rútulos: Turno. En el curso una batalla decisiva, perecieron Turno y Latino, la capital de los aborígenes, que, según esta versión se llamaba Laurolavinium, fue tomada, y Eneas pasó a ocupar el trono. Los dos pueblos, los aborígenes y los inmigrantes troyanos, se unieron en uno solo que, en memoria del rey, adoptó la denominación de Latino. En la leyenda que dice que Latino combatió a Eneas, éste tocó la costa latina dos años después de la toma de Troya, y comenzó inmediatamente a edificar una ciudad. Latino, que estaba ya en guerra contra los rútulos, acudió enseguida a la cabeza de un nutrido ejército para impedir que se instalase en su territorio la colonia troyana. Al anochecer, llegó a las cercanías del campamento troyano, y al ver a los compañeros de Eneas armados a la manera griega y dispuestos en línea de batalla, decidió no entablar combate hasta el día siguiente. Durante la noche, en sus sueños, Latino y Eneas fueron invitados por sus respectivas divinidades a concertar un pacto. Así, a la mañana siguiente, quedó decidida la alianza. Los aborígenes cedieron parte de su territorio a los troyanos, y éstos, en pago, se comprometieron a ayudarlos contra los rútulos. Para sellar la alianza, Eneas se casó con Lavinia, pero este matrimonio hizo estallar la guerra con Turno, quien, en esta versión, no es un rútulo, sino, al parecer, un tirreno sobrino de la reina Amata. En el combate subsiguiente, muerieron Latino y Turno, cuyo pueblo fue conquistado. Eneas, como esposo de Lavinia, fue nombrado rey de los aborígenes, que, junto a los troyanos, pasarían a llamase latinos.

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En la Eneida, Virgilio presenta una versión que concilia las dos variantes anteriores. En ella, Eneas es bien recibido por Latino, a quien los adivinos han aconsejado que por designio de Júpiter otorgue la mano de su hija a un héroe extranjero. Cuando los emisarios de Eneas llegan a su capital, el rey comprende que el oráculo debe cumplirse, y entonces ofrece al forastero la mano de Lavinia, que por entonces estaba comprometida con Turno, rey de los rútulos. La reina Amata, su tía, y Turno (persuadido por Juno) incitan a Latino a declarar la guerra a los troyanos, pero Turno se niega. Entonces, la propia Juno abre las puertas del templo de la guerra (el templo de Jano que, en Roma, permanecía cerrado en tiempo de paz y se abría al iniciar las hostilidades, con lo cual Virgilio traslada a la ciudad de Laurentia una costumbre romana) y Turno, subiendo a la ciudad, iza la bandera que llama a las armas. En la guerra que se desencadena, Latino se mantiene al margen, limitándose a mandar pedir a los troyanos una tregua para enterrar a los muertos, y a tratar de disuadir a Turno de su propósito de desafiar a Eneas en combate singular. A la muerte de Turno, Latino concierta la paz con los troyanos. Dos testimonios nos permiten conocer una leyenda según la cual el rey Latino desapareció durante una batalla librada contra el rey de Cere, Mecencio, y se convirtió en el dios Júpiter Latino, al que en la época histórica rendía culto la confederación latina en el monte Albano, que domina el Lago Nemi. Ascanio, el hijo de Eneas, fundó Alba Longa, y sería el primero de una larga lista de reyes. De la unión de troyanos y laurentinos nació el pueblo latino. Otra versión sostiene que el reino de Latino pasó a los descendientes de Eneas por su matrimonio con Roma, hija de Eneas; de ese matrimonio nacieron Rómulo y Remo. Su hijo Ascanio fundó Alba Longa, convirtiéndola en nueva capital. Y tras ocho generaciones, es decir, unos doscientos años después del arribo de Eneas, dos de sus descendientes, Numitor y Amulio, estaban aún en el trono del Lacio. Desgraciadamente, dos en un trono están muy apretados. Y así, un día, Amulio echó al hermano para reinar solo, y le mató todos los hijos, menos una: Rea Silvia. Mas, para que no pudiese poner al mundo algún hijo a quien, de mayor, se le pudiese antojar vengar al abuelo, la obligó a hacerse sacerdotisa de la diosa Vesta, o sea monja.

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Un día, Rea, que probablemente tenía muchas ganas de marido y se resignaba mal a la idea de no poder casarse, tomaba el fresco a orillas del río porque era un verano tremendamente caluroso, y se quedó dormida. Por casualidad pasaba por aquellos parajes el dios Marte, que bajaba a menudo a la Tierra, un poco para organizar una guerrita que otra, que era su oficio habitual, y otro poco en busca de chicas, que era su pasión favorita. Vio a Rea Silvia. Se enamoró de ella. Y sin despertarla siquiera, la dejó encinta. Amulio se encolerizó muchísimo cuando lo supo, pero no la mató. Aguardó a que pariese, no uno, sino dos chiquillos gemelos. Después, ordenó meterlos en una pequeñísima almadía que confió al río para que se los llevase, al filo de la corriente, hasta el mar, y allí se ahogasen. Mas no había contado con el viento, que aquel día soplaba con bastante fuerza, y que condujo la frágil embarcación no lejos de allí, encallando en la arena de la orilla, en pleno campo. Ahí, los dos desamparados, que lloraban ruidosamente, llamaron la atención de una loba que acudió para amamantarlos. Y por eso este animal se ha convertido en el símbolo de Roma, que fue fundada después por los dos gemelos. Algunas fuentes dicen que aquella loba no era en modo alguno una bestia, sino una mujer de verdad, Acca Laurentia, llamada Loba a causa de su carácter selvático y por las muchas infidelidades que le hacía a su marido, un pobre pastor, yéndose a hacer el amor en el bosque con todos los jovenzuelos de los contornos. Los dos gemelos mamaron la leche de la loba, recibieron uno el nombre de Rómulo, el otro, el de Remo, crecieron, y al final supieron su historia. Entonces, volvieron a Alba Longa, organizaron una revolución, mataron a Amulio y repusieron en el trono a Numitor. Después, impacientes por hacer algo importante, en vez de esperar un buen reino edificado por el abuelo, que sin duda se lo hubiera dejado, se fueron a construir otro nuevo un poco más lejos. Y eligieron el sitio donde su almadía había encallado, en medio de las colinas entre las que discurre el Tíber, cuando está a punto de desembocar en el mar.

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En aquel lugar, como a menudo sucede entre hermanos, litigaron sobre el nombre que dar a la ciudad. Luego decidieron que ganaría el que hubiese visto más pájaros. Remo vio seis sobre el Aventino. Rómulo, sobre el Palatino, vio doce: la ciudad se llamaría, pues, Roma. Uncieron dos blancos bueyes, excavaron un surco y construyeron las murallas jurando matar a quienquiera las cruzase. Remo, malhumorado por la derrota, dijo que eran frágiles y rompió un trozo de un puntapié. Y Rómulo, fiel al juramento, le mató. Todo esto, dícese, aconteció setecientos cincuenta y tres años antes de que Jesucristo naciese, exactamente el 21 de abril, que todavía se celebra como aniversario de la ciudad, nacida, como se ve, de un fratricidio. Sus habitantes hicieron de ella el comienzo de la historia del mundo, hasta que el advenimiento del Redentor impuso otra datación. Tal vez también los pueblos vecinos hacían otro tanto: Cada uno de ellos databa la Historia del Mundo por la fundación de la propia capital. Alba Longa, Rieti, Tarquinia o Arezzo. Mas no lograron que los otros lo reconocieran, porque cometieron el pequeño error de perder la guerra, más aún, las guerras. Roma, en cambio, las ganó. Todas. La finca de pocas hectáreas que Rómulo y Remo recortaron con el arado entre las colinas del Tíber. se convirtió, en el espacio de pocos siglos, en el centro del Lacio, después de Italia, y más tarde del mundo conocido hasta entonces, en que se habló su lengua y se respetaron sus leyes. Desde aquel famoso 21 de abril de 753 antes de Jesucristo, da comienzo la historia de Roma y de su civilización.

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A los romanos les halagaba mucho el hecho de poder mezclar los dioses influyentes como Venus y Marte y personalidades de elevada posición como Eneas, al nacimiento de su Urbe. Sentían oscuramente que era muy importante educar a sus hijos en la convicción de que pertenecían a una patria edificada con el concurso de seres sobrenaturales. Esto dio un fundamento religioso a toda la historia de Roma, que, en efecto, se derrumbó cuando se prescindió de él. La Urbe fue caput mundi, capital del Mundo, mientras sus habitantes supieron pocas cosas y fueron lo bastante ingenuos para creer en aquéllas, legendarias, que les habían enseñado. Mientras estuvieron convencidos de ser descendientes de Eneas, de que corría por sus venas sangre divina y de ser «ungidos de Señor», aunque en aquellos tiempos se llamase Júpiter. Fue cuando comenzaron a dudar de ello cuando su imperio se hizo añicos y el caput mundi convirtióse en colonia. En la fábula de Rómulo y Remo, acaso no todo es fábula. Tal vez hay también algo de verdad. Incluso hay quienes dicen que en realidad son los dioses-hermanos sumerios EA y EN-LIL. Parece ser que ya treinta mil años antes de la fundación de Roma, Italia estaba habitada por el hombre. Los expertos dicen haberlo reconstruido con ciertos huesecitos de su esqueleto encontrados aquí y allá, y que se remontan a la llamada «edad de piedra». Pero nosotros saltamos a una era más próxima, la «neolítica», de hace algo así como ocho mil años, o sea cinco mil antes de la fundación de Roma. Parece ser que Italia estaba poblada entonces por ciertos ligures al norte y sículos al sur, gentes de cabeza en forma de pera, que vivían un poco en las cavernas, un poco en cabañas redondas construidas con estiércol y fango, domesticaban animales y se alimentaban de caza y pesca.

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Hagamos otro salto de cuatro mil años, es decir, lleguemos al año 2000 antes de Jesucristo. Y he aquí que de los Alpes llegan otras tribus, desde su patria de origen en la Europa central. Éstas no están mucho más adelantadas que los indígenas de cabeza en forma de pera, pero tienen la costumbre de construir sus viviendas no en cavernas, sino sobre estacas sumergidas en el agua, las llamadas palafitos. Proceden, se ve, de sitios pantanosos y, en efecto, al llegar a Italia eligen las regiones de los lagos del Norte, como el Mayor, el de Como o el de Garda. E introducen algunas grandes innovaciones, tales como la ganadería, la agricultura, el tejido de telas y la construcción de bastiones de barro y tierra apisonada en torno a los poblados, para defenderlos tanto de los ataques de animales como de los hombres. Poco a poco empezaron a descender hacia el sur, donde se habituaron a construir cabañas también en tierra firme, pero apuntalándolas todavía sobre estacas. Aprendieron de ciertos primos suyos, instalados al parecer en Germania, el uso del hierro con el que fabricaron un montón de utensilios nuevos: azadas, cuchillos, navajas, etc., y fundaron una verdadera ciudad, que se llamó Villanova, y que debió de estar emplazada en las cercanías de la que hoy es Bolonia. Éste fue el centro de una civilización que se llamó de Villanova y que poco a poco se extendió por toda la península. De ella se cree que derivan, como raza, como lengua y como costumbres los umbros, los sabinos y los latinos. No se sabe lo que aquellos villanoveses, tras haberse establecido junto al Tíber, hicieron con los indígenas ligures y sículos. Tal vez los exterminaron, como era costumbre en aquellos tiempos llamados «bárbaros». Acaso se mezclaron con ellos tras haberlos sometido. El hecho es que, hacia el año 1000 antes de Jesucristo, entre la desembocadura del Tíber y la bahía de Nápoles, los nuevos venidos fundaron muchas poblaciones que, aun cuando habitadas por gente de la misma sangre, se hacían la guerra entre sí y no se apaciguaban más que ante algún enemigo común o en ocasión de alguna fiesta religiosa.

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La mayor y más poderosa de aquellas ciudades fue Alba Longa, capital de Lacio, a los pies del monte Albano, que corresponde probablemente a Castelgandolfo. Los albalonganos son considerados como aquel puñado de jóvenes aventureros que un buen día emigraron una docena de kilómetros más hacia el Norte, y que fundaron Roma. Tal vez eran braceros, que iban en busca de un poco de tierra que apropiarse y cultivar. Tal vez eran maleantes que tenían cuentas que ajustar con los tribunales de su ciudad. Tal vez eran emisarios mandados por su Gobierno a vigilar aquellos parajes, en los confines de la Toscana, en cuyas costas había desembarcado a la sazón un nuevo pueblo, el etrusco, que no se sabía de qué parte del Mundo venía, pero del que se decían pestes. Y tal vez entre aquellos pioneros había dos que verdaderamente se llamaban Rómulo y Remo. A pesar de todo, no debían de ser más de un centenar. El lugar que eligieron tenía muchas ventajas y no pocas desventajas. A una veintena de kilómetros del mar, se hallaba a resguardo de los piratas que lo infestaban, y podía ser convertido en puerto, pues para las embarcaciones de aquel tiempo el brazo de río que lo separaba de la desembocadura era fácilmente navegable. Pero las marismas y los pantanos que lo rodeaban lo condenaban al paludismo, enfermedad que ha llamado a sus puertas hasta hace poco tiempo. Pero estaban las colinas que, al menos en parte, protegían a los habitantes de los mosquitos. Y fue, en efecto, en una de ellas, el Palatino, donde se alojaron primero, con el propósito de poblar también en seguida las otras seis que se elevaban en torno. Pero, para poblarlas, tenían que nacer hijos. Y para ello, hacían falta esposas, pero aquellos pioneros eran solteros. Aquí, a falta de historia hemos de volver a la leyenda, que nos cuenta lo que hizo Rómulo para procurarse mujeres para él y sus compañeros. Organizó una gran fiesta, tal vez para celebrar el nacimiento de su ciudad e invitó a tomar parte en ella a los vecinos sabinos (o quirites), con su rey,  Tito Tacio, y sus hijas. Los sabinos acudieron. Pero, mientras estaban dedicados a apostar en las carreras a pie y a caballo, que era su deporte preferido, los dueños de la casa, muy poco deportivamente, les robaron a sus hijas y los echaron.

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Los antiguos eran muy sensibles a cuestiones de mujeres. Poco antes, el rapto de una de ellas, Helena, había costado una guerra que duró diez años y que acabó con la destrucción del gran reino de Troya. Los romanos las raptaron a docenas y es, por tanto, natural que el día siguiente tuvieran que enfrentarse con sus familiares, que volvieron, armados, a recuperarlas. Se atrincheraron en el Campidoglio, pero cometieron el imperdonable error de confiar las llaves de la fortaleza a Tarpeya, una chica romana que, dícese, estaba enamorada de Tito Tacio. Abrió una puerta a los invasores, los cuales, refractarios a toda traición, comprendieron la perpetrada en su favor y la recompensaron aplastando a la chica bajo sus escudos. Los romanos dieron más tarde su nombre a las rocas desde donde solían arrojar a los traidores a la patria condenados a muerte. Todo acabó en un pantagruélico banquete nupcial. Pues las otras mujeres, en nombre de las cuales se había encendido la batalla, en cierto momento se interpusieron entre ambos ejércitos y declararon que no querían quedarse huérfanas, como habría sucedido si sus maridos romanos hubiesen vencido, o viudas, como habría ocurrido si hubiesen vencido sus padres sabinos. Más valía regularizar los matrimonios, en vez de seguir degollándolos. Y así fue. Rómulo y Tacio decidieron gobernar juntos, ambos con el título de rey, aquel nuevo pueblo nacido de la fusión de las dos tribus, de las cuales llevó el nombre de romanos quirites. Y como que Tacio tuvo, acto seguido, la gentileza de morir, el experimento de reino a dos marchó bien aquella vez. Tal vez no sea más que una versión, sugerida por el patriotismo y el orgullo, de una conquista de Roma por parte de los sabinos. Pero puede también que los dos pueblos se hubieran mezclado voluntariamente y que el famoso rapto fuese tan sólo la normal ceremonia del matrimonio, como se celebraba entonces, es decir, con el robo de la novia por parte del novio, pero con el consentimiento del padre de ella, como todavía se hace en ciertos pueblos primitivos. Si ocurrió verdaderamente así, es probable que esa fusión fuese, más que sugerida, impuesta por el peligro de un enemigo común: aquellos etruscos que, mientras tanto, se habían desparramado desde la costa tirrena por Toscana y Umbría y que, provistos de una técnica mucho más adelantada, presionaban hacia el Sur.  Roma y la Sabina estaban en la dirección de esta marcha y bajo su amenaza directa. Efectivamente, no se libraron de ella. Roma apenas había nacido y ya tenía que habérselas con uno de los más difíciles e insidiosos rivales de su historia. Lo abatió a través de prodigios de diplomacia primero, y de valor y tenacidad después. Pero necesitó siglos.

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Etruria, antaño también llamada frecuentemente, en textos griegos y latinos, Tyrrhenia o Tirrenia, fue una antigua región histórica situada en el centro de Italia, en las regiones de Toscana, Lacio y Umbría. El topónimo deriva de los etruscos o tirrenos, los pobladores que se asentaron allí, creando una poderosa confederación. Tal confederación lo fue de las ciudades-estado independientes más importantes de Italia central y septentrional, hasta su caída ante Roma, en el siglo III a. C. Etruria fue dominante en la península itálica desde el año 650 a. C. Su expansión incluyó el valle del río Po, y se extendía hasta las colonias griegas situadas al sur de Italia. Los reyes etruscos conquistaron y dominaron Roma por un siglo, hasta que en el 509 a. C. fue expulsado el último rey etrusco Tarquinio el Soberbio y la República Romana fue establecida. Se considera que los etruscos son los responsables de transformar Roma de un pequeño pueblo a una gran ciudad. También son responsables de crear la primera gran vía de Roma, la Vía Sacra, así como templos y mercados. Los etruscos influyeron en gran medida en la difusión de la cultura griega en Roma, en los dioses del Olimpo y en el alfabeto fonético. También influirían notablemente en el marcado carácter supersticioso del pueblo romano. Entre 1801 a 1807, Napoleón Bonaparte creó el estado vasallo denominado Reino de Etruria, que comprendía el Ducado de Parma y la Toscana. Dos siglos de investigación y excavación de sus ciudades sepultadas es el tiempo que los arqueólogos llevan intentando destapar los enigmas acerca del origen de los etruscos. Se conoce muy poco acerca del surgimiento de este pueblo, y la mayoría de las fuentes que nos pueden guiar son los textos escritos. Es el caso de Herodoto, quien nos habla ya en el siglo V a.C. sobre su historia. Relató que habían migrado del Asia Menor alrededor del año 1000 a.C., como refugiados que huían de la hambruna que había en Lidia.

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Heródoto, en su Historia, dice: “Y he aquí como (los lidios) se defendían contra el hambre con sus inventos: de cada dos días pasaban uno entero jugando para no pensar en la comida, y al día siguiente dejaban los juegos para alimentarse. De este modo vivieron hasta dieciocho años. […] se hicieron a la mar en busca de sustento y de una patria, hasta que, después de pasar de largo muchos pueblos, llegaron al país de los umbrios, donde fundaron ciudades y han habitado hasta el presente. Pero cambiaron su nombre de lidios por otro derivado del que tenía el hijo del rey que los había guiado; de él tomaron su nuevo nombre y se llamaron tirrenos” .  La denominación que recibieron los etruscos de los griegos fue la de tirrenos, mientras que los romanos los denominaban tuscos o etruscos. Por otra parte, ellos se autodenominaban rasenna. Actualmente existen tres teorías sobre el origen de los etruscos: Tesis autóctona: Según este estudio, las costumbres y la lengua etrusca son propias y por tanto no derivan de otras culturas como los griegos u otros pueblos. No obstante, esta teoría no tiene muy presente las influencias orientales o europeas que los etruscos pudieran tener. – Tesis oriental: Es la más debatida. Defiende una posible relación con los tursha. Los Pueblos del mar son un grupo de pueblos de la Edad del Bronce que migraron hacia Oriente Próximo durante el 1200 a. C. Navegaban por la costa oriental del Mediterráneo y atacaron Egipto durante la dinastía XIX y especialmente en el año octavo del reinado de Ramsés III, de la dinastía XX. Algunos estudiosos los hacen responsables del hundimiento de la civilización micénica y del Imperio hitita, a finales del siglo XIII a. C., dando lugar al comienzo de la Edad Oscura, pero esta hipótesis es controvertida. Entre estos Pueblos de Mar tenemos a los teresh o tursha, a los que se ha puesto en relación con el topónimo mencionado por los hititas de Taruisha y también con los tirrenos o etruscos. Algún autor, en cambio, pone su nombre en relación con el hebreo Tarshish y con el hispánico Tartessos, pero esta hipótesis goza de poca aceptación. También se aprecia una influencia en la escritura etrusca de pueblos orientales. – Tesis septentrional: Esta hipótesis sitúa los orígenes en el norte de Italia y los relaciona con los pueblos del norte. A pesar de estas hipótesis y los múltiples estudios que se han realizado, aún sigue siendo un tema por resolver de los tantísimos que hay. Lo que si se puede afirmar es la convivencia que tuvieron con griegos y la influencia que tuvieron de éstos. Muchos de los utensilios que importaron y de las técnicas que utilizaron fueron más tarde inspiración de los romanos, quienes lo imitaron, lo perfeccionaron y lo introdujeron en su civilización.

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Parece que el misterioso origen de los Etruscos, el pueblo que habitaba la Italia central hacia el siglo VIII a.C. y dominó la zona hasta la llegada de los romanos, empieza a desvelarse. En la península Itálica en la que Roma apenas había empezado a dar sus primeros pasos, reinaban los etruscos, pueblo fascinado por el lujo y la vida en el Más Allá . Su influencia se extendería a todos los ámbitos de la civilización romana. Hablar del “enigma etrusco” es un tópico que se arrastra desde la Antigüedad .Pero el nivel de conocimiento que tenemos acerca de este pueblo y de la civilización que desarrolló en la Italia del primer milenio a.C., si no alcanza el que tenemos de griegos y romanos, si es muy superior al que poseemos de los demás pueblos “históricos” que habitaron en esa península por la misma época (ligures, vénetos, umbros, sabinos, volscos, samnitas, etc.),y no digamos de los “prehistóricos” (aborígenes, pelasgos, ausonios, sículos, etc.).Lo mismo podría decirse de los pueblos que, a lo largo de ese milenio. hicieron notar su presencia en la parte occidental del Mediterráneo, tales como los cartagineses, galos o íberos. Es verdad que la cuestión de su origen plantea problemas aún sin resolver. Pero lo mismo ocurre con  otros pueblos antiguos, como el latino. Su eclosión cultural y política en el siglo VII a.C.se produjo en la región de Toscana (de tuscus, etruscos en latin), entre los Apeninos y el mar Tirreno y desde el Arno al Tíber. No obstante, los rasgos orientales de origen fenicio, lidio, chipriota o egipcio, que dominan en sus muchas y lujosas manifestaciones artísticas de esa época (bronce, cerámica, marfiles, joyas) siguen asombrando a los historiadores. Como subsisten también hipótesis diferentes sobre su prosperidad económica excepcional, que podían ser debidas a las minas de hierro de la isla de Elba, al dominio del comercio marítimo de la región o a la fertilidad de los valles toscanos. Ello les permitió convertirse en la potencia hegemónica en Italia ,desde el valle del Po hasta el golfo de Nápoles durante aproximadamente un siglo y medio (VI-V a.C.).

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Tampoco se ha desvelado del todo su desaparición de la escena histórica a partir del siglo III a.C., absorbidos en el proceso de unificación política, cultural y lingüística de Italia, impuesta por Roma. Una de las cosas que más han contribuido a la fama enigmática de los etruscos es el misterio que se cierne sobre su lengua. Su alfabeto es conocido, ya que es un alfabeto griego ligeramente transformado, del que procede el llamado alfabeto latino, lo cual permite leer los más de diez mil textos escritos conservados de su escritura. Pero su sistema lingüístico aún no ha sido descifrado satisfactoriamente. La inmensa mayoría de esas inscripciones tienen carácter funerario y son muy breves.. Hay dos o tres más largas, pero ninguna supera el centenar de palabras. El único texto conservado que recuerda a un libro de la época es un rollo de tela empleado para envolver a una momia egipcia de la época romana. Tiene unas 1500 palabras y, por lo que se ha podido entender, tras exhaustivos análisis, se trata de una especie de calendario litúrgico. Tito Livio nos dice que “hay testimonios escritos de que en el siglo V a.C. los hijos de buena familia romana eran instruidos en las letras etruscas del mismo modo que las letras griegas“. Hoy en día resulta difícil interpretar lo que se puede entender por “letras etruscas“, dado que de la supuestamente rica literatura en lengua etrusca no queda prácticamente nada. Con el agravante de que todavía no ha aparecido su “piedra Rosseta”. Pero ,a falta de fuentes propias, contamos con información derivada de fuentes griegas y ,sobre todo, romanas. Destacan las de Heródoto, de quien arranca la teoría sobre el origen lidio de los etruscos, y las de Dionisio de Halicarnaso quien defiende su origen autóctono.

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Lidia o Reino de Lidia fue una región histórica situada en el oeste de la península de Anatolia, en lo que hoy son las provincias turcas de Izmir y Manisa. Fue reino e imperio desde la caída del Imperio hitita hasta su conquista por los persas, según unas fuentes desde el 1300 a. C. y, según otras, desde el 718 hasta el 546 a. C. Destacó como potencia comercial, y fue, además, conocida por su riqueza en oro, proveniente del río Pactolo y de las minas del monte Tmolo. Actualmente se cree que su riqueza provenía más de la fertilidad de sus campos, o bien de su superioridad comercial respecto a los griegos. Fue el primer lugar donde se acuñó moneda, antes incluso que en China o India. Esas primeras monedas datan del reinado de Giges, en la segunda mitad del siglo VII a. C., hacia el 620 a. C., e incluso antes, durante el reinado de Ardis II (652-621 a. C.). Los conocimientos actuales se apoyan en los hallazgos de monedas de electro u oro blanco, cuyos yacimientos principales se hallan en Éfeso, en la costa de Asia Menor. Debido a su expansión por las costas jonias y a la enorme influencia cultural que los jonios tuvieron sobre los lidios, en ciertos periodos históricos muchos historiadores consideran a Lidia, si no parte de los pueblos griegos, al menos altamente helenizados. Esta aculturación fue mutua, aunque de menor intensidad por parte lidia, de manera que los avances musicales, comerciales e incluso la literatura y los juegos populares lidios fueron adoptados por los griegos, mientras que la arquitectura, la religión y la vestimenta griegas influyeron en las lidias. No obstante siempre existieron diferencias entre griegos y lidios, una de las más llamativas fue el trato otorgado a la mujer por parte de los hombres, mucho más ecuánime en la sociedad lidia. Autores clásicos como Estrabón, observando más diferencias que similitudes, concluyeron que los lidios no eran parte de los pueblos griegos.

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Se desconocen prácticamente todos los datos de la mitología lidia, y tanto su literatura como sus rituales se han perdido, en ausencia de cualquier monumento o área arqueológica que haya aportado inscripciones extensas. Ésta es la causa de que cualquier referencia a los mitos que envolvieron a Lidia nos llegue a través de los antiguos griegos. Para los griegos el principal regente de la Lidia mítica fue Tántalo, cuyo hija predilecta, Níobe, junto a su marido Anfión, enlazan los asuntos de Lidia con Tebas. Se dice de Níobe que un torbellino la transportó hasta el monte Sípilo, en tierra lidia. A través de Pélope la línea de Tántalo se divide, al menos según los mitos de la segunda dinastía micénica. Según informa Pausanias, Tántalo era oriundo de Sípilo.  Ónfale, hija del río Yárdano, fue reina de Lidia. Ésta requirió a Heracles para que la sirviera por un tiempo. Sus aventuras en Lidia son las de un héroe griego en una tierra periférica y extraña. Este relato sirvió posteriormente para que se mencione a Tirseno, hijo de Heracles. A raíz de él existe una tradición que supone un origen lidio o grecolidio de Caria de los etruscos, llamados por los griegos tyrrenoi (palabra desarrollada probablemente de Tirreno o Tirseno), aunque ellos se llamaban a sí mismos rasena. Estos héroes ancestrales indican que la dinastía lidia afirmaba descender de Heracles. Se dicen pertenecientes a la dinastía de Heracles a los reyes que gobernaron Lidia, aunque quizá no descendieran de Ónfale. También existe la leyenda, aportada por Estrabón, de que Etruria fue fundada por colonos procedentes de Lidia, dirigidos por Tirreno, hermano de Lido; emigración ordenada por el rey Atis debida a una hambruna. Esta teoría está discutida en la actualidad, pero no se descarta debido a algunas semejanzas entre ambas civilizaciones, como en la cerámica. Sin embargo, Dionisio de Halicarnaso apunta que la lengua y las vestiduras etruscas fueron totalmente diferentes a las de los lidios. Otros cronistas posteriores ignoraron la teoría de Heródoto de que Anfión fue el primer rey lidio, señalando a Alceo, Belos y Nino en los primeros puestos de la lista real del reino. Estrabón hace que Atis, padre de Lido y Tirreno, sea un descendiente de Heracles y Ónfale. Muchas otras referencias apuntan en su lugar a Atis, Lido y Tirreno entre los reyes lidios anteriores a la dinastía de Heracles.

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Las minas de oro a lo largo del río Pactolo, en las montañas occidentales de Anatolia, fueron fuente proverbial de la riqueza de Creso, el último rey en la historia del Reino de Lidia, pues se dice que el legendario rey Midas de Frigia navegó por sus aguas, convirtiéndolas en oro. La historia del Reino de Lidia puede dividirse de acuerdo a las tres dinastías que lo gobernaron, de las que la primera fue completamente mitológica y parte de la segunda se ha reconstruido con reservas, ya que hay divergencias entre las fuentes. Esta controversia en los datos y el desconocimiento del periodo histórico llamado Edad Oscura, hacen que se puedan fijar hasta tres fechas plausibles de la fundación del reino: algunas fuentes fechan el nacimiento de Meoncia, y por tanto del reino de Lidia, en el año 1579 a. C.; otros autores defienden que ocurrió en torno al 1300-1200 a. C., debido a la debilidad de los hititas y a la aparición de los nombres Meoncia y Arzawa, si bien siempre mencionados ambiguamente; mientras que otros se ciñen a lo que se conoce mejor y datan la fundación en torno al año 700 a. C. Ya hubiese sido fundado en tiempos tan remotos o no, se sabe que antes del año 680 a. C., Lidia era un reino vasallo de Frigia, que en esa época cayó en poder de los cimerios, propiciando la total independencia y expansión de Lidia. Lidia surge tras la caída del Imperio Hitita, como resultado del colapso político y económico que llevó a la disgregación de éste en el siglo XII a. C. En esa época el nuevo reino se llamaba Arzawa, aunque de acuerdo con las fuentes griegas, el nombre original de Lidia fue Meoncia o Meonia, por estar habitada por los pelasgos meonios. Homero la cita como Meonia, llamando maiones a sus habitantes y mencionando que procedían de Hida, al pie del monte Tmolo. Se cree que Hida pudo haber sido el nombre del lugar donde se levantó Sardes y no un asentamiento distinto a esta ciudad, como se creyó antiguamente.

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Siglos después Heródoto, en su libro Clío (el primero de Historia), añade que los meonios o meones o mayones pasan a llamarse lidios después del reinado de uno de sus reyes, Lido o Leído (Λυδός), hijo de Atis, que independizó el territorio completamente del dominio extranjero y cuyas referencias datan de una época dinástica mitológica. Este epónimo les valió ante los griegos el nombre de lidios (Λυδοί). El término hebreo, Lûḏîm (לודים), se encuentra en Jeremías 46, 9 y se considera una derivación de Lud (en hebreo: לוּד), hijo de Sem. En tiempos bíblicos los guerreros lidios fueron famosos arqueros. Algunos meonios existieron aún en tiempos históricos, en las tierras interiores a lo largo del río Hermo, donde se tienen referencias de una ciudad llamada Meoncia. La cita de Heródoto dice textualmente: «Los que reinaban en el país antes de Agrón, eran descendientes de Lido, el hijo de Atis; y por esta causa todo aquel pueblo, que primero se llamaba Meón, vino después a llamarse lidio».Por último también Estrabón menciona un nombre similar en esta cita: «Los cimerios (…) realizaron una expedición a la lejana región del lago Meotis». Historiadores como Carlos González Wagner fechan la aparición del Lidia en el siglo VII a. C., teorizando que cuando los cimerios destruyeron el Reino de Frigia, esta sociedad floreció de nuevo como Lidia. Esta versión —defendida por otros autores — se ocupa sólo de la dinastía Mermnada, olvidándose del resto.  Sin embargo, autores como M. Liverano niegan que Frigia llegara a controlar la región de Lidia, con lo cual en ningún caso Lidia sería sucesora de Frigia, sino un estado ajeno a ella. Heródoto refiere tal teoría como una leyenda lidia. Según esta leyenda,con motivo de una gran hambruna que se cebó en Lidia (Asia Menor), el rey decidió que la mitad de la población debía emigrar “en busca de medios de vida y de una tierra“. Puso al frente de la expedición a su propio hijo, de nombre Tirreno. Después de haber pasado de largo muchos pueblos, arribaron el país de los umbros, en donde fundaron ciudades y cambiaron su nombre de lidios por el del hijo del rey que los había acaudillado.  Dionisio de Halicarnaso, a quien se debe el informe griego más completo sobre los etruscos, estudió con detenimiento y gran erudición la cuestión del origen de este pueblo. Y, tras barajar diferentes hipótesis, incluida la de los lidios ya mencionada, concluye:”es posible que los que más se acercan a la verdad sean los que declaran que este pueblo no vino de ningún sitio, si no que es autóctono, puesto que se nos revela como muy antiguo y no coincide en la lengua ni en la forma de vida con ningún otro pueblo“.

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La principal fuente romana sobre los etruscos es la Historia de Roma, de Tito Livio. Aunque su información se basa en los historiadores de la época republicana, que dan una visión sesgada de los hechos. Queda claro que el desarrollo inicial de Roma se basa en la experiencia histórica etrusca y que la urbe, si no fundada, si fue civilizada por sus vecinos etruscos del norte. La ausencia de testimonios literarios propios y la escasez o poca fiabilidad de los foráneos está compensada por la extraordinaria cantidad y calidad de sus restos arqueológicos .Es algo que tenemos que agradecer a la intensa fe en el destino de los hombres más allá de la muerte que caracterizó a este pueblo. Para asegurar al difunto una eternidad feliz, el sepulcro reproduce, en el continente y en el contenido, el ambiente que le rodeaba en vida. Así ,a falta de restos que nos ilustren sobre la vivienda etrusca, la variedad de tipos de sepulturas nos sirven para hacernos una idea de su vida. A través de los hallazgos realizados en los monumentos funerarios se pueden seguir, no sólo los tipos de enterramiento y su  relación con el Más Allá, sino también los gustos y modas estéticos. De este modo se constata que, tras aquel primer período de influencia oriental, enseguida (desde principios del siglo VI a.C.) los etruscos fueron seducidos por la cultura y el arte griegos. Su poderío económico permitía a las familias de la clase dominante importar objetos de arte griego, sobre todo cerámica, de Grecia o de las colonias griegas del sur de Italia, a la vez que atraía a artistas de esas mismas procedencias para que trabajaran para ellos. Pronto surgirán escuelas donde se formaron artistas locales que imitaban los modelos griegos, con una cierta tosquedad formal que los delata, pero aportando una originalidad temática y una espontaneidad muy atractivas.

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Hubo tres manifestaciones en las que los etruscos consiguieron posicionarse en el panteón del arte: la cerámica, el bronce y, sobre todo, los murales, cuyos frescos no tienen parangón en el mundo antiguo, hasta llegar Pompeya. Los etruscos contagiaron su helenismo a los primitivos romanos. A través de los etruscos llegaría a Roma la primera oleada de cultura griega, anterior a la que seguiría a la conquista del mundo griego por Roma tres siglos más tarde. Esta cultura mixta greco-etrusca configuró la primitiva cultura romana, que podemos ver claramente reflejada en los frescos etruscos. Puede decirse que, por lo menos en cuanto a manifestaciones artísticas, no hay solución de continuidad entre la época etrusca y la romana arcaica. O, dicho de otro modo, cuando se estudia el arte romano arcaico, en realidad aquello que aparece ante nuestros ojos es arte etrusco. La mejor ilustración de este mestizaje cultural nos la proporciona el propio Tito Livio, al recoger la rocambolesca explicación que los historiadores romanos daban al hecho de que apareciera una lista de reyes etruscos en Roma. Según esta versión, el primero de ellos se llamaba originalmente Lucumon y vivía en la ciudad etrusca de Tarquinia. Era hijo de un griego de Corintio, que huyo de su patria tras una revuelta y se asentó casualmente en Tarquinia, donde se caso con una etrusca e hizo una gran fortuna. Su hijo, greco-etrusco, decidió emigrar a Roma, pues los etruscos le despreciaban por ser hijo de un exiliado. Al llegar a la ciudad se presento como LucioTarquinio, un nombre romano-etrusco. Hoy le conocemos como Tarquinio el Antiguo. En el origen de esta leyenda estaba presente ,sin duda, la idea de descafeinar la huella etrusca en la Roma primitiva con frases del tipo “se había convertido en un romano más“. Tarquinio representa mejor que nada y que nadie el mestizaje cultural que los etruscos aportaron a la cultura romana.

La impronta etrusca en Roma se observa por cualquier todos lados, entre los que destacan el alfabeto y la helenización cultural y artística. Pero hay muchos más ejemplos. Para empezar,  si hay una huella clara del paso de las legiones y de los administradores romanos por el mundo, lo constituye el trazado cuadriculado “octogonal” de sus asentamientos militares y de las ciudades de nueva planta .Para los historiadores romanos este rasgo urbanístico proviene de la primera Roma, la fundada por Rómulo, llamada por ello la “Roma cuadrata” .Pues bien, Plutarco  nos explica que: “Rómulo atendió luego a la fundación de la ciudad, haciendo venir de Etruria o Tirrenia ciertos varones que con señalados ritos y ceremonia hacían y enseñaban a hacer cada cosa“. Es el llamado rito etrusco ,que se seguía al pie de la letra en cada fundación. Del trazado de esa ciudad de Rómulo sobre el Palatino no quedan casi rastros, pero donde sí se aprecia claramente la cuadricula es en las nuevas colonias fundadas por los etruscos durante su expansión durante los siglos VI-V a.C. por el sur (Capua) y por el norte (en la costa adriática). Sin salirnos del terreno urbanístico, el elemento básico de la arquitectura romana, tanto desde el punto de vista constructivo como estético, es el arco y el pórtico, la bóveda y la cúpula. Es evidente que fueron los etruscos quienes lo introdujeron en Roma, tras importarlo de Oriente, después de experimentarlo en sus puentes, en sus tumbas ,en sus acueductos y en sus cloacas. En las puertas conservadas de las murallas de Perugia o Volterra, el modelo del arco de triunfo romano muestra su origen etrusco. Lo mismo cabría decir de muchos de los símbolos más reconocidos de Roma. .Así, la estatua original de la famosa Loba, emblema hoy todavía de la “ciudad eterna” es un magnífico ejemplo de broce etrusco, en que los gemelos mamando fueron añadidos durante el Renacimiento. O las insignias del poder real que, según Dionisio de Halicarnaso, introdujo en Roma el primero de los tarquinios: corona de oro, vestido púrpura bordado, cetro coronado por un águila, trono de marfil, manto de púrpura semicircular y los doce lictores con hachas y varas que se colocaban junto a él mientras juzgaba y lo precedían mientras caminaba.

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Los lictores eran doce porque éste era el número de la primitiva federación de ciudades etruscas en Etruria (Veyes, Caere, Tarquinia, Vulci, Rusellae , Vetulonia, Volsinies, Clusium, Perusa, Cortona, Arezzo y Volterra),.Y doce serían las ciudades de las federaciones que en su época de mayor esplendor se establecieron en la Campania ,al sur y en la llanura del Pó al norte. El famoso número doce que vemos en tantas culturas, como los 12 dioses del Olimpo, los 12 dioses sumerios, los 12 meses del año o los 12 signos del zodiaco. El trono de marfil de los magistrados romanos, tan repetidas en las monedas, y el manto semicircular,  antecedente de la toga, forman parte de esta herencia etrusca. También el origen de diversos tipos de espectáculos o juegos en Roma, sobre todo las representaciones teatrales y las luchas de gladiadores, forman parte de la herencia etrusca. las palabras con que se designaban a los actores, la máscara teatral  y el dueño y entrenador de los gladiadores, son etruscas. Para el teatro contamos con el testimonio de Tito Livio con ocasión de una peste en el 364 a.C: “..entre otros recursos para aplacar la cólera divina se organizaron también, dicen, unas representaciones teatrales…Unos luddiones traídos de Etruria danzando al son de la flauta ejecutaban unos movimientos al estilo etrusco“. Sobre la afición de los etruscos a los espectáculos sangrientos pueden verse muchas muestras en las pinturas de sus vasos y tumbas .Los combates de gladiadores sería una derivación de los sacrificios rituales con prisioneros de guerra. Tito Livio ,una vez más, a mediados del siglo IV a.C., nos explica que tras una victoria sobre el ejercito romano: “los tarquinenses sacrificaron a 307 soldados romanos hechos prisioneros“. Igualmente la huella etrusca es profunda en el campo religioso. Como ejemplos tenemos la triada capitolina, integrada por Júpiter, Juno y Minerva, que tendría su origen en la triada etrusca formada por Tinia, Uni y  Menrva, así como la estructura arquitectónica del templo romano, derivada del etrusco, o algo tan sagrado para el Estado romano como los llamados “libros sibilinos”, cuya adquisición se remonta a los tiempos del rey Tarquinio el Soberbio.

Pero quizás la herencia etrusca más reconocida era la práctica de la adivinación a partir del examen del hígado de los animales inmolados en los sacrificios. Los adivinos de esta especialidad eran siempre etruscos y su nombre era el de Haruspices, otra palabra etrusca. Asimismo, el conjunto de normas rituales e interpretativas se basaban en la llamada “disciplina etrusca“. El funcionamiento del colegio sacerdotal y la formación de sus miembros estaba regulado por ley. Y a ellos acudían asiduamente tanto los personajes e instituciones públicas como las particulares, hasta el fin de la época romana. Aunque no siempre se lo tomaban en serio, como hizo Julio César con el Arúspice Espurina ,que intento prevenirle del peligro que le acechaba en los “Idus de marzo“: Después de haber sacrificado muchas víctimas y en vista de que no podía conseguir presagios favorables, entro en la Curia despreciando el escrúpulo religioso, riéndose de Espurina y acusándolo de farsante. Julio César acabo pagándolo con su vida. En oposición a los romanos de hoy, los de la antigüedad lo hacían todo en serio. Especialmente cuando se metían en la cabeza destruir a un enemigo, no sólo le hacían la guerra, aun a costa de emplear ejércitos y dinero, sino que después no dejaban piedra sobre piedra. Un trato particularmente severo les reservaban a los etruscos, cuando, después de haber soportado muchas humillaciones, los romanos se sintieron lo bastante fuertes para desafiarles. Fue una lucha prolongada y sin tregua, pero al vencido no le dejaron ni ojos para llorar. Rara vez se ha visto en la Historia desaparecer a un pueblo de la faz de la Tierra y a otro borrar todas sus huellas con tan obstinada ferocidad. Y a esto se debe el hecho que de toda la civilización etrusca no haya quedado casi nada. Afortunadamente se han conservado algunas obras de arte y unos miles de inscripciones, de las que solamente pocas palabras han sido descifradas. Entretanto, nadie sabe con precisión de dónde procedía aquel pueblo. A juzgar como ellos mismos se representaron en los bronces y las vasijas de barro cocido, parece que eran más rollizos y corpulentos que los villanoveses y de rasgos que recuerdan a la gente del Asia Menor. En efecto, muchos sostienen que llegaron, por mar, de aquellas comarcas; y eso lo confirmaría el hecho de que fueron los primeros, entre los habitantes de Italia, que poseyeron una flota.

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No cabe duda de que fueron ellos quienes dieron el nombre de Tirreno, que quiere decir precisamente «etrusco», al mar que baña la costa de la Toscana. Tal vez llegaran en masa y sometieron a la población indígena, tal vez desembarcaron en corto número y se limitaron a someterla con sus armas más eficaces y su técnica más desarrollada. Que su civilización era superior a la villanovesa lo demuestren los cráneos que han sido hallados en las tumbas y que muestran trabajos de prótesis dental bastante logrados. En la vida de los pueblos, los dientes son un signo de gran importancia. Se deterioran con el desarrollo del progreso que hace más imperiosa la necesidad de cuidados perfeccionados. Los etruscos conocían ya el «puente» para reforzar los molares y los metales que se necesitaban para fabricarlos. En efecto, sabían lograr no sólo el hierro que fueron a buscar y encontraron, en la isla de Elba, y que transformaron de bruto en acero, sino también el cobre, el estaño y el ámbar. Las ciudades que inmediatamente se pusieron a construir en el interior, Tarquinia, Arezzo, Perusa, Veyes, eran mucho más modernas que los poblados fundados por los latinos, los sabinos y otras poblaciones villanovesas. Todas tenían bastiones de defensa, calles, y sobre todo, los albañales. Seguían, en suma, un «plan urbanístico», como se diría hoy, confiando a la competencia de ingenieros, que eran buenísimos para aquel tiempo, lo que los demás dejaban al acaso y al capricho de los individuos. Sabían organizarse para trabajos colectivos, de utilidad general, y lo demuestran los canales con los que avenaron aquellas comarcas infestadas por la malaria. Mas, sobre todo, eran formidables mercaderes, apegados al dinero y dispuestos a cualquier sacrificio por multiplicarlo. Los romanos ignoraban aún lo que había detrás del Soracte, montículo poco distante de su ciudad, cuando ya los etruscos habían llegado al Piamonte, Lombardía y Véneto, cruzado a pie los Alpes y, remontando el Ródano y el Rin, llevado sus productos a los mercados franceses, suizos y alemanes para cambiarlos con los de la localidad. Fueron ellos quienes llevaron a Italia la moneda como medio de cambio, que los romanos copiaron después; es ello tan cierto que dejaron grabada en ella la proa de una nave antes de haber construido jamás ninguna.

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Era gente jovial, que se tomaba la vida por el lado más agradable, y por esto al final perdieron la guerra contra los melancólicos romanos que se la tomaban por el lado más austero. Las escenas reproducidas en sus vasijas y sepulcros nos muestran a hombres bien vestidos con aquella toga que después los romanos copiaron haciendo de ella su traje nacional, de largos cabellos y barbas ensortijadas, muchas alhajas en el cuello, en los dedos, y siempre dedicados a beber, a comer y a conversar, cuando no practicaban alguno de sus ejercicios deportivos. Éstos consistían sobre todo en el boxeo, el lanzamiento del disco y la jabalina, la lucha y en otras dos manifestaciones que nosotros creemos, erróneamente, exquisitamente modernas y extranjeras: el polo y el toreo. Naturalmente, las reglas de aquellos juegos eran distintas a las que hoy se usan. Mas, sin duda, entonces, el espectáculo de la lucha entre el toro y el hombre en la arena era altamente estimado, hasta el punto de que los que morían querían llevarse a la tumba alguna escena-recuerdo pintada en las vasijas, para continuar divirtiéndose con ellos también en el más allá. Un gran paso adelante respecto a las arcaicas y patriarcales costumbres romanas y de los demás indígenas, era la condición de la mujer, que en los etruscos gozaba de gran libertad, y que, en efecto, viene representada en compañía de los varones, tomando parte en sus diversiones. Parece ser que eran mujeres muy bellas y de costumbres muy libres. En las pinturas aparecen enjoyadas, llenas de afeites y sin demasiadas preocupaciones de pudor. Comen a más no poder, y beben a gollete, tendidas con sus hombres en amplios sofás. O bien tocan la flauta y danzan. Una de ellas, que luego alcanzó gran importancia en Roma, Tanaquila, era una «intelectual» que sabía mucho de matemáticas y de medicina. Lo que quiere decir que, a diferencia de sus colegas latinas, condenadas a la más negra ignorancia, iban a la escuela y estudiaban. Los romanos, que eran grandes moralistas, llamaban «toscanas», o sea etruscas, a todas las mujeres de costumbres fáciles. Y en una comedia de Plauto figura una chica acusada de seguir «costumbres toscanas» porque hace de prostituta.

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La religión, que es siempre la proyección de la moral de un pueblo, estaba centrada en un dios llamado Tinia. En la mitología etrusca, Tinia o Tin era el más alto dios de los cielos, marido de Thalna o Uni. Era parte de un poderoso triunvirato de dioses, incluyendo a Menrva y a Uni. Se le asociaba con los rayos, las lanzas y los cetros. En lenguaje etrusco, tin o tinš significa día y su plural es tinia, lo que nos muestra que es el dios que gobierna el paso del tiempo. Junto con Uni, era el padre de Hercle. Tinia era el equivalente al dios romano Júpiter y al dios griego Zeus. Aparece en distintas variantes, tal y como aparece en el En una hígado de Piacenza, un modelo en bronce de un hígado utilizado para la adivinación. Algunos de sus otros nombres son Tin Cilens y Tin Θuf.  No gobernaba directamente a los hombres sino que confiaba sus órdenes a una especie de gabinete ejecutivo, compuesto de doce grandes dioses, tan grandes que era incluso un sacrilegio pronunciar sus nombres. Abstengámonos de ello, pues, nosotros también, para no confundir la cabeza de quien nos lee. Todos juntos formaban el gran tribunal del más allá, donde los «genios», especie de dependientes o de guardias municipales, conducían las almas de los difuntos, en cuanto habían abandonado sus respectivos cuerpos. Y allí comenzaba un proceso en toda regla. Quien no lograba demostrar haber vivido según los preceptos de los jueces, era condenado al infierno, a menos que los parientes y amigos vivos hiciesen por él muchos rezos y sacrificios para obtener su absolución. Y en este caso quedaba absuelto en el paraíso, para continuar gozando en él de los placeres terrenales a base de bebida, comilonas, sopapos y cancioncillas, cuyas escenas se había hecho esculpir en el sepulcro. Pero del paraíso parece ser que los etruscos hablaban poco y raramente, dejándolo más bien en lo vago. Tal vez iban muy pocos para saber algo preciso de él. De lo que estaban informadísimos era sobre el infierno, del que conocían, uno por uno, todos los tormentos que en él se padecían.

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Evidentemente, sus sacerdotes creían que, para tener sujeta a la gente, valían más las amenazas de la condenación que las esperanzas de la absolución. Y este modo de ver las cosas se ha perpetuado hasta los tiempos más recientes, hasta los de Dante, que, nacido en Etruria también, manifestó el mismo parecer y se prodigó más acerca del infierno que sobre el paraíso. Con eso no debemos creer que los etruscos fuesen florecillas de gentileza. Mataban con relativa facilidad, aunque fuese con la buena intención de ofrendar en sacrificio la víctima por la salvación de algún amigo o pariente. Sobre todo, los prisioneros de guerra, eran destinados a ese cometido. Trescientos romanos, capturados en una de las muchas batallas que se libraron entre los dos ejércitos, fueron muertos por lapidación en Tarquinia. Y sobre sus hígados todavía palpitantes de vida trataron a la mañana siguiente de determinar los futuros eventos de la guerra. Evidentemente, no lo lograron, que, de lo contrario, la hubiesen interrumpido en seguida. Pero la costumbre era frecuente, aunque en general se servían de vísceras de algún animal, oveja o toro, lo que los romanos copiaron. Políticamente, sus dispersas ciudades no consiguieron unirse jamás, y desgraciadamente no hubo ninguna lo bastante poderosa para tener en un puño a las otras, como hizo Roma con las rivales latinas y sabinas. Hubo una federación llamada de Tarquinia, mas no acabó con las tendencias separatistas. Los doce pequeños Estados que formaban parte de ellas, en vez de unirse contra el enemigo común, se dejaron derrotar y anexionarse por Roma uno tras otro. Su diplomacia era como la de ciertas naciones europeas que prefieren morir solas que vivir juntas. Todo ello ha sido reconstruido, a copia de deducciones, con los restos del arte etrusco que se han conservado y que constituyen la sola herencia dejada por aquel pueblo. Se trata especialmente de cerámica y bronces. Entre la cerámica, la hay bellísima, como el Apolo de Veyes, llamado también Apolo caminante, de terracota policroma, que denota en los alfareros etruscos una gran pericia y un gusto refinado. Son casi siempre de imitación griega y, salvo algún raro ejemplar como el «búcaro negro», no nos parecen gran cosa.

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Pero por muy escasos que sean estos restos, bastan para hacernos comprender cómo los romanos, una vez hubieron oprimido a los etruscos, tras haber seguido un poco su escuela y haber soportado su superioridad sobre todo en el campo técnico y de organización, no sólo destruyeron a este pueblo, sino que procuraron borrar toda huella de su civilización. La consideraban enferma y corruptora. Copiaron todo lo que les acomodó. Mandaron a las escuelas de Veyes y de Tarquinia a sus jóvenes para instruirles sobre todo en medicina e ingeniería. Imitaron la toga. Adoptaron el uso de la moneda. Y tal vez tomaron prestada también la organización política, que, sin embargo, los etruscos tuvieron en común con todos los demás pueblos de la antigüedad y que pasó, también en su caso, de un régimen monárquico a otro republicano, regido por un lucumón, magistrado electivo, y, por fin, a una forma de democracia dominada por las clases ricas. Pero las propias costumbres, basadas en el sacrificio y la disciplina social, Roma quiso preservarlas de la molicie etrusca. Comprendió instintivamente que no bastaba vencer en la guerra al enemigo y ocupar sus tierras, si después se le daba la oportunidad de contaminar la casa del amo, asimilándolo en calidad de esclavo o de preceptor, como solía hacerse en aquellos tiempos con los vencidos. No sólo destruyó al pueblo etrusco, sino que empeñóse en sepultar todos sus documentos y monumentos. Esto sucedió, empero, mucho tiempo después de que se hubiese establecido contacto entre los dos pueblos, que precisamente ya se habían encontrado en Roma cuando vinieron los albalonganos y hallaron, al parecer, instalada ya una pequeña colonia etrusca, que había dado al sitio un nombre de su país. Parece, en efecto, que «Roma» proviene de «Rumón», que en etrusco quiere decir «río». Y si esto es verdad, hay que deducir que la primera población de la Urbe la integraban no solamente latinos y sabinos, pueblos de la misma sangre y del mismo tronco como haría creer la historia del famoso «rapto», sino también etruscos, gente de raza, lengua y religión muy diferentes. Es más: según ciertos historiadores, el propio Rómulo había sido etrusco. De todos modos, etrusco fue ciertamente el rito según el cual se fundó la ciudad, al trazar un surco con un arado arrastrado por un buey y una yegua blancos, después que doce pájaros de buen agüero hubieron revoloteado sobre sus cabezas.

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Sin querer discutir con los entendidos que hace siglos vienen discutiendo sobre esos problemas sin lograr ponerse de acuerdo, diremos aquella que nos parece más probable de las dos versiones. Cuando latinos y sabinos llegaron a orillas del Tíber, los etruscos, que tenían la pasión del turismo y del comercio, habían fundado ya en ellas un pequeño poblado, el cual debía servir de estación de maniobras y de abastecimiento para sus líneas de navegación hacia el sur. Aquí, y especialmente en Campania, habían establecido ya ricas colonias; Capua, Ñola, Pompeya y Herculano, donde las poblaciones locales que se llamaban sannitas y que eran de origen villanovés a su vez, iban a cambiar sus productos agrícolas con los industriales que llegaban de la Toscana. Era difícil, desde Arezzo o desde Tarquinia, llegar hasta allí por vía terrestre. No había caminos y la región estaba infestada de animales salvajes y de bandidos. Mucho más fácil, visto que eran los únicos que poseían una flota, era para los etruscos ir por mar. Pero el viaje era largo y requería semanas enteras. Las naves, grandes como cascarones de nuez, no podían embarcar muchos víveres para los hombres, y necesitaban de puertos, a lo largo de la ruta, donde proveerse de agua y harina para el resto del trayecto. La desembocadura del Tíber, a mitad del camino, constituía una cómoda bahía para llenar las bodegas vacías, y además, navegable como era en aquellos tiempos, ofrecía asimismo un cómodo medio para remontar hasta el interior y llevar a cabo algún negocio con los latinos y los sabinos que lo habitaban. La región estaba salpicada de varias decenas  de burgos, cada uno de los cuales constituía un pequeño mercado de intercambio. No es que pudieran hacerse grandes negocios porque el Lacio, en aquellos tiempos, no era rico más que en madera, debido a sus maravillosos bosques. Por lo demás, no producía ni siquiera trigo, sino solamente farro, y un poco de vino y de aceitunas. Pero los etruscos, con tal de hacer dinero, se contentaban con poco. Por esto fundaron Roma, llamándola así o con otros nombres, pero sin dar demasiada importancia a la cosa, así como otras ciudades a lo largo de la costa tirrena, entre Liorna y Nápoles. Y pusieron en ellas, para cuidarlas, una guarnición de marineros y de mercaderes que tal vez consideraban aquel traslado como un castigo. Debían mantener en orden, sobre todo, los astilleros para la reparación de las naves deterioradas por las tempestades, y los almacenes para abastecerlas.

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Después, un buen día, empezaron a llegar por grupos los latinos y los sabinos, un poco tal vez porque necesitaban más espacio, y un poco porque también ellos tenían ganas de comerciar con los etruscos, de cuyos productos estaban necesitados. Que entonces tuviesen ya un plan estratégico o de conquista, primero de Italia y después del resto del mundo, y que por esto considerasen indispensable la posición de Roma, seguramente son simples fantasías. Aquellos latinos y sabinos eran unos rústicos labriegos, para los cuales la geografía se resumía en su huerto doméstico. Es probable que estos nuevos venidos hayan llegado a guerrear entre ellos. Pero también es probable que después, en vez de destruirse recíprocamente, se aliasen para hacer frente a los etruscos, que debían mirarles un poco como los ingleses miran a los indígenas, en sus colonias. Ante aquella gente forastera que les trataba con prepotencia y que hablaba un idioma incomprensible para ellos, debieron darse cuenta de que tenían la misma sangre, la misma lengua e idéntica miseria. Por esto pusieron en común lo poco que tenían: las mujeres. El famoso rapto no es probablemente más que el signo de este acuerdo, del cual es natural que los etruscos hayan quedado excluidos, pero por propia voluntad, ya que seguramente se sentían superiores y no querían mezclarse con ellos. La división racial continuó lo menos cien años, durante los cuales latinos y sabinos, fusionados ya en el tipo romano, debieron de soportar la superioridad etrusca. Cuando, después de Tarquino el Soberbio, que fue el último rey, pudieron tomar ventaja, la venganza no conoció cuartel. Y tal vez el ensañamiento que pusieron en destruir la Etruria no sólo como Estado, sino también como civilización, les fue inspirado precisamente por las humillaciones que los etruscos les habían hecho sufrir incluso en su patria. Y quisieron depurarlo todo de ellos, hasta la historia, dando un certificado de nacimiento latino también a Rómulo, que acaso lo tuviera etrusco, y haciendo remontar a la unión con los sabinos, el origen de la ciudad.

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Cuando Rómulo murió, muchos años después de haber enterrado a Tito Tacio, los romanos dijeron que el dios Marte le había raptado para conducirle al cielo y transformarle en dios, el dios Quirino. Y como a tal le veneraron a partir de entonces, como hacen hoy los napolitanos con San Genaro. Le sucedió, como segundo rey, Numa Pompilio, al que la tradición nos describe como mitad filósofo y mitad santo. Lo que más le interesaba eran las cuestiones religiosas. Y dado que en esta materia debía de existir una gran anarquía porque cada uno de los tres pueblos veneraba a sus propios dioses, entre los cuales no se alcanzaba a comprender cuál era el más importante, Numa decidió poner orden. Y para imponer este orden a sus rencillosos súbditos, hizo cundir la noticia de que cada noche, mientras dormía, la ninfa Egeria iba a visitarle en sueños desde el Olimpo, para transmitirle directamente las instrucciones para ello. Egeria («del álamo negro») era, en la mitología romana, una de las Camenas, ninfa del séquito de Venus, habitaba en la fuente o manantial de Porta Capena en Roma; era protectora de las novias como futuras madres así como también de los partos. Se casó con Numa Pompilio, «el piadoso», segundo rey de Roma y le enseñó asuntos relacionados con ser un rey justo y sabio, inspirándole la legislación religiosa, enseñándole plegarias y conjuros eficaces. Cuando murió Numa Pompilio, Egeria lo transformó en un pozo, situado en el bosque de Ariccia, cuyas aguas gemían al igual que ella al fallecer su esposo, consagrado a Diana, en el Lacio. Por sus lágrimas constantes, ella misma se convirtió en fuente. En Roma se rendía culto a Numa en la Porta Capena.  Quien hubiese desobedecido, no era con el rey con quién habría tenido que habérselas, sino con el padre eterno en persona. La estratagema puede parecer infantil, pero también hoy sigue arraigando, de vez en cuando. Sin embargo, también en esta leyenda acaso hay un fondo de verdad, o, al menos, una indicación que nos permite reconstruirla. Hayan sido los que fueren sus nombres y sus orígenes, los de la antiquísima Roma, más que verdaderos reyes debieron de ser papas, como por lo demás lo era el «arconte Basileo» en Atenas.

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En aquellos tiempos, todas las autoridades se apoyaban ante todo en la religión. El poder del mismo paterfamilias, o jefe de casa, sobre la esposa, los hermanos menores, los hijos, los nietos y los siervos, era más que nada el de un sumo sacerdote a quien el buen Dios había delegado ciertas funciones. Y por esto era tan fuerte. Y por esto las familias romanas eran tan disciplinadas. Y por esto cada cual asumía los propios deberes y los cumplía en la paz y en la guerra. Numa, al establecer un orden de prioridad entre los varios dioses que cada uno de los distintos pueblos que la formaban se habían traído a Roma, realizó tal vez una obra política fundamental: la que después permitió a sus sucesores, Tulio Hostilio y Anco Marcio, conducir el pueblo unido a las guerras victoriosas contra las ciudades rivales de la región. Mas como poderes políticos auténticos, no debían de tener muchos, porque los más grandes y decisivos permanecían en manos del pueblo que les elegía y ante el cual tenían siempre que responder. Esto, de por sí, no significaría nada, porque en todos los tiempos y bajo cualquier régimen quien manda dice que lo hace en nombre del pueblo. Mas en Roma no se trató de palabrerías, al menos hasta la dinastía de los Tarquines, los cuales, por lo demás, perdieron el trono precisamente porque quisieron quedarse sentados como dueños en vez de como «delegados». La ciudad estaba dividida en tres tribus: la de los latinos, la de los sabinos y la de los etruscos. Cada tribu estaba dividida en diez curias o barrios. Cada curia, en diez gentes, o manzanas de casas y cada una de éstas, en familias. Las curias se reunían generalmente dos veces al año, y en estas ocasiones celebraban el comicio curiado, que entre otras cosas se ocupaba también de la elección del rey cuando uno moría. Todos tenían igual derecho a voto y la mayoría decidía. El rey desempeñaba su cargo. Era la democracia absoluta, sin clases sociales, la cual funcionó mientras Roma fue un pequeño y pacífico villorrio habitado por poca gente que raramente asomaba la cabeza fuera de los muros. Después, los habitantes aumentaron y aumentaron también las exigencias. El rey, que antes, además de decir la misa, o sea celebrar las sacrificios y los otros ritos de la liturgia, debía aplicar también las leyes, o sea actuar de juez, ya no tuvo tiempo para asumir todos estos cometidos y comenzó a nombrar «funcionarios» a quienes encomendárselos. Así nació la llamada «burocracia».

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Así nace el primer «ministerio»; el llamado Consejo de los Ancianos o Senado, constituido por un centenar de miembros que eran descendientes, por derecho de primogenitura, de los pioneros venidos con Rómulo a fundar Roma y que, al principio, tan sólo tienen la misión de aconsejar al soberano, pero que después se tornan más influyentes. Y por fin nace, como organización estable, el ejército, basado a su vez sobre la división en las treinta curias, cada una de las cuales había de proporcionar una centuria, o sea cien infantes, y una decuria, o sea diez jinetes con sus caballos. Las treinta centurias y las treinta decurias, o sea tres mil trescientos hombres, constituían juntas la legión, que fue el primero y el único cuerpo de ejército de la antiquísima Roma. Sobre los soldados, el rey, que era su comandante supremo, tenía derecho de vida o de muerte. Mas tampoco este poder militar lo ejerce de manera absoluta y sin control. Dirige las operaciones, pero después de haber pedido consejo al comicio centuriado, o sea a la legión en armas, cuya aprobación solicita también para el nombramiento de los oficiales que en aquellos tiempos se llaman pretores. En suma, todas las precauciones habían sido tomadas por los romanos para que el rey no se convirtiese en un tirano. Tenía que quedarse en «delegado» de la voluntad popular. Cuando una bandada de pájaros pasaba por los aires o un rayo partía un árbol, era deber suyo reunir a los sacerdotes, estudiar con ellos lo que querían decir aquellos signos, y, si le parecía que significaban algo no muy bueno, decidir qué sacrificios había que hacer para aplacar a los dioses, evidentemente ofendidos por algo. Cuando dos particulares litigaban entre sí y acaso uno robaba o degollaba al otro, no era asunto suyo ocuparse de ello. Mas si uno cometía algún delito contra la comunidad o el Estado, entonces se lo hacía conducir a su presencia por unos guardianes y tal vez le condenaba a muerte. Por lo demás, no podía tomar decisiones. Tenía que pedirlas en tiempo de paz a los comicios curiados y en tiempos de guerra a los centuriados. Si era astuto, lograba, como todavía ocurre hoy, presentar como «voluntad del pueblo» la suya personal. De lo contrario, tenía que soportarla. Mas siempre tenía que rendir cuentas, para ejecutarla, al Senado.

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Tal era la ordenación que el primer rey de Roma, haya sido o no Rómulo, y fuese la que fuere la raza a la que pertenecía, dio a la urbe romana. Y tal fue la que su sucesor Numa dejó a su sucesor Tulio Hostilio, que era de temperamento mucho más vivaz. Éste llevaba en la sangre la política, la aventura y la codicia. Pero el hecho de que le hubiesen elegido precisamente a él por soberano, significaba que, tras los cuarenta años de paz que le asegurara Numa, toda Roma tenía muchas ganas de luchar. De los burgos y ciudades que la circundaban, Alba Longa era la más rica e importante. No sabemos qué pretexto escogió Tulio para declararles la guerra. Tal vez ninguno. Mas ocurrió que un buen día los atacó y las arrasó, por bien que la leyenda haya transformado aquel acto de fuerza en un acto caballeroso. Dícese, en efecto, que ambos ejércitos remitieron la suerte de las armas a un duelo entre tres Horacios romanos y tres Curiacios albalonganos. Éstos mataron a dos Horacios. Pero el último, a su vez, les mató a ellos y decidió la guerra. Permanece el hecho de que Alba Longa fue destruida y su rey atado por las dos piernas a dos carros que, lanzados en dirección opuesta, le despedazaron. Así fue como Roma trató a la que consideraba como su madre patria, la tierra de donde decía que sus fundadores habían venido. Naturalmente, el advenimiento debió de alarmar un poco a todas las demás poblaciones de la región que, no habiendo experimentado la influencia etrusca, se habían quedado atrasados en el llamado progreso y, por tanto, se sentían más débiles y estaban peor armadas que los romanos. Tulio Hostilio y su sucesor Anco Marcio, que siguió el ejemplo, buscaron guerras con todas ellas.  Para concluir, el día en que fue elevado al trono Tarquino Prisco como quinto rey, Roma era ya el enemigo público número uno de aquella región cuyos límites no se conocen con exactitud, pero que debía de extenderse aproximadamente hasta Civitavecchia al Norte, hasta cerca de Riti al Este y hasta Frosinone, al Sur. Ahora bien, es muy probable que esa política de conquista, destinada a tornarse aún más agresiva con los tres últimos reyes de la dinastía Tarquina, fuese de inspiración sobre todo etrusca. Y esto por un simple motivo: que, mientras latinos y sabinos eran agricultores, los etruscos eran industriales y comerciantes.

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Cada vez que estallaba una nueva guerra, los primeros tenían que abandonar sus tierras, dejándolas arruinar para enrolarse en la legión y arriesgaban perderlas si el enemigo vencía. Los segundos, en cambio, llevaban siempre las de ganar: aumentaban los consumos, llovían los «pedidos» del gobierno y, en caso de victoria, conquistaban nuevos mercados. En todos los tiempos y en todas las naciones ha sido siempre así; los habitantes de las ciudades quieren las guerras contra la voluntad de los campesinos que, además, tienen que hacerlas. Cuanto más se industrializa un Estado, más ventaja saca la ciudad al campo y más aventurera y agresiva se torna su política. Hasta el cuarto rey, el elemento campesino prevaleció en Roma y su economía fue sobre todo agrícola. Aquellos tres mil trescientos hombres que constituían su ejército nos demuestran que la población total debía ascender a unas treinta mil almas, de las cuales la mayor parte estaba seguramente diseminada en el campo. En la ciudad propiamente dicha debió de estar, poco más o menos, la mitad, que a la sazón se había desparramado desde el Palatino sobre las demás colinas. La mayor parte de ellos vivían en cabañas de barro construidas confusa y desordenadamente, con una puerta para entrar en ellas, pero sin ventanas y una sola estancia donde comían, bebían y dormían todos juntos, padres, madres, hijos, nueras, yernos, nietos, esclavos, gallinas, asnos, vacas y cerdos. Por la mañana, los hombres bajaban al llano para labrar la tierra. Y entre ellos estaban también los senadores que, como todos los demás, uncían sus bueyes y sembraban la simiente o segaban las espigas. Los chicos les ayudaban, pues la labor del campo era su única y verdadera escuela, su único y verdadero deporte. Y los padres aprovechaban la ocasión para enseñarles que la semilla sólo daba buen fruto cuando el cielo mandaba agua y sol en justas dosis sobre la gleba, solamente cuando los dioses lo querían. Y que los dioses sólo querían cuando los hombres habían cumplido sus deberes para con ellos; y que el primero de estos deberes consistía en la obediencia de los jóvenes a los viejos.

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Así crecían los ciudadanos romanos, al menos los de ascendencia latina y sabina, que debían de constituir la mayoría. La higiene y el cuidado de la propia persona debían estar reducidos al mínimo, incluso para las mujeres. Nada de afeites, nada de coqueterías, poca o ninguna agua, que las mujeres tenían que ir a buscar abajo y traer en ánforas puestas sobre la cabeza. No había retretes ni cloacas. Se hacían las necesidades puertas afuera y allí se dejaban. Barbas y cabello crecían descuidadamente. En cuanto al vestir, no debemos fijarnos en los monumentos, que pertenecen a épocas mucho más recientes, cuando Roma poseía una verdadera industria textil y una categoría de sastres evolucionados, que en su mayor parte eran de origen y de escuela griegos. En aquellos tiempos lejanos, la toga, que después adquirió tanta grandiosidad, o no había nacido aún o estaba reducida a su aspecto más elemental. Tal vez se parecía a la túnica que actualmente llevan los abisinios: un pingajo blanco, tejido en casa por las esposas e hijas con lana de oveja, con un agujero en medio para pasar la cabeza. Pocos tenían una de recambio. En general llevaban siempre la misma, en verano y en invierno, de día y de noche, con las correspondientes consecuencias higiénicas. No se privaban de ningún placer, ni siquiera de los de la mesa. Contra las teorías de los modernos científicos, según los cuales la fuerza de un pueblo es condicionada por su consumo de calorías y vitaminas, que a su vez es condicionado por la variedad de alimentos, los romanos demostraron que se puede conquistar también el mundo comiendo tan sólo un amasijo mal cocido de agua y harina, dos aceitunas y un poco de queso, regado solamente los días de fiesta con un vaso de vino. El aceite parece ser que llegó más tarde y al principio sólo lo usaron para untarse la piel, en defensa de las quemaduras del frío y de las del sol. Lo que debía aumentar no poco el hedor general. A este régimen no escapaba siquiera el rey, que tan sólo con la dinastía de los Tarquino tuvo un uniforme, un yelmo e insignias especiales. Hasta Anco Marcio, el rey fue igual entre los iguales, también aró la tierra detrás de bueyes uncidos al yugo, sembró la simiente y segó la espiga. No parece ser cierto que tuviese un palacio. Sí, en cambio, que andaba entre la gente sin una escolta de protección porque, de haber tenido una, todos le habrían acusado de querer reinar por la fuerza en vez de con el consenso del pueblo.

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Las decisiones las tomaba bajo un árbol, o sentado a la puerta de su casa, tras haber oído las opiniones de los ancianos que formaban círculo a su alrededor. Subía a la cátedra y tal vez también vestía un traje especial, sólo cuando tenía que realizar un sacrificio o celebrar alguna otra ceremonia religiosa. Tampoco los romanos iban a la guerra con algo que semejase una organización militar propiamente dicha. El pretor que mandaba la centuria o la decuria no tenía insignias de grado. Las armas eran sobre todo garrotes, piedras y toscas espadas. Hizo falta tiempo antes de que se llegase al yelmo, al escudo y a la coraza, invenciones que entonces debieron de hacer el efecto que en nuestros días hicieron la ametralladora y el tanque. Así pues, las grandes campañas que Roma emprendió bajo sus primeros y belicosos reyes debieron de semejar más que nada expediciones punitivas y resolverse en grandes matanzas de hombre contra hombre, sin asomo de táctica y de estrategia. Los romanos las ganaron no tanto porque eran los más fuertes, cuanto porque eran los más convencidos de que su patria había sido creada por los dioses para realizar grandes empresas y que morir por ella constituía no un mérito, sino solamente el pago de una deuda contraída en el momento de nacer. El enemigo una vez batido, cesaba de ser un «sujeto» para convertirse solamente en un «objeto». El romano que lo había hecho prisionero le consideraba como una cosa propia: si estaba de mal humor, lo mataba; si estaba de buen humor, se lo llevaba a casa como esclavo y podía hacer de él lo que quisiera: matarlo, venderlo, obligarlo a trabajar… Las tierras eran requisadas por el Estado y cedidas en arriendo a los súbditos. Con mucha frecuencia se destruían las ciudades y se deportaba a sus moradores. Con estos sistemas, Roma creció a expensas de los latinos del Sur, de los sabinos y de los ecuos al Este, y de los etruscos al Norte. En el mar, del que distaba pocos kilómetros, no osaba aventurarse porque todavía no tenía una flota y su población campesina desconfiaba de él por instinto. Bajo Rómulo, Tito Tacio, Tulio Hostilio y Anco Marcio, los romanos fueron «rurales» y su política «terrestre». Fue el advenimiento de una dinastía etrusca lo que cambió radicalmente las cosas, tanto en la política interior como en la exterior.

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No se sabe con precisión cuándo y cómo murió Anco Marcio. Pero debió de ser a los ciento cincuenta años del día en que, según la leyenda, fue fundada Roma, o sea hacia el 600 antes de Jesucristo. Parece ser de todos modos, que en aquel momento se hallaba en la ciudad un tal Lucio Tarquino, personaje muy diferente de los que los romanos solían elegir como reyes y magistrados. No era de allí. Venía de Tarquinia y era hijo de un griego, Demaratos, emigrado de Corinto que se casó con una mujer etrusca. De este enlace nació un niño vivaz, brillante, sin prejuicios, muy ambicioso, que tal vez los romanos, cuando vino a establecerse entre ellos, miraron con una mezcla de admiración, de envidia y de desconfianza. Era rico y despilfarrador entre gente pobre y tacaña. Era elegante en medio de los palurdos. Era el único que sabía de Filosofía, de Geografía y Matemáticas en un mundo de pobres analfabetos. En cuanto a la política, su sangre griega, más que su sangre etrusca, debían hacer de él un diplomático de mil recursos entre conciudadanos que pocos debían de tener. Tito Livio dice de él: “Fue el primero que intrigó para hacerse elegir rey y pronunció un discurso para asegurarse al apoyo de la plebe“. Que haya sido el primero, lo dudamos. Pero de que haya intrigado, es seguro. Probablemente las familias etruscas, que constituían una minoría, pero rica e influyente, vieron en él a su hombre, y, cansadas de ser gobernadas por reyes pastores y labradores, de raza latina y sabina, sordos a sus necesidades comerciales y expansionistas, decidieron elevarle al trono. Cómo anduvieron las cosas, se ignora. Mas la alusión de Tito Livio a la plebe nos permite hacernos una idea de ello. La plebe es un elemento nuevo en la historia romana, o por lo menos, un elemento que no se había hecho notar bajo los cuatro primeros reyes, que no tenían necesidad alguna de hablar a la plebe para ser elegidos por la sencilla razón de que en sus tiempos no había plebe. En los comicios curiados, que precedían a la investidura del soberano, no existían diferencias sociales. Todos eran ciudadanos, todos eran grandes o pequeños propietarios de tierras; todos tenían, por lo tanto, formalmente los mismos derechos, aunque, por la fuerza de las cosas en la práctica, hubiesen después algunos profesionales de la política para tomar las decisiones e imponerlas a los demás.

Era una perfecta democracia, donde todo se hacía a la luz del sol y se discutía entre ciudadanos iguales. Y lo que contaba, para la distribución de cargos, era la estima y el prestigio de que uno gozaba. Pero todo ello presuponía la pequeña ciudad que fue Roma en aquel su primer siglo de vida, encerrada es su angosta valla de casuchas, y donde cada uno conocía al otro y sabía de quién era hijo y qué había hecho y cómo trataba a su mujer y cuánto gastaba para comer y cuántos sacrificios realizaba en nombre de los dioses. Pero a la muerte de Anco Marcio la situación había cambiado completamente. Las necesidades bélicas habían estimulado la industria y, por tanto, favorecido al elemento etrusco, del cual procedían carpinteros, herreros, armeros y mercaderes. Llegados de Tarquinia, de Arezzo, de Veyes, las tiendas se llenaron de dependientes y de aprendices que, conociendo bien el oficio, montaron otras tiendas. La elevación de salarios atrajo a la ciudad mano de obra campesina. Los soldados, después de haber hecho la guerra, regresaban a desgana al campo y preferían quedarse en Roma, donde podían encontrar mujeres y vino con más facilidad. Pero sobre todo las victorias habían hecho confluir torrentes de esclavos. Y era esta multitud forastera que formaba el plenum, de la que procede la palabra plebe. Lucio Tarquino y sus amigos etruscos debieron ver en seguida el provecho que se podía sacar de esa masa de gente, en su mayor parte excluida de los comicios curiados, si se llegara a convencerla de que sólo un rey también forastero podría hacer valer sus derechos. Y por esto los arengó, prometiéndoles quién sabe qué. En aquella ocasión tenían detrás de sí lo que hoy se llamaría la «gran industria» de la antigua Roma, gente que podía gastar dinero en propaganda electoral, y que estaba decidida a hacerlo para garantizarse un Gobierno más dispuesto que los precedentes a tutelar sus intereses y a seguir aquella política expansionista que era la condición de su prosperidad. Ciertamente, lo consiguieron, pues Lucio Tarquino fue el elegido con el nombre de Tarquino Prisco, permaneció en el trono treinta y ocho años y, para librarse de él, los «patricios», o sea los «rurales», tuvieron que hacerle asesinar. Mas inútilmente. Ante todo, porque la corona, después de él, pasó a su hijo y después, a su nieto. En segundo lugar, porque, más que la causa, el advenimiento de los Tarquino fue efecto de una cierta vuelta que la historia de Roma había sufrido y que no le permitía ya volver a su primitivo y arcaico orden social y la política que de éste derivaba.

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El rey de la «gran industria» y de la plebe fue un rey autoritario, guerrero, planificador y demagogo. Quiso un palacio y se lo hizo construir según el estilo etrusco, mucho más refinado que el romano antiguo. Además, hizo colocar un trono en el palacio, y en él se sentó en magna pompa, con el cetro en la mano y un yelmo empenachado. Debió hacerlo un poco por vanidad y un poco porque sabía con quién trataba, ya que la plebe, a la cual debía su elección y de la cual se proponía conservar el favor, amaba el fasto y quería ver al rey de uniforme de gran gala, rodeado por coraceros. A diferencia de sus predecesores, que pasaban la mayor parte del tiempo participando en ritos religiosos y haciendo horóscopos, él la pasó ejerciendo el poder temporal, es decir, haciendo política y guerras. Primero subyugó todo el Lacio, después guerre con los sabinos y les robó otra parte de tierras. Para hacerlo, necesitó muchas armas que la industria pesada le proporcionó, haciendo encima grandes negocios, y muchos suministros que los mercaderes le aseguraron, ganando encima amplias prebendas. Los historiadores republicanos y antietruscos escribieron después que su reinado fue todo un estraperlo de ganancias ilícitas y que el botín cogido a los vencidos lo empleó en embellecer, no Roma, sino las ciudades etruscas, particularmente Tarquinia, que le viera nacer.  Lo dudamos, pues fue precisamente bajo su mando cuando Roma dio un salto adelante, especialmente en materia de monumentos y de urbanizaciones. Sobre todo, construyó la cloaca máxima, que por fin liberó a los ciudadanos de sus detritos, con los que hasta entonces habían convivido. Además, finalmente, la Urbe comenzó a serlo de veras, con calles bien trazadas, barrios delimitados, casas que ya no eran cabañas sino verdaderas construcciones, de techo inclinado a ambos lados, con ventanas y atrio, y un foro, o sea una plaza central, donde todos los ciudadanos se reunían. Desgraciadamente, para llevar a cabo esta auténtica revolución que modificaba no solamente la faz externa de Roma sino también su modo de vida, hubo de soportar la hostilidad del Senado, depositario de la antigua tradición y poco dispuesto a renunciar a su derecho de control sobre el rey. En otros tiempos, lo hubiese depuesto u obligado a dimitir. Mas ahora había que tenerse en cuenta a la plebe, o sea a una multitud que todavía no contaba con representación política adecuada, pero que esperaba que Tarquino se la concediese, y que estaba dispuesta a sostenerle incluso con barricadas. Era más fácil asesinarlo, y esto hicieron. Pero cometieron el imperdonable error de dejar con vida a su mujer e hijo, convencidos de que aquélla por su sexo y éste por su temprana edad no podrían mantener el poder.

Acaso hubiesen tenido razón de haber sido romana Tanaquila, es decir, habituada tan sólo a obedecer. Pero, al contrario, era etrusca, había estudiado y compartido con su marido no tan sólo el lecho sino también el trabajo, interesándose por problemas de Estado, la administración, la política exterior y las reformas; y, sobre todo, se la sabía más lista que los mismos senadores, muchos de los cuales eran analfabetos. Sepultado el rey, ella ocupó su puesto en el trono, y lo mantuvo caliente para Servio que entretanto crecía y que fue el primero y el último rey de Roma que heredó la corona sin ser electo. No se sabe bien si era hijo de ella o de una sirvienta suya, como parece indicar el nombre. Como fuere, los historiadores romanos, todos republicanos fervientes, han tratado de denigrarlo. Pero no lo han logrado. Aun a desgana, han tenido que admitir que su gobierno era ilustrado y que bajo él se llevaron a cabo algunas de las más importantes empresas. Sobre todo, construyó murallas en la ciudad, dando trabajo a albañiles, técnicos y artesanos que vieron en él a su protector. Además, emprendió la reforma política y social que fue base de todos los sucesivos ordenamientos romanos. La vieja división en treinta curias presuponía una ciudad de treinta a cuarenta mil habitantes, todos más o menos con los mismos títulos, los mismos derechos y el mismo patrimonio. Mas ahora había crecido extraordinariamente y hay quien hace ascender a siete u ochocientas mil almas la población de Roma en tiempos de Servio. Probablemente son cálculos equivocados, ya que no parece que fuesen tantos los habitantes de Roma, sino que, tal vez, de todo el territorio conquistado por ella. Sin embargo, la ciudad debía de sobrepasar al menos los cien mil, y las grandes obras públicas que Tarquino y Servio emprendieron debieron ser impuestas por una aguda crisis de la vivienda. De aquella masa, sólo la inscrita ya en los comicios curiados tenía voz en capítulo y podía votar. Los demás seguían estando excluidos, entre ellos incluso los más grandes industriales, comerciantes y banqueros: los que proporcionaban el dinero al Estado para hacer las guerras y las grandes obras. Ahora tenían derecho a una recompensa.

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Existe una versión de los orígenes de Servio Tulio basada en fuentes etruscas, conocida gracias a un discurso que el emperador Claudio pronunció en el Senado ante una delegación de las Galias el año 48 d. C.: “Si seguimos a nuestras propias fuentes, era hijo de una cautiva llamada Ocrisia; en cambio, si seguimos a las etruscas, fue al principio el amigo más fiel de Celio Vibenna y participó en todas sus andanzas. Posteriormente, impelido por un cambio de fortuna, abandonó Etruria con lo que quedaba del ejército de Celio y ocupó la colina homónima, a la que puso el nombre de su antiguo capitán. Servio cambió de nombre (pues en Etrusco se llamaba Mastarna), y recibió el que he utilizado, alcanzando el trono para mayor gloria del estado“.  Pero no está comprobado que la deducción de Claudio al identificar al Mastarna de las fuentes etruscas con el Servio Tulio de las romanas haya estado basada en pruebas sólidas. Con todo es una reconstrucción que cuenta con amplio respaldo entre los especialistas. Como primera medida, Servio concedía la ciudadanía a los libertinos, o sea a los hijos de los esclavos liberados o libertos. Debieron de ser muchos miles de personas, que a partir de entonces fueron sus más encarnizados sostenedores. Después, abolió las treinta curias divididas según los barrios, instituyendo en su lugar cinco clases, diferenciadas sobre la base no de su domicilio, sino de su patrimonio. A la primera pertenecían los que tuviesen al menos cien mil ases y a la última, los que poseían menos de doce mil quinientos. Es difícil saber a qué corresponde, hoy, en moneda, un as. Como fuere, estas diferencias económicas determinaron también las políticas. Pues mientras en las curias todos eran pariguales, al menos formalmente, y el voto de cada uno valía el de otro cualquiera, las clases votaban por centurias, pero no tenían un número igual de ellas. La primera tenía noventa y ocho. En total eran ciento noventa y ocho votos de la clase primera para determinar la mayoría. Las otras, aunque se coaligasen, no lograban alcanzarla. Era un régimen capitalista o plutocrático en plena regla, que daba el monopolio del poder legislativo a la «gran industria», quitándosela al Agrarismo, o sea al Senado, que tenía mucho más dinero. Pero, ¿qué podía hacer éste? Servio no le debía ni siquiera la elección porque la corona la había heredado de su padre y tenía consigo el dinero de los ricos que le eran deudores de su nuevo poderío. Además, tenía el apoyo del pueblo llano a quien le había dado empleo, salario y ciudadanía.

Sostenido por estas fuerzas, se rodeó de una guardia armada para proteger su propia vida de los malintencionados, se ciñó una diadema de oro en la cabeza, se hizo fabricar un trono de marfil y se sentó en éste, majestuosamente, con un cetro en la mano, rematado por un águila. Patricio o no patricio, senador o mendigo, quien quisiera acercársele tenía que hacerse anunciar y esperar su turno. Era difícil eliminar a un hombre semejante. Y, efectivamente, sus enemigos, para lograrlo, tuvieron que confiar la ejecución a su sobrino-yerno, quien, como tal, podía circular libremente por palacio. Este segundo Tarquino, antes de arriesgar el golpe intentó que derrocaran a su tío por abuso de poder. Servio se presentó ante las centurias, que volvieron a confirmarlo rey con plebiscitaria aclamación. Esto lo cuenta Tito Livio, gran republicano, y sin duda debe ser verdad. No quedaba, por tanto, más que el puñal y Tarquino lo usó sin muchos escrúpulos. Pero el suspiro de alivio que exhalaron los senadores con los cuales se había aliado, se les quedó en la garganta, cuando vieron al asesino sentarse a su vez en el trono de marfil sin pedirles permiso, como sucedía en los viejos tiempos que ellos esperaban restaurar. El nuevo soberano se mostró en seguida más tiránico que el que había expedido al otro mundo. Y, en efecto, le bautizaron como Tarquino el Soberbio para distinguirle del fundador de la dinastía. Si le dieron este apodo, alguna razón habría, aunque no sea cierto lo que después se ha contado sobre su caída. Parece ser que se divertía matando gente en el Foro. Y seguramente fue de carácter belicoso, porque la mayor parte de su tiempo como rey lo pasó haciendo guerras. Guerras afortunadas, pues bajo su mando el Ejército, integrado entonces por algunas decenas de miles de hombres, conquistó no tan sólo la Sabina, sino también la Etruria y sus colonias meridionales, al menos hasta Gaeta. De aquí hasta casi la desembocadura del Arno, Roma hacía en aquel momento el buen y el mal tiempo. La guerra no era siempre caliente. A menudo era solamente «fría», como se dice hoy. Pero, en suma, Tarquino fue, un poco por la fuerza de las armas y otro poco gracias a la diplomacia, el jefe de algo que, para aquellos tiempos, era un pequeño imperio. No llegaba al Adriático, pero ya dominaba el Tirreno.

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Tal vez Tarquino alargó tanto la mano para hacer olvidar el modo con que subió al trono sobre el cadáver de un rey generoso y popular. Los éxitos exteriores sirven muchas veces para disfrazar la debilidad interna de un régimen. Como fuere, Tarquino debió, al parecer, su caída a este afán de conquistas. Se cuenta que un día estaba en el campo con sus soldados, su hijo Sexto Tarquino y su sobrino Lucio Tarquino Colatino. Éstos, en la tienda, comenzaron a discutir la virtud de sus respectivas esposas, cada uno sosteniendo, como buen marido, la de la propia. Decidieron volver aquella noche a casa para sorprenderlas. Montaron a caballo y se fueron. En Roma, encontraron a la mujer de Sexto que se consolaba de la momentánea viudez banqueteando con amigos y dejándose cortejar. La de Colatino, Lucrecia, engañaba la espera tejiendo un vestido para su marido. Colatino, triunfante, se embolsó la apuesta y volvió al campo. Sexto, mortificado y deseoso de desquite, se puso a cortejar a Lucrecia y al fin, un poco con violencia y otro poco con astucia, venció su resistencia. Cometida la infidelidad, la pobre mujer mandó llamar a su marido y a su padre, que era senador, les confesó lo acaecido y se mató de una puñalada en el corazón. Lucio Junio Bruto, sobrino también del rey, quien le había asesinado a su padre, reunió el Senado, contó la historia de aquella infamia y propuso destronar al Soberbio y expulsar de la ciudad a toda su familia,  excepto él, se entiende. Tarquino, informado, se precipitó a Roma, al mismo tiempo que Bruto galopaba hacia el campo, y probablemente se encontraron por el camino. Mientras el rey trataba de restablecer el orden en la ciudad. Bruto sembraba el desorden en las legiones, que decidieron entonces rebelarse y marchar sobre Roma. Tarquino huyó hacia el Norte, refugiándose en aquella Etruria de donde sus antepasados habían descendido y cuyo orgullo él había humillado reduciendo sus ciudades a la condición de vasallas de Roma. Debió de ser una bien amarga mortificación para él pedir hospitalidad a Porsena, lucumón, o sea primer magistrado de Chiusi, que en aquellos tiempos se llamaba Clusium. Pero Porsena, gran hombre de bien, se la concedió. En Roma proclamaron la República. Como más tarde la de los Plantagenet en Inglaterra y la de los Borbones en Francia, también la monarquía de Roma había durado siete reyes. Corría el año 509 antes de Jesucristo.

Según José María Blázquez, en su artículo sobre “Dioses y hombres“, la religión ha sido uno de los aspectos de la cultura etrusca que más ha cautivado la atención del gran público y de los investigadores modernos. Baste recordar los dos voluminosos libros de Dumezil y A. Pfiffig consagrados a la religión etrusca, que han aparecido recientemente. Los etruscos tuvieron ya entre los escritores de la Antigüedad fama de ser un pueblo muy religioso. El gran historiador latino, contemporáneo de Augusto, Tito Livio, afirma tajantemente que entre todos los pueblos de la tierra eran los etruscos los más dados a las prácticas religiosas. Y Arnobio, escritor cristiano de la Baja Antigüedad, llamó a Etruria la madre de todas las supersticiones. Los autores modernos que han estudiado la religión, como Ciemen, Giglioli, Grenier, Herbig, etc., han compartido la opinión de que los etruscos fueron, entre todos los pueblos del mundo antiguo, el más inclinado a la religión. El moderno investigador dispone de varios tipos de fuentes para el conocimiento de la religiosidad etrusca que se pueden calificar de directas, ya que se remontan a los mismos etruscos. Tales son, por ejemplo, los textos religiosos etruscos rituales del llamado líber linteus, que pueden verse en la momia de Agram (Zagreb), escrito sobre un sudario que envuelve el cuerpo de una momia. Se trata del único texto de carácter literario que está próximo, por su contenido, a los escritos sagrados etruscos llevados a Egipto o redactados allí por emigrantes etruscos en la época helenística o romana. A este importante documento hay que añadir, con el mismo carácter, la teja de Capua. En este grupo entran también varios objetos con inscripciones religiosas, como imágenes de divinidades y pinturas en las que aparecen dioses o escenas relacionadas con la religión.

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También han llegado a nosotros, en mejor o peor estado de conservación, restos de lugares de culto. Completan el panorama que se desprende de estas fuentes, las noticias recogidas por los escritores griegos y latinos. Los romanos de la época del Imperio prestaron una gran atención al conocimiento de la religión etrusca, debido al gran influjo que ésta ejer ció sobre la religión romana. Los datos transmitidos por los escritores, que vivieron en la época imperial o por autores cristianos, como Arnobio, deben ser utilizados con cierta cautela, pues pueden encontrarse contaminados con concepciones tomadas de la religión griega o de la cristiana.  Se tiene noticia de una abundante literatura religiosa etrusca, que se hacía remontar al héroe Tagete de Tarquinia, pero toda ella se ha perdido. Estos tratados recibían diferentes nombres, según su contenido. En parte se puede reconstruir o conocer su contenido a través de Cicerón, Livio, Séneca o Plinio el Viejo, autores que se interesaron por la religión etrusca, o a través de comentaristas como Servio Mauro Onorato, autor que vivió en el siglo IV a.C. Para el conocimiento del panteón etrusco dispone el estudioso de dos documentos excepcionales: el Hígado de bronce de Piacenza, subdividido en compartimentos, con los nombres de los dioses, que tiene una correspondencia en la división del cielo hecha por los etruscos, con sus divinos habitantes, según los testimonios del naturalista latino Plinio. El espacio sagrado estaba subdividido según el concepto latino, que se expresaba con el término templo. Este concepto era aplicable lo mismo al cielo que a una ciudad, a una necrópolis o a un santuario, ya que subsistían las condiciones de orientación y de reparto de un espacio sagrado, según el modelo celeste.

Los cuatro puntos cardinales determinaban la orientación y estaban unidos por unas líneas que, a imitación de la urbanística de la agrimensura romana, llamaban cardo, a la Norte-Sur, y documanus, a la Este-Oeste. La bóveda celeste se subdividía de este modo en dieciséis partes, que eran las moradas de diferentes divinidades. Este esquema es el mismo que repite el hígado de Piacenza. Entre los dioses, de los dieciséis campos celestes, citados por Marciano Capella, y los nombres de los dioses escritos en el hígado de bronce, existen evidentes correspondencias, pero no una repetición absoluta, debido probablemente a la alteración de las fuentes utilizadas por el escritor del Bajo Imperio. Se obtiene, sin embargo, un cuadro aproximado de la ubicación cósmica de los dioses, según la religión etrusca. Así, en el sector celeste noreste se sitúan los grandes dioses superiores, dioses bien individualizados, tales como Júpiter, los Consentí, los Lares, Jano, Juno, Marte y Minerva. Los dioses de la tierra y de la naturaleza, tales como Silvano, Baco, el Sol y Vulcano, se localizan hacia el mediodía. Los grandes dioses infernales y del hado, como Fortuna, y los dioses Manes y Saturno, habitaban la región del poniente. Estos dos documentos del panteón etrusco están concebidos en función de los augurios, a los que fueron muy dados los etruscos. La posición de las señales del cielo (prodigios celestes, vuelo de las aves y rayos) indica qué dios enviaba el mensaje a los hombres y si éste era bueno o de mal augurio. Los dioses se agrupaban en tres categorías. La primera está formada por dioses cuyos nombres son típicamente etruscos. La suprema divinidad celeste se llamaba Tinia y equivalía al Zeus de los griegos. Turan, palabra que significa «la Señora», era Afrodita o Venus. Fufnus era Líber. Turms equivalía al Mercurio de los romanos e incluso se le representaba con los atributos del dios griego, el sombrero, los zapatos alados y el caduceo. Sethlaus tenía el mismo carácter que el Vulcano griego y como tal dios era venerado en centros industriales, como Populonia. Los dioses celestes, el Sol y la Luna, recibían los nombres de Cautha y de Tiv, respectivamente.

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Otros dioses venerados por los etruscos no tenían correspondencia con los nombres del panteón grecorromano. Alguno de ellos, citados en el hígado de Piacenza, como la diosa Cilen, representada con alas y ricamente adornada, se la encuentra de nuevo en un espejo con la escena del nacimiento de Minerva, hallado en Palestrina. A este grupo pertenecen Leta, divinidad guerrera y de la muerte, y Larum, dios guerrero, mencionado en la teja de Capua. Un grupo importante del ciclo Turan estaba compuesto por seres divinos de carácter inferior. Se les representaba como bellas muchachas, total o parcialmente desnudas y con alas. Recibían el nombre de Lasa. Próximos a ellas se encontraban genios masculinos, como Aminth, que tenía la forma de Eros. Otros nombres de divinidades etruscas aparecen en escenas de diferentes mitos helénicos. En un espejo, donde se representa el Juicio de París, tres diosas etruscas sustituyen a las griegas: Euturpe a Minerva, Thalna a Juno y Altria a Venus. La mayoría de estos seres divinos, genios o similares, se conocen por sus imágenes sobre los espejos. Con frecuencia aparece el nombre escrito junto a ellos. En muchos casos es imposible, sin embargo, su identificación. El tercer conjunto de divinidades está integrado por dioses cuyo nombre es idéntico al griego o latino, como Minerva, Menrva en etrusco. Es una diosa del rayo, alada, que avanza a grandes pasos en un espejo. Se la identifica con Athena en todos los mitos en la que participa la diosa griega, como en su nacimiento de la cabeza de Zeus. Uni correspondía a la Juno de los romanos o a la Hera de los griegos. Junto con Tinia y con la diosa anterior formaba parte de la gran terna de dioses etruscos, equivalente a la griega o romana, compuesto por Júpiter, Minerva y Juno. Su culto se extendió, principalmente, por Etruria meridional, pues fue la protectora de los veyentes y de los faliscos. En Veyes se consagró a su culto, en una fecha tan temprana como el siglo VI a.C., un templo sobre la acrópolis de la ciudad. Su imagen, que era de madera, fue transportada años después a Roma, con gran solemnidad y colocada en un nuevo templo, dedicado a su culto, levantado en el monte Aventino. Contó también con un celebérrimo santuario en Falerii, al que iban en peregrinación los sabios.

Maris era Marte, representado, a veces, como un niño y con alas. Este Marte etrusco no era el hijo de Juno y de Zeus. Otros dioses helénicos que recibieron culto en Etruria fueron Latva (Latona), Aplu (Apolo) y Artume (Artemis). Apolo participa en muchas representaciones de mitos, como en la estatua de Vulca de Veyo, la obra cumbre de la estatuaria etrusca, donde compite con Heracles por la posesión de la cierva. Una región, donde el mar tuvo siempre una gran importancia, como Etruria, no podía menos de venerar a Neptuno, Nethuns. Sobre los espejos etruscos se le representa con los atributos de Poseidón. Plinio atestigua la existencia de un culto a Saturno en Etruria. Todos estos dioses y otros varios que se podrían añadir a esta lista nos permiten obtener una visión perfecta de la religiosidad etrusca en lo referente a su concepción y en su forma primitiva. La cultura griega influyó poderosamente en la etrusca dejando una huella profunda en la religión, sobre todo en la mitología. Esta influencia es bien patente en el modo de concebir la divinidad y en su representación. Es característico de la religión etrusca la creencia en la existencia de seres sobrenaturales, pero esta creencia está dominada por una cierta imprecisión en su número, sexo, apariencia y cualidad. De esta imprecisión ha deducido Massimo Pallottino, uno de los mejores conocedores de la cultura etrusca, que existió la creencia, en los tiempos más antiguos, en una entidad divina, dominadora del mundo a través de manifestaciones ocasionales y múltiples que se concretaba en dioses, grupos de dioses o de espíritus. Massimo Pallottino (1909 – 1995) fue un arqueólogo italiano y fue el primer profesor de Etruscología de la Universidad de La Sapienza en Roma. Es sobre todo conocido por hallar uno de los mayores descubrimientos sobre la historia de la civilización etrusca: durante una excavación que dirigió en Caere en 1964, descubrió las denominadas Láminas de Pyrgi.

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Algunas «metrópolis», como Corinto o Mileto, fueron fundadoras prolíficas. Y  las clases dirigentes de una y otra ciudad se dieron perfecta cuenta de que les convenía que determinadas zonas fueran colonizadas por sus conciudadanos o por aliados potenciales, sobre todo para asegurarse las rutas comerciales de la zona y el acceso a las fuentes de valiosos productos. Lo que impresiona, en todos los casos, es la capacidad de adaptación de los colonos griegos. Una consecuencia evidente de esta colonización fue la difusión de, la lengua y la escritura griega. El alfabeto griego debía en realidad su origen a los viajes de los helenos a ultramar. Procedía del estudio atento que realizaron aquellos viajeros de la escritura de sus vecinos fenicios en Oriente Próximo, probablemente alrededor del 800-780 a.C. Su inventor fue algún eubeo que viajara a Chipre, Creta o el norte de Siria. Este alfabeto fue adaptado luego por otros pueblos no griegos, tales como los frigios en Asia y los etruscos en Italia, que lo utilizaron para representar por escrito sus propias lenguas. Como los griegos viajaban con su alfabeto, el resultado fue un incremento enorme de la difusión del griego escrito, leído y hablado por todo el Mediterráneo. Muchos siglos después, Adriano sería un beneficiario de esta circunstancia durante sus viajes. En el Mediterráneo occidental, cada vez con más frecuencia a partir de la década de 540 a.C., los etruscos y los cartagineses lucharían denodadamente para frenar los intentos de los griegos de establecer colonias en sus respectivas áreas de influencia. En Asia, por otra parte, las ciudades griegas orientales se habían visto amenazadas constantemente por guerreros extranjeros. Primero por nómadas procedentes del norte, como los cimerios, y luego por los prósperos reyes de Lidia, entre otros Giges (685-645a.C.) y Creso (560-546 a.C), y en último término por los persas, que aparecieron procedentes del Este a mediados del siglo VI a.C. En 546, el gran rey de Persia, Ciro, conquistó Lidia y sus generales se apoderaron de las ciudades griegas de Asia. Seguirían controlándolas durante casi la totalidad de los doscientos años siguientes.

En la década de 540, cuando los ejércitos persas conquistaron la parte occidental de Asia, los griegos de la pequeña ciudad de Focea decidieron huir. Embarcaron a sus mujeres e hijos, las estatuas y todas las ofrendas de sus santuarios «a excepción», según dice el historiador Heredóte, «de las de bronce o mármol y de las pinturas»,  y zarparon rumbo a Occidente. Durante las décadas siguientes es sólo en Occidente donde podemos captar todavía un último eco del estilo de pintura de los griegos orientales, concretamente en Tarquinia, en la costa del mar Tirreno, a unos ochenta kilómetros al norte de Roma. Allí fueron enterrados los nobles etruscos en unas tumbas impresionantes, a modo de casas subterráneas, con las paredes estucadas y cubiertas de pinturas figurativas. Tarquinia fue la ciudad etrusca en la que a finales del siglo VIl nació Tarquino Prisco, que la abandonó para convertirse en rey de Roma, lo mismo que sus descendientes. A partir de ca. 540 a.C. el estilo de las pinturas funerarias de los nobles etruscos revela que Tarquinia había acogido a grandes artistas helenos originarios del mundo greco-oriental. Ese estilo se pone de manifiesto en unas obras maestras perfectamente en consonancia con el gusto de sus patronos etruscos: aquellos emigrantes griegos pintaron escenas de caza de patos, banquetes y actividades deportivas, un reflejo exquisito de su talento greco-oriental trasladado a un Occidente que supo adaptarse a él y admirarlo. Algunos estudiosos de la religión etrusca han pensado que los grandes dioses etruscos han sido creados bajo el influjo griego, partiendo de una vaga e imprecisa religiosidad primitiva, en la que predominaban formas fetichistas o animistas, pero esta hipótesis no tiene visos de probabilidad, pues la formación de la cultura etrusca requirió una lenta elaboración y una mezcla de diferentes elementos culturales, desde hacía siglos, que no arranca de la cultura vilanoviana.

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La existencia de un dios supremo, de carácter celeste, que utiliza el rayo para expresar a los hombres su voluntad, no puede deberse a influjos exteriores. Del mismo modo, a la diosa del Amor, Turan, se la encuentra venerada en todo el ámbito del Mediterráneo. Probablemente se dio siempre en la religión etrusca cierto arcaísmo, que hizo que se conservaran formas religiosas ya desaparecidas o en trance de extinción en otras religiones mediterráneas. El modelo griego favoreció, sin duda, el proceso de individualización y de humanización de los dioses etruscos, proporcionando los símbolos a los dioses más importantes, convirtiendo en dioses nacionales los héroes locales y agrupando a los genios que tenían análogas características. De este modo, los espíritus protectores de la guerra se fusionaron en una divinidad única. Marte, bajo el modelo del Ares griego. La antropomorfización de los dioses etruscos se originó por influjo griego. Los grandes dioses etruscos y sus atributos se adaptaron al canon helénico. Este mismo fenómeno se repitió en el culto y en los mitos. En el famoso santuario de Pyrgi, a juzgar por las inscripciones sobre láminas de oro, fechadas en torno al 500 a.C., la diosa local, Uni, se identificaba con la Ilizia o con la Leucothea griega y con la Astarté fenicia. Característica del panteón etrusco es, pues, su variedad y complejidad, donde junto a los grandes dioses, influidos por la religión griega, conviven seres y concepciones indígenas, cuyo número y nombre, en opinión de Varrón, eran desconocidas.

Existen ciertas analogías con religiones orientales (especialmente con la de Sumeria y Caldea e incluso la egipcia). El tipo de religión es de revelación, y está plasmada en una serie de libros sagrados, los cuales tienen temas tales como la interpretación de los rayos, la adivinación, la rectitud del estado y de los individuos y hasta un análogo del Libro de los Muertos egipcio. Todo el compendio religioso es conocido como “Doctrina Etrusca”. Ésta se dividía en “Doctrina Teoría” y “Preceptos Prácticos”, y estaba dedicada a la búsqueda de la interpretación de prácticamente todo fuera de lo común para predecir el porvenir. Los sacerdotes se denominaban arúspices, y siempre tuvieron una posición de privilegio en la sociedad. Los arúspices se especializaban en “interpretar” lo que consideraban diversos “signos” proféticos: la adivinación a partir de la observación de los hígados de animales sacrificados, la creencia en que se podía adivinar el futuro observando los rayos (ceraunomancia) u otros meteoros, y la “interpretación” con intenciones adivinatorias de los vuelos de las aves. Existían rituales de todo tipo, tanto dirigidos al estado como a los individuos, extremadamente minuciosos y formales, al punto tal que son tomados como ciencia. El panteón de dioses etrusco está íntimamente ligado a la influencia mitológica griega, de ahí que se adore a homólogos griegos, aunque formen una tríada, similar a la Cretomicénica. La más importante fue: Tinia (Zeus), Uni (Hera) y Menrfa (Atenea), que se veneraban en templos tripartitos. También existía la creencia en la existencia de demonios maléficos, al modo asirio. Los etruscos creían en la vida de ultratumba, de ahí las manifestaciones de gran importancia en los lugares de enterramiento.

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Las normas que regulan las relaciones entre los hombres y los dioses, es decir, la llamada disciplina, constituyen la parte más original de la religiosidad etrusca. Su finalidad es la búsqueda escrupulosa de la voluntad divina, manifestada a través de diferentes medios, de los que el más conocido es la interpretación de las vísceras de los animales, generalmente el hígado (aruspicina) y la interpretación de los rayos. Según afirmaciónde Plinio y de Arnobio era característico de Etruria la creencia en nueve dioses que lanzaban rayos, de los que Tinia, Uni y Menrva eran los de mayor categoría. Los restantes eran Vulcano, Marte, Saturno y otros tres, cuyos nombres se ignoran. Este procedimiento de conocer la voluntad de los dioses es diverso del seguido por romanos y umbros, que utilizaban la observación del vuelo de los aves (auspicio). La aruspicina no es exclusiva de los etruscos; tiene sus precedentes en Mesopotamia y en el norte de Siria. La disciplina regulaba minuciosamente los rituales seguidos en los sacrificios, las ceremonias de culto y las creencias y ceremonias referentes a la vida de ultratumba. La aruspicina etrusca, según la tradición, fue creada por Tagate, que nació en Tarquinia del surco de la tierra movida por un arado. Un espejo etrusco del Museo Arqueológico de Florencia, fechado en la primera mitad del siglo III a.C., describe una escena de aruspicina en la que Tagate examina atentamente un hígado, cuyas diferentes zonas están señaladas. Un hombre, apoyado en un bastón, sigue la ceremonia. Ambos visten el traje típico de los arúspices. Entre ellos está colocada una dama. La escena se sitúa al aire libre, en un terreno accidentado y lleno de vegetación.

El sol sale detrás de una montaña. En lo alto del cielo se encuentra la Aurora. Se interpreta esta escena como un arúspice que examina un hígado en presencia de tres personajes importantes, de los que uno es Tarconte, que fue también, posiblemente, un arúspice. No sólo se examinaba el hígado, sino otras vísceras, como el corazón. El atuendo del arúspice es conocido por una estatuilla del Museo Vaticano, datado en el siglo IV a.C., y por el citado espejo de Florencia. Llevaban los arúspices un siglo VI a.C., manto de lana, sujeto al pecho con una fíbula de tipo arcaico. Cubrían su cabeza con un bonete cilíndrico de lana que terminaba en punta. La ceremonia requería apoyar un pie sobre una roca. Los arúspices pertenecían a las mejores familias de Etruria y en Roma solían ser etruscos. Cicerón afirma de los etruscos que eran arúspices o fulgurateres, y que también interpretaban prodigios de muy variado tipo: lluvia de piedras, de sangre o de leche, nacimientos de monstruos animales o humanos, terremotos, aparición de cometas, etcétera. La importancia de todos estos fenómenos estriba en la visión del mundo de los dioses y de los hombres que de ellos se desprende. Estos dos mundos se relacionan íntimamente en la concepción religiosa etrusca. Como afirma Pallottino, cielo y tierra, realidad supra-racional y realidad natural, macrocosmo y microcosmo se corresponden mediante secretos reclamos dentro de un sistema unitario. En las concepciones, en las prácticas y en las manifestaciones rituales etruscas se tiene la impresión de que priva un abandono de la actividad espiritual humana frente a la acción y voluntad de la divinidad. De un lado, está el conocimiento de la voluntad divina mediante prácticas adivinatorias, y de otra, una minuciosidad en el culto. La religión etrusca no parece que tuviera nunca un auténtico valor ético. Se caracterizó más bien por un formalismo rígido, al menos al final de la historia etrusca, cuando la clase sacerdotal procuró controlar la vida espiritual de la nación y la interpretación de la voluntad divina.

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Las fuentes literarias, los testimonios monumentales y los textos etruscos permiten reconstruir la forma del culto y, en general, la vida religiosa. Algunos aspectos de la religiosidad etrusca no se diferencian sustancial mente de idénticas manifestaciones de la religión griega o romana. Característica de la religión etrusca fue el uso de normas fijas que databan de muy antiguo, una preocupación por los ritos y por los sacrificios de carácter expiatorio, lo que responde a un sentimiento de subordinación del hombre ante la divinidad y presupone la fe ciega en la eficacia mágica del rito. En la religión etrusca, los actos de culto estaban bien determinados, así como todo lo referente a templos, personas y ritos. Los templos contenían las imágenes de los dioses. Existían también recintos sagrados con altares y edificios religiosos, como la necrópolis de Marzabotto, del siglo VI a.C. Con cierta frecuencia, los edificios de culto eran orientados en dirección sur o sur-oeste. Las fiestas y las ceremonias estaban, asimismo, minuciosamente reguladas en los rituales, que trataban de la interpretación de los prodigios de la vida de ultratumba y daban normas, referentes al Estado, a la constitución, al derecho, etc.  Trataban de las normas propiamente dichas de la teoría sobre la vida del individuo y sobre el Estado. Ha llegado a nosotros un ritual, escrito en lengua etrusca, en el sudario de la momia de Agram (Zagreb), que es un verdadero calendario etrusco con la indicación de los meses y los días en los que hay que celebrar las ceremonias descritas. Otros calendarios litúrgicos debían estar redactados siguiendo los modelos romanos. Contenían, seguramente, los días de las fiestas y el nombre del dios al que estaban dedicados. El calendario etrusco debía ser parecido al calendario romano anterior a César.

En la religión etrusca, como en todas las del Mediterráneo antiguo, se ofrecía a sus dioses animales sacrificados, muy probablemente, en la época más primitiva, también hombres, sacrificios humanos repetidos en circunstancias excepcionales, como cuando, según dato transmitido por el historiador Diodoro, fueron muertos en el foro de Tarquinia los prisioneros romanos. Pocos son los monumentos conocidos que representan escenas de culto. Entre ellos destacan un espejo, conservado en la Biblioteca Nacional de París, datado hacia el año 500 a.C., donde dos devotos, un varón desnudo y una dama vestida con túnica larga, junto a un altar, invocan a Usil (Sol), representado por un disco con rayas. Algo más antiguo, hacia 530 a.C., es la lastra de Caere, conservada en el Museo del Louvre, en la que se pintó un personaje sentado, ricamente vestido, al pie de una basa en forma de altar, que está coronada por la estatua de una diosa. A los pies del varón se encuentra una serpiente. Escenas de sacrificios de animales se representaron en las láminas de bronce, halladas en Bornarzo, fechadas poco después del 500 a.C., hoy en el Museo Vaticano y en el de Villa Giulia de Roma. Varias sítulas describen gráficamente ceremonias religiosas, como una de Chiusi, de finales del siglo VII a.C., donde en una procesión participan flautistas, siervos, canéforas, jinetes, guerreros y hombres que conducen las víctimas para los sacrificios. La plegaria, la música y la danza desempeñaban también un papel importante en el culto etrusco. Los dones ofrecidos a los santuarios, en acción de gracias por favores recibidos o que se trataba de obtener, eran muy variados: estatuas de bronce, de piedra o en terracota, imágenes de dioses o de fieles, miembros humanos, armas, vasos fabricados en cerámica o en bronce, etc.; frecuentemente, llevaban dedicatorias sobre ellos.

Todos estos objetos indican la existencia de una profunda religiosidad popular y que, junto a los templos, se desarrolló una artesanía muy floreciente de los más variados objetos votivos.Sobre la naturaleza y organización del sacerdocio etrusco ofrece alguna luz la comparación con el itálico o el romano, del que se está bien informado. Es seguro que estaba especializado en diferentes funciones, que se relacionaba con las magistraturas públicas y se agrupaba en colegios. El nombre etrusco del sacerdote era cepen, término que aparece con frecuencia en los textos etruscos, seguido de un atributo que determina la esfera, en la que se ejerce la función sacerdotal. Una clase especial de sacerdotes eran los arúspices. El atributo más usado por los sacerdotes era el «lituo», bastón curvo en un extremo que llevan también los jueces de las competiciones. deportivas siempre con un carácter religioso. El culto tenía por objeto, frecuentemente, la finalidad de conocer la voluntad de los dioses, invocar su ayuda y obtener el perdón.

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Políticamente, Etruria se conforma en federaciones de 12 ciudades unidas por lazos estrictamente religiosos, lo que es llamado Dodecápolis, pero esta alianza no es política, ni militar y cada ciudad es en extremo individualista. La estructura política es, en un principio, la de una monarquía absoluta, donde el rey (lucumo) distribuye justicia, actúa como sumo sacerdote y comandante en jefe del ejército. Luego se da una transición donde el gobierno es una dictadura de corte militar, la cual desemboca en una República, en esencia oligárquica, con magistraturas colegiadas, un senado fuerte y estable y la participación de una asamblea popular en representación del pueblo. En la pirámide social etrusca podemos distinguir 4 escalafones: En primer lugar estaban los terratenientes, miembros de la oligarquía. Plebe libre, ligada por lazos de clientela a los anteriores. Extranjeros, generalmente griegos, que eran artesanos y mercaderes. Por último, esclavos. Los etruscos tenían una gran cantidad de servicio doméstico y agrario. Tanto griegos como latinos consideraron “promiscua” y “licenciosa” a la cultura etrusca, tales opiniones se debieron al contraste de la situación social de la mujer entre los etruscos, mucho más libre que entre griegos y romanos; hay que recordar que entre helenos y latinos las mujeres estaban absolutamente subordinadas a los varones. La mujer etrusca, al contrario de la griega o de la romana, no era marginada de la vida social, sino que participaba activamente tomando parte en los banquetes, en los juegos gimnásticos y en los bailes, y sobre todo ayudaban en las labores de la vía pública. La mujer además tenía una posición relevante entre los aristócratas etruscos, puesto que estos últimos eran pocos y a menudo estaban involucrados en la guerra: por esto, los hombres escaseaban. Se esperaba que la mujer, en caso de muerte del marido, asumiría la tarea de asegurar la conservación de las riquezas y la continuidad de la familia. También a través de ella se transmitía la herencia.

Los etruscos eran un pueblo netamente comerciante desde el inicio hasta el final de su civilización, principalmente marítimo, aunque también terrestre. Por otro lado, sus tierras se vieron invadidas varias veces por pueblos bárbaros ya que sus ciudades eran muy ricas y codiciadas, eran paso obligado hacia las fértiles tierras de la Campania y para llegar a Roma (como ocurrió, por ejemplo, con la invasión de Aníbal). En un principio se aliaron y repartieron las zonas de influencia marítima con los fenicios, en contra de los helenos. Hacia el siglo IV a. C. estrecharon relaciones con Corinto y cesó la hostilidad con los griegos. Sin embargo, en el 545 a. C. se aliaron con los cartagineses nuevamente contra los griegos. En cuanto a lo continental, tuvo numerosos enemigos. Desde un principio, la Liga Latina (con Roma de aliada o a la cabeza de la misma), en el Lacio; en la Campania los samnitas; en las costas e islas los siracusanos y cumitas y en las llanuras del Po los pueblos celtas serán enemigos de Etruria. Solo conservarán como aliado incondicional durante toda la historia de esta civilización a los faliscos (pueblo que estaba al oeste del Tíber). Hacia el 300 a. C. se aliaron con los helenos en contra de cartagineses y romanos, por el control de las rutas comerciales. Hacia el 295 a. C. una liga de etruscos, sabinos, umbros y galos cisalpinos combatió contra Roma, saliendo esta última victoriosa. Sin embargo, en sucesivas alianzas temporales con los galos continúan luchando contra los romanos, hasta que una alianza con Roma contra Cartago tiene lugar. Tras esto, los etruscos, ya en decadencia, comienzan a ser absorbidos por los romanos.

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El etrusco es una lengua aparentemente no emparentada con las lenguas indoeuropeas. Es de destacar que la fonética es completamente diferente de la del griego o del latín, aunque influyó en éste en varios aspectos fonéticos y léxicos. Se caracteriza por tener cuatro vocales que representamos como /a/, /e/, /i/, /o/, reducción de los diptongos, tratamiento especial de las semivocales. En las consonantes carecía de la oposición entre sordas y sonoras, aunque en las oclusivas tenía contraste entre aspiradas y no aspirada. El etrusco utilizaba la variante calcídica del alfabeto griego, por lo que puede ser leído sin dificultad, aunque no comprendido. De este alfabeto griego básico algunas de las letras no son utilizadas en etrusco (oclusivas sonoras) y además se le añade un grafema para /f/ y la digamma griega se utiliza para el fonema /v/ inexistente en griego. Las principales evidencias de la lengua etrusca son epigráficas, que van desde el siglo VII a. C. hasta principios de la era cristiana. Se dice que los etruscos empezaron a escribir en el siglo VII a. C. Pero su gramática y su vocabulario difieren de cualquier otro del mundo antiguo. Conocemos unas 10000 de estas inscripciones, que son sobre todo breves y repetitivos epitafios o fórmulas votivas que señalan el nombre del propietario de ciertos objetos. El Liber Linteus o texto de Agram es el texto etrusco más largo, con 281 líneas y unas 1300 palabras. Escrito en un rollo de lino, posteriormente fue cortado a tiras y utilizado en Egipto para envolver el cadáver momificado de una joven mujer. Se conserva actualmente en el museo arqueológico de Zagreb. Probablemente cuando esto sucedió se consideraba que tenía más valor el rollo de lino que el propio texto, que paradójicamente hoy es nuestro mejor testimonio de la lengua. Tal vez, si no hubiera sido conservado como envoltura, ni siquiera habría llegado hasta nosotros.

Ver artículo “El Imperio Romano – Eneas

enero 5, 2013 - Posted by | Grecia, Historia, Otras ant. civil., Otros

2 comentarios »

  1. […] El Imperio Romano – Los Etruscos- oldcivilizations.wordpress.com […]

    Pingback por El Imperio Romano – Los Etruscos + MORE | INFORMADORES.INFO | enero 7, 2013 | Responder

  2. Muchas gracias, es muy interesante la historia antigua.

    Comentario por Frutos Gomez Sanz | abril 3, 2015 | Responder


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