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¿Somos capaces de controlar nuestros sueños? 2/2


Antes se recomienda leer el artículo “¿Somos capaces de controlar nuestros sueños? 1/2

Según Leadbeater, no es sólo a través del cerebro por donde las impresiones pueden ser recibidas por el hombre. Coexistente con su forma visible hay un doble etérico, llamado linga sharira en la literatura teosófica, que también tiene un cerebro que es, en verdad, no menos físico que el otro, aunque esté compuesto de una materia en estado más sutil que el gaseoso. Si pudiésemos examinar con la facultad psíquica el cuerpo de un recién nacido, le veríamos permeado, no sólo por materia astral en todos los grados de densidad, sino también por diferentes grados de materia etérica. Y si nos tomáramos el trabajo de retroceder nuestro examen de esos Imagen 9cuerpos interiores hasta su origen, veríamos que fue con esta última materia con la que los agentes de los Señores del Karma hicieron el doble etérico, como molde para la construcción del cuerpo físico. Mientras que en la materia astral el ego descendiente la incorporó,  no de modo consciente, sino por acción automática, en su paso por el mundo astral. El doble etérico es el vehículo de la vida en el hombre, o de la fuerza vital (prana en sánscrito). Y todo aquel que tiene facultades psíquicas desarrolladas, puede ver exactamente como esto ocurre. Verá el principio de la vida casi incoloro, aunque intensamente luminoso y activo, que constantemente se difunde en la atmósfera de la tierra a través del sol. Verá como la parte etérica del bazo, en el ejercicio de su admirable función, absorbe esa vida universal especializándola en prana, a fin de ser más prontamente asimilable para el cuerpo. El segundo Chakra o Chakra del Bazo está localizado tres dedos debajo del ombligo, en el centro del abdomen. Es el centro emocional gobernando la energia chi, así como la energía sexual, sensual y emocional. Los problemas con este chakra producen problemas sexuales, emocionales, alergias, desordenes de la piel, problemas nerviosos, enfermedades en el aparato reproductor, intestinos, desordenes en el bazo o hernias. Como el prana recorre todo el cuerpo a lo largo de los hilos nerviosos, en la forma de minúsculos glóbulos de agradable color rosáceo, produciendo el calor de la vida, la salud y la actividad para penetrar los átomos del doble etérico. Y como, cuando las partículas rosáceas son absorbidas, el éter vital superfluo, finalmente se irradia del cuerpo en todas las direcciones como una luz de color azul claro.

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En este Cosmos todo vibra, todo está impregnado del espíritu del Creador, así, cuando hablamos de Karma, no podríamos imaginarlo tan sólo como la ley inexorable y definitiva que siempre escuchamos decir –aunque no es tanto así en realidad- , sino que de algún modo es también una Fuerza Viva. Pues bien, este Karma también tiene sus regentes y son cuatro, en sánscrito se les denomina los Lipikas o Señores del Karma. Estas inteligencias cósmicas son quienes cuidan que la Ley en acción se cumpla, se expresan en los hombres a través de otros seres llamados Lipikas(o Lipitakas también), que encarnan las fuerzas de la Naturaleza. Estos Lipikas son los que la tradición de niños nos pinta como los ángeles que con pluma y pergamino en mano van escribiendo las buenas y feas obras que realizamos los humanos para luego ser leídas en nuestro postrero día. Una poética manera para describir su tarea: ellos son quienes registran nuestros actos en los famosos Registros Akáshicos o Anales del Akasham, que corresponde a la parte Astral de la Naturaleza. Luego, ellos aplican y regulan el karma como jueces supremos. Nuestra alma es sopesada al morir. De esto hablaron mucho los egipcios, especialmente en su bellísima obra “El Libro de los Muertos”, que no son más que un conjunto de oraciones para ser recitadas en el día que a nuestro Ka (o doble etéreo) le toca asistir al juicio de nuestra vida, cuando nos presentamos ante quienes pesan en la Balanza de la Vida nuestros actos buenos y los que no lo son. Los Lipikas también tienen como tarea determinar las características físicas, pránicas, astrales y mentales que la persona se merece. Ellos buscan el momento del nacimiento indicado en que los astros estén en posición para que el Karma de la persona se active. Absolutamente nada es casual. Por supuesto que ya Einstein lo decía: “Dios no juega a los dados con el Universo”. No es para nada casual que hayamos nacido en determinado país, determinada época y con la familia que tenemos, porque estamos íntimamente conectados con el Alma Familiar a través de las múltiples energías confluyentes que nuestros antepasados han arraigado en cada uno de nosotros.

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Cuando somos adolescentes nos preguntamos la mayoría de veces por qué rayos nacimos en el hogar en que lo hicimos, pero ya sabemos la razón: nos merecemos a nuestros padres, nuestra patria y nuestro entorno. Los Lipikas no sólo están al tanto de nuestros actos y nuestras omisiones, sino también de nuestros pensamientos. Hay una frase de Helena Petrovna Blavatsky muy apropiada:“Siembra un pensamiento y cosecharás un deseo, siembra un deseo y cosecharás una acción; siembra una acción y cosecharás un hábito o costumbre; siembra un hábito o costumbre y cosecharás tu carácter; siembra tu carácter y cosecharás tu destino o propia suerte“. Por eso es importante mantener la calidad de nuestros pensamientos. Pero no estamos atrapados dentro de un karma del cual es difícil escapar. No, todo lo contrario, estamos aquí en esta Tierra precisamente para revertir y superar esta Ley de Acción y Reacción. Justamente somos más fuertes en lo que más nos han golpeado. El Karma no es un castigo ni una venganza del destino que nos cae con furia para pagar por nuestros errores, pues quien cae tiene oportunidad de levantarse una y mil veces, según sea el caso.  Karma es simplemente Ley de Acción y Reacción, incluso se da en el plano físico, toda causa conlleva un efecto, que a la vez es causa de un siguiente efecto y así sucesivamente, de allí viene la importancia de estar conscientes que el Karma existe para armonizar el equilibrio perdido. Es la oportunidad para observarnos, para interiorizar y aprender y reparar lo que no hicimos bien, para retornar nuevamente al camino que nos lleva de vuelta al Dharma o Ley de Armonía Universal.  Los Lipikas son quienes ponen en la balanza nuestras acciones de la personalidad, llamada también por algunas escuelas filosóficas como “cuaternario”, debido a sus cuatro cuerpos, y otorgan a cada cual un molde del Ka o doble etéreo que merecen. Estos inteligentísimos y luminosos seres, que son los cuatro regentes de los elementos son los que ajustan el Karma de la humanidad.

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Si examináramos después la acción de este éter vital, tendríamos razón para creer que la transmisión de las impresiones al cerebro depende más de su flujo regular a lo largo de la parte etérica de los hilos nerviosos, que de la mera vibración de las partículas de su parte más densa y visible, como generalmente se supone. Cuando un dedo queda completamente entorpecido por el frío, es incapaz de sentir; el mismo fenómeno de insensibilidad puede ser fácilmente producido por un hipnotizador, Éste, por medio de algunos pases sobre el brazo del hipnotizado, consigue llevarlo a una condición en que puede ser atravesado por una aguja sin la más mínima sensación de dolor. ¿Por qué el hipnotizado no siente nada en ninguno de estos dos casos? Los hilos nerviosos aún están allí; en el primer caso fueron paralizados por el frío y por la ausencia de sangre en los vasos, se puede afirmar; pero esa no será ciertamente la causa en el segundo caso, en que el brazo conserva su temperatura normal y la sangre circula como habitualmente. Si recurrimos a la ayuda del clarividente será posible que obtengamos una explicación más próxima a la realidad. Diría que la razón de que el dedo congelado parezca muerto es que la sangre es incapaz de circular a través de los vasos, donde el éter vital dejó de fluir por los hilos nerviosos; debemos pues recordar que a pesar de ser invisible la materia en estado etérico a la vista del común de los mortales, ella es todavía puramente física, y está por tanto sujeta a sufrir la influencia del frío y del calor. En el segundo caso diría que, al hacer los pases que insensibilizan el brazo del hipnotizado, lo que el hipnotizador realmente hace es inducir su propio éter nervioso en el brazo o su magnetismo, conforme se ha denominado, alejándolo así del hipnotizado. El brazo está aún activo y con vida, porque a través de él fluye el éter vital; pero ya no es el propio éter vital del hipnotizado, y no se encuentra, por lo tanto, en relación con el cerebro, dejando de haber, consecuentemente, una sensación en el brazo. Parece entonces evidente que aunque no sea absolutamente el propio éter vital el que realiza el trabajo de transportar las impresiones externas hacia el cerebro del hombre, la presencia de él especializada por este mismo hombre, es ciertamente necesaria para aquella transmisión a lo largo de los hilos nerviosos.

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Ahora, así como cualquier cambio en la circulación de la sangre influye en la receptividad de la materia más densa del cerebro, codificando la seguridad de las impresiones venidas a través suyo, del mismo modo, los cambios en el volumen o la velocidad de las corrientes de vida, ejercen influencia en la parte etérica del cerebro. Por ejemplo: cuando la cantidad de éter nervioso especializado por el bazo cae, por alguna razón, por debajo de la media, inmediatamente se hace sentir debilidad o cansancio físico; y si en tales circunstancias ocurre también que es aumentada la velocidad de su circulación, el hombre se vuelve hipersensible, altamente irritable e incluso histérico; y siendo él, en semejante estado, mucho más sensible de lo que lo es normalmente a las presiones físicas, esa es la razón por la que una persona enferma pueda tener visiones o ver apariciones completamente imperceptibles a otras que gocen de buena salud. Si por otro lado, el volumen y la velocidad del éter vital, son reducidos al mismo tiempo, el hombre experimenta un fuerte cansancio, y queda menos sensible a las influencias externas, y con una sensación general de extrema debilidad para prestar la menor atención a lo que sucede. Es preciso recordar que la materia etérica de la que hablamos, es materia más densa, generalmente reconocida como perteneciente al cerebro. Son ambas, en verdad, partes de un sólo y mismo organismo físico; y, por lo tanto, cualquier alteración en una de ellas, repercute instantáneamente en la otra. No puede haber, por consiguiente, certeza de que las impresiones serán correctamente transmitidas por medio de este mecanismo, a menos que sus partes estén ambas operando en completa normalidad; el funcionamiento irregular de una, puede fácil­mente entorpecer o perturbar la receptividad del mecanismo, empañando o retorciendo las imágenes que le son presentadas. Además de esto, como va a ser ahora explicado, está él mucho más sujeto a tales aberraciones, durante el sueño, que en el estado de vigilia.

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Otro mecanismo a ser considerado es el llamado cuerpo astral, comúnmente llamado cuerpo de los deseos (ver artículo “¿Quiénes somos?). Como su nombre indica, este vehículo se compone de materia astral exclusivamente, y es con efecto a la expresión del hombre en el plano astral, así como el cuerpo físico lo es en los niveles inferiores del plano físico. Al estudiante de teosofía le será ahorrada una buena dosis de dificultad, si aprende a mirar esos diferentes vehículos simplemente como una manifestación actual del ego en los respectivos planos. Si comprende, por ejemplo, que el cuerpo causal, a veces llamado huevo áurico, es el vehículo real del ego reencarnante y donde él habita mientras permanece en el plano que es su verdadera casa: los niveles superiores del mundo mental. Pero, al descender a los niveles inferiores, el ego debe, a fin de poder funcionar en ellos, revestirse de la materia correspondiente, materia que le proporciona el cuerpo mental. De forma semejante, descendiendo al plano astral, forma el cuerpo astral, o cuerpo de los deseos, con la materia respectiva, sin por ello retener todavía todos los otros cuerpos. Con el descenso subsecuente al plano íntimo se forma el cuerpo físico en el centro del huevo aúrico, que contiene así al hombre completo. El vehículo astral es todavía más sensible a las impresiones externas que los cuerpos físico y etérico, pues es él la propia sede de todos los deseos y emociones, el hilo a través del cual puede el ego captar las experiencias de la vida física. El cuerpo astral, susceptible a la influencia de las corrientes de pensamiento que pasan y cuando la mente no ejerce el necesario dominio sobre él, está recibiendo perpetuamente esos estímulos desde fuera, a los cuales responde. También este mecanismo, como los otros, se deja influenciar más fácilmente durante el sueño del cuerpo físico.

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Varias observaciones lo demuestran. Un sugestivo caso es el  relatado a Leadbeater sobre las dificultades que un hombre enfrentó para dejar la bebida. Después de un largo período de abstinencia, consiguió sofocar enteramente el deseo físico del alcohol, al punto de que en estado de vigilia, sentía absoluta repulsa hacia él. Verificó, sin embargo, que a menudo, todavía soñaba estar bebiendo; y durante el sueño sentía renacer el antiguo y horrible placer por las bebidas alcohólicas. De día aparentemente, el deseo era mantenido bajo el freno de su voluntad, y formas de pensamiento elementales que pasaban por allí eran incapaces de causarle impresión alguna. Pero en el sueño, sintiéndose liberado, el cuerpo astral escapaba del dominio del ego y de tal modo resumía su natural y extrema susceptibilidad, que fácilmente se volvía presa de las influencias nocivas. De ahí que se imaginase  experimentando una vez más los placeres mórbidos de su detestable vicio. Las diferentes piezas del mecanismo son todas, realmente, meros instrumentos del ego mientras el dominio de estas sobre ellas esté aún muy incipiente. Importa por ello tener siempre presente que el ego es una entidad en desarrollo, no pasando en la mayoría de nosotros de ser una simple semilla de lo que un día llegará a ser. Una estancia del libro de Dzyan dice: “aquellos que no recibieron sino una chispa permanecerán desprovistos de entendimiento: la chispa brillaba débilmente“; y la señora Blavatsky explica en La Doctrina Secreta: “aquellos que no recibieron sino una chispa constituyen la base humana que tiene que adquirir su intelectualidad mediante la presente evolución manvantárica“. En el caso de la mayoría, la chispa está ardiendo aún muy floja, y muchas eras transcurrirán antes de que su lento crecimiento alcance el estado de una llama fija y resplandeciente. Es verdad que en la literatura teosófica hay pasajes que parecen dar a entender que nuestro ego superior no necesita evolución, siendo ya perfecto y divino en su propio plano. Pero donde quiera que tales expresiones hayan sido usadas sea cual fuera la terminología empleada, debe aplicarse tan sólo al alma, el verdadero dios dentro de nosotros, que, ciertamente, está mucho más allá de la necesidad de cualquier especie de evolución de la que podamos saber. El ego reencarnante, sin duda evoluciona, pudiendo ser claramente visto el proceso de su evolución por los que desarrollaron la visión clarividente, en la medida necesaria a la perfección de lo que existe en los niveles superiores del plano mental. Como ya fue observado, es de materia de este plano (si le podemos dar el nombre de materia) de lo que se compone el cuerpo causal, relativamente permanente, que el ego lleva con él a través de nacimientos y nacimientos hasta el estadio final evolutivo humano.

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Pero aunque todo ser individualizado deba poseer necesariamente cuerpo causal (pues es su posesión lo que constituye la individualidad), la apariencia de ese cuerpo no es la misma en todos los casos. En el hombre común no desarrollado sus contornos son imprecisos, y difícilmente se distinguen, incluso entre los dotados de visión, los secretos de aquel plano. Por lo tanto, no pasa de ser una simple película incolora, apenas lo bastante para mantener su conexión y constituir una individualidad reencarnante y no más. Sin embargo, cuando el hombre comienza a desarrollar su intelectualidad, o incluso su intelecto superior, sobreviene un cambio. El individuo real comienza a tener una característica propia, con las partes que fueron modeladas, en cada una de sus personalidades, por las circunstancias ambientales, inclusive la educación. Y aquella característica es representada por el tamaño, color, luminosidad y precisión del cuerpo causal, del mismo modo que de la personalidad se muestra el cuerpo mental, con la diferencia de que el primer vehículo superior es naturalmente, más bello y sutil. Sobre otro aspecto difiere también de los cuerpos inferiores: en ninguna de las circunstancias ordinarias puede el mal manifestarse a través de él. El peor de los hombres ha de mostrarse en este plano superior solamente como entidad no desarrollada. Sus vicios, aunque transmitidos de vida a vida, no pueden manchar su vehículo superior, apenas volverán más difícil el desarrollo de las virtudes opuestas. Por otro lado, la perseverancia en el camino recto se refleja inmediatamente en el cuerpo causal. En el caso del discípulo que progresó en la senda de la santidad, es una visión maravillosa que transciende toda concepción terrenal; y en el adepto, es una deslumbrante esfera de luz y de vida, cuya gloria radiante no hay palabras que lo describan. Aquel que contempló una vez un espectáculo tan sublime como este y puede también ver a su alrededor individuos en todas las fases de desarrollo desde esa película incolora de la persona vulgar, jamás alimentará dudas en cuanto a la evolución del ego reencarnante. El poder que tiene el ego sobre sus diversos instrumentos y, por lo tanto, la influencia que en ellos ejerce, es naturalmente poco apreciable en los estados iniciales. Ni su mente ni sus pasiones están sobre su control total. En verdad, el hombre común casi no hace esfuerzos para frenarlos, sino que se deja llevar por aquí y por allá, como sugieren sus pensamientos o deseos de orden inferior.

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Esto varía en el sueño, ya que las diferentes piezas del mecanismo se encuentran libres para operar casi enteramente por cuenta propia, sin dependencia del ego. Y el estado de su progreso espiritual es uno de los factores que tenemos que ponderar en la cuestión de los sueños. Es importante considerar también la parte que el ego desempeña en la formación de nuestras concepciones de objetos externos. Debemos recordar que las vibraciones de los hilos nerviosos simplemente se limitan a comunicar impresiones al cerebro. Y que pertenece al ego, actuando a través de la mente, la tarea de clasificarlas, combinarlas y recombinarlas. Cuando por ejemplo, yo miro por la ventana y veo una casa y un árbol, inmediatamente las identifico, aunque la información transmitida a mí por los ojos sea por si sola insuficiente para esta identificación. Lo que sucede es que ciertos rayos luminosos, esto es, corrientes de éter vibrando en determinada longitud de onda, son reflejados por aquellos objetos e hieren la retina de mi ojo, y los hilos nerviosos sensibles se ocupan de conducir estas vibraciones al cerebro. ¿Pero qué es lo que ellos nos tienen que decir? La información que realmente transmiten es la de que en determinada dirección existen bloques de colores variados, limitados por contornos más o menos definidos. Es la mente la que en virtud de experiencias pasadas, es capaz de discernir que un objeto particular de superficie blanca representa una casa, y otro rodeado de verde a un árbol; y que son ambos probablemente de uno u otro orden de tamaño, situándose a esta o aquella distancia de donde me encuentro. Aquel que es ciego de nacimiento, que adquiere la visión por medio de una operación, queda durante largo tiempo sin saber que son los objetos que ve, y no puede enjuiciar a qué distancia se encuentran. Se da el mismo caso con los recién nacidos. Les vemos muchas veces queriendo agarrar cosas que están fuera de su alcance, como por ejemplo la luna. Pero a medida que van creciendo, aprenden inconscientemente por la experiencia, el tamaño probable de las formas vistas por él. E incluso las personas adultas pueden con facilidad engañarse en cuanto a la distancia y la dimensión de cualquier objeto que no les sea familiar, especialmente si lo ve con luz difusa e incierta. Se comprende por lo tanto que la visión sólo por sí misma, no es en absoluto suficiente para una percepción exacta; y que el discernimiento del ego, actuando a través de la mente, es lo que conduce a la identificación de las cosas vistas. Y ese discernimiento, además de esto, no es un instinto peculiar de la comparación inconsciente de muchas experiencias.

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Cuando el hombre entra en sueño profundo, conforme a abundantes testimonios de la observación de los clarividentes, los principios superiores, como el vehículo astral, invariablemente se ausentan del cuerpo físico, en cuya proximidad quedan flotando. Es en verdad al proceso de este alejamiento a lo que generalmente llamamos dormir. Al considerar el fenómeno de los sueños, debemos tener en la mente esta situación, para ver como ella influye en el ego y en sus varios mecanismos. Así, en el caso que vamos a examinar, presumimos que nuestro sujeto está inmerso en un sueño profundo, permaneciendo el cuerpo físico quieto en la cama, incluso aquella parte sutil que se acostumbra a llamar doble etérico, mientras que el ego en el cuerpo astral flota encima con la misma tranquilidad. ¿Cuál será en tales circunstancias la condición de la conciencia? Veamos ahora una serie de sueños reseñados por Kafka en sus Diarios: “En Berlín, hacia su casa, la conciencia tranquila y feliz, todavía no estoy en su casa, pero tengo la posibilidad de llegar sin problemas, seguro que llegaré. Contemplo las calles, en una casa blanca una inscripción, algo como «Las soberbias salas del norte» (leído ayer en el periódico), añadido en el sueño: «Berlín W » Le pregunto a un guardia viejo, afable y de nariz roja, que esta vez está embutido en una especie de uniforme de servicio. Recibo una información excesivamente detallada, incluso me muestra una barandilla perteneciente a una pequeña zona verde en la lejanía a la que me podré sujetar para mi seguridad cuando pase por allí. Luego consejos sobre los tranvías, el suburbano etc. No puedo seguir y pregunto aterrorizado, sabiendo que infravaloro la distancia: «¿Estará a una media hora?» Pero el anciano responde: «Yo estoy allí en seis minutos». ¡Alegría! Un hombre cualquiera, una sombra, un camarada me acompaña siempre, aunque no sé quién es. Literalmente no tengo tiempo para volverme, ni siquiera para mirar a mi lado. Vivo en Berlín, en una pensión cualquiera, en la que aparentemente viven jóvenes judíos polacos. Es una habitación muy pequeña. Uno de ellos escribe ininterrumpidamente con una pequeña máquina de escribir, apenas gira la cabeza cuando alguien le solicita algo. No hallo ningún mapa de Berlín. Veo siempre un libro en las manos de uno que se parece a un plano, pero siempre resulta que contiene algo muy diferente, un registro de las escuelas de Berlín, una estadística fiscal o algo similar. No lo quiero creer, pero me lo demuestran sonriéndome sin lugar a dudas“.

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Otro sueño es mencionado por Kafka en sus Diarios: “Viajaba con mi padre por Berlín con el tranvía. Lo característico de la gran ciudad quedaba representado por las innumerables barreras, que permanecían por regla general levantadas. Estaban pintadas a dos colores y al final pulimentadas hasta quedar romas. A no ser por ellas, todo estaba casi vacío, aunque la aglomeración de las barreras era grande. Llegamos ante una puerta, bajamos sin sentirlo y la atravesamos. Detrás de la puerta se elevaba una pared enorme y empinada, que mi padre subió prácticamente danzando. Sus piernas ¡evitaban, tan ligero era. Había algo de desconsideración en su absoluta falta de ayuda, pues yo avanzaba con mucho esfuerzo, a gatas, y a menudo resbalaba hacia abajo, como si la pared se hubiese tornado más empinada. También resultaba penoso que la pared estuviera cubierta de excrementos humanos, de tal modo que de mi pecho colgaban residuos de los mismos. Los miraba con el rostro inclinado y me los quitaba con la mano. Cuando finalmente llegué arriba, mi padre, que acababa de salir del interior de un edificio, se abalanzó sobre mi cuello, me abrazó y me besó. Llevaba una chaqueta emperador que, según mis recuerdos, conocía bastante bien. Estaba pasada de moda, era corta y el interior estaba acolchado como un sofá. «¡Este Dr. von Leyden! Es lo que se dice un hombre excepcional», exclamaba una y otra vez. No le había visitado como médico, sino como a un hombre digno de ser conocido. Yo también tenía miedo de tener que visitarle, pero no me lo exigió. Detrás, a mi izquierda, vi a un hombre sentado en un despacho oficial rodeado de cristales transparentes que me daba la espalda. Resultó que ese hombre era el secretario del profesor y que mi padre realmente sólo había hablado con él, no con el profesor, pero de alguna manera, a través del secretario, había reconocido las excelencias del profesor como si hubiera tratado con él, así que estaba autorizado a emitir un juicio sobre el profesor cono si le hubiera conocido personalmente“.

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En otro caso, Kafka nos explica que: “Josef K soñó: Era un día hermoso y K quería salir a pasear. Pero apenas había dado dos pasos, cuando ya se encontraba en el cementerio. Allí había dos caminos muy artificiales, que se entrecruzaban de forma poco práctica, pero él se deslizó por ellos como por un torrente, con una actitud imperturbable y oscilante. Desde la lejanía percibió un túmulo reciente ante el que quería detenerse. Este túmulo ejercía sobre él una atracción poderosa y no creía ir lo suficientemente rápido. Algunas veces apenas veía el túmulo, pues quedaba oculto por banderas que se entrelazaban con fuerza. No se veía a sus portadores, pero era como si allí reinase un gran júbilo. Mientras dirigía su vista hacia la lejanía, descubrió repentinamente el túmulo a su costado, en el camino, ya casi a su espalda. Saltó rápidamente al césped. Como el terreno bajo su pie de apoyo al saltar era deslizante, se desequilibró y cayó precisamente ante el túmulo y de rodillas. Detrás de la tumba había dos hombres que sostenían una lápida en el aire. Apenas apareció K, arrojaron la lápida al suelo y él quedó como si lo hubieran emparedado. Un tercer hombre, al que K reconoció de inmediato como un artista, salió enseguida de un matorral. Vestía sólo unos pantalones y una camisa mal abotonada. En la cabeza llevaba un gorro de terciopelo y sostenía en la mano un lápiz común con el que, al acercarse, trazó figuras en el aire.  Se colocó con el lápiz arriba, sobre la lápida. Como ésta era muy alta no tuvo que agacharse del todo, aunque sí inclinarse, pues el túmulo, que no quería pisar, le separaba de la lápida. Permanecía, por consiguiente, sobre las puntas de los pies y se apoyaba con la mano izquierda en la superficie de la losa. Gracias a una hábil maniobra logró trazar letras doradas con el lápiz común. Escribió: «Aquí descansa…» Cada letra apareció clara y bella, perfecta y con oro puro. Cuando terminó de escribir las dos palabras, se volvió y miró a K, que esperaba ansioso la  continuación de la escritura y apenas se preocupaba del hombre, ya que sólo mantenía fija su mirada en la lápida. El hombre, en efecto, se aprestó a seguir escribiendo, pero no podía, había algún impedimento. Bajó el lápiz y se volvió de nuevo hacia K que, ahora, se fijó en el pintor y advirtió que éste se encontraba en un estado de gran confusión, aunque no podía decir la causa. Toda su animación previa había desaparecido. También K quedó por ello confuso. Intercambiaron miradas suplicantes. Había un malentendido que ninguno podía aclarar. Comenzó a sonar de modo inoportuno la pequeña campana de la capilla perteneciente a la tumba, pero el artista hizo un ademán con la mano alzada y la campana se detuvo. Pasado un rato comenzó a sonar de nuevo, esta vez en un tono muy bajo y deteniéndose al instante sin ningún requerimiento. Era como si quisiera probar su sonido. K estaba desconsolado por la situación del artista, comenzó a llorar y sollozó largo tiempo cubriéndose el rostro con las manos. El artista esperó hasta que K se hubo tranquilizado y entonces decidió, ya que no encontraba otra salida, seguir escribiendo. La primera línea que trazó fue para K una salvación, aunque el artista la llevó a cabo con una gran resistencia. La escritura ya no era tan bella, sobre todo parecía faltar oro. La línea surgía pálida e insegura, la letra quedaba demasiado grande. Era una «J», estaba casi terminada, cuando el artista pisoteó furioso la tumba, de tal modo que la tierra invadió el aire. K le comprendió al fin. Para pedir perdón ya no había tiempo. Escarbó en la tierra, que apenas oponía resistencia, con los dedos. Todo parecía preparado. Sólo había una ligera capa para guardar las apariencias. Una vez retirada, apareció un gran agujero con paredes escarpadas en el que K se hundió, puesto de espaldas por una suave corriente. Mientras él, con la cabeza todavía recta sobre la nuca, ya era recibido por la impenetrable profundidad, su nombre era inscrito con poderosos ornamentos en la piedra. Fascinado por esta visión, despertó“.

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De entre todos los sucesores de Freud, el psicoterapeuta suizo Carl Gustav Jung  fue el que se ocupó más a fondo de la “interpretación de los sueños“.  Hasta la ruptura definitiva con Freud en 1913, Jung siguió durante mucho tiempo bajo la fascinación de las ideas freudianas, echándose de menos una auténtica toma de postura. Acontecida la ruptura, se iniciaría, simultáneamente, un punto de inflexión en las publicaciones en torno a la teoría de los sueños. Será en dos obras en las que aparezcan por primera vez los puntos de vista de la finalidad y la compensación, tan esclarecedores para la comprensión de la psicología de los sueños: Puntos de vista generales acerca de la psicología de los sueños (1916) y Sobre el significado de lo inconsciente en psicopatología (1914). En la investigación de los sueños Jung pudo remitirse a varios predecesores, entre ellos Eugen Bleuler, que ya en 1910 había afirmado la importancia del afecto y del conflicto afectivo en los sueños, considerando esencial la recíproca inhibición de afectos contradictorios. Fue uno de los primeros en establecer la función onírica como categoría puramente psicológica, en concreto como elaboración psicológica de los complejos. Otro personaje que influyó en Jung fue Herbert Silberer, cuyos trabajos sobre la investigación de los símbolos contaron reiteradamente con la aprobación de Jung: Imaginación y mito (1909) y Problemas de la mística y su simbolismo (1924). Alphonse Maeder es responsable del descubrimiento de la función prospectivo-finalista de los sueños. Maeder ha subrayado enérgicamente la importancia prospectivo-final del sueño en el sentido de una función inconsciente y propositiva, que prepara la solución de los conflictos y problemas actuales e intenta representarla mediante unos símbolos elegidos a tientas. Tras la avanzada de Maeder, Jung presentó Puntos de vista generales acerca de la psicología de los sueños (1914/1916), constituyendo la afirmación básica de una función compensatoria en los sueños. No será por tanto hasta 1914 que desarrolle una teoría de los sueños propiamente dicha: la teoría de la compensación, tras mencionar inicialmente ya en 1908 el carácter finalista (Zielstrebigkeit) de lo psíquico y la significación anticipatoria de los sueños, descubierta en 1912 (Transformaciones y símbolos de la libido).

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Según Jung, “Nuestro problema especial del análisis de los sueños depende de la hipótesis de lo inconsciente. Sin ella, el sueño es simplemente un lusus naturae, un conglomerado absurdo de restos diurnos fragmentarios“. La concepción de los sueños dependía así del modo en que se entendiera lo inconsciente. Consecuentemente, sus divergencias respecto de la teorización freudiana propiciaron una psicología de los sueños propia. El carácter creador y espontáneo de lo inconsciente se expresaba en el mundo onírico, relegando cualquier reduccionismo a deseos infantiles. Los sueños eran a su vez un acontecer orientado hacia una meta, manifestándose un sentido y una finalidad. También consideraba importante que los sueños se remontaran hasta los estratos arcaicos de la vida psíquica, explicándose así el significado simbólico que los caracteriza. Para la comprensión de los mismos resultaba esencial la distinción entre inconsciente personal y colectivo. La consecuencia de ello era la consideración de los sueños no solo como “fuentes de información acerca de los problemas personales”, sino también “lugares donde se revelaba un contenido de sentido arquetípico” del fondo anímico. Mientras que para Freud el sentido de los sueños implicaba una determinación causal, siendo en esencia un signo representativo, Jung les concedía un significado simbólico, eran una unidad significativa, una expresión simbólica del inconsciente, cuyo sentido solo se producía por el esclarecimiento de lo que todavía era desconocido. Paulatinamente a la separación mutua entre ambos autores en 1913, Jung rechazaría finalmente la existencia de una instancia censora responsable de una desfiguración y un trabajo oníricos. Y es que no era la instancia censora la “responsable de la falta de transparencia del contenido de los sueños, sino el propio fondo anímico”, debido a la mutua y universal contaminación de todos los contenidos inconscientes. Quedaba así también en entredicho la distinción entre contenido latente y manifiesto, fundamentada en la existencia de la censura. Si para Freud la falta de claridad del contenido manifiesto se debía a su condición de disfraz del sentido auténtico, para Jung su carácter indescifrable “era la expresión espontánea del acontecer de fondo” que escapaba a la transparencia racional.

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De dicha incomprensibilidad nacía la necesidad de la interpretación, primordial a ojos de ambos investigadores. Pero mientras Freud la explicaba como un retorno a las causas sabidas del inconsciente, Jung hallaba en ella un “arte cuyo sentido profundo se revelaba en la comprensión de los símbolos”. Pero en la mayor parte de las casas la «fachada» no es un engaño ni una caricatura, sino que corresponde al contenido de la casa o incluso lo delata sin más. También la imagen onírica manifiesta es el sueño mismo y contiene todo el sentido. Si encuentro azúcar en la orina, es azúcar y no una mera fachada de la albúmina. Lo que Freud llama «fachada del sueño» es la opacidad del sueño, y en realidad esto es una mera proyección del no-comprender, es decir: solo se habla de «fachada» porque no se conoce el sueño. Sería mejor decir que se trata de algo así como un texto incomprensible que no es que tenga una fachada, sino que nosotros no lo sabemos leer. Entonces no necesitaremos interpretar lo que pueda haber detrás, sino que primero tendremos que aprender a leer. Del mismo modo que rechazara un modelo de inconsciente fundamentado exclusivamente en la represión del deseo, tampoco el acontecer onírico sería fruto de un cumplimiento deformado de un deseo. Así como la tendencia reguladora de la psique no podía basarse en el principio de placer y la desgana, tampoco podía constituirse en exclusividad el deseo sexual como motor del sueño. Existía una base teleológica en lo inconsciente no condicionada por la pulsión, en que toda tendencia a la auto consumación de la psique incluía además de la satisfacción libidinal la “consecución de fines espirituales o intelectuales”. Para Jung existía una diversidad  pulsional no ceñida al carácter sexual, pulsión indiferenciada que iba siempre acompañada de imágenes y motivos arquetípicos. La idea de que los sueños son el cumplimiento de deseos reprimidos está superada desde hace mucho tiempo. Sin duda, algunos sueños exponen deseos o miedos cumplidos, pero hay muchos tipos más de sueños. Los sueños pueden ser verdades implacables, sentencias filosóficas, ilusiones, fantasías desenfrenadas, recuerdos, planes, anticipaciones, visiones telepáticas, experiencias irracionales, etc. Para Jung el sueño no era patrimonio exclusivo de lo despreciable e inferior. Lo inconsciente expresaba a su vez novedosas formaciones creativas así como tendencias de desarrollo positivo. En el sueño podían manifestarse tendencias morales y nuevas posibilidades intelectuales.

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Ya en 1913 propondría Jung, frente a la concepción biológica del cumplimiento de deseo de Freud, una concepción de los sueños de base puramente psicológica: el autorretrato. El sueño es una “autorrepresentación espontánea de la situación actual de lo inconsciente expresada simbólicamente”. Sin embargo, a esta primera tentativa de comprensión del sueño le llegaría al año siguiente aquella que relegaría a todas las demás: “la función compensatoria de los sueños”. Jung concordaba con Freud en conceder a los sueños una posición de excepción sobre la base de las condiciones del sueño, fundamentada en los distintos grados de reducción del nivel de conciencia del yo. Sin embargo, esta reducción del nivel de conciencia del yo unida al sueño y al dormir no equivalía para Jung a una reducción de la actividad psíquica. Al contrario, tal y como había comprobado anteriormente, la actividad de los complejos no se suprimía, admitiendo por tanto un “aumento de intensidad de la vida interior durante el sueño”, llegando incluso a interrumpirlo. De este modo se constataba que además de la consideración freudiana de que en los sueños se contenían emociones penosas, el soñar también iba acompañado de emociones intensas incitando el despertar. Aun cuando Jung aceptara cierta función biológica en tales fenómenos, en el sentido de que la función esencial de los sueños es mantenernos dormidos y que la inducción al despertar hablara del carácter perturbador del sueño o de su aspecto perjudicial para la vida, le resultó mucho más interesante una función psicológica. De este modo comprobó que la represión emocional en los sueños no cumplía la finalidad biológica de la preservación del sueño, pudiendo incluso eliminar efectos negativos e inhibidores del desarrollo sobre la psique. Pero también se producía todo lo contrario. El incremento de la intensidad de las emociones en los sueños representaba también una fuente de valores impulsores de la vida. En definitiva, se convencía gradualmente de que uno de los valores fundamentales del fenómeno onírico residía en inducir a una orientación consciente, una invitación a reflexionar y a enfrentarse con los contenidos inconscientes.

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Por esa razón puede pensarse que la concepción de Freud, que considera como función esencial de los sueños cumplir los deseos y mantenernos dormidos, es demasiado estrecha, aun cuando la idea fundamental de una función biológica compensadora es sin duda cierta. Esta función compensadora tiene que ver, solo en una medida limitada, con estar dormido. Mucha más importancia tiene con respecto a la vida consciente. Los sueños se comportan de manera compensatoria en relación con la respectiva situación consciente. Si es posible, nos mantienen dormidos, cosa que hacen forzosa y automáticamente bajo la influencia de nuestro estado durmiente. Pero también interrumpen dicho estado cuando su función lo exige, es decir, cuando los contenidos compensatorios son tan intensos como para interrumpirlo. Un contenido compensatorio es especialmente intenso cuando tiene una importancia vital para la orientación consciente. Jung fue el primero en establecer en la psicología empírica la hipótesis de que los sueños tienen una “relación compensatoria con la situación de la conciencia que se dé en cada caso en el soñante”. Tuvo que recorrer un largo camino hasta descubrir la compensación como “tendencia general de la psique inconsciente”. Confirmada inicialmente en los fenómenos psicopatológicos, la compensación no se limitaba a ellos, sino que era, sin más, una “ley fundamental del inconsciente”. En las personas normales, la misión principal del inconsciente consiste en actuar de manera compensatoria y establecer un equilibrio. Todas las tendencias conscientes extremas se ven suavizadas y moderadas por un contra impulso en el inconsciente. Concepción completada en 1914 precisamente gracias al hecho de que “la función onírica representa un contrapeso de la situación psicológica consciente. En definitiva, colocó la autorregulación en el campo de lo psíquico”  junto a la actividad reguladora en la vida orgánica.  En tanto que sistema auto regulador, el alma está equilibrada, igual que la vida del cuerpo. Para todos los procesos excesivos se producen en seguida y forzosamente compensaciones, sin las cuales no habría ni un metabolismo normal ni una psique normal. En este sentido, se puede ver en la compensación una regla fundamental del funcionamiento psíquico. El defecto aquí causa un exceso allí.

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En términos muy generales la compensación era “un intento de establecer puentes entre los opuestos psíquicos gobernado por la propia psique”, reconociendo en ella una regla universal válida para todas las formaciones psíquicas. A nivel onírico, existen varias posibilidades. Cuando la actitud de la consciencia con respecto a la situación vital es muy unilateral, el sueño se sitúa en el lado opuesto. Si la consciencia tiene una actitud relativamente próxima al «punto medio», el sueño se conforma con variantes. Si en cambio la actitud de la consciencia es «correcta», el sueño coincide y subraya la tendencia de aquella, aunque sin perder por ello su peculiar autonomía. Jung hizo especial hincapié en la compensación arquetípica o mitológica, incluyendo la compensación religiosa, procedente de las capas profundas de la psique. En los “grandes sueños” de este tipo se producían compensaciones que buscaban conseguir una mejor adaptación del soñante a los cambios físicos, a las tendencias hacia la autorrealización o al espíritu de la época. También diferenció la función prospectiva de los sueños de su función compensatoria, entendiendo la primera como una anticipación de futuras acciones conscientes, considerando injustificado denominarla profética.  Aunque la función prospectiva es una propiedad esencial del sueño, conviene no sobrevalorar esta función, pues de lo contrario acabaríamos opinando que el sueño es una especie de psicopompo, ser que en las mitologías o religiones tiene el papel de conducir las almas de los difuntos hacia la ultratumba, cielo o infierno, y que a partir de un conocimiento superior es capaz de proporcionar a la vida una dirección infalible. Si bien por una parte se subestima la importancia psicológica del sueño, también quien se ocupa demasiado del análisis de los sueños corre el peligro de sobrevalorar la importancia de lo inconsciente para la vida real. Aunque en su gran mayoría los sueños son compensatorios, en algunos casos no lo son. Los sueños no compensatorios pueden clasificarse en anticipatorios, traumáticos, extrasensoriales y proféticos.

Formalmente, Jung siguió ateniéndose a las directrices freudianas. Sin embargo, su aportación genuina se manifestó en el “contenido de sentido” de los sueños. Mientras Freud entendía los sueños como fragmentos de un conjunto relacionado de recuerdos con determinación causal, Jung veía en ellos “partes del acontecer orientado hacia un fin que evidenciaba imágenes, valores y símbolosarquetípicos“. Los sueños no eran un signo sintomático, sino “una manifestación creadora espontánea de las profundidades anímicas”. Si para Freud el sentido de los sueños era equivalente al conocimiento de sus causas, Jung “veía en el sentido un valor de significado resultante de la relación del sueño con el conjunto”. Si para el primero la búsqueda de sentido se detenía en el descubrimiento de vivencias reprimidas, para el segundo el interés radicaba en “la profundización del autoconocimiento y de la auto comprensión”. Concebidos los sueños como una trama de relaciones simbólicas alrededor de un núcleo de significado, se daba también “su sentido mediante la relación de este núcleo con las estructuras de significado supra ordenadas en la psique”, en la escala superior de la totalidad. El sentido inmanente de los sueños se halla mediante la aclaración de su unidad de sentido y el sentido trascendente por la aclaración de la relación del yo consciente con el núcleo significativo. Jung “ponía frente al explicar, el comprender; frente a la interpretación de los signos, el procedimiento hermenéutico“. Unificaba, en definitiva, la metodología de los sueños en tres niveles no excluyentes, considerando los dos últimos más fructíferos que el primero: Método reductor, causal, basado en la explicación, que se retrotraía hasta las fijaciones instintivas de la infancia.  Método finalista, prospectivo, referido al sentido y finalidad de la realización del individuo. Método hermenéutico, basado en la comprensión de los símbolos oníricos arquetípicos. La comprensión hermenéutica implicaba así complementar la asociación libre con la técnica de la amplificación, progresando desde la interpretación a un nivel personal hasta un nivel colectivo.

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Presuponía a su vez tomar en cuenta determinados caminos simbólicos previamente trazados. Basándose en series de sueños (sueños sucesivos y relacionados entre sí) verificó una “continuidad en el fluir de imágenes inconscientes, así como un proceso de desarrollo de la personalidad, una regularidad interna prefijada” con un orden interior, al que denominaría “proceso de individuación“. Como segunda etapa en la interpretación de los sueños, tras la elaboración del sentido onírico inmanente, venía “poner en relación el sentido de un sueño con la situación de conciencia del soñante”, para lo cual era siempre orientadora la pregunta: “¿qué actitud consciente resulta compensada por el sueño?” Sin el conocimiento de la situación consciente nunca podía interpretarse el sueño con seguridad.  Así, dependiendo del material onírico, el intérprete corregía la actitud consciente complementándola, llamaba la atención sobre tendencias contrarias, o se ceñía a la compensación primigenia procedente de la simbología arquetípica.  El objeto de la interpretación onírica para Jung era “la asimilación del sentido inmanente del sueño a la situación de la conciencia”, representando la tercera etapa de la interpretación de los sueños. Jung no encontraba ni mucho menos que, descubriéndose el sentido del sueño, se garantizara su adecuada incorporación a la consciencia. El soñante tenía que conseguir la “interpenetración recíproca de los contenidos conscientes e inconscientes”. La asimilación aludía así a un acercamiento e igualamiento alternativos de las valoraciones opuestas de consciente e inconsciente, superándose una disociación de la personalidad aún existente.

En contraste, el siguiente sueño fue descrito por un gran escritor, Charles Dickens: Soñé que veía a una dama con chal rojo de espaldas a mí. Cuando se volvió advertí que no la conocía y dijo: “Soy miss Napier”. Mientras me vestía, a la mañana siguiente, pensé: ¡qué cosa más absurda tener un sueño tan preciso acerca de nada! Y ¿por qué miss Napier? Jamás había sabido de ninguna miss Napier. Aquel mismo viernes por la noche estuve leyendo en la sala y después entraron miss Boyle con su hermano, y la dama del chal rojo, que me presentaron como “miss Napier”. Estos sueños, como indica Dickens, son muy detallados, o bien presentan alguna cualidad especial que les es propia. El doctor Walter Franklin Prince, clérigo e historiador americano, y brillante investigador psíquico, contaba que en el transcurso de su vida tuvo cuatro sueños que, comparados con el resto, son “como la noche al día“. Las imágenes en estos sueños eran extraordinariamente reales, y las emociones que producían, intensas. Este es el relato de uno de sus sueños: Estaba mirando un tren cuya cola salía de un túnel. De pronto, para mi horror, otro tren se arrojó sobre él. Vi arrugarse y amontonarse los vagones, y de entre la masa de restos salían los gritos agudos y agonizantes de los heridos… Luego lo que parecían ser nubes de vapor o humo se incendiaron y los gritos de agonía aumentaron. En este instante mi esposa me despertó, preocupada por mis gritos angustiados. A la mañana siguiente ocurría en Nueva York, a 125 km. de distancia, una catástrofe ferroviaria. Cuando el doctor Brice leyó las crónicas de los periódicos quedó sorprendido por la similitud de muchos detalles: los trenes colisionaron a la entrada de un túnel, los conductos de vapor reventaron y se produjo un incendio, etcétera.

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John W. Dunne, ingeniero aeronáutico británico, estaba intrigado por sus propios sueños que, con frecuencia, parecían predecir acontecimientos futuros. En su libro An experiment with time (Experimento con el tiempo, 1927) describió meticulosamente algunos de ellos. El siguiente, ocurrido en otoño de 1913, es un ejemplo típico: “La escena era un terraplén con una vía de ferrocarril. Supe entonces que el lugar se encontraba al norte del puente de FirthForth, en Escocia. Al pie del terraplén había una senda, por la que la gente paseaba en pequeños grupos. La escena se repitió algunas veces, pero en la última vi que un tren que iba en dirección norte había caído por el terraplén. Vi varios vagones cayendo y bloques de piedra rodando”.  Trató de fijar la fecha, pero todo lo que pudo conseguir fue localizarla en la primavera siguiente (a mediados de abril). El 14 de abril de 1914 el tren-correo “El escocés volador” saltó el parapeto cerca de la estación de Burntisland, 24 kilómetros al norte del puente Forth, cayendo sobre el campo de golf desde 6 metros de altura. Recientemente se han instalado en diversos lugares del mundo oficinas para recoger las premoniciones del público, en un intento de contrarrestar la opinión de que estos relatos sólo se conocen después de que los hechos hayan ocurrido. La Oficina de premoniciones de Toronto, recibió el siguiente relato de una premonición que, como muchas otras, tiene su origen en un sueño. La señora Zmenak soñó que recibía una llamada de la policía. Le dijeron que su marido llegaría a casa algo más tarde porque se había producido una muerte; luego vio un cuerpo sin piernas. Al despertar estaba segura de que su esposo no iba a morir, pero sí de que alguien moriría si él salía de casa al día siguiente. El esposo desestimó la advertencia. De regreso a casa, el coche del señor Zmenak sufrió una avería y se detuvo. Mientras él iba a telefonear, un coche de la policía se detuvo para comprobar lo que hacía, y también se detuvo otro coche al otro lado de la calzada. Su conductor se había perdido y cruzó la carretera para informarse. El policía le indicó la ruta, pero cuando regresaba a su coche fue atropellado y murió en el acto. Sus piernas quedaron como separadas del cuerpo. Cuando un sueño profético coincide con la realidad de una forma tan exacta, se diría que durante el sueño las barreras del tiempo y del espacio se pueden saltar. Como todos dormimos y soñamos, todos tenemos la posibilidad de traspasar esas barreras en alguna ocasión.

 

Cuando el ego deja de dominar el cerebro, no perdió éste enteramente la conciencia, como tal vez pudiéramos esperar. Se evidenció en varias experiencias que el cuerpo físico está dotado de una cierta conciencia intrínseca, enteramente distinta del ego y distinta también del mero agregado de la conciencia de sus células. Observó Leadbeater, durante varias ocasiones, el efecto de esta conciencia, al presenciar una extracción de dientes bajo la acción de un gas anestésico. El cuerpo dejó escapar un grito confuso y las manos se irguieron en un movimiento instintivo, indicando claramente que hasta cierto punto fue sentida la operación. Pero cuando el ego reasumió el mando veinte minutos después, declaró que no había sentido absolutamente nada. Tales movimientos son generalmente atribuidos a la acción refleja, y semejante afirmación acostumbra a ser aceptada como si fuese una explicación real. La verdad, sin embargo, es que no pasa de ser una frase cuyas palabras no aclaran nada de lo que realmente ocurrió. Tal conciencia, por lo tanto, aún funciona en el cerebro físico, aunque el ego esté flotando encima de él. Pero su alcance es sin duda mucho menor que el del hombre propiamente dicho, y, consecuentemente todas aquellas causas antes mencionadas, como de probable repercusión en la actividad del cerebro, son entonces capaces de influenciarlo en mucha mayor escala. La más ligera alteración en la alimentación o en la circulación de la sangre, produce graves trastornos, y es por esto que la indigestión, perturbando el flujo sanguíneo, da origen a sueños agitados o malos sueños con frecuencia. Pero aunque alterada, esta extraña y desordenada conciencia, presenta muchas peculiaridades dignas de tomarse en cuenta. Su acción parece en gran medida automática, y sus resultados habitualmente incoherentes, desconexos y confusos en extremo. Parece incapaz de aprender una idea excepto cuando reviste la forma de una escena en que el soñante es el propio actor. Y de ahí el porqué todos los estímulos, sean de dentro o de fuera, son inmediatamente traducidos en imágenes perceptibles. Es incapaz de asimilar ideas abstractas o de retener recuerdos de este orden, las cuales se convierten en nociones imaginarias. Si por ejemplo, la idea de la gloria pudiera ser sugerida a esta conciencia, no tomará forma sino como una visión de algún ser glorioso, apareciendo delante del soñador; si fuera un pensamiento de odio, éste solamente será apreciado como una escena en la cual un actor imaginario manifestó un violento rencor hacia el soñador.

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Además de esto, toda dirección del pensamiento significa un transporte espacial. Si durante las horas de vigilia pensamos en la China o en Japón, es como si nuestro pensamiento, en ese mismo instante, estuviera en esos países. Sin embargo, sabemos perfectamente que nuestro cuerpo no sale de donde se encontraba un momento antes. En el estado de conciencia ahora considerado, el ego no se encuentra presente para distinguir y comparar las impresiones más groseras, por consiguiente, cualquier pensamiento transitorio sugerido con respecto a la China o Japón, puede representarse como un transporte instantáneo y efectivo hacia aquellos países. El soñador allí se encontraría rodeado de todas las circunstancias propias que en este momento pudiera recordar. Se ha notado que aunque transiciones de este tipo son frecuentes en los sueños, jamás el soñador parece sentir cualquier sorpresa por ellas. Este fenómeno es fácilmente explicable cuando se ha examinado a la luz de observaciones como las presentes, porque en la restrictiva conciencia del cerebro físico no existe nada que nos pueda comportar tal sentimiento de sorpresa. Simplemente el soñador percibe las escenas como se presentan delante de él, careciendo de discernimiento para enjuiciar su secuencia o falta de ella. Otra fuente de extraordinaria confusión visible en esta semiconciencia, es la manera en la que en ella opera la ley de asociación de ideas. Es familiar para todos nosotros la notable acción instantánea de esta ley en la vida de vigilia. Sabemos como una palabra casual, una nota musical e incluso el perfume de una flor, pueden ser suficientes para  volver a despertar en la mente una cadena de recuerdos hace mucho tiempo olvidados. Durante el sueño, en el cerebro, esa ley está siempre activa, pero funciona bajo curiosas limitaciones. Todas las asociaciones de ideas abstractas o concretas se convierten en una mera combinación de imágenes. Y, porque nuestra asociación de ideas actúa casi siempre por sincronismo, en forma de acontecimientos que se suceden unos a otros, aunque realmente sin ninguna interconexión, fácilmente se concibe común la ocurrencia de inexplicables confusiones de imágenes, tanto o más como que es prácticamente infinito su número. Y todo lo que se puede extraer de esa inmensa reserva de memoria, aparece bajo la forma de imágenes. Como es natural, una tal sucesión de cuadros raramente permite una reconstrucción perfecta en la memoria, porque a nada ayuda la ausencia de orden. La diferencia de lo que sucede en vigilia, es que no hay dificultad para recordar una frase o verso asociados, aunque hayan sido oídos una sola vez; mientras que si se recurre a un sistema nemotécnico, sería casi imposible reconstruir con exactitud un simple aglomerado de palabras sin sentido en circunstancias semejantes.

Otra peculiaridad de esa curiosa conciencia del cerebro, es que es singularmente sensible a muchas pequeñas influencias externas,  que aún las aumenta y las transforma en un grado casi increíble. Todos los que escribieron al respecto de los sueños citan ejemplos de esto; y con seguridad, alguno de éstos serán del conocimiento de cuantos han dedicado atención a este asunto. Entre las historias más comunes que se han escuchado, existe la de un hombre que tuvo un sueño angustioso de estar siendo ahorcado porque el cuello de su camisa estaba demasiado ajustado; y de otro que exageró una herida que le fue infligida durante un duelo; y de otro que transformó un pequeño pellizco en una mordedura de un animal feroz. Maury cuenta que, cierta vez, la barra de la cabecera de la cama en que dormía, se soltó tocando levemente su cuello, pero que este insignificante contacto dio origen a un terrible sueño sobre la revolución francesa  en el que sentía que estaba siendo guillotinado. Relata otro autor que muchas veces despierta con el recuerdo confuso de sueños llenos de ruidos, voces altas y sonidos irritantes, y que durante mucho tiempo no le fue posible descubrir la causa. Pero al final consiguió relacionarlos con el sonido murmurante producido en el oído, tal vez por la circulación de la sangre, cuando tumbado sobre la almohada escuchaba un poco más alto el mismo murmullo que se oía cuando una concha se acerca al oído. En este punto ya se habrá evidenciado que es en el propio cerebro físico donde tienen sede un sinnúmero de exageradas confusiones en la historia de muchos fenómenos oníricos.

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Es obvio que el cerebro etérico,  esta parte del organismo tan sensible a todas las influencias, incluso durante nuestras horas de vigilia, debe ser aún más susceptible durante el estado del sueño. Examinando el cerebro etérico en tales circunstancias por un clarividente, se observó que por él están siempre pasando corrientes de pensamientos. No hay pensamientos propios, pues le falta el poder de pensar, pero hay pensamientos ocasionales que flotan a su alrededor. Es una verdad perfectamente conocida por los estudiantes de ocultismo, que “los pensamientos son cosas“, porque todo pensamiento queda impreso en la esencia elemental plástica, y genera una entidad con vida temporal, cuya duración depende de la energía del pensamiento-impulso. Vivimos, por lo tanto, en medio de un océano de pensamientos ajenos, los cuales, estemos dormidos o despiertos, se presentan constantemente en la parte etérica de nuestro cerebro. Mientras estamos pensando activamente, y tenemos así nuestro cerebro perfectamente ocupado, este se vuelve prácticamente impermeable a la incesante intromisión de pensamientos desde afuera; pero a partir del momento en que lo dejamos ocioso, la corriente caótica comienza su invasión. Entre los pensamientos, hay muchos que no son asimilables y que pasan casi desapercibidos. De cuando en cuando, sin embargo, sobreviene uno que provoca vibraciones a las que no está acostumbrada la parte etérica del cerebro, y éste lo incorpora como propio y lo aumenta de intensidad. Tal pensamiento, a su  vez, sugiere otro, y así, toda una serie de ideas comienzan hasta que eventualmente también se disipan. Entonces, la corriente desconexa y confusa recomienza a fluir a través del cerebro. La gran mayoría de las personas, si prestaran atención a lo que habitualmente consideran sus pensamientos íntimos, verán que ellos consisten en gran medida en una corriente ocasional como aquella, que en verdad no es de pensamientos propios, pero se compone de meros fragmentos dispersos de los de otras personas. Porque el hombre ordinario no tiene dominio sobre su mente. Casi nunca sabe exactamente lo que está pensando en determinado momento, o porqué le viene tal o cual pensamiento. En vez de orientar la mente hacia un rumbo certero, consiente en que ella vague sin voluntad y sin objetivo. Y así cualquier semilla adventicia traída por los vientos, encuentra terreno propicio para germinar y fructificar.

 

El resultado es que aún cuando el ego realmente desee alguna vez pensar ordenadamente sobre un asunto en particular, se ve prácticamente imposibilitado de hacerlo. De un lado a otro convergen súbitamente todo tipo de pensamientos errantes, y no acostumbrado a dominar la mente, carece de fuerzas para detener su caudal. No sabe que el verdadero pensamiento se caracteriza por la concentración; y no habiendo ésta, aquella debilidad de la mente y de la voluntad, hace que para el hombre común sean tan difíciles los primeros pasos en el sendero del progreso oculto. Además de esto, ya que en el presente estado de evolución del mundo hay probablemente más pensamientos malos que buenos en circulación alrededor de él, semejante debilidad de la mente transforma al hombre en un ser expuesto a toda suerte de tentaciones, que serían del todo evitadas si hubiese un poco de atención y esfuerzo. En el sueño, entonces, la parte etérica del cerebro se encuentra aún más que normalmente a merced de aquellas corrientes de pensamiento, dado que en esta situación, el ego está en asociación menos íntima con él. Hecho curioso mostrado en experiencias recientes, es el de que si por cualquier circunstancia son esas corrientes alejadas de la parte etérica del cerebro, éste no permanece absolutamente pasivo, sino que evoca para sí mismo escenas  de su almacén de memorias pasadas. Más adelante daremos ejemplos en este sentido describiendo algunas de las experiencias.

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Como hemos dicho anteriormente, es en cuerpo astral en el que el ego funciona durante el sueño y es generalmente visto por aquellos cuya visión interna esté abierta, flotando en el aire por encima del cuerpo físico en la cama. Su apariencia, sin embargo, varía bastante según el grado de evolución alcanzada por el ego. En el caso de un ser humano atrasado y aún por desarrollarse, no es más que una nube vaporosa e imperfecta con forma ovoide, de contornos muy irregulares y mal definidos; y la figura central, la contraparte astral más densa del cuerpo físico, rodeada por una nube, es también vaga a pesar de ser reconocible. El cuerpo astral sólo es receptivo a las vibraciones más groseras e impetuosas del deseo, y es incapaz de alejarse unos metros más allá del cuerpo físico. Pero a medida que se evoluciona, la nube ovoide va ganando contornos más definidos, y la figura en el interior asume el aspecto de una imagen casi perfecta del cuerpo físico. Al mismo tiempo aumenta su receptividad y pasa a responder instantáneamente a las vibraciones de su plano, desde la más sutil a la más abyecta, si bien en el cuerpo astral de un Ser humano altamente evolucionado, ya no existe prácticamente materia grosera para responder a las vibraciones de este último tipo. Se hace mayor también su poder de locomoción, y es capaz de viajar sin dificultad a considerables distancias de su vehículo físico, y regresar trayendo impresiones más o menos exactas de los lugares visitados y de las personas con quienes se ha encontrado. En todos los casos, es el cuerpo astral extremadamente impresionable por cualquier pensamiento o sugestión que implique deseo, aunque en algunas personas los deseos de más fácil repercusión sean de carácter más elevado que en otras.

 

La condición del cuerpo astral durante el sueño es en sobremanera variable a medida que progresa en la evolución; pero la del ego que en él habita varía aún más. Estando aquel bajo la forma de una nube que flota, permanece el ego casi dormido, como el cuerpo físico; es ciego a las visiones y sordo a las voces de su propio mundo superior. Si alguna idea perteneciente a este mundo, por casualidad le alcanzase, escapándose del control del respectivo mecanismo, no tendría medios de imprimirla en el cerebro físico para recordarla al despertar. Si un hombre en este estado primitivo captase algo de todo aquello que le sucede durante el sueño, sería casi invariablemente el resultado de meras impresiones físicas, internas o externas, recibidas por el cerebro, olvidada cualquier posible experiencia del ego real. En casi todas las fases pueden ser observados los que duermen, desde la del total olvido de las cosas, hasta la de la plena y perfecta conciencia en el plano astral, si bien sea relativamente rara esta última. Hasta incluso lo bastante consciente de la importantes experiencias por las que muchas veces haya pasado en este plano superior, puede el hombre eventualmente, lo que no es raro que ocurra, sentirse impotente hasta cierto punto para ejercer dominio sobre el cerebro en el sentido de refrenar sus formas-pensamientos irracionales, sustituyéndolas por las que desease recordar. Y así, una vez despierto, al cuerpo físico solamente le resta el más confuso recuerdo, o incluso ninguno, de lo que efectivamente sucedió. Y es una pena que así suceda, porque se le pueden deparar muchas cosas de la mayor importancia e interés para él. No sólo le es posible visitar escenarios distantes de extraordinaria belleza, sino incluso mantener e intercambiar ideas con amigos vivos o muertos que estén igualmente despiertos en el plano astral. Es probable que obtenga felicidad al encontrar personas cuyos conocimientos sean superiores a los suyos, y le proporcione consejos e instrucciones. Puede, por otro lado, gozar del privilegio de ayudar y consolar a los que saben menos que él. Y también entrar en contacto con entidades no humanas de varias especies: espíritus de la naturaleza, elementales artificiales, o incluso devas, deidades benévolas de las religiones hindú y budista, aunque raramente. Estará más sujeto a varios tipos de influencias benéficas o maléficas, estimulantes o aterrorizantes.

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Tanto si guarda o no recuerdo de alguna cosa cuando esté físicamente despierto, el ego está dotado de plena, o al menos parcial, conciencia del ambiente astral. Está empezando a entrar en posesión de su patrimonio de poderes, que transcienden con mucho aquellos de que aquí dispone. Pues su conciencia, cuando es así liberada del cuerpo físico, disfruta de amplias posibilidades. Su medida del tiempo y del espacio es totalmente diferente de la que es normal durante nuestra vida de vigilia. Desde nuestro punto de vista es como si para el soñador no existiese el tiempo ni el espacio. No cabe aquí discutir el tema, por más que resulte interesante, para poder afirmar si el tiempo realmente existe. La muerte parece adoptar una medida trascendental del tiempo que nada tiene en común con nuestra medida fisiológica. Para comprobarlo, centenares de historias pueden ser recordadas. Existe en el Corán, parece ser, la maravillosa narración de una visita que en la mañana de cierto día hizo al cielo el profeta Mahoma. Allí vio muchas y diferentes regiones sobre las cuales oyó amplias y completas historias; también tuvo largos coloquios con los ángeles. Mientras tanto, cuando volvió al cuerpo físico, notó que la cama de donde se levantaba aún estaba caliente y verificó que habían transcurrido apenas unos segundos. Se dio cuenta, en efecto, que no había acabado de vaciarse un jarro de agua, que él accidentalmente había derramado al partir hacia la expedición. Otra historia cuenta como un sultán de Egipto, declarando que era imposible creer aquello que escuchó, pasó en tono desabrido a apostofrar de mentirosa la narrativa de su instructor religioso. El instructor, notable y erudito doctor en leyes, dotado de poderes milagrosos, quiso al instante probar al incrédulo monarca que la historia no era absolutamente imposible. Trajo consigo un gran barreño de agua y le pidió al sultán que metiera en él la cabeza y la retirase lo más deprisa posible. El rey se puso de acuerdo en meter la cabeza dentro del barreño de agua y, para su gran sorpresa, se vio inmediatamente en un lugar que jamás conoció, una larga playa cercana al pié de una gran montaña. Después de volver en sí de su asombro, la idea más natural que le pasó por la mente, como soberano oriental, fue la de haber sido hechizado. Comenzó entonces a proclamar contra la innominable traición del sabio. Pero el tiempo transcurría; sintió hambre, y no le quedaba otra alternativa sino salir en busca de alimento en esa extraña región. Después de errar durante algún tiempo, dio con unos hombres que se ocupaban en derrumbar árboles en un bosque. A ellos se dirigió pidiéndoles ayuda. Aceptaron la propuesta y le llevaron en su compañía hasta la ciudad en que residían. Allí quedó él viviendo y trabajando durante años; economizó dinero y más tarde contrajo matrimonio con una mujer rica. Pasó muchos años felices de vida matrimonial, constituyendo una pequeña familia de catorce hijos. Pero después de perder su esposa y sufrir muchas adversidades, por fin reducido a la miseria, fue obligado, ya en edad adulta a volver al antiguo oficio de cargador de leña. Un día cuando paseaba junto al mar se quitó la ropa y se zambulló en el agua para darse un baño. Al erguir la cabeza y sacudir los ojos, se quedó pasmado de verse en pié en medio de sus antiguos cortesanos con el viejo instructor a su lado y el recipiente con agua enfrente. No es de extrañar que sólo después de algún tiempo le fuese posible creer que todos aquellos años de incidentes y aventuras no pasaron de ser el sueño de un momento, provocado por la sugestión hipnótica del instructor, y que él realmente no hiciera sino meter la cabeza por un instante en el recipiente con agua y erguirla a continuación.

 

Una buena historia que sirve para ilustrar lo que hemos dicho antes. Cierto es, sin embargo, que no tenemos pruebas para demostrarlo. Es bien diferente lo que le ocurrió un día a un conocido hombre de ciencia. Tuvo que someterse a la extracción de dos dientes, para lo que le fue aplicada la anestesia apropiada. Interesado en problemas de este tipo, decidió observar cuidadosamente sus sensaciones durante el curso de la operación. Pero en el momento en que inhaló el gas, se apoderó de él tal entorpecimiento que olvidó inmediatamente su intención, pareciendo caer en un sueño profundo. Despertó a la mañana siguiente, conforme él supuso, y salió como de costumbre a reanudar sus trabajos y experiencias científicas, dar conferencias en varias corporaciones eruditas, etc., todo con un exaltado sentimiento de alegría y de redoblada capacidad. La conferencia representó un notable triunfo; cada experiencia condujo a nuevos y magníficos descubrimientos; se sucedieron a este ritmo los días y las semanas durante un considerable período, aunque el tiempo exacto no se pudiera precisar. Hasta que finalmente, cuando estaba haciendo una exposición delante de los miembros de la Real Sociedad se vio importunado por el insólito comportamiento de uno de los presentes que le perturbó diciendo: “ahora todo está terminado“; y deteniéndose para saber que significaba tal observación, oyó otra voz que decía así: “ambos están fuera“. Fue entonces cuando se dio cuenta de que se encontraba sentado en la silla del dentista. Todo aquel período de intensa actividad él lo había vivido en cuarenta segundos exactamente. Se puede decir que ninguno de estos casos fue propiamente un sueño común. Pero acontecimientos semejantes se dan frecuentemente en los sueños comunes, habiendo, por consiguiente, innumerables testimonios que lo comprueban. Steffens, uno de los autores alemanes que se ocuparon de este asunto, relata que, aún siendo niño, dormido al lado de su hermano, soñó que estaba siendo perseguido por un terrible animal feroz, en una calle lejana. Huyó poseído por un  gran pánico y sin poder gritar, hasta que alcanzó una escalera en la cual se subió; pero exhausto por la carrera y por el terror, fue agarrado por el animal, que le mordió gravemente en el muslo. Se despertó asustado, y vio entonces que su hermano le había pellizcado el muslo. Richers, otro escritor alemán, cuenta la historia de un hombre a quien el estampido de un tiro le despertó, siendo este momento el final de un largo sueño en el cual él se hiciera soldado, desertara, y, vencido por un inmenso cansancio, fuera capturado y sometido a proceso, condenado y finalmente fusilado. Todo este gran drama se desarrolló hasta el instante en que le despertó del sueño el sonido del tiro. Existe también la historia del hombre que se durmió en un sillón mientras fumaba un cigarro, y que después de soñar con la existencia de incidentes durante años y años, se despertó con el cigarro todavía encendido. Casos como estos se pueden multiplicar en número casi infinito.

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Y ahora volvemos a Kafka. En sus Diarios nos relata un extraño sueño: “Caminaba a lo largo de la Landstraße, no la veía, sólo advertía cómo se contoneaba al andar, cómo se levantaba su velo, cómo se alzaba su pie. Yo estaba sentado al borde de una roca y contem-plaba el agua del pequeño arroyo. Ella atravesó los pueblos; los niños permanecían ante las puertas. La miraban cuando llegaba a su encuentro y cuando se iba”. Nos relata otro sueño: “El capricho de un príncipe anterior dispuso que el mausoleo tuviera un vigilante directamente ante el sarcófago. Hombres razonables se habían manifestado en contra, pero finalmente se concedió al príncipe, por lo demás bastante limitado, esta pequeñez. Un inválido de una guerra del siglo anterior, viudo y padre de tres hijos, que habían caído en la última guerra, se ofreció para ocupar el puesto. Fue aceptado y un alto funcionario le acompañó hasta el mausoleo. Una mujer de la limpieza, cargada con cosas diversas destinadas al vigilante, les acompañó. El inválido logró mantener el ritmo del alto funcionario, a pesar de su pata de palo, hasta la avenida que llevaba directamente al mausoleo. Pero entonces falló un poco, tosió ligeramente y comenzó a arrastrar la pierna. «Bien Friedrich», dijo el alto funcionario, que había avanzando un trecho más con la mujer de la limpieza y en ese momento miraba a su alrededor. «Se me desgarra la pierna -dijo el inválido e hizo una mueca-, sólo un momento de paciencia, suele pasar enseguida»“.

Kafka nos relata otro sueño: “9 de noviembre. Soñado anteayer: teatro ruidoso. Yo, una vez en la galería, otra en el escenario. Actuaba una muchacha que me había gustado hace unos meses, tensaba su cuerpo flexible como si se asiera aterrorizada a una butaca con el respaldo inclinado. Yo señalaba a la muchacha desde la galería, que interpretaba el papel de un varón. A mi acompañante no le gustaba. En uno de los actos los decorados eran tan enormes que no se podía ver otra cosa, ni el escenario, ni la sala de espectadores, ni la oscuridad, ni las candilejas. Más bien se puede decir que una gran cantidad de espectadores se hallaba en el escenario, que representaba el barrio de la ciudad antigua, probablemente visto desde la salida de la calle Niklas. Aunque desde ese ángulo no era posible ver la plaza ante el reloj del ayuntamiento y el pequeño distrito, era posible, sin embargo, con giros y lentos balanceos del suelo del escenario, que, por ejemplo, el palacio Kinsky se pudiera divisar desde el pequeño distrito. No tenía otro objetivo que mostrar todo lo posible del decorado, ya que resultaba de una perfección tal que hubiera sido lamentable perderse algo del mismo. Yo era consciente de que se trataba del decorado más hermoso de toda la tierra y de todos los tiempos. La iluminación se hallaba matizada por nubes oscuras y otoñales. La luz del abatido sol brillaba dispersa en ésta o aquella policroma vidriera de la esquina sudoeste de la plaza. Como todo estaba ejecutado en su tamaño natural y sin desviarse lo más mínimo de la realidad, daba una impresión conmovedora que algunos de los batientes de las ventanas se abrieran y cerraran a causa del aire sin que, por la gran altura de las casas, se pudiera oír el más mínimo ruido. La plaza tenía un fuerte declive, el empedrado era casi negro. La iglesia «Tein» estaba en su lugar, pero ante ella se encontraba ahora un pequeño palacio, en cuyo antepatio se habían reunido con gran orden todos los monumentos que previamente habían estado situados en la plaza: las columnas de María, la antigua fuente frente al ayuntamiento, que ni yo mismo había visto, la fuente frente a la iglesia Niklas y una valla de tablas alzada alrededor del levantamiento del suelo para la estatua de Hus.  Se representaba -a menudo se olvida en la sala de espectadores que se representa sólo en el escenario y en esos bastidores- una fiesta imperial y una revolución. La revolución era tan grande, con masas populares enviadas hacia adelante y hacia atrás, como probablemente no ha tenido lugar ninguna en Praga. Se había trasladado la revolución claramente a Praga sólo por los decorados, ya que pertenecía propiamente a París. De la fiesta no se veía nada al principio. La corte había salido a festejar algo, mientras tanto había estallado la revolución y el pueblo había penetrado en el palacio. Yo mismo salía corriendo en ese instante al aire libre sobre los saledizos de las fuentes, en el antepatio. El regreso de la corte al interior del palacio era imposible. Entonces llegaron las carrozas desde el callejón del Hierro, y a una velocidad tal que tuvieron que frenar ante la entrada al palacio. Las ruedas bloqueadas se arrastraron por el asfalto. Eran carrozas como las que se veían en las fiestas populares y en los desfiles. Portaban escenas vivientes, eran por lo tanto planas, rodeadas por una guirnalda de flores, y desde la plataforma caía alrededor un paño multicolor que ocultaba las ruedas. La gente se hizo más consciente del horror al apreciar lo que significaba su prisa. Fueron arrastrados casi inconscientes por los caballos, que se encabritaron frente a la entrada, por la curva desde el callejón del Hierro hasta el palacio. Precisamente en ese momento fluían por mi lado masas de personas hacia la plaza, la mayoría eran espectadores a los que conocía del callejón y que quizá acababan de llegar. Entre ellos se hallaba una muchacha conocida, aunque no sé con certeza quién era. A su lado iba un hombre joven y elegante con un «úlster» amarillo oscuro y con cuadros pequeños, la mano derecha hundida en el bolsillo. Se dirigían hacia la calle Niklas. Desde ese momento no pude ver nada más“.

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En sus Diarios, Kafka nos cuenta otro caso: “Soñado hace poco: vivíamos en el «Graben», cerca del Café Continental. Por la calle Herren torcía un regimiento en dirección a la estación. Mi padre: «Algo así hay que verlo mientras se tenga la posibilidad.» Se aupó en la ventana (con la bata de Félix, toda la figura era una mezcla de ambos) y cayó con los brazos extendidos en el amplio y casi desmoronado antepecho de la ventana. Logré agarrarle y le sostuve por las dos cadenillas con las que queda ajustado el cinturón de la bata. Se inclinó más hacia fuera por pura maldad, y yo puse todos mis músculos en tensión para sujetarle. Pensé lo bueno que sería si hubiera podido atar mis pies con una cuerda a algo fijo para no ser arrastrado por mi padre. Pero para llevarlo a cabo tendría que haberle soltado un instante y eso era imposible. El sueño -sobre todo mi sueño- no soportó toda esta tensión, así que desperté“. Y en otro caso nos cuenta lo siguiente: “Le solicité en sueños a la bailarina Eduardowa que bailara una vez más la «csárdás». Tenía una amplia franja de sombra o de luz en medio del rostro, entre el borde inferior de la frente y la zona media de la barbilla. En ese instante llegó alguien con repugnantes movimientos de intrigante para decirle que el tren salía en seguida. Por el modo en que escuchó la información comprendí con horror que no bailaría más. «Soy una mujer mala y perversa, ¿verdad?», dijo. «Oh, no -dije yo-, eso sí que no.» Y me di la vuelta en una dirección cualquiera para irme. Antes de hacerlo le pregunté acerca de las muchas flores que pendían de su cinturón. «Son de todos los príncipes de Europa», dijo. Pensé en qué sentido podía tener que estas flores, encajadas frescas en su cinturón, le hubieran sido regaladas a la bailarina Eduardowa por todos los príncipes de Europa“. Y en sus Diarios nos explica lo siguiente: “Sueño con mi padre. Hay una pequeña audiencia (entre la que se encuentra la señora Fanta para la caracterización), ante la que mi padre anuncia por vez primera una reforma social. Intenta que esta audiencia seleccionada, sobre todo seleccionada según su opinión, asuma la propaganda de su idea. De cara al exterior lo expresó de una manera más modesta, ya que sólo reclamaba de los presentes que, cuando lo conocieran todo, informaran sobre direcciones de personas que pudieran estar interesadas y que pudieran ser invitadas a tomar parte en una gran asamblea pública que tendría lugar con posterioridad. Mi padre no había tenido nada que ver en su vida con aquella gente, por lo que los tomaba con una seriedad exagerada. Llevaba un traje de chaqueta negro y presentó su idea con extrema precisión, con todos los signos del «dilettantismo». La audiencia reconoce, aunque no estaba preparada para una conferencia, que se les está presentando una idea con todo el orgullo de la originalidad, pero que en realidad se trata de una proposición anticuada y manida. Se lo dicen a mi padre. Éste, sin embargo, esperaba esa objeción, así que continua, completamente convencido de la nimiedad del reproche, con la cuestión, incluso con mayor insistencia, mostrando una sonrisa fina y amarga. Cuando termina, se deduce del murmullo general de reprobación que no ha convencido ni de la originalidad, ni de la utilidad de su idea. No se interesarán muchos. Siempre se encontrará, sin embargo, a alguno aquí y allá que, quizá por benevolencia o porque me conoce a mí, le entregue alguna dirección. Mi padre, imperturbable ante el ambiente general, ha recogido los papeles de la conferencia y prepara montones de papeletas blancas para anotar las escasas direcciones. Yo sólo escucho el nombre de un consejero áulico, Strizanowski o algo similar. Más tarde veo a mi padre de la manera en que habitualmente juega con Félix, sentado en el suelo y apoyado en el canapé. Aterrado, le pregunto qué hace. Él piensa acerca de su idea“.

 

Otra notable peculiaridad del ego a acrecentar su trascendental medida del tiempo, es sugerida por algunas de estas historias y viene a ser su facultad, o tal vez sea mejor decir su costumbre de dramatizar, instantánea. Se observará en los casos antes indicados de los disparos y en el pellizco, que el efecto físico que despertó a la persona surgió como el clímax de un sueño que aparentemente se prolongó durante un largo espacio de tiempo, mientras que en verdad, fue obviamente sugerido por el propio efecto físico. La noticia, por así decirlo, de este efecto físico, tanto si ha sido un sonido como un contacto, fue comunicado al cerebro por los hilos nerviosos, y semejante transmisión exige cierto lapso de tiempo, sólo una insignificante fracción de segundo, sin duda.  Pero aún así, una cantidad  definida que es calculable y mesurable por los delicadísimos instrumentos usados en la moderna investigación científica. El ego, cuando está fuera del cuerpo, es capaz de percibir con absoluta instantaneidad, y sin uso de los nervios. Consecuentemente, se da cuenta de lo que ocurre justamente en aquella infinitesimal fracción de segundo, antes que la información llegue al cerebro físico. En ese inapreciable espacio de tiempo, parece que el soñador compone una especie de serie de escenas, que culminan y finalizan en el evento que despierta al cuerpo físico. Y después de despertar sufre la limitación de los órganos de este cuerpo, volviéndose incapaz de distinguir en la memoria entre lo subjetivo y lo objetivo y de ahí imaginar haber realmente participado en el drama durante el sueño. Ese estado de cosas, con todo, parece ser peculiar al ego que desde el punto de vista espiritual está aún relativamente subdesarrollado; a medida que ocurre la evolución. Y el hombre real pasa a comprender su posición y sus responsabilidades, transcendiendo la fase de los alegres pasatiempos de la infancia. Se asemeja al hombre primitivo, que ve todo fenómeno natural bajo la forma del mito. El ego no evolucionado dramatiza todos los eventos que caen en sus manos. Pero el hombre que alcanzó la continuidad de la conciencia, se encuentra de tal modo absorto en su trabajo en los planos más elevados, que no le sobra energía para otras cosas y por eso deja de soñar.

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Otro resultado del método paranormal de medir el tiempo consiste en la posibilidad de que el ego haga previsiones dentro de ciertos límites. Presente, pasado y futuro se abren ante él siempre que él los sepa leer. Y no hay duda que así puede ver a priori sucesos de importancia o interés para su personalidad inferior, en los cuales sus intentos para grabarlos tendrán mayor o menor éxito. En el caso del hombre común son tremendas las dificultades del camino. Ni incluso semidespierto,  casi no ejerce ningún dominio sobre sus diversos vehículos. No puede así impedir que su mensaje sea transformado o aumentado por las ondas del deseo, o por las corrientes del pensamiento que sobrepasan la parte etérica del cerebro, o por algunos pequeños problemas fisiológicos en el cuerpo denso. Teniendo en cuenta todo esto, no es de extrañar que solo raramente tengan éxito sus intentos. Una y otra vez, la previsión completa y perfecta de un acontecimiento es traída con nitidez de dominios del sueño; pero la mayoría de las veces la escena llega desfigurada e irreconocible, mientras otras veces todo no pasa de ser una sensación imprecisa de una densidad inminente, y con más frecuencia, nada alcanza al cuerpo. Se argumenta a veces, que si la previsión se cumple, debe ser mera coincidencia; pues si los hechos pudieran ser previsibles es porque estarían preordenados, no existiendo entonces el libre albedrío en el hombre. Sin duda existe este libre albedrío; he aquí por qué la premonición sólo es posible dentro de ciertos límites. Los asuntos que afectan al hombre común, es probable que esta posibilidad sea en escala más amplia, porque él carece de voluntad propia desarrollada, digámoslo así, y es por consiguiente, criatura en manos de las circunstancias. Su karma hace que se vea en medio de circunstancias especiales, cuya acción sobre él constituye el factor más importante de su vida, de tal modo que su futuro curso es previsible con una certidumbre casi matemática. Cuando consideramos el caudal de conocimientos sobre los cuales la acción del hombre tiene apenas una diminuta influencia, y  también los efectos, ha de parecernos un poco espantoso que en el plano donde se hace visible el resultado de todas las causas actualmente en juego, se pueda predecir una extensa parte del futuro, incluyendo sus pormenores.

 

De que tal cosa sea factible tenemos un sin número de pruebas, no solamente a través de los sueños proféticos de los habitantes del norte de Escocia y por las tradiciones de los clarividentes.  Todo el esquema se basa en la astrología. Pero cuando pasamos a tratar con un hombre desarrollado, un hombre dotado de conocimiento y voluntad, entonces nos falla la profecía, porque ya no es él una criatura en manos de las circunstancias sino el señor de casi todas ellas. En verdad, los acontecimientos principales de su vida se disponen de antemano por su karma pasado. Con todo, la manera por la cual él deja que le influencien y su método de comportamiento de cara a los mismos, es su posible triunfo. Esto no depende de él y no puede ser objeto de previsión excepto como probabilidades. Sus actos en este sentido, por su turno se convierten en causas, generándose cadenas de efectos que escapan al ordenador original, y por vía de la consecuencia, a la exactitud del pronóstico. Encontramos una analogía en una simple experiencia mecánica. Si fuera empleada cierta cantidad de fuerza para empujar una pelota, nos será imposible anular o disminuir la fuerza a partir del momento en que la pelota entra en movimiento; pero podremos neutralizar o modificar el impulso mediante la aplicación de una nueva fuerza en sentido diferente. Una fuerza rigurosamente igual en dirección opuesta inmovilizará la pelota. Una fuerza menor, reducirá la velocidad; y cualquier fuerza de otro lado tendrá el efecto de alterar, tanto la velocidad como la dirección. Este es el “modus operandi” del destino. Es obvio que en un momento dado están en juego una serie de causas. No habiendo interferencia serán inevitables ciertos resultados, resultados que en los planos ya elevados parecen ya presentes, pudiendo ser trazados con exactitud. Pero también es obvio que un hombre con voluntad fuerte podrá, recurriendo al empleo de fuerzas nuevas, variar estos resultados; y tales modificaciones no podrían normalmente ser previstas por un clarividente a menos que nuevas fuerzas hubiesen entrado después en acción.

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Dos incidentes que llegaron al conocimiento de Leadbeater  representan excelentes ilustraciones de la posibilidad de previsión y de su modificación por efecto de una firme voluntad. Un caballero que poseía el don de la escritura automática recibió cierta vez, por este medio, una comunicación que se decía procedente de una dama con la que él mantenía relaciones superficiales. En la carta se mostraba ella muy contrariada y en estado de profunda indignación, ya que teniendo preparada una conferencia que iba a dar, no había nadie en el salón a la hora concertada. Se sintió frustrada por ello en la presentación de su discurso. Encontrándose con la dama días después, y suponiendo que la carta se refería a un acontecimiento pasado, le expresó él su pesar por su frustración. Con gran sorpresa respondió ella que era todo muy extraño, puesto que aún no estaba lista la conferencia, siendo su intención pronunciarla la próxima semana. Añadió que esperaba que la comunicación no significase una profecía. Pero por el contrario, lo que quedó probado es que se trataba realmente de una profecía. Nadie estuvo presente en el salón, la conferencia no se realizó y la interesada se manifestó contrariadísima y afligida, tal como había vaticinado la escritura automática. ¿Qué especie de entidad inspiró la comunicación?. No se sabe; pero seguro que fue una que se situó en un plano donde la previsión era posible. Y bien podría haber sido realmente, como se mencionó, el propio ego de la conferenciante, ansioso por mitigarle la frustración que previamente tendría la mente en el plano inferior. Si fue así, nos preguntaremos: ¿por qué no la influenció directamente?. Es admisible que estuviese del todo imposibilitado de hacerlo, y que la mediumnidad del amigo fuese el canal único del que disponía para transmitir el aviso. Aunque el método es indirecto, conocen los estudiantes de estos asuntos numerosos ejemplos de comunicaciones idénticas en que fue imposible recurrir a otros medios.

 

En otra ocasión el mismo caballero recibió por el mismo proceso lo que parecía ser otra carta de otra amiga femenina, relatándole la larga y triste historia de su vida. Se mostraba ella en estado de gran aflicción y decía que toda la dificultad se originó en una conversación, cuyos pormenores expuso, con cierta persona que la persuadió, contra sus propios sentimientos, a adoptar un determinado comportamiento. Y pasó a describir como, poco más o menos, después de un año, tuvieron inicio una serie de acontecimientos directamente atribuibles a ese comportamiento, y que culminaron en la práctica de un crimen hediondo, arruinándole la vida para siempre.  Como en el caso precedente, inmediatamente que nuestro caballero se encontró con la supuesta autora de la carta, se refirió al contenido de esta. Nada sabía ella a tal respecto; y sin embargo, de la fuerte impresión que le causaron las singularidades de la historia, convinieron los dos en no prestarle ningún significado. Pasado algún tiempo, y para gran sorpresa de la joven, la conversación aludida en la carta vino a realizarse, siendo instada a asumir un comportamiento cuyo trágico destino le hubiera sido pronosticado. Por cierto que ella hubiera aceptado, insegura de su propio discernimiento, si no fuera porque recordó la profecía. Y fue este recuerdo lo que le dio fuerza para resistir con la mayor de las determinaciones, aunque tal actitud acusase extrañeza y decepción a su interlocutor. Como no fue seguido el comportamiento indicado en la carta, el tiempo de la catástrofe vaticinado llegó y pasó sin ningún incidente fuera de lo normal. Así podría haber ocurrido cualquiera que fuese el caso. Entretanto, si recordamos que la otra predicción se cumplió exactamente, tendremos que admitir que la advertencia transmitida por la carta probablemente impidió la práctica del crimen. Si esto es verdad, ahí tenemos un buen ejemplo de cómo podemos modificar nuestro futuro mediante el ejercicio de una voluntad firme.

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Otro punto digno de atención con referencia a la condición del ego cuando está ausente del cuerpo durante el sueño, es que parece pensar por medio de símbolos. Queremos decir que lo que en nuestro plano sería una idea, cuya expresión exigiría gran número de palabras, para el ego es perfectamente transmisible apenas a través de una imagen simbólica. Ahora, cuando un pensamiento como ese viene a imprimirse en el cerebro, y es recordado en la conciencia de la vigilia, sin duda es que necesita una traducción. Muchas veces la mente ejecuta esta función; pero en otras el símbolo no viene acompañado de su clave, permaneciendo por así decirlo sin traducción; y entonces surge la confusión. Muchas personas, sin embargo, traen de este modo los símbolos e intentan darles interpretación. En casos así cada persona tiene su propio sistema de simbología. la escritora inglesa Catherine Ann Crowe,  en un párrafo de su libro “Night side of nature“, escribe: “sé de una señora que sueña con tener un gran pez siempre que está cercana a sufrir un infortunio. Soñó una noche que el pez había mordido dos dedos de su hijo. Inmediatamente después un colega del niño le produjo una herida en los mismos dedos con una pequeña hacha. Encontré varias personas que aprendieron por experiencia a considerar determinado tipo de sueño como una premonición segura de un acontecimiento infausto“. Sin embargo, existen muchos puntos en que están de acuerdo muchos de estos soñadores. Por ejemplo, el de que soñar con aguas profundas significa un disgusto que va a venir, y que soñar con perlas es señal de lágrimas.

 

Examinada así la condición del hombre durante el sueño, vemos cuales son los factores capaces de influir en la producción de sueños: El ego, que puede encontrarse en estado de conciencia, desde la insensibilidad casi completa, hasta el dominio total de sus facultades, y que al aproximarse a esta última condición va entrando cada vez más en la posesión de ciertos poderes, los cuales trascienden los que generalmente poseemos en estado normal de vigilia. El cuerpo astral, siempre agitado por turbulentas ondas de emoción y deseo. La parte etérica del cerebro, por la cual pasa una incesante colección de cuadros entre sí. El cerebro físico inferior, con su semiconciencia inferior y su costumbre de expresar todos los estímulos en forma pictórica.  Al dormirnos, nuestro ego se recoge más en sí mismo y deja que sus cuerpos más libres sigan su propio camino; debe recordarse, sin embargo, que la conciencia de estos vehículos, separada cuando les es dado mostrarla, es de carácter muy rudimentario. Si añadimos que cada uno de aquellos factores es entonces infinitamente más susceptible a las impresiones exteriores que en otros momentos, veremos que no hay muchas razones para extrañarnos de que la memoria de la vigilia, que es una especie de síntesis de todas las diferentes actividades que se verifican, sea casi siempre confusa. Vamos ahora, con tales pensamientos en nuestra mente, a ver cómo los diferentes tipos de sueños habituales deben ser expuestos. La verdadera visión no puede ser propiamente clasificada como sueño; es un caso en que el ego ve cómo ocurre algún hecho en un plano superior de la naturaleza, directamente, o por inspiración de una entidad más evolucionada. Sea como fuese, tiene el ego conocimiento o percepción de las cosas que le interesan, o contempla alguna visión gloriosa y elevada que le estimula y fortalece. Feliz el hombre a quien semejante visión le llega con la nitidez suficiente para abrir su camino a través de todos los obstáculos, y fijarla con firmeza en su memoria de vigilia.

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El sueño profético debe ser también atribuido exclusivamente a la acción del ego que lo prevé por sí mismo o se inspira en algún acontecimiento futuro para el cual desea preparar su conciencia de vigilia. Es posible cierto grado de certeza y veracidad en esta premonición, conforme a la capacidad del ego para captar los hechos y teniéndolos captados, imprimirlos en el cerebro de vigilia. A veces el evento es de aquellos que se revisten de aspecto grave, como la muerte o un desastre, siendo por esto obvio motivo del ego para intentar grabarlo. En otras ocasiones sin embargo, el hecho previsto no parece tener aparentemente importancia, y nos es difícil comprender por qué el ego se preocuparía por él mismo. Sin duda es siempre posible que, en tal hipótesis, el hecho recordado signifique apenas el pormenor mínimo de alguna visión mucho más extensa, no habiendo llegado lo restante al cerebro físico. Está claro que muchas veces el vaticinio tiene carácter premonitorio, y no faltan ocasiones en que la advertencia haya sido tenida en consideración, llegando el soñador a escapar de la muerte o de un accidente. En muchos casos el aviso es dejado de lado, o su verdadera significación pasa desapercibida cumpliéndose la profecía. En otros existe el intento de tomar previsión a causa de la sugestión; pero no teniendo aquel que sueña el necesario dominio sobre las circunstancias, éstas al final los conducen, a su pesar, a la situación pronosticada. Son tan comunes las historias a este respecto de los sueños proféticos, que el lector fácilmente las encontrará en casi todos los libros que versan sobre esta materia. Leadbeater cita un ejemplo reciente de W.T. Stead, en “Rel ghost stories“. El héroe fue un herrero que trabajando en una fábrica se dejó atropellar por una rueda hidráulica. Sabía él que la rueda necesitaba ser arreglada, y una noche soñó que al terminar las actividades del día siguiente, el gerente le detuvo para hacer el arreglo; que su pié se escurrió y quedó enganchado en el engranaje, siendo gravemente herido y más tarde amputado. Por la mañana contó el sueño a su mujer y convino que estaría ausente cuando le buscaran para arreglar la rueda. Durante el día anunció el gerente que la rueda entraría en reparación justo en el momento de la salida de los obreros, por la tarde; pero el herrero resolvió irse antes de la hora. Fue hacia un bosque situado en la vecindad y allí intentó esconderse. Al llegar cerca de un local donde había cierta cantidad de madera perteneciente a la fábrica, sorprendió a un sujeto que robaba algunas piezas de la pila. Partió en su búsqueda con la intención de cogerlo, pero quedó de tal manera excitado que llegó a olvidarse enteramente de la resolución anterior; y sin que se diera cuenta de esto, regresó a la fábrica justamente a la hora en que los trabajadores se retiraban. No podía olvidarse de la recomendación recibida, y siendo el herrero con más categoría de la fábrica, le correspondía el trabajo en la rueda; pero decidió que lo haría con especial cuidado. A pesar de todas las precauciones, su pié resbaló y fue enganchado por el engranaje, tal como en su sueño, con tan poca suerte que quedó destrozado, obligándole a ser conducido a la enfermería de Bradford, donde la pierna fue amputada por encima de la rodilla. De este modo se cumplió íntegramente el sueño profético.

 

El sueño simbólico también es un trabajo del ego. Y en verdad puede ser definido como una variante de menor efecto de la categoría precedente, porque a final de cuentas, corresponde a un intento del ego imperfectamente traducido, en el sentido de transportar una información hasta el futuro. Noel Paton da un ejemplo de esta especie de sueño en una carta escrita a la señora Crowe, y por ella transcrita en el libro “The Night side of nature“, veamos: “este sueño de mi madre ocurrió así: se encontraba ella en una galería larga, sombría y oscura; a un lado estaba mi padre, y al otro mi hermana mayor, y a continuación yo mismo y el resto de la familia por orden de edad… Todos permanecíamos inmóviles y en silencio. Fue entonces cuando él entró, aquel algo increíble que, proyectando por delante su siniestra sombra, envolvió todas las trivialidades del sueño precedente en una sofocante atmósfera de pavor. Entró furtivamente, descendió los tres escalones que iban de la entrada a la cámara de horror; y mi madre sintió que era la muerte. Cargada sobre el hombro una pesada hacha para destruir a sus hijos de un solo golpe, así lo imaginó ella. Al entrar el bulto, mi hermana Alexes se salió de la fila, interponiéndose entre él y mi madre. Ahí el bulto irguió el hacha y lanzó un golpe sobre mi hermana Catalina, golpe que mi madre horrorizada no pudo interceptar, aunque agarrase un taburete de tres pies con esta intención. Vio que no podía tirar el taburete sobre el fantasma sin golpear a Alexes, que se precipitaba entre ambos. El hacha golpeó su objetivo, y Catalina cayó. Nuevamente, el implacable bulto blandió el hacha sobre la cabeza de mi hermano que era el siguiente en la fila; pero en ese interín  Alexes se escondió en un lugar detrás del fantasma, y mi madre, soltando un grito de pavor, le tiró en la cabeza el taburete. Entonces él se desvaneció y ella despertó. Tres meses después mis hermanos y yo fuimos todos acometidos por la fiebre amarilla. Mi her­mana Catalina falleció casi inmediatamente, sacrificada, conforme mi madre supuso, por su extrema aprensión, mientras Alexes parecía estar en peligro inminente; el sueno-profecía en parte parecía cumplido. Yo también estuve a las puertas de la muerte, desahuciado por los médicos. Mi madre, sin embargo, no perdió la esperanza y confiaba en mi recuperación. Pero en cuanto a mi hermano, considerado en estado desesperado, y sobre cuya cabeza ella, en el sueño, viera que pendía un hacha, sus recelos eran demasiado grandes; porque ella no recordaba si se había o no consumado el golpe en la ocasión en que el espectro desapareció. Mi hermano se restableció, pero tuvo una recaída de la que apenas escapó con vida. Lo mismo no sucedió con Alexes; durante un año y diez meses, la pobre niña padeció y yo le sujetaba su pequeña mano cuando murió. He así como se realizó el sueño“. Es curioso observar la exactitud con que se verifican los pormenores del simbolismo, incluso en lo referente al supuesto sacrificio de Catalina para la salvación de Alexes, y la diferencia en el modo en que ambas murieron.

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El sueño puede a veces significar una reminiscencia más o menos exacta de una verídica experiencia astral por la que haya pasado el ego cuando se encontraba fuera del cuerpo físico dormido. O tal vez más frecuentemente, la dramatización por el ego de la impresión producida por un insignificante sonido o contacto físico, o aún alguna idea pasajera que se le hubiese ocurrido. Ejemplos de esto último ya los mencionaremos; y de lo otro también existen muchos; entre ellos podemos incluir el caso relatado en el libro “Dreams and ghosts“, de Andrew Lang, y que le ocurrió al conocido médico francés Dr. Brirre de Boismont. Este lo describe por cuenta propia: “Miss C., una dama de excelente buen sentido, vivía antes de casarse, en compañía de su tío D., famoso médico miembro del Instituto. En una época su madre enfermó seriamente en el campo. Una noche, la moza soñó que la veía pálida y moribunda, habiéndose agravado su estado de salud por motivo de la ausencia de sus dos hijos, uno que era vicario en España, y otra la propia moza que vivía en París. Oyó, entonces, que se pronunciaba su nombre en cristiano: Carlota vio en el sueño a las personas que rodeaban a su madre trayéndole su pequeña sobrina y aijada Carlota, que se encontraba en el cuarto contiguo. La enferma dio a entender por medio de un gesto que no estaba llamando a esta Carlota, sino a su hija de París. Al día siguiente la melancolía de Miss C. despertó la atención de su tío. Ella le contó el sueño, y él le reveló que su madre estaba muerta. Algunos meses después, en ausencia de su tío, fue ella a arreglar los papeles en los cuales no gustaba que nadie tocase, y en medio de ellos se encontró con una carta en la que se revelaba la muerte de su madre, con todas las particularidades vistas en el sueño. Mr D. las ocultó para evitar que llegaran a causarle demasiado sufrimiento“. A veces el sueño clarividente se refiere a un asunto mucho menos importante que la muerte, como en el siguiente caso contado por el doctor F.G. Lee, en “Glimpses in the twilight“. Una señora soñó que veía a su hijo en una extraña embarcación parada cerca de una escalera que llevaba a un piso superior. Le pareció pálido y en extremo cansado; y le decía a ella en tono afligido: “madre, no tengo donde dormir”. Pasado algún tiempo llegó una carta del hijo que adjuntaba un croquis de la curiosa embarcación, indicando el lugar de la escalera hacia el piso superior. Explicaba también que un día sobrevino una tempestad, hecho que ocurría en el día del sueño, que casi hizo zozobrar la embarcación, y cubrió literalmente de agua su cama. Terminaba la descripción con las siguientes palabras: “me quedé sin lugar donde dormir“. Está claro que en ambos casos, los soñadores, movidos por pensamientos de amor y ansiedad, habían efectivamente viajado con el cuerpo astral durante el sueño, hasta donde se encontraban los entes cuya suerte les interesaba, y simplemente testimoniaban los acontecimientos en que los mismos participaron.

 

El sueño confuso, que es el más común de todos, puede tener varias causas, como ya tuvimos ocasión de decir. Puede ser apenas la impresión más o menos fiel de una serie de cuadros sin conexión entre sí y de transformaciones imposibles producidas por la acción automática y sin lógica del cerebro físico inferior. Puede ser reproducción de corrientes de pensamientos ocasionales que hayan cruzado la parte etérica del cerebro. Si en ellos toman parte imágenes sensoriales de cualquier especie, esto se debe al siempre agitado mar de los deseos terrenales, probablemente estimulados por influencias impías del mundo astral. Puede ser debido a un intento imperfecto de dramatización por parte de un ego desarrollado; o una combinación inexplicable de varios o todos estos factores. El modo por el cual se procesa semejante combinación tal vez se vuelva más claro con la descripción sucinta de algunas de las experiencias sobre el estado del sueño llevadas a cabo recientemente con la cooperación de investigadores clarividentes, miembros de la logia de Londres de la Sociedad Teosófica. El objetivo especial de las investigaciones, parte de las cuales Leadbeater describe, consisten en descubrir si era posible impresionar el ego de una persona común durante el sueño, de forma suficiente para volverla capaz de recordar lo ocurrido cuando despertara. Se deseaba también, en la medida de lo posible, descubrir cuáles son los obstáculos que habitualmente se anteponen a este recuerdo. La primera experiencia intentada recayó en un hombre medio de poca instrucción y de aspecto exterior rudo. Un tipo de pastor australiano cuya envoltura astral, que se veía flotando por encima del cuerpo, se presentaba externamente como poco más que una nube imprecisa a la deriva. La conciencia del cuerpo sobre la cama se mostraba confusa y cargada en lo tocante a las partes densa y etérica de la estructura. La primera, la parte densa, respondía hasta cierto punto a los estímulos de fuera: por ejemplo, el caer de dos o tres gotas de agua hacía el cerebro evocar, aunque con retraso, la escena de fuertes chaparrones. En cuanto la parte etérica del cerebro era un canal pasivo a través del cual fluye una corriente continua de pensamientos desconexos a cuyas vibraciones solo esporádicamente respondía, y así mismo parecía hacerlo con acentuada lentitud. El ego que flotaba encima revelaba su estado no desarrollado y de semiconciencia. Pero el envoltorio astral, si bien impreciso y sin forma definida, daba señales de gran actividad. El cuerpo astral, flotante puede, en cualquier ocasión, dejarse influenciar con facilidad por el pensamiento consciente de otra persona. Se hizo en este caso la experiencia en el sentido de alejarlo hasta corta distancia del cuerpo físico en la cama.

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El resultado, sin embargo, fue que al alejarlo unos metros más allá, era visible el malestar en ambos vehículos, volviéndose necesario renunciar al intento, pues un alejamiento mayor llevaría al hombre a despertar probablemente en un estado de gran terror. Cierto escenario fue escogido, un bellísimo panorama descortinado de lo alto de una montaña tropical; y el operador lo proyectó con nitidez en la conciencia del sueño del ego. Este lo captó y examinó, si bien de manera confusa e incomprensible. Después de colocado en su frente el escenario durante algún tiempo, se despertó al hombre para ver si lo recordaba como sueño. Su mente, sin embargo, no registró nada a este respecto, no trayendo la menor reminiscencia desde el estado de sueño. Se sugirió que la corriente continua de formas de pensamiento extrañas que le pasaban por el cerebro, constituían posiblemente un obstáculo, distrayéndolo y volviéndole impermeable a influencias de sus principios más elevados. Y por eso, se construyó una concha magnética alrededor de su cuerpo, a fin de impedir la entrada de aquella corriente, intentando de nuevo la experiencia. El cerebro, así privado de su alimento normal, comenzó poco a poco y como en un sueño a repasar escenas de la propia vida del hombre pasado; pero siendo nuevamente despertado, no se modificó el resultado. Su memoria estaba completamente en blanco, tal como en el caso de la escena antes presentada delante de él. Sin embargo, tenía la vaga idea de haber soñado con acontecimientos de su vida pasada. En ese momento fue abandonada la experiencia por impracticable. Era evidente que se trataba de un ego poco desarrollado, y cuyo principio kármico era demasiado fuerte para ofrecer alguna posibilidad de éxito. Otra experiencia con el mismo hombre, en una época posterior, ya no presentó tan malos resultados. El escenario preferido en este caso era en sobremanera excitante, consistiendo en un incidente en un campo de batalla, que según todo indicaba, habría de ejercer en ese tipo de mente una influencia mayor que el de un paisaje. Aquí el ego no desarrollado del hombre mostró un interés que superó al del otro escenario. Pero cuando el hombre despertó, el recuerdo de este acontecimiento no existía, y todo cuanto quedaba era una vaga impresión de que él estaba combatiendo; el donde y el porqué ya lo había olvidado completamente.

 

La experiencia siguiente fue con una persona de un tipo bastante superior, un hombre de buen proceder moral, inteligente y culto, con muchas ideas filantrópicas y elevadas aspiraciones. En su caso, el cuerpo denso respondió instantáneamente a la prueba del agua, en una extraordinaria escena de un enorme temporal, lo que a su vez repercutió sobre la parte etérica del cerebro, despertando por asociación de ideas, una serie de escenas vívidamente representadas. Cuando semejante perturbación cesó, la corriente habitual de pensamientos comenzó a desfilar. Se observó, sin embargo, que provocaba en el cerebro una reacción en escala mucho mayor, cuyas vibraciones eran igualmente mucho más fuertes, iniciándose en cada caso una secuencia de asociaciones que frecuentemente desviaban la corriente extraña durante un considerable espacio de tiempo. El cuerpo astral presentaba contornos más definidos en su formación ovoide, y la materia astral más densa del interior era una perfecta reproducción del cuerpo físico; y cuando los deseos se mostraban menos activos, el propio ego asumía un grado mucho más elevado de conciencia. El mismo cuerpo astral, en esta experiencia, podía alejarse hasta la distancia de varias millas del cuerpo físico sin ocasionar, en apariencia, la más leve perturbación en ninguno de ellos. Cuando la imagen de un paisaje tropical fue presentada al ego, inmediatamente este le dio su más placentera atención, admirando y contemplando sus bellezas con todo entusiasmo. Pasado el éxtasis, después de algunas horas se despertó al hombre; pero el resultado se reveló algo desalentador. Sabía que tuvo un sueño magnífico, pero fue incapaz de recordar los detalles y los pocos y fugaces fragmentos que su mente retuvo eran simples reminiscencias de divagaciones del propio cerebro. Se repitió más tarde la experiencia con el mismo hombre, y también como el primero, se dispuso una concha magnética en torno al cuerpo; en este caso, como en el otro, el cerebro comenzó inmediatamente a elaborar escenas propias. El ego recibió el paisaje aún con mayor entusiasmo que la primera vez, reconociéndolo como el escenario que viera en anterior ocasión y apreciándolo en todos sus aspectos y detalles, con estática y total admiración por los múltiples encantos que ofrecía. Pero cuando él estaba así absorto en la contemplación, aquí el cerebro etérico se entretenía en rememorar pasajes de su vida escolar, sobre­saliendo el que tuvo lugar en un día de invierno, cuando el suelo se cubrió de nieve, y él y numerosos compañeros se tiraban bolas de nieve, unos a otros, en el patio de la escuela. Después que el hombre despertó como de costumbre, el efecto fue extremadamente curioso; tenía el más vivo recuerdo de que estuviera en lo alto de una montaña contemplando una visión maravillosa y conservaba bien nítidos en su mente los aspectos principales del panorama. Pero en vez del exuberante verdor tropical que confería la riqueza a la verdadera perspectiva, vio él las tierras circundantes envueltas en un manto de nieve, y le pareció que cuando estaba absorbiendo con profundo deleite las bellezas del panorama, que se mostraba frente a él. Súbitamente se vio, por uno de esos bruscos cambios tan frecuentes en los sueños, tirando bolas de nieve junto con antiguos y olvidados compañeros de la infancia, en el viejo patio de la escuela en la que dejara de pensar hacía tanto tiempo.

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Las experiencias anteriores demuestran, con claridad suficiente, como el recuerdo de nuestros sueños es, la mayoría de las veces, caótico e incoherente. Incidentalmente explican porque algunas personas en que el ego no está desarrollado y son fuertes los deseos mundanos, nunca sueñan, y porqué muchas otras son capaces, cuando las circunstancias son favorables, de traer algún confuso recuerdo de su aventura nocturna. Vemos, además, que si un hombre pretende coger en su conciencia de vigilia los frutos de lo que su ego aprendió durante el sueño, le es absolutamente necesario adquirir el dominio de sus pensamientos, subyugar todas las pasiones subalternas y afinar la mente con actitudes nobles. Si quisiera tomarse el trabajo de formarse, durante la vida de vigilia, en el hábito del pensamiento firme y concentrado, no tardará en verificar que el beneficio ganado por este medio, no se limita al día a día de su actividad. Especialmente si aprende a contener su mente para mostrarse también dueño de esta, así como de sus pasiones inferiores. También si se esfuerza con perseverancia en adquirir el mando total de sus pensamientos, con el objetivo de saber en todo momento, con seguridad, aquello en lo que está pensando y el por qué. Y verá que su cerebro ase ejercitado en escuchar tan solamente las sugerencias del ego, quedará tranquilo cuando no esté en uso y rehusará recibir y hacerse eco de las corrientes ocasiona­les del océano de pensamientos circundantes. Y de ese modo ya no será impermeable a las influencias de los planos menos materiales, don­de el discernimiento es más fino, y el juicio más verdadero que en nuestro plano inferior. La ejecución de un acto elemental de magia puede contribuir a ayudar a algunas de estas personas a adiestrar la parte etérica del cerebro. Las escenas que allí se desarrollan cuando es desviada esta corriente de pensamientos exteriores serán tales que probablemente impedirán el recuerdo de las experiencias del ego más que el flujo agitado de los propios pensamientos. El alejamiento de esta corriente impetuosa que encierra una dosis mucho mayor de mal que de bien, significa un apreciable paso en la dirección al objetivo deseado. Y esto puede conseguirse perfectamente sin gran dificultad. Que el hombre cuando se vaya a la cama piense en el aura que le envuelve y desee con firmeza que la superficie de este aura se convierta en una concha protectora contra la invasión de influencias extrañas. La materia áurica obedecerá su pensamiento y se formará realmente una concha a su alrededor, evitándose estas corrientes.

 

Otro punto que tan incisivamente se evidenció en las  investigaciones de Leadbeater hace referencia a la inmensa importancia del último pensamiento en la mente del hombre al dormirse. Este es un aspecto que jamás sacude a la gran mayoría de las personas, a pesar de influir en ellas, tanto física como moral y mentalmente. Hemos visto qué tan pasiva y fácilmente se deja el hombre influenciar cuando está dormido. Si entra en este estado con el pensamiento vuelto hacia cosas dignas y elevadas, en consecuencia atrae cerca de sí elementales creados por pensamientos afines de otros seres humanos; reposa suave y tranquilo, y su mente se abre a impresiones de los planos superiores y se cierra a los inferiores, porque él la está dirigiendo para el trabajo en el sentido correcto. Si, al contrario, entra en el sueño con pensamientos impuros y mundanos, al atravesar el cerebro, atraen criaturas groseras y malas que se hallan cerca, y su sueño es agitado por ondas maléficas de pasión y deseo que lo vuelven ciego a las luces y sordo a los sonidos procedentes de los mundos superiores. Al teósofo sincero le cumple efectuar todo lo que esté a su alcance para enfocar sus pensamientos en el más alto nivel del que sea capaz antes de dormirse. Para ello debe recordar que cruzando lo que parece apenas ser el umbral del sueño, tal vez alcance allí, poco a poco, la admisión en aquellos reinos maravillosos donde solamente es posible la verdadera visión. Si el hombre persevera en dirigir el alma hacia arriba, sus sentidos internos al final comenzarán a desarrollarse; la luz dentro del santuario brillará con más y más intensidad, hasta alcanzar la conciencia plena y continua. Y entonces él dejará de soñar. Dormir para él ya no significará zambullirse en el olvido, sino solamente caminar hacia delante con alegría y decisión en el rumbo de aquella existencia más integra y sublime, donde el alma estará siempre aprendiendo, aunque todo su tiempo esté dedicado al servicio. Porque el servicio es el gran maestro de la sabiduría, y la gloriosa tarea que le fue confiada es la de ayudar siempre hasta el extremo límite de sus fuerzas, en una obra que jamás termina, la obra de los maestros, cuya finalidad es ayudar y llegar a la evolución de la humanidad.

diciembre 31, 2012 - Posted by | Ciencia, enigmas en general, Metafísica, Reflexiones

5 comentarios »

  1. […] ¿Somos capaces de controlar nuestros sueños? 2/2- oldcivilizations.wordpress.com […]

    Pingback por ¿Somos capaces de controlar nuestros sueños? 2/2 + MORE | INFORMADORES.INFO | enero 1, 2013 | Responder

  2. excelente información, solo quiero comentar, al controlar los sueños, se es posible, contactar, con seres, que ya han dejado su cuerpo terrestre, y revisar los archivos de la vida; pero claro, no cualquiera, solo los que con temple y templanza se lo han ganado y sobre todo, la mente universal el gran arquitecto, lo permita, y nos de su bendición, ya que controlar los sueños, solo pocos, pueden utilizar verdaderamente el gran potencial que eso conlleva, por que primero, se controlan los sueños, solo simplemente sueños, cosas de la mente, pero si se inicia en una vida mas espiritual se podrá pasar a lo que dice Carlos Castañeda ala segunda compuerta, o lo que en simples palabras es, llegar a donde están los seres que abitan en planos no físicos, como pueden ser personas ya descarnas, al igual, contactar, con seres de mayor jerarquía espiritual o seres del bajo astral, y me atrevo a decir, que es posible, manipular, las mentes y actos de las personas, al igual fortalecernos de la energía que ahí esta, me atrevo a decir, que la verdadera vida y realidad se vive ahí un 90%, y el 10% se vive en el planeta tierra, pero ninguno esta separado del otro, lo que hagamos en el plano físico tendrá repercusiones en el plano astral.

    Comentario por ivan alonso | enero 6, 2013 | Responder

  3. me encantaría, explicar mas sobre, este tema, pero no tengo la capacidad de escritura y explicación, como el autor de esta pagina, y ademas, no es fácil a traducir a lenguaje vulgar o humano lo que se percibe y se vive en el astral, es un tema, de donde se puede tomar mucho para hablar, lo que ahí se haga tiene una repercusión enorme en el plano físico, como saber el futuro, o saber cosas del pasado, o cosas mas trascendentales, pero, no es nada fácil, también, en el astral, hay leyes y guardias que protegen y hacen respetar el orden, para estar ahí tienes que tener un bando o eres de los buenos o de los malos, no puedes estar divagando en un lugar donde te encontraras con energías perturbadas y descarriadas o andar haciendo fechorías a personas como manipulándolas, ya que eso esta estrictamente prohibido, al igual en el astral están lo que yo llamo, hombres de negro los que no quieren que sepas cosas trascendentales, que te liberara de la esclavitud que hoy se vive en la tierra, si logras pasar al astral y buscas la luz y el conocimiento, esas energías del bajo astral trataran de impedirlo. No hay mucha diferencia de la tierra, solo que si te ves en apuros y recurres a Dios y proclamas su nombre en verdad te ayuda y te quitara de tu camino, hasta el mismo diablo de enfrente; pero claro como digo, solo los que con temple y con cientos de vidas lo han trabajado y mas importante la bendición de Dios. Ahora la ciencia esta volteando a ver ese campo, de saber lo que sueñan, y controlar los sueños de las personas, pero no lograran mucho, ya que mientras la ciencia siga divorciada del mundo espiritual no lograran mucho, solo manipular las masas como lo siguen asiendo, imaginen esto, manipular a un presidente y que haga lo que tu quieras, sin necesidad de amenazarlo sin necesidad de guerras, eso se puede hacer pero desde el bando contrario, del bajo astral, pero no cualquiera es tan tonto para hacerlo, tienes que pagar un precio demasiado caro, por algo tan absurdo relacionado con asuntos de la tierra pero no me extrañaría, que los gobiernos, en esta era de acuario, utilicen, a su grupo de psíquicos para tales cosas, veo en los próximos años, que la tierra se separa en 2 bandos, los espirituales y los materiales, pero la cosa sera mas marcada y se vera una diferencia mas notoria.

    Comentario por ivan alonso | enero 6, 2013 | Responder

  4. gracias por tan valiosa informacón, es maravilloso el secreto de la vida

    Comentario por ceciliamontalvo | enero 16, 2013 | Responder

  5. Si estás interesado, en realizar el viaje astral y conocer el futuro.
    http://goo.gl/cJvj1

    Comentario por Kyriaki Treado | enero 24, 2013 | Responder


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