Oldcivilizations's Blog

Antiguas civilizaciones y enigmas

Los Hititas de los mil dioses 1/2


Hero era una sacerdotisa de Afrodita , que vivía en una torre en Sestos, en el extremo del Helesponto. Leandro (Leandros, o Λέανδρος), un joven de Abidos en el otro lado del estrecho, se enamoró de ella y cada noche cruzaba el Helesponto a nado para estar con Hero. Ella debía encender una lámpara cada noche en lo alto de la torre para guiarle. Imagen 44Sucumbiendo a las dulces palabras de Leandro, y a su argumento de que Afrodita, como diosa del amor, despreciaría la adoración de una virgen, Hero le permitió acostarse con ella. Esto continuó durante el cálido verano. Pero una tormentosa noche de invierno las olas sacudieron a Leandro en el mar y el viento apagó la luz de Hero, por lo que el amante perdió el camino y pereció ahogado. Hero se lanzó desde la torre, muriendo también. Hoy llamamos Dardanelos a este estrecho brazo de mar, el Helesponto, que enlaza el mar de Mármara con el Mediterráneo, y no constituye una divisoria hidrográfica, sino antes bien un puente lanzado entre el Asia Menor y Europa, según demostraron los pueblos que participaron en la invasión del Egeo, y también Jerjes I (480 a.C.) y Alejandro el Magno (336 a.C). Debido a su situación, desde un principio fue el Asia Menor, la actual Turquía, país de tránsito de huestes guerreras, o, lo que es lo mismo, se convirtió en un campo de batalla y en un crisol de razas. Aquí la historia se produjo únicamente en estado salvaje, imperando la ley del más fuerte, con la sola alternativa de muerte o de supervivencia, tal como siempre ha sucedido hasta nuestros días, hasta Stalingrado, cuando chocan el Este y el Oeste. Solamente eran posibles soluciones como aquellas de las que Alejandro dio un ejemplo simbólico al cortar el nudo gordiano. 

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Los hititas son llamados el pueblo de los mil dioses. Lo cierto es que los hititas ‘respetaron’ un poco las costumbres de los pueblos asimilados y conquistados; y cada pueblo tenía para si su propio panteón y dios particular; no es que hubiera mil dioses, sino que los pocos dioses son nombrados por cada ciudad de forma distinta y con cierto color local. La mitología Hitita se vuelve una amalgama de varias culturas vecinas: griegos, hurritas, lapitas, semitas, asirios, acadios, sumerios, babilonios y egipcios. Los mitos principales los podemos ubicar en dos grupos: el primero el de la creación y ascenso al poder del dios Teshub que recuerda a los mitos de Urano-Cronos-Zeus; el segundo la lucha de Teshub contra gigantes y dragones, que recuerdan la gigantomaquia y la lucha de Tifón contra Zeus. Los dos mitos que se repiten entre los distintos pueblos de la región son: el mito del dios solar, o mejor dicho la diosa solar y el mito del dios de la tormenta. Según la cosmología existen tres mundos: el cielo, la tierra y el mar (equiparable al Apsu o mundo acuático subterráneo de los sumerios). Cada mundo tiene un dios (Sol) que lo gobierna. El dios sol del cielo (Istanu entre los hititas, Shimegi entre los huritas y Tiwazentre los lupitas) recorre de este a oeste, y en las noches viaja en sentido opuesto. Mito que se da no sólo entre los hititas; los egipcios creían en que la barca de Ra hacía similar viaje todos los días. Entre los pueblos de Mesopotamia tenemos la misma idea, pero mientras Shamash es el Sol del cielo, Nergal conduce el carro solar en la noche por la tierra de Kur. Existe una gran diosa solar que reina en la tierra y se la vincula también al crecimiento de las plantas y animales. Lo interesante es que no hay nombre de dicha diosa por ninguna parte, se le llama simplemente la diosa de Arinna (nombre de la ciudad donde se le da culto), y es la gran diosa del pueblo Hatti (hititas).

El único nombre que se le menciona es una diosa proto-hitita de nombre Wurusemu. Pero quién era esta diosa de origen claramente indoeuropeo. La diosa de Arinna es en principio una diosa de la luz, y será según los mitos madre del resto de los dioses solares. Cuando el mito se sincretiza con el de la diosa hurita Hebat, una diosa de la vegetación y el crecimiento, que está vinculada también al mito de la diosa Hannahannah, es cuando se puede tener una idea de quién era esta diosa. La gran diosa de Arinna y del pueblo Hatti es una diosa del verano, y por ello del crecimiento de las plantas y los animales. Cuando Hebat pierde a su hija Inara, raptada por el dragón Illuyanka, tenemos las misma imagen de la diosa Demeter que pierde su hija Perséfone,raptada por el rey infernal Hades. Entre los mesopotamicos el crecimiento y renovación de la tierra está vinculado al dios Talmuz, que va a los infiernos en otoño y regresa con su esposa Inanna/Ishtar en primavera. Con Hannahannah el mito se trastada a una forma más cercana al cercano oriente; Hannahannahes una forma homófona similar a Inanna(Ishtar), que busca no a su esposo (Teshub), sino a su hijo Telepinu; aquí el mito de ambas culturas se fusiona; madre-hija / esposa-esposo dan origen a la versión madre/hijo. Así la gran diosa solar de Arinna no es otra que la Cibeles frisia, la Demeter griega o la Ceres romana. El segundo dios importante entre los hititas es el dios de las tormentasTeshub/Tarhunt. Este dios fusiona varios cultos, por el lado indoeuropeo es el poderoso Zeus (dios del los rayos y por ende de las tormentas), quien vence a su padre Cronos, pero que también lucha contra gigantes y contra el terrible Tifón.

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Por otra parte es el dios de las tormentas mesopotamico, equiparable al dios Ishkur/Adad; quien trata de recuperar a su hija Inara del dragón Illuyanka, eso es igual al mito de rescatar a Ereshkigal del dragón que reina en Kur (Zeus no viaja a los infiernos para recuperar a su hija Perséfone raptada por Hades). La unión de la diosa solar y el dios de las tormentas, fue una forma de fusionar los mitos del norte occidente (indoeuropeo) y el suroriente (mesopotamico). En Mesopotamia Ishkur/Adad casa con la diosa del grano Shala, las lluvias traen la vida y la renovación en una tierra donde el sol siempre brilla y calienta; más al norte, cuando las estaciones son más evidentes y las épocas de calor y frío son más importantes que las de sequía y lluvia, el sol como centro de vida adquiere mayor importancia, por ello el dios de las tormentas es desposado con la diosa del sol (verano), para que existan cosechas se requiere de calor y lluvias juntas. La influencia mesopotamica se tiene en los nombres de varios dioses; el dios del cielo no es Urano, sinoAnu (el dios del cielo sumerio); el dios del conocimiento es A’as, quien no es otro que el dios Ea (En-Ki). La esposa del padre de Tehsub es Aserdus, una forma de la diosa Asera, nombre semita de Nin-Lil, esposa de En-Lil, padre de Ishkur/Adad. El rey del infierno, Lelwani, que en principio era masculino como Hades, paso a ser femenino como Ereshkigal. Pero la influencia indoeuropea se tiene en la existencia de mitos que no se encuentran entre los pueblos del sur, como la creencia en las Hutena (las Moiras o Parcas), la de Upelluri (el gigante que sostiene el cielo como Atlas), o Ishara, que es puesta como compañera de Ishtar, pero se parece mucho a la diosa infernal Némesis.

Para nosotros, hombres del siglo XX, es de una actualidad palpitante el período de historia que tuvo su origen en este lugar en el siglo XX antes de Jesucristo, precisamente cuando irrumpieron en él los hititas indogermanos. Pues, según expresión del hititólogo Albrecht Götze, «fue la primera vez que pueblos europeos penetraron en el mundo civilizado, y éste no es precisamente uno de los menores alicientes de la historia de los hititas…». Es una de las curiosidades más desconcertantes de la historia el que el imperio responsable del choque entre los dos universos haya sido «descubierto» por la ciencia hace tan sólo unas pocas décadas; y es verdaderamente asombroso que, al cabo de tan poco tiempo, los arqueólogos estén ya en condiciones de poder escribir una minuciosa historia de este imperio, habiendo incluso logrado interpretar y comprender el lenguaje y la escritura de un pueblo desaparecido hace más de 3.000 años. Los hititas, también llamados hetitas o heteos, fueron una población de origen indoeuropeo que se instaló en la región central de la península de Anatolia entre los siglos XVIII y XII a. C., teniendo la ciudad de Hattusa como capital. Hablaban una lengua propia indoeuropea, usando jeroglíficos propios y en otras ocasiones escritura cuneiforme prestada de Asiria. Aglutinó a numerosas ciudades-estado de culturas muy distintas entre ellas y llegó a crear un influyente imperio gracias a su superioridad militar y a su gran habilidad diplomática, constituyéndose así como la “tercera” potencia en Oriente Medio (junto con Babilonia y Egipto). Perfeccionaron el carro de combate ligero, empleándolo con gran éxito, y se les atribuye una de las primeras utilizaciones del hierro en Oriente Medio para elaborar armas y objetos de lujo.

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C. W. Ceram es el pseudónimo de Kurt Wilhelm Marek (Berlín, 20 de enero de 1915 – Hamburgo, 12 de abril de 1972), un periodista y crítico literario alemán, conocido por sus notables obras de divulgación sobre Arqueología, especialmente por su extraordinario libro “Dioses, tumbas y sabios”, que recomiendo leer a toda persona interesada en la historia de la Arqueología. En la Segunda Guerra Mundial fue hecho prisionero en Italia y durante su cautiverio tuvo ocasión de leer libros de Arqueología. Como resultado de sus conocimientos adquiridos publicó en 1949 su libro “Dioses, tumbas y sabios”, obra que le hizo famoso en todo el mundo. “Dioses, tumbas y sabios” se ha traducido a veintiocho idiomas con cinco millones de ejemplares publicados y a día de hoy siguen imprimiéndose nuevas ediciones. Otras obras conocidas del autor son “El secreto de los Hititas”, y en la que me he basado en gran parte para escribir este artículo, o “El primer americano”. C.W. Ceram fue redactor jefe del periódico Die Welt y director de publicaciones de la editorial Ernst Rowohlt. En 1947 se trasladó a EE.UU.

A pesar de que actualmente se conoce bastante de la historia de este pueblo, tras su declive los hititas cayeron en el más absoluto olvido hasta el siglo XIX. Es sorprendente que quienes llegaron a constituir uno de los mayores imperios de la Antigüedad, hayan pasado totalmente inadvertidos durante tantos siglos. Gracias a numerosas excavaciones, algunas tan importantes como el descubrimiento de lo que sería similar a un “archivo nacional” en lo que fue su capital, Hattusa, y muchas referencias en textos de origen asirio y egipcio, se ha podido reconstruir su historia y llegar a descifrar su escritura. No se sabe a ciencia cierta cómo se llamaban a sí mismos. El nombre de Hatti proviene de las crónicas asirias que lo identificaban como el “País de Hatti” (Chati), y por otra parte los egipcios les denominaban “Heta“, que es la transcripción más común del jeroglífico “Ht”, ya que la escritura egipcia, al igual que la árabe actual, carecía de vocales. Por otra parte, los “Hatti” eran un pueblo que vivía en la misma región que los hititas, antes del primer imperio hitita, y cuya conquista por parte de los segundos provocó que los asirios y demás Estados vecinos siguieran usando el nombre de “Hatti” para denominar a los nuevos ocupantes, pasando a significar “La tierra de la ciudad de Hattusa“.El término proviene de las referencias bíblicas. Éste era llamado “Hittim“, que Lutero traduciría al alemán como “Hethiter“, los ingleses lo convirtieron en “Hittites“, mientras que los franceses los denominaron primero “Héthéens” para acabar llamándoles del mismo modo que los ingleses, “Hittites“. “Hititas” es el término general que se usa en español, aunque también se ha usado el de “heteos“, pero es poco frecuente y está en desuso. Las referencias en la Biblia sobre los hititas las encontramos en Josué (3,10), Génesis (15,19-21), (23,3) Números (13,29) y Libro II de los Reyes (7,6). En el libro 2 de Samuel, (11, 1-21), se hace referencia a Urías el hitita, combatiente de los ejércitos del rey David, y esposo de Betsabé. Luego de tomar a ésta última como concubina mientras Urías se encontraba en campaña bélica contra los amonitas, David, después de embarazar a Betsabé, provocó su muerte.

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En el Antiguo Testamento, Bathsheba o Betsabé (“la séptima hija” o la “hija del juramento“), hija de Ammiel, fue la esposa de Urías el hitita y luego una de las esposas del rey David. El segundo libro de Samuel relata el adulterio de Betsabé con el rey David, el embarazo resultante de la relación, y el subsecuente asesinato de su esposo Urías el hitita para ocultar la culpa y la identidad del padre de la criatura que Betsabé llevaba en su vientre. Sin embargo, el plan de los amantes fracasó cuando Dios denunció a David por medio de una parábola que enunció el profeta Natán, que finalizó con una sentencia en forma de pregunta: “¿Por qué menospreciaste a Yahvé haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya (…)?”. A pesar de haber sido perdonados por Dios y salvados de la condena a muerte por aquel crimen, el primer hijo nacido de la  elación entre David y Betsabé murió a los siete días y se sucedió una cadena de intrigas, asesinatos y luchas internas (incluyendo una guerra civil) que plagaron la vida posterior de David como castigo adicional impuesto por Dios. Del enlace entre Betsabé y el rey David nacieron luego tres hijos, de entre los que destacó quien sería el último rey de Israel, Salomón. Según el Segundo Libro de Samuel, el rey David vio desde la azotea del palacio a una hermosa mujer bañándose. Quiso David informarse sobre la mujer y le dijeron que se trataba de Betsabé, hija de Eriám y mujer de Urías el hitita. David envió gente que la trajese a sus habitaciones, y tuvo relaciones con ella a raíz de las cuales ella quedó embarazada. Betsabé envió a decir a David que ella estaba encinta.

Informado David de la situación, pidió a Joab que enviara a Urías donde él. Urías participaba entonces de la segunda campaña contra los amonitas. David sugirió a Urías que bajara a su casa, implicando que atendiera a su esposa, pero Urías no lo hizo. Cuando posteriormente David preguntó a Urías sus razones, Urías hizo referencia a un código de honor: él no entraría a su casa para comer, beber y acostarse con su mujer mientras el arca de la Alianza, Israel y Judá habitaran en tiendas, y mientras Joab y sus compañeros guerreros acamparan en el suelo. En efecto, era común que, en la preparación para la lucha, los guerreros se abstuvieran de tener relaciones sexuales como ejercicio de disciplina. Al reiterarse la negativa de Urías a visitar a su esposa Betsabé, David escribió una carta a Joab donde indicaba poner a Urías frente a lo más reñido de la batalla y ordenar a los soldados que se apartaran de él, de modo que el enemigo lo matara fácilmente. Muerto Urías, fue avisado David. Betsabé también supo de la muerte de su esposo e hizo duelo por él. Pasado el luto, David envió por Betsabé y la recibió en su casa haciéndola su mujer. Hay cierto matiz irónico en la observación de que el matrimonio se celebró inmediatamente después del duelo. El II Libro de Samuel especifica que ella dio a luz un hijo, pero la acción de David desagradó a Yahvé. Poco después, el profeta Natán reprendió a David por el asesinato, relatándole primero la parábola de un hombre rico y otro pobre: el rico tenía muchas ovejas mientras que el pobre sólo tenía una, a la que quería mucho. Un viajero visitó al rico y este tomó la oveja del pobre y se la preparó para ofrecérsela al viajero. Al oír el relato, David montó en cólera y contestó: “¡Vive Yahvé! que merece la muerte el hombre que tal hizo! Pagará cuatro veces la oveja por haber hecho semejante cosa y por no haber tenido compasión“. La respuesta de David lo colocó en una posición insostenible.

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Natán le respondió con palabras acusadoras, sin paliativos: “¡Tú eres ese hombre! Así dice Yahvé Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel, y te libré de las manos de Saúl. Te di la casa de tu señor, y puse sus mujeres en tus brazos; te di la casa de Israel y de Judá; y si es poco, te añadiré también otras cosas. ¿Por qué menospreciaste a Yahvé haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matándole por la espada de los amonitas? Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me despreciaste y tomaste la mujer de Urías el hitita para hacerla tu mujer“. David se arrepintió profundamente de su pecado. Aun así, Natán profetizó que su hijo ya nacido de la relación con Betsabé moriría, lo que sucedió siete días después, no obstante el ayuno guardado por David. David y Betsabé engendraron más tarde a Salomón, quien sucedería a David en el trono. Pero, tal cual lo anunciado por el profeta Natán, la espada jamás se apartaría de la casa de David. Absalón, hijo de David, asesinaría a su propio hermano y se convertiría en personaje central del gran drama de la familia davídica, resultando en una serie de crisis políticas que llegarían a comprometer el futuro del reino. La descripción que se hace de la penitencia de David está perfectamente de acuerdo con su sencillez  y su sentido realista. David trató de evitar la muerte del niño resultante de su adulterio, mediante el ayuno y la penitencia, pero no lo consiguió. David señaló su conocimiento de que también él iría un día al seol, «el país sin retorno», como lo llamaban los antiguos. En los versículos 24-25 se menciona el nacimiento de Salomón (Yedidías, «amado del Señor») como una señal del perdón divino, el primer indicio de que Salomón terminaría por subir al trono, después de una sangrienta y triste secuencia que incluyó suplantar a otros herederos que tenían mejores derechos que él. De la interpretación más usual del sentido del relato surge que la grandeza de David radicó en el proverbial reconocimiento posterior que hizo de sus pecados de adulterio y de asesinato. Con motivo de la visita del profeta Natán, se le adjudicó a David haber compuesto el llamado Miserere o Salmo 51, el salmo penitencial por excelencia. El relato de David y Betsabé pasó a ser el ejemplo por antonomasia del adulterio por cálculo que, ante el fracaso del ocultamiento, torna en un pecado aún mayor.

En el año 1834 Charles Félix Tesier (1802-1871) descubre las ruinas de una antigua ciudad cerca de la aldea turca de Bogazköy (después identificada como su antigua capital, Hattusa). En 1839, en su libro Description de l’Asie Mineure afirma que esas ruinas pertenecían a una civilización desconocida. En 1822, en Viajes por Siria y Tierra Santa, Johann Ludwig Burckhardt habla del encuentro de una lápida con jeroglíficos desconocidos, algo que pasó inadvertido en su momento. Pero en 1863, los norteamericanos Augustus Johnson y el director Jessup seguirían las huellas de Buckhardt en Hama hasta encontrarla. Entre 1870-80 se investigan diversos restos por parte del misionero irlandés Willian Wright, que traslada algunas piedras a Estambul, y H. Skeene y George Smith, que descubren Karkemish, encuentran restos de la “escritura desconocida“, la misma escritura que encontraría en el año 1879 Henry Sayce en Esmirna. En 1880, Sayce afirma en una conferencia ante la Society for Biblical Archaeology que todos esos restos pertenecen a los hititas que menciona la Biblia. Cuatro años más tarde, William Wright aporta nuevas pruebas a la tesis de Sayce y publica un polémico y atrevido tratado: El gran Imperio de los Hititas, con el desciframiento de las inscripciones hititas por el profesor A.H. Sayce. Hacia el año 1887 se descubre en Amarna numerosa documentación egipcia de la época de Akenatón, que incluye abundante correspondencia con las primeras alusiones directas a los hititas y a los jebuseos. En 1888, Karl Humann y Felix von Luschan dirigen unas excavaciones en Sendjirli, y descubren una fortaleza hitita con numerosos bajorrelieves y toneladas de esculturas y vasijas de barro cocido. Entre 1891-92 William Flinders Petrie descubre tablillas en la misma “lengua desconocida“, que se le llamaría primeramente “lengua Arzawa“, debido a las alusiones que se hacían al territorio de Arzawa. En 1893 el arqueólogo francés Ernest Chantre (1843-1924) descubre en Bogazköy fragmentos de tablillas en la misma lengua.

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Pero el mayor descubrimiento lo hace, entre 1905 y 1909, Hugo Winckler, en una expedición a Bogazköy, donde encuentra más de 10.000 tablillas de lo que parecía ser un “archivo nacional“, entre las cuales había textos bilingües, lo que permite descifrar numerosos documentos. Winckler afirma que esas ruinas pertenecen a la capital, la cual acaba denominando Hattusa. A partir de entonces, entre los años 1911 y 1952 la investigación se centra en descifrar la lengua hitita, cuyas mayores aportaciones las hace Johannes Friedrich que, en 1946, publica un Manual hitita y en 1952-54 un Diccionario de lengua hitita. La colección de tablillas de barro con escritura cuneiforme de Bogazköy (la antigua Hattusas) ofrece el único material escrito que existe sobre la civilización de los hititas, que durante el segundo milenio a.C. fundaron una de las organizaciones políticas más poderosas del Oriente Medio. Casi todo lo que sabemos acerca de ese período de la historia en Asia Menor, y parcialmente del Oriente Medio, procede de las tablillas cuneiformes encontradas en Bogazköy. Este acervo, formado por un total de casi 25.000 tablillas, abarca testimonios de la vida social, política, comercial, militar, religiosa, legislativa y artística de aquella era.  Comprende asimismo las tablillas del Tratado de Quadesh, firmado entre los hititas y Egipto. Este célebre tratado de “paz perpetua” garantizaba la paz y la seguridad en toda la zona.  También se encuentran en estas tablillas muchas obras literarias, de carácter principalmente épico y mitológico. Algunas de las más importantes narran las hazañas y las querellas de los dioses, quienes en sus rasgos esenciales se diferencian poco de los de otros pueblos del Oriente Medio.  La civilización de los hititas, emparentada con las de Akkad y Sumer, no estuvo exenta de influencias egipcias y hurritas; por otra parte, parece haber influido a su vez en las artes del Egeo.

Para el profano en arqueología nada hay más enigmático y que más relación parezca tener con las artes diabólicas que la lectura de las inscripciones que han permanecido bajo tierra, cubiertas de escombros o de arena, y que fueron obra de un pueblo desaparecido hace ya tanto tiempo, con el cual no nos une vínculo alguno de continuidad histórica o racial. Ni con la mejor buena voluntad del mundo es posible describir en pocas palabras los principios fundamentales de este arte digamos diabólico, Son múltiples los problemas que desde buen principio suscita el descifre de inscripciones antiguas. Algunos de nosotros hemos aprendido el latín, una lengua muerta, y todos podemos leer las viejas inscripciones en los arcos de triunfo romanos que se remontan a dos mil años; muchos no sólo saben leerlas, sino incluso comprenderlas. Como lengua popular el latín desapareció con el Imperio romano, pero se conservó como lengua de formación clásica, y jamás dejó de cultivarse a pesar de ser una lengua, como hemos dicho, muerta. Éste ha sido un caso único, que no han conocido la mayoría de las lenguas del Antiguo Oriente. Los arqueólogos del siglo pasado exhumaron innumerables documentos, inscripciones rupestres, tablillas y planchas de arcilla, sigilos, tablas de madera y papiros. Algunos de estos documentos estaban escritos en una lengua desconocida, pero en caracteres de una lengua ya familiar. Otras veces era exactamente lo contrario lo que sucedía, se conocía la lengua, pero se ignoraba la escritura. Y también en muchos casos las inscripciones estaban redactadas en lengua y escritura totalmente desconocidas, y por si esto fuera aún poco, se trataba de monumentos de un pueblo del que no se tenía ni la más remota idea. Unos años antes, William Wright se había enfrentado con un rompecabezas semejante cuando arrancara de la pared del mercado la piedra célebre de «Hamath», cubierta de inscripciones ininteligibles escritas en una lengua extraña por un pueblo, por decirlo así, anónimo. He aquí lo que todavía en 1948 decía la arqueóloga americana Alice Kober, que había contribuido en gran manera a descifrar las inscripciones de Creta: «No hay que darle vueltas; una inscripción es inescrutable cuando está escrita en caracteres incomprensibles y en una lengua desconocida».

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En la actualidad sabemos que la famosa piedra de «Hamath» está cubierta de los signos jeroglíficos que eran propios del pueblo hitita. Estos jeroglíficos han sido prácticamente descifrados, y la lengua hitita puede decirse que ya no tiene secretos. Para dar una idea de cómo pudo llegarse a la solución del enigma, vamos a rehacer el camino seguido por los hititólogos que utilizaron en sus investigaciones las tablillas de arcilla de Bogazköy, escritas, como sabemos, en una lengua del todo desconocida, pero en caracteres cuneiformes legibles. Las primeras tentativas en el arte de descifrar las inscripciones antiguas se remontan solamente a unos 2 siglos. Los resultados espectaculares y clásicos, unidos para siempre a los nombres de Georg Friedrich Grotefend y Jean-François Champollion, fueron posibles porque en ambos casos se conocía uno de los elementos que componían el texto. Para Grotefend, el descifrador de la escritura cuneiforme, el elemento era al principio puramente hipotético, pues se basaba en los nombres de tres reyes persas conocidos, pero operando por deducción observó por fin que sus suposiciones eran correctas, y así pudo indicar el camino a sus sucesores. En cuanto a Champollion, que descubrió el secreto de los jeroglíficos egipcios, el elemento conocido fue un texto griego y por ende legible. En la piedra trilingüe de Rosetta consiguió aislar el nombre de Ptolomeo, mencionado en la versión griega, nombre que pudo ser identificado gracias a que se hallaba encuadrado dentro de un grupo de ideogramas. Champollion pensó que los signos egipcios encerrados en el marco correspondiente pudieran representar lo mismo, y las letras que lo componían le proporcionaron la pauta con que poder seguir adelante. Tanto en un caso como en otro, la clave del enigma la facilitaron los nombres propios obtenidos por analogía, y en lo sucesivo éste resultó el mejor método para descifrar escrituras desconocidas.

El filólogo alemán Ernst Sittig ha seguido un camino diferente. Al cabo de más de cincuenta años de intentos frustrados para descubrir el secreto de las antiguas inscripciones cretenses, Sittig fue el primero a quien se le ocurrió combinar el método estadístico-matemático utilizado por el Departamento de Claves del Ejército, con el antiguo método analógico de búsqueda de nombres propios empleado por los filólogos clásicos. Pero el mérito de haber logrado descifrar las inscripciones cretenses pertenece a un profano, al inglés Michail Ventris —arquitecto especializado en la construcción de casas prefabricadas—, el cual aplicó el procedimiento clásico de la interpretación de los nombres propios. Sin embargo, el ideal de todos los filólogos, al enfrentarse con textos escritos en un sistema desconocido, era encontrar una inscripción bilingüe. Pero muy raramente se ha reproducido el afortunado caso de Champollion, lo cual, por otra parte, tampoco ha sido indispensable, puesto que desde entonces se ha progresado enormemente en este aspecto, y a los indicios que nada significarían para aquellos precursores de la arqueología, se les ha atribuido luego un carácter trascendental, sin contar que con cada nuevo descifre, aumentan los conocimientos que poseemos de las relaciones que existían entre las lenguas antiguas. Por raro que parezca, en 1786, o sea mucho antes de que se llevasen a cabo los primeros descifres, alguien había notado ya el parentesco lingüístico que unía unas con otras a las lenguas de la Antigüedad. Y esto no sucedió, como pudiera esperarse, en los hogares clásicos por excelencia de las investigaciones sobre el Asia Menor, o sea en los gabinetes de trabajo de los sabios en Inglaterra o en Alemania, sino en la India.

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El políglota genial a quien debemos este descubrimiento, el más importante en los anales de la Arqueología, era a la sazón juez principal en la Supreme Court of Judicatura de Calcuta, y en sus horas de asueto se ocupaba menos del problema de las comparaciones lingüísticas que de la traducción y compilación relacionadas con las leyes indoístas y musulmanas. Se llamaba William Jones. Había nacido en Londres en 1746; estudió historia y lenguas antiguas y luego enseñó en Harrow lenguas orientales (persa, árabe y hebreo), pero abandonó su cátedra por motivos de índole económica, pues el sueldo de profesor no le bastaba, y entonces se consagró al estudio de la jurisprudencia. Buena prueba de sus aptitudes es la rapidez con que hizo una brillante carrera en esta nueva rama del saber, y también lo es de su inteligencia el que, además, fuera Jones el primero en poner en evidencia la afinidad existente entre las lenguas indoeuropeas (que los alemanes llaman indogermanas), el único descubrimiento filológico trascendental que ha influido en casi todos los campos de la investigación histórica. El estudio de las lenguas indoeuropeas, en efecto, no solamente dio un gran impulso a nuestros conocimientos de la historia antigua en general, sino que abrió también nuevas perspectivas a la etnología (grandes invasiones y mezclas de razas), a la geografía antigua, a la sociología (formación e índole de las primeras sociedades indoeuropeas y del derecho familiar) e incluso a la zoología y a la botánica (dispersión de la fauna y de la flora en la época protohistórica, difusión de la domesticación animal).

Si a Jones no le hubieran trasladado a la India, tal vez no se hubiera dedicado a fondo al estudio del sánscrito, la lengua literaria y de los brahmanes. Fue partiendo del sánscrito que observó en las lenguas una armazón oculta, y descubrió, detrás de la fachada de cada uno de los innumerables lenguajes, un rasgo familiar común, de modo que las divergencias entre ellos son más aparentes que reales.El juez inglés no disponía de mucho tiempo en la India para profundizar su teoría y ni siquiera dio un nombre a esta nueva rama de la filología. Esto estaba reservado a un médico de la generación siguiente, también inglés, Thomas Young, codescubridor, con Champollion, de los jeroglíficos egipcios. Otros continuaron la obra que Jones iniciara. Citemos entre ellos a Rasmus Christian Rask (1786-1832), filólogo danés, gran viajero, cuya apariencia mundana en nada recordaba al profesor de universidad tal como nos lo imaginamos por lo general. Acostumbrado a estudiar los asuntos sobre el terreno, viajó durante cuatro años por Persia y la India. Fue todavía más importante la labor del alemán Franz Bopp (1791-1867), quien a los cuarenta y dos años dio comienzo a su gran obra, cuya parte principal terminó dieciséis años más tarde: Gramática comparada del sánscrito, del zenda, del griego, del latín, del lituano, del gótico y del alemán. Aplicó a la comparación lingüística métodos rigurosamente científicos y puede considerársele como el Winckelmann de la filología moderna. En resumen, esta obra prueba que existe un grupo de lenguas conocidas bajo el nombre de «indoeuropeas» por razón de su expansión geográfica, cuyo vocabulario y cuyas declinaciones presentan evidentes afinidades. Un buen ejemplo de ello es la palabra «padre» en español, «Vater» en alemán, «father» en inglés, «pére» en francés, «pater» en latín, «patér» en griego, «athir» en gaélico, «fadar» en gótico, «pita» en sánscrito, y «pacar» en tocario. Cuanto más antiguas son las lenguas que se trata de investigar, tanto más patentes son las semejanzas entre ellas, prueba evidente de que toda una serie de lenguas, hoy aparentemente muy diversas entre sí, proceden de una lengua original común.

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Fue decisivo el descubrimiento de que las modificaciones en las vocales, así como las de las desinencias de las lenguas dentro de un mismo grupo, obedecieron a reglas fijas. Gracias a este descubrimiento capital pudo reconstruirse el proceso evolutivo inverso de dichas transformaciones cuando se dispuso de elementos de comparación suficientes. En otras palabras, teniendo en cuenta la evolución sufrida por una lengua antigua de origen indoeuropeo reconocido, pudo ésta reconstituirse sistemáticamente a partir de los fragmentos todavía existentes. Y como se observaron pronto, dentro de la gran familia de las lenguas indoeuropeas, otros grupos menores con afinidades más notorias, su legalización geográfica o étnica permitió sacar nuevas conclusiones. En esto radica precisamente la importancia que para el arqueólogo tiene el estudio de las lenguas indoeuropeas; pues no solamente le ayuda a descifrar unos signos, sino que tiene además un valor inapreciable cuando se trata de reconstituir el vocabulario, la estructura y la gramática de una lengua cuyos vestigios epigráficos son más bien escasos. No debe extrañar que los primeros «indoeuropeizantes» fuesen objeto de burla, pues, verdaderamente, a primera vista parecía ridículo el querer sostener que existía un parentesco lingüístico entre el afganistánico, el islandés, el sánscrito, el ruso, el zíngaro, el frisio, el latín y el viejo prusiano. Y, sin embargo, así es. Esta teoría parecía, empero, tanto más verosímil cuanto que el área de dispersión geográfica de esta familia de lenguas indoeuropeas va desde la India, pasando por el Asia Anterior, hasta Europa occidental. O sea, que comprende un espacio que cordilleras, mares y desiertos dividen en sectores poblados por las razas más heterogéneas. Todavía hoy les quedan muchos problemas por resolver a los «indoeuropeizantes». Poe ejemplo, aún falta, entre otros, ponerse de acuerdo sobre el lugar de origen de las lenguas indoeuropeas, que se supone pudiera estar situado entre el sur de Rusia y Europa Central. Pero la estrecha relación existente entre las lenguas indoeuropeas, en evidente oposición a otros grupos de lenguas de la raza blanca (el camitasemítico, el caucásico, el dravídico y el vasco), ya nadie lo pone en duda, y es sólo una cuestión que sigue ocupando a los investigadores. Además de los métodos ensayados y gracias a los cuales durante el siglo pasado fue posible llegar al descifre de inscripciones y de lenguas muertas, en el caso de las tablillas hititas de Bogazköy fue sobre todo gracias al estudio de las lenguas indoeuropeas que se logró dar con la clave del enigma.

Por una extraña casualidad, el hombre que por primera vez utilizó esta clave no era ningún «indoeuropeizante», sino un asiriólogo, o más exactamente, un semitólogo, pues el asiriobabilónico se clasifica entre las lenguas semiticorientales. El Informe preliminar es al sabio lo que una reivindicación de patente para el inventor técnico. En ambos casos lo que se persigue es asegurar una prioridad al que intuye algún hecho nuevo. En diciembre del año 1915 la revista Comunicaciones de la Sociedad Oriental Alemana publicó, bajo la firma del doctor Friedrich Hrozny, un artículo titulado: La solución del problema hitita. Informe preliminar. El autor empieza justificando la prisa que corre la publicación de su artículo: «Me han inducido a publicar desde ahora la introducción en forma abreviada de mi artículo en las Comunicaciones de la Sociedad Oriental Alemana, de una parte la guerra actual, que posiblemente retrasará la conclusión y la publicación de mis trabajos, y de la otra el hecho que tal vez otros estén pendientes de publicar algún libro sobre el mismo problema hitita». Era realmente sorprendente que en tan poco tiempo alguien hubiera logrado la solución del misterio de las planchas cuneiformes hititas, pero todavía causa más asombro a los especialistas el resultado de la solución, pues nadie había atinado en ello. A la muerte de Winckler, la Sociedad Oriental Alemana había confiado a un grupo de jóvenes asiriólogos el estudio y la trascripción de todos los documentos epigráficos hititas procedentes de Bogazköy. El grupo se dividió, desde el primer momento, en dos subgrupos. Unos se agruparon alrededor del alemán Ernst F. Weidner, sabio dogmático, rígido y concienzudo, mientras los otros seguían al activo y excelentemente dotado Friedrich (también Bedrich) Hrozny, de nacionalidad checa, pero nacido en Polonia el año 1879. Al estallar la primera guerra mundial, Alemania movilizó inmediatamente a los filólogos, entonces considerados como personajes inútiles. Weidner, que era un verdadero gigante, fue destinado a la artillería pesada y alcanzó el grado de suboficial, mientras que su contrincante Hrozny ingresaba en el ejército austrohúngaro, en donde pasó a depender del ya mencionado teniente Kammergruber, el cual le tomó simpatía al joven profesor por su gracia vienesa, llegando hasta dispensarle, en cuanto le era posible, de sus obligaciones militares, a fin de que pudiera consagrarse a sus investigaciones filológicas.

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En las palabras que siguen le muestra Hrozny así su agradecimiento: «Este fascículo ha tomado su forma definitiva mientras su autor estaba movilizado», y añade, en honor de la verdad, que también escribió por la misma época el segundo fascículo. Si tenemos en cuenta que tales artículos, a pesar de su brevedad, constituían la obra maestra de la hititología, de una erudición formidable, hay que reconocer que, en bien de la ciencia, la guerra no fue dura con él, gracias a Kammergruber, sin cuya protección no le hubiera sido posible desplazarse a Constantinopla, en donde durante varias semanas tuvo libre acceso a los documentos hititas cuneiformes, cosa que en las excepcionales circunstancias de entonces ningún otro sabio europeo hubiera podido conseguir. Mientras Hrozny coqueteaba así con la suerte, su menos afortunado contrincante cumplía con sus deberes militares literalmente al pie del cañón. Pero no debemos ser injustos con él, y aún menos porque, según sabemos ahora, Weidner andaba algo despistado en sus suposiciones. Por otra parte, sería absurdo pretender que Hrozny llegó a poder descifrar la lengua hitita porque dispuso de más tiempo que su rival. Hrozny tenía detrás de sí una brillante carrera. A los 24 años había tomado parte en unas excavaciones al norte de Palestina, donde se había destacado por las comunicaciones que había publicado sobre textos cuneiformes. Y, en 1905, a los veintiséis años, era nombrado profesor en Viena. Con los conocimientos excepcionales que tenía en su haber y gracias a su temeridad científica, Hrozny abordó decididamente el problema. Lo hizo desde un punto de vista imparcial, reacio a seguir las huellas de los demás, y aun decidido a dejarse sorprender por la realidad de los hechos y a comprobar éstos escrupulosamente, incluso si resultaba que sus conclusiones iban a echar por tierra las teorías entonces en curso. Por el mismo Hrozny sabemos que cuando puso manos a la obra que debía hacerle célebre, no tenía la menor idea de la lengua que acabaría por descubrir.

Pero con semejante modelo no olvidaremos que la asiduidad y la aplicación son la base de los grandes descubrimientos. En realidad no habría manera alguna de describir el desarrollo de uno de esos desciframientos modernos si, como en toda la historia, no llegara el momento en que se alcanza el punto culminante en el que las innumerables consideraciones y los razonamientos, las deducciones y las interminables indagaciones se resuelven, por decirlo así, en una sola idea-clave, que es precisamente la decisiva. Y esta idea, verdadera piedra de toque del éxito, a menudo es bien sencilla.  Como principales puntos de partida de Hrozny tenemos, en primer lugar, la identificación de los nombres propios, y luego la certidumbre de que los textos hititas contenían «ideogramas». Como sucedió también en todas las demás escrituras, la grafía cuneiforme asiriobabilónica utilizada en los textos de Bogazköy fue principalmente pictográfica, para transformarse más tarde en silábica, pero conservando no obstante una gran cantidad de los signos primitivos que los hititas tomaron de los babilonios, gracias a lo cual pudieron ser leídos, y en este caso también comprendidos los signos como tales, a pesar de ignorarse la lengua en que estaban escritos. Para mayor claridad pondremos el siguiente ejemplo: cuando vemos la cifra «10» en un texto alemán, español, francés o inglés, la comprendemos en todos los textos, aun cuando solamente conozcamos una de dichas lenguas, e incluso ninguna, y no importa en absoluto que en Alemania se diga «zehn», en Francia «dix», en Inglaterra «ten» y en España «diez». Fue procediendo de este modo, o sea valiéndose de los ideogramas, que Hrozny consiguió descifrar las palabras «pez» y «padre», y luego se dedicó a la minuciosa y agotadora tarea de ir tanteando palabra por palabra y una forma tras de la otra, hasta que por fin advirtió un buen día que la lengua hitita presentaba formas gramaticales típica del grupo de las lenguas indoeuropeas. Lo menos que puede decirse es que el descubrimiento era desconcertante.

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Sobre la lengua hitita existían ya entonces varias teorías, pero a excepción de un solo filólogo, que había de retractarse luego, nadie había caído en la cuenta de que pudiera tratarse de una lengua indoeuropea. Ni a nadie podía ocurrírsele, pues el pretender insinuar que a mediados del segundo milenio antes de J. C. un pueblo indoeuropeo había dominado en el interior de Anatolia, hubiera sido contrario a todas las conclusiones consideradas como artículo de fe por los historiadores orientalistas. No es de extrañar, pues, que Hrozny desconfiara de sí mismo y que, temiendo encontrarse ante coincidencias lingüísticas, sólo a regañadientes se decidiera a exponer los nuevos indicios, los cuales, según él, demostrarían el carácter indoeuropeo de la lengua hitita. Pero llegó un día en que estudiando Hrozny un determinado texto, y asustado por la audacia de su propia tesis, tomó aliento y se atrevió a decirse: «Si tengo razón en la interpretación de esta línea, se producirá una verdadera revolución científica». Como la frase tenía para él un significado bien claro, no le quedaba sino la solución de revelar lo que había observado, arrostrando el riesgo de derrumbar todas las teorías de los demás filólogos. El texto que incitó a Hrozny a tornar esta decisión es éste: nu ninda-an ezzatteni vâdar-ma ekutteni. En esta frase había tan sólo una palabra conocida: «ninda» = pan, que fue identificada por analogía con el ideograma sumerio. Hrozny supuso que en un texto que contenía la palabra «pan», puede que se encontrara también, aunque no era del todo seguro, la palabra «comer». Como para entonces ya se sentía abrumado por el presentímiento y por los indicios de que la lengua hitita perteneciera al grupo de las indoeuropeas, para no dejar en el aire ninguna tentativa reunió algunas expresiones indoeuropeas de «comer», en busca de la palabra cuya consonancia tuviera alguna afinidad con la hitita que significase lo mismo. Empezó escribiendo la palabra «comer» en latín, edo, luego en inglés eat, después en alto alemán antiguo. Y en el preciso instante de escribir ezzan, que en alemán antiguo significa también «comer», vio que iba por buen camino, pues ezzan corresponde a la palabra ezzatteni de la frase hitita.

La siguiente palabra importante, y que encajaba a no dudar en el texto hitita, era vâdar. Claro que asociada con «pan» y «comida» podía designar algún alimento, pero Hrozny, igual que un perro de caza siguiéndole el rastro a una pieza, siempre a la pista de las lenguas indoeuropeas, tropezó esta vez con la palabra inglesa water, en alemán wasser, y en sajón antiguo watar. Para abreviar vamos a dejar a un lado las complicadas consideraciones gramaticales que permitieron descubrir el sentido general de la frase, que Hrozny tradujo así: “Ahora comerás pan y luego beberás agua”. La interpretación de Hrozny confirmaba plenamente la tesis expuesta ya en 1902 por el orientalista noruego J. Á. Knudtzon, pero de la que tuvo que retractarse ante el sarcasmo de los especialistas, según la cual la lengua hitita pertenecía al grupo indoeuropeo. Pero esto no era todo. Como, según los arqueólogos, la redacción de los textos de Bogazköy se remontaba a los siglos XIV y XV antes de J. C., y sabiendo, además, que muchos de estos textos eran transcripciones de documentos mucho más antiguos, probablemente del siglo XVIII, Hrozny podía reivindicar el honor de haber descubierto lalengua indoeuropea más antigua, la cual podía competir en antigüedad con los primitivos libros sagrados hindús del Rigveda, a mediados del segundo milenio antes de J. C. El 24 de noviembre de 1915, en plena guerra, dio Hrozny una conferencia, que fue publicada un mes después, sobre el descifre de la escritura hitita, ante la Sociedad Alemana del Próximo Oriente, en Berlín. Pero su obra maestra no apareció hasta el año 1917, en Leipzig, bajo el título: La lengua de los hititas. Su estructura y su vinculación al grupo de las lenguas indoeuropeas. Y en las primeras páginas declaraba: «Este libro tiene por objeto dar a conocer la naturaleza y la estructura de una lengua hasta ahora misteriosa, la lengua que hablara en otro tiempo el pueblo hitita». Y añadía, con una naturalidad que deriva de una presuntuosa convicción, que su obra aducirá la prueba de que, en lo esencial, la lengua hitita debe ser considerada como perteneciente al grupo indoeuropeo.

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Y cumplió ciertamente la promesa, pues a lo largo de las 246 páginas presentó Hrozny la explicación más completa que haya jamás visto la luz sobre el descifre de una lengua muerta. Ya no se trataba de simples hipótesis más o menos ingeniosas, ni de tanteos ni de suposiciones, sino de realidades; de resultados tangibles. Al propio tiempo, como es natural, aprovechó la oportunidad para saldar cuentas con sus adversarios. Poco antes de terminar su labor, tuvo Hrozny ocasión de leer, en la biblioteca de la Universidad de Viena, el libro Estudios sobre la filología hitita, que acababa de publicar su rival Weidner. Y en el apéndice del suyo, deja Hrozny constancia de que «Weidner, el cual parece haber cambiado de parecer desde el verano de 1917, reconoce que no se le puede negar una cierta influencia aria a la lengua hitita» y atribuye este cambio de opinión al hecho de que Weidner había leído su mencionada Información preliminar. En una nota llena de interrogantes muy hábiles, aun cuando no le acusa abiertamente, da por descontado que Weidner se ha apropiado de ciertas ideas suyas, «pero evitando citar mi nombre en todo lo posible».Por desagradables que sean, tales reproches no pueden sorprender. En una época de suposiciones, en la que se andaba todavía prácticamente a ciegas, las teorías de Weidner en modo alguno podían considerarse como descabelladas. El mismo Hrozny reconoce que la lengua hitita contiene también ciertos elementos extraños, probablemente de origen caucásico. Por una parte escribe: «Es de lamentar que la obra de Weidner sea deficiente desde el punto de vista de la hititología», pero por la otra añade, a regañadientes: «… que no carece de interés, y que en lo tocante a la asiriología el conocimiento de los vocabularios ha permitido realizar grandes progresos». Pero no queremos extendernos más en los detalles de esta polémica.

Consideramos que es mucho más importante citar los párrafos del decano de historiografía antigua, Eduard Meyer, en su prefacio al libro de Hrozny: «Entre los portentosos descubrimientos que han contribuido a aumentar y a completar en todas direcciones nuestro conocimiento de la historia y de las civilizaciones primitivas, como consecuencia de las excavaciones fomentadas por la Sociedad Oriental Alemana, el del profesor Hrozny es, con mucho, el más importante. Ya no es solamente el arqueólogo quien, al sacar a la luz del día los tesoros y las momias reales, puede hacer revivir el fantasma del pasado; también el sabio, meditando sobre un texto desconocido, puede repentinamente sentir el escalofrío de la llamada de ultratumba. Ya no se trata de verbalismos filológicos. ¿No es a veces la palabra «comer», cuando se lanza como una exclamación, sinónimo de «hambre»? Y en los arenales del desierto, ¿no se confunde «agua» con «beber»? Vadâr, water, wasser (agua). Después de más de tres mil años, este grito lanzado por un hitita sediento sería actualmente comprendido tanto por un frisio del litoral del mar del Norte como por un holandés de Pennsylvania en la costa oriental de América». Pero, ¿qué lengua hablaban los hititas? Gracias a Friedrich Hrozny se empezó a descubrir su secreto, una segunda parte de los archivos de Estado de Hattusas. De las innumerables tablillas de arcilla encontradas en Bogazköy entre 1906 y 1912, algunas pudieron ser descifradas inmediatamente allí mismo por Winckler, porque los hititas habían redactado sus documentos oficiales en una lengua prestada, o sea en acadio, la lengua diplomática usual de la época, conocida desde hacía tiempo, y los habían escrito en caracteres cuneiformes asiriobabilónicos, que tampoco tenían secretos para los descifradores. Ahora Hrozny había conseguido leer otra parte, o sea las tablillas que los hititas habían escrito también en caracteres cuneiformes, que no eran los suyos, pero en su propia lengua.

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Estos textos, escritos en la lengua del pueblo hitita, eran de carácter jurídico, religioso y médico, y daban cuenta de las hazañas de los reyes y de los pueblos hititas, de sus usos y de sus costumbres. Todo parecía indicar que, por fin, podría ofrecerse una idea de conjunto sobre aquel pueblo. Esto era sólo verdad en principio, pues en materia de historiografía no se dan jamás conclusiones definitivas, sino tan sólo provisionales. En una palabra, la historia había hablado, pero se había reservado la última palabra. La obra de Hrozny suscitó, a raíz de su aparición, nuevos problemas, los cuales a su vez promovieron nuevas controversias. En primer lugar exteriorizaron su mal humor los arqueólogos, llamémosle clásicos, porque dentro de las teorías hasta entonces sustentadas por ellos no encajaba en modo alguno el hecho de que un pueblo indoeuropeo hubiese podido ejercer su dominación en el Asia Menor. Y, a pesar de ser ellos mismos los que hubieran debido resolver solos la cuestión, los historiadores pidieron a los filólogos, en son de burla, que les precisaran el origen de esta población indoeuropea. Les llegó el turno a los indoeuropeizantes, quienes reprocharon a Hrozny, el cual, por cierto, no era de formación indoeuropeizante, sus numerosos «resbalones» al tratar de los parentescos lingüísticos, pues en su entusiasmo se había contentado a veces con simples aproximaciones. Naturalmente, la necesidad de efectuar revisiones en su obra no rebaja el mérito original de su descubrimiento. No obstante, algunas correcciones eran indispensables. El primero en entrar en liza, a partir del año 1920, fue el alemán Ferdinand Sommer (nacido el 1875 en Tréveris), quien sometió el conjunto de la tesis de Hrozny a una crítica puramente filológica, pero extremadamente severa. Más tarde completaron su obra, en numerosos detalles, los también alemanes Johannes Friedrich y Albrecht Götze. Por su parte, el francés L. Delaporte revisó en 1929 la gramática hitita, y en 1933 el americano Sturtevant y, finalmente, en 1946, Johannes Friedich (nacido en 1893, profesor de Leipzig, instalado en Berlín desde 1950) hicieron progresar considerablemente los conocimientos que se poseían ya sobre la lengua de los hititas. En 1940 publico Friedrich, como segundo volumen de su Manual hitita, una antología de textos con numerosas aclaraciones y un index; y, en 1952-1954, apareció su gran Diccionario de la lengua hitita.

 

El mismo Friedrich reconoce, en el prefacio de su obra, que todavía queda mucho que hacer hasta lograr dominar completamente el vocabulario y las peculiaridades de la gramática hitita, e insiste sobre todo en los textos religiosos que contienen numerosas «expresiones poéticas cuyo verdadero significado es un enigma para nosotros, y puede que siga siéndolo por mucho tiempo todavía». Por si acaso, en vez del sentido literal de las palabras, muy a menudo indica términos genéricos, como «un vestido», «un pastel» e incluso «substantivos de significados indeterminados». Pero esto no cuenta al lado de una de las últimas frases de su introducción, en la que, con la mayor naturalidad del mundo —demostrando con ello su probidad intelectual—, observa incidentalmente: «En contados lugares me he permitido corregir ciertos errores de los antiguos amanuenses hititas, como, por ejemplo, algunos determinativos repetidos o mal colocados». Pero no se crea que el proceso cuyo desarrollo hemos descrito brevemente sea tan simple como a primera vista parece, si debemos contentarnos, como es el caso aquí, con la enumeración de las fechas. En efecto, un suizo emprendió el año 1919 el estudio de algo que hasta entonces no había preocupado a nadie, porque el problema hitita era ya considerado como bastante arduo por sí solo para que alguien pudiera pensar en complicarlo más aún. Esto es precisamente lo que hizo el filólogo suizo Emil Forrer con la publicación de su libro Las ocho lenguas de las inscripciones de Bogazköy. Esta obra importantísima empieza con esta afirmación categórica: «Del examen de la totalidad de los fragmentos hallados en Bogazköy se desprende que contienen textos en no menos de ocho idiomas diferentes, a saber: además del sumerio y el acadio, al que hasta ahora se consideraba como lengua hitita y al que, como vamos a ver, deberíamos llamar el canesita, el indoario, el hurita, el protohitita, el luvita y el palaista».

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En 1919, E. Forrer descubrió que podían distinguirse ocho lenguas de entre los textos cuneiformes de Bogazköy. Sólo dos lenguajes, hitita y acadio, eran usados por los monarcas hititas para redactar documentos oficiales. El hurrita era otra lengua con la cual se escribían a veces textos íntegros. De los restantes lenguajes, el luvita, el palaico y el hatita aparecen en la forma de breves pasajes diseminados entre los textos religiosos hititas. A su vez, la lengua mitani pudo ser identificada en un documento detectando unos pocos términos que allí aparecían. El lenguaje sumerio era utilizado únicamente por los escribas hititas para su específico uso. Se compiló a esta lengua en vocabularios basados en listas de signos sumerios.  Pero lo más sorprendente no era la diversidad de las lenguas identificadas por Forrer. Sus conclusiones eran exactas; pero pronto se advirtió que la mayoría de las tablillas estaban realmente escritas en dos lenguas principales, y que las otras estaban solamente representadas por fragmentos interpolados en los demás textos. La multiplicidad de las lenguas es una característica común a toda ciudad cosmopolita, lo era ya entonces y sigue siéndolo actualmente. Si dentro de algunos siglos alguien descubriera, entre las ruinas de la ciudad de Londres, que mientras tanto hubiese desaparecido del mapa, como la antigua Babilonia, pongamos por caso, vestigios de signos raros de rótulos de tiendas del barrio chino, por ejemplo, a nadie se le ocurriría atribuir por eso un papel preponderante en el Londres del siglo XX a la lengua china. Ya era más desconcertante Forrer con su afirmación, según la cual a la lengua hitita sería más propio llamarla «canesita». O sea, que a los dos años de haber aparecido la obra maestra de Hrozny, surgía inopinadamente la duda de si lo que éste había descifrado era verdaderamente la lengua hitita. Aun cuando la conclusión de Forrer era indiscutible, no consiguió imponer su opinión, porque, si bien «hitita» resultaba inexacto, nadie quiso renunciar a un término que el uso había consagrado, para substituirlo por otro que quién sabe si luego no correría mejor suerte. Forrer fundaba su raciocinio en la suposición, admitida por todos, de que los héteos; de la familia indoeuropea, habían invadido el Asia Menor.

Pero entonces, claro está, quedaba por aclarar qué había sido de la población autóctona, y como durante mucho tiempo no pudo aportarse dato alguno para esclarecer el problema, se les dio a los primitivos habitantes del país el nombre de «protohititas». Luego se cayó en la cuenta de que en los documentos de Bogazköy ocurrían de vez en vez inscripciones en la lengua no indoeuropea de los protohititas, y siempre acompañadas de la mención «Hattili» (en hatti). Sin duda alguna esta expresión era derivada del nombre «hatti», con el cual se designaba el territorio en donde se hablaba esta lengua. Que este país tenía ya su propio rey antes de que los indoeuropeos penetrasen en Asia Menor en plan de conquista lo atestiguan las inscripciones descifradas de tres tablillas del rey Annitas de Nesa, en las que se refieren las guerras victoriosas contra un «rey de Hatti».  De modo que los verdaderos hititas (hatti) y a los cuales debemos llamar así, son los protohititas, y no los conquistadores indoeuropeos. Desgraciadamente, los sabios se enteraron demasiado tarde de la existencia del elemento étnico cuya lengua había sido la hitita, o sea cuando, basándose en la Biblia, se designaba ya con este apelativo a los inmigrantes indoeuropeos, y no hubo manera de subsanar esta confusión. Las revelaciones de Forrer empezaron por ser tomadas en consideración, pero por poco tiempo, y ahora la cuestión ha perdido ya actualidad. He aquí cómo resumía recientemente la situación un arqueólogo inglés: «Ya que este pueblo y su idioma oficial han venido conociéndose con el nombre de «hitita», conviene seguir llamándoles así». Al expresar su opinión de que a la lengua descifrada por Hrozny debía de llamársela «canesita», alegaba poner el hecho de que eran precisamente habitantes de la «ciudad de Kané» los que entonaban los cánticos sagrados hititas. Este argumento no vale menos que otros que se aducen en apoyo de proposiciones similares, pero ninguno basta. En el momento actual ignoramos aún que nombre se daban a sí mismos los «hititas» cuando penetraron en el Asia Menor. Aun cuando la certidumbre que poseemos de la filiación indoeuropea de los hititas y el hecho de que su idioma pudiera ser descifrado tan pronto hayan facilitado en gran manera la reconstitución de la historia del pueblo hitita, quedan todavía en el aire algunos problemas relacionados precisamente con su lengua y con su escritura. Sabemos de cierto que los hititas eran inmigrantes, pero continuamos ignorando su país de origen.

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Después de las investigaciones realizadas por Hrozny parecía que este problema había quedado definitivamente resuelto al serlo el del desciframiento de sus archivos, puesto que Hrozny no solamente había demostrado el carácter indoeuropeo de los hititas, sino al propio tiempo señalado también que la lengua hitita pertenecía al llamado grupo kentum de las lenguas indoeuropeas, es decir, al grupo occidental: el griego, el latín, el celta y el germánico. Así parecía evidente que los hititas procedían del Oeste, y que habían invadido el Asia Menor después de atravesar los Balcanes y el Bósforo.  Pero hoy, que ya sabemos mucho más de las evoluciones peculiares a ciertas lenguas indoeuropeas, ya no se acepta a pies juntos esta teoría, antes bien, algunos arqueólogos afirman, no sin aducir razones de peso, que los hititas eran originarios de la otra vertiente del Cáucaso. Uno de los argumentos que Sommer presenta en apoyo de esta tesis es el comienzo de una oración que forma parte del ritual promulgado por el rey hitita Muwatallis (hacia el año 1300 antes de J. C): “Dios del sol celestial, pastor de la humanidad, tú que surges del mar, sol celestial y asciendes al cielo, Dios del sol celestial, ¡mi señor!, que al hombre, al perro, al cerdo y a los animales salvajes del campo cada día juzgas, ¡oh tú, divinidad solar!”. El segundo verso es enigmático: «…surges del mar». Sí se tiene en cuenta que en los tiempos de Muwatallis los hititas llevaban ya por lo menos 400 años instalados en el interior de Anatolia, esta alusión al alba no puede ser más que una reminiscencia, puesto que para los habitantes de Anatolia el sol no emerge del mar. Quedan, no obstante, dos posibilidades, a saber: que durante su migración los hititas hubieran tenido a la izquierda el mar Negro o el mar Caspio. Los nombres de los reyes de este pueblo indoeuropeo no son indoeuropeos, sino protohititas desde los tiempos más remotos. Lo mismo podemos decir de los nombres que los hititas daban a sus dioses, los cuales son todos también protohititas y hurritas. Esto podría explicarse por el proceso de asimilación pacífica que tuvo efecto al adoptar los conquistadores hititas progresivamente las costumbres de los indígenas. Pero esta explicación deja mucho que desear. En tiempos de los primeros reyes hititas existían en Anatolia varias factorías asirías muy florecientes, una de las cuales, de las más poderosas, radicaba en la actual Kultepe, cerca de Kayseri, y numerosas tablillas —las que recibieron primeramente el nombre de «capadocias»— dan fe de la importancia de sus transacciones comerciales.

Sorprende, por consiguiente, que un pueblo como el hitita, el cual desde un principio había escrito la mayoría de sus documentos y noticias en cuneiforme asiriobabilónico, no adoptara la escritura de los comerciantes asirios, sino otro carácter de letra bien distinto y que no se encuentra en ninguna otra parte, pero que todo hace suponer que es muy antiguo. Tanto si los hititas eran originarios del nordeste como del noroeste, lo cierto es que la escritura cuneiforme no es una invención hitita, sino que procedía del sur de Mesopotamia. Y uno se pregunta: « ¿Dónde la habían aprendido?».  Esta es, en grandes líneas, la historia del desciframiento de las tablillas de Bogazköy escritas en cuneiforme hitita, o sea de aquellas inscripciones que los hititas grabaron en su propia lengua, pero utilizando la escritura cuneiforme asiría. Y ahora volvamos la vista hacia atrás y recordemos que no fueron las tablillas cuneiformes de Bogazköy las que habían revelado a los viajeros y a los arqueólogos la existencia del pueblo hitita, sino aquellas misteriosas inscripciones jeroglíficas encontradas sobre todo en Carquemis, y en menor escala en Siria y en Anatolia. Fueron estos jeroglíficos, tan diferentes de los egipcios, los que dieron lugar a que Sayce y Wright barruntaran la existencia de un pueblo civilizado y hasta entonces desconocido, que debía de haber habitado la región al norte y al sur de la cordillera del Tauro. Después del descubrimiento de las tablillas de Bogazköy, cuya escritura por lo menos pudo leerse enseguida, los investigadores y sobre todo los historiadores, siguiendo la ley del mínimo esfuerzo, se dedicaron preferentemente al estudio exclusivo de los textos cuneiformes. Algunos arqueólogos, no obstante, no desistieron en su empeño de aclarar el misterio de tales jeroglíficos. Los orientalistas se enfrentaban con el más embrollado de los enigmas, pues tanto la lengua como la escritura de estas piedras eran desconocidas; pero, al propio tiempo, el problema no dejaba de tener alicientes, pues resultaba que los hititas habían utilizado la grafía jeroglífica, escritura tradicional y «nacional», no para los documentos profanos, sino únicamente para los más importantes y sagrados. Los signos jeroglíficos, en suma, se reservaban para los dioses y los reyes. El descifre de los jeroglíficos hititas empezó simultáneamente con el descubrimiento de la civilización hitita, o sea que precedió de unos treinta años al descifre del cuneiforme hitita.

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En las Memorias del inglés Archibald Henry Sayce, el cual consagró toda su vida al estudio de las lenguas orientales, se lee esta frase curiosa: «Si pretendes dedicarte a los descubrimientos, debes tener presente que a menudo estarás contento de haberte equivocado».  Sayce, que había nacido en 1845, formuló en 1876, a los 31 años de edad, la tesis, entonces atrevida, según la cual los monumentos jeroglíficos diseminados desde Hamath a Esmirna demostraban la existencia de un Imperio hitita homogéneo, y fue el primero en intentar descifrar los jeroglíficos hititas. Dedicó toda su vida a resolver este problema y jamás dejó de alentar y aconsejar a los filólogos de la nueva generación, algunos de los cuales él había formado. Era ya un anciano de 86 años cuando, en 1931, escribió su último artículo sobre el mismo tema. Dos años más tarde dejaba de existir. Los hititólogos modernos se permiten reiteradamente denigrar en cierto modo sus teorías. Así, para Friedrich, «es perder el tiempo» enfrascarse en la lectura de sus conferencias, «a menudo francamente superficiales». El mismo Sayce había reconocido en sus Memorias, publicadas en 1923, que en muchos casos sus conclusiones habían sido demasiado precipitadas y por ende inexactas. No debe olvidarse, empero, que Sayce fue no solamente el primero en reconocer la importancia de los hititas como elemento étnico civilizado, sino que fue asimismo el primero que consiguió descifrar los primeros ideogramas de su escritura jeroglífica. No queremos dejar de mencionar ciertas peculiaridades que, con ciertas variantes, naturalmente, son características de las escrituras antiguas. Una de las singularidades más corrientes es la que consiste en hacer destacar los nombres de los reyes, como es el caso, por ejemplo, en las inscripciones jeroglíficas egipcias, valiéndose de un cuadro oval, más conocido con el nombre de «cartucho». Otra es la presencia, en las antiguas inscripciones, de un signo particular delante de un personaje cuya elevada estatura bastaba para designar como a un rey. En las escrituras exclusivamente ideográficas este signo era un atributo real, ni más ni menos que la corona con que todavía aparece tocada la realeza de leyenda.

En todas las escrituras antiguas se encuentran determinativos semejantes y es sabido que, además de los nombres de los reyes, se hacían resaltar asimismo, de un modo especial, los de las ciudades y de los países. Las ventajas que se obtienen al descubrir uno de estos determinativos en un texto redactado en una lengua desconocida son obvias y considerables, pues permiten identificar rápidamente sí el grupo de signos que lo acompaña se refiere a un rey, a un país o a una ciudad. El tamaño de tales grupos de signos, es decir, su extensión o su brevedad, es otro indicio para el filólogo que los descifra, quien así logra situar inmediatamente la lengua en su contexto histórico y a partir de entonces los nombres de los personajes conocidos por la historia de los pueblos vecinos son otros tantos datos seguros que le ayudan en su cometido de descifrar el jeroglífico. En el caso del descifre, ahora ya prácticamente resuelto, de los jeroglíficos cretenses, desde un principio resultó decisiva la presencia de unas barritas oblicuas que tenían por objeto separar las palabras. El haberse dado pronto con el secreto de estas barritas, que en aquellos textos hacían las veces de las comas en nuestra escritura corriente, fue la condición previa que permitió descomponer en palabras los grupos de pictogramas. Y nos preguntamos: ¿Cómo hubiera sido posible, sin este descubrimiento, separar, como se hizo sistemáticamente a partir de 1950, las primeras y las últimas sílabas de las palabras de la escritura cretense? Además, todo desciframiento presupone, naturalmente, el conocimiento previo de si la escritura debe leerse de derecha a izquierda, de arriba abajo o viceversa, ya que solamente a los europeos nos parece lógico que escribamos y leamos de izquierda a derecha. Éste fue el primer problema con el que hubo de enfrentarse Grotefend y también el más arduo cuando, hace unos 150 años, se propuso descifrar los primeros textos cuneiformes, pues en una tabla cuadrada existen, en principio, cuatro posibilidades de lectura, según el sentido por donde se empiece. Ante las inscripciones jeroglíficas hititas no había problema de esta clase, pues en su gran mayoría eran monumentales y estaban grabadas sobre rocas, piedras o esculturas, lo cual hacía suponer que el tallista se las habría compuesto para que pudieran ser leídas fácilmente por el primer llegado.

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Un signo particular, muy sencillo, bustrófedon, «como los bueyes trazan los surcos arando», permitió intuir la dirección de la lectura. El signo jeroglífico,  colocado al principio de la línea, indicaba que también allí comenzaba la frase, y luego, según el lugar donde se encontraba el espacio al finalizar una línea, podía también determinarse la dirección de la grafía, obteniéndose, además, una prueba suplementaria observando que los pictogramas (manos, pies, cabezas) estaban orientados alternativamente en direcciones completamente opuestas. El investigador tiene todavía otra posibilidad para poder determinar por lo menos el carácter de la escritura desconocida: le basta con que cuente los signos. En efecto, es evidente que cuando una escritura desconocida comprende menos de treinta signos, no puede ser silábica, porque los sonidos de una lengua no pueden expresarse con sólo treinta signos. Por consiguiente, se trata de una escritura alfabética. Por contra, si los signos son más de ciento, no hay duda que nos encontramos ante una escritura silábica. Y si el número de ideogramas es muy superior, entonces es del tipo analítico. «Nada puede descifrarse de la nada», dice Friedrich con razón, y cita como ejemplos la escritura de la isla de Pascua y la de Mohenyo Daro (actual Pakistán), a las cuales, por ahora, no se acierta a encontrarles afinidades con ninguna de las escrituras conocidas. En cambio, en el caso de la escritura hitita jeroglífica, mediante la aplicación de los métodos que hemos expuesto con, desde un principio fue posible definir, por lo menos, el carácter de la grafía. Y luego, gracias a la experiencia adquirida por dos generaciones de filólogos descifradores, se logró identificar bien pronto algunos ideogramas. Cuando, con anterioridad al año 1880, dio Sayce comienzo a sus tentativas de interpretación, un hada bienhechora pareció tomarle bajo su protección, agraciándole con lo que, según hemos ya dicho, constituye el sueño dorado de todos los filólogos: un texto bilingüe. Porque se trataba, en efecto, de un texto bilingüe.

Hacia el año 1860, un numismático de Constantinopla, llamado Jovanoff, adquirió en Esmirna un pequeño sello redondo de plata que representaba a un personaje rodeado de signos desconocidos, con una inscripción cuneiforme. En el curso de sus investigaciones vino Sayce en conocimiento de este hallazgo, del que el doctor Mordtmann había dado en 1862 una breve descripción, e inmediatamente barruntó jeroglíficos hititas en los signos interiores misteriosos. De ser así, iba a poder iniciar el descifre en un texto bilingüe. No hay palabras para expresar su desilusión cuando vio que eran vanos todos sus esfuerzos para dar con el paradero del sello en cuestión. Si bien era cierto que había sido traído a Inglaterra, también lo era que parecía habérselo tragado la tierra desde entonces, en vista de lo cual se dirigió Sayce a los especialistas, a los Museos, a la opinión pública, y escribió innumerables cartas exhortando a que se pusieran en relación con él cuantos supieran de la existencia del sello. Finalmente, un funcionario del Museo Británico le informó que recordaba aquel sello tan curioso, precisamente porque alguien se lo había ofrecido en venta al Museo el año 1860. Pero la Dirección, después de muchas vacilaciones, husmeando una mixtificación, había rehusado adquirirlo. Sayce abandonaba ya toda esperanza, cuando el funcionario le escribió nuevamente que, si su memoria no le era infiel, antes de devolverse el sello a su propietario, y como medida de precaución, se había sacado un molde, el cual debía de encontrarse en algún sitio. Poco después recibía Sayce la copia del sello, y un examen rápido bastó para convencerle de que no andaba errado: ¡el sello encerraba, en efecto, un texto bilingüe! Pero entonces surgió la gran dificultad, pues este texto bilingüe era demasiado corto, contenía demasiados pocos signos para permitir una comparación eficaz entre los jeroglíficos y los grupos cuneiformes. El texto era el siguiente: “Tar-rik-tim-me sar mat Er-me-e”, «Tarriktimme rey del país de Erme». Este sello fue bautizado entonces con el nombre de «Tarkondemos», pero actualmente se le conoce por el más apropiado de «Sello de Tarkumuwa». A copia de innumerables tanteos y suposiciones llegó Sayce a la conclusión  que los jeroglíficos correspondían a los signos cuneiformes «rey» y «país».

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No es justo pretender, como hacen algunos, que así sólo identificó el valor gráfico de la palabra, pero no el valor fonético de estos jeroglíficos. En todo caso no puede negársele a Sayce el mérito de haber sido el primero en descifrar los primeros signos jeroglíficos hititas, y posteriormente se ha reconocido que no se equivocó. Desgraciadamente, como hemos dicho, el sello de Tarkumuwa ya no daba más de sí, y por más que se intentara establecer, mediante rodeos, un parangón y nuevas correspondencias entre los caracteres cuneiformes y los jeroglíficos, todas las tentativas resultaron inútiles. Más afortunado fue Kurt Bittel en sus investigaciones con otros sellos encontrados en Bogazköy, aun cuando persistiera la brevedad de las inscripciones como principal obstáculo. Al infatigable Sayce no le arredraban los fracasos, y se dedicó con ahínco al estudio de otros documentos epigráficos que clasificó, comparó y analizó en busca de alguna relación entre ellos. En sus primeros ensayos cometió ciertamente muchos errores, pero logró identificar unos jeroglíficos, uno de ellos descubierto en el templo de Yazilikaya, en cuyos muros encabezaba siempre las inscripciones que representaban a la divinidad. Este resultado no era de desdeñar, muy al contrario. Era asombroso que en el mismo año de haberse descubierto la existencia de un pueblo se hubiera conseguido ya descifrar no menos de seis signos de su escritura, los cuales servían para expresar sonidos en una lengua totalmente desconocida. Repetimos, es innegable que Sayce cometió muchos errores, llevado de su entusiasmo y de su exceso de imaginación, pero su obra, tal vez su misma fantasía, sus mismos errores, provocaron —y esto fue su mérito principal— la emulación entre los filólogos de las generaciones siguientes. Después de resueltos los primeros descifres, tuvieron que transcurrir casi veinte años hasta que surgiera otro lingüista poseído del entusiasmo de Sayce, dispuesto a resolver el misterio de los jeroglíficos hititas.

Con el tiempo había llegado el momento de emprender una nueva tarea, la de considerar la cuestión hitita desde otro punto de vista. A todo descubrimiento importante, con su cortejo de agitaciones y de euforia, le sigue siempre una pequeña pausa que se aprovecha para la reflexión, para digerirlo, por decirlo así. Pausa durante la cual surge un hombre que se ocupa en reunir y clasificar las ideas fundamentales del problema. Este hombre había iniciado ya sus trabajos en la sombra. Cuando, después de ímprobos trabajos, Sir Arthur Evans, a finales del siglo XIX, exhumaba el palacio de Minos, en Creta, se encontraron allí unas dos mil tablillas de arcilla, cuya publicación se reservó en su calidad de descubridor. Una parte de las inscripciones que contenían apareció el año 1909 en su obra Scripta Minoa I, que debía ser seguida pronto por un segundo volumen, pero no fue así. Esas tablillas cretenses, vestigios importantísimos de la protohistoria europea, que después del descifre parcial por Michael Ventris sabemos que son verdaderamente sensacionales, a la muerte de Evans fueron apiladas en cajas y depositadas en las cabañas de campesinos de Creta y en los sótanos del Museo de Atenas, de modo que los investigadores, que durante tanto tiempo se habían esforzado en descifrar el misterio de la escritura cretense, no consiguieron tener acceso al material epigráfico original. Tuvieron que pasar nada menos que otros cuarenta años hasta que en 1952, John Myres, amigo y discípulo de Evans, ya muerto éste, diera a la luz el segundo volumen de Scripta Minoa. Por una casualidad, poco tiempo antes, el americano Blegen había descubierto unas placas en Pilos y las publicó doce años después, en 1951. Luego se publicaron también apresuradamente algunos textos exhumados durante los años precedentes, y todo este material epigráfico hizo posible que lograra resolverse, hasta cierto punto, naturalmente, el misterio de la escritura cretense, que había ocupado inútilmente a toda una generación de filólogos. Este ejemplo, relativo a un ciclo cultural al que estamos íntimamente ligados, muestra hasta qué punto, en los momentos decisivos, la carencia de textos puede frenar los descubrimientos e impedir que se realicen y se consigan nuevos descifres.

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Pero existen, además, otros obstáculos, éstos puramente técnicos. Así, por ejemplo, en la mayoría de los casos los filólogos no tienen posibilidad de poder consultar los documentos originales que se encuentran diseminados por todos los museos del mundo, y esto les obliga a contentarse con reproducciones. Con la agravante de que las copias que de ellas hayan podido tomarse allí son poco menos que ilegibles, porque los primeros croquis, por algún motivo u otro, eran muy defectuosos y luego, claro está, a cada nueva reproducción se iba de mal en peor. Después de los errores cometidos por los primeros dibujantes encargados de reproducir los documentos y las inscripciones, en que algunas reproducciones estaban demasiado influidas por las propias preocupaciones estéticas de sus autores, los arqueólogos respiraron y saludaron con entusiasmo el advenimiento de la fotografía. La fotografía instantánea, como es natural, pues con la daguerrotipia no podía hacerse gran cosa en el desierto o en la selva. Se creía que el ojo imparcial e insobornable del aparato fotográfico registraría sin duda alguna fiel y objetivamente el aspecto y el relieve verdaderos del original. Sin querer entrar en detalles, no hace falta ser un especialista para comprender que ninguna dificultad presentaba entonces ya la fotografía de un sello jeroglífico en la calma de un estudio. Otra cosa era cuando el arqueólogo, suspendido de una cuerda y en posición bien incómoda, intentaba fotografiar alguna inscripción tallada en una roca cortada a pico, pendiente horas y horas del ángulo de incidencia apropiado de los rayos solares del momento, fugaz y favorable, a menudo bruscamente echado a perder por una nubecilla que en el preciso instante de disparar apagaba el brillo del sol. Y eso después de haber estudiado durante muchos días la posición que en principio parecía garantizar una mejor iluminación y sacar el máximo partido posible de todos los detalles de una inscripción maltratada severamente por los elementos a través de los siglos.

No es raro el caso de haberse publicado hasta media docena de fotografías de una misma inscripción rupestre, tomadas en diferentes horas del día y desde ángulos distintos. A base de ellas los arqueólogos habían sacado importantes conclusiones, que ellos creían definitivas, hasta que un buen día en otra fotografía más reciente descubrían repentinamente algunos signos de los que no había ni rastro en ninguna de las anteriores. Esta digresión tiene por objeto hacer resaltar cuan importante, mejor dicho, imprescindible, es para todo trabajo de desciframiento el que alguien de vez en cuando se consagre por entero a la tarea ingrata y dura de recoger y coleccionar periódicamente todo el material procedente de un determinado sector de investigación, clasificándolo y por fin fotografiándolo concienzudamente para que las copias resulten fiel reproducción del original. En lo que se refiere a los jeroglíficos hititas, esta misión la emprendió metódicamente el alemán Leopold Messerschmidt (1870-1911) el año 1900. Su Corpus inscriptionum Hettiticarum, ampliado y completado en 1902 y en 1906, contiene la reproducción esmerada de todas las inscripciones jeroglíficas hasta entonces conocidas. Los investigadores habían comenzado por descifrar las cuatro inscripciones de las piedras de Hamath; el Corpus de Messerschmidt contiene cien textos jeroglíficos muy diferentes entre sí, monumentales, profusos, breves y escasos de líneas, intactas o mutiladas, procedentes de piedras o de tablillas de arcilla. Para la gran mayoría, la publicación de este álbum fue una verdadera sorpresa, por cuanto evidenciaba que los hititólogos disponían de un material ingente, mucho más considerable del que había sido preciso para descifrar otras lenguas antiguas. ¿No sería posible ampliar los conocimientos que de la civilización hitita se poseían y sacar nuevas conclusiones partiendo de tan favorables condiciones? Unos años antes se había dedicado al problema de resolver los desciframientos hititas un arqueólogo, cuya actuación sorprendente estimuló y confundió al mismo tiempo a los filólogos.

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Su primero y más importante trabajo apareció en forma de artículos en 1894, artículos que fueron reunidos en un libro cuatro años más tarde, con el título de Hititas y Armenios, y del que un especialista tan destacado como Friedrich escribía todavía cuarenta años más tarde que «…somete a la inteligencia a una ruda prueba, pues no es tarea fácil descubrir todas las riquezas ocultas que contiene». El sabio que con tan asombrosa lucidez exponía nuevas tesis era el asiriólogo Peter Jensen (1861-1936), en cuya obra, que es un verdadero prodigio, las revelaciones de capital importancia se entrelazan con ingeniosos errores, hasta el punto de que todos los filólogos que le sucedieron se verían obligados a empezar la carrera tomando posición ante las teorías que expone. La obra de Jensen contiene errores de bulto, pero como están apoyados por argumentaciones que a primera vista parecen irrebatibles, se ha tardado muchos años en poder descubrirlos y eliminarlos. Es de todo punto imposible dar siquiera una idea de la exuberante erudición filológica de Jensen, y nos contentaremos con unos ejemplos que ponen en evidencia sus revelaciones acertadas y sus errores.Jensen atribuye correctamente al jeroglífico el significado «yo soy», mejorando así la interpretación «yo hablo» de Sayce.  Luego acertó y ello influyó de un modo decisivo en los descifres posteriores del hitita jeroglífico, el nombre de la ciudad de Carquemis. Y por fin, basándose en numerosas interpretaciones, atinadas unas y falsas otras, en cuyo favor esgrimía con el mismo ardor los argumentos correspondientes, concluyó con la afirmación rotunda que constituye el coronamiento de su obra: «El hitita jeroglífico tiene afinidades con el armenio». Contra semejante aserto se han aducido por lo menos una docena de razones, a cual mejor documentada, y entre ellas citaremos, como más evidente, la de Friedrich, quien fue el primero en hacer observar que, cuando se adoptó el alfabeto armenio, allá por el año 400 antes de J. C., hacía ya de 1.000 a 1.200 años que se estaba usando la escritura jeroglífica hitita. Lo más curioso en Jensen no es que jamás reconociera sus errores, sino que incluso defendiera sus teorías con una terquedad digna de mejor causa. Tuvieron que transcurrir muchos años para que condescendiera en revisar algunos de sus primitivos puntos de vista; pero entonces se dio el caso tragicómico de que, volviendo sobre sus anteriores afirmaciones, declaró como falsa una interpretación suya acertada: la de los ideogramas que representan la ciudad de Carquemis.

Karkemish, Carchemish o Carquemís fue una importante ciudad de los imperios mitanno, hitita y asirio, situada en lo que hoy es la frontera turco-siria, conocida por los romanos como Europus. Es famosa por ser el lugar de una importante batalla entre babilonios y egipcios, mencionada en la Biblia, donde la ciudad es llamada Jerablus, probablemente una corrupción de un posible nombre en lengua local para la ciudad, Jarablos. La antigua Karkemish estaba situada 100 kilómetros al noreste de la actual Alepo, en Siria, y 60 kilómetros al sureste de la actual Gaziantep, en Turquía, en la orilla occidental del Éufrates, lo que le permitía controlar el principal vado de este río. Esta posición estratégica explica buena parte de su importancia para los imperios de la antigüedad. Turquía ha construido una base militar sobre las ruinas de Karkemish, lo que impide el acceso libre a la zona. Karkemish estuvo poblada desde el neolítico, convirtiéndose pronto en un importante centro mercantil, mencionado ya en el tercer milenio antes de Cristo. Tuvo tratos comerciales con Ugarit, Mitani y Ebla, entre otros. Sin embargo, con el creciente poder de Mitanni, parece que la ciudad pudo convertirse en vasalla de este imperio; así, cuando Egipto invade Mitanni, el faraón Thutmose I erige una estela cerca de Karkemish para celebrar sus victorias (aprox. 1500 a. C.). El control egipcio de la zona no dura mucho, y pronto Mitanni recupera su antigua posición de potencia dominante en Siria, hasta el momento en que el rey hitita Shubiluliuma I (mediados de siglo XIV a. C.) logra destruir en la Primera Guerra Siria el poder de Mitanni, dejando al reino reducido a unas pocas fortalezas, entre las cuales Karkemish es la más importante. En la Segunda Guerra Siria, Shubiluliuma conquistó Karkemish, e instaló a uno de sus hijos, Sarri-Kusuh, como virrey hitita en la ciudad. A partir de este momento, Karkemish se convierte en la principal fortaleza hitita en Siria, y en el núcleo de su administración en la zona. Los virreyes de Karkemish, siempre miembros de la familia real hitita, estuvieron encargados de defender la frontera oriental del reino contra los avances enemigos, primero de Egipto y luego de Asiria.

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Esta posición se mantuvo hasta la repentina desaparición del imperio hitita a causa de la invasión de los pueblos del mar (aprox. 1200 a. C.). Karkemish logró sobrevivir a dicha invasión y los virreyes de la ciudad, ante la ausencia de un monarca en Hattusa, capital hitita, adoptaron para sí mismos el título de Gran Rey y conservaron un extenso reino de cultura hitita durante algún tiempo; sin embargo, el creciente poder asirio no pudo ser combatido, y pronto (comienzos del siglo X a.C), Karkemish pierde casi todo su reino, siendo reducida a tributaria asiria en el siglo IX a. C. En el año 717 a. C., Karkemish es finalmente conquistada por los asirios, que también usaran la ciudad como importante centro administrativo. Durante la época de Nabopolasar de Babilonia y de su hijo, Nabucodonosor II (finales del siglo VII a. C.), los asirios sufrieron una serie de derrotas y perdieron su capital Nínive, por lo que intentaron retirarse primero a Harrán y posteriormente a Karkemish. Desde ahí, los asirios se prepararon para una última batalla (605 a. C.) contra los babilonios, donde contaron con ayuda egipcia. La victoria de los babilonios implicó la desaparición del imperio asirio y la conquista por parte de Babilonia de Karkemish, momento a partir del cual la ciudad languideció, sin que se registren más sucesos de importancia asociados a ésta.  A pesar de que Karkemish era conocida por referencias en la biblia y en documentos egipcios y asirios, su localización correcta no fue descubierta hasta 1876 por George Smith, ya que anteriormente se barajaron otros emplazamientos, como la confluencia del Chebar y el Éufrates o la Hierápolis griega. La investigación arqueológica de Karkemish estuvo en manos del Museo Británico hasta la primera guerra mundial; en estas investigaciones participó Thomas Edward Lawrence, el famoso Lawrence de Arabia.

Sea como fuere, sus trabajos abrieron una brecha en este campo de investigación, y durante años los filólogos que le sucedieron no añadieron a los suyos ningún resultado importante.  Los investigadores apenas pudieron ponerse de acuerdo sobre ninguna interpretación, aparte de que, algunas veces, y por haber basado sus hipótesis en conclusiones erróneas, todo su trabajo resultaba vano y tenían que volver a empezar. Esto es lo que le sucedió a Peiser, quien dio una ingeniosa interpretación de una inscripción de Carquemis, que luego resultó inexacta por haber partido de una falsa disposición de las líneas. He aquí un ejemplo de otras divergencias de pareceres. Halévy consideraba a los hititas como a un pueblo semita; Gleye, profano y autodidacta, pretendía explicar etimológicamente los jeroglíficos por medio de las lenguas finougrianas, mientras Cowley se inclinaba por el origen caucásico. De todos modos, desde entonces hasta el 1930, se consiguió descifrar con bastante seguridad algunos nombres de ciudades, tales como Tyana, Hamath o Gurgum, y así se dispuso de algunos ideogramas más, que pudieron ser utilizados en lecturas posteriores. La controversia que por los años 1923-24 opuso Cari Frank a Jensen muestra con qué fanatismo defendían los filólogos sus respectivos puntos de vista, degenerando incluso sus divergencias en el terreno del ataque personal. Frank había publicado, tratando de los desciframientos, un libro con el título de: Las pretendidas inscripciones jeroglíficas hititas, y la crítica acerba que le dedicó Jensen en la Revista de Asiriología hizo el efecto de una bomba. Jensen en su artículo se mostraba indignado de que Frank se hubiera apropiado el método de desciframiento que él ideara treinta años atrás, y luego de pasar por la criba la obra de Frank, pulverizó sistemáticamente todos sus argumentos, terminando con estas palabras: «…es con un sentimiento de vergüenza que dejo la pluma».

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No se hizo esperar la reacción de Frank, quien escribió en su Contribución al estudio de las inscripciones jeroglíficas hititas: «…me repugna ocuparme en todo este fárrago». «Su obra no posee ni la más elemental comprensión del significado de las inscripciones…», «…en parte alguna se vislumbra el menor destello de genio».., y esta última frase la destaca subrayándola. Mirando las cosas objetivamente, debemos reconocer que ambos andaban acertados y desacertados a la vez. Tenían razón al afirmar que el otro había cometido errores importantes, pero no cuando cada uno pretendía que solamente el otro. Quien tilde de impertinente el tono de esta polémica, olvida que un gran problema, incluso cuando se trata de uno puramente intelectual, exige un abandono total por parte del investigador, que a su solución debe consagrar toda una vida. Después de esta apasionada disputa, a la mayoría de los filólogos les pareció que, en lo tocante a los jeroglíficos hititas, se había alcanzado una situación demasiado violenta. Nadie quiso echar más leña al fuego y transcurrieron algunos años durante los cuales nadie se arriesgó a publicar sus conclusiones, hasta que en 1928 el joven filólogo italiano Meriggi propuso nuevas interpretaciones, y luego, súbitamente, a partir de 1930, un grupo de sabios de la nueva generación, Ignace J. Gelb, americano, Emil O. Forrer suizo, y Helmuth Th. Bossert, alemán, decidieron hacer tabla rasa y emprendieron las investigaciones desde el principio. Sus tentativas llamaron fuertemente la atención porque, cosa rara, por primera vez en la historia de los desciframientos estaban en principio de acuerdo sobre un gran número de interpretaciones. Fue su recompensa el apoyo que recibieron del prohombre de la hititología en persona, Friedrich Hrozny, quien interrumpió de repente su silencio de muchos años para declarar que un examen de los resultados a que los jóvenes filólogos habían llegado le había demostrado que concordaban con los que él mismo había obtenido en el estudio de la escritura cuneiforme. Y entonces, para colmo, un acontecimiento imprevisto y providencial vino a esclarecer lo que, a pesar de sus largas investigaciones, los filólogos no habían podido elucidar aún.

En 1934 el arqueólogo alemán Kurt Bittel, continuando las excavaciones en Bogazköy, capital de los hititas, donde Winckler había recogido ya un material epigráfico de un valor excepcional, de buenas a primeras encontró unos trescientos sigilos de arcilla, de los cuales cien eran bilingües. Desde hacía mucho tiempo, debido a los fracasos de interpretación sufridos en los albores de la época de los desciframientos, se había prácticamente abandonado el estudio de los sigilos, pero ahora los filólogos se pusieron al trabajo con nuevo ardor. En 1936 Bittel y Güterbock consiguieron descifrar el primer nombre del rey hitita Shubiluliuma (1375 a 1335 antes de J. C.) y cuya interpretación había sido objeto de apasionadas y violentas controversias. Este descubrimiento permitió determinar rápidamente el significado de otra inscripción. Hacía mucho tiempo que se conocía en el peñasco de Nishan Tash, cerca de Bogazköy, una inscripción de grandes dimensiones, pero desgraciadamente muy deteriorada por el tiempo. Se había supuesto siempre que se remontaba al reinado de Shubiluliuma y ahora se obtuvo la certidumbre de ello, pues su nombre, en jeroglífico, figuraba en el edículo que siempre rodea el nombre de los soberanos hititas y es el equivalente del cartucho en el que se hallan inscritos los de los faraones. Por la experiencia se dedujo que se hallaban en presencia de una cronología de nombres reales, pues a todos los soberanos orientales les agradaba hacer figurar en las inscripciones los nombres de sus antepasados hasta llegar a la tercera generación. Un detalle llamó la atención de los arqueólogos: los ideogramas correspondientes a los nombres del padre y del bisabuelo eran idénticos, variando en cambio el del abuelo. Esto parecía indicar que entre dos de los predecesores de Shubiluliuma había reinado otro soberano de nombre distinto. Así fue, en efecto, y sus nombres eran conocidos desde hacía tiempo, pues las listas reales hititas se mencionaban repetidas veces en las tablillas cuneiformes de Bogazköy. El padre de Shubiluliuma se llamaba Tudhalia III y su bisabuelo Tudhalia II, mientras que Hattusil, nombre que no se parece en nada a los anteriores, era el nombre de su abuelo.

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Estos nombres encajan admirablemente en la inscripción de Nishan Tash. El descifre posterior de otros sigilos confirmó y amplió esta interpretación.  Por fin se había conseguido leer, sin que quedara la menor sombra de una duda, cuatro nombres de soberanos hititas: Shubiluliuma, Tudhalia, Hattusil y Urhi-Tesup. Ésta era la primera prueba irrecusable de la exactitud de la mayoría de los ideogramas descifrados hasta entonces por los filólogos ingleses, alemanes, americanos e italianos a lo largo de cincuenta años de trabajo ímprobo y a menudo desmoralizador. Sin embargo, siempre hay un pero. Una vez más los progresos alcanzados no respondieron a las esperanzas que en ellos se habían fundado para el momento en que estuviesen descifrados los nuevos sigilos encontrados. Los textos de estos sigilos eran demasiado cortos y muchas veces los caracteres de las tablillas sólo podían leerse con grandes dificultades; incluso ciertas inscripciones eran demasiado fragmentarias para poder sacar nada en limpio de ellas. Güterbock, profesor alemán en Ankara, que desempeñó un papel decisivo en la interpretación de los sigilos, no ocultaba su pesimismo ante tal estado de cosas. ¿No había escrito el mismo Sayce: «No tengo ninguna esperanza de que pueda realizarse un descifre en el verdadero sentido de la palabra a menos que la suerte nos depare un texto bilingüe suficientemente largo»? Por fin, he aquí que lo inverosímil, lo imposible, que iba a permitir que la hititología saliese del callejón sin salida en que se encontraba, aquello en que Sayce ya no osaba creer, aquello sucedió. El gran texto bilingüe, sueño dorado de todos los filólogos desde hacía 70 años, fue descubierto por fin en 1946. Y es curioso que lo fuera precisamente por el hombre que, si bien había trabajado con Güterbock en el descifre de los sigilos, se había declarado optimista en 1942 y confiaba que la escritura jeroglífica hitita podría llegar a ser descifrada incluso sin ayuda del tan anhelado texto bilingüe largo. Este hombre no es otro que el profesor alemán Helmuth Th. Bossert, y si pudo realizar este descubrimiento se debe a que encontrándose un día del otoño del año 1933 en una recepción ofrecida por el ministro turco de Instrucción Pública, contestó sin vacilar: «Ya lo creo, ¿por qué no?», cuando se le preguntó si aceptaría una cátedra en Estambul.

El punto culminante del descubrimiento de los hititas se produce durante las excavaciones dirigidas por Kurt Bittel en Bogazköy y las de Helmut Bossert en Karatepe, donde se encuentran nuevos textos bilingües que han ayudado a descifrar definitivamente la escritura hitita y la fijación de fechas. El reino hitita abarcó desde el siglo XVIII hasta el XII a. C., pasando por etapas de gran poder y de relativa decadencia. La historia del reino hitita se divide en tres grandes periodos: el Reino Antiguo (1650-1500 a. C.) o primera expansión, el Reino Medio (1500-1430 a. C.), etapa de relativa decadencia, y el Reino Nuevo, donde alcanza su mayor poderío. Los reyes hititas creían ser descendientes de Anitta, caudillo del siglo XIX a. C. en Asia Menor. Anitta, rey de Kushara, fue considerado por los hititas como uno de los fundadores de su linaje real, vivió durante el siglo XVIII a. C. Hijo del rey Pittkhana, comenzó su carrera en Kushara, pero tras la conquista de Nesa (posiblemente en tiempos de su padre), trasladó su capital a esta ciudad. Debió afrontar la defección de Pijusti, rey de Hattusas, lo que amenazaba con quebrar su predominio político sobre Anatolia. Anitta emprendió la guerra contra Pijusti, y finalmente consiguió derrotarle y darle muerte en batalla. Los restos del ejército de Pijusti se refugiaron en Hattusas, por lo que Anitta cortó las líneas de abastecimiento de esta ciudad y la sometió a hambrunas, hasta que, informado por espías de que ya no quedaban guerreros en Hattusas que pudieran empuñar las armas, la capturó. Como muestra de su poderío, Anitta llenó la ciudad de maldiciones sagradas, y la sembró con zahheli, una planta espinosa. Las riquezas que Anitta saqueó en Hattusas le sirvieron para construirse un gran palacio en Nesa, y, como consecuencia de su primacía, se permitió tomar el título de Gran Rey. Fue sucedido por su hijo, Dujalia.

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Es el autor de la Proclamación de Anitta, el texto conocido más antiguo de los escritos en el idioma hitita (y de los indoeuropeos), en el que trata de los hechos que condujeron a la fundación del Imperio Hitita. Durante el siglo XVII a. C., el reino vive su primera gran expansión con Hattusil I, llegando a saquear en el siglo XVI a. C. Babilonia bajo Mursil I. Sin embargo, tras Mursil I hubo una serie de reyes poco documentados hasta que Telepinu intenta restaurar la gloria del Imperio mediante la codificación de algunas leyes básicas. Sin embargo, tras Telepinu, el reino hitita, ahora en etapa media, cae de nuevo en manos de las intrigas dinásticas, sucediéndose, durante casi un siglo, reyes de los que se sabe muy poco, mientras el reino de Mitani aumentaba su poder. Tudhalia I sentó las bases del reino nuevo, al restaurar parte de la gloria del reino antiguo. Su nieto Tudhalia II logró consolidar el poder hitita en Asia Menor, permitiendo a Shubiluliuma I realizar grandes conquistas y convertir a Mitani en vasallo. Estas grandes conquistas, sin embargo, enfrentaron durante el reinado de Muwatallis II a los hititas con los egipcios durante el reinado de Ramsés II en la batalla de Qadesh, enfrentamiento del que los hititas salieron mejor parados, pero que permitió a Asiria recuperar su poder. Los siguientes reyes hititas intentaron oponerse a los asirios, hasta que Tudhalia IV fue derrotado en Nihriya. Sin embargo, Tudhalia IV compensó esta derrota llevando al Imperio a su máxima extensión. Shubiluliuma II, hijo de Tudhalia IV, se vio sorprendido por los ataques de los Pueblos del Mar, que no supo repeler, y que, junto a nuevas invasiones de los bárbaros gasgas, hicieron desaparecer al Imperio hitita de la historia durante más de 3000 años.

José I. Lago, en su artículo “El enigma de los Pueblos de Mar“, nos dice que los Pueblos del Mar son la imagen más viva de la terrible hecatombe que asoló Grecia, Asia Menor y Egipto en una incontenible oleada de destrucción sin parangón en la toda la Historia. Antes de iniciarse la guerra de Troya, el mundo civilizado vivía un equilibrio de poderes perfectamente asentados. Grecia estaba dominada por los micénicos, Egipto era un estado fuerte y poderoso, Troya dominaba la costa occidental turca y los hititas el resto de la península turca y Siria. Pero a finales del siglo XIII, todo ese equilibrio de poderes se vino abajo por causas aún no aclaradas. Los griegos micénicos que habían destruido Troya fueron aplastados por una oleada invasora que borró todo resto de su civilización. Los fantásticos palacios fortificados micénicos como Tirinto o Micenas fueron asaltados y destruidos, la población se dispersó, los campos se abandonaron, la zona se despobló e incluso la escritura se perdió. Sólo la ciudadela micénica de Atenas, encaramada en lo alto de la Acrópolis resistió la destrucción. Todo lo demás fue destruido. Grecia se sumió en una Edad Oscura que habría de durar más de 400 años. En esa misma época, Todo el Asia menor fue literalmente arrasado. Ugarit en Siria, Tarso en el sur de la costa turca, uno a uno todos los enclaves civilizados fueron destruido. Egipto fue invadido y a duras penas consiguió rechazar a los asaltantes a un altísimo coste del que ya nunca más se recuperaría. El poderoso imperio Hitita también fue arrasado. Su capital, Hattusa, con sus soberbias fortificaciones que causaban asombro en el mundo entero fue destruida y arrasada hasta los cimientos. Jamás la Historia había visto ni verá tal hecatombe que hizo retroceder siglos el curso de la Historia, condenando a florecientes civilizaciones a volver a la Edad de Piedra. ¿Quién hizo esto? ¿Quién fue el responsable de tal hecatombe?

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Este es, precisamente, un  gran enigma de la Historia. Quizás algún día sepamos lo que realmente ocurrió. Hace poco más de 100 años pensábamos que Troya o Micenas eran invenciones de un poeta y ni siquiera sabíamos que los hititas habían existido. hemos conseguido conocer la pregunta y algún día sabremos la respuesta. De momento sólo podemos formular hipótesis más o menos fiables.  Los relieves de Medinet-Habu muestran a los guerreros de Los Pueblos del Mar con toda claridad. Su armamento no es ni micénico ni egipcio. Los curiosos yelmos de tiras hacia arriba son parecidos a los de colmillos de jabalí pero al revés. Llevan largas espadas de corte de forma triangular y escudos redondos con asa central. Algunos llevan corazas con hombreras. Otros guerreros, en otras partes de los relieves llevan cascos con cuernos como los del Vaso de los Guerreros. En realidad, se cree que no hubo un único responsable de esta gigantesca y escalofriante debacle, sino muchos. En 1285 a.C. tuvo lugar la famosa batalla de Kadesh, la primera gran batalla de la Historia que enfrentó a dos fuerzas colosales: los imperios egipcio e hitita en un grandiosos choque que, ante el inmenso poder de ambos contendientes, quedó en tablas. El equilibrio entre las dos superpotencias quedó fijado por la diplomacia, que formalizó mediante un famoso tratado entre el rey Muwatali de los hititas y Ramsés II de Egipto el statu quo en el que se desenvolvería todo el mundo civilizado. Sin embargo, apenas 85 años después comenzó la cadena de destrucciones. En 1200 a.C. la civilización micénica fue borrada de la faz de la tierra con una contundencia tal que permaneció oculta más de 3.000 años. Toda la costa del Mediterráneo oriental fue arrasada por una ola sanguinaria sin parangón en la Historia que llegó poco después, en 1186 a.C. a Egipto. Los invasores de Egipto llegaron por tierra y, caso raro, también por mar, por lo que los egipcios se refirieron a ellos como “Los Pueblos que venían de las Islas del Mar”. Puesto que sólo la civilización egipcia logró sobrevivir al desastre, las únicas referencias que tenemos de tal debacle son las suyas, especialmente las que adornan las paredes del templo de Medinet-Habu, levantado por Ramsés III para conmemorar su importantísima victoria sobre estos terribles invasores.

No fue por casualidad que los egipcios los llamaran “Los Pueblos“, ya que no se trataba de una sola nación, sino de muchas naciones lanzadas al saqueo y la destrucción. El que una nación marinera como Egipto tuviera tantas dificultades para vencer a la flota enemiga en la batalla del Delta demuestra que se trataba de una fuerza invasora perfectamente organizada, con un componente naval, el que más impresionó a los egipcios, de primerísimo orden. Los relieves de Medinet-Habu demuestran que las naves de los Pueblos del Mar eran iguales o superiores a las egipcias, lo que nos pone en la pista de pueblos esencialmente marineros con un dominio de la técnica naval tal que sólo pudieron haber venido, paradójicamente, de esa misma zona geográfica, el mar Egeo, ya que ni en el Mediterráneo occidental ni en el mar Negro existía nada parecido.  ¿Es posible que la caída de Troya y de toda su enorme zona de influencia causara la ruina de todos los pueblos que la componían lanzándolos a la destrucción?  A grandes rasgos, parece que esto es lo que ocurrió. No sólo con la caída de Troya, sino con la caída en cadena de toda la civilización micénica que empujó hacia el sur a miles y miles de personas que lo habían perdido todo y que sólo conservaban sus barcos y sus armas. No creo que nadie con dos dedos de frente a estas alturas de mi relato pueda creer que toda esta debacle fue “una coincidencia” como algunos (pocos, y cada vez menos) de mis queridos colegas afirman. Todo ello fue, sin duda para mí, una reacción en cadena ante la caída de la civilización micénico-troyana. Pero ¿cuál fue el detonante que convirtió al Mediterráneo oriental en el sangriento escenario de una masacre tal?

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Hoy en día vemos cada día como nos llegan inmigrantes en pateras, autocares o trenes. Pero hace siglos, los “inmigrantes” llegaban a millares en oleadas sucesivas que trastocaron la Historia de la Humanidad hasta la Edad Media. Uno de esos “corrimientos” demográficos afectó a un pueblo centroeuropeo germánico que, ante la presión de otras invasiones asiáticas no tuvo más remedio que abandonar sus tierras y bajar hasta Grecia. Ese pueblo eran los dorios. Los dorios fueron los responsables de sumir a Grecia en la Edad de Piedra, no por su propia fuerza, sino por la debilidad micénica, a la que la reciente victoria contra Troya no parecía haber fortalecido, sino todo lo contrario. El relato de Homero sobre la vuelta de los reyes micénicos a casa es una historia ensangrentada que refleja las tremendas conmociones socio-económicas que siguieron a la guerra y que debilitaron sin remedio a la civilización micénica hasta dejarla indefensa frente a la invasión doria. Los testimonios arqueológicos nos muestran formidables fortificaciones como Micenas o Tirinto arrasadas, palacios como Pilos destruidos y un cambio brutal que lleva a Grecia de la más rica civilización de todo el continente europeo a la Edad de Piedra. La escritura micénica, el Lineal B, se pierde para siempre, la arquitectura que dio los soberbios palacios y las fabulosas tumbas abovedadas de los reyes queda reducida a cabañas de piedra y tierra con tejados de ramas, la cerámica, único arte funcional que sobrevive, deja la frescura traída desde la Creta minoica y se transforma en la austera geometría germánica. Hubo un factor fundamental en esta historia: los dorios conocían el hierro, con lo que sus guerreros tenían una ventaja enorme sobre los micénicos armados con bronce. Todo se juntó para darle la puntilla a tan gloriosa civilización. La famosa leyenda de El Retorno de los Heráclidas nos habla de los hijos de Heracles (el Hércules romano) que tras la muerte de su padre regresan a Grecia para hacerse por las bravas con la península griega que reparten en tres partes. Muchos somos los que vemos en esta antiquísima leyenda como la explicación legendaria de la invasión doria y la creación de tres grandes agrupaciones de estados. Pero José I. Lago  no cree que sólo los dorios fueran los responsables de la caída micénica.

Según José I. Lago, hoy en día hay una nueva hipótesis que exculpa a los dorios para echar casi toda la responsabilidad sobre Los Pueblos del Mar. Según estos ilustres colegas, la invasión doria fue una consecuencia y no la causa de la caída micénica, lo que es un argumento muy inteligente que sirve también para explicar la caída del Imperio Hitita como veremos más adelante. Pero a mí no acaba de convencerme del todo porque poco antes de la destrucción de las ciudadelas micénicas sus fortificaciones fueron reforzadas e incluso se construyó un muro defensivo en el istmo de Corinto, lo que parece indicar una amenaza del norte, más que del sur. Yo creo que los ataques rabiosos de Los Pueblos del Mar (como el que destruyó Pilos) debilitaron de tal modo a los griegos micénicos que les fue imposible resistir la invasión doria. Creo fervientemente que es la hipótesis más lógica. Tan sólo la ciudadela de Atenas resistió al invasor germánico. 400 años más tarde, desde esa misma Atenas surgiría una corriente como jamás ha conocido la Humanidad, pero esta vez será una oleada de filósofos, científicos y artistas que llevarán a la civilización de vuelta a su siempre ascendente camino. Pero sigamos con el cúmulo de desastres que como una bola de nieve baja rodando agrandándose y destruyéndolo todo a su paso. Ya teníamos la costa turca sumida en el caos por la caída de Troya y ahora se suma Grecia entera. Y toda esta orgía de destrucción empuja lenta pero inexorablemente a miles y miles de personas hacia el Este. Siempre hacia el cercano y rico Este que tras la destrucción de Troya no puede ni mantener a los indígenas y, evidentemente, cada vez son más y más los pueblos que, por tierra o por mar, bajan por la costa hasta Siria arrasándolo todo a su paso, de la misma forma que los dorios han arrasado Grecia.

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Los archivos encontrados en las excavaciones muestran el terror despertado en las ciudades ante la inminencia de la destrucción. Un frenético intercambio de mensajes entre distintas ciudades y gobiernos que muestran el pánico ante la destrucción que avanza inexorablemente.  El poderoso Imperio hitita cae víctima de la oleada destructora que ya se encamina más hacia el sur, hacia el delta del Nilo donde Ramsés III logrará frenarla a costa de la ruina de Egipto.  Los cronistas egipcios identifican algunas naciones integrantes de estos Pueblos del Mar. Sabemos que los Peleset son los Filisteos de la Biblia, que los Shardana colonizaron Cerdeña junto con otros restos de esta oleada que llegaron a Italia y que serían el núcleo de la civilización etrusca siglos después. Incluso en España también han sido detectadas “perturbaciones” demográficas. La conclusión más lógica es que la caída de Troya provocó el caos en la costa turca. Caos que provocó que florecientes civilizaciones se lanzaran a la piratería y el bandidaje como único medio de subsistencia. Eran pueblos navales, por lo que, con sus tierras destruidas por los diez años de guerra, el mar se convirtió en su nuevo hogar. Los ataques provocaron más ruina y caos, que como una bola de nieve rodando cuesta abajo se extendió a la civilización de los griegos micénicos debilitándolos de tal modo que sucumbieron a la presión doria, con lo que nuevos contingentes de desesperados que nada tenían se unieron a la bola de nieve que tras destruir toda la costa turca y Siria, ahora se dedicaba a atacar el Imperio Hitita, al que tampoco logró destruir, pero que debilitó de tal forma que sus eternos enemigos pudieron lanzarse sobre él despedazándolo. Ya sólo quedaba Egipto, que gracias a su enorme fortaleza pudo rechazar la destrucción aún a costa de perder su grandeza definitivamente.

El corazón del Imperio hitita –llamado comúnmente País de Hatti– estaba situado en el recodo del río Kizil Irmak (Marrasantiya en lengua hitita), donde se hallaba la capital Hattusa. Este núcleo limitaba al norte con las tribus gasgas, al sur con Kizzuwadna, al este con Mitani y al oeste con Arzawa. En el momento de máxima expansión hitita, Kizzuwadna, Arzawa y una parte importante del territorio gasga fueron incorporados al Imperio, que incluía, además, una buena parte de Chipre y diversos territorios en Siria, donde el reino hitita limitaba al este con Asiria y al sur con Egipto. Algunas de las principales ciudades hititas han sido localizadas, entre ellas Nesa y la capital Hattusa. Aún quedan ciudades por hallar, como, por ejemplo, Kussara, Nerik o Tarhuntassa. En Siria estaban especialmente las ciudades conquistadas al antiguo reino de Iamhan, tales como Alepo, Karkemish y Qadesh. Es muy probable que a partir de grafismos, los hititas hubieran llegado a desarrollar su propia escritura basada principalmente en pictogramas, pero aunque se encuentran pictogramas en la zona hitita, aún no es dable relacionarlos directamente con la cultura hitita ni tampoco es posible de momento calificarlos como una escritura sistematizada. Lo que sí es corroborable es que los hititas adoptaron la escritura cuneiforme usada a partir de los sumerios. Esta escritura les sirvió para su comercio internacional, aunque podía estar “dialectizada” acorde al idioma hitita. Si bien, al usarla en gran medida de un modo próximo al de los ideogramas, resultaba inteligible para pueblos vecinos alófonos. El arte hitita que ha llegado a nuestros días ha sido calificado desde el tiempo de los griegos clásicos como un “arte ciclópeo” debido a la magnitud de sus sillerías y a las dimensiones y relativa tosquedad de sus bajorrelieves y algunas pocas esculturas. Estas pocas esculturas parecen haber recibido alguna influencia egipcia, mientras que los bajorrelieves evidencian influjos mesopotámicos, aunque con un típico estilo hitita caracterizado por la ausencia de delicadezas formales, en que se nota un escaso detallismo. Sin embargo, el arte hitita más típico se observa en los pocos elementos metálicos, especialmente de hierro, que han llegado hasta nuestros días. Aquí también se nota un arte “rudo” y basto, aunque muy sugestivo por cierta estilización y abstracción de índole religiosa, en la cual abundan símbolos bastante crípticos.

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La lengua hitita, también llamada nesita, es la más importante de la extinguida rama anatolia de las lenguas indoeuropeas, siendo los otros miembros el luvita, el palaico, el lidio y el licio. Uno de los grandes logros de la arqueología y la lingüística es el haber descifrado esta lengua, que se considera la más antigua de entre todas las lenguas indoeuropeas documentadas. Precisamente, al ser la más antigua, resulta interesante por los elementos de los que carece y que se hallan presentes en lenguas documentadas posteriormente. Una de sus características principales es el gran número de palabras no indoeuropeas que contiene, debido a la influencia de culturas de Oriente Próximo, como la hurrita o la cultura del pueblo de Hatti, siendo especialmente acusada esta influencia en los vocablos de origen religioso. Consta de la mayoría de los casos habituales en una lengua indoeuropea, dos géneros gramaticales (común y neutro) y dos números (singular y plural), así como diversas formas verbales. Aunque parece que los hititas contaban con un sistema de pictogramas, pronto comenzaron a usar también el sistema cuneiforme. La religión hitita llegó a ser conocida como «la religión de los mil dioses». Contaba con numerosas divinidades propias y otras importadas de otras culturas (muy especialmente, de la cultura hurrita), entre las cuales se destacaba Teshub, el dios del trueno y la lluvia, cuyo emblema era un hacha (algo semejante, aunque puede ser casual, se observa en la civilización minoica, con su labrix), y Arinna, la diosa del sol. Otros dioses importantes eran Aserdus (diosa de la fertilidad), su marido Elkunirsa (creador del universo) y Sausga (equivalente hitita de Ishtar). El rey era tratado como un escogido de los dioses y se encargaba de los más importantes rituales religiosos. Si algo no iba bien en el país, se le podía culpar a él si había cometido el más mínimo error durante uno de esos rituales, e incluso los propios reyes participaban de esta creencia; así, por ejemplo, Mursil II atribuyó una gran peste que asoló el reino hitita a los asesinatos que llevaron a su padre al trono, y realizó numerosos actos para pedir perdón ante los dioses.

Han transcurrido más de doscientos años desde la aparición de la primera gran Enciclopedia francesa de las Ciencias y de las Artes. Desde entonces no hay nada mejor que las viejas enciclopedias para quien quiera contrastar la rapidez con que avanzó una ciencia cualquiera en un período dado. En este aspecto es muy significativo, como ejemplo, el artículo publicado bajo el epígrafe de «Hititas» en la edición del año 1871 de la Nueva Enciclopedia Meyer: «Tribu cananea que los israelitas encontraron en Palestina; vivía al norte de Hebrón junto con los amoritas; más tarde se estableció en la región de Bethel y era tributaría de Salomón. Sin embargo, posteriormente existió cerca de Siria un pueblo hitita independiente bajo régimen monárquico». O sea que el año 1871 los historiadores sabían bien poco de los hititas, mientras que ahora sabemos que este pueblo constituía, en el segundo milenio antes de J. C., una gran potencia política, cuya dominación se extendía por toda el Asia Menor hasta Siria, habiendo no sólo subyugado a Babilonia, sino también guerreado victoriosamente contra Egipto. Nos parece increíble hoy que una potencia semejante, indiscutiblemente legitimada por una cultura y una civilización propias, y que poseía además su jurisprudencia peculiar, pudiera haber caído en el olvido y pasar inadvertida a los arqueólogos y a los historiadores hasta bien entrado el siglo XX. Pero es aún más sorprendente que, a partir del momento en que se iniciaron las excavaciones, un puñado de eruditos, que no llegaban a veinte, hayan podido, en tan poco tiempo, aclarar el misterio de una civilización. Debemos precisar, desde ahora, que el primer golpe de azadón resultó ser uno de los más afortunados en la historia de la arqueología. Pero antes vamos a dar una ojeada al país cuya historia reconstruiremos de la mano de los investigadores. El Asia Menor es, no solamente un apéndice del extenso continente asiático, sino también su microcosmos. Así la bautizaron los antiguos: Asia Menor.  Ya que, en su opinión, reproducía el contorno y la forma de la Gran Asia, con mesetas en el centro y cordilleras en la periferia. No puede decirse, desde luego, que la comparación sea muy afortunada, pero hay que tener en cuenta que los que así la llamaron desconocían los límites septentrionales y orientales de Asia.

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Hoy se atraviesa el Asia Menor en ferrocarril, en camiones, en ómnibus y en automóviles, pero es a caballo como debería recorrerse para conocer bien el país y formarse una idea de cómo era antiguamente. Todavía hoy se encuentran en el interior de Anatolia (cuyo nombre significa Oriente, o Levante) carretas de bueyes con ruedas macizas cuyos chirridos sonorizan el paisaje. Las aldeas grises de hoy se acurrucan al sol semejantes a las que hace más de 3.000 años servían de morada a los primeros comerciantes asirios, los cuales, procedentes de la rica Asur, penetraron en el interior de Anatolia. Estas aldeas se componen todavía de casas de adobes, cubiertas de tejas que se encogen al sol abrasador, y que la más ligera lluvia resquebraja. Las casas duran apenas veinte años, y cuando se derrumban, la generación siguiente las reconstruye sobre sus ruinas. De este modo se forman los estratos arqueológicos. El Asia Menor no es mayor que España, que Alemania o que California, y es más pequeña que la provincia australiana de Queensland. Del vilayato Kayseri, situado en su centro geográfico, dícese que tiene inviernos tan fríos como los del norte de Alemania y veranos abrasadores como los del sur de Francia. Por los desfiladeros del Tauro todavía puede encontrarse algún que otro oso errabundo y solitario, y manadas de lobos irrumpen de vez en cuando en las majadas, reptiles africanos se tuestan al sol por las peñas y, cuando el mundo se hunde en las tinieblas, las fieras se deslizan por los tojales de la jungla, mientras los chacales aúllan su serenata nocturna. Al Noroeste crece la planta del té, y al Sudeste el algodonero y el limonero. En Adana podemos ver a un campesino cuidando su plantación de limoneros, que las antiguas murallas resguardaban del viento, y en Yazilikaya, santuario hitita cerca de Bogazköy, un guarda entrega a una mujer las cebollas de un plantel situado a la entrada misma del templo, a la sombra de los bajorrelieves de los dioses hititas.

En los valles y en los estrechos llanos a lo largo del litoral también se da el tabaco, adormideras, el trigo y el olivo. Pero, ¡hay tan pocos valles en Asia Menor! No existe ni un solo río navegable. El más caudaloso de ellos es el Kizil-Irmak, el antiguo Halys, del que se cuenta que antes de cruzarlo consultó Creso al oráculo, el cual contestó que si lo atravesaba, un gran Imperio desaparecería. Y así fue, en efecto, pues Creso perdió el suyo en lugar de destruir el de los persas. El río Kizil Irmak (en turco, Kızıl ırmak, que significa ‘río Rojo‘) es el río más largo de Turquía y una importante fuente de energía hidroeléctrica. A lo largo del tiempo ha sido conocido por varios nombres entre los que destacan Maraššantiya, en hitita, y Ἁλυς Halis en griego. Durante la antigüedad destacó como el río principal de los hititas, cerca de su capital Hattusa. El territorio delimitado por el río recibía el nombre de Hatti y se consideraba el núcleo del imperio hitita. En la antigüedad clásica sirvió como frontera entre Lidia y Media, hasta que en 547 a. C., en la Batalla del río Halis, Ciro II el Grande venció a Creso y anexionó Lidia al Imperio aqueménida. También se consideraba la frontera entre Asia Menor y el resto de Asia y, más tarde, entre Paflagonia al oeste y el Ponto al este. Procediendo del Este, este río avanza formando un gran recodo hacia el interior de Anatolia, abriéndose paso luego por la cordillera septentrional para acabar desembocando en el mar Negro. Los demás ríos son todavía mucho más modestos. Una tercera parte del Asia Menor la componen agostadas mesetas sin agua ni vegetación, formando un vasto páramo con la uniformidad de una alfombra, bajo la que apunta la roca desnuda, y sólo de vez en cuando, acá y allá, brilla al sol un inmenso lago salado. El paisaje es de una monotonía majestuosa, sus colores son como quemados y esmaltados al fuego. Incluso causa cierto desasosiego la aparición de un jinete solitario que se le cruce a uno en el camino. Al acercarse a las cordilleras uno se siente sobrecogido como ante la amenaza de un mundo desconocido y todavía peor que aquel de donde procede. Cuando se llega por fin a un villorrio, se tiene la sensación de acercarse a una necrópolis, y bajo la reverberación que agrieta las piedras, las puertas de las casas tienen todo el aspecto de órbitas vacías, de ojos sin vida. Luego aparecen los hombres, mientras las mujeres se ocultan, y también algunos niños curiosos, que un simple ademán ahuyenta.

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Los hombres se acercan lentamente y sus caras inmóviles no demuestran ninguna curiosidad; forman círculo alrededor de los extranjeros y les contemplan en silencio. Se ofrece una taza de té al desconocido, que trata de sonreír y contempla desconcertado aquellas caras inexpresivas que le rodean. Aquí no hay nada de la atmósfera ruidosa de los países de Levante, ni el colorido pintoresco del Oriente legendario. Sólo una curiosa dignidad apropiada al paisaje; a este paisaje que ha moldeado la raza. Los pueblos que contendieron en el Asia Menor fueron tan numerosos y pertenecían a razas tan diversas, que con una sola excepción nunca pudo hablarse aquí de un gran Imperio. Hasta los umbrales del cuarto milenio antes de J. C, podemos seguir ahora las huellas de las hordas, de las tribus y de los pueblos hostiles entre sí. Es extraño el hecho de que, en una época remotísima de la historia de este país abrupto, salvaje y desgarrado por las luchas entre hordas heterogéneas, lograra un pueblo, a pesar de todos los descalabros sufridos, fundar una confederación que se convirtió rápidamente en una gran potencia en el Próximo Oriente, y cuya influencia se extendió hasta el mundo griego. Por una rara coincidencia, el primer contacto de la investigación moderna con este pueblo tuvo lugar precisamente en el mismo sitio donde se alzara su capital. A principios del primer tercio del siglo pasado, un explorador francés, Charles Marie Félix Texier, planeó con todo detalle un viaje al interior de Anatolia. «Mi intención era —manifestó más tarde —averiguar el emplazamiento de la antigua Tavium, la cual, según todas las probabilidades, debía de haber estado situada en una comarca fértil a orillas del antiguo Halys». Texier no podía apoyarse en los relatos de otros viajeros que le hubieran precedido, y lo que podía servirle de orientación era más bien escaso. A pesar de ello se trasladó a Turquía y, aun cuando disponía de una información bien incompleta, su caravana se puso en marcha en dirección al Norte el 28 de julio de 1834. Pocos días después, durante una de sus cabalgadas solitarias, se halló de repente, no lejos de la pequeña aldea de Bogazköy, en el gran recodo del Kizil-Irmak (Halys), en presencia de unas ruinas que le dejaron atónito, al propio tiempo que le ponían en un gran aprieto, pues no acertaba a intercalarlas en el plano histórico.

Charles Félix Marie Texier (1802 en Versalles – 1871 en París) fue un historiador y arqueólogo francés.Se formó como arquitecto en la École des Beaux-Artsde París, fue nombrado inspector de obras públicas en 1827. En 1828-1829 se llevó a cabo excavaciones en Fréjus y Ostia, en nombre de la Academia de las Bellas Artes. En 1833, Texier fue nombrado por el Ministerio de Cultura francés para llevar a cabo una misión exploratoria en el Asia Menor, donde viajó por las regiones de Frigia, Capadocia y Licaonia. En 1834 descubrió las ruinas de la antigua capital hitita de Hattusa. Más tarde, en la década participó en una expedición que lo llevó a Armenia, Mesopotamia y Persia. En 1840 fue nombrado profesor adjunto de la arqueología en el Collège de France, y en 1855 fue elegido miembro de la Academia de Inscripciones et Belles Lettres. Ha publicado libros y artículos importantes en sus viajes por Asia Menor y el Oriente Medio, que incluye descripciones y mapas de los sitios antiguos, los informes de la geografía regional y la geología, las descripciones relacionados con obras de arte y arquitectura. Arqueólogo y viajero por temperamento, era uno de aquellos hombres de los que es pródigo el siglo XIX, que andaban a la caza de las reliquias del pasado. Su obra es fiel reflejo de los conocimientos técnicos de su época, gracias a los cuales se abrieron tan formidables perspectivas para el futuro que contribuyeron a conmover los mismos cimientos sobre los que se fundaba la ciencia de entonces. Siempre en pos de Tavium, en la aldea de Bogazköy recogió Texier algunos indicios que quiso comprobar. Por un sendero que empezaba entre unas cabañas de barro destartaladas, subiendo siempre a mayor altura por lomas cada vez más escarpadas, llegó por fin a un lugar en el que le cerró el paso una hilera de bloques ciclópeos y corroídos por los siglos, es verdad, pero todavía inconfundibles, y como emergiendo de la misma eternidad aparecieron ante él los restos de un edificio de proporciones gigantescas y caprichosamente asimétricas. Ascendiendo todavía más, Texíer descubrió un paisaje caótico y los restos de una muralla interminable. Desde la cumbre dejó vagar la vista en derredor suyo y mentalmente trazó un círculo que abarcaba el conjunto de las ruinas, y se dio cuenta de que aquellos vestigios eran lo que quedaba de una ciudad que debió de ser tan grande como Atenas en su época de esplendor. ¿Quién había construido semejante ciudad? ¿Se hallaba ante las ruinas de la antigua ciudad romana de Tavium?

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Prosiguiendo sus indagaciones descubrió en la muralla dos grandes puertas, en una de las cuales aparecía un bajorrelieve que representaba una forma humana, tal vez un rey, de corpulencia extraordinaria, y que no podía compararse a nada de lo que había visto hasta entonces. La otra estaba adornada de leones de piedra. Texier los dibujó y encargó que sus acompañantes cuidaran de hacer los croquis. Pero su mente burguesa, influida por el espíritu que prevalecía en la Francia de Luis-Felipe, sólo estaba en condiciones de admirar, sin comprenderla, la monumentalidad de las efigies. Esto explica que los dibujantes legaran a la posteridad unos leones apacibles sin asomo de ferocidad. Entonces avanzó Texier la primera hipótesis: «Dominado completamente por el afán de descubrir la antigua Tavium, imaginé que me encontraba ante las ruinas de un templo de Júpiter con el refugio sagrado que menciona Estrabón…; pero más tarde me di cuenta del error». Y luego reconoce: «…ninguna de estas construcciones podía atribuirse a épocas romanas; el carácter grandioso y peculiar de estas ruinas me dejó perplejo cuando intenté dar a la ciudad su verdadero nombre en la historia…». Más tarde, entregado que hubo sus dibujos a la imprenta y después de haber podido examinar los apuntes del inglés William Hamilton —el cual había visitado Bogazköy un año más tarde y también la había tomado por Tavium—, confrontó todas las descripciones de los autores antiguos y las comparó con sus propias conclusiones, después de lo cual, persuadido de que había ido por mal camino, rebatió la tesis de que se trataba de las ruinas de Tavium, y se decidió por Pteria, ante la cual libraron Creso y Ciro la famosa batalla.A Texier le esperaban todavía más sorpresas. Un indígena le llevó desde Bogazköy por un sendero escabroso y escarpado, y luego de atravesar un profundo valle, subieron durante dos largas horas hasta alcanzar la altiplanicie del otro lado, donde halló lo que hoy se conoce por el nombre de Yazilikaya. Yazılıkaya, que en Turco significa “roca inscrita“, fue un santuario de Hattusa, capital del Imperio Hitita y está situada cerca de la ciudad turca de Bogazköy, en la provincia de Çorum. Fue un lugar sagrado para los Hititas, que vivían a dos kilómetros en la cercana ciudad de Hattusa. Lo más impresionante que se puede contemplar hoy día son los relieves grabados en la roca con los personajes que representan a los dioses del panteón hitita.  Consta de dos cámaras que se denominan A y B que parece que tuvieron cometidos distintos. Una de ellas se supone que serviría para hacer las celebraciones de la Fiesta de la Primavera o del Año Nuevo y la otra, más pequeña para culto del rey difunto Tudhaliya. Los santuarios fueron usados desde el siglo XV a. C. pero la mayoría de los relieves datan del reinado de los reyes hititas Tudhaliya IV y Suppiluliuma II a finales del siglo XIII a. C..

Yérguense allí peñascos cortados como acantilados, y por una hendidura se ofrecen a la vista bajorrelieves sorprendentes que cubren superficies torpemente desbastadas. Por aquellos muros, Texier vio avanzar en procesión de solemne rigidez unos dioses hieráticos tocados con gorros puntiagudos y vistiendo ceñidas túnicas. Luego, cuando siguió por la grieta que tuerce a la derecha, descubrió nuevas esculturas, nuevos personajes con otros ropajes, pero que llevaban tiaras en lugar de gorros. Dos de ellos son alados; otros tienen en la mano objetos indefinibles; algunos están encaramados en la nuca de otras figuras o van seguidos de perros. Fascinado por esta extraña procesión pétrea buscó Texier la salida del corredor y observó entonces, a la izquierda, un estrecho pasadizo que conducía a una nueva hendidura más angosta en la roca, y ante cuya entrada se detuvo de repente, pues a ambos lados del boquete había dos demonios alados, tallados en piedra, en actitud de defender el paso. Lentamente, titubeando por la emoción, se decidió por fin a penetrar en la hendidura y entonces apareció ante sus ojos, en el escarpado muro de lado de Occidente, otra procesión compuesta de doce guerreros, o tal vez dioses, avanzando en fila india con paso rápido y en actitud de energía instintiva y lúgubre, con los consabidos gorros en punta y la cimitarra al hombro, como si hicieran instrucción militar. Casi enfrente una escultura muestra la silueta de un hombre que, con gesto protector, sostiene a otra más pequeña. Sobre su brazo extendido colgaba una figura parecida a una flor, compuesta de signos que semejaban jeroglíficos, los cuales evidentemente debían de tener algún significado. Al regresar a la gran galería, Texier observó todavía más signos igualmente misteriosos, algunos de ellos borrados  de tal modo por el tiempo que incluso había desaparecido casi todo vestiglo de los mismos. ¿Se trataría simplemente de adornos, o bien formaban parte de un sistema de escritura? Al abandonar Texier «la roca escrita» dejó errar la mirada por la meseta que se extiende delante de la entrada y descubrió los restos de unas murallas. Quizá se habían erigido edificios aquí, ¿o serían tal vez los vestigios de las puertas monumentales que daban acceso a la grieta? Le pareció seguro, en todo caso, que se encontraba ante un antiquísimo santuario de piedra, legado de un pasado remoto. Quedaba por averiguar cuál era el pueblo que lo había construido para adorar en él a sus dioses. Texier dirigió la mirada hacia las ruinas de Bogazköy, al otro lado del valle, .y volvió luego los ojos hacia las alturas de los barrancos y las crestas que brillaban bajo un sol implacable y duro. Tenía ante sí un paisaje moldeado con mano vigorosa. Mucho tiempo después algún pueblo poderoso había impuesto aquí su voluntad y había encumbrado todavía más con aquellos bloques lospeñascos naturales. De modo que, entonces, Texier pudo también reconocer los restos de las murallas que antiguamente habían unido, transformándolos en fortaleza siniestra, aquellos peñascos ya de por sí abruptos y escarpados. Esto solamente podía haber sido obra de grandes reyes de un pueblo rico y poderoso; de ello no podía caber la menor duda.

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En el año 1839 publicó Texier en París su monumental relación de viajes en varios volúmenes, Description de l’Asie Mineure, en la que reconoce que un pueblo de semejante fuerza de voluntad, de la que son prueba evidente las ruinas de Bogazköy, era totalmente desconocido de los arqueólogos del siglo XIX, pues se ignoraba el lugar que había ocupado en el espacio geográfico del Asia Menor durante el segundo milenio antes de J. C. En realidad, para la Ciencia no dejaba de ser un rudo golpe, una grave contrariedad, todo lo que Texier ponía de manifiesto. Eso de que se diera como pasto a los especialistas toda esa maravillosa documentación, de la que no habían tenido ni el más leve punto de referencia previo, era en verdad muy desagradable. Por otra parte, en las décadas siguientes al año 1830, el interés de los investigadores de la incipiente arqueología estaba entonces acaparado, como es natural, por las fascinantes excavaciones que se estaban realizando en Egipto y en Mesopotamia. Lepsius y Mariette descubrían maravillas en el país de los faraones, mientras Botta y Layard hacían luz sobre las civilizaciones asiría y babilónica. Pues bien, a pesar de todos estos descubrimientos sensacionales que centraban su atención en otro lugar, los arqueólogos no podían pasar por alto las misteriosas ruinas descubiertas en Anatolia, y eso cada día menos, pues a medida que pasaban los días iban llegando más pruebas confirmando las manifestaciones de Texier. Poco después de Texier, William Hamilton había no solamente visitado Bogazköy, sino que, además, a poca distancia, cerca de la aldea de Alaya Huyuk descubrió otras ruinas. De 1859 a 1861 los viajeros alemanes H. Bart y A. D. Mordtmann dieron detalles más precisos sobre Bogazköy y mejoraron incluso los precipitados dibujos de Texier. El francés Langlois recorrió por la misma época la comarca de Tarso, mientras otro erudito, también francés, George Perrot, viajaba por toda Anatolia en 1862 explorando el país meticulosamente y descubriendo una serie de monumentos a cuál más interesante. En el recinto de la antigua Bogazköy halló, entre otras, una peña inclinada, la llamada Nisantepe, cubierta de signos, a decir verdad tan borrosos que más parecían arañazos en la piedra, pero que a pesar de todo recordaban extraordinariamente los que Texier había descubierto en Yazilikaya.

Esto, realmente, hubiera debido de ser considerado como un descubrimiento trascendental, pero pasó inadvertido entre la plétora de documentos que Perrot, secundado por su dibujante E. Guillaume, empezó a divulgar a partir de 1872. Al cabo de diez años justos, el alemán Karl Humann emprendió los primeros vaciados de algunos bajorrelieves de Yazilikaya, y en parte debió a su antigua profesión el que pudiera trazar el primer plano concienzudo y a escala del campo de las ruinas de Bogazköy, pues había trabajado como ingeniero de ferrocarriles antes de sentirse atraído por la magia de la arqueología. Más tarde debía alcanzar fama mundial al desenterrar el altar de Pérgamo. En 1887 Perrot recopiló en su monumental Histoire de l’Art dans l’Antiquité todos los datos que se conocían hasta entonces de Anatolia. Pero esta vez pudo apuntar ya alguna conjetura relativa a unas esculturas y a ciertos grupos de símbolos. Para otros, en cambio, ya no se trataba de meras conjeturas, sino de certidumbres. En efecto, en 1870, dos americanos habían dado cuenta, al regresar de un viaje a Siria, de algunas piedras cubiertas de signos, y estas piedras, conocidas como las piedras de Hamath, por el lugar donde fueron encontradas, iban a ser el inicio de una nueva fase en la pugna por aclarar el misterio de las ruinas anatólicas. En realidad no habían sido tampoco los americanos sus verdaderos descubridores, puesto que hacían exactamente 58 años que ya había dado con ellas uno de los más interesantes viajeros del siglo XIX. El año 1809 embarcó en Malta un hombre barbiluengo, con atavío oriental, en un barco con rumbo a Siria. Dijo ser el jeque Ibrahim, de profesión comerciante y al servicio de la Compañía de las Indias Orientales. Permaneció tres años y medio en Siria y resultó ser el comerciante más peregrino que jamás se había conocido de Alepo a Damasco, pues en lugar de dedicarse a los negocios, prefería la compañía de los eruditos del país, con los cuales estudiaba lenguas, historia, geografía y, sobre todo, el Corán. Solamente interrumpía sus estudios algún viaje hacia el Sur en Tierra Santa, hacia el Este hasta el Eufrates y luego a través del valle del Orontes. Subió al monte sagrado de Hor, en el que muriera Aarón, y durante un viaje a Nubia le detuvieron por espía, siendo deportado a Egipto.

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Un bajá le sometió al examen de dos doctores árabes para que demostrase sus conocimientos de las leyes musulmanas, y su examen fue tan brillante que se le permitió ir durante cuatro meses como peregrino mahometano a la ciudad prohibida de La Meca, y luego, junto con otros 80.000 peregrinos, al Monte Ararat. Desde entonces ostentó con razón el título de hadski. Como tal, y con todas las muestras de respeto debidas a un verdadero jeque, fue enterrado solemnemente en el cementerio musulmán de El Cairo en 1817, a los 33 años, al fallecer súbitamente en vísperas de un nuevo viaje, en cuyos preparativos andaba ya muy avanzado. Este jeque Ibrahim se llamaba en realidad Johann Ludwig Burckhardt y había nacido el año 1784 de una antigua familia patricia en Basilea, que hasta nuestros días ha dado al mundo diplomáticos e historiadores. La Universidad de Cambridge heredó a su muerte la colección de 350 manuscritos orientales originales. Sus diarios resultaron una verdadera mina de oro para la geografía, la etnografía, la filología antigua y la arqueología, y han servido de base para la publicación de las obras que Burckhardt había proyectado. En uno de estos libros, Viajes por Siria y Tierra Santa, aparecido en Londres el año 1822, cuenta cómo, a su paso por Hamath, en el Orontes, había descubierto una lápida, una sola piedra incrustada en la pared de un bazar, y así la describe brevemente: «Una piedra que está cubierta con unas cuantas figuritas y signos que parecen jeroglíficos, aun cuando no se parezcan a los de Egipto». Se comprende que en 1822, o sea diecisiete años antes de la publicación de la gran obra de Texier, nadie se fijara en esta descripción incidental, porque estaba, por decirlo así, enterrada a su vez en un cúmulo de aventuras de viaje, al parecer de mucho mayor interés. Transcurrieron otros 58 años antes de que los dos americanos que hemos mencionado, el cónsul Augustus Johnson y el misionero doctor Jessup, se lanzaran a seguir las huellas de Burckhardt por el bazar de Hamath. No eran menos observadores que el «jeque» Ibrahim, y no solamente dieron con la «piedra escrita» mencionada por aquél, sino que hallaron otras tres «que estaban cubiertas por figuritas y signos».

Johnson comunicó un año más tarde el hallazgo a la «American Palestine Exploration Society», pero no pudo presentar ningún croquis exacto ni menos reproducción alguna, porque tan pronto como se habían acercado a las piedras y antes de que pudieran tocarlas, los indígenas habían puesto el grito en el cielo amenazándoles con pasar a vías de hecho. Evidentemente, aquellos signos misteriosos eran objeto de veneración supersticiosa desde tiempo inmemorial. Esto quedó demostrado cuando, poco después, se descubrió en Alepo otra piedra con más «jeroglíficos» de esta misma clase. Los indígenas les atribuían propiedades curativas a estos signos, y en particular los tracomatosos acudían desde muy lejos a frotar la frente en la piedra, pulida por el roce, para obtener alivio a su mal. Tuvo que pasar otro año hasta que a otro investigador, William Wright, misionero irlandés, que a la sazón residía en Damasco, se le ofreciera oportunidad de examinar detenidamente, y sin peligro, la piedra. Vino en su ayuda una de aquellas casualidades sin las cuales innumerables descubrimientos no hubieran podido producirse. En efecto, en 1872 fue destituido el viejo gobernador de Siria, un ortodoxo que no quería ni oír hablar tan siquiera de las pretensiones de los investigadores occidentales. En cambio, su sucesor, Subhi Bajá, era un espíritu liberal ilustrado, sabía de la piedra de Hamath y permitió al Rdo. William Wright que le acompañase en uno de sus viajes de inspección. Y así fue como el irlandés tuvo acceso a las piedras que, mientras tanto, habían llegado a ser célebres en todo el mundo, y las descubrió por tercera vez  y tuvo la gran suerte, que no conocieron sus predecesores, de poder contar con la protección del gobernador, protección que se reveló sumamente eficaz por cuanto se tradujo en el envío de soldados, con cuya ayuda pudo arrancar las piedras de los muros de la casa, tarea nada sencilla, interrumpida una y otra vez por las demostraciones hostiles de los nativos, los cuales estaban firmemente convencidos de poder curar el reumatismo al contacto de aquellas piedras, al igual que los de Alepo curar el tracoma.

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Cuando ya estas piedras habían sido depositadas interinamente en el parador del bajá, uno de los portadores indígenas trajo la noticia de que el pueblo se había amotinado, y luego llegó el rumor de que los fanáticos querían a toda costa asaltar la casa, pues preferían destruir las piedras antes que permitir que se las llevaran. Incluso se decía que la policía hacía causa común con los de Hamath. «Vi que había llegado el momento crítico —escribe Wright—. No salía a la calle sin escolta, pues era el blanco del odio de todos» Habló a la multitud y les prometió que al día siguiente el bajá pagaría un buen precio por las piedras que se llevaba, a lo que la gente contestó sonriendo irónicamente, pues ya estaban acostumbrados a las promesas de las autoridades y sabían lo que valían. Entonces Wright habló de hacer intervenir a los soldados y amenazó con los terribles castigos que no dejaría de infligirles el bajá si optaban por la violencia. Regresó a su morada inquieto. «Fue una noche interminable de insomnio», anotó en su diario. Pero no sucedió nada. Con gran extrañeza de todos, a la mañana siguiente pagó el bajá Subhi la cantidad prometida, y si bien hubo todavía vagos destellos de indignación, fueron en parte reprimidos con amenazas y en parte aplacados con más dinero. Los derviches gritaban por las calles, anunciando a todos los que no se hubieran dado todavía cuenta del fenómeno, que durante la noche se había abatido sobre la tierra una lluvia de estrellas, un meteoro de intensidad luminosa verdaderamente extraordinaria. Los habitantes enviaron una delegación al bajá para conocer su opinión autorizada. ¿Se trataría quizá de un aviso del cielo para oponerse al traslado de las piedras?

El bajá pareció reflexionar un buen rato, como buscando inspiración y luego les preguntó si el portento había ocasionado la muerte de hombres o de animales, y como los delegados admitieran que nada de esto había sucedido, entonces resolvió el bajá, a la manera de Salomón, que, a su entender, el cielo había querido dar a conocer de un modo inequívoco su conformidad encendiendo aquel prodigioso faro.  Y sin más las piedras fueron trasladadas a Constantinopla. William Wright fue autorizado a sacar vaciados de ellas y luego se las llevaron al Museo Británico de Londres. Texier había visto ruinas en el norte de Anatolia, pero no había podido identificarlas. Por su parte, Wright tenía ya en la mano reproducciones de las inscripciones de Hamath, pero no sabía cómo interpretarlas. Entonces nada permitía suponer que entre las ruinas anatólicas y las piedras sirias pudiera existir la más mínima relación, puesto que no había aparecido por ningún sitio el eslabón intermedio. Poco después el cónsul inglés W. H. Skeene y Georges Smith, del Museo Británico, descubrieron el Jerablus, en la orilla derecha del Eufrates, un enorme cerro repleto de ruinas. Jerablus deriva de Europus, que así se llamaba la ciudad en la época grecosiria. Lo exploraron y lo identificaron como la Carquemis de la historia asiría. Al emprenderse las excavaciones surgieron a la luz unas figuras que también estaban cubiertas con los mismos símbolos misteriosos. Y entonces aquellos signos fascinadores, aquellas cabezas, manos, pies de hombre, y cabezas de animales, mezclados con círculos, medias lunas, ganchos, obeliscos, que se completaban para formar una escritura, y que cada día despertaban más el interés de todos los investigadores, empezaron a surgir por doquier. Pero lo más desconcertante era que los hallazgos no se limitaban a la región del norte de Siria. E. J. Davis los halló junto a un monumento en Ivriz, en el Tauro; e incluso aparecieron sellos con esta escritura. Pronto no pudo existir ya duda alguna de que los jeroglíficos descubiertos por Texier, junto a las figuras de los ídolos de Yazilikaya, eran por lo menos semejantes a los de Siria. ¡Y finalmente, apareció también la enigmática escritura en la región de Esmirna!

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Esto era lo más sorprendente del caso, por cuanto presuponía que si tales signos tenían un origen común, debía de haber existido un pueblo que en algún momento de la historia llegó a ser tan poderoso como para que su escritura se impusiera desde la costa del mar Egeo, a través de toda Anatolia, y hasta el corazón de Siria. Un pueblo que utilizaba una misma escritura debía, por consiguiente, ser de una misma cultura. Pero aparte de estos símbolos y de algunos monumentos que se parecían enormemente, no había otra evidencia de la existencia de una nación semejante. ¿Podría quizá haberse dado el caso de no haber sabido interpretarse debidamente, hasta entonces, ciertas tradiciones? En el año 1879, precisamente cuando se estaba de acuerdo en que las discusiones no habían arrojado todavía ninguna luz en la cuestión, un sabio inglés exploró las colinas alrededor de Esmirna, y un año más tarde dio una conferencia ante la «Society for Biblical Archaeology», llena de referencias de la Biblia y durante la cual expuso una tesis considerada entonces como francamente temeraria desde el punto de vista científico. Se trataba del sabio Archibald Henry Sayce, de 34 años de edad, famoso arqueólogo inglés del que decía la Enciclopedia Británica, que raramente citaba a personajes vivos: «…es imposible exagerar los servicios que ha prestado a las ciencias orientales». Sayce declaró llanamente que todos los monumentos e inscripciones de un carácter determinado que habían sido descubiertos, durante las últimas décadas, en el Asia Menor y en el norte de Siria, debían ser atribuidos a los hititas, o sea a un pueblo que la Biblia cita, pero que hasta entonces nadie se había tomado la molestia de investigar, por no habérsele concedido la más mínima importancia.

Puede decirse que ya en 1876, sin ni siquiera abandonar su despacho, Archibald Henry Sayce había vislumbrado la verdad, y un año más tarde, refiriéndose a las piedras de Hamath, afirmaba categóricamente que aquellos ideogramas, al parecer extravagantes, en realidad formaban parte de un sistema de escritura del que pretendía incluso reconocer algunas peculiaridades, así por ejemplo la llamada disposición «bustrófedon», tipo de escritura o modo de escribir que consiste en redactar alternativamente un renglón de izquierda a derecha y el siguiente de derecha a izquierda. En 1879 publicó un artículo con el título ya bien explícito de Los hititas en Asia Menor. Sin embargo, no fue hasta 1880, es decir, hasta un año después de su viaje a Esmirna, cuando dio ante la Sociedad Bíblica de Londres la conferencia que tanta sensación había de causar, y que durante algún tiempo debía valerle una dudosa notoriedad como «inventor» de los hititas. Considerándolo bien, la imputación carecía de fundamento, pues el misionero Wright había publicado en la British & Foreign Evangelical Review un estudio en el que se atribuían al pueblo de los hititas los hallazgos realizados en el Asia Menor. Pero el artículo pasó inadvertido, tal vez porque no estaba escrito con el entusiasmo de una persona convencida de lo que afirma. Las violentas controversias a que dio lugar la disertación de Sayce, se limitaron en un principio al reducido círculo de los iniciados, para ganar pronto el forum de la opinión pública. Solamente en Inglaterra, cuyo público, más que otro alguno en Europa, siente una gran curiosidad por las cuestiones arqueológicas, podía darse el caso de que una civilización, caída desde hacía tres mil años en el olvido, alcanzara repentinamente los honores de la prensa diaria. La polémica, atizada de una parte y otra con pruebas notoriamente insignificantes, llegó a su punto culminante al publicar William Wright, en 1884 en Londres, un libro que no solamente aportaba nuevas pruebas, sino que ostentaba el título provocador de El gran Imperio de los hititas, con el desciframiento de las inscripciones hititas por el profesor A. H- Sayce.

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Puede decirse que con este libro empezó verdaderamente la historia de la hititología. El carácter revolucionario de la tesis expuesta en él, o sea que los hititas habían constituido un verdadero Imperio, ya no permitió ignorar por más tiempo a los hititas. Y, desde entonces, lentamente, pero con paso seguro, nació esta ciencia netamente especializada como subdivisión de la arqueología oriental. Es natural que tal estudio causara sensación, por cuanto, de ser cierto lo que en él se afirmaba, se trataría de un caso verdaderamente único en los anales de la arqueología, ya que las excavaciones no se habían emprendido para comprobar eventuales suposiciones, sino que eran el fruto de simples deducciones cuyo origen había de buscarse en la comparación de monumentos descubiertos al azar en lugares muy apartados entre sí. De este modo se había logrado «resucitar» a todo un pueblo que había constituido la tercera gran potencia del Oriente Medio y cuya mera existencia griegos y romanos habían tenido tiempo de olvidar hacía ya más de dos mil años. Tanto más temerarias debieron de parecer tales afirmaciones, cuanto que no estaban respaldadas por pruebas suficientes que pudieran ser consideradas como decisivas. Si bien se apoyaban en primer lugar en el testimonio de la Biblia, en la que se menciona a los hititas, lo cierto es que se trata únicamente de indicios. En el Antiguo Testamento se cita vagamente  este pueblo con el nombre de «Hittim», que Lutero tradujo por «Hethiter» en su versión alemana; los ingleses lo convirtieron en «Hittites», mientras que los franceses los denominaron primeramente «Héthéens» para acabar llamándoles «Hittites». «Hititas» es el término generalmente adoptado en español, que también tiene «héteos». Pero la Biblia menciona a los hititas junto a otros pueblos sin importancia histórica; así, por ejemplo, en el libro de Josué se habla de cananeos, de hititas, de heveos, de fereceos, de guergueseos, de amoritas (o amorreos), y de jebuseos, y en el Génesis, de quíneos, de quineceos, cadmoneos, de hititas, de fereceos, de refaitas, de amoritas, de cananeos, de guergueseos y de jebuseos.

Algo más explícito es el pasaje del Génesis en el que Abraham, dirigiéndose en calidad de extranjero a los hijos de Het, les pide permiso para adquirir un sepulcro «a fin de enterrar este muerto mío que ante mí yace». Esto demuestra que, por aquel entonces cuando menos, los hititas debieron de dominar en la Tierra Prometida. Todavía contiene la Biblia la siguiente referencia algo más clara de la repartición geográfica de ciertos pueblos (Números): «Los amalecitas habitan el país situado al Sur, los hititas, los jebuseos y los amoritas en las montañas, y los cananeos junto al mar a lo largo del Jordán». A juzgar por estas citas, y algunas otras más de la Biblia, parecería desprenderse que los hititas no eran sino un grupo étnico, sin gran importancia ni historia, radicado en algún lugar de Siria. Y, sin embargo, en el mismo Antiguo Testamento encontramos un pasaje que hubiera debido llamar la atención de los investigadores si éstos, en el siglo XIX, no hubieran considerado la Biblia con un cierto escepticismo. He aquí, en efecto, lo que se lee en el Libro II de los Reyes:  «El Señor había dispuesto que se oyera en el campamento de los sirios un gran ruido de caballos y de carros; el estruendo de un gran ejército, y se decían unos a otros: he aquí que el rey de Israel ha atizado contra nosotros a los reyes de los hititas y a los reyes de Egipto». O sea que, a diferencia de los pasajes precedentes, en los que los hititas sólo figuran en las enumeraciones de pueblos sin verdadera importancia histórica, aquí se asocia a los reyes hititas con los reyes más poderosos de la Antigüedad, los faraones, y, además, con precedencia sobre ellos. Pero, ¿podían estas alusiones de la Biblia considerarse como suficientes para afirmar categóricamente la existencia de un Imperio hitita? Como es natural, Sayce y Wright habían echado mano de otras fuentes de investigación en que fundamentar su tesis. Pero apenas había hecho su aparición El Imperio de los hititas, cuando afluyeron por todas partes refutaciones y dudas. Había llegado el momento de comprobar las nuevas hipótesis cotejándolas con los antecedentes históricos, sobre todo con los legados por los asirios y egipcios, contemporáneos de los hititas.

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Esta comprobación, tal como era posible realizarla hacia el año 1880, esto es, a poco de haberse descifrado los anales asirios, sólo sirvió para dar al caso un nuevo impulso, únicamente basado en más indicios, sin que aportara, empero, resultados concluyentes. Hubo, sin embargo, dos hechos que abrieron horizontes prometedores. Por una parte, en las crónicas asirías se alude a menudo al «país de Hatti» (o Chatti) y, por otra, los egipcios cuentan y no acaban de sus incesantes luchas con los «Heta». «Heta» es la trascripción arbitraria del jeroglífico egipcio «Ht», pues la escritura egipcia carecía de vocales. La pronunciación actual de los nombres egipcios no se ajusta exactamente a la original, sino que es, por decirlo así, la adoptada por los egiptólogos basándose en suposiciones. Habíase empezado a descorrer el velo de la Historia cuando se averiguó que ya en el siglo XV antes de J. C, un pueblo hitita era tributario del faraón Tutmosis. Los muros de los templos egipcios contienen numerosas inscripciones ensalzando las victorias del gran Ramsés II sobre los hititas en Siria, y se conocen otras inscripciones que describen con sorprendente exactitud un tratado de paz —que más parece de inspiración moderna que fruto de mentes de hace muchos siglos—, para poner fin, mediante la boda de una princesa hitita con el faraón, a las incesantes guerras entre hititas y egipcios. Provocaron cierto escepticismo entre los arqueólogos algunos detalles de las crónicas guerreras egipcias escritas en estilo altisonante, sin contar el carácter del tratado de paz a que hemos aludido, pero también las asirías mencionan hechos análogos, y por ende confirman los relatos egipcios. La crónica de Teglatfalasar I (hacia el año 1100, antes de J. C.) habla ya de victoriosas campañas llevadas a cabo contra el país de Hatti, y durante cuatro siglos los anales no cesan de referirse a los hititas como a un pueblo que está organizado en pequeñas ciudades-estados, tales como Carquemis, Samal y Malatia, al norte de Siria, sin que en ningún momento llegue a constituir un enemigo peligroso. Precisamente debido a su debilidad, Siria se los anexiona el año 717 antes de J. C., al caer Carquemis, sin que por ello se rompa el equilibrio de fuerzas en el Oriente Medio.

A primera vista no se comprende muy bien cómo pudo un pueblo, que en las crónicas antiguas lleva siempre las de perder, haber creado una civilización cuya influencia efectiva se extendía desde el mar Egeo hasta los confines orientales de Anatolia. Ahora que sabemos a qué atenernos, es fácil afirmar que el hecho de que el pueblo hitita sea citado durante tantísimo tiempo por egipcios y asirios, teniendo en cuenta que desde Tutmosis hasta la caída de Carquemis transcurrieron más de 700 años, prueba la importancia que debe atribuírseles. Entonces los arqueólogos se contentaban con esgrimir argumentos no muy persuasivos, sobre todo contra Sayce, el cual, mientras tanto, iba publicando mensualmente artículo sobre artículo aportando nuevos hechos. Pero a pesar de ello, durante muchos años nadie atacó a fondo la hipótesis, que actualmente sabemos era errónea, según la cual los hititas pertenecían a un pueblo oriundo del norte de Siria y que, por motivos ignorados, se había ido desplazando progresivamente hacia el interior de Anatolia. Según esta teoría, los hititas se habrían propuesto objetivos militares y culturales completamente divergentes desde el punto de vista geográfico. En otras palabras: solamente combatían a lo largo de sus fronteras meridionales, mientras que su expansión cultural hacia el Norte y el Noroeste se desarrollaba pacíficamente. La contradicción era flagrante, sí, pero, ¿dónde radicaba el error? Sea como fuere, no había llegado todavía el momento de poder situar al pueblo de los hititas en su verdadero contexto histórico. Apenas acababa de descubrirse su existencia, y las investigaciones se hallaban en un punto muerto. El año 1887, la casualidad vino nuevamente en ayuda de los arqueólogos, cuando un acontecimiento trivial y ridículo contribuyó más que nada a disipar las tinieblas que envolvían el misterio. Lo más curioso del caso es que tal acontecimiento, a primera vista sin importancia,-permitió resolver el enigma hitita. Pero no se produjo en el Asia misma, sino en África, en Egipto, o sea en otro continente.

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Puede que el origen de esta casualidad deba atribuirse, según la leyenda, al gesto de una iracunda campesina de Tell-el-Amarna, aldea egipcia en la orilla derecha del Nilo, a unos trescientos kilómetros al sur de El Cairo. Según parece, esta mujer, para desahogar su cólera contra unos extranjeros importunos, no encontró nada mejor que arrojarles a la cabeza fragmentos de arcilla cocida, sin pensar ni por asomo que su gesto tendría un resultado totalmente contrario e inesperado; es más: que tendría resonancia internacional, pues esto fue precisamente lo que puso a los arqueólogos sobre la pista de la documentación egipcia histórica más importante conocida hasta nuestros días: los archivos que datan de la época del «rey hereje», Amenofis IV, fueron descubiertos en Tell-el-Amarna, su antigua capital. No podríamos asegurar que el descubrimiento tuviera lugar en las circunstancias que hemos descrito, pero lo cierto es que la explotación de estos viejos archivos se realizó de un modo verdaderamente sorprendente. Ningún arqueólogo se encontraba presente cuando se pusieron al descubierto las primeras tablillas de barro cocido. Sólo se sabe de fijo que a fines de 1887 las primeras tablillas de este archivo inestimable fueron ofrecidas en los mercados egipcios, y que los mercaderes de antigüedades de El Cairo vendieron algunas por diez piastras. Como entonces el comercio de antigüedades ya era severamente reglamentado, los hurgadores indígenas trataban por todos los medios de burlar el control oficial, y vendían sus hallazgos en el mercado negro, porque así era mayor su ganancia. Nada menos que doscientas tablillas fueron vendidas de este modo en el mercado de El Cairo el año 1888. Sayce las vio y habló de ellas. Una vez dada la alarma, despertó el interés de los directores de museos y de los coleccionistas, y al cabo de pocos meses los primeros ejemplares salían rumbo a Londres y Berlín.

Hubo incidentes curiosos. Así, por ejemplo, el comerciante árabe Abdel-Haj, de Gizeh, mostró a un empleado del Museo de Bulaq, más tarde transformado en el gran museo existente en la actualidad en El Cairo, unas tablillas que acababa de adquirir, pero el funcionario las rehusó, alegando que no eran más que falsificaciones. Ni corto ni perezoso, el comerciante las ofreció luego, como genuinas, al coleccionista vienés Theodor Graf. Todo el mundo sabe hoy que las tablillas de Tell-el-Amarna son auténticas. Los museos berlineses adquirieron las 160 tablillas de la colección Graf, algunas de las cuales son de «tamaño enorme». Desde noviembre de 1891 hasta fines de marzo de 1892 el gran arqueólogo inglés William Flinders Petrie continuó con gran éxito excavando en Tell-el-Amarna. Los archivos comenzaron a hablar y revelaron los más sugestivos detalles relativos a un período determinado de hacia mediados del segundo milenio antes de J. C. No hubo mayores dificultades en descifrar las tablillas de Amarna, pues estaban escritas en caracteres cuneiformes, hacía mucho tiempo conocidos, y en idioma acadio (o sea babilónico), que era la lengua diplomática de la época en el Oriente Medio. Para los egiptólogos el hallazgo era tanto más sensacional por cuanto representaba el conjunto de la correspondencia extranjera de uno de los faraones más interesantes que habían ocupado el trono de Egipto. Amarna era, en efecto, la residencia que hacia 1370-1350 antes de J. C. había hecho surgir del desierto Amenofis IV, soberano intelectual y soñador, que no veía, y lo que es más, no quería tener en cuenta las realidades políticas. Había imaginado la existencia de unas nuevas relaciones entre el hombre y la divinidad, había echado por la borda toda la cohorte de los antiguos dioses y colocado en su lugar a un dios único: el dios Sol. Después de renunciar a su nombre de Amenofis, por el de Akhenatón que significa adorador de Aton, el dios del Sol, se había atraído la enemistad del clero conservador egipcio al intentar imponer sus propias creencias a todo el país. Como no podía menos de suceder, tal empeño provocó disturbios interiores y no sólo esto, sino que los pueblos turbulentos fronterizos intentaron aprovecharse de la situación política de Egipto, donde al parecer reinaba un faraón más preocupado por las reformas religiosas que por la defensa del país.

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Neferjeperura Amenhotep, también conocido como Ajenatón, Akhenatón o Akenatón, fue el décimo faraón de la dinastía XVIII de Egipto. Su reinado está datado en torno a 1353-1336 a. C. y pertenece al periodo denominado Imperio Nuevo de Egipto. Hacia el cuarto año de su reinado, cambió su nombre a Neferjeperura Ajenatón. Dentro de la historia del Antiguo Egipto, su reinado inicia el denominado Período de Amarna, debido al nombre árabe actual del lugar elegido para fundar la nueva capital: la ciudad de Ajetatón, esto es, «Horizonte de Atón». Es célebre por haber impulsado transformaciones radicales en la sociedad egipcia, al convertir al dios Atón en la única deidad del culto oficial del Estado, en perjuicio del, hasta el momento, predominante: el culto a Amón. Es el primer reformador religioso del que se tiene registro histórico. Su reinado no sólo implicó cambios en el ámbito religioso, sino también reformas políticas y artísticas. Aunque tardíamente descubierto y todavía poco conocido, está considerado por muchos historiadores, arqueólogos y escritores, como uno de los faraones más interesantes . La Dinastía XVIII vivió un periodo histórico de excepcional importancia en Egipto. Liberado del yugo de los gobernantes hicsos, la tierra de los faraones se convirtió en una potencia militar al dominar los territorios aledaños: por el sur, a la vecina Nubia, abundante en minas de oro y puerta de acceso fluvial al África negra, con sus riquezas en forma de marfil, pieles y maderas; y, por el norte, a Siria y Canaán, con Gaza y Fenicia, donde Egipto se podía aprovisionar de telas, maderas y diversos minerales. Como consecuencia, Kemet (Egipto) se convirtió en un país sumamente opulento y los faraones se volcaron en promover grandes construcciones y embellecer el país. Muchos estudiosos estiman que durante el reinado de Amenhotep III, padre de Ajenatón, Egipto alcanzó su mayor cota en términos económicos.  Ajenatón heredó, pues, un estado en muy buena posición financiera y económica, que el faraón utilizó para sus fines políticos.

La reforma religiosa de Akhenatón fue considerable, pero fracasó políticamente, y he aquí que los arqueólogos tuvieron la gran suerte de dar con la correspondencia de este «rey hereje», como se le llamó más tarde, y no fue esto sólo, sino que pudieron descifrarla inmediatamente. Las cartas escritas en tablillas de arcilla eran el verdadero reflejo de la situación política de entonces en Egipto y en el Oriente Medio; pero, ¿qué representaban para los hititólogos? Entre la numerosísima correspondencia de Amarna se hallaron también dos cartas dirigidas por soberanos hititas al faraón, y algunas contenían innumerables referencias a incursiones de bandas guerreras hititas en los confines de Siria. Además, otras cartas facilitan información sobre la actuación de los reyes de ciertos países, entre ellos el de Mitanni, cuyos nombres eran hasta entonces prácticamente desconocidos. Entre estas últimas las hay algunas indecentes que ciertos príncipes dirigieron al faraón, al que llamaban «hermano», para rogarle que les cediera alguna hija para su harén. Pero el faraón esquivaba con altivez tales demandas, a pesar de que los príncipes estaban obligados a mandar a sus propias hijas al harén del faraón. Así, Tusrata, rey de Mitanni, escribía al faraón Amenofis II, precursor de Akhenatón: «Eras muy amigo de mi padre. Ahora que nosotros también lo somos, nuestra amistad es diez veces mayor que la que unía a nuestros padres. Y ahora repito a mi hermano: que mi hermano sea conmigo diez veces más generoso de lo que fue con mi padre. Que mi hermano me envíe mucho oro, que me envíe grandes cantidades de oro. ¡Que me envíe todavía más oro que a mi padre!». No se crea que se trata de una carta escogida especialmente, sino que es una carta típica, una de tantas de las halladas. Naturalmente, no fueron estas cartas petitorias las que impulsaron las investigaciones hititológicas, aun cuando su importancia es considerable porque nos permiten reconstruir la cronología de la historia en el Oriente Medio. Las más importantes para nosotros son las llamadas «cartas hititas», en una de las cuales un rey hitita, de nombre armonioso, Shubiluliumas (o Shu-up-li-lu-li-um-mash), felicita a Akhenatón, el rey hereje, en ocasión de su accesión al trono de los faraones.  Shu-up-li-lu-li-um-mash, Rey hitita, hijo y sucesor de Tudkhalijas III o, como hoy se acepta, de Khattusilis II. Su ascenso al trono se vio envuelto en oscuras circunstancias que coincidieron con la eliminación de Tudkhalijas el Joven.

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Buena parte de los hechos de Suppiluliumas I, el verdadero creador del Imperio hitita, se conocen gracias a sus Anales, que han llegado incompletos, y que fueron redactados por su hijo Mursilis II, y también por alguna carta de la correspondencia mantenida con Egipto (Cartas de Tell el-Amarna). En vida de su padre, asociado como príncipe, colaboró en las luchas contra diversos Estados del norte y del este de Anatolia, que constantemente se sublevaban contra el poder central. Una vez rey y tras organizar sus Estados vasallos, con su bagaje de buen militar y la fortificación de la capital Hattusa (o Khattushas), luchó contra Tushratta de Mitanni para apoyar al rival de éste Artatama II, aunque el hitita fue derrotado. Luego, prácticamente sin solución de continuidad, llevó sus armas contra el reino de Azzi (llamado también Hajasa), los gasgas y Arzawa; firmó luego un pacto con el rey Shunashshura de Kizzuwatna y desencadenó la llamada Primera guerra siria (Nukhashshe, Alepo, Alalakh), enclaves en donde situó hombres de confianza. También doblegó Ugarit, debiendo su rey Niqmadu II reconocer la supremacía hitita. Ante estos hechos —y mientras en el País de Amurru Abdi-Ashirta proseguía su expansión— muchos Estados pequeños de Siria buscaron el apoyo de Egipto y sobre todo de Mitanni, formando con éste una coalición (Alepo, Alalakh, Katna, Qadesh, Damasco) que, sin embargo, fue derrotada por Suppiluliumas I. A continuación el rey hitita marchó contra Washshukanni, la capital de Mitanni, obligando a huir a su rey Tushratta, y a la que sometió a feroz saqueo. Tras ello regresó y, después de cruzar el Éufrates, guerreó por Siria (Alepo, Alalakh, Qatna, Nukhashshe, Damasco), en el transcurso de la llamada Segunda guerra siria. Luego, pudo centrarse en vigilar la política fluctuante de Aziru, el sucesor de Abdi-Ashirta en Amurru, con quien concluyó finalmente un tratado.

Suppiluliumas I hubo aún de hacer frente a una Tercera guerra siria, centrada sobre todo en las plazas de Qadesh, que era atacada por tropas egipcias, y en Karkemish, atacada por los hurritas. Suppiluliumas I, a pesar del enfrentamiento con Egipto, no había dejado de mantener relaciones epistolares con Amenofis IV, a quien trataba de “hermano” y con quien intentó negociar un matrimonio político. Coincidiendo con la campaña de Karkemish, murió el faraón egipcio Tutankhamón, y la reina viuda Ankhesenpaatón solicitó de Suppiluliumas I un príncipe hitita para convertirlo en rey de Egipto. Tras un año de indecisión, el hitita envió a su hijo Zannanzas a Egipto, que sin embargo fue asesinado, probablemente a instancias de Horemheb, que aspiraba al trono egipcio, o del importante personaje Ay, que se casaría luego con la reina viuda, llamada antes Ankhesenamón. Como venganza, el rey hitita llevó una campaña por el sur de Siria y su hijo Arnuwandas II atacó Amqu, en la zona de Damasco, desde donde deportó a muchos prisioneros, contaminados con la peste, al país de Hatti. Esta campaña, años más tarde, sería considerada por Mursilis II como sacrílega por haberse roto un viejo acuerdo egipcio-hitita, y justificaría el azote de peste que durante 20 años se llegó a extender por toda Anatolia. Tras ello, Suppiluliumas I reorganizó Siria, entregando Alepo a su hijo Telepinus, tenido de su esposa Dadu-Khepas, y Karkemish a Pijassilis, también hijo suyo y de su segunda esposa Khentis, príncipe que tomó el nombre de Sharri-Kushukh. Suppiluliumas I regresó a Anatolia para hacer frente a los gasgas. Sin embargo, se vio inmerso en la guerra civil de Mitanni, al ayudar a Mattiwaza —el hijo de su rival Tushratta— que había acudido en demanda de auxilio. Tras entregarle a su hija en matrimonio y acordar un tratado, equipó un ejército que atacó distintas ciudades de Mitanni, entre ellas Washshukanni, derrotando a Shuttarna III, lo que provocaría la intervención de Asiria —Assur-uballit I aprovechó la coyuntura— y el hecho de que Mitanni se escindiera en dos reinos (Mitanni occidental, bajo la protección hitita, y Khanigalbat, bajo influencia asiria). Suppiluliumas I, en una de sus campañas llevadas contra los gasgas, en Ishupitta, murió víctima de la peste que había contraído tiempo atrás en zona siria. El trono pasó a su hijo Arnuwandas II, quien también moriría pocos meses después a causa de tal epidemia.

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En su totalidad y por primera vez, las cartas de Amarna ponen de manifiesto, sin lugar a dudas, que el Imperio hitita era no solamente una gran potencia, sino que, contrariamente a lo que se había creído, sus habitantes no eran originarios del norte de Siria. Antes bien, pudo asegurarse ya que en una época dada, que no puede precisarse con exactitud, los hititas se habían establecido en Siria procedentes del Asia Menor. De modo que las cartas de Amarna aclararon dos misteriosos secretos. Por una parte, la carta dirigida por Shubiluliumas al faraón Akhenatón, personaje bien conocido, nos permite por vez primera intercalar exactamente a un rey hitita en un determinado período de la historia; y, por la otra, esta correspondencia corrobora lo que Sayce y Wright habían sostenido, o sea que los hititas procedían del Norte y constituían una gran potencia. Fue una verdadera suerte para los orientalistas que la mayoría de las cartas de Amarna pudieran ser descifradas inmediatamente. Pero pronto se dieron cuenta de la importancia capital que para llegar a un conocimiento completo de la cuestión hitita debían de tener dos cartas que nadie era capaz de traducir. A estas cartas, escritas en caracteres cuneiformes legibles, pero en una lengua hasta entonces desconocida, se les dio el nombre de «cartas de Arzawa» por estar dirigidas a un rey, hasta entonces ignorado, de Arzawa. Por diversas razones se suponía que Arzawa estaba situado en algún lugar de Anatolia meridional. Es muy posible que estas cartas hubieran quedado arrinconadas en los archivos de algún museo si el año 1893 el arqueólogo francés E. Chantre no hubiese descubierto en Bogazköy fragmentos de tablillas escritas en la misma lengua desconocida. Estas famosas cartas hicieron surgir un nuevo y complicado problema. ¿Podía tratarse del idioma de un pueblo que hubiera dominado a la vez en el recodo del Halys y en la costa mediterránea del Asia Menor? El enigma era tan apremiante que dos años más tarde un asiriólogo puso todo su empeño en resolverlo y se salió con la suya. Pero antes de seguir adelante, séanos permitido dar un ejemplo de cómo se realizaban las excavaciones en aquellos tiempos en que, a falta de conocimientos precisos, los arqueólogos se dejaban guiar por el afán de los descubrimientos. Las primeras excavaciones en el país de los hititas se iniciaron a raíz de un pequeño viaje de los arqueólogos Otto Puchstein, Karl Humann y el doctor von Luschan, los cuales, mientras cruzaban el sudoeste de Turquía, tuvieron noticias de que no muy lejos del lugar en donde se encontraban, en Sendjirli, estaba al descubierto toda una serie de relieves de un interés extraordinario.

A pesar de que el tiempo apremiaba, pues tenían que salir de Turquía dos días más tarde, se trasladaron inmediatamente a Sendjirli, en donde pudieron contemplar ocho ortostatos esculpidos en su misma situación y lugar primitivos. Pero su alegría duró bien poco, pues el verdadero descubridor no era otro que Hamdy-Bey, director general de los museos turcos y a la sazón el más reputado director de excavaciones en Turquía. A pesar de ello, saltaba a la vista que no se había hecho hasta entonces más que arañar el suelo, el cual seguramente ocultaría todavía innumerables vestigios de la pasada grandeza del país. Cuatro años después, en 1888, Humann, con el apoyo de la Sociedad Oriental que se había constituido en Berlín mientras tanto, logró que la Dirección de los Museos Reales le enviara a Constantinopla, en donde solicitó una concesión para poder emprender nuevas investigaciones, y habiéndola obtenido, tras exponer sus propósitos, se puso a organizar una expedición. Sólo elogios merece la actuación de Humann, por su cuidadosa preparación de las excavaciones en un lugar rico en promesas. Nadie ignora las pocas precauciones que había tomado el genial Schliemann cuando unos años antes había puesto al descubierto las ruinas de Troya. También se sabía que en otras excavaciones se andaba más a la caza de tesoros que a la búsqueda de material científico. En cambio, lo que Humann planeó y realizó fue una excelente expedición científica, no dejando nada al azar y cuidándose de las tiendas, de las camas de campaña, del material de cocina, sin olvidar a los vigilantes, picapedreros, carpinteros e incluso al herrero y a un cocinero, así como tampoco el material fotográfico necesario y, finalmente, las herramientas de toda clase. La Dirección de los Museos Reales de Berlín designó al doctor von Luschan para acompañarle y lo propio hizo el Instituto Arqueológico de Atenas en la persona de su amigo Franz Winter.

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Karl Humann y Félix von Luschan formaron lo que se llama un buen equipo. El primero, que había nacido en Steele, Prusia Oriental, el año 1839, era ingeniero de ferrocarriles y había heredado el espíritu vivaz que caracteriza a los habitantes de su región natal en la Prusia renana. A la sazón ya era un hombre célebre y experimentado, y por razones de salud había tenido que trasladarse al sur de Europa en pos de un clima más benigno. Por igual motivo, cuarenta años más tarde, el famoso deportista lord Carnavon se instaló en Egipto, en donde, junto con Cárter, descubrió la tumba de Tutankhamen. En Samos despertó su vocación la casualidad, al confiársele algunos trabajos de cartografía, y de 1867 a 1873 dirigió con éxito la construcción de la red de comunicaciones en Asia Menor. Jamás olvidaría la arqueología durante aquel período, y a él se deben el descubrimiento y las excavaciones de Pérgamo. Iniciados los trabajos en 1878 quedaron totalmente terminados en 1836, y el resultado de estas actividades fue la reconstrucción, en Berlín, en un museo edificado especialmente, del más bello altar que nos haya legado la Antigüedad. El museo, conocido por el Museo de Pérgamo, fue destruido durante la guerra, pero lograron salvarse los bajorrelieves. Félix von Luschan pertenecía a otra nacionalidad alemana, pues había nacido en 1854 en Hellabrunn, cerca de Viena, y tenía también otra formación científica. Médico militar que había servido en los ejércitos imperiales, era muy aficionado a la arqueología. Estaba en condiciones de ser de gran utilidad en cualquier expedición y se complementaba admirablemente con Humann. Los medios pecuniarios de la empresa eran reducidos, pero sin embargo importantes si se comparan con las subvenciones de que disponen los arqueólogos en la actualidad. En todo caso bastaban para asegurar una buena campaña durante tres o cuatro meses dando ocupación a unos cien trabajadores.

No deja de ser curiosa la relación del material con que contaba la expedición: 20 zapapicos, 12 azadones (con 100 mangos de repuesto), 55 palas, 12 carretillas (el material más importante, junto con las canastas), 57 canastas, 2 tornos, 2 alzaprimas de hierro, 2 mazas, 3 cables, 1 juego de poleas, 1 vagoneta con ejes de acero, 1 forja de campaña y, además, las herramientas necesarias a los artesanos, amén de clavos, cuerdas, etcétera. «Tenía lo suficiente —dice— para equipar a más de 170 obreros, sin contar que podía sustituir todo el material que se inutilizase»; pero no hace alusión a las comodidades de que disfrutaban los miembros de la expedición. Todavía no había llegado la época en que las neveras y las duchas portátiles serían consideradas como indispensables para el buen funcionamiento de una expedición arqueológica. Humann y sus compañeros salieron de Alejándrela el 5 de abril de 1888 por la antigua ruta que siguieran los cruzados, la misma ruta polvorienta que dos mil años antes Ciro el Joven y Alejandro el Magno habían recorrido a caballo. El camino era malo bajo la lluvia, y hasta las siete de la tarde no llegaron a Islahia, «más que pueblo, un nido sórdido e insalubre de unas cincuenta barracas». En aquel lugar —no lo había mejor en muchas leguas a la redonda— residía un kaimakan, jefe de distrito turco, algo así como una especie de gobernador civil, y gracias a su intervención consiguió Humann madera para la construcción de barracas y pudo, además, contratar a otros dos carpinteros. El domingo 8 de abril el grueso de la comitiva se puso en marcha, pero cuando por la noche llegaron a Sendjirli, observó Humann con estupor que solamente eran trece. El espectáculo que se ofreció ante sus ojos a la mañana siguiente le pareció de muy mal agüero. En la falda oeste de la colina oviforme, cuyas medidas resultaron ser más tarde 335 metros de largo por un ancho máximo de 240 metros, sucios cuchitriles sirven de morada a «kurdos y anzaries» de una asquerosidad repugnante. «La aldea es una verdadera cloaca», pues por entre las ochenta barracas de que se componía el poblado se escurría un arroyo encenagado.

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Cuando Humann quiso contemplar los ortostatos que hacía unos años había desenterrado Hamdy-Bey y que habían visto Luschan y Puchstein, se encontró con la sorpresa de que casi todos habían sido recubiertos nuevamente. Sin embargo, a partir del 9 de abril se pusieron a la obra, y como corriera pronto la voz de que con sólo hincar la azada entre los escombros de las ruinas podía ganarse muchísimo dinero, amén de una buena propina si se tropezaba con alguna piedra labrada, a mediodía se presentaron 34 obreros y al día siguiente ya eran 96; de modo que al terminar la primera jornada habían sido nuevamente despejados no solamente los ortostatos que descubriera Hamdy-Bey, sino también otros cuatro, que representaban a un guerrero armado con escudo, espada y lanza, una muchacha mirándose en el espejo y un caballo tirando de un carro de guerra; sin contar un ante patio y un portón con dos leones. Al día siguiente desenterraron 26 grandes bloques tallados, y las efigies de dioses, de los hombres y de los animales que campeaban por la superficie eran distintas de las que hasta entonces se conocían, aun cuando existía, es cierto, alguna semejanza con determinadas esculturas halladas acá y allá en el espacio comprendido entre el Eufrates y el Halys. Pero en parte alguna se había encontrado una tal cantidad de piedras con inscripciones. Humann escribía con emoción, como los demás directores de excavaciones, cuando de súbito el suelo libra un secreto: «Así terminó la primera semana y nos sentimos tan satisfechos y tan emocionados por tan ricos hallazgos, que olvidábamos que el viento del oeste desgarraba las tiendas, que llovía sobre nuestras camas, en las que dormíamos con el paraguas abierto y que en el interior de las tiendas chapoteábamos en el fango». Se había puesto al descubierto una fortaleza cuyas dimensiones y ornamentación eran inusitadas. A Humann, que se había leído no solamente a Sayce y a Wright, sino también toda la literatura que había ido apareciendo en pro y en contra de las tesis de estos últimos, no le cabía ninguna duda de que estaba en presencia de vestigios hititas. Y lo mismo era válido para los encontrados fuera del perímetro defensivo.

Un maestro de escuela armenio condujo a Luschan y a Winter hasta una aldea lejana en donde les mostró un bajorrelieve a todas luces hitita; una mujer sentada a la mesa, y un hombre de pie ante ella. También al norte de Sendjirli, a una hora de caballo, descubrieron otra inscripción hitita. El misterio quedaba todavía en pie. En la colina abundaban sobre todo las matas de asfódelos salvajes, la flor del averno, y si allí se había echado mano de símbolos, ¿qué significación podía tener esta preferencia? «La expedición sólo puede ser considerada como un tanteo», escribía Humann el 4 de mayo de 1888 en su diario, y al propio tiempo comunicaba a Berlín: «Si por lo menos tengo la suerte de identificar las ruinas de un antiguo palacio, me consideraré como muy bien pagado, pues por esta vez habré conseguido todo lo humanamente posible, y ello me dará ánimos para emprender con nuevo aliento la próxima campaña». No habían contado con el tiempo. Si primero hacía fresco y llovió, luego, hacia mediados de mayo, empezaron los fuertes calores con su séquito de serpientes, escorpiones, tarántulas y miríadas de mosquitos. Pero de nuevo vino la suerte en su ayuda, dando otro gran impulso a las excavaciones. El 3 de mayo desenterraron, precisamente bajo unas matas de asfódelos, un león colosal que yacía inclinado a cinco metros de profundidad, con la cabeza dirigida hacia arriba. Por más que Humann recorriera la colina en todos los sentidos, no acertaba a formarse una idea concreta y definitiva del conjunto que tenía ante sí, pues si encontraba un pilón de puerta, era inútil buscar el otro, que no existía, y lo mismo sucedía con las esculturas, que lógicamente debían de tener su pareja en alguna parte. Contrariamente a las normas arqueológicas, se trataba, pues, de objetos únicos. Por inciertos y vagos que fuesen los resultados obtenidos, Humann debía de preocuparse del transporte de sus tesoros, en lo cual podía servirle de mucho la experiencia de sus predecesores. Si el peso fue siempre el mayor obstáculo para el traslado de los hallazgos procedentes de las excavaciones, en el caso presente las dificultades eran mucho más considerables, pues aquí los artistas no habían labrado sus relieves en losas fácilmente transportables, sino en bloques colosales de un peso enorme.

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Para obviar estos inconvenientes, durante la segunda semana de mayo Humann hizo cortar con cincel la parte posterior, de modo que la parte anterior esculpida tenía un espesor de quince centímetros, quedando así su peso reducido a 500 o a 800 kilogramos como máximo. Pero entonces surgió otra dificultad. En efecto: los cherqueses (circasianos) de Marash y de los alrededores exigían el equivalente de noventa marcos por cada carretada, siendo así que el presupuesto de la expedición preveía solamente setenta y cinco marcos. Comohombre de experiencia que era, Humann no se amilanó por tan poca cosa, sino que despachó a Albistan, que distaba unas veinticinco horas, a un mensajero con instrucciones concretas y éste regresó al cabo de poco con los primeros diez carros, con cuyos conductores se ajustó un salario equivalente a sesenta y ocho marcos por cada viaje. Pero el Oriente se venga. Por primera vez sufren miembros de la expedición ataques de paludismo. Cinco días más tarde el mismo Humann se vio aquejado de una afección pulmonar, y al día siguiente de una grave recaída recibió un telegrama de Hamdy-Bey, director de los museos turcos, el cual podía otorgar o denegar sin apelación los permisos para realizar excavaciones, invitándole muy amablemente a entrevistarse con él el 7 de junio. A pesar de su enfermedad, el día 5 se puso en camino acompañado del doctor Luschan, y el 7 comunicaba el resultado de sus investigaciones a Hamdy-Bey, quien en tono muy correcto, pero al propio tiempo terminante, le rogó que se trasladara a Constantinopla a fin de dar cuenta de sus investigaciones. Todavía enfermo, Humann tomó el primer barco, y en Constantinopla consiguió obtener la autorización para enviar a Berlín veintitrés relieves, una estela y todos los demás objetos secundarios desenterrados. Luego regresó inmediatamente; el día 11 llegaba a Alejandreta y el 13 estaba en Sendjirli otra vez. A todos los miembros europeos de la expedición se les había contagiado el paludismo, con la sola e importante excepción del doctor von Luschan, quien, por otra parte, no había permanecido inactivo durante su ausencia, pues, partiendo del Sur, había hecho despejar «aquella colina yerma cubierta de escombros calcinados». El trabajo había sido duro y de poco rendimiento. Hubo que esperar hasta fines de junio para que apareciese al descubierto la base de cuatro muros el inferior de los cuales tenía no menos de cuatro metros. Mientras tanto, el paludismo continuaba frenando la marcha de los trabajos, con el consiguiente relajamiento de la disciplina. Durante la última semana de junio tan sólo sesenta obreros seguían trabajando. Humann les aumentó el sueldo en una piastra. Dos días después ya tenía otra vez doscientos uno obreros.

Los hallazgos se componían de objetos por demás diversos, de las más diversas procedencias; así, por ejemplo, hallose una moneda helénica al lado de una estela real asiría de 3,45 metros de altura; una figurilla hitita de bronce junto a una moneda de Constantino; una cabeza de elefante de origen o influencia helénica reposaba pegada a una inscripción hitita. Luego llegó un kurdo hablando en términos ditirámbicos de ciertas «figuras parlantes», y condujo a Luschan y a Winter hasta a orillas del Oerdekgöl, el «Lago de los patos», en donde encontraron una estela de 1,20 metros de altura, que representaba un banquete funerario típicamente hitita, con un texto además de nueve líneas escritas en lengua fenicia. Todo hacía creer que la expedición pisaba un terreno cargado de historia en plural, pero que hasta entonces había sabido guardar muy bien su secreto. El paludismo causaba mayores estragos cada día, hasta el punto que algunos artesanos hubieron de ser enviados a las montañas, mientras que los restantes se debilitaban por momentos. La temperatura atmosférica subió de un modo alarmante. «Nos hacemos la ilusión de que disfrutamos de una tarde fresca cuando el termómetro baja a 37 o 38 grados», escribe Humann; y fue en estas condiciones que tuvo que ser organizado el casi imposible transporte de los grandes bloques. Las primeras carretas tiradas por bueyes se pusieron en movimiento el 13 de junio, pero durante el trayecto hacia Islahia, a unas dos horas de camino en condiciones normales, tres carretas se desplomaron. Por si no fuera bastante, un kamaikan adjunto, un kurdo presuntuoso, requisó las otras doce. La carta de Hamdy-Bey, que le mostró Humann, no le hizo el menor efecto y hubo que recurrir a las amenazas para poder seguir adelante. Aquellos hombres, minados por el paludismo, ya no podían resistir más cuando, de repente, el 14, apareció con dos carros de caballos, y esta vez con pretensiones muy razonables, uno de los cherqueses que habían exigido antes un precio exorbitante por sus servicios. Otros cherqueses siguieron su ejemplo y pronto una larga columna de vehículos cargados con los pesados bloques avanzaban lentamente hacía Alejandreta. El 30 de junio se embarcaron las 82 cajas, nada menos que con sesenta toneladas de esculturas y cascos de barro cocido, que para los entendidos era la prueba tangible de una antiquísima civilización curiosa y desconocida.

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Uno de los guardias de la caravana sucumbió a la fiebre. El 23 por la mañana una columna compuesta de hombres y de animales se arrastraba hacia la costa por la carretera cubierta de polvo ardiente. Habían salido un lunes y a mediodía del miércoles descubrieron el mar a seis kilómetros de Alejandreta, cuando se hallaban frente al cafetucho de un agencioso negro, cerca de un pozo de agua fresca. ¿Quién podía resistir, teniendo además en cuenta que el primer barco no zarparía hasta dentro de diez días? Se capituló ante esos seis kilómetros, se desplegaron las tiendas y, como escribió Humann: «De cara al mar azul holgaron». «Se había llegado a la meta —continúa Humann—, con el descubrimiento a poca profundidad del edificio hitita que buscábamos, y en adelante podríamos arrostrar confiados una nueva campaña. Aquella colina ya no era un montón insondable de escombros, pues nos había revelado su secreto, que es precisamente de lo que se trataba». ¿Era justificado tanto optimismo? Digamos enseguida cuan exageradas eran las ilusiones que se forjaba Humann, no sólo por lo que se refiere al resultado de sus investigaciones, sino también en lo tocante a sus esperanzas para el futuro. Tan exageradas como las ilusiones de aquellos primeros excavadores que en Carquemis habían operado el año 1878 sin orden ni concierto. Su relevo por un equipo de especialistas tales como Ramsay, Hogarth, Lawrence o Wooley, permitió obtener resultados conformes a las normas científicas, pero todos los vestigios que se descubrieron del período más reciente de la cultura hitita (que se remontan al I milenio antes de J. C) contribuyeron bien poco, a pesar de su innegable gran interés, a dilucidar si los hititas habían formado «un imperio» en el Próximo Oriente, que era, al fin y al cabo, lo que estaba en juego. Parece mentira que una expedición tan bien dirigida, como lo había sido la de Humann, aportara datos tan insignificantes para el esclarecimiento de la cuestión, siendo así que otra, organizada pésimamente, veinte años después, tiene en su haber descubrimientos verdaderamente sensacionales, los cuales permitieron poner definitivamente en claro el papel que habían desempeñado los hititas en la historia del Próximo Oriente. Y, como si semejante anomalía fuese poco, he aquí que si la nueva expedición, dirigida por el doctor Hugo Winckler, un alemán, pudo ser llevada a cabo, se debió enteramente a la coyuntura política de aquellos momentos.

Antes que Winckler, uno de los mejores arqueólogos ingleses había solicitado del Gobierno turco el permiso para continuar las excavaciones en el paraje de Bogazköy descubierto por Texier. Pero por aquel entonces el sultán Abdul-Hamid II estaba en mejores relaciones con el káiser alemán Guillermo II que con Eduardo VII, rey de Inglaterra. Esta amistad, política, era en realidad de origen económico. Si se tiene en cuenta que, en 1899, la sociedad «Deutsche Bank» había obtenido la concesión para construir el ferrocarril de Bagdad, uno de los mayores proyectos ferroviarios del mundo, sorprende menos que el alemán desbancará al inglés. El permiso autorizando las nuevas excavaciones en Bogazköy era un gesto amistoso hacia el emperador alemán, que sentía una gran pasión por la arqueología y no desdeñaba ocasión de subvencionar las excavaciones. Y, precisamente, le fue servida en bandeja una oportunidad para poder figurar como mecenas sin que de momento le costara un solo marco. Realmente se estaba escribiendo la historia de una rama de la arqueología. Pero al hombre de ciencia alemán que partió de Berlín empeñado en resolver el problema hitita, los problemas económicos y políticos de entonces le preocuparían seguramente tan poco como a su colega inglés, de haber éste obtenido la concesión. Sea como fuere, el caso es que una coyuntura política fortuita permitió dar el paso definitivo para el esclarecimiento del enigma hitita, cuya importancia iba sin cesar en aumento. A pesar de los métodos tan deficientes a que se recurrió, los resultados obtenidos desde un principio fueron asombrosos.  La cuestión hitita cobraba cada vez mayor importancia. Ahora que se conocen ya todos los datos que hicieron posible la solución del problema, resultaría cómodo hacer resaltar los tanteos y los errores en que incurrieron los primeros investigadores, los cuales, no debemos olvidarlo, partieron prácticamente de cero.

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Para dar una idea de cuál era la verdadera situación hacia el año 1907, vamos a transcribir un fragmento del artículo que Hugo Winckler —al cual se deberían los entonces inminentes grandes descubrimientos— publicó en el fascículo núm. 35 de «Las Comunicaciones de la Sociedad Oriental Alemana»: «Al lado de los monumentos auténticos de la civilización hitita en el Asia Menor, se han descubierto, mientras tanto, varios objetos que demuestran la gran influencia que sobre todos aquellos pueblos ejerció Babilonia. Fue una casualidad que casi simultáneamente al descubrimiento de los archivos de Tell-el-Amarna se exhumaran también planchas de arcilla con inscripciones cuneiformes en un lugar del Asia Menor, en la colina de Kultepe, en la proximidad de la aldea de Karaujuk, a unas tres horas de camino de Kaysariye. Estos textos, sin gran importancia y de difícil lectura además, demostraron, sin embargo, la influencia que sobre el Asia Menor ejercieron los países que empleaban la escritura cuneiforme; en este aspecto resultó ser un hallazgo interesantísimo, por cuanto venía a completar las escasas cartas encontradas en Tell-el-Amarna dirigidas a los faraones por los soberanos del Asia Menor, entre las cuales existían unos fragmentos de una carta de Shubiluliuma, rey de Chatti, y otras dos más que en lugar de esclarecer el problema planteaban otros. Una de ellas era una carta dirigida por Amenofis III al rey Tharchundaraus, de Arzawa, país que según toda probabilidad debió de existir en alguna parte del Asia Menor, sin que se sepa exactamente dónde. En otra se cita a un príncipe llamado Lapawa, cuyo reino, según se indica en otro lugar, lindaba al norte con el de Jerusalén, o sea, más o menos, por la región del Carmelo. Era inexplicable la relación que podía existir entre estos hechos y el empleo en Palestina, precisamente en el lugar en donde luego se erigió el reino de Israel (Samaría), de una lengua que era evidentemente la del país de Arzawa».

¿Es posible que las cartas de Arzawa estuvieran escritas en lengua hitita? Dejaremos la palabra a los mismos arqueólogos para que sean ellos quienes nos resuelvan el enigma. La primera expedición de Winckler hubiera debido inspirarse en las organizadas por sus ilustres predecesores. Pocos años antes, Arthur Evans había empezado las excavaciones en el palacio de Cnosos en la isla de Creta, y Robert Koldewey las había iniciado en Babilonia. Ambas expediciones estaban excelentemente dirigidas. Puede que deba atribuirse al carácter mismo de Winckler si carecía de fulgor la estrella que presidió el inicio de la expedición. Winckler, que había venido al mundo, en 1865, en Grëfenheinischen, Sajonia, era ya un arqueólogo eminente cuando partió para Anatolia; incluso había efectuado excavaciones en Sidón allá por los años 1903 y 1904, pero causaba una mala impresión en cuantos le rodeaban. He aquí cómo nos lo describe Ludwig Curtius, que un año más tarde pasó a ser su ayudante: «Me había ilusionado siempre el poder colaborar con un orientalista, al que únicamente podía representarme como a una personalidad distinguida y acostumbrada a los viajes; juzguen, pues, cuál no sería mi sorpresa al encontrarme en Constantinopla en presencia de un hombre desaliñado y sin personalidad, de barba castaña poco cuidada y en camisa de manga corta sujetada por un cordón de seda encarnada. En una palabra, con sus maneras de burgués medio, que desentonaban desagradablemente en aquel ambiente oriental, en nada se parecía Winckler al hombre de mundo que yo había soñado». Y como si ello aún fuera poco, podía clasificársele entre los que tienen la mala suerte de poseer pocos amigos y la de granjearse por contra muchos enemigos. Y era envidioso hasta el extremo con  los que tenían más suerte que él, e intolerante con los arqueólogos que discrepaban de sus teorías. Había ideado una concepción panbabilónica del mundo, según la cual Babilonia sería el origen de todo cuanto en el mundo represente algún valor, y abominaba de los humanistas que profesaban el origen grecorromano de la civilización occidental.

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Por otra parte, aunque sorprenda en un orientalista entusiasta, era antisemita. Es posible que su carácter insoportable, sus cambios bruscos de humor y sus numerosas inconsecuencias deban atribuirse a la larga y penosa enfermedad que le aquejó desde el año 1913. A pesar de su odio al judaísmo, vemos que sus primeras expediciones fueron sufragadas por banqueros judíos, y en lugar de traducir en teorías de la raza sus profundas convicciones, suya es precisamente esta frase que los antisemitas y los racistas no hubieran debido olvidar nunca: «Los pueblos civilizados jamás pertenecen exclusivamente a una raza pura, sino que su cultura es siempre fruto del cruzamiento de varias razas más o menos diversas». Hugo Winckler inició los preparativos para la expedición, o sea, se preparó para reconocer el terreno. Facilitó el dinero un alumno suyo, el barón Wilhelm von Landau, que había subvencionado ya las excavaciones de Sidón. Theodor Macridy-Bey, que también había estado en Sidón y ocupaba un cargo en el Museo Otomano de Constantinopla, era el colega, el colaborador y el adjunto de Winckler, responsable y director oficial de la expedición y formaba su contrapartida oriental. Ludwig Curtius, el cual a lo largo de las quinientas páginas de sus Memorias, Los alemanes y el Mundo Antiguo, apenas se permitió jamás la menor alusión que pudiera resultar desagradable para nadie, describe así a este hombre «de ojos negros insondables, en un rostro bien afeitado y en el que la malaria dejó sus huellas»: «Macridy-Bey era una curiosa mezcolanza de diletante erudito a medias y de entusiasta apasionado, de funcionario adicto a su jefe Halil-Bey y de estraperlista, de explorador infatigable, que podía transformarse repentinamente en un sibarita indiferente, hoy amable y cortés, y mañana un cínico intrigante… A veces me recuerda al Yago de Otelo». Aun cuando Winckler y sus colaboradores eran duchos en la materia, pusieron manos a la obra con una inconsciencia de cazadores domingueros. Tomaron el tren hasta Angora, donde pensaban comprar rápidamente el material indispensable para iniciar los trabajos.

Aparte de que en Oriente no puede adquirirse nada cuando se tiene prisa, Angora era entonces todavía un recóndito lugar en medio de la estepa, una aglomeración de cabañas de barro alrededor de la antigua ciudadela. La ciudad actual, que ha sido una creación del dictador Kemal Ataturk, con sus 287.000 habitantes, sus grandes avenidas, los Bancos y su lago artificial, se llama Ankara y es la capital de la Turquía moderna. Las compras duraron tres días, y Winckler, de carácter poco acomodaticio, sufría mientras tanto lo indecible, y tanto regateo le volvía loco. A falta de un buen caballo, tuvieron que contentarse con vulgares jamelgos: «Y para cabalgar tuvimos que recurrir a unos instrumentos diabólicos que todavía se emplean en Oriente, pero que en Europa podrían con razón figurar en una cámara de tortura». La temporada estaba ya demasiado avanzada cuando, por fin, se pusieron en marcha el 14 de octubre. Winckler, el orientalista, renegaba de Oriente; sudando de día y tiritando de noche, tomaba de mala gana nota de cosas secundarias y no vacilaba en criticarlo todo. El viaje duró cinco días. De noche se echaban al lado de las hogueras, bajo las estrellas, o se acogían a un «musafir-oda», alojamientos que están a la disposición de los viajeros, incluso en las localidades menos importantes. Todos los vecinos deben albergar por turno a los viajeros durante 24 horas. Winckler prefería esta hospitalidad a la de los «chan», los viejos caravanserrallos del desierto, porque en éstos encontraba demasiados tacbt-biti (bichos). Para evitar estos vecinos nocturnos, cuando era huésped de los campesinos, muchas veces tenía que compartir el lecho con el ganado. «Por otra parte —observa— los animales pueden soportarse muy bien; su compañía me es menos desagradable que la de los habitantes del lugar, que hacían ostentación de una impertinente familiaridad semejante sólo a la que había observado en los cristianos sirios». Pero en Bogazköy la cosa cambia. Al parecer nada había variado desde el paso de Texier setenta y un años antes. Sin embargo, en los últimos veinte años aparecieron de vez en cuando extranjeros curiosos que nada más llegar y con precipitación sospechosa, solicitaban información sobre las viejas murallas de la colina.

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Todos se habían hospedado en casa del terrateniente Zia-Bey, que poseía propiedades inmensas, pero como pertenecía a la nobleza selyúcida, odiada por el sultán Abdul-Hamid, soberano taciturno y receloso, le estaba prohibido transponer los límites de la provincia. Se había convertido en una mezcla de campesino y de aristócrata, y montaba los mejores caballos, seguido siempre de su siervo Ismaíl enfundado en magnífica librea. En cuanto a él, vestía como los mismos campesinos: camisa sin cuello y sandalias en lugar de botas. Fue él precisamente quien despertó la curiosidad de Macridy-Bey y por consiguiente también la de Winckler al enviar a Constantinopla las planchas de barro cocido encontradas por uno de sus siervos. Zia Bey les recibió con los brazos abiertos y en su calidad de huéspedes de honor tuvieron derecho a sus colchones de seda. De aquella noche cuenta Winckler que Macridy-Bey dio la alarma el primero al abandonar precipitadamente el lecho para rascarse; luego Winckler exigió otro alojamiento. La servidumbre hacía tiempo que no se divertía tanto como ante el espectáculo de aquellos dos extranjeros, a los que asustaba la presencia de un par de bichos. Las nuevas yacijas no estaban menos infestadas que las primeras. Por fin, el 19 de octubre empezaron los trabajos. Winckler y Macridy examinaron las ruinas, siguiendo en ello las huellas de Texier, y de los que le sucedieron. Pero esta vez ya no se iba a ciegas, sino que se perseguía un objeto determinado, el cual no era otro que el de dar con el lugar de donde procedían aquellas tablillas cubiertas de pictogramas misteriosos. Cuando los habitantes de Bogazköy se dan cuenta de lo que aquellos extranjeros buscan, les traen espontáneamente fragmentos de tablillas que para ellos carecen de valor, hasta el punto de que les arrojan algún trozo a sus ovejas cuando intentan alejarse de las murallas a cuya sombra pacen. Así se explica su abundancia. Winckler y Macridy no se concedían un minuto de reposo, dando vueltas sin cesar de un lado a otro, para llegar finalmente a la conclusión de que alguien les había tomado la delantera en el lugar donde, al decir de los indígenas, se habían encontrado las planchas más grandes.

«No nos desesperamos por esto», anota Winckler en contra de lo que de él podía esperarse. En realidad no se trataba de una mejoría en su carácter, sino de que las investigaciones se habían llevado a cabo en aquel paraje de un modo muy superficial y sin plan alguno, por cuya causa, seguramente, el desaliento había hecho pronto presa del predecesor. Esto es, claro está, un motivo de satisfacción para Winckler, el cual presiente que está en vísperas de hacer descubrimientos sensacionales. Cuando al cabo de tres días de intensa actividad tuvo que interrumpirse la búsqueda por haberles sorprendido las primeras lluvias de la estación, que hubieran transformado pronto el llano en un mar de fango, no se van con las manos vacías, sino que se llevan, cuidadosamente embalados, nada menos que 34 fragmentos de tablillas hititas, o sea un enorme botín, si se tiene en cuenta que un arqueólogo experimentado considera una sola tablilla como un hallazgo muy apreciable. Winckler pensaba, y con razón, que aquel sitio ocultaba todavía otros muchos tesoros en su seno. Al describirnos su paso por el albergue de Nefeskoy, durante el viaje de regreso, parece transfigurado. «Aquella noche —nos lo dice él mismo— no pude conciliar el sueño», y él, que generalmente permanecía insensible ante la belleza agreste del paisaje anatólico, soñaba despierto, a la puerta de la posada, contemplando las estrellas y reflexionando en lo que le reservaba el futuro. Al cabo de un año escaso hizo Winckler un descubrimiento que nadie hubiera creído posible. La expedición de 1906 fue costeada por la Sociedad del Asia Anterior y por la Sociedad Oriental, de Berlín, y además con aportaciones privadas de algunos mecenas. El 17 de julio de 1906 se presentaban nuevamente a caballo ante la residencia de su viejo amigo Zia-Bey. «Nuestras relaciones con el Bey han sido muy cordiales; nos ha importunado repetidas veces con sus solicitudes, que iban desde una botella de coñac hasta cantidades de dinero bastante considerables cuando se encontraba momentáneamente sin numerario. El, a su manera, nos prestó también buenos servicios, entre otros cuando le bastó elevar la voz para reprimir un motín de nuestros obreros. Los orientales son muy sensibles a las pruebas de amistad».

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Sobre la colina de Buyukkale montaron la tienda que iba a servirles de cuartel general de la expedición. Winckler, enfermo y achacoso, soportaba mal el calor y la comida que le preparaba su cocinero búlgaro, al cual había tomado a su servicio porque hablaba un poco el alemán. Doblado materialmente bajo la enramada, con el sombrero y los guantes puestos, y un pañuelo protegiéndole el cuello, Winckler iba copiando, entre lamentos, las inscripciones de las tablillas que le llegaban sin cesar. Fue una gran suerte que Winckler estuviera en condiciones de sacar partido allí mismo de sus descubrimientos. En primer lugar es raro el caso que los que dirigen las excavaciones sean al propio tiempo filólogos y, por otra parte, en Bogazköy sucedió, por primera vez en los anales de la arqueología, que los archivos de un pueblo era todavía prácticamente desconocido, por lo menos en lo esencial,  pudieron ser descifrados inmediatamente. Esto fue posible porque los hititas en Bogazköy habían escrito algunos de sus documentos y cartas importantes en lengua acadia, la lengua diplomática oriental de entonces, conocida hacía tiempo de los arqueólogos, y habían, además, utilizado para ello los caracteres cuneiformes babilónico-asirios, también de uso general, y que no tenían secretos para los filólogos. Un día recibió en su refugio una de estas tablillas, y cuando la hubo descifrado, la pluma de este hombre enfermo y amargado ya no parece la misma y no vacila en dar rienda suelta a su emoción. Para dar una idea de la inscripción que había sido capaz de transfigurar a un hombre del temple de Winckler, debemos tener presente que entre los monumentos y documentos que antes de las excavaciones sistemáticas habían revelado la existencia de un pueblo «Hatti» (o Cheta), figuraban también jeroglíficos egipcios. Así, por ejemplo, la inscripción del templo de Karnak relativa a un convenio celebrado entre el gran Ramsés y el rey de Hatti, Hattusil III, que entonces se leía Chetasar y Winckler escribe Chattusíl. Al igual que ahora, en la antigüedad era también costumbre hacer varias copias de los tratados, copias que casi siempre se redactaban en los idiomas de los países firmantes. Pero hubiera sido mucho suponer que al cabo de más de 3.100 años podría hallarse una extensa carta relativa precisamente al tratado en cuestión, no grabada en la piedra de un monumento, como en Egipto, sino sobre frágiles tablillas de barro en el país del otro firmante, a más de dos mil kilómetros de distancia de Karnak. Y, sin embargo, esto es lo que sucedió.

Este hallazgo es uno de los descubrimientos arqueológicos que hacen historia y rayan en lo maravilloso, como el de Troya, realizado por Schliemann, basándose en las tradiciones homéricas, y el de la estatua de Nemrod, por Layard. Pero recuerda, sobre todo, por su inverosimilitud, el triunfo extraordinario de George Smith, el cual en 1873 había abandonado Londres en dirección a Nínive, para ver de dar con el paradero de unas cuantas tablillas que le faltaban para completar el texto de la famosa epopeya de Gilgamesh. ¡Y lo más sorprendente del caso es que las halló! Así se comprende que Winckler, el sabio austero y de salud delicada, diera de repente rienda suelta a su entusiasmo en su diario: «El 20 de agosto, al cabo de veinte días de trabajo, la brecha abierta en la rocalla de la colina alcanzó la base de la primera muralla de circunvalación, en donde empezamos por encontrar, hallazgo henchido de promesas, una tablilla muy bien conservada. Sólo al verla caí en la cuenta enseguida de que era preciso hacer tabla rasa de todas mis experiencias pasadas. Lo que tenía ante mí, en efecto, sobrepasaba cuanto mi imaginación desbocada hubiera podido concebir. Lo que tenía ante mí era nada menos que la carta de Ramsés a Hattusil a propósito del pacto entre ambos soberanos. Cierto que en los días precedentes habíamos hallado pequeños fragmentos relativos al tratado entre Egipto y el reino de Hatti, pero esta tableta constituía la prueba irrefutable de que el famoso convenio, mencionado en las inscripciones jeroglíficas de Karnak era considerado, por el otro firmante, como un hecho muy importante. Ramsés, cuyo nombre se menciona en el texto, enumerándose, además, sus títulos y su linaje, escribe a Hattusil, al que cita de este mismo modo, y esta carta concuerda textualmente con los párrafos del tratado. La contemplación de aquel documento único me sumió en una gran agitación. Habían transcurrido dieciocho años desde que contemplara por vez primera las cartas de Arzawa en el Museo de Bulaq y desde entonces había aprendido la lengua mitanni en Berlín. Yo ya había supuesto en aquella época, basándome en los hechos revelados por el descubrimiento de los archivos de Tell-el-Amarna, que también la versión original del tratado con Ramsés estaría escrita en caracteres cuneiformes, pero ahora tenía verdaderamente en mi poder uno de los instrumentos del tratado, en bellos caracteres cuneiformes y en buen lenguaje babilónico».

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Los progresos realizados eran tan considerables que ya podía pensarse en otra campaña de excavaciones, de mayor alcance y mejor preparada, para el año siguiente, pues para entonces —1906— estaba Winckler persuadido de que no había encontrado una cualquiera de las ciudades hititas, sino que pisaba precisamente el lugar donde había existido la misma capital del Imperio de Hattii. La abundancia de las tablillas encontradas ya no permitía ponerlo en duda, ya que era normal que los archivos del Estado se guardasen en la residencia real, que generalmente no era otra que la capital del Estado. Faltaba tan sólo averiguar el nombre de aquella ciudad. Es notorio que los imperios orientales de la antigüedad solían tomar el nombre de sus capitales, o viceversa, y esto indujo a Winckler a suponer que también en este caso el nombre de Chatti ostentado por el Imperio bien podría ser el de la ciudad de Chatti. Winckler había acertado. Si hoy denominamos Hattusa a esta ciudad, que durante un corto período fue la igual de Babilonia y Tebas, es debido a una nueva vocalización que tiene su origen en los progresos realizados por la filología antigua. Winckler había verdaderamente puesto al descubierto el corazón y el cerebro del Imperio. En estas líneas escritas en 1907 exterioriza así su opinión: «…estos archivos que acabamos de descubrir ocuparán durante años a los descifradores». Al año siguiente fue continuando su tarea, en circunstancias poco agradables, pero con éxito creciente. No se había equivocado en sus pronósticos, pues todavía continuaron con éxito las excavaciones en Bogazköy. No es de extrañar, pues, que Winckler se considerase íntimamente ligado a Bogazköy. Sin embargo, en el siglo XX ya no basta el entusiasmo para llevar a cabo las investigaciones arqueológicas. Pasaron, en efecto, los tiempos de las grandes aventuras arqueológicas como cuando, en 1845, Layard, que sólo disponía de 60 libras esterlinas, descubría Nínive, o cuando Belzoni, a partir de 1817, forzaba con arietes las puertas de las tumbas reales. Todo esto pertenece ya a la Historia, y Winckler no podía ignorar que precisaba mucho dinero si quería seguir adelante en el camino emprendido.

Acuciado por la necesidad, este panbabilónico convencido tuvo que solicitar ayuda a sus colegas de la Facultad Clásica, que no eran santos de su devoción. El a la sazón director del Instituto Arqueológico Alemán, de Berlín, Otto Puchstein, todo un caballero, hombre de mundo y sabio eminente entre los arqueólogos alemanes, era la antítesis de Winckler. Parece, además, no haberle faltado el sentido de la ironía, pues al enterarse de los proyectos de Winckler empezó lamentándose de que el Instituto por él dirigido no estuviera en situación de secundar económicamente una expedición semejante, cuya gran importancia no dejaba de reconocer, para acabar ofreciéndose a ponerle en relación con un mecenas bien dispuesto, pero a condición de que con éste discutiera Winckler la cuestión económica. La memorable entrevista tuvo lugar enseguida y de este modo puso el azar frente a frente, por un lado, al fanático antisemita Winckler y por el otro al banquero judío James Simón. De nuevo gracias a Ludwig Curtius sabemos del desarrollo de la entrevista, aun cuando no estuviera presente en ella ni mencione sus fuentes de información. «James Simón le preguntó cuánto dinero le era necesario para continuar la empresa, y habiéndole contestado Winckler que 30.000 marcos, sacó aquél el talonario de cheques del bolsillo y le extendió uno por tal importe y se lo entregó sonriendo. Puchstein recibió, por su participación en la expedición, igual cantidad procedente de los fondos especiales del Káiser». Como contrapartida de la ayuda económica que aportaba, así como también en el interés superior de la arqueología, Puchstein había exigido, con razón, que los trabajos a realizar en Bogazköy se extendieran también al estudio de la arquitectura hitita, lo cual no dejaba de ser muy lógico. Desde los tiempos de Texier se sabía que Bogazköy era una ciudad con restos de un templo y con las ruinas de una ciudadela. Nadie ponía en duda cuan importante era continuar el examen de las inscripciones, pero no lo era menos el estudio de los monumentos para los que no eran tan fanáticos como Winckler por la epigrafía. Winckler aceptó las proposiciones de Puchstein, pero las consecuencias de tal acuerdo fueron francamente desastrosas.

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Igual que las expediciones precedentes, también la del año 1907 partió de la residencia, o konak, de Zia Bey, no sin antes haber asistido a un banquete en su honor en el selamlik, o sala de fiestas, cuyas paredes estaban adornadas con colgaduras de seda. Los arqueólogos tomaron asiento sobre tapices preciosos, entre el dueño de la casa y, como único invitado turco, el imán, sacerdote y juez musulmán. Penetraron en la estancia unos muchachos que les lavaron las manos y les cubrieron de perfumes. Para empezar les sirvieron golosinas y limonada, y luego los criados introdujeron en el comedor una magnífica mesa de cobre de dos metros de largo, cubierta de manjares exquisitos. El joven Curtius, que esta vez asiste al ágape, anota sagazmente: «…decoraban la plancha de la mesa versículos del Corán escritos en caracteres cúficos del siglo XV». Los invitados entraron en el comedor, se sentaron en los taburetes, cogieron las cucharas, pues no había ni cuchillos ni tenedores, y acometieron el primer plato: una sopa de miel. Dejemos nuevamente la palabra a Curtius: «Nos asustó la magnitud del menú, pues la cortesía oriental exige que los huéspedes se atraquen de comida, sin que la molestia ni el dolor de barriga puedan servir de pretexto para excusarse. Para colmo, el propio Bey hacía el reparto. Aun cuando para empezar encontrásemos sabrosos todos los manjares, a la larga nos ocasionaban muchas molestias un tal abuso de grasa, la mezcla de condimentos tan diferentes y para nosotros desconocidos, así como la gran cantidad de comida que se iba amontonando en nuestros platos, aparte de lo desagradable de comer con los dedos, como era todavía costumbre en la mesa de Luis XIV, en Versalles. Para terminar, el último plato en forma de un carnero enorme, entero, de la raza de cola larga que se cría en aquella región. ¡Cómo describir mi espanto al ver que el Bey, con la mano derecha, arrancaba de la parte posterior un gran trozo de grasa y me lo ofrecía en prueba especial de amistad! El cocinero, de pie al lado del Bey, debía probar de todos los bocados, para quitarnos de la cabeza el temor de ser envenenados. Durante la comida aguardaban en silencio detrás de la silla del Bey, y junto a los guardas, en actitud humilde y servil, un grupo de unos doce hombres, parientes masculinos del Bey y los ayudantes del imán. También son invitados, pero de segunda categoría, y se les sirve después que a nosotros. Los postres consisten en unos pasteles exquisitos, y una vez terminada la comida pasan los criados con unas jofainas y jarras de pico y una toalla para lavar las manos de los invitados. Nos pusimos en pie, levantaron la magnífica mesa…» y el joven y perspicaz Curtius añade: «…y aproveché la ocasión para examinarla de más cerca».

Fue una recepción digna de Gargantúa, pero veamos ahora los resultados de una expedición que había sido objeto de una acogida semejante. Vamos a ceder nuevamente la palabra a Curtius, que es un testigo presencial de calidad, modesto y reservado; verdadero prototipo del arqueólogo «clásico», el cual durante unos meses todavía será el colaborador de Winckler. He aquí lo que nos cuenta: «Winckler no tomaba la menor parte en las excavaciones, sino que permanecía todo el día en su despacho, en donde, para hacerse una idea general del contenido de las tablillas cuneiformes que cada día afluían en mayores cantidades, las leía rápidamente, Macridy no se creyó obligado a informarnos sobre el origen de las tablillas, ni de cómo se las procuraban. Su hombre de confianza, que hacía las veces de capataz, era un hermoso joven muy alto, llamado Hassan, que vestía el traje nacional kurdo. Una mañana me sorprendió verle pasar por delante de nuestra casa, construida en la ladera de la colina, en donde se realizaban las excavaciones, y dirigirse con un gran cesto y un pico hacia las ruinas del gran templo situado en la llanura. Le seguí los pasos para ver lo que haría allí. En la sala II distinguí unos montones de tablillas muy bien conservadas, apiladas oblicuamente las unas sobre las otras, y vi cómo el kurdo, en un santiamén, metía en la cesta todas las que podía, igual que un campesino ensaca las patatas que recoge. Con esta preciosa carga regresó a nuestra casa y entregó la cosecha a Macridy-Bey, el cual a su vez la pasó triunfalmente a Winckler. Me dio mucha pena ver cómo confiaban a un ignorante kurdo las excavaciones en aquel lugar importantísimo, pero Macridy no me hizo el menor caso cuando le rogué que se me permitiera ayudar al kurdo en sus correrías, fotografiar el lugar y examinar los yacimientos de tablillas, alegando que, según el contrato, yo no tenía nada que hacer allí. Él mismo se encargaría de describir la exhumación de las tablillas, pero jamás lo hizo. Pero recuerdo perfectamente que la disposición de las tablillas, cuidadosamente ordenadas en pilas, contradice la teoría de Puchstein, según la cual debieron de encontrarse primitivamente en los archivos situados en la parte superior del edificio, que se vino abajo como consecuencia de un incendio. Macridy sólo me autorizó entonces a examinar los objetos que recogía Hassan, en busca de eventuales trozos de jarros que pudieran encontrarse con las tablillas. Pero precisamente no pude encontrar fragmento alguno, lo que también desmiente aquella teoría».

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Una tal manera de conducir las excavaciones era contraria a los más elementales principios de la arqueología. Winckler y Macridy se portaron en esta ocasión como unos palurdos, igual que Schliemann en las primeras excavaciones de Troya, pero éste al menos tenía a su lado un Dórpfeld para vigilarle. En cambio, Curtius sólo podía sentirse aterrado por lo que presenciaba, pues era demasiado joven para poder elevar la voz, y tenía que contemplar impotente, sin poder intervenir, cómo se amontonaban a granel, hallazgos importantísimos sin que nadie se preocupara de buscar la relación que podría existir entre ellos y el lugar en donde se encontraron, ni se encargara nadie de anotar a qué profundidades yacían; y como si esto aún fuera poco, nadie hubiera sido capaz de decir, ante aquellos montones caóticos de tablillas, cuáles eran las que procedían de la ciudadela y cuáles del templo. Es casi seguro, además, que los obreros inexpertos llegaron a separar los trozos que formaban parte de una misma tablilla o de un mismo conjunto. Y, sin embargo, el lugar era tan rico, y a pesar de tanto desacierto eran los hallazgos tan abundantes, que todo el mundo se entusiasmaba. Winckler y sus colaboradores hallaron en total unas diez mil tablillas por lo menos, algunas de las cuales muy bien conservadas, lo que significa el conjunto más importante después del descubrimiento de la biblioteca del rey Assurbanipal, de Nínive, y del archivo de Tell-el-Amarna. También para los arqueólogos encargados del estudio de los monumentos fueron bastante satisfactorios los resultados obtenidos. Por primera vez, a la vista de las efigies de reyes, esfinges y leones, y ante aquellas murallas largas de varios kilómetros alrededor de la ciudad, pudieron ya formarse una idea aproximada de la potencia hitita; por primera vez reconocieron también los elementos estilísticos autóctonos «originales y salvajes». «Esta arquitectura, que en Bogazköy tiende a lo grandioso, denota al propio tiempo cierta riqueza de invención unida a una ejecución poco hábil y algo bárbara, y hace pensar continuamente en la cultura griega de Micenas…». Esta comparación, sorprendente y atrevida, desencadenó las más vivas protestas de todos aquellos que aún no habían visto los monumentos hititas, de los cuales tan sólo empezaba a hablarse, y precisamente en una época en que las ruinas micénicas eran consideradas como los únicos restos monumentales de la protohistoria europea.

Cuando, desde lo más alto de las murallas coronadas de torres albarranas, los arqueólogos descubren al pie de la escarpa empedrada una especie de poterna, un túnel de sesenta metros de longitud que une el casco de la población con el exterior, y cuando después de haber intentado deslizarse por él a rastras, hubieron hecho despejar el fango y los escombros acumulados por los siglos y que cerraban el paso, cuando finalmente pudieron franquear el túnel, fue tan grande su emoción, que Curtius, casi cincuenta años más tarde, al evocar aquel momento exclama: «…una vez descombrado, celebramos, por decirlo así, la segunda inauguración del túnel, que atravesamos erguidos y en actitud solemne, los primeros después de tal vez tres mil años, no para glorificarnos a nosotros mismos, sino antes bien en honor del arquitecto anónimo que había proyectado aquel grandioso monumento». El año 1907 publicó Winckler su Información Preliminar, en la que daba cuenta de los resultados de las excavaciones y de los primeros descifres de las tablillas, con la primera lista, todavía incompleta, naturalmente, de los reyes hititas del período comprendido entre los años 1350-1210 antes de J. C, o sea desde Shubiluliuma hasta Arnuwanda IV. También indicaba una pronunciación de los nombres de los reyes hititas argumentando, en favor de su interpretación, en contra de la de los egiptólogos; que se basaban en simples suposiciones. Citemos como ejemplo que Sapalulu se convirtió en Shubiluliuma, y Maurasar en Mursil. «Este modesto fascículo —escribía mucho más tarde un especialista— deberá ser considerado siempre como un de las obras más importantes en la investigación histórica del Antiguo Oriente». El mismo año 1907 viajaba por Siria y Anatolia un joven arqueólogo inglés, de 31 años, John Garstang, el cual realizó algunas excavaciones en Sajke-gözü y tuvo gran interés en visitar a Winckler en Bogazköy. Tres años más tarde publicó en Londres el libro The Land of the Hittites, una reseña de las últimas excavaciones y descubrimientos en Asia Menor, con la descripción de los monumentos hititas, completada con mapas y planos, noventa y nueve fotografías y una bibliografía.

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Después de los tratados hipotéticos de Wright y Sayce, The Land of the Hittites, tan bien documentada, constituye la primera tentativa verdaderamente seria para ofrecernos una idea de conjunto de la civilización hitita. Este libro ha sido considerado durante muchos años como la biblia de la hititología, cosa que no debe sorprender si se tiene en cuenta el número reducido de textos descifrables redactados en lengua acadia y los escritos en caracteres cuneiformes asirio-babilónicos, y que los arqueólogos, en el estado de las investigaciones de entonces, podían ir ofreciendo sin cesar más y más monumentos hititas, pero sin poder explicar su origen. Winckler dirigió todavía otra temporada de excavaciones en Bogazköy, a pesar de hallarse gravemente enfermo, teniendo siempre a su lado a una enfermera, la cual, debido a la austeridad de las costumbres de los indígenas, pasaba por su esposa. De 1911 a 1914, D. G. Hogarth, C. Leonard Woolley y T. E. Lawrence investigaron en Carquemis, en la frontera siria. Las tablillas descubiertas por Winckler tomaron el camino del Museo de Berlín; los hallazgos de Carquemis, obras de arte e inscripciones jeroglíficas, se enviaron al Museo Británico de Londres, y una gran parte fue a parar más tarde a Ankara. Con todo, las investigaciones habían llegado a un punto muerto. Debía producirse algún hecho que abriera nuevos horizontes a la hititología. La solución estaba al alcance de la mano y, como no podía menos de suceder, la iniciativa pasó de los arqueólogos a los lingüistas. Winckler había logrado descifrar muchas tablillas procedentes de los archivos de Bogazköy, pero quedaban todavía muchísimas más escritas en el misterioso e incomprensible «lenguaje de Arzawa», o sea en hitita. Nada parecía más indicado que buscar en los textos hititas las precisiones que faltaban, a fin de que ellos mismos descorrieran el velo que cubría su pasado.

Cuando en 1913 falleció Winckler, fueron encontradas en su testamento algunas alusiones a sus tentativas de descifrar la escritura hitita cuneiforme, pero los manuscritos no aparecieron por ninguna parte. Luego estalló la primera guerra mundial, y las excavaciones quedaron interrumpidas bruscamente. Tan sólo algunos arqueólogos turcos continuaron los trabajos, pero sin método alguno y con resultados más bien exiguos.  Del mismo modo, quedó truncada la fructífera colaboración que a lo largo de tantos años se había establecido entre los sabios ingleses y los alemanes. Los arqueólogos de los Museos de Berlín y los del British Museum de Londres se habían convertido en hermanos enemigos que, obligados por la necesidad, abandonaron el terreno de las excavaciones para continuar sus investigaciones en sus gabinetes de trabajo. Fue allí precisamente donde tuvo lugar el descubrimiento que iba a revolucionar y a abrir nuevas perspectivas a la ciencia reciente de la hititología: el poder llegar al descifre, o mejor dicho la revelación del hitita cuneiforme. El hecho de que en aquellos tiempos, en que Europa estaba dominada por el dios de la guerra, un filólogo pudiera consagrarse exclusivamente al estudio de una lengua muerta, en lugar de verse destinado al mando de una batería, se lo debemos precisamente a un oficial. Sabemos incluso cómo se llamaba: era el teniente A. Kammergruber, y conocemos su nombre porque el filólogo checo Hrozny le alaba en el prefacio de su libro «por la comprensión que mostró hacia los trabajos del autor».

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Si queremos dar un breve resumen de la historia de los hititas deberíamos previamente precisar lo que se entiende por «historiografía», por cuanto el sujeto se presta ciertamente a confusión. Al subrayar el carácter científico de su obra, los historiadores de los siglos XIX y XX han querido dar un poco la sensación de que la historiografía es una ciencia y que lo que ellos han escrito es estrictamente científico. Ahora bien, lo único que en la historiografía merece el nombre de ciencia es la crítica histórica, perfeccionada en el siglo XIX, que aquilata el conjunto de métodos que -permiten averiguar, mediante la utilización de los procedimientos más modernos, y con la colaboración de todas las disciplinas científicas, la autenticidad de las fuentes históricas, anales, documentos, cartas y toda clase de tradiciones, o sea que consiste en una investigación a fondo que tiene por única finalidad comprobar la legitimidad, la validez y la procedencia del material entre el cual hará el historiador su selección, influido éste entonces por su propia individualidad y por el espíritu de su época, teniendo presente, además, el aspecto histórico que desee hacer destacar. Si no tenemos presente esta última limitación, es en el historiador alemán Leopold von Ranke (1795-1886) en quien encontramos la mejor definición de lo que conocemos por «interpretación de las fuentes históricas». En el prólogo de su Historia de los pueblos latinos y germánicos de 1494 a 1514, dice: «A la historia se le ha asignado la doble tarea de juzgar el pasado y de orientar a las generaciones futuras; esta obra no aspira a tanto; quiere únicamente presentar los acontecimientos tal como se desarrollaron...». Esta afirmación expresa una convicción filosófica que solamente podía surgir en un siglo en el que las ciencias naturales gozaban de una primacía absoluta, y lleva implícita la certidumbre de que, igual que todo lo demás, así podría reconstituirse ni más ni menos que como una combinación química, la cual es el resultado de sus diversos elementos, la vida y la decadencia de los pueblos que fueron.

Si tomáramos al pie de la letra esta afirmación de Ranke, deberíamos condenar irremisiblemente a todos los grandes historiadores. No escaparían a la censura Heródoto, no solamente conocido como «el padre de la Historia», sino también como «el padre de la mentira», Tucídides, Tácito, Suetonio. Sobre todo este último, que para algunos no es más que un vulgar recopilador de anécdotas. A la categoría de cronistas pasarían Froissart, Voltaire e incluso Edward Gibbon, y lo mismo decimos de los grandes maestros de la historia moderna, de Herder, Carlyle o Nietzsche,  a Spengler y Toynbee.  Sin embargo, la mayoría consideramos sus obras como verdaderos documentos históricos, aun cuando cualquier estudiante moderno pueda señalar con el dedo sus monumentales errores. Verdad es que Oswald Spengler (1880-1936) expone una opinión diametralmente opuesta a la de Ranke cuando en tono polémica declara: «La historiografía es hacer obra de imaginación, es poesía». O sea que, según él, el historiador no debe limitarse a considerar los acontecimientos como fueron, sino que debe, además, tratar de interpretarlos. Abundando en el mismo criterio, el historiador holandés Johan Huizinga (1872-1942) va todavía más lejos cuando escribe: «La historia es la forma espiritual en la que una civilización puede juzgar su propio pasado». Por de pronto, ni los métodos de Ranke ni los preconizados por Spengler permitirían reconstruir la sucesión de los acontecimientos del segundo milenio antes de J. C., especialmente los que se refieren a la historia del pueblo hitita. Es ciertamente considerable el material con que cuentan los investigadores, pero subsisten todavía muchos claroscuros. La historia dispone de documentación suficiente para escribir, todo lo más, una historia de los reyes hititas y de sus guerras, puesto que los documentos originales abundan. Reyes y guerras, que no es poco en la vida de un pueblo, pero que ya no bastan para escribir la verdadera historia según la noción que de ella nos ha legado el siglo XIX, pues deseamos que sea reflejo de la vida misma. Ahora bien, lo que se llama historia de la civilización del pueblo hitita, esto no podrá escribirse hasta que los textos de las tablillas que tratan de sujetos determinados, tales como documentos jurídicos y reglamentos, nos permitan formarnos una idea exacta de la religión, de la jurisprudencia, del arte y de las costumbres del pueblo hitita.

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Con tales documentos a la vista, todas las civilizaciones antiguas pueden reconstituirse en cierto modo. Pero la de los hititas constituye,  por ahora, un misterio por el mero hecho de no existir indicio alguno que nos permita afirmar que es el resultado de una evolución orgánica, y nada prueba, además, la existencia de un estilo o de características específicamente hititas. En 1834 aparecía Texier ante las ruinas de Bogazköy, o Hattusas, como la llamaremos adoptando su nombre histórico. Winckler había demostrado en 1907 que Hattusas había sido realmente la capital del Imperio hitita, y en las ruinas de Hattusas empezó a hurgarse en el pasado de la historia de aquel pueblo diecinueve siglos después de J. C. La lectura de las tablillas encontradas prueba que Hattusas fue la cuna del Imperio diecinueve siglos antes de J. C. Es, pues, lógico que la reseña de la historia de Hatti empiece en Hattusas. Esta historia empieza con una maldición: «La tomé por asalto durante la noche —dijo el rey— y en el lugar donde se levantaba la ciudad sembré cizaña. Que el dios de las tormentas aniquile a quien reine después de mí y ose repoblar Hattusas». Este texto figura en una estela de Annitas, rey de Kusara, que derrotó al reyezuelo de la pequeña fortaleza de Hattusas y arrasó la ciudad. Esta maldición, que forma parte de una larga inscripción del templo, escrita en una variante arcaica de la antigua lengua hitita, no surtió efecto, y así vemos cómo, por no haber sido tomada en consideración, hacia el año 1800 antes de J. C, Hattusas renació de sus cenizas más esplendorosa y fuerte que antes. En realidad es bien poco lo que sabemos de los movimientos de pueblos que tuvieron lugar durante aquellos siglos en Asia Menor, Siria y Mesopotamia. El Imperio de Sargon (alrededor del año 2300 antes de J. C.) habíase extinguido hacía tiempo, y la influencia asiría en Asia Menor —la principal colonia asiría es Kulteje (Kanes) — iba decreciendo. Las ciudades-Estados y los pequeños reinos guerreaban entre sí con fortuna diversa; se formaban alianzas que se transformaban en «ententes cordiales» de corta duración, sin que jamás se llegara a una concentración de poder susceptible de ejercer una influencia política durable y realmente efectiva.

El panorama varió cuando entraron en escena los hititas que procedían del norte. ¿Del nordeste o del noroeste? No lo sabemos, como también ignoramos su verdadero nombre. Sólo una cosa es cierta: ¡Eran indoeuropeos! Contoda probabilidad se trataría de unos cuantos miles de hombres solamente, pero seguramente más inteligentes y más enérgicos que los protohititas autóctonos, y desde el momento de su aparición dieron prueba de su alto sentido político, que no excluía, empero, la realidad de su fuerza militar. En otras palabras, su poderío debió ser tan grande que en parte alguna encontraron resistencia digna de mención. Invadieron, pues, el país, pero tuvieron la suficiente cordura de no esclavizar a los pueblos subyugados, y de este modo se granjearon la amistad y el respeto de los indígenas, que se convirtieron en sujetos leales del nuevo Estado. Es curioso que los primeros reyes hititas tuvieran interés en que su dinastía pareciera remontarse a la de los antiguos soberanos de la casa de Kusara, hasta aquel mismo rey Annitas que destruyó a Hattusas y lanzó el anatema contra quien osara reconstruir la ciudad en el «desfiladero angosto». Bien poco sabríamos actualmente de los primeros reyes de los hititas si uno de ellos, que vivió unos 150 años después de la conquista del territorio, no hubiera hecho preceder sus edictos de una introducción histórica encaminada a justificar la necesidad de las reformas por él preconizadas. Telebino, que tal era su nombre, cita como padres del nuevo Imperio a tres soberanos: Labarna, Hattusil I y Mursil I. El nombre de Labarna lo encontramos posteriormente identificado con el de «rey», como símbolo y sinónimo de grandeza y de poderío, igual que más tarde el de César dio origen a los títulos modernos de zar y káiser. Los datos que se poseen de aquellos primeros tiempos son muy imprecisos; pero, no obstante, de ellos se desprende que sus predecesores Tudhalia y Pusarrumas casi no son otra cosa sino nombres que se pierden en la bruma de la protohistoria, mientras que Labarna debe ser considerado como el verdadero fundador del primer Imperio hitita. «Y el país era pequeño...», «Siempre que entraba en campaña derrotaba a sus enemigos». Agrupó las ciudades-Estados y los pequeños reinos en una gran unidad política; ensanchó las fronteras del nuevo Estado en dirección al oeste y extendió la influencia hitita hacia el sur y el norte, tal vez hasta las mismas orillas del mar Negro y del Mediterráneo.

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Todo parece indicar que Labarna fue el primero que consolidó la institución de la monarquía al dictar las disposiciones que en cierto modo garantizaban la sucesión al trono. A partir de entonces el soberano podía nombrar a su sucesor. Su hijo Hattusil I (1650-1620 antes de Jesucristo) pudo apoyarse, al iniciar su reinado, en una base política sólida, y se aplicó en fortalecerla mediante nuevas conquistas. Atravesó la frontera avanzando hacia Alepo, al sur, para establecer allí un Estado tampón, cuya misión sería la de proteger su Imperio. Pero sus enemigos más peligrosos no los tenía ante sí, sino a su espalda. Al regresar, enfermo, de la campaña de Alepo, redactó un documento sin equivalente en la literatura antigua. Las lamentaciones del rey Hattusil Imoribundo alcanzan una gran intensidad poética y constituyen al propio tiempo su testamento. «Así hablaba el gran rey, el Labarna, a la asamblea y a los dignatarios: He aquí que me encuentro enfermo y postrado en cama. Con estas palabras os he presentado el niño Labarna, que me sucederá en el trono. Yo, el rey, le he llamado mi hijo, le he abrazado, ensalzado y mimado. Pero no hay palabras bastantes para calificar su conducta durante mi enfermedad. No ha derramado una sola lágrima, ni ha demostrado compasión alguna. Es frío y no tiene corazón. Entonces yo, el rey, -le he mandado llamar a mi lecho. Pues qué, si esto es así, ¿quién seguirá educando a un sobrino como si fuera un hijo? Pero ni siquiera ha hecho caso de las palabras del rey. Solamente ha prestado oídos a las de su madre la serpiente. Sus hermanos y sus hermanas le han mal aconsejado una y otra vez y él les escuchó. Y yo lo he sabido, yo, el rey. Pues bien, si quiere lucha, la tendrá. Basta ya de esto. Éste ya no es mi hijo. Pero he aquí que su madre berrea como una vaca: Dentro de mi matriz viviente arrancaron la pierna al becerro; lo han destruido, ¡y tú quieres asesinarle! Pero yo, el rey, ¿es que hice algún daño?  ¿No le nombré sacerdote? Siempre le colmé de honores y continuamente me preocupé por su bienestar. Pero él, en cambio, nunca correspondió a mi cariño. Si pudiera salirse con la suya, ¿cómo podría amar a Hattusas?»

Hattusil, moribundo, escoge a su nieto Mursil para sucederle en lugar del ingrato, y castiga a su sobrino y a su hermana, les reduce la asignación y les confina a su residencia forzosa. Luego se extiende en consideraciones sobre los principios que, a su juicio, deben servir de base a una verdadera educación de príncipe, y da a su recién nombrado sucesor algunos consejos que, en realidad, son órdenes. Aun cuando el joven deberá residir siempre en el círculo de la corte, convendrá que lleve una vida modesta a pan y agua, y sólo cuando llegue a viejo podrá catar el vino: «¡Entonces, bébelo hasta saciarte!». Este patético documento, que es testamento y recriminación, y fue escrito hacia el año 1620 antes de J. C., constituye un enigma para los arqueólogos, pues en la literatura de la antigüedad no hay otro ejemplo de tal belleza y simplicidad en el lenguaje, y en el que con tanta habilidad se mezclan la narración al diálogo, los consejos y las lamentaciones. Si fuere un caso único, rayaría en el milagro, pero nuestra experiencia nos inclina a creer que este testamento de Hattusil I sólo puede ser la culminación de una larga evolución literaria. Hasta ahora, sin embargo, en apoyo de esta tesis no disponemos de ningún indicio que hable en favor de un proceso literario dentro del conglomerado del reino hitita. Uno de los más recientes comentaristas de la cultura hitita, la doctora alemana Margarete Riemschneider, llama a este documento «un espejo de príncipes», lo que implicaría que fue redactado por razones de alta política. Esto no resulta muy convincente a juzgar por el tono sumamente personal de los últimos párrafos. De todos modos, aunque así fuera, esta tesis solamente explicaría la génesis del testamento, pero de ninguna manera su impecable redacción. Según los términos del testamento, uno de los últimos actos oficiales de Hattusil I fue la designación de un nuevo sucesor, Mursil, en lugar del mal aconsejado primogénito Labarna. Este Mursil I (1620-1590) estrechó los lazos un tanto endebles que unían la confederación de las ciudades-Estados e incorporó éstos al primer Imperio hitita, el cual, regido por él, llegó a ser la tercera gran potencia del Oriente Medio, al nordeste del Imperio de los faraones y al noroeste de los grandes reyes de Babilonia.

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El nombre de Hatti inspiraba respeto y temor. Después de la conquista de Alepo —en cuya empresa fracasara su padre adoptivo— avanzó triunfalmente en dirección sudeste y se apoderó de Babilonia; una campaña tan heroica y absurda como la de Alejandro el Magno hacia la India, la de los emperadores alemanes por Italia y Tierra Santa y las de Carlos XII de Suecia y Napoleón para conquistar Rusia. Babilonia cayó, pero era evidente que Mursil no podría conservar una ciudad situada a dos mil kilómetros de Hattusas, y no hablemos de incorporarla a su Imperio. En 1590 antes de J. C, poco después de su regreso, Mursil era asesinado por su cuñado. Esta fecha es uno de los pocos datos precisos que poseemos de la historia hitita, pues coincide con las referencias hace tiempo conocidas de los anales mesopotámicos sobre la caída de la primera dinastía babilónica. Detrás de la serie de nombres sonoros y bárbaros de Hantil, Zidanta, Ammuna y Huzzia, se ocultan intrigas palaciegas, luchas dinásticas por el poder entre los reyes, la nobleza y el clero; verdaderas tragedias shakespearianas, pues el Imperio hitita tuvo sus Hamlets, sus Macbeths y sus Ricardos III, tres mil años antes de que el genial inglés de Stratford-on-Avon viniera al mundo. El parricidio y el fratricidio eran el camino más corriente para escalar el trono: viudas ambiciosas, regentes y tutores ávidos de poder gobernaban el país durante la minoría de los futuros reyes. Solamente la legitimación de la idea de la realeza podía poner orden en este caos, y esta idea culminó en la implantación de un sistema sucesorio hereditario. Telebino fue el promotor de esta reforma necesaria y trascendental, con lo cual, por decirlo así, quedaba instituida la monarquía constitucional. El porvenir de la monarquía estaba asegurado por la accesión automática al trono del heredero varón, pero se reservó al Pankus, o Consejo de los Nobles, el derecho de jurisdicción, incluso sobre el propio rey, al que podían reprender si sospechaban que planeaba el asesinato de algún familiar suyo, llegando hasta poder condenarle a muerte si se demostraba su participación en el crimen cometido. Era imposible idear una ley más a propósito para acabar radicalmente con la situación existente hasta entonces.

Como Telebino disponía de fuerza suficiente para hacer respetar la autoridad real, las atribuciones del Pankus quedaban prácticamente limitadas a intervenir en casos de asesinato de algún miembro de la familia real. O sea, que su función resultaba puramente honorífica, pues desde que la monarquía era hereditaria, el asesinato político ya no tenía razón de ser. Por otra parte, como los soberanos hititas, contrariamente a la costumbre oriental —y ello puede ser una prueba más de su origen indoeuropeo—, no se atribuían una estirpe divina, en fin de cuentas era el Pankus el mejor garante de la legitimidad de la monarquía. Esta primitiva forma de monarquía constitucional, que no reaparece hasta muchos siglos más tarde en la historia de Occidente, es un buen sujeto de investigación para los historiadores de derecho político. No puede sorprender, teniendo en cuenta lo que antecede, que date de este período la primera codificación de las leyes hititas, realizada probablemente por el propio Telebino. Estas leyes se basaron en recopilaciones anteriores y se inspiraron a no dudar en las tablillas asirías y babilónicas. Pero en lo que este código difiere mucho de los otros textos orientales es, sobre todo, en lo que se refiere a la relativa benignidad de los castigos. Contiene, además, tales innovaciones jurídicas que causa admiración. Desgraciadamente, es bien poco lo que sabemos del resultado que dio en la práctica la nueva legislación promulgada por Telebino. Durante décadas los arqueólogos no hicieron más que emitir teoría tras teoría y todas resultaron falsas por haberlas basado en un malentendido, como en algún momento de su historia se ha producido en todas las disciplinas científicas. Hace dieciocho años los arqueólogos situaban a Telebino entre los años 1620-1600 antes de J. C, mientras que doce años antes Forrer había fijado el año 1775. Según esta cronología, los textos siguientes de que disponemos se interpolan en una fecha alrededor del año 1430, o sea que después del reinado de Telebino se habría extendido un período de dos siglos durante el cual aparentemente no habría sucedido lo que se dice nada, no habiendo sido posible encontrar ningún documento, ninguna inscripción, ningún objeto hitita que a él se refiriera. Jamás se ha dado en la historia otro caso semejante, que dos siglos desaparezcan sin dejar el menor rastro. Ni mediante comparaciones con la historia de otros pueblos vecinos era posible llenar este vacío.

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En su Lista de los reyes hititas, Kurt Bittel, el sucesor de Winckler en las excavaciones de Bogazköy, dejó simplemente un «blanco» que correspondía a este vacío de dos siglos, del 1600 al 1400, aproximadamente. Albrecht Götze, uno de los más eminentes hititólogos contemporáneos, también quedó perplejo ante el mismo vacío, pero prometió que el enigma sería pronto resuelto. «Provisionalmente —dijo— voy a sugerir que el eclipse hitita concuerda con el apogeo del poderío hurrita en el imperio de Mittani.» «Solamente hacia 1430, o sea después de un período durante el cual los hititas habrían descendido y se habrían mantenido en un insignificante rango provinciano, vuelven los documentos encontrados a facilitar nuevamente algunas indicaciones». ¿Puede admitirse sin más ni más este período de doscientos años de «insignificancia provinciana» en la historia de un gran Imperio? Supongamos que suprimiéramos de la vida de los pueblos de Occidente un período similar, por ejemplo, del 1500 al 1700 de nuestra era. En este caso, dos épocas esencialmente distintas, la Edad Media y la Moderna, con sus respectivas culturas, se sucederían y enfrentarían en la historia sin transición alguna. Ese sí que sería un inmenso vacío difícil de concebir, esa historia sin el descubrimiento del Nuevo Mundo, en la que no figuraría el poderío y la grandeza de las Españas, la expansión de Portugal, ni la época barroca, ni la Reforma, que dejó sentir su influencia en todos los aspectos de la civilización, el comienzo de la ciencia moderna con las obras de Giordano Bruno, Tycho Brahe, Kepler, y los sistemas criticofilosóficos de Hobbes, Spinoza y Leibnitz, y la aparición del teatro mundial con Shakespeare, Moliere y Calderón.

Imaginémonos por un momento el apuro de los historiadores para llenar el vacío de esos 200 años, suponiendo que los últimos documentos disponibles se refieran todavía a Carlos V y los siguientes a Federico el Grande de Prusia; pero no es otro el problema que los hititólogos creían tener ante sí. Estos dos siglos, durante los cuales las poblaciones del Asia Menor parecían haber desaparecido en la noche del olvido, dieron origen a las conjeturas más estrafalarias. Todas las hipótesis resultaron falsas. Ahora que el secreto ha dejado de serlo, ahora que sabemos a qué atenernos sobre el «eclipse hitita», sería muy fácil decir, como en las charadas, que la solución era muy sencilla. Pero, no obstante, lo raro del caso es que nadie soñara en comprobar minuciosamente los datos cronológicos que de los acontecimientos en el Asia Menor se poseían, o por lo menos no deja de sorprender que a nadie se le ocurriera sospechar —que no implica demostrar— que en la vida de un pueblo doscientos años sin historia es un absurdo y que, por consiguiente, quizá todo proviniera de un error en la cronología hasta entonces admitida como exacta. Para mejor tratar esta cuestión con el debido conocimiento de causa, será indispensable hacer una pequeña incursión en el campo de la cronología.

Para más información, leer el artículo “Los Hititas de los mil dioses 2/2

diciembre 28, 2012 - Posted by | Egipto, Egipto, Historia, Otras ant. civil., Otros, Otros, Sumer, Sumer

2 comentarios »

  1. Gracias por compartir tan interesante información. Una pregunta: sabe cuál es el nombre de la pintura mural que aparece en la parte superior derecha de la imagen número 20 de su artículo, en la que se ve a una hombre con barba y una mujer danzando?..te agradecería mucho si pudieses decirme a que civilización pertenece o de dónde la obtuviste. Gracias nuevamente!

    Comentario por Tirreno | enero 29, 2014 | Responder

    • Gracias por tu mensaje. Respondiendo a tu pregunta, todas las representaciones de la imagen 20 pertenecen a la civilización egipcia. La imagen superior derecha representa a Amenhotep III (o Amenofis III) y la reina Tiy, con la princesa Henuttaneb. Puedes encontrar esta imagen en Wikipedia buscando por Akenatón.

      Comentario por oldcivilizations | enero 29, 2014 | Responder


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