Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

Jean-François Champollion, el padre de la egiptología


Con la originalidad de su cultura, el Antiguo Egipto ha gene­rado una gran fascinación. Los poderes de los hierofantes o magos, las profecías, la ciencia de los sacerdotes y la aspiración a la vida eterna, junto con la conservación de las momias, las increíbles construcciones sagradas y la extraordinaria validez actual de algunos papiros milenarios, nos han maravillado a lo largo de la historia. Pero ¿qué es lo que le sucede al viajero cuando llega a Egip­to? Sin dudas, un gran encandilamiento. El gusto por la aven­tura incrementa la imaginación de quien sabe abstraerse fren­te a lo majestuoso y lo secreto, conceptos estrechamente ligados a la cultura faraónica. En el período de la conquista árabe, las leyendas comenza­ron a expandir teorías en un intento por correr el velo de misterio y significación inexplicable. Las descomunales pirá­mides, de proporciones matemáticas rigurosas, habrían sido concebidas con el fin de preservar esa sabiduría de los anti­guos, manteniendo oculto el saber milenario. ¿Qué secretos esconden estos monumentos que dominan simbólicamente el Valle del Nilo desde hace 4500 años? Mucho más de lo imaginado. Pese al desconocimiento sobre el tema, los eruditos trata­ron de plasmar en manuales las formas de acceso al interior de las pirámides, regidos muchas veces por una marcada ambición de llegar a los lugares que creían repletos de ri­quezas y tesoros incalculables. Tal como dijo Napoleón: «¡Soldados! Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan».

Jean-François Champollion, conocido como Champollion el joven (Figeac, departamento de Lot; 23 de diciembre de 1790 – París; 4 de marzo de 1832), filólogo y egiptólogo francés, considerado el padre de la egiptología por haber conseguido descifrar los jeroglíficos. Decía de sí mismo: «Soy adicto a Egipto, Egipto lo es todo para mí».  Una antigua sentencia egipcia dice: «Ellos edificaron con granito, construyendo salas  en la pirámide, realizando bellas cosas de este  trabajo hermoso… pero sus aras de sacrificios se hallan  tan abandonadas como el emigrante que fallece en  el puerto sin dejar a nadie». Y en una inscripción sobre el sarcófago de Tutankamón podemos leer: « ¡Oh madre Uut! ¡Extiende sobre mí tus alas como las estrellas eternas!»  .  Según Champollion: « No te desanimes con el texto egipcio; éste es el momento para aplicar el precepto de Horacio: una letra te llevará a una palabra, una palabra a una frase y una frase a todo el resto, ya que todo está más o menos contenido en una simple letra. Continúa trabajando hasta que pueda ver tu trabajo por tí mismo….».  Champollion creía que para entender los textos egipcios, era necesario conocer, traducir e interpretar sin error alguno el copto, capacidad de la que carecían todos aquellos eruditos que aspiraban a descifrar los jeroglíficos. Su esquema de estudio predecía que a través del copto entendería las inscripciones en demótico (una forma abreviada de la escritura hierática) y con la ayuda de la lengua egipcia, alcanzaría a descifrar la escritura jeroglífica.

Para ello estudió el copto en El Colegio de Francia, en la Escuela de Idiomas Orientales y en la Biblioteca Nacional de París. También aprendió el copto litúrgico de la mano de un sacerdote egipcio. Siendo apenas un adolescente logró compilar un diccionario de copto conformado por 2000 palabras. El experto en jeroglíficos Silvestre de Saçy, fue uno de sus nuevos maestros. Por desgracia, y debido a la gestión de Napoleón, que no cesaba en su empeño de orquestar constantes campañas militares que desmoralizaban a la nación entera, y ante la escasez de alimentos y la elevada inflación, no existía tiempo para el estudio, y quien quisiera sobrevivir en tales circunstancias, debía de tener la enorme suerte de poseer un trabajo constante y remunerado, algo de lo que carecía Jean-François. Vivía con el eterno temor a ser reclutado en el ejército, escaseaban los jóvenes sanos; su salud estaba muy deteriorada, estaba hundido en una profunda depresión, terriblemente delgado y prácticamente vestido con harapos. El que sería uno de los padres de la egiptología, y el hombre que descifró la piedra Rosetta, era poco más que un pordiosero. En esta época, con sólo dieciséis años, escribe a su hermano Jacques-Joseph: «Yo me consagro completamente al copto. Quiero conocer el egipcio tanto como mi propia lengua materna, porque en esta lengua estará basado mi gran trabajo acerca de los papiros egipcios».

Al dar comienzo los descubrimientos arqueológicos de Egipto, la figura de Napoleón se halla unida al nombre, más modesto, de Vivant Denon. Un emperador y un barón. Un militar y un aficionado al arte. Anduvieron juntos un trecho del camino y se conocían bien, pero su modo de ser nada tenía de común. Cuando tomaban la pluma, uno redactaba órdenes, decretos y códigos; el otro, cuentos y dibujos frívolos, amorales, pornográficos incluso, y su nombre tenía fama en los medios aficionados a las curiosidades clandestinas. Cuando Napoleón eligió a este hombre para ligarle a una de sus expediciones como colaborador artístico, dio uno de esos pasos afortunados que sólo la posteridad valora. El 17 de octubre de 1797 se firmó la paz del Campo Formio. Con ella se terminaba la campaña italiana y Napoleón regresaba a París. «Los días heroicos de Napoleón han terminado», escribió Stendhal, pero el escritor se equivocó, ya que entonces empezaban los días heroicos. Henri-Marie Beyle (Grenoble, 1783 – París, 1842), más conocido por su seudónimo Stendhal, fue un escritor francés del siglo XIX. Valorado por su agudo análisis de la psicología de sus personajes y la concisión de su estilo, es considerado uno de los primeros y más importantes literatos del Realismo. Es conocido sobre todo por sus novelas Rojo y negro (Le Rouge et le Noir, 1830) y La cartuja de Parma (La chartreuse de Parme, 1839).  Mas antes de que Napoleón recorriera Europa entera como un cometa, que terminaría por inflamarse a sí mismo, «se entregaba a una loca quimera, surgida de un cerebro enfermo». Yendo y viniendo sin sosiego por su estrecha cámara, devorado por la fiebre de la ambición, comparábase con Alejandro el Grande y se desesperaba por lo que no se había hecho. Entonces escribió: « ¡París me pesa como un manto de plomo! ¡Vuestra Europa es una topera! ¡Sólo en el Este, donde habitan seiscientos millones de almas, se pueden fundar grandes imperios y realizarse grandes revoluciones!».

 

C. W. Ceram es el pseudónimo de Kurt Wilhelm Marek (Berlín, 20 de enero de 1915 – Hamburgo, 12 de abril de 1972), un periodista y crítico literario alemán, conocido por sus notables obras de divulgación sobre Arqueología, especialmente por su extraordinario libro “Dioses, tumbas y sabios”, que recomiendo leer a toda persona interesada en la historia de la Arqueología. En la Segunda Guerra Mundial fue hecho prisionero en Italia y durante su cautiverio tuvo ocasión de leer libros de Arqueología. Como resultado de sus conocimientos adquiridos publicó en 1949 su libro “Dioses, tumbas y sabios”, obra que le hizo famoso en todo el mundo y en la que me he basado en parte para escribir este artículo. “Dioses, tumbas y sabios” se ha traducido a veintiocho idiomas con cinco millones de ejemplares publicados y a día de hoy siguen imprimiéndose nuevas ediciones. Otras obras conocidas del autor son “El secreto de los Hititas” o “El primer americano”. C.W. Ceram fue redactor jefe del periódico Die Welt y director de publicaciones de la editorial Ernst Rowohlt. En 1947 se trasladó a EE.UU.

 

La idea de valorar a Egipto como puerta de Oriente es anterior a Napoleón, pues Goethe anticipó ya la construcción del canal de Suez y le atribuyó gran valor político. Y antes aún, Leibniz esbozó, en 1672, un memorándum a Luis XIV indicando que la política imperial francesa debía desarrollarse precisamente en el sentido en que evolucionó más tarde. El 19 de mayo de 1798, con una flota compuesta por trescientos veintiocho barcos, y llevando a bordo un ejército de 38.000 hombres —casi tantos como Alejandro cuando partió para conquistar la India—, Napoleón embarcó en Tolón. Objetivo: ¡Egipto, vía Malta! El plan era alejandrino. La aguda mirada de Napoleón también saltaba de Egipto a la India. La campaña en el mar era un intento para herir mortalmente a Inglaterra en uno de sus tentáculos, a aquella Inglaterra que no se dejaba atrapar en el mosaico europeo. Nelson, almirante de la flota inglesa, surcó en vano, durante un mes entero, las aguas del Mediterráneo, y por dos veces tuvo casi ante su vista a Napoleón, pero las dos veces se le escapó. El 2 de julio, Napoleón pisaba suelo egipcio y, después de una marcha terrible a través del desierto, sus soldados se bañaban en las aguas del Nilo. Y el 21 de julio, en un crepúsculo matutino, surgía ante ellos El Cairo, presentándoseles como una visión de los cuentos de «Las Mil y Una Noches», con las esbeltas torres delgadas de sus cuatrocientos alminares, con la cúpula de la famosa mezquita Djami-el-Azhar.

 

Pero junto a esta plenitud graciosa, a los ornamentos de filigranas y las nieblas de un cielo mañanero, al lado de todo aquel mundo espléndido, voluptuoso y hechicero del islamismo se erguían, de la sequedad del desierto amarillo y frente a la muralla gris-violácea de las montañas de Mokatam, los perfiles de aquellas construcciones gigantescas, frías, enormes y severas de las pirámides de Gizeh, una geometría en piedra, mudos y eternos testigos de un mundo que dejó de existir cuando el islamismo aún no había nacido. Los soldados no tenían tiempo para entregarse al asombro y a la admiración. Allí se encontraba un pasado desaparecido. El Cairo era el porvenir brillante, pero ante ellos estaba el presente guerrero: el ejército de los mamelucos, formado por diez mil jinetes con una capacidad de maniobra y ejercicio admirable, montados en magníficos caballos que hacían brillantes escarceos, y al frente de ellos el flamante príncipe de Egipto, Murad, con veintitrés de sus beys, cabalgando en un caballo blanco como la nieve y tocado con un turbante verde cuajado de brillantes. Napoleón, hablando señalaba a las pirámides, y no solamente era el jefe militar quien se dirigió a los soldados, sino el psicólogo a la masa, el hombre occidental que se enfrentaba con la Historia universal. Entonces fue cuando pronunció la famosa frase: « ¡Soldados! Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan». El choque fue terrible. No triunfó el entusiasmo de los orientales, sino que vencieron  los cuadros perfectos de las bayonetas europeas. La batalla se convirtió en una matanza. El 25 de julio, Bonaparte entraba en El Cairo, y con ello parecía haber hecho la mitad del camino hacia la India.

 

Pero el 7 de agosto tuvo lugar la batalla naval de Abukir. Nelson, por fin, halló la flota francesa y la atacó con la furia de un ángel exterminador. Napoleón se vio cogido en la trampa y la aventura egipcia tuvo así su final. Pero la ocupación francesa todavía se prolongó un año, conoció las victorias del general Desaix en el Alto Egipto y, por último, la victoria terrestre de Napoleón, también en Abukir, donde había tenido lugar el aniquilamiento de su flota. Pero más que victorias, aquella lucha trajo consigo miseria, hambre, peste y, para muchos, la ceguera, por aquella enfermedad egipcia de los ojos que se convirtió en compañera inseparable de las unidades militares desembarcadas, de tal modo que los médicos la denominaron  ophtalmia militaris. La Batalla del Nilo, también conocida como la Batalla de la Bahía de Abukir o Batalla de Abukir, fue una de las más importantes batallas navales de las Guerras Revolucionarias Francesas, que enfrentó a la Armada Real Inglesa con la flota francesa del vice-almirante François-Paul Brueys D’Aigalliers. Esta batalla tuvo lugar durante la noche y primeras horas de la mañana de los días 1 de agosto y 2 de agosto de 1798. Las pérdidas francesas fueron muy elevadas (1.700 muertos), incluyendo al vice-almirante, y 3.000 prisioneros. Las pérdidas inglesas fueron en comparación mucho menores (218 muertos). Aun en pleno auge, pero todavía no como enemigo número uno de Inglaterra, el comandante general Napoleón Bonaparte trataba de amenazar las posiciones Inglesas en la India a través de la invasión y conquista de Egipto.

La expedición además de su componente militar, contaba con un nutrido número de científicos, educadores y especialistas técnicos, incluyendo una partida de investigación como resultado de la larga discusión sobre la posibilidad de abrir un canal marítimo entre el Mar Rojo y el Mediterráneo. Tres semanas después del desembarco, una flota inglesa de 14 buques bajo el mando de Horacio Nelson, que se encontraba patrullando el Mediterráneo oriental buscando a la flota francesa, cayó finalmente sobre los barcos que habían prestado apoyo a la invasión. Las flotas se encontraron al atardecer del 1 de agosto. La francesa se encontraba anclada en la Bahía de Aboukir, en aguas poco profundas y cerca de unos bajíos de menos de 8 metros de profundidad. Los bajíos habían sido usados para proteger la parte sud-oeste (a babor) de la flota, mientras a estribor encaraban el mar abierto. Nelson había conseguido labrarse una gran reputación como marino, y el almirante Brueys había estudiado sus tácticas en las batallas de los Santos y de Copenhage. Como resultado, Brueys mantuvo su línea de combate anclada y unida para evitar que los buques ingleses la cortaran en un ataque nocturno. Brueys esperaba comenzar la batalla a la mañana siguiente, y no creyó que los ingleses se arriesgaran a un encuentro nocturno en aguas someras, cosa que sucedió. Nelson observó que la flota francesa estaba anclada demasiado lejos de la zona somera, y ordenó a su línea de combate dividirse en dos, una para atravesar la línea francesa y los bajíos y la otra para cerrar el paso a los franceses y atacarles por los dos lados. Un buque inglés, el HMS Culloden, embarrancó, pero el resto pudo mantenerse a flote, comenzando a atacar a los buques franceses uno a uno. El viento del Norte hacía imposible que los barcos franceses pudieran acudir en socorro de los atacados, al encontrarse en la zona de sotavento, y esto permitió a Nelson atacar con varios barcos al mismo tiempo, adentrándose en la línea enemiga poco a poco.

El buque insignia francés, Oriente recibió fuego del HMS Bellerophon, que recibió por su parte una andanada que lo desarboló. Posteriormente fue atacado por el HMS Alexander y el HMS Swiftsure. A las 21 horas, el buque Oriente comenzó a arder y el resto de los barcos trataron de alejarse lo más posible de él. Sobre las 22 horas, el fuego alcanzó la santabárbara, y el buque insignia explotó, lanzando trozos del barco ardiendo y a su tripulación a cientos de metros por el aire. Sólo un centenar de los tripulantes del Oriente sobrevivió al arrojarse al mar antes de la explosión.Sólo dos buques de toda la línea francesa, el Généreux y el Guilleaume Tell, junto con dos fragatas, la Diana y la Justice, pudieron escapar del desastre. El buque Timoleon y la fragata Artemise se quemaron, la fragata Serieuse fue hundida, el resto de los buques franceses, el Guerrier, Le Conquérant, Le Spartiate, L’Aquilon, Le Tonnant, Le Franklin y el Mercure, fueron capturados a primeras horas de la mañana del 2 de agosto. Otros barcos franceses fueron las cañoneras Oranger, Portugaise y Hercule y los bergantines Salamine, Railleur, y algunos otros barcos pequeños. El Hercule fue echado a pique. Los buques ingleses fueron el HMS Vanguard (buque insignia), HMS Alexander, HMS Audacious, HMS Bellerophon, HMS Culloden, HMS Defence, HMS Goliath, HMS Leander, HMS Majestic, HMS Minotaur, HMS Orion, HMS Swiftsure, HMS Theseus y HMS Zealous. El buque Leander, que volvía a Inglaterra con los despachos de Nelson sobre la batalla y capitaneado por Edward Berry, fue posteriormente capturado por el Généreux, un 74 cañones superviviente de la batalla, después de un fiero combate, lo que retrasó considerablemente la llegada de las noticias sobre la victoria a Inglaterra. La batalla estableció la superioridad naval durante el resto de las Guerras Revolucionarias Francesas, y fue una importante contribución a la fama del almirante Nelson.

 

El 19 de agosto de 1799, separándose de su ejército, Bonaparte huyó, y seis días después se hallaba a bordo de la fragata «Muiron», viendo cómo se perdía en lontananza la costa del país de los faraones. Se volvió y dirigió de nuevo su mirada hacia Europa. Aquella expedición de Napoleón, que militarmente constituyó un fracaso, fue sin embargo, a largo plazo, motor de la colonización política del moderno Egipto y de la exploración científica del Egipto antiguo. Pues a bordo de los buques de la flota francesa de desembarco, no solamente llevó Napoleón dos mil cañones, sino también, entre sus soldados, a ciento setenta y cinco paisanos, sabios a secas, a quienes los marineros y soldados, con una concisión tan ingenua como errónea en aquel caso, denominaban  les ânes  (los asnos). También llevó una biblioteca con casi todos los libros que trataban sobre el país del Nilo y docenas de cajones con aparatos científicos e instrumentos de precisión. En la primavera del año 1798, en la gran sala de sesiones del «Institut de France», Napoleón habló por vez primera de sus vastos proyectos ante los hombres de ciencia. Tenía en su mano un ejemplar del  Viaje árabe,  de Niebuhr, obra en dos tomos, y dando golpes con los nudillos sobre el lomo de cuero de aquel libro para acentuar sus palabras, expuso la tarea de los hombres de ciencia en Egipto. Pocos días después se hallaban con él, a bordo de uno de los navíos de su flota, astrónomos y geómetras, químicos y minerólogos, técnicos y orientalistas, pintores y poetas. Entre ellos también viajaba un hombre desconocido recomendado a Napoleón como dibujante por la galante Josefina.

 

Se llamaba Dominique Vivant Denon. Bajo el reinado de Luis XV, Vivant había sido el encargado de inspeccionar una colección de piedras antiguas y se le consideraba como favorito de la Pompadour. En San Petersburgo fue secretario de Legación, y la emperatriz Catalina le apreciaba mucho. Era hombre de mundo, muy aficionado a las mujeres, un dilettante  de todas las ramas de las bellas artes, lleno de maldad, ironía y agudeza de ingenio, a pesar de lo cual era amigo de todo el mundo. Siendo diplomático cerca de los suizos, fue invitado frecuentemente por Voltaire y pintó el famoso «Desayuno de Ferney»; con otro dibujo, la «Adoración de los pastores», hecho al estilo de Rembrandt, incluso mereció ser nombrado miembro de la Academia; en Florencia, por último, en aquella atmósfera saturada de arte de los salones de Toscana, le alcanzó la noticia de haber estallado la Revolución francesa. Regresó apresuradamente a París, y aquel hombre que poco antes había sido embajador,  gentilhomme ordinaire,  independiente y rico, vio su nombre en la lista de los emigrados, con sus bienes confiscados y su fortuna embargada. Pobre, abandonado, traicionado por muchos y vegetando en alojamientos miserables, vivía de lo que ganaba con algunos dibujos. Y rondando por uno y otro mercadillo vio rodar, de paso, en la plaza de la Gréve, las cabezas de muchos de los que antaño fueron sus amigos, hasta que por fin halló un protector inesperado, Jacques Louis David, el gran pintor de la Revolución. Así fue cómo grabó aquellos diseños de trajes con que David revolucionaría la moda de la época, y cómo ganó la benevolencia del «incorruptible».

 

Apenas volvió a pisar el brillante  parquet,  después de haber andado por los lodos de Montmartre, desplegó de nuevo su capacidad diplomática; logró que Robespierre le devolviera sus bienes y que fuese borrado de la lista de los emigrados. Por último, conoció a la hermosa Josefina Beauharnais, fue presentado a Napoleón, agradó al corso y participó en la expedición a Egipto. A su regreso del país del Nilo, famoso ya y muy estimado, fue nombrado director general de Museos. Y asido a la guerra de Napoleón, el vencedor en todos los campos de batalla de Europa, saqueaba cuantos objetos de arte encontraba por doquier, cosa que él llamaba «coleccionar», y así constituía el primer fondo para una de las mayores riquezas de Francia. Si había actuado como pintor y dibujante con tanto éxito, ¿por qué no había de alcanzar la misma fama en el terreno de la literatura? En uno de los círculos por él frecuentados se dijo que no es posible escribir una verdadera historia de amor sin ser obsceno. Denon hizo una apuesta, y veinticuatro horas después presentaba «Le point de lendemain», un cuento que le ha conquistado un puesto especial en la literatura. Para los entendidos es la novela corta más delicada en su género, y Balzac dijo de ella: «…constituye una alta escuela de esposos y solteros, es un delicioso cuadro de costumbres del pasado siglo». Suya también es la intitulada «Oeuvre priapique», libro publicado en 1793 por vez primera y que es un aguafuerte que mantiene lo que su nombre promete con precisión fálica. Es curioso que los arqueólogos que estudian los trabajos de Denon no sospechen, al parecer, nada de este aspecto de sus actividades. Y es igualmente divertido que un historiador del arte como Edouard Fuchs, que dedica a nuestro ilustre autor pornográfico un párrafo entero como investigador de costumbres, no parece saber nada de su importante labor en los primeros pasos de la Egiptología.

 

Pues este hombre polifacético, asombroso en muchos aspectos, hizo más que todo eso para merecer nuestro recuerdo. Si Napoleón conquistó Egipto con las bayonetas pero no pudo mantenerlo más que un año, Denon conquistó el país de los faraones con su lápiz de dibujante, lo conservó para la posteridad y con mágico gesto de artista lo plantó ante nuestra conciencia. Cuando el hasta entonces simple hombre de salón pisó el ardiente suelo egipcio barrido por los vientos del desierto y cegado por el resplandor del astro rey, se entusiasmó. Y su entusiasmo continuó mientras sintió latir el pulso de cinco milenios entre las nuevas e inmensas casas de escombros. Puesto a las inmediatas órdenes de Desaix, como ayudante, mientras el general seguía las huellas de Murad Bey, jefe de los mamelucos que había huido, recorría en rápida carrera con el ejército todo el Alto Egipto. Y Denon, hombre de cincuenta y un años, bien visto por el general, que por la edad podría ser su hijo, muy considerado por los soldados, que lo admiraban —entre ellos había verdaderos muchachos—, soportó las fatigas y el clima. Montado en un miserable jamelgo, un día se adelantaba a la vanguardia y a la mañana siguiente se arrastraba a la zaga del grueso de la tropa. El alba nunca le encontraba en su tienda; dibujaba durante los altos en los campamentos, o en plena marcha; siempre tenía a su lado el cuaderno de dibujo, incluso cuando despachaba la escasa comida. ¡Alarma! Ahora se ve en medio de una escaramuza y anima a los soldados, les hace señas con sus papeles. Percibe una escena pintoresca, se olvida de dónde está y dibuja, dibuja… De pronto, se encuentra ante unos jeroglíficos. Todavía no sabe nada de ellos, ni hay nadie que pueda saciar su sed de saber. Pero, en todo caso, él sigue dibujándolo todo. Y al punto, su mirada de aficionado, pero de aficionado inteligente que se dirige enseguida a lo fundamental, distingue tres géneros distintos de escritura, cuya diferencia se señala como expresión de tres épocas distintas; el estilo hueco, el de relieve bastante llano, y el de alto relieve.

 

En Sakkara hace un dibujo de la pirámide de escalones, en Dendera dibuja las ruinas gigantescas de la época egipcia tardía. Corre de un sitio a otro del extenso lugar de las ruinas de Tebas de las cien puertas, siempre infatigable, desesperado cuando llega la hora de emprender la marcha y su lápiz no ha podido fijar aún todo cuanto se ofreciera a su mirada. Esto le irrita, pero de pronto reúne algunos soldados que vagan a su alrededor, y rápidamente, a toda prisa, les obliga a limpiar la cabeza de una estatua cuya expresión le fascina. Así sigue su aventurera campaña hasta Asuán, hasta la primera catarata. En Elefantina dibuja la graciosa capilla de Amenofis III, rodeada de columnas, y su excelente dibujo es la única noticia que de ella tenemos, pues en el año 1822 fue destruida. Y cuando el ejército es repatriado, cuando se había logrado la victoria de Sediman y se había vencido y aniquilado a Murad Bey, el barón Dominique Vivant, con sus numerosas láminas se lleva a casa un botín más precioso que el de los soldados enriquecidos con las joyas de los mamelucos. Pues por mucho que su sentimiento artístico se hubiese entusiasmado ante tales extraños mundos, la exactitud de sus dibujos en nada se había afectado. Había puesto en práctica el realismo ingenuo de los viejos grabadores en cobre, tan útil para la ciencia, pues ellos no omitían ningún detalle ni sospechaban nada de lo que habían de significar la  impresión  y la  expresión; aquellos artistas admitían de buen grado que se les llamara «artesanos», sin que esta denominación les molestase. Por eso, sus dibujos ofrecían un material inapreciable para los sabios investigadores que en ellos hacían comparaciones. Y a base de este material, principalmente, surgió la obra en que se fundó la Egiptología, la  Description de l’Egypte.

 

Mientras tanto, en El Cairo se había fundado el Instituto Egipcio. A la vez que Denon dibujaba, los demás hombres de ciencia y de las artes medían y calculaban, exploraban y reunían lo que ofrecía la superficie de Egipto. Sólo la superficie, porque el material que estaba a la vista se presentaba aún sin elaborar y tan repleto de enigmas, que no había aún motivo para recurrir a la azada. Además de vaciados, dibujos, ejemplares de plantas, de animales y mineralogía, en aquella colección había veintisiete estatuas en general en fragmentos, y varios sarcófagos. También contenía el hallazgo de una pieza muy especial: era una estela de basalto negro, pulido, una piedra que, en tres idiomas y tres escrituras distintos, contenía una inscripción, piedra que se hizo famosa bajo el calificativo de «la piedra trilingüe de Rosetta» y que sería ni más ni menos que la clave de todos los secretos de Egipto. Pero en septiembre de 1801, después de la capitulación de Alejandría, Francia, tras dura resistencia diplomática, tuvo que entregar a Inglaterra todas las antigüedades egipcias conquistadas por Napoleón. El general Hutchinson se encargó del transporte, y Jorge II cedió al Museo Británico todos los ejemplares preciosos que tenían ya un valor de primer orden. Parecía que los trabajos hechos en Francia hubieran sido inútiles; que el año de ímprobos esfuerzos no tuviera valor alguno; que había sido inútil el que varios sabios, víctimas de la enfermedad de los ojos, hubieran perdido la vista. Pero entonces se vio que lo que llegaba a París bastaba aún para toda una generación de sabios; se vio que no se había dejado de copiar ni un solo ejemplar, y así el primero que presentó un balance positivo y duradero de la expedición egipcia fue Denon, quien, en el año 1802, publicó su  Voyage dans la Haute et Basse Egypte. 

 

Pero al mismo tiempo, François Jomard, basándose en el material de la comisión científica y especialmente en el de Denon, empezó a redactar esa obra única en la historia de la Arqueología que de un golpe presentó, a la visión del mundo moderno, no una cultura hundida en las sombras como Troya, pero sí igualmente remota y hasta entonces conocida solamente por muy pocos viajeros. La  Description de l’Egypte  se publicó de 1809 a 1813, y la sensación que causaron los veinticuatro gruesos volúmenes de que consta puede compararse solamente a la que provocaría más tarde la primera publicación de Botta sobre Nínive, y después el libro de Schliemann sobre Troya. En esta época nuestra de las rotativas, apenas si nos damos cuenta de la importancia de las grandes ediciones de lujo de aquellos tiempos, con profusión de grabados, a menudo en color, lujosamente encuadernadas, y sólo al alcance de los potentados, que las guardaban como un tesoro del saber. Hoy día, cuando todo descubrimiento de alguna importancia se comunica inmediatamente al mundo entero por medio de la prensa ilustrada y del cine en todos sus aspectos y en millones de copias, junto con otras publicaciones a cuál más ruidosa que el público olvida enseguida, porque otras más recientes acaparan febrilmente su atención; hoy, que nada perdura y lo valioso se entierra junto con lo trivial, apenas si comprendemos la emoción de aquellos hombres ante los primeros volúmenes de la  Description de l’Egypte,  al ver cosas nunca vistas, al oír cosas nunca oídas, al descubrir una vida hasta entonces insospechada, al asomarse a un pasado que abarcaba milenios. Por tratarse de hombres que tenían un concepto del respeto más elevado que el nuestro, al dirigir tal mirada se estremecían.

 

Egipto era un país antiquísimo, más antiguo que cualquier cultura de las que hasta entonces se había hablado. Era ya antiguo cuando las primeras reuniones en el Capitolio romano fijaban las conquistas iniciales; lo era ya y se habían aventado sus cenizas cuando en los bosques de la Europa Septentrional los germanos y los celtas todavía cazaban osos y leones; cuando empezaba a reinar la primera dinastía egipcia, hace unos cinco mil años; o sea que, cuando dio comienzo la historia egipcia en fechas, ya existía una forma de cultura admirable. Y al extinguirse la última dinastía, la XXVI, todavía transcurrió medio milenio hasta el comienzo de nuestra era. Aún gobernaron los libios, los etíopes, los asirios, los persas, los griegos, los romanos, y sólo entonces, después de todo esto, brilló la estrella sobre el establo de Belén.  Naturalmente, algo se sabía de las maravillas de piedra en el país del Nilo, pero a modo de leyendas, basándose en conocimientos escasos. Pocos de sus monumentos habían llegado a los museos, y menos todavía eran asequibles a la publicidad. El viajero que iba a Roma podía admirar, en las escaleras del Capitolio, los leones, hoy desaparecidos, así como las estatuas de algunos reyes ptolemaicos, o sea, obras creadas en una época en que el esplendor del antiguo Egipto había desaparecido y por el Delta se había extendido el nuevo gusto de la Grecia alejandrina. Añádanse a esto algunos obeliscos —doce había en Roma—, unos cuantos relieves depositados en los jardines de los cardenales, escarabeos, copias del geótropo sagrado para los egipcios y que más tarde, por los signos misteriosos que llevaban, eran utilizados en Europa como amuletos, y después como joyas y piedras para anillos de sello. Esto era todo.

 

Poco era lo que las bibliotecas de París podían ofrecer como material informativo y científico. Bien es verdad que en 1805 se publicó una gran edición de Estrabón, en cinco tomos, con una traducción excelente de sus libros de geografía, haciendo asequible a todos los que hasta entonces sólo había estado al alcance de unos pocos eruditos. Estrabón había viajado por Egipto, en tiempos de Augusto. También el segundo libro de Heródoto, el más asombroso viajero de la Antigüedad, ofrecía cosas interesantes. Pero ¿en qué manos caían las obras de Heródoto? ¿Y en qué memoria vivían las otras noticias dispersas de los autores antiguos?  «Leve es el vestido que llevas», dice el salmista.  Por la mañana temprano, el sol asoma en la lejanía en un cielo color azul de acero y, volviéndose amarillo fuerte y abrasador, recorre su trayectoria por la arena unas veces parda, otras amarilla, ocre o blanca. Sus sombras, muy acusadas, contrastan sobre dicha arena como la tinta sobre el papel y recorta estilizadas siluetas de sus modelos. Y contra esta sequedad, siempre acompañada por el sol, que no conoce cambios de clima, ni lluvias, ni nieves, ni nieblas, ni granizos, que no sabe del retumbar del trueno, ni de centellear de los relámpagos; contra esta sequedad que abrasa el aire, sequedad pura, aséptica, conservadora de todo lo que puede petrificar, hacia esta región infecunda, granulosa, inestable, abriéndose paso entre movedizas dunas de arena, va avanzando el Nilo, el padre de los ríos, el Padre Nilo, que ha surgido de las profundidades del país, alimentado por los lagos y las lluvias del Sudán oscuro, húmedo y tropical, crece, desborda su cauce, inunda la arena, se traga grandes extensiones de desierto y escupe fango, ese fango fértil de julio. Y así, todos los años, desde hace milenios, crece dieciséis palmos —dieciséis niños juegan alrededor del dios que simboliza el río, en el alegórico grupo de mármol del Vaticano—, y cuando de nuevo retorna lentamente a su álveo, saciado y satisfecho, no sólo se ha tragado parte del desierto, sino también la sequedad misma de la arena.

Heródoto fue un historiador griego nacido en Halicarnaso poco antes de la expedición de Jerjes contra Grecia (480 a.C.). Con motivo de la revuelta en la que murió Paniasis, Herodoto hubo de abandonar su patria y dirigirse a Samos, donde pudo tener un contacto más estrecho con el mundo cultural jonio; se piensa que desde allí volvió a Halicarnaso y participó en el derrocamiento de Lígdamis (454 a.C.), hijo de Artemisia, representante de la tiranía caria que dominaba en aquella época la vida política de la colonia.La siguiente fecha conocida con certeza de la biografía de Heródoto es la de la fundación de la colonia de Turios en el 444-443 a.C. a manos de Pericles junto a las ruinas de Síbaris. No se sabe si Herodoto formó parte de la primera expedición fundadora, pero sí que obtuvo la ciudadanía de la colonia. Algunos de sus biógrafos informan de que, entre la caída de Lígdamis y su llegada a Turios, Heródoto realizó viajes por varias ciudades griegas, en las que ofrecía lecturas de sus obras; incluso se dice que recibió diez talentos por una lectura ofrecida en Atenas, dato que hoy parece bastante improbable aunque manifiesta la buena acogida que tuvo Heródoto en la ciudad. Su estancia en la Atenas de Pericles le permitió contemplar el gran momento político y cultural que vivía la ciudad: en Atenas, Heródoto pudo conocer a Protágoras, abanderado de la revolución de la sofística, y a Sófocles, el gran poeta trágico que tanto influiría en su obra histórica. También en la época previa a la fundación de Turios, Heródoto hizo aquellos viajes de los que nos habla en su obra: se sabe que estuvo en Egipto durante cuatro meses y que, después, fue a Fenicia y Mesopotamia. Otro de sus viajes le llevó al país de los escitas.

 

Todos estos viajes estuvieron inspirados por el deseo de aumentar sus conocimientos y de saciar sus ansias de saber, acicates constantes del pensamiento de Heródoto. Éste aparece a través de su obra como un hombre curioso, observador y siempre dispuesto a escuchar, cualidades que combinaba con una gran formación enciclopédica y erudita.La parodia que realizó Aristófanes de la obra de Heródoto permite suponer que ésta era ya conocida en torno al año 425 a.C. De vuelta a su obra, los últimos acontecimientos mencionados acerca de Grecia se refieren al año 430 a.C., fecha en la que hubo de concluir su relato. Se piensa que murió en Turios ca. 420 a.C. La gran obra histórica de Heródoto, múltiple y compleja, es difícil de resumir: su finalidad y sus narraciones son varias y muy diferentes entre sí, por lo que, en un primer momento, cuesta ver el principio unificador de tan diversos materiales. Para reunirlos, Heródoto recurrió, como ya se ha dicho, a sus muchos viajes a lo largo del mundo conocido; de allí, extrajo sus fuentes de información y sus datos: unas veces, Heródoto recoge aquello que ha visto con sus propios ojos; otras, lo que le han contado; otras muchas, el resultado de sus pesquisas e indagaciones tras contrastar las tradiciones orales recibidas con los restos arqueológicos y monumentos o tras recurrir a los sacerdotes y estudiosos de los lugares visitados: así, por ejemplo, su investigación sobre el mito de Hércules le llevó hasta Fenicia. Llama la atención ver cómo va engarzando estos elementos tan distintos entre sí y cómo, en ocasiones, los recoge aun cuando, en su opinión, no son fiables: “Mi deber es informar de todo lo que se dice, pero no estoy obligado a creerlo todo igualmente“. En definitiva, Heródoto fue un gran narrador y un compilador experimentado de datos de índole etnográfica o geográfica, características que lo hacen afín a muchos otros logógrafos; sin embargo, ya la Antigüedad distinguió a Heródoto con el título de “padre de la historia” y un análisis más profundo de su Historia revela su novedad frente a escritores contemporáneos.

 

Ya desde el comienzo de la obra, que los eruditos distribuyeron con posterioridad en nueve libros (cada uno de los cuales lleva el nombre de una de las nueve Musas), el propio Heródoto anuncia que su cometido es narrar los sucesos y hazañas de los hombres y, más en concreto, la guerra entre bárbaros y griegos. El núcleo central del relato es, pues, la narración de las Guerras Médicas, aquellas que enfrentaron a Oriente con Occidente, lo que da pie a Heródoto a insertar a lo largo de su obra numerosas digresiones; éstas permitían a su público acercarse a esos países extraños y alejados, que estaban relacionados en mayor o menor medida con los persas. De esa manera, su narración no es unitaria sino que se rompe siguiendo un principio asociativo, según el cual los distintos países y regiones aparecen en el momento en que se relacionan de algún modo con los persas. Sin embargo, si estas digresiones son especialmente frecuentes en los primeros libros de la obra, se observa que en la parte central de la misma, aquella en la que se narra el enfrentamiento entre Grecia y Persia, éstas disminuyen. Aparece, así, un relato bastante más escueto y objetivo, con un análisis e investigación mucho más detenida de los datos. Se descubre de este modo en la obra de Heródoto una gran multitud de estilos en dependencia directa con sus fuentes: para su descripción de países exóticos, Heródoto tuvo que recurrir a sus viajes y a informaciones de segunda mano, bien orales o bien escritas (como los relatos de otros logógrafos); por el contrario, para narrar la guerra, centro de su relato, Heródoto dispuso de documentos más accesibles y fiables sobre esos acontecimientos. Heródoto aúna así las dotes de un gran narrador y las de un historiador (esto es, investigador) en su intento de dilucidar la verdad a través de la maraña de sus múltiples fuentes.

 

En las zonas antes cubiertas por sus aguas pardas se siembra y brota trigo del suelo, dando un fruto doble y cuádruple; es el tiempo de las abundantes cosechas, que permitirán guardar alimento para las épocas de carestía. El «don del Nilo», como lo llamaba hace dos mil quinientos años Heródoto, era el granero de la Antigüedad que hacía pasar hambre a Roma, cuando el agua había quedado excesivamente baja o subido demasiado. En este paisaje, en el cual destacaban brillantes cúpulas y delicados minaretes, las ciudades estaban pobladas por hombres de cien razas y colores:  fellahs,  árabes, nubios, bereberes, coptos, beduinos, negros, y en medio de la abigarrada confusión de mil lenguas distintas se erguían, como un saludo de otro mundo, innúmeras ruinas de templos, de tumbas, de pórticos. Allí se alzaban, sobre un desierto sin sombra, alineadas en la «plaza de armas del Sol», las pirámides —setenta y siete dejaron sus huellas en los alrededores de El Cairo—. Eran las tumbas inmensas de los reyes, una sola de las cuales está constituida por dos millones y medio de bloques de piedra, reunidos por más de cien mil esclavos en el transcurso de veinte años.  Allí estaba también una de las esfinges, mitad hombre, mitad bestia, con su melena de león lastimado, y la nariz y los ojos convertidos en simples agujeros, después que los mamelucos se habían servido de su cabeza como blanco de tiro de sus cañones; pero allí reposaba desde hacía milenios, echada con calma digna de un lapso de tiempo indefinido, tan poderosa y colosal en sus proporciones, que Tutmosis, soñando en perpetuar su reinado, pudo construir un templo entre sus garras.

 

Y allí, recortados, estaban también los obeliscos que guardaban la entrada de los templos, cual dedos levantados ante el desierto, erguidos hasta veintiocho metros, en honor de los reyes y los dioses. Había asimismo templos instalados en grutas y cuevas, estatuas desde el «Alcalde» hasta el Faraón, columnas y pilones, esculturas de toda clase, relieves y pinturas. En infinitas procesiones se representaban las realezas que antaño habían dominado el país, rígidamente ordenadas, exhalando grandeza en cada movimiento, siempre de perfil y dirigiéndose a una meta: «La vida de los egipcios consistía en caminar hacia la muerte». Tan acentuada se halla tal tendencia en los relieves murales egipcios, que  el camino  podía ser explicado por un filósofo moderno como el supremo símbolo egipcio original, comparable en la profundidad de su valoración con el concepto del  espacio  occidental o del  cuerpo  griego. Y todo, todo este gigantesco cementerio de monumentos estaba cubierto de jeroglíficos, signos, representaciones plásticas, contornos, alusiones, cifras, misterios y enigmas; con un simbolismo riquísimo de personas, de anímales, de seres fabulosos, de plantas, de frutos, de utensilios, de prendas de vestir, de trenzados, de armas, de figuras geométricas, de líneas onduladas y de llamas. Se hallaban tallados en la madera, grabados en la piedra, y escritos en los innumerables papiros. Se representaban en las paredes de los templos, en las cámaras de las tumbas, en las lápidas conmemorativas, en los sarcófagos, en las estelas, en las imágenes de los dioses, en los armarios y en los recipientes; hasta los utensilios para escribir y los bastones aparecían adornados por signos jeroglíficos. Al parecer, los egipcios fueron el pueblo que más gustaba de escribir. Si alguien quisiera copiar las inscripciones del templo de Edfú y para ello se pasara escribiendo desde la mañana hasta la noche, no terminaría ni en veinte años.

 

Todo este mundo fue abierto por la  Description de l’Egypte a la mirada de Europa, al Occidente investigador y curioso que se había propuesto explorar el pasado; a Francia, que por indicación de Carolina, la hermana de Napoleón, se consagraba a excavar con renovado celo  las ruinas de Pompeya, y cuyos sabios habían aprendido de Winckelmann los primeros métodos de la investigación y el arte de la contemplación arqueológica y estaban ansiosos de comprobarla. Johann Joachim Winckelmann ( Stendal, 1717 – Trieste, 1768), fue un arqueólogo e historiador del arte alemán. Puede ser considerado como el fundador de la Historia del Arte y de la arqueología como una disciplina moderna. Resucitó la utopía de una sociedad helénica fundada en la estética a partir del viejo ideal griego de la kalokagathia, esto es, la educación de la belleza y de la virtud con referencia al espíritu neoclásico, siendo así uno de los grandes teóricos del movimiento. Winckelmann rechaza la naturaleza sensual del arte, manifestación de las pasiones del alma, e inventa la «Belleza antigua», muy unida a la blancura del mármol (en esa época se ignoraba que en la Antigüedad esculturas y templos eran policromados); su estética se funda en la idealización de la realidad y está condicionada por la libertad política, la democracia. Basándose en los trabajos del Conde de Caylus, contribuyó a transformar la arqueología, que hasta entonces tenía carácter de pasatiempo para los coleccionistas ricos, en una ciencia. Su obra principal es la Historia del Arte de la Antigüedad (1764), en la que distingue cuatro fases en el arte griego: el estilo antiguo, el estilo elevado, el estilo bello y la época de los imitadores, que tienen siempre cotización (estilo arcaico, primer clasicismo del siglo V, después segundo clasicismo del siglo IV, finalmente estilo helenístico).

Concibe esta sucesión a semejanza de la evolución biológica de un organismo vivo. En 1763 escribió para el joven aristócrata báltico Friedrich von Berg el Tratado sobre la capacidad para sentir lo Bello, donde afirma: “Como la belleza humana ha de ser concebida, para ser comprendida, en una sola idea general, me he fijado que los que no están atentos a la belleza del sexo femenino y los que no o no mucho para la del nuestro tienen raramente la facultad innata, global y viva de sentir la belleza en el arte. Esta belleza les parecerá imperfecta en el arte de los griegos, ya que las mayores bellezas de éstos se fijan más en nuestro sexo que en el otro”. Y después de tanta loa acumulada en la  Description de l’Egypte,  ya es hora de señalar una reserva: ciertamente, el material descubierto era, en cuanto a descripciones, dibujos y copias, muy rico, pero generalmente, cuando los editores se referían al Egipto antiguo, se limitaban a mostrarlo y no decían nada, porque no sabían qué explicación dar, y cuando la daban era equivocada. Todos los monumentos presentados permanecían mudos y cualquier orden que se les atribuía era supuesto más que probable. Los jeroglíficos, no supieron leerlos; los signos, no podían interpretarlos; aquel idioma era desconocido. La  Description de l’Egypte   descubría un mundo tan nuevo en sus relaciones, en su orden y en su significación, que era un completo enigma.  ¡Cuántas cosas se sabrían si se lograra leer los jeroglíficos! Pero ¿sería posible tal cosa? De Sacy, el gran orientalista de París, declaró: «El problema está muy confuso y científicamente no tiene solución». Por otra parte, ¿no había publicado el profesor Grotefend, de Gotinga, un folleto que enseñaba el camino para descifrar la escritura cuneiforme de Persépolis?, ¿no había presentado ya los primeros resultados de su interpretación?, ¿no había trabajado Grotefend con muy poco material, mientras aquí había innumerables inscripciones?, y ¿no había hallado un soldado de Napoleón una piedra de basalto, muy negra, de la cual no solamente los sabios que la vieron, sino también el periódico que publicó la primera noticia, habían afirmado que en ella estaba la clave para descifrar los jeroglíficos, merced a un afortunado azar? ¿Dónde estaba, pues, el hombre que supo aprovecharse de aquella mágica piedra?

 

Poco después del hallazgo, el  Courrier de l’Egypte  había publicado un informe del hecho. Y una casualidad que parece harto extraña llevó este periódico, publicado en Egipto, a la casa paterna de aquel que, tras un trabajo genial y único, llegó, veinte años más tarde, a leer las inscripciones de aquella piedra negra y halló la solución al enigma de los jeroglíficos. Joseph Francis Gall es el fundador de la Frenología en 1839, aunque con el nombre de Craneología. Cuando el ilustre frenólogo iba de un lugar a otro divulgando su teoría sobre interpretación de facultades por el estudio del cráneo, admirado por unos e insultado por otros, venerado por muchos y envidiado por no pocos, en París le presentaron a un estudiante muy joven. Gall, midiendo inmediatamente con su mirada el cráneo del presentado, exclamó lleno de emoción: “¡Ah, qué talento para los idiomas!”. Aquel joven de dieciséis años que Gall tenía ante sí dominaba, en efecto, además del latín y del griego, media docena más de lenguas orientales.  En el siglo XIX se ensayó un estilo de biografías que escarbaba con tesón en los más mínimos detalles de los personajes y que, por ejemplo, podía haber dicho que en cierta ocasión Descartes, a la edad de tres años, ante el busto de Euclides, pudo haber exclamado «¡Ah!». Este género biográfico podía coleccionar también las facturas del planchado de la ropa de Goethe para comprobar en ellas las huellas del genio. El primer ejemplo nos descubre una simple tontería «metódica»; el segundo puede ser una trivial estupidez. Pero en estas fuentes se nutren las anécdotas, y ¿qué se puede hacer contra las anécdotas? Incluso esa historieta de Descartes a los tres años vale tanto como un folletón escrito en el blando suelo de las reflexiones ligeras. Por eso no nos avergonzamos en relatar el maravilloso nacimiento de Champollion.

 

A mediados del año 1790, el librero Jacques Champollion, establecido en el pequeño pueblo de Figeac, cuando todos los médicos se habían declarado incapaces de hacer nada, hizo acudir al lecho de su mujer, enferma paralítica, el curandero Jacqou. En el Delfinado, al sudeste de Francia, Figeac se encuentra en la provincia de los Siete Milagros, una de las comarcas más bellas, poblada por gente dura, apegada a sus costumbres y que difícilmente despierta de su letárgia habitual, pero que, si alguna vez lo hace, se halla inclinada a un fanatismo desbordante; por eso se entrega con facilidad a toda creencia en lo extraordinario y milagroso. El curandero mandó a la enferma —y esta circunstancia y la que sigue la confirman varios testigos— acostarse sobre unas hierbas previamente calentadas e ingerir un brebaje de vino caliente. Y anunció que sanaría enseguida; y lo que más sorprendió a toda la familia fue que afirmó además que daría a luz un niño que sería famoso y su fama perduraría por los siglos. Al tercer día se levantó la enferma, y el 23 de diciembre de 1790, a las dos de la madrugada, nació Jean-François Champollion, el hombre que más tarde conseguiría descifrar los jeroglíficos. Las profecías del curandero se cumplieron.  Si los hijos engendrados por el diablo tienen pie equino, no nos sorprenderá hallar unas características más triviales en este caso, en el que un brujo puso su mano en el juego. El médico, después de reconocer al pequeño François, vio con asombro que tenía la córnea amarilla, característica propia de los orientales y que en un ciudadano de la Europa central es una singularidad. Además presentaba una tez muy oscura, casi de color pardo, y todos los rasgos de su cara eran visiblemente orientales.

 

Veinte años más tarde llevará aún el mote de «el egipcio». Por lo demás, era hijo de los días de la gran Revolución, pues en septiembre de 1792 se había proclamado la República en Figeac y desde abril de 1793 reinaba el Terror. La casa paterna de Champollion estaba a treinta pasos de la  Place d’Armes  —que posteriormente llevará su nombre—, lugar donde se plantó el simbólico árbol de la Libertad. Los primeros sonidos que percibió conscientemente fueron la música ruidosa de  La Carmagnole  y el llanto de los que buscaban refugio en su casa huyendo del populacho desenfrenado, entre los que se contaba un sacerdote que fue su primer maestro.  Cinco años tiene —anota ingenuamente un biógrafo emocionado— cuando ejecuta su primera labor descifradora comparando nociones adquiridas de memoria con letras impresas, y así aprendió a leer por sí solo. A los siete años escasos oyó por primera vez la mágica palabra Egipto «en el engañoso brillo de una  fata morgana»,  ya que su hermano, Jacques Joseph, doce años mayor que él, fracasa en su deseo de participar en la expedición a Egipto». Según puede comprobarse, es un mal alumno en Figeac, motivo por el cual su hermano, ya filólogo de talento e interesado en la arqueología, va a buscarlo, lo lleva a Grenoble en el año 1801 y se preocupa de su educación. Poco después, François, que tiene once años, demuestra extraordinaria afición por el latín y el griego, y empieza a dedicarse con aprovechamiento asombroso al estudio del hebreo, lo que induce a su hermano a reservar al más joven el nombre de la familia y a llamarse modestamente Champollion Figeac, e incluso más tarde solamente Figeac.

 

Aquel mismo año, el joven François tuvo ocasión de conversar con Fourier, que había participado en la expedición a Egipto: era un famoso físico y matemático y había ocupado los cargos de secretario del Instituto Egipcio de El Cairo, Alto Comisario francés ante el Gobierno egipcio, presidente de los Tribunales y jefe de una importante comisión científica. Jean-Baptiste-Joseph Fourier (1768 en Auxerre – 1830 en París), matemático y físico francés conocido por sus trabajos sobre la descomposición de funciones periódicas en series trigonométricas convergentes llamadas Series de Fourier, método con el cual consiguió resolver la ecuación del calor. La transformada de Fourier recibe su nombre en su honor. Fue el primero en dar una explicación científica al efecto invernadero en un tratado. Se le dedicó un asteroide que lleva su nombre y que fue descubierto en 1992. En aquel entonces era prefecto del departamento de Isére, habitaba en Grenoble y había formado un círculo con los intelectuales más destacados de la región. Durante una inspección escolar discute con François y, sorprendiéndole su viveza, le invita y le enseña su colección egipcia. Aquel niño contempla hechizado los primeros fragmentos de papiros y las primeras inscripciones jeroglíficas en planchas de piedra. —¿Se sabe leer esto? —pregunta. Fourier mueve la cabeza negativamente. —¡Yo lo leeré! —dice el pequeño Champollion, convencido. Más tarde repetirá frecuentemente aquella anécdota. —Dentro de unos años yo lo leeré. Cuando sea mayor.  ¿No nos recuerda esto a aquel otro niño que decía a su padre: «¡Yo hallaré Troya!» con la misma convicción y seguridad visionaria?

 

Pero ¡cuán distintamente, con qué métodos tan diametralmente opuestos se iban a realizar sus respectivos sueños juveniles! Schliemann como autodidacta, Champollion no desviándose un ápice del camino trazado por su formación científica, aunque es cierto que recorrió este camino con una rapidez que sobrepasó a todos sus compañeros de estudio. Schliemann, cuando empezó su obra, carecía de toda base profesional; Champollion iba ya preparado con todos los conocimientos que su siglo podía ofrecerle. Su hermano se preocupó de sus estudios y trató de dominar la sed inmensa que por los conocimientos sentía el niño. Y siempre en vano, pues Champollion se lanzaba a las regiones más apartadas del saber y quería conocerlo todo. A los doce años escribió su primer libro con el extraño título: «Historia de perros célebres», viéndose ya entonces que la carencia de una visión clara le obstaculiza en aquel trabajo; ello le hace esbozar una tabla histórica que denomina con pedantería pueril «Cronología de Adán hasta Champollion el joven». El hermano mayor le había cedido el apellido, como hemos dicho, porque presentía que un día había de darle mayor lustre. En cambio, Champollion se llama a sí mismo «el joven» para que le distingan de su hermano. A los trece años empieza el estudio del árabe, el sirio, el caldeo y el copto. Y, cosa notable, todo cuanto aprende y hace, todo cuanto centra su interés, ronda en el mágico círculo de Egipto. Ya puede ocuparse en lo que sea, que sin sospecharlo siquiera pronto se ve envuelto en un problema egipcio. Estudia el chino antiguo, en un intento de probar su parentesco con el antiguo egipcio. Estudia textos del zenda, el pahlavi y el parsi, los idiomas de los países más lejanos, los materiales más dispares, y estimulado por el recuerdo de Fourier va organizando todos sus conocimientos. Y en el verano de 1897, a los diecisiete años, proyecta el primer mapa histórico de Egipto, el primer mapa del reino de los faraones.

Solamente puede comprenderse su audacia pensando que para ello no contaba con más base que citas de la Biblia, textos latinos, árabes y hebreos, generalmente mutilados, y comparaciones con el copto, único idioma que acaso podía servirle de puente en el antiguo egipcio, ya que en el Alto Egipto se hablaba aquella lengua todavía en el siglo XVIII de nuestra era.  Al mismo tiempo reúne material para un libro. De pronto decide marchar a París, pero los académicos de Grenoble desean que termine su trabajo. Esperaban el acostumbrado trabajo retórico. Pero Champollion hizo el esbozo de su libro «Egipto bajo los faraones».  Y el día 1 de septiembre lee la introducción. Un joven esbelto, altivo, con la petulancia del adolescente, se presenta ante la solemne Academia provinciana y expone tesis audaces presentadas con una lógica convincente. El efecto producido es extraordinario. Por unanimidad, aquel jovenzuelo de diecisiete años es nombrado miembro de la Academia, y Renauldon, su presidente, se levanta, le abraza y dice:  “A pesar de su juventud, la Academia le nombra miembro suyo teniendo en cuenta lo que usted ya ha hecho y sobre todo pensando en lo que hará. Ella está convencida de que usted justifica sus esperanzas y confía en que algún día, cuando con sus trabajos se haya creado un nombre, usted recordará que ella ha sido la primera en darle ánimos”.  Champollion, alumno de la Academia de Grenoble, se ha convertido en un ilustre miembro de la misma. Cuando sale de la recepción, se desmaya. Su temperamento sanguíneo va acompañado de momentos de gran depresión. En aquella época es hipersensible; está muy desarrollado psíquicamente, y muchos le consideran un genio. En lo físico también adelanta a los de su edad.

 

Cuando, apenas terminados sus estudios, decide casarse, su decisión no es una locura de chico. Él realmente se sentía mayor de lo que correspondía a su edad. Sentía que para él empezaba una nueva etapa de su vida y veía ante sí una ciudad inmensa, la capital de Europa, punto de intersección del espíritu, la política y las aventuras. En un viaje de setenta horas, soportando junto a su hermano el vaivén del carro que ya se acerca a París, ha meditado entre el sueño y la realidad, como en una pesadilla, viéndose envuelto en amarillentos papiros, de palabras en una docena de idiomas, oprimido por piedras cuajadas de jeroglíficos, entre ellas aquella piedra misteriosa de basalto negro, la piedra de Rosetta, que años antes había visto por vez primera en casa de Fourier y cuyas fascinadoras inscripciones le persiguen.  Entonces, dirigiéndose a su hermano, le dice en voz alta lo que secretamente estaba esperando y de lo cual ahora tiene de pronto clara conciencia, mientras en su rostro moreno arden sus ojos oscuros: “¡Yo descifraré los jeroglíficos! Estoy seguro de ello”.  Dícese que Dhautpoul fue quien halló la piedra de Rosetta. Pero Dhautpoul era sólo el jefe de las fuerzas de zapadores, un superior jerárquico del soldado que realmente la encontró. Otras fuentes citan también a Bouchard, pero éste no era más que el oficial encargado de dirigir los trabajos de fortificación en las ruinas de la fortaleza de Rachid, entonces ya llamada Fort Julien, siete kilómetros y medio al noroeste de Rosetta, en el Nilo. A él fue a quien más tarde se le confió el transporte de dicha piedra a la ciudad de El Cairo.

 

En realidad el que la halló fue un soldado cuya cultura no sabemos si le permitió conocer el valor de su hallazgo, cuando su pico tocó la piedra, o si simplemente quedó fascinado por el aspecto de tal losa, completamente cubierta de signos misteriosos. Lo cierto es que huyó dando alaridos, como un ingenuo que teme caer bajo el hechizo de lo mágico. La piedra que tan insospechadamente surgía de las ruinas de la fortaleza, tan grande como el tablero de una mesa, era de grano fino, duro, de basalto negro, y por un lado estaba pulida. Presentaba tres series de inscripciones, en parte raídas por el tiempo, borradas por el roce de la fina arena que durante dos milenios había ido pasando por ella. Y de estas tres inscripciones, la primera, en catorce líneas, era jeroglífica; la segunda, de veintidós, demótica, y la tercera, de cincuenta y cuatro, griega. ¡Griega! Entonces era posible leerla. Era posible comprenderla. Era posible… Un general de Napoleón, helenista apasionado, dio comienzo inmediatamente a su traducción. Como pudo observar al punto, se trataba de una dedicatoria de los sacerdotes de Menfis a Ptolomeo V en el año 196 a.C., ensalzándole por los beneficios recibidos. Esta lápida, después de la capitulación de Alejandría, junto con las demás piezas del botín, llegó al Museo Británico de Londres. Pero la «Comisión» napoleónica había mandado hacer vaciados y copias de todos los ejemplares hallados, y estas copias llegaron a París, donde los sabios pudieron llevar a cabo su labor de comparación.

 

¿Qué más lógico sino deducir de la disposición de las columnas que éstas contenían el mismo texto? Ya el  Courrier de l’Egypte  había dicho que en ellas estaba la clave para hallar la puerta de aquel reino muerto y encerraba la posibilidad de «descubrir Egipto con documentos de los propios egipcios». Después de traducida la inscripción griega, ¿podía presentar dificultad establecer el valor de los signos jeroglíficos que correspondían a dichas palabras griegas, a esos mismos conceptos y a los mismos nombres? Se dedicaron a tal empeño las mejores inteligencias de la época. No solamente en Francia, sino también en Inglaterra —ante el original auténtico de la piedra—, en Alemania, en Italia. Fue en vano. Todos partían de una hipótesis falsa; tenían de los jeroglíficos unas ideas, en parte basadas en Heródoto, que los cegaban con esa terquedad que se manifiesta en tantas ideas falsas y preconcebidas de la historia de la cultura humana. Para averiguar el misterio de los jeroglíficos se requería un giro casi copernicano, una ocurrencia que saltando el camino trillado de las tradiciones alumbrase como un relámpago la oscuridad de aquella noche milenaria. Cuando Champollion, que entonces contaba diecisiete años, fue presentado por su hermano a De Sacy, su futuro profesor, hombre bajo, insignificante, y a quien, sin embargo, se conocía ya más allá de las fronteras de Francia, no era un joven tímido ni cohibido, sino que como antaño, a la edad de once años, cuando había entusiasmado a Fourier, ahora también encantaba a De Sacy. Antoine-Isaac, barón Silvestre de Sacy (1758 -1838) fue un lingüista y orientalista francés. Sus primeros trabajos como lingüista y orientalista las realizó sobre inscripciones pahlavi de los Reyes sasánidas en 1791. Durante esos años empezó también sus estudios sobre la religión de los Drusos, pero los resultados finales de sus investigaciones sólo se publicaron, póstumamente e incompletos, en su obra Exposé de la religion des Druzes.

 

Más De Sacy desconfiaba. Aquel hombre de cuarenta y nueve años que poseía todos los conocimientos de su época vio ante sí a un joven petulante que con temeraria audacia había emprendido en su libro titulado «Egipto bajo los faraones» un proyecto del cual él mismo había declarado que aún no había llegado la hora de realizarlo. Pero más tarde, recordando este primer encuentro, De Sacy habla de las «profundas impresiones» que había recibido. ¿Se trata de un milagro? El libro del cual De Sacy tan sólo viera la introducción, a fines del año estaba casi terminado. Por lo tanto, la fama que siete años más tarde se le atribuyó la mereció y bien merecida cuando aún era un muchacho de diecisiete años. Después de la publicación de tal obra, Champollion se lanzó al estudio. Rehuyendo todas las seducciones que ofrecía París, se encierra en las bibliotecas, va de un Instituto a otro, cumple los cien encargos que los eruditos de Grenoble le recomiendan en sus cartas, estudia el sánscrito, el árabe y el persa —el «italiano de Oriente», como dice De Sacy—, padres de casi todos los idiomas orientales, y aún pide a su hermano una gramática china, «para distraerse».  Tanto se adentra en el espíritu del árabe, que cambia la entonación de su voz y, en cierta reunión, un árabe se inclina ante él creyéndole uno de los suyos. Sus conocimientos de Egipto llegan a ser tan profundos, que Somini de Manencourt, que tenía fama de ser el viajero más célebre de África, después de charlar con él, exclama sorprendido: “¡Pero si conoce los países de que hablamos tan bien como yo mismo!”. Un año más tarde habla y escribe también el copto. «Lo hablo conmigo mismo», dice, y para practicarse escribe toda clase de ejercicios que se le ocurren en signos demóticos.

 

Cuarenta años después tiene efecto aquel curioso error de un sabio que tomó uno de aquellos entretenimientos como el texto original egipcio de la época de los Antoninos, comentándolo eruditamente. ¡Resultó ser una transcripción francesa del libro alemán de Beringer sobre los fósiles! Champollion pasa dificultades y estrecheces innumerables. Si no tuviera a su hermano que le mantiene, llegaría a perecer de hambre. Vive en una miserable habitación cercana al Louvre por la que paga dieciocho francos mensuales de alquiler. Y muchas veces se los debe a su hermano; le suplica a menudo, no sabe qué hacer, no es capaz de administrar el dinero, y se siente muy apesadumbrado cuando Figeac le comunica que se verá obligado a empeñar su biblioteca si François no limita sus gastos. ¿Limitarse? ¿Más aún? Calza unos zapatos rotos y lleva el traje raído. Por último, le da vergüenza incluso presentarse en sociedad; cae enfermo y el frío y la humedad de un invierno extraordinariamente riguroso en París son causa de los gérmenes del mal que le ocasionará la muerte. En compensación, dos pequeños éxitos le animan. El emperador necesita soldados. En el año 1808 se llama a filas a todos los hombres desde los diecisiete años. Champollion se horroriza y todo su ser se resiste a tal exigencia; él, que sabe guardar la más rigurosa disciplina de espíritu, tiembla al imaginarse las guardias, los grupos de hombres formados y sometidos a una disciplina estúpida que mide con el mismo rasero a todos los espíritus. ¿Acaso Winckelmann no había sufrido ya la opresión del militarismo prusiano? «Hay días —escribe François, desesperado, a Figeac— en los cuales pierdo la cabeza». El hermano, que siempre le ayuda, lo hace también en este caso.

 

Acude a los amigos, dirige peticiones, escribe muchísimas cartas y logra, por fin, que se permita a Champollion proseguir sus estudios; y en una época en que retumba el fragor de las armas, nuestro hombre puede dedicarse al estudio de las lenguas muertas. La segunda cuestión que le inquieta más aún, que empieza a fascinarlo de tal modo que a veces incluso llega a olvidar la amenaza de militarización, es el estudio de la piedra de Rosetta. Y, hecho extraño: igual que más tarde Schliemann, descubridor de Troya, cuando hablaba y escribía ya todos los idiomas europeos, a pesar de lo mucho que le interesaba el griego antiguo, vacilaba ante la idea de estudiarlo, porque sospechaba que se le agotaría toda ilusión. Así, la idea de Champollion daba cada vez más y más vueltas alrededor de la piedra trilingüe, seguía ensimismado en las volutas de una espiral, por así decir, y se iba acercando cada vez más al objeto de sus deseos. Pero cuando más se acercaba, más lento y vacilante se tornaba su movimiento, porque le parecía que aún no tenía suficientes conocimientos para enfrentarse con tan gran problema, que aún no estaba debidamente equipado con todos los conocimientos en su época. Pero, de pronto, colocado ante una copia hecha en Londres de la piedra de Rosetta, no puede dominarse. Bien es verdad que no empieza con la técnica propia del desciframiento; le bastó una comparación de la piedra de Rosetta con el papiro para, de un golpe y de una manera intuitiva, darse cuenta de los valores justos para toda una serie de letras. «Te someto mis primeros pasos», escribe a su hermano, el 30 de agosto de 1808, a los dieciocho años. Y tras la modestia con que explica su método, acaso por vez primera se manifiesta el orgullo del joven investigador.  Cuando había dado el primer paso sabía que iba seguro por el camino del triunfo y de la fama; cuando entre él y la meta no había visto más que trabajo, fatigas, privaciones, y dispuesto a todo se había echado adelante, recibe la noticia de que todo lo que había hecho hasta entonces, todo lo que suponía, esperaba y sabía se convertía en un esfuerzo vano, sin sentido. ¡Otro había descifrado ya los jeroglíficos!  

 

En un terreno muy distinto al de esta clase de investigación y sus fatigas, en los diez años de lucha por la conquista del Polo Sur, se cuenta una historia que describe del modo más dramático una impresión análoga a la que entonces experimentara Champollion al enterarse de que otro se le había adelantado. Después de terribles fatigas, el capitán Scott consigue acercarse al Polo con un puñado de hombres, algunos trineos y algunos perros. Cegado por la nieve, el hambre y el agotamiento, iba espoleado por el orgullo inmenso de ser el primero en alcanzar la meta, cuando en aquel campo de nieve de extensión infinita, que debería ser virgen, de pronto ve una bandera: ¡La que plantara el noruego Amundsen!  Este ejemplo es más dramático, pues detrás de él yacía la muerte, una muerte blanca. Pero la impresión del joven Champollion habrá sido idéntica a la del capitán Scott. Y no es un consuelo pensar que igual sensación habrán experimentado muchos en este siglo de tantos descubrimientos simultáneos. Todos ellos habrán sentido lo que Scott experimentó al ver la bandera. Pero si a Champollion la noticia le había fulminado como un rayo, sus efectos fueron pasajeros. La bandera de Amundsen estaba fija y mantenía enhiesto el testimonio de su indiscutible victoria; pero respecto al desciframiento de los jeroglíficos, no había nada seguro.  Champollion se enteró de la noticia hallándose en la calle y se dirigió inmediatamente al  Collège de France.  Un amigo se lo explicaba, sin sospechar cuál era la ambiciosa meta que Champollion perseguía desde hacía años, ni qué soñaba, ni qué le animaba, ni en qué había estado trabajando durante tantísimos días y noches, el motivo por el que pasaba hambre y por el cual se humillaba.

 

Por eso se quedó asombrado y atemorizado cuando vio que Champollion vacilaba y se apoyaba pesadamente en él.  “Alexandre Lenoir —le dice aquel amigo—, acaba de publicar una obra, sólo un folleto, la  Nouvelle Explication,  con el desciframiento total de los jeroglíficos. ¡Imagínate lo que esto significa!“. Y le da aquella noticia con un acento de trivial alegría. ¿A quién se lo dice? “¿Lenoir?” pregunta Champollion, moviendo la cabeza. Pero vislumbra un rayo de esperanza. La víspera misma había visto a Lenoir, a quien conocía desde hacía un año. Lenoir es un hombre que goza de cierta fama, pero no un genio.  “¡Imposible! —dice—. Nadie ha hablado hasta ahora de ello, ni siquiera el mismo Lenoir ha dicho una palabra”. —“¿Y esto te extraña? —le pregunta el amigo—. ¿Quién es capaz de revelar prematuramente tal descubrimiento?”.  Champollion deja de apoyarse en el brazo de su amigo. —¿Qué librero lo tiene? —pregunta. Y sale corriendo. Con manos temblorosas cuenta los francos sobre el mostrador polvoriento; sólo se han vendido unos cuantos ejemplares del folleto. Va a su casa volando, se tumba en el viejo sofá y empieza a leer con emoción.  Y mientras la viuda Mécran sirve la cena en la cocina, de la habitación de su inquilino llega un ruido infernal. Ella lo escucha aterrorizada; corre luego hacia la habitación, abre la puerta y ve allí a François Champollion tumbado en el sofá. Levántase el estudiante y su boca emite unos sonidos inarticulados, pero se ríe, no cabe duda, sacudido por una inmensa carcajada histérica.  Su mano sostiene el folleto de Lenoir. ¿Desciframiento de los jeroglíficos? ¡Este pobre Lenoir ha plantado la bandera antes de tiempo! Champollion sabe demasiado de eso para poder juzgar que cuanto Lenoir pretende es una insensatez, una simple invención, una osadía en la que se mezclan la fantasía y unos conocimientos mal digeridos. Pero el golpe fue terrible. No lo olvidará jamás. Su emoción le demostró interiormente hasta qué punto estaba ya ligado a la tarea de hacer hablar las imágenes muertas. Cuando, agotado, se duerme, le persiguen terribles pesadillas. En su desvarío, las imágenes fantásticas hablan con voces egipcias. Y el sueño le confirma lo que su dura vida frecuentemente le ha impedido ver: que es un obsesionado, que está hechizado por los jeroglíficos, que es un ser vencido por la magia del desciframiento de escrituras raras.

 

Todos sus sueños terminan con el triunfo. Le parece que disfruta ya de este triunfo. Cuando, sin hallar sosiego, da vueltas de un lado a otro, este joven de dieciocho años no sabe que más de una docena de años le separan todavía del día en el que alcanzará su propósito. Ni sospecha que sufrirá un revés tras otro, y que él, que sólo siente interés por los jeroglíficos y por el país de los faraones, tendrá que marchar un día camino del destierro, acusado de alta traición. Ya a los doce años de edad, estudiando el Antiguo Testamento en su versión original,  Champollion afirmó en un trabajo escolar que la forma de Estado republicano era la única razonable. Formado en las tendencias ideológicas propias del siglo de la Ilustración, que fueron causas de la Revolución francesa, hubo de sufrir luego las consecuencias del nuevo despotismo por el que se deslizaba el régimen revolucionario en edictos y decretos y que terminó manifestándose de manera descarada con la coronación de Napoleón Bonaparte como emperador. Mientras su hermano se convertía en un entusiasta admirador de Napoleón, él siguió siendo un puritano, un crítico severo de todos los éxitos y ni siquiera en su más íntimo pensamiento secundó la carrera triunfal de las águilas imperiales francesas.  No vamos a enjuiciar en esta obra sus ideas políticas, pero tampoco podemos, al narrar la vida del egiptólogo, silenciar el hecho de que siguiendo el ferviente e indómito deseo de libertad, tan en boga entonces, empuñó la bandera tricolor e intervino en la conquista de Grenoble. Champollion, que ya había sufrido lo suyo bajo el duro régimen de Napoleón, se declaró después enemigo de los Borbones y con su propia mano arrió la bandera de la flor de lis del torreón de la ciudadela e izó la tricolor, la misma que quince años antes había ondeado triunfante por toda Europa y que entonces le parecía de nuevo un símbolo de la libertad, Champollion estaba otra vez en Grenoble.

 

El 10 de julio de 1809 había sido nombrado profesor de la Universidad. Es decir, a los diecinueve años de edad era profesor allí donde poco antes había sido alumno, y entre sus propios discípulos había muchachos que dos años antes se habían sentado con él en los bancos escolares. ¿Es de extrañar que tuviera enemigos, que se viera envuelto en una red de intrigas en una época en que las intrigas tanto prosperaban, especialmente entre los profesores de más edad que se sentían postergados, defraudados, relegados a segundo plano por aquel jovenzuelo?  Las ideas que defendía el joven profesor de Historia consistían en proclamar sus anhelos de verdad, cifrando en ello la meta más alta de la investigación histórica. Pero al decir verdad  se refería a la  Verdad absoluta y no a una verdad bonapartista ni borbónica. Por eso pedía libertad para la ciencia, insistiendo siempre en que la libertad absoluta no podía verse limitada por decretos ni prohibiciones dictados por las exigencias del poder. Exigía lo mismo que aquellas cabezas febriles de los primeros días de la revolución habían proclamado y que a partir de entonces se había venido traicionando de año en año.  En suma, como era político, fatalmente tenía que chocar con la realidad diaria, y como que nunca traicionó sus ideas, frecuentemente se sintió desalentado y defraudado. Por ejemplo, cuando escribe una cita a su hermano, que otro cualquiera hubiera tomado de las palabras finales de la moraleja del  Candide  de Voltaire, el famoso  cultivemos nuestro jardín, él, buen orientalista, lo toma de uno de los libros sagrados del Oriente y escribe: «¡Fertiliza tus campos! En el “Zend Avesta” se dice que es mejor fertilizar cuatro pulgadas de tierra seca que ganar veinticuatro batallas, y yo opino lo mismo».

 

Y cada vez más envuelto en intrigas, enfermo por causa de ellas y víctima de las maniobras de sus colegas, vio reducido su sueldo a la cuarta parte, por lo que escribe poco después: «Está decidida mi suerte: pobre como Diógenes, trataré de comprarme un tonel y ponerme un saco como vestido. Luego esperaré que me mantenga la conocida generosidad de los atenienses.». Compone sátiras contra Napoleón; pero cuando éste ha caído el 19 de abril de 1814, fecha en que los aliados entran en Grenoble, pregunta con amargo escepticismo si ahora, una vez derrocado el régimen del déspota, comenzará realmente el régimen ideal soñado. Él tiene sus dudas sobre ello.  Pero la violencia de sus sentimientos en pro de la libertad del pueblo y de la ciencia jamás consigue nublar su otra pasión, su entusiasmo por el estudio de la antigüedad de Egipto. Su fecundidad sigue siendo increíble. Se dedica a los menesteres más secundarios, a lo más alejado de su tema principal; hace un diccionario copto y al mismo tiempo escribe piezas de teatro para los salones de Grenoble —entre ellas, un drama sobre el tema de Ingenia—. Escribe la letra de tres canciones de moda,  chansons  de matiz político que saltan de su pluma a la calle, cosa que sería inconcebible en un erudito alemán, pero que en Francia obedece a una tradición que se remonta al siglo XII con el famoso Pedro Abelardo. Y además de todo esto se ocupa de lo que para él es el objeto central de su trabajo: profundiza, cala cada vez más hondo en los secretos de Egipto, que no abandona ni en los días en que las calles hierven a los gritos de  Vive l’Empereur!  o  Vive le Roi!  Escribe muchísimas composiciones, prepara libros, ayuda a otros autores, se dedica a la ruda tarea de la enseñanza y se tortura con estudiantes mediocres; esfuerzo que acaba por atacarle los nervios y minar su salud. En diciembre de 1816 escribe: «Mi diccionario copto se va haciendo cada día más grueso, mientras a su autor le sucede lo contrario». Por eso suspira cuando llega a la página 1069 y aún no puede concluir el libro.

 

Llegan los famosos Cien Días, que contienen el aliento de Europa entera al verse por última vez bajo las garras de Napoleón, que derrumba de un manotazo audaz el edificio tan fatigosamente levantado tras su derrota. Otra vez se convierten los perseguidos en perseguidores, los que gobiernan en gobernados, el rey en fugitivo, y Champollion se ve obligado a salir de su biblioteca. ¡Napoleón ha vuelto!  Con un sensacionalismo verdaderamente de opereta, la Prensa servil de entonces escribe días tras día: «¡El malvado ha huido!» «¡El ogro ha desembarcado en Cannes!» «¡El tirano llega a Lyon!» «¡El usurpador está a sesenta horas de la capital!» «¡Bonaparte se acerca a pasos agigantados!» «¡Napoleón estará mañana ante nuestras murallas!» «¡Su Majestad se halla en Fontainebleau!». El 7 de marzo, Napoleón, en su marcha hacia la capital, llega a Grenoble. Golpeando con su tabaquera llama a la puerta de la ciudad. Es de noche y a la luz de las antorchas se desarrolla una nueva escena cómica de la Historia universal; durante un minuto terriblemente largo, Napoleón se enfrenta completamente solo ante los cañones de una plaza fortificada, donde los artilleros corren de un lado a otro. Por último, alguien grita: «¡Viva Napoleón!»; y entra el aventurero para salir de Grenoble como emperador, ya que Grenoble, corazón del Delfinado, significa estratégicamente nada menos que la posición clave, la baza decisiva de su velocísima campaña. Figeac, el hermano de Champollion, que ya antaño era entusiasta del emperador, es ahora su admirador más ferviente. Napoleón pide un secretario particular y el alcalde le presenta a Figeac deletreando mal su nombre intencionadamente: Champoleón. “¡Magnífico!—exclama el emperador—, lleva la mitad de mi propio nombre”.

 

 A Champollion, que asiste a esta escena, Napoleón le pregunta por su trabajo y se  entera de su gramática copta y de su diccionario. Y mientras Champollion permanece impasible, ya que desde los doce años había tratado familiarmente a personas que se hallaban más cerca de los dioses que Napoleón, el emperador queda prendado del joven erudito; charla largo rato con él y en un capricho de emperador le promete mandar imprimir sus dos obras en París. Pero no se contenta con ello, sino que al día siguiente le visita en la biblioteca y vuelve a hablar de sus estudios lingüísticos. Y todo en aquellos días y horas en que estaba en camino de recobrar su Imperio. Dos conquistadores de Egipto se hallaban frente a frente. El uno hacía entrar en sus ambiciosos proyectos geopolíticos al país del Nilo, en este momento en que volvía a brillar su estrella; pensaba construir mil esclusas para asegurar indefinidamente la regularidad del río, y decide inmediatamente declarar el idioma copto como lengua popular universal; el otro, que nunca había visitado Egipto, pero que en su espíritu había vivido en aquel imperio antiguo desaparecido ya mil veces, sueña también con ambiciosos proyectos y llegará a conquistarlo por el valor de sus conocimientos y de su inteligencia. Pero los días de Napoleón están contados. Rápida como su segundo ascenso es también su segunda derrota. La isla de Elba fue su punto de partida y, tras los Cien Días, Santa Elena será su lecho de muerte. Los Borbones entran de nuevo en París. Pero ya no son fuertes ni poderosos y por ello no sienten grandes deseos de venganza, a pesar de lo cual también se pronuncian centenares de sentencias condenatorias y «llueven las multas, como antaño el maná para los judíos».

 

Figeac está entre los perseguidos por haberse comprometido al seguir a Napoleón a París. Y los procedimientos expeditivos que siguen los muchos envidiosos que el joven catedrático tenía en Grenoble, no distinguen entre los dos hermanos, ya que incluso se les confundió en sus trabajos científicos. Acaso fuera también porque el joven Champollion, en las últimas horas de los Cien Días, al mismo tiempo que desesperaba por reunir mil francos para adquirir un papiro egipcio, ayudase a fundar la pomposamente denominada Confederación del Delfinado, liga secreta que declaraba defender la causa de la libertad y que ahora era sospechosa. Cuando los monárquicos marcharon sobre Grenoble, Champollion estaba en las fortificaciones y animaba a los soldados a la resistencia, sin saber en que lado había mayor libertad. Pero ¿qué sucede de pronto? En el momento en que el general Latour comienza a bombardear el centro de la ciudad, al ver en peligro las conquistas de la ciencia y el futuro de su trabajo, Champollion se aleja de las fortificaciones y, abandonando toda política y todo interés militar, va al segundo piso del edificio de la biblioteca y acarreando agua y arena, él solo en el enorme cascarón, resiste así el cañoneo exponiendo su vida por la salvación de sus papiros. En los días que siguen, Champollion, destituido de su cátedra, acusado de alta traición y exiliado, empieza el trabajo de desciframiento definitivo de los jeroglíficos. Al año y medio de destierro sucede otro período de trabajo infatigable. Grenoble y París son de nuevo sus puntos de residencia. Le amenaza de nuevo otro proceso de alta traición. En el año 1821 abandona la ciudad, donde, de pronto, se había convertido de alumno en académico, y ahora en fugitivo. Pero un año más tarde publica una  Lettre a M. Dacier relative a l’alphabet des hiéroglyphes phonétiques,  documento que contiene las bases del desciframiento y que le da a conocer al mundo entero, ese mundo cuya mirada se vuelve hacia las cuestiones hasta entonces no esclarecidas, hacia el enigma de las pirámides y de los templos antiguos poco ha descubiertos.

 

Por raro que nos parezca, este hecho era evidente: los jeroglíficos estaban a la vista de todo el mundo y sobre ellos habían opinado y escrito varios autores antiguos, de los cuales los de la Edad Media occidental habían hecho interpretaciones cada vez más diversas. Y ahora, con la expedición de Napoleón a Egipto, innumerables copias llegaban a los eruditos e investigadores, pero, a pesar de todo, no habían sido descifradas. Aquello no sólo revelaba incapacidad e ignorancia colectiva, sino el resultado de individuales criterios erróneos que perpetuaban el error. Heródoto, Estrabón y Diodoro viajaron por Egipto y habían mencionado los jeroglíficos como una incomprensible escritura de imágenes. Horapolo, en el siglo IV d.C., había dejado una descripción detallada de su significado, y las alusiones de Clemente de Alejandría y de Porfirio eran poco comprensibles. Es lógico que ante la falta de un punto de referencia más seguro, el trabajo de Horapolo fuera tomado como clave de todos los estudios. Éste, sin embargo, hablaba de los jeroglíficos considerándolos como una escritura de imágenes, por lo cual, durante centenares de años, todas las interpretaciones se hicieron buscando el sentido simbólico de tales imágenes. Y esto llevaba a cualquier aficionado a dejar volar la fantasía, pero los hombres de ciencia estaban desesperados ante tal confusión. Cuando Champollion logró descifrar los jeroglíficos y se comprobó cuánto había de verdad en Horopolo, se puso de manifiesto la evolución del primitivo simbolismo, en el cual una línea ondulada representaba el agua, otra horizontal, la casa; una bandera, el dios. Tal simbolismo, aplicado al pie de la letra por los continuadores de Horapolo en la interpretación de inscripciones posteriores, llevó por rumbos equivocados.

Pocas son las referencias históricas que poseemos sobre esta figura tan enigmática de la que algunos dudan su existencia. Suidas nos habla de un Horapolo del Nilo y nos dice que era gramático y enseñó tanto en Alejandría como en Constantinopla en tiempos de Teodosio el joven (408-450). En lo referente a su nombre, sabemos que era frecuente en Egipto, por lo que son varios los Horapolo de los que tenemos alguna referencia. Tal denominación procede de dos dioses correspondientes como lo son el Horus egipcio y el Apolo griego. Asociaciones de este tipo fueron muy comunes, así lo observamos en Plutarco cuando nos habla de Hermanubis o Eusebio, quien cita a un tal Hermamón. La famosa Hieroglyphica sabemos que fue obra de un Horapolo del Nilo gracias al manuscrito que conservamos y que se debe a un tal Filipo, pues en la traducción que hiciera del libro I, lo titula: Jeroglíficos de Horapolo del Nilo que escribió en egipcio y que después Filipo tradujo al griego. En consecuencia, parece ser este Horapolo el que nos señala Suidas, siendo Nilópolis la ciudad de su nacimiento. Günther Roeder acepta este planteamiento que acabamos de efectuar y entiende que no hay razón para dudar de la existencia de Horapolo y de que elaborara este tratado de jeroglíficos en egipcio, concretamente en demótico o copto. No obstante, la polémica en este sentido queda abierta y son otros estudiosos como Sbordone quienes apuntan la posibilidad de que fuera otro Horapolo, nieto del primero, quien escribiera este tratado. Es más, algunos han considerado esta obra como una falsificación del Humanismo otorgando su autoría al propio Filipo, precisando que aquél era un mal conocedor del giego y que vivió en el siglo XV.

Los Hieroglyphica de Horapolo son el único libro del mundo antiguo que nos ha quedado que tenía por objeto principal la escritura egipcia considerada como ideogramas. Además, éste no lo tenemos de la fuente directa, sino como se ha dicho, procede de una traducción atribuida a un tal Filipo. La obra, nos ha llegado dividida en dos libros. El primero lleva por título Jeroglíficos de Horapolo del Nilo que escribió en egipcio y que después Filipo tradujo al griego y se compone de 70 jeroglíficos. El segundo aparece con la denominación Libro II de la interpretación de los jeroglíficos de Horapolo del Nilo, con 119 jeroglíficos. Ya hemos señalado que esta obra es tardía y aunque los últimos jeroglíficos datan del siglo III d.C., concretamente del 292 d.C., en la época de Decio, esta escritura denominada “sagrada” por los antiguos, respondía a los tiempos más pretéritos de la cultura egipcia, por lo que en el contexto cultural alejandrino en que se mueve Horapolo, el jeroglífico había sido poco menos que olvidado. Sin duda era el misterio que encerraban tales inscripciones y su localización en lugares sagrados, lo que llevó a considerarlas como imágenes o signos dotados de recónditos significados morales y religiosos, tanto en el siglo v como posteriormente en su revival del Renacimiento. En este sentido, Roeder insiste en que hacia el siglo IV poco quedaba de la escritura jeroglífica y de la religión antigua del pueblo del Nilo, pues el cristianismo, como precisa Remondón, acentuó incluso tal decadencia. Entre otros sucesos conocemos las acciones de Juan Filiponos en el siglo VI, pues una vez convertido al cristianismo llegó a fundar una especie de partido de acción cristiana en Alejandría (los Filoponenses) que se ocupaba de luchar contra los profesores paganos y de destrozar los templos egipcios.

Solamente grupos de esotéricos y magos se preocuparon de mantener viva, aunque deteriorada, la tradición de los antiguos. Así, Horapolo bien pudo pertenecer a estos grupos herméticos, siendo su obra la expresión intelectual de unos planteamientos equívocos y generalizados en estos círculos sobre la escritura misteriosa del jeroglífico. Para Sbordone, estos jeroglíficos que nos presenta Horapolo vienen a ser una recopilación de los signos sueltos que con sus significados respectivos circulaban por la Alejandría del siglo I al V d.C.. Hoy en día sabemos que la obra de Horapolo tuvo un antecedente, se trataba de la Escritura simbólica de los antiguos egipcios del discípulo de Apión, Queremeón. En este tratado, consideró que la escritura jeroglífica era una referencia alegórica, al modo que lo expresaba la filosofía estoica, de los dioses; a través de su conocimiento, el hombre podía llegar a descubrir toda una sabiduría secreta que comenzó por el propio Hermes Trismegisto,  tal y como nos cuentan Plutarco o Diodoro. Considerar la escritura egipcia como fuente simbólica de claros contenidos doctrinales fue un aspecto que divulgó Apión y que se extendió entre los más señeros intelectuales grecolatinos; así, tanto Plinio como Eliano y otros, no dudaron en justificar sus enseñanzas fundamentándose en el sabio alejandrino. Tanto Plutarco como Porfirio o Clemente, divulgaron en sus escritos este carácter esotérico y hermético de la escritura jeroglífica que tiene su comienzo en Apión y Queremón y su ocaso en estos Hieroglyphica de Horapolo. En consecuencia, esta visión alegórica y enigmática del jeroglífico egipcio no deja de ser una clara invención del círculo de intelectuales alejandrinos que muy poco tendrá que ver con la auténtica realidad que supuso el jeroglífico en la historia. A juicio de Francesco Sbordone, estos planteamientos alejandrinos tan sólo sirvieron para desarrollar inagotables juegos de fantasía que tendrán una gran repercusión en la historia como luego veremos.

Horapolo estructura su tratado de forma clara: en primer lugar señala la idea que desea significar, posteriormente indica el jeroglífico que responde a tal idea y en un tercer y último estadio establece una relación entre significado y jeroglífico propuesto. La Hieroglyphica se consideró por tanto como un código que permitía llegar al conocimiento de aquella escritura pretérita. Será en el siglo XIX cuando los grandes avances en egiptología permitan descubrir la auténtica dimensión de aquellos jeroglíficos. Uno de los considerados primeros manifiestos de egiptología es el Produmos Coptus sive Aegyptiacus, obra que escribiera Athanasius Kircher en 1636. Aquí todavía, como fue común en los siglos XV, XVI y XVII, se dice del jeroglífico: “… son ciertamente una escritura, pero no la escritura que se compone de letras, palabras y determinadas partes del discurso que utilizamos habitualmente. Son una escritura mucho más excelente, sublime y próxima a las abstracciones, la cual, mediante un encadenamiento ingenioso de símbolos y su equivalencia, propone de un solo golpe a la inteligencia del sabio un razonamiento completo, elevadas nociones o algún insigne misterio escondido en el seno de la naturaleza o la divinidad“. Para este estudioso, la sabiduría de los egipcios no consistió en otra cosa que en: “representar la ciencia de la divinidad y de la naturaleza bajo diversas fábulas y cuentos alegóricos y de animales y de otras cosas naturales“. Kircher se nos presenta como un heredero de la tradición al considerar el jeroglífico como ideograma. Será con los estudios de Champollión cuando el jeroglífico se entienda en su verdad, es decir, como un sistema fonológico de escritura. Este investigador francés observará que la obra de Horapolo es en gran medida un juego de fantasías, pues son muy pocos los jeroglíficos que tienen alguna relación con su valor semántico, dándose cita otros que jamás existieron en la escritura jeroglífica y algunos que ni siquiera pueden ser físicamente representados.

Así, el verdadero valor de esta obra, tan amada en época moderna, no se encuentra en que retome una serie de jeroglíficos antiguos, tan sólo en que generaliza un vocabulario poético de gran trascendencia en la Historia. Como se ha precisado, alguno de los jeroglíficos propuestos por Horapolo coincide con su significación real. Pero tales ejemplos se separan de lo que realmente es la escritura jeroglífica y responden a lo que los antiguos denominaron “anaglifos“, es decir, a signos alegóricos que se disponían por lo general en tumbas. En consecuencia, la obra de Horapolo se acerca más a la exégesis de las imágenes que a diccionario de lectura de textos antiguos. El jesuita Athanasius Kircher, hombre de gran imaginación, que fue, entre otras cosas, el inventor de la linterna mágica, publicó en Roma, de 1650 a 1654, cuatro volúmenes con traducciones de jeroglíficos, de las cuales ni una sola siquiera se aproximaba a la interpretación exacta. El grupo de signos «autocrátor», atributo de los emperadores romanos, era leído por él como «Osiris es el creador de la  fertilidad y de toda la vegetación, y su fuerza engendradora es traída por el sagrado Mophta del cielo a su reino».  De todos modos había reconocido ya el valor del estudio del copto, esta tardía forma del idioma de Egipto, valor que otros muchos investigadores negaron.  Cien años más tarde, Joseph de Guignes declaró ante la «Academia de Inscripciones», de París, basándose en comparaciones jeroglíficas, que los chinos parecían haber sido colonizados por los egipcios. Casi todos los investigadores pueden hablar gratuitamente de un «parece», pues siempre es fácil hallar alguna que otra huella.

De Guignes había leído el nombre del rey, Menes, pero uno de sus adversarios alteró esta lectura por la de «Manouph», cosa que motivó en el incisivo Voltaire un ataque a los etimólogos, «para quienes las vocales no cuentan nada y las consonantes muy poco». Otros investigadores ingleses de la misma época se distinguían de la última tesis afirmando que eran los egipcios quienes provenían de la China. Era de creer que el hallazgo de la piedra trilingüe de Rosetta acabaría con todas las hipótesis fantásticas, pero sucedió lo contrario. El camino de la solución  se presentaba ahora de manera tan manifiesta, que hasta los menos entendidos se atrevían a enfrentarse con este problema. Un anónimo de Dresde señalaba todas las letras del corto fragmento jeroglífico de la piedra de Rosetta según el texto griego. Un árabe, Ahmed ben Abubeker, «revelaba» un texto que el orientalista Hammer Purgstall, hombre serio, incluso traducía. Un anónimo de París veía en la inscripción del templo de Dendera nada menos que el texto del salmo 100, y en Ginebra se publicó la traducción de las inscripciones del llamado «obelisco de Panfilia», que debía ser «un relato escrito cuatro mil años antes de Jesucristo acerca de la victoria de los fieles sobre los infieles».

 

La fantasía entraba en juego unida con la arrogancia y necedad extraordinarias del conde Palin, que pretendía haber reconocido al primer vistazo lo que significaba la piedra de Rosetta. Basándose en Horapolo y en doctrinas pitagóricas de la Cábala, interpretó su simbolismo tan rápidamente que en una noche consiguió el resultado, dándolo a conocer ocho días más tarde al público, y, según propia afirmación, «sólo por esta rapidez se veía libre de los sistemáticos errores a que uno se expone con largas reflexiones». En medio de estos fuegos artificiales en torno a los desciframientos, se veía a Champollion ordenando, comparando, examinando, ganando paso a paso la cima de una penosa labor; y en su ruta no le faltaron contratiempos y desalentadoras sorpresas. El abate Tandeau de Saint-Nicolas, por ejemplo, redactó un folleto donde demostraba con la mayor claridad que los jeroglíficos no eran ninguna clase de escritura, sino un simple medio de decoración. Sin inmutarse, Champollion escribe en 1815, en una carta sobre Horapolo, lo siguiente: «Su obra se titula  Hieroglyphica,  pero no interpreta lo que llamamos jeroglíficos, sino sólo el valor simbólico de las esculturas sagradas, es decir, los símbolos que aparecen en escultura y que se distinguen de los jeroglíficos propiamente dichos. Esto es contrario a la opinión general; pero la prueba de lo que digo se halla en los mismos monumentos egipcios. En las representaciones escultóricas vemos éstos de que habla Horapolo, como la serpiente mordiéndose la cola, el buitre en la posición por él descrita, la lluvia celeste, el hombre sin cabeza, la paloma con la hoja de laurel, etc.; pero nada de esto se ve en los jeroglíficos propiamente dichos».

 

En aquellos años solía verse en los jeroglíficos un valor sistemático análogo a una especie de epicureísmo místico, doctrinas secretas cabalísticas, astrológicas y gnósticas, alusiones a la agricultura, el comercio, la administración y la vida práctica; se leían en ellos párrafos de la Biblia e incluso textos de la literatura anterior al Diluvio, tratados caldeos, hebreos y también chinos: «algo así como si los egipcios no hubieran tenido su propio idioma para expresarse», comenta Champollion. Todos estos intentos de interpretación se basaban más o menos en Horapolo. Mas quedaba un camino para el desciframiento, y éste iba contra Horapolo. Tal fue el camino que emprendió Champollion. Pocas veces se puede fijar fecha a los grandes descubrimientos del espíritu humano, ya que generalmente son el resultado de innumerables y lentos procesos de la reflexión, de un trabajo de muchos años sobre el mismo problema hasta llegar a ese punto crucial de lo consciente y de lo inconsciente, de una atención constantemente dirigida a una meta y un sueño feliz. Y raras veces se produce la solución de manera fulminante, como el resplandor de un relámpago. Por eso parece que todos los grandes descubrimientos pierden su habitual grandeza cuando nos ocupamos en su historia previa, cuando seguimos paso a paso el lento y fatigoso camino que para ellos se ha recorrido. Y cuando se conoce el principio anhelado, las equivocaciones parecen absurdas; todas las ideas falsas, una obcecación; los mayores problemas, cuestiones sencillas.

 

Difícilmente puede imaginarse hoy día lo que significa que Champollion defendiera uno tras otro los puntos de sus tesis contra la opinión del mundo culto, que creía a pies juntillas a Horopolo. Los eruditos y el público eran partidarios de éste, no porque vieran en él una autoridad, como los hombres de la Edad Media en Aristóteles o los teólogos posteriores en los primitivos Padres de la Iglesia, sino porque, por rudimentaria convicción, aunque con escepticismo, no veían más que esta posibilidad: ¡los jeroglíficos son una escritura de imágenes! Y aquí, para desgracia de la investigación, la opinión autorizada se unía con las apariencias. Horapolo no era solamente considerado como el que todavía estaba más cerca, en milenio y medio, de los últimos jeroglíficos escritos, sino que manifestaba lo que todos podían ver: allí había imágenes, imágenes y más imágenes. Y en un momento que no podemos determinar con exactitud, Champollion tuvo la ocurrencia feliz de que las imágenes jeroglíficas eran «letras», mejor dicho, signos representativos de sonidos; su fórmula más antigua dice: «…sin ser estrictamente alfabéticos, son, sin embargo, expresión gráfica de los sonidos». En aquel instante se produjo el gran cambio: apartarse del camino trazado por Horapolo. Y este desvío le llevó a la lectura de los jeroglíficos. Después de tal vida de trabajo, de tantos esfuerzos, ¿puede hablarse de una ocurrencia? ¿Ha sido una casualidad? Cuando Champollion tuvo por primera vez esta idea, él mismo la rechazó. Cierto día en que identificaba con la letra «f» el signo de la serpiente echada, la supuso inexacta. Y cuando los escandinavos Zoëga y Akerblad, el francés De Sacy, y, sobre todo, Thomas Young reconocieron la parte demótica de la piedra de Rosetta como «escritura de letras», lograron también soluciones parciales. Pero no adelantaron más, y De Sacy declaró que capitulaba ante el enigma de los escritos jeroglíficos, que seguían «intactos» como el Arca Sagrada de la Alianza.

 

E incluso Thomas Young, que logró excelentes resultados en el desciframiento de la parte demótica al leerla por los sonidos, se rectifico a sí mismo en 1818, de modo que cuando descifraba el nombre Ptolomeo descomponía arbitrariamente los signos en letras, o sea en valores la mayoría monosilábicos y otros bisilábicos. Y aquí se manifiesta la diferencia entre ambos métodos y resultados. Young, hombre de ciencia, genial sin duda, pero filológicamente poco versado, trabajaba superficialmente por simple comparación, por interpolación aguda, y, sin embargo, descifró algunas palabras, siendo prueba maravillosa de su intuición el hecho de que más tarde Champollion confirmase que de la lista de sus 221 símbolos, 76 habían sido bien interpuestos. Pero Champollion, que dominaba más de una docena de idiomas antiguos, entre ellos el copto, idioma más cercano al espíritu lingüístico del antiguo Egipto que todos los demás, no adivinó, como Young, unas cuantas palabras sueltas o letras, sino que reconoció el sistema de escritura. Él no sólo interpretaba, sino que hacía legible y apto para la enseñanza el texto escrito. Y en el momento en que reconoció dicho sistema en sus rasgos fundamentales pudo volver a la idea fecunda que había atisbado desde hacía mucho: que se debería empezar por descifrar los nombres de los reyes. ¿Por qué los nombres de los reyes? También esta idea era lógica, y hoy nos parece la cosa más sencilla. La inscripción de Rosetta, como ya hemos dicho, contenía la noticia de unos sacerdotes que habían hecho ciertas manifestaciones especialmente dedicadas al rey Ptolomeo Epífanes. El texto griego que se podía leer presentaba una claridad meridiana. Pues bien, en el lugar de la inscripción jeroglífica donde se podía suponer que estaba el nombre del rey había un grupo de signos encerrados en un anillo algo ovalado que los entendidos acostumbran denominar  cartouche.

 

¿No era lógico sospechar que este  cartouche,  único signo destacado, era la palabra más digna de ser subrayada, es decir, el nombre del rey?  ¿No parece propio de un alumno inteligente el ordenar las letras del nombre de Ptolomeo con los signos jeroglíficos correspondientes, y así identificar en el antiguo modo de escribir ocho signos jeroglíficos en correspondencia con ocho letras? Todas las grandes ideas que representan grandes problemas ya esclarecidos nos parecen muy sencillas. Es como el huevo de Colón. Pero lo que hizo Champollion fue romper con la tradición  horapolónica  que durante catorce siglos había embrollado las cabezas de los eruditos. Nada mengua el triunfo del descubridor, a quien la investigación posterior dio una confirmación brillante. En el año 1815 había sido hallado el llamado obelisco de Filé, que el arqueólogo Banks llevó en 1821 a Inglaterra, y que también presentaba una inscripción jeroglífica y helénica paralela; una segunda piedra de Rosetta, en suma. Y de nuevo aparece allí, encerrado en su  cartouche,  el nombre de Ptolomeo. Pero también se hallaba nimbado un segundo grupo de inscripciones. Y Champollion, guiado por este nuevo grupo de inscripciones que aparece al pie del obelisco, supuso que contenía el nombre de Cleopatra. Otra vez la cosa nos parece muy sencilla. Mas cuando Champollion escribió, uno debajo del otro, los dos grupos de inscripciones según los nombres supuestos y siguiendo nuestra manera de escribir y comprobó que en el nombre de Cleopatra los signos 2, 4 y 5 concordaban con el 4, 3 y 1 del nombre de Ptolomeo, quedaba descubierta la clave para descifrar los jeroglíficos. ¿Solamente la clave para leer una escritura extraña? No. La clave para abrir todas las puertas del milenario Egipto, el país de los tres Imperios.

 

Hoy día sabemos ya lo sumamente complicado que es el sistema jeroglífico de escritura. Pero en nuestros días el estudiante aprende como la cosa más natural lo que entonces era desconocido, lo que Champollion, basándose en este primer descubrimiento, fue logrando penosamente. Hoy ya conocemos los cambios que experimentó la escritura jeroglífica, sabemos de la evolución que convirtió los viejos jeroglíficos en una escritura «hierática», y luego en otra, aún más abreviada, más refinada, conocida como escritura «demótica». El investigador de la época de Champollion no veía aún esta evolución. El descubrimiento que le ayudaba a interpretar una inscripción no servía para descifrar otra. Lo mismo que el europeo de nuestros días es incapaz de leer un manuscrito trazado por un monje del siglo XII, aunque ya se empleaban los idiomas modernos, ya que esas complicadas iniciales miniadas del documento medieval, para el profano, ni siquiera parecen letras. Pues bien, de tal forma de escritura perteneciente a nuestro propio círculo de cultura, no estamos alejados ni siquiera mil años. De forma parecida, el sabio que dirigía su mirada a los jeroglíficos se veía ante un círculo de cultura extraño y contemplaba una escritura que durante tres mil años había experimentado toda clase de evoluciones y cambios. Hoy ya no hay dificultad alguna en distinguir entre «signos fonéticos», «signos de palabras» y «signos de ideas», con cuya división se ha conseguido el primer orden de catalogación entre los distintos valores de los signos y de las imágenes. Hoy día ya no causa extrañeza leer una inscripción de derecha a izquierda, otra de izquierda a derecha, y la tercera de arriba abajo; pues se sabe que todas éstas han sido maneras distintas de escribir en diferentes épocas.

 

Rossellini en Italia, Leemans en los Países Bajos, De Rouge en Francia, Lepsius y Brugsch en Alemania fueron sumando conocimiento tras conocimiento. Llegaron a Europa diez mil papiros y nuevas inscripciones de tumbas, monumentos y templos. Y, por fin, todo se leyó con soltura. Como documento póstumo apareció, finalmente, la  Grammaire Egyptienne  de Champollion (París, 1836-1841), y después el primer intento de diccionario del antiguo egipcio. La explicación del idioma siguió el mismo proceso que el desciframiento de la escritura. Basándose en tales resultados e investigaciones, la ciencia logró dar el paso indispensable para escribir incluso en lenguaje jeroglífico. Resultado más ampuloso que útil. En el  Egyptian Court  del Palacio de Cristal, en Sydenham, los nombres de la reina Victoria y de su esposo Alberto aparecen escritos en grafía jeroglífica. En el patio del Museo Egipcio de Berlín campea la inscripción de su fundación en signos jeroglíficos. Y ya Lepsius fijó en la pirámide de Keops, en Gizeh, una placa que perpetuaba en jeroglíficos los nombres y títulos de Federico Guillermo IV, que había subvencionado la expedición. Por eso no creemos exagerado seguir la verdad del hombre que merece la gloria de haber hecho hablar a los monumentos, aunque no conociera más que por las inscripciones el país que estudiaba y que tanto le entusiasmó hasta los treinta y ocho años de edad; sigámosle, pues, ahora, en una de sus auténticas aventuras en Egipto. No siempre los investigadores tienen la suerte de ver confirmadas sus teorías por los hechos reales, objetivos. Frecuentemente, ni siquiera tienen ocasión de ver los lugares por los que su fantasía se preocupó durante decenas de años.

 

Champollion no pudo añadir a sus grandes conquistas teóricas una actividad de excavador, pero pudo contemplar Egipto y ver confirmado con sus propios ojos lo que tantas veces había imaginado en sus estudios. Ya de joven, saliéndose de la pura afición de descifrador, trabajó en una cronología del antiguo Egipto y, sumando hipótesis, catalogó como pudo lo que creía necesario ordenar respecto al tiempo y al espacio: estatuas o inscripciones, a base de escasos puntos de referencia. Por fin realizó sus sueños y llegó al país de sus estudios, donde se encontró de manera parecida a la del zoólogo que con restos de huesos y fósiles hubiera llegado a modelar la figura de un dinosaurio y de pronto se viese transportado a aquellos remotos tiempos y tropezase realmente con uno de tales monstruos. La expedición de Champollion, que duró de julio de 1828 a diciembre de 1829, fue una carrera triunfal. Los representantes oficiales franceses son los únicos que no olvidan que Champollion fue considerado como reo de alta traición —el procedimiento legal en una «monarquía tolerante» había sido suspendido, mas no faltan las molestias por tal causa—, pero los indígenas afluyen en masa para ver y admirar a aquel hombre que «sabe leer lo escrito en las piedras antiguas». Champollion tiene que observar una severa disciplina para reunir, cada vez que los necesita, a los que toman parte en la expedición, que se realiza en los barcos  Hator  e Isis, nombres de dos amables dioses del país del Nilo. El entusiasmo de los indígenas contagia a la expedición, hasta tal extremo que los franceses llegan a cantar «La Marsellesa» y otras canciones revolucionarias ante el gobernador de Girge, Mohamed Bey. Pero los expedicionarios siguen trabajando y Champollion va de descubrimiento en descubrimiento, de confirmación en confirmación.

 

En las canteras de Menfis reconoce y confirma a primera vista los trabajos de las distintas épocas; en Mit-Rahine descubre dos templos y una necrópolis completa; en Sakkara —donde varios  años más tarde radicará el famoso centro de los hallazgos de Mariette— da con el nombre del rey Onnos y lo sitúa, cronológicamente, al instante y con gran acierto, en la época más antigua; en Tell-el-Amarna descubre que la construcción gigantesca que Jomard había designado como granero era en realidad el gran templo de la ciudad. Y por si todo ello fuera poco, luego tiene la satisfacción de ver confirmada una tesis por la que seis años antes se había burlado de él toda la comisión egipcia. Los barcos estaban anclados en Dendera. Sabemos que el templo de esta ciudad, uno de los más grandes de Egipto, fue edificado por los reyes de la XII dinastía, los gobernantes más poderosos del Imperio, Tutmosis III, el gran Ramsés y su sucesor; y después continuado por los Ptolomeos y los emperadores romanos Augusto y Nerva. En la puerta y en la muralla circundante intervinieron todavía Domiciano y Trajano.  Pues bien, aquí habían llegado, el 25 de mayo de 1799, las tropas de Napoleón, tras una agotadora marcha a pie, y quedaron muy impresionados por el cuadro que se les ofrecía. Y aquí mismo, algunos meses antes, el general Desaix había interrumpido con sus tropas la persecución de los mamelucos, fascinado por la grandeza y magnificencia de un imperio desaparecido. ¡Qué difícil es imaginar una idea tan extraña en un general del siglo XX! Ante este templo se hallaba ahora Champollion, que conocía en todos sus detalles el relato, así como los dibujos y copias de las inscripciones por las muchas veces que de ello había hablado con Denon, el ayudante del general Desaix. Una noche de luna clara, brillante, meridional, egipcia, sus acompañantes le apremiaron, y los quince científicos de la expedición, con Champollion a la cabeza, fueron corriendo hacia el templo formando un grupo compacto «que un egipcio hubiera podido confundir con una tribu de beduinos y un europeo con un grupo de indígenas bien armados».

 

L’Hôte, uno de los que tomaban parte en la aventura, nos cuenta lleno de emoción: «Siguiendo a capricho, recorrimos un bosque de palmeras, de aspecto fascinador a la luz de la luna. Luego caminamos por un campo con hierba muy crecida y penetramos en una zona de espinos y arbustos. ¿Volver? No, no queríamos. ¿Seguir adelante? No sabíamos cómo. Empezamos a gritar, pero sólo a lo lejos nos respondían los ladridos de los perros. Entonces, dormido tras un árbol, vimos a un  fellah  harapiento armado con un cayado y vestido solamente con unos trapos negros. Parecía un ser infernal. Champollion le denominó «una momia ambulante». Asustado y tembloroso, el  fellah  se levanta, temiendo que le azotemos… Todavía hemos de realizar una marcha de dos horas. Hasta que, por fin, se presenta ante nosotros el templo bañado por la luz de la luna, escena que nos embriaga de admiración… Durante el camino habíamos cantado para calmar nuestra impaciencia, pero aquí, al vernos ante el propileo iluminado por la luz celeste, ¡qué sensación! Pasado el pórtico, sostenido por unas columnas gigantescas, reinaba un silencio completo y el encanto misterioso producido por las sombras profundas mientras afuera nos cegaba la luz de la luna. Contraste extraño, maravilloso… »Luego, en el interior, encendimos una hoguera con hierba seca. Nuevo encanto, nuevas explosiones de entusiasmo. Aquello fue como un repentino delirio colectivo; era una fiebre, una locura, lo que nos embargó a todos. El éxtasis en que nos vimos sumidos es inenarrable… Esta escena, maravillosamente mágica, aquel embrujo, era realidad bajo el pórtico de “Dendera”».

 

Veamos lo que nos dice Champollion, al que los demás llaman «maestro» y que, correspondiendo a tal rango, es en sus juicios hombre ponderado, aunque tras la sobriedad forzada de sus palabras se siente la emoción: «No intentaré descubrir la emoción que nos produjo, sobre todo, el pórtico del gran templo. Es posible medirlo, pero imposible dar una impresión del mismo. Constituye la perfección máxima de la unión de las nociones de gracia y de majestad. Permanecimos allí dos horas, durante las cuales, conducidos por nuestro guía indígena, recorrimos extáticos las salas e intentamos leer a la luz deslumbradora de la luna las inscripciones del exterior». Era el primer gran templo egipcio bien conservado que veía Champollion, la realización de un anhelo tan soñado. Y lo anota aquella noche y al día siguiente demuestra con qué intensidad aquel hombre vivía ya en Egipto antes de ir allí, hasta qué punto iba preparado por su fantasía, por sus sueños y por sus pensamientos, que realmente nada le parecía nuevo. Todo era para él simple confirmación de hipótesis audaces antes enunciadas; por eso, insospechadamente, estaba en condiciones de aprovechar en sumo grado aquel estudio de los monumentos del país del Nilo. Para la mayoría de los acompañantes de Champollion, el gran templo, el pórtico, las columnas y las inscripciones no eran sino piedras y monumentos muertos. Para ellos, el extraño atavío que se habían puesto era sólo un disfraz, mientras que Champollion vivía en él. Todos tenían el pelo cortado a rape y se tocaban con turbantes gigantescos, vestían túnicas de tela con brocados de oro y babuchas amarillas. «Lo llevábamos bien y con gesto de gravedad», dice L’Hôte.

 

Pero esta observación contiene cierta extrañeza por tal atuendo. En cambio, Champollion, que desde hacía años ya recibía, tanto en Grenoble como en París, el sobrenombre de «el egipcio», se mostró digno de él y se movía como un indígena, según lo atestiguaban todos sus acompañantes. No solamente descifraba e interpretaba, sino que concebía, tenía de pronto ideas de iluminado. Afirma ante la Comisión: «Este templo no es el de Isis, como se pretende, sino que es el de Hator, la diosa del amor, y mucho más antiguo de lo que se cree. La forma definitiva se la han dado, en efecto, los Ptolomeos, pero fue terminado por los romanos y esta antigüedad de dieciocho siglos no significa gran cosa en comparación con los treinta siglos anteriores en que ya se desarrollaba la historia de Egipto». Y la grandiosa impresión que tuvo bajo la luna pálida no le impide ver que aquel edificio, si bien es una obra maestra de la arquitectura, se hallaba repleto de esculturas del peor estilo. «Que no lo tome a mal la Comisión —escribe—, pero los relieves de Dendera son detestables, y no podía ser de otro modo, ya que corresponden a una época decadente en que la escultura ya estaba maleada, mientras que la arquitectura, que por ser arte hierático no es tan susceptible de cambios, aún se mantenía digna de los dioses de Egipto y de la admiración de todos los siglos». Tres años después Champollion fallece, cuando más falta podía hacer a la joven ciencia de la egiptología por él iniciada, y demasiado pronto para conocer su fama. Después de su muerte, algunos investigadores ingleses y alemanes publicaron libelos difamatorios, en los cuales con injusta obcecación atacan su sistema, a pesar de los resultados manifiestos por él logrados.  Pero poco después le reivindicó brillantemente el alemán Richard Lepsius, que en el año 1866 halló el llamado «decreto de Canopo», obra bilingüe que confirma indiscutiblemente el método de Champollion. Por último, el francés Le Page-Renouf, en un discurso ante la  Royal Society  de Londres, en el año 1896, coloca a Champollion en el puesto que la ciencia y la cultura universal le deben. Habían transcurrido sesenta y cuatro años desde su fallecimiento. Champollion había revelado el secreto de la escritura egipcia. Ahora ya podían empezar su tarea el pico y la azada.

abril 29, 2012 - Posted by | Egipto, Egipto, Historia, Personajes históricos

1 comentario »

  1. Reblogged this on ajpu.

    Comentario por ajpu | mayo 11, 2012 | Responder


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: