Oldcivilizations's Blog

Antiguas civilizaciones y enigmas

John Lloyd Stephens, una figura clave en el descubrimiento de la civilización maya


Los  restos mortales de John Lloyd Stephens  se encuentran en el cementerio de Old Marble. En 1947 un grupo de admiradores colocaron sobre su tumba una placa decorada con glifos mayas y con la leyenda: “Bajo esta bóveda se encuentran sepultos los restos de John Lloyd Stephens (1805-1852), viajero y autor, precursor en el estudio de la civilización maya de América Central, proyectista y constructor del ferrocarril de Panamá”. El explorador y arqueólogo John Lloyd Stephens vino al mundo en Shrewsbury, Nueva Jersey, el 28 de noviembre de 1805, y murió en Nueva York el 12 de octubre de 1852. Estudió Leyes y, durante ocho años, trabajó en los tribunales de Nueva York. Sus aficiones tendían hacia las antigüedades, la búsqueda de pueblos antiguos de todos los tiempos. Por su estudio modélico de las ruinas mayas, suele figurar entre los fundadores de la arqueología mesoamericana. Sin embargo, la de John Lloyd Stephens fue una labor mucho más eficaz y científica que la llevada a cabo en Copán, hacia 1835, por un coetáneo suyo, el irlandés John Gallagher.

En todo caso, lo cierto es que la inclinación de Stephens por el arte antiguo proviene de una casualidad. Cuando era abogado sus doctores le recomendaron que viajara para curar algunos achaques. Guiado por ese fin terapéutico, en 1834 se desplazó hasta Europa del Este y Oriente Medio, donde conoció notables yacimientos, según dejó por escrito en Incidentes del viaje a Egipto, Arabia y Tierra Santa (1837) y en Incidentes del viaje a Grecia, Turquía, Rusia y Polonia (1838). Ambas ediciones contaban con el prestigio añadido del ilustrador, Frederick Catherwood, junto a quien Stephens viajó hasta Centroamérica en 1839. Sorteando no pocos peligros y siguiendo algunos informes de John Gallaguer, nuestro arqueólogo estudió Copán y analizó estas ruinas de acuerdo con el criterio científico en uso. Posteriormente, hizo lo propio en Palenque y Uxmal, adquiriendo un gran conocimiento del pasado maya. Aunque la última etapa profesional de Stephens se alejó de la arqueología, vinculándose a la primera compañía americana de transatlánticos de vapor y al diseño de un tren para el istmo de Panamá, no hay duda de que inspiró a nuevos investigadores, como Alfred Perceval Maudslay, quien analizó con admirable detalle las ruinas de Copán a partir de 1880.

 

C. W. Ceram es el pseudónimo de Kurt Wilhelm Marek (Berlín, 20 de enero de 1915 – Hamburgo, 12 de abril de 1972), un periodista y crítico literario alemán, conocido por sus notables obras de divulgación sobre Arqueología, especialmente por su extraordinario libro “Dioses, tumbas y sabios”, que recomiendo leer a toda persona interesada en la historia de la Arqueología. En la Segunda Guerra Mundial fue hecho prisionero en Italia y durante su cautiverio tuvo ocasión de leer libros de Arqueología. Como resultado de sus conocimientos adquiridos publicó en 1949 su libro “Dioses, tumbas y sabios”, obra que le hizo famoso en todo el mundo y en la que me he basado en parte para escribir este artículo. “Dioses, tumbas y sabios” se ha traducido a veintiocho idiomas con cinco millones de ejemplares publicados y a día de hoy siguen imprimiéndose nuevas ediciones. Otras obras conocidas del autor son “El secreto de los Hititas” o “El primer americano”. C.W. Ceram fue redactor jefe del periódico Die Welt y director de publicaciones de la editorial Ernst Rowohlt. En 1947 se trasladó a EE.UU.

Un día del año 1839, en las primeras horas de la mañana, un pequeño grupo cabalgaba por el valle de Camotán, a lo largo de la frontera que separa Honduras de Guatemala. A la cabeza iban dos blancos; los demás eran indios. Aunque fueran armados, les llevaban al país intenciones bien pacíficas. Pero ni el temor que pudieran inspirar sus armas ni las protestas de que su objetivo era puramente instructivo pudieron impedir por aquella noche que todos se vieran encerrados en el ayuntamiento de una pequeña villa, custodiados por un grupo de soldados borrachos que se pasaron toda la noche alborotando y divirtiéndose en disparar sus armas como locos. Este fue el poco agradable preludio de la gran aventura de John Lloyd Stephens, el segundo descubridor de la América antigua.  Pero Stephens no buscó restos de los pueblos antiguos de América, no se encaminó a América Central, donde se amontonaban infinidad de vestigios del pasado, pues él no sabía nada de aquello; sino que se dirigió a Egipto, Arabia y Tierra Santa, y un año después a Grecia y Turquía. Sólo más tarde, a los treinta y ocho años de edad, cuando ya había publicado dos libros de viajes, cayó en sus manos el relato de otro autor cuyas noticias le conmovieron muchísimo y le hicieron cambiar de plan.

 

Se trataba del informe sobre las investigaciones oficiales que cierto coronel Garlindo había hecho entre los indígenas, en el año 1836, por encargo de un gobierno de América Central, y, en gran parte, apoyado por sus propias indagaciones. En dicho informe se hablaba de restos de una arquitectura antiquísima en las selvas vírgenes del Yucatán y en. América Central.  Aquel árido informe interesó extraordinariamente a Stephens. Hizo averiguaciones para obtener más noticias y encontró la obra de Juarros, historiador guatemalteco, que a su vez citaba a otro autor llamado Fuentes, el cual decía que por su época, alrededor del año 1700, en el territorio situado alrededor de Copan, en Honduras, aún se conservaban bien unas manzanas de edificios antiguos que recibían el nombre de «circo».  Tan escasas noticias bastaron a Stephens, aunque parece increíble que no sintiese curiosidad por enterarse de más detalles y que sólo muy superficialmente se preocupara de las fuentes de información de la época de los conquistadores. Mas hemos de repetir que los descubrimientos de los conquistadores españoles, en lo referente a las antiguas civilizaciones, se habían perdido. Por otra parte, Stephens no podía suponer que en los días en que preparaba su viaje a la América Central, otro hombre, americano también, se dedicaba a reunir todos los documentos que podía sobre los antiguos pueblos de la América Central. No sabía que este investigador, sin salir de su estudio, estaba en condiciones no sólo de contarle muchas cosas sobre estos pueblos antiguos, sino que incluso hubiera podido decirle aproximadamente lo que podía hallar.

 

Stephens buscaba alguien que le acompañara, y éste fue su amigo el inglés Frederick Catherwood, dibujante. Hallamos, pues, la misma colaboración que vimos cuando Vivant Denon retenía con su lápiz las antigüedades coleccionadas por la «Comisión Egipcia» de Napoleón, y cuando Eugène Flandin dibujaba las esculturas que Botta halló en las ruinas de Nínive.  Frederick Catherwood explorador, dibujante, arquitecto y fotógrafo inglés, nacido en Hoxton, el 27 de febrero de 1799. Murió ahogado el 20 de septiembre de 1854, en las costas de la Isla de Terranova, tras el hundimiento del vapor Artic, en el que viajaba de Liverpool a Nueva York. Su interés por el arte clásico lo llevó a visitar las ruinas de Taormina, de Mesina y de Siracusa en Sicilia. De ahí, realizó viajes a Grecia, Turquía, Líbano, Egipto y Palestina realizando dibujos y aguafuertes de los yacimientos encontrados. De estos viajes, son famosos y extraordinarios los dibujos que realizó en Baalbek. Posteriormente se hizo famoso por sus exploraciones de las ruinas de la civilización Maya, en compañía de John Lloyd Stephens, tal como relatamos en este artículo.

 

Estaban ocupados con los preparativos del viaje cuando se les presentó la ocasión feliz de que los Estados Unidos cargasen con la mayoría de los gastos. La América Central adquirió de pronto un interés económico y político para los Estados Unidos. Al fallecer repentinamente el Encargado de Negocios allí acreditado, Stephens, que desde los tiempos en que trabajaba en los tribunales estaba relacionado con Martin van Buren, presidente de los Estados Unidos y antiguo gobernador de Nueva York, fue nombrado sucesor del Encargado de Negocios fallecido. Esto le permitió hacer su viaje con muchas recomendaciones y, sobre todo, con el prestigio que acompañaba al pomposo título de Encargado de Negocios de los Estados Unidos de Norteamérica. ¿Cuántos de los arqueólogos mencionados han sido diplomáticos?  Pero todo esto no le sirvió de nada a su llegada, porque una banda de soldados borrachos le asaltó. Sucedióle, en 1838 y en América Central, lo mismo que a Layard seis años después en Mesopotamia, a orillas del Tigris; ambos pusieron pie en un país en revolución.

En América Central había entonces tres grandes partidos: el de Morazán, presidente de la República de San Salvador; el de Perrera, un mulato de Honduras, y el de Carrera, un indio de Guatemala. Este indio, cuyos adeptos llevaban el mote de «cachurecos» —monederos falsos—, se había levantado en armas. Entre Morazán y Carrera se libró combate cerca de San Salvador, y aunque el general Morazán había sido herido, salió victorioso y la población esperaba su entrada en Guatemala. Pero veamos algo de la historia de La República Federal de Centro América, que fue una federación que surgió de la Asamblea Constituyente de las Provincias Unidas del Centro de América, el 22 de noviembre de 1824, a través de la Constitución de la República Federal de Centroamérica de 1824. Su capital fue Ciudad de Guatemala hasta 1834; después fue Sonsonate por un breve período, y por último San Salvador, de 1834 a 1839. La Federación estaba formada por cinco Estados: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. En 1838 se formó un sexto Estado, Los Altos, con capital en la ciudad de Quezaltenango, con los territorios del occidente de Guatemala, y parte del actual Soconusco de Chiapas (México). El territorio de la Federación también incluía Belice. Limitaba al suroeste con el Océano Pacífico, al noreste con el Mar Caribe, al sureste con Panamá (provincia de Nueva Granada), y al noroeste con México.

Tras la independencia con respecto a España en 1821, y la desaparición del Primer Imperio Mexicano en 1823, los representantes de los cabildos de lo que alguna vez fue la Capitanía General de Guatemala, se reunieron en marzo de 1824 en la Ciudad de Guatemala. El 22 de noviembre de ese mismo año establecieron la Constitución de la República Federal de Centroamérica de 1824, compuesta por Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.Como en la mayoría de los países iberoamericanos, la independencia de Centroamérica fue un movimiento esencialmente criollo, y no supuso una mejora inmediata de las condiciones de vida de los campesinos centroamericanos. Fue promovida por la élite comercial de Guatemala y El Salvador, para enriquecerse con los nuevos lazos comerciales que esperaban adquirir con Inglaterra, Francia, Holanda, Prusia y Estados Unidos, y no tanto por una revolución social o política. Cada Estado era libre, y tenía autonomía para gobernarse y establecer sus leyes y códigos jurídicos, además de elegir democráticamente su propio Jefe de Estado. Los Estados miembros eran: Los Altos, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica (incluyendo Nicoya). No obstante se perdió el territorio de Chiapas que se anexó a México en 1824, y la Provincia de Bocas del Toro que fue tomado por la República de la Nueva Granada en 1836.

Entre las principales innovaciones de la Constitución de la República Federal de Centroamérica de 1824, cabe destacar su tratamiento de los derechos humanos, en el cual destacaban, entre otros aspectos, la abolición de la esclavitud, la consagración del derecho de asilo, las limitaciones de la pena capital, el establecimiento del jurado, y la supresión de los fueros. Se restringían considerablemente las facultades gubernamentales para limitar los derechos civiles y políticos, incluso en caso de graves amenazas o ataques al orden público, lo cual habría de ser un grave obstáculo para las autoridades. Por otro lado, mantuvo la división entre un Congreso unicameral todopoderoso, un Ejecutivo con poderes limitados, un Senado que actuaba como cuerpo intermedio, y una Corte Suprema de Justicia, todos elegidos popularmente conforme a un sistema de sufragio universal indirecto en cuatro grados. La República tenía grandes proyectos, como un canal interoceánico entre el Atlántico y el Pacífico, por el río San Juan, el lago de Nicaragua, y el istmo de Rivas, entre el Estado de Nicaragua y el Estado de Costa Rica. Sin embargo, la federación afrontaba grandes problemas: En oposición al proyecto federal de los liberales se encontraban los conservadores, los representantes españoles de la Iglesia Católica y los grandes latifundistas de las aristocracias regionales. La población, en general, desconocía los beneficios de una integración regional. Las redes de transporte y las comunicaciones entre los Estados miembros eran extremadamente deficientes. La falta de fondos para su desarrollo, y la intervención de naciones extranjeras (por ejemplo: Gran Bretaña y Estados Unidos). El poder de la capital federal (Ciudad de Guatemala, después San Salvador), era casi inexistente fuera de sus límites.

El primer presidente de la República Federal fue Manuel José de Arce y Fagoaga, un militar y político de El Salvador, quien gobernó Centroamérica desde Ciudad de Guatemala, entre 1825 y 1829. En las elecciones presidenciales de 1825 la mayoría de los votos le correspondió al conservador hondureño José Cecilio del Valle, pero la fracción liberal del Congreso Federal (la más poderosa en ese momento) decidió que no había mayoría absoluta, y escogió a Manuel José de Arce y Fagoaga como Presidente Federal para el período 1825-1829. Esto hizo que su administración fuese polémica desde el principio. A pesar de ser liberal y haber sido apoyado por los liberales, estos se distanciaron de él, y desde 1826 el Congreso y el Senado no volvieron a sesionar. Arce buscó apoyo en el clero y en el Partido Conservador, pero también tuvo dificultades con el gobierno del Estado de Guatemala, y para 1827 gran parte de Centroamérica estaba en guerra civil. En este contexto saltó a la fama el general hondureño Francisco Morazán, quien ganó la Batalla de La Trinidad para los liberales, el 11 de noviembre de 1827. Desde entonces, y hasta su muerte en 1842, Morazán dominó la escena política y militar de América Central. En 1826 los liberales de Honduras y El Salvador se opusieron a los nuevos congresistas y otros funcionarios del gobierno federal elegidos por un decreto ejecutivo. A inicios de 1827, el presidente Manuel José de Arce y Fagoaga envió al coronel conservador José Justo Milla, bajo la comandancia del Segundo Batallón Federal a Santa Rosa de Los Altos (hoy Santa Rosa de Copán en Honduras), con la misión de custodiar la Factoría de Tabacos. En realidad el objetivo era colocar un ejército leal para derrocar el gobierno liberal de Dionisio de Herrera en Honduras. El pueblo de Los Llanos no brindó apoyo al coronel Milla, y se incorporaron al ejército de Francisco Morazán.

En marzo de 1827 el Estado de El Salvador envió tropas a Guatemala con la intención de tomar la capital de la República Federal y derrocar a Manuel José de Arce y Fagoaga. No obstante, el general Arce al mando del Ejército Federal derrotó a los salvadoreños en la Batalla de Arrazola. Luego de estos sucesos, el presidente de la república ordenó a 2000 tropas federales (incluyendo guatemaltecos, nicaragüenses, costarricenses, y otros) al mando del general Manuel de Arzú, invadir El Salvador. Este evento marcó el inicio de la Guerra Civil Centroamericana. En abril de 1828 Francisco Morazán se dirigió a El Salvador con una fuerza de 1400 hombres. Mientras que el ejército salvadoreño se enfrentaba a las fuerzas federales en San Salvador, Morazán se colocó en la parte oriental del Estado. El 6 de julio, Morazán derrotó a las tropas del coronel Vicente Domínguez en la hacienda El Gualcho. El general Francisco Morazán se mantuvo peleando alrededor de San Miguel, derrotando a cada pelotón enviado por el general Manuel de Arzú desde San Salvador. Esto motivó a Arzú a dejar al coronel Montúfar a cargo de San Salvador y a ocuparse personalmente de Morazán. Cuando el caudillo liberal se dio cuenta de los movimientos del general Manuel de Arzú, salió rumbo a Honduras a reclutar más tropas. El 20 de septiembre, el general Arzú estaba cerca del río Lempa con 500 soldados en búsqueda de Francisco Morazán, cuando se enteró de que sus fuerzas habían capitulado en San Salvador.

Francisco Morazán regresó a El Salvador con un mayor ejército. El general Arzú se retiró a Guatemala, dejando sus tropas bajo el mando del coronel Antonio de Aycinena. Este militar conservador y sus tropas marchaban con rumbo a territorio hondureño, cuando fueron interceptados por los hombres de Morazán en San Antonio. El 9 de octubre Aycinena se vio obligado a rendirse. Con la capitulación de San Antonio, El Salvador quedó finalmente libre de tropas federales. El 23 de octubre, el general Morazán hizo su entrada triunfal en la plaza de San Salvador. Ante el desorden general, a finales de 1828 el presidente Manuel José de Arce y Fagoaga cedió el gobierno de América Central al vicepresidente Mariano Beltranena y Llano. En abril de 1829, el general Francisco Morazán tomó Ciudad de Guatemala con el apoyo de tropas hondureñas, salvadoreñas y nicaraguenses, y designó a José Francisco Barrundia y Cepeda como Presidente Interino. Francisco Morazán ganó el voto popular en la elección presidencial de 1830, en contra del conservador José Cecilio del Valle. Con Morazán como presidente, los liberales habían consolidado su poder. De esta forma, el nuevo mandatario y sus aliados se ubicaron en una posición inmejorable para implementar reformas, las cuales estaban basadas en la ilustración. A través de estas intentarían desmantelar en Centroamérica lo que consideraban instituciones arcaicas heredadas de la época colonial, y que sólo habían contribuido al atraso en la región: se promulgaron políticas de libre comercio; fue invitado el capital extranjero y los inmigrantes; fue separada la Iglesia del Estado; se proclamó la libertad de religión; los diezmos fueron abolidos; se permitió el matrimonio civil, el divorcio secular y la libertad de expresión; los bienes eclesiásticos fueron confiscados, se suprimieron las órdenes religiosas, y se le retiró a la iglesia el control que tenía sobre la educación; se pusieron a disposición las tierras públicas para la expansión de la cochinilla; se construyeron escuelas, carreteras y algunos hospitales; entre otras políticas.

Con la implementación de estas medidas revolucionarias Morazán se convirtió en el primer mandatario de América Latina que aplicó a su gestión un pensamiento progresista. Ello asestó un duro golpe a los conservadores de la oligarquía guatemalteca. Pero más importante aún, se despojó al clero español de sus privilegios, y redujo su poder. En marzo de 1832, estalló otro conflicto en El Salvador. El Jefe de Estado José María Cornejo se había levantado en contra de algunos decretos federales, lo que obligó al presidente Morazán a actuar de inmediato. Las tropas federales marcharon a El Salvador donde vencieron al ejército de Cornejo el 14 de marzo de 1832. El 28 del mismo mes, Morazán había ocupado San Salvador. A partir de entonces, comenzaron los rumores sobre la necesidad de reformar la Constitución. En las votaciones de 1834 se eligió como presidente al conservador José Cecilio del Valle. Sin embargo este falleció en Guatemala el 2 de marzo de ese mismo año. Esta confusión llevó a que en 1835 se nombrara nuevamente a Francisco Morazán Presidente Federal hasta 1839. Por el poder que habían adquirido los liberales de El Salvador, Morazán tuvo que trasladar la capital federal a San Salvador en 1835. Gradualmente, la Federación empezó a derrumbarse. Entre los años de 1838 y 1840, los Estados entraron en otra guerra civil.

El primer país en separarse definitivamente fue Nicaragua, en abril de 1838. En mayo de ese mismo año el Congreso Federal autorizó a los Estados a que se organizasen como tuviesen por conveniente. En octubre el Estado de Honduras también abandonó de la Federación, y en noviembre Costa Rica se separó. En 1839 Guatemala reasumió su soberanía y al año siguiente, bajo el gobierno de Rafael Carrera, absorbió forzadamente al Estado de Los Altos. La Federación quedó disuelta y la Constitución abrogada de hecho, aunque el Estado de El Salvador no lo aceptó hasta 1841. La República Federal tuvo una corta existencia, y después de varias guerras civiles, se disolvió en 1839, y los cinco estados de la federación se erigieron en cinco republicas independientes. Sin embargo, durante el siglo XIX hubo numerosos intentos para restablecerla, manifestados en las conferencias unionistas centroamericanas. Y ahora volvemos al punto en que habíamos dejado a Stephens el año 1838.

 

En el probable camino de marcha de Morazán se movía la pequeña caravana de John Lloyd Stephens. El país estaba devastado. Unos generalitos de opereta alternaban con cabecillas de bandidos en el mando de unas tropas que, más que guerrear, merodeaban por el país. Dichas tropas estaban formadas por indios, negros, algunos oficiales y aventureros, soldados europeos desertores del ejército de Napoleón. Las aldeas estaban saqueadas, la población pasaba hambre. «¡No hay!» era la contestación invariable a la pregunta de Stephens de si podían darles comida. «¡No hay nada!» Sólo encontraban agua. Cuando se alojaron en el Ayuntamiento de una de las villas, el alcalde, con las insignias de su dignidad y vara con empuñadura de plata, les había recibido con aire desconfiado. Por la noche, el mismo alcalde, con un tropel de unos veinticinco hombres, asaltó el dormitorio. El jefe de la tropa era un oficial, partidario de Carrera, a quien Stephens, en su descripción de esta aventura, llama siempre el «señor del sombrero brillante». La discusión que se produjo entonces fue un tanto turbulenta. El criado de Stephens, Agustín, fue herido por un golpe de machete y gritaba: «¡Dispare usted, Sir!» Stephens, a la luz de las teas, mostró sus pasaportes, así como el sello del general Cascara, un oficial huido del ejército de Napoleón, que desempeñaba cierto papel en el país. Catherwood, por su parte, les dio eruditas explicaciones sobre el derecho de los pueblos y la inmunidad de los embajadores, cosa que impresionó a aquella cuadrilla de borrachos menos que los mismos pasaportes. La situación, por una parte, era cómica; pero podía convertirse en trágica, porque tres mosquetes se levantaban ya apuntando a Stephens.

 

Entonces produjo una pausa la entrada de otro oficial, que visiblemente ostentaba un grado más elevado que el primero, por llevar un «sombrero brillante» mejor cepillado aún: éste examinó de nuevo los pasaportes, prohibió toda violencia, y dijo al alcalde que su cabeza respondía de que los prisioneros permanecerían bien vigilados. Stephens escribió entonces una carta al general Cascara, y para que produjera mayor efecto la selló con una moneda americana de medio dólar. «El águila extendía sus alas y las estrellas brillaban a la luz de las teas, y todos se acercaban para ver detenidamente la moneda.». Stephens y su séquito no podían dormir. Ante la casa, los soldados gritaban, cantaban y bebían aguardiente. Hasta que se presentó otra vez el alcalde, seguido de toda su cuadrilla de soldados borrachos. Llevaba en la mano la carta dirigida a Cascara; es decir, que no la habían mandado. Entonces, Stephens se mostró enérgico, y lo que ni los pasaportes ni la alocución de Catherwood habían conseguido lo consiguió su tono violento. El alcalde mandó a un indio con la carta y desapareció con su tropa. Stephens creyó que tendría que esperar mucho tiempo; pero las cosas se arreglaron por sí solas.  Al día siguiente, cuando el sol brillaba bastante alto, se presentó el famoso alcalde dispuesto a dispensar a sus huéspedes una recepción oficial conciliadora. Los soldados, obedeciendo nuevas órdenes, habían desaparecido al amanecer.

 

Copan se halla situado en el Estado de Honduras, en el río del mismo nombre, afluente del Montagua, que a su vez desemboca en la bahía de Honduras. No hay que confundirlo con la ciudad de Cobán, junto al río Cobán o Cahabon, al noroeste de Copan, ya en Guatemala. Por este camino avanzó Cortés, después de la conquista del Imperio azteca, en el año 1525, cuando marchó de México a Honduras para castigar a un traidor, recorriendo más de mil kilómetros por las montañas y a través de la selva virgen. Cuando Stephens, Catherwood, los guías indios y sus compañeros emprendieron el camino, se internaron por bosques tan espesos que parecía que un mar de follaje los tragaba. Entonces empezaron a sospechar por qué habían ido allí tan pocos visitantes y exploradores. «El follaje —escribió Cortés trescientos años antes— proyectaba una sombra tal que los  soldados no podían distinguir donde pisaban». En el terreno pantanoso, las mulas se hundían hasta el vientre y las espinas arañaban a Stephens y a Catherwood en las manos y en la cara; el calor bochornoso les fatigaba y los mosquitos de los pantanos les ocasionaban fiebre. «Este clima —dice el español Ulloa, cien años antes que Stephens, respecto al clima tropical de estos países— consume las fuerzas del hombre y mata a las mujeres en el primer puerperio. Los bueyes enflaquecen, las vacas no dan leche, las gallinas no ponen huevos…». La Naturaleza no había experimentado el menor cambio desde las épocas de Cortés y Ulloa. Los acontecimientos del país, con toda su confusión, ya imposibilitaban de antemano toda tarea diplomática, por lo cual Stephens quizá se hubiera vuelto, de haber podido resistir a sus deseos de explorador.

 

Pero su naturaleza, aun ante una situación difícil, no le permitía escapar al encanto de lo desconocido. Esta selva enmarañada no sólo atacaba los nervios por su resistencia tenacísima, sino que también irritaba el olfato, la vista y los oídos. Del suelo ascendía un vaho de lodo y maleza corrompida que se confundía con el olor a maderas preciosas de la caoba y otros árboles amarillos, verdes, azulados y de todas clases; las palmeras, cuyas palmas alcanzaban una longitud de doce metros, formaban un techo. También se descubrían algunas orquídeas y salían del tronco de los árboles las bromeliáceas, como tiestos de flores. Por la noche, cuando despertaba la jungla, vociferaban los monos, chillaban los loros, se oían rugidos sordos, apagados de pronto, como los que profiere una bestia agredida cuando muere violentamente. Stephens y Catherwood avanzaban por entre un paisaje como jamás hubieran soñado. Cubiertos de arañazos y ensangrentados, sucios de fango y con los ojos inflamados, seguían su camino. Y en medio de aquel país hechizado, que parecía virgen desde los comienzos del mundo, ¿era posible que hubiera edificios de piedra, y tan grandes como se decía?  Stephens es sincero. Más tarde confesó que cuanto más penetraba en aquella espesura, más imposible le parecía aquello. «Tengo que confesar que ambos, Catherwood y yo, dudábamos un poco y nos acercábamos a Copan con esperanzas vagas, sin la seguridad de hallar maravillas».

 

Pero llegó el momento en que se hallaron ante la maravilla. Es sorprendente y sugiere las más dispares conclusiones el hecho de hallar en medio de la selva virgen restos de muros antiguos, testimonio de una vida que cesó hace muchísimos años. Recordemos que Stephens conocía Oriente, y había visitado las ruinas de casi todos los pueblos antiguos. Pero le esperaba el momento de enmudecer de asombro, casi de creer en un milagro, al pensar en las consecuencias que tendría para la ciencia su descubrimiento. Habían penetrado hasta el río Copan y alcanzado un pueblecito del mismo nombre, donde pronto establecieron buenas relaciones con los indígenas, mestizos e indios, todos ellos cristianizados. Se internaron nuevamente en la selva y, de pronto, se hallaron ante un muro formado por bloques de piedra, con una escalinata que conducía a una gran terraza, tan cubierta de vegetación que era imposible calcular su superficie.  Emocionados por este hallazgo, pero aún vacilantes ante la duda de que aquello no fueran restos de alguna vieja fortificación de los españoles, se apartaron algo del camino y entonces vieron a su guía que, dando golpes con el machete, rompía una trama de bejucos. La apartó como se aparta una cortina ante la próxima escena y dejó al descubierto un destacado objeto oscuro.

 

Y Stephens y Catherwood, abriéndose paso con sus machetes, pudieron contemplar una estela, una piedra esculpida tan alta como jamás habían visto en su vida y con una ornamentación en relieve como no se había hallado ni en Europa ni en Oriente, como nunca hubieran sospechado que existiera en América. Era un monumento de piedra de tan suntuosa decoración que, de momento, fue imposible describirlo. Era un enorme pilar cuadrangular, completamente cubierto de relieves, de unos 3,90 metros de altura por 1,20 de anchura y 0,90 metros de grueso. Enorme y gris, destacaba sobre las tonalidades verdes de la jungla, y en sus incisiones se percibían aún restos de los vivos colores oscuros con los cuales había estado pintado.  En la parte anterior, cincelada en relieve muy acusado, se veía una figura de hombre, cuyo rostro «reflejaba severa solemnidad a la vez que parecía inspirar terror». Los lados estaban cubiertos de enigmáticos jeroglíficos y la parte posterior adornada con unos relieves que se distinguían de todo cuanto habían visto hasta entonces. Stephens estaba fascinado. Pero explorador experto, que incluso ante el hallazgo más inesperado no se deja arrastrar por una impresión prematura, llegó a la siguiente conclusión: «El aspecto de este monumento que encontramos de manera insospechada… nos dio la convicción de que todo lo que íbamos buscando revestiría un gran interés, no sólo como vestigios de un pueblo desconocido, sino como monumentos artísticos; prueba fehaciente de lo que afirmaban documentos históricos recién descubiertos, es decir, que el pueblo que antaño habitaba aquellas comarcas no era un pueblo salvaje, sino civilizado».

 

Abriéndose paso de nuevo hacia la espesura del bosque halló una segunda, tercera y cuarta estelas, y así hasta la cifra de catorce, todas ellas a cuál más perfecta en su ejecución. Esto confirmaba su tesis: que se había descubierto una nueva y antiquísima cultura americana.  Y con su autoridad de investigador que ha recorrido el país del Nilo, pudo afirmar que muchos monumentos de la jungla de Copan «estaban ejecutados con más gusto que los más bellos monumentos egipcios, y los demás, en cuanto a valor artístico, les igualaban». Entonces, aquella tesis era increíble para el mundo. Cuando comunicó las primeras noticias de su hallazgo, no sólo suscitó la incredulidad, sino que incluso se burlaron de él. ¿Podría demostrar, lo que pretendía? Y en la búsqueda de tal demostración, vista la magnitud de dichos monumentos y ante la impenetrable espesura del follaje que les rodeaba, se preguntaba: «¿Cómo empezar?». La empresa era algo desesperada. Por todas partes del bosque se descubrían ruinas escondidas. Ciertamente, por allí pasaba un río que iba al mar, no muy lejano; pero dicha corriente tenía pasos muy estrechos. Había una solución: cortar una de aquellas esculturas y transportarla en piezas para que sirviera de prueba, y luego hacer vaciados en yeso de las mismas. Y al pensar en ello se decía: «Los vaciados del Partenón que se conservan en el Museo Británico son considerados como monumentos preciosos».

 

Pero desistió de tal proyecto; allí tenía a Catherwood, que podía hacer dibujos, y le instó a que empezara inmediatamente. Pero Catherwood, que había publicado unas reproducciones maravillosas de los monumentos egipcios, no estaba muy convencido, y comenzó a tentar con las manos aquellas caras de piedra desfiguradas, aquellos jeroglíficos incomprensibles, aquellos ornamentos confusos. Examinaba una y otra vez la luz, seguía la sombra profunda de los relieves y sacudía la cabeza. Stephens insistió, y dirigiéndose después al guía le ordenó que fuera al pueblo y preguntara a todos si sabían algo sobre aquellas esculturas. Nadie sabía nada.  Stephens, acompañado por un mestizo llamado Bruno, que, por cierto, era el sastre del pueblo, se adentró cada vez más en la jungla. Y pronto encontró otras esculturas, nuevas murallas, más escaleras y terrazas. Uno de los monumentos estaba desplazado de su pedestal por las enormes raíces de un árbol, otro aparecía abrazado por las ramas de los árboles que casi lo levantaban de la tierra; un tercero yacía en el suelo cubierto por espesas plantas trepadoras; otro, finalmente, tenía un ara delante y aparecía protegido por un grupo de árboles que parecían darle sombra, como si fuese un santuario. En la tranquilidad solemne del bosque semejaba una divinidad llorando a un pueblo hundido y olvidado.  Volvió Stephens adonde estaba Catherwood y le mandó copiar  cincuenta objetos.  Pero Catherwood, dibujante experto, movió de nuevo la cabeza y afirmó que allí no era posible dibujar si antes no se conseguía más luz; pues en aquella espesura desaparecían las sombras y se confundían los contornos.

 

En vista de ello aplazaron su trabajo hasta la mañana siguiente. Se requirió del pueblo la ayuda que necesitaban, y cuando aguardaban la llegada de obreros, se acercó a ellos un mestizo algo mejor vestido que los indígenas que habían visto hasta entonces. Creyeron que aquel personaje les prestaría ayuda como los otros; pero el hombre se acercó con ademán orgulloso, y presentándose como don José María, exhibió documentos que le acreditaban como propietario de los terrenos donde se hallaban aquellos monumentos.  Stephens se echó a reír. Le parecía absurda la idea de que aquellas ruinas en plena selva pudieran «pertenecer» a alguien. Mas don José María, al ser interrogado, confesó «que en cierta ocasión había oído hablar de la existencia de tales monumentos, pero que…». Pero Stephens, ante tales vaguedades e insistencia, le cortó la palabra. Por la noche, sin embargo, cuando Stephens se acostó en su tienda pensó de nuevo en aquel incidente. ¿A quién pertenecerían efectivamente las ruinas? Él nos cuenta: «Y, ya medio dormido, concluí categóricamente: por derecho nos pertenecen a nosotros, por lo cual, aunque no sabía lo pronto que podrían echarnos de aquellos lugares, decidí que serían nuestras; y soñando en confusas fantásticas ilusiones de satisfacción y triunfo, me envolví en mis mantas y me dormí».

 

A intervalos, por el día, se oían los golpes de los machetes en la jungla. Los indios abatieron una docena de árboles; uno de ellos arrastró en su caída otros y con ellos el follaje y las enredaderas.  Stephens observaba a los indios. Siempre buscaba en sus rostros la huella de aquella fuerza creadora capaz de ejecutar tales obras; debía ser una fuerza extraña, con matiz cruel y grotesco a la vez, que se manifestaba en forma magistral tal como no puede surgir repentinamente de la nada, sino reflejando una técnica lentamente desarrollada. Mas, a pesar de todo, las caras de los indios le parecían inexpresivas.  Mientras Catherwood hacía los preparativos para empezar los dibujos, a fin de aprovechar la primera luz que surgiera, Stephens se dirigió de nuevo a la jungla, y llegó al muro de la orilla del río. En realidad, era mucho más alto de lo que había calculado a primera vista y alcanzaba una extensión mucho mayor. Sin embargo estaba tan cubierto de maleza que parecía un gigantesco sombrero de retama. Cuando Stephens y el mestizo se adentraron por aquella maraña se oía el chillido de unos monos. «Viéndolos por vez primera brincando por aquellos maravillosos monumentos, nos parecían espíritus errantes de la tribu desaparecida que velaban las ruinas de sus antiguas moradas». Más tarde, Stephens divisó un edificio en forma de pirámide. Descubrió con dificultad los escalones de una amplia escalinata, destruida por el empuje de los retoños de árboles, que conducían de la oscuridad que envolvía el suelo a la claridad luminosa que reinaba en las copas más altas de aquellos gigantescos árboles; e incluso, superando su cima, terminaba en una terraza situada a una altura de treinta metros.

 

A Stephens le daba vértigo. ¿Qué pueblo había creado tal obra? ¿Cuándo se había extinguido? ¿Cuántos siglos hacía que se había construido aquella pirámide? ¿En cuánto tiempo y con qué herramientas, por encargo de quién, y en honor a quién se habían erigido tan numerosas esculturas? Había una cosa clara: tales obras y edificios no podían ser fruto de una sola ciudad, pues allí se reflejaba la potencia de un pueblo grande y poderoso. Y cuando pensaba en cuántas ciudades de tal índole podrían estar aún escondidas e ignoradas en las vastas selvas vírgenes de Honduras, Guatemala y el Yucatán, se estremecía ante la magnitud e importancia de su tarea. Mil preguntas le asaltaban y no podía contestar ninguna. Miraba por encima de las copas de los árboles, sobre los cuales veía la mole de aquellos monumentos grises.  Al contemplar los primeros resultados del trabajo de su amigo Catherwood, tuvo una pequeña sorpresa. El dibujante estaba ante la primera estela que había descubierto y muchísimas hojas de papel estaban esparcidas por el suelo. Catherwood tenía los pies hundidos en el fango, y estaba todo salpicado de barro; para evitar los mosquitos, que le molestaban terriblemente, se había puesto unos guantes, y tenía la cara tapada de tal modo que sólo le quedaban libres los ojos. Así trabajaba con tenaz decisión, como quien trata de vencer a toda costa una dificultad insuperable que se le presenta. Catherwood era uno de los últimos grandes dibujantes cuya tradición se mantuvo sólo por algunos grabados en cobre ingleses hasta fines de siglo, y había cosechado grandes éxitos en su copia de monumentos; pero ahora se veía ante una tarea para la cual no parecían bastarle sus habituales recursos.

 

El mundo de las formas que allí se le ofrecía tenía características completamente diferentes de lo conocido hasta entonces, y se salía tanto de toda concepción formal europea que el lápiz no le obedecía, no lograba distinguir las proporciones; y ni siquiera con ayuda de la  camera lucida,  el medio auxiliar que por entonces se empleaba, lograba un resultado que satisfaciera a sus pretensiones. ¿Era aquello un ornamento o un miembro humano? ¿Era un ojo, un sol o un símbolo? ¿Sería la cabeza de un animal? Y si lo era, ¿dónde había tales animales, de qué fantasía podían brotar cabezas tan monstruosas? Las piedras estaban transformadas en formas tan extrañas que en ninguna parte del mundo tenían modelo. Stephens decía: «¡Era como si el ídolo se resistiese a la obra del artista, mientras dos monos parecían burlarse de él desde un árbol!». Pero Catherwood trabajaba de la mañana a la noche, y así llegó el día en que logró terminar el primer dibujo que tanto llamaría la atención.  De nuevo surgió un extraño incidente. Como Stephens necesitaba de la ayuda de los habitantes del pueblo, había entrado en relación más estrecha con ellos. Aquellas relaciones eran amistosas, porque Stephens —los exploradores se ven frecuentemente en tal situación— tenía ocasión de ayudarles, a su vez, con algunas medicinas y buenos consejos. Todo iba bien a este respecto; pero siempre se presentaba a turbar aquella placidez, con renovada insistencia, al famoso don José María, exhibiendo sus documentos de propiedad. Tras detenida conversación, se vio que el campo de ruinas no tenía para él valor alguno, que nunca le interesaría, y que todos aquellos ídolos le eran indiferentes; pero su dignidad de propietario se sentía ofendida ante aquella invasión, y esto era lo que le impulsaba a molestar continuamente a los intrusos.

 

Y como Stephens era diplomático y se hallaba en un país en plena revolución, quiso guardar a toda costa las buenas relaciones con todos los habitantes de la comarca, para lo cual adoptó una determinación fantástica. Rotundamente preguntó al mestizo: «¿Cuánto quiere usted por su ciudad en ruinas?». Stephens escribe: «Creo que no hubiera quedado más sorprendido y confuso si yo le hubiera querido comprar a su pobre mujer, vieja clienta nuestra a quien curábamos el reuma. Se quedó como si no comprendiera quién de los dos había perdido el sentido común. La propiedad era tan desprovista de valor que mi pretensión le parecía sospechosa». Por eso, Stephens tuvo que apelar, para insistir en la seriedad de su oferta, a extender ante don José María, hombre bastante sucio, todos los documentos que probaban su intachable conducta, su condición de hombre de ciencia y su cargo de Encargado de Negocios, en América Central, de los grandes y poderosos Estados Unidos de Norteamérica. Miguel, un chico del pueblo que sabía leer y escribir y hasta conocía idiomas, leyó en voz alta los papeles de Stephens. El bueno de don José María, ante aquello, no hacía más que frotarse un pie con otro en ingenuo gesto de desconcierto, contestando finalmente que lo pensaría y volvería con la respuesta. La escena se repitió, y Miguel leyó por segunda vez los documentos. Pero ello no bastó tampoco y Stephens comprendió que para conseguir la tranquilidad no podía hacer otra cosa sino comprar la antigua ciudad de Copan, valorándola según la mentalidad de los pueblos de la jungla, por lo que decidió representar una escena que parece tomada de un sainete.

 

Rebuscó en su baúl de viaje y sacó del fondo su levita de diplomático. Hacía mucho que veía que sus tareas diplomáticas en la América Central estaban condenadas al fracaso; pero el uniforme aún le serviría de algo. Y el Encargado de Negocios de los Estados Unidos de Norteamérica, con ademán solemne, se puso su levita de gala ante el mestizo José, que le contemplaba lleno de asombro. Bien es verdad que llevaba un sombrero de panamá ablandado por la lluvia, una nada diplomática camisa de cuadros y pantalones blancos, amarillos de barro hasta las rodillas. La lluvia había caído durante todo el día y aún goteaba de los árboles, y en el suelo había abundantes charcos fangosos. Pero algunos rayos de sol se reflejaban en las águilas de los botones dorados y hacían brillar los entorchados de oro y vivos colores con aquella fuerza de convicción autoritaria que al parecer surte también sus efectos en las más apartadas e ignoradas latitudes de nuestra tierra. ¿Y cómo no iba a impresionar a don José María? El mestizo no pudo resistirse. John Lloyd Stephens decía de sí mismo que tenía un aspecto tan extraño como aquel rey negro que recibió a un grupo de oficiales británicos con el sombrero torcido y una guerrera de soldado. Pues bien, con tal atuendo compró solemnemente la antigua ciudad de Copán. Y, antes de continuar, adentrémonos en la historia de Copán.

 

Copán es un sitio arqueológico de la antigua civilización maya ubicado en el Departamento de Copán al occidente de Honduras, a poca distancia de la frontera con Guatemala. Del siglo V al siglo IX fue la capital de un importante reino del periodo Clásico. La ciudad estaba situada en el extremo sureste de la región cultural Mesoaméricana, en la frontera con la región cultural istmo-colombiana, en una zona habitada por pueblos que no pertenecían a la etnia maya. En la actualidad este valle fértil contiene un centro urbano de alrededor de 3000 habitantes, un pequeño aeropuerto y una carretera sinuosa. La ocupación humana del sitio se extiende por más de dos milenios, desde el Preclásico Temprano hasta el Posclásico. La ciudad desarrolló un estilo escultórico distintivo dentro de la tradición de los mayas de las tierras bajas, tal vez para destacar el origen maya de los gobernantes de la ciudad.La ciudad cuenta con un registro histórico que cubre la mayor parte del período clásico y que ha sido reconstruido en detalle por arqueólogos y epigrafistas. Copán, originalmente probablemente llamado Oxwitik por los mayas, era una poderosa ciudad-estado, gobernando un vasto reino en el sur de la región maya. La ciudad sufrió un desastre político importante en el año 738 d. C., cuando Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil, uno de los más grandes reyes en la historia de la dinastía de Copán, fue capturado y ejecutado por su antiguo vasallo, el rey de Quiriguá. Esta inesperada derrota dio lugar a un receso de 17 años durante el cual Copán puede haber estado bajo el dominio de Quiriguá.

Una parte significativa del lado oriental de la acrópolis fue afectada por la erosión causada por el río Copán, aunque el río ha sido desviado en los años 1930 con el fin de proteger el sitio contra daños mayores. En 1980 Copán fue declarado Patrimonio de la Humanidad por UNESCO. El nombre Copán está registrado desde el siglo XVI y viene posiblemente de la palabra nahuátl “copantl“, cuyo significado es “pontón” o “puente”. Algunos autores antiguos, en cambio, dieron una etimología maya explicando el nombre como enrollado o enroscado. Sin embargo, es más probable que fuese llamada Oxwitik (“Tres Raíces“) por los propios mayas. Copán está situada en el oeste de Honduras cerca de la frontera con Guatemala. Se encuentra en el municipio de Copán Ruinas en el departamento de Copán. Está ubicada entre colinas en un valle fértil a una altitud de 700 metros. Las ruinas del núcleo del sitio se encuentran a 1,6 km de la aldea moderna de Copán Ruinas, que fue construida sobre los escombros de un importante complejo maya que data del periodo Clásico. En el período Preclásico el suelo del Valle de Copán era pantanoso y propenso a las inundaciones estacionales. En el Clásico Temprano los habitantes aplanaron el fondo del valle y realizaron proyectos de construcción para proteger la arquitectura de la ciudad de los efectos de las inundaciones. Copán tenía una gran influencia sobre los centros regionales en todo el oeste y centro de Honduras, impulsando la introducción de características mesoamericanas en las élites locales.

En el Clásico Tardío cuando alcanzó su apogeo, el reino de Copán tenía una población de al menos 20.000 habitantes y una superficie de más de 250 km². El área metropolitana de Copán, que consta de las áreas pobladas del valle, cubría una superficie igual a una cuarta parte del tamaño de la ciudad de Tikal. Se estima que la población máxima en el centro de Copán alcanzó entre 6.000 a 9.000 habitantes en un área de 0,6 km², con otros 9.000 a 12.000 habitantes ocupando la periferia, equivalente a un área de 23,4 km². Además, había una población rural estimada en 3.000 a 4.000 habitantes en un área de 476 km² que cubre el Valle de Copán, dando una población total estimada de 18.000 a 25.000 personas en el Valle de Copán durante el Clásico Tardío. Aunque los orígenes de la ciudad se remontan al periodo Preclásico, poco se sabe de los gobernantes de Copán antes de que se fundó una nueva dinastía vinculada con Tikal a principios del siglo V d. C. Bajo esta nueva dinastía Copán se convirtió en una poderosa ciudad-estado y una potencia regional en el sur de la región maya, a pesar de que sufrió una catastrófica derrota a manos de Quiriguá en 738 cuando el rey Uaxaclajuun Ub’aah K’awiilfue capturado y decapitado por su ex-vasallo K’ak’ Tiliw Chan Yopaat, el gobernante de Quiriguá. Aunque esta derrota fue un importante retroceso, los gobernantes de Copán comenzaron nuevamente a construir estructuras monumentales dentro de unas pocas décadas.

Tras el colapso maya, y después de que se levantaron las últimas grandes estructuras ceremoniales y monumentos reales, el área de Copán continuó siendo ocupado, pero la población de la ciudad cayó en los siglos VIII y IX de quizá más de 20.000 habitantes a menos de 5.000 habitantes. A la llegada de los españoles en el siglo XVI, el centro ceremonial había sido abandonado desde hace mucho tiempo y el valle de Copán era únicamente poblado por unas pocas aldeas agrícolas. Aunque las primeras estructuras arquitectónicas de piedra construidas en Copán datan del noveno siglo a. C., el valle fértil del río Copán ya fue una región agrícola mucho antes. La ciudad ya era importante antes de su refundación por una élite extranjera. Aunque se encontraron algunas referencias a la historia predinástica de Copán en textos posteriores, ninguno de ellos es anterior a la refundación de la ciudad en el año 426 d. C. La información disponible sobre esta época es escasa y fragmentaria. Hay una inscripción que hace referencia al año 321 a. C., pero ningún texto explica el significado de esta fecha. Un evento en Copán está ligado a otro evento que ocurrió 208 días antes, en el año 159, en un lugar desconocido que también se menciona en una estela de Tikal. El hecho de que el lugar también se menciona en Tikal sugiere que se trata de un sitio en la cuenca del Petén, posiblemente El Mirador, la gran ciudad de maya del Preclásico. Esta fecha de 159 d. C. se menciona en diversos textos y está vinculada a una figura conocida como “Ajaw Foliado“. Esta misma persona esta mencionada en el cráneo tallado de un pecarí que se recuperó de la Tumba 1, donde el texto dice que está llevando a cabo alguna actividad en el año 376 d. C. con relación a una estela.

La ciudad fue nuevamente fundada por K’inich Yax K’uk’ Mo’, estableciéndola como la capital de un nuevo reino maya. Al parecer, este golpe de estado fue organizado y puesto en marcha desde Tikal. Glifos mayas registran la llegada de un guerrero llamado K’uk’ Mo’ Ajaw quién se instaló en el trono de la ciudad en el año 426 d. C., recibiendo el nuevo nombre real de K’inich Yax K’uk’ Mo’ y el título de ochk’in kaloomte (“Señor del Occidente“) el mismo título utilizado una generación antes por Siyaj K’ak’, un general de la gran metrópoli de Teotihuacan que había intervenido decisivamente en la política del centro de la cuenca del Petén. K’inich Yax K’uk’ Mo’ era probablemente de Tikal y es probable que haya sido patrocinado por Siyaj Chan K’awill II, el decimosexto gobernante en la sucesión dinástica de Tikal. K’inich Yax K’uk’ Mo’ puede haber tratado de legitimar su posición de rey al casarse en la antigua familia real de Copán, lo que se evidencia en los restos de su presunta viuda. El análisis de los huesos de la viuda indica que era originaria de Copán. Después del establecimiento del nuevo reino de Copán, la ciudad permaneció estrechamente aliada con Tikal. El texto en el Altar Q describe como el señor esta elevado a la realeza con el recibo de su cetro real. Las ceremonias involucradas en la fundación de la dinastía de Copán también incluían la instalación de un rey subordinado en Quiriguá. Un texto de Tikal que menciona a K’uk’ Mo’ ha sido fechado en el año 406 d. C., 20 años antes de que K’uk’ Mo’ Ajaw fundó la nueva dinastía de Copán. Es probable que ambos nombres se refieran a la misma persona originaria de Tikal.

Aunque los textos mayas se refieren a la fundación de la nueva dinastía de Copán, no incluyen una descripción de la llegada de K’uk’ Mo’ a la ciudad. Existe evidencia indirecta que sugiere que conquistó la ciudad por la vía militar. En el Altar Q es representado como un guerrero teotihuacano, con ojos saltones y un escudo de guerra del tipo serpiente. Cuando llegó a Copán inició la construcción de varias estructuras arquitectónicas, incluyendo un templo en el estilo talud-tablero típico de Teotihuacan, y otro con esquinas remetidas y molduras que son características de Tikal. Estos fuertes vínculos con la cultura de los mayas y con la del centro de México sugieren que al menos era un maya mexicano, o posiblemente incluso un teotihuacano. La dinastía fundada por el rey K’inich Yax K’uk’ Mo’ gobernó la ciudad durante cuatro siglos e incluye dieciséis reyes, además de un probable pretendiente que habría sido el decimoséptimo en la línea de sucesión. Diferentes monumentos dedicados por K’inich Yax K’uk’ Mo’ y su sucesor sobrevivieron. K’inich Yax K’uk’ Mo’ falleció entre 435 y 437 d. C. En 1995, un equipo de arqueólogos dirigido por Robert Sharer y David Sedat descubrió una tumba debajo del templo talud-tablero Hunal. La tumba contenía el esqueleto de un hombre mayor con ricas ofrendas y con evidencia de heridas de batalla. Los restos han sido identificados como los de K’inich Yax K’uk’ Mo’ por su ubicación debajo de una secuencia de siete edificios erigidos en su honor. Con un análisis de hueso se determinó que los restos pertenecían a una persona que no era originario de Copán.

K’inich Popol Hol heredó el trono de Copán de K’inich ax K’uk’ Mo’, quien era su padre. Llevó a cabo importantes proyectos de construcción, incluyendo un rediseño del centro de Copán. Popol Hol no es el nombre original de este rey, sino más bien un sobrenombre basado en la apariencia del glifo de su nombre el cual parece vinculado con Teotihuacan. K’inich Popol Hol supervisó la construcción de la primera versión del campo de juego de pelota mesoamericano en la ciudad, que estaba decorado con imágenes de la guacamaya roja, un ave que ocupa un lugar destacado en la mitología maya. Llevó a cabo mayor actividad de construcción en el área del palacio de su padre, ahora debajo de la Estructura 10L-16, que demolió después de sepultar a su padre allí. Construyó, en rápida sucesión, tres edificios sucesivos encima de la tumba. Muy poco se sabe acerca de los gobernantes 3º hasta el 6º en la sucesión dinástica. Existe un fragmento de un monumento roto -reutilizado como relleno de construcción en un edificio- que menciona que uno de ellos era un hijo de Popol Hol. El gobernante 3º está representado en el Altar Q que data del octavo siglo, pero el glifo de su nombre se ha desprendido. Ku Ix era el cuarto gobernante en la sucesión dinástica. Reconstruyó el templo 10L-26 en la Acrópolis, levantando una estela en este lugar y un escalón glífico en su base. Aunque este rey es también mencionado en algunos otros fragmentos de esculturas, su nombre no va acompañado de fechas. Los siguientes dos reyes en la secuencia dinástica sólo se conocen de sus esculturas en el Altar Q.

B’alam Nehn (a menudo conocido como Nenúfar Jaguar) fue el primer rey que registró su posición en la sucesión dinástica, declarando que fue séptimo en la línea de K’inich Yax K’uk’ Mo’. La Estela 15 menciona que ya estaba gobernando Copán en el 504 d. C. B’alam Nehn es el único rey de Copán mencionado en un texto glífico de fuera de la región maya del sureste. Su nombre aparece en un texto en la Estela 16 en El Caracol, en Belice. La estela data del 534 d. C., pero el texto en sí no se entiende bien. B’alam Nehn llevó a cabo importantes proyectos de construcción en la Acrópolis, construyendo un número de estructuras importantes encima de un antiguo palacio. Wil Ohl K’inich, el octavo gobernante, es otro rey que sólo se conoce por su representación en el Altar Q. En el año 551 fue sucedido por el Gobernante 9 cuya ascensión al trono se describe en la Escalinata de los Jeroglíficos. También está representado en el Altar Q, pero gobernó durante un período muy corto de menos de dos años. El décimo gobernante recibió el sobrenombre de Luna Jaguar por los mayistas. Era un hijo de B’alam Nehn, el séptimo gobernante, y fue entronizado en mayo de 553 d. C. Los monumentos asociados con Luna Jaguar fueron encontrados en el pueblo moderno de Copán Ruinas, un sitio que fue un gran complejo durante el periodo Clásico. La construcción más famosa de su reinado es la elaborada fase rosalila del Templo 16,  descubierto intacto durante el trabajo de un túnel arqueológico, enterrado debajo de las fases posteriores del templo.

K’ak’ Chan Yopaat fue el undécimo gobernante dinástico de Copán. Fue coronado como rey en el año 578, 24 días después de la muerte de Luna Jaguar. Durante su reinado, Copán experimentó un crecimiento poblacional sin precedentes, y el uso residencial de la tierra se extendía a toda la tierra disponible en el valle de Copán. Las dos estelas de K’ak’ Chan Yopaat contienen largos textos glíficos, difíciles de descifrar. Son los monumentos sobrevivientes más antiguos del sitio que no fueron rotos o enterrados. El reinado de K’ak’ Chan Yopaat, quien murió el 5 de febrero 628, duró 49 años. Su nombre está grabado en cuatro estelas erigidas por sus sucesores, uno de los cuales describe un rito realizado con las reliquias de su tumba en el año 730, casi cien años después de su muerte.Humo Imix fue coronado 16 días después de la muerte de K’ak’ Chan Yopaat. Se cree que fue el rey de Copán cuyo reinado duró más tiempo, gobernando desde 628 hasta 695. Nació probablemente en el año 612 y fue instalado en el trono a la edad de 15 años. Los arqueólogos no recuperaron mucha evidencia de actividad durante los primeros 26 años de su reinado, pero en el año 652 hubo un gran aumento repentino en la producción de monumentos, con dos estelas erigidas en la Gran Plaza y otras cuatro en lugares importantes en todo el Valle de Copán. Todos estos monumentos celebraron un final de un katún. También erigió una estela en el sitio de Santa Rita ubicado a 12 km del centro de Copán y es mencionado en el Altar L de Quiriguá en relación con el mismo evento en 652. Se cree que estaba tratando de imponer su autoridad en todo el valle, después de que cesaron ciertas restricciones a su libertad de gobernar como él deseaba.]

Después de esta repentina oleada de actividad, Humo Imix continuó gobernando casi hasta el final del séptimo siglo. Dedicó otros nueve monumentos conocidos y realizó importantes cambios en la arquitectura de Copán, incluyendo la construcción de la Estructura 2, que cierra el lado norte de la Gran Plaza y una nueva versión del Templo 26, apodado Chorcha. Humo Imix gobernó Copán durante 67 años y murió el 15 de junio 695 a la edad de 79 años, una edad tan distinguida que se utilizaba en lugar de su nombre para identificarlo en el Altar Q. Su tumba ya había sido preparada en la fase Chorcha del Templo 26 y fue enterrado a sólo dos días después de su muerte. Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil fue coronado en julio de 695 d. C. como el decimotercer rey en la sucesión dinástica de Copán. Vivió a la vez el apogeo de los logros de Copán y uno de los peores desastres políticos de la ciudad. Durante su reinado el estilo escultórico de la ciudad se convirtió en la característica escultura redondeada completa de Copán. En el año 718, Copán derrotó y quemó la ciudad no identificada de Xkuy, registrando el incendio en un inusual cilindro de piedra. En el año 724 d. C. Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil instaló K’ak’ Tiliw Chan Yopaatcomo su vasallo en el trono de Quiriguá. Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil tenía suficiente confianza en su propio poder para clasificar a Copán entre los cuatro estados más poderosos de la región maya, junto con Tikal, Calakmul y Palenque, como fue registrado en la Estela A. En contraste con su predecesor, Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil concentró sus monumentos en el centro del sitio de Copán. La primera fue la Estela J, fechado en el año 702 y erigida en la entrada oriental de la ciudad.

Hasta el año 736 continuó erigiendo otras siete estelas de alta calidad que se consideran obras maestras de la escultura maya del clásico, elaboradas con tal maestría de los detalles que representan el más alto pináculo de los logros artísticos mayas. Las estelas representan el rey Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil en forma ritual, llevando los atributos de una variedad de deidades, incluyendo B’olon K’awiil, K’uy Nik Ajaw y Mo’ Witz Ajaw. El rey también llevó a cabo importantes obras de construcción, incluyendo una nueva versión del Templo 26, que ahora tenía la primera versión de la Escalinata de los Jeroglíficos, además de dos templos que se perdieron por la erosión causado por el río Copán. También encerró la fase Rosalila del Templo 16 dentro de una nueva fase de construcción. Remodeló el juego de pelota y luego lo demolió para construir un nuevo en su lugar. Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil sólo recientemente había dedicado el nuevo juego de pelota en el año 738, cuando sucedió un evento inesperado y desastroso para la ciudad. Doce años antes había instalado K’ak’ Tiliw Chan Yopaat como su vasallo en el trono de Quiriguá. En 734 el rey de Quiriguá había demostrado que ya no era un subordinado obediente cuando comenzó a referirse a sí mismo como k’ul ajaw, “santo señor” y no simplemente como ajaw o señor subordinado.

K’ak’ Tiliw Chan Yopaat aparentemente se aprovechó de las rivalidades políticas regionales más amplias y se alió con Calakmul, el enemigo jurado de Tikal. Mientras que Copán mantuvo una firme alianza con Tikal, Calakmul utilizó su nueva alianza con Quiriguá para socavar a Copán como aliado clave de Tikal en el sur. Aunque se desconocen los detalles exactos, en abril de 738 K’ak’ Tiliw Chan Yopaat logró capturar a Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil y quemó dos de las deidades patronas de Copán. Seis días después Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil fue decapitado en Quiriguá. Este golpe de Estado no parece haber afectado a Copán ni a Quiriguá en términos físicos, es decir, no hay evidencias de que cualquier de la ciudades fuera atacada en este momento ni que el vencedor hubiera recibido algún homenaje visible. Esto parece implicar que K’ak’ Tiliw Chan Yopaat de alguna manera logró emboscar a Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil, en lugar de haberlo derrotado en una batalla abierta. Se ha sugerido que Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil estaba en vías de atacar a otro sitio para conseguir cautivos para el sacrificio con el fin de dedicar el nuevo juego de pelota, cuando fue emboscado por K’ak’ Tiliw Chan Yopaat y sus guerreros de Quiriguá. En el Clásico Tardío, una alianza con Calakmul se asociaba frecuentemente con la promesa de apoyo militar. El hecho de que Copán, una ciudad mucho más poderosa que Quiriguá, no tomó represalias en contra de su antiguo vasallo implica que temía la intervención militar de Calakmul.

Calakmul en sí era lo suficientemente alejado de Quiriguá para que K’ak’ Tiliw Chan Yopaat no tuvo que temer de ser reducido a un estado vasallo, aunque es probable que Calakmul envió guerreros para ayudar en la derrota de Copán. La alianza más bien parece haber sido una de ventajas mutuas: Calakmul logró debilitar a un aliado poderoso de Tikal, mientras que Quiriguá obtuvo su independencia. Para Copán la derrota tuvo consecuencias a largo plazo. Pararon las construcciones mayores y no se erigieron nuevos monumentos durante los próximos 17 años. K’ak’ Joplaj Chan K’awiil fue instalado como el decimocuarto gobernante de la dinastía de Copán el 7 de junio 738 d. C., 39 días después de la ejecución de Uaxaclajuun Ub’aah K’awiil. Poco se sabe de su reinado por la falta de monumentos levantados después de la inesperada victoria de Quiriguá. La derrota de Copán tuvo implicaciones más amplias debido al fraccionamiento del dominio de la ciudad y la pérdida de la importante ruta comercial del río Motagua en benificio de Quiriguá. La subsecuente caída en los ingresos de Copán y su correspondiente aumento en Quiriguá era evidente, considerando la masiva puesta en marcha de nuevos monumentos y de nuevas estructuras arquitectónicas en Quiriguá. Copán incluso puede haber estado sumiso a su antiguo vasallo. K’ak’ Joplaj Chan K’awiil falleció en enero de 749.

El siguiente gobernante era K’ak’ Yipyaj Chan K’awiil, hijo de K’ak’ Joplaj Chan K’awiil. El primer período de su reinado cayó dentro del receso de Copán, pero más tarde, con el fin de recuperarse del desastre anterior inició un programa de renovación de la ciudad. Construyó una nueva versión del Templo 26, volviendo a instalar la Escalinata de los Jeroglíficos en cima de la escalera existente, duplicando su longitud. Se instalaron cinco estatuas de gobernantes de tamaño natural, sentados en la escalera. K’ak’ Yipyaj Chan K’awiil murió a inicios de la década de 760 y es probable que haya sido enterrado en el Templo 11, aunque la tumba aún no ha sido excavada. Yax Pasaj Chan Yopaat era el siguiente gobernante, el decimosexto en la dinastía fundada por K’inich Yax K’uk’ Mo’, aunque no parece haber sido un descendiente directo de su predecesor. Subió al trono en junio de 763 y podría haber tenido sólo 9 años de edad. No produjo estelas monumentales, pero dedicó textos glíficos que fueron integrados en la arquitectura de la ciudad y en pequeños altares. Los textos glíficos solo hacen una oscura referencia a su padre, pero su madre era una mujer que pertenecía a la nobleza de la lejana ciudad de Palenque en México. En 769 construyó la plataforma del Templo 11 en cima de la tumba del rey anterior y añadió una superestructura de dos pisos que se terminó en el año 773. Alrededor del año 776, completó la versión final del Templo 16 sobre la tumba del fundador. En la base del templo, puso el famoso Altar Q, que muestra cada uno de los 16 gobernantes de la ciudad, desde K’inich Yax K’uk’ Mo’ hasta Yax Pasaj Chan Yopaat mismo, con un texto glífico en la parte superior describiendo la fundación de la dinastía.

A finales del siglo octavo, la nobleza se había vuelto más poderosa, levantando palacios con bancos de glifos que fueron tan ricamente construidas como los del propio rey. Al mismo tiempo, los satélites locales exhibían su propio poder local, como se demuestra por el gobernante de Los Higos quién erigió su propia estela en el año 781. Hacia el final del reinado de Yax Pasaj Chan Yopaat, la ciudad de Copán estaba luchando con la superpoblación y la falta de recursos locales, con una importante caída del nivel de vida de la población. Yax Pasaj Chan Yopaat pudo celebrar su segundo K’atun en el año 802 con su propio monumento, pero la participación del rey en la ceremonia del fin de K’atun de 810 d. C. solo estuvo marcado en Quiriguá, no en Copán mismo. En esta época, la población de la ciudad alcanzó más de 20.000 habitantes y desde hace mucho tiempo había sido necesario de importar artículos de primera necesidad desde el exterior. Los tiempos perturbados que envolvían a Copán en esta época son evidentes en la tumba funeraria de Yax Pasaj Chan Yopaat, que lleva esculturas del rey realizando danzas de guerra con lanza y escudo en la mano. La columna esculpida en el santuario del templo tiene un texto glífico que dice “derrocamiento de la Fundación de la Casa“, lo que podría referirse a la caída de la dinastía de Copán. Cuando Ukit Took’, el último rey conocido, llegó al trono el 6 de febrero 822, el valle de Copán estaba fuertemente sobrepoblado y profundamente afectado por la escasez y enfermedades.

Ukit Took’ encargó el Altar L en el estilo del Altar Q, pero el monumento nunca fue terminado — una de sus caras muestra la entronización del rey, la segunda cara solo se inició y los otras dos quedaron en blanco. La larga línea de reyes de la otrora gran ciudad había llegado a su fin. Antes de su caída final, incluso la nobleza se vio afectada por las enfermedades, quizás porque las epidemias entre las masas desnutridas se extendieron también a la élite. Con la desaparición de la autoridad política en la ciudad, la población cayó a una fracción de lo que había sido en su apogeo. En el período Posclásico el valle fue ocupado por pobladores que se apropiaron de las piedras de la arquitectura monumental de la ciudad con el fin de construir sus propios plataformas para casas sencillas.La primera mención de Copán se hizo en una carta en el período colonial temprano, fechada el 8 de marzo de 1576. La carta fue escrita por Diego García de Palacio, un miembro de la Real Audiencia de Guatemala, al rey Felipe II de España, diciendo entre otros: “…en el primer lugar de la provincia de Honduras que se llama Copán, están unas ruinas y vestigios de gran población y de soberbios edificios tales que parece que en ningún tiempo pudo haber en tan bárbaro ingenio como tienen los naturales de aquella provincia, edificios de tanto arte y suntuosidad, es ribera de un hermoso río y en unos campos bien situados de tierra de un mediano temple, harta de fertilidad y de mucha caza y pesca. En dichas ruinas hay montes que parecen haber sido hechos a mano y en ellas muchas cosas de notar. Antes de llegar a ellos se encuentra una piedra grandísima en figura de águila y hecho en su pecho un cuadro de una vara de largo y en él, ciertas letras que no se sabe que sean.”.

El explorador francés Jean-Frédéric de Waldeck visitó el lugar en el siglo XIX y pasó un mes dibujando las ruinas. El coronel Juan Galindo dirigió una expedición a las ruinas en 1834 en nombre del gobierno de Guatemala y escribió artículos sobre el sitio para publicaciones en Inglaterra, Francia y América del Norte. Y, tal como estamos explicando, John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood visitaron Copán, e incluyeron una descripción, mapa y dibujos detallados en el relato Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatán de Stephens, publicado en 1841. El sitio fue visitado posteriormente por el arqueólogo británico Alfred Maudslay. Varias expediciones patrocinadas por el Museo Peabody, de la Universidad de Harvard, trabajaron en Copán durante el siglo XX. La Institución Carnegie también patrocinó proyectos en el sitio en conjunto con el gobierno de Honduras. Los edificios de Copán sufrieron significativamente de las fuerzas de la naturaleza en los siglos entre el abandono del sitio y el redescubrimiento de las ruinas. Después del abandono de la ciudad el río Copán gradualmente cambió su curso. Uno de los meandros del río causo la destrucción de la parte oriental de la acrópolis (revelando la estratigrafía arqueológica con un largo corte vertical) eliminando varios conjuntos arquitectónicos subsidiarios, incluyendo al menos un patio y 10 edificios del Conjunto 10L-2. El corte representa una característica arqueológica importante del yacimiento ya que la erosión natural creó un perfil vertical de la acrópolis.

Esta erosión fluvial cortó una porción importante del lado oriental de la acrópolis y reveló un corte vertical que mide 37 m de altura en su punto más alto y 300 m de largo.El Instituto Carnegie realizó trabajos para redirigir el río y salvar la zona arqueológica, aunque varios edificios registrados en el siglo XIX ya habían sido destruidos además de una porción desconocida de la acrópolis que se perdió por la erosión antes de que pudiera ser registrada. A fin de evitar una mayor destrucción de la acrópolis, el Instituto Carnegie desvió el río en la década de 1930. El antiguo cauce seco fue rellenado y el corte fue estabilizado en los años 1990. Las Estructuras 10L–19, 20, 20A y 21 fueron destruidas por el río Copán, pero ya habían sido registradas por los investigadores en el siglo XIX. Copán fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1980 por UNESCO. La UNESCO también aprobó el financiamiento de diversas obras en el sitio entre 1982 y 1999 con un monto de $ 95.825. El saqueo sigue siendo una seria amenaza para Copán. Una tumba fue saqueada en 1998 cuando estaba siendo excavada por los arqueólogos.

Y volviendo a nuestra historia, Stephens añade: «Acaso el lector tenga curiosidad por saber cómo se compran en la América Central las ciudades antiguas. Pues lo mismo que todos los artículos del comercio, o sea a un precio que depende de su abundancia en el mercado y la proporción entre la oferta y la demanda; pero como no son ninguna mercancía de almacén como el algodón o el índigo, sus precios eran un tanto arbitrarios y en aquellos días constituían un artículo poco solicitado. Así, pues, sepa el lector que por Copan pagué yo cincuenta dólares. En el precio no hubo dificultades; yo ofrecí aquella suma y don José María la creyó excesivamente alta; yo le parecí un loco; y si hubiera ofrecido más, seguramente me habría tomado por algo peor». Es evidente que un acontecimiento tan importante y maravilloso, aunque todo el  pueblo no pudiera comprenderlo, debía ser festejado convenientemente. Por lo cual, Stephens organizó una recepción oficial a la que el pueblo entero, en solemne cortejo, acudió entusiasmado. Las mujeres se presentaron en gran número, y se repartió tabaco: cigarrillos para las mujeres, cigarros puros para los hombres. «Todos admiraron los dibujos de Catherwood y, por último, contemplaron también las ruinas y los monumentos. Todos quedaron asombrados, pues, efectivamente, ninguno de los que allí vivían había visto jamás tales esculturas. Nunca sintieron la curiosidad de penetrar en la jungla, donde se cogían fiebres; ni siquiera los hijos de don Gregorio, el hombre más importante del pueblo, que tenían fama de atrevidos y eran los que mejor conocían la selva».

 

Sin embargo, los indios de pura sangre eran de la misma tribu y hablaban exactamente el mismo lenguaje que los autores de aquellas remotas esculturas de piedra, los constructores de aquellas gigantescas pirámides, escalonadas y con enormes terrazas.  En 1842, cuando se publicó en Nueva York el libro de Stephens  Incidents of travel in Central America, Chiapas and Yucatán,  y, poco después, los dibujos de Catherwood, se produjo gran revuelo en los periódicos. Se sucedían las discusiones, los historiadores veían cómo un mundo hasta entonces sólido se derrumbaba, y los profanos llegaban a las conclusiones más audaces. Stephens y Catherwood sufrieron fatigas de toda clase; siguieron su camino desde Copan, penetraron en Guatemala y, atravesando Chiapas, llegaron al Yucatán. En varios puntos de su camino hallaron monumentos mayas. Y lo que ahora planteaban en sus libros y dibujos no era un problema determinado, sino mil problemas a la vez. Y volviendo a los documentos españoles, se descubrió la relación de muchas cosas con lo revelado por los primeros descubridores y conquistadores del Yucatán, y con las hazañas de Hernández de Córdoba y de Francisco de Montejo, que fueron los primeros en hacer alusiones a este extraño pueblo. Entonces salió a pública discusión un libro, publicado hacía cuatro años en París, que decía exactamente lo mismo que las «Impresiones de viaje» de Stephens, pero que hasta tal fecha no había llamado la atención de nadie. Ahora veamos lo que los precursores españoles hicieron en estas tierras.

Francisco Hernández de Córdoba (1475- 1517) fue un conquistador español, que ha pasado a la historia por la accidentada expedición que dirigió entre febrero y mayo de 1517, durante la cual se descubrió, para el Imperio español, la Península de Yucatán. Francisco Hernández de Córdoba era uno de los encomenderos más ricos asentados en la isla de Cuba a raíz de su conquista en 1511. Fue nombrado por el Gobernador de la isla, Diego Velázquez de Cuéllar, jefe de la expedición que debía explorar los mares al occidente de Cuba y sus posibles islas o costas continentales. Partió de Cuba en febrero de 1517 y halló la costa de lo que hoy es la península de Yucatán. Saliendo del puerto de Ajaruco, en la banda norte de la provincia de La Habana, según Díaz del Castillo, o de Santiago según algunos autores modernos, la flota fue sorprendida por una tormenta que la llevó a tierra. Observaron cómo se acercaban los pobladores del lugar, con cara alegre y muestras de paz. Cuando los españoles preguntaron con señas por el nombre del lugar, los mayas respondieron “in ca wotoch”, que quiere decir “esta es mi casa”. Por esta causa le pusieron a esa tierra Punta de Catoche, hoy Cabo Catoche. Durante su desarrollo, los españoles tuvieron por primera vez constancia de la presencia en América de culturas avanzadas (los mayas), con casas de cal y canto y organización social de complejidad más próxima a la del Viejo Mundo, y se tuvo también esperanza de existencia de oro.

Halló muchos poblados habitados y entabló en ellos contactos puntuales, pero generalmente hostiles, al punto que resultó para los españoles muy difícil el acopio de agua, por los ataques de que eran objeto. En uno de ellos, en el lugar que llamaron Champotón, el ataque fue mucho más fiero de lo normal y causó muchos muertos a los expedicionarios, siendo casi todos, incluido Hernández de Córdoba, heridos por arma arrojadiza: flechas y azagayas. El piloto Antón de Alaminos decidió levar anclas y dirigir sus barcos a Florida, lugar que conocía por haber participado en la expedición de Juan Ponce de León en 1512. Allí recalaron lo justo para recoger víveres y agua y regresar a Cuba. Pero Hernández no vivió la continuidad de su obra: murió en aquel mismo año de 1517, apenas dos semanas después de regresar de su desgraciada expedición, como resultado de las heridas y la sed sufridas durante el viaje, y decepcionado al saber que Diego Velázquez había preferido a Juan de Grijalva como capitán de la siguiente expedición a Yucatán. Las noticias de la expedición alentaron a Velázquez, que presumió la presencia de oro en poblaciones como las descubiertas y organizó otras dos expediciones, al mando primero de Juan de Grijalva, en 1518, y luego de Hernán Cortés, en 1519, que finalmente terminó de explorar y poblar Mesoamérica durante la Conquista de México.

Bernal Díaz del Castillo es el cronista que más detalles aporta sobre el viaje de Hernández de Córdoba, y también el único que fue testigo presencial de todo el proceso. Además, Bernal declara en su crónica haber sido él mismo promotor del proyecto, junto con otro centenar de españoles que decían necesitar ”ocupar sus personas”, porque hacía tres años que habían llegado a Cuba, desde la Castilla del Oro de Pedrarias Dávila, y se quejaban de que ”no habían hecho cosa alguna que de contar fuera”. De la narración de los acontecimientos que hace Bernal Díaz del Castillo parece deducirse —posiblemente contra lo pretendido por el narrador, que hubiera preferido ocultarlo—, que el origen del proyecto era obtener indios como esclavos para ampliar o renovar la mano de obra de las explotaciones agrícolas o mineras de Cuba, y para que los españoles residentes en la isla que no tenían indios ni por tanto explotación propia, como le ocurría al mismo Bernal, pudiesen establecerse como hacendados. Bernal cuenta primero que tanto él como otros ciento diez españoles, que vivían en Castilla del Oro, decidieron pedir permiso a Pedro Arias Dávila para trasladarse a Cuba, que Pedrarias concedió de buen grado, porque en Tierra Firme ”no había nada que conquistar, que todo estaba en paz, que el Vasco Núñez de Balboa, su yerno del Pedrarias, lo había conquistado”.

Esos españoles de Castilla del Oro se presentaron en Cuba a Diego Velázquez, el gobernador (y familiar de Bernal Díaz del Castillo), quien les prometió ”que nos daría indios, en vacando”. Inmediatamente después de esta alusión a la promesa de indios, Bernal dice que ”Y como se habían pasado ya tres años […] y no habíamos hecho cosa alguna que de contar fuera”, los ciento diez españoles procedentes del Daríén ”y los que en la isla de Cuba no tenían indios” —otra vez la alusión a la falta de indios— decidieron concertarse con ”un hidalgo que se decía Francisco Hernández de Córdoba […] y era hombre rico y tenía pueblo de indios en aquella isla [Cuba]”, para que aceptara ser su capitán para “ir a nuestra ventura a descubrir nuevas tierras y en ellas emplear nuestras personas”. Se aprecia que Bernal Díaz del Castillo apenas consigue ocultar que los tan repetidos indios algo tenían que ver con el proyecto, aunque autores como Madariaga prefieran concluir que el objetivo era el mucho más noble de “descubrir, ocupar nuestras personas y hacer cosas dignas de ser contadas”. Pero es que además el propio gobernador Diego Velázquez quiso participar en el proyecto, y prestó de hecho un barco… “con la condición que […] habíamos de ir con aquellos tres navíos a unas isletas que están entre la isla de Cuba y Honduras, que ahora se llaman las islas de los Guanaxes, y que habíamos de ir de guerra y cargar los navíos de indios de aquellas islas para pagar con indios el barco, para servirse de ellos por esclavos” (aquí Bernal usa la palabra esclavo, contra Velázquez, cuando la ha evitado antes al hablar de los indios que Velázquez le prometió a él). El cronista niega inmediatamente que se admitiera esa pretensión de Velázquez: ”le respondimos que lo que decía no lo manda Dios ni el rey, que hiciésemos a los libres esclavos”. Si hemos de creer a Bernal, el gobernador admitió deportivamente la negativa, y pese a todo fio el barco.

Para valorar la forma vaga y acaso contradictoria en que Bernal trata el asunto del secuestro de indios como posible objetivo del viaje, debe tenerse en cuenta que escribió su historia de la conquista unos cincuenta años después de ocurridos los hechos, y que al menos en parte su objetivo era que se reconocieran sus servicios a la Corona, y los de sus conmilitones. Es difícil que en esas circunstancias hubiera reconocido claramente que la expedición era de trata de esclavos. La mayoría de sus contemporáneos, que además escribieron antes, son más tajantes: en la carta enviada a la reina doña Juana y al rey Carlos I, por la justicia y regimiento de la Rica Villa de la Vera Cruz, los capitanes de Cortés narran el origen de la expedición de Hernández diciendo: ”como es costumbre en estas islas que en nombre de vuestras majestades están pobladas de españoles de ir por indios a las islas que no están pobladas de españoles, para se servir dellos, enviaron los susodichos [Francisco Fernández de Córdoba, y sus socios Lope Ochoa de Caicedo y Cristóbal Morante] dos navíos y un bergantín para que de las dichas islas trujesen indios a la dicha isla Fernandina, y creemos […] que el dicho Diego Velázquez […] tenía la cuarta parte de la dicha armada”. En su Relación de las cosas de Yucatán, Fray Diego de Landa dice que Hernández de Córdoba iba… “a rescatar esclavos para las minas, ya que en Cuba se iba apocando la gente“, si bien luego añade… “Otros dicen que salió a descubrir tierra y que llevó por piloto a Alaminos…“.  Las Casas también dice que, si bien el propósito original era secuestrar indios para esclavizarlos, en algún momento el objetivo se amplió al de descubrir, lo que justifica a Alaminos.

La presencia de Antón de Alaminos en la expedición es en efecto uno de los argumentos en contra de la hipótesis del objetivo exclusivamente esclavista. Este prestigioso piloto, veterano de los viajes del Almirante y hasta, según algunos, supuesto conocedor de destinos inéditos en las cartas de marear, parece un recurso excesivo para una expedición esclavista a los islotes de Guanajes. Hay otro miembro de la expedición cuya presencia se aviene todavía menos con esa hipótesis: el Veedor Bernardino Íñiguez. Este cargo público tenía funciones que hoy llamaríamos fiscales y administrativas (hoy se llamaría supervisor). Se encargaba de contar los tesoros rescatados en las expediciones, en metales y piedras preciosas, para dar fe de la correcta separación del ‘’quinto real’’ (se destinaba a la corona española un 20% de lo obtenido en las conquistas; norma fiscal con origen en la Reconquista) y de otros requisitos legales como leer a los indios, antes de atacarlos, el Requerimiento, una declaración de intenciones y advertencias, para dar legalidad a la agresión ante posibles investigaciones futuras (Cortés fue especialmente escrupuloso con este requisito formal, inútil cuando se carecía de farautes que tradujeran el mensaje a los indios). Si la expedición iba a Guanajes a por indios, no hacía falta, e incluso era inconveniente, llevar Veedor. Aunque, por otro lado, según Bernal Íñiguez no era sino un soldado más, al que se habían otorgado funciones de veedor, su nombramiento indica que al menos se pensaba en la posibilidad de explorar.

Así pues, con estos datos de partida, puede decirse que Hernández de Córdoba descubrió Yucatán por accidente, al verse desviada su expedición por una tormenta, inicialmente destinada a un viaje más corto para secuestrar indios para las haciendas de Cuba. O puede suponerse que tras unos malos propósitos de Diego Velázquez, rápidamente reprimidos y afeados por los demás españoles, que además se conformaban con seguir sin indios en Cuba, el viaje se planeó exclusivamente como de descubrimiento y conquista, y por eso se llevaba Veedor, y tan buen piloto. Por supuesto, puede también creerse, con Las Casas, que el proyecto pretendía conseguir los dos objetivos. Años más tarde, Francisco Cervantes de Salazar, en su Crónica de la Nueva España atribuyó a Hernández de Córdoba los siguientes hechos y frases: “Desta manera salió Francisco Hernández del puerto de Santiago de Cuba, el cual, estando ya en alta mar, declarando su pensamiento, que era otro del que parescía, dixo al piloto: «No voy yo a buscar lucayos (lucayos son indios de rescate), sino en demanda de alguna buena isla, para poblarla y ser Gobernador della; porque si la descubrimos, soy cierto que ansí por mis servicios como por el favor que tengo en Corte con mis deudos, que el Rey me hará merced de la gobernación della; por eso, buscadla con cuidado, que yo os lo gratificaré muy bien y os haré en todo ventajas entre todos los demás de nuestra compañía.».

Fueran o no en busca de indios de los islotes Guanajes, el ocho de febrero de 1517 salieron del puerto de Ajaruco, en La Habana, o quizás en esa fecha o algo antes de Santiago, dos navíos y un bergantín, tripulados por más de 100 personas. El capitán de la expedición era Francisco Hernández de Córdoba, y el piloto Antón de Alaminos, de Palos. Camacho de Triana y Joan Álvarez, “el manquillo”, de Huelva, eran los pilotos de los otros dos navíos. Hasta el 20 de febrero costearon la isla Fernandina (Cuba). Alcanzada la punta de San Antón, salieron a mar abierto. Siguieron dos días con sus noches de fuerte tormenta, según Bernal, tan fuerte como para poner en peligro los barcos, y en todo caso suficiente como para consolidar la duda sobre el objetivo de la expedición, porque tras la tormenta podría sospecharse que las naves estaban perdidas. Luego tuvieron veintiún días de bonanza, tras los cuales vieron tierra y, muy próxima a la costa y visible desde los barcos, la primera población de gran tamaño avistada en América, con las primeras casas de cal y canto. Los españoles, que evocaban lo musulmán en todo lo que, siendo desarrollado, no fuera cristiano, llamaron a esta primera ciudad descubierta en América “El gran Cairo”, como luego llamarían mezquitas a las pirámides, y en general a cualquier centro religioso.

Es razonable designar a este momento como el descubrimiento de Yucatán —incluso “de México”, si se entiende México en su sentido y con sus fronteras modernas—, pero debe recordarse que los expedicionarios de Hernández no eran los primeros españoles que pisaban Yucatán. En 1511 un barco de la flota de Diego de Nicuesa, que regresaba a La Española, naufragó cerca de las costas de Yucatán, y algunos de sus ocupantes consiguieron salvarse. En el momento en que los soldados de Hernández avistaron y nombraron a El gran Cairo, dos de esos náufragos, Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, vivían en la zona de Campeche, hablaban el dialecto maya de la zona, y el segundo incluso, parece que gobernaba una comunidad indígena. Eso no quita el mérito del descubrimiento a Hernández. Al descubrimiento suele exigírsele que el hallazgo sea un acto voluntario, no un naufragio, y se le requiere también cierta prestancia y superioridad; los náufragos de Nicuesa que no fueron muertos por los nativos, acabaron, como era de esperarse, sometidos por ellos. Ahora bien, se ha establecido la hipótesis en el sentido de que la península de Yucatán ya había sido descubierta previamente a la expedición de Francisco Hernández de Córdoba. No sólo está el hecho de la presencia de españoles en la península de Yucatán que se demostró cuando Hernán Cortés la visitó durante su expedición de conquista, sino que algunos autores como Michel Antochiw Kolpa, historiador y cartógrafo, en su reciente obra laureada Historia Cartográfica de la Península de Yucatán señala y sustenta cartográficamente: “….Existe (entonces) la posibilidad de que Yucatán haya sido visitado por lo menos dos veces antes de su “descubrimiento”, ambas por navegantes portugueses, la primera vez desde el norte, la segunda desde el sur...”.

La propia enciclopedia Yucatán en el tiempo, en el artículo correspondiente a “Historiadores de Yucatán” dice: “…todavía persisten dudas sobra la fecha real y la identidad del autor del descubrimiento (de Yucatán), ya que el mapa más antiguo en que aparece Yucatán data de 1513, cuatro años antes del viaje de Hernández de Córdoba”. Los navegantes adelantaron los dos barcos de menor calado, para saber si podían fondearlos con seguridad junto a tierra. Bernal data el 4 de marzo de 1517 el primer encuentro con indios de Yucatán, que acudieron a esos barcos en diez canoas grandes, tanto a remo como a vela. Entendiéndose por señas, los indios —los primeros intérpretes, Julián y Melchor, los habría de obtener precisamente esta expedición— siempre con alegre cara y muestras de paz comunicaron a los españoles que al día siguiente acudirían más piraguas, para llevar a los recién llegados a tierra. Este momento en que los indios subieron a las naves españolas y aceptaron las sartas de cuentas verdes y demás baratijas preparadas al efecto fue uno de los pocos contactos pacíficos que tuvo el grupo de Hernández con los indios, e incluso en este las muestras de paz eran fingidas. Precisamente durante estos contactos del 4 de marzo podrían haber nacido dos topónimos, Yucatán y Catoche, cuya historia sorprendente y divertida —acaso demasiado para ser del todo cierta— se cita a menudo: sea historia o leyenda, ésta quiere que los españoles hayan preguntado a los indios por el nombre de la tierra que acababan de descubrir, y que al escuchar su respuesta, bastante predecible: “no entiendo lo que dices“… “ésas son nuestras casas“… pusieran a la tierra por nombre justo lo que escuchaban: Yucatán, que querría decir “no te entiendo“, para la “Provincia”” completa (o isla, según creían ellos), y Catoche, que significaría “nuestras casas“, a la población donde desembarcaron.

Fray Diego de Landa dedica el segundo capítulo de su Relación de las cosas de Yucatán a la Etimología del nombre de esta Provincia. Situación de ella y en él nos confirma el caso del cabo Catoche, que procedería efectivamente de cotoch, “nuestras casas, nuestra patria”, pero no parece en cambio que confirme lo de que Yucatán signifique “no entiendo“. Finalmente, Bernal Díaz del Castillo también se ocupa del asunto. Confirma la etimología de Catoche como “nuestras casas“, pero aporta para Yucatán una explicación todavía más sorprendente que la de “no te entiendo“. Según ella, los dos indios capturados en la batalla de Catoche, Julianillo y Melchorejo, en sus primeras conversaciones con los españoles en Cuba, y estando presente Diego Velázquez, habrían hablado del pan. Los españoles explicando que su pan estaba hecho de “yuca“, los indios mayas aclarando que al suyo le decían “tlati”, y de la repetición de “yuca” (voz caribeña, no maya) y “tlati” durante esta conversación, los españoles habrían deducido falsamente que les estaban intentando enseñar el nombre de su tierra: Yucatán. Es probable que el primer narrador de la historia del “no te entiendo” fuera Fray Toribio de Benavente, Motolinía, que al final del capítulo 8 del tratado tercero de su Historia de los indios de la Nueva España dice: “porque hablando con aquellos Indios de aquella costa, a lo que los Españoles preguntaban los Indios respondían: «Tectetán, Tectetán», que quiere decir: «No te entiendo, no te entiendo»: los cristianos corrompieron el vocablo, y no entendiendo lo que los Indios decían, dijeron: «Yucatán se llama esta tierra»; y lo mismo fue en un cabo que allí hace la tierra, al cual también llamaron cabo de Cotoch; y Cotoch en aquella lengua quiere decir casa”.

Al día siguiente, según lo prometido, los indios volvieron con más piraguas para trasladar a los españoles a tierra. Éstos contemplaron bastante alarmados cómo la costa se llenaba de nativos, presintiendo que el desembarco podía ser peligroso. No obstante, bajaron a tierra como lo solicitaba su hasta ahora amable anfitrión, el cacique de El gran Cairo, aunque por precaución usaron sus propios bateles en lugar de aceptar ser llevados por los indios en canoas, y por supuesto salieron armados, procurando sobre todo llevar ballestas y escopetas (“quince ballestas y diez escopetas“, si creemos en la increíble memoria de Bernal Díaz del Castillo). Los temores de los españoles se confirmaron inmediatamente. El cacique les tenía preparada una emboscada en cuanto pisaran tierra. Multitud de indios los atacaron, armados con lanzas, rodelas, hondas (hondas dice Bernal; Diego de Landa niega que los indios de Yucatán conocieran la honda; sostiene que lanzaban las piedras con la mano derecha, utilizando la izquierda para apuntar; pero la honda era conocida en otros puntos de Mesoamérica, y el testimonio de los que recibían las pedradas merece sin duda más crédito), flechas lanzadas con arco, y armaduras de algodón. Sólo la sorpresa producida en los indios por las cortantes espadas, las ballestas y las armas de fuego pudo ponerlos en fuga, consiguiendo los españoles volver a embarcar, no sin sufrir los primeros heridos de la expedición.

Durante esta batalla de Catoche ocurrieron dos hechos que tendrían gran influencia futura: uno fue el haber hecho prisioneros a dos indios, a los que una vez bautizados se les llamó Julián y Melchor, o más frecuentemente Julianillo y Melchorejo: habrían de ser los primeros intérpretes de los españoles en tierra maya, en la expedición de Grijalva. Otro fue la curiosidad y valor del clérigo González, capellán del grupo, que habiendo saltado a tierra con los soldados, se entretuvo en explorar —y desvalijar— una pirámide y unos adoratorios, mientras sus compañeros intentaban salvar la vida. El clérigo González vio por primera vez los ídolos, y recogió piezas “de medio oro, y lo más cobre“, que de todos modos serían suficientes para excitar la codicia de los españoles de Cuba, al regreso de la expedición. Al menos dos soldados murieron como resultado de las heridas de esa batalla. De vuelta en los navíos, Antón de Alaminos impuso una navegación lenta y vigilante, moviéndose sólo de día, porque estaba empeñado en que Yucatán era una isla. Además, empezó la mayor penalidad de los viajeros, la falta de agua de boca a bordo. Los depósitos de agua, pipas y vasijas, no eran de la calidad requerida para largas travesías; perdían agua y no la conservaban bien, exigiendo frecuentes desembarcos para renovar el imprescindible líquido. Cuando fueron a tierra para llenar las pipas, cerca de un pueblo al que llamaron Lázaro (En lengua de indios se llama Campeche, nos aclara Bernal), los indios se les acercaron una vez más con apariencia pacífica, y les repitieron una palabra que debería haberles resultado enigmática: “Castilian”. Luego se atribuyó la palabra a la presencia en las proximidades de Jerónimo de Aguilar y de Gonzalo Guerrero, los náufragos de Nicuesa.

Los españoles encontraron un pozo “de cal y canto” utilizado por los indios para abastecerse de agua dulce, y pudieron llenar sus pipas y vasijas. Los indios, otra vez con aspecto y maneras amigables, los llevaron a su poblado, donde una vez más pudieron ver construcciones sólidas y muchos ídolos (Bernal alude a los “bultos de serpientes” en las paredes, tan característicos de Mesoamérica). Conocieron además a los primeros sacerdotes, con su túnica blanca y su larga cabellera impregnada de sangre humana. Estos sacerdotes les hicieron ver que las muestras de amistad no continuarían: convocaron a gran cantidad de guerreros y mandaron quemar unos carrizos secos, indicando a los españoles que si no se marchaban antes de que se extinguiera el fuego, los atacarían. Los hombres de Hernández decidieron retirarse a los barcos, con sus pipas y aljibes de agua, y consiguieron hacerlo antes de que los indios los atacaran, saliendo bien librados del descubrimiento de Campeche. Pudieron navegar unos seis días de buen tiempo y otros cuatro de temporal, que a punto estuvo de hacerlos naufragar. Pasado ese tiempo, el agua dulce se les volvió a agotar por culpa del mal estado de los depósitos. Estando ya en situación extrema, se detuvieron a recoger agua en un lugar que Bernal a veces llama Potonchán y a veces por su nombre actual de Champotón, donde discurre el río del mismo nombre. En cuanto habían henchido las pipas, se vieron rodeados de muchos escuadrones de indios. Pasaron la noche en tierra, con grandes precauciones y guardados por “velas y escuchas”.

Esta vez los españoles decidieron que no debían escapar, como en Lázaro-Campeche: necesitaban agua, y la retirada parecía más peligrosa que el ataque si los indios la estorbaban. Así que decidieron luchar, con resultado muy adverso: nada más empezar la batalla ya habla Bernal de ochenta españoles heridos. Recordando que los originalmente embarcados eran un centenar de personas, no todos soldados, eso da idea de que estuvieron muy cerca de terminar en ese momento la expedición. Pronto descubrieron que los escuadrones de indios se multiplicaban con nuevos refuerzos, y que si bien espadas, ballestas y arcabuces los asustaban al principio, conseguían superar la sorpresa procurando asaetear a distancia a los españoles, para mantenerse alejados de sus espadas. Al grito de “Calachumi”, que los conquistadores pronto supieron traducir como “al jefe”, los indios se ensañaron especialmente con Hernández de Córdoba, que llegó a recibir diez flechazos. También aprendieron los españoles el empeño de sus oponentes por capturar personas vivas: dos fueron hechas prisioneras y seguramente sacrificadas después; de una sabemos que se llamaba Alonso Boto, y a la otra Bernal sólo es capaz de recordarla como “un portugués viejo“.  Llegó un momento en que sólo quedaba un soldado ileso, el capitán debía estar prácticamente inconsciente, y la agresividad de los indios se multiplicaba. Decidieron entonces como último recurso romper el cerco de los indios en dirección a los bateles, y volver a abordarlos —sin poder ocuparse de sus pipas de agua— para ganar los barcos.

Afortunadamente para ellos, los indios no se habían preocupado de retirar o inutilizar las barcas, como habrían podido hacer. Se ensañaron, en cambio, en el ataque con flechas, piedras y lanzas a los bateles en fuga, que se desequilibraron por el peso y movimiento, y acabaron dando al través o volcando. Los supervivientes de Hernández tuvieron que desplazarse asidos a las bordas de las lanchas, medio nadando, pero al final fueron recogidos por el barco de menor calado, y puestos a salvo. Los supervivientes, al pasar lista, tuvieron que lamentar la falta de cincuenta compañeros, incluyendo los dos que se llevaron vivos. El resto estaban muy malheridos, con excepción de un soldado llamado Berrio, que resultó sorprendentemente ileso. Cinco murieron en los días siguientes, siendo arrojados al mar sus cadáveres. Los españoles llamaron al sitio “costa de la mala pelea”, y así figuró en los mapas durante algún tiempo. Los expedicionarios habían vuelto a las naves sin el agua dulce que obligó al desembarco. Además, veían mermada su tripulación en más de cincuenta hombres, muchos de ellos marineros, lo que unido a la gran cantidad de heridos graves les impedía maniobrar los tres barcos. Se deshicieron del de menor calado quemándolo en alta mar, después de haber repartido en los otros dos sus velas, anclas y cables. La sed comenzó a ser intolerable. Bernal habla de que se les agrietaban lenguas y gargantas, y de soldados que fallecieron porque la desesperación los llevó a ingerir agua de mar. Otro desembarco de quince hombres, en un lugar al que llamaron Estero de los lagartos sólo obtuvo agua salobre, que aumentó la desesperación de los tripulantes.

Los pilotos Alaminos, Camacho y Álvarez decidieron, a iniciativa de Alaminos, navegar a Florida en lugar de hacerlo directamente a Cuba. El piloto mayor Alaminos recordaba su exploración de La Florida con Juan Ponce de León, y creía saber que esa era la ruta más segura, aunque nada más llegar a Florida advirtió a sus compañeros de la belicosidad de los indios locales. Efectivamente, las veinte personas —entre ellas Bernal y el piloto Alaminos— que desembarcaron en busca de agua fueron atacadas por nativos, aunque esta vez lograron sobreponerse a ellos, no sin que Bernal recibiera su tercera herida del viaje, y Alaminos un flechazo en la garganta. Desapareció también uno de los vigías que se habían puesto en torno a la tropa, Berrio, precisamente el único soldado que había resultado ileso en Champotón. Pero pudieron regresar al barco, y por fin llevaban agua dulce que alivió el sufrimiento de los que habían permanecido en el barco, aunque uno de ellos, siempre según Bernal, bebió tanta que se hinchó y murió a los pocos días. Ya con agua, se dirigieron a La Habana con los dos navíos restantes, y no sin dificultades —los barcos estaban deteriorados y ya hacían agua, y algunos marineros levantiscos se negaban a accionar las bombas— pudieron desembarcar en el puerto de Carenas (La Habana), dando por terminado el viaje.

En algún momento entre 1517 y 1518, los españoles dejaron abandonada en la isla de Términos (actualmente isla del Carmen) a una perra de caza, la lebrela de Términos, que luego recuperaría la expedición de Cortés. Bernal Díaz del Castillo refiere que fue Grijalva el que perdió la perra, pero Cortés atribuye el anecdótico suceso a Hernández. Si fuera así, como supone el moderno biógrafo de Cortés Juan Miralles, debería revisarse la ruta de vuelta de su expedición, que no iría de Champotón a Florida directamente, sino recalando en la isla del Carmen, algo más al sur. El descubrimiento de El Gran Cairo, en marzo de 1517, fue sin duda un momento crucial en la consideración de las Indias por los españoles: hasta entonces, nada se había asemejado a las historias de Marco Polo, o a las promesas de Colón, que adivinaba Catay —y hasta el Jardín del Paraíso— tras cada cabo y en cada río. Lejos todavía los encuentros con las culturas azteca e inca, El Gran Cairo era lo más parecido a ese sueño que los conquistadores habían contemplado hasta entonces. De hecho, cuando llegaron noticias a Cuba, los españoles reavivaron su imaginación, creando otra vez fantasías sobre el origen de los pueblos descubiertos, que remitían a “los gentiles” o a “los judíos desterrados de Jerusalén por Tito y Vespasiano”. De la importancia que se dio a las noticias, objetos y personas que Hernández llevó a Cuba da idea la rapidez con la que se preparó la siguiente expedición que Diego Velázquez encargó a Juan de Grijalva, pariente suyo y persona de su confianza. Las noticias de que en esa isla de Yucatán había oro, confirmadas además con entusiasmo por Julianillo, el indio prisionero desde la batalla de Catoche, cebaron el proceso que concluiría con la Conquista de México por la tercera flota enviada, la de Hernán Cortés. Y ahora volvamos de nuevo a Stephens.

La obra de Stephens produjo gran sensación. Se publicaron varias ediciones en poco tiempo y casi inmediatamente después fue traducida a varios idiomas. En una palabra, todo el mundo hablaba de ella. Sin embargo, en 1838, cuando en París se publicó el relato de Von Waldeck con el título «Viaje arqueológico romántico al Yucatán», llamó poco la atención, y hoy día está casi olvidado. Evidentemente, el relato de Stephens es más detallado y está escrito tan brillantemente que, incluso en nuestros días, su lectura causa admiración. Y Waldeck no llevaba consigo un hombre de la categoría de Catherwood, cuyos dibujos reunían, con su valor artístico, tal grado de precisión científica —hasta las fotografías nos parecen inferiores a los dibujos de Catherwood—, que aún hoy día conservan un valor documental para la arqueología, pues muchas de las cosas que vio y fijó con su lápiz están de nuevo cubiertas de plantas, derruidas, corroídas por la intemperie o destruidas.  Pero la razón fundamental es seguramente ésta: cuando se publicaba el libro de Waldeck, la atención de todos los eruditos y curiosos de Francia seguía con entusiasmo los progresos en el descubrimiento y conocimiento de una cultura antigua muy distinta, con la cual se relacionaba un acontecimiento nacional reciente. Aún vivían los que habían participado en la expedición egipcia de Napoleón, y el público se emocionaba todavía con la gran obra del desciframiento de los jeroglíficos. Francia, incluso Europa entera y hasta América —pensemos en los primeros viajes de Stephens—, miraban a Egipto. Se requería una ruptura absoluta con las ideas tradicionales para aceptar los nuevos puntos de vista.

 

Era lógico, además, que cuando los mayas habían llamado la atención al público se ofrecieran aquellas interpretaciones aventuradas que siempre acompañaban a todo descubrimiento nuevo. Después del relato de Stephens, había ya un hecho indiscutible: los antiguos mayas eran un pueblo de una cultura que muy bien podía colocarse al lado de las grandes civilizaciones del mundo antiguo, y esta afirmación podría hacerla cualquier profesional con sólo basarse en los monumentos encontrados. En cambio, hasta mucho más tarde no se reconoció el gran progreso alcanzado por los mayas en las matemáticas.  Todo esto planteaba el siguiente problema: ¿De dónde venía este pueblo? ¿Era, efectivamente, de raza india como las restantes tribus que vivían al Norte y al Sur, y que no han llegado a salir jamás de su vida nómada? Y en tal caso, ¿cómo se explica que sean justamente los mayas los que alcanzaron aquel desarrollo? ¿Qué les dio impulso? ¿Era posible que en el continente americano, separado de la gran corriente cultural del mundo antiguo, hubiera podido surgir una cultura netamente autóctona?  Aquí es donde empiezan las primeras interpretaciones audaces. Alguien afirmó que tal cosa era completamente imposible; que, sin duda, en los tiempos primitivos tenía que haberse producido una emigración del antiguo Oriente al continente occidental. ¿Por qué camino?

En el terreno de las hipótesis es fácil hallar solución a todos los enigmas. Por algún puente de tierra, existente, en tiempos del Diluvio, en el Norte. Y otros, menos audaces ante la idea de hacer marchar a habitantes de las cercanías del Ecuador por el círculo polar, decidieron ver en los mayas los supervivientes del legendario continente de la Atlántida. Como ninguna de estas interpretaciones satisfizo del todo, no faltaron voces que pretendían que los mayas eran una tribu oriunda nada menos que de Israel. Algunas de las esculturas que el mundo entero podía contemplar ahora en los dibujos de Catherwood, ¿no tenían asombrosa semejanza con las figuras de los dioses indios? Sí, replicaban unos, pero las pirámides señalan decididamente a Egipto, mientras que otros investigadores recuerdan que ya en los relatos españoles hay claras alusiones de que en la mitología de los mayas existen elementos cristianos. Se ha hallado el símbolo de la cruz, hay indicios de que los mayas tenían una idea del Diluvio, e incluso parece ser que su dios Kukulcán tiene el papel de un Mesías, y todo ello alude a la Tierra Santa de Oriente.  Siguió discutiéndose violentamente —y diremos que tal debate no ha conducido aún a una conclusión final, aunque se desarrolle sobre bases más firmes—, y se publicó la obra de un investigador que no exploraba directamente el terreno como Stephens, sino que era un hombre de estudio.

 

Este personaje era casi ciego cuando, desde su estudio y valiéndose únicamente de la agudeza de su inteligencia, abrió paso en la jungla dando un golpe más afortunado que todos los que diera Stephens con su machete. Éste había descubierto el antiguo reino de los mayas en Honduras, Guatemala y el Yucatán, y aquel sabio no vidente descubría el antiguo reino de los aztecas por segunda vez, el reino de Moctezuma en México. Ahora empezaba la gran confusión.  William Hickling Prescott, perteneciente a una antigua familia puritana de Nueva Inglaterra, nació el 4 de mayo de 1796 en Salem. De 1811 a 1814 estudió Leyes en la Universidad de Harvard, y pocos años después, este hombre, que como jurista hubiera podido seguir una carrera brillante, se veía ante un extraño sistema de escritura; era el llamado «noctógrafo», invento de un tal Wedgewood, semejante a una pizarra en la que las líneas para la escritura aparecían sustituidas por unas barras de latón transversales. Como estas líneas permitían llevar la mano segura, era posible escribir incluso con los ojos cerrados. Para más seguridad, en vez de pluma se empleaba un punzón y un papel de calcar ordinario transmitía los signos al papel. En suma, aquello servía para que escribieran los ciegos. William Prescott estaba, en efecto, casi ciego. Por un accidente desdichado perdió en el College su ojo izquierdo, y los esfuerzos continuos en el estudio debilitaron tanto su ojo derecho, que ninguno de los oculistas europeos que consultó en dos años de viaje por Europa consiguió devolverle la vista. Así quedó truncada en ciernes su carrera de jurista.

 

Luego, con asombrosa disciplina, este hombre se esforzó en llevar a cabo determinados trabajos históricos, y en el «noctógrafo» fue apareciendo una obra titulada «La conquista de México». Es un relato de las conquistas de Cortés y aparece escrito con tal pasión que al leerlo se nos corta la respiración. Pero hay más: con aplicación sobrehumana, Prescott ha utilizado incluso el testimonio más trivial de los contemporáneos de la conquista para esbozar un panorama del Imperio azteca antes y después de su conquista por los españoles. Y así, en 1843, al publicarse la obra, se vio de pronto que, además de la civilización de los mayas recientemente descubierta por Stephens, surgía también la no menos enigmática civilización de los aztecas. Desde luego, las relaciones entre aztecas y mayas eran evidentes. Visiblemente, su religión, por ejemplo, acusaba grandes concomitancias; sus edificios, templos y palacios parecían haber sido construidos por el mismo espíritu. Pero ¿y el idioma?; ¿y la antigüedad de ambos pueblos? Un examen superficial hizo ver que los aztecas y los mayas hablaban un idioma de familia distinta. Y mientras que la civilización azteca fue visiblemente «decapitada» por los conquistadores cuando se hallaba en su máximo esplendor, la de los mayas había conocido hacía siglos su apogeo cultural y político, y seguramente era un pueblo que se hallaba en decadencia cuando los españoles desembarcaron en sus costas. A pesar de todo, no sería difícil una explicación a tales contradicciones contando con un método que no tenía inconveniente en aceptar incluso la presencia de los hijos de Israel en la América precolombina. Pero Prescott se permitió ciertas observaciones marginales que plantearon una docena de nuevos enigmas en torno a las civilizaciones de la América Central.

 

Así, por ejemplo, una vez interrumpe el relato de la «noche triste», cuando Cortés huye de México con sus huestes derrotadas, y se detiene en plena narración para describirnos unas ruinas a las que los españoles, perseguidos, seguramente prestaron poca atención. Aquellas ruinas eran las pirámides de Teotihuacán, una del Sol y otra de la Luna, monumentos ambos tan poderosos que admiten el parangón con los sepulcros de los faraones —la pirámide del Sol mide más de sesenta metros de altura y cubre una superficie de más de 200 metros de lado. Estos gigantescos templos distan de México una jornada —hoy día, apenas una hora de ferrocarril—; luego están en pleno corazón del reino azteca. Pero a Prescott no es la situación geográfica lo que le impresiona, sino que, según las tradiciones indias, pretende que tales ruinas fueron ya halladas por los aztecas cuando invadieron el país como conquistadores. Según tal tesis, antes de los aztecas, y aun de los mayas, ha habido en la América Central y en México otro pueblo mucho más antiguo, de cultura distinta: un tercer pueblo que no era ni el de los aztecas ni el de los mayas. Y escribe:  «¿Qué ideas deben inspirar al viajero… al ir pisando las cenizas de las generaciones que dejaron como recuerdo estos monumentos gigantescos que ahora nos trasladan… a la Antigüedad primitiva? Pero ¿quiénes eran los constructores? ¿Acaso aquellos olmecas fabulosos, cuya historia, como la de los antiguos Titanes, se pierde en la oscuridad del mito, o, según se pretende, aquellos toltecas pacíficos, de quienes todo lo que sabemos se basa en tradiciones poco seguras? ¿Qué fue de las tribus que los construyeron? ¿Quedaron en aquel suelo, se mezclaron con los salvajes aztecas que les sucedieron, o han seguido su camino hacia el Sur, hallando un amplio campo para la propagación de su cultura, como se pone de manifiesto en el carácter más elevado de las ruinas arquitectónicas de las regiones remotas de la América Central y del Yucatán?»

 Fácilmente se comprende que tales hipótesis de diversa procedencia —aunque aquí para simplificar citamos solamente las de Prescott— provocaron una confusión insuperable. Prescott afirma: «Todo esto es un misterio que los años han envuelto con un velo imposible…». Y luego añade: «Un velo que no puede levantar la mano de ningún mortal.». Mas el historiador que, tanto como él, sacaba la oscuridad del pasado a la luz del día, se muestra aquí demasiado tímido. Manos mortales excavan aún en nuestros días y sus trabajos han permitido aclarar lo que hace cien años parecía un misterio impenetrable y prometen descubrir pronto todo lo que todavía permanece oculto para nosotros. Unos veinte años más tarde, en 1863, un visitante de la Biblioteca Nacional de Madrid, fisgando en los archivos históricos del Estado, halló un manuscrito amarillento, muy viejo, que probablemente no había sido leído jamás. Llevaba fecha de 1566 y su título era «Relación de las cosas del Yucatán». Contenía unos dibujos, a modo de esbozos muy raros, a primera vista inconprensibles. Como autor firmaba un tal Diego de Landa.  Cualquier lector hubiera colocado de nuevo el manuscrito en su sitio, y seguramente muchísimos lo habían hecho ya así. Mas por azar, el visitante que lo tenía en la mano había sido durante diez años capellán de la Embajada francesa en México y, desde 1855, párroco del poblado indio de Rabinal, en el distrito de Salama, en Guatemala, y se había dedicado con especial interés al estudio de los idiomas y los vestigios de las antiguas civilizaciones.

 

Para completar con un trazo más la breve semblanza de este sabio sacerdote, diremos que además de convertir indios había escrito una serie de cuentos y novelas históricas bajo el seudónimo de Etienne Charles de Ravensberg. Su nombre era Charles Brasseur de Bourbourg y vivió de 1814 a 1874. Pues bien, cuando Brasseur tuvo en sus manos el amarillento librito de Diego de Landa, no lo colocó indolentemente en su estante, sino que lo examinó con todo detenimiento y descubrió algo importantísimo para el estudio de las culturas de la América Central. William Prescott tenía nueve años más que Stephens; Brasseur de Bourbourg, nueve años menos. Y a pesar de que Bourbourg no hizo su importante descubrimiento hasta 1863, la obra de los tres constituye un conjunto. Stephens había descubierto los monumentos de los mayas; Prescott recopiló y redactó por vez primera un conjunto coherente de la historia azteca, aunque sólo comprendía la última parte de la misma. Brasseur de Bourbourg fue el primero en descubrir la clave para la comprensión de toda una serie de dibujos ornamentales hasta entonces incomprensibles. Antes de exponer la importancia de este descubrimiento debemos tener en cuenta que los problemas planteados por la investigación arqueológica en América eran completamente distintos a los que solían plantearse en las demás regiones del mundo antiguo. Veamos ahora alguna de estas diferencias esenciales.

 

Cuando los chinos, desde el tercer milenio antes de Jesucristo —después de un gran diluvio—, empezaron a concentrarse en un reino, lo hicieron a lo largo de sus mayores ríos, el Huang-Ho y el Yang-tse-kiang. Cuando los indios fundaron sus primeros poblados, los levantaron en las riberas del Indo y del Ganges. Cuando los sumerios penetraron en Mesopotamia, sus colonias produjeron la civilización asirio-babilónica, asentada entre los ríos Eufrates y Tigris.Y la egipcia, no solamente vivía junto al Nilo, sino del Nilo. Lo que para estos pueblos significaban las corrientes fluviales como medio de comunicación y de vida, lo significaba para los griegos el estrecho mar Egeo. En suma, las grandes civilizaciones de los tiempos pretéritos eran civilizaciones de ríos, y los exploradores estaban acostumbrados a considerar la existencia de un río como condición previa para el establecimiento y desarrollo de una civilización determinada. Pues bien, a pesar de ello, las civilizaciones americanas no eran fluviales, por así decir, y, sin embargo, no cabía duda de que habían florecido y prosperado dejando huellas patentes. Tampoco la incaica en la meseta del Perú era una civilización de ríos, y guarda estrecha relación con las culturas de la América Central. Otra condición previa para el florecimiento cultural era la capacidad, la tendencia de los pueblos para la agricultura y la ganadería. Los mayas conocían la agricultura, aunque de manera un tanto especial, pero ¿y la ganadería? La civilización maya es, efectivamente, la única que carece de animales domésticos y de animales de carga, y por lo tanto también de carros.

 

Y no es esto sólo lo que nos hace parecer extraña la civilización de los mayas. La mayoría de los pueblos civilizados del mundo antiguo han desaparecido de la superficie de la Tierra sin dejar huellas y con ellos también su idioma, que hoy hemos de aprender como «lengua muerta», después de laboriosos trabajos de desciframiento. No ocurre así con los mayas, de los que viven aún un millón en nuestros días, sin haber cambiado lo más mínimo su constitución física, ni sufrir alteraciones su peculiar género de vida material, al tiempo que los cambios experimentados en su modo de vestir son insignificantes. Cuando el investigador se dirige a su criado indio, tiene ante sí el mismo rostro que acaba de copiar de un antiguo relieve de los mayas. En el año 1947, la revista  Life  y la Illustrated London News  publicaron abundantes fotografías de las últimas excavaciones. En una de ellas se veía un hombre y una joven mayas ante dos relieves antiguos; aquellos relieves parecían reproducciones fieles de sus propias caras. Y si las figuras del relieve hubieran podido hablar lo habrían hecho en el mismo idioma con que el criado maya pide su paga al investigador.  Inicialmente se pudo pensar que esta circunstancia ofrecería especiales ventajas para la exploración; pero era sólo en apariencia, pues a pesar de que la cultura maya no haya muerto hace 2.000 o 3.000 años, sino solamente 450 —eso la distingue de todas las desaparecidas culturas del mundo antiguo—, los puntos de partida para su estudio son más escasos que en cualquier otro lugar.

 

De Babilonia, de Egipto, de los antiguos pueblos de Asia, del Asia Menor y de Grecia tenemos noticias desde siempre, y aunque es mucho lo que se ha perdido, también se ha conservado muchísimo, sea por tradición escrita u oral. Desaparecieron hace mucho tiempo, es cierto, pero su agonía fue lentísima y al morir transmitieron sus creaciones. En cambio, las civilizaciones americanas —ya lo dijimos— perecieron violentamente «decapitadas». Detrás de los soldados españoles, con sus caballos y sus espadas, venían los sacerdotes y las hogueras donde se quemaban los escritos y las imágenes que hubieran podido informarnos. Don Juan de Zumárragá, primer arzobispo de México, destruyó en un gigantesco auto de fe cuantos documentos pudo lograr. Todos los obispos y sacerdotes le imitaron, y los soldados destruyeron con idéntico celo lo que pudiera quedar. Cuando, en 1848, lord Kingsborough terminó la colección de testimonios conservados de los antiguos aztecas, su obra no contenía ni un solo ejemplar de origen español. ¿Qué documentos se han conservado de los mayas procedentes de la época anterior a la conquista? Pues tres manuscritos.  Uno está en Dresden, otro en París, y dos que en rigor van juntos, están ahora en sitios distintos de España. Son el «Codex Dresdensis», el más antiguo, el «Codex Peresianus», y los códices «Troano» y «Cortesianus». Y puesto que hacemos una enumeración de desventaja, no queremos dejar de apuntar las dificultades de la investigación directa.

 

El arqueólogo, en Grecia o en Italia, viaja por tierras civilizadas; el investigador en Egipto trabaja en el clima más sano de aquellas latitudes; pero el hombre que en el siglo pasado se decidió a buscar huellas de los mayas y aztecas tuvo que internarse en un clima infernal, lejos de toda civilización. (Por ejemplo, aún hoy, en los años sesenta, los turistas no disponen de ningún camino por tierra para llegar a Tikal, en Guatemala, importante estación arqueológica donde la Universidad de Pennsylvania ha investigado en los últimos diez años, y bajo la dirección de William Coe, más de trescientas construcciones, algunas de ellas gigantescas. Se puede, no obstante, llegar al lugar en una hora de vuelo desde la ciudad de Guatemala y alojarse y comer «a la americana» en el confortable «Jungle Lodge».). Por ello, los trabajos de investigación en la América Central tropezaron con tres grandes dificultades; primero, ante una serie de problemas completamente desacostumbrados por la singularidad de estas civilizaciones precolombinas; segundo, por la imposibilidad de llegar a establecer suficientes comparaciones y conclusiones, sólo posibles cuando hay abundancia de materiales recogidos, y aquí, apenas si los había, a excepción de aquellas ruinas; tercero, de tipo geográfico, por los obstáculos que la vegetación, el clima y la escasez de comunicaciones oponían a toda exploración continuada y rápida.

 

¿No es sorprendente que mayas y aztecas hayan vuelto a caer en el olvido después del grandioso descubrimiento hecho por Stephens y por Prescott? ¿Que sólo unos cuantos investigadores supieran durante cuatro decenios de la existencia de estos pueblos? ¿Que a pesar del gran número de hallazgos de poca importancia no se haya descubierto nada de verdadera importancia entre los años 1840 y 1880? ¿Que incluso el hallazgo de Brasseur de Bourbourg en los archivos de Madrid sólo consiguiera despertar el interés de unos pocos especialistas? El libro de Diego de Landa estuvo durante trescientos años al alcance de todos, y allí siguió dormido sin que nadie lo hojease. Sin embargo, contenía las mágicas palabras que —al menos en parte— fueron la clave para descifrar el sentido de los pocos monumentos, piedras, relieves y esculturas para poder hacer las indispensables comparaciones y llegar al desciframiento de aquellas mágicas palabras, comprobando su significado.

febrero 23, 2012 - Posted by | Historia, Mayas, Mayas, Personajes históricos

1 comentario »

  1. Que artículo tan completo. Me quito el sombrero!

    Comentario por Jose Luis | marzo 23, 2016 | Responder


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