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Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

Los dioses de Sumer, ¿eran los mismos que en la mitología egipcia?


Lo que intento mostrar en este artículo son las equivalencias entre los dioses sumerios y los dioses egipcios. Zecharia Sitchin nacido en 1922 y fallecido recientemente, es un investigador y escritor de origen ruso. Es un autor de libros populares que promueven la teoría de los antiguos astronautas y el supuesto origen extraterrestre de la humanidad. Atribuye la creación de la cultura sumeria a los Annunaki (o Nefilim), procedentes de un hipotético planeta llamado Nibiru, en el sistema solar. Afirma que la Mitología sumeria refleja este punto de vista. Sitchin  conocía en profundidad el hebreo clásico y el moderno, y leía el sumerio así como otros idiomas antiguos de oriente. Ha traducido y reinterpretado antiguas tablillas e inscripciones de los pueblos donde surgieron las primeras civilizaciones. A partir de su interpretación de poemas sumerios y acadios, de inscripciones hititas y de tablillas sumerias, acadias, babilonias y cananeas, además de los jeroglíficos egipcios, mezclándolo y relacionándolo todo con los libros del Antiguo Testamento, el Libro de los Jubileos y otras fuentes, ha llegado a conclusiones que, en su opinión, le permiten abordar la historia de la humanidad y del planeta Tierra desde una óptica absolutamente sorprendente, aunque no exenta de fuertes criticas. Pero muchos de los que han revolucionado la ciencia arqueológica, como Heinrich Schliemann, el descubridor de Troya, tuvieron que escuchar muchos reproches antes de confirmar sus intuiciones.  Uno de los libros de Sitchin “La Guerra de los Dioses y los Hombres” me ha servido de base para escribir este artículo.

Después del gran Diluvio, mientras el dios sumerio Ninurta se ocupaba de hacer represas en las montañas que rodean Mesopotamia y de drenar sus llanuras, el dios Enki volvió a África para evaluar los daños que el Diluvio había causado allí. Al final, el dios Enlil y sus descendientes terminaron controlando todas las zonas altas desde el sudeste (Elam, se le confió a la diosa Inanna/Ishtar) hasta el noroeste (los Montes Tauro y Asia Menor, que se le dieron al dios Ishkur/Adad), con las tierras altas que forman un arco entre ellas, que se le dieron a Ninurta, en el sur, y a Nannar/Sin, en el norte. El mismo Enlil conservó la posición central, controlando el antiguo E.DIN, y el lugar de aterrizaje en la Montaña de los Cedros (en Líbano) se puso bajo el mando del dios Utu/Shamash. ¿Adonde fueron entonces Enki y sus seguidores? Cuando Enki inspeccionó África se le hizo evidente que el Abzu sólo -la parte sur del continente africano – no era suficiente. Si la «abundancia» en Mesopotamia se basó en el cultivo de ribera, lo mismo tenía que hacerse en África, de manera que puso su atención, sus conocimientos y sus dotes organizativas en la recuperación del Valle del Nilo.

Los egipcios sostenían que sus grandes dioses habían llegado a Egipto desde Ur (que significa «el lugar de antaño»). Según Manetón, el reinado de Ptah sobre las tierras del Nilo comenzó 17.900 años antes que Menes, es decir, hacia el 21.000 a.C. Nueve mil años más tarde, Ptah entregó los dominios de Egipto a su hijo Ra. Pero el reinado de éste se interrumpió súbitamente después de unos 1.000 años, es decir, hacia el 11.000 a.C. Fue entonces, según los cálculos de Zecharia Sitchin, cuando tuvo lugar el Diluvio. Los egipcios creían que, después, Ptah volvió a Egipto para llevar a cabo grandes obras de recuperación de tierras y, literalmente, de elevación de éstas desde debajo de las aguas. Existen textos sumerios en donde se atestigua también que Enki fue a las tierras de Meluhha (Etiopía/Nubia) y Magan (Egipto) para hacerlas habitables para el hombre y los animales: “Fue al País de Meluhha; Enki, señor del Abzu, decreta su destino: Tierra negra, que tus árboles sean grandes, que sean árboles de las Tierras Altas. Que tus palacios reales se llenen de tronos. Que tus juncos sean grandes, que sean juncos de las Tierras Altas…Que tus toros sean grandes, que sean toros de las Tierras Altas… Que tu plata sea como oro, que tu cobre sea estaño y bronce… Que tu pueblo se multiplique; que tu héroe salga como un toro…”.

Las crónicas sumerias, que relacionan a Enki con las tierras africanas del Nilo, resultan importantes porque corroboran los relatos egipcios con relatos mesopotámicos, y porque vinculan a los dioses sumerios, especialmente Enki,  con los dioses de Egipto. Se cree que el dios egipcio Ptah no es otro que el dios sumerio Enki. Tras hacer habitables de nuevo las tierras, Enki dividió el continente africano entre sus seis hijos. El dominio más meridional se lo volvió a conceder a NER.GAL («Gran Vigilante») y a su esposa Ereshkigal. Un poco más al norte, en las regiones mineras, se instaló GIBIL («El del Fuego»), a quien su padre enseñó los secretos de la metalurgia. ANIN.A.GAL («Príncipe de las Grandes Aguas») se le dio, como su nombre indica, la región de los grandes lagos y las fuentes del Nilo. Aún más al norte, en los pastos mesetarios del Sudán, reinó el hijo menor, DUMU.ZI («Hijo Que Es Vida»), cuyo apodo era «El Apacentador». Entre los expertos se discute aún la identidad de otro de los hijos de Enki. Pero no hay duda de que el sexto hijo -en realidad el primogénito de Enki y su heredero legal- fue MAR.DUK («Hijo del Montículo Puro»). Debido a que uno de sus cincuenta epítetos fue ASAR, que suena similar al egipcio As-Sar Osiris» en griego), algunos expertos han especulado con la idea de que Marduk y Osiris fueran uno y el mismo dios. Pero estos epítetos (como «Todopoderoso» o «Impresionante») se les aplicaban a diversas deidades, y el significado de Asar, «Todo lo Ve», fue también el nombre-epíteto del dios asirio Assur.

De hecho, se han encontrado más similitudes entre el dios babilonio Marduk y el dios egipcio Ra. El primero era hijo de Enki, el segundo era hijo de Ptah, siendo ambos, Enki y Ptah, según se cree, uno y el mismo dios; mientras que Osiris era el bisnieto de Ra y, por tanto, de una generación muy posterior a la de Ra o Marduk. De hecho, en los textos sumerios se han encontrado evidencias dispersas, pero insistentes, que apoyan la idea de que el dios al que los egipcios llamaban Ra y el dios al que los mesopotámicos llamaban Marduk eran una y la misma deidad. Así, un himno auto-laudatorio a Marduk declara que uno de sus epítetos era «El dios IM.KUR. GAR RA» -«Ra Quien Junto al País Montañoso Habita». Además, existen evidencias textuales de que los sumerios eran conscientes de que el nombre egipcio de la deidad era Ra. Hubo sumerios cuyos nombres personales incluían el nombre divino de RA; y en tablillas del tiempo de la III Dinastía de Ur se menciona «Dingir Ra» y su templo E.Dingir.Ra. Más tarde, tras la caída de esta dinastía, cuando Marduk logró la supremacía en su ciudad favorita, Babilonia, su nombre sumerio KA.DINGIR («Puerta de los Dioses») se cambió por KA.DINGIR.RA -«Puerta de los Dioses de Ra»). Ciertamente, el ascenso de Marduk hasta su encumbramiento tuvo sus inicios en Egipto, donde su monumento más conocido -la Gran Pirámide de Gizeh- jugó un papel crucial en su turbulenta carrera. Pero el Gran Dios de Egipto, Marduk/Ra, anhelaba gobernar toda la Tierra, y hacerlo desde el antiguo «Ombligo de la Tierra» en Mesopotamia. Esta ambición fue la que le llevó a abdicar el trono divino de Egipto en favor de sus hijos y nietos. No se imaginaba que esto iba a llevar a dos Guerras de las Pirámides y casi a su muerte.

«Y los hijos de Noé que salieron del arca fueron Sem, Cam y Jafet… estos fueron los tres hijos de Noé de los cuales se pobló toda la Tierra». Así, al relato bíblico del Diluvio le sigue el recital de la Tabla de las Naciones (Génesis), un documento singular del cual dudaron los expertos en un principio, debido a que en él había una relación de naciones desconocidas. Más tarde, se analizó críticamente y, por último, después de un siglo y medio de descubrimientos arqueológicos, provocó la sorpresa por su precisión. Es un documento que conserva gran cantidad de información histórica, geográfica y política en lo referente a la elevación de una exigua humanidad que, desde el lodo y la desolación que siguió al Diluvio, llegó a levantar civilizaciones e imperios. Dejando para el final al importantísimo linaje de Sem, la Tabla de las Naciones comienza con los descendientes de Jafet El Hermoso»): «Y los hijos de Jafet: Gomer, Magog y Madai, Yaván, Túbal, Mések y Tiras. Y los hijos de Gomer: Askanaz, Rifat y Togarmá; los hijos de Yaván: Elisa, Tarsis, los Kittim y los Dodanim. De ellos surgieron las naciones isleñas». Mientras que las últimas generaciones se difundieron, pues, por las regiones costeras y las islas, lo que pasó desapercibido fue que las primeras siete naciones/hijos se corresponden con las tierras altas de las regiones de Asia Menor, el Mar Negro y el Mar Caspio, zonas que fueron habitables poco después del Diluvio, a diferencia de las bajas regiones costeras y las islas, que no se pudieron habitar hasta mucho después.

La llamada tabla de las naciones hallará su continuidad en la genealogía que nos conduce a Abraham. Al analizar dicha tabla, debemos notar que no todos los nombres corresponden exclusivamente a individuos. Algunos son indicativos de tribus o pueblos, hecho que vuelve a aparecer repetidas veces en el Antiguo Testamento: Jacob (o Israel), Edom, Moab, etc., son nombres de individuos y de naciones. Probablemente algunos se refieren sólo a pueblos, como parece desprenderse de la forma plural o dual de los mismos (Kittim, Dodanim, Mizraim), mientras que otros pueden incluir a personas y a ciudades (Assur y Sidón). El catálogo no es completo ni pretende serlo. Su finalidad es mostrar que la nueva humanidad desciende de los hijos de Noé y que, por consiguiente, constituye una inmensa familia que ha ido creciendo y diversificándose. Si algún concepto se destaca en este pasaje es el de universalidad. Esta lista de pueblos debe examinarse teniendo en cuenta no sólo su origen común, sino también su destino, pues a todos los pueblos y naciones llegaría la oferta de salvación mediante el Evangelio. En palabras de Delitzch: “La idea del pueblo de Dios implica que se ha de mirar a todas las naciones como participantes futuras de la misma salvación, y que han de ser abrazadas con un interés de amor esperanzado, hasta entonces inaudito en el mundo antiguo“.

Mediante la Tabla de las Naciones, en el Génesis, se puedan exponer los orígenes, relaciones y pautas de dispersión de estas líneas raciales.  Vamos a detenernos un poco a analizar la importancia de esta Tabla.  Parece que los hijos de Jafet son la población de Europa y de parte del norte de la India. Y para los que estén persuadidos de que la Tabla de las Naciones es inclusiva, las razas de color deben lógicamente quedar incluidas, y en alguna parte de la misma encontraremos a los antecesores de los grupos humanos designados como negros, cobrizos y amarillos.  La cuestión es si esta clase de inclusión queda demostrada en las palabras del versículo 32: «de éstos se esparcieron las naciones en la tierra después del diluvio». La distribución geográfica de los restos fósiles muestra una amplia y en parte forzada dispersión de pueblos procedentes de una sola población en crecimiento,  establecida en un punto más o menos central, enviando oleadas sucesivas de migraciones, donde cada una de estas oleadas impulsaba a la anterior hacia la periferia. La extraordinaria variabilidad física muestra que formaban parte de pequeños grupos humanos aislados y muy consanguíneos; mientras que las semejanzas culturales que vinculan a incluso los más dispersos de entre ellos indican un origen común de todos. Lo que es cierto del hombre fósil es igualmente cierto de las sociedades primitivas extintas y presentes. Todas estas poblaciones inicialmente dispersadas proceden de un grupo básico: la familia camita (descendientes de Cam).

Fueron posteriormente desplazadas por indoeuropeos (los jafetitas, descendientes de Jafet), que sin embargo adoptaron su tecnología, sobre la que se desarrollaron, y así consiguieron ventaja en cada área geográfica en la que se extendieron. A lo largo de estos desplazamientos, tanto en tiempos prehistóricos como históricos, nunca hubo seres humanos que no pertenecieran a la familia de Noé y sus descendientes. A cualquiera que haya estudiado la historia de forma amplia y profunda, sirven a un propósito similar al de los mapas para los que han viajado amplia y profundamente por un país. El historiador examina las genealogías como el viajero examina sus mapas. Las unas y los otros proporcionan conocimientos de relaciones y una especie de marco estructural. Como observó Kalisch, «La más antigua historiografía se compone casi totalmente de genealogías; con la mayor frecuencia constituyen el medio para explicar la relación y el linaje de tribus y naciones», con la inserción, donde sea apropiado, de breves notas históricas como las que tienen que ver con Nimrod y Peleg. También los mapas tienen estas pequeñas «notas». Aunque las genealogías de la Biblia suelen ser tratadas con mucho menos respeto que las secciones más estrictamente narrativas, son sin embargo dignas de un cuidadoso estudio, y se verá que proporcionan inesperadas «claves para la Sagrada Escritura». Y la Tabla de las Naciones no es una excepción.

Para exponer dos opiniones representativas de entre las filas de académicos muy liberales de hace medio siglo, podemos citar a Driver, que escribió: ”Así, es evidente que la Tabla de las Naciones no contiene ninguna clasificación científica de las razas de la humanidad. Y no solo esto, sino que no ofrece ningún relato históricamente cierto del origen de las razas de la humanidad”. Y en contraste a esto, tenemos la opinión del profesor Kautzsch de Halle que escribió:”La llamada Tabla de las Naciones permanece, según todos los resultados de las exploraciones de los monumentos, como un documento etnográfico original de primera categoría e insustituible”. Hay poco desacuerdo acerca del hecho fundamental de que todos los hombres, sin excepción, deben ser seguidos en último término hasta Adán. La suposición que se puede hacer es que el resto de la Tabla resultaría ser igualmente iluminadora de la historia etnológica, si tuviésemos disponible la misma cantidad de información detallada acerca de la identidad de los nombres que aparecen que la que tenemos de la familia de Jafet. Tenemos la evidencia procedente de la literatura coetánea que apoya que todos los pueblos del mundo derivan de la familia de Noé, por lo que allí donde encontramos grupos humanos, tienen que haber emigrado en último término del lugar de donde se dice que el Arca se posó en tierra, y que esta presuposición se debe aplicar igualmente al hombre histórico que al prehistórico. En otras palabras, aquí tenemos la Cuna de la Humanidad y el punto focal de toda la posterior dispersión de todos aquellos que pertenecen a la especie Homo sapiens.

La Tabla de las Naciones es un documento singular y de un incalculable valor que hace una afirmación justificable de inclusión de toda la raza humana, y que nos proporciona atisbos de las relaciones de los grupos humanos más tempranos conocidos, y que nos serían totalmente desconocidas si careciésemos de la Tabla. S. R. Driver,  en su comentario sobre Génesis, dice: “El propósito de esta Tabla es en parte el de exponer cómo los hebreos suponían que las principales naciones que conocían se relacionaban entre sí, y en parte el de asignar a Israel, de forma particular, su lugar entre ellas ..Los nombres no deben tomarse en ningún caso como si fuesen los de personas reales ..El verdadero origen de las naciones que se enumeran aquí, que pertenecen en muchos casos a tipos raciales totalmente diferentes —semitas, arios, hititas, egipcios— tiene que remontarse a eras prehistóricas remotas de las que podemos tener la seguridad de que no se podrían haber preservado ni los más débiles recuerdos para el tiempo en que se escribió este capítulo. Las naciones y las tribus existían: y posteriormente se propusieron antecesores imaginarios con el propósito de exhibir de forma gráfica las relaciones que se les suponía entre ellas”.

Un ejemplo es el que nos dan los antiguos griegos. El nombre general de los griegos era helenos y sus principales subdivisiones eran los dorios, los eolios, los jonios y los aqueos; y con ello los griegos remontaban su linaje hasta un antecesor, Heleno, que tuvo tres hijos, Doro y Eolo, los supuestos antecesores de los dorios y de los eolios, y Juto, que tuvo dos hijos, Ión y Aqueo, de quienes se supone que descendieron los jonios y los aqueos, respectivamente. Los nombres de los progenitores son de gran importancia para cualquier pueblo que tenga poca o ninguna historia escrita, porque estos nombres son los puntos de amarre sobre los que fijan los grandes acontecimientos de su pasado. Es muy difícil concebir el registro de Génesis, que conduce el hilo de la historia desde Adán hasta las épocas dotadas de documentos monumentales, sin alguna especie de Tabla para exponer lo sucedido con la familia de Noé, y cómo se llegó a poblar el resto del mundo después del diluvio, además del Medio Oriente. Así, la Tabla pasa a formar una parte esencial de la Escritura para establecer el hecho de que todos los hombres son de una sola sangre, descendencia del primer Adán.

La Tabla da una visión global de lo sucedido al expandirse la población por el mundo. Une toda la raza humana en una sola familia sin dar la menor sugerencia de que ninguna rama particular de esta familia tenga preeminencia sobre otra. Sobre la Tabla, Dillmann dijo: “Egipcios y fenicios, asirios y babilonios, e incluso los indios y persas, tenían una cierta medida de conocimiento geográfico y etnológico antes que comenzase una investigación más estrictamente científica entre los pueblos clásicos. De algunos de estos, como los egipcios, asirios, babilonios y persas, nos han llegado exploraciones o enumeraciones de los pueblos que les eran conocidos, e intentos de elaboración de mapas, en los memoriales escritos que han dejado en pos de ellos. Pero, como regla, por lo general no se presentaba mucha atención a los extranjeros, a no ser que hubiera intereses nacionales y comerciales en juego. A menudo se les despreciaba como meros bárbaros, y en ningún caso se les incluía con las naciones más cultas en una unidad superior”. Si el escritor del décimo capítulo de Génesis era hebreo, es probable que en su caso los cananeos fuesen una subdivisión particularmente degradada de la raza humana. Tenemos una analogía en la posición que los Nazis atribuyeron al pueblo judío. Para muchos alemanes de la era Nazi, los judíos no eran realmente seres humanos. Por ello, es tanto más de resaltar que en esta Tabla de las Naciones los cananeos reciben una posición en el linaje del hombre junto a los descendientes de Eber, entre los que se encuentra el pueblo judío.

Kalisch observa que incluso la maldición sobre Canaán parece haber quedado olvidada. Al contrario, no hay ninguna otra tribu enumerada con un mayor detalle que la de Canaán. Entre los pueblos más primitivos existe el hábito de referirse a sí mismos (en su propia lengua, naturalmente) como «verdaderos hombres», y de referirse a todos los demás mediante algún término que claramente les niega el derecho a la condición humana. Así, los Naskapi se designan a sí mismos «Neneot», que significa «personas de verdad». Los Chukchee dicen que su nombre significa «hombres reales». Los hotentotes se llaman «Joi-Joi», que significa «hombres hombres». Los yaganes de la Tierra del Fuego dicen que su nombre significa «hombres por excelencia». Los andamanes, pueblo que parece carecer incluso de los rudimentos de una ley, se refieren a sí mismos como los «Ong», que significa «Hombres». Todos estos grupos humanos se reservan estos términos solo para sí mismos. Cuando cualquier pueblo alcanza una etapa de desarrollo intelectual en la que concibe claramente que todos los hombres están relacionados de tal modo que les asegura la igualdad como seres humanos, entonces asume una cultura elevada, aunque los mecanismos de su civilización puedan dar la apariencia de una etapa baja de desarrollo. A partir de esto deberíamos inferir lógicamente que el escritor de Génesis era una persona con una elevada cultura.

Un aspecto adicional del tono de esta Tabla es la modestia de sus afirmaciones cronológicas. En tanto que los babilonios y los egipcios extienden sus genealogías hasta extremos absolutamente increíbles, ocupando en algunos casos cientos de miles de años, en Génesis 10 no aparecen estas pretensiones. La impresión que se tiene al leer este capítulo es que la expansión de la población fue bien rápida. Desde luego, todo resulta muy razonable. Este rasgo de la Tabla lo expone Taylor Lewis, que observa: “¿Cómo llegó esta cronología hebrea a presentar un ejemplo tal de modestia en comparación con las desorbitadas pretensiones de antigüedad hechas por todas las demás naciones? Sin duda alguna, los judíos tenían, como hombres, un orgullo nacional parecido, lo que les habría llevado a exagerar su edad sobre la tierra, y a darse miles y decenas de miles de años. ¿A qué se debe que esta nación cuyos registros se remontan a la mayor antigüedad es la que da la cuenta más baja de todas?”. La única respuesta es que mientras que otras naciones fueron abandonadas a sus imaginaciones sin freno, esta nación de Israel quedó bajo una conducción providencial en esta cuestión. Según Leupold: “Ninguna nación de la antigüedad tiene nada que ofrecer que tenga un paralelismo real con esta Tabla de las Naciones. Las listas babilonia y egipcia que parecen paralelas son meramente unos registros de naciones vencidas en guerra. Consiguientemente, el espíritu que impulsó la elaboración de estas listas es el completamente contrario al que aparece en la lista bíblica”.

El propósito del documento que estamos considerando es no tanto el de llamar la atención mediante estos nombres a tres personas individuales (Sem, Cam, Jafet) y distinguirlos entre sí, como observar las características de las tres razas y de sus respectivas tendencias naturales. En la actualidad es costumbre dividir la población del mundo en tres líneas raciales: los caucásicos (esencialmente, el hombre blanco), los negroides y los mongoloides. Es sumamente difícil definir de forma eficaz las características distintivas de cualquiera de estas tres, aunque pudiera parecer de otro modo. Los negroides se suponen negros, pero los aborígenes australianos no son negroides, aunque son igual de negros. El cabello negro lacio, los ojos castaños «inclinados», el pliegue epicántico y otros rasgos comúnmente aceptados como característicamente mongoloides, se pueden observar con frecuencia en personas clasificadas como caucásicas. Aunque todo el mundo cree que es fácil distinguir entre los tres grupos, es prácticamente imposible escribir una descripción a toda prueba que delimite la pertenencia de qué tribu o nación dentro de qué grupo.

En esta Tabla nos encontramos una vez más con tres grupos humanos, los descendientes de Sem, Cam y Jafet. Pero estos tres grupos no se corresponden con la actual clasificación de las razas, porque en esta Tabla se hace evidente que los negroides y los mongoloides quedan clasificados como una familia, y que la trilogía queda reconstituida al establecer a los pueblos semitas como una clase en sí misma. De modo que tenemos a los jafetitas, que para nuestros propósitos pueden ser identificados fácilmente con los caucásicos, indoeuropeos u hombre blanco; los camitas, que incluyen las ramas negroide y mongoloide, esto es, las llamadas razas de color; y los semitas, que comprenden tanto el pueblo hebreo (antiguo y moderno) como los árabes y unas pocas naciones que fueron poderosas en el pasado, como los asirios y babilonios. La humanidad, considerada tanto a nivel de individuos como a nivel de especie Homo sapiens, tiene una constitución que busca satisfacción en lo físico, en lo intelectual y en lo espiritual. Una exploración de la historia con este pensamiento, aplicado a naciones o a razas y no a individuos, revela que los jafetitas han originado los grandes sistemas filosóficos; los pueblos semitas los grandes sistemas religiosos, y los camitas han proporcionado al mundo la base de cada avance tecnológico.

Cuando la inclinación a la filosofía, que se originó con los griegos y arios y que fue sucesivamente elaborada por el hombre occidental, se unió finalmente al genio técnico de los pueblos camitas en África, Asia y el Nuevo Mundo, surgió el moderno fenómeno de la Ciencia, unión que fructificó prodigiosamente. Sin la contribución de Jafet, la contribución de Cam se estancaba en el mismo momento en que los problemas prácticos inmediatos de supervivencia quedaban resueltos de manera suficiente. Esta clase de estancamiento puede ilustrarse con la historia de algunas de las grandes naciones de la antigüedad, como los egipcios. La morada de Jafet en las tiendas de Sem, es decir, la ocupación por parte de Jafet de una posición que originalmente pertenecía a Sem; el quitar un reino a este último para darlo al primero, todas estas frases bíblicas asumen un nuevo sentido. En breve, Génesis 10, al dividir a toda la raza en tres familias de una forma que no se ajusta a los conceptos modernos de agrupamientos raciales, no queda por ello desacreditado, sino que resulta fundamentado en un conocimiento mucho más claro del marco histórico.

La división de la humanidad en tres familias básicas no se derivó de tradiciones que mantuviesen las naciones vecinas de Israel o dentro de su ámbito, porque estas naciones no poseían ninguna tradición en este sentido. Los egipcios se distinguían de los demás pueblos sobre la base del color, y clasificaban a los asiáticos como amarillos, a los libios como blancos, y a los negros como tales. Pero en esta Tabla de Naciones, los llamados pueblos de color no se distinguen entre sí (por ejemplo, los negros de los amarillos), sino que se clasifican dentro de un solo grupo familiar. Y aunque es cierto que el nombre de Cam, que significa «oscuro», puede tener referencia al color de la piel —igual que la palabra «Jafet» puede referirse a una persona de piel clara—, este principio no se mantiene de forma global, porque al menos algunos de los descendientes de Cam eran de piel clara. Según Dillmann, en tiempos antiguos existían etíopes de piel clara junto con los más conocidos etíopes de piel negra. No hay indicación alguna de que los hititas fuesen negros, y este es probablemente el caso de los descendientes de Sidón, etc. En cambio, los cananeos y los sumerios (ambos descendientes de Cam) se referían a sí mismos como hombres «de cabeza negra» —designación que parece tener que ver más probablemente con el color de la piel que el del pelo, porque de todos modos casi todos los pueblos de esta región tienen el cabello negro, y ello dejaría sin sentido una distinción por el color del cabello.

Los descendientes de Cam El Que es Caliente», o también «El de Tono Oscuro»), en primer lugar, «Kus, Misráyim, Put y Canaán», y después todo un ejército de naciones-estado, se corresponden con las naciones africanas de Nubia, Etiopía, Egipto y Libia, como núcleo central de la repoblación africana, comenzando de nuevo en las zonas topográficamente más elevadas, para difundirse más tarde por las tierras bajas. «Y Sem, padre de todos los que descienden de Héber, también tuvo descendientes; él era el hermano mayor de Jafet». Las primeras naciones-hijos de Sem fueron «Elam y Assur, Arpaksad, Lud y Aram», naciones-estado que cubrían las tierras altas del arco que va desde el Golfo Pérsico, por el sur, hasta el Mar Mediterráneo, por el noroeste, bordeando la gran Región-Entre-los-Ríos, que aún no era habitable. A estas tierras se les podría llamar tierras de la estación espacial. Mesopotamia, donde había estado la estación espacial de antes del Diluvio; la Montaña de los Cedros (Líbano), donde seguía funcionando el Lugar de Aterrizaje: el País de Salem, donde se estableció el Centro de Control de Misiones después del Diluvio; y la adyacente península del Sinaí, lugar de la futura estación espacial. El nombre del antepasado de todas estas naciones, Shem -que significa «Cámara Celeste»-resulta, así pues, bastante elocuente.

Esta división general de la humanidad en tres ramas, tal como se nos cuenta en la Biblia, no sólo estaba en función de la geografía y la topografía de las regiones por las que se distribuyó el hombre, sino también de la división de la Tierra entre los descendientes de Enlil y los descendientes de Enki. A Sem y a Jafet se les muestra en la Biblia como buenos hermanos, mientras que la actitud hacia el linaje de Cam -y especialmente de Canaán- es más bien la de un amargo recuerdo. En toda esta saga nos encontramos con relatos dignos de contar, relatos de dioses y hombres, y relatos de sus guerras… La leyenda de la división del mundo antiguo en tres ramas coincide también con lo que sabemos acerca del auge de las civilizaciones. Los expertos han reconocido que hubo un cambio abrupto en la cultura humana hacia el 11000 a.C, momento del Diluvio. Y han dado en llamar a esa era de domesticación, Mesolítico (Edad de Piedra Media). Hacia el 7400 a.C. -exactamente 3.600 años después- se ha reconocido otro avance repentino. Los expertos le han llamado Neolítico (Nueva Edad de Piedra), pero el rasgo principal fue el del cambio de la piedra por la arcilla, además de la aparición de la alfarería. Y después, «de repente e inexplicablemente», pero exactamente 3.600 años más tarde, tuvo lugar el florecimiento (hacia el 3800 a.C.) de la alta civilización de Sumer, en la llanura entre los ríos Tigris y Eufrates. A ésta, le siguió, hacia el 3100 a.C, la civilización del río Nilo; y hacia el 2800 a.C, hizo su aparición la tercera civilización de la antigüedad, la del río Indo. Estas fueron las tres regiones que se le asignaron a la humanidad. En ellas evolucionaron las naciones de Oriente Próximo, África e Indo-Europa, una división que se reflejó fielmente en la Tabla de las Naciones del Antiguo Testamento.

Éste fue, según las crónicas sumerias, el resultado de unas decisiones deliberadas de los anunnaki: “Los anunnaki que decretan los destinos, se sentaron a intercambiar impresiones en cuanto a la Tierra. Las cuatro regiones crearon”. Con estas sencillas palabras, reflejadas en varios textos sumerios, se decidió el destino de la Tierra y de sus habitantes después del Diluvio. A las tres civilizaciones de la humanidad se les asignaron tres regiones, reteniendo una cuarta los anunnaki para su propio uso. A ésta, se le dio el nombre de TIL.MUN, «Tierra de los Proyectiles», identificada con la península del Sinaí. Los descendientes de Sem, los «Moradores de las Arenas» de las escrituras egipcias, fueron los que podían residir en las zonas no prohibidas de la península. Pero, cuando llegó el momento de asignar el territorio a los anunnaki, surgieron profundas diferencias. Controlar el lugar del aeropuerto espacial postdiluviano era lo mismo que controlar las comunicaciones entre la Tierra y el planeta Nibiru.. De manera que, ante la reavivada rivalidad entre los clanes de Enlil y Enki, se buscó una autoridad neutral para la Tierra de los Proyectiles. La solución fue ingeniosa. Del mismo linaje que ellos era su hermana Sud. Como hija de Anu, tenía el título de NIN.MAH («Gran Dama»). Ella era una del grupo original de los Grandes Anunnaki que fueron los pioneros en la Tierra, uno de los miembros del famoso Panteón de Doce Dioses. Dio un hijo a Enlil, una hija a Enki, y la llamaban cariñosamente Mammi Madre de los Dioses»). También ayudó a crear al Homo Sapiens mediante manipulación genética. Con sus conocimientos médicos había salvado muchas vidas, y también se la conocía como NIN.TI («Dama de la Vida»). Pero nunca había tenido sus propios dominios, de manera que darle la península de Sinaí fue una idea a la que nadie se opuso.

La península del Sinaí es un lugar estéril, con altas montañas graníticas en el sur, una meseta montañosa en el centro y una llanura de duro suelo en el tercio norte, rodeada por bajas cadenas montañosas. Después, hay una franja de dunas de arena que se deslizan hasta la costa del Mediterráneo. Pero donde se puede retener el agua, como en los diversos oasis o lechos de río que se llenan durante las breves lluvias del invierno, manteniendo la humedad por debajo de la superficie, crece una lujuriosa vegetación de palmeras datileras y frutales, donde pastan los rebaños de ovejas y cabras. Esta región debió de estar tan prohibida hace milenios como lo está ahora. Pero, aunque se le hizo una morada en uno de los lugares reconstruidos de Mesopotamia, Sud decidió tomar posesión personalmente de aquella región montañosa. Aun con todos sus atributos de estatus y de conocimientos, ella siempre jugó un papel secundario. Cuando llegó a la Tierra, era joven y hermosa; ahora era vieja y la apodaban «La Vaca» a sus espaldas. De modo que, ya que le habían dado su propio dominio, decidió irse allí. Con orgullo, declaró: «¡Ahora soy Señora! ¡Permaneceré allí sola, reinando para siempre!». Sin poder disuadirla, Ninurta puso en práctica su experiencia en la construcción de represas y en la canalización del agua para hacer habitable la nueva región montañosa de su madre. Se nos habla de estas acciones en la Tablilla IX de «Las Hazañas y Proezas de Ninurta», cuando éste le dice a su madre: “Ya que tú, noble dama, habías ido sola a la Tierra de Desembarco, ya que a la Tierra Descorazonadora sin temor fuiste. Una presa levanté para ti, para que esta tierra pudiera tener una señora”.

 

Completando las obras de irrigación y llevando gente para que realizara las tareas requeridas, Ninurta le aseguró a su madre que tendría abundante vegetación, maderas y minerales en su morada de las montañas: “Sus valles serán verdes de vegetación, sus laderas producirán miel y vino para ti, producirán… árboles zabalum y madera de boj; sus bancales se adornarán con frutos como en un jardín; el Harsag (montaña prominente del Sinaí que emite brillo) te dará la fragancia de los dioses, te dará brillantes cursos de agua; sus minas te darán, como tributo, cobre y estaño; en sus montañas se multiplicará el ganado, grande y pequeño; El Harsag engendrará criaturas de cuatro patas”. Ciertamente, ésta es una descripción adecuada de la península del Sinaí: una tierra de minas, la principal fuente de cobre, turquesas y otros minerales en la antigüedad; fuente de madera de acacia, que se utilizaba para el mobiliario de los templos; un lugar verde donde se podía conseguir agua; un lugar donde pudieran pastar los rebaños. ¿Será casualidad que el principal río de invierno de la península se siga llamando Arish -«El Labrador»-, siendo éste (Urash) el apodo de Ninurta? Al hacerle un hogar a su madre en la región de picos graníticos del sur del Sinaí, Ninurta le dio un nuevo título: NIN.HAR.SAG («Dama de la Montaña Prominente»); y aquél fue el título por el que se llamaría a Sud a partir de entonces.

El término «montaña prominente» indica que aquél era el pico más alto de la región. Ésta es la montaña que conocemos en la actualidad como Monte Santa Catalina, un pico reverenciado desde la antigüedad, desde milenios antes de que se construyera el cercano monasterio. En sus proximidades, se eleva una montaña ligeramente más baja, la que los monjes llaman Monte Moisés, dando a entender que se trata del Monte Sinaí del Éxodo. Aunque resulta dudoso, sigue dándose el hecho de que los picos gemelos se tienen por sagrados desde la antigüedad, y Sichtin cree que esto se debe a que jugaron un papel de eje en la planificación del aeropuerto espacial postdiluviano y del corredor de aterrizaje que llevaba hasta él. Los nuevos planos siguieron los antiguos principios, y para comprender el grandioso diseño postdiluviano tendremos que recordar primero la forma en la que se desarrollaron el aeropuerto espacial y el corredor de aterrizaje antediluvianos. En aquel entonces, los anunnaki eligieron en primer lugar, como punto focal, los picos gemelos del Monte Ararat, el monte más alto del occidente de Asia y, por tanto, el punto de referencia natural más visible desde el cielo. Los siguientes rasgos naturales y visibles eran el río Eufrates y el Golfo Pérsico. Trazando una línea imaginaria norte-sur desde el Ararat, los anunnaki determinaron que el aeropuerto espacial estaría donde la línea corta el río. Después, en diagonal a éste desde la dirección del Golfo Pérsico, en un ángulo exacto de 45°, trazaron el curso de aproximación. Más tarde, establecerían sus poblaciones de forma que marcaran el corredor de aterrizaje, a ambos lados del curso de aproximación. En el punto central, se construyó Nippur como Centro de Control de Misiones. Todas las demás poblaciones eran equidistantes de él.

Las instalaciones espaciales postdiluvianas se planificaron sobre los mismos principios. El Monte Ararat siguió sirviendo como principal punto focal. Una línea de 45° señalaba el curso de aproximación, y una combinación de puntos de referencia artificiales esbozaba un corredor de aterrizaje en forma de flecha. Sin embargo, la diferencia estribaba en que, esta vez, los anunnaki tenían a su disposición una plataforma a la medida, la de la Montaña de los Cedros (Baalbek, en Líbano), y la incorporaron en la nueva rejilla de aterrizaje. Como antes del Diluvio, el doble pico del Ararat sirvió de nuevo como punto de referencia septentrional, anclando el corredor de aterrizaje y el curso de aproximación en su centro. La línea sur del corredor de aterrizaje conectaba el Ararat con el pico más alto de la península del Sinaí, el Harsag (Monte Santa Catalina), y su gemelo, el Monte Moisés. La línea norte del corredor de aterrizaje era la línea que se extendía desde el Ararat y, pasando por la plataforma de aterrizaje de Baalbek, proseguía hasta Egipto. Allí, el terreno era demasiado llano para ofrecer un punto de referencia natural, y fue por este motivo por lo que se supone que los anunnaki construyeron los picos gemelos artificiales de las dos grandes pirámides de Gizeh. Pero, ¿dónde había que erigir estos picos gemelos artificiales?

Aquí entra en juego una línea imaginaria este-oeste, que los anunnaki concibieron arbitrariamente en sus ciencias espaciales. Ellos dividieron arbitrariamente los cielos que circundan la Tierra en tres bandas o «caminos». El septentrional fue el «Camino de Enlil», el meridional era el «Camino de Enki», y el central era el «Camino de Anu». Como separación, estaban las líneas que conocemos como paralelo 30 norte y paralelo 30 sur. El paralelo 30 norte parece haber sido particularmente importante -«sagrado». Las ciudades santas, desde la antigüedad, desde Egipto hasta el Tíbet, se han situado curiosamente sobre él. Se eligió este paralelo como la línea sobre la cual (en la intersección con la línea Ararat-Baalbek) construir las grandes pirámides; y también como la línea que indicaría, en la llanura central del Sinaí, el lugar del aeropuerto espacial. Una línea, en la mitad exacta del corredor de aterrizaje, el curso de aproximación,  que tenía que llevar a la situación exacta del aeropuerto espacial en el paralelo 30. Sitchin cree que así es como se estableció la rejilla de aterrizaje y se marcó el lugar del aeropuerto espacial, y que así es como se estableció la localización de las grandes pirámides de Gizeh.

Al sugerir que las grandes pirámides de Gizeh no fueron construidas por los faraones sino, milenios antes, por los anunnaki, es evidente que se están contradiciendo las teorías oficiales sobre estos monumentos. La teoría de los egiptólogos del siglo XIX, que sostenía que las pirámides de Egipto, incluidas las tres singulares pirámides de Gizeh, fueron erigidas por una sucesión de faraones para que les sirvieran de tumbas, hace tiempo que fue refutada. En ninguna de ellas se han encontrado los cuerpos de los faraones que, supuestamente, las habían construido. Así, se suponía que la Gran Pirámide de Gizeh la había construido Khufu (Keops), que la pirámide gemela la había hecho un sucesor llamado Chefra (Kefrén), y que la tercera y más pequeña la había construido un tercer sucesor, Menkara (Micerino), todos ellos reyes de la VI Dinastía. Keops, Jufu (en egipcio antiguo) o Jéops, fue el segundo faraón de la cuarta dinastía, perteneciente al Imperio Antiguo de Egipto. Reinó de ca. 2579 a. C. a 2556 a. C. En la Lista Real de Abidos y la Lista Real de Saqqara se le denomina Jufu. Llamado Keops por Heródoto, y Sufis por Manetón, Julio Africano, Eusebio de Cesarea y Sincelo. Se han encontrado cartuchos dibujados en la Gran Pirámide de Guiza con su nombre Jufu y el que pudiera ser su epíteto: Jnum-Jufu, «el dios Jnum me protege».

El Canon de Turín da 23 años de reinado, aunque su nombre es ilegible. Heródoto comentó que gobernó 50 años. Según Manetón, Sufis reinó 63 años (lo cual también se comenta en los escritos de Julio Africano y en la versión de Sincelo). Los mismos egiptólogos sugerían que la Esfinge debió ser construida por Kefrén, debido a que estaba situada junto a la calzada que lleva a la segunda pirámide. Por un tiempo se creyó que se había encontrado la prueba en la más pequeña de las tres pirámides de Gizeh, y la identidad del faraón que la había construido quedó establecida. El mérito de esto se atribuyó al coronel Howard Vyse y a sus dos ayudantes, que afirmaban haber descubierto dentro de la pirámide el ataúd y los restos momificados del faraón Menkara. Sin embargo, el hecho, sabido por los expertos desde hace algún tiempo pero, por algún motivo, poco publicitado,  es que ni el ataúd de madera ni los restos eran auténticos. Alguien, seguramente el propio coronel Vyse, llevo a la pirámide un ataúd de alrededor de 2.000 años después de que viviera Menkara, así como unos restos humanos de época cristiana, y los puso juntos para montar un vergonzoso fraude arqueológico.

Las teorías actuales en lo referente a los constructores de las pirámides se basan en gran medida en el descubrimiento del nombre de Khufu inscrito en jeroglíficos dentro de un compartimento de la Gran Pirámide sellado desde antiguo y, así, aparentemente veraz. Lo que ha pasado inadvertido es que el descubridor de esa inscripción fue el mismo coronel Vyse junto con sus ayudantes, en 1837. En Escalera al Cielo, Sitchinha reunido evidencias sustanciales que demuestran que esa inscripción fue una falsificación perpetrada por sus descubridores.  Sitchin también ha demostrado que Khufu no pudo ser el constructor de la Gran Pirámide porque él mismo, en una estela que erigió cerca de las pirámides, decía que existía ya en sus tiempos; incluso la Esfinge, erigida supuestamente por un sucesor de Khufu, es mencionada en la inscripción. Y ahora nos hemos encontrado con que existen evidencias pictóricas de la época de la 1ª Dinastía de faraones, mucho antes de Khufu y de sus sucesores, en donde se demuestra conclusivamente que aquellos reyes primitivos ya conocían las maravillas de Gizeh. Podemos ver con toda claridad a la Esfinge, tanto en las representaciones del viaje del rey a la Otra Vida como en la escena de su investidura a manos de los «Antiguos» que llegaron a Egipto en barco. También presenta como evidencia la conocida tablilla de la victoria del primer faraón, Menes, que representa su unificación de Egipto. Por una parte, se le ve llevando la corona blanca del Alto Egipto, derrotando a sus jefes y conquistando sus ciudades. Por la otra, la tablilla le muestra con la corona roja del Bajo Egipto, avanzando por sus regiones y decapitando a sus jefes. A la derecha de su cabeza, el artista escribió el epíteto «Nar-Mer» al que se hizo acreedor el rey; a la izquierda, la tablilla representa la estructura más importante de los territorios recién conquistados: ¡la pirámide!

Todos los expertos coinciden en que la tablilla representa realmente los lugares, las fortificaciones y los enemigos con que se encontró Menes en su campaña de unificación del Alto y el Bajo Egipto. Sin embargo, el símbolo de la pirámide es el único que parece haber escapado a tan cuidadosa interpretación. Este símbolo, como todos los demás de la tablilla, se dibujó e incluyó de forma tan prominente en la parte del Bajo Egipto porque esa estructura ya existía en aquellos tiempos. Todo el complejo de Gizeh -pirámides y Esfinge- existía ya, por tanto, cuando se estableció la realeza en Egipto Y sus constructores no pudieron haber sido los faraones de la VI Dinastía. El resto de pirámides de Egipto, más pequeñas y primitivas en comparación con éstas y que se desmoronaron en algunos casos incluso antes de ser acabadas, sí que fueron construidas por varios faraones; pero no como tumbas sino como una emulación de los dioses. Pues en la antigüedad se sostenía y se creía que las pirámides de Gizeh y la Esfinge que las acompaña señalaban el camino hacia el aeropuerto espacial, que se encontraba en la península del Sinaí. Al construir pirámides para poder viajar a la Otra Vida, los faraones las adornaban con los símbolos correspondientes, con ilustraciones del viaje, y en varios casos cubrieron las paredes también con citas de El Libro de los Muertos. Las tres pirámides de Gizeh, únicas tanto por su construcción exterior e interior, así como por su tamaño e increíble conservación, se diferenciaban también en que en su interior no había ningún tipo de inscripción ni de decoración. Son estructuras austeras y funcionales que se elevan en la llanura como balizas gemelas, no para servir a los hombres sino a aquéllos «que del Cielo a la Tierra vinieron».

Sitchin sostiene que la primera de las pirámides de Gizeh en ser construida fue la tercera, para servir de modelo a escala. Y, después, conservando la preferencia por los puntos focales con dos picos, se erigieron las dos pirámides grandes. Aunque la segunda pirámide es más pequeña que la Gran Pirámide, parece ser de la misma altura; esto se debe a que se construyó sobre un terreno algo más elevado, de modo que, para que alcanzara la misma altura, no tenía que ser tan grande como la primera. Aparte de su incomparable tamaño, la Gran Pirámide es única también en que, además del pasadizo descendente que hay en las otras pirámides, tiene un singular pasadizo ascendente, un corredor nivelado, dos cámaras superiores y una serie de compartimentos estrechos. A la cámara más alta se llega a través de una gran galería increíblemente elaborada y de una antecámara que se podía sellar tirando de una cuerda. La cámara superior albergaba -y todavía alberga- un inusual bloque de piedra vaciado que resuena como una campana, y que para cuya elaboración se debió utilizar una sorprendente tecnología. Por encima de la cámara hay una serie de espacios bajos y estrechos que amplifican la resonancia.

¿Cuál era su propósito? Sitchin ha descubierto muchas similitudes entre los rasgos particulares de la Gran Pirámide y el antediluviano E.KUR («Casa Que Es Como una Montaña») de Enlil, su zigurat en Nippur. Al igual que la Gran Pirámide, se elevaba en las alturas para dominar la llanura circundante. En épocas antediluvianas, el E.KUR de Nippur albergó el DUR.AN.KI -«Enlace Cielo-Tierra»- y sirvió como Centro de Control de Misiones, equipado con las Tablillas de los Destinos, los paneles de datos orbitales. También albergaba la DIR.GA, una misteriosa «Cámara Oscura» cuya «radiación» dirigía a la lanzadera para que aterrizara en Sippar. Pero todo aquello, todos los misterios y funciones del E.KUR descrito en el relato de Zu, fue antes del Diluvio. El dios Zu quería apropiarse de las “Tablillas de los Destinos”, que no eran otra cosa que cartas estelares. Al final, en una batalla aérea, es derrotado y exiliado.  Cuando se volvió a habitar Mesopotamia y se reconstruyó Nippur, la morada de Enlil y Ninlil fue un gran templo rodeado de patios, con puertas a través de las cuales podían entrar los adoradores. Ya no había ningún territorio prohibido, ya que tanto las funciones relacionadas con el espacio como el mismo aeropuerto espacial se habían llevado a alguna otra parte.

Los textos sumerios dicen que el nuevo, misterioso y sobrecogedor E.KUR, la «Casa Que Es Como una Montaña», se estableció en un lugar distante, bajo la égida de Ninharsag, no de Enlil. Así, el relato épico de un primitivo, aunque postdiluviano, rey sumerio llamado Etana, que fue elevado hasta la Morada Celeste de los anunnaki, afirma que su ascenso comenzó no lejos del nuevo E.KUR, en el «Lugar de las Águilas», es decir, no lejos del aeropuerto espacial. En el «Libro de Job» acadio titulado Ludlul Bel Nimeqi Yo Alabo al Señor de las Profundidades») se habla del «irresistible demonio que ha salido del Ekur» en un país «más allá del horizonte, en el Mundo Inferior [África]». Al no reconocer la inmensa antigüedad de las pirámides de Gizeh o la identidad de sus verdaderos constructores, los expertos se han quedado desconcertados por la aparente referencia a un Ekur lejos de Sumer. De hecho, si se siguen las interpretaciones aceptadas de los textos mesopotámicos, nadie llegó a saber en Mesopotamia de la existencia de las pirámides egipcias. Ninguno de los reyes mesopotámicos que invadió Egipto, ninguno de los mercaderes que comerciaban con él, ninguno de los emisarios que fueron allí enviados, nadie habla de estos colosales monumentos. ¿Cómo es posible?

Los monumentos de Gizeh sí que eranconocidos en Sumer y en Acad. Sitchin sugiere que la Gran Pirámide era el Ekur postdiluviano, del cual los textos mesopotámicos hablan largo y tendido. Sitchin también sugiere que en los antiguos dibujos mesopotámicos se representaron las pirámides tanto durante su construcción como una vez terminadas. Ya se ha indicado a qué se parecían las pirámides mesopotámicas, los zigurats o torres escalonadas. Pero, en algunas de las más arcaicas representaciones sumerias, nos encontramos con unas estructuras completamente diferentes. En unas representaciones podemos ver la construcción de una estructura de base cuadrada y lados triangulares, una pirámide de lados lisos. En otras representaciones se ve la pirámide terminada, con el símbolo de la serpiente, detalle que la ubica claramente en el territorio de Enki. Y aún en otra se dota de alas a la pirámide terminada, para indicar su función, relativa al espacio. Esta representación, de la que se han encontrado varias, muestra a la pirámide junto con otros rasgos sorprendentemente precisos: una Esfinge agazapada de cara al Lago de los Juncos; otra Esfinge al otro lado del Lago de los Juncos, dando soporte a la sugerencia de los textos egipcios de que había otra Esfinge encarada en la península del Sinaí. El nombre del mar Rojo no hace referencia a un verdadero color rojo.

Una hipótesis es que el origen del nombre proviene de un error de traducción de los textos bíblicos del Éxodo al pasar del hebreo al griego. Según esta teoría la traducción correcta sería la de «mar de juncos» (junco en inglés es «reed»), la cual fue confundida con «red» (rojo) en el momento de la traducción.  Tanto la pirámide como la Esfinge cercana están situadas junto a un río, al igual que el complejo de Gizeh, que está situado junto al Nilo. Y más allá de todo esto se ve una masa de agua sobre la cual navegan dioses con cuernos, lo mismo que sostenían los egipcios al afirmar que sus dioses habían venido del sur, a través del Mar Rojo. La sorprendente similitud entre esta arcaica representación sumeria y otra arcaica representación egipcia ofrece evidencias convincentes acerca de un conocimiento común, tanto en Egipto como en Sumer, de la existencia de las pirámides y la Esfinge. Incluso en los menores detalles, como el de la pendiente concreta de la Gran Pirámide,52o, la representación sumeria parece ser precisa. Así pues, la inevitable conclusión es que en Mesopotamia sí que se sabía de la existencia de la Gran Pirámide, por ningún otro motivo más que porque la habían construido los mismos anunnaki que construyeran el E.KUR original de Nippur; y, del mismo modo y con toda la lógica del mundo, también le llamaron E.KUR -«Casa Que Es Como una Montaña». Al igual que su predecesora, la Gran Pirámide de Gizeh tenía unas misteriosas cámaras oscuras y estaba equipada con instrumentos que dirigían a la lanzadera hasta el aeropuerto espacial postdiluviano del Sinaí. Y, para asegurarse de su neutralidad, la Pirámide se puso bajo el patronazgo de Ninharsag.

La solución planteada por Sitchin  ofrece significado al de otro modo enigmático poema que exalta a Ninharsag (Isis) como señora de la «Casa Con un Pico Puntiagudo» -una pirámide: “Casa brillante y oscura del Cielo y la Tierra, para las naves voladoras reunir; E.KUR, Casa de los Dioses con pico puntiagudo; para Cielo-a-Tierra está sumamente equipada. Casa cuyo interior resplandece con la rojiza Luz del Cielo, pulsando un rayo que llega a todas partes; Tan pavoroso que toca la carne. Pavoroso zigurat, noble montaña de montañas- Tu creación es grande y noble, los hombres no pueden comprenderla”. La función de esta «Casa de los Dioses Con Pico Puntiagudo» queda clara más tarde: era una «Casa de Equipamiento» que servía para «bajar a descansar» a los astronautas «que ven y orbitan», un «gran punto de referencia para los nobles Shems» (las «cámaras celestes»): “Casa de Equipamiento, noble Casa de la Eternidad. Sus cimientos son piedras [que llegan] al agua; su gran circunferencia se marca en la arcilla. Casa cuyas partes se han entretejido con habilidad; casa cuyo correcto aullido a los Grandes-Que-Ven-y-Orbitan baja a descansar. Casa que es un gran punto de referencia para los nobles Shem; montaña por la cual asciende Utu. [Casa] a cuyos profundos interiores los hombres no pueden penetrar. Anu la ha magnificado”.

El texto pasa después a describir las diversas partes de la estructura: sus cimientos, «que están pavorosamente revestidos»; su entrada, que se abre y se cierra como una boca, «resplandeciendo con una mortecina luz verde»; el umbral («como la gran boca de un dragón, abierta a la espera»); las jambas de la puerta («como los filos de un puñal que mantiene lejos al enemigo»). Su cámara interior es «como una vulva», custodiada por «puñales que se arrojan desde la aurora hasta el crepúsculo»; su «efusión» -lo que emite- «es como un león que nadie se atreve a atacar». Después se describe una galería ascendente: «Su bóveda es como un arco iris, la oscuridad termina allí; en un estremecimiento envuelta; sus junturas son como un buitre con las garras listas para cerrarse». Allí, al final de la galería, está «la entrada a la cima de la Montaña»; «al enemigo no está abierta; sólo a Los Que Viven, para ellos está abierta». Tres mecanismos de cierre -«el cerrojo, la barra y el pasador… deslizándose en un lugar aterrador»- protegen el acceso a la cámara superior, desde la cual el Ekur «inspecciona Cielo y Tierra, una red extiende». Éstos son detalles que sorprenden por su precisión, cuando se leen en conjunción con lo que ahora sabemos acerca de las entrañas de la Gran Pirámide. Se entraba a través de una abertura en su cara norte, oculta por una piedra giratoria que, ciertamente, se abría y se cerraba «como una boca». Después, desde una plataforma, se encaraba una abertura que daba a un pasadizo descendente, «como la gran boca de un dragón, abierta a la espera». La entrada abierta se protegía del peso de la pirámide por encima de ella con un par de enormes bloques de piedra situados en diagonal, «como los filos de un puñal que mantiene lejos al enemigo», mostrando una enigmática piedra tallada en mitad de la entrada.

Al poco de entrar por el pasadizo descendente, comenzaba el pasadizo ascendente, que llevaba a un pasillo horizontal a través del cual se podía llegar al corazón de la pirámide, una Cámara de Emisiones interior «como una vulva». El pasadizo ascendente llevaba también a una majestuosa galería ascendente, laboriosamente construida, cuyos muros se aproximaban capa a capa a medida que se elevaban, dando la sensación de que las junturas de las paredes eran «como un buitre con las garras listas para cerrarse». La galería llevaba a la cámara superior, desde la cual una «red» – algún tipo de campo de fuerza- «inspeccionaba Cielo y Tierra». Se llegaba a ella a través de una antecámara de compleja construcción, donde ciertamente se instalaron tres mecanismos de cierre, listos para «deslizarse» y «no abrirse al enemigo». Tras describir el Ekur por dentro y por fuera, el texto laudatorio nos ofrece información acerca de sus funciones y de la localización de la estructura: “En este día la misma Señora habla con verdad; la Diosa de las Naves Voladoras, la Gran Dama Pura, entona su alabanza: «Yo soy la Señora; Anu ha determinado mi destino; la hija de Anu soy. Enlil me ha otorgado un gran destino; su hermana-princesa soy. Los dioses han puesto en mi mano los instrumentos de guía de Cielo-Tierra; madre de las cámaras celestes soy. Ereshkigal me asignó el lugar-de-apertura de los instrumentos de guía; el gran punto de referencia, la montaña por la que asciende Utu, me he puesto como estrado».

Si Ninharsag era la neutral Señora de la Pirámide de Gizeh, se tendrá que admitir que también debió ser conocida y reverenciada como diosa en Egipto. Y éste es, ciertamente, el caso; excepto que los egipcios la llamaban Hat-Hor. Los libros de texto nos dicen que este nombre significa «Casa de Horus». Pero esto es correcto sólo superficialmente. La pronunciación de su nombre proviene del jeroglífico Ra, en donde se representa una casa y un halcón, siendo éste último el símbolo de Horus, debido a que podía remontarse en el aire como un halcón. Lo que el nombre de la diosa significaba realmente era: «Diosa Cuyo Hogar Está Donde los ‘Halcones’ Están», donde los astronautas tienen su hogar: el aeropuerto espacial. Después del Diluvio, este aeropuerto espacial estaba situado, como ya hemos dicho, en la península del Sinaí. Así pues, el título Hat-Hor, «Hogar de los Halcones», hubiera requerido que la diosa que lo llevara fuera Señora de la península del Sinaí. Y así es como era, de hecho, ya que los egipcios consideraban que la península del Sinaí era el dominio de Hathor. Todas las estelas y los templos que los faraones egipcios erigieron en el Sinaí estaban dedicados exclusivamente a esta diosa. Y, como Ninharsag en sus años de madurez, también a Hathor se le apodaba «La Vaca» y se la representaba con cuernos de vaca. Pero, ¿fue Hathor también Señora de la Gran Pirámide, tal como hemos dicho de Ninharsag? Pues sí que lo era.

Las evidencias nos llegan a través de una inscripción del faraón Khufu (hacia 2600 a.C.) en una estela conmemorativa que erigió en Gizeh, en un templo dedicado a Isis. Conocida como la Estela del Inventario, tanto el monumento como su inscripción dejan claro que la Gran Pirámide y la Esfinge ya existían cuando Khufu (Keops) comenzó su reinado. Todo lo que este faraón afirmaba haber construido era el templo de Isis, junto a las ya existentes pirámides y la Esfinge: “¡Viva Horus Mezdau. Al rey del Alto y el Bajo Egipto, Khufu, le sea dada vida! Él fundó la Casa de Isis, Señora de la Pirámide, junto a la Casa de la Esfinge”. En su época, por tanto, se consideraba a Isis, esposa de madre de Horus, la «Señora de la Pirámide». Perono fue ella la primera señora de la Pirámide: “¡Viva Horus Mezdau. Al rey del Alto y el Bajo Egipto, Khufu, le sea dada vida! Pues su divina madre Isis, Señora de «La Montaña Occidental de Hathor» él hizo [esta] inscripción en la estela”. Así pues, la Pirámide no sólo era una «Montaña de Hathor» -la homologa exacta de la sumeria «Casa Que Es Como una Montaña»-, sino que también era su montaña occidental, dando a entender que debía haber otra oriental. Y ésta era -lo sabemos por fuentes sumerias- el Har-Sag, el pico más alto de la península del Sinaí.

A pesar de la rivalidad y de los recelos entre las dos dinastías divinas, existen pocas dudas acerca de que el verdadero trabajo de construcción del aeropuerto espacial y de las instalaciones de control y guía, recayeron en manos de Enki y de sus descendientes. Ninurta demostró ser capaz de llevar a cabo obras de represa y de irrigación; Utu/ Shamash sabía cómo comandar y operar las instalaciones de aterrizaje y despegue; pero sólo Enki, el maestro ingeniero y científico que había pasado por todo esto con anterioridad, tenía los conocimientos y la experiencia precisos para planificar las ingentes obras de construcción y para supervisar su ejecución. No existe ni el más mínimo atisbo en los textos sumerios que dé a entender que Ninurta o Utu tuvieran algo que ver con la planificación o realización de obras de construcción relacionadas con el espacio. Cuando, tiempo después, Ninurta le pidió a un rey sumerio que le construyera un zigurat con un recinto especial para su Pájaro Divino, fue otro dios, que acompañaba a Ninurta, el que le dio al rey los planos arquitectónicos y las instrucciones de construcción. Por otra parte, en varios textos se dice que Enki había transmitido a su hijo Marduk el conocimiento científico del que estaba en posesión. Los textos hablan de una conversación entre padre e hijo, que tuvo lugar cuando Marduk fue a su padre con una difícil pregunta: “Enki le respondió a su hijo Marduk: «Hijo mío, ¿qué no sabes?  ¿Qué más puedo darte? Marduk, ¿qué es lo que no sabes? ¿Qué más te puedo dar? ¡Todo lo que yo sé, tú lo sabes!».

Dadas las similitudes entre Ptah y Enki por una parte, y entre Marduk y Ra por otra, no nos debería de sorprender en absoluto que en los textos egipcios se relacione a Ra con las instalaciones espaciales y sus obras de construcción. En esta labor, recibía la ayuda de Shu y de Tefnut, Geb y Nut, y de Toth, el dios de lo mágico. La Esfinge, la «guía divina» que mostraba el camino hacia el este, exactamente a lo largo del paralelo 30, tenía los rasgos de Hor-AkhtiHalcón del Horizonte») -el epíteto de Ra. Una estela erigida cerca de la Esfinge en tiempos faraónicos lleva una inscripción que indica directamente a Ra como el ingeniero («Extendedor de la Cuerda») que construyó el «Lugar Protegido» en el «Desierto Sagrado», desde el cual podía «ascender bellamente» y «atravesar los cielos»: “Tú extendiste las cuerdas para el plano, tú diste forma a las tierras…Tú hiciste secreto el Mundo Inferior… Tú te has construido un lugar protegido en el desierto sagrado, con nombre oculto. Tú ascendiste por el día enfrentándoles… Te elevas bellamente…Cruzas el cielo con un buen viento…Atraviesas el cielo en la barca celestial…El cielo está jubiloso, la Tierra grita de alegría. La tripulación de Ra ensalza cada día; él emerge en triunfo”. Los textos egipcios afirman que Shu y Tefnut ayudaron a Ra en sus ingentes obras relacionadas con el espacio, «sosteniendo los cielos sobre la Tierra». El hijo de ambos, Geb, «amontonar, apilar», se entregó, según los expertos, a obras que tendrían que ver con eso, apilar; un sugerente indicio de que pudo ser él el encargado de la construcción de las pirámides.

En un relato egipcio acerca del faraón Khufu y de sus tres hijos se revela que, en aquellos días, los planos secretos de la Gran Pirámide estaban custodiados por el dios al que los egipcios llamaban Toth, dios de la astronomía, las matemáticas, la geometría y la medición terrestre. Se recordará que una característica única de la Gran Pirámide es la de sus pasadizos y cámaras superiores. Sin embargo, debido a que estos pasadizos estaban sellados, veremos cómo, cuándo y por qué, justo donde se bifurcan del pasadizo descendente, todos los faraones que intentaron emular las pirámides de Gizeh construyeron sólo cámaras inferiores, siendo incapaces de imitar las cámaras superiores por falta de conocimientos arquitectónicos precisos o, con el tiempo, simplemente porque no sabían de su existencia. Pero parece ser que Khufu sí que conocía la existencia de estas dos cámaras secretas del interior de la Gran Pirámide, y a punto estuvo de descubrir sus planos de construcción, pues se le dijo dónde los tenía ocultos el propio dios Toth. En un relato que aparece en el llamado Papiro Westcar, titulado «Relatos de los Magos», se dice que «un día, cuando el rey Khufu reinaba sobre toda la tierra», llamó a sus tres hijos y les pidió que le contaran historias de los «hechos de los magos» de antaño. El primero en hablar fue el «hijo real Khafra», que relató «una leyenda de los días de tu [por Khufu] antepasado Nebka… de lo que sucedió cuando entró en el templo de Ptah». Era el relato de cómo un mago le había devuelto la vida a un cocodrilo muerto. Después, el hijo real Bau-ef-Ra contó un milagro de los tiempos de un antepasado de Khufu aún más antiguo, en el cual un mago abrió las aguas de un lago, con el fin de recuperar una joya de su fondo; «y luego el mago habló y utilizó sus palabras mágicas y devolvió las aguas del lago a su lugar».

El tercer hijo, Hor-De-Def, se levantó y dijo: «Hemos oído hablar de magos del pasado y de sus proezas, cuya verdad no podemos verificar. Sin embargo, yo sé de cosas hechas en nuestros tiempos». El faraón Khufu le preguntó de qué se trataba, y Hor-De-Def respondió que conocía a un hombre llamado Dedi que sabía cómo devolverle la cabeza a un decapitado y cómo domesticar a un león, así como también conocía «los números Pdut de las cámaras de Toth». Al escuchar esto, Khufu sintió una profunda curiosidad, pues él había intentado encontrar el «secreto de las Cámaras de Toth» en la Gran Pirámide (ya selladas y ocultas en tiempos de Khufu). Así pues, dio orden para que encontraran y trajeran al sabio Dedi desde su morada, en una isla en la punta de la península del Sinaí. Cuando llevaron a Dedi ante el faraón, Khufu puso a prueba antes que nada sus poderes mágicos, como devolverle la vida a un ganso, a un pájaro y a un buey, a los que les habían cortado las cabezas. Más tarde, Khufu preguntó: «¿Es cierto lo que se dice de que conoces los números Pdut para las Iput de Toth?» Y Dedi respondió”. «No conozco los números, Oh rey, pero conozco el lugar donde están los Pdut».

Los egiptólogos en general están de acuerdo en que Iput expresaba el significado de «cámaras secretas del santuario primitivo» y que Pdut significaba «diseños, planos con números». Como respuesta a Khufu, el mago (de quien se dice que tenía ciento diez años) dijo: «No conozco la información de los diseños, Oh rey, pero sé dónde ocultó Toth los planos-con-números». Y respondiendo a otras preguntas, dijo: «Hay una caja de amoladera en la cámara sagrada llamada la Sala de Mapas en Heliópolis; están en esa caja». Emocionado, Khufu dio orden a Dedi para que fuera a buscar la caja para él. Pero Dedi respondió que ni él ni Khufu podrían hacerse con ella, pues era un futuro descendiente de Khufu el que estaba destinado a encontrarla. Eso, dijo, es lo que había decretado Ra. Claudicando ante la voluntad del dios, Khufu terminaría construyendo solamente un templo dedicado a la Señora de la Pirámide. El círculo de evidencias se completa así. Los textos sumerios y los egipcios se confirman entre sí, y confirman estas conclusiones: la misma diosa neutral fue la señora del pico más alto del Sinaí y de la montaña artificial erigida en Egipto, puntos de anclaje del corredor de aterrizaje. Pero la intención de los anunnaki de conservar neutrales la península del Sinaí y sus instalaciones no duraría demasiado. La rivalidad y el amor se combinaron trágicamente para dar al traste con lo establecido, y la dividida Tierra no tardó en verse involucrada en las Guerras de la Pirámide.

«En el año 363, Su Majestad Ra, el santo, el Halcón del Horizonte, el Inmortal que vive para siempre, estaba en el país de Khenn. Estaba acompañado por sus guerreros, pues los enemigos habían conspirado contra su señor… Horus, el Medidor Alado, llegó a la barca de Ra. Él le dijo a su antepasado: ‘Oh, Halcón del Horizonte, he visto al enemigo conspirando contra tu Señorío, para arrebatarte la Corona Luminosa’… Entonces, Ra, el santo, el Halcón del Horizonte, le dijo a Horus, el Medidor Alado: ‘Noble vastago de Ra, mi descendiente: Ve rápido, derriba al enemigo al que has visto’». Así comienza un relato inscrito en las paredes del templo de la antigua ciudad egipcia de Edfú. Sitchin cree que es la historia de lo que sólo pudo denominarse la Primera Guerra de la Pirámide, una guerra que tuvo sus raíces en la interminable lucha por el control de la Tierra y de sus instalaciones espaciales, y en los tejemanejes de los Grandes Anunnaki, especialmente de Enki/Ptah y de su hijo Ra/ Marduk. Según Manetón, Ptah entregó el dominio de Egipto después de reinar 9.000 años; pero el reinado de Ra/Marduk se interrumpió tras sólo 1.000 años -debido al Diluvio. Después, durante 700 años, vino el reinado de Shu, que ayudó a Ra a «controlar los cielos de la Tierra», y los 500 años de remado de Geb («El Que Amontona la Tierra»). Fue en aquella época, hacia el 10.000 a.C, cuando se construyeron las instalaciones espaciales, el aeropuerto espacial del Sinaí y las pirámides de Gizeh.

Aunque se supone que la península del Sinaí, donde se construyo el aeropuerto espacial, y las pirámides de Gizeh se mantuvieron neutrales bajo la égida de Ninharsag, resulta dudoso que los constructores de estas instalaciones -Enki y sus descendientes- tuvieran realmente la intención de renunciar a su control. Existe un texto sumerio, que comienza con una descripción idílica, al que los expertos han llamado el «Mito del Paraíso». Su título original fue “Enki y Ninharsag”, y consiste, de hecho, en una historia acerca de las relaciones amorosas, por motivaciones políticas, mantenidas entre ambos; el relato del pacto al que llegaron Enki y su hermanastra Ninharsag acerca del control de Egipto y de la península del Sinaí -de las pirámides y del aeropuerto espacial. La acción de la historia se sitúa después de la división de la Tierra entre los anunnaki, cuando se le concedió Tilmun (la península del Sinaí) a Ninharsag y Egipto al clan de Enki. Según el texto sumerio, Enki cruzó los lagos pantanosos que separaban Egipto de la península del Sinaí y fue hasta la solitaria Ninharsag para entregarse a una orgía de amor: “A la que estaba sola, a la Dama de la Vida, señora del país, Enki fue hasta la sabia Dama de la Vida. Hizo que su falo regara los diques; hizo que su falo sumergiera los juncos… Derramó su semen dentro de la gran dama de los anunnaki, derramó su semen en el vientre de Ninharsag; ella recogió el semen en su útero, el semen de Enki”.

Lo que Enki buscaba en realidad era tener un hijo con su hermanastra, pero el vástago fue una niña. Entonces, Enki le hizo el amor a ésta tan pronto se hizo «joven y hermosa», y más tarde a su nieta. Como vemos, entre los anunnaki eran frecuentes las relaciones incestuosas. Como consecuencia de estas actividades sexuales, nacieron un total de ocho dioses, seis hembras y dos varones. Enfurecida por el incesto, Ninharsag utilizó sus conocimientos médicos para hacer enfermar a Enki. Los anunnaki que estaban con él rogaron por su vida, pero Ninharsag estaba decidida: «¡No lo miraré con el ‘Ojo de la Vida’ hasta que haya muerto!». Satisfecho, al ver que al fin Enki había sido detenido, Ninurta, que había ido a Tilmun para una inspección, volvió a Mesopotamia Para dar cuenta de los acontecimientos en una reunión a la que asistieron Enlil, Nanna/Sin, Utu/Shamash e Inanna/Ishtar. No dándose por satisfecho, Enlil le ordenó a Ninurta que volviera a Tilmun y que trajera a Ninharsag con él. Pero, mientras tanto, Ninharsag se sintió culpable por lo que le había hecho a su hermano y cambió de opinión. «Ninharsag sentó a Enki junto a su vulva y le dijo: ‘Hermano mio ¿qué te duele?’». Tras ser curado por ella, Enki le propuso compartir juntos los señoríos de Egipto y del Sinaí, asignando tareas, cónyuges y territorios a los ocho dioses jóvenes:” ¡Que Abu sea quien domine las plantas; que Nintulla sea el señor de Magan; que Ninsutu se case con Ninazu; que Ninskashi sea la que satisfaga a los sedientos; que Nazi se case con Nindara; que Azimua se case con Ningishzida; que Nintu sea la reina de los meses; que Enshag sea el señor de Tilmun!”.

Los textos teológicos egipcios de Menfis sostienen también que vinieron a ser ocho dioses del corazón, la lengua, los dientes, los labios y otras partes del cuerpo de Ptah. También en este texto, al igual que en el mesopotámico, Ptah asigna a estos dioses moradas y territorios: «Después de formar a los dioses, hizo ciudades, estableció regiones, puso a los dioses en sus moradas sagradas; construyó sus santuarios y estableció sus ofrendas». Y todo esto lo hizo «para dar regocijo al corazón de la Señora de la Vida». Si, como parece, estos relatos tuvieran una base real, las rivalidades que se engendraran con tan confusos parentescos no podrían más que agravarse con los tejemanejes sexuales que se le atribuyen también a Ra. El más significativo de éstos fue el que aseguraba que Osiris era realmente hijo de Ra y no de Geb, concebido cuando Ra se había unido en un ardid con su propia bisnieta. Y esto, como ya dijimos, se encuentra en el centro del conflicto entre Osiris y Set. ¿Por qué tenía que codiciar Set el Bajo Egipto, que se le había concedido a Osiris, cuando a él se le había asignado el Alto Egipto? Las explicaciones de los egiptólogos se basan en la geografía, en la fertilidad de la tierra, etc. Pero había un factor más; un factor que, desde el punto de vista de los dioses, era más importante que el número de cosechas que podía dar una región: la Gran Pirámide y sus compañeras de Gizeh. Aquél que las controlara, compartiría el control de las actividades espaciales, de las idas y venidas de los dioses, del vital enlace de suministros desde y hacia el Duodécimo Planeta.

Set tuvo éxito en sus ambiciones durante un tiempo, tras superar a Osiris. Pero «en el año 363» después de la desaparición de Osiris, el joven Horus se convirtió en el vengador de su padre y lanzó una ofensiva contra Set -la Primera Guerra de la Pirámide. También fue la primera guerra en la cual los dioses involucraron a los hombres en sus pugnas. Apoyado por otros dioses partidarios de Enki, reinantes en África, el vengador Horus comenzó las hostilidades en el Alto Egipto. Ayudándose del Disco Alado que Toth había diseñado para él, Horus siguió avanzando hacia el norte, hacia las pirámides. La principal batalla tuvo lugar en la «región del agua», en la cadena de lagos que separaba Egipto de la península del Sinaí, en donde resultaron muertos numerosos seguidores de Set. Tras fracasar los esfuerzos que otros dioses hicieron por restablecer la paz, Set y Horus se enfrentaron en un combate personal en el Sinaí. En el transcurso de la batalla, Set se ocultó en unos «túneles secretos», en alguna parte de la península; pero, en otra batalla, perdió los testículos. De manera que el Consejo de los Dioses le dio la totalidad de Egipto «como patrimonio… a Horus». ¿Y qué fue de Set, uno de los ocho dioses descendientes de Ptah? Fue desterrado de Egipto y estableció su morada en tierras asiáticas, al este, en un lugar que le permitía «hablar claro desde el cielo». ¿Sería él el dios al que llaman Enshag en el relato sumerio de Enki y Ninharsag, aquél al cual los amantes asignaron Tilmun (la península del Sinaí)? Si así fuera, sería él el dios egipcio (camita) que extendió sus dominios a la tierra de Sem que, más tarde, se conocería como Canaán. Los relatos bíblicos se podrían comprender, así pues, a partir del resultado de la Primera Guerra de la Pirámide. Y también en esto habría que encontrar las causas de la Segunda Guerra de la Pirámide.

Después del Diluvio, además del aeropuerto espacial y de las instalaciones de orientación y guía, también se hizo necesario reubicar un nuevo Centro de Control de Misiones, similar al que había existido en Nippur. La necesidad de equidistancia desde este centro al resto de instalaciones espaciales obligó a ubicarlo sobre el Monte Moria («El Monte de la Dirección»), el centro de la futura ciudad de Jerusalén. Este lugar, tanto en los textos mesopotámicos como en los bíblicos, se encontraba ubicado en las tierras de Sem -un dominio de los partidarios de Enlil. Sin embargo, terminó siendo ocupado ilegalmente por el linaje de Enki, los dioses camitas, y por los descendientes del camita Canaán. El Antiguo Testamento se refiere al país del cual Jerusalén se convertiría con el tiempo en su capital como Canaán, que fue el nombre del cuarto hijo, el hijo más joven de Cam. También escogió a Canaán para descargar sus iras, relegando a sus descendientes a ser siervos de los descendientes de Sem. La improbable excusa para este trato fue que Cam, no su hijo Canaán, había visto accidentalmente los genitales de su padre Noé; de ahí que el Señor hubiera maldecido a Canaán: «Maldito sea Canaán; sirviente de sirvientes será entre sus hermanos… Bendito sea Yahveh, el dios de Sem; que Canaán sea sirviente entre ellos». El relato del Génesis deja muchos aspectos sin explicar. ¿Por qué se maldijo a Canaán, si fue su padre el accidental transgresor? ¿Por qué se le castigó a ser esclavo de Sem y del dios de Sem? ¿Y cómo se involucraron los dioses en el crimen y en su castigo? Si se lee la información suplementaria que aparece en el Libro de los Jubileos, queda claro que la verdadera ofensa fue la ocupación ilegal del territorio de Sem.

Tras la dispersión de la humanidad y la asignación de territorios a los distintos clanes, el Libro de los Jubileos dice: «Cam y sus hijos fueron a la tierra que él iba a ocupar, [la tierra] que se procuró como parte en el país del sur». Pero entonces, en el viaje que les llevaba desde donde se había salvado Noé hasta su lugar asignado en África, «Canaán vio la tierra del Líbano [bajando] hasta el río de Egipto, que era muy buena». Y así cambió de opinión: «Él no fue hasta la tierra de su herencia al oeste del mar [oeste del Mar Rojo]; [en lugar de esto] vivió en la tierra del Líbano, al este y al oeste del Jordán». Tanto su padre como sus hermanos intentaron disuadir a Canaán de aquél acto ilegal: «Y Cam, su padre, y Kus y Misrayim, sus hermanos, le dijeron: ‘Te has asentado en una tierra que no es tuya, y que no nos ha tocado en suertes; no lo hagas pues, si lo haces, tú y tus hijos caeréis en la tierra y seréis malditos por sedición; pues por sedición te has asentado, y por sedición caerán tus hijos, y se te desarraigará para siempre. No habites en la morada de Sem, pues a Sem y a sus hijos les correspondió en suertes’». Le indicaron que, si ocupaba ilegalmente el territorio asignado a Sem, «Maldito eres y maldito serás más allá de los hijos de Noé, por la maldición que nos ata por juramento en la presencia del Santo Juez y en la presencia de Noé, nuestro padre…». «Pero Canaán no les escuchó, y vivió en la tierra del Líbano desde Hamat hasta las puertas de Egipto, él y sus hijos hasta el día de hoy. Por esta razón es que el país se llamó Canaán».

Por detrás del relato bíblico de una usurpación territorial a cargo de un descendiente de Cam, debe existir un relato de usurpación similar a cargo de un descendiente del Dios de Egipto. No debemos olvidar que la división de tierras y territorios no se hizo entre pueblos, sino entre dioses; los dioses, no los pueblos, eran los dueños. Un pueblo sólo podía asentarse en un territorio asignado a su dios y sólo podía ocupar el territorio de otro si su dios había extendido sus dominios hasta aquel territorio, por acuerdo o por la fuerza. La ocupación ilegal de una región entre el aeropuerto espacial del Sinaí y el lugar de aterrizaje de Baalbek por parte de un descendiente de Cam, sólo pudo suceder por haber sido usurpada por un descendiente de las deidades camitas, por un dios joven de Egipto. Y ésta fue en realidad la consecuencia de la Primera Guerra de la Pirámide. La entrada ilegal de Set en Canaán significaba que todos los lugares relacionados con el espacio, Gizeh, la península del Sinaí y Jerusalén, estaban bajo el control de los dioses partidarios de Enki. Eran instalaciones a las cuales no podían acceder los partidarios de Enlil. Y así, 300 años más tarde, éstos lanzaron una ofensiva con el fin de desalojar a los ocupantes ilegales de las vitales instalaciones espaciales. En varios textos se habla de la Segunda Guerra de la Pirámide, algunos de ellos escritos en el original sumerio, otros en versiones acadias y asirías. Los expertos se refieren a estos textos con el nombre de los «Mitos de Kur» -«mitos» de las Tierras Montañosas. Y son en realidad interpretaciones poéticas de las crónicas de la guerra por el control de las montañas relacionadas con las misiones espaciales: Monte Moria; el Harsag (Monte Santa Catalina) en el Sinaí; y el monte artificial, el Ekur (la Gran Pirámide) en Egipto.

En estos textos queda claro que las fuerzas de Enlil fueron lideradas por Ninurta, el principal guerrero de Enlil, y que los primeros encuentros tuvieron lugar en la península del Sinaí. Los dioses camitas fueron batidos, pero se retiraron para continuar la guerra desde las tierras montañosas de África. Ninurta aceptó el reto y en la segunda fase de la guerra llevó los combates hasta las fortalezas de sus enemigos. Esta fase supuso unas feroces y despiadadas batallas. Más tarde, en su fase final, se combatió junto a la Gran Pirámide, la última e inexpugnable fortaleza de los oponentes de Ninurta; allí fueron sitiados los dioses camitas, hasta que se quedaron sin comida Y sin agua. Esta guerra, a la que llamamos Segunda Guerra de la Pirámide, se conmemoró ampliamente en los registros sumerios, tanto en las crónicas escritas como en las representaciones gráficas. En los himnos a Ninurta hay numerosas referencias a sus hazañas y acciones heroicas en esta guerra. Gran parte del salmo «Como Anu Estás Hecho» se dedica a la memoria de la lucha y la victoria final. Pero la principal y la más directa de las crónicas de la guerra es el texto épico “Lugal-e Ud Melam-bi”, revisado por Samuel Geller en “Altorientalische Texte und Untersuchungen”. Como todos los textos mesopotámicos, se titula así por el versículo con el que comienza: “Rey, la gloria de tu día es señorial; Ninurta, el Primero, poseedor de los Poderes Divinos, que en mitad de las Tierras Montañosas se adelantó. Como una inundación que no puede ser detenida, la tierra del enemigo ataste con fuerza como con una faja. El Primero, que en la batalla entra vehementemente; héroe, que el Arma Brillante Divina lleva en la mano; Señor: las Tierras Montañosas subyugaste como a tu criatura. Ninurta, hijo real, a quien su padre dio poder; héroe: por temor a ti, la ciudad se ha rendido… Oh poderoso- a la Gran Serpiente, el dios heroico, arrojaste de todas las montañas”.

Al ensalzar así a Ninurta, sus hazañas y su Arma Brillante, el poema da cuenta también de la ubicación del conflicto («las Tierras Montañosas») y de su principal enemigo: «La Gran Serpiente», líder de las deidades egipcias. El poema sumerio identifica a este adversario varias veces como Azag, y en una ocasión se refiere a él como Ashar, ambos epítetos bien conocidos de Marduk, concretando así a los dos hijos principales de Enlil y Enki -Ninurta y Marduk- como los líderes de los ejércitos enfrentados en la Segunda Guerra de la Pirámide. La segunda tablilla, una de las trece sobre las que se inscribió el largo poema, describe la primera batalla. La primera ventaja de Ninurta se le atribuye tanto a sus armas divinas como a una nueva nave aérea que se construyó después de que la anterior resultara destruida en un accidente. Se le llamaba IM.DU.GUD, traducido habitualmente por «Pájaro de la Tormenta Divina», pero que literalmente significa «Aquello Que Como una Tormenta Heroica Corre». Sabemos por diversos textos que la envergadura de sus alas era de casi 23 metros. Los arcaicos dibujos lo representan como un «pájaro» mecánico, con dos superficies de ala apoyadas sobre vigas cruzadas; en el tren de aterrizaje se ve una serie de aberturas redondas, quizás entradas de aire para motores a reacción. Esta aeronave, de hace milenios, no sólo tiene una notable semejanza con los antiguos biplanos de los inicios de la aviación, sino que también muestra un increíble parecido con el boceto que hiciera Leonardo da Vinci en 1497, en donde representara su idea de una máquina voladora propulsada por el hombre.

El imdugud fue la inspiración del emblema de Ninurta, una heroica ave con cabeza de león que se apoya sobre dos leones o, en otros casos, sobre dos toros. Esta «nave construida» -un vehículo manufacturado- «que en la guerra destruye las principescas moradas», es la que Ninurta remontó en el cielo durante las batallas de la Segunda Guerra de la Pirámide. Y se elevaba tan alto que sus compañeros lo perdían de vista. Más tarde, según dice el texto, caía en picado «en su Pájaro Alado, contra las murallas». «Cuando su Pájaro se acercaba al suelo, golpeaba la cumbre [de la fortaleza del enemigo]». Acosado fuera de sus fortalezas, el enemigo empezó a retirarse. Mientras Ninurta mantenía el ataque frontal, Adad recorría el campo por detrás de las líneas enemigas, destruyendo los suministros de alimentos del adversario: «En el Abzu, Adad hizo que los peces se fueran… el ganado dispersó». Y cuando el enemigo se replegó a las montañas, los dos dioses «como una avalancha de agua asolaron las montañas». A medida que la guerra crecía en su escalada a lo largo del tiempo, los dos destacados dioses llamaron a otros para que se les unieran. «Mi señor, ¿por qué no vas a la batalla que se está extendiendo?», le preguntaron a un dios cuyo nombre se ha perdido en el dañado versículo. También se le hizo esta pregunta a Ishtar, pues a ésta se la menciona por su nombre: «En el choque de las armas, en las hazañas de heroísmo, el brazo de Ishtar no vaciló». «¡Avanza sin demora! ¡Pisa firmemente sobre la Tierra! ¡En las montañas, te esperamos!».

«La diosa llevó el arma que brilla señorialmente… un cuerno [para dirigirla] se hizo». Cuando la usó contra el enemigo en una hazaña, «que hasta días distantes» será recordada, «los cielos se volvieron del color de lana rojiza». El rayo explosivo «despedazó [al enemigo], con la mano aplastó su corazón». La siguiente sección del relato, de las tablillas V a VIII, está demasiado dañada para poderse leer. Los trozos de los versículos sugieren que, tras la intensificación del ataque propiciada por la ayuda de Ishtar, se elevó gran llanto y lamento en la tierra del enemigo. «El temor a la Brillantez de Ninurta se difundió por el país» y sus habitantes tuvieron que utilizar otras cosas en lugar de trigo y cebada «para moler y hacer harina». Ante esta ofensiva, las fuerzas enemigas siguieron retirándose hacia el sur. Fue entonces cuando la guerra se tornó más feroz y despiadada, cuando Ninurta dirigió a los dioses enlilitas en un ataque contra el corazón de los dominios africanos de Nergal y sobre su ciudad-templo, Meslam. Quemaron la tierra e hicieron que los ríos se tiñeran de rojo con la sangre de espectadores inocentes -hombres, mujeres y niños del Abzu. Los versículos que describen esta parte de la guerra están deteriorados en las tablillas del texto principal; sin embargo, se pueden conocer los detalles gracias a otras tablillas fragmentadas que tratan de cuando Ninurta «asoló el país», una hazaña que le granjeó el título de «Conquistador de Meslam». En estas batallas, los atacantes parece que  recurrieron a la guerra química. Se nos dice que Ninurta creó una lluvia de proyectiles venenosos sobre la ciudad, que «él los catapultó al interior; el veneno, por sí mismo, destruyó la ciudad».

Los que sobrevivieron al ataque en la ciudad escaparon a las montañas circundantes. Pero Ninurta «con el Arma Que Hiere arrojó fuego sobre las montañas; el Arma de los Dioses cuyo Diente es amargo, aplastó a la gente». También aquí se intuye algún tipo de guerra química: “El Arma Que Despedaza robó los sentidos; el Diente los desolló. Recorrió el país despedazando; llenó los canales de sangre, en la tierra del Enemigo, para que los perros lamieran como leche”. Abrumado por la inmisericorde acometida, Azag pidió a sus seguidores que no ofrecieran resistencia: «El Enemigo llamó a sumujer y a su hijo; contra el señor Ninurta no levantó su brazo. Las armas de Kur se cubrieron de tierra» (es decir, se ocultaron); «Azag hizo que no las levantaran». Ninurta tomó la falta de resistencia como signo de victoria. En un texto de  F. Hrozny («Mythen von dem Gotte Ninib») se cuenta que Ninurta, tras matar a sus oponentes y tomar la tierra de Harsag (Sinaí), fue «como un Pájaro» a atacar a los dioses que «se retiraban detrás de las murallas» en Kur, y los derrotó en las montañas. Después, estalló en un canto de victoria: “Mi aterradora Brillantez es poderosa como la de Anu; ¿quién puede levantarse contra ella?  Soy el señor de las altas montañas,  de las montañas que hasta el horizonte elevan sus picos. En las montañas, soy el dueño”.

Pero el canto de victoria fue prematuro. Mediante su táctica de no resistencia, Azag había escapado a la derrota. La capital sí que había sido destruida, pero no los líderes del enemigo. Sobriamente, el texto del Lugal-e observa: «Ninurta no había aniquilado al escorpión de Kur». Lo que hicieron los dioses del enemigo fue retirarse a la Gran Pirámide, donde «el Sabio Artesano» -¿Enki? ¿Toth?-levantó una muralla protectora «que la Brillantez no podía derribar», un escudo a través del cual no podían penetrar los rayos mortíferos. Los detalles de la fase final de esta dramática Segunda Guerra de la Pirámide se ven acrecentados por los textos «del otro bando». Del mismo modo que los seguidores de Ninurta le compusieron himnos a él, lo mismo hicieron los seguidores de Nergal con éste. Algunos de los de este último, que también fueron descubiertos por los arqueólogos, se reunieron en “Gebete und Hymnen an Nergal”, de J. Bollenrücher. Recordando las heroicas hazañas de Nergal en esta guerra, los textos cuentan que, cuando los otros dioses se vieron cercados dentro del complejo de Gizeh, Nergal -«Noble Dragón Amado del Ekur»- «de noche y a hurtadillas», portando terribles armas y acompañado por sus tenientes, rompió el cerco para llegar a la Gran Pirámide (el Ekur). Al llegar de noche, entró a través «de las puertas cerradas que se pueden abrir por sí mismas». Un estruendo de bienvenida le recibió cuando entró: “ ¡El divino Nergal, el señor que por la noche se mueve con sigilo, ha llegado a la batalla! Hace restallar su látigo,  hace chasquear sus armas…Aquél que es bienvenido, su poder es inmenso; como un sueño, en la puerta ha aparecido. ¡Divino Nergal, Aquél Que Es Bienvenido: combate al enemigo de Ekur, pone freno al Salvaje de Nippur!”.

Pero las esperanzas de los dioses sitiados no tardarían en frustrarse. Conocemos más detalles de las últimas fases de esta guerra a través de otro texto más, recompuesto originalmente por George A. Barton, “Miscellaneous Babylonian Texts”, a partir de fragmentos de un cilindro de arcilla inscrito que se encontró en las ruinas del templo de Enlil en Nippur. Cuando Nergal se unió a los defensores de la Gran Pirámide («la Casa Formidable Que Se Eleva Como un Montón»), fortaleció sus defensas con diversos cristales emisores de rayos («piedras» minerales) situados en el interior de la pirámide: “ La Piedra-Agua, la Piedra-Vértice, la… -Piedra, la…. el señor Nergal aumentó su fuerza. La puerta de protección,  él al cielo su Ojo elevó. Excavó profundo lo que da vida, en la Casa les dio de comer”. Potenciadas así las defensas de la pirámide, Ninurta recurrió a otra táctica. Pidió a Utu/Shamash que cortara el suministro de agua de la pirámide manipulando la «corriente acuática» que discurre cerca de sus cimientos. Aquí, el texto está demasiado mutilado como para permitirnos conocer los detalles, pero parece ser que la táctica consiguió su objetivo. Apiñados en su última fortaleza, sin comida ni agua, los dioses sitiados hicieron cuanto pudieron para protegerse de sus atacantes. Hasta entonces, a pesar de la ferocidad de las batallas, ningún dios importante había caído en los combates. Pero ahora, uno de los dioses jóvenes, probablemente Horus, al intentar salir a hurtadillas de la Gran Pirámide disfrazado de carnero, fue alcanzado por el Arma Brillante de Ninurta y perdió la visión de sus ojos. Un Dios de Antaño suplicó entonces a Ninharsag, reputada por sus milagros médicos, que salvara la vida del joven dios:”Cuando llegó la Asesina Brillantez; la plataforma de la Casa resistió el señor.  A Ninharsag se invocó:  «… el arma… mi descendiente con la muerte está maldito…».

Otros textos sumerios dicen de este joven dios, «descendiente que no conoce a su padre», un epíteto que le encajaría a Horus, que nació después de la muerte de su padre. En La Leyenda del Carnero, perteneciente a la tradición popular egipcia, se nos dice que Horus resultó herido en los ojos cuando un dios «sopló fuego» sobre él. Entonces, respondiendo a la «invocación», Ninharsag decidió intervenir para detener el combate. La novena tablilla del Lugal-e comienza con las palabras de Ninharsag al comandante enlilita, su propio hijo Ninurta, «el hijo de Enlil, el Legítimo Heredero que nació de la esposa-hermana». En unos versículos acusadores, la diosa le anuncia su decisión de cruzar las líneas de combate y dar fin a las hostilidades: “A la Casa Donde la Medición de Cuerda comienza, donde Asar elevó sus ojos a Anu, iré. La cuerda cortaré, por el bien de los dioses guerreros”.  Su destino era la «Casa Donde la Medición de Cuerda comienza»: ¡la Gran Pirámide!  En un principio, Ninurta se quedó estupefacto con su decisión de «entrar sola en la tierra del Enemigo»; pero, cuando se sobrepuso, le proporcionó «ropas que le hicieran no tener miedo» (¿de la radiación dejada por los rayos?). Cuando la diosa se aproximó a la pirámide, se dirigió a Enki: «Ella le grita… ella le suplica». La conversación se perdió con las fracturas de la tablilla, pero Enki aceptó rendir la pirámide ante ella: “De la Casa que es como un montón, la que yo elevé como una pila,  tú puedes ser su dueña”.

Sin embargo, había una condición: la rendición estaba sujeta a una resolución final del conflicto en tanto no llegara «el momento determinante del destino». Con la promesa de transmitir las condiciones de Enki, Ninharsag fue hasta Enlil. Los acontecimientos que siguieron se hallan registrados en parte en el Lugal-e y en parte en otros textos fragmentarios. Pero donde se describen con mayor dramatismo es en un texto titulado “Canto la Canción de la Madre de los Dioses”. De este texto, que sobrevivió en gran medida gracias a haber sido copiado por todo el Oriente Próximo de la antigüedad, habló por primera vez P. Dhorme en su estudio “La Souveraine des Dieux”. Es un texto poético de alabanza a Ninmah (la «Gran Dama») y su papel como Mammi Madre de los Dioses») a ambos lados de las líneas de combate. Comenzando con una llamada para que escuchen «los camaradas en armas y los combatientes», el poema habla brevemente de la contienda y de sus participantes, así como de su escalada, casi global. En un bando estaban «el primogénito de Ninmah» (Ninurta) y Adad, a los que no tardaron en unirse Sin y, más tarde, Inanna/Ishtar. En el otro, estaba Nergal, un dios del que se dice que es «el Noble y Poderoso» -Ra/Marduk- y el «Dios de las dos Grandes Casas» (las dos grandes pirámides de Gizeh) que había intentado escapar camuflado con una piel de carnero: Horus.

Afirmando que actuaba con la aprobación de Anu, Ninharsag llevó a Enlil la rendición ofrecida por Enki. Se encontró con él en presencia de Adad (mientras que Ninurta seguía en el campo de batalla). «¡Oh, escuchad mis súplicas!» rogó ella a los dos dioses mientras les explicaba sus ideas. Adad se mostró inflexible en un principio: “Presentándose allí, a la Madre, Adad dijo así:«Estamos esperando la victoria.Las fuerzas enemigas están derrotadas.No han podido soportar el temblor de la tierra». Si la diosa quiere que cesen las hostilidades, dijo Adad, que discuta sobre la base de que los enlilitas están a punto de vencer: «Levántate y ve -habla con el enemigo.  Que asista a las discusiones para evitar el ataque». Enlil, con un lenguaje menos contundente, apoyó la sugerencia: “Enlil abrió la boca; en la asamblea de los dioses dijo: «En vista de que Anu ha reunido a los dioses en la montaña, para detener la guerra y traer la paz, y ha enviado a la Madre de los Dioses para que me suplique- Que la Madre de los Dioses actúe de emisaria». Y volviéndose a su hermana, dijo en tono conciliador: «¡Ve, aplaca a mi hermano! ¡Démosle una oportunidad para la Vida; que salga de detrás de su atrancada puerta!»

Haciendo como se le había sugerido, Ninharsag «fue a buscar a su hermano, puso sus súplicas ante el dios». Le dijo que su vida y la de sus hijos estaban aseguradas: «por las estrellas ella le dio una señal». Ante las dudas de Enki, ella le dijo tiernamente: «Ven, deja que te saque». Y cuando salió, le dio su mano a ella. La diosa le llevó a él, y a los demás defensores de la Gran Pirámide hasta el Harsag, su morada. Ninurta y sus guerreros observaron la partida de los enkitas. Y la enorme e inexpugnable estructura quedó vacía, en silencio. En la actualidad, los que visitan la Gran Pirámide encuentran sus cámaras y sus pasadizos desnudos y vacíos; su compleja estructura interna parece no tener ningún propósito; sus hornacinas y sus recovecos parecen absurdos. Y así ha sido desde que los primeros hombres entraron en la pirámide. Pero no fue así cuando Ninurta entró en ella -hacia el 8670 a.C, según los cálculos. Ninurta entró, dicen los textos sumerios, «en el lugar radiante» rendido por sus defensores. Y lo que hizo después de entrar no sólo cambió la Gran Pirámide por dentro y por fuera, sino también el curso de los asuntos humanos. Cuando Ninurta entró en la «Casa Que Es Como una Montaña», debió sorprenderse de lo que encontró dentro. Concebida por Enki/Ptah, planificada por Ra/Marduk, construida por Geb, equipada por Toth y defendida por Nergal, ¿qué misterios de tecnología espacial albergaría?

En la lisa y aparentemente sólida cara norte de la pirámide, una piedra giratoria se abrió para mostrar la entrada, protegida por los inmensos bloques de piedra diagonales, tal como lo describía el texto laudatorio a Ninharsag. Un pasadizo descendente recto llevaba a unas cámaras de servicio inferiores en donde Ninurta pudo ver un pozo que habían excavado los defensores buscando agua. Pero su interés se centró en los pasadizos y cámaras superiores; allí estaban dispuestas las «piedras» mágicas -minerales y cristales, unos terrestres, otros celestiales, algunos de un aspecto que él nunca había visto. De ellos se emitía una pulsación radiante para guiar a los astronautas y también las radiaciones que defendían la estructura. Acompañado por el Maestro Jefe en Minerales, Ninurta inspeccionó la disposición de «piedras» e instrumentos. Se detuvo delante de cada uno de ellos y determinó su destino: ser destruido, llevárselo para ser expuesto o instalarlo como instrumento en cualquier otra parte. Tenemos constancia de estos «destinos», y de la orden por la cual Ninurta fue detenido por las piedras, gracias al texto inscrito en las tablillas 10 a 13 del poema épico Lugal-e. Siguiendo este texto, e interpretándolo correctamente, es como se puede comprender por fin el misterio de la finalidad y la función de los muchos rasgos de la estructura interna de la pirámide. Tras recorrer el pasadizo ascendente, Ninurta llegó al punto en el que la imponente Gran Galería se encuentra con el pasadizo horizontal. Ninurta siguió este pasadizo en primer lugar, llegando a una gran cámara, llamada la «vulva» en el poema de Ninhursag. El eje de esta cámara se encuentra exactamente en el centro de la línea este-oeste de la pirámide.

Su emisión («una efusión que es como un león que nadie se atreve a atacar») provenía de una piedra encajada en una hornacina que se había tallado en el muro oriental. Era la Piedra SHAM («Destino»). Era el corazón pulsante de la pirámide, y emitía una radiación roja que Ninurta «vio en la oscuridad». Pero a Ninurta le pareció aberrante, pues durante la batalla, cuando él se elevaba, el «gran poder» de esta piedra se utilizó «para agarrarme y matarme, siguiendo un rastro que mata al capturarme». Ordenó que «se retire… se ponga aparte… y que se destruya por completo». Tras volver al punto de encuentro con la Gran Galería, Ninurta le echó un vistazo a ésta. Pero con lo ingeniosa y compleja que resultaba toda la pirámide, esta galería era sobrecogedora por lo inusual de su visión. Comparada con los pasadizos, bajos y estrechos, la Gran Galería se elevaba en lo alto (más de ocho metros y medio) en siete niveles superpuestos que se iban aproximando cada vez más a las paredes. El techo también se había construido con secciones inclinadas, con un ángulo tal que no ejerciera presión sobre el segmento inferior de las imponentes paredes. Mientras que en los estrechos pasadizos «sólo brillaba una mortecina luz verde», la Gran Galería resplandecía con luces multicolores -«la bóveda es como un arco iris, la oscuridad termina allí». Los brillos multicolores los emitían 27 pares de diversas piedras de cristal dispuestas de modo uniforme a lo largo de ambos lados de la galería. Estas piedras resplandecientes estaban ubicadas en unas cavidades que se habían cortado con precisión en las rampas que corren a lo largo de la galería, a ambos lados del suelo. Firmemente sujetas en su lugar, gracias a una elaborada hornacina en la pared, cada piedra de cristal emitía una radiación diferente, dándole al lugar su irisado efecto. De momento, Ninurta pasó entre ellas en su camino ascendente. Para él, tenía prioridad la Gran Cámara superior y su piedra pulsante.

Al fondo de la Gran Galería, Ninurta llegó a un gran escalón que, a través de un pasadizo bajo, llevaba a una antecámara de singular diseño. Los tres rastrillos -«el cerrojo, la barra y el pasador» del poema sumerio- encajados a la perfección en los surcos de las paredes y el suelo, sellaban herméticamente la Gran Cámara superior: «al enemigo no se abre; sólo a Los Que Viven, a ellos se abre». Pero ahora, tirando de unas cuerdas, los rastrillos se elevaron, y Ninurta entró. Se encontraba ahora en la cámara más prohibida («sagrada») de la pirámide, desde la cual se «extendía» la «Red» (¿radar?) orientadora para «inspeccionar Cielo y Tierra». El delicado mecanismo estaba alojado en un arca de piedra tallada; situado precisamente en el eje norte-sur de la pirámide, respondía a las vibraciones con una resonancia como de campana. El corazón de la unidad de orientación era la Piedra GUG («Determinante de la Dirección»). Sus emisiones, amplificadas por cinco compartimentos huecos construidos sobre la cámara, se irradiaban al exterior a través de dos canales inclinados que llevaban a las caras norte y sur de la pirámide. Ninurta ordenó que se destruyera esta piedra: «Después, por el destino al que la había determinado Ninurta, se sacó la piedra Gug de su agujero y se destruyó aquel día». Para asegurarse de que nadie pudiera restablecer las funciones del «Determinante de Dirección» de la pirámide, Ninurta ordenó también que se quitaran los tres rastrillos. Los primeros en ser retirados fueron la Piedra SU («Vertical») y la Piedra KA.SHUR.RA («Impresionante, Puro Que Abre»). Después, «el héroe subió a la Piedra SAG.KAL» («Piedra Sólida Que Está Enfrente»). «Tuvo que emplear toda su fuerza» para sacarla de los surcos, cortar las cuerdas que la sostenían y que «fuera a parar al suelo».

Más tarde llegó el turno de las piedras y cristales minerales situados en la parte superior de las rampas de la Gran Galería. Mientras bajaba, Ninurta se detuvo ante cada una de ellas para declarar su destino. Si no hubiera fracturas en las tablillas de arcilla en las que está escrito el texto, tendríamos los nombres de aquellas 27 piedras. Tal como están, sólo se pueden leer 22 nombres. Ninurta ordenó que varias de ellas fueran machacadas o pulverizadas; otras, que se podrían utilizar en el nuevo Centro de Control de Misiones, ordenó que se le dieran a Shamash; y el resto fue llevado a Mesopotamia para que fueran expuestas en el templo de Ninurta en Nippur y en otros lugares, como evidencia permanente de la gran victoria de los enlilitas sobre los dioses de Enki. Ninurta dijo que todo aquello no lo estaba haciendo tan sólo por su propio bien, sino también por el de las generaciones futuras: «Que mis descendientes no tengan temor de ti», dijo refiriéndose a la Gran Pirámide; «que se decrete la paz». Por último, quedaba la Piedra Vértice -la piedra de la cúspide de la pirámide, la Piedra UL («Alta Como El Cielo»): «Que la descendencia de la madre no la vea más», ordenó. Y, cuando se lanzó la piedra para que se estrellara abajo, gritó: «que todos se alejen». Y ya no hubo más «Piedras» que fueran «anatema» para Ninurta. Después de esto, los camaradas de Ninurta le animaron a que dejara el campo de batalla y regresara a casa. AN DIM DIM.MA, «Como a Anu Se Te Ha Hecho», le dijeron en alabanza; «La Casa Radiante donde se inicia la medición de cuerda, la Casa en la tierra que viniste a conocer, se regocija por haber entrado en ella». Ahora, vuelve a tu casa, donde te esperan tu esposa y tu hijo: «En la ciudad que amas, en la morada de Nippur, que encuentre descanso tu corazón… que tu corazón se aplaque».

La Segunda Guerra de la Pirámide había terminado; pero su ferocidad y sus hazañas, así como la victoria final de Ninurta en las pirámides de Gizeh, se recordarían durante mucho tiempo en las epopeyas y en las canciones -y en un notable dibujo de un sello cilíndrico, en donde se ve el Pájaro Divino de Ninurta rodeado por una corona. Y la Gran Pirámide, desnuda y vacía, y sin su piedra de la cúspide, quedó allí, en pie, como testigo mudo de la derrota de sus defensores. Pero, ¿cómo terminaron las Guerras de la Pirámide? Terminaron del mismo modo en que terminaron las grandes guerras de tiempos históricos: con una conferencia de paz; con una reunión de los bandos en conflicto. El primer atisbo de que el conflicto de los anunnaki terminó de un modo similar hace unos diez mil años proviene del texto que George A. Barton encontró inscrito en un cilindro de arcilla roto. Era una versión acadia de un texto sumerio mucho más antiguo, y Barton llegó a la conclusión de que aquel cilindro de arcilla lo depositó el soberano Naram-Sin hacia el 2300 a.C, cuando reparaba la plataforma del templo de Enlil en Nippur. Al comparar este texto mesopotámico con otros textos escritos por los faraones egipcios más o menos en la misma época, Barton notó que estos últimos «se centraban en el rey y se interesaban en sus vicisitudes cuando se presentaba ante los dioses», mientras que el texto mesopotámico «se interesaba en la comunidad de los dioses»; su tema no lo formaban las aspiraciones del rey, sino los asuntos de los dioses en sí.

A pesar de los daños que presenta el texto, especialmente al principio, está claro que los principales dioses se reunieron con posterioridad a una dura y amarga guerra, y se nos dice que se encontraron en el Harsag, la montaña del Sinaí hogar de Ninharsag, y que ella jugó el papel de mediadora. Sin embargo, el autor del texto no la trata como un personaje verdaderamente neutral, pues una y otra vez se refiere a ella con el epíteto de Tsir Serpiente»), lo que la etiqueta como diosa egipcia/enkita y le transmite con ello una connotación peyorativa. La antigua crónica prosigue diciendo que Ninharsag fue primero con la idea de detener los combates y convocar una conferencia de paz en el campo de Enlil. La primera reacción de los enlilitas ante la audaz iniciativa de Ninharsag fue la de acusarla de prestar ayuda y dar consuelo a los «demonios». Pero Ninharsag negó la acusación: «Mi Casa es pura», respondió. Pero un dios del que no queda clara su identidad le dijo sarcásticamente: «¿Acaso la Casa más noble y brillante de todas» -la Gran Pirámide- «es también pura?». «De eso no puedo hablar», respondió Ninharsag; «Gibil sigue haciéndola brillar». Después de que las primeras acusaciones y explicaciones disiparan en parte la acritud, se llevó a cabo una ceremonia simbólica de perdón. En ésta, se utilizaron dos jarras con aguas del Tigris y el Eufrates, una ceremonia de bautismo simbólico que daba la bienvenida de nuevo a Ninharsag en Mesopotamia. Enlil la tocó con su «brillante cetro» y el «poder de ella no se desmoronó».

Inicialmente hubo objeciones de Adad a una conferencia de paz en lugar de una rendición incondicional. Pero, entonces, Enlil accedió, diciéndole a la diosa: «Ve, aplaca a mi hermano». En otro texto, supimos también de qué modo había cruzado Ninharsag el frente de batalla para lograr un alto el fuego. Después de sacar a Enki y a sus hijos, Ninharsag los llevó a su morada en el Harsag. Los dioses enlilitas ya estaban allí, esperando. Ninharsag, tras anunciar que actuaba en nombre de «el gran señor Anu… Anu el Arbitro», llevó a cabo una ceremonia simbólica. Encendió siete fuegos, uno por cada uno de los dioses reunidos: Enki y sus dos hijos; y Enlil y sus tres hijos (Ninurta, Adad y Sin). Y pronunció un encantamiento mientras encendía cada fuego: «Una ofrenda de fuego para Enlil de Nippur… para Ninurta… para Adad… para Enki, que viene del Abzu… para Nergal, que viene de Meslam». Al caer la noche, el lugar resplandecía con las llamas: «la gran luz que había creado la diosa era como la luz del sol».

Ninharsag apeló entonces a la sabiduría de los dioses y ensalzó las virtudes de la paz: «Poderosos son los frutos del dios sabio; el gran no divino a su vegetación vendrá… cuando rebose, hará [la tierra] como el jardín de un dios», y habló de la abundancia de plantas y animales, de trigo y otros cereales, de vides y frutales, y las ventajas de una «humanidad con tres ramas» que planta, construye y sirve a los dioses, todo ello para conseguir la paz. Después de que Ninharsag finalizara su oráculo de paz, Enlil habló. «Se ha disipado la aflicción de la faz de la Tierra», le dijo a Enki; «se ha levantado la Gran Arma». Accedió a que Enki recuperara su morada en Sumer «El E.DIN será lugar para tu Santa Casa», con suficientes tierras alrededor que den fruto para el templo y para sembrar campos. Pero Ninurta puso objeciones a esto. «¡No dejes que venga!», gritó el «príncipe de Enlil». Una vez más, Ninharsag tomó la palabra. Le recordó a Ninurta todo lo que él había trabajado, «día y noche con poder», para conseguir que la tierra se pudiera cultivar y diera pasto para el ganado; le recordó que él «había puesto los cimientos, llenado [la tierra], levantado [diques]». Después, los desastres de la guerra lo habían destruido todo, «todo por completo». «Señor de vida, dios del fruto», apeló la diosa a él, «¡deja que la buena cerveza se vierta en doble medida! ¡Haz que abunde la lana!» -¡acepta los términos de paz!”.

Abrumado por sus súplicas, Ninurta se ablandó: «¡Oh madre mía, la brillante! Prosigue; no retendré la harina… en el reino se restaurará el jardín… Para dar fin a la aflicción, yo [también] rogaré con disposición sincera». Las negociaciones de paz pudieron proseguir; y del texto “Canto la Canción de la Madre de los Dioses”, recogemos el relato del inaudito encuentro entre los dos dioses guerreros. El primero en dirigirse a los anunnaki reunidos fue Enki: “Enki dirigió a Enlil palabras de elogio: «Oh, aquél que es el primero entre los hermanos, Toro del Cielo, que el destino de la Humanidad sostiene: en mis tierras se ha extendido la desolación; todos los hogares se han llenado de pesar por tus ataques». Así pues, el primer punto de la agenda fue el del fin de las hostilidades -paz en la Tierra- a lo que Enlil accedió de buen grado, con la condición de que las disputas territoriales se llevaran a término y los enkitas desocuparan las tierras que, legalmente, pertenecían a los enlilitas y al pueblo del linaje de Sem. Enki accedió a ceder para siempre estos territorios: «Te concederé la posición de soberano en la Zona Prohibida de los dioses; ¡el Lugar Radiante, a tu mano confiaré’.». Pero, para ceder la Zona Prohibida (la península del Sinaí con su aeropuerto espacial) y el Lugar Radiante (el emplazamiento del Centro de Control de Misiones, la futura Jerusalén), Enki puso una firme condición.

A cambio de garantizar a Enlil y a sus descendientes los derechos eternos sobre aquellas tierras y sitios vitales, ellos tendrían que reconocer para siempre la soberanía de Enki y de sus descendientes sobre el complejo de Gizeh. Enlil accedió, pero no sin una condición: los hijos de Enki que habían dado lugar a la guerra y habían utilizado la Gran Pirámide con fines bélicos deberían quedar inhabilitados para gobernar Gizeh, o todo el Bajo Egipto, por este motivo. Tras ponderar la condición, Enki aceptó. Y, en aquel momento, anunció su decisión. El señor de Gizeh y del Bajo Egipto sería uno de sus jóvenes hijos, casado con una de las diosas que nacieron de sus relaciones con Ninharsag: «Para la formidable Casa Que Se Eleva Como un Montón, designó al príncipe cuya brillante esposa había nacido de la cohabitación con Tsir [Ninharsag]. Al fuerte príncipe que es como un íbice maduro designó, y le ordenó que custodiara el Lugar de la Vida». Después le concedió al joven dios el exaltado título de NIN.GISH.ZI.DA («Señor del Artefacto de Vida»).

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enero 22, 2012 - Publicado por | Biblia, Egipto, Egipto, Sumer, Sumer

3 comentarios »

  1. Genial reportaje tuyo, tenia mis dudas sobre tantos ‘dioses’ de la antigüedad, éstos pillos cambiaron tan solo de nombre en todas las civilizaciones antiguas?
    Un gran abrazo

    Arturo

    Comentario por Mekenaton | enero 25, 2012 | Responder

  2. Fantástico muy bien recopilado y ordenado, Sitchin no lo haría mejor, no se si continuaras con las guerras de los hombres y los dioses, la concesión de la realeza a los hombres y la gran pregunta: ¿ sigue siendo manejada la humanidad por los Dioses ?. Agradecido por tus artículos y un abrazo.

    Comentario por El Blues | enero 30, 2012 | Responder

  3. Felicitaciones! soy un gran admirador d ela obra de sitchin.
    Tengo un programa de radio que se llama origen anunnaki!
    saludos!!

    Comentario por anunnaki | mayo 22, 2013 | Responder


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