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El Sol, ¿por qué ha sido venerado y temido por distintas culturas? 2/2


Antes se recomienda leer el artículo “El Sol, ¿por qué ha sido venerado y temido por distintas culturas? 1/2

Nuestros astrónomos y físicos aún no tienen explicaciones convincentes para el ciclo de las manchas solares, pero los sacerdotes de distintas antiguas culturas descubrieron unos cuantos fenómenos relacionados con este asunto. Al cabo de muy largos períodos de observación, notaron que las manchas solares se movían por el ecuador, con un tiempo promedio de 26 días, pero a medida que nos acercamos a los polos solares, el tiempo promedio es más largo. También descubrieron que el tiempo requerido por las manchas solares para moverse desde un punto al otro es variable. En 1.989,  el investigador Maurice Cotterell, según explica en su obra “Las profecías mayas”,  obtuvo los siguientes valores para los campos magnéticos del Sol: 26 días para el campo ecuatorial y 37 días para el campo polar. También determinó que los campos magnéticos polar y ecuatorial del Sol terminan un ciclo cada 87,45 días y regresan al punto de partida. Cotterell vio que esto era semejante al conocido ciclo de las manchas solares. Al igual que en el primer artículo, para este también nos hemos basado en lo explicado por Patrick Geryl en su libro “La profecía de Orión”.

 

Por ello se considera que  los conocimientos de los ciclos de las manchas solares por parte de los mayas y los egipcios, descifrados a partir del Códice Dresden de los Mayas  y del zodíaco astronómico egipcio, debían ser tenidos en consideración. Y lo sorprendente es que el campo polar del Sol es invisible desde la Tierra. Sólo actualmente, mediante los satélites que están en órbita alrededor del Sol, se puede observar este campo polar del Sol. Es un verdadero enigma saber como se las arreglaron los mayas para saber la velocidad de este campo. Tanto para los mayas como para lo egipcios,  el ciclo de las manchas solares era un tema fundamental, ya que una tormenta solar gigantesca puede hacer oscilar los polos magnéticos de la Tierra. Para calcular el ciclo de las manchas solares se requieren importantes conocimientos matemáticos y del movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Y todo parece indicar que los sacerdotes iniciados en los textos sagrados poseían estos conocimientos.

Hagamos un ejercicio de ficción científica  y cual reportero espacial veamos  lo que podría ocurrir en un próximo futuro y que se supone fue lo que aconteció con la Atlántida. Os advierto que lo que se relata en este artículo es verdaderamente apocalíptico, por los que los lectores que puedan tener tendencia a angustiarse, mejor se abstengan de leerlo. De todos modos, recuerdo que es un ejercicio de ficción científica, aunque,  esto sí, basado en información de lo que parece ocurrió en la época de la destrucción de la Atlántida y en lo que, según algunos entornos científicos, podría suceder si se concatenaran una serie de acontecimientos, que esperamos no se produzcan. 

  

Nos encontramos en una estación espacial X2012 de la NASA, un 21 de diciembre de 2012 (pero no os asustéis todavía, ya que la fecha la he elegido puramente como ejemplo), situada alrededor del planeta Marte. Allí se encuentran varios científicos: James Morris (Director de Centro) y los astrofísicos Diana Robles y Henry Aldridge, junto con otros tripulantes de la estación espacial.

Aquel día habían empezado a trabajar en las tareas rutinarias. El objetivo de la expedición era analizar el planeta Marte, pero hacia cierto tiempo que estaban observando el comportamiento del Sol, ya que se habían detectado algunas mediciones bastante extrañas. Henry Aldridge, que estaba observando los paneles que señalaban mediciones del comportamiento del Sol, exclamó con sorpresa: “La masa del Sol está empezando a temblar. Se supone que el Sol debería estar en un ciclo de baja actividad, pero los satélites  nos avisan de que se está produciendo algo inaudito”.

Diana Robles miró los paneles y se quedó pensativa. Luego dijo: “parece que se está repitiendo un acontecimiento que ocurre, más o menos,  cada 12.000 años.  Posiblemente los científicos de la antigua civilización de la Atlántida habían descubierto los códigos de esta catástrofe y los habían registrado en las pirámides u otros monumentos como advertencia para las futuras civilizaciones.  Pero el conocimiento se ha perdido y la gente piensa  que el zodíaco sólo sirve para predicciones de carácter festivo”.

James Morris, un científico poco dado a veleidades especulativas, le corrigió: “Diana, no te creerás estos mitos sobre los antiguos atlantes”. De pronto los científicos observan con terror como las líneas magnéticas empiezan a cambiar bruscamente y el Sol entraba en un gigantesco cortocircuito.  Con el miedo reflejado en sus ojos intuyeron que,  con la reversión del magnetismo, la capa de convección ardería en llamas. La voz de Henry se convirtió en un grito de sorpresa y miedo: “Ha entrado en funcionamiento una gigantesca dínamo, produciendo de manera continua campos magnéticos”.

 

Entonces, ante los sorprendidos y aterrorizados científicos, sucedió lo inevitable: se empiezan a desatar reacciones nucleares internas, se funde más hidrógeno de lo normal y una gigantesca cantidad de energía encuentra su curso hacia la superficie solar. De repente la energía se transmite a la capa de convección, haciendo que súbitamente las capas de gas se calienten, expandan y sean arrojadas hacia las capas más frías. Una vez en la superficie del Sol, las burbujas de gas estallan, abriéndose camino a una temperatura de 6.000 grados. Fuentes gigantes de fuego de millones de kilómetros de altura, hacen arder el Sol, y enormes cantidades de rayos radiactivos son arrojados al espacio. Por todas partes, la superficie solar se abre con enormes llamaradas, similar a lo que sucedería si todos los volcanes de la Tierra entraran en erupción.  Los campos magnéticos y eléctricos se están descontrolando. Cada segundo, billones de partículas son arrojadas al espacio y se crea una fuente de radio intergaláctica. Lenguas de fuego provenientes del Sol arrojan su destructiva carga al espacio.

James exclamó: “¡Parece el Infierno de Dante! Cada una de esas llamas puede llegar a alcanzar la energía de varios miles de millones de bombas de hidrógeno. La temperatura en este infierno dantesco debe ya  alcanzar varios cientos de millones de grados. ¡Si la Tierra cayera allí, se convertiría en protoplasma nuclear!”.  Henry se quedó pensativo y luego declaró: “Y estas son sólo las erupciones más pacíficas. Una vez que el horno de fuego atómico alcance su máximo poder, la estabilidad del Sol mismo estará en peligro”.

 

El comienzo de la catástrofe es anunciado por capas de materia ardiendo que son arrojadas desde las capas subterráneas,  liberando una indescriptible cantidad de luz y energía. Los científicos observan este espectáculo, realmente espectacular, con consternación. Las llamaradas solares forman una especie de red alrededor del Sol, provocada por las enormes erupciones ondulantes, que tienen una belleza sobrenatural. El enloquecido plasma solar produce un extraño entusiasmo a causa de tanta belleza, sumado a una aterradora tensión al intuir su descomunal poder destructivo.

Diana expresó lo que todos están sintiendo en aquel momento: “Me temo que estamos asistiendo a la más grande catástrofe destructora jamás conocida. Es un evento que sólo puede experimentarse una vez en la vida, si es que logramos sobrevivir. Es Increíblemente bello y a la vez desesperadamente mortal. Como la peor de las pesadillas”.

Los cambios en el campo magnético del Sol, viajando a la velocidad de la luz, están alcanzado la Tierra, produciendo sutiles cambios en los cerebros de la gente, suficientes para empujar el miedo a niveles desconocidos. Todos ahora estaban convencidos de que la población de la Tierra podía desaparecer completamente. Un nuevo día comenzaba. Una luz difusa, oculta detrás de espesa niebla, con un brillo jamás irradiado por la más brillante de las luces, dominó la atmósfera entera. En las ciudades, se había detenido toda la actividad este 21 de diciembre. La nieve en las calles se derretía velozmente y la temperatura se elevó con toda rapidez. Mientras continuaban las erupciones solares con toda su fuerza, liberándose un torrente de radiación de onda corta energizada.

Henry  contempló los paneles y exclamó: “Esta onda de choque interestelar, principalmente de rayos X y radiación gamma, podrían matarnos a nosotros y a los astronautas que se encuentren a miles de millones de kilómetros de distancia del lugar del hecho, y la tormenta de plasma solar desorientará por completo la nave espacial. Las agujas de la brújula van a girar alocadamente, los equipos eléctricos van a entrar en cortocircuito y el radiofaro va a ser barrido por la tormenta de electrones. Nuestra nave,  muerta, va a circular en el espacio eternamente”.

Desde su orbita marciana, vieron con pavor que la onda de choque de plasma solar interestelar se acercaba a la atmósfera terrestre. Los electrones y protones tenían una velocidad mucho mayor que la normal. En la tierra se estaban empezando a producir fuertes vientos, con tormentas, huracanes y tornados. Las tormentas iban a arrancar árboles y harían volar techos, los huracanes iban a arrasar pueblos y ciudades enteras, mientras que los tomados destruirían todo lo que encontraran a su paso. Lo mismo iba a ocurrir con las tormentas solares. La baja actividad arroja plasma a una velocidad lenta y la mayor actividad produce una importante cantidad de plasma que puede alcanzar algunos millones de toneladas.

Diana comprueba que algunas de las señales han dejado de llegar a la nave espacial: “algunos aparatos registradores de datos se han dañado como consecuencia de los cientos de miles de toneladas de electrones con carga negativa y protones con carga positiva que han sido lanzados como torpedos al vacío del espacio. Las primeras partículas han chocado contra la magnetosfera y la mayoría de ellas rebotó, continuando su viaje hacia otros destinos”.

En circunstancias normales, la magnetosfera tiene la forma de una lágrima, con una parte globular en dirección hacia el Sol y alongada en la línea de la onda de choque. James, cada vez más preocupado observó: “Cada vez más y más partículas están golpeando contra el campo protector, que ha funcionado perfectamente durante los últimos once mil años”. “En efecto, dijo Diana, del mismo modo que el parabrisas de un coche lo resguarda del viento, la magnetosfera cumple con su tarea de protección. Pero me temo que la incesante corriente de partículas radioactivas está haciendo su lento y destructivo trabajo”.

Y en este momento se cortaron las comunicaciones con la estación espacial …

Pero unos misteriosos seres seguían los acontecimientos en el Sistema Solar desde otra dimensión. Podían ver los acontecimientos que ocurrían como si fueran videntes con su bola de cristal. Ellos iban a ser los testimonios de lo que iba a acontecer.

El parabrisas protector de la magnetosfera empezó a quebrarse, las partículas eran cada vez más grandes pero la pantalla aún se mantenía en pie —del mismo modo que un parabrisas completamente resquebrajado puede sostenerse debido a los soportes reforzados— filtrándose por él, billones y billones de partículas cargadas. Estas sobrecargaban los cinturones de Van Allen, que también circunvalan la Tierra. Otras partículas corrían en espirales descendentes hacia las líneas magnéticas de los Polos Norte y Sur. De ese modo, gran cantidad de energía se liberaba debido al estímulo recibido por los átomos de nitrógeno y oxígeno. El resultado fue la generación de auroras boreales y australes teñidas de brillantes colores, tornándose a cada minuto, más y más violentas, y representando una señal de advertencia de lo que estaba por venir. El escudo de deflexión de la Tierra también se estaba afectando progresivamente por la tormenta geomagnética que estaba por alcanzar su máxima potencia. Y no podía ser de otra manera, pues el Sol había arrojado partículas al espacio, a una enorme velocidad. Eyectadas a enormes velocidades, estas partículas electromagnéticas se abrieron paso por la atmósfera con una fuerza mayor que la usual, creándose una especie de chimenea donde las líneas del campo de los vientos solares se adentraron en la magnetosfera.

Se generaron tormentas sumamente fuertes en las capas superiores de la atmósfera, las conversaciones telefónicas se interrumpieron, las conexiones radiales se desconectaron abruptamente y las señales televisivas entraron en cortocircuito. En resumen, desapareció toda posibilidad de comunicación en la Tierra. Era algo aterrador, más aterrador que cualquier otra cosa, pues sin comunicaciones, este mundo no podría sobrevivir. La tormenta solar más grande de la historia desde el fin de la Atlántida, estaba ahora haciendo su trabajo mortal. El flujo de electrones se hacía sentir en los polos, donde hallaron su camino. En Canadá, se sobrecalentaron los transformadores eléctricos, siendo esta una reacción en cadena seguida de reactores que se derrumbaban. El flujo de electrones ahora adquiría una fuerza huracanada, penetrando la atmósfera cada vez más. Todas las plantas de energía eléctrica y nuclear del planeta entero fueron cayendo una por una. Había vuelto la era del hombre de las cavernas.

En muchas partes, los motores de combustión entraron en cortocircuito y quedaron fuera de servicio; era como si ya nada fuera a funcionar nunca más. Los Testigos de Jehová rezaban para estar entre los elegidos, otros tenían un color gris mortecino y sólo atinaban a murmurar incoherencias; sólo les quedaban unas pocas horas y entonces, sus vidas, abruptamente llegarían a su fin en un terremoto, erupción volcánica u ola gigantesca. Desde el barco Atlantis, aislado con plástico contra las corrientes de inducción y los campos magnéticos, los científicos a bordo veían que llegaba la  hora de la verdad. Uno de ellos dijo: “hemos estado preparándonos durante años para este día, y ahora está aquí. La Tierra se ha desplomado en una feroz y desconocida tormenta magnética y toda conexión con el mundo exterior ha desaparecido. Ahora no sabremos qué sucede, lo que sí sabemos es que dentro de poco, la corteza terrestre se desconectará y causará una catástrofe mundial”.

En el edificio del Empire State, un reportero observaba cómo se desvanecía la electricidad en Nueva York; él sabía que su fin estaba próximo. Con intensidad miró al brumoso e impenetrable cielo. ¿Vendrían los ángeles a buscarlo y sacarlo de allí? Había un extraño zumbido en el aire y ya empezaba a oler a ozono, mientras la temperatura seguía subiendo. Era como un día de verano, sólo que era invierno. Los perros empezaron a ladrar y aullar, y los gatos a chillar; era horroroso. La muerte inminente era esperada en un espacio de tiempo exageradamente doloroso, donde los segundos parecían siglos. Los polos ya no pudieron seguir soportando el continuo torrente de partículas, y enormes diferencias potenciales penetraron la corteza terrestre, generando un cortocircuito a escala global, la dínamo terrestre desapareció y el campo magnético protector alrededor del planeta fue borrado de un plumazo. El infierno se desató. Ahora el plasma solar golpeó contra la desprotegida atmósfera, dando como resultado fuegos artificiales de alcance mundial. Las auroras aparecían por todas partes a una velocidad de relámpago, las diferencias potenciales generadas en la atmósfera eran enormes y parecía que el cielo había sido dominado por el fuego.

Ya nada podría detener el golpe fatal, y cualquiera que viese esto se daría cuenta con toda claridad. Miles de millones de personas iban a morir, más que nunca en todas las catástrofes anteriores juntas, pero también iba a sobrevivir más gente que nunca, simplemente porque el planeta ahora estaba más poblado. La hora del juicio final se acercaba con rapidez. La capa exterior de la Tierra tembló; normalmente está unida a ella, pero debido a la reversión del núcleo interior de la Tierra, las cadenas de la capa exterior se rompieron. El casquete polar del Polo Sur, que se había tornado sumamente pesado durante casi 12.000 años, empezó a hacer su trabajo desestabilizante. La catástrofe se avecinaba y podía empezar en cualquier momento. Debido a que las partículas solares ahora podían penetrar profundamente en la atmósfera, se crearon numerosos campos magnéticos, perturbando el funcionamiento de los cerebros, tanto de animales como de seres humanos. Muchos animales, ciegamente entraron en pánico, al tiempo que sus amos comenzaron a desesperarse. El fuego radiactivo ardió con intensidad, causando un daño irreparable en los órganos reproductores.

A bordo del Atlantis ya estaban preparados para esto. Los escudos de deflexión eran un excelente protector. También, los compartimientos separados detenían gran parte de la radiación, y sólo el capitán y algunos oficiales iban a recibir su parte más pesada, dado que no podían abandonar sus puestos. Entonces, la Tierra empezó a gruñir. Nuevamente el sonar detectó un sonido semejante a un gruñido y los cielos parecieron moverse, debido al gigantesco balanceo que se produjo en la corteza terrestre. ¿Qué había sucedido? El núcleo de hierro de la Tierra se comporta como una dínamo. Debido a las partículas que cayeron sobre él, este entró en cortocircuito y se detuvo; entonces, la capa exterior de la Tierra, la litosfera,  giró alrededor de una capa de hierro de consistencia viscosa y se desconectó, y el cimbronazo que sufrió la Tierra también afectó la astenosfera, que es la zona del manto terrestre que está inmediatamente debajo de la litosfera, aproximadamente entre 100 y 240 kilómetros por debajo de la superficie de la Tierra.

La litosfera, que constituye una extensión de la noción de corteza terrestre, mide unos 100 km de espesor bajo los océanos y alrededor de 150 bajo los continentes. Descansan los fondos oceánicos y los bloques continentales sobre la astenosfera, que por hallarse dotada de cierta fluidez (a pesar de tratarse de roca sólida), absorbe los movimientos a que da lugar la isostasia. En la astenosfera existen lentos movimientos de convección que explican la deriva continental. Además, el basalto de la astenosfera fluye por extrusión a lo largo de las dorsales oceánicas, lo cual hace que se renueve constantemente el fondo del océano. El borde opuesto, cuando se enfrenta con el obstáculo representado por un continente, se hunde bajo éste, volviendo así la materia del fondo a asumirse en la astenosfera, fenómeno conocido como subducción. Por su parte inferior, la astenosfera va perdiendo sus propiedades más abajo de los 350 km y, progresivamente adquiere la rigidez del manto inferior hacia la profundidad de 850 km.

Durante años se ha afirmado que en el interior de la Tierra, a partir de unos 100 kilómetros de profundidad, existiría una zona llamada astenosfera que presentaría una baja velocidad de las ondas sísmicas S, razonándose que esto se debería a una baja viscosidad de la parte superior del manto (pues las ondas S o de corte no se transmiten en fluidos). De esta forma se explicaba el movimiento continuo de los continentes dentro de la teoría de la Tectónica de Placas, así como el fenómeno de equilibrio isostático de los continentes sobre el manto. Hace una década, la idea de esta franja como imprescindible para explicar la deriva continental entró en duda según nuevos datos, proponiéndose un sistema en donde la corteza se moviera solidariamente con el manto subyacente hasta el núcleo terrestre. Se propuso, asimismo, que el equilibrio isostático se produciría entre la parte inferior del manto (sólido) y la parte exterior del núcleo terrestre (líquido). Sin embargo, esta última propuesta no cuenta con datos suficientes al respecto para definir la situación.

La litosfera que se encuentra encima de la astenosfera, siendo la capa más delgada de la Tierra y de la que depende toda la vida, se quebró. El peso del hielo que se encontraba sobre la Atlántida —que había estado creciendo por más de 11.000 años hasta alcanzar una increíble masa— puso en movimiento la capa exterior de la Tierra. Al rajarse, romperse y temblar, esta capa comenzó a tener vida propia. La Tierra siguió sacudiéndose de manera continuada y el solitario observador de Nueva York fue arrojado en todas direcciones. Luego, la torre se quebró en su base y lentamente comenzó a derrumbarse. En apenas unos segundos, sólo quedaban las ruinas del edificio que había tenido cientos de metros de altura. Durante su caída al vacío, nuestro hombre vio cómo se formaba una fisura gigantesca en la calle donde iría a caer; era como si hubiese empezado Armagedón. Las casas se venían abajo y se hundían en insondables profundidades. Las carreteras construidas de concreto y asfalto se partían por largas distancias, y los puentes se derrumbaban sobre las aguas arremolinadas debajo de ellos. La gente desaparecía repentinamente en las grietas que se formaban a sus pies y todo aquel que no se encontraba en un barco o arriba en la montaña, quedaba atrapado; de hecho, no había ningún lugar seguro.

Los escaladores del Monte Everest, perteneciente a los Himalayas, y que es una cadena montañosa que se formó durante el anterior corrimiento de los polos, eran arrojados cual plumas al aire desde la montaña temblorosa, quedando sepultados bajo las avalanchas. Entonces, la montaña se abrió en dos y se derrumbó. Fin del ascenso. En Hollywood, las casas paradisíacas de las estrellas de cine se deslizaron hacia el océano, a una asombrosa velocidad. El cuento de hadas había concluido, sin que importara ya cuan famosos habían sido. Debajo de Disneylandia, la tierra se convirtió en algo parecido a las arenas movedizas. Los juegos y las atracciones, disfrutadas por cientos de millones de personas, se partieron, se desplomaron y se hundieron en el terreno pantanoso que emergía. En Londres, el famoso Puente de la Torre también colapso, al que le siguió la ciudad entera, como si fuera un castillo de naipes. Pronto, el corazón financiero quedó en ruinas y nada pudo preservarse del hermoso distrito de compras. Las cañerías de agua explotaron, las de gas arrojaron su contenido, las estaciones de servicio se desgajaron y nublaron la atmósfera. Era el caos, el supremo caos. Un delirante pánico se apoderó de los sobrevivientes.

No había escapatoria. Las ciudades, al derrumbarse, quedaron en ruinas, y el sonido de los llantos y gemidos de las personas heridas podía oírse por todas partes. Si todos los muertos se hubieran quejado juntos, el sonido hubiese sido ensordecedor. El suelo tembló. En otros lugares se revolvió como un mar embravecido, y no sólo por un segundo, sino por varios minutos; parecía que iba a durar para siempre. Se estaba anunciando una tragedia de incalculables proporciones. La Tierra seguía temblando y sacudiéndose. Era una calamidad indescriptible. Castillos maravillosos se partían y derrumbaban, quedando sólo las ruinas. No había nada que pudiera soportar esta naturaleza que se había vuelto loca. Por un minuto, la Torre Eiffel pareció resistir; se balanceaba de un lado al otro y luego encontraba nuevamente su equilibrio, hasta que uno de sus principales pilares se hundió y el poderoso esqueleto de hierro se derrumbó completamente. En París, nada era igual a lo que había sido hasta el día anterior. La festiva iluminación se apagó, el Arco de Triunfo se vino abajo, los puentes sobre el río Sena desaparecieron, el Museo del Louvre, donde se guardaba el zodíaco de Dendera, resistió apenas un momento. En resumen, con cada temblor, París se deshacía más y más.

En el interior de la Tierra, las grandes masas de piedra seguían rompiéndose sin parar y las extensiones rocosas se deslizaban, cubriendo áreas ya destruidas. Este fenómeno causaba un incesante temblor y sacudón de la corteza terrestre y no iba a detenerse rápidamente, porque ahora, toda la Tierra estaba en movimiento. En el mundo entero, los sismógrafos saltaban hasta el techo. Eran utilizados para medir la fuerza de los terremotos y podían registrar los temblores a grandes distancias, debido a que los temblores de los grandes terremotos provocan ondas que penetran en todas las capas de la Tierra y viajan sobre su superficie; en EE.UU. o Europa se registra cada temblor… hasta ahora. Las incesantes series de imponentes terremotos causaron una permanente disfunción de los instrumentos; pero esto no representó una gran pérdida, dado que la mayoría de la gente que los usaba murió en uno de los maremotos. No obstante, la catástrofe no había terminado. Volcanes de miles de años retomaron su actividad. Lo que una vez sucedió en la Atlántida, se repetía aquí y ahora. Con fuerza abrumadora, docenas, miles de volcanes entraron en erupción a cortos intervalos y podían oírse a kilómetros de distancia.

Miles de kilómetros cúbicos de roca y enormes cantidades de ceniza y polvo fueron arrojados a las capas superiores de la atmósfera. Un fuego infernal, peor que el peor de los infiernos, salió disparado por la boca de los volcanes y lava hirviente expulsada desde las montañas, destruía todo a su paso. Los pocos gorilas que quedaron en el mundo conocieron ahora su trágica suerte. Por miles de años, habían llevado una vida pacífica en las altas montañas de África y ahora la tierra se sacudía peligrosamente. Con un enceguecido pánico trataron de escapar; entonces, Némesis, diosa de la venganza, hizo su trabajo. Debido a la fragmentación de las capas terrestres, la roca se hizo fluida; normalmente, se mantiene sólida por la presión de las capas superiores, pero como estas se habían abierto, las rocas se derritieron con rapidez. Pronto, la presión interior fue tan alta que buscó una vía de escape a través de las capas superiores. Las piedras y rocas superiores fueron empujadas y se derritieron  y toneladas de lava se esparció por los aires. Aterrorizados, los gorilas miraron hacia arriba y luego, desde el cielo, cayó una lluvia de fuego sobre ellos. Los gases venenosos, las brasas, el barro hirviendo y las cenizas no les dejaron salida a los animales. Lo peor de todo son las cálidas nubes de gases, pues en apenas unos pocos minutos cubren kilómetros de distancia y se hace imposible la respiración, dado que no hay suficiente oxígeno. La temperatura de los gases es tan elevada que hasta pueden provocar fatales quemaduras, si es que todavía uno sigue vivo. Cuando la nube se retira vuelve el oxígeno, y prácticamente todos los árboles, plantas y casas, entre otros, arden en llamas, y como si eso no fuera suficiente, llega la lava y lo cubre todo.

Ese fue el fin de los gorilas. Hace casi 12.000 años, durante el supuesto desastre anterior, los mamuts, los tigres con colmillos de sables, los toxodontes (mamíferos de América del Sur) y docenas de otras especies, se extinguieron. Ahora le tocaba el turno a los simios y muchos otros animales exóticos, cuya existencia conoce el hombre por su presencia en los zoológicos. El aire estaba cargado con los quejidos de estas criaturas, amenazadas por una completa extinción. Veían imágenes fantasmales de la catástrofe anterior, como si hubieran retrocedido en el tiempo. Hace miles de años, en otra enorme erupción, un grupo entero de mastodontes quedó enterrado bajo la ceniza volcánica. Cuando fueron descubiertos en el valle de San Pedro, aún permanecían en su posición original; lo que pasó entonces fue asombroso, pero pertenecía a un pasado olvidado. Lo que ahora estaba aconteciendo era la pura realidad: la actividad volcánica con un efecto destructivo sobre la vida animal y vegetal, y no sólo localmente sino a escala mundial. Las nubes de cenizas oscurecieron el cielo, como si el mundo hubiese ingresado en una era de oscuridad. Eso era cierto, porque esta violencia de la naturaleza no sólo mató toda la vida en muchas regiones, sino que también asoló las comarcas inhabitables. Si bien las personas y los animales trataron de escapar, la Tierra seguía temblando, sacudiéndose y arrojando fuego; era algo increíblemente traumático y aquellos que lograron sobrevivir lo recordarían para siempre. Por generaciones, esta descomunal catástrofe iba a convertirse en el tema de conversación, a causa del devastador daño producido.

Durante el anterior desplazamiento de los polos, una gran parte de Perú se elevó desde las profundidades. Charles Hutchins Hapgood sostiene que, en tiempos geológicos recientes, toda la cordillera surgió violentamente. En su obra “La senda del Polo” aparece una de sus citas: “Sobre la base de la evidencia paleontológica e hidrológica, yo afirmo que todo se ha elevado. La asombrosa confirmación de la inmensidad de estas elevaciones está representada por las antiguas terrazas de piedra empleadas para la agricultura, alrededor de la cuenca del Titicaca. Estas estructuras pertenecientes a alguna civilización de otros tiempos, se encuentran a enormes altitudes, para soportar el crecimiento de los cultivos para los cuales fueron construidas originalmente. Algunas se elevan a 4.572 metros sobre el nivel del mar, o cerca de 762 metrtos  sobre las ruinas de Tiahuanaco, y en el Monte Illimani se encuentran a 5.608 metros sobre el nivel del mar; es decir, por encima de la línea de las nieves eternas. Luego de este levantamiento, nació un gran lago artificial de agua salada, el Lago Titicaca. Incluso ahora, los peces y crustáceos parecen animales de aguas saladas, más que especies de agua dulce”.

Ahora  los fósiles de peces y crustáceosde origen marinovan a reunirse nuevamente con los de su género. El lago ha comenzado a descender, lo cual acarreó un enorme y traumático cambio. Hace algunas horas, todavía estaba a 3.800 metros sobre el nivel del mar y en menos de tres horas, ya se encontraba a menos de 2.000 metros. Los millones de crustáceos fósiles experimentaron de nuevo su anterior hora de la muerte. Las olas gigantescas empezaron a asolar el lago que una vez fue tranquilo. La silvestre belleza desértica se convirtió en la sepultura de navegantes y pescadores; el lago más grande que la humanidad había conocido, estaba llegando a su fin. La furia de los dioses aparentemente se calmó un poco, pues el incesante temblor disminuyó y los volcanes dejaron de arrojar sus interiores al aire. Mientras tanto, los cielos ya habían empezado a moverse; allí donde brillaba el Sol, parecía que él mismo había perdido su curso. Ese era el castigo porque los sacerdotes de Machu Picchu ya no hacían su ritual sagrado. Ellos solían atar una soga a un gran pilar de piedra para “guiar” al Sol por el cielo y para evitar que se saliera de su curso. Este “Intihuatana” o ritual de la “estaca para atar al Sol” dejó de realizarse por siglos. El dios del Sol ahora se vengaba abandonando su rumbo y provocando muerte y destrucción.

En Stonehenge, se había reunido un grupo de videntes para hacer el intento de que el Sol retomara su ruta, pero sin éxito alguno. La ira del Sol era demasiado feroz, después de tantos siglos sin ofrendas ni rituales. Los griegos habían descrito la destrucción de unos 12.000 años atrás  en una versión mítica. Faetón, el hijo del Sol, fue encargado de conducir el carruaje de su padre, pero no pudo mantenerlo en su curso habitual. En la Tierra, comenzaron los incendios, a causa de este cambio de ruta. Para salvar a la humanidad, Zeus decidió matar a su hijo y con ese propósito dejó caer un rayo en dirección a este, con el resultado esperado. Como el incendio aún ardía en la nueva senda, envió una ola gigantesca para extinguir el fuego. En el libro de Henoch, Noé gritó con amarga voz: “Dime qué está sucediendo con la Tierra, ahora que la están flagelando y sacudiendo tanto...”. Eso es exactamente lo que se preguntaban los japoneses. Tokio se había derrumbado; islas enteras habían desaparecido bajo el mar y la lava corría en torrentes sobre los arrozales, su fin se aproximaba, de eso no cabía duda. Así como la Atlántida, que una vez desapareció completamente, su tierra también iba a hundirse bajo las aguas. Una vez más, el Sol hacía un extraño movimiento en el cielo y la Tierra del Sol Naciente se hundía también cada vez más profundamente, como si el océano la tragara.

El agua salada penetró por la capital, la rodeó y siguió subiendo. Aquí, el Sol ya no nacería más. Como resultado del desastre cósmico del Sol, se produjo un terrible desastre geológico sobre la Tierra, el mayor de todos los tiempos; por cierto, el más grande de Japón, que desapareció para siempre en las furiosas aguas. Si hubieran estudiado el calendario maya, tal vez hubiesen podido escapar de la furiosa locura de la naturaleza, como alguna vez lo hicieron los atlantes. Pero ¿qué tecnócrata, sólo interesado en computadoras, chips y otros productos para la sociedad de consumo, hubiera permitido que ese pensamiento siquiera cruzase su mente? Ahora era demasiado tarde y el ciclo actual del Sol terminaría en la destrucción del mundo entero. Los 4 Ahau y 3 Kankin,  de la cuenta larga maya,  nos llevan al 21 de diciembre de 2012: Uno sólo tenía que mirar a su alrededor para darse cuenta y ver el poder de este antiguo oráculo maya.  En Egipto, las pirámides de Giza —erigidas a imagen de la constelación de Orión— habían soportado la violencia bastante bien hasta ahora, gracias a su construcción superior. Los antiguos maestros constructores tuvieron la inteligencia de crear algo que iba a perdurar en el tiempo lo más posible. Si esta civilización no lograba decodificar su mensaje, entonces, tal vez, la próxima lo haría. De ahí el estado bastante bueno de las pirámides después de una serie de terremotos.

También sus equivalentes  en América del Sur, portadoras del mensaje de destrucción, permanecían de pie. Más tarde, los astrónomos podrían descubrir todavía que Orión es un vínculo importante para develar los códigos de destrucción de la Tierra, en caso de que volviese a ser necesario. Ese es el último interrogante. La población mundial se estaba diezmando a una velocidad inigualada; ni siquiera una guerra nuclear podría llegar a ser más fatal. Aun con los cientos de millones de computadoras que el hombre moderno había logrado construir, no podía lograr que una computadora calculara el final del mundo. Sin embargo, hace más de 14.000 años, los sacerdotes de la Atlántida sí fueron capaces de hacerlo. Los conocimientos perdidos, ahora temblaban y se sacudían, pero estaban firmes contra las poderosas olas de la Tierra. Era como si los sumos sacerdotes quisieran resguardar su creación maestra, como si hubieran querido decir: “Protejan esos lugares sagrados, no destruyan la resurrección de Orión, dejen que sea más fuerte que la violencia de la naturaleza”.

Y así sucedió. El daño fue escaso, como si los dioses lo hubiesen determinado, mientras todo lo demás en el mundo colapsaba. Si pudiera ver el desastre desde una nave espacial, el panorama sería mucho más claro. La Tierra se había movido y había sido desplazada de su eje. Allí donde alguna vez estuvieron los polos, ahora había otras regiones. Los estadounidenses y canadienses se aterrarían si pudieran ver que su mundo era arrastrado hacia el lugar donde antes se encontraba el polo. No había cómo detenerlo. Canadá y EE.UU. iban a desaparecer bajo el hielo polar como sucedió antes, hace 12.000 años. En Navidad, la ciudad de Nueva York —corazón financiero de la sociedad de consumo que había escalado hasta la cima—, ahora iba a quedar enterrada bajo una gruesa capa de hielo y su clima sería extremadamente frío, frío polar. Si se realizaran excavaciones en miles de años, se descubrirían millares de cadáveres humanos y de animales, porque se habrían congelado para siempre, a causa del súbito desplazamiento del eje de la Tierra. En el lado opuesto del mundo, el otrora Polo Sur se había movido hacia un clima más moderado. A causa del intenso calor generado por las erupciones solares, grandes porciones de hielo comenzaron a derretirse.

La Atlántida iba a emerger otra vez, cuando el enorme poder de la masa de hielo desapareciera. La predicción del clarividente Edgar Cayce, según las profecías mayas y otros textos, referida a que la ciencia de la Atlántida iba a ser redescubierta, se habría vuelto realidad, y ahora sus otras predicciones también demostraban ser correctas: “No mucho tiempo después del descubrimiento de los secretos de la caída de la Atlántida, los polos de la Tierra se revertirán y se producirá un deslizamiento de la corteza terrestre en las áreas polares, estimulando las erupciones volcánicas. En la parte occidental de EE.UU., la tierra se abrirá y desaparecerá bajo el casquete polar, y la parte superior de Europa cambiará de un solo golpe”.

Y eso estaba sucediendo ahora. Áreas enteras sufrieron un drástico cambio en el clima en apenas unas pocas horas; era el escenario de un completo juicio final para enormes grupos de poblaciones y animales. Los osos polares y los pingüinos tal vez logren sobrevivir, pues ellos pueden nadar y adaptarse a los cambios de la temperatura, de fría a cálida. Quizás, ellos se originaron en un anterior corrimiento de los polos y se vieron forzados a adaptarse después de haber sido arrojados de un clima cálido a uno frío. En esta ocasión, eso ya no será necesario, pues hallarán su camino hacia nuevos polos. Los estadounidenses ahora iban a darse cuenta de por qué su tierra estaba tan poco poblada cuando los colonos europeos llegaron a Norteamérica..

Después del último desplazamiento de los polos unos 12.000 años antes, el hielo debió derretirse y sólo entonces, se hizo posible el crecimiento de la vegetación. Por supuesto, esto tardó unos miles de años. Entonces, los animales pudieron reproducirse sin ser perturbados. Dado que las personas emigraron más tarde, la mayor parte del país permaneció deshabitada. Hubiera sido mejor que permaneciese de ese modo. Sumamente sorprendidos, los norteamericanos sobrevivientes iban a ver su tierra deslizarse hacia el Polo. Su tierra iba a desaparecer casi por completo e iban a comenzar a darse cuenta cuando sintieran las primeras oleadas de frío. El dólar —que alguna vez fue todopoderoso —, ahora llegaría a su fin para siempre, congelado a cincuenta grados bajo cero y cubierto de colosales cantidades de hielo. Dentro de cientos de años, ya nadie hablaría del dólar, del índice Dow Jones, del precio del oro, la plata y los metales preciosos, la crisis del petróleo, etc. Terminaría para siempre, tal como Siberia de repente llegó a su fin durante el deslizamiento de los polos anterior.

En aquel tiempo, Siberia tenía un clima moderado, pero en pocas horas, de pronto se tornó intensamente frío. Como consecuencia de ello, grandes cantidades de mamuts murieron en forma súbita; el deceso llegó tan rápido, que ni siquiera habían digerido las plantas que habían comido. Incluso en la actualidad, se pueden hallar flores y pastos en buen estado dentro de sus estómagos. Richard  Lydekker escribe en “Informes smithsonianos” (1899): “En muchas instancias, como es sabido, se han hallado carcasas enteras de mamuts enterradas, con la piel y los pelos conservados, y la carne tan fresca como las de las ovejas congeladas de Nueva Zelanda en la cámara frigorífica de un barco carguero. Y los perros que arrastran trineos, al igual que los yakuts, a menudo se han procurado una suculenta comida con la carne de mamut, que tiene miles de años de antigüedad. En circunstancias como estas, es evidente que los mamuts deben haber quedado enterrados y congelados casi inmediatamente después de su muerte, pero como la mayoría de los colmillos parecen encontrarse de manera aislada, a menudo apilados unos encima de otros, es probable que comúnmente las carcasas se rompieran al ser arrastradas por los ríos, antes de llegar a sus tumbas finales. Incluso entonces, el entierro o, al menos el congelamiento, debe haber sido relativamente rápido, ya que la exposición en su condición normal hubiera deteriorado aceleradamente la calidad de su marfil”. De qué manera pudieron los mamuts existir en una región donde sus restos se congelaron tan rápidamente, y cómo esas grandes cantidades se acumularon en puntos determinados, son interrogantes que en el presente no parecen poder responderse de manera satisfactoria.

Los norteamericanos obtuvieron su respuesta ahora. De un clima suave y benigno, EE.UU. y Canadá se convirtieron en tierras de hielo y nieve; para las regiones del norte fue lo peor. La nueva ubicación de Montreal, ahora no estaba lejos del centro del nuevo Polo. Sin electricidad, la gente se congelaba y moría rápidamente y esto le iba a pasar a cientos de millones de personas, en los que alguna vez habían sido los polos económicos del poder. Su carne no se pudriría y, en miles de años, podrían realizarse horrorosos descubrimientos. También se preguntarían: “¿Por qué esta inteligente civilización no pudo ver lo que se avecinaba? Si ellos antes habían conseguido que una nación entera escapase del desastre, entonces, ¿por qué no lo habían hecho ahora?” Preguntas, miles de pregunta tratando de comprender esta catástrofe para la humanidad. No iban a hallar respuesta, o deberían empezar a buscarla en el escepticismo o la falta de comprensión de antiguos códigos.

Era el 22 de diciembre de 2012. Mientras la Tierra temblaba y se sacudía,  y el cielo se encendía, estas palabras acudieron a las mentes de los que todavía estaban vivos. Un sacerdote egipcio había enfatizado hace 2.500 años, que esta civilización poseía descripciones de importantes acontecimientos: “Todo lo que se ha escrito en el pasado… está guardado en nuestros templos… Cuando el arroyo baje desde los cielos como una pestilencia y deje sólo a aquellos entre vosotros, que no tienen cultura ni educación… deberéis empezar de nuevo como niños que no saben nada de lo que sucedió en los tiempos de la antigüedad”. Frank Hoffer, en la obra “Los americanos perdidos”, brinda una vivida imagen de las consecuencias de la catástrofe anterior, cuando se destruyó la Atlántida: “Los sombríos agujeros de Alaska están llenos de evidencia de una completa muerte… imagen de un súbito fin… Mamuts y bisontes fueron estrujados, destrozados, como por una mano cósmica en un acto de ira divina. En muchos lugares, la fangosa manta de Alaska está repleta de huesos de animales y de grandes cantidades de otros restos… mamuts, mastodontes, bisontes, caballos, lobos, osos y leones… Un mundo animal entero… en medio de una catástrofe… fue súbitamente destruido”. Un cataclismo similar se estaba produciendo ahora. Millones de animales murieron y sus esqueletos irían a cubrir el fondo del mar por miles de años. La isla Llakov, en la costa de Siberia, de hecho, está construida con millones de esqueletos que aún permanecen en buenas condiciones debido a las bajísimas temperaturas. Pero ni siquiera los peces van a sobrevivir. Cerca de Santa Bárbara, en California, el Instituto Geológico de los Estados Unidos ha descubierto un lecho de peces petrificados en el anterior fondo del mar, donde se estima que más de mil millones de peces hallaron su muerte por una masiva ola gigantesca.

Cuando uno mira a la Tierra desde el espacio exterior, se ve un hermoso planeta azul, pues está compuesto principalmente por agua. Los océanos no son sólo tierras fértiles que están allí para alimentar la vida, sino también  para la destrucción de la vida. Al haber adquirido movimiento la corteza terrestre, todo, incluidas las masas de tierra y los océanos, alcanza cierta velocidad. Cuando la corteza terrestre se une otra vez y detiene su movimiento, provoca inmensos temblores. Puede compararse con un auto que choca contra un muro; cuanto más rápido marcha, mayor será el impacto. Cuando las placas tectónicas chocan entre sí, van acompañadas por titánicos movimientos sísmicos, erupciones volcánicas, etc. En determinados lugares las placas serán prensadas otra vez, unas contra otras, de tal manera que se formarán montañas con varios kilómetros de altura. En otras partes, las capas subyacentes se abrirán y tierras enteras desaparecerán en las profundidades. Los sucesos apocalípticos que se avecinan no tienen parangón, pues serán tan destructivos que resultan incomprensibles. Un choque de autos trae aparejados otros fenómenos. Por ejemplo, si uno no está atado de manera segura, puede llegar a ser despedido del vehículo; los que no usan el cinturón de seguridad suelen volar por el parabrisas cuando se produce un choque a alta velocidad, resultando de ello serias heridas o incluso la muerte. En el lenguaje científico, a esto se lo denomina la ley de inercia: todos los objetos que alcanzan cierta velocidad la mantienen; es una ley de la naturaleza que siempre ha existido y existirá eternamente y las víctimas de accidentes automovilísticos lo saben muy bien.

Esta ley universal también se aplica para la Tierra misma. Al estudiar de cerca los desplazamientos polares anteriores en los escritos de la Atlántida, entonces, uno se entera de que esto sucedió en apenas algunas horas. Científicamente, puede demostrarse que el deslizamiento de la corteza mide 29 grados, basándose en las rocas magnéticas endurecidas que siguen apuntando al polo original. Dicho deslizamiento está en correspondencia con el corrimiento de la corteza terrestre de 3.000 kilómetros. Imagine tener que viajar 3.000 kilómetros en su auto durante 15 horas; eso equivale a una velocidad de 200 kilómetros por hora. Desde el momento en que la Tierra empieza a moverse, uno soporta cierto nivel de velocidad, pero si esto pasara rápidamente, entonces, podríamos salir despedidos. Una vez que la Tierra alcanza una velocidad constante, ya no se nota. Ahora estamos llegando al punto crucial. El campo magnético de la Tierra se recupera y une las capas exteriores, otra vez. Este es el efecto más desastroso para todos los terrícolas y los animales. Es como si un muro inmenso apareciera de repente y hubiera que clavar los frenos de un auto de carrera. ¡Demasiado tarde! En un colosal impacto, uno choca contra el obstáculo y sale despedido del vehículo. Eso es lo que ocurre con los océanos en este punto del cataclismo; debido a la ley de inercia, ya no pueden detenerse y, según sea la dirección, los mares comienzan a elevarse sobre determinadas tierras costeras. Se produce un tsunami gigantesco.

Pero la historia es más complicada, pues no sólo se produce un deslizamiento de la corteza sino también una reversión. Esto sucede cuando la Tierra empieza a girar en sentido contrario. Es un desastre inimaginable. Mire los números. Hay cerca de 38.600 Km. alrededor de la Tierra en la línea del ecuador. Dado que la Tierra hace una rotación completa cada 24 horas, significa que viajamos 38.600 Km. cada 24 horas. Divida 24 horas por 38.600 Km. y se obtendrá el asombroso resultado de que estamos girando alrededor del eje del globo a unas 1.600 Km. por hora. Si, durante el próximo cataclismo, EE.UU. es desplazado hacia el actual Polo Norte (futuro Polo Sur), sería como si el agua en el puerto de Nueva York de repente desapareciera y en Brasil aparecieran playas de kilómetros y kilómetros de largo, dado que el agua va a ser arrojada con toda violencia. En las masas de tierra opuestas sucederá lo contrario. A una asombrosa velocidad, las aguas se elevarán, alcanzando alturas catastróficas. Una ola gigante como nunca se ha visto antes, de cientos de metros de altura (incluso, más de un kilómetro), se aplastará sin piedad contra las regiones costeras y será imposible escapar de su violenta naturaleza. Olas gigantes más pequeñas, de unos diez metros de altura, son capaces de borrar todo lo que encuentran a su paso. Entonces, ¿qué hará este muro de agua? Literalmente, toda la vida perecerá con ella.

Imagina que vives en una zona costera y ves venir esta enorme ola de cientos de metros de altura. Antes de poder reaccionar,  todo estará cubierto por miles de millones de litros de agua de mar. No lo olvides, esta ola gigantesca alcanzará una velocidad relativamente elevada, debido a la energía que ha creado. Esta energía del movimiento debe disiparse completamente antes de que los océanos recobren su calma. Esto significa una enorme destrucción de la vida animal y vegetal. Mientras la ola gigantesca se extiende sobre las tierras, más gente muere, como nunca antes había ocurrido, más incluso que en todas las guerras de la historia juntas. En su libro titulado “Viaje a la América meridional”, Alcide d’Orbigny (1802 – 1857),  naturalista francés,  escribió: “Yo sostengo que los animales terrestres de América del Sur fueron aniquilados por la invasión del agua en el continente. ¿Cómo puede explicarse, de otra manera, esta completa destrucción y la homogeneidad de las pampas que contienen huesos? He hallado una prueba evidente de esto en la inmensa cantidad de huesos y animales enteros, cuyos números son mayores a las salidas de los valles, como  Charles Darwin lo muestra. Él encontró la mayor cantidad de restos en Bahía Blanca, en Bajada y también en la costa, y en los afluentes del Río Negro; también a la salida del valle. Esto demuestra que los animales flotaron y, por lo tanto, fueron llevados principalmente hacia la costa. Esta hipótesis debe ser acompañada por la idea de que la tierra barrosa de las pampas fue depositada repentinamente, como resultado de las violentas inundaciones de agua, las que transportaron el suelo y otros sedimentos superficiales, mezclándolos entre sí”.

Entonces, los americanos y canadienses no sólo van a tener temperaturas polares, sino que también una inundación desde las montañas aplastará todo. Los árboles serán arrancados como si no pesaran nada; animales y personas serán levantados y transportados, igual que los autos, que serán trasladados a kilómetros de distancia. Nada, absolutamente nada escapará a esta violencia de la naturaleza. Incluso, numerosos animales marítimos perecerán, porque se los aplastará violentamente contra los restos de las casas y la tierra. Será una tumba gigante y masiva, una reunión de cientos de millones de personas, animales y árboles,  con animales marítimos. Recordad que los yacimientos petrolíferos en realidad son el resultado de grandes acumulaciones de materia orgánica durante miles de años.  Los cadáveres restantes se preservarán para las futuras generaciones, debido a su intenso frío glacial, como una advertencia por haber ignorado las fuerzas anunciadas de la naturaleza y para que este error no vuelva a cometerse.

El geólogo J. Harlen Bretz escribe en “La acanalada tierra escarpada de la meseta de Columbia”, en el  “Journal of Geology” (noviembre de 1923): “La inundación llegó de manera catastrófica a finales de la última era glacial. Era un inmenso muro de agua, con su cresta avanzando e inundando todo. Con más de 396 metros de altura, se vertía por los extremos superiores de las lomadas gigantes, cual imponentes cataratas y cascadas de hasta 15 Km.  de ancho, y luego caía y rodaba en superficies de varios kilómetros de diámetro. Una inundación masiva cortó canales con cientos de metros de profundidad en la tierra basáltica de la meseta de Columbia. Haciendo saltar el valle del río Clark Fork de Montana occidental y abriéndose paso por el norte de Idaho a 42 Km. cúbicos por hora, el agua alcanzó profundidades de 244 metros, mientras caía sobre la falla de Wallula en la línea Oregon-Washington, y luego descendió por el Columbia, en irrefrenable turbulencia hacia el Pacífico. Arrastrando consigo entre 31 y 61 metros de la capa superior del suelo en muchas localidades, la inundación desnudó completamente 5.180 Km cuadrados de la meseta de Columbia, de su cubierta de sedimentos y lodos, dejando sólo valles de empinados muros, similares a fosos de hasta 122 metros de profundidad, como estériles recordatorios de su pavoroso poder. La inundación terminó tan rápido como empezó, en cuestión de días. Dejó gigantescos listones en los ríos que ahora se erigían como elevaciones con canales medios de más de 100 pies de altura, y depositó un delta de grava de 200 metros cuadrados, en la conjunción de los valles de Willamette y el río Columbia. Portland, Oregon. Vancouver y Washington ahora están ubicados en una porción de ese delta”.

Ya se habían producido miles de millones de muertes y aún no había terminado. Parecía que la ola gigantesca no iba a detenerse nunca, penetrando cada vez más tierra adentro. Sólo a 1.500 metros sobre el nivel del mar uno podía estar a salvo, siempre y cuando esos lugares no se hubieran derrumbado durante los deslizamientos de tierra.  Como prueba de ello, tenemos que en Mesopotamia los primeros vestigios de culturas datan del 9 000 a C. Y los primeros asentamientos se encuentran en las estribaciones de los montes Zagros, que llegan a alcanzar los 3000 metros de altura. En ninguna parte uno estaba seguro de sobrevivir. En esta heroica batalla entre los poderes de la luz y la oscuridad, estos últimos venían ganando en fortaleza. La Tierra entera quedó atrapada en la confusión general. Aquí y allá, la gente desesperada trataba de escalar las montañas para estar a salvo de las aguas que subían, y sólo unos pocos lo lograban. Esta ola gigante de los mares era demasiado poderosa como para tratar de combatirla. Duras y despiadadas, las olas rodaban cada vez más. La ola gigante llegó hasta las pirámides, entonces las construcciones que alguna vez se erigieron poderosas no pudieron resistir el embate y quedaron enterradas bajo una enorme inundación (ver el artículo  “¿Qué secretos esconde la Esfinge de Egipto?”). Con una atronadora violencia, el agua tomó velocidad por la entrada y los respiraderos hacia la habitación real. Hace algunos milenios, los rituales sagrados de resurrección se realizaban allí. En la actualidad, estas habitaciones formaban el centro de la destrucción de la Tierra, el fin de la era del quinto Sol, en un cataclismo como nunca antes se había presenciado. La civilización iba a regresar a la Edad de Piedra, si es que lograba sobrevivir.

Relatar estos acontecimientos determinará el futuro comportamiento por miles de años. Todas las civilizaciones no vinculadas entre sí lo contarán y el relato pasará de padres a hijos, de madres a hijas, acompañado por cuentos inmortales de coraje y desesperación, como informes históricos de lo acontecido. Exactamente como lo que leemos ahora sobre lo que sucedió las veces anteriores. En Perú existe una historia sobre un indio que fue advertido por una llama, acerca de la inundación. Juntos huyeron a la montaña. El nivel del mar comenzó a subir y pronto cubrió las llanuras y montañas, con excepción de aquella a la cual habían escapado. Cinco días después, el agua empezó a descender. Historias similares pueden hallarse en todo el mundo; la de Noé es la más conocida por todos. En la Mesopotamia existe la historia de Utnapijstim: “Durante seis días y seis noches el viento sopló, torrentes, tormentas e  inundaciones cubrieron el mundo. Cuando llegó el séptimo día, la tormenta proveniente del sur amainó, el mar se calmó y las inundaciones se detuvieron. Miré el mundo y lo que hallé fue silencio… Me senté y lloré… porque en todas direcciones lo que había era la vastedad del agua”.

En toda la historia del mundo se cuentan más de 500 testimonios de inundaciones prehistóricas masivas. Según el escritor norteamericano Charles Berlitz, incluso en China se halló un antiguo texto que narraba lo siguiente: “Los planetas cambiaron su curso, el cielo se desplomó hacia el Norte, el Sol, la Luna y las estrellas modificaron su dirección, la Tierra se hizo pedazos y las aguas en su lecho se elevaron e inundaron la tierra con violencia”. Estas historias sobre inundaciones apocalípticas no dejan duda. Es decir, eso ya ha sucedido y con anterioridad debe haber ocurrido infinidad de veces; suceso recurrente, aniquilador y despiadado. La vida es tan sólo algo frágil que puede desaparecer de esta manera. Las mismas catástrofes deben ocurrir en innumerables planetas de otros soles; no puede ser diferente. Si todos los planetas sufren de esta destrucción masiva, es un milagro que quede vida después de esto, y por añadidura, vida inteligente. La reversión del magnetismo solar con sus desastrosas consecuencias para la vida inteligente, por lo tanto, debe ser considerada como un factor increíblemente restrictivo en las evidencias sobre la vida. La prueba de la caída y desaparición de la civilización de la Atlántida es demasiado grande para negarla. Tardó más de 11.000 años para alcanzar más o menos un nivel similar de civilización. En las antiguas escrituras se encuentran datos de que ya existían en la Tierra, hace 200.000 años, civilizaciones tecnológicas sumamente adelantadas.

septiembre 9, 2011 - Posted by | Atlántida, Ciencia, Historia oculta, Mayas, Mayas

1 comentario »

  1. Algo aterrador

    Comentario por Carlos Yagual | marzo 25, 2012 | Responder


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