Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

El esoterismo del Saber y del Poder


El retorno de los brujos” (original “Le Matin des Magiciens“) es el título de un magnífico libro publicado en 1960, subtitulado “Una introducción al realismo fantástico“. Lo escribió Louis Pauwels en colaboración con Jacques Bergier y trataba temas entonces novedosos: supuestos fenómenos parapsicológicos, civilizaciones desaparecidas, el esoterismo, sociedades secretas, etc… Lo que explico en este artículo está basado en algunos de los relatos de estos escritores.

En un artículo muy extraño, pero que, al parecer, reflejaba la opinión de muchos intelectuales franceses, el escritor y filósofo francés Jean Paul Sartre negaba pura y simplemente a la bom­ba «H» el derecho a la existencia. La existencia, en la teo­ría de este filósofo, precede a la esencia. Pero se le pre­senta un fenómeno cuya esencia no le interesa, y niega su existencia. ¡Singular contradicción! «La bomba “H” escribía Jean Paul Sartre— está contra la Historia.» ¿Cómo puede estar «contra la Historia» un hecho de civilización? ¿Qué es la Historia? Para Sartre, es el mo­vimiento que debe necesariamente conducir a las masas al poder. ¿Qué es la bomba «H»? Una reserva de poder manejable por algunos hombres. Una sociedad muy restringida de sabios, de técnicos, de políticos, puede decidir la suerte de la Humanidad. Para que la Historia tenga el sentido que le hemos asignado, suprimamos la bomba «H». Igual veíamos el progresismo social exi­giendo la detención del progreso. Una sociología naci­da en el siglo XIX reclamaba el retorno a su época de ori­gen. No se trata de aprobar la fabricación de armas de destrucción, ni de ir contra la sed de justicia que anima lo que hay de más puro en las sociedades humanas. Se trata de examinar las cosas des­de un punto de vista diferente.

 

Es cierto que las armas de destrucción masiva hacen pesar sobre la Humanidad una amenaza espantosa. Pero mientras estén en pocas manos, suponemos que no serán utilizadas. La sociedad humana moderna sólo sobrevive porque son muy pocos los hombres de quienes depende la decisión.  Pero la separación entre el bien y el mal es cada vez más delgada. Todo descubrimiento al nivel de las estructuras esen­ciales es a la vez positivo y negativo. Por otra parte, las técnicas, al perfeccionarse, no se hacen más pesadas: por el contrario, se simplifican. Se sirven de fuerzas que van acercándose a las elementales. El número de opera­ciones se reduce; se aligera el equipo. Al final, la llave de las fuerzas universales cabrá en la palma de la mano. Un niño podrá forjarla y manejarla. Cuanto más se avance hacia la simplificación-potencia, tanto más ha­brá que ocultarla, levantar barreras, para asegurar la continuidad de la vida. Esta ocultación se realiza, por otra parte, sola al pasar el verdadero poder a manos de los hombres sabios. Éstos tienen un lenguaje y unas formas de pensamiento que les son propias. Los hombres de ciencia han con­vencido a los poseedores de que poseerían más, a los gobernantes de que gobernarían más, si acudían a ellos. Y rápidamente han conquistado un lugar por encima de la riqueza y del poder.

 

Lo han logrado intro­duciendo en todas partes una complejidad infinita. La idea que quiere ser directriz complica hasta el extremo el sistema que quiere destruir, para llevarle al suyo sin posibilidad de reacción defensiva, de la misma manera que la araña envuelve a su presa. Los hombres llamados «de poder», poseedores y gobernantes, no son más que intermediarios en una época que es a su vez interme­diaria. Mientras las armas de destrucción masiva se multiplican, la guerra cambia de rostro. Antaño, la Humanidad se destrozaba para repartirse la tierra y go­zar en ella; para que algunos se repartiesen los bienes de la tierra y gozaran de ellos. Ahora todo transcurre como si la Humanidad buscara la unión, la agrupación, la unidad para cambiar la Tierra. El deseo de gozar ha sido sustituido por la voluntad de hacer. Los hombres de ciencia, al perfeccionar también las armas psicológi­cas, no son extraños a este profundo cambio. La guerra revolucionaria corresponde al nacimiento de un espíri­tu nuevo: el espíritu obrero, el espíritu de los obreros de la Tierra. En este sentido, la Historia es un movi­miento mesiánico de las masas. Este movimiento coin­cide con la concentración del saber.

Volvamos a los hechos aparentes, y entraremos de nue­vo en la edad de las sociedades secretas. Cuando remon­temos hacia los hechos más importantes, y por ello me­nos visibles, advertiremos que volvemos también a la edad de los Adeptos. Los Adeptos hacían resplandecer su conocimiento sobre un conjunto de sociedades orga­nizadas para el mantenimiento del secreto de la técnica. No es imposible imaginar un mundo muy próximo construido según este modelo. Fuera de esto, la Histo­ria no se repite. Mejor dicho, si bien pasa por el mismo punto, lo hace por un sector más alto de la espiral. Históricamente, la conservación de la técnica fue uno de los objetos de las sociedades secretas. Los sacer­dotes egipcios guardaban celosamente las leyes de la geometría plana. Recientes investigaciones han com­probado la existencia en Bagdad de una sociedad que de­tentaba el secreto de la pila eléctrica y el monopolio de la galvanoplastia… hace dos mil años. En la Edad Media, en Francia, en Alemania y en España, se formaron con­cejos de técnicos. Lo mismo sucede con la historia de la alquimia o con el secreto de la coloración roja del vidrio, median­te la introducción de oro en el momento de la difusión. Asimismo sucede con el secreto del fuego griego, aceite de lino coagula­do con gelatina, antepasado del napalm. Pero no todos los secretos de la Edad Media han sido descubiertos. Por ejemplo, el del vidrio mineral flexible, el del procedimiento sencillo de obtención de la luz fría, etc.

 

De igual manera asistimos ahora a la aparición de grupos de técnicos que guar­dan los secretos de fabricación, ya se trate de técnicas artesanas como la fabricación de armónicas o de bolos de cristal, ya de técnicas industriales como la producción de carburantes sintéticos. En las grandes fábricas atómi­cas americanas, los físicos llevan insignias que revelan su grado de saber y de responsabilidad. No se puede dirigir la palabra más que al portador de una insignia igual. Existen clubes, y las amistades y los amores surgen en el interior de cada categoría. Así se constituyen medios ce­rrados en todo semejantes a los concejos de la Edad Me­dia, ya se trate de aviación a reacción, de ciclotrones o de electrónica. En 1956, treinta y cinco estudiantes chinos recién salidos del Instituto de Tecnología de Massachusetts quisieron volver a su país. No habían trabajado en problemas militares; sin embargo, se pensó que sabían demasiado. Y se les prohibió el regreso. El Gobierno chino, deseoso de recuperar a los instruidos jóvenes, propuso su intercambio con varios aviadores america­nos acusados de espionaje. La vigilancia de la técnica y de los secretos científi­cos no puede confiarse a la Policía. Mejor dicho, los es­pecialistas del cuerpo de Seguridad se ven obligados a aprender las ciencias y las técnicas que tienen obliga­ción de vigilar.

Se enseña a estos especialistas a trabajar en los laboratorios nucleares y a los físicos nucleares a velar ellos mismos por su seguridad. De suerte que se va creando una casta más poderosa que los Gobiernos. Para completar el cuadro hay que tener en cuenta a los grupos de técnicos dispuestos a trabajar para los países que ofrezcan más. Son los nuevos mercenarios. Remontémonos a los hechos menos visibles, pero más importantes. Veremos en ellos el retorno a la edad de los Adeptos. «Nada en el Universo es capaz de resistir al ardor convergente de un número bastante de inteli­gencias agrupadas y organizadas», decía confidencial­mente Teilhard de Chardin al escritor George Magloire. Pierre Teilhard de Chardin S.J. (1881 – 1955), fue un religioso, paleontólogo y filósofo francés que aportó una muy personal y original visión de la evolución. Miembro de la orden jesuita, su concepción de la evolución, considerada ortogenista y finalista, equidistante en la pugna entre la ortodoxia religiosa y científica, propició que fuese atacado por la una e ignorado por la otra. Suyos son los conceptos Noosfera, conjunto de los seres inteligentes con el medio en que viven,  y Punto Omega, descripción del punto más alto de la evolución de la consciencia.

  

Hace más de cincuenta años, John Buchan, que desempeñó en Inglaterra un gran papel político, escri­bió una novela que era al mismo tiempo un mensaje di­rigido a unos cuantos espíritus despiertos. En esta no­vela, titulada, no por casualidad, “La central de energía”, el héroe tropieza con un caballero distinguido y discre­to, que, en un tono de conversación trivial, le dirige fra­ses bastante desconcertantes: «—Ciertamente, en la civilización hay numerosas piedras angulares —dije— cuya destrucción acarrearía el derrumbamiento de aquélla. Pero las piedras angula­res aguantan bien.»—No tanto… Piense que la fragilidad de la máqui­na aumenta cada día. A medida que la vida se complica, el mecanismo se hace más intrincado y, por ello, más vulnerable. Sus llamadas sanciones se multiplican de un modo tan desmesurado, que pierden aisladamente en seguridad. Durante los siglos de oscurantismo, había una sola gran potencia: el temor de Dios y de su Iglesia. Hoy en día, tienen ustedes una multitud de pequeñas divinidades, igualmente delicadas y frágiles, cuya única fuerza proviene de nuestro consentimiento tácito en no discutirlas. »—Olvida usted una cosa —repliqué—, y es el he­cho de que los hombres están, en realidad, de acuerdo en mantener la máquina en marcha. Esto es lo que lla­mé hace un momento “buena voluntad“.

»—Ha puesto usted el dedo en el único punto im­portante. La civilización es una conjuración. ¿De qué les serviría su Policía si cada criminal encontrase asilo al otro lado del estrecho, o sus salas de Justicia si otros tribunales no reconocieran sus decisiones? La vida mo­derna es el pacto no formulado de los poseedores para el mantenimiento de sus pretensiones. Y este pacto será eficaz hasta el día en que se celebre otro para des­pojarles. »—No discutamos lo indiscutible —dije—. Pero yo me imaginaba que el interés general obligaba a los espíritus mejores a participar en esto que llama usted conspiración.»—Lo ignoro —dijo, con lentitud—. ¿Son real­mente los espíritus mejores los que actúan a favor del pacto? Vea la conducta del Gobierno. A fin de cuentas, estamos dirigidos por aficionados y personas de segun­do orden. Los métodos de nuestras administraciones llevarían a la quiebra a cualquier empresa particular. Los métodos del Parlamento (discúlpeme) avergonza­rían a cualquier junta de accionistas. Nuestros dirigen­tes simulan adquirir el saber por la experiencia, pero es­tán lejos de ponerle el precio que pagaría un hombre de negocios, y, cuando lo adquieren, no tienen el valor de aplicarlo. ¿Cree que tiene algún atractivo, para un hombre genial, el vender su cerebro a nuestros malos gobernantes?”.

 

»Y, sin embargo, el saber es la única fuerza… ahora y siempre. Un pequeño dispositivo mecánico será ca­paz de hundir flotas enteras. Una nueva combinación química transformará todas las reglas de la guerra. Lo mismo puede decirse del comercio. Bastarán algunas modificaciones ínfimas para poner a Gran Bretaña al nivel de la República del Ecuador, o para dar a China la llave de la riqueza mundial. Y, mientras tanto, no que­remos pensar en que estos altibajos sean posibles. To­mamos nuestro castillo de naipes por la fortaleza del Universo. »Jamás he tenido el don de la palabra, pero lo admiro en los demás. Los discursos de este género producen un hechizo malsano, una especie de embriaguez, de la que uno casi se avergüenza. Me sentía interesado, y más que a medias seducido. »—Pero, veamos —le dije—, el primer cuidado de un inventor es publicar su invento. Como aspira a los honores y a la gloria, quiere hacerse pagar su invención. Esta se convierte en parte integrante del saber mundial, y todo el resto de éste se modifica en consecuencia. Es lo que ha pasado con la electricidad. Llama usted máquina a nuestra civilización, pero ésta es mucho más sutil que una máquina. Posee la facultad de adaptación del orga­nismo viviente”.

»—Lo que dice usted sería cierto si el nuevo cono­cimiento se convirtiese realmente en propiedad de todos. Pero, ¿ocurre así? De vez en cuando leo en las gacetas que un sabio eminente ha hecho un gran des­cubrimiento. El hombre da cuenta a la Academia de Ciencias, se publican artículos de fondo sobre él inven­to, y la fotografía de aquél aparece en los periódicos. El peligro no proviene de este hombre. No es más que un engranaje de la máquina, un adherido al pacto. Pero los que cuentan son los hombres que se mantienen fuera de éste, los artistas del descubrimiento que sólo emplearán su ciencia en el momento en que puedan hacerlo con el máximo efecto. Créame, los espíritus más grandes es­tán al margen de la llamada civilización »Pareció vacilar un instante, y prosiguió: »—Habrá personas que le dirán que los submarinos han suprimido ya al acorazado y que la conquista del aire ha anulado el dominio de los mares. Los pesimistas, al menos, así lo afirman. Pero, ¿cree usted que la ciencia ha dicho ya su última palabra con nuestros groseros submarinos y nuestros frágiles aeroplanos? »—No dudo de que se perfeccionarán —dije—, pero los medios de defensa progresarán paralelamente”.

 

» Movió la cabeza. »—Es poco probable. De ahora en adelante, el sa­ber que permite realizar los grandes ingenios de des­trucción rebasa en mucho a las posibilidades defensi­vas. Usted ve simplemente las creaciones de la gente de segundo orden que tiene prisa en conquistar la rique­za y la gloria. El verdadero saber, el saber temible, si­gue manteniéndose secreto. Pero, créame, amigo mío, existe. »Se calló un instante, y vi el ligero contorno del humo de su cigarrillo perfilándose en la oscuridad. Después citó varios ejemplos, pausadamente, como si temiera ir demasiado lejos. »Estos ejemplos fueron para mí la voz de alerta. Eran de diferentes clases: una gran catástrofe, una rup­tura súbita entre dos pueblos, una plaga que destruía una cosecha vital, una guerra, una epidemia. No los re­petiré. Entonces no creí en ello, y hoy creo todavía me­nos. Pero eran terriblemente chocantes, expuestos con su voz tranquila, en aquella pieza oscura, en la sombría noche de junio. Si estaba en lo cierto, aquellas calami­dades no eran obra de la Naturaleza o de la casualidad, sino más bien el producto de un arte. Las inteligencias anónimas a que se refería, y que realizaban una labor subterránea, revelaban de vez en cuando su fuerza me­diante una manifestación catastrófica. Me negaba a creerle, pero, mientras exponía sus ejemplos, mostran­do el desarrollo del juego con singular claridad, no pude pronunciar una palabra de protesta. »Al fin recobré el habla”.

»—Lo que usted describe es el anarquismo. Y, sin embargo, no conduce a ninguna parte. ¿A qué móvil obedecerían estas inteligencias? »Se echó a reír. »—¿Cómo quiere que yo lo sepa? Yo no soy más que un modesto buscador, y mis investigaciones me proporcionan curiosos documentos. Pero no podría precisarle los motivos. Veo solamente que existen grandes inteligencias antisociales. Digamos que des­confían de la máquina. A menos que no sean idealistas empeñados en crear un mundo nuevo, o simplemente artistas que aman por sí mismos a la verdad. Si tuviese que formular una hipótesis, diría que han sido necesa­rias estas dos últimas clases de individuos para obtener resultados, pues los segundos logran el conocimiento, y los primeros tienen la voluntad de emplearlo. »Un recuerdo acudió a mi memoria. Estaba en las alturas del Tirol en un prado soleado. Allí me encon­traba almorzando, entre campos floridos y al norte de un torrente saltarín, después de haber pasado la maña­na escalando las blancas vertientes. Había encontrado en el camino a un alemán, un hombrecillo con aires de profesor, que me hizo el honor de compartir conmigo mis bocadillos. Hablaba con desenvoltura un defectuo­so inglés, y era discípulo de Nietzsche y ardiente ene­migo del orden establecido”.

 

»—Lo malo es —exclamó— que los reformadores no saben nada, y que los que saben algo son demasiado perezosos para intentar las reformas. Pero llegará un día en que se unirán el saber y la voluntad, y entonces progresará el mundo. »—Está pintando usted un cuadro terrible —repli­qué—. Pero, si estas inteligencias antisociales son tan poderosas, ¿por qué hacen tan poco? Un vulgar agente de Policía, amparado por la Máquina, puede muy bien burlarse de la mayoría de las tentativas anarquistas. »—Exactamente —respondió—, y la civilización saldrá triunfante hasta que sus adversarios aprendan de ella misma la importancia de la Máquina. El pacto debe durar hasta que haya un anticipo. Vea los procedimien­tos de esta idiotez que ahora llaman nihilismo o anar­quía. Algunos vagos analfabetos lanzan un reto al mundo desde el fondo de un tugurio parisiense, y al cabo de ocho días están en la cárcel. En Ginebra, una docena de “intelectuales” rusos exaltados conspiran para derribar a los Romanov, y la Policía de Europa se les echa enci­ma. Todos los Gobiernos y sus poco inteligentes fuer­zas policíacas se dan la mano y, en un abrir y cerrar de ojos, ¡adiós conspiradores! Porque la civilización sabe utilizar las energías de que dispone, mientras que las in­finitas posibilidades de los no oficiales se van en huma­reda. La civilización triunfa porque es una liga mun­dial; sus enemigos fracasan porque no son más que una capillita. Pero suponga… »Se calló de nuevo y se levantó del sillón. Acercán­dose al interruptor, inundó la sala de luz. Deslum­brado, alcé los ojos hacia mi huésped y vi que me son­reía amablemente, con toda la gentileza de un viejo gentleman. »—Me gustaría oír el final de sus profecías —decla­ré—. Decía usted…”.

»—Decía esto: suponga a la anarquía instruida por la civilización y convertida en internacional. ¡Oh, no me refiero a esas bandas de borricos que se titulan con gran alharaca “Unión Internacional de Trabajadores” y otras estupideces por el estilo! Quiero decir que se in­ternacionalice la verdadera sustancia pensante del mun­do. Suponga que las mallas del cordón civilizado se en­cuentren entrelazadas con otras mallas que constituyen una cadena mucho más poderosa. La Tierra está rebo­sante de energías incoherentes y de inteligencia desor­ganizada. ¿Ha pensado alguna vez en el caso de China? Encierra millones de cerebros pensantes que se ahogan en actividades ilusorias. No tienen dirección, ni energía conductora, de modo que el resultado de sus esfuerzos es igual a cero y el mundo entero se burla de China. Europa le arroja de vez en cuando un préstamo de al­gunos millones, y ella, en justa correspondencia, se encomienda cínicamente a las oraciones de la cristiandad. Pero suponga usted… »—Es una perspectiva atroz —exclamé— y, a Dios gracias, no la creo realizable. Destruir por destruir constituye una idea demasiado estéril para tentar a un nuevo Napoleón, y nada pueden hacer ustedes sin te­ner uno. »—No sería en absoluto destrucción —replicó sua­vemente—. Llamemos iconoclastia a esta abolición de las fórmulas que siempre ha unido a una multitud de idealistas. Y no hace falta un Napoleón para realizarla. Sólo se necesita una dirección que podría venir de hombres mucho menos dotados que Napoleón. En una palabra, bastaría con una Central de Energía para inau­gurar la era de los milagros».

Si se piensa que Buchan escribía estas líneas alrededor de 1910, y si pensamos en los trastornos sufridos por el mundo después de aquella época y en los movimientos que arrastran en la actualidad a China, el África y a la India, podemos preguntarnos si no habrán entrado efectivamente en acción una o muchas «Centrales de Energía». Esta visión sólo parecerá novelesca a los ob­servadores superficiales, es decir, a los historiadores llevados por el vértigo de «la explicación de los he­chos», lo cual no es, en definitiva, más que una manera de escoger entre los hechos. La central fascista fue una central de energía que ha fracasado, pero después de sumir al mundo en fuego y sangre. Tampoco se puede dudar de la existen­cia hasta hace poco de una central de energía comunista, ni de su prodi­giosa eficiencia. «Nada en el Universo podría resistir el ardor convergente de un número bastante de inteligen­cias agrupadas y organizadas». Tenemos de las sociedades secretas una idea de co­legial. Vemos de una manera fútil los hechos singulares. Para comprender el mundo venidero, tendríamos que escarbar, refrescar, vigorizar la idea de sociedad secre­ta, por el estudio más profundo del pasado y por el des­cubrimiento de un punto de vista desde el cual pueda observarse el movimiento de la Historia en que nos ve­mos metidos.

Es posible, es probable, que la sociedad secreta sea la futura forma de gobierno en el mundo nuevo. Considerad  la evolución de las cosas. Las monarquías alegaban un poder de origen sobrenatural. El rey, los señores, los ministros, los res­ponsables hacen cuanto pueden por salirse de lo natural, para causar asombro con su indumento, con sus pala­cios, con sus maneras. Lo hacen todo para ser bien visi­bles. Despliegan el mayor fasto posible. Y siempre están presentes. Infinitamente abordables e infinitamente dis­tintos. «¡Alistaos bajo mi estandarte!» A veces, en verano, Enrique IV se bañaba desnudo en el Sena, en el corazón de París. Luis XIV era el Sol, pero cualquiera puede entrar en cualquier momento en su palacio y asis­tir a sus comidas. Siempre bajo el fuego de las mira­das, semidioses cargados de oro y de plumas, siempre llamando la atención, a un tiempo aislados y públicos. A partir de la Revolución, el poder proclama ideas abs­tractas y el Gobierno se oculta. Los responsables quie­ren hacerse pasar por hombres «como los demás» y al mismo tiempo guardan las distancias. Tanto en el plano personal como en el de los hechos, se hace difícil definir con exactitud el Gobierno.

 

Las democracias modernas se prestan a mil interpretaciones «esotéricas». Hay pen­sadores que aseguran que América obedece únicamente a algunos jefes de la industria, Inglaterra a los banqueros de la City, Francia a los francmasones, etc. Con los Go­biernos surgidos de la guerra revolucionaria, el poder se oculta casi completamente. Los testigos de la revolución china, de la guerra de Indochina y de la guerra de Arge­lia, los especialistas del mundo soviético, todos se sien­ten impresionados por la inmersión de poder en los mis­terios de la masa, por el secreto que envuelve a las responsabilidades, por la imposibilidad de saber «quién es quién» y «quién decide qué». Entra en acción una ver­dadera criptocracia. Se dice que los Illuminati, los Bilderberger, la Comisión Trilateral, son los miembros de la criptocracia o Gobierno Oculto de la Tierra. La Criptocracia ha venido controlando a los Gobiernos durante los últimos siglos. Establecen quiénes han de ser elegidos, cuándo y dónde. Dicen cuándo ha de producirse una guerra, y cuándo no, cuándo ha de producirse una inflación o una deflación. Desde el Siglo XVIII, esta criptocracia lo ha dominado todo. Aquí no tenemos tiempo de anali­zar este fenómeno, pero podría escribirse una obra so­bre el advenimiento de lo que llamamos criptocracia.

En una novela de Jean Lartéguy, que fue actor de la revolu­ción en Azerbaiján, de la guerra de Palestina y de la gue­rra de Corea. Un capitán francés cae prisionero después de la derrota de Dien-Bien-Fu, en Vietnam: «Glatigny volvió a encontrarse en un refugio en forma de túnel, largo y estrecho. Estaba sentado en el suelo, con la espalda desnuda apoyada en la tierra del mundo ante él, un nha qué en cuclillas fuma un tabaco infecto, liado en un viejo papel de periódico. El nha va descubierto y lleva uniforme caqui sin insignias. Está descalzo y los dedos de sus pies se abren voluptuosamente en el barro tibio del refugio. Entre dos chupadas, pronuncia algunas palabras, y un bodoi de movimientos ágiles y ondulantes se inclina sobre Glatigny. —El jefe del batallón pregunta a usted dónde estar comandante francés que mandar punto apoyo. Glatigny tiene un reflejo de militar tradicional: no puede comprender que este nha qué acurrucado y que fuma un tabaco apestoso mandase como él un batallón, tuviese el mismo grado y las mismas responsabilidades que él… Es, pues, uno de los responsables de la Divi­sión 308, la mejor instruida de todo el Ejército Popular; y este campesino salido de su arrozal le ha derrotado a él, a Glatigny, descendiente de una de las grandes di­nastías militares de Occidente…».

 

Paul Mouset, periodista corresponsal de guerra en Indochina y en Argelia, decía: «Siempre he tenido la impresión de que el boy o el pequeño ten­dero eran, acaso, los grandes responsables… El mundo nuevo disfraza a sus jefes, como esos insectos que se confunden con las ramas, con las hojas...». Después de la muerte de Stalin, los expertos políti­cos no logran ponerse de acuerdo sobre la identidad del verdadero gobernante de la URSS. En el momento en que estos expertos nos aseguran al fin que es Beria, nos enteramos de que éste acaba de ser ejecutado. Nadie podría designar por sus nombres a los dueños de un país que domina mil millones de hombres y la mitad de las tierras habitables del Globo..La amenaza de guerra sirve para revelar la forma real de los Gobiernos. En junio de 1955, América había previsto una «operación de alerta», en el curso de la cual el Gobierno salía de Washington para ir a trabajar a «algún lugar de los Estados Unidos». En el caso de que este refugio fuese destruido, se había previsto un procedimiento según el cual el Gobierno transfería sus poderes a un “Gobierno en la sombra”. Este Gobierno lleva consigo senadores, di­putados y expertos cuyos nombres no pueden ser di­vulgados. De esta forma se anunció oficialmente el paso a la criptocracia en uno de los países más podero­sos del planeta. En caso de guerra, sin duda veríamos los Gobier­nos aparentes reemplazados por estos «Gobiernos en la sombra», instalados tal vez en las cavernas de Virginia, el de los Estados Unidos. Y a partir de este momento, sería delito de alta traición revelar la identidad de los respon­sables.

Armadas de cerebros electrónicos para reducir al mínimo el personal administrativo, las sociedades secretas organizarían el combate. Ni siquiera se excluye la po­sibilidad de que estos Gobiernos se alojaran fueran de nuestro mundo, en satélites artificiales que giran al­rededor de la Tierra. No es filosofía-ficción o historia-ficción, sino realismo fantástico. No se propone orientar la atención hacia  una interpretación mágica de los hechos, ni se propone ninguna religión. Pensamos que, llegada a un cierto nivel, la inteligencia misma es una sociedad secreta. Herbert George Wells, más conocido como H. G. Wells (1866 – 1946), fue un escritor, novelista, historiador y filósofo británico. Es famoso por sus novelas de ciencia ficción y es considerado junto a Julio Verne uno de los precursores de este género. Por sus escritos relacionados con ciencia, en 1970 se decidió en su honor llamarle H. G. Wells a un astroblema lunar ubicado en el lado oscuro de la Luna. En su obra “El hombre invisible” (1897), explica los límites éticos de la ciencia y la obligación del científico de actuar de forma ética más allá del poder que le otorgan sus descubrimientos.  Griffin, el hombre invisible de Wells, decía: «Los hombres, incluso los cultos, no se dan cuenta de los poderes ocultos en los libros de ciencia. En estos volúme­nes hay maravillas, hay milagros».

 

Hay milagros, hay maravillas, y hay cosas es­pantosas. Los poderes de la ciencia, después de Wells, se han extendido más allá del planeta y amenazan la vida de éste. Ha nacido una nueva generación de sabios. Son gentes que tienen conciencia de ser, no buscadores desinteresados y espectadores puros, sino empleando la bella expresión de Teilhard de Chardin, «obreros de la Tierra». Solidarios del destino de la Humanidad y, en notable proporción, responsables de este destino. Joliot Curie lanza botellas de gasolina contra los ca­rros alemanes en los combates para la liberación de Pa­rís. Norbert Wiener, el cibernético, apostrofa a los hom­bres políticos: «¡Os hemos dado un depósito infinito de poder y habéis hecho Bergen Belsen e Hiroshima!». Son sabios de un nuevo estilo, cuya aventura está li­gada a la del mundo. Son los herederos directos de los investigadores del primer cuarto delsiglo XX: los Curie, Langevin, Perrin, Planck, Einstein, etc. Durante aquellos años, la llama del genio se elevó a alturas jamás alcanzadas des­de el milagro griego. Estos maestros libraron batallas contra la inercia del espíritu humano. Y habían sido violentos en sus combates. «La verdad no triunfa jamás, pero sus adversarios acaban por morir», decía Planck. Y Einstein: «No creo en la educación. Tú mismo debes ser tu único modelo, aunque este modelo sea espanto­so». Pero no eran conflictos al nivel de la Tierra, de la Historia, de la acción inmediata. Se sentían responsa­bles únicamente ante la Verdad. Sin embargo, la políti­ca los alcanzó. El hijo de Planck fue asesinado por la Gestapo. Einstein fue desterrado.

La actual generación percibe por todos lados, en todas las circunstancias, que el sabio está ligado al mundo. Él detenta la casi to­talidad del saber útil. Pronto detentará la casi totalidad del poder. Es el personaje clave de la aventura a que se ha lanzado la Humanidad. Cercado por los políticos, observado por los servicios de informa­ción, vigilado por los militares, tiene iguales probabili­dades de encontrarse al final de su camino. «El investigador ha debido reconocer que, lo mismo que todo ser humano, es a un tiempo espectador y actor en el gran drama de la existencia». Exagerando, podríamos decir que está entre el Premio Nobel o el pelotón de ejecución. Al mismo tiempo, sus trabajos le hacen ver la irrisión de los particularismos, le elevan a un nivel de conciencia planetario, si no cósmico. Pero hay un malentendido. Entre lo que él mismo arriesga y los riesgos que se corren al mundo, sólo un cobarde podría vacilar. Kurchatof rompe la consigna del silencio y revela cuanto sabe a los físicos ingleses de Harwell. Pontecorvo huye a Rusia para proseguir su obra. Oppenheimer choca con su Go­bierno. Los atomistas americanos se colocan frente al Ejército y publican su extraordinario Boletín: la cubierta representa un reloj cuyas saetas avanzan hacia la medianoche cada vez que un experimento o un descubrimien­to peligroso caen en manos de los militares. «He aquí mi predicción para el porvenir —escribe el biólogo inglés J. B. S. Haldane—: ¡Lo que no ha sido, será! ¡Y nadie puede librarse!».La materia libera su energía y se abre la ruta de los planetas.

 

Tales acontecimientos parecen no tener paralelo en la Historia. «Vivimos en un momento en que la Historia contiene el aliento, en que el presente se desprende del pasado como el iceberg rompe sus lazos con el cantil de hielo y se lanza al océano sin límites». Si el presente se desliga del pasado, se trata de una ruptura, no con todos los pasados, no con el pasado que llegó a la madurez, sino con el pasado nacido últi­mamente, es decir, con lo que llamamos «la civilización moderna». Esta civilización, salida del hervidero de ideas de la Europa occidental del siglo XVIII, desarrolla­da en el XIX y que ha dado sus frutos al mundo entero durante la primera mitad del XX, está en camino de ale­jarse de nosotros. Nos situamos, ora como modernos atrasados, ora como contemporáneos del futuro. Nuestra conciencia y nuestra inteligencia nos di­cen que no es lo mismo en absoluto. Las ideas que sirvieron de fundamento a esta civili­zación moderna están gastadas. En este período de transmutación, no debemos sorprendernos demasiado si el papel de la ciencia y la misión del sabio experimentan cambios profundos. Una visión que arranca de un pasa­do lejano nos permitiría alumbrar el porvenir. O, pre­cisando más, puede refrescarnos la vista para buscar un nuevo punto de partida.

Un día de 1622, los parisienses vieron en sus paredes unos carteles concebidos en estos términos:«Nosotros, delegados del colegio principal de los Hermanos de la Rosacruz, hemos venido visible e invisiblemente a esta ciudad, por la gracia del Altísimo al que se vuelven los corazones de los Justos, a fin de librar a los hombres, nuestros semejantes, de error mortal». Muchos consideraron que se trataba de una broma; pero, como nos recuerda el historiador Serge Hutin: «Se atribuía a los Hermanos de la Rosacruz la posesión de los secretos siguientes: la transmutación de los meta­les, la prolongación de la vida, el conocimiento de lo que ocurre en lugares alejados, la aplicación de la cien­cia oculta al descubrimiento de los objetos más escon­didos». Si suprimimos el término «oculto» nos encontraremos  con las facultades que posee, o tiende a poseer, la ciencia moderna. Según la leyenda forjada con mucha anterioridad a aquella época, la sociedad de los Ro­sacruz pretendía que el poder del hombre sobre la Naturaleza y sobre sí mismo llegaría a ser infinito, que la inmortalidad y el control de todas las fuerzas naturales estaban a su alcance y que todo lo que pasa en el Univer­so puede serle conocido.

  

Nada absurdo hay en ello, ya que los progresos de la ciencia han confirmado en parte aquellos sueños. De modo que la llamada de 1622, traducida al lenguaje moderno, podría fijarse en los muros de París o publicarse en los diarios si los sabios se reuniesen en congreso para informar a los hombres de los peligros que corren y de la necesidad de orientar sus actividades según nuevas perspectivas sociales y morales. Cierta de­claración de Einstein, cierto discurso de Oppenheimer, cierto editorial del Boletín de los atomistas americanos, suenan igual que el manifiesto de los Rosacruz. En oca­sión de la conferencia sobre los radioisótopos celebrada en París, en 1957, el escritor soviético Vladimir Orlof es­cribió: «Todos los alquimistas de hoy deben recordar los estatutos de sus predecesores de la Edad Media, esta­tutos conservados en una biblioteca de París y que pro­claman que sólo pueden consagrarse a la alquimia los hombres de corazón puro y elevadas intenciones». La idea de una sociedad internacional y secreta de hombres intelectualmente muy avanzados, transformados espiritualmente por la intensidad de su saber, deseosos de defender sus descubrimientos científicos contra los poderes organizados, contra la curiosidad y la codicia de otros hombres —reservando para el mo­mento oportuno la utilización de sus descubrimientos, o enterrándolos por varios años, o poniendo sólo una pequeña parte en circulación—, esta idea es a la vez muy antigua y ultramoderna.

Era inconcebible en el siglo XIX o hace sólo cincuenta  años. Hoy es conce­bible. En cierto modo, tal so­ciedad existe en este momento. Ciertos huéspedes de Princeton pueden haberlo advertido. Si nada prueba que la sociedad secreta Rosacruz existió en el siglo XVII, todo nos invita a pensar que una sociedad de esta natu­raleza se está formando hoy en día y que se inscribe lógicamente en el futuro. Pero hay que explicar la noción de la sociedad secreta.  Volvamos a la Sociedad Rosacruz. «Constituyen, pues —nos dice el historiador Serge Hutin—, la colectividad de los seres llegados a un estado superior a la Humanidad corriente, poseedores por ello de los mismos caracteres interiores que les permitan reconocerse entre ellos». Esta definición tiene la ventaja de eludir el concepto ocultista. Y es que tenemos una idea clara del «estado superior», una idea científica. Nos hallamos en un grado de investigación desde el cual vemos la posibilidad de mutaciones artificiales para el mejoramiento de los seres vivos, e incluso del hombre. «La radiactividad puede crear monstruos, pero también nos dará genios», declara un biólogo in­glés. El último objetivo de la investigación alquimista, que es la transmutación del propio operador, es acaso el último objetivo de la investigación científica actual. Pero, en cierta medida, esto se ha producido ya en algunos sabios contemporáneos.

 

Los estudios avanzados de psicología parecen de­mostrar la existencia de un estado diferente del sueño y de la vigilia, un estado de consciencia superior en que el hombre estaría en posesión de potencialidades enormes. A la psicología de las profundidades, que debemos al psicoanálisis, añadimos hoy una psicología de las alturas que nos sitúa en el camino de una posible super-intelectualidad. El genio será sólo una de las eta­pas del camino que puede recorrer el hombre dentro de sí mismo para alcanzar el uso de la totalidad de sus facultades. En una vida intelectual normal, no utilizamos ni la décima parte de nuestras posibilidades de atención, de penetración, de memoria, de intuición o de coordinación. Podría ser que estuviésemos a punto de descubrir, o de redescubrir, las llaves que nos permitan abrir, en nosotros, puertas detrás de las cuales nos espe­ra una multitud de conocimientos. La idea de una mu­tación próxima de la Humanidad, en este plano, no re­vela un sueño ocultista, sino una realidad. Sin duda existen ya mutantes entre nosotros, o, en todo caso, hombres que han dado ya algunos pasos por el ca­mino que un día tal vez emprenderemos todos.

La leyenda de los Rosacruz sirvió de soporte a una realidad: la sociedad secreta permanente de los hombres iluminados. Una cons­piración a la luz del día. La sociedad de los Rosacruz se habría formado al buscar  hombres llegados a un estado de conciencia elevado, similares a ellos en conocimientos, con quienes poder dialogar. Es el caso de Einstein, comprendido sólo por cinco o seis hombres en todo el mundo, o de algunos centenares de físicos y matemáticos. Para los Rosacruz no hay más estudio que el de la Naturaleza. Pero este estudio no puede realmente ilustrar más que a espíritus de un calibre diferente a los or­dinarios. Aplicando un espíritu más elevado al estu­dio de la Naturaleza, se llega a la totalidad de los conocimientos y a la sabiduría. Esta idea nueva, dinámica, sedujo a Descartes y a Newton. Más de una vez se ha citado a los Rosacruz al respecto. ¿Quiere esto de­cir que estaban afiliados a ella? Nos imaginamos contactos entre espíritus equivalentes, utilizando un lenguaje común inaccesible a los demás hombres.

 

Si algunos conocimientos profundos sobre la mate­ria y la energía, sobre las leyes que rigen el Universo, fueron elaborados por civilizaciones hoy desapareci­das, y si algunos fragmentos de estos conocimientos han sido conservados a través de las edades, sólo pudieran serlo por espíritus superiores y en un lenguaje forzosamente in­comprensible para el común de los humanos. Pero aun prescindiendo de esta hipótesis, podemos, no obstante, imaginar, en el curso de los tiempos, una sucesión de espíritus selectos que se comunicaban entre ellos. Tales espíritus saben que no tiene ningún interés hacer alarde de su poderío. Si Cristó­bal Colón hubiese sido un espíritu de este tipo, ha­bría mantenido en secreto su descubrimiento. Obliga­dos a una especie de clandestinidad, estos hombres sólo pueden establecer contactos con sus igua­les. Basta pensar en las conversaciones de los médicos alrededor de una cama de hospital, conversaciones mantenidas en voz alta y de las que nada llega al cono­cimiento del enfermo, para comprender lo que queremos decir, sin tener que utilizar el concepto de ocultismo o de iniciación.

Si tienen un len­guaje particular, es que las nociones generales que este lenguaje expresa son inaccesibles al espíritu humano ordinario. En este sentido y sólo en él, aceptamos la idea de sociedades secretas. Las otras sociedades secre­tas, las que se ven, y que son innumerables, no son más que imitaciones, juegos de niños que copian a los adultos. Mientras los hombres alimenten el sueño de obtener algo por nada, dinero sin trabajar, conocimientos sin estudio, poder sin conocimientos, virtud sin ascetismo, florecerán las sociedades presuntamente secretas y de iniciación, con sus jerarquías de imitación y sus fórmu­las que remedan el lenguaje secreto, es decir, técnico. Hemos elegido el ejemplo de los Rosacruz de 1622, porque el verdadero Rosacruz, según la tradición, no se hacía con misteriosas iniciaciones, sino con el es­tudio profundo y coherente del “Líber Mundi”, el libro del mundo y de la Naturaleza. La tradición de la Ro­sacruz es, pues, idéntica a la de la ciencia contemporá­nea. Hoy empezamos a comprender que un estudio profundo y coherente de este libro de la Naturaleza re­quiere algo más que espíritu de observación, que lo que llamábamos últimamente espíritu científico, e incluso algo más que lo que llamamos inteligencia. Es preciso que el espíritu se eleve sobre sí mismo, que la inteligen­cia se trascienda. Lo humano, lo demasiado humano, no es bastante.

 

Los Rosacruz de 1622 hacían en París una «estancia invisible». Lo más chocante es que, en un clima de espionaje, los grandes in­vestigadores logren comunicarse entre ellos cortando las pistas que podrían conducir a los Gobiernos hasta sus trabajos. Diez sabios podrían discutir en alta voz la suerte del mundo, en presencia de los líderes políticos mundiales, sin que estos políticos comprendiesen una sola palabra. Una sociedad internacional de investigadores que no interviniese en los asuntos de los hombres tendría todas las probabilidades de pasar inadvertida como pasaría inadvertida una sociedad que limitase su intervención a casos muy particulares. Incluso los aparatos de galena, tan sencillos, habrían podido servir a los «iniciados». De igual manera, los investiga­dores modernos sobre los medios parapsicológicos quizá han logrado aplicaciones de telecomunicación. El ingeniero americano Víctor Enderby ha escrito recien­temente que, si bien se habían obtenido resultados en este terreno, los mismos habían sido guardados secre­tos, por libre voluntad de los inventores. Pero sigue chocándonos que la tradición de la Rosacruz aluda a aparatos o máquinas que la ciencia ofi­cial de la época no pudo fabricar: lámparas perpetuas, registradores de sonidos y de imágenes, etcétera.

La le­yenda describe los aparatos encontrados en la tumba de Christian Rosenkreutz, que hubiesen podido ser de 1958, pero no de 1622. Todo lo cual tien­de, en la doctrina Rosacruz, al dominio del Uni­verso por la ciencia y la técnica, en lugar de por la iniciación y la mística. De igual manera, podemos concebir en nuestra época una sociedad que mantenga una tecnología se­creta. Las persecuciones políticas, las presiones socia­les, el desarrollo del sentido moral y de la conciencia de una tremenda responsabilidad, obligarán cada vez más a los sabios a entrar en la clandestinidad. Ahora bien, esta clandestinidad no frenará la búsqueda. Sería absur­do pensar que los cohetes y las grandes máquinas rom­pedoras de átomos han de ser en adelante los únicos instrumentos del investigador. Los verdaderos grandes descu­brimientos se han hecho siempre con medios sencillos. Es posible que existan en el mundo, en este momento, ciertos lugares en que la densidad intelectual sea particularmente grande y en que se afirme esta nueva clandestinidad.

 

Entramos en una época que recuerda mucho los comienzos del siglo XVII, y tal vez se prepara un nuevo manifiesto de 1622. Tal vez ha aparecido ya. Pero nosotros no nos hemos dado cuenta. Lo que nos aleja de estas ideas es que los tiempos antiguos se expresan mediante fórmulas religiosas. Por ello, les prestamos sólo una atención literaria o «espiri­tual». Lo que nos choca, en fin, es la afirmación reiterada de la Rosacruz y de los alquimistas, según la cual el úl­timo fin de la ciencia de las transmutaciones es la transmutación del propio espíritu. No se trata de magia, ni de recompensa bajada del cielo, sino de un descubri­miento de las realidades que obligue al espíritu del ob­servador a situarse de otra manera. Si pensamos en la evolución, extraordinariamente rápida, del estado de espíritu de los más grandes atomistas, empezamos a comprender lo que querían decir los Rosacruz. Estamos en una época en que la ciencia, en su punto ex­tremo, alcanza el universo espiritual y transforma el es­píritu del propio observador, lo sitúa a un nivel distinto del de la inteligencia científica, que ha llegado a ser insuficiente. Lo que les ocurre a nuestros atomistas pue­de compararse a la experiencia descrita por los textos de alquimia y por la tradición de la Rosacruz.

El lenguaje espiritual no precede al lengua­je científico; es más bien el logro de este último. Lo que pasa en nuestro presente, ha podido pasar en tiempos antiguos, en otro plano de conocimiento, de suerte que la leyenda Rosacruz y la realidad de nuestros días se iluminan mutuamente. Hay que mirar las cosas an­tiguas con ojos nuevos, ya que esto ayuda a comprender el futuro. No estamos ya en los tiempos en que el progreso se identifica exclusivamente con el avance científico y téc­nico. Aparece otro factor, el que se encuentra en los Su­periores Desconocidos de los siglos pasados cuando muestran la observación del “Líber Mundi” como desem­bocando en «otra cosa». Un físico eminente, Heisenberg, declara: «El espacio en el cual se desenvuelve el ser espiritual del hombre tiene dimensiones distintas de aquellas en que se desplegó durante los últimos si­glos». Wells murió desengañado. Su poderoso espíritu había vivido de la fe en el progreso. Ahora bien, Wells, en el crepúsculo de su vida, veía que el progreso toma­ba aspectos espantosos. Ya no le merecía confianza. La ciencia corría el riesgo de destruir el mundo; acababan de inventarse los mayores medios de destrucción. «El hombre —dice el viejo Wells, desesperado, en 1946ha llegado al término de sus posibilidades» En este momento, el anciano que había sido genio de la antici­pación dejó de ser contemporáneo del futuro.

 

Empezamos a vislumbrar que el hombre no ha llegado más que al término de una de sus posibilidades. Apare­cen otras posibilidades. Se abren otros caminos, que el flujo y el reflujo del océano de las edades cubre y des­cubre alternativamente. Wolfgang Pauli, matemático y físico mundialmente conocido, hacía antaño profesión de una estrecha fe científica, según la mejor tradición del siglo XIX. En 1932, durante el Congreso de Copen­hague, gracias a su escepticismo y a su voluntad de poder, adoptaba la apariencia del Mefistófeles de Fausto. En 1955, su espíritu penetrante había extendido con tal amplitud sus perspectivas que se convertía en un pintor elocuente de un camino de salvación interior largo tiempo desdeñado. Esta evolución es típica. Es la evolución de la mayoría de los grandes atomistas. No es el retorno al moralismo ni a la vaga religiosidad. Se trata, por el contrario, de un progreso en el espíritu de observación; de una reflexión nueva so­bre la naturaleza del conocimiento. «Frente a la divi­sión de las actividades del espíritu humano en terrenos distintos, rigurosamente mantenida desde el siglo XVII —dice Wolfgang Pauli—, me imagino una finalidad que sería la dominación de cosas opuestas, una sínte­sis que abarcase la inteligencia racional y la experiencia mística de la unidad. Esta finalidad es la única que está de acuerdo con el mito, expresado o no, de nuestra época».

Hubo, en la segunda mitad del siglo XIX, en el um­bral de los tiempos modernos, una pléyade de pensado­res reaccionarios. Veían un engaño en la mística del progreso social; una carrera al abismo en el progreso científico y técnico. Es el caso de Philippe Lavistine, nueva encarnación del héroe de “La obra maestra desconocida” de Balzac, y discípulo de Gurdjieff. En aquella época en que leía a René Guénon, maestro del anti-progresismo, y frecuentaba a Lanza del Vasto, filósofo, poeta, artista y activista de la no violencia,  que venía de la India, no estaba lejos de coincidir con las razones de estos pensadores contra la corriente vigente. Era muy poco después de la guerra. Einstein acababa de en­viar su famoso telegrama: «Nuestro mundo se enfrenta con una crisis todavía inadvertida por aquellos que poseen el poder de tomar grandes decisiones para bien o para mal. La potencia desencadenada del átomo lo ha cambiado todo, salvo nuestros hábitos de pensar, y nos dirigimos hacia una catástrofe sin precedentes. Nosotros, los científicos que hemos liberado esta inmensa potencia, tenemos la aplastante responsabilidad, en esta lucha mundial de vida o muerte, de dominar el átomo en beneficio de la Humanidad, y no para su destrucción. La federación de sabios americanos se une a mí en esta llamada. Os rogamos que apoyéis nuestros esfuerzos para hacer comprender a América que el destino del género humano se decide hoy, ahora, en este minuto. Necesita­mos inmediatamente doscientos mil dólares para una campaña nacional destinada a hacer ver a los hombres que es esencial un nuevo modo de pensar, si la Huma­nidad quiere sobrevivir y alcanzar niveles más altos. Esta llamada es fruto de una larga meditación sobre la inmensa crisis con que nos enfrentamos. Os pido con urgencia un cheque inmediato, dirigido a mí, como presidente del Comité de la Desesperación de los Sa­bios del Átomo, Princeton, Nueva Jersey. Reclamamos vuestra ayuda en este instante fatal, como señal de que nosotros, los hombres de ciencia, no estamos solos».

 

Esta catástrofe se había previs­to hace mucho tiempo. Dios había ofrecido al hombre el obstáculo de la materia, y, como decía Blanc de Saint Bonnet, «el hombre es el hijo del obstáculo». Pero los modernos desligados de los principios, quisie­ron hacer desaparecer los obstáculos. La materia, que obstaculizaba, ha sido vencida. Está libre el camino ha­cia la nada. Hace dos mil años, Orígenes escribía formi­dablemente que «la materia es el absorbente de la iniquidad». De hoy en adelante, la iniquidad ya no es absorbida, sino que se extiende en olas destructoras. Este Comité de la Desesperación no logrará absor­berla. Los antiguos eran sin duda tan malos como noso­tros, pero lo sabían. Este conocimiento hacía que se colocaran barreras. Una bula del Papa condena el empleo del trípode destinado a robustecer el arco: esta máquina, sumada a los medios naturales del arquero, haría in­humano el combate. La bula es observada durante dos­cientos años. Rolando, en Roncesvalles, derribado por las hondas sarracenas, exclama: «¡Maldito sea el cobarde que inventó armas capaces de matar a distancia!» En tiempos más próximos, en 1775, un ingeniero francés, Du Perron, presentó al joven Luis XVI un «órgano mili­tar» que, accionado por una manivela, disparaba simultáneamente veinticuatro balas. Una memoria acompañaba al instrumento, embrión de las ametralladoras mo­dernas. La máquina pareció tan mortífera al rey y a sus ministros, Malesherbes y Turgot, que fue rechazada y su inventor considerado como enemigo de la Hu­manidad.

A fuerza de querer emanciparlo todo, hemos emancipado también la guerra. Antaño ocasión de sa­crificio y de salvación para algunos, se ha convertido en condenación de todos. Los profetas del Apocalipsis, que clamaban en el desierto, se llamaban Blanc de Saint Bonnet, Émile Montagut, Albert Sorel, etc. Aldous Huxley y Albert Camus escribieron un folleto titu­lado “El tiempo de los asesinos”. La Prensa americana se hizo eco de este libelo en que sa­bios, militares y políticos eran fuertemente maltratados y donde se deseaba un proceso de Nuremberg para to­dos los técnicos de la destrucción. Hoy las cosas son menos sencillas y hay que mirar con otros ojos y desde más alto la histo­ria irreversible. Sin embargo, en 1946 —inquietante posguerra—, esta corriente de ideas trazaba una estela fulgurante en el océano de angustia en que se hallaban sumidos los intelectuales que no querían ser «víctimas ni verdugos». Y es cierto que, después del telegrama de Einstein, las cosas han empeorado. «Lo que hay en la cartera de los sabios es espantoso», dice Kruschef. Jefe del Gobierno de la URSS,  en 1960. Pero los espíritus se han cansado, y, después de muchas solemnes e inútiles protestas, se han vuelto hacia otros temas de reflexión, esperando, como el con­denado a muerte en su celda, que se conceda o se denie­gue el indulto. Sin embargo, en todas las conciencias existe desde ahora un fondo de rebelión contra la cien­cia capaz de aniquilar el mundo, una duda sobre el va­lor salvador del progreso técnico. «Acabarán por vo­larlo todo».

 

Después de las furiosas críticas de Aldous Huxley en sus obras “Contrapunto” y “Un mundo feliz”, se hundió el optimismo científico. En 1951, el químico americano Anthony Standen publicaba un libro titulado “La cien­cia es una vaca sagrada”, donde protestaba contra la ad­miración fetichista por la ciencia. En octubre de 1953, un célebre profesor de Derecho de Atenas, O. J. Despotopoulos, dirigía a la UNESCO un manifiesto pidiendo que se interrumpiera el desarrollo científico, o mejor, que se guardara en secreto. La investigación, proponía, debería confiarse en adelante a un consejo de sabios mundialmente elegido y que, por ello, sería dueño de guardar silencio. Esta idea, por utópica que sea, no carece de interés. Apunta una posibilidad del porvenir e incide en uno de los grandes temas de las pasadas civilizaciones. En una carta de 0. J. Despotopoulos, en 1955,  preci­saba su idea: «La ciencia de la Naturaleza es ciertamente una de las hazañas más dignas de la historia humana. Pero, a partir del momento en que se desencadenan fuerzas ca­paces de destruir la Humanidad entera, deja de ser lo que era desde el punto de vista moral. La distinción en­tre la ciencia pura y sus aplicaciones técnicas se ha he­cho prácticamente imposible. No podríamos, pues, ha­blar de la ciencia como de un valor en sí. O mejor, enciertos sectores, los más importantes, constituye ahora un valor negativo, en la medida en que escapa al control de la conciencia para extender sus peligros según el grado de voluntad de poder de los responsables políticos. La idolatría del progreso y de la libertad en materia de investigación científica es totalmente perniciosa. Nues­tra proposición es ésta: codificación de las conquistas de la ciencia de la Naturaleza realizadas hasta ahora y prohibición total o parcial de su progreso futuro por un consejo supremo mundial de sabios. Ciertamente, tal medida es trágicamente cruel, ya que su objeto apunta a uno de los más nobles impulsos de la Huma­nidad, y nadie puede subestimar las dificultades inhe­rentes a dicha medida. Pero no existe otra que sea lo bastante eficaz. Las objeciones fáciles; retorno a la Edad Media, a la barbarie, etc., no contienen ningún ar­gumento serio. No se trata de hacer retroceder a la inte­ligencia, sino de defenderla. No se trata de restricciones en beneficio de una clase social, sino de salvaguardia de toda la Humanidad. Éste es el problema. Todo lo de­más no es más que división y dispersión de la actividad enfrentándola con subproblemas».

Estas ideas recibieron favorable acogida en la Pren­sa inglesa y alemana y fueron extensamente comenta­das en el Boletín de los sabios atomistas de Londres. No se alejan mucho de ciertas proposiciones formula­das en las conferencias mundiales consagradas al de­sarme. No es pecado creer que, en otras civilizaciones, se haya producido, no una ausencia de ciencia, sino un se­creto impuesto a la ciencia. Tal parece ser el origen de la maravillosa leyenda de los Nueve Desconocidos. La tradición de los Nueve Desconocidos se remon­ta al emperador Asoka, que reinó en la India a partir del año 273 a.C. Era nieto de Chandragupta, primer unificador de la India. Ambicioso como su antepasado, cuya labor quiso completar, emprendió la conquista del país de Kalinga, que se extendía desde la actual Cal­cuta a Madras. Los kalingueses resistieron y perdieron cien mil hombres en la batalla. La vista de esta multitud sacrificada trastornó a Asoka. Desde entonces, le tomó horror a la guerra. Renunció a proseguir la integración de los países insurrectos, declarando que la verdadera conquista consiste en ganar el corazón de los hombres por la ley del deber y la piedad, pues la Majestad Sagra­da desea que todos los seres animados disfruten de se­guridad, de la libre disposición de sí mismos, de la paz y de la felicidad.

 

Convertido al budismo, Asoka, con el ejemplo de sus propias virtudes, propagó esta religión por toda la India y por todo su imperio, que se extendía hasta Ma­lasia, Ceilán e Indonesia. Después, el budismo con­quistó Nepal, el Tibet, la China y Mongolia. Asoka respetaba, empero, todas las sectas religiosas. Predicó el vegetarianismo y proscribió el alcohol y los sacrifi­cios de animales. H. G. Wells, en su historia del mundo abreviada, escribe: «Entre las decenas de millares de nombres de monarcas que se apretujan en las columnas de la Historia, el nombre de Asoka brilla casi solo, como una estrella». Se dice que, conocedor de los horrores de la guerra, el emperador Asoka quiso prohibir para siempre a los hombres el mal uso de la inteligencia. Bajo su reinado, entra en el secreto la ciencia de la Naturaleza, pasada y por venir. Las investigaciones, desde la estructura de la materia a las técnicas de la psicología colectiva, se disi­mularán en adelante, y durante veintidós siglos, detrás del rostro místico de un pueblo al que el mundo consi­dera dedicado sólo al éxtasis y a lo sobrenatural, Asoka funda la más poderosa sociedad secreta de la Tierra: la de los Nueve Desconocidos.

Se dice aún que los grandes responsables del destino moderno de la India, y sabios como Bose y Ram, creen en la existencia de los Nueve Desconocidos, e in­cluso reciben de ellos consejos y mensajes. La imagina­ción entrevé la fuerza de los secretos que pueden deten­tar nueve hombres que se lucran directamente de las experiencias, de los trabajos, de los documentos acu­mulados durante más de diez decenas de siglos. ¿Cuá­les son los fines de estos hombres? No dejar que caigan en manos profanas los medios de destrucción. Prose­guir las investigaciones beneficiosas para la Humani­dad. Estos hombres se cree que se renuevan para guardar los secretos técnicos venidos de un remoto pa­sado. Las manifestaciones exteriores de los Nueve Des­conocidos son raras. Una de ellas tiene relación con el prodigioso destino de uno de los hombres más miste­riosos de Occidente: el Papa Silvestre II, conocido también por el nombre de Gerbert d’Aurillac. Nacido en Auvernia, el año 920, y muerto en 1003, Gerbert fue monje benedictino, profesor de la Universidad de Reims y arzobispo de Rávena por la gracia del emperador Otón III. Se dice que estuvo en España y que un mis­terioso viaje lo llevó a la India, de donde sacó diversos conocimientos que llenaron de estupefacción a los que le rodeaban. Así fue como poseyó en su palacio una cabeza de bronce que respondía «sí» o «no» a las pre­guntas que le hacían sobre la política y la situación general de la cristiandad.

 

Según Silvestre II el pro­cedimiento era muy sencillo y correspondía al cálculo con dos cifras. Se trataría de un autómata análogo a nuestras modernas máquinas binarias. La cabeza «má­gica» fue destruida a la muerte del Papa, y los conoci­mientos registrados por ésta, cuidadosamente disimu­lados. Sin duda la biblioteca del Vaticano reservaría algunas sorpresas al investigador autorizado. En el número de octubre de 1954 de “Computers and Automation”, revista de cibernética, podemos leer: «Hay que suponer que era un hombre de saber extraordinario, de un ingenio y una habilidad mecánica sorprendentes. Esta cabeza parlante debió de ser modelada bajo cierta con­junción de las estrellas que se sitúa exactamente en el momento en que todos los planetas van a comenzar su curso». No era cuestión de pasado, de presente ni de futuro, pues este invento, aparentemente, superaba con mucho el alcance de su rival: el perverso espejo en la pared de la reina, precursor de nuestros cerebros mecánicos modernos. Se dijo, naturalmente, que Gilbert fue sólo capaz de producir esta máquina porque estaba en tratos con el diablo y le había jurado eterna fidelidad. ¿Estuvieron otros europeos en relación con la so­ciedad de los Nueve Desconocidos? Hay que esperar al siglo XIX para que resurja este misterio, al través de los libros del escritor francés Louis Jacolliot.

Jacolliot fue cónsul de Francia en Calcuta bajo el Segundo Imperio. Escribió una obra de anticipación considerable, comparable, si no superior, a la de Julio Verne. Ha dejado además varios libros consagrados a los grandes secretos de la Humanidad. Esta obra ex­traordinaria ha sido saqueada por la mayoría de los ocultistas, profetas y taumaturgos. Completamente ol­vidada en Francia, es célebre, en cambio, en Rusia. Jacolliot se muestra positivo: la sociedad de los Nueve Desconocidos es una realidad. Y lo más extraor­dinario es que cita, a este respecto, técnicas que eran del todo inconcebibles en 1860, como, por ejemplo, la libe­ración de la energía, la esterilización por radiaciones y también la guerra psicológica. Yersin, uno de los más próximos colaboradores de Pasteur y de Roux, pudo haber tenido acceso a secretos biológicos a raíz de un viaje a Madras, en 1890, y puesto a punto, gracias a las indicaciones que recibieron, el suero contra la peste y el cólera. La primera vulgarización de la historia de los Nue­ve Desconocidos se produjo en 1927, con la publica­ción del libro de Talbot Mundy que perteneció, duran­te veinticinco años, a la Policía inglesa en la India. El libro está a medio camino entre la novela y la investi­gación. Según él, los Nueve Desconocidos emplea­rían un lenguaje sintético. Cada uno de ellos estaría en posesión de un libro constantemente escrito de nue­vo y que contendría la exposición detallada de una ciencia.

 

El primero de estos libros estaría consagrado a las técnicas de propaganda y de guerra psicológica. «De todas las ciencias —dice Mundy— la más peligrosa se­ría la del control del pensamiento de las multitudes, pues ella permitiría gobernar el mundo entero». Hay que observar que la obra “Semántica general·, de Korjibski, sólo data de 1937, y que hay que esperar la experiencia de la última guerra mundial para que empiecen a crista­lizar en Occidente las técnicas de psicología del lengua­je, es decir, de propaganda. El primer colegio de se­mántica americano no ha sido creado hasta 1950. En Francia, se conoce “Le Viol des Foules”, de Serge Chokotin, cuya influencia ha sido im­portante en los medios intelectuales, aun­que no haga más que rozar la cuestión. El segundo libro estaría consagrado a la fisiología. Como cosa más importante, explicaría el medio de ma­tar a un hombre con sólo tocarle, produciéndose la muerte por inversión del influjo nervioso. Se dice que el judo pudo nacer de esta obra. El tercero estudiaría la microbiología, y especial­mente los coloides de protección. El cuarto trataría de la transmutación de los meta­les. Según una leyenda, en tiempos de penuria, las organizaciones religiosas de caridad reciben, de fuente secreta, grandes cantidades de un oro muy fino. El quinto comprendería el estudio de todos los me­dios de comunicación, terrestres y extraterrestres. El sexto contendría los secretos de la gravitación. El séptimo sería la más vasta cosmogonía concebi­da por nuestra Humanidad. El octavo trataría de la luz. El noveno estaría consagrado a la sociología, for­mularía las reglas de la evolución de las sociedades y permitiría prever su caída.

Con la leyenda de los Nueve Desconocidos, se re­laciona el misterio de las aguas del Ganges. Multitudes de peregrinos, portadores de las más espantosas y di­versas enfermedades, se bañan sin ningún peligro para los que están sanos. Las aguas sagradas lo purifican todo. Se ha querido atribuir esta extraña propiedad del río a la formación de bacteriófagos. Pero, ¿por qué no se forman también en el Brahmaputra, en el Amazonas o en el Sena? La hipótesis de una esterilización por radiaciones aparece en la obra de Jacolliot, cien años antes de que se sepa que tal fenómeno es posible. Estas radiaciones, se­gún Jacolliot, provendrían de un templo secreto exca­vado bajo el lecho del Ganges. Al margen de las agitaciones religiosas, sociales y políticas, resueltas y perfectamente disimuladas, los Nue­ve Desconocidos encarnan la imagen de la ciencia con conciencia. Dueña de los destinos de la Humanidad, pero absteniéndose de emplear su propio poderío, esta sociedad secreta constituye el más bello homenaje de la libertad en las alturas. Vigilantes en el seno de su gloría oculta, estos nueve hombres con­templan cómo se hacen, deshacen y rehacen las civiliza­ciones, menos indiferentes que tolerantes, prestos a ayudar, pero siempre en este orden del silencio que es la medida de la grandeza humana. ¿Mito o realidad? Mito soberbio, en todo caso, sur­gido de lo más hondo de los tiempos… y resaca del fu­turo.

agosto 26, 2011 - Posted by | Ciencia, Historia oculta

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