Oldcivilizations's Blog

Antiguas civilizaciones y enigmas

¿Qué misterio se esconde detrás de las extrañas apariciones?


El ufólogo francés, Jacques Vallée, publicó una historia de una ciudad en las nubes en su interesante obraPasaporte a Magonia(1969), en la que está básicamente inspirado este artículo. Esta obra también inspiró a Steven Spielberg en su película “Encuentros en la tercera fase”, en la que dice que “los seres de los ovnis actuales pertenecen al mismo tipo de manifestaciones que se describían en siglos pasados secuestrando humanos y volando a través de los cielos”. Ya William Shakespeare, en “las alegres comadres de Windsor”, escribió esta enigmática frase: “Son duendes y hadas. Quienquiera que les hable muere al instante. Cerremos los ojos y echémonos boca abajo. Ningún hombre puede sorprender sus juegos”. También John Milton (1608-1674), poeta y ensayista inglés, conocido especialmente por su poema épico “El paraíso perdido”, escribió estos misteriosos versos: “Lo tomé por una visión fantástica de alegres criaturas de los elementos que habitan en los colores del Arco Iris y juegan en las hendidas nubes. Sentí temor y los adoré al pasar; si aquellos que buscas marchan por un camino como el del cielo, teayudará a encontrarlos”. Sé que lo que explicaré a continuación a mucha gente le parecerá pura fantasía. Todo el mundo es libre de sacar sus propias conclusiones.  

 

Para situar temporalmente la historia de la aviación, debemos  decir que se pensaba que volar era algo imposible para las capacidades de un ser humano. Pero aun así, el deseo existía, y varias civilizaciones contaban historias de personas dotadas de poderes divinos, que podían volar. El ejemplo más conocido es la leyenda de Ícaro y Dédalo, que encontrándose prisioneros en la isla de Minos, se construyeron unas alas con plumas y cera para poder escapar. Ícaro se aproximó demasiado al Sol y la cera de las alas comenzó a derretirse, haciendo que se precipitara en el mar y muriera. Esta leyenda era un aviso sobre los intentos de alcanzar el cielo, semejante a la historia de la Torre de Babel en la Biblia, y ejemplifica el deseo milenario del hombre de volar. La historia moderna de la aviación es compleja. Durante siglos se dieron tímidos intentos por alzar el vuelo, fracasando la mayor parte de ellos, pero ya desde el siglo XVIII el ser humano comenzó a experimentar con globos aerostáticos que lograban elevarse en el aire, pero tenían el inconveniente de no poder ser controlados. Ese problema se superó ya en el siglo XIX con la construcción de los primeros dirigibles, que sí permitían su control. A principios de ese mismo siglo, muchos investigaron el vuelo con planeadores, máquinas capaces de sustentar el vuelo controlado durante algún tiempo, y también se comenzaron a construir los primeros aeroplanos equipados con motor, pero que, incluso siendo impulsados por ayudas externas, apenas lograban despegar y recorrer unos metros.

No fue hasta principios del siglo XX cuando se produjeron los primeros vuelos con éxito. El 17 de diciembre de 1903 los hermanos Wright se convirtieron en los primeros en realizar un vuelo en un avión controlado, no obstante algunos afirman que ese honor le corresponde a Alberto Santos Dumont, que realizó su vuelo el 13 de septiembre de 1906. A partir de entonces, las mejoras se fueron sucediendo, y cada vez se lograban mejoras sustanciales que ayudaron a desarrollar la aviación hasta tal y como la conocemos en la actualidad. Los diseñadores de aviones se siguen esforzando en mejorar continuamente las capacidades y características de estos, tales como su autonomía, velocidad, capacidad de carga, facilidad de maniobra o la seguridad, entre otros detalles. Las aeronaves han pasado a ser construidas de materiales cada vez menos densos y más resistentes. Anteriormente se hacían de madera, en la actualidad la gran mayoría de aeronaves emplea aluminio y materiales compuestos como principales materias primas en su producción. Recientemente, los ordenadores han contribuido mucho en el desarrollo de nuevas aeronaves.

 

«Hablan todos los idiomas de la Tierra. Lo saben todo acerca del pasado y el futuro de la especie humana…, de cualquier ser humano». Esta extraña declaración fue hecha en 1968 por un funcionario español llamado Fernando Sesma, que aseguraba estar en contacto con los extraterrestres desde 1954. Y continuaba afirmando: «Los habitantes del planeta Wolf 424 están entre nosotros bajo una forma humana y provistos de falsa documentación. Son muy superiores a nosotros y grandes amantes de la paz. Yo estoy En contacto permanente con ellos: me escriben o me llaman por teléfono. Celebramos reuniones». Según Fernando Sesma, en 1954 un platillo volante tiró una piedra cubierta de jeroglíficos en los jardines de la Ciudad Universitaria de Madrid. Fernando Sesma copió los símbolos, y pronto se inició una comunicación en ambos sentidos. Parece todo fruto de la imaginación de esta persona. Pero en la misma época, en la Gran Bretaña también se propalaban fantásticos rumores. Se asegura que algunos científicos ingleses han recibido misteriosas comunicaciones por radio y se dedican a actividades clandestinas por cuenta de los extraterrestres. Varios de estos hombres de ciencia han desaparecido. Según estos rumores, los extraterrestres se proponen dirigir el curso de la historia humana a través de estos contactos. ¿Con qué finalidad?

 

Jacques Vallée  también afirma haber recibido comunicaciones de individuos que aseguraban pertenecer a organizaciones secretas con sede «fuera de este mundo». Estos corresponsales le informaron de que el propósito de estos grupos es el de impedir que la Humanidad llegue a otros mundos del espacio. Pero hay otros contactadosque afirman exactamente lo contrario. Sin embargo, subsiste el hecho de que la creencia en la dirección de los destinos terrestres por potencias no humanas es tan vieja como la política.  Pero, curiosamente, este mismo poder atribuido a los ocupantes de los platillos —o sea, el de influir en los acontecimientos humanos— era en otro tiempo facultad exclusiva de las hadas. Por ello, una de las primeras preguntas que hicieron a Juana de Arco sus inquisidores fue «si ella tenía algún conocimiento o si había asistido a las asambleas celebradas en la fuente de las hadas, cerca de Domrémy, en torno a la cual bailaban los espíritus malignos». Y en las actas del proceso se registraron otra pregunta y otra respuesta: «Preguntada si no creía —con anterioridad al presente día— que las hadas eran espíritus malignos, ella respondió que no lo sabía». Continuar por este camino equivaldría a plantear de nuevo todo el problema de la brujería. No obstante, es importante observar la continuidad de las creencias, pues ésta conduce directamente desde la magia primitiva, pasando por la experiencia mística, la fe en las hadas y la religión, a los platillos volantes del siglo XX.

Sorprendentemente, el estudio de la brujería demuestra que estos temas se hallan íntimamente entrelazados, y desde el punto de vista de la psiquiatría moderna deben ser tratados correlativamente. Por ello interesa analizar las consecuencias sociales de dichos rumores, a las que raramente han prestado atención los estudiosos del fenómeno. Un eminente físico soviético especializado en el estudio del plasma murió en extrañas circunstancias: Fue arrojado al Metro de Moscú por una mujer mentalmente desequilibrada. Es curioso observar que esa mujer afirmó que una «voz del espacio» le había ordenado que diese muerte al físico, orden que ella no pudo dejar de cumplir.  En física y química, se denomina plasma a un gas constituido por partículas cargadas de iones libres y cuya dinámica presenta efectos colectivos dominados por las interacciones electromagnéticas de largo alcance entre las mismas. Con frecuencia se habla del plasma como un estado de agregación de la materia con características propias, diferenciándolo de este modo del estado gaseoso, en el que no existen efectos colectivos importantes. Plasma, también llamado el cuarto estado de la materia, es un gas que está constituido por electrones y por iones cargados positivamente. Estos átomos se mueven libremente. Cuanto más alta es la temperatura más rápido se mueven los átomos en el gas y en el momento de colisionar la velocidad es tan alta que se produce un desprendimiento de electrones. El plasma tiene la característica especial de que se puede manipular muy fácilmente por campos magnéticos y además es conductor eléctrico.

En aquel tiempo  los criminólogos de la Unión Soviética estaban preocupados por el aumento de tales casos en los últimos años. Se había producido una oleada de desequilibrio mental que podía relacionarse específicamente con la aparición y el desarrollo del mito de los contactos con extraterrestres. Este es un aspecto del problema de los OVNIS que requiere un atento examen. Hubiera sido de esperar que las investigaciones científicas del fenómeno OVNI hubiesen tratado este problema con la atención que merece. Por desgracia, no ha sido así. Por supuesto, existen algunos detalles relativos a este aspecto del fenómeno OVNI que no pueden publicarse. Esto no significa que sean propiedad exclusiva de unos organismos gubernamentales. 

Las acciones humanas se basan en la imaginación, la creencia y la fe, no en la observación objetiva…, como los expertos en cuestiones militares y políticas saben muy bien. Incluso la ciencia, que pretende que sus métodos y teorías se desarrollan de una manera racional, está conformada en realidad por la emoción y la fantasía, o por el miedo. Y quien controla la imaginación humana podrá conformar el destino colectivo de la Humanidad, a condición de que el origen de este control no pueda ser identificado por el público. Y la verdad es que uno de los objetivos que se propone la política de cualquier Gobierno es preparar al público con vistas a cambios inevitables o para estimular su actividad en la dirección más deseable. Así, los soviéticos emplearon hábilmente los servicios de escritores de ciencia-ficción para crear entre los jóvenes el estado de ánimo necesario para que éstos apoyasen su aventura espacial. En el mundo occidental, el control que se ejerce sobre nuestra imaginación es más difuso, y son varios quienes compiten por monopolizarlo. Pero resulta significativo que tanto los Servicios de Información como las compañías publicitarias demuestren un interés tan alto por el folklore.

Pueden encontrarse ejemplos de experimentos realizados en este sentido, como el de apelar a la imaginación de las  gentes mediante el uso de supersticiones locales. Un caso extremo está representado por las discusiones que se tuvieron en el Congreso de los Estados Unidos acerca de la conveniencia de realizar experimentos militares con la brujería en el África negra. A este respecto debemos decir que, hace un siglo, los franceses se valían de magos para impresionar a los Jefes africanos.  Naturalmente, no queremos decir con esto que el fenómeno OVNI sea el resultado de una argucia parecida. Pero sí creemos que además de la cuestión de la naturaleza física de estos objetos deberíamos estudiar el problema, más profundo, de su impacto en nuestra imaginación y nuestra cultura. Sean lo que sean, son ya muchos los libros que se han escrito sobre ellos. Es imposible predecir cómo el fenómeno OVNI afectará a la larga nuestras ideas sobre ciencia, sobre religión y sobre la exploración del espacio. Más para quienes siguen atentamente esta situación, el fenómeno OVNI parece tener, ciertamente, un efecto real. Y un rasgo muy curioso de este mecanismo es que afecta por un igual a los «creyentes» y a los que se oponen a la realidad del fenómeno en un sentido físico. Por el momento, la única afirmación positiva que, según Jacques Vallée, podemos hacer, es la siguiente: “es posible hacer creer a grandes sectores de la población en la existencia de razas sobrenaturales, en la posibilidad de máquinas voladoras, en la pluralidad de los mundos habitados, exponiéndolos a unas cuantas escenas cuidadosamente preparadas, cuyos detalles se adaptan a la cultura y a las supersticiones de una época y un lugar determinados”.

 

 

Knock es una aldehuela del oeste de Irlanda. Pero el 21 de agosto de 1879 tuvo lugar en ella algo que ningún estudioso de la mente humana debería ignorar. El tiempo fue empeorando ininterrumpidamente durante todo ese día. A las siete de la tarde, en la aldea llovía a cántaros, mientras el arcediano Cavanagh volvía a su casa. Mary McLoughlin, su patrona, encendió un buen fuego de turba, y luego, a las ocho y media, salió a visitar a su amiga, Mrs. Margaret Beirne. Cuando pasaba frente a la iglesia, advirtió unas extrañas figuras en un campo y algo «que parecía un altar» con una luz blanca, pero prosiguió su camino sin hacer caso de la extraña escena. Seguía lloviendo copiosamente, lo cual le quitó las ganas de investigar, aunque eso no impidió que encontrase aquello «muy extraño». Otros dos feligreses habían visto también las figuras antes que ella y reaccionaron de manera parecida. Poco después, cuando aún había algo de luz en el cielo y la lluvia continuaba cayendo, Mary McLoughlin volvió a cruzar frente a la iglesia, acompañada esta vez por Mrs. Beirne. Entre el edificio del templo y las dos mujeres se extendía un prado muy descuidado. Y entre la hierba de este prado parecía haber tres personas de pie, rodeadas por un extraordinario resplandor y que constituían «un espectáculo completamente insólito».

La figura central era Nuestra Señora, la de su derecha, san José y la tercera  fue identificada por Mary Beirne como san Juan Evangelista, porque se parecía mucho a una imagen del santo que ella había visto en otra aldea… con la diferencia de que aquí llevaba una mitra. Pocos minutos después, dieciocho feligreses se congregaban en el lugar para contemplar la aparición. Se convocó una comisión diocesana con objeto de llevar a cabo una encuesta, que interrogó a catorce testigos (tres hombres, dos niños, tres adolescentes y seis mujeres), de edades comprendidas entre los seis y setenta y cinco años. Otro hombre, de unos sesenta años, que vivía aproximadamente a un kilómetro de Knock, compareció también ante la Comisión para describir el enorme globo de luz dorada que había visto la noche del 21 de agosto. Cuando, hacia las nueve de la noche, se hallaba atravesando sus campos, vio esta gran luz que iluminaba todo el frontispicio de la iglesia de Knock. De momento, pensó que alguien había cometido la imprudencia de encender una hoguera en los terrenos del templo; cuando al día siguiente preguntó a varios vecinos si habían visto el brillante resplandor que se había estacionado frente a la iglesia durante tanto tiempo la noche anterior, éstos le refirieron la aparición.

¿Qué vieron estas catorce personas? Lo más notable fue la luz, dorada y centelleante, tan brillante como la del sol, que iluminaba la fachada sur de la iglesia. Tenía una cualidad cambiante. A veces iluminaba el cielo por encima y más allá de la iglesia; otras veces su brillo se reducía, antes de volver a lucir con mayor intensidad; la luz era tan blanca en estos casos, «que la fachada parecía una pared de nieve». Y dentro de esta zona iluminada todos pudieron ver las apariciones. Las tres figuras llevaban vestiduras de un blanco deslumbrador, que a veces brillaban como si fuesen de plata. Detrás de ellas se alzaba un altar con una gran cruz. Frente a ésta todos vieron a un corderillo, «vuelto de cara al Oeste». Las vestiduras de Nuestra Señora, de un blanco deslumbrador, estaban cubiertas por un amplio manto blanco abrochado en el cuello, y que le caía en amplios pliegues hasta los pies. En la cabeza llevaba una brillante corona rematada por cruces resplandecientes, y sobre la frente la corona estaba adornada con una bella rosa. La celestial aparición tenía los brazos extendidos con las palmas de las manos hacia arriba, en una posición que ninguno de los testigos había visto en ninguna imagen o estampa. Tres testigos afirmaron que habían visto sus pies descalzos.

Una mujer llamada Bridget Trench quedó tan arrobada por esta aparición que, llena de fervor, corrió hacia ella para abrazarse a los pies de la Virgen. Pero sus brazos solamente estrecharon el aire vacío. Según afirmo:  “Mis brazos únicamente tocaron la pared, pero las figuras se me aparecían tan completas, llenas de vida y de tamaño natural, que no comprendí lo que pasaba y me extrañó que mis manos no pudiesen tocar lo que era tan evidente y claro para mi vista”. Bridget observó también que entonces llovía copiosamente, y agregó: “Palpé cuidadosamente el suelo con las manos y lo encontré completamente seco. El viento soplaba del sur, directamente contra la fachada, pero no llovía donde estaban las figuras. San Juan se hallaba a un lado, y formando ángulo con las demás figuras. Sus vestiduras eran de obispo, y en la mano izquierda sostenía un gran libro abierto, mientras tenía los dedos de la diestra alzados, en ademán propio de un maestro”. Uno de los testigos, Patrick Hill, se acercó tanto, que llegó a distinguir las líneas y las letras del libro. Cuando comunicaron estas apariciones al cura párroco, éste dijo que debían de ser un reflejo de los vitrales de la iglesia, y pasó tranquilamente el resto de aquella velada en su casa. El fenómeno duró varias horas. Por último, poco antes de medianoche, todos los testigos se volvieron a sus casas, calados hasta los huesos.

A la mañana siguiente, no había la menor traza en el lugar de lo que se vio la víspera. Diez días después del incidente, un niño sordo recuperó el oído y un ciego de nacimiento la vista, después de acudir en peregrinación a Knock. Pronto empezaron a producirse entre siete y ocho curaciones milagrosas semanales: Un moribundo, en estado tan desesperado que tuvo continuos vómitos de sangre mientras le llevaban a Knock, donde a su llegada el arcediano le administró la Extremaunción, sanó instantáneamente después de beber un poco de agua en la que se había disuelto un trozo de cemento procedente de la fachada de la iglesia. Todo esto se produjo en un mal momento para la Iglesia católica de Irlanda. La mayoría de eclesiásticos manifestaban sus dudas y su desaprobación ante las apariciones. La iglesia de Knock había sido edificada medio siglo antes, cuando los católicos irlandeses abandonaron su situación de clandestinidad, y, tal como sucedió anteriormente en Lourdes, el clero no quiso pronunciarse y se desentendió de las peregrinaciones. Las autoridades eclesiásticas pidieron a la Prensa local y nacional que diese la menor publicidad posible a las apariciones. Por su parte, algunos periódicos anticatólicos las ridicularizaron.

Se hicieron asimismo algunos intentos para explicar el fenómeno en términos físicos. Un profesor de ciencias de Maynooth realizó algunas pruebas para la comisión oficial de encuesta nombrada por el arzobispo de Tuam. Mediante una linterna mágica, proyectó fotografías de la pared del templo en presencia de veinte sacerdotes, y certificó que las pruebas efectuadas descartaban la posibilidad de que la aparición hubiese sido el resultado de un truco fotográfico. En fecha posterior, un corresponsal del Daily Telegraph de Londres hizo varias pruebas por su cuenta, e informó a su periódico de que «fuese cual fuese la causa de las supuestas apariciones, no habían podido ser producidas con una linterna mágica». No está fuera de lugar señalar aquí que este caso presenta muchos puntos de contacto con observaciones de los OVNIS: el extraño globo de luz de intensidad variable, los seres luminosos dentro del campo iluminado o cerca de éste, la ausencia de lluvia en el lugar de la aparición, y, finalmente, las supuestas curaciones milagrosas. Todas estas circunstancias se hallan presentes en la mitología ufológica.

Sin duda, la afirmación de que algunas observaciones de OVNIS han provocado «curaciones» misteriosas, será una sorpresa para quienes no estén familiarizados con la literatura ufológica especializada. Como ejemplo podemos citar el caso ocurrido el 3 de setiembre de 1965 en Damon (Texas), en el que un policía quedó curado de una herida que tenía en la mano cuando ésta estuvo expuesta a la luz procedente de un objeto que se cernía sobre su automóvil. O el caso brasileño de Petrópolis, acaecido el 25 de octubre de 1957, en el que una joven  cancerosa desahuciada por los médicos fue salvada mediante una fantástica operación realizada por dos humanoides procedentes del cielo. Es evidente que aquí encontramos la repetición de los actos que recuerdan el misticismo medieval. El caso de Knock no es el ejemplo más notable de la semejanza que existe entre apariciones religiosas y observaciones de OVNIS. Y aunque tuvo lugar en Irlanda, su aspecto milagroso no es el que más recuerda los rasgos característicos que presenta la fe en las hadas. Sin embargo, el incidente que ocurrió al amanecer del sábado 9 de diciembre de 1531 en México, representa la culminación de todas las supersticiones. Su impacto sociológico y psicológico fue tremendo, y dejó huellas físicas que hoy aún pueden verse, y que siguen siendo objeto de gran devoción.

En aquella lejana mañana, un indio de cincuenta y siete años cuyo nombre náhuatl era Águila Canora, pero llamado en español Juan Diego, se dirigía a la iglesia de Tlatelolco, próxima a Ciudad de México. Pero de pronto se detuvo al oír un concierto de aves cantoras, que trinaban con voces dulces y melodiosas. Hacía mucho frío y ninguna avecilla cantaría a hora tan temprana; sin embargo, las armoniosas notas seguían percibiéndose, hasta que de pronto cesaron. Acto seguido, una voz femenina llamó a Juan Diego por su nombre. La voz venía de lo alto del cerro, oculto por «una niebla escarchada, una nube brillante». Y cuando el indio subió al cerro, la vio. El sol aún no se había alzado por el horizonte, pero Juan la vio como si se recortase contra el Sol, pues se hallaba rodeada de pies a cabeza por una aureola de rayos solares. Era una joven mexicana que no tendría más de catorce años y de una maravillosa belleza. Hasta aquí, tenemos un perfecto comienzo para una historia corriente de hadas. Pero en el diálogo que a continuación se produjo, la aparición dijo a Juan Diego que era María, y que deseaba tener un templo en aquel mismo lugar. «Así es que corre ahora mismo a Tenochtitlán (Ciudad de México) y di al señor obispo todo cuanto has visto y oído».

Esto era más fácil de decir que de hacer. Los indios pobres no acostumbraban a frecuentar el barrio español de la ciudad, y mucho menos el palacio del obispo. Pero haciendo de tripas corazón, Juan bajó corriendo a la ciudad y suplicó a Fray Juan de Zumárraga que escuchase su historia. Naturalmente, aunque el obispo acogió bondadosamente al indio, no creyó ni una palabra de su relato, por lo que Juan regresó al cerro, donde se le apareció la Señora por segunda vez. Aconsejó a la aparición que enviase al obispo a un mensajero más adecuado, pues él no se consideraba digno de tal misión. ”Escucha, hijito —respondió la Señora—. Podría enviar a muchos, pero tú eres el que yo he elegido para este menester. Así es que mañana por la mañana regresarás a ver al obispo. Le dirás que es la Virgen María quien te envía, y le repetirás que deseo que se me erija un templo en este lugar”. A la mañana siguiente, Juan Diego volvió a Ciudad de México y fue recibido de nuevo por el paciente obispo. El indio se mostraba tan convencido y su relato tenía tal tono de veracidad, que Fray Juan de Zumárraga empezó a sentirse impresionado. Así es que dijo a Juan que pidiese a la aparición una señal tangible, y ordenó en secreto a dos de sus servidores que siguiesen al indio y observasen todas sus acciones.

Éstos le siguieron por la ciudad, vieron que no hablaba con nadie, observaron que subía al cerro… y que de pronto desaparecía. ¡Por más que registraron aquella zona no encontraron ni rastro de él! Un perfecto cuento de hadas. Pero Juan, en el cerro, se encontró de nuevo con la aparición, a la que transmitió la respuesta del obispo, y ella le dijo: “Muy bien, mi hijito. Vuelve mañana al amanecer y te daré la señal que pides. Te has tomado muchas molestias por mí, y tendrás tu recompensa. Vete en paz y descansa”. A la mañana siguiente, sin embargo, Juan no fue a ver al obispo. Su tío, que era su único pariente, se estaba muriendo. Juan pasó el día tratando de aliviar sus sufrimientos y le dejó solo un momento el martes, para ir en busca de un sacerdote. Pero mientras se dirigía corriendo a Tlatelolco, la aparición volvió a cerrarle el paso. Confuso y amargado, él le explicó por qué no había seguido sus instrucciones, a lo que ella repuso: “Mi hijito, no te aflijas ni te disgustes. ¿No me tienes aquí, a mí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi protección? Tu tío no morirá esta vez. Ahora mismo su salud se ha restablecido. Ya no hay motivo para que vayas en busca de un sacerdote, así es que puedes realizar en paz el encargo que te di. Sube antes a la cumbre del cerro; corta las flores que allí crecen y tráemelas”.

Juan Diego sabía muy bien que no había flores en lo alto del cerro, pues a mediados de diciembre esto era imposible. Sin embargo, al llegar allí encontró rosas de Castilla, con «sus pétalos húmedos de rocío». Las cortó y, protegiéndolas del frío con su larga capa india —su tilma—, las llevó a la aparición. Ella arregló cuidadosamente las flores que él había amontonado en su capa, y después le ató los extremos inferiores de la tilma detrás del cuello, para que las rosas no cayesen al suelo. Por último, le dijo que únicamente mostrase al obispo la señal que éste había pedido, sin dejarla ver a nadie más. Ésta fue la última vez que Juan Diego vio a la aparición. En el obispado los sirvientes se burlaron del indio y de sus visiones. Riéndose de él, «le daban empellones» y trataron de quitarle las flores. Pero al observar que las rosas parecían disolverse cuando tendían la mano hacia ellas, sintieron miedo y lo soltaron. Juan fue llevado de nuevo a presencia del obispo. Juan Diego alzó ambas manos y desató los extremos de la basta tela que llevaba sujeta al cuello. Cayó el pliegue interior de la tilma, y las flores que él consideraba la preciosa señal se desparramaron por el suelo. ¡Ay, la delicada labor de la Virgen se había deshecho!

Pero la confusión que esto produjo en Juan no fue nada comparada con la que sintió a continuación. Al ver las flores, el obispo se levantó de su sillón y se arrodilló a los pies de Juan; a los pocos momentos todas las demás personas que se hallaban en la sala se postraron también de hinojos. El obispo se arrodilló ante la tilma de Juan, pero, como dijo la escritora  Ethel Cook Eliot, «son millones las personas que después se han arrodillado ante ella», pues se exhibe sobre el altar mayor de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en Ciudad de México. La tilma está compuesta de dos piezas, tejidas con fibras de magüey cosidas juntas, y mide 1,65 por 1,30 metros. En esta burda tela, que tiene el color del paño sin blanquear, puede verse una linda figura de 1,42 m de altura. Rodeada por áureos rayos, que forman un halo luminoso a su alrededor, aparece bien delimitada y encantadora en todos sus detalles de línea y color. La cabeza está ladeada en gesto gracioso a la derecha, como si quisiera evitar la costura. Los ojos están vueltos hacia el suelo, pero las pupilas son visibles, lo que le confiere una celestial impresión de amor y bondad. El manto que le cubre la cabeza y cae hasta los pies es azul verdoso ribeteado del oro más puro, y está sembrado de estrellas doradas. La túnica es de color de rosa, y muestra un dibujo a modo de encaje de flores doradas. A sus pies hay una luna creciente, y bajo ella aparecen la cabeza y los brazos de un querubín.

En los seis años que siguieron a este incidente, más de ocho millones de indios recibieron el bautismo. En la actualidad, alrededor de mil quinientas personas se postran ante la tilma de Juan Diego (perfectamente conservada y con los colores de la imagen radiantes) todos los días del año. El tío de Juan sanó de su dolencia. Mientras esperaba al sacerdote, tan débil que ni siquiera tenía fuerzas para tomar la medicina que su sobrino le había preparado, su habitación se llenó de pronto de una luz suave. La figura luminosa de una joven apareció ante él. Le dijo que sanaría y le informó acerca de la misión encomendada a Juan Diego. Y añadió: «Llámame a mí y a mi imagen Santa María de Guadalupe…», o esto es lo que él creyó entender. Pero, ¿fue esto verdaderamente lo que dijo la aparición? Cuatrocientos años debieron pasar para que la cultura occidental reconociera admirada que la imagen impresa sobre el ayate indígena era un verdadero códice mexicano, un mensaje cargado de símbolos. Helen Behrens, una antropóloga norteamericana descubrió en 1945 lo que los ojos de los indios habían leído en la pintura aquel diciembre de 1531. Ampliando las investigaciones de Helen Behrens, Ethel Cook Eliot apunta que el fonema indio pronunciado por la aparición fue Teltcoatlaxopeuh, que podríamos transcribir fonéticamente como Deguatlahupee. Para unos oídos españoles, esto debió de sonar poco más o menos «De Guadalupe». Pero la aparición habló a Juan Diego y a su tío en su mismo dialecto indio —recuérdese que incluso parecía «una joven india»— y, por lo tanto, no tenía motivo para emplear el nombre que se le atribuye en español.

 

Teltcoatlaxopeuh significa «Serpiente de piedra pisada». Helen Behrens supone que con esta expresión la aparición anunciaba que venía a sustituir a Quetzalcoatl, a quien los indios habían idolatrado bajo la forma de la serpiente emplumada. Esta impresionante historia contiene un magnífico simbolismo. No sólo nos retrotrae, a través de la serpiente de piedra, a los  monumentos mayas, sino que en algunos de sus aspectos más importantes nos recuerda a muchos de los cuentos de hadas: la música dulce y misteriosa que anuncia la proximidad del hada; las flores (también rosas en esta ocasión) que crecen en un lugar imposible, y la señal dada al mensajero humano, que cambia de naturaleza al llevarla éste, como los carbones entregados a las comadronas por los gnomos, y que luego se convertían en oro, los numerosos símbolos parecidos que se encuentran en innumerables cuentos. Y, finalmente, el simbolismo cósmico representado por la media Luna a los pies de la Virgen, como en estos versículos del Apocalipsis: “Y apareció en el cielo una señal grande, una mujer envuelta en el Sol, con la Luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas…”.  La verdad es que no podemos dejar de citar aquí lo que dice Hartland en su “Ciencia de los cuentos de hadas”: «Este don de un objeto aparentemente sin valor, que si se cumplen las condiciones Impuestas adquiere un valor Inestimable, es un rasgo corriente en las transacciones de las hadas. Es una de las manifestaciones más obvias de facultades sobrehumanas».

 

Fue una pasmosa maravilla, un signo que también apareció en el cielo, la maravillosa nave aérea que sobrevoló los Estados Unidos en la primavera de 1897. El redescubrimiento de la notable oleada de observaciones que originó nos ha proporcionado el vínculo que nos hacía falta para enlazar las apariciones de tiempos antiguos con las modernas historias de platillos volantes. En un mapa del investigador  Donald Hanlon se han señalado todas las observaciones de la nave aérea, con un signo especial para indicar los aterrizajes. Este mapa acaso nos dé una medida tanto del volumen de datos que los estudiosos del folklore norteamericano habían desconocido hasta ahora, como del ímprobo trabajo realizado por investigadores de la talla de Hanlon,  Jerome Clark y Lucius Farish. El resultado de sus investigaciones es sorprendente. En California, en noviembre de 1896, centenares de habitantes de la región de San Francisco vieron un gran objeto alargado y oscuro, provisto de potentes faros y capaz de volar contra el viento. Entre enero y marzo de 1897, desapareció por completo. Y, de pronto, un número abrumador de observaciones de un objeto idéntico empezaron a cosecharse en el Midwest. Un campesino de Kansas, llamado Alexander Hamilton, describió un aparato provisto de turbinas y una cabina de cristal desde la que miraban unos seres de extraña catadura, descripción no muy diferente a la hecha por los abducidos Betty y Barney Hill.

En marzo, un objeto de aspecto aún más extraño fue visto por Robert Hibbard, un agricultor que vivía a veinticinco kilómetros al norte de Sioux City, en Iowa. Hibbard no sólo vio la nave aérea, sino que un ancla suspendida al extremo de una cuerda que pendía del misterioso aparato se enganchó en sus ropas y lo arrastró varios metros, antes de dejarlo caer de nuevo a tierra. Es curiosa la cantidad de veces que aparecen estas extrañas cuerdas y anclas, tan poco “tecnológicas”. Maniobraba de manera muy parecida a la que se dice que lo hacen los OVNIS. Esta nave aérea volaba más bien con lentitud —por supuesto, un objeto de este tipo no corría el menor riesgo, en 1897, de ser perseguida—, excepto en unos pocos casos de gran proximidad, en que se dice que partió «como disparada». Otra diferencia con los OVNIS modernos reside en el hecho de que su prolongada trayectoria le llevó a menudo sobre grandes zonas urbanas. Omaha, Milwaukee, Chicago y otras ciudades fueron visitadas por la misteriosa nave; cada vez se reunía un gran gentío para contemplarla. Por lo demás, la nave aérea se entregaba a todas las actividades típicas de los OVNIS: se inmovilizaba en el aire, lanzaba «sondas» —por ejemplo, el 10 de abril de ese año en Newton (Iowa)—, cambiaba de rumbo bruscamente, o de altitud, yendo a gran velocidad, describía círculos, aterrizaba y despegaba, y barría la campiña con poderosos reflectores.

Los ocupantes de la nave aérea fueron objeto de descripciones tan heterogéneas como los de los OVNIS. Algunos informes parecen indicar que entre ellos había enanos, pero ninguno de los testigos lo manifestó explícitamente. Alexander Hamilton dice que eran los más extraños seres que había visto en su vida, y que no sentía el menor deseo de volverlos a ver. No conozco ningún retrato detallado de los seres vistos por los testigos en el caso de Leroy. Eran «seres repugnantes»: dos hombres, una mujer y tres «niños» que hablaban en una jerigonza incomprensible. En cambio, todos los ocupantes que sostuvieron conversaciones con testigos humanos no podían distinguirse de la población norteamericana media de la época. Éste es, por ejemplo, el caso relatado por el capitán James Hooton (que la Arkansas Gazette presenta como «el famoso maquinista de la Montaña de Hierro»): “Había ido a Texarkana a recoger un tren especial, y sabiendo que tendría que esperar de ocho a diez horas en esa población, decidí irme a cazar a Homan (Arkansas). Serían alrededor de las tres de la tarde cuando llegué a ese lugar. La caza fue buena; sin darme cuenta, me pasó el tiempo, y eran más de las seis cuando emprendí el camino de regreso a la estación del ferrocarril. Mientras atravesaba la espesura, atrajo mi atención un sonido familiar: era un ruido idéntico al que haría la bomba inyectora de aire de una locomotora. Me dirigí inmediatamente al lugar de donde  venía el ruido, y allí, en un claro de cinco o seis acres de superficie, vi el objeto que producía aquel sonido. Decir que me quedé asombrado sería decir muy poco. Inmediatamente comprendí que estaba en presencia de la famosa nave aérea que tanta gente había visto sobrevolando el país”.

Y explico el extraño comportamiento de los ocupantes de la nave: “A bordo de ella había un hombre de estatura media, y observé que llevaba lentes ahumados. Se afanaba en torno a lo que parecía ser la parte posterior de la nave, yo me quedé tan pasmado, que me acerqué a él incapaz de pronunciar palabra. Él me dirigió una mirada de sorpresa y me saludó diciéndome: «Buenos días, señor; buenos días.» Yo le pregunté: «¿Es ésta la nave aérea?» Él contestó afirmativamente, y entonces otros tres o cuatro hombres salieron del interior de lo que parecía ser el casco de la nave. Un atento examen me reveló que el casco estaba dividido en dos partes, terminando por delante en una especie de proa tan afilada como la hoja de un cuchillo, mientras los costados de la nave se abultaban gradualmente hacia el centro, para estrecharse después. A cada lado había tres grandes ruedas hechas de algún metal flexible,  y dispuestas de tal manera que adquirían una forma cóncava al moverse hacia delante. —Perdone, señor —le dije—, este ruido me recuerda mucho al que hace un freno de aire Westinghouse. —Es posible, amigo mío: utilizamos aire condensado y aeroplanos, pero más adelante ya sabrá usted más cosas. —Todo listo, señor —gritó uno de ellos. Y el grupo desapareció en el interior de la nave. Observé que exactamente frente a cada rueda, un tubo de cinco centímetros empezaba a arrojar aire sobre ellas, y éstas empezaban a girar. La nave se elevó gradualmente con un silbido. Los aeroplanos saltaron de pronto hacia delante, volviendo su aguzado extremo hacia el cielo, y después los timones del extremo de la nave empezaron a voltear hacia un lado, mientras las ruedas giraban tan de prisa que apenas se podían ver las hojas. En menos tiempo del que se tarda en contarlo, la nave desapareció de mi vista”.

El capitán Hooton añade que no pudo ver campana ni cuerda para tirar de ella en la nave, detalle que le extrañó mucho, pues opinaba que «todas las locomotoras bien reguladas por aire deben llevar su campana». Nos legó un detallado dibujo de esta máquina. Veamos ahora el testimonio del agente Sumpter y el sheriff adjunto McLemore, de Hot Springs, también en Arkansas: “Mientras, la noche del 6 de mayo de 1897, después de abandonar esta ciudad, íbamos a caballo en dirección al Noroeste, observamos, a gran altura en el cielo, una luz brillante. De pronto desapareció y nosotros no hicimos el menor comentario, pues buscábamos a una partida de forajidos y no queríamos hacer ruido. Después de cabalgar seis u ocho kilómetros entre las colinas, volvimos a ver la luz, que ahora parecía estar mucho más cerca de tierra. Detuvimos nuestros caballos y la vimos descender, hasta que súbitamente desapareció tras una loma. Avanzamos cosa de un kilómetro y, de pronto, nuestras monturas se negaron a continuar. A unos cien metros de distancia vimos a dos personas que caminaban de un lado a otro con luces. Desenfundando nuestros «Winchesters» —pues entonces nos percatamos de la gravedad de la situación—, gritamos: «¡Alto!, ¿quién vive? ¿Qué hacen ahí?». Un hombre de larga barba negra se adelantó con una linterna en la mano, y cuando nos dimos a conocer nos dijo que él y sus compañeros —un joven y una mujer— recorrían el país en una nave aérea. Pudimos distinguir claramente la silueta de la nave; tenía forma de cigarro y unos dieciocho metros de longitud, y parecía igual a los dibujos que se han publicado en los periódicos últimamente”.

Y continuaba su descripción: “Estaba muy oscuro y llovía, y el joven se dedicaba a llenar de agua un enorme odre a unos treinta metros de nosotros, mientras la mujer permanecía medio oculta en la oscuridad, sosteniendo un paraguas sobre su cabeza. El hombre barbudo nos invitó a dar una vuelta en la nave, diciendo que nos llevaría a un lugar donde no llovía. Le contestamos que preferíamos mojamos. Preguntamos al hombre por qué aquella luz brillante se apagaba y se encendía constantemente, y él contestó que la luz era tan potente que consumía mucha energía motriz. Agregó que le gustaría descansar unos cuantos días en Hot Springs para tomar baños termales, pero disponía de poco tiempo y tenía que continuar su viaje. Dijo que lo terminarían en Nashville (Tennessee) después de recorrer todo el país. Como nosotros también teníamos prisa los dejamos, y cuando cuarenta minutos después volvimos a pasar por allí ya no vimos nada. No oímos ni vimos a la nave aérea cuando ésta partió”. En el Chicago Chronicle del 13 de abril de 1897, se publicó el siguiente artículo bajo los titulares «LA NAVE AÉREA VISTA EN IOWA»: “Fontanelle, Iowa, 12 de abril. La nave aérea fue vista aquí a las 8,30 horas de esta noche, siendo contemplado su paso por toda la población. Vino del sudeste y pasó a menos de 60 metros sobre las copas de los árboles, a muy poca velocidad, que no rebasaría los quince kilómetros por hora. La máquina se veía perfectamente, y todas las descripciones concuerdan en que medía dieciocho metros; la vibración de las alas se percibía también perfectamente. Llevaba las acostumbradas luces de colores, y se oía el ruido de la maquinaria, y también una música, como si hubiese una orquesta a bordo. Se la saludó con grandes vítores, pero continuó su vuelo hacia el Norte, pareciendo aumentar su velocidad, hasta que desapareció. En Fontanelle todos están convencidos de haber visto la auténtica nave aérea, y los más importantes ciudadanos no dudan en declararlo así, ….”.

En esta noticia, la nave aérea, que al capitán Hooton se le apareció como un artefacto típicamente mecánico, adquiere un aspecto más propio de cuento de hadas. Este paralelo aún resulta más notable en la siguiente noticia, recogida por Hanlon. Se publicó en la edición del 28 de abril del Houston Daily Post: Merkel, Texas, abril 26. Unos grupos de feligreses que la noche pasada regresaban de la iglesia advirtieron un objeto pesado que parecía estar siendo arrastrado por una cuerda. Lo siguieron hasta que, al cruzar la vía férrea, se enganchó en un raíl. Mirando hacia arriba, vieron lo que supusieron que era la nave aérea. No estaba  demasiado cerca para poder formarse una idea de sus dimensiones. Por varias ventanas salía luz, y en su parte delantera irradiaba una luz muy potente, como el faro de una locomotora. Al cabo de unos diez minutos, vieron bajar a un hombre por la cuerda. Se acercó tanto que todos pudieron verle perfectamente: vestía un traje de marinero azul claro y era de pequeña estatura. Se detuvo al ver al grupo de personas reunidas en torno al ancla; cortó entonces la cuerda por debajo de él y la nave se alejó hacia el Nordeste. El ancla se exhibe actualmente en la herrería de Elliot y Miller, y atrae la curiosidad de cientos de visitantes. «Esto nos parece demasiado familiar para que nos lo tomemos a la ligera», comenta Hanlon, recordando a sus lectores el incidente de Sioux City, en que Robert Hibbard fue arrastrado por un ancla que colgaba de una nave aérea, y el relato que hacen Drake y Wilkins de dos incidentes que tuvieron lugar hacia el año 1211 o incluso antes.

Según las crónicas irlandesas: En el burgo de Cloera, un domingo, mientras la gente estaba en misa, ocurrió una maravilla. En esta población existe una iglesia consagrada a san Kinarus. Ocurrió que un ancla cayó del cielo, sujeta a una cuerda, y una de las uñas se enganchó en la arcada del portal de la iglesia. Los fieles salieron corriendo del templo y vieron en el cielo una nave, con hombres a bordo, suspendida al extremo de la cuerda del ancla, y he aquí que vieron entonces a un hombre saltar por la borda y bajar hasta el ancla, como si quisiera soltarla.  Parecía como si nadase en el agua. La multitud se alborotó y trató de agarrarlo, pero el obispo impidió al populacho que se apoderase de aquel hombre, pues dijo que temía que lo matasen. Soltaron, pues, al hombre y éste ascendió apresuradamente hacia la nave, cuyos tripulantes cortaron la cuerda. La nave se alejó entonces hasta perderse de vista. Pero el ancla se guarda en la iglesia, y allí ha estado desde entonces, como testimonio de lo sucedido. En la crónica de Gervasio de Tilbury Otis Imperialia, encontramos el mismo relato, pero esta vez se dice que ocurrió en la localidad inglesa de Gravesend (Kent). Un ancla lanzada desde una «nave de nubes» se enganchó en un montón de piedras del cementerio. La gente oyó voces que venían de lo alto, y la cuerda dio sacudidas como si quisiera soltar el ancla, sin conseguirlo. Se vio entonces bajar a un hombre por la cuerda, y cortarla. Según una versión, después de efectuar esta operación subió de nuevo a la nave; según otra, murió ahogado.

El Houston Post del 22 de abril de 1897 publicó otro interesante y extraño caso: “Rockland: Mr. John M. Barclay, que vive cerca de esta población, informa que anoche, alrededor de las once, cuando ya se había retirado, oyó a su perro ladrar furiosamente. A los ladridos del can se mezclaba una especie de zumbido. Se dirigió a la puerta de su casa para ver qué ocurría y se encontró con algo que, según asegura, hizo que sus ojos casi se le saltasen de sus órbitas, y si no fuese porque había leído en los periódicos que sobre Texas se había visto una nave aérea, hubiera huido corriendo a esconderse en el bosque. Era un objeto de forma muy curiosa, más bien oblonga, con alas y salientes laterales de diversas formas y tamaños. Tenía luces brillantes, mucho más potentes que las luces eléctricas. Cuando lo vio por primera vez, parecía estar perfectamente estacionado a unos cinco metros del suelo. Después describió algunos círculos y descendió poco a poco, hasta posarse en unos pastizales cercanos. Mr. Barclay fue en busca de su «Winchester» y se dirigió a investigar. Tan pronto como la nave, o lo que fuese, se posó en el suelo, las luces se apagaron. La noche era lo suficientemente clara para ver a varios metros de distancia, y cuando el testigo se encontraba a unos treinta metros de la nave le cerró el paso un hombre de aspecto normal, quien le dijo que no le apuntase con su arma, pues no se proponía hacerle daño”.

El artículo continuaba: “Acto seguido se entabló entre ambos la siguiente conversación. Mr. Barclay le preguntó: —¿Quién es usted, y qué quiere? —Mi nombre no viene al caso; llámeme Smith. Quiero un poco de aceite lubricante y un par de cortafríos, junto con una pequeña cantidad de sulfato de cobre. ¿Puede usted facilitármelo? Supongo que en la serrería de aquí al lado tendrán los dos primeros artículos, y el telegrafista el sulfato de cobre. Aquí tiene usted un billete de diez dólares: tómelo y vaya a buscarme esos artículos, y quédese con la vuelta por la molestia. Mr. Barclay le preguntó entonces: —¿Qué tiene usted ahí? Déjeme ir a echarle una mirada. El que se había dado el nombre de Smith repuso: —No, no podemos permitr que se aproxime más cerca, pero haga lo que le pido y su amabilidad será muy apreciada por nosotros; es posible que otro día vengamos a buscarle y le llevemos a darle una vuelta en nuestra nave, para agradecerle su amabilidad. Mr. Barclay fue en busca de los artículos solicitados, consiguiendo encontrar el aceite y los cortafríos, pero no pudo procurarse el sulfato de cobre. Nadie tenía cambio y Mr. Barclay devolvió a «Smith» el billete de diez dólares, pero éste se negó a tomarlo. El desconocido le estrechó la mano y le dio las gracias cordialmente, rogándole que no le siguiese hasta la nave. Cuando se iba, Mr. Barclay lo llamó para preguntarle de dónde era y adónde se dirigía. El interpelado contestó: —Soy de cualquier sitio, pero estaremos en Grecia pasado mañana. Después subió a bordo, volvió a oírse el zumbido y el objeto se fue como una bala de cañón, según palabras de Mr. Barclay. Éste es una persona totalmente digna de confianza”.

Aquella misma noche del 22 de abril de 1897, media hora después (según el Houston Post): “En el momento de redactar estas líneas existe gran revuelo en esta aldea de Josserand, por lo general tan tranquila, causado por una visita de la famosa nave aérea, que ha sido vista en tantos lugares últimamente. Mr. Frank Nichols, un conocido agricultor que vive a unos tres kilómetros al este de la población, y hombre de probada integridad, fue despertado la antevíspera, cerca de las doce de la noche, por un ruido rechinante semejante al que hace la maquinaria. Al mirar afuera quedó muy sorprendido al ver un brillante resplandor que irradiaba de una enorme nave de extrañas proporciones, que aparecía posada en un maizal de su propiedad. Como había leído los despachos que ha publicado el Post acerca de los extraños navegantes aéreos, inmediatamente comprendió que él se había convertido en uno de los afortunados testigos de ella, y con un valor digno de Príamo en el sitio de Toya, Mr. Nichols partió a investigar. Pero antes de que pudiese llegar junto al extraño visitante nocturno, se vio abordado por dos hombres provistos de sendos cubos, quienes le pidieron permiso para sacar agua de su pozo. Pensando que tal vez se tratase de visitantes celestiales y no de seres de carne y hueso, el dueño de la finca se apresuró a concederles el permiso que solicitaban”.

Y el artículo del Houston Post  continúa: “Entonces los dos hombres invitaron amablemente a Mr. Nichols a que les acompañase hasta la nave. Una vez allí, conversó tranquilamente con la tripulación, compuesta por seis u ocho individuos que estaban en torno a la nave. La maquinaria era tan complicada, que en aquella breve entrevista no pudo enterarse de cómo funcionaba. No obstante, un miembro de la tripulación le dijo que el problema de la navegación aérea estaba resuelto. La nave o coche está construida con un material recientemente descubierto que tiene la propiedad de autosustentarse en el aire, y la fuerza motriz es electricidad altamente condensada. Le informaron de que cinco de aquellas naves estaban siendo construidas en una pequeña población de Iowa, y que el invento pronto se haría público. Se estaba constituyendo ya una inmensa compañía por acciones, y antes de un año estas máquinas serían de uso general. Mr. Nichols vive en Josserand, condado de Trinidad, en Texas, y convencerá a cualquier incrédulo mostrándole el lugar donde se posó la nave”. Realmente en todos estos relatos destaca el extraño comportamiento de ciudadanos normales por parte de los tripulantes de estas misteriosas naves.

En la Flying Saucer Review, Jerome Clark observa que «la oleada de 1897 indica cuan fútil es el intento de separar a los objetos volantes de la coyuntura general en que éstos operan». Esto confiere al estudio de dichos objetos una amplitud infinitamente mayor que la simple investigación, hecha con método científico, de un nuevo fenómeno, porque si la apariencia y la conducta de los objetos son función de la interpretación que podamos hacer en un momento determinado de nuestro desarrollo cultural, ¿qué posibilidades tenemos entonces de llegar alguna vez a conocer la verdad? En la localidad francesa de Chaleix, en la Dordoña, el 4 de octubre de 1954 Monsieur Garreau, persona que gozaba de excelente reputación en la localidad, vio un objeto volante redondo, de las dimensiones de una camioneta, y que tenía aproximadamente forma de caldero. Aterrizó en el campo de su propiedad y se descorrió una portezuela. Dos hombres «normales», vestidos con un mono marrón, salieron del aparato. Parecían europeos y estrecharon la mano de Garreau. Después le preguntaron: «¿París? ¿Al Norte?» El pobre agricultor quedó tan impresionado, que no pudo articular palabra. Los dos hombres acariciaron al perro de Garreau, se metieron en su aparato y emprendieron el vuelo.

El 20 de octubre de 1897, un trabajador checo de cuarenta años que entonces residía en Francia se dirigía a su trabajo, a las tres de la madrugada, en las cercanías de Raon-l’Etape, en los Vosgos, cuando a unos cuatrocientos metros de su casa se encontró con un hombre corpulento, de estatura media, vestido con una chaqueta gris provista de charreteras en los hombros, casco de motorista y armado con una pistola. El desconocido hablaba un idioma extraño. El testigo, Lazlo Ujvari, sabía algo de ruso y trató de dirigírsele en ese idioma. El desconocido, que hablaba con voz aguda, le entendió inmediatamente y preguntó: «¿Dónde estoy? ¿En Italia, en España?» Después quiso saber a qué distancia estaba de la frontera alemana y qué hora era. Ujvari le dijo que eran las dos y media, aproximadamente, y el desconocido sacó un reloj, que señalaba las cuatro. El extraño individuo dijo entonces al testigo que le siguiese. Ujvari no tardó en llegar a la vista de un aparato que, al parecer, había aterrizado en la carretera. Tenía la forma de dos platos pegados por sus bordes, un metro y medio de diámetro y menos de uno de altura. Ujvari se acercó a menos de diez metros de él, pero el desconocido le invitó a alejarse, y a los pocos instantes el objeto se elevó verticalmente, «con el ruido de una máquina de coser».

El 12 de octubre del mismo año, alrededor de las diez y media de la noche y en Sainte-Marie d’Herblay, en la costa atlántica de Francia, un muchacho de trece años, Gilbert Lelay, estaba paseando a menos de un kilómetro de la casa de sus padres cuando vio en un pastizal una máquina que describió como «un cigarro fosforescente». Cerca del objeto estaba un hombre vestido con un traje gris, botas y un sombrero igualmente gris. Con ademán familiar, el hombre puso su mano en el hombro de Gilbert y le dijo en francés: «Regarde mais ne touche pas» (Mira, pero no toques). En la otra mano, el hombre tenía una esfera que despedía rayos violeta. Poco después, subió a bordo del aparato y cerró la escotilla con un portazo. Gilbert tuvo tiempo de ver algo que parecía un tablero de mandos con numerosas lucecitas de colores. El aparato se elevó verticalmente, rizó dos veces el rizo esparciendo luz en todas direcciones, y desapareció.

Pasemos ahora a la Argentina. Una neblinosa mañana del mes de junio de 1968, un artista de setenta años, Benjamín Solari Parravicini, se hallaba paseando al aire libre cuando le cerró el paso un hombre alto y rubio, de ojos claros, que le dirigió la palabra en un idioma desconocido. Creyendo que se trataba de un loco, el testigo trató de proseguir su camino, pero inmediatamente perdió el conocimiento. Cuando despertó, se encontró dentro de una extraña nave, donde le dijeron, entre otras cosas, que los tripulantes de los platillos vigilaban la Tierra para evitar una catástrofe. El 18 de julio de 1967, en Boardman (Ohio), el reverendo Anthony de Polo fue despertado por un ruido muy fuerte parecido al de la música de fondo de una película de ciencia ficción de las que da la televisión. Le pareció que alguien le ordenaba que descendiese a la planta baja. Así lo hizo y miró al exterior: allí, entre su casa y la de al lado, vio una figura vestida con un traje luminoso. De Polo salió de su casa. El estrépito recomenzó y entonces recibió este mensaje: «No tienes nada que temer. Yo no te haré daño, y sé que tú no me lo harás a mí». De Polo se acercó al desconocido. Volvió a escucharse la música estruendosa, y entonces captó un tercer mensaje: «Peligro. Debo irme». De Polo vio una luz, o más bien un resplandor, en el cielo. Cuando bajó la vista, el extraño personaje se había desvanecido. El 18 de octubre de 1954, a las 10,45 horas de la noche, y cerca del lago de Saint-Point, en el este de Francia, una tal Mademoiselle Bourriot vio una brillante luz en la carretera y detuvo su bicicleta. Vio a un hombre de estatura normal junto a la luz. A su lado estaban dos enanos.

Continuemos en Estados Unidos. El 23 de marzo de 1966, en Temple (Oklahoma), W. E. Laxson, de cincuenta y siete años a la sazón, instructor civil de la Aviación norteamericana, iba en su coche hacia el Sur, a las cinco de la mañana, en dirección a la Base Aérea de Sheppard, cuando encontró la carretera bloqueada por un gran objeto de las dimensiones de un «Douglas C-124 Globemaster», sin alas ni motores, descansando sobre patas extensibles. Un hombre vestido con un mono y tocado con una especie de gorra de béisbol, parecía estar examinando algo en la parte inferior del aparato. Cuando se le preguntó qué aspecto tenía ese hombre, Laxson contestó: “Era un vulgarísimo mecánico militar…, o un jefe de tripulaciones, o un miembro de esas tripulaciones de tierra. Sostenía una lámpara en su mano derecha y estaba casi arrodillado sobre la rodilla del mismo lado, mientras con la mano izquierda tocaba la parte inferior del fuselaje, que se encontraba a un metro del suelo”. Y agregó: “La gente me pregunta si aquello parecía «del espacio exterior»… A eso yo contesto que no sé qué aspecto debe de tener algo del «espacio exterior», pero puedo afirmar que lo que vi estaba fabricado en América, de eso estoy seguro. En cuanto al hombre, era un vulgarísimo soldado, eso puedo asegurarlo, y lo reconocería inmediatamente si mañana me encontrase con él en Chicago”.

¿Qué significado tiene todo esto? ¿Es razonable establecer un paralelo entre apariciones religiosas, la fe en las hadas, los informes acerca de enanos dotados de poderes sobrenaturales, las observaciones de la nave aérea que sobrevoló los Estados Unidos el siglo pasado, y los actuales casos de aterrizajes de OVNIS? Aparentemente lo es… por una sencilla razón: los mecanismos que han originado estas diversas creencias son idénticos. Su contexto humano y su efecto sobre los seres humanos son constantes. Y de ello Jacques Vallee deduce, como conclusión, que la observación de este profundísimo mecanismo tiene una importancia capital. Apenas tiene nada que ver con el problema de saber si los OVNIS son o no son objetos físicos. Tratar de entender el significado, el propósito de los platillos volantes, como tantos intentan hoy, es algo tan fútil como lo fue en su tiempo la persecución de las hadas, si se comete el error de confundir apariencia y realidad. El fenómeno posee unas características estables e invariables. Pero también hemos tenido que observar cuidadosamente el carácter camaleónico que revisten las características secundarias de las observaciones: la forma de los objetos, el aspecto de sus ocupantes, sus supuestas declaraciones, varían en función del medio ambiente cultural sobre el que se proyectan.

Bajo este aspecto, los relatos sobre la nave aérea en USA tienen una especial importancia. Como hemos visto, un buen número de personajes barbudos aterrizaron, en 1897, en el Midwest y otros puntos de la Unión para pedir agua de un pozo, sulfuro de cobre u otras chucherías. Las historias que contaban eran dignas de crédito, aunque algo asombrosas, para los sencillos labriegos norteamericanos de la época. En cuanto a la propia nave, correspondía a la idea popular de un complicado artefacto volador: tenía ruedas, turbinas, alas y potentes faros. Sólo hay un detalle del que no nos hemos ocupado: el hecho de que si bien la nave aérea podía ser digna de crédito para los testigos de 1897, para nosotros ya resulta increíble. Sabemos muy bien que el armatoste que aquéllos describen posiblemente no hubiera podido volar, a menos que su apariencia exterior tuviese por fin engañar a los posibles testigos. Pero, de ser así, ¿por qué lo hicieron? ¿Y qué era esta nave? ¿Cuál era su finalidad? Quizá la nave aérea, como las tretas de las hadas y los platillos volantes, no fuese más que una mentira, tan bien urdida que la imagen que proyectaba en la consciencia humana pudiese hundirse profundamente en ella para quedar después olvidada…, como quedan olvidados los aterrizajes de OVNIS, o la aparición de seres sobrenaturales en la Edad Media. Pero, ¿quedaron olvidados en realidad?

¿Podrían ser creaciones artificiales los encuentros con ocupantes de los OVNIS? Consideremos su carácter cambiante. En los Estados Unidos, se presentan como monstruos de ciencia-ficción. En Sudamérica, son sanguinarios y pendencieros. En Francia, se portan como turistas racionales, cartesianos y amantes de la paz. El Buen Pueblo irlandés, si tenemos que creer a sus portavoces, era una «raza aristocrática», organizada al estilo de una orden religiosa y militar. Los pilotos de la nave aérea en USA eran tipos muy individualistas, con los rasgos propios del granjero norteamericano. Consideremos ahora el caso siguiente, que podemos considerar como el «aterrizaje perfecto». Sucedió el 23 de octubre de 1954 en un lugar próximo a Trípoli, en Libia. Alrededor de las tres de la madrugada, un agricultor italiano vio aterrizar un aparato volador a unas docenas de metros de donde él estaba. Su forma era la de un huevo tendido horizontalmente. La mitad superior del objeto era transparente y despedía una luz blanquísima; la parte inferior parecía ser metálica. La parte delantera tenía dos ventanillas laterales; la central, una escalerilla exterior. La parte posterior mostraba dos ruedas dispuestas verticalmente, una encima de otra, y dos tubos cilíndricos que asomaban. Mientras descendía, el aparato hacía un ruido parecido al de un compresor «de los que se emplean para hinchar neumáticos de automóvil». El testigo no distinguió ninguna hélice. El fuselaje estaba rematado por dos antenas, colocadas una detrás de otra, y llevaba una especie de tren de aterrizaje con seis ruedas (dos pares en la parte delantera y un par en la trasera). La máquina tenía unos seis metros de largo por tres de ancho.

Su interior se hallaba ocupado por seis hombres vestidos con monos amarillentos y provistos de mascarillas antigás. Cuando uno de ellos se quitó la mascarilla para soplar por una especie de tubo, su cara era la de un ser humano normal. Cuando el testigo se acercó al objeto y puso la mano en la escalerilla para trepar por ella, recibió una fuerte sacudida eléctrica que lo tiró al suelo. Uno de los ocupantes le advirtió, por gestos, que se alejase del aparato. Otro ocupante sacó un volante, tirando de él, y después volvió a dejarlo donde estaba. Luego, pulsando un botón, hizo que una especie de media cubierta tapara el volante. En el interior de la carlinga era visible una especie de aparato de radio, en el que no faltaban ni los hilos ni el operador provisto de auriculares. Los seis pilotos se hallaban todos muy atareados ante sus tableros de instrumentos. El incidente duró unos veinte minutos. Luego el objeto despegó en silencio y se elevó hasta unos cincuenta metros de altura, y a continuación partió hacia el Este a una velocidad vertiginosa. Las huellas dejadas en la tierra blanda por las ruedas del tren de aterrizaje fueron fotografiadas. Son parecidas a las que dejarían unas cubiertas normales de caucho. Su longitud era sólo de medio metro. Si fuese posible hacer hologramas tridimensionales provistos de masa y proyectarlos a través del tiempo, se diría que esto es lo que vio el testigo. Y con esta teoría podríamos explicar también muchas apariciones: en numerosos casos de OVNIS y en algunos milagros religiosos, los seres aparecieron como imágenes tridimensionales cuyos pies no tocaban el suelo. Pero, ¿cómo se explican las demás acciones físicas, como las descargas eléctricas? Al leer el relato del caso de aterrizaje libio, resulta tentador suponer que el testigo, en vez de presenciar por pura casualidad las maniobras de unos visitantes interplanetarios, fue expuesto deliberadamente a una escena destinada a ser recordada por él y transmitida a nosotros. De ahí las mascarillas antigás, los tableros de instrumentos y el equipo de radio… en el que ni faltaban los hilos.

Otro tanto puede decirse del siguiente caso italiano, que tuvo lugar el 24 de abril de 1950 en un lugar próximo a Varese, llamado Abbiate Guazzone: A las diez de la noche, Bruno Facchini oyó y vio unas chispas que atribuyó a una tempestad, pero no tardó en percibir a doscientos metros de su casa, una masa oscura suspendida entre un poste y un árbol. Un hombre que llevaba vestiduras muy ajustadas y que cubría su cabeza con un casco parecía estar efectuando reparaciones. Había otras tres figuras afanándose alrededor del enorme aparato. Terminada esta tarea, se cerró una escotilla por la que había estado saliendo luz y el objeto despegó. El testigo observó también los siguientes detalles: el objeto emitía un ruido parecido al de una gigantesca colmena, y, a su alrededor, el aire parecía extrañamente cálido. Dos de los hombres estaban de pie en el suelo junto a una escalerilla; el tercero se encontraba sobre un ascensor telescópico, cuya base tocaba el suelo, y sostenía algo junto a un grupo de tuberías: era esto lo que producía las chispas vistas por Facchini. Los hombres medían  aproximadamente 1,75 m. y vestían escafandras grises con un visor ovalado y transparente frente a la cara, que quedaba oculta tras una máscara gris. De la porción delantera de estas máscaras surgía un tubo flexible a nivel de la boca. Llevaban también auriculares. Dentro del aparato podían verse varias botellas parecidas a las de oxigeno y numerosas esferas.

Cuando Facchini se ofreció para ayudarles, los hombres hablaron entre ellos emitiendo sonidos guturales, y uno tomó una especie de cámara que llevaba colgada al cuello y proyectó un rayo de luz sobre Facchini, que salió despedido a varios metros. Cuando trató de levantarse, una ráfaga de aire lo tiró de nuevo al suelo. Después dejaron de hacerle caso, mientras recogían el ascensor y lo metían en el interior del aparato, que acto seguido despegó. Después de una noche de insomnio, Facchini regresó al lugar y encontró algunos fragmentos de metal procedente de la operación de soldadura, con cuatro huellas circulares y zonas con la hierba chamuscada. Tardó diez días en revelar esta observación, cuando su médico lo examinó a causa de sus contusiones y magulladuras resultado de su caída, aconsejándole que avisase a la Policía. Los técnicos del Ministerio de Defensa que examinaron los trozos de metal comprobaron que éstos consistían en un «material antifricción muy resistente al calor». El incidente tuvo otros testigos, que declararon privadamente. ¿Había sido expuesto deliberadamente Facchini a una falsa aparición de «hombres del espacio»? ¿Cuál podría ser el propósito de un fraude tan complicado? ¿Quién puede permitirse el lujo de tramar un plan tan complejo, para obtener un resultado aparente tan menguado? ¿Hay que atribuir únicamente a la imaginación humana la creación de estas visiones? ¿O debemos sustentar la hipótesis de que una especie avanzada de algún lugar del Universo y de algún tiempo futuro nos ha estado ofreciendo obras de teatro espaciales en tres dimensiones durante los últimos dos mil años, con el propósito de guiar nuestra civilización?

De ser así, ciertamente no se han hecho acreedores a nuestras felicitaciones ¿Y si en realidad nos enfrentásemos con un universo paralelo, habitado por razas humanas, y al que podemos ir para no regresar jamás al presente? ¿Y si estas razas fuesen únicamente semihumanas, por lo que a fin de mantener contacto con nosotros necesitasen efectuar cruzamientos con hombres y mujeres de nuestro planeta? ¿Será éste el origen de los numerosos cuentos y leyendas en los que la genética desempeña un papel preponderante: el simbolismo de la Virgen en el ocultismo y la religión, los cuentos de hadas en que aparecen comadronas humanas y niños trocados, las alusiones sexuales de algunos informes sobre platillos volantes, el relato bíblico de la unión entre los hijos de Dios y las hijas de los hombres, cuya descendencia fueron los gigantes? ¿Hay objetos de ese misterioso universo que pueden materializarse y «desmaterializarse» a voluntad, y han sido proyectados hacia nosotros? ¿Y si las «ventanillas» de los OVNIS fuesen algo más que «objetos»? No hay nada que permita sustentar estas ideas. Pero, sin embargo, a la vista de la continuidad histórica del fenómeno, es difícil hallar otras alternativas, a menos que neguemos la realidad de todos estos hechos, como sin duda preferiría nuestra paz espiritual.

Acaso parezca inútil perderse en conjeturas acerca de un fenómeno que, según todas las autoridades, sigue aún sin identificar. Pero tal fenómeno ha dejado una clara serie de huellas en las creencias y actitudes de nuestros coetáneos, según un patrón no sólo identificable, sino que tiene, además, numerosos precedentes. De ahí que no sea necesariamente ocioso tratar de imaginar tests críticos, tanto sociológicos como físicos por su naturaleza, para determinar si hay o no hay un propósito deliberado en el fenómeno que describen los testigos. Si la respuesta fuese afirmativa, ello no querría decir que el problema de deducir la identidad de la inteligencia que lo origina tenga que ser soluble.  En cambio, la proposición de que el Universo pueda albergar a seres inteligentes dotados de tal organización que ningún modelo de ella pueda construirse basándonos en las ideas actualmente conocidas, es también teóricamente posible. En tal caso, el comportamiento de estos seres parecería necesariamente caprichoso o absurdo, o pasaría inadvertido, especialmente si poseyesen medios físicos para desaparecer a voluntad del campo de las percepciones humanas. Resulta interesante observar  que estas acciones aparecerían en los informes científicos como simples accidentes casuales, fácilmente atribuibles a errores instrumentales o a una gran diversidad de causas naturales.

En ausencia de una solución racional del misterio, y al ser muy intenso el interés público por la cuestión, es sumamente probable que en los próximos años todas las nuevas variedades de charlatanismo lo tomen como base, aunque es imposible vaticinar su forma exacta. Es muy posible que estemos viviendo los primeros años de un nuevo movimiento mitológico, que incluso puede terminar dando a nuestra era tecnológica su Olimpo, su país de las hadas o su Walhalla, tanto si consideramos esto como un beneficio o como un revés para nuestra cultura. Como muchas observaciones del fenómeno OVNI parecen coherentes y al mismo tiempo irreconciliables con el conocimiento científico, se ha creado lógicamente un vacío que la imaginación humana trata de colmar con sus propias fantasías. Situaciones semejantes se observaron con frecuencia en el pasado, y nos dieron simultáneamente las más altas y más bajas formas de actividad religiosa, poética y política. Es muy posible que el fenómeno que aquí estudiamos dé origen a unas consecuencias parecidas, porque sus manifestaciones coinciden con un renacido interés por el valor humano de la tecnología.

Entre el público en general y los jóvenes en particular, suele existir un considerable desconcierto por lo que toca a la actitud de los científicos ante tales fenómenos. A veces sus preguntas son del tipo: «¿Cómo debemos reaccionar ante la invasión de historias absurdas e incoherentes sobre platillos volantes?» «¿De qué sirve continuar estudiando ciencias, si éstas no pueden aplicarse al análisis racional de estos fenómenos?» «En una época en que se invita a los jóvenes a seguir con entusiasmo los progresos de la astronáutica, ¿por qué el tema de la vida en el Universo tiene que ser una cuestión tabú?». No significa necesariamente que alguien oculte una verdad formidable. Si la idea de que la ciencia no sabe nada acerca de ciertos -fenómenos parece inaceptable para el público, ¿por qué tiene que ser más fácilmente aceptable para los científicos profesionales? Los  que propugnan un estudio urgente de los platillos volantes por un equipo de científicos, olvidan que una disciplina determinada sólo puede progresar si unos profesionales competentes se sienten auténtica y suficientemente interesados por ella para dirigir sus esfuerzos hacia su solución, y esto no lo logra el dinero ni una ley aprobada por el Congreso. O bien las numerosas observaciones de OVNIS que se han ido acumulando en el transcurso de los años no poseen valor científico alguno, en cuyo caso ninguna cantidad de publicidad produciría el menor efecto para encontrar su solución, o bien estas observaciones tienen un valor científico, en cuyo caso ese valioso residuo que puedan contener tendría que ser reconocido y explotado mediante la investigación directa, de lo cual resultarían nuevos descubrimientos que los métodos actuales son incapaces de predecir.

Precisamente porque la ciencia es el proceso a través del cual los argumentos emocionales insolubles pueden transformarse en series organizadas de subproblemas que pueden someterse al análisis racional, el fenómeno OVNI es interesante. Por consiguiente, afirmar que los OVNIS no son un problema científico, o tan sólo plantear esta cuestión, equivale ya a decir algo absurdo. No existe nada que pueda denominarse un problema científico: es el hombre que se enfrenta al problema quien es o no científico en su manera de abordarlo. La ciencia es un objeto en la mente del hombre, no una característica que podemos otorgar o retirar de cualquier artefacto de aspecto extravagante que cruce nuestros cielos. Para un científico, la única cuestión válida, vistas así las cosas, es la de decidir si el fenómeno puede ser estudiado por sí mismo, o si es un ejemplo de un problema más profundo. La conclusión que de ello se saca es que, gracias al fenómeno OVNI, tenemos la ocasión verdaderamente única de asistir a la gestación de un folklore, y de recopilar material científico en la fuente más profunda de la imaginación humana. Incurriremos en el desprecio de los futuros estudiosos de nuestra civilización si permitimos que este material se pierda, pues «la tradición es un meteoro que, una vez ha caído, ya no puede encenderse de nuevo». El método con que se recogen las observaciones debería interesar al sociólogo, pues presenta ciertos rasgos divertidos.

Ni correlaciones hechas con computadora de millones de parámetros mal observados, ni telepatía mental con seres superiores del espacio, ni la organización de centenares de personas en grupos de observadores, dedicados a escrutar los cielos todas las noches con prismáticos, resolverán fácilmente un problema que durante tanto tiempo ha eludido a nuestros radares, aviones, astrónomos y teorías físicas. Lo único que puede ayudarnos a realizar algunos progresos hacia una comprensión del fenómeno es la publicación de buenos informes. Pero ninguna de las publicaciones actuales contiene la solución del problema de los OVNIS. Tenemos ahora a nuestro alrededor, totalmente inadvertido, el material para muchos años de estudio altamente constructivo. Debemos hacernos esta pregunta: «Si rechazamos la ingenua teoría según la cual el fenómeno OVNI está causado por amistosos visitantes procedentes de Marte, ¿qué otras alternativas nos quedan?». En el entorno de la ciencia-ficción podrían plantearse  varias posibilidades. Existe un fenómeno natural cuyas manifestaciones se encuentran a caballo de lo físico y lo mental. Existe un medio en el cual los sueños humanos pueden cobrar realidad, y éste es el mecanismo mediante el cual se originan los casos de los OVNIS, que no requieren una inteligencia superior para desencadenarlos. Esto explicaría el carácter fugaz de las manifestaciones de OVNIS, el contacto con ocupantes amigos y el hecho de que los objetos parezcan seguir el progreso de la tecnología humana y utilizar símbolos corrientes.

Esta teoría explicaría  la conducta de los «visitantes»: agresiva en Hispanoamérica, «cartesiana» en Francia, «monstruos del espacio» en los Estados Unidos, etc. Explicaría también la totalidad de los milagros religiosos, así como los fantasmas y otros supuestos fenómenos sobrenaturales. El mismo resultado se obtendría con la hipótesis de entidades mentales, que sería simultáneamente perceptible para grupos independientes de testigos. Por desgracia, esta hipótesis no explicaría las huellas dejadas por estos fenómenos. También podríamos imaginar que durante siglos una inteligencia superior ha estado proyectando en nuestro medio ambiente (elegido por razones conocidas únicamente por esa inteligencia), diversos objetos artificiales cuya creación es una forma pura de arte. Quizás esta inteligencia se divierte con nuestro desconcierto, o tal vez trata de inculcarnos algún nuevo concepto. Quizá realice un esfuerzo puramente gratuito, y sus creaciones sean tan imposibles de entender para nosotros como lo es la escultura de Picasso en Chicago para los pájaros que se posan en ella. Como Picasso y su arte, el Gran Maestro de los OVNIS da forma a nuestra cultura, sin que la mayoría de nosotros nos enteremos.

Por desgracia, ninguna de estas teorías tiene base científica. No hay duda de que podríamos enumerar fácilmente cien o mil de estas teorías, y cada una de ellas podría servir de base para un mito nuevo, una nueva religión o una moda seudo-científica. Si queremos evitar especulaciones tan extremas, pero efectuar ciertas observaciones fundamentales a partir de los datos existentes, algunos hechos principales se destacan claramente ante nosotros. Desde mediados de 1946, ha existido entre el público de todos los países una proliferación extremadamente activa de pintorescos rumores. Éstos se centran en un número considerable de observaciones de máquinas desconocidas próximas al suelo en las zonas rurales, en las trazas físicas dejadas por estas máquinas, y en sus diversos efectos sobre seres humanos y animales.Extrayendo de estos rumores los arquetipos subyacentes, se ve que el mito de los platillos coincide en grado notable con la fe en las hadas de las regiones célticas, las observaciones hechas por eruditos antiguos, y la creencia, ampliamente difundida entre todos los pueblos, acerca de seres cuyas características físicas y psicológicas los colocan en la misma categoría que los actuales extraterrestres.

 

Los seres que los testigos humanos afirman haber visto, oído y tocado se dividen en varios tipos biológicos. Entre ellos hay seres de talla gigantesca, hombres completamente normales, seres alados y diversos tipos de monstruos. No obstante, la mayoría de los llamados pilotos son enanos y se dividen en dos grupos principales: seres negros y peludos, idénticos a los gnomos de las leyendas medievales, de ojillos brillantes y voces cavernosas y «cascadas»; y  seres, que responden a la descripción de los silfos de la Edad Media o de los elfos de la fe en las hadas, de tez humana, cabeza voluminosa y voz argentina. Todos estos seres han sido descritos con aparatos respiratorios y sin ellos. A veces se han visto junto a seres pertenecientes a distintas categorías. El comportamiento de estos seres es invariablemente tan absurdo como ridículo es el aspecto de sus naves. En numerosos casos de comunicación verbal con ellos, sus declaraciones han resultado ser sistemáticamente falaces. Esto es cierto para todos los casos que se conocen, desde los encuentros con el Buen Pueblo en las Islas Británicas hasta conversaciones con los ingenieros de la nave aérea durante la oleada norteamericana de 1897, sin olvidar las conversaciones con los supuestos marcianos en Europa, América del Norte y del Sur y otros lugares del globo.

Esta absurda conducta ha tenido por efecto alejar a los científicos profesionales de las zonas donde dicha actividad tenía lugar. También ha servido para dar al mito «ufológico» su aureola religiosa y mística. El mecanismo de las apariciones, desde los tiempos legendarios e históricos hasta los modernos, es siempre el mismo y sigue el modelo de los milagros religiosos. Varios casos, que llevan el refrendo oficial de la Iglesia católica (Fátima, Guadalupe, etc.), no son más, en realidad, que fenómenos OVNI en los que el ser asociado con los mismos ha entregado un mensaje que se refiere a creencias religiosas y no a fertilizantes o a ingeniería, como en otros casos. Teniendo en cuenta los cinco hechos anteriores, podemos llegar a varias conclusiones: La conducta de unos visitantes no humanos de nuestro planeta, o la conducta de una raza superior que coexistiese con nosotros en este planeta, no tendría necesariamente que aparecer lógica a los ojos del observador humano. Los hombres de ciencia que apartan con gesto despectivo los informes sobre OVNIS porque «es evidente que unos visitantes inteligentes no se comportarían así», sencillamente jamás han pensado en serio en el problema de la inteligencia no humana. En realidad, la observación y la deducción se ponen de acuerdo para afirmar que las acciones organizadas de una especie superior deben aparecer absurdas a los ojos de la inferior.

Que esto no excluye el contacto ni siquiera la cohabitación es un hecho evidente demostrado todos los días en nuestro planeta, donde seres humanos, animales e insectos realizan actividades entremezcladas a pesar de sus diferentes niveles de organización nerviosa. Si reconocemos que la estructura y la naturaleza del tiempo sigue siendo tan enigmática para los físicos modernos como lo era para el reverendo Kirk, de ello se deduce que cualquier teoría del Universo que no tenga en cuenta nuestra ignorancia a este respecto, probablemente no pasará de ser un ejercicio académico. En particular, semejante teoría nunca podría esgrimirse seriamente en una discusión acerca de las limitaciones impuestas a unos posibles visitantes de nuestro planeta. Todo el enigma que estamos discutiendo contiene los elementos de un mito que podría utilizarse para fines políticos o sociológicos, lo que está corroborado por el curioso vínculo existente entre el contenido de los propios informes y los progresos de la tecnología humana, desde naves aéreas a platillos volantes, pasando por dirigibles y cohetes fantasmas…, vínculo al que nunca se ha dado una interpretación satisfactoria dentro de un contexto sociológico. Con respecto a este último punto es notable que el primer ejemplo de apagón causado por un OVNI se encuentre precisamente en “Twilight Bar”, una obra teatral escrita por Arthur Koestler en 1933.

Durante esta obra, cuya acción transcurre en una pequeña isla sin nombre en la que está a punto de estallar una guerra civil, un enorme «meteoro» pasa volando sobre la población con un agudísimo silbido, al tiempo que todas las luces se apagan. El objeto se hunde en el mar y dos seres, vestidos con monos blancos y moviéndose como si se hallasen en trance, aparecen en la orilla y se presentan como mensajeros enviados para advertir a la Humanidad que tiene sólo tres días para enmendarse. Si no lo hace, dicen estos seres, la especie humana será destruida y la Tierra volverá a ser poblada por una raza superior. También es digna de mención que la primera referencia a los efectos producidos por un OVNI en la ignición de un automóvil se encuentra en una novela escrita en 1950 por Bernard Newman y titulada “El platillo volante”. Es verdad es que cuando Newman escribió su obra, ya circulaban algunos informes sobre OVNIS que aludían a perturbaciones magnéticas (de la brújula). Incluso en 1944, los militares ya habían acopiado una considerable información acerca de objetos volantes no identificados, pues la primera encuesta científica a gran escala se había realizado el año precedente. Pero subsiste el hecho de que la coincidencia entre estas obras de ficción y los detalles reales de los informes procedentes del público es muy notable, y abre la puerta a ilimitadas conjeturas.

Observemos también que un conocimiento de la estructura del tiempo implicaría un conocimiento superior del mecanismo mediante el cual se despliegan los acontecimientos físicos y la trama en que se hallan entretejidos. La relatividad del tiempo en Magonia esuna teoría que encontramos en numerosos cuentos.  Y  la  sorprendente observación hecha por un silfo a Facius Cardan, que antecede a la teoría de los quantum en cuatro siglos: «Él afirmó que Dios creó (el Universo) de un instante al otro, por lo que si Él desistiese de hacerlo un solo instante el mundo perecería». Y como dijo Jerome Cardan: «Sea esto fábula o realidad, así queda». La solución quizá quede siempre fuera de nuestro alcance. Tal vez lo que buscamos no sea más que un sueño que, pese a convertirse en parte integrante de nuestras vidas, nunca existió en realidad. No podemos estar seguros de que estudiemos algo real, porque no sabemos lo que es la realidad; únicamente podemos estar seguros de que una investigación al respecto nos ayudaría a entender muchas más cosas sobre nosotros mismos.

agosto 23, 2011 - Posted by | enigmas en general | , , , ,

1 comentario »

  1. hola
    le escribo ala nave espacila del cielo pido ayuda i fortalese mi espiritu i mi alma aca bajo en la tierra estoy aca en la tierra pido tu proteccion divina pido salud espiritual i fuerza ami cuerpo fisico i mental ayudame maigo mi nombre es dario rafael curiel le escribo ala nave espacial del cielo i la todopoderoso padre del cielo grcias

    Comentario por dario | enero 2, 2012 | Responder


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