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Antiguas civilizaciones y enigmas

Radiografía de la crisis mundial – conclusiones


Antes se recomienda leer los artículos “Radiografía de la actual crisis mundial – antecedentes” y “Radiografía de la crisis mundial – algunas consideraciones

Juan Torres López, doctor en Ciencias Económicas y Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla, ha escrito un brillante libro titulado “La crisis financiera – guía para entenderla y explicarla”. Por otro lado,  Vicente Manzano-Arrondo, profesor de Psicología Experimental de la Universidad de Sevilla, ha escrito un interesante documento titulado “Aspectos psicológicos de la crisis”. La combinación de psicología y economía creo que explica bastante bien lo que está ocurriendo. De ambos autores he tomado prestadas algunas ideas para escribir este artículo.  

Estamos inmersos en una sucesión de acontecimientos, pero en estos momentos buena parte de la actualidad se define como “la crisis económica”. Pero pensando en términos de crisis es fácil identificar multitud de ellas. Hay crisis ecológicas como las del cambio climático, diversidad biológica o supervivencia de especies. Tenemos crisis políticas, a nivel planetario, de credibilidad en los políticos o de implicación ciudadana. Hay crisis humanitarias gravísimas que provocan hambre, migraciones, muerte y enfermedades. De entre todas ellas, y muy relacionada con todas ellas, se habla principalmente de “la crisis”, que principalmente se identifica con la explosión de la burbuja financiera asociada a la explosión de la burbuja inmobiliaria. Con poco que se analice la economía, el comportamiento de los mercados y las finanzas, es fácil llegar a la conclusión de que en buena medida se trata de asuntos psicológicos, ligados a comportamientos del consumidor, tales como necesidades, motivación, emociones, persuasión, aprendizaje, etc.

En relación a la crisis, creo que tenemos un claro ejemplo de alguna de sus causas en lo que explica  Jim Rogers en su obra “El boom de las Materias Primas“. Como aclaración debo indicar que  Jim Rogers  es un “gurú” que se dedica a analizar los mercados más lucrativos en la actualidad y en el futuro. A finales de 1998, creó su fondo de índice en las materias primas. Desde entonces, ha sido el fondo de mayor rendimiento entre todas las clases de activos en el mundo. Según dice en su libro: “El próximo mercado alcista no está en las acciones, ni tampoco en las obligaciones, está en las materias primas, y algunos inversores inteligentes conseguirán rendimientos récords en el próximo decenio”. Tanto para el pequeño inversor como para el gran gestor de fondos, este libro es tan bueno como el oro… o el plomo, o el aluminio; materias primas de las que Rogers cree que pueden tener perspectivas tan brillantes como el oro. Y un grave problema para el hambre en el mundo es que en estos momentos los alimentos también figuran en este catálogo de materias primas rentables.

La teoría capitalista se ha formulado considerando que las personas son animales racionales, que toman decisiones basadas en su interés por optimizar su beneficio o utilidad, en un contexto de información completa que manejan únicamente con el auxilio de la razón. Los productores buscan maximizar el beneficio, mientras que los consumidores buscan maximizar la utilidad de su decisión de compra. Este modelo es ingenuamente irreal, ya que no hay dudas de que el comportamiento humano es tanto o más emocional que racional, como así lo atestigua, en este mismo medio económico, la fuerte inversión en publicidad. Hay que tener en cuenta que la teoría del sistema de mercado defiende que el progreso social se consigue gracias a que los productores compiten entre sí ofreciendo más por menos para llevarse el favor de los consumidores, lo que constituye la esencia de la ética del capitalismo y centra el foco de atención en la elección que los consumidores realizan. La competencia en términos de calidad y precio (se supone que más calidad por menos precio) es sólo el método teórico previsto para ese hipotético progreso social. En la práctica, el procedimiento escogido es la persuasión. El recurso de la persuasión para conseguir que las personas se comporten según se ha diseñado, desvirtúa la justificación del marco capitalista original.

En definitiva, los mercados son espacios de incertidumbre, donde se juega con una información incompleta y con las emociones a flor de piel. Los agentes del mercado (consumidores, productores, inversores, prestamistas…) se comportan con tendencias irracionales y juicios imperfectos, generando un resultado colectivo que alimenta aún más la incertidumbre. Es cierto que muchos agentes del mercado sabían lo que iba a ocurrir, si bien no podían asegurar cuándo explotaría. Estos agentes han intentado provocar y aprovechar las oportunidades mientras han tenido lugar. E, incluso, han conseguido transformar amenazas y pérdidas en importantes beneficios. En otros términos, estos agentes aprovecharon un contexto de decisiones irracionales para obtener beneficios mediados por la ambición, esperando irracionalmente que la situación se prolongará indefinidamente aún sabiendo que es imposible. La irracionalidad ha permitido violar las leyes de la lógica, construyendo una percepción colectiva de bonanza sobre una base real de catástrofe.

El concepto de clase social es incómodo en una sociedad que desea concebirse como justa. Nació en el contexto de la diferenciación según el papel de la persona en la escala de producción. Si bien las clases siguen existiendo e incluso se han perfeccionado, su visibilidad es difusa y su protagonismo ha sido sustituido por el estilo de vida, de tal forma que ya no es la producción sino el consumo lo que protagoniza los procesos de construcción de la autopercepción individual de pertenencia a una determinada clase. Esta dinámica ha entrado en un ciclo donde las clases más privilegiadas se ven obligadas a diseñar consumos cada vez más extravagantes que consigan mantener un estilo de vida claramente diferenciador e inaccesible. Las clases medias, por su parte, se embarcan en procesos de imitación que permiten diseñar estéticas de cambio de clase enteramente situadas en la dimensión de lo intangible. Las personas más pobres y marginadas permanecen en un doble juego. Por un lado, se encuentran invisibilizadas ante las demás. Por otro, gracias a los medios de comunicación, acceden a los mismos procesos persuasivos que construyen en ellas deseos inaccesibles, de tal forma que nutren ciclos de delito, exclusión y marginación.

Los estilos de vida cuentan con una fuerte resistencia al cambio, una fuerte tendencia a la inercia. La crisis surge como resultado de un proceso de inercia, un ciclo de retroalimentación positiva que sólo podía evolucionar hacia una explosión. Las llamadas soluciones se insertan en abundar en el mismo modelo que generó la crisis. Para ello, el diseño cuenta con el apoyo de las víctimas de la crisis, que no desean modificar su propio estilo de vida, generalmente como un eterno proyecto inacabado. Dado que el consumo se basa en la insatisfacción y la necesita para existir, los estilos de vida construidos a partir del consumo requieren un estado continuo de insatisfacción que se justifica a sí mismo. Para lograr la insatisfacción es necesario abundar en el mismo estilo de vida que se está construyendo, puesto que la justificación que lo mantiene es precisamente la necesidad de satisfacción. La apuesta por tales estilos de vida tiene mucho que ver con el mecanismo de la decisión emocional, puesto que las personas se aferran a sus decisiones, aunque observen pérdidas que pueden ser relativizadas, antes que lanzarse a un contexto de fuerte incertidumbre.

Es común pensar y sentir en negativo frente a una crisis. Se ceba invariablemente en los eslabones más débiles de la cadena económica y social. Pero las crisis constituyen una excusa excelente para los sectores más privilegiados, de tal forma que son aprovechadas para obtener beneficios tanto en términos monetarios a corto plazo, como especialmente en términos de más privilegios a medio y largo plazo. Para conseguir este efecto, la crisis necesita dar forma a un enemigo, construir un discurso similar al de un enfrentamiento armado y aplicar la lógica del estado de excepción. Se pone entonces en marcha un esfuerzo considerable de propaganda similar a la que se activa ante una amenaza bélica. El enemigo es como el diablo, tal y como se define a otros enemigos política y económicamente rentables como es el caso del terrorismo: es malo por naturaleza, más poderoso de lo que podamos imaginar en un primer momento, se encuentra disperso o difuminado, muestra un comportamiento imprevisible y se requiere un gobierno fuerte capaz de tomar medidas incluso impopulares con tal de salvarnos.

En el asunto de la crisis, el enemigo podría ser identificado sin problemas dentro de los agentes de los mercados financieros, principalmente los bancos y toda la estructura que los rodea y que es generada por ellos: paraísos fiscales, agencias de rating, fondos de inversión, etc. Sin embargo, el enemigo al que se ha dado forma, que no atenta contra el orden financiero establecido, es difuso e inhumano: una desestabilización de origen cíclico, un mal comportamiento del sistema sin culpables definidos, una triste cadena de acontecimientos que constituye un estado temporal al que hay que superar con cierto sacrificio, un efecto indeseable de la deseable globalización economicista. Los agentes a los que se echa la culpa son, desde hace tiempo, elementos que residen fuera de lo humano pero que son humanizados: la inflación, el déficit, la deuda, la estabilidad financiera, el crecimiento económico, la confianza en los mercados, etc. El discurso se instala en un imaginario bélico. El enemigo nos ataca, afectando en lo más profundo de la cotidianidad. Para defendernos del enemigo y conseguir el único resultado admisible, la victoria, es necesario poner en marcha una serie de medidas trascendentes que pasan por la unidad nacional. Nos atacan a todos y todos hemos de permanecer unidos para vencer al enemigo. La disidencia es observada, descrita y tratada como un acto antipatriótico. En su conjunto, el discurso da forma (simbólica y tangible, con leyes, decretos y resoluciones) a un estado de excepción.

En un estado de excepción, por definición, se toman medidas excepcionales. La población debe hacer un sacrificio que afecta al poder adquisitivo, al trabajo, a diversos derechos y a cualquier elemento que, en esta situación excepcional, pudiera suponer un obstáculo para el objetivo prioritario de vencer en la contienda. Toda la función protectora del Estado se comprime en la victoria, lo que implica abandonar toda protección no directamente relacionada. Cuando finaliza una guerra, concluye el estado de excepción. No obstante, siempre quedan secuelas permanentes que afectan al funcionamiento de las estructuras locales. En este momento de crisis, al igual que en prácticas anteriores, la excepcionalidad es la puerta para la permanencia. Los nuevos funcionamientos, con carácter de norma, llegan para quedarse. Aparecen en el discurso de la necesidad temporal, pero el modo en que se instauran normativamente y su especie de jurisprudencia, constituyen garantías de permanencia para el funcionamiento futuro del sistema. Así ocurre con las medidas que están poniéndose en marcha y que afectan a la estabilidad laboral, las pensiones, la transformación de las cajas de ahorro, la privatización de servicios públicos, etc.

Las soluciones ya han contribuido positivamente al engrandecimiento del monstruo. Cuando las medidas que se toman son tan graves y trascendentes, cuando los discursos políticos quedan abarrotados de referencias al asunto, el enemigo queda irremediablemente configurado como un ente monstruoso que, en el caso de la crisis, ha superado con mucho su envergadura original. Si el surgimiento de la crisis bebe de la reducción del Estado, la desregulación y la sobrepresencia del financierismo, las llamadas “soluciones a la crisis” abundan más en lo mismo, sembrando la siguiente rotura socioeconómica. Sin embargo, a pesar de ser medidas contraproducentes, el favor popular está parcialmente garantizado gracias, además de otros recursos psicológicos, al discurso del estado de excepción. Niklas Luhmann, sociólogo alemán, dice que lo  es fundamental para entender mejor la crisis es que las personas admitimos cierta dosis de manipulación siempre y cuando se lleve a cabo dentro de márgenes de confianza. Es decir, que podamos aceptar que esa manipulación no se va a llevar a cabo con tal envergadura o de tal forma que llegue a desmontar el andamio de la confianza y se venga abajo.

La confianza dentro de cada mercado permite que sus agentes realicen intercambios conociendo las consecuencias y moviéndose, por tanto, con cierta seguridad en un contexto de incertidumbre. Es un elemento psicológico fundamental en economía. Por eso, no basta con invertir, arriesgar capital, realizar intercambios, estudiar los mercados… es del todo imprescindible dar confianza, trabajar y hacer crecer la confianza. Si es necesario manipular, se manipula. Es más, aceptamos que sea necesario, ya que en el núcleo del sistema se sabe que la manipulación es una práctica imprescindible mientras que manejemos bien su codificación, su límite y no resulte contraproducente.

Las agencias de calificación que apoyaron y dieron informes favorables a los bancos que quebraron en los inicios de la crisis se especializan ahora en cargarse la economía europea. Cada vez que se produce una subasta de deuda en cualquiera de los países periféricos suele ocurrir que hay un informe previo de alguna de las agencias que rebaja el rating de la economía. Ocurrió con Grecia, con Portugal y con España. El precio de los bonos se dispara, el Tesoro ha de subir el interés y los inversores que saben de lo que va la cosa sacan su beneficio. José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney, apunta: Es una auténtica barbaridad de que no se tenga en cuenta los esfuerzos realizados por Portugal. Este país no está peor que hace dos meses que fue cuando se hizo la última valoración y menos, para ser rebajada en cuatro escalones”.  La Unión Europea en pleno ha criticado a las agencias pero sin embargo, no toma decisiones al respecto. El monopolio de la calificación está en manos de agencias americanas controladas por los grandes inversores americanos y sus informes benefician de modo abusivo a sus patrimonios. El mismo Díez señala: Es una ironía que digan que las cosas van mal porque lo dice el mercado, cuando es el propio mercado el que toma sus decisiones en función de lo que dicen las agencias”. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Muchas personas se indignaban porque el gobierno español no reconocía que estábamos entrando en un periodo de crisis. Es normal. El presidente del gobierno estaba intentando manipular el discurso siguiendo las reglas del juego. Su responsabilidad, en este contexto a mitad de camino entre una ruleta y un tablero de ajedrez, era velar por la confianza. Debía salir a los medios, sonreír y afirmar que nada está pasando. Los diversos representantes políticos del gobierno han seguido el mismo principio cada vez que algún elemento del panorama económico podría ser forzado como argumento de confianza, como la desaceleración en la bajada de los precios de la vivienda, la recuperación de los bancos más poderosos o los resultados positivos de la bolsa. El gobierno español admitió la palabra crisis tiempo después de que el nivel de manipulación hubiera superado el límite de la efectividad. En estos momentos, el ejecutivo se concentra en hablar más de confianza que de crisis. La oposición no jugaba en la misma dimensión. Si se hubiera aliado con el gobierno, habría aumentado la potencia manipuladora y mantenido la confianza más tiempo, incluyendo no sólo a los consumidores sino al resto de los agentes de los mercados, en diferente medida. Sin embargo, optó por la rentabilidad política que podría derivarse de una hecatombe económica.

 

La tasación es un arte de magia especulativa, donde los agentes deben ponerse más o menos de acuerdo en la cuantía del invento. Si la tasación se centrara en aspectos tangibles únicamente, como las dimensiones de la vivienda, el trabajo sería relativamente sencillo. Sin embargo, desde el momento en que el precio de las viviendas tenía ya poco que ver con el coste de los materiales o de la mano de obra y entraba de lleno en el mercado de la confianza, los tasadores se convirtieron, al mismo tiempo, en medidores y productores de precio, a las órdenes de las entidades bancarias que parieron a las entidades de tasación. Las agencias de rating se han ocupado de cuantificar la confianza, como lo hacen los tasadores de viviendas. Pero, en esta ocasión, a lo grande. Las agencias de rating se encargan de medir la confianza de operaciones financieras, valores intercambiables en fondos de inversión, solvencia de deuda pública, etc. Han superado con creces la capacidad de inventiva de otros mecanismos económicos y se han dedicado a construir precios, contribuyendo decisivamente a la hecatombe hipotecaria. En su origen aparecieron como empresas especialistas en evaluar riesgos y valores intangibles en transacciones de todo tipo, sin que su trabajo llegara al gran público pero abriéndose un hueco cada vez más imprescindible en las decisiones financieras de las empresas. En la actualidad, además de una fuerte diversificación, han tomado un poder fundamental para la dinámica de los capitales financieros. Conscientes de su poder, estas agencias manipuladoras de volátiles intangibles, tienen una repercusión fundamental en la esfera pública. En el momento en que la burbuja hipotecaria se encontraba ascendiendo, estas agencias se dedicaban a dar el visto bueno a productos invendibles porque su papel etéreo consistía en poner un sello de confianza a transacciones que no deberían albergar ninguna confianza. Su comportamiento estaba justificado porque era lo que las entidades bancarias, relacionadas en cierta manera con las agencias de rating, necesitaban. Inventaron una criatura que debía repetir “¡adelante!”. Ahora, tras explotar la burbuja y demostrarse el juego, estas agencias, en lugar de venirse abajo, han reforzado su protagonismo en otro papel trascendente: evaluar la solvencia de los Estados en la emisión de deuda pública. Su comportamiento previo sería más que suficiente como para no creer más en ellas. Sin embargo, no obedecen a los Estados ni a los mercados, sino a las mismas entidades financieras que provocaron la catástrofe y que ahora les requieren para generar dudas de solvencia que permitan grandes beneficios en la financiación de la deuda.

Las agencias de rating constituyen un excelente ejemplo de manipulación de la confianza en un escenario que las entidades financieras han conseguido construir con un nivel de tolerancia a la manipulación asombrosamente alto. Los efectos de la confianza en los mercados van más allá de un lubricante para el flujo de transacciones. Constituye, entre otros efectos, una materia prima fundamental para el teorema de Thomas: “si la gente cree que algo es real, termina teniendo consecuencias reales”. El panorama descrito hasta este momento dibuja con facilidad un mapa decepcionante. Parecemos gotas de agua a merced de una corriente a la que es imposible controlar. Se podrían mencionar muchas cosas, muchas palancas para mover el mundo desde una perspectiva psicológica. Pero podemos partir de un concepto fundamental, no sólo porque puede definir bien el objetivo y la materia del trabajo psicológico, sino porque permite aunar esfuerzos con otras perspectivas del conocimiento: el bienestar.

Aunque nadie tiene la fórmula mágica, yo tengo mis propias ideas sobre quiénes aportan posibles soluciones al enorme embrollo en que nos encontramos inmersos. Uno de ellos es Joseph Eugene Stiglitz, que es un economista y profesor estadounidense que ha recibido el Premio Nobel de Economía de 2001. Es conocido por su visión crítica de la globalización, de los economistas de libre mercado, a quienes llama “fundamentalistas de libre mercado“, y de algunas de las instituciones internacionales de crédito, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. En 2000 Stiglitz fundó la Iniciativa para el diálogo político, un centro de estudios (think tank) de desarrollo internacional con base en la Universidad de Columbia (EE. UU.). Es considerado generalmente como un economista neokeynesiano.

Joseph Stiglitz estuvo recientemente en España. En la calle (con el movimiento 15 M) y con los estamentos políticos. A los indignados les dijo que tienen razón, ya que hoy en día gobiernan el mundo las malas ideas. Que las recetas de los neoliberales son las que se imponen en la academia y en los despachos de los dirigentes políticos. Pero frente a las malas ideas no basta la protesta, ya que les dijo que hay que aportar buenas ideas. Los indignados le preguntaron cuáles son las buenas ideas alternativas a las que se están imponiendo y Stiglitz les dijo algunas que ya ha expresado en sus libros y sus artículos periodísticos o en revistas especializadas.

Básicamente sostiene Stiglitz que los gobiernos no deberían hacer caso de las agencias de calificación. Recuerda que estas agencias califican bonos pagados por los propios dueños de las agencias. También sostiene el Nobel de Economía 2001 que estas agencias que son escuchadas por los gobiernos son las mismas que habían dado la mejor nota a las hipotecas subprime de Estados Unidos horas antes de que estallara la burbuja financiera norteamericana. Sostiene Stiglitz que los gobiernos y el Banco Central Europeo están haciendo dejación de sus responsabilidades cuando tienen en cuenta las calificaciones que hacen agencias privadas. Dice el autor de “El malestar de la Globalización que no se entiende la permanente insatisfacción de los mercados. Y recuerda que los inversores son jugadores en esta economía de casino y consideran que si especulan ponen a prueba a Europa y ganarán más dinero al final. La compra de credit default swaps (CDS) por bancos británicos y norteamericanos ha provocado un enriquecimiento de estas entidades financieras a costa de la crisis de la deuda de los estados europeos. Un credit default swap o permuta de incumplimiento crediticio es una operación financiera de cobertura de riesgos, incluida dentro de los derivados de crédito que se materializa mediante un contrato de swap sobre un determinado instrumento de crédito.

Sostiene Stiglitz que las recetas de los conservadores que hablan de bajar impuestos y recortar los gastos sociales nos llevarán al desastre. El exdirector del Banco Mundial considera que hay que usar las políticas fiscales para lograr la recuperación económica. Esas políticas pasan por subir impuestos a los que más ganan y bajarlo a las rentas más bajas. Desde el Estado también se puede estimular la economía apoyando a las empresas que crean empleo y retirando el respaldo a las que lo destruyen. Opina Stiglitz que aunque Alemania tiene un gobierno conservador ha podido salir antes de la crisis porque no ha destruido su sistema de protección social. El economista compara la reacción alemana con las políticas en Estados Unidos. Dice que hace cinco años que estalló la crisis en su país y como tienen un mercado laboral demasiado flexible el coste social de la crisis es mayor. El autor de “Los felices noventaapunta que uno de cada seis norteamericanos aspira a tener un empleo a tiempo completo y no lo logra.

Sostiene Stiglitz que Europa debe construir un sistema fiscal unitario, que le permita pedir a un interés bajo como el que logra Estados Unidos (en torno al 1 %). Pero esto no interesa a lo que llamamos mercados, porque ganarían menos. Pero Joseph Stiglitz no es un revolucionario con planteamientos anticapitalistas. Si estuviera en esas posiciones no hubiera llegado a los mandos del Banco Mundial ni habría sido reconocido con el Premio Nobel. Stiglitz plantea unas recetas realmente socialdemócratas, que defienden el Estado social y de Derecho. Que recuerdan que, según las propias constituciones liberales, el papel del Estado es redistribuir la riqueza, y no socializar las pérdidas y privatizar los beneficios. Para los socialistas históricos, Joseph Stiglitz sería un liberal. Pero hoy vivimos esa paradoja. La gente del movimiento 15 M están en la calle para pedir al gobierno que aplique recetas socialdemócratas. Y en 2011, ante la dictadura de los especuladores que dirigen las políticas económicas, lo que sostienen Stiglitz y el 15 M, en este contexto histórico, puede considerarse una verdadera revolución.

 

Como hemos indicado que Joseph Stiglitz es un economista neokeynesiano,  explicaremos algo sobre  el  Keynesianismo. Es una teoría económica basada en las ideas de John Maynard Keynes, tal y como plasmó en su libro “Teoría general sobre el empleo el interés y el dinero”, publicado en 1936 como respuesta a la Gran Depresión de 1929. La economía keynesiana se centró en el análisis de las causas y consecuencias de las variaciones de la demanda agregada y sus relaciones con el nivel de empleo y de ingresos. El interés final de Keynes fue poder dotar a unas instituciones nacionales o internacionales de poder para controlar la economía en las épocas de recesión o crisis. Este control se ejercía mediante el gasto presupuestario del Estado, política que se llamó política fiscal. La justificación económica para actuar de esta manera, parte sobre todo, del efecto multiplicador que se produce ante un incremento en la demanda agregada.

Keynes refutaba la teoría clásica de acuerdo a la cual la economía, regulada por sí sola, tiende automáticamente al pleno uso de los factores productivos o medios de producción, incluyendo el capital y trabajo. Keynes postuló que, en ciertas situaciones, y contrario a lo planteado por la visión clásica, es económicamente racional no gastar dinero. Por ejemplo, si los precios están bajando es racional no comprar hoy porque con el mismo dinero se comprará más la semana que viene. Por el mismo motivo, disminuye la cantidad de gente interesada en utilizar préstamos (los ahorros de otros): si los precios bajan, no solo se comprará más la semana que viene sino que las tasas de interés, sueldos, etc. serán menores. Igualmente, una baja del empleo o de los salarios -amenazando futuros ingresos- puede llevar a otra baja en la demanda, y por lo tanto a una baja en la producción, llevando a su vez a más desempleo. En una situación de competencia imperfecta, como lo es en realidad el sistema capitalista, sucede que las empresas pueden aumentar sus ingresos ya sea bajando precios a fin de producir y vender más o produciendo menos pero manteniendo o incluso incrementando los precios.

Si se incrementan los precios implica menos demanda, por lo que los recursos no son plenamente empleados. Esto explica perfectamente el gran desempleo observado en ciertas circunstancias, específicamente, durante la gran depresión del 29, al mismo tiempo que el mantenimiento o incluso incremento de la tasa de ganancia en algunas empresas en esos periodos. Así, sucede que la economía establece un punto de equilibrio nuevo donde convive perfectamente en una situación lejana de la utilización óptima de los medios de producción. Específicamente, durante la Gran Depresión de 1929, con una alta tasa de desempleo. Así pues, dado que la relación “ahorro igual a la inversión” no se establece solo o automáticamente a través de la acción del mercado y esa falla tiende a resultar en crisis, parecería conveniente encontrar alguna manera de armonizar esas variables. Keynes postula que la única fuerza capaz de hacer eso es el Estado.

Si la propensión a consumir es débil y las oportunidades de inversión no son atrayentes, una parte del ingreso que no se consume tampoco se invertirá y la demanda efectiva se reducirá, por lo que la economía se contraerá y el nivel de empleo descenderá. De manera que, como el ahorro y la inversión no siempre están en equilibrio, al Estado le corresponde actuar para asegurar el nivel de inversión necesario para multiplicar la actividad económica y garantizar el pleno empleo. En términos prácticos, y para contrarrestar la espiral negativa de la crisis del 29, Keynes proponía que en momentos de estancamiento económico, el Estado tiene la obligación de estimular la demanda con mayores gastos económicos, de manera que consideró la política fiscal como un instrumento decisivo.

Teóricamente, hay tres maneras que el Estado puede financiar esos gastos: Aumentando los impuestos; “Imprimiendo” más dinero  (si tiene control sobre la moneda);  y mediante el endeudamiento fiscal o uso del dinero que la población está ahorrando. Keynes basa sus sugerencias sobre un dinero con valor relativamente estable, por lo que no es partidario del incremento indiscriminado en su “impresión“.  Aunque para Keynes el incremento de impuestos era legítimo si se orientaba al aumento de la inversión pública y de la demanda, consideraba mas apropiado financiar el incremento del gasto fiscal a través del endeudamiento, dedicando los impuestos recaudados al pago posterior de la deuda.  El otro lado de esa política es que el Estado debe pagar esa deuda cuando sus ingresos aumenten, debido al incremento por ingresos de impuestos cuando eventualmente haya una expansión en la economía. En otras palabras, la propuesta de Keynes es que el Estado debe jugar en general un papel contra-cíclico en la economía: estimulando la demanda en momentos de recesión y restringiéndola en momentos de auge. De esta manera, los ciclos económicos se aminoran y no se transforman en crisis.

Dentro de la coyuntura histórica, económica y política, el keynesianismo, y sus proyectos consecuentes como el Estado de Bienestar y el desarrollismo, dio a los dirigentes mundiales la oportunidad de salvar la democracia, cuya existencia llegó a verse amenazada debido al auge de las dictaduras, producto de la incapacidad del liberalismo clásico de resolver la crisis. Debido a esta razón los principios del keynesianismo fueron aplicados de una u otra manera en gran parte de los Estados occidentales desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta que en los años 70 un nuevo tipo de crisis llevó a su cuestionamiento y al resurgimiento de aproximaciones clásicas bajo el neoliberalismo.  Desde el punto de vista del propio Keynes, y a nivel de la Economía política, el punto central de su teoría se basa en una percepción derivada tanto de Marx como de Schumpeter. Ambos pensadores consideran que la crisis es, en el medio y largo plazo, una parte intrínseca del sistema capitalista y que, eventualmente, lo destruirán. Ambos pensadores permiten entonces a Keynes sugerir que el sistema clásico delineado por Adam Smith solo puede referirse a una etapa y momento específico en el cual el capitalismo se estaba desarrollando. Pero que, en general, ese desarrollo no puede existir sin la crisis y no puede dar prosperidad a unos si es que no se está explotando a otros.

Pero si aceptamos que las crisis son parte inherente del capitalismo, la eliminación de ellas demanda medidas que vayan más allá de este sistema. En palabras de Keynes: “solo el Estado puede restaurar los equilibrios fundamentales“. Y la participación del Estado implica un movimiento hacia el socialismo. El problema, al menos para algunos, es que por un lado él desea que esa transformación sea democrática  y por el otro, cree que para eso se necesita un nivel de comprensión y control sobre la economía que en su tiempo no existía. El cambio del sistema de propiedad de los medios de producción no basta para resolver los problemas de la economía. Keynes dijo en 1926, como respuesta a la proposición de que lo que se necesitaba era la “insurrección proletaria“: “Nos hace falta, más que nunca, un esquema coherente… Todos los partidos políticos tienen sus orígenes en ideas del pasado, no en nuevas y ninguno más notoriamente como los de los marxistas. No es necesario debatir las sutilezas de lo que justificaría a un hombre promover su evangelio por la fuerza, porque nadie tiene ese evangelio. El próximo movimiento es con la cabeza, pero primero debemos esperar”.

La propuesta que Keynes eventualmente produjo es la eliminación del poder de la escasez del dinero, situación usada y exacerbada, en su opinión, por la acción de los especuladores, financistas o capitalistas a través de la acumulación que les permite demandar altas tasas de interés por su uso, lo que lleva, en su opinión, al “poder progresivamente opresor de los capitalistas para explotar el valor de la escasez del capital“. Esa eliminación se basa en dos medidas fundamentales: el abandono definitivo del oro como moneda y su reemplazo con el sistema de divisa moderna, que se podría llamar dinero fiduciario pero que puede ser vista como un paso hacia la concepción del dinero como unidad de cuenta. La otra medida complementaria fue poner el rol de emisor del dinero y control sobre la Tasa de interés en el Estado a través del banco central.

Estas propuestas fueron generalmente adoptadas a nivel mundial con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial a nivel de los países. Pero su corolario lógico, la adopción de un sistema monetario común independiente de los gobiernos individuales,  no lo fue. El propio Keynes no ve esa propuesta de acción estatal, de utilización de los ahorros privados en beneficio común, como novedosa o extraordinaria en si misma. El solo propone utilizar esa aproximación más generalmente, ya que en el pasado la finanza ortodoxa ha considerado la guerra como la única excusa legítima de crear empleo a través del gasto gubernamental. En una carta abierta al Presidente Roosevelt, Keynes le dice: “Sr. Presidente, tiene libertad para utilizar en el interés de la paz y prosperidad esas técnicas que con anterioridad sólo se les ha permitido servir los propósitos de la guerra y la destrucción”.

La literatura económica neoclásica tradicional asume que los mercados son siempre eficientes excepto por algunas fallas limitadas y bien definidas. Los recientes estudios de Stiglitz y otros más revocan esa presunción: es solo bajo circunstancias excepcionales que los mercados son eficientes. Stiglitz muestra que “cuando los mercados están incompletos y/o la información es imperfecta (lo que ocurre prácticamente en todas las economías), incluso en un mercado competitivo, el reparto no es necesariamente eficiente”. En otras palabras, casi siempre existen esquemas de intervención gubernamental que pueden inducir resultados superiores, beneficiando a todos. Aunque estas conclusiones y la generalización de la existencia de fallas de mercado no garantiza que la intervención del Estado en cualquier economía sea necesariamente eficiente, deja claro que el rango “óptimo” de intervenciones gubernamentales recomendables es definitivamente mucho mayor que lo que la escuela tradicional reconoce.

El verdadero debate hoy en día gira en torno a encontrar el balance correcto entre el mercado y el gobierno. Ambos se considera que son necesarios. Cada uno puede complementar al otro. En una entrevista, Stiglitz explicó: ”Las teorías que desarrollamos explican por qué los mercados sin trabas, a menudo, no sólo no alcanzan justicia social, sino que ni siquiera producen resultados eficientes. Por determinados intereses aún no ha habido un desafío intelectual a la refutación de la mano invisible de Adam Smith: la mano invisible no guía ni a los individuos ni a las empresas -que buscan su propio interés- hacia la eficiencia económica“.  Stiglitz se enmarca también entre aquellos economistas que critican la hegemonía del PIB entre los indicadores económicos: “…solo compensa a los gobiernos que aumentan la producción material. […]. No mide adecuadamente los cambios que afectan al bienestar, ni permite comparar correctamente el bienestar de diferentes países'[…] no toma en cuenta la degradación del medio ambiente ni la desaparición de los recursos naturales a la hora de cuantificar el crecimiento. […] esto es particularmente verdadero en Estados Unidos, donde el PIB ha aumentado más, pero en realidad gran número de personas no tienen la impresión de vivir mejor porque sufren la caída de sus ingreso”.

Entonces, ¿qué nos depara el futuro? ¿Qué alternativas tenemos? ¿Servirán de algo las medidas que están tomando los gobiernos? Una cosa está clara: mientras no se curen las causas de la crisis, ésta seguirá avanzando. Ahora ya han caído varios bancos y es muy posible que sigan cayendo muchos más, e incluso, después de ellos, se desplomen  fondos de inversión y de pensiones. Los planes de gasto público pueden compensar parcialmente la pérdida de empleos,  pero su coste, que recaerá sobre los más débiles y sobre las generaciones futuras, será inmenso si no se cura la infección. Y, mientras tanto, los bancos siguen sin abrir la financiación a empresas y particulares. Pero los gobiernos miran hacia otro lado y aplican rebajas fiscales a los banqueros y grandes propietarios. Es evidente que no se podrá salir de la crisis si no es con otro tipo de medidas.

¿Qué se puede hacer? Para hacer frente a la crisis hay que tomar medidas urgentes y directas para evitar la sangría que está provocando la falta de financiación. El problema es que no se trata solo de intervenir los bancos para enjugar sus pérdidas y luego devolverlos “limpios” a sus propietarios. Lo que ahora se pone de evidencia es el gran error de  haber renunciado a la banca pública. Hay que reivindicarla. Pero la crisis también enseña que no basta con que haya bancos u organizaciones públicos de intervención. Lo público no es en sí mismo lo mejor. Lo que hay que lograr es que el imprescindible espacio financiero público responda a una lógica diferente a la del privado. Por ejemplo, las cajas de ahorros españolas se supone que son públicas, pero en su inmensa mayoría no han hecho sino clonar la experiencia y la lógica bancaria privada. No es eso lo que se necesita, sino  una nueva lógica financiera internacional.

Si de verdad se quisiera atajar la crisis y los efectos destructivos que produce la especulación generalizada, habría que establecer una nueva lógica financiera al servicio del capital productivo, que evite la especulación y que esté bajo el directo control de la sociedad a través de organismos transparentes y democráticos. En segundo lugar, habría que aumentar urgentemente la cuantía de los planes de gasto público. Pero tampoco valdrá cualquier tipo de gasto. Es necesario que se trate de recursos orientados a transformar el modelo de crecimiento fortaleciendo la innovación social,  la formación y la  sostenibilidad. Estos fondos públicos deben estar a disposición preferente de las empresas que creen empleo y procurar que no sea inversión despilfarradora. Y para financiarlos, deben establecerse  impuestos extraordinarios en todos los países sobre las grandes fortunas, sobre los movimientos especulativos y los beneficios extraordinarios. Pero en cualquier caso, la crisis no podrá resolverse con medidas a escala nacional, ya que entonces las inversiones si irían a otros países.

Es evidente que la crisis ha afectado a las bases esenciales de la economía capitalista y por ello es imprescindible modificar las bases del sistema económico y financiero actual. Desgraciadamente, sin estar ocupando puestos de responsabilidad pública, es muy fácil hacer proclamas radicales y decir que lo que hace falta es sustituir el capitalismo por el socialismo. Pero, además de que esa retórica quizá no la comparta sino una parte muy pequeña de la población, la cuestión consiste en crear las condiciones de concienciación y movilización social que obliguen a tomar medidas con otra orientación. En ese sentido, es en el que hay que poner sobre la mesa demandas sociales como las que vienen planteando algunos movimientos y organizaciones sociales, a saber: el control de las finanzas y del poder de los mercados mundiales.  En primer lugar, hay que reformar el sector bancario y someterlo a mucho mayor control para garantizar que funcione únicamente supeditado a las necesidades de la economía real, garantizando la presencia, como se ha dicho, de espacios financieros públicos con la adecuada coordinación internacional.

También  habría  que regular los mercados financieros, haciendo absolutamente transparentes las transferencias y prohibiendo las especulaciones irracionales. Es verdad que una tasa como la que en su día propuso Tobin no afecta seguramente a la lógica central del sistema y que éste podría seguir funcionando incluso con ella.  La tasa Tobin o ITF (Impuesto a las transacciones financieras) es una propuesta de impuesto sobre el flujo de capitales en el mundo sugerido a iniciativa del economista estadounidense James Tobin en el año 1971, quien recibió el Premio Nobel de Economía en 1981, cuya implantación está siendo considerada con motivo de la crisis económica actual. Los ingresos que produciría este impuesto podrían ser una importante fuente de financiación para combatir la pobreza en el mundo. Pero los liberales lo consideran una medida intervencionista especialmente perniciosa al obstaculizar el libre comercio, perjudicando según ellos a los países más pobres y presentando enormes dificultades de recaudación, gestión y utilización de los fondos.

Habría que establecer nuevas normas que regulen y disciplinen las actividades financieras y garanticen la financiación para la actividad productiva. Entre ellas, control de los movimientos de capital, eliminación total de los paraísos fiscales, establecimiento de Impuestos internacionales y creación de instituciones internacionales democráticas. Asimismo, hay que poner en cuestión el papel del dólar como moneda dominante en la economía mundial. La economía mundial no puede seguir funcionando sobre un principio que es intrínsecamente contraria a cualquier propósito de coordinación internacional y de democratización de las instituciones. Y aquí viene la parte más difícil de la solución: para poder aplicar todo esto, habría que crear o reinventar un nuevo organismo internacional plenamente democrático, no influido por los lobbies y los grupos de poder actuales, que sea el encargado de tomar las medidas acordadas.

Tal como hemos indicado anteriormente, lo que hay detrás de la crisis es la especulación financiera que ha llegado a ser gigantesca. Pero los capitales se han ido yendo a la esfera financiera especulativa porque allí tienen más rentabilidad relativa. Hay que evitar que la especulación sea más rentable que la actividad que crea riqueza. Para eso hay que penalizar la especulación y sus beneficios, y hacer que los mercados reales sean más dinámicos y rentables. Y para que esto último sea posible es necesario que haya mucha más demanda y mucha mayor capacidad de compra: para ello hay que subir los salarios reales, en lugar de bajarlos, como está sucediendo. De hecho, fue su caída en los últimos años lo que disminuyó la demanda, y con ella las ventas, la producción y la rentabilidad de la economía productiva. Pero las medidas y políticas necesarias no se podrán adoptar mientras que el poder esté en manos de los banqueros, de los grandes financieros y de los grandes propietarios. Para que haya una economía diferente es necesario que los ciudadanos tengan el suficiente poder para asegurar que sus preferencias, democráticamente expresadas, se conviertan en decisiones.

Lo que hoy día sucede es totalmente lo contrario. La crisis está mostrando el lado inmoral e inhumano de muchas actividades financieras y económicas. En nombre del beneficio se permite todo. Hay billones de euros para ayudar a los bancos y no para evitar que cada día mueran miles de personas de hambre. Las crisis seguirán produciéndose y con ellas el sufrimiento innecesario de millones de seres humanos si no logramos que lo inmoral sea inaceptable y si la ética del respeto a la vida y de la cooperación no se impone sobre la del beneficio. No sufrimos solo una crisis económica. No nos engañemos, es la crisis de un sistema social y económico, de nuestra civilización, de una humanidad que se ha pervertido a sí misma solo para que una minoría se harte de ganar dinero. Y, con un número importante de gente cuyo mayor objetivo es intentar formar parte de esta élite. Pero cambiar  la situación actual,  enfrentándose a los grandes poderes que controlan la economía global, además de cambiar la cultura económica de la gente, se me antoja una misión casi imposible. Y en este “casi” está la fórmula.

agosto 2, 2011 - Posted by | Economía | , , ,

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