Oldcivilizations's Blog

Antiguas civilizaciones y enigmas

Hechos misteriosos despreciados por la ciencia ortodoxa


El retorno de los brujos” (original “Le Matin des Magiciens“) es el título de un magnífico libro publicado en 1960, subtitulado “Una introducción al realismo fantástico“. Lo escribió Louis Pauwels en colaboración con Jacques Bergier y trataba temas entonces novedosos: supuestos fenómenos parapsicológicos, civilizaciones desaparecidas, el esoterismo y su conexión con el nazismo. Lo que explico en este artículo está basado en algunos de los relatos de estos escritores.

Charles Hoy Fort (1874 a 1932) fue un investigador estadounidense, conocido por dedicarse al estudio de hechos supuestamente no solucionados por la ciencia de su época. El libro de los condenados”, su obra más conocida, es una colección de hechos despreciados por la ciencia ortodoxa. Recopiló y publicó un catálogo con 25 mil entradas de fenómenos inexplicables hasta entonces, que iba clasificando en cajas de zapatos, como son lluvias de ranas, precipitación de grandes trozos de hielo, barro, carne y azufre; nieve negra; bolas de fuego; cometas caprichosos; desapariciones misteriosas, meteoritos con inscripciones extrañas; ruedas luminosas en el mar; lunas azules; soles verdes; aguaceros de sangre. Fort, como los científicos que criticaba, reivindicaba la supremacía de “los hechos”. EL magnífico escritor H. P. Lovecraft consideraba a Fort uno de sus maestros. Y autores de ensayos antropológicos como Pauwels y Bergier reconocen haber utilizado el método fortiano de búsqueda para gestar su famosa obra, antes mencionada, “El retorno de los brujos“.

 

Tanto su personalidad, como las ideas que trabajó a lo largo de su vida, atrajeron el interés de sus coetáneos, hasta el punto que un grupo de intelectuales británicos fundó la “Sociedad Charles Fort”, que publicaría la revista Doubt (Duda), recopilando los trabajos del archivero y muchos de sus “hechos condenados”. Tanto la revista como la sociedad desaparecieron en 1959. Posteriormente, el testigo fue recogido por la International Fortean Organization, que hasta 1997 editó la revista INFO Journal. Desde entonces, esta sociedad sólo se muestra activa organizando diversos simposios y encuentros entre forteanistas. Por su parte, desde 1973 se publica en Gran Bretaña Fortean Times, una revista bimestral dedicada a las temáticas fortianas, que anualmente organiza las llamadas Fortean Times Unconventions, en las que se reúnen todo tipo de aficionados a los misterios y a los sucesos extraños. En 2005 esta publicación recibió el Premio Cuadernos de Ufología, concedido por la Fundación Anomalía en reconocimiento a su larga trayectoria en la difusión de estas materias. Quien ha mantenido viva a nivel individual la llama de los fenómenos fortianos ha sido el escritor y físico estadounidense William R. Corliss, autor de una veintena de recopilaciones de hechos presuntamente inexplicados, agrupados por temáticas, que reciben el nombre colectivo de Sourcebook Project.

 

“El libro de los condenados” es uno de los libros más asombrosos y menos convencionales que jamás hayan sido escritos.  En esta obra Charles Fort recoge algunos de los más extraños y asombrosos acontecimientos que hayan ocurrido en este mundo, hechos sobre los que la ciencia se muestra extrañamente silenciosa. Una recopilación de 1.001 fenómenos, comprobados y testificados, a los que la ciencia, no pudiendo dar explicación, ignora de un modo deliberado. Para que podáis ver la importancia que se ha dado a la obra de Charles Fort, aquí podemos reseñar algunas opiniones sobre el autor y su obra:  “Charles Fort ha llevado a cabo un terrible ataque contra la locura acumulada durante cincuenta siglos… Ha hecho unos enormes y feos agujeros en la base científica de los conocimientos modernos“, según Ben Hecht.  “Charles Fort fue el Colón de lo desconocido, el arquitecto de los OVNIS y el padre fundador de todo lo que hay de fabuloso en los confines inexplorados del Universo. El leer su obra es algo necesario para toda mente inquisitiva“, según Donald Wollheim. “Sugiero que todo aquel que piense que el nuestro es el único mundo posible se pase un fin de semana leyendo la obra de Charles Fort“, según Arch Oboler. “Charles Fort es el apóstol de la excepción y el sacerdote engañador de lo improbable“, según Ben Hetch. “Sus sarcasmos están en armonía con las críticas más admisibles de Einstein y de Surrell“, según Martin Gardner. “Leer a Charles Fort es como cabalgar en un cometa“. según Maynard Shipley. “Es la mayor figura literaria desde Edgar Allan Poe“, según Theodore Dreisler. “Una de las monstruosidades de la literatura“, según Edmund Pearson.  “Un ramo de oro para los flagelados por la crítica”, según John Winterich. “En el Libro de los condenados hay, como mínimo, el germen de seis nuevas ciencias“, según John W. Campbell.

Fort apenas salía de casa, como no fuese para ir a la Biblioteca Municipal, donde consultaba una gran cantidad de periódicos, re­vistas y anales de todos los Estados y de todas las épo­cas. En su oficina se acumulaban cajas de zapatos vacías y montones de periódicos: el American Almanach de 1833, el London Times de los años 1800-1893, el Anual Record of Science, veinte años de Philosophical Magazine, los Annales de la Société Entomologique de France, la Monthly Weather Review, el Observatory, el Meteorological Journal, etc. Usaba una visera verde, y siempre que su mujer encen­día el hornillo para el almuerzo, iba a la cocina para ase­gurarse de que no se pegara fuego a la casa. Esto era lo único que irritaba a la señora Fort, de soltera Anna Fi­lan, elegida por él por razón a su falta absoluta de cu­riosidad intelectual, y a la que apreciaba, siendo por ella tiernamente correspondido. Hasta los treinta y cuatro años, Charles Fort, hijo de unos tenderos de comestibles de Albany, había cam­peado gracias a un mediocre talento de periodista y a una verdadera habilidad para disecar mariposas. Muer­tos sus padres y liquidada la tienda, disponía ahora de una renta minúscula que le permitía entregarse exclusi­vamente a su pasión, tal como antes os he indicado: la acumulación de notas sobre acontecimientos inverosímiles y, sin embargo, com­probados. Como ejemplo de estas anotaciones podemos indicar: lluvia roja en Blankenbergue, el 2 de noviembre de 1819;  lluvia de barro en Tasmania, el 14 de noviembre de 1902; copos de nieve grandes como platos de café en Nashville, el 24 de enero de 1891; lluvia de ranas en Birmingham, el 30 de junio de 1892.

 

También registró hechos extraños como aerolitos, bolas de fuego, huellas de un animal fabuloso en Devonshire, platillos volantes, huellas de ventosas en unos montes, aparatos extraños en el cielo, caprichos de cometas, extrañas desapariciones, cataclismos inexpli­cables, inscripciones en meteoritos, nieve negra, lu­nas azules, soles verdes o chaparrones de sangre. Así llegó a reunir veinticinco mil notas, archivadas en cajas de cartón. Hechos que, no bien mencionados, habían vuelto a caer en el foso de la indiferencia. Y, sin embargo, hechos. Llamaba a esto su «sanatorio de las coincidencias exageradas». Hechos de los que uno no se atrevía a hablar. Él oía brotar de sus ficheros «un verdadero clamor de silencio». Les había tomado una especie de cariño a esas realidades incongruentes, arro­jadas del campo del conocimiento y a las que acogía en su pobre despacho del Bronx, mimándolas mientras las ordenaba. Ordenaba los datos que la ciencia ha juzgado oportuno suprimir: un iceberg vo­lante cae en pedazos sobre Rúan, el 5 de julio de 1853; carracas de viajeros celestes; seres alados a 8.000 me­tros en el cielo de Palermo, el 30 de noviembre de 1880; ruedas luminosas en el mar; lluvias de azufre, de carne; restos de gigantes en Escocia; ataúdes de pe­queños seres venidos de otro mundo, en los roquedales de Edimburgo, etc. Cuando estaba fatigado, descansaba su espíritu jugando, él solo, interminables partidas de un extraño ajedrez en un tablero de su invención compuesto de 1.600 casillas.

Después, un día, Charles Hoy Fort se dio cuenta de que aquella labor formidable no servía para nada. Inutilizable. Dudosa. Una simple ocupación de hombre maniático. Entrevió que no había hecho más que pata­lear en el campo de lo que buscaba oscuramente, que no había hecho nada de lo que en realidad tenía que ha­cer. Aquello no era una investigación. Era su caricatu­ra. Y el hombre que tanto temía el peligro de incendio arrojó al fuego sus cajas y sus fichas. Acababa de descubrir su verdadero carácter. El maníaco de las realidades singulares era un fanático de las ideas generales. ¿Qué había empezado a hacer, incons­cientemente, en el transcurso de aquellos años perdidos a medias? Acurrucado en el fondo de su grupo de mari­posas y papeles viejos, se había enfrentado con una de las mayores fuerzas del siglo: el convencimiento que tienen los hombres civilizados de que saben todo lo del Universo en que viven. ¿Por que se había ocultado Charles Hoy Fort, como si se avergonzara de algo? Es que la menor alusión al hecho de que podían existir en el Universo campos inmensos y desconocidos, turba desagradablemente a los hombres.

 

Charles Hoy Fort se había conducido, a fin de cuentas, como un maníaco. Ahora se trataba de pasar de la manía a la profecía, de la delectación solitaria a la declaración de principios. Se trataba, en adelante, de hacer obra verdadera, es decir, revolucionaria. El conocimiento científico no es objetivo. Es, como la civilización, una conjuración. Se rechaza un gran nú­mero de hechos porque trastocarían los razonamientos establecidos. Vivimos bajo un régimen inquisitorial, cuya arma más empleada contra la realidad disconfor­me es el desprecio acompañado de risas. ¿Qué es el co­nocimiento, en tales condiciones? «En la topografía de la inteligencia —dice Fort—, se podría definir el cono­cimiento como una ignorancia envuelta en risas». Ha­brá, pues, que pedir una adición a las libertades garanti­zadas por la Constitución: la libertad de dudar de la ciencia. Libertad de dudar de la evolución (¿y si la obra de Darwin no fuese más que una novela?), de la rota­ción de la Tierra, de la existencia de una velocidad de la luz, de la gravitación; etcétera. De todo, salvo de los he­chos; de los hechos no escogidos, sino tal como se presentan, nobles o innobles, bastardos o puros, con su cortejo de cosas chocantes y sus concomitancias incon­gruentes. No rechazar nada que sea real: una ciencia fu­tura descubrirá las relaciones desconocidas entre he­chos que nos parecían inconexos.

Pero, ¿qué es «El libro de los condenados», cómo nació y qué espíritu le anima? Es el propio Charles Fort quien mejor puede definírnoslo. “Comencé a escribir “El libro de los condenados” -dice Charles Fort- cuando era un niño. Estaba determinado a ser un naturalista. Leía con voracidad, cazaba pájaros y los disecaba, coleccionaba sellos, clasificaba minerales, clavaba insectos con agujas y les ponía etiquetas como las que veía en los museos. Luego me convertí en un periodista y, en su lugar, coleccioné cuerpos de idealistas en las morgues, escolares desfilando por Brooklin y presos en las cárceles, arreglé mis experiencias y las examiné como había examinado los huevos de los pájaros, los minerales y los insectos. Me asombra cada vez que oigo a alguien decir que no puede comprender los sueños o, mejor, que no ve nada especialmente místico en ellos. Que cada cual contemple su vida. No hay fenómenos de los sueños que no sean característicos para todas las vidas: la desaparición, el disolverse de nuevo de algo que uno había supuesto que seria el final, era algo tan excitante como podían serlo los fragmentos de cadáveres en las morgues, el crimen y el altruismo. Así nació el monismo que aparece a todo lo largo de “El libro de los condenados“: la fusión de todas las cosas en las demás, la imposibilidad de distinguir cualquier cosa de cualquier otra en un sentido positivo, o específicamente de discernir la vida de cada día de la existencia en los sueños.

 

Y continúa: “Tomé la determinación de escribir un libro. Comencé escribiendo novelas: cada año hacia, más o menos, tres millones y medio de palabras, aunque esto sólo sea una estimación. Pensé que, excepto en la escritura de novelas, que probablemente parecían crías de canguro, no podía hallar ningún otro incentivo por el que seguir viviendo. Abogados, naturalistas, senadores de Estados Unidos… ¡vaya conjunto de aburridos! Pero no escribía lo que deseaba. Comencé de nuevo, y me convertí en un realista ultracientífico. Así que tomé una enorme cantidad de notas. Tenía una pared cubierta por pequeños departamentos destinados a ellas. Tenía veinticinco mil notas. Me preocupaba la posibilidad de un incendio. Pensé en tomar las notas en un material ignífugo. Pero no era lo que quería y, finalmente, las destruí. Esto es algo que Theodore Dreiser no me perdonará jamás. Mi primer interés había sido científico,  pero el realismo me hizo retroceder. Entonces, durante ocho años, estudié todas las artes y ciencias de que había oído hablar, e inventé media docena más de otras artes y ciencias. Me maravillé de que alguien pudiera contentarse con ser un novelista o el director de una compañía acerera, o un sastre, o gobernador, o barrendero. Entonces se me ocurrió un plan para coleccionar notas sobre todos los temas de la investigación humana acerca de todos los fenómenos conocidos, para entonces tratar de hallar la mayor diversidad posible de datos, de concordancias, que significaran algo de orden cósmico o ley o fórmula… algo que pudiera ser generalizado”.

 

Y sigue: “Coleccioné notas sobre los principios y fenómenos de la astronomía, sociología, psicología, buceo a grandes profundidades, navegación, exploraciones, volcanes, religiones, sexos, gusanos… eso es, buscando siempre similitudes en las diferencias más aparentes, tal y como equivalencias astronómicas, químicas y sociológicas, o perturbaciones astronómicas, químicas y sociológicas, combinaciones químicas y musicales, fenómenos morfológicos de magnetismo, química y atracciones sexuales. Acabé por tener cuarenta mil notas, repartidas en mil trescientos temas tales como: “armonía”, “equilibrio”, “catalizadores”, “saturación”,”oferta” y “metabolismo”. Eran mil trescientos demonios aullando con mil trescientas voces a mi intento de hallar una finalidad. Escribí un libro que expresaba muy poco de lo que estaba tratando de conseguir. Lo recorté, de quinientas o seiscientas páginas, a noventa. Entonces lo tiré: no era lo que quería. Pero la fuerza de las cuarenta mil notas había sido modificada por este libro. No obstante, el poder o la hipnosis de todas ellas, de las notas ortodoxas, del materialismo ortodoxo, del Tyndall dice esto o del Darwin dice aquello, la autoridad, la positividad, de los químicos y astrónomos y geólogos que habían probado eso o aquello, el monismo y la nausea, me estaban haciendo escribir sobre el hecho de que ni siquiera dos veces dos son cuatro, excepto en una forma arbitraria y convencional; o sea, que no existe nada positivo, que hasta el sujeto más profundamente hipnotizado tiene alguna débil consciencia de su estado, y que con una duda aquí y una insatisfacción allá, jamás ha sido totalmente fiel a la ortodoxia científica, como nunca lo fue un monje medieval o un miembro del Ejército de Salvación aunque ellos no se hicieran preguntas”.

Y continúa explicando: “La unicidad de la totalidad. Que en mi tentativa de hallar lo que se esconde tras los fenómenos me había equivocado en las dos clasificaciones con las que había terminado: que esos dos órdenes de lo aparente representan extremos ideales que no tienen existencia en nuestro estado de simulación, que nosotros y todas las demás apariencias o fantasmas de un supersueño somos expresiones de un flujo cósmico o una graduación entre ellos; uno llamado desorden, falta de realidad, inexistencia, equilibrio, fealdad, discordancia, inconsistencia; y el otro llamado orden, realidad, equilibrio, belleza, armonía, justicia, verdad”. Este es el espíritu que guió a Charles Hoy Fort a escribir “El libro de los condenados“. Para algunos, una primera lectura parecerá tal vez tan solo un amasijo de datos más o menos extravagantes. Si su mérito fuera tan solo éste, «El libro de los condenados» sería un libro que no valdría la pena de ser leído: cualquiera, con más o menos paciencia y tras consultar varios archivos y bibliotecas, puede llegar a completar una tarea así. El mérito de “El libro de los condenados” es mucho más profundo que la simple recopilación de unos hechos malditos. Es, el del planteamiento de una nueva filosofía.

 

Charles Fort, a través de los veintiocho capítulos de su libro, nos presenta toda una nueva concepción de lo que nos rodea. Sus ideas a este respecto podrán parecernos a veces atrevidas, incongruentes, incluso absurdas… si las estudiamos bajo el manto del cartesianismo. Pero Charles Fort repudia el cartesianismo. Por otro lado muchos hechos ortodoxamente científicos, reconocidos por la “ciencia oficial” contemporánea – como pueda ser la bilateralidad de la materia por ejemplo-, pueden parecer al no iniciado nociones tan malditas como el propio esoterismo de Fort. El intermediarismo de Charles Fort no es en el fondo, en cierto modo, más que una rabiosa reacción contra el conservadurismo de una ciencia oficial que solamente acepta los hechos que le convienen a ella, una reacción contra  la exclusión que ejercen unas determinadas disciplinas científicas que, desde todos los tiempos, han practicado una severa segregación entre los hechos que le acomodan y los que no se le acomodan, aceptando sin más los primeros e ignorando completamente, rechazando y suprimiendo sin escrúpulos los que le molestan. Esta reacción está expresada en «El libro de los condenados», de un modo ferozmente irónico y destructivo, expresión fiel de la propia personalidad de Charles Fort.

Fort, como dice en multitud de ocasiones a todo lo largo de su obra, busca la universalidad en todos los fenómenos, en contraposición a los intentos de localización que llevan a cabo las distintas ciencias. Pero el tema, reconoce, es demasiado amplio: «Consúmanme el tronco de una sequoia, hojéenme las páginas de un acantilado de creta, multiplíquenlo por mil, y reemplacen mi fútil inmodestia por una megalomanía de titán: sólo entonces podré escribir con la amplitud que reclama mi tema». Fort buscaba correlacionar entre sí todos los fenómenos: «todo es continuo con todo», y para ello intentaba saber también de todo. «Estudié todas las artes y ciencias de las que había oído hablar, e inventé media docena más de ellas». Porque no vivimos en un mundo compartimentado, elaborado a modo de celdillas por multitud de ciencias aisladas las unas de las otras. El matemático necesitará del astrónomo, el astrónomo del biólogo, el biólogo del físico. Sin embargo, la ciencia oficial no acepta esta interacción, está totalmente compartimentada, y esta compartimentación constituye su principal defecto. Fort luchaba contra todo esto, y luchaba con todas sus fuerzas. Sus ideas podían parecer así acientíficas, alocadas, absurdas. A él no le importaba. Vivimos en una pseudo-existencia, decía, en la que sólo se pueden extraer pseudo-conclusiones basándose en pseudo-informes.

 

Es necesario sacudir la ciencia con espíritu ávido, aunque no crédulo, nuevo, salvaje. El mundo necesita una enciclopedia de los he­chos excluidos, de las realidades condenadas. «Mucho temo que habrá que entregar a nuestra civilización mundos nuevos en que las ranas blancas tengan dere­cho a vivir». Charles Fort se impuso el deber de aprender, en ocho años, todas las artes y todas las cien­cias… y de inventar media docena para su uso personal. Arrastrado por un delirio enciclopédico, se entrega a este trabajo gigantesco, que consiste menos en apren­der que en tener conciencia de la totalidad de lo vivien­te. «Me maravilla que cualquiera pudiera contentarse con ser novelista, sastre, industrial o barrendero». Di­girió principios, fórmulas, leyes y fenómenos de la Bi­blioteca Municipal de Nueva York, en el British Museum, y gracias a una copiosa correspondencia en las más grandes bibliotecas y librerías del mundo. Cuaren­ta mil notas, distribuidas en mil trescientas secciones, escritas a lápiz, en cartoncitos minúsculos y en un len­guaje taquigráfico de su invención. Sobre esta empresa de locura resplandece el don de considerar cada tema desde el punto de vista de una inteligencia superior que acaba de enterarse de su existencia:

Un vigilante nocturno vela sobre media docena de linternas rojas en una calle obstruida. Hay mecheros de gas, lámparas y ventanas iluminadas en el barrio. Se frotan cerillas, se encienden fuegos, se declara un incen­dio, hay rótulos de neón y faros de automóviles. Pero el vigilante nocturno sigue con su pequeño sistema…. Al propio tiempo, reanuda su búsqueda de hechos rechazados, pero sistemáticamente y esforzándose en comprobar cada uno de ellos. Somete su empresa a un plan que abarca la astronomía, la sociología, la psicolo­gía, la morfología, la química, el magnetismo. Ya no hace una simple colección: trata de obtener el dibujo de la rosa de los vientos exteriores, de construir la brújula para navegar por los océanos del otro lado, de recons­truir el rompecabezas de los mundos ocultos detrás de este mundo. Necesita cada una de las hojas que se agi­tan en el árbol inmenso de lo fantástico: unos aullidos conmueven el cielo de Nápoles el 22 de noviembre de 1821; unos peces caen de las nubes sobre Singapur en 1861; sobre Indreet Loire, un 10 de abril, se vierte una catarata de hojas muertas; junto con el rayo, caen hachas de piedra en Sumatra; caídas de materia viva; raptos cometidos por Tamerlanes del espacio; restos de mundos vagabundos circulan por encima de nosotros… «Soy inteligente y, por ello, estoy en fuerte contraste con los ortodoxos. Como no siento el desdén aristocrá­tico de un conversador neoyorquino o de un hechicero esquimal, me veo obligado a concebir otros mundos…»

 

La señora Fort no se interesa, en absoluto, en todo esto. Su indiferencia es tal, que ni siquiera advierte su extravagancia. Él no habla de sus trabajos, o lo hace sólo a unos cuantos amigos encandilados. Prefiere no verles. Les escribe de vez en cuando. «Tengo la impre­sión de entregarme a un nuevo vicio recomendable a los amantes de los pecados inéditos. Al principio, algu­nos de mis datos eran tan espantosos o tan ridículos que, al ser leídos, sólo merecían repulsa o desprecio. Ahora la cosa va mejor; queda un poco de lugar para la piedad». Tiene la vista cansada. Se volverá ciego. Interrumpe su trabajo y se pasa varios meses meditando, comiendo sólo queso y pan moreno. Al aclararse de nuevo la vista, emprende la exposición de su visión personal, anti­dogmática, del Universo, procurando abrir la com­prensión de los demás con grandes humoradas. «A ve­ces, me sorprendo a mí mismo al no pensar lo que preferiría creer» A medida que progresaba en el estu­dio de las diversas ciencias, progresaba también en el descubrimiento de su insuficiencia. Hay que demos­trarlas hasta en sus cimientos: su espíritu es lo malo. Hay que empezar todo de nuevo, introduciendo los hechos excluidos, sobre los cuales ha reunido una do­cumentación ciclópea. Ante todo, introducirlos. Des­pués, explicarlos, si es posible.

«No creo hacer un ídolo del absurdo – decía Charles Fort -. Pienso que, en los primeros tanteos, no hay medio de saber lo que será después aceptable. Si uno de los pioneros de la zoología (que habrá que reha­cer) oyese hablar de pájaros que nacen en los árboles, tendría que consignar que ha oído decir que hay pája­ros que nacen de los árboles. Después, y sólo después, tendría que pasar este dato por el tamiz». Hay que señalar, hay que señalar, y un día acabare­mos por descubrir que algo nos hace señales. Hay que revisar las estructuras mismas del conoci­miento. Charles Hoy Fort siente estremecerse en su in­terior numerosas teorías que aleteaban con las plumas de ángel de lo chocante. Considera la Ciencia como un coche muy civilizado lanzado en una autopista. Pero a ambos lados de la maravillosa pista de asfalto y neón, se extiende un país salvaje, lleno de prodigios y de miste­rio. ¡Alto! ¡Explorad también el país a lo ancho! ¡Dad un rodeo! ¡Corred en zigzag! Por consiguiente, hay que hacer grandes gestos desordenados, a lo payaso, como cuando se intenta detener un coche. Poco impor­ta que le tomen a uno por un payaso. Es urgente. El señor Charles Hoy Fort, eremita del Bronx, entiende que tiene que realizar, lo más deprisa y con la mayor eficacia posible, cierto número de acciones absolutamente necesarias.

 

Persuadido de la importancia de su misión y libera­do de su documentación, emprende la tarea de reunir en trescientas páginas los mejores de sus explosivos. «Alumbradme con el tronco de una secoya, pasadme las páginas de los candiles gredosos, multiplicadme por mil; entonces podré escribir con la amplitud que mi tema exige». Compone su primera obra, “El libro de los Conde­nados”, en el cual, dice, se expone «cierto número de ex­perimentos sobre la estructura del conocimiento». Esta obra apareció en Nueva York, en 1919, y produjo una revolución en los medios intelectuales. Antes de las pri­meras manifestaciones del dadaísmo y del surrealismo, Charles Hoy Fort introdujo en la Ciencia lo que Tzara, Bretón y sus discípulos iban a introducir en las artes y en la literatura: la rotunda negativa a jugar al juego en que todo el mundo hace trampa, la furiosa afirmación de que «hay otra cosa». Un enorme esfuerzo, tal vez no para pensar lo real en su totalidad, sino para impedir que lo real sea pensado de un modo falsamente cohe­rente. Una ruptura esencial. «Soy un tábano que marti­riza el cuero del conocimiento para impedirle que se duerma».

¿Qué es El libro de los Condenados? «Un ramo de oro para los flagelados por la crítica», declaró John Winterich. «Una de las monstruosidades de la literatu­ra», escribió Edmund Pearson. Para Ben Hecht, «Charles Hoy Fort es un apóstol de la excepción y el sacerdote engañador de lo imposible». Martin Gardner, sin embargo, reconoce que «estos sarcasmos están en armonía con las críticas más admisibles de Einstein y de Russell». John W. Campbell asegura que «hay en ésta obra, al menos, los gérmenes de seis ciencias nuevas».  El libro de los Condenados no fue publicado en Francia hasta 1955. A des­pecho de las excelentes traducciones y presentaciones de Robert Benayoun y de un mensaje de Tiffany Thayer, que preside en los Estados Unidos la sociedad de Amigos de Charles Hoy Fort, esta obra extraordinaria pasó casi inadvertida. Las cualidades de Charles Hoy Fort sedujeron a un grupo de es­critores americanos que resolvieron proseguir, en su honor, el ataqué que había lanzado contra los omnipotentes sacerdotes del nuevo dios: La Ciencia, y contra todas las formas dogmáticas. Con esta finalidad se fundó la Sociedad Charles Fort, el 26 de enero de 1931. Entre sus fundadores se cuentan Théodore Dreiser, Booth Tarkington, Ben Hecht, Harry León Wilson, John Cowper Powys, Alexander Woollcott, Burlón Rascoe, Aaron Sussman y Tiffany Thayer. Charles Fort murió en 1932, en vísperas de la publicación de su cuarta obra, “Talentos salvajes”. Sus innumerables notas, que había recogido en las bibliotecas del mundo entero y mediante una correspondencia internacional, fueron legados a la Sociedad Charles Fort; y constituyen hoy el núcleo de los archivos de esta sociedad.  

 

Este antiguo coleccionista de mariposas sentía ho­rror por lo fijo, lo clasificado, lo definido. La Ciencia aísla los fenómenos y las cosas para observarlos. La gran idea de Charles Hoy Fort es que nada es aislable. Toda cosa aislada deja de existir. Una mariposa liba en un clavel: es la mariposa más el jugo del clavel; es un clavel menos el apetito de la mariposa. Toda definición de una cosa en sí es un aten­tado contra la realidad. «Entre las tribus llamadas salvajes, se rodea de respetuosos cuidados a los simples de espíritu. Generalmente, se tiene la debilidad de espíri­tu. Todos los sabios empiezan sus trabajos con esta cla­se de definiciones, y en nuestras tribunas, se rodea a los sabios de atenciones respetuosas». He aquí a Charles Hoy Fort, amante de lo insólito, escriba de los milagros, empeñado en una formidable reflexión sobre la reflexión. Porque Fort arremete con­tra la estructura mental del hombre civilizado. No está en absoluto de acuerdo con el motor digital que alimenta el pensamiento moderno:  el sí y el no, lo positivo y lo negativo. La sociedad publica una revista trimestral, Doubt (La duda). Esta revista es, además, una especie de cámara de compensación de todos los hechos “malditos“, es decir, que la ciencia ortodoxa no puede o no quiere asimilar: por ejemplo, los platillos volantes. En efecto, los informes y estadísticas que posee la sociedad sobre este tema forman el conjunto más antiguo, más vasto y más completo de todos,

El conocimiento y la inteligencia modernos se apoyan sobre este funcio­namiento binario; justo, falso; abierto, cerrado; vivo, muerto; líquido, sólido; etc. Lo que Fort exige contra Descartes, es un punto de vista de lo general, a partir del cual lo particular podría ser definido según sus relaciones con aquél; a partir del cual cada cosa sería per­cibida como intermediaria de otra cosa. Exige una nue­va estructura mental, capaz de percibir como reales los estados intermediarios entre el sí y el no, entre lo posi­tivo y lo negativo. Es decir, un razonamiento por enci­ma del binario. En cierto modo, un tercer ojo de la in­teligencia. Para expresar la visión de este tercer ojo, el lenguaje, que es un producto del binario (una conjuración, una limitación organizada), es insuficiente. Fort necesita, pues, utilizar adjetivos de dos caras, epítetos Jano: «real-irreal», «inmaterial-material», «soluble-insoluble». Un profesor austríaco llamado Kreyssler había realizado un trabajo gigantes­co para la refundición del lenguaje occidental. El caso fue que Kreyssler ha­bía intentado desatar el corsé del lenguaje, a fin de que éste pudiese contemplar los estados intermedios olvidados por nuestra actual estructura mental. Por ejemplo, el retraso y el adelanto. ¿Cómo podría yo de­finir el retraso sobre el adelanto que pensaba hacer? No existe palabra para ello. Kreyssler proponía ésta: el arretraso. ¿Y el adelanto sobre el retraso que llevaba? El readelanto. Aquí sólo se trata de intermedios en el tiempo.

 

Pasemos ahora a los estados psicológicos. El amor y el odio. Si amo cobardemente, amándome sólo a mí mismo a través del otro, arrastrado de esta manera al odio, ¿puedo llamarlo amor? No es más que amodio. Si odio a mi enemigo, pero sin perder el hilo de la uni­dad de todos los seres, cumpliendo mi deber de enemigo, pero conciliando odio y amor, ya no es odio, sino odamor. Pasemos a los intermedios fundamentales. ¿Qué es morir y qué es vivir? ¡Cuántos estados inter­medios existen que no queremos ver! Hay el movir, que no es vivir, sino sólo impedir la propia muerte. Y hay el vivir de veras a despecho del deber de morir, que es el vivir. Consideremos, finalmente, los estados de conciencia. ¡Cómo flota nuestra conciencia entre el dormir y el velar! ¡Cuántas veces mi conciencia no hace más que vemir, o sea pensarse que vela cuando se adormece! «En términos metafísicos —dice Fort—, entiendo que todo lo que común­mente se llama “existencia” y que yo llamo estado in­termedio, es una casi-existencia, ni real ni irreal, sino expresión de una tentativa que apunta a lo real o a la penetración de una existencia real» Esta empresa no tiene precedentes en los tiempos modernos. Anuncia el gran cambio de estructura del espíritu que exigen a la actualidad los descubrimientos de ciertas realidades psico-matemáticas y cuánticas. Al nivel de la partícula, por ejemplo, el tiempo circula en los dos sentidos a la vez. Hay ecua­ciones que son a un tiempo verdaderas y falsas. La luz es a la vez continua y discontinua.

«Lo que llamamos Ser es el movimiento; todo mo­vimiento no es expresión de un equilibrio, sino de un ensayo de puesta en equilibrio, o del equilibrio no al­canzado. Y el simple hecho de ser se manifiesta en el in­termedio entre equilibrio y desequilibrio». Esto data de 1919 y coincide con las reflexiones contemporáneas de un físico biólogo como Jacques Ménétrier sobre la inversión de la entropía. «Todos los fenómenos, en nuestro estado intermedio o cuasiestado, representan un intento de organiza­ción, de armonización, de individualización, es decir, una tentativa de alcanzar la realidad. Pero toda tentati­va es puesta en jaque por la continuidad o por las fuer­zas exteriores. Por los hechos excluidos, contiguos de los incluidos» Esto rebasa una de las operaciones más abstractas de la física cuántica: la normalización de las funciones, operación que consiste en establecer la fun­ción describiendo un objeto físico de tal manera que haya una posibilidad de volver a encontrar este objeto en el Universo entero. «Concibo todas las cosas como ocupando grada­ciones, etapas regulares entre la realidad y la irreali­dad» Por esto le importa poco a Fort apoderarse de tal hecho o de tal otro para empezar a describir la totali­dad. Y, ¿por qué elegir un hecho tranquilizador para la razón, más que un hecho inquietante? ¿Por qué ex­cluir? Para calcular un círculo, se puede empezar no importa dónde.

 

«No soy realista. No soy idealista. Soy intermediarista». Pero, ¿cómo hacernos entender, si atacamos la raíz de la comprensión, la base misma del espíritu?  En cierta medida Charles Hoy Fort procede a la manera de Rabelais. Arma una batahola de humor y de imágenes capaz de despertar a los muertos. «Colecciono notas sobre todos los temas dotados de alguna diversidad, como las desviaciones de la concentricidad en el cráter lunar Copérnico, la súbita aparición de ingleses purpúreos, los meteoros estaciona­rios, o el brote repentino de cabellos en la cabeza calva de una momia. Sin embargo, mi mayor interés no recae sobre los hechos, sino sobre las relaciones entre los he­chos. He meditado mucho sobre las, por así decirlo, re­laciones que suelen llamarse coincidencias. ¿Y si las coincidencias no existieran?». «En tiempos pasados, cuando yo era un picarón notablemente perverso, me condenaban a trabajar los sábados en la tienda paterna, donde debía rascar los marbetes de las latas de conservas de la competencia, y pegar en ellas las de mis padres. Un día en que se alzaba ante mí una verdadera pirámide de latas de frutas y le­gumbres, sólo me quedaban rótulos de melocotones. Los fui pegando a las latas de melocotón, hasta que lle­gué a los albaricoques. Y pensé: ¿Acaso los albaricoques no son melocotones? Y ciertas ciruelas, ¿no son albaricoques? En vista de lo cual, comencé concienzu­da o científicamente a pegar mis rótulos de melocotón en las latas de ciruelas, de cerezas, de judías y de guisan­tes. ¿Cuál era mi motivo? Hoy día, lo ignoro, pues aún no he decidido si era un sabio o un humorista».

«Aparece una nueva estrella: ¿hasta qué punto di­fiere de ciertas gotas de origen desconocido que acaban de descubrir sobre un algodonal de Oklahoma?».«En este momento tengo un ejemplar de mariposa particularmente ruidosa: una esfinge de calavera. Chilla como un ratón y el sonido me parece vocal. Se dice que la mariposa Kalima, semejante a una hoja muerta, imita a las hojas muertas. Pero la esfinge de calavera, ¿imi­ta acaso a las osamentas?». «Si no hay diferencias positivas, no es posible defi­nir nada como positivamente diferente de otra cosa. ¿Qué es una casa? Una granja es una casa, a condición de que vivan en ella. Pero si la residencia constituye la esencia de una casa, más que el estilo arquitectónico, entonces un nido de pájaros es una casa. La ocupación humana no constituye un criterio, ya que los esquima­les tienen casas de hielo. Y así dos cosas tan positiva­mente diferentes como la Casa Blanca de Washington y la cáscara de un cangrejo ermitaño resultaban conti­guas».

 

«Islas de coral blanco en un mar azul oscuro. Su apariencia definitiva, su apariencia de indivi­dualidad o la diferencia positiva que los separa, no son más que protección del mismo fondo oceánico. La di­ferencia entre tierra y mar no es positiva. En toda agua hay un poco de tierra, en toda tierra hay agua. De suer­te que todas las apariencias son falaces, ya que forman parte de un mismo espectro. Una pata de mesa no tiene nada de positivo; no es más que la proyección de algo. Y ninguno de nosotros es una persona, ya que física­mente somos contiguos de lo que nos rodea, ya que psíquicamente no nos llega más que la expresión de nuestras relaciones con todo lo que nos rodea. Mi posición es la siguiente: todas las cosas que pa­recen poseer una identidad individual no son más que islas, proyecciones de un continente submarino, y no tienen contornos reales». «Por belleza, designaría yo lo que parece completo. Lo incompleto o lo mutilado es totalmente feo. A la Ve­nus de Milo, un niño la encontraría fea. Si un espíritu puro la imagina completa, se convertirá en bella. Una mano concebida como mano puede parecer bella. Abandonada en un campo de batalla, deja de serlo. Pero todo lo que nos rodea es parte de una cosa que a su vez es parte de otra: en este mundo no hay nada bello; sólo las apariencias son intermedias entre la belleza y la fealdad. Sólo es completa la universalidad, sólo es bello el completo».

 

El pensamiento profundo de Charles Fort es, pues, la unidad subyacente de todas las cosas y de todos los fenómenos. Ahora bien, el pensamiento civi­lizado de finales del siglo XIX pone paréntesis en todas partes, y nuestro modo de razonamiento, binario, no considera más que la dualidad. He aquí al loco sabio del Bronx rebelándose contra la ciencia exclusivista de su tiempo, y también contra la estructura misma de nues­tra inteligencia. Encuentra necesaria otra forma de in­teligencia: una inteligencia en cierto modo mística, de­sesperada en presencia de la Totalidad. A partir de lo cual, sugerirá otros métodos de conocimiento. Para prepararnos a ello, procede por desgarrones, por esta­llidos de nuestros hábitos de pensar. «Os enviaré a es­trellaros contra las puertas que se abren a otras cosas» Sin embargo, el señor Fort no es un idealista. Milita contra nuestra falta de realismo: negamos lo real cuan­do es fantástico. Fort no predica una nueva religión. Por el contrario, se apresura a levantar una barrera alre­dedor de su doctrina para impedir la entrada a los espí­ritus débiles.

 

 

Está persuadido de que «todo está en todo» y de que el Universo está contenido en un grano de arena, como dijo el poeta, pintor, grabador y místico inglés del siglo XIX, William Blake.  Pero esta certeza metafísica sólo puede brillar en el más alto nivel de la reflexión. No podría descen­der a nivel del ocultismo primitivo sin caer en la ridicu­lez. No podría permitir las locuras del pensamiento analógico, tan caro a los dudosos esotéricos que os ex­plican sin cesar una cosa por otra: la Biblia por los nú­meros, la última guerra por la Gran Pirámide, la revo­lución por los naipes, mi porvenir por los astros, y que ven señales de todo en todas partes. «Probablemente existe una relación entre una rosa y un hipopótamo; sin embargo, jamás se le ocurrirá a un joven ofrecer a su prometida un ramo de hipopótamos».  Mark Twain, denunciando el mismo vicio de razonamiento, declara­ba jocosamente que se puede explicar “La canción de primavera” por las Tablas de la Ley, puesto que Moisés y Mendelssohn son un mismo nombre: basta con susti­tuir Moisés por Mendelssohn. Y Charles Hoy Fort vuelve a la carga con esta caricatura: «Se puede identifi­car un elefante a un girasol: los dos tienen un largo apéndice. No se puede distinguir un camello de un ca­cahuete, si sólo se tienen en cuenta las jorobas».

Así es nuestro buen hombre, sólido y de saber alegre. Veamos ahora cómo su pensamiento toma un vuelo cósmico. ¿Y si la propia Tierra no fuese real más que como a tal? ¿Si no fuese más que algo intermedio en el Cosmos? Tal vez la Tierra no es en modo alguno independiente, y tal vez la vida sobre la Tierra no es independiente en modo alguno de otras vidas, de otras existencias en los espacios…  Cuarenta mil notas sobre las lluvias de todas clases caídas aquí abajo, invitaron desde hace tiempo a Char­les Hoy Fort a admitir la hipótesis de que la mayoría de ellas no son de origen terrestre. «Propongo que se con­sidere la idea de que, más allá de nuestro mundo, hay otros continentes de los que caen objetos, igual que las pavesas de América son arrastradas sobre Europa». Digámoslo inmediatamente: Fort no es un inge­nuo. No lo cree todo. Sólo se subleva contra la costum­bre de negar a priori. No señala con el dedo a las verda­des: da puñetazos para demoler el edificio científico de su tiempo, constituido por verdades tan parciales que parecen errores. ¿Se ríe? Es que no comprende que el esfuerzo humano para adquirir el conocimiento no pueda nunca ser alegrado por la risa, que también es humana. ¿Inventa? ¿Sueña? ¿Exagera? ¿Es un Rabelais cósmico?

 

Él lo reconoce: «Este libro es una ficción, como los Viajes de Gulliver o El origen de las especies» «Lluvias y nieve negras, copos de nieve negros como el azabache. Escoria de fundición cae del ciclo en el mar de Escocia. Se encuentra en tan gran cantidad que podría representar el rendimiento global de todas las fundiciones del mundo. Pienso en una isla próxima a una ruta comercial transoceánica. Podría recibir mu­chas veces al año los detritos procedentes de las naves de paso». ¿Y por qué no restos o desperdicios de na­ves interestelares? Lluvias de sustancia animal, de material gelatinoso, acompañadas de un fuerte olor a podrido «¿Admitire­mos que en los espacios infinitos flotan vastas regiones viscosas y gelatinosas?» ¿Se trataría de cargamentos ali­menticios depositados en el cielo por los Grandes Via­jeros de otros mundos? «Tengo la impresión de que, encima de nuestras cabezas, una región estacionaria, en la cual las fuerzas gravitatorias y meteorológicas terres­tres son relativamente inertes, recibe del exterior pro­ductos análogos a los nuestros»

Lluvias de animales vivos: peces, ratas, tortugas. ¿Venidos de otra parte? En este caso, tal vez los seres humanos vinieron ancestralmente de otros mundos… A menos de que se trate de animales arrancados a la Tierra por huracanes o trombas y depositados en una región del espacio donde no actúa la gravitación, espe­cie de cámara frigorífica donde se conservan indefini­damente los objetos de estos raptos. Arrancados de la Tierra y cruzando la puerta que se abre al más allá, reu­nidos en un mar de los Sargazos celeste. «Los ob­jetos arrancados por los huracanes pueden haber en­trado en una zona de suspensión situada encima de la Tierra, flotar uno tras otro largo tiempo, y caer al fin…».  «Tienen ustedes los datos; hagan con ellos lo que quie­ran…» «¿Adonde van las trombas, y de qué están hechas…?» «Un mar de los Sargazos celeste: pavesas, de­tritos, viejos restos de naufragios interplanetarios, objetos arrojados al que llamamos espacio por las con­vulsiones de los planetas vecinos, reliquias de los tiem­pos de Alejandro, los Césares y los Napoleones de Marte, de Júpiter y de Neptuno. Objetos elevados por nuestros ciclones: granjas y caballos, elefantes, moscas, pterodáctilos, hojas de árboles recientes o de la edad carbonífera, todo tendiendo a desintegrarse en lo­dos o polvos homogéneos, rojos, negros o amarillos, tesoros para paleontólogos o arqueólogos, acumula­ciones de siglos, huracanes de Egipto, de Grecia, de Asiria…»

 

«Caen piedras con el rayo. Los campesinos creye­ron en los meteoritos, pero la Ciencia excluyó a los me­teoritos. Los campesinos creen en la piedra del rayo, la Ciencia excluye la piedra del rayo. Es inútil recalcar que los campesinos surcan el campo mientras los sabios se encierran en sus laboratorios». Piedras del rayo esculpidas. Piedras llenas de mar­cas, de señales. ¿Y si desde otros mundos intentasen de esta forma comunicarse con nosotros, o al menos con algunos de nosotros? «¿Con una secta, acaso con una sociedad secreta, o tal vez con ciertos habitantes muy esotéricos de esta Tierra?» Hay millares y millares de testimonios sobre estas tentativas de comunicación. «Mi prolongada experiencia de la supresión y de la in­diferencia me inclinan a pensar, incluso antes de entrar en el tema, que los astrónomos han visto estos mundos, que los meteorólogos, los sabios y los observadores especializados los han percibido en muchas ocasiones. Pero que el Sistema ha excluido todos los datos». Recordemos una vez más que esto se escribía alrededor de 1910. Hoy, rusos y americanos construyen la­boratorios para el estudio de las señales que pudieran enviarnos de otros mundos.

¿Y si hubiésemos sido visitados en un pasado re­moto? ¿Y si fuese falsa la paleontología? ¿Y si las gran­des osamentas descubiertas por los sabios evolucionis­tas del siglo XIX hubiesen sido juntadas arbitrariamen­te? ¿Restos de seres gigantescos, o posibles visitantes de nuestro planeta? En el fondo, ¿quién nos obliga a creer en la fauna prehumana de que nos hablan los pa­leontólogos, que no saben de ello más que nosotros?Por muy optimista y crédulo que sea, cada vez que visito el Museo Americano de Historia Natural mi ci­nismo se impone en la sección “Fósiles”. Osamentas gigantescas, reconstruidas de manera que sean “verosí­miles”, como los dinosaurios. En el piso inferior, hay una reconstrucción del “dodo”. Es una verdadera fic­ción, presentada como tal. Pero construida con tal amor, con una ansia tal de convencer...». «¿Por qué si fuimos visitados antaño, no lo somos ahora? Entreveo una respuesta sencilla e inmediatamente aceptable: ¿Educaríamos, civilizaríamos, si pudiésemos, a los cerdos, a las ocas y a las vacas? ¿Obraríamos con pru­dencia si estableciésemos relaciones diplomáticas con la gallina que funciona para satisfacernos con su sentido absoluto de lo logrado? Creo que somos bienes inmuebles, accesorios, ga­nado. Pienso que pertenecemos a algo; que antaño la Tierra era una especie de no man’s land que otros mun­dos exploraron, colonizaron y se disputaron entre ellos”.

 

«Actualmente, – añade Fort – algo posee la Tierra y ha alejado de ella a todos los colonos. Nada se nos ha aparecido viniendo de más allá, tan abiertamente como Cristóbal Colón al desembarcar en San Salvador, o como Hudson al remontar el río que lleva su nombre. Pero, en cambio, presentaré pruebas convincentes de visitas subrepticias hechas al planeta de viajeros emisarios venidos tal vez de otro mundo y que se han empeñado en evitarnos. Para realizar esta tarea, tendré que descuidar a mi vez ciertos aspectos de la realidad. Me parece difícil, por ejemplo, abarcar en un solo libro los posibles usos de la Humanidad para un modo distinto de existencia, o incluso justificar la ilusión halagadora de que pode­mos ser útiles para algo. Los cerdos, las ocas y las vacas deben descubrir primero que son poseídos, para preo­cuparse después de saber por qué se los posee… Acaso somos utilizables, tal vez se ha celebrado ya un conve­nio entre varías partes interesadas: algo tiene sobre no­sotros un derecho legal, después de haber pagado, para obtenerlo, el equivalente de las baratijas que le exigía nuestro propietario anterior”.

Y continúa:  “Y esta transacción es co­nocida desde hace muchos siglos por algunos de noso­tros, dirigentes de un culto o de una orden secreta cuyos miembros, a la manera de esclavos distinguidos, nos dirigen de acuerdo con las instrucciones recibidas y nos empujan hacia nuestras misteriosas funciones. En otros tiempos, mucho antes de que se estable­ciese la posesión legal, los habitantes de una multitud de universos aterrizaron en nuestro mundo; saltaron, vola­ron, navegaron o anduvieron al garete por él, empujados a nuestras orillas o atraídos por ellas, aisladamente o en grupos, visitándonos ocasional o periódicamente, por razones de caza, de trueque o de prospección, o tal vez incluso para llenar sus harenes. Fundaron en nuestro mundo sus colonias, y se perdieron o tuvieron que mar­char. Pueblos civilizados o primitivos, seres o cosas, for­mas blancas, negras o amarillas.».  No estamos solos, la Tierra no está sola, «todos so­mos insectos y ratones, y sólo expresiones distintas de un gran queso universal del que percibimos vagamente las fermentaciones y el olor. Hay otros mundos detrás del nuestro, otras vidas detrás de lo que nosotros lla­mamos vida. Hay que abolir los paréntesis del exclusi­vismo para abrir la hipótesis de la Unidad fantástica”.

 

Y no importa que nos equivoquemos, dibujando, por ejemplo, un mapa de América en el cual el Hudson conduzca directamente a la Siberia: lo esencial, en este momento de renacimiento del espíritu y de los méto­dos de conocimiento, es que tengamos la convicción de que hay que volver a dibujar los mapas, de que el mun­do no es lo que creíamos que era, y de que noso­tros mismos debemos transformarnos, en el seno de nuestra propia conciencia, en algo distinto de lo que éramos. Otros mundos se comunican con la Tierra. Tene­mos pruebas de ello. Tal vez las que creemos ver no son las buenas. Pero las hay. ¿Son pruebas las señales de ventosas en los montes? Lo ignoramos. Pero ellas des­pertaron nuestro espíritu, poniéndolo en condiciones de hallar otras mejores. «Estas señales parecen simbolizar la comunicación. Pero no los medios de comunicación entre los ha­bitantes de la Tierra. Tengo la impresión de que una fuerza exterior ha marcado con símbolos las rocas de la Tierra, y lo ha hecho desde muy lejos. No creo que las señales de ventosas sean comunicaciones inscritas en­tre diversos habitantes de la Tierra, porque parece ina­ceptable que los habitantes de la China, de Escocia y de América hayan concebido todos el mismo sistema”.

Las señales de ventosas son una serie de impresiones sobre las rocas y que hacen pensar irresistiblemente en las ventosas. A veces aparecen rodeadas de un círculo y otras de un simple semicírculo. Se encuentran virtualmente en todas partes, en Inglaterra, en Francia, en América, en Argelia, en el Cáucaso y en Palestina; en to­das partes salvo, acaso, en el Gran Norte. En China, los acantilados están sembrados de ellas. En un can­til próximo al lago de Como existe un laberinto de es­tas marcas. En Italia, en España, y en la India, se en­cuentran en cantidades increíbles. Supongamos que una fuerza análoga, digamos, a la fuerza eléctrica, pue­de marcar las rocas desde lejos, como el selenio puede ser marcado, a centenares de kilómetros. Exploradores perdidos, venidos de alguna parte. Desde esta parte, se intenta comunicar con ellos, y una lluvia de mensajes cae sobre la Tierra, en la esperanza de que algunos de ellos marquen las rocas en lugar próximo a los exploradores extraviados. También es posible que en algún lugar de la Tierra exista una super­ficie rocosa de un género muy especial, un receptor, una construcción polar o una colina abrupta y cónica, en la cual, desde hace siglos, se inscriben los mensajes de otro mundo.

 

Pero a veces estos mensajes se pierden y marcan paredes situadas a millares de kilómetros del receptor. Acaso las fuerzas disimuladas detrás de la Historia de la Tierra han dejado en las rocas de Palesti­na, de Inglaterra, de China y de la India archivos que serán un día descifrados, o instrucciones mal dirigidas a las órdenes esotéricas, a los francmasones y a los jesuitas del espacio. Ninguna imagen es demasiado loca, ninguna hipó­tesis, demasiado audaz: catapultas para hundir la forta­leza. Hay máquinas volantes, hay exploradores en el espacio. ¿Y si, de paso, se llevaran, para estudiarlos, al­gunos organismos vivos de aquí abajo? «Yo creo que nos pescan. ¿Y si fuésemos un manjar exquisito para los supergourmets de esferas superiores? Me entusiasma pensar que, a fin de cuentas, yo pueda ser útil para algo. Tengo la seguridad de que muchas redes se han arrastrado por nuestra atmósfera y han sido tomadas por trombas o huracanes. Creo que nos pescan, pero esto sólo lo digo de pasada…». Ya hemos alcanzado las profundidades de lo inad­misible, murmura con tranquila satisfacción Charles Hoy Fort. Se quita la visera verde, se frota los hinchados ojos cansados, se alisa el bigote de foca y se va a la cocina, para asegurarse de que su buena esposa, Anna, al cocer las judías coloradas de la cena, no prenda fuego a la barraca, a los cartones, a las fichas, al museo de la coincidencia, al conservatorio de lo im­probable, al salón de los artistas celestes, a la oficina de los objetos caídos, a la biblioteca de los otros mundos, a la catedral del Mas Allá, el resplandeciente, el fabu­loso disfraz de locura que viste la Sabiduría. Buen provecho, señor Fort.

julio 28, 2011 - Posted by | Ciencia, enigmas en general, Historia oculta, Reflexiones | ,

1 comentario »

  1. Me encantò el libro “el retorno de los brujos”, me estoy ocupando de descubrir que hay detras de estos fenòmenos, si alguien quiere ayudar, bienvenido sea.

    Comentario por raquel | marzo 4, 2012 | Responder


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