Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

Reescribiendo la historia y la ciencia 2/2


Antes se recomienda ver el artículo “Reescribiendo la historia y la ciencia 1/2“.

Louis Pauwels y Jacques Bergier, en su obra “El retorno de los brujos”, nos advierten que aplicar la táctica del avestruz a los acontecimientos históricos que nos horrorizan no es la solución para evitar que vuelvan a ocurrir.  En 1952, un escritor alemán, Elmar Brugg, publicó un libro en honor del «padre del hielo eterno», del llamado en la Alemania nazi el Copérnico del siglo XX. Escribió: «La teoría del hielo eterno no constituye solamente una obra científica considerable. Es una revelación de los lazos eternos e incorruptibles entre el Cosmos y todos los acontecimientos de la Tierra. Ella enlaza los acontecimientos cósmicos con los cataclismos atribuidos a los climas, con las enfermedades, las muertes, los crímenes, y abre así unas puertas completamente nuevas al conocimiento de la marcha de la Humanidad. El silencio de la ciencia clásica a su respecto, sólo puede explicarse por la conspiración de los mediocres». El gran novelista austríaco Robert Musil, cuya obra ha sido comparada a la de Proust y a la de Joyce, analizó perfectamente el estado intelectual de Alemania en el momento en que Horbiger se sintió iluminado y el cabo Hitler urdió el sueño de redimir a su pueblo. «Los representantes del espíritu —escribe— no estaban satisfechos… Sus pensamientos no descansaban jamás, porque se aferraban a esta parte irreductible de las cosas que vaga eternamente sin poder integrarse jamás en el orden. Por esto acabaron convenciéndose de que la época actual en que vivían estaba predestinada a la esterilidad intelectual, y de que sólo podían salvarla un acontecimiento o un hombre excepcionales”.

 

Entonces nació, entre algunos grupos intelectuales la creencia de que la vida se acabaría si no llegaba pronto un mesías. Aparte de esta convicción de que no había una sola actividad humana que pudiese salvarse sin la intervención de un mesías particular, existía, naturalmente, el sueño fútil de un mesías de la talla de los fuertes, que habría de redimirlo todo.  El caso es que no aparecerá un solo mesías, sino una sociedad de mesías que tomará a Hitler por jefe. Horbiger es uno de ellos, y su concepto paracientífico de las leyes del Cosmos y de una historia épica de la Humanidad desempeñará un papel determinante en la Alemania de los «redentores». Según ellos, la Humanidad viene de más lejos y de más alto de lo que se cree, y le está reservado un prodigioso destino. Hitler, en su constante iluminación mística, tiene el convencimiento de que está allí para que se cumpla aquel destino. Su ambición y la misión de que se cree encargado rebasan infinitamente el campo de la política y del patriotismo. «He tenido que servirme —dice Hitler — de la idea de nación por razones de oportunidad, pero sabía ya que sólo podía tener un valor provisional… Llegará un día en que no quedará gran cosa, ni siquiera en Alemania, de lo que llaman nacionalismo. Lo que habrá en el mundo será una cofradía universal de dueños y de señores».

 La política no es más que la manifestación extrema, la aplicación práctica y momentánea de una visión religiosa de las leyes de la vida sobre la Tierra y en el Cosmos. Hay, para la Humanidad, un destino que no podrían concebir los hombres corrientes y cuya visión no podrían soportar. Esto está reservado a algunos iniciados. «La política —sigue diciendo Hitler— no es más que la forma práctica y fragmentaria de aquel destino». Es el exoterismo de la doctrina, con sus eslóganes, sus hechos sociales, sus guerras. Pero también hay un esoterismo. Al apoyar a Horbiger, Hitler y sus amigos alientan una extraordinaria tentativa de reconstruir, partiendo de la ciencia o de una pseudociencia, el espíritu de las edades antiguas, según el cual el hombre, la sociedad y el Universo obedecen a las mismas leyes, según el cual el movimiento de las almas y el de las estrellas tienen mutuas correspondencias. La lucha entre el hielo y el fuego, de la que nacieron, morirán y renacerán los planetas, se desarrolla también en el hombre mismo.

 

El escritor Elmar Brugg escribe, con gran precisión: «El Universo, para Horbiger, no es un mecanismo muerto del que sólo una parte se deteriora poco a poco para sucumbir al fin, sino un organismo vivo en el sentido más prodigioso de la palabra, un ser vivo donde todo resuena en todo y que perpetúa, de generación en generación, su fuerza ardiente». Es el fondo del pensamiento hitleriano, según observó muy bien Rauschning: «No se pueden comprender los planes políticos de Hitler si no se conocen sus segundas intenciones y su convicción de que el hombre está en relación mágica con el Universo». Esta convicción, que fue la de los sabios de los siglos pasados, que rige la inteligencia de los pueblos que llamamos «primitivos» y a la que tiende la filosofía oriental, no se ha extinguido en el Occidente de hoy, y aún es posible que la propia ciencia vuelva a prestarle, de un modo inesperado, cierto vigor. Mientras tanto, la encontramos en su estado bruto, por ejemplo, en Velikovsky, cuya obra “Mundos en colisión” alcanzó un éxito mundial en la década de 1950. Para los fieles del hielo eterno, como para Velikovsky, nuestros actos pueden tener resonancia en el Cosmos, y así pudo el Sol inmovilizarse en el cielo en favor de Josué (ver el artículo “Un día de 1588 a de C,  ¿se detuvo el Sol?”).

Hitler tuvo sus razones para nombrar a su astrólogo particular «plenipotenciario de las matemáticas, de la astronomía y de la física».  En cierta medida, Horbiger y los esotéricos nazis cambian los métodos y las direcciones mismas de la ciencia. La hacen reconciliarse por la fuerza de la astrología tradicional. Todo cuanto se haga después, en el plano de la técnica, en el inmenso esfuerzo de consolidación material del Reich, podrá hacerse, aparentemente, al margen de aquel espíritu: el impulso ha sido dado, y hay una ciencia secreta, una magia, en la base de todas las ciencias. «Hay —decía Hitler— una ciencia nórdica y nacionalsocialista que se opone radicalmente a la ciencia judeo-liberal». Esta «ciencia nórdica» es un esoterismo, o mejor aún, bebe en la fuente de lo que constituye el fondo mismo de todo esoterismo. No fue por casualidad que se reeditaron cuidadosamente, en Alemania y en los países ocupados, las Enéadas, de Plotino.

 

Plotino, filósofo griego neoplatónico, es el autor de las Enéadas. Nació en el 204 d.C. en la ciudad egipcia de Licópolis, hoy Assiut. En el 232 entró en el círculo de Ammonio Saccas (o Sakkas) en Alejandría, de quien también fueron discípulos Orígenes (no el cristiano), Longino y Erenio. Se dice de él que recogía niños huérfanos y les daba educación. Su discípulo Porfirio, autor de su biografía Vida de Plotino y de la sistematización y publicación de su obra central Enéadas, refiere que en los seis años que estuvo con él tuvo hasta 4 uniones místicas. Desde el 254 comienza a poner sus obras por escrito. Sus tratados son en total 54 y están ordenados en seis grupos de nueve, resultado de lo cual reciben el nombre de Enéadas. Se considera como uno de los Tratados más sólidos de la Antigüedad, junto a los de Platón y los de Aristóteles. Murió aquejado de una dolorosa lepra en el 270 d.C. a los 66 años. Definido como Neoplatónico místico, Plotino realiza una nueva fundamentación de la metafísica clásica, tomando caminos más ligados a la mística de raigambre pitagórica y platónica que al camino seguido por Aristóteles.

Habría que partir de la idea de que la filosofía de Plotino es una suerte de Cosmogonía unida a una Física. La forma teórica que asume su discurso es la metafísica. En ese sentido es heredero de Aristóteles y, sobre todo, de Platón. La doctrina central de Plotino es su teoría de la existencia de tres hipóstasis o realidades primordiales: el Uno, el nous y el alma. En realidad, el principio básico es siempre el Uno, mientras que las otras dos hipóstasis y el resto de realidades son derivadas. El Uno de la teoría de Plotino es indescriptible, ya que es la unidad, lo más grande, hasta tal punto que a veces le denomina el propio autor como Dios, único, infinito. Plotino antes de querer corregir, prefiere guardar silencio que decir algo. Una actitud claramente mística. Como principio y última realidad, esta absoluta trascendencia hace que no existan términos para referirla. Se trata entonces de la Unidad que funda la existencia de todas las cosas. Es ése el centro de toda su doctrina. El Uno está más allá del Ser y, por lo tanto, no hay ninguna definición que describa positivamente al Uno y opta por la vía negativa. Elude su comprensión porque la considera imposible según la modalidad humana de conocer.

 

La siguiente realidad es el nous. No hay una traducción adecuada pero algunos autores lo identifican con espíritu, mientras que otros prefieren hablar de Inteligencia, mas esta vez no con un sentido místico sino intelectual. La explicación del “nous” por Plotino parte de la semejanza entre el Sol y la Luz. El Uno sería como el Sol y la Luz como el nous. La función del nous como luz es la de que el Uno pueda verse a sí mismo, pero como es imagen del Uno, es la puerta por la que nosotros podemos ver al Uno. Plotino afirma que el nous es observable simplemente aplicando nuestras mentes en dirección opuesta a nuestros sentidos. Este concepto está tomado de la noción de dialéctica de “La República” de Platón, donde un proceso similar se dice que conduce a la visión de la forma del Bien, no del Bien mismo. El “nous” se puede, y muy probablemente se debe, entender como “la inteligencia pura“. El “nous” procede de “lo uno” no a voluntad porque “lo uno” es tan “más que perfecto” que no puede tener voluntad, está mucho más allá; y todo lo que procede de “lo uno” es un especie de “escurrirse”, de “desparramarse”, en el acto de hacerse a sí mismo que es “lo uno”; por tanto la analogía del sol y la luna deben entenderse como una mera imagen para dar una idea de como “emana la luz” del sol; resulta más ilustrativo pensar “el despliegue de un círculo a partir de su centro“.

La tercera realidad es el alma la cual es de naturaleza doble. En un extremo está ligada al nous y tira de él. En el otro extremo se asocia con el mundo de los sentidos, del cual es creadora (o, mejor, plasmadora). Por tanto Plotino considera a la Naturaleza como el resultado de una procesión que va “hacia abajo” desde el alma. Sobre la inmortalidad, Plotino adopta el criterio expuesto en el Fedón. El alma del hombre es una esencia, y como tal es inmortal, pero afirma que tiende a fundirse con el nous y por consiguiente pierde su personalidad. Durante la guerra, se leían las Enéadas en los grupos de intelectuales místicos proalemanes, al igual que a los hindúes, a Nietzsche y a los tibetanos. Junto a cada línea de Plotino, junto a su definición de la astrología, por ejemplo, podría colocarse una frase de Horbiger. Plotino habla de los lazos naturales y sobrenaturales del hombre con el Cosmos, y de las partes del Universo entre sí: «Este universo es un animal único que contiene dentro de sí a todos los animales… Sin estar en contacto, las cosas actúan y tienen necesariamente una acción a distancia… El mundo es un animal único, y por esto es absolutamente necesario que esté de acuerdo consigo mismo, no hay azar en su vida, sino una armonía y un orden únicos.».  Y en fin: «Los acontecimientos de aquí abajo se producen de acuerdo con las cosas celestes.

 

Más próximo a nosotros, William Blake, poeta, pintor, grabador y místico inglés del siglo XIX, en su iluminación poético-religiosa, ve el Universo entero contenido en un grano de arena. Es la idea de la reversibilidad de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente grande, y de la unidad del Universo en todas sus partes. Según el Zohar: «Todo aquí abajo ocurre como en lo alto». Y Hermes Trismegisto: «Lo que está arriba es lo que está abajo». Y la antigua ley china: «Las estrellas en su curso combaten por el hombre justo». Nos hallamos aquí en la base misma del pensamiento hitleriano. Y entendemos que es lamentable que este pensamiento no haya sido hasta hoy analizado de esta forma. Todos se han contentado con hacer hincapié en sus aspectos exteriores, en sus fórmulas políticas, en sus formas exotéricas. Ya hemos indicado anteriormente que consideramos al nazismo como una representación del Mal, que causó millones de muertos y un gran nivel de dolor. Pero aquel pensamiento se inscribió en los hechos e influyó en los acontecimientos. Analizándolos creemos que estos acontecimientos pueden hacerse realmente comprensibles y dan una cierta amplitud a la Historia; vuelven a colocar a ésta a un nivel en que deja de ser absurda y puede ser comprendida, aunque no justificada.

Queremos dar a entender que una civilización totalmente distinta de la nuestra apareció en Alemania y se mantuvo durante algunos años. Y, bien pensado, no es inverosímil que una civilización tan profundamente extraña a nosotros pudiese arraigar en tan poco tiempo. Nuestra propia civilización humanista descansa en un misterio. El misterio es que todas las ideas, en nosotros, coexisten, y que el conocimiento aportado por una idea acaba por aprovechar a la idea contraria. Es más, en nuestra civilización, todo contribuye a hacer comprender al espíritu que el espíritu no lo es todo. Una conspiración inconsciente de las fuerzas materiales reduce los riesgos, mantiene al espíritu en los límites en que, sin estar excluido el orgullo, la ambición aparece un tanto moderada por un cierto pasotismo. Como dijo muy bien Musil: «Bastaría con que se tomase realmente en serio una cualquiera de las ideas que influyen en nuestra vida, de tal suerte que no subsistiera absolutamente nada de su contraria, para que nuestra civilización dejara de ser nuestra civilización». Esto fue lo que ocurrió en Alemania, al menos en las altas esferas dirigentes del socialismo mágico.

 

Estamos en relación mágica con el Universo, pero lo hemos olvidado. La próxima mutación de la raza humana creará seres conscientes de esta relación, hombres-dioses. Y esta mutación hace sentir ya sus efectos en ciertas almas mesiánicas que se entroncan con un remoto pasado y se acuerdan del tiempo en que los gigantes influían en el curso de los astros. Esto es lo que creían Horbiger y sus discípulos, que imaginaban épocas de apogeo de la Humanidad: las épocas de luna baja, a fines del secundario y a fines del terciario. Cuando el satélite amenaza con caer sobre la Tierra, cuando rueda a poca distancia del Globo, los seres vivos están en la cima de su poderío vital y sin duda de su poderío espiritual. El rey gigante, el hombre-dios, capta y orienta las fuerzas psíquicas de la comunidad. Y dirige el haz de radiaciones de suerte que se mantenga el curso de los astros y se retrase la catástrofe. Ésta es la función primordial del gigante mago. En cierta medida, mantiene en su sitio el sistema solar. Gobierna una especie de central de energía psíquica, y en ello está su realeza. Esta energía participa de la energía cósmica.

Así, el calendario monumental de Tiahuanaco, erigido durante la civilización de los gigantes, no había sido construido para registrar el tiempo y los movimientos de los astros, sino para crear el tiempo y mantener estos movimientos. Se trata de prolongar hasta el máximo el período en que la Luna permanece a unos cuantos radios terrestres del Globo, y cabe en lo posible que toda la actividad de los hombres, bajo la dirección de los gigantes, se redujese a la concentración de la energía psíquica, a fin de conservar la armonía de las cosas terrestres y celestes. Las sociedades humanas, impulsadas por los gigantes, son una especie de dínamos. En éstas se producen fuerzas que desempeñan un papel en el equilibrio de las fuerzas universales. El hombre, y en especial el gigante, el hombre-dios, es el responsable del Cosmos entero. Hay un parecido singular entre este punto de vista y el de Gurdjieff. Sabido es que el célebre taumaturgo pretendía haber aprendido, en los centros de iniciación de Oriente, cierto número de secretos sobre los orígenes de nuestro mundo y sobre las altas civilizaciones extinguidas hace centenares de años.

 

Pero, ¿quién  es Gurdjieff?  Creemos que vale la pena detenernos detalladamente en este enigmático personaje que tanta influencia tuvo en el mundo de las ideas de la primera mitad del siglo XX. Durante los  felices años 20 un hombre de extraño aspecto recorría las calles de Paris con grandes mostachos y cráneo pelado, un sombrero de ala ancha y bastón de oro en la mano, luciendo su figura imponente y enigmática. Sentado en los bohemios cafés parisinos, frente a un coñac o una taza de café, mantenía largas y animadas conversaciones con la gente que podía sostener el potencial de su mirada. Era George Ivanovitch Gurdjieff, uno de los maestros espirituales mas controvertidos de nuestro tiempo. Su pensamiento y sus métodos sin duda revolucionaron las creencias de Occidente acerca de las reales posibilidades evolutivas del ser humano. Muchos lo califican de charlatán porque no entienden algunos de sus procedimientos. Otros lo ven como un avatar espiritual en un mundo entregado al estado hipnótico.

Lo cierto es que la vida de Gurdjieff es extraña y apasionante. Su figura se perfila hasta hoy como mítica y polémica porque es muy difícil disponer de registros históricos verificables, sobre todo en lo que se refiere a la primera etapa de su vida. Prácticamente, solo contamos con lo que él quiso decirnos en su obra “Encuentros con Hombres Notables”. Dotado de notables poderes psíquicos, a muchos les parecía estar frente a un mago seductor y autoritario. Obsesionado con el despertar del mecanicismo en las personas, se conducía a veces de manera chocante e inadmisible para los cánones sociales. Pero quienes veían mas allá de este disfraz, descubrían a un hombre autentico, capaz de generar trascendentales cambios en quienes lo rodeaban. Gurdjieff lego al mundo la riqueza de su obra constituida por una serie de 3 libros, un ballet, 300 piezas para piano y alrededor de 100 danzas sagradas. Y lo mas importante, un sólido cuerpo de ideas interrelacionadas acerca de la existencia y la evolución consciente del hombre y el universo.

Giorgios Giorgiades, nombre con el que fue bautizado Gurdjieff, nació, según algunos estudiosos, en el barrio griego de Alexandropol, en Armenia, aproximadamente en 1866. Asimismo y debido a que los rusos conquistaron su ciudad natal durante la guerra ruso-turca, hoy es casi imposible de determinar su nacionalidad. Su madre era armenia y su padre, Ioannas Giorgiades, de origen griego. Dueño de numeroso ganado, Ioannas pastoreaba por obligación y cantaba por elección. Había heredado, como ashokh (bardo y poeta), un amplio repertorio de mitos y leyendas folclóricas que contaba a su familia en las crudas noches de invierno. En el Gurdjieff niño, quedo la huella indeleble de los cuentos del Mulla Nasrudin, sabio folclórico turco que trastocaba la realidad con historias hilarantes y pedagógicas. La vida en Transcaucasia era dura y difícil, y por eso Gurdjieff fue criado espartadamente por su padre. El pequeño debía salir al patio, en invierno, de madrugada, para lavarse el aire libre y correr desnudo hasta que el sueño se disipara por completo.

Gurdjieff tenía 7 años cuando una plaga azoto la región y extermino todo el ganado, enfrentando a la familia a una nueva vida llena de necesidades. Con una calma ancestral, el padre se adapto a las nuevas circunstancias e instalo una bodega de madera. La situación se complico aun más cuando los ejércitos rusos entraron en la ciudad a raíz de la guerra con el sultán Abdul. En medio de este panorama, Gurdjieff crecía con la convicción de ser único y diferente, quizás por la influencia de su abuela que en el lecho de muerte lo incito a ser renovador: “… tu el mayor de mis nietos, escucha y acuérdate de mi ultima voluntad: en la vida, jamás hagas nada como los demás. O bien no hagas nada en absoluto –ve solamente a la escuela- o bien haz algo que nadie hace…” recuerda Gurdjieff en “Relatos de Belcebú”. Pensando en mejorar la vida de sus numerosos hijos, Ioannas y su familia se trasladaron a la población montañosa de Kars, donde formo un pequeño taller de carpintería. La ciudad estaba habitada por una amplia gama de nacionalidades, algunas de ellas prácticamente desconocidas en la actualidad: aisores, tártaros, karapakas, yezidas. Maravillado, Gurdjieff aprendía de todas estas razas y costumbres.

 

Curioso y de notable inteligencia, el niño dominaba ya varios idiomas: turco, armenio, ruso y griego. Fue enviado a la escuela municipal rusa y quizás no habría pasado de allí si no fuera porque llamo la atención del padre Borsh, un alto dignatario de la Iglesia ortodoxa rusa quien, a pesar de su rango, vivía con modestia y ayudaba a los pobres. Hombre inquieto tocaba el violín y era un apasionado de la astronomía, la química y la cultura asiría. En 1879, la familia decidió que Giorgiades seria sacerdote o medico. Y el padre Borsh se hizo cargo de su formación en matemáticas, química, astronomía, historia, geografía, teología, anatomía y fisiología. La sed por aprender de Gurdjieff era inmensa. Leía todo lo que caía en sus manos, cuestionaba, preguntaba y ponía en jaque a sus maestros. El padre Borsh dedicaba mucho tiempo a conversar sobre las “leyes de la vida” con este joven en el que reconocía aptitudes intelectuales excepcionales.

En esa época Gurdjieff sobrevivía como la mayoría de los niños y jóvenes de Kars: con pequeños hurtos. Y aprendía de su tío, Giorgi Mercourov, a reparar maquinas y bordar almohadones. Al mismo tiempo, tomaba contacto con lo “mágico”, a través de experiencias paranormales que exacerbaron su interés por comprender lo que estaba más allá de lo cotidiano. A los 17 años, viaja a Tiflis para emplearse en el ferrocarril. Allí conoce a sus primeros compañeros en la búsqueda de conocimientos ocultistas: el seminarista Sarkis Pogossian y un vendedor de libros llamado Abram Yelov. Los tres se mezclan con una ciudad poco escrupulosa en materia de moral y se ganan la vida con ciertos contratos poco claros. Gurdjieff sentía un impulso irresistible por comprender claramente la precisa significación, en general, del proceso de la vida en la Tierra de las diferentes formas de criaturas, y en particular de la finalidad de la vida humana a la luz de estas interpretaciones. Las interrogantes eran demasiado profundas para ser respondidas por los sistemas filosóficos y religiosos conocidos. El joven empezó a sentir el susurro de antiguas voces que quizás tendrían las respuestas. Se preguntaba si la verdad no estaría escondida en los templos ocultos de los iniciados, ¿existían aun los esenios, los pitagóricos o la mítica hermandad de Sarmung?

 

En 1886, los amigos encuentran la primera clave cuando escarbaban en las ruinas de Ani. Entre unos pergaminos, descubren una referencia de la “Hermandad Sarmung”, que sugería que había sido una escuela de los aisores, situada “entre Urnia y Kurdistan”.  Gurdjieff decide viajar a esa amplia zona. Su meta es encontrar el monasterio y ser aceptado en él. Este proyecto incierto es el comienzo de una búsqueda por Transcaucasia y Asia Central protagonizada por un verdadero guerrero espiritual que después de veinte años volverá al mundo para no descansar, sino para transmitir con increíble energía todo lo aprendido en esos épicos viajes. Alrededor de 1895 se constituye alrededor de Gurdjieff el grupo de los “Buscadores de la Verdad”. Eran unos quince hombres jóvenes y una mujer: Vitvitskaia; entre ellos había expertos en arqueología, ingeniería, música, geografía…. Esta es una de las épocas más confusas de su biografía, Gurdjieff viaja incansablemente con sus amigos, regresando cada cierto tiempo a Tiflis para reponerse de exóticas enfermedades contraídas en tierras del Kurdistan, Ashkhabadian o el Tibet. En medio de guerras, revoluciones y luchas civiles, Gurdjieff contacta con los más santos entre los santos de casi todas las organizaciones herméticas, de casi todas las sociedades, congregaciones, partidos, uniones, etc, religiosas, filosóficas, ocultas, políticas y místicas que eran inaccesibles para los hombres ordinarios.

En ese periodo, su autorretrato lo muestra ganándose la vida como un astuto empresario de alfombras orientales, antigüedades y cloisonne chino, que es una forma de artesanía China de trabajo del metal típica de Beijing; también fue negociante de petróleo y arenques en vinagre; reparador de maquinas de escribir y coser; dueño de restaurantes que abría y cerraba con la mayor facilidad. Y con la habilidad de artista, pintaba gorriones y curaba por hipnosis a drogadictos y alcohólicos. Según rumores no confirmados, también fue agente político.  Gurdjieff solía decir a sus discípulos que hay que ser maestro de este mundo antes de poder dominar el otro mundo, un ejemplo de ello es el modo en que siempre se procuro las necesidades mundanas para sustentar su trabajo espiritual. Creta, Tibet, India, Jerusalén, Egipto …. Es difícil seguir su huella. En este último país encontró a su mejor amigo, el príncipe ruso Yuri Liuboviedsky, con quien compartió un maravilloso descubrimiento: un mapa de “Egipto antes de las arenas. El “Tigre de Turkestan”, como lo llamaban algunos, recoge en un sitio un símbolo, en otro sitio técnicas y en otro danzas. Los senderos secretos lo llevaron, entre 1898 y 1899, a algún lugar del norte de Afganistán. Con los ojos vendados, por fin fue guiado por cuatro jinetes hasta el monasterio Sarmung, donde Gurdjieff comprendió en profundidad el significado de las Danzas Sagradas, el Eneagrama y la armonía de los números, núcleo iniciático de su enseñanza futura. Este encuentro con la milenaria sabiduría oculta en las montañas es tomado por muchos como una alegoría, ya que es imposible comprobar su verdad histórica. Gurdjieff jamás dio la ubicación exacta del monasterio.

 

En su recorrido por los centros iniciativos, no podía faltar el Tibet, donde estudio, alrededor del 1900, danzas rituales, medicina y técnicas psíquicas. De allí, a causa de una refriega entre tribus montañesas, vuelve gravemente herido de bala. Sufre entonces, una profunda experiencia mística que lo lleva a asumir el sentido de responsabilidad, “lo que a Él le es posible e imposible en el dominio del gran mundo, debe serme posible e imposible en el dominio de mi pequeño mundo” – dijo. A partir de ese día intensifica su búsqueda del autodominio. Todo el horror de la situación de las comarcas donde estuvo lo hace percibir al hombre en su estado de sueño profundo, sufriendo por sus pasiones y sin ningún objetivo. Y comienza a experimentar el amor a sus semejantes. En adelante, la compasión ira de la mano de la sabiduría y buscara el ideal del “buen egoísta”. Después de un breve retorno a Alexandropol, parte hacia el Asia Central y recibe, por tercera vez, el impacto de una bala perdida, en esta ocasión como resultado de una pelea entre cosacos y gourianos. Aunque se había prometido a si mismo no usar sus poderes psíquicos, se establece en Tashkent, capital de Turkestan, para transformarse en “Instructor Profesor” de ciencias supranaturales. Quizás lo hizo porque necesitaba tener tranquilidad económica para sintetizar el conocimiento acumulado y enseñarlo. Y, también, porque los rusos europeizados eran un rico campo para el estudio de la psicología humana.

A principios de 1912, llego un pasajero muy especial a Moscú. En su equipaje traía nada menos que unas ideas que englobaban la cosmología, psicología, topología humana, critica semántica, epistemología, cosmogonía, fenomenológica de la conciencia y filosofía existencial practica. Veinte años había necesitado Gurdjieff para organizar los fragmentos del conocimiento adquirido y se sentía listo para divulgarlos. Y lo hizo con su particular estilo. Después de recorrer las conmocionadas calles moscovitas, recibía en las noches a la gente disfrazado de “el príncipe Orzay”, con turbante y bata de seda. En esos días, conoció a la condesa Julia Osipovna Ostrowska, con quien permaneció casado hasta la muerte de ella. Poco a poca, se va formando un grupo de seguidores importantes, entre los que se destaca P.D. Ouspensky, a quien conoce en 1915. Un año antes, Gurdjieff había supervisado la primera obra literaria de su enseñanza, escrita por un discípulo anónimo y titulada “Vislumbres de la Verdad”. Hay vientos de guerra y revolución que obligan a Gurdjieff a moverse buscando una plaza segura. A fines de 1917 se traslada a Essentuki, en el Caucaso. La nueva sede del Instituto para el desarrollo Armónico del Hombre seria una prueba de fuego para sus alumnos. En jornadas inacabables e intensas, practican danzas sagradas, telepatía, ayunos, caminatas y sus famosos ejercicios. Se producen alejamientos, como el de Ouspensky, quien continua entregando el conocimiento adquirido pero en forma independiente, aunque sin perder del todo el contacto con Gurdjieff.

En plena revolución, la ciudad pasaba de mano en mano y nadie tenia la vida asegurada. Como un prestidigitador, inventa una expedición en busca de dólmenes; consigue los permisos correspondientes y parte con sus alumnos en un viaje complicado y no exento de peligros, que culmina en Tiflis, capital de Georgia, todavía en manos del ejército zarista. Allí establece por tercera vez su Instituto, en 1919. Lo siguen la condesa Julia Osipovna Ostrowska, los Stjoernval y los De Hartmann y se agregan Alexandre y Jeanne de Salzmann. Pero las condiciones políticas de Georgia nuevamente lo obligan a emigrar, esta vez a Constantinopla. Ouspensky, que está allí, le confía su propio grupo de alumnos y lo apoya por un tiempo, pero vuelven a separarse, y Gurdjieff decide aceptar una invitación de Jaques-Dalcroze, compositor y teórico suizo,  para instalarse en Hellerau, cerca de Dresden. La idea de residir en Alemania no prospera por litigios legales, tampoco el ofrecimiento de sus seguidores en Londres, por lo que Gurdjieff pone sus ojos en Francia. A pesar de todos estos cambios, el trabajo se mantiene y el grupo continua, ya que precisamente, el cuarto camino, vía evolutiva dentro de la cual se inscribe este trabajo, se desarrolla entre las tormentas de la vida cotidiana.

Al comienzo, Gurdjieff arrendó una casa que compartía con sus alumnos en el distrito de Auteuil, en la cual los días transcurrían entre diálogos acerca del trabajo y la practica de las danzas. En octubre de 1922, el grupo se cambio a Fontainebleau, al sur de Paris, a una hermosa mansión de la aristocracia francesa. Como siempre, Gurdjieff apelo a todos sus recursos para financiar el elevado alquiler, alimentar a todos y enfrentar la titánica misión de levantar una nueva sede. Rodeado de bosques y magníficos jardines, este era el lugar ideal para trabajar. Inmediatamente, comienzan las tareas para adaptar la casa. Desde el amanecer hasta la noche, los seguidores preparan las salas para los ejercicios físicos y las danzas sagradas, construyen el teatro, los establos y la casa de estudios. Los “filósofos del bosque”, como se les denominaba en la época, suscitaban no pocos comentarios. Especialmente conflictiva fue la muerte, por tuberculosis, de la escritora Catherine Mansfield, ocurrida en Fontainbleau en 1923. Los periodistas condenan el Instituto haciéndose eco de la opinión de muchos detractores. A pesar de esto, es visitado por lo más representativo de la “inteligencia” europea.

  

De nuevo Gurdjieff emplea la técnica del sobreesfuerzo para “despertar” la conciencia dormida y mecánica de sus discípulos. Las jornadas son agotadoras: danzas, ejercicios gimnásticos, difíciles prácticas de concentración, meditaciones …. El 13 de diciembre de 1923 se realiza la primera representación pública de las danzas sagradas, en el Teatro de los Campos Eliseos, impresionando al sofisticado público parisino. Aquí, una etapa de agitadas y sucesivas giras se inicia con representaciones de las danzas en Nueva York y Chicago. El éxito es estruendoso y se empieza a hablar de Gurdjieff en los periódicos de todo el mundo. En el verano de 1924 Gurdjieff sufre, camino a Paris, un accidente de automóvil casi fatal. Los médicos no dan esperanza de vida, pero el agonizante se recupera milagrosamente, creando a su alrededor una atmósfera todavía mas mítica. El accidente sume a Gurdjieff en una crisis y resuelve dar un rumbo distinto a su labor. Aleja a los “parásitos” con el pretexto de que se cerraría el Instituto y empieza a escribir, con la ayuda de Olga de Hartmann, su obra “Relatos de Belcebú a su nieto”. Desde luego, no uso el lenguaje establecido. Muy por el contrario. Su atrevida sintaxis, disgregaciones, dislocaciones secuénciales y complicado estilo, la hacen una obra espiritual complicada y polémica. Quizás porque como todo lo gurdjieffano, la verdad solo puede alcanzarse experimentando por si mismo.

Los siguientes años no son fáciles. En 1926, muere su mujer, Julia Ostrowska, de un cáncer prolongado. Las deudas de Fontainebleau son cuantiosas y la salud del maestro esta muy debilitada. Se suma su desesperación por el poco nivel de desarrollo de sus discípulos. Inicia la producción de su libro, que más tarde se llevaría al cine, “Encuentros con Hombres Notables”, al mismo tiempo que facilita el alejamiento de los De Hartmann y otros seguidores, y continúa con sus viajes a Norteamérica. Finalmente, en 1933, pierde en definitiva la mansión que lo albergo durante mas de una década. De regreso en Paris, Gurdjieff se aboca a continuar su obra literaria y a emprender varios viajes, muchas veces conflictivos. Nuevos y antiguos seguidores, se agrupan en torno de él en su departamento. Gurdjieff comienza a actuar en terreno complicado, ya que debe conjugar, pensando en el futuro, la interacción de discípulos de origen, nacionalidad y desarrollo muy distintos. Sus habilidades comerciales le permiten sobrellevar la segunda guerra mundial sin mayores sobresaltos. Los pupilos se agrupan para compartir y aprender en un departamento atestado de gente, en el que la actividad comenzaba al mediodía con la lectura de los escritos aun inéditos del maestro. Le seguía una comida ceremonial de media tarde. Entonces, los invitados se retiraban para regresar en la noche, continuando los diálogos y lecturas. Después de una cena tardía, se iban a las dos y media de la mañana.

 

 
En 1949, realiza su última visita a Estados Unidos para supervisar la edición de sus libros. Ese mismo año, su salud empeora y, tras realizar la coreografía de su último “movimiento”, se desploma y es conducido al Hospital Americano de Neuilly. Rodeado de discípulos, antes de caer en la inconciencia, les lega su ultima ironía: “os dejo metidos en un lio …”.  Falleció en la mañana del 29 de octubre y fue sepultado en Fontainebleau, Avon, junto a su madre y esposa. Después del solemne entierro, Jeanne de Salzmann dijo a sus discípulos:” … cuando un maestro como el señor Gurdjieff se va, no puede ser reemplazado…”.  Bajo el titulo “del Todo y de todo”, Gurdjieff dejo tres libros muy diferentes pero que, según él, forman un conjunto inseparable: “… quienquiera que se interese en mis obras debe abstenerse rigurosamente de leerlas en un orden diferente del que está indicado; en otros términos, no debería leer jamás ninguno de mis nuevos escritos antes de conocer bien mis obras anteriores …” Los títulos de estas tres obras son : “Relatos de Belcebú a su nieto”, “Encuentro con hombres notables” y “La vida no es real sino cuando “Yo Soy””.

El primero de estos libros no es solamente una critica despiadada y llena de humor sobre la vida de los hombres, sino también la exposición de las leyes de la creación y del mantenimiento del mundo. El Belcebú de los relatos no es el príncipe de las tinieblas que por lo general evoca este nombre, sino un abuelo rico en experiencias y sabiduría que viaja con su nieto Bassin a través de los espacios intersiderales, hecho curioso a principios del siglo XX. En el transcurso de este largo viaje, Belcebú, preocupado por la educación de su nieto, emprende el relato de algunos acontecimientos de su vida, desde el día en que una “decisión de Lo Alto” lo condeno al exilio en uno de los sistemas solares mas alejados del centro del Universo, aquel cuyos planetas se llaman Marte, Saturno, Venus …. Tierra. A través de estos relatos, el tiempo de Belcebú tiene un ritmo mucho mas largo que el nuestro, descubrimos la civilización de la Atlántida, y las civilizaciones hoy olvidadas del Asia Central, de Babilonia y de Egipto, para desembocar en revelaciones inesperadas, a menudo llenas de humor, sobre los rusos, los alemanes, los franceses o los norteamericanos. Al lector que sabe escuchar a Belcebú con la misma sed de comprensión que su nieto Bassin, se le va a revelar, poco a poco, a lo largo de esta lectura, el sentido de la vida de los hombres en la Tierra, y se le perfilara, particularmente en el capitulo “El Santo Planeta del Purgatorio”, “las leyes cósmicas fundamentales de acuerdo a cuyos principios existe y se mantiene nuestra presencia en el mundo”.

 

El segundo libro, nos declara Gurdjieff, esta constituido de relatos que evocan los “contornos exteriores de mi autobiografía”. Allí evoca en efecto los acontecimientos de su infancia y adolescencia en Alexandropol, en el Caucaso, así como las influencias de quienes lo marcaron profundamente: su padre y, sus maestros. Otros relatos nos transportan a Turquía, al Asia Central, al desierto de Gobi, etc. Aunque estos relatos mantienen un tono de innegable autenticidad, pronto se evidencia que aquí no se trata de una biografía en el sentido ordinario del término. Al describirse los rasgos de cada uno de los “hombres notables” con los que compartió su aventurera vida, Gurdjieff nos revela los fundamentos del hombre nuevo, lo que debería ser un hombre verdadero. Todo ello nos evoca a algunas de las declaraciones de Hitler unos cuantos decenios más tarde.

El tercer libro cumple según Gurdjieff un objetivo especifico: favorecer la eclosión en el pensar y en el sentimiento del lector de una representación justa, no fantasiosa, del mundo real, en lugar del mundo ilusorio que él percibe. La obra permanece incompleta. El 2 de abril de 1935, Gurdjieff deja definitivamente de escribir, al parecer abandonado antes de tiempo su proyecto inicial. Aun inconcluso, este libro abre al lector horizontes insospechados, al levantar esencialmente el velo que cubría la lucha interior, a menudo dramática, que Gurdjieff debió asumir para llevar a cabo la tarea que se había fijado: “… compartir con mis semejantes, criaturas de Nuestro Padre Común, casi todos los secretos del mundo interior del hombre que han permanecido hasta entonces ignorados …. Las cinco conferencias y el capitulo titulado “El mundo exterior y el mundo interior del hombre” que componen la obra, revelan lo que puede ser el trabajo de un maestro con sus alumnos, para abrir sus ojos a la realidad y darles así la posibilidad de adquirir su propio centro.

Gurdjieff, en su famosa obra “del Todo y de todo”, y empleando las imágenes a que era tan aficionado, escribe: «Esta Comisión (de los ángeles arquitectos creadores del sistema solar), después de calcular todos los hechos conocidos, llegó a la conclusión de que, aunque los fragmentos proyectados lejos del planeta Tierra podían mantenerse algún tiempo en su posición actual, sin embargo, en el futuro, y a causa de lo que se llama movimientos tastartoonarianos, tales fragmentos satélites podrían abandonar su posición y producir un gran número de calamidades irreparables. Por esto, los altos comisarios decidieron tomar medidas para evitar esta eventualidad. Y el medio más eficaz, pensaron, era que el planeta Tierra enviase constantemente a sus fragmentos satélites, para mantenerlos en su sitio, las vibraciones sagradas llamadas askokinns». Los hombres están, pues, dotados de un órgano especial, emisor de fuerzas psíquicas destinadas a mantener el equilibrio del Cosmos. Es lo que llamamos vagamente el alma, y todas nuestras religiones no serían más que el recuerdo adulterado de esta función primordial: participar en el equilibrio de las energías cósmicas.

«En la primitiva América —recuerda el escritor francés  Denis Saurat—, los grandes iniciados realizaban una ceremonia sagrada con raquetas y pelotas: las pelotas trazaban en el aire el curso de los astros en el cielo. Si uno, por torpeza, dejaba caer o perdía la pelota, era causa de catástrofes astronómicas: entonces lo mataban y le arrancaban el corazón.». El recuerdo de esta función primordial se pierde en leyendas y supersticiones, desde el Faraón que, por su mágico poder, hace subir las aguas del Nilo todos los años, hasta los rezos del Occidente pagano para desviar los vientos o hacer cesar el granizo y las prácticas de hechicería de los brujos polinesios para provocar la lluvia. El origen de toda religión elevada estaría en esta necesidad, conocida por los hombres de las edades remotas y por sus reyes gigantes: mantener lo que Gurdjieff llama «movimiento cósmico de armonía general». En la Tierra existen ciclos en la lucha entre el hielo y e! fuego, que es la clave de la vida universal. Horbiger afirma que, cada seis mil años, sufrimos una ofensiva del hielo. Se producen diluvios y grandes catástrofes.

 

Pero, en el seno de la Humanidad, se produce cada setecientos años una embestida de fuego. Es decir, cada setecientos años, el hombre recobra la conciencia de su responsabilidad en la lucha cósmica. Vuelve a ser religioso, en el sentido pleno de la palabra. Reanuda su contacto con las inteligencias extinguidas hace largo tiempo. Se prepara para las mutaciones futuras. Su alma adquiere las dimensiones del Cosmos. Recobra el sentido de la epopeya universal. De nuevo es capaz de distinguir entre lo que viene del hombre-dios y lo que viene del hombre-esclavo, y de arrojar de la Humanidad lo que pertenece a las especies condenadas. Vuelve a ser implacable y flamígero. Vuelve a ser fiel a la función hacia la cual lo elevaron los gigantes. No hemos logrado comprender cómo justificaba Horbiger estos ciclos, cómo adoptaba esta afirmación al conjunto de su sistema. Pero Horbiger declaraba, igual que Hitler, que la preocupación de la coherencia es un vicio mortal. Lo que cuenta es lo que provoca el movimiento. El crimen es también movimiento: el crimen contra el espíritu es beneficioso. En fin, Horbiger había tenido conocimiento de esos ciclos por inspiración. Esto le daba más autoridad que el razonamiento. La última embestida del fuego había coincidido con la aparición de los caballeros teutónicos.

Ahora estábamos en una nueva embestida que coincidía con la fundación de «El Orden Negro» nazi. Rauschning, que se azoraba porque no poseía la clave del pensamiento del Führer y seguía siendo un buen aristócrata humanista, destacaba las frases que Hitler se permitía a veces pronunciar en su presencia: Constantemente introducía entre sus frases el tema de lo que él llamaba el «giro decisivo del mundo», o la bisagra del tiempo. Habría una conmoción en el planeta que nosotros, los no iniciados, no podíamos comprender en toda su amplitud.  «La especie humana —decía Hitler— sufría desde su origen una prodigiosa experiencia cíclica. De un milenio a otro, pasaba por pruebas de perfeccionamiento. La cuarta luna se acercará a la Tierra, se alterará la gravitación. Subirán las aguas y los seres pasarán por un período de gigantismo. La acción más fuerte de los rayos cósmicos producirá mutaciones. El mundo entrará en una nueva fase atlante”.  Hitler hablaba como un vidente. Se había construido una mística biológica, o, si sé prefiere, una biología mística, que era la base de sus inspiraciones. Se había fabricado una terminología personal. «La falsa ruta del espíritu» era el abandono por el hombre de su vocación divina. Tomaba como fin de la evolución humana la adquisición de la «visión mágica». Creía hallarse ya en los umbrales de este saber mágico, fuente de los éxitos presentes y futuros.

 

Un profesor coetáneo, de Munich, había escrito, además de cierto número de obras científicas, algunos ensayos bastante extraños sobre el mundo primitivo, la formación de las leyendas, la interpretación de los sueños en los pueblos de las primeras edades, así como sobre sus conocimientos intuitivos y una parte de poder trascendental que habrían utilizado para modificar las leyes de la Naturaleza.  En realidad no era de Munich, sino austríaco: se trata de Horbiger, del cual Rauschning habla de oídas. Se hablaba también, en aquella hojarasca, del ojo del Cíclope, del ojo frontal que se había atrofiado enseguida para formar la glándula pineal. Tales ideas fascinaban a Hitler. Le gustaba sumergirse en ellas. Sólo por la acción de fuerzas ocultas podía explicarse la maravilla de su propio destino. Atribuía a estas fuerzas su vocación sobrehumana de anunciar a la Humanidad el nuevo evangelio. El período solar del hombre tocaba a su término: ya se podían descubrir las primeras muestras del superhombre. Este periodo solar es un período bajo la influencia del Sol. Los períodos de elevación están bajo la influencia de la Luna, cuando el satélite se acerca a la Tierra. Se anunciaba una nueva especie, que expulsaría a la antigua Humanidad.

De la misma manera que, según la inmortal sabiduría de los antiguos pueblos nórdicos, el mundo debía rejuvenecerse continuamente por el derrumbamiento de las edades anticuadas y el ocaso de los dioses; de la misma manera que los solsticios eran, en las viejas mitologías, el símbolo del ritmo vital, que no sigue la línea recta y continua, sino la espiral, así la Humanidad progresaba por una especie de saltos y revueltas. “Cuando Hitler se dirigía a mí—prosigue Rauschning—, intentaba explicar su vocación de anunciador de una nueva Humanidad en términos racionales y concretos. Decía: “La creación no ha terminado. El hombre llega claramente a una fase de metamorfosis. La antigua especie humana ha entrado ya en el estadio del agotamiento. La Humanidad sube un escalón cada setecientos años, y lo que se juega en esta lucha, a plazo más largo, es el advenimiento de los Hijos de Dios. Toda la fuerza creadora se concentrará en una nueva especie. Las dos variedades evolucionarán rápidamente en sentido divergente. Una de ellas desaparecerá, y la otra florecerá. Será infinitamente superior al hombre actual… ¿Comprende ahora el sentido profundo de nuestro movimiento nacionalsocialista? El que sólo comprende el nacionalsocialismo como movimiento político, no sabe gran cosa de él…“”.

 

Rauchning, lo mismo que los demás observadores, no enlazó la doctrina racial con el sistema general de Horbiger. Sin embargo, el nexo existe, en cierto modo. Tal doctrina forma parte del esoterismo nazi, del que vamos a considerar seguidamente otros aspectos. Había un racismo de propaganda: es el que han descrito los historiadores y han condenado justamente los tribunales, interpretando la conciencia popular. Pero había otro racismo, más profundo y sin duda más horrible. Éste quedó fuera del alcance del entendimiento de los historiadores y de los pueblos; no podía existir un lenguaje común entre estos racistas, de una parte, y sus víctimas y sus jueces de otra. En el período terrestre y cósmico en que nos hallamos, esperando el nuevo ciclo que determinará en la Tierra nuevas mutaciones, una nueva clasificación de las especies y el retorno al gigante mago, al hombre-dios, en este período, decimos, coexisten en el Globo especies procedentes de diversas fases del secundario, del terciario y del cuaternario. Ha habido fases de ascenso y fases de derrumbamiento. Ciertas especies muestran las señales de la degeneración; otras, son anuncio del futuro y llevan los gérmenes del porvenir. El hombre no es uno. Y así, los hombres no son descendientes de los gigantes, sino que aparecieron después de los gigantes. Fueron creados a su vez por mutación. Pero, ni siquiera esta Humanidad media pertenece a una sola especie.

Hay una Humanidad verdadera, llamada a conocer el próximo ciclo, dotada de los órganos psíquicos necesarios para desempeñar un papel en el equilibrio de las fuerzas cósmicas y destinada a la epopeya, bajo la dirección de los Superiores Desconocidos venideros. Y hay otra humanidad, que no era más que una aparición de tal, que no merece este nombre, y que, sin duda, apareció en el Globo en las épocas bajas y oscuras en que, a causa de la caída del satélite, inmensas regiones del mundo quedaron convertidas en cenagales desiertos. Indudablemente fue creada junto con los seres reptantes y odiosos, manifestaciones de una vida fracasada. ¿No os recuerda algo a las obras de Tolkien?  Según las teorías racistas nazis, los gitanos, los negros y los judíos no son hombres, en el sentido real de la palabra. Nacidos después del hundimiento de la luna terciaria, por brusca mutación, como por un desgraciado tartamudeo de la fuerza vital castigada, estas criaturas «modernas» (y especialmente los judíos) imitan al hombre y le envidian, pero no pertenecen a la especie. «Están tan alejados de nosotros como las especies animales de la especie humana verdadera», dice literalmente Hitler a Rauschning, que descubre en el Führer una visión todavía más delirante que en Rosenberg y demás teóricos del racismo. «Y no es —precisa Hitler— que llame animal al judío. Este está mucho más alejado del animal que nosotros». Según esta delirante teoría, exterminarlo no es un crimen de lesa humanidad, puesto que no forma parte de la Humanidad. «Es un ser extraño al orden natural

 

Por esto algunas sesiones del proceso de Nuremberg carecían de sentido. Los jueces no podían sostener ninguna clase de diálogo con los responsables, que, por otra parte, habían desaparecido en su mayoría, dejando sólo a los ejecutores en el banquillo. Se enfrentaban dos mundos, sin posible comunicación. Igual habría sido juzgar a unos marcianos en el plano de la civilización humanista. Porque eran marcianos. Pertenecían a un mundo separado del nuestro, del que conocemos desde hace seis o siete siglos. En unos años y sin que nos diésemos cuenta, se había establecido en Alemania una civilización completamente distinta de lo que hemos convenido en llamar civilización. Sus iniciadores no tenían en el fondo la menor comunicación intelectual, moral o espiritual con nosotros. A despecho de las formas externas, nos eran tan extraños como los salvajes de Australia. Los jueces de Nuremberg se esforzaban en disimular que tropezaban con esta turbadora realidad. En cierto modo, se trataba, en efecto, de correr un velo sobre la realidad, a fin de hacerla desaparecer como en un truco de prestidigitación. Se trataba de defender la idea de la permanencia y la universalidad de la civilización humanista y cartesiana, y era preciso integrar a los acusados en el sistema, de grado o por fuerza. Era necesario. Se jugaba el equilibrio de la conciencia occidental. Pero queremos dejar bien sentado que el juicio de Nuremberg fue necesario, ya que se habían cometido terribles atrocidades.

Pensamos simplemente que allí se enterró lo fantástico. Pero bien estaba enterrado, a fin de evitar que docenas de millones de almas se contagiaran. Nosotros sólo excavamos para algunos aficionados, apercibidos y provistos de máscara. Nuestro espíritu se niega a admitir que la Alemania nazi encarnase los conceptos de una civilización sin relación alguna con la nuestra. Sin embargo, esto, y sólo esto, justifica la pasada guerra, una de las pocas de la Historia conocida en que se jugaba algo realmente esencial. Tenía que triunfar una de las dos visiones del hombre, del cielo y de la Tierra; la humanista o la mágica. No había coexistencia posible, mientras podemos imaginarla de buen grado entre el liberalismo y el marxismo, pues ambos descansan en el mismo suelo y pertenecen al mismo Universo. El Universo de Copérnico no es el de Plotino; ambos se oponen fundamentalmente, y esto es no sólo cierto en el terreno de la teoría, sino también en el de la vida social, política, espiritual, intelectual y pasional. El motivo de que nos cueste admitir esta visión extraña de otra civilización establecida en un abrir y cerrar de ojos allende el Rin, es que conservamos una idea infantil de la distinción entre el «civilizado» y el que no lo es.

 

Para ver esta distinción necesitamos tam-tams y chozas de paja. Ahora bien, hubiese sido más fácil «civilizar» a un hechicero bantú que atraer a nuestro humanismo a Hitler, Horbiger o Haushoffer. Pero la técnica alemana, la ciencia alemana, la organización alemana, comparables, si no superiores a las nuestras, nos ocultaban este punto de vista. La novedad formidable de la Alemania nazi fue que al pensamiento mágico se añadió la ciencia y la técnica. Los intelectuales detractores de nuestra civilización, vueltos al espíritu de las edades antiguas, han sido siempre enemigos del progreso técnico. Ejemplo de ello lo son René Guénon, matemático, filósofo y metafísico francés, Gurdjieff o los innumerables hinduistas. En cambio, el nazismo constituyó el momento en que el espíritu de la magia asió las palancas del progreso material. Lenin decía que el comunismo era el socialismo más la electricidad. En cierto modo, el hitlerismo era el guenonismo  (de René Guénon) más las Divisiones blindadas.

Uno de los más bellos poemas de nuestra época lleva por título “Crónicas marcianas”. Su autor es un americano de unos treinta años (cuando escribío la obra), temeroso de una civilización de autómatas; un hombre lleno de cólera y de caridad. Se llama Ray Bradbury. No es, como se cree, un autor de ciencia ficción, sino un artista religioso. Se vale de los temas de la imaginación más moderna, pero si pinta viajes en el futuro, es para describir el hombre interior y su creciente inquietud. En el comienzo de las “Crónicas marcianas”, los hombres se disponen a lanzar el primer gran cohete interplanetario. Llegará a Marte y establecerá contactos, por primera vez, con otras inteligencias. Estamos en enero de 1999: «Un momento antes, era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, los cristales cubiertos de escarcha y los tejados orlados de estalactitas… Después, una prolongada ola de calor barrió la pequeña ciudad. Una corriente de aire cálido, como si acabasen de abrir la puerta de un horno. El soplo caliente pasó sobre las casas, los árboles, los niños. Los carámbanos se desprendieron, se rompieron y empezaron a fundirse… El verano del cohete. La noticia corría de boca en boca en las grandes casas abiertas. El verano del cohete. El hábito ardoroso del desierto disolvía en ‘ las ventanas los arabescos de hielo… La nieve que caía del cielo frío sobre la ciudad se transformaba en lluvia caliente antes de llegar al suelo. El verano del cohete. Desde el umbral de sus puertas de marcos chorreantes, los moradores contemplaban cómo el cielo enrojecía…».

 

Lo que más tarde sucede a los hombres, en el poema de Bradbury, es triste y doloroso, porque el autor no cree que el progreso de las almas pueda estar ligado al progreso de las cosas. Pero a guisa de prólogo, describe este «verano del cohete» cargando el acento sobre un arquetipo del pensamiento humano: la promesa de una eterna primavera sobre la Tierra. En el momento en que el hombre toca la mecánica celeste e introduce en ella un motor nuevo, se producen grandes cambios aquí abajo. Todo repercute en todo. En los espacios interplanetarios, donde se manifiesta desde ahora la inteligencia humana, se producen reacciones en cadena que tienen su repercusión en el Globo, cuya temperatura se modifica. En el momento en que el hombre conquista, no sólo el cielo, sino «lo que está más allá del cielo»; en el momento en que se opera una gran revolución material y espiritual en el Universo; en el momento en que la civilización deja de ser humana para convertirse en cósmica, la Tierra recibe una especie de recompensa inmediata. Los elementos dejan de abrumar al hombre. Una eterna suavidad, un eterno calor envuelve el Globo. El hielo, signo de muerte, está vencido. El frío retrocede. Se mantendrá la promesa de una eterna primavera, si la Humanidad cumple su misión divina. Si se integra en el Todo universal, la Tierra eternamente tibia y florida será su recompensa. Los poderes del frío, que son los poderes de la soledad y de lo caduco, serán vencidos por el poder del fuego.

Otro arquetipo es el que asimila el fuego a la energía espiritual. Quien posee esta energía, posee el fuego. Por extraño que parezca, Hitler estaba persuadido de que, por dondequiera que él avanzara, retrocedería el frío. Esta convicción mística explica en parte su manera de conducir la campaña de Rusia. Los horbigerianos, que alardeaban de prever el tiempo en todo el planeta, con meses e incluso años de antelación, habían anunciado un invierno relativamente benigno. Pero había más: por medio de los discípulos del hielo eterno, Hitler estaba persuadido de que había cerrado una alianza con el frío y de que las nieves de las llanuras rusas no entorpecerían su marcha. La Humanidad iba a entrar en el nuevo ciclo del fuego. Estaba entrando ya. El invierno cedería ante sus legiones portadoras de la llama. Aunque el Führer prestaba una atención especial al equipo material de sus tropas, sólo había hecho dar a los soldados de la campaña de Rusia un suplemento irrisorio de prendas de vestir: una bufanda y un par de guantes.

 

Y, en diciembre de 1941, el termómetro descendió bruscamente a menos de cuarenta grados bajo cero. Las previsiones eran falsas, las profecías no se cumplían; los elementos se rebelaban; los astros, en su carrera, dejaban de trabajar para el hombre justo. El hielo triunfaba sobre el fuego. Las armas automáticas se encallaron al helarse el aceite. En los depósitos, la gasolina sintética se descomponía, por la acción del frío, en dos elementos inutilizables. En la retaguardia, se helaban las locomotoras. Bajo su capote y calzados con sus botas de uniforme, morían los hombres. La más leve herida los condenaba a muerte. Millares de soldados, al agacharse para hacer sus necesidades, se derrumbaban con el ano helado. Hitler se negó a creer este primer desacuerdo entre la mística y la realidad. El general Guderian, exponiéndose a la destitución y tal vez a la muerte, voló a Alemania para poner al Führer al corriente de la situación y pedirle que diese la orden de retirada. “—El frío —dijo Hitler— es cosa mía. ¡Atacad!” Y así fue como todo el Cuerpo de ejército blindado que había vencido a Polonia en dieciocho días y a Francia en un mes, los ejércitos de Guderian, de Reinhardt y de Hoeppner, la formidable legión de conquistadores a los que Hitler llamaba sus Inmortales, tronchada por el viento, quemada por el hielo, empezó a disolverse en el desierto del frío, para que la mística fuese más verdadera que la tierra.

Los restos de este Gran Ejército tuvieron por fin que abandonar y dirigirse hacia el Sur. Cuando, durante la primavera siguiente, las tropas iniciaron su ofensiva hacia el Cáucaso, se desarrolló una ceremonia singular. Tres alpinistas de la SS escalaron la cumbre del Elbruz, montaña sagrada de los arios, hogar de antiguas civilizaciones, cumbre mágica de la secta de los «Amigos de Lucifer». Y plantaron la bandera de la cruz gamada, bendecida según el rito de la Orden Negra. La bendición de la bandera en la cima del Elbruz debía señalar el principio de una nueva era. A partir de entonces, las estaciones obedecerían y el fuego vencería al hielo por muchos milenios. El año pasado habían sufrido una grave decepción, pero no era más que una prueba, la última, antes de la verdadera victoria espiritual. Y, a despecho de las advertencias de los meteorólogos clásicos, que anunciaban un invierno más temible que el pasado, a despecho de mil señales amenazadoras, las tropas subieron hacia el Norte, en dirección a Stalingrado, para cortar Rusia en dos. «Mientras mi hija entonaba sus cánticos inflamados, allá arriba, junto al mástil escarlata, los discípulos de la razón se mantuvieron apartados, con semblante tenebroso…».

 

Pero los «discípulos de la razón», con «semblante tenebroso» se salieron con la suya. Triunfaron los hombres materiales, los hombres «sin fuego», con su valor, su ciencia «judeo-liberal» y su técnica sin prolongaciones religiosas; los hombres carentes de «sagrada desmesura», ayudados por el frío y por el hielo. Ellos hicieron fracasar el pacto. Ellos burlaron a la magia. Después de Stalingrado, Hitler deja de ser un profeta. Su religión se derrumba. Stalingrado no es sólo una derrota militar y política. El equilibrio de las fuerzas espirituales se modifica, la rueda gira. Los periódicos alemanes aparecen con recuadros negros y las descripciones que dan del desastre son más terribles que los comunicados rusos. Se decreta el luto nacional. Pero este luto rebasa la nación: «¡Daos cuenta! —escribe Goebbels—. Es todo un pensamiento, es toda una concepción del Universo que ha sufrido una derrota. Las fuerzas espirituales van a ser aplastadas, la hora del juicio se acerca». En Stalingrado, no es el comunismo que triunfa del fascismo, o mejor dicho, no es sólo esto. Mirándolo desde más lejos, es decir, desde el lugar adecuado para abarcar el sentido de tan amplios acontecimientos, es nuestra civilización humanista la que detiene el empuje formidable de otra civilización, luciferina, mágica, no hecha para el hombre, sino para «algo que es más que un hombre».

No existen diferencias esenciales entre los móviles de los actos civilizadores de la URSS y de los Estados Unidos. La Europa de los siglos XVIII y XIX proporcionó el motor que sigue funcionando. No suena exactamente igual en Nueva York que en Moscú, pero esto es todo. Había un solo mundo en guerra contra Alemania, no una coalición momentánea de enemigos fundamentales. Un solo mundo que cree en el progreso, en la justicia, en la igualdad y en el silencio. Un solo mundo que tiene la misma visión del Cosmos, la misma comprensión de las leyes universales y que asigna al hombre, en el Universo, el mismo lugar, ni demasiado grande, ni demasiado pequeño. Un solo mundo que cree en la razón y en la realidad de las cosas. Un solo mundo que tenía que desaparecer entero para dejar sitio a otro, del que Hitler se creía anunciador. Es el hombrecillo del «mundo libre», el habitante de Moscú, de Boston, de Barcelona, de Limoges o de Lieja, el hombrecillo positivo, racionalista, más moralista que religioso, desprovisto de sentido metafísico, poco aficionado a lo fantástico, el hombre a quien Zaratustra tenía por apariencia de hombre, por criatura de hombre; el hombrecillo salido del muslo de Monsieur Homais, quien va a aniquilar al Gran Ejército destinado a abrir camino al superhombre, al hombre-dios, dueño de los elementos, de los climas y de las estrellas.

Monsieur Homais encarna uno de los grandes momentos de la cultura europea. Cuando Flaubert le dio vida  en su obra “Madame Bovary”, haciendo de él un personaje sin duda semejante a los que por entonces pintaba Daumier, ya el ideal del progreso, del que M. Homais es cifra y compendio, se hallaba en franco declive. No en vano el gran autor pasa por haber sido uno de los primeros y más incisivos críticos de la mentalidad progresista propia del siglo XIX, la cual no consistió en otra cosa, como es sabido, sino en una actitud de ilimitada confianza respecto del tiempo futuro, del cual sólo cabía esperar incomparables logros y beneficios para la especie humana. “Madame Bovary” y “Bouvard et Pecuchet” son, por cierto, cada uno a su turno y desde diferentes perspectivas, testimonios altísimos de esta crisis del pensamiento progresista que, por entonces, comenzaba ya a ser puesto en cuestión, después de haber representado un axioma indiscutible, algo a modo de una ley universal.

Personaje aparentemente secundario en la primera de dichas novelas, Monsieur Homais es, no obstante, uno de los caracteres más vigorosamente definidos de la literatura moderna. En él la fe en el Progreso se alía a la fe en la Ciencia, constituidas ambas en dimensiones diferentes de una misma creencia en el mejoramiento creciente de la existencia del hombre a compás del avance del tiempo desde hoy hacia el mañana. Monsieur Homais es un buen burgués satisfecho de la vida. Las ilustraciones lo representan siempre como un hombre grueso, seguro de sí mismo, burlón y sonriente, como persona que goza en oírse y en ser oída, pues uno de sus rasgos esenciales es que está poseído de una viva ansia de comunicatividad y expansión; nos lo imaginamos, a la puerta de su botica, acompañando con risita mordaz sus chanzas a propósito de los hombres de iglesia, considerados por él como los mayores estorbos para la difusión del progreso.

Nada es capaz de aminorar el optimismo del buen boticario. No hay para él más Dios ni más felicidad ni más verdad que el progreso. Tiene para él esta palabra resonancias como de suprema e infalible esperanza en alas de la cual todas las viejas aspiraciones de los hombres serán colmadas. Mediocremente optimista e incapaz de hacerse cuestión de aquellas cosas en que cree trivial y dogmáticamente, posee un repertorio de lugares comunes que él repite sin caer en la cuenta de que lo son, antes bien suponiendo que cada uno de ellos envuelve una noción y un matiz originales. Lo curioso y a la par dramático en el comportamiento de nuestro personaje es que creyéndose el ser más antidogmático del mundo -y de ahí su incontenible aversión a la Iglesia, máxima dispensadora, según él, de dogmas que estorban el desarrollo de la civilización-, sin embargo, él mismo no es, en el fondo, sino un pobre ser tan dogmático como el que más. En rigor, la noción filosófica en que se inspira, a saber, la idea de un progreso incesante e indefinido, no es ni más ni menos que otro dogma, sólo que basado en un principio inmanente y terrenal y ya no trascendental y espiritual.

Monsieur Homais es un personaje del siglo XIX. Aún sobrevive, sin embargo, la mentalidad a la que él dio consistencia humana y dimensión literaria. Muchos Monsieur Homais siguen repitiendo las frases hechas, los trilladísimos tópicos que el viejo personaje vertía a la puerta de su botica, allá en el provinciano ambiente en que Madame Bovary vivió su tragedia burguesa y sentimental. Es cierto que en la época en que Monsieur Homais despachaba sus recetas progresistas -hacia el comienzo del siglo XX- sus afirmaciones debieron estar tocadas de un tono hiriente, como de cosa audaz llamada a provocar una nota de escándalo. Pero Flaubert, al darnos la caricatura del personaje, supo ya representarlo en aquel tiempo en que tales pensamientos progresistas estaban en boga, como un ser que expresa ideas que desde su origen mismo están ya gastadas, precozmente envejecidas. Porque al pintar la personalidad de Monsieur Homais, tan próxima, por lo demás, al Babbit de Sinclair Lewis,  Flaubert acertó a transmitirnos la imagen viviente, perenne, decimonónica, pero todavía muy “siglo veinte”, del ser cuya psicología sólo habita el tópico. Semillero de lugares comunes, alma sin intimidad y sin hondura, Monsieur Homais es la máxima representación del lenguaje, hecho de tópicos, a través del cual se expresa el hombre-masa de nuestro tiempo.

Y, por un curioso disentir de la justicia— o de la injusticia—, es este hombrecillo de alma limitada quien, años más tarde, lanzaría un satélite al espacio, inaugurando la era interplanetaria. Stalingrado y el lanzamiento del Sputnik son, como dicen los rusos, las dos victorias decisivas, que celebraron conjuntamente en 1957, a raíz del aniversario de su revolución. Sus periódicos publicaron una fotografía de Goebbels: «Creía que íbamos a desaparecer. Pero teníamos que triunfar para crear el hombre interplanetario». La resistencia desesperada, loca, catastrófica, de Hitler, en el momento en que, evidentemente, todo estaba perdido, sólo se explica por la espera del diluvio descrito por los horbigerianos. Si no se podía volver la situación por medios humanos, quedaba la posibilidad de provocar el juicio de los dioses. Vendría el diluvio, como un castigo, para la Humanidad entera. La noche envolvería el Globo y todo se ahogaría entre tempestades de agua y de granizo. Hitler, dice Speer, horrorizado, «trataba deliberadamente de que todo pereciese con él. Ya no era más que un hombre para quien el fin de su propia vida significaba el fin de todas las cosas». Goebbels, en sus últimos editoriales, saluda con entusiasmo a los bombardeos enemigos que destruyen su país: «Bajo las ruinas de nuestras ciudades derrumbadas, quedan enterradas las realizaciones del estúpido siglo XIX».

Hitler entroniza a la muerte: prescribe la destrucción total de Alemania, hace ejecutar a los prisioneros, condena a su antiguo cirujano, hace matar a su cuñado, pide la muerte para los soldados vencidos, y él mismo bajó a la tumba. «Hitler y Goebbels —escribe Trevor Roper— invitaron al pueblo alemán a destruir sus ciudades y sus fábricas y el material rodado, y todo en favor de una leyenda, en nombre de un ocaso de los dioses». Hitler pide sangre, envía sus últimas tropas al sacrificio: «Las pérdidas no parecen jamás bastante elevadas», dice. No son los enemigos de Alemania que ganan la partida; son las fuerzas universales que se ponen en marcha para ahogar la Tierra y castigar a la Humanidad, porque la Humanidad ha dejado que el hielo venciera al fuego, que las potencias de la muerte vencieran a las potencias de la vida y la resurrección. El cielo se vengará. Sólo le cabe ya, al moribundo, impetrar el gran diluvio. Hitler hace un sacrificio al agua: ordena que se inunde el Metro de Berlín, donde perecen 300.000 personas refugiadas en los subterráneos. Es un acto de magia: su gesto provocará movimientos apocalípticos en el cielo y en la Tierra. Goebbels publica un último artículo antes de matar, en el bunker, a su mujer y a sus hijos y de matarse él mismo. Titula su editorial de despedida: «Y, a pesar de todo, será». Dice que el drama no se representa a escala de la Tierra, sino del Cosmos. «Nuestro final será el final de todo el Universo».

Elevaban su pensamiento delirante a los espacios infinitos, y murieron en un subterráneo. Creían que preparaban el hombre-dios al que obedecerían los elementos. Creían en el ciclo del fuego. Tenían que vencer al hielo, así en el cielo como en la Tierra, y sus soldados se morían al bajarse los calzones. Alimentaban una visión fantástica de la evolución de las especies y esperaban formidables mutaciones. Y las últimas noticias del mundo exterior les fueron dadas por el jefe de los guardias del Zoo de Berlín, que, encaramado en un árbol, telefoneaba al bunker. Poderosos, orgullosos y fieros, profetizaban: “La gran edad del mundo renace. Volverán los años de oro; La Tierra, como una serpiente, muda sus vestiduras gastadas del invierno”. Pero sin duda hay una profecía más profunda que condena a los propios profetas y los condena a una muerte más que trágica: caricaturesca. En el fondo de su cueva, escuchando el creciente ronquido de los tanques, acababan su vida ardiente y malvada, entre las rebeldías, los dolores y las súplicas con que termina la visión del poeta inglés Percy Bysshe Shelley titulada Helias:” “¡Oh!¡Deteneos! ¿Deben volver el odio y la muerte? ¡Deteneos! ¿Tienen los hombres que matar y morir? ¡Deteneos! ¡No apuréis hasta las heces La copa de una amarga profecía! El mundo está cansado del pasado. ¡Oh! ¡Que muera o que repose al fin!”.

julio 23, 2011 - Posted by | Ciencia, Historia oculta | , , , , , , , , , , ,

2 comentarios »

  1. Fascinante reportaje, me enteré de cosas de Hitler y de sus secuaces, que desde pequeño quise saber, qué cosas llevó a este hombrecillo haber matado tanta gente….me era una incógnita su vida…no sabía que fuerzas lo llevaron a crear dos guerras mundiales, y gracias a tu reportaje me vengo a enterar de esas fuerzas o de la idea de creer que é era el “escogido”.
    Gracias por compartir tus conocimientos
    Arturo

    Comentario por Arturo | julio 25, 2011 | Responder

    • Gracias por el comentario. Me alegro de haber aportado algo al conocimiento de está época histórica tan reciente como desconocida.

      Comentario por oldcivilizations | julio 26, 2011 | Responder


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: