Oldcivilizations's Blog

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La Tierra, ¿es un planeta peligroso? 2/2


Antes se recomienda leer el artículo “La Tierra, ¿es un planeta peligroso? 1/2

Tal como indicamos en el anterior artículo, creemos que la Tierra sigue siendo un gran enigma para los seres humanos que la habitamos. Y alguien que ha colaborado a darla a conocer es William McGuire “Bill” Bryson, un escritor británico nacido en Estados Unidos, autor de divertidos libros sobre viajes, sobre la lengua inglesa y de divulgación científica, escritos con una mentalidad abierta. Sus escritos me han parecido tan interesantes, que me he basado en sus obras para escribir este artículo. Refiriéndonos al final del anterior artículo, no es necesario mirar hacia el espacio para ver peligros.  Como veremos en este artículo, la Tierra puede proporcionar peligro en abundancia por sí sola. Dr. Mike Voorhies es un paleontólogo de vertebrados que estudió la evolución de los mamíferos y la estratigrafía de las rocas de finales del Cenozoico, en que fueron encontrados fósiles de dichos mamíferos. El año 1917, un joven Mike Voorhies andaba explorando cerca de la pequeña población de Orchard, al este de Nebraska, donde se había criado. Cuando pasaba por una garganta de paredes empinadas, localizó un brillo curioso en la maleza de arriba y subió a echar un vistazo. Lo que había visto era el cráneo perfectamente conservado de un joven rinoceronte, que habían sacado a la superficie lluvias recientes. Y resultó que unos metros más allá se hallaba uno de los yacimientos de fósiles más extraordinarios que se han descubierto en Norteamérica: un abrevadero seco que había servido de tumba colectiva a gran cantidad de animales, rinocerontes, caballos tipo cebra, ciervos de dientes de sable, camellos, tortugas. Habían muerto todos a causa de algún misterioso cataclismo hace unos doce millones de años, en una época que se conoce en geología como el Mioceno. En aquella época, Nebraska se hallaba sobre una enorme y cálida llanura muy parecida al Parque Nacional Serengueti, que es un parque nacional de grandes proporciones (13.000 km2) en Tanzania, África. Los animales se encontraban enterrados bajo una capa de ceniza volcánica de hasta tres metros de profundidad. Lo desconcertante del asunto era que en Nebraska no había volcanes y, que se sepa,  nunca los había habido.

El lugar donde se hallaba el yacimiento descubierto por Voorhies se llama hoy Parque Estatal del Lecho de Fósiles de Ashfall. Hay en él un centro para visitantes y un museo, con exposiciones sobre la geología de Nebraska y la historia de los yacimientos de fósiles. El centro cuenta también con un laboratorio que tiene una pared de cristal, a través de la cual los visitantes pueden ver a los paleontólogos, entre ellos Mike Voorhies,  limpiando huesos. El lugar en donde Voorhies había hecho su primer hallazgo, en lo alto de una quebrada de seis metros de altura, era un lugar bastante insólito para buscar huesos. Pero Voorhies no estaba buscando huesos sino que estaba haciendo un mapa geológico del este de Nebraska, y estaba en realidad echando un vistazo por allí. Si no hubiesen subido por aquella quebrada o si las lluvias no hubiesen dejado al descubierto en aquel momento aquel cráneo, habría seguido su camino y nunca se habría encontrado aquel cráneo de rinoceronte. La razón de que no fuese el lugar adecuado para buscar huesos era que, si buscas huesos, necesitas en realidad roca que esté al descubierto. Esa es la razón de que la paleontología se haga principalmente en sitios cálidos y secos. No es que en esos sitios haya más huesos. Es sólo que allí tienes cierta posibilidad de localizarlos.

Al principio pensaron que los animales habían quedado enterrados vivos, y eso fue lo que dijo Voorhies en 1981en un artículo publicado en National Geographic. El artículo llamaba al lugar del hallazgo una «Pompeya de animales prehistóricos», lo cual fue desafortunado porque poco después se comprobó que los animales no habían muerto súbitamente ni mucho menos. Padecían todos ellos de una cosa llamada osteodistrofia pulmonar hipertrófica, que es lo que te podría pasar a ti si respirases mucha ceniza abrasiva. Y debieron de respirar muchísima ceniza porque había unos 30 centímetros de espesor de ceniza en un radio de 160 kilómetros. La tierra grisácea y arcillosa era polvorienta pero un poco arenosa. Es un material desagradable si tienes que respirarlo, porque es muy fino pero es también muy agudo. Así que, en realidad, los animales vinieron a este abrevadero a refugiarse, pero murieron. La ceniza lo había enterrado todo. Había enterrado toda la hierba y cubierto todas las hojas y convertido el agua en un caldo grisáceo que no se podía beber. No debió de ser nada agradable, la verdad. En el documental de Horizon se indicaba que era una sorpresa la existencia de tanta ceniza en Nebraska. En realidad hacía mucho tiempo que se sabía que en Nebraska había grandes depósitos de ceniza. Se habían extraído cenizas a lo largo de casi un siglo para hacer polvos para productos de limpieza doméstica. Pero, curiosamente, a nadie se le había ocurrido preguntarse de dónde procedía toda aquella ceniza.

Voorhies explicó que la primera vez que pensó en ello fue cuando un director de National Geographic le preguntó de dónde procedía toda aquella ceniza y tuvo que confesarle que no lo sabía. En realidad nadie lo sabía. Voorhies envió muestras a colegas de todo el oeste de Estados Unidos preguntándoles si había algo en aquello que pudiesen identificar. Varios meses más tarde, un geólogo llamado Bill Bonnichsen, del Servicio Geológico de Idaho, se puso en contacto con él y le explicó que la ceniza se correspondía con la del yacimiento volcánico de un lugar del suroeste de Idaho llamado Bruneau-Jarbidge. El suceso en el que perecieron los animales de las llanuras de Nebraska fue una explosión volcánica de una envergadura inconcebible hasta entonces… pero lo suficientemente grande para dejar una capa de ceniza de tres metros de profundidad a unos 1.600 kilómetros de distancia, en el este de Nebraska. Resultó que bajo el oeste de Estados Unidos había un inmenso caldero de magma, un punto caliente volcánico colosal, que entraba en fuerte erupción cada 600.000 años aproximadamente. La última de esas erupciones se produjo hace unos 640.000 años. El punto caliente aún sigue allí. En la actualidad le llamamos Parque Nacional de Yellowstone.

El Parque Nacional de Yellowstone está situado en los Estados Unidos, al noroeste del estado de Wyoming. Una pequeña parte del parque se encuentra en los estados vecinos de Idaho y Montana. Creado en 1872, Yellowstone es el parque nacional más antiguo del mundo. Su extensión es de 8.983 km² (898.300 hectáreas, es decir, una superficie más grande que la de la isla de Córcega). Constituye el segundo mayor parque de los Estados Unidos, aparte de Alaska. Yellowstone es famoso por sus fenómenos geotérmicos; en él se encuentran dos tercios de todos los géiseres del planeta, y también numerosas fuentes calientes. Alberga numerosos grandes mamíferos, como osos negros, coyotes, lobos, alces y ciervos; así como manadas salvajes de bisontes y wapitis. El parque constituye el corazón de un extenso y preservado hábitat natural, uno de los últimos ecosistemas intactos de las zonas templadas. Se inscribe en la lista de las Reservas de la Biosfera desde 1976. Recibe cada año la visita de cerca de tres millones de personas, lo que hace de él uno de los parques americanos más frecuentados. El nombre «Yellowstone» (que en español quiere decir «piedra amarilla») procede del color de las rocas que se pueden ver en el gran cañón de Yellowstone (valle en «V») que se formó en las últimas glaciaciones mucho antes de ser erosionado por el río Yellowstone. Contrariamente a lo que pudiera parecer, el color de las piedras procede de la alteración hidrotérmica del hierro que contienen, y no del azufre que también está presente

Junto a las Montañas Rocosas, nacido del deslizamiento de la placa tectónica del Pacífico bajo la del continente americano, el lugar de Yellowstone fue el teatro de explosiones gigantescas, entrecruzadas de fenómenos telúricos más discretos. La última explosión ocurrió hace aproximadamente 630.000 años. La lava acumulada durante milenios bajo la corteza terrestre estalló, proyectando miles de kilómetros cúbicos de rocas. El techo que cubría la cámara magmática se aplastó, formando un cajón de hundimiento llamado caldera, que hoy compone la parte central del parque. A partir de entonces, otras erupciones menores, pero múltiples, llenaron en parte la caldera. Sin embargo, aún se pueden reconocer los bordes escarpados. El vulcanismo sigue siendo muy activo en Yellowstone, donde se contabilizan alrededor de 300 géiseres, dando prueba de la fuerza de las actividades subterráneas. Actualmente, Yellowstone revive una fase similar a la primera etapa. La lava sigue acumulándose, inflando la corteza terrestre. La altitud del fondo del actual cajón de hundimiento ha aumentado en 70 cm durante estos últimos 50 años.

Sin embargo, sabemos muy poco sobre lo que sucede debajo de nuestros pies. Y, por supuesto, la idea de que los continentes andan moviéndose por la superficie como nenúfares en un estanque hace bastante menos de una generación que es de conocimiento público. «Aunque pueda parecer extraño -escribió el físico Richard Feynman-, tenemos una idea más clara de la distribución de la materia en el interior del Sol de la que tenemos del interior de la Tierra». La distancia desde la superficie de la Tierra hasta el centro de ésta es de 6.370kilómetros, que no es tantísimo. Se ha calculado que si abrieses un pozo que llegase hasta el centro de la Tierra y dejases caer por él un ladrillo, sólo tardaría 45 minutos en llegar al fondo (aunque, cuando lo hiciese, sería ingrávido porque toda la gravedad de la Tierra estaría arriba y alrededor y no ya debajo de ella>. Nuestros propios intentos de penetrar hacia el centro han sido en realidad modestos. Hay una o dos minas surafricanas de oro que llegan hasta una profundidad de más de tres kilómetros, pero la mayoría de las minas del planeta no llegan más allá de unos cuatrocientos metros por debajo de la superficie. Sí la Tierra fuese una manzana, aún no habríamos atravesado toda la piel. Aún nos faltaría bastante para a llegar a eso, en realidad.

Hasta hace poco menos de un siglo, lo que los científicos mejor informados sabían sobre el interior de la Tierra no era mucho más de lo que sabía el minero de una mina de carbón. Es decir, que podías cavar en el suelo hasta una cierta profundidad y que luego habría roca y nada más. Más tarde, en 1906, un geólogo irlandés llamado R. D. Oldham se dio cuenta, cuando estaba examinando las lecturas de un sismógrafo correspondientes a un terremoto que se había producido en Guatemala, que ciertas ondas de choque habían penetrado hasta un punto situado muy profundo dentro de la Tierra y habían rebotado luego en un ángulo, como si se hubiese encontrado con una especie de barrera. Dedujo de eso que la Tierra tenía un núcleo. Tres años después, un sismólogo croata llamado Andrija Mohorovichic estaba estudiando gráficos de un terremoto que se había producido en Zagreb y localizó una reflexión extraña similar, pero a un nivel más superficial. Había descubierto la frontera entre la corteza y la capa situada a continuación, el manto; esta zona se ha conocido desde entonces como la discontinuidad de Mohorovichic. Estábamos empezando a tener una vaga idea del interior en capas de la Tierra, pero sólo era en realidad una vaga idea. Hasta 1936 no descubrió un científico danés llamado Inge Lehmann, cuando estudiaba sismografías de terremotos que se habían producido en Nueva Zelanda, que había dos núcleos, uno más interior, que hoy creemos que es sólido, y otro exterior (el que había detectado Oldham), que se cree que es líquido y que constituye la base del magnetismo.

En ese mismo periodo en que Lehmann estaba modificando la visión básica del interior de la Tierra a través del estudio de las ondas sísmicas de los terremotos, dos geólogos del Instituto Tecnológico de California estaban buscando un medio de establecer comparaciones entre un terremoto y el siguiente. Estos geólogos eran Charles Richter y Beno Gutemberg,  aunque la escala pasó a llamarse casi inmediatamente sólo de Richter.  La escala de Richter ha sido siempre bastante malinterpretada por los no científicos. La escala es una medida arbitraria de los temblores de la Tierra que se basa en mediciones de superficie. Aumenta exponencialmente, de manera que un temblor de 7,3 es 50veces más potente que un terremoto de 6,3 y 2.500 veces más que uno de 5,3. Teóricamente al menos, no hay un límite superior para un terremoto… ni tampoco hay, en realidad, uno inferior. La escala es una simple medición de fuerza, pero no dice nada sobre los daños. Un terremoto de magnitud 7, que se produzca en las profundidades del manto (a, digamos, 650 kilómetros de profundidad), podría no causar absolutamente ningún daño en la superficie, mientras que otro significativamente más pequeño, a sólo seis o siete kilómetros por debajo de la superficie, podría provocar una devastación considerable. Depende mucho también de la naturaleza del subsuelo, de la duración del terremoto, de la frecuencia y la gravedad de las réplicas y de las características de la zona afectada. Todo esto significa que los terremotos más temibles no son necesariamente los más potentes, aunque la potencia cuente muchísimo, claro está.

El terremoto más grande desde que se inventó la escala fue uno localizado en el estrecho del Príncipe Guillermo de Alaska que se produjo en marzo de 1964 y que alcanzó una magnitud de 9,2 en la escala Richter, o uno que se produjo en el océano Pacífico, frente a las costas de Chile, en 1960, al que se asignó inicialmente una magnitud de 8,6 en la escala pero que se revisó más tarde al alza por fuentes autorizadas hasta una magnitud verdaderamente grande: de 9,5. Pero medir terremotos no siempre es una ciencia exacta, sobre todo cuando significa que hay que interpretar lecturas de emplazamientos lejanos. De todos modos, ambos terremotos fueron tremendos. El de 1960 no sólo causó daños generalizados a lo largo de la costa suramericana, sino que provocó también un maremoto gigantesco que recorrió casi 10.000kilómetros por el Pacífico y arrasó gran parte del centro de Hiro, Hawai, destruyendo 500edificios y matando a sesenta personas. Oleadas similares causaron más víctimas aún en lugares tan alejados como Japón y Filipinas. El terremoto que se produjo en San Francisco en 1906, por su parte, se calcula que alcanzó sólo una magnitud de 7,8 en la escala de Richter y duró menos de treinta segundos.

Pero, por lo que se refiere a devastación pura y concentrada, el terremoto más intenso que se ha registrado históricamente es muy probable que haya sido el que afectó a Lisboa, Portugal, el día de Todos los Santos (1 de noviembre) de 1755. Justo antes de las diez de la mañana se produjo una sacudida lateral súbita que se calcula hoy que tuvo una magnitud de 9 y que se prolongó ferozmente durante siete minutos completos. La fuerza convulsiva fue tan grande que el agua se retiró del puerto de la ciudad y regresó en una ola de más de 15 metros de altura, que aumentó la destrucción. Cuando cesó al fin el temblor, los supervivientes gozaron sólo de tres minutos de calma, tras los cuales se produjo un segundo temblor, sólo un poco menos potente que el primero. Dos horas después se produjo el tercero y último temblor Al final, habían muerto sesenta mil personas y habían quedado reducidos a escombros casi todos los edificios en varios kilómetros a la redonda. Los terremotos son bastante frecuentes. Hay como media a diario dos de magnitud 2, o mayores, en alguna parte del planeta, lo que es suficiente para que cualquiera que esté cerca experimente una sacudida significativa. Aunque tienden a concentrarse en ciertas zonas (sobre todo en las orillas del Pacífico), pueden producirse casi en cualquier lugar en Estados Unidos. Sólo Florida, el este de Texas y la parte superior del Medio Oeste parecen ser (por el momento) casi totalmente inmunes. Nueva Inglaterra ha tenido dos terremotos de magnitud 6 o mayores en los últimos doscientos años. En abril de 2002, la región experimentó una sacudida de magnitud 5,1 por un terremoto que se produjo cerca del lago Champlain, en la frontera de los estados de Nueva York y de Vermont, que causó grandes daños en la zona y tiró cuadros de las paredes en puntos tan alejados como New Hampshire.

Los tipos más comunes de terremotos son los que se producen donde se juntan dos placas, como en California, en la Falla de San Andrés. Cuando las placas chocan entre sí, se intensifican las presiones hasta que cede una de las dos. Cuanto mayores sean los intervalos entre las sacudidas, más aumenta la presión acumulada y es por ello mayor la posibilidad de un temblor de grandes dimensiones. Esto resulta especialmente inquietante para Tokio, a la que Bill Mugiré, un especialista en riesgos del Colegio Universitario de Londres, describe dramáticamente como «la ciudad que está esperando la muerte». Tokio se encuentra en el punto de unión de tres placas tectónicas, en un país bien conocido por su inestabilidad sísmica. En 1995, la ciudad de Kobe, situada casi 500kilómetros al oeste, se vio afectada por un terremoto de una magnitud de 7,2, en el que perecieron 6.394personas. Los daños se calcularon en 99.000millones de dólares. Recientemente, el terremoto y tsunami de Japón de 2011, denominado oficialmente por la Agencia Meteorológica de Japón como el terremoto de la costa del Pacífico en la región de Tōhoku, fue un terremoto de magnitud 9,0, que creó olas de maremoto de hasta 10 m. El terremoto ocurrió a las 14:46:23 hora local del viernes 11 de marzo de 2011 (curiosamente en el mismo día del año que los terribles atentados del 11 de marzo de 2004, también conocidos como 11-M, en Madrid). El epicentro del terremoto se ubicó en el mar, frente a la costa de Honshu, 130 km al este de Sendai, en la prefectura de Miyagi, Japón. En un primer momento se calculó su magnitud en 7,9 grados, que fue posteriormente incrementada a 8,8, después a 8,9 grados por el Servicio Geológico de los Estados Unidos. Finalmente a 9,0 grados, confirmado por la Agencia Meteorológica de Japón y el Servicio Geológico de los Estados Unidos. El terremoto duró aproximadamente 6 minutos según expertos.

El Servicio Geológico de Estados Unidos explicó que el terremoto ocurrió a causa de un desplazamiento en proximidades de la zona de la interfase entre placas de subducción entre la placa del Pacífico y la placa Norteamericana. En la latitud en que ocurrió este terremoto, la placa del Pacífico se desplaza en dirección oeste con respecto a la placa Norteamericana a una velocidad de 83 mm/año. La placa del Pacífico se mete debajo de Japón en la fosa de Japón, y se hunde en dirección oeste debajo de Asia. Dos días antes, este terremoto había sido precedido por otro temblor importante, pero de menor magnitud, ocurrido el miércoles 9 de marzo de 2011, a las 02:45, en la misma zona de la costa oriental de Honshū, Japón y que tuvo una intensidad de 7,2,  a una profundidad de 14,1 kilómetros. También ese día las autoridades de la Agencia Meteorológica de Japón dieron una alerta de maremoto, pero sólo local, para la costa este de ese país. El 1 de febrero había entrado en actividad el volcán Shinmoe en la provincia de Miyazaki. Todo esto indica un reactivamiento de la tectónica previo al terremoto. La magnitud de 9,0 lo convirtió en el terremoto más potente sufrido en Japón hasta la fecha así como el cuarto más potente del mundo de todos los terremotos medidos hasta la fecha. Desde 1973 la zona de subducción de la fosa de Japón ha experimentado nueve eventos sísmicos de magnitud 7 o superior. El mayor fue un terremoto ocurrido en diciembre de 1994 que tuvo una magnitud de 7,8, con epicentro a unos 260 km al norte del terremoto del 11 de marzo del 2011, el cual causó 3 muertos y unos 300 heridos. Horas después del terremoto y su posterior tsunami, el volcán Karangetang en las Islas Celebes (Indonesia) entró en erupción a consecuencia del terremoto inicial.

 

La NASA, con ayuda de imágenes de satélites, ha podido comprobar que el movimiento telúrico pudo haber movido la Isla Japonesa aproximadamente 2,4 metros, y alteró el eje terrestre en aproximadamente 10 centímetros. La violencia del terremoto, acortó la duración de los días en 1,8 microsegundos, según los estudios realizados por los JPL de la NASA. Pero eso, siendo grave, no fue nada comparado con lo que le puede pasar a Tokio, que ha padecido ya uno de los terremotos más devastadores de los tiempos modernos. El 1 de septiembre de 1923, poco antes del mediodía, se abatió sobre la ciudad el terremoto Gran Kanto, diez veces más potente que el de Kobe. Murieron 200.000 personas. Desde entonces, Tokio se ha mantenido extrañamente tranquilo, lo que significa que la tensión lleva ochenta años acumulándose en la superficie. Tiene que acabar estallando. En 1923Tokio tenía una población de unos tres millones de habitantes. Hoy se aproxima a los treinta millones. Nadie se ha interesado por calcular cuántas personas podrían morir, pero el coste económico potencial sí se ha calculado y parece ser que podría llegar a los 7.000millones de dólares.

Son todavía más inquietantes, porque sabemos menos de ellos y pueden producirse en cualquier lugar y en cualquier momento, los temblores menos frecuentes denominados endoplacales. Éstos se producen fuera de las fronteras entre placas, lo que los hace totalmente imprevisibles. Y como llegan de una profundidad mucho mayor, tienden a propagarse por áreas mucho más amplias. Los movimientos de tierra de este tipo más tristemente célebres que se han producido en Estados Unidos fueron una serie de tres en Nuevo Madrid, Misouri, en el invierno de 1811-1812. El drama se inició inmediatamente después de medianoche, el 16 de diciembre en que despertó a la gente, primero, el ruido del ganado presa del pánico -el desasosiego de los animales antes de los terremotos está bien demostrado, aunque no haya llegado a entenderse del todo el porqué- y; luego, por un terrible ruido desgarrador que llegaba de las profundidades de la Tierra. La gente salió de sus casas y se encontró con que el suelo se movía en olas de hasta un metro de altura y se abría en grietas de varios metros de profundidad. El aire se llenó de un olor a azufre. El temblor duró cuatro minutos con los habituales efectos devastadores para las propiedades. Entre los testigos estaba el pintor John James Audubon, que se hallaba por casualidad en la zona. El seísmo irradió hacia fuera con tal fuerza que derribó chimeneas en Cincinnati, a más de 600 kilómetros de distancia, y, al menos según una versión, «hizo naufragar embarcaciones en puertos de la costa atlántica y… echó abajo incluso andamiajes que había instalados en el edificio del Capitolio de la ciudad de Washington». El 23 de enero y el 4 de febrero se produjeron más terremotos de magnitud similar. Nuevo Madrid ha estado tranquilo desde entonces…, pero no es nada sorprendente porque estos episodios no se tiene noticia de que se hayan producido dos veces en el mismo sitio Se producen, por lo que sabemos, tan al azar como los rayos. El siguiente podría ser debajo de Chicago, de París o de El Cairo. Nadie es capaz de preveerlo. ¿Y qué es lo que provoca esos enormes desgarrones endoplacales? Algo que sucede en las profundidades de la Tierra. Eso es todo lo que sabemos.

En los años sesenta, los científicos se sentían tan mal por lo poco que sabían del interior de la Tierra que decidieron hacer algo al respecto. Se les ocurrió la idea de efectuar perforaciones en el lecho del mar, ya que la corteza continental era demasiado gruesa, hasta la discontinuidad de Mohorovichic, y extraer un trozo del manto de la Tierra para examinarlo con calma. La idea era que, si conseguían conocer la naturaleza de las rocas del interior, podrían empezar a entender cómo interactuaban y tal vez podrían predecir así los terremotos y otros desagradables acontecimientos. El proyecto pasó a conocerse, casi inevitablemente, como el Mohole, y resultó bastante desastroso. Se tenía la esperanza de poder sumergir una perforadora hasta una profundidad de 4.000metros en el Pacífico, cerca de la costa de México, y perforar unos 5.000metros a través de una corteza rocosa de relativamente poco espesor. Perforar desde un barco en alta mar es, según un oceanógrafo, «como intentar hacer un agujero en una acera de Nueva York desde el Empire State utilizando un espaguetti»Acabó todo en un fracaso. La profundidad máxima a la que llegaron fue de sólo unos 180 metros. El Mohole pasó a llamarse No Hole (Hole significa en inglés «agujero»). En 1966, exasperado por unos costes en constante aumento y ningún resultado, el Congreso estadounidense canceló el proyecto.

Cuatro años después, científicos soviéticos decidieron probar suerte en tierra firme. Eligieron un punto de península Kola, cerca de la frontera rusa con Finlandia, y empezaron a trabajar con la esperanza de poder perforar hasta una profundidad de 15 kilómetros. La tarea resultó más dura de lo esperado, pero los soviéticos demostraron una tenacidad encomiable. Cuando se dieron finalmente por vencidos, diecinueve años después, habían perforado hasta una profundidad de 12.262metros. Teniendo en cuenta que la corteza de la Tierra representa sólo el 0,3% del volumen del planeta y que el agujero de Kola no había recorrido ni siquiera un tercio del camino previsto a través de la corteza terrestre, difícilmente podemos pretender haber llegado al interior. Pero, aunque el agujero era modesto, casi todo lo que reveló la perforación sorprendió a los investigadores. Los estudios de las ondas sísmicas habían llevado a los científicos a predecir, y con bastante seguridad, que encontrarían rocas sedimentarias a una profundidad de 4.700 metros, seguidas de granito en los 1.300 metros siguientes y basalto a partir de allí. En realidad, la capa sedimentaria era un 50% más profunda de lo esperado y nunca llegó a encontrarse la capa basáltica. Además, el mundo era allá abajo mucho más cálido de lo que nadie había supuesto, con una temperatura de 180º C a 10.000 metros, casi el doble de lo previsto. Lo más sorprendente de todo era que la roca estaba saturada de agua, algo que no se había considerado posible. La conclusión fue que se desconocía casi todo sobre el interior de la Tierra.

Como no podemos ver el interior de la Tierra, tenemos que utilizar otras técnicas, que entraña principalmente la lectura de ondas cuando viajan a través del interior, para descubrir lo que hay allí. Sabemos algo sobre el manto por lo que se denominan tubos de kimberlita, en los que se forman los diamantes. Lo que sucede es que se produce una explosión en las profundidades de la Tierra que dispara, digamos, balas de cañón de magma hacia la superficie a velocidades supersónicas. Es un suceso que se produce totalmente al azar. Podría estallar un tubo de kimberlita en cualquier sitio. Como surgen de profundidades de hasta 200 kilómetros, los tubos de kimberlita suben hasta la superficie todo tipo de cosas que no se encuentran normalmente en ella ni cerca de ella: una roca llamada peridotita, cristales de olivino y sólo de vez en cuando, más o menos en un tubo de cada 100, diamantes. Con las eyecciones de kimberlita sale muchísimo carbono, pero la mayor parte se evapora o se convierte en grafito. Sólo de cuando en cuando surge un trozo de él justo a la velocidad precisa y se enfría con la suficiente rapidez para convertirse en un diamante. Fue uno de esos tubos el que convirtió Johannesburgo en la ciudad diamantífera más productiva del mundo, pero puede haber otros más grandes aún de los que no tenemos noticia. Los geólogos saben que, en algún punto de las proximidades del noreste de Indiana, hay pruebas de la presencia de un tubo o un grupo de tubos que pueden ser verdaderamente colosales. Se han encontrado diamantes de 20 quilates o más en puntos dispersos de esa región. Pero nadie ha encontrado aún la fuente. Puede estar enterrado bajo suelo depositado por glaciares, como el cráter de Manson, de Iowa, o bajo las aguas de los Grandes Lagos.

¿Qué sabemos sobre lo que hay en el interior de la Tierra? Muy poco. Los científicos están en general de acuerdo en que el mundo que hay debajo de nosotros está compuesto de cuatro capas: una corteza exterior rocosa, un manto de roca caliente viscosa, un núcleo exterior líquido y un núcleo interior sólido. Sabemos que, en la superficie, predominan los silicatos, que son relativamente ligeros y no pesan lo suficiente para explicar la densidad global del planeta. Por tanto, tiene que haber en el interior material más pesado. Sabemos que para que exista nuestro campo magnético tiene que haber en algún lugar del interior un cinturón concentrado de elementos metálicos en estado líquido. Todo eso se acepta de forma unánime. Casi todo lo demás, cómo interactúan las capas, qué hace que se comporten como lo hacen, qué pueden hacer en cualquier momento del futuro, plantea bastante incertidumbre. Hasta la única parte que podemos ver, la corteza, es objeto de una polémica bastante grande. Casi todos los textos de geología explican que la corteza continental tiene de 5 a 10 kilómetros de espesor bajo los océanos, unos 40 kilómetros de espesor bajo los continentes y de 65 a 95 kilómetros de espesor bajo las grandes cordilleras. Pero hay muchas variaciones desconcertantes dentro de estas generalizaciones. Por ejemplo, la corteza debajo de las montañas californianas de Sierra Nevada tiene sólo de 30 a 40 kilómetros de grosor, y nadie sabe por qué. Según todas las leyes de la geofísica, esas montañas deberían estar hundiéndose, como si estuviesen sobre arenas movedizas. Algunos creen que puede ser que esté pasando eso.

Cómo y cuándo se formó la corteza terrestre son cuestiones que dividen a los geólogos en dos grandes campos: los que creen que sucedió bruscamente, al principio de la historia de la Tierra, y quienes creen que fue de forma gradual y bastante más tarde. Richard Armstrong de Yale propuso una teoría de estallido inicial en la década de 1960, y luego dedicó el resto de su carrera a combatir a quienes no estaban de acuerdo con él. Murió de cáncer, pero poco antes «arremetió contra sus críticos en una revista australiana de ciencias de la Tierra en una polémica en que les acusaba de perpetuar mitos», según un reportaje de la revista Earth de 1998. «Murió amargado», informaba un colega. La corteza terrestre y parte del manto exterior se denominan litosfera (del griego litos, que significa «piedra»). La litosfera flota sobre una capa de roca más blanda llamada astenosfera (del griego «sin fuerza»), pero esos términos nunca son plenamente satisfactorios. Decir que la litosfera flota encima de la astenosfera indica un grado de fácil flotabilidad que no es del todo correcto. También es engañoso pensar que las rocas fluyen de alguna forma parecida a como pensamos que fluyen los materiales en la superficie. Las rocas son viscosas, pero sólo a la manera que lo es el cristal. Puede que no lo parezca, pero todo el cristal de la Tierra fluye hacia abajo, bajo la fuerte atracción de la gravedad. Retira un paño de cristal muy antiguo del ventanal de una catedral europea y verás que es visiblemente más grueso en la parte inferior que en la superior. Ese es el tipo de «fluidez» de que hablamos. La manecilla de las horas de un reloj se mueve unas diez mil veces más deprisa que las rocas «fluyentes» del manto terrestre. Los movimientos no sólo se producen lateralmente, como cuando las placas de la Tierra se mueven por la superficie, sino también hacia arriba y hacia abajo, cuando las rocas se elevan y caen en el proceso de batido llamado convección. El primero que dedujo la existencia del proceso de convección fue el excéntrico conde Von Rumford a finales del siglo XVIII. Sesenta años más tarde, un vicario inglés llamado Osmond Fisher afirmó clarividentemente que el interior de la Tierra podría ser lo bastante fluido para que sus contenidos se moviesen de un lado a otro, pero semejante idea tardó muchísimo tiempo en recibir apoyo.

 

Los geofísicos comprendieron cuánta agitación había en el interior de la Tierra hacia 1970 y la noticia causó una considerable conmoción. Según cuenta Shawna Vogel en el libro “Naked Earth: The New Geophysics” [Tierra al desnudo: la nueva geofísica]: «Fue como si los científicos se hubiesen pasado décadas considerando las capas de la atmósfera de la Tierra (troposfera, estratosfera y demás), y luego, de pronto, hubiesen descubierto el viento». A qué profundidad se produce el proceso de convección ha sido desde entonces objeto de debate. Hay quien dice que empieza a 650 kilómetros de profundidad. Otro creen que a más de 3.000 kilómetros por debajo de nosotros. Como ha comentado James Trefil, el problema es que «hay dos series de datos, de dos disciplinas distintas, que no se pueden conciliar». Los geoquímicos dicen que ciertos elementos de la superficie del planeta no pueden proceder del manto superior, sino que tienen que haber llegado de más abajo, de zonas más profundas del interior de la Tierra. Por tanto, los materiales del manto superior y el inferior deben mezclarse, al menos ocasionalmente. Los sismólogos insisten en que no hay prueba alguna que sustente esa tesis. Así que sólo cabe decir que, cuando nos dirigimos hacia el centro de la Tierra, hay un punto un tanto indeterminado en el que dejamos la astenosfera y nos sumergimos en manto puro. Considerando que el manto abarca el 82 % del volumen de la Tierra y constituye el 65 % de su masa, no atrae demasiada atención, principalmente porque las cosas que interesan a los geocientíficos, y a los lectores en general por igual, da la casualidad de que o están más abajo, como es el caso del magnetismo, o más cerca de la superficie, como los terremotos. Sabemos que a una profundidad de unos 150 kilómetros, el manto consiste predominantemente en un tipo de roca llamado peridotita, pero lo que llena los 2.650 kilómetros siguientes no se sabe bien qué es. Según un artículo de Nature, no parece ser peridotita. Pero eso es todo lo que sabemos.

Debajo del manto están los dos núcleos: un núcleo interno sólido y otro externo líquido. Lo que sabemos sobre la naturaleza de esos núcleos es de manera indirecta, pero los científicos pueden postular algunas hipótesis razonables. Saben que las presiones en el centro de la Tierra son lo suficientemente elevadas (algo más de tres millones más que las de la superficie) para solidificar cualquier roca que haya allí. También saben, por la historia de la Tierra, que el núcleo interno retiene muy bien el calor. Aunque es poco más que una conjetura, se cree que en unos 4.000millones de años la temperatura del núcleo no ha disminuido más que 110º C. Nadie sabe con exactitud la temperatura del núcleo terrestre, pero los cálculos oscilan entre 4.000º C y más de 7.000 º C, sorprendentemente la misma que en la superficie del Sol. Se sabe todavía menos en muchos sentidos del núcleo exterior, aunque todo el mundo está de acuerdo en que es fluido y que es donde se localiza el magnetismo. La teoría la expuso E. C. Bullard de la Universidad de Cambridge en 1949. Según ella, esa parte fluida del núcleo terrestre gira de tal forma que se convierte prácticamente en un motor eléctrico, que crea el campo magnético de la Tierra. Se supone que los fluidos de convección de la Tierra actúan de forma parecida a las corrientes en los cables. No se sabe exactamente qué pasa, pero se cree que está relacionado con el hecho de que el núcleo gire y con el de que sea líquido. Los cuerpos celestes que no tienen un núcleo líquido (la Luna y Marte, por ejemplo) no tienen magnetismo.

Sabemos que la potencia del campo magnético de la Tierra cambia de vez en cuando. Durante la era de los dinosaurios, era tres veces mayor que ahora. También sabemos que se invierte cada 500.000 años aproximadamente, como media, aunque esas medias entrañan un enorme grado de imprecisión. A veces se mantiene invariable millones de años (el periodo más largo parece ser de 37 millones) y en otras ocasiones se ha invertido al cabo de sólo veinte mil años. En los últimos cien millones de años, se ha invertido en total unas doscientas veces, y no tenemos ninguna idea concreta del porqué. A esto se le llama «la mayor pregunta sin respuesta de las ciencias geológicas».  Quizás estemos ahora a punto de una nueva inversión. El campo magnético de la Tierra ha disminuido hasta en un 6 % sólo en el último siglo. Es probable que cualquier disminución de la fuerza magnética sea una mala noticia, porque el magnetismo desempeña un papel esencial en la tarea de mantenernos con vida. El espacio está lleno de peligrosos rayos cósmicos que, si no hubiese protección magnética, nos atravesarían el cuerpo dejando buena parte de nuestro ADN destruido. El campo magnético impide, cuando opera, que esos rayos lleguen a la superficie de la Tierra, conduciéndolos a dos zonas del espacio próximo denominadas «cinturones Van Allen». Interactúa además con las partículas de la atmósfera exterior para crear esos extraños velos luminosos, que llamamos auroras boreales y australes.

Nuestra ignorancia se debe en buena medida a que se han hecho escasos esfuerzos para coordinar los estudios sobre lo que está sucediendo en la superficie  de la Tierra y lo que pasa en su interior. Según Shawna Vogel: «Los geólogos y los geofísicos raras veces asisten a las mismas reuniones o colaboran en la solución de los mismos problemas». Quizá no haya nada que evidencie mejor nuestro insuficiente conocimiento de la dinámica interior de la Tierra que lo mucho que nos sorprende cuando nos juega una mala pasada. Y sería difícil dar con un recordatorio más adecuado de lo limitado que es nuestro conocimiento, que la erupción del monte St. Helens, en el estado de Washington, en 1980. Por entonces, los estados de la Unión llevaban sesenta y cinco años sin ver una erupción volcánica, así que la mayoría de los vulcanólogos oficiales a quienes se encargó controlar y prever la conducta del St. Helens sólo había visto en acción volcanes hawaianos y resultó que aquél no tenía nada que ver con ellos. El St. Helens inició sus estruendos amenazadores el 20 de marzo. Al cabo de una semana, estaba expulsando magma, aunque en cantidades modestas, hasta cien veces al día, y se estremecía con movimientos de tierra constantes. Se evacuó a la población a 13 kilómetros, una distancia que se consideró segura. Cuando aumentaron los estruendos, la montaña se convirtió en una atracción turística internacional. Los periódicos informaban a diario de cuáles eran los mejores sitios para contemplar el espectáculo. Los equipos de televisión efectuaban varios vuelos al día en helicóptero hasta la cima e incluso se veía gente escalando la montaña a pie. En un solo día volaron sobre la cima más de setenta helicópteros y aeroplanos ligeros. Pero, a medida que fue pasando el tiempo sin que llegase a convertirse en un acontecimiento espectacular, la gente empezó a perder la paciencia y se generalizó la idea de que el volcán no entraría en realidad en erupción.

El 19 de abril empezó a hincharse visiblemente el lado norte de la montaña. Lo más curioso es que ninguna de las personas que ocupaban cargos de responsabilidad se dio cuenta de que eso anunciaba una explosión lateral. Los sismólogos basaban sus conclusiones categóricamente en el comportamiento de los volcanes hawaianos, en los que no se dan los estallidos laterales. La única persona que creyó que podría ocurrir algo grave fue Jack Hyde, un profesor de geología de una escuela politécnica de Tacoma. Indicó que el St. Helens no tenía chimenea abierta como los volcanes hawaianos, así que cualquier presión que se acumulase en su interior tenía que liberarse de forma espectacular y tal vez catastrófica. Sin embargo, Hyde no formaba parte del equipo oficial y sus comentarios despertaron escaso interés. El domingo 18 de mayo, a las 8:32 de la mañana, el lado norte del volcán se desmoronó, lanzando ladera abajo una enorme avalancha de tierra y roca a casi 250 kilómetros por hora. Era el mayor deslizamiento de tierras de la historia humana y arrastró material suficiente para enterrar todo Manhattan a una profundidad de 120 metros. Un minuto después, con el flanco gravemente debilitado, el St. Helens entró en erupción con la potencia de 500 bombas atómicas del tamaño de la de Hiroshima, lanzando una nube caliente asesina a más de 1.050 kilómetros por hora, una velocidad demasiado elevada, sin duda, para que pudiesen escapar los que estuviesen cerca. Resultaron alcanzadas muchas personas que se creía que estaban a salvo en zona segura, y en muchos casos en lugares desde los que ni siquiera se veía el volcán. Hubo cincuenta y siete muertos y veintitrés de los cadáveres no se encontraron. El número de víctimas habría sido mucho mayor si no hubiese sido domingo. Cualquier otro día de la semana habrían estado trabajando en la zona mortal muchos forestales. De todos modos, murieron algunas personas que se encontraban a 30 kilómetros de distancia.

La persona que tuvo más suerte ese día fue un estudiante graduado llamado Harry Glicken. Había estado controlando un puesto de observación a nueve kilómetros de la montaña, pero tenía una entrevista en la universidad, en California, el 18 de mayo, y tuvo que dejar el puesto un día antes de la erupción. Le sustituyó David Johnston, que fue el primero que informó de la erupción del volcán. A los pocos segundos, había muerto. Su cadáver nunca apareció. Pero, por desgracia, la suerte de Glicken fue temporal. Once años después fue uno de los cuarenta y tres científicos y periodistas que perecieron en una erupción mortífera de roca fundida, gases y cenizas, lo que se llama flujo piroclástico, en el monte Unzen de Japón, debido a la interpretación errónea y catastrófica de la conducta de otro volcán. Los vulcanólogos pueden ser o no los peores científicos del mundo haciendo predicciones, pero lo que es indiscutible es que son los peores en lo de darse cuenta de lo malas que son sus predicciones. Menos de dos años después de la catástrofe del Unzen, otro grupo de observadores de volcanes, dirigido por Stanley Williams de la Universidad de Arizona, se adentró por la periferia de un volcán activo llamado Galeras, en Colombia. A pesar de las muertes de los últimos años, sólo dos de los dieciséis miembros del equipo de Wiliams llevaban cascos de seguridad u otros medios de protección. El volcán entró en erupción y mató a seis científicos, y a tres turistas que los habían seguido, e hirió de gravedad a algunos más, incluido Williams. En un libro extraordinariamente poco autocrítico titulado Surviving Galeras, Williams decía que sólo pudo «mover la cabeza asombrado» cuando se enteró después de que sus colegas del mundo de la vulcanología habían comentado que había pasado por alto o desdeñado importantes señales sísmicas y había actuado de forma imprudente. «Es muy fácil criticar después de los hechos, aplicar el conocimiento que tenemos ahora a los acontecimientos de 1993», escribió. Sólo se consideraba responsable de haber tenido la mala suerte de acudir allí cuando el volcán «se comportó de forma caprichosa, como suelen hacer las fuerzas naturales. Me equivoqué y asumiré la responsabilidad. Pero no me siento culpable de la muerte de mis colegas. No hay culpas. Se produjo una erupción».

Pero volviendo al estado de Washington, vemos que el monte St. Helens perdió 400 metros de cima y quedaron devastados 600 kilómetros cuadrados de bosque. Quedaron calcinados árboles suficientes como para construir unas 150.000 casas. Los daños se calcularon en 2.700 millones de dólares. Surgió una columna de humo y cenizas que alcanzó una altura de 18.000 metros en menos de diez minutos. Un aparato de unas líneas aéreas, que se encontraba a 48 kilómetros de distancia, informó que había sido víctima de una granizada de rocas. Noventa minutos después de la explosión empezó a caer ceniza sobre Yakina, Washington, una comunidad de 50.000 personas situada a unos 130 kilómetros de distancia. Como es natural, la ceniza oscureció el día y lo cubrió todo, atascando motores, generadores y equipo eléctrico, asfixiando a los peatones, bloqueando los sistemas de filtración y paralizando toda actividad. Hubo que cerrar el aeropuerto y las autopistas de entrada y salida de la ciudad. Hay que tener en cuenta que todo eso pasaba en la dirección del viento de un volcán que llevaba dos meses gruñendo de una forma amenazadora. Sin embargo, Yakima no contaba con sistemas de emergencia para posibles erupciones. El sistema de radio de emergencia de la ciudad, que debía entrar en acción teóricamente en una situación crítica, no lo hizo porque «el personal del domingo por la mañana no sabía manejarlo». Yakima estuvo paralizado y completamente aislado durante tres días, con el aeropuerto cerrado y las vías de acceso bloqueadas. La población quedó cubierta por una capa de ceniza de 1,5 centímetros tras la erupción del volcán. Imaginaros lo que sería una erupción en Yellowstone.

 

En la década de los sesenta, mientras estudiaba la historia volcánica del Parque Nacional de Yellowstone, Bob Christiansen, del Servicio Geológico de Estados Unidos, quedó intrigado por algo por lo que sorprendentemente no se había interesado nadie antes: no podía encontrar el volcán del parque. Hacía mucho tiempo que se sabía que Yellowstone era de naturaleza volcánica, ya que eso era lo que explicaba todos sus géiseres y demás fuentes de vapor, y lo único que tienen los volcanes es que, en general, son bastante notorios. Pero Christiansen no podía encontrar por ninguna parte el volcán de Yellowstone. Lo que no conseguía encontrar concretamente era una estructura denominada caldera. Casi todo el mundo imagina, cuando piensa en los volcanes, la forma cónica clásica de un Fuji o un Kilimanjaro, que es algo que se forma cuando el magma de la erupción se acumula en un montículo simétrico. Estos montículos pueden formarse con notable rapidez. En 1943, en Paricutín (México), un campesino se asustó al ver que salía humo de una zona de sus tierras. Al cabo de una semana, era el asombrado propietario de un cono de 152 metros de altura. Dos años después, el cono tenía ya casi 430 metros de altura y medía más de 800 metros de anchura. Hay en total unos 10.000 volcanes de ese tipo claramente visibles en la Tierra. Y salvo unos centenares, están casi todos extintos. Pero existe otro tipo de volcanes menos famosos que no necesitan formar una montaña. Se trata de volcanes tan explosivos que se abren de forma violenta en un solo y potente estallido, dejando atrás un enorme pozo, llamado caldera. Yellowstone debía de ser, sin duda, un volcán de este segundo tipo. Pero Christiansen no encontraba la caldera por ninguna parte.

La NASA decidió probar algunas nuevas cámaras de gran altitud haciendo fotos de Yellowstone. Christiensen se dio cuenta, al ver las fotos, de por qué no había conseguido localizar la caldera. Prácticamente todo el parque (9.000 kilómetros cuadrados) era caldera. La explosión había dejado un cráter de casi 6 kilómetros de anchura, demasiado enorme para poder apreciarlo desde ningún punto situado a nivel del suelo. En algún momento del pasado, Yellowstone debió de estallar con una violencia superior a la escala de cualquier cosa conocida por los seres humanos. Resulta, pues, que Yellowstone es un supervolcán. Se asienta encima de un enorme punto caliente, un depósito de roca fundida que se inicia a un mínimo de 200 kilómetros bajo tierra y se eleva casi hasta la superficie, formando lo que se llama una superpluma. El calor del punto caliente es lo que alimenta todas las chimeneas, termas, géiseres y ollas de lodo burbujeante. Debajo de la superficie hay una cámara de magma que tiene unos 72 kilómetros de ancho, aproximadamente las mismas dimensiones del parque, y unos 13 kilómetros de espesor en su parte más gruesa. Es como andar sobre una enorme montaña de explosivos. La presión que ejerce un depósito de magma de esas dimensiones, sobre la corteza que está encima, ha elevado Yellowstone y el territorio del entorno aproximadamente medio kilómetro más de lo que estaría sin ella. Según el profesor Bill McGuire del Colegio Universitario de Londres, «no podrías acercarte a un radio de 1.000 kilómetros de él» en plena erupción. Las consecuencias que seguirían serían peor aun.

El tipo de superplumas sobre las que se asienta Yellowstone se parece bastante a algunos vasos: son estrechas por abajo pero van ensanchándose a medida que se acercan a la superficie para crear grandes cuencos de magma inestable. Algunos de estos cuencos pueden tener una anchura de hasta 1.900 kilómetros. De acuerdo con las teorías actuales, no siempre entran en erupción de una forma explosiva, pero a veces estallan en una emanación enorme y continua, una avalancha de roca fundida como sucedió en las traps del Decán, en la India, hace 65 millones de años. En este caso cubrieron un área de más de 500.000 kilómetros cuadrados y probablemente contribuyesen a la extinción de los dinosaurios, tal vez con sus emanaciones de gases nocivos. Las superplumas pueden ser también responsables de las fisuras que hacen que se separen los continentes. Esas plumas no son tan raras. Hay unas treinta activas en la Tierra en este momento y son responsables de muchas de las islas y cadenas de islas más conocidas (los archipiélagos de las Azores, las Canarias v los Galápagos, la pequeña Pitcairn en mitad del Pacífico Sur y muchas otras), pero, aparte de Yellowstone, son todas oceánicas. Nadie tiene la menor idea de cómo o por qué acabó Yellowstone bajo una placa continental. Sólo hay dos cosas seguras: que la corteza en Yellowstone es fina y el mundo que hay debajo es caliente. Pero, si la corteza es fina, debido al punto caliente o si el punto caliente está allí porque la corteza es fina es motivo de debate. La naturaleza continental de la corteza hace que sus erupciones sean enormemente distintas. Mientras los otros supervolcanes tienden a emitir lava de modo constante y de una forma relativamente benigna, Yellowstone lo hace de forma explosiva. No sucede a menudo, pero cuando sucede es mejor encontrarse a bastante distancia.

Desde su primera erupción conocida de hace 16,5 millones de años, ha entrado en acción unas cien veces, pero es sobre las tres erupciones más recientes sobre las que se ha escrito. La última fue un millar de veces mayor que la del monte St. Helens, la penúltima fue 280 veces mayor y, la antepenúltima, fue tan grande que nadie sabe exactamente cuán grande fue. Fue por lo menos 2.500 veces mayor que la de St. Helens, pero quizás 8.000 veces más monstruosa. No tenemos absolutamente nada con lo que podamos compararla. La mayor explosión de tiempos recientes fue la de Krakatoa, Indonesia, en agosto de 1889, y fue de tal magnitud que reverberó por todo el planeta durante nueve días e hizo agitarse las aguas en zonas alejadas como el canal de la Mancha. Pero, si imaginamos que el volumen de material eyectado en Krakatoa es del tamaño de una pelota de golf, el de la mayor erupción de Yellowstone sería del tamaño aproximado de una esfera detrás de la cual podría esconderse una persona. A esa escala, la erupción del monte St. Helens no sería más grande que un guisante. La erupción de Yellowstone de hace dos millones de anos emitió ceniza suficiente como para enterrar el estado de Nueva York, hasta una profundidad de 20 metros, o el de California hasta seis metros. Fue esa ceniza la que creó los yacimientos fósiles que halló Mike Voorhies en el este de Nebraska. Esa explosión se produjo en lo que hoy es Idaho, pero la corteza de la Tierra se ha desplazado por encima de ella a lo largo de millones de años a un ritmo de unos 2,5 centímetros al año, de manera que hoy está directamente debajo del noroeste de Wyoming. El punto caliente propiamente dicho se mantiene en el mismo sitio, como un soplete de acetileno dirigido hacia un techo. Deja en su estela el tipo de fértiles llanuras volcánicas que son ideales para cultivar patatas, como hace mucho que descubrieron los campesinos de Idaho.

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La lluvia de cenizas de la última erupción de Yellowstone cubrió por completo o en parte 19 estados del oeste (más zonas de Canadá y de México), casi la totalidad de la parte de Estados Unidos situada al oeste del Misisipí. Hay que tener en cuenta que esa zona es el granero del país, una región que produce aproximadamente la mitad de los cereales del mundo. Y conviene recordar que la ceniza no es como una gran nevada que se derretirá con la llegada de la primavera. Si quisieses volver a cultivar, tendrías que encontrar algún sitio donde poner toda la ceniza. Después de los atentados del 11 de septiembre, hicieron falta miles de trabajadores durante ocho meses para retirar 1.800.000.000 de toneladas de desechos de las 6,5 hectáreas del emplazamiento del World Trade Center de Nueva York. Imaginad lo que llevaría limpiar todo el estado de Kansas. Y eso sin considerar siquiera las consecuencias climáticas. La última erupción de un supervolcán en la Tierra se produjo en Toba, en el norte de Sumatra, hace 74.000 años. Nadie sabe exactamente lo grande que fue, pero desde luego fue tremenda. Los testigos de hielo de Groenlandia muestran que a la explosión de Toba siguieron como mínimo seis años de «invierno volcánico». El acontecimiento se cree que pudo llevar a los seres humanos hasta el borde de la extinción, reduciendo la población global a sólo unos cuantos millares de individuos. Eso significaría que todos los seres humanos modernos surgieron de una base de población muy pequeña, lo que explicaría nuestra carencia de diversidad genética. En todo caso, hay ciertas pruebas que sugieren que, durante los 20.000 años siguientes, el número total de habitantes de la Tierra no llegó a ser nunca superior a unos cuantos miles.  No hace falta decir que es mucho tiempo para dedicarlo a recuperarse de una sola erupción volcánica.

 

Todo esto fueron hipótesis hasta 1973, en que un extraño suceso lo hizo súbitamente trascendental: el agua del lago de Yellowstone, en el centro del parque, empezó a cubrir las orillas en el extremo sur; inundando un prado, mientras que, en el extremo opuesto del lago el agua retrocedió de forma misteriosa. Los geólogos efectuaron una rápida investigación y descubrieron que una gran zona del parque había experimentado un abultamiento amenazador Ese abultamiento estaba elevando un extremo y haciendo retirarse el agua del otro. Luego, en 1984, toda la región central del parque se hundió 20 centímetros. Ahora parece que está elevándose de nuevo. Los geólogos comprendieron que la única causa posible de esto era una cámara de magma inestable. Yellowstone no era el emplazamiento de un antiguo supervolcán: era el emplazamiento de uno activo. Fue también, más o menos por entonces, cuando consiguieron descubrir que en el ciclo de erupciones de Yellowstone se producía de promedio una gran explosión cada 600.000 años. La última fue hace 630.000. Parece, pues, que podríamos estar cerca de una nueva explosión. Según Paul Doss, geólogo del Parque Nacional de Yellowstone: “Puede que no lo parezca, pero estamos sobre el volcán activo mayor del mundo”. Yellowstone, no hace falta decirlo, es de una belleza sensacional, con montañas gordas y majestuosas, prados salpicados de bisontes, riachuelos retozones, un lago azul cielo, fauna y flora naturales en cantidades desmedidas. Arriba en Beartooth Gap hay rocas de casi 3.000 millones de años (tres cuartas partes del tiempo transcurrido desde el principio de la Tierra) y luego se tienen aguas termales.

Puede verse un espacio vacío situado a lo lejos, en una cadena de montañas, llamadas  Gallatius,  hacía el oeste, que se hace visible sobre una elevación. Este hueco tiene 100 kilómetros de anchura. Durante mucho tiempo nadie pudo entender por qué estaba ahí ese hueco, hasta que Bob Christiansen se dio cuenta de que tenía que ser porque las montañas simplemente habían estallado. Cuando te encuentras con 100 kilómetros de montañas que han desaparecido del mapa, sabes que estás tratando con algo muy potente. A Christiansen le llevó seis años dar con la clave. ¿Qué era lo que hacía que Yellowstone estallase?  Nadie lo sabe. Los volcanes son cosas extrañas. No los entendemos en realidad. El Vesubio de Italia estuvo activo trescientos años hasta que tuvo una erupción en 1944 y luego sencillamente se paró. Ha estado silencioso desde entonces. Algunos vulcanólogos piensan que Yellowstone se está recargando a lo grande, lo que es un poco preocupante porque alrededor de él viven dos millones de personas. Pero nadie sabe. Y si Yellowstone fuese a estallar ¿qué avisos se tendrían? Como no había nadie por aquí la última vez que estalló, nadie sabe cuáles son las señales de aviso. Lo más probable sería que hubiese enjambres de terremotos y algún levantamiento superficial y, posiblemente, algunos cambios en las pautas de conducta de los géiseres y de las chimeneas de vapor, pero la verdad es que nadie lo sabe. El problema es que casi todas las cosas que constituían señales y avisos ya estaban presentes en cierta medida en Yellowstone. Los terremotos son generalmente un precursor de las erupciones volcánicas, pero en el parque hay ya montones de terremotos. La mayoría de ellos son demasiado pequeños y no se aprecian, pero son terremotos de todos modos.

 

También podría considerarse un cambio en la pauta en las erupciones de los géiseres, aunque también éstas varían impredeciblemente. El géiser más famoso del parque era en tiempos el Excelsior. Solía entrar en erupción regular y espectacularmente llegando a alturas de 100 metros, pero en 1888 se paró sin más ni más. Luego, en 1985, volvió a entrar en erupción, aunque sólo llegó a una altura de 25 metros. El géiser Steamboat es el más grande del mundo cuando estalla lanzando agua a 120 metros en el aire, pero los intervalos entre sus erupciones han oscilado entre sólo cuatro días y casi cincuenta anos. Según Doss, aunque estallase hoy y luego volviese a hacerlo la semana que viene, eso no nos diría absolutamente nada sobre lo que podría hacer la semana siguiente, la otra o dentro de veinte años. El parque entero es tan imprevisible que es imposible en realidad extraer conclusiones de casi nada de lo que pasa. Evacuar Yellowstone no sería fácil. El parque recibe unos tres millones de visitantes al año, la mayoría de ellos en los tres meses de temporada alta del verano. En el recinto hay relativamente pocas carreteras y no se quieren ensanchar, en parte para aminorar el tráfico, en parte para preservar un ambiente pintoresco, y en parte, debido a limitaciones topográficas. En el periodo álgido del verano puede ser fácil que lleve medio día cruzar el parque y varias horas llegar a cualquier lugar situado dentro de él.

En el otoño de 2000, representantes del Servicio Nacional de Parques y del Servicio Geológico de Estados Unidos,  junto con algunos académicos, se reunieron y crearon el llamado Observatorio Volcánico de Yellowstone (OVY). Existían va cuatro organismos de este tipo (en Hawai, California, Alaska y Washington), pero, aunque parezca extraño, no había ninguno en la mayor zona volcánica del mundo. El OVY es en realidad una idea más que una cosa, un acuerdo para coordinar esfuerzos en el estudio y el análisis de una geología tan diversa como es la del parque. Una de sus primeras tareas fue elaborar un «plan de riesgos de terremotos y erupciones volcánicas», un plan de actuación en caso de una crisis. La idea es que una vez que esté listo habrá tres personas (Christiansen, de Parque Menlo, California, el profesor Robert B. Smith de la Universidad de Utah y Doss del propio parque) que valorarán el grado de peligro de cualquier cataclismo potencial y aconsejarán al superintendente del parque. El superintendente tomará la decisión de evacuar o no evacuar el parque. Para las zonas adyacentes, no hay ningún plan. En cuanto cruzases las puertas de salida del parque tendrías que arreglártelas por tu cuenta… no es mucha ayuda en caso de que Yellowstone estallase de verdad a lo grande. Por supuesto, ese día puede tardar decenas de miles de años en llegar, aunque Doss piensa que ese día puede no llegar nunca. Aunque haya seguido una pauta en el pasado no significa que siga ateniéndose a ella. Hay algunas pruebas que indican que la pauta puede ser una serie de explosiones catastróficas, seguidas de un largo periodo de quietud. Puede que ahora estemos en él. Lo que se aprecia ahora es que la mayor parte de la cámara de magma está cristalizando y enfriándose. Está liberando los materiales volátiles; para una erupción explosiva se necesitan tener atrapados materiales volátiles.

Hay, por otra parte, abundantes peligros de otro género en Yellowstone y en su entorno, como se hizo evidente de una forma devastadora la noche del 17 de agosto de 1959, en un lugar llamado lago Hebgen, a la salida misma del parque. Este día, cuando faltaban veinte minutos para la medianoche, se produjo allí un terremoto catastrófico. Tuvo una magnitud de 7,5, que no es una cosa demasiado enorme para un terremoto, pero fue tan brusco y desgarrador que derrumbó toda la ladera de una montaña. Era el punto culminante de la temporada de verano, pero afortunadamente por entonces no iba tanta gente a Yellowstone como ahora. Se desprendieron de pronto de la montaña, a una velocidad de más de 160 kilómetros por hora, varios millones de toneladas de rocas, que se precipitaron con una fuerza y un empuje tales que el borde delantero de la avalancha ascendió 120 metros por la ladera de una montaña del otro lado del valle. Había una parte de la zona de acampada de Rock Creek en su trayecto y se la llevó por delante. Murieron veintiocho campistas, diecinueve de los cuales quedaron tan enterrados que nunca llegaron a recuperarse los cadáveres. La devastación que causó la avalancha fue tan rápida como caprichosa. Tres hermanos que dormían en una misma tienda resultaron ilesos. Sus padres que dormían en otra tienda contigua fueron arrastrados y no se halló rastro alguno de ellos. Según Doss, algún día se producirá un gran terremoto. Hay que contar con eso. Ésta es una gran zona de falla para terremotos. A pesar del terremoto de lago Hebgen y de otros peligros conocidos, Yellowstone no tuvo sismógrafos permanentes hasta la década de los setenta.

 

Si quisieses apreciar la majestuosidad y la inexorabilidad de los procesos geológicos, no podrías elegir un sitio más peligroso que los Tetons, esa cordillera de suntuosos picachos que se alza justamente al sur del Parque Nacional de Yellowstone. Hace nueve millones de años los Tetons no existían. El terreno que rodea Jackson Hole no era más que una llanura cubierta de hierba. Pero luego se abrió una falla de 64kilómetros de longitud dentro de la Tierra y, desde entonces, una vez cada novecientos años aproximadamente, los Tetons experimentaron un terremoto grande de verdad, lo suficiente para elevarlos otros dos metros más de altura. Han sido estos tirones repetidos a lo largo de eones los que les han alzado hasta sus majestuosas altitudes actuales de 2.000 metros. Esos novecientos años son una media un tanto engañosa. Según dicen Robert B. Smith y Lee J. Siegel en “Windows into the Earth” [Ventanas hacia la Tierra], una historia geológica de la región, el último terremoto importante de los Tetons se produjo hace entre cinco mil y siete mil años. Así que puede que los Tetons sea la zona del planeta donde antes toca un terremoto.

Las explosiones hidrotérmicas son también un peligro significativo. Pueden producirse en cualquier momento y prácticamente en cualquier sitio sin que sea posible predecirías. Según Doss, gran parte de los visitantes van a ver las cuencas térmicas.  Hay más géiseres y fuentes termales en Yellowstone que en todo el resto del mundo.  Hay 10.000, y nadie sabe cuándo se puede abrir una chimenea. En Duck Lake hay una masa de agua de un par de cientos de metros de anchura. Es sólo una gran laguna. Pero este gran agujero no estaba aquí antes. En algún momento de los últimos quince mil años se produjo aquí una explosión de muchísima envergadura. Debieron de ser varias decenas de millones de toneladas de tierra, roca y agua, a temperaturas muy elevadas, las que salieron despedidas a velocidades supersónicas. La última explosión significativa que se produjo en el parque fue en un sitio llamado Pork Chop Geyser en 1989. Dejó un cráter de unos cinco metros de ancho…, no es una cosa enorme ni mucho menos, pero sí bastante grande si uno hubiese estado allí en aquel momento. No andaba nadie por la zona, afortunadamente, así que no hizo daño a nadie, pero aquello sucedió sin aviso. En el pasado muy remoto ha habido explosiones que han hecho agujeros de más de kilómetro y medio de anchura. Y nadie puede decirte cuándo y dónde podría volver a pasar. Lo único que puedes hacer es tener la esperanza de no estar allí cuando pase.

También son un peligro los grandes desprendimientos de rocas. Hubo uno bastante grande en Gardiner Canyon en 1999, pero tampoco en ese caso afectó a nadie, afortunadamente. Los peligros de Yellowstone afectan tanto a los empleados del parque como a los visitantes. Doss había tenido una terrible evidencia de eso en su primera semana de trabajo. Una noche, ya tarde, tres jóvenes empleados de verano estaban dedicados a una actividad ilícita consistente en nadar en las charcas de agua caliente o simplemente flotar en ellas. Aunque el parque no lo pregona por razones obvias, no todas las charcas de Yellowstone son tan calientes como para que resulten peligrosas. En algunas resulta muy agradable meterse y quedarse flotando en el agua, y algunos de los empleados de verano tenían la costumbre de darse un chapuzón por la noche, aunque las normas prohibiesen hacerlo. Esos tres habían cometido además la estupidez de no llevar linterna, lo que era extremadamente peligroso, porque gran parte del terreno que rodea las charcas de agua caliente es inestable y frágil y es fácil hundirse en él y escaldarse en chimeneas que puede haber debajo. El caso es que cuando regresaban a los dormitorios llegaron a un arroyo que habían tenido que saltar antes. Retrocedieron unos pasos para coger carrerilla, se cogieron de la mano, contaron hasta tres, corrieron y saltaron. En realidad, no era un arroyo. Era una charca hirviente. Se habían extraviado en la oscuridad. No sobrevivió ninguno de los tres.

En 1965un equipo de biólogos formado por un matrimonio, Thomas y Louise Brock, estaban en un viaje de estudio de verano y habían recogido un poco de la capa superficial de un marrón amarillento que había por los bordes de la charca y la habían examinado buscando vida. Ante su profunda sorpresa, y más tarde la de todo el mundo, estaba llena de microbios vivos. Habían encontrado los primeros extremófilos del planeta, unos organismos que eran capaces de vivir en agua que hasta entonces se había considerado demasiado caliente, ácida o repleta de azufre para sustentar vida. Sorprendentemente, la zona de Emerald Pool reunía todas esas características y, sin embargo, tenía como mínimo dos tipos de seres vivos. Sulpholohus acidocaldarius y Thermophilus aquatictis, como pasarían a llamarse, la encontraban agradable. Se había supuesto siempre que nada podía sobrevivir por encima de temperaturas de 500 C, pero allí había organismos que estaban muy tranquilos en aguas fétidas y ácidas de una temperatura de casi el doble. Uno de los dos tipos de bacterias de los Brock, termophilus aquaticus, permaneció durante casi veinte años como una curiosidad de laboratorio… hasta que un científico de California, llamado Kary B. Mullis, se dio cuenta de que contenía enzimas resistentes que podían utilizarse para crear un tipo de brujería química conocida como una reacción de polimerización en cadena, que permite a los científicos generar montones de ADN a partir de cantidades muy pequeñas… tan pequeñas como una sola molécula en condiciones ideales. Es una especie de fotocopiaje genético y se convirtió en la base de toda la ciencia genética posterior, desde los estudios académicos a las tareas de policía forense. Proporcionó a Mullis el premio Nobel de Química de 1993.

Y no sólo eso, sino que otros científicos estaban encontrando microbios aún más resistentes, conocidos hoy como hipertermófilos, que viven a temperaturas de 500 C o más. El organismo más cálido que se ha encontrado hasta ahora, según indica Frances Ashcroft en “Life at The Extremes” [Vida en condiciones extremas], es el Pyrolobus fumarii, que vive en las paredes de las chimeneas oceánicas, donde las temperaturas pueden llegar a los 113º C. El límite máximo de la vida se cree que está en unos 120º C, aunque nadie lo sabe en realidad. La cuestión es que los hallazgos de los Brock cambiaron completamente nuestra percepción del mundo vivo. Como ha dicho un científico de la NASA, Jay Bergstralh:  «Donde quiera que vayamos en la Tierra (hasta en lo que parecían los medios más hostiles para la vida), siempre que haya agua líquida y alguna fuente de energía química, encontramos vida». Resulta que la vida es infinitamente más lista y más adaptable de lo que nadie había supuesto jamás. Eso es algo muy bueno, ya que vivimos en un mundo que no parece en modo alguno querernos aquí.

junio 29, 2011 - Posted by | Ciencia | , , , , , ,

9 comentarios »

  1. Fantástico reportaje, ya había escuchado hablar de este parque nacional de norteamérica, y también ya escuché comentar a un vidente brasilero que un desastre sin magnitud se dará en breve por dicho parque…

    En fin, te felicito por tu reportaje, muy interesante…:))

    Comentario por Arturo | julio 1, 2011 | Responder

  2. ma encantaron las bellesas naturales de yellowestone me encantaria vesitarlo algun dia jaajaj bueno en fin esta hermoso es lugar no tengo palabras me dejaron enserio

    Comentario por gloria | octubre 8, 2011 | Responder

  3. Todo es una copia del libro “Una breve historia de casi todo” de Bill Bryson, que es totalmente recomendable y se lee mejor que en pantalla de ordenador. Agur

    Comentario por Hermes Toribio Olea | octubre 22, 2011 | Responder

    • Este artículo es continuación del artículo “La Tierra, ¿es un planeta peligroso? 1/2”, tal como indico al inicio del artículo. Y en este primer artículo he escrito lo siguiente: “Creemos que la Tierra sigue siendo un gran enigma para los seres humanos que la habitamos. Y alguien que ha colaborado a darla a conocer es William McGuire “Bill” Bryson, un escritor británico nacido en Estados Unidos, autor de divertidos libros sobre viajes, sobre la lengua inglesa y de divulgación científica, escritos con una mentalidad abierta. Sus escritos me han parecido tan interesantes, que me he basado en sus obras para escribir este artículo”.

      Comentario por oldcivilizations | octubre 22, 2011 | Responder

      • no me había fijado. Mis disculpas

        Comentario por Hermes Toribio Olea | enero 31, 2012

  4. No tienes por qué disculparte. En realidad solo había puesto la referencia en la primera parte del artículo.

    Comentario por oldcivilizations | enero 31, 2012 | Responder

  5. Está increíble el reportaje, empece viendo una galería de imágenes sobre Yellowstone y dando click en una página y otra llegué hasta aquí y me atrapó de tal manera que no deje de leerla hasta terminar. Me sumergió desde un principio en sus anécdotas, historias y demás datos superinteresantes que mencionan, de repente me ganó la curiosidad y puse en el buscador “sismos más fuertes de la historia” y me salió una lista imprescionante en donde más de tres veces México ha tenido su particular protagonismo, con sismos de más de 9 grados Richter. De verdad es un verdadero placer leerlos y verdadero placer estar consciente del inminente riesgo de ser vecinos de E.U.A. Por supuesto dejando de lado la oleada de narcotráfico que emana de ellos, bueno nada comparable con las toneladas de ceniza que nos regalaran. He dicho. Bendiciones para todos y más felicitaciones.

    Comentario por Luis Brindis | noviembre 23, 2012 | Responder

  6. Precisamente me estoy leyendo en este momento el libro “Una breve historia de casi todo”, de Bill Bryson, de donde sacas la información para este post, como bien dices al principio. Se trata de un libro muy interesante pero con fallos de traducción. Me extrañaba que Mike Voorhies encontrase esos restos en 1917 y estuviera todavía vivo para conceder una entrevista a Bill Bryson. La razón es que no fue en 1917, sino en 1971. Lo dicho, libro interesante pero con ciertas meteduras de pata por parte del traductor (RBA en el caso de España). Prefiero no pensar que cuando habla de billones se esté refiriendo al billón anglosajón (mil millones) en vez de al castellano (un millón de millones), porque con seguridad el traductor ni lo sabe. Un saludo. Buen blog.

    Comentario por César M | mayo 12, 2013 | Responder

  7. Se acaban de cumplir mis sospechas. El traductor del libro al español interpreta que billón equivale a mil millones, cuando debería ser un millón de millones.

    Comentario por César M | mayo 12, 2013 | Responder


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