Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

Las novelas del autor


Además de escribir artículos en este blog, desde hace unos cuantos años, en mis horas libres, me dedico a escribir novelas. Hasta ahora he escrito 2 novelas y estoy trabajando en una tercera.

Las novelas y relatos escritos por el autor del blog y publicadas en Bubok, son:

  1. La tenue caricia de Chronos (2001) – (publicado en Bubok)
  2. Siguendo la senda de Shamballah (2007) – (publicado en Bubok)
  3. El lago de los Nagas (en construcción)

Si queréis ayudar al desarrollo de este blog y además disfrutar de unas novelas que creo os gustarán, podéis adquirirlas accediendo a Bubok (haciendo clic en cada novela).

Para que tengáis un mínimo de información de cada una de las novelas, adjunto un resumen y el 1er capítulo de cada novela.

 

1)   La tenue caricia de Chronos (2001) – (publicado en Bubok)

 

Resumen

El autor ha decidido escribir una novela de aventuras como un medio para presentar numerosas leyendas y mitos orientales, de Oceanía, de América del sur y de la Biblia, incluyendo una extraña vinculación entre el misterioso submundo de Shamballah y el nazismo. De la interpretación de dichos mitos y leyendas se infiere que en la más remota antigüedad han existido civilizaciones muy avanzadas, de las que todavía se conservan importantes vestigios.

En la tenue caricia de Chronos se narra que Sarah, una arqueóloga neozelandesa, encuentra un intrigante objeto que tendrá una influencia destacada en los acontecimientos futuros. Conoce a Robert, un periodista, del que se enamora. Juntos emprenden una extraordinaria y peligrosa aventura, que les conducirá hasta el misterioso mundo subterráneo de Shamballah. En esta aventura les acompaña James, un arqueólogo atípico, con una gran erudición en temas relacionados con antiguas civilizaciones. La aventura finaliza de un modo totalmente imprevisible.

Indíce

Capítulo

1 – Un hallazgo sorprendente

2 – Tiahuanaco

3 – Encuentro con un sabio maorí

4 – Un sueño increíble

5 – Primera expedición al mundo subterráneo

6 – Leyendas sobre el submundo

7 – Nueva expedición al mundo subterráneo

8 – Contacto con los terribles Dewos

9 – Shamballah

10 – Viaje por Shamballah

11 – Visita al Mago Merlin

12 – Un lago de fuego

13 – El Templo de Chronos 82

Capítulo 1 – Un hallazgo sorprendente
 

Estaba amaneciendo en Nueva Zelanda, país situado en el área meridional del océano Pacífico y formado por dos grandes islas, la isla Norte y la isla Sur, separadas por el estrecho de Cook, así como por otras muchas islas de menor tamaño. El sol empezaba a elevarse por el horizonte y me encontraba sentada, sumida en una serie de reflexiones, en la playa de Temuka, al este de la Isla Sur. 

Las olas rompían suavemente en la fina arena, mientras que la combinación de la luz solar, el azul marino del océano y la tenue neblina matinal, producían un maravilloso efecto mágico. Una suave brisa acariciaba el cuerpo de Sarah Miles, produciendo unos graciosos remolinos en su ensortijado pelo castaño, que enmarcaba un bonito y joven rostro, teñido de un leve color moreno y con unos preciosos ojos castaño, que miraban con un cierto deje de melancolía hacia la profundidad del horizonte.

Para mí, aquel era un día muy especial. Tenía que tomar decisiones personales muy importantes que iban a afectar profundamente mi vida futura, y nada mejor que aquel ambiente de paz y soledad para analizar las alternativas que se me presentaban. Estaba reflexionado sobre lo injusta que había sido la  vida conmigo, cuando mis ojos se fijaron en un pequeño objeto brillante que se balanceaba mecido por las olas del mar. Emitía un brillo fosforescente de un color verde claro, y se encontraba a unos cincuenta metros de donde me hallaba. Aguijoneada por la curiosidad, me acerqué hasta la orilla.

Enseguida me percaté de que la única manera de poder coger el misterioso objeto era metiéndome en el agua. A pesar de la suave temperatura de aquel veintisiete de noviembre, no me había preocupado por llevar un traje de baño. Miré alrededor, y al comprobar que no había nadie, me quité la ropa y  me dispuse a saciar mi curiosidad.

Si en aquellos momentos hubiese habido alguien en la playa, habría podido deleitarse viendo el bien formado y moreno cuerpo de Sarah,  cuya atractiva silueta se recortaba esbelta enmarcada por los rayos del sol,  que  acariciaban todos y cada uno de los rincones de su piel.

Después de dar unas cuantas brazadas, alcancé aquel objeto que estaba empezando a hechizarme. Realmente era muy extraño, como si perteneciera a otro tiempo y lugar. Junto a la creciente curiosidad, empecé a sentir un cierto temor ante lo desconocido, y estuve tentada de abandonarlo en el agua. Pero un deseo incontrolado me impulsó a cogerlo. Mientras me secaba al sol, lo observé detenidamente. Era un cilindro de vidrio transparente, y aparentemente resistente, de unos treinta centímetros de longitud por cinco de diámetro. En sus dos extremos tenía unas placas de un extraño material plateado, en el que podían verse unos grabados que entremezclaban signos indescifrables y  seres fantásticos. Algunos de estos grabados me recordaban, aunque vagamente, figuras que había podido contemplar en mis expediciones arqueológicas por las distintas islas del Pacífico.

Siendo el objeto realmente sorprendente, lo más intrigante era el tenue fulgor que cubría de manera uniforme su interior. Nunca en mis cortos años de dedicación al mundo de la arqueología había visto un objeto similar. En realidad no sabía siquiera como catalogarlo. Sonriendo en mi fuero interno, pensé que tal vez podría bautizarlo con el nombre de “lámpara de Aladino”.

Después de hacer un infructuoso intento por abrirlo, pensé que lo mejor que podía hacer era enseñárselo al Dr. Brian Caldway, que fue mi profesor de Arqueología y que actualmente era mi director en el Centro Arqueológico de Christchurch, ciudad con más de 400.000 habitantes situada en la Isla Sur. Realmente no parecía el típico objeto para un arqueólogo, pero al fin y al cabo era misterioso y digno de estudio. Si el destino  había puesto aquel objeto en mis manos, con la única dificultad de tenerme que desnudar y arriesgarme a ser vista – pensé mientras me sonrojaba ligeramente -, no iba a dejar escapar la oportunidad.

Entonces me percaté de que todavía estaba desnuda y que cada vez era más probable que alguien se acercase. Volví a vestirme, mientras pensaba en lo agradable que sería tener allí a Robert. Al pensar en ello, una sensación de placer recorrió todo mi cuerpo. Mientras estos pensamientos iban desfilando por mi cabeza, casi me había olvidado de la “lámpara de Aladino” que tanto me obsesionaba. La envolví cuidadosamente con un pañuelo y me dirigí lentamente hacia el lugar en que tenía aparcado mi pequeño Morris de color azul.

Las olas del mar se iban encrespando cada vez más, como si Neptuno se hubiese enfurecido por haberle sido robada su propiedad. Repentinamente, y sin saber la razón,  sentí un ligero escalofrío.

…………………………………………

Como cada día en que debía ir a trabajar con el Dr. Caldway, a las siete en punto sonó el odioso despertador. Aquel lunes me encontraba más cansada que normalmente, ya que no había podido dormir bien. Tal vez había bebido demasiado durante la celebración del cumpleaños de mi amiga Julia. Realmente había sido una fiesta muy divertida. Lástima que Robert no hubiese podido asistir. No obstante, lo había pasado muy bien bailando mi música  favorita. Además, había tenido mucho éxito ya que con la falda corta y ceñida que llevaba, estaba realmente atractiva. Solamente había que fijarse en las miradas que me dirigían los asistentes masculinos – recordé con satisfacción y sensualidad -. Aunque también había podido observar miradas de envidia en algunas de las mujeres.

Era curioso que, siendo tan moderna y atractiva – pensé con coquetería -, estuviese trabajando en arqueología. Aunque me apasionaba, había momentos en que mis pensamientos volaban hacia otros “objetos” del deseo. Realmente era una mujer libidinosa – pensé mientras recordaba nuevamente a Robert -. Ojalá estuviese conmigo en aquel momento.

Reflexionando sobre el sueño que había tenido, y que recordaba de una manera velada, me estremecí. En realidad había sido una pesadilla, probablemente causada por el alcohol ingerido. Estaba tan bebida y alegre, que si alguno  de los asistentes hubiese querido aprovecharse de la situación, lo hubiese tenido fácil. En realidad – pensé con cierta decepción -, no entendía que nadie lo hubiese intentado.

En una de las imágenes que recordaba, me hallaba en un extraño lugar en que podían observarse unos extraños jeroglíficos. Varios seres monstruosos se me acercaban lenta e inexorablemente. Justo cuando me iban a coger, ¡zas!, había sonado el despertador. Era la primera vez que me sentía feliz de escuchar su desagradable  sonido. Afortunadamente, solamente era un sueño.

Me levanté de la cama estirando perezosamente los brazos por encima de mi cuerpo desnudo. Me miré al  espejo y pensé que era realmente bonita. Aunque, después de la juerga, tenia unas ojeras bastante pronunciadas. Para disimular mi caída en los brazos de Baco tendría que esmerarme en mi maquillaje. Tomé una pastilla para combatir el dolor de cabeza, que me estaba martirizando, y me metí en la ducha.

Bajo el agua caliente empecé a sentirme mejor. Me encantaba que el agua acariciase mi cuerpo, fluyendo lentamente desde la cabeza hasta los píes.  De nuevo volví a pensar en Robert. ¡Cómo notaba a faltar sus caricias y besos! Él era el objeto principal de mis reflexiones en la playa. Repentinamente volví a acordarme de la “lámpara de Aladino”. La había dejado en un cajón de la mesita de noche. Me sequé, y con la toalla arrollada al cuerpo me dirigí al dormitorio. Abrí el cajón, la cogí, y empecé a observarla detenidamente. De repente emití un gritó y se me heló la sangre. Algunos de los extraños seres grabados en los extremos del tubo eran muy  parecidos a los de mi pesadilla. Me vestí rápidamente y salí hacía el Centro Arqueológico.

Cuando entré, el Dr. Brian Caldway  estaba clasificando material encontrado en las últimas excavaciones que se estaban llevando a cabo en la isla Christmas,  perteneciente a Australia y situada en el océano Índico, al sur del extremo occidental de Java. La mayor parte de la isla es una meseta que se eleva unos 300 metros sobre el nivel del mar. Me deseó buenos días, acompañándolo de una amplia sonrisa.

Brian Caldway tenía un particular aprecio por Sarah. Además de considerarla su mejor alumna y una magnífica ayudante, se sentía atraído por ella. Aunque, nada más lejos de su intención que permitir que ella pudiese descubrir su pequeño secreto. Al fin y al cabo – pensaba con cierto pesar – él era treinta y cinco años mayor que ella. Enseguida se percató de que aquella mañana Sarah estaba particularmente nerviosa. Cuando iba a preguntarle si tenía algún problema, ella sacó un paquete de su bolso y le mostró un extraño objeto.  Brian se quitó las gafas y la miró con expresión interrogativa.

Le expliqué los pormenores del hallazgo, pero omitiendo  cualquier mención a mi increíble pesadilla. Pensé que era ridículo que hubiese podido establecer algún tipo de relación entre ambos hechos.

Brian tomó una lente de aumento y empezó a observarlo cuidadosamente. Se centró especialmente en los grabados.  Al cabo de media hora me pidió que buscase el archivo de fotografías de las ruinas de  Tiahuanaco, en Bolivia.

 

2) Siguendo la senda de Shamballah (2007) – (publicado en Bubok)

 

Resumen

Un escritor parisino participa en tertulias en que se discuten diversas ideas, como el viaje en el tiempo. Se ve involucrado en una serie de intrigas que finalizan en una expedición al Amazonas, en busca del legendario El Dorado.

Indice

Capítulo 1 – Un retrato intrigante

Capítulo 2 – Una extraña pesadilla

Capítulo 3 – ¿Existe El Dorado?

Capítulo 4 – Los sueños, ¿son reales?

Capítulo 5 – ¿Una nueva edad de oro?

Capítulo 6 – Una velada inolvidable,

Capítulo 7 – Los Nueve Desconocidos

Capítulo 8– El origen de las religiones

Capítulo 9– En peligro

Capítulo 10 – Un testimonio inesperado

Capítulo 11 – ¿Un mundo injusto?

Capítulo 12 – Preparando una expedición al Amazonas

Capítulo 13 – Un tatuaje misterioso

Capítulo 14 –  Un mundo feliz

Capítulo  15 – La selva amazónica

Capítulo 16 –  El Dorado

Capítulo 17 – ¿Se puede viajar en el Tiempo?

Capítulo 18 – La venganza de Chronos

 
Capítulo 1 – Un retrato intrigante
 

 

Sábado, 12 de septiembre

Era una radiante mañana de septiembre en París, esta majestuosa ciudad que debe su nombre al hijo de Príamo y Hécuba, reyes de Troya, a quien una profecía había anticipado que sería el causante de la destrucción de la legendaria ciudad, por lo que fue abandonado en el monte Ida. Un día, las diosas Hera, Atenea y Afrodita le pidieron que hiciera de juez y decidiera quien era la más bella. Las tres intentaron sobornarlo. Hera le prometió hacerlo rey de Europa y Asia, Atenea que le concedería la victoria de Troya sobre los griegos, y Afrodita le ofreció la hermosa Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta. París eligió esta última opción, provocando que Hera y Atenea se volvieran enemigas acérrimas de Troya y la llevaran a su destrucción final.

 

Eran las nueve de la mañana y como otros sábados me levanté dispuesto a efectuar mi habitual recorrido por el apasionante barrio de Montmartre. Ojeé el libro que había en mi mesa de noche. En su cubierta se veía la imagen de un riachuelo y una cascada, rodeados por un bosque y enmarcando una enigmática pirámide. En un cielo azul y lleno de estrellas podían observarse dos grandes planetas  y un extraño reloj que parecía derretirse bajo el peso del tiempo. Como saliendo de las entrañas de aquella imagen, resaltaba el título del libro, en letras doradas: “El templo de Chronos”, autor: Jean Lamark. Mi mente se había trasladado, por un momento, al mundo imaginario relatado en mi última novela, que había sido un best seller, reportándome pingües beneficios.

Vivía en un pequeño pero acogedor estudio situado en el sobre ático de un señorial edificio en la Avenida de Wagram, cerca del Arco del Triunfo, en una de las zonas más distinguidas de París. Era soltero y llevaba una vida social muy intensa, ya que mi fama como escritor motivaba que fuese invitado a diversas fiestas de la alta sociedad parisina. Mi metro ochenta y cinco de estatura – pensé con cierta soberbia -, y una figura atlética, unido a mi fama de escritor de éxito, constituían un cóctel explosivo para muchas mujeres jóvenes y no tan jóvenes.

Me dirigí a la estación de metro de Ternes y subí a un tren de la línea 2 con destino a la estación de Anvers, en pleno Boulevard de Rochechouart, desde donde me encaminé hacia el Sacré Coeur. A pesar de que estabamos a mediados de septiembre, todavía podían verse numerosos turistas curioseando por las diversas tiendas de recuerdos de la zona, entremezclados con los habitantes de diversas razas y culturas que moldean el paisaje actual de París. Me encantaba observar la multicolor amalgama de turistas, vendedores ambulantes y artistas que deambulan por Montmartre.

Subí por la interminable escalinata que da acceso a la conocida basílica, pero gracias a mi excelente estado de forma no acusé demasiado el esfuerzo. Una vez en lo alto permanecí embelesado un buen rato, observando el impresionante panorama que se divisaba. Todo París, incluyendo la popular torre Eiffel, se ofrecía esplendente a mi mirada. Ciertamente era una bella ciudad, que hacia honores a la hermosa Helena y en la que me sentía muy orgulloso de vivir. Después de embriagarme durante un rato con la magnífica contemplación, dejando que mi mente vagase libremente entre recuerdos nostálgicos, me dirigí hacia la plaza del Tertre, que constituye el centro artístico de París. Allí solía pasar varias horas observando a los retratistas, que utilizaban como modelos a los múltiples visitantes. Aprovechando la excelente temperatura de aquella mañana,  me acomodé en la terraza de una cafetería.

Estaba contemplando el pintoresco espectáculo multicolor que se ofrecía a mi vista cuando, de repente, me llamó la atención el dibujo que estaba realizando una joven pintora. Aparentemente no había nadie que le sirviese de modelo, ni estaba utilizando ninguna imagen. Como si emanase una atracción irresistible, permanecí curioseando como iba elaborando su obra. El retrato representaba un extraño personaje completamente calvo, con una perilla negra que alargaba su rostro, dos grandes orejas puntiagudas y unos ojos muy hundidos, con una mirada maligna que parecía dotada de vida. En aquellos momentos la chica estaba aplicando un ligero color cobrizo a su rostro, que aún acentuaba más su aspecto misterioso. Me extrañó que una chica tan joven y bonita estuviese dibujando un personaje tan siniestro. Como impulsado por un interés irrefrenable, me levanté, pagué la consumición y me encaminé al encuentro de la joven artista.

— Hola – le dije afectuosamente -. Original retrato. ¿Quién es este personaje?

— Marduk –  respondió la chica sin mirarme.

— ¿Y quién es Marduk? – le pregunté con curiosidad.

— Si no le conoce, mejor para usted – respondió con un cierto deje de tristeza en su voz.

— De todos modos, me gustaría adquirir el cuadro – dije, intentando ganarme su simpatía -. ¿Cuánto cuesta?

— No está a la venta – respondió mientras giraba su rostro hacia mí.

No pude evitar un estremecimiento. Era la chica más hermosa que jamás había visto. Un ensortijado pelo castaño enmarcaba un bonito y blanco semblante, en el que destacaban unos preciosos ojos verdes que reflejaban una gran melancolía, lo que aún acentuaba más su belleza. Vestía una falda larga negra y una chaqueta gris, y se guarnecía con unos largos pendientes en que se veía un extraño dibujo. También había notado un ligero deje extranjero en su pronunciación.

— Me gusta mucho tu estilo y desearía que me pintaras un retrato – argüí tratando de encontrar la manera de estrechar nuestra relación –. Por cierto, yo me llamo Jean, ¿y tú?

— Me llamo Miriam – respondió en voz baja -. Lo lamento, pero hoy no tengo tiempo. Si lo deseas, ven el próximo sábado a partir de las once de la mañana.

— Por tu acento – inquirí –, supongo que no eres francesa. ¿De dónde eres?

— Soy neozelandesa, pero llevo varios años en París.

Entonces empezó a recoger sus bártulos y a guardarlos en una mochila.

— ¿Ya tienes que irte? – dije afligido -. ¿Puedo acompañarte y ayudarte a llevar todas estas cosas?

— No, lo siento – respondió con suave pero firme voz -. Tenemos que despedirnos. Tal vez el próximo sábado podemos vernos.

Me quedé apesadumbrado mientras la veía bajar en dirección a la Rue Lepic y observaba sus movimientos al andar, que eran suaves como los de una gacela. Cuando estaba a punto de perderla de vista, un impulso instintivo me indujo a seguirla. Bajó por la Rue Lepic hasta llegar al Boulevard de Clichy, girando hacía la izquierda, en dirección a Pigalle. Una vez allí, cruzó la plaza y se adentró en la Rue des Martyrs. Después de recorrer unos veinte metros, advertí que se introducía en un sobrio y antiguo inmueble de tres plantas, con una serie de originales viñetas en su fachada.

Me aposté frente a la casa, escondido en un portal. Al cabo de unos minutos reparé en que se encendía una lámpara en una habitación del tercer piso y se perfilaba la armoniosa silueta de Miriam en la ventana, mientras cerraba las contrapuertas. Me acerqué a la entrada y en el buzón del tercer piso pude distinguir el nombre de Miriam Vauxhall. Permanecí una hora esperando en vano volver a verla. Al final, cansado de aguardar, decidí regresar a mi apartamento con el convencimiento de que aquella chica me estaba embrujando. Me fui como el que deja jirones de su corazón, ya que no podía resignarme a no volver a verla. Sin embargo – pensé – debería esperar hasta el siguiente sábado. No podía arriesgarme a que se sintiese espiada y se enfadase conmigo.

Llegué a mi acogedor apartamento. Aquella noche estaba invitado a una fiesta en la residencia del Conde de Girardón, situada cerca de Fontainebleau. Me duché y me puse un elegante traje azul marino, dispuesto a pasar una alegre velada. Subí a mi Porsche rojo y me dirigí hacia la mansión, circulando a través de un paisaje débilmente iluminado por la luna llena que lucía en el firmamento.

La mansión, un antiguo castillo del siglo XVI totalmente restaurado, constituía un magnifico ejemplo de la arquitectura renacentista francesa, y se elevaba majestuosa sobre un pequeño montículo, mostrando la concepción simétrica de sus fachadas, en las que abundaban las formas flamígeras. En la restauración del castillo se había respetado la distribución y la decoración arquitectónica de las habitaciones, así como las numerosas y variadas esculturas de influencia italiana y flamenca. Entré en el gran parque del castillo y aparqué mi coche en una plaza delante de la puerta principal, llena de automóviles, por lo que deduje que sería una fiesta muy animada. Un sirviente, ataviado con un elegante uniforme, me acompañó hasta la antesala.

El festejo se había organizado para celebrar el cincuenta y cinco aniversario del conde, y el salón principal estaba lleno de personalidades de la alta sociedad. Varios sirvientes se movían de un lado para otro repartiendo bebidas y canapés, mientras una orquesta interpretaba suaves melodías. Cuando la condesa, que era veinticinco años más joven que el conde y de una gran belleza, me vio, abandonó momentáneamente a los invitados con los que estaba departiendo y se dirigió afectuosamente hacia mí.

–¡Cómo estás, querido Jean! – dijo mientras me abrazaba y me daba un cariñoso beso -, creía que ya no ibas a venir.

— Sophie, estás realmente espléndida. Debo disculparme ya que me han surgido algunas complicaciones – comenté, mientras la imagen de Miriam volvía a mi mente –, y no he podido llegar antes. De todos modos, la noche es suficientemente larga.

— Ven – me invitó mientras señalaba hacia el otro extremo del salón -, voy a presentarte a unas personas muy originales.

Sophie y yo éramos muy buenos amigos y ocasionales amantes. Charles lo sabía pero nunca había mostrado su reprobación. En realidad creo que le servía como coartada moral, ya que eran famosas las orgías que organizaba en su palacio, en las que el alcohol, las drogas y el sexo campaban a sus anchas. Pero era demasiado importante y rico como para que la policía le molestase. De todos modos, era curioso que al mismo tiempo se destacase por sus coloquios y galas culturales, a las que asistían la flor y nata de las letras, las ciencias y las artes. 

Afortunadamente, ya que desfallecía de hambre, mientras nos internábamos entre los invitados pude atrapar una copa de jerez y un canapé. Por fin llegamos ante una magnifica puerta de roble y entramos en el acogedor despacho del conde, repleto de libros y antigüedades. Había un grupo de cinco personas departiendo animadamente que, cuando nos vieron, dejaron de conversar y nos saludaron.

— ¿Cómo estás, Jean? – me saludó el conde afablemente -. Quiero que conozcas a mis invitados y te incorpores a nuestra conversación. – dijo mientras me los presentaba -. La señora Aghata Milne, escritora inglesa de brillantes libros de terror, a la que ya conoces; el señor Meiji Tohoku, notorio psicólogo japonés, con vastos conocimientos sobre fenómenos paranormales; el señor Mathieu Lecourve, arqueólogo  y gran conocedor de antiguas civilizaciones, y el señor Michael Marduk, un australiano excéntrico – añadió mientras me guiñaba un ojo -, conocedor de antiquísimos manuscritos secretos, y que lleva residiendo en Francia desde hace varios años.

Fui saludando a cada uno de los presentes. A la escritora Aghata Milne ya la conocía, por haber coincidido con ella en una adjudicación de premios literarios y por ser una asistente habitual a las celebraciones culturales de París. Era una mujer de unos cuarenta años, bien parecida, aunque con una mirada excesivamente dura para una mujer. Cuando escuché el nombre de Marduk, experimenté una sacudida. Al contemplar su rostro, reparé en que se parecía al retrato que estaba dibujando Miriam. Sin embargo, sus facciones no eran tan tortuosas como en el dibujo. ¿Qué relación habría entre aquel curioso personaje y Miriam?

— Estoy encantado de conocerle – dijo Michael Marduk mientras me miraba con sus penetrantes ojos, negros como el carbón -. He leído su novela El templo de Chronos y me ha impresionado mucho. Desearía discutir con usted algunas de sus teorías.

— En realidad – respondí una vez me hube repuesto de mi sorpresa – todo lo que narro en mi libro es pura imaginación. No he pretendido elaborar ninguna teoría.

— No sea modesto señor Lamark – dijo con una sonrisa burlona en sus labios -. Creo que sabe más de lo que nos quiere hacer creer.

— Bien – dijo Sophie -. Creo que mi presencia en esta sala está de más. Voy a seguir haciendo de anfitriona. Por cierto – dijo dirigiéndose a su marido, el conde -, dentro de un rato deberías reincorporarte a la fiesta, ya que eres el homenajeado.

— No te preocupes Sophie – respondió el conde con cierta reprimida irritación -. Conozco mis obligaciones.

Nos sentamos en los mullidos sillones y Charles nos ofreció cigarrillos y puros a cada unos de los asistentes. Yo tomé un cigarrillo, lo encendí y aspiré el humo con fruición. Necesitaba calmar mis nervios. La presencia de Michael Marduk me había alterado notablemente.

— Jean – dijo Charles -, cuando has llegado estábamos comenzando a hablar sobre las experiencias de Mathieu en la selva del Amazonas, que parecen extraídas de un cuento fantástico. Cada jueves, uno de nosotros glosa algún hecho relevante del que tenga conocimiento, y abrimos un coloquio al respecto. Estas conversaciones sirven para moldear nuevas ideas y como estímulo para nuevas proposiciones. Nos gustaría que formases parte de nuestro grupo. 

— De acuerdo – respondí -. Todo lo que sea intercambiar conocimientos e ideas me interesa. 

— En efecto – añadió Michael Marduk con un cierto deje de ironía -, creo que le interesará. Y tal vez podrá conseguir argumentos para sus próximas novelas.

— Les estaba explicando – dijo Mathieu con pasión –, que hace dos años organicé una expedición hacia una zona limitada por los ríos Amazonas, Xingú y Tanajos. Había leído algunos escritos del coronel Fawcett que indicaban esta zona como la de una posible ubicación de una prodigiosa ciudad desconocida. Después de navegar por el Amazonas, continuamos por el río Xingú hasta llegar a la población de Vitoria, en donde decidimos echar pie a tierra y continuar nuestra exploración andando.  

Mientras Mathieu explicaba sus aventuras, volvieron a mi memoria algunas anotaciones sobre este impresionante y misterioso río que discurre por el norte de Sudamérica, esencialmente por Brasil. Es el mayor río del mundo tanto en lo que se refiere a su longitud, de 6275 kilómetros y solamente superada por el Nilo, como en el número de afluentes y en el gran aforo de agua que descarga en el Océano Atlántico. Todo su recorrido está flanqueado por una inmensa y tupida selva, prácticamente impenetrable, que ha dado lugar a múltiples y fantásticas leyendas. Toda la región está dominada por un clima cálido ecuatorial y húmedo, ocasionado por las abundantes precipitaciones lluviosas durante todo el año. La asociación de la temperatura y la humedad origina una  vegetación exuberante, donde se calcula que existen más de 60000 especies arbóreas, que llegan a alcanzar alturas de hasta cien metros. El bosque permanece siempre verde aunque algunas variedades sean de hoja caduca y en la selva conviven múltiples familias de animales, incluyendo aves, mamíferos, insectos y reptiles.

— Después de varios días de difícil marcha por la espesa jungla – continuó Mathieu -, enfrentándonos a peligrosos animales y a belicosos indios, encontramos una sorprendente tribu. Varios de sus miembros eran de raza blanca y su jefe podía haber sido arrancado de alguno de los antiguos grabados fenicios. Asimismo, vimos un peñasco lleno de símbolos similares a los que se encuentran en restos arqueológicos del Próximo Oriente, lo cual vino a reafirmar nuestra idea sobre el origen de algunos de los miembros de la tribu. Afortunadamente su jefe hablaba portugués y pudimos comunicarnos con ellos.

<< Nos trataron con gran amabilidad y nos permitieron colocar nuestras tiendas en un pequeño claro de la selva. Mientras estábamos hablando con su jefe, le preguntamos si sabía algo sobre una ciudad dorada que suponíamos se encontraba por aquella zona. Observamos que se ponía muy nervioso y sus ojos nos escrutaban de una manera inquietante. Enseguida profirió unas cuantas palabras y advertimos que se producía un cierto movimiento entre los miembros de la tribu, por lo que nos pusimos en guardia temiendo algún ataque.  Sin embargo, su cacique pareció recuperar la calma y nos dijo que nunca habían oído hablar de la indicada ciudad. No obstante, nos produjo la sensación de que no era sincero.    

<< Cuando llegó la noche, uno de los miembros de la expedición se quedó haciendo guardia conmigo, mientras los otros expedicionarios descansaban en las tiendas de campaña. Era una noche de luna llena por lo que el campamento estaba débilmente iluminado. Nos colocamos detrás de unas matas para evitar ser vistos y poder vigilar la zona alrededor del campamento. Era la una de la madrugada, cuando en medio de la espesura del bosque distinguimos unas tenues luminarias de color verde, que se desplazaban lentamente acercándose hacia nosotros. Asimos nuestros fusiles y nos pusimos en guarda. Al cabo de un rato surgieron cuatro seres, cada uno de ellos con un tipo de lámpara que producía una luminiscencia espectral. A pesar de la exigua luminosidad, podían adivinarse sus siluetas, que tenían forma humana pero gigantesca. Calculé que medirían unos tres metros de altura y de constitución muy robusta. Nos quedamos paralizados de terror, sin saber que hacer.   

<< Súbitamente, y sin que hubiésemos tenido tiempo de reaccionar, surgieron unas ráfagas de donde estaban los cuatro seres y en dirección al campamento. En un momento las tiendas y los que estaban dentro se desintegraron literalmente. Nos quedamos sin habla y como si hubiésemos sufrido un ataque de epilepsia. Una vez cumplido su objetivo, los terroríficos seres se alejaron por donde habían venido. Afortunadamente no nos habían visto. Inmediatamente, despavoridos, huimos por la selva en dirección opuesta a la de nuestros asaltantes. Después de andar durante muchas horas y cuando ya estábamos totalmente extenuados, hallamos una tribu amistosa, que nos ayudo a llegar hasta Altamira, desde donde volamos a Río de Janeiro.

— Mathieu – dijo Aghata mientras aplaudía – te felicito por tu formidable fantasía. Ciertamente tu relato sobre fenicios y seres de tres metros en la Amazonia es digno de ser llevado a la pantalla. Pero no es creíble.  

— Pues os aseguro que lo que os he dicho es cierto – protestó Mathieu -. No me he inventado ni una coma.  

— Probablemente – intervino Charles – encontrasteis un grupo de narcotraficantes que, para evitar ser descubiertos, decidieron eliminaros. Todos sabemos que las sombras nocturnas adquieren aspectos fantasmagóricos, y ello pudo haceros creer que tenían estaturas de tres metros. Pero no creo que hubiese nada de sobrenatural en vuestra aventura.

— Pues yo si le creo – declaró Michael Marduk con firmeza -. Lo que ha explicado coincide con otras informaciones que poseo. ¿No está de acuerdo señor Lamark? – añadió mientras dirigía su mirada hacia mí y sonreía burlonamente.   

— Bueno – respondí algo aturdido por la directa pregunta -, en mi última novela hago referencia a la existencia de una tribu muy avanzada en el Amazonas. Pero es pura fantasía. 

— Y lo que narra sobre una conexión entre esta tribu y Shamballah, ¿también es ficción? – añadió mientras me dirigía una enigmática mirada. 

Creo que Charles se percató de que la tensión en la sala estaba llegando a niveles peligrosos y decidió dar por finalizada la discusión.

— Señores – dijo mientras se levantaba -, mis invitados nos esperan. Unámonos a ellos. De todos modos, os invito a cenar el próximo jueves. Después de la cena podremos continuar con esta apasionante conversación

Salimos de la sala y nos incorporamos a los restantes invitados. Estaba inspeccionando si veía alguna persona conocida e interesante, cuando observé, cerca de la puerta de salida, que Michael Marduk estaba discutiendo vivamente con una espectacular pelirroja que exhibía un generoso escote. Al cabo de un rato advertí que el extraño señor Marduk abandonaba la residencia, por lo que  volví a reintegrarme a la celebración.

— Señor Lamark – escuché una voz femenina a mi espalda -. ¡Qué alegría verle!

Me giré y me tropecé con la atractiva pelirroja que había descubierto hablando con el señor Marduk.

— Soy una lectora de sus novelas y una admiradora suya – siguió hablando -. Me llamo Marlene Dubois  y, si no le molesta, me encantaría poder hacerle algunas preguntas sobre su última novela.

— Encantado – respondí halagado y turbado por la voluptuosidad de Marlene -. Le propongo ir a un lugar menos concurrido para poder hablar. Aquí hay demasiado bullicio.  

— De acuerdo – asintió Marlene -, justamente le iba a proponer salir fuera. ¿Puedo tutearlo?

— Naturalmente Marlene – le respondí mientras nos dirigíamos hacia una terraza anexa al salón.

— Desearía saber – preguntó Marlene con curiosidad – si las aventuras que explicas en tus novelas son autobiográficas. 

— No – le contesté sonriendo -. Todo lo que relato en mis novelas es pura ficción. Solamente he utilizado alguna bibliografía sobre leyendas y mitos para construir el argumento. 

— Es curioso – dijo Marlene con cierta decepción -. Algunas de las cosas que explicas parecen tan reales que pensé las habías vivido.

Tal vez fue una impresión mía, pero cuando pronunció esta frase percibí una extraña mirada en sus ojos.

— ¿Cómo conociste la existencia de Shamballah?  – soltó por sorpresa, mientras bajaba el volumen de su voz y acercaba sus sensuales labios a mi oído -. ¿Ya sabes que te has metido en un terreno muy peligroso? 

No podía salir de mi asombro. ¿Qué quería decir realmente?. ¿A qué peligro se refería?

— ¿Has creído que hablaba en serio? – dijo al ver mi cara de estupor, mientras prorrumpía en una estrepitosa carcajada -. Perdona, pero a veces me gusta hacer bromas. Aunque creo que esta vez me he excedido. Te propongo que vengas a mi apartamento para hacer las paces – añadió mientras me daba un beso.

Como iba a ignorar la prometedora invitación de una mujer tan sensual. Me despedí de mis anfitriones, que con una sonrisa de complicidad adivinaron las razones de mi marcha.  Como Marlene había venido con otros amigos subimos a mi coche y nos dirigimos a su apartamento, en la Rue Passy. Era un bonito apartamento, con un estilo algo kitch, pero acogedor. El color rosa era el que prevalecía en la decoración, dándole un cierto aspecto de casa de citas.

— ¿Qué quieres beber? – preguntó solicita, mientras ponía un CD con música romántica -. Tengo champán, güisqui, ginebra, y muchas otras bebidas.  

— Beberé lo mismo que tú – respondí.

— Entonces vamos a beber champán y a brindar por tu próxima novela – invitó alegre mientras descorchaba una botella y llenaba dos copas. ¡Por tu próxima novela y por Shamballah! – añadió mientras brindaba conmigo.

Inesperadamente, dejó su copa y me abrazó con pasión. Empezamos a desembarazarnos frenéticamente de nuestra ropa. En un santiamén nos hallábamos haciendo el amor ardientemente sobre la alfombra del salón. Verdaderamente Marlene era una amante extraordinaria. Sabía como tratar a un hombre y debo reconocer que me hizo vivir unos instantes inolvidables. Al cabo de una hora me sentía completamente agotado y me quedé medio adormecido. Noté que Marlene me sacudía suavemente.

— Jean, tómate esta infusión. Te ayudará a reponerte.  

Me la bebí y, poco a poco, mis ojos fueron cerrándose, hasta quedar profundamente dormido.

abril 18, 2011 - Posted by | Novelas del autor, Temas Generales

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