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Los Universos Paralelos, ¿son una fantasía o una realidad?


El concepto de universos paralelos es una hipótesis de la Física, en la que se considera la coexistencia de varios universos o realidades más o menos independientes. El desarrollo de la física cuántica, la búsqueda de una teoría unificada, la teoría cuántica de la gravedad y el desarrollo de la teoría de cuerdas, han permitido visualizar la posibilidad de la existencia de múltiples dimensiones y universos paralelos formando lo que se ha denominado un Multiverso. Por su misma complejidad, nos vamos a adentrar en un mundo que, aparentemente, pertence más a la fantasia que a la realidad. Pero muchas veces la fantasia de hoy es la realidad de mañana. Y, a fín de cuentas, ¿qué es la realidad?.

Los campesinos franceses del siglo IX culpaban a los brujos de arruinar sus cosechas, ya que creían que tenían poderes para enviar tormentas a destruir sus campos. Luego pensaban que recogían los frutos dañados y los transportaban en barcos que volaban hasta una ciudad situada en las nubes del cielo. A esta ciudad mágica se refirió San Agobardo de Lyon (779-840) como Magonia en un libro titulado “Contra las necias opiniones del vulgo sobre el granizo y el trueno”. El santo consideraba tales creencias como supersticiones propias de hombres locos y estúpidos y se enfrentó abiertamente a ellas. San Agobardo de Lyon nació el año 779 en España (se dice que en Catalunya), fue uno de los escritores que ilustraron el imperio carolingio y fue elegido obispo de Lyon en 813. Agobardo fue un oponente de Félix de Urgel , los judíos y el adopcionismo, doctrina según la cual Jesús era un ser humano, elevado a categoría divina por designio de Dios por su adopción, o bien al ser concebido, o en algún momento a lo largo de su vida, o tras su muerte. Muerto en 840, su festividad se celebra el 6 de junio.

 

Nicolas Pierre Henri de Montfaucon , abad de Villars (1635-1673) fue un escritor francés. Era el más joven de una familia noble y nació en una mansión de Villars, cerca de Alet-les-Bains, en el valle del Aude. Su obra más famosa es “El Conde de Gabalis o conversaciones secretas sobre la ciencia”, donde revela los misterios de la Cábala y la Sociedad de los Rosacruces . El libro desarrolla una curiosa teoría: “El aire está lleno de una multitud ingente de personas, llamadas Sílfides ….. los mares y los ríos están habitadas, así como el aire, con duendes o ninfas …. El interior de la tierra está llena de gnomos, seres de baja estatura …”.


Se dice que hace unos 1.200 años, los habitantes de Lyon capturaron a tres hombres y una mujer que se afirmaba que habían descendido de un barco volador. Los campesinos estaban convencidos de que se trataba “de magos enviados por Grimoaldo, duque de Benevent, enemigo de Carlomagno, para hacer perder las cosechas de Francia”. Grimoaldo III (760 – 806) fue príncipe de Benevento lombardo desde la muerte de su padre, Arechis II, en el 787 hasta su muerte. Era el segundo de los hijos de Arechis II y Adelperga, duques de Benevento. Su abuelo materno era el rey Desiderio de Lombardía, que en el 774 fue derrocado por Carlomagno, adueñándose del reino del norte. Este suceso fue aprovechado por Arechis para intentar proclamarse rey de los Lombardos, pero ante la amenaza de ser invadido por Carlomagno, desistió y se proclamó solamente Príncipe, título que en adelante se daría a los duques de Benevento.

Siguiendo con el relato interrumpido para presentar a Grimoaldo, los presuntos magos dijeron que eran de la región, pero que habían sido “raptados poco tiempo atrás por hombres milagrosos que les mostraron inauditas maravillas para que volvieran a contarlas”. Sus captores estaban dispuestos a lapidarlos. Pero Agobardo dictaminó que “no era cierto que esos hombres hubieran bajado de los aires”.  Según Montfaucon de Villars “El pueblo creyó más a su buen padre Agobardo que a sus propios ojos, se apaciguó, liberó a los cuatro embajadores de los silfos y se acogió con admiración al libro que Agobardo escribió para confirmar la sentencia pronunciada”.

Tres siglos más tarde, el ufólogo francés, Jacques Vallée, publicó esta historia de la ciudad en las nubes en su obra “Pasaporte a Magonia” (1969), en la que está básicamente inspirado este artículo. Esta obra también inspiró a Steven Spielberg en su película “Encuentros en la tercera fase”, en la que dice que “los seres de los ovnis actuales pertenecen al mismo tipo de manifestaciones que se describían en siglos pasados secuestrando humanos y volando a través de los cielos”. Parece bastante evidente que entes de otra dimensión han influido en la historia humana desde hace milenios. Se les ha llamado indistintamente  ángeles, demonios, hadas, elfos o simplemente extraterrestres. Según Jacques Vallée: “Magonia constituye una suerte de universo paralelo que coexiste con el nuestro. Se hace visible y tangible sólo a gente elegida, y las puertas que a él conducen son puntos tangenciales conocidos únicamente por los elfos y unos pocos de sus iniciados”.

Las Hadas y otros seres como duendes, elfos, etc… son de naturaleza intermedia entre humanos y ángeles. De igual manera todo lo que se cuenta sobre ello contiene un raro eco de lo verdadero y lo legendario. Huellas de lo imposible cercano y lo lejano posible. Presentes en las leyendas de todo el planeta con diversos nombres, siempre son seres difusos y escurridizos de ver, pero rotundos en efecto de su presencia. Y siempre en contacto, directo o indirecto, con las manifestaciones de la naturaleza. Su relación con los humanos ha estado siempre influida de su propia naturaleza ambigua. Su contacto puede producir la locura, la muerte, las riquezas fabulosas, la protección, o el amor. Y sus emociones y sentimientos pueden ser de un carácter o de otro, pero siempre puro, pues no cabe en ellos la duda, o la indefinición. Su danza, su amor, o su odio son inagotables y por eso se les ha considerado peligrosos, pues en este sentido son lo opuesto a la naturaleza humana, cuyo corazón está hecho de mezclas y contradicciones.

Hay auténticos tratados que abordan aspectos de estos seres desde varios enfoques, pero sobre todo desde el mito y la leyenda e incluso desde un punto de vista antropológico. Ahí están las obras del alquimista suizo Paracelso en el siglo XVI que popularizó el término “elementales, o la del abate francés Villiers. Más recientemente, algunos autores se han aventurado a escribir libros donde hablan profusamente sobre hadas, duendes y gnomos desde una perspectiva global, intentando clasificarlos en familias, nombrarlos y definirlos. Una ardua tarea. Y ciertamente los datos que nos ofrecen estas obras son valiosos y clarificadores pero siempre de una parte del fenómeno. Obras que van desde el libro que escribió Walter Scott “La verdad sobre los demonios y las brujas” hasta “El diccionario de hadas” de Katherine Briggs. Todas ellas son muy válidas y hay que reconocer el esfuerzo y la dedicación de sus autores por acercarnos a unos seres tan sutiles y por hacernos comprensible un mundo totalmente incomprensible, pero que aportan una visión muy parcial de toda su complejidad.

Podemos leer de arriba abajo el libro de Roberto Rosaspini Reynolds “Hadas, duendes y otros seres mágicos celtas” y quedarnos como estábamos al principio. Porque, ciertamente, nos habla de hadas (terrestres, acuáticas, domésticas, malévolas…), de duendes, gnomos, silfos, salamandras, ninfas, elfos, trasgos y animales feéricos pero redunda en más de lo mismo. Unos copian a otros y es lógico. No hay tantos datos que aportar. Las fuentes son comunes y exiguas y todos bebemos prácticamente en las mismas aguas. Tal vez aquí radique una de las causas que explique el porqué se obliga a los investigadores del mundo feérico a tener una perspectiva miope de este misterio, porque misterio es al fin y al cabo acercarnos a una civilización que cohabita en un mundo paralelo al nuestro y del que apenas sabemos unos pocos retazos deshilachados.

Supone un desafío saber algo más sobre esta extraña Gente Menuda, aunque solo sea para darnos cuenta de que no todo son fábulas o cuentos de niños. Si todo fuera tan fácil como llegar a la conclusión de que no hay más que pura fantasía en el origen de estos relatos, muchos pueblos y culturas se hubieran ahorrado mencionar a seres que pululan por cada uno de los elementos de la naturaleza y a los que desde antiguo se les ha rendido culto, se les ha reverenciado y se les ha temido. Si todo fueran simples cuentos de hadas, sin ningún fundamento serio, tal vez no nos causaría tantos quebraderos de cabeza pensar que en la creencia ancestral en esta clase de criaturas está la génesis de algunas supersticiones sectas y religiones de corto alcance.

Al lado de estas sesudas obras de divulgación existen otras donde sus autores respectivos cuentan sus experiencias personales con estos seres, sin ambigüedades, proclamando a los cuatro vientos su realidad, su clara existencia. En ellas aparecen tal cúmulo de datos que nos apabullan, todos ellos desde una perspectiva subjetiva y, por tanto, indemostrables. Hablan de ellos como si les hubieran hecho una entrevista y nos cuentan con todo lujo de detalles su aspecto físico, su forma de pensar, cómo se alimentan e incluso su actividad sexual. Por ejemplo las obras como la del vidente británico Geoffrey Hodson “El mundo real de las hadas” , fruto de sus experiencias con estas criaturas y las visiones de las mismas que tuvo en los años veinte del siglo XX. O el libro de Dorothy MacLean sobre “Comunicación con los ángeles y los devas“. También podemos referirnos a libros como el del español Vicente Beltrán Anglada, “Las fuerzas de la naturaleza“, o el del argentino Monseñor Claudio Paleka, “Cuando el cielo pase lista”, que describen la vida sutil de estos seres en cada uno de los cuatro elementos con todo lujo de detalles. Esta tendencia literaria podría representar el ala crédula, es decir, la de aquellos que no solo creen en las hadas sino que además afirman haberlas visto y hasta charlado con ellas. Serían encuentros cercanos en la tercera fase por utilizar una terminología ufológica. La otra tendencia sería la escéptica, representada por aquellos que se acercan al fenómeno no para negarlo rotundamente sino para interpretarlo y explicarlo desde otras posturas y enfoques algo más científicos y racionales.

Volviendo a retomar los conceptos de la Física (pero, no os asustéis, solo en 3 párrafos), vemos que una de las versiones científicas que recurren a los universos paralelos es la interpretación de los universos múltiples(IMM) de Hugh Everett, físico norteamericano que propuso por primera vez la teoría de los universos paralelos en la física cuántica. Desde un punto de vista lógico la teoría de Everett elimina muchos de los problemas asociados a otras interpretaciones más convencionales de la mecánica cuántica. Sin embargo, en el estado actual de conocimiento no hay una base empírica sólida a favor de esta interpretación. Si bien la mecánica cuántica ha sido la teoría física más precisa hasta el momento, permitiendo hacer cálculos teóricos relacionados con procesos naturales y proporcionado una gran cantidad de aplicaciones prácticas, tales como relojes de altísima precisión, existen algunos conceptos  difíciles de  interpretar. Richard Feynman,  premio Nobel de Física, llegó a decir al respecto: “creo que nadie entiende verdaderamente la mecánica cuántica“.

Eso plantea un problema serio: si las personas y los científicos u observadores son también objetos físicos como cualquier otro, debería haber alguna forma determinista de predecir cómo, tras juntar el sistema en estudio con el aparato de medida, finalmente llegamos a un resultado determinista. Diferentes físicos han teorizado sobre distintas soluciones a este problema.  La propuesta de Everett es que cada medida desdobla de alguna manera nuestro universo en una serie de posibilidades. O bien tal vez ya existían los universos paralelos mutuamente inobservables y en cada uno de ellos se da una realización diferente de los posibles resultados de la medición. La idea y el formalismo de Everett son perfectamente lógicos y coherentes, aunque algunos puntos sobre cómo interpretar ciertos aspectos, en particular cómo se logra que esos universos no sean observables y se coordinen entre sí para que en cada uno suceda algo diferente, siguen siendo muy confusos. Pero, por lo demás, es una explicación posible.

El Principio de simultaneidad dimensional, establece que dos o más objetos físicos, realidades, percepciones y objetos no-físicos, pueden coexistir en el mismo espacio-tiempo. Este principio sustenta la teoría de la interpretación de los universos múltiples y la teoría de Multiverso. Hawking afirma que «El nombre ‘Mundos Múltiples’ es inadecuado, pero la teoría, en esencia, es correcta». Se ha apuntado que algunas soluciones de la ecuación del campo de Einstein pueden dar lugar a universos espejos del nuestro. La solución completa describe dos universos asintóticamente planos unidos por una zona de agujero negro. Dos viajeros de dos universos espejos, podrían encontrarse, pero sólo en el interior del horizonte de sucesos, por lo que nunca podrían salir de allí. Una posibilidad igualmente interesante es la solución de agujero negro de Kerr. A diferencia de la solución completa de Schwarzchild, la solución de este problema da como posibilidad la comunicación de los dos universos sin tener que pasar por los correspondientes horizontes de sucesos través de una misteriosa zona llamada ergosfera, región exterior y cercana al horizonte de eventos de un agujero negro en rotación. En esta región el campo de gravedad del agujero negro rota junto con él, arrastrando al espacio-tiempo.

Hay un claro vínculo entre las Hadas y la teoría de la relatividad de Einstein. Y sería adecuado que nos acercarnos a esta especie de realidad paralela sin prejuicios, con cierta curiosidad y con todos los conocimientos y datos que tengamos a nuestro alcance, sin negar ni aceptar nada a priori. Fijándonos en los aspectos más llamativos que en ocasiones nos pasan desapercibidos como, por ejemplo, el concepto del tiempo en casi todos estos relatos. ¿Por qué esa insistencia de que el tiempo transcurre más despacio en el país de las hadas y que por tanto puede ser peligroso para un ser humano el penetrar en esta dimensión? La teoría de la relatividad de Einstein, donde se plantea esa singularidad del tiempo, se publicó en 1913 y la gran mayoría de estas leyendas proceden, por lo menos, de la Edad Media y se pusieron por escrito a partir del siglo XVII. Un enigma de tantos que está aún por desvelar.  Ninguna teoría explica la totalidad del misterio, pero todas ellas nos acercan a una realidad trascendente y escurridiza.

La temática de los universos paralelos y de otras dimensiones es muy frecuente en la ficción, tanto en libros como en series de televisión. Escritores como Lovecraft, Lumley o C.S. Lewis la han utilizado en sus narraciones. En algunos casos un universo paralelo es similar al nuestro, pero con eventos históricos diferentes. En otros, el universo ó dimensión son lugares infernales repletos de formas de vida monstruosas. En la serie Stargate, John Sheppard y su equipo viajan a distintos universos paralelos en donde en uno se encuentran a ellos mismos muertos. En la serie de ciencia ficción policiaca Fringe se toca ampliamente el tema de una posible guerra interdimensional entre los habitantes de dos universos paralelos. En la serie Flashforward aparece esta teoría en un diálogo. En la serie estadounidense Perdidos, durante su sexta y última temporada, presentan supuestamente dos universos paralelos debido a la explosión de una bomba de hidrógeno en 1977: una en que los supervivientes del accidente aéreo son teletransportados al presente, 2007, y siguen en la isla, y otra dónde el vuelo 815 de Oceanic aterriza sano y salvo en Los Ángeles.

Pero Jacques Vallée no ha podido probar que Magonia  sea una realidad física, de la misma manera que aún no se ha podido demostrar que el Cielo, el Infierno, el País de las Hadas o el Olimpo de los dioses son lugares reales. No obstante, intuimos que Magonia está alrededor nuestro, pero en algún mundo paralelo. Las hadas y otros seres aparentemente imaginarios han sido reemplazados por entidades de otros mundos dotadas de poderes extraordinarios, a los que llamamos, según los casos, extraterrestres o espíritus. A pesar de que la vida rutinaria de la mayoría de la gente discurre al margen de lo sobrenatural, lo paranormal nos envuelve por todos lados como una espesa neblina. La tecnología empleada para erigir las pirámides y otros grandes monumentos del pasado revela que sus constructores tenían conocimientos extraordinarios y tal vez eran extraterrestres. Hay rastros de continentes sumergidos indicando que, en un pasado remoto, se desarrollaron civilizaciones muy avanzadas.  Se habla de la aparición de monstruos antediluvianos en las aguas de algunos lagos. En las altas cumbres y en la espesura de los bosques viven enigmáticos seres.  Barcos y aviones desaparecen sin aparente razón en ciertas áreas del planeta.

Estamos rodeados por el misterio y nos encontramos perdidos en este universo paralelo que es Magonia, ignorando si nos enfrentamos a hechos reales o ficticios. Como afirma Robert L. Park, director de la oficina en Washington de la Sociedad Americana de Física, en su obra “Ciencia o vudú”, “no es sorprendente que el público tenga problemas a la hora de distinguir entre charlatanes y expertos: no hay nadie que le diga quién es quién”. Nuestra época sobrepasa a las conocidas que la precedieron  en lo que se refiere a acumulación de conocimientos técnicos. Pero, sin embargo, nuestra época también  ha sido testigo de sorprendentes objetos aéreos, designados como platillos volantes u objetos no identificados  (OVNIS). Y los relatos abundan en descripciones de aterrizajes efectuados por estos aparatos, muchas veces con información de las características físicas y del extraño comportamiento de sus ocupantes. Se ha especulado mucho sobre la naturaleza de los OVNIS, desembocando en diversas investigaciones realizadas por comisiones científicas y militares. Pero en estos estudios apenas se ha hecho caso del material recogido con respecto a los aterrizajes de estos aparatos.

Los investigadores casi nunca han tenido en cuenta el hecho de que unas creencias idénticas a las que aparecen hoy se han producido periódicamente durante toda la historia de la Humanidad. Si tomamos un amplio muestreo de este material histórico, veremos que se halla organizado alrededor de un tema central: la visita de seres aéreos procedentes de uno o varios países legendarios y remotos. Varían los nombres y las características, pero la idea central permanece. Llámese Magonia, cielo, infierno, País de las Hadas…, todos estos lugares tienen una característica común: ningún ser viviente puede llegar a ellos, excepto en muy contadas ocasiones. Los emisarios de estos lugares sobrenaturales llegan a la Tierra a veces en forma humana y otras bajo la apariencia de monstruos o extraños seres, y realizan maravillas. Ayudan o atacan a los hombres e influyen mediante revelaciones místicas. Seducen a las mujeres, y los pocos héroes que se atreven a buscar su amistad descubren que las doncellas del País de las Hadas sienten unos deseos que, más que de naturaleza puramente etérea, ponen de manifiesto una naturaleza claramente carnal.

 En este artículo intentamos  documentar el mito del contacto entre la  Humanidad y seres inteligentes dotados de facultades aparentemente sobrenaturales. Para ello hay que tomarse grandes libertades en relación a muchas creencias y al conformismo científico, ya que muchas veces  hay que extrapolar conocimientos científicos para tratar de explicar extraños fenómenos.Pretende ser un intento para proporcionar luz sobre misteriosos fenómenos actuales vistos bajo la perspectiva de antiguos mitos y leyendas. Sin embargo, la ciencia no ha ofrecido respuestas para algunas preguntas fundamentales, por lo que hemos de movernos en pos de un objetivo posiblemente inalcanzable: Magonia…, un lugar donde las buenas gentes danzan con las bellísimas hadas, lamentándose por el tosco e imperfecto mundo inferior.

El 15 de junio de 1952, una expedición arqueológica dirigida por Alberto Ruz Lhuillier, arqueólogo francés nacionalizado mexicano, efectuó un notable descubrimiento en las selvas de Yucatán. Este equipo se hallaba estudiando los impresionantes monumentos de Palenque, situados en el Estado mexicano de Chiapas, en el emplazamiento de una antigua ciudad maya. La península de Yucatán es una región de elevadas temperaturas y humedad, por lo que la vegetación tropical ha deteriorado considerablemente los templos y pirámides erigidos por los mayas, cuya civilización se extinguió casi totalmente hacia el siglo IX, cuando Carlomagno reinaba en Europa. Una de las pirámides más impresionantes de Palenque es la que sostiene el llamado «Templo de las Inscripciones». Es una enorme pirámide truncada con una amplia escalinata en su cara principal. La construcción de este monumento es bastante insólita, por el hecho de presentar un templo de grandes dimensiones en su terraza superior.

Se ignoraba la finalidad de este monumento, hasta que Lhuillier y sus compañeros apuntaron la posibilidad de que fuese la tumba de un soberano excepcional. De acuerdo con esta idea, empezaron a efectuar catas en el templo que remata la pirámide, en busca de un pasadizo o escalera que condujese a las entrañas del monumento. Y el 15 de junio de 1952 descubrieron un largo tramo de escalones que penetraba a través de la enorme masa, llegando incluso a hundirse bajo el nivel del suelo. El pasadizo estaba construido al estilo maya tradicional, o sea con sus paredes inclinadas, dando a la galería una sección cónica elevada, que terminaba en un estrecho techo.  Al extremo de la escalera se descubrió una espléndida cripta, ocupada casi totalmente por un sarcófago tapado por una losa esculpida de una sola pieza y que medía 3,80 metros de largo por 2,20 de ancho y 0,25 de grosor, con un peso de unas seis toneladas. Los grabados estaban intactos y aparecían con todos sus detalles. Pero los arqueólogos se consideraron incapaces de interpretar su significado. El relieve que decora el sarcófago de Palenque parece mostrar un misterioso  y complejo aparato, con un hombre que parece controlar los mandos.

Al observar que el personaje está representado con las rodillas levantadas hacia el pecho y vuelto de espaldas a un complicado mecanismo, del que se ven surgir llamas, algunos investigadores, entre ellos el escritor científico soviético Alexander Kazantsev, han especulado con la posibilidad de que en realidad los mayas hubiesen estado en contacto con visitantes de una civilización superior,  que empleaban astronaves. Es difícil demostrar que sea cierta la interpretación de Kazantsev, pero el único objeto que hoy conocemos que se parece al dibujo maya es una cápsula espacial. Otro enigma es el que nos ofrece el soberano para quien se construyeron de manera tan espléndida el sarcófago, la cripta y la pirámide. Los restos humanos que se encontraron en el sarcófago presentan una diferencia radical con la morfología de los mayas, tal como imaginamos que debieron de ser: el muerto era un hombre que casi medía dos metros de estatura, o sea unos veinte centímetros más que el promedio maya. Según Pierre Honoré, el sarcófago fue construido para el «Gran Dios Blanco» Kukulkán, pero el misterio aún no se ha descifrado, y las selvas tropicales de la América Central, donde aún yacen docenas de templos y pirámides bajo la exuberante vegetación, todavía guardan el secreto del sarcófago.

 

 

Donde suelen encontrarse en mayor número descripciones de objetos volantes y de sus ocupantes es precisamente en los textos religiosos. Son varios los autores que insisten en que los textos fundamentales de todas las religiones aluden al contacto de la especie humana con una raza superior de seres celestiales. Esta terminología se emplea especialmente en la Biblia, donde se dice: “Vienen de tierra lejana, de los confines de los cielos, Yavé, con los instrumentos de su furor, para asolar la tierra toda”. Los visitantes tienen el poder de volar por el aire en aparatos luminosos, llamados a veces «carros celestiales». A estas manifestaciones se asocian impresionantes fenómenos físicos y meteorológicos, llamados «torbellinos» o «columnas de fuego». Los ocupantes de estos aparatos, a los que el arte popular atribuyó posteriormente unas alas y un halo luminoso, son representados normalmente como semejantes al hombre y además se comunican con él. Otra cosa curiosa que se ha observado en que su organización parece responder a una rigurosa jerarquía militar: “Los carros de Dios son millares y millares de millares: viene entre ellos Yavé...”. Gustavo Doré, artista francés, nos ha dejado un bello grabado en el que aparecen estos «carros celestiales» en el pleno poder de su fantástico vuelo, cruzando velozmente sobre las montañas, las nubes y el abismo.

La «Era Jomon» es el nombre con el que se referencia  un período de la historia primitiva del Japón que terminó alrededor del tercer milenio antes de Jesucristo. Durante dicho período, la fabricación de estatuillas de barro constituyó una importante actividad artística. Al principio, estas estatuas eran muy sencillas. Representaban seres humanos y eran de pequeño tamaño. Pero a mediados de este período los artistas empezaron a modelar estatuas mayores que mostraban unos rasgos constantemente repetidos y de una concepción totalmente distinta: pecho muy ancho, piernas arqueadas, brazos muy cortos y enorme cabeza, sin duda encerrada en un casco completo. Los arqueólogos no se muestran de acuerdo sobre la naturaleza de estos cascos. En 1924, y porque consideraba que su expresión se parecía a la que mostraba una máscara de madera africana, el doctor Gento Hasebe afirmó que el casco era en realidad una máscara de luto empleada en ceremonias funerarias. Sin embargo, algunas de las estatuillas más elaboradas de este tipo, procedentes de Tohoku, región del norte del Japón, muestran algo que parece unas gafas de sol: unos enormes ojos con una rendija horizontal, que parece propia de un insecto, característica verdaderamente extraña. Parece ser que las estatuas de la Era Jomon tardía eran, al principio, de arcilla, y luego fueron copiadas en roca o piedra blanda. Las que se encontraron en Komokai, provincia de Nambu, están esculpidas en roca y van cubiertas con cascos.

Una de ellas, un Dogu Jomon fechado en el 4300 a.C. y descubierto en las ruinas de Amadaki, lugar de la Prefectura de Iwate, muestra detalles de la parte delantera del casco, con un orificio redondo en la base de la nariz, bajo lo que parece ser una ancha placa perforada. El parecido de este atavío Dogu con un traje de astronauta o de buzo es realmente asombroso. Esto ha llevado a algunos estudiosos de la Era Jomon a preguntarse si estas estatuillas conservan el recuerdo distante de unos visitantes del espacio. El casco con su filtro, los grandes anteojos, el cuello provisto de un amplio collar, y el traje de una sola pieza, son, desde luego, muy parecidos a los modernos equipos espaciales. El hecho de que los escultores hiciesen estas figurillas huecas aún hace la cuestión más desconcertante. La verdad es que Extremo Oriente constituye una rica fuente de información sobre seres sobrenaturales y signos celestiales.  

Se cree comúnmente que la expresión «platillo volante» procede de Estados Unidos. Un agricultor de Texas describió ya, en enero de 1878, un objeto volante de color oscuro al que dio el nombre de «enorme platillo» y en antiguos textos japoneses leemos que, el 27 de octubre de 1180, un insólito objeto luminoso descrito como un «recipiente de arcilla» voló desde una montaña de la provincia de Kii, en la medianoche, hasta más allá de la montaña de Fukuhara, situada al nordeste. Al poco rato, el objeto cambió de rumbo y se perdió de vista en el horizonte Sur, dejando una estela luminosa. En vista del tiempo transcurrido desde que se efectuó esta observación, hoy resultaría difícil obtener información adicional. Con todo, resulta interesante hallar un cronista japonés medieval que habla de «recipientes de arcilla volantes». Hay también que reconocer a los japoneses el mérito de haber organizado la primera investigación oficial.

El 24 de setiembre de 1235, hace nada menos que siete siglos, el general Yoritsume se hallaba de campaña con su Ejército. De pronto, se observó un raro fenómeno: unos misteriosos objetos luminosos se balanceaban y describían círculos en el cielo del suroeste, en el que trazaron arabescos, hasta que despuntó el alba. El general Yoritsume ordenó que se abriese una investigación. No tardaron en presentarle un informe: «Se trata de un fenómeno completamente natural. Excelencia, no es más que el viento, que hace balancear a las estrellas».  Los fenómenos celestiales parecen haber sido tan comunes en los cielos nipones durante la Edad Media, que llegaron a influir directamente en los acontecimientos humanos. Con frecuencia se relacionaban estas apariciones celestes con pánicos colectivos, disturbios y movimientos sociales. Los campesinos japoneses mostraban una tendencia a interpretar las «señales del cielo» como indicaciones de que sus revueltas y demandas contra el sistema feudal o contra los invasores extranjeros eran justas y serían coronadas por el éxito.

Se pueden citar numerosos ejemplos de semejantes fenómenos. Por ejemplo, el 12 de setiembre de 1271, cuando el famoso sacerdote Nichiren iba a ser decapitado en Tatsunokuchi (Kamakura), apareció en el cielo un objeto parecido a la Luna llena, brillante y resplandeciente. Ni que decir tiene que el verdugo huyó presa del pánico y la ejecución no se llevó a cabo. El 3 de agosto del año 989, durante un período de gran agitación social, se observaron tres objetos redondos de un brillo desusado; más adelante, se unieron formando un solo objeto. En 1361, un objeto volante que «tenía forma de tambor y unos seis metros de diámetro», según la descripción que poseemos, surgió del mar interior frente a las costas del Japón occidental. El 2 de enero de 1458 fue visto en el cielo un objeto brillante parecido a la Luna llena, aparición que fue seguida por «curiosos signos» en cielo y tierra, y que produjeron «pasmo» entre las gentes. Dos meses después, el 17 de marzo del mismo año, aparecieron cinco estrellas que daban vueltas alrededor de la Luna. Después de cambiar de color tres veces, desaparecieron súbitamente.

Esto causó gran consternación entre los gobernantes, quienes consideraron que este fenómeno era anuncio de grandes calamidades para el país. Todos los habitantes de Kioto esperaban que se produjesen desastres, y el propio emperador se hallaba muy trastornado. Diez años después, el 8 de marzo de 1468 para ser precisos, un objeto oscuro, que producía un «sonido como una rueda», voló, a medianoche, desde el Kasuga hacia el Oeste. Resulta difícil explicar de una manera natural esta combinación de ruido con el color oscuro del objeto volante. Al anochecer del día 3 de enero de 1569, una estrella llameante apareció en el cielo. Fue considerada como presagio de grandes cambios, y se creyó que anunciaba la caída de la dinastía Chu. Estos fenómenos continuaron durante los siglos XVII y XVIII. Por ejemplo, en mayo de 1606 aparecieron con frecuencia bolas de fuego sobre Kioto, y una noche, una bola de fuego de color rojo que giraba vertiginosamente se cernió en las proximidades del castillo de Nijo, siendo observada por muchos de los samurais. A la mañana siguiente, la ciudad se hallaba llena de rumores y las gentes murmuraban: «¡Debe de ser un portento!»

Un día de setiembre de 1702, al mediodía, el Sol adquirió un color sanguinolento durante varios días seguidos, y cayeron hilos que parecían de algodón, procedentes, al parecer, del mismo Sol… Este fenómeno recuerda las observaciones efectuadas en 1917 en la localidad portuguesa de Fátima. El 2 de enero de 1749 cundió el pánico en todo el Japón, cuando aparecieron tres objetos redondos «como la Luna», que fueron vistos durante cuatro días consecutivos. Se produjo una situación social tan caótica, evidentemente relacionada con los misteriosos «objetos celestiales», que las autoridades decidieron adoptar enérgicas medidas. Empezaron por ejecutar a los principales revoltosos. Pero se alcanzó el paroxismo de la confusión cuando se observaron tres lunas alineadas en el cielo y, pocos días después dos soles.

Es indudable que los japoneses experimentaron diversos fenómenos naturales parecidos a los espejismos, que incorrectamente interpretaron como anuncios de calamidades sociales. A causa del tiempo transcurrido, sin embargo, es imposible separar las observaciones fidedignas de las interpretaciones emocionales. Lo que aquí importa es la relación existente entre ciertos fenómenos insólitos —observados o imaginados— y la alteración sufrida por el testigo en su comportamiento. Dicho de otro modo, estos relatos demuestran que es posible afectar la vida de muchas personas al mostrarles algo que sobrepase a su comprensión, o convenciéndolas de que han observado tales fenómenos, o, por último, manteniendo en ellas la creencia de que su destino se halla regido por poderes ocultos.

Un breve examen de diversos elementos legendarios medievales procedentes de la Europa occidental bastará para demostrarnos que en esta región del Globo también circulaban rumores parecidos acerca de extraños objetos volantes y manifestaciones sobrenaturales. En 1575, Pierre Boaistuau observó: “La cara del cielo se ha visto tan a menudo desfigurada por cometas barbudos y vellosos, antorchas, llamas, columnas, lanzas, escudos, dragones, lunas y soles dobles y otros prodigios similares, que si quisiéramos referir de una manera ordenada sólo los que se han sucedido desde el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, e inquirir acerca de las causas de su origen, una vida entera no sería suficiente”. Según una edición de la misma obra fechada en 1594, he aquí lo que ocurrió a pocas leguas de la ciudad germana de Tubinga, el 5 de diciembre de 1577, a las siete de la mañana: “Aparecieron alrededor del Sol numerosas nubes oscuras, como las que se ven durante las grandes tempestades. Poco después surgieron del Sol otras nubes, todas llameantes y sangrientas, y otras amarillas como el azafrán. De estas nubes brotaron reverberaciones parecidas a enormes sombreros muy altos y anchos; la Tierra se tiñó de tonalidades amarillentas y sanguinolentas, y parecía estar cubierta de sombreros altos y anchos, que aparecieron en varios colores, rojo, azul y verde, aunque en su mayoría eran negros..”.

Ofrece para nosotros un interés especial el hecho de que estos informes sobre objetos celestiales se hallen vinculados con alegatos de contacto con seres extraños, situación paralela a la que ofrecen los actuales aterrizajes de OVNIS. Como estos rumores llegaron a preocupar a muchas jerarquías de la Iglesia, tal vez valga la pena empezar citando unos párrafos de la vida de San Antonio, el asceta egipcio, fundador del espíritu monástico, que floreció en el siglo III. Cuando se hallaba haciendo penitencia en el desierto, San Antonio se encontró con un extraño ser de pequeña estatura, que huyó después de sostener una breve conversación con él: Al poco tiempo, en un pequeño valle rocoso cerrado por todos lados, vio a un enano de hocico en forma de bocina, cuernos en la frente y miembros como patas de cabra. Al verlo, Antonio, a fuer de buen soldado, embrazó la rodela de la fe y se tocó con el yelmo de la esperanza: sin embargo, la criatura le ofreció el fruto de la palmera para mantenerlo en su viaje y como si viniera en son de paz. Al ver esto, Antonio se detuvo y le preguntó quién era.

He aquí la respuesta que recibió: «Soy un ser mortal y uno de los habitantes del desierto al que los gentiles rindieron culto bajo varias formas engañosas, con los nombres de faunos, sátiros e íncubos. He sido enviado como representante de mi tribu. Venimos a suplicarte que pidas a tu Señor que nos dispense sus favores, pues también es nuestro Señor que, según hemos sabido, vino una vez para salvar al mundo, y cuya voz resuena en toda la Tierra.». Al oír estas palabras, las lágrimas bañaron las mejillas del anciano viajero, que mostró así cuan profundamente conmovido se hallaba, hasta el punto de derramar lágrimas de alegría. Se regocijó por la Gloria de Cristo y la destrucción de Satanás, maravillándose al propio tiempo de que pudiese entender el lenguaje del sátiro. Golpeando el suelo con su bastón, exclamó entonces: «¡Ay de ti, Alejandría, que en vez de Dios has adorado a monstruos! ¡Ay de ti, ciudad ramera, en la que han confluido los demonios del mundo entero! ¿Qué dirás ahora? Las bestias hablan de Cristo, pero tú, en vez de adorar a Dios, idolatras a monstruos.»

Apenas había terminado de hablar cuando la salvaje criatura huyó cual si se hallase dotada de alas. Que nadie sienta escrúpulos en creer este incidente; su veracidad se halla refrendada por lo que ocurrió cuando Constantino ocupaba el trono, hecho del que todo el mundo fue testigo. Pues tenéis que saber que un hombre de esa especie fue llevado vivo a Alejandría, para ser exhibido ante los maravillados ojos del pueblo. Cuando murió, se embalsamó su cuerpo con sal, para evitar que el calor del verano lo descompusiese, y así fue presentado a Antíoco, para que el emperador pudiese verlo. En este relato nos enfrentamos de nuevo con un texto cuya veracidad no vale la pena poner en duda: las vidas de los santos primitivos abundan en pasmosos milagros que deben considerarse más bien como figuras literarias que como observaciones científicas. Lo importante es que numerosos textos religiosos fundamentales contienen material de este tipo, con abundante referencia a toda una categoría de seres comúnmente considerados como de origen sobrenatural.

Observaciones como la de San Antonio resultan fundamentales cuando las autoridades religiosas se enfrentan con el problema de evaluar observaciones medievales de seres bajados del cielo, las afirmaciones de los que pretenden haber invocado a los demonios por medios ocultos, e incluso los milagros modernos. Bástenos con observar que en el relato de San Antonio el extraño ser recibe indistintamente el nombre de sátiro y el de enano,  mientras el propio santo afirma que los gentiles también emplean los nombres de fauno e íncubo. San Jerónimo menciona a un «hombre de esta especie». Durante todo nuestro estudio de estas leyendas encontraremos la misma confusión. En el relato que acabamos de citar, sin embargo, por lo menos está claro para San Antonio que no se trata de un ángel ni de un demonio. Si el pequeño ser lo hubiese sido, él lo hubiera reconocido inmediatamente.

En un tratado indio de astronomía primitiva, el Suria Siddhanta, que tiene veinte siglos de antigüedad, se dice que «Bajo la Luna y sobre las nubes giran los siddhas (hombres perfectos) y los vidyaharas (poseedores del conocimiento)». Según Andrew Tomas, las tradiciones indias afirman que los siddhas podían ser «muy pesados a voluntad o ligeros como una pluma, viajar por el espacio y hacerse invisibles». Se encuentran también observaciones de seres que vuelan por el cielo y aterrizan en los escritos de Agobardo, ya mencionado anteriormente. Cuando murió, en 840, convertido en «uno de los más célebres y sabios prelados del siglo IX», nos dejó un interesante relato de un incidente extrañamente significativo: “Pero hemos visto y oído a muchos hombres sumidos en tan gran estupidez, hundidos en tan profunda locura, hasta el punto de creer que existe cierta región, llamada por ellos Magonia,  en la que los barcos navegan por las nubes, a fin de llevar a esa región los frutos de la tierra destruidos por el granizo y las tempestades; los marineros ofrecen recompensas a los brujos de la tempestad para recibir a cambio trigo y otros productos. Entre aquellos cuya ceguera y locura eran tan grandes que les hacían creer posibles tales cosas, había unos que exhibían en cierto concurso a cuatro personas atadas… tres hombres y una mujer que aseguraban haber caído de una de estas naves; después de mantenerlos unos días en cautividad, los condujeron a presencia de la multitud, como hemos dicho, para ser lapidados en nuestra presencia. Pero la verdad prevaleció”.

Durante toda la Edad Media discurrió una importante corriente de pensamiento distinto al de la religión oficial. Esta corriente culminó en las obras de las escuelas alquimista y hermética. Entre estos grupos se encontraban algunos de los primeros científicos modernos, junto con hombres que se distinguían por el vigor e independencia de su espíritu y por su vida aventurera. De ellos es un buen ejemplo Paracelso. Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, conocido como Paracelso o Teofrasto Paracelso (1493 –1541), fue un alquimista, médico y astrólogo suizo. Fue conocido porque se creía que había logrado la transmutación del plomo en oro mediante procedimientos alquimistas.  A Paracelso le atribuimos la idea de que los cuatro elementos (tierra, fuego, aire y agua) pertenecían a criaturas fantásticas que existían antes del mundo. Así pues, la tierra pertenecería a los gnomos, el agua a las nereidas (ninfas acuáticas), el aire a los silfos (espíritus del viento) y el fuego a las salamandras (hadas de fuego).

Estos científicos se hallaban sumamente intrigados por la verdadera naturaleza de los seres que se aparecían misteriosamente, cubiertos de brillantes vestiduras o de una oscura pelambre, y con los que tan difícil resultaba establecer comunicación. Ellos fueron los primeros en relacionar a estos extraños seres con las criaturas descritas en la  Biblia o en las obras de los antiguos cabalistas. Según los textos bíblicos, la jerarquía celestial comprende a unos seres de forma humana llamados querubines, nombre que en hebreo significa «llenos de conocimiento». Ezequiel los describe en los siguientes términos: «Había entre los vivientes fuego como de brasas encendidas cual antorchas, que discurría por entre ellos, centelleaba y salían de él rayos». La pregunta que se hacían los antiguos filósofos era: “¿son las misteriosas criaturas que vuelan por el cielo y aterrizan en sus «barcos de nubes» de la misma especie de los ángeles?”.  Y la respuesta era: “no, porque son mortales”.

Los hebreos llamaban Sadaim a estos seres intermedios entre los ángeles y los hombres. Y los griegos, transponiendo las letras y añadiendo una sílaba, les dieron el nombre de Daimonas, de donde proviene la palabra demonio. Los antiguos filósofos consideraban a estos demonios una raza aérea, que gobernaba los Elementos, mortal, capaz de engendrar y desconocida en este siglo para aquellos que raramente buscan la Verdad en su antigua morada, que es la Cábala y la teología de los hebreos, los cuales poseían el arte especial de establecer comunicación con este pueblo aéreo y de conversar con estos habitantes del aire. Plutarco llegó a formular una teoría muy completa sobre la naturaleza de estos seres: Él considera absurdo que no exista un intercambio entre los dos extremos, representados por seres inmortales y mortales; que no pueda existir en la Naturaleza una laguna tan grande, sin una forma de vida intermedia, que participe de ambas. Y si consideramos que las relaciones entre el alma y el cuerpo se efectúan por mediación de los espíritus animales, así entre la divinidad y la humanidad existe esta especie de demonios.

El famoso cabalista Zedequías, que floreció durante el reinado del rey Pipino, se propuso convencer al mundo de que los Elementos están habitados por aquellos seres cuya naturaleza hemos descrito. El expediente de que se valió para ello consistió en pedir a los silfos que se mostrasen a todos en el aire: así lo hicieron suntuosamente. Estos seres se vieron en el aire en forma humana, a veces en orden de batalla y avanzando ordenadamente haciendo alto con sus armas, o acampados bajo magníficas tiendas. Otras veces, y de la manera más maravillosa, construyeron naves aéreas, cuyos escuadrones volantes vagaban al antojo de los céfiros. ¿Qué sucedió? ¿Suponéis acaso que esa época de ignorancia llegó hasta el punto de razonar acerca de la naturaleza de estos sorprendentes espectáculos? El pueblo creyó al punto que unos hechiceros habían tomado posesión del Aire con el propósito de desatar tempestades y atraer el granizo sobre sus campos. Los sabios teólogos y juristas no tardaron en compartir la opinión de las masas. El emperador también lo creyó así, y esta ridícula quimera llegó a tales extremos que el prudente Carlomagno, y su sucesor Ludovico Pío, impusieron graves penas a los sospechosos de ser Tiranos del Aire. Se encuentra una relación sobre el particular en el primer capítulo de las Capitulares de estos dos emperadores.

Cuando los silfos vieron al populacho, determinaron disipar la mala opinión que las gentes tenían de su inocente flota llevándose a hombres de distintas localidades y haciéndoles ver sus bellas mujeres, su República y su modo de gobierno, para depositarlos después sanos y salvos en diversas partes del mundo. Pusieron, pues, este plan en práctica. La gente que veía descender a estos hombres acudía corriendo de todas partes, convencidos de antemano de que eran brujos que se habían separado de sus compañeros para ir a echar veneno en los frutos y los manantiales. Dominados por el frenesí que tales fantasías les producían, apresaban a estos inocentes y se los llevaban para someterlos a tortura. Es increíble el número de ellos que fueron muertos por el fuego y el agua en todo el reino.

Un día, entre otros casos, ocurrió en Lyon que tres hombres y una mujer fueron vistos descender de estas naves aéreas. Toda la ciudad se congregó a su alrededor, gritando que eran magos enviados por Grimaldo, duque de Benevento, que era enemigo de Carlomagno, para que destruyesen las cosechas de Francia. Fue en vano que los cuatro inocentes tratasen de justificarse, diciendo que también ellos eran campesinos, y que habían sido arrebatados poco tiempo antes por unos hombres milagrosos que les habían mostrado incontables maravillas, y que tan sólo deseaban relatar lo que habían visto. El enfurecido populacho no hizo caso de sus declaraciones, y se disponía a arrojarlos a la hoguera cuando el muy digno Agobardo, obispo de Lyon, que por haber sido monje en aquella ciudad gozaba en ella de una autoridad considerable, acudió corriendo al oír la algarabía, y después de escuchar las acusaciones de las gentes y la defensa de los acusados, dictaminó solemnemente que ambas eran falsas. Que no era cierto que estos hombres habían caído del cielo, y que lo que decían haber visto era imposible.

El pueblo creyó más las palabras de su buen pastor Agobardo que el testimonio de sus propios ojos, depuso su enojo, liberó a los cuatro embajadores de los silfos, y acogió con pasmo el libro que escribió Agobardo para confirmar el juicio que había pronunciado. Así fue invalidado el testimonio de estos cuatro testigos. Esta clase de relatos gozaron de tanto crédito durante la Edad Medía, que el problema de comunicarse con los Elementales se convirtió en la principal preocupación de los herméticos y de una parte importante de su filosofía. Paracelso escribió todo un libro sobre la naturaleza de estos seres, pero tuvo buen cuidado en advertir a sus lectores acerca de los peligros que era tener tratos con ellos: “No quiero decir aquí, a causa de los males que caerían sobre quienes lo intentasen, mediante qué pactos es posible asociarse con estos seres, ni gracias a qué pacto se nos aparecen y nos hablan”. Y en un tratado titulado «Por qué estos seres se nos aparecen», expuso la ingeniosa teoría siguiente: “Todo cuanto es obra de Dios, tarde o temprano se manifiesta al Hombre. A veces Dios lo enfrenta con el diablo y los espíritus para convencerle de su existencia. Desde lo alto del Cielo envía también a los ángeles, sus servidores. Así se nos aparecen estos seres, no para quedarse entre nosotros o convertirse en nuestros aliados, sino para que nosotros podamos entenderlos”.

Paracelso nació alrededor de 1491, y en ese mismo año Facio Cardan anotó su observación de siete extraños visitantes, directamente relacionados con los seres elementales que tanto intrigaban al gran filósofo. El incidente ha llegado hasta nosotros en las obras de su hijo, Jerónimo Cardan (1501-1576), muy conocido como matemático. Jerónimo Cardan vivía en Milán, donde no sólo era matemático, sino también oculista y médico. En su obra De Subtilitate, Cardan explica que había oído contar muchas veces a su padre esta historia, que por último quiso que constara por escrito. He aquí su texto: “13 de agosto de 1491. Cuando hube efectuado los ritos acostumbrados, alrededor de la hora vigésima del día, siete nombres aparecieron ante mí, cubiertos de vestiduras de seda, parecidas a togas griegas, y calzando zapatos resplandecientes. Las ropas que llevaban bajo sus rutilantes y llameantes corazas parecían estar tejidas con hilo carmesí, y eran de una gloria y una belleza extraordinarias. Sin embargo, no todos vestían de esta guisa, sino solamente dos de ellos, que parecían ser de más noble rango que los demás”.

El más alto, de tez rubicunda, tenía dos acompañantes, y tres el segundo, de tez más clara y menor estatura. Así, pues, eran siete en total. Mi padre no dijo si llevaban la cabeza cubierta. Aunque tenían unos cuarenta años, no aparentaban más de treinta. Cuando les preguntó quiénes eran, respondieron que eran hombres compuestos en realidad de aire, y sujetos al nacimiento y a la muerte. Verdad era que sus vidas eran mucho más largas que las nuestras, e incluso podían alcanzar los trescientos años de duración. Interrogados acerca de la inmortalidad de nuestra alma, afirmaron que no sobrevive nada que sea peculiar del individuo… Cuando mi padre les preguntó por qué no revelaban tesoros ocultos a los hombres, si sabían dónde éstos se encontraban, respondieron que comunicar estos conocimientos a los hombres estaba prohibido por una ley particular y bajo las más graves penas. Permanecieron con mi padre durante más de tres horas. Pero cuando él les preguntó acerca del origen del Universo, no se mostraron de acuerdo”.

El más alto negó que Dios hubiese hecho el mundo desde la eternidad. En cambio, su compañero afirmó que Dios lo creaba a cada instante, por lo que si  desistiese de hacerlo un solo instante, el mundo perecería”… Sea esto fábula o realidad, así queda. Casi tres siglos después, en el mes de setiembre de 1768, un muchacho de dieciséis años se dirigía a la Universidad de Leipzig con otros dos pasajeros de Frankfurt. Llovió durante casi todo el viaje, y la diligencia subía penosamente las cuestas. En una ocasión en que los pasajeros abandonaron sus asientos para caminar detrás de los caballos, el muchacho advirtió a nivel del suelo un extraño objeto luminoso. De pronto vio al lado derecho del camino, en una hondonada, una especie de anfiteatro extrañamente iluminado. En un espacio en forma de embudo brillaban incontables luces, escalonadas unas sobre otras, y lucían tan intensamente que casi se deslumbraba la vista al mirarlas.

Pero lo que más confundía su mirada era que no se estaban quietas, sino que algunas saltaban de arriba abajo, de abajo arriba y hacia los lados; sin embargo la mayor parte alumbraban tranquilamente. No sin disgusto se separó, llamado por sus compañeros, de este espectáculo, que hubiera deseado contemplar con mayor detenimiento. El adolescente en cuestión era Johann Wolfgang von Goethe (1749 – 1832), que fue un poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán que ayudó a fundar el romanticismo, movimiento al que influenció profundamente. En palabras de George Eliot fue “el más grande hombre de letras alemán… y el último verdadero hombre universal que caminó sobre la tierra“. Su obra, que abarca géneros como la novela, la poesía lírica, el drama e incluso controvertidos tratados científicos, dejó una profunda huella en importantes escritores, compositores, pensadores y artistas posteriores, siendo incalculable en la filosofía alemana posterior y constante fuente de inspiración para todo tipo de obras. Sus ideas acerca de las plantas y la morfología y homología animal fueron desarrolladas por diversos naturalistas decimonónicos, entre ellos Charles Darwin.  Esta observación figura en el libro sexto de su Autobiografía, según Kenneth Anger, a quien se debe este interesantísimo descubrimiento. De haber vivido en el siglo XX, acaso el excelso poeta y sabio alemán hubiera tenido ocasión de averiguar más cosas sobre estas «criaturas lucientes».

  

Si Paracelso resucitara, ¿encontraría nuevo material para sus teorías sobre la Naturaleza en las extrañas y fugitivas razas de seres celestiales? Podemos suponer, sin temor a equivocarnos, que la atención de ambos se dirigiría inmediatamente hacia los archivos donde figuran los casos de aterrizaje de OVNIS. Si existió alguna vez una época apropiada para que los hombres de ciencia considerasen seriamente la variedad y el poder de los fenómenos naturales y la imaginación humana, está en nuestra propia época de tecnología y pensamiento racional, más que en la confusión de las filosofías medievales.

marzo 25, 2011 - Posted by | Ciencia, enigmas en general, Historia oculta | , , , , , , , ,

7 comentarios »

  1. Fascinante texto sobre nuestros mundos paralelos, yo tuve una experiencia, no la conté más que a mi íntimo círculo para no caer en rídiculo. Ya leí de todo un poco de lo que he leído en este texto…fascinantes relatos

    Comentario por Arturo | marzo 26, 2011 | Responder

  2. los relatos me parecen falta de investigacion cientifica, es casi igual a los que redactaron la biblia en esos tiempos,

    Comentario por sandro | abril 1, 2011 | Responder

    • Ante todo, gracias por el comentario. Si lees lo que escribo en mi bienvenida al blog, verás que no pretendo presentar mis artículos como fruto de investigación científica. Mi planteamiento es utilizar elementos de la investigación científica, de la mitología, de las leyendas y aplicar algo de especulación para intentar encontrar una explicación a enigmas existentes. Pero no pretendo poseer la verdad. De todos modos la investigación científica pura tampoco ofrece respuesta a todas las incógnitas.

      Comentario por oldcivilizations | abril 1, 2011 | Responder

  3. Felicitaciones por el artículo. Me permito compartir una reflexión:

    “No todo lo evidente es racional, ni todo lo racional es evidente”

    Saludos

    Comentario por Hernán Bado / Maxala | junio 9, 2011 | Responder

  4. Salmos 68:17

    Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy (NBLH)

    17 Los carros de Dios son miríadas, millares de millares ;
    El Señor está entre ellos en santidad, como en el Sinaí.

    Comentario por lergel | agosto 1, 2012 | Responder

  5. Luc 21:27 nos dice: Y entonces verán al Hijo del Hombre, viniendo en una nube con poder y gran gloria

    Comentario por lergel | agosto 1, 2012 | Responder

  6. Excelente articulo. La variedad y naturaleza de formas de vida en el universo o universos paralelos debe ser infinita, obedeciendo cada mundo a leyes fisicas, biologicas o espirituales que les son propias. Quizas distintas a nuestro universo.

    Comentario por Luis | abril 22, 2013 | Responder


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