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Antiguas civilizaciones y enigmas

Los textos sagrados de las religiones y los “dioses” que vinieron de las estrellas I


Hace muchos milenios se escribieron unos textos que nos han sido transmitidos por las distintas religiones en forma de libros sagrados.  Se supone que fueron dictadas personalmente por los propios dioses o por algún ser celestial. Nos estamos refiriendo a textos que tienen miles de años de antigüedad y que, en muchos casos,  eran difíciles de entender. Por ejemplo, en los “Relatos judíos de la Antigüedad” se relata lo siguiente: “El Señor creó mil mundos al principio; después creó todavía más mundos; y todos no son nada comparados con él. El señor creaba mundos y los destruía, plantaba árboles y los arrancaba de raíz, pues crecían desordenadamente y se estorbaban los unos a los otros. Y siguió creando mundos y destruyéndolos, hasta que creó nuestro mundo. Entonces dijo: «Éste me agrada; los demás no me agradan»”. Las antiguas tradiciones afirman (sorprendentemente) que la escritura se inventó antes que la creación del mundo. Y existía un libro que, según se cuenta, tenía la forma de una piedra de zafiro  (es curioso lo mucho que nos suena a un sofisticado tipo de soporte de libros digitales). Según los escritos, Raziel, un ángel (o arcángel) que se sentaba junto al río que brotaba del Edén, es el autor de este libro llamado “Sefer Raziel HaMalach” (el libro del arcángel Raziel), donde «está anotado todo el conocimiento celestial y terrestre».  El ángel Raziel entregó este misterioso libro a Adán. Debía de ser algo especial, pues no sólo contenía todo el conocimiento, sino que también predecía el futuro. El ángel Raziel dijo a Adán que encontraría en el libro todo «lo que te sucederá hasta el día que mueras». Y no sólo Adán se beneficiaría de este enigmático libro, sino también sus descendientes, tal como Raziel le explicó: “También tus hijos, que vendrán después de ti, hasta el último de la raza, sabrán por este libro lo que habrá de pasar cada mes y lo que habrá de pasar entre el día y la noche; a cada uno le será conocido (…) si habrá de padecer desventuras o hambre, si el trigo será abundante o escaso, si habrá lluvia o sequía”.

En el misticismo judío de la Cábala el arcángel Raziel es el «guardador de secretos», «el secreto de Dios» y el «arcángel de los misterios». En hebreo el nombre Rzial significa ‘secretos del dios cananeo El’. Según varios Rabinos es un querubín y el jefe de los Ofaním. Los Ofaním son considerados ángeles extraños y misteriosos ya que, según se relata en Ezequiel,   “su aspecto es el de ruedas luminosas que giran continuamente, están cubiertas de grandes ojos y su única misión es mover el carro que transporta a Dios hasta los límites del mundo material “(¿¿¿). A Raziel se le describe como un arcángel de alas azules, aura dorada brillante alrededor de su cabeza y ropas azules que poseen propiedades sorprendentes. Se dice que Raziel estaba cerca del trono de Dios (Yahveh o Jehova) y por lo tanto oía todo lo que allí se decía y discutía.

 

Después que el ángel Raziel entregó el libro a Adán, sucedió algo maravilloso: “Y en la hora en que Adán recibió el libro surgió un fuego en la orilla del río, y el ángel ascendió al cielo entre las llamas. Entonces supo Adán que el mensajero era un ángel de Dios, y que el libro se lo había enviado el santo Rey. Y lo conservó con santidad y con pureza”. En el libro estaban grabados los símbolos de la sabiduría sagrada, y en él se contenían setenta y dos categorías de conocimientos, divididas en 670 símbolos de los misterios superiores. También contenía 1.500 claves secretas. Adán leyó el libro que le otorgaba el poder de dar nombre a todos los objetos y a todos los animales. Pero cuando cometió su famoso “pecado original”, el libro sorprendentemente «salió volando de entre sus manos». Adán lloró amargamente y se sumergió en las aguas de un río. Cuando su cuerpo se quedó hinchado, el Señor tuvo misericordia de él y ordenó al ángel Rafael que le devolviese la misteriosa piedra de zafiro.

Adán entregó el mágico libro a su hijo Set y le explicó «en qué consistía su poder y su maravilla. También le habló de cómo había usado él el libro, y le dijo que lo había escondido en una fisura de las rocas». Set también recibió instrucciones de como usarlo y de cómo «conversar con el libro». Sólo podía acercarse al libro con veneración y humildad. Debía lavarse a fondo antes de utilizarlo y no debía comer cebolla, ajo u otras especias (¿¿¿). Set siguió las instrucciones de su padre y aprendió durante toda su vida de la piedra sagrada de zafiro. Finalmente construyó «… un cofre de oro; guardó en él el libro y escondió el cofre en una cueva en la ciudad de Enoc». El libro permaneció en aquel escondite  hasta que «al patriarca Enoc se le reveló en un sueño el lugar donde estaba escondido el libro de Adán». Enoc, el patriarca antediluviano que era el hombre más sabio de su época, fue a la cueva y por algún medio misterioso se le reveló cómo debía utilizar el libro. Y «en el momento mismo en que le quedó claro el significado del libro, se le encendió una luz».

Enoc comprendió entonces todo lo referente a las estaciones, los planetas,  las estrellas y los ángeles que dirigen sus cursos. Y ¿qué sucedió con el libro? En este caso fue otro arcángel, Rafael, el que lo hizo llegar a las manos de Noé y le explicó el modo de utilizarlo. El libro seguía estando «escrito sobre una piedra de zafiro», y Noé, después del diluvio, lo leyó y aprendió los cursos de todos los planetas, así como «los cursos de Aldebarán, Orion, Sirio». También aprendió de él «… los nombres de todas las diferentes esferas del cielo (…) y los nombres de todos los servidores celestiales». Es realmente sorprendente que a Noé le pudiesen interesar los cursos de la estrella Aldebarán, la constelación de Orion y la estrella doble (o triple) de Sirio, o conocer los nombres de los misteriosos «servidores celestiales». Luego se dice que Noé depositó el libro en un cofre de oro y fue lo primero que metió en el arca. Y cuando Noé salió del arca, conservó el libro hasta el final de su vida. Para comprender cuan sorprendente es el hecho de que una referencia a la época antediluviana haga referencia a estas estrellas y constelaciones, explicaremos brevemente algo sobre las mismas.   

Aldebarán es la estrella más brillante de la constelación de Tauro y la decimotercera más brillante del cielo nocturno. El nombre Aldebarán proviene del árabe y su significado es «la que sigue», en referencia a que esta estrella sigue al cúmulo de las Pléyades en su recorrido nocturno a través del cielo. En el siglo XVII, el astrónomo Giovanni Riccioli la denominó más específicamente Oculus Australis («ojo del sur»). El astrónomo persa Al Biruni citaba Al Muhdij («el camello hembra») como nombre árabe para esta estrella. En la astronomía hindú se identifica con la nakshatra, mansión lunar de Rohini, y es una de las veintisiete hijas de Daksha y la esposa del dios Chandra.  Situada a 65,1 años luz de distancia, Aldebarán es una estrella gigante naranja. Puesta en el lugar que ocupa el Sol, se extendería hasta la mitad de la órbita de Mercurio,. Su velocidad de rotación proyectada es de 5,2 km/s, por lo que su período de rotación puede ser de hasta 400 días. Aldebarán es 425 veces más luminosa que el Sol pero su masa es solamente de 1,7 masas solares; dado el enorme tamaño de esta estrella, su densidad media resulta ser muy inferior a la del Sol.

Orión, (el Cazador), es la constelación  mejor conocida del cielo. Sus estrellas brillantes y visibles desde ambos hemisferios hacen que esta constelación sea reconocida universalmente. La constelación es visible a lo largo de toda la noche durante el invierno en el hemisferio norte, verano en hemisferio sur; es asimismo visible pocas horas antes del amanecer desde finales del mes de agosto hasta mediados de noviembre y puede verse en el cielo nocturno hasta mediados de abril, al menos en el hemisferio norte. Orión se encuentra cerca de la constelación del río Eridanus y apoyado por sus dos perros de caza Canis Maior y Canis Minor peleando con la constelación del Tauro. El Complejo de Nubes Moleculares de Orión es una gigantesca estructura de hidrógeno, polvo, plasma y estrellas nacientes que abarca la mayor parte de la constelación. El complejo está ubicado a una distancia de 1.500 años luz de la Tierra  y destaca especialmente por ser una región de intensa formación estelar y por las extraordinarias nebulosas que la forman.

En la mitología griega Orión fue un gigante que, según algunas versiones, nació de los orines de los dioses Zeus, Poseidón y Hermes. Un día los dioses visitaron a un anciano llamado Hirieo que no podía tener hijos pero deseaba tener uno. En agradecimiento por su hospitalidad le concedieron su deseo: orinaron en la piel del buey que se habían comido. Cuando finalizaron le dijeron que enterrara la piel y que dentro de nueve meses tendría a su hijo. Después del plazo mencionado nació un niño que fue llamado Orión en recuerdo de los orines que lo habían engendrado. Existen diversas versiones del mito de Orión. Una de ellas cuenta que Orión había violado a Mérope, hija de Enopión, quien por ello, lo dejó ciego. Helios le devolvió la vista y a continuación Orión se convirtió en compañero de caza de Artemisa y Leto. Prometió aniquilar todo animal que hubiera sobre la tierra, por lo que Gea se enfadó e hizo nacer un escorpión enorme que picó a Orión y lo mató. En otra versión fue Artemisa la que lanzó el escorpión contra Orión.

Existe otra tradición que sostenía que Artemisa se había enamorado de Orión, lo cual despertó celos en Apolo, hermano gemelo de Artemisa. Un día Apolo, viendo a Orión a lo lejos, hizo una apuesta a su hermana desafiándola a que no podía asestarle una flecha a un animal (o a un punto brillante lejos en el océano, en otra versión) que se movía a lo lejos dentro de un bosque (o en lo lejano del mar). Artemisa lanzó su flecha y dio, como siempre, en el blanco. Cuando fue a ver su presa, se dio cuenta de que había aniquilado a su amado Orión. Fue tan grande su tristeza, sus quejas y sus lamentos que decidió colocar a Orión en el cielo para su consuelo. Otra leyenda cuenta que Orión acosaba a las Pléyades, hijas del titán Atlas, por lo que Zeus las colocó en el cielo. Todavía parece que, en el cielo, Orión continúa persiguiendo a las Pléyades. Orión está representado por un guerrero alzando su arco, su espada o garrote y cubriéndose del enemigo con un vellocino o un escudo. A su lado se encuentran sus perros de caza: Canis Maior y Canis Minor. En la Mitología egipcia la estrella de Orion estaba asociada al dios Osiris.

Sirio es el nombre propio de la estrella Alfa Canis Majoris, la más brillante del cielo nocturno vista desde la Tierra (exceptuando al Sol), situada en la constelación del hemisferio Sur Canis Major («El Can Mayor»). Esta estrella tan notable, a veces llamada «estrella perro» a raíz de la constelación a la que pertenece, es muy conocida desde la antigüedad; por ejemplo, en el antiguo Egipto, en que la salida de Sirio marcaba la época de las inundaciones del Nilo. Sirio es una estrella blanca situada a 8,6 años luz del Sistema Solar, lo que la constituye en la quinta estrella más cercana. Sirio es una estrella binaria. Friedrich Bessel, en 1844, analizó con precisión las variaciones en el movimiento propio de Sirio, y dedujo la presencia de una compañera. Ésta, un objeto muy débil ahora llamado Sirio B o «el cachorro», fue observada casualmente en 1862 por el famoso constructor de objetivos astronómicos, Alvan Graham Clark, cuando estaba enfocando sobre Sirio el telescopio que acababa de terminar para el Observatorio Naval de Washington. 

Se estima que la masa de Sirio A es 3,5 masas solares y que la de su compañera es de aproximadamente una masa solar. Pero dada la muy baja luminosidad de Sirio B, se deduce que su volumen es similar al de la Tierra, es decir, 1.600.000 veces menor que el solar. Por consiguiente, su densidad media es 1.600.000 veces la del Sol,  por lo que un litro de liquido pesaría más de 2.000 toneladas. Para tener una idea de lo que esto significa, baste recordar que 2.000 toneladas era el peso de la última etapa llena de combustible del gigantesco cohete Saturno V, el utilizado en las misiones Apolo. Debido a ciertas irregularidades en la órbita de Sirio A y Sirio B se ha sugerido la presencia de una tercera estrella, Sirio C, una enana roja en una órbita elíptica de 6 años alrededor de Sirio A. Este objeto aún no ha sido observado y se discute su existencia real. También debemos añadir que el año del calendario maya comienza el 26 de julio, cuando la estrella Sirio A y el  Sol aparecen simultáneamente al amanecer.

“Antes de morir Noé dio el libro a Sem, que lo dio a Abraham, y éste a Isaac, que lo pasó a Jacob, que a su vez se lo dio a Leví, éste se lo dio a Kehat, Kehat se lo dio a Amrom; Amrom se lo dio a Moisés; Moisés se lo dio a Josué, Josué se lo dio a los ancianos; los ancianos se lo dieron a los profetas; los profetas se lo dieron a los sabios; pasó de generación en generación hasta que llegó al rey Salomón. También a él se le reveló el libro de los misterios y adquirió una sabiduría inmensa (…). Levantó grandes edificios, y gracias a la sabiduría del libro sagrado hizo prosperar todo lo que emprendía (…). Feliz aquel cuyos ojos han visto, cuyos oídos han oído, cuyo corazón ha comprendido la sabiduría de este libro”. Este relato fantástico del libro de Adán podía catalogarse como simple fruto de la imaginación del autor, si no fuera porque la idea de la piedra de zafiro no encaja de ningún modo, debido a la antigüedad del escrito.

Al que se le ocurrió este relato se supone que sólo podía imaginarse libros hechos de papel, pergamino, barro cocido, u otros materiales similares.  Entonces ¿de dónde salió la idea de una piedra de zafiro haciendo la función de libro? Hasta hace poco, la idea de que toda una enciclopedia pudiera grabarse en una piedra preciosa era inimaginable. Pero actualmente los diccionarios en soporte digital son una realidad e incluso los científicos están estudiando la posibilidad de almacenar información en cristales. Además, según el relato, Adán mantenía  «conversaciones» con el libro de zafiro. ¿De dónde sacó el autor este y otros detalles tan concretos y sorprendentes? Asimismo, informaciones como las «72 categorías de conocimientos», los «670 símbolos de los misterios superiores» y las «1.500 claves», son tan precisas que resultan sorprendentes. Otro tema realmente increíble es que el autor diera tanta importancia a ciertas estrellas y constelaciones tan alejadas de la Tierra. ¿Por qué Adán y sus descendientes tenían que conocer  los cursos de Aldebarán, de Orión y de Sirio?
 

Se dice que el ángel Raziel, que entregó el libro de zafiro a Adán, también «ascendió al cielo entre las llamas», pero no antes de que surgiera un enigmático «fuego en la orilla del río». En el texto apócrifo “la vida de Adán y Eva” se relatan historias, en tiempos de Adán, en que aparece la figura del fuego y de los carros volantes. Aunque la versión que ha llegado a nosotros data del 730 d.C, se basa en documentos de gran antigüedad. En este texto se dice: “Eva miró a los cielos y vio un carro de luces que se aproximaba, tirado por cuatro águilas brillantes, cuya belleza magnífica no puede expresar nadie nacido de mujer”. Parecería que Eva fue la primera persona que vio un OVNI. El mismo Señor que había creado a Adán y a Eva, y que de vez en cuando se daba paseos por el jardín del Edén, también subió a bordo de este carro de luces: “Y he aquí que el Señor de la fuerza montó en el carro; cuatro vientos lo empujaban, los querubines guiaban los vientos y los ángeles del cielo iban por delante...”.

Adán aprendió también del libro de zafiro los nombres de todas las esferas del cielo, así como los nombres de los mensajeros celestiales. Pero ¿qué son estas esferas del cielo? Los “Relatos judíos de la Antigüedad” nos proporcionan valiosa información: “La primera esfera se llama Vilón; desde ésta se observa la humanidad. Por encima de Vilón está Rakia, donde se encuentran las estrellas y los planetas. Todavía más arriba está la esfera de Schechakim, y más allá de ésta están los cielos que se llaman Gebul, Makhon y Maon. La esfera más alta del cielo, más allá de Maon, se llama Araboth. Allí residen los serafines. Allí están también las ruedas sagradas y los querubines. De fuego y de agua son sus cuerpos. Pero se mantienen íntegros, pues el agua no apaga el fuego ni el fuego seca el agua. Y los ángeles elevan alabanzas al Altísimo, bendito sea Su Nombre. Pero lejos de la gloria del Señor residen los ángeles. Están a 36.000 ‘millas’ de Él, y no ven el lugar donde reside Su gloria”.

Evidentemente en el escrito original no se hablaba de millas, sino de una unidad de medida desconocida,  que algún traductor sustituyó por millas. Pero, curiosamente, el número 36.000 no ha variado. Es remarcable que estas esferas celestiales no sólo se caracterizan por sus medidas de distancia, sino también de tiempo. Entre un cielo y otro hay «escaleras», y para cruzarlas se precisa un periodo de «500 años de viaje». Aplicando conocimientos científicos actuales se cree que se estaría relatando una distancia de diez años luz y un viaje a la escalofriante  velocidad de unos 6000 Km/seg. Normalmente estos relatos se catalogan como mitos y leyendas, que pueden fácilmente ser considerados como pura ficción. Pero las leyendas y mitos deberían ser considerados un vínculo relevante para la investigación histórica y la ciencia.

 

Además, las leyendas y mitos son universales, ya que hay grandes coincidencias entre distintas culturas, como las judías, persas, árabes, griegas, hindúes y americanas. Es posible que sus dioses y héroes tengan distintos nombres, pero la esencia de los relatos es muy similar.  Como un claro ejemplo tenemos la leyenda del diluvio, que se relata en todo el mundo. Y en las leyendas no importa cuándo sucedió algo, sino lo que sucedió. En la versión bíblica del diluvio, la gente tenía que hacer un acto de fe coneste relato, hasta que se realizó un importante descubrimiento en la colina de Kujunds-hik, donde estuvo la antigua ciudad de Nínive. Los arqueólogos sacaron a la luz 12 tablillas de barro cocido que habían pertenecido a la biblioteca del rey asirio Asurbanipal. En ellas se cuenta la historia de Gilgamés, rey de Uruk, que era un semidios y que emprendió la búsqueda de su antepasado terrenal Utnapishtim (el bíblico Noé).

Utnapishtim cuenta que los dioses le advirtieron de la llegada del diluvio y le ordenaron construir un barco en el que debía refugiarse con sus mujeres, sus hijos, sus parientes y con artesanos de todos los oficios. Las descripciones de la tempestad, de la oscuridad, de la subida de las aguas y de la desesperación de los que no podían subir al barco son verdaderamente  apasionantes. También leemos, como en la Biblia, el relato del cuervo y de la paloma a los que se envía a buscar tierra firme, y cómo, cuando descienden las aguas, el barco queda varado en lo alto de una montaña. Las semejanzas entre el relato del diluvio en la Epopeya de Gilgamés y en la Biblia son evidentes, aunque intervienen dioses y circunstancias diferentes. El relato del diluvio se cuenta en tercera persona en la Biblia, mientras que en la epopeya de Gilgamés se utiliza la primera persona, dando a entender que es el relato de un testigo presencial que conoció realmente el diluvio.

Las leyendas se mantienen vivas en la conciencia popular como un vago recuerdo de un remoto pasado. Repasando los relatos y las tradiciones de la humanidad que han sido transmitidas, parece ser que algún dioscreó al primer ser humano. Puso a este ser en el jardín del Edén o paraíso, que según las antiguas tradiciones judías existía desde mucho antes de que fuera creado el mundo (¿¿¿).  Las leyendas judías nos dicen que Adán y Eva no eran los únicos habitantes del Edén: «Sera, hija de Aser, es una de los nueve que entraron vivos en el jardín del Edén». ¿Quiénes eran los otros misteriosos habitantes del Edén? Se relata que Dios había decidido crear al ser humano, pero antes de hacerlo preguntó a sus jerarquías angélicas qué les parecía la idea. Y como estaban en contra, «El Señor extendió el dedo y quemó a todos, hasta el último». Curiosa y cruel reacción de este supuesto dios,  Dios volvió a formular la misma pregunta a otros ángeles, con el mismo resultado. Un tercer grupo de ángeles comprendió que no tenía sentido oponerse, de modo que Dios creó a Adán «con sus propias manos».

Se dice que el primer ser humano era superior a los ángeles en algunos aspectos. Y a éstos les molestaba pensar que los seres humanos dominarían todo un planeta y podrían reproducirse a voluntad. Al parecer, los ángeles no pueden reproducirse y, por lo tanto, tenían celos del ser humano. En aquel tiempo Ismael era el príncipe de los ángeles del cielo, ya que poseía doce pares de alas, mientras que los demás ángeles y serafines solo tenían seis pares de alas cada uno (curiosa comparación). Entonces Ismael se rebeló contra su Señor,  reunió a sus ejércitos, descendió con ellos a la Tierra y se puso a buscar una compañera. Dios no podía tolerar un motín como éste y expulsó a Ismael y a su ejército del lugar de la santidad. Según la leyenda judía, el pecado del jardín del Edén no tuvo nada que ver con la célebre manzana, sino con el hecho de que Ismael sedujo a Eva y la dejó embarazada. Después del acto sexual, «ella lo miró a la cara. Y he aquí que él no parecía un ser terrenal, sino un ser celestial». Realmente parece pura fantasía.

A pesar de que los relatos se han ido copiando a lo largo de los milenios, entre los distintos pueblos del mundo puede verse un núcleo común. ¿Qué sucedió realmente en ese lejano pasado? La religión cristiana se basa en la idea de que Jesús vino al mundo para salvar a la humanidad del pecado original. Este pecado se cometió en el jardín del Edén, después que a Eva la sedujese una serpiente o un arcángel expulsado del cielo. Y ello parece fue  la causa del pecado original que lo cambió todo. Pero si el pecado original no hubiese existido, no hubiese habido una necesidad de salvación por parte de Jesús. Como dice la Biblia, Dios envió un diluvio para ahogar a toda la raza humana. Pero se supone que antes había creado al ser humano «con sus propias manos», y, si era un Dios intemporal y eterno se supone que podía prever el futuro, por lo que debía saber por anticipado la catástrofe que iba a acontecer. Las leyendas judías nos dicen que después de la seducción de Eva surgieron dos razas, la de Caín y la de Abel. Y se explica que los descendientes de Caín se comportaban como animales: “Los de la raza de Caín iban descubiertos y desnudos, hombre y mujer como los animales del campo. Salían desnudos a la plaza(…) y los hombres procreaban con sus madres y con sus hijas y con las esposas de sus hermanos a la vista de todos, en la calle. La malicia y la falsedad de los miembros de esta raza se describe en los relatos de Sodoma y Gomorra. Los habitantes de estas ciudades no seguían ley ni moral alguna, y hacían lo que les parecía.

Además de la relatada decadencia moral de Sodoma, los «ángeles caídos» bajaron del cielo en multitud y tomaron «esposas humanas»;  y sus descendientes fueron gigantes: ”De éstos nacieron los gigantes, que eran de grueso talle y que extendían sus manos para robar y saquear y para derramar sangre. Los gigantes tuvieron descendientes y se multiplicaron como las plantas rastreras: nacían seis de cada parto”. En los “Relatos judíos de la Antigüedad” se distinguen diversas razas gigantes: “Existían los Emitas o Espantosos, los Refitas o Gigantescos, los Giborim o Poderosos, los Samsunites o Astutos, los Ávidas o Descarriados y, por último, los Nefilim o Expoliadores”. Una descripción verdaderamente preocupante para los habitantes de aquella época. En los relatos apócrifos del profeta Baruc se habla de un número concreto de gigantes: «Dios envió las aguas del diluvio sobre la Tierra y borró toda la carne, y también a los 4.090.000 gigantes». ¿De dónde obtuvo el profeta Baruc esta cifra?

Con respecto a las ciudades bíblicas destruidas hay un relato realmente espeluznante: “Las gentes de Sodoma y Gomorra pusieron camas en las calles. Al que entraba en sus ciudades lo apresaban y le obligaban a echarse en una cama. Si el extranjero era más pequeño que la cama, tres hombres le tiraban de la cabeza y otros le tiraban de los pies. El hombre gritaba, pero ellos no hacían caso y seguían estirándolo. Pero si el extranjero era mayor que la cama, tres hombres se ponían a cada lado y lo estiraban por los costados hasta que moría entre tormentos. Cuando el extranjero se quejaba por sus tormentos, le gritaban: «Esto es lo que le pasa al que viene a Sodoma.»”.

Los “Relatos judíos de la Antigüedad” también se refieren a extraños seres que no encajan con ninguna especie conocida. Había seres que tenían «un solo ojo en el centro de la frente»; otros que tenían «cuerpo de caballo y cabeza de carnero»; otros con «cabeza humana y cuerpo de león»; e incluso «seres con rostro humano y con pezuñas decaballo». Lo más intrigante es  que estos relatos se repiten en diversos lugares. Manetón, escriba y sumo sacerdote de los templos sagrados de Egipto, nos habla de monstruos del mismo tipo. El historiador griego Plutarco lo cita como contemporáneo del primer rey de la dinastía de los Ptolomeos (304-282 a. C). Manetón vivió en Sebenitos, una ciudad del delta del Nilo, y allí escribió una obra en tres volúmenes sobre la historia de Egipto. Había sido testigo directo del fin del reinado de los faraones, que había durado 3.000 años, y escribió su crónica de los dioses y de los reyes como conocedor de los hechos sucedidos.

El texto original de Manetón se ha perdido, pero el historiador Eusebio, obispo de Cesarea  y uno de los primeros cronistas cristianos, decía que Manetón afirmaba que habían sido los dioses los que habían hecho aparecer ciertas criaturas de raza híbrida y monstruos de todo tipo: “Y se dijo que habían producido seres humanos de alas dobles; asimismo, otros con cuatro alas y cuatro rostros; y con un cuerpo y dos cabezas, hombre y mujer, macho y hembra en una misma criatura; aun otros seres humanos tenían patas de cabra y cuernos en la cabeza; otros eran caballos por detrás y hombres por delante; también se dijo que había toros con cabeza de hombre y perros de cuatro cuerpos a los que les salían las colas como colas de pez de la espalda; también caballos con cabeza de perro; (…) y otros monstruos, tales como todas las especies de seres semejantes a los dragones (…) y un gran número de criaturas maravillosas, de formas diversas y diferentes entre sí, cuyas imágenes dispusieron en fila una junto a otra en el templo de Belos y allí las conservaron”. Parece que Manetón tenía razón en lo que se refiere a las imágenes, ya que en muchos museos modernos se exponen esculturas de seres híbridos. Por lo tanto, las leyendas judías y egipcias son algo más que puras fantasías. Y si estos monstruos no existieron, ¿cómo se les ocurrió simultáneamente a los autores de estos textos y de estas esculturas?

En el Génesis se describe en gran detalle la construcción del arca: «La longitud del arca será de 300 codos, su anchura de 50 codos y su altura de 30 codos.». Pero los relatos judíos son aún más precisos: ”Ciento cincuenta cámaras será la longitud de su costado derecho, ciento cincuenta cámaras será también la longitud del izquierdo; treinta y tres cámaras será su anchura al frente, treinta y tres cámaras será también su anchura en la parte trasera. En el centro habrán diez habitaciones para los utensilios de cocina, y cinco almacenes a la izquierda; habrá cañerías para conducir el agua, que se puedan abrir y cerrar. El navío tendrá tres pisos de alto; tal como es el primer nivel, así serán también los niveles segundo y tercero; en el nivel inferior se alojará el ganado y los animales salvajes; en el nivel intermedio se albergarán las aves; el nivel superior es para los hombres y para las criaturas que se arrastran”.

Se supone que después de sellado el interior del navío debía de estar muy oscuro. Pero al parecer no era así, porque «en el navío estaba suspendida una gran perla que relucía sobre todas las criaturas con el poder de su luz». ¡Realmente asombroso! Pero aún hay más: En el Libro de Mormón, quees la «Biblia» de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, se explica que este libro fue entregado por un ángel al fundador de la Iglesia Mormona, Joseph Smith (1805-1844). Según los mormones, este libro se conservó durante miles de años en forma de unas planchas de metal ocultas en el interior de una colina. Sólo gracias a dos piedras traductoras que se supone Joseph Smith recibió del ángel Moroni, pudo traducirlo al inglés. Las planchas cuentan la historia de los jareditas, un pueblo que abandonó su antigua patria en la época de la construcción de la torre de Babilonia y que atravesó los mares hasta América del Sur. Sus barcos eran «estancos como un barril, y cuando se cerraron las puertas también ellos quedaron estancos como un barril». Pero el interior de los navíos no estaba oscuro, pues el Señor entregó a los jareditas dieciséis piedras luminosas, dos para cada barco, y esas piedras arrojaron luz brillante durante toda la travesía, que duró 344 días. Aparentemente se trataba de la misma fuente misteriosa de luz que en el arca de Noé.

Según las tradiciones judías, Dios hizo personalmente un dibujo del arca para Noé: «Y el Señor dibujó con el dedo ante Noé y le dijo: “Mira, así y así debe ser el arca”.». Los mormones tienen algo muy parecido. En el primer libro de Nephi se lee: «Debes construir un barco de la manera que te mostraré para que yo pueda conducir a tu pueblo al otro lado de las aguas.». Aquí nos podemos plantear si los mormones copiaron su texto de alguna leyenda judía. También podemos plantearnos si fueron los judíos los que lo copiaron de la epopeya sumeria de Gilgamés o de la epopeya babilónica Enuma Elish. En el Enuma Elish se describe también una variante del relato del diluvio, en la que aparece un patriarca sobreviviente llamado Atra Haris y un dios, Enki, que manda construir un barco estanco sin ninguna abertura. También aparece una fuente de luz y un tipo de brújula.

El hecho de que el relato del diluvio sea conocido bajo formas diferentes en distintas culturas no demuestra que unos copiaran de otros, sino que podrían ser los relatos del mismo fenómeno por parte de habitantes de distintas regiones y culturas. Los autores de estas leyendas vivían en tierras y culturas diferentes. Y se supone que aquella época no circulaban las noticias entre lugares lejanos y los viajes de un continente a otro todavía no eran habituales. Pero nos llegan relatos y tradiciones que son casi idénticos desde todos los rincones del planeta. Y podemos suponer que ninguna fantasía podría haber actuado por todo el mundo del mismo modo y al mismo tiempo hace miles de años. Todos estos relatos coincidentes deben proceder de sucesos reales prehistóricos.

Los libros sagrados explican que Dios envió el diluvio para castigar a la humanidad. Y parece  evidente que este diluvio fue real. También parece claro que Dios quería salvar de la devastación a algunas personas. Y, según distintas tradiciones entregó las instrucciones para construir un barco, además de realizar planos y dibujos con las dimensiones exactas. Asimismo  facilitó perlas o piedras misteriosas y brillantes, que producían luz, así como brújulas. Después comenzó el Diluvio. Si Dios quisiera quitarse de encima unos ángeles descarriados, unos gigantes o unos seres humanos malvados, se supone que lo podría conseguir sin tantas complicaciones, ya que, como afirma el Corán, «Cuando él quiere algo, le basta con decir: “sea”, y es.».

A un Dios omnipotente no le haría falta un barco, ni planos, ni ninguna luz misteriosa. Todo ese asunto de la construcción del barco demuestra que alguien, que no era realmente un dios, quería que las cosas se hicieran así y que, probablemente, no podía hacerlas de otra manera.  Seguramente no fue este Dios el que provocó el diluvio sino que tenía información de que iba a suceder una catástrofe. Tanto si el diluvio fue un fenómeno natural como si fue resultado de alguna catástrofe cósmica, producida por la colisión con un cometa o un meteorito, no cambia el hecho de que el dios de las tradiciones tenía un conocimiento previo de lo que iba a suceder. De otro modo, no podría haber puesto sobre aviso a sus protegidos ni podría haber dirigido la construcción del arca. Queda clara una cosa: este ser del que hablan las tradiciones no parece que fuese un dios

En algún momento dado, un grupo de extraterrestres descubrió que su experimento de creación del primer Homo sapiens, mediante manipulación genética, había tenido éxito y que podían dejar la Tierra en manos de este ser humano nativo, que era más inteligente que todas las demás criaturas.  Para que este ser se multiplicase hacía falta crear una hembra: Eva. Los primeros seres humanos inteligentes parece que no tenían la capacidad de hablar, por lo que sus creadores decidieron someterlos a un programa de formación. La pareja de Homo sapiens fue introducida en un jardín protegido y se les enseñó el habla, tal como nos informa el Génesis: «Y toda la Tierra tenía una sola lengua y una sola habla.». Finalmente Adán pudo dar nombre a todas las cosas.

Al parecer, los extraterrestres también experimentaron con animales de la Tierra. No es tan sorprendente, ya que nosotros también estamos combinando diversas razas de ganado vacuno para producir vacas más productoras de leche; hemos cruzado variedades de cereales para adaptarlos mejor al entorno; y actualmente estamos produciendo vegetales mediante la ingeniería genética. Así es como aparecieron los monstruos y los seres híbridos que no habían existido antes en la Tierra, y que asombraros y aterrorizaron a los seres humanos. Y cuando estas criaturas se extinguieron con el diluvio, quedaron en el recuerdo de las tradiciones populares, alcanzando la categoría de mitos, leyendas y de símbolos de un tiempo remoto en que los dioses habían creado este tipo de seres.

El poeta griego Homero describió a las sirenas, cuyo canto era tan seductor que hacían perder la voluntad y la memoria a los marinos. Aunque Homero no describe con detalle a estas sirenas, la imaginación de otros autores posteriores las representó como mujeres con cola de pez. Y Hesíodo imaginó a la terrorífica Medusa, de cuya cabeza salían serpientes que se retorcían y se agitaban y cuya mirada convertía a las personas en piedra. Naturalmente, Hesíodo no vio nunca a la Medusa. También conocemos las leyendas del caballo volador Pegaso y del ave Fénix que resurge de sus cenizas. Todo esto es aparentemente fruto de la imaginación humana. Pero, normalmente, la imaginación necesita puntos de referencia para arrancar. Aunque nuestra razón lógica se siga resistiendo a la idea de un parque zoológico lleno de monstruos, los antiguos escritores e historiadores describieron a estas criaturas y afirmaron, además, que habían sido creadas por los dioses. Y ello está corroborado por los esculturas, que hace miles de años dejaron para la posteridad imágenes de estos seres híbridos.

En lenguaje actual podríamos suponer que en la nave espacial había estallado un motín, ya que algunos de los oficiales de alto rango estaban en desacuerdo con el comandante. El jefe de los rebeldes se llamaba Ismael (o Lucifer), que según la leyenda era «el mayor príncipe entre los otros». Parece ser que Ismael ostentaba más poder que el resto de la tripulación, pues era el único que tenía «doce pares de alas». Sin embargo, Ismael y sus partidarios perdieron la batalla a bordo y fueron expulsados del «cielo». En cuanto estos expulsados llegaron a la Tierra, si nos guiamos por las leyendas, desarrollaron un gran apetito sexual, ya que Ismael, sedujo a Eva: «Y he aquí que él no parecía un ser terrenal, sino un ser celestial.» Otros miembros de la tripulación también se unieron con otras mujeres terrestres, tal como se explica en el Génesis: “Y acaeció que, cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la Tierra, y les nacieron hijas, viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron mujeres, escogiendo entre todas”.

La frase «los hijos de Dios» se han traducido como  «los gigantes», «los ángeles caídos», o «seres espirituales renegados». Cualquier especialista en hebreo puede decirnos lo que significan exactamente las palabras en cuestión: «Los que habían descendido eran semejantes a los hombres y mucho mayores que los seres humanos». La idea  de que los extraterrestres podrían aparearse con los terrestres podría tener que ver con la frase «los dioses crearon a los hombres a su imagen…». El comandante de la nave espacial observaba con preocupación lo que sucedía en la Tierra, ya que la hibridación de los extraterrestres con los terrestres hizo aparecer unas criaturas muy distintas a la raza creada del Homo sapiens. Y todo parece indicarque en realidad éste fue el pecado original de la mitología. Los seres humanos estaban heredando mensajes genéticos erróneos. El Génesis dice: «Y se arrepintió el Señor de haber hecho hombre en la Tierra, y le pesó en su corazón».  El comandante de la nave espacial debía interrumpir de algún modo el experimento y empezar de nuevo. Pero los ángeles renegados poseían probablemente unas armas poderosas y podían esconderse en cuevas, por lo que era muy complicado enfrentarse a ellos. No podemos saber si el diluvio fue provocado intencionadamente o si fue debido a alguna catástrofe natural. Pero lo que si parece claro es que «dios» debía de tener información del momento exacto en que tendría lugar el diluvio, por lo que  pudo advertir a sus protegidos.

 

Los teólogos consideran que los textos sagrados son “la palabra de Dios” que se reveló a unos pocos escogidos. Pero cuando se elimina la simple fe lo que quedan son los propios textos, desprovistos de su carácter sagrado. Y cuando eliminamos la creencia en el carácter sagrado de estos textos es cuando podemos empezar a estudiarlos. En “el apocalipsis de Abraham”, el autor describe a dos seres celestiales que bajan a la Tierra. Estos dos seres celestiales subieron a Abraham a las alturas, pues el Señor quería conversar con él. Abraham cuenta que no eran humanos y que le produjeron mucho miedo. Dice que tenían el cuerpo brillante «como un zafiro»; lo hicieron subir entre humo y fuego, «como con la fuerza de muchos vientos». Cuando llegó a las alturas, vio «una luz gloriosa e indescriptible» y unas figuras grandes que se gritaban entre sí unas palabras «que yo no entendí». Y añade: «Pero yo quería volver a caer a la Tierra; el lugar alto donde nos encontrábamos estaba tan pronto de pie como cabeza abajo». Alguien nos está contando en primera persona que quería «volver a caer a la Tierra».

Es lógico suponer, por lo tanto, que estaba más alto que la Tierra. Y nadie sin conocimientos científicos modernos podría haber sabido que las grandes estaciones espaciales siempre rotan sobre su propio eje. La gravedad artificial sólo puede conseguirse en el interior de la nave gracias a la fuerza centrífuga provocada por la rotación propia de la nave. Y “el Apocalipsis de Abraham” dice: «El lugar alto donde nos encontrábamos estaba tan pronto de pie como cabeza abajo.» Y además Abraham dice que estos seres no eran humanos y que sus ropas brillaban como el zafiro. ¡Sorprendente!

Los antiguos relatos judíos dicen que Enoc fue «un rey de los hombres» que reinó durante «doscientos cuarenta y tres años» y que estaba lleno de sabiduría y la comunicó a todos. Según el geógrafo e historiador Taki al-Makrizi fue el constructor de las grandes pirámides de Egipto. Éste cuenta en su obra Hitat que Enoc fue conocido con cuatro nombres diferentes: Saurid, Hermes, Idris y Enoc. El pasaje siguiente está tomado del capítulo 33 del Hitat: “El primero, Hermes, llamado triple por sus atributos de profeta, rey y sabio (…) leyó en las estrellas que había de llegar el diluvio. Entonces mandó que se construyeran las pirámides, y ocultó en ellas tesoros, textos y escrituras y todo lo demás que podría perderse de otro modo, para que se conservase”. Tanto para la teología judía como para la cristiana, Enoc es el séptimo de los diez primeros patriarcas antediluvianos, que fue padre de Matusalén, del que se afirma que alcanzó la increíble edad de 969 años.

En el Antiguo Testamento, Enoc sólo aparece en cinco versículos del Génesis. Y al final se dice: «Y Enoc caminó con Dios y no fue visto más, pues Dios se lo llevó.» En hebreo, la palabra enoch significa «el iniciado». Este iniciado se preocupó de que sus conocimientos no desaparecieran sin dejar rastro. Existen dos libros que no están incluidos en el Antiguo Testamento pero que se cuentan entre los textos apócrifos. Los Padres de la Iglesia que recopilaron la Biblia no supieron qué hacer con los textos de Enoc. Los excluyeron porque no los comprendían. Pero la Iglesia de Etiopía no hizo caso de las órdenes de los eclesiásticos que ostentaban el poder, con lo que el libro de Enoc acabó en el canon abisínico. También salió a la luz una variante eslava del mismo libro. La comparación de los dos textos realizada por los especialistas demostró de manera concluyente que ambos procedían de una misma fuente original escrita por un mismo autor, el propio Enoc.

El libro de Enoc no sólo está escrito en primera persona, sino que el autor recuerda constantemente su propia autoría. A este respecto podemos citar el siguiente párrafo: “En el primer mes del año trescientos sesenta y cinco de mi vida, el primer día del primer mes, yo, Enoc, estaba solo en mi casa (…) y aparecieron ante mí dos grandes figuras de hombres, como no las había visto nunca hasta entonces sobre la Tierra…. Ésta es la enseñanza completa y verdadera de la sabiduría, escrita por Enoc, su autor (…), y ahora mi hijo Matusalén, te lo digo todo y lo escribo para ti. Te he revelado todas estas cosas y te he transmitido los libros que tratan de ellas. Conserva, mi hijo Matusalén, estos libros de mano de tu padre, y traspásaselos a las generaciones futuras del mundo”. Deducimos que la fuente original procede del Enoc antediluviano pues llama Matusalén a su hijo.

Además, Enoc afirma que estaba despierto y  entregó a su familia instrucciones exactas sobre lo que debían hacer durante su ausencia. Tampoco puede haber sido una visión antes de la muerte, pues después de sus conversaciones con los «ángeles» regresó al lado de su familia. Sólo mucho más tarde desaparece entre las nubes en un carro de fuego. Como en el Antiguo Testamento, Enoc relata lo que sucede cuando los ángeles se amotinan. En “el libro de Enoc” se dice: “Cuando los hijos de los hombres se multiplicaron, les nacieron hijas encantadoras y amorosas. Cuando los ángeles, los hijos del cielo, las vieron, las desearon y se dijeron los unos a los otros: «Tomémonos esposas de entre las hijas de los hombres, para que nos den hijos.» Entonces su jefe, Semiaza, les dijo: «Temo que no llevéis a cabo esto; entonces yo tendría que cargar con la culpa de una gran transgresión.» Entonces, todos le contestaron: «Entonces, pronunciemos todos un juramento y comprometámonos a no renunciar a este plan y a llevarlo a cabo.» De modo que todos pronunciaron un juramento y se comprometieron a ello. Eran todos doscientos, que en los días de Jared bajaron de la cumbre del monte Hermón”.

Esto muestra claramente un motín de «los hijos del cielo». Y lo que sucedió fue lo siguiente: “Todos ellos se tomaron esposas. Después empezaron a tener acceso con ellas y a hacer actos impuros con ellas. Y les enseñaron las artes de la magia y de las hierbas, y les enseñaron el conocimiento de las plantas. Y sus esposas quedaron preñadas y parieron gigantesde 100 varas de alto. Éstos devoraron las provisiones del resto de la gente. Pero cuando no quedó nada más para alimentarlos, los gigantes se volvieron contra la gente y se la comieron. Y empezaron a devorar pájaros, animales salvajes, criaturas que se arrastran y peces, y también se comían y se bebían la carne los unos a los otros. Y la Tierra se quejó en voz alta de estos monstruos”. La escena antediluviana se describe con muchos detalles. Los ángeles que no habían participado en el motín lo observaban todo desde lo alto. Dieron parte al Señor (comandante), y éste decidió: «Toda la Tierra quedará sumergida; vendrá un diluvio de agua sobre la Tierra y destruirá todas las cosas

El libro de Enoc es realmente sorprendente por el nivel de detalle que contiene y que no se encuentran en ningún otro texto. Enoc incluso facilita la lista de nombres de los dirigentes del motín así como sus funciones. Pero, ¿qué sucedió con Enoc? El Antiguo Testamento dice que Enoc desapareció sin dejar rastro y subió a las nubes en un carro de fuego. Los antiguos relatos judíos dan más detalles sobre su partida. Los ángeles, al parecer, habían prometido llevarse consigo a Enoc, pero todavía no habían fijado la fecha de la partida. «Me dijeron que viajaría a los cielos, pero todavía no sé cuál es el día en que os dejaré». De modo que Enoc reunió a los suyos a su alrededor y les contó lo que le habían dicho los ángeles. Les dijo especialmente que no ocultasen sus libros ni los guardasen en secreto, sino que se los hicieran accesibles a las generaciones futuras: “Sucedió que, mientras la gente estaba reunida alrededor de Enoc y él les hablaba, levantaron los ojos y vieron la figura de un corcel que bajaba del cielo a la tierra como en una tormenta. Y la gente dijo a Enoc lo que veía, y Enoc les dijo: «Este corcel ha descendido a la Tierra por mí. Ha llegado el momento y el día en que me iré de vuestro lado y no volveré a veros.» Y entonces llegó allí el corcel, y todos los hijos de los hombres lo vieron con sus propios ojos”.

Estaba claro que los seres celestiales habían informado a Enoc de que el despegue sería muy peligroso para los presentes. Por ello, él intentó apartarlos. Advirtió a los espectadores varias veces que no lo siguieran, «para que no muráis». Algunos titubearon y se apartaron a una buena distancia, pero los más insistentes querían contemplar de cerca la partida de Enoc. Le dijeron: «Te acompañaremos al lugar a donde vayas; sólo la muerte nos apartará de ti.» Como no hicieron caso de sus palabras, él no habló más con ellos, y ellos lo siguieron y no volvieron atrás. Y sucedió que Enoc subió al cielo entre una tormenta, sobre corceles de fuego, en un carro de fuego. Esta ascensión a los cielos produjo la muerte a todos los observadores. Al día siguiente, la gente fue a buscar a los que habían acompañado a Enoc. Y los buscaron en el lugar donde Enoc subió al cielo. Y cuando llegaron al lugar, encontraron la tierra cubierta de nieve y entre la nieve había grandes piedras como de granizo. Y se dijeron entre sí: «Apartemos la nieve y veamos si encontramos a los que acompañaron a Enoc.» Y apartaron la nieve y encontraron a los que habían acompañado a Enoc, muertos bajo la nieve. Buscaron también a Enoc, pero no lo encontraron, pues habla subido a los cielos (…). Esto sucedió en el el año 113 de la vida de Lamech, hijo de Matusalén”.

Parece difícil creer que un “dios” misericordioso o sus enviados dejaran que centenares personas, que habían escuchado a Enoc y lo habían acompañado al punto de despegue, quedaban reducidos a cenizas, mientras su maestro Enoc ascendía a los cielos. Enoc ascendió a los cielos entre una tormenta, en un carro de fuego, mientras abajo los receptores de su sabiduría ardían, junto con la tierra y las piedras, y quedaban convertidas en cenizas blancas como la nieve. A este respecto debemos decir que algunos tipos de piedra caliza se ponen blancos como la nieve cuando se someten a un calor elevado. Ninguno de estos hechos: la caída de los ángeles rebeldes, el diluvio, la ascensión de Enoc o el viaje espacial de Abraham encajan con la imagen de un Dios misericordioso. Además, ¿por qué un Dios omnipresente tenía que llamar a su presencia a Abraham para hablar con él? Si era omnisciente debería saber lo que pensaba y sentía Abraham. En este caso, ¿para qué se necesitaba una nave espacial que rotaba sobre su eje por encima de la Tierra?

Parece claro que el Dios que se describe en estos textos no parece ser el Creador omnipresente al que veneran las religiones. Parece más razonable pensar en viajeros  extraterrestres. Bajo esta perspectiva podemos entender entonces las actitudes “tan humanas” de estos ángeles caídos, tales como sus impulsos sexuales. Podemos también entender entonces las causas del diluvio y del deseo del «dios» de comunicarse con seres humanos determinados; y asimismo podemos entender por qué murieron quemadas las muchas personas que no hicieron caso de las advertencias de Enoc. Así resulta comprensible, asimismo, el miedo de la gente al día del juicio, a algún tipo de ajuste de cuentas universal. Pues «dios» había prometido regresar.

Continuar con el artículo “Los textos sagrados de las religiones y los “dioses” que vinieron de las estrellas II

diciembre 21, 2010 - Posted by | Biblia, Egipto, Egipto, Extraterrestres, Grecia, Otras ant. civil., Otros, Otros, Sumer, Sumer | , , , , , , , , , , , , , , ,

16 comentarios »

  1. […] Articulos Actualizados : Los textos sagrados de las religiones y los “dioses” que vinieron de las estrellas I […]

    Pingback por Articulo Indexado en la Blogosfera de Sysmaya | diciembre 22, 2010 | Responder

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    Comentario por Vonda Hippert | mayo 13, 2011 | Responder

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      Comentario por oldcivilizations | mayo 13, 2011 | Responder

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  12. He meditado sobre este asunto y creo que la fecha del 2012, es el fin del mundo como lo hemos conocido hasta ahora, con tantas cosas que nos fueron ocultas o que no podiamos comprender. A partir de esa fecha puede ser el inicio de la difucion al conocimiento general, de cuales son nuestros origenes y de quien intervino en creacion del ser humano.

    Comentario por M. E. Garcia | febrero 20, 2012 | Responder

  13. Bueno, felicidades por el post porque te has pegado un curro impresionante.
    También, como en los comentarios se trata de opinar, voy a dejar mi opinión sobre los antiguos dioses extraterrestres del pasado, extraída de mi libro “Nibiru, si no existe habrá que inventarlo”. Buceando en las antiguas leyendas de Sumer, Egipto y Mali, me he encontrado que existen los mismo personajes bajo distintos nombres, unos dioses instructores que bajaron del cielo; sus nombres apkallus, shemsu hor u nommos respectivamente.
    Sin embargo, de lo que nadie se había percatado es que estos dioses venían de un mismo astro, que a la vez forma parte del Sistema Solar y se puede ver desde la Tierra cada unos 6-7000 años. Su nombre es Nibiru, Horus de la Duat o Ie Pelu Tolo, dependiendo de la cultura de que se trate.
    El rastro de este astro se puede seguir a través del libro “The Pale Fox” sobre los Dogón; en el Enuma Elish, Mul Apin y varios astrolabios en Sumer; y en los textos de las pirámides, techos astronómicos y zodíaco de Dendera en el caso de Egipto.

    Comentario por nibiru ovni | marzo 27, 2013 | Responder

    • Gracias por tu comentario y por la interesante información que aportas. La intentaré tener en cuenta en futuros artículos.

      Comentario por oldcivilizations | marzo 28, 2013 | Responder


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