Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

La física moderna, ¿debe algunos de sus conceptos a civilizaciones remotas?


Este artículo pretende poner de relieve que lo que la física moderna está descubriendo ya había sido comprendido y expresado por los antiguos místicos orientales. Y como estos se basaban en conocimientos adquiridos a lo largo de milenios, la conclusión que podemos sacar es que existieron civilizaciones remotas con grandes conocimientos, que se han transmitido (seguramente de manera parcial) a través de las tradiciones orientales.  Es posible que los conceptos que se manejan en este artículo no sean totalmente comprensibles para bastantes lectores. En este caso recomiendo centrarse en lo básico, que pone en evidencia las similitudes entre ambas visiones.

Según Werner Heisenberg, uno de los más importantes físicos de nuestra época, “Probablemente, una verdad muy general en la historia del pensamiento humano la constituya el he­cho de que los más fructíferos descubrimientos tienen lugar en aquellos puntos en los que se encuentran dos líneas de pensamiento distintas. Estas líneas pueden tener sus raíces en sectores muy diferentes de la cultura humana, en diferentes épocas, en diferentes entornos culturales o en diferentes tradiciones religiosas. Por ello, si tal encuentro sucede, es decir, si entre dichas líneas de pensamiento se da, al menos, una relación que posibilite cualquier interacción verdadera, podemos entonces estar seguros que de allí surgirán nuevos e interesantes descubrimientos.”

 

Fritjof Capra,  un reconocido físico austriaco,  ha puesto al descubierto en su libro, El Tao de la Física,  los paralelismos existentes entre la visión del mundo de los físicos y la del misticismo oriental. En su opinión, en la que está basado este artículo,  la terminología china del ying y el yang parece muy ade­cuada para describir este desequilibrio cultural. Nuestra cul­tura ha favorecido los valores y actitudes yang o masculinas y ha descuidado sus contrapartes ying o femeninas, que le son complementarias. Hemos favorecido el análisis sobre la síntesis o el conoci­miento racional sobre la sabiduría intuitiva.

Según Fritjof Capra estamos siendo testigos del inicio de un tremendo movimiento, que parece ilustrar el antiguo refrán chino que dice: “Cuando el yang ha alcanzado su punto culminante, retrocede dejando paso al ying“. La creciente preocupación por la eco­logía, el intenso interés por el misticismo, el surgimiento de la conciencia feminista y el redescubrimiento de los enfoques holísticos sobre la salud y la curación, son todas manifesta­ciones de una misma tendencia.

 

La profunda ar­monía existente entre la visión del mundo de la física y la del misticismo oriental nos lleva a una nueva visión de la realidad, visión que requerirá un cam­bio fundamental en nuestros pensamientos, en nuestras per­cepciones y nuestros valores. La relación existente entre la física y el misticismo no es sólo muy interesante, sino también de extrema importancia. Los resultados de la física moderna han abierto a los científicos dos caminos muy diferentes. Nos pueden llevar -poniéndolo en términos extremos- al Buda o a la Bomba Atómica, y a cada científico le corresponde decidir qué camino va a tomar.

La exploración de los mundos atómico y subatómico llevada a cabo durante el siglo XX ha puesto de manifiesto la limitación de las ideas clásicas y ha motivado una revisión radical de muchos de nuestros conceptos básicos. Así, el concepto de materia en la física subatómica es totalmente diferente de la idea tradicional asignada a la sustancia material en la física clásica. Lo mismo ocurre con los conceptos de tiempo, espacio, causa y efecto. Y dado que nuestra perspectiva del mundo está basada sobre tales con­ceptos fundamentales, al modificarse éstos, nuestra visión del mundo ha comenzado a cambiar.

Estos cambios, originados por la física moderna, han sido ampliamente discutidos durante las últimas décadas tanto por físicos como por filósofos, pero en raras ocasiones se ha observado que todos ellos parecen llevar hacia una mis­ma dirección: hacia una visión del mundo que resulta muy parecida a la que presenta el misticismo oriental. Los concep­tos de la física moderna muestran con frecuencia sorprenden­tes paralelismos con las filosofías religiosas del lejano Orien­te.  Aunque estos paralelismos no han sido todavía explorados en profundidad, sí fueron advertidos por algunos de los gran­des físicos de nuestro siglo, cuando con motivo de sus confe­rencias en la India, China y Japón, entraron en contacto con la cultura del lejano Oriente. Las tres citas siguientes son un ejemplo de ello:

 

Según Julius Robert Oppenheimer: Las ideas generales sobre el entendimiento humano… ilustradas por los descubrimientos ocurridos en la físi­ca atómica, no constituyen cosas del todo desconoci­das, de las que jamás se oyera hablar, ni tampoco nue­vas. Incluso en nuestra propia cultura tienen su histo­ria y en el pensamiento budista e hindú ocupan un lugar muy importante y central. Lo que hallaremos es un ejemplo, un desarrollo y un refinamiento de la sabiduría antigua.

Según Niels Bohr: De un modo paralelo a las enseñanzas de la teoría ató­mica… al tratar de armonizar nuestra posición como espectadores y actores del gran drama de la existencia (tenemos que considerar) ese tipo de problemas episte­mológicos, con los que pensadores como Buda y Lao Tse tuvieron ya que enfrentarse.

Según Werner Heisenberg: La gran contribución a la física teórica llegada de Ja­pón desde la Última guerra puede indicar cierta rela­ción entre las ideas .filosóficas tradicionales del lejano Oriente y la sustancia filosófica de la teoría cuánti­ca.

 

Los dos pilares de la física del siglo XX -la teoría cuántica y la teoría de la relatividad- nos hacen ver el mundo del mismo modo que lo ve un hindú, un budista o un taoísta. Y esa similitud cobra fuerza cuando contemplamos los recientes intentos por combinar ambas teorías, a fin de lograr una explicación para los fenómenos del mundo submicroscópico: las propiedades y las interacciones de las partículas subatómicas de las que toda materia está formada. En este campo, los paralelismos con el misticismo oriental son más que sorprendentes y con frecuencia tropezaremos con afirmacio­nes que será casi imposible decir si fueron efectuadas por físicos o por místicos orientales.

 Por misticismo oriental nos referimos básicamente a las filo­sofías religiosas del hinduismo, del budismo y del taoísmo. De esta manera vemos que la física moderna nos lleva a una visión del mundo que es muy similar a la de los místicos de todas las épocas y tradiciones. Los paralelismos con la fí­sica moderna no sólo aparecen en los Vedas, en el I Ching o en los sutras del budismo, sino también en fragmentos de Heráclito o en el sufísmo de lbn Arabi. La diferencia entre Oriente y Occidente se encuentra en que en éste último las escuelas místicas siempre han jugado un papel marginal, mientras que en Oriente cons­tituyen la corriente principal del pensamiento filosófico y religioso.

 

Los elementos básicos de la concepción oriental del mundo son los mismos que se desprenden de la física moderna. El pensamiento oriental, y de un modo más gene­ral, todo el pensamiento místico, ofrece una base filosófica relevante y congruente con las teorías de la ciencia contempo­ránea, una concepción del mundo en la que los descubrimien­tos científicos pueden estar en perfecta armonía con las metas espirituales y las creencias religiosas. Los dos temas básicos de esta concepción son la unidad e interrelación de todos los fenómenos y la naturaleza intrínsecamente dinámica del universo. Cuanto más penetremos en el mundo submicroscó­pico, más nos daremos cuenta de que el físico moderno, al igual que el místico oriental, ha llegado a ver al mundo como un sistema de componentes inseparables, interrelacionados y en constante movimiento, en el que el observador constitu­ye una parte integral de dicho sistema.

La filosofía oriental, al contrario que la griega, siempre mantuvo que el espacio y el tiempo son creaciones de la mente. Los místicos orientales los trataron como a todos los demás conceptos intelectuales: como algo relativo, limitado e iluso­rio. En un texto budista, por ejemplo, hallamos estas palabras: “El Buda enseñó, oh monjes, que… el pasado, el futuro, el espacio físico… y las individualidades, no son más que nombres, formas de pensamiento, palabras de uso común, realidades meramente superficiales.”

 Así, los antiguos filósofos y científicos orientales tenían ya la disposición que sería tan básica para la teoría de la rela­tividad: considerar que nuestras nociones de geometría no son propiedades de la naturaleza, absolutas e inamovibles, sino construcciones intelectuales. En palabras de Ashvag­hosha: “Que quede claro que el espacio no es más que un modo de particularización y que no tiene una existencia real por sí mismo… El espacio sólo existe en relación con nuestra cons­ciencia particularizante”..

 

Los místicos orientales parecen ser capaces de alcanzar estados de consciencia no ordinarios, en los cuales trascienden el mundo tridimensional de la vida cotidiana, llegando a experimentar una realidad multidimen­sional, más elevada. Así, Aurobindo habla de “un cambio sutil que hace que la vista vea en una especie de cuarta dimen­sión“. Las dimensiones de estos estados de consciencia tal vez no sean las mismas que las que estamos tratando en la física relativista, pero resulta sorprendente que hayan guiado a los místicos hacia conceptos de espacio y tiempo muy simi­lares a los manejados en la teoría de la relatividad.

El Avatamsaka Sutra, que constituye el fundamento de esta escuela, da una vívida descripción de cómo se experimenta el mundo en el estado iluminado. La consciencia de la “interpe­netración del espacio y el tiempo“, expresión perfecta para describir la realidad espacio-temporal, es repetidamente resaltada en dicho sutra y está considerada como la caracte­rística esencial del estado mental iluminado. En palabras de D. T. Suzuki: El significado del Avatamsaka y de su filosofía será incomprensible a menos que experimentemos… un estado de completa disolución, donde no exista dife­renciación entre la mente y el cuerpo, entre el sujeto y el objeto… Entonces miramos alrededor y vemos eso… que cada objeto está relacionado con todos los demás objetos… no sólo espacialmente, sino temporalmen­te… Experimentamos que no hay espacio sin tiempo, que no hay tiempo sin espacio; que se interpenetran.”

 

Los sabios orientales hablan también de una ampliación de su experiencia del mundo en estados de consciencia más elevados, y afirman que estos estados contienen una expe­riencia del tiempo y del espacio radicalmente diferente. No sólo afirman que en la meditación van más allá del espacio tridimensional ordinario, sino también e incluso con más fuerza- que trascienden la consciencia ordinaria del tiem­po. En lugar de una sucesión lineal de instantes, experimentan -según dicen- un presente infinito, eterno, y sin embargo, dinámico. En los párrafos siguientes, tres místicos orientales hablan sobre la experiencia de este “eterno ahora”; el sabio taoísta Chuang Tzu; Hui-neng, el Sexto Patriarca Zen; y D. T. Suzuki, el erudito budista contemporáneo.

Según Chuang Tzu: “Olvidemos el paso del tiempo, olvidemos el conflicto de opiniones. Hagamos nuestra llamada a lo infinito, y tomemos allí nuestras posiciones.”

Según Hui-neng: “La tranquilidad absoluta es el momento presente. Aun­que es en este momento, este momento no tiene límite, y en esto radica su eterna delicia.”

Según D. T. Suzuki; “En este mundo espiritual no existen divisiones de tiem­po tales como pasado, presente y futuro; porque se han contraído a sí mismas en un simple momento del pre­sente, donde la vida palpita en su verdadero sentido… En ese momento presente de iluminación están envueltos el pasado y el futuro y no es algo que permanezca inmóvil con todos sus contenidos, sino que se mueve incesantemente.”

 

En la física relativista espacio y tiempo son totalmente equivalentes, están unificados en un continuo cuatridimensional en el que las interacciones de las partículas pueden proyectarse en cualquier dirección. Si queremos representar estas interac­ciones, tendremos por fuerza que hacerlo en una “instantánea cuatridimensional”, que cubra todo el ámbito del tiempo y también toda la región del espacio. Para captar el mundo rela­tivista de las partículas, debemos olvidar “el lapso de tiem­po“, como dice Chuang Tzu, y éste es el motivo por el que los diagramas espacio temporales de la teoría del campo pue­den resultar una valiosa analogía de la experiencia espacio­temporal vivida por el místico oriental.

La evidencia de esta analogía es mostrada por las siguientes observaciones del lama Anagarika Govinda en relación con la meditación bu­dista: “Si hablamos de la experiencia del espacio durante la meditación, estaremos tratando con una dimensión to­talmente diferente… En esa experiencia espacial la secuencia temporal se convierte en una coexistencia simultánea, en la existencia de todas las cosas, unas junto a otras… y, no es algo estático, sino que se con­vierte en una continuidad viva, en la que se integran el tiempo y el espacio.”

 

Aunque los físicos emplean sus fórmulas matemáticas y sus diagramas para representar interacciones en bloque en el espacio-tiempo cuatridimensional, dicen que en el mun­do real, cada observador puede sólo experimentar los fenó­menos en una sucesión de secciones espacio-temporales, es decir, en una secuencia temporal lineal. Los místicos, por su lado, sostienen que pueden experimentar toda la gama espa­cio-temporal, sin que haya fluir del tiempo. Así dice el maestro Zen Dogen: “La mayoría creen que el tiempo pasa, sin embargo el hecho real es que permanece donde está. Esa idea de pasar puede llamarse tiempo, pero es una idea inco­rrecta, puesto que al verla sólo pasando, no pueden comprender que permanece en el mismo lugar.”

Del mismo modo, los místicos orientales afirman que, al trascender el tiempo, también trascienden el mundo de las causas y los efectos. Al igual que nuestros conceptos corrien­tes de espacio y tiempo, la causalidad es una idea limitada a una cierta experiencia del mundo y debe abandonarse cuando esa experiencia se amplía. En palabras de Swami Vivekanan­da: “El tiempo, el espacio y la causalidad, son como un cris­tal a través del cual se ve lo Absoluto… En lo Absoluto no hay tiempo, ni espacio, ni causalidad.”

La meta central del misticismo oriental es experimentar todos los fenómenos del mundo como manifestaciones de una misma realidad última. A esta realidad se la considera como la esencia del universo, que sostiene y unifica a la mul­titud de cosas y fenómenos observados por nosotros. Los hindúes lo llaman Brahman, los budistas Dharmakaya (el Cuerpo del Ser) o Tathata (Eseidad), y los taoístas Tao. Todos ellos afirman que trasciende nuestros conceptos intelectua­les y que no puede describirse. Esta esencia última, sin embar­go, no puede ser separada de sus múltiples manifestaciones. Está en su naturaleza el manifestarse en miríadas de formas que nacen y se desintegran, transformándose unas en otras incesantemente.

 

En su aspecto fenomenológico, el Uno cós­mico es intrínsecamente dinámico, y la comprensión de su naturaleza dinámica es básica en todas las escuelas de misti­cismo oriental. Así D. T. Suzuki informa sobre la escuela Kegon del budismo Mahayana: “La idea central de Kegon es aprehender al universo como algo dinámico, cuya característica es moverse siempre hacia adelante, estar siempre en movimiento, ese movimiento que es la vida.”

La visión general que surge del hinduismo es la de un cosmos orgánico, creciente y con un movimiento rítmico; la de un universo dentro del cual todo es fluido y siempre cam­biante, en el que todas las formas estáticas son maya, es decir, existen tan sólo como conceptos ilusorios. Esta última idea – la impermanencia de todas las formas- fue el punto de par­tida del budismo. El Buda enseñó que todas las cosas com­puestas son impermanentes, y que todo el sufrimiento de este mundo es originado por nuestro afán de apegarnos a las for­mas fijas -objetos, personas o ideas- en lugar de aceptar el mundo tal como cambia y evoluciona.

 

La visión dinámica del mundo está en la misma raíz del budismo. En palabras de S. Radhakrishnan: “Una maravillosa filosofía del dinamismo fue  formula­da por Buda hace 2500 años… Impresionado por la transitoriedad de los objetos, por la incesante muta­ción y transformación de las cosas, Buda formuló una filosofía de cambio. Redujo substancias, almas, móna­das y cosas, a fuerzas, movimientos, secuencias y pro­cesos, y adoptó una concepción dinámica de la reali­dad.”

De este modo, la física moderna en absoluto presenta a la materia como pasiva e inerte, sino en un continuo movimien­to, en una danza y una vibración cuyos patrones rítmicos están determinados por las estructuras moleculares, atómicas y nucleares. Esta es también la forma en que los místicos orien­tales conciben el mundo material. Todos ellos insisten en que el universo debe ser comprendido dinámicamente, con su movimiento, su vibración y su danza; insisten en que la natu­raleza no se halla en un equilibrio estático sino dinámico. Según un texto taoísta: “La quietud en la quietud no es la verdadera quietud. Sólo citando haya quietud en el movimiento podrá hacerse presente el ritmo espiritual, que inunda el cielo y la Tierra.”

Según este modelo de “la gran explosión”, el momento del estallido señaló el principio del universo y el comienzo del espacio y el tiempo. Si desea­mos saber lo que sucedió antes de ese momento, nos adentra­mos -una vez más- en un terreno donde las dificultades de pensamiento y lenguaje son serias. En palabras de sir Bernard Lovell: “Llegamos a la gran barrera del pensamiento pues co­menzamos a luchar con los conceptos de tiempo y espa­cio anteriores a nuestra experiencia cotidiana. Me siento como si de pronto me hubiera adentrado en un gran banco de niebla, donde el mundo conocido ha desaparecido.”

 

Esta idea de un universo que experimenta expansiones y contracciones periódicas, en una escala de tiempo y espacio de vastas proporciones, no sólo ha surgido en la cosmología moderna, sino que también la hallamos en la antigua mitolo­gía india. Experimentando el universo como un cosmos orgá­nico que se mueve rítmicamente, los hindúes fueron capaces de desarrollar cosmologías evolutivas que se aproximan mucho a nuestros modelos científicos modernos. Una de estas cosmologías está basada en el mito hindú de lila -el juego divino o la divina obra (teatral)- donde Brahman se transforma a sí mismo en el mundo.

Lila es un juego rítmico que continúa en ciclos interminables, el Uno se convierte en los muchos y los muchos vuelven finalmente a ser Uno. En el Bhagavad Gita, el dios Krishna describe este rítmico juego de la creación con las siguientes palabras: “Al final de la noche de los tiempos, todas las cosas vuel­ven a mi naturaleza; y cuando el nuevo día de los tiem­pos comienza, las saco de nuevo a la luz. Así, a través de mi naturaleza, hago nacer a toda la creación, la cual gira en los ciclos del tiempo.Sin embargo yo no estoy ligado a este vasto trabajo de la creación. Yo soy, y observo el drama de su funciona­miento.Yo vigilo, y en su función creadora, la naturaleza hace nacer todo aquello que se mueve y todo lo que no se mueve y así el mundo sigue girando.”

 

Una de las principales enseñanzas del Buda fue que “todas las cosas compuestas son impermanentes“. En la ver­sión original Pali de este famoso dicho, el término emplea­do para “cosas” es sankhara (en sánscrito: samskara), pala­bra que significa ante todo “un suceso” o “un acontecimien­to” y también “un hecho” o “un acto” y sólo de un modo muy secundario “una cosa existente”. Esto demuestra que la con­cepción budista de las cosas es dinámica, considerándolas como procesos constantemente cambiantes. En palabras de D. T. Suzuki: “Los budistas concibieron los objetos como sucesos y no como cosas o substancias… El concepto budista de las “cosas” como samskara (o sankhara), es decir, como “hechos” o “sucesos”, deja claro que los budistas comprenden nuestra experiencia en términos de tiem­po y movimiento” .

 Así, la física moderna nos demuestra una vez más -y ahora a nivel macroscópico- que los objetos materiales no son entidades diferenciadas, sino que están inseparablemen­te ligados a su entorno y sus propiedades sólo pueden enten­derse en función de su interacción con el resto del universo. Según el principio de Mach, esa interacción se extiende hasta las distantes estrellas y galaxias.

La unidad básica del cosmos se manifiesta así, no sólo en el mundo de lo muy pequeño, sino también en el mundo de lo muy grande, hecho que es cada vez más reconocido en la astrofísica y la cosmología modernas. En palabras del astrónomo Fred Hoyle: “Los recientes descubrimientos ocurridos en cosmolo­gía nos están sugiriendo de un modo muy insistente que las condiciones cotidianas no podrían existir, sino fuera por las partes distantes del universo; que todas nuestras ideas sobre el espacio y la geometría dejarían totalmente de tener validez si las partes distantes del universo desaparecieran. Nuestra experiencia diaria, incluso hasta en los más mínimos detalles, parece estar tan estrechamente relacionada con las grandes for­mas del universo que es casi imposible contemplar a ambos como separados.”

El campo cuántico es considerado como una entidad física fundamental: un medio continuo que está presente en todas partes del espacio. Las partículas son simples condensaciones locales del campo, concentraciones de energía que viene y va, perdiendo así su carácter individual y disolviéndose en el campo subyacente. En palabras de Albert Einstein: “Podemos por tanto considerar a la materia como cons­tituida por las regiones de espacio en las cuales el campo es extremadamente intenso… En este nuevo tipo de física no hay lugar para campo y materia, pues el campo es la única realidad.”

Bajo el punto de vista oriental, la realidad que sirve de base a todos los fenómenos está más allá de toda forma y escapa a toda descripción y especificación. Por tanto se dice con frecuencia que no tiene forma, que está vacía. Pero esta vacuidad no debe ser interpretada corno la simple nada. Al contrario, es la esencia de todas las formas y la fuente de toda vida. Así dicen los Upanishads: “Brahman es vida. Brahman es alegría. Brahman es el Vacío…La alegría, es ciertamente lo mismo que el Vacío. El Vacío, es ciertamente lo mismo que la alegría.”

Pese a emplear términos tales como vacuidad y vacío, los sabios orientales dejan muy claro que cuando hablan de Brahman, Sunyata o Tao no se refieren al vacío ordinario, sino por el contrario, a un vacío que tiene un potencial creativo infinito. De este modo, el vacío de los místicos orientales puede compararse con el campo cuántico de la física subató­mica. Como el campo cuántico, da origen a una infinita varie­dad de formas que sostiene y, finalmente, reabsorbe. Como dicen los Upanishads: “Que lo venere tranquilo, como aquello de lo que proviene, como aquello en lo que se disolverá, como aquello en lo que él respira.”

 

Los budistas han comparado con frecuencia esta ilusión de una substancia material y de un “yo” individual con el fenómeno de una onda acuática, en la que el movimiento arriba y abajo de las partículas de agua nos hace pensar que una “parte” del agua se mueve sobre la superficie. Es interesante ver que los físicos han empleado la misma analogía en el contexto de la teoría del campo para señalar la ilusión de una sustancia material creada por las partículas en movimiento. Así, escri­be Hermann Weyl: “Según la teoría del campo de la materia, una partícula material tal como un electrón, es simplemente una pequeña zona de un campo eléctrico, dentro de la cual la fuerza del campo asume valores enormemente altos, indicando que una energía comparativamente muy grande está concentrada en un espacio muy pequeño. Tal nudo de energía, que de ningún modo se presenta claramente delineado contra el resto del campo, se propaga a través del espacio vacío como una onda de agua sobre la superficie de un lago; no existe una subs­tancia de la que pueda decirse que el electrón está compuesto en todo momento.”

Los neo-confucianistas desarrollaron una idea de ch’i que presenta el más asombroso parecido con el concepto del campo cuántico usado en la física moderna. Al igual que el campo cuántico, el ch’ i es concebido como una forma de materia tenue y no perceptible, que está presente por todo el espacio y que puede condensarse en objetos materiales sóli­dos. En palabras de Chang Tsai: “Cuando el ch’i se condensa, su visibilidad se hace apa­rente, surgiendo entonces las formas (de las cosas indi­viduales). Cuando se dispersa, su visibilidad deja de ser aparente y entonces ya no hay formas. En el momen­to de su condensación, ¿podría acaso decirse que ésta no es temporal? Y en el momento de su dispersión, ¿puede decirse sin reflexionar que entonces ya no exis­te.”

 

De esta manera, el ch’i se condensa y se dispersa rítmica­mente, produciendo todas las formas que, finalmente, se disuelven otra vez en el vacío. Como dice de nuevo Chang Tsai: “El Gran Vacío no puede componerse más que de ch’i. Ese ch’i no puede más que condensarse para formar todas las cosas. Y esas cosas no pueden sino dispersar­se para formar (una vez más) al Gran Vacío.”

Al igual que en la teoría del campo cuántico, el campo -o el ch’i- no es sólo la esencia fundamental de todos los objetos materiales, sino que también transporta sus mutuas interacciones en forma de ondas. Evi­dencian una gran similitud la siguientes descripcio­nes del concepto del campo dadas por Walter Thirring: “La física teórica moderna… nos ha hecho pensar sobre la esencia de la materia en un contexto diferente. Ha llevado nuestra atención de lo visible -las partícu­las- a la entidad subyacente: el campo. La presencia de la materia es simplemente una perturbación del estado perfecto del campo en un lugar dado; algo acci­dental, casi podría decirse que es simplemente una “mancha”. Por consiguiente, no existen leyes senci­llas que describan las fuerzas que actúan entre las par­tículas elementales… Tanto el orden como la simetría deberán buscarse en el campo subyacente.”

y la visión china del mundo físico según Joseph Needham: “Tanto en la antigüedad como en la época medieval, el universo físico chino era un todo perfectamente conti­nuo. El ch’i, condensado en materia palpable no tenía particularidades concretas, sin embargo los objetos individuales actuaban y reaccionaban con todos los demás objetos del mundo… en forma de ondas o de vibraciones, dependiendo, en último caso, de la alter­nancia rítmica en todos los niveles de las dos fuerzas fundamentales, el ying y el yang. Así, los objetos indivi­duales tenían sus ritmos intrínsecos. Y éstos estaban in­tegrados… dentro del modelo general de la armonía del mundo.”

 

Con el concepto del campo cuántico la física moderna encontró una respuesta inesperada a la antigua pregunta de si la materia está compuesta de átomos indivisibles o de un “continuum” básico y subyacente. El campo es un “continuum” presente en todas partes del espacio y, sin embargo, en su aspecto de partícula tiene una estructura “granular” y discontinua. Estos dos aspectos en apariencia contradictorios quedan así unificados, pasando a ser considerados como aspectos diferentes de la misma realidad. Al igual que siempre ocurre en cualquier teoría relativista.

La unificación de los dos conceptos opuestos tiene lugar de un modo dinámico: los dos aspectos de la materia se transforman sin cesar uno en otro. El misticismo oriental resalta una unidad dinámica similar entre el vacío y las formas que crea. En palabras del lama Govinda: “La relación entre forma y vacío no puede concebirse como un estado de opuestos mutuamente exclusivos, sino sólo como dos aspectos de la misma realidad, que coexisten y están en cooperación continua.”

La fusión de estos conceptos opuestos en un simple conjunto está expresada en un sutra budista con las célebres palabras: “La forma es el vacío y el vacío es en verdad la forma. El vacío no es diferente de la forma, la forma no es diferente del vacío. Lo que es forma, es vacío, lo que es vacío, es forma.”

 

El teorema de Bell,  que se aplica en mecánica cuántica para cuantificar matemáticamente las implicaciones planteadas teóricamente en la paradoja de Einstein-Podolsky-Rosen y permitir así su demostración experimental,  apoya la postura de Bohr y demuestra rigurosamente que el concepto de Einstein de una realidad física consistente en elementos independientes, separados espacialmente es incompatible con las leyes de la teoría cuántica. En otras palabras, el teorema de Bell demuestra que el universo está fundamentalmente interconectado, que es interdependiente e inseparable. Exactamente como el sabio budista Nagarjuna afirmaba, hace ya cientos de años: “Las cosas derivan su ser y su naturaleza de su depen­dencia mutua y en sí mismas no son nada.”

 

Fuerza y materia, los dos conceptos tan claramente separados en el atomismo griego y newtoniano, se cree ahora que tienen su origen común en esos patrones dinámicos que llamamos partículas. Este punto de vista sobre las fuerzas es también característico del misticismo oriental, pues considera el movimiento y el cambio como propiedades esenciales e intrínsecas de todas las cosas. “Todas las cosas que giran“, dice Chang Tsai refiriéndose a los cuerpos celestes, “tienen una fuerza espon­tánea y su movimiento no les es impuesto desde fuera“. En el I Ching leemos: “Las leyes (naturales) no son fuerzas externas a las co­sas, sino que representan la armonía del movimiento inmanente en ellas.”

Las teorías del campo de la física moderna nos obligan también a abandonar la distinción clásica entre partículas materiales y vacío. Tanto la teoría del campo de la gravedad de Einstein como la teoría del campo cuántico demuestran que las partículas no pueden ser separadas del espacio que las rodea. Por un lado, determinan la estructura de dicho espacio, y por otro, no se las puede considerar como entidades aisla­das, sino que han de ser consideradas como condensaciones de un campo continuo, presente en todo el espacio.

Según W. Thirring, en la teoría del campo cuántico este campo está considerado como la base de todas las partículas y de sus interacciones mutuas: “El campo existe siempre y en todos los lugares; nunca puede ser eliminado. Es quien transporta a todos los fe­nómenos materiales. Es el “vacío” del cual el protón crea los mesones-pi. Tanto el aparecer como el desva­necerse de las partículas son sencillamente formas de movimiento del campo.” 

 

El descubrimiento de la cualidad dinámica del vacío está considerado por muchos físicos como uno de los hallazgos más importantes de la física moderna. Desde el papel de vacío contenedor de los fenómenos físicos, el vacío se ha convertido en una entidad dinámica de la mayor importancia. Así, los resultados de la física moderna, parecen confirmar las palabras del sabio chino Chang Tsai: “Cuando se sabe que el gran vacío está lleno de ch’i, se da uno cuenta de que no existe la nada.”

Esta metáfora de la danza cósmica tiene su más profunda y hermosa expresión en el hinduismo, en la imagen del dios danzante Shiva. Entre sus muchas encarnaciones, Shiva, uno de los más viejos y más populares dioses hindúes, aparece corno el Rey de los Danzantes. Según la creencia hindú, toda vida es parte de un gran proceso rítmico de creación y destruc­ción, de muerte y renacimiento, y la danza de Shiva simboliza este eterno ritmo de vida y muerte que continúa en ciclos sin fin. En palabras de Ananda K. Coomaraswamy: “En la noche de Brahman, la naturaleza está inerte, v no puede danzar hasta que Shiva lo desea: El sale de Su éxtasis y danzando envía a través de la materia inerte ondas pulsantes de sonido despertador, y ¡Ya!, la materia también comienza a danzar, apareciendo como un círculo de gloria a Su alrededor. Con su danza, sostiene sus múltiples fenómenos. Cuando el tiempo se completa, todavía danzando, destruye El todas las formas y nombres mediante el fuego y confiere un nue­vo descanso. Esto es poesía, pero no por ello deja de ser ciencia.”

 

Por un lado, la teoría cuántica ha dejado claro que una partícu­la subatómica sólo puede ser entendida como una manifesta­ción de la interacción entre varios procesos de medición. No es un objeto aislado, sino más bien un acontecimiento, un suceso, que se interrelaciona con otros sucesos de un modo particular. En palabras de Heisenberg: “(En la física moderna) hemos dividido el mundo no en diferentes grupos de objetos, sino en grupos distintos de conexiones… Lo que podemos distinguir es el tipo de conexión más importante para un cierto fenómeno… De este modo el mundo aparece como una complicada telaraña de sucesos, donde conexiones de diferentes especies, se alternan, se trasladan, o se combinan, de­terminando así la textura de la totalidad.”

Una teoría de este tipo sobre las partículas subatómicas reflejará la imposibilidad de separar al observador de los fenómenos observados. Significa, que las estructuras y los fenómenos que observamos en la naturaleza no son, más que creaciones de nuestra mente medidora y ca­tegorizante. Este es uno de los dogmas fundamentales de la filosofía oriental. Los místicos orientales nos dicen una y otra vez que todas las cosas y sucesos que percibimos son sólo creaciones de la mente, que surgen de un estado particular de consciencia y se disuelven una vez trascendido ese estado. El hinduismo sostiene que todas las formas y estructuras que nos rodean son creadas por la mente bajo el hechizo de mama, y considera que nuestra tendencia a concederles un significado profundo es consecuencia de la ilusión humana.

Los budistas llaman a esta ilusión avidya o ignorancia, y la ven como el estado de una mente “sucia”. En palabras del Ashvaghosha: “Cuando la unidad de la totalidad de las cosas no es re­conocida, surge la ignorancia y la particularización, y de este modo se desarrollan todas las fases de la mente contaminada. Todos los fenómenos del mundo no son nada más que una manifestación ilusoria de la mente y carecen de realidad propia.”

 

Este es también el tema constante de la escuela budista Yogacara que sostiene que todas las formas que percibimos son “sólo mentales”, proyecciones o “sombras” de la mente: “De la mente brotan innumerables cosas, condiciona­das por la discriminación… Estas cosas son aceptadas por la gente como un mundo exterior… Lo que parece ser externo no existe en realidad; es la mente la que se ve como multiplicidad -el cuerpo, las propiedades y todo lo demás- todas estas cosas, te digo, no son más que mente.”

Según la Mecánica Cuántica Matricial de Heissenberg, los operadores cuánticos deben corresponder sólo a “observables“, es decir, a magnitudes físicas susceptibles de ser medidas. Así es como llegamos a una teoría que sólo queda en función de magnitudes físicas que se pueden medir. La formulación matricial se conoce popularmente como la Teoría de la “S-Matrix”. La “S” significa “Scattering”, debido a que en 1932 Heisenberg utilizó exitosamente la formulación matricial para describir las dispersiones hadrónicas.

La teoría de la matriz-S se acerca mucho al pensamien­to oriental no sólo en su conclusión definitiva, sino también en su visión general de la materia. Describe el mundo de las partículas subatómicas como una red dinámica de sucesos y resalta el cambio y la transformación más que las estructuras o entidades básicas.

 

En Oriente, este énfasis es particular­mente acentuado en el pensamiento budista, donde todas las cosas son consideradas como dinámicas, impermanentes e ilusorias. Así escribe Radhakrishnan: “¿Cómo llegamos a pensar en cosas, más que en proce­sos en este absoluto fluir? Cerrando los ojos ante los sucesivos acontecimientos. Es una actitud artificial que hace partes en el fluir de los cambios y las llama cosas… Cuando sepamos la verdad de las cosas, nos daremos cuenta de lo absurdo que resulta venerar a unos productos aislados de la incesante serie de trans­formaciones como si éstos fueran eternos y reales. La vida no es ninguna cosa ni el estado de una cosa, sino un continuo movimiento, un cambio.”

En el I Ching, los trigramas y hexagramas representan los patrones del Tao generados por la interacción dinámica del ying y el yang, y se reflejan en todas las situaciones cósmi­cas y humanas. Estas situaciones, por lo tanto, no son conside­radas como estáticas, sino más bien como etapas dentro de un flujo y cambio continuos. Esta es la idea básica del Libro de los Cambios que viene ya expresada en su mismo título. Todas las cosas y situaciones del mundo están sujetas al cambio y la transformación, y también lo están sus imágenes: los trigra­mas y los hexagramas. Se hallan en un estado de continua transición, convirtiéndose uno en otro, las líneas continuas empujan hacia afuera a fin de separarse en dos y las líneas discontinuas oprimen hacia adentro para crecer juntas.

Desde el punto de vista chino, todas las cosas y fenóme­nos que nos rodean surgen de los patrones de cambio y se representan por medio de las diversas líneas de los trigramas y hexagramas. De este modo, las cosas del mundo físico no son consideradas como estáticas, como objetos independien­tes, sino meramente como etapas transitorias de un proceso cósmico que es el Tao: “El Tao tiene cambios y movimientos. Por ello a las lí­neas se les denomina líneas de cambio. Las líneas tie­nen gradaciones y así, representan a las cosas.”

 

La hipótesis de la Tira de la Bota nos lleva al modelo “Democrático” de la Física de Partículas, donde todas las partículas son a la vez fundamentales y no fundamentales. En palabras de Fritjof Capra:”Todos los hadrones son estructuras compuestas, cuyos componentes son, una vez más, hadrones, y ninguno de ellos es más elemental que los otros. Las fuerzas de unión que mantienen las estructuras hadrónicas se manifiestan mediante el intercambio de partículas y estas partículas intercambiadas son… hadrones. De este modo, cada hadrón juega tres papeles: es una estructura compuesta, puede ser un componente de otro hadrón, y puede ser intercambiado entre constituyentes y ser así parte de las fuerzas que mantienen unida a la estructura”. Y desde un punto de vista Zen: “Cada partícula del mundo no es ella misma, sino que envuelve a todas las demás partículas y es, de hecho, todas las demás“.

Evidentemente la visión de la naturaleza, en la que todos los fenómenos del universo están determinados únicamente por su mutua autocongruen­cia, se acerca mucho a la visión oriental del mundo. Un univer­so indivisible, en el cual todas las cosas y sucesos están rela­cionados entre sí, no tendría sentido a menos que sea con­gruente y consistente. De alguna manera, tanto el requisito de la autocongruencia, que forma la base de la hipótesis de la “tira de bota”, como la unidad e interrelación de todos los fenómenos, tan acentuada en el misticismo oriental, son tan sólo aspectos diferentes de la misma idea. Esta estrecha rela­ción se aprecia con gran claridad en el taoísmo.

Para los sabios taoístas, todos los fenómenos del mundo eran parte del Camino cósmico -el Tao- y las leyes que sigue el Tao no fueron establecidas por ningún legislador divino, sino que son inherentes a su naturaleza. Así, leemos en el Tao Te Ching:”El hombre sigue las leyes de la Tierra. La Tierra sigue las leyes del Cielo. El Cielo sigue las leyes del Tao. El Tao sigue las leyes de su intrínseca naturaleza.”

 

Según Needham, los antiguos chinos ni siquiera tenían una palabra que correspondiese a la clásica idea occidental de “leyes de la naturaleza“. El término más aproximado es li, que el filósofo neoconfuciano Chu Hsi describe como “los innu­merables modelos -como venas- incluidos en el Tao. Needham traduce li como “principio de organización” y comenta lo siguiente: “En su sentido más antiguo significaba el patrón de las cosas, las señales del jade o las fibras del músculo… Adquirió el significado usual que figura en el dicciona­rio como “principio”, pero siempre conservó su con­notación de “modelo” o “Patrón”. En él existe una “ley” implícita, pero esta ley es la ley con la que las partes de un conjunto deben conformarse en virtud de su misma existencia como partes de dicho conjunto… Lo más importante de las partes es que tienen que enca­jar exactamente con las demás partes del organismo que componen.”

Es fácil comprender cómo tal concepto condujo a los pensadores chinos a la idea que tan recientemente se ha desa­rrollado en la física moderna, de que la autoconsistencia o autocongruencia es la esencia de todas las leyes de la natura­leza. El párrafo siguiente de Ch’en Shun, discípulo directo de Chi Hsi que vivió a finales del siglo XIII, explica esta idea con palabras que podrían tomarse como una explicación perfecta del concepto de autocongruencia: “Li es una ley natural e ineludible, de los acontecimien­tos y las cosas… “Natural e ineludible” significa que los acontecimientos (humanos) y las cosas (naturales) están hechos exactamente para acoplarse, para enca­jar. El significado de “ley” es que el acoplamiento sucede sin el más mínimo exceso o defecto… Los hom­bres de la antigüedad, investigando las cosas hasta el extremo v buscando sin descanso el li, quisieron diluci­dar el carácter natural ineludible de los sucesos (humanos) y de las cosas (naturales), y esto quiere decir simplemente que lo buscaban en todos los lugares donde las cosas encajaban con precisión. Sólo eso.”

Los místicos orientales, por el contrario, no tienen ningún interés en el conocimiento aproximado o “relativo’. El objeto de su inte­rés es el conocimiento “absoluto’ que implica una compren­sión de la totalidad de la Vida. Siendo muy conscientes de la interrelación esencial del universo, advierten que explicar algo significa, en definitiva, demostrar cómo está relaciona­do con todo lo demás. Como esto resulta imposible, los mís­ticos orientales insisten en que ningún fenómeno simple puede ser explicado (refiriéndose a fenómenos aislados). Ashvaghosha dice: “En su naturaleza. fundamental, ninguna cosa puede ser nombrada ni explicada. Ninguna puede ser adecuada­mente expresada bajo forma alguna de lenguaje.”

 

La metáfora de la red de Indra podría con justicia ser llamada el primer modelo de la “tira de bota”, creado por los sabios orientales unos 2.500 años antes de iniciarse la física de las partículas. Los budistas insisten en que el concepto de interpenetración no es com­prensible de manera intelectual, sino que ha de ser experi­mentado por la mente iluminada en el estado de meditación. Así, escribe D. T. Suzuki: “El Buda (en el Gandavyuha) ya no es el que vive en el mundo que se concibe en el espacio y en el tiempo. Su consciencia no es la de una mente ordinaria, que debe ser regulada de acuerdo con los sentidos y la lógica… El Buda del Gandavyuha vive en un mundo espiritual que tiene sus propias reglas.”

En la física moderna, la situación es bastante similar. La idea de que cada partícula contiene a todas las demás, es in­concebible en el espacio y el tiempo ordinarios. Describe una realidad que, como la del Buda, tiene sus propias reglas. En el caso de la “tira de bota” de los hadrones, existen las reglas de la teoría cuántica y la teoría de la relatividad, siendo su con­cepto clave el que las fuerzas que mantienen unidas a las partículas son en sí mismas partículas intercambiadas en los canales de cruce.

A este concepto se le puede dar un significa­do matemático preciso, pero es casi imposible de visualizar. Es un rasgo relativista de la “tira de bota”, y dado que no tene­mos experiencia directa del mundo cuatridimensional espa­ciotemporal, resulta extremadamente difícil imaginar cómo una sola partícula puede contener a todas las demás partículas y al mismo tiempo ser parte de cada una de ellas. Sin embargo. este es exactamente el punto de vista del Mahayana: “Cuando el uno es contrapuesto a todo lo demás, se lo ve como penetrándolo todo y al mismo tiempo, abrazando a todo en sí mismo.”

 La idea de que cada partícula contiene a todas las demás no ha surgido sólo en el misticismo oriental, sino también en el pensamiento místico occidental. Está implícita, por ejem­plo, en los famosos versos de William Blake: “Para ver un mundo en un grano de arena y un cielo en una flor silvestre, sostén el infinito en la palma de tu mano, y la eternidad en una hora.”

 

Los paralelismos existentes entre los conceptos de los físicos y los de los místicos se hacen todavía más evidentes si observamos otras similitudes que existen a pesar de sus dife­rentes enfoques. Para empezar, el método de ambos es com­pletamente empírico. Los físicos obtienen su conocimiento de los experimentos; los místicos de sus percepciones medi­tativas. Ambas son observaciones, y tanto en la física cono en el misticismo a tales observaciones se las considera como la única fuente de conocimiento. Por supuesto, el objeto de la observación es muy diferente en cada caso. El místico mira hacia dentro de sí mismo y explora los diversos niveles de su consciencia, lo cual incluye también al cuerpo como manifes­tación física de la mente.

La experiencia del cuerpo es resal­tada en muchas tradiciones orientales y a veces se la considera la clave de la experiencia mística del mundo. Cuando goza­mos de buena salud no sentimos ninguna de las partes de nuestro cuerpo separada del resto, sino que somos conscien­tes de él como un todo integrado, y esta consciencia genera un sentimiento de bienestar y de felicidad. Del mismo modo, el místico es consciente de la totalidad del cosmos. que experi­menta como una prolongación de su cuerpo. En palabras de Lama Govinda: “Para el hombre iluminado… cuya consciencia abraza la totalidad del universo, éste se convierte en su “cuer­po”, mientras que su cuerpo físico se hace una manifes­tación de la Mente Universal, su visión interna una expresión de la más alta realidad, y sus palabras una expresión de la verdad eterna y del poder mántrico.”

Si estás interesado en temas ciéntificos que tienen alguna relación con antiguas civilizaciones, tal vez también te interese mirar los siguientes artículos:   Eras geológicas de la Tierra La interrelación entre la Tierra y los otros cuerpos celestes; Las sendas del Dragón

agosto 27, 2010 - Posted by | Ciencia, India, India, Otras ant. civil., Otros, Otros | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

9 comentarios »

  1. Muy buen trabajo,
    Excelente recopilación en torno a este asunto. Enhorabuena.

    Comentario por luis garcia de la fuente | febrero 13, 2011 | Responder

    • Luis, muchas gracias por este comentario, ya que es uno de los artículos de los que estoy más orgulloso.

      Comentario por oldcivilizations | febrero 14, 2011 | Responder

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  6. […] alejada de la filosofía actual y de los descubrimientos de la física moderna (ver el artículo “La física moderna, ¿debe algunos de sus conceptos a civilizaciones remotas?”). Lo que puede sorprendernos es que unas teorías tan complejas fueran enseñadas hace miles de […]

    Pingback por El Jainismo, una sorprendente religión de la India « Oldcivilizations's Blog | enero 15, 2012 | Responder

  7. FELICIDADES, EXCELENTE RECOPILACION DE LAS IDEAS FUNDAMENTALES DE CAPRA Y DE OTROS GRANDES FISICOS Y MISTICOS ORIENTALES. DEBEMOS SEGUIR POR ESTA SENDA SI QUEREMOS SALVAR NUESTRA ESPECIE. ALEX.

    Comentario por ALEX | marzo 30, 2016 | Responder

  8. Nada que objetar salvo que los recelos de ciencia y religión nos impiden ver que el asunto as más hermoso aún : no solo los místicos orientales sino que todos los místicos de todas las tradiciones hablan de lo mismo .De una experiencia no conceptual.La laica y racionalista Europa tiene una hermosa tradición al respecto aue quedó anatematizada con el triunfo del paradigma racionalista .Tan grabado quedó esto que Europa no puede ver su propia sabiduría.Europa se “desorientó” pero tiene su propio Oriente , solo que un subconsciente dominante impide verlo. Os suena Eckhart , Silesius , San Juan , La Nube del no saber …miles y miles .Esto es muy esperanzador porque en todos las culturas y tradiciones unos hombres han “visto” lo mismo y nos dicen que todos podemos ver …

    Comentario por justo | abril 15, 2016 | Responder


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