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SUMER, ¿LA TIERRA DE LOS DIOSES?


Entre los descubrimientos hechos en las tierras de Sumer (sur del actual Irak) se encontraron docenas de estatuas de reyes, nobles, sacerdotes, cantantes. Se les representaba invariablemente con las manos entrelazadas en oración y con la mirada dirigida hacia sus dioses.  ¿Quiénes fueron esos Dioses del Cielo y de la Tierra, divinos y, sin embargo, humanos, encabezados siempre por un panteón o círculo interno de doce deidades?  En otros artículo hemos entrado  (o entraremos) en los mitos de los griegos, los arios, los hititas, los hurritas, los cananeos, los egipcios y los amoritas. Hemos seguido senderos que nos han llevado a través de continentes y mares. Y hemos seguido pistas que nos han llevado varios milenios atrás.  Y los caminos de todos los mitos nos han llevado hasta una única fuente: Sumer. 

 

No hay duda de que las «palabras de antaño», que durante miles de años constituyeron la lengua de las enseñanzas superiores y las escrituras religiosas, era la lengua de Sumer. Y tampoco hay duda de que los «dioses de antaño» eran los dioses de Sumer. Todavía en ninguna parte se han encontrado registros, relatos, genealogías e historias de dioses más antiguos que los de Sumer.

Si nombramos y contamos a estos dioses (en sus formas originales sumerias o en las posteriores acadias, babilonias o asirías), la lista asciende a centenares. Pero, en el momento en que se les clasifica, queda claro que aquello no era un amasijo de divinidades. Estaban encabezados por un panteón de Grandes Dioses, gobernados por una Asamblea de Deidades, y estaban relacionados entre ellos. En el momento en que se excluye a sobrinas, sobrinos, nietos y demás, emerge un grupo de deidades mucho más pequeño y coherente donde cada una juega un papel, con determinados poderes y responsabilidades.

Los sumerios creían que había dioses que eran «de los cielos». Los textos que hablan de los tiempos de «antes de que las cosas fueran creadas» citan a algunos de estos dioses celestiales, como Apsu, Tiamat, Anshar, Kishar. En ningún momento se dice que estos dioses aparecieran nunca sobre la Tierra. Y, si miramos más de cerca a estos «dioses», que existieron antes de que se creara la Tierra, nos daremos cuenta de que eran los cuerpos celestes que componen nuestro sistema solar; y, como veremos, los así llamados mitos sumerios referentes a estos seres celestes eran, de hecho, conceptos cosmológicos precisos y científicamente admisibles sobre la creación de nuestro sistema solar.

También hubo dioses menores que eran «de la Tierra». Sus centros de culto eran, en su mayor parte, ciudades de provincias; no eran más que deidades locales. En el mejor de los casos, estaban encargados de algunas operaciones limitadas -como, por ejemplo, la diosa NIN.KASHI («dama-cerveza»), que supervisaba la preparación de bebidas. De estas deidades no existe ningún relato heroico. No disponían de armas impresionantes, y los demás dioses no se estremecían ante sus órdenes. Le recuerdan a uno a aquel grupo de dioses jóvenes que desfilaban los últimos en la procesión pétrea de la hitita ciudad de Yazilikaya.

Entre los dos grupos estaban los Dioses del Cielo y de la Tierra, los llamados «dioses antiguos». Éstos eran los «dioses de antaño» de los relatos épicos, y, según las creencias sumerias, habían bajado a la Tierra desde los cielos. No eran simples deidades locales. Eran dioses nacionales -o, mejor aún, dioses universales. Algunos de ellos estaban presentes y activos en la Tierra, aun antes de que hubiera Hombres en ella. De hecho, se estimaba que la existencia del Hombre había sido el resultado de una deliberada empresa creadora por parte de estos dioses.

Eran poderosos, capaces de hazañas que estaban más allá de las capacidades o de la comprensión de los mortales. Y, sin embargo, estos dioses no sólo tenían aspecto humano, sino que, también, comían y bebían como ellos, y exhibían todo tipo de emociones humanas, desde el amor y el odio hasta la lealtad y la infidelidad.

Aunque los papeles y la posición jerárquica de algunos de los principales dioses pudo cambiar con los milenios, algunos de ellos nunca perdieron su encumbrada posición y su veneración nacional y universal. A medida que observemos más de cerca este grupo central, veremos emerger una dinastía de dioses, una familia divina, estrechamente relacionados entre ellos y, sin embargo, amargamente divididos.

A la cabeza de esta familia de Dioses del Cielo y de la Tierra estaba AN (o Anu en los textos babilonios/asirios). Él era el Gran Padre de los Dioses, el Rey de los Dioses. Su reino era la inmensidad de los cielos, y su símbolo era una estrella.

En la escritura pictográfica sumeria, el signo de una estrella tenía también el significado de An, de «cielos» y de «ser divino» o «dios» (descendiente de An). Este cuádruple significado del símbolo se mantuvo a través de las eras, a medida que la escritura pasó de su forma pictográfica sumeria hasta la cuneiforme acadia y la estilizada babilonia y asiría: AN       =   Estrella   =    Cielos  =     «dios»

Desde los primeros tiempos hasta que la escritura cuneiforme se desvaneció -desde el cuarto milenio a.C. hasta casi la época de Cristo-, este símbolo precedía los nombres de los dioses, indicando que el nombre escrito en el texto no era el de un mortal, sino el de una deidad de origen celeste.

La morada de Anu, y la sede de su Realeza, estaba en los cielos. Ahí era adonde iban los otros Dioses del Cielo y de la Tierra cuando necesitaban consejos o favores personales, o donde se reunían en asamblea para zanjar disputas entre ellos mismos o para tomar decisiones importantes. Numerosos textos describen el palacio de Anu (cuyos pórticos estaban custodiados por un dios del Árbol de la Verdad y undiosdelÁrbol de la Vida), así como su trono, el modo en que los demás dioses se aproximaban a él y cómo se sentaban en su presencia.

Los textos sumerios también recogieron casos en que incluso a los mortales se les permitió subir a la morada de Anu, la mayoría de las veces con el objeto de escapar a la mortalidad. Uno de estos relatos es el de Adapa («modelo de Hombre»). Fue tan perfecto y tan leal al dios Ea, que le había creado, que Ea lo dispuso todo para que fuera llevado hasta Anu. Es en ese momento cuando Ea le describió a Adapa lo que se debía esperar.

  • Adapa,
  • vas a ir ante Anu, el Rey;
  • tendrás que tomar el camino hacia el Cielo.
  • Cuando hayas ascendido hasta el Cielo,
  • y te hayas acercado al pórtico de Anu,
  • el «Portador de Vida» y el «Cultivador de la Verdad»
  • estarán de pie en el pórtico de Anu.

Guiado por su creador, Adapa «hasta el Cielo fue… ascendió al Cielo y se acercó al pórtico de Anu». Pero cuando se le ofreció la posibilidad de hacerse inmortal, Adapa se negó a comer el Pan de la Vida, pensando que el enfurecido Anu le estaba ofreciendo alimentos envenenados. Así pues, se le devolvió a la Tierra como sacerdote ungido, pero todavía mortal.

La afirmación sumeria de que también los humanos podían ascender a la Morada Divina en los cielos encuentra su eco en los relatos del Antiguo Testamento sobre el ascenso a los cielos de Enoc y del profeta Elias.

Aunque Anu vivía en una Morada Celeste, los textos sumerios hablan de ocasiones en las que bajó a la Tierra -bien en tiempos de alguna crisis importante o con ocasión de visitas ceremoniales (en las que iba acompañado por su esposa ANTU), o bien (al menos, una vez) para celebrar los desposorios de su bisnieta IN.ANNA en la Tierra.

Dado que no vivía de forma permanente en la Tierra, no parecía necesario darle exclusividad a su propia ciudad o centro de culto; y la morada, o «alta casa» erigida para él se encontraba en Uruk(labíblica Erek), dominio de la diosa Inanna. En la actualidad, en las ruinas de Uruk, hay un inmenso montículo artificial donde los arqueólogos han encontrado rastros de la construcción y reconstrucción de un gran templo, el templo de Anu; aquí se han descubierto no menos de dieciocho estratos o escalones distintos, lo cual habla de razones convincentes para mantener el templo en este sagrado lugar.

Al templo de Anu se le llamó E.ANNA («casa de An»). Pero este sencillo nombre se le aplicaba a una estructura que, al menos en algunos de sus niveles, bien merece que la contemplemos. Aquel era, según los textos sumerios, «el santo E-Anna, el santuario puro». Según la tradición, los mismos Grandes Dioses «habían dado forma a sus partes». «Su cornisa era como de cobre», «sus paredes tocaban las nubes -una noble morada»; «era una Casa de un encanto irresistible, con un atractivo infinito». Y los textos también dejan claro el propósito del templo, pues lo llaman «la Casa para descender del Cielo».

Una tablilla que perteneció a un archivo de Uruk nos aporta luz cubre la pompa y el boato que acompañaban la llegada de Anu y de su esposa ANTU en una «visita de estado». Debido al deterioro de la tablilla, solamente podemos leer lo relativo a la segunda mitad de las ceremonias, cuando Anu y Antu estaban ya sentados en el patio del templo. Los dioses, «exactamente en el mismo orden que antes», formaban entonces una procesión delante y detrás del portador del cetro. Ahí, el protocolo daba las siguientes instrucciones:

  • La gente del País encenderá fuegos en sus casas,
  • y ofrecerá banquetes a todos los dioses…
  • Los guardianes de las ciudades encenderán fuegos
  • en las calles y en las plazas.
  • La partida de los dos Grandes Dioses también estaba planificada, no sólo al día sino también al minuto.
  • En el decimoséptimo día,
  • cuarenta minutos después de salir el sol,
  • se abrirá la puerta ante los dioses Anu y Antu,
  • llegando a su fin su estancia, tras pasar la noche.

Aunque el final de esta tablilla está roto, hay otro texto que describe con toda probabilidad la partida: la comida de la mañana, los ensalmos, los apretones de manos («agarrarse de las manos») de los otros dioses. Después, los Grandes Dioses eran llevados a su punto de partida sobre literas con forma de tronos sobre los hombros de los funcionarios del templo. Existe una representación asiría de una procesión de dioses que, si bien es bastante posterior en el tiempo, nos puede dar una buena idea de la forma en la que Anu y Antu eran llevados durante su procesión en Uruk.

Se recitaban ensalmos especiales cuando la procesión atravesaba «la calle de los dioses»; luego se cantaban otros salmos e himnos cuando se acercaban «al muelle sagrado» y cuando llegaban «al dique del barco de Anu». Se procedía a las despedidas y se recitaban y cantaban más ensalmos aún, «con gestos de levantar las manos».

Después, todos los sacerdotes y funcionarios del templo que habían llevado a los dioses, dirigidos por el sumo sacerdote, ofrecían una «oración de partida» especial. «¡Gran Anu, que el Cielo y la Tierra te bendigan!» entonaban siete veces. Oraban por la bendición de los siete dioses celestes e invocaban a los dioses que estaban en el Cielo y a los dioses que estaban en la Tierra. En conclusión, les daban la despedida a Anu y Antu de este modo:

  • ¡Que los Dioses de lo Profundo
  • y los Dioses de la Morada Divina
  •  os bendigan!
  • ¡Que os bendigan a diario,
  • cada día, de cada mes, de cada año!

Entre las miles y miles de representaciones de los antiguos dioses que se han descubierto, ninguna parece representar a Anu. Y, sin embargo, nos observa desde cada estatua y cada retrato de cada rey que ha habido, desde la antigüedad hasta nuestros días. Pues Anu no era sólo el Gran Rey, Rey de los Dioses, sino también aquel por cuya gracia los demás podían ser coronados como reyes. Según la tradición sumeria, la soberanía emanaba de Anu; y el término para designar la «Realeza» era Anutu («Anu-eza»). Las insignias de Anu eran la tiara (el divino tocado), el cetro (símbolo del poder) y el báculo (símbolo de la guía que proporciona el pastor).

En la actualidad, el báculo del pastor se puede encontrar más en manos de obispos que de reyes, pero la corona y el cetro los siguen llevando todos aquellos reyes que la Humanidad ha dejado en sus tronos.

La segunda deidad en poder del panteón sumerio era EN.LIL. Su nombre significa «señor del espacio aéreo», prototipo y padre de los posteriores Dioses de las Tormentas que encabezaban los panteones del mundo antiguo.

Era el hijo mayor de Anu, nacido en la Morada Celeste de su Padre. Pero, en algún momento de los tiempos más antiguos, descendió a la Tierra y se convirtió así en el principal Dios del Cielo y la Tierra. Cuando los dioses se reunían en asamblea en la Morada Celeste, Enlil presidía las reuniones en compañía de su padre. Cuando los dioses se reunían en asamblea en la Tierra, se encontraban en la corte de Enlil, en el recinto divino de Nippur, la ciudad dedicada a Enlil, además de ser el sitio donde se encontraba su principal templo, el E.KUR («casa que es como una montaña»).

No sólo los sumerios tenían a Enlil por supremo, sino también los dioses de Sumer. Éstos le llamaban Soberano de Todas las Tierras, y dejaban claro que «en el Cielo – él es el Príncipe; En la Tierra – él es el Jefe». Sus «palabras (mandatos), en las alturas, hacen temblar los Cielos; abajo, hacen que la Tierra se estremezca»:

  • Enlil,
  • cuyos mandatos llegan lejos;
  • cuya «palabra» es noble y santa;
  • cuyas declaraciones son invariables;
  • que decreta destinos hasta el distante futuro…
  • Los es de la Tierra se inclinan gustosamente ante él;
  • los dioses Celestiales que están en la Tierra
  • se humillan ante él;
  • Permanecen fielmente junto a él, según las instrucciones.

Enlil, según las creencias sumerias, llegó a la Tierra mucho antes de que la Tierra se adecuara y se civilizara. Un «Himno a Enlil, el Caritativo» narra los muchos aspectos de la sociedad y la civilización que no habrían llegado a existir de no ser por las instrucciones de Enlil para «ejecutar sus órdenes en todas partes». No se construirían ciudades, ni se fundarían poblados; no se construirían establos, ni se levantarían rediles; ni reyes serían coronados, ni sumos sacerdotes nacidos.

Los textos sumerios dicen también que Enlil llegó a la Tierra antes de que las «Gentes de Cabeza Negra» –el apodo sumerio para designar a la Humanidad– fueran creados. Durante estos tiempos previos a la Humanidad, Enlil levantóNippur como centro particular suyo o «puesto de mando», al cual Cielo y Tierra estaban conectados a través de algún tipo de «enlace». Los textos sumerios llamaban a este enlace DUR.AN.KI («enlace cielo-tierra») y usaban el lenguaje poético para relatar las primeras acciones de Enlil en la Tierra:

  • Enlil,
  • cuando señalaste los poblados divinos en la Tierra,
  • Nippur levantaste como tu propia ciudad.
  • La Ciudad de la Tierra, la noble,
  • tu lugar puro cuya agua es dulce.
  • Fundaste el Dur-An-Ki
  • en el centro de las cuatro esquinas del mundo.

En aquellos primeros días, cuando sólo los dioses habitaban Nippur y el Hombre aún no había sido creado, Enlil conoció a la diosa que acabaría convirtiéndose en su esposa. Según una versión, Enlil vio a su futura novia mientras se estaba bañando en el riachuelo de Nippur -desnuda. Fue un amor a primera vista, pero no necesariamente con matrimonio en mente:

  • El pastor Enlil, que decreta los destinos,
  • el del Brillante Ojo, la vio.
  • El señor le habla a ella de relaciones sexuales;
  • ella no está dispuesta.
  • Enlil le habla a ella de relaciones sexuales;
  • ella no está dispuesta:
  • «Mi vagina es demasiado pequeña (dice ella),
  • no sabe de la cópula;
  • mis labios son demasiado pequeños,
  • no saben besar.»

Pero Enlil no aceptó un no por respuesta. Le reveló a su chambelán Nushku su ardiente deseo por «la joven doncella», que se llamaba SUD («la niñera»), y que vivía con su madre en E.RESH («casa perfumada»). Nushku le sugirió un paseo en barca y le trajo una barca Enlil persuadió a Sud para salir a navegar con él y, una vez estuvieron en la barca, la violó.

El antiguo relato cuenta entonces que, aunque Enlil era el jefe de los dioses, éstos se enfurecieron tanto por lo que había hecho que lo detuvieron y lo desterraron al Mundo Inferior. «¡Enlil, el inmoral!», le gritaban. «¡Vete de la ciudad!» En esta versión, Sud, embarazada con el hijo de Enlil, siguió a éste y se casó con él. Otra versión dice que Enlil, arrepentido, buscó a la joven y envió a su chambelán para que le pidiera a su madre la mano de la hija. De un modo o de otro, Sud se convirtió en la esposa de Enlil, y éste le otorgó el título de NIN.LIL («señora del espacio aéreo»).

Pero lo que no sabían ni él ni los dioses que le desterraron es que no fue Enlil el que sedujo a Ninlil, sino al revés. Lo cierto es que Ninlil se bañó desnuda en el riachuelo siguiendo las instrucciones de su madre, con la esperanza de que Enlil, que solía pasear junto al arroyo, se percatara de la presencia de Ninlil y deseara «abrazarte y besarte».

A pesar de la forma en la que se enamoraron, Ninlil fue tenida en muy alta estima a partir del momento en que Enlil le dio «la prenda de la señoría». Con una única excepción, que, según creemos, tuvo que ver con la sucesión dinástica, no se conocen más indiscreciones de Enlil. Una tablilla votiva encontrada en Nippur muestra a Enlil y a Ninlil en su templo mientras se les sirven alimentos y bebida. La tablilla fue encargada por Ur-Enlil, el «Criado de Enlil».

Además de ser jefe de los dioses, a Enlil se le tenía por supremo Señor de Sumer (a veces llamada, simplemente, «El País») y de las «Gentes de Cabeza Negra». Un salmo sumerio habla con veneración de su dios:

  • El Señor, que conoce el destino de El País,
  • digno de confianza en su profesión;
  • Enlil, que conoce el destino de Sumer,
  • digno de confianza en su profesión;
  • Padre Enlil,
  • Señor de todas las tierras;
  • Padre Enlil,
  • Señor del Mandato Justo;
  • Padre Enlil,
  • pastor de los Cabezas Negras…
  • de la Montaña del Amanecer
  • a la Montaña del Ocaso,
  • no hay otro Señor en la Tierra;
  • sólo tú eres Rey.

Los sumerios reverenciaban a Enlil tanto por temor como por gratitud. Era él el que se aseguraba de que las sentencias de la Asamblea en contra de la Humanidad se llevaran a efecto; era su «viento» el que soplaba tormentas devastadoras contra las ciudades ofensoras. Era él el que buscaba la destrucción de la Humanidad cuando el Diluvio, pero también el que, cuando estaba en paz con el  género humano, se convertía en un dios amable que concedía favores, según un texto sumerio, fue Enlil el que dio a la Humanidad el conocimiento de la agricultura, junto con el del arado y el pico.

Enlil elegía también a los reyes que tenían que gobernar a la Humanidad, no como soberanos, sino como servidores del dios a los que se les confiaba la administración de las leyes divinas de justicia. Así pues, los reyes sumerios, acadios y babilonios abrían sus inscripciones de auto adoración describiendo cómo Enlil les había llamado a la Realeza. Estas «llamadas» -promulgadas por Enlil en su propio nombre y en el de su padre, Anu- le concedían legitimidad al gobernante y delimitaban sus funciones. Incluso Hammurabi, que reconocía a Marduk como dios nacional de Babilonia, afirmó en el prefacio de su código legal que «Anu y Enlil me nombraron para promover el bienestar del pueblo… para hacer que la justicia prevalezca en la tierra».

Dios del Cielo y de la Tierra, Primogénito de Anu, Dispensador de Realeza, Jefe Ejecutivo de la Asamblea de Dioses, Padre de Dioses y Hombres, Dador de la Agricultura, Señor del Espacio Aéreo… estos eran algunos de los atributos de Enlil que hablaban de su grandeza y sus poderes. Sus «mandatos llegaban lejos», sus «declaraciones invariables»; él «decretaba los destinos». Disponía del «enlace cielo-tierra», y desde su «impresionante ciudad de Nippur» podía «elevar los rayos que buscan el corazón de todas las tierras» – «ojos quePueden explorar todas las tierras».

Sin embargo, era tan humano como cualquier joven capaz dedejarseseducir por una belleza desnuda; sujeto a leyes morales impuestas por la comunidad de los dioses, transgresiones que se castigaban  con el destierro; y ni siquiera era inmune a las quejas de los mortales. Al menos, que se sepa, consta un caso en la que un rey sumerio de Ur se quejó directamente a la Asamblea de los Dioses de que toda una serie de males que habían caído sobre Ur y sus gentes podían deberse al desafortunado hecho de que «Enlil le había dado la realeza a un hombre indigno… que no era de simiente sumeria».

A medida que avancemos, iremos viendo el papel fundamental que jugaba Enlil en los asuntos divinos y mortales de la Tierra, y cómo sus distintos hijos combatieron entre ellos y con otros por la sucesión divina, dando así origen, sin duda, a relatos posteriores sobre batallas entre dioses.

El tercer Gran Dios de Sumer fue otro hijo de Anu; tenía dos nombres, E.A y EN.KI. Al igual que su hermano Enlil, Ea era, también, un Dios del Cielo y de la Tierra, una deidad de origen celeste que había bajado a la Tierra.

Su llegada a la Tierra está relacionada en los textos sumerios con una época en la que las aguas del Golfo Pérsico entraban en tierra firme mucho más allá de lo que vemos hoy en día, convirtiendo en pantanosa la parte sur del país. Ea (el nombre significa, literalmente, «casa-agua»), que era maestro en ingeniería, planificó y supervisó la construcción de canales, de diques en los ríos, así como el drenaje de los pantanos.

Le encantaba salir a navegar por estos cursos de agua y, de modo especial, por los pantanos. Como su nombre indica, las aguas eran su hogar. Construyó su «gran casa» en la ciudad que fundó, al filo de las tierras pantanosas, una ciudad llamada HA.A.KI («lugar de los peces-agua»), aunque también fue conocida como E.RI.DUhogar de ir desde lejos»).

Ea era «Señor de las Aguas Saladas», los mares y los océanos. Los textos sumerios hablan repetidamente de una época muy antigua en la que los tres Grandes Dioses se repartieron los reinos entre ellos. «Los mares se los dieron a Enki, el Príncipe de la Tierra», dándole así «el gobierno del Apsu» (lo «Profundo»). Como Señor de los Mares, Ea construyó barcos que navegaban hasta tierras lejanas, y, en especial, a lugares desde donde se traían metales preciosos y piedras semipreciosas.

Los sellos cilíndricos sumerios más antiguos representan a Ea como un dios rodeado de ríos fluentes en los que, a veces, se veían peces. Los sellos relacionaban a Ea, como se puede ver aquí, con la Luna (indicada por su creciente), una relación quizás basada en el hecho de que la Luna provoca las mareas. No hay duda, en lo referente a esta imagen astral, de que a Ea se le dio el epíteto de NIN.IGI.KU («señor brillo-ojo»).

Según los textos sumerios, entre los que se incluye una asombrosa autobiografía del mismo Ea, éste nació en los cielos y vino a la Tierra antes de que hubiera ninguna población o civilización sobre la Tierra. «Cuando me acerqué al país, estaba inundado en gran parte», afirma. Después, procede a describir la serie de acciones que emprendió para hacer habitable la tierra: llenó el río Tigris con frescas «aguas dadoras de vida»; nombró a un dios para que supervisara la construcción de canales, para hacer navegables el Tigris y el Éufrates; y descongestionó las tierras pantanosas, llenándolas de peces y haciendo un refugio para aves de todos los tipos, y haciendo crecer allí carrizos que pudieran servir como material de construcción.

Centrándose después en la tierra seca, Ea decía que fue él quien «dirigió el arado y el yugo… abrió los sagrados surcos… construyó establos… levantó rediles». Después, el auto adulatorio texto (llamado por los expertos «Enki y la Ordenación del Mundo») dice que fue este dios el que trajo a la Tierra las artes de la elaboración de ladrillos, de la construcción de moradas y ciudades, de la metalurgia, etc.

Presentándolo como al mayor benefactor de la Humanidad, como al dios que trajo la civilización, muchos textos lo tienen también por el principal defensor de la Humanidad en los consejos de los dioses.  En los textos sumerios y acadios sobre el Diluvio, donde se deben buscar los orígenes del relato bíblico, se dice que Ea fue el dios que, desafiando la decisión de la Asamblea de Dioses, permitió escapar del desastre a un seguidor de confianza (el «Noé» mesopotámico).

De hecho, los textos sumerios y acadios, que, como el Antiguo Testamento, se adhieren a la creencia de que un dios o los dioses crearon al Hombre por medio de un acto consciente y deliberado, atribuyen a Ea un papel clave en todo esto. Como científico jefe de los dioses, fue él el que diseñó el método y el proceso por el cual debía ser creado el Hombre. Con tal afinidad con la «creación» o aparición del Hombre, no es de sorprender que fuera Ea el que guió a Adapa -el «hombre modelo» creado por la «sabiduría» de Ea- a la morada de Anu en los cielos, desafiando la determinación de los dioses de negarle la «vida eterna» a la Humanidad.

¿Se puso Ea del lado del Hombre simplemente porque tuvo que ver con su creación, o hubo algún otro motivo más subjetivo? A medida que exploremos los textos, nos encontraremos con que los constantes desafíos de Ea, tanto en temas humanos como divinos, tenían como objetivo principal el frustrar las decisiones o los planes que emanaban de Enlil.

Los archivos están repletos de alusiones a los abrasadores celos que sentía Ea por su hermano Enlil. De hecho, el otro nombre de Ea (y, quizás, el primero) era EN.KI («señor de la Tierra»), y los textos que hablan del reparto del mundo entre los tres dioses sugieren que Ea perdió el dominio de la Tierra en favor de su hermano Enlil por el simple método de echarlo a suertes.

  • Los dioses habían estrechado las manos,
  • habían repartido suertes y habían hecho las divisiones.
  • Entonces, Anu subió al Cielo;
  • a Enlil, la Tierra se le sometió.
  • Los mares, rodeados como con un lazo,
  • se le dieron a Enki, el Príncipe de la Tierra.

Aun con la amargura que pudo sentir Ea/Enki con aquel reparto, parece que esto no hacía más que alimentar un resentimiento mucho más profundo. La razón nos la da el mismo Enki en su autobiografía: era él, y no Enlil, el primogénito, según afirma Enki; era él,  por tanto, y no Enlil, el que debía ser heredero de Anu:

  • «Mi padre, el rey del universo,
  • me puso delante en el universo…
  • Yo soy la semilla fértil,
  • engendrada por el Gran Toro Salvaje;
  • yo soy el hijo primogénito de Anu.
  • Yo soy el Gran Hermano de los dioses…
  • Yo soy el que nació
  • como primer hijo del divino Anu.»

julio 20, 2010 - Posted by | Otros, Sumer, Sumer | , , , ,

12 comentarios »

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