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Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

¿Somos capaces de controlar nuestros sueños? 1/2


Jane Maverick, en su obra “Dream Time” (Tiempo de Sueños), nos dice: «Acompañada de espíritus; atravieso muros de niebla y visito mí tótem en el lugar de los sueños». Otro escritor, Pedro Calderón de la Barca, nos dejó esta magnífica descripción del sueño: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son“.  Los enigmáticos aborígenes australianos emigraron desde algún punto de Asia hace más de Imagen 3640.000 años, y  llegaron a Australia  a través de un puente de tierra casi continuo entre los dos continentes. Estos aborígenes desarrollaron una compleja organización social y un sistema de sorprendentes tradiciones y creencias. Su visión del universo giraba en torno a la época de los sueños, un concepto que lo engloba todo y abarca presente, pasado y futuro, incluyendo la etapa de la creación, al principio de todos los tiempos, cuando unos seres míticos dieron forma a la tierra. Estos seres soñadores se retiraron, con el tiempo, del mundo físico al espiritual, donde mantienen el control de la fertilidad y de otros poderes para crear la vida. Tal vez los sueños nos revelan aspectos del mundo real que no podemos apreciar durante la vigilia. Pero, ¿pueden revelar el futuro? Durante el sueño parece que se nos abran otros mundos. Con frecuencia, nuestros sueños nos transportan a tiempos y lugares remotos; nos encontramos a nosotros mismos entre personas y cosas que nos son familiares, aunque extrañamente transfiguradas. Hacemos cosas que nos resultarían imposibles estando despiertos, o nos encontramos paralizados e incapaces de realizar la más simple de las acciones. A veces tenemos la sensación de poseer un conocimiento profundo que daría sentido a toda nuestra vida, conocimiento que olvidamos al despertar o que nos parece incoherente. Y quizás, a veces, los sueños nos proporcionan un conocimiento real, una visión de un futuro que acontecerá en realidad.

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La interpretación de los sueños es el arte y la técnica de asignar significado a los diversos componentes, elementos e imágenes que aparecen en los sueños. Se trata de una práctica humana milenaria, de la que se conservan registros escritos de más de 3800 años de antigüedad. Igualmente, algunas comunidades humanas y pueblos originarios actualmente existentes, por ejemplo, varios pueblos amazónicos, tales como los Shuar y Achuar, o los aborígenes australianos, comentados anteriormente, incorporan la práctica a su sistema de creencias y organización social. Los Achuar son un pueblo indígena americano perteneciente a la familia jivaroana como los Shuar, Shiwiar, Awajunt y Wampis(Perú). Asentados en las riberas del río Pastaza, Huasaga y en las fronteras entre Ecuador y Perú, el vocablo “Achuar” tiene su origen en el nombre de las grandes palmeras llamadas “Achu“(Mauritia flexuosa) que existen en los diversos pantanos que abarcan su territorio, Achu= Palmera de Achu, Shuar= Gente de ahí, que viene a ser “Gentes de la palmera Achu“. Los lugareños traducen achuar como hombre de pantano. En tiempos pasados fueron guerreros muy temidos tradicionalmente por los Shuar. Según ellos un achuar podía seguir a su enemigo hasta aniquilarlo. Mientras el desciframiento de los símbolos oníricos buscaba en la antigüedad revelar un mensaje divino, a comienzos del siglo XX y a partir de los desarrollos teóricos del psicoanálisis la interpretación de los sueños se orienta a revelar contenidos inconscientes y pasa a ser una técnica clínica, utilizada hasta la época actual no solo por el psicoanálisis, sino por diversas vertientes de la psicología clínica. El sueño fue en la Antigüedad una incógnita más de cuantas rodeaban al ser humano. En un primer momento, la aproximación del hombre griego al fenómeno onírico debió plasmarse en la tradición oral, basada en la experiencia práctica e influenciada por corrientes orientales (caldeos). Las fuentes antiguas confirman un conocimiento muy difundido a nivel popular, juzgándose el sueño como el vehículo idóneo para la expresión de la voluntad divina, realizándose a su vez la interpretación de las visiones portadoras de un mensaje alegórico. Creencias muy arraigadas que perdurarán durante siglos hasta la etapa bizantina. Simultáneamente discurrirá paralela una corriente que abordará el sueño desde un análisis más racional, gracias a los representantes de una clase intelectual, defensora del espíritu de la ilustración griega.  

El desarrollo histórico de esta dualidad se puede contemplar en el Libro IV del tratado Sobre la dieta del Corpus Hippocraticum, quees el primer documento constatable donde los sueños son considerados signos premonitorios de desarreglos corporales. También La República de Platón, como deducción de su división tripartita del alma, racional, irascible y concupiscible. Asimismo, en Acerca de los ensueños y Acerca de la adivinación por el sueño, incluidos en Parva Naturalia, de Aristóteles. Todas estas exposiciones teóricas presupondrán un origen exclusivamente físico de los sueños, dando paso con posterioridad a la hipótesis de un origen trascendente: Las doctrinas pitagóricas ya lo habían concebido como un vehículo de comunicación de los seres sobrenaturales, dependiendo la recepción del mensaje del estado de pureza psíquica y corporal del soñante. También los estoicos proclamarán la validez mántica de los sueños, al confirmar la existencia de dioses, la providencia y el hado. Posidonio introducirá el concepto de simpatía como vía de unión entre el alma humana, replegada en sí y liberada de lo corporal, y el ser sobrenatural. El acceso a dicha vía se produce por el delirio profético, el sueño y la muerte. Los peripatéticos de la escuela que Aristóteles, Dicearco y Cratipo, coincidirán en idéntico origen. Frente a esta vía metafísica es reseñable un último esfuerzo por defender una causa fisio-psicológica en los sueños: El sueño sería consecuencia de la acción de unos átomos externos sobre el alma individual. Este movimiento, el atomismo, vería su inicio en Aristóteles y Demócrito, reflejando en esencia el pensamiento de Epicuro, así como del poeta Lucrecio. Finalmente, y con posterioridad, la escuela neoplatónica dará fuerza de ley al anterior transcendentalismo estoico al ver en el sueño la mejor prefiguración de la experiencia mística. Simultáneamente al citado desarrollo epistemológico sobre la experiencia onírica, discurrían también importantes divagaciones y prácticas de honda repercusión cultural: la adivinación en general y la oniromancia (arte que por medio de los sueños pretende adivinar el porvenir) en particular.

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Progresivamente aparecerán configurados los rasgos característicos de la oniromancia en su despliegue posterior: Creencia en que algunos sueños pueden predecir el futuro. El lenguaje empleado es alegórico. Homero relata diversas experiencias oníricas en sus dos obras fundamentales: En la Odisea, Penélope se refiere a un mendigo (Odiseo) y la visión que ha tenido: “Hay sueños inescrutables y de lenguaje oscuro y no se cumple todo lo que anuncian a los hombres. Hay dos puertas para los leves sueños: una, construida de cuerno, y otra, de marfil. Los que vienen por el bruñido marfil nos engañan, trayéndonos palabras sin efecto, y los que salen por el pulimentado cuerno anuncian al mortal que los ve cosas que realmente han de verificarse“. En la Ilíada, Aquiles se cuestiona la actitud del dios Apolo, para lo cual consulta a un intérprete de sueños (oneiropólos), mencionándose a su vez a Euridamante, viejo practicante de dicho arte. En Antifonte encontramos el que es considerado el primer tratado oniromántico, abordado desde una perspectiva más racional. Aristandro, al servicio de Filipo de Macedonia y de su hijo Alejandro, era procedente de Telmeso, en Caria, centro neurálgico de la adivinación. Su aportación marcaría un hito fundamental en el desarrollo posterior de la disciplina, introduciendo en su obra una subdivisión teórica y práctica imitada en lo sucesivo. Artemidoro citará a varios autores: Demetrio de Falero, Antípatro, Alejandro de Mindo, Febo de Antioquía, Artemón de Mileto, Paníasis de Halicarnaso, Nicóstrato de Éfeso, Apolonio de Atalia, Apolodoro de Telmeso y Gémino de Tiro. Además de estos escritos existieron en gran número otros menores que compendiaban fórmulas aplicadas por el intérprete en correspondencia a las características del sueño del consultante. Estos documentos fueron quizá los precedentes de la posterior manualística. Los índices de equivalencias entre imagen onírica y realidad crearon un sistema con la intención de abarcar la totalidad de la experiencia onírica y reconducirla a un nivel simbólico accesible al estado de vigilia. Este uso no se perdió a pesar de la abundancia textual dedicada al estudio onírico en todos sus aspectos.  Otras manifestaciones posteriores fueron las de Cicerón, Sobre la adivinación;  Artemidoro, el tratado Oneirokritiká o La Interpretación de los sueños; Elio Aristides, Los Discursos Sagrados;  Macrobio, el Comentario al Sueño de Escipión de Cicerón; Sinesio de Cirene, De Insomnis. En el dilatado mundo de la interpretación de los sueños existió también un área que alcanzó un desarrollo espectacular: la incubatio que tenía lugar en determinados santuarios.

Incubatio (incubación), es la expresión latinizada referida a una práctica con fines curativos que se realizaba en época romana heredada de la medicina tradicional griega. La palabra es la acción de incubare, que designaba también el acto de incubar los huevos, pero se utilizaba especialmente para referirse al hecho de yacer acostado en un recinto sagrado. Antes de que llegara la medicina “racional” a Occidente, toda curación se relacionaba con lo divino. Si una persona tenía un problema de salud lo normal era que acudiera a los templos o santuarios de dioses y héroes. Los más conocidos fueron los Asklepeiones dedicados a Asklepio, dios griego de la medicina. Allí se practicaba el rito de la incubatio que consistía en permanecer acostados, generalmente sobre la piel de un animal sacrificado y ofrendado, durante varios día en un habitáculo dedicado a ello dentro del propio templo, aunque muchas veces también se realizaba en una caverna excavada en la tierra. Según descripciones de la época, el enfermo podía alcanzar estados entre el sueño y la vigilia que le provocaban visiones por las que entraban en contacto con los seres divinos. Era necesario adoptar una actitud de total pasividad y eliminación de todo atisbo de incredulidad. Solo cuando el enfermo dejaba de debatirse y de hacer ningún esfuerzo, rindiéndose a una condición de total entrega, podía esperar que llegara la curación de un nivel superior de existencia. Durante la época romana, estas prácticas ya en decadencia con respecto a lo que fueron su época dorada en la antigua Grecia, se complementaban con las iniciaciones en los conocidos “misterios“, la gran mayoría de ellos importados de las “religiones orientales“, que se extendieron por las grandes ciudades del imperio. Siendo algunas, como las del culto a la diosa egipcia Isis, seguidas mayoritariamente por mujeres. Nos han llegado textos de algunos autores romanos con una visión muy crítica y satírica sobre lo que debía suceder en el interior de estos lugares dedicados a la espiritualidad.

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Según  Sarane Alexandrian, en su obra  “El misterio en la luz“, aunque en las literaturas de los diferentes pueblos abundan los testimonios sobre el sueño, no ha sido sino hasta mediados del siglo XIX que se ha tenido una justa concepción de la necesidad vital del dormir y del soñar. Considerar el sueño como un medio de conocimiento del hombre interior es una idea moderna, sobre la que apenas se encuentran precedentes históricos. Los surrealistas han mostrado interés tal por el sueño, insistiendo sobre todos los problemas que el sueño plantea a la realidad. Antes que ellos, muy pocos se arriesgaron con una audacia parecida. En su Trayectoria del sueño, André Bretón (Tinchebray, 19 de febrero de 1896 – París, 28 de septiembre de 1966), escritor, poeta, ensayista y teórico del Surrealismo, reconocido como el fundador y principal referente de este movimiento artístico,  había inventariado la lista de los precursores: dos ocultistas (Jérôme Cardan, Paracelso), tres románticos alemanes (Jean Paul, Lichtenberg, Moritz), un romántico francés (Xavier Forneret), un autor ruso (Pushkin), un naïf (el matemático Lucas, quien buscaba la cuadratura del círculo). Si se agregan a ellos Alfred Maury, Hervey de Saint-Denys y Freud, y algunos nombres que parece haber ignorado, se tiene una lista exhaustiva que se limita a una veintena de autores. Resulta paradójico, a primera vista, que en tantos siglos de cultura no se incluyesen otros antecesores. Una rápida recapitulación de los trabajos del pasado permite apreciar, incuestionablemente, hasta qué punto los surrealistas fueron innovadores.

Desde las primeras civilizaciones, la humanidad ha considerado el sueño como un enigma inquietante. Lo ha transformado a la vez en soporte para una convención literaria y en materia para una creencia supersticiosa. En todo el antiguo Oriente, como en la antigüedad grecorromana, se le ha considerado como el mensaje de un dios, quien por este medio pondría sobre aviso a los mortales sobre sus intenciones generales o acerca del destino que les reservaba. Así lo atestigua, en la Mesopotamia, uno de los textos más antiguos del mundo, la epopeya de Gilgamesh: dos sueños de Gilgamesh, que interpreta su madre Nin Sun, le predicen su encuentro con Enkidu; cuando los dos amigos se disponen a combatir al gigante Humbaba, Gilgamesh tiene otros tres sueños a través de los cuales Enkidu presagia el éxito de su empresa. Antes de morir, el mismo Enkidu tiene un sueño donde el dios Enlil le anuncia su próxima muerte, y otro en el que es conducido hacia los infiernos.  El sueño es la predicción de un acontecimiento futuro, pero es necesario aprender a descifrar su significado; tal será la tarea a ejercer por la onirocrítica, ciencia ya existente en la época asirio babilónica. El Libro de los sueños de la biblioteca de Asurbanipal, serie de tabletas halladas en las ruinas de su palacio de Nínive, examinaba todas las situaciones posibles. Si alguno había tenido un sueño en el que se trepaba a una palmera, o viajaba, o se echaba a volar, o recibía un objeto, o comía un determinado manjar, su caso había sido previsto. Se recomendaba todo un ritual para preservarse de las consecuencias de los malos sueños. El mesopotámico debía frotarse todo el cuerpo con un pedazo de arcilla, que absorbía la mancha impregnada por el sueño, y arrojar este arcilla en el agua pronunciando un conjuro. Si no recordaba lo que había soñado, de todas maneras se ponía bajo los auspicios de los ritos purificadores, a fin de prevenir toda sorpresa desagradable. Se encuentran diseminadas tales prescripciones, con algunas variantes, casi en todas partes. En Egipto, el papiro Cheaster Beaty III enumera el repertorio de los sueños fastos y nefastos, para uso de los escribas egipcios encargados de interpretarlos. En la India, el 68º paricishsta del Atharva Veda, que contiene una Llave de los sueños según los tres temperamentos (bilioso, flemático y aéreo), aconsejaba tocar una vaca o rendir culto a las higueras sagradas, para anular un sueño desfavorable.

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Grecia estableció la concepción clásica del sueño, a la cual se han remitido los autores occidentales y árabes. Muy temprano se estableció la distinción entre los sueños proféticos, los que Homero en la Odisea hizo entrar por una puerta de cuerno, mientras que los falsos sueños pasaban por una puerta de marfil. Sus comentaristas han explicado que el cuerno (transparente) representaba el aire, y el marfil (opaco) la tierra; los sueños emanados de la tierra podían ser enviados por las almas de los muertos, cuyo mediador era Hermes. Fue tan grande la creencia en el sueño profético, que la práctica de su incubación llegó a generalizarse. Los enfermos iban a recostarse en los templos de las divinidades medicinales, en vista de obtener sueños que favoreciesen su restablecimiento. Los asclepiones, o templos de Esculapio, nunca estaban vacíos, siendo los más célebres los de Cos, Pérgamo y Epidauro. El enfermo, encerrado en un abaton lugar reservado para los invitados»), se dormía después de realizar abluciones y sacrificios, y no se le consideraba curado hasta que Esculapio se le aparecía en persona, o bajo la forma de un perro, una serpiente, o su hija Higía.  Artemidoro, en su Onirocrítica, divide los sueños en teoremáticos y alegóricos. Los primeros, serían evocadores bastante precisos de un hecho que el soñador viviría poco después; los segundos, más o menos obscuros, predecirían acontecimientos que no habrían de realizarse sino al cabo de varios años. Macrobio, filósofo latino neoplatónico, expresó asimismo las convicciones de su época en un comentario erudito: «Todos los objetos que vemos en sueños pueden ser clasificados en cinco géneros diferentes, cuyos nombres son los siguientes: el sueño propiamente dicho [ somnium ], la visión [ visio ], el oráculo [ oraculum ], las imaginaciones oníricas [ insomnium ] y el espectro [ visum ]. Estos dos últimos géneros no merecen ser explicados, porque ellos no se prestan a la adivinación». En efecto, Macrobio precisa que las imaginaciones oníricas reproducen simplemente las penas y pasiones de la vigilia; el espectro es una pesadilla o alucinación en la duermevela; en el oráculo, el soñador ve a un personaje importante aparecérsele para darle un consejo; en la visión, se encuentra la imagen anticipada de lo que va a suceder. En cuanto al sueño en sí mismo, comunicación divina en estilo figurado, ha sido subdividido en diversas especies y se encuentra tan plagado de obscuridades que exige el auxilio de un intérprete.  Estas ideas de la Antigüedad, se han visto perpetuadas a través de la Edad Media y el Renacimiento y han sido adaptadas al contexto cristiano. Un obispo del siglo V, Sinesios, escribió un Tratado de los sueños donde sostenía que ellos se prestaban a la adivinación y aconsejaba que cada uno aprendiese a interpretarlos por sí mismo.

Pero el hombre que testimonió mejor esta actitud semipagana y semicristiana fue Jérôme Cardan, matemático, médico y astrólogo, uno de los más curiosos personajes del siglo XVI. Perseguido por sus cofrades, protegido por algunos poderosos, incesantemente cayendo en la ruina a causa de su pasión por el juego, enseñando unas veces matemáticas en la Universidad de Milán y otras medicina en la de Bolonia, Jérôme Cardan no vivió sino por los sueños y para los sueños; anotaba los suyos escrupulosamente y los interpretaba según el método de Artemidoro.  Dice en su autobiografía que durante toda su infancia, a la madrugada, veía aparecer alrededor de su cama figuras espectrales; y los objetos reales le parecían como nimbados por una aureola luminosa. Se jactaba de haber recibido ocho prerrogativas al nacer: todas las veces que levantaba sus ojos hacia el cielo, veía la luna frente a él; se encontraba en medio de una disputa y jamás era herido; cuando se le alcanzaba, se levantaba inmediatamente, etc. Pero su prerrogativa más preciosa era el don de ser advertido sobre el futuro a través de los sueños. Un sueño le advertía que iría a vivir a Roma, otros le anunciaban la inmortalidad que habría de alcanzar su fama, o que el alma de su padre lo protegía. Los sueños le prescribían los medicamentos que debía administrar a sus enfermos, o lo instigaban a escribir libros, especialmente su De Subtilitate (1550).  En un comienzo, en la literatura, el sueño no ha sido sino un episodio accesorio destinado a realzar la acción o a prepararla. Seguidamente ha llegado a ser un género independiente, pero que de ningún modo ambicionaba reproducir las curiosidades del sueño, sino para servirse de él con el pretexto de introducir una situación inverosímil. Cicerón, en El sueño de Escipión , construyó una ficción partiendo de este procedimiento ya clásico. Escipión el Emiliano sueña que su abuelo el Africano se le aparece, y lo conduce al cielo para mostrarle las recompensas prometidas a los que sirven bien a su patria. No existe nada de onírico en este discurso, que es precisamente lo contrario de lo que se ve y oye cuando se duerme. Durante la Edad Media, esta tradición no deja de prosperar. No hay más que leer El Sueño del Infierno, de Raoul de Houdenc, en el siglo XIII, donde el poeta sueña que viaja hacia la Ciudad del Infierno, mientras pasa por la villa de la Concupiscencia y el río de la Glotonería. En El Sueño del Vergel (1376), donde un autor anónimo, dormido en un vergel, asiste a un debate, en 468 capítulos, entre el Poder Espiritual y el Poder Temporal, y no se despierta hasta el epílogo, para presentar su obra al rey Carlos V. En El Sueño del Viejo Peregrino (1389), de Philippe de Mézières, se muestra al Ardiente Deseo recorriendo Occidente y Oriente en compañía de la reina Verdad.

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La Hypnerotomachia de Francisco Colonna, intitulada más comúnmente El Sueño de Polífilo,  aparecida en 1499 en Venecia, donde el autor era monje en un convento, refuerza todavía más esta convención. Una tarde, Polífilo, desesperado tras ser rechazado por Polia, cae dormido; sueña que atraviesa lugares soberbios y ruinas de mármol blanco, y que llega a la corte de la reina Eleuterilidia; encuentra a una ninfa que porta un candelero y le habla sobre los amores de los dioses, antes de hacerse conocer como Polia . Navega con ella sobre la barca de Cupido hacia la isla de Citeres. Pero allí, en el momento en que ella lo engalana con una guirnalda de flores, se despierta con el canto de un ruiseñor. En esta alegoría manierista, el sueño no constituye sino un fácil argumento para describir, con arquitecturas ideales, lugares imaginarios, animados con bailes, triunfos y diversiones más bellos que en la realidad. En el siglo XVII, Los Sueños del español Francisco de Quevedo, a pesar del poder imaginativo del autor, se basan en el mismo artificio; el narrador se duerme leyendo a Job o a Lucrecio, y sueña con escenas fantásticas que son sátiras sobre la vida en España. Ni por un instante existe la intención de hacernos apreciar la desorientación del espíritu en el universo onírico.  El siglo XVIII permanece fiel a este prototipo clásico, hasta el punto de que en la Enciclopedia (1765), se encuentra esta definición: “El sueño es una ficción que se ha empleado en todos los géneros de poesía, épica, lírica, elegíaca, dramática: en algunas, es una descripción de un sueño que el poeta finge tener, o que ha tenido; en el género dramático, esta ficción se realiza de dos maneras: a veces aparece en escena un actor que finge un profundo sueño, durante el cual le acomete una fantasía que le agita y le impulsa a hablar en voz alta; otras veces, el autor cuenta las fantasías que ha tenido durante su sueño“.  Otras definiciones del sueño marcan el comienzo de la racionalización del problema. Dice el autor que todo sueño comienza con una sensación, y luego prosigue con actos imaginarios: «La naturaleza de la sensación, madre del sueño, determinará su especie». Establece una segregación que los surrealistas rechazaron con horror: «Toda nuestra vida se halla dividida en dos estados esencialmente diferentes el uno del otro. Uno de ellos es la verdad y la realidad, mientras que el otro no es nada más que engaño e ilusión». Los enciclopedistas, enamorados de la razón, trataron el sueño con un desprecio que Diderot testimonia en Los dijes indiscretos, donde el adivino Broculocus, quien no cree en los sueños proféticos, ofrece una explicación mecanicista de las menos convincentes.

Solamente hacia fines del siglo XVIII, con el comienzo del romanticismo alemán, nació una concepción mejor pertrechada sobre la vida interior del durmiente. Los románticos alemanes adoptaron la costumbre de referirse a sus propios sueños. Goethe relata un sueño en el Wilhelm Meister, que es una amplificación literaria de una carta a la Sra. de Stein. Sin embargo, estos poetas no transgredieron la concepción clásica del sueño más que para sustituirla por otras convenciones, tales como la del «sueño del cielo» de la que el escritor alemán Johann Paul Friedrich Richter, más conocido como Jean Paul (Winsiyllandel, 21 de marzo de 1763 – Bayreuth, 14 de noviembre de 1825), fue su especialista. O bien el «sueño del jardín maravilloso», o el «sueño macabro» con esqueletos animados, que Ludwig Tieck evoca en sus novelas Lovell y Abdallah.  Jean Paul, a primera vista, es el gran precursor del onirismo surrealista. Uno de sus exégetas ha revelado cuarenta y dos sueños narrados en sus novelas. Publicó tres ensayos sobre la materia, y llevó un Diario de sus sueños entre 1804 y 1822. Jean Paul consideraba al sueño como una «poesía involuntaria», idea que es seductora para los modernos; pero nunca se olvidaba de haber sido estudiante de teología, de haber experimentado una iluminación mística en 1790, y sus sueños conservan un tufillo de presbiterio, de tumba recién removida y del más allá. Pensaba que el soñador era transportado a una morada ideal de las almas, donde experimentaba por anticipado las beatitudes del paraíso. De este modo, los sueños de Gustave, en La Logia invisible, olos de Albano en El Titán, ambas obras de Jean Paul, eran grandiosas escapadas hacia las esferas superiores. Por el contrario los surrealistas no se desprendieron del mundo real, sino que trataron, sobre todo, de manejarlo hasta volverlo irreconocible. En última instancia, Jean Paul obedecía a una estética literaria. Sus propios sueños, anotados por él en su Carnet, demuestran por comparación hasta qué punto los de sus novelas resultan alambicados.

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El romanticismo francés, por su parte, aportó algunos modelos al surrealismo, pero los principios rectores en ambos casos son diferentes. Charles Nodier, en su estudio Sobre algunos fenómenos del sueño , sostiene la superioridad del sueño sobre la vigilia, pretendiendo demostrar la naturaleza religiosa del sueño. Los hombres que jamás han soñado serían ateos, nos dice, y en todos los países lo maravilloso proviene de la propensión de ciertas naturalezas a la pesadilla: «Todas las religiones, con excepción de aquella cuya verdad no puede ser puesta en duda, nos han sido enseñadas a través del sueño». Por otra parte Nodier, aunque redacta Smarra o los demonios de la noche, inspirándose en los sueños de su portero, según testimonio de su hija, les inserta una imitación de Apuleyo enredando estos «sueños románticos» en una retórica vana. Estos dos defectos del romanticismo, su concepción religiosa o al menos metafísica del sueño, son detectables tanto en las Cartas de un viajero, de Georges Sand, como en Aurelia, de Nerval, o en Promontorium somni, de Victor Hugo. El carácter ficticio del relato del sueño, verificable en el Viaje hacia donde gustéis, de Alfred de Musset y J.-P. Stahl, o en Djoûmane, de Mérimée, eran justamente aquello que el surrealismo pretendía excluir.  Los románticos representaron un progreso sobre los siglos anteriores, porque comenzaron a hacer del sueño el objeto de un estudio desinteresado. Pero siempre creyeron que existían dos tipos de sueño, unos humanos y otros divinos, a los que Baudelaire llamaba «jeroglíficos». Un hombre va a tratar de conducir el sueño hacia un único principio: Alfred Maury.

La naturaleza de los sueños ha desconcertado a la humanidad desde la antigüedad y alrededor de los sueños se han desarrollado innumerables creencias. Esto no debe sorprendernos, ya que actualmente ninguna teoría del sueño y de los sueños es aceptada universalmente. Las antiguas creencias acerca de los sueños se basaban en la idea de que predecían sucesos futuros, y se inventaron métodos complicados para su interpretación. Uno de los más antiguos manuscritos que se conservan, un papiro egipcio de 4.000 años de antigüedad, está dedicado al complejo arte de la interpretación de los sueños. Un sueño del faraón Tutmés IV, hacia 1450 a.C., se consideró lo bastante importante como para ser grabado en una lápida que fue erigida frente a la Gran Esfinge de Gizeh. Cuenta cómo, cuando era todavía príncipe, Tutmés soñó durante la siesta que el dios Hormakhu le hablaba, diciéndole: “La arena del paraje en el que transcurre mi existencia me ha cubierto. Prométeme que tú harás lo que desea mi corazón; entonces sabré que tú eres mi hijo, que tú eres mi salvador…” Cuando fue faraón, Tutmés retiró la arena que cubría la Esfinge sagrada en honor de Hormakhu, y su reinado fue largo y fructífero, tal como el dios le había prometido en el sueño. En el Libro de Daniel se halla recogida una historia dramática, referida a un sueño de Nabucodonosor, rey de Babilonia. El rey despertó una mañana seguro de haber tenido un sueño, pero incapaz de recordarlo. Con la seguridad de que era de origen divino, llamó a sus sabios para que le contasen el sueño y su significado. Insistieron en que no podían saber cuál había sido el sueño, pero Nabucodonosor les amenazó con la muerte si fracasaban. Daniel, famoso ya por su conocimiento de visiones y sueños, salvó la situación. Rogó para que Dios le revelara el sueño, y esa noche tuvo una visión. Vio una imagen con la cabeza de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies parte de hierro y parte de arcilla. La imagen fue destruida por una roca, que se convirtió en una montaña y cubrió toda la Tierra. El rey reconoció su sueño, y Daniel lo interpretó así: la cabeza de oro representaba el gobierno del rey, y las otras partes de la imagen el declive del reinado bajo los sucesivos gobiernos, finalizando con su destrucción. El reinado siguiente sería establecido por Dios y ya no tendría fin. El rey rindió tributo a Daniel y lo ascendió a un alto cargo.

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El patriarca del Antiguo Testamento Jacob, cuando huía de su hermano Esaú, a quien había engañado acerca de su primogenitura, durmió en el desierto y tuvo el siguiente sueño: vio una escala tendida desde la tierra al cielo, por la que los ángeles del Señor subían y bajaban, mientras él permanecía en lo alto. Dios le dijo a Jacob que la tierra en la que yacía sería para él, y le prometió: “de aquí y de ti surgirán todas las familias de la Tierra“. El sueño inspiró pánico a Jacob, pero luego se convirtió en realidad, pues él fue el antecesor de todas las tribus de Israel.  Al igual que los patriarcas, los generales también dirigían sus asuntos según el supuesto significado de los sueños. Alejandro Magno, durante el asedio a la ciudad Fenicia de Tiro, en el año 332 a.C., soñó con un sátiro danzando sobre un escudo. Su interpretador de sueños, Aristandro, reconoció este sueño como un hábil juego de palabras: satyros (sátiro en Griego), podía ser tomado como sa Tyros, cuyo significado sería “Tiro es tuyo“. Alejandro prosiguió la campaña y conquistó la ciudad. Este ejemplo de sueño convertido en juego de palabras apunta a la teoría freudiana de que el inconsciente es un gran burlón que expresa los impulsos reprimidos por medio de múltiples juegos de palabras, creando sueños codificados en mensajes que puedan eludir la censura de la mente consciente. John Dunne, soñó con gran realismo la caída de un tren por un terraplén cerca del puente Forth (Usa). Unos meses más tarde, un tren se precipitó allí. Pero entre los pensadores del antiguo mundo, algunas voces se alzaron contra las teorías de los sueños comúnmente aceptadas. Cicerón, el más grande de los oradores romanos, aseguraba con vehemencia en el siglo I a.C. que aquellos que se atribuían la capacidad de interpretar los sueños, lo hacían basándose en conjeturas y no en un conocimiento bien fundamentado. Y aunque entre los musulmanes la adivinación de los sueños era aceptada como un medio válido para conocer el futuro, Mahoma la prohibió en el siglo VI d.C., porque había alcanzado proporciones alarmantes entre el pueblo.

Actualmente resulta muy mal visto considerar los sueños como contactos con los dioses o espíritus. Existe una división entre los psicólogos académicos que consideran los sueños como reflejo de la actividad subconsciente y expresión de nuestras esperanzas y temores, y aquellos que creen que los sueños simplemente vacían el cerebro de la basura acumulada durante el día. Sin duda algunos sueños, especialmente las pesadillas, son causados por influencias psicológicas complejas, cuyas raíces descansan más en el pasado que en el entorno inmediato. Pero existe otra clase de sueños: esos sueños sorprendentes que parecen predecir acontecimientos futuros y que probablemente se hallan en la base de las antiguas creencias acerca de la adivinación. Un sueño profético citado con frecuencia es el concerniente al asesinato del primer ministro británico Spencer Percival, ocurrido el 11 de mayo de 1812. Ocho días antes alguien que vivía en Cornualles soñó lo siguiente: vio a un hombre pequeño entrando en la Cámara de los Comunes; vestía casaca azul y chaleco blanco. Luego vio a otro hombre sacando una pistola de una casaca marrón, la pistola estaba adornada con clavos amarillos. Este hombre le disparó al primero, que cayó al suelo sangrando por la herida del pecho. Otros caballeros que estaban presentes detenían al asesino. Preguntó quién había recibido el disparo, y le dijeron que era el señor Perceval. Quedó tan impresionado por este sueño que quiso advertir al primer ministro, pero sus amigos le disuadieron diciéndole que le despedirían como a un fanático. Más adelante, durante una visita a Londres, vio los cuadros del asesinato en tiendas de grabados, dibujados según el relato de testigos presenciales. Reconoció muchos detalles de su sueño: incluso la indumentaria de los dos hombres coincidía.  Aunque se dice que este incidente fue cuidadosamente estudiado y confirmado en su tiempo, está lejos de constituir una buena evidencia, pues se desconoce la identidad de su autor.

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Franz Kafka (Praga, Austria-Hungría, 3 de julio de 1883 – Kierling, Austria, 3 de junio de 1924) fue un escritor praguense de origen judío que escribió su obra en alemán. Su obra está considerada como una de las más influyentes de la literatura universal. Fue autor de tres novelas, El proceso (Der Prozeß), El castillo (Das Schloß) y América (Amerika or Der Verschollene), la novela corta La metamorfosis (Die Verwandlung) y un gran número de relatos corto. Además, dejó una abundante correspondencia y escritos autobiográficos. Su peculiar estilo literario ha sido asociado con el existencialismo, socialismo y Marxismo, y la influencia del Judaismo ha sido estudiada e interpretada desde diversos puntos de vista. Sus relaciones personales también tuvieron gran impacto en su escritura, particularmente su padre (Carta a su padre), su prometida Felice Bauer (Cartas a Felice) y su hermana (Cartas a Ottla). Solo unas pocas de sus obras fueron publicadas durante su vida. La mayor parte, incluyendo trabajos incompletos, fueron publicados por su amigo Max Brod, quien ignoró los deseos del autor de que los manuscritos fueran destruidos. La importancia del sueño en la obra de Kafka ha sido destacada a menudo. Los motivos son legión. Probablemente el argumento de mayor peso lo constituye la afirmación de que toda la obra de Kafka se puede leer como un sueño. Incluso muchos de sus personajes se mueven en un ambiente onírico y presentan un «yo» dividido, disperso. Algunos intérpretes hablan en este sentido de «realismo fantástico». En todo caso se puede constatar que muchos de los escritos kafkianos tuvieron su origen en pesadillas o en estados de ensoñación. El interés de Kafka por su vida onírica fue, además, intenso, y entre sus lecturas se encontraba Freud, así como otros analistas de la psique, que le suministraban todo tipo de teorías psicológicas que empleaba en un continuo autoanálisis del que sus Diarios son un claro ejemplo.

En sus Diarios y datado a 21 de noviembre, nos explica un sueño: “el ministerio francés, cuatro hombres sentados a una mesa. Tiene lugar un consejo. Recuerdo al hombre sentado en la parte derecha, con un rostro chato y apretado en el perfil, color de piel amarillento, nariz recta y saliente (tan saliente a causa de su forma achatada) y unos bigotes fuertes, negros oliváceos, que cubrían la boca como una bóveda“. En sus Cuadernos en octavo nos indica: “Los sueños me invadían, yo yacía en la cama cansado y sin esperanza“. A fecha 20 de noviembre, en sus “Aforismos, visiones y sueños” nos habla del sueño de un cuadro, supuestamente de Ingres: “Las muchachas en el bosque reflejadas en miles de espejos o propiamente: las vírgenes, etc. Agrupadas y sostenidas en el aire de un modo similar al de los telones del teatro, a la derecha del cuadro se hallaba un grupo muy unido, hacia la izquierda se sentaban o yacían sobre una rama enorme o sobre una cinta en el aire o flotaban por su propia fuerza en una cadena que ascendía lentamente hacia el cielo. Y ahora no sólo se reflejaban de frente ante los espectadores, sino también de espaldas, por lo que se multiplicaron y se fueron tornando confusas. Lo que el ojo perdió en detalles lo ganó en plenitud. Delante se hallaba una muchacha desnuda, apoyada en una sola pierna y con la cadera prominente, que no quedaba sometida a la influencia de los reflejos“. En sus Diarios nos dice: “Aquí había que admirar el arte de dibujar de Ingres. Encontré con agrado que la demasiada desnudez real también había dejado lugar para el sentido del tacto en la muchacha. A través de uno de los lugares que ocultaba surgía el centelleo de una luz amarillenta y pálida“.

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En sus Diarios explica otro caso: “Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de sueños inquietos, comprobó que se había transformado en un insecto monstruoso en la cama. Yacía sobre su espalda dura y acorazada y veía, cuando levantaba la cabeza, su abdomen abovedado y dividido por durezas arqueadas, en cuya parte superior apenas podía mantenerse la manta, presta a deslizarse hasta el suelo. Sus numerosas y, en comparación con su tamaño, finas patas, vibraban desvalidas ante sus ojos. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño“. En “La metamorfosis” relata lo siguiente:  “Sueño por la mañana: estoy sentado al final de una mesa alargada en el jardín de un sanatorio, de tal manera que en el sueño sólo puedo ver mi espalda. Es un día nublado. Debo de haber salido de excursión y he llegado recientemente en un automóvil, que había seguido avanzando hasta la rampa. Van a servir la comida, veo venir a una de las empleadas con un paso ligero pero vacilante, es una muchacha joven y frágil, con un vestido del color de las hojas en otoño. Atraviesa la sala de columnas que sirve como pórtico del sanatorio y baja al jardín. Todavía no sé qué es lo que quiere, pero me señalo con un gesto interrogativo para saber si realmente me busca a mí. Me trae una carta. Pienso que no puede tratarse de la carta que espero. Es una carta muy delgada, la letra también es delgada e insegura, completamente extraña. No obstante la abro. Encuentro una gran cantidad de hojas muy finas, todas enteramente escritas y con la misma extraña letra del sobre. Comienzo a leer, paso las hojas y me doy cuenta de que debe de ser una carta muy importante. Además, procede ostensiblemente de la hermana más pequeña de F. Comienzo a leer con avidez, entonces el vecino de mi derecha mira la carta por encima de mi hombro, no sé si era un hombre o una mujer, probablemente era un niño. Yo grito: «¡No!» El grupo de gente sentado a mi alrededor empieza a temblar. Quizá he causado una desgracia. Intento disculparme con algunas palabras rápidas para poder seguir leyendo enseguida. Me inclino de nuevo sobre mi carta, entonces despierto irremisiblemente, como si me hubiera despertado mi propio grito. Me obligo, plenamente consciente y con violencia, a regresar al sueño. La situación se vuelve a reproducir y leo con rapidez dos o tres nebulosas líneas de la carta de las que no retengo nada, y el sueño se pierde definitivamente mientras sigo durmiendo»“.

Todos los lectores de este artículo habéis tenido sueños; y es incluso probable que muchos de vosotros soñéis frecuentemente. Para ello, y de acuerdo con Charles Webster Leadbeater, vamos a considerar los mecanismos físico, etérico y astral, a través de los que las impresiones se transmiten a nuestra conciencia. Asimismo, ver como la consciencia, a su vez, influencia y utiliza este mecanismo. Por otro lado, debemos fijarnos en el estado tanto de la consciencia, como de su mecanismo durante el sueño. Finalmente, deberemos ver como son producidos los distintos tipos de sueños en el hombre. Charles Webster Leadbeater (Mánchester, 16 de febrero de 1854 – Perth, 1 de marzo de 1934) fue un influyente miembro de la Sociedad Teosófica, autor de libros de ocultismo y cofundador, junto a James Ingall Wedgwood, de la Iglesia Católica Liberal. Originalmente un clérigo de la Iglesia de Inglaterra, su interés por el espiritualismo provocó que se desafiliara de la Iglesia en favor de la Sociedad Teosófica, donde se asoció con Annie Besant. Se convirtió en un oficial de alto rango de la sociedad, pero renunció en 1906. Luego se mantuvo como un autor prolijo del ocultismo dentro de la Sociedad, hasta su muerte en 1934.  Leadbeater nació en Stockport, un poblado del Gran Mánchester, en Inglaterra. Su padre, Charles Leadbeater, nació en Lincoln, y su madre, Emma, nació en Liverpool. Según registros públicos era hijo único. En 1861 la familia se mudó a Londres, donde su padre fue empleado del ferrocarril, y al tiempo muere de tuberculosis, cuando Leadbeater tenía solo ocho años. Cuatro años más tarde el banco donde la familia ahorraba cayó en bancarrota. Sin el financiamiento para ir a la universidad, Leadbeater debió trabajar después de haberse graduado de la preparatoria para proveer dinero a su madre y a él. Obtuvo varios trabajos en oficinas. Por las noches cumplía un rol autodidacta. Por ejemplo, estudió astronomía y tenía un telescopio reflector de 12 pulgadas (que era bastante caro para esa época) para mirar el cielo en la noche. También aprendió idiomas, como el francés, latín y griego. Un tío, hermano político de su padre, era el reconocido clérigo anglicano William Wolfe Capes. Gracias a su influencia, Leadbeater fue ordenado sacerdote anglicano el año 1879 en Farnham por el obispo de Winchester. Por 1881 vivía junto a su madre en una casa de campo que su tío había construido en Bramshott, donde es nombrado como «cura de Bramshott».

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Fue un activo profesor y ministro recordado como «un hombre brillante, animoso y de buen corazón». Por esta época, después de haber leído las sesiones de espiritismo del médium Daniel Dunglas Home, Leadbeater adquirió un gran interés por la espiritualidad. Su interés por el ocultismo fue estimulado por el libro Occult world (‘mundo oculto’) de Alfred Percy Sinnett, y se unió a la Sociedad Teosófica en 1883. Al siguiente año conoció a Helena Petrovna Blavatsky cuando visitó Londres; lo aceptó como pupilo, y él se convirtió en vegetariano. En ese tiempo recibió las llamadas Cartas Mahatma que lo influenciaron para ir a India; arribó a Adyar en 1884. Mientras estaba en India escribió, recibía visitas y entrenamientos de sus «maestros» que, según Blavatsky, eran la inspiración detrás de la formación de la Sociedad Teosófica y, por lo tanto, eran los guías ocultos. Este fue el inicio de una larga carrera en la Sociedad.  Durante el 1885 Leadbeater viajó junto a Henry Steel Olcott, primer presidente de la Sociedad Teosófica, hacia Burma, en Ceilán (actual Sri Lanka). En Ceilán fundaron la Academia Budista Inglesa, con Leadbeater estableciéndose en el lugar para servir como su primer director, bajo condiciones muy austeras. Este colegio se expandió gradualmente hasta convertirse en el actual Colegio Ananda (Ananda College), que tiene más de 6000 estudiantes. En 1889 Sinnett pide a Leadbeater que regrese a Inglaterra para que tutele a su hijo y a George Arundale. Él accedió y llevó con él uno de sus pupilos, Curuppumullage Jinarajadasa. Aunque luchaba en contra de la pobreza, Leadbeater logra enviar a Arundale y a Jinarajadasa a la Universidad de Cambridge. Ambos, eventualmente, sirvieron como presidentes a nivel internacional de la Sociedad Teosófica. Jinarajadasa contó como Leadbeater había realizado algunas investigaciones ocultas y, en mayo del 1894, había realizado su primera lectura de una vida pasada. Se convirtió en uno de los más reconocidos interlocutores de la Sociedad Teosófica por algunos años y fue también Secretario de la Logia de Londres. Mary Lutyens declaró que en los inicios de 1895, Leadbeater y Annie Besant hicieron «…ocultas investigaciones en conjunto dentro del cosmos, el inicio de la creación, la química y la constitución de los elementos, así como visitar frecuentemente a los Maestros en sus cuerpos astrales». Uno de los libros escritos por Leadbeater fue “los sueños“, en el que he basado parte de este artículo.

Toda experiencia condicionada puede compararse con un sueño. El mundo externo, experimentado a través de nuestros sentidos parece tan real y sólido, y está formado por partículas diminutas que pueden ser divididas hasta que desaparecen por completo. Esta experiencia es compartida continuamente con otros e involucra el cuerpo, habla y mente. Lo que experimentamos en la noche es un sueño privado que involucra principalmente a nuestra mente. Buda comparaba los mundos externo e interno con sueños porque nada en ellos es permanente. Todos los fenómenos mentales y físicos aparecen, cambian y luego desaparecen. Los estados de ánimo, la educación, la crianza y los antecedentes colorean nuestra visión. Por otra parte, sólo experimentamos las vibraciones que nuestros sentidos pueden recoger y, por lo tanto, no perciben las cosas como son. Por ejemplo, si nos sentimos felices, todo parece bello y agradable, y durante los estados infelices, todo se convierte en terrible y difícil. Nuestra percepción es, por lo tanto, es determinada por las condiciones externas y por nuestros estados mentales cambiantes. Hay una cierta sabiduría en el estado del sueño, porque en él somos más conscientes de la naturaleza irreal de las cosas. La facilidad con la que ganamos o perdemos un millón de dólares en un sueño, o somos capaces de viajar en cualquier lugar, muestra en realidad una profunda sabiduría en el entendimiento de la naturaleza de nuestra mente. Si durante un sueño, surge la conciencia de que uno está realmente soñando, es posible extender la claridad radiante en el pasado y en el futuro, por lo tanto se ilumina. Por lo general, esta experiencia no puede ser sostenida y al despertarse, se olvida. Es importante, sin embargo, que si somos capaces de controlar nuestros sueños, podemos también ser capaces de controlar nuestra muerte. Descansando en la esencia clara de la mente durante el proceso de la muerte, ofrece la mejor oportunidad para la Iluminación. Las meditaciones budistas apuntan directamente a esto. Ellas producen el poder para permanecer en la esencia de la mente como conciencia desnuda.

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El sueño lúcido es aquél en el que el soñador se da cuenta que está soñando mientras el sueño tiene lugar. A partir de ese momento recupera el control del sueño y puede dirigirlo hacia la vivencia de experiencias gratificantes: viajar por remotas regiones, volar, vencer miedos, hacer el amor con quien elija, buscar soluciones creativas a sus problemas, y todo lo que siempre ha deseado realizar y que los límites de esta realidad no permiten. Pero, ¿es posible conservar la voluntad mientras soñamos?, ¿podemos dirigir nuestros sueños y cambiarlos según deseemos?, ¿con qué finalidad? y ¿cuáles son los obstáculos a vencer en el dominio de las imágenes oníricas? Pasamos la tercera parte de nuestra vida durmiendo y cinco años de nuestra vida soñando. La mayoría tenemos poca o ninguna conciencia acerca de esa experiencia vital, que sentimos como ajena a nosotros. Pero en la actualidad, cada vez son más los que se deciden a transformar y reintegrar a sus vidas ese espacio de placer, locura, muerte y sabiduría que por las noches se despliega con variedad inusitada: sueños creativos, sueños terapéuticos, sueños lúcidos, proféticos, espirituales, sexuales, ensueños… Efectivamente, los sueños pueden no sólo ser interpretados (oniromancia), analizados (psicoanálisis) o vivenciados (psicoterapias humanistas), sino también planificados (sueños creativos y terapéuticos) y controlados (sueños lúcidos). Es perfectamente posible y ha sido ampliamente demostrado a lo largo  de la historia de la humanidad. Recordemos, entre otros, el Yoga del Sueño del hinduismo y del Budismo tibetano; los templos del sueño egipcios, asirios, griegos y chinos; la tribu malaya de los Senoi,-conocida como el pueblo del sueño; los grandes onironautas lúcidos de Occidente, tales como Hervey de St. Denys, Ouspensky, Celia Creen, Patricia Garfield o Iodorowsky. Hacia finales de la década de los ochenta existían más de veinte laboratorios de estudio del sueño en las universidades de Princeton, Yale, Lyon, Standford y otras, así como varios centros privados. En ellos no sólo se exploran las reacciones físicas y fisiológicas que se producen mientras dormimos o sus distintas fases, sino también las  modificaciones que con disciplina y con el propósito de mejorar nuestra calidad de vida podemos operar sobre nuestro mundo onírico.

En relación a la parte física del mecanismo de los sueños, tenemos en nuestro cuerpo un gran eje central de materia nerviosa que termina en el cerebro. Desde éste se extiende una fina red de hilos nerviosos en todas las direcciones. Estos son, según la ciencia moderna, los que por sus vibraciones transmiten hacia el cerebro las impresiones del exterior. El cerebro, una vez recibidas tales impresiones, las traduce en sensaciones o percepciones, de manera que si yo pongo la mano en un objeto que está caliente, no es realmente mi mano, sino mi cerebro, el que está recibiendo información que le comunican las vibraciones, por intermedio de sus hilos telegráficos, que son los haces de nervios. Es importante considerar que todos los hilos nerviosos de nuestro cuerpo tienen la misma constitución, y que el haz especial llamado óptico, es el que transmite al cerebro las impresiones producidas sobre la retina, permitiéndonos la visión. Difiere de los haces nerviosos de la mano o del pié solamente en que, a través de largos períodos de evolución, fue especializado y capacitado para recibir y transmitir más rápidamente una serie de vibraciones, que a nosotros se nos hacen visibles en forma de luz. La misma observación es correcta en lo que se refiere a nuestros órganos sensoriales; los nervios de la audición, del olfato o del paladar, sólo se diferencian unos de otros en virtud de esta especialización. En esencia todos son idénticos y cada cual cumple su tarea exactamente de la misma mane­ra, a través de la transmisión de vibraciones al cerebro. Así, el cerebro, que es el gran centro de nuestro sistema nervioso, es fácilmente influenciado por las vibraciones, por pequeñas que estas sean, de nuestra salud, y muy especialmente por aquellas que impliquen alteración en la circulación de la sangre. Cuando la corriente sanguínea en los vasos de la cabeza es regular y normal, el cerebro y todo el sistema nervioso  está preparado para funcionar de forma ordenada y eficiente; pero si acontece cualquier perturbación, sea en la cantidad o velocidad de la misma, se produce inmediatamente el efecto correspondiente en el cerebro, y a través de éste en los nervios, a lo largo del cuerpo.

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Si, por ejemplo, hubiera un excesivo aumento del caudal sanguíneo que llega el cerebro, se producirá una congestión de los vasos, ocasionándose una irregularidad en el desempeño de su función; si se produjera una insuficiencia, el cerebro (y en consecuencia todo el sistema nervioso), quedará primeramente excitado y después en estado letárgico. La calidad de la sangre es también de suma importancia. Al circular por el cuerpo, la sangre ejerce dos funciones principales: proveer de oxígeno y nutrir los diferentes órganos del cuerpo. Si fuera incapaz de desempeñar adecuadamente una de estas dos funciones, sobrevendrá un desorden orgánico. Si fuera deficiente la cantidad de oxígeno que llega al cerebro, quedará éste sobrecargado de dióxido de carbono, sobreviniendo luego torpeza y letargo. Ejemplo de esto es la sensación de cansancio y somnolencia que se tiene frecuen­temente dentro de una habitación llena de gente y mal ventilada; debido al agotamiento de oxígeno en el recinto, provocado por la respiración continua de tantas personas, el cerebro no recibe la cantidad que necesita, volviéndose por esto incapaz de desarrollar las tareas que le competen. Por otro lado, la velocidad de la sangre en los vasos influye en la actividad cerebral; si fuera excesiva provocará fiebre; si fuera demasiado lenta, tendrá lugar el letargo. Es obvio, por tanto, que nuestro cerebro (a través del cual, y conviene recordarlo, deben pasar todas las impresiones físicas) está fácilmente sujeto a ser perturbado y más o menos retrasado en el desempeño de sus funciones por causas aparentemente triviales – ­causas a las que es probable que muchas veces no prestemos atención, incluso durante las horas de vigilia – y que ciertamente ignoramos durante el sueño. Antes de continuar, debemos registrar otra peculiaridad de este mecanismo físico: la tendencia a repetir automáticamente las vibraciones a las que está acostumbrado a responder. Es a esta peculiaridad del cerebro a la que se le deben atribuir todos los hábitos y tendencias corporales, que son completamente independientes de la voluntad, y casi siempre difíciles de vencer. Conforme a lo que veremos, el papel que esta peculiaridad representa es aún más importante durante el sueño que en el estado de vigilia.

La concepción pre científica de los antiguos sobre los sueños seguramente se hallaba de completo acuerdo con su concepción del Universo, ya que acostumbraban a proyectar como realidad en el mundo exterior aquello que sólo poseían dentro de la vida anímica. Esta concepción del fenómeno onírico tomaba en cuenta la impresión que la vida despierta evoca del recuerdo del sueño que perdura por la mañana. En este recuerdo aparece el sueño en oposición al contenido psíquico restante, como algo ajeno a nosotros y procedente de un mundo distinto.  Según Haffner, haciendo abstracción de los escritores místicos y piadosos, que defienden los últimos reductos de lo sobrenatural hasta que los procesos científicos los eliminen, hallamos todavía quienes intentan apoyar la insolubilidad del enigma de los sueños en su fe religiosa sobre la existencia y la intervención de fuerzas espirituales sobrehumanas. La valoración dada a la vida onírica por algunas escuelas filosóficas, como la del filósofo alemán Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling, es un claro eco del origen divino que se reconocía a los sueños en la antigüedad. Tampoco puede considerarse terminada la discusión sobre el poder adivinatorio y revelador del porvenir atribuido a los sueños, pues las tentativas de hallar una explicación psicológica valedera para todo el considerable material reunido no han permitido establecer aún una conclusión definitiva. La dificultad de escribir una historia de nuestro conocimiento científico sobre los problemas oníricos estriba en que no se ha realizado progreso alguno en determinadas direcciones. Hasta hace poco se han visto impulsados casi todos los autores a tratar conjuntamente el estado de reposo y de los sueños, así como a agregar al estudio de estos últimos el de estados y fenómenos análogos, pertenecientes ya a los dominios de la Psicopatología (alucinaciones, visiones, etc.). En cambio, en los trabajos más modernos, aparece una tendencia a seleccionar un tema restringido, y no tomar como objeto sino uno solo de los muchos problemas de la vida onírica, como expresión del convencimiento de que en problemas tan oscuros sólo por medio de una serie de investigaciones de detalle puede llegarse a un esclarecimiento y a un acuerdo definitivos. El interés científico por los problemas oníricos en sí conduce a varias interrogaciones interdependientes.

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En relación del sueño con la vida despierta, vemos que el juicio del individuo despierto acepta que el sueño, aunque ya no de origen extraterreno, sí ha raptado al durmiente a otro mundo distinto. El filósofo alemán, Karl Friedrich Burdach, al que debemos una concienzuda y sutil descripción de los problemas oníricos, ha expresado esta convicción en una frase: «…nunca se repite la vida diurna, con sus trabajos y placeres, sus alegrías y dolo-res; por lo contrario tiende el sueño a libertarnos de ella. Aun en aquellos momentos en que toda nuestra alma se halla saturada por un objeto, en que un profundo dolor desgarra nuestra vida interior, o una labor acapara todas nuestras fuerzas espirituales, nos da el sueño algo totalmente ajeno a nuestra situación; no toma para sus combinaciones sino significantes fragmentos de la realidad, o se limita a adquirir el tono de nuestro estado de ánimo y simboliza las circunstancias reales».  J. H. Fichte habla en el mismo sentido de sueños de complementos (Ergänzungsträume) y los considera como uno de los secretos beneficiosos de la Naturaleza, auto curativa del espíritu. Análogamente se expresa también L. Strümpell en su estudio sobre la naturaleza y génesis de los sueños, obra que goza justamente de un general renombre: «El sujeto que sueña vuelve la espalda al mundo de la consciencia despierta…  En el sueño perdemos por completo la memoria con respecto al ordenado contenido de la consciencia despierta y de su funcionamiento normal…La separación, casi desprovista de recuerdo, que en los sueños se establece entre el alma y el contenido y el curso regulares de la vida despierta…». La inmensa mayoría de los autores concibe, sin embargo, la relación de sueños con la vida despierta en una forma totalmente opuesta. Así, Haffner dice: «Al principio continúa el sueño de la vida despierta. Nuestros sueños se agregan siempre a las representaciones que poco antes han residido en la consciencia, y una cuidadosa observación encontrará casi siempre el hilo que los enlaza a los sucesos del día anterior».

Wilhelm Weygandt contradice directamente la afirmación de Burdach antes citada, pues observa que «la mayoría de los sueños nos conducen de nuevo a la vida ordinaria en vez de libertarnos de ella». Jessen, en su Psicología (1885), manifiesta: «En mayor o menor grado, el contenido de los sueños queda siempre determinado por la personalidad individual, por la edad, el sexo, la posición, el grado de cultura y el género de vida habitual del sujeto, y por los sucesos y enseñanzas de su pasado individual». El filósofo J.G. E. Maas (Sobre las pasiones, 1805) es quien adopta con respecto a esta cuestión una actitud más inequívoca: «La experiencia confirma nuestra afirmación de que el contenido más frecuente de nuestros sueños se halla constituido por aquellos objetos sobre los que recaen nuestras más ardientes pasiones. Esto nos demuestra que nuestras pasiones tienen que poseer una influencia sobre la génesis de nuestros sueños. El ambicioso sueña con los laureles alcanzados (quizá tan sólo en su imaginación) o por alcanzar, y el enamorado con el objeto de sus tiernas esperanzas… Todas las ansias o repulsas sexuales que dormitan en nuestro corazón pueden motivar, cuando son estimuladas por una razón cualquiera, la génesis de un sueño compuesto por las representaciones a ellas asociadas, o la intercalación de dichas representaciones en un sueño ya formado…». Idénticamente opinaban los antiguos sobre la relación de dependencia existente entre el contenido del sueño y la vida. Paul Radestock nos cita el siguiente hecho: «Cuando Jerjes, antes de su campaña contra Grecia , se veía disuadido de sus propósitos bélicos por sus consejeros y, en cambio, impulsado a realizarlos por continuos sueños alentadores, Artabanos, el racional onirocrítico persa, le advirtió ya acertadamente que las visiones de los sueños contenían casi siempre lo que el sujeto pensaba en la vida».  La manifiesta contradicción en que se hallan estas opiniones sobre la relación de la vida despierta parece realmente inconciliable. Será, pues, oportuno recordar aquí las teorías de F. W. Hildebrandt (1875), según el cual las peculiaridades del sueño no pueden ser descritas sino por medio de «una serie de antítesis que llegan aparentemente hasta la contradicción…. La primera de estas antítesis queda constituida por la separación rigurosísima y la indiscutible íntima dependencia que simultáneamente observamos entre los sueños y la vida despierta. El sueño es algo totalmente ajeno a la realidad vivida en estado de vigilancia. Podríamos decir que constituye una existencia aparte, herméticamente encerrada en sí misma y separada de la vida real por un infranqueable abismo. Nos aparta de la realidad; extingue en nosotros el normal recuerdo de la misma, y nos sitúa en un mundo distinto y una historia vital por completo diferente exenta en el fondo de todo punto de contacto con lo real…».

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A continuación expone Hildebrandt cómo, al dormirnos, desaparece todo nuestro ser con todas sus formas de existencia. Entonces hacemos, por ejemplo, en sueños, un viaje a Santa Elena, para ofrecer al cautivo emperador Napoleón una excelente marca de vinos del Mosela. Somos recibidos amabilísimamente por el desterrado, y casi sentimos que el despertar venga a interrumpir aquellas interesantes ilusiones. Una vez despiertos comparamos la situación onírica con la realidad. No hemos sido nunca comerciantes en vinos, ni siquiera hemos pensado en dedicarnos a tal actividad. Tampoco hemos realizado jamás una travesía, y si hubiéramos de emprenderla no elegiríamos seguramente Santa Elena como fin de la misma. Napoleón no nos inspira simpatía alguna, sino al contrario. Por último, cuando Bonaparte murió en el destierro no habíamos nacido aún, y, por tanto, no existe posibilidad alguna de suponer una relación personal. De este modo, nuestras aventuras oníricas se nos muestran como algo ajeno a nosotros, intercalado entre dos fragmentos homogéneos y subsiguientes de nuestra vida. «Y, sin embargo -prosigue Hildebrandt-, lo aparentemente contrario es igualmente cierto y verdadero. Quiero decir que simultáneamente a esta separación existe una íntima relación. Podemos incluso afirmar que, por extraño que sea lo que el sueño nos ofrezca, ha tomado él mismo sus materiales de la realidad y de la vida espiritual que en torno a esta realidad se desarrolla… Por singulares que sean sus formaciones no puede hacerse independiente del mundo real, y todas sus creaciones, tanto las más sublimes como las más ridículas, tienen siempre que tomar su tema fundamental de aquello que en el mundo sensorial ha aparecido ante nuestros ojos o ha encontrado en una forma cualquiera un lugar de nuestro pensamiento despierto; esto es, de aquello que ya hemos vivido antes exterior o interiormente».

Que todo el material que compone el contenido del sueño procede de lo vivido y es recordado en el sueño, es cosa generalmente reconocida y aceptada. Sin embargo, sería un error suponer que basta una mera comparación del sueño con la vida despierta para evidenciar la relación existente entre ambos. Por lo contrario, sólo después de una atenta observación logramos descubrirla; y en toda una serie de casos consigue permanecer oculta durante mucho tiempo. Motivo de ello es el gran número de peculiaridades en que, la capacidad de recordar, se refleja en el sueño; y que, aunque generalmente observadas, han escapado hasta ahora a todo esclarecimiento. Observamos, ante todo, que en el contenido del sueño aparece un material que después, en la vida despierta, no reconoce como perteneciente a nuestros conocimientos o a nuestra experiencia. Recordamos, desde luego, que hemos soñado aquello, pero no recordamos haberlo vivido jamás. Así, pues, no nos explicamos de qué fuente ha tomado el sueño sus componentes y nos inclinamos a atribuirle una independiente capacidad productiva, hasta que con frecuencia, al cabo de largo tiempo, vuelve un nuevo suceso a atraer a la consciencia el perdido recuerdo de un suceso anterior, y nos descubre con ello la fuente del sueño. Entonces tenemos que confesarnos que hemos sabido y recordado en él algo que durante la vida despierta había sido robado a nuestra facultad de recordar. Franz Joseph Delboeuf relata un interesantísimo ejemplo de este género, constituido por uno de sus propios sueños. En él vio el patio de su casa cubierto de nieve, y bajo ésta halló enterradas y medio heladas dos lagartijas. Queriendo salvarles la vida, las recogió, las calentó y las cobijó después en una rendija de la pared, donde tenían su madriguera, introduciendo además en esta última algunas hojas de cierto helecho que crecía sobre el muro y que él sabía ser muy del gusto de los lacértidos. En su sueño conocía incluso el nombre de dicha planta: asplenium ruta muralis. Llegado a este punto, tomó el sueño un camino diferente, pero después de una corta digresión tornó a las lagartijas y mostró a Delboeuf dos nuevos animalitos de este género que habían acudido a los restos del helecho por él cortado. Luego, mirando en torno suyo, descubrió otro par de lagartijas que se encaminaban hacia la hendidura de la pared, y, por último, quedó cubierta la calle entera por una procesión de lagartijas, que avanzaban todas en la misma dirección.

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El pensamiento despierto de Delboeuf no conocía sino muy pocos nombres latinos de plantas y entre ellos se hallaba el de asplenium. Más, con gran asombro, comprobó que existía un helecho así llamado -el asplenium ruta muraria- nombre que el sueño había deformado algo. No siendo posible pensar en la coincidencia casual , resultaba para Delboeuf un misterio el origen del conocimiento que el nombre asplenium había poseído en su sueño. Sucedía esto en 1862. Dieciséis años después, halló Delboeuf, en casa de un amigo suyo, un pequeño álbum con flores secas, semejantes a aquellos que en algunas regiones de Suiza se venden como recuerdo a los extranjeros. Al verlo sintió surgir en su memoria un lejano recuerdo; abrió el herbario y halló en él el asplenium de su sueño, reconociendo, además, su propia letra, manuscrita en el nombre latino escrito al pie de la página. En efecto, una hermana del amigo en cuya casa se hallaba había visitado a Delboeuf en el curso de su viaje de bodas, dos años antes del sueño de las lagartijas, o sea, en 1860, y le había mostrado aquel álbum, que pensaba regalar, como recuerdo, a su hermano. Amablemente, se prestó entonces Delboeuf a consignar en el herbario el nombre correspondiente a cada planta, pequeño trabajo que llevó a cabo bajo la dirección de un botánico que le fue dictando dichos nombres. Otra de las felices casualidades, que tanto interés dan a este ejemplo, permitió a Delboeuf referir un nuevo fragmento de su sueño a su correspondiente origen olvidado. En 1877 cayó un día en sus manos una antigua colección de una revista ilustrada, y al hojearla tropezó con un dibujo que representaba aquella procesión de lagartijas que había visto en su sueño del año 1862. El número de la revista era de 1861, y Delboeuf pudo recordar que en esta fecha se hallaba suscrito a ella. Esta libre disposición del sueño sobre recuerdos inaccesibles a la vida despierta constituye un hecho tan singular y de tan gran importancia teórica, que hay que atraer la atención sobre la comunicación de otros sueños «hipermnésticos». Alfred Maury relata que durante algún tiempo se le venía a las mente, varias veces al día, la palabra Mussidan, de la que no sabía sino que era el nombre de una ciudad francesa. Pero una noche soñó hallarse dialogando con cierta persona que le dijo acababa de llegar de Mussidan, y habiéndole preguntado dónde se hallaba tal ciudad, recibió la respuesta de que Mussidan era una capital de distrito del departamento de la Dordoña. Al despertar no dio Maury crédito alguno a la información recibida obtenida en su sueño, pero el Diccionario geográfico le demostró la total exactitud de la misma. En este caso se comprobó el mayor conocimiento del sueño, pero no fue encontrada la olvidada fuente de dicho conocimiento.

Alfred Maury ha sido el hombre que renovó, en el siglo XIX, la psicología del sueño, en una perspectiva que anunciaba al mismo tiempo a los psicoanalistas y a los surrealistas; su obra El dormir y los sueños (1861), considerada casi inmediatamente como un clásico, tuvo cuatro ediciones sucesivas, y ha sido algunas veces objeto de saqueo o de imitación. Cuando en 1911 Nicolas Vaschide, encargado del laboratorio de los Altos Estudios, intentó hacer conocer a Freud en Francia, no encontró para él un elogio más hermoso que éste: «El Dr. Freud, de Viena, cuya obra se parece mucho a la de Alfred Maury, por el análisis delicioso de sus sueños y la documentación tan delicadamente registrada de su material, que hace de su volumen sobre los sueños una continuación de la sólida obra del erudito francés». De esta forma, de buena fe, se creía que Freud se contentaba con recorrer el camino trazado por Alfred Maury; él mismo había favorecido este desprecio al referirse extensamente sobre su predecesor. Más tarde, a su vez, André Breton debía descubrir a Maury y convertirse en su deudor en un cierto número de ideas, aunque irritándose por el vocabulario del autor, que reconoce que considera con reservas, cuando éste nos refiere sus sueños, su «amor propio individual» y su «dignidad de criatura de Dios». Aunque por otra parte, Maury combatía el idealismo y se declaraba apartado de las creencias religiosas, el poeta revolucionario no le perdona que se considerase una «criatura de Dios», y, con indignación, expresa en Los vasos comunicantes : «Este último observador y experimentador, uno de los más finos que se hayan presentado durante el curso del siglo XIX, continúa siendo una de las víctimas más típicas de esta pusilanimidad y de esta falta de rigor que Lenin ha denunciado en los mejores naturalistas en general y en Haeckel en particular». Este acceso de mal humor no debe ocultarnos que Maury es el punto de partida, antes que Freud, de la concepción surrealista del sueño; voy a establecer también aquí esta filiación, en la que nadie todavía ha reparado, y que sin embargo explica las declaraciones realizadas por el maestro del surrealismo.

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El interés de Maury proviene de que, no siendo ni médico ni filósofo, se considera el iniciador de un método que a cualquiera permitiría, siguiendo su ejemplo, una exploración permanente del mundo onírico. Hay poco que decir sobre el personaje en sí. Se trataba de un erudito el cual, según él mismo había confesado, se sentía dotado por un espíritu de curiosidad e investigación más que por un espíritu inventivo. Inseguro de su vocación, comenzó estudiando derecho y medicina, para luego continuar tomando clases de chino y de arqueología, interesándose por la historia, la geografía y las ciencias naturales. En un comienzo trabajó como empleado de la Biblioteca Real y luego fue secretario del conde de Clarac, conservador del Museo del Louvre, quien lo hizo elegir en 1844 como sub-bibliotecario en el Instituto de Francia. Ocupando este nuevo cargo, dirigió el Boletín de la Sociedad de Geografía de París . En 1860 fue distinguido por Napoleón III, quien lo nombró bibliotecario de las Tuileries, lo llamó a que colaborase en su Historia de Julio César , y le confió en 1868 la dirección general de los Archivos del Imperio. Miembro de la Academia de Incripciones y Letras, ocupó durante veintinueve años la cátedra de Historia y Moral en el Colegio de Francia, donde sus lecciones abordaron las más diversas materias. Su preocupación por la verdad era tan grande, que aprendió el ruso para tratar un tema de cátedra sobre las migraciones que habrían tenido lugar en el norte del Mar Negro entre los siglos V y X. Hace un cotejo de cartas de mar medievales para determinar la ruta utilizada hacia China por los árabes en el siglo IX, rectificando en esta cuestión los errores del orientalista Reinaud, quien había establecido sobre las costas de Coromandel y Bengala, lo que correspondía a localidades que se encontraban en Malasia. Sus libros principales, Las hadas en la Edad Media , Historia de las religiones en la Grecia antigua , La Magia y la Astrología , Los bosques de la Galia y de Francia antigua , son todos valiosos por su precisión del detalle y los alcances de su información.

Resulta entonces bastante sorprendente descubrir a este grave académico relatando sus sueños con candor y naturalidad, inclusive aquellos que traicionan sus debilidades, tratando de indagar en sus misterios. El motivo de su preocupación por tales problemas provenía de su constitución. Confesaba, efectivamente: «Pocas personas sueñan con tanta facilidad, tan frecuentemente como yo lo hago; es muy raro que el recuerdo de lo que he soñado se me escape, y la memoria de mis sueños muchas veces subsiste tan fresca durante varios meses, podría decirse tan cautivante, como en el momento del dormir». Publicó tres artículos sobre el sueño en los Anales médico-psicológicos del sistema nervioso , antes de consagrarles el libro en el que se basa su reputación. Maury comienza por exponer su «método introspectivo directo», precisando que no es provechoso a menos de ceñirse a una experimentación de todos los días:  “Me estudio a mí mismo tanto en la cama como en el sillón, en el momento en que el sueño se apodera de mí; registro en qué disposiciones exactas me encontraba antes de dormirme y solicito, a la persona que me acompaña, que me despierte en un momento más o menos alejado de aquel en que me había adormecido. Al despertarme sobresaltado, la memoria de mi sueño todavía se halla presente en mi espíritu, con la frescura misma de la impresión. Me resulta fácil entonces cotejar los detalles de este sueño con las circunstancias en las que me encontraba al momento de adormecerme. Consigno en un cuaderno estas observaciones, igual que lo hace un médico en su diario para los casos que investiga. Y al realizar el repertorio que me he trazado por este medio, he descubierto, en sueños que se habían producido en distintas épocas de mi vida, coincidencias y analogías cuya similitud de circunstancias, por así decir, los habían provocado, habiéndome aportado muchas veces la clave“.

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Maury no ha sido el primero en establecer el repertorio de sus sueños, pero, con toda seguridad, fue quien inauguró la «observación de a dos», verificando por medio de su madre, su mujer o uno de sus hermanos, actitudes que había tenido mientras dormía, palabras que había pronunciado, encargándoles que lo despertasen en medio de sus sueños para registrarlos inmediatamente.  Sus capítulos preliminares sobre el estado fisiológico del durmiente y sobre el modo como funciona la inteligencia durante el sueño, resumen las ideas generales de la ciencia de su época. Cuando se duerme, afirma, la acción del encéfalo disminuye o se suspende, y ninguno de nuestros órganos, por así decir, se adormece separadamente. No se sale del sueño sino por un proceso inverso: «A veces un órgano que es despertado despierta a otro que a su vez actúa de la misma manera, y el durmiente retorna así gradualmente al estado de vigilia». Por lo demás, el adormecimiento no afecta con la misma intensidad a todas las partes del sistema cerebro-espinal. Se produce una ruptura del equilibrio nervioso, que provoca «una serie de degradaciones en la facultad pensante y razonadora» cuya demostración resulta en los sueños. Maury se opone a la teoría de Théodore Jouffroy, que afirma que el alma vela cuando el cuerpo duerme. El alma allí no tiene nada que hacer, protesta, y se encuentran en el espíritu del durmiente, no una conciencia intacta, sino «rasgos propios de la idiotez, de la demencia senil, de la manía aguda». El sueño es un «delirio pasajero», al que periódicamente uno se ve sometido; si se lo quiere comprender, es necesario compararlo con los diferentes delirios patológicos, de los que constituye su forma elemental.  El aporte más original de Maury se encuentra en su capítulo sobre las alucinaciones hipnagógicas. Tales fenómenos habían sido señalados por los fisiólogos alemanes –Gruithuisen denominaba a estas imágenes confusas predecesoras del sueño como el caos del sueño – y por el alienista Baillarger, pero Maury fue el primero en revelar toda su importancia y quien, desde 1848, les ha dado el calificativo de hipnagógicas ( mpuox , sueño , agwgex, que dirige, el conductor ), que no ha dejado de utilizar. Ha sido el único en demostrar la relación entre la alucinación hipnagógica y el sueño, ilustrándola a partir de su propia experiencia. Se trata de alucinaciones que nacen exclusivamente bajo un estado de somnolencia: «Estas imágenes, estas sensaciones fantásticas, se producen en el momento en que el sueño nos doblega, o cuando no nos hallamos sino imperfectamente despiertos».  

Por cuanto varias personas de su entorno jamás las habían experimentado, Maury estima que estas alucinaciones son propias de unos sujetos fácilmente excitables, o bien predispuestos a la pericarditis o a las afecciones cerebrales:  “Mis alucinaciones son más numerosas, y sobre todo más vivas cuando me aqueja, lo cual en mí es habitual, una disposición a la congestión cerebral. Cuando padezco esta cefalalgia, cuando experimento dolores nerviosos en los ojos, los oídos, la naríz, cuando tengo dolores de cabeza, me asaltan las alucinaciones no bien cierro los párpados. Esto me explica por qué siempre he sido sujeto de estas alucinaciones cuando viajo en diligencia, después de haber transcurrido toda la noche sin dormir, con un sueño imperfecto, padeciendo constantemente dolores de cabeza“.  Las visiones hipnagógicas no se forman sino cuando se mantienen los ojos cerrados. «Pero una vez aparecidas, pueden continuar un instante, inmediatamente después que los ojos se han abierto. Entonces, la imagen brilla un tiempo muy corto ante la vista que se restablece; desaparece, para no volver ya más, salvo que nuevamente se entornen los párpados». El carácter dominante de estas alucinaciones es su rapidez, sobre todo, cuando han sido producidas por la fatiga intelectual: «Unos años atrás, habiéndome llevado dos días consecutivos traducir un largo pasaje en griego bastante dificultoso, observé, apenas al acostarme, imágenes tan múltiples, sucediéndose con tanta prontitud, que, presa de un verdadero escalofrío, me incorporé para disiparlas».  Atribuye estas alucinaciones a los cambios sufridos en la atención, y ofrece como prueba este ejemplo:  “Leía en voz alta el Viaje por la Rusia meridional , de Hommaire de Hell. Habiendo terminado apenas una línea, cerré instintivamente los ojos. En uno de esos cortos instantes de somnolencia ví hipnagógicamente, pero con la velocidad de un relámpago, la imagen de un hombre ataviado con una ropa marrón y un sombrero capuchino como los de un monje de los cuadros de Zurbarán. Esta imagen me hizo recordar de inmediato que había cerrado los ojos y dejado de leer; volví a abrir los párpados súbitamente y retomé el curso de mi lectura. La interrupción fue de tan corta duración, que la persona a la que le leía ni se dio cuenta.  Estas alucinaciones visuales resultan muy variadas: a su espíritu se imponen paisajes, «figuras bizarras, gesticulantes, con peinados insólitos», un hermafrodita, un león, «una especie de murciélago con alas verdosas y cabeza roja», un fresco de Miguel Angel, formas geométricas; percibe asimismo imágenes menos extrañas, como un ramito de hortensias, un fajo de asignados de la Primera República, «una fuente y una amasadera que sostenía una mano armada con un tenedor»“.

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Durante un cierto tiempo, se siente obsesionado por una inmensa nariz, y él la ve, de pronto aislada, de pronto, en el rostro de un personaje conocido. Otras veces, se siente invadido por seres liliputienses:  “En 1843, en una diligencia que iba hacia Suiza, por la ruta de Mulhouse, experimenté una de mis alucinaciones múltiples más significativas. Sintiéndome fatigado por las dos noches consecutivas que había transcurrido arriba del carruaje, hacia las once de la mañana comencé a entrar en un desvarío, señal de la invasión próxima del sueño. Cerré maquinalmente los ojos. Aún escuchaba alternativamente el galope de los caballos y el coloquio de los postillones, cuando se me presentó una multitud de pequeños personajes rojizos y brillantes, que ejecutaban mil movimientos y parecían sostener conversaciones. Esta visión duró un buen cuarto de hora. Se volvió a producir con algunos intervalos y no desapareció completamente sino hasta mi llegada a Belfort. Entonces me levanté; me sentía muy acalorado, la sangre me subía violentamente a la cabeza”.  Maury analiza las causas de estas alucinaciones, y siempre les encuentra un punto de apoyo en la realidad. Tal mujer que se le aparece semidesnuda en el momento en que está por dormirse, es una dama cuya belleza ha admirado en la víspera; tal visión de la superficie del agua en la que se reflejan los rayos solares, es el recuerdo de un paseo en barco por el Sena. Un atardecer en que sentía irritación en la retina, leyó un texto impreso en caracteres microscópicos, letra por letra, con un esfuerzo penoso.  Además de estas alucinaciones visuales, Maury frecuentemente experimentaba alucinaciones auditivas. Escuchaba voces que lo llamaban por su nombre o que pronunciaban frases en lenguas extranjeras; de la misma manera, exclamaciones, improvisaciones en un piano, una melodía de cornamusa, o todo un discurso compuesto por él mismo en una sala ruidosa. Se producían amalgamas verbales, como las expresiones su su ti tir , que una tarde escuchaba murmuradas en su oído interno; estas expresiones le parecían sugeridas por los nombres Suzusim y Tyr, que había leído previamente en una geografía de Palestina.  Maury no experimentó alucinaciones olfativas, las que indican por otra parte, según él, un comienzo de alienación mental. A veces tuvo alucinaciones gustativas: en junio de 1848, para la época en que había sido encargado defender Luxemburgo por las guardias nacionales, ciertas tardes sintió un gusto a salchichón en la boca; durante una estancia en Barcelona, lo asaltó un sabor a aceite rancio.

Finalmente, le ocurrió llegar a tener alucinaciones del tacto, aunque reconocía que ellas son raras en la duermevela:  “Un día me encontraba en un mal albergue en el norte de Escocia; me sentía agobiado por la fatiga; había realizado una larga caminata por las Highlands y esta fatiga me había producido una especie de calambre, acompañado de un prurito general en la piel. Agotado, me quedé dormido sobre la silla, esperando que la criada hiciera mi lecho. No cesaron de asaltarme las alucinaciones hipnagógicas y, en estas visiones, me imaginaba sentir, alternativamente, las mordeduras de una rata y las picaduras de una abeja. En otra oportunidad, al tener la piel sensibilizada por un baño de agua fría, luego del cual me había acostado, sentí una mano de mujer que pasaba por mi espalda, debiendo precisar que esta alucinación aparecía acompañada por visiones de encantadoras figuras femeninas“.  Todo este material de fantasmas se encuentra amplificado en sus sueños, lo que le permite sostener: «La alucinación hipnagógica representa la embriogenia del sueño».  Maury demuestra ampliamente la analogía entre sueño y locura, tesis que es la de Cabanis, pero a la que aporta la mayor credibilidad. Es un partidario convencido del automatismo, comparando al hombre con un «reloj intelectual», al que la voluntad da cuerda de tiempo en tiempo, teniendo el hábito como péndulo. Este autómata continúa marchando cuando la voluntad está ausente, como sucede en el sueño, bajo el efecto del resorte del instinto, que se afloja: “La mejor prueba de que en el sueño el automatismo es completo y que los actos que realizamos operan por efecto del hábito que le imprimimos en la vigilia, es que cometemos, durante el sueño, actos reprobables, crímenes inclusive, de los que no nos reconoceríamos culpables en la vida real. Son nuestras inclinaciones las que se expresan y nos hacen actuar, sin que la conciencia nos frene aunque, a veces, ella nos advierta. Yo tengo mis imperfecciones y mis inclinaciones viciosas; en estado de vigilia, trato de luchar contra ellas, y me sucede bastante a menudo de no sucumbir. Pero en mis sueños siempre sucumbo, o para decirlo mejor, actúo de acuerdo con sus impulsos, sin temor y sin remordimientos. Me dejo llevar por los más violentos accesos de cólera, por los deseos más desenfrenados, y cuando despierto, casi siento vergüenza de mis crímenes imaginarios. Evidentemente las visiones que se desarrollan en mi pensamiento y que constituyen el sueño, me son sugeridas por las incitaciones que experimento y que mi voluntad ausente no trata de reprimir“.

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En un pasaje tal han reparado Freud y Breton, el primero viendo un esbozo de su teoría del rechazo, el segundo la confirmación de su idea de que el sueño representaba el automatismo total.  Al aplicarse a «levantar el velo que cubre la misteriosa producción del sueño», Maury distingue entre la parte del inconsciente (que denomina una «conciencia insciente  de ella misma»), la de los recuerdos lejanos y olvidados, de aquella correspondiente a los estímulos internos y externos. Ha sido uno de los primeros en revelar que el imaginario onírico puede depender de un encadenamiento de asociaciones verbales:  “Pensaba en la palabra kilómetro , y tanto pensé, que imaginaba en el sueño recorrer un camino por donde podía leerse en los mojones que marcan las distancias estimadas. De pronto me encontré sobre una de esas grandes balanzas que utilizan los tenderos, en uno de cuyos platillos un hombre acumulaba kilos , con la intención de conocer mi peso; después, no sé muy bien de qué modo, este tendero me dijo que no nos hallábamos en París, sino en la isla Gilolo , en la cual confieso haber pensado muy poco a lo largo de mi vida; entonces mi espíritu se concentró en otra sílaba de ese nombre, y de algún modo como si cambiase de pie, abandoné la primera y me deslicé hacia la segunda; tuve varios sueños sucesivos en los que veía la flor llamada lobelia , al general López , cuyo deplorable fin en Cuba acababa de leer; finalmente me desperté participando de una partida de loto . Me sucedieron, es verdad, algunas circunstancias intermedias cuyo recuerdo no tengo demasiado presente, y que también, verosímilmente, llevaban unas asonancias semejantes“.

La teoría más célebre de Maury es la de la aceleración del pensamiento en el sueño; afirmaba, citando en apoyo su «sueño de la guillotina», que una pesadilla que parecía muy larga no duraba sino algunos segundos:  “Me sentía un poco indispuesto y me encontraba acostado en mi habitación, con mi madre en la cabecera. Soñé con la época del Terror; asistí a escenas de masacre, comparecí ante el tribunal revolucionario, vi a Robespierre, a Marat, a Fouquier-Tinville, a las figuras más ruines de esa época terrible; discutí con ellas; finalmente, al cabo de unos acontecimientos que no recuerdo sino imperfectamente, fui juzgado, condenado a muerte, conducido en carromato, en medio de una inmensa concurrencia, hasta la plaza de la Revolución; ascendí al cadalso; el verdugo me amarró sobre la plancha fatal, la hizo caer, la cuchilla cayó; sentí mi cabeza separarse de mi tronco, me desperté presa de la más viva angustia, y sentí sobre el cuello el remate de mi cama que se había desprendido súbitamente, y había caído sobre mis vértebras cervicales a la manera de la hoja de una guillotina. Esto había tenido lugar en un instante, tal como mi madre me confirmó, y sin embargo, había sido esa sensación externa la que yo había tomado como punto de partida de un sueño donde tantos hechos habían sucedido. En el momento en que había sido alcanzado, el recuerdo de la temible máquina, cuyo efecto representaba tan bien el remate de mi cama, había despertado todas las imágenes de una época cuyo símbolo había sido la guillotina“.  El «sueño de la guillotina» ha sido comentado por casi todos los especialistas del sueño. Victor Egger pretendía que Maury había soñado estos acontecimientos después de una caída de un remate de su cama, y que el autor y la testigo habrían hecho una falsa apreciación de este incidente. Freud dice que se trataba de un caso de elaboración secundaria, en que el shock habría resucitado una ensoñación de la adolescencia, íntegramente conservada en el inconsciente del soñador. Breton conjeturó que Maury habría sido traicionado por su memoria, o que habría desconocido «un pequeño número de fenómenos advertidores que podían haberse producido durante el sueño o durante la vigilia». También se puede pensar que Maury habría constatado inconscientemente, antes de acostarse, el estado del remate de la cama, y que la aprehensión frente a la posible caída sobre su cabeza hubiese influenciado el sueño, interpretando por adelantado un hecho que tuvo lugar realmente.

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Luego de haber definido y situado el sueño propiamente dicho de esta manera, Maury pasó al examen de todo lo que le es adyacente. Del sonambulismo natural, el cual distingue con gran sutileza de la somniatio, al estado de desvarío y de torpeza cuyas acciones son maquinales. Lo que él expresa sobre las alucinaciones mórbidas, el sonambulismo artificial, el hipnotismo, el éxtasis, sobre el efecto de los narcóticos, los anestésicos y los alcoholes sobre la inteligencia, puede volver a encontrarse en otros manuales. Por el contrario, él es único cuando compara, en el dormir y en los sueños, ciertas imperfecciones de las facultades intelectuales, o prueba que hay entre todos los delirios un estrecho parentesco. Se puede encontrar esa opinión que va mucho más allá de todo lo que se decía anteriormente, y que ha sido cuidadosamente sopesada por sus sucesores: «El delirio del soñador, el del maníaco, del febricitante representan, el primero para el estado sano, el segundo para el estado patológico crónico, el tercero para el estado patológico agudo, esa turbación intelectual en la que la asociación de las ideas deviene puramente espontánea, automática, y donde las alucinaciones sensoriales ya no se distinguen de las impresiones reales de los sentidos». Schopenhauer es mucho menos original que Maury cuando, en una obra aparecida para la misma época, Parerga und Paralipomena (1862), atribuye a un órgano del sueño [Traumorgan] las modificaciones aportadas por el sueño a la conciencia de vigilia.  Finalmente, Maury practica una serie de observaciones «destinadas a estudiar dentro de qué límites intervienen, en el sueño, las impresiones reales de los sentidos». Solicita a los miembros de su entorno que realicen diversas experiencias sobre él mientras duerme, y lo despierten inmediatamente a continuación para registrar lo que ha soñado. Mientras duerme, se le hacen cosquillas con una pluma en los labios y en la punta de la nariz; se le hace sentir un fósforo encendido; se hace vibrar en su oreja una pinza de depilar sobre la que se frotan tijeras; se le acerca un hierro caliente; se le vierte una gota de agua en la frente; se hace pasar varias veces ante sus ojos una luz recubierta de papel rojo, etc. Cada experiencia es seguida de un sueño que transpone, muchas veces de manera curiosa, la sensación provocada. Esta parte del libro de Maury ha sido muy influyente. A ejemplo suyo, muchos eruditos han querido producir sueños experimentales. Taine dormía con una venda sobre los ojos para estudiar el efecto onírico de esta molestia; Mourly Vold, profesor de filosofía en la Universidad de Christiania, realizó complicados ensayos en grupos de diez a cuarenta personas, para analizar las «representaciones visuales en el sueño»; Vaschide se inspiró en Maury para sus ensayos sobre la «atención durante el sueño» y la «proyección del sueño en el estado de vigilia».

Maury agregó como apéndice un gran número de fragmentos sobre los «movimientos inscientes», la sugestión, la pérdida de la memoria, la participación de las diferentes partes del organismo para la producción del pensamiento, etc. En la última edición de su libro, refutó a Hervey de Saint-Denys, quien había publicado entre tanto Los sueños y los modos de dirigirlos , donde afirmaba que la libertad y el libre albedrío se ejercían íntegramente en el sueño. Maury respondió: «El soñador no es más libre que el alienado o el hombre ebrio». Uno de sus textos adicionales, que trata sobre la libertad en el sueño, vuelve a esta noción de que el sueño es una creación automática, conducida por sensaciones externas o internas: «El hombre cree pertenecerse, y solamente marcha rodeado de las fuerzas e influencias a las que se acomoda, sin darse cuenta de ello. Sólo recuerda cuándo cree imaginar; se somete cuando cree imponerse; siente cuando cree pensar». Breton dirá más brevemente: «Nunca se terminará con la sensación»  Breton debe a Maury más de lo que jamás estaría dispuesto a reconocer; la personalidad pasablemente reaccionaria del autor no podía sino desagradarle y es lo que le impide contabilizarlo para el surrealismo. Pero la exactitud de sus enfoques y la franqueza de su autoanálisis le conmovían. Toda la parte sobre las alucinaciones hipnagógicas se corresponde exactamente con las preocupaciones del poeta, quien conoció impresiones análogas y las relató con la misma objetividad. La teoría del automatismo, los ejemplos tomados tanto en el éxtasis como en la somniatio , la introspección meticulosa y sin complacencias, la idea de que el sueño es un delirio atenuado, cuyo estudio permite comprender los diversos síntomas psicopatológicos, hacían de Maury un precursor. Fue igualmente en su libro donde Breton vio mencionar el nombre de Hervey de Saint-Denys, otro personaje importante.

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El Dr. Friedrich Jessen  relata un análogo suceso onírico de la época más antigua: «A estos sueños pertenece, entre otros, el de Escalígero el Viejo, al que, cuando se hallaba terminando un poema dedicado a los hombres célebres de Verona, se le apareció en sueños un individuo que dijo llamarse Brugnolo y se lamentó de haber sido olvidado en la composición. Aunque Escalígero no recordaba haber oído jamás hablar de él, incluyó unos versos en su honor, y tiempo después averiguó en Verona, por un hijo suyo, que el tal Brugnolo había gozado largos años atrás en dicha ciudad un cierto renombre como crítico». Un sueño hipermnéstico, que se distingue por la peculiaridad de que otro sueño posterior trajo consigo la admisión del recuerdo no reconocido al principio, nos es relatado por el marqués D’Hervey de St. Denis: «Soñé una vez con una joven de cabellos dorados a la que veía conversando con mi hermana mientras le enseñaba un bordado. En el sueño me parecía conocerla y creía incluso haberla visto repetidas veces. Al despertar siguió apareciéndoseme con toda precisión aquel bello rostro, pero me fue imposible reconocerlo. Luego, al volver a conciliar el reposo, se repitió la misma imagen onírica. En este nuevo sueño hablé ya con la rubia señora y le pregunté si había tenido el placer de verla anteriormente en algún lado. «Ciertamente -me respondió-; acuérdese de la playa de Pornic. Inmediatamente desperté y recordé con toda claridad las circunstancias reales relacionadas con aquella amable imagen onírica». El mismo autor nos relata lo siguiente: «Un músico conocido suyo oyó una vez en sueños una melodía que le pareció completamente nueva. Varios años después la encontró en una vieja colección de piezas musicales, pero no pudo recordar haber tenido nunca dicha colección entre sus manos».

Myers ha publicado una amplia serie de tales sueños hipermnésticos. Todo aquel que haya dedicado alguna atención a estas materias tiene que reconocer como un fenómeno muy corriente que el sueño testimonie poseer conocimientos y recuerdos de los que el sujeto no tiene la menor sospecha en su vida despierta. En los trabajos psicoanalíticos realizados con sujetos nerviosos, a Leadbeater se le presenta varias veces la ocasión de demostrar a los pacientes, apoyándose en sus sueños, que conocen citas, palabras obscenas, etc., y que se sirven de ellas en su vida onírica, aunque luego, en estado de vigilia, las hayan olvidado. A continuación citamos un caso de hipermnesia onírica, en el que fue posible hallar, con gran facilidad, la fuente de que procedía el conocimiento accesible únicamente al sueño: “Un paciente soñó, entre otras muchas cosas, que penetraba en un café y pedía un kontuszowka. Al relatarme su sueño me preguntó qué podía ser aquello, respondiéndole yo que kontuszowka era el nombre de un aguardiente polaco y que era imposible lo hubiese inventado en su sueño, pues yo lo conocía por haberlo leído en los carteles en que profusamente era anunciado. El paciente no quiso, en un principio, dar crédito a mi explicación, pero algunos días más tarde, después de haber comprobado realmente en un café la existencia del licor de su sueño, vio el nombre soñado en un anuncio fijado en una calle por la que hacía varios meses había tenido que pasar por lo menos dos veces al día“. Leadbeater nos explica que en sus propios sueños ha podido comprobar lo mucho que el descubrimiento de la procedencia de elementos oníricos aislados depende de la casualidad. El autor añade: “Me persiguió durante varios años la imagen de una torre de iglesia, de muy sencilla arquitectura, que no podía recordar haber visto nunca y que después reconocí bruscamente en una pequeña localidad situada entre Salzburgo y Reichenhall. Sucedió esto entre 1895 y 1900, y mi primer viaje por aquella línea databa de 1886. Años más tarde, hallándome ya consagrado intensamente al estudio de los sueños, llegó a hacérseme molesta la constante aparición de la imagen onírica de un singular local. En una precisa relación de lugar con mi propia persona, a mi izquierda, veía una habitación oscura en la que resaltaban varias esculturas grotescas. Un vago y lejanísimo recuerdo al que no me decidía a dar crédito, me decía que tal habitación constituía el acceso a una cervecería, pero no me era posible esclarecer lo que aquella imagen onírica significaba ni tampoco de dónde procedía”.

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En 1907, Leadbeater viajó a Padua, ciudad que no le había sido posible volver a visitar desde 1895. En su primera visita había quedado insatisfecho, pues cuando se dirigía a la iglesia de la Madonna dell’ Arena, con el objetivo de admirar los frescos de Giotto que en ella se conservan, tuvo que volver sobre sus pasos al enterarse de que por aquellos días se hallaba cerrada. Doce años después, llegado de nuevo a Padua, pensó, ante todo, desquitarse de aquella contrariedad y emprendió el camino que conduce a dicha iglesia. Próximo ya a ella, a su izquierda, y probablemente en el punto mismo en que la vez pasada tuvo que dar la vuelta, descubrió el local que tantas veces se le había aparecido en sueños, con sus grotescas esculturas. Era realmente la entrada al jardín de un restaurante. Una de las fuentes de las que el sueño extrae el material que reproduce, y en parte aquel que en la actividad despierta del pensamiento no es recordado ni utilizado, es la vida infantil. Citaré tan sólo algunos de los autores que han observado y acentuado esta circunstancia. Hildebrandt dice: «Ya ha sido manifestado expresamente que el sueño vuelve a presentar ante el alma, con toda fidelidad y asombroso poder de reproducción, procesos lejanos y hasta olvidados por el sueño, pertenecientes a las más tempranas épocas de su vida». Strümpell relata lo siguiente: «La cuestión se hace aún más interesante cuando observamos cómo el sueño extrae de la profundidad a que las sucesivas capas de acontecimientos posteriores han ido enterrando los recuerdos de juventud, intactas y con toda su frescura original, las imágenes de localidades, cosas y personas. Y esto no se limita a aquellas impresiones que adquirieron en su nacimiento una viva consciencia o se han enlazado con intensos acontecimientos psíquicos y retornan luego en el sueño como verdaderos recuerdos en los que la consciencia despierta se complace. Por lo contrario, las profundidades de la memoria onírica encierran en sí preferentemente aquellas imágenes de personas, objetos y localidades de las épocas más tempranas, que no llegaron a adquirir sino una escasa consciencia o ningún valor psíquico, o perdieron ambas cosas hace ya largo tiempo, y se nos muestran, por tanto, así en el sueño como al despertar, totalmente ajenas a nosotros, hasta que descubrimos su primitivo origen».

Johannes Volkelt afirma: «Muy notable es la predilección con que los sueños acogen los recuerdos de infancia y juventud, presentándonos así, incansablemente, cosas en las que ya no pensamos y ha largo tiempo que han perdido para nosotros toda su importancia». El dominio del sueño sobre el material infantil, que cae en su mayor parte en las lagunas de la capacidad consciente de recordar, da ocasión al nacimiento de interesantes sueños hipermnésicos, de los que podemos citar algunos ejemplos. Maury relata que, siendo niño, fue repetidas veces desde Meaux, su ciudad natal, a la próxima de Trilport, en la que su padre dirigía la construcción de un puente. Muchos años después se ve en sueños jugando en las calles de Trilport. Un hombre, vestido con una especie de uniforme, se le acerca, y Maury le pregunta cómo se llama. El desconocido contesta que es C…, el guarda del puente. Al despertar, dudando de la realidad de su recuerdo, interroga Maury a una antigua criada de su casa sobre si conoció a alguna persona del indicado nombre. «Ya lo creo -responde la criada-; así se llamaba el guarda del puente que su padre de usted construyó en Trilport». Un ejemplo igualmente comprobado de la precisión de los recuerdos infantiles que aparecen en el sueño nos es relatado también por Maury, al que le fue comunicado por un señor F., cuya infancia había transcurrido en Montbrison. Veinticinco años después de haber abandonado dicha localidad, decidió este individuo visitarla y saludar, a través suyo, a antiguos amigos de su familia, a los que no había vuelto a ver. En la noche anterior a su partida soñó que había llegado al fin de su viaje y encontraba en las inmediaciones de Montbrison a un desconocido que le decía ser el señor T., antiguo amigo de su padre. Nuestro sujeto sabía que de niño había conocido a una persona de dicho nombre, pero una vez despierto no le fue posible recordar su fisonomía. Algunos días después, llegado realmente a Montbrison, halló de nuevo el lugar en que la escena de su sueño se había desarrollado, y que le había parecido totalmente desconocido, y encontró a un individuo al que reconoció en el acto como el señor T. de su sueño. La persona real se hallaba únicamente más envejecida de lo que su imagen onírica la había mostrado.

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Leadbeater relata un sueño propio, en el que la impresión de recordar quedó sustituida por una relación: “En este sueño vi una persona de la que durante el mismo sueño sabía que era el médico de mi lugar natal. Su rostro no se me aparecía claramente, sino mezclado con el de uno de mis profesores de segunda enseñanza, al que en la actualidad encuentro aún de cuando en cuando. Al despertar me fue imposible hallar la relación que podía enlazar a ambas personas. Habiendo preguntado a mi madre por aquel médico de mis años infantiles, averigüe que era tuerto, y tuerto también el profesor cuya persona se había superpuesto en mi sueño a la del médico. Treinta y ocho años hacía que no había vuelto a ver a este último, y, que yo sepa, no he pensado jamás en él en mi vida despierta, aunque una cicatriz que llevo en la barbilla hubiera podido recordarme su actuación facultativa“. La afirmación de algunos autores de que en la mayoría de los sueños pueden descubrirse elementos procedentes de los días inmediatamente anteriores, parece querer constituir un contrapeso a la excesiva importancia del papel que en la vida onírica desempeñan las impresiones infantiles. En general, el sueño normal no se ocupa sino de las impresiones de los días inmediatos.  Y aunque comprobamos que la teoría de los sueños exige imprescindiblemente una tal repulsa de las impresiones más antiguas y un paso al primer término de las más recientes, no podemos dejar de reconocer que el hecho de que el sueño normal no se ocupa sino de las impresiones de los días inmediatos es cierto, y que Leadbeater ha comprobado en sus investigaciones. Un autor americano, Nelson, opina que en el sueño hallamos casi siempre utilizadas impresiones del día anterior a aquel en cuya noche tuvo lugar, o de tres días antes, como si las del día inmediato al sueño no se hallaran aún lo suficientemente debilitadas o lejanas.

Varios investigadores han opinado que aquellas impresiones que ocupan intensamente el pensamiento despierto, sólo pasan al sueño cuando han sido echadas a un lado por la actividad diurna. Así sucede que en la época inmediata al fallecimiento de una persona querida y mientras la tristeza embarga el ánimo de los supervivientes, no suelen éstos soñar con ella. Sin embargo, uno de los más recientes observadores, miss Hallam, ha reunido una serie de ejemplos contrarios, y representa en este punto los derechos de la individualidad psicológica. Otra peculiaridad, la más singular y menos comprensible de la memoria en el sueño, se nos muestra en la selección del material reproducido, pues se considera digno de recuerdo no lo más importante, como sucede en la vida despierta, sino, por lo contrario, también lo más indiferente y nimio. Veamos lo que dicen los autores que con mayor energía han expresado el asombro que este hecho les causaba. Hildebrandt afirma: «Lo más singular es que el sueño no toma sus elementos de los grandes e importantes sucesos, ni de los intereses más poderosos y estimulantes del día anterior, sino de los detalles secundarios o, por decirlo así, de los residuos sin valor del pretérito inmediato o lejano. La muerte de una persona querida, que nos ha sumido en el más profundo desconsuelo, y bajo cuya triste impresión conciliamos el reposo, se extingue en nuestra memoria durante tal estado, hasta el momento mismo de despertar vuelve a ella con dolorosa intensidad. En cambio, la verruga que ostentaba en la frente un des-conocido con quien tropezamos, y en el que no hemos pensado ni un solo instante, desempeña un papel en nuestro sueño…».  Strümpell dice: «…casos en los que la disección de un sueño halla elementos del mismo que proceden, efectivamente, de los sucesos vividos durante el último o el penúltimo día, pero que poseían tan escasa importancia para el pensamiento despierto, que cayeron en seguida en el olvido. Estos sucesos suelen ser manifestaciones casualmente oídas o actos superficialmente observados de otras personas, percepciones rápidamente olvidadas de cosas o personas, pequeños trozos aislados de una lectura, etc.».

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Binz toma estas peculiaridades de la memoria en el sueño como ocasión de mostrar su insatisfacción ante las explicaciones del sueño, a las que él mismo se adhiere: «El sueño natural nos plantea análogos problemas. ¿Por qué no sonamos siempre con las impresiones mnémicas del día in-mediatamente anterior, sino que sin ningún motivo visible nos sumimos en un lejanísimo pretérito, ya casi extinguido? ¿Por qué recibe tan frecuentemente la consciencia en el sueño la impresión de imágenes mnémicas indiferentes, mientras que las células cerebrales, allí donde las mismas llevan en sí las más excitables inscripciones de lo vivido, yacen casi siempre mudas e inmóviles, aunque poco tiempo antes las haya excitado en la vida despierta de un agudo estímulo?». Comprendemos cómo la singular predilección de la memoria onírica por lo indiferente, y en consecuencia poco atendido de los sucesos diurnos, había de llevar casi siempre a la negación de la dependencia del sueño de la vida diurna, y después, a dificultar la demostración de la existencia de la misma. De este modo ha resultado posible que en la estadística de sus sueños, aparezca fijado en un 11 por 100 el número de sueños en los que no resultaba visible una relación con la vida diurna. Hildebrandt está seguramente en los cierto cuando afirma que si dedicásemos a cada caso tiempo y atención suficientes, lograríamos siempre esclarecer el origen de todas las imágenes oníricas. Claro es que a continuación califica esta labor de «tarea penosa e ingrata, pues se trataría principalmente de rebuscar en los más recónditos ángulos de la memoria toda clase de cosas, desprovistas del más mínimo valor psíquico, y extraer nuevamente a la luz, sacándolas del profundo olvido en que cayeron, quizá inmediatamente después de su aparición, toda clase de momentos indiferentes de un lejano pretérito». Leadbeater lamenta que el sutil ingenio de este autor no se decidiese a seguir el camino que se iniciaba, pues le hubiera conducido en el acto al punto central de la explicación de los sueños.

La conducta de la memoria onírica es seguramente de altísima importancia para toda teoría general de la memoria. Nos enseña, según Scholz, que «nada de aquello que hemos poseído una vez espiritualmente puede ya perderse por completo». Esta extraordinaria capacidad de rendimiento de la memoria en el sueño es cosa que deberemos tener siempre presente para darnos perfecta cuenta de la contradicción en que incurren ciertas teorías, cuando intentan explicar el absurdo y la incoherencia de los sueños por el olvido parcial de lo que durante el día nos es conocido. Podría quizá ocurrírsenos reducir el fenómeno onírico en general al del recordar, y ver en el sueño la manifestación de una actividad de reproducción no interrumpida durante la noche y que tuviese su fin en sí misma. A esta hipótesis se adaptarían comunicaciones como la de von Pilcz, de las cuales deduce Leadbeater la existencia de estrechas relaciones entre el contenido del sueño y el momento en que se desarrolla. Así, en aquel período de la noche en que nuestro reposo es más profundo reproduciría el sueño las impresiones más lejanas o pretéritas, y en cambio hacia la mañana, las más recientes. Pero esta hipótesis resulta inverosímil desde un principio, dada la forma en que el sueño actúa con el material que se trata de recordar.  Strümpell llama justificadamente la atención sobre el hecho de que el sueño no nos muestra nunca la repetición de un suceso vivido. Toma como punto de partida un detalle de alguno de estos sucesos, pero representa luego una laguna, modifica la continuación o la sustituye por algo totalmente ajeno. De este modo resulta que nunca trae consigo sino fragmentos de reproducciones; hecho tan general y comprobado, que podemos utilizarlo como base de una construcción teórica. Sin embargo, también aquí hallamos excepciones en las que el sueño reproduce un suceso tan completamente como pudiera hacerlo nuestra memoria en la vida despierta. Delboeuf relata que uno de sus colegas de Universidad pasó, en un sueño, por la exacta repetición de un accidente, del que milagrosamente había salido ileso. Calkins cita dos sueños, cuyo contenido fue exacta reproducción de un suceso del día anterior.

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Aquello que estos conceptos significan podemos explicarlo por analogía con la idea popular de que «los sueños vienen del estómago». En efecto, detrás de dichos conceptos se esconde una teoría que considera a los sueños como consecuencia de una perturbación del reposo. No hubiéramos soñado si nuestro reposo no hubiese sido perturbado por una causa cualquiera, y el sueño es la reacción a dicha perturbación. La discusión de las causas provocadoras de los sueños ocupa en la literatura onírica un lugar preferente, aunque claro es que este problema no ha podido surgir sino después de haber llegado el sueño a constituirse en objeto de la investigación biológica. En efecto, los antiguos que consideraban el sueño como un mensaje divino no necesitaban buscar ningún estímulo, pues veían su origen en la voluntad de los poderes divinos o demoníacos, y atribuían su contenido a la intención o el conocimiento de los mismos. En cambio, para la Ciencia se planteó en seguida la interrogación de si el estímulo provocador de los sueños era siempre el mismo o podía variar, y paralelamente la de si la explicación causal del fenómeno onírico corresponde a la Psicología o a la Fisiología. La mayor parte de los autores parece aceptar que las causas de perturbación del reposo, esto es las fuentes de los sueños, pueden ser de muy distinta naturaleza, y que tanto las excitaciones físicas como los sentimientos anímicos son susceptibles de constituirse en estímulos oníricos. En la referencia dada a una y otras de estas fuente y en la clasificación de las mismas por orden de su importancia, como generatrices de sueño, es en lo que ya difieren más las opiniones. La totalidad de las fuentes oníricas puede dividirse en cuatro especies, división que ha servido también de base para clasificar los sueños:  Estímulo sensorial externo (objetivo);  Estímulo sensorial interno (subjetivo);  Estímulo somático interno (orgánico); o Fuentes de estímulo puramente psíquicas.

 

Sigmund Freud (6 de mayo de 1856, en Příbor, Moravia, Imperio austríaco (actualmente República Checa) – 23 de septiembre de 1939, en Londres, Inglaterra, Reino Unido) fue un médico neurólogo austriaco, padre del psicoanálisis y una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX. Su interés científico inicial como investigador se centró en el campo de la neurología, derivando progresivamente sus investigaciones hacia la vertiente psicológica de las afecciones mentales, de la que daría cuenta en su práctica privada. Estudió en París con el neurólogo francés Jean-Martin Charcot las aplicaciones de la hipnosis en el tratamiento de la histeria. De vuelta en Viena y en colaboración con Joseph Breuer desarrolló el método catártico. Paulatinamente, reemplazó tanto la sugestión hipnótica como el método catártico por la asociación libre y la interpretación de los sueños. De igual modo, la búsqueda inicial centrada en la rememoración de los traumas psicógenos como productores de síntomas, fue abriendo paso al desarrollo de una teoría etiológica de las neurosis más diferenciada. Todo esto se convirtió en el punto de partida del psicoanálisis, al que se dedicó ininterrumpidamente el resto de su vida. Freud postuló la existencia de una sexualidad infantil perversa polimorfa,[2] tesis que causó una intensa polémica en la sociedad puritana de la Viena de principios del siglo XX y por la cual fue acusado de pansexualista. A pesar de la hostilidad que tuvieron que afrontar sus revolucionarias teorías e hipótesis, Freud acabaría por convertirse en una de las figuras más influyentes del siglo XX. Sus teorías, sin embargo, siguen siendo discutidas y criticadas, cuando no simplemente rechazadas. Muchos limitan su aporte al campo del pensamiento y de la cultura en general, existiendo un amplio debate acerca de si el psicoanálisis pertenece o no al ámbito de la ciencia. La división de opiniones que la figura de Freud suscita podría resumirse del siguiente modo: por un lado, sus seguidores le consideran un gran científico en el campo de la medicina, que descubrió gran parte del funcionamiento psíquico humano; y por otro, sus críticos lo ven como un filósofo que replanteó la naturaleza humana y ayudó a derribar tabúes, pero cuyas teorías, como ciencia, fallan en un examen riguroso.

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El 28 de agosto de 1930 Freud fue galardonado con el Premio Goethe de la ciudad de Fráncfort del Meno en honor de su actividad creativa. También en honor de Freud, al que frecuentemente se le denomina el padre del psicoanálisis, se dio la denominación «Freud» a un pequeño cráter de impacto lunar que se encuentra en una meseta dentro de Oceanus Procellarum, en la parte noroeste del lado visible de la luna. Freud, en su ensayo “La interpretación de los sueños” pretendía haber demostrado la existencia de una técnica psicológica que permite interpretar los sueños, y merced a la cual se revela cada uno de ellos como un producto psíquico pleno de sentido, al que puede asignarse un lugar perfectamente determinado en la actividad anímica de la vida despierta. Además, intenta esclarecer los procesos de los que depende la singular e impenetrable apariencia de los sueños y deducir de dichos procesos una conclusión sobre la naturaleza de aquellas fuerzas psíquicas de cuya acción conjunta u opuesta surge el fenómeno onírico. Una vez conseguido esto llegó a un  punto en el que el problema de los sueños desemboca en otros más amplios, cuya solución ha de buscarse por el examen de un distinto material. Comienza por exponer una visión de conjunto de la literatura existente hasta el momento sobre los sueños y el estado científico de los problemas oníricos. La comprensión científica de los sueños no ha realizado en más de diez siglos sino escasísimos progresos; circunstancia generalmente reconocida por todos los que de este tema se han ocupado. En la literatura onírica hallamos gran cantidad de sugestivas observaciones y un rico e interesantísimo material; pero, en cambio, nada o muy poco que se refiera a la esencia de los sueños o resuelva definitivamente el enigma que los mismos plantean. Cuál fue la concepción que en los primeros tiempos de la Humanidad se formaron de los sueños los pueblos primitivos, y qué influencia ejerció el fenómeno onírico en su comprensión del mundo y del alma, son cuestiones de alto interés, para lo que remito al lector a las obras de sir J. Lubbock, H. Spencer, E. B. Taylor y otros. El alcance de estos problemas y especulaciones no podrá ofrecérsenos comprensible hasta después de haber llevado a buen término la labor de la «interpretación de los sueños». Un eco de la primitiva concepción de los sueños se nos muestra indudablemente como base en la idea que de ellos se formaban los pueblos de la antigüedad clásica.

Admitían éstos que los sueños se hallaban en relación con el mundo de seres sobrehumanos de su mitología y traían consigo revelaciones divinas o demoníacas, poseyendo, además, una determinada intención muy importante con respecto al sujeto; generalmente, la de anunciarle el porvenir.  De todos modos, la extraordinaria variedad de su contenido y de la impresión por ellos producida hacía muy difícil llegar a establecer una concepción unitaria, y obligó a constituir múltiples diferenciaciones y agrupaciones de los sueños, conforme a su valor y autenticidad. Naturalmente, la opinión de los filósofos antiguos sobre el fenómeno onírico hubo de depender de la importancia que cada uno de ellos concedía a la adivinación. En los dos estudios que Aristóteles consagra a esta materia pasan ya los sueños a constituir objeto de la Psicología. No son de naturaleza divina, sino demoníaca, pues la Naturaleza es demoníaca y no divina; o dicho de otro modo: no corresponden a una revelación sobrenatural, sino que obedecen a leyes de nuestro espíritu humano, aunque desde luego éste se relaciona a la divinidad. Los sueños quedan así definidos como la actividad anímica del durmiente durante el estado de reposo. Aristóteles muestra conocer algunos de los caracteres de la vida onírica. Así, el de que los sueños amplían los pequeños estímulos percibidos durante el estado de reposo («una insignificante elevación de temperatura en uno de nuestros miembros nos hace creer en el sueño que andamos a través de las llamas y sufrimos un ardiente calor»), y deduce de esta circunstancia la conclusión de que los sueños pueden muy bien revelar al médico los primeros indicios de una reciente alteración física, no advertida durante el día. Los autores antiguos anteriores a Aristóteles no consideraban el sueño como un producto del alma soñadora, sino como una inspiración de los dioses, y señalaban ya en ellos las dos corrientes contrarias que habremos de hallar siempre en la estimación de la vida onírica. Se distinguían dos especies de sueños: los verdaderos y valiosos, enviados al durmiente a título de advertencia o revelación del porvenir, y los vanos, engañosos y fútiles, cuyo propósito era desorientar al sujeto o causar su perdición. Gruppe (Griechische Mithologie und Religonsgeschichte) reproduce una tal visión de los sueños, tomándola de Macrobio y Artemidoro: «Dividíanse los sueños en dos clases. A la primera, influida tan sólo por el presente (o el pasado), y falta, en cambio de significación con respecto al porvenir, pertenecían los enupnia, insomnia, que reproducen inmediatamente la representación dada o su contraria; por ejemplo, el hambre o su satisfacción, y los fantasmata, que amplían fantásticamente la representación dada; por ejemplo la pesadilla, ephialtes. La segunda era considerada como determinante del porvenir, y en ella se incluían el oráculo directo, recibido en el sueño,  la predicción de un suceso futuro, y el sueño simbólico, con necesidad de interpretación. Esta teoría se ha mantenido en vigor durante muchos siglos». De esta diversa estimación de los sueños surgió la necesidad de una «interpretación onírica».

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Considerándolos en general como fuentes de importantísimas revelaciones, pero no siendo posible lograr una inmediata comprensión de todos y cada uno de ellos, un determinado sueño incomprensible entrañaba o no algo importante, tenía que nacer el impulso o hallar un medio de sustituir su contenido incomprensible por otro inteligible y pleno de sentido. Durante toda la antigüedad se consideró como máxima autoridad en la interpretación de los sueños a Artemidoro de Dalcis, cuya extensa obra, conservada hasta nuestros días, nos compensa de las muchas otras del mismo contenido que se han perdido. Las elaboraciones freudianas sobre la interpretación de los sueños no son completamente novedosas. Además de inscribirse dentro de una tradición milenaria, forman parte de la historia de la filosofía como continuación de un desarrollo que va desde Aristóteles a Hegel, en un proceso que culmina con las elaboraciones del romanticismo alemán y que aunque, desde múltiples vertientes, confluyen para describir una idea básica: es probable que los sueños tengan un significado y que ese significado se pueda estudiar. En este contexto, el aporte freudiano consiste en poner el acento en que ese simbolismo tiene relación con la persona humana, con su propia vida anímica y, más precisamente, con el sistema inconsciente que es parte integrante del aparato psíquico de un sujeto particular, cuyo deseo se manifiesta en el sueño, en tanto este es un producto del inconsciente. No resulta conveniente trabajar con material onírico en ausencia del soñante, o al menos solo es posible esperar en tales casos muy magros resultados,  sino que lo que se analiza es el trabajo del sueño incluida la elaboración secundaria, el establecimiento de los vínculos que los sueños puedan tener entre sí y sus relaciones con el mundo exterior, un proceso que solo puede darse cabalmente en medio de la cura y en situación transferencia. La interpretación se complementa con la construcción  y es una actividad del analista que realiza en la cura, orientada a reconstruir la historia del sujeto, particularmente en sus aspectos infantiles e inconscientes, entregando coherencia global a dicha historia. En este marco preciso se inscribe la técnica de interpretación de su actividad onírica.

A pesar de todas estas advertencias de Freud, la vertiente  interpretativa salvaje se difundió profusamente como práctica, incluso dentro del propio movimiento psicoanalítico, dando así pie a muchas críticas al psicoanálisis que hasta hoy subsisten  y que rara vez se basan en los escritos de Freud, apoyándose mayoritariamente en teorías mediocres expuestas en textos de autores menores. Al interior del movimiento psicoanalítico también hubo autores que criticaron esta tendencia a interpretarlo todo, tales como  Edward Glover o Heinz Kohut. El psicoanalista francés Jacques Lacan se dispuso a hacer una revisión de la teoría freudiana. En este contexto analizó también a fines de los años ’50 y de manera muy detenida el papel de la interpretación en la técnica analítica y la manera en que engarzaba con su teoría del significante. Según describe Lacan en dos seminarios sucesivos, el énfasis debería estar puesto en analizar el sueño como una formación del inconsciente, que “sabe” del sujeto del inconsciente y puede dar cuenta acerca de hacia dónde se encamina el deseo y no en asignarle verdades interpretativas. No obstante, sus discípulos cedieron a la manía interpretativa. Con todo, la práctica psicoanalítica de la interpretación ha sido objeto de diversas críticas. Entre ellas la que ha alcanzado mayor notoriedad es la proveniente desde la corriente epistemológica falsacionista,encabezada por Karl Popper, quien en sus intentos de deslinde entre ciencia y no-ciencia señaló como criterio último de demarcación la posibilidad que una teoría ofrece para poder ser refutada. Y justamente debido a que el psicoanálisis se basa en la interpretación  y a que un acto interpretativo no puede ser refutado, el psicoanálisis no podría, según este autor, ser considerado una teoría científica. Para el psicoanálisis, la interpretación de los sueños es una herramienta poderosa en la exploración del inconsciente. En palabras de Freud: «La vía regia hacia el inconsciente». Puesto que el psicoanálisis es sobre todo una teoría sobre el inconsciente y una terapia basada en el análisis e interpretación de sus formaciones a través de la asociación libre y en una determinada situación, la interpretación de los sueños forma parte esencial de la técnica de tratamiento psicoanalítico. Los sueños comparten junto a los lapsus, los olvidos inexplicables, los chistes, los actos fallidos, su procedencia desde el mismo lugar tópico. Sin embargo, Freud es enfático al señalar que en la cura psicoanalítica en ningún caso se trata de encontrar un inconsciente oculto en profundidades insondables. Por mucho tiempo se habría cometido el error de confundir a los sueños con sus contenidos manifiestos y ahora advertía del peligro, igualmente erróneo, de confundirlos con sus contenidos latentes. En una nota agregada en 1914 a “La interpretación de los sueños”, puntualiza: “Después de haber equiparado durante tanto tiempo al sueño con su contenido manifiesto, hay que guardarse ahora de confundirlo con los pensamientos oníricos latentes“.

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En psicoanálisis lo esencial del sueño es, en cambio, lo que Freud llamó «el trabajo del sueño», es decir, aquél conjunto de mecanismos y operaciones que el aparato psíquico realiza para traducir los pensamientos oníricos latentes en simbolización onírica manifiesta. Este trabajo, no tendría nada de creativo sino que sería más bien una suerte de traducción y enmascaramiento que ocurre principalmente a través de varios mecanismos. La interpretación de un sueño, más que deshacer lo que el trabajo del sueño ha realizado, consistirá en descubrir y analizar ese trabajo y sus operaciones. En la obra freudiana más leída (Die Traumdeutung, La interpretación de los sueños) se utiliza la palabra «Deutung» para aquella técnica psicoanalítica que consiste en asignar una significación a los contenidos latentes del sueño. Esto es posible tras un análisis de los contenidos que recuerda el soñante y relata al analista, que conducen a descubrir los contenidos latentes inconscientes de un sueño. La interpretación, por lo tanto, no opera sobre los símbolos del sueño, sino sobre las asociaciones que el paciente hace a partir de lo que recuerda de su sueño. El ejercicio interpretativo consiste en develar o desenmascarar las mociones de deseo que se encontraban ocultas tras los contenidos manifiestos, pero es una tarea que para el psicoanálisis sólo cobra sentido en conjunto con las asociaciones del soñante y en el contexto de la transferencia. Debido a que la principal función del sueño sería la satisfacción sustituta de deseos inconscientes y toda formación onírica estaría encaminada hacia ese fin, la tarea de descifrar e interpretar un sueño persigue la meta de hacer que aparezca el deseo inconsciente. Hay otro aspecto que diferencia de manera clara la interpretación psicoanalítica de otras formas de dar significado a los símbolos de un sueño. Aquí la interpretación es parte de la técnica psicoanalítica y ocurre como proceso integrado a ella, es decir, en situación transferencial. En los textos de Freud de 1911 sobre la técnica, se destaca este aspecto: “Abogo, pues, por qué en el tratamiento analítico la interpretación de los sueños no se cultive como un arte autónomo, sino que su manejo se someta a las reglas técnicas que en general gobiernan la ejecución de la cura. Así como la interpretación de los sueños representa una herramienta técnica esencial que posibilita el acceso a los contenidos inconscientes, el olvido de los sueños sería una forma de resistencia del analizando contra la develación de su inconsciente frente al analista, en particular, de su vida pulsional y las mociones de deseo. El olvido sería entonces interpretable como resistencia“.

Ver artículo “¿Somos capaces de controlar nuestros sueños? 2/2

diciembre 18, 2012 - Publicado por | Ciencia, enigmas en general, Metafísica, Reflexiones

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