Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

Los grandes descubridores del antiguo Egipto


Los grandes descubrimientos realizados en Egipto en los decenios que siguieron al trabajo del gran Champollion van ligados a cuatro nombres: el italiano Belzoni, coleccionista; el alemán Lepsius, catalogador; el francés Mariette, conservador, y el inglés Petrie, famoso medidor e intérprete. «Uno de los hombres más notables en toda la historia de la egiptología», dice el arqueólogo Howard Carter, refiriéndose a Giovanni Battista Belzoni Imagen 34(1778-1823), «poco antes de llegar a Egipto, se había exhibido en un circo de Londres haciendo el  número de fuerza».  De distinguida familia romana, pero nacido en Padua, estaba destinado a la carrera eclesiástica. Pero antes de tomar el hábito se vio mezclado en intrigas políticas y, en vez de entrar en una cárcel italiana, escapó a Londres. Cuéntase cómo este «gigante italiano» y «hombre fuerte» atraía todas las noches a un nutrido grupo de espectadores alrededor de la pista del circo donde actuaba. Sin duda, entonces no sospechaba aún sus futuras ambiciones arqueológicas. Parece ser que luego estudió la carrera de ingeniero mecánico, aunque también es muy posible que se dedicara a ganarse la vida como simple charlatán. En 1815 lo hallamos pretendiendo introducir en Egipto una noria mecánica capaz de dar cuatro veces más de rendimiento que las rudimentarias norias indígenas. De todos modos debió ser muy hábil, pues consiguió el permiso para instalar su modelo nada menos que en el palacio de Mohamed Alí, el tirano más temido. Mehmet Alí o Mehemet Alí (1769 – 1849), valí de Egipto (1805 – 1848). Aunque también es conocido como Muhammad  y Mohammed Alí, es más correcto el nombre de “Mehmet” o “Mehemet” en turco, ya que había nacido en el Imperio otomano y era gobernador de Egipto en nombre del sultán, siendo además la segunda, la forma utilizada en su época.

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Considerado como el fundador del Egipto moderno, introdujo grandes reformas en el país para situarlo en el puesto que se merecía y conseguir una cierta independencia frente a las Grandes Potencias, además de una gran autonomía respecto del Imperio otomano. También amplió considerablemente sus fronteras, sometiendo a los pueblos vecinos o guerreando contra los otomanos. Probablemente nació en Kavala (Grecia), aunque sus orígenes eran albaneses. Comenzó trabajando como mercader de tabaco, pero lo dejó para alistarse en el Ejército otomano. Pronto destacó como un brillante soldado y así arrancó una meteórica carrera militar que le llevaría a convertirse en el hombre más poderoso de Egipto. En 1798, Napoleón Bonaparte había llegado a Egipto, entonces parte del Imperio otomano, con el fin de cortar las rutas de comunicación británicas con la India. Los mamelucos, que controlaban Egipto, no consiguieron detenerle y fueron derrotados en la batalla de las Pirámides. Poco después, la flota francesa fue destruida por los británicos en la batalla del Nilo, pero las tropas napoleónicas seguían controlando parte del país. Entonces, el sultán otomano decidió enviar tropas para socorrer a sus vasallos. Así, en 1799 Mehmet Alí fue enviado como segundo oficial de un cuerpo de apoyo albanés con órdenes de unirse al ejército anglo-turco que marchaba hacia Egipto. Las tropas turcas no eran muy eficaces debido a la diversidad de gentes que las componían, que hacían imposible su organización. La situación se agravó cuando los salarios se retrasaron. Algunos soldados se amotinaron y desertaron para dedicarse al pillaje. Ante esto, Mehmet tomó el mando de todo el ejército turco, logrando expulsar a los franceses tras la toma de El Cairo en 1803.

Tras la derrota francesa, quedó en Egipto un vacío de poder que aprovechó Mehmet. A principios de mayo de 1805 el pueblo de El Cairo se levantó en armas contra el valí otomano Khurshid Bajá, las calles de la ciudad se convirtieron en un campo de batalla y Khurshid quedó sitiado en la ciudadela. La noche del 12 al 13 de mayo Mehmet Alí fue elegido valí de Egipto por los ulemas (autoridades religiosas) de El Cairo y la situación se calmó. En julio su autoridad fue reconocida por el sultán Selim III.  Mehmet sabía que los mamelucos recobrarían el control en cuanto se recuperaran de la derrota ante los franceses. Por ello, en los primeros años de su mandato se dedicó a afianzar y extender su poder por todo el país. En 1811, acabó definitivamente con sus opositores. Con la excusa de celebrar una fiesta de investidura de su hijo Tusun como General de los Ejércitos de Arabia, invitó a los príncipes mamelucos a su residencia. Entonces, ordenó a sus hombres que les tendieran una emboscada en una calleja de la ciudadela. Veinticuatro príncipes y sus cuatrocientos acompañantes fueron masacrados. En 1812, confiscó todas las tierras del Alto Egipto (sur del país) que pertenecían a los mamelucos. En 1811 combatió la insurrección de los wahabíes, a petición del Imperio otomano, lo que le permitió extender su autoridad sobre el Hiyaz. Al partir a la guerra dejó a su hijo Ibrahim Bajá en el gobierno. En 1815, mientras combatía a las tribus rebeldes, recibió informes sobre la huida de Napoleón de la isla de Elba y sobre una posible invasión otomana de Egipto. Esta difícil situación internacional podría hacerle perder el gobierno del país, por ello partió en cuanto pudo hacia El Cairo. El 18 de junio (día de la batalla de Waterloo) llegó a la capital. La campaña pasó entonces a ser dirigida por su hijo Tusun. En 1816, Ibrahim sustituyó a su hermano (muerto en combate) y en 1818 acabó definitivamente con la insurrección.

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Esta campaña significó el control egipcio de las Ciudades Santas de La Meca y Medina y de la costa oriental del Mar Rojo. Con ello Mehmet Alí se convirtió en salvaguarda del Peregrinaje y consiguió zonas estratégicas para controlar las rutas comerciales de Arabia. El ejército que luchó en Hiyaz estaba compuesto principalmente por las tropas albanesas con las que Mehmet llegó a Egipto. A su regreso causaron una serie de incidentes violentos que obligaron al valí a reformar el Ejército. Desde 1820 a 1822, otro de sus hijos, Ismail Kamil, dirigió una campaña de conquista del Sudán, una tierra rica en recursos, como el oro y los esclavos. En febrero de 1820 conquistó el oasis de Siwa (actualmente en Egipto), una zona de vital importancia para controlar las rutas de las caravanas de mercaderes. En julio, la Nubia sudanesa (actual provincia Norte) cayó sin dificultad en manos egipcias. Así el Reino de Sennar desapareció y Badi VII fue obligado a renunciar a la corona. A continuación Muhammed Bey, un defterdar, fue enviado por Mehmet al mando de 4.500 hombres y ocho cañones para conquistar Kordofán. La resistencia fue feroz, pero la campaña tuvo éxito gracias a la supremacía del ejército egipcio y a las armas de fuego. En octubre de 1822, Ismail murió en combate. Poco después, todo Sudán se encontraba ya en manos egipcias. En 1823 Mehmet fundó la ciudad de Jartum, donde en 1830 establecería a un gobernador egipcio. Pretendía usar Sudán como puente para nuevas expediciones hacia Etiopía o la fuente del Nilo, aunque al final quedó en proyecto. Durante esta campaña se unieron al ejército egipcio algunos campesinos procedentes de los reclutamientos forzosos para sustituir a los soldados albaneses que no conseguían adaptarse a las condiciones climáticas de la zona, llegando entonces a haber entre 8.500 y 9.500 hombres luchando en Sudán. Estas dos primeras campañas militares tenían unos intereses económico-comerciales claros: el control de las rutas comerciales, la obtención de materias primas y la apertura de nuevos mercados para los productos egipcios.

En 1824, el sultán otomano, Mahmut II, solicitó de nuevo su ayuda, esta vez para combatir a los rebeldes griegos, con la promesa de hacerle valí de la Morea (actual Peloponeso). Su hijo Ibrahim dirigió nuevamente las tropas, compuestas por 17.000 hombres. También envió la Flota de Guerra Egipcia. Ésta estaba constituida principalmente por buques que Mehmet había encargado en astilleros de Marsella, Tolón, Venecia, Trieste o Livorno. El número total de barcos era de sesenta.  A mediados de mayo de 1824 comenzó la invasión de Creta. A continuación las tropas desembarcaron en Morea. Ante el avance egipcio, los griegos huyeron a las montañas, donde comenzaron una guerra de guerrillas contra el invasor. El 15 de abril de 1825 el ejército turco-egipcio comenzó el sitio de Missolonghi, que se rindió tras un largo asedio el 24 de abril de 1826. El 20 de octubre de 1827, la flota egipcia, combinada con la turca, sufrió una gran derrota en Navarino frente a la coalición formada por Reino Unido, Francia y Rusia, que luchaban a favor de los griegos para proteger sus intereses en el Mediterráneo. Las potencias europeas obligaron entonces al Imperio otomano a reconocer la independencia griega. En 1828 los últimos soldados egipcios abandonaron Grecia. En 1827, Francia comenzó una serie de negociaciones con Mehmet con el fin de conseguir apoyo bélico en Argelia. Bernardino Drovetti, el cónsul francés (con gran influencia sobre Mehmet) pidió la intervención del ejército egipcio en Trípoli, Túnez y Argelia para apoyar la ocupación francesa de este último país. Finalmente en 1829 las negociaciones acaban en fracaso. Mehmet rechazó la propuesta por la fuerte oposición de los gobiernos otomano y británico, y porque ya tenía en mente una campaña más rentable para sus planes: Siria. En 1831, Abdallah, valí de Acre, aceptó que 6.000 campesinos, que huían del reclutamiento forzoso, se refugiaran en su territorio. Así, con la excusa de capturar a los desertores, Mehmet Alí entró en conflicto con el sultán al sobrepasar la frontera de Siria. El inicio de esta nueva campaña coincide con las necesidades de madera y otras materias primas para la construcción de barcos.

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Mehmet envió sus tropas mandadas nuevamente por su hijo Ibrahim. El ejército egipcio cruzó la frontera con Siria y puso sitio a Acre el 3 de noviembre. La ciudad cayó el 27 de mayo de 1832. El ejército victorioso siguió su marcha hacia Anatolia. El 21 de diciembre en Konya el ejército otomano fue derrotado. Tras esta batalla, Ibrahim tenía el camino libre hasta la capital, Constantinopla. Ante la amenaza del avance, los turcos aceptaron la ayuda que les ofrecía Rusia para mediar en el conflicto. Así se firmó el Tratado de Unkiar Skelessi en Kütahya en 1833. Proclama la igualdad de culto y de religión. En 1835 el prelado apostólico de Siria declara: «Lejos de tener quejas del trato que reciben los cristianos, debemos felicitarnos por la tolerancia que se les brinda» «El generalísimo egipcio confía a los cristianos los puestos más importantes. Se les autoriza a montar a caballo, a llevar turbante blanco, privilegio exclusivo de los musulmanes». La paz era humillante para los turcos, ya que perdían una gran cantidad de terreno a manos de quien fuera su vasallo. En 1838 Mehmet Alí anunció su deseo de conseguir la independencia del Imperio otomano y convertir a Egipto en un reino hereditario. Este anuncio provocó una segunda crisis en las tensas relaciones entre el sultán y su vasallo. La situación pareció calmarse, pero ese mismo año, el gobierno otomano y el británico firmaron el Tratado de Balta Liman, que obligaba a abolir los monopolios en todas las provincias del Imperio, Egipto incluido, e imponía nuevas tarifas aduaneras altísimas. Estas medidas, especialmente la segunda, afectarían mucho a la economía egipcia y vaciarían sus arcas. Egipto se negó a aceptar el tratado, lo cual provocó una nueva guerra turco-egipcia.

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El ejército otomano fue derrotado en Nísibis, cerca de Urfa, el 24 de junio de 1839. De nuevo quedaba libre el camino hasta Constantinopla, pero esta vez, Mehmet prohibió a su hijo Ibrahim continuar la marcha. Ante esta situación, Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia, que veían temerosas el aumento del poder egipcio, apoyaron la causa otomana. Sólo Francia apoyaba a Egipto. Las potencias aliadas exigían que Mehmet se retirara de la región interior de Siria y del actual Líbano, a cambio de conservar Acre y el derecho a transmitir el trono a sus descendientes, bajo amenaza de intervenir. Mehmet no aceptó las condiciones y prosiguió la lucha. La reacción de las potencias aliadas no se hizo esperar: Naves británicas y austriacas bloquearon la salida del Nilo al Mediterráneo, los británicos cortaron las vías de comunicación de Egipto con Siria y dejaron al agotado ejército egipcio sin refuerzos, el 11 de septiembre de 1840 Beirut es bombardeada y el 3 de noviembre Acre capitula. Ante tales acontecimientos, Francia rompió su alianza con Egipto. La guerra estaba perdida. El 27 del mismo mes, Mehmet aceptó las condiciones que le habían impuesto, renunciando además a Creta y al Hiyaz. Además, a partir de entonces Egipto se quedaba sin Armada y el ejército no podría superar los 18.000 efectivos. En lo único que salía ganando Mehmet era en que podría transmitir sus derechos sobre Egipto a sus descendientes, quienes gobernarían Egipto hasta el derrocamiento del rey Fuad II en 1953.

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Pero Mohamed Alí era amigo del progreso, aunque no quedó convencido con la noria de Belzoni. Éste, en cambio, mientras tanto, había recibido del suizo Burckhardt, que recorría África, una carta de presentación para el cónsul general británico en Egipto, Salt, y tan pronto como habló con el cónsul le prometió llevar «el colosal busto de Memnón» —la estatua de Ramsés II, ahora en el Museo Británico— de Luxor a Alejandría.  Los cinco años siguientes los pasó ocupado en trabajos de coleccionista. Primeramente coleccionó para Salt, luego por su cuenta. Recogía todo cuanto se le presentaba, desde minúsculos escarabeos hasta obeliscos. Precisamente durante el traslado, un obelisco se les cayó al Nilo y él se las ingenió para sacarle de nuevo. Y toda aquella labor la realizaba en una época en la cual en Egipto, ya famoso como el más inmenso cementerio de antigüedades del mundo, saqueado sin orden ni concierto, nadie vacilaba en conquistar ese oro antiguo con  métodos más arteros que los usados por los buscadores de oro que dos decenios más tarde invadieron California y Australia en su afán de conquista del oro natural. Allí no regían leyes, o no eran respetadas, y más de una vez las divergencias fueron decididas a tiros.  En este ambiente no puede extrañarnos que la pasión de coleccionar, que únicamente tendía al objeto y no al conocimiento, destruía más que descubría, dañaba más que enriquecía la cultura. Tampoco Belzoni, quien, como sabemos por su breve bosquejo biográfico, a pesar de su vida anterior había tenido tiempo de adquirir conocimientos sobre la materia, reparaba demasiado en los medios para la consecución del objeto de sus deseos. Y más de una vez hizo saltar la tapa de los sarcófagos, ritualmente sellados, por el expeditivo procedimiento de un  ariete. Con tal método, que hace erizar los cabellos a cualquier arqueólogo moderno, nos parecería incomprensible que una persona tan escrupulosa como Howard Carter pueda decir de Belzoni que se le debería tributar pleno reconocimiento por sus excavaciones «y por el método como las llevó a cabo» si no pensásemos que Belzoni era hijo de su época y que, además, hizo dos cosas dignas de todo reconocimiento. En ambas fue el primero y con ellas sentó los primeros eslabones de una cadena aún no interrumpida.

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C. W. Ceram es el pseudónimo de Kurt Wilhelm Marek (Berlín, 20 de enero de 1915 – Hamburgo, 12 de abril de 1972), un periodista y crítico literario alemán, conocido por sus notables obras de divulgación sobre Arqueología, especialmente por su extraordinario libro “Dioses, tumbas y sabios”, que recomiendo leer a toda persona interesada en la historia de la Arqueología. En la Segunda Guerra Mundial fue hecho prisionero en Italia y durante su cautiverio tuvo ocasión de leer libros de Arqueología. Como resultado de sus conocimientos adquiridos publicó en 1949 su libro “Dioses, tumbas y sabios”, obra que le hizo famoso en todo el mundo y en la que me he basado en parte para escribir este artículo. “Dioses, tumbas y sabios” se ha traducido a veintiocho idiomas con cinco millones de ejemplares publicados y a día de hoy siguen imprimiéndose nuevas ediciones. Otras obras conocidas del autor son “El secreto de los Hititas” o “El primer americano”. C.W. Ceram fue redactor jefe del periódico Die Welt y director de publicaciones de la editorial Ernst Rowohlt. En 1947 se trasladó a EE.UU.

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En octubre de 1817, Belzoni descubrió, en el valle de Biban-el-Muluk, cerca de Tebas, junto a otras, la tumba de Sethi I, antecesor del gran Ramsés, el vencedor de los libios, sirios e hititas. Aquella tumba medía cien metros. El sarcófago era magnífico, de alabastro, y hoy se halla en el Soane Museum de Londres. Mas el sarcófago estaba vacío desde hacía tres mil años y Belzoni no podía saber dónde paraba la momia, ni qué azarosos caminos había seguido. Con el descubrimiento de esta tumba comenzaron los importantes hallazgos del famoso Valle de los Reyes, cuyo punto culminante se alcanzaría solamente en nuestro siglo.  Medio año más tarde, el día 2 de marzo de 1818, nuestro italiano, como aún se hace constar en una inscripción colocada sobre la entrada a la vista de todo visitante, abrió la segunda pirámide de Gizeh, la pirámide de Kefrén, y penetró hasta la cámara mortuoria. Con estas primeras investigaciones comenzó su ruta práctica la egiptología, la ciencia de las pirámides, de las edificaciones más poderosas del mundo antiguo. En medio de la oscuridad de la primitiva época egipcia, enmarcada por aquellas gigantescas masas geométricas, se proyectaron los primeros rasgos humanos. Y aquí queremos hacer referencia a  la batalla de Kadesh. Batalla entre los ejércitos de Ramsés II, el joven faraón de Egipto, y Muwatal II, rey del Imperio Hitita, más los aliados de este último; fue librada aproximadamente el año 1274 a.C, en los alrededores del poblado de Kadesh, cerca del río Orontes, en lo que actualmente es Siria. Kadesh (Qadesh) tiene la interesante característica de ser la primera batalla documentada en fuentes antiguas, lo que la convierte en objeto de estudio minucioso por parte de todos los aficionados e investigadores de la ciencia militar, analistas, historiadores, egiptólogos y militares de todo el mundo. También es la primera que generó un tratado de paz documentado. Además, Kadesh tiene la importancia adicional de ser la última gran batalla de la historia librada en su totalidad con tecnología de la Edad del Bronce. Todas las fuentes coinciden en afirmar que la batalla comenzó “en el día noveno del tercer mes del verano del año quinto del reinado de Ramsés“. Esto sitúa el combate alrededor del 27 de mayo de 1274 ó de 1275 a.C..

El año de coronación de Ramses es entre 1274 y 1275 a.C. Se ha afirmado que el conflicto ocurrió entre estos años, pero hay gente que dice que ocurrió en 1270 a. C. o incluso en1265 a. C., aunque algunas fuentes modernas, por ejemplo, Healy (1995), datan la batalla en 1300 a. C. Pero muchos egiptólogos y estudiosos, tales como Helck, von Beckerath, Ian Shaw, Kenneth Kitchen, Krauss y Málek, estiman que Ramsés II gobernó unos 66 años, de 1279 a 1213 a. C., situando la fecha en torno al 1274 a.C. Durante el siglo XIV a.C. el equilibrio de poderes en el Medio Oriente había cambiado substancialmente. La crisis provocada por la reforma religiosa del faraón Ekhnatón, sumada al empuje del enérgico monarca hitita Shubiluliuma, provocaron que Siria completa cambiara de manos egipcias a hititas.  El joven faraón Ramsés se lanzó a una gran campaña militar para recobrar dichos territorios de manos hititas; sin embargo, la guerra se tornaría complicada para los egipcios cuando los hititas consiguieron trabar alianzas con distintos reyezuelos de la región (los de Nahr el-Kelb, Gubla, Arwad, Ugarit, Naharina y Kargamis, concretamente), formando una coalición contra Ramsés. Este, a su vez, consiguió la amistad del príncipe Bentesina, de Amurru, hasta el momento aliado de los hititas. Ramsés se adentró en Siria con cuatro divisiones, compuestas por batallones egipcios, algunos fieros guerreros negros reclutados en Nubia, y un importante contingente de amorreos que detestaban profundamente a los hititas. De esta manera llegó hasta Kadesh y flanqueó la ciudad por el oeste hacia el norte, ignorante de que los hititas habían hecho lo propio, flanqueando la ciudad por el este hacia el sur (por la ribera oriental del río Orontes).

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Muwatal, el rey hitita, dio grandes muestras de astucia al enviar soldados que debían dejarse capturar, e informar de esta manera a los egipcios que los hititas se encontraban bastante más al norte. Confiadamente, el impetuoso Ramsés había avanzado con las divisiones Amón y Ra, sin esperar al resto de su ejército, desoyendo los prudentes consejos de sus oficiales.  Cuando Ramsés descubrió la verdad, ya era tarde. Nervioso, ordenó preparar las defensas, mientras trataba de enviar mensajes a las divisiones Ptah y Sutekh para que aceleraran la marcha. Los hititas, que al contrario de los egipcios estaban muy bien organizados y desarrollaban un plan sobre pasos firmes y concretos, cruzaron el río Orontes de este a oeste, por el sur de Kadesh, y se lanzaron a un feroz ataque. Los egipcios, hambrientos y cansados por la marcha, a duras penas consiguieron defenderse. La división Ra fue atacada por el centro y dispersa, mientras que los supervivientes egipcios eran masacrados por los carros de combate hititas. De esta manera unos 5.000 egipcios perecieron. Ambos ejércitos contaban más o menos con 20.000 hombres, lo que da una idea de la tragedia. La división Amón, por su parte, resistía desesperadamente. Las divisiones Ptah y Suketh seguían avanzando, ignorantes aún del peligro en que estaban por caer. Muwatal tenía todo a su favor para aniquilar las restantes tres divisiones, e incluso dar muerte a Ramsés, que estaba escondido en el fondo de su campamento y protegido por la avidez de los propios hititas, cuyo heterogéneo ejército se desbandó nada más tomar el campamento enemigo, para dedicarse al saqueo y la rapiña. De esta manera, Muwatal perdió un tiempo valioso en reorganizar su ejército, mientras que Ramsés consiguió quebrar el cerco que los carros de combate hitita habían creado en su torno, y se abrió paso hasta el cercano río Orontes, salvando de esta manera con vida del trance.

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En su empresa fue auxiliado por un escuadrón militar, aunque se ignora si eran cadetes egipcios desembarcados en la costa, o alguna tribu de milicianos amorreos, que apareció en la hora undécima y se abalanzó sobre el derruido campamento egipcio, desorganizando aún más a los saqueadores hititas y poniéndolos finalmente en fuga. De esta manera la victoria escapó de las manos de Muwatal, cuando estaba casi asegurada. Después de la batalla, Ramsés se retiró al Sur, hacia Damasco, desde donde se vio forzado a regresar a Egipto sin ningún triunfo en su haber, e incluso con grandes pérdidas materiales. De todas maneras, esto no le impidió escribir un glorioso poema épico por encargo (el Poema de Pentaur), en el cual describe la batalla como una gloriosa victoria suya, lo que es falso, como es posible cotejar en las crónicas hititas. De todas maneras, Muwatal optó por no continuar la guerra, y envió una oferta de paz a Ramsés. El tratado de paz subsiguiente, después de algunas hostilidades posteriores, sería la base de un acuerdo posterior más permanente, el Tratado de Kadesh, que no firmaría Muwatal sino su sucesor Hattusil III. En cuanto a Bentesina, el aliado amorreo de Ramsés, tuvo un triste destino en manos de Muwatal, quien se vengó derrocándolo y poniendo en su lugar a Sabili, un rey títere a sus intereses en la región. La Batalla de Kadesh fue la última contienda a gran escala entre egipcios e hititas, pueblos que ya no volverían a invadir cada uno la esfera de influencia del otro. El documento que formalizó la tregua entre Egipto y el Imperio Hitita, conocido como Tratado de Kadesh, es el primer texto de la historia que documenta un tratado de paz. Fue copiado en numerosos ejemplares escritos en caldeo babilonio, lengua de la diplomacia de la época, sobre preciosas hojas de plata. Varios ejemplares se han encontrado en Hattusas, capital hitita, mientras que otras copias se hallaron en Egipto. Otros ejemplares escritos sobre materiales más viles, conteniendo el mismo texto, también han llegado hasta nosotros, como por ejemplo el conjunto de tablas de arcilla conservado en el Museo de Arqueología de Estambul, correspondiente a la versión hitita del tratado.

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Belzoni no fue el primero que excavó en el Valle de los Reyes, ni tampoco el primero en buscar la puerta de entrada de una pirámide. Sin embargo, aunque le guiaba más el interés del oro que el de la ciencia, fue el primero que en los dos lugares, ante la cámara mortuoria y la pirámide, se preocupó de los problemas arqueológicos que aún hoy día, en los mismos lugares, se mantienen en pie sin resolver.  Belzoni se trasladó en 1820 a Inglaterra y organizó una exposición en Londres, en el Egipcius Hall de Piccadilly, construido ocho años antes.  El sarcófago de alabastro y un modelo de la tumba de Sethi I fueron los ejemplos de más categoría. Pocos años después, en un viaje de exploración a Tombuctú, falleció. Por su labor realizada, sin merecer que se le perdone la infantil tontería de perpetuar su nombre en el «Ramesseum» de Tebas, en el propio trono de Ramsés II, tontería que imitaron tantos otros, como Mr. Brown, Herrn Schmidt y Messieurs Blanc, «coleccionistas», para gran disgusto de los arqueólogos.  Belzoni no fue más que un gran coleccionista. Para coronar su labor hacía falta un ordenador y clasificador. Y éste fue Lepsius.  Alexander von Humboldt, viajero e investigador, fue quien sugirió al rey Federico Guillermo IV de Prusia, más fecundo en planes que en hazañas, que concediese los medios necesarios para una expedición cuyo director fue Richard Lepsius, que entonces contaba solamente treinta y tres años. La elección no podía ser más acertada. Lepsius, nacido en Naumburg en 1810, había estudiado Filología y se graduó a los  veintitrés años. A los treinta y dos consiguió un puesto como profesor supernumerario en Berlín. Un año después, tras una preparación de dos años, emprendió el viaje.  Se había calculado que la expedición duraría tres años, de 1843 a 1846, ya que para ello se contaba con lo que hasta entonces no se había dispuesto ninguna otra expedición. No era la única preocupación el lograr un botín rápido, sino también explorar, comprobar e iniciar excavaciones allí donde se atisbara el éxito. Así, sólo en Menfis se ocuparon seis meses, y en Tebas siete. Si pensamos que en nuestro siglo se emplearon en una sola tumba, la de Tutankamón, varios años, nos parece escaso el tiempo que Lepsius destinaba a unas zonas tan enormes de ruinas; pero entonces el tiempo contaba mucho.

 

Los primeros éxitos que Lepsius logró tuvieron como consecuencia el descubrimiento del Imperio Antiguo en numerosos monumentos. El Imperio Antiguo de Egipto, también llamado Reino Antiguo, es el período de la historia del Antiguo Egipto comprendido entre 2700 y 2200 a. C. Lo integran las dinastías III, IV, V y VI. El Imperio Antiguo forjó y consolidó el sistema político, cultural y religioso surgido durante el periodo protodinástico, con la aparición de una monarquía cuyos rasgos más notables son la divinización absoluta del faraón (los egipcios creían que el faraón aseguraba las inundaciones anuales del Nilo que eran necesarias para sus cosechas) y un poder político fuertemente centralizado. Esta época surge marcada por la influencia del faraón Dyeser (Zoser), quien traslada la capital a Menfis y extiende el Imperio egipcio desde Nubia al Sinaí. Aunque más importante que Dyeser fue su visir Imhotep, el arquitecto diseñador de la pirámide escalonada de Saqqara, sumo sacerdote de Ptah, divinizado en la época ptolemaica. También las grandes pirámides de Guiza, atribuidas a los faraones Keops, Kefrén y Micerino se datan en este periodo. Tras el largo reinado del faraón Pepy II (94 años), y ante la debilidad del poder real, los gobernadores de los nomos se hacen fuertes, y convierten sus cargos en hereditarios. Nomo se denomina a cada una de las subdivisiones territoriales del Antiguo Egipto. Este nombre es de origen griego (“Νομός“, ‘distrito‘); la palabra egipcia era hesp o sepat, que designaba la superficie cultivable de los territorios. Entonces Egipto pasó a un período histórico en el cual se descentralizó fuertemente el sistema político, siendo denominado por los historiadores primer período intermedio. El primer faraón notable del Imperio Antiguo fue Dyeser, de la III Dinastía, que ordenó la construcción de la pirámide escalonada en la necrópolis de Menfis, la actual Sakkara. La persona más importante durante el reinado de Dyeser fue su chaty (visir), Imhotep.

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Durante este período, los egipcios creían que la naturaleza del tiempo era cíclica, y el faraón debía asegurar la estabilidad de aquellos ciclos. También se consideraban una gente especialmente elegida, “como los únicos seres humanos verdaderos sobre la Tierra“. Los faraones de la Dinastía IV alcanzaron el cenit del Imperio Antiguo, que comenzó con el faraón Seneferu, quien construyó tres pirámides: la pirámide ahora derruida de Meidum, la Pirámide acoda de Dahshur, y la Pirámide Roja, al norte de Dahshur. Utilizó una masa mayor de piedras que cualquier otro faraón. Seneferu fue sucedido por su hijo, Keops, quien se dice que construyó la Gran Pirámide de Guiza, lo que contradice algunas teorías actuales. La tradición posterior egipcia lo describe como un tirano cruel, que impuso el trabajo forzado a sus súbditos para erigir su pirámide. Después de la muerte de Keops es posible que surgieran disputas sucesorias entre sus hijos Dyedefra y Kefrén. Éste último se cree que construyó la segunda pirámide y posiblemente la Gran Esfinge de Guiza, aunque sobre ello hay serias dudas. Los últimos reyes de la IV Dinastía fueron Micerino, quien construyó la tercera mayor pirámide de Guiza, Shepseskaf y Dyedefptah. La V Dinastía fue fundada por Userkaf, quien inició las reformas que debilitaron el poder del faraón y del gobierno central. Los intereses comerciales de Egipto en mercancías como ébano, mirra, incienso, oro, cobre y otros metales útiles inspiraron a los antiguos egipcios a construir grandes barcos para navegar por mar abierto. Ellos negociaron con Líbano para obtener cedro y viajaron por el mar Rojo hasta el Reino de Punt, ubicado en las actuales Etiopía y Somalia para obtener ébano, marfil y especias aromáticas. Los constructores de barcos de aquella época usaban cuerdas para trabar sus barcos. Después de los reinados de Userkaf y Sahura, los poderosos gobernadores regionales entablaron disputas entre ellos, que fueron cada vez a peor, minando la unidad y el gobierno central. También surgieron hambrunas. Pero la autonomía regional y los disturbios no eran las únicas causas de esta decadencia. Los proyectos de grandes edificaciones de la IV Dinastía habían excedido la capacidad del tesoro y de la población, debilitado a la monarquía en sus raíces.

El golpe final fue una severa sequía en la región de las fuentes del Nilo, causada por una drástica disminución de las lluvias entre 2200 y 2150 a. C., que a su vez evitó las inundaciones normales del Nilo. El resultado fue el colapso final del Imperio Antiguo después de décadas de hambre y disturbios. Una importante inscripción en la tumba de Anjtifi, uno de los monarcas, durante el temprano Primer período intermedio, describe el estado lamentable del país después de las hambrunas. El faraón era considerado oficialmente como un dios, heredero de los dioses que reinaron sobre la Tierra, custodio de la justicia y el orden universal “Maat“. Era el único que podía tener varias esposas legítimas y otras secundarias (concubinas), madres de los futuros reyes, visires generalmente, sumos sacerdotes en los templos de Ra, Toth y Min, con derecho a ser enterrados junto al faraón, en pirámides menores o mastabas propias. Lepsius halló huellas y restos de treinta pirámides hasta entonces desconocidas, con lo cual el número de ellas se elevó a sesenta y siete. A ello se debe añadir una clase de tumbas hasta entonces completamente ignoradas, las llamadas  mastabas  (cámaras mortuorias en forma de diván,  mastaba)  de los nobles del Imperio Antiguo, ciento treinta de las cuales fueron examinadas y reconocidas por Lepsius. En Tell-el-Amarna dio con la figura del gran reformador religioso Amenofis IV. Y fue el primero en efectuar mediciones en el famoso Valle de los Reyes. Los relieves de las paredes de los templos, las innumerables inscripciones, en especial los abundantes  cartouches  con nombres de reyes, fueron calcados o copiados. Investigó en las fechas y llegó a calcular hasta el cuarto milenio antes de Jesucristo, según él creía, pues hoy sabemos que era hasta el tercero. Fue también el primero que ordenó cuanto veía y el que vio la historia egipcia, con clara sinopsis de su evolución, allí donde otros investigadores sólo habían visto confusos campos de ruinas.  Fruto de tal expedición fueron los tesoros del Museo Egipcio de Berlín; así como resultado del estudio de sus notas fue el gran número de publicaciones que aparecieron y que dieron principio con la lujosa obra en doce tomos —nieta de la famosa  Description  sobre los «Monumentos de Egipto y Etiopía», e incluso unos estudios especiales sobre los problemas más dispares.

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Cuando falleció, en 1884, a los setenta y cuatro años de edad, su biógrafo, el alemán Georg Ebers, egiptólogo tan excelente como mal escritor, cuyas obras sobre el reino de los faraones, «Uarda» y «Una princesa egipcia», eran, todavía a fines de siglo, imprescindibles en toda biblioteca colectiva o juvenil, podía decir muy justamente que Richard Lepsius había sido el verdadero fundador de la moderna egiptología científica. Dos publicaciones suyas son las que más aseguran este puesto al gran coordinador ante la posteridad. Se trata de la «Cronología de Egipto», publicada en Berlín en 1849, y «El libro de los reyes egipcios», que apareció un año después, también en Berlín.  Egipto no tenía, en la forma que nosotros poseemos, un punto de partida del cual arrancara su cronología, y también carecía de un sentido histórico como el nuestro. Únicamente la creencia en el progreso indefinido, propia del siglo pasado, que se creía en la cúspide de todos los tiempos, podía ver en ello la prueba de un primitivo sentido histórico. Oswald Spengler (1880 – 1936),  historiador y filósofo alemán, conocido principalmente por su obra La decadencia de Occidente, fue quien primero vio en aquella «falta» una característica concepción del mundo, un concepto del tiempo propio de los pueblos primitivos, que únicamente era «distinta» de la nuestra. Donde falta la cronología, falta la Historia. Por eso no hay historiadores egipcios propiamente dichos, sino sólo cronistas, autores de anales incompletos con alusiones al pasado. Pero en cuanto a rigor histórico  parecidos a los juglares que transmitían en sus cantares nuestras leyendas y tradiciones. Imaginemos por un instante que hemos de restablecer la cronología de la historia occidental por las inscripciones de nuestros edificios públicos, por los textos de los Padres de la Iglesia y por los cuentos de los hermanos Grimm. Pues bien, análoga era la tarea con que se enfrentaban los arqueólogos en sus primeros ensayos de reconstruir la cronología egipcia. Veamos esta labor de reconstrucción cronológica, pues nos da ejemplo de la inteligencia con que se aprovecharon todos los puntos de referencia suministrados por la arqueología y cómo se consiguió desentrañar la maraña de unos cuatro mil años. Gracias a ello seguramente conocemos hoy el Egipto de hasta hace unos 6000 años más exactamente que los griegos o que Heródoto, que recorrió Egipto hace casi dos mil quinientos años. Hoy ya conocemos las fechas con más certeza que Lepsius en el año 1849 y  que sus antecesores. Pero sobre el Egipto más antiguo, todavía se ciernen espesas brumas.

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Aunque todas las fuentes egipcias debían ser recogidas con prudencia, fue, no obstante, el escrito de un sacerdote egipcio el que sirvió para fijar los primeros puntos de referencia: Manetón de Sebennytos, que alrededor del año 300 a.C., bajo el reinado de los primeros Ptolomeos, es decir, poco después de la muerte de Alejandro Magno, redactó ya en lengua griega una historia de su país titulada «Los hechos memorables de los egipcios». Tal obra no se ha conservado en su totalidad y la conocemos sólo por los resúmenes de Julio Africano, Eusebio y Flavio Josefo. Manetón dividía la larga lista de los faraones por él conocidos en treinta dinastías, división que nosotros hemos seguido y que hoy día aún se emplea, aunque se saben las causas de los errores de Manetón. Un moderno historiador de Egipto, el americano J. H. Breasted, dice del libro de Manetón que «dicha obra no es más que una colección de cuentos populares infantiles».  Para enjuiciar opinión tan severa hemos de pensar que Manetón, a falta de todo precedente, y al enfrentarse con tres mil años, se halla aproximadamente en la misma situación que cualquier historiador moderno griego que hoy día, y sirviéndose sólo de las tradiciones, tuviese que esbozar la historia de la antigua Grecia y de la guerra de Troya. La lista de Manetón fue durante muchos años el único punto de referencia para los arqueólogos. Recordemos que la Arqueología  engloba genéricamente a todas las ciencias que se ocupan en lo antiguo. Pues bien, la riqueza de los monumentos e inscripciones egipcios pronto hizo necesario un estudio especial, motivo por el cual desde Lepsius se habla de  Egiptología,  exactamente igual que más recientemente nos hemos acostumbrado a emplear el término  Asiriología  para referirnos al estudio arqueológico dedicado al país de los asirios. Hasta qué punto los eruditos occidentales, en el transcurso del tiempo, se fueron alejando de Manetón y de sus cronologías nos lo revela el párrafo siguiente, donde se intenta precisar la fecha en que el rey Menes efectuó la primera unión de Egipto, es decir, la fecha dinástica más antigua con que empieza la historia de Egipto propiamente dicha.

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Para Champollion dicha fecha es 5867, naturalmente, antes de Jesucristo; Lesueur, 5770; Bökh, 5702; Unger, 5613; Mariette, 5004; Brugsch, 4455; Lauth, 4157; Chabas 4000; Lepsius, 3892; Bunsen, 3623; Ed. Meyer, 3180; Wilkinson, 2320, y para Palmer, 2225. En los tiempos más recientes se retrocede un tanto en el pasado. Breasted señala la fecha de Menes en 3400; el alemán Georg Steindorff, en 3200, y las investigaciones más modernas hacia el año 2900. Evidentemente, cuanto más se retrocedía en el pasado tanto más difícil era señalar fechas. Para el período histórico reciente, es decir, para el denominado Imperio Nuevo y la llamada «época tardía», que ya había terminado en tiempos de César y Cleopatra, se podían aprovechar fechas comparativas con otras de la historia asiriobabilónica, de la persa, la hebrea y la griega. En 1859, Lepsius ya habló «sobre algunos puntos de contacto de las cronologías egipcia, griega y romana».  Para un pasado más lejano se hallaron de repente nuevas posibilidades de comparación y comprobación cuando en 1843 se pudo trasladar la llamada «placa real de Karnak» a la Biblioteca Nacional de París. Dicha placa contiene un lista de los reyes egipcios desde la época más antigua hasta la XVIII dinastía. Y en el Museo Egipcio de El Cairo podemos contemplar hoy día las «placas reales de Sakara» encontradas en una tumba, las cuales en una parte contienen un himno a Osiris, el dios de los infiernos, y en la otra la oración del escriba Tunri dirigida a cincuenta y ocho reyes enumerados en dos columnas, encabezadas por Miebis y terminadas por Ramsés el Grande.  Más famosa y más importante aún para la egiptología es, sin embargo, la «lista real de Ábidos». En una galería del templo de Sethi I vemos a este faraón y, junto a él, aún como príncipe heredero, a Ramsés II. Ambos se hallan en actitud de venerar a sus antepasados y el primero mueve un incensario. Pues bien, de estos antepasados reales se citan setenta y seis nombres, en dos columnas. Se ven también dibujados gran cantidad de panes, cerveza, terneras, carne de oca, incienso y objetos rituales indispensables en la ceremonia de los sacrificios. Naturalmente, esta relación ofrecía grandes posibilidades de comparación, ya que era posible comparar el orden de la serie. Pero los datos no quedaban aún establecidos por orden cronológico.

 

A pesar de ello, diseminadas por varias partes, llegaban indicaciones concretas sobre la duración del reinado de ciertos faraones. Otras, sobre la duración de tal o cual campaña bélica o sobre el tiempo empleado en la construcción de un templo; esto y la llamada «adición de la duración mínima» del gobierno de cada uno de los reyes, daba la armazón de la Historia egipcia. Las primeras fechas indiscutibles, sin embargo, se obtuvieron con algo más viejo que el remotísimo Egipto, más antiguo que la historia humana, más antiguo que el hombre: el curso de los astros.  Los egipcios compusieron un calendario anual que desde la más remota antigüedad emplearon para calcular de antemano las crecidas del Nilo, de las cuales dependía la existencia del país, único calendario algo aprovechable de la Antigüedad, pero no el primero como veremos más tarde, aunque fue introducido ya en el año 4241 a. C., según ha comprobado el alemán Eduard Meyer. Este calendario sirvió de base para el calendario juliano, introducido en Roma en el año 46 a. C. y por el que se rigió todo el Occidente hasta el año 1582 de nuestra era, en que fue substituido por el gregoriano.  Los arqueólogos pedían ayuda a los matemáticos y a los astrónomos. Les dieron textos antiguos, inscripciones traducidas, alusiones jeroglíficas a los fenómenos del cielo y al curso de los astros, que, afortunadamente, no faltaban. Como  el día primero del mes  thout,  o sea el 19 de julio, en que empezaba el año, coincidía con la salida de Sirio, se logró fijar el comienzo de la XVIII dinastía con bastante exactitud, dándole la fecha de 1580 a.C., e igualmente el principio de la XII, que coincidía con el año 2000 a.C. Ya se tenían algunos puntos fijos en los que era posible apoyar las cifras de los años de reinado de gran número de faraones. Entonces se advirtió que la duración atribuida por Manetón a ciertas dinastías era excesivamente larga. Y hoy día sabemos que con frecuencia se equivocó en cantidad doble de la realidad. Y así, esta columna de los tres milenios y con la cronología de este modo lograda por Lepsius, ya podía intentarse el esbozo de la historia de Egipto.

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Para mejor comprender las cosas damos un breve resumen de la historia del país del Nilo. Añadamos que una de las mejores historias de Egipto es aún hoy día  A History of Egypt,  del americano J. H. Breasted.  La civilización egipcia es la civilización del río Nilo. Cuando aparecieron las primeras manifestaciones de vida política surgió, en el delta del Nilo, el Reino del Norte, y entre Menfis (El Cairo) y la primera catarata del río, el Reino del Sur. La historia de Egipto propiamente dicha empieza con la unión de ambos reinos, que tuvo efecto aproximadamente en 2900 a. C. bajo el rey Menes, con el cual comienza la primera dinastía. La serie de dinastías que se sucedieron, para que podamos tener una visión más clara, se han reunido en tres grupos mayores, denominados Imperios. Las fechas, sobre todo las que se refieren a la primera época, son todavía hoy inexactas y al principio de la historia egipcia  pueden tener un error de hasta un siglo. En las fechas y en la división hasta el Imperio Nuevo seguimos a Georg Steindorff. Luego seguimos una división adaptada a la finalidad de esta obra, pero en las fechas de las dinastías seguimos al mismo autor. El Imperio Antiguo (2900-2270 aC.) comprende desde la I hasta la VI dinastías. Es la época del esperanzado despertar de la cultura que se forja sus primeras normas, su religión, su escritura y su primer lenguaje artístico. Es la época de los supuestos constructores de las pirámides de Gizeh, dé los reyes Keops, Kefrén y Micerino, los tres de la IV dinastía. El Primer Período Intermedio (2270-2100 a. C.) se inicia con el catastrófico derrumbamiento del Imperio Antiguo y debe ser considerada como época de transición hacia una especie de feudalismo, a la vez que se mantiene en pie un Imperio ficticio en Menfis. Este período intermedio comprende desde la VII hasta la X dinastías y durante él reinaron más de treinta reyes. La evolución del Imperio Medio (2100-1700 a.C.) se halla determinada por el hecho de que los príncipes tebanos derrotaron a los reyes de Heracleópolis y unieron de nuevo al país. Comprende desde la XI hasta la XIII dinastías, y constituye una época de esplendor cultural cuyos destacados monumentos arquitectónicos marcan la huella de cuatro soberanos de nombre Amenemhet y tres de nombre Sesostris.

Durante el segundo Periodo Intermedio (1700-1555 a.C.) Egipto se halla bajo el dominio de los hicsos, y abarca desde la XIV hasta la XVI dinastías. Un pueblo semita, los hicsos o «reyes pastores», invade el país del Nilo, lo conquista, lo domina durante un siglo, pero finalmente se ve expulsado por un príncipe tebano de la XVII dinastía. Se ha supuesto relacionada con esta expulsión de los hicsos la leyenda bíblica de la salida de los israelitas de Egipto; pero esta tesis está hoy desechada. También se relaciona con los misteriosos Pueblos del Mar. El Imperio Nuevo(1555-1090 a.C.) representa la época de apogeo político, del faraonismo «cesáreo», desde la XVIII hasta la XX dinastías. Las conquistas de Tutmosis III establecen las vitales comunicaciones con el Asia Menor, pueblos extranjeros quedan sojuzgados y sometidos a pagar tributos, por lo que el país recibe riquezas inmensas. Se reconstruyen numerosos palacios. Amenofis III inicia relaciones con los reyes de Babilonia y Asiria. Su sucesor, Amenofis IV, cuya esposa es la famosa Nefertiti, es el gran reformador religioso, que en lugar de la antigua religión introduce el culto al Sol y desde entonces se hace llamar Eknatón. En las arenas del desierto funda una nueva capital; después de Tebas surge la nueva corte, que es todo un foco de cultura: aquel «Versalles» se llama Tell-el-Amarna. Pero la nueva religión no sobrevive al rey, a cuya muerte sucumbe en medio de cruentas guerras civiles. El yerno de Amenofis, Tutankamón, traslada de nuevo la corte a Tebas. La cima del poderío político la alcanza sin embargo Egipto con los príncipes de la XIX dinastía. Ramsés II, más tarde denominado «el Grande», gobierna sesenta y seis años, en el transcurso de los cuales deja la impronta de su esplendor en monumentos arquitectónicos colosales erigidos en Abu-Simbel, en Karnak, en Luxor, en el «Ramesseum», en Abidos y en Menfis. Después de su muerte se produce la anarquía. Ramsés III establece la paz y el orden durante un reinado de veintiún años, tras los cuales Egipto se ve de nuevo bajo el régimen de los sacerdotes de Amón, cada vez más prepotentes.

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Durante el Tercer Periodo Intermedio (1090-712 a.C.) alternan varias épocas de prosperidad y de gran decadencia. De los reyes de la XXI hasta la XXIV dinastías nos interesa Sesonkis I, conquistador de Jerusalén, que saqueó el templo de Salomón. Bajo la XXIV dinastía, Egipto quedó a veces totalmente convertido en posesión etíope. En la Época Tardía (712-525 a.C.) y bajo la XXV dinastía, Egipto es conquistado por los asirios mandados por Asarhadón. La XXVI dinastía logra otra vez unificar Egipto, pero sin Etiopía. Las comunicaciones con Grecia reaniman el tráfico, el comercio y la cultura. El último rey de la dinastía, Psamético III, es derrotado por el rey persa Cambises cerca de Pelusio, con lo cual Egipto pasa a ser una simple provincia persa. La historia egipcia propiamente dicha, es decir, la evolución de una cultura independiente característica, termina en el año 525. Durante el Dominio Persa (525-332 a.C.), la dominación persa iniciada por Cambises, Darío I y Jerjes I se ve fortalecida con Darío II. La cultura egipcia vive, en esta época, de las tradiciones. El rico país del Nilo no es más que «botín de los pueblos fuertes». Durante el Periodo Greco-romano (332 a.C. a 638 d.C.) 2, Alejandro Magno, en el 332 a.C.,  conquistó Egipto y fundó Alejandría, que se convirtió en el centro de la cultura helenística. Mas el Imperio de Alejandro se derrumba pronto y Ptolomeo II devuelve a Egipto su soberanía política como país independiente. En los dos siglos que preceden al nacimiento de Jesucristo se suspenden las querellas dinásticas de los Ptolomeos. Egipto va cayendo lentamente bajo la influencia de Roma, y con los siguientes faraones sólo se mantiene la ficción de un Estado nacional, ya que en realidad Egipto es una provincia romana, una colonia explotada, el granero del Imperio.  El cristianismo penetra pronto en Egipto. A partir del año 640 después de Jesucristo surge una nueva dependencia, siendo Egipto una comarca del Imperio árabe de los califas; más tarde del Imperio turco, y sólo por la campaña de conquista de Napoleón se ve de nuevo ligado a la historia de Europa.

 

En el año 1850, Auguste Mariette, joven arqueólogo francés de unos treinta años, subía ansioso a la Ciudadela de El Cairo, Recién desembarcado en Egipto, deseaba gozar inmediatamente de la vista sobre la ciudad tantas veces recomendada a los extranjeros; pero él no miraba una urbe, sino que contemplaba un reino; su visión era la de un hombre bien preparado culturalmente, y más allá de la barroca labor arquitectónica de los innumerables minaretes, veía él las siluetas de los monumentos inmensos que bordeaban el desierto occidental, percibiendo allí el latir de mundos pasados. Le había llevado a tal lugar una comisión urgente; mas la contemplación de aquel espectáculo decidió su destino.  Mariette nació en Boulogne en el año 1821. De joven se había dedicado ya a la egiptología; en 1849 fue nombrado asistente en el Museo del Louvre, de París, y entonces le encargaron la compra de unos papiros en El Cairo. Llegó a Egipto, vio el saqueo de antigüedades que allí se realizaba, y al poco tiempo ya no le interesó seguir regateando con los vendedores de antigüedades, sino dar comienzo a una actividad con la que pudiese ayudar a la definitiva conservación de aquellos tesoros. Mariette vio que Egipto, sin sospecharlo, organizaba un fabuloso saldo de antigüedades, vendiendo a bajo precio cosas de muchísimo valor. Hombres de ciencia y turistas, excavadores y todos cuantos por cualquier contingencia pisaban territorio egipcio, parecían poseídos por el deseo de «coleccionar antigüedades», es decir, de saquear edificios antiguos y llevarse las joyas del país. Y los indígenas les ayudaban en tal tarea. Los obreros que trabajaban con los arqueólogos hacían desaparecer todos los pequeños objetos y los vendían a los extranjeros, que les parecían tan «locos» como para dar por aquello nada menos que monedas de oro puro. Y además de esto, se destruía sin reparo; siempre importaba más el éxito material que el científico. A pesar del ejemplo de Lepsius, volvían a reinar aquellos métodos tan en boga en tiempos de Belzoni. Mariette, que se vio invitado por todos sólo para investigar y cavar, reconoció en seguida que para el porvenir de la ciencia arqueológica había algo más importante: la conservación de lo hallado. Cuando decidió permanecer para siempre en Egipto, el único lugar donde se podían proteger y garantizar los tesoros, no soñaba en sus futuros triunfos ni sospechaba que pasados unos años lograría la formación del más grande museo egiptológico del mundo.

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Pero antes de ser el gran conservador y creador de la vigilancia de los tesoros arqueológicos, Mariette fue también el tercero de los cuatro grandes egiptólogos del siglo pasado, que hemos citado antes, y adquirió fama como descubridor. No llevaba mucho tiempo en Egipto cuando le llamó la atención un hecho extraño. En algunos jardines particulares de los altos dignatarios, así como ante los templos de construcción reciente, tanto en Alejandría como en El Cairo y en Gizeh, había expuestas numerosas esfinges de piedra de una semejanza sorprendente, exactamente lo mismo que las antiguas estatuas griegas en los lujosos jardines de los príncipes del Renacimiento. Mariette fue el primero en formularse esta pregunta: ¿De dónde venían esas esfinges? ¿De dónde habían sido sacadas?  El azar desempeña un papel importante en todos los descubrimientos. Cuando Mariette caminaba por las ruinas de Sakkara, a la vista de la gran pirámide escalonada, halló una esfinge de la que emergía de la arena sólo la cabeza. Mariette no fue el primero en observarla, pero sí en descubrir la semejanza de esta esfinge con las de El Cairo y de Alejandría. Y cuando encontró una inscripción que llevaba una invocación a Apis, el buey sagrado de Menfis, asoció todo lo leído, lo oído y lo visto, completando así su fantasía el marco del paisaje misterioso, olvidado, de cuya pasada existencia se tenía una ligera noción, pero cuyo lugar exacto de emplazamiento nadie sabía. Tomó a su servicio algunos árabes, él mismo empuñó el pico y descubrió nada menos que ciento cuarenta esfinges. Igualmente halló la parte esencial del conjunto de la antigua Sakkara, tanto lo descubierto como lo enterrado bajo la arena, y el llamado  Serapeum,  en su forma latina, o Serapeion,  en la griega, por constituir un conjunto de varios templos en honor del dios Serapis.También bajo la arena, la hilera de esfinges comunicaba dos templos, Y cuando Mariette dio con ellos, además de las esfinges bien conservadas, había un sinfín de basamentos de otras cuyos «hombres leones» fueron robados al no cubrirlos la arena que constantemente, antaño como hoy, se va depositando sobre toda la extensión de la comarca. Encontró otra cosa a la que se había aludido en relación con las hileras de esfinges: ¡las tumbas de Apis, el buey sagrado! Descubrimiento que nos permite apreciar claramente algunas formas particulares del culto de los egipcios.

 

Antes hemos hecho referencia a que la antigüedad de las pirámides y la esfinge puede ser muy superior a lo que se cree.  En una de las obras de Wilson Colin, “El Mensaje Oculto De La Esfinge”, el autor se inspiró al leer el libro “Serpiente en el cielo”,  de John West, del que escribió una crítica y en el que encontró un pasaje que le impresionó. Fue el que habla de la grave erosión del cuerpo de la Gran Esfinge de Gizeh, que se debe a la acción del agua y no del viento y la arena. La confirmación de que la Esfinge fue erosionada por el agua bastaría para echar por tierra todas las cronologías de la historia de la civilización que se consideran válidas; obligaría, revaluar drásticamente la suposición del «progreso», es decir la suposición en que se basa la totalidad de la educación moderna. Sería difícil encontrar una sola y sencilla cuestión que tuviera consecuencias más importantes. Según el punto   de   vista   habitual,   las   tres   pirámides   de   Gizeh   las   construyeron   tres faraones   diferentes   para   utilizarlas   como   tumbas.   Pero   si   representaban   las estrellas   del   Cinturón   de   Orión,   entonces   toda   su   planta   debía   de   haberse trazado   mucho   antes   de   que   empezara   a   construirse   la   Gran   Pirámide. ¿Cuándo? Para   comprender   cómo   abordó el investigador  Robert Bauval  este   problema,   debemos  hablar de la precesión de los equinoccios, es decir, el movimiento de peonza del eje de la tierra que ocasiona el cambio de su posición en relación con las estrellas, un grado a lo largo   de   72   años   y   un   círculo   completo   cada   26.000   años aproximadamente.   En   lo   que   se refería   a   Orión,   este   movimiento   hace   que   la   constelación   se   desplace   hacia arriba   en   el   cielo   durante   13.000   años   y   que   luego   vuelva   a   bajar.   Pero durante el desplazamiento la constelación también se inclina un poco. Dicho de otra forma, el reloj de arena gira siguiendo las manecillas del reloj, luego gira al revés. Bauval   observó   que   la   única   vez   que   la   pauta   de   las   pirámides   en   el suelo es un reflejo perfecto de las estrellas del Cinturón de Orión -en lugar de estar   inclinada   hacia   un   lado-   fue   en   10450   a.   de   C.   Éste   es   también   su punto   más   bajo   en   el   cielo.   Después   de   esto,   empezó   a   subir   otra   vez   de nuevo,   y   alcanzará   su   punto   más   elevado   hacia   el   año   2550   d.   de   C.   En   el año 10450 a. de C. fue como si el cielo fuese un enorme espejo en el cual el curso   del   Nilo   se  «reflejaba»  como   la  Vía   Láctea;   y   las   pirámides   de  Gizeh, como el Cinturón de Orión.

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Al llegar a este punto de su libro,   El misterio de Orión,   Bauval hace una pregunta   cuyo   atrevimiento   -después   de   algunos  capítulos   de   precisos argumentos   científicos   y   matemáticos-   produce   perplejidad.   «¿Era   la necrópolis   de   Gizeh,   y   específicamente,   la   Gran   Pirámide   y   sus   pozos,   un gran marcador de tiempo, una especie de reloj estelar que tenía la misión de señalar las épocas de Osiris y, sobre todo, su Primera Vez?». Los   egipcios   daban   a   esta   «Primera   Vez»   de   Osiris   el   nombre   de   Zep  Tepi,   que  fue  la  ocasión en  la  que  los  dioses  confraternizaron  con los  seres humanos,. el equivalente del mito griego de la Edad de Oro. La fecha 10450 a. de C. no significa nada para los historiadores, ya que es   «prehistórica»,   más   o   menos   la   época   en   que   aparecieron   los   primeros agricultores   en   el   Oriente   Medio.   Pero   Bauval   nos   recuerda   que   hay   una fecha   en   la   mitología,   una   sola,   que   se   le   acerca   de   manera   razonable. Según   el   Timeo   de   Platón,   cuando   el   estadista   griego   Solón   visitó   Egipto hacia el año 600 a. de C., los sacerdotes egipcios le contaron la historia de la destrucción de la Atlántida, acaecida unos nueve mil años antes, y de cómo se   había   hundido   debajo   de   las   olas.   Generalmente   no   se   daba   ningún crédito   a   dicha   historia   porque   también   contaba   cómo   los   atlantes   habían luchado   contra   los   atenienses   y   la   verdad   era   que, por lo que se sabe,   Atenas   aún   no   se   había fundado   en   aquel   tiempo,   es   decir,   en   el   9600   a.   de   C.   Sin   embargo   -como sabemos-,   la   historia   de   la   Atlántida   ha   perseguido   la   imaginación   de   los europeos desde entonces. Bauval señala que en el   Timeo   Platón no sólo da cuenta de la crónica que hace Solón de la Atlántida, sino que también dice que Dios hizo «almas  en número igual al de las estrellas, y las repartió, cada alma para una estrella diferente,  y   quien   bien   viviera   durante   el   tiempo   que   le   correspondiese volvería a la habitación de su estrella consorte». Sin duda esto hace pensar en un concepto típicamente egipcio.

A los antiguos griegos, las antiguas ceremonias religiosas egipcias les parecía tan extrañas como a nosotros, pues en sus relatos de viaje se limitan a decir que es algo desacostumbrado, extravagante. Mucho más tarde, los dioses de los egipcios adoptaron forma de simples mortales. Al principio, aparecían encarnados, para la conciencia religiosa de los antiguos, bajo la forma simbólica de plantas y animales. La diosa Hator «pervivía» en el sicómoro, el dios Nefertem en la flor de loto, la diosa Neit era venerada como escudo, en el cual aparecían dos flechas clavadas en forma de cruz. Pero la divinidad se manifestaba especialmente bajo la forma de seres irracionales. El dios Chnum era un macho cabrío; el dios Horus, un halcón; Tut, un ibis; Sucos, un cocodrilo; la diosa de Bubastis, un gato; la de Buto, una serpiente. Al lado de estos dioses presentados en forma animal, se veneraba también al animal mismo, cuando se distinguían en él ciertas características. Y el más conocido, al que se atribuía el culto más solemne, era Apis, el buey sagrado de Menfis, al cual los egipcios creían «servidor del dios Ptah».  A este venerado animal lo tenían en el mismo templo y los sacerdotes lo cuidaban. Cuando moría, era embalsamado, se le dedicaban solemnes ceremonias y otro buey de las mismas características ocupaba su puesto. Surgían cementerios, dignos de la memoria de dioses y de reyes. Las sepulturas de gatos de Bubastis y Beni Hassan forman parte de estos cementerios de animales; y lo mismo las de cocodrilos de Ombos, las de ibis de Ashmunen y las de machos cabríos de Elefantina. Eran cultos extendidos por todo el país que en el transcurso de la historia egipcia sufrieron innumerables transformaciones, iban ligados al lugar, y tan pronto tomaban un gran impulso como quedaban olvidados durante siglos enteros.

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Si a nosotros esto nos parece demasiado extraño, e incluso acaso nos haga reír, imaginemos que a quienes pertenezcan a un círculo cultural distinto al nuestro seguramente les parecerán absurdas muchas de nuestras costumbres. ¡Mariette se encontraba en el mismo cementerio del sagrado buey Apis! Lo mismo que en las tumbas de los nobles, también allí, en la entrada, había una capilla. Un pozo oblicuo conducía desde allí a las tumbas, y en éstas, desde la época de Ramsés el Grande, reposaban todos los bueyes Apis. Un pasillo de unos cien metros de longitud conducía a las cámaras mortuorias. Otros trabajos de ampliación que se sucedieron hasta la época de los Ptolomeos extendieron estos pasillos hasta los trescientos cincuenta metros.  Bajo la luz oscilante de las antorchas, seguido por los obreros, que apenas se atrevían a hablar en voz baja, Mariette iba recorriendo una cámara mortuoria tras otra. Los sarcófagos de piedra, donde reposaban los bueyes, eran de duro granito negro y encarnado, todos ellos de una sola pieza bien pulida, y medían más de tres metros de altura, con una anchura de más de dos metros y una longitud no inferior a los cuatro metros. Se ha calculado que el peso de estos bloques sería de unos 65.000 kilogramos.  Muchos sarcófagos presentaban señales de haber sido violados. Mariette y sus sucesores sólo hallaron dos intactos y que contenían joyas. Los demás habían sido saqueados. ¿Cuándo? Nadie lo sabe. ¿Por quién? Los ladrones no dejan su nombre. La rapiña humana, más devastadora que la misma arena, era lo que todos los egiptólogos, a su pesar y con impotente rabia, tenían que comprobar cada vez que un descubrimiento premiaba sus trabajos. La arena eternamente errante que cubría templos, tumbas y ciudades enteras, borraba también todas las huellas. Mariette se vio sumido en el oscuro terreno de los cultos olvidados. Son reseñables sus excavaciones e investigaciones en Edfu, Karnak y Der-el-Bahari. Todo ello le permitió echar una mirada a la vida cotidiana tan rica y brillante de los antiguos egipcios.

 

Hoy día, el turista que llega hasta las tumbas de los bueyes descansa en la terraza de la Casa de Mariette, a la derecha de la pirámide escalonada, mientras que a su izquierda queda el Serapeum,  y allí sorbe una taza de café turco y los charlatanes guías le preparan para admirar el mundo de imágenes que allí le aguarda.  No muy alejado del  Serapeum,  Mariette descubrió la tumba del gran funcionario de la corte y latifundista Ti. En las tumbas de los bueyes sé trabajó por última vez en la época de los Ptolomeos, y luego fueron interrumpidos los trabajos de modo tan súbito que un sarcófago negro, inmenso, se quedó justamente en la entrada sin ser transportado a su lugar. El sarcófago del rico Ti era antiquísimo y estaba ya terminado cuando en 2600 a.C. los reyes Keops, Kefrén y Micerino acabaron de construir sus pirámides. Esta tumba, residencia de la muerte, tenía una variedad de decoración de que carecían los demás monumentos anteriores. Mariette, que ya sabía bastante sobre las costumbres funerarias de los antiguos egipcios, esperaba hallar también en ésta, además de joyas y toda clase de objetos de uso cotidiano, muchas esculturas y relieves narrativos. Pero cuanto vio en las salas y pasillos superaba con mucho a todo lo que hasta entonces había encontrado respecto a representación detallada de la vida cotidiana.  Al opulento señor Ti le interesaba mucho saberse rodeado, incluso después de la muerte, de todo lo que realmente le acompañaba en su vida, en el trato comercial y en el ajetreo cotidiano. Bien es verdad que él mismo se ve, en el centro de todas las representaciones, tres o cuatro veces más grande que sus esclavos y el pueblo, haciendo destacar así en proporciones físicas, su gran poder y significación respecto a los inferiores y desheredados de la fortuna.

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Pero en las primeras pinturas murales tan estilizadas y lineales lo que interesa son los detalles. Y así, en los relieves, no solamente vemos el ocio de los ricos, sino la preparación del lino, la actividad de los segadores, gentes que conducen asnos; trilladores y demás trabajadores en las faenas de la recolección; vemos también una representación de todas las fases de la construcción de barcos, hace cuatro milenios y medio; la tala de los árboles, el trabajo de las planchas, el manejo de la azuela, de la apisonadora y de la palanca. Distinguimos muy claramente las herramientas, y vemos que conocían la sierra, el hacha e incluso el taladro. Vemos también a fundidores de oro, y sabemos del trabajo en los hornos, donde a temperaturas muy altas se soplaba el vidrio; también vemos a escultores y a picapedreros, y a curtidores trabajando las pieles. Pero también hallamos, y esta escena se repite siempre, el gran poder que ejercía un funcionario de la importancia del señor Ti. Los alcaldes de los pueblos, que vienen a liquidar con él las cuentas, son arrastrados y, ante su casa, les aprietan el cuello de manera violenta y terrible. Interminables filas de campesinos le traen donativos; muchos criados le llevan animales para el sacrificio y vemos cómo los matan. Tales pinturas entran de tal modo en todos los detalles que nos permiten reconocer la habilidad del jifero para sacrificar los toros hace cuarenta y cinco siglos. Y sobre todo, podemos estudiar la vida particular del señor Ti como si por una ventana contemplásemos su propia casa. El señor Ti en la mesa, el señor Ti con su esposa, con su familia, el señor Ti cuando va a cazar aves, el señor Ti de viaje por el Delta, el señor Ti, y éste es uno de los relieves más hermosos, en una excursión por la espesura de un bosque de papiros. El señor Ti está de pie, en una barca que se desliza por el agua, mientras los remeros atados se inclinan sudorosos. Arriba, en la espesura de las copas, vuelan los pájaros. El agua en la cual se boga está llena de peces y otros animales del Nilo. Una barca se adelanta. La tripulación lanza arpones contra las nucas grasientas de los rinocerontes, uno de los cuales muerde a un cocodrilo. Esta representación, a pesar de lo cerrado de la composición y de la claridad y seguridad de sus líneas, oculta un hecho terrible para nosotros, hombres del siglo XX: el señor Ti no solamente anda por la espesura de los bosques de papiros, sino que continúa abriéndose paso por la más cruda realidad de la vida.

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En la época de Mariette, el valor inestimable de estas pinturas no residía en lo artístico, sino en el hecho de consistir en trabajos que delataban los detalles más íntimos de la vida cotidiana de los antiguos egipcios, porque no solamente nos enseñan lo que hacían, sino también cómo lo hacían. Gracias a ellas conocemos la característica de tales trabajos cuidadosamente ejecutados, aunque con medios muy elementales y rudimentarios en cuanto al procedimiento técnico empleado para vencer las dificultades materiales. Allí todo se hacía recurriendo a ingente cantidad de esclavos, y así, teniendo en cuenta estos métodos, nos parece más sorprendente que aquellos hombres llegaran a construir las pirámides, si es que las construyeron ellos. Pero en la época de Mariette aquello parecía sumamente enigmático. Estos métodos de trabajo son los que vemos no solamente en la tumba de Ti, sino también en la de Ptahhotep, alto dignatario, e igualmente en la de Mereruka, descubierta cuarenta años después, todas ellas situadas cerca del  Serapeum.  Algunos decenios más tarde aún se exponían en la literatura profesional y en los relatos de viajes, las más fantásticas hipótesis imaginadas por Mariette sobre los procedimientos secretos que los egipcios podrían haber empleado para construir sus ciclópeos edificios. Este enigma lo resolvería aparentemente un hombre que, cuando Mariette excavaba en el  Serapeum,  acababa de nacer en Londres.  Ocho años después de aquel día en que Mariette echó su primera mirada, desde la ciudadela de El Cairo, sobre el antiguo Egipto, ocho años en que viera por todas partes durante sus excavaciones la gran liquidación de antigüedades egipcias que se practicaba, aquel hombre llegado al país del Nilo para comprar papiros logró lo que parecía su tarea fundamental: fundó en Bulak el Museo Egipcio, y, poco después, el virrey le nombró director de la «Administración de Antigüedades egipcias» e inspector supremo de todas las excavaciones.

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El museo fue trasladado en 1891 a Gizeh, y en 1902 asentaba su sede definitiva en El Cairo, cerca del gran puente del Nilo, construido por Dourgnon. El museo no era sólo una colección; era también un departamento de intervención. Todo cuanto a partir de entonces se descubría en Egipto, se encontraba por azar, o como resultado de excavaciones realizadas según un plan, pertenecía al Museo, a excepción de algunos ejemplares sueltos que se cedían a los excavadores serios, arqueólogos y hombres de ciencia de toda clase, a manera de gratificación honorífica. Así, Mariette logró interrumpir aquella almoneda, aquel saqueo de antigüedades, y él, francés de nacionalidad, conservó para Egipto lo que según la ley natural tenía que pertenecerle. Egipto, agradecido, le erigió un monumento en los jardines que se hallan ante el Museo, llevó allí su cadáver y lo enterró en un bello sarcófago de mármol. Su obra creció al cundir su ejemplo. Sus sucesores, los directores Grébaut, Morgan Loret y especialmente Gastón Maspero, organizaron todos los años expediciones arqueológicas. Con Maspero, el Museo se vio envuelto de un incidente muy comentado.. Un americano había logrado adquirir en las tortuosas callejuelas de Luxor un precioso papiro egipcio. Cuando un experto europeo hubo reconocido la indudable autenticidad y el valor del papiro, interrogó al americano. El coleccionista, convencido de que por hallarse en territorio europeo nadie podría disputarle el botín, lo contó gustosamente todo y dando toda clase de detalles. Entonces el entendido escribió una extensa carta a El Cairo, iniciando así el descubrimiento de una de las más extraordinarias violaciones de tumbas.

 

Cuando el profesor Gastón Maspero recibió, en el Museo de El Cairo, aquella carta de Europa, fijó su atención en dos extremos, lamentando primero que a su Museo se le hubiera escapado otra vez un hallazgo precioso. Y decimos otra vez porque desde hacía unos seis años venían apareciendo antigüedades muy raras que se vendían clandestinamente y que constituían para la ciencia joyas extraordinariamente preciosas cuya procedencia tampoco había manera de adivinar. Cuando los compradores estaban dispuestos a describir las circunstancias de la compra, la mercancía se hallaba ya lejos de Egipto. En general se hablaba entonces de un famoso desconocido; pero tan pronto este desconocido era un árabe, como un negro, como un  fellah  harapiento o un jeque rico. Mas el segundo punto que intrigaba a Maspero era el hecho de que la pieza más reciente, de la cual se les escribía, correspondía a la tumba de un rey de la XI dinastía, y sobre estas tumbas se desconocía todo en absoluto. ¿Quién había encontrado esas tumbas? ¿Era la tumba de un  solo rey,  o era una tumba colectiva?  Cuando el profesor Maspero examinaba los objetos de cuya aparición él se había enterado, le bastaba el más superficial examen para poder constatar que tales ejemplares correspondían a reyes distintos. ¿Era posible que unos modernos profanadores de sepulcros hubieran descubierto varias tumbas antiguas a la vez? Lo más lógico era deducir que se había hallado una de las grandes tumbas colectivas. Las posibilidades que de tal conclusión se deducían llenaban de emoción a un sabio como Maspero. Era preciso obrar. Si la policía había fallado, él  tenía que descubrir por sus propios medios a los ladrones. Consultó el asunto con sus colaboradores más íntimos y decidieron enviar a un joven ayudante a Luxor.

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Este ayudante, desde el momento en que abandonó el barco en el Nilo, se comportó de modo muy distinto al habitual en un arqueólogo. Se alojó en el mismo hotel en que paró el americano que comprara el papiro. Y luego, día y noche, recorría todas las callejuelas, rincones y tiendas haciendo sonar su dinero, comprando alguna que otra pequeñez y pagando generosamente. Cuando hablaba con los comerciantes, les daba buenas propinas, pero dosificadas para no despertar sospechas. Cada vez iban entrando más en confianza y le hacían más ofertas de «antigüedades» de la moderna industria casera. Pero el joven que aquella primavera del año 1881 recorría las calles de Luxor no se dejaba engañar. Los comerciantes profesionales se enteraron de ello tan pronto como los clandestinos, apreciaban al extranjero y éste apreció a su vez tal confianza. Un día, un mercader le hizo señas para que entrase en su tienda y poco después el ayudante del Museo Egipcio veía en sus manos una pequeña estatua. Pudo dominarse y su rostro no delató más que indiferencia. Se sentó en la alfombra y empezó a regatear con el comerciante, a la vez que seguía dando vueltas y examinando la pequeña estatua, descubriendo al punto, no solamente que se trataba de una pieza auténtica, de casi tres mil años, sino que la inscripción delataba un objeto procedente de una tumba de la XXI dinastía. Regateó durante largo rato, y terminó comprando el objeto, mientras seguía hablando del mismo con desprecio, y antes de marcharse dio a entender que buscaba algo más importante, más valioso. Aquel mismo día conoció a un árabe, hombre alto, todavía joven, llamado Abd-el-Rasul. Era jefe de una familia muy numerosa y extendida. Después de varias conversaciones sostenidas con él, y cuando el árabe le había enseñado otros objetos de las tumbas, esta vez de las dinastías XIX y XX, ordenó que se le detuviera. Estaba convencido de haber hallado al ladrón de las tumbas. Pero este es un tema que requiere otro artículo.

 

Pero ahora hablaremos en otro capítulo del hombre que hace el número cuatro en la lista de los grandes egiptólogos que crearon los cimientos de esta ciencia, un famoso arqueólogo inglés que se trasladó a Egipto cuando Mariette estaba próximo a la muerte.  Asombra la abundancia con que se han dado en la arqueología los talentos precoces. Schliemann, simple chico de una tienda de ultramarinos, habla media docena de idiomas; Champollion, a los doce años de edad, da su opinión en cuestiones políticas; Rich llamaba ya la atención a la edad de nueve años. Y de William Matthew Flinders Petrie, el gran medidor e intérprete de este grupo de arqueólogos, nos refiere una noticia biográfica que a la edad de diez años se interesaba extraordinariamente por las excavaciones egipcias, y que entonces pronunció la frase que durante toda su vida había de tener por lema: ponderando bien la veneración de lo antiguo y la curiosidad de saber, había que «rascar» la tierra egipcia grano a grano, no solamente para ver lo que escondía en sus profundidades, sino también para reconocer cómo había sido antaño lo ahora oculto, cuando vivió a la luz del sol. Tal dato, que no ha podido ser comprobado, pero que yo divulgo por ser curioso, apareció en Londres en el año 1892, cuando Flinders Petrie fue elegido profesor del University College, a la no muy temprana edad de treinta y nueve años.  Lo cierto es que, ya en su juventud, iban ligadas a su interés por las antigüedades una serie de aficiones que hasta entonces raras veces se habían dado unidas y que más tarde le serían de suma utilidad. Le entusiasmaban los experimentos propios de las ciencias naturales, se interesaba por la química y rendía un verdadero culto a lo que, desde Galileo, constituía el fundamento de las ciencias exactas, es decir, la matemática métrica. Al mismo tiempo, recorría las tiendas de antigüedades de Londres, examinaba las menores huellas del trabajo que ofrecía el objeto, y, aún alumno, se quejaba de que en el terreno de la arqueología, especialmente en el ámbito de la egiptología, todavía faltaran trabajos fundamentales, básicos.

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Lo que Petrie echaba de menos siendo alumno, lo realizó él cuando fue mayor. Sus publicaciones científicas comprenden noventa tomos. Su «Historia de Egipto», en tres volúmenes (1894-1905), es la obra precursora de todos sus trabajos posteriores, llevados a cabo con una riqueza de exploración extraordinaria. Su gran relato «Diez años de actividad de investigador en Egipto, 1881-1891», publicado en 1892, constituye aún hoy día una lectura emocionante, Petrie, nacido el 3 de junio de 1853 en Londres, empezó su actividad de explorador de antigüedades en Inglaterra, publicando primero unos trabajos sobre Stonehenge, la famosa estación neolítica. Pero ya en 1880 marchó a Egipto. Contaba entonces veintisiete años; con algunas interrupciones, estuvo excavando durante cuarenta y seis años, o sea hasta el año 1926. Halló la ciudad griega de Naucratis. De los montones de escombros de Nebesche, liberó uno de los templos de Ramsés. Cerca de Kantara, adonde antaño conducía la gran calzada estratégica de Egipto a Siria, y hoy aterrizan en una gran explanada los aviones, arañando en la arena extrajo de las «colinas de los enterradores» un campamento de mercenarios de Psamético I, e identificó el lugar que los griegos denominaban Dafne y los hebreos Tachpanches. Por último, se trasladó donde doscientos años antes, en 1672, el primer occidental curioso, el padre Vansleb, de Erfurt, ya había investigado: ante las ruinas de las dos colosales estatuas del rey Amenofis III, ya citado por Heródoto.  Los griegos las llamaban «columnas de Memnón». Cuando la madre Eos surgía del horizonte, su hijo Memnón gemía y se quejaba en un tono nada humano, pero que emocionaba a cuantos lo oían. Estrabón y Pausanias hablaban de ello. Mucho más tarde aún, Adriano (130 de nuestra era) visitó Egipto en compañía de su esposa para oír los lamentos de Memnón; y, en efecto, fueron recompensados, pues pudieron oír un sonido que les emocionó como ninguna otra cosa hasta entonces en su vida.

 

Septimio Severo mandó restaurar la parte superior de las estatuas con bloques de asperón y el sonido desapareció. Hoy día, aún no podemos dar una explicación exacta de tal fenómeno, pero no hay duda de que se producía. Era labor del viento y de los siglos. Vansleb vio todavía por lo menos la parte inferior de una estatua. Petrie solamente ruinas, por lo que no pudo más que valorar la altura de cada una de las figuras reales que allí habían asombrado al mundo antiguo con su gigantesco tamaño y su fenómeno acústico. Eran de unos doce metros. En el coloso meridional, la longitud del dedo corazón de una de las manos es de 1,38 metros.  Finalmente, no muy lejos de allí, Petrie encontró la entrada de la tumba de la Pirámide de Hauwara y también el sepulcro perdido de Amenemhet y de su hija Ptah-Nofru. También este hallazgo merece, aún hoy, la pena de ser narrado detenidamente.  En este libro no destinado a la biografía de Petrie, no podemos extendernos en la enumeración detallada de todas sus excavaciones. Petrie estuvo excavando durante toda su vida. No se especializó como Evans, que dedicó veinticinco años exclusivamente al estudio del palacio de Cnosos, sino que removió todo el suelo de Egipto y se asomó a tres milenios de historia humana desaparecida. Y lo característico de él es que se convirtió en el mejor conocedor de los detalles más insignificantes e íntimos que podía ofrecer la investigación en Egipto, es decir, de la cerámica y de la escultura menor, con lo cual trazó una nueva orientación, siendo el primero en aplicar el estudio de las artes menores para las determinaciones cronológicas, a la vez que conoció lo más grande y sublime que ha sobrevivido hasta nuestros días: esos sepulcros inmensos que son las pirámides.

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El lector que ha conocido, en estos últimos párrafos, más bien la anécdota que la historia, más la narración que la descripción científica de los acontecimientos, puede sentirse impaciente. Espero que los capítulos siguientes satisfagan su justo anhelo. En el año 1880 se presentó un extraño europeo en el campo de pirámides de Gizeh. Después de explorar el terreno, halló una tumba abandonada, con evidentes señales de que alguien antes que él ya había practicado una entrada en su puerta— acaso, incluso, hubiera utilizado aquel lugar como depósito—. Este hombre extraño comunicó al servidor que le llevaba el equipaje que pensaba instalarse y vivir en tal tumba. Al día siguiente, ya estaba acomodado. Sobre un cajón montó una lámpara, y en un rincón colocó un hornillo. William Flinders Petrie estaba en su casa; y por la noche, a la hora de las sombras azules, el inglés, casi desnudo, trepaba por los escombros amontonados al pie de la gran pirámide, llegaba a la entrada y, cual un espectro más en aquellos espacios muertos, desaparecía en su extraño refugio, en un sepulcro ardiente. Pasada la medianoche, salía de nuevo de su guarida; con los ojos irritados, torturado por el dolor de cabeza, bañado en sudor, como hombre que salía de un horno encendido, se sentaba ante un cajón y copiaba los datos tomados en las pirámides, las medidas, los cortes transversales y longitudinales, los desniveles de los pasillos… Y con todo ello planteaba las primeras hipótesis.  ¿Qué hipótesis? ¿Había algún secreto en aquella pirámide que aparecía abierta a la vista de todos desde hacía milenios? Ya Heródoto la había admirado —sin mencionar la Esfinge— y los antiguos habían dicho de ella que era una de las siete maravillas del mundo. Para el hombre del siglo XIX, el siglo de la ciencia, racionalizado, mecanizado, carente de fe y sin sentido de lo sublime y de todo lo que no tiene utilidad material, ¿no había de plantearle problemas asombrosos la simple existencia de las pirámides?

 

Todo el mundo creía que las pirámides eran tumbas, panteones, sarcófagos gigantescos. Pero ¿qué es, válgannos los dioses, lo que había inducido a los faraones a edificar sus tumbas en unas proporciones sin igual en el mundo? Así se opinaba entonces, al menos. Hoy día se conoce América Central y se sabe que en la jungla del país de los toltecas sucedía algo por el estilo. ¿Qué es lo que les había impelido a convertir su panteón en una fortaleza de accesos ocultos, puertas disimuladas y falsos pasillos que terminaban de modo insospechado ante un bloque de granito? ¿Qué había inducido a Keops a levantar sobre su sarcófago aquella mole pétrea de dos millones y medio de metros cúbicos de piedra caliza? El inglés que, noche tras noche, medio ciego, respirando con dificultad en el aire reseco de aquellos pasillos medio derruidos, iba trabajando penosamente, estaba decidido a resolver el enigma de la pirámide con los métodos científicos propios de su siglo, los secretos de su construcción y su forma arquitectónica, y todo lo que surgía como problema para él, que constantemente la contemplaba. Muchos de estos resultados han ido hallando su confirmación, y otros han sido rechazados después por nuevas investigaciones. Cuando ahora hablamos de las pirámides, no aprovechamos solamente lo que antaño descubriera Petrie, sino que al indicar las cifras nos servimos de los resultados de investigaciones más modernas. Pero si queremos seguir paso a paso las huellas de los que se han interesado por el trabajo de aquellos faraones, incluso las huellas de los ladrones que sólo anhelaban el tesoro escondido, tendremos que seguir los pasos de Petrie.

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Nos hallamos en una época separada de la nuestra por más de cuatro milenios y medio. Del Nilo se va acercando una masa de esclavos desnudos, de tez blanca y morena, narices chatas y labios gruesos, todos con el pelo cortado al rape. Exhalando un olor a aceite malo y sudor, a cebollas y ajos —según Heródoto, se pagó únicamente para alimentar a todos los que trabajaron en la pirámide de Keops una suma equivalente a setenta millones de pesetas actuales—, gritando y gimiendo bajo el látigo de los capataces, caminaban sobre las losas pulidas de la carretera que se extendían desde el Nilo hasta el lugar de la construcción; gemían por el roce de las sogas que laceraban sus hombros al arrastrar los pesados bloques que se deslizaban lentamente sobre rodillos. Cada una de aquellas piedras medía más de un metro cúbico. Por encima de sus lamentos, sus aullidos, su agonía, la pirámide iba creciendo. Creció durante veinte años. Cada vez que el Nilo desencadenaba sus oleadas de fango, que era cuando no se podía trabajar, se aprovechaba la ocasión para reunir de nuevo a centenares de miles de hombres para Keops, para la construcción de su sepulcro, que se llamaba «Echet Chufu»: horizonte de Keops.  La pirámide iba tomando altura. Fueron transportados 2.300.000 bloques de piedra que fueron amontonados a fuerza de energías humanas. Cada uno de los cuatro lados medía más de 230 metros. La tumba de un faraón tiene casi la misma altura de la catedral de Colonia, más que la de San Esteban, de Viena, y mucha más que la basílica de San Pedro, de Roma, la mayor iglesia de la cristiandad, que juntamente con la catedral de San Pablo, de Londres, podría colocarse holgadamente dentro de la tumba del faraón egipcio. Todos los muros, construidos con roca y piedra caliza extraída de las márgenes del Nilo, comprenden 2.521.000 metros cúbicos, levantados en una superficie básica de casi 54.300 metros cuadrados.

 

Hoy día se va a aquellos parajes con un tranvía que deja muy cerca del campo de las pirámides, y allí los visitantes son recibidos por dragomanes, acemileros y camelleros vocingleros que les piden hachich. Ya se han extinguido los rumorosos lamentos de los esclavos, el viento del Nilo se ha tragado el restallido de los látigos y ha aventado el tufo de sudor. De todo aquello ha quedado la obra, esa inmensa construcción. ¿Una? No, muchas; pues hoy día, si subís a la pirámide de Keops, que es la mayor y más alta, y miráis el Sur, a la izquierda veréis la Esfinge; a la derecha, la segunda y tercera pirámides, la de Kefrén y de Micerino, las dos de gran tamaño, y, en la lejanía, otro grupo de monumentos gigantescos de los faraones, que son las pirámides de Abusir, de Sakkara y de Dachur. Las ruinas dan testimonio de muchas otras que existieron. La pirámide de Abu Roach ha sido explorada de tal modo que, desde arriba, se pueden ver las cámaras mortuorias que antaño estuvieron cubiertas por mil toneladas de pesadas piedras. La pirámide de Hauwara —en cuyos pasillos llenos de fango, Petrie siguió, en 1889, las huellas de los ladrones— y la de Illahum, construida de ladrillos sin cocer, han sido corroídas por el tiempo. Y la «falsa pirámide», «el Haram el Kaddab», como la denominaron los árabes, porque les parecía completamente distinta de todas las demás, situada cerca de Medum, ofrecía menor resistencia a la destrucción, a los embates del tiempo y de la arena. Y así, aunque quedó sin terminar, mide cuarenta metros de altura. Pirámides más antiguas, hasta la era de los faraones etíopes de Meroe. Son cuarenta y una pirámides las que forman el grupo septentrional del campo de Meroe y en ellas yacen treinta y cuatro reyes, cinco reinas y dos príncipes herederos. Pirámides construidas con sangre, sudor y lágrimas de multitudes esclavizadas. Sepulcros para unos pocos, que eran los únicos que contaban y que hicieron escribir para la eternidad su nombre, por centenares de millares de hombres sin nombre, en orgullosa piedra dirigida al cielo, ¿sólo para su gloria? ¿Por una voluntad de expresión monumental únicamente? ¿Nada más por la embriaguez del poderoso que ha perdido la medida de los demás mortales?

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La intención que inspira la construcción de pirámides se halla en la especial fe religiosa de los egipcios. No en su creencia en los dioses —el número de dioses egipcios era inmenso—; tampoco en la sabiduría de sus sacerdotes, pues los ritos y los dogmas sufrieron alteraciones en su forma, lo mismo que los templos de los Imperios Antiguo, Medio y Nuevo; sino en el concepto fundamental de su idea religiosa, según la cual el camino del hombre seguiría más allá de su muerte corporal, hasta la eternidad. El más allá no es el cielo ni la tierra, y se halla poblado por los muertos, siempre que éstos se lleven todos los medios de vida que necesitan para su existencia, que es lo esencial. A esta existencia corresponde todo lo que antes les había acompañado en su vida terrenal. Un edificio sólido y alimentos para satisfacer el hambre y la sed; criados, esclavos y empleados; todos los objetos de uso diario. Pero lo más necesario era la conservación del cuerpo con una protección completamente segura ante toda influencia nociva. Sólo así era posible conseguir que el «alma», en egipcio baj,  al volar libremente después de la muerte, pudiese volver a hallar en todo momento el cuerpo al cual pertenecía, así como su espíritu protector, el  ka,  personificación de su fuerza vital, nacido con él, pero que no perecía con la muerte del cuerpo, sino que seguía viviendo, para dar al ser fallecido la fuerza necesaria en el más allá. En aquel más allá donde el trigo alcanza alturas de siete varas, pero que debe ser igualmente cultivado.  Esta idea se manifiesta en dos hechos: en la momificación del cuerpo muerto —que conocemos también en los incas, los maoríes, los jívaros y otros, aunque no en forma tan desarrollada ni mucho menos— y en la constricción de tumbas en forma de fortificaciones. Cada pirámide era una fortaleza destinada únicamente a proteger la momia en ella depositada y asegurada dos, o cinco, o diez veces contra todo enemigo, contra cada crimen posible y contra todo aquel que pretendiera perturbar la paz.

 

Millares de seres vivos eran sacrificados en aquellos trabajos forzados para dar perenne seguridad a un muerto en la vida eterna. El faraón que hacía construir su tumba durante diez, quince o veinte años, derrochaba las energías del pueblo, y además se arruinaba él mismo, así como también a sus hijos y descendientes. También debilitaba la economía del Imperio por muchos años después de su muerte, pues su  ka  exigía unos sacrificios constantes y un servicio permanente de sacerdotes. Ka es la “fuerza vital“, un componente del espíritu humano, una pizca del principio universal e inmortal de la vida, según la mitología egipcia. Para los antiguos egipcios los componentes del espíritu humano eran: Ib, Ka, Ba, Aj, Ren y Sheut. Se pensaba que el ka era creado por Jnum, con su torno de alfarero, para ser depositado en los hijos en el momento de su concepción. Este elemento confería la inmortalidad a cada hombre que incluso podría transformarse en un dios, necher, si lo hubiere merecido por sus excepcionales buenas acciones durante su vida en la Tierra. Los egipcios también creían que el ka se mantenía por medio de los alimentos. El ka podía perdurar en el cuerpo del difunto si se conservaba momificado; por esta razón era necesario embalsamar a los cadáveres, y se debían depositar ofrendas de alimentos a los difuntos, aunque era los kau de las ofrendas lo que se consumía, no la parte material. El ka de los dioses y faraones estaba indisolublemente unido a su cuerpo, mientras que los demás egipcios obtenía su ka por mediación del faraón. Las condiciones de la vida futura en la Duat dependían del veredicto en el juicio de Osiris.

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Henri Frankfort decía que “El ka del rey posee un poder especial, procede directamente del dios y se relaciona también con los súbditos debido a que el ka de éstos procede del rey o es el propio rey. Es uno de los elementos sustentantes de la monarquía divina y de su autoridad. El ka (“Gemelo” o “doble”) del rey acabó convirtiéndose en un dios-Luna, Jonsu, el ka por excelencia del Sol“. El ka, al igual que el ba, carece de una traducción exacta. La usaban los Egipcios para describir la fuerza generadora de vida de cada individuo; tanto humano como divino. Se le consideraba como el principal ingrediente para diferenciar a la persona viva de la muerta, de ahí que, a veces se tradujese, por “sustento”. Nacía con el Individuo y, a partir de entonces, hacía las funciones de “doble” suyo. En el arte funerario aparecía, a veces, como una figura más pequeña, de píe, junto a la del viviente. El ka, como se ha dicho, se consideraba como el portador de las fuerzas generadoras y vivificantes, pero también como símbolo de la vitalidad ininterrumpida que se transmite de generación en generación. Empezaba a existir en el momento del nacimiento y seguía existiendo en el más allá después de su muerte. Cuando un individuo fallecía, el ka continuaba viviendo por lo que requería el mismo “sustento” que el ser humano había disfrutado durante su vida, de ahí que se le proveyese de ofrendas auténticas de alimento, o bien mediante su representación en las paredes de las tumbas, todo ello mediante la invocación de la Fórmula de las Ofrendas directamente dirigidas al ka. Se daba por hecho que el ka realmente no consumiría los alimentos pero sí asimilaría la fuerza generadora que poseían. Estas eran las ofrendas que solían colocarse en las tumbas ante la Falsa Puerta.

 

La fuerza de la fe vencía todos los embates y resistencias de las razones políticas y morales. La obra de los faraones era el fruto de un egocentrismo inmensamente exagerado que desconocía toda preocupación por la comunidad. Las pirámides no tenían la utilidad colectiva de los edificios enormes de la cristiandad, las catedrales y basílicas, ni servían para la piadosa reunión de los fieles; ni como las torres babilónicas, los  zigurats,  que eran sede de los dioses y santuario para todos. Las pirámides servían, esencialmente, sólo a uno: el faraón allí enterrado. Sólo a su cuerpo muerto, a su alma, a su  ka. De todos modos, tal como ya he indicado anteriormente, no parece que las pirámides más antiguas sirviesen de sepulcro, sino que tenían otras finalidades todavía no desveladas.  No obstante, hay un hecho que llama la atención: el tamaño de los monumentos que mandaron construir los reyes de la IV dinastía, hace cuarenta y siete siglos, sobrepasa las medidas que prescribía la fe, la religión y hasta la seguridad. Posteriormente, observamos que muy pronto la construcción de pirámides perdió tal importancia, y esto en épocas en las que gobernaban faraones tan absolutos como Sethi I y Ramsés II, que incluso se identificaban con Dios más que los gobernantes anteriores y distaban más aún de la masa de los súbditos que los antiguos Keops, Kefrén y Micerino. Hay un motivo, bien es verdad que demasiado materialista para que pudiera satisfacernos del todo, que podría darnos la explicación de por qué cesaron los faraones de construir grandes pirámides. Es el hecho de que la audacia de los violadores de sepulturas para robar los objetos preciosos aumentó y de que en ciertos pueblos el robo se desarrolló durante unos siglos como una profesión de gran rendimiento; la compensación social que así buscaba el necesitado, frente a los siempre satisfechos, ya no garantizaba la seguridad de las momias en las pirámides, y esta evolución obligó a tomar medidas de protección completamente nuevas, por lo que construyeron tumbas de distinta forma.

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La otra razón seguramente reside en la manera de enfocar morfológicamente la historia; viendo las culturas colocadas en una sinopsis de analogías cronológicas o, mejor dicho, de paralelismo entre los distintos estadios por ellas recorridos: un ascenso análogo y análoga decadencia. Y así, se registra siempre el fenómeno de que después del despertar de la conciencia cultural de un pueblo se propende a la monumentalidad ilimitada. Así, por ejemplo, a pesar de todas las diferencias, hay una relación indiscutible entre el zigurat babilónico, las monumentales construcciones románico-góticas de las catedrales de Occidente y las pirámides de Egipto. Todos ellos surgen en un punto análogo en el comienzo de una evolución cultural en la cual, con fuerza desmedida, se tiende a lo inmenso. No olvidemos que las catedrales góticas primitivas se hacían tan grandes que en ellas cabían holgadamente todos los habitantes de la ciudad donde eran erigidas. Con fuerza arrolladora no se detiene ante el abismo que plantean los cálculos más elementales de la estática, con absoluto desprecio de las leyes más someras de la mecánica. En el siglo XIX, era del inicio del progreso técnico moderno, no se podía creer que esto hubiera sido posible. El científico occidental no podía afirmar que tales edificios pudieran haber sido construidos sin «máquinas», ni poleas, y probablemente sin cabrestantes ni grúas. Pero el irresistible impulso hacia la monumentalidad había vencido todas las dificultades, y la fuerza cuantitativa, multitudinaria, de la cultura primitiva, equivalía a la fuerza de calidad de la civilización posterior. Las pirámides se dice que fueron edificadas por la fuerza de innumerables músculos humanos. En las canteras se practicaban, con un torno, unos agujeros y en ellos se colocaban unos tacos de madera mojados para que se hincharan y de este modo hacer saltar como si se emplease pólvora, los bloques de granito de los montes de Mokatam. Luego, por medio de rodillos, se los arrastraba y transportaba. Una hilera de piedra tras otra iban formando la pirámide. Uno de los más difíciles problemas arqueológicos ha sido el hecho de saber si se seguía un plan de construcción único o varios —Lepsius y Petrie sostenían dos opiniones contrarias—; pero las investigaciones más recientes se inclinan a favor de Lepsius, y se supone que había varios proyectos.

 

El trabajo realizado por estas personas hace 4.700 años era tal que, como dice Petrie, se podían cubrir con el pulgar los errores en las medidas de longitud y en las junturas de las piedras de la Gran Pirámide. Disponían los bloques de piedra de tal manera, que, hace ochocientos años, el escritor árabe Abd-el-Latif observaba lleno de admiración lo que aún hoy todo viajero, acompañado por un guía de agencia, puede comprobar en la gran sala de la pirámide de Keops, a la luz de magnesio y por medio de la cámara fotográfica: que allí se ejecutaba un trabajo maestro, ya que ni por las rendijas de unión de los bloques se podía «introducir ni una aguja ni un pelo». !Realmente sorprendente sin grandes medios tecnológicos! Y los antiguos constructores variaban esta técnica cuando en la cámara mortuoria propiamente dicha, para descargar el peso del enorme techo de granito, proyectaban encima cinco espacios vacíos. Aunque, como dijo un crítico, según cálculos modernos, con uno habría bastado, no debe olvidarse que en nuestra época de las vigas de doble T y soportes analizados por rayos infrarrojos, no sólo se construyen nuestros puentes con un incremento de seguridad de cinco, sino de hasta ocho o doce veces sobre lo previsto.  Las pirámides seguirán en pie aún por mucho tiempo. De la de Keops tan sólo ha desaparecido el pico, formándose una meseta de unos diez metros cuadrados en su altiva cima. En la parte exterior se ha desprendido el revestimiento liso consistente en una capa externa de fina piedra caliza de Mokatam, con lo cual queda al descubierto la piedra amarillenta de la obra maciza. Pero la pirámide sigue desafiando los siglos. Y, lo mismo que ella, muchas otras. Ahora bien, ¿dónde están los reyes que buscaron dentro de ellas la seguridad, el refugio libre de angustias para su cuerpo y su  ka?

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La   construcción   de   las   pirámides   de   Gizeh   duró   como   mínimo   tres generaciones: Keops, Kefrén y Menkaura, y los trabajos ocuparon alrededor de un siglo. Parece, pues, que Kefrén y Menkaura las construyeron siguiendo unos   planos.   Es   posible   que   estos   planos   los   trazaran   Keops   y   sus sacerdotes.   Pero   como   ha   demostrado   Bauval,   cabe   argüir   que   los   planos existieron   desde   el   principio:   el   10450   a.C.   Hay   pruebas   de   que   las grandes catedrales góticas se proyectaron siglos antes de que se constru-yeran;   Bauval   sugiere   que   lo   mismo   ocurrió   en   el   caso   de   las   pirámides   de Gizeh. Y   si   aceptamos   los   argumentos   de   West  y   Schoch   según  los   cuales   la erosión de la Esfinge se debió al agua, entonces parece probable que West acierte al asignar a la Esfinge la fecha del 10450 a.C. Pongamos por caso, pues, que es verdad que tanto West como Bauval están  en  lo   cierto.  Supongamos  que  los   supervivientes   de  alguna  catástrofe llegaron a Egipto a mediados del XI milenio a. de C. y trataron de reconstruir en   el   exilio   un   fragmento   de   su   cultura   perdida.   Empiezan   tallando   la   parte delantera   de   la   Esfinge   en   una   afloramiento   de   piedra   caliza   dura   en   las orillas   del   Nilo.   Estaba   orientada   a   la   salida   del   sol   en   el   equinoccio   de primavera   (o   vernal).   En   algún   período   posterior,   proceden   a   excavar   la piedra caliza debajo de la Esfinge y a tallar el cuerpo de león.

 

¿Por qué un león? Porque, según sugiere Graham Hancock, la edad en que se construyó la Esfinge era la Edad de Leo. Hemos visto que el movimiento del eje de la Tierra -que causa la precesión de los equinoccios- significa que se   mueve   como   la   manecilla   que   indica   las   horas   en   un   reloj   y   señala   una  constelación   diferente   cada   2.160   años. Graham Hancock, nacido en Edimburgo en 1950 es licenciado en sociología y en la actualidad se dedica a la escritura de libros sobre ocultismo y misterios del mundo. Se le considera uno de los creadores de la llamada Teoría de la correlación de Orión, en la que se afirma que las pirámides representan al Cinturón de Orión. La Correlación de Orión es una conjetura formulada por Robert Bauval y Adrian Gilbert a mediados de los años 90, en su libro The Orion Mystery, Unlocking the Secrets of the Pyramids (El Misterio de Orión, descubriendo los secretos de las pirámides). Estos autores afirman que las pirámides de Guiza representan la imagen del cinturón de Orión en la superficie terrestre basándose en los supuestos conocimientos de los autores de la astronomía egipcia aplicados al diseño y emplazamiento de las pirámides, considerando estas construcciones como enormes tumbas orientadas hacia las estrellas (dioses) para un mejor paso de los faraones a una vida después de la muerte, de acuerdo a la religión del Antiguo Egipto. Sólo los autodenominados investigadores heterodoxos han aceptado esta teoría.

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La   Edad   de   Leo   duró   del   10970   al 8810   a.C.   Hancock   remacha   su   argumento   preguntando   si   es coincidencia   que  en   la   Era   de   Piscis   (la   nuestra)   el   símbolo   del   cristianismo sea   un   pez,   que   en   la   precedente   Era   de   Aries   encontremos   carneros sacrificados   en   el   Antiguo   Testamento   y   un   renacimiento   del   dios   carnero Amón   en   Egipto,   mientras   que   en   la   anterior   Era   de   Tauro   los   egipcios rendían culto a Apis, el toro, y el culto del toro floreció en la Creta minoica. De   manera   que   estos   protoegipcios   empezaron   a   proyectar   su   gran templo celeste en el XI milenio a. de C. y continuaron durante los siguientes mil   años   y   pico,   construyendo   probablemente   el   Templo   de   la   Esfinge   y   el Templo del Valle con los bloques gigantescos que sacaron de alrededor de la Esfinge. También es posible que construyeran el Oseirión cerca de Abydos y otros muchos monumentos que luego desaparecieron debajo de la arena. En tal caso, parece increíble que no llegaran a empezar el complejo de las pirámides. Hancock señala que la mitad inferior de la pirámide de Kefrén está   construida   con   «bloques   ciclópeos»,   mientras   que   más   arriba,   hacia   la mitad, los bloques son más pequeños, lo que tal vez sugiera que se empezó en una etapa muy anterior. West también hace el siguiente comentario: «En el lado oriental de la pirámide de Kefrén los bloques son especialmente enormes y llegan a medir 6,4 metros de longitud y 30 centímetros de espesor…».

Pero   si   se   construyó   parte   de   la   pirámide   de   Kefrén,   parece   poco probable que la Gran Pirámide se quedase en simple proyecto. El corazón de la   Gran   Pirámide,   según   dice   Iodden   Edwards   en   The   Pyramids   of   Egypt  consiste   en   «un   núcleo   de   roca   cuyo   tamaño   no   puede   determinarse   con precisión».   Puede   que   se   tratara   de   un   túmulo   de   tamaño   considerable, posiblemente un «túmulo sagrado». Posiblemente la cámara inferior también se  excavó en  la  roca  en  aquel tiempo, formando una  especie  de  cripta. Y  si las pirámides tenían por finalidad reflejar las estrellas del Cinturón de Orión, entonces   parece   más   probable   que   también   se   empezara   a   construir   la tercera   pirámide,   la   de   Menkaura.   Incluso   es   posible   que   ésta   fuera   otro túmulo sagrado en este lugar.¿Por qué razón estos protoegipcios no continuarían trabajando hasta terminar la totalidad de las tres pirámides? La   sugerencia   obvia   es   que   si   sólo   un   pequeño   grupo   de   ellos   llegó   a Egipto   -quizá   unos   cien-,   entonces   sencillamente   fue   porque   carecían   de recursos   humanos.   Lo   que   necesitaban,   en   primer   lugar,   era   sencillamente un centro religioso, el equivalente de la basílica de San Pedro de Roma o la  catedral de San Pablo de Londres. La Esfinge y el túmulo sagrado -o túmulos sagrados- proporcionarían dicho centro.

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Pero Robert Bauval y Graham Hancock han   ofrecido   una   sugerencia   mucho   más   interesante   y   verosímil.   Una sugerencia   que   se   basa   en   simulaciones   creadas   con   un   ordenador   de   los cielos de Egipto entre los años 10500 y 2500 a. de C. No   tenemos   ninguna   manera   de   adivinar   lo   que   pudo   suceder   entre estas dos fechas. Pocas civilizaciones florecen durante más de unos cuantos miles   de   años   y,   por   ende,   parece   poco   probable   que   esta   civilización protoegipcia   durase   hasta   los   tiempos   de   los   faraones.   Puede   que   como civilización ni siquiera llegase hasta el VI o el V milenio a. de C., momento en que   (según   la   Encyclopaedia   Britannica)   la   gente   de   la   edad   de   piedra empezó a llegar al valle del Nilo y a cultivarlo. La idea de que las culturas de la edad de piedra (la tasiense, la badariense y la nagadiense) pudieran coexistir   con   los   restos   de   la   cultura   protoegipcia   sugiere   que   los   protoegipcios no   eran   nada   más   que   un   vestigio   sacerdotal   que   tal   vez   vivía,   al   igual   que los esenios de una era posterior, en algún equivalente de las cuevas del mar Muerto, y conservaron su conocimiento del mismo modo que los monasterios de la Edad de las Tinieblas conservaron el saber europeo.

I. E. S. Edwards publicó por primera vez  The Pyramids of Egipt  en 1947, pasando a ser la obra clásica   en   esta   materia   por   excelencia.   Edwards   falleció   en   octubre   de   1996,   a   los   87   años, después de  convertirse  en experto en  Tutankamón y haber  formado parte del equipo del Museo Británico entre 1955 y 1974. Hay   cierto   número   de   indicios   de   la existencia   de   esta   casta   sacerdotal   -que   a   veces   recibe   el   nombre   de   los Compañeros de Osiris- en los milenios comprendidos entre 10500 y 2500 a. de C. Lo   que   sí   sabemos   es   que   quizá   Egipto   ya   empezó   a   unirse   y   formar una nación en el 4000 a. de C. Una obra llamada el Papiro de Turín -que por desgracia   sufrió   graves   desperfectos   cuando   la   enviaron   al   Museo   de   Turín sin   haberla   embalado   de   forma   apropiada-   menciona   nueve   dinastías   de reyes   de   Egipto   anteriores   a   Menes.   Antes,   según   dice,   Egipto   era gobernado por dioses y semidioses y puede que estos últimos fueran alguna casta   sacerdotal.   La   Piedra   de   Palermo   menciona   120   reyes   antes   de Menes.  Manetón,  el  sacerdote  egipcio  del  siglo  III  a.  de  C.,  también  produjo una lista que se remonta a una lejana época de dioses y abarca casi 25.000 años. Lo   que   parece   claro,   si   Schwaller   de   Lubicz  (Aor)  está   en   lo   cierto,   es   que llegó   un   momento   en   que   los   «semidioses»   o   sacerdotes   se   convirtieron   en los   mentores   de   la   temprana   civilización   faraónica,   a   la   que   enseñaron geometría, ciencia y medicina. Schwaller de Lubicz llegó a radicarse en Egipto en 1938 y durante los siguientes 15 años estudió el simbolismo de los templos, en particular el de Luxor, encontrando lo que consideró pruebas de que los antiguos egipcios fueron el último ejemplo de sinarquía porque fueron gobernados por un grupo de iniciados de elite. Pero   ¿eran   mentores   en   algún   sentido   práctico?   Si   lo   eran,   entonces tenemos que resolver algunos difíciles enigmas históricos.

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El orgullo de los faraones se vio castigado por una trágica justicia, bien merecida. Los que no reposaban en fortalezas de piedra, sino en las mastabas, simples panteones bajo la tierra, o se tostaban en sencillas tumbas de arena, gozaban de más protección que los altos gobernantes. Los salteadores han burlado la ilimitada previsión de muchos de ellos. El sarcófago de granito de Keops fue violado y está vacío, no sabemos desde cuándo. El sarcófago lo halló ya Belzoni, en 1818, con la tapa rota y lleno de piedras. La tapa del sarcófago de basalto de Micerino, tan ricamente ornamentada, faltaba ya por el año 30 del siglo pasado, cuando el coronel Vyse encontró la cámara mortuoria del sepulcro; algunas partes del féretro interior de madera aparecían esparcidas por la estancia superior, y con ellas algunas partes de la propia momia real. El barco que transportaba el sarcófago a Inglaterra se hundió después ante las costas españolas.  Millones de bloques de piedra estaban destinados a proteger los cuerpos muertos y momificados de los reyes; además, sus tumbas contaban con pasillos tapiados, ardides arquitectónicos de ocultación que debían contener a los más audaces, evitando que se enriquecieran criminalmente, ya que las cámaras de los sepulcros contenían riquezas y tesoros apenas imaginables. La momia del rey, pues seguía siendo faraón cuando su  ka  se deslizaba en la momia para lograr una vida nueva en el más allá, necesitaba las joyas, los objetos de su uso personal, sobre todo los de lujo, los enseres valiosos de su vida cotidiana, las armas de oro y de metales nobles adornadas con lapislázuli y otras piedras preciosas, gemas y cristales. ¿Acaso las pirámides protegían de verdad? Como se ve, su pétrea mole no asustaba a los criminales, sino que, al contrario, más bien los atraía. Sus bloques de granito guardaban algo que su propia magnitud denunciaba de un modo claro. Pero, ¿realmente han habido nunca momias de faraones en el interior de las pirámides?

 

Así, pues, los profanadores ejercieron sus malas artes en torno a las pirámides desde los tiempos más antiguos hasta los presentes, siempre con celo renovado. Con qué astucia, con qué perseverancia, con qué disimulo obraban, lo comprobó Petrie cuando sufrió su famoso desengaño en el sepulcro de Amenemhet. Es preciso añadir algunas observaciones sobre lo más traído y llevado, desde hace unos cien años, aludiendo al famoso «enigma de la Gran Pirámide». Pero hay que distinguir entre la simple especulación y la hipótesis. Esta última, elemento esencial de los métodos de trabajo de toda ciencia, partiendo del dato seguro, descubre perspectivas y posibilidades más o menos probables. Lo esencial es que, desde los tiempos más remotos, fue precisamente la Gran Pirámide —la de Keops— la que había de encerrar el milagro de los números místicos. Este misticismo cabalístico no debe considerarse en un plano distinto al de los ejemplos antes indicados. Y nada altera el hecho de que también en nuestros días hombres de ciencia serios, personas que en sus estudios logran trabajos excelentes, se entreguen al misticismo de los números, a la cábala. Frecuentemente se ha llamado «Biblia de piedra» a la Gran Pirámide. Conocidas las muchas interpretaciones simbólicas de la Biblia, podemos decir que son tantas como las de la Gran Pirámide. Por el plan, por la situación de las puertas y la orientación de los pasillos de las salas y de la cámara sepulcral se ha pretendido descifrar nada menos que la síntesis de toda la historia del género humano.  Por ejemplo, es un hecho irrebatible que las pirámides están orientadas exactamente según los cuatro puntos cardinales. Así, pues, la diagonal que, de Nordeste a Suroeste, pasa por la pirámide de Keops, coincide exactamente con la diagonal de la pirámide de Kefrén. Después de las primeras medidas tomadas por Flinders Petrie, se han hecho otras relativamente exactas de la Gran Pirámide. No olvidemos que toda medición moderna no es más que aproximada, pues ni se conserva la capa del revestimiento exterior de la pirámide, ni la cima.

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Añadamos a esto que debemos reconocer a los egipcios conocimientos extraordinarios en la ciencia astronómica, pero nunca podemos atribuirles el conocimiento de unidades de medida como, por ejemplo, la que representa el metro original conservado en París. A este respecto, recordemos que carecían de la noción histórica del tiempo, y así comprendemos todo lo extraño de su mundo ideológico, no orientado, como el nuestro, siempre hacia lo exacto. Operando con valores de medida limitados no es difícil construir en este terreno teorías muy llamativas sobre estos edificios enormemente grandes. Es casi seguro que, si considerásemos la catedral de Chartres o la de Colonia estudiándolas con medidas de centímetro, podríamos lograr las conclusiones más insospechadas en valores de cifras cósmicas, por una elemental suma, resta y multiplicación, y llegar a deducciones cabalísticas sorprendentes. Tampoco el valor  π debe ser objeto de elucubraciones misteriosas, pues su equivalente, el «número de Ludolf», era conocido por los constructores de pirámides.  Incluso si fuera cierto que los egipcios fijaban así realmente conocimientos astronómicos y matemáticos de categoría especial en las medidas de la Gran Pirámide — conocimientos a que ha llegado la ciencia moderna solamente en los siglos XIX y XX, como por ejemplo la distancia exacta de la Tierra al Sol—, no habría razón alguna para dar a estos valores un significado místico, ni mucho menos deducir de ellos profecía de ninguna clase.  En el año 1922, el egiptólogo alemán Ludwig Borchardt, tras un estudio detenido de la Gran Pirámide, publicó un libro titulado: «Contra el simbolismo de los números relativos a la Gran Pirámide de Gizeh». En esta obra hallamos argumentos en contra de la corriente mística.

 

Petrie fue un arqueólogo que no se detuvo ante ningún obstáculo. Tenaz, firme, siempre dispuesto a encontrar nuevas ruinas, con pasión inquebrantable, excavó en 1889 una enorme galería en la pirámide de ladrillos de un rey del país del Nilo —sin saber entonces que se trataba de Amenemhet III, uno de los más famosos príncipes de la paz de Egipto— y penetró transversalmente al no hallar la entrada, aunque comprobó que antes que él habían cavado otros, gentes de tiempos remotos cuya intención fue sólo violar la tumba, no para sacar a la luz del día una época pasada e instruir a los hombres contemporáneos, sino simplemente para robar.  Fue Petrie, el infatigable, quien dice que esos ladrones de no sabemos cuándo demostraron ser más infatigables que los actuales científicos.  Decidido a perforar la pirámide, partió del pueblo de Hauwaret-el-Makta, llegó a la construcción después de tres cuartos de hora de ir montado en burro, y al instante buscó la entrada allí donde la había encontrado en casi todas las otras pirámides: en uno de los lados. Pero no la halló, como no la habían hallado sus antecesores, porque no se encontraba en el lado oriental; por lo que decidió no perder tiempo; abrió un túnel transversal en los muros.  Esta decisión fue genial. Los medios técnicos de que Petrie disponía eran limitados y sabía que le esperaba una penosa tarea. Pero no sospechaba que estaría cavando durante semanas enteras.  Hay que imaginarse, con todo el poder de la fantasía, después de aquella fatigosa labor en medio del calor que reina en Egipto, trabajando con medios insuficientes y obreros poco activos, lo que significó el momento en que Petrie hizo caer el último trozo de pared que le permitía penetrar en la cámara del sepulcro felizmente hallada para comprobar que otros hombres se le habían adelantado.

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De nuevo nos hallamos ante la sensación que con frecuencia constituye el irónico premio del investigador, el resultado final de sus fatigas, esa terrible desilusión que sólo en los más fuertes evita la paralización total. Exactamente doce años después, un caso parecido hubiera podido darle por lo menos la satisfacción del mal ajeno. Unos modernos imitadores de los antiguos violadores de tumbas abrieron la de Amenofis II, fallecido alrededor del año 1420 a.C., y buscando los tesoros del rey cortaron las envolturas de su momia. Quedaron decepcionados y, como ladrones, seguramente más amargados aún que Petrie. Sus antecesores en esta profesión no siempre lucrativa, hacía 3.000 años habían llevado a cabo tan perfectamente su trabajo que no dejaron a sus sucesores el más insignificante objeto. La galería que Petrie había abierto era demasiado estrecha para sus hombros, pero su impaciencia no le permitía esperar que la ampliasen. Ató a un muchacho egipcio a una cuerda, le dio un candil y lo hizo introducirse en la cámara mortuoria. La cálida y débil luz de aceite alumbró dos sarcófagos abiertos, ¡violados y completamente vacíos!  Al hombre de ciencia sólo le quedaba la posibilidad de saber quiénes habían profanado la tumba. ¡Nueva dificultad! En la pirámide había entrado agua del fondo. Cuando Petrie amplió la primera galería y entró en la cámara, la cubría un agua arenosa, como más tarde en otra tumba de pozo donde hallará una momia cubierta de joyas. Y lo mismo que después, tampoco entonces esto le asustó. Con la piqueta tanteó el suelo, pulgada tras pulgada. Y así halló un recipiente de alabastro donde se veía grabado el nombre de Amenemhet. Y en otra cámara vecina encontró innumerables ofrendas, todas dedicadas, con indicación expresa del nombre de la princesa Ptah-Nofru, hija de Amenemhet III.

 

Amenemhet III, faraón de la XII dinastía, reinó en 1849-1801 a. C. (según Breasted). Su dinastía duró doscientos trece años, y la época en la cual llevó las dos coronas de Egipto fue una de las más dichosas del país, poco antes arrasado por una guerra contra los pueblos bárbaros de sus fronteras y otra interior, contra los príncipes feudales, siempre prestos a la rebeldía. Amenemhet impuso la paz. Innumerables construcciones, entre ellas la canalización de un lago entero, servían igualmente a fines profanos y religiosos; sus medidas de tipo social se distinguen de los conceptos modernos de la civilización occidental, pero lo característico de Egipto es que, en contraste con tal progreso, continuaba la división en castas, y su economía basada únicamente en los esclavos y la providencial virtud del río. De Amenemhet III se dice: «Él hizo reverdecer a Egipto más que el gran Nilo. Colmó de fuerzas a ambos países.  El es la misma vida que alienta en los conductos nasales;los tesoros que da, son alimentos para sus seguidores;  él nutre a cuantos pisan su camino.  El rey es la vida del país, su boca es abundancia». El gran mérito de Petrie consiste en haber localizado la tumba de este rey. Como hombre de ciencia, podía, pues, estar completamente satisfecho. Pero como explorador con piqueta, alguna otra cosa tenía que incitar aún su curiosidad. ¿Por qué camino habían llegado aquellos hábiles ladrones? ¿Dónde estaba la verdadera entrada de la pirámide? ¿Acaso los ladrones habían descubierto la puerta que él y los investigadores que le precedieron buscaron siempre? Los ladrones habían seguido las huellas de los arquitectos. Y Petrie siguió las de los ladrones.

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Esto sucedía muchísimos años después del robo y era una empresa análoga a la excavación de la primera galería, pues las aguas del fondo habían subido y el barro, los restos de tejas y los escombros habían formado un fango amasado y endurecido por el agua y el calor. Hubo momentos en que Petrie, el infatigable, arrastrándose con dificultad, casi cubierto del fango que le llenaba la boca y la nariz, tenía que avanzar de este modo. Pero él quería saber dónde estaba la verdadera entrada. Y la encontró. Contra todas las experiencias anteriores, contra toda tradición egipcia, estaba en el costado meridional. A pesar de ello, los ladrones la habían hallado. Ante este milagro, Petrie, herido en su honor de explorador, se preguntaba si tal «hallazgo» se habría efectuado normalmente; si habría sido el fruto de la natural agudeza de los ladrones, o el resultado de su tesón infatigable. Sospechaba algo raro e hizo sus averiguaciones. Sistemáticamente, recorrió el camino que habían seguido los profanadores. Se veía ante los mismos obstáculos con que tropezaron ellos. Y cada vez consultaba con su propia inteligencia. Pero no era su inteligencia ni su experiencia la que le daba la solución que antes hallaron los ladrones. ¿Qué instinto misterioso les había conducido por las innumerables trampas, ardides y engaños proyectados por los arquitectos faraónicos? Ahí había una corta escalera que terminaba en una antesala ciega. Quizá los ladrones habían supuesto que la salida era el techo mismo de la cámara, pues todo él constituía una trampa inmensa. Y ellos la habían deshecho fatigosamente, como los cacos modernos se afanan en forzar las cajas de caudales. Pero ¿dónde se hallaban entonces? En un pasillo, lleno de macizos bloques de piedra.

 

Petrie, con su pericia, era el único que podía valorar todo el trabajo que requería el despejar simplemente esta galería. Y podía imaginarse la desilusión de los profanadores cuando, después de resuelta una gran dificultad, tropezaban de nuevo con otra estancia sin salida, y luego, eliminados los obstáculos, con una tercera cámara sin puerta también. Por último vaciló. ¿Se vería obligado a valorar, más que su propio tesón y ciencia, el instinto de los que habían vencido todas las dificultades? No cabía duda: aquéllos habían tenido que cavar durante semanas, meses, incluso durante un año o más. Y ¿en qué circunstancia? Acaso bajo el miedo a los guardianes, a los sacerdotes, e incluso a los visitantes que constantemente traían las ofrendas y sacrificios al gran Amenemhet. ¿O acaso había sucedido de otro modo? La vanidad de Petrie, este hombre que tuvo que usar de tanto ingenio y experiencia para vencer las dificultades planteadas por los antiguos arquitectos para proteger a los reyes de los profanadores futuros, le obligaba a negar que el ingenio de unos vulgares salteadores hubiera bastado hacía siglos para descubrir tan complicados caminos. Tal vez, y de ello ofrecía indicios la literatura egipcia, los ladrones hubieran gozado, por así decir, de una complicidad profesional. Acaso los sacerdotes y los guardianes mismos les hubieran ayudado, trasmitiéndoles sus conocimientos secretos, indicaciones, datos y apoyo. Acaso se hubiese tratado de funcionarios fácilmente vulnerables al cohecho y a la corrupción.

diciembre 15, 2012 - Posted by | Egipto, Egipto, Historia

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