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¿Quién es esta enigmática entidad llamada EL REY DEL MUNDO? 2/2


Antes se recomienda ver el artículo ¿Quién es esta enigmática entidad llamada EL REY DEL MUNDO? 1/2

Las tradiciones relativas a un misterioso «mundo subterráneo», en donde reside el Rey del Mundo, se encuentran en las tradiciones de un gran número de pueblos. No obstante, de una manera general, se podría observar que el «culto de las cavernas» está siempre más o menos ligado a la idea de un «lugar central o interior». Tanto en Asia central como en América y quizás en otras partes también, hay cavernas y subterráneos donde algunos centros iniciáticos han podido mantenerse desde hace siglos. Pero, al margen de este hecho, hay una parte simbólica. Y podemos pensar que son razones de orden simbólico las que han determinado la elección de lugares subterráneos para el establecimiento de esos centros iniciáticos. Alexandre Saint-Yves d’Alveydre habría podido explicar quizás este simbolismo, pero no lo hizo.. Según René Guénon, entre las tradiciones hay una que presenta un interés particular: se encuentra en el Judaísmo y concierne a una misteriosa ciudad llamada Liz o Luz. Este nombre era originariamente el del lugar donde Jacob tuvo el sueño de la escalera que une el Cielo y la Tierra, a consecuencia de lo que rebautizó a la ciudad de Liz como Bethel, es decir, «casa de Dios». Se dice que el «Ángel de la Muerte» no puede penetrar en esta ciudad y que no tiene ningún poder en ella. Y, por una aproximación bastante significativa, algunos la sitúan cerca del Alborj, que es igualmente, para los Persas, la «morada de la inmortalidad».

El ángel de la muerte o ángel exterminador es un enigmático personaje del que se ha hablado mucho y del que se sabe muy poco. Con este nombre nos referimos a un ser mencionado en la Biblia que provocó una gran mortandad. Para ser precisos, en las Sagradas Escrituras no aparece en ningún momento como “ángel de la muerte” o “ángel exterminador”. Aparece de hecho mencionado con el nombre menos terrorífico de “ángel de Jehová” o “ángel del Señor” y es el protagonista directo de un terrible suceso. En la Biblia aparece fugazmente citado en dos versículos. En Reyes se dice: “Aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil hombres. A la hora de levantarse por la mañana, todo era cuerpos de muertos”. Y en Isaías se nos explica: “Y salió el ángel de Jehová y mató a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de los asirios; y cuando se levantaron por la mañana, todo era cadáveres”. Del ángel de la muerte no sabemos apenas nada más. Tan sólo que fue enviado por Dios para acabar con el ejército del rey asirio Senaquerib. Este monarca era muy poderoso, había sometido ya a varias naciones y asediaba a Israel, de quien aseguraba que su dios, Yahvé, no sería capaz de salvarla. Israel no tenía capacidad militar para repeler el ataque de una nación tan poderosa y por ello el Señor envió un ángel para arrasar el ejército asirio. Tras esta atroz masacre, el rey asirio se retiró a su país. Y ahí acaba todo. Ya no sabemos nada más del ángel de la muerte. Por no saber no sabemos ni siquiera su nombre. Es cierto que el término “ángel del Señor” o “ángel de Jehová” aparece mencionado en la Biblia otras veces menos violentas. Sin embargo, no podemos estar seguros de que sea el mismo personaje ya que cuando se habla de “ángel del Señor” no tiene por qué ser uno concreto. Quizás el autor se refiera con ello a “un ángel enviado por Yahvé” que en una ocasión puede ser uno y en otra otro distinto. Al no indicarse su nombre no sabemos de quién se trata. Sólo que fue enviado por Dios para proteger a Israel y que mató 185.000 soldados en una sola noche. Existen teorías para todos los gustos: algunos afirman que es la muerte, otros que se llama Azrael. Lo único cierto es que sólo sabemos lo que pone en  Reyes e Isaías. Todo lo demás son especulaciones.

La Escalera de Jacob es una extraña escalera mencionada en la Biblia (Génesis), por la que los ángeles ascendían y descendían del cielo. Fue vista por el patriarca Jacob durante un sueño, tras su huida por su enfrentamiento con su hermano Esaú: “Llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y se acostó en aquel lugar. Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio que Yahveh estaba sobre ella, y que le dijo: «Yo soy Yahveh, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás al poniente y al oriente, al norte y al mediodía; y por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra; y por tu descendencia. Mira que yo estoy contigo; te guardaré por doquiera que vayas y te devolveré a este solar. No, no te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho».  Despertó Jacob de su sueño y dijo: «¡Así pues, está Yahveh en este lugar y yo no lo sabía!» Y asustado dijo: «¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!» Levantóse Jacob de madrugada, y tomando la piedra que se había puesto por cabezal, la erigió como estela y derramó aceite sobre ella. Y llamó a aquel lugar Betel, aunque el nombre primitivo de la ciudad era Liz“. El nombre de Bethel, al igual que expresiones como “puerta del Cielo“, aluden al Templo que habría de construirse en este lugar años más tarde.

Los comentaristas clásicos del judaísmo ofrecen diferentes interpretaciones para el episodio de la Escalera de Jacob: De acuerdo con la tradición del Midrásh, la escalera simboliza los exilios que el pueblo judío sufriría antes de la llegada del Mesías. Un primer ángel representa los 70 años de exilio en Babilonia; el siguiente representa el exilio en Persia, y otro más, el exilio en Grecia. El último ángel, que representa el exilio final en Roma o Edom (identificado con el propio Esaú), asciende y asciende hacia el cielo; pese al miedo de Jacob a no poder librarse nunca de la dominación de Esaú, Dios le garantiza que algún día también él caerá. Otra interpretación de la escalera acentúa el hecho de que los ángeles primero ascienden y luego descienden. Así el Midrásh explica que Jacob, como hombre santo, estaba siempre acompañado de ángeles. Al alcanzar la frontera de Canaán (la futura tierra de Israel), los ángeles asignados a defenderla volvieron al Cielo, mientras que los de otras tierras descendieron de él para conocerlo. Cuando Jacob volvió a Canaán (Génesis), es saludado por los ángeles asignados a Tierra Santa. El lugar en el que Jacob se detuvo a descansar se cree que coincide con el Monte Moria, donde se construyó el Templo de Jerusalén. Así pues, la Escalera simbolizaría el “puente” entre el Cielo y la Tierra, establecido a través del pacto entre Dios y el pueblo judío, y fortificado por las oraciones y sacrificios realizados en el Templo. Además, la escalera representaría a la Torá, como un nuevo vínculo entre cielo y tierra. El término hebreo para “escalera”, sulam – y el de la montaña en que se dictó la Torá (el Monte Sinaí) –  tiene la misma gematría en hebreo (valor numérico de las letras que las componen). La interpretación cristiana de la Escalera de Jacob se basa en Juan 1:51: “Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»“. De acuerdo con esta lectura, Jesucristo representa una nueva escalera que comunica el Cielo y la Tierra, al ser al mismo tiempo hijo de Dios y de los hombres.

Del testimonio concordante de todas las tradiciones, se desprende muy claramente que existe una «Tierra Santa» por excelencia, prototipo de todas las demás «Tierras Santas», centro espiritual al que todos los demás centros están subordinados. La «Tierra Santa» es también la «Tierra de los Santos», la «Tierra de los Bienaventurados», la «Tierra de los Vivos», la «Tierra de la Inmortalidad»; todas estas expresiones son equivalentes, y es menester agregar todavía la de «Tierra Pura», que Platón aplica precisamente a la «morada de los Bienaventurados». Entre las escuelas búdicas que existen en Japón, hay una, la de Giô-dô, cuyo nombre se traduce por «Tierra Pura»; esto recuerda, por otra parte, la denominación islámica de los «Hermanos de la Pureza» (Ikhwân Es-Safâ), sin hablar de los Cátharos de la edad media occidental, cuyo nombre significa «puros». Por lo demás, es probable que la palabra Sûfî, que designa a los iniciados musulmanes, a los que han llegado a la meta final de la iniciación, de igual modo que los Yogîs en la tradición hindú, tenga exactamente la misma significación. La etimología vulgar, que le hace derivar de sûf, «lana», de la que habría estado hecha la vestimenta que llevaban los Sûfîs, es poco satisfactoria, y la explicación por el griego sophos, «sabio», aunque parece más aceptable, tiene el inconveniente de hacer llamada a un término extraño a la lengua árabe. Así pues, es menester admitir de preferencia la interpretación que hace venir Sûfî de safâ, «pureza».  La descripción simbólica de esta «Tierra Pura» se encuentra hacia el final del Phédon, dialogo de Platón que explica la muerte de Sócrates y sus últimas palabras.  Se puede establecer una especie de paralelo entre esta descripción y la que hace Dante del Paraíso terrestre. Esta morada se sitúa habitualmente en un «mundo invisible». Pero no hay que olvidar que ocurre lo mismo con las «jerarquías espirituales» de que hablan también todas las tradiciones, y que representan en realidad grados de iniciación. Por lo demás, los diversos mundos son propiamente estados, y no lugares, aunque puedan ser descritos simbólicamente como tales. La palabra sánscrita loka, que sirve para designarlos, y que es idéntica al latín locus, encierra en ella misma la indicación de este simbolismo espacial. Existe también un simbolismo temporal, según el cual estos mismos estados son descritos bajo la forma de ciclos sucesivos, aunque el tiempo, tanto como el espacio, no sea en realidad más que una condición propia a uno de entre ellos, de suerte que la sucesión no es aquí más que la imagen de un encadenamiento causal.

En el periodo actual de nuestro ciclo terrestre, es decir, en el Kali-Yuga, esta «Tierra Santa» defendida por «guardianes» que la ocultan a las miradas profanas asegurando no obstante algunas relaciones exteriores, es invisible, inaccesible, pero solo para aquellos que no poseen las cualificaciones requeridas para penetrar en ella. Ahora bien, su localización en una región determinada, ¿debe considerarse solo como simbólica? Los hechos geográficos y también los hechos históricos, tienen, como todos los demás, un valor simbólico que no les quita nada de su realidad, pero les añade una significación superior. Esto puede ser comparado con la pluralidad de los sentidos según los cuales se interpretan los textos sagrados, y que, lejos de oponerse o de excluirse se completan y se armonizan en el conocimiento sintético integral. Los hechos históricos corresponden a un simbolismo temporal, y los hechos geográficos a un simbolismo espacial. Por lo demás, entre los unos y los otros hay una correlación necesaria, como entre el tiempo y el espacio mismos. Y es por eso por lo que la localización del centro espiritual puede ser diferente según los periodos considerados. Tenemos que citar esta frase de Joseph-Marie, conde de Maistre (1753 – 1821), teórico político y filósofo saboyano, máximo representante del pensamiento conservador opuesto a las ideas de la Ilustración y la Revolución francesa: «Es menester estar preparados para un acontecimiento inmenso en el orden divino, hacia el que marchamos con una velocidad acelerada que debe sorprender a todos los observadores. Oráculos temibles anuncian que los tiempos ya han llegado».  Para evitar toda apariencia de contradicción con la cesación de los oráculos, y que Plutarco ya había observado, apenas hay de necesidad de hacer observar que esta palabra «oráculos» es tomada por Joseph de Maistre en un sentido muy amplio,  que se le da en el lenguaje corriente, y no en el sentido propio y preciso que tenía en la antigüedad.

La montaña, junto con la piedra y el árbol, con el que se encuentra asociada, es un símbolo natural del “Eje del Mundo“. Por ser en realidad una elevación de la tierra, se ve en la montaña un símbolo de su propia naturaleza que aspira hacia lo superior o celeste. En general todas las montañas tienen ese significado, pero existen algunas que, debido a la topografía sagrada, están “cargadas” de influjos espirituales. Estas son las denominadas “Montañas Santas“, morada de entidades espirituales. De ahí que muchos templos y santuarios, como el Partenón griego o Montserrat, se construyeran en las cimas de determinadas montañas, es decir allí donde la Tierra parece tocar el Cielo.  Asimismo, la montaña es un arquetipo del templo, lo cual es especialmente visible en las pirámides egipcias y precolombinas y en los zigurats babilónicos. En relación con esto es significativo el hecho de que Dante, en la Divina Comedia, sitúe al Paraíso Terrenal, o Jardín del Edén, en la cima de una montaña, que es la “Montaña Polar“, común en las tradiciones de  muchos pueblos, como es el caso del monte Meru entre los hindúes, el Alborj entre los antiguos persas, el Sinaí y Moriah entre los hebreos, la montaña Qaf entre los árabes, el monte Urulu entre los aborígenes australianos, o Montserrat para los catalanes. La vinculación de la montaña con el Paraíso nos sugiere su carácter primordial. El Paraíso era también la residencia de la Gran Tradición Universal, conservadora de la doctrina y de la sabiduría perenne, y toda montaña sagrada, como el Edén, es el símbolo del Centro del Mundo, en donde reside el Rey del Mundo. Pero a partir de cierta época, el Conocimiento dejó de pertenecer a la totalidad de los hombres, quedando en posesión tan solo de unas minorías que, para salvaguardarlo y mantenerlo a través de los tiempos, crearon ritos y símbolos sagrados. El Conocimiento se replegó en el interior de sí mismo, es decir, en la caverna, un lugar que por su situación está oculto y protegido.

Por tal motivo el mundo “supra-terrestre” se convirtió en el “mundo subterráneo“. Se hizo invisible y se ocultó, pero no desapareció. La oquedad oscura de la caverna sustituyó a la luminosidad de la cúspide de la montaña y la Verdad se volvió secreta. Cerca de la ciudad de Liz se dice que hay un almendro (llamado también liz en hebreo) en cuya base hay una oquedad por la que se penetra en un subterráneo. Y este subterráneo conduce a la ciudad misma, que está enteramente oculta. En las tradiciones de algunos pueblos de América del Norte, se habla también de un árbol por el que hombres que vivían primitivamente en el interior de la tierra habrían llegado a la superficie, mientras que otros hombres de la misma raza habrían permanecido en el mundo subterráneo. Es verosímil que Bulwer-Lytton se haya inspirado en estas tradiciones para escribir su misteriosa obra “The Coming Race” (“La Raza futura”). Una nueva edición del libro lleva un título más terrorífico, “La Raza que nos exterminará”. La palabra Liz, en sus diversas acepciones, parece, por lo demás, derivada de una raíz que designa todo lo que está oculto o envuelto en el secreto. Y hay que notar que las palabras que designan el Cielo tienen primitivamente la misma significación. Ordinariamente se relaciona coelum al griego koilon, «oquedad», lo que puede tener también una relación con la caverna. Especialmente porque Marco Terencio Varrón, polígrafo, militar y funcionario romano, indica esa relación en estos términos: A cavo coelum. Pero hay que indicar que la forma más antigua y más correcta parece ser caelum, que recuerda a la palabra caelare, literalmente «ocultar». Por otra parte, en sánscrito, Varuna viene de la raíz var, «cubrir» (lo que es igualmente el sentido de la raíz kal a la que se vincula el latín celare, otra forma de caelare, y su sinónimo griego kaluptein).

Váruna parece ser un dios de origen indoeuropeo. En un tratado celebrado en el siglo XIV a. C. entre hititas y mitanis, se le menciona junto a Mitra y otras divinidades como uno de los garantes del acuerdo. En la religión védica primitiva (previa al hinduismo), Váruna era un dios principal, uno de los Aditias. Era uno de los dioses hindúes más importantes: el jefe de los asuras, según se menciona en el Rig-veda (mediados del II milenio a. C.). Se le consideraba un dios del cielo o dios de la lluvia, en un aspecto más o menos negativo, ya que formaba el caos del cielo, creando lluvias, tormentas, rayos y truenos. Váruna también regía el reino de los muertos. Siempre iba acompañado de su hermano gemelo Mitra (‘amigo’), que era el Dios Sol del alba, de la amistad. Ambos eran los dioses del juramento y los contratos. Juntos representaban al día completo: Váruna era la noche y lo oscuro, mientras que Mitra era el día, la mañana y la luz solar. Es por ello que ambos representaban la ley, con sus dos caras. El Átharva-veda describe a Váruna como omnisapiente, capaz de detectar cualquier mentira. Las estrellas son sus espías de mil ojos, vigilando cada movimiento de los hombres. Mientras Mitra vigilaba que se cumplieran las promesas, los juramentos, los contratos, y la honestidad en la amistad y en todas las relaciones, Váruna hacía lo propio en su ámbito, pero de manera belicosa, tanto en el cielo como en la inmensidad de las profundidades. Váruna era el regente de la noche «es a veces visible a la mirada de sus adoradores»; habita en una casa con mil puertas, de forma que es siempre accesible a los hombres. Se dice que tiene una excelente vista, pues conoce cuanto ocurre en el corazón de los hombres. Es el rey de los dioses y hombres; es poderoso y temible: nadie puede resistir su autoridad. «Es el soberano regente del universo», «es el que hace que brille el sol en el cielo; los vientos que soplan no son más que su aliento; él ha vaciado los cauces de los ríos, que fluyen obedeciendo a sus mandatos y ha hecho la profundidad de los mares».

Tal como hemos indicado en la primera parte del artículo, René Guénon o Abd al-Wâhid Yahyâ (1886 -1951) fue un matemático, filósofo y metafísico francés. De profesión matemático, es conocido por sus publicaciones de carácter filosófico espiritual y su esfuerzo en pro de la conservación y divulgación de la Tradición Espiritual. Me ha basado en gran parte en las obras de este eminente filósofo para escribir este artículo, especialmente en su obra “El Rey del Mundo”. De todos modos, recomiendo al lector leer sus obras, que son de una gran erudición. Se le relaciona con Ananda Coomaraswamy, otro gran metafísico anglo-indio de la primera mitad del siglo XX. René Guénon, gran estudioso de las doctrinas orientales y de las religiones, se esforzó por aportar a Occidente una visión no simplista del pensamiento oriental, especialmente de la India y por su defensa de las civilizaciones tradicionales frente a Occidente. Destaca su crítica a la civilización occidental desde presupuestos metafísicos y no ideológicos ni políticos. El estudio de sus libros sobre el hinduismo es indispensable para todas aquellas personas que quieran profundizar en dicha tradición. René Guénon, hijo único de Jean-Baptiste, arquitecto, y de Anna-Léontine Jolly, nace en Blois el 15 de noviembre de 1886. Transcurre en esta ciudad una infancia y una adolescencia totalmente normales, recibiendo la primera educación de su tía materna, institutriz, y continuándola luego en la escuela de Notre-Dame des Aydes, conducida por religiosos. En 1902 pasa al Colegio Augustin-Thierry y al año siguiente se recibe de bachiller «ès lettres-philosophie».

El Agarttha se dice que no siempre fue subterráneo y no lo permanecerá siempre. Vendrá un tiempo donde, según las palabras de M. Ossendowski, «los pueblos de Agharti saldrán de sus cavernas y aparecerán sobre la superficie de la tierra». Estas palabras son aquellas por las cuales se termina una profecía que el «Rey del Mundo» habría hecho en 1890, cuando apareció en el monasterio de Narabanchi. Antes de su desaparición del mundo visible, este centro llevaba otro nombre, ya que el de Agarttha, significa «inaprehensible», «inaccesible» o «inviolable», ya que es la «morada de la Paz», Salem. Ossendowski explica que ha devenido subterráneo «hace más de seis mil años», y se encuentra que esta fecha corresponde, con una aproximación muy suficiente, al comienzo del Kali-Yuga o «edad negra», la «edad de hierro» de los antiguos occidentales, el último de los cuatro periodos en los cuales se divide el Manvantara. Su reaparición debe coincidir con el fin del mismo periodo. El Manvantara o era de un Manu, llamado también Mahâ-Yuga, comprende cuatro Yugas o periodos secundarios: Krita-Yuga (o Satya-Yuga), Trêtâ-Yuga, Dwâpara-Yuga y Kali-Yuga, que se identifican respectivamente a la «edad de oro», a la «edad de plata», a la «edad de bronce» y a la «edad de hierro» de la antigüedad grecolatina. En la sucesión de estos periodos, hay una suerte de materialización progresiva, que resulta del alejamiento del Principio que acompaña necesariamente al desarrollo de la manifestación cíclica, en el mundo corporal, a partir del «estado primordial».

Todas las tradiciones aluden a algo que se ha perdido o que se ha ocultado, y que se representa bajo símbolos diversos. Esto, cuando se toma en su sentido general, concierne a todo el conjunto de la humanidad terrestre y se refiere precisamente a las condiciones del Kali-iugá. Según las escrituras védicas, los cuatro iugás forman un ciclo de 4.320.000 años (un majá-iugá, o ‘gran era’), que se repite. El Kali-iugá tiene una duraciónde 432.000 años y empezó hace 5100 años. Se dice que el periodo actual es un periodo de oscurecimiento y de confusión. El comienzo de esta edad está representado concretamente, en el simbolismo bíblico, por la Torre de Babel y la «confusión de las lenguas». Se podría pensar bastante lógicamente que la caída y el diluvio corresponderían al final de las dos primeras edades. Pero, en realidad, el punto de partida de la tradición hebraica no coincide con el comienzo del Manvantara. Es menester no olvidar que las leyes cíclicas son aplicables a grados diferentes, para periodos que no tienen la misma extensión, y que a veces se solapan los unos a los otros. De ahí las complicaciones que a primera vista pueden parecer irresolubles. De momento el conocimiento iniciático debe necesariamente permanecer oculto, de donde el carácter de los «Misterios» de la antigüedad llamada «histórica» y de las organizaciones secretas de todos los pueblos. Estas organizaciones son las que dan una iniciación efectiva, pero que ya no ofrecen más que su sombra cuando el espíritu de esa doctrina ha cesado de vivificar los símbolos que no son más que su representación exterior. Por razones diversas, todo lazo consciente con el centro espiritual del mundo ha acabado por ser roto, lo que implica la pérdida de la tradición. No parece que se haya destacado la imposibilidad casi general en que se encuentran los historiadores para establecer una cronología cierta para todo lo que es anterior al siglo VI antes de la era Cristiana.

Pero debe hablarse de algo que está ocultado más bien que verdaderamente perdido, puesto que no está perdido para todos y algunos lo poseen todavía integralmente. Y, si ello es así, otros tienen siempre la posibilidad de reencontrarlo, siempre que lo busquen como conviene, es decir, que su intención sea dirigida de tal suerte que, por las vibraciones armónicas que despierte según la ley de las «acciones y reacciones concordantes», pueda ponerles en comunicación espiritual efectiva con el centro supremo. Esta expresión está tomada a la doctrina taoísta. Por otra parte,  a la palabra «intención» se le da un sentido que es exactamente el del árabe niyah, que se traduce habitualmente así. Y este sentido es conforme a la etimología latina (de in-tendere, tender hacia).  Lo que acabamos de decir permite interpretar en un sentido muy preciso estas palabras del Evangelio: «Buscad y encontraréis; pedid y recibiréis; llamad y se os abrirá». Esta dirección de la intención tiene, en todas las formas tradicionales, su representación simbólica, ya que indica la dirección hacia un centro espiritual, que, cualquiera que éste sea, es siempre una imagen del verdadero «Centro del Mundo». En el Islam, esta orientación (qiblah) es como la materialización, si se puede expresar así, de la intención (niyah). La orientación de las iglesias cristianas es otro caso particular que se refiere esencialmente  a la misma idea. Pero, a medida que se avanza en el Kali-Yuga, la unión con este centro, cada vez más cerrado y oculto, deviene más difícil, al mismo tiempo que devienen más raros los centros secundarios que le representan exteriormente. Y, no obstante, cuando acabe este periodo, la tradición deberá ser manifestada de nuevo en su integridad, puesto que el comienzo de cada Manvantara, al coincidir con el fin del precedente, implica necesariamente, para la humanidad terrestre, el retorno al «estado primordial». No se trata, bien entendido, más que de una exterioridad relativa, puesto que estos centros secundarios están ellos mismos más o menos estrictamente cerrados desde el comienzo del Kali-Yuga. Es la manifestación de la Jerusalem celeste, que es, en relación al ciclo que acaba, lo mismo que el Paraíso terrestre en relación al ciclo que comienza.

En Europa, todo lazo establecido conscientemente con el centro por medio de organizaciones regulares está actualmente roto, y ello es así desde hace ya varios siglos. Por otra parte, esta ruptura no se ha cumplido de golpe, sino en varias fases sucesivas. De igual modo, para la humanidad hay grados en el alejamiento del centro primordial, y es a estos grados a los que corresponde la distinción de los diferentes Yugas. La primera de estas fases se remonta al comienzo del siglo XIV d.C.. Las Órdenes de caballería tenían, entre sus funciones principales, la de asegurar una comunicación entre Oriente y Occidente, comunicación cuyo verdadero alcance es posible comprender si se sabe que el centro del que hablamos ha sido descrito siempre, al menos en lo que concierne a los tiempos «históricos», como estando situado en la parte de Oriente. No obstante, después de la destrucción de la Orden del Temple, la Orden Rosacruz  y su descendencia continuó asegurando el mismo lazo, aunque de una manera más disimulada. El Renacimiento y la Reforma Luterana marcaron una nueva fase crítica, y finalmente, según lo que parece indicar Saint-Yves, la ruptura completa habría coincidido con los tratados de Westfalia que, en 1648, terminaron la guerra de los Treinta Años. Ahora bien, es sorprendente que varios autores hayan afirmado precisamente, que, poco después de la guerra de los Treinta Años, los verdaderos Rosacruz abandonaron Europa para retirarse a Asia. Y recordamos, a este propósito, que los Grandes Adeptos Rosacrucianos eran doce, como los miembros del círculo más interior del Agarttha, y conforme a la constitución común a tantos centros espirituales formados a la imagen de ese centro supremo.

La Guerra de los Treinta Años fue una guerra librada en la Europa Central (principalmente Alemania) entre los años 1618 y 1648, en la que intervino la mayoría de las grandes potencias europeas de la época. Esta guerra marcará el futuro del conjunto de Europa en los siglos posteriores. Aunque inicialmente se trató de un conflicto religioso entre estados partidarios de la reforma y la contrarreforma dentro del propio Sacro Imperio Romano Germánico, la intervención paulatina de las distintas potencias europeas gradualmente convirtió el conflicto en una guerra general por toda Europa, por razones no necesariamente relacionadas con la religión: búsqueda de una situación de equilibrio político, alcanzar la hegemonía en el escenario europeo, enfrentamiento con una potencia rival, etc. La Guerra de los Treinta Años llegó a su final con la Paz de Westfalia y la Paz de los Pirineos, y supuso el punto culminante de la rivalidad entre Francia y los territorios de los Habsburgo, tales como el Imperio español y el Sacro Imperio Romano-Germánico, por la hegemonía en Europa, que conduciría en años posteriores a guerras nuevas entre ambas potencias. El mayor impacto de esta guerra, en la que se usaron mercenarios de forma generalizada, fue la total devastación de territorios enteros que fueron esquilmados por los ejércitos necesitados de suministros. Los continuos episodios de hambrunas y enfermedades diezmaron la población civil de los estados alemanes, y en menor medida, los de los Países Bajos e Italia, además de llevar a la bancarrota a muchas de las potencias implicadas. Aunque la guerra duró 30 años, los conflictos que la generaron siguieron sin resolverse durante mucho tiempo. Durante el curso de la misma, la población del Sacro Imperio se vio reducida en un 30%. En Brandeburgo se llegó al 50%, y en otras regiones incluso a dos tercios. La población masculina en Alemania se redujo a la mitad. En los Países Checos la población cayó en un tercio a causa de la guerra, el hambre, las enfermedades y la expulsión masiva de checoslovacos protestantes. Solo los ejércitos suecos destruyeron durante la guerra 2.000 castillos, 18.000 villas, y 1.500 pueblos en Alemania.

A partir de esta última época, el depósito del conocimiento iniciático efectivo ya no es guardado realmente por ninguna organización occidental. Así, el científico, teólogo y filósofo sueco Emanuel Swedenborg declaraba que es entre los Sabios del Tíbet y de la Tartaria donde sería menester buscar la «Palabra perdida». Y, por otro lado, Anne-Catherine Emmerich tuvo la visión de un lugar misterioso que llamaba la «Montaña de los Profetas» y que se situaba en las mismas regiones. H.P. Blavatsky pudo recopilar informaciones fragmentarias sobre este tema, dando lugar a la idea de la «Gran Logia Blanca», a la que podríamos llamar una imagen virtual del Agarttha.  Según lo que cuenta M. Ossendowski, el «Rey del Mundo» apareció antaño varias veces, en la India y en Siam, «bendiciendo al pueblo con una manzana de oro coronada de un cordero». Y este detalle toma toda su importancia cuando se hace referencia a lo que Saint-Yves dice del «Ciclo del Cordero y del Carnero», enlazando con la relación que existe entre el Agni védico y el símbolo del Cordero, ya que el carnero representa en la India el vehículo de Agni. Por otra parte, M. Ossendowski indica en varias ocasiones que el culto de Râma existe también en Mongolia. Así pues, en eso hay otra cosa que solamente el Budismo, contrariamente a lo que pretenden la mayoría de los orientalistas. Por otra parte, recuerdos del «Ciclo de Ram» subsistirían todavía actualmente en Camboya. Por otro lado, y esto es todavía más destacable, existen en la simbología cristiana innumerables representaciones del Cordero sobre una montaña de donde descienden cuatro ríos, que son evidentemente idénticos a los cuatro ríos del Paraíso terrestre.  Señalamos también las representaciones del Cordero sobre el Libro sellado con siete sellos del que se habla en el Apocalipsis. El Lamaísmo tibetano posee igualmente siete sellos misteriosos, y seguramente esta similitud no sea puramente accidental.

Agarttha, anteriormente al comienzo del Kali-Yuga, llevaba otro nombre, y este nombre era el de Paradêsha, que, en sánscrito, significa «región suprema», lo que se aplica perfectamente al centro espiritual por excelencia, designado también como el «Corazón del Mundo». Es de esta palabra de donde los Caldeos han creado el concepto de Pardes y los occidentales el de Paraíso. Tal es el sentido original de esta última palabra, y esto debe acaba de hacer comprender por qué hemos dicho precedentemente que lo que se trata es siempre, bajo una forma o bajo otra, la misma cosa que el Pardes de la Kabbala hebraica. Una de las claves para entender el desarrollo de la temprana mística judía se encuentra en la historia de los cuatro en el pardes (paraíso) de acuerdo al Talmud (Jaguiga) que dataría del siglo II. Los cuatro son Ben Zoma, quien vio y se volvió loco; Ben Assai, quien vio y murio; y Elisha Ben Abuya llamado Ajer, quien vio y se hizo apóstata; el último fue Rabí Akiba quien entró y salió sano; todos dedicados al estudio de la Torá. El pardes se interpretó como la especulación sobre el verdadero sentido de la Torá en sus cuatro interpretaciones formadas, cada una, por las letras de esta palabra. La primera letra de pardes es pe que corresponde a Pshat o sentido literal o evidente de la Torá; la segunda es resh que corresponde a Remes o sentido alegórico o simbólico; la tercera es dalet que corresponde a la interpretación talmúdica o más profunda; la cuarta, es la samej que corresponde a sod o el sentido secreto o más interior de todos. Por otra parte, si uno se remite a lo que hemos dicho y explicado sobre el simbolismo del «Polo», es fácil ver también que la montaña del Paraíso terrestre es idéntica a la «montaña polar», de la que se trata, bajo nombres diversos, en casi todas las tradiciones. Ya hemos mencionado el Mêru de los Hindúes y el Alborj de los Persas, así como el Montsalvat de la leyenda occidental del Grial. Citaremos también la montaña de Qâf de los árabes, e incluso el Olimpo de los griegos, que, bajo muchos aspectos, tiene la misma significación. Se dice de la montaña de Qâf que no se puede alcanzar «ni por tierra ni por mar» (lâ bil-barr wa lâ bil-bahr; cf. lo que ha sido dicho también de Montsalvat), y, entre sus otras designaciones, tiene la de «Montaña de los Santos» (Jabal el-Awliyâ), lo que la identifica con la «Montaña de los Profetas» de Anne-Catherine Emmerich.

Se trata siempre de una región que, como el Paraíso terrestre, ha devenido inaccesible a la humanidad ordinaria, y que está situada fuera del alcance de todos los cataclismos que trastornan al mundo humano al final de algunos periodos cíclicos. Esta región es verdaderamente la «región suprema». Según algunos textos védicos y avésticos, su situación habría sido primitivamente polar, incluso en el sentido literal de esta palabra; y, cualesquiera que pueda ser su localización a través de las diferentes fases de la historia de la humanidad terrestre, permanece siempre polar en el sentido simbólico, puesto que representa esencialmente el eje fijo alrededor del cual se cumple la revolución de todas las cosas. La montaña representa el «Centro del Mundo» antes del Kali-Yuga, es decir, cuando existía en cierto modo abiertamente y no era todavía subterráneo. Así pues, corresponde a su situación normal, fuera del periodo obscuro que implica una inversión del orden establecido. Por lo demás, es menester agregar que, aparte de estas consideraciones que se refieren a las leyes cíclicas, los símbolos de la montaña y de la caverna tienen uno y otro su razón de ser, y que hay entre ellos una verdadera complementariedad. Esta complementariedad es el de los dos triángulos, dispuestos en sentido inverso uno de otro, que forman el «sello de Salomón»; es comparable también a muchos otros símbolos. Además, la caverna puede ser considerada como situada en el interior de la montaña misma, o inmediatamente debajo de ésta.

En lo que concierne a la «región suprema», podríamos citar todavía muchas otras tradiciones concordantes. Hay concretamente, para designarla, otro nombre. Este nombre es el de Tula, de donde los griegos crearon Thulé, que también regía los destinos de Hiperbórea, más primitiva aún que Paradêsha. Ubicada en algún sitio entre los pueblos nórdicos, el lugar fue construido con piedras de cristal rodeado por altas murallas de hielo, generalmente viendo a Groenlandia, la “tierra verde” de los pueblos arios. Si este lugar existió en un tiempo, desapareció por completo. De la existencia verdadera del sitio hay referencias históricas: por ejemplo, los historiadores latinos Diodoro de Sicilia, Plinio y Virgilio mencionan el continente Hiperbóreo como una gran isla situada en el Ártico. En el siglo XX, investigaciones y sondeos llevados a cabo por diversos científicos en las regiones polares dieron como resultado la detección por sonar de todo un inmenso continente con sus distintos accidentes geográficos, bajo capas de hielo de centenares de metros de espesor. En otro tiempo, los polos poseían un clima más benigno, incluyendo flora y fauna de temperaturas cálidas. Se han descubierto restos fósiles de plantas y animales correspondientes a zonas templadas, lo que evidencia la drástica transformación climática sufrida en el Ártico. Tradicionalmente, los hiperbóreos de Thule o Tula, Tulle o Toulon, habrían transmitido su herencia cultural a celtas, germanos y vikingos, conservando estos grupos humanos la visión de una región muy al norte donde crecían verdes pastos, la caza era abundante y su temperatura era cálida. Se dice que Groenlandia, entonces libre de hielos, formaba tres islas principales, que pueden verse  en los legendarios mapas de Piri Reis, que conserva el trazado de sus costas.

Esta Thulé era verosímilmente idéntica a la primitiva «isla de los cuatro Señores». Por lo demás, es menester observar que el mismo nombre de Tula ha sido dado a regiones muy diversas, puesto que, todavía hoy, se le encuentra tanto en Rusia como en América central. Sin duda se debe pensar que cada una de estas regiones fue, en una época más o menos lejana, la sede de un poder espiritual que era como una emanación del poder espiritual de la Tula primordial. Se sabe que la Tula mexicana debe su origen a los Toltecas. Éstos, se dice, venían de Aztlan, literalmente «la tierra en medio de las aguas», que no es otra que la Atlántida, y ellos habían traído este nombre de Tula de su país de origen. El centro al que dieron este nombre debió reemplazar probablemente, en una cierta medida, al centro del continente desaparecido.  El signo ideográfico de Aztlan o de Tula era la garza blanca. La garza y la cigüeña desempeñan en Occidente el mismo papel que el ibis en Oriente, y estos tres pájaros figuran entre los emblemas de Cristo. El ibis era, entre los egipcios, uno de los símbolos del Thoth, es decir, de la Sabiduría. Pero, por otra parte, es menester distinguir la Tula atlante de la Tula hiperbórea, ya que es esta última la que, en realidad, representa el centro primero y supremo para el conjunto del Manvantara actual. Es esta Tula hiperbórea la que fue la «isla sagrada» por excelencia, y su situación era literalmente polar en el origen. Todas las otras «islas sagradas», que son designadas en todas partes por nombres de significación idéntica, no fueron más que imágenes de aquella. Y esto se aplica incluso al centro espiritual de la tradición atlante, que no rigió más que un ciclo histórico secundario, subordinado al Manvantara. Una gran dificultad, para determinar de una manera precisa el punto de unión de la tradición atlante con la tradición hiperbórea, proviene de ciertas substituciones de nombres que pueden dar lugar a múltiples confusiones.

La palabra Tula, en sánscrito, significa «balanza», y designa en particular el signo zodiacal de este nombre; pero, según una tradición china, la Balanza celeste ha sido primitivamente la Osa Mayor, que habría sido llamada incluso «Balanza de Jade», siendo el jade es un símbolo de perfección. En otros pueblos, la Osa Mayor y la Osa Menor han sido asimiladas a los dos platos de una balanza. Esta balanza simbólica no carece de relación con la que se trata en el Siphra di-Tseniutha (el «Libro del Misterio», sección del Zohar). La misma está «suspendida en un lugar que no es», es decir, en lo «no manifestado», que el punto polar representa para nuestro mundo. Por lo demás, se puede decir que es sobre el Polo donde reposa efectivamente el equilibrio de este mundo. El simbolismo que se vincula a la Osa Mayor está ligado de la manera más estrecha al del Polo. La Osa Mayor es, en la India, el sapta-riksha, es decir, la mansión simbólica de los siete Rishis. Esto es naturalmente conforme con la tradición hiperbórea, mientras que, en la tradición atlante, la Osa Mayor es reemplazada en este papel por las Pléyades, que están igualmente formadas por siete estrellas. También se sabe que, para los griegos, las Pléyades eran hijas de Atlas y, como tales, llamadas también Atlántidas. Es curioso anotar también la asimilación fonética entre Mêru y mêros, y que, en los antiguos Egipcios, la Osa Mayor era llamada la constelación del Muslo. Habría lugar a examinar también la relación que puede existir entre la Balanza polar y la Balanza zodiacal. Esta última se considera como el «signo del Juicio», y lo que hemos de la balanza como atributo de la Justicia, a propósito de Melki-Tsedeq, puede hacer comprender que su nombre haya sido la designación del Centro espiritual supremo.

Tula es llamada también la «isla blanca», y ya hemos dicho que este color es el que representa a la autoridad espiritual; en las tradiciones americanas, Aztlan tiene por símbolo una montaña blanca, pero esta figuración se aplicaba primero a la Tula hiperbórea y a la «montaña polar». En la India, la «isla blanca» (Shwêta-dwîpa), a la que se coloca generalmente en las lejanas regiones del Norte, se considera como la «morada de los Bienaventurados», lo que la identifica claramente a la «Tierra de los Vivos».  El Shwêta-dwîpa es una de las dieciocho subdivisiones del Jambu-dwîpa. Esto recuerda igualmente las «Islas afortunadas» de la antigüedad occidental. Pero estas islas estaban situadas al Oeste (el «jardín de las Hespérides»: hesper en griego, vesper en latín, son la tarde, es decir, el Occidente), lo que indica una tradición de origen atlante, y lo que, por otra parte, puede hacer pensar también en el «Cielo Occidental» de la tradición tibetana. No obstante, hay una excepción notable, ya que las tradiciones célticas hablan sobre todo de la «isla verde» como la «isla de los Santos» o la «isla de los Bienaventurados». El nombre de «isla de los Santos», así como el de «isla verde», ha sido aplicado ulteriormente a Irlanda, e incluso a Inglaterra. Señalamos igualmente el nombre de isla de Heligoland, pequeña isla alemana situada en el borde sudeste del mar del Norte, que tiene la misma significación. Pero en el centro de esa isla se eleva la «montaña blanca», que no ha sido, se dice, sumergida por ningún diluvio, y cuya cima es de color púrpura.  Por otra parte, a veces se trata de un cinturón con los colores del arco iris. Saint-Yves hace alusión a él en su Mission de l´Inde, y la misma cosa se encuentra en las visiones de Anne-Catherine Emmerich. A este respecto, uno se remitirá a lo que hemos dicho sobre el simbolismo del arco iris, así como sobre los siete dwîpas.  En el esoterismo islámico, la «isla verde» (el-jezirah el-khadrah) y la «montaña blanca» (el-jabal el-abiod) también se conocen, aunque se habla muy poco de ellas. Se reencuentran aquí los tres colores herméticos: verde, blanco y rojo. Esta «montaña del Sol», como también se llama, es lo mismo que el Mêru, que es también la «montaña blanca» y ésta rodeado de un cinturón verde por el hecho de que está situado en medio del mar. Y en su cima brilla el triángulo de la luz.

A la designación de centros espirituales como la «isla blanca», es menester vincular los nombres de lugares, regiones, o ciudades, que expresan igualmente la idea de blancura. Existe un gran número de ellas, de Albión a Albania pasando por Alba la larga, la ciudad madre de Roma, y las otras ciudades antiguas que han podido llevar el mismo nombre. En los griegos, el nombre de la ciudad de Argos tiene la misma significación. Por lo demás, hay que aproximar el latín albus, «blanco», al hebreo laban, que tiene el mismo sentido, y cuyo femenino Lebanah sirve para designar la Luna. En latín, Luna puede significar a la vez «blanca» y «luminosa», y ambas ideas están conexas. Entre el adjetivo argos, «blanco» y el nombre de la ciudad, no hay más que una simple diferencia de acentuación. El nombre de la ciudad es neutro, y este mismo nombre, en masculino, es el de Argus. Se puede pensar aquí en la nave Argo, la nave en que Jasón y sus compañeros argonautas navegaron desde Yolco en busca del vellocino de oro, yde la que se dice que fue construida por Argus, y cuyo mástil estaba hecho de un roble del bosque de Dodona, en donde estaba ubicado el Oráculo de Dodona. La palabra puede significar igualmente «rápido», puesto que la rapidez se considera como un atributo de la luz (y especialmente del relámpago), pero el primer sentido es «blancura», y por consiguiente «luminosidad». De la misma palabra deriva también el nombre de la plata, que es el metal blanco y que corresponde astrológicamente a la Luna. El latín argentum (plata) y el griego arguros tienen una raíz idéntica.

Hay que hacer todavía una precisión sobre la representación del centro espiritual como una isla, que encierra por lo demás la «montaña sagrada», ya que, al mismo tiempo que una tal localización ha podido existir efectivamente, aunque todas las «Tierras Santas» no sean islas, debe tener también una significación simbólica. Los hechos históricos mismos, y sobre todo los de la historia sagrada, traducen verdades de orden superior, en razón de la ley de correspondencia que es el fundamento mismo del simbolismo, y que une a todos los mundos en la armonía total y universal. La idea que evoca la representación de que se trata es esencialmente la de «estabilidad», idea que es una característica del Polo. La isla permanece inmutable en medio de la agitación incesante de las olas, agitación que es una imagen de la del mundo exterior. Y es menester haber atravesado el «mar de las pasiones» para llegar al «Monte de la Salvación», al «Santuario de la Paz». «El Yogî, habiendo atravesado el mar de las pasiones, está unido con la Tranquilidad y posee el “Sí mismo” en su plenitud», dice Shankarâchârya (Atmâ-Bhoda). Las pasiones se toman aquí para designar todas las modificaciones transitorias que constituyen la «corriente de las formas». Este es el dominio de las «aguas inferiores», según el simbolismo común a todas las tradiciones. Por eso es por lo que la conquista de la «Gran Paz» es frecuentemente representada bajo la figura de una navegación. Y ésta es una de las razones por las que la barca, en el simbolismo católico, representa a la Iglesia. A veces es representada también bajo la forma de una guerra, y la Bhagavad-Gîtâ puede ser interpretada en este sentido, de igual modo que se podría interpretar la teoría de la «guerra santa» (jihâd) según la doctrina islámica. Agregaremos que «caminar sobre las aguas», tal como se dice hizo Jesús, simboliza la dominación del mundo de las formas y del cambio. Vishnu es llamado Nârâyana, «El que camina sobre las aguas». Puede verse una coincidencia  con el Evangelio, donde se habla de Cristo caminando sobre las aguas.

Un tema relevante es la cuestión de la localización efectiva de esta «región suprema». Parece que habría que considerar varias localizaciones sucesivas, correspondientes a diferentes ciclos, subdivisiones de otro ciclo más extenso que es el Manvantara. Por otra parte, si se considera el conjunto poniéndose en cierto modo fuera del tiempo, habría que considerar un orden jerárquico entre estas localizaciones, orden que corresponde a la constitución de formas tradicionales que no son más que adaptaciones de la tradición principal y primordial que domina todo el Manvantara. Por otra parte, puede también haber simultáneamente, además del centro principal, varios centros que se vinculan a él y que son como otras tantas imágenes suyas, lo que es una fuente de confusiones bastante fáciles de cometer, tanto más cuanto que estos centros secundarios, al ser más exteriores, son por eso mismo más visibles que el centro supremo. Según la expresión que Saint-Yves toma del simbolismo del Tarot, el centro supremo es, entre los demás centros, como «el cero cerrado de los veintidós arcanos». Es notable la similitud de Lhassa (Tibet), centro del Lamaísmo, con el Agarttha. Incluso en Occidente se conocen al menos dos ciudades cuya disposición topográfica presenta particularidades que, en el origen, han tenido una razón de ser semejante: Roma y Jerusalém (y esta última era efectivamente una imagen visible de la misteriosa Salem de Melki-Tsedeq). En efecto,  había en la antigüedad lo que se podría llamar una geografía sagrada, o sacerdotal, y la posición de las ciudades y de los templos no era arbitraria, sino determinada según leyes muy precisas. El Timeo de Platón parece contener, bajo una forma velada, algunas alusiones a la ciencia de que se trata.  Por esta observación se pueden suponer los lazos que unían el «arte sacerdotal» y el «arte real» al arte de los constructores, así como las razones por las que las antiguas corporaciones estaban en posesión de una verdadera tradición iniciática. Por otra parte, la expresión de «arte real» ha sido conservada por la Masonería moderna.

En los Romanos, Janus era a la vez el dios de la iniciación a los Misterios y el de las corporaciones de artesanos (Collegia fabrorum). Hay en esta doble atribución un hecho particularmente significativo. Por lo demás, entre la fundación de una ciudad y la constitución de una doctrina había una relación tal que la primera era frecuentemente tomada para simbolizar a la segunda. Citaremos como ejemplo el símbolo de Anfión al construir los muros de Thebas con los sonidos de su lyra. En la mitología griega Anfión es el hermano gemelo de Zeto, e hijo de Antíope y Zeus. A diferencia de otras mitologías, donde los gemelos marcan un carácter distinto entre ellos compensando bondad con maldad, o egoísmo con altruismo, Anfión y Zeto simbolizaron todo lo contrario, fueron un modelo de entendimiento entre hermanos, que en vez de presentar una competencia entre ellos, representaba un ejemplo de compensación: mientras Zeto sobresalía en las labores más rudas y manuales, como por ejemplo la ganadería, Anfión era el lado delicado, aficionado a la música y el Arte. Hermes, fue su mentor, se dice que él mismo le regaló una lira y le había enseñado a tocarla, y lo hacía con tal gracia que se cuenta que en la construcción del muro de Tebas (ciudad fundada por él y su hermano y donde fueron correyes de la misma) mientras Zeto tenía que esforzarse en cargar los pesados bloques, Anfión simplemente tocaba su lira de tal manera que las piedras le seguían espontáneamente y se colocaban en su sitio. Tal vez esto explicase algunas construcciones ciclópeas de la antigüedad, como las pirámides de Egipto.  Anfión estuvo casado con Níobe, hija del rey de Lidia, con la que tuvo una muy numerosa descendencia. Desafortunadamente la suerte no le acompañó, y toda su prole pereció trágicamente. Debido a su desafortunada historia, Anfión se envolvió en la locura, y quiso destruir el templo de Apolo ubicado en Tebas para materializar su rabia, pero éste le castigó en el Tártaro por esta impertinencia.

Se sabe cuánta importancia tenía la lyra en el Orfismo y el Pitagorismo. Hay que indicar que, en la tradición china, se trata frecuentemente de instrumentos de música que desempeñan un papel similar. Naturalmente, se debía recurrir a precauciones especiales cuando se trataba de fijar el emplazamiento de una ciudad que estaba destinada a devenir, bajo una relación u otra, la metrópoli de toda una parte del mundo. Y los nombres de las ciudades, así como lo que se refiere a las circunstancias de su fundación, merecerían ser examinados cuidadosamente bajo este punto de vista. En lo que concierne a los nombres, se pueden encontrar algunos ejemplos, concretamente para aquellos que se vinculan a la idea de blancura. Habría que decir mucho también sobre los objetos sagrados a los cuales estaban ligadas, en algunos casos, el poder y la conservación misma de la ciudad Tal era el caso del legendario Palladium de Troya o los escudos de los Salios, en Roma, de los que se decía que habían sido tallados en un aerolito de los tiempos de Numa. El Colegio de los Salios se componía de doce miembros. Estos objetos eran soportes de «influencias espirituales», como el Arca de la Alianza en los hebreos. Un centro del género de aquellos de los que hemos hablado existía en Creta en la época prehelénica. Y parece que Egipto haya contado con varios de ellos, probablemente fundados en épocas sucesivas, como Menfis y Thebas.  El nombre de Minos es por sí mismo una indicación suficiente a este respecto, como el de Ménès en lo que concierne a Egipto. Remitimos también, en cuanto a Roma, a lo que hemos dicho de Numa, y recordaremos la significación del de Shlomoh para Jerusalem. A propósito de Creta, señalamos el uso del Laberinto como símbolo característico, por los constructores de la edad media. El Laberinto de Creta es, en la mitología griega, el laberinto construido por Dédalo para esconder al Minotauro.

Se piensa en la actualidad que la leyenda del laberinto tiene su base en el palacio de Cnossos. Una construcción tan sofisticada y de alta tecnología como dicho palacio, repleto de múltiples habitaciones y con todas las mejoras conocidas por la tecnología de entonces (incluyendo un sistema de alcantarillado) debió haber parecido a los aqueos algo intrincado. Apoya esta tesis el hecho de que en el palacio de Cnossos se han encontrado dibujos de hachas de doble filo por doquier, que en griego se llaman labrys, y que habrían dado nombre a la construcción. El laberinto de la leyenda griega también podría tomar como referencia la cueva de Gortina en la misma isla o las danzas que se celebraban en las islas egeas en las que los danzantes de la mano recorrían un trazado laberíntico. Dédalo era un ateniense desterrado a Creta. Fue el constructor del laberinto, donde Minos hizo encerrar al terrible Minotauro, que era aplacado periódicamente con sacrificios humanos. Caído Dédalo en desgracia, fue encerrado, junto a su hijo Ícaro, en el mismo laberinto. Pero Dédalo construyó para sí y para su hijo unas alas con las que, salvando los muros de la extraña prisión, se remontaron sobre el Mediterráneo. Ícaro, desobedeciendo los consejos de su padre, voló tan cerca del sol que los rayos derritieron la cera de las alas, y cayó en el mar. Tras perder la ciudad de Atenas una guerra contra Minos, se le impuso como tributo el envío, cada nueve años, de siete doncellas y siete donceles, destinados a ser devorados por el Minotauro. Cuando debía cumplirse por tercera vez tan humillante obligación, el hermoso Teseo, con el consentimiento, aunque de mal grado, de su padre el rey Egeo, se hizo designar como uno de los siete jóvenes, con el propósito de dar muerte al Minotauro, acabar así con el periódico sacrificio y liberar a los atenienses de la tiranía de Minos. Ariadna, hija de Minos y de Pasífae, se enamoró de él y le enseñó el sencillo ardid de ir desenrollando un hilo a medida que avanzara por el laberinto para poder salir más tarde. Teseo mató al Minotauro, volvió siguiendo el hilo hasta Ariadna y huyó con ella de Creta.

Esta leyenda contiene, al lado de sus elementos fabulosos, una base verídica. El nombre personal del legendario rey se derivó del título que usaban los soberanos cretenses. El Minotauro es una reminiscencia del culto que se rendía al toro como encarnación de la divinidad. La idea del laberinto hace recordar la complicada construcción de los palacios cretenses. Los atenienses consideraban este relato como historia verdadera. Durante siglos conservaron, sometiéndolo a continuas reparaciones, el barco en que Teseo había partido para Creta y que usaban como navío sagrado para llevar cada año la embajada que asistía a las fiestas de Apolo en Delfos. Lo más curioso  es que el recorrido del Laberinto trazado sobre el enlosado de algunas iglesias era considerado como una manera de reemplazar el peregrinaje a Tierra Santa para aquellos que no podían cumplirlo. Se ha visto también que Delfos había desempeñado este papel para Grecia. Su nombre evoca el del delfín, cuyo simbolismo es muy importante. Otro nombre destacable es Babilonia: Bab-Ilu significa «puerta del Cielo», lo que es una de las cualificaciones aplicadas por Jacob a Luz (o Liz); por lo demás, puede tener también el sentido de «casa de Dios», como Beith-El. Pero deviene sinónimo de «confusión» (Babel) cuando se pierde la tradición. Es entonces la inversión del símbolo, la Janua Inferni que toma el lugar de la Janua Coeli. El nombre de esta última ciudad, que fue también el de una ciudad griega, debe retener más particularmente nuestra atención, como designación de centros espirituales, en razón de su identidad manifiesta con el de la Thebah hebraica, es decir, con el del Arca del diluvio. Éste es también una representación del centro supremo, considerado especialmente en tanto que asegura la conservación de la tradición, en estado de repliegue en cierto modo, en el periodo transitorio que es como el intervalo de dos ciclos y que está marcado por un cataclismo cósmico que destruye el estado anterior del mundo para hacer lugar a un estado nuevo.

Este estado es asimilable al que representa para el comienzo de un ciclo el «Huevo del Mundo», que contiene en germen todas las posibilidades que se desarrollarán en el curso del ciclo. El Arca contiene todos los elementos que servirán a la restauración del mundo, y que son así los gérmenes de su estado futuro.  Es también una de las funciones del «Pontificado» asegurar el paso o la transmisión tradicional de un ciclo a otro. La construcción del Arca tiene aquí el mismo sentido que la de un puente simbólico, ya que ambos están destinados igualmente a permitir el «paso de las aguas», que tiene por lo demás significaciones múltiples. El papel del Noah bíblico es semejante al que desempeña en la tradición hindú Satyavrata, que deviene después, bajo el nombre de Vaivaswasta, el Manu actual.  Se observará también que Noé es designado como habiendo sido el primero que plantó la viña (Génesis), hecho que hay que aproximar a la significación simbólica del vino y su papel en los ritos iniciáticos, a propósito del sacrificio de Melquisedek. Pero hay que destacar que, mientras que esta última tradición se refiera así al comienzo del presente Manvantara, el diluvio bíblico marca solo el comienzo de otro ciclo más restringido, comprendido en el interior de este mismo Manvantara. No se trata del mismo acontecimiento, sino solo de dos acontecimientos análogos entre ellos. Una de las significaciones históricas del diluvio bíblico puede ser aproximada al cataclismo en el que desapareció la Atlántida. La misma observación se aplica naturalmente a todas las tradiciones diluvianas que se encuentran en un gran número de pueblos. Las hay que conciernen a ciclos todavía más particulares, y es concretamente el caso, en los griegos, de los diluvios de Deucalion y de Ogygès. Lo que es también muy digno de ser notado aquí, es la relación que existe entre el simbolismo del Arca y el del arco iris, relación que está sugerida, en el texto bíblico, por la aparición de este último después del diluvio, como signo de la alianza entre Dios y las criaturas terrestres.

Hay una suerte de equivalencia simbólica entre el creciente, la copa y el navío, y la palabra «bajel» sirve para designar a la vez a estas dos últimas. El «Santo Bajel» es una de las denominaciones más habituales del Grial en la edad media. Esta figura es la sección vertical de una esfera cuya sección horizontal es representada por el recinto circular del Paraíso terrestre; y éste está dividido por una cruz que forman los cuatro ríos salidos de la «montaña polar». Esta esfera es también el «Huevo del Mundo». El Paraíso terrestre se encuentra en el plano que le divide en sus dos mitades superior e inferior, es decir, en el límite del Cielo y de la Tierra. Los kabbalistas hacen corresponder a estos cuatro ríos las cuatro letras que forman en hebreo la palabra Pardés y  su relación analógica con los cuatro ríos de los Infiernos. La reconstitución debe operarse al final del mismo ciclo. Pero entonces, en la figura de la Jerusalem celeste, el círculo está reemplazado por un cuadrado, y esto indica la realización de lo que los hermetistas designaban simbólicamente como la «cuadratura del círculo». La esfera, que representa el desarrollo de las posibilidades por la expansión del punto primordial y central, se transforma en un cubo cuando este desarrollo está acabado y cuando se alcanza el equilibrio final para el ciclo considerado. Este reemplazo corresponde al del simbolismo vegetal por el simbolismo mineral. Las doce puertas de la Jerusalem celeste corresponden a los doce signos del Zodiaco, así como a las doce tribus de Israel. Así pues, se trata de una transformación del ciclo zodiacal, consecutiva a la detención de la rotación del mundo y a su fijación en un estado final que es la restauración del estado primordial, cuando esté acabada la manifestación sucesiva de las posibilidades que éste contenía. El «Arbol de la Vida», que estaba en el centro del Paraíso terrestre, está igualmente en el centro de la Jerusalem celeste, y aquí tiene doce frutos; éstos presentan una cierta similitud con los doce Adityas, como el «Árbol de la Vida» mismo la tiene con Aditi, la esencia única e indivisible de la que han salido.

Se dice que el rey Thevetat fue uno de los últimos Reyes Atlantes bajo cuya influencia maléfica la raza atlante se convirtió en una nación de magos negros perversos. Pero no todos los Asuras encarnados en la raza Atlante optaron por el rebelde príncipe planetario Ahriman, sino que muchos Asuras se asociaron al Logo Planetario Terrestre. La raza intraterrena que por aquel entonces tomó partido y se involucró con la causa del Logo. Como consecuencia de esas luchas, los Asuras, Devas y otros seres de un amplio espectro, entre los que se encontraban los reyes y el pueblo atlante, se dividieron en dos bandos irreconciliables sobre la faz del planeta  y que llevaron a una guerra global a los dos vastos continentes Atlantes existentes en aquel tiempo: Kusha, el continente situado en la actual zona Atlántica sobre el Trópico Norte y Mú, situado en la zona subtropical del Pacifico. El rey Thevetat, al mando de los Daityas y los diablos Rakshasas que controlaban el continente de Kusha luchó encarnizadamente contra los Adityas y los Sadhus, o sabios guías de la Raza Atlante, liderados por Roth, el príncipe adyta que guiaba a las fuerzas intraterrenas y a los habitantes del continente de Mú. Las terribles consecuencias de la devastadora guerra concluyeron con el segundo y definitivo diluvio Atlante. Esta guerra, además, decidió los destinos de los dos pueblos, el intraterreno y el perteneciente al mundo de superficie en dos culturas separadas y realidades diferentes dentro del mismo planeta. Los vestigios de esta terrible guerra quedaron grabados en la mente colectiva de la humanidad actual y reflejados en muchas de sus leyendas tradicionales, en las cuales, aún se llora la partida de los Âdityas, identificados también como Elfos, hacia la Isla Sagrada (Âgarttha). Este segundo diluvio, acabó con las últimas grandes civilizaciones Atlantes situadas en las penínsulas de Ruta y Daitya, dejando únicamente un remanente de la cultura Atlante en la isla de Poseidonis, la misma que sería destruida miles de años después como consecuencia de las acciones geológicas que habían fragmentado los últimos restos del gigantesco continente Atlante de Kusha, y destruído  el continente de Mú. »

Se podría decir que la esfera y el cubo corresponden a los puntos de vista dinámico y estático. Las seis caras del cubo están orientadas según las tres dimensiones del espacio, como los seis brazos de la cruz trazada a partir del centro de la esfera. En lo que concierne al cubo, será fácil hacer una aproximación con el símbolo masónico de la «piedra cúbica», que se refiere igualmente a la idea de perfección, es decir, a la realización de la plenitud de las posibilidades implicadas en un cierto estado. Hay símbolos que, en las tradiciones antiguas, representan el «Centro del Mundo». Uno de los más destacables es quizás el del Omphalos, que se encuentra igualmente en casi todos los pueblos. El ónfalo (del griego antiguo onphalós, ‘ombligo‘) es un antiguo betilo o artefacto pétreo de uso religioso originario del ádyton del oráculo de Delfos, en la Antigua Grecia. Según la mitología, sería la piedra dejada por Zeus en el centro (ombligo) del mundo. El ombligo ha sido, desde tiempos remotos en el Viejo Mundo, el símbolo del centro. A partir de ese centro se creía que se había realizado la creación del mundo. Se sabe de la existencia de este símbolo en muy diversos pueblos. Su colocación en un lugar escogido otorgaba su sacralización y lo convertía en el centro del mundo. El historiador y geógrafo griego Pausanias escribió sobre el ónfalo y decía de él que era el símbolo del centro cósmico donde se crea la comunicación entre el mundo de los hombres, el mundo de los muertos y el de los dioses: “Lo que los delfios llaman el Ónfalo está hecho de mármol blanco y dicen los delfios que es el centro de la tierra, y Píndaro en uno de sus cantos dice la misma cosa“. En el lugar sagrado de Delfos fue descubierto en el siglo XIX el gran yacimiento del recinto sagrado, dedicado al dios solar Apolo. Muchas de las piezas encontradas fueron llevadas al museo que se creó para estos descubrimientos y entre ellas una copia romana del ónfalo que se guardaba en aquel lugar. El original estaba en el interior del templo de Apolo y una de las copias de mármol es la que vio Pausanias delante del edificio. La red de bandas de lana que recubría el ónfalo estaba representada en relieve sobre la piedra. En el original los nudos estaban adornados con piedras preciosas tallados en forma de cabeza de Gorgona y con dos águilas en la parte superior.

La leyenda cuenta que Zeus hizo volar dos águilas desde dos puntos opuestos del Universo. Las águilas llegaron a encontrarse en Delfos, en el lugar donde hay una piedra cónica llamada ónfalo. La piedra, en forma de medio huevo, fue encontrada durante las excavaciones cerca del templo de Apolo. Estas piedras que representaban el ombligo del mundo simbolizaban el centro o lugar a partir del cual se había iniciado la creación del mundo. Al colocarlas en un determinado espacio, se le sacralizaba y convertía en centro religioso. En el caso del ónfalo de Delfos, este santuario se convirtió en el ombligo o centro religioso de toda Grecia. En algunas monedas encontradas en el recinto se puede ver la imagen del ónfalo, esquematizada y representada por un punto en el centro de un círculo. W. H. Roscher, en una obra titulada Omphalos, aparecida en 1913, ha reunido una cantidad considerable de documentos que establecen este hecho para los pueblos más diversos. Pero pretende que este símbolo está ligado a la idea que se hacían estos pueblos de la forma de la tierra, porque se imagina que se trata de la creencia en un centro de la superficie de la tierra, en el sentido más literal, sin tener en cuenta la significación profunda del simbolismo.  A este efecto, es remarcable la obra de M. J. Loth sobre El Omphalos chez les Celtes, aparecido en la Revue des Études anciennes). La palabra griega omphalos significa «ombligo», pero designa también, de una manera general, todo lo que es centro, y más especialmente el cubo de una rueda. En sánscrito, la palabra nâbhi tiene igualmente estas diferentes acepciones, y, en las lenguas célticas y germánicas, hay igualmente derivados de la misma raíz, que se encuentran bajo las formas nab y nav. En alemán, nabe, cubo, y nabel, ombligo; de igual modo, en inglés, nave y navel, donde esta última palabra tiene también el sentido general de centro o de medio. El griego omphalos y el latín umbilicus provienen por lo demás de una simple modificación de la misma raíz.

Por otra parte, en galo, la palabra nav o naf, que es idéntica a estas últimas, tiene el sentido de «jefe» y se aplica incluso a Dios. Así pues, representa la idea del Principio central.  Agni, en el Rig-Vêda, es llamado «ombligo de la Tierra», lo que se vincula también a la misma idea. La swastika es frecuentemente un símbolo de Agni. Por lo demás, el sentido de «cubo» tiene, a este respecto, una importancia muy particular, porque la rueda es por todas partes un símbolo del Mundo realizando su rotación alrededor de un punto fijo, símbolo que debe ser aproximado por tanto al de la swastika. pero, en ésta, la circunferencia que representa la manifestación no está trazada, de suerte que es el centro mismo el que es designado directamente: La swastika no es una figura del Mundo, sino más bien de la acción del Principio en relación al Mundo. El símbolo del Omphalos podía estar colocado en un lugar que fuera simplemente el centro de una región determinada, centro espiritual más bien que un centro geográfico, aunque los dos hayan podido coincidir en algunos casos. Pero, si ello era así, es porque este punto era verdaderamente, para el pueblo que habitaba la región considerada, la imagen visible del «Centro del Mundo», de igual modo que la tradición propia de ese pueblo no era más que una adaptación de la tradición primordial bajo la forma que convenía mejor a su mentalidad. Se conoce sobre todo el Omphalos del templo de Delfos. Este templo era realmente el centro espiritual de la Grecia antigua, y era allí donde se juntaba, dos veces al año, el consejo de los Anfictiones, compuesto por los representantes de todos los pueblos helénicos, y que formaba el único lazo efectivo entre aquellos pueblos, cuya fuerza residía precisamente en su carácter esencialmente tradicional. Había en Grecia otros centros espirituales, pero reservados más particularmente a la iniciación a los Misterios, como Eleusis y Samotracia, mientras que Delfos tenía un papel social que concernía directamente a todo el conjunto de la colectividad helénica.

La representación material del Omphalos era generalmente una piedra sagrada, lo que se denomina frecuentemente un «bétulo»; y esta última palabra parece no ser otra cosa que el hebreo Beith-El, «casa de Dios», el mismo nombre que Jacob dio al lugar donde el Señor se había manifestado a él en un sueño: «Y Jacob se despertó de su sueño y dijo: Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía. Y se asustó y dijo: ¡Cuán temible es este lugar! Es la casa de Dios y la puerta de los Cielos. Y Jacob se levantó de madrugada, y tomando la piedra de la que había hecho su cabecera la erigió como un pilar, y vertió óleo sobre su cima (para consagrarla). Y Jacob dio a este lugar el nombre de Beith-El; pero el primer nombre de esta ciudad era Luz (o Liz)». Ya hemos explicado más atrás la significación de esta palabra Luz (o Liz). por otra parte se dice también que Beith-El, «casa de Dios», se convirtió  después en Beith-Lehem (Betlem), «casa del pan», la ciudad donde se supone nació Jesús. Por lo demás, se observará la similitud fonética de Beith-Lehem con la forma Beith-Elohim, que figura también en el texto del Génesis. La relación simbólica que existe entre la piedra y el pan sería por lo demás muy digna de atención. «Y el tentador, acercándose, dijo a Jesús: Si tú eres el Hijo de Dios, ordena que estas piedras devengan panes» (San Mateo, IV, 3; San Lucas, IV, 3). Estas palabras tienen un sentido misterioso. Cristo debía cumplir una semejante transformación, pero espiritualmente, y no materialmente como le pedía el tentador. Ahora bien, el orden espiritual es análogo al orden material, pero en sentido inverso, y se dice que la marca del demonio es tomar todas las cosas al revés. Es Cristo mismo quien, como manifestación del Verbo, es «el pan vivo descendido del Cielo», de donde la respuesta: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»; y es este pan el que, en la «Nueva Alianza», debía sustituir a la piedra como «casa de Dios»; y es por esta razón por la que los oráculos han cesado sus actividades.

En relación a este pan que se identifica a la «carne» del Verbo manifestado, puede ser interesante señalar también que la palabra árabe lahm, que es la misma que el hebreo lehem, tiene precisamente la significación de «carne» en lugar de la de «pan».  El nombre de Beith-El no se aplica solo al lugar, sino también a la piedra misma: «Y esta piedra, que he erigido como un pilar, será la casa de Dios». Así pues, es esta piedra la que debe ser propiamente el «habitáculo Divino» (mishkan), según la designación que se daría más tarde al Tabernáculo, es decir, la sede de la Shekinah. Todo esto se vincula naturalmente a la cuestión de las «influencias espirituales» (berakoth), y, cuando se habla del «culto de las piedras», que fue común a tantos pueblos antiguos, es menester comprender bien que este culto no se dirigía a las piedras, sino a la Divinidad de la que eran residencia. La piedra que representa el Omphalos podía tener la forma de un pilar, como la piedra de Jacob. Asimismo,  es muy probable que, entre los pueblos célticos, algunos menhires tuvieran esta significación; y los oráculos se daban junto a estas piedras, como en Delfos, lo que se explica fácilmente desde que eran consideradas como la morada de la Divinidad. ¿Serían algún medio de comunicación con seres de otros mundos?  Por otro lado, la «casa de Dios» se identifica naturalmente al «Centro del Mundo». El Omphalos podía ser representado también por una piedra de forma cónica, como la piedra negra de Cibeles (o de Pesimonte), o con la forma de un ovoide. El cono recordaba la montaña sagrada, símbolo del «Polo» o del «Eje del Mundo». En cuanto a la forma ovoide, se refiere directamente a otro símbolo muy importante, el del «Huevo del Mundo».  La Piedra Negra de Pesimonte era un betilo que se decía haber caído del cielo. Se guardaba en el antiguo santuario hitita en Asia Menor (actual Turquía). El santuario era la morada de la diosa Atargatis, que se afirmaba que se incorporaba en la piedra para presenciar y para recibir los holocaustos.

Derceto, (Dérceto, Derketo o Dércetis, según qué autores se consulten) es una diosa en la mitología asiria, a la que representaban en forma de pez con cabeza, brazos y pecho de mujer. Estaba casada con el dios Hadad. Su hija Semíramis, sería reina de Asiria. A veces era confundida con Dagón, que igualmente aparecía en las iconografías como semipez, aunque su parte humana, en este caso, era masculina. Que sepamos, sólo esta diosa y Eurínome fueron representadas por los griegos, entre las diosas femeninas, con la misma constitución anfibia. Derceto era como conocían los antiguos griegos, en forma abreviada, a la deidad siria Atargatis, en arameo ‘Atar‘atah, o como la llamaba Rostovtseff, “la gran señora de las tierras del norte de Siria“. También es conocida como “Diosa de Siria” y ocasionalmente, con una sola palabra, Deasura. Popularmente se la describe como la diosa-sirena, debido a la apariencia de su cuerpo en Ascalón y por la fuente escrita de Diodoro Sículo. En la cultura asiria le estaban consagrados los peces y se le rendía culto en templos en los que había grandes estanques. Era la representación femenina y las fuerzas fecundantes de la naturaleza, así como Dagón era la masculina. El hecho de representarla con medio cuerpo de pez se debe a la leyenda referida por Diodoro Sículo en la que Derceto (Dérceto) ofendió a Venus y entonces la diosa le inspiró una pasión ciega hacia uno de los que le ofrecían sacrificios en el templo, el pastor (Caístro). De esta pasión nació una niña, Semíramis, que llegaría a ser reina de Babilonia. Después de nacer su hija, también por obra de Venus, acabó el amor que Derceto sentía por ella, y al que siguió el conocimiento de su falta y la vergüenza de haberla cometido. Derceto, llena de ira, abandonó a su hija, hizo matar al hombre a quien había amado y se arrojó al agua dispuesta a darse muerte, lo que los dioses no permitieron. Así dio origen a su morfología anfibia. Las primeras representaciones de Derceto la presentaban como un pez con cabeza humana y piernas, similar al dios babilónico Ea.

En el año 205 a. C., en plena guerra púnica los romanos consultaron los libros sibilinos para obtener alguna solución o remedio oracular que les proporcionara ayuda para llegar a buen fin en dichas guerras. El oráculo propuso que se enviase una embajada a Pesimonte  (Pessino), en Asia Menor, para obtener la famosa Piedra Negra que sería de mucha ayuda. Se ignora qué precio pagaron por dicha Piedra, el caso es que la consiguieron. Los romanos identificaron la Piedra con la propia diosa Cibeles, que en su representación más arcaica era siempre una piedra negra o dicho de otro modo, era el soporte de la epifanía de Cibeles. Le dieron el nombre de Magna Mater. A veces se podía ver un relieve tallado en la piedra, representando a la diosa. La tradición cuenta que la Piedra Negra o Magna Mater comenzó a hacer prodigia desde su llegada a las costas de Italia, al no dejar que la remontasen por el Tíber hasta que llegara para recibirla un romano sin tacha. El romano elegido fue Escipión Nassica. Pero el barco encalló en el puerto de Ostia y nadie fue capaz de enderezarlo. En Roma, la vestal Claudia Quinta, que había sido acusada de impureza, pidió que la dejasen ir hasta Ostia para pedir a la diosa que demostrase su inocencia. Y así fue, Claudia ató un extremo de su cinturón a la nave y tomando la otra punta consiguió que el barco se deslizara y lo fue guiando desde la orilla como por un camino de sirga. La muchedumbre interpretó que la diosa exoneraba a Claudia de toda culpa. La Piedra Negra o Magna Mater fue el primero de los cultos orientales introducidos en Roma. Se instaló con toda ceremonia en el Capitolio en el templo de la Victoria, a la espera de la construcción del propio templo. La costumbre era que los dioses extranjeros permanecieran fuera de la ciudad, pero en este caso se hizo una gran excepción.

La tradición musulmana recogida expresamente en el Corán dice que la Kaaba fue construida hace 4.000 años por Abraham (Ibrahim) y su hijo Ismael (Ismail) en el mismo lugar donde Adán edificó el primer templo o morada de Dios que fue milagrosamente izado a los cielos antes del Diluvio Universal. También colocaron en la esquina oriental del edificio la Piedra Negra que les entregó el arcángel Gabriel. Una vez que estuvo terminado el templo, Alá ordenó a Abraham que convocase a toda la humanidad para visitar la Kaaba. La Piedra Negra de La Kaaba está engastada en un bloque de plata que aglutina todos los fragmentos que resultaron después de que estallara debido al calor provocado por un incendio en el año 683. Se trata de una pieza de basalto negro con posible origen volcánico de unos 30 cm. La piedra fue robada en 930 y restituida veinte años después. Para los fieles musulmanes la Piedra Negra es un meteorito extraterrestre (para algunos es un trozo de la estrella Osa Polar) y le fue entregada a Abraham e Ismael por el arcángel Gabriel en la colina de Abu Qubays, quienes la empotraron en el lugar que actualmente ocupa (en la esquina oriental de La Kaaba a 1,40 m de altura) y que marca el inicio y final de cada una de las siete vueltas rituales que cada peregrino debe dar a La Kaaba como los ángeles lo hacen en torno a Dios. Los peregrinos intentan besarla o tocarla en señal de veneración, pero nunca de adoración; ni siquiera es el punto de postergación, pues lo es cualquiera de La Kaaba. Los musulmanes dicen que la piedra descendió a la tierra más blanca que la leche, pero los pecados de los hijos de Adán la volvieron negra.

A veces, y en particular sobre algunos omphaloi griegos, la piedra estaba rodeada por una serpiente.  Se ve también esta serpiente enrollada en la base o en la cima de los mojones caldeos, que deben ser considerados como verdaderos «bétulos». Por lo demás, el símbolo de la piedra, como el del árbol, otra figura del «Eje del Mundo», está en estrecha conexión con el de la serpiente. Y es lo mismo para el huevo, concretamente en los Celtas y los Egipcios. Un ejemplo destacable de figuración del Omphalos es el «bétulo» de Kermaria, cuya forma general es la de un cono irregular, redondeado en la cima, y del que una de cuyas caras lleva el signo de la swastika. Hay que agregar también que, si el Omphalos era representado lo más habitualmente por una piedra, también ha podido serlo a veces por un montículo, una suerte de túmulo, que es todavía una imagen de la montaña sagrada. Así, en China, en el centro de cada reino o Estado feudal, se elevaba antaño un montículo en forma de pirámide cuadrangular, formado con la tierra de las «cinco regiones». Las cuatro caras correspondían a los cuatro puntos cardinales, y la cima al centro mismo.  El número 5 tiene, en la tradición china, una importancia simbólica muy particular. Curiosamente vamos a encontrar estas «cinco regiones» en Irlanda, donde la «piedra en pie del jefe» estaba, de una manera semejante, elevada en el centro de cada dominio. En efecto, es Irlanda la que, entre los países célticos, proporciona el mayor número de datos relativos al Omphalos. Antaño estaba dividida en cinco reinos, de los cuales uno llevaba el nombre de Mide (que permanece bajo la forma anglicisada de Meath), que es la antigua palabra céltica medion, «medio», idéntico al latín medius. Se observará que la China es designada también bajo el nombre de «Imperio del Medio». Este reino Mide, que había sido formado de porciones sacadas de los territorios de los otros cuatro, había devenido el patrimonio propio del rey supremo de Irlanda, al que los otros reyes estaban subordinados.

La capital del reino de Mide era Tara; ahora bien, en sánscrito, el término Târâ significa «estrella» y designa más particularmente a la estrella polar. En Ushnagh, que representa bastante exactamente el centro del país, estaba erigida una piedra gigantesca llamada «ombligo de la Tierra», y designada también bajo el nombre de «piedra de las porciones» (ailna-meeran), porque marcaba el lugar donde convergían, en el interior del reino de Mide, las líneas separativas de los cuatro reinos primitivos. Allí se tenía anualmente, el primero de mayo, una asamblea general, comparable a la reunión anual de los Druidas, en el «lugar consagrado central» (medio-lanon o medio-nemeton) de la Galia, en el país de los Carnutos, tribus celtas que habitaba el actual país de Francia. Y aquí puede verse una aproximación a la asamblea de los Anfictiones en Delfos. Esta división de Irlanda en cuatro reinos, más la región central que era la residencia del jefe supremo, se vincula a tradiciones extremadamente antiguas. En efecto, por esta razón, Irlanda fue llamada la «isla de los cuatro Señores», pero esta denominación, lo mismo que la de «isla verde» (Erin), se aplicaba anteriormente a otra tierra mucho más septentrional, hoy día desconocida, quizás desaparecida, Ogygia o antes Thulé, que fue uno de los principales centros espirituales y probablemente el centro supremo de un cierto periodo.  El nombre de San Patricio, que no se conoce más que bajo su forma latinizada, era originariamente Cothraige, que significa «el servidor de los cuatro». El recuerdo de esta «isla de los cuatro Señores» se encuentra hasta en la tradición china, lo que parece no haber sido precisado nunca.

He aquí un texto taoísta, Tchoang-Tseu, que da fe de ello: «El emperador Yao se esforzó mucho, y se imaginó haber reinado idealmente bien. Después de que hubo visitado a los cuatro Señores, en la lejana isla de Kou-chee, habitada por «hombres verdaderos», o tchenn-jen, es decir, hombres reintegrados al «estado primordial», reconoció que lo había estropeado todo. El ideal, es la indiferencia (o más bien el desapego, en la actividad «no actuante», del sobre-hombre, que deja girar la rueda cósmica». Puesto que el «hombre verdadero» está colocado en el centro, ya no participa en el movimiento de las cosas, sino que, en realidad, dirige este movimiento por su sola presencia, porque en él se refleja la «Actividad del Cielo».  Se dice que el emperador Yao reinó en el año 2356 a.C. Por otra parte, los «cuatro Señores» se identifican a los cuatro Mahârâjas o «grandes reyes» que, según las tradiciones de la India y del Tíbet, presiden en los cuatro puntos cardinales.  Se podría hacer también aquí una referencia a los cuatro Awtâd del esoterismo islámico. Corresponden al mismo tiempo a los elementos. El Señor supremo, el quinto, que reside en el centro, sobre la montaña sagrada, representa entonces el Éther (Akâsha), la «quintaesencia» (quintaessentia) de los hermetistas, el elemento primordial del que proceden los otros cuatro. Y tradiciones análogas se encuentran también en la América central. En las figuras cruciales, tales como la swastika, este elemento primordial está representado igualmente por el punto central, que es el Polo. Los otros cuatro elementos, así como los cuatro puntos cardinales, corresponden a los cuatro brazos de la cruz, que simbolizan por otra parte el cuaternario en todas sus aplicaciones.

Es posible que la forma caelare provenga originariamente de una raíz diferente, caed, que tiene el sentido de «cortar» o «dividir», de donde también proviene caedere, quer tendría el sentido  de «separar» y «ocultar». Las ideas expresadas por estas raíces están muy cerca unas de otras, lo que ha podido llevar fácilmente a la asimilación de caelare y de celare, incluso si estas dos formas son etimológicamente independientes. Así pues, estas palabras pueden significar «lo que se cubre», «lo que se oculta», pero también «lo que está oculto», y este último sentido es doble: es lo que está oculto a los sentidos, es decir, el dominio suprasensible, y es también, en los periodos de ocultamiento o de oscurecimiento, la tradición que cesa de estar manifestada abiertamente, deviniendo entonces el «mundo celeste» en el «mundo subterráneo». El «Techo del Mundo», asimilable a la «Tierra celeste» o «Tierra de los Vivos», tiene, en las tradiciones del Asia central, donde reina Avalokitêshwara, relaciones estrechas con el «Cielo Occidental».  A propósito del sentido de «cubrir», es menester recordar también la expresión masónica de «estar a cubierto», en que el techo estrellado de la Logia representa la bóveda celeste. Es el velo de Isis o de Neith en los Egipcios, el «velo azul» de la Madre universal en la tradición extremo oriental (Tao-te-king). Si se aplica este mismo sentido al cielo visible, se puede encontrar en él una alusión al papel del simbolismo astronómico que oculta o revela las verdades superiores.Bajo otro aspecto, hay que establecer todavía una aproximación con el Cielo: a Liz se le llama la «ciudad azul», y este color, que es el del zafiro, es el color celeste. El zafiro desempeña un papel importante en el simbolismo bíblico; en particular, aparece frecuentemente en las visiones de los Profetas.

Parece que el tipo de piedra en el cual Yahweh dio sus Mandamientos a Moises era de piedra de zafiro. Según el Éxodo: “Subió Moshe (Moises)  y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y vieron al Elohim de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando esta sereno. Entonces Yahweh dijo a Moshe “sube a mí al monte, y espera allá, y te daré tablas de piedra, y la tora, y mandamientos que he escrito para enseñarles”…. Y dio Elohim a Moshe, cuando acabo de hablar con él en el monte Sinaí, dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Elohim….  Y volvió Moshe y descendió del monte, trayendo en su mano las dos tablas del testimonio, las tablas escritas por ambos lados; de uno y otro lado estaban escritas. Y las tablas eran obra de Elohim, y la escritura era escritura de Elohim grabada sobre las tablas…. Moshe había roto las primeras tablas, pero renueva el pacto… Y Yahweh dijo a Moshe: Alísate dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré sobre esas tablas las palabras que estaban en las tablas que quebraste…. Y sobre las cabezas de los seres vivientes apariencia una expansión a manera de cristal maravilloso, extendido encima sobre sus cabezas Y sobre la expansión que había sobre sus cabezas se veía la figura de un trono que precia de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él“. Es por ese motivo que Yahweh mando a los hijos de Israel a hacerse franjas en los bordes de sus vestidos y en los bordes un cordón azul, porque el color azul es el color de la piedra de zafiro en las cuales dio los mandamientos, que es su Tora.

En la India, se dice que el color azul de la atmósfera se produce por la reflexión de la luz sobre una de las caras del Monte Mêru, la cara meridional, que mira al Jambu-dwîpa, y que está hecha de zafiro. Es fácil comprender que esto se refiere al mismo simbolismo. Los Manvántaras, o eras de Manús sucesivos, son en número de catorce, formando dos series septenarias de las cuales la primera comprende los Manvántaras pasados y aquél en el que estamos actualmente, y la segunda los Manvántaras futuros. Estas dos series, de las que una se refiere así al pasado, junto con el presente que es su resultante inmediata, y la otra al futuro, pueden ponerse en correspondencia con las de los siete Swargas y los siete Pâtâlas, que representan el conjunto de los estados respectivamente superiores e inferiores al estado humano, si se sitúa uno en el punto de vista de la jerarquía de los grados de la Existencia o de la manifestación universal, o anteriores y posteriores con relación a este mismo estado, si se sitúa uno en el punto de vista del encadenamiento causal de los ciclos -descritos simbólicamente, como siempre, bajo la analogía de una sucesión temporal. Este último punto de vista permite ver, en el interior de nuestro Kalpa, como una imagen reducida de todo el conjunto de los ciclos de la manifestación universal. En ese sentido, podría decirse que la sucesión de los Manvántaras marca en cierto modo un reflejo de los demás mundos en el nuestro. Puede también señalarse que los dos términos Manú y Loka se emplean igualmente como designaciones simbólicas del número 14; hablar a este respecto de una simple “coincidencia” sería dar prueba de una completa ignorancia de las razones profundas que son inherentes a todo simbolismo tradicional.

También puede considerarse otra correspondencia con los Manvántaras, en lo que concierne a los siete Dwîpas o “regiones” en los que está dividido nuestro mundo. En efecto, aunque estos se representen, según el sentido mismo del término que los designa, como otras tantas islas o continentes repartidos de una cierta manera en el espacio, hay que guardarse bien de tomar esto literalmente, al considerarlos simplemente como partes diferentes de la tierra actual. De hecho, “emergen” por turno y no simultáneamente, lo que equivale a decir que solo uno de ellos está manifestado en el dominio sensible durante el curso de un cierto período. Si este período es un Manvántara, habrá que concluir de ello que cada Dwîpa deberá aparecer dos veces en el Kalpa, es decir, una vez en cada una de las dos series septenarias. Y, de la relación entre estas dos series, que se corresponden en sentido inverso, como ocurre en todos los casos similares y en particular con las de los Swargas y los Pâtâlas, puede deducirse que el orden de aparición de los Dwîpas, en la segunda serie, deberá igualmente ser el inverso del que ha tenido lugar en la primera. En suma, se trata aquí más bien de estados diferentes del mundo terrestre, antes que de “regiones” propiamente hablando: el Jambu-Dwîpa representa en realidad a la tierra entera en su estado actual, y, si se dice de él que se extiende al sur del Mêru, o de la montaña “axial” alrededor de la cual se efectúan las revoluciones de nuestro mundo, es porque en efecto, al identificarse simbólicamente el Mêru con el polo Norte, toda la tierra está situada verdaderamente al sur con respecto a él. Para explicar esto más completamente, habría que poder desarrollar el simbolismo de las direcciones del espacio, según las cuales están repartidos los Dwîpas, así como las relaciones de correspondencia que existen entre este simbolismo espacial y el simbolismo temporal sobre el cual reposa toda la doctrina de los ciclos. Pero, de momento, debemos contentarnos con estas indicaciones.

Esta manera de encarar los siete Dwîpas se encuentra también confirmada por los datos concordantes de otras tradiciones en las cuales se habla igualmente de las “siete tierras“, especialmente el esoterismo islámico y la Cábala hebrea. En esta última, estas “siete tierras“, aunque representadas exteriormente por otras tantas divisiones de la tierra de Canaán, se ponen en relación con los reinos de los “siete reyes de Edom“, quienes corresponden bastante manifiestamente a los siete Manús de la primera serie. Hay un misterio escondido en la alegoría de los siete Reyes de Edom, que según el Génesis “reinaron en la tierra de Edom, antes de que reinase allí rey alguno sobre los hijos de Israel”. La Cábala enseña que este Reino era uno de “fuerzas desequilibradas” y necesariamente de carácter inestable. El mundo de Israel es una imagen de la condición de los mundos que vinieron a la existencia subsiguientemente al período posterior en que se había establecido el equilibrio. Por otra parte, la Filosofía esotérica oriental enseña que los siete Reyes de Edom no son imagen de mundos fenecidos o de fuerzas en desequilibrio, sino símbolo de las siete Raza-madres humanas, cuatro de las cuales han desaparecido, la quinta es actual y dos están aún por venir. Aunque expresada en el lenguaje de velos esotéricos, la indicación que hay en el Apocalipsis de San Juan es bastante clara cuando en el capítulo XVII, dice: “Y son siete Reyes; los cinco son caídos, y uno (el quinto, todavía) es, y el otro (la sexta Raza-madre) no ha venido aun…”. Si todos los siete Reyes de Edom hubiesen perecido como mundos de “fuerzas no equilibradas”, ¿cómo podría el quinto existir todavía, y el otro u otros “no haber venido aun? En La Cábala sin velo, leemos en la página 48: “Los siete Reyes habrían muerto y sus posesiones habían sido desbaratadas”, y una nota al pié recalca la aseveración diciendo: “Estos siete Reyes son los Reyes edomitas”.

También se afirma que se hallan comprendidas todas en la “Tierra de los Vivos“, que representa el desarrollo completo de nuestro mundo. Podemos observar aquí la coexistencia de dos puntos de vista: uno de sucesión, que se refiere a la manifestación en ella misma, y el otro de simultaneidad, que se refiere a su principio, o a lo que podría llamarse su “arquetipo“; y, en el fondo, la correspondencia de estos dos puntos de vista equivale de alguna manera a la del simbolismo temporal y el simbolismo espacial, a la que hemos hecho alusión en lo que se refiere a los Dwîpas de la tradición hindú. En el esoterismo islámico, quizá más explícitamente aún, las “siete tierras” aparecen como otras tantas tabaqât o “categorías” de la existencia terrestre, que coexisten y se interpenetran de alguna manera, pero de las que sólo una puede alcanzarse actualmente por los cinco sentidos, mientras que las otras permanecen en estado latente y no pueden percibirse más que excepcionalmente y en ciertas condiciones especiales. Por otra parte, cada una de las “siete tierras” está regida por un Qutb o “Polo“, que corresponde al Manú del período durante el cual su tierra está manifestada. Y estos siete Aqtâb están subordinados al “Polo” supremo, como los diferentes Manús lo están al Adi-Manú o Manú primordial. Pero, además, en razón de la coexistencia de las “siete tierras“, ellos ejercen también sus funciones, bajo un cierto aspecto, de una manera permanente y simultánea. Es necesario señalar que esta designación de “Polo” se relaciona estrechamente con el simbolismo “polar” del Mêru, teniendo además el mismo Mêru por equivalente la montaña de Qâf en la tradición islámica. Añadamos también que los siete “Polos” terrestres son considerados como los reflejos de los siete “Polos” celestes, que presiden respectivamente en los siete cielos planetarios. Y esto evoca la correspondencia con los Swargas en la doctrina hindú, lo que muestra la perfecta concordancia que existe en este tema entre ambas tradiciones.

Tal como hemos indicado, el Jambu-dwîpa no se refiere solo a la India como se cree, sino que representa en realidad todo el conjunto del mundo terrestre en su estado actual. Y, en efecto, este mundo puede ser considerado como situado todo entero al sur del Mêru, puesto que éste se identifica con el polo septentrional. El Norte se llama en sánscrito Uttara, es decir, la región más elevada; el Sur se llama Dakshina, la región de la derecha, es decir, la que uno tiene a su derecha al volverse hacia el Oriente. Uttarâyana es la marcha ascendente del Sol hacia el Norte, que comienza en el solsticio de invierno y que termina en el solsticio de verano. Dakshinâyana es la marcha descendente del Sol hacia el Sur, que comienza en el solsticio de verano y que termina en el solsticio de invierno. Los siete dwîpas (literalmente «islas» o «continentes») emergen sucesivamente en el curso de ciertos periodos cíclicos, de suerte que cada uno de ellos es el mundo terrestre considerado en el periodo correspondiente. Forman un loto cuyo centro es el Mêru, en relación al cual están orientados según las siete regiones del espacio.  En el simbolismo hindú, que el Budismo mismo ha conservado en la leyenda de los siete pasos, las siete regiones del espacio son los cuatro puntos cardinales, más el Zenit y el Nadir, y finalmente el centro mismo. Se puede precisar que su representación forma una cruz de tres dimensiones, seis direcciones opuestas dos a dos a partir del centro. Según P. Vulliaud, en La Kabbale juive,  en el simbolismo kabbalístico, el «Santo Palacio» o «Palacio interior» está en el centro de las seis direcciones, que forman con él el septenario. Y Clemente de Alejandría dice que de Dios, “Corazón del Universo”, parten las extensiones indefinidas que se dirigen, una hacia arriba, otra hacia abajo, ésta hacia la derecha, aquella hacia la izquierda, una hacia adelante y otra hacia atrás. Dirigiendo su mirada hacia estas seis extensiones como hacia un número siempre igual, acaba el mundo. Es el comienzo y el fin (el alfa y la omega), en él se acaban las seis fases del tiempo, y es de él de quien reciben su extensión indefinida. Este es el significado secreto del número 7.

Todo esto se refiere al desarrollo del punto primordial en el espacio y en el tiempo. Las seis fases del tiempo, que corresponden respectivamente a las seis direcciones del espacio, que se corresponden a seis periodos cíclicos, subdivisiones de otro periodo más general. Y, a veces, se representan simbólicamente como seis milenarios. También son asimilables a los seis primeros «días» del Génesis, siendo el séptimo o Sabbath la fase de retorno al Principio, es decir, al Centro. Se tienen así siete periodos a los cuales puede ser referida la manifestación respectiva de los siete dwîpas. Si cada uno de estos periodos es un Manvantara, el Kalpa comprende dos series septenarias completas. Y el mismo simbolismo es aplicable a diferentes grados, según se consideren periodos cíclicos más o menos extensos. Así pues, hay una cara del Mêru que está vuelta hacia cada uno de los siete dwîpas. Si cada una de estas caras tiene uno de los colores del arco iris, la síntesis de estos siete colores es el blanco, que se atribuye por todas partes a la autoridad espiritual suprema, y que es el color del Mêru considerado en sí mismo, por lo que  se le designa  como la «montaña blanca». Sin embargo, los demás colores representan solo sus aspectos en relación a los diferentes dwîpas. No hay en realidad más que seis colores, complementarios dos a dos, y que corresponden a las seis direcciones opuestas dos a dos; el séptimo color no es otro que el blanco mismo, de igual modo que la séptima región se identifica con el centro. Parece que, para el periodo de manifestación de cada dwîpa, debe haber una posición diferente del Mêru. Pero, en realidad, el Mêru es inmutable, puesto que es el centro. Y es la orientación del mundo terrestre en relación al Mêru la que varía de un periodo a otro.  No carece pues de sentido que, en la jerarquía católica, el Papa vaya vestido de blanco.

En lo que se refiere a la palabra hebraica liz (o luz),  esta palabra tiene ordinariamente el sentido de «almendra» y también de «almendro», puesto que designa por extensión tanto al árbol como a su fruto, o de «hueso». Pero el hueso es lo más interior y oculto que hay, y está enteramente cerrado, de ahí la idea de «inviolabilidad», la misma idea que se vuelve a encontrar en el nombre del Agarttha. Por eso es por lo que el almendro ha sido tomado como símbolo de la Virgen. La misma palabra liz es también el nombre dado a una partícula corporal indestructible, representada simbólicamente como un hueso muy duro, y a la cual el alma permanecería ligada después de la muerte y hasta la resurrección. Es curioso observar que esta tradición judaica ha inspirado muy probablemente algunas teorías del filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz sobre el «animal», como representación del ser vivo, que subsiste perpetuamente con un cuerpo, «reducido» después de la muerte. Como el hueso de la almendra contiene el germen, y como el hueso corporal contiene la médula, esta liz contiene los elementos virtuales necesarios a la restauración del ser. Y esta restauración se operará bajo la influencia del «rocío celeste», que revivifica las osamentas desecadas, que es a lo que hace alusión San Pablo, en la Epístola a los Corintios: «Sembrado en la corrupción, resucitará en la gloria». Hay en estas palabras una aplicación estricta de la ley de analogía de Hermes Trismegisto: «Lo que está arriba es como lo que está abajo, pero en sentido inverso».

La «gloria» se refiere a Shekinah, considerada en el mundo superior, y con la cual el «rocío celeste» tiene una estrecha relación. La historia de Shekinah es pre bíblica. y encontramos información al respecto en el Talmud y la Kabbalah. Lo más sorprendente es que Shekinah era conocida como la presencia femenina de Yahve. Incluso los israelitas la reconocieron durante cierto tiempo como la consorte de Yahve. Puesto que la luz es imperecedera, es, en el ser humano, el «núcleo de la inmortalidad», también denominada la «morada de la inmortalidad». Ahí se detiene el poder del «Ángel de la Muerte». En sánscrito, la palabra akshara significa «indisoluble», y por consiguiente «imperecedero» o «indestructible». Designa a la sílaba, elemento primero y germen del lenguaje, y se aplica por excelencia al monosílabo Om, que se dice que contiene en sí mismo la esencia del triple Vêda. Es en cierto modo el huevo o el embrión del ser Inmortal.  También puede ser comparado a la crisálida de donde debe salir la mariposa, comparación que traduce exactamente su papel en relación a la resurrección. Uno puede remitirse aquí al simbolismo griego de Psyché, que reposa en gran parte sobre esta similitud. Se sitúa la luz hacia la extremidad inferior de la columna vertebral. Esto puede parecer bastante extraño, pero se aclara por una referencia a lo que la tradición hindú dice de la fuerza llamada kundalinî, que es una forma de la Shakti considerada como inmanente en el ser humano. El Tantra celebra la divinidad en todos los seres y de todos los seres y cosas. Por esta razón, sus seguidores no rehúyen prácticas y métodos que, en otros contextos espirituales, se considerarían improcedentes. Su rasgo más distintivo es la adoración de la Diosa Madre. Y, en la versión hindú, lo Divino omnipresente se polariza en dos principios, uno femenino, Shakti y otro masculino, Shiva. Shakti es creación, cambio y Shiva es percepción y conciencia. En el nivel supremo, Shiva y Shakti existen en conjunción inseparable y la meta del tantrismo es trasladar al individuo esta fusión trascendente de los dos principios.

La palabra kundalî (en femenino kundalinî) significa enrollado en forma de espiral. Este enrollamiento simboliza el estado embrionario y «no desarrollado». A este respecto, y bajo una cierta relación, su morada se identifica también como la cavidad del corazón. Esta fuerza es representada bajo la figura de una serpiente enrollada sobre sí misma, en una región del organismo sutil que corresponde precisamente también a la extremidad inferior de la columna vertebral. Al menos es así en el hombre ordinario. Pero, por el efecto de prácticas tales como las del Hatha-Yoga, esta fuerza se despierta, se despliega y se eleva a través de las «ruedas» (chakras) o «lotos» (kamalas) que responden a los diversos plexos, para alcanzar la región que corresponde al «tercer ojo», es decir, al ojo frontal de Shiva. Este estadio representa la restitución del «estado primordial», donde el hombre recupera el «sentido de la eternidad» y, por eso mismo, obtiene lo que llamamos la inmortalidad virtual. Hasta aquí todavía estamos en el estado humano. En una fase ulterior, kundalinî alcanza finalmente la coronilla de la cabeza, y esta última fase se refiere a la conquista efectiva de los estados superiores del Ser. Es el Brahma-randhra u orificio de Brahma, punto de contacto de la sushumnâ o «arteria coronaria» con el «rayo solar». Lo que parece resultar de esta aproximación, es que la localización de luz en la parte inferior del organismo se refiere solo a la condición de «hombre caído». Y, para la humanidad terrestre considerada en su conjunto, ocurre lo mismo con la localización del centro espiritual supremo en el «mundo subterráneo». Todo esto tiene una relación muy estrecha con la significación real de esta frase hermética: «Visita inferiora terrae, rentificando invenies occultum lapidem, veram medicinam», frase que da por acróstico  (primera letra de cada palabra) la palabra Vitriolum. La «piedra filosofal» es al mismo tiempo, bajo otro aspecto, la «verdadera medicina», es decir, el «elixir de la larga vida», que no es otra cosa que el «brebaje de la inmortalidad». Se escribe a veces interiora en lugar de inferiora, pero el sentido general no es modificado por ello, y hay siempre la misma alusión manifiesta al «mundo subterráneo».

noviembre 2, 2012 - Posted by | Atlántida, Egipto, Egipto, Historia oculta, India, India, Lemuria, Mu, Otras ant. civil., Otros, Otros

7 comentarios »

  1. Gran artículo, excelente continuación del anterior, y muy relacionado con aquellos que hablas de Agartha, Shamballa, o incluso el de los Avatares del hinduismo…como te dije, tu blog me parece de los mejores que he leído en mucho tiempo. Un saludo.

    Comentario por David | noviembre 2, 2012 | Responder

  2. P.S: tengo pendiente, a propósito de una de las imágenes que has puesto aquí, hacer un viaje a Montserrat, más espiritual que otra cosa. Por lo que sé es un “Omphalos” del mundo, al igual que el Monte Abantos. Pero hay muchos lugares más en la Península, tal vez, en tu segunda parte del artículo de los templarios nombres algo acerca de esto. Otro saludo.

    Comentario por David | noviembre 2, 2012 | Responder

  3. Extraordinario, MUCHAS GRACIAS

    Comentario por ysabelysabella | noviembre 2, 2012 | Responder

  4. un trabajo de este rigor requiere una maquetación fotográfica de calidad no este pastiche superpuesto de imágenes. Les recomiendo una nueva maquetación si quieren ser tenidos en cuenta a la hora de publicar. Gracias

    Comentario por carmen | enero 6, 2014 | Responder

  5. Un gran trabajo. Gracias por compartirlo.

    Comentario por José Antonio Mairena | enero 6, 2014 | Responder


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