Oldcivilizations's Blog

Blog sobre antiguas civilizaciones y enigmas

La sorprendente cultura maya


Si trazamos una línea que vaya desde Chichen Itzá, al norte del Yucatán, a Copan (Honduras), en el sur, y desde Tikal (Guatemala), en el este, pasando por la ciudad de Guatemala, hasta Palenque (Chiapas), en occidente, dejamos fijados los puntos que delimitan la antigua cultura maya. Al mismo tiempo queda determinada la región que el inglés Alfred Percival Maudslay visitó de 1881 a 1894, es decir, unos cuarenta años después que Stephens. Alfred Percival Maudslay,arqueólogo británico, diplomático, y explorador, fue uno de los primeros arqueólogos europeos en estudiar a profundidad los sitios arqueológicos mayas en Guatemala y México. Hizo una traducción de uno de los Cronistas de la Conquista y fue el primero en describir el sitio arqueológico de Yaxchilán. Fue en las áreas de Guatemala donde Maudslay se inició en el trabajo arqueológico por el cual se le recuerda en ese país y otros del área. Estuvo en los sitios arqueológicos de Quiriguá y Copán en donde, con el auxilio de Frank Sarg, otro arqueólogo británico, utilizaron trabajadores locales para limpiar e investigar las ruinas. Sarg llevó a Maudslay a las entonces recién encontradas ruinas de Tikal y le presentó a un guía local con gran conocimiento de la zona, Gregorio López. Maudslay fue el primero en describir el sitio de Yaxchilán.

En el curso de sus investigaciones, Maudslay fue pionero en la utilización de las entonces nuevas técnicas arqueológicas. Contrató al experto italiano Lorenzo Giuntini a fin de hacer copias de yeso al vaciado de piezas y artefactos que trasladó a Inglaterra y que hoy, junto con sus fotografías (negativos), dibujos, planos y descripciones de los lugares que visitó, forman parte de la colección del Museo Británico.  Maudslay hizo un total de seis expediciones a los yacimientos mayas. Los principales lugares que visitó fueron: Chichén Itzá, Copán, Tikal, Ixkún y Palenque. Trece años después de haber empezado su periplo por las ruinas mayas, publicó el resultado de sus trabajos en un compendio de cinco volúmenes llamado “Biologia Centrali-Americana”, en donde están incluidos muchos dibujos detallados y fotografías, así como un apéndice sobre los calendarios arcaicos escrito por Joseph Thompson Goodman. En 1892, Maudslay se casó con una estadounidense llamada Anne Cary Morris. Viajaron juntos a Guatemala. Durante ese viaje hicieron trabajos para el Museo Peabody de Arqueología y Etnología de la Universidad de Harvard. Su relato fue publicado en 1899 con el título en inglés de A Glimpse at Guatemala, and Some Notes on the Ancient Monuments of Central America (“Una mirada a Guatemala”).

Maudslay solicitó permiso para hacer una investigación en Monte Albán, Oaxaca, México, pero cuando recibió la autorización sus finanzas no le permitieron llevar al cabo su proyecto. Intentó infructuosamente de encontrar apoyo económico del Instituto Carnegie. Los esposos Maudslay se trasladaron a la Ciudad de México, al barrio de San Ángel, donde vivieron por dos años. Maudslay hizo mucho más que Stephens, ya que realizó todo lo necesario para que las investigaciones no quedaran estériles. De sus siete expediciones a la selva virgen, no sólo reunió descripciones y reproducciones, sino que también trasladó ejemplares originales muy valiosos, copias en papel y vaciados en yeso de relieves e inscripciones. Su colección fue enviada a Inglaterra, y allí quedó depositada en el Museo Victoria y Alberto, para luego ser trasladada al Museo Británico. Cuando la  Maudslay-Collection  estuvo al alcance del público, ya estaba ordenado todo el material de tal modo que se podía estudiar en los mismos monumentos su antigüedad y origen.

Ciento cincuenta años atrás, John L. Stephens y Frederick Catherwood emprendieron dos expediciones a las regiones Mayas de Yucatán, Chiapas, Guatemala y Honduras, descubriendo y documentando los extraordinarios monumentos de esta antigua cultura. Stephens y Catherwood fueron los primeros viajeros de habla inglesa quienes exploraron las regiones habitadas por la cultura Maya. John L. Stephens (1805-1852) practicaba leyes en Nueva York antes de dedicarse al trabajo de escritor y ‘anticuario’. Por razones de salud, comenzó a viajar por el Cercano Oriente, Grecia y Egipto, y sus primeros ensayos fueron dedicados a las ruinas y artefactos de esas civilizaciones antiguas. Durante una visita a Londres, conoció a Catherwood, cuyos dibujos de excavaciones en Egipto, y un famoso mapa de Jerusalén, Stephens ya había admirado.Frederick Catherwood (1799-1854) fue un arquitecto inglés cuyo verdadero talento consistió en su habilidad de dibujar vistas de los antiguos monumentos con sagaz percepción y exactitud. Con la ayuda de una cámara lúcida –un instrumento óptico que precedió a la invención de la fotografía– Catherwood logró dominar una técnica de dibujo que llegó a ser considerada una de las maravillas de la época, especialmente por sus documentaciones de la expedición de Robert Hays en Egipto.

Luego de un arduo viaje por las zonas Mayas, la primera colaboración entre Stephens y Catherwood, Incidentes de Viajes a Centro América, Chiapas y Yucatán, fue publicada en 1841 durante el cual se agotaron doce ediciones. Luego de una segunda expedición, en 1843 publicaron un segundo libro Incidentes de Viajes a Yucatán, el cual fue recibido con igual entusiasmo por lectores de habla inglesa, fascinados por un ameno y preciso estilo narrativo y por el carácter romántico y exótico de las ilustraciones. Ambos libros estaban compuestos de detalladas descripciones de los descubrimientos y de grabados basados en los dibujos de Catherwood. Estos dibujos son excelentes y casi siempre versiones fieles y precisas de los monumentos documentados. En 1844, Catherwood publicó sus Vistas de los Monumentos Antiguos de Centro América, Chiapas y Yucatán, un libro de 25 litografías en color. Una edición de este hermoso libro fue publicada por Cartón y Papel de México en 1978, bajo el título Visión del Mundo Maya. La admiración que causan los dibujos de Frederick Catherwood, más los elementos paradójicos que se evidencian cuando estos dibujos son observados frente a los templos restaurados, se convirtieron en el centro de atención de los estudiosos de la cultura maya.

La civilización maya habitó una vasta región denominada Mesoamérica, en el territorio hoy comprendido por cinco estados del sureste de México que son: Campeche, Chiapas, Quintana Roo, Tabasco y Yucatán; y en América Central, en los territorios actuales de Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, con una historia de aproximadamente 3.000 años. En ese territorio se hablaron cientos de dialectos que generan hoy cerca de 44 lenguas mayas diferentes. Hablar de los “antiguos mayas” es referirse a la historia de una de las culturas mesoamericanas precolombinas más importantes, pues su legado científico y astronómico es sorprendente. Contrariamente a una creencia muy generalizada, la civilización maya nunca desapareció. Por lo menos, no por completo, pues sus descendientes aún viven en la región y muchos de ellos hablan alguno de los idiomas de la familia mayense. La literatura maya ilustra la vida de esta cultura. Obras como el Rabinal Achí, el Popol Vuh o los diversos libros del Chilam Balam, son muestra de ello. Lo que sí fue destruido con la conquista es el modelo de civilización que hasta la llegada de los primeros españoles había generado tres milenios de historia.

La Conquista española de los pueblos mayas se consumó hasta 1697, con la toma de Tayasal, capital de los mayas Itzá,  y de Zacpetén, capital de los mayas Ko’woj en el Petén (actual Guatemala). El último estado maya desapareció cuando el gobierno mexicano de Porfirio Díaz ocupó en 1901 su capital, Chan Santa Cruz, dando así fin a la denominada Guerra de Castas. Los mayas hicieron grandes e impresionantes construcciones desde el Preclásico medio y grandes ciudades como Nakbé, El Mirador, San Bartolo, Cival, localizadas en la Cuenca del Mirador, en el norte del Petén. Y durante el Clásico, las conocidas ciudades de Tikal, Quiriguá, Palenque, Copán, Río Azul, Calakmul, Comalcalco (construida de ladrillo cocido), así como Ceibal, Cancuén, Machaquilá, Dos Pilas, Uaxactún, Altún Ha, Piedras Negras y muchos otros sitios en el área. Se puede clasificar como un imperio, pero no se sabe si en el momento de la conquista  impusieron su cultura o si fue un fruto de su organización en ciudades-estado independientes, cuya base eran la agricultura y el comercio.

Los monumentos más notables son las pirámides que construyeron en sus centros religiosos, junto a los palacios de sus gobernantes y los palacios, lugares de gobierno y residencia de los nobles, siendo el mayor encontrado hasta ahora el de Cancuén, en el sur del Petén, muchas de cuyas estructuras estaban decoradas con pinturas murales y adornos de estuco.  Otros restos arqueológicos importantes incluyen las losas de piedra tallada usualmente llamadas estelas (los mayas las llamaban Tetún, o “tres piedras”), que describen a los gobernantes junto a textos logográficos que describen sus genealogías, victorias militares, y otros logros. La cerámica maya está catalogada como de las más variadas, finas y elaboradas del mundo antiguo. Los mayas participaban en el comercio a larga distancia en Mesoamérica, y posiblemente más allá. Entre los bienes de comercio estaban el jade, el cacao, el maíz, la sal y la obsidiana.

C. W. Ceram es el pseudónimo de Kurt Wilhelm Marek (Berlín, 20 de enero de 1915 – Hamburgo, 12 de abril de 1972), un periodista y crítico literario alemán, conocido por sus notables obras de divulgación sobre Arqueología, especialmente por su extraordinario libro “Dioses, tumbas y sabios”, que recomiendo leer a toda persona interesada en la historia de la Arqueología. En la Segunda Guerra Mundial fue hecho prisionero en Italia y durante su cautiverio tuvo ocasión de leer libros de Arqueología. Como resultado de sus conocimientos adquiridos publicó en 1949 su libro “Dioses, tumbas y sabios”, obra que le hizo famoso en todo el mundo y en la que me he basado en parte para escribir este artículo. “Dioses, tumbas y sabios” se ha traducido a veintiocho idiomas con cinco millones de ejemplares publicados y a día de hoy siguen imprimiéndose nuevas ediciones. Otras obras conocidas del autor son “El secreto de los Hititas” o “El primer americano”. C.W. Ceram fue redactor jefe del periódico Die Welt y director de publicaciones de la editorial Ernst Rowohlt. En 1947 se trasladó a EE.UU.

Diego de Landa (Cifuentes, España; 12 de noviembre de 1524 – Mérida, Nueva España; 1579) fue un religioso católico español, arzobispo de la arquidiócesis de Yucatán entre 1572 y 1579. A los 17 años ingresó en el monasterio de San Juan de los Reyes de Toledo y fue uno de los primeros frailes franciscanos que viajó a la península de Yucatán, llegando en 1549, en donde trabajó intensamente durante tres décadas en la evangelización de los nativos mayas. Fue consagrado obispo de Yucatán en 1572. Diego de Landa encontró algunas similitudes entre el cristianismo y la religión maya en el aspecto de los ritos sagrados que consistían en sacrificios humanos y ofrendas de sangre lo que se relacionaba, según Landa, con el carácter sacrificial de la figura de Cristo el cual había dado su vida por la humanidad. Debido a la reticencia de los mayas para aceptar la fe católica y para abandonar sus propios rituales religiosos, en junio de 1562, Landa mando detener a los gobernantes de Pencuyut, Tekit, Tikunché, Hunacté, Maní, Tekax, Oxkutzcab y otros lugares, entre ellos a Francisco Montejo Xiu, Diego Uz, Francisco Pacab, y Juan Pech, quienes fueron castigados. El 12 de julio de 1562 se realizó el Auto de fe de Maní en donde se incineraron ídolos de diferentes formas y dimensiones, grandes piedras utilizadas como altares, piedras pequeñas labradas, vasijas y códices con signos jeroglíficos.

Las palabras de Landa fueron: “Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena”. Se calcula que incineraron toneladas de libros, los cuales poseían registros escritos de todos los aspectos de la civilización maya. El evento tuvo repercusiones. Por una parte los mayas idearon medios para preservar sus cultos ancestrales, pero fue criticado por los colonos españoles quienes argumentaron que en lugar de doctrina, los indios recibían miserables tormentos. La noticia llegó hasta Felipe II, por lo que en abril de 1563, Landa tuvo que viajar a España para presentar su defensa. Como parte de su labor evangelizadora llevó a Yucatán, desde Guatemala, dos imágenes de la Inmaculada Concepción. Una estaba destinada al Convento Grande de San Francisco en Mérida y la otra al de San Bernardino de Siena en Valladolid, aunque debido a sucesos considerados como milagrosos decidió que la segunda imagen se quedara en el convento de San Antonio de Padua, en Izamal, lugar por el que sentía un gran afecto. En la actualidad dicha imagen es considerada Reina y Patrona de Yucatán. En memoria de su labor en beneficio de los izamaleños se le ha erigido una estatua en bronce a un costado del convento.

En su madurez se dedicó al estudio de la cultura maya, quizás para tratar de recuperar la valiosa información que había destruido en su época de inquisidor. Logró recuperar una gran cantidad de información sobre la historia, el modo de vida y las creencias religiosas de los mayas. También logró entender el sistema vigesimal de las matemáticas y el calendario de esta civilización. Escribió Relación de las cosas de Yucatán hacia 1566, que es clave para entender el mundo maya de la época de la conquista. En su obra escribe sobre los Mayas y su historia, finalizando con una crónica del descubrimiento de aquellas tierras y la conquista española. Su obra ha sido base, para los investigadores e historiadores de la cultura maya.  Diego de Landa, segundo arzobispo del Yucatán, debió de haber sido un personaje en el que se aunaban la mentalidad del misionero entusiasta y la del amigo de los indios y aficionado a su cultura, a la manera del padre dominico fray Bartolomé de las Casas. Es lamentable que, en la lucha sostenida en su corazón por las dos tendencias, al fin tomara una decisión que ha perjudicado mucho a nuestras investigaciones. Diego de Landa fue uno de los que hicieron reunir todos los documentos mayas y quemarlos como obras del diablo. Su segunda inclinación se reflejó sólo en el hecho de utilizar a uno de los príncipes mayas para un papel de narrador, al modo de la Scherezade de «Las Mil y Una Noches». Pero  el buen maya supo contar algo más que leyendas, y así Diego de Landa no sólo apuntó historias de la vida y costumbres mayas, de sus dioses y sus guerras, sino que anotó también indicaciones sobre el modo de reconocer los signos que representaban los meses y los días. Todos comprenderán que esto es realmente interesante; pero ¿por qué tal indicación cronológica puede revestir una significación tan especial?

 

En primer lugar, porque merced a las indicaciones y dibujos de Diego de Landa, los monumentos mayas, de apariencia tan extraña y terrible por sus lúgubres ornamentos, adquirían vida. Y conociendo su modo de escribir los números, el investigador que se hallaba ante los templos, escalinatas, columnas o frisos, veía lo siguiente: que en aquel arte de los mayas, sin animales de carga, ni carros, sumergido en la jungla y cincelado con instrumentos de piedra, no había ni un solo ornamento, ni un relieve, ni un friso con sus figuras de animales, ni una escultura que no guardase relación directa con una fecha. ¡Cada monumento maya era un calendario convertido en piedra! Ninguna disposición de adornos y figuras era allí casual; la estética estaba sometida a las matemáticas. Hasta entonces, uno se extrañaba de la repetición, aparentemente absurda, o la interrupción repentina en el dibujo de aquellos terribles rostros de piedra. Pero ahora se aprendía que de tal modo los mayas expresaban un número o una indicación especial de su calendario. Cuando en las escalinatas de Copan apareció quince veces repetido un mismo ornamento en la balaustrada,  se llegó a la conclusión de que con esto se expresaba el número de los períodos intercalados. El hecho de que la escalinata constase de setenta y cinco escalones era debido a que así se quería indicar el número de los días intercalados al final de los períodos (15 por 5).

 

Según el calendario maya se ha interpretado que el mundo terminará el 21 de diciembre de 2012. ¿Por qué es tan importante el 2012? El calendario maya termina al final del año 2012, desatando todo tipo de especulaciones religiosas, científicas, astrológicas e históricas por las que este calendario predice el final de la vida tal como la conocemos. La Profecía Maya gana fuerza y parece estar preocupando a la gente en todas las áreas de la sociedad. Entonces, ¿qué es el Calendario Maya? El calendario se construyó por una civilización avanzada llamada Maya aproximadamente sobre el 250-900 d.C. Las pruebas del imperio maya se extienden a lo largo de la mayor parte de los estados sureños de México y llegan hasta las actuales Guatemala, Belize, El Salvador y parte de Honduras. La gente que vivía en la sociedad maya exhibía unas habilidades de escritura muy avanzadas y tenían una sorprendente capacidad para construir ciudades y planificación urbana. Los mayas son probablemente más famosos por sus pirámides y otros intrincados y enormes edificios. Los mayas tenían un enorme impacto en la cultura de Centro América, no sólo dentro de su civilización, sino con otra población indígena de la región. Aún vive un significativo número de mayas en la actualidad, continuando con sus ancestrales tradiciones.

Los mayas usaron muchos calendarios distintos y veían el tiempo como una serie de ciclos. Aunque los calendarios tenían usos prácticos, tales como en tareas sociales, de agricultura, comerciales, y administrativas, había un elemento religioso muy fuerte. Cada día tenía un espíritu patrón, lo que significaba que cada día tenía una entidad específica. Esto contrasta mucho con nuestro moderno calendario gregoriano, que fija principalmente las fechas sociales, económicas y administrativas. La mayor parte de los calendarios mayas eran cortos. El calendario de Tzolk’in duraba 260 días y el de Haab’ aproximadamente el año solar de 365 días. Los mayas entonces combinaron ambos, el de Tzolk’in y Haab’ para formar el “Calendario Circular”, en que un ciclo duraba 52 Haab’s (aproximadamente 52 años, o aproximadamente la duración de una generación). Dentro del Calendario Circular había ciclos de 13 días y ciclos de 20 días. Obviamente, este sistema sería solo de uso cuando se tuviesen en cuenta los 18.980 días a lo largo del curso de 52 años. Además de estos sistemas, los mayas también tenían en enigmático “Ciclo de Venus”. Siendo unos concienzudos y precisos astrónomos, formaron un calendario basado en la posición de Venus en el cielo nocturno.  ¿Por qué razón? De todos modos, también es posible que hicieran lo mismo con otros planetas del Sistema Solar.

Usar el Calendario Circular es genial si sólo se quiere recordar la fecha de un cumpleaños o periodos religiosos significativos. Pero, ¿y para registrar la historia? No había forma de registrar fechas más largas de 52 años. Pero los mayas encontraron una solución. Usando un innovador método, fueron capaces de extender el Calendario Circular de 52 años. El Calendario Maya estaba posiblemente basado en creencias religiosas, tales como el ciclo menstrual, cálculos matemáticos usando los números 13 y 20 como unidades base y una mezcla de mitología astrológica. La única correlación principal con el calendario moderno es el Haab’ que se sabe que tenía los 365 días del año solar, aunque no está claro si los mayas tenían en cuenta los años bisiestos. La respuesta a un calendario más largo pudo encontrarse en la “Cuenta Larga”, un calendario que duraba 5126 años. Es realmente impresionante  este sistema de datación. Para empezar, es numéricamente predecible y puede marcar con precisión fechas históricas. Sin embargo, depende de una unidad base de 20, a diferencia de los calendarios modernos que usan una unidad base de 10. Entonces, ¿cómo funcionaba?

El año base de la Cuenta Larga Maya comienza en el “0.0.0.0.0”. Cada cero va de 0 a 19 y cada uno representa una cuenta de días mayas. Por tanto, por ejemplo, el primer día en la Cuenta Larga se denota como 0.0.0.0.1. En el día 19 tendremos 0.0.0.0.19, en el día 20 subimos un nivel y tendremos 0.0.0.1.0. La cuenta continúa hasta el 0.0.1.0.0 (aproximadamente un año), 0.1.0.0.0 (aproximadamente 20 años) y 1.0.0.0.0 (unos 400 años). Por tanto, si tomamos una fecha arbitraria de 2.10.12.7.1, esto representa una fecha maya de aproximadamente 1012 años, 7 meses y 1 día. Todo esto es muy interesante, pero ¿qué tiene que ver con el aparente fin del mundo? La Profecía Maya está basada en la suposición de que algo catastrófico va a suceder cuando el calendario de la Cuenta Larga se acabe. Los expertos están divididos sobre cuándo se acaba la Cuenta Larga, pero como los mayas usaron los números 13 y 20 como bases de sus sistemas numéricos, el último día que podría tener lugar sería el 13.0.0.0.0. ¿Cuándo sucederá esto? Bueno, 13.0.0.0.0 representa 5126 años y la Cuenta Larga comienza en 0.0.0.0.0, lo cual corresponde a la fecha del 11 de agosto de 3114 a.C. Ello nos lleva a que la Cuenta Larga maya finaliza 5126 años después, o sea,  el 21 de diciembre de 2012.

Cuando algo termina, como en este caso  un antiguo calendario, la gente parece pensar en las posibilidades más extremas para el final de una civilización como la que conocemos. Los arqueólogos y mitólogos, por otra parte, creen que los mayas predijeron el final de una era de iluminación cuando llegue el 13.0.0.0.0. En realidad no hay muchas pruebas que sugieran que llegará un día del juicio final. Posiblemente los mayas predicen un acontecimiento excepcional, no necesariamente una catástrofe. Algunas de las amenazas sobre la Tierra y la humanidad se centran en impactos de meteoritos, agujeros negros, estallidos de rayos gamma de galaxias cercanas, una súbita edad del hielo o un desplazamiento de los polos magnéticos. No hay pruebas de que algunas de estas cosas vayan a suceder a finales de este año 2012. La Profecía del Día del Juicio Maya está puramente basada en un calendario que, por alguna razón desconocida,  tal vez no ha sido diseñado para calcular fechas más allá de 2012. Los astrónomos incluso mantienen el debate sobre si la Cuenta Larga está diseñado para reiniciarse a 0.0.0.0.0 después del 13.0.0.0.0, o si el calendario simplemente continúa hasta el 20.0.0.0.0 (aproximadamente el 8000 d.C) y luego se reinicia. Lo que sí es cierto es que el Sol se aproximará a su pico en su ciclo de 11 años, conocido como “máximo solar”, por lo que es de esperar una gran actividad solar.¿Deberíamos preocuparnos?

De acuerdo con uno de los muchos escenarios apocalípticos de final del mundo, basados en las profecías mayas para el año 2012, éste en realidad tiene algo de base científica. Es más, puede existir cierta correlación entre el ciclo solar de 11 años y los ciclos temporales en el calendario maya, ¿tal vez esta antigua civilización comprendió cómo el magnetismo del Sol sufre cambios de polaridad aproximadamente cada década? Además, los textos religiosos, tales como la Biblia, dicen que en el día del Juicio Final implicará una gran cantidad de fuego y azufre. Antes de pensar en las conclusiones, pensemos en todo esto. Como la mayoría de distintas formas en las que el mundo terminará en 2012, la posibilidad de que el Sol expulse una descomunal llamarada solar hacia la Tierra es muy atractiva para los apocalípticos. Pero echando un vistazo a lo que realmente sucede durante un evento de llamaradas solares dirigidas hacia la Tierra, nuestro planeta en realidad está muy bien protegido. Aunque algunos satélites artificiales puedan no estarlo.

La Tierra ha evolucionado en un entorno altamente radiactivo. El Sol lanza constantemente partículas de alta energía desde su superficie, dominada por el magnetismo en forma de viento solar. Durante el máximo solar, cuando el Sol está en su etapa más activa, la Tierra puede estar en el punto de mira de una explosión con la energía de 100 mil millones de bombas como la que se lanzó en Hiroshima. Esta explosión es conocida como llamarada solar y sus efectos pueden causar problemas en la Tierra. Antes de echar un vistazo a los efectos colaterales en la Tierra, vamos a observar el Sol y comprender brevemente que pasa cada 11 años aproximadamente. El Sol tiene un ciclo natural de aproximadamente 11 años. Durante cada ciclo las líneas de campo magnético del Sol son arrastradas alrededor del cuerpo solar mediante una diferencia de rotación en el ecuador solar. Esto significa que el ecuador gira más rápido que los polos magnéticos. Conforme esto continúa, el plasma solar arrastra las líneas de campo magnético alrededor del Sol, provocando tensión y acumulando energía. A medida que se incrementa la energía magnética, se forman ondas en el flujo magnético, forzándola a salir a la superficie. Estas ondas se conocen como bucles coronales, que son más numerosos durante los periodos de alta actividad solar.

Aquí en donde entran en juego las manchas solares. A medida que los bucles coronales continúan surgiendo en la superficie, las manchas solares aparecen a menudo situadas en la base de los bucles. Los bucles coronales tienen el efecto de empujar las capas más calientes de la superficie del Sol, en la fotosfera y cromatosfera,  hacia los lados, exponiendo la zona de convección más fría. Conforme la energía magnética se acumula, se puede esperar que cada vez mayor flujo magnético sea forzado a unirse. Aquí es donde tiene lugar el fenómeno de reconexión magnética, que se constituye en el disparador de las llamaradas solares de distintos tamaños. Las llamaradas solares son eventos muy energéticos. Se da por supuesto que las mayores llamaradas solares pueden generar la energía de 100 mil millones de explosiones atómicas. Pero, para empezar, estas llamaradas tienen lugar en la corona baja, justo al lado de la superficie solar. Es decir, a 160 millones de kilómetros de distancia (1 UA). La Tierra no está ni mucho menos cerca del estallido. Cuando las líneas de campo magnético solar liberan una enorme cantidad de energía, el plasma solar se acelera y queda confinado en un entorno magnético.

Cuando interactúan las partículas del plasma, pueden generarse rayos-X, si las condiciones son las adecuadas El mayor problema con una llamarada de rayos-X es que tenemos poco aviso sobre cuándo va a suceder, dado que los rayos-X viajan a la velocidad de la luz. Los rayos-X de una llamarada de clase-X alcanzarán la Tierra en aproximadamente ocho minutos. Cuando los rayos-X impacten en nuestra atmósfera, seran absorbidos por la capa más externa, conocida como ionosfera. Este en un entorno altamente cargado y reactivo, lleno de iones (núcleos atómicos y electrones libres). Durante eventos solares tan potentes, los índices de ionización entre los rayos-X y los gases atmosféricos se incrementan en las regiones de la ionosfera. Esto provoca un aumento súbito en la producción de electrones en estas capas, que pueden causar interferencias en el paso de las ondas de radio a través de la atmósfera, absorbiendo las señales de radio de onda corta, bloqueando posiblemente las comunicaciones. Estos eventos son conocidos como “Perturbaciones Ionosféricas Súbitas” y se hacen comunes durante los periodos de alta actividad solar. Es interesante apuntar que el incremento en la densidad de electrones durante uno de estos eventos, aumenta la propagación de las ondas de radio de Muy Baja Frecuencia (VLF), un fenómeno que los científicos usan para medir la intensidad de los rayos-X que proceden del Sol. Las emisiones de llamaradas solares de rayos-X son sólo parte de la historia. Si las condiciones son las adecuadas, podría producirse una eyección de masa coronal en el lugar de la llamarada. Aunque son más lentas en su propagación que los rayos-X, sus efectos globales aquí en la Tierra pueden ser más catastróficos. Puede que no viajen a la velocidad de la luz, pero aún así viajan bastante rápido y pueden llegar a un índice de 3,2 millones de km/h, lo que significa que pueden alcanzarnos en cuestión de horas.

Entonces, ¿qué sucede si una  eyección de masa coronal alcanza la Tierra? Para empezar, gran parte depende de la configuración magnética  en el Sol y del campo geomagnético de la Tierra (la magnetosfera). Si ambos campos magnéticos estuviesen alineados con sus polaridades, apuntando en la misma dirección, es altamente probable que la eyección de masa coronal sea repelida por la magnetosfera. En este caso, la eyección de masa coronal se deslizará sobre la Tierra, provocando algunos cambios de presión y distorsión en la magnetosfera, pero de cualquier forma pasará sin problemas. No obstante, si las líneas de campos magnéticos estuviesen  en una configuración con las polaridades magnéticas en direcciones opuestas, puede tener lugar una reconexión magnética en los límites de la magnetosfera. En este caso se conectaría el campo magnético de la Tierra con el del Sol. Esto configuraría  la escena de uno de los eventos más sobrecogedores de la naturaleza: las auroras. Cuando el campo magnético de una eyección de masa coronal conecta con el de la Tierra, se inyectarían partículas de alta energía en la magnetosfera. Debido a la presión del viento solar, las líneas de campo magnético del Sol se centrarán en la Tierra, curvándose tras nuestro planeta. Las partículas inyectadas en el “lado diurno” serían canalizadas a las regiones polares de la Tierra, donde interactuarían con nuestra atmósfera, generando la luz de las auroras. Durante esta época, el Cinturón de Van Allen se sobrecargaría, creando una región alrededor de la Tierra que podría causar problemas en los astronautas desprotegidos y en los satélites sin escudos.

Como si no fuese suficiente con el Cinturón de Van Allen, los satélites podrían sucumbir a la amenaza. Como sería de esperar, si el Sol golpease la Tierra con rayos-X y la eyección de masa coronal, habría un calentamiento inevitable y una expansión global de la atmósfera, posiblemente invadiendo las altitudes orbitales de los satélites. Ello podría provocar que los satélites se frenasen y cayeran. Este frenado se ha usado de forma extensiva como una herramienta de vuelo espacial para frenar las naves cuando se ponen en órbita alrededor de otro planeta, pero esto tendrá un efecto adverso sobre los satélites que orbitan la Tierra, dado que cualquier disminución de la velocidad podría provocar una reentrada en la atmósfera. Aunque los satélites están en la primera línea, si hay un potente incremento en las partículas energéticas que entran en la atmósfera, también podremos sentir los efectos adversos sobre la Tierra. Algunas formas de comunicación pueden entrecortarse o eliminarse por completo, pero esto no es todo lo que puede suceder. En regiones a latitudes particularmente altas, una vasta corriente eléctrica, conocida como “electrojet”, puede formarse en la ionosfera gracias a estas partículas entrantes. Dependiendo de la intensidad de la tormenta solar, las corrientes eléctricas pueden ser inducidas en la superficie terrestre, sobrecargando posiblemente las redes eléctricas. El 13 de marzo de 1989, seis millones de personas perdieron el suministro eléctrico en la región de Québec en Canadá después de un enorme incremento en la actividad solar causado por corrientes inducidas. Québec quedó paralizado durante nueve horas,  mientras los ingenieros buscaban una solución al problema.

¿Puede nuestro Sol producir una llamarada asesina? Aunque una llamarada solar dirigida directamente contra nosotros, podría provocar problemas secundarios tales como daños en los satélites, lesiones a astronautas sin protección y apagones, la llamarada en sí no es lo bastante potente para destruir la Tierra, y ciertamente, no en 2012. Solo en un futuro lejano, cuando el Sol comience a agotar su combustible y se convierta en una gigante roja, podría ser una época complicada para la vida en la Tierra, pero tendremos que esperar unos cuantos miles de millones de años a que eso suceda. Incluso podría existir la probabilidad de que varias llamaradas de clase-X se lancen a la vez y que por pura mala suerte nos impacten una serie de eyecciones de masa coronal y estallidos de rayos-X, pero ninguno lo bastante potente como para superar nuestra magnetosfera, ionosfera y la gruesa atmósfera que hay debajo. Las llamaradas solares “asesinas” han sido observadas en otras estrellas. En 2006, el observatorio Swift de la NASA vio la mayor llamarada solar jamás observada a 135 años luz de distancia. Con una liberación de energía estimada en 50 millones de billones de bombas atómicas, la llamarada de II Pegasi habría aniquilado la mayor parte de la vida en la Tierra si nuestro Sol hubiese disparado una llamarada de semejante energía. No obstante, nuestro Sol no es II Pegasi, que es una violenta gigante roja con una compañera binaria en una órbita muy cercana.

Se cree que la interacción gravitatoria con su compañera binaria y el hecho de que II Pegasi es una gigante roja son la raíz de este evento de llamarada energética. Los apocalípticos apuntan al Sol como una posible fuente asesina para la Tierra, pero el hecho es que nuestro Sol aparentemente es una estrella muy estable. No tiene una binaria compañera, como II Pegasi, y tiene un ciclo predecible de aproximadamente 11 años. Por otro lado, no hay pruebas de que nuestro Sol haya contribuido a ninguna de las extinciones masivas en el pasado a través de una enorme llamarada dirigida contra la Tierra. Se han observado grandes llamaradas solares, tal como la llamarada de luz blanca de Carrington en 1859, pero aún seguimos aquí. Para añadir otro giro más, los físicos solares están sorprendidos por la carencia de actividad solar en el inicio de este ciclo solar, lo que ha llevado a algunos científicos a especular que podríamos estar al borde de otro mínimo de Maunder y una “Pequeña Edad del Hielo”.  Esto está en total oposición con la predicción de los físicos solares de la NASA sobre que este ciclo sería extraordinario.  Por otro lado, según Patrick Geryl , en su libro «El Cataclismo Mundial de 2012», prevé el fin del mundo el 21 de diciembre del 2012, a causa de una inversión de los polos.

La arquitectura y el arte maya, completamente sometidos al calendario, ya no se volvieron a dar por segunda vez en el mundo. Y cuando los investigadores —los hubo que dedicaron toda su vida al estudio del calendario maya— fueron penetrando cada vez más en los arcanos del mismo, hubo una sorpresa más en aquella cultura que ya nos había ofrecido tantas. El calendario maya era el más exacto del mundo. Su disposición era distinta a la de cuantos calendarios conocemos, pero más exacta. Dejando de lado los detalles, algunos de los cuales aún están sin explicar, tal como hemos indicado antes, su estructura es la siguiente: Empleaban en primer lugar una serie de veinte signos para los días, que unidos a los signos del 1 al 13 daban una serie de 260 días, el llamado «tzolkin» (en azteca, «tonalamatl»), o sea, año de 13 meses de 20 días. Además tenían una serie de dieciocho signos para los meses, cada uno de los cuales representaba un período de 20 días, seguido por un signo que comprendía un período de cinco días. Y éste era el año maya con sus 365 días, el llamado «haab». Los períodos grandes se calculaban mediante una combinación de los dos años «tzolkin» o «tonalamatl» y «haab».

La Cuenta Larga se calculaba siguiendo un sistema que guardaba relación con determinada fecha de partida. Esta fecha de partida era el «4 Ahau, 8 cumhu», y corresponde en su función, si nos atrevemos a una comparación prudente, a nuestra fecha del nacimiento de Jesucristo, punto de partida de una era; repetimos que solamente en su función, no en la fecha misma. Con este método de calcular el tiempo —tan complicado y desarrollado que si quisiéramos exponerlo por completo emplearíamos todo un libro—, los mayas lograban una exactitud que supera a la de cualquier calendario del mundo. Sin razón solemos pensar que nuestro calendario representa la mejor solución para resolver la dificultad de dividir el año en días perfectamente regulares. Sólo con relación a los anteriores es algo más perfecto. En el año 239 a. de J. C, Ptolomeo III corrigió el antiguo sistema de calcular el tiempo de los egipcios; Julio César adoptó tal solución creando el calendario llamado juliano, en vigor hasta el año 1582, en que el papa Gregorio XIII sustituyó el calendario juliano por el gregoriano.  Pues bien, comparando la duración del año en todos estos calendarios con la del año astronómico, vemos que ninguno se aproxima tanto al valor real como el de los mayas.  La duración comparada del año según todos estos calendarios es:  según el calendario juliano, de 365,250000 días; según el calendario gregoriano, de 365,242500 días; según el calendario maya, de 365,242129 días; según el cálculo astronómico, de 365,242198 días.

 

Este pueblo, que fue capaz de la más exacta observación del cielo, unido a su conocimiento profundo de las matemáticas, con lo cual daba una prueba excelente de su gran capacidad de pensar, demostraba por otra parte una sumisión completa al más absurdo ocultismo de los números. El pueblo maya, que trazó el mejor calendario del mundo, convirtióse al mismo tiempo en esclavo de ese calendario.  Existe un debate sobre los años de inicio y fin del Período Agrícola  o  Preclásico maya.  El más aceptado, en este caso para el área maya, se inicia aproximadamente en al año 1000 a. C. y terminaría en el 320 d. C. Durante este periodo se desarrolla el idioma maya, el pueblo maya adquiere experiencia y construye algunas grandes ciudades. Una teoría basada en estudios de cerámica, motiva a deducir que en el periodo preclásico,  la costa del Océano Pacífico, desde el este de Oaxaca hasta El Salvador, estuvo poblada por los ancestros de los mixe, y popolucas actuales, uno de los cuales es del grupo de los mayas que, hacia el 1200 a. C.,  emigraron hacia el Golfo de México y desarrollaron la civilización Olmeca. De hecho, la cerámica más antigua de esta región es de un estilo inconfundible llamado Ocós, originaria del Pacífico, en Guatemala, pero unos 600 años más antigua que la Olmeca. Según otra teoría complementaria a la anterior, los descendientes de los olmecas emigraron a la zona del Petén guatemalteco, donde posteriormente se mezclaron con la gente del lugar originando a los “protomayas“. Existen algunos fragmentos en donde se afirma que éstos provenían de una migración que se produjo en el núcleo original maya, y que ciertos arqueólogos han encontrado en la zona maya de Guatemala conocida como El Peten, cuando en el Preclásico medio se comenzaron a desarrollar ciudades monumentales en la Cuenca del Mirador, como Nakbé, El Mirador y Cival,  con sus ahora famosos murales del Preclásico, los más finos y antiguos del área maya.

Estas grandes ciudades ya contaban con todas las características que hicieron famosos a los mayas del periodo Clásico, y dando lugar a la duda si los olmecas y mayas, de hecho fueron culturas que se desarrollaron independientemente. Posteriormente, en el Posclásico, algunos grupos emigraron del Petén rumbo al norte (Península de Yucatán) y otros se quedaron allí. De esta manera se explica el origen de las diferentes tribus mayas (itzaes, xiús, cocomes, tzeltales, lacandones, entre otras), ya que cada una de ellas conservaba rasgos comunes y sólo variaban los distintos dialectos. Cuando se realizó la conquista española, cada uno de estos grupos se fue adaptando al mestizaje cultural y se fue haciendo único y autónomo en sus tradiciones. Al paso del tiempo, la gran civilización maya floreció y alcanzó auge en la zona norte del Petén, en la Cuenca del Mirador, en el corazón de la selva tropical. Algunos especulan que el pueblo maya tomó muchas costumbres de la cultura olmeca, aunque los recientes hallazgos en las ciudades del Petén, como El Mirador, Cival, etc., contradicen ésta teoría. De ésta época data el urbanismo, que se fue desarrollando en un ambiente estable y prolongado. Se adaptaron al medio ambiente en que vivían y sabían convivir con la naturaleza. Por ello tenían un gran respeto hacia su entorno.

Se cree que la selva del Petén se encontraba deshabitada al inicio del tercer milenio antes de Cristo, cuando los primeros agricultores construyeron sus chozas a orillas del río La Pasión y Cuenca del Mirador, demostrada por muestras de polen de maíz, que datan del2750 a. C.,  encontradas en lagos de la Cuenca del Mirador. Estos agricultores se empezaron a relacionar con la población de los Altos yde  la costa Pacífica de Guatemala, en sitios como Takalik Abaj€, hacia el 1000 a. C., en Kaminaljuyú, hacia el 800 a. C., y en El Salvador, hacia el  900 a. C., así como en la costa del golfo de México. Hacia el año 1000 a. C. la población en expansión se extendió por toda esta zona central, iniciándose el proceso de urbanización, el empleo de sistemas agrícolas más complejos y una organización política más avanzada, capaz de controlar la creciente población y con una jerarquización interna, en la que nobles y sacerdotes iban ocupando los puestos de autoridad. Se inicia una división del trabajo con la diversificación de ocupaciones: agricultura, caza, pesca, recolección, alfarería, industria lítica, industria textil, comercio y culto religioso. El trabajo de la tierra dio prioridad al cultivo del maíz, el frijol, el cacao y la calabaza. En lo que respecta a la caza, la pesca y la recolección,  quedaron como actividades complementarias. Por esto,  a este periodo se le conoce como agrícola. En él se va desarrollando una religión sencilla con la creencia en una vida ultra terrena y el culto a los muertos.

La evidencia arqueológica muestra que los mayas comenzaron a edificar una arquitectura ceremonial hace unos 3.000 años. Hay un desacuerdo entre los límites y la diferencia entre los mayas antiguos y una civilización mesoamericana preclásica vecina, la cultura olmeca. Los olmecas y los mayas antiguos parecen haberse influenciado entre sí. Los monumentos más antiguos consisten en simples montículos de tumbas, los precursores de las pirámides que se erigieron más tarde. De modo gradual, la influencia de la cultura olmeca dejó de ser tan grande como había sido durante el período Preclásico Medio. Hacia el siglo III a. C. había cesado definitivamente. Sin embargo, muchos pueblos de toda el área mesoamericana habían absorbido algunos de sus rasgos principales (culto a los muertos, arquitectura y escultura monumentales, el culto a las divinidades del agua y el fuego, etc.). Para el Preclásico Tardío, en toda Mesoamérica surgieron tradiciones culturales regionales, que fueron construidas sobre la base del legado olmeca. Los mayas tomaron de ese pueblo la escritura, el sistema de numeración, la Cuenta Larga y muchas otras cosas. La cultura maya, propiamente dicha, no surgió sino hasta el primer siglo de la era cristiana, más o menos contemporánea al desarrollo de Teotihuacan.

Del período Preclásico Tardío se han detectado numerosos asentamientos humanos, entre los que se encuentran Santa Marta (Chiapas), donde se constata una temprana ocupación en labores de cerámica y cultivo de maíz, alrededor del año 1320 a. C.; Chiapa de Corzo, Tonalá, Padre Piedra, e Izapa, con influencia olmeca; Edzná, Xicalango, Tixchel y Santa Rosa Xtampak (Campeche); Yaxuná, Acanceh, Dzibilchaltún (Yucatán); El Trapiche, Casa Blanca, Laguna Cuzcachapa, Las Victorias y Bolinas (Chalchuapa); Kaminaljuyú, en el sur de Guatemala. Los pobladores de este último asentamiento controlaron las relaciones comerciales de la zona con el resto de Mesoamérica, hasta que fueron invadidos hacia el año 400 d. C. por guerreros provenientes del centro de México, de la poderosa ciudad de Teotihuacan, cuya influencia militar y cultural se dejó sentir desde entonces en todo el ámbito maya. El Período Clásico, también llamado Periodo Teocrático, abarca desde los años 320 a 987 d. C. aproximadamente. Recibe este nombre porque en un principio se creyó que fue el grupo sacerdotal el que ejerció el poder político y que toda la vida económica, social y cultural se desarrolló en torno a la religión. Los grupos sacerdotales, tuvieron gran importancia en el gobierno de los Estados mayas del Clásico. A pesar de ello nunca fueron dirigentes. Existía una clase noble y en todo caso, eran los guerreros quienes concentraban el poder.

La imagen de los mayas como una sociedad gobernada por sacerdotes fue modificada cuando se descubrió que las ciudades estaban en permanente guerra unas con otras. Se incrementó notablemente la agricultura como actividad económica básica, que era practicada por grandes contingentes de labradores, propiciando una compleja división del trabajo y, en consecuencia,  una fuerte estratificación social. Las zonas arqueológicas más conocidas de este periodo son: Tikal, Uaxactún, Piedras Negras, Cancuén, Caracol, Yaxhá, Naranjo, Xultún, Río Azul, Naachtún, Dos Pilas, Machaquilá, Aguateca, Comalcalco, Palenque, Yaxchilán, Kankí, Bonampak, Quiriguá , Tulum, Edzná, Oxkintok, Ceibal, Xamantún, Copán, San Andrés, Yaaxcanah, Cobá, El Cedral, Ichpaatún, Kantunilkín, Kuc (Chancah), Kucican, Tazumal, Las Moras, Mario Ancona, Muyil, Oxlakmul, Oxtancah, Oxhindzonot, Pasión de Cristo, Río Indio, San Antonio III, Nohkuo Punta Pájaros, San Manuel, San Miguel, Punta Molas, Tamalcab, Templo de las Higueras, Tupack, Xlahpak, Tzibanché y Kohunlich. Los dos principales centros de la zona del Petén son Uaxactún y Tikal. Uaxactún (600 a. C. al 889 d. C.), localizado a 25 kilómetros al norte de Tikal (Guatemala), tiene el templo maya más antiguo que se conoce en la región y es el primer lugar en donde se observó la existencia de la bóveda falsa. Tikal (800 a. C. al 869 d. C.), enclavado en el corazón de la selva,  muestra una gran influencia teotihuacana y llegó a tener la extraordinaria cifra de 100 mil habitantes en su momento culminante, siendo la ciudad más grande de América en el Clásico Tardío.

Este centro dependía de una complicada red comercial y se encontraba enclavado en un lugar estratégico, entre dos sistemas fluviales que iban al Golfo de México y al mar Caribe. Copán, en Honduras, cuyo esplendor se dio hacia el año 736 d. C., fue el centro científico del mundo maya, en donde la astronomía se perfeccionó al punto de determinar la duración del año tropical, de crear las tablas de eclipses y de idear una fórmula para ajustar el calendario, más exacta que la usada en la actualidad. Sobre su arte, Eric Wolf, en su obra “Pueblos y culturas de Mesoamérica”,  menciona: “Al mismo tiempo se dieron a conocer expresiones artísticas nuevas, nuevos símbolos de poder, que provenían del exterior de la zona maya, y se extendieron en toda esta región; como los tocados ceremoniales guarnecidos, las sandalias orladas, los brazaletes, las plumas ensartadas y el cetro de [manikin]. En Copán se encuentran numerosas representaciones del Tláloc mexicano. ¿Se trataría de un movimiento de consolidación política que tuvo su origen fuera de la zona maya aun cuando hecho uso de las formas mayas tradicionales?”. La ciudad de Comalcalco,  en el estado de Tabasco, es la ciudad maya más occidental, y su característica principal es que a falta de piedras en la región, sus habitantes construyeron los edificios a base de ladrillo cocido, pegados con una mezcla de estuco hecho con concha de ostión. La región fue la principal productora de Cacao, cuya semilla fue utilizada como moneda por las diferentes culturas mesoamericanas.

En Comalcalco se han encontrado diversos mascarones, estelas y hasta una tumba con restos humanos. De este período datan también las ciudades de Calakmul, en Campeche, donde se han encontrado más de 100 estelas, y Cobá, en Quintana Roo, que floreció en el 623 d. C. y constituye el centro teocrático más antiguo del noreste de la península de Yucatán. Cobá, situada a orillas de cinco lagos, entre los cuales los más importantes son Cobá y Macanxoc, se desarrolló a principios de nuestra era. Constituía un asentamiento humano pequeño, con una organización social de tipo aldeano y cuya actividad principal era la agricultura. Conforme la población fue creciendo, entre los años 400 y 1000 de nuestra era, Cobá aumentó su poder económico y político, llegando a convertirse en un importante centro ceremonial.  El arqueólogo Antonio Benavides lo describe así en su artículo “Cobá”: “En Cobá y sus alrededores vivían miles de personas, la mayoría en casas precarias con cimientos de piedra; paredes de lodo y techos de hoja de palma. En el centro de la ciudad, cerca de los templos, de los edificios públicos y de los juegos de pelota, habitaban los gobernantes en casas grandes de piedra decoradas con figuras de estuco. También había amplias plazas en las que se reunía la gente los días de mercado o cuando había alguna celebración pública. La vida en Cobá era muy parecida a la de otras grandes urbes prehispánicas como Teotihuacan y Cholula en el altiplano central o como Monte Albán y el Tajín. Existía un sistema de gobierno con grandes diferencias sociales. Un grupo minoritario formado por sacerdotes, dirigentes y guerreros de alto rango organizaba y controlaba la mayor parte de las actividades (religión, economía, política, educación, etc.) de una gran población de tal manera que los bienes y servicios eran mayormente disfrutados por ellos“.

Este importante centro cubría una extensión total de 100 km² y su núcleo unos 2 km². Se encontraba comunicado con la región por medio una serie de caminos que tenían por objetivo asegurar el control económico y político del territorio, además de ser excelentes medios de comunicación. Los caminos se empezaron a construir entre los años 600 y 800 d. C. aproximadamente. Es también la época en la que se esculpen numerosas estelas y en que el crecimiento urbano se aprecia en la construcción —aparte del núcleo— de tres grupos de edificios ceremoniales: Nohoch Mul, Chumuc Mul y Macanxoc. La población alcanzaba entonces los 70 mil habitantes, y hacia el año 1000 d.C. controlaba la ruta comercial de la costa oriental y del centro y norte de la península de Yucatán. Cobá, sin embargo, no se encontraba en la costa, sino en el interior, a unos 50 km al noreste de Tulum. Necesitaba controlar, abastecer y proteger un puerto localizado sobre la ruta comercial hacia Honduras, y por medio del puerto de Xel-Há, descrito así por el arqueólogo Fernando Robles en su trabajo “Xel-Há, puerto de Cobá“: “Xel-Há se hallaba en un punto crítico de la ruta comercial, ya que en ella convergían las partes terrestre y marítima de la misma. A Xel-Há llegaban por la vía marina las mercancías procedentes de Petén y Belice y, por el otro lado, aquellas del noroccidente de Yucatán vía Cobá. Esta posición de zona transitoria, aunada a sus cualidades geográficas (la caleta, su situación geográfica en la península, etc.), debieron haber hecho de Xel-Há una especie de ‘puerto libre’ [...] Por las evidencias arqueológicas que contamos, así como por sus cualidades morfológicas y geográficas, suponemos que Xel-Há debió haber jugado un papel, si no igual, sí semejante al de un puerto de comercio suscrito al emporio comercial de Cobá“.

La civilización maya tuvo centros como Palenque, enclavado en la selva de Chiapas, que llegó a su máximo esplendor entre los años 695 y 799 d.C., al igual que los centros de Yaxchilán, Bonampak y Piedras Negras. Es en esta región donde encontramos los primeros indicios de la existencia de guerras entre los mayas. Hay representaciones que hablan de guerreros, batallas e incursiones para capturar prisioneros. Becán, situada en Campeche, es un ejemplo de ciudad maya fortificada y rodeada por un foso seco. Antes de finalizar con el periodo teocrático,  es importante resaltar la relación tan estrecha y duradera que había entre la región maya y el Centro de México, especialmente con Teotihuacan, en los siglos V a VII. Teotihuacan controló los centros mayas de este periodo mediante la guerra y el dominio político, pero sobre todo mediante las influencias culturales y el acceso a una serie de recursos naturales, como el cacao, que eran mercancías básicas dentro de las redes comerciales. Inicialmente se dedujo que la cultura maya absorbió la influencia teotihuacana y continuó su propio desarrollo. Posteriormente se analizaron las evidencias encontradas en Tikal y en Kaminaljuyú,  donde algunos edificios y estelas sugieren actividad bélica entre teotihuacanos y mayas, demostrando el poder que los guerreros sustentaban en este periodo.

La desintegración tan dramática como incomprensible de estos poderosos centros ceremoniales podría estar íntimamente ligada a la caída de la propia Tehotihuacan. Se han manejado muchas hipótesis acerca de la decadencia y desaparición de los centros mayas teocráticos, cuyo orden se resquebrajó entre los años 750 y 900. Una teoría nos habla del colapso ecológico que sufrió la región a raíz de la destrucción de la selva por los sistemas agrícolas que los mayas empleaban, mientras que otra pone el acento en un crecimiento desmedido de la población, que empezó a ejercer demasiada presión sobre la tierra y la producción de alimentos. Estas hipótesis son probablemente ciertas, aunque no bastan para explicar la decadencia de los centros teocráticos. A ellas quizá se aunaron las contradicciones internas de la sociedad teocrática. En ella el poder y la autoridad estaban en manos de un grupo de nobles y sacerdotes,  que imponían al pueblo fuertes cargas tributarias en trabajo y especie. Así, ese pueblo pudo haberse levantado en una sangrienta rebelión, o bien emigrar en masa hacia otras tierras. A todo esto se une el hecho de que Teotihuacan, saqueada y reducida a cenizas por fuerzas desconocidas entre 700 y 750, dejó de mostrar su influencia en el área maya. Su prosperidad económica y cultural se detuvo bruscamente para dar paso a Xochicalco, y posteriormente a los toltecas, en el dominio del Valle de México. Cien años después de la destrucción de Teotihuacan, los centros mayas entraron en crisis, se despoblaron, y sus ciudades fueron invadidas por la selva.

Kukulkán es el nombre maya de Quetzalcóatl, personaje importante en el Período Posclásico de los mayas. Una vez abandonados los centros ceremoniales mayas del periodo clásico, la fuerza generadora de esta época va a ser una corriente migratoria identificada étnicamente con los mayas arraigados en la región, que traía consigo una cultura mestizada de fuerte contenido náhuatl. Esta corriente, llamada putún o maya-chontal, habitaba en el sur de Tabasco y tenía estrechas relaciones comerciales con los pueblos del centro de México y con los grupos nahuas establecidos en la periferia de la región maya, por ejemplo en Xicalango. Su presencia habría de romper con el precario equilibrio en el que trataba de mantenerse el mundo teocrático, y fueron los putunes los que aprovecharon la caída de este orden para introducir una nueva forma de vida y de dominio sobre la región. El territorio del que provenían los putunes era el delta de los ríos Usumacinta y Grijalva, una región de ríos, riachuelos, lagunas y pantanos, en donde predominaba el transporte acuático. Esto hizo de los putunes unos excelentes navegantes y mercaderes, que controlaban las rutas marítimas comerciales alrededor de la península de Yucatán, desde la Laguna de Términos, en Campeche, hasta el centro de Sula en Honduras.

Los putunes se establecieron al sur del río de la Pasión y llamaron a su tierra Acalán (“lugar de canoas“). Fundaron dos poblaciones principales: Potonchan (Putunchan), situada en la desembocadura del río Grijalva, e Itzamkanac, junto al actual río de la Candelaria, que desemboca en la laguna de Términos. Itzamkanac era la capital de Acalán, pero tal vez fuera Potonchán la primera población. En efecto, ésta dominaba el comercio relacionándose con los zoques y con los habitantes de las tierras altas de Chiapas. En cambio, Itzamkanac estaba ubicada demasiado río arriba para llegar a ser un importante puerto de intercambio. De ahí que Xicalango, el gran centro comercial situado en la laguna de Términos y controlado por Itzamkanac, supliera esta función. Establecieron numerosos puertos en esas rutas, entre los que destacan Cozumel, Xel-Há, Bahía de la Ascensión y Polé (la actual Xcaret), en Quintana Roo, que fueron dominados por una rama de los putunes, a quienes se conoce como itzáes (“aquellos que hablan la lengua entrecortadamente“). Desde Polé, los itzáes penetraron tierra adentro para conquistar Chichén en 918. Y desde entonces tomo el famoso nombre de Chichén-Itzá. Hacia el 950, dominaban toda la región oriental hasta Bakhalal (Bacalar) y Chactemal (Chetumal). Una vez controlada la zona, esta rama itzá de los putunes estableció comunicación con sus vecinos mexicanos del sur de Campeche.

Se supone que los itzáes, que hablaban tanto el chontal como el náhuatl y habían absorbido profundas influencias del centro de México,  recibieron a Quetzalcóatl, llamado en maya Kukulkán. Éste había huido de Tula  (lo cual le da un aspecto muy humano) y se alió con los chontales para conquistar Chichén Itzá en 987 d.C. La altura del poder omeya en España ocurrió en esta época durante el siglo X d.C., en concreto durante el reinado de Abderramán III. Abderramán III tenía el pelo rubio y ojos azules debido a la larga práctica de los califas omeyas de tomar esposas vascas y francas. Abderramán III fue un mecenas de las artes, sobre todo en la arquitectura, encargó importantes proyectos de construcción, se amplió la biblioteca de Córdoba y construyó un complejo de palacios magníficos en las afueras de Córdoba llamado Madinat Al-Zahra dedicado a su esposa favorita. Madinat Al-Zahra fue descrito por los viajeros cristianos como una serie de palacios deslumbrantes llenos de tesoros nunca antes vistos.  De esta época datan las influencias toltecas en el arte y la arquitectura mayas. Es conveniente recalcar que autores como Enrique Florescano, Leonardo López Luján y Alfredo López Austin, ponen en duda que el Quetzalcóatl histórico haya llegado a Yucatán. En primer lugar, porque las fechas no coinciden. En segundo, porque similares argumentos presentaban los nobles mixtecos, tarascos y más tarde los mexicas para legitimar su posición en la estructura social. Tanto el mito de Tollan,  la huida de Quetzalcóatl, como las expresiones artísticas y la vocación eminentemente guerrera de las sociedades mesoamericanas del período Posclásico Temprano forman parte de una idea muy extendida por toda la región en ese tiempo.

Hacia el año 1000 d.C., Chichén Itzá formó una alianza con los cocomes de Mayapán y los Xiu de Uxmal. Dicha alianza es conocida con el nombre de Confederación o Liga de Mayapán, rota en 1194 por Hunac Ceel, líder de los cocomes. Las hostilidades desembocaron en la derrota, tanto de los itzáes como de los tutul xiúes. El auge de Chichén-Itzá y de sus gobernantes maya-toltecas terminó en caos hacia fines del siglo XIII. Los itzáes abandonaron su ciudad y se dirigieron a las selvas desiertas del Petén. Allí, en el lago Petén Itzá, fundaron una nueva población localizada en la isla de Tayasal. La supremacía de Mayapán llegó a su fin hacia 1441, cuando el líder xiu de Uxmal, Ah Xupan Xiu, la destruyó masacrando a la familia real cocom. Durante su apogeo, Mayapán llegó a tener hasta 12 mil habitantes. Era una ciudad fortificada, rodeada de una muralla de piedra. Se pueden ver en su arquitectura claras influencias toltecas. En el este de la península, según señala Eric J. Thompson en su libro “Los habitantes de la costa oriental de la península de Yucatán”: “Los putunes conservaron en su poder la región de Bakhalal y Chetumal durante el periodo de dominación de Mayapán en la provincia de Uaymil se hablaba un dialecto parecido al campechano y, naturalmente los documentos de Paxbolón con su afirmación de que Chetumal pagaba tributo a los putunes acalanes“. Las crónicas mayas establecen claramente que los putunes conservaron su poder sobre la región de Bakhalal y Chactemal durante el periodo de la dominación de Mayapán (1200-1480). Pero ni por eso abandonaron el dominio de su antiguo territorio al sur de Tabasco, sino que hicieron constantes viajes de ida y vuelta a Potonchán.

A la caída de Mayapán, la península de Yucatán se dividió en 16 pequeños estados, cacicazgos o provincias, cada uno con su propio gobernante. Entre estos cacicazgos existían rivalidades y guerras constantes, herencia de las luchas sin tregua entre los xiu y los cocomes. Esa era la situación reinante a la llegada de los primeros españoles.  En el Petén, Tayasal, de los Itzaes, Zacpetén, de los Ko’woj y Queixil, de los Yalnain, fueron las últimas ciudades mayas y mesoamericanas en ser conquistadas, en el 1697 d.C., después de varios intentos fallidos, incluyendo unos de Hernán Cortés en 1542. En el altiplano sur surgieron otros estados mayas, entre ellos el reino K’iche’, basado en Q’umarkaj (Utatlán), que produjo el Popol Vuh, la obra histórica y mitológica más conocida de los mayas. Otros estados en las tierras altas de Guatemala incluyen el reino Mam, en Huehuetenango (Saculew), Kaqchikel, en Iximché, Chuj, en San Mateo Ixtatán y Poqomam, probablemente en Mixco Viejo. La tercera generación de investigadores que se dedicó a la tarea de conocer a los mayas, trabajó especialmente para aclarar los secretos de su calendario. Lo hicieron partiendo de las indicaciones de Landa y lograron sus primeros triunfos con el material de la  Maudslay-Collection,  y aún prosiguen los trabajos. En esta tarea va incluida la interpretación de las escrituras en imágenes, y los triunfos alcanzados se relacionan con los nombres de E. W. Förstemann, que fue el primero en comentar el «Codex Dresdensis»; Eduard Seler, profesor, y después director, del Museo Etnográfico de Berlín, que, después de Maudslay, fue seguramente el que reunió en sus «Tratados» el material más rico respecto a los mayas y aztecas; y Thompson, Goodman, Boas, Preuss, Ricketson, Walter Lehmann, Bowditch y Morley.

Pero sería injusto destacar un nombre determinado si pensamos en el gran número de los que trabajaron en la jungla haciendo copias, o los que en sus estudios consiguieron penosamente resultados parciales. La investigación de las civilizaciones americanas constituye un trabajo de amplia colaboración. Y, juntos,  recorrieron los investigadores las más difíciles etapas de sus estudios, desde el calendario hasta la cronología histórica.  La ciencia del calendario no podía quedar reducida a una finalidad. Aquellas terribles caras que representaban números, con los signos de los meses, días y períodos, decoraban todas las fachadas, columnas, frisos, terrazas y escaleras de los templos y palacios. Todos los monumentos llevaban la fecha de la creación. El investigador tenía que agrupar las obras según los distintos aspectos, ordenar cronológicamente los grupos, reconocer los cambios de estilo según las influencias de un grupo u otro. En una palabra, analizar la historia.  Pero ¿qué historia?  La pregunta es más indicada de lo que parece, pues todos los conocimientos logrados de este modo tenían el inconveniente de que el investigador veía  solamente  la historia de los mayas, es decir, sus fechas, sin la menor relación con nuestro habitual cálculo del tiempo y nuestros acontecimientos históricos.  Otra vez los investigadores se veían ante un problema más arduo que los planteados por el mundo antiguo.

En esa situación se hallaban los investigadores ante los monumentos mayas de la jungla americana. Sin embargo, pronto pudieron indicar cuántos años más antiguos eran, por ejemplo, los monumentos de Copan con relación a los de Quiriguá, pero ni siquiera podían sospechar en qué siglo de la cronología europea fueron construidas ambas ciudades.  Era evidente, pues, que su tarea inmediata consistía en establecer la correlación existente entre la cronología maya y la nuestra. Pero cuando se hubo llevado a cabo la parte esencial en tal labor de correspondencia de fechas, cada vez más exactas, se planteó un nuevo problema, uno de los fenómenos más enigmáticos de la historia de este gran pueblo era el misterio de las ciudades abandonadas. Hemos de mencionar un descubrimiento porque nos conduce directamente a una parte viva de la historia maya de los últimos tiempos. Y, con ello, dando un nuevo rodeo, a ese mismo misterio de las ciudades muertas. En distintos lugares del Yucatán fueron hallados en el pasado siglo los llamados «libros de Chilam Balam». Trátase de anotaciones hechas después de la conquista, llenas de anécdotas políticas. Su valor reside en la relación que guardan, al menos en parte, con documentos mayas originales.  El manuscrito más importante fue descubierto hacia el año 1860, en Chumayel, y entregado al obispo e historiador Crescencio Carrillo y Ancona. Más tarde, la Universidad de Filadelfia publicó una reproducción fotográfica del mismo. Fallecido el obispo, el manuscrito pasó a la Biblioteca Cepeda de Mérida, de donde desapareció en el año 1916 en condiciones bastante misteriosas.

 

Dicho libro constituye una curiosidad notable. Lo conocemos merced a la reproducción fotográfica  y está escrito en caracteres latinos adaptados al idioma maya, con influencia del español. Pero los sacerdotes mayas no tuvieron en cuenta la separación de las palabras ni la puntuación. Muchas palabras aparecen cortadas a capricho. Otras, sin embargo, se hallan unidas en rarísimos grupos de sílabas. En este curioso documento ciertos sonidos mayas, que no existen en español, se representan con la unión de varios caracteres latinos y desconocemos su valor exacto. Desde luego se comprenderá lo muy difícil que era descifrar un texto así, que además unía una intencionada confusión en el texto por su carácter religioso.  El manuscrito, por muy valioso que fuese, constituía un rompecabezas, ya que en los «libros del Chilam Balam» aparecía una cronología distinta a la del antiguo Imperio de los mayas, el llamado «Katum-Count».  Esta tarea secundaria, un tanto laboriosa, adquirió gran interés por el detalle de que cuanto más próxima se veía la solución, más aumentaban los conocimientos del último período de la historia maya, que no solamente adquiría vida, sino que, en especial, permitía fijar fechas. Todo lo que hasta entonces se sabía del antiguo pueblo maya era confuso y lejano, fríamente fijado en una arquitectura incomprensible. Pero ahora, por lo menos, esta última parte de su historia no parecía tan distinta a la de todos los demás pueblos que conocemos. Era ya una sucesión de invasiones, guerras, traiciones y revoluciones. En suma, una historia típica humana.  

 

En ella se cita a las familias de los Xiu y de los Itzá, que se disputaban el poder; el esplendor de la metrópoli de Chichen Itzá, de sus palacios, cuya grandeza y estilo, comparados con las ciudades más antiguas situadas al sur del Yucatán, acusaban una extraña influencia extranjera. De Uxmal, cuya sencillez monumental daba la impresión de un renacimiento del Antiguo Imperio; y de Mayapán, donde coexistían ambos estilos. También sabemos de la alianza entre las ciudades de Mayapán, Chinchen Itzá y Uxmal. Pero la traición rompe dicha alianza y el ejército de Chinchen Itzá ataca a las tropas de Mayapán. Pero Hunac Ceel, jefe de ésta, recluta mercenarios toltecas y conquista Chinchen Itzá, llevando a sus príncipes como rehenes a la corte de Mayapán. Y éstos, más tarde, sólo tendrán la categoría de virreyes. La alianza entre ambas ciudades se ha quebrado. En 1441, los derrotados organizaron una revuelta dirigida por la dinastía de los Xiu, de Uxmal. Los insurrectos conquistan a su vez Mayapán, con lo cual no sólo se rompe otra vez la ficticia alianza entre las ciudades, sino que también se cuartea el propio Imperio de los mayas.  Los Xiu fundaron aún otra ciudad, llamada Maní, que, según algunos, quiere decir «ha pasado». Cuando llegaron los españoles, conquistaron el Imperio maya mucho más fácilmente que Cortés el Imperio azteca de México.  Tal visión de la historia con fecha del Nuevo Imperio era, en muchos aspectos, emocionante.

 

Con el fin de no dar una falsa impresión respecto a estas investigaciones, antes de entrar en la parte más enigmática de la historia maya, insistamos en que los resultados de las investigaciones no adquirían una trabazón lógica, sino que el investigador, que penosamente iba descifrando los «libros del Chilam Balam», tuvo que recurrir, para poder llegar a una conclusión, a los apuntes de un colega que había realizado trabajos de excavaciones treinta años antes,  y de otro filólogo, cuyos estudios le habían llevado al desciframiento de los calendarios hacía diez años. Y en la difícil labor de descubrir esta cultura sumergida, los conocimientos no se sucedieron, hasta nuestros días, de manera lógica y normal, sino que cada descubrimiento modificaba las conclusiones anteriores.  Así se llegó a completar también el esquema de un proceso histórico que no tiene parangón en el mundo, y que aún hoy día no está explicado tan diáfanamente para que todos hayan de convenir en la solución dada. Quedan muchos enigmas por resolver en este terreno. Hemos empleado las expresiones Nuevo Imperio y Antiguo Imperio, con lo cual nos hemos adelantado. Pero después de haber sabido algo de Mayapán, de Chichen Itzá y de Uxmal, por citar sólo las ciudades más importantes del Nuevo Imperio, veamos lo que dicen los investigadores que se ocuparon de la cronología maya. ¿Por qué llaman Nuevo Imperio a estas fundaciones del norte del Yucatán?  A lo que ellos nos contestan: porque estas ciudades fueron fundadas más tarde, aproximadamente entre los siglos VII y X de nuestra era, y porque este Nuevo Imperio se distingue netamente del Antiguo en cuanto a sus características, tanto en la arquitectura como en la escultura o en el calendario.  

 

Y empleamos la palabra «fundaciones» aludiendo a que en este caso no se trata de un nuevo aspecto surgido de una forma antigua, sino que el Nuevo Imperio consistía efectivamente en una fundación en plena selva virgen. Es decir, que los mayas creaban auténticas ciudades completamente nuevas. El Antiguo Imperio se hallaba en el sur de la península del Yucatán, en las actuales tierras de Honduras, Guatemala, Chiapas y Tabasco.  Luego, ¿debe ser considerado el Nuevo Imperio como colonia del Antiguo, erigido por emigrantes colonizadores?  Los investigadores dicen que los fundadores de las nuevas ciudades eran los habitantes del Imperio maya.  ¿Quieren decir con esto que el pueblo maya había abandonado su bien organizado Imperio, sus plazas fuertes y su territorio para edificar un nuevo Imperio más al Norte, en medio de la inseguridad de una comarca virgen?  Y los investigadores replican afirmativamente. Y aquí nos presentan una serie de fechas que nos hace recordar lo ya dicho sobre cómo el pueblo que logró desarrollar el mejor calendario del mundo se había convertido en esclavo del mismo. Los mayas no construían sus grandes edificios cuando los necesitaban, sino cuando el implacable calendario se lo ordenaba, con rigor cronológico, o sea cada cinco, diez o veinte años. Y en cada nuevo edificio ponían la fecha de su fundación.  A veces reforzaban una pirámide antigua con una nueva capa cuando una nueva intercalación en el calendario exigía que fuera eternizada. Esto lo hicieron durante siglos con una regularidad absoluta, como lo demuestran las fechas cinceladas. Y esta regularidad sólo podía ser interrumpida por una catástrofe o por una emigración.  Por lo tanto, cuando vemos que en una ciudad cesaban las construcciones en una fecha determinada, y aproximadamente en la misma época empezaban en otra ciudad, llegamos a esta conclusión: la población de la primera lo abandonaba de repente todo y emigraba para fundar otra ciudad.  Todo esto, aunque nos plantea una serie de problemas, podría explicarse de diversas maneras.

 

Pero un hecho acaecido aproximadamente en el año 610 deshace estas primeras hipótesis.  Todo un pueblo, todos los habitantes de importantes ciudades, abandonaron sus sólidas viviendas para emigrar al Norte, despoblado y cubierto de exuberante vegetación. Ninguno de aquellos emigrantes regresó a las ciudades de origen, que quedaron desiertas. Y la jungla penetró de nuevo en sus calles, la hierba creció en las escaleras y en los muros de los palacios, las semillas del bosque penetraron en las hendiduras de las piedras, que se cubrieron de tierra, y la vegetación tropical surgida en los cimientos de las mismas murallas las derribó. Jamás volvió el pie de un ser humano a hollar el empedrado de aquellos patios y calles ni a subir por las altivas escalinatas de sus pirámides.  Para que podamos darnos cuenta de lo extraño e incomprensible de tal suceso, imaginemos, por ejemplo, que todo el pueblo catalán, después de haber vivido una historia milenaria, emigrase de pronto a Italia para fundar allí una nueva patria. Que abandonase sus monumentos  y sus urbes y que,  al llegar a Italia,  empezaran inmediatamente a construir nuevas ciudades y catedrales idénticas a las que abandonaron en Catalunya.  Con este ejemplo es quizá más fácil imaginarlo en relación a los mayas. Cuando se averiguó tal cosa, las interpretaciones se multiplicaron. Lo más natural era suponer que eran extranjeros invasores quienes habían arrojado de su país a los mayas; pero ¿qué invasores podían haber sido? Los  mayas estaban entonces en el apogeo de una evolución histórica y nadie podía competir con ellos en fuerza militar. Por otra parte, a la luz de los  descubrimientos arqueológicos, esa explicación es insuficiente, ya que en las ciudades abandonadas no se encontraban huellas de lucha ni saqueo de conquistadores. ¿Había motivado tal emigración una catástrofe de la Naturaleza? Imposible. ¿Dónde están las huellas? y, además, ¿qué catástrofe natural puede impulsar a un pueblo a reconstruir un nuevo Imperio en otro lugar en vez de regresar a sus orígenes?

 

¿Habían padecido los mayas alguna epidemia? No hay indicios de que fuera un pueblo numéricamente reducido el que emprendiera la gran emigración. Al contrario, el que construyó nuevas y poderosas ciudades, como Chichen Itzá, debía de ser muy fuerte.  ¿Sería un cambio de clima lo que hiciera imposible seguir viviendo en aquellas regiones? No es probable, cuando la distancia en línea recta del centro del Antiguo Imperio al centro del Nuevo no es superior a 400 kilómetros. Un cambio de clima, del que faltan indicios, capaz de haber producido efectos tan revolucionarios en la estructura de un Imperio, también habría afectado a la comarca del nuevo emplazamiento.  ¿Qué explicaciones nos quedan, pues?  En los últimos decenios se encontró la que parece más acertada y es cada vez mayor el número de investigadores que la aceptan. Es la tesis del profesor americano Sylvanus Griswold Morley, quien, para demostrarla, nos invita a echar una ojeada a la historia y a la estructura social del Imperio maya. Ello nos permitirá conocer otra particularidad de aquel pueblo extraño. De todas las grandes civilizaciones del mundo, la de los mayas es la única que no conoce el arado.   El Antiguo Imperio maya, según la correlación con la era cristiana, calculada por S. G. Morley en base a las fechas grabadas en las construcciones mayas, estuvo vigente desde una época aún indeterminada hasta el año 610 de nuestra era.

 

Hasta el 374 de nuestra era, la ciudad maya más antigua de las halladas parece ser la de Uaxactún, situada en la frontera norte de la actual Guatemala. Después, no muy lejos de allí, surgieron Tikal y Naranjo. Mientras tanto, se había fundado en la actual Honduras la ciudad de Copan, y posteriormente, Piedras Negras, en el río Usumacinta. Desde el 374 hasta el 472 se fundaron las ciudades de Palenque, situadas en la frontera de Chiapas. Tabasco, construida entre el período antiguo y el medio, aunque suele ser atribuida al antiguo; la de Menché, en Chiapas, y por último, la de Quiriguá, en Guatemala. Desde el 472 hasta el 610 surgieron las ciudades de Seibal, Ixkúr, Flores y Benque Viejo. A finales de este gran período tuvo efecto la emigración.  Si estudiamos el espacio geográfico en que se hallaban comprendidas estas ciudades del Antiguo Imperio, vemos que dicho espacio forma un triángulo cuyos vértices están determinados por Uaxactún, Palenque y Copan. Vemos también que en los lados, o ya dentro del triángulo, se hallan las ciudades de Tikal, Naranjo y Piedras Negras. Y observamos igualmente, con la única excepción de Benque Viejo, que todas las ciudades que se fundaban en último lugar, y cuya vida fue más breve, están en el interior y son Seibal, Ixkúr y Flores.  Así se ha descubierto uno de los procesos históricos más asombrosos de la Historia: Los mayas deben de haber sido el único pueblo del mundo cuyo estado ha ido  progresando de fuera adentro.  Un imperialismo hacia el propio centro. Un crecimiento desde los miembros hacia el corazón, pues realmente aquello era crecimiento y, aunque parezca paradójico, expansión. El Imperio maya no fue aplastado por una potencia extranjera, que no existía, sino que la evolución tuvo efecto en una dirección contraria a toda lógica y diferente a toda experiencia histórica conocida, sin la menor influencia del exterior.

 

No hay motivos para aludir a los chinos y su Gran Muralla, ni queremos resaltar el argumento según el cual, un pueblo que se sabía en decadencia, no  quería  extenderse hacia el exterior. Hasta ahora carecemos de toda explicación aceptable que justifique esta asombrosa característica de la historia maya. La solución a este enigma no debe esperarse sólo de los conocimientos profesionales, que hasta ahora han fracasado, sino de la intuición que pueda tener cualquiera, por no decir del azar.  Los trabajos arqueológicos profesionales no han dado solución al problema de por qué los mayas, en el momento culminante de su evolución, cuando sus ciudades se hallaban en pleno apogeo y poderío,  las abandonaban de pronto para emigrar al Norte inhóspito. Hemos dicho que los mayas tenían una civilización urbana. Y esto era cierto en la misma medida que hablamos de la cultura ciudadana de la Europa renacentista. Es decir, que las clases dominantes, nobles y sacerdotes, residían en las ciudades; que detentaban el poder y también la cultura. Que la vida intelectual y las buenas costumbres partían de las ciudades. Pero todas estas ciudades no hubieran podido vivir sin el campesino, sin los frutos de la tierra y sobre todo sin la base principal de la alimentación, que en los países de Europa era el trigo y en los pueblos de la América Central el cereal llamado  Indian corn  o  kukuruz; en una palabra, el maíz.

 

El maíz alimentaba a todos los habitantes de las ciudades: artesanos y clases dominantes. Del maíz y por el maíz vivía su cultura, como en Europa del pan; ya que las ciudades se construían en esta selva calcinada donde antes se había cultivado el maíz. Pero el orden social de los mayas acusaba diferencias más pronunciadas que cualquier otro. Su carácter se ve claramente al comparar cualquier urbe europea moderna con una ciudad maya. La europea tiene una estructura en cuyo exterior se hallan de manifiesto los contrastes sociales de los habitantes, mas a pesar de ello hay numerosos grados intermedios y numerosas relaciones y conexiones entre los mismos. La ciudad maya, en cambio, presenta crudamente la gran diferencia que existía entre las distintas clases sociales. En una colina solían elevarse los templos y los palacios de los sacerdotes y los nobles, que formaban una ciudadela con carácter de fortaleza. Luego, sin el menor grado de transición, se pasaba de la  ciudad  de piedra a las chozas de madera y ramaje habitadas por la gente común. El pueblo maya se dividía, pues, en un núcleo sumamente reducido de familias dominantes y en una masa abrumadora de gente oprimida.  La barrera establecida entre ambas categorías era desmesurada. Parece ser que a los mayas les ha faltado la clase media y la burguesía.

 

La nobleza se aislaba completamente del pueblo y se la llamaba «almehenoob», que quiere decir «los que tienen padres y madres», o sea, árbol genealógico. De ella surgían también los sacerdotes, así como el príncipe reinante, el «halach uinic», «el hombre verdadero». Y para estos pocos «que tenían padres y madres» trabajaba el pueblo entero. El campesino tenía que entregar un tercio de su cosecha a la nobleza y los sacerdotes, y solamente podía conservar para sí el último tercio. Hemos de recordar que el «diezmo» aplicado en el orden social de la Europa feudal, en la Edad Media, provocó graves revueltas y revoluciones al ser considerado como una imposición insoportable. Además, en la época entre la sementera y la cosecha, los siervos de la gleba eran llevados a las ciudades para ser utilizados en la construcción de edificios. Sin carros ni animales de carga, los propios campesinos arrastraban los bloques de piedra, y sin hierro, cobre, bronce, sólo con instrumentos de piedra, cincelaban aquellas maravillosas esculturas y relieves. La labor de los obreros mayas es semejante a la de los que construyeron las pirámides egipcias, o quizá superior. Este severo orden social, que al parecer imperó durante mil años, llevaba en su seno el germen de la decadencia. La cultura y la ciencia de los sacerdotes iba haciéndose necesariamente cada vez más esotérica, y, al no recibir la savia popular, al no haber comparación de experiencias, la aguda inteligencia de los sabios mayas se dirigió cada vez más exclusivamente hacia los astros, olvidándose de mirar hacia la tierra, que era de donde a la larga recibía su fuerza.

 

Aquella cultura se olvidó de estudiar otros medios para prevenir las catástrofes y es difícil explicar el fenómeno de que un pueblo capaz de crear obras científicas y artísticas tan importantes no supiera inventar uno de los instrumentos más prácticos, importantes y sencillos: el arado. En el transcurso de toda su historia, los mayas tuvieron una agricultura que no supo salvar la etapa más rudimentaria. Todo su arte consistía en abatir los árboles de una zona de la selva. Cuando la leña estaba seca, poco antes de las lluvias, la quemaban, después de lo cual laboraban el suelo con unas picas largas y puntiagudas, con las cuales practicaban agujeros para la siembra del maíz. Y cuando el campesino había recogido la cosecha, empezaba la misma operación en otra parte de la selva. Como carecían de abonos, excepto del estiércol natural, muy escaso, en las proximidades de los poblados, toda tierra de la que se habían recogido los frutos necesitaba una larga temporada de barbecho, hasta que se pudiera sembrar de nuevo.  Y así llegamos a la explicación posiblemente más exacta de por qué los mayas se veían obligados a abandonar sus sólidas ciudades en un plazo tan breve. Los campos próximos quedaban exhaustos. El tiempo de reposo que un campo necesitaba para dar nuevos frutos y ser de nuevo quemado se prolongaba cada vez más. La consecuencia inevitable de esto era que los campesinos mayas tenían que ir avanzando cada vez más sus roturaciones en la jungla, alejándose de la ciudad que tenían que alimentar y sin la cual no podían vivir; hasta que, al fin, entre ellos y la ciudad se interponía la estepa calcinada y yerma.

 

Así, al desaparecer la base agrícola que le sustentaba, terminó la gran cultura del Antiguo Imperio maya, porque si bien es posible que existan culturas sin técnica, no se dan sin arado. Era el hambre lo que obligaba finalmente al pueblo a emigrar cuando una ciudad quedaba rodeada por una estepa de hierba seca. Entonces abandonaban las ciudades al terreno baldío. Y mientras en el Norte surgía el Nuevo Imperio, la jungla trepaba lentamente otra vez por los templos y palacios abandonados y el terreno baldío se convertía de nuevo en bosque, cubriendo los edificios y ocultándolos a la vista de los hombres durante mil años. Esto puede ser una explicación admisible para desvelar el misterio de las ciudades abandonadas. La luna llena iluminaba la jungla. Sin más compañía que un guía indio, mil quinientos años después de que los mayas hubieron abandonado sus ciudades para dirigirse al Norte, el investigador americano Edward Herbert Thompson cabalgaba por la comarca que ocupara el Nuevo Imperio, destruido a su vez en la época de la conquista por los españoles. Herbert Thompson buscaba el emplazamiento y las ruinas de Chichen Itzá, que debió ser la mayor y más bella ciudad, la más potente y rica.  Las dos cabalgaduras, como los jinetes, habían pasado no pocas fatigas. Thompson estaba tan cansado que ladeaba la cabeza, y los inseguros pasos del caballo parecía que iban a hacerle perder el equilibrio. De pronto oyó una llamada del guía. Sobresaltado, miró hacia adelante y lleno de asombro vio un mundo encantado.  Elevándose sobre los oscuros ramajes de los árboles, se destacaba algo que parecía una alta colina abrupta, en cuya cima, y bañado por la argéntea luz de la luna, se erguía un templo. En el silencio de la clara noche, dicho templo coronaba aquella masa de árboles como el Partenón de una acrópolis india, y parecía cada vez más grande según se acercaban.

 

El guía saltó del caballo, le quitó la silla y extendió las mantas en el suelo para acostarse. Pero Thompson, fascinado, seguía contemplando el edificio. Apeóse a su vez del caballo y, mientras el guía se acostaba, siguió adelante por el camino. Unas empinadas escaleras ascendían desde la base de la colina hasta el templo. Todas ellas estaban cubiertas de hierbas y arbustos y muchas aparecían derruidas. Thompson conocía tal aspecto, así como la significación y el valor de los monumentos egipcios; pero esta pirámide maya no era una tumba como las del país del Nilo, sino que en su aspecto exterior estas edificaciones se parecían algo a los zigurats babilonios. Pero mucho más todavía que las famosas torres babilónicas, no parecían otra cosa que el gigantesco soporte pétreo de aquellas grandiosas escaleras que se elevaban cada vez a mayor altura, hacia Dios, hacia el Sol y la Luna.  Thompson subió aquellos peldaños, contemplando sus adornos y ricos relieves. Una vez arriba, casi a una altura de treinta metros sobre la selva, miró a su alrededor y contó hasta una docena de monumentos diseminados, ocultos hasta entonces a su vista por la espesura de los árboles, pero que desde allí quedaban al descubierto por el extraño esplendor que en ellos desparramaba la luz de la luna.

 

Aquella era, pues, la ciudad buscada de Chichen Itzá. En su origen, seguramente había sido una fortaleza adelantada de los primeros tiempos de la gran emigración, convertida después en gran metrópoli, centro del Nuevo Imperio. Los días que sucedieron al descubrimiento, Thompson solía estar siempre en una de las antiguas ruinas, y cuenta:  «Un día me hallaba sobre este templo cuando los primeros rayos del sol teñían el lejano horizonte. El silencio del alba era absoluto, al haber cesado todos los ruidos nocturnos de la jungla y no haber despertado aún los del día. Pronto se elevó el astro Sol, redondo, brillante y llameante, y al punto cantó y zumbó gozoso todo aquel mundo. Los pájaros que poblaban los árboles y los insectos de la tierra entonaban su solemne Tedeum. La Naturaleza enseñaba al hombre a adorar al sol y el hombre, en su intimidad, obedecía inconscientemente la antigua doctrina.»  Thompson estaba como hechizado. Ante sus ojos desaparecía la jungla y se abatían amplios horizontes en los que veía largas procesiones, oía melodiosos sones y aquellos palacios se animaban con fiestas ruidosas, mientras en los templos resonaba el rumor de los cultos que conjuraban a la divinidad. Así, intentó distinguir detalles en un espacio cada vez más lejano, y entonces su mirada se detuvo. Si hasta aquel momento había quedado hechizado, ahora su fantasía se desbordó en una sorprendente visión del pasado. El investigador comprendió al punto cuál era su tarea, pues enfrente se dibujaba en forma de senda estrecha, a la pálida luz, el camino que probablemente encerraba el secreto más emocionante de Chichen Itzá: el camino de la fuente sagrada.

 

En los descubrimientos de México y Yucatán faltaba hasta entonces una personalidad del tipo de Schliemann, en Troya, de Layard, en Nínive, o de Petrie, en Egipto, así como también —con excepción del primer viaje hecho por John Ll. Stephens— la unión emocionante de la investigación con la casualidad. El éxito científico con la aventura de los buscados tesoros, ese matiz legendario que tienen las excavaciones cuando el pico tropieza en la tierra con el precioso metal dorado.  Pero Edward Herbert Thompson fue el Schliemann de Yucatán, ya que al penetrar en Chichen Itzá iba guiado por las palabras de un libro que ningún investigador había tomado en serio hasta entonces. Y los descubrimientos le daban la razón, como a Schliemann, que también había puesto su fe investigadora en las palabras de un libro. Y exactamente igual que Layard, que antaño partiera con sesenta libras y un acompañante, cuando hizo su primer descubrimiento, Thompson también penetraba pobre en la jungla. Y al tropezar con dificultades que hubieran hecho retroceder a cualquiera, él demostró la misma tenacidad que Petrie. Cuando el público discutía los primeros descubrimientos de Stephens se discutió también la tesis de que los mayas eran los sucesores del fabuloso pueblo de la Atlántida.

 

Pues bien, el primer trabajo de Thompson, futuro arqueólogo, en 1879, consistió en un estudio publicado en una revista popular en el cual defendía tesis tan audaz. Pero el problema específico del origen del pueblo maya quedaba relegado a segundo término cuando a los veinticinco años de edad, siendo cónsul de los Estados Unidos, como otros famosos  arqueólogos, en el año 1885 partió hacia el Yucatán y pudo cuidar más de los propios monumentos que de las teorías. En vez de una tesis audaz, le guiaba al Yucatán una fe ciega, idéntica a la que condujo a Schliemann a las ruinas de Troya. Aquí se trataba de confirmar las palabras de Diego de Landa, en cuyo libro halló Thompson por primera vez el relato de la fuente sagrada, el  cenote de Chichen Itzá. Landa, basándose en antiguos relatos, pretendía que en tiempos de sequía se organizaban solemnes procesiones en las que los sacerdotes y el pueblo se dirigían por un amplio camino hacia la fuente sagrada, para allí aplacar la ira del dios de la lluvia por medio de horribles sacrificios humanos, arrojando a la fuente doncellas y muchachos elegidos tras solemne ceremonia. De la misteriosa profundidad de aquellas aguas insondables las víctimas no habían reaparecido jamás.

 

El «camino de la joven a la fuente», motivo de tantas canciones populares, a pesar de su profundidad simbólica, aparece casi siempre como afirmación alegre de la vida. En cambio, el de las doncellas mayas al sagrado  cenote  era camino de muerte y lo emprendían ricamente adornadas y lanzando un horripilante grito, apagado cuando su cuerpo chocaba con aquellas aguas estancadas.  Y ¿qué más contaba Diego de Landa? Añadía que era costumbre arrojar, después de las víctimas, ricas ofrendas consistentes en instrumentos diversos, joyas y oro. Thompson había leído también que «si ese país había tenido oro, una gran parte se hallaría sin duda en aquella misteriosa fuente».  Thompson siguió literalmente aquello que a todos había parecido simple retórica de un antiguo relato; lo creía así y estaba decidido, además, a demostrarlo.  Cuando aquella noche de luna llena contemplaba desde la pirámide el camino que conducía a la fuente, su ilusión emocionada no le permitía sospechar cuántas fatigas le aguardaban.  Dos años después se vería por segunda vez ante la fuente, ya convertido en experto explorador de la jungla. Thompson había atravesado el Yucatán de norte a sur y su mirada se había agudizado notablemente y adquirido la facultad de sondear los secretos. Entonces se le podía comparar realmente con Schliemann. A su alrededor yacían unos espléndidos edificios que esperaban ser explorados, tarea maravillosa para todo arqueólogo. Pero él, en cambio, se dirigió a la fuente, hacia aquel pozo oscuro lleno de fango, piedras y barro secular. Aunque el relato de Diego de Landa se basase en hechos auténticos, ¿existía la menor esperanza de que se pudieran hallar en aquel pozo de agua estancada las joyas que los sacerdotes arrojaron antaño con las víctimas?

 

¿Qué posibilidad había de hallar algo en aquella fuente? La respuesta para Thompson era sumamente aventurada. Se limitaba a pensar: «Buscaremos donde sea preciso».  Cuando regresó para asistir a un Congreso científico en los Estados Unidos, pidió dinero a préstamo, y lo halló, aunque todos aquellos a quienes hablaba de sus proyectos le creían loco.  Todo el mundo decía: «No es posible bajar a las profundidades inexploradas de aquel enorme pozo de cieno con la esperanza de salir con vida. Si quieres suicidarte, ¿por qué no lo haces de otra manera menos desagradable?»  Pero Thompson había calculado el pro y el contra y estaba decidido. «La siguiente tarea que tuve que emprender fue ir a Boston y tomar lecciones de buzo.  Mi maestro fue el capitán Ephraim Nickerson, de Long Wharf, que llevaba veinte años retirado. Bajo su experta y paciente dirección, poco a poco me convertí en un buzo bastante aceptable, aunque no perfecto como algún tiempo después pude comprobar. Luego me proporcioné una draga de cuerdas con juego de poleas y una palanca de treinta pies. Dejé todo este material empaquetado y dispuesto para ser remitido cuando yo enviase una carta o un telegrama pidiéndolo». Hecho aquello, se trasladó de nuevo a Chichen Itzá y fue inmediatamente a la fuente. Los bordes de aquel enorme pozo tenían una separación de unos setenta metros. Por  medio de una sonda comprobó que el nivel del fango se hallaba aproximadamente a una profundidad de veinticinco metros. Preparó unas figuras de madera de forma humana y las arrojó como su fantasía le sugirió que antaño habrían sido arrojadas las doncellas sacrificadas a la terrible divinidad. El objetivo perseguido con tal ejercicio era una primera orientación en el reino de la fuente. Cuando lo hubo hecho, bajó por vez primera la draga.

 

«Dado que alguien pueda imaginarse la emoción que yo experimenté cuando cinco hombres montaron la draga, que extendía sus garras sobre el agua negra, y un breve instante quedó suspendida en medio de aquel oscuro agujero, para deslizarse después hacia las aguas tranquilas». Tras unos minutos de espera, para dar tiempo a que los garfios mordiesen el lodo del fondo, los obreros hicieron maniobrar las poleas y los cables de acero quedaron tensos por el peso de la carga que subía.  El agua, hasta entonces verdosa como aquellos espejos de obsidiana usados por los incas, empezaba a borbotear cuando la cesta de la draga, entre cuyos garfios bien cerrados chorreaba agua limpia, iba subiendo lenta pero continuamente hasta el borde del pozo. Una vuelta a la palanca y la draga descargó en la plataforma de planchas un montón de restos informes de color castaño oscuro, madera podrida, follaje, ramas rotas y broza por el estilo. Después se balanceó hacia atrás y quedó de nuevo colgada en posición de ir en busca de otra carga… Una de las veces sacó el tronco de un árbol tan bien conservado que parecía como si la víspera lo hubiera arrojado al pozo una tempestad. Aquello sucedió un sábado. Al lunes siguiente el tronco se había deshecho y entre el montón de piedras donde la draga lo había depositado sólo quedaban algunas fibras de madera, rodeadas de una mancha oscura que parecía ácido piroleñoso —espíritu de madera—. En otra ocasión salió el esqueleto de un jaguar y en otra el de un ciervo, como testigos mudos de una tragedia silvestre.

 

Día tras día siguió el trabajo sin que ocurriera nada nuevo: la draga extraía cieno, piedras y ramas, algún esqueleto de animal ahogado al acercarse allí olfateando en época de sequía. El sol calcinaba todos aquellos residuos rápidamente y la fuente emanaba un hedor pestilente de cieno removido y del fango que se amontonaba al borde del pozo. ”Así proseguimos el trabajo durante varios días. Yo empezaba a ponerme nervioso durante el día, y por la noche no podía conciliar el sueño. ¿Es posible —me preguntaba— que haya podido ocasionar a mis amigos tantos dispendios para después exponerme al ridículo y demostrar que tenían razón quienes afirmaron siempre que tales tradiciones no son más que cuentos fantásticos, sin ningún fundamento real?”.  Pero llegó el día en que cayeron en manos de Thompson dos trozos de un extraño objeto, de color blancuzco amarillento y pegajoso como la resina. Thompson los halló cuando removía el fango que acaba de subir la máquina. Los olió e incluso los saboreó. Luego tuvo la idea de acercar aquella sustancia resinosa al fuego y observó que expandía al punto un perfume aturdidor. Thompson había sacado del pozo un trozo del incienso empleado por los mayas, la resina que quemaban en los ritos de los sacrificios.  ¿Sería ésta la prueba de que Thompson se hallaba en la buena pista? Juntó montones inmensos de fango y de barro y allí no había más que dos trozos de incienso; nadie hubiera considerado esto como una prueba, pero para Thompson aquello tenía el mayor valor, reanimaba su fantasía. «Aquella noche, por primera vez desde hacía varias semanas, dormí mucho y profundamente.»

 

Tenía razón, pues entonces comenzaron a salir a la luz del día un objeto tras otro, y todo lo que él había esperado. Instrumentos, joyas, vasijas, puntas de lanza, cuchillos de obsidiana y platos de jade. Y por último, el primer esqueleto de una joven.  Diego de Landa tenía razón.  Antes de que Thompson emprendiese la «parte más fascinante de aquella embrujada aventura», descubrió por casualidad el fondo real de una antigua tradición. El obispo de Landa le había señalado el camino de la fuente. Don Diego Sarmiento de Figueroa, alcalde de Valladolid en el año 1579, le hablaba del rito de sacrificios en dicha fuente. He aquí el relato que Thompson juzgó al principio oscuro e incomprensible:  «La nobleza y los ricos del país tenían la costumbre, después de sesenta días de ayuno y abstinencia, de acercarse al amanecer a la boca de aquella fuente y precipitar al fondo de las aguas oscuras a algunas mujeres indias que les pertenecían como esclavas. Al mismo tiempo, les pedían que, una vez abajo, suplicaran para su dueño un año favorable, tal como correspondía a sus deseos. Aquellas mujeres eran arrojadas sin ser atadas, y caían al agua con gran violencia y ruido. A últimas horas de la tarde gritaban las que aún no se habían ahogado, y se les echaban cuerdas para sacarlas. Una vez fuera, aunque medio muertas de frío y de espanto, se prendían hogueras a su alrededor quemado resina de copal. Cuando habían recobrado de nuevo sus sentidos, contaban que allí en el fondo había muchas personas del pueblo, hombres y mujeres, y que habían sido recibidas por ellos; que cuando intentaban levantar la cabeza para mirarlos, sentían golpes en la misma, y cuando se inclinaban veían bajo el agua muchas alturas y profundidades, mientras toda aquella gente les contestaba a las preguntas hechas de si su dueño tendría un año bueno o malo

 

Tal narración, que parecía una fábula, le daba a Thompson, que siempre buscaba el fondo histórico de toda leyenda, muchos quebraderos de cabeza. Un día meditaba sentado en la barca plana destinada a las maniobras del buzo y que flotaba en el agua tranquila, a sesenta pies o más de la grúa que, amarrada a una enorme roca, pendía sobre el agua. De pronto vio algo que le estremeció.  Era la clave del relato de lo que veían las mujeres, según la vieja leyenda.   «El agua de la fuente sagrada de los sacrificios tiene un color oscuro y es muy turbia; a veces su color pasa del pardo oscuro al verde jade, e incluso a un rojo de sangre, como explicaré. Y es tan turbia que refleja la luz como si fuera un espejo». Mirando desde allí, bajo la superficie del agua se podían ver “grandes profundidades y muchas alturas“, que en realidad eran el reflejo de las alturas y de los salientes de las rocas que yo en aquel momento tenía sobre mí. Cuando recobraban sus sentidos, según decían las mujeres, veían en el fondo mucha gente del pueblo, la cual contestaba a sus preguntas.  Cuando yo seguí mirando vi, en efecto, allá abajo mucha gente del pueblo que también a mí me contestaba. Eran las cabezas y parte del cuerpo de mis obreros que estaban inclinados sobre el brocal del pozo, y desde allí vigilaban mi barca. No sólo les veía, sino que oía el eco suave de su conversación, que no podía entender, pues las cavidades del pozo daban a las voces un tono extraño, incomprensible, pero con el acento del país.

 

Tal incidente del dio a Thompson una explicación de la antigua leyenda: “Los indígenas de los alrededores, además, pretenden que el agua de la fuente sagrada se convierte a veces en sangre. Hemos averiguado que el color verde que a veces presenta el agua proviene de una alga microscópica, mientras que su color pardusco o rojizo es debido a las hojas marchitas y a ciertas semillas y granos de las flores de color rojo que allí caen y dan, en efecto, a la superficie del agua ese aspecto de sangre coagulada.Menciono este descubrimiento para demostrar por qué creo que todas las tradiciones legendarias se basan, al menos parcialmente, en algún hecho real y siempre pueden llegar a ser explicadas mediante un estudio detenido de las circunstancias”.  Aún faltaba la parte más dura del trabajo. Sólo después de haberla hecho podía Thompson lograr un triunfo que superaría a todo lo anterior. La grúa cada vez recogía menos objetos. Finalmente, sólo extrajo unas cuantas piedras. Thompson vio llegado el momento de rebañar con las manos lo que los dientes de la draga no podían ya apresar de las grietas y hendiduras. Será mejor que hable nuestro arqueólogo y cuente él mismo sus afanes y experiencias:  ”Un buzo griego, Nicolás, con el cual ya lo había convenido todo de antemano, vino de las islas Bahamas, donde residía y se dedicaba a pescar esponjas. Traía consigo a su ayudante griego, y juntos hicimos nuestros preparativos para la exploración, llamémosla submarina”.

 

Y Thompson continuaba: “Primero transportaron la bomba neumática al barco, que no era otra cosa sino un sólido pontón; luego, los dos griegos tomaron el papel de maestros y enseñaron a toda la tripulación seleccionada a manejar las bombas neumáticas, de las cuales dependía nuestra vida, y a interpretar y contestar a las señales que se les hicieren desde el fondo. Cuando se sintieron convencidos de que los hombres estaban suficientemente instruidos, nos preparamos para el buceo. Bajamos nuestra cesta de la draga al pontón y nos vestimos de tela impermeable y grandes cascos de cobre, provistos de ojos de cristal y válvulas neumáticas cerca de los oídos; y en el cuello, cadenas de plomo casi tan pesadas como los cascos. Llevábamos calzado de lona impermeable con gruesa suela de hierro. Con mi bocina de mano, el pantalón neumático y la cuerda de salvamento, ayudado por el buzo griego, pisé, tambaleante, el primer tramo de una escalera corta, ancha, que desde la cubierta del pontón bajaba al agua. Quedé inmóvil allí unos momentos. Fueron acercándose uno a uno los miembros de la tripulación que servían las bombas, mis fieles muchachos indígenas, que con grave seriedad me estrecharon la mano, volviendo luego arriba a esperar la señal. No era difícil adivinar sus pensamientos y su emoción. Me decían el último adiós, y no esperaban volver a verme vivo. Luego me solté de la escalera y caí como un trozo de plomo, dejando tras de mí la cadena, de la que se iban desprendiendo burbujas plateadas”.

 

 “Durante los primeros diez pies de inmersión los rayos de luz iban cambiando del amarillo al verde y después a un negro purpúreo; luego, la oscuridad más completa. La presión, en aumento, me producía fuertes dolores en los oídos. Cuando expulsaba aire y abría las válvulas del Casco, sentía un ruido como  pt, pt,  en cada oído, y cesaba el dolor. Esto lo hube de repetir varias veces, hasta que me encontré en el fondo. Otra sensación muy extraña me llamó la atención a medida que iba cayendo. Era como si de repente perdiera peso, hasta un grado tal que cuando me apoyé en una gran columna de piedra que allí había desprendida de las ruinas del sepulcro próximo al pozo, tuve la sensación de ser una burbuja de aire y no un hombre cargado de plomo y cobre.También resultaba extraño pensar y darse cuenta de que yo era el primer ser vivo que había llegado al fondo del pozo, con intención de salir de nuevo vivo a la superficie. A poco, bajó el buzo griego y se puso a mi lado. Disponía de un reflector submarino y un teléfono a prueba de agua. Pero después de un primer ensayo tuvo que izarlos a la superficie. El reflector cumplía su función en aguas transparentes o ligeramente turbias; pero el medio en que teníamos que movernos no era agua ni cieno, sino algo intermedio, removido además por la draga. Una especie de caldo impenetrable a los rayos de luz. Nos veíamos, pues, forzados a trabajar en una completa oscuridad. Pero a los pocos momentos ya no nos sentíamos molestos, pues los nervios táctiles de las puntas de nuestros dedos parecían haber aprendido a distinguir las cosas no sólo por su forma, sino que incluso nos imaginábamos que distinguíamos los colores. Con la bocina y la cuerda de salvamento la comunicación resultaba mucho más fácil y hasta más rápida que por teléfono”.

 

Otra cosa me llamaba la atención —y no sé de ningún buzo que la haya mencionado jamás—: Nicolás y yo descubrimos que a una profundidad de sesenta a ochenta pies, podíamos sentarnos y, juntando nuestros cascos a la altura de la nariz, podíamos hablar y entendernos bastante bien. Nuestras voces sonaban opacas y muertas, como muy lejanas, pero yo le podía dar mis órdenes y oía bastante bien sus contestaciones. Aquella extraña pérdida de peso que se experimentaba bajo el agua, hasta acostumbrarse, provocaba incidentes cómicos. Para moverse en aquellas profundidades y desplazarse de un lugar a otro, había que ponerse rígido y dar impulso apoyando un pie en el fondo rocoso. Entonces salía uno disparado como un cohete, navegando majestuosamente por la sucia papilla de fango, y a veces se llegaba más lejos de donde uno se proponía. Calculando las medidas un poco a bulto, podemos decir que la fuente forma un óvalo cuyo diámetro más largo mide unos 187 pies. El desnivel entre el suelo de la jungla y la superficie del agua oscila entre 67 y 80 pies. Dónde empezaba la superficie del estanque era cosa que se podía comprobar fácilmente; pero dónde acababa el agua y empezaba el cieno del fondo ya no era tan fácil de señalar, toda vez que no se percibía una línea precisa de demarcación. Pero calculo que la profundidad total entre fango y agua era de unos 65 pies. A unos 30 pies se llegaba a una capa de fango lo suficientemente espesa para poder soportar ramas y raíces de los árboles. Separadas por aquí y por allá, había rocas de formas y extensión muy distintas, más o menos como las pasas en un  pudding”.

 

Puede uno imaginarse, por tanto, cómo sumidos en la oscuridad, entre olas de fango, escudriñando las hendiduras y las grietas del fondo rugoso de piedra caliza, buscábamos todo lo que la draga no había podido extraer. No debe perderse de vista tampoco que de vez en cuando se derrumbaban sobre nosotros bloques de piedra, removidos de repente por el agua. Mas a pesar de todo, aquello no era tan terrible como parece. Verdad es que caían pesados bloques cuando y como querían, y que no podíamos verlos ni desviarlos. Pero no era grande el peligro mientras mantuviéramos apartados de las rocas nuestras bocinas, nuestros pantalones neumáticos, nuestras cuerdas de salvamento y nuestros propios cuerpos. En el momento de caer las masas de rocas, mucho antes de que la piedra nos alcanzara, sentíamos la presión del agua que les precedía, y nos apartábamos. Era como una almohada gigantesca que se nos lanzara disparada suavemente. A veces nos dejaba boca abajo, con las piernas en alto, nos balanceaba y temblábamos como una clara de huevo vertida en un vaso de agua, hasta que aquella agitación se calmaba y podíamos pisar de nuevo el fondo. Si por imprudencia nos hubiéramos apoyado con la espalda en la roca, habríamos quedado cortados en dos mitades, como por unas tijeras gigantescas, y se habrían inmolado dos nuevas víctimas al dios de la lluvia”.

 

Los que hoy pueblan estas tierras creen que grandes serpientes y seres fabulosos habitan las oscuras simas de la fuente sagrada. Si tal creencia se basa en un apagado recuerdo de la antigua veneración por los ofidios, o más bien en algo visto por sus ojos, es cosa que sólo se puede conjeturar. Por mi parte, he visto nadar en el agua grandes serpientes y culebras, pero eran reptiles que casualmente habían caído al pozo y trataban de salir de allí. En ningún paraje de la fuente vimos serpientes ni otros animales extraños.  Ningún reptil tremendo me atacó durante la inmersión y, sin embargo, tuve un incidente que merece ser contado. El griego y yo escarbábamos con los dedos en una hendidura estrecha del fondo que prometía tan rico botín que nos hizo olvidarnos un tanto de nuestras habituales precauciones. De repente, sentí una cosa sobre mí, algo gigantesco que con fuerza tremenda me empujaba resbaladizamente hacia abajo. Algo liso y viscoso me hundía en el cieno, sin que yo lo pudiera impedir. Se me heló un momento la sangre, luego sentí que el buzo griego, a mi lado, tiraba de un objeto y me ayudaba hasta que consiguió liberarme. Era un tronco de árbol podrido, desprendido de la orilla y que al hundirse había dado con mi cuerpo en cuclillas”.

 

Otro día, sentado en una roca, y contemplando un hallazgo notable, una campanilla de metal fundido, me había olvidado de abrir las válvulas neumáticas. Guardado el hallazgo en el bolsillo y dispuesto ya a cambiar de posición, de repente me sentí disparado hacia arriba como una burbuja inflada. Era ridículo, pero era también peligroso, ya que en aquellas profundidades la sangre hace burbujas como el champaña, y si no se sube lentamente permitiendo a la presión de la sangre el tiempo necesario para adaptarse, puede producirse una embolia mortal. Felizmente, tuve calma bastante para abrir las válvulas, antes de haber subido mucho, y así escapé de lo peor. Pero aún hoy, por aquella imprudencia, padezco una lesión en los tímpanos y bastante sordera. »Incluso cuando ya había abierto las válvulas y subía más despacio, recibí un golpe en la cabeza y, medio aturdido por la sacudida, reconocí el fondo del pontón. Inmediatamente me di cuenta de lo ocurrido, e imaginando el miedo que mis chicos habrían sentido al oír el choque de mi cabeza con el fondo de la barca, me reí, salí a la superficie, y tendí el brazo a la cubierta. Al asomar mi casco, sentí que dos brazos me sujetaban por el cuello y unos ojos excitados miraban fijamente por el cristal de la escafandra. Cuando me hubieron quitado las ropas de buzo y recobraba mi estado normal, reposando en una silla, mientras saboreaba una taza de café bien caliente y gozaba las caricias de la luz del sol, el joven griego me contó la historia. Me dijo: Nuestros hombres se pusieron pálidos de terror al oír el golpe contra el fondo del pontón que anunciaba su llegada a destiempo”.

 

Cuando les dije lo que era, movieron tristes la cabeza, y uno de ellos, el viejo y fiel Juan Mis, exclamó: ‘No habrá remedio; el amo ha muerto. El dios-serpiente se lo ha tragado y luego lo ha escupido. Nunca más volveremos a oír su voz.’ Y se le saltaban las lágrimas. Pero cuando el casco de usted surgió sobre las aguas y vimos sus ojos a través del cristal, gritó lleno de alegría, levantando los brazos por encima de la cabeza: ‘Gracias a Dios, aún vive y se ríe’.Por lo que se refiere a los resultados de nuestros buceos y de la búsqueda con la draga en el gran estanque, lo primero y más importante que pudimos demostrar fue que las tradiciones sobre la fuente sagrada son auténticas en sus rasgos esenciales. Encontramos gran número de figuras esculpidas en jade y recubiertas de planchas de oro y cobre, copal y trocitos de incienso, muchos restos de esqueletos, venablos y gran número de lanzas bellamente trabajadas, tanto de pedernal como de obsidiana y algunos restos de tejidos antiguos, todo lo cual revestía gran valor arqueológico. Entre todo ello había piezas de oro puro, fundidas, batidas y grabadas… Pero la mayoría de los llamados objetos de oro eran aleaciones de calidad secundaria con más cobre que oro. El valor fundamental radicaba en los signos simbólicos que ostentaban, fundidos o grabados. La mayoría de las piezas que aparecían eran fragmentos. Probablemente se trataba de ofrendas que en el acto ritual eran rotas por los sacerdotes, antes de arrojarlas a la fuente. Y los golpes que daban para romperlas parecían ejecutados siempre de modo que no se destruyeran los rasgos grabados de cabezas o rostros, conservando, pues, todo su carácter las figuras representadas en jade o en discos de oro”.

 

Hay motivos para suponer que estos colgantes de jade, estos discos de oro y otros ornamentos de metal o piedras preciosas, una vez rotos, se consideraban como muertos. Se sabe que las antiguas y más civilizadas razas de América creían —igual que en Asia septentrional, y aún hoy los mogoles— que el jade y otros objetos de uso sagrado estaban animados. Por eso rompían o «mataban» tales ornamentos para que los espíritus de las víctimas, cuando finalmente se presentaran ante Hunal Hu, el dios supremo de los cielos, pudieran hacerlo convenientemente adornados.  Al aparecer los primeros relatos de Thompson sobre sus hallazgos en la fuente sagrada, el mundo los siguió con gran curiosidad. Las condiciones en las cuales se habían logrado los hallazgos eran extraordinarias y muy abundante el tesoro que se podía sacar de la fuente cubierta de cieno. Comparado con su valor histórico y artístico, su valor material tenía menos importancia aunque no fuera desdeñable. Thompson dice así: «El valor del oro de los objetos que con tanto trabajo y a tan elevado coste fueron rescatados de la fuente sagrada es, desde luego, insignificante. Pero el valor de las cosas es siempre relativo. El historiador que penetra los arcanos del pasado lo hace por el mismo motivo que impulsa al ingeniero a perforar la tierra: para asegurar, para crear el porvenir. Pensemos que muchos de estos objetos de valor simbólico tienen grabados en su superficie ideas y preceptos que hacen retroceder, en el tiempo, el alborear de la cultura de este pueblo, en otro país lejano, situado más allá de los mares. Colaborar en la empresa de comprobar tal tesis bien vale el trabajo de toda una vida».

 

No obstante las palabras de Thompson, el tesoro de Chichen Itzá constituyó un hallazgo arqueológico tan sólo superado materialmente en nuestro siglo por el tesoro de Tutankamón. Pero el oro del faraón había sido depositado en torno a la momia de un cuerpo que había muerto tranquilamente, mientras que el oro del  cenote  yacía junto a los esqueletos de las doncellas que, víctimas de un dios cruel y de unos sacerdotes más crueles aún, habían sido lanzadas en aquellas aguas profundas acompañadas de gritos rituales. Entre los numerosos cráneos de muchachas sólo se encuentra uno de hombre, un cráneo con protuberancias muy acentuadas sobre los ojos, el cráneo de un viejo… ¿De un sacerdote? ¿Acaso alguna de las doncellas fue capaz de arrastrar consigo al abismo a uno de sus verdugos?  Cuando Thompson murió, en el año 1935, no podía sentir malograda su vida, aunque, como él mismo escribe, había consumido sus energías en la exploración de los restos de la civilización maya. En sus veinticuatro años de cónsul en Yucatán, y en casi cincuenta que pasó excavando, raras veces había pisado su despacho. Viajaba por la jungla y vivía con los indios; y esto hemos de interpretarlo literalmente, pues comía su bazofia, dormía en sus chozas y hablaba sus idiomas. Una mordedura de serpiente le había paralizado una pierna y las fatigas que pasó en la fuente sagrada le dejaron una continua molestia en los oídos; pero él no le daba importancia a todo aquello. Su trabajo muestra todos los síntomas de un entusiasmo frecuentemente exagerado en sus primeros relatos, sus conclusiones son muchas veces falsas. En cierta ocasión halló en una pirámide varios sepulcros, uno sobre otro, y bajo la base de la pirámide descubrió luego la tumba principal; pues bien, él creyó al punto haber descubierto la última morada de Kukulkán, el antiquísimo y legendario educador del pueblo maya.

 

Otra vez halló unas joyas de jade en un lugar muy distante del Yucatán, y esto hizo a nuestro investigador volver de nuevo a la teoría de la Atlántida, que tan cara le fue en sus años mozos. Pero, ¿no es sin duda necesario tal entusiasmo para llevar a cabo toda empresa importante?  ¿No es el entusiasmo el que mata las dudas y vacilaciones paralizadoras? Después se han hecho muchas excavaciones en Yucatán, en Chiapas y en Guatemala.  Recientemente, hasta se ha empleado el avión para la exploración de la jungla. El coronel Charles Lindbergh, el vencedor del Océano, fue el primero en contemplar a vista de pájaro un país que ya era antiquísimo cuando Cortés lo descubrió como mundo nuevo. En 1930, P. C. Madeiro y J. A. Masón volaban también sobre el mar inmenso de las selvas de América Central. Desde allá arriba fotografiaron y cartografiaron los antiguos islotes de la cultura maya, hasta entonces desconocidos.  En tiempos más recientes, en el año 1947, se organizó una expedición a Bonampak, en Chiapas. Parece ser que con ella se ha añadido a los ya abundantes y ricos hallazgos anteriores un nuevo y digno descubrimiento. La expedición fue costeada por la United Fruit Company y toda la parte científica estuvo a cargo de la Carnegie Institution de Washington. Este organismo, junto con el Smithsonian Institut de Washington, tiene en su haber los mayores méritos respecto a la exploración de la civilización maya.

 

Dicho Instituto desarrolla sus actividades con los intereses de una fundación que el inglés James Smithson puso, hace unos cien años, a disposición de los Estados Unidos para fines de investigación, y fue dirigido primeramente por Giles Greville Healey. Pues bien, al poco tiempo consiguió descubrir once ricos templos del Antiguo Imperio que se creían construidos en épocas anteriores a la emigración. Se encontraron tres magníficas estelas; una de ellas —la segunda— de un tamaño tan grande como no se había visto otra, pues mide una altura de unos seis metros y está toda ella esculpida de figuras. Pero el portento que Healey descubrió en la jungla fueron las pinturas murales. Procedimientos técnicos revelaron los colores encarnado, amarillo, ocre, verde y azul, antaño brillantes; y en ellas figuraban guerreros, reyes y sacerdotes revestidos con ricos trajes de ceremonia. Lienzos parecidos sólo se han hallado hasta ahora en Chichen Itzá, en el Templo de los Guerreros. Pero más que en ninguna otra parte se excavó en el propio Chichen Itzá, metrópoli de toda aquella civilización. El cuadro que se presenta hoy al espectador es completamente distinto al que Thompson viera aquella memorable noche de luna llena. Hoy, las ruinas están limpias de maleza, todas bien conservadas en una plaza despejada. Los turistas pueden llegar en coche por caminos francos donde antes solamente a golpes de machete podía uno abrirse paso.

 

Así es fácil contemplar el Templo de los Guerreros, con sus columnas y su escalinata que conduce a la gran pirámide, y el llamado observatorio, una rotonda cuyas ventanas están talladas de tal forma que guían la mirada hacia tal o cual astro; recorrer los grandes frontones, el mayor de los cuales tiene una longitud de ciento sesenta metros por cuarenta de ancho, y donde la juventud dorada de los mayas se divertía con un juego que no deja de parecerse al balonmano; y llegar, por fin, frente al «castillo», la más grande de las pirámides. Sobre nueve altos descansillos se van levantando hileras de peldaños que llevan al templo de Kukulkán, la «serpiente con plumas». La contemplación de aquellos rostros terribles, aquellas horrorosas cabezas de serpiente, las carátulas de los dioses y jaguares aturde; y uno desearía penetrar el secreto de tales ornamentos y jeroglíficos. Así se llegaría a comprender que no hay un solo signo, ni una imagen, ni una escultura que no guarde relación con un número astronómico. Dos cruces sobre las cejas de una cabeza de serpiente, una garra de jaguar en la oreja del dios Kukulkán, la forma de una puerta, el número de «gotas de rocío», constituyen el  leitmotiv  decorativo siempre repetido de las escaleras; todo ello expresa, por difíciles concordancias, el número y el tiempo. Pero en ninguna otra parte número y tiempo van asociados a un terror tal en la expresión.

 

El novelista inglés Graham Greene, enemigo de toda ruina, hace un decenio, cuando viajaba por México y el Yucatán, escribió: «Aquí, la herejía no consistía en una confusión turbadora de los sentimientos —como, por ejemplo, el maniqueísmo—, sino en un error de cálculo… Uno espera encontrar en las losas del pavimento del gran patio —escribe sobre Teotihuacán, pero tal afirmación es aplicable a todos los templos— un  quod era demonstrandum,  algo así como que la suma exacta del número de pirámides, multiplicada por el número de terrazas y luego por el número de gradas de cada terraza, y todo ello dividido por la superficie total, nos da un resultado tan inhumano como una tabla de logaritmos.» Y el visitante, al observar que esta gelidez es un verdadero mundo infernal, busca la vida: cualquier cosa, una planta, y para ello contempla todo este mundo suntuoso de imágenes y ornamentos mayas, obra de un pueblo que vivía del maíz y se encontraba rodeado de una flora exuberante. Pues bien, aquel mundo de imágenes muy rara vez ofrece la representación de algo vegetal. Sólo aparecen algunas de las innumerables flores, y ninguna de esas ochocientas variedades de cactos. Recientemente se cree haber identificado un motivo floral quintipartito como estilización de la flor del B ombax aquaticum,  arbusto que crece en los pantanos. Aunque sea cierto, esto no significa mucho comparado con la carencia de toda otra decoración como motivo de lo vegetal. Incluso las columnas, que casi en todas partes del mundo tienen como origen el tronco de árbol, en los mayas son cuerpos de serpientes erguidos o llameantes viscosidades.

 

Delante del Templo de los Guerreros hay dos de estas serpientes-columnas. Hincan su cornuda cabeza en el suelo, con las bocas monstruosamente abiertas e inclinando el cuerpo hacia atrás, hacia arriba mejor dicho, mientras sostienen con la cola el techo del templo. Frente a estas serpientes y al Templo de los Guerreros, y frente a la mayoría de los edificios mayas en Chichen Itzá, los investigadores se muestran convencidos de que aquí se trata de un arte propio notablemente distinto del de Copan y Palenque, del de Piedras Negras, y del Uaxactún. Y no sólo se distingue como suele hacerlo el arte de un Nuevo Imperio del Antiguo al que debe su origen. Estudiados estilos, y examinados y comparados, aquí una línea, allá un ornamento, la carátula de un dios, o un signo al parecer inerte, intercalado en las figuras, llegaron a la conclusión de que allí habían intervenido manos extranjeras y de que había ideas extrañas, conocimientos y experiencias vitales recogidas en otros lugares. Pero ¿de dónde habrán podido venir estas ideas y experiencias extrañas? ¿Quién las habrá llevado a tales lugares? Los investigadores dirigían su mirada a México, pero no al Imperio de los aztecas, mucho menos antiguo que el de los mayas, sino a edificios que ya eran antiquísimos cuando los aztecas invadieron México. ¿Y no se disponía de la menor indicación histórica, ni siquiera de un guía, como antaño lo fuera Diego de Landa, para comprender el asombroso hecho de que la vigorosa cultura de los mayas hubiera cedido a una influencia extranjera? ¿No había nadie que hiciera, por lo menos, una alusión con respecto al misterioso pueblo de aquellas monumentales construcciones?  Lo había, sí, y era conocido desde hacía tiempo. Pero nunca fue tomado en serio. Era nada menos que un príncipe azteca, el príncipe Ixtlilxóchitl, personaje asombroso.

En el siglo XIX, William Prescott decía lo siguiente respecto al príncipe Ixtlilxóchitl: «Era un descendiente de la familia real tezkukaní, que descolló en el siglo de la conquista. Aprovechaba cualquier ocasión para instruirse, y era hombre de mucha aplicación y capacidad. El relato por él escrito muestra el brillante colorido de una figura histórica, de un hombre empeñado en reanimar la desaparecida gloria de una casa ilustre venida a menos, hundida casi entre escombros; todos han alabado su sinceridad y lealtad, y los escritores españoles que pudieron estudiar sus manuscritos se han dejado guiar por él sin desconfianza». De muy distinto modo ha juzgado a este príncipe el mundo científico en los años posteriores a Prescott. El «siglo de la crítica de las fuentes» vio en él a un romántico narrador de historia, una especie de vate épico, y lo miró con cierta comprensión y benevolencia al leer en su relato hechos sublimes de su pueblo, pero no se le creyó ni una palabra. Efectivamente, era asombroso y hasta increíble lo que contaba. Sólo dos investigadores de México, seguramente los más destacados, los alemanes Eduard Seler y Walter Lehmann, empezaron a creer muy tarde que tales relatos tenían un fondo histórico. Pero esta historia será objeto de otro artículo.

El hombre del Palenque, conocido también como el señor Pakal (tal la transliteración del glifo de su nombre) es un personaje histórico que gobernó la ciudad maya de Palenque en el siglo VII. En 1949 el arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier descubre en el Templo de las Inscripciones de la ciudad de Palenque, bajo una escalera de cuarenta y cinco escalones, la tumba de un dignatario maya. La lápida del sepulcro era una gran losa cubierta de símbolos alusivos a la muerte y el renacimiento en la tradición maya. Señor de Palenque es el nombre que se da a los soberanos mayas de B’aakal. El título es asumido principalmente por el más conocido de ellos, K’inich Janaab’ Pakal(603 – 683), conocido también como Pacal II o Pacal el Grande, cuya sede era la ciudad de Palenque. Pacal II es el más conocido de los Señores de Palenque, por los niveles de esplendor y sofisticación que alcanzó B’aakal durante su gobierno, así como por su tumba, considerada uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de mesoamérica. De la misma forma este fue uno de los líderes más reconocidos de la América Precolombina y tal vez el líder maya antiguo más reconocido de la historia mundial.

En 1949 se descubre en un templo, bajo una escalera de cuarenta y cinco escalones, un sello oculto que daba a la tumba del señor Pakal. El arqueólogo Alberto Ruz Lhuilliera, después de más de un año de excavaciones, encontró una losa de forma triangular que tapaba la espectacular cripta que contenía una gigantesca y espectacular lápida, tapando el sarcófago donde yacía el señor Pakal. Lo interesante de este descubrimiento es que la lápida estaba llena de símbolos y tenía el dibujo del supuesto difunto, colocado en una especie de aparato volador con el cabello ingrávido, como estaría un astronauta sin su casco, sentado en una especie de silla con cinturón de seguridad y con los pies apoyados en unos pedales y controles al frente. La altura promedio de los mayas era de aproximadamente 1,50 metros y el señor Pakal medía 1,70 metros. Eso hace pensar que no era maya. Pero los mayas enterrados en templos eran normalmente celebridades. ¿Qué hizo pensar a los mayas que el señor Pakal era una celebridad? Todo eso hace pensar que este individuo era un ser extraterrestre que aterrizó en territorio maya y compartió con ellos distintos conocimientos, hasta el punto de ser considerado una deidad. En 1969 la NASA encontró 16 puntos coincidentes entre el dibujo de la lápida y el módulo de mando de una cápsula espacial contemporánea. No cabe duda de que la imagen esculpida es la representación de un astronauta dentro de un módulo espacial fuera de la atracción de la atmósfera terrestre.

Como tema relacionado, se recomienda leer el artículo “La interrelación entre la Tierra y los otros cuerpos celestes

febrero 13, 2012 - Posted by | Atlántida, Historia, Historia oculta, Mayas, Mayas

6 comentarios »

  1. [...] La sorprendente cultura maya [...]

    Pingback por ¡ 1 millón de visitas desde agosto 2010 ¡ « Oldcivilizations's Blog | mayo 26, 2012 | Responder

  2. Excelente documento, guarde imagenes de mi interes, saludos desde Costa Rica.

    Comentario por rodolfo gerardo corrales gonzalez | junio 29, 2012 | Responder

  3. excelente documento, gracias a Dios y a ustedes pude conocer esta cultura que tanto anelaba conocer gracia mil gracia.

    Comentario por fin de las Eras geológicas | diciembre 5, 2012 | Responder

  4. Terrific illustrations, many of which I have never seen before!
    I will try to get a translation of the words in text…
    thank you
    robin dusty graves
    robindustygraves@gmail.com

    Comentario por 1-780-(807)0217 | febrero 19, 2013 | Responder

  5. Ese es el calendario azteca.. no maya

    Comentario por La Mexicana (@LaMexicanaNeiva) | marzo 4, 2014 | Responder


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