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La desconocida relación entre los búlgaros y los antiguos tracios


La historia de Bulgaria como país independiente comenzó en el siglo VII con la llegada de los búlgaros, y la fundación del Primer Imperio Búlgaro, reconocido en 681 por el Imperio bizantino. Pero en el territorio de la actual Bulgaria se desarrollaron durante el Neolítico culturas como la cultura de Hamangia y la cultura de Vinča (entre el VI y el III milenio adC), durante el Eneolítico la cultura de Varna (V milenio adC), y durante la Edad de Bronce la cultura de Ezero. La cronología Karanovo sirve de referencia para la prehistoria de todo el territorio de los Balcanes.El primer pueblo históricamente documentado que se instaló en el territorio de la actual Bulgaria fueron los tracios, pueblo indoeuropeo, procedente de las estepas de Eurasia, que llegó a la zona posiblemente en torno al año 3500 a. C.

En el territorio de las actuales Bulgaria y Valaquia, se desarrolló a partir del 4000 a.C. la cultura arqueológica de Karanovo-Gumelnitsa, en la cual se aprecia un cierto urbanismo con el diseño y construcción de redes de calles y estructuras defensivas. La vivienda seguía en la tradición danubiana de casas hechas con postes y arcilla, tejados a doble vertiente y ventanas redondas, albergando en ocasiones talleres domésticos de herramientas, bisutería y tejidos. Las industrias del sílex, cerámica y cobre aparecen muy desarrolladas, lo que denotaría una fuerte especialización tanto artesanal como minera que, a su vez, requeriría de una clara jerarquización social. Ésta se evidencia en necrópolis como la de Varna, en cuyas tumbas encontramos grandes diferencias entre los ajuares, que evidencian caracteres hereditarios y denotan la existencia de una élite principesca. Por lo general las inhumaciones mantenían el rito tradicional (en posición fetal), aunque aparecen algunos cadáveres en posición estirada, así como cenotafios (tumbas simbólicas sin cuerpo pero con ajuar). La religión aparece reflejada a través de ciertos edificios considerados templos, que albergan en su interior altares decorados en rojo sobre blanco con motivos solares y espirales. Se supone que sería una religión solar, asociada al culto de la Diosa madre, cuyos ídolos (muy esquematizados) aparecen en abundancia. También se encuentran figurillas votivas con rasgos individuales, tanto femeninas como masculinas y de parejas. La cerámica es como la de la última fase de Boian, pintada al grafito, apareciendo después nuevas formas como copas de borde grueso sin decorar, recipientes finos de dos asas y los “askoi”.

¿Quiénes fueron los tracios? ¿Dónde desarrollaron su cultura? ¿Qué relevancia tuvieron en la historia antigua? Pese a que aún hay escasas evidencias que expliquen como se comportaban y vivían los tracios, los grandes descubrimientos de las últimas décadas nos permiten adentrarnos un poco más en esta civilización desconocida para muchos, pero que ya mencionaron Homero y Herodoto en sus escritos. Los tracios no constituían un pueblo homogéneo. La idea más generalizada es que esta civilización la formaban un conjunto de tribus guerreras organizadas en pequeños reinos independientes, que mantuvieron esta organización tribal durante largo tiempo. Su origen se sitúa alrededor del segundo milenio antes de nuestra era, en los inicios de la Edad del Bronce. Ocupaban el sureste de la Península de los Balcanes, entre el Asia Menor y la Europa Central. Sus límites variaron a lo largo de los siglos, pero no fue hasta que el territorio se anexionó al Imperio Romano (46 d.C) que se constituyó la provincia de Tracia. Por primera vez, se configuraba una región tracia bien definida territorial y políticamente, que se mantendría hasta nuestros días. Actualmente, Tracia forma parte del norte de Grecia, la Turquía europea y gran parte de Bulgaria.

¿Qué nos dice la arqueología? Hay escasas evidencias que expliquen detalladamente la forma de vida y costumbres de esta civilización, pero los restos que se han encontrado permiten construir una idea aproximada de quién fueron y cómo se comportaron los tracios. El legado más conocido y más recientemente estudiado es el llamado “oro de los tracios”, formado por grandes tesoros reales del siglo V-IV aC (el de Panaguiurisxte es el más espectacular). Estos tesoros fueron descubiertos por investigadores que trabajan desde 1983 en el sureste de Bulgaria. Una gran cantidad de objetos de oro forman parte de estos incalculables tesoros. Las piezas sorprenden por su apurada técnica en la decoración de ajuares, y también, por el complejo diseño de joyas y adornos. El hallazgo más interesante ha sido muy reciente: una corona de laureles de oro en el interior de la tumba de un rey tracio, de más de 2.400 años de antigüedad. La riqueza de la corona, junto con la escena de coronación que muestra el anillo del difunto, indican que se trata efectivamente de un rey. El resto de ajuares que la acompañan refuerzan esta afirmación. Al lado de estos descubrimientos también destacan las tumbas de Katanlak y Sueshtari, por sus pinturas e iconografía, además de la ciudad excavada de Seuthópolis. La mayoría de datos que han llegado hasta nosotros muestran una cultura con clara influencia griega en todos los aspectos

Hay numerosos mitos que involucran a la civilización tracia, como ocurre con otras culturas de la antigüedad. Probablemente a muchos les sorprenderá que el más destacado mito sea el de Orfeo, poeta de origen tracio, protagonista de diversas historias que después se incorporaron al panteón griego. Dioses como Bóreas o Ares también proceden de la religión tracia. Se dice que fue asesinado por mujeres tracias. La lectura de los hallazgos arqueológicos indica que creían en la inmortalidad del alma y la vida de ultratumba, de forma similar a los egipcios. Por ello, los difuntos se acompañaban de ricos ajuares, que tenían que servirlos para la nueva vida que llevarían a partir de aquel momento. Los tracios formaban una sociedad polígama de hábiles jinetes guerreros: cuando un guerrero tracio moría, sacrificaban y enterraban con el difunto a su mujer favorita y a su caballo. Espartaco, líder de la revuelta de esclavos contra el Imperio Romano, era de origen tracio.  La denominación de “tracios” fue dada por los griegos, que los veían como bárbaros por su naturaleza guerrera. ¿Qué nos dicen las fuentes escritas? Los datos de que disponemos son imprecisos y remotos en el tiempo, pero muy relevantes por su contenido y autoría. Homero, en la Ilíada y la Odisea, menciona a los tracios como los aliados de Príamo en la guerra de Troya (1200 a.C). Hesíodo, en sus crónicas del siglo V a.C, los describe como “el pueblo más numeroso del mundo después de los hindúes”, y también como “salvajes guerreros sedientos de sangre”. Estas fuentes, entre otras, han motivado a diversos historiadores y arqueólogos a buscar evidencias que confirmasen aquello que en la antigüedad se decía de los tracios. Pero su relevancia y el creciente interés por su cultura no provienen del hecho de ser mencionados en los textos antiguos, sino de los grandes hallazgos que se han realizado en Bulgaria en los últimos años.

Dioniso es un dios de ritos religiosos mistéricos, como los para Deméter y Perséfone en la ciudad de Eleusis, próxima a Atenas. Dioniso lleva el basjaris o piel de zorro, simbolizando la viña y la fauna. Sus propios ritos, los Misterios eleusinos, eran los más conocidos por todos. Muchos investigadores creen que Dioniso es un sincretismo de una deidad griega local de la naturaleza y el dios más poderoso de Tracia o Frigia, como Sabacio.  El mito y el culto mistérico de Sabacio hunden sus raíces en Tracia y en el subsuelo telúrico. Lo comprueba su condición de dios de la vegetación así como el empleo de tierra, salvado, serpiente en el rito iniciático, residuos y síntomas de una prehistoria religiosa de tipo agrario. Heródoto sabía que el culto a Dioniso llegó más tarde a los griegos que el resto, pues comenta: “así es, la historia griega cuenta que tan pronto nació Dioniso, Zeus lo llevó a Nisa en Etiopía allende Egipto, y como con Pan, los griegos no saben qué fue de él tras su nacimiento. Resulta por tanto claro para mí que los griegos aprendieron los nombres de estos dos dioses más tarde que los nombres de todos los otros, y sitúan el nacimiento de ambos en el momento en que los conocieron”. Muchos griegos estaban seguros de que el culto a Dioniso llegó a Grecia desde Anatolia, pero sus nociones sobre si Nisa estaba situada en Anatolia, en Libia («lejos al este junto al gran océano»), Etiopía (Heródoto) o Arabia (Diodoro Sículo) son lo suficientemente variables como para sugerir que se pretendía un lejano país mágico, quizás llamado Nysa, para explicar el ilegible nombre del dios: ‘dios de Nisa’. Apolodoro parece seguir a Ferécides, quien cuenta cómo el infante Dioniso, dios de la parra, fue criado por las ninfas de la lluvia, las Híades, en Nisa. Sin embargo, el nombre que los hititas anatolios se daban a sí mismos en su propia lengua (nesili) era Nesi. La influencia hitita en la cultura griega antigua casi nunca es apreciada.

El culto helénico a Dionisios, caracterizado por sus aspectos mistéricos y orgiásticos, enlaza en sus primeros momentos con los ritos que los antiguos tracios consagraban a una divinidad a la que llamaban Sabazios, que sería la responsable del renacer de la primavera y de la fertilidad de las cosechas. Se trataba de unos ritos que hundían sus raíces en los tiempos neolíticos y a través de ellos los hombres rendían culto al continuo renacer de la vida. Se piensa que los rituales mistéricos de Dionisios, que en tiempos más recientes seria asimilado al Baco romano, existieron mucho antes de que esta divinidad descubriera a los hombres los benéficos efectos que el vino habría de producir en sus espíritus. Es posible incluso que los antecedentes más remotos enlacen con sociedades de tipo matriarcal en las que las mujeres centraban la vida comunitaria de los grupos humanos. Sabemos, en efecto, que en sus primeros momentos el papel que desempeñaban las seguidoras de Dionisios, las denominadas ménades o bacantes, sobresalía tanto en los propios cultos como en los misterios que en ellos se encerraban. Las ménades coronaban su cabeza con ramas y hojas de hiedra, que también masticaban, de modo que según Plutarco ese era el motivo de que pasaran a ser poseídas por espíritus que provocaban que sus cuerpos cayesen presa del delirio y el éxtasis.

La hiedra, que adornaba el extremo de los tirsos, el largo bastón de madera que portaban las ménades, singularizaba los cultos dionisíacos en aquellos primeros momentos en que los hombres todavía no conocían el vino. En esos tiempos las mujeres, masticando las hojas de hiedra llegaban a ser poseídas por violentos seres del más allá que producían en ellas, como afirmaba Plutarco, una ebriedad sin vino. Según la mitología, Dionisios habría nacido fruto de los amores extraviados de Zeus y Semele, de modo que Hera, esposa de Zeus, contrariada, permitió que los Titanes mataran al niño recién nacido, cocinando luego sus quebrantados restos que habrían de consumir en un salvaje festín.  Reconstruido su cuerpo mutilado por Rea, su abuela, Dionisios retornó a la vida, siendo criado oculto a la mirada de los hombres y disfrazado de niña en la corte de Atamante, rey de Orcómenos, que no pudo negarse a la petición que le habría hecho el propio Zeus. Fue así como Dionisios, que pronto habría de vengarse de los Titanes, pasó a ser considerado por los antiguos helenos como un símbolo de algo que muere y luego resucita, es decir la pasión, muerte y resurrección de Dionisios simbolizó desde antiguo el propio ansia de inmortalidad de los humanos.

Sigue narrando el mito que Dionisios en su juventud hizo diversos viajes en los que habría conocido algunos de los ritos mistéricos que los hombres practicaban en lugares como Asia Menor, Egipto y Oriente. En esos viajes entró en contacto con los ancestrales misterios de Cibeles, la Gran Madre de los dioses, que también era considerada una divinidad del renacer y a la que se rendían cultos orgiásticos, incluso sangrientos. Tenemos noticias de que cuanto el culto de Cibeles llegó a Roma algunos de sus fieles, enloquecidos por el delirio, incluso se castraban, imitando lo que según la leyenda había hecho Atis, pastor del que se había enamorado la diosa. Además de los posibles conocimientos mistéricos adquiridos en sus viajes juveniles, todo parece indicar que uno de los hechos más sobresalientes de la vida de Dionisios habría sido su viaje al más allá, en busca de Semele, su madre fallecida, a la que consiguió rescatar del Hades y que en lo sucesivo sería, vuelta de nuevo a la vida, inmortalizada como divinidad a la que desde entonces se conocería con el nombre de Tione. En este viaje al más allá Dionisios habría adquirido conocimientos profundos de lo que espera al hombre tras la muerte, conocimientos que a partir de entonces habría de ofrecer a todos aquellos que desearan ser iniciados en sus misterios.

Dos circunstancias contribuyeron, en suma, a configurar a Dionisios como divinidad que prometía la inmortalidad a sus iniciados. De un lado, el propio ejemplo que ofrecía su vida, asesinado por los Titanes y luego vuelto a nacer, y de otro los secretos conocimientos a los que habría tenido acceso en su viaje a los parajes del Hades. Primero a través de las hojas de hiedra y luego sirviéndose del vino, los seguidores de Dionisios eran invadidos por violentos espíritus que hacían que fueran poseídos por la locura y el delirio. La personalidad de los iniciados, dominados por el frenesí, era sustituida por la del espíritu invasor, habiéndonos llegado noticias de que para facilitar esa posesión las ménades despedazaban con sus propios manos a cervatillos, machos cabríos o incluso toros, cuya carne cruda y todavía viva se apresuraban a ingerir, ya que de ese modo el espíritu que habitaba en el animal les era transmitido a ellas. Se trataba de una espeluznante comunión de la ménade con el espíritu que se conseguía comiendo la carne viva de la víctima, cuya sangre era igualmente bebida por las oficiantes. Eurípides, en su obra Las Bacantes, nos ha transmitido abundante información sobre estos actos rituales.

Sabemos que las ménades, que se cubrían con la piel de estos animales sacrificados con sus propias manos, los cuidaban muchos meses antes e incluso llegaban a amamantarlos con sus propios pechos. Se pensaba que posteriormente, cuando los desgarraban y mataban de modo salvaje no hacían sino recordar la propia pasión y muerte de Dionisios, con el que los Titanes se habían dado un cruel festín. Las noticias que nos han llegado acerca de estos actos rituales especialmente sangrientos parecen remontarse incluso a unos tiempos en que en la antigua Grecia pudieron existir los sacrificios humanos y el canibalismo ritual. En ese sentido podemos recordar el mito de las hijas de Minias que enloquecidas por Dionisios habrían matado y devorado al hijo de una de ellas, Leucipo. Antes del crimen, llenas de pasión, habrían sorteado cual de ellas tendría que ser la que entregase a su hijo para el cruel sacrificio. En la obra antes citada de Eurípides se nos han transmitido multitud de noticias acerca de estas creencias míticas de los antiguos helenos. No podemos resistirnos a reproducir algunas de ellas: “Tebas –dice Dionisios- es la primera ciudad de la Hélade en que he hecho retemblar el alarido de las bacantes, envolviendo sus cuerpos con las pieles de ciervo y poniendo en sus manos el tirso rodeado de hiedra…”. “¡Oh! ¡Dichoso el que sabiendo los misterios de los Dioses –dirá seguidamente el coro de ménades- purifica su vida y consagra su alma con purificaciones sagradas, danzando en las montañas con las bacantes, y quien, llevando a cabo con arreglo al rito de las orgías de la abuela Cibeles, agitando el tirso y coronado de hiedra, honra a Dionisios! ¡Andad, bacantes! ¡Andad, bacantes! ¡Seguid al dios, a Dionisios, hijo de un Dios, y desde las montañas frigias llevadlo a las amplias ciudades de la Hélade!”.

Poco después Penteo, rival de Dionisios, lanzará amargas quejas ante la situación creada por las seguidoras del dios: “Estaba yo ausente de esta tierra, y me enteré de que en la ciudad (Tebas) había grandes trastornos. Nuestras mujeres han abandonado las moradas para mezclarse a la fingida demencia de las bacantes, y vagabundean por las montañas selváticas, y celebran con danzas a ese nuevo Dios o lo que sea, a Baco… Cada cual va de un lado a otro, en la soledad, entregándose al abrazo de los machos, bajo pretexto de que son ménades que cumplen los ritos sagrados; pero aman más a Afrodita que a Baco… Cuando el zumo de la uva corre en un festín de mujeres, digo que nada es bueno en esas orgías…”. Y acerca de las bondades del vino afirmará Tiresias: “Dionisios ha descubierto el licor de la uva, y se lo ha dado a los mortales. Esta bebida redime de sus dolores a los desdichados, y cuando están saturados del licor de la vid, les proporciona el sueño y el olvido de los males de cada día… En efecto, cuando este Dios ha entrado abundantemente en el cuerpo de los hombres, hace revelar las cosas futuras a los que vuelve dementes…”

Veamos, finalmente, un fragmento en el que Eurípides nos narra como las seguidoras de Dionisios llevan a cabo un acto salvaje de sacrificio de animales, cuyas carnes habrán luego de devorar: “Entonces… las bacantes se arrojaron sobre los animales que pacían hierba, aunque sin armas. Y hubieras visto a una de ellas desgarrar con sus manos en dos a una ternera de pesadas tetas y mugiente; y otras hacían jirones a las vacas; y hubieras visto saltar por todas partes costillas y pezuñas hundidas, y gotear sangre los pedazos de carne colgados de los abetos. Y los toros feroces, que afilaban con furia sus cuernos, eran derribados en tierra por las mil manos de aquellas jóvenes, y se les arrancaban de las carnes las pieles en menos tiempo del que invertirían en bajar los párpados sobre tus pupilas reales…”.  Dionisios, dios primitivo que simbolizaba la esperanza de renacimiento para los hombres, era también considerado la divinidad de la naturaleza y de la vegetación. Gracias a Dionisios cada primavera la vida retornaba de nuevo a la tierra y pronto sus seguidores instauraron solemnes fiestas públicas en honor a esta divinidad con las que pretendían contribuir a la regulación del propio curso de la naturaleza. En estas grandes fiestas dionisíacas tiene sus orígenes el teatro griego, cuyas primeras raíces se confunden con los cantos que los hombres entonaban a Dionisios en estas celebraciones. Este era el aspecto público, popular, de los cultos dionisíacos. Carácter secreto tenían, sin embargo, los propios cultos mistéricos, con los que los iniciados pretendían asegurarse una inmortalidad feliz tras la muerte.

Es posible que Orfeo, apasionante personaje de la mitología griega, pudiera haber existido realmente. Quizás fue, incluso, un sacerdote de los cultos de Dionisios, que después de haber tenido acceso a los conocimientos secretos del más allá decidió replantear los propios ritos mistéricos dionisíacos. Hasta que Orfeo surgió en escena, los cultos dionisíacos estuvieron impregnados de un notable componente de salvajismo, plasmado en las orgías de las bacantes y en las furiosas y delirantes matanzas de animales o incluso de personas, como antes ya apuntamos. No de otro modo se puede calificar que para conseguir la comunión con la divinidad los iniciados precisaran ingerir la carne todavía viva de la víctima. Una vez que surgió la figura de Orfeo todo parece sugerir que ese componente de salvajismo fue cayendo en el olvido y los cultos dionisíacos se fueron impregnando de elevadas dosis de ascetismo, moralidad y ansia plena de fusión con la divinidad. Hijo de Caliope, musa de la Elocuencia, la Poesía y el Ritmo, y de Eagro, rey de Tracia, Orfeo habría sido según nos dice la mitología un poeta y músico inigualable que habría perfeccionado la lira de siete cuerdas, propia de Apolo, incorporándola dos cuerdas más como homenaje a las nueve musas. Con el nuevo instrumento musical Orfeo emitía unos sonidos tan melodiosos que se dice que llegaban a conmover a los animales, a las plantas e incluso a las propias rocas.

Según explica un mito de origen antiguo, Orfeo habría descendido al Hades en busca de su esposa, la ninfa Eurídice, cuando esta encontró la muerte, de modo que en su aspecto más popular en el mito de Orfeo se desarrollaba el asunto de un amor que es capaz de traspasar esas terribles fronteras del más allá. Se dice que ante sus sentidos versos todo el Reino de los Muertos sucumbió. Los suplicios que se aplicaban a las almas impuras cesaron e incluso el temible perro Cerbero se habría amansado ante las melodías de Orfeo. Hades y Perséfone acudieron conmovidos y finalmente accedieron a que Eurídice abandonara el mundo de las sombras y retornara a la vida. Desgraciadamente, habían impuesto la condición de que en el viaje de regreso a nuestro mundo Orfeo nunca volviera su vista hacia atrás, de modo que una mirada dirigida en el último momento a Eurídice, que le seguía, hizo que roto el compromiso con Hades la ninfa volviera al más allá y Orfeo la perdiera para siempre. La tradición sostiene que Orfeo, al igual que antes Dionisios, habría viajado a Egipto en su juventud, en donde habría sido iniciado en los cultos mistéricos. Autores posteriores, entre ellos Heródoto, habrían de sostener que algunas grandes ideas como la de la transmigración de las almas o el proceso de purificación del alma tendrían su origen en esos momentos de iniciación de Orfeo en el país del Nilo.

El mito sostiene que Orfeo habría de encontrar la muerte, una vez que había perdido a Eurídice, despedazado a manos de un grupo de mujeres tracias, bacantes, que seguían llevando a cabo todavía en esos tiempos esos ritos de origen prehelénico en los que Orfeo habría sido ejecutado ritualmente. Estaríamos todavía en el contexto de unas seguidoras de Dionisios cuyas creencias seguían vinculadas con antiguos contextos de olvidadas sociedades neolíticas de tipo matriarcal. Parece que existieron varios motivos que podrían justificar esa muerte violenta de Orfeo a manos de las bacantes. Se habla, de un lado, de una posible venganza de los dioses, que no podían tolerar que un humano hubiera tenido conocimientos en vida acerca de los secretos inmensos del Reino de los Muertos; se dice, también, que Orfeo, tras su regreso del Hades, habría instituido unos nuevos misterios, que habrían modificado sustancialmente los propios misterios de Dionisios, lo que resultaría inadmisible para las ménades. En todo caso, las nuevas enseñanzas de Orfeo rechazaban los sacrificios sangrientos, tanto de animales como de personas, de modo que con ellas los tradicionales misterios de Dionisios habrían perdido sus aspectos más irracionales y se habrían impregnado de algunas de las más significadas virtudes apolíneas.

Todo parece sugerir que Orfeo pudo ser un personaje real que habría sido sacerdote del culto dionisíaco, además de poeta y músico. Este individuo habría tenido acceso a nuevos conocimientos iniciáticos sobre el más allá, quizás en Egipto o en Oriente, y se propuso modificar los antiguos misterios dotándolos ahora de unos componentes racionales (negando los sacrificios o la posibilidad incluso de comer carne, debido a la idea de la transmigración de las almas) y místicos (creencia en una divinidad superior de la que Dionisios sería una emanación, de modo que todos los hombres estarían impregnados de un componente divino que los iniciados debían aprender a liberar a lo largo de su vida, para poder acceder así a lo que los órficos llamaban “inmortalidad feliz”). Con Orfeo, los misterios de Dionisios, dios de los sentidos, cuya carne cruda encarnada en un animal devoraban sus primitivos seguidores, se elevaron en su componente de misticismo y Apolo (Helios, el Brillante), divinidad de la inteligencia, pasó a ser considerado como el dios más grande de todas las divinidades, el Uno entre los múltiples. Quizás se evidencia aquí la influencia egipcia, en cuyos misterios existía también una divinidad suprema (Atum-Ra, igualmente el Sol), de la que Osiris era también una de sus manifestaciones. Noticias de escritores posteriores sostienen esa influencia: “Los castigos de los impíos en el Hades –nos dirá Diodoro-, las praderas de los bienaventurados y las escenas imaginarias representadas por tantos autores, los introdujo Orfeo a imitación de los ritos funerarios egipcios”.

Posiblemente algunos de esos cambios, que debieron producirse en el entorno del siglo VI a.C., no fueron del agrado de las bacantes tracias más tradicionales. Ello habría motivado la violenta muerte de Orfeo, profeta de una nueva religión de salvación en cuyos misterios iba tomando especial protagonismo al papel desempeñado por los hombres. Para los no iniciados en esos nuevos misterios no existían esperanzas de una supervivencia feliz en el más allá tras la muerte. Un poema de Safo de Lesbos nos lo confirma: “Después de que mueras, yacerás sin que nadie te recuerde o por ti se duela, pues no gozastes las rosas de Pieria. Ignorada también en la casa del Hades, flotarás errabunda entre los oscuros muertos…”. En estos versos Safo nos habla de una mujer que habría fallecido sin haber tenido conocimiento de los misterios órficos, sin haber gozado de “las rosas de Pieria”. Durante la eternidad habrá de vagar errabunda entre los muertos oscuros, nos dice. Pieria, precisamente, era una comarca situada al sur de Macedonia en donde se rendía culto a Orfeo y a las Musas, también denominadas Pierides.

En contra de lo habitual, ya que estaba prohibido divulgar entre los no iniciados las enseñanzas mistéricas, Plutarco nos ha legado información acerca de lo que debía suceder en esas iniciaciones, comparando las sensaciones que vivía el iniciado con la propia experiencia de la muerte. Veámoslo en cita de Díez de Velasco: “En este mundo (el alma) no tiene conocimiento, excepto cuando está en el trance de la muerte; puesto que cuando ese momento llega, sufre una experiencia como la de las personas que están sometiéndose a la iniciación en los grandes misterios; además los verbos morir (teleutân) y ser iniciado (teleîsthai) y las acciones que significan, tienen una similitud. Al principio está perdido y corre de un lado para otro de un modo agotador, en la oscuridad, con la sospecha de no llegar a ninguna parte; y antes de alcanzar la meta soporta todo el terror posible, el escalofrío, el miedo, sudor y estupor. Pero después una luz maravillosa le alcanza y le dan la bienvenida lugares de pureza y praderas en los que le rodean sonidos y danzas y la solemnidad de músicas sagradas y visiones santas. Y después, el que ha completado lo anterior, a partir de ese momento convertido en un ser libre y liberado, coronado de guirnaldas, celebra los misterios acompañado de los hombres puros y santos y contempla a los no iniciados, la masa impura de seres vivientes que se revuelcan en el fango y sufren aplastándose entre ellos en la oscuridad, aterrados por la muerte, incrédulos ante la posibilidad de la bienaventuranza en el más allá.”.

Gracias a la experiencia iniciática y a los conocimientos a los que se accedía el hombre tomaba conciencia de que tras su muerte le esperaba una existencia feliz en el más allá, llegando a comprender que su alma participaba de la naturaleza divina. Una inscripción funeraria del siglo II d.C., de clara inspiración órfica,  nos confirma esas expectativas del difunto iniciado en los misterios: “A Eliano, hombre bueno y prudente, dedicó esta tumba su padre tributando honras fúnebres a su cuerpo mortal. Pero su corazón inmortal se alzó hasta la morada de los Felices, pues el alma vive siempre, la que procura la vida y de los dioses desciende. Contén, pues, padre, tus lamentos; contén, madre, a mis hermanos. El cuerpo es túnica del alma, Así que venera al dios que hay en mí”. No es fácil rastrear donde buscaron inspiración los antiguos místicos helenos, entre los que incluimos a Orfeo, para desarrollar su teoría de la transmigración de las almas. Desde tiempos antiguos se pensaba que los humanos arrastraban las consecuencias de un grave crimen que se había cometido contra la divinidad y en la pena impuesta por ese pecado encontraba justificación, precisamente, la idea de que el alma inmortal debía encarnarse en vidas posteriores hasta quedar purificada, momento en el que podría escapar a la rueda de las sucesivas encarnaciones. Ese retorno del alma a la carne podía tomar forma tanto en otro hombre como en un animal, de acuerdo con las singularidades que hubieran distinguido al individuo en su vida anterior.

En la iniciación órfica se pensaba que ese crimen cuyas consecuencias tenían que pagar las almas de los hombres no era otro sino la muerte de Dionisios niño a manos de los Titanes,. Un texto de Plutarco confirma esas creencias de los seguidores de Orfeo. Plutarco, que está citando a Empédocles, sostiene en ese texto que: “Afirma (Empédocles) alegóricamente que las almas, por pagar el castigo por el derramamiento de sangre, la devoración de carne y comerse unos a otros, están atadas a cuerpos mortales. En realidad esta doctrina parece más antigua, pues los padecimientos del desmembramiento que el mito cuenta con respecto a Dionisios y las acciones audaces llevadas a cabo contra él por los Titanes, que probaron su sangre y los castigos de éstos y las fulminaciones todo eso es un mito que tiene un significado oculto con respecto a la serie de renacimientos. Y es que lo que hay en nosotros de irracional, desordenado y violento, de no divino e incluso de demónico, los antiguos lo llamaron “Titanes”, es decir los que son castigados y pagan condena”.

El iniciado en los misterios era consciente de que en el hombre existe un dualismo entre el alma, cuya esencia es divina e inmortal, y el cuerpo, que era concebido como una prisión en la que el alma estaba encerrada mientras la persona desarrollaba su existencia en esta vida. La causa de que el alma estuviera atrapada en la materia se justificaba en esa necesidad de expiar un antiguo pecado cometido contra la divinidad. A través del proceso iniciático el individuo iba accediendo a un conocimiento que le permitía comprender el papel que el hombre juega en la creación. Gracias a unos ritos que estaba prohibido divulgar a los profanos se facilitaba la liberación del espíritu, lo que unido a un modo de vida impregnado de ascetismo y piedad contribuía a que el hombre pudiese avanzar en el proceso de purificación de su alma. Desde tiempos antiguos los iniciados sabían que Orfeo había dado a sus enseñanzas un componente simbólico y oculto, de modo que no podían ser entendidas por los hombres comunes. “Hablaré a quienes es lícito; cerrad las puertas, profanos” –dice el primer verso del Papiro de Derveni-. Estaba prohibido que los no iniciados pudieran escuchar o leer los textos órficos. Orfeo legisló sus conocimientos no para la mayoría de la gente, sino que enseñaba solamente a los que eran puros en la escucha.

El papiro de Derveni, datado en el siglo V a. C., es un rollo de papiro que contiene el comentario de un poema órfico. Se le considera el manuscrito más antiguo de Europa. Fue hallado en 1962 en unas excavaciones arqueológicas que se llevaron a cabo en la localidad de Derveni, a 10 km al noroeste de la ciudad griega de Salónica, en Macedonia. Se encontraron 226 pequeños fragmentos de papiro quemado, en el interior de un jarro de bronce que también contenía una corona de oro y otros objetos funerarios. Los restos han sido restaurados y se van a exponer en el Museo Arqueológico de Tesalónica. La reconstrucción del papiro se ha realizado sobre un cilindro de unos tres metros de largo y de 9,5 centímetros de ancho y ha permitido rescatar veintiséis columnas de texto; de cada una de ellas se pueden leer las 10 o 12 primeras líneas. Se trata de fragmentos religiosos que tratan sobre el conocimiento de Dios y del misticismo. Ofrecen, además, una versión de la teogonía propia de la región de Tracia de aquel momento y las ceremonias religiosas que describe se consideran los primeros pasos hacia el monoteísmo.

En los ritos órficos existía una oposición frontal a todo aquello que implicara derramamiento de sangre. No se admitía el sacrificio de animales y mucho menos de hombres. Eran unos rituales en los que se intentaba explicar simbólicamente como el alma debía conseguir su liberación. Para ello se utilizaba a modo de metáfora la acción de soltar a un pájaro que al alzar su vuelo a los cielos simbolizaba al alma que salía de la materia. En el curso de esos ritos se hacían también libaciones de agua y leche y se hacían ofrendas de tortas que eran quemadas para complacer tanto a la propia divinidad como a los démones hostiles, acerca de los cuales se tenía la creencia de que el hombre debía intentar apaciguarlos para evitar que obstaculizaran los benéficos efectos de los sacrificios. En el Papiro Derveni encontramos algunas referencias acerca de estos démones, concebidos como almas de difuntos no bendecidos que no habían conseguido purificarse y que vagaban errantes poblándolo todo y observando las acciones de los hombres.

En los escritos órficos es también frecuente encontrar alusiones a los terrores que en el Hades han de amenazar a los fallecidos no purificados. Allí, convertidos en sombras errantes habrían de sufrir terribles padecimientos, nos dice el Papiro Derveni, todos aquellos cuya existencia hubiese estado vencida por el error y el placer. El iniciado en los misterios, gracias a los conocimientos y experiencias que alcanzaba, pretendía garantizarse que cuando le llegase la muerte su alma, plenamente liberada, consiguiera evitar esos padecimientos que habrían de amenazarle en el Hades, de modo que fuera capaz de alcanzar, evitando la amenaza de la reencarnación, una existencia feliz para toda la eternidad fusionándose en la esencia de la divinidad. Gracias a los conocimientos mistéricos el hombre podía eludir una posible reencarnación de su alma tras la muerte y podía volver a integrarse en el todo del que todo había surgido, y es que, en efecto, los iniciados órficos pensaban que cuando el mundo fue creado nada había surgido de la nada sino que todo existía desde siempre. Zeus, el padre de los dioses, existía desde los primeros tiempos. Lo que Zeus sea no nació en un momento concreto, sino que existía desde siempre. Otra cosa es que fue en un cierto tiempo cuando fue nombrado, es decir se le dio su nombre.

En este contexto de creencias algunos filósofos como Anaxágoras coincidían con los órficos: “No tienen los griegos –nos dice este pensador- una opinión acertada de lo que es nacer y perecer. Pues ninguna cosa nace ni perece, sino que, a partir de las cosas que hay, se producen combinaciones y separaciones, y así, lo correcto sería llamar al nacer, combinarse, y al perecer, separarse”. Del mismo modo, el comentarista del Papiro de Derveni, apoyándose en unos himnos que habría escrito el propio Orfeo, sostenía que este “dio nombre a todas las cosas de la manera más bella que pudo, consciente de la naturaleza de los hombres, que no todos la tienen igual ni quieren todos las mismas cosas”. También se encuentran argumentos en este texto que permiten sostener que dado que todo viene del todo existe una identificación entre las propias divinidades. Expresamente se nos dice que la diosa Tierra y la diosa Madre, y las diosas Rea y Hera son la misma divinidad, de modo que habría recibido el nombre de Tierra por convención; el de Madre, porque todo nace de ella; Ge y Gaia, según el dialecto de cada uno. Fue nombrada Deméter en cuanto Tierra Madre (Ge Meter), haciendo de los dos nombres uno solo, pues en el fondo eran la misma cosa. Un poema mítico atribuido a Museo y citado por Diógenes Laercio nos confirma esta creencia mística que venimos comentando: “Dicen que Museo dijo que todo nace de lo uno y que en eso de nuevo se disuelve”.

A pesar de que los antiguos egipcios no compartían las creencias que los iniciados griegos habrían de alcanzar acerca de la transmigración de las almas, lo cierto es que en la escatología órfica si se aprecia el influjo de las ideas egipcias acerca de la conveniencia de que el difunto, tras la muerte, se lleve al más allá unos textos que pudieran ser leídos por el alma y que le ofrecieran la posibilidad de poder contar con una especie de mapa del mundo infernal así como de ciertos conjuros que habrían de facilitar que el iniciado pudiera eludir la amenaza de quedar atrapado en las regiones infernales. En el Libro de los Muertos de los egipcios no se encuentran alusiones a la idea de la posible transmigración, pero si existen multitud de conjuros que deben permitir que el difunto pueda vencer los innumerables peligros que han de amenazarle en el viaje por la ultratumba para poder así arribar al reino celeste, donde convertido en divinidad habría de integrase en la luz de Ra. Los iniciados egipcios pensaban que además de haber llevado una existencia justa, acorde con la Regla de Maat, resultaba necesario llevarse a la tumba un conjunto de conjuros y fórmulas mágicas que posibilitaran afrontar esos inmensos peligros con garantías ciertas de éxito. Los órficos, posiblemente influidos por los egipcios, también pensaban que una vida de ascetismo y piedad tampoco aseguraba que el espíritu pudiera hacer frente de modo adecuado a las amenazas que le esperaban. Para conseguir liberarse plenamente de la carne, evitar la reencarnación y alcanzar la unión con la esencia divina, el iniciado precisaba haber practicado durante su vida terrena unos ritos específicos de modo que antes de morir ya conociera lo que le habría de suceder en la ultratumba. Iniciación era sinónimo de muerte en vida; gracias a la iniciación, a través de ritos secretos, el individuo moría al mundo de los hombres comunes y nacía al grupo de los elegidos, de los que buscaban asegurarse la plena felicidad eterna.

Pero es que esas dos circunstancias de haber vivido la experiencia iniciática, anticipándose a la propia muerte, y de haber tenido una vida piadosa, tampoco aseguraban que al alma fuera a alcanzar la integración con el Uno. Las amenazas que aguardaban al difunto –al igual que sucedía en las concepciones egipcias- aconsejaban que este viajara provisto de ciertos textos que con sus indicaciones evitaran que pudiera quedar extraviado en el temido reino infernal. En el caso de los iniciados en las creencias órficas estas guías se confeccionaron tanto en papiro, como es el caso del denominado Papiro Derveni, como en láminas de oro, material menos susceptible de perecer por el propio trascurso del tiempo. De los textos para el viaje al más allá que presumiblemente hubieron de escribirse sobre un soporte de papiro destaca el ya citado Papiro Derveni. Pensamos que en estos casos lo usual es que el libro fuese consumido por el fuego junto con el cadáver del difunto en el acto de la cremación, lo que habría impedido su conservación. En el caso del Papiro Derveni parece que una circunstancia casual evitó que el mismo fuera quemado, ya que uno de los leños de la pira cayó sobre él y lo protegió.

Se han conservado varias láminas de oro, el otro soporte utilizado,  procedentes de tumbas fechadas en general entre los siglos IV y III a.C., si bien existe una romana del siglo II d.C. que nos confirma la continuidad de estas creencias en estos tiempos más avanzados. Se trata de unos textos especialmente sugerentes en la medida en que sus propietarios nunca pensaron que los mismos habrían de llegar a ser leídos por otras personas. No son obras literarias destinadas a un público sino textos iniciáticos, de naturaleza secreta, prohibidos a los profanos, que jamás deberían haber llegado a nuestras manos. Cuando leemos a Platón nunca sabremos si su teoría sobre la inmortalidad del alma –plasmada en su obra Fedón- es una exposición meramente filosófica o, por el contrario, el autor creía firmemente en ella. Y es que una cosa es desarrollar una idea filosófica y algo distinto que se crea o no en esa idea. Es posible que Platón creyera en su teoría de la inmortalidad del alma pero nunca podremos tener la certeza de ello. En el caso de las láminas órficas, sin embargo, no podemos tener dudas de que los individuos en cuyas tumbas se depositaron creían en lo que en ellas se indicaba. Las láminas órficas no son, en ese sentido, un producto meramente literario sino materia de fe. Nadie debería haber accedido a ellas salvo sus propietarios, que deseosos de alcanzar la plena felicidad habían dejado establecido que tras su muerte querían que fueran depositadas sobre su cuerpo. Usualmente, en la boca, en la mano o sobre el pecho.

Tal como hemos indicado, los tracios o tracianos eran un pueblo indoeuropeo cuyos miembros compartían un conjunto de creencias, un modo de vida y hablaban la misma lengua con variaciones y dialectos. Su civilización, aún mal conocida, se desarrolló desde el III milenio a. C. hasta el siglo III a. C. Su cultura, oral, hecha de leyendas y de mitos se diferencia de la de otros pueblos de esta época por la creencia en la inmortalidad (el “orfismo tracio” relatado por Heródoto). Los tracios se extendieron a lo largo de la historia por las siguientes regiones: Rumania, Moldavia, Bulgaria, noreste de Grecia, Yugoslavia, Turquía (parte europea), Austria, Hungría, Alemania, Checoslovaquia, Polonia, Ucrania (hasta el Dnieper), el Volga inferior y Tayikistán. Vivían en un área muy extensa que comprendía la parte oriental de la península Balcánica más o menos hasta el valle del Morava, las regiones contiguas al norte del Danubio (entre los montes Cárpatos y el río Dniéster), y algunas estribaciones en Asia Menor. El territorio se extendía de un lado a otro de los Balcanes, y a la región de los getas al norte del Danubio hasta más allá del río Bug.  Las tribus del sur, vecinas de los griegos, determinaron que, más tarde, con el nombre de Tracia fuera llamada la región actualmente dividida entre Grecia, Bulgaria y Turquía. Otros nombres de antiguas regiones habitadas por los tracios eran: Moesia, Dacia, Escitia Menor, Bitinia, Misia, Panonia, y otras.

Tracio en un sentido étnico se refiere a varios pueblos antiguos que hablaban tracio de la rama de familia de lenguas indoeuropeas. Hay quien sostiene la autoctonía de los tracios y quien los considera llegados en oleadas sucesivas del norte durante la Edad del Bronce. En algunos nombres de poblaciones y en la mitología griega ha quedado el recuerdo preciso de cambios étnicos verificados en el sureste europeo y en las regiones adyacentes del Asia Anterior, donde el paso era facilitado por los estrechos. En la Ilíada, los troyanos son llamados dárdanos, nombre de una tribu tracia que había ocupado el norte de Macedonia. Los tracios aparecen participando en la Guerra de Troya. Se pensaba que el nombre de la región microasiática de Misia derivaba del de los tracios misios. También eran de etnia tracia los bitinios establecidos en las costas asiáticas del Mar Negro (Ponto Euxino) y del mar de Mármara, donde dieron nombre a la Bitinia. Respecto a las estructuras sociales, las costumbres y la vida espiritual de la Tracia primitiva, sólo nos podemos basar en alguno mitos griegos que podrían reflejar una concreta realidad histórica: la función sacerdotal que oficiaba el rey y el que fuera depositario y garante de los ritos ocultos transmitidos de padre a hijo.

Se ha sugerido que los proto-tracios, desde la edad del bronce, desarrollaron durante siglos en los Balcanes una mezcla de la cultura de los inmigrantes indoeuropeos y los indígenas neolíticos. Para el periodo comprendido entre finales del 2000 a. C. y el siglo VI a. C., nuestra principal fuente son las tumbas, de dolmen cubierto con un amasijo de piedras o con un túmulo de tierra. Esta última forma siguió usándose hasta época romana. Heródoto, que fue el primero en describir las costumbres de los tracios, ha detallado el rito funerario, mencionando la creencia en la vida ultraterrena, impropia de los griegos de la época clásica. La civilización tracia evolucionó rápidamente debido a la expansión colonial griega y al avance persa en el sureste europeo. Respecto a las colonias helénicas del Mar Negro y de sus relaciones con los tracios, las más importantes de la costa búlgara son las milesias de Apolonia (Sozopol) y Odeso (Varna), y la megarense de Mesembria (Nesebar), todas fundadas en el siglo VI a. C. Contemporáneamente, el rey persa Darío I cruzó el Bósforo con un enorme ejército y atravesó las tierras de los tracios para atacar por la espalda a los escitas de la actual Ucrania.

Su hijo y sucesor Jerjes, sometió a todas las tribus tracias hasta las montañas Ródope. Convertida en provincia del gran Imperio aqueménida, Tracia fue gobernada por sátrapas que llevaban un vida fastuosa, en residencias principescas bien amuralladas. La aristocracia de los tracios imitó sus costumbres y así se intensificaron las relaciones con las ciudades griegas de la región, donde se produjeron objetos suntuarios para el mercado tracio. Según Heródoto, en el siglo V a. C., la presencia tracia era tan amenazadora, que los considera el segundo pueblo más numeroso y ramificado del mundo conocido, detrás de los indios, y que solo por su individualismo tribal no lograban unificarse en una gran potencia. Razonamiento desmentido por la formación del reino de los odrisios, una tribu de los montes Ródope orientales, surgida después de que los persas derrotados abandonaran definitivamente Tracia. El reino odrisio tuvo una larga vida (formalmente hasta la constitución de la provincia romana), pero ya a finales del siglo V a. C. estaba dividido en dos partes y luego fue reduciéndose cada vez más.

Entre los siglos VI adc y III a. C., la principal fuente arqueológica sobre los tracios sigue siendo proporcionada por las tumbas: Los túmulos: muchos eran una amplia construcción circular cubierta con falsa cúpula. Con el mismo sistema estaba realizada la bóveda del corredor de acceso, a veces precedido por un vestíbulo. Los bloques perfectamente labrados y dispuestos denotan un gran progreso en la técnica constructiva. Estas tumbas comenzaron a difundirse desde el área odrisia de los Ródope orientales y la mayoría se remontan al siglo V a. C., cuando los odrisios alcanzaron la cima de su poder. La forma y la técnica muraria de las tumbas muestran evidentes afinidades con las tumbas de tholos micénicas, pero es difícil que éstas hayan sido imitadas dada la diferencia cronológica con las tracias. Tracia, en el siglo IV a. C., se vio involucrada en la política expansionista de los soberanos macedonios: Filipo II anexionó primero el reino limítrofe de los tracios sapeos, luego el de los odrisios orientales y por último las ciudades griegas de la costa. Nacen como colonias macedonias las ciudades de Plovdiv (fundada con el nombre de Filípopolis y a la que los tracios llamaron Pulpudeva) y de Stara Zagora (Beroe) Otros colonos macedonios se establecen en los asentamientos odrisios de Kabyle y Drongilon.

Tracia se convirtió en una provincia macedonia que Alejandro Magno amplió llevando el confín al Danubio, aunque reconoció la autoridad local de los reyes rendidos. Tras la muerte de Alejandro, Tracia se disgregó entre las tendencias separatistas de los diádocos y la resistencia de los distintos pueblos sometidos. El gobernador Lísimaco asumió el título de rey en el 305 a. C., pero comprometido en los conflictos entre diádocos, no logró doblegar a los tracios, con los cuales estuvo en continua lucha. En el 278, tres años después de morir Lisímaco, los celtas se dirigieron hacia los Balcanes y, tras la derrota de Delfos, giraron hacia Tracia, donde fundaron el reino de Tule, de ubicación incierta, en el Maritsa o en los montes Strandja. Aniquilan a la aristocracia indígena y su dominación dura hasta el 216 a. C. En dicha época, el área de la actual Bulgaria estaba repartida en varias provincias, con límites modificados en distintas ocasiones, no siempre conocidos con exactitud. Al norte, entre los Balcanes, el Danubio y el mar Negro, estaba Moesia, de la que formaban parte también las regiones contiguas y situadas entre Serbia y Bulgaria, probablemente hasta el río Drina, y casi toda la Dobruja rumana.

En la primera mitad del siglo II, los emperadores Adriano y Trajano, promovieron la urbanización, también para reactivar la economía de regiones fértiles que las guerras dacias habían devastado. Así en la Moesia Inferior, se fundaron las ciudades de Nicópolis en el Istro (en recuerdo de la victoria sobre los dacios al sur del Danubio) y de Marcianópolis (véase carpianos). En la Moesia Singidinum, correspondiente al actual Belgrado, en la confluencia del Danubio y del Sava, estuvo el castro romano de la legión IV Flavia. Se han identificado tramos de las murallas rumanas bajo el muro este de la ciudad alta. Entre las regiones de Rumania que se incluyeron en le Imperio romano, la primera fue Dobruja, anexada en el siglo I a la provincia sur-danubiana de Moesia. Seguramente, Augusto había previsto la anexión, en su proyecto de llevar el límite al Danubio. Sin embargo, no se realizó hasta mucho más tarde como resultado de un proceso gradual. Una primera intervención fue motivada por una gran migración de germanos bastarnos a la península Balcánica, resistida con éxito en el 28-29. En esta ocasión, las tribus getas de Dobruja, que se habían opuesto a las acciones romanas sobre su territorio, fueron sometidas y asignadas al reino odrisio de Tracia, reconstituido como estado vasallo. Esta medida temporal permitió consolidar la situación de Pannonia, mientras una zona amortiguadora alejaba a las poblaciones tracias de más allá del Danubio y a los nómadas sármatas dispersos en las estepas septentrionales del Ponto.

Las colonias griegas, formalmente independientes, entraron en la esfera de la autoridad romana, pero la situación del bajo Danubio seguía tensa: continuas correrías mantenían el reino odrisio y las ciudades de la costa en un clima de terror, del que queda eco en los versos escritos por Ovidio durante su exilio en Tomis . Dominada la revuelta panónica del año 9, se pasó a la gradual consolidación del poder romano en el bajo Danubio: después de una campaña conducida por el general Elio Catón, 50.000 getas de la llanura de Valaquia fueron trasladados al sur del Danubio y declarados súbditos del Imperio romano. Las excavaciones en las fortalezas getas de Popeşki y de otras de la franja ribereña septentrional han confirmado que las medidas radicales de Catón despoblaron la zona por completo. No obstante, sólo después de que fueron dominados los últimos focos de resistencia en Moldavia, el reino odrisio fue suprimido y unido al imperio por decisión de Claudio: con la zona sur de los Balcanes se constituyó la provincia de Tracia, mientras que la del norte, comprendida Dobruja, fue anexionada a la provincia de Moesia, ya creada por Tiberio en el año 15, en el territorio de Serbia.

Más tarde, Moesia fue dividida en dos provincias por Trajano, la Moesia Superior y la Moesia Inferior. Esta última se extendía desde el río Loms (en Bulgaria) hasta el mar Negro. La notoriedad de Tomis está vinculada al nombre de Ovidio. Al sur de los Balcanes se extendía Tracia, que, no obstante debía superarlos en algún punto y a la cual luego se unió el Quersoneso tracio (actual provincia de Provincia de Galípoli). Tras la retirada de los celtas, las regiones costeras fueron disputadas entre los monarcas helenísticos, hasta que los acuerdos de Apamea (188 a. C.), estipulados en la conclusión de la guerra entre Roma y Antíoco el Grande de Siria, asignaron el Quersoneso tracio al reino filo-romano de Pérgamo . Así comenzó a introducirse Roma, que extendió su protectorado a las ciudades griegas de la costa póntica. En la primera mitad del siglo II a. C., se fundaron las ciudades de Plotinópolis, Trajanópolis y otras. Centros prexistentes, como Serdica (la actual Sofía y Filípolis, son fundados de nuevo. En el 133 a. C., el reino de Pérgamo pasa por testamento a los romanos y luego es anexionado el Quersoneso tracio, respetando la autonomía de las colonias.

Quedaron independientes las regiones del interior, donde sobrevivía el reino odrisio, más tarde reforzado como protectorado romano, para alejar la amenaza de las incursiones de getas, bastarnos y otras poblaciones de más allá del Danubio. El reino autónomo odrisio fue suprimido en los años 44-46, por el emperador Claudio, y en su lugar fueron instituidas las provincias de Moesia y Tracia, esta última con el Quersoneso, anteriormente unido a Macedonia. La capital de Tracia fue Perinto, en la Turquía europea. Al oeste, los territorios entre los ríos Struma y Mesta, posesiones tracias del río macedonio, estaban anexionadas a Macedonia. Es preciso citar a la ciudad de Scupi, 5 km al noroeste de la actual Skopje . Antigua ciudad de los dárdanos sobre el río Vardar (antiguo Axio), fue ocupada desde el siglo II a. C. por los romanos. Se convirtió en colonia con el nombre de Colonia Flavia Aelia Scupi, con Adriano. Los tracios de Dacia formaron un poderoso reino, en el siglo I a. C., bajo el rey Berebistas. La mayoría de los tracios o bien fueron helenizados (la provincia de Tracia) o romanizados (Dacia, etc.). Sin embargo, pequeños grupos de tracios, existieran quizá cuando llegaron los eslavos a los Balcanes en el siglo VI. Los eruditos han sugerido que los albaneses actuales podrían ser tracios que mantuvieron su idioma, pero es controvertido.

Desde el año 2000 los arqueólogos búlgaros han hecho descubrimientos en Bulgaria Central, a los que se conoce con el nombre de “Valle de los reyes tracios“. El 19 agosto de 2005, los arqueólogos anunciaron que habían encontrado la primera capital tracia y que estaba situada cerca de Karlovo en Bulgaria. Muchas piezas de cerámica pulimentada (tejas y vasos parecidos a los griegos) fueran descubiertas revelando la suerte que corrió la ciudad. El Ministerio de Cultura búlgaro declaró que mantendría económicamente las excavaciones. Del 21 al 26 de septiembre de 1984, se celebró el Cuarto Congreso Internacional de Tracología en el Museo Boymans-van Beuningen de Rotterdam, (Países Bajos). El Congreso fue organizado por la Fundación Henri Frankfort, institución privada cuyo principal propósito es aumentar el estudio de la prehistoria y protohistoria mediterráneas. La apertura del simposio fue el 24 de septiembre y fue dirigido por el Ministro de Educación y Ciencia, Dr. W. J. Deetman.] En el simposio, cuyo nombre fue “Tracios y Micénicos” se sostuvieron discusiones relativas a las potenciales interrelaciones, étnicas, culturales, religiosas y lingüísticas entre los proto-tracios y los proto-griegos (por ejemplo los micénicos). Se llegó a la creencia de que entre ambos grupos, ya que vivieron en la misma zona geográfica, existieron interrelaciones en el pasado. Según Alexander Fol, el concepto de “Tracia micénica” fue desarrollado por primera vez en 1973 para explicar la relativa unidad cultural entre los tracios y los micénicos.

Por otro lado, desde el siglo VII a. C. comenzó a producirse la colonización griega de la costa del mar Negro, fundándose numerosas ciudades, muchas de las cuales continúan existiendo en la actualidad, como Odessos (Varna), Mesembria (Nesebar), Anchialon (Pomorie), Apolonia(Sozopol]]) o Agathopolis (Akhtopol). A mediados del siglo V a. C. se fundó el primer Estado tracio que se conoce, el reino odrisio, que se desintegraría en el siglo siguiente en varios estados más pequeños. Poco después, Filipo II, rey de Macedonia (359 – 336 a. C.), tras vencer al rey Cersobleptes, se anexionó los territorios de los tracios, y conquistó la ciudad más grande en este región Filipópolis (actual Plovdiv). En el siglo siguiente, el territorio de Bulgaria fue invadido por los celtas, quienes mantuvieron un estado por espacio de unos setenta años, y fundaron asentamientos como Bononia (actual Vidin). Durante el siglo I, el territorio de Bulgaria fue incorporado al Imperio romano, quedando dividido en las provincias de Tracia y Moesia. Los romanos fundaron numerosas ciudades, entre las que destacan Serdica (la actual capital, Sofía), Nicopolis (Nikopol) y Durostorum (Silistra). Cuando el Imperio romano se dividió, a la muerte de Teodosio, las provincias de Mesia y de Tracia pasaron a formar parte del Imperio romano de Oriente. Desde el siglo III estos territorios sufrieron invasiones de pueblos bárbaros: primero fueron los godos, hunos; más adelante, los ávaros, eslavos, que atravesaron el Danubio a principios del siglo VII, cuando se abandonaron las guarniciones de frontera bizantinas, y los búlgaros. Estos últimos formarían, junto con los eslavos, el primer estado búlgaro, a finales del siglo VII. El nombre de Bulgaria procede del de este pueblo.

Una de las teorías es que los búlgaros eran un pueblo nómada y belicoso procedente de Asia Central, emparentado con los hunos. De hecho, los primeros janes búlgaros hacían remontar sus orígenes al huno Atila. Ya en la primera mitad del siglo VII, bajo su rey jan Kubrat, habían formado un reino al norte del mar Negro, que los bizantinos denominaban Magna Bulgaria. Después de la muerte de jan kubrat el imperio se dividió entre sus tres mayores hijos a consecuencia de lo cual una parte de los búlgaros se desplazó hacia el este, a la confluencia de los ríos Volga y Kama, que llegarían a formar el estado de la Bulgaria del Volga, en tanto que otro grupo se establecía en el delta del Danubio, al mando de Jan Asparuj, tercer hijo de Kubrat y una tercera parte de la población búlgara se quedó. Desde allí, los búlgaros hostigaban a las guarniciones bizantinas. Sus frecuentes expediciones de saqueo condujeron a la realización de una expedición punitiva contra ellos, mandada por el emperador bizantino Constantino IV. Al fracasar esta expedición, el Imperio bizantino se vio obligado a aceptar la existencia del Imperio Búlgaro, y a pagarle un tributo anual para evitar incursiones. El año 681, en que Bizancio reconoció por primera vez al estado búlgaro, es considerado la fecha de nacimiento de la moderna Bulgaria. A comienzos del siglo IX, durante el reinado del Jan Krum, el Imperio Búlgaro llegó a extenderse por parte de Panonia y Transilvania. Los búlgaros abrazaron el cristianismo de rito bizantino tras la conversión de Boris I (852-889).

La adopción de la nueva fe implicó también la utilización del eslavo como lengua de la liturgia y de la administración. La cristianización y la eslavización proporcionaron al Imperio Búlgaro un área de influencia mayor. El estado alcanzaría su apogeo tanto político como cultural con el reinado de Simeón I (893-927), cuyo plan, que estuvo cerca de ver realizado, era unificar bajo su poder las monarquías búlgara y bizantina. Simeón fue el primer monarca búlgaro en adoptar el título de zar (derivado del título romano caesar, césar). Tras la muerte de Simeón, la decadencia de la autoridad real, las luchas dinásticas y los ataques exteriores de pueblos como los magiares y pechenegos fueron minando al estado búlgaro que fue conquistado por el emperador Basilio II, llamado Bulgaróctonos (“matador de búlgaros“) e incorporado al Imperio bizantino. Bulgaria permanecería bajo la autoridad de Constantinopla durante casi dos siglos, entre 1018 y 1185. Aunque los búlgaros se rebelaron en varias ocasiones contra el dominio de Bizancio durante el siglo XI, ninguna de estas rebeliones alcanzó su objetivo. Durante el siglo XII, sin embargo, aprovechando que el Imperio bizantino se encontraba debilitado por sus luchas contra serbios y húngaros, estalló una rebelión dirigida por los hermanos Petar y Asen. Petar fue proclamado zar “de los búlgaros, los griegos y los valaquios“, con lo que nació el Segundo Imperio Búlgaro (1185-1396), cuyo dominio se extendió por todos los territorios entre el Danubio, el mar Negro y la cordillera de Stara Planina, incluyendo parte de Macedonia oriental y el valle del Morava.

Bajo Iván Asen II (1218-1241) el estado búlgaro se extendió hasta los mares Adriático y Egeo, controlando directamente Valaquia (en la actual Rumania), Moldavia, Macedonia, las rhodopes (región del sur búlgaro, desde entonces parte de este país) y Tracia. La fortaleza de los estados de Hungría y Serbia impidieron un mayor crecimiento del imperio.Con Ivan Asen II como zar, el Imperio ocupó Albania y Belgrado. Bulgaria rompió con la Iglesia de Constantinopla, creando el Patriarcado Ortodoxo de Bulgaria, al que se adhirieron los distintos patriarcados de los Balcanes. Fue un monarca honesto y humano, que pese a la ruptura con Roma abrió cauces de colaboración, sobre todo comercial, con Venecia y Génova. Durante el siglo XIV, la debilitada Bulgaria, que atravesaba un período de desmembración feudal, fue presa fácil para unos nuevos invasores, los turcos otomanos, que habían cruzado a Europa en 1354. En 1362 conquistaron Plovdiv, y en 1382 Sofía. En 1396, los otomanos pusieron fin al Segundo Imperio Búlgaro, controlando por completo el país.

Desde finales del siglo XIV hasta finales del siglo XVIII, Bulgaria no existió como estado soberano. En 1393, por voluntad del sultán de los turcos, el patriarcado de la Iglesia de Bulgaria fue suprimido y sometido directamente al Patriarca de Constantinopla, lo que provocó que la Iglesia búlgara se helenizara y abandonara el eslavón en sus ritos. La aristocracia búlgara que sobrevivió a la conquista fue deportada a Anatolia o se convirtió al Islam. Sin embargo, la mayor parte de los campesinos búlgaros mantuvieron su religión cristiana-ortodoxa, salvo en el suroeste del país, donde se concentró una minoría de conversos musulmanes –los pomacos. Los turcos se instalaron con la administración en las principales ciudades por todo el país. Los otomanos convirtieron a Bulgaria en el beyerlik de Rumili, que era regido por un beylerbey que residía en Sofía. Este territorio, que incluía Moesia, Tracia y Macedonia, fue dividido en varios sanjaks, cada uno de los cuales era gobernado por un sanjakbey, dependiente del beylerbey. Una parte importante de la tierra conquistada fue repartida a los seguidores del sultán, quienes fundaron feudos directamente dependientes del sultán.

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII Rusia intervino activamente en los Balcanes, presionando al Imperio otomano en sus fronteras, rompiendo el aislamiento de los búlgaros. Durante la guerra de 1768 los rusos atravesaron Moldavia y Valaquia e irrumpieron en Bulgaria, donde consiguieron la victoria militar de Chumla, obligando a los turcos a firmar la paz. El tratado de Küçük-Kaynarca concedió a Rusia la protección de los cristianos ortodoxos del Imperio otomano, lo que terminó convirtiéndose en una excusa para posteriores intervenciones rusas en los Balcanes. En 1829, la rebelión de los griegos llevó a los rusos a ocupar gran parte de Bulgaria y conquistar Adrianópolis. El tratado de paz permitió a los rusos establecer un protectorado sobre Moldavia y Valaquia. Sin embargo, los búlgaros permanecieron bajo dominio otomano, aunque la invasión rusa fomentó el despertar nacionalista en los Balcanes.

Durante esta época la burguesía búlgara, formada principalmente por comerciantes y artesanos, abrió las primeras escuelas y publicó los primeros libros en lengua búlgara. Bajo la presión popular, la Iglesia recuperó la liturgia en eslavón, y contra la voluntad del Patriarca de Constantinopla, el sultán otomano aceptó en 1870 la creación de un patriarcado búlgaro independiente. A pesar de estas concesiones, la tensión nacionalista siguió en aumento: la llegada de numerosos refugiados musulmanes procedentes de los territorios conquistados por Rusia (tártaros de Crimea y circasianos del Caúcaso) provocó un creciente descontento, mientras los nacionalistas búlgaros comenzaban a organizarse en Bucarest. Bajo la influencia de ideas como el liberalismo y el nacionalismo, a comienzos del siglo XIX comenzó a despertarse el nacionalismo búlgaro. Tuvo una gran influencia en la difusión de estas nuevas ideas entre los medios cultivados de Bulgaria la rebelión griega contra los otomanos, en 1821. Sin embargo, existía también un fuerte resentimiento por el control griego de la Iglesia Búlgara; de hecho, los primeros sentimientos nacionalistas búlgaros estuvieron orientados a la creación de una iglesia búlgara independiente. Esta lucha se vio finalmente coronada por el éxito en 1870, cuando, por un edicto del sultán otomano, se instituyó el exarcado ortodoxo búlgaro. Antim I, el primer exarca, fue el líder natural de la incipiente nación. El Patriarca de Constantinopla respondió a la creación del exarcado con un decreto de excomunión, lo cual reforzó aún más el sentimiento nacionalista búlgaro.

En abril de 1876, el Comité Revolucionario Secreto Búlgaro, con sede en Bucarest, organizó un levantamiento, conocido como Sublevación de Abril. La revuelta fue reprimida con crueldad por las autoridades otomanas tanto por el ejército regular otomano como por las tropas irregulares de los bashi-bazuk. Inumerables aldeas fueron saqueadas y las víctimas de la represión se contaron por decenas de miles, sobre todo en las ciudades rebeldes de Batak, Perushtitsa y Bratsigovo, en la región de Plovdiv. Las masacres provocaron la reacción de la opinión pública y la diplomacia europeas: tal fue el caso, por ejemplo, del británico William Gladstone, que inició una campaña contra los “horrores búlgaros”. Fue también causa de la intervención de Rusia, que aprovechó las matanzas de eslavos como pretexto para declarar la Guerra Ruso-Turca (1877-1878), en abril de 1877. En la guerra intervinieron también el ejército rumano y tropas de voluntarios búlgaros. La guerra terminó con la completa derrota de Turquía.

La rebelión contra el Imperio otomano que estalló en Bosnia en 1875 se extendió hasta Bulgaria al año siguiente. Los turcos desataron una brutal represión, en la que participaron los bashibozuks, que realizaron numerosas matanzas y devastaron el país. Otros países europeos se indignaron y denunciaron la brutalidad y los “horrores búlgaros”. Al negarse el sultán a conceder la autonomía a Bulgaria, Rusia declaró la guerra en 1877 e invadió el país con el apoyo de los rumanos y de una legión búlgara. En enero de 1878 los ejércitos rusos llegaron a las puertas de Constantinopla. El Tratado de San Stefano (3 de marzo de 1878) estipuló la creación de un extenso principado autónomo de Bulgaria y el desmantelamiento de los territorios europeos del Imperio otomano. Austria y Gran Bretaña temían que se rompiera el equilibrio en los Balcanes y en el Congreso de Berlín (julio de 1878) impusieron a Rusia un tratado por el que el equilibrio se mantuvo a costa de las aspiraciones nacionales búlgaras: el principado autónomo de Bulgaria se mantuvo, pero muy reducido. Aunque el Tratado de San Stefano nunca se materializó más allá del papel, se convirtió en una referencia para los nacionalistas búlgaros, porque remitía al antiguo reino de Simeón I. En las décadas siguientes Bulgaria consiguió nombrar obispos búlgaros en Macedonia (en poder otomano durante esta época).

En 1879 una asamblea constituyente reunida en la ciudad de Tarnovo adoptó una constitución para Bulgaria (muy democrática para la época, pero que apenas fue aplicada) y eligió como príncipe a Alejandro de Battenberg, sobrino de la zarina de Rusia. En la provincia de Rumelia Oriental las potencias europeas elaboraron los estatutos orgánicos del Congreso de Berlín y fue nombrado un gobernador en representación del sultán otomano y que fue aceptado por la asamblea. Las ambiciones nacionalistas no se conformaron con la autonomía y se extendieron a los territorios búlgaros todavía en poder del Imperio otomano: en 1885 el ejército de Bulgaria ocupó la provincia de Rumelia Oriental, al mismo tiempo que estalló la guerra contra Serbia, de la que los búlgaros salieron victoriosos. Poco después el rey Alejandro I cesó a su consejo de ministros rusos, lo que provocó la intervención de Rusia en represalia y defensa de su influencia. Los rusos organizaron un complot militar en contra del rey búlgaro. A pesar del apoyo de los nacionalistas, Alejandro I fue obligado a abdicar debido a una conspiración orquestada por el gobierno de Rusia. Stefan Stambolov tomó el poder y la asamblea búlgara eligió en 1887 un nuevo príncipe: Fernando de Sajonia-Coburgo, que en 1894 consiguió la caída de Stambolov, que había constituido una dictadura (y que moría asesinado en 1895). El 22 de septiembre de 1908, con el apoyo del emperador de Austria-Hungría, Fernando I proclamó en Tarnovo la independencia de Bulgaria y tomó el título de zar

Bulgaria se alió con Serbia en febrero de 1912 y con Grecia en marzo, declarando la guerra al Imperio otomano en octubre. La ciudad de Adrianópolis cayó en marzo de 1913 y el Imperio otomano se rindió: por el Tratado de Londres (30 de mayo de 1913), los turcos abandonaron casi todos los territorios europeos al oeste de Adrianópolis. El reparto de los despojos entre las tres naciones vencedoras terminó en un desacuerdo que provocó el estallido de una nueva guerra: los búlgaros, que se habían extendido hacia el este, reclamaron el territorio de Macedonia, que había sido conquistada por los serbios durante la guerra. El 23 de junio de 1913 Fernando I atacó a serbios y griegos sin una declaración de guerra. Sin embargo, la segunda Guerra de los Balcanes constituyó un desastre para Bulgaria, porque Rumania y el Imperio otomano también participaron contra los búlgaros. Por el Tratado de Bucarest (10 de agosto de 1913), Bulgaria obtuvo una parte de Tracia al sur que le permitió un acceso al mar Egeo, pero debía ceder Dobrudja del sur a Rumania, mientras que Serbia retenía el disputado territorio de Macedonia. Por el Tratado de Constantinopla, Bulgaria también debía devolver Adrianópolis y Tracia Oriental al Imperio otomano. El asesinato del archiduque Fernando en Sarajevo en 1914 provocó la ruptura de relaciones entre Austria-Hungría y Serbia y puso en movimiento las alianzas diplomáticas y militares que se habían realizado en las décadas precedentes entre los Imperios Centrales de Austria-Hungría y Alemania y sus aliados contra la Triple Entente de Francia, Gran Bretaña y Rusia y sus aliados.

Tras algunos titubeos diplomáticos, Bulgaria se alió en septiembre de 1915 con el Imperio de Austria-Hungría y declaró la guerra a Serbia el 14 de Octubre. Atenazado por austriacos, húngaros y búlgaros, el ejército serbio se retiró hacia el mar a través de Albania. Los ejércitos de Bulgaria ocuparon el territorio de Macedonia e hicieron frente a los ejércitos aliados que habían desembarcado en Salónica el 5 de octubre: así se formó el Frente de Oriente, establecido en la frontera septentrional de Grecia. Cuando Rumania entró en guerra a favor de la Triple Entente en agosto de 1916, Bulgaria y los Imperios Centrales tomaron la contraofensiva y ocuparon el reino rumano en unos meses. Bulgaria se apoderó del territorio de Dobrudja del Sur, cedido en 1913. Sin embargo, poco a poco, y sobre todo a partir de la intervención de Estados Unidos, la Primera Guerra Mundial se decantó a favor de los aliados occidentales. La ruptura del Frente de Oriente el 18 de septiembre de 1918 obligó a Bulgaria a firmar un armisticio el 29. El 3 de octubre el rey Fernando I abdicó en su hijo Boris III.

Por el Tratado de Neuilly (27 de noviembre de 1919) Bulgaria debía devolver el territorio de la Dobrudja del sur a Rumania; Serbia recuperó Macedonia y se anexionó varios territorios búlgaros en la frontera occidental del país; Grecia conquistó la Tracia Occidental y dejó a Bulgaria sin acceso al mar Egeo. En 1923, Grecia expulsó de los territorios conquistados a unos 250 000 búlgaros y los sustituyeron por refugiados griegos llegados de Asia Menor tras el desmembramiento del Imperio Otomano. Durante el período de entreguerras Bulgaria atravesó un convulso período político. Alejandro Stamboliski instauró una dictadura campesina, pero fue destituido y asesinado en 1923. Poco después estalló una insurrección comunista, que fue duramente reprimida por el gobierno, y en los años siguientes el terrorismo político y la inestabilidad marcaron el período. Surgieron los komitadjis, dirigidos por Mikhailov, salidos del ORIM (Organización Revolucionaria Interior de Macedonia, creada a finales del siglo XIX), a imitación de los ustachis de Croacia y de otros movimientos de inspiración fascista-nacionalista. En 1934 un agente del ORIM, al servicio de los ustachis croatas, asesinó al rey Alejandro I de Yugoslavia en Marsella. El mismo año los oficiales búlgaros provocaron un golpe de estado, proclamando una dictadura personal en 1935 en la figura del rey Boris III, que manifestó sus simpatías por el gobierno de Adolf Hitler en Alemania.

Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, en 1940 Alemania y la Unión Soviética presionaron al gobierno de Rumania, que debió ceder territorios a Hungría y la URSS. Bulgaria se unió a la ofensiva diplomática y reclamó la devolución de Dobrudja del Sur, que obtuvo por los Acuerdos de Craiova el 7 de septiembre. En marzo de 1941, Bulgaria se adhirió a los aliados de Alemania, y participó en el reparto de Yugoslavia y Grecia. Gracias a sus alianzas, Bulgaria obtuvo una gran parte de Macedonia, territorios serbios y Tracia. El gobierno búlgaro se esforzó por ganarse la simpatía de los macedonios e integrarlos. En cambio, cerca de 100.000 griegos fueron expulsados de Tracia y sustituidos por búlgaros (en respuesta a las deportaciones y expulsiones llevadas a cabo por los griegos en 1923). Sin embargo, a pesar de sus alianzas, Boris III se resistía a participar al lado de los alemanes en la guerra contra la URSS y a entregar a los judíos de Bulgaria a las autoridades nazis. En agosto de 1943 moría repentinamente, con sospechas de haber sido asesinado. Su sucesor, Simeón II, sólo tenía seis años, y quedó bajo la tutela de políticos al servicio de los alemanes.

A medida que la guerra se volvía en contra de Alemania y sus partidarios, los dirigentes búlgaros en 1944 buscaron acuerdos con los Aliados occidentales ante el avance de los ejércitos soviéticos. Sin embargo, era demasiado tarde; el 5 de septiembre la Unión Soviética, cuyas tropas habían alcanzado ya Rumania, declararon la guerra a Bulgaria. El gobierno búlgaro capituló a los pocos días, y el nuevo gobierno tutelado por los soviéticos declaró la guerra a Alemania y evacuó sus tropas de Grecia y Yugoslavia. El 16 de septiembre los ejércitos soviéticos entraron en Sofía (y ocuparían el país hasta finales de 1947). El 28 de octubre se firmó una paz con Moscú. Simultáneamente, el poder pasó a manos de los comunistas. El 9 de septiembre un golpe de estado había situado en el gobierno al Frente de la Patria, el Partido Comunista de Bulgaria. Como única fuerza política organizada, y con el apoyo prestado directamente desde Moscú, los comunistas se apoderaron de todas las esferas de poder, con el apoyo de los ejércitos de ocupación. Tras la abolición por referéndum de la monarquía, se proclamó la República Popular de Bulgaria el 15 de septiembre de 1946. Mediante el apoyo soviético y por el Tratado de París de 1947, Bulgaria debió devolver Macedonia y los territorios serbios a Yugoslavia y Tracia a Grecia, aunque consiguió retener Dobrudja del Sur.

A partir de 1947 los comunistas iniciaron varios procesos judiciales para eliminar a los dirigentes políticos no comunistas, entre ellos Nikolai Petkov, líder del partido campesino. En 1949 se produjo una purga interna en el partido comunista, lo que permitió a los agentes de la URSS apartar a sus rivales, a los que acusaron de desviación política de los ideales del partido. Valko Chervenkov, líder de la facción estalinista, tomó el poder y el liderazgo, y en los años siguientes terminaría delegando sus responsabilidades nombrando sucesor a Todor Zhivkov, quien realizaría una política seguidista de la URSS, hasta la caída del comunismo. A partir de la política reformista (perestroika) de Mikail Gorbachov en la Unión Soviética, los regímenes comunistas fueron debilitándose y cayendo uno tras otro, y Bulgaria no fue una excepción. Pronto comenzaron las primeras manifestaciones contra el gobierno de Sofía. En noviembre de 1989, Todor Jivkov fue depuesto en todas sus funciones e inculpado de corrupción (tres años más tarde sería condenado a siete años de prisión). Ante el desmantelamiento de la URSS y la crisis del comunismo en todo su ámbito de influencia, su sucesor, Petar Mladenov, transformó el Partido Comunista de Bulgaria en un Partido Socialista, que con la colaboración y el consenso de otras facciones políticas reformó el país para dotarlo de instituciones democráticas.

En las elecciones libres de junio de 1990, los socialistas obtuvieron 211 escaños de los 400 de la nueva asamblea nacional. Sin embargo, dada la presión popular, los antiguos comunistas compartieron el poder con la oposición, liderada por la Unión de las Fuerzas Democráticas (UFD). En julio de 1991, el Parlamento electo adoptó una nueva Constitución. Las elecciones legislativas de 1991 dieron 110 escaños a la UFD, 106 al Partido Socialista y 24 al Movimiento de los derechos y libertades de turcos y pomacos (búlgaros musulmanes). Jeliou Gelev, líder de la UFD, fue elegido presidente de la República de Bulgaria por sufragio universal en enero de 1992. Como otros antiguos países comunistas de Europa Oriental, Bulgaria encontró la transición al capitalismo occidental más costosa de lo esperado. El gobierno de la UFD privatizó la tierra y las empresas estatales, pero las medidas económicas provocaron un ascenso del desempleo y falta de competitividad. Los socialistas aprovecharon el descontento y en 1995 el socialista Zhan Videnov ganaba las elecciones, pero el nuevo gobierno no pudo frenar la crisis económica y la inflación se disparó, y la incompetencia gubernamental provocó la bancarrota de la mayoría de los bancos búlgaros.

En 1996 fue elegido presidente Pétar Stoyanov, de la UFD, aunque el gobierno siguió en manos de los socialistas durante un tiempo, hasta que terminó por colapsarse en 1997. Se formó un nuevo gobierno de la UFD dirigido por Ivan Kostov, que contaba con un fuerte apoyo de la población que se desvaneció ante los sucesivos escándalos de corrupción y su incapacidad para hacer frente a los problemas del país. Los búlgaros estaban insatisfechos ante la ineficacia de sus políticos. Esta crisis económica y política fue aprovechada por el último zar, Simeón II, que había regresado en 1996 al país, tras haberlo abandonado en 1946 con tan solo nueve años. Con 59 años era un próspero empresario que adoptó el nombre civil de Simeón Sakskoburggotski (la pronunciación búlgara de su apellido real Sajonia-Coburgo-Gotha) y formó su propio partido el Movimiento Nacional Simeón II (MNS), que ganaría las elecciones de 2001. En las elecciones celebradas en junio de 2005, se impuso Sergei Stanishev, del Partido Socialista, al obtener el 31% de los sufragios. Su principal opositor Simeon Saxcoburggotski (anterior Primer Ministro), debió contentarse con el 20% de los sufragios, mientras que el Movimiento de la Minoría Turca, un brazo separatista del actual gobierno, obtuvo el 12%. No obstante estas tres fuerzas políticas han constituido un gobierno de coalición.

agosto 29, 2011 - Publicado por | Historia | , , , , ,

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