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Los textos sagrados de las religiones y los dioses que vinieron de las estrellas II


Antes ver el artículo “Los textos sagrados de las religiones y los “dioses” que vinieron de las estrellas I

Rajneesh Chandra Mohan Jain,  maestro espiritual indio, conocido como Osho, dijo lo siguiente: “Contempla la muerte. Puede venir en cualquier momento, la muerte es la culminación de la vida, el crescendo mismo de la vida. Tienes que prestarle atención está llegando. Tiene que suceder. Tienes que prepararte para ella, y la única forma de prepararse para la muerte es morir al pasado a cada momento, nunca cargues con el pasado ni por un solo instante. En cada momento tienes que morir al pasado y nacer al presente. Eso te mantendrá fresco, joven, vibrante, radiante, eso te mantendrá vivo, palpitante, entusiasmado. Y un hombre que sabe cómo morir al pasado en cada momento, sabe cómo morir, y esa es la máxima habilidad, el máximo arte. De forma que cuando le llega la muerte a un hombre así, ¡danza con ella!, ¡la abraza!; es una amiga, no es el enemigo. Es Dios que llega a ti en forma de muerte. Es la total relajación en la existencia. Es volverse uno con el todo otra vez“. Sin embargo, el hombre ha temido a la muerte desde los albores de la historia. Y contempla los ciclos de muerte y renacimiento  en todo lo que le rodea, desde la naturaleza más próxima a las lejanas estrellas, preguntándose por lo que hay tras la muerte. Los que están convencidos de que la vida continúa más allá de la muerte pueden encontrar la fuerza suficiente para enfrentarse a la muerte con tranquilidad. Pero persiste el miedo a la muerte, ya que la esperanza se basa más en la fe que en hechos comprobables.

 

Y este miedo a la muerte tiene su reflejo en el miedo a las guerras, como grandes generadoras de muerte y destrucción. Países enteros temen la guerra, la bomba atómica y la destrucción del medio ambiente. Y muchos vuelven la vista a los sucesos terribles con los que nos amenazan los textos sagrados: el fin del mundo, o el Día del Juicio. Se diría que los que escribieron estos textos eran los precursores de los escritores de novelas de terror. En el Nuevo Testamento, San Marcos nos anuncia acontecimientos terribles: “Empero en aquellos días, después de aquella aflicción, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor; y las estrellas caerán del cielo, y las virtudes que están en los cielos serán conmovidas”. Y Lucas aún concreta más refiriéndose a las señales de advertencia que precederán al Día del Juicio: “Se levantará gente contra gente y reino contra reino. Y habrá grandes terremotos, y en varios lugares hambres y pestilencias; y habrá espantos y grandes señales del cielo (…). Entonces habrá señales en el sol y en la luna, y en las estrellas; y en la tierra angustia de gentes por la confusión del sonido de la mar y de las ondas; secándose los hombres a causa del temor y expectación de las cosas que sobrevendrán a la redondez de la Tierra: porque las virtudes de los cielos serán conmovidas”.

Pero vemos que El Corán también describe estos horribles sucesos en términos no menos catastróficos: Cuando el cielo se hienda, cuando las estrellas se dispersen, cuando los mares confundan sus aguas, cuando las tumbas estén trastornadas, entonces todas las almas verán sus acciones y sus omisiones. En el Dies Irae («el día de la ira»), famoso himno latino del siglo XIII atribuido al franciscano Tomás de Celano, se canta en la liturgia de los difuntos. Se dice que en este mismo tiempo de destrucción turbulenta aparecerá el «juez» del día del juicio. En Marcos también podemos leer: “Y entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en las nubes con mucha potestad y gloria. Y entonces enviará sus ángeles, y juntará sus escogidos de los cuatro vientos, desde el cabo de la Tierra hasta el cabo del cielo”. Y de nuevo Lucas añade: «Y cuando estas cosas comenzaren a hacerse, mirad, y levantad vuestras cabezas, porque vuestra redención está cerca

Y todas las religiones intentan ganar a la gente a su causa afirmando que sólo se van a salvar los fieles que creen en sus particulares sagradas escrituras, pues todas las religiones creen que sólo sus escrituras revelan la verdad. Algo recurrente es que está profetizado que un juez celestial aparecerá «sobre las nubes» para medir las obras buenas y malas con una vara inapelable. Y antes de que los afortunados escogidos sean llevados al cielo, el resto de la humanidad será duramente castigada. San Juan nos proporciona la más descarnada descripción de estos hechos en su libro la Revelación o Apocalipsis, que es el último de los textos del Nuevo Testamento. Como si fuese un antepasado aventajado de StephenKing, escritor estadounidense conocido por sus novelas de terror,  nos relata que: “se romperán y se abrirán nueve sellos y que con cada uno de los sellos vendrán nuevas plagas a azotar a la humanidad. Sonarán trompetas, y con cada toque sucederán hechos horribles en los que se convierte en sangre una tercera parte del mar, muere la tercera parte de todas las criaturas y se hunde la tercera parte de todos los barcos”. Y por si aún faltara algo,  es aún más terrorífico lo que pasa cuando suena la tercera fatídica trompeta: ”Y cayó del cielo una grande estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó en la tercera parte de los ríos, y en las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella se dice Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas fue vuelta en ajenjo, y muchos hombres murieron por las aguas, porque fueron hechas amargas”.

 

Y ya, para rematar el relato de terror, nos apostilla: “Por último, el Sol y la Luna quedan envueltos en la oscuridad y la gente sufre la plaga de todas las criaturas imaginables (langostas, escorpiones, y otra serie de extrañas criaturas) sin el consuelo de poder morir. El terror no tiene fin: entran en escena caballos con cabeza de león que vomitan fuego, humo y azufre”. ¡Uff!, en este punto de la lectura ya tengo la cabeza llena de  pesadillas. No tengo ni idea del tipo de terribles visiones que sufría San Juan, pero lo que sí puede afirmarse es que se pueden encontrar diversos elementos del Apocalipsis en textos muy antiguos, como los de Enoc y los del profeta Daniel. A diferencia de las  catástrofes relativamente recientes en la historia mundial,  que se han circunscrito a regiones geográficas concretas, el Apocalipsis de San Juan profetiza una destrucción global de la que no se librará nadie, seguida de un juicio o ajuste de cuentas final. ¿Cuál es el origen de estas imágenes de una terrible destrucción seguido de un juicio y la redención de los elegidos? ¿Por qué un Dios al que se describe como «infinitamente misericordioso» atormenta y mata a los no creyentes?

Ya sabemos que la imaginación humana puede tener visiones positivas y creativas al mismo tiempo que visiones de destrucción. Y en la extensa bibliografía novelística podemos encontrar ejemplos de los dos tipos de visiones.  Además, cuanto peor están las cosas en el mundo, más anhelan las personas una edad de oro futura en la que reinen la justicia y la igualdad. Y para ello se considera que hace falta un Mesías o un profeta con el poder suficiente para sacarnos de la situación actual. Este deseo psicológico es responsable de todos los Mesías y profetas que hemos tenido a lo largo de los siglos. Como ejemplo podemos hacer referencia  a Edgar Cayce, llamado el «profeta dormido»,  que se decía que había sido capaz de curar en estado de trance a incontables personas a pesar de no haber leído un solo libro de medicina en toda su vida. En unas 2.500 de sus «lecturas» comunicó informaciones extraordinarias sobre el pasado y sobre el futuro, así como acerca de sus reencarnaciones sucesivas desde la época del antiguo Egipto hasta la actualidad. Es significativo el número de personajes proféticos que han aparecido durante el siglo XIX y XX. La verdad es que algunos  hicieron cosas asombrosas. Pero entre ellos ha habido una serie de profetas del fin del mundo, que ha sido una idea continua desde tiempos inmemoriales.

Pero lo que es realmente sorprendente es el caso de las religiones, que nos dicen que en el Día del Juicio los no creyentes morirán de múltiples horribles maneras, incluyendo el envenenamiento con agua amarga, que suena a las consecuencias de una radiación nuclear. Pero,  ¿quiénes son los no creyentes? ¿Los que no creen en los dogmas católicos?, ¿los que no conocen las enseñanzas del Corán?, o ¿los que no siguen el Libro de Mormón?  Casi todas las religiones esperan a un redentor de algún tipo que se tendrá que reencarnar. Para el cristianismo, esta figura es la de Jesucristo, el salvador que se dice redimió del  pecado original a la Humanidad hace más de 2.000 años, pero que se espera que regresará para juzgarnos. Pero,  ¿no es extraño que Jesús se convirtiera en el Mesías de los cristianos, pero que no fuese reconocido como tal por su propio pueblo, el judío?  Muchas veces se dice que uno no es profeta en su tierra, pero en este caso parece bastante sorprendente.  Además,  no está muy claro que debamos considerar  a Jesús como un salvador. No sólo porque no hubo una paz duradera después de su venida, tal como decían las profecías,  sino también porque el reinado de la casa de David, que se decía debía durar toda la eternidad, se extinguió hace miles de años.

El libro «profético» de Isaías se traduce a veces en tiempo presente y otras en futuro. Como parece evidente, el niño esperado no podía haber nacido en tiempos de Isaías. Pero resulta útil saber que el alfabeto hebreo, en que están escritos los textos proféticos,  sólo contiene consonantes por lo que no puede reflejar el futuro gramatical. Muchas veces, para facilitar la lectura, las vocales se indicaban con puntos pequeños entre las consonantes. En el texto original existía el pasado continuo imperfecto y el pasado perfecto, pero no existía el futuro. Por lo tanto, los traductores podían hacer las interpretaciones que quisieran y convertir a voluntad el pasado continuo en futuro. Los estudiosos están en desacuerdo sobre qué pasajes de Isaías son auténticos, pero no hay profecías mesiánicas a las que se haya atribuido una importancia tan universal como las de Isaías y Daniel.  Por ello, cuando se desea encontrar la figura mesiánica de Jesús a partir de estas referencias proféticas, uno debe enfrentarse  con los datos históricos. Lo que es evidente es que después de Jesús no apareció, tal como se había profetizado tras la venida del Mesías,  un poder único ni un reino eterno. Creemos que los teólogos probablemente se inventaron un hipotético «reino eterno» que habrá de seguir al Día del Juicio, ya que si Jesús no era el Mesías, se supone, tal como piensan los judíos, que tendrá que aparecérsenos en el futuro. 

Lo que es evidente es que los antiguos textos proféticos abren una puerta hacia el futuro, pero los profetas y escritores apocalípticos imaginaron este futuro de diversos modos. La teología judía se refiere al Mesías como de origen humano, que representa al conjunto del pueblo de Israel. Sin embargo, la teología cristiana lo ve como una figura mesiánica equivalente al «hijo de Dios». Pero ambas versiones teológicas dejan una serie de incógnitas: ¿Cómo y cuándo surgió la idea de un Mesías? Sabemos que los textos de profetas como Isaías, Daniel o Ezequiel han sido manipulados a lo largo de los siglos, por lo que no podemos confiar en ellos para determinar fechas con precisión.  Además, la idea de un Mesías es mucho más antigua que los profetas, ya que lo que ellos han escrito es el resultado de una expectativa existente desde la expulsión del Edén. Los profetas se apoyaban en la sabiduría tradicional de todo un pueblo. Las expectativas de ser salvados y liberados son muy antiguas, anteriores con mucho a los profetas. Aunque el teólogo Leo Landmann  dice que «Los israelitas han legado al mundo tres dones: el monoteísmo, los edictos morales y los profetas verdaderos. A éstos debe añadirse un cuarto: la fe en el Mesías», debemos decir que muchas culturas antiguas tenían expectativas mesiánicas.

El teólogo H. W Schomerns escribió: “La certidumbre de la superioridad del cristianismo, de su validez absoluta, en efecto, sobre todas las religiones, refuerza y edifica al pueblo cristiano”. Esta afirmación tan concluyente indica que falta un conocimiento de las otras religiones, ya que deberíamos empezar por entenderlas. Evidentemente la fe es una cuestión individual y hay que respetar las creencias de toda persona. Además no hay que infravalorar las demás religiones, ya que, en muchos casos, tienen una existencia de miles de años y son más antiguas que el cristianismo. Todas las religiones contemplan la idea de la redención y esperan con impaciencia las señales celestiales del regreso prometido de su Mesías. La religión más importante actualmente y la que tiene un crecimiento más rápido es el Islam. En el Corán, el libro sagrado de los musulmanes, Jesús es aclamado como profeta, pero no es venerado como Mesías ni como hijo de Dios. Sólo el cristianismo cree que Jesús es el Mesías y el Redentor. Ninguna de las otras grandes religiones del mundo admite esta creencia, ni el Judaísmo ni el Islam, ni mucho menos las religiones de Asia.

Parece curioso que sobre la base de unos mismos textos y tradiciones, los teólogos de las distintas religiones lleguen a versiones completamente diferentes de la verdad. En efecto, el Judaísmo, el Islam y el Cristianismo se basan en losmismos profetas antiguos, por lo que podría esperarse que llegaran a conclusiones similares. Pero como esto no se cumple, entendemos que ninguno conoce realmente la verdad, sino que se limitan a decir lo que quieren que se crea. El Islam contempla también la idea del Día del Juicio y del ajuste de cuentas final. Del mismo modo que el Apocalipsis de San Juan, el Corán nos dice: “Ese día plegaremos los cielos, del mismo modo que se enrolla un documento. Del mismo modo que hemos producido la creación, así la haremos desaparecer…”.  O, de manera semejante a las trompetas del Apocalipsis, otro versículo del Corán dice: «El día en que sonará la trompeta y en que reuniremos a los culpables, que tendrán entonces los ojos azules.». Y otro sura dice que “no quedará en pie ninguna ciudad tras el día del castigo y de la resurrección”. Vemos que en lo único en que se ponen de acuerdo distintas religiones es en pronosticarnos un terrible final. A esto le llamo motivación negativa.

¿Cuándo sucederán estos cataclismos? Según el Corán:  “Éste es un secreto de Alá … El castigo los sorprenderá de improviso y los dejará estupefactos; no podrán alejarlo de sí ni obtener dilación”.  El Mesías islámico se llama «el Mahdi» y tanto el profeta Mahoma como los diversos imanes (grandes maestros del Islam) que lo han sucedido han anunciado el regreso del Mahdi. Los imanes siempre consideraron impías las especulaciones acerca de la fecha de la venida del Mahdi, pues era un secreto que sólo conocía Alá. Al igual que en el caso del Judaísmo y del Cristianismo, la literatura islámica sobre la segunda venida del Mahdi llena bibliotecas enteras. Un extranjero preguntó una vez al quinto imán, Al Baquir, qué señales se verían antes del regreso del Mahdi. El imán respondió: “Sucederá cuando las mujeres se comporten como hombres y los hombres como mujeres; y cuando las mujeres monten a caballo con silla de montar y a horcajadas como los hombres. Sucederá cuando las profecías falsas se tengan por verdaderas, y cuando las profecías verdaderas se rechacen; cuando los hombres derramen la sangre de otros hombres por cuestiones de poca monta, cuando realicen actos indecentes y cuando dispersen y derrochen el dinero de los pobres”. Según esta afirmación de Al Baquir, tendríamos que considerar que el Mahdi ya debería haber llegado hace tiempo.

Además se dice que antes de que venga el Mahdi, «aparecerán sesenta hombres que se harán pasar por profetas». Y no parece haber dudas de que ha habido mucho más de sesenta falsos profetas hasta la fecha. Existe la misma confusión en lo que respecta al regreso del Mahdi que la que encontramos con respecto al Mesías en el Judaísmo y en el Cristianismo. Todas las grandes religiones del mundo esperan a un Mesías, pero nadie sabe decir cuándo llegará. Esta figura mesiánica suele verse en relación con las estrellas y con el juicio final de la Humanidad. Se dice que vendrá acompañado de huestes de ángeles, que poseerá un poder inmenso y que estará entronizado en las nubes. ¿De dónde proceden estas creencias? Para afinar más en estas hipótesis, debemos investigar unas tradiciones más antiguas que las del Corán o las del Apocalipsis cristiano.

La palabra Avesta procede del persa y significa «instrucción básica». El Avesta contiene todos los textos religiosos de los parsis, o seguidores de Zoroastro, que se supone fue concebido por una virgen, al igual que Jesús. Cuenta la tradición que bajó del cielo una montaña luminosa y de la montaña salió un joven que implantó el embrión de Zoroastro en el vientre de su madre. ¡Curiosa descripción del origen de un embarazo!  Los parsis se negaron a aceptar el Corán como libro sagrado, pues aducían que su religión era más antigua que el Islam, y emigraron al Irán y la India. Aunque su lengua, el gujarati, es una lengua hindú moderna, siguen practicando el culto en la lengua religiosa del Avesta, de manera semejante a la tradición católica de celebrar el culto religioso en latín. El guyaratí es un idioma que procede del estado de Guyarat, al oeste de la India. Es una lengua indoeuropea, de la familia indoaria, hablada por unos 46 millones de personas en todo el mundo, siendo así la vigésima tercera lengua más hablada del mundo. Es una de las 14 lenguas regionales oficiales de la India. Curiosamente fue la lengua materna de Gandhi, el «padre de India» y de Muhammad Ali Jinnah, el «padre de Pakistán».

Los parsis se encuentran con un dilema semejante al de los seguidores de otras religiones, ya que sólo se conserva aproximadamente la cuarta parte de los textos originales del Avesta. Algunas partes de los textos de esta antigua religión persa se conservaron en textos cuneiformes que fueron escritos por orden del rey Darío el Grande (558-486 a.C), por su hijo Jerjes (519-465 a. C.) y por su nieto Artajerjes (424 a. C). El dios más importante de esta religión se llama Ahura Mazda, que creó el cielo y la tierra. En los textos parsis, las estrellas fijas están ordenadas en diversas agrupaciones estelares, cada una de las cuales está sujeta a determinados «comandantes». Las huestes celestiales son francamente militaristas, ya que hay «soldados» de las constelaciones y se libran batallas por todo el universo. En los textos de Afrigan Rapithwin se alaba a diversas misteriosas estrellas con términos muy entusiastas: “Alabamos a la estrella Tistrya (identificada con la estrella Sirio), la brillante y majestuosa; Alabamos a la estrella Catavaeca, que gobierna las aguas;  Alabamos a todas las estrellas que contienen simientes de agua; Alabamos a todas las estrellas que contienen simientes de árboles; Alabamos a las estrellas que se llaman Haptoiringa, las sanadoras, opuestas a las Yatus...”.

Estos homenajes a las estrellas parecen ser algo más que pura fantasía, pues los parsis poseían un significativo nivel de conocimientos astronómicos. Sabían, por ejemplo, que los planetas eran «cuerpos simples de forma redonda». Desde los tiempos más remotos, en los templos de los parsis se había venerado a diversos dioses y a sus lugares de origen en el universo, de tal manera que eran precursores de la revolución del pensamiento astronómico que explicitó Galileo Galilei en 1610. En cada templo se encontraba un modelo circular del planeta al que estaba dedicado. En cada templo se llevaba una ropa especial y se seguían unas costumbres determinadas en función del planeta al que se veneraba. En el templo de Júpiter había que presentarse vestido de juez o de erudito; en el templo de Marte los parsis iban vestidos de rojo, llevaban ropas militares y tenían que conversar «con tonos soberbios». En el templo de Venus había risas y bromas; en el templo de Mercurio había que hablar como filósofo. En el templo de la Luna, los sacerdotes parsis se comportaban como niños que juegan a luchar entre sí y daban saltos y volteretas. En el templo del Sol había que llevar ropas de brocado y había que comportarse «como corresponde a los reyes del Irán».

El carro de cuatro caballos con corceles alados, llamado quadriga solis,  procede de de las tradiciones persas. Pero  en la versión parsi, los dioses de los planetas se turnan para conducir el carro del sol. Y en los textos del Avesta se alaba al carro celeste y a sus conductores en los términos siguientes: “Cuatro corceles, blancos, brillantes, relucientes, astutos, prudentes, sin sombra, cabalgan por las regiones celestiales (…) más veloces que las nubes, más veloces que las aves, más veloces que las flechas, adelantan a todos los que los siguen…”. En estos textos abundan las referencias a máquinas voladoras en el universo. Los parsis esperaban la reaparición de sus dioses y creían que los «seres de luz» volverían a descender de los cielos y a salvar a la humanidad. El propio Zoroastro preguntó a su dios Ahura Mazda sobre el fin del mundo, y éste le dijo que habría una batalla final entre el bien y el mal. Bajarían de los cielos muchos inmortales que poseerían el conocimiento de todas las cosas. Antes de que aparezcan en los cielos, el sol se cubrirá de oscuridad, habrá terremotos y fuertes tormentas y vientos y caerá una estrella del cielo. Después de una batalla terrible, en las que los ejércitos se enfrentarán en masa, alboreará una nueva edad de oro. La humanidad adquirirá entonces tales conocimientos en las artes de la curación que «podrán curarse los unos a los otros, aun cuando estén próximos a la muerte». Esta versión de la «redención» no parece demasiado diferente de la que nos encontramos en otras religiones, que nos hablan de dioses procedentes de los mundos estelares, que aparecen como salvadores.

En el hinduismo todo es más complicado por la existencia de diversas deidades multiformes. En la tradición hinduista, el mundo pasa por un continuo ciclo de estas épocas. Cada satiá-iugá se va degradando hasta convertirse en kali-iugá; luego viene una etapa de renacimiento que no se describe en las Escrituras, y comienza otro satiá-iugá seguida de otra fase descendente y así continuamente. El descenso de satiá-iugá a kali-iugá está asociado a un progresivo deterioro del dharma (‘deber religioso’), manifestado en un decrecimiento en la duración de la vida del ser humano y la calidad de los estándares de la moral humana.  Al principio de las cuatro épocas del mundo hubo una Era de los Dioses, la Krtayuga o Devayuga. Este periodo fue perfecto en todos los sentidos, pues en él no existían enfermedades, enfrentamientos o dolor. En aquellos tiempos, según las enseñanzas hinduistas, todas las personas tenían fijada su visión en el Brahma superior, e incluso los miembros de las cuatro castas vivían en armonía entre sí. La vida y los propios seres humanos eran perfectos. La gente se dedicaba a hacer una vida ascética y al estudio de las escrituras, y los deseos materiales eran desconocidos. La gente amaba la verdad y el conocimiento. No había injusticia, pues nadie sentía ningún anhelo terrenal. En el Bhagavata-Purana, uno de los muchos textos de la religión hinduista, se describe a las gentes de esa edad dorada como satisfechos, amistosos, pacientes y misericordiosos. Eran felices porque llevaban la paz en sus corazones.

Todo parece indicar que era un mundo muy distinto al actual. Pero esta edad de oro del hinduismo no es más que un deseo proyectado al futuro. El hinduismo cree que tal como fue la «edad dorada» así volverán a ser las cosas en el futuro. Volverá una era de belleza y de armonía. El hinduismo no tiene una pareja inicial como Adán y Eva; ya que se dice que Brahma creó a ocho mil personas de una vez, mil parejas de cada una de las cuatro castas, que eran como los seres divinos. Los miembros de estas parejas se amaban entre sí, pero no engendraron hijos. Sólo al final de sus vidas engendraron dos hijos cada una de estas parejas; pero no mediante un acto sexual, sino mediante el poder de la mente. Por esta razón la Tierra se pobló de seres espirituales. Pero este feliz estado de cosas perduró hasta que los espíritus negativos, además de dioses de todo tipo, introdujeron el caos y la confusión entre los seres humanos. Se describía  a los dioses como seres enormemente poderosos e inmortales, pero que eran semejantes a los seres humanos en todos los demás sentidos y que estaban dotados de personalidades individuales. La más alta de estas deidades era el «Príncipe del universo, que lo gobernaba todo». Los dioses hindúes son tantos, tan diversos y están tan interrelacionados entre sí que se necesitaría todo un libro para  describirlos en  mayor detalle. Pero lo que es significativo son las muchas referencias a que los dioses dominaban el arte de viajar por el aire y por el espacio por medio de máquinas voladoras de toda clase y de todo tipo. Y todos estos objetos voladores se describían como reales y con estructura física, por lo que no podemos considerarlos como espirituales o fruto de la fantasía y la imaginación.

En los textos religiosos hindúes se describen con gran detalle aparatos voladores con terribles armas. Sobre todo en los Vedas, que se tienen por las fuentes más antiguas. La palabra veda significa «conocimiento sagrado». Uno de estos textos, el Rigveda, es una colección de 1.028 himnos a los dioses. Afirma sin ambigüedades que estas máquinas voladoras venían del cosmos a la Tierra y que los dioses descendieron personalmente a impartir conocimientos a los seres humanos. Del mismo modo que en las leyendas judías, en los textos hindúes se describen batallas entre los dioses; pero no en un cielo indefinido de gloria espiritual, sino «en el firmamento sobre la Tierra». En el «Vanaparvan», que pertenece al Mahabharata hindú, se describen las residencias de los dioses como lugares situados en el espacio, que giraban en órbita muy por encima de la Tierra. Lo mismo puede encontrarse en el Sabhaparva. Estas enormes estaciones espaciales tenían nombres tales como Vaihayasu, Gaganacara y Khecara. Eran tan grandes que las naves-lanzadera, llamadas vimanas,  podían entrar en su interior por enormes puertas. Vamos, igual que una novela de ciencia ficción.

El origen ario de las religiones de la India puede verse en el uso de la esvástica, que  se encuentra por todas partes en los templos de la religión hindú, así como en símbolos, altares, escenas e iconografía en India y Nepal, tanto en el pasado como en nuestros días. En el hinduismo, los dos símbolos representan las dos formas del Brahman (el concepto impersonal de Dios). En sentido de las agujas del reloj representa la evolución del universo (pravritti), representada por el dios creador Brahmá, mientras que en sentido antihorario representa la involución del universo (nivritti), representada por el dios destructor Śiva. En el budismo la esvástica se usa en posición horizontal (a diferencia de la esvástica nazi, que aparece rotada 45 grados en la bandera del III Reich alemán). Al menos desde la Dinastía Liao forma parte de la escritura china (como 卍 (en pinyin: wan4), simbolizando el carácter 萬 (wan4) quiere decir ‘todo’, y ‘eternidad’, y como 卐 que apenas se usa.) Las esvásticas (girando a derecha o a izquierda) aparecen sobre el pecho de algunas estatuas de Buda. En el jainismo el motivo de la esvástica se combina con el de una mano. La razón es que, en el jainismo, este símbolo representa a su séptimo santo, y las cuatro manos son también usadas para recordarle al adorador los cuatro posibles lugares de nacimiento; el mundo animal o de las plantas, el infierno, la Tierra, o el mundo de los espíritus.

Anteriormente nos hemos referido a antiguos textos hindúes, que no están perdidos,  sino que se encuentran en importantes bibliotecas (incluso digitales) a disposición de quien quiera leerlos. En la parte del Mahabharata llamada «Drona Parva», podemos leer que “tres ciudades grandes y hermosamente construidas giran alrededor de la Tierra. De éstas se extiende la discordia a las gentes de la Tierra, y también a los propios dioses, en una guerra de proporciones galácticas. Siva, que viajaba en un carro muy excelso que estaba compuesto de todas las fuerzas del cielo, se preparó para la destrucción de las tres ciudades celestiales. Y Sthanuy, jefe de los destructores, azote de los Asuras, gran luchador de valor sin límite, dispuso sus fuerzas en excelente formación de combate (…). Cuando las tres ciudades volvieron a cruzarse entre sí en sus caminos por el firmamento, el dios Mahadeva las atravesó con un terrible haz de luz de la boca triple de su arma. Los Danavas no podían mirar el camino de este haz de luz, que tenía el alma del fuego-yuga y contenía el poder de Visnú y de Soma. Mientras los tres asentamientos empezaban a arder, Parvati se apresuró a acercarse para contemplar el espectáculo”. Como podemos ver, los dioses del hinduismo libraban batallas entre sí «en el firmamento», como el arcángel Ismael (o Lucifer) en la tradición judía.

El la tradición judía leemos “Ismael era el mayor príncipe de los ángeles del cielo (…). E Ismael se unió con todos los ejércitos más altos del cielo contra su Señor; reunió a sus ejércitos a su alrededor y descendió con ellos y se puso a buscar una compañera en la Tierra. Y Enoc describió el motín de los ángeles, enumerando sus nombres. Estas tradiciones de batallas en el cielo y de luchas entre los dioses, es realmente impactante, aunque las religiones ofrecen una versión muy simplista e infantil de estos hechos. En el hinduismo, los seres humanos alcanzan la serenidad absoluta por sus propios medios, a través de ciclos continuos de nuevos nacimientos durante los cuales mejoran y limpian su karma. Pero en esta tarea son ayudados por los dioses y, en último extremo, por el dios universal Brahma. Pero los hinduistas también están familiarizados con la idea del regreso de los dioses. Visnú nacerá un día como Krishna y salvará a la Tierra de sus tribulaciones. Para los occidentales es un misterio el papel que desempeña en todo ello el concepto del karma o de la reencarnación. ¿Quién informó a los hinduistas de un ciclo continuo de renacimientos, en el que llevan a cuestas sus obras buenas y malas de una vida a otra?

La compleja doctrina del karma se describe con gran detalle en la sorprendente religión jainista. El jainismo es, con el budismo y el hinduismo, una de las tres grandes religiones de la India. El jainismo surgió en el norte de la India siglos antes de la aparición del budismo y se difundió por todo el subcontinente. Sus seguidores afirman que fue fundado en tiempos muy antiguos y creen que sus enseñanzas son eternas e imperecederas. La religión jainista aparece recogida en una serie de extraordinarios textos prebudistas. La literatura teológica y científica del jainismo contiene relatos que hablan de hombres santos, canciones sobre los creadores primigenios, así como preceptos de todo tipo. Estos textos, de modo similar a la Biblia, están recopilados bajo el título genérico de Shvetambaras. Se dividen en 45 secciones, cuyos títulos son todos auténticos trabalenguas. El «Vyahyaprajnaptyanga» presenta todas las enseñanzas del jainismo con diálogos y leyendas. El «Anuttaraupapatikadashan-ga» cuenta las historias de los santos primigenios que ascendieron a los mundos celestiales más altos. La sección titulada «Purvagata» contiene libros y descripciones científicas. Dentro de ésta, el «Utpada-Purva» trata de la formación y de la disolución de todas las diversas sustancias químicas. El «Viryapravada-Purva» describe las fuerzas que están activas en la sustancia de los dioses y de los grandes hombres. El «Pranavada-Purva» estudia el arte de la curación. El «Lokabindusara-Purva» trata de las matemáticas y de la redención. Por si todo esto no fuera suficiente, existen también los 12 «Upangas», que describen todos los aspectos del Sol, la Luna y de otros cuerpos planetarios, así como de las formas de vida que los habitan. Además, el «Aupapatika» nos explica el modo de alcanzar la existencia divina. También en «Prakirnas» se nos proporciona una lista de reyes divinos.

 

Aquí vale la pena detenernos en una descripción de esta verdaderamente sorprendente religión, casi desconocida, que creo habría que investigar más a fondo.  El jainismo es una religión de la India, que se dice fue fundada en el siglo VI a. C. por Mahāvīra. Se trata de una religión no teísta y no reconoce la autoridad de los textos Vedas ni de los brahmanes. En la actualidad, el jainismo está presente en la India oriental (Bengala), centro occidental (Rajastán, Maharastra y Guyarat) y meridional (Karnataka). Se calculan aproximadamente unos cuatro millones de fieles jainistas, siendo la séptima en número de fieles entre las religiones de la India. Originario del Subcontinente Indio, el jainismo (o más apropiadamente el dharma jainista), fue fundado por el indio Mahavirá (549 – 477 a. C.). No se conoce mucho acerca del origen del jainismo, aunque según sus seguidores es una de las religiones más antiguas de la región y también del mundo, porque sus orígenes prehistóricos datarían de antes del 3000 a. C. y de los comienzos de la cultura índica del río Indo, con sus misteriosas ciudades, ahora en ruinas,  de Mohenho Daro y Harappa. En el Matsia Purāná aparece una mención al jina-dharma, la doctrina de los jainistas. Dharma es una palabra sánscrita que significa ‘religión’, ‘ley natural’, ‘orden social’  o ‘virtud’.

 

El jainismo es único en el hecho de que durante su historia es la única religión que nunca ha transigido en el concepto de la no violencia ni en el principio ni en la práctica. Sostiene que la no violencia es la suprema religión (ahimsa paramo-dharma) y ha insistido en su observancia en pensamiento, palabra y acción a nivel individual y social. El texto sagrado Tattvartha Sutra lo resume con la frase “parasparopagraho jivanam” (toda la vida se sustenta mutuamente). Un dios arhat se destaca de los 24 dioses jinas (‘victoriosos’) principales, que vivieron en cada uno de los 3 ava-sarpinīs (períodos descendentes de larga duración), que están divididos en seis etapas: bueno-bueno, bueno, bueno-malo, malo-bueno, malo, malo-malo. Los avasarpinís alternan con los ut-sarpinī, largos períodos ascendentes, cuyas etapas comienzan por malo-malo y terminan con bueno-bueno. El último arhat que estuvo en la Tierra (en este último avasarpiní) fue Mahāvīrá; el verdadero fundador del jainismo. Se cree que vivió en Bihar poco tiempo antes de la época de Buda (siglo VI a. C.). Los historiadores creen que las menciones al jaina-dharma que aparecen en algunos Purānas, demuestran que los textos védicos no son tan antiguos como pretenden los eruditos hinduistas.

La religión jainista tiene una cosmología y creencias elaboradas; llenas de nombres, categorías, clases, jerarquías, grados, órdenes, entre otros. Ellos creen que el mundo es eterno y carece de principio. No existe una divinidad personal, y todas las posibles divinidades —las almas de los perfectos arhat (divinidades humanas), por ejemplo— no son emanación ni manifestación de ninguna Unidad (el Todo o Absoluto), conceptos y realidades que son igualmente negadas y rechazadas en el jainismo junto con la de un dios creador.  En su concepto de Pananimismo  toda la realidad es vida. Para el jainismo el universo es una totalidad viviente; todo ser posee un alma, más o menos compleja, diáfana o pesada. Desde la tierra o el viento, a los insectos o los mamíferos, todos los seres reflejan el universo y son dignos de respeto. El mayor pecado para el jainismo es causar daño a un ser vivo, aunque también hay que evitar dañar a la tierra o a las almas del agua o del aire. En coherencia con lo anterior, los jainistas practican la no violencia, el ayuno y la mortificación del propio cuerpo. A través de estas actividades esperan descargar su alma del peso de la materia kármica y evitar posteriores reencarnaciones.

La religión jainista presenta una perspectiva igualitaria de las almas, sin importar las diferencias en las formas físicas: humanos, animales y organismos vivientes microscópicos. Los humanos son los únicos poseedores de los seis sentidos: vista, oído, gusto, olfato, tacto y pensamiento; por lo tanto de los humanos se espera que actúen con responsabilidad hacia toda la vida, siendo compasivos, sin egoísmo, sin miedo, racionales y misericordiosos. Desde el punto de vista epistemológico, el jainismo es relativista, defiende que el conocimiento del mundo sólo puede ser aproximado y que, con el tiempo, incluso su propia religión acabará por desaparecer. La comunidad jainista distingue entre monjes y seglares. Los monjes se someten a una disciplina ascética superior a la de los laicos, aunque no ejercen el monopolio de la religión. Viven en un jina-sadman (monasterio jainista). Un jina-rshi (asceta jainista) asume cuatro votos: la no violencia, la sinceridad, la rectitud y la renuncia a las cosas y a las personas. Los jina-kalpa son las ordenanzas practicadas por los jinas (opuestas a aquellas de los sthaviras). Consiste en cinco votos: ahimsa (no violencia);  satya (veracidad); asteya (no robar); brahmacharya (castidad) y aparigraha (desapego de lo material).

La religión jainista pone mucha atención en el aparigraha, el desapego de las cosas materiales a través del control de uno mismo, penitencia, limitación voluntaria de las necesidades y consecuente disminución de la agresividad. El vegetarianismo es un modo de vida para un jainista, teniendo su origen en el concepto de jīva dāya (‘compasión por los seres vivos’) y el a-himsá (la no violencia). La práctica del vegetarianismo es vista como un instrumento para la práctica de la no violencia y la coexistencia pacífica y cooperativa. Los jainistas son vegetarianos estrictos (dieta vegana) que consumen solamente seres sin sentidos (sin sistema nervioso), principalmente del reino vegetal. Si bien la dieta jainista implica el aniquilamiento de cosas sin mente como son las plantas, esto se ve como la forma de sobrevivir que causa el mínimo de violencia hacia los seres vivos (muchas formas vegetales como frutas o raíces son mejor vistas por el Jainismo por comportar simplemente la extracción de una parte de la planta y no su destrucción total).

Aparte de las escrituras antes indicadas, se supone que existieron libros en tiempos remotos, pero que se han perdido. Pero los jainistas creen que estas escrituras fueron transmitidas oralmente a los sacerdotes a lo largo de las generaciones. Y creen que siempre están apareciendo reencarnaciones de los antiguos profetas que revelan de nuevo su contenido, en la medida en que la gente y los tiempos estén preparados para recibir tales enseñanzas. Sólo se han conservado fragmentos de los textos perdidos, pero su  contenido es realmente asombroso, tales como:  “Cómo viajar a tierras lejanas por medios mágicos;    Cómo hacer milagros;  Cómo transformar las plantas y los metales;   Cómo volar por los aires”. También en la literatura sánscrita se describe el vuelo por los aires. Según las enseñanzas jainistas, la época en que vivimos no es más que una entre muchas. Antes de nuestro tiempo hubo otros periodos cósmicos y dentro de poco tiempo empezará una nueva época. Estas épocas nuevas siempre vienen anunciadas por veinticuatro profetas, los tirthamkaras. Los profetas de nuestra época están naciendo ahora, o quizás ya sean adultos. Los líderes religiosos del jainismo dicen conocer sus nombres y otros detalles de sus vidas.

El primero de estos profetas (tirthamkaras) fue Rishabha y se dice que vivió en la Tierra durante unos increíbles  8.400.000 años. Rishabha era un gigante, pero los patriarcas que lo sucedieron fueron cada vez menos longevos y menos altos. Pero, no obstante, el vigésimo primero, que se llamaba Arishtanemi, llegó a vivir 1.000 años y medía diez codos de alto. Sólo los dos últimos, Parshva y Mahavira, alcanzaron una edad razonable. Parshva vivió cien años y sólo medía 2,74 metros de estatura, mientras que Mahavira, el vigésimo cuarto tirthamkara sólo alcanzó los 72 años de edad y sólo medía 2,12 metros. Los jainistas sitúan la aparición de los tirthamkaras en unos tiempos increíblemente remotos. Se supone que los dos últimos, Parshva y Mahavira, murieron en el 750 y en el 500 a. C, respectivamente, mientras que el sucesor del primer patriarca Rishabha  estuvo presente durante unos 84.000 años. Estos astronómicos números que se nos presentan deberían llamar la atención a los investigadores de mitos y de los teólogos. La razón es que tenemos un núcleo de tradiciones  que se relatan en muchos libros considerados sagrados.

En la antigua lista de los reyes babilónicos se cuentan diez reyes desde la creación de la Tierra hasta el Diluvio, que reinaron durante un total de unos 456.000 años. Después del Diluvio, «volvió a bajar del cielo el reino una vez más», y los 23 reyes siguientes reinaron durante otros 24.000 años. A los patriarcas bíblicos también se les atribuyen edades increíbles. Se dice que Adán vivió más de 900 años; Enoc tenía 365 años cuando ascendió en un carro de fuego, mientras que su hijo Matusalén vivió 969 años. En el antiguo Egipto el sacerdote Manetón dejó escrito que el primer monarca divino de Egipto había sido Hefaisto, que también había traído el don del fuego. Después de él vinieron Cronos, Osiris, Tifón, y Horus, hijo de Isis. Después de los dioses, los descendientes de los dioses reinaron durante 1.255 años. Y después vinieron otros reyes que reinaron durante 1.817 años. Tras esto, otros 30 reyes reinaron durante 1.790 años. El reino de los espíritus de los muertos y de los descendientes de los dioses abarcó 5.813 años. El historiador Diodoro de Sicilia, que hace 2.000 años escribió varias obras, confirma estas fechas. Desde Osiris e Isis hasta el reinado de Alejandro, que fundó la ciudad de Alejandría, en Egipto, se dice que pasaron más de 10.000 años; pero algunos dicen que ese periodo abarca en realidad unos 23.000 años. También el griego Hesíodo, en su obra “Mito de las cinco razas de la humanidad”,  escribió (hacia el año 700 a. C.) que originalmente los dioses inmortales habían creado a los seres humanos: «Estos héroes de excelente origen, llamados semidioses, que en los tiempos anteriores a los nuestros residían en la Tierra sin límites…»

Los jainistas, como hemos visto, no son los únicos que relatan fechas tan astronómicas. Pero, además, muchos de sus escritos son revolucionarios desde el punto de vista de la ciencia moderna. Su concepto del tiempo, del kala, parece formulado por un físico actual.  Su unidad de tiempo más pequeña es el samaya. Éste es el tiempo que tarda el átomo más lento en recorrer la distancia de su propia longitud. Una cantidad innumerable de samayas constituyen un avalika, y 1.677.216 avalikas componen un muhurta, que equivale a 48 de nuestros minutos. Treinta muhurtas equivalen a un ahoratra, que es la duración exacta de un día y una noche. Si multiplicamos 48 minutos (un muharta) por 30, obtenemos 1.440 minutos, que es exactamente el número de minutos que hay en 24 horas. Pero la medida del tiempo de los jainistas tiene millares de años de antigüedad, y se dice que fue comunicada a los seres humanos por seres celestiales. Quince ahoratras constituyen un paksha, que es medio mes; dos pakshas equivalen a un mes. Dos meses son una estación; tres estaciones son un ayana o temporada. Dos ayunas valen un año, y 8.400.000 años son un purvanga. Pero el cálculo continúa: 8.400.000 purvangas constituyen un purva (16.800.000 años). La cuenta de los jainistas llega hasta increíbles números de 77 cifras. Más allá de estas cifras, los valores se dan en términos de conceptos concretos, semejantes a nuestros años luz, para una distancia tan enorme como 9.500.000.000.000 kilómetros. ¡Realmente asombroso! 

Y para demostrar que todo esto no son simples fantasías, tenemos que los mayas de la América Central utilizan cifras igualmente mareantes, y también las relacionan con el tiempo y con el universo del mismo modo que los jainistas de la lejana Asia. Los jainistas tomaron también de sus maestros celestiales unas definiciones de lo que es el espacio que resultan sorprendentes, y que hacen comprensible la relación de éste con el misterioso concepto del karma. En los textos científicos de los jainistas, el átomo ocupa un punto en el espacio. Este átomo puede unirse con otros para formar un skandha, que abarca entonces varios puntos en el espacio o un número de éstos imposible de medir. Nuestra propia ciencia enseña lo mismo: dos átomos pueden formar una cadena de proporciones mínimas, pero también existen cadenas moleculares que contienen muchos millones de átomos. Estas cadenas atómicas producen sustancias y materiales de diversas densidades. Las enseñanzas jainistas distinguen seis formas principales de cadenas o conexiones de este tipo:  Fino-fino: cosas que son invisibles;   Fino: cosas que también son invisibles;  Fino-áspero: cosas que son invisibles pero perceptibles por el olfato y el oído;  Áspero-fino: cosas que se ven pero no se sienten, como las sombras o la oscuridad;  Áspero: cosas que se reúnen por sí mismas, como el agua o el aceite;  Áspero-áspero: cosas que no se reúnen sin ayuda exterior, como la piedra o el metal.

En el jainismo, hasta una sombra o un reflejo se consideran materiales, porque son producidas por una cosa. Ni siquiera el sonido se clasifica en la categoría de «fino-fino», sino que se considera una materialidad fina, resultado del «frote de grupos de átomos entre sí». Según esta enseñanza, la sustancia «fina-fina» puede penetrarlo todo y, por lo tanto, puede desempeñar una influencia modificadora sobre otras sustancias. La sustancia que penetra en un alma se expresa como karma, lo que nos vuelve a llevar al tema de la reencarnación. Se considera que el karma es eterno, lo que podría aportar una idea de inmortalidad de la esencia de cada ser.  Actualmente se sabe que todo tipo de materia se puede reducir al nivel atómico. Y el mismo átomo está compuesto de partículas subatómicas, entre las que destaca el electrón, que oscila a un ritmo de 1023 veces por segundo. Actualmente los jainistas considerarían la materia de este electrón como «fina-fina»: ya que no es posible captarla y, además, es inmortal. El átomo actúa como «el espíritu dentro de la materia», de manera parecida a una onda de radio que penetra sustancias determinadas. Y resulta que los pensamientos de toda forma de vida influyen sobre sus obras. En línea con esto, el astrónomo y físico inglés Arthur Eddington escribió: «La sustancia del mundo es la sustancia del espíritu». Y Max Planck, ganador del premio Nobel de Física, dijo lo siguiente: “No existe la materia como tal. Toda la materia surge y se sustenta únicamente en virtud de una fuerza que hace oscilar las partículas”.

Toda existencia es un eslabón en una larga cadena y dado que nuestros pensamientos dirigen nuestros actos, estos actos dejan su rastro en nuestra mente y espíritu. Los jainistas conciben lo que llamamos «alma» como la materialidad «fina-fina» del cuerpo físico. Esta materialidad penetra el cuerpo como el electrón al átomo. El electrón pertenece al átomo, pero los dos no entran nunca en contacto entre sí. El átomo puede cambiar de posición, unirse a otros para formar cadenas moleculares gigantescas, y siempre estará acompañado de electrones; pero lo raro es que no son los mismos electrones, pues el electrón «salta» de un átomo a otro, por ejemplo, cuando se le aplica calor. Y en la misma milmillonésima de segundo en la que un electrón salta a un nuevo átomo, otro electrón ocupa el lugar que deja vacío. De modo que tenemos una actividad «fina-fina» eterna e inmortal, una oscilación más allá del átomo material. Los jainistas ven el karma del mismo modo. No importa qué le suceda al cuerpo físico, que lo incineren o se pudra bajo tierra: el karma sigue siendo inmortal. Este karma contiene toda la información sobre la forma vital a la que pertenece. A lo largo de la vida pensamos y sentimos; estos pensamientos y estos sentimientos se trasponen sobre la sustancia «fina-fina» del karma.

Cuando este karma se forma sobre un nuevo cuerpo, ya contiene toda la información de su existencia anterior y sigue conteniéndola para toda la eternidad. Pero, dado que el fin último de la vida es alcanzar un estado de serenidad absoluta, siendo uno con Brahma, el karma nos conducirá a esa meta por una serie de innumerables reencarnaciones. Esta manera de pensar no está demasiado alejada de la filosofía actual y de los descubrimientos de la física moderna (ver el artículo “La física moderna, ¿debe algunos de sus conceptos a civilizaciones remotas?”). Lo que puede sorprendernos es que unas teorías tan complejas fueran enseñadas hace miles de años por unos maestros que se dice que aparecieron de las profundidades del universo. La última época de los jainistas comenzó hacia el 600 a. C. con el último de los 24 tirthamkara,  llamado Mahavira, que era el hijo de un rey cuyo embrión se dice que fue implantado en el vientre de su madre, la joven reina, por seres celestiales. Un tema recurrente en muchas de las tradiciones existentes. Se espera que todos estos maestros celestiales de la Antigüedad reaparecerán, reencarnados en nuevos cuerpos. Existen muchas pinturas jainistas antiguas en las que aparece representado el vigésimo cuarto tirthamkara, el profeta Mahavira. Por encima de la procesión en su honor flotan cinco misteriosas aeronaves celestiales.

Pero existen diferencias apreciables entre las expectativas del regreso de los dioses por parte de los jainistas y por parte de los cristianos, musulmanes o judíos. Estos últimos creen que aparecerá un Mesías que los juzgará, y mientras los fieles disfrutarán de la gloria celestial los infieles se asarán en el infierno. Los jainistas son más originales y no esperan a un solo salvador, sino a varios a la vez. Los profetas o tirthamkaras regresan constantemente, en cada una de las épocas. Después de su aparición no hay un fin del mundo definitivo, no se alcanza el gozo celestial ni tampoco la condenación eterna, sino que comienza un nuevo acto en el teatro del universo. Los tirthamkaras tienen menos de salvadores que de ayudantes. Preparan a los seres humanos para la época siguiente. Por eso se reencarnan como seres humanos, tal como vemos en las profecías de Enoc cuando se refieren al «hijo del hombre». Pero su sustancia y su conocimiento kármico proceden del universo. Son extraterrestres los que implantan el embrión en el vientre de la mujer virgen. Y es importante tener en cuanta que estas ideas proceden de hace varios miles de años antes del nacimiento de Cristo, por lo que los jainistas no pueden haber tomado del cristianismo el concepto del nacimiento virginal.

No es de extrañar que unos maestros cósmicos tales como los tirthamkaras tuviesen grandes  conocimientos en astronomía. De estas fuentes es de donde los jainistas aprendieron sus increíbles datos astronómicos. Sus enseñanzas muestran que fueron capaces de medir las dimensiones del universo. Su unidad de medida era el rajju, la distancia que recorre Dios volando en seis meses (curiosa unidad de medida, que sugiere un dios muy “humano”), cuando viaja a 2.057.152 yojanas por segundo (sea cual sea la correspondiente unidad de tiempo nuestro a la que la asimilemos, estamos hablando de velocidades inimaginables). Las enseñanzas jainistas dicen que la Tierra está rodeada por tres capas, que se diferencian por su densidad: densa como el agua, densa como el viento y densa como un viento fino. Más allá está el espacio vacío. Es realmente asombrosa la semejanza con las conclusiones de la ciencia moderna, que nos habla también de tres capas: atmósfera; troposfera, que contiene nitrógeno y oxígeno; y estratosfera, con la capa de ozono. Más allá está el espacio interplanetario. Actualmente, la gente admite cada vez más la idea de que deben existir en el universo otras formas de vida aparte de las terrestres. Los jainistas lo han creído siempre: para ellos, todo el universo está lleno de formas de vida que están repartidas desigualmente por los cielos. Es interesante advertir que aunque reconocen la existencia de las plantas y de las formas de vida básica en muchos planetas diferentes, afirman que sólo en algunos planetas determinados existen seres dotados de «movimiento voluntario».

Los filósofos de la religión jainista describen las diferentes características que poseen los habitantes de los diversos mundos. Los cielos de los dioses dependen de los Kalpas, que son un período de tiempo que comienza con la creación del Universo y termina con su destrucción y la total vacuidad en el espacio. Un kalpa consiste de cuatro períodos: el período de la creación, el período de la existencia, el período de la destrucción y el período del espacio vacío. En ellos, al parecer, se pueden encontrar maravillosos palacios voladores: unas estructuras voladoras que forman muchas veces ciudades enteras. Estas ciudades celestiales están alineadas unas sobre las otras de tal modo que los vimanas (los carros de los dioses) pueden salir en todas direcciones desde el centro de cada «nivel». Cuando termina una época y están a punto de nacer nuevos tirthamkaras, suena una campana en el palacio principal del «cielo». Esta campana hace que suenen campanas en los otros 3.199.999 palacios celestiales. Enseguida, los dioses se reúnen, en parte por amor a los tirthamkaras y en parte por curiosidad. Y a continuación, transportados por un palacio volador, visitan nuestro sistema solar, y comienza una nueva época sobre la Tierra.

En el budismo, el concepto fundamental de la redención aparece bajo una forma muy semejante a la del jainismo, que era una doctrina anterior a la llegada del Buda (560-480 a. C). Buda significa «el despierto» o «el iluminado» y su nombre propio era Siddharta. Nació en el seno de una familia noble y se crió entre lujos en el palacio de su padre, en las estribaciones del Himalaya, en Nepal. A los veintinueve años de edad abandonó su hogar y se dedicó durante siete años a la práctica de la meditación, buscando el camino del conocimiento. Pero en los tiempos del Buda, los dioses de la mitología ya llevaban mucho tiempo de existencia. Después de su iluminación, sintió que era la reencarnación de un ser celestial. Se puso a predicar a sus discípulos el sendero óctuple, que podría conducir a todas las gentes a la iluminación. El Buda estaba convencido de que el futuro traería a otros budas y en su discurso de despedida el Mahaparinibbana-Sutta habla de estos budas del futuro. Profetizó a sus discípulos que uno de ellos llegaría en una época en que la India estaría abarrotada de gente y las ciudades y las aldeas estarían pobladas tan densamente como gallineros. En toda la India habría 84.000 ciudades; en la ciudad de Ketumati (la actual Benarés) viviría un rey llamado Sankha, que gobernaría a todo el mundo pero sin usar la fuerza, sólo por medio del poder de su rectitud. Y durante el reinado de este rey bajaría a la Tierra el sublime Metteya (también llamado Maitreya): un maravilloso y único «conductor de carros y conocedor de mundos», maestro de dioses y de hombres: en otras palabras, el Buda perfecto.

La profecía del Buda es semejante a las enseñanzas jainistas del regreso de los tirthamkaras. El budismo habla también de las diferentes épocas, que se comparan con una rueda que gira. La única diferencia es que en el budismo estas épocas tienen una duración astronómica. La idea de las cuatro épocas, o seis, en el jainismo, sorprendentemente también está presente en la mitología sumerio-babilónica. Es frecuente encontrar unas mismas cifras en culturas que están muy alejadas unas de otras. Según las crónicas babilónicas, los antiguos reyes o monarcas del cielo reinaban durante miles de años. La duración que se atribuye a los reinados de los dioses sumerios Anu, Enlil, Ea, Sin y Sama y Adad  se asemejan mucho a las duraciones que se asignan a los yugas o épocas en la India (multiplicando por 100):

 

  • Anu = 4.320
  • Enlil = 3.600
  • Ea = 2.880
  • Sin = 2.160
  • Sama = 440
  • Adad = 432
  • Kali-Yuga = 432.000
  • Kali-Yuga = 360.000
  • Deva-Yuga = 288.000
  • Treta-Yuga = 216.000
  • Dvapara-Yuga = 144.000
  • Maha-Yuga = 4.320.000

 

El Kali-Yuga aparece dos veces, ya que el Kali-Yuga «sin crepúsculo» tiene una duración más corta que el Kali-Yuga «con crepúsculo». Si descontamos el número de ceros, la coincidencia de las cifras significativas demuestra la existencia de una fuente primitiva común. El número 4.320.000 del Maha-Yuga («gran época») es idéntico al del tercer rey antediluviano En-me-en-lu-an-na, que reinó durante 12 SAR (año del planeta Nibiru, equivalente a 3600 años terrestres), o 43.200 años. Y el número 288.000 del Deva-Yuga corresponde al periodo de reinado del sexto rey, En-sib-zi-an-na. Éste duró 8 SAR, o 28.800 años. La referencia más antigua a una época remota del mundo se encuentra en la antigua Grecia, en la obra del poeta Heráclito. Habla de un periodo de 10.800.000 años, que se corresponde exactamente con el segundo periodo de los antiguos reyes de Sumeria: 30 SAR, o 108.000 años. Estos números no tienen ninguna relación directa con el regreso de ningún salvador, pero ponen de manifiesto la base común que comparten las diversas tradiciones. La única manera de explicar estas coincidencias es suponer que en los albores del tiempo debió existir una cultura original única. Esta fuente común se remonta a tiempos muy antiguos, pues de lo contrario se hablaría de ella en las crónicas históricas.

 

En todas las culturas se manifiesta la idea del regreso de los dioses bajo una forma u otra, pero siempre está relacionada con las estrellas y con salvadores que vienen de más allá de la Tierra. Por otra parte, se suele hablar de embarazos producidos mediante embriones que implantan los «dioses». Hay que suponer que estas ideas tienen un origen común. Son realmente sorprendentes unas crónicas tan precisas en primera persona y todos los detalles de fechas y nombres. No es creíble que Enoc se inventara la larga lista de nombres y de funciones de los «ángeles» amotinados, como tampoco la idea de medir el universo con el número de 2.057.125 yijanas. Tampoco la fantasía parece servir para explicar la coincidencia de fechas de diversas tradiciones culturales ni la idea generalizada de que se realizaron fertilizaciones artificiales e implantes de embriones. Pero las religiones más modernas transformaron estos conceptos y, aún hoy, los católicos consideran que Jesús nació virginalmente de María. También en la antigüedad todos los grandes dioses y dioses-reyes tenían que tener unos origines virginales para ser tenidos en cuenta.

Se decía que la semilla que, al crecer, se convirtió en el rey acadio Hammurabi (de 1726 a 1686 a. C.) había sido implantada en su madre por el dios solar. Hammurabi se convirtió más tarde en el mayor de los legisladores. Mediante el Código de Hammurabi dictó las leyes y reglas destinadas a ordenar la vida social humana. La estela de piedra de más de dos metros de altura, en la que se grabaron dichas leyes, fue desenterrada a principios de nuestro siglo en Susa. Hoy puede contemplarse en el museo del Louvre de París. El Código de Hammurabi contiene 282 párrafos, que afirma se los comunicó el dios del cielo, del mismo modo que Moisés recibió las Tablas de la Ley directamente de Dios. En la introducción a su recopilación de leyes, Hammurabi dice expresamente que «Bel, el Señor del cielo y de la Tierra» lo había escogido a él para que «difundiese la justicia por la Tierra, para que destruyera a los malvados y para que evitara que los fuertes sometieran a los débiles». Y, naturalmente, el pueblo esperaba el regreso de su legislador. Lo único que podemos saber, volviendo la vista atrás, es que Hammurabi consiguió algo notable, y que se distinguió de todos sus contemporáneos por varios actos que se salían de lo común. Naturalmente, podría suponerse que sólo se le atribuyera un origen divino después de su muerte, si no fuera por la estela de piedra que tiene grabado su propio testimonio, escrito durante su vida, según el cual había sido elegido por los dioses. Entendemos que la semilla del rey Hammurabi debía proceder de algún ser extraterrestre al que se identificaba como dios solar. Pero el esqueleto de Hammurabi no ha sido sometido nunca a un análisis genético y es muy típico rechazar la idea de que Hammurabi pudo haber mantenido contactos con seres de otros mundos mientras aceptamos los relatos de Moisés y de otros profetas.

El rey asirio Asurbanipal (668-622 a. C), en cuya biblioteca de tablillas de barro cocido se descubrió la Epopeya de Gílgamés, también se dice que fue concebido virginalmente. Era hijo de la diosa Istar, que lo crió a sus pechos. Istar debía de proceder de otros mundos, pues en un texto cuneiforme se dice: «Sus cuatro pechos caían sobre tu boca; tú mamabas en dos, y ocultabas la cara en dos». ¡Sorprendente!  Y Asurbanipal recibía la autoridad de sus decisiones de los «consejos divinos» de los dioses sumerios Bel, Marduk y Nabu. Este último era el dios omnisciente del que se supone que la humanidad aprendió la escritura. En el Louvre se conserva un relieve cilíndrico en el que Nabu aparece representado junto a Marduk. El templo principal de Nabu estaba situado en Borsippa y llevaba el nombre de «Templo de los Siete Transmisores de Órdenes del Cielo y la Tierra». ¡Curioso nombre!  Pero no todos los reyes y fundadores de religiones aseguraban llevar dentro de sí una «semilla divina». Sólo algunos, en estos remotos tiempos, estaban convencidos de que llevaban un código genético muy especial, que debían transmitir. No debemos olvidar que aparecen relatos semejantes en muchas tradiciones diferentes y en diversos textos como los egipcios, los de  Enoc, los jainistas y  los apócrifos del Antiguo Testamento.

En los apócrifos del Antiguo Testamento se habla también de maestros divinos, a los que se llama «ángeles caídos». Y también en la tradición judía nos encontramos con numerosos personajes cuyo origen genético no era terrenal. Como ejemplo tenemos a Noé, cuyo padre terrenal era Lamec, pero que en realidad no era su padre biológico, tal como puede leerse en los manuscritos del mar Muerto. Según se relata, “cierto día Lamec regresó a su casa de un viaje que había durado más de nueve meses. Cuando llegó se encontró con un niño recién nacido que no era de su familia, pues tenía los ojos, el pelo y la piel diferentes que sus progenitores. Lamec, furioso, interrogó a su esposa, que le juró que no se había acostado con ningún extraño, ni mucho menos con un hijo del cielo. Lamec, preocupado, fue a pedir consejo a su padre, que era el mismísimo Matusalén. Matusalén no le pudo aclarar la cuestión, de modo que fue a consultárselo a su vez a su padre, el abuelo de Lamec, que era el ya mencionado Enoc. Éste dijo a su hijo Matusalén que Lamec debía aceptar al niño como a su propio hijo y que no debía enfadarse con su esposa, pues los «guardianes del cielo» habían dejado la semilla en el vientre de su esposa. Lo habían hecho para que se engendrara el progenitor de una nueva raza humana tras el diluvio”. Este episodio demuestra que Enoc,  que posteriormente subiría al cielo en un carro de fuego,  ya tenía información del diluvio catastrófico que se avecinaba. Se supone que se lo habían dicho los «guardianes del cielo», así como también la fertilización artificial de la esposa de Lamec.  

 

La asombrosa cultura de los tibetanos, que se difundió en altos valles de los Himalayas, incomunicados del resto del mundo, se refiere continuamente al «rey altísimo del cielo». Los tibetanos establecen una clara y significativa distinción entre lo que llaman “el cielo trascendente” y el firmamento. Los reyes tibetanos más antiguos recibían el curioso nombre de «tronos celestiales». Descendían de los cielos al servicio de los dioses y regresaban cuando terminaba su reinado, sin pasar por la muerte. Poseían unas armas inimaginables con las que destruían o controlaban a sus enemigos. El aspecto de algunas de estas armas se ha conservado en el recuerdo popular; por ejemplo, el «martillo del trueno», que todavía se venera en los templos tibetanos. La leyenda del gran rey tibetano Gesar dice que subió a los cielos entre «una aparición celestial de luz». Cuando hubo establecido el orden en el país, desapareció de nuevo y volvió a su casa del cielo, no sin antes prometer que volvería algún día.  De nuevo volvemos a encontrarnos con la promesa recurrente de retorno.

Al igual que los antiguos y misteriosos reyes de la China o los dioses-reyes del antiguo Egipto, el rey Gesar era considerado un maestro de la humanidad. Como ellos, era tenido por un «hacedor de la humanidad», antes de cuya venida los seres humanos vivían todavía como animales.  Si leen los artículos sobre la antigua Sumer, podrán ver las grandes similitudes entre estas tradiciones al respecto de la creación del hombre. En la genealogía real del Tíbet, llamada Gyelrap, se registran los nombres de hasta veintisiete reyes, siete de los cuales se dice que bajaron del firmamento a la Tierra por una escalera de mano. Esto recuerda mucho a las tradiciones Mayas. E incluso en los textos más antiguos se dice que  bajaron volando a la Tierra en una caja (¿?). El gran maestro tibetano Padmasambhava (llamado también U-Rgyan Pad-Ma), que recuerda a los complicados nombres jainistas, se dice que trajo de los cielos a la Tierra unos textos indescifrables. Antes de su partida, sus discípulos depositaron estos textos en una cueva para conservarlos hasta «una época en que fueran entendidos». El propio maestro desapareció ante los ojos de sus discípulos y regresó al cielo en un «caballo de oro y plata». Una narración muy similar a la de Enoc y su ascenso a los cielos en un carro de caballos de fuego.

Al igual que con los jainistas y los mayas, también los libros sagrados del Tíbet hablan de números imposibles. Se recuerda a cuatro grandes reyes divinos que vivieron nueve millones de años terrestres cada uno (¡!!!). También se describen diversos lugares cósmicos como residencia celestial de estos reyes, a los que se llega tras largos viajes por el espacio. Los números y los periodos que se mencionan recuerdan mucho la teoría de la relatividad de Einstein,  con la diferencia de que los libros tibetanos Kandshur y Tandshur tienen miles de años de antigüedad. Pero estas ideas no sólo estaban extendidas en el Próximo y en el Lejano Oriente, sino que otras culturas, como la de los indios de América, tenían ideas similares. Por ejemplo, los abenaki son una confederación de tribus amerindias, cuyo idioma pertenece a las lenguas algonquinas, que conforman la mayor subfamilia de la familia álgica de los nativos norteamericanos. Su nombre procedía de wabunakilos que viven a la salida del sol” y comprendía las tribus norridgewock, penobscot, passamaquoddy, maliseet, sokoki y arosaguntacok. Menos las dos últimas, las otras ahora se consideran tribus independientes.  Los relatos de la tribu Wabanaki hablan de su maestro Gluskabe, que les enseñó las artes de la pesca, la caza, la construcción de chozas, la construcción de armas, la medicina, la química, y  la astronomía. Antes de concluir su trabajo sobre la Tierra y de subir a las estrellas prometió regresar en un futuro lejano. ¡Otra vez el recurrente retorno!

Hay una cita del dios maya Kukulkán, que dice: «El pueblo tiene la firme seguridad de que subió a los cielos». Y, asimismo, también prometió regresar. Esta claro que podemos deducir una clara relación entre estos fragmentos de las distintas tradiciones y mitos. No tiene mucha lógica decir que diversos pueblos de todo el mundo aprendieran a esperar a sus dioses después de escuchar a los misioneros cristianos, ya que todas estas tradiciones son muy anteriores a la época cristiana. Cualquier cultura que analicemos, además de las antes indicadas, como la de los aborígenes de Australia, la china, la incaica, corrobora esta evidencia.  Solo debemos recordar que los conquistadores Pizarro, en el Perú, y Cortés, en México, fueron recibidos como si fueran dioses que habían regresado. Los dioses que se van y vuelven son un fenómeno global. Pero la pregunta del millón es: ¿quién ha de regresar, y cuándo? Los cristianos y los judíos esperan al Mesías, mientras que los musulmanes esperan al Mahdi. La palabra «Mesías» significa «el ungido», y procede del hebreo maschiach (en griego, christos), que significa «el rey ungido».  Pero es evidente que no puede representar a un rey terrenal, pues la palabra «Mesías» excluye la posibilidad de que sea un ser humano: «Mesías es el nombre de un ser divino, de un ser que se supone debía existir antes de que existieran seres humanos». El denominador común de los conceptos asociados al «Mesías» es su gran poder, ya que se supone trae un nuevo orden.

El Mesías se supone que está inspirado y elegido por Dios. Según las diversas religiones es un «hijo del hombre» concebido por la divinidad, mediante su semilla, embrión y karma de la divinidad, que se dice que ha residido cierto tiempo en la Tierra, después asciende a los cielos y regresará algún día. En fin, parece que se refiere a uno o varios seres extraterrestres, semejantes a dioses, que vinieron alguna vez a la Tierra.  También, en muchas tradiciones, el regreso de los dioses se asocia a algún tipo de Día del Juicio o de ajuste de cuentas final, así como a una serie de sucesos normalmente catastróficos. Cada religión añade su propia interpretación para reforzar su propio mensaje y para asegurar la salvación exclusiva de los fieles. Pero los mitos que configuran el núcleo de todas estas creencias son mucho más antiguos que estas religiones, ya sea la cristiana, la judía, la musulmana o la budista. Por lo tanto la pregunta de quién ha de venir sigue en pié, Todo parece indicar que quién regresará con ejércitos celestiales y grandes señales en el firmamento serán los seres extraterrestres que han sido venerados como dioses por numerosas culturas y desde la más remota antigüedad.

enero 22, 2011 - Publicado por | Biblia, Egipto, Extraterrestres, Grecia, India, India, Mayas, Mayas, Otras ant. civil., Otros, Sumer, Sumer | , , , , , , , , , , , , , , , , ,

12 comentarios »

  1. La primera de esas civilizaciones fue la Sumeria una sociedad notablemente avanzada que surgio en el valle del Tigris-Eufrates entre los anos 5000 y 4000 AC. Y florecio como una civilizacion mayor en los 3500 AC. ..Al igual que otras sociedades antiguas que surgieron en la region de Mesopotamia la Sumeria dejo registros donde se establecio que criaturas de apariencia humana de origen extraterrestre gobernaban a la antigua sociedad humana como los primeros monarcas de la Tierra. A aquellos pueblos no terrestres comunmente se les consideraba como dioses .

    Comentario por offshore corporations | enero 25, 2011 | Responder

    • Gracias por este comentario. En efecto, todo parece indicar que después del Diluvio la civilización surgió en Sumer, a partir de los “dioses” Anunnaki, que se supone procedían del planeta Nibiru. Pero antes del Diluvio ya habían existido civilizaciones muy avanzadas, entre ellas la de la Atlántida. En este blog podrás encontrar varios artículos dedicados a la civilización Sumeria.

      Comentario por oldcivilizations | enero 25, 2011 | Responder

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